El fantasma de una nueva quiebra acecha a Argentina

Alberto Fernández, gran favorito para ganar la presidencia argentina en octubre, rompió la baraja. “Argentina está en una suspensión de pagos virtual y oculta”, declaró en una entrevista. “No hay quien quiera comprar deuda argentina, y no hay quien pueda pagarla”, añadió. El peronista Fernández se desvinculó del plan de emergencia lanzado por el presidente Mauricio Macri, basado en un aplazamiento de pagos en la deuda pública, y opinó que los mercados “saben ya cómo va a acabar esto”. También calificó al FMI de “corresponsable” del desastre. Sin un mínimo consenso político y con una tormenta financiera que no amaina, el fantasma del colapso de 2001 sobrevuela el país.

Las medidas de emergencia de Macri no funcionan, al menos hasta ahora. El aplazamiento en el pago de las deudas públicas, dirigido a calmar el nerviosismo financiero, ha logrado más bien lo contrario. El presidente, fragilizado por su derrota en las primarias, intenta mantener una apariencia de normalidad y se había negado hasta ahora a imponer controles sobre la compraventa de divisas. Pero finalmente ha tenido que ceder. El Banco Central dispuso este viernes que las entidades financieras deberán pedirle autorización antes de enviar a sus casas matrices las ganancias en dólares que generen en el país.

Por ahora se trata de un control limitado a los bancos y no afecta a empresas o particulares que quieran depositar sus dólares fuera del país. Pero la medida es radicalmente contraria al ideario liberal del presidente argentino. Hace poco la criticó el propio Fernández, diciendo que cualquier control impedía que salieran dólares, pero también que entraran.

La realidad es que el peso sigue depreciándose (el viernes rebasó las 61 unidades por dólar), haciendo más difícil el pago de la deuda en dólares y agravando la inflación (estimada en un 65% anual por diversos analistas), y cada vez se alzan más voces que reclaman controles para contener la hemorragia. Argentina es un hervidero de rumores y temores.

En la Casa Rosada se esperaba algún tipo de respaldo por parte de Alberto Fernández para ganar credibilidad ante los inversores internacionales, pero lo que llegó fue una dura descalificación del dirigente peronista. Con sus declaraciones a The Wall Street Journal, Fernández cargó sobre las espaldas de Macri, y sobre el FMI, “que prestó dinero a un gastador compulsivo”, toda la responsabilidad. Afirmó que su política, si como parece resulta vencedor el 27 de octubre, se basaría en “un plan para estimular el consumo” interno y que no pediría permiso al FMI para aplicarlo. Las palabras de Fernández solo pueden, a corto plazo, agravar la crisis.

El actual mandato de Macri se aproxima a su conclusión bajo las circunstancias más sombrías. Todos los indicadores están en rojo. Se extiende la sensación de que los antiguos valedores internacionales de Macri le han abandonado. Su amigo Donald Trump guarda silencio. Y el Fondo Monetario Internacional, que hace un año concedió a Argentina el mayor préstamo en la historia de la institución, por un total de 57.000 millones de dólares, no parece dispuesto a seguir desembolsando la ayuda al menos hasta que las elecciones despejen el panorama político.

El FMI ya no es dirigido por Christine Lagarde, que respaldó rotundamente la gestión de Macri. Lagarde está en tránsito hacia el Banco Central Europeo, y la opinión en la institución de Washington sobre las perspectivas de la economía argentina tiende a lo negativo. El directorio del Fondo se reunió el viernes de forma informal para “evaluar la nueva situación”, sin dar a conocer conclusión alguna. La calificación de “default selectivo” con que la agencia Standard&Poor´s etiquetó el jueves la deuda argentina, aunque fuera provisional, contribuyó a atemorizar a los inversores grandes y pequeños.

El Banco Central tuvo que efectuar el viernes tres nuevas subastas de dólares, por un importe superior a 300 millones, y subir los tipos de interés de las Letras de Liquidez hasta el 85% anual. Pero el peso siguió flaqueando. La deuda argentina en dólares, incluyendo el bono a un siglo que logró un gran éxito cuando se emitió en 2017, se cotiza casi a precio de default. Y muchos analistas subrayan que ocurre un fenómeno nunca visto: un Gobierno, el de Macri, ha incumplido sus compromisos de pago en pesos, y no solo en dólares, por una deuda contraída por ese mismo Gobierno. Ambas cosas son novedad.

Los políticos cercanos a Macri tratan de ser prudentes. El senador radical Julio Cobos, integrado en la alianza macrista, expresó su confianza en que las reservas del Banco Central (56.000 millones de dólares, 10.000 menos que a principios de agosto y en descenso) y el aplazamiento del pago de las deudas fueran suficientes para capear el temporal. Muy duro fue, sin embargo, el empresario Claudio Belocopitt, una de las mayores fortunas de Argentina. Beolocopitt descalificó con dureza la gestión de Macri: “Baten todos los récords de locura extrema, todas las medidas que tomaron son horribles”.

El agravamiento de la crisis tiene como efecto la profundización de la “grieta” que divide al país. Unos culpan del desastre a Fernández y a su compañera de candidatura, la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner, con el argumento de que el posible retorno del kirchnerismo al poder atemoriza a los inversores. Olvidan que la deuda y la inflación disparada son producto de la gestión de Macri. Otros culpan de todo a Macri. Olvidan que el actual presidente heredó un país sin reservas, con una alta inflación encubierta y un tipo de cambio artificial, y que el temor al kirchnerismo es real entre los inversores.

Por Enric González

Buenos Aires 706

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Domingo, 25 Agosto 2019 06:20

Cuestión de precios

El gobierno cubano contrarresta la escasez de alimentos haciendo compras contingentes con recursos de otras partidas presupuestarias / Foto: Afp, Yamil Lage

En las últimas semanas el gobierno cubano emprendió una amplia reforma salarial. La decisión le ha dado un importante rédito político al presidente, aunque se trata de una apuesta riesgosa y abre un espacio de conflicto entre las autoridades y una parte del emergente sector privado.

 

A finales de junio, el presidente Miguel Díaz-Canel anunció un inesperado aumento de salarios para los trabajadores del “sector presupuestado” en Cuba. Un tercio de la población laboral del país (1,5 millones de personas) fue beneficiado por la medida, que elevó el salario medio mensual desde 634 Cup1(poco más de 26 dólares) hasta 1.056 Cup. Para algunas profesiones, el “salto” fue incluso más acentuado: los maestros de primera enseñanza, por ejemplo, vieron duplicarse sus nóminas, en tanto que para muchos titulares de especialidades médicas se triplicaron.

Nadie consiguió anticipar tan importante decisión, que según rumores se acordó en secreto entre Díaz-Canel y el primer secretario del Partido Comunista, Raúl Castro. Su implementación inicial corrió a cargo de un limitado grupo de burócratas de alto nivel, entre los que predominaron figuras vinculadas al mandatario actual.

Dos meses antes del anuncio, había sesionado en La Habana el XXI Congreso de la Central de Trabajadores de Cuba. El secreto con el que se cocinaba la elevación de pagos colocó a sus dirigentes en una posición equívoca, pues debieron mantenerse defendiendo la que hasta entonces constituía la premisa del discurso oficial sobre el tema: “Sin más productividad, no pueden incrementarse los ingresos de la población”.

“Si se reparte salario sin respaldo productivo, prepárense para la subida de los precios”, había alertado en julio de 2015 el todopoderoso titular de Economía y Planificación y vicepresidente del Consejo de Ministros, Marino Murillo. Durante el tiempo transcurrido no sólo se verificó la caída de ese jerarca (los dominios del antiguo “zar de las reformas” se limitan hoy a la presidencia de una anodina comisión partidista), sino también un cambio en la filosofía de Estado.

A tono con las nuevas circunstancias, el presidente Díaz-Canel ha considerado fundamental poner orden en la política financiera de la isla. El mencionado incremento de jornales y de las pensiones más pequeñas y el traspaso de facultades de la administración gubernamental a las empresas públicas constituyen los primeros pasos de un proceso mucho mayor, señaló en las últimas semanas.

UNA APUESTA ARRIESGADA. 

Entre mediados de julio y comienzos de este mes, los trabajadores de entidades presupuestadas recibieron sus nuevos pagos. En paralelo, el gobierno desplegó una amplia operación logística orientada a surtir las tiendas con productos de primera necesidad, que desde el año anterior venían escaseando.

