Foto de un biobot desarrollado por el IBEC catalán, en la que se aprecia la estructura plástica.IBEC / otros

 

Un equipo del IBEC catalán desarrolla una generación de biobots con una estructura plástica, 800 veces más rápidos y con capacidad para entrenarse a sí mismos

 

Un grupo de investigadores españoles del Instituto de Bioingeniería de Cataluña (IBEC) ha desarrollado una nueva generación de biobots (robots con una parte de su anatomía artificial y otra compuesta por células) con capacidad para auto-entrenarse, nadar y moverse 791 veces más rápido que la generación actual. Las futuras aplicaciones de estos robots pueden abrir numerosas puertas en campos como la administración de fármacos, el desarrollo de prótesis o en la limpieza medioambiental.

Estos pequeños robots, de poco más de un centímetro de longitud, cuentan en su interior con un esqueleto fabricado con una impresora 3D. Este esqueleto, hecho con un polímero llamado PDMS, “es lo suficientemente débil como para poder apretarlo y a la vez elástico para que devuelva esa fuerza”, cuenta Samuel Sánchez, investigador ICREA en el IBEC y uno de los líderes del proyecto junto a María Giux. Es la primera vez que se incluye una estructura de este tipo en un sistema vivo de robótica blanda.

La asimetría de su arquitectura es lo que le permite desplazarse. Al contraerse las células musculares (bien con estímulos o bien de forma autónoma), la parte más débil de este esqueleto cede y se produce el movimiento. “Es como un muelle”, explica Sánchez. “Si fuera simétrico, al contraerse las células, el robot solo latiría”, añade. Este movimiento crea un bucle que se retroalimenta con la fuerza que le devuelve el muelle, lo que provoca, además del movimiento, que las células se ejerciten de forma independiente. Es lo que el equipo ha llamado “autoentrenamiento”.

Estos nuevos biorobots pueden moverse a una velocidad de 3,32 cm/min (un caracol de jardín, por ejemplo, recorre 83,2 cm/min aproximadamente). Pero no se limitan solo a desplazarse. Esta nueva generación también es capaz de deslizarse cuando se encuentran cerca del fondo de un recipiente. Los investigadores comparan estos movimientos del robot con los de los peces cebra, que se caracterizan por mezclar fases en las que se impulsan con fases de dejarse llevar por la inercia.

Las células que rodean este robot son células musculares vivas provenientes de ratones, pero la idea a futuro es hacerlo con células humanas, algo en lo que ya están trabajando. Sánchez explica: “La aplicación a corto plazo es imprimir estas células musculares humanas y añadirle principios activos antienvejecimiento, para recuperar la fuerza muscular, mejorar la elasticidad, la regeneración muscular o de las fibras …”. Los potenciales usuarios son personas con distrofias musculares o con músculos envejecidos. Según el propio investigador, ya hay empresas y hospitales interesados en el proyecto, publicado recientemente en la revista Science Robotics.

Además, este descubrimiento permitirá mejorar las prótesis médicas que se utilizan actualmente. “Un dedo humano tiene partes blandas y partes rígidas. Pero ahora un dedo artificial normalmente es rígido. El día de mañana podremos hacer prótesis híbridas, con partes blandas y partes rígidas”, dice Sánchez. La idea es utilizar las propias células del paciente para evitar rechazos, aunque el investigador resalta que para poder darle este uso es necesario realizar muchas pruebas todavía.

A principios del año pasado, un equipo de investigadores estadounidenses con conocimientos de bioingeniería ensambló dos tipos de células de la rana de uñas africana. Con ayuda de un ordenador, se recortaban estas agrupaciones de células para aplicar unos diseños concretos, que hacían que las células pudiesen moverse en una dirección determinada. En este primer experimento, sin embargo, no existía ninguna pieza plástica.

A pesar de contar con estas células vivas, Sánchez ataja la posible controversia bioética: “Empezamos a debatir con la bióloga del grupo si era un organismo vivo y llegamos a la conclusión de que está compuesto de células vivas, pero no se va a reproducir”. “Nace, crece y deja de funcionar”, resume.

Aunque ya se están realizando pruebas para aplicarlos, el equipo tiene tareas pendientes, como comprobar en qué medida le afectan los fármacos o reducir el tamaño. “Estamos integrando nanopartículas en la parte biológica para mejorar la comunicación celular y sensores en la parte artificial para poder detectar cuál es la fuerza externa”, agrega también Sánchez. “Queremos incluir partículas magnéticas y tener control magnético externo, para que se sepa en cada momento donde está este robot y poder llevarlo de un punto a otro”.

