Martes, 27 Agosto 2019 09:39

La gorra militar

La gorra militar

Llevaban una semana preparando la prueba final que los llevaría de la premilitancia a la militancia. Al contrario de lo que usted creería, no se trataba de un examen de cien preguntas para recoger conocimientos específicos. Tampoco de una prueba oral de competencias carismáticas para agitar a las masas. Se trataba de una sola tarea: idear el plan perfecto para hurtar, entre cinco, la gorra de un militar y salir ilesos de la hazaña.

Pero, ¿por qué?, se preguntarán. Pues bien, en una escena que por mucho duraría diez minutos, cinco muchachos demostrarían al líder de su facultad la disciplina, valentía, astucia y hombría requeridas en la guerra a la que entrarían. La praxis propia de milicianos de izquierda, formados canónicamente en épocas de dictadura militar.

Ya estaba todo listo. Mientras Bolívar estaba en la banca de la plaza haciéndose el pendejo, justo para verlo todo, Ramírez esperaría dentro de la cantina y Pedro se quedaría en la puerta mirando hacia la esquina. Esquina cuidada por el uniformado. 

Dentro de un carro parqueado por la calle que bajaba, esperaría Gamboa, mientras Sánchez y Pedraza se ubicarían en la acera de enfrente. 

El consenso era claro. Cuando Pedro gritara hacia adentro por una cerveza, Ramírez saldría disparado a coger la gorra, la agarraría, correría, giraría a su izquierda, bordeando la plaza, y se metería a la zapatería. Mientras tanto, Gamboa prendería el carro y cerraría a los que estuvieran pasando, consiguiendo llamar la atención. Pedro se acercaría al agredido y gritaría que el ladrón había cogido por la derecha, calle abajo: mientras Sánchez y Pedraza rodearían al susodicho impidiendo que pudiera volverse en dirección a la plaza en donde estaba la zapatería escondite. 

Luego del alboroto Gamboa continuaría su curso, manejaría por las calles, voltearía a su derecha y recogería a Ramírez al lado del jardín de doña María. Todo en menos de 10 minutos, primeros 10 de los 60 al final de los que deberían encontrarse los cinco sobre la calle Abejorral para recibir las esperadas calificaciones de Bolívar. 

–Compañeros, ya sabemos, hoy es una gorra, otro día puede ser un fusil, que en pleno frente habrá que conseguir del enemigo.

Palpitaciones, sudores fríos, ansias, eran invisibles en caras duras, serias y decididas. Enseñadas ya a arriesgarlo todo, todo de lo que se dispone, sin depender o necesitar de pequeño-burguesadas. Era el primer paso de obediencia, que los llevaría a las disciplinadas filas de la estructura, donde entrarían dispuestos a hacer lo que hiciera falta, esperando una lúcida dirección. Buenos engranajes, que a lo estalinista funcionarían de suave y aceitada correa de transmisión de la locomotora de la revolución.

Al parecer todo salió bien o eso cuentan.

Al interior de la casa dos filas de compañeros, a los que solo les faltaban los sables, les recibían con místicos cantos de “Carmela” y “Barcino”. Toda una celebración, encantada por tonadas propias de la “Guerra civil española”, de “Viotá la roja” y del Sur colombiano. Una iniciación-celebración propia de hombres de un régimen sin privilegios de baile y juventud. 

En medio del constante Estado de Sitio que por esos años regía en Colombia, donde más de tres personas constituían una sospechosa reunión, los gritos y las arengas de la graduación estaban acompañadas, necesariamente, de arduas medidas de seguridad. No sobraba entonces que Bolívar, luego de una verificación del entorno, fuera el último en llegar y el primero en irse, en resguardo de su individual integridad.

Entonces, así es que Ramírez, seguido de sus compañeros, con gorra en mano, pavoneando y esa sed que espera los primeros tragos; entra al camino de la paciente, pero prometedora lucha. Un recorrido donde sería indispensable olvidar, borrarse y difícil recordar. Donde es preciso abandonar gustos y locha, sin dejarse afectar. Un camino donde la voz y el silencio se deben equilibrar para estar listos ante el conspire y la latente traición.

Publicado enEdición Nº260
Domingo, 30 Julio 2017 06:23

Una irresistible sensación de libertad

Una irresistible sensación de libertad

El aniversario de “Cien años de soledad” sacude el ambiente literario de Colombia y de otras partes del mundo. Las celebraciones se extienden hasta fines de 2017, las reediciones se multiplican. Todo busca renovar el deslumbramiento provocado por la novela, la apasionada recepción de que disfrutó hace cinco décadas. En forma paralela, hay discusiones sobre su vigencia, el lugar de la mujer en su literatura y el zarandeado realismo mágico. Es buen momento para repasar cómo un libro sobre un pueblo ficticio de Colombia se convirtió en una de las novelas más universales del siglo XX.

 

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.” ¿Cuántos lectores, en todo el mundo, guardan en su memoria este comienzo iluminado? ¿Y cuántos nuevos lectores –pienso sobre todo en los adolescentes posmodernos– podrán ser hoy cautivados por la intensidad y la exuberancia de esas aventuras alocadas? En realidad habría que preguntarse cuál fue la alquimia de Cien años de soledad, por qué llegó a leyenda o mito, qué mecanismo puso en funcionamiento para que escritores de primera línea y obra tan disímil como el británico Salman Rushdie, el checo Milan Kundera, el chino Mo Yan –Nobel de literatura en 2012–, el estadounidense Paul Auster y tantos otros, confesaran que en esa escritura de lo fundacional y de lo arcaico encontraron inspiración para sus historias.


Tal vez la pesquisa pueda iniciarse invocando una escena de origen que, junto a otras que los fieles del colombiano suelen recordar, forma parte de la leyenda que rodea la publicación. Imaginemos a Gabo con Mercedes y sus dos hijos en un viaje a las playas de Acapulco a principios de 1965. La impresión que tuvo, en cierto momento, de ser fulminado “por un cataclismo del alma” que apenas le permitió eludir a una vaca que se atravesó en la carretera. La excitación de su hijo Rodrigo –el futuro cineasta– cuando exclamó: “¡Yo también, cuando sea grande, voy a matar vacas en la carretera!”.
Pero sucede que al colombiano siempre le gustó confundir a la prensa, y cuando le preguntaban cómo se le había ocurrido Cien años... podía echar mano a esa anécdota o decir que en el mismo viaje se oyó repetir en voz alta la primera frase de una novela que le rondaba hacía tiempo, que de inmediato suspendió el paseo para regresar y escribirla, o que igual se fueron a la playa pero él no tuvo paz porque las voces le perforaban la cabeza.


Contaba, además, que de regreso trabajó sin pausa durante año y medio “hasta la línea final en que a Macondo se lo lleva el carajo”. Durante esos meses su mujer empeñó plancha, secador y tostadora para comer. Cuando parecía que el desenlace era inminente, las 500 páginas de la última copia recién mecanografiada volaron en una esquina de Ciudad de México y casi se pierden bajo la lluvia. Como si esto fuera poco, el dinero que tenían para enviarlas a su editor en Buenos Aires sólo alcanzó para la mitad y, en un desliz, despacharon la segunda parte. Como se ve, García Márquez cuidó que también el origen de la novela se hundiera en la bruma del mito, maquilló la realidad para hacerla más atractiva. Por algo en el epígrafe de Vivir para contarla, su autobiografía de 2002, escribió: “La vida no es la que uno vivió, sino la que recuerda y cómo la recuerda para contarla”.