Cuba inició 2019 en medio de una crisis de desabastecimiento motivada por la falta de liquidez y la persecución del gobierno estadounidense contra sus operaciones comerciales. La situación resultaba tan compleja que en abril, al promulgar la nueva Constitución, Raúl Castro le dedicó buena parte de su intervención ante la Asamblea Nacional del Poder Popular. Sus referencias al Período Especial, la debacle provocada por el derrumbe de la Unión Soviética, motivaron una intensa inquietud (véase “Como un déjà vu”, Brecha, 26-IV-19).

Como para alimentarla, a mediados de julio se sucedieron prolongadas interrupciones del servicio eléctrico. Sólo la capital y los balnearios destinados al turismo internacional escaparon a la oleada de apagones, que según la explicación oficial se debieron a roturas en las plantas generadoras. Otra versión, difundida entre el funcionariado, atribuyó los hechos a la carencia de combustible, consecuencia directa de las presiones de la Casa Blanca sobre navieras de terceros países contratadas para trasladar el crudo desde Venezuela (véase “Tres horas y tres minutos”, Brecha, 19-VII-19).

Las cuentas nacionales arrojan un sombrío balance. El año pasado el Pbi cerró el ejercicio con un magro 1,2 por ciento de crecimiento, que en julio fue revisado para agregarle un entero porcentual; aun así, el indicador se mantiene lejos del 7 por ciento que años atrás se presentaba como imprescindible para generar desarrollo. La Comisión Económica para América Latina ha estimado que Cuba completará el calendario en curso “sin decrecer” (como resaltó, a comienzos de este mes, un titular de Granma, el diario oficial del Partido Comunista), pero sus proyecciones no bastan para sostener el optimismo (la estimación es del 0,5 por ciento).

“El propósito (de Donald Trump y su gabinete) es asfixiarnos económicamente, provocando mayores carencias que irriten y desmovilicen a nuestro pueblo”, resaltó Díaz-Canel al clausurar el período parlamentario de julio. Por esos días el mandatario contrapuso la difícil coyuntura económica a la necesidad de elevar los salarios. A su juicio, la medida se traduciría en mayor eficiencia del aparato estatal. Por lo pronto, el retorno a las aulas de más de 8 mil maestros que habían solicitado la baja a causa de los pobres ingresos del sector indica que no andaba desencaminado.

 

¿POPULISMO O SENTIDO DE LA OPORTUNIDAD? 

Durante su primer año en el cargo, Díaz-Canel cargó con el sambenito de ser considerado sólo una figura de paja tras las que se ocultaban Raúl Castro y el Grupo de Administración Empresarial, el holding de compañías gestionadas por ex oficiales de los ministerios del Interior y las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Bajo ese punto de vista, se especulaba que el nuevo presidente tendría poco margen para desarrollar sus propias estrategias de gobierno.

La decisión de alterar la política salarial fijada en los tiempos de Fidel Castro constituye la primera jugada de peso emprendida bajo su conducción y se pondrá a prueba en los próximos meses. La cuestión es tan “simple” como lograr que no se traduzca en inflación el gigantesco volumen de efectivo que se distribuirá entre la ciudadanía. Datos oficiales han cifrado el costo de los incrementos salariales y de pensiones en alrededor de 7.700 millones de Cup, sólo durante los meses que restan de 2019. Para tener una idea de la magnitud de la erogación, basta apuntar que los ingresos planificados del Estado, en todo el año, rondan los 60 mil millones de Cup.

En su empeño por alterar las variables del juego, La Habana ha conseguido hasta ahora un éxito parcial. Por un lado, la red comercial bajo su control no ha colapsado ante la demanda acrecentada de millones de consumidores, pero, por otro, queda la duda de si las autoridades estarán en condiciones de sostener el ritmo actual de abastecimientos (en su mayoría, a partir de importaciones). Otro aspecto que ha cobrado particular preeminencia es el de las relaciones con los cuentapropistas, quienes en junio sumaron –por primera vez– más de 600 mil personas. Su labor resulta fundamental en servicios como los del transporte y la comercialización de productos alimenticios, pero casi siempre ha estado marcada por una tensa relación con las autoridades.

Anticipando que ahora no sería diferente, desde principios de julio numerosos funcionarios se apresuraron a aclarar que, para ser “exitoso y sostenible”, el aumento salarial debía ir acompañado por “el no incremento de precios”. Así lo señaló la ministra de Finanzas y Precios, Meisi Bolaños, al recordar que “no ha existido un incremento de los costos o impuestos; por tanto, no puede ser la subjetividad del incremento salarial la que lo motive. (…) Se trata, sobre todo, de que no se sigan estableciendo precios abusivos”.

La de “precios abusivos” es una de las expresiones más repetidas por la prensa oficial en las últimas semanas. Para enfrentarlos, se han topeado los importes de numerosos productos y servicios, y se han habilitado líneas telefónicas y direcciones de correo para que la población denuncie a quienes violen lo establecido. A nivel nacional, el proceso es supervisado por un observatorio gestionado por el ministerio de ese ramo.

No es una estrategia nueva. A finales de 2015, a raíz de otra crisis alcista, un diputado demandó en la Asamblea Nacional el fin de la política de “oferta y demanda” que defendían el vicepresidente Murillo y otros dirigentes. Consciente del malestar que generaba la situación, Raúl Castro secundó el reclamo y durante los meses siguientes se ensayó en la isla un primer intento de control centralizado de precios, que terminó con más penas que glorias. Durante los años transcurridos otros “experimentos” (como se les conoce en la jerga burocrática local) pretendieron ordenar la comercialización de materiales de construcción y el transporte de pasajeros, siempre sin éxito.

El de los taxis “almendrones” (los autos particulares estadounidenses de la década del 50) de La Habana se contó entre los fracasos más rotundos, recuerda el periodista José Jasán Nieves, del sitio alternativo El Toque“Fue una iniciativa cuyo resultado debería estar tallado sobre las paredes de los ministerios de Transporte y de Finanzas y Precios: 4.359 vehículos menos sirviendo, oficialmente, a los pasajeros en la capital y los precios aumentados el doble y hasta dos veces y media en las rutas que sobrevivieron”.

Para Díaz-Canel, esa es una referencia preocupante y cercana a la vez (el “experimento”’ fue abandonado recién en abril pasado). Con todo y las buenas intenciones, ni siquiera el respaldo de la población garantiza el éxito de medidas tan radicales. En especial, en un país con sus finanzas en permanente estado de contingencia.

  1.   Peso cubano, principal moneda de cambio en Cuba; 25 Cup equivalen a 1 Cuc (peso cubano convertible).

Por Amaury Valdivia

23 agosto, 2019

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La selección de fútbol femenino estadounidense obtiene una plataforma global para sus batallas

 

El miércoles, las calles del Bajo Manhattan retumbaron con el sonido del descorche de champán, no solo por los festejos en honor a la victoriosa selección nacional de fútbol femenino de Estados Unidos, que fue homenajeada con un desfile por el “Cañón de los Héroes” de la ciudad de Nueva York en Broadway, sino también porque el grito de victoria no pasó desapercibido en Wall Street, donde el índice bursátil Standard & Poor’s 500 superó los 3000 puntos por primera vez en la historia. Las 23 mujeres de la selección de fútbol acababan de volver de Francia, donde ganaron el Mundial de Fútbol femenino. Ya de regreso en Estados Unidos siguen con otra batalla, más difícil, por salarios y condiciones de trabajo iguales a las de sus homólogos masculinos de la Federación de Fútbol de Estados Unidos. Una pancarta que llevó al desfile Crystal Dunn, jugadora de la selección, de origen afroestadounidense y criada en el barrio Rockville Centre de Long Island, decía: “Los desfiles son geniales, pero la igualdad salarial es mejor”. La multitud acompañó ese sentimiento. Cuando Carlos Cordeiro, el presidente de la Federación de Fútbol de Estados Unidos, habló en el escenario después del desfile, la multitud coreó: “¡Igualdad salarial! “¡Igualdad salarial!”. Ese mismo coro resonó en todo el estadio de Lyon cuando las mujeres se convirtieron en campeonas mundiales el domingo pasado.

