La soledad de los movimientos anti-sistémicos

Los últimos cinco años han sido de permanente crecimiento de las derechas, de crisis y retrocesos de los progresismos y las izquierdas, y de estancamiento y fragilidad crecientes de los movimientos sociales. Sin embargo, las organizaciones de base están mostrando que son las únicas con capacidad para sostenerse en medio de la ofensiva derechista y si logran sobrevivir, podrán crear las condiciones para una contraofensiva popular desde abajo. Cambios que no sucederán en el corto plazo.

 

“Estamos solos”, dijo y repitió el subcomandante insurgente Moisés en el caracol de La Realidad, durante la celebración de 25 aniversario del alzamiento zapatista, el pasado 1 de enero. “Estamos solos como hace veinticinco años”, enfatizó. “Salimos a despertar al pueblo de México y al mundo, solos, y hoy veinticinco años después vemos que estamos solos…”.

 

Como puede observarse, la dirección zapatista no se engaña ante la nueva coyuntura signada por el triunfo del progresista Andrés Manuel López Obrador. “Si hemos logrado algo, es por nuestro trabajo, y si tenemos error, también es nuestra falla. Pero es nuestro trabajo, nadie nos lo dijo, nadie nos lo enseñó, es nuestro trabajo”, siguió Moisés ante un amplio despliegue de milicianos y milicianas. Estaba mentando los trabajos autónomos que han permitido que cientos de miles de indígenas (agrupados en más de mil comunidades, 34 municipios y cinco regiones) vivan de otro modo, donde es el pueblo quien manda y el gobierno autónomo el que obedece.

 

La importancia de las palabras de Moisés son dobles: hace una lectura de la realidad sin concesiones, para concluir que hoy las fuerzas anti-capitalistas son minoritarias y están aisladas. Estamos aislados en todo el mundo y en toda la región latinoamericana. Sería desastroso que se volcaran a alguna suerte de triunfalismo, como esos partidos que siempre repiten que están avanzando, que no experimentan retrocesos, que las cosas van bien, cuando la realidad es la contraria y rompe los ojos.

 

La segunda cuestión, es el empeño en resistir. La determinación zapatista está exenta de cálculos de costes y beneficios, se afirma en las propias capacidades sin buscar atajos electorales y, quizá lo más importante, le apuesta al largo plazo, a que maduren las condiciones para retomar la iniciativa. ¿Acaso no fueron estos, desde siempre, los parámetros en los que se movió la izquierda, hasta que las tentaciones del poder retorcieron los principios éticos para convertirlos en puro posibilismo?

 

Una nueva derecha militante y militarista

 

La crisis de 2008 fue un parteaguas para la humanidad de abajo. Los de arriba decidieron dar un golpe de timón, de similar profundidad al de 1973, en las postrimerías de la revolución de 1968, cuando decidieron poner fin al Estado del Bienestar y se lanzaron al desmonte de las conquistas de la clase trabajadora. Ahora están desmontando el sistema democrático, decidieron que ya no gobiernan para toda la población sino apenas para un 30-40 por ciento.

 

Debemos comprender de qué se trata esta nueva gobernabilidad al estilo Trump, Duque y Bolsonaro, que gana adeptos en las elites. Se gobierna para el 1 por ciento, sin lugar a dudas, pero se integran los intereses de las clases medias altas y un sector de las clases medias, lo que representa alrededor de un tercio de la población. Para llegar a la mitad del electorado, se utilizan los medios masivos y el miedo a la delincuencia y, ahora también, el temor a que tus hijos sean gais o lesbianas o no se limiten a una sexualidad binaria.

 

En palabras del periodista brasileño Antonio Martins, estamos ante un nuevo escenario. “Lo que permite el ascenso de la ultraderecha no es un fenómeno superficial. La producción y las relaciones sociales están, hace décadas, en transformación veloz. Este proceso se acelerará, con el avance de la inteligencia artificial, la robótica, la genética y la nanotecnología (Outras Palavras, 09-01-2019).

 

Cambios que están generando muchos temores en muchas personas, que se vuelcan a la ultraderecha como forma de encontrar seguridades. Como dijo la ministra de la Familia en Brasil, ahora los niños volverán a vestir de azul y las niñas de rosa. Pero hay otro cambio adicional, relativo al conflicto social: “los viejos programas de enfrentamiento al capital se han vuelto ineficaces”, explica Martins.

 

“Es precisamente el impulso del capital para expandirse, para quebrar las viejas regulaciones que le impone límites, lo que da origen a fenómenos como Bolsonaro. El aumento continuo y brutal de las desigualdades, que en poco tiempo llegarán a la esfera biológica. La reducción de internet a una máquina de vigilancia, comercio y control. Las ejecuciones de millares de adversarios sin ser juzgados, por medio de drones, y la destrucción de Estados nacionales como Libia, perpetrada por “centristas” o “centro izquierdistas como Barack Obama, Hillary Clinton e François Hollande”, sentencia el periodista.

 

Los partidos hegemónicos de la izquierda están por fuera de estos debates. Las reacciones mayoritarias al genocidio que está perpetrando el gobierno de Daniel Ortega, lo demuestra de forma palmaria. En Brasil, durante la campaña electoral, Lula y la dirección del PT prefirieron facilitar el triunfo de Bolsonaro antes que abrirse a una confluencia con el centro-izquierda de Ciro Gomes que era el único candidato capaz de vencerlo. Perdieron, pero mantuvieron el control de la izquierda. Cristina Fernández se mueve en función de evitar la cárcel, para lo que necesita ser la cabeza de la oposición a Macri, aún corriendo el enorme riesgo de que éste gane las elecciones de octubre.

 

La política de la pequeñez y el aferrarse al poder, real o ilusorio, es el peor camino porque facilita el ascenso de las derechas.

 

El peor período de los movimientos

 

Reconozcamos la realidad: estamos mal, somos débiles y los poderes tienen la iniciativa en todos los terrenos, menos en la ética. Para completar el cuadro, no hay fuerzas políticas ni sociales capaces de revertir esta situación en el corto plazo. En suma, no podemos jugar nuestras escasas fuerzas en lances electorales, por ejemplo, o en batallas inmediatas.

