Domingo, 18 Febrero 2018 08:45

Rebelión contra las redes sociales

Rebelión contra las redes sociales

Manipuladoras de la atención. Vehículo de noticias basura. Oligopolios sin control. Las redes sociales han tenido en 2017 su ‘annus horribilis’. ¿Qué hacemos con ellas?



Sean Parker siempre fue un tipo polémico. No en vano fue el creador de Napster, la plataforma de descargas que segó los tobillos de la industria discográfica en los años noventa. Cuando el pasado 8 de noviembre tomó la palabra en un acto de la firma Axios en Filadelfia para decir que se arrepentía de haber impulsado Facebook, echó un tronco más al fuego que viene quemando las redes sociales en 2017, su particular annus horribilis. Al fin y al cabo, él fue en 2004 el primer presidente de la plataforma que comanda Mark Zuckerberg. Explicó que para conseguir que la gente permaneciera mucho tiempo en la red, había que generar descargas de dopamina, pequeños instantes de felicidad; y que éstas vendrían de la mano de los me gusta de los amigos. “Eso explota una vulnerabilidad de la psicología humana”, afirmó. “Los inventores de esto, tanto yo, como Mark [Zuckerberg], como Kevin Systrom [Instagram] y toda esa gente, lo sabíamos. A pesar de ello, lo hicimos”.

 

Parker se declaró ese día objetor de las redes sociales. Culminó su intervención con una frase inquietante: “Solo Dios sabe lo que se está haciendo con el cerebro de los niños”.

 

Hubo un tiempo en el que al que renegaba de estas plataformas se le tachaba por defecto de resistente al cambio, de viejuno. Ese tiempo pasó. Una auténtica tormenta se está desatando en torno al papel que desempeñan las redes sociales en nuestra sociedad. Y son grandes popes de Silicon Valley los que han empezado a alzar la voz. Se acusa a Facebook y Twitter de haberse convertido en espacios que crispan el debate y lo contaminan con información falsa. Circula ya la idea de que hay que deshabituarse en el uso de unas plataformas diseñadas para que pasemos el máximo tiempo posible en ellas, que crean adicción; las redes (combinadas con el móvil) como invento contaminante, adictivo, el nuevo tabaco. Un problema de salud pública. Un problema de salud democrática.

 

El grupo de arrepentidos de las redes se ha ido nutriendo en los últimos meses. El pasado 12 de diciembre, un exvicepresidente de Facebook, Chamath Palihapitiya, aseguraba que las redes están “desgarrando” el tejido social. “Los ciclos de retroalimentación a corto plazo impulsados por la dopamina que hemos creado están destruyendo el funcionamiento de la sociedad”, declaró en un foro de la Escuela de Negocios Stanford. El 23 de enero, Tim Cook, consejero delegado de la todopoderosa Apple, afirmaba que no quería que su sobrino de 12 años tuviera acceso a las redes sociales. El 7 de febrero, el actor Jim Carrey vendía sus acciones de la plataforma y animaba a boicotear Facebook por su pasividad ante la interferencia rusa en las elecciones.

 

La percepción que tenemos de las redes ha mutado. Nacieron como un instrumento para conectar con amigos y compartir ideas. Paliaban el supuesto aislamiento que generaba Internet. Se convirtieron en una fuerza democratizadora al calor de la primavera árabe. Parecían una herramienta perfecta para el cambio social, empoderaban al ciudadano. “Daban voz a los que no tenían voz”, recalca en conversación telefónica desde Reino Unido Emily Taylor, ejecutiva del Oxford Information Labs que lleva 15 años trabajando en asuntos de gobernanza en la Red. “En tan solo siete años, todo ha cambiado. Preocupan esas campañas políticas de anuncios dirigidas a alterar los procesos electorales”.

 

El paso por las urnas del Brexit y la elección de Donald Trump son dos de los fenómenos que empujaron a todo el mundo a hacerse preguntas: ¿cómo nadie lo vio llegar?. La respuesta, en parte, se buscó y se encontró en las redes.

 

Facebook fue citada en octubre por el Comité de Justicia del Congreso norteamericano para explicar su papel en la interferencia rusa en las elecciones en EE UU en 2016. Admitió que 126 millones de personas habían podido acceder a contenidos generados por unos supuestos agentes rusos (la Internet Research Agency), que también colgaron cerca de un millar de vídeos en YouTube y 131.000 mensajes en Twitter. Entre todas esas noticias basura se deslizaban historias delirantes como la de que Hillary Clinton había vendido armas al ISIS.

 

CRISPACIÓN

 

Un estudio de Pew Research publicado en octubre de 2016 señala que el 49% de los usuarios norteamericanos consideran que las conversaciones políticas en las redes sociales son más furiosas que en la vida real. Contribuyen a la crispación.

 

“En Twitter”, dice la investigadora Mari Luz Congosto, “el tono es muy áspero en los últimos dos años. Se ha incrementado el tono agrio, antes era más jocoso. Los mensajes se han vuelto más duros”.

 

Desde las redes se arguye que eso es algo imputable a los humanos, no al vehículo que las transmite.

 

Y desde Twitter recuerdan que las redes están sujetas a la ley y la legislación europea y que, por ejemplo, una evaluación independiente de la Comisión Europea apunta que, de media, las compañías tecnológicas han retirado el 70% de los discursos de odio ilegales que les fueron notificados.

 

Pero esta no ha sido la única polémica. Las redes han estado en el foco por la compra de seguidores ficticios por parte de influencers; por los linchamientos públicos de personas que son denunciadas en las redes y quedan condenadas al ostracismo sin juicio mediante; por siniestros episodios como crímenes emitidos en directo. Y en Myanmar, Facebook ha vivido uno de sus peores episodios: el año pasado fue acusada de convertirse en el vector fundamental de la propaganda contra la minoría rohingya, víctima de un genocidio. Annus horribilis.

 

Un reportaje de investigación publicado la semana pasada por la revista Wired pone de manifiesto el infierno interno que la organización ha vivido en los últimos dos años. La tensión sobre qué hacer una vez embarcados en lo que era una realidad — su condición de vehículo informativo global—, las dispu­tas sobre las dispu­tas sobre cómo enfrentar la avalancha de noticias falsas y la crispación que inundaba sus páginas ha segado el optimismo reinante, incluido el del propio Zuckerberg.

 

Es un hecho. Facebook es la plataforma líder en redirigir a los lectores hacia contenidos informativos desde mediados de 2015, cuando superó en esto a Google. Más de 2.130 millones de personas forman parte de su comunidad. Hay 332 millones en Twitter. Dos tercios de los adultos norteamericanos (el 67%) declaran que se informan vía redes sociales, según un estudio de agosto de 2017 realizado por el Pew Research Centre.

 

Facebook no crea contenidos, pero sí los ordena. Primero decidió llevar a cabo una labor editorial con un equipo de periodistas que elegían las noticias más populares. Después, tras varios escándalos durante la campaña, apostaron por los algoritmos, delegaron en la máquina. El tiro les ha salido por la culata.