Ricard Solé, investigador ICREA en la Universidad Pompeu Fabra, considera este avance como un importante paso hacia adelante: “Los biorobots que han hecho amplían las posibilidades, porque utilizando solo la biología estás bastante limitado. En este sentido, la biología es un obstáculo porque ella decide por ti”. El también físico y biólogo pone en valor el diseño de la estructura plástica: “Los experimentos previos que hemos visto se hacían con elementos más grandes. El diseño es muy fácil de reproducir en otras escalas y reducir el tamaño es cuestión de ponerse”.

Solé no pone plazos a la aplicación real de esta nueva tecnología, aunque avisa del gran abanico de oportunidades que ofrecen estos robots. “Todo está empezando. El paso inicial es demostrar que puedes manejar la materia viva. Ese es el gran reto”, remata.

Por Alberto Quero

04 may 2021 - 22:20 COT

Jueves, 27 Septiembre 2018 05:57

El control del gran hijo

El control del gran hijo

Tres noticias seguidas una de otra y un hallazgo. La primera me la dio mi hermano Reynaldo. Su libro Inteligencia artificial total ya salió y está disponible en Amazon, la opulenta firma comercial por Internet. La segunda noticia fue el video de una tienda automatizada en Dubai, cortesía de una prima. Y la tercera me la envió un amigo: se trata de una tienda "inteligente", precisamente de Amazon, donde el público entra, escoge los artículos que requiere, los pone en una bolsa y sale sin tener que hacer filas ni tener que pagarle a ningún cajero. El importe de la compra, uno puede suponer, se lo pasarán a una cuenta domiciliada en algún banco. Las tres noticias las recibí, claro, en mi celular. El hallazgo fue un aparato para masaje corporal con fines terapéuticos que me permite prescindir del masajista.

De acuerdo con los autores que cita mi hermano, para el año 2039 –en 20 años– la sociedad, en todas sus relaciones y procesos, y los individuos, de la cuna a la tumba, quedarán sujetos, dentro de una inconmensurable red, al fenómeno transversal de la inteligencia artificial total. Estamos en los prolegómenos de ese cambio radical.

Ya está probado que una inteligencia artificial puede derrotar a los campeones de ajedrez y hasta del juego denominado Go. En el encuentro de una inteligencia artificial con el campeón indiscutible de Go, la máquina lo derrotó en tres ocasiones consecutivas.

La inteligencia artificial, sin ser total, está presente, de manera sigilosa, en todos los aspectos básicos de nuestra vida. La máquina capta, identifica, aprende, calcula y decide. Ahora sólo sobre ciertos movimientos e información específicos. En el futuro será sobre los comportamientos de individuos, organizaciones sociales, estados y países en todas sus dimensiones. Acaso por total (y quizá totalitaria), una vez adquirida la información necesaria y disponibles las llamadas aplicaciones requeridas podrá imponerse ineluctablemente a la voluntad y las acciones humanas. Según el astrofísico británico Sthephen Hawking, citado por el autor, el desarrollo de la inteligencia artificial total significará el fin de la raza humana.

Al mercado detrás de la inteligencia artificial sólo le importa ganar con este instrumento, aunque Bill Gates, previendo el futuro del desempleo, ha adelantado la propuesta de cobrar un impuesto a los robots. Hasta ahora, a los gobiernos les importa desarrollarlo. Como a ciertas empresas, su objetivo es ampliar su capacidad de competencia y poder.

Así lo ha hecho el gobierno chino de Xi Jinping, mediante su 13º Plan Quinquenal, que prevé invertir fuertes sumas en investigaciones y en apoyo a grandes empresas (Alibaba, Tencent, Baidu) para elevar el nivel de uso y posibilidades de la inteligencia artificial. Lo mismo hace Francia en el gobierno de Emmanuel Macron: tiene planeado invertir mil 500 millones de euros hasta 2022 en apoyos a investigación y proyectos, así como 10 mil millones de euros del Fondo para la Innovación y la Industria. En Estados Unidos, Barak Obama declaró, al fin de su mandato, que su sucesor "gobernará un país que estará siendo transformado por la inteligencia artificial". Sin embargo, el gobierno de Trump ha preferido inhibirse. Con los gigantes informáticos (Google, Apple, Microsoft, Facebook, IBM, Amazon) que han crecido en su territorio y bajo sus normas, deja que las empresas privadas sean quienes se ocupen fundamentalmente del tema. Pero hay que decir que el empleo político de la inteligencia artificial (supuestos datos confidenciales de los usuarios de Facebook) ya fue probado en apoyo a la candidatura de Trump.

Los beneficios que ha conseguido la cibernética aplicada en campos básicos de la vida económica y social, le han conferido la legitimidad suficiente para continuar ampliando su avance incontenible.