El éxito del Mercado de Valores de Wall Street, yuxtapuesto a la desigualdad salarial impuesta a estas notables mujeres, remite a la declaración hecha por uno de los alcaldes más famosos de la ciudad de Nueva York, Fiorello La Guardia, en 1946: “La cinta de teletipo no es espagueti”. La Guardia acababa de asumir la dirección general de la Administración de Socorro y Rehabilitación de la ONU , que inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial brindó ayuda a refugiados y otras personas que luchaban por sobrevivir. El uso de la cinta de teletipo estaba bastante extendido en aquellos días previos a la era digital, siendo el medio por el cual se distribuían los precios de las acciones en tiempo real. De ahí que grandes cantidades de esta cinta de papel usada en el distrito financiero de Nueva York se utilizaran como confeti para arrojar a soldados, astronautas y equipos atléticos que regresaban victoriosos, desde el primer desfile en honor a la nueva Estatua de la Libertad, en 1886. El punto de La Guardia era simple: si bien la economía de posguerra estaba aparentemente experimentando un boom y las inversiones en la bolsa de valores tenían un gran desempeño, esto no implicaba seguridad alimentaria para los refugiados de guerra. Del mismo modo, hoy un desfile que celebra a las mujeres atletas es un honor, pero no compensa una vida de salario desigual.

La selección femenina presentó una demanda en marzo de este año en la que acusa a la Federación de Fútbol de Estados Unidos de “pagarles menos que a los miembros del equipo nacional masculino por un trabajo sustancialmente igual, y de negarles, como mínimo, iguales condiciones de juego, entrenamiento y viajes; igual promoción de sus partidos; el mismo apoyo y desarrollo para sus partidos”. La selección nacional femenina de Estados Unidos ha obtenido cuatro campeonatos mundiales, cuatro medallas de oro olímpicas, ha ganado muchos otros torneos y ocupa el puesto número uno en la Clasificación Mundial de Fútbol Femenino de la FIFA . Comparemos todo esto con el lamentable récord de la selección nacional masculina estadounidense que ni siquiera logró clasificar para la última Copa del Mundo. A pesar de su desempeño mediocre, los hombres, en promedio, ganan mucho más que las mujeres.

Esta disparidad es común en toda la economía de Estados Unidos. En su testimonio ante el Congreso en febrero de este año, en apoyo a la Ley de equidad salarial: igualdad de salario por igualdad de trabajo, Fatima Goss Graves, presidenta y directora ejecutiva del Centro Nacional de Derecho de la Mujer, expuso estos perturbadores detalles: “Las mujeres que trabajan a tiempo completo, todo el año, normalmente ganan solo 80 centavos por cada dólar que se les paga a los hombres que trabajan a tiempo completo durante todo el año. La brecha salarial es aún peor cuando se observa específicamente a las mujeres de color: por cada dólar pagado a hombres blancos que no son hispanos, a las mujeres negras solo se les paga 61 centavos, a las indígenas 58 centavos y a las latinas 53 centavos. Las mujeres, especialmente las mujeres de color, enfrentan discriminación manifiesta y discriminación inconsciente en el lugar de trabajo; esto tiene un impacto en su salario”.

Las jugadoras de fútbol femenino de Estados Unidos ahora tienen una plataforma global para darle voz a la lucha por la igualdad salarial y la justicia hacia las mujeres. Como declaró la cocapitana Megan Rapinoe el miércoles: “Sí, hacemos deporte. Sí, jugamos al fútbol. Sí, somos mujeres atletas, pero somos mucho más que eso”. Rapinoe, la máxima anotadora y mejor jugadora del Mundial de Francia 2019, es una abierta defensora de los derechos LGTBQ , y en 2016 se convirtió en una de las primeras atletas blancas importantes en arrodillarse en señal de protesta durante el himno nacional. A lo largo del Mundial, además, se negó a ponerse la mano en el corazón y a cantar el himno estadounidense.

Megan Rapinoe aprovechó su discurso en el acto del miércoles, donde el alcalde le entregó al equipo las llaves de la ciudad, para hacer un llamado a la acción: “Tenemos pelo rosa y pelo violeta; tenemos tatuajes y rastas. Tenemos mujeres blancas, negras y todo lo que está entre medio. Mujeres heterosexuales y lesbianas. Tenemos que ser mejores. Tenemos que amar más, odiar menos. Tenemos que escuchar más y hablar menos. Tenemos que saber que esto es responsabilidad de todos, de cada persona que está aquí, de cada persona que no se encuentra aquí, de cada persona que no quiere estar aquí, de cada persona que está de acuerdo y [de cada persona] que no está de acuerdo. Es nuestra responsabilidad hacer de este mundo un lugar mejor”.

Por Amy Goodman y Denis Moynihan

Democracy Now!

Traducción al español del texto en inglés: Inés Coira. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español, Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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Lo que los mayores medios de información no están contando sobre EEUU

Se están produciendo grandes cambios en EEUU que apenas han sido dados a conocer en España por parte de los mayores medios de información que, en su intento de informar a los españoles sobre la situación política en aquel país, se centran en presentar (y predominantemente ridiculizar) la figura del presidente Trump, comentando sus extravagancias y falsedades. Tal atención a la figura de Trump crea una percepción errónea de que el mayor problema que tiene EEUU es su presidente, ignorando que el problema real, apenas citado por los medios, es que la mayoría de la clase trabajadora de raza blanca (que es la mayoría de la clase trabajadora en EEUU) vota a Trump y, muy probablemente, continuará votándolo en el futuro (es interesante señalar, por las razones que citaré más adelante, que parece haber un redescubrimiento en aquel país de la clase trabajadora, a la que se había dado por desaparecida u olvidada, siendo sustituida por las clases medias.) Y es también interesante señalar que, aun cuando Trump ha sido votado por amplios sectores de la burguesía y la clase media, el hecho es que, sin el apoyo de la clase trabajadora de raza blanca, no habría sido elegido presidente de EEUU. En realidad, es incluso probable que sea reelegido de nuevo en 2020, y ello a pesar de que la mayoría de ciudadanos desaprueban su gestión. El sistema electoral de EEUU (que favorece a las fuerzas conservadoras), la enorme lealtad de sus votantes (el 82% de aquellos que lo votaron, volverían a hacerlo), y el desánimo y el rechazo de la clase trabajadora y de amplios sectores de las clases medias hacia el Partido Demócrata (que en su día se llamaba el Partido del Pueblo -the People’s Party­-, considerado, con una enorme generosidad, como el partido de izquierdas frente al partido de derechas, el Partido Republicano) son factores a favor de su reelección.

¿Por qué la clase trabajadora está votando a la ultraderecha? Por la misma razón que en Europa también lo hace

Tal como también ha ocurrido en Europa, el movimiento hacia la ultraderecha de votantes de la clase trabajadora se debe, en gran parte, al abandono por parte de los partidos de centroizquierda o izquierda de las políticas “labor friendly”, es decir, de las políticas públicas redistributivas que los habían caracterizado (y que habían favorecido al mundo del trabajo). Tal abandono ha ido acompañado de la adopción de políticas públicas de sensibilidad neoliberal que han incluido medidas que han debilitado mucho el mundo del trabajo, tales como las reformas laborales regresivas que han causado un gran aumento de las desigualdades (alcanzando niveles que nunca se habían conocido en los últimos cuarenta años y que han causado un claro deterioro de la calidad de vida y el bienestar de la clase trabajadora y demás componentes de las clases populares). Tales políticas neoliberales fueron iniciadas por el presidente Reagan en EEUU y por la Sra. Thatcher en el Reino Unido, habiendo sido continuadas más tarde incluso por partidos gobernantes que se definían de centroizquierda o izquierda, como en los gobiernos de Clinton y Obama en EEUU, y Blair, Schröder y Zapatero en Europa.

De estas observaciones se deduce que el foco principal de la atención mediática debería ser el comportamiento de estos partidos gobernantes, intentando entender por qué sus bases electorales los han abandonado. Si hicieran esto, verían que los datos muestran claramente que fueron estas políticas neoliberales las que crearon una enorme crisis social que ha afectado sobre todo a las clases populares. Y es esta realidad la que el establishment político-mediático en EEUU ignora, enfatizando en su lugar las excelencias del modelo económico liberal de aquel país, mostrando su continuo crecimiento económico como mejor prueba de ello. Otros indicadores que también utilizan para mostrar la excelencia del modelo liberal estadounidense es la evolución de los indicadores tradicionales de eficiencia económica, tales como la tasa de desempleo, sin tener en cuenta que la gran mayoría de empleo nuevo es precario y temporal.

