FMI: "La recesión por el coronavirus será al menos tan grave como la crisis financiera mundial o algo peor"

La directora gerente del FMI avisa del impacto de la crisis del coronavirus en los países emergentes donde "los inversores ya han retirado 83.000 millones de dólares de los mercados emergentes desde el comienzo de la crisis, la mayor salida de capital jamás registrada"

Kristalina Georgieva, la directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), ha señalado que debido al impacto económico del coronavirus "las perspectivas de crecimiento mundial: para el año 2020 son negativas, una recesión al menos tan grave como durante la crisis financiera mundial o algo peor. Pero esperamos la recuperación en 2021", en la rueda de prensa posterior al encuentro telemático del G20, la reunión de los países ricos y emergentes más importantes del mundo. 

"Es fundamental dar prioridad a la contención de la epidemia y fortalecer los sistemas de salud. El impacto económico es y será grave, pero cuanto más rápido se detenga el virus, más rápido y fuerte la recuperación será", ha señalado Georgieva.

La directora gerente del FMI ha avisado del fuerte descalabro que pueden sufrir las economías emergentes por la crisis económica de la pandemia cuando "los inversores ya han retirado 83.000 millones de dólares de los mercados emergentes desde el comienzo de la crisis, la mayor salida de capital jamás registrada. Estamos particularmente preocupados por los países de bajos ingresos con una crisis de deuda, una cuestión en la que estamos trabajando estrechamente con el Banco Mundial".

Ante la situación económica, la directora gerente del Fondo ha comentado que el organismo multilateral "va a aumentar masivamente la financiación de emergencia, que ya  casi 80 países están solicitando" y ha recordado que disponen de "una capacidad de préstamo de 1 billón de dólares", que ya anunció el pasado 16 de marzo.

"La crisis de liquidez mundial se afianza, necesitamos se proporcionen líneas de intercambio adicionales", ha resaltado Georgieva que ha añadido que el FMI busca que sus países miembros amplíen las líneas de liquides y que el organismo multilateral va a proponer "una red más amplia de líneas de intercambio".

El presidente del Banco Mundial, David Malpass, ha afirmado que los países "necesitan moverse rápido para incrementar su gasto sanitario, fortalecer sus redes de seguridad social, apoyar al sector privado y revertir la interrupción de los mercados financieros", según informa Europa Press.

Malpass, que también ha intervenido en la teleconferencia del G20, ha solicitado a los países presentes que consideren que suspendan el cobro de deudas soberanas hasta que el Banco Mundial y el FMI hayan hecho una valoración plena de sus necesidad de financiación ante el coronavirus.

23/03/2020 - 18:11h

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Como la élite mundial tratará de beneficiarse de la pandemia. Entrevista a Naomi Klein

La crisis es la ocasión para colar políticas impopulares

 

El coronavirus es oficialmente una pandemia mundial que hasta ahora ha infectado diez veces mas personas que el SARS de 2003. En EE.UU., escuelas, universidades, museos y teatros, cierran sus puertas; y pronto, ciudades enteras, harán lo mismo. Los expertos advierten de que algunas personas, sospechosas de estar infectadas por el virus en EE.UU: prosiguen su rutina cotidiana. Porque su empleo no les permite bajas pagadas dadas las deficiencias del sistema privatizado de salud norteamericano.

La mayoría de entre nosotros (NT.: para los ciudadanos norteamericanos) no saben qué hacer ni a quién escuchar. El presidente Donald Trump ha rechazado las recomendaciones de los centros de control y de prevención de enfermedades; y estos mensaje contradictorios han reducido nuestro margen de maniobra para atenuar los daños causados por este virus tremendamente contagioso.

Son las condiciones perfectas para que los gobiernos y la élite mundial desplieguen programas políticos, que de otra forma, encontrarían gran oposición si no estuviéramos todos tan desorientados. Esta cadena de acontecimientos no es exclusiva de la crisis creada por el coronavirus; es el proyecto que los políticos y los gobiernos persiguen desde hace décadas, conocido con el nombre de “doctrina del shock”, término inventado por la activista y autora Naomi Klein en un libro del mismo nombre de 2007.

La historia es una crónica de “shocks”: los de las guerras, las catástrofes naturales y las crisis económicas, y de sus consecuencias. Estas consecuencias se caracterizan por el “capitalismo catástrofe”; mediante “soluciones” calculadas y de libre mercado para las crisis que estallan y exacerban las desigualdades existentes.

Según Klein, asistimos ya a un capitalismo catastrófico en el terreno nacional; para responder al coronacirus, Trump ha propuesto un plan de estímulo de 700 millardos de dólares que incluye reducción de cargas sociales (que devastarán la seguridad social) y proporcionará una ayuda a las industrias faltas de oportunidades de negocio causadas por la pandemia: “No lo hacen porque crean que es el medio más eficaz para paliar el sufrimiento causado por la pandemia; formulan tales ideas porque ven una oportunidad para desplegarlas”, ha declarado Klein.

VICE ha preguntado a Klein sobre la forma como el “shock” del coronavirus cede su lugar en la cadena de acontecimientos que describió hace ya más de diez años en La doctrina del shock.

 

VICE: Empezemos por lo esencial. ¿Qué es el capitalismo de catástrofe? ¿Cuál es su relación con la “doctrina del shock”?

 

La forma como defino el “capitalismo catástofe” es muy simple: describe la manera como las industrias privadas emergen para beneficiarse directamente de las crisis a gran escala. La especulación sobre las catástrofes y la guerra no es un concepto nuevo, pero se ha profundizado claramente con la administración Bush a partir del 11 de setiembre, cuando el gobierno declaró este tipo de crisis de seguridad sin plazo, y simultáneamente la privatizó y externalizó; esto incluyó el Estado de seguridad nacional en la privatización, así como la invasión y ocupación (privatizada) de Irak y Afganistán.

La “doctrina del shock” es la estrategia política que consiste en emplear las crisis a gran escala para hacer avanzar políticas que profundicen sistemáticamente las desigualdades, enriqueciendo a las élites y debilitando a los demás. En tiempos de crisis, la gente tiende a concentrarse en las urgencias cotidianas para sobrevivir como sea y tiende a contar sobre todo con los que están el poder. En épocas de crisis, desviamos un poco la mirada, lejos del juego real.

 

VICE: ¿De dónde viene esta estrategia política? ¿Cómo trazar su historia en la política norteamericana?

 

La estrategia de la doctrina del shock fue una respuesta de Milton Friedman al programa del New Deal. Este economista neoliberal creía que todo estaba equivocado con el New Deal en Estado Unidos: para responder a la Gran Depresión y al Dust Bowl (NdeT: Tormenta de polvo) un gobierno mucho más activo surgió en el país, que se propuso resolver directamente la crisis económica en la época creando empleos públicos y ofreciendo ayudas directas.

Si Vd. es un economista del libre mercado, comprenderá que cuando los mercados quiebran, hay preparado un cambio progresivo que es mucho más orgánico que el tipo de políticas de desregulación que favorecen a las grandes empresas. La doctrina del shock se desarrolló como un medio de evitar que las crisis cedan el lugar a momentos orgánicos en los que surjan políticas progresistas. Las élites políticas y económicas entienden que los momentos de crisis son la ocasión para hacer avanzar su lista de deseos de políticas impopulares que polarizan aún más la riqueza en este país y en todo el mundo.

 

VICE: Actualmente estamos confrontados con múltiples crisis: una pandemia, falta de infraestructuras para resolverla y hundimiento de la bolsa. ¿Podría explicarnos como cada uno de estos elementos se inscribe en el esquema que Vd. ha descrito en la Doctrina del shock?

 

El shock en realidad es el mismo virus. Se le ha tratado de manera que maximice la confusión y minimice la protección. No creo que sea una conspiración; es justo la forma como el gobierno norteamericano y Trump han gestionado, completamente mal, esta crisis. Hasta ahora Trump ha tratado esta situación, no como una crisis de salud pública, sino como una crisis de percepción y un problema potencial para su reelección.

Es el peor de los escenarios, máxime si se tiene en cuenta el hecho de que Estados Unidos no dispone de un programa nacional de salud y que la protección de la que se benefician los trabajadores es muy mala: por ejemplo, la ley no establece prestaciones por enfermedad. Esta combinación de fuerzas ha provocado un choque máximo. Va a explotarse para salvar industrias que están en el núcleo de las crisis más extremas a las que hemos de enfrentarnos, como la crisis climática: la industria aérea, la petrolera y gasística, la de los cruceros, y quieren consolidar todo esto.

 

VICE: ¿Cómo hemos visto esto antes?

 

En La doctrina del shock hablo de lo que pasó después del huracán Katrina. Grupos de expertos de Washington como la Heritage Foundation se reunieron creando una lista de soluciones “pro libre mercado” para el Katrina. Podemos estar seguros de que ahora se hará el mismo tipo de reuniones. De hecho, la persona que presidió el grupo Katrina fue Mike Pence (NT: la persona que preside ahora el dossier Coronavirus). En 2008, ese movimiento se tradujo en el salvamento de los bancos, cuando los países les entregaron cheques en blanco, que finalmente se elevaron a varios millardos de dólares; pero el coste real de esta situación tomó la forma de amplios programas de austeridad económica (reducciones ulteriores de servicios sociales). Así que no se trata tan solo de lo que pase ahora, sino también de la forma como lo pagarán en el futuro, cuando se presente la factura de todo lo que se debe.

 

VICE: Si nuestros gobernantes y la élite mundial van a beneficiarse de esta crisis para sus propios fines, ¿qué puede hacer la gente para apoyarse mutuamente?

 

“Voy a cuidar de mí y de los míos, podemos adquirir la mejor póliza de seguro privado de enfermedad, y si Vd. no la tiene, probablemente es su error, no es mi problema”: he aquí lo que una economía de vencedor mete en nuestros cerebros. Lo que revela en un momento de crisis como ahora, es nuestra interrelación de unos con otros. Comprobamos en tiempo real, que estamos mucho más interconectados de lo que nuestro brutal sistema económico nos permite creer.

Podemos pensar que estaremos seguros si obtenemos buenos cuidados médicos, pero si la persona que prepara o suministra nuestros alimentos, o que envuelve las cajas, no tiene acceso a cuidados médicos y no puede permitirse los análisis, y aún menos quedarse en casa porque no tiene prestación por enfermedad, no estaremos seguros. Si no nos cuidamos unos a otros, ninguno estará seguro. Estamos atrapados.