Hasta la portada improvisada de la primera edición –un galeón azul contra un bosque espectral y en la base tres grandes flores amarillas– forma parte de esa leyenda, ya que la diseñada por Vicente Rojo, con la enigmática E al revés en el título, no llegó a tiempo, si bien se utilizó en la segunda edición. Es dato confirmado que un librero ecuatoriano corrigió la E en cada ejemplar que vendió, seguro de que se trataba de un error tipográfico. Muchos pensaron lo mismo.


El 30 de mayo de 1967, con 40 años de edad, los mismos que tenía el patriarca José Arcadio Buendía cuando reveló a sus hijos su descubrimiento de que “la Tierra era redonda como una naranja”, García Márquez presentó al mundo la novela de su vida, tan redonda y apetitosa como una naranja. Lo que siguió fue una avalancha inesperada: la historia de Macondo y de las siete generaciones de la familia Buendía no sólo identificaron a los pueblos de América Latina, sino que llegaron al corazón de lectores de todo el mundo. El libro fue traducido a más de cincuenta lenguas, esperanto incluido, lo publicaron más de cien editoriales, se vendieron más de 40 millones de copias, cifra que continúa incrementándose. Sin contar las ediciones pirata. Bellísima es la reciente edición de Random House, de tapa dura y buen tamaño, que incluye árbol genealógico y está ilustrada con profusión y colorido garcíamarquiano por la artista e ilustradora chilena Luisa Rivera. Canciones, películas, series de televisión, historietas, pinturas y esculturas se han inspirado en Cien años..., en sus personajes y nombres inolvidables, como Macondo, Úrsula Iguarán, Aureliano Buendía o Mauricio Babilonia, una figura secundaria que deviene ícono por el prodigio de llevar siempre sobre su cabeza una nube de mariposas amarillas.


Infancia, política, pedofilia.


Nacido en 1927 en un pueblito desvencijado llamado Aracataca, en el año 1940 García Márquez ya estaba en Bogotá, pero Aracataca, su bárbara “tierra caliente” colombiana, siempre lo perseguiría. De las memorias infantiles de ese pueblo desenrolló el hilo maravilloso de sus narraciones, que alcanza su punto culminante en Cien años..., aunque ya está presente en los relatos de juventud, marca el resto de su obra y reaparece en tanto que cierre y reescritura en Vivir para contarla. Se trata de una inmoderada literatura de lo inaugural, que diseña un marco espacio-temporal cimentado con tópicos imaginarios de lo primitivo. Comprende la historia personal, el origen familiar, la construcción de una casa, la fundación de un pueblo, la invención de un país y de América Latina. Recupera mitos grecorromanos y bíblicos, el Génesis, el paraíso, la utopía.


Pocas semanas después de la publicación de la novela, Ángel Rama escribía en Marcha: “Sería largo mostrar los tramos que llevan a esta irrefrenable sensación de libertad que sostiene Cien años de soledad y le otorga ese aire abierto que permite entrar y salir gozosamente de su materia. Las que originariamente fueron simplemente las ‘palabras en libertad’ de los poetas surrealistas, han devenido ahora ‘situaciones y personajes en libertad’, y es su grandeza y su permanente riesgo, porque todos se mueven sobre la cuerda floja, lo que determina el valor superior de este gran arte narrativo”.1


La novela se convirtió en texto de referencia para los gobiernos de izquierda de Europa del este, Asia y buena parte de América Latina. Las peripecias del coronel Aureliano Buendía, líder de varias revoluciones fracasadas contra un gobierno conservador, y temas como la pobreza en el campo y la explotación de la tierra por empresas extranjeras, favorecieron su difusión en los países socialistas.


Pero más allá de temas políticos y sociales, Cien años... definió una época de la literatura universal y se vio envuelta en tantas interpretaciones como lectores tuvo. No fue sólo la cima del llamado boom de la literatura latinoamericana, sino que hizo popular un estilo conocido como realismo mágico, atiborrado de escenas extraordinarias y de magia. Y en esa ficción, o desde esa ficción, en la cual el lector se pierde jubilosamente, corporiza graves temas de fondo, como las injusticias y la violencia del universo rural.
Por supuesto, hubo y habrá detractores. Los más acérrimos tal vez se encuentren en filas del feminismo, que no perdona al autor el tratamiento de las mujeres en la novela. Recientemente la escritora ecuatoriana María Fernanda Ampuero (1976) opinó sobre Cien años... en Casa América, de Madrid: “Es una historia de pedofilia, niñas prostituidas, incesto, virginidades inexpugnables, infidelidad, esposas sumisas, mujeres sin pecado que ascienden como la virgen María, mujeres a las que se viola en una maraña de descripciones que no dicen la palabra violación” . Parecidas acusaciones han merecido otros libros del autor, en especial La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada (1978) y Memoria de mis putas tristes (2004), que llevan a la ficción algunos de esos temas.



Se hace camino al andar.


Hasta la publicación de Cien años... Gabo sobrevivió de los exiguos derechos de autor y las pocas traducciones de sus primeros libros, pero sobre todo de la ayuda de sus amigos, en particular Jomí García Ascot y María Luisa Elío, a quienes en eterno agradecimiento dedicó todas las ediciones de la novela menos la francesa, que fue para el escritor colombiano Álvaro Mutis, amigo desde los tiempos en que la familia García Márquez recurría al pretil de la ventana para que la leche no se malograra.


¿Cuáles fueron esos primeros libros, de escasa resonancia y poca venta, que condenaban a su autor a ser casi un desconocido? Sus dos primeras novelas, La hojarasca (1955) y El coronel no tiene quien le escriba (1961) –calificada por sus pares como perfecta–, la colección de cuentos Los funerales de la Mama Grande (1962) y La mala hora (1962), su tercera novela. Años más tarde, García Márquez confesó: “Mi problema grande de novelista era que después de aquellos libros me sentía metido en un callejón sin salida, y estaba buscando por todos lados una brecha para escapar. Sentía que me quedaban muchos libros pendientes, pero no concebía un modo convincente y poético de escribirlos”.


Mientras trabajaba en Cien años... se dio cuenta de que para narrar esas historias insurrectas que revoloteaban en su cabeza desde la adolescencia debía usar el mismo tono de su abuela cuando en su infancia le contaba patrañas colosales con una naturalidad pasmosa que desterraba cualquier vacilación.


Pero aun después de encontrar ese “modo convincente y poético”, García Márquez dudaba. Fuera del ámbito académico se conoce poco que, antes de terminar la novela, con el fin de explorar las reacciones de los lectores y prepararlos para su aparición –como hizo Onetti con las pedradas semanales de Periquito el Aguador que anunciaban en Marcha la senda urbana de El pozo–, publicó siete capítulos en periódicos y revistas que circulaban en más de veinte países: El Espectador de Bogotá, Primera Plana de Argentina, la problemática revista Mundo Nuevo, dirigida en París por Rodríguez Monegal, la mexicana Diálogos, la peruana Amaru, la colombiana Eco. Esos capítulos se olvidaron, porque se creyó que eran idénticos a los publicados en la primera edición. Pero hubo cambios: en el lenguaje, la estructura, la descripción de personajes. De ahí su valor para entender la génesis de la novela. Un solo ejemplo: Úrsula, la madre de José Arcadio, temía que su primogénito naciese con cola de cerdo por ser primos sus padres, pero él vino al mundo como “un hijo saludable”. En la edición final el autor acentúa el dramatismo y escribe: “Dio a luz un hijo con todas sus partes humanas”.


Capitán para rato.