La falsedad del éxito del modelo económico neoliberal en EEUU

La tasa de desempleo en EEUU más divulgada en los mayores medios de información es, en teoría, muy baja (3,6% en mayo de 2019), y es la que el presidente Trump utiliza constantemente. También es la que los grandes medios de información españoles reproducen. Pero esta cifra es de escaso valor para conocer el estado del mercado de trabajo estadounidense. Una tasa más realista es la publicada por la Agencia de Estadísticas Laborales (US Bureau of Labor Statistics, cuadro A-15, en “The employment situation – May 2019”) del gobierno federal, que utiliza la cifra de 7,1%, siendo mucho mayor para las personas con una educación inferior a la secundaria (que incluye la mayoría de la clase trabajadora no cualificada) y que es del 16% entre blancos y del 28% entre afroamericanos. Pero, además de la elevada tasa de desempleo, hay también una muy alta precariedad en el empleo, así como un proceso de uberización del mismo (es decir, la externalización de la relación laboral, pasando de ser empleado de una empresa a un autónomo, perdiendo así el trabajador toda capacidad de negociar los salarios y derechos laborales). Como consecuencia de estos hechos, ha habido un descenso de los salarios durante el período definido como “exitoso”. Para los trabajadores no cualificados, el salario por hora ha descendido desde 1973 un 17%.

Las consecuencias de estos cambios en unas cifras vitales para la población se muestran con toda claridad. Lo que los medios de información no dicen es que han aumentado de una manera muy notable las enfermedades y muertes por desesperación (“diseases of despair”) entre estos trabajadores no cualificados, incluyendo epidemias de consumo de opiáceos (habiendo crecido 17 veces el número de muertes por adicción a las drogas), epidemias de alcoholismo (causando tantos muertos en un año como el número de soldados muertos en las guerras de Corea y Vietnam), y así un largo etcétera.

El deterioro de la calidad de vida de las clases populares

Este deterioro, sin ser tan acentuado ahora como a principios del siglo XX, en los años 30 (durante la Gran Depresión), ha creado una enorme crisis de legitimidad del sistema liberal económico y de su establishment político-mediático. Y es esta crisis la que no se está analizando en los grandes medios y sobre la que no se está informando, lo cual es grave, porque sin entenderlo no se puede explicar el auge de la ultraderecha –representada por Trump– (que ha aparecido también en Europa por causas semejantes). Esta ultraderecha tiene características comunes con el fascismo, tales como un nacionalismo extremo y autoritario, una demonización y represión de las minorías y de los inmigrantes, una homofobia y machismo muy extremos, una narrativa antiestablishment que considera que el Estado está captado por las minorías raciales, un desprecio por el sistema parlamentario y por las instituciones representativas, un deseo de control de los medios de comunicación con intolerancia a la crítica, unas promesas de recuperar un pasado idealizado con eslóganes que contienen enormes promesas de imposible ejecución, un culto al líder al que se considera dotado de cualidades sobrehumanas, así como un canto a la fuerza, al orden y a la seguridad, con un ejercicio de la fuerza y la violencia sin frenos. Su gran agresividad, sin embargo, no aparece en forma de intervenciones militares (ya que son conscientes de los desastres que supusieron intervenciones previas de este tipo), sino en forma de bloqueos económicos como han sido los casos de Irán y Venezuela (que han provocado más muertos que los que hubiera habido en caso de conflicto armado). No hay duda de que el desarrollo y continuidad de tales políticas podrían llevar a un desastre.

Existe una diferencia, sin embargo, entre la ultraderecha gobernante en EEUU y el fascismo europeo en cuanto a sus políticas económicas. El fascismo conocido en Europa (y que era la defensa de la estructura del poder capitalista frente a la amenaza del socialismo y del comunismo) no era anti-Estado. Tenía un barniz social, con el cual intentaba llegar a la clase trabajadora. Así, el nacionalsocialismo era un intento de derivar a la derecha el enfado popular hacia el sistema capitalista. No así la ultraderecha actual en EEUU, que es profundamente anti-Estado, teniendo características del libertarismo. Vox ejemplifica en España el trumpismo, a diferencia de la ultraderecha francesa, por ejemplo, liderada por el partido de Le Pen.

Las limitaciones políticas de carácter identitario de lo “políticamente correcto”

Frente a esta amenaza, la estrategia de la izquierda estadounidense, a través del Partido Demócrata, fue enfatizar las políticas antidiscriminatorias de género y de raza, encaminadas a la integración de las mujeres y minorías en el establishment político-mediático del país. Se seguía una estrategia basada en lo “políticamente correcto”, es decir, con unas prácticas y un lenguaje antidiscriminatorio focalizados en políticas públicas de afirmación identitaria (repito, fundamentadas en el género y la raza).

Tales intervenciones, sin embargo, aunque importantes, han sido insuficientes. Su falta de atención hacia la discriminación de clase (es decir, hacia la discriminación contra las clases populares) ha sido su gran punto flaco. El fracaso de esta estrategia, en el caso del mayor movimiento feminista en EEUU (NOW), se ve claramente en que la mayoría de mujeres de clase trabajadora (la mayoría de mujeres) no votaron a la candidata feminista, Hillary Clinton, sino a Trump. El supuesto de que el movimiento feminista estaba hablando en nombre y en defensa de todas las mujeres no convenció a muchas mujeres, incluyendo la mayoría de mujeres de la clase trabajadora, que no votaron por la candidata de NOW, sino por Trump, que se presentó como el candidato antiestablishment neoliberal, centrado –según él- en el Estado federal.

La discriminación olvidada: la discriminación de clase

Las mujeres, como los hombres, pertenecen a distintas clases sociales, cada una de las cuales sufre distintas formas de discriminación, sosteniendo intereses distintos e incluso opuestos. Y la realidad es que parte de las dirigentes del movimiento feminista son mujeres de clase media alta ilustrada (es decir, con titulación universitaria) cuyas propuestas y cuyo discurso no atrae a las mujeres de clase trabajadora, o no las atrae con suficiente fuerza para superar su identidad de clase. Como cualquier ser humano, las mujeres tienen varias identidades, una de ellas la de ser mujer. Pero tiene también otras identidades, como la de la clase social a la cual pertenecen. Y esta última define también cómo se expresa la identidad como mujer. La mujer liberal burguesa (de clase alta) por ejemplo, tiene una visión de “ser mujer” distinta a la visión de la mujer trabajadora. Y esta realidad queda ocultada, sin embargo, cuando las primeras se presentan como representantes de todas las mujeres. Lo que ha ocurrido en las últimas elecciones presidenciales en EEUU es un claro ejemplo de ello.

Los derechos políticos y sociales están muy determinados por los derechos económicos

El discurso identitario se ha centrado en EEUU principalmente en los derechos políticos y sociales (como por ejemplo los derechos de representación, puestos de poder ocupados por las personas discriminadas, sean estas mujeres o minorías), pero muy poco en los derechos económicos.

Más concretamente, el discurso identitario en EEUU se ha centrado en corregir la discriminación de las minorías y de las mujeres, con propuestas para facilitar la integración de dichas personas discriminadas en la estructura del poder actual, asumiendo que tal integración ayudaría a todas las mujeres o miembros de las minorías. En este sentido, la estrategia feminista se ha centrado en los temas identitarios, facilitando la integración político-social de los sectores discriminados, con un énfasis en el desarrollo de los derechos políticos y sociales de representatividad, tanto en la esfera pública como en la privada. Sin embargo, ha ofrecido una atención muy limitada a los derechos económicos (los derechos que centran la atención de las clases populares -mujeres y hombres- tales como el trabajo y los salarios dignos, el acceso a la sanidad, a la educación, a la vivienda, a la jubilación digna, etc.). Al centrarse en combatir las discriminaciones por raza o género, han olvidado la discriminación por clase, facilitando así la imagen de que el objetivo de la estrategia del Partido Demócrata era la supuesta captura del Estado federal por parte de las minorías y las mujeres. Y así lo han percibido las clases discriminadas. El Partido Demócrata, por ejemplo, ha dejado de estar liderado por hombres blancos, siendo estos sustituidos ahora por mujeres y afroamericanos (la mayoría de clase media ilustrada, es decir, con formación académica), que continúan imponiendo políticas neoliberales como por ejemplo el estímulo de la movilidad de capitales e inversiones -la odiada globalización- que ha dañado a las clases populares. La Sra. Clinton, líder feminista, era la mejor promotora, como ministra de Asuntos Exteriores del gobierno Obama, de la globalización del capital estadounidense, lo que facilitó la desindustrialización de EEUU y dañó a la clase trabajadora industrial, eje del apoyo a Trump.