Las diferentes formas de organizar la sociedad favorecen o refuerzan diferentes partes de nosotros mismos. Si está en un sistema que, como sabe, no cuida de la gente, y no distribuye los recursos de manera justa, entonces nuestro impulso por la acumulación estará en riesgo. Piense esto y reflexione en cómo. En vez de empecinarse en pensar en cómo pueden cuidarse a sí mismos y a su familia; Vd. puede cambiar y reflexionar sobre la forma de compartir con sus vecinos y ayudar a las personas más vulnerables.

21/03/2020

La entrevista la realizó Marie Solis

Naomi Klein

Autora, entre otros libros, de 'La doctrina del shock' y 'No Logo'.

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Miedo y asco en el capitalismo global: el coronavirus y la crisis de beneficios

La crisis traída a primer plano por la extensión del coronavirus, no es una crisis financiera en origen, sino una crisis directa de la llamada

“economía real”.

 

La crisis global por la extensión del coronavirus va desencadenar una profundísima recesión mundial que puede dejar pequeña la de 2008. Desde luego, nada de lo que esta sucediendo estos días en términos propiamente económicos, y están sucediendo muchas cosas, pilla por sorpresa a quienes han venido siguiendo la situación económica global en los últimos años. Recordemos: todavía hace dos años, estábamos un plácido dominio del modelo de relación entre territorios capitalistas, por la vía de lo que llamamos globalización. Desde entonces ese entramado empezó a crujir ante las presiones, sobre todo americanas, que apuntaban a una vuelta a un modelo centrado en la supuesta soberanía económica de los Estados nación por medio de la competencia generalizada entre territorios y Estados. El aspecto más visible de este giro ha sido la guerra comercial a tres bandas entre EE UU, China y la UE.

La guerra comercial, y en general, el reajuste de posiciones políticas que ha sufrido la economía global en los dos últimos años, ha tenido como telón de fondo una perdurable crisis del beneficio capitalista que se arrastra con distintas intensidades desde 1973. Como ya se ha repetido hasta la saciedad, la gran apuesta capitalista de salida a la crisis de los años setenta fue la financiarización del capital, la reversión de tanta riqueza social como fuera posible a formas monetarias y líquidas. Frente al capital cristalizado en estructuras físicas permanentes, con sus ritmos de amortización predeterminados, el dinero y sus sustitutos dio a la nueva clase capitalista dominante, las finanzas y los mercados financieros, la posibilidad de centralizar el poder sobre el proceso de acumulación a través de la más abstracta de las formas de poder: el dinero y los instrumentos monetarios.

La crisis asiática de 1998, la crisis de la burbuja tecnológica de 2001 y, finalmente, el gran estallido de la burbuja inmobiliaria global en 2007, que con tanta fuerza se sintió en España, nos han ido retirando sucesivamente la ilusión de un capitalismo en el que las vías de beneficio fueran obtenidas por medios mayoritariamente financieros, principalmente por medio del uso extensivo de la deuda y el crédito para la recomposición de la rentabilidad. Se han vuelto a dejar una vez más al descubierto los gigantescos problemas de valorización y realización que arrastra el aparato productivo global, y que se experimentan como una situación de exceso permanente de capacidad productiva y competencia destructiva en los sectores capitalistas centrales, algo fácilmente comprobable en su forma mediada a través de los Estados: de nuevo, la guerra comercial.

De alguna manera, el giro que tomó la geoeconomia global en 2017 hacia el conflicto entre la triada EEUU-China-UE parte de un reconocimiento tácito de que la acumulación de capital, incluidas las vías financieras, no llega a producir beneficios para todos los agentes capitalistas, no hablemos de satisfacer unos mínimos criterios de ordenación política de las sociedades gobernadas por el capital financiero. Alguno de estos agentes tiene que perder la batalla por la rentabilidad y, de forma derivada, su posición jerárquica en el nuevo orden mundial. Este hecho se muestra en la debilidad del proceso de acumulación, del crecimiento o de la inversión, y en que durante los cinco o seis años los bancos centrales hayan inundado de liquidez a las instituciones financieras, sin que esta haya permeado significativamente al tejido productivo.

En este sentido, y ceñidos a la más inmediata actualidad, la crisis traída a primer plano por la extensión del coronavirus, no es una crisis financiera en origen, sino una crisis directa de la llamada “economía real”: de la actividad, de la inversión, del mercado de trabajo. Esta vez no ha hecho falta que reviente un castillo de naipes financiero, ha bastado una alerta de pandemia, para que el PIB se contraiga en todo el mundo, las quiebras se multipliquen y el paro amenace con desbordar todos los niveles conocidos. Por supuesto, esta crisis del aparato productivo va a tener todo tipo de síntomas financieros, y como bien se sabe, en la medida que son las finanzas quienes controlan los aparatos, serán las finanzas las que tengan la última palabra, salvo que se encuentren con algún obstáculo político serio, en la orientación que tome una crisis que, para mas excepcionalidad, no podrá ser sentida en toda su magnitud por sus protagonistas hasta que acaben los actuales encierros y cuarentenas.

Los últimos dos años han servido también para certificar la muerte del neoliberalismo doctrinal que fue discurso hegemónico durante los años de la globalización y sus instituciones. El neoliberalismo doctrinal ponía el libre mercado y sus mecanismos de ajuste en el centro de toda actividad económica y política. Como figura complementaria de este neoliberalismo doctrinal, lo que podríamos llamar“ neoliberalismo realmente existente” se ocupó más de conquistar el Estado que de negarlo, para promover los intereses de las finanzas, desde entonces convertidas en una suerte de figura metonímica para definir “el mercado”. Pues bien, ni el uno ni el otro tipo de neoliberalismo han superado las barreras anteriores a la declaración de esta crisis.

Ya en la cumbre de Davos de 2020, lugar de peregrinación neoliberal por excelencia, ha sido imposible escuchar panegíricos a favor de la libertad de mercado y del mercado autorregulador como panacea. Tampoco la irrupción de la crisis bajo la forma de crisis de salud pública parece que vaya a facilitarles de momento a los neoliberales la contraposición, tan clara como tramposa, entre Estado y Mercado como eje decisional de las políticas públicas durante la crisis. Como dijo Richard Nixon en 1970, antes de asestar el tiro de gracia al régimen de Bretton Woods: “We are all keynesians now”. Porque, efectivamente, la antigua posición dominante de los dos tipos de neoliberalismo —el doctrinal y el realmente existente— se ha ido desgajando en dos posiciones centrales de las que van colgando distintas variantes. Por un lado, se ha ido haciendo fuerte un discurso neokeynesiano que pone el acento en la desinversión que ha supuesto el ciclo neoliberal y que lee la hegemonía de las finanzas como un movimiento propiamente político de las élites, dirigido a obtener un mayor porcentaje de la riqueza social y a concentrar tanto renta como riqueza en el 1% mas rico y poderoso del planeta.

Observamos aquí el conocido discurso de las desigualdades sociales crecientes que se podría revertir mediante la combinación adecuada de política fiscal e inversión masiva. Esta posición ha emergido, no sin traumas, a partir de la constatación de la fortísima deslegitimación política frente a sus poblaciones que han sufrido los gobiernos, tanto socialdemocratas como conservadores, que siguieron al pie de la letra la vulgata neoliberal durante los años de la crisis, con sus rescates millonarios y su austeridad catastrófica. Para este discurso, los sectores tecnológicos y energéticos, desde el punto de vista del paradigma del Green New Deal, serían los grandes puntales del nuevo ciclo de crecimiento que propiciarían las políticas keynesianas, tanto fiscales como monetarias adecuadas. El QE for the people que inventaron las fundaciones progresistas británicas, con Anne Pettifor y la New Economics Foundation a la cabeza, puede ser el ejemplo más inmediato: fabricación masiva de dinero e inversión para una transformación del capitalismo de nuevo en capitalismo productivo. Siguiendo la tradición keynesiana, los beneficios aquí no son un problema. Al depender la capacidad productiva utilizada y rentable única y exclusivamente de la demanda, se trata de fabricar una nueva demanda masiva desde el Estado a la que necesariamente seguirá la inversión privada. 

Otro gran bloque de posiciones políticas en la crisis se ha ido fraguando a partir del ascenso de Trump al poder. Este pone el acento en la soberanía nacional de los Estados nación como salida política a la crisis a partir de la desglobalización. Endurecimiento de las condiciones para la libre circulación de trabajadores, proteccionismo mercantil a través del uso selectivo pero contundente de aranceles y tratados comerciales bilaterales con los que negociar alianzas políticas entre Estados nación frente a los grandes tratados multilaterales de la época de la globalización. Si el neokeynesianismo anteriormente mencionado sigue manteniendo en perspectiva, como área de acción, las grandes zonas políticas transnacionales, como la UE, la perspectiva neosoberanista apunta a la ruptura de estas grandes áreas transnacionales.

La irrupción de la crisis del coronavirus ha supuesto la aceleración de estas tendencias que no eran mas que tomas de posición frente a una crisis global perfectamente anticipada por parte de los agentes capitalistas. La lógica de las finanzas y, por extensión de la economía ortodoxa, se puede esbozar como una serie de causas estructurales que buscan un acontecimiento externo al que adosarse para poder presentarse como consecuencias y no como causas. Es comprensible, ni las finanzas, ni los aparatos políticos nacionales y transnacionales que las sostienen, van a decir, si lo pueden evitar, que el edificio financiero mundial está colapsando desde dentro. En 2007-2008 no tuvieron otro remedio porque la crisis apareció inmediatamente como una crisis bancaria, y aun así, tuvimos que soportar sus buenos tres años de escuchar que estábamos ante un problema de liquidez localizado, provocado por el mercado de hipotecas norteamericano, pero que la salud de la economía global era envidiable.

En este caso, y aunque por el momento no hay medio de comunicación, ni analista global que eche la mirada más atrás de tres semanas, basta mirar los informes financieros de una entidad tan “cuidadosa” con la “confianza de los inversores” como el FMI para ver que desde 2017 no han hecho más que anunciar una gran crisis global, lo mismo se puede decir en lo que se refiere a la inmensa mayoría de organismos económicos y financieros transnacionales. Esta lectura casi automática de la crisis del coronavirus como “la crisis global” que se estaba esperando, ha venido, por un lado, haciendo que las primeras respuestas ya estuvieran teñidas de las posiciones previas tomadas durante estos dos años y, por otro, en un claro caso de profecía autocumplida, han agravado considerablemente los perfiles de la crisis de producción y empleo.