En la nota citada, Rama repasó ese recorrido, subrayando los diversos tratamientos de “lo real” en la obra previa del colombiano y en la novela reciente: “la misma búsqueda de la realidad que signaba sus libros anteriores es la que aquí lo moviliza, pero en vez de encauzarse a través de una estricta elaboración realista que imponía pesar cada palabra, componer cada situación como una máquina perfecta de economía y austeridad expresiva, articular verosímilmente las operaciones insólitas de la realidad, ahora se encamina por una libérrima creación merced a la cual estima que toca ardiente y más próximamente lo real”.


Por aquel entonces Rama era el responsable de la editorial Arca. Desde los primeros libros de García Márquez, cuando pocos lo conocían, había difundido su obra con entusiasmo, y en 1965 le reeditó La hojarasca. Según la editora argentina Gloria Rodrigué, ex directora de Sudamericana y testigo de las gestiones de publicación de Cien años..., cuando Francisco Porrúa, el legendario asesor de esa editorial, le manifestó a García Márquez el interés de editarlo, éste respondió que “justo acababa de hacer un acuerdo con una editorial uruguaya, Arca, para publicar los libros, y que medio tenía comprometido, pero no firmado, el contrato para una novela que estaba terminando, Cien años de soledad”. Y añadió que “le gustaba tanto la idea de publicar en Sudamericana, editorial que siempre había admirado, que si podía deshacer los compromisos les iba a volver a escribir y se los iba a mandar”.2 Así fue como Uruguay perdió la legítima oportunidad de ser el país que publicase por primera vez Cien años de soledad.


Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Cortázar y el colombiano Álvaro Cepeda Samudio, entre otros escritores, intercambiaban sus lecturas de los originales. Según Álvaro Medina, cuando Cepeda concluyó la suya, exclamó: “No joda, el Gabo acaba de jalarse una cipote novela”. Vargas Llosa, más diplomático, escribió a Porrúa: “Los más viejos ya nos podemos morir, hay capitán para rato”.


Tal vez uno de los episodios más significativos que vivieron García Márquez y su mujer una vez que la primera edición llegó a las librerías ocurrió en un teatro de Buenos Aires. Los acompañaba Tomás Eloy Martínez, que evoca la sala en penumbra, el reflector que sigue a la pareja, el grito de “¡Bravo!” cuando iban a sentarse, los aplausos, otro grito: “¡Por su novela!”, y la sala entera poniéndose de pie. “En ese preciso instante –recuerda el argentino– vi que la fama bajaba del cielo envuelta en un deslumbrante aleteo de sábanas, como Remedios la Bella, y dejaba caer sobre García Márquez uno de esos vientos de luz que son inmunes a los estragos de los años”. Más adelante remató: “La vida de Gabo nunca volvió a ser igual. Y jamás quiso regresar a Buenos Aires”. Fue tal cual: una noche se fue a dormir casi como un desconocido y a la mañana siguiente lo perseguían por la calle como a una rockstar.


Quince años después ganó el premio Nobel de literatura. “No sé a qué hora sucedió todo –dijo en un congreso de la Real Academia de la Lengua Española–. Sólo sé que desde que tenía 17 años y hasta la mañana de hoy no he hecho cosa distinta que levantarme todos los días temprano y sentarme ante un teclado, para llenar una página en blanco o una pantalla de computador, con la única misión de escribir una historia aún no contada por nadie, que le haga más feliz la vida a un lector inexistente.”


Una modalidad admisible para evaluar la obra de un escritor canonizado –que no abandonó el periodismo a lo largo de su vida– es la capacidad de reinventar representaciones del mundo que, aunque estuviesen presentes en la literatura anterior, cambian ahora de sentido. Es el caso de García Márquez y la novela que cumple cincuenta años. De la imaginación y la exuberancia con las que puso en escena una escritura del origen.


“Introducción a Cien años de soledad”, en Marcha, 2-IX-1967, pág 31.


(No puedo dejar de comentar que en una esquina de la página aparece por primera vez el poema de Idea Vilariño “Con los brazos atados”, dedicado a Vietnam. El título registra por error “abrazos”, aunque en el primer verso ya está el correcto “brazos”.)
2. “50 años. Cien años de soledad logró la cima sin publicidad”, Excelsior, Ciudad de México, 26-V-17.

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"Si fuese de derechas, mis películas serían diferentes"

Konstantinos Costa-Gavras ha sido reconocido con el XXIX Premio Internacional Catalunya por su mirada crítica sobre el mundo y su compromiso social
"La sociedad tiene hoy una nueva religión que es el dinero. Antes los productores se jugaban su dinero para hacer películas que tuvieran un mensaje importante. Ahora sólo importan los beneficios económicos", lamenta
"La economía acabó con el sueño europeo. Los bancos y una derecha agresiva y extrema hoy dirigen Europa", afirma

 

Se reafirma como "un hombre de izquierdas pero sin adhesión a un partido político en particular" y "enemigo de todo lo que signifique el ejercicio arbitrario y opresivo del poder". Konstantinos Costa-Gavras (Loutra-Iraias, Grecia, 1933) se consagró a finales de los 60 como uno de los mascarones de proa del por entonces muy en boga 'cine político', al que aportó éxitos como Z, una escalofriante sátira sobre la dictadura de los coroneles en Grecia.


Ganó el Oscar con Desaparecido, donde denunciaba la complicidad de EEUU en el golpe de Pinochet. Levantó ampollas con La confesión por tratar las torturas del estalinismo y con Amén, que señalaba la connivencia del Vaticano con los nazis. A lo largo de su filmografía ha rodado una de las crónicas más afiladas del siglo XX y sigue haciéndolo como demuestra su última película, El Capital, donde retrata a los magnates de la crisis financiera.


Este martes, el director recogió en el Palau de la Generalitat el XXIX Premio Internacional Catalunya por su mirada crítica sobre el mundo y su compromiso social. Costa-Gavras jamás ha dejado de estar comprometido con su tiempo ni ha perdido sus ganas de denunciar, de activar las conciencias y animar a la acción. Por desgracia, no hace falta acudir a sus últimas películas para ver un cine conectado, y mucho, con la realidad actual. Algunas cosas no han cambiado todo lo que deberían...


¿Le incomoda que siempre definan sus películas como políticas?


Con los años me he acostumbrado. Pienso que es algo que yo no puedo controlar y procuro respetar las opiniones que hacen de mi trabajo. Pero mi opinión es más sencilla: los espectadores van al cine para disfrutar y pasar un buen rato viendo un espectáculo. No creo que esperen recibir una lección política.


¿El cine es cada vez más espectáculo y menos todo lo demás?


Antes podías contar con productores que se jugaban su dinero para hacer películas que tuvieran un mensaje importante. Ahora sólo importan los beneficios económicos que una película pueda dar. El interés por el dinero lo buscaba principalmente Estados Unidos, en Europa siempre quedaba la esperanza de hacer películas por el arte. Pero Europa cada vez más está en la misma dinámica.


¿Cuál debe ser nuestra responsabilidad como espectadores?


El cine debe crear emociones y después el público puede hacer algo con ellas o no.


¿Si una palabra pudiera definir el cine de Costa-Gavras sería "resistencia"?


Yo siempre he procurado que mis películas traten los temas que le interesan a los seres humanos. Mis películas hablan de la sociedad, de los problemas y alegrías que vivimos. Y si luego llega la reflexión mucho mejor. El cine es un instrumento para transmitir emociones.


¿Cómo surgen sus películas?


Cada una de mis películas han surgido de una pasión aunque todos los filmes son políticos. Si fuese de derechas el resultado sería diferente. Las películas se hacen desde lo que uno piensa.


¿Por qué sigue buscando historias para contar sobre lo que está ocurriendo en Europa?