 

“Tal vez”, destaca el propio Martins, “valga más la pena apostar en los embriones de alternativa real al sistema, de que en una improbable regeneración de los partidos institucionales, para enfrentar a Bolsonaro. Como en el pos-64, la resistencia fue tramada en las bases de la sociedad, mientras la oposición institucional se rendía”. Hace referencia al golpe de Estado militar de 1964, que arrasó con las instituciones y con la izquierda. Pero en ese tiempo oscuro, se crearon las condiciones para el nacimiento –apenas una década después– del Movimiento Sin Tierra, del Partido de los Trabajadores y la central sindical CUT.

 

Esa es la historia de toda América Latina. Nos hacemos fuertes en los tiempos oscuros de represión y militarismo, crecemos y acumulamos fuerzas que luego las derrochamos en el juego institucional. Las comunidades eclesiales de base y la educación popular estuvieron en la base de muchos movimientos, aunque no constituyeron grandes aparatos sino prácticas contra-hegemónicas.

 

Desde la década de 1980, esa es nuestra realidad: apostamos todo a las elecciones, a reformas constitucionales, a una legislación que es letra muerta y, en tanto, desarmamos nuestros poderes que son la única garantía frente a los opresores.

 

En este recodo de la historia, debemos analizar varios aspectos relacionados con los movimientos anti-sistémicos.

 

El primero es que los grandes movimientos están muy débiles, en particular los movimientos urbanos y los campesinos. Las políticas sociales de los gobiernos progresistas y conservadores han formado camadas enteras de dirigentes y militantes que aspiran a incrustarse en el aparato estatal, a negociar para conseguir beneficios que hagan la vida menos penosa y terminan subordinando a los colectivos a las agendas de arriba.

 

Lo segundo es que la sangría de los movimientos hacia el terreno institucional y electoral ha sido enormemente dañina. Buena parte de lo construido en la década de 1990, y aún antes, fue despilfarrado en la dinámica electoral. Sin olvidar que algunos movimientos fueron destruidos o debilitados desde los gobiernos progresistas, como es el caso de Ecuador y Bolivia, pero también de Argentina y Brasil. De ese modo los progresismos cavaron su propia tumba, ya que anularon a los actores colectivos que habían estado en la base de su crecimiento político y electoral.

 

Lo tercero es que podemos detectar tres movimientos en ascenso: mujeres, pueblos originarios y afros. Allí donde estos movimientos son relativamente fuertes (zapatistas y mapuche, favelas y palenques de Brasil y Colombia, Ni Una menos, etc.) han crecido por fuera de los marcos institucionales, haciendo carne en los problemas cotidianos de los pueblos y sectores sociales.

 

Sobrevivir y crecer a la intemperie

 

Pese a todas las dificultades, el futuro depende de lo que nosotros y nosotras hagamos, de los caminos que tomemos, de la decisión y entereza con que afrontemos este período oscuro de la historia. “Y estamos demostrando una vez más y lo vamos a tener que cumplir, estamos demostrando que sí es posible lo que se ve y lo que se siente que es imposible”, aseguró Moisés.

 

Observo dos grandes desafíos, uno teórico o estratégico y otro ético-político.

 

El primero se relaciona con los objetivos y los medios para alcanzarlos, algo que pasa previamente por una determinada lectura de la realidad. La tarea actual no puede consistir en prepararse para tomar el poder. Sería repetir un camino que nos lleva al fracaso. Tenemos tres grandes desafíos teóricos: el Estado como eje de nuestros objetivos, el economicismo que nos lleva a pensar que el capitalismo es economía y la creencia en el progreso y el crecimiento, graves errores que provienen del positivismo.

 

Respecto al Estado, el tema que merece acalorados debates en la actualidad, las reflexiones del dirigentes kurdo Abdullah Öcalan pueden ayudarnos a hacer balance. La toma del Estado –asegura en el segundo tomo del Manifiesto por una Civilización Democrática– termina por “pervertir al revolucionario más fiel”. Remata el razonamiento con una balance histórico: “Ciento cincuenta años de heroica lucha se asfixiaron y volatilizaron en el torbellino del poder”. Lo cual no depende de la calidad de los dirigentes, sino de una cuestión de cultura política.

 

La segunda cuestión es la ética. Invito a los lectores y a los militantes a releer las Tesis sobre la historia de Walter Benjamin, en particular la octava. De ella hemos retenido las dos primeras frases y olvidado la tercera, que a mi modo de ver es la fundamental. “La tradición de los oprimidos nos enseña que el “estado de excepción” en que ahora vivimos es en verdad la regla. El concepto de historia al que lleguemos debe resultar coherente con ello”. Hasta allí conceptos que se han convertido en sentido común para buera parte de los activistas.

 

Luego señala: “Promover el verdadero estado de excepción se nos presentará entonces como tarea nuestra, lo que mejorará nuestra posición en la lucha contra el fascismo”. ¿Qué quiere decir Benjamin con esta enigmática frase? Lo primero, es que no conozco reflexiones sobre esta frase, aunque las hay y muchas sobre las dos primeras.

 

A mi modo ver, Benjamin nos dice que sólo si aprendemos a vivir bajo el estado de excepción, a la intemperie, por fuera de las protecciones estatales, obtendremos los recursos éticos, organizativos y políticos para enfrentar al enemigo. Es una invitación a revolucionar nuestra cultura política, a salirnos de los paraguas institucionales. Sólo así estaremos en condiciones de luchar, recuperando, como señala en la tesis XII, tanto el odio como la capacidad de sacrificio que hemos perdido en el conformismo de la vida a la sombra del Estado.

Publicado enPolítica
La soledad de los movimientos anti-sistémicos

Los últimos cinco años han sido de permanente crecimiento de las derechas, de crisis y retrocesos de los progresismos y las izquierdas, y de estancamiento y fragilidad crecientes de los movimientos sociales. Sin embargo, las organizaciones de base están mostrando que son las únicas con capacidad para sostenerse en medio de la ofensiva derechista y si logran sobrevivir, podrán crear las condiciones para una contraofensiva popular desde abajo. Cambios que no sucederán en el corto plazo.

 

“Estamos solos”, dijo y repitió el subcomandante insurgente Moisés en el caracol de La Realidad, durante la celebración de 25 aniversario del alzamiento zapatista, el pasado 1 de enero. “Estamos solos como hace veinticinco años”, enfatizó. “Salimos a despertar al pueblo de México y al mundo, solos, y hoy veinticinco años después vemos que estamos solos…”.