 

El problema es el modelo de negocio. Así lo señala Emily Taylor. El usuario acepta ceder datos a cambio de un servicio gratuito. Los algoritmos usan esa información para determinar los intereses del usuario. Las firmas publicitarias pagan por ello. “No solo se extraen datos de lo que se cuelga públicamente”, precisa Taylor, “sino también de la localización, de los mensajes privados”. Cuanto más tiempo pasamos en la plataforma, más datos se pueden extraer. Una noticia chocante, sensacionalista, incluso inverosímil, llama más a la lectura que un sosegado y equilibrado análisis. Una deriva que afecta tanto a las redes como a los medios de comunicación tradicionales.

Luego está la cuestión del algoritmo. El usuario de una plataforma como Facebook no ve todo lo que publican sus amigos. Ve lo que la máquina elige conforme a una fórmula que Facebook no revela. “Te muestra lo que quiere el algoritmo, no sabemos con qué objetivo, si perverso o no”, dice Mari Luz Congosto, experta en redes e investigadora del grupo de telemática de la Universidad Carlos III. “Pierdes una parte de tu libertad y la plataforma hace negocio con eso. Manipula lo que la gente lee, marca el camino”.

 

Y el problema es que el algoritmo manda cada vez más. Hemos pasado de un Internet al que se accedía mediante ordenadores, en los que uno buscaba, exploraba, a uno al que se llega mediante aplicaciones instaladas en el móvil. Algo que sucede, sobre todo, con toda una generación de jóvenes que viven dentro de su teléfono. Y que ocurre en países pobres con mucho teléfono y poco ordenador. “Internet llega a ti mediante un algoritmo, no eres tú el que vas a buscar algo a Internet”, asegura en conversación telefónica desde Bogotá la abogada y activista digital guatemalteca Renata Ávila, asesora legal de derechos digitales de la World Wide Web Foundation, organización presidido por Tim Berners-Lee, el inventor de la world wide web. Y recurre a una metáfora: “Antes operábamos en la calle, el mundo era nuestro, entrabamos y salíamos de los edificios. Ahora estamos encerrados en un centro comercial con reglas estrictas que solo buscan maximizar el modelo de negocio”.

Para Ávila, el problema no es exclusivo de Facebook, ni mucho menos. Todas las plataformas funcionan igual: “El problema es la arquitectura del móvil, de las apps. El modelo de negocio”.

 

A todo ello hay que añadir el efecto burbuja. El usuario lee lo que le mandan sus amigos y la gente que le es afín ideológicamente: un estudio publicado en la revista científica norteamericana PNAS y que analizó 376 millones de interacciones entre usuarios de Facebook concluyó que la gente tiende a buscar información alineada con sus ideas políticas. “Si Facebook te filtra la información”, opina la investigadora de redes Mari Luz Congosto, “al final solo te muestra una visión de los hechos, te la refuerza y, por tanto, te radicalizas”.

 

El modelo de negocio también está detrás del problema de la adicción a las redes, diseñadas para enganchar al usuario. Algún día puede que tengan que responder por ello, como lo tuvo que hacer la industria del tabaco.

 

Personas esclavizadas por su perfil, por la imagen que deben dar a sus seguidores; chicas que con el paso del tiempo se fotografían cada vez con menos ropa en Instagram para conseguir más likes; adolescentes que no se despegan del teléfono por la cantidad de mensajes a los que se ven obligados a contestar y cuya amistad parece evaluarse en términos de rayitas que marcan sus interacciones en Snapchat. La lista de críticas al impacto social de estas plataformas es variada.

 

En la última edición del Foro de Davos, el multimillonario George Soros resumió en una intervención los problemas que, estima, plantean las redes. Dijo que mientras las compañías petrolíferas y de minería explotan el medio ambiente, las redes sociales explotan el ambiente. Que, al influir en el modo en que la gente piensa y se comporta, implican un riesgo para la democracia.

 

Ahora les llueven las críticas, pero tienen muchas líneas de defensa. Cuando el pasado 10 de enero el escritor Lorenzo Silva anunciaba que, harto de ruido, tiempo perdido e insultos, dejaba Twitter, la periodista y prolífica tuitera Carmela Ríos publicó un decálogo de las razones que le llevan a mantenerse en esta red social. Escribió: “Estoy en Twitter porque es una herramienta de comunicación política del siglo XXI”. Y a partir de ahí desgranó sus motivos en 10 tuits: “Porque las redes son necesarias en la era de la desinformación, no es posible detectar o combatir noticias falsas sin conocer su ecosistema natural”; “porque he aprendido con los años a racionar su uso”; “porque es una maravillosa fuente de conocimiento”; “porque he aprendido a discriminar entre sus mejores usos (el menos interesante, sin duda, la tertulia o el debate político)”; y porque permite “conocer a personas cuyas ideas, conocimientos, proyectos o sentimientos merecen la pena”.

 

Este periódico solicitó hablar con algún portavoz de Facebook y de Twitter para que pudieran responder a algunas preguntas. Ambas ofrecieron, en cambio, enviar información por correo electrónico.

 

La cuestión es qué hacer. Porque aunque Zuckerberg ha anunciado que está dispuesto a poner coto a noticias, marcas y memes, aunque vaya a retocar el algoritmo para que haya menos información y más relación entre usuarios, no querrá perder los ingresos en publicidad que entran en función del tiempo que se emplea en su red.

 

Jonathan Taplin, emprendedor que publicó el año pasado el libro Move Fast And Break Things: How Facebook, Google And Amazon Cornered Culture And Undermined Democracy (Muévete rápido y rompe: cómo Facebook, Google y Amazon arrinconaron la cultura y socavaron la democracia), tiene todas sus esperanzas puestas en la UE. “Europa está liderando al mundo en esto”, declara en conversación telefónica desde California este director emérito del Laboratorio de Innovación Annenberg de la Universidad de Carolina del Sur y exproductor cinematográfico. “Debemos agradecer, por ejemplo, que se multara a Google [2.420 millones de euros por abuso de posición dominante]".

El nuevo Reglamento General de Protección de Datos de la UE, que se espera para mayo, es visto por múltiples expertos como un catalizador para fortalecer la protección de datos de los ciudadanos. “Hay que regular”, sostiene Taplin, “necesitamos leyes; no es el mercado el que va a solucionar el problema”. Taplin aboga por reducir por ley el tamaño de estos imperios: obligar a Google a que venda YouTube; a Facebook, a desprenderse de Instagram y WhatsApp; aplicar leyes de la competencia, redimensionar.

 

The Economist proponía en noviembre en un artículo que las redes deberían dejar más claro si un post viene de un amigo o de una fuente fiable, mantener a raya a los bots que amplifican los mensajes y adaptar sus algoritmos para poner las noticias pincha-pincha [las que provocan muchos clics] al final del muro para evitar así que los reguladores acaben imponiendo cambios en un modelo de negocio basado en monopolizar la atención.

