Donald Trump durante una visita en Phoenix este martes. Shealah Craighead / Casa Blanca

EEUU planea reabrir el país a pesar de haberse convertido en el foco internacional de la pandemia con el 27,8% de las muertes en todo el mundo y el 42% de todos los casos activos registrados

 

Estados Unidos se ha convertido en el foco internacional de la pandemia de coronavirus y su papel como corazón del sistema económico mundial y gran arquitecto del sistema internacional determinará el porvenir del resto del mundo. Con 73.566 muertos, el país norteamericano acumula el 27,8% de todas las víctimas mortales registradas en el mundo por la COVID-19, según datos de la universidad John Hopkins. Además tiene actualmente el 42% de todos los casos activos registrados en el planeta.

A pesar de las recomendaciones de sus expertos sanitarios, el presidente Donald Trump está presionando por la reapertura porque "este país no se levantó para estar cerrado". "No podemos mantener nuestro país cerrado, tenemos que abrirlo. La gente no lo va a aceptar y no debería hacerlo. Tenemos un gran país, no lo podemos mantener cerrado", insistió el miércoles el presidente.

En el pasado, el desastre económico ha saltado rápidamente de la principal potencia económica mundial al resto del mundo. Pasó en la Gran Depresión de 1929, pasó en la Gran Recesión de 2008 y los expertos temen que pase en el Gran Cierre de 2020. "Es muy probable que este año la economía global sufra su peor recesión desde la Gran Depresión, superando la vivida hace una década durante la crisis financiera global", señala el último informe de perspectivas de la economía mundial elaborado por el FMI. Según los datos del organismo, la evolución de la producción mundial en 2020 será de un -3% (en la crisis de 2008 fue de -0,1%). En el caso de EEUU, el PIB pasará de un crecimiento de 2,3% en 2019 a uno de -5,9% este año.

"Se proyecta que el llamado Gran Cierre hunda dramáticamente el crecimiento global. Una recuperación parcial está prevista para 2021, pero el nivel de PIB seguirá por debajo de la tendencia anterior al virus, con una incertidumbre considerable sobre la fortaleza de dicha recuperación", sostiene el FMI. "Resultados de crecimiento mucho peores son posibles e incluso probables. Esto ocurriría si la pandemia y las medidas de contención duran más tiempo, si las economías emergentes se ven más gravemente afectadas, si persisten unas condiciones financieras ajustadas o si se producen efectos de 'cicatrización' debido a los cierres firmes y un desempleo prolongado", añade.

Juan de Lucio, profesor de Economía Mundial en la Universidad de Alcalá de Henares, señala: "El peso de Estados Unidos en el mundo es aproximadamente un 15% y viene experimentando una tendencia decreciente principalmente por el impulso de los países asiáticos. Esta tendencia continuará en 2020 y probablemente se agravará". "EEUU es una pieza fundamental en la maquinaria económica mundial y sin vuelta a normalidad en esta economía será difícil la recuperación de la actividad a nivel global. Los lazos y efectos directos y indirectos de EEUU sobre otras economías son muy potentes", añade.

Gita Gopinath, directora del departamento de investigación del FMI, afirma en el blog de la institución: "La magnitud y velocidad del colapso de la actividad es algo sin precedentes en nuestra vida. Es una crisis como ninguna otra y hay bastantes incertidumbres sobre su impacto. Mucho depende de la epidemiología del virus, la efectividad de las medidas de contención y el desarrollo de vacunas y tratamientos, los cuales son todos de difícil predicción". "Hay dudas considerables sobre cómo será el escenario económico cuando salgamos de este cierre", añade.

 

La polémica reapertura de EEUU

 

"Estados Unidos lleva algunas semanas de retraso en la incidencia de la pandemia con relación a Europa. En este sentido cabe esperar un agravamiento de la situación", explica De Lucio. Sin embargo, tras varias semanas de cierre total o parcial, 30 estados de EEUU han empezado ya o van a empezar pronto a reabrir la actividad económica. De ellos, la gran mayoría (21) no cumple las directrices generales y lo hace con más nuevos casos o con un porcentaje más elevado de tests positivos que hace dos semanas, según recoge The New York Times.

Por otro lado, la agencia AP ha publicado este jueves que el Gobierno de Trump ha guardado en el cajón una guía detallada para reabrir el país elaborada por al principal agencia de control de enfermedades (CDC). El diario Politico publicó este miércoles conversaciones entre la agencia de emergencias (FEMA) y de sanidad (HHS) en la que los expertos alertaban del peligro de reabrir la actividad económica, advirtiendo de un aumento de muertes y de escasez de respiradores.

Caitlin Rivers, experta del John Hopkins center for Health Security declaró este miércoles en un comité de la Cámara de Representantes que ningún estado había cumplido todos los criterios establecidos por la Casa Blanca como recomendaciones para reabrir sus respectivas economías. "Hasta donde yo sé, no hay estados que cumplan los cuatro criterios", afirmó. Estos criterios son: descenso en el número de casos en las últimas dos semanas, capacidad para diagnosticar a todos los que presenten síntomas, capacidad de trazar y contactar con los nuevos casos y capacidad del sistema sanitario para tratar a todos los pacientes infectados. "Sugerimos que se deberían cumplir los cuatro requisitos", afirmó.

"Las tensiones sociales serán más evidentes en Estados Unidos que en otros países por las diferencias en gestión entre Estados, la menor cobertura de sus prestaciones sociales y la intensidad y rapidez de la desaceleración. Existen dudas todavía sobre la capacidad de control rápido de la crisis sanitaria en algunas zonas de EEUU", sostiene De Lucio.

"La economía de EEUU es mucho más flexible que la europea y por eso su incidencia en variables como el desempleo y la distribución de la renta puede ser superior. En términos desestacionalizados son 33,5 millones de trabajadores los que han pedido el subsidio de desempleo. Aproximadamente uno de cada cinco trabajadores. La tasa de desempleo estaba por debajo del 4% y al final de la crisis se habrá multiplicado por cuatro o cinco", añade.

Por Javier Biosca Azcoiti  

07/05/2020 - 22:33h

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Lunes, 04 Mayo 2020 06:53

Economía viral

Economía viral

Desde antes de que irrumpiera la pandemia del coronavirus se habían planteado algunas ideas sobre el proceso general del crecimiento económico y sus consecuencias.

Una de ellas remite a la cuestión medioambiental y la necesidad de reducir drásticamente las emisiones de dióxido de carbono. Afirma que no hay medidas suficientes de política pública o mecanismos del mercado que consigan ese objetivo y que sólo queda el decrecimiento.

Otra idea parte de que la medición del PIB y su evolución no representa adecuadamente las condiciones económicas ni su repercusión social en un país. Afirma que el estancamiento productivo que se ha registrado en los últimos años podría ser un factor positivo en un entorno de estabilidad. Esto contrasta con la idea planteada, desde hace ya varios años, acerca de que el capitalismo atraviesa por una etapa de estancamiento secular que requiere redefinir los patrones de la generación del producto y el ingreso, y supuestamente, también, del modo en que se distribuyen.

La irrupción de la pandemia del nuevo coronavirus, que se fue dando de manera progresiva prácticamente desde finales del año pasado, obliga a repensar muchas cosas acerca del proceso económico. A saber: el crecimiento productivo, el lugar del trabajo, el papel de las inversiones privadas, los mecanismos financieros y las medidas monetarias y la actividad del gobierno en materia de ingresos, gasto y deuda.

Ya se sabe bien lo que significa una disrupción prácticamente total de la actividad económica, del desplome del crecimiento. Eso es lo que ha ocurrido en buena parte del mundo. Colapsaron la demanda y la oferta, ha habido necesidad de definir y aplicar no sólo las medidas sanitarias para enfrentar la pandemia, sino también aquellas que atañen al sostenimiento de la capacidad de resistencia de las familias y las empresas que han quedado más expuestas.

Las decisiones que se han tomado, cualesquiera que hayan sido en función de distintos criterios técnicos y políticos, van a marcar necesariamente el escenario pospandemia.

En el primer año del gobierno actual se fijó como objetivo primordial reducir la corrupción reinante. Esa fue la oferta electoral y se mantuvo como acción de política pública. Se aplicó una severa contención del gasto público. El crecimiento del PIB fue prácticamente nulo en 2019 y ahora, con pandemia de por medio, las estimaciones para 2020 son de una severa contracción, como ocurre en el resto del mundo.

Tras el resultado negativo de 2019 se argumentó que esa no era una medición relevante, puesto que se había conseguido un mayor desarrollo. Esto significaba explícitamente que los programas de apoyo social que se habían implementado eran eficaces para aumentar el ingreso de las familias receptoras. Esa medida es efectivamente distributiva, pero había que plantear si era suficiente para sostener y elevar en el tiempo los ingresos de esa parte de la población. Esto es dudoso.

Aquí entra de nuevo la cuestión del crecimiento productivo y la generación de empleos mejor remunerados, amparados en un sistema de seguridad social más efectivo. En el sector productivo privado se generan la mayor parte del empleo y el ingreso en el país. El gobierno contribuye sólo con una parte, estimada en un quinto. Pero su acción es decisiva para conformar un entorno de mayor bienestar social y abatir la desigualdad.

Es también ahí donde se genera la mayor parte del ingreso público por la vía de los impuestos, recursos indispensables para la política del gobierno. La contratación de más deuda pública se ha eliminado como opción y se entiende, pues su efecto es intergeneracional y repercute en más desigualdad. Esto condiciona las demás opciones de las que pudiera disponerse. No obstante, el nivel de la deuda existente será más oneroso porque se eleva con respecto al PIB que se está contrayendo.

Con las repercusiones adversas de la pandemia, todas estas cuestiones adquieren una nueva dimensión. Cuando esto termine se irá redefiniendo muy rápidamente un entorno económico y social, y lo será en el marco de un gran desgaste material en las condiciones de las familias y las empresas de menor tamaño y del mismo gobierno.

La actividad económica se contrae severamente, lo que significa una caída del empleo y el ingreso, que aun será más profundo y que establecerá el piso sobre el que tendrá que rearmarse el entramado social. La mayoría de las empresas ya no contarán con la capacidad de renovar su actividad y ello complicará las condiciones para volver a emplear a la gente. La dimensión de lo que este escenario representa es enorme.

El papel del crecimiento y su efecto en el empleo, el ingreso y los impuestos sigue siendo una cuestión clave para cualquier definición de la política pública. No sólo eso. Es esencial para el modo de hacer política y alcanzar algunos consensos funcionales.

Lo será aún más cuando finalmente pase la pandemia y haya un elevadísimo nivel de desocupación de la gente y, en general, de los recursos. El ajuste necesario en ese momento no ocurrirá de manera automática ni por parte del mercado ni del gobierno.