 

Como puede observarse, la dirección zapatista no se engaña ante la nueva coyuntura signada por el triunfo del progresista Andrés Manuel López Obrador. “Si hemos logrado algo, es por nuestro trabajo, y si tenemos error, también es nuestra falla. Pero es nuestro trabajo, nadie nos lo dijo, nadie nos lo enseñó, es nuestro trabajo”, siguió Moisés ante un amplio despliegue de milicianos y milicianas. Estaba mentando los trabajos autónomos que han permitido que cientos de miles de indígenas (agrupados en más de mil comunidades, 34 municipios y cinco regiones) vivan de otro modo, donde es el pueblo quien manda y el gobierno autónomo el que obedece.

 

La importancia de las palabras de Moisés son dobles: hace una lectura de la realidad sin concesiones, para concluir que hoy las fuerzas anti-capitalistas son minoritarias y están aisladas. Estamos aislados en todo el mundo y en toda la región latinoamericana. Sería desastroso que se volcaran a alguna suerte de triunfalismo, como esos partidos que siempre repiten que están avanzando, que no experimentan retrocesos, que las cosas van bien, cuando la realidad es la contraria y rompe los ojos.

 

La segunda cuestión, es el empeño en resistir. La determinación zapatista está exenta de cálculos de costes y beneficios, se afirma en las propias capacidades sin buscar atajos electorales y, quizá lo más importante, le apuesta al largo plazo, a que maduren las condiciones para retomar la iniciativa. ¿Acaso no fueron estos, desde siempre, los parámetros en los que se movió la izquierda, hasta que las tentaciones del poder retorcieron los principios éticos para convertirlos en puro posibilismo?

 

Una nueva derecha militante y militarista

 

La crisis de 2008 fue un parteaguas para la humanidad de abajo. Los de arriba decidieron dar un golpe de timón, de similar profundidad al de 1973, en las postrimerías de la revolución de 1968, cuando decidieron poner fin al Estado del Bienestar y se lanzaron al desmonte de las conquistas de la clase trabajadora. Ahora están desmontando el sistema democrático, decidieron que ya no gobiernan para toda la población sino apenas para un 30-40 por ciento.

 

Debemos comprender de qué se trata esta nueva gobernabilidad al estilo Trump, Duque y Bolsonaro, que gana adeptos en las elites. Se gobierna para el 1 por ciento, sin lugar a dudas, pero se integran los intereses de las clases medias altas y un sector de las clases medias, lo que representa alrededor de un tercio de la población. Para llegar a la mitad del electorado, se utilizan los medios masivos y el miedo a la delincuencia y, ahora también, el temor a que tus hijos sean gais o lesbianas o no se limiten a una sexualidad binaria.

 

En palabras del periodista brasileño Antonio Martins, estamos ante un nuevo escenario. “Lo que permite el ascenso de la ultraderecha no es un fenómeno superficial. La producción y las relaciones sociales están, hace décadas, en transformación veloz. Este proceso se acelerará, con el avance de la inteligencia artificial, la robótica, la genética y la nanotecnología (Outras Palavras, 09-01-2019).

 

Cambios que están generando muchos temores en muchas personas, que se vuelcan a la ultraderecha como forma de encontrar seguridades. Como dijo la ministra de la Familia en Brasil, ahora los niños volverán a vestir de azul y las niñas de rosa. Pero hay otro cambio adicional, relativo al conflicto social: “los viejos programas de enfrentamiento al capital se han vuelto ineficaces”, explica Martins.

 

“Es precisamente el impulso del capital para expandirse, para quebrar las viejas regulaciones que le impone límites, lo que da origen a fenómenos como Bolsonaro. El aumento continuo y brutal de las desigualdades, que en poco tiempo llegarán a la esfera biológica. La reducción de internet a una máquina de vigilancia, comercio y control. Las ejecuciones de millares de adversarios sin ser juzgados, por medio de drones, y la destrucción de Estados nacionales como Libia, perpetrada por “centristas” o “centro izquierdistas como Barack Obama, Hillary Clinton e François Hollande”, sentencia el periodista.

 

Los partidos hegemónicos de la izquierda están por fuera de estos debates. Las reacciones mayoritarias al genocidio que está perpetrando el gobierno de Daniel Ortega, lo demuestra de forma palmaria. En Brasil, durante la campaña electoral, Lula y la dirección del PT prefirieron facilitar el triunfo de Bolsonaro antes que abrirse a una confluencia con el centro-izquierda de Ciro Gomes que era el único candidato capaz de vencerlo. Perdieron, pero mantuvieron el control de la izquierda. Cristina Fernández se mueve en función de evitar la cárcel, para lo que necesita ser la cabeza de la oposición a Macri, aún corriendo el enorme riesgo de que éste gane las elecciones de octubre.

 

La política de la pequeñez y el aferrarse al poder, real o ilusorio, es el peor camino porque facilita el ascenso de las derechas.

 

El peor período de los movimientos

 

Reconozcamos la realidad: estamos mal, somos débiles y los poderes tienen la iniciativa en todos los terrenos, menos en la ética. Para completar el cuadro, no hay fuerzas políticas ni sociales capaces de revertir esta situación en el corto plazo. En suma, no podemos jugar nuestras escasas fuerzas en lances electorales, por ejemplo, o en batallas inmediatas.

 

“Tal vez”, destaca el propio Martins, “valga más la pena apostar en los embriones de alternativa real al sistema, de que en una improbable regeneración de los partidos institucionales, para enfrentar a Bolsonaro. Como en el pos-64, la resistencia fue tramada en las bases de la sociedad, mientras la oposición institucional se rendía”. Hace referencia al golpe de Estado militar de 1964, que arrasó con las instituciones y con la izquierda. Pero en ese tiempo oscuro, se crearon las condiciones para el nacimiento –apenas una década después– del Movimiento Sin Tierra, del Partido de los Trabajadores y la central sindical CUT.

 

Esa es la historia de toda América Latina. Nos hacemos fuertes en los tiempos oscuros de represión y militarismo, crecemos y acumulamos fuerzas que luego las derrochamos en el juego institucional. Las comunidades eclesiales de base y la educación popular estuvieron en la base de muchos movimientos, aunque no constituyeron grandes aparatos sino prácticas contra-hegemónicas.