 

Los grandes de Silicon Valley, mientras, han enviado a un ejército de lobistas a Washington. Temen que les ocurra como a Microsoft, condenada por prácticas abusivas de monopolio.

 

Hay voces que reclaman que las plataformas tengan que responder por lo que se publica en ellas. Algo a lo que las redes responden que se niegan a convertirse en árbitros de la verdad. Hay otras que reclaman que los programas educativos incluyan elementos prácticos que permitan a los más jóvenes aprender a manejar el componente adictivo de las redes.

 

Hay quien dice, en fin, en un claro alarde de optimismo antropológico, que la gente progresivamente pasará de ellas como de la comida basura, optará por dedicar su tiempo de lectura a bocados más selectos.

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Administran el país como si fuese una empresa criminal, acusa George Soros

Davos.

El empresario e inversor George Soros acusó al presidente estadunidense Donald Trump de administrar el país como si fuese una empresa criminal. Quiere establecer un Estado mafioso pero no puede, porque la constitución, otras instituciones y una vibrante sociedad civil no lo permitirán, aseguró.

El empresario, de 87 años, también alertó de que las tensiones con Corea del Norte han puesto a la humanidad ante el peligro de la desaparición. El ascenso de líderes como Kim Jong-un en Corea del Norte y Donald Trump en Estados Unidos tiene mucho que ver con esto, aseguró. Los dos parecen dispuestos a arriesgarse a una guerra nuclear para mantenerse en el poder.

Soros alertó que las tensiones con Corea del Norte han puesto a la humanidad ante el peligro de la desaparición y aprovechó su discurso ante el foro de Davos para criticar las redes sociales y la moneda virtual bitcoin.

Las redes sociales generan deliberadamente adicción a los servicios que proveen, afirmó en su discurso.

Las compañías de redes sociales inducen a la gente a renunciar a su autonomía. El poder de moldear la atención de la gente está cada vez más concentrado en pocas manos, denunció.

“Hay una perspectiva aún más alarmante en el horizonte. Podría haber una alianza entre Estados totalitarios y los monopolios tecnológicos ricos en datos que podría hacer surgir sistemas de vigilancia corporativa.

Esto podría convertirse en una red de control totalitario de un tipo que ni siquiera Aldous Huxley o George Orwell podrían haber imaginado, aseguró.

Previamente también se había manifestado sobre la moneda digital bitcoin, que consideró una típica burbuja. El bitcoin no es una moneda, es especulación, dijo. Una moneda que oscila un 25 por ciento en un día no puede ser usada, por ejemplo para pagar sueldos, aseguró el influyente inversor.

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Imagen tomada de: http://bit.ly/2DE1v0f

 

 

Se suele hablar mucho de la autocensura en los periodistas pero, en estos tiempos, en los que gran parte del periodismo se concreta a través de las redes sociales, también es importante analizar cuánta se produce en las redes. Una investigación elaborada conjuntamente por Facebook y la Universidad Carnegie Mellon afirma que “de los 3,9 millones de usuarios de nuestro estudio, el 71% se autocensuró en al menos un post o un comentario a lo largo de los 17 días que duró nuestro análisis, confirmando que este comportamiento es algo habitual. Los posts se censuraron más que los comentarios (33% versus 13%). También encontramos que los usuarios que tienen como objetivo una audiencia específica se autocensuran más que los que no buscan un público concreto”. Si bien pensar las cosas antes de lanzarlas al ciberespacio es algo muy acertado, los analistas señalan que acudimos a las redes sociales a socializar, informarnos, conocer gente, reafirmarnos... Si no se generan historias e interacciones suficientes, la red pierde valor según el estudio. En Facebook se juntan nuestros compañeros del colegio, de la universidad, del trabajo, la familia... Nuestra diversificada red de amigos nos puede conducir a lo que se conoce como un colapso del contexto. Para gestionar este riesgo la gente recurre a estrategias mentales como limitar sus revelaciones a un contenido que les parece apropiado para todos los miembros de su red. A esto se le conoce como enfoque del menor denominador común. Los investigadores señalan que “muchas cuestiones relacionadas con la autocensura se deben a preocupaciones relacionadas con la audiencia”.

Uno de los temas importantes relacionados con el comportamiento humano y la opinión pública que se estudia en comunicación y sociología es la tendencia de la gente a no hablar sobre cuestiones de política en público, o entre sus familiares, amigos y compañeros de trabajo, cuando creen que su propio punto de vista no es ampliamente compartido. De modo que terminan callando sus opiniones si piensan que no son populares o no van a lograr la aprobación de sus interlocutores. Esta tendencia se llama la “espiral del silencio” y fue desarrollada en 1974 por la alemana Elisabeth Noelle-Neumann.

Según la tesis de esta autora las corrientes de opinión dominantes o percibidas como vencedoras generan un efecto de atracción que incrementa su fuerza final. Los movimientos de adhesión a las grandes corrientes de opinión son un acto reflejo del sentimiento de protección que confiere la mayoría y el rechazo al aislamiento, al silencio y la exclusión. Es más, quienes se identifican con corrientes que no tienen el reconocimiento mayoritario, tratan de ocultar sus opiniones. Téngase en cuenta que Noelle-Neumann estuvo afiliada al partido nazi por lo que, sin duda, sus reflexiones son significativas en el apoyo popular que este movimiento logró entre los alemanes.

La sensación de sentirte de pensamiento minoritario es lo que en el lenguaje coloquial se suele llamar “síndrome de perro verde”. Esa percepción que se tiene cuando, escuchando conversaciones en el autobús, en el mercado o la cafetería, uno llega a la conclusión de que los asuntos y los temas que nos preocupan no tienen nada que ver con lo que le interesa a la gente de alrededor.

Pero todo esto era antes de la llegada de internet y las redes sociales. Muchos pudimos pensar que plataformas como Facebook o Twitter permitirían encontrarnos con nuestros afines y terminar, primero con el “síndrome de perro verde”, y segundo con cualquier inhibición social que pudiésemos adoptar como consecuencia del miedo al rechazo y el cambio de actitud en la búsqueda de la aprobación de la mayoría. Sin duda, eso pudo suceder al principio en la medida en que internet y las redes no eran masivas y servían para encontrarse y crearse comunidades. Pero ahora la presencia ciudadana en las redes es mayoritaria y, más que buscar encontrarnos con nuestros cercanos en afinidades, son muchos los que persiguen acumular seguidores, apoyos y aplausos. A diferencia de la vida real, donde no nos obsesiona acumular amigos ni aplausos -entre otros motivos, porque ni el tiempo ni el espacio del mundo real nos permite esa acumulación-, en el mundo virtual la persecución de cifras altas de seguidores y “me gusta” resulta obsesiva para muchos internautas, incluso como forma de sentirse valorado.