El autor señala esos beneficios, incluidos los de la salvación de numerosas vidas humanas, y las etapas en que, una vez alcanzado el rango total, la inteligencia artificial irá dejando sentir sus efectos: primero ofrecerá satisfacciones y comodidades, luego un riesgo creciente, y al final un peligro difícil de eludir. Jim Yong Kim, entonces presidente del Banco Mundial ha adelantado un dato pavoroso: la inteligencia artificial total dejará sin empleo a 50 y hasta 65 por ciento de la población económicamente activa en los países donde menos se ha desarrollado, vale decir, los de África y América Latina. Más profundo será el dominio de potencias y empresas trasnacionales sobre todos los ámbitos de sus sociedades.

En el libro hay una serie de puntos que pueden favorecer el desarrollo de la inteligencia artificial, principal motor en nuestros días del desarrollo económico, político y social. Bien harían los gobiernos de los países que sufrirán su previsible evolución invirtiendo, paralelamente, en un plan social de contrainteligencia artificial total.

Con la máquina, criatura humana, ocurre lo que una abuela me decía:

Ay, señor, nosotros somos la última generación que obedecimos a nuestros padres y la primera en obedecer a nuestros hijos.

Sábado, 03 Marzo 2018 17:53

¿De qué vamos a trabajar mañana?

¿De qué vamos a trabajar mañana?

La incorporación de la robótica y la informática a los procesos productivos destruye algunos empleos y crea otros. Aunque es difícil decir cuáles sobrevivirán, sí se pueden anticipar ciertos problemas y desafíos de un futuro en el que no está claro si habrá trabajo para todos.

 

La pregunta por el trabajo del futuro –qué vamos a estar haciendo, si esa actividad será más o menos digna, cómo nos distribuiremos las tareas y si en definitiva los 2.000 millones de almas más que se supone habitaremos la tierra en 2050 tendremos o no un empleo– es tan vieja como la luz. Ya en 1811 un grupo de artesanos ingleses, los luditas, protestaron contra las máquinas que amenazaban con reemplazar su trabajo y las destruyeron a mazazos. Sin embargo, noticias como el acelerado reemplazo de humanos por robots en Foxconn1 (la mayor ensambladora de smartphones del mundo, con sede en China) reinstalan un debate también signado por tendencias en principio imparables, como la deslocalización productiva y una concentración de mercado tal que, a fuerza de megafusiones y adquisiciones, cristaliza en una “hegemonía laboral desreguladora”2, fenómeno que entre otras cosas promueve una uberización de las relaciones laborales, esto es: trabajaremos desde nuestras casas y sin jefes, pero sin garantías ni derechos.

 

El trabajo es importante para la economía, pero también –y de una forma muy esencial– para los individuos, porque es tanto un medio de subsistencia como una vía para la realización personal y, al fin y al cabo, el cimiento sobre el cual descansa gran parte de la organización social. Los avances impresionantes en la robótica explican algunas de las sacudidas que se presume sufrirá el mundo laboral, pero en realidad son muchas las fuerzas capaces de transformarlo. Es más: resulta difícil prever si habrá empleo o no y de qué calidad, sin imaginar en paralelo cuestiones como dónde vamos a vivir, qué vamos a comer, cómo nos vamos a vestir o a mover y de qué nos vamos a enfermar. Y en ese camino de cruzar variables y trazar escenarios, no todo aparece tan lineal. Entonces se vuelve necesario, por ejemplo, pensar qué sucedería si el petróleo empieza a dar muestras más certeras de agotamiento (si es que todavía no lo es, la necesidad de extraerlo de piedras enterradas a más de 300 metros de profundidad). Claro que las energías solar y eólica podrán hacer funcionar una casa, un auto y hasta una fábrica entera pero ¿alcanzarán los paneles y los molinos para soportar unas necesidades energéticas como las actuales? ¿De qué forma se moverían los buques portacontenedores post Panamax que, con sus 400 metros de eslora, constituyen hoy una pieza clave de los procesos de deslocalización? ¿Podría esto afectar la lógica bajo la cual funcionan las economías de escala? ¿Deberíamos volver a producir localmente productos que hoy se importan? ¿O la posibilidad de fabricar lo que quisiéramos mediante impresoras 3D ayudaría a enfrentar este dilema?

 

El documental británico Will work for free3 explica cómo la mayoría de los trabajos que hoy llevan a cabo los seres humanos serán cada vez menos necesarios, conforme avanza el desarrollo tecnológico. Muestra algunos ejemplos bastante verosímiles –los vehículos autónomos que posiblemente terminarán suplantando a choferes y repartidores– y otros más improbables, como el sistema automático de rieles que llevaría los platos de la cocina a la mesa en un restaurant, y eliminaría así la función de los camareros. Sam Vallely, su director, asegura que no hay un solo político que hoy comprenda las implicancias del desempleo tecnológico. Pero menciona también el tránsito hacia una nueva economía sostenible, diseñada sobre la base de una inteligencia más evolucionada y capaz de orientar científicamente la distribución de recursos. “En el medio pueden sobrevenir períodos de pobreza extrema y hambrunas, y nada impide que continuemos aferrándonos a esta economía obsoleta. Como sea, el crecimiento perpetuo es insostenible”, concluye en el cierre de su film.