 

Desde la década de 1980, esa es nuestra realidad: apostamos todo a las elecciones, a reformas constitucionales, a una legislación que es letra muerta y, en tanto, desarmamos nuestros poderes que son la única garantía frente a los opresores.

 

En este recodo de la historia, debemos analizar varios aspectos relacionados con los movimientos anti-sistémicos.

 

El primero es que los grandes movimientos están muy débiles, en particular los movimientos urbanos y los campesinos. Las políticas sociales de los gobiernos progresistas y conservadores han formado camadas enteras de dirigentes y militantes que aspiran a incrustarse en el aparato estatal, a negociar para conseguir beneficios que hagan la vida menos penosa y terminan subordinando a los colectivos a las agendas de arriba.

 

Lo segundo es que la sangría de los movimientos hacia el terreno institucional y electoral ha sido enormemente dañina. Buena parte de lo construido en la década de 1990, y aún antes, fue despilfarrado en la dinámica electoral. Sin olvidar que algunos movimientos fueron destruidos o debilitados desde los gobiernos progresistas, como es el caso de Ecuador y Bolivia, pero también de Argentina y Brasil. De ese modo los progresismos cavaron su propia tumba, ya que anularon a los actores colectivos que habían estado en la base de su crecimiento político y electoral.

 

Lo tercero es que podemos detectar tres movimientos en ascenso: mujeres, pueblos originarios y afros. Allí donde estos movimientos son relativamente fuertes (zapatistas y mapuche, favelas y palenques de Brasil y Colombia, Ni Una menos, etc.) han crecido por fuera de los marcos institucionales, haciendo carne en los problemas cotidianos de los pueblos y sectores sociales.

 

Sobrevivir y crecer a la intemperie

 

Pese a todas las dificultades, el futuro depende de lo que nosotros y nosotras hagamos, de los caminos que tomemos, de la decisión y entereza con que afrontemos este período oscuro de la historia. “Y estamos demostrando una vez más y lo vamos a tener que cumplir, estamos demostrando que sí es posible lo que se ve y lo que se siente que es imposible”, aseguró Moisés.

 

Observo dos grandes desafíos, uno teórico o estratégico y otro ético-político.

 

El primero se relaciona con los objetivos y los medios para alcanzarlos, algo que pasa previamente por una determinada lectura de la realidad. La tarea actual no puede consistir en prepararse para tomar el poder. Sería repetir un camino que nos lleva al fracaso. Tenemos tres grandes desafíos teóricos: el Estado como eje de nuestros objetivos, el economicismo que nos lleva a pensar que el capitalismo es economía y la creencia en el progreso y el crecimiento, graves errores que provienen del positivismo.

 

Respecto al Estado, el tema que merece acalorados debates en la actualidad, las reflexiones del dirigentes kurdo Abdullah Öcalan pueden ayudarnos a hacer balance. La toma del Estado –asegura en el segundo tomo del Manifiesto por una Civilización Democrática– termina por “pervertir al revolucionario más fiel”. Remata el razonamiento con una balance histórico: “Ciento cincuenta años de heroica lucha se asfixiaron y volatilizaron en el torbellino del poder”. Lo cual no depende de la calidad de los dirigentes, sino de una cuestión de cultura política.

 

La segunda cuestión es la ética. Invito a los lectores y a los militantes a releer las Tesis sobre la historia de Walter Benjamin, en particular la octava. De ella hemos retenido las dos primeras frases y olvidado la tercera, que a mi modo de ver es la fundamental. “La tradición de los oprimidos nos enseña que el “estado de excepción” en que ahora vivimos es en verdad la regla. El concepto de historia al que lleguemos debe resultar coherente con ello”. Hasta allí conceptos que se han convertido en sentido común para buera parte de los activistas.

 

Luego señala: “Promover el verdadero estado de excepción se nos presentará entonces como tarea nuestra, lo que mejorará nuestra posición en la lucha contra el fascismo”. ¿Qué quiere decir Benjamin con esta enigmática frase? Lo primero, es que no conozco reflexiones sobre esta frase, aunque las hay y muchas sobre las dos primeras.

 

A mi modo ver, Benjamin nos dice que sólo si aprendemos a vivir bajo el estado de excepción, a la intemperie, por fuera de las protecciones estatales, obtendremos los recursos éticos, organizativos y políticos para enfrentar al enemigo. Es una invitación a revolucionar nuestra cultura política, a salirnos de los paraguas institucionales. Sólo así estaremos en condiciones de luchar, recuperando, como señala en la tesis XII, tanto el odio como la capacidad de sacrificio que hemos perdido en el conformismo de la vida a la sombra del Estado.

Publicado enEdición Nº253
Brasil cae un 5,4% y confirma su peor recesión en 25 años

La actividad en la industria cae un 7,3% arrastrada por la fabricación de automóviles


Con una tasa de desempleo que alcanza ya el 10%, y el aumento constante de los precios, los últimos datos del Producto Interior Bruto (PIB) de Brasil confirman lo que el brasileño de a pie siente en su bolsillo cada día: que el país va para atrás. El PIB retrocedió un 5,4% en el primer trimestre, comparado con el mismo periodo de 2015. Es la octava caída trimestral consecutiva. Brasil, envuelto también en una crisis política que sacude el país desde hace meses, sufre la mayor recesión en al menos 25 años.


En relación con el último trimestre de 2015, el retroceso de la economía brasileña fue de un 0,3% en el arranque del año. Todas las actividades económicas retroceden, incluida la agropecuaria, que en trimestres anteriores contribuía para aliviar el torrente de cifras negativas. Durante el primer trimestre, el campo brasileño, con una cosecha mala de maíz, reculó un 3,7%, comparado con el mismo trimestre del año anterior.


Pero es la industria la que experimenta un retroceso más fuerte, con una caída del 7,3%, arrastrada por una caída en la elaboración de maquinaria y de automóviles. Las inversiones se despeñaron hasta alcanzar un significativo 17%, en lo que constituye la octava caída seguida. La construcción también reculó un 6,2%, los servicios un 3,7%, el comercio un 10,7% y el consumo de las familias un 6,3%. Solo las exportaciones al extranjero reflejaron un buen resultado en este primer trimestre negro.