La primera respuesta de China, que lleva desde 2012 incentivando su demanda interna y subiendo el contenido tecnológico de su producción para dejar de ser el sweatshop del mundo, con todo su despliegue propagandístico de capacidad de movilizar militarmente a su fuerza de trabajo, de construcción visible de hospitales en tiempo récord o, ahora recientemente, reclamando haber descubierto una vacuna contra el virus, ponen encima de la mesa claramente una voluntad hegemónica china que no se había visto tan claramente hasta estos días. Durante la guerra comercial, China nunca ha admitido querer ser otra cosa que un empleado preferencial de Estados Unidos, con cierta autonomía pero siempre sabiendo que su lugar es subordinado. La apuesta más fuerte de China, y de la que ha salido por ahora bastante bien parada, fue restringir la producción y el consumo durante los días de la cuarentena hasta un 20% de su capacidad total, forzando la primera oleada de crisis en los mercados financieros. Lo que se demostró en esos días es que China es el único país del mundo que puede bajar la producción a niveles muy por debajo de lo habitual y que los efectos del caos generado en los mercados financieros los sientan otros. En general, China ha aprovechado esta crisis para presentar su candidatura a nueva potencia hegemónica mundial apoyada en el keynesianismo interno y la militarización de la fuerza de trabajo. De haber sido interpretado de esta forma por el resto del mundo, hubiéramos entendido también que sus medidas frente a la extensión del virus no eran replicables en otros lugares.

Por su parte, Donald Trump y el gobierno de los Estados Unidos han puesto por delante la visibilidad de la soberanía nacional en las medidas de crisis: cierre de fronteras, suspensión de viajes desde Europa y de europeos, deportaciones de sin papeles y, aquí también, nuevas lineas de gasto público siempre subordinadas a la aserción de Estados Unidos como fuerza económica. De manera extraordinariamente simbólica, el posible envió de cheques a una población americana que no tiene ni baja por enfermedad, ni seguro de desempleo, ni por supuesto sanidad pública, viene a reforzar esa imagen del Estado soberano que pone dinero en el bolsillo de sus ciudadanos libres sin necesidad de intermediarios.

También Boris Johnson en Reino Unido ha querido subirse a este tipo de políticas trumpistas, lo que en principio Trump parecía favorecer al excluir al Reino Unido de la prohibición de volar a Estados Unidos. Johnson, candidato que logro su ascenso al 10 de Downing Street mediante la capitalización política del Brexit no puede ahora emular las medidas de la UE sin que le suponga ser pillado en un renuncio. Sin embargo, precisamente porque ya no se encuentra amparado por la UE y Estados Unidos parece solo a medias interesado en llevar al Reino Unido a rebufo, los fuertes ataques que esta sufriendo la libra esterlina en medio del caos generado por la apreciación del dolar y la bajada de los rendimientos de los bonos del tesoro americano a diez años, van muy probablemente a doblegar la posición soberanista británica haciendo comulgar a Johnson con los criterios europeos.

Caso de que todas las tendencias encadenadas a partir de la irrupción de la crisis del coronavirus tengan vida autónoma y capacidad de marcar el camino de las decisiones económicas bastante más allá del momento en que se controle el virus, debemos prestar atención a un factor especialmente importante: un factor que tiene visos de afectar más a la coyuntura económica global que el propio virus. Se trata de la decisión saudí de bajar unilateralmente el precio del petroleo y de aumentar la producción de crudo del Golfo. Esto es nada menos que, por un lado, una reversión de la tendencia a la cartelización de los países productores de petroleo para obtener rentas monopolistas desde los años setenta, y, por otro, un síntoma de la irrupción de la competencia y la bajada de rentabilidad en el sector energético en la misma línea que ambas cosas llevan afectando, también desde mediados de los años sesenta, a los entonces sectores industriales punteros.

En cualquier caso, y aunque la decisión se presenta de forma inmediata como un ataque a Rusia y su petróleo, es evidente que en el punto de mira están tanto las nuevas formas de perforación petrolífera, como, más importante aún, toda la transición energética hacia formas de sustitución de los combustibles fósiles, que agrupadas en el Green New Deal son una de las supuestas tablas de salvación del capitalismo global; amén de ser el único plan encima de la mesa para contener el cambio climático desde parámetros medianamente continuistas. Es de esperar que en los próximas semanas se produzcan quiebras en cadena de agentes financieros especializados en energía y muy especialmente de operadores en el mercado de futuros sobre el petroleo. Y de paso, que se desestabilicen las monedas de los países productores, con la posibilidad de crisis de deuda en varios países periféricos; alguno incluso en el club de los ultrarricos, como Noruega, que ha visto como su moneda se desplomaba por los suelos y ha necesitado de una operación de compra masiva por parte de su banco central.

La Unión Europea, por su parte, como nos tiene acostumbrados, ha sido el actor más histriónico en sus tomas de posición, así como en la solemnidad de sus declaraciones institucionales, si bien menos clara en sus lineas económicas a futuro. Por ahora, además de una escalada de las cifras empleadas en programas ya existentes, como el QE, y una profusión de millones dedicados a avales, es decir de apoyo al sistema financiero, ambas cosas relacionadas en sus cifras astronómicas con el descenso descontado de la factura energética por la bajada de precios del petróleo, hay poco tangible. Hay que tener en cuenta que los mismos riesgos de inflación, la bicha para el BCE, que aleja la bajada del precio del crudo encarece muchísimo el que, en principio, sigue siendo el proyecto central de reconstrucción productiva de la UE: el Green New Deal. Eso sí, el neokeynesianismo ambiente anterior a la crisis del coronavirus, se ha llevado hasta el paroxismo tanto en la Comisión Europea como en la mayoría de los países miembros. Todo ello acompañado de un discurso de keynesianismo de guerra y reconstrucción. De manera muy probablemente inconsciente, se está tocando sobre una lectura clásica de los efectos de la crisis de 2008, donde los multimillonarios rescates a la banca limitaron mucho la destrucción de valor necesaria para relanzar el proceso de acumulación desde parámetros keynesianos. De hecho, es opinión bastante extendida que jamás habría triunfado el keynesianismo como modelo de las economías capitalistas avanzadas sin la gigantesca destrucción de valor que fue la Segunda Guerra Mundial. Pues bien ese ajuste atroz es el que está lanzando la UE, que ahora mismo no esta condiciones de considerar la extensión del daño a la producción y los mercados de trabajo que está haciendo, pero si ve que la situación de alarma y estado de excepción da a los gobernantes de países donde la clase política está tan deslegitimada como Italia y España, poderes tan extraordinarios como temporales para anular cualquier forma de respuesta antagonista.

Isidro López  

Es miembro del Instituto DM.

Emmanuel Rodríguez

@emmanuelrog, es miembro del Instituto DM.

20 mar 2020 10:49

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EEUU plantea hacer dos pagos de 3.200 euros a las familias de dos hijos por la crisis del coronavirus

Se trata de la propuesta inicial del Partido Republicano, avalada por la Casa Blanca y que será negociada este viernes en el Senado para su aprobación en las próximas horas. Es el tercer paquete de medidas por la crisis del Covid-19.

 

Cosas veredes, Sancho, que farán fablar las piedras, dice la apócrifa frase del Quijote. Estados Unidos, la patria del capitalismo, prevé realizar dos pagos directos de 1.200 dólares (1.125 euros) a cada ciudadano con ingresos medios o bajos en las próximas seis semanas por la emergencia nacional del coronavirus, además de otros 500 dólares (468 euros) extra por cada hijo.

Esto supondría conceder a cada familia con dos hijos 3.400 dólares (3.188 euros). El primer pago se haría en unas tres semanas (en abril) y el segundo dentro de seis (en mayo).

Se trata de la propuesta inicial del Partido Republicano en el Senado, una medida que fue dada a conocer este jueves. La norma, el tercer paquete de ayudas estadounidense por el Covid-19, será negociada este viernes en el Congreso con el Partido Demócrata, puesto que necesitan el apoyo de éstos para su aprobación, que podría producirse en las propias horas.

Con todas las salvedades que quieran hacerse, como que se deba a la situación excepcional que ha traído la pandemia del covid-19, no deja de ser la implantación por un determinado período de tiempo de una especie de renta básica universal en el país más capitalista del mundo. Y todo ello implementado por un gobierno republicano y detractor del Estado. El mismo Estado que ahora, ante la caída de la economía, se ve obligado a sacar músculo.

A partir de la base planteada, la propuesta republicana sólo podría aumentar sus prestaciones puesto que algunos senadores demócratas (e incluso varios republicanos) han planteado ser más ambiciosos en el tiempo y en el espectro de las medidas y garantizar los ingresos de las familias a través de la ampliación de las prestaciones del seguro de desempleo.

La propuesta del Partido Republicano en el Senado cuenta con el aval de la administración Trump y, de hecho, supera las expectativas de la Casa Blanca y hasta del Departamento del Tesoro (algo así como el Ministerio de Hacienda).

No en vano, el responsable de este departamento, Steven Mnuchin, la defendió este jueves por la mañana, horas antes de los republicanos hicieran público el contenido de la medida, en una entrevista con el canal Fox Business Network, del grupo de ultraderecha Fox.

Mnuchin, multimillonario y exempleado de Goldman Sachs para más señas, defendió la concesión de 1.000 dólares por ciudadano además de la concesión extra de otros 500 dólares por cada hijo. "Ésta es una situación sin precedentes, en la que por una buena razón el Gobierno ha dado instrucciones de cerrar a la mayor parte de la economía para que podamos ganar esta lucha contra el virus", afirmó.

La propuesta republicana propone realizar esos dos pagos directos a las familias de ingresos medios y bajos. En concreto, recibirán la cantidad íntegra aquellos trabajadores que hayan declarado ingresos inferiores a 75.000 dólares al año (70.000 euros). A partir de esa cota, se restarán cinco dólares por cada 100 dólares más de sueldo y aquellos que ganen a partir de los 99.000 dólares (92.825 euros) anuales no tendrán derecho a ninguna cuantía.

La cantidad total de realizar estos dos pagos directos y en mano en abril y mayo a los estadounidenses ascenderá al menos a 500.000 millones de dólares (unos 469.000 millones de euros).

Además, la propuesta plantea una partida de 208.000 millones de dólares (unos 195.000 millones de euros) en préstamos para las grandes compañías, especialmente, las aerolíneas (50.000 millones de dólares), y otros 300.000 millones (280.708 millones de euros) para pequeñas y medianas empresas. En Estados Unidos hay unos 30 millones de pymes que dan empleo a 59,9 millones de personas.