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Bomba de extrancción de crudo en un campo petrolífero en Texas (EEUU). REUTERS/Angus Mordant

Desde el comienzo de esta crisis económica, vinculada a la crisis sanitaria por covid19, hemos visto vertiginosas caídas de las bolsas, e incluso alguna suspensión de las cotizaciones en Wall Street; el derrumbe del valor de las compañías aéreas y del fabricante de aviones Boeing, y de otros sectores hasta ahora muy sólidos; planes de estímulo billonarios en dólares y en euros para rescatar la economía a ambos lados del Atlántico; decenas de millones de trabajadores que pierden su empleo y de autónomos que cierran su actividad; largas filas de personas hambrientas a la espera de su ración de comida diaria en ciudades tan emblemáticas como Nueva York. Nos cuesta imaginar que este es el tiempo en el que vivimos, este escenario de gran depresión.

La última gran sorpresa la dio el 20 de abril el mercado internacional del petróleo. Por primera vez en la historia económica, el precio del petróleo se hundió a valor 0, y llegó a alcanzar un valor negativo de -37 dólares. Esto ocurrió nada menos que en Estados Unidos, el país que se convirtió en el primer productor mundial de petróleo gracias a la explotación de sus yacimientos de esquisto a través del fracking.

¿Por qué cae el precio del petróleo hasta una cantidad que aparentemente escapa a la lógica? ¿Por qué el tenedor de petróleo desearía pagar para que alguien se lo quede antes del vencimiento de su contrato de compra? Y sobre todo, ¿qué puede significar esto para el futuro del planeta, para el consumo de combustibles fósiles y su sustitución por energías renovables? ¿Cuáles son las dinámicas que se desencadenan, a favor y en contra, en una coyuntura como esta?

Estudiando el comportamiento de los principales actores del mercado del petróleo en esta situación extrema podemos buscar respuesta a estos interrogantes.

 

El precio del petróleo en caída libre

 

Desde meses atrás el mercado del petróleo mostraba signos de saturación. Antes de que se extendiera la pandemia fuera de China, dos de los tres mayores exportadores, Rusia y Arabia Saudí, se habían librado a una pugna de sobreproducción y rebajas, a fin de ampliar sus respectivas cuotas de mercado. Ante el repentino descenso de la demanda, Arabia Saudí, el mayor productor de la OPEP, pactó con Rusia una reducción de la producción impresionante a partir de mayo. El acuerdo entre Rusia y Arabia Saudí para recortar la producción en más de 10 millones de barriles diarios no sirvió para contener la caída. Fue una medida adoptada demasiado tarde, después de una intensa guerra comercial, y una medida oportunista, decidida cuando las ventas de petróleo saudí a Asia se contrajeron en una tercera parte, desde los 6 mbd previstos a 4 mbd. Mientras tanto un país como la India, importador neto, redujo en un 50 % su demanda actual de combustibles.

Desde mediados de marzo pasado, cuando la extensión de la pandemia llevó a confinar a la población de muchos países, el petróleo tipo Brent, principal referencia internacional, cotiza en torno a los 26 dólares por barril, y el West Texas por debajo de los 20 dólares. Dos días más tarde, el viernes 17 de abril, el precio del petróleo seguía cayendo a mínimos históricos en lo que va de siglo, con la cotización del West Texas a 15 dólares por barril. La situación del mercado era crítica por la caída de la demanda y los costes y dificultades de almacenamiento. La Agencia Internacional de la Energía (AIE) mostró cierto nerviosismo al declarar, el 15 de abril, que pronto se alcanzaría el límite de la capacidad de almacenar petróleo: "Nunca antes la industria del petróleo ha estado tan cerca de poner a prueba tan al límite su capacidad de almacenamiento", señaló el organismo.

El principal depósito de petróleo en territorio estadounidense está en Cushing, una pequeña población de Oklahoma, al norte de Texas, que posee el mayor nudo de interconexión de oleoductos de Norteamérica. Su capacidad para almacenar crudo ya está ocupada en su mayor parte y no queda margen para el actual excedente de producción. Tampoco puede absorber una gran cantidad de crudo la reserva estratégica federal de Estados Unidos, la más grande del mundo, con una capacidad de almacenamiento de 713 milllones de barriles, pero que ya está ocupada al 89 %.

Por otra parte, el precio actual de petróleo se sitúa muy por debajo del costo de extracción con técnicas de fracking (fracturación hidráulica). Actualmente Estados Unidos produce mediante fracking entre 8 y 9 millones de barriles diarios, una cantidad equivalente a las exportaciones de Arabia Saudí. Los actuales precios no permiten mantener la producción sin sufrir cuantiosas pérdidas: en efecto, se considera que el umbral de rentabilidad solo se alcanza con un precio del barril superior a los 40 dólares. Sin tener en cuenta, por supuesto, los enormes daños medioambientales de la fracturación hidráulica, que consiste en extraer la materia orgánica de las rocas a través de procedimientos muy agresivos con la naturaleza. Estos costes medioambientales son imposibles de cuantificar porque en muchos casos son irreversibles.

El precio del petróleo en números rojos en Estados Unidos revela una situación extrema, pero la tendencia a la baja se extiende en estos días a todos los mercados internacionales. Es también muy marcada la caída del precio del barril de Brent, cotizado en Londres, que pierde un 70 % desde principios de año. Y si al comienzo del año 2020 el barril de petróleo OPEP se cotizaba por encima de los 65 dólares, el 17 de abril cotizaba a tan solo 18 dólares, una caída del 73 %. A fin de situar estos datos en un registro histórico se puede añadir que el petróleo OPEP, en lo que va de siglo, alcanzó su valor más bajo en abril de 2003 (25 dólares por barril) y el más alto, puramente especulativo, lo tuvo en 2008 (131 dólares), en plena resaca de la crisis financiera internacional.

A pesar de este curioso antecedente, el precio del petróleo suele caer sustancialmente cuando se producen fuertes recesiones de la economía mundial, con una acusada reducción de la demanda y tras las crisis financieras. Una estrategia recurrente de Estados Unidos y sus aliados para atenuar estas caídas y manipular el mercado es someter a boicot a determinados países productores para inhibir su capacidad exportadora de crudo. Esto se hizo con Iraq, antes de devastarlo en una guerra muy desigual, y después con Libia, y hoy se aplica la misma estrategia con Irán.(1) Aunque hay aquí un trasfondo ideológico y geopolítico, estas maniobras no solo benefician económicamente a Estados Unidos, sino también a terceros países aliados: cuando algunos de los mayores exportadores quedan fuera del mercado, como es el caso de Iraq o Irán, otros países no necesitan pactar recortes de producción para estabilizar los precios.

La situación actual es tan anómala que las consecuencias económicas pueden ser catastróficas para los países exportadores, como ya se observa en México. La agencia calificadora Moody's rebajó a nivel de bono basura la calificación de la deuda de la petrolera mexicana Pemex, la compañía petrolera más endeudada del mundo, con un pasivo superior a los 100.000 millones de dólares. Al perder el grado de inversión, muchos fondos saldrán del capital de la empresa y es previsible una caída estrepitosa de su valor. Y dada la centralidad de Pemex en la economía mexicana, tanto por la participación del sector público como por la importancia de las exportaciones de petróleo, el paso siguiente fue recortar la calificación de la deuda soberana de México.

 

Precios bajo cero, especulación y planes de rescate

 

La fecha del 20 de abril de 2020 se recordará en la historia económica. Ese día, el precio del petróleo se derrumbó por completo en Estados Unidos, alcanzando por primera vez un valor negativo. Al cierre de las cotizaciones, el West Texas para entrega inmediata se vendía a -37 dólares por barril, una cifra inimaginable. Esta caída vertiginosa del 300 % ofrece una imagen insólita y proyecta un escenario económico calamitoso. Se interpreta como síntoma de la parálisis de la economía mundial, ya que el petróleo se vincula a combustibles que ya nadie necesita, detenido el transporte y gran parte de la actividad económica.

La cotización del petróleo estadounidense en el mercado de futuros empezó a caer vertiginosamente durante la tarde, de 15 a 10 dólares, muy pronto a 5 y después a 0, hasta marcar valores negativos por primera vez en la historia, llegando incluso a un pico de -40 dólares por barril.

La especulación financiera en los mercados de futuros quedó así al desnudo: cuando vencían las opciones para entregas en mayo, el valor del petróleo ficticio, que se negocia a diario en los mercados de futuros, chocó con la fecha de entrega física del mismo, quedando de manifiesto la incapacidad del mercado de absorberlo. El valor ficticio se desmoronó rápidamente y los tenedores de barriles decidieron pagar para que alguien se llevase el excedente de producción que no podían colocar en el mercado. Este mecanismo tiene antecedentes en la industria del gas, controlada por las mismas compañías de hidrocarburos,  y se explica por la menor capacidad de la red de gasoductos para gestionar los excedentes de producción.

La debacle no afecta solo a Estados Unidos. El mismo fenómeno -aunque en menor escala- se replica en México, donde el valor del petróleo de Pemex cae también a un precio negativo de -2,37 dólares por barril. La demanda de petróleo mexicano se ha visto también muy mermada: las refinerías del país trabajan al 50 % de su capacidad, mientras que el 60 % del petróleo crudo que produce México tiene como destino la exportación, componente esencial de su comercio exterior.

El  problema de almacenamiento es mayor ahora en Estados Unidos, pero es muy probable su rápida generalización, y no se descarta que el petróleo Brent llegue también a cotizar en negativo. Es una situación inédita. Hoy deambulan por los mares del mundo decenas de superpetroleros abarrotados con más de 160 millones de barriles de crudo que no encuentran destino. Esta cantidad de petróleo "circulante" se duplicó en una semana. Los buques transportan su mercancía casi a la deriva, o permanecen amarrados en algún puerto, esperando que algún comprador se decida a recibirlo gratuitamente, incluso con los costes a cargo del proveedor. ¿Un mercado enloquecido?

No es para menos. La AIE prevé una reducción de la demanda mundial de 29 millones de barriles diarios durante el mes de abril, es decir, casi el 30 % del consumo habitual en todo el planeta, mientras las refinerías de medio mundo están paralizadas.

Es la primera vez que el precio del petróleo alcanza un valor negativo. También es la primera vez que se colma por completo la capacidad de almacenamiento de crudo en mar y tierra.

El precio del petróleo se establece en los mercados de futuros, que son por naturaleza especulativos. En general no hay un vínculo claro entre precio y demanda real de petróleo, este puede variar por incidencias geopolíticas, entre otros factores. La especulación consiste en la compraventa continua de millones de barriles diarios con el precio asignado para un determinado momento: mayo, junio, etc. Se especula con petróleo que mientras circula por los mares o incluso antes de ser extraído va cambiando permanentemente de valor. Ahora, con la interrupción real de la demanda, el mercado de futuros que emplea el petróleo como valor especulativo para ganar dinero a corto plazo se enfrenta, acaso por primera vez, a los límites físicos de la imposibilidad de atesorar este producto como mercancía a gran escala y su valor se derrumba.