Perspectivas de mejora


Con todo, los mercados, a juzgar por varios especialistas, esperaban una caída todavía peor. Para el economista brasileño Juan Jensen, esto último es una tímida señal de que la situación brasileña, dentro de su anemia, mejora. De hecho, los especialistas daban por hecho que el PIB brasileño se iba a desplomar este año un 3,8%. Ahora, son muchos los que pronostican que caerá solo un 3%. Según Jensen una de las causas de esto ha sido el comercio exterior.


“Las cifras hechas públicas hoy [por ayer] reflejan la situación del pasado, Lo que importa es que se detectan perspectivas de mejora en el escenario que viene”, asegura Heron do Carmo, profesor de economía de la Universidad de São Paulo (USP).


La recuperación del mercado de trabajo y de las inversiones será, a pesar de esto, lenta: “Las empresas no están trabajando al máximo de sus capacidades, es decir, hay empleados que hacen aún jornadas reducidas”, pronostica Jensen. El desempleo, para este especialista, seguirá alto a lo largo del año y solo empezará a caer en 2017.

Publicado enEconomía
Domingo, 21 Septiembre 2014 10:10

La economía de Brasil se atasca

La economía de Brasil se atasca

La actividad del mayor mercado sudamericano, ejemplo de empuje durante una década, se frena debido al parón de las exportaciones y la fatiga del consumo interno.

 

Muchos especialistas lo auguraban desde hacía tiempo y por fin se confirmó hace dos semanas: la economía brasileña, la séptima del mundo, encadenaba dos trimestres de retroceso del PIB y entraba en lo que en la jerga de los economistas se denomina "recesión técnica". Paralelamente, la agencia de calificación Moody's bajaba la semana pasada un peldaño la nota del país, pasando de "estable" a "negativa". Ni las cifras ni la calificación de la agencia son alarmantes, pero sí significativas: desde enero a marzo el PIB brasileño reculó 0,2 puntos porcentuales: en los últimos tres meses lo ha hecho 0,6 puntos. Más que el alcance, lo importante es la novedad. En los últimos años, Brasil sólo registró números rojos en el último trimestre de 2008 y en el primero de 2009, esto es, en los peores días la vorágine de la crisis planetaria que sacudió el mundo financiero.

 

Otros países se quedaron ahí, en el agujero, pero Brasil, animado por un consumo interno pujante, las exportaciones a China y un ciclo económico en alza, remontó de inmediato. Hasta ahora. Hoy, sin aliento, el país parece condenado a detenerse a fin de recuperar fuerzas. La mayoría de los especialistas coinciden en que es una parada casi técnica, una suerte de tiempo muerto para recomponer líneas antes de comenzar de nuevo. Pero en medio de una disputada campaña electoral a tres bandas cuyo primer asalto se resolverá el próximo 5 de octubre, la noticia de la recesión tuvo el efecto de un ladrillo en un estanque. Los candidatos a la presidencia, Marina Silva, por el Partido Socialista Brasileño (PSB), y Aécio Neves, del más conservador Partido Socialdemócrata Brasileño (PSDB), se apresuraron a acusar a la presidenta Dilma Rousseff —que aspira a un segundo mandato— de no reconocer sus errores y de haber llevado al país a una vía muerta. Neves fue explícito: "Usted va a entregar un Brasil peor del que lo encontró y eso ocurre por primera vez en nuestra historia moderna".


De 2003 a 2010, coincidiendo con los dos Gobiernos del carismático Luiz Inácio Lula da Silva, del Partido de los Trabajadores (PT), Brasil creció una media desaforada del 4% anual. Ni siquiera la crisis económica que entrampó a Europa y maniató a Estados Unidos significó un obstáculo insalvable en su trayectoria ascendente y sí un tropezón olvidable. Un círculo mágico de exportaciones exitosas, sobre todo de soja y principalmente a China, crédito fácil que llegaba a las familias deseosas de gastar y adquirir, un escaso desempleo tendente a desaparecer, redistribución de riqueza gracias a la acción decidida del Gobierno que empujaba la subida de salarios que a su vez revertían en las empresas gracias al gasto y al consumo, fueron los elementos clave que sirvieron para alimentar una rueda imparable que logró que el país diera un gran paso adelante. El paro descendió desde un 13% en 2004 a un 5% en 2014. Y el nivel de renta medio se elevó de 700 reales (230 euros) en 2003 a cerca de 1.100 (300 euros) en 2013. Brasil vivió el mejor de los mundos posibles. "A veces ocurre: una alineación de los astros. Lula tiene el mérito de haber sabido aprovechar las circunstancias. Pero chupó tanto la naranja que a Dilma Rousseff, que accedió al poder en 2010, sólo le quedó la cáscara. Fue una época fantástica. Pero acabó. Todo lo bueno acaba", dice Luiz Carlos Mendonça de Barros, economista, exministro de Comunicación con el Gobierno de Fernando Henrique Cardoso y actual director de la agencia Questinvest.


Durante este periodo de bonanza económica, Brasil experimentó una auténtica revolución social: más de treinta millones de personas, de una población de 200 millones, pasó de sustentar la economía sumergida a gozar de contratos de trabajo y a pagar impuestos. Con un nuevo salario mensual medio que bascula entre los 1.000 y los 3.000 reales (de 350 a 1.000 euros), esta nueva clase social (denominada la clase C) fue la que, empujada por los créditos bajos, tiró del consumo interno (que constituye el 60% del PIB total del país) y empujó la economía durante esos años de bonanza. "La paradoja es que esa franja de población, a la que el PT sacó de la pobreza y colocó con un contrato de trabajo y garantías de crédito, ahora paga impuestos y empieza a fijarse en otras alternativas políticas además de la del PT. Incluso mira a la derecha", dice Mendonça.

 

Los datos son apabullantes: en esta década prodigiosa brasileña, el porcentaje de personas que han pasado de clase D a C, con contrato de trabajo (y con posibilidades de pedir créditos y, por lo tanto, de tener vacaciones o subsidio de desempleo, hasta convertirse en auténticos aspirantes a consumidores) ha pasado de ser de 1/3 a 2/3. Una completa inversión que ha transformado el país. Entre 2004 y 2012, el consumo interno brasileño se disparó a una media del 7% anual. Un detalle: en 2004 la venta de coches (como la venta de casi todo) comenzó a aumentar: por entonces rozaba los 100.000 coches al mes. Llegaron, en enero de 2012, a sobrepasar los 300.000. Esta superproducción automovilística explica (además de ciertos desastres urbanísticos) los ingentes atascos que atenazan hoy por hoy las grandes ciudades brasileñas, especialmente Río de Janeiro o São Paulo, convirtiendo en clave el tema de la movilidad urbana en la campaña electoral.