Se trata de sacar todo el músculo posible ante el tsunami que podría acabar llegando con unos efectos económicos devastadores. El pasado miércoles el presidente Donald Trump aseguró en una rueda de prensa que su administración trabaja con diversos escenarios de la crisis, el peor de ellos, dijo, sería que el paro alcance el 20% aunque Trump se mostró sostuvo que él personalmente ve improbable que se llegue a eso.

Un dato así sería la peor cifra del país desde la Gran Recesión en los años 30. Precisamente el pasado mes de noviembre Estados Unidos registró el paro más bajo de su historia, con un 3,7%. En estos momentos, sólo en las dos primeras semanas de marzo las solicitudes por desempleo ya se han disparado en un 33%.

Trump ofreció este jueves otra rueda de prensa en la Casa Blanca en la que defendió los pagos directos a los ciudadanos y añadió que esto no significa que el Gobierno vaya a dejar caer a las empresas: "Las vamos a defender a todas, no quiero perder ninguna industria, y ayudaremos a las grandes y a las pequeñas, todas ellas son el corazón de este país".

Los demócratas quieren subir la apuesta

Con todo, la propuesta de republicana podría incluso aumentar sus prestaciones. Es lo que intenta el Partido Demócrata y para ello cuentan con el apoyo de varios senadores republicanos.

El líder de este partido en el Senado, Chuck Schumer, aseguró que "un cheque de 1.000 dólares ayudaría a alguien a pagar a su casero en marzo, pero ¿qué pasa después? Mil dólares se gastan muy rápido".

Schumer defendió, según recoge la cadena CNBC, la alternativa de "un seguro de desempleo ampliado, que cubre durante mucho más tiempo y proporcionaría una red de seguridad mucho más grande".

En una línea parecida se expresó este jueves, según recoge Político, el senador republicano Richard Shelby. "Creo que si vamos a ayudar a la gente deberíamos dar dinero en mano sólo como suplemento de la prestación de desempleo y no sólo a la gente que ya tiene trabajo".

"Simplemente dar un cheque a cada estadounidense que gane hasta 75.000 dólares… no le veo la lógica. Sería más coherente vincular una ayuda a una prestación por desempleo", agregó. El debate, en cualquier caso, está abierto y la propuesta republicana inicial sólo puede mejorar con suplementos y ampliación de coberturas.

El tercer paquete de medidas por el covid-19

Este proyecto de ley sería el tercero, y el más grande, aprobado por el Congreso y firmado por Donald Trump desde que la pandemia del Covid-19 empezó a golpear Estados Unidos.

El primer paquete de ayudas fue firmado por Trump el pasado 6 de marzo. Incluía una dotación de 8.300 millones de dólares para el fomento de los servicios de telemedicina, la investigación de la vacuna y el refuerzo de las medidas de los Estados y los ayuntamientos.

El segundo paquete, de una dotación de unos 100.000 millones de dólares, lo firmó Trump el pasado miércoles. Incluía expandir la prestación de desempleo, asignar más fondos para realizar test y las bajas laborales por estar enfermo de Covid-19. Aunque esta medida es de importancia en un país que no recoge el derecho a la baja laboral pagada, la medida recogía un agujero: las empresas de más de 500 empleados y de menos de 50 estaban exentos de cumplir esta norma.


El plan de choque de Macron prioriza el rescate de empresas y cuestiona conquistas sociales

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20/03/2020 07:18

Por Enric Bonet

@EnricQuart

“No puede ser que el gobierno progresista sea más tímido que el gobierno liberal del señor Macron”. El diputado Íñigo Errejón se refería el miércoles en el Congreso de los Diputados a una idea repetida en redes y medios españoles: Francia ha avanzado por la izquierda a España en su respuesta al coronavirus.

Un plan de gasto público de 300.000 millones de euros. La suspensión del pago de los alquileres y de las facturas de la luz, agua y el gas. Nacionalización de grandes empresas. Tras leer algunas paparruchas informativas publicadas estos últimos días, uno pensaría que Emmanuel Macron se ha metamorfoseado en Maximilien Robespierre. Sin embargo, el gobierno francés no prevé por ahora un aumento masivo del gasto público por hacer frente a la pandemia. Las medidas anunciadas tienen como objetivo “salvar a las empresas” y cuestionan algunas conquistas sociales, como las 35 horas de trabajo semanal y el uso de los días de vacaciones.

Tras una primera respuesta tímida (y con incongruencias como haber mantenido la primera vuelta de las municipales mientras el país se dirigía hacia el confinamiento), el ejecutivo centrista se ha puesto las pilas. La Asamblea Nacional debatió este jueves y votará el viernes las medidas necesarias para establecer el “estado de emergencia sanitario” y mantener la economía a flote.

“Nuestro país atraviesa una crisis sanitaria sin precedentes desde hace un siglo que requiere medidas fuertes, pero también afronta una crisis ya que una parte de la población está inmovilizada y esto puede conllevar consecuencias graves para la vida de la nación”, reconoció el miércoles por la noche el primer ministro Édouard Philippe, tras el segundo consejo de ministros de esta semana.

“No se trata de un plan de inversiones masivo”

En concreto, el gobierno francés movilizará 45 mil millones de euros para contener el impacto económico del confinamiento. La principal partida, valorada en 32.000 millones, incluye medidas de tesorería. Es decir, contiene las cantidades que la administración de dejará de recaudar al haber aplazado (o incluso anulado)  el pago de impuestos y cotizaciones sociales de las empresas durante el mes de marzo y quizás también en abril y mayo.

En cambio, la medida de corte más social consiste en indemnizar, por un total de 8.500 millones, todos aquellos trabajadores sometidos a un expediente de regulación temporal. Unas inversiones que comportarán que el déficit público aumente del 2,2% hasta el 3,9%, según la nueva versión de los presupuestos examinada este jueves en el Parlamento francés ().

“No se trata de un plan de inversiones masivo. En realidad, el gasto público solo aumentará en unos 10 mil millones, una cantidad parecida a la que se destinó en diciembre de 2018 a satisfacer las reivindicaciones de los chalecos amarillos”, explica el analista económico Romaric Godin, quien considera que “las cifras de gasto público aún pueden ser mucho más importantes en los próximos meses”.

Según este periodista del diario digital Mediapart, el gobierno francés, como el español, apuesta por una rápida recuperación tras la parálisis: “Considera la situación actual como un paréntesis”. París prevé que el PIB francés se reduzca este año un 1%, mientras que con la Gran Recesión en 2008 bajó un 2,8%.

“Evitaremos que nuestro modelo económico se hunda”, defendió el miércoles el ministro de Finanzas, Gérald Darmanin, en una entrevista en el rotativo económico Les Echos. El gobierno francés tiene como gran objetivo “salvar a las empresas”. Una prioridad comprensible teniendo en cuenta la excepcionalidad económica que supone el confinamiento: una parte de la economía de mercado ha quedado congelada y el Estado acude a su rescate. “No dudaré en utilizar todos los instrumentos que dispongo para ayudar a las empresas atacadas en los mercados”, afirmó el ministro de Economía, Bruno Le Maire, abriendo la puerta a nacionalizaciones de los grupos más amenazados, como la aerolínea Air France.

Para evitar que se cierre el grifo del crédito bancario, Macron anunció el lunes que el Estado ejercerá de avalador de los nuevos préstamos, hasta un máximo de 300 mil millones. “La ventaja de este tipo de medidas es que el tesoro público no se compromete a pagar ninguna cifra concreta. Solo lo hará en el caso de que las empresas quiebren y no puedan devolver los créditos”, explica Godin. De la misma forma que los 100.000 millones propuestos por Pedro Sánchez, esta medida tiene un objetivo evidente: calmar a los mercados.

Suspensión del alquiler: solo para unas pocas empresas

Otro anuncio de cara a la galería del joven presidente hizo correr ríos de tinta en España: la suspensión del pago del alquiler y de las facturas de la luz, agua y gas. Un dispositivo del que no se benefician los particulares, sino solo las pequeñas empresas en una situación de dificultad.

El gobierno francés ha llegado a un acuerdo con las empresas estatales EDF y Engie para que adopten esta medida, pero no lo ha hecho con otras eléctricas. En el caso de los alquileres, se ha negociado con grandes propietarios de recintos, pero su aplicación dependerá de su “buena voluntad”. “Solo se beneficiarán de esta medida los comercios de centros comerciales o grandes avenidas como los Campos Elíseos, pero difícilmente lo harán las tiendas de barrio que alquilan sus locales a pequeños propietarios”, advierte Godin.

Aún más polémica ha resultado la voluntad del ejecutivo de utilizar el “estado de emergencia sanitario” para fragilizar conquistas sociales. La ley que se examina este viernes en la Asamblea Nacional permitirá a las empresas durante el periodo de confinamiento “imponer o modificar de forma unilateral las fechas escogidas para una parte de las vacaciones”.

También deroga las 35 horas de trabajo semanal, uno de los tótems del modelo social galo, en aquellos sectores “especialmente necesarios para la seguridad de la nación”. Lo que amenaza con precarizar la situación de aquellos que ahora trabajan a destajo, como las cajeras o mozos de almacén. En cambio, el ejecutivo se dota de la posibilidad de “limitar” los despidos durante el confinamiento.

“Hacen falta más inversiones a nivel social Los más pobres serán los más afectados por esta crisis sanitaria”, asegura Aurélie Trouvé, portavoz de Attac en Francia, quien considera insuficiente la prórroga de dos meses de la tregua hibernal (periodo sin desahucios) y defiende la necesidad de ofrecer una alternativa habitacional a todas las personas sintecho. “Deberían destinarse más recursos a los hospitales y promover aumentos salariales y de plantilla entre el personal sanitario”, añade Trouvé, quien critica que “los recortes en investigación en las últimas décadas han hecho que los científicos franceses lamenten ahora no haber podido investigar lo suficiente sobre los virus”. De hecho, Macron anunció este jueves un aumento de 5.000 millones del presupuesto destinado a la investigación en la próxima década.