La caída fulminante del precio del petróleo se vincula a una situación que, en la jerga de los analistas bursátiles, se denomina "contango", algo muy inusual, que ocurre cuando el precio de entrega inmediata de un bien es inferior al de negociación para su entrega futura. Este desfase promueve que quienes poseen opciones a corto plazo quieran pasarse inmediatamente a posiciones de más largo plazo, o bien busquen deshacerse cuanto antes de sus inversiones para evitar más pérdidas.

Es evidente que todo esto tendrá repercusiones negativas para la economía de los países petroleros y por supuesto de Estados Unidos. La situación de este país es paradójica, porque esto ocurre cuando empezaba a alardear de haber alcanzado el autoabastecimiento a través del fracking y de haberse convertido en el primer productor mundial. Pero en las últimas semanas algunas de las mayores multinacionales petroleras, como Exxon Mobil, recortaron sus presupuestos de exploración y producción para 2020 en cerca de una tercera parte, y muchas compañías de menor tamaño han cerrado la mayor parte de los pozos. La compañía Halliburton, contratista del Pentágono y la mayor empresa de servicios logísticos para multinacionales del petróleo, declaraba unas pérdidas durante el primer trimestre del año de 1.000 millones de dólares, frente a los beneficios de 152 millones durante el mismo período del año pasado.

Los recientes recortes de la producción en Canadá también afectan a compañías estadounidenses, como ConocoPhillips y otras. En los últimos días se cerraron varias instalaciones petrolíferas de arenas bituminosas, de las cuales se extrae el petróleo mediante sofisticados sistemas de presión a vapor, una maquinaria que a veces queda dañada de forma irreparable cuando deja de funcionar. El cierre empezó a materializarse cuando el precio del petróleo fue cayendo durante los últimos días, hasta llegar a 0 dólares por barril. Canadá ha dejado de extraer 300.000 bd de arenas bituminosas y podría dejar de producir hasta 1,5 mbd.

En este contexto, Donald Trump anuncia un plan de salvataje para la industria petrolera. Así lo expone en su cuenta de Twitter: "Nunca dejaremos caer a la gran industria del petróleo y gas de Estados Unidos. He dado instrucciones al  secretario de Energía y  al  secretario del Tesoro para que formulen un plan que ponga a disposición fondos para que estas empresas y empleos tan importantes estén asegurados en el futuro." En una medida sin precedentes, Trump ya había anunciado que el estado compraría 75 millones de barriles para almacenarlo en las reservas estratégicas: "será la primera vez en mucho tiempo que estarán llenas a rebozar", afirmó.

El presidente de Estados Unidos ya había anunciado que destinaría medio billón de dólares para el rescate de las compañías aéreas con dinero público, ¿por qué no iba a hacer algo parecido con las petroleras? Una inyección de dinero público les permitiría aligerar su abultada deuda, que por cierto es anterior a la crisis actual. Según datos publicados por nytimes.com (21/04/2020), la deuda de las compañías dedicadas a la producción de petróleo es de 86.000 millones de dólares, con vencimiento en los próximos cinco años, a la que se suma una deuda acumulada adicional de 123.000 millones de dólares de las compañías propietarias de oleoductos. Mientras tanto, como afirma el periódico neoyorquino, "los ejecutivos están trabajando desde casa, juntándose con sus colegas y equipos de dirección para decidir con qué rapidez van a detener la producción y despedir trabajadores".

Las compañías de menor tamaño están cerrando la mayor parte de los pozos, despidiendo a una parte de los empleados y aplicando recortes de sueldos entre el personal que sigue activo. Se estima que la industria del petróleo emplea directa o indirectamente a 10 millones de personas en Estados Unidos. No sólo es una actividad estratégica, su expansión de los últimos años la sitúa entre las más importantes del mercado laboral interno.

El lado más peligroso de esta situación es que despierta la tentación del presidente estadounidense de concretar su gran obsesión de atacar Irán antes del final de su mandato, una huida hacia adelante para ocultar su incapacidad de resolver la crisis sanitaria y la crisis económica. Bastó la amenaza de Trump de haber dado órdenes a la Marina de "derribar y destruir" las naves iraníes que puedan "hostigar" a la flota de guerra desplegada en el Golfo, para que el precio del petróleo remontase inmediatamente, en un mercado siempre reactivo a los tambores de guerra cuando estos suenan en esa región.

Desgraciadamente existe un vínculo macabro, histórico y reiterado en el tiempo, entre los intereses de las multinacionales petroleras y las expediciones militares de Estados Unidos en Oriente Medio. Este vínculo va más allá de la entrega de las reservas conquistadas a compañías del país ocupante, algo que no siempre es factible por la inestabilidad política. Cualquier amenaza de conflicto bélico en el Golfo Pérsico, región por la que transita gran parte del petróleo que se intercambia en el mundo, es motivo suficiente para provocar el alza del precio del petróleo cuando este cayó por los suelos. Aunque semanas atrás Trump parecía obsesionado con encontrar la manera de invadir Venezuela, ahora ha vuelto la mirada a Irán, no porque tenga más o menos petróleo que su enemigo sudamericano. La ubicación estratégica de Irán permitiría a Estados Unidos desplegar su flota para interrumpir por completo el paso de buques por el estrecho de Ormuz.

Previamente a la guerra de Iraq de 2003, el precio del petróleo también cayó a mínimos, debido a una mayor oferta y a la reducción mundial de la demanda a causa de sucesivas crisis financieras y bursátiles. Con la guerra de George W. Bush las petroleras obtuvieron enormes beneficios, se diría que la guerra se hizo a la medida de ellas, aunque nunca acabaron de controlar después la situación sobre el terreno. Ahora el precio del petróleo alcanzó un nivel más bajo del que tuvo peviamente a esa guerra. Una amenaza de guerra con Irán, de ser creíble, podría activar un mecanismo de ilusionismo financiero a través del cual la caída del consumo mundial se supondría compensada por la interrupción del suministro desde el Golfo Pérsico a los países consumidores.

 

Combustibles fósiles, crisis sanitaria y cambio de modelo energético

 

Del actual colapso del sistema productivo estadounidense en el sector de hidrocarburos podría emerger un nuevo modelo energético, más ecológico y consensuado en el plano internacional, que dispute la viabilidad económica y  ambiental a las energías fósiles. Este desafío es tan necesario como exigente, porque pone en cuestión uno de los principales pilares del sistema de poder de Estados Unidos en el mundo: su hegemonía energética a través del control mundial del mercado de hidrocarburos.

El cambio de paradigma que implicaría abandonar los combustibles fósiles puede provocar un fuerte seísmo social en los territorios donde esta actividad implica el uso intensivo de mano de obra, como ha ocurrido en todos los países que redujeron sustancialmente la producción de carbón. De este modo, la búsqueda de eficiencia energética mediante el uso de energías renovables, sustitutivas de combustibles fósiles como el petróleo y el carbón, choca a menudo con los intereses de los trabajadores del sector, que además, en el caso del petróleo, suelen tener altos salarios, inexistentes en otras actividades.

Aparte de la crisis climática, el consumo de combustibles fósiles también representa un problema sanitario muy grave. Miles de personas mueren cada año en las grandes ciudades de enfermedades respiratorias o cardiovasculares producidas o agravadas por la contaminación. Además, ahora surgen evidencias científicas de que la polución por dióxido de nitrógeno (NO2) causada por los motores diésel y la emisión de micropartículas (PM 2,5) se relaciona con una mayor letalidad en los enfermos de covid19. Se trata de dos estudios simultáneos, anticipados por eldiario.es, que se realizaron en la Comunidad de Madrid y en Lombardía, en áreas urbanas muy contaminadas. Los investigadores de la Universidad Martin Luther King (Alemania) concluyeron que la exposición a largo plazo al dióxido de nitrógeno "puede ser uno de los factores más importantes que contribuyan a la mortalidad" por coronavirus. El otro estudio, de la Escuela de Salud Pública de Harvard (Estados Unidos), revela que "un pequeño incremento en la exposición prolongada a las micropartículas PM 2,5 lleva a un gran aumento en la tasa de mortalidad por covid19 en el pais". Resumidamente, la contaminación actual en las grandes ciudades debilita al organismo para poder resistir ante una pandemia como la que ahora enfrentamos.

Como una posible salida de esta doble crisis de salud y ecológica, muchas ciudades ya se plantean profundas transformaciones del uso del espacio urbano y las formas de movilidad. Recuperar espacio para el tránsito de personas, en momentos de distanciamiento social "desescalado", así como potenciar el uso de bicicletas son las respuestas limpias a la crisis actual. Pero también podría darse una mayor incidencia del uso de automóviles particulares, como aconsejan autoridades españolas para evitar contagios en el trasporte público. Habrá que buscar un nuevo equilibrio entre las distintas formas de transporte, en el que siempre prime recuperar la calidad del aire que respiramos.

En pleno confinamiento la solución de este problema no requiere casi ningún esfuerzo. Las mediciones de NO2 realizadas por la Agencia Espacial Europea (AEE) entre mediados de marzo y mediados de abril muestran un descenso de la polución por dióxido de nitrógeno del 50 % respecto al mismo período del año anterior. Este registro equivale a la media de las principales capitales europeas.

Las ciudades tendrán un papel importante en el nuevo modelo de consumo y producción que se instale en un horizonte postpandemia o de convivencia prolongada con la enfermedad. Un primer ejemplo es Milán, que acaba de anunciar un plan para reducir el tráfico y abrir más de 35 kilómetros de calles para las bicicletas y  los peatones cuando acabe el confinamiento. Muchas otras ciudades van por la misma senda, repensando un nuevo modelo urbano que permita circular en tiempos de relativo aislamiento social.

Todo esto es una pésima noticia para la industria del petróleo y sus derivados, pero una excelente idea si queremos mejorar nuestra calidad de vida y salvar el planeta del calentamiento y la devastación medioambiental. Hay muchísimos intereses y resistencias del establishment energético que hoy controla el abastecimiento de combustibles, que defenderá con uñas y dientes su posición hegemónica en el sector y el modelo extractivo que está en la base de sus ganancias.

Las resistencias provendrán también de los países que han basado hasta ahora gran parte de su crecimiento en el extractivismo, bien sea de petróleo y gas, bien sea de minerales como el oro y el cobre, o incluso el litio. Muchos países del sur también deberán aprovechar esta impasse económica y social para repensar e impulsar sus capacidades de desarrollo endógeno y sostenible.

Las entidades agrupadas en Alianza por el Clima, que actúan coordinadamente con Fridays for Future, han convocado a una jornada de Acción Global por el Clima el 24 de abril, con motivo del día de la Tierra (22 de abril). En el manifiesto de la convocatoria sostienen que la detención del cambio climático requiere, entre otras medidas no menos importantes, acelerar "la transición energética desde los combustibles fósiles hacia un modelo 100 % renovable, sin emisiones contaminantes, justo y eficiente, apostando decididamente por el autoconsumo y la energía distribuida y pasando por sistemas tarifarios justos".