El centro de investigación Pew Research, en Estados Unidos, realizó una investigación para detectar en qué medida los ciudadanos se encontraban más cómodos y predispuestos a expresar su posición ante un tema controvertido en las redes sociales que en las situaciones tradicionales cara a cara. Es decir, si la presencia social dejaba de ser eficaz y la espiral de silencio dejaba de funcionar en las redes sociales. Entrevistaron a 1.801 personas y eligieron el tema de Edward Snowden y sus revelaciones de la vigilancia gubernamental generalizada al teléfono y al correo electrónico de los estadounidenses. Las encuestas mostraban que era un tema que tenía divididos a los ciudadanos de su país sobre si estaban justificadas las filtraciones de Snowden y si la política de vigilancia del gobierno era buena o mala idea.

El resultado fue que la gente estaba menos dispuesto a discutir la historia Snowden-NSA en los medios sociales que en persona. Estos últimos eran un 86%, pero sólo el 42% de los usuarios de Facebook y Twitter estaban dispuestos a escribir sobre esto en esas plataformas. Los encuestados estaban más dispuestos a compartir sus puntos de vista si creyeran que su audiencia estaba de acuerdo con ellos. Los usuarios de Facebook dijeron que compartirían sus puntos de vista si pensaban que sus seguidores estaban de acuerdo con ellos. En conclusión, las nuevas redes sociales, no solo no han terminado con la espiral de silencio, sino que son todavía más vulnerables que las relaciones sociales interpersonales. Los ciudadanos buscan ser reconocidos socialmente a través del número de seguidores, los “me gusta” o los comentarios positivos en las redes. Y para ello, aparcan los temas espinosos o sobre los que consideran que sus opiniones son minoritarias. Eso lo saben bien los community manager que trabajan para pequeñas empresas. Aparte de los contenidos publicitarios han comprobado que, para conseguir seguidores en sus plataformas, deben evitar temas controvertidos y centrarse en asuntos planos que generan consensos: fotos de amanecer, imágenes de niños cándidos, odas al terruño a la amistad o al amor. Los posicionamientos, si los hay, son al equipo de fútbol local o al deportista de la zona. Que nada chirríe. Si hace unos días comprobamos que el puritanismo de las redes sociales había llegado al punto de censurar en Facebook las portadas de Interviú de hace 40 años (no se hagan ilusiones, no lo hacían por ser machistas), ahora vemos que nuestra propia autocensura en esas redes supera la que muchos regímenes coercitivos hubieran deseado. Como bien predijo Aldous Huxley, parece que la revolución tecnológica nos aboca a la ausencia de libertad bajo el formato de un mundo feliz.

 

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Sábado, 06 Enero 2018 08:13

Un freno a las falsas noticias

Macron, víctima de noticias falsas el año pasado.

 

Francia y Alemania hacen leyes y las redes sociales toman medidas

El jefe de Estado francés explicó que se trata de “proteger la democracia” de una ola de “propaganda modulada a través de miles de cuentas en las redes sociales que propagan cuentos inventados para ensuciar a una figura pública”.

 

Desde París

“Fake news”, “hechos alternativos” programados desde las profundidades de la cultura política del presidente norteamericano Donald Trump o “realidad alternativa”, la última versión de la manipulación de masa asumida por Margarita Simonián, la directora de Rusia Today y del portal que difunde a Sputnik, la mentira y la falacia se han vuelto un negocio y un terreno de confrontación de las potencias mundiales donde ha perdido no sólo la verdad sino, también, la transparencia democrática. Las tres principales plataformas de propagación de falsedades, Twitter, Facebook y Google, anunciaron una serie de medidas contra ese satanás contemporáneo. A partir del primero de enero Alemania empezó a aplicar la llamada ley «NetzDG» que sanciona con una multa de 50 millones de euros a las redes sociales que no supriman las informaciones “odiosas” o los “fake news”. A Berlín le sigue ahora París con el anuncio hecho por el presidente francés, Emmanuel Macron, de aplicar próximamente una ley contra las noticias falsas y las plataformas que las expanden, y ello durante las campañas electorales. La medida, controvertida en su mismo principio, suscitó una ola de reacciones críticas e impugnaciones desde todos los sectores políticos, principalmente aquellos, como la extrema derecha, que han elevado las “fake news” a la categoría de arma de disuasión masiva.

El jefe del Estado francés explicó que se trata de “proteger la democracia” de una ola de “propaganda modulada a través de miles de cuentas en las redes sociales que, en tan sólo un instante, propagan en todo en mundo, en todos los idiomas, cuentos inventados para ensuciar a un responsable político, a una figura pública o a un periodista”. Emmanuel Macron tiene una cuenta pendiente con esas “fake news”. Durante la campaña electoral para las elecciones presidenciales de abril y mayo del año pasado, Macron fue una víctima directa de esa metodología e, incluso, llegó a denunciar en presidencia del presidente ruso Vladimir Putin a Rusia Today y Sputnik por actuar como “órganos de influencia y de propaganda”. El mandatario adelantó algunos de los dispositivos de esta futura ley cuya meta es, según dijo, doble: “responsabilizar a las plataformas y los difusores en internet” y, en ese contexto, someterlos a obligaciones como, por ejemplo, imponerles una “transparencia más fuerte en torno a todos los contenidos auspiciados con el fin de hacer pública la identidad de esos anunciantes y de quienes los controlan y, a la vez, limitar los montos consagrados a esos contenidos”. El texto en preparación permitiría que en cuanto una “plataforma difunde fake news, la persona concernida cuenta con la posibilidad de dirigirse a un juez para que sea retirada en un plazo de 24 a 48 horas después de publicada la información”. Igualmente, se prevé una suerte de mecanismo para que las instancias de supervisión del campo audiovisual puedan intervenir ante los canales de televisión bajo control de Estados extranjeros e impedir que irrumpan como entes de desestabilización. Aunque Emmanuel Macron no mencionó a ningún medio en particular, para muchos analistas e editorialistas resulta obvio que esta batería de medidas va dirigida muy especialmente a Rusia, cuyo canal Rusia Today ya empezó a emitir en Francia. Sin embargo, el objetivo presidencial fue puesto en tela de juicio de forma severa en un editorial publicado por el vespertino Le Monde. “Qué lindo tema”, ironizó Le Monde. El vespertino admite que “las fakes news se han convertido en una de las armas de guerra tecnológica de la información que ciertos regímenes autócratas llevan a cabo en las democracias occidentales, en cuyo primer puesto, sin nombrarla, Emmanuel Macron pone evidentemente a Rusia”. No obstante, el diario advierte que “ese tipo de ambición legislativa, en un campo tan movedizo y complejo como las tecnologías digitales y en un tema tan crucial como la libertad de la prensa, es por naturaleza peligrosa”.