La economía acabó con el sueño europeo. Los bancos y una derecha agresiva y extrema llegaron al poder y hoy dirigen Europa. Es terrible. Todavía quedan muchas historias que contar.


Siendo usted griego de nacimiento, ¿cómo ve la situación de su país?


Es trágica, completamente trágica. Los dirigentes políticos griegos, tanto de derecha como de izquierda, tienen mucha responsabilidad, por supuesto, con lo que está pasando. Pero no se está diciendo lo suficiente, o de manera lo suficientemente fuerte, que países como Alemania, Francia y Gran Bretaña empujaron también a Grecia a esta crisis. Las responsabilidades, creo, son compartidas, por la clase dirigente griega que aceptó este camino, pero también por las potencias europeas que pensaron únicamente en sus beneficios.


Sus películas hablan de la realidad y de las dificultades sociales, de los abusos de poder. ¿Cómo ve la sociedad actual y sus derivas?


La sociedad tiene hoy una nueva religión que es el dinero. Tal cual. No se piensa más que en el dinero y en cómo conseguir más cosas. Cada vez pensamos menos en los demás. Estamos en una sociedad en la que hay cada vez más ricos y cada vez más pobres.


¿Podemos aceptar que esto siga así?


Yo creo que no podemos y menos aceptar situaciones que vulneran sistemáticamente los Derechos Humanos.
¿La situación de los refugiados?


Entiendo que quieran acceder a Europa, hay más calidad de vida. Nuestra sociedad debería aceptar a esa gente porque tiene una fuerza formidable. Esa energía podría ayudarnos mucho.


¿Cómo puede contribuir el cine a la comprensión de esta realidad?


Eso es responsabilidad de los dirigentes. Yo me limito a hacer comprender al espectador que esos inmigrantes son personas y no pueden ser tratados como animales.

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Fan Yusu, la Charles Dickens china de la era internet

El relato online de la difícil situación de millones de chinos han convertido a su humilde autora en una sensación literaria de la noche a la mañana



De niña, Fan Yusu se escapaba de su vida de pobreza rural gracias a Charles Dickens. Se sumergía en las fatigas de Oliver Twist escapándose de un albergue para pobres de la época victoriana y dirigiéndose hacia la gran nube de humo —Londres—.


Pero es la historia del propio vuelo de Fan a la gran ciudad el que se ha ganado los corazones y las mentes en su China natal. Tras publicar en la red las luchas de los trabajadores migrantes, Fan se ha convertido de la noche a la mañana en una nueva sensación literaria.


Según medios chinos, más de un millón de personas ha leído el texto autobiográfico de la autora desde la semana pasada, cuando fue publicado en la red social WeChat. En el relato, Fan traza sus intentos de construir una vida en Pekín.
La historia, titulada Yo soy Fan Yusu, ha sido eliminada de la red, posiblemente como consecuencia de los temas políticos que toca, incluyendo la mala situación de los 281 millones de trabajadores migrantes de China.


Sin embargo, la fama de la autora, de 44 años, que ha sido calificada por un periódico como 'La escritora china más candente', continúa aumentando. Tanto que Fan ha abandonado su casa en un barrio pobre de inmigrantes a las afueras de Pekín para huir de las hordas de periodistas que quieren entrevistarla. “Me estoy escondiendo”, declaró a un periodista, según recoge Xinhua, la agencia de noticias oficial del país.


La historia de la última estrella literaria de China comienza en un pueblo del interior a comienzos de los setenta, llegaba a su fin la turbulenta Revolución Cultural del presidente Mao y el país se sumergía en una nueva era de agitación económica y social.


Fan, nacida en el seno de una familia de cinco hijos en una comunidad rural desfavorecida tuvo que empezar a trabajar a los 12 años y soñaba con mudarse a una de las ciudades en repentino auge de China.


Pero también era un ratón de biblioteca: Además de Oliver Twist y Grandes Esperanzas, de Dickens, devoró las obras de Daniel Defoe, Julio Verne y Maxim Gorky, así como autores chinos como Jin Jingmai. Con 20, Fan viajó a Pekín esperando encontrar trabajo y vio “el gran y amplio mundo”.


No solo no encontró trabajo, sino que cayó en un matrimonio abusivo con un hombre del noreste de China con quien tuvo dos hijas. “Se volvió un borracho y violento. No pude soportar su violencia machista y decidí coger a mis dos hijas y regresar a mi pueblo natal”, recuerda Fan en su relato, que continúa con su vuelta a la capital china, donde encontró trabajó de niñera del hijo ilegítimo de un millonario. “Mi vida es como un libro miserable y conmovedor”, explica Fan. “El destino me ha atado de una forma absolutamente desastrosa”, añade.


Zhang Huiyu, profesor de literatura que trabajó como voluntario en el curso de escritura para trabajadores inmigrantes al que asistió Fan, afirma que su exalumna era una fanática de la literatura, y que sus “palabras simples y sinceras” han tocado la fibra a la gente común. “Hoy en día la gente está atrapada en el ajetreo de la vida pero la historia de Fan Yusu nos muestra el lado bonito y romántico de la vida”.


El periódico oficial del Partido Comunista, the People's Daily, se hizo eco de estos sentimientos y afirmó que había emocionado a los lectores por su prosa “objetiva pero provocadora”.


“Es como una antropóloga que, observando a la gente y todas sus formas de vida, ofrece a los lectores una nueva perspectiva”, afirmó un crítico.


“No tengo ni idea, y ¿tú?”, respondió a un periodista que le preguntaba por qué sus palabras han resonado entre los lectores. Antes de esconderse Fan concedió varias entrevistas en las que se veía obligada a explicar su éxito repentino.
“No tengo talento”, indicó en otra ocasión, acallando así los rumores de que busca perseguir una carrera en la escritura. “Nunca he soñado en cambiar mi destino con un bolígrafo”.


Fan se describe a sí misma como “una mujer que lucha por sobrevivir en el fondo de la sociedad” y afirma que los libros le han ayudado a afrontar los retos de ser un miembro de la clase baja explotada de China. “Cuando la vida era extremadamente difícil, leía para dejar de pensar en la adversidad”.


Tras ser catapultada al estrellato literario, han emergido otros textos de Fan, incluido un poema llamado Monólogo de una madre migrante:


“Solo me atrevo a llorar en las profundidades de la noche
soy una inmigrante, y también lo son mis hijas
Si es posible, dejadme afrontar sola las adversidades
dejando a mis queridas hijas la felicidad”.

 

Tom Phillips
03/05/2017 - 20:21h
Traducido por Javier Biosca Azcoiti

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Sábado, 26 Noviembre 2016 06:58

Una literatura despolitizada

Una literatura despolitizada

Menos comprometidas y más ensimismadas. Así son hoy las letras latinoamericanas según Vargas Llosa

Ni todo el ruido del mundo parece distraer del trabajo a Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936). Este año ha cumplido 80 años —el 28 de marzo—, publicado novela nueva —Cinco esquinas (Alfaguara)— e ingresado en la colección más prestigiosa del mundo —La Pléiade francesa—. Días antes de viajar a Guadalajara (México) para abrir hoy el programa de América Latina como invitada de honor de la FIL, donde además recibe un homenaje múltiple, el Nobel de 2010 trabajaba en Madrid en su próxima obra, un libro sobre el liberalismo que sigue un modelo —mezcla de narración, biografía y ensayo— que le apasiona: Hacia la estación de Finlandia, de Edmund Wilson.