La emergencia climática que atraviesa la humanidad requiere un profundo cambio de mentalidad. Por supuesto de los ciudadanos, como consumidores de productos energéticos; pero más aún en la planificación política y en la asignación de recursos a las distintas fuentes de energía, y ello bajo una fuerte presión social. Solo así se podría alcanzar la "reducción drástica de las emisiones netas de gases de efecto invernadero" que exige la Alianza por el Clima como condición indispensable para la supervivencia de la vida humana en la Tierra.

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Colas para recibir comida en Santa Ana (California). (FOTO: EFE | VIDEO: REUTERS)

 La economía retrocede un 1,2% durante el primer trimestre, lastrada por los albores del coronavirus, tras más de una década de expansión

 

El periodo de crecimiento más largo de la historia estadounidense acaba de terminar oficialmente. La economía retrocedió un 1,2% durante el primer trimestre ―equivalente a una caída del 4,8% en tasa trimestral anualizada―, lastrada por los albores del coronavirus, según las cifras hechas públicas este miércoles por el Departamento de Comercio, y que marcan el punto de inflexión entre dos ciclos que parecen dos eras. A mediados de marzo, la NBA canceló su liga, los teatros de Broadway cerraron, las grandes factorías de Michigan se detuvieron. La primera potencia mundial inició un apagón autoimpuesto en medio mundo para frenar la escalada de contagios. El declive recién conocido es más profundo de lo que se preveía, pero se antoja anecdótico en comparación con lo que se espera de abril a junio, un trimestre que sí habrá registrado el impacto de tamaña hibernación: las tasas de derrumbe pronosticadas oscilan entre el 30%, el 40% y hasta el 60% en cifras anualizadas.

Estados Unidos no sufre una debacle semejante desde la Gran Depresión y el temor a una repetición de ese trauma económico no deja de ganar argumentos. Desde que estalló la crisis de la covid-19, más de 26 millones de estadounidenses han solicitado las ayudas por desempleo, un volumen que no se anotaba desde que empezaron los registros (en los años 40) y que equivale a uno de cada seis trabajadores por cuenta ajena. Este jueves, cuando se conozca el nuevo dato semanal, la ratio puede llegar a uno de cada cinco. Así, el país que en febrero vivía una situación de casi pleno empleo (3,5% de paro) puede darse de bruces con un 20%. En 1933, el peor punto de la depresión, llegó al 25%.

Atrás queda una década prodigiosa, algo más que eso. La expansión económica en EE UU batió el pasado mes de julio el anterior récord de 120 meses seguidos de crecimiento, que fue la bonanza previa a la crisis de las puntocom en 2001, durante la presidencia de Bill Clinton.

La recuperación tras la Gran Recesión fue lenta y desigual: a las familias les llevó casi 10 años recuperar su nivel de ingresos previos al crash. Ahora, en apenas seis semanas, se han perdido todos los empleos creados desde entonces y la mirada al futuro inmediato da vértigo. El precio del barril de petróleo West Texas, la referencia en el país, cayó de tal manera la semana pasada que el vendedor llegó a pagar por deshacerse de él.

Con la economía patas arriba, familias enteras sin trabajo y filas interminables de coches aguardando a recibir comida de la caridad, varios Estados, como Georgia, Texas o Carolina del Sur, han empezado ya a reactivar la vida pese a las llamadas a la prudencia de los expertos médicos. El conjunto del país acaba de superar el millón de contagiados, casi una tercera parte de todos los confirmados en el mundo, y más de 57.000 fallecidos (aunque con 330 millones de habitantes, la ratio de mortalidad por esta pandemia es muy inferior a la de países como España). Y, pese a que en territorios clave como Nueva York, epicentro del problema, el ritmo de hospitalizaciones ha bajado, el volumen de contagios está repuntando en zonas rurales.

El cálculo de cuánto conviene desescalar las restricciones, de cuánto más parón económico puede soportar el país resulta complicado en todas partes. Washington ha inyectado ya tres billones de dólares en ayudas y estímulos para salvar la economía, pero el confinamiento ha causado estragos.

A mediados de marzo, cuando empezó a derrumbarse todo, en la cadena pública PBS preguntaron a Kenneth Rogoff, execonomista jefe del FMI y profesor en Harvard, con qué se podía comparar lo que está ocurriendo, y consideró que lo más parecido era “una invasión alienígena”. “No se puede comparar ni siquiera con la gripe española de 1918, porque aquello fue después de la Primera Guerra Mundial y las cosas ya estaban mal. Aquí nos están invadiendo los aliens, nos dicen que nos metamos en casa y no salgamos, y en el corto plazo vamos a experimentar una recesión tan brusca como solo se ha visto en la Segunda Guerra Mundial”, dijo.

Por Amanda Mars

Washington - 29 abr 2020 - 08:14 COT

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El desempleo amenaza con convertirse en la nueva pandemia de Estados Unidos

Miles de trabajadores de gigantes como Amazon, Mc Donald’s o Walmart están yendo al paro porque sus empleadores no respetan las medidas de seguridad e higiene. Disney decidió dejar de pagarle el sueldo a 100 mil empleados.

En Estados Unidos hay un registro que crece en paralelo a la curva de contagio del coronavirus: el desempleo. Y lo hace a pasos agigantados. El jueves pasado se supo que en la semana del 4 al 11 de abril, al menos 4,2 millones de personas solicitaron el seguro de desempleo. De esta forma, ya son 26 millones los nuevos desocupados en las últimas 5 semanas. Los nuevos datos ofrecidos por el gobierno estadounidense renuevan el debate sobre la urgencia de levantar las restricciones sociales que ayudan a contener la propagación de la covid-19, en el contexto de una economía en recesión, para muchos la mayor desde la Gran Depresión de los años 30.

La crisis económica reactiva además los conflictos laborales. Miles de trabajadores de gigantes como Amazon, Mc Donald’s o Walmart están protestando y yendo al paro porque sus empleadores los obligan a seguir en actividad a pesar de la pandemia, sin dotarlos de las medidas de seguridad necesarias. En el peor de los casos estas grandes empresas, beneficiadas por los millonarios planes de estímulo aprobados por el Congreso, eligen la vía del despido: el último gran ejemplo es el de Disney, que dejó de pagarle el sueldo a 100 mil empleados.

Una crisis sin precedentes

"El ritmo de los reclamos se ha desacelerado en las últimas tres semanas y debería continuar haciéndolo, pero el ritmo sigue siendo enorme. Espero que esta inundación desemboque rápidamente en un río angosto. Muchos empleadores se esfuerzan por mantener a sus equipos de trabajo, pero cada semana algunos se dan por vencidos". Quien habla es Aaron Sojourner, economista experto en empleo y profesor de la Universidad de Minnesota. No hay antecedentes que se puedan comparar con la crisis de desempleo que se está viviendo en Estados Unidos. Expertos prevén una tasa de desempleo cercana al 20 por ciento en abril, cuando en febrero había alcanzado un mínimo histórico del 3,5 por ciento y era una de las principales banderas de la campaña por la reelección de Donald Trump

Sin embargo, Sojourner sugiere centrarse en la tasa de empleo, es decir la proporción de adultos empleados, para entender mejor lo que está pasando en el país. "Muchas personas no buscan trabajo debido a las órdenes de quedarse en casa, y la realidad es que pocos están contratando. Centrarse en la tasa de desempleo subestima a la cantidad de personas que quieren trabajo y no lo tienen. Calculo que solo alrededor de la mitad de los adultos estadounidenses ahora están empleados, en comparación al 61 por ciento de marzo. Este es el porcentaje más bajo desde 1948", destaca el economista en diálogo con Página/12.

"Parece claro que continuaremos teniendo pérdidas de empleo, y no veo que la situación mejore mucho, incluso si partes del país deciden detener sus bloqueos", agrega por su parte Victor Chen, sociólogo y profesor de la Universidad de Virginia. Abrir la economía en este momento es un arma de doble filo para la vida de los estadounidenses. Esta salida fue fogoneada en las últimas semanas por el propio presidente Donald Trump. Pero para Sojourner, la apertura también sería un error: "¿Qué tan esencial es la salida? ¿Qué tan segura es la producción? Los estados no deben permitir que el grado de desesperación de los trabajadores por conseguir dólares para sobrevivir conduzca a la toma de peligrosas decisiones".

Víctimas y victimarios

Las familias afroamericanas y latinas residentes en Estados Unidos son las que sufren las peores consecuencias de la crisis. El 61 por ciento de los trabajadores latinos dicen haber perdido un trabajo o sufrido un recorte salarial, según una reciente encuesta del Pew Research Center. Párrafo aparte merecen los indocumentados que residen en el país. Huffington Postretrató el jueves la historia de Alma Brigido, madre de tres hijos de 35 años que no tiene trabajo hace más de cinco semanas después del cierre del restaurante de Pittsburgh donde cocinó durante cuatro años. Brigido no califica para el beneficio de desempleo por ser indocumentada. Tampoco recibió nada del paquete de ayuda de 2 billones de dolares del gobierno federal, que otorgó cheques por 1.200 dolares a estadounidenses de bajos ingresos, pero excluyó de esa ayuda a millones de inmigrantes no incluidos en el seguro social.

Sin embargo, como en toda crisis, otros actores se ven beneficiados. "El Congreso aprobó préstamos para ayudar a las empresas a mantener a sus trabajadores en la nómina", destaca Chen, quien supone que no es necesariamente una mala idea subsidiar a las empresas, tal como ocurre en países como Francia, Alemania o Reino Unido. "Lo problemático es que un programa originalmente destinado a las pequeñas empresas termine siendo explotado por las grandes corporaciones", se lamenta. Parte de esa avaricia se ve reflejada en la poderosa Walt Disney Company, que pese a reportar ganancias siderales decidió despedir a 100 mil empleados.

Una de las herederas del emporio, Abigail Disney, criticó a la compañía por no proteger a sus trabajadores peor pagos "mientras los jefes han estado recaudando bonos atroces durante años". Anteriormente, la sobrina nieta de Walt Disney había calificado de "enfermo" al salario del exdirector ejecutivo de Disney, Bob Iger. El año pasado, Iger ganó 47 millones de dólares, más de 900 veces el salario promedio de un trabajador de la compañía.

Los peligros de la "segunda fase"

En un interesante artículo publicado en The Atlanticjunto al sociólogo Ofer Sharone, Victor Chen destaca que luego de haber investigado las experiencias de los trabajadores desempleados durante los últimos 20 años, espera que esta nueva crisis de desempleo tenga dos fases. "En la primera fase, los estadounidenses reconocerán que las fuerzas externas (el coronavirus y las políticas gubernamentales) han desencadenado estos despidos masivos, y verán la difícil situación de los trabajadores desempleados bajo esa óptica, desarrollando un sentido solidario", detalla Chen desde la ciudad de Richmond. 