El punto álgido de este crecimiento coincidió con la mayor protesta callejera de la historia moderna de Brasil. Miles de personas, en junio de 2013, salieron masivamente a la calle, sobre todo en São Paulo y Río de Janeiro, en una oleada imprevista que sorprendió a todo el país —incluido el Gobierno— demandando mejores servicios de transporte, de educación y de salud, y clamando contra él, según los manifestantes, despilfarrador presupuesto para el Mundial de fútbol. El detonante de la protesta fue, precisamente, una mínima subida del billete de autobús en algunas ciudades (que posteriormente fue retirada), pero que constituyó la gota que colmó el vaso de una población que aspira a ingresar de una vez en el primer mundo, harta de transitar por el tercero.


Paralelamente a las protestas, en 2013, el combustible que alimentaba buena parte de esta fenomenal maquinaria, el consumo interno, comenzaba a dar síntomas de fatiga, y acabó agotándose en 2014. En 2005, la deuda que soportaban los hogares brasileños, incluyendo las hipotecas, no pasaba del 20% de la renta total. Hoy supera el 45%. "Las familias ya han llegado a un límite de endeudamiento a partir del cual se compromete decididamente su presupuesto mensual. De ahí, entre otras cosas, el parón del consumo, una de las causas del retroceso actual de la economía", dice Fernando Sampaio, de la LCA Consultores.


Una de las herencias de esta fiebre consumista es la inflación, verdadero talón de Aquiles de la economía brasileña. El Gobierno ha respetado el límite del 6,5% establecido por el Banco Central, pero gracias a congelar artificialmente precios como el de la gasolina, lo que afecta, de rebote, a los ingresos de la mayor empresa del país, la petrolera estatal Petrobras. Con todo, los especialistas recuerdan que es un dato que coincide más o menos con la inflación del resto de los países emergentes.


El economista Antonio Correia de Lacerda añade que, además de este parón en el consumo interno, las exportaciones se ralentizaron por la crisis europea y la norteamericana. Y, especialmente, la crisis argentina, que afectó a la baja a la venta de automóviles al país vecino. Agrega además que la productividad industrial cayó en los últimos años como consecuencia no sólo del descenso de las ventas nacionales y extranjeras, sino de la falta de inversión y del peso de la ingente burocracia brasileña. Pero asegura que todo es coyuntural y que en 2015 el crecimiento volverá a Brasil a razón de un 1,5%. Es cierto que ya no se registrarán los números asombrosos de la pasada década, pero los especialistas coinciden en asegurar que, en compensación, la economía brasileña entrará o ha entrado ya —gracias a esa franja de población que se ha incorporado a la legalidad— en una fase de estabilidad duradera.


Una señal de esto último se encuentra en que a pesar del parón hay sectores que crecen ahora y que van a seguir haciéndolo. El sector de los seguros, por ejemplo. Las empresas de este ramo, tal y como explica José Carlos Macedo, de PAN Seguros, experimentan un auge gracias a la demanda de seguros de vida, de coches o de clínicas dentales. Los clientes son ese segmento de población que trata de asegurar lo que ha adquirido en los años de bonanza.


La marcha de la economía se ha vuelto uno de los temas favoritos de la campaña electoral. Dilma Rousseff aboga por un Estado intervencionista y por perseverar en las políticas de asistencia social que su partido, el PT, ha estado llevando a cabo desde 2002. El más conservador, Aécio Neves, plantea un programa más liberal, con un Banco Central menos a merced del Gobierno. Lo mismo Marina Silva, de origen humilde (aprendió a leer a los 16 años), exministra de Medio Ambiente de Lula, durante muchos años miembro del PT, hoy cabeza de lista del Partido Socialista de Brasil, y la única candidata capaz de arrebatarle el poder a la actual presidenta. "Esa franja decisiva de población, esos 30 millones de personas, ya no apoyan tanto al PT, pero jamás votarán a Neves, ya que no es uno de ellos. Por el contrario, Marina Silva, de origen muy humilde, pero con un programa económico más liberal, les atrae más electoralmente", explica Luiz Carlos Mendonça de Barros.


"En el fondo, lo que subyace en todo, además, es una gran pérdida de confianza, tanto de los empresarios como de los consumidores. Y a esa falta de confianza hay que añadir la incertidumbre. La gente no sabe qué va a pasar y no compra. ¿Y por qué cayó la confianza? Pues no se sabe. Eso no lo dicen las encuestas", se responde Sampaio. Este especialista añade que, a lo largo de los últimos años, Brasil ha sufrido crisis parecidas, pero que incluso con peores cifras relativas al desempleo o a la productividad, esa confianza no se desplomó. "Y ahora sí. Es algo inclasificable. Un pesimismo difícil de medir. Que tal vez tenga que ver con un exceso de optimismo anterior, con la certeza de que iba a ser todo tan fácil, de que no lo ha sido, y de ahí la caída repentina. Tal vez tenga que ver también con las manifestaciones de hace un año y medio, con el desencanto que destilaron y que se convirtió en algo contagioso".


Sampaio explica que será un desafío clave del próximo Gobierno, sea del color que sea, recuperar esa confianza para el país entero. "Al ser algo subjetivo, puede que se salga rápidamente y volvamos a un crecimiento económico lento, pero sin crisis alrededor, sin recesiones. Antes teníamos problemas de la balanza de pagos, de falta de dólares. Ahora no ocurre eso. Tenemos una reserva de 380.000 millones de dólares. Ahora es algo más difuso, pero también más normal. Lo de antes, ese crecimiento tan desaforado, también era anormal. Ahora ingresamos en la normalidad".