 

Desde esta perspectiva, ya no importa tanto si la cantidad de puestos de trabajo desciende de una manera drástica porque viviendo más simple, consumiendo menos, compartiendo más y sin la dependencia de la acumulación de bienes para construir nuestra identidad no será necesario que nos deslomemos durante ocho horas al día. Que las máquinas se encarguen de ese trabajo que nadie más quiere hacer. Y distribuyámonos los humanos las tareas que quedan, promoviendo al mismo tiempo un modelo de consumo en el cual no estemos obsesionados con la propiedad. Suena provechoso, alentador y hasta matemáticamente viable, pero poco asequible en un planeta donde 700 millones de personas todavía no alcanzan a consumir lo esencial.

 

Otra oportunidad

 

A Sergio Kaufman, presidente de la consultora especializada en servicios empresariales Accenture Argentina y Sudamérica Hispana, la automatización no lo asusta en absoluto. “Uno tiende a decir: ‘no con mi trabajo’, pero cuando vemos que el arado pasó de empujarse por personas a ser movido con tractores, lo tomamos como una evolución. A veces pareciera que perdemos humanidad en manos de las máquinas, pero también definimos como poco humano el trabajo mecánico que debíamos hacer antes”, explica. No por nada ingresar a las oficinas centrales que la consultora tiene en el microcentro porteño es un poco como estar adentro de un capítulo de la serie Black Mirror: el proceso de registro se hace frente a enormes pantallas donde se conversa con una recepcionista virtual mientras el documento es escaneado mediante una solución tecnológica, todo con la idea de centralizar la recepción de personas en todos los edificios que la corporación tiene en el país, sumando incluso la capacidad de trabajar remotamente para el extranjero.

 

En aras de dilucidar cuáles son las tareas que corren el riesgo de ser total o parcialmente automatizadas, Kaufman cita un estudio de la Reserva Federal de Estados Unidos que analizó la evolución entre 1985 y 2015 de cuatro categorías de empleo: el manual rutinario (que cae abruptamente); el cognitivo rutinario (tareas de administración o incluso de diagnóstico de enfermedades, básicamente del reconocimiento de patrones, que cae en menor proporción); el manual no rutinario (como el que hacen enfermeros o peluqueros, que aproximadamente crece como la población); y el cognitivo no rutinario (que es el de la creatividad, el análisis complejo, la innovación y la inteligencia social, y es el único que crece en forma acentuada tanto en países desarrollados como emergentes). “La información indica que en términos absolutos el empleo no cae, porque la cantidad de puestos en el cognitivo no rutinario es mayor a la de los dos rutinarios. El tema, claro, es cómo pasar de un sector a otro”, señala.

 

El auto eléctrico ya alcanza una autonomía de 300 kilómetros y tiene cerca de 1.500 piezas móviles contra las diez mil de los modelos de combustión interna, y esto lo vuelve mucho más fácil de armar y mantener, en parte porque no tiene caños de escape, ni bujías, ni radiador ni tampoco frenos. Requiere, por lo tanto, menos trabajadores para su fabricación. “Las terminales probablemente se van a adaptar muy fácil a este cambio, porque sólo ensamblan. A lo sumo, simplificarán su proceso. Pero la pyme que desde hace 50 años fabrica radiadores en San Justo va a tener que empezar a pensar su reconversión ahora, cosa difícil porque en general les falta gerenciamiento y capital. Ya no hablamos de tareas que son reemplazadas, sino de ramas industriales enteras que no harán falta y entonces desaparecerán. Los desafíos son enormes”, marca Kaufman, que de todos modos advierte: “Es un simplismo hablar de que solo los ingenieros en informática van a tener trabajo, porque hay toda una serie de tareas que no requieren alta calificación, que tienen que ver con la empatía y que van a seguir existiendo”.

 

El drama de la mediana edad

 

“Si tuviera una fábrica de faxes, no funcionaría.” Sin rodeos y al límite de la crudeza, el empresario Gustavo Grobocopatel definió en esos términos la inevitabilidad de la muerte de determinadas actividades que sin embargo –asegura– siempre terminan compensándose con otras nuevas. “En una hectárea tengo un tractorista arriba de un vehículo que viene de una fábrica donde trabajan mil personas, y que a la vez consume insumos electrónicos de otra fábrica con cien personas. Mi papá dice: ‘Antes éramos cien en el campo y diez en la oficina, y hoy es al revés’. Claro, pero son ingenieros agrónomos y contadores. En esos cambios hay mucha gente que queda afuera y otra que se integra. El debate es cómo ayudamos a esas empresas a reciclarse”, reflexionaba hace unos meses el productor sojero durante una entrevista con el diario Perfil4.