En la segunda fase, que será de lenta recuperación, las compañías comenzarán a recontratar trabajadores. El problema para Chen es que muchos empleadores aprovecharán esta oportunidad para reemplazar a algunos de sus antiguos trabajadores con "mano de obra más barata". "Durante los tiempos económicos normales, recortar los salarios o eliminar la seguridad laboral provoca una reacción violenta de protesta. Pero reducir estos costos laborales es fácil cuando la economía está estancada y los trabajadores agradecen cualquier oportunidad", afirma el investigador.

En Estados Unidos, la tasa de trabajadores sindicalizados, comparada con la de otros países, es baja. De acuerdo al ultimo censo nacional, en 2016 el país tenía 14,6 millones de afiliados sindicales, lo que representa apenas el 10,7 por ciento de todos los trabajadores del país. "Una mayor representación sindical daría a los trabajadores cierta capacidad para luchar contra los despidos permanentes, lo cual es esencial. Los sindicatos también son muy buenos para abogar por mejores condiciones de trabajo, lo que será fundamental a medida que los empleadores dicten nuevos procedimientos de trabajo en un contexto de crisis como el actual", destaca Chen, que encuentra allí una poderosa vía de resistencia al desastre económico.

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El crudo sigue cotizando en mínimos históricos

El petróleo se convirtió en un problema para los que lo tienen

Fuertes oscilaciones en el mercado con los contratos "cortos", para entrega en mayo y junio, reflejo del hundimiento de la economía mundial. El WTI sale y vuelve a números negativos. El Brent cayó 30% y se recuperó parcialmente.

La volatilidad es la regla en la cotización del petróleo en estas horas. Tras la insólita foto que mostró el lunes 20 con el crudo de Texas (WTI) cotizando en valores negativos (una figura de época para cuando en el futuro se recuerde a la crisis económica mundial por la pandemia de coronavirus), las operaciones del martes seguían mostrando un mercado sumergido en cotizaciones históricamente bajas. El crudo Brent (Mar del Norte) descendió a las profundidades de 17,67 dólares por barril, un nivel tan bajo que no había marcado desde el 14 de diciembre de 2001, con una baja del 30,9 por ciento con respecto a los valores del lunes. Ese violento vuelco tuvo una rcuperación parcial posterior, que lo ubicó en los 22,34 dólares por barril, todavia 12,6% por debajo del día anterior para los contratos con entrega en junio. El WTI también mostró bruscas oscilaciones, ya que tras recuperarse de su mínimo histórico e impensado de 37,63 dolares negativo del lunes (lo que pagaban los vendedores para que alguien se llevara los contratos) para ubicarse apenas en terreno positivo 6,30 dólares por barril para contratos a junio), volvió a caer a precios en rojo. La bolsa esadounidense NYMEX entregó valores de -4,51 dólares por barril ya avanzada la jornada. 

Nadie sabe a ciencia cierta cuánto puede demorar en acomodarse el mercado, ni en qué valores se podría dar cierto equilibrio. La crisis por un probable agotamiento de la capacidad de almacenamiento del petróleo que no se logra colocar en el mercado, por la brutal baja en la demanda mundial, ni siquiera logró ser aplacada con las audaces declaraciones del presidente Donald Trump, de Estados Unidos, amagando comprar toda oferta de crudo que se le cruce.  

"El crudo está ahora a un nivel que es muy interesante para mucha gente", había dicho el lunes, poco después de que el barril de petróleo estadounidense de referencia West Texas Intermediate (WTI) llegara a cotizarse a un precio negativo por primera vez en la historia. "Si nosotros pudiéramos comprarlo por nada, vamos a tomar todo lo que podamos", agregó al expresar su interés porque el gobierno adquiera 75 millones de barriles de crudo. Sin embargo, un día después los valores seguían en terreno negativo. Es decir, ni gratis encontraban interesados en tomarlo.

Los medios internacionales, BBC Mundo (Londres) entre ellos, especularon con que el presidente estadounidense esté jugando una vez más a encontrar una oportunidad de negocio en medio de una crisis. Y en este caso la oportunidad estaría dada por la eventual utilización de las cuevas subterráneas en las que Estados Unidos almacena sus reservas estratégicas de petróleo. 

La reserva estratégica, o SPR como se la conoce por sus siglas en inglés, fue creada en oportunidad de otra crisis producida por el petróleo. En ese momento, década de 1970, se trató del embargo petrolero de los países árabes a los gobiernos occidentales en respuesta al apoyo a Israel en la guerra de Yom Kippur. La repercusión en el mercado de esta guerra de mercado fue que los precios del petróleo se cuadruplicaran para 1974, un año después de la citada Guerra. 

Estados Unidos padeció las consecuencias de la escasez de combustible en sus industrias, y como respuesta estableció, al año siguiente (1975), las reservas estratégicas con el propósito de preservar al país de los vaivenes del mercado petrolero mundial. La libre competencia es, para Estados Unidos, una buena herramienta mientras ellos la dominen. 

Para cumplir con ese propósito, se excavaron amplísimas cuevas en roca salina para guardar ese petróleo que cumpliría la función de reserva estratégica. Un sistema de 60 cuevas subterráneas que se extienden desde Baton Rouge (Louisiana) hasta Freeport (Texas). Se estima que cuenta con capacidad de almacenaje para más de 700 millones de barriles. El último informe del SPR, del 17 de abril, indicaba que tenía albergado 635 millones de barriles. Cuando Trump habla de la posibilidad de hacer un "buen negocio" con la adquisición de 75 millones de barriles, está sugiriendo llevar el almacenaje al llenado a su nivel máximo.

Ciertamente, el conflicto inmediato con el petróleo de contratos cortos es la capacidad física de almcenaje, pero no parece que la compra masiva por el gobierno de crudo para la SPR sea una solución de fondo. El mundo real empieza a debatir con un síntoma grave de la crisis sin precedentes de una caída del consumo que alteró todas las previsiones, y en la cual por ahora, no se ven soluciones y apenas la reacción de un líder mundial que intenta "sacar ventajas".

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Derrumbe inédito del precio del petróleo

El precio del barril WTI cayó de 18,2 dólares a menos 38,7 dólares 

El problema se origino porque este martes vencen en Estados Unidos miles de contratos a futuro con entrega en mayo en un contexto de sobreoferta y sin capacidad de almacenamiento disponible.

El petróleo WTI operó este lunes con precios negativos por primera vez en su historia. La cotización del barril se derrumbó de 18,20 dólares a menos 38,7 dólares debido a la desesperación de gran cantidad de operadores por tratar de evitar la entrega de crudo físico en mayo. El problema se originó porque este martes vencen en Estados Unidos miles de contratos a futuro. Por lo general, cuando un trader no quiere recibir la entrega que pactó originalmente vende ese contrato en el mercado secundario y se posiciona en otro, pero en esta ocasión el derrumbe de la demanda provocado por el coronavirus ha sido tan extraordinario que esa venta se convirtió para muchos en una operación ruinosa, pues algunos llegaron a pagar 38,5 dólares por barril solo para que alguien se haga cargo de ese crudo. Argentina se mantuvo al margen de esta crisis puntual porque el crudo que se toma como referencia en el país es el Brent del Mar del Norte que cayó 8 por ciento, pero permanecía por encima de los 25 dólares.

Una opción que tienen los traders o especuladores cuando les ofrecen valores bajos en el mercado secundario es almacenar ese crudo hasta que los precios se recuperen, pero como la caída de la demanda mundial ahora supera el 30 por ciento esa opción se complica. Reuters informó este lunes que el centro de almacenamiento en la ciudad de Cushing, Oklahoma, donde tiene lugar la entrega física de barriles de petróleo estadounidenses comprados en el mercado de futuro estaba hace un mes al 50 por ciento y ahora al 69 por ciento, según datos del Departamento de Energía de Estados Unidos. Las reservas en Cushing aumentaron 9 por ciento solo desde el viernes, situación que explica la desesperación de aquellos que no tienen almacenamiento reservado para tratar de ubicar el crudo en algún lado.

Los traders trataron de desprenderse este lunes de los contratos como si fueran una papa caliente pero hubo pocos interesados en comprar ese crudo con entrega en mayo. A raíz de esa situación es que el precio del barril se sumergió a niveles difíciles de imaginar hace poco tiempo.

Los problemas para colocar los contratos ya habían comenzado a quedar en evidencia desde temprano. Según precisó Reuters, a las 2 de la tarde hora argentina el petróleo WTI a junio cotizaba a 22,26 dólares, 11 por ciento menos que el viernes, y 840.000 contratos habían cambiado de manos, mientras que en los contratos a mayo el barril se había derrumbado a 1,8 dólares, un 90 por ciento menos que el viernes, pero solo 131.000 contratos habían cambiado de manos. Lo que vino después fue una debacle de los precios todavía peor, cayendo hasta menos 38,7 dólares.

Semejante derrumbe sin duda está motivado por maniobras especulativas protagonizadas, en muchos casos, por inversores que pareciera que nunca terminaron de comprender el riesgo al que se estaban exponiendo. No obstante, esta situación anómala fue posible por la contracción inédita de la demanda de crudo que provocó la crisis sanitaria.

Después de la guerra de precios desatada a comienzos de marzo, la Organización de Países Exportadores de Petróleo y sus naciones aliadas acordaron el pasado 12 de abril un recorte en la producción de crudo de 9,7 millones de barriles diarios durante mayo y junio. A su vez, algunos países del G20, con Estados Unidos a la cabeza, se comprometieron por lo bajo a elevar esa cifra a 15 millones de barriles diarios. Sin embargo, ese recorte se efectivizará recién a partir del mes próximo y ni siquiera es seguro que alcance a empardar la disminución de la demanda. Eso dependerá en parte de cómo evolucione la crisis del coronavirus. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, viene pronosticando que lo peor está comenzando a quedar atrás, pero con 40.000 muertos solo en Estados Unidos y sin una vacuna a la vista no está claro que la situación vaya a ser muy diferente el mes próximo.

Si las cuarentenas siguen, la demanda seguirá planchada y los países productores probablemente deberán acordar mayores recortes para tratar de preservar el valor de su activo. Si no lo hacen, situaciones como la de este lunes podrían volver a repetirse, aunque se supone que con un impacto menor porque el mercado de futuros de a poco comienza a ajustar sus valores de a acuerdo a la disponibilidad real de crudo. Lo que pasó hasta ahora fue que muchos especularon con que la crisis iba a terminar siendo menor de lo que fue y convalidaron precios en el mercado de futuros que no se terminaron ajustando ni por asomo a lo que ahora está pasando. Por eso este lunes se terminaron estrellando de la peor manera. 

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Viernes, 17 Abril 2020 06:40

La crisis global se acelera y profundiza

La crisis global se acelera y profundiza

Según el Investment Trends Monitor de marzo, de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (Unctad, por sus siglas en inglés), las proyecciones del impacto económico del covid-19 se hacen más sombrías día a día. La previsión inicial era que la crisis se sentiría primero, y de manera más fuerte, por el lado de la oferta: paros en la producción, interrupciones en la cadena de oferta en Asia del Este (China en primer lugar) y caídas en las economías fuertemente integradas en las cadenas globales de valor. Importante, pero acotada.