En su casa madrileña, durante una pausa en el trabajo, repasó las últimas décadas de literatura latinoamericana usando como guion seis pares de palabras entre cuyos resquicios se colaron la serie de televisión que sigue en estos momentos —Narcos, “muy entretenida; como un folletín decimonónico”— y, por supuesto, la victoria de Donald Trump: “Se comporta como un caudillo. Puede ser nocivo para EEUU, nefasto para América Latina y catastrófico para México”. Cuando se le pregunta quién merecería acompañarlo en la Pléiade recuerda que Octavio Paz y Borges ya estaban allí y añade sin dudar: “García Márquez, Onetti, Carlos Fuentes... Y poetas, que no está César Vallejo”.


Del dictador al narco


“La figura del dictador, que era central en la literatura latinoamericana desde los tiempos del indigenismo y el regionalismo, ha ido desapareciendo porque, afortunadamente, también han ido desapareciendo los dictadores (quedan Cuba y Venezuela). Hay Gobiernos corruptos y Gobiernos mediocres, pero están en el poder porque reflejan una mayoría electoral. Si pensamos en los tiempos de El señor presidente, de Miguel Ángel Asturias, es un cambio extraordinario. Es posible que el poder corrupto y violento haya pasado del dictador al narco, pero aunque el narcotráfico sea una presencia generalizada hoy en América Latina, no ha producido todavía ninguna obra literaria fundamental. Aparecerá, sin duda”.


Del compromiso a la autoficción


“Otra consecuencia de la evolución hacia la democracia es que la literatura latinoamericana se ha ido despolitizando. Hay entre los escritores jóvenes cierto rechazo al compromiso literario, antes muy reivindicado en nuestro continente por la represión y la falta de libertad que sufríamos. La literatura se ha replegado hacia lo literario. Es uno de los signos de este tiempo. ¿Excepciones? Las hay. Por ejemplo, El olvido que seremos, de Héctor Abad, una magnífica obra de ficción —no sé si decir novela— con gran calidad literaria y una preocupación política central. Puede que otra consecuencia de la despolitización sea una mezcla de fantasía y autobiografía en la que el autor se convierte en personaje: la autoficción. Eso se está dando en toda la literatura contemporánea, no solo en la de lengua española”.


De la gran novela a las series de TV


“No sé si es atrevido decir que a los novelistas de hoy les falta ambición, pero es cierto que los autores más jóvenes ya no creen en la novela total. La ven con escepticismo y consideran que la literatura es más genuina si se repliega en algo más privado. El modelo balzaquiano no está de moda, hoy prima lo kafkiano, lo personal. Existe la sensación de que la novela modelo siglo XIX hoy es el dominio de la televisión. Hay una cierta abdicación frente a la potencia populista de la televisión, que llevaba décadas buscando un género narrativo propio y por fin lo ha encontrado: los seriales, que cumplen ahora la función de la novela decimonónica: llegar al gran público, entretener. La literatura se repliega hacia un mundo menos ambicioso, más intenso que extenso. Con la excepción de los autores de best seller, los escritores no quieren competir con la televisión, reconocen su derrota de entrada. Eso no quiere decir que la gran novela, la novela grande, esté derrotada. De pronto vuelve. Pensemos en Bolaño. Sus dos últimas novelas son muy ambiciosas y han encontrado su público”.


De Borges a Bolaño


“Roberto Bolaño es uno de los autores que ha marcado estos 30 años. Los detectives salvajes me gustó mucho. 2666, algo menos; me pareció más desarticulada. Bolaño es una síntesis muy interesante entre modernidad y tradición: tiene ese afán tradicional de construir personajes y de contar historias y, a la vez, una gran inventiva formal. También me impresionó La literatura nazi en América. Aunque quizá no lograda del todo, la idea era muy original: insuflar contenido político a una historia de libros inventados, algo muy borgiano. Borges, por cierto, sigue vigente. Tal vez más que cuando murió, hace 30 años. Hoy nadie discute su magisterio ni el protagonismo que tiene en la literatura contemporánea, no solo latinoamericana. Es la gran figura de los últimos 50 o 60 años en la lengua española, sin ninguna duda. Me parece tan indiscutible como Cervantes, Joyce o Faulkner. Todos hemos aprendido de él. Y eso, es cierto, sin escribir novelas. De hecho, sentía cierto desprecio por la novela. Todos los perfeccionistas han visto siempre la novela con reticencias porque es un género imperfecto. La perfección no es novelesca. La novela es el retrato de un mundo en el que la imperfección es la norma. Por eso refleja tan bien una sociedad en permanente movimiento”.


Del campo a la ciudad


“La literatura latinoamericana se ha vuelto más urbana porque también América Latina se ha vuelto así. La literatura indigenista nace en una época en que el campo prevalecía sobre la ciudad. Ya no. Hoy la ciudad atrae como un imán a los campesinos en busca de oportunidades. Ciudad de México y São Paulo están entre las urbes más grandes del mundo. Diez, 15, 20 millones de habitantes son un problema, pero, aunque se viva mal en una ciudad, se vive mejor que en el campo. Eso también tiene su reflejo en los géneros literarios porque la novela es un género eminentemente urbano, nace y crece con la ciudad. Del Perú, el país que mejor conozco, obviamente, se decía que era un país de poetas, pero la nueva generación es sobre todo de narradores. Y de narradoras, ese es otro de los grandes cambios: la incorporación de la mujer. El machismo es todavía una realidad muy fuerte, pero si no comparas con el ideal sino con el pasado, la transformación es enorme. La mujer, si no se ha liberado del todo, sí ha ganado espacio combatiendo el prejuicio y la discriminación. Y eso se refleja en la literatura”.


De una desigualdad a otra


“En ciertos países ha habido un crecimiento que ha permitido que se beneficiara la sociedad en su conjunto, pero en América Latina las desigualdades son vertiginosas, y no como resultado de la simple competencia, sino del privilegio o de la corrupción. Es interesante el caso de Brasil: parecía que había despegado, pero todo se ha parado por la corrupción. No es que haya habido golpes militares, como antes. Es la putrefacción del sistema la que ha permitido que muchos políticos se hagan millonarios y multimillonarios. También el narcotráfico juega un papel fundamental. Las fortunas que ha creado son de las más importantes de América Latina. Y nacen del crimen y de la corrupción. Por una parte las dictaduras han ido cayendo y las formas democráticas van echando raíces, pero al mismo tiempo existe esa presencia del crimen de nuestra época, el narcotráfico, que juega un papel político, social y cultural. Pero no veo que la literatura refleje ese estado de cosas. No conozco ni grandes ensayos ni grandes ficciones que muestren esta cara. Quizás por el desinterés de los escritores jóvenes en llevar lo social a la literatura”.

 

25 NOV 2016 - 13:49 COT

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Desenterrar y hablar: de cara a los rastros de la vida

La guerra no le es ajena a nadie, más bien, es capaz de enajenar a los humanos [...] Y puede que el arte sea un medio capaz de sufragar un pequeño foco del dolor, si acaso éste se pudiese medir.

 

“Para la mayoría de los hombres la guerra es el fin de la soledad. Para mi es la soledad infinita”.
Albert Camus

 

Un sentimiento confuso y expectante me invade cuando me cruzo con el mural que está en la sala principal de la Biblioteca Central de la Universidad Nacional –sede Bogotá. Un blanco que resalta sobre las baldosas oscuras y los recuadros colgados que parecen moverse conmigo, como un espejismo, como abogando por la fascinación de Borges. Cuando me detengo, las imágenes me devuelven un “escojido... gracias por los favores recibidos”. Pareciera ser que la ortografía se conserva a propósito, pero me intriga conocer el por qué. Al observar detenidamente los hologramas se observan imágenes de tumbas, algunas vacías, otras con flores, pero el agradecimiento se repite en casi todas. A un costado del mural se lee “Réquiem NN”, ésta palabra evoca en mí el sonido del órgano en las iglesias católicas a la hora de velar a los difuntos, lo extraño es que algunas tumbas tienen un nombre escrito, entonces, ¿por qué NN? Al salir, la noche advierte su llegada con el fuerte soplido del viento. Aún faltan tres días para su inauguración.