Muchos comentaristas señalan al respecto que ya existe una ley...de 1881 que permite “castigar” la “difusión, la reproducción de noticias falsas, de elementos fabricados, falsificados o falsamente atribuidos”. Los abanderados de las falacias, los círculos de la extrema derecha francesa, salieron de inmediato al paso de la iniciativa presidencial. La líder del Frente Nacional, Marine Le Pen, preguntó en un tweet si acaso “¿Francia sigue siendo una democracia cuando le pone un bozal a sus ciudadanos? Muy inquietante”. La izquierda radical de Jean-Luc Mélenchon se pronunció en el mismo sentido mientras que los expertos apuntan a los límites de una ley como la planteada por el presidente francés. Lo que está es juego consiste en saber si es el Estado quien decide lo que es falso y lo que no. Es lícito admitir que la avalancha de mentiras, la inocencia de la opinión pública o, a menudo, sus opciones ideológicas, llevaron a que se despoje a la prensa de su misión y se la reemplace por un destructor sistema de falacias y cuentos imposibles de verificar. Ello, sin embargo, no legitima al Estado como arbitro. La historia contemporánea prueba hasta qué punto los Estados democráticos desencadenaron desastres y guerras justificadas con mentiras. Dos siguen aún vigentes, o al menos sus consecuencias. La prensa francesa recuerda que el ex secretario de Estado Norteamericano, Colin Powell, presentó ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas “pruebas irrefutables” sobra las armas de destrucción masiva que detentaba el difunto presidente iraquí Saddam Hussein. La segunda Guerra de Irak (2003) se justificó con ese argumento pero las armas jamás existieron y fueron llamadas luego “armas de desaparición masiva”. El también ex Primer Ministro británico Tony Blair procedió de la misma manera en el Parlamento británico. Presentó “pruebas” llenas de falsas informaciones. En la Argentina, la palabra oficial buscó empeñosamente empañar la verdad sobre la desaparición de Santiago Maldonado. Entonces ¿cómo puede un Estado pretender regular la verdad ? Glenn Greenwald, el periodista norteamericano fundador del portal The Intercept, quien publicara en el diario británico The Guardian (a partir de 2013) las revelaciones del ex agente de la CIA Edward Snowden sobre el espionaje planetario de la NSA, Agencia de Seguridad Americana, escribió: “fake news es una expresión retórica sin definición. Se la pueda asimilar a una forma de propaganda. Trump se la apropió para atacar al periodismo. Ahora, Macron la utiliza para conducir un control oficial de internet”. Las opiniones están, de hecho, divididas. Se admite que algo hay que hacer, pero de pronto no con el Estado como regulador central de lo que es verdad o no. Las opiniones públicas están llamadas a desempeñar un papel preponderante. Ellas son las manipuladas, las destinatarias de las mentiras. Se le exige a la prensa rigor y verdad. Tal vez los lectores tengan también que modificar sus propios hábitos para sobrevivir en este pantano de manipulaciones.

 

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“Las redes sociales están desgarrando a la sociedad”, dice un exejecutivo de Facebook

Palihapitiya, primer presidente de Facebook dispara contra la red social: "Instagram, la peor red para la salud mental de los adolescentes"


Un antiguo alto ejecutivo de Facebook ha entonado el mea culpa por su contribución al desarrollo de unas herramientas que, a su juicio "están desgarrando el tejido social". Chamath Palihapitiya, que trabajó en la compañía de Mark Zuckerberg de 2007 a 2011 y que llegó a ser su vicepresidente de crecimiento de usuarios, opina que "los ciclos de retroalimentación a corto plazo impulsados por la dopamina que hemos creado están destruyendo el funcionamiento de la sociedad. Sin discursos civiles, sin cooperación, con desinformación, con falsedad".


Palihapitiya hizo estas declaraciones sobre la adicción a las redes sociales y sus efectos en un foro de la Escuela de Negocios de Stanford el pasado 10 de noviembre, pero la web de tecnología The Verge las ha recogido este lunes y, a través, de ella, diarios como The Guardian. Palihapitiya, que en su día trabajó para aumentar el número de personas que usan las redes sociales, recomendó a su audiencia que se tomara un "descanso" en su uso.


Aclaró que no hablaba solo de Estados Unidos y de las campañas de intoxicación rusas en Facebook. "Es un problema global. Está erosionando las bases fundamentales de cómo las personas se comportan ante sí y entre ellas", subrayó, para añadir que siente "una gran culpa" por haber trabajado en Facebook. Habló de cómo las interacciones humanas se están limitando a corazones y pulgares hacia arriba y de cómo las redes sociales han conducido a una grave falta falta de "discurso civil", a la desinformación y a la falsedad.


En la charla, Palihapitiya, ahora fundador y CEO de Social Capital, desde la que financia a compañías de sectores como la salud y la educación, se declaró una especie de objetor de conciencia del uso de redes sociales y anunció que quiere usar el dinero que ganó en Facebook para hacer el bien en el mundo. "No puedo controlar [a Facebook] pero sí puedo controlar mi decisión, que es que no usar esa mierda. También puedo controlar las decisiones de mis hijos, que no pueden usar esa mierda", declaró, para aclarar que no se ha borrado del todo de las redes pero que sí trata de usarlas lo menos posible.


El ex alto cargo de Facebook alertó de que los comportamientos de las personas están siendo programados sin que se den cuenta. "Ahora tienes que decidir a cuánto vas a renunciar", añadió. Palihapitiya hizo referencia a lo sucedido en el Estado indio de Jharkhand le pasado mayo, cuando unos mensajes falsos de WhatsApp sobre la presencia de supuestos secuestradores de niños acabaron con el linchamiento de siete personas inocentes. "A esto nos enfrentamos", criticó Palihapitiya, que añadió que este caso "llevado al extremo" implica que unos delincuentes "puedan manipular a grandes grupos de personas para que hagan lo que ellos quieran".


Pero Palihapitiya no solo censuró los efectos de las redes en cómo funciona la sociedad, sino todo el sistema de funcionamiento de Silicon Valley. A su juicio, los inversores inyectan dinero en "empresas estúpidas, inútiles e idiotas", en lugar de abordar problemas reales como el cambio climático y las enfermedades curables.


Las críticas de Palihapitiya a las redes se suman a las del primer presidente de Facebook, Sean Parker, que censuró la forma en que la compañía "explota una vulnerabilidad en psicología humana" al crear un "ciclo de retroalimentación de validación social". Además, un exgerente de producto de la empresa, Antonio García-Martínez, acusó a Facebook de mentir sobre su capacidad para influir en las personas en función de los datos que recaba sobre ellos, y escribió un libro, Chaos Monkeys, sobre su trabajo en la empresa. En el último año se ha producido una creciente preocupación por el poder de Facebook, su papel en las elecciones estadounidenses y su capacidad para amplificar noticias falsas.

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De iz. a der. participaron de la cumbre APEC: Abe, Putin, Jae-in, Rasak, Peña Nieto y Trump, entre otros líderes mundiales.

 

“Buenos” y “malos” generan burbujas narrativas en las redes sociales

El cinismo de Occidente lleva a que, a través de los medios, las potencias se presenten como víctimas de las maniobras de Moscú. Al mismo tiempo, los servicios de Putin parecen haber encontrado en la red un pilar de los relatos contrahegemónicos.