Para Juan Graña, economista, investigador del Conicet e integrante del Centro de Estudios sobre Población, Empleo y Desarrollo de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires, la automatización no parecería destruir empleo en términos agregados. “Por lo menos, no por ahora –dice–; por un lado, porque la contratendencia es que aparecen sectores nuevos, por caso todo el de la informática; pero también porque podría suceder que la escala siga creciendo, y entonces una empresa puede agregar una máquina que reemplace trabajo humano, aunque si tiene que producir diez veces más, así y todo va a seguir necesitando trabajadores. De hecho, eso fue lo que sucedió en la posguerra”.

 

Sin embargo, Graña sostiene que no todo trabajo pasible de ser automatizado será necesariamente reemplazado por un robot. “¿Cuándo es que se introduce la máquina? Cuando es más barata que los sueldos a los que reemplaza. Esa es la ecuación. Las prendas, por ejemplo, se confeccionan igual que hace cien años, las plantas de Bangladesh funcionan con personas de carne y hueso frente a sus máquinas de coser. Y no es que eso no se automatice porque no está la tecnología, sino porque no rinde económicamente. El sueldo que se paga es tan bajo que no se justifica”.

 

El drama, entonces, no pareciera pasar tanto por la cantidad de empleos que se van a perder sino más bien por cómo las fuerzas que afectan al mundo laboral operan sobre cada país, cada sector y cada colectivo de trabajadores en particular. ¿Qué harán las personas de 30, 40 o 50 años cuyos puestos de trabajo desaparezcan en un contexto en el que, a la vez, se discute retrasar la edad de jubilación? ¿Es que deben encarar por sí mismas la labor de recalificarse? “Una cuestión esencial pasa por pensar qué se hace con quienes están en la mitad de la trayectoria –advierte Graña–, porque a los nuevos es más fácil ubicarlos en la senda laboral que va a existir. Pero por algo en Estados Unidos se ve gente de 50 años trabajando en McDonald’s: son los que no pudieron dar el salto pero igual tenían que trabajar, y tal vez pasaron de ganar 25 dólares la hora a ganar diez”.


Para comprobar esta clase de infortunios personales tampoco hace falta viajar tan lejos; y de hecho, muchas localidades de la provincia de Buenos Aires abundan en ejemplos elocuentes. El cierre de fábricas de los años 90 y la transformación del agro, abrió la puerta a nuevos sectores, como los emprendimientos turísticos, aunque en el proceso surgieron también determinados conflictos, como aquel caso –tal vez leyenda– del mozo vestido de gaucho que harto de todo le revoleó una tira de asado a un porteño que se había puesto particularmente quejoso. Bajo determinada matriz cultural servir asado a los turistas puede parecer un trabajo más, pero no lo es para aquellas personas que tenían un oficio y un camino recorrido y que, frente al cambio en el modelo productivo, debieron tirar sus saberes por la borda. “La ortodoxia suele plantear que las condiciones laborales son genéricas, y entonces daría lo mismo conseguir trabajo de una u otra cosa. Sin embargo, el cambio sectorial es difícil. Y en términos sociales puede ser una catástrofe”, advierte Graña.

 

“Capacitar a las nuevas generaciones, de cara a la nueva economía es central –remata–, pero al mismo tiempo hay que seguir construyendo una vieja economía que funcione para todos, porque hay quienes no están en condiciones de cambiar de paradigma. Al que logre saltar solo, protejámoslo. Pero todavía necesitamos contar con una economía industrial que genere puestos de calidad, para que los hijos de quienes se desempeñan en ella puedan ir al colegio, comer bien, estudiar en la universidad y entrever que una trayectoria personal de capacitación y trabajo tiene alguna perspectiva. Me parece que hay que trabajar en dos velocidades.”

 

¿Cuál es el plan?

 

Dicen los economistas que la cuarta revolución industrial será la de la inteligencia artificial y la convergencia de tecnologías digitales, físicas y biológicas, los robots integrados en sistemas ciberfísicos (aquellos que combinan infraestructura física con software y sensores) y la llamada “internet de las cosas”. Resulta bastante claro que las implicancias de estos desarrollos pueden ser enormes, aunque tampoco es posible hacer futurología: nadie sabe a ciencia cierta qué sectores desaparecerán y qué trabajos humanos serán reemplazados por robots. Tal vez todos los empleos estén potencialmente amenazados y advenga entonces el fin de la sociedad salarial. O tal vez sólo debamos dedicarnos a crear la nueva generación de máquinas que en cada instancia alcanzarán a reproducir la capacidad intelectual que los humanos tengan en ese momento. Por lo pronto, la sola pregunta acerca de qué puede ser automatizado y qué no resulta de por sí reveladora al ponernos frente a lo que podría suceder en nuestro país, sector y actividad y empujarnos también a delinear un plan que nos permita navegar en la nueva economía con una trayectoria viable.