 

Mural Requiem NN


Ése mismo viento transgresor de cuerpos es el que me recuerda que ha llegado el día, entonces me encamino hacia la Hemeroteca Nacional Universitaria Carlos Lleras Restrepo, donde comienzan a llegar carros de todos los modelos, principalmente camionetas negras o grises con vidrios blindados, y algunas motos oscuras. El busto del expresidente saluda a los visitantes desde las escaleras que comunican con la entrada. Eso sí, casi todos los presentes portan una elegancia característica de las inauguraciones: los hombres en traje y las mujeres, en su mayoría, en vestido. Yo me inclino a mirar los agujereados jeans por donde sobresalen mis rodillas y comienzo a pensar que no fue el mejor día para usarlos.


Desde la entrada se observan más murales blancos en los que reposan letras y recuadros de pinturas. En uno de estos muros se lee: “La guerra que no hemos visto”. En su descripción explica que los cuadros son la recopilación de algunos de los trabajos realizados en un taller realizado con excombatientes en su proceso de reinserción social, razón por la cual los dibujos, desde una perspectiva estética, se componen de trazos sencillos. Lo verdaderamente importante no es la imagen sino lo que aquella evoca y comunica.


Cada una de las pinturas está acompañada por una corta descripción de lo retratado en el lienzo. Una de las más impactantes dice: “[...] Los cuatro muchachos no habían pedido permiso, ni nada, para poder entrar, pues allá tocaba era pedir permiso. Los cogieron y los tuvieron tres días amarrados [...]. El deseo de ellos era graduarse, seguir adelante, acabar los estudios pa’ ayudarle a la familia [...] La guerrilla se enojó y de una vez los iban matando, y los mataron a todos cuatro. Yo, como soy tan de blandito corazón, yo lloré, pero como allá no puede dejar que miren que uno está llorando, que es una sanción durísima...”. Hacen un llamado general. La inauguración está a punto de comenzar.

Tan de blandito corazón

 


─ “Buenas noches a todos. Mi nombre es Ingrid Liliana Torres, curadora de la presente exposición “Desenterrar y hablar: una etnografía estética de la guerra en Colombia”. Ésta surge de la iniciativa de Yolanda Sierra, docente del grupo de Arte y Cultura de la Universidad Externado, y gira en torno a la temática de la reparación simbólica y el papel del arte en el posconflicto; y para ello toma tres proyectos de Juan Manuel Echavarría y Fernando Grisález: La guerra que no hemos visto, Réquiem NN y Silencios. Le concedo la palabra a Yolanda.


─ La guerra causa daños colosales en la sociedad y éste proyecto nos recuerda quiénes son los verdaderamente afectados. Gracias al arte, como mecanismo estético capaz de transformar la realidad, podemos trabajar por la superación de los arquetipos latentes que se intensifican en el conflicto armado. Juan Carlos Henao, rector del Externado, no pudo venir el día de hoy pero escribió una carta para éste evento, en la cual resalta los problemas actuales de la erradicación de las artes bajo la excusa de su inutilidad frente al mercado, ignorando que el vigor y el fin de la guerra precisan usar los sentidos, a partir de la estética, para superar un conflicto. Recalca que en éste proyecto se evidencia la solidaridad con las víctimas, y es un llamado de auxilio a las escuelas rurales. Pero, ahora que hablen los personajes principales, ¿Fernando?


─ Gracias Yolanda. Creo que “Desenterrar y hablar” es una experiencia que nos permite enfrentarnos con nosotros mismos, es una vivencia conmovedora y es lo que me ha impulsado a llevarle el ritmo a Juan Manuel, porque en realidad ha sido una labor extenuante y de bastante dedicación, ¿cierto?


─ Verdaderamente. Por ejemplo, el proyecto que ven a mis espaldas se llama “Silencios”. Comenzó cuando el 11 de marzo de 2010 fuimos invitados al viejo Mampuján –en los Montes de María–, la comunidad rememoraba los 10 años de su destierro por el grupo paramilitar “Héroes de los Montes de María”. En el recorrido observé una escuela abandonada, entramos y en éste tablero estaban escritas las vocales, excepto la “o”, desde ahí nos decidimos a buscar los vestigios de la vida, porque entre las víctimas de la guerra, la educación continúa siendo una de las principales afectadas. Por esta razón también es que en 2007 iniciamos talleres con los excombatientes, les permitíamos pintar lo que quisieran y, cuando merecimos su confianza, les dije: “Enséñenos qué es la guerra. Yo vivo en Bogotá, en una burbuja. Pinten lo que deseen”. Y así fue, nos hablaron con pinceladas”.

Silencio con grieta


La sala se sumerge entre aplausos y los asistentes comienzan a disgregarse. Yo me atrevo a hablarle a Fernando, quien me comenta acerca de lo que fue encaminarse a perseguir los rastros de la vida: “Cuando viajamos a los Montes de María había terrenos a los que no se podía llegar en carro, por lo que había que caminar largas horas guiados por uno que otro campesino. Una vez me sorprendió cuando uno de ellos señaló unos escombros y dijo: ‘allá nací yo, y ésa era la escuela del pueblo’”. Levanto la mirada y me impacta la imagen de un hombre solitario con carteles eróticos de mujeres que cubren el tablero, le comento a Fernando y me dice: “Sí, estos salones se convirtieron en hogares, o más bien en refugios con cortinas y hamacas, otros en potreros, incluso hay algunos en los que no reina más que el mutismo en el que se sumieron tras la guerra. Mejor dicho, su destino fue el olvido de la educación”. Entonces pienso que quizá la guerra ha triunfado en muchos territorios porque donde debería estar fundándose el futuro, no queda más que el miedo y las ruinas. “Sólo una sigue funcionando en Palo Alto, Sucre, esto delata el descenso poblacional que trajo la guerra al campo”, finaliza Fernando.

Me despido de Fernando recordándole la cita para dentro de unas semanas. Me acerco a un televisor en el que se observa a un burro dando vueltas por el corral (antigua escuela), se mueve impacientemente de un lado a otro, como aguardando un milagro, y sin saber qué hacer consigo mismo. Está allí, de pie, mirando una pared. Luego pareciera advertir mí presencia al mirar a la cámara, es como si me preguntara qué ha pasado allí. De repente la pantalla se oscurece y escucho la voz de un campesino: “Parece que el burro traía a un niño a la escuela, y ahora el burro vuelve por ese niño que ya no está”. El vacío es inmediato. Me doy la vuelta y siento en mis ojos el dolor que mana.


Ya han pasado los días y el calendario me recuerda que al mediodía es la cita en la Biblioteca Central con Fernando. En medio del bullicio citadino vienen a mí los versos del poeta cuando suplicaba, “[...] Llevadme, por piedad, a donde el vértigo con la razón me arranque la memoria. ¡Por piedad! ¡Tengo miedo de quedarme con mi dolor a solas!” Pienso que tal vez éste sea el temor de las víctimas: el miedo al vacío, a la soledad de la memoria. Y puede que el arte sea un medio capaz de sufragar un pequeño foco del dolor, si acaso éste se pudiese medir.