Pues bien, ese pronóstico quedó atrás. Es que hoy las cuarentenas y cierres de producción se hacen sentir con independencia de que las economías estén integradas a las cadenas globales de producción, y afectan de pleno a la demanda y toda la producción. De ahí que la previsión es que la crisis será mayor que en 2008-2009. En primer lugar, porque su efecto es más extendido. En segundo término, es más inmediato, ya que el shock de demanda es acompañado de interrupciones forzadas y postergación de proyectos de inversión. En tercer lugar, en la medida en que la actividad económica es golpeada, puede desarrollarse una crisis en el sector financiero cuando muchas empresas no puedan cumplir sus obligaciones financieras; lo cual tendrá un efecto en cascada sobre los flujos de inversión global.

De manera que todo indicaría que la dinámica es cada vez más negativa. Según Unctad aproximadamente el 80 por ciento de las 5 mil mayores multinacionales que monitorea han revisado a la baja sus previsiones de ingresos. A comienzos de marzo el promedio de revisión a la baja de los ingresos era del 9 por ciento. Pero en las últimas semanas la mayoría hizo nuevas revisiones. En promedio, las que operan en los países desarrollados bajaron sus previsiones un 35 por ciento.

En cuanto a China, en el primer bimestre el gasto de capital bajó un 25 por ciento. Las multinacionales que operan en el país prevén caídas de ingresos, en promedio, del 21 por ciento. La inversión en activos fijos descendió un 24,5 por ciento. Pero además, y debido a que las medidas de cierres se tomaron a mediados de enero y de manera desigual, es probable que el pico del efecto sea mayor. Según la Oit, el valor agregado total de las empresas industriales de China cayó 13,5 por ciento en los dos primeros meses de 2020.

Volviendo ahora al plano global, en una previsión realizada por la Oit cuando el número de infectados era de 170 mil personas, se estimaba un aumento de entre 5,5 millones de desocupados (escenario bajo) y 24,7 millones (escenario elevado). El escenario “medio” preveía 13 millones (7,4 millones en los países desarrollados). En la crisis de 2008-2009 el desempleo aumentó 22 millones. De manera que las cifras de la Oit, si bien sombrías, no parecían tan alarmantes. Pero hoy los contagiados superan el millón y el parate de la actividad económica se ha extendido. Una estimación preliminar, al 10 de marzo (de nuevo, dato “viejo”), dice que ya se han perdido 30 mil meses de trabajo. Las pérdidas globales en los ingresos salariales los calcula entre 860.000 millones de dólares y 3,44 billones de dólares.

DESEMPLEO EN EL NORTE.

Los datos del desempleo en Estados Unidos son los que posiblemente brindan una visión más realista de la forma en que se está desarrollando la crisis. Lo más impactante: sólo en la semana que cerró el 28 de marzo, 6,65 millones de personas pidieron seguro de desempleo. En la semana anterior, que cerró el 21 de marzo, lo habían solicitado 3,3 millones; la mayoría de los que llenaron la solicitud fueron trabajadores de hoteles, restaurantes y otros servicios. En la semana que terminó el 28 de marzo, muchas solicitudes pertenecieron a la industria y el transporte. Es que en petróleo, energía, construcción de automóviles, entre otras actividades, el freno ha sido muy fuerte. Los proveedores de estas industrias también sienten la crisis. La compañía de aviones Boeing ya hace varias semanas paró su producción; lo cual pega de lleno no sólo en sus trabajadores, sino en los de otras 17 mil empresas que son sus proveedoras. Varias acerías también pararon sus hornos, ya que no reciben pedidos de la industria del automóvil o petrolera. Muchas empresas han licenciado a los trabajadores, y muchas reducen las pagas; según Bloomberg, 623 mil trabajadores del automóvil y partes componentes están con licencia. Como dato más general señalamos que analistas de J P Morgan consideran que el producto bruto de Estados Unidos podría caer hasta un 14 por ciento en el segundo trimestre (aunque en realidad, nadie sabe cuánto puede caer).

Las horas trabajadas bajaron a un promedio semanal de 34,2 horas, el más bajo desde 2011, y todo anticipa que seguirá bajando. Por otro lado, si bien desde el gobierno se recomienda a los trabajadores que permanezcan en sus casas si se sienten enfermos, muchos temen ser despedidos si lo hacen. A esto se agrega el agravante de que muchos tampoco reciben salario si se enferman.

Debido a la rapidez con que empeoró el empleo, la tasa oficial de desempleo de marzo, del 4,4 por ciento, no registra todavía la situación real. Precisemos que la Oficina de Estadísticas Laborales considera desempleados a aquellos que buscaron trabajo en las últimas cuatro semanas; no toma en cuenta los que están desanimados, o buscan ocasionalmente empleo. Si se incluye a estos sectores, la tasa de desempleo –conocida como U6– llegaría al 8,7 por ciento, aunque este porcentaje tampoco refleja lo que está pasando. Es que, además del retraso que tienen las encuestas, muchos trabajadores han tenido dificultades burocráticas para aplicar por el seguro. Además, otros muchos son independientes y no califican para el seguro.

De ahí que podría haber, según Justin Wolfers, del New York Times, unos 11 millones de desocupados. Lo cual llevaría la tasa de desempleo del 3,5 por ciento en febrero al 10 por ciento el 28 de marzo. Sin embargo, desde entonces se han perdido más trabajos, de manera que el número de desempleados podría llegar a 15 millones, o sea, el 12,3 por ciento de la fuerza laboral.1 Escribe Wolfers: “El mercado laboral está cambiando tan rápidamente que muestras estadísticas oficiales –concebidas para medir cambios a lo largo de meses y años más que en días o semanas– no pueden seguirlas”.

El grupo Goldman Sachs, a su vez, prevé una tasa de desempleo del 15 por ciento hacia mitad de año. La Casa Blanca dice que podría llegar al 20 por ciento. Por último, Miguel Faria e Castro, economista de la Reserva Federal de San Luis, tiene un pronóstico incluso peor: estima que se perderán 47 millones de puestos de trabajo, lo que elevaría el desempleo a 52,8 millones de personas.2 Sería el 32 por ciento de desocupados. En los años treinta el desempleo en Estados Unidos llegó al 25 por ciento, el récord histórico.

Al margen de las proyecciones, en cualquier caso es indudable que se trata de un crecimiento explosivo, de una velocidad como no se ha visto en anteriores crisis. Y la situación en otros países desarrollados (Italia y España entre ellos) no parece tan distinta en lo que hace a la gravedad de la caída.

El panorama es extremadamente grave para la clase trabajadora. Por eso, repito una vez más, no tiene sentido seguir diciendo que esto es todo un invento, o una exageración de los medios, o que la irrupción del virus no cambió nada porque “la economía capitalista ya estaba en retroceso” (como si la situación económica de hoy fuera parecida a la que había en 2018 o 2019). La explicación del por qué los marxistas proponemos un programa socialista –en particular, liberar a las masas trabajadoras de la tiranía que impone la lógica de la ganancia y el capital, y permitir el reordenamiento de los recursos generados por el trabajo en beneficio de todos– debe partir de un diagnóstico objetivo –esto es, apoyado en evidencia empírica– de lo que ocurre. Es lo que justifica y explica la necesidad de medidas profundas y a nivel global frente a este desastre.

*    Docente de Economía en la Universidad Nacional de Quilmes y la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires.

      (Brecha publica fragmentos de este artículo mediante una licencia de Creative Commons. La versión integral puede leerse en rolandoastarita.blog)

  1.   Véase “The Unemployment Rate is Probably Around 13 Percent”, New York Times, 3-IV-20.
  2.   Véase “Back-of-the-Envelope Estimates of Next Quarter’s Unemployment Rate”, 24-III-20. Disponible en Internet.
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Un hombre, con mascarilla, camina por Beijing, China, este viernes. En vídeo, declaraciones del portavoz de la Oficina Nacional de Estadística de China. THOMAS PETER / REUTERS / VÍDEO: REUTERS-QUALITY

 

La pandemia de la covid-19 amenaza con convertir esta progresiva desaceleración en una recesión fulminante para China

El PIB chino perdió un 6,8% en el primer trimestre del año, según datos publicados este viernes por la Oficina Nacional de Estadística. Se trata del primer retroceso en casi medio siglo, provocado por la paralización de su economía a consecuencia de la crisis del coronavirus.

Semejante racha atestigua tanto el vertiginoso desarrollo de las últimas décadas como la dimensión del revés. China no menguaba desde 1976. En aquel año aciago, a los estertores de la Revolución Cultural se sumaron la muerte de Mao Zedong; líder de la República Popular desde su fundación en 1949, la de su primer ministro Zhou Enlai y al menos otro cuarto de millón de personas a causa del devastador terremoto de Tangshan. Su economía se contrajo entonces un 1,6%.

Las cifras de este viernes, además, suponen las más bajas desde 1961, el último año de la Gran Hambruna causada por las erráticas políticas de Mao. El PIB se desplomó de aquella un 27,3% y hasta 45 millones de personas perecieron, según calcula el historiador Frank Dikotter en su libro La gran hambruna en la China de Mao.

Desde entonces, los números del gigante asiático se han mantenido indemnes frente a infortunios como la matanza de Tiananmen de 1989 (4,2%), la crisis financiera en 2008 (9,7%) o la guerra comercial con Estados Unidos desde 2018 (6,7%). El año pasado, el conflicto con la Administración Trump contribuyó a dejar el marcador en 6,1%, un guarismo que ya supuso el peor resultado en casi tres décadas. El resultado del cuarto y último trimestre de 2019 reflejaba un 6%, segundo mínimo histórico consecutivo desde que las autoridades comenzaran a publicar la variación trimestral en 1992. Ahora, no obstante, el coronavirus amenaza con convertir esta progresiva desaceleración en una recesión fulminante.

“El dato de PIB es malo, pero esperado”, apunta Alicia García-Herrero, economista jefe para Asia de Natixis. “Sin duda lo peor son las ventas al por menor en marzo [-16,1%]. Si las pones frente a la producción industrial para el mismo mes [1,1%] te das cuenta de lo que está pasando: China sigue produciendo más de lo que puede consumir, lo que va a aumentar las presiones deflacionistas. Esto se agravará en abril. El mundo se ha parado, por lo que la demanda externa colapsará”. En un funesto informe publicado esta semana, el Fondo Monetario Internacional adelantaba que la pandemia de la covid-19 provocará la recesión global más dura desde la Gran Depresión de 1930.