El socialismo como ideología transversal

Esta orientación exclusivamente identitaria evitó la transversalidad que ofrecía el concepto de clase social, lo cual habría permitido relacionar los distintos movimientos identitarios, mostrando su relación e interdependencia. De ahí la novedad y atractivo del socialismo: un proyecto basado en la universalización de los derechos sociales y de los derechos económicos, que mejore la calidad de vida de las clases populares (en su distinta y variada composición de género y raza) a través de un proyecto de empoderamiento y emancipación que una las distintas luchas para disminuir y erradicar la explotación con un hilo conductor, utilizando las instituciones representativas y las movilizaciones sociales para alcanzar su objetivo.

Y este es el proyecto que Bernie Sanders anunció en la presentación de su candidatura en Washington D.C. Habló del socialismo democrático como la continuación del New Deal iniciado por el presidente más popular que haya tenido EEUU, el presidente Franklin D. Roosevelt. Fue este el que habló de la necesidad de que el Estado federal garantizara, junto a los derechos sociales y políticos (la libertad de expresión, de asamblea y de religión, de participación en el proceso electoral, de acceso a la información y de organización, entre otros) los derechos económicos y sociales (como el derecho al trabajo digno y bien remunerado, a los servicios sanitarios, a la salud, a la educación -desde escuelas de infancia a la universidad-, a la vivienda digna y confortable, a un medioambiente de calidad y a la jubilación -también digna y satisfactoria-, entre otros).

La materialización de tales derechos exigía un cambio sustancial de las políticas públicas que, como había denunciado el presidente Roosevelt antes y Martin Luther King más tarde, habían sido favorables a ofrecer todo tipo de ayudas públicas a las rentas del capital y de las clases pudientes (el “socialismo para los ricos y para el mundo empresarial”, corporate socialism). España se podría haber añadido el socialismo bancario (por haber recibido la banca la ayuda pública más importante que el Estado haya hecho, con 60.000 millones de euros).

El socialismo para los ricos y el mundo empresarial

Lo que era necesario (según había apuntado Roosevelt) era un cambio de 180º en el tipo de socialismo. El socialismo democrático popular tenía que sustituir al “socialismo de las élites financieras y económicas”, socialismo este último que había sido un desastre y estaba (está) llevando a EEUU a la “barbarie”, forzando, como bien predijo Karl Marx, a tener que escoger entre “barbarie o socialismo”. Y la realidad lo está demostrando hoy también. Actualmente existe un gran rechazo hacia el capitalismo salvaje (el socialismo de los ricos) que Trump representa. La gran mayoría de los jóvenes y de las mujeres (los dos grupos con peores condiciones económicas) preferirían vivir en un socialismo democrático que no el capitalismo actual. En un país donde el 1% de la población estadounidense posee el 92% de todas las acciones bancarias y en el que el director ejecutivo de la compañía comercial más grande, Walmart (que tenía a la Sra. Clinton en su dirección), gana más de mil veces más que uno de sus empleados medios, no es sorprendente que las clases populares estén enfadadas. Y todo esto queda ocultado con el énfasis en Trump. Lo que es prácticamente nuevo en EEUU es que grupos que han sido víctimas del sistema, intenten romper con la monopolización de su victimismo para coordinarse e incluso unirse en un proyecto común que favorezca a todos los amplios sectores de la población que están explotados y discriminados. Para entender el elemento de transversalidad en su estrategia unitaria, hay que recuperar el concepto de poder de clase y el significado del socialismo. Este hecho, que es lo más importante en EEUU, es lo que el establishment político-mediático español quiere ocultar.

 

Por Vicenç Navarro

julio 11, 2019

Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas de la Universidad Pompeu Fabra y profesor de Políticas Públicas de The Johns Hopkins University

Publicado enInternacional
Lunes, 08 Julio 2019 05:46

La economía de Trump

La economía de Trump

El Departamento del Trabajo de Estados Unidos anunció la semana pasada que en junio se crearon 240 mil empleos, lo que representa un incremento tres veces mayor al reporte correspondiente a mayo.

 

En la misma semana se informó que la economía ha tenido un crecimiento sostenido por 121 meses consecutivos. (No hay que olvidar que las bases de ese suceso datan de 2008 cuando Barack Obama rescató a la economía de su mayor crisis después de la de los años 30)

 

Trump celebró la noticia y no desperdició la oportunidad para advertir que era una muestra de sus "atinadas" decisiones en materia económica. Sin embargo, el júbilo del mandatario fue matizado por diversos especialistas cuando advirtieron que tal crecimiento enmascara una realidad no tan plausible.

 

El crecimiento ha beneficiado solamente a 10 o 15 por ciento de la población de mayores ingresos que ha recibido 80 por ciento delas ganancias de dicho crecimiento. La desigualdad es la que ha predominado en ese aspecto. Un ejemplo son los gerentes o directores de empresas cuyo salario es mil veces más alto que él de quienes trabajan en o para sus empresas, afirmaron los economistas Heather Boushey, presidente del Washington Center for Equitable Growth, y Matthew Slaughter, decano de la Escuela de Negocios Tuck, entrevistados en la cadena oficial PBS.

 

El agravante es que la tasa de los impuestos que pagan esos trabajadores es igual, y en muchos casos más alta, que el sector de mayores ingresos. El multimillonario Warren Buffet mencionó en alguna ocasión que le parecía absurdo que él pagara igual o menos impuestos que su secretaria, situación que se repite en multitud de casos.

 

La desigualdad también se caracteriza por su distribución en diversos sectores de la economía, ya que aproximadamente 50 por ciento de la fuerza laboral corresponde a los servicios, el comercio y la agricultura, sectores en los que el empleo suele ser de tiempo parcial e inestable. (NYTimes con datos del Departamento del Trabajo) El resultado es que un trabajador en esos sectores debe trabajar dos y hasta tres turnos para poder sobrevivir.

 

Esa es la razón principal de que el desempleo haya llegado a su nivel más bajo en 50 años. Un dato poco conocido que aparece en la información oficial es que por lo menos 7.2 por ciento de la población, la mayoría sin haber terminado la educación media, trabaja en el sector informal y en empleos de tiempo parcial en los que no tienen prestaciones, seguro médico, etcétera.

 

Las estadísticas son evidentes y demuestran, sin lugar a duda, que desde hace varias décadas el crecimiento económico ha sido desproporcionadamente más alto que el salario, al que ha dejado muy rezagado. Para conocer en forma correcta a quienes ha favorecido el crecimiento económico, la estimación del repunte en el ingreso debería tomar como base a las familias en forma individual y no como un agregado del ingreso de toda la nación, según han puesto de relieve Boushey y Slaughter, y también otros especialistas.

 

Tal vez sería mucho esperar que Trump entendiera esas sofisticaciones económicas, pero es la realidad enmascarada por las mentiras y demagogia con la que su maquinaria de propaganda confunde y engaña a buena parte de la población.

 

Hay que recordar que si bien los problemas sociales y el deterioro en las relaciones con otras naciones son elementos que norman el criterio de los electores, sin duda la economía ha sido el criterio que más ha influido en el ánimo de los estadunidenses a la hora de votar. Por ello, de no mediar una estrategia para evidenciar la distorsión que se esconde en el mito del suceso económico que Trump pregona, será difícil evitar que logre su relección.

Publicado enEconomía
El 10% de los trabajadores del planeta concentra casi el 50% del dinero que se paga en sueldos

La OIT estudia la distribución salarial y denuncia que el 20% de los trabajadores con menos ingresos perciben menos del 1% de los ingresos laborales globales

 

 

La desigualdad en el mundo no solo llega por el patrimonio o la riqueza heredada. También la distribución de sueldos es muy poco equitativa en todo el mundo, según el último informe presentado este jueves por la Organización Mundial del Trabajo (OIT). El 10% de los trabajadores del planeta perciben 48,9% de la remuneración mundial. Al otro lado se sitúa el 20% de los trabajadores con ingresos más bajos –cerca 650 millones de personas– que perciben menos del 1% de la bolsa mundial de ingresos laborales, "una cifra que apenas ha cambiado a lo largo de los últimos 13 años", según el estudio. A nivel mundial, además, si se distribuyen los asalariados en tres grandes grupos (salarios bajos, medios y altos), solo el grupo de los sueldos elevados mejora su situación entre 2004 y 2017, mientras que la clase media y baja ven recortados sus ingresos salariales.