Silencio con diálogo

 


Al llegar, hablamos acerca de “Réquiem NN”, proyecto que nace en 2006 y termina en 2010. Acerca de éste me comenta que las personas que viven en Puerto Berrio, Antioquia, fundaron una tradición peculiar: acoger los cadáveres que el río Magdalena trae. Estos cuerpos, o restos de ellos, son recogidos por los habitantes que les conceden un lugar en la cripta, rezan por ellos, les llevan flores, los bautizan e, incluso, hay quienes les donan su apellido, a pesar de nunca haberlos conocido. “Aquí nosotros rescatamos a los NN, creemos en sus almas, y nos hacen milagros; además, los adoptamos como si fueran nuestros”, afirma la comunidad. Esto representa una verdadera resistencia contra la guerra, no permiten que estos cuerpos se pierdan en la mar, no les niegan un más allá, desde su concepción religiosa, y cuando menos dignifican a los muertos en una ceremonia de duelo. Les dan una historia, un pasado. Este acto de valentía quiere hacerle justicia a los muertos, esgrimiendo que cualquiera de ellos podría ser uno de sus desaparecidos. Los hologramas representan un contraste entre el antes y el después de las tumbas.


“Cuando expusimos el proyecto allá, todo el pueblo se reunió en la plaza principal, exceptuando al cura y al alcalde”, recuerda Fernando. También se lamenta por no haber vuelto al pueblo y teme que ésta tradición la hayan acabado los problemas eclesiásticos y políticos, pero sentencia diciendo que “eventualmente tendrá que acabarse porque esperamos que con la firma de la paz el río ya no sea un lugar para los muertos”.


Nos sentamos con Ingrid y Fernando para seguir hablando acerca de los proyectos. Les comento que me causa curiosidad que un excombatiente sea capaz de retratar ese pasado tan doloroso. “Todo es un proceso. Cuando comenzó en 2007, bajo el Programa de Reintegración de la Alcaldía, se dictaron cuatro talleres de pintura en dos años, en cada uno recibíamos diferentes desmovilizados: exmilitantes de las Farc, exparamilitares bajo la ley de Justicia y Paz, como también miembros del Ejército heridos en combate. Verse frente a ésta mezcla de experiencias es impactante y, en principio, resultaba necesario construir confianza”, contesta Ingrid.


La guerra no le es ajena a nadie, más bien, es capaz de enajenar a los humanos. Una de las experiencias que recuerdan es que, al principio, ninguno de los excombatientes se sentaba de espaldas a la ventana porque en la guerra esto era ser un blanco fácil. “Pero fue bello presenciar que, a medida que pasaban las sesiones, ellos eran capaces de transgredir esta barrera y sentarse contra la ventana. Esto me conmovió porque precisamente representa una verdadera reparación en su vida”, dice Fernando.


Ingrid y Fernando son egresados de pregrado y maestría en Artes plásticas de la U. Nacional, ellos me comentaron su opinión con respecto a la actual problemática de la infraestructura y el cierre de admisiones a la carrera de Artes plásticas. “Antes, la universidad era el espacio donde la indiferencia del país no conseguía permear, pero ahora pareciera ser que por fin lo logró y eso, eso es lo verdaderamente preocupante”, afirma Ingrid.


Al final de la conversación nos concentramos en especular sobre el impacto que podría tener ésta exposición en la Universidad, debido a que se resaltan los problemas educativos existentes en las escuelas rurales, que no parecen estar tan alejados de los que atañen a las urbanas, por ejemplo la escasez de presupuesto. En el campo es necesario hacerse una pregunta, sin ánimos de justificar ningún acto, ¿qué otra oportunidad hay donde la educación ha sido erradicada? Juan Manuel Echevarría, aunque no estaba presente, respondería diciendo que el problema es que los excombatientes “primero tuvieron en la mano un arma, antes que una crayola”. Pero en la ciudad no hay excusa. No estamos lejos de entrar en contacto con esos silencios educativos.

 

Silencio escrito

 


Al despedirme de ellos, pienso en las víctimas que, como El Quijote, se enfrentan a una locura en medio de la soledad más desgarradora. Luego de observar todas éstas exposiciones me detengo ante la entrada de la calle 26, donde alguna vez estuvo escrita una frase: “Podrán cortar las flores pero nunca detendrán la primavera”. Entonces, ante esta experiencia, es posible ser el cortante cuervo y decir: nunca más. Nunca más a algo como la guerra.

Me siento a esperar el bus, el ruido de los carros interrumpe mis pensamientos, pero ni el rugir citadino es capaz de hacerme vacilar al pensar que, en realidad, “lo bonito es estar vivo”, como estaba escrito borrosamente en uno de los tableros. Vivir, no existir, es el acto más revolucionario en nuestra sociedad, pero pareciera que la memoria es tan sólo otro eufemismo en lo tocante a la guerra. La gran apuesta de ésta exposición es sentir, al reflexionar, es desenterrar el monumento a la amnesia, erigido con respecto al conflicto vivido por décadas, es exponer la realidad a quienes vivimos en una Bogotá que, en muchas ocasiones no pareciera estar en Colombia.

Las ruedas del tiempo siguen girando, el otoño casi eterno continúa consumiendo las paredes de las escuelas y, pese a todo, las tizas, los lápices, las letras borrosas, y los tableros desgastados, no ceden a la muerte, siguen ahí, en pie... esperándonos.

 

  

 

 

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Sábado, 10 Octubre 2015 07:58

Svetlana: la voz de los otros

Svetlana: la voz de los otros

Los libros de Svetlana Alexievich, premio Nobel de Literatura 2015, se caracterizan por una pasión: transmitir las voces de todas las personas que vivieron, como ella, la época histórica del comunismo soviético, vivencia que no se encuentra en los innumerables libros publicados. Hay una historia oficial que circula en los libros, y hay una historia que cuenta lo que verdaderamente se vivió.

Eltchaninoff le pregunta: ¿Qué queda de sus recuerdos? Cierta desconfianza de la palabra impresa. Svetlana no escribe novelas, da la palabra a los actores de la vida real. Y lo real, para esta escritora, es el apego a la verdad y a lo justo. A diferencia de las novelas históricas o de las biografías ficticias, donde sus autores toman de la historia a sus personajes y reinventan sus vidas poniendo en sus bocas palabras que los protagonistas no pueden contradecir puesto que han muerto tiempo atrás, creándole hijos bastardos, Alexievich escribe de personas vivas, no las inventa, las representa tal cual son porque las visita y sabe escucharlas: Svetlana no se permitiría desfigurarlas con su imaginación. Más cercana al reportaje que a la ficción, la autora conversa con la gente, altos funcionarios del régimen en sus oficinas aterciopeladas o personas de los más diversos oficios populares en sus cocinas: ¿por qué en sus cocinas? "Las cocinas rusas... Esas cocinas miserables de los años 60, nueve metros cuadrados o incluso 12 (¡el gran lujo!), separadas de los excusados por una delgada pared. Un arreglo típicamente soviético... La perestroika es la generación de las cocinas. ¡Gracias, Khrouchtchev! En su época la gente dejó los departamentos comunitarios y comenzaron a tener cocinas privadas, en las cuales se podía criticar el poder y, sobre todo, no se tenía miedo, porque se estaba en su casa."


El destino del pueblo ruso ha pasado por cambios tan imprevisibles que Svetlana no pretende explicarlos. Así, escucha. Los testigos son numerosos: una polifonía.