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El capital utiliza la crisis que él mismo ha provocado y maneja para reducir ulteriormente los derechos y las conquistas históricas de los trabajadores, aumentar el número gigantesco de desocupados para pesar sobre los ocupados y sus salarios, y reducir al máximo sus ingresos reales. La mundialización capitalista ha permitido así, acabar con la jornada de ocho horas, con la prohibición del trabajo infantil y con la protección ambiental; ha reintroducido en masa la esclavitud, ha privatizado todo en beneficio de las grandes empresas y las trasnacionales, expropiando a los ciudadanos, y ha transformado todo –personas, ideas, valores– en mercancía; ha destruido las bases de la civilización y puesto en peligro de desaparición las bases materiales de la vida en el planeta. Decenas de miles de especies han desaparecido y otras decenas de miles las seguirán hacia la extinción durante la actual era del Antropoceno, provocada por la acelerada devastación capitalista.

Ésta, tras someter la agricultura y las zonas rurales de todo el mundo, se lanza ahora contra los bienes comunes subsistentes –el agua potable, los mares y los bosques– tal como, antes de la Revolución industrial, lo hizo contra los bienes de las comunidades (pastos, leña y arroyos) y las propias poblaciones. Para mantener alta la tasa de ganancia, reduce brutalmente el nivel de vida y de civilización, como en Grecia o España, recortando salarios y pensiones, eliminando subsidios y servicios a mujeres solas e inválidos, aumentando el impuesto al valor agregado, reduciendo derechos (indemnizaciones, vacaciones, aguinaldos), y carga sobre las mujeres el peso de la atención sanitaria de sus familiares y de la reproducción, elimina los jirones de soberanía que subsistían para servir al gran capital financiero internacional.

Éste, que pretende "asiatizar" los salarios directos e indirectos en los países metropolitanos y hacer retroceder dos o tres siglos el modo de vida, acaba de poner en marcha un nuevo Plan Marshall siete veces y medio mayor que el anterior. Los casi 900 mil millones de euros (un billón 200 mil millones de dólares, aproximadamente) aprobados para evitar la quiebra griega (y la española, irlandesa, portuguesa, inglesa e italiana, si las cosas seguían así) no tienen como motor –de acuerdo con el primer Plan Marshall– el miedo al comunismo, a la expropiación de los expropiadores, sino la necesidad de salvar a los especuladores y concentrar aún más la propiedad y el poder en manos de pocas y enormes empresas industrial-financieras. La represión brutal, como en Grecia, la guerra colonial de despojo (como en Palestina, Irak y Afganistán), el desconocimiento de los derechos humanos (como en el caso de Arizona y su racismo antinmigrante), son la respuesta del capital a la defensa de los trabajadores de sus conquistas sociales y de la civilización, a la voluntad de paz de los mismos, a la solidaridad en el seno de los explotados.

La crisis económica y la ecológica integran la ofensiva del capital contra los explotados y oprimidos, y contra la civilización resultante de la Revolución francesa (libertad, igualdad, fraternidad, para toda la humanidad). Por eso lo que sucede en Grecia o en España nos atañe directamente. Por eso no puede haber una solución meramente ecológica a la destrucción ambiental y la depredación de los recursos naturales, los cuales son finitos o pueden serlo, y a la desaparición de las otras especies. Por eso la defensa del ambiente debe hacerse –como destacó Evo Morales en la cumbre de Cochabamba– en el contexto de la lucha por un cambio de régimen. Pero éste no puede consistir sólo en la adopción de medidas ambientalistas o democratizadoras, sino que debe estar clara y políticamente dirigida a acabar con el poder de los hambreadores, despojadores, neoesclavistas y depredadores.

La autogestión del territorio y de sus recursos es también la construcción del poder en las mentes y en la sociedad, y de relaciones estatales democráticas y participativas que no pueden ser remplazadas por un aparato estatal burocrático neodesarrollista, dedicado a encarar reformas económicas y sociales, por importantes y bienvenidas que puedan ser. El aparato de Estado actual, cualquiera sea el gobierno, norma la integración del país en el mercado mundial capitalista y no es expresión de un inexistente socialismo comunitario. El Estado, en general, como relación de fuerzas entre las clases, es un terreno de la lucha de éstas, no un instrumento por arriba de la misma. Por eso los movimientos sociales defensores del mundo y la vida hoy atacado y que quieren preparar el porvenir, deben ser independientes del poder estatal y de sus instrumentos (como las instituciones, comprendidas entre éstas los partidos oficiales y la burocracia) y deben construir un poder dual frente al capital y el Estado. Si las leyes dan margen para eso, tanto mejor; si no, hay que hacer leyes mejores. Pero en ningún caso las leyes o la Constitución garantizan por sí mismas el éxito de la lucha, porque no son más que "un pedazo de papel en la boca de un cañón". Lo decisivo es, por tanto, construir una relación de fuerzas favorable a la toma de conciencia anticapitalista.

Por Guillermo Almeyra
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El progresismo, corriente política gubernamental que ha dado continuidad al modelo neoliberal enarbolando un discurso similar al de las izquierdas, está acelerando su declive. El resultado de las elecciones parlamentarias argentinas del pasado domingo, que registraron un retroceso del kirchnerismo, puede representar el comienzo de la cuenta atrás de una corriente diferenciada de los procesos de Bolivia y Venezuela, que buscan implementar cambios en una dirección opuesta al neoliberalismo.

En los próximos meses se realizarán elecciones en los otros tres países que completan el grupo de gobiernos progresistas: en octubre se elige presidente en Uruguay y en diciembre en Chile, mientras en octubre de 2010 habrá elecciones en Brasil. En Chile es muy probable que triunfe la derecha, por vez primera desde el fin de la dictadura de Augusto Pinochet. En Uruguay el candidato del Frente Amplio, el tupamaro José Mujica, representante de los sectores populares castigados por el ajuste estructural, tendrá dificultades para vencer al neoliberal ex presidente Luis Alberto Lacalle. En Brasil el candidato socialdemócrata José Serra mantiene holgada ventaja, pese a que aún falta un año para las elecciones.

Lo más probable es que la región complete un giro a la derecha de gran impacto, ya que afecta a los principales países. Algo así reflejaron las urnas en Argentina, cristalizando un viraje que ya se había manifestado durante la protesta del campo contra el gobierno de Cristina Fernández en el primer semestre de 2008. Estamos ante tendencias de fondo que no se verán frenadas, aunque en Chile vuelva a ganar la Concertación y en Uruguay lo haga el Frente Amplio. El giro conservador tiene raíces profundas y se proyecta como una sombra negra sobre toda la región, y de modo muy particular sobre los movimientos sociales y los procesos de cambio que se registran en Bolivia y Venezuela.