 

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) cumplirá cien años en 2019 y con ese motivo como excusa, decidió impulsar una reflexión de alcance mundial sobre el futuro del trabajo. En una investigación reciente5, el organismo reconoció que el cambio tecnológico es un proceso complejo, incierto y en absoluto lineal, que llega en oleadas y que produce tanto fases de destrucción como de creación de empleos. Pero tal vez lo más relevante es que ese devenir no sucede de una manera automática y mucho menos homogénea, sino que está condicionado por fuerzas económicas, políticas, sociales y culturales. “El futuro no está decidido, no es inevitable”, indicó el director general de la OIT, Guy Ryder. “No es la tecnología la que por sí sola decide, ni es la demografía la que por sí sola decide. Estamos acá para construirlo”, sostuvo, agregando otra de las razones por las que se pueden intuir muchas cosas pero no adivinar el futuro: aún nos queda algún margen para poder construir lo que viene.

 

 

* Periodista.
© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, 08/2017.
1 www.pagina12.com.ar/23788-el-mercado-laboral-del-futuro.
2 Ver el editorial “Capital y trabajo en tiempos de Macri”, en Le Monde diplomatique, Edición Cono Sur, Nº 216, junio de 2017.
3 www.youtube.com/watch?v=0177DLSUtH4.
4 www.perfil.com/economia/si-yo-tuviera-una-fabrica-de-faxes-no-funcionaria.phtml.
5 www.ilo.org/global/research/publications/WCMS_544189/lang--es/index.htm.

Publicado enEdición Nº243
Un par de asistentes observan un robot industrial en una feria de robótica en Tokio.

 

Un informe destaca que Japón, EE UU y Alemania serán los más golpeados por la automatización. El impacto en México será menor por los bajos sueldos

 

Entre 400 y 800 millones de personas en todo el mundo se verán afectadas por la automatización y tendrán que encontrar una nueva ocupación desde hoy hasta el 2030, según un informe realizado por la consultoría McKinsey Global Institute.

El impacto de las nuevas tecnologías en la vida de los trabajadores será sentido sobre todo en las economías más desarrolladas. De acuerdo con el informe, hasta un tercio de la fuerza laboral en Estados Unidos y Alemania tendrá que aprender nuevas habilidades y encontrar otra ocupación. En Japón, el porcentaje de afectados podrá llegar casi a la mitad de los trabajadores.

Los efectos del fenómeno calculados por la consultoría varían de acuerdo con la proyección que se tome en cuenta: si la automatización de las economías avanza a un ritmo intenso o gradual.

Los responsables del documento de McKinsey señalan que los bajos sueldos en México conllevarán a un impacto menos intenso de la automatización en el país latinoamericano: del total de 68 millones de personas que formarán la fuerza laboral mexicana en el 2030, unos 9 millones se verán desplazadas.

“México tiene una población joven y una fuerza laboral que está creciendo. El nivel de los sueldos puede disminuir la implementación de la automatización en el país”, destaca la consultoría.

McKinsey analizó el efecto de la robotización en 46 economías que representan casi el 90% del PIB mundial. Además, hizo proyecciones detalladas del impacto de la automatización en seis países: Estados Unidos, China, Alemania, Japón, México e India. La consultoría destaca que los países tienen que encontrar maneras de reubicar a los trabajadores desplazados por la automatización. “En los escenarios en que algunos de los desplazados llevan años para encontrar un nuevo trabajo, el desempleo crece en el corto y medio plazo. A largo plazo se reduce el desempleo y el mercado laboral se ajusta, pero con un menor crecimiento de los sueldos”, afirman.

Además, los cambios tecnológicos golpearán con más fuerza a los trabajadores con menos estudios. Por otro lado, las personas con formación universitaria o posgrado serán los que menos se verán afectados. Entre las actividades más afectadas señaladas por la consultoría, están los operadores de maquinas y los empleados en cadenas de fast food, además de trabajadores que hacen la colecta y procesamiento de datos.

“Las profesiones altamente dependientes de las actividades que identificamos como más susceptible a la automatización —trabajos físicos o procesamiento de datos— serán probablemente las más afectadas”, afirman los responsables del informe. “Ocupaciones que requieren alto nivel de especialización o una alta exigencia de interacción social y emocional serán menos susceptibles a la automatización hasta el 2030”, dicen.

Pese a los efectos esperados en el mercado laboral, los investigadores destacan que la innovación, el crecimiento económico adecuado y las inversiones pueden generar una creación de empleos suficiente para compensar los puestos que serán perdidos por la automatización.