El Partido suele fijar su crecimiento de PIB en la sesión anual de la Asamblea Nacional Popular, celebrada en el Gran Palacio del Pueblo de Pekín. Este año, sin embargo, el acontecimiento ha tenido que ser aplazado sin que se haya establecido una nueva fecha, por lo que todavía se desconoce cómo afectará el virus a los objetivos macroeconómicos del país. El panel de expertos de Reuters pronostica que en 2020 la economía china acabará repuntando un 2,5%. García-Herrero, por su parte, ha rebajado sus previsiones al 1,5%, “ya que no hay demanda suficiente”.

El PIB, no obstante, no es la máxima prioridad gubernamental en este momento. Así lo ratificó el primer ministro Li Keqiang en un discurso pronunciado el mes pasado durante una sesión del Consejo de Estado. “No es de gran importancia”, aseguró, “que el crecimiento económico sea un poco más alto o un poco más bajo, mientras el mercado laboral permanezca estable”.

El desempleo pasa por ser la clave para reactivar la economía china por los extremos de la producción y el consumo. Los índices de actividad elaborados por la consultora Trivium estiman que su tejido productivo todavía no ha alcanzado su máximo rendimiento y sigue estancado en una tasa que oscila alrededor del 80%. Atajar el desempleo, por otro lado, también es una tarea fundamental dada su capacidad de generar descontento social. En los dos primeros meses del año el paro pasó de un 5,2 a un 6,2%, lo que supone que casi cinco millones de personas han perdido su puesto de trabajo en 2020.

Por Jaime Santirso

Pekín - 17 abr 2020 - 04:45 COT

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Cadena de producción de guantes de vinilo desechables en una fábrica en China.WAN SC / Barcroft Media via Getty Images

La crisis por la Covid-19 augura nuevas reglas en las relaciones comerciales, los hábitos de consumo y en el peso del Estado frente al mercado

El ser humano y los pueblos están atravesados por cicatrices y memoria. Ambos construyen lo que serán y lo que fueron. La hiperinflación de la República de Weimar aún pesa en las políticas alemanas y su austeridad; la Gran Depresión dejó en los estadounidenses un sentido de “no malgastar” (waste not, want not); y la crisis de 2008 y su legado de precariedad e inequidad todavía empobrecen la vida de millones de personas en muchas democracias occidentales. Pero todo desastre es diferente. El crash de 1929 y la II Guerra Mundial definieron las bases del moderno Estado de bienestar, y la epidemia de gripe de 1918 ayudó a crear los sistemas nacionales de salud en muchos países europeos.

Por eso, cada shock económico deja una herencia de recuerdos y heridas. También de cambios. Resulta imposible pensar que esta inimaginable experiencia de mascarillas, distancia social, pérdidas humanas y cancelación de la vida no traerá consecuencias después de que termine la pandemia. Es pronto para saber exactamente cuáles. Cuanto más dure la crisis, mayor será el daño económico y social. Los analistas pueden tardar años e incluso décadas en explicar todas las implicaciones de lo que se vive estos días. Lo paradójico, o no, es que este virus explota las características de la vida que nosotros mismos nos hemos dado. Sobrepoblación, turismo masivo, urbes inmensas, viajes aéreos constantes, cadenas de suministros a miles de kilómetros y una extrema desigualdad en el reparto de la riqueza y en los sistemas de salud públicos.

Todo esto ha dejado expuesta la fragilidad del hombre. Esta ha sido la auténtica placa de Petri de la Covid-19. ¿Qué vendrá cuando pase? “La epidemia aporta una mentalidad de tiempos de guerra, pero una mentalidad que une a todo el planeta en el mismo lado. Los años de guerra son periodos de una gran cohesión interior de los países y de la preocupación por los otros”, reflexiona Robert J. Shiller, premio Nobel de Economía en 2013. Y añade. “Un efecto a largo plazo de esta experiencia podrían ser unas instituciones económicas y políticas más redistributivas: de los ricos hacia los pobres, y con mayor preocupación por los marginados sociales y los ancianos”.

Es una esperanza. Desde luego, la crisis actual no es tan catastrófica como una guerra mundial o la devastación que vivieron nuestros abuelos en la contienda civil, pero sus efectos económicos serán enormes. Carecen de precedentes en tiempos de paz. El suceso más parecido con el que podemos compararla, elcrash financiero de 2008, gestó un cambio intenso en la economía del planeta. Se pasó de un crecimiento relativamente alto y una moderada inflación a otro anémico y con deflación. Pero el mundo nunca más volvió a ser igual al que había sido antes de ese año. “El coronavirus va a provocar una recesión muy superior a la de 2008-2009, ya que la deuda actual de Grecia es del 175,2% de su PIB, y en niveles igual de altos, que rondan el 100% del PIB, andan Italia, Francia y España”, advierte el economista Guillermo de la Dehesa.

Plazos

Desde luego, generará dolor durante bastante tiempo. “Probablemente la mayoría de las economías tardarán entre dos y tres años en regresar a los niveles de producción que tenían antes de la epidemia”, apunta la consultora IHS Markit. Aunque hay otros números más trascendentes. El epidemiólogo de la Universidad de Harvard, Marc Lipsitch, contó en The Wall Street Journal que prevé el contagio de entre el 40% y el 70% de la población adulta en un año.

La verdad económica se rige bajo sus propias leyes de la atracción. Llegan cambios. Las grandes empresas tendrán que repensar dónde y cómo producen. Muchas moléculas se fabrican en China, se refinan en la India y, tras un largo viaje, terminan en las farmacias u hospitales europeos. “Una vez que pase la crisis se vivirá una reindustrialización de Europa y Estados Unidos, debido a los problemas en las cadenas de suministro que están sufriendo en estos momentos muchas compañías”, vaticina César Sánchez-Grande, director de análisis y estrategia de Ahorro Corporación Financiera.

Las empresas se han dado cuenta del peligro que tiene sumar dependencia y lejanía. Pero es cierto que las cadenas de producción nacionales también se paralizan en caso de una pandemia. Da igual. A través del planeta circula una corriente de desenganche. “Incluso antes de la crisis muchas multinacionales con sede en Estados Unidos ya estaban reconsiderando su dependencia de China. Primero por los costes, pero además por la guerra comercial y los aranceles”, relata Karen Harris, directora general de la consultora Bain & Company’s. No es que la globalización se revierta. “Es una realidad que no tiene marcha atrás”, asegura José María Carulla, director del servicio de estudios de la consultora de riesgos Marsh. Pero se fractura. ¿También el capitalismo? Porque su esencia es el movimiento constante de personas y mercancías. Las bases, por cierto, de toda pandemia. ¿Y cómo responderá una generación, sobre todo joven, cuya única vivencia del capitalismo es una crisis? ¿Saldrá a las calles?

Aún es pronto para saberlo. Sin embargo, los paralelos y los meridianos del mundo parece que formarán una trama más fina y menos resistente. La conjunción del Brexit, la epidemia y la guerra comercial entre China y Estados Unidos presagian años complicados para la aldea global. “El bienestar mundial será mucho mayor si los países optan por la cooperación, la ayuda y la solidaridad en momentos de crisis, y por compartir información y avances científicos en lugar de hacerlo por la autarquía o la confrontación”, observa Rafael Doménech, responsable de análisis económico de BBVA Research.

Elecciones en EE UU

Uno de los grandes cambios puede llegar en noviembre de la Casa Blanca. Las crisis no reeligen a los presidentes. Ford perdió contra Carter después de la crisis del petróleo de 1973, Carter perdió contra Reagan en la segunda crisis del crudo de 1979 y Bush perdió frente Clinton tras la invasión de Kuwait. Lo recordaba estos días el economista Nouriel Roubini —­quien predijo el crash de 2008— en la revista Der Spiegel. Estas cicatrices y esta memoria dejan la sensación de que Estados Unidos ya no será el líder del mundo. “Por primera vez en su historia, la primera potencia del planeta ha renunciado a encabezar la lucha sanitaria y económica mientras China responde con una campaña muy agresiva para mejorar su imagen pública”, comenta Federico Steinberg, analista principal del Real Instituto Elcano.

¿Dónde está la fortaleza de las barras y el brillo de las estrellas? “Washington ha fallado el test del liderazgo y el mundo está peor por ello”, se lamenta en Foreing Policy Kori Schake, directora de estudios de política exterior y defensa del American Enterprise Institute. Pero Europa tampoco resulta inmune a esa atracción del egoísmo. La Unión debe proteger a sus 500 millones de habitantes o muchos Gobiernos podrían exigir el retorno de ciertos poderes. Es imposible descartar, lo hemos visto, que los meses venideros traigan un masivo rechazo político. “Dependerá”, puntualiza Kathryn Judge, profesora en la Escuela de Leyes de la Universidad de Columbia, “de hasta qué punto el precio es alto en términos de sufrimiento humano, vidas perdidas y el inevitable destrozo económico [el centro de estudios Brookings Institution habla de un coste global de 2,3 billones de dólares] que llegará. Porque el auge del populismo que barrió el planeta después de 2008 revela de qué manera tan profunda la indignación pública puede cambiar el mundo”.

La historia advierte de que los desastres incendian la xenofobia y el racismo. Y cada vez resulta más común encontrar avisos de esa fractura. Incluso en el Viejo Continente ya prospera el relato del “norte industrioso” y el “sur vago”. Especialmente por la dificultad que muestra Europa para organizar una respuesta coordinada. “La pandemia está evidenciando, una vez más, la disfunción del euro, que coloca a los países miembros en una camisa de fuerza macroeconómica. A menos que la Unión Europea pueda reunir la voluntad de convertirse en una verdadera unión fiscal y política, la zona euro comenzará a separarse”, predice Paul Sheard, experto principal del Centro de Negocios y Gobierno Mossavar-Rahmani en la Escuela Kennedy de la Universidad de Harvard.

Sistemas de salud

Proliferan estas semanas infinidad de intérpretes de la tragedia, adivinadores del drama, quiromantes del descontento e incluso quien también, como el político demócrata estadounidense Bernie Sanders, es capaz de revelarlo todo en seis palabras. “Healthcare is a basic human right”. “El sistema de salud es un derecho fundamental del ser humano”. Este es un legado del virus. Existen muchos otros. Más trabajo desde casa, auge de los pagos electrónicos, mayores controles en las fronteras, seguros caros y complejos, educación y medicina a distancia, y menos viajes transoceánicos y convenciones. “Tenemos que pensar cómo hacemos más eficiente el sistema de salud, porque al hacerlo se vuelve más económico, viable y universal”, propone Carsten Menke, responsable de next generation research del banco privado Julius Baer. Su narrativa incluye telemedicina, monitorización del paciente en casa después de una cirugía o medicinas personalizadas que eviten el despilfarro de medicamentos.

Nada muy revolucionario, todo muy urgente. Porque la novedad es que la higiene crece como prioridad en las agendas de empresas y Gobiernos. Singapur ya está planeando unas normas de limpieza obligatorias. Reglas más estrictas pueden impulsar las compras online de una forma similar a como la epidemia del síndrome respiratorio agudo grave (SARS, por sus siglas en inglés) de 2003 provocó que la gente evitara los centros comerciales.