 

Lectores y espectadores de todos los soportes e ideologías, Estados, partidos políticos, movimientos de distinta índole, servicios secretos, hackers, periodistas y animadores centrales de internet (Twitter, Facebook, Google, Instagram, etc) conforman un amplísimo mercado de la manipulación sin precedentes en la historia de la humanidad. Que sean las elecciones en Francia, en los Estados Unidos, la consulta por el Brexit, la guerra en Ucrania o el independentismo catalán, internet y sus habitantes de las sombras han sido los reguladores decisivos de las opiniones públicas con el telón de fondo de la guerra entre las potencias y como párvulos figurantes las esferas antiimperialistas que han expandido las falsedades del enemigo, de su enemigo. Un ejército de espectros vela a diario por la defensa de un territorio sembrado de intereses, a ambos lados del Atlántico. Los trolls son ahora inocentes soldaditos del pasado al lado de la maquinaria que se ha puesto en marcha. Los cronistas de falacias, los community managers de las redes, los perfiles automáticos que generan burbujas narrativas creadas con la intención de instalar un embuste son los nuevos propagadores de las verdades artificiosas que se han convertido en la droga de Occidente. Donald Trump propulsó en los Estados Unidos lo que ya existía hace mucho dentro de la llamada guerra digital o guerra asimétrica. La guerra en Ucrania, las intromisiones de Occidente en la soberanía rusa, la guerra en Siria multiplicaron por mil la confrontación subterránea y pusieron a la Rusia de Vladimir Putin como la potencia que hace y deshace a su antojo. El cinismo legendario de Occidente lleva a que, a través de los medios, las democracias occidentales se presenten como víctimas de las maniobras de Moscú como si no fueran, ellas, en este caso la primera de ellas, Estados Unidos, quien llevó al paroxismo el arte de la mentira con el ya famoso portal Breitbart News, del ex director Ejecutivo de la campaña electoral de Trump, Stephen Bannon. Todos juegan en ese patio subterráneo donde se despliegan los choques más fuertes y en el cual hasta las mejores intenciones son usurpadas por la manipulación. Jamie Fly, miembro del German Marshall Fund y uno de los creadores del instrumento de análisis Hamilton 68, constata la enorme paradoja que existe en el hecho de que quienes están contra Occidente terminan a su vez manipulados: “lo más preocupante que hay en todo esto es que personas comunes se integran activamente en campañas de propaganda. A pesar nuestro, muchas veces, que sea en Twitter o Facebook, participamos en campañas de desinformación que provienen de manera directa o indirecta de sistemas de propaganda. No hay nada sorprendente entonces en que los Estados se apoderen de esas zonas para propagar sus propios intereses”.

Hasta los héroes de antaño se han prestado al juego en pos de su estrategia final. Julian Assange, el fundador de WikiLeaks, se sumó a la exitosa operación de los independentistas catalanes que lograron instalar en las opiniones pública una pésima impresión del Estado español apoyándose además en los soportes rusos de difusión en la red. Antes, en octubre de 2016, Trump había dicho “Amo a WikiLeaks”. Tenía en su mano una síntesis de los miles de correos electrónicos de la demócrata Hillary Clinton difundidos por Assange. En julio de 2017, WikiLeaks puso en circulación 21.000 emails del equipo que participaba en la campaña electoral de Emmanuel Macron. 3.000 perfiles falsos en Twitter, 126 millones de personas “distraídas” en Facebook: el operativo propaganda a favor de Trump vació la palabra democracia de toda legitimidad.

Donald Trump tiene su propia red de falacias (https://www. politico. com/magazine/story/2017/08/09/twitter-trump-train-maga-echo-chamber-215470) pero Occidente apunta hoy hacia Moscû como el ente desestabilizador. El instrumento Hamilton 68 que analiza los flujos de información difundidos en Twitter (fue creado en agosto de 2017) constató hasta qué punto los círculos prorusos trabajan activamente para envenenar los debates nacionales. Los servicios de Vladimir Putin parecen haber encontrado en la red un pilar de las narrativas contrahegemónicas. En ciertos sectores, la prensa tradicional de Occidente tiene mil veces menos influencia que Russia Today (RT) o Sputnik (100 países, 33 idiomas), dos medios rusos cuyas informaciones, en ocasiones totalmente falsas, son redesplegadas a través de las redes y leídas con devoción por quienes tienen una legítima posición anti occidental (The Gateway Pundit o TruthFeed). Los medios complotistas o los conspiracionistas cuentan hoy con un aliado poderoso. Pero la verdad está ausente y quienes intentan desmentir o aclarar (los periodistas) suelen encontrarse sumergidos por las amenazas físicas o los insultos que llegan a través de internet. La mentira puso de moda el patoterismo digital como forma de disuasión o amedrentamiento, tanto por las extremas derechas como por la ultraizquierda. Estudios recientes dan cuenta de la “transformación” de los instrumento de propaganda lanzados durante la guerra en Ucrania y la anexión de Crimea por parte de Rusia en “misiles digitales” destinados a generar caos y confusión ideológica. Ciaran Martin, responsable del Centro Nacional de Seguridad (NCSC, Gran Bretaña) aseguró a la prensa que “la injerencia rusa es una fuente de gran preocupación”. Según un doble estudio llevado a cabo por Swansea University y la University of California, Berkeley, “150. 000 cuentas en Twitter basadas en Rusia perturbaron” el referendo sobre el Brexit en beneficio de la opción más desestabilizadora para Europa (la salida de Gran Bretaña, https://www.thetimes.co.uk/article/russia-used-web-posts-to-disrupt-brexit-vote-h9nv5zg6c).

Gran Bretaña acusó incluso a Rusia de haber “atacado” los medios de comunicación y los sistemas eléctricos. Los debates sobre las “injerencias” extranjeras no son nuevos. En 2015, la Unión Europea creó el East Stratcom Task Force, una estructura destinada excesivamente a combatir las ofensivas digitales de Moscú. El tema no es tanto la cuestión ideológica sino la veracidad, que es la que al final de cuentas manipula a la opinión pública. François-Bernard Huyghe, investigador y especialista de las Ciencias de la Información en el IRIS (Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas), resume: “es preciso desmontar una mentira deliberada lanzada con objetivos estratégicos. No basta con denunciar une ilusión ideológica”. La Task Force de la Unión Europea no puede sin embargo contrabalancear la influencia de las mentiras. Sus aclaraciones tienen las patas cortas ante las potencias de las llamadas “granjas de trolls” donde se cultivan las mentiras. La estafa es, al final, demoledora.

Los “malos” de Occidente contra los “buenos” de Moscú o los “buenos de Moscú contra los “malos” del otro lado siembran sus invenciones en las redes sociales. Los buenos y los malos terminan amplificando su difusión, con las cual formatean conciencias, ganan adhesiones, modifican procesos electorales o instalan certezas cuya única realidad son miles y miles de perfiles automatizados que devastan toda forma de libertad de pensar y actuar. Las redes sociales aparecieron en un momento como la panacea de la independencia ante los medios de comunicación del “sistema”. Ahora el sistema se apropió de ellas.