 

La humanidad aniquilada por robots, riesgo muy cercano

 


La inteligencia artificial podría en cuestión de "milisegundos" tomar la decisión de aniquilar a una persona, indicó el experto en robótica, Alekséi Turchin, al hablar sobre la posibilidad de que la humanidad sea destruida por robots. "El riesgo está más cerca de lo que puede parecer a cualquiera (...) Ya existen redes neuronales artificiales y automóviles autónomos", indicó en declaraciones a la agencia rusa Sputnik, Turchin estaba acompañado por su colega Gor Najapetián.

 

De acuerdo con el experto, un vehículo no tripulado puede enfrentarse a una situación en la que a causa de un obstáculo tenga que girar el vehículo hacia donde se encuentran cinco personas adultas o a donde está una persona mayor con un bebé.

 

La inteligencia artificial, a la que Turchin consideró como una posible amenaza para el hombre, “puede, en cuestión de milisegundos, tomar la decisión de aniquilar a alguien o de ‘favorecer incorrectamente’ a tal o cual individuo”.

 

 

Posibilidades bélicas

 

Otra de las posibles amenazas para la humanidad es la capacidad de reproducirse de los nanorobots, que definió como híbridos entre un mecanismo robótico y una célula.

 

En un hipotético escenario, Turchin advierte sobre el uso de nanorobots en la guerra, que luego de ser lanzados contra el enemigo seguirían reproduciéndose sin control hasta acabar con el mundo.

 

Gor Najapetián, consejero del centro de innovación Skólkovo, explicó que en la actualidad cientos de profesiones han sido robotizadas, para permitirle al hombre realizar tareas más creativas.

 

"Los robots pueden aprender prácticamente cualquier trabajo monótono, que no necesite un alto nivel profesional, sino que pida precisión y ahínco", aseveró Skólkovo.

 

Sin embargo, para Turchin aún no es tiempo de preocuparse por los nanorobots o la inteligencia artificial, ya que las armas nucleares y biológicas representan un riesgo mayor y más real.

 

 

Ya son más de 2.000 robots de combate en suelo Afgano luchando junto a los soldados de carne y hueso, según el teniente coronel Dave Thompson del Cuerpo de Marines, encargado de controlar los robots.

Si sus cifras son correctas, esto quiere decir que uno de cada 50 soldados de EE.UU. en Afganistán no es un ser humano. Y un número creciente de robots se unen a las filas en la línea de batalla, en una estrategia que pretender reducir el costo en soldados en una guerra que se prolonga ya demasiado.

Pero hay un pequeño problema , frecuentemente el desplazamiento de estos robots en el campo de batalla es bastante torpe. Y no hay muchas esperanzas de que mejore a corto plazo.

Los primeros “Groundbots” se usaron para hacer incursiones participando entre las unidades de desactivación de explosivos. El técnico en explosivos podía ponerse a cubierto y dirigir el robot a control remoto o ” PackBot” para desactivar un artefacto explosivo peligroso.

Sin embargo, un tercio de los 1.400 robots desplegados en Afganistán en 2009 y 2010 no fueron usados por el escuadrón antibombas, Thompson señaló durante una presentación en una feria comercial de Washington que: “Los robots no son sólo para los equipos de desactivación de artefactos explosivos … Y ahora las tropas están utilizándolos de maneras que no esperábamos. “

Por ejemplo, al menos una unidad envió sus vehículos robóticos M-160 - un vehículo sobre orugas equipado con un “látigo” para detonar las minas enterradas - para explotarlas antes de que pasara un vehículo equipado con detectores de bombas. Para despejar la ruta de minas. Thompson mostró un video donde se puede ver un vehículo M160 siendo destruido por una bomba, y como se informó a la Defensa Nacional. “Eso evitó que el vehículo destruido fuese un transporte con sus ocupantes”.

Estos robots también se utilizan para inspeccionar vehículos que se acercan los puestos de control, explicó Thompson. Muchos otros usos para los vehículos terrestres no tripulados se mantienen secretos, añadió.

Y a se han entregado casi 2.000 robots en la zona de guerra, pero ¿cuántos de ellos están guardados en un depósito solo porque son demasiado débiles para el combate, demasiado torpes para contribuir a la lucha, o simplemente innecesarios?

En otras palabras, para los robots de tierra el futuro próximo se limitará a las misiones en que los operadores humanos puedan supervisarlos de cerca - a diferencia de los drones voladores, algunos de los cuales ya pueden volar muchas misiones con muy poca supervisión humana. No vamos a ver a corto plazo convoyes de vehículos totalmente robóticos o francotiradores robot.

Eso es porque en el suelo, “incluso una ramita en el camino es un obstáculo”, explicó un investigador del Ejército. Considerando que, en el aire, los robots por lo general se puede moverse prácticamente con total libertad, sin chocar con nada. Es justo decir que este “sentido y evitar” es el problema principal de los desarrolladores de robots militares para operaciones terrestres.