“Las medidas anunciadas hasta ahora no resultarán suficientes. El impacto económico y financiero puede ser más fuerte del esperado. El gobierno francés defiende que no se producirá un aumento del paro y que las empresas no quebrarán, pero desconfío de estos discursos”, explica el economista Frédéric Farah, miembro del colectivo keynesiano Les Économistes atterrés. “Si nos encontramos en una guerra (la expresión bélica utilizada por Macron para referirse a la lucha contra el coronavirus), tendríamos que adoptar una verdadera economía de guerra y que la administración pública tome un mayor peso sobre el mercado”, defiende este profesor de la Universidad la Sorbona de París, quien considera que debería aprovecharse el periodo de crisis actual para orientar los modelos productivos hacia “la urgencia ecológica y las crisis sanitarias del futuro”.

Tanto la respuesta de Sánchez como la de Macron coinciden en un punto esencial: se concentran en superar el socavón, pero no anticipan las probables turbulencias económicas una vez se acabe el confinamiento.

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La fuga de capitales de los mercados emergentes es la más fuerte de la historia

La salida de capitales suma 60 mil millones de dólares en apenas 50 días

El Instituto Internacional de Finanzas, integrado por los principales bancos y fondos de inversión del mundo, estimó que la huida es récord, superando la de la crisis 2008.

 

En la crisis financiera de 2008, la salida de capitales de mercados emergentes sumó 20 mil millones de dólares en los primeros 50 días posteriores al estallido. En la crisis actual esta cifra es cuatro veces más elevada: en ese mismo período se registró una fuga cercana a los 60 mil millones de dólares.

La crisis financiera internacional avanza a pasos acelerados. La reacción de los inversores es de efecto manada. El mundo enfrenta la suma de los problemas sanitarios (pandemia), de la demanda, de la oferta por el parate de las cadenas productivas, del mercado laboral, de las acciones, del petróleo, de los bonos soberanos y de las monedas emergentes. Se juntaron todas las plagas para generar un estallido de los mercados internacionales.

Existe una salida extraordinaria de capitales desde los países emergentes hacia activos seguros del mundo desarrollado. Este diario accedió al último informe del Instituto Internacional de Finanzas en el que se cuantifica la reacción de pánico de los inversores en las últimas semanas. El principal problema es para las economías no desarrolladas con déficit de cuenta corriente. Estos países necesitaban del ingreso de inversiones para poder cerrar sus desequilibrios macroeconómicos.

“La interrupción repentina en los flujos de capitales pone a los mercados emergentes con necesidades de financiamiento externo en un riesgo particularmente alto”, indicó el informe del Instituto Internacional de Finanzas. La entidad es patrocinada por los principales bancos del mundo y tiene un monitor en tiempo real de los movimientos de divisas en el mundo.

En el informe se mencionó un escenario de fuerte volatilidad principalmente para dos países de la región. “Chile y Colombia son algunos de los emergentes con más riesgo. Este se debe a los bajos precios de los productos básicos (materias primas) que complican el panorama externo de estas economías”, planteó. El principal mecanismo de ajuste de estos países es la devaluación de las monedas: un fenómeno que empieza a registrarse en las últimas semanas.

El peso colombiano subió este miércoles un 4 por ciento y el chileno lo hizo al 3 por ciento. Estas no son las únicas monedas latinoamericanas que enfrentan presiones. El real brasileño es una de las más golpeadas en medio de la turbulencia financiera global. Este miércoles llegó a subir casi el 8 por ciento a media jornada y termino con un avance del 5 por ciento. Estas devaluaciones no son menores considerando que son países con inflación anual menor a 3 por ciento.

El panorama que plantea el Instituto Internacional de Finanzas no es alentador para los próximos meses. Menciona que “incluso si los esfuerzos de contención y políticas expansivas tienen impacto positivo para contener la crisis de la economía real, el freno en el ingreso de capitales a países en desarrollo seguirán siendo inusualmente severo. Los datos de salida de divisas que monitoreamos en tiempo real son muy grandes si se los compara incluso contra episodios de volatilidad extrema como la crisis asiática a finales de los noventa”.

Las estimaciones del crecimiento para la economía global en 2020 muestran que buena parte del mundo entrará en recesión en los próximos meses y que la actividad mundial crecerá al menor ritmo desde el estallido de la burbuja hipotecaria en 2008. 

“En las últimas dos semanas hemos reducido nuestro pronóstico de crecimiento global. Este año el Producto mundial puede acercarse al 1 por ciento este año, la cifra más baja desde la última crisis financiera mundial”, dijo el informe. El impacto por ahora se siente en un derrumbe de los activos bursátiles pero difícilmente tarde en empezar a sentirse las consecuencias en la producción y el empleo. 

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Coronavirus: 25 millones de empleos en el mundo están en riesgo

Informe de la OIT sobre el impacto de la pandemia en el mercado laboral mundial

La Organización Internacional del Trabajo evaluó que el parate de la actividad económica tendrá fuertes consecuencias en materia laboral. Advirtió que llevará "a millones de personas al desempleo, al subempleo y a la pobreza laboral" y planteó que son necesarias medidas coordinadas e inmediatas.

 

La parálisis económica que generan las medidas de prevención al coronavirus podría generar la pérdida de 25 millones de empleos en el mundo, afirmó este miércoles la Organización Internacional del Trabajo (OIT). 

"Una evaluación inicial del impacto de COVID-19 en el mundo laboral mundial indica que los efectos serán de gran alcance, llevando a millones de personas al desempleo, al subempleo y a la pobreza laboral, y propone medidas para una respuesta decisiva, coordinada e inmediata", señala el informe.

Al igual que otros organismos multilaterales, la OIT se sumó a la campaña para que los países lleven a cabo políticas fiscales y monetarias expansivas para salir de la crisis que genera la pandemia en la actividad económica global, la cual la compara con los efectos del desplome de 2008-2009.

La OIT realizó una nueva evaluación sobre la base de la situación que se actualiza a cada instante y determinó que "la crisis económica y laboral provocada por la pandemia del COVID-19 podría aumentar el desempleo mundial en casi 25 millones de personas". "Sin embargo, de haber una respuesta política coordinada a nivel internacional, como ocurrió frente a la crisis financiera mundial de 2008-2009, el impacto sobre el desempleo mundial podría ser significativamente menor", agrega el informe oficial del organismo con sede en Ginebra. 

La OIT estima que entre 8,8 y 35 millones de personas más, sin contar los que pierdan su fuente laboral, estarán en situación de pobreza laboral

Entre las medidas que sugiere se encuentra la de proteger a los empleados en el lugar de trabajo, estimular la economía y el empleo, y sostener los puestos de trabajo y los ingresos, las cuales ya se pusieron en práctica en varios países, como la Argentina. 

Esas medidas incluyen la ampliación de la protección social, el apoyo para mantener el empleo (es decir, el trabajo a jornada reducida, las vacaciones pagadas y otros subsidios) y la concesión de ayudas financieras y desgravaciones fiscales, en particular a las microempresas y pequeñas y medianas empresas.

Hipótesis de destrucción

El virus ya infectó a casi 200.000 personas en 164 países, resultando en cerca de 8000 muertes, y tiene el potencial de alcanzar a una gran proporción de la población mundial. 

Según estimaciones preliminares recogidas por el informe de la OIT, entre 40 y 70 por ciento de la población mundial podría infectarse. Las consecuencias económicas del brote son también preocupantes, con impacto ya no sólo a través de pérdidas bursátiles sino por el impacto global de la reducción de horas de trabajo y salarios.

El informe de la OIT advierte que la crisis del empleo podría afectar a determinados grupos de manera desproporcionada, y por consiguiente agravar la desigualdad. Entre ellos se encuentran las personas con trabajos menos protegidos y mal pagados, en particular los jóvenes y los trabajadores de edad. 

Las mujeres y los migrantes también son de mayor riesgo laboral. Estos últimos son vulnerables debido a la falta de protección y derechos sociales, y las mujeres tienden a predominar en los empleos de baja remuneración y en los sectores afectados.

El relevamiento de la OIT que difundió de manera global este mediodía simula el impacto en el empleo basado en tres escenarios de crecimiento del PIB. Estas estimaciones indican un aumento del desempleo mundial de entre 5,3 millones (hipótesis “prudente”) y 24,7 millones (hipótesis “extrema”), a partir de un nivel de base de 188 millones de trabajadores en 2019. 

Para tener un punto de comparación con este escenario, la crisis financiera mundial de 2008-2009 aumentó el desempleo mundial en 22 millones.

Menos salarios

“El impacto a la demanda laboral probablemente se traducirá en ajustes significativos a la baja en salarios y horas de trabajo”, advierte el informe del organismo. Según datos al 10 de marzo, los trabajadores infectados perdieron en conjunto ya casi 30.000 meses de

El informe estima que la pérdida de ingresos para los trabajadores será de entre 860.000 millones de dólares y 3,4 billones de dólares a finales de 2020. Esto se traducirá en caídas en el consumo de bienes y servicios, lo que a su vez afectará a las perspectivas de las empresas y las economías.

La pobreza laboral, como lo define el informe, se deteriorará aún más como resultado de “la presión sobre los ingresos resultante de la disminución de la actividad económica, impactando más fuertemente a trabajadores y trabajadoras que se encuentran cerca o por debajo del umbral de la pobreza”. 

La OIT estima que entre 8,8 y 35 millones de personas más estarán en situación de pobreza laboral en todo el mundo, frente a la estimación original para 2020 (que preveía una disminución de 14 millones en todo el mundo).

El organismo exhorta a llevar a cabo respuestas rápidas y coordinadas. 

En materia fiscal, aconseja transferencias específicas, como las prestaciones por desempleo, junto con la inversión pública, desgravación fiscal para personas de bajos ingresos y micro, pequeñas y medianas empresas, en sintonía con las medidas anunciadas por el gobierno argentino esta semana. 

En política monetaria aconseja reducciones de la tasa de interés, relajación de la tasa de reserva, objetivos provisiones de liquidez y préstamos específicos y apoyo financiero para proteger a las empresas, especialmente mipymes en sectores más afectados por la pandemia. 

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Europa y EE UU movilizan tres billones de euros contra el virus

Las dos áreas preparan gigantescas líneas de avales, planes fiscales e incluso cheques para los ciudadanos

 

Sálvese quien pueda, sí. Pero sálvese. Europa y EE UU quieren vencer al coronavirus como sea. Para ello, preparan una colosal operación de movilización de fondos como pocas veces ha visto en la historia. A Europa le ha fallado la unión. Cada Gobierno ha salido por su cuenta. Pero, según calcula la Comisión, los Veintisiete, van a enchufar un total de 1,6 billones de euros en liquidez y 150.000 millones en medidas fiscales. Reino Unido prepara, por su parte, una línea de crédito de 360.000 millones. En EE UU, Trump quiere movilizar un billón de dólares (920.000 millones de euros). Gran parte irá directo al bolsillo de los ciudadanos.