El organismo destaca en su extenso análisis que existen algunos datos positivos, pero que en muchos casos son efecto de nuevos tipos de brechas: mientras la distancia media entre países ricos y pobres baja por el avance de economías como la china, la brecha de las remuneraciones dentro de un mismo país crece porque se polarizan los sueldos.

El estudio, señala la OIT, "muestra que en general la desigualdad de los ingresos laborales a escala mundial ha disminuido desde 2004". "Sin embargo, esto no se debe a una reducción de la desigualdad en los países; en realidad la desigualdad de remuneración a nivel nacional está aumentando. Más bien, es consecuencia de la creciente prosperidad en las economías emergentes, específicamente China e India. En general, señalan las conclusiones, la desigualdad del ingreso sigue siendo un problema extendido en el mundo del trabajo", denuncia.

El informe que elabora la OIT (bajo el título The Labour Income Share and Distribution) contiene datos de 189 países y se basa en la mayor colección mundial de datos armonizados procedentes de estudios sobre la fuerza de trabajo. Según la organización, permite por primera vez analizar cifras comparables a escala internacional del porcentaje del PIB que va a los trabajadores y su posterior distribución por países y regiones.

Menos masa salarial para la clase media

"El informe constata que a nivel mundial la proporción del ingreso nacional que va a los trabajadores está disminuyendo, pasando de 53,7% en 2004 a 51,4% en 2017", señala la OIT. Al analizar la distribución del salario medio entre los países, asegura que la parte recibida por la clase media (el grupo conformado por el 60% de los trabajadores de nivel medio) descendió entre 2004 y 2017, pasando de recibir el 44,8% al 43% del dinero. Al mismo tiempo, la proporción recibida por el 20% de las personas mejor remuneradas aumentó, de 51,3% a 53,5%.  

Cuando se baja al detalle por países, las desigualdades llegan a dispararse a niveles astronómicos. El caso más destacado es el de Níger: el 10% de los trabajadores mejor pagados de ese país se llevan el 89% de los que se genera en sueldos. Mientras, el 10% más pobre se reparte el 0,04%. Le siguen Liberia (82,2% para los ricos y 0,05% para los pobres) y República Centroafricana (78,6% y 0,04%). En el lado contrario se sitúa Eslovaquia: el 10% más rico acapara el 23% de los ingresos salariales. Allí el 10% más pobre se reparte el 3,88%. Le siguen Eslovenia (23,2% para los ricos y 3,12% para los pobres) y Finlandia (23,4% y 2,89%).

"Los datos muestran que en términos relativos, el incremento de los salarios laborales más altos está asociado con pérdidas para todos los demás. Ambos, los trabajadores de la clase media y los que perciben los ingresos más bajos, están viendo disminuir parte de sus ingresos", asegura Steven Kapsos, jefe de la unidad de producción y análisis de datos de la OIT. "Sin embargo, cuando la parte de los ingresos laborales de los trabajadores de ingresos medios y bajos aumenta, las ganancias tienden a ser distribuidas de manera más amplia, beneficiando a todos los trabajadores, a excepción de los que reciben los salarios más altos", añade.

Trabajar tres siglos para tener un salario de rico

La OIT también concluye con su análisis de datos que los países más pobres tienden a registrar niveles de desigualdad salarial mucho más altos, "lo cual exacerba las dificultades de las poblaciones más vulnerables". En el África subsahariana, el 50% de los trabajadores en el nivel más bajo de la escala reciben solo 3,3% de los ingresos laborales, mientras que en la Unión Europea reciben 22,9% del ingreso total pagado a los trabajadores, según destaca.

"La mayoría de los trabajadores del mundo subsiste con un salario notablemente bajo y para muchos tener un empleo no significa ganar lo suficiente para vivir. A nivel mundial, el salario promedio de los trabajadores en la mitad inferior de la distribución de los ingresos es de apenas 198 dólares mensuales (175,45 euros) y el 10% más pobre tendría que trabajar tres siglos para ganar lo mismo que gana el 10% más rico en un año", destaca a modo de ejemplo Roger Gomis, economista del Departamento de Estadística de la OIT. 

Por Cristina Delgado

Madrid 4 JUL 2019 - 14:48 COT

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Lunes, 15 Abril 2019 07:26

Desempleo y salario mínimo

Desempleo y salario mínimo

El desempleo está creciendo. Y es equivocado afirmar que este aumento se debe al mayor salario mínimo.

 

 

En febrero de 2019 la tasa de desempleo fue de 11,8%. Tal y como se observa en la gráfica, es el nivel más alto de los últimos 6 años. Su evolución resalta problemas estructurales de la economía colombiana. Por tanto, la situación actual no debe interpretarse como un fenómeno pasajero.

Entre las causas que están llevando a esta agudización del desempleo, destacan tres. La primera, la creciente dependencia del petróleo y del carbón. Es decir, la consolidación de la economía extractiva. La segunda, el debilitamiento del mercado interno. Las bonanzas llevaron a un deterioro del aparato productivo nacional. La tercera, la acentuación del déficit en la cuenta corriente.

Estos tres argumentos, que son de naturaleza estructural, desvirtúan los análisis que le atribuyen los problemas del desempleo al aumento del salario mínimo, que en el 2018 fue de 6%. Se dice que al subir más que la inflación, que fue de 3,18%, el mínimo ha tenido una incidencia negativa en la generación de empleo. No es cierto que el mayor salario sea el responsable del desempleo. ¡Todo lo contrario! Cuando el salario sube la demanda aumenta, las empresas venden más y el empleo crece. El aumento del salario mínimo por encima de la inflación tiene ventajas porque permite incrementar la demanda y, sobre todo, porque mejora la capacidad de pago, y la calidad de vida de los trabajadores. Cuando le atribuyen al salario mínimo el aumento del desempleo se ocultan fenómenos complejos de la economía colombiana, que pueden ser los determinantes de la pérdida de empleos. Así que los males profundos de la economía han contrarrestado las bondades que podrían haberse derivado del aumento de los salarios.

 

Predominio de la economía extractiva

 

La economía extractiva sigue creciendo, y cada vez gana más relevancia en el PIB y en la estructura de las exportaciones. En el 2017 cerca del 80% de las exportaciones colombianas correspondían a bienes primarios: petróleo, carbón, oro, café, flores y banano. Sobre todo, la economía está sometida al comportamiento de los precios del petróleo y del carbón. Esta reprimarización tiene dos características. 1) El PIB, y el balance fiscal, terminan dependiendo de la variación de los precios del petróleo y de los minerales. Cuando su precio aumenta, las exportaciones crecen. Pero estos movimientos son nominales y no guardan relación con la producción real. Un mayor precio del petróleo eleva el PIB, sin que necesariamente se afecte el volumen de la actividad productiva. Así que altos precios del petróleo y del carbón pueden estar acompañados de mayor desempleo. Estas actividades son intensivas en capital, y por esta razón el mayor valor de las exportaciones de petróleo y carbón, no suele estar acompañado de aumentos significativos en el empleo. En el lenguaje usual se supone, de manera equivocada, que los mayores precios internacionales de los minerales e hidrocarburos siempre favorecen la economía. Se dice que son intrínsecamente buenos. Esta visión además de que es simplista, deforma la realidad.

 

 

La forma como la economía se ha ido reprimarizando se observa bien en el cuadro. En 1965, cuando apenas comenzaba el modelo de sustitución de importaciones, el 73,4% de las exportaciones eran alimentos (café, flores, banano…). Y la partición de petróleo y minerales era de 17,7%. La industria, que apenas representaba el 4,2%, llegó a su punto más alto en 1990, con 16,4%. Esta dinámica de las manufacturas fue el resultado positivo de las políticas diseñadas por la Cepal de estímulo a la industria y de sustitución de importaciones. Recientemente, en el año 2016, el peso de la industria se redujo a 6,2%, y el petróleo y los hidrocarburos subieron a 66,3%. La reprimarización es evidente. Este rubro, más el de alimentos, suma 82,3%.