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Assange se sumó a la exitosa operación de los separatistas catalanes.

 

 

Publicado enPolítica
Cómo utiliza la CIA la inteligencia artificial para vigilar las redes sociales

La agencia norteamericana aplica los avances en automatización diseñados en Silicon Valley al análisis del material que cuelgan los usuarios

 

La gente lo cuenta (casi) todo en las redes sociales. Sobre sus estudios, sus trabajos, sus relaciones personales, sus momentos de ocio, su consumo... Por supuesto, también sobre sus valores, su ideología, sus preferencias políticas, etc. A pesar de que hay culturas más discretas o reservadas y otras que son más abiertas y extrovertidas, esta manera de comportarse en Facebook, Youtube, Twitter, Instagram, etc. se ha extendido por el mundo. Empresas y entidades gubernamentales como la popular Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos han incorporado estas plataformas al repertorio de fuentes que consultan regularmente.


En este contexto, la inteligencia artificial les permite llegar más lejos de lo que podrían haber imaginado hace pocos años. El organismo norteamericano coopera estrechamente con el gigante tecnológico Intel desde 1947. Los avances informáticos han ido mejorando este proceso. Pero los métodos empleados hasta ahora son muy laboriosos y, a menudo, lentos. Para que los resultados sean óptimos, lo ideal es manejar grandes cantidades de datos. Así deberían prevenirse guerras, atentados terroristas, incidentes...


Exactamente para eso sirve la automatización de tareas. He aquí el punto de inflexión en esta misión. Según ha revelado la subdirectora de desarrollo tecnológico de la CIA, Dawn Meyerriecks, la agencia tiene actualmente 137 proyectos de inteligencia artificial en marcha. Uno de los polos digitales privilegiados es Silicon Valley. Pues bien, esta área de la Administración estadounidense tiene suscritos numerosos programas de colaboración con emprendedores de allí.


Son ellos quienes facilitan que los agentes accedan a la información de millones de perfiles y cuentas, que la filtren y que la interpreten en función de sus necesidades. En cualquier caso, para que estos engranajes empiecen a rodar, alguien debe activarlos. Y eso nos lleva de nuevo a usuarios, anónimos o conocidos. En realidad, estas agencias siempre han hecho lo mismo. “Lo nuevo es el volumen y la velocidad en la recolección de datos”, señala Joseph Gartin, responsable de la Escuela Sherman Kent, un centro de análisis de inteligencia al servicio de la CIA que cobró una gran relevancia a escala internacional tras el 11S.


“El comportamiento humano son datos y la inteligencia artificial es un modelo de datos”, añade el jefe de operaciones de Stabilitas, Chris Hurst. Evidentemente, los profesionales de estas instituciones aplican al resto de entornos por los que se mueven unos sistemas y unas fórmulas similares a las que rastrean los medios 2.0. El director de la Agencia Nacional de Inteligencia Geoespacial, Robert Cardillo, explica: “Si intentásemos explorar manualmente las imágenes de un satélite comercial que esperamos tener en los próximos 20 años, nos harían falta ocho millones de analistas”.


Gracias a la inteligencia artificial, el 75% de esta carga descansa, con la máxima eficiencia, sobre las máquinas, no sobre las personas. Prácticamente ningún país puede competir con Estados Unidos en esta carrera, ni siquiera Rusia. Sea como fuere, se está dando un impulso global en el que participan naciones de ambos hemisferios. Por esta razón, el propio presidente Vladimir Putin ha dicho: “Quienquiera que se convierta en el líder en inteligencia artificial será el gobernante del mundo”.

¿Qué ocurre en un minuto en Internet? (+ Infografía)

 

Dos investigadores de Cumulus Media han vuelto a medir hace tan sólo unas semanas la cantidad de información que se comparte en la red en tan sólo un minuto, cuyo crecimiento es exponencial.

Teniendo en cuenta esto, resulta cada vez más difícil destacar en redes sociales. Se genera tal volumen de mensajes que a las empresas cada vez les resulta más complicado llamar la atención de los usuarios con sus comunicaciones.

Según el informe Cumulus Media, en sólo un minuto se envían 452.000 tuits, se suben 46.200 fotos a Instagram, se crean 1,8 millones de snaps en Snapchat, se envían más de 15.000 archivos GIF a través de Facebook Messenger, se reproducen 40.000 horas de audio en Spotify, se mandan 156 millones de correos electrónicos y 16 millones de SMS, se pasan 990.000 vistazos de perfiles en Tinder, se reproducen 4,1 millones de vídeos en YouTube y se realizan unas 3,5 millones de búsquedas en Google.

Esto es solo contando las principales redes sociales y algunos sitios de referencia a nivel internacional

 

Un minuto en Internet equivale a:

 

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El éxodo juvenil de Facebook: cuando los jóvenes cambian los estados por fotos y vídeos

Un estudio pone de manifiesto que, cada vez más jóvenes, optan por decir adiós a Facebook e ir directamente a otras redes sociales como Snapchat o Instagram. Hablamos con Esteban Mucientes, experto en redes sociales y estrategia digital, que nos cuenta las claves de este abandono


Se van. Los adolescentes no quieren saber, cada vez en mayor medida, nada de Facebook. Es el último estudio que ha aparecido sobre el tema y que esta vez firma la consultora eMarketer. "El efecto de Facebook se desvanece aún más entre los adolescentes y los adultos jóvenes", anuncia la compañía.


El trabajo, que observa el comportamiento de los jóvenes en EEUU y Reino Unido, se centra sobre todo en dos grupos de usuarios: por un lado, los que se encuentran en la franja de los 12 a los 17 años. Por otro, los que tienen de 18 a 24 años. Y todos ellos están dejando o dejarán de usar Facebook en el futuro. Un apunte: la red social de Mark Zuckerberg permite ser usada por menores desde los 14 años en adelante.


"Tanto Instagram como Snapchat han encontrado el éxito entre esta franja demográfica desde que se han centrado en cómo comunicar; eso es, utilizando contenido visual", explica Oscar Orozco, uno de los analistas que ha llevado a cabo el estudio, en el blog de la compañía.


"Al mismo tiempo, ahora tenemos niños anti-Facebook, que oscilan entre las dos franjas de edad y que parecen estar pasando por completo de Facebook, aunque todavía no han terminado de acoplarse a Instagram", continúa el analista.


La consultora afirma que la base de usuarios de Facebook entre los chicos y chicas de 12 a 17 años decrecerá un 3,4% en 2017. Además, según sus estimaciones, el uso de la red social entre los usuarios de 18 a 24 años "crecerá de forma más lenta de lo previsto anteriormente".


Y esto tiene una explicación: la irrupción de Snapchat e Instagram. Al echar un vistazo al número de usuarios jóvenes que tienen las tres grandes redes sociales en EEUU y Reino Unido los números no fallan: el fantasma blanco domina entre los chicos y chicas con edades comprendidas entre los 12 y los 24 años con 40,2 millones de usuarios. En segundo lugar se sitúa Facebook con 38 millones y en tercera posición, Instagram con 26,3 millones.