Europa no ha sido capaz de dar una respuesta a la crisis centralizada desde Bruselas, pero los socios de la UE están lanzando casi al unísono medidas de liquidez que la Comisión estima que suman alrededor de 1,6 billones euros y medidas fiscales por unos 150.000 millones. Las capitales se han decantado sobre todo por las garantías y avales para movilizar préstamos bancarios. Solo Berlín, París y Madrid prevén llegar al billón de euros.

Los números del primer golpe que Europa quiere asestar a esta crisis distan de los de 2008, cuando los entonces Veintiocho acordaron un plan de estímulos de 200.000 millones de euros, equivalente al 1,5% del PIB. Esa cifra que entonces pactaron 28 países es la misma que el martes barajó Pedro Sánchez tan solo para España. En 2008 se trataba de relanzar la economía con medidas que fomentaran la inversión y el consumo. Ahora es otra cosa: mandar al grueso de la economía a hibernar hasta que la intensidad del brote caiga lo necesario para que la actividad vaya recobrando el pulso.

Europa se ha centrado en buscar medidas para asegurar que sus compañías, en especial las pequeñas y medianas, no se quedan secas y acaban muriéndose. Alemania ha anunciado 500.000 millones en avales; Francia, 300.000, y España, 117.000. El Reino Unido, ya fuera de la UE, seguirá el mismo camino con garantías para movilizar hasta 360.000 millones de euros. El exsecretario del Tesoro italiano Lorenzo Codogno, sin embargo, opina que el paquete no es comparable con el de 2008. “Se trata de garantías para préstamos, cuya materialización dependerá de si los bancos las usan, que pueden no tener un efecto inmediato y que pueden no generar créditos nuevos sino cubrir los ya existentes”, señala.

Santiago Carbó, catedrático de CUNEF, cree que las medidas de los países de la UE van “en la dirección correcta”, aunque preferiría una operación conjunta para apuntar con el bazuca. “Y si el dinero se inyecta en vena, mejor”, apunta. EE UU estudia hacerlo así, vía cheques a los ciudadanos. Pero Nicolas Veron, del Peterson Institute for International Economics, recuerda la diferencia entre los Estados de bienestar de uno y otro continente. Es decir, Trump necesita echar mano de un plan de estímulos para proteger a sus ciudadanos, mientras que la UE tiene una red de seguridad más fuerte.

La segunda pata de los planes europeos contiene ayudas a las empresas, como los 8.000 millones para las reducciones de jornada en Alemania, los 45.000 millones prometidos por Emmanuel Macron para apoyar a empresas o los 500 euros que Italia ingresará a sus autónomos. El director del think tank Bruegel, Guntram Wolff, echa de menos otras medidas para garantizar que las empresas puedan sobrevivir en un contexto de parálisis total de la actividad y números rojos. Por ejemplo, una actuación coordinada para reducir las cotizaciones a la Seguridad Social. “Se trata de socializar esas pérdidas para que el rebote sea muy rápido”, añade.

Pero dada la voracidad del virus con la actividad económica, Bruselas espera una nueva ronda de medidas. “Lo que ayer no era posible, hoy quizá lo es y mañana sí”, recuerda Ángel Talavera, de Oxford Economics, quien opina que los Gobiernos deberán ir más allá de los avales para mantener vivas las empresas.

Trump: “A lo grande”

En EE UU, Trump ha desplegado todo el arsenal del que dispone el Estado para combatir la pandemia, con un paquete de ayudas que, de aprobarse en los términos que propone la Casa Blanca, carecería de precedentes en volumen y velocidad de implementación. La intención es inyectar hasta un billón de dólares en la economía. El detalle del plan sigue debatiéndose en el Capitolio, y el Departamento del Tesoro ha circulado entre los congresistas un documento de dos páginas con las prioridades de la Casa Blanca para el acuerdo final, que esperan se alcance esta misma semana. “Queremos ir a lo grande”, explicó Trump en una comparecencia ante la prensa.

La mitad de ese billón de dólares se iría en dos masivos envíos de cheques al conjunto de los ciudadanos, exceptuando a algunos con ingresos altos. La propuesta del Gobierno es hacer dos pagos idénticos a los estadounidenses —uno el 6 de abril y otro el 18 de mayo— para ayudarles con el pago de las facturas y activar el consumo. Aunque en los pasillos se habla de un monto medio de 1.000 dólares cada cheque, el documento que el Tesoro ha envidado a los congresistas dice que “las cantidades de los pagos serán fijadas y niveladas en base al nivel de ingresos y el tamaño de la familia”.

El plan contempla también destinar 50.000 millones de dólares a la creación de un “servicio de préstamos asegurados para la industria de las aerolíneas”. Otros 150.000 millones se destinarían a apoyar a otros sectores afectados por la crisis, como el hotelero. Y el plan prevé dedicar 300.000 millones a ayudar a las empresas pequeñas a eludir despidos masivos. Según la carta, se trata de “proporcionar continuidad al empleo durante las interrupciones de la actividad”, con la creación de “un programa de préstamos” para compañías con menos de 500 trabajadores. El martes, el secretario del Tesoro, Steve Mnuchin, advirtió a los senadores de que, en “el peor escenario posible”, la tasa de desempleo podría dispararse hasta el 20%.

El Gobierno permitirá además aplazamientos de 90 días en los pagos de los impuestos sobre la renta y de sociedades, sin intereses ni penalizaciones. Esta medida, calculó Mnuchin, servirá para amortiguar temporalmente la pérdida de salarios y la bajada de la demanda, inyectando 300.000 millones de dólares en la economía.

La Reserva Federal también ha activado sus poderes de emergencia para apoyar la economía. El martes anunció que empezará a comprar papel comercial, un instrumento de financiación a corto plazo emitido por las compañías, y que establecerá un programa de préstamos destinado a ayudar a los bancos para que el crédito siga fluyendo a empresas y hogares. Mnuchin aseguró en la Casa Blanca que el banco central, con la protección del Tesoro, estará en condiciones de comprar papel comercial por valor de un billón de dólares “a medida que se necesite”.


 En China ahora la prioridad es recuperar el empleo

“Permitid que más trabajadores vuelvan a trabajar y a ganar dinero cuanto antes”, proclamó ayer Li Keqiang, primer ministro chino. Con estas palabras, el segundo hombre del organigrama del país pide acelerar la reactivación de la economía. Su actividad ha sufrido un enorme golpe por la pandemia que tuvo su epicentro en Wuhan. Este primer trimestre se prevé un retroceso histórico del PIB. Pero China ha movilizado muchos menos recursos contra el coronavirus que Europa y EE UU. La mayor parte de las iniciativas públicas han tenido a las pymes como destinatarias. El objetivo era solucionar tres problemas: la falta de fondos, la falta de capital humano y la saturación de los servicios logísticos. La acción se llevó a cabo desde varios frentes. El Banco Central estableció un fondo de préstamos por valor de 300.000 millones de yuanes (casi 39.000 millones de euros). El Ministerio de Finanzas aplicó subsidios y recortes de impuestos, así como la suspensión del pago de intereses bancarios a negocios afectados por la pandemia. El Ministerio de Recursos Humanos y Seguridad Social rebajó las cotizaciones. Ahora, con la infección reproduciéndose ya a niveles mínimos, el Gobierno aspira a amortiguar el impacto. Li dejó claro que la prioridad es estabilizar el empleo, lo que pasa por facilitar la reincorporación del personal a los sectores productivos. "Los controles temporales ya no son necesarios", aseguró, apremiando a las administraciones a eliminar los protocolos de seguridad que se puedan abandonar sin riesgo. Este impulso al empleo es la continuación del paso precedente, el propósito original del Gobierno, que pasaba por lograr una reactivación industrial plena. Los esfuerzos parecen haber funcionado: los índices de actividad elaborados por la consultora Trivium estiman que la economía china ya está funcionando a un 70% de su capacidad, una cifra que ha ido progresando en las últimas semanas, pero de la que las pymes siguen siguiendo el extremo débil. Puesta en marcha la oferta, ahora es el momento de centrarse en la demanda. Tras su reunión el viernes pasado, la Comisión Nacional de Desarrollo y Reforma publicó un documento guía para potenciar el consumo. La municipalidad de Nanjing, por ejemplo, ha comenzado una iniciativa para dar a sus ciudadanos vales descuento electrónicos por un total de 318 millones de yuanes (41 millones de euros) a emplear en restaurantes, gimnasios, librerías y tiendas de electrónicos. El Gobierno espera que el consumo sea el tercer y último empujón que eche la economía china a rodar de nuevo.

Bruselas / Washigton / Pekín - 18 mar 2020 - 18:30COT

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Al comienzo de las operaciones, las compañías del Standard & Poor’s 500 perdieron más de 2 billones de dólares en valor de mercado.Foto Afp

Nueva York. El temor a que la pandemia del nuevo coronavirus genere una recesión global se convirtió en pánico en los mercados financieros este lunes. Un día después de que el banco central estadunidense redujo prácticamente a cero su tasa de interés, medida acompañada por otras autoridades monetarias del mundo que busca estimular la actividad al reducir el costo del crédito, las bolsas se desplomaron. Por segunda vez en menos de una semana las pérdidas alcanzaron cotas históricas, que sólo se comparan con la debacle de octubre de 1987.

Los líderes del G-7 (Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y Reino Unido) aseguraron: “Al actuar juntos trabajaremos para resolver los riesgos para la salud y económicos causados por la pandemia de Covid-19”.

La directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Kristalina Georgieva, dijo que el organismo está preparado para movilizar su capacidad de crédito por un billón de dólares para apoyar a los 189 países miembros. Aseguró que cerca de 20 naciones han contactado al organismo para preguntar por los programas de financiamiento.

Nueva suspensión de operaciones

En una jornada en la que la Bolsa de Nueva York tuvo que volver a suspender operaciones momentáneamente, el índice Dow Jones cayó 12.93 por ciento –cerca de 3 mil puntos–, el Standard & Poor’s 500 perdió 11.98 y el Nasdaq bajó 12.32.

En los primeros minutos de operaciones las compañías del S&P 500 restaron más de 2 billones de dólares en valor de mercado. Es una cantidad que, comparativamente, equivale a 1.6 veces el tamaño de la economía mexicana.

Apple, Amazon y Microsoft, juntas, perdieron casi 300 mil millones de dólares.