 

El agotamiento del mercado interno

 

El manejo de las bonanzas del petróleo y los minerales ha sido inadecuada. No se han generado dinámicas autónomas. Los efectos multiplicadores de las economía extractiva han sido mínimos. En otras palabras, no se han sembrado las bonanzas. El país ha renunciado a la reflexión sistemática sobre la forma como los excedentes de las bonanzas se reflejan en un crecimiento de la productividad de la industria y la agricultura nacionales. En lugar de incidir de manera positiva en la producción interna, los altos precios internacionales han estado acompañados de una reducción de la capacidad productiva nacional. La industria y la agricultura se han debilitado. Si estas actividades se ahogan, el empleo no crece. Efectivamente, la bonanza no ha ido a la par con un crecimiento de la productividad de la industria y la agricultura. Sin mercado interno no hay empleo. El mayor desempleo es una expresión del debilitamiento de los sectores manufacturero y agropecuario.

 

La acentuación del déficit en la cuenta corriente

 

En contra de las expectativas del Ministerio de Hacienda, el déficit en cuenta corriente ha aumentado. En el 2018, de acuerdo con el Banco de la República, el desbalance fue de 3,8% del PIB. En el Marco Fiscal de Mediano Plazo se había dicho que este déficit sería del 2,8%. Ello significa que las importaciones continúan siendo mayores que las exportaciones. Esta relación debilita la estructura económica del país. Las bonanzas deberían haber llevado a superávit en la balanza en cuenta corriente. Ha sucedido todo lo contrario.

 

No es el aumento del salario mínimo

 

De acuerdo con los tres puntos anteriores, el desempleo puede estar ocasionado por factores estructurales de una índole muy diferente al aumento del salario mínimo, al que no le pueden atribuir tal realidad.

Frente al impacto del salario se presentan dos visiones. Una, desde la óptica del empresario, supone que los menores salarios se reflejan en una mayor ganancia, en un incremento de la inversión, y en más empleo. Esta perspectiva es rechazada por los autores que siguen a Keynes, para quien es bueno que el salario suba porque la capacidad de compra aumenta, la demanda crece y los empresarios contratan más trabajadores. Así que el aumento del salario es compatible con un crecimiento del empleo. Pero para que ello sea posible se requiere corregir los males estructurales que han debilitado la actividad económica nacional.

 

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13 de abril de 2019

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Las futbolistas colombianas desatan una revolución

Las “superpoderosas” rompen el silencio, denuncian la discriminación y ganan el pulso a los directivos para salvar la liga femenina

A las futbolistas colombianas, que en las últimas semanas desataron su propia revolución contra el machismo, las apodan desde hace años “las chicas superpoderosas”. Resultados para exhibir no les faltan. La mejor generación del fútbol femenino en Colombia estalló en la última década, un periodo en que la tricolor logró dos subcampeonatos de la Copa América en 2010 y 2014, así como sendas clasificaciones a Mundiales en 2011 y 2015 y a los Juegos Olímpicos en 2012 y 2016. Con su gesta en Canadá 2015, que incluyó una sorprendente victoria 2-0 sobre Francia, Colombia se mantiene como el único país hispanohablante que ha superado la fase de grupos de un Mundial femenino.


Con esos antecedentes, a comienzos de 2017 se disputó el primer partido profesional de la liga femenina. El Independiente Santa Fe, primer campeón del fútbol masculino en 1948, ganó también la primera final de mujeres. La ‘leonas’ se coronaron frente al Atlético Huila en su estadio, El Campín de Bogotá, ante una asistencia récord de más de 30.000 espectadores. Huila tuvo resonantes revanchas. Primero ganó la segunda edición de la liga y, el pasado diciembre, encabezado por Yoreli Rincón, la diez de Colombia, la Copa Libertadores femenina, al derrotar en penales al Santos de Brasil. Para los que solo lo seguían a la distancia, el fútbol femenino parecía encarrilado en Colombia, con recientes pero sólidas raíces. Sin embargo, debajo de la superficie, las futbolistas enfrentaban un entorno hostil en medio de condiciones laborales indignas. Y decidieron romper el silencio.


Las internacionales Isabella Echeverri y Melissa Ortiz, becadas en Estados Unidos, publicaron en sus redes sociales el pasado 18 de febrero un video que sacudió el mundo del fútbol y desató un pulso con los directivos. Denunciaban abundantes irregularidades en el manejo de la selección femenina: la federación no les pagaba, tenían que cubrir sus propios tiquetes y gastos médicos, sus uniformes eran viejos o usados y a las jugadoras que se atrevían a hablar las vetaban. Se sentían amenazadas, temían que no las volvieran a convocar, pero no estaban dispuestas a callar. “Ya no tenemos miedo”, dicen al final del video, que no tardó en hacerse viral.


Sus denuncias despertaron una oleada de solidaridad. En un país donde el movimiento del Me Too estuvo precedido por la campaña No es hora de callar, las denuncias de las ‘superpoderosas’ resonaron con fuerza. El lema Más fútbol, menos miedo se convirtió en tendencia. Y la bola de nieve se agrandó con denuncias de acoso sexual en las selecciones juveniles.


La mayor damnificada de los vetos fue Daniela Montoya, de 28 años, la primera colombiana en anotar un gol en un Mundial, precisamente en Canadá 2015. La mediocampista salió de las convocatorias por año y medio luego de reclamar los premios prometidos por clasificar a octavos de final, lo que le costó su sueño de jugar los Olímpicos de Río 2016. Un viejo rumor que se vino a comprobar con un audio que hace parte del voluminoso dossier en el que la Asociación Colombiana de Futbolistas Profesionales (Acolfutpro) documentó los abusos. Uno de los momentos más emotivos de estas semanas de polémica llegó cuando Echeverri, de 24 años, le pidió perdón a Montoya en nombre de sus compañeras por no apoyarla cuando la vetaron.


Con el argumento de la poca rentabilidad económica, los directivos del fútbol colombiano respondieron con la propuesta de convertir la liga femenina en una competencia semiprofesional, con límite de edad de 23 años, e insinuaron que las mayores de 25 no volverían a ser convocadas a la selección. El anuncio fue ampliamente considerado como discriminatorio, machista y con ánimo de represalia. Mientras se celebraba el Día Internacional de la Mujer con marchas en distintos países el pasado 8 de marzo, las futbolistas colombianas estaban sumergidas en una batalla por impedir que se diluyera su liga profesional.


Sus condiciones laborales indignas son ilustrativas. En Colombia se han dado avances en igualdad de género, pero persiste la discriminación, sin siquiera profundizar en la violencia machista. Las mujeres nunca han alcanzado la presidencia, y apenas un 12 % de los gobiernos locales están en manos de alcaldesas. La brecha salarial de género, por ejemplo, se mantiene en 19%, según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE).


Incluso la FIFA y la Conmebol rechazaron y condenaron los casos de acoso sexual y laboral denunciados las últimas semanas, y los futbolistas de la selección absoluta de mayores, encabezados por astros como James Rodríguez y Falcao García, se solidarizaron con sus colegas y exigieron investigaciones. Las “superpoderosas” consumieron sus maratónicas jornadas en reuniones con la Vicepresidenta de la República, Marta Lucia Ramírez; el Defensor del Pueblo, Carlos Negret; y la ministra de Trabajo, Alicia Arango. El acompañamiento terminó por rendir frutos, y la asamblea de la División Mayor del Fútbol Colombiano (Dimayor), tras una intervención de Echeverri como portavoz de las deportistas, anunció esta semana una comisión para hacer viable la tercera edición de la liga femenina, a disputarse desde agosto. “Le devolvimos el trabajo a muchas mujeres que lo estaban esperando, y para mí eso es lo más importante”, valora Echeverri. “Esperemos que el fútbol femenino en Colombia siga creciendo”

 


Acoso sexual


Pocos días después de las primeras denuncias sobre el entorno laboral, una fisioterapeuta y dos jugadoras de la selección femenina sub 17 señalaron por acoso sexual al entrenador, Didier Luna, y el preparador físico, Sigifredo Alonso, durante las concentraciones previas al Mundial de Uruguay, celebrado en noviembre de 2018. La fiscalía ya investiga los casos. La polémica sobre el acoso en el fútbol se avivó y extendió esta semana, cuando tres exárbitros colombianos afirmaron que sus superiores los acosaban y les pedían favores sexuales como condición para ascender en su carrera.