¿Adónde van?


Parece que nada le podría afectar a Facebook con sus más de 2.000 millones de usuarios activos mensuales en el mundo. Ni la creciente tasa de abandono que, según Esteban Mucientes, exvicepresidente de la Asociación Española de Responsables de Comunidades OnLine y profesionales de Social Media (AERCO), se da "entre la gente de 30-35 años hasta los de 45-50".


A pesar de ello y aunque los números de Snapchat vivieron mejores tiempos, ahora mismo se sitúa en torno a los 300 millones de usuarios al mes. Sin embargo, la gente ya no pasa tanto tiempo allí como antes. Antaño, los jóvenes permanecían en la app durante 60 minutos y ahora lo hacen por la mitad del tiempo.


Ajeno a todo esto permanece Instagram, que dobla con creces la cifra de usuarios mensuales respecto a Snapchat y la fija en 700 millones. En 2014, la gente pasaba de media 21 minutos al día en la app, un número que creció hasta los 32 minutos con la llegada de Stories. Pero tanto el uno como el otro cuentan con una ventaja comparativa respecto a Facebook, y es que su público es joven.


El estudio arroja que Snapchat crecerá un 19,2% en 2017, en la franja de edad que va de los 18 a los 24 años. También estima que los adolescentes de 12 a 17 años usarán Instagram un 8,8% más. Aunque Facebook continúe creciendo mes a mes, la investigación de eMarketer pone de manifiesto que esa línea cada vez sube de forma más lenta.


"Lo que hay es un cambio de comportamiento, de todos. Sí que es verdad que lo visual funciona mucho mejor que, digamos, lo clásico: los estados o las cosas donde hay que leer mucho", explica a eldiario.es Mucientes, que también es experto en redes sociales y estrategia digital.


Espíritu juvenil: siempre en movimiento


"Hay dos sectores de población donde hay capacidad de crecimiento, que son los mayores de 55 años, que se están incorporando mucho a las redes sociales; y los menores, sobre todo de 16-18 años", continúa Mucientes. El primer grupo de edad apuesta sobre todo por WhatsApp, que no hay que olvidar que también es una red social y propiedad de Facebook.


El vicepresidente de AERCO considera que los jóvenes se mueven de red en red social evitando el encontronazo con sus progenitores: "¿Dónde estamos? Pues donde no están nuestros padres", dice, y recuerda que el final de Tuenti como red social fue "cuando empezaron a llegar los padres, que estaban preocupados por lo que hacían sus hijos".


Mucientes se muestra convencido de que lo visual es el futuro, "toda la parte de realidad aumentada, de incorporar por fin experiencias a material escrito o a revistas". También duda de que la red social de Zuckerberg note el éxodo juvenil a la hora de presentar las cuentas anuales: "El dinero que no saca por un lado lo saca por otro. Lo que no saca a través de la publicidad clásica en Facebook lo saca a través de la publicidad en Instagram, con lo cual, dinero no pierde". Juventud, divino tesoro.

 

22/08/2017 - 21:12h

Publicado enCultura
Regina Dugan enseña su plan para dictar desde el cerebro.

 

La red social despliega sus experimentos futuristas en la conferencia de desarrolladores de la compañía

 

Facebook ha demostrado que no hace falta subir a Mark Zuckerberg al escenario para dejar al auditorio sin aliento. La segunda jornada de F8, la conferencia de desarrolladores de la compañía, se dedicó por completo a fantasear, imaginar y meter a los asistentes en una espiral que parecería una película de ciencia ficción si no fuese porque los que relataban los planes eran científicos y no actores. Regina Dugan (Nueva York, 1963) es la responsable del Edificio 8, la zona experimental de Facebook, el antiguo campus de Sun Microsystems reconvertido en un parque de atracciones para los científicos más innovadores que consiguen reclutar.

Dugan es una de las leyendas de Silicon Valley. Tras pasar por DARPA, el programa de la NASA que alumbró Internet, pasó a formar parte de Google. Hace solo un año fichó por los de Menlo Park.

Dugan crea una de las obsesiones de la industria tecnológica, los moonshots (disparos a la luna). Así llaman a los proyectos imposibles que terminan por convertir en realidades, en forma de productos. El Edificio 8, como el 99 de Microsoft, no tiene una meta a corto plazo, sino una gran libertad y un generoso presupuesto para retar los límites de la humanidad.

Dentro del ambicioso plan a 10 años de Zuckerberg para hacer que los 4.100 millones de personas que todavía no tienen conexión a Internet –y por tanto tampoco cuenta en Facebook– lleguen al ciberespacio, Dugan tiene un papel primordial. Su equipo crea hardware, software y no deja una sola duda sobre el valor que la inteligencia artificial tendrá en nuevas vidas. “En mi vida no he visto alto tan poderoso como el móvil. Si lo unimos con la misión de Facebook, nos damos cuenta de cómo nos ha permitido compartir momentos de nuestra vida. Salta la frontera del tiempo y la distancia”, proclamó antes de comenzar a desplegar sus fuegos de artificio.

Uno de sus planes es hacer que los humanos podamos escuchar a través de la piel. Una simplificación que refleja la ambición de estos visionarios por ir más allá de lo que el cuerpo humano puede conseguir sin tecnología adicional. Según sus estudios, las terminaciones nerviosas de la piel podrían reconvertirse en un buen sensor para después traducir los sonidos que le rodean. Dentro de este pensamiento, que mezcla la fantasía con los últimos avances, también contemplan la posibilidad de hacer que los humanos podamos escribir sin tener que teclear, tomando directamente la información emitida por el cerebro, utilizando sensores que se activan cuando el cerebro comienza a emitir. “Hasta 100 palabras por minuto, solo con el pensamiento”, subrayó. Según los cálculos de Dugan se escribiría cinco veces más rápido que la media con el teclado y poco importará el idioma nativo del creador, pues lo conceptos se podrían traducir en tiempo real.

Para hacerlo posible el cerebro tendría que contar con microelectrodos implantado en el cerebro. A diferencia de la propuesta de Elon Musk, Facebook no pretende llegar a hacer los implantes a través de cirugía, pero sin con una fórmula no invasiva que emita y reciba señales con nodos portátiles que irían sobre el pelo o la piel.

En el caso de la escucha con la piel, la analogía utilizada fue la del lenguaje braille. Si estos puntos sobre una superficie se pueden percibir y se puede entender que representan número y letras, ¿por qué no conseguir que las frecuencias se perciban en el antebrazo tras reconocer patrones en las ondas? El sueño de Dugan es que los sordos consigan dejar de serlo explorando esta posibilidad.

Es posible que estas fábulas nunca se lleguen a realizar. También que parte de este capital caiga en saco roto. No importa. Facebook sabe que este espectáculo, esta forma de pensar, sirve también para atraer a los empleados con ganas de asumir retos y derribar fronteras. Dugan se quita importancia: “Solo queremos que la gente se comunique mejor”.