Los Gobiernos van a gastar más en cuidar la salud de sus ciudadanos y eludir los enormes costes de las pandemias. Solo el SARS restó —acorde con la Universidad Nacional de Australia— 40.000 millones de dólares de la economía del planeta. “Para mí es una llamada de atención, ya que la Covid-19 no es tan mortal como el ébola. Las Administraciones, al menos eso espero, se organizarán y estarán preparadas para el próximo”, estima Gael Combes, analista de la gestora Unigestion. Y avanza. “En un sentido más económico es poco probable que cambie nuestro deseo de consumir y viajar. Quizá los grandes cruceros no estén de moda por un tiempo, pero la gente no renunciará, si puede pagárselo, a un largo fin de semana en Barcelona”.

Esa misma fe en la recuperación del consumo es la que demuestra Daniel Galván, director de GBS Finance. “Repuntará con fuerza a medida que se normalice la situación”. Veremos. Porque el hombre utiliza la “costumbre” como un parapeto frente a la noche más oscura. El ser humano busca refugios en las tormentas. “Vamos a estar más pendientes de lo nuestro, de lo público y de lo que nos protege, y crecerá el porcentaje de ciudadanos partidarios de aumentar (aunque tengan que pagar más impuestos) el gasto público en sanidad”, estima Carlos Cruzado, presidente de Gestha, el sindicato de los técnicos de Hacienda.

Enorme gasto público

Nadie quiere regresar a un nuevo periodo de austeridad como el que dejó la crisis de la deuda soberana de 2011. Pues la trama estos días resulta similar. Un enorme gasto público y la caída de los ingresos tributarios. “Si la crisis termina impactando de manera asimétrica en Europa, menos en el norte y más en el sur, porque los norteños han tenido más tiempo para prepararse y cortado la cadena internacional de suministros sanitarios dando prioridad a su autoabastecimiento, volverá a imponerse el calvinismo: ‘Los pecadores merecen pagar por sus pecados”, critica Carlos Martín, responsable del gabinete económico de CC OO. “Esta moral ya se impuso durante la anterior crisis: los sureños se lo han gastado en ‘mujeres y vino’ [como espetó en 2017 Jeroen Dijssel­bloem, entonces ministro de Finanzas holandés]. Y lo más chocante es que algunos Gobiernos del sur compraron esta reprobación: ‘Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”.

Ahora podrían razonar igual: los sureños nos quieren trasladar, nuevamente, el coste de su incapacidad y desorganización. Sin embargo, la economía tras el coronavirus trae, en principio, el requisito de la solidaridad. Resulta evidente que las medidas fiscales lanzadas por el Ejecutivo para frenar la pandemia dejarán un legado de mayor déficit y deuda pública. “Estos aumentos deben financiarse a muy largo plazo, incluso décadas. Con cualquiera de las soluciones por la que se termine optando (emisión de deuda pública nacional, coronabonos europeos u otras), el BCE tendrá un gran protagonismo en la financiación en los mercados secundarios de deuda”, cuenta Rafael Doménech.

De momento, la pandemia vive en el presente. Acertar con el futuro de la economía suena complejo. Porque nadie sabe cuál será su peaje humano ni económico final. Aunque siempre hay optimistas. “Creo que la mayoría de los negocios, y desde luego los gigantes estadounidenses y de otros países, no fracasarán en el regreso a su actividad empresarial [una vez pase la crisis]”, observa en la agencia Bloomberg Edmund Phelps, premio Nobel de Economía. Por esos mismos pasillos resuenan otros tonos. “Superaremos esto y estaremos mejor dentro de 24 meses”, calcula, en una nota, Rob Lovelace, vicepresidente de la gestora Capital Group. Pero dos años es una espera inimaginable en millones de hogares. Aunque entonces, quizá, algunas percepciones deberían haber cambiado para siempre. El precepto de “seguridad nacional” incluirá la redistribución de la riqueza, una fiscalidad más justa y reforzar el Estado de bienestar. También la sociedad deberá apreciar el valor de oficios hasta ahora orillados. Niñeras, asistentes sociales, limpiadores del hogar, cuidadores de ancianos. Algunas de las contribuciones más infravaloradas reclamarán una consideración muy distinta. Tal vez el nuevo tiempo proponga la enseñanza de que los profesores y las enfermeras son mucho más valiosos que los banqueros de inversión y los gestores de fondos especulativos.

Una de esas voces llenas de dinero es la de Larry Fink. La persona más poderosa de los mercados. Administra unos siete billones de dólares a través de BlackRock, la mayor gestora de fondos del planeta. Confinado en su casa, ha escrito una carta de 11 páginas a sus clientes, accionistas y trabajadores. Defiende —claro— el brillo del capital. “Existen enormes oportunidades en el mercado”, apunta. E imagina un futuro diferente. “Cuando salgamos de la crisis, el mundo será distinto. La psicología del inversor cambiará. Los negocios cambiarán. El consumo cambiará”. Quizá la gente evitará los lugares concurridos como conciertos y restaurantes. “Entonces, ¿solo sobrevivirán las grandes cadenas y los pedidos online?”, se cuestiona Giles Alston, experto de Oxford Analytica. Parece improbable. Pero las camisetas llevarán estampadas la palabra “resiliencia” y en sus etiquetas se debería leer fabricado en “decencia”, “generosidad”, “honestidad”, “belleza”, “coraje”.

Poco a poco, el futuro económico se filtra al igual que la luz a través de una grieta. “Las políticas monetarias perpetúan el tipo del dinero alrededor del cero porque la inflación ha dejado de ser un problema”, prevé Roberto Scholtes, director de estrategia de UBS. La economía tendrá que responder a nuevas exigencias sociales. Políticas fiscales más expansivas, mayor presión por redistribuir la riqueza y habrá que diseñar partidas de gastos extraordinarias frente a nuevas epidemias o la crisis climática.

“Las grandes crisis económicas de la historia desde la II Guerra Mundial han ocurrido con talento político cuestionable en las superpotencias”, recuerda Emilio Ontiveros, presidente de Analistas Financieros Internacionales (AFI). Y avanza. “Llega una cuarta fase de la globalización y necesitamos una mayor coordinación multilateral. El BID, la Reserva Federal, el G20 y el Eurogrupo tienen que actuar con mayor ambición. Porque, de lo contrario, nos cargaremos el ahorro de la gente, las pensiones, el bienestar. Y la sociedad y la economía saldrán más empobrecidas tras la crisis”. Urge una renta básica o cualquier sistema de distribución similar que dé protección a la gente en tiempos de emergencia y también de calma. Sobre todo después del inevitable aumento del paro que dejará el fin del enclaustramiento económico. UBS estima una destrucción (temporal) de dos millones de empleos en España, y Goldman Sachs cree que el PIB del mundo caerá un 1% este año.

En ese momento, la psicología del inversor, atrapada en la paradoja, será a la vez igual y distinta. “Como en otras situaciones que combinan incertidumbre y elevada volatilidad, existe un gran apetito por la liquidez y la posibilidad de que los ahorradores opten por depósitos frente a otras inversiones”, sostiene Francisco Uría, socio responsable del sector financiero de KPMG. Pero la nueva línea del horizonte la dibujarán los fondos cotizados (ETF) y la sostenibilidad en las carteras. ¿Y qué será del sector inmobiliario, que también ha creado burbujas, contradiciendo al poeta, nada ingrávidas ni sutiles? Mirará a la tecnología. Las inmobiliarias se volverán digitales. Hasta donde resulta posible. Nadie compra una casa sin verla físicamente. “Pero en el corto plazo, el impacto es duro. La gente debe solucionar primero otros problemas inmediatos, luego volverá a comprar viviendas”, vaticina Carlos Smerdou, consejero delegado de Foro Consultores Inmobiliarios.

Emergencia climática

Porque en este fundido a negro de la Tierra, solo la emergencia climática y la naturaleza parecen beneficiarse. El respiro que le hemos dado a la atmósfera es la única luz blanca que cae sobre una oscura pandemia. En China, donde la polución causa más de 1,6 millones de muertes prematuras, el confinamiento, acorde con el científico de la Universidad de Stanford Marshall Burke, ha salvado al menos la vida de 1.400 niños menores de 5 años y 51.700 adultos de más de 70 años.

Hemos cambiado nuestra existencia y nuestra forma de trabajar en un aliento. ¿No podemos en otro modificar la manera en la que habitamos el planeta? “Las elecciones que hagan hoy los bancos centrales, los Gobiernos y las instituciones financieras moldearán nuestras sociedades los años venideros. Es tiempo de movilizar recursos para poner la salud y el trabajo de las personas primero. Por eso, las Administraciones deben invertir en alejar nuestras economías de la dependencia de los combustibles fósiles y el crecimiento infinito que continúa alimentando el desastre”, reclama May Boeve, directora de la ONG 350.org.

“Vamos a una recesión no vista desde la Gran Depresión”

Kenneth Rogoff, economista y profesor en Harvard, cree que el vigor de la salida de la crisis depende de la respuesta sanitaria.

Rogoff, uno de los grandes economistas del siglo XXI, tiene el prestigio de no escribir renglones torcidos. En 2009 publicó, junto a su colega en el centro estadounidense Carmen Reinhart un libro cuyo título es una reimpresión de los días que transitamos. This is Different: Eight Centuries of Financial Folly (Esta vez es distinto: ocho siglos de necedad financiera). Hoy, mientras conversa con EL PAÍS a través de un cuestionario enviado por correo electrónico, esa frase pesa igual que un cielo de plomo. “El impacto potencial en la política económica resulta profundo. Pero puede ir en diferentes direcciones”, sostiene Rogoff. “¿Se verá el sistema autoritario de China como una solución a la crisis o la causa? ¿El inepto manejo de la pandemia por parte de Estados Unidos, tanto en sus primeras etapas (falta de pruebas) como en sus últimas (carencia de una política nacional unificada), señalará el comienzo del fin del dominio estadounidense o, en última instancia, mostrará la creatividad y la resiliencia del país y del dólar? Va a hacer falta mucha fortaleza.

Los meses acuden descontando un calendario de días desolados. “Parece que nos dirigimos a una profunda recesión global, con un calado no visto desde la Gran Depresión”, prevé el economista. “Esperemos que sea mucho más corta. Aunque la rapidez de la salida dependerá de cómo se desarrolle el virus y la respuesta del sistema sanitario. Pero, incluso en el mejor de los casos, la situación es terrible para los mercados emergentes. Antes de la crisis ya tenían una deuda externa altísima [entre hoy y el final del próximo año, los países en desarrollo deben afrontar, según la ONU, el repago de 2,7 billones de dólares en deuda] y un crecimiento a la baja. Esto provocará el colapso de muchas naciones. Carmen Reinhart y yo proponemos una moratoria del pago a los países más afectados”, argumenta Rogoff.

Por Miguel Ángel García Vega

Madrid - 12 abr 2020 - 06:00 COT

Publicado enEconomía