 

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Reconocer derechos de mujeres, esencial para el desarrollo

Desde principios del siglo XX, marzo ha sido un mes clave para las luchas por los derechos de las mujeres, quienes, a pesar de los persistentes obstáculos, han alcanzado enormes logros en la búsqueda por garantizar su autonomía física, económica y en la toma de decisiones.

En América Latina y el Caribe las mujeres han sido capaces de sobrellevar obstáculos, organizarse y construir una mirada regional, a la vez que han participado activamente en los debates globales. A pesar de todos esos esfuerzos, la desigualdad de género continúa siendo un rasgo estructural de la región.


En nuestros países, la discriminación y la violencia contra las mujeres se mantiene como problemática que se manifiesta en los hogares, en los espacios públicos, en los lugares de estudio y de trabajo y que impacta de manera decisiva en sus posibilidades de generar ingresos propios, emprender, superar la pobreza y desarrollarse profesional y personalmente.
Hoy, en nuestro continente, la pobreza tiene aún rostro de mujer: por cada 100 hombres en esa condición hay 118 mujeres que no logran traspasar la línea de las privaciones. Un tercio de las latinoamericanas (29 por ciento) no logra generar ingresos y es económicamente dependiente. Además, cerca de la mitad no tiene vínculo con el mercado laboral.


No obstante, más allá de los esfuerzos por reducir la brecha salarial en décadas recientes, las mujeres perciben salarios 16.1 por ciento menores a los de los hombres en la misma condición.


Esta brecha se acentúa en las mujeres con mayores años de estudios.


En materia de autonomía física, el fenómeno extremo del feminicidio ha sido imposible de detener en la región y tampoco muestra señales de disminución, a pesar de los importantes avances normativos y de política pública.


Al menos 2 mil 795 mujeres fueron asesinadas en 2017 por razones de género en 23 países de la región, según datos oficiales recopilados por el Observatorio de Igualdad de Género de América Latina y el Caribe de la Cepal.


La tasa de fecundidad en adolescentes es una de las más altas del mundo, solamente superada en países de África subsahariana. En general, las naciones latinoamericanas y caribeñas poseen una tasa de maternidad en adolescentes que está por encima de 12 por ciento, dato que tiende a ser más expresivo en el grupo de adolescentes de menores ingresos y menor nivel educativo.


En cuanto a la autonomía en la toma de decisiones, algunos procesos electorales en la región han permitido contar con una mayor presencia de mujeres en los parlamentos. No obstante, las mujeres siguen subrepresentadas en los espacios de toma de decisión.


Los datos más recientes muestran que ellas son solamente la cuarta parte entre los ministros de Estado y que su participación en los gabinetes suele concentrarse en carteras de carácter social y cultural, más que en las referidas a la materia económica.


Además, según los indicadores para el seguimiento y monitoreo de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, la región cuenta con 29.2 por ciento de concejalas electas en gobiernos a escala local.


En la Cepal tenemos la convicción de que la desigualdad de género, además de ser injusta, es profundamente ineficiente y es un obstáculo que conspira para alcanzar el desarrollo sostenible.


Por ello, en esta nueva conmemoración del Día Internacional de la Mujer, insistimos en la urgencia de reconocer los derechos de las mujeres y la igualdad como elementos centrales y transversales de toda acción del Estado para fortalecer la democracia y para un desarrollo inclusivo y sostenible.

Por Alicia Bárcena, secretaria ejecutiva de la Cepal

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Miércoles, 27 Febrero 2019 06:57

Mutaciones del capitalismo

Mutaciones del capitalismo

Una pregunta en la Grecia clásica, cercana al asombro de Aristóteles en su visión sobre la naturaleza de las cosas, era la siguiente: ¿qué es lo que hace que las cosas perduren en el tiempo y que no se desintegren mientras discurrimos sobre ellas? En su Metafísica, el pensador griego marcó varias importantes líneas de análisis que sería bueno recuperar. Para colocar esa interrogante en otros términos, ¿cómo podemos saber cuando un objeto ha perdido su esencia y se ha transformado en otra cosa?

Es una pregunta rica en posibilidades cuando la dirigimos al capitalismo. ¿Hasta dónde puede mutar el capitalismo sin que se convierta en un sistema social distinto? La pregunta puede parecer extraña, porque estamos acostumbrados a pensar que el capitalismo solamente es capaz de cambiar radicalmente como por una crisis o una revolución. Es menos común pensar en esos cambios graduales, de tiempo lento, que poco a poco transforman la esencia de un objeto hasta desfigurarlo y convertirlo en algo irreconocible.


El capitalismo, como todas las formaciones sociales, está siempre en evolución. Ya sabemos que las fuerzas que dieron cuerpo al capitalismo como formación social muestran que el capitalismo es una organización social de producción, distribución y consumo históricamente determinada. Y así como tuvo un origen agrario en la Inglaterra del siglo XVII, hoy el capitalismo se está transformando en algo que podría dar nacimiento a un conjunto de relaciones sociales esencialmente diferentes en el futuro cercano.


Hoy, la evolución del capitalismo está marcada por dos fuerzas de dimensiones históricas. La primera tiene que ver con la relación salarial que está en el corazón del capitalismo y es la base sobre la cual se erige el vínculo de explotación y la fórmula de su circulación monetaria.


Pero en los pasados 50 años la función del salario en el capitalismo se ha ido distorsionando. El estancamiento de los salarios en la mayor parte de las economías desarrolladas es resultado histórico de la lucha contra la tendencia a la caída de la tasa de ganancia. La lucha en contra de las instituciones que la clase trabajadora pudo erigir en defensa del salario, ya sea mediante el desmantelamiento de sindicatos o de procesos como la subcontratación, ha llevado a una profunda deformación de la relación salarial.


Desde principios de los años 1970 el estancamiento de los salarios, tanto en Estados Unidos como en Europa, trajo aparejada una transformación en la estructura del capitalismo: el salario ha dejado de ser la principal referencia para la reproducción de la fuerza de trabajo. Hoy, el crédito se ha convertido en instrumento clave para asegurar la regeneración de la clase trabajadora y para mantener su nivel de vida.


En la actualidad no sólo existe un fuerte rezago salarial y un problema de insuficiencia para la clase trabajadora. También estamos en presencia de un cambio cualitativo por el endeudamiento. Es claro que el vínculo salarial tiene un estatuto esencialmente diferente al del crédito en la reproducción social. Actualmente, debido al creciente endeudamiento el capital financiero puede apropiarse de una parte del ingreso de los trabajadores. Y así se consuma un doble golpe contra la clase trabajadora: estancamiento salarial y extracción financiera.


La expansión del sector financiero es la segunda fuerza que está dejando una profunda huella sobre las relaciones capitalistas de producción. El endeudamiento finalmente se ha convertido en un componente especialmente importante en la reproducción de todo el sistema productivo. Pero, además, la racionalidad de la esfera de las finanzas, en donde se pasa directamente de una masa de dinero a una cantidad mayor de dinero sin transitar por la producción, ha terminado por contagiar a empresas y asalariados con el virus del enriquecimiento instantáneo. La especulación y el uso de las hojas de balance para apuntalar la rentabilidad son dos resultados de este proceso.


En el contexto de una tasa de ganancia a la baja en el sector no financiero, la sed de rentabilidad es saciada cada vez con más fuerza mediante la especulación. El fenómeno de la financiarización está estirando al capitalismo y lo ha estado transformando desde hace ya más de cuatro décadas.


Es obvio que el hecho de que el capitalismo esté mutando y deformándose no necesariamente significa que estaremos pasando a una formación social más justa y benigna. La deformación del modo de producción capitalista conlleva varios peligros. La inestabilidad internacional ya es considerable debido a la lucha por la hegemonía monetaria, comercial y militar. Pero si además le agregamos la fractura que puede producirse con estas mutaciones del capitalismo, los riesgos pueden incrementarse de manera exponencial.


El capitalismo podría perder su esencia por un rompimiento del vínculo salarial o por el exceso que significa la financiarización. Las fuerzas políticas de la izquierda deben estar atentas a estas mutaciones y sus efectos.


Twitter: @anadaloficial

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