Voy hacia el hombre para hallar su misterio, de alma a alma, porque todo sucede ahí, dice Alexievich. A diferencia de los historiadores que escriben la historia oficial, sin trazas de sentimientos, sueños o costumbres, Svetlana escucha a las personas en su vida diaria, con sus recuerdos dolorosos o tiernos, momentos de horror de la guerra, cuando, por ejemplo, una mujer prefiere ahogar a sus hijos que verlos caer en las manos de los nazis, alternados con momentos de ternura de recuerdos de amor.


La escritora busca descubrir en cada encuentro la esencia del alma rusa. Admiradora de Dostoievski, ve en sus personajes el alma de Rusia. ¿Qué es esa alma? ¿Cómo recuperarla? Porque, para Svetlana, el alma rusa, contra la cual ni siquiera el comunismo pudo atentar, se está perdiendo ahora aplastada por las leyes del mercado de la sociedad de consumo. Alexievich, hija de un comunista, habiendo pertenecido ella misma a la juventud comunista, satiriza y critica, no sin humor, a la sociedad soviética: intentaron sustituir al homo sapiens por el hombre ideal; lograron crear el homo sovieticus. Lúcida, a pesar de su rechazo absoluto al totalitarismo, no puede dejar de observar que, sin el totalitarismo estaliniano no se habría vencido a las tropas hitlerianas. Como sin ese absolutismo, los hombres que penetraron en mangas de camisa, a sabiendas de que pagarían con sus vidas esa incursión al interior del sarcófago de Chernóbil, salvaron a millones de habitantes. Los rusos estaban dispuestos a morir por principios más altos que la compra de un aparato de televisión, unos jeans o un auto. Cada quien, ahora, nota Svetlana, se preocupa de su vida personal, el alma rusa, esa pasión de poseídos, locura mística a la Dostoievski, va extinguiéndose frente al egoísmo de cada quien.


La escritura de Svetlana Alexievich es revolucionaria, vuelta al origen: el autor es sólo un transcriptor. Homero no ejerce otro oficio cuando deja la palabra a la Diosa y a los héroes.


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"Vivo con el sentimiento de derrota"

En el país de la memoria

Publicado enCultura
Martes, 15 Septiembre 2015 06:20

Hermanas de leche

Hermanas de leche

La novela en América Latina ha dado cabida siempre a lo inverosímil, porque lo inverosímil está en la realidad y en los hechos de la historia que por eso mismo nos llenan de perplejidad. Siempre nos hemos movido entre la sorpresa y el asombro, la exageración de lo real y la incredulidad ante lo verdadero, acostumbrados a ver la historia como novela y la novela como sustituto de la historia, porque ambas parecen vivir en el mismo territorio tan dual de la imaginación, como hermanas de leche que son.


Es lo que deberíamos llamar la anormalidad constante. Y eso de que tantas veces no podamos distinguir entre hechos reales y hechos de la imaginación, hace que entre historia y novela se cree un tráfico de intercambios, y así, ambos se llegan a prestar sus instrumentos y sus procedimientos a la hora de narrar. Se supone que la literatura miente, y que la historia dice la verdad. Pero, ¿quién miente a quién?


Hoy, cuando vivimos la historia a domicilio en las pantallas, no hay nada velado, y nos agobia el exceso de información. Pero no podríamos afirmar que los hechos que se nos comunican de manera tan abrumadora han ganado una calidad verificable, suficiente como para ubicarse sin reparos en el terreno de la verdad, que siempre será subjetiva. El relato de los hechos de la historia aparecerá siempre bajo un velo engañoso, extendido por la mano de intereses políticos, ideológicos, corporativos o religiosos. La novela, que ya se sabe que miente, gana crédito porque sabe seducir mejor.
La historia se ha escrito siempre en favor o en contra de alguien, y no pocas veces por comisión del propio interesado; si no recordemos a López de Gómara componiendo en Valladolid su Crónica de la conquista de la Nueva España bajo encargo de Hernán Cortés, quien buscaba recuperar su poder en México, y necesitaba ser exaltado como el héroe único de la conquista de Tenochtitlan. Por eso mismo es que Bernal Díaz del Castillo, cuando lee aquella crónica se siente ofendido porque alguien ajeno a los hechos se los está contando de manera mentirosa, a él, que fue soldado de a pie de Cortés.


Y entonces escribe su Historia verdadera de la Conquista, que nos seduce como si fuera una novela. Hay en Bernal un afán de informar exhaustivamente, con precisión, como cuando nos da el número de soldados muertos en una batalla, y de ser posible la lista de sus nombres y apellidos, oficios anteriores y edades. Es lo que hace un novelista, sabedor de que la credibilidad comienza por los detalles.


A cada paso declara que quiere ser veraz, y a cada paso acusa a López de Gómara de mentiroso, porque exagera y se pone como testigo de lo que sus ojos nunca vieron. Pero los diarios y cartas de relación de los demás descubridores y conquistadores, son documentos de testigos presenciales, y de protagonistas, que relatan lo visto y experimentado con un disfraz de verdad que deja percibir todo lo que tienen de inventiva.


De alguna manera fueron los primeros novelistas en tierra americana. Y por eso es que, desde entonces, la literatura tiene no pocas veces más credibilidad que la historia misma. Y por eso mismo la novela se convierte en el lugar de encuentro donde todo cabe: autobiografía y biografía, historia, cartografía, demografía, y digresiones de cualquier clase, tal como lo estableció Cervantes al fundar la novela moderna, y también la posmoderna. Es la ambición desmedida de la totalidad, emparentada con la exageración.


Las novelas seguirán saliendo de la entraña de los hechos anómalos de la historia, e igual que antes las tiranías militares y los tiranos de opereta, el siglo XXI nos entrega un repertorio de verdades que parecen imaginadas: las pandillas de las maras en Centroamérica, que decapitan a quienes se resisten a pagarles protección, e incendian autobuses urbanos con todos los pasajeros adentro; los cementerios clandestinos que se siguen llenando de cadáveres anónimos en México, Guatemala, Honduras; los reyes de baraja del narcotráfico, y los caudillos de hoy día, que se sientan en retretes de oro y coronan reinas de belleza, mientras disputan el dominio político de territorios enteros en México; los emigrantes centroamericanos perseguidos y chantajeados por las bandas de Los Zetas a lo largo de toda la ruta a través de México, y que terminan dejando sus huesos en el desierto de Arizona; la corrupción, como esa piel purulenta que viste al poder político en América Latina, cualquiera que sea su signo ideológico.


La novela no funciona como texto sociológico, ni como alegato político. La novela es un texto sobre la vida, la pasión, el amor, el horror, la locura y la muerte. Pero arrastra consigo la visión de la sociedad mejor que cualquier tratado científico en la medida en que retrata las vidas de los seres humanos que como individuos sufren las consecuencias de esa anormalidad de la historia que les es impuesta y a la que no pueden escapar, y les impone cambios abruptos y sorpresivos, exilio, separación, soledad y abandono.


La novela se abre paso en la textura del pasado reciente, el que apenas deja de ser presente, y en el presente mismo con toda su volatilidad, entre asuntos que siendo contemporáneos quedan a la vista en el registro cotidiano de las noticias; pero también acude a los asuntos escondidos en archivos olvidados, siempre en busca de sus cualidades singulares, de su anormalidad y su extrañeza, de sus relieves exagerados, de su capacidad de causar asombro, desazón, sentimiento de injusticias no reparadas, e indignidades ocultas; y también entra en las galerías interminables de personajes oscuros que el ojo del novelista es capaz de iluminar en la historia, héroes falsos a los que poner en evidencia, o héroes verdaderos relegados a los rincones más desolados de la memoria.


Y esa vieja pretensión de la novela, no sólo de parecerse a la realidad, sino de ser aún más deslumbrante que la realidad.


Masatepe, septiembre 2015


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