El avance de la nueva derecha, en la que algunos intuyen un estilo similar al de Berlusconi, ha sido alentado, en primer lugar, por las políticas impulsadas por gobiernos progresistas. La continuidad y profundización del modelo neoliberal que han propiciado Lula, los Kirchner, Bachelet y Vázquez han expandido la base social conservadora sobre la que se apoya una derecha cada vez más impaciente por multiplicar sus ganancias. Hoy el modelo se llama minería a cielo abierto en la región andina, monocultivos de soya en las llanuras argentinas y uruguayas, caña de azúcar para biocombustibles y agronegocio en Brasil, además de forestación, especulación financiera y libre comercio en economías volcadas hacia los mercados mundiales.

Es el modelo soyero el que derrotó a los Kichner en las urnas, del mismo modo que la alianza de los capitales brasileños con los capitales globales apartará al Partido de los Trabajadores del gobierno de Brasilia. En estos cuatro países del cono sur nunca existió nada parecido al “posneoliberalismo” que algunos han creído ver, sino continuidad y profundización del modelo. Bajo Lula, el capital brasileño escaló a los lugares más altos del capitalismo global gracias a fusiones y expansiones bendecidas por Planalto. Es el caso de Petrobras, de los grandes bancos Itaú-Unibanco y Bradesco, que se han colocado entre los 20 primeros del mundo, o de Brasil Foods, producto de la fusión de las empresas alimentarias Sadia y Perdigao. Lula acaba de aprobar el último disparate neoliberal: legalizó la privatización de 67 millones de hectáreas de la Amazonia, parte de su contrarreforma agraria para multiplicar la producción de soya y carne.
En segundo lugar, las políticas progresistas han fracturado el frente antineoliberal que contribuyó a convertir las movilizaciones en gobiernos. El PSOL (Partido Socialismo y Libertad) se creó ante la derechización del PT en Brasil; en Chile surge con fuerza la candidatura de Marco Enríquez Ominami, hijo del fundador del MIR, frente al posible retorno del sector más derechista de la Concertación; en Argentina, una parte sustancial del voto de izquierda optó por la abstención o el nulo, para no apoyar al gobierno.

Las políticas sociales, bonos, subsidios y transferencias monetarias contribuyen a aliviar la pobreza, pero sustituyen los derechos universales de los que están marginados los más pobres. Debilitan y neutralizan a los movimientos sociales, siendo la tercera característica de los gobiernos progresistas. Por ello a corto plazo no es posible una salida por la izquierda. Anulada la capacidad de movilización popular, las derechas revitalizadas están preparadas para recoger el desgaste del progresismo. El ocaso del progresismo y el ascenso de las derechas –algunas vinculadas con mafias, como las argentinas– cierran un ciclo que se abrió a mediados de la década del 90 con masivas movilizaciones, que fueron “reconducidas” hacia el terreno institucional por una camada de profesionales de la política que consiguieron cooptar y atraer a los movimientos sociales a su terreno. También en este aspecto el progresismo segó la hierba bajos sus pies, ya que sólo la movilización popular es capaz de revertir la ofensiva derechista en curso.

El nuevo escenario coloca a los procesos boliviano y venezolano ante un mayor aislamiento internacional, lo que puede alentar a las derechas de esos países a retomar sus ataques a los gobiernos populares. El punto de inflexión mayor será lo que suceda en Brasil, el único que por sí mismo puede marcar tendencias. Aunque como potencia emergente Brasil tiene un rumbo que comparten izquierda y derecha, los matices entre una y otra pueden resultar decisivos a la hora de insuflar vida a proyectos como el Banco del Sur, el Consejo de Defensa Sudamericano o una moneda regional. No habría, empero, que engañarse: aunque el imperio se beneficie de estos cambios, son las opciones del progresismo las que los propiciaron.

Por Raúl Zibechi

 

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Japón, la segunda economía mundial, atraviesa su peor crisis desde el fin de la II Guerra Mundial. Ésta es la clara advertencia que ha lanzado hoy el ministro de Economía y Política Fiscal japonés, Kaoru Yosano, tras conocerse que el PIB japonés se ha desplomado un 12,7% en el último trimestre del año frente al mismo periodo de 2007.
 
El dato, que según la agencia nipona Kyodo es el mayor retroceso de la economía nacional en 35 años desde la crisis del petróleo en 1974, es peor aún de lo que se esperaba, ya que las previsiones auguraban una caída del 11,7%. La culpa la tiene la reducción en un 13,9% de las exportaciones y el fuerte descenso de la demanda externa. Mientras la apreciación del yen ha multiplicado su efecto negativo en el resto de la economía.
 
Así, aunque Japón no se ha visto implicada en el origen de la crisis financiera internacional, sí está sufriendo el frenazo del consumo en los países desarrollados, su principal mercado. En comparación con el periodo inmediatamente anterior, de julio a septiembre, la caída de la economía japonesa en los últimos meses de 2008 fue del 3,3%, con lo que acumula su tercer trimestre a la baja, algo que no sucedía desde hace siete años.
 
Técnicamente, una economía entra en recesión cuando su PIB retrocede durante dos trimestres consecutivos. Así, Japón se coloca al frente del club de potencias con graves problemas por delante incluso de EE UU, Reino Unido y la zona euro . Para hacer frente a esta situación, el titular de Economía defendió, además, la aprobación parlamentaria de la segunda ampliación presupuestaria para las cuentas del años fiscal 2008 que termina en abril.
 
El legislativo prevé añadir nuevos fondos al presupuesto del ejercicio de 2008, para apoyar medidas de ayuda a los consumidores y las empresas antes del comienzo del nuevo año fiscal en mayo. Gracias a estas actuaciones, confía en frenar la sangría y, para 2009, espera unos números rojos más discretos, que hagan perder al PIB anual en torno a un 2%, según el Banco de Japón (BoJ).
 
Pero eso no es todo, hace un par de semanas, el Gobierno dio a conocer también que el consumo ha caído un 4,6% respecto a diciembre. La amenaza de la deflación que asoló el país en la crisis de los noventa también podría aparecer, el IPC sólo creció dos décimas en diciembre, después de subir un 1% en noviembre. Asimismo, la tasa del paro está por debajo de las medias europeas, un 4,4%, pero las grandes empresas están acometiendo despidos masivos.
 
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