El presidente estadunidense, Donald Trump, advirtió que es posible una recesión.

La mayoría de los observadores del mercado se están preparando actualmente ante la probabilidad de que la economía se encamine a una recesión, pero es demasiado pronto para saber su potencial alcance, mencionó Reuters.

En Europa, donde el nuevo coronavirus se mueve rápidamente, la bolsa de Madrid cayó 8.27 por ciento (la caída más fuerte de las bolsas europeas), la de Milán 6.1 y la de París 5.75.

El índice paneuropeo Stoxx 600 finalizó la sesión con una baja de 4.9 por ciento. Aerolíneas y operadores de programas de turismo, como TUI, EasyJet, British Airways, IAG, Air France y KLM, presentaron los mayores declives.

Previamente, en la región Asia-Pacífico, la bolsa de Australia se hundió 9.7 por ciento. Mientras, el índice Nikkei 225 de la bolsa de Tokio cerró con una baja de 2.46.

En América Latina las pérdidas estuvieron encabezadas por la bolsa de Colombia, con un drástico retroceso superior a 15 por ciento. El índice Bovespa, de Brasil, se derrumbó 13.92.

El oro se desplomó más de 5 por ciento, ya que los inversionistas se deshicieron de los metales para mantener efectivo.

Reuters y Afp

Martes 17 de marzo de 2020

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Crisis mundial, coronavirus y capitalismo moribundo: un cóctel mortal

Sería demasiado ingenuo creer que la crisis financiera y los terremotos económicos que vamos a padecer por una larga temporada son sólo consecuencia del corona-virus. La economía capitalista está tocada desde hace bastante tiempo. El crecimiento anual a escala mundial se ha ralentizado en torno al 2,5%. EE.UU. creció al 2%, mientras que Europa y Japón lo hicieron al 1%. En concreto Italia ha venido arrastrando 17 meses consecutivos de declive en la actividad manufacturera. Parecida contracción que en Francia, donde la actividad de las empresas (índice PMI) cayó 1.3 puntos, hasta 49.8 (por debajo de 50 significa que más de la mitad de las empresas no tienen ganancias).

La deuda global en relación al PIB ha crecido un 322% en el último cuarto de 2019, sobrepasando los 253 billones $. Simplemente una recesión mediana conllevaría que la deuda de las corporaciones capitalistas, de más de 19 billones $, sería sencillamente impagable para muchas de ellas. Las empresas "zombi", aquellas que quebrarían solamente con subirse los tipos de interés, se estiman en un 10% a escala mundial. Según Bloomberg, las obligaciones de muchos Estados y la salud de los fondos de inversión no es precisamente mejor.

Toda esa desaceleración, sin embargo, fue acompañada una vez más, de la estúpida euforia de las Bolsas, mostrando toda la irrealidad de la economía capitalista y haciendo presagiar desde hace tiempo un considerable estallido de burbuja.

Los Bancos Centrales ya no saben qué hacer para "salvar" a la economía: desde inyectar "dinero mágico" inventado de la nada, a poner los intereses en negativo, bajar al mínimo los costos laborales (salarios), hacer grandes recortes sociales... Pero aun así el enfermo no reacciona. Y no reacciona porque la inversión capitalista está paralizada (en torno al 22% del PIB). La cual a su vez lo está porque no obtiene suficientes beneficios, y no los obtiene porque padece un grave problema de pérdida de valor provocado por una sobreacumulación de capital (debido a la sustitución de personas por máquinas).

Es decir, que estamos desde hace tiempo inmersos en una "crisis sistémica" que afecta la capacidad del capital de reproducirse. Entonces, y de la forma más sorprendentemente extraña posible surge algo inverosímil: una pandemia que mata sobre todo a la población menos "productiva" y con mayor incidencia en el gasto público. Una pandemia salida de... ¿dónde?

El 18 de octubre de 2019, el Johns Hopkins Center for Health Security, en Baltimore (EE.UU.), llevó a cabo una cuidada simulación de una epidemia tipo "corona-virus", titulada nCoV-2019. Incluso la OMS, que ha actuado más como agente comercial de las transnacionales farmacéuticas que como velador de la salud de las poblaciones del mundo, dio primero al virus el mismo acrónimo que el del experimento, para cambiarlo finalmente por el de COVID-19. En la simulación 201 se llegaba a la conclusión de que el 15% de los mercados financieros colapsaría y que alrededor de 65 millones de personas en el mundo perderían la vida. Participaron en esa simulación la Fundación Gates, el Foro Económico Mundial, así como las corporaciones Johnson & Johnson y Henry Schein (líder mundial de la producción de material médico). Ese mismo mes se celebraron los Juegos Mundiales Militares, del 18 al 27, en Wuhan, con amplia participación de militares estadounidenses. Hoy, muertes que desde entonces se creyeron por influenza en EE.UU. están siendo revisadas como posibles decesos por corona-virus; pero ese país americano no encuentra a su "paciente cero". Lo que sí está claro es que muchos de los rasgos de la simulación han ocurrido en enero de 2020, y ese 15% de desplome bursátil es el que realmente se ha producido a finales de febrero de este año. En Wall Street se tuvo que intervenir la Bolsa para que no se hundiera.

Pero más allá del que sea el origen real de este "oportuno" virus (y el hacinamiento industrial de miles de millones de animales no augura nada bueno para el futuro en ese sentido), veamos algunas otras de las claves que enfrentamos:

  • El COVID-19 no sólo ataca duramente a economías estatales, como la italiana o la española. El "modo pánico" en que ha entrado el mercado mundial está golpeando las cadenas de producción y suministros, afectando de plano el conjunto de las cadenas mundiales del valor. Jamás, ni en los momentos de guerra, el consumo se ha visto sometido a tal disciplina de choque. El círculo vicioso es el clásico: se detiene la actividad comercial, se frena la producción, se dispara el desempleo, se desploma el consumo. Esto es ya catastrófico, pero lo será mucho para todos los indicadores económicos (hasta el 10% de bajada en el PIB y una disminución del crecimiento anual de la producción mundial del 6,5%, se están ya pronosticando –por lo bajo-). Pero atención, los indicadores sociales pueden ser peores, especialmente cuando el virus golpee con fuerza a países con escasos recursos sanitarios. En el caso concreto del Reino de España, el asunto es muy grave, pues nos pilla sin soberanía alimentaria ni industrial (además de monetaria y fiscal). Dependemos enormemente de lo que produzcan otros. Si por cualquier razón se obstaculizan las cadenas de suministros, no lo vamos a pasar nada bien.
  • Estamos asistiendo de forma traumática a un cambio de ruta del sistema, para el cual se precisa acometer una limpieza de capitales sin precedentes en "tiempo de paz". Es decir, el corona-virus está llamado a cumplir las funciones de una guerra de importantes dimensiones. Empezamos un nuevo tiempo del capitalismo, (¿su lenta y larga agonía?), que será de barbarización generalizada para la mayor parte de la humanidad (ver El Público, https://blogs.publico.es/dominiopublico/30412/empiezan-los-20-losterribles-20/).
  • Como toda crisis, ésta será también una oportunidad para algunos especuladores. Provocará un reacomodo del mercado, para dar comienzo también a otro tipo de tecnologías (el cuento para las poblaciones será a buen seguro el de acabar con la producción contaminante, para empezar a hacer un "capitalismo sostenible", oxímoron donde los haya que no tiene más misión que la de acomodar conciencias a lo que viene).
  • Cualquier salida a esta crisis traerá una nueva y dura vuelta de tuerca a los mercados laborales en detrimento de la población trabajadora, así como redoblados ajustes sociales y recortes. Esto es, conllevará una recomposición de la relación de las clases dominantes con sus sociedades, abundando en el perjuicio de estas últimas. De igual manera, se reestructurará el poder entre la propia clase capitalista global.
  • En este sentido, por ejemplo, la fracción más globalista-financiera de EE.UU. parece haberle preparado una encerrona a Trump. Su pésima gestión de la epidemia (es casi imposible gestionarla bien en un país con un sistema de salud pública prácticamente inexistente) bien puede costarle una reelección que hasta ahora tenía prácticamente ganada. Pero si entran los demócratas en la Casa Blanca habrán más amenazas de guerra, pues están buscando el enfrentamiento militar, sobre todo con Rusia. En general, por todas partes, la crisis corona-vírica se llevará por medio "gobiernos de izquierda" (de coalición con las burguesías), donde las "izquierdas integradas" en el sistema soñaban, o esa decían a la sociedad, con que el capitalismo se dejaría endulzar socialmente.
  • Más allá de que haya sido pretendido desde el principio o no (como manifestación de una "guerra bacteriológica"), estamos delante de un experimento de grandes dimensiones mundiales: el control y confinamiento de poblaciones en una escala sin precedente. También un ensayo de psicología colectiva tipo "Guerra de los Mundos" pero a lo grande. ¿Se está preparando con ello el terreno para dinámicas de choque propias de tiempos de guerra social y militar?

La campaña mediática para generar psicosis global y permanente puede ayudar a justificarlo todo. ¿Nos imaginamos que cada día los media reportaran los contagios y las muertes por malaria, ébola, cólera o gripe normal? Claro, este virus mata europeos y eso es "más preocupante", pero aun así también los mataba la gripe, el cáncer y los suicidios (alrededor de seis cada hora en la UE).

Ya antes de los estados de alerta, por puro miedo la gente estaba dejando de viajar, se suspendían eventos, no sólo actividades productivas y comerciales, sino también sociales. De tal manera que en 2020 el crecimiento de la demanda mundial de petróleo se estima por la OPEP un 30% inferior de lo previsto; lo que quiere decir que el aumento del consumo se limitará a 825 mil barriles al día  (hecho que no sólo está desmoronando el precio del petróleo –y haciendo subir las primas de riesgo de sus bonos-, sino de todo el sector energético).

Esta parece ser la única manera en que se haga algo real por el clima: a la fuerza. Los golpes de crisis son hasta ahora los únicos momentos en que se han rebajado las emisiones de efecto invernadero en la civilización capitalista. Esto muestra que si las cosas volvieran a la normalidad seguiríamos con nuestro suicidio ecológico-climático, volveríamos en masa, como si nada, a coger aviones para irnos a sitios remotos, a lanzarnos sobre nuestros coches para quemar petróleo, a producir mercancías sin apenas utilidad y con una programada obsolescencia, a consumir recursos sin parar...