A pesar de algunos resultados prometedores en una importante prueba de la Infantería de Marina el año pasado, el Pentágono todavía no sabe cómo capacitar a sus robots terrestres para ser verdaderamente independientes.

8 FEBRERO 2011 
Publicado enInternacional
Jueves, 20 Agosto 2009 20:47

El Imperio y los robots

Hace poco abordé los planes de Estados Unidos para imponer la superioridad absoluta de sus fuerzas aéreas como instrumento de dominio sobre el resto del mundo. Mencioné el proyecto de contar en el 2020 con más de mil bombarderos y cazas F-22 y F-35 de última generación en su flota de 2 500 aviones militares. En 20 años más, la totalidad de sus aviones de guerra serán operados por autómatas.

Los presupuestos militares cuentan siempre con el apoyo de la inmensa mayoría de los legisladores norteamericanos. Apenas hay Estados de la Unión donde el empleo no dependa en parte de la industria de la defensa.

A nivel mundial y valor constante, los gastos militares  se han duplicado en los últimos 10 años como si no existiera peligro alguno de crisis. En estos momentos es la industria más próspera del planeta.

En el 2008, alrededor de 1,5 millones de millones de dólares se invertían ya en los presupuestos dedicados a la defensa. El 42% de los gastos mundiales en esa esfera, 607 mil millones, correspondían a Estados Unidos, sin incluir los gastos de guerra, mientras el número de hambrientos en el mundo alcanza la cifra de 1 000 millones de personas.
Un despacho noticioso occidental informó hace dos días que a mediados de agosto el ejército de Estados Unidos exhibió un helicóptero teledirigido, así como robots capaces de realizar trabajos de zapadores, 2 500 de los cuales han sido enviados a las zonas de combate.

Una firma comercializadora de robots sostuvo que las nuevas tecnologías revolucionarían la forma de comandar la guerra. Se ha publicado que en el 2003 los Estados Unidos apenas poseían robots en su arsenal y “hoy cuenta -según la AFP- con 10 000 vehículos terrestres, así como 7 000 dispositivos aéreos, desde el pequeño Raven, que puede ser lanzado con la mano, hasta el gigante Global Hawk, un avión espía de 13 metros de largo y 35 de envergadura capaz de volar a gran altitud durante 35 horas”. Se enumeran en ese despacho otras armas.

Mientras esos gastos colosales en tecnologías para matar se producen en Estados Unidos, el Presidente de ese país suda la gota gorda para llevar los servicios de salud a 50 millones de norteamericanos que carecen de ellos. Tal es la confusión, que el nuevo Presidente declaró: “estaba más cerca que nunca de lograr la reforma del sistema de salud pero la lucha se está volviendo feroz.”

“La historia es clara -añadió- cada vez que tenemos la reforma sanitaria en el horizonte, los intereses especiales luchan con todo lo que tienen a mano, usan sus influencias, lanzan sus campañas publicitarias y utilizan a sus aliados políticos para asustar al pueblo estadounidense.”

El hecho real es que en Los Ángeles 8 000 personas -la mayoría desempleada, según la prensa- se reunieron en un estadio para recibir la atención de una clínica gratuita itinerante que presta servicios en el Tercer Mundo. La multitud había pernoctado allí. Algunos se trasladaron desde cientos de kilómetros de distancia.

“‘¿A mí qué me importa si es socialista o no? Somos el único país en el mundo donde los más vulnerables no tenemos nada’, dijo una mujer de un barrio negro y con educación superior.”

Se informa que “un examen de sangre puede costar 500 dólares y un tratamiento dental de rutina más de 1 000.”

¿Qué esperanza puede ofrecer esa sociedad al mundo?

Los lobbistas en el Congreso hacen su agosto trabajando contra una simple ley que pretende ofrecer asistencia médica a decenas de millones de personas pobres, negros y latinos en su inmensa mayoría, que carecen de ella. Hasta un país bloqueado como Cuba ha podido hacerlo, e incluso cooperar con decenas de países del Tercer Mundo.

Si los robots en manos de las transnacionales pueden reemplazar a los soldados imperiales en las guerras de conquista, ¿quién detendrá a las transnacionales en la búsqueda de mercado para sus artefactos? Así como han inundado el mundo con automóviles que hoy compiten con el hombre por el consumo de energía no renovable e incluso por los alimentos convertidos en combustible, pueden también inundarlo de robots que desplacen a millones de trabajadores de sus puestos de trabajo.

Mejor todavía, los científicos podrían igualmente diseñar robots capaces de gobernar; así le ahorrarían ese horrible, contradictorio y confuso trabajo al Gobierno y al Congreso de Estados Unidos.

Sin duda que lo harían mejor y más barato.

Fidel Castro Ruz
Agosto 19 de 2009
3 y 15 p.m.
Publicado enInternacional