Pero si un virus puede paralizar la economía capitalista, ¿no deberíamos preguntarnos de una vez qué tipo de economía tenemos? ¿Es la competencia de todos contra todos y el exclusivo lucro privado los que pueden salvar a la humanidad de su autodestrucción, de pandemias, del cambio climático, del hambre, de la guerra? Parece evidente que no. Quizás es hora de prestar atención a China que, con todos sus defectos (¿quién no los tiene?), está mostrando otro camino.

No lo perdamos de vista. Fueron medicamentos cubanos, sobre todo el interferon Alfa 2B, los que llegaron a China para comenzar la lucha contra el corona-virus. Por su parte, este país ha demostrado al mundo cómo una economía planificada, en la que cada quien no va a la suya para sacar más beneficios que sus rivales, es capaz de poner de rodillas un virus desconocido en un tiempo récord. Y ahora personal sanitario chino y cubano (y venezolano) llega a Italia a colaborar en el combate contra el COVID-19. España ya ha reconocido también la necesidad de su ayuda.

Mientras, la UE, más preocupada de nuevo por preservar de la crisis a la Banca y a las grandes transnacionales que a las poblaciones, ha mostrado una vez más su fracaso como entidad política, dejando 27 modalidades diferentes de salvarse cada quien como pueda, sin ni siquiera colaborar de forma efectiva en la emergencia sanitaria de Italia (¿y ahora tampoco en la de España?). Mientras, en la mayoría de Europa nos hemos quedado con unos sistemas de salud cada vez más precarizados, con menos personal sanitario y recursos. Mientras, las principales farmacéuticas compiten por ver quién saca antes la vacuna en vez de colaborar a escala mundial, y suben los precios de los productos de protección. Mientras, EE.UU. sigue bloqueando económica y sanitariamente más de 10 países, algunos tan golpeados por el virus como Irán.

Y mientras, gran parte de las poblaciones europeas ya no se acuerdan de las calamidades y guerras que la UE provoca en otros lugares, ni de los refugiados y desahuciados causados... ni de que siguen llegando más uniformados estadounidenses a Europa (maniobras Defender 20), aumentando el peligro de enfrentarnos contra Rusia.

Por Andrés Piqueras

Profesor de Sociología y Antropología Social. Universidad Jaume I

17/03/2020

Publicado enEconomía
El centro de Madrid, prácticamente vacío este sábado.JAIME VILLANUEVA

Con la recesión ya como escenario base en Europa, economistas e historiadores ven más similitudes con la crisis del petróleo de los setenta o con el ‘crash’ del 29 que con la de 2008

 

Comparar el hoy con los episodios más traumáticos del ayer es demasiado tentador. Las heridas de aquel tramo final de verano de 2008, en el que el sector financiero se desmoronó llevándose consigo al conjunto de la economía, son demasiado cercanas en el tiempo y siguen demasiado presentes en el imaginario colectivo como para que resulte inevitable retrotraerse a entonces. Hasta el BCE, en un severo toque de atención a las capitales para que se coordinen y saquen la artillería pesada, ha recurrido a ese símil para sacudir conciencias y llamar a los Gobiernos a filas. Sí, el coronavirus ha hecho caer a plomo las Bolsas en las últimas semanas. Sí, los siempre temidos índices de volatilidad están por las nubes. Sí, todo nos recuerda a aquella hidra de las mil cabezas. Y sí, la economía mundial ha entrado en un terreno inhóspito y habrá que esperar meses para ver el alcance real del zarpazo en toda su amplitud. Pero estamos frente a algo distinto, ya se verá si más o menos grave: ninguna recesión —ya es el escenario base de todos en Europa, Bruselas incluida— es igual a la anterior.

Frente al choque de demanda de libro de la Gran Recesión —2008 fue, ante todo, el estallido de una burbuja y el desplome de un sector bancario hipertrofiado e infrarregulado, que desató un pánico general y hundió el consumo—, esta es una crisis híbrida. “Al principio, cuando el coronavirus empezó a golpear China era un impacto muy específico de oferta, sobre la cadena de suministro”, apunta Ángel Talavera, jefe de análisis de Oxford Economics para Europa. Su aterrizaje en el Viejo Continente, en cambio, “ha escalado el escenario a otra magnitud: ahora es también un choque de demanda muy fuerte”. A diferencia de una década larga atrás, como repiten estos días todas las grandes casas de análisis, la banca está más controlada y mejor capitalizada, por lo que el riesgo de contagio a lo financiero es menor. “Aunque cuidado, porque si llega, entonces sí sería la madre de todas las batallas”, advierte José Juan Ruiz, ex economista jefe del Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

El ocaso se ha acelerado, la noche se ha echado demasiado pronto sobre la economía y el mundo navega y navegará durante semanas sin apenas puntos de referencia. Hace tres meses, la gran preocupación global era la guerra comercial entre EE UU y China, pero hoy ya nadie se acuerda de aquello: cinco letras (Covid) y dos números (19) lo monopolizan todo. Algunos economistas, como Kenneth Rogoff o el propio Ruiz, ven trazas de la crisis de los setenta revivida, cuando el embargo petrolero de los países del Golfo cuadruplicó el precio por barril y dañó la sala de máquinas de las economías occidentales. Otros, como Joan Roses, responsable del Departamento de Historia Económica de la London School of Economics, ven —con todas las precauciones debidas— más similitudes con el crash del año 29 del siglo pasado. “Como ahora, hubo una interrupción de la producción, la Bolsa se hundió y acabó dándose una sobreoferta. La lección que aprender de entonces es la de la cooperación: si empobreces al vecino, acabas empobreciéndote a ti también”, valora por teléfono. “La incertidumbre sobre la magnitud de la crisis detonada por el coronavirus no exime, sino más bien obliga a los Gobiernos a poner en marcha, preferiblemente de manera concertada, el arsenal de instrumentos de políticas contracíclicas”, suma Juan Carlos Moreno Brid, de la UNAM.

Una de las grandes diferencias de esta crisis es que el impacto es secuencial: como si de un tsunami se tratase, el virus golpeó primero a China; luego llegó a Irán y a Corea del Sur; y ahora zarandea a Italia y al resto de Europa occidental, ya oficialmente convertida en epicentro de la epidemia. “No hay sincronización y ahí, como historiador económico, es algo que no he visto nunca”, agrega. Eso complica la salida: “Puede prolongar su duración, crea problemas adicionales sobre el comercio e indica que necesitamos coordinación internacional: no hay forma de actuar aisladamente”. Aunque hasta ahora el virus se ha ensañado con especial virulencia con las siete grandes potencias económicas mundiales, como recuerda el economista jefe del banco de inversión suizo UBS, Paul Donovan, seguirá golpeando “a diferentes países, de maneras diferentes y en diferentes momentos temporales”.

Hay algunas —pocas— cosas claras a estas alturas. Las previsiones previas son papel mojado desde el momento mismo en el que, lo que empezó como una gripe más a ojos de Occidente, ha mutado en algo mucho más serio. “Todas están desfasadísimas. Ahora mismo ponerle números a la crisis es muy arriesgado: en solo unos días quedan obsoletas. Con el retraso de datos que hay, hasta que no tengamos un número de todo marzo que nos sirva de guía, es casi como el tarot…”, reconoce Talavera. “Las circunstancias cambian tan rápido que es imposible confiar en cualquier pronóstico”, completa por correo electrónico David Wilcox, director de investigación de la Fed hasta 2018 y uno de los asesores más estrechos de los tres últimos presidentes del instituto emisor. “¿Adónde vamos?”, se preguntaba hace unos días Claudio Borio, jefe del Departamento Monetario y Económico del BIS, el coordinador de los bancos centrales. Ahora mismo “solo hay una cosa clara: los mercados financieros seguirán danzando al ritmo de las noticias sobre el coronavirus y la respuesta de las autoridades”.

Toda medida de contención de la epidemia, especialmente si es del calado de las aplicadas en los últimos días, implica cortocircuitar la economía durante un tiempo. Es el lógico precio a pagar: la salud es lo primero. Y es, también, una auténtica prueba de resistencia para el crecimiento, un metal que se ha demostrado demasiado quebradizo en los últimos tiempos. Habrá impacto, será fuerte y, parece, transitorio; como si de una catástrofe natural se tratase. Durará lo que dure el virus, entre dos y cinco meses, según los cálculos de las autoridades sanitarias españolas. Entonces, sí, será el momento de levantar las alfombras y ver qué hay debajo; de hacer un recuento de daños, que se presumen profundos. Mientras, los economistas parecen resignados a una de sus peores pesadillas: ir a tientas durante un periodo de tiempo mucho mayor del que quisieran. En eso sí, esto se parece demasiado a aquel negro septiembre de 2008.

Una ardua batalla que pilla al mundo con las defensas bajas

Alejar de la vista el fantasma de 2008 puede resultar, en cierta forma, un alivio. Y en parte lo es. Aunque, como recuerdan Richard Baldwin y Beatrice Weder di Maurola, del Graduate Institute, el virus se está ensañando con la flor y nata económica —“la lista de las 10 naciones más golpeadas es casi idéntica a la de los 10 países más grandes del mundo por PIB, dejando claro que tiene potencial para hacer descarrilar la economía mundial”, escriben—, en las grandes mesas de análisis no está sobre el tapete (aplique aquí el lector todas las salvedades que estime oportunas) un hundimiento como el de entonces. Se sabe que el golpe será duro pero temporal, aunque siempre con la duda planeando sobre su duración: se empezó hablando de semanas, luego de meses y, tras su llegada a Europa, el debate es sobre los trimestres de actividad bajo mínimos. Descontada la recesión, cuanto más tiempo dure el estado de excepción, mayor será su virulencia.

En un segundo vistazo, sin embargo, el temor es otro: apenas hay puntos de anclaje o precedentes a los que asirse a la hora de trazar una respuesta de política económica. La pólvora monetaria está mojada, con los tipos de interés por los suelos, y exige una importante dosis de creatividad. El fiscal, muy lastrado por los pasivos acumulados, exige una reformulación completa de las directrices, al menos a escala europea. Aunque, como escribía el viernes el profesor de Harvard Gregory Mankiw, “hay momentos para preocuparse por la creciente deuda pública pero este no es uno de ellos”. La expansión, además, llega desacelerada y en una fase ya muy madura: casi 130 meses consecutivos de crecimiento en EE UU, cerca de cuatro veces por encima de la media histórica, así lo atestiguan. Un punto añadido de fragilidad.

14 mar 2020 - 18:30COT

Publicado enEconomía