“Presidente Duque, los que van a morir te saludan”.

El 14 de abril de 2020, en medio de un panorama desolador y de desesperanza, fue expedido el Decreto No. 546 de 2020 por el Gobierno, con el cual se adoptaron medidas transitorias para que a algunas personas privadas de la libertad se les sustituyera la pena y detención preventiva por prisión y detención domiciliaria. Pero para ese entonces, los diferentes sitios de reclusión del país ya resonaban en los noticieros y en los diarios por los diversos motines de algunas personas privadas de la libertad, quienes en medio de la impotencia y la desesperación no encontraban otras formas de llamar la atención de un Estado que siempre les había dado la espalda, y que aun conociendo sus condiciones no se había pronunciado.

El 22 de marzo del año en curso, a causa de la reacción a las protestas murieron al menos 23 personas en Bogotá, y hubo varias personas heridas en otros lugares del país, y a la fecha las protestas pacíficas continúan, a través de mensajes como, por ejemplo, “Presidente Duque los que van a morir te saludan”. En Colombia, desde 1998 se decretó un estado de cosas inconstitucional en materia carcelaria, y el panorama que se tenía para ese entonces no ha mejorado, sino que a 2020, sin duda alguna ha empeorado. La Corte Constitucional incluso ha afirmado en reiteradas ocasiones que la gravedad de la vulneración sistemática de derechos que se presenta en los establecimientos de reclusión, es tal que no se respetan siquiera algunos mínimos asegurables para “vivir libre de humillaciones” en las cárceles colombianas, esto lo retrata una parte de la sentencia T - 762 de 2015: “se probó que la situación de salud se agrava porque el hacinamiento propicia riesgos epidemiológicos y de enfermedades para los reclusos que inician el periodo de privación de la libertad en buen estado de salud. Como se explicó en la sentencia T-388 de 2013, esa situación es propiciada, permitida y tolerada por el Estado, lo que agrava la vulneración de los derechos y la crisis humanitaria en las prisiones”.

Es por esto que, si bien nadie pronosticaba la crisis que vivimos hoy, generada por el Covid-19, sí se anunciaba el genocidio carcelario, como lo han llamado los académicos, al cual se ven sometidas las personas privadas de la libertad. En el Decreto 546 de 2020, la lista de los que no pueden acceder al beneficio es extensa y serán pocos los que lograrán escapar de un foco de contagio que en estos establecimientos será catastrófico, si nos fijamos en las tasas de hacinamiento (para que no hubiera hacinamiento se requeriría que salieran de prisión 40.000 personas y se estima que con el decreto sólo irán a domiciliaria unas 1.000). Al día de hoy se han presentado de acuerdo con el Ministerio de Salud: “12 casos registrados en el departamento de Amazonas, en Villavicencio han sido diagnosticadas, con COVID-19, más de 100 personas entre internos, guardianes y auxiliares. En la cárcel La Picota se reportan cinco internos que presentan el virus. Mientras tanto, se registra un caso en las Heliconias en Florencia (Caquetá) y otro en Guaduas (Cundinamarca). Además, se han registrado tres muertes relacionadas por coronavirus, de personas privadas de la libertad, mientras que un interno falleció pocos días después de haber quedado libre” (Recuperado de https://www.lafm.com.co/colombia/cinco-carceles-de-colombia-tienen-contagio-de-coronavirus el 24/04/2020).

Las medidas adoptadas por el Decreto No. 546 de 2020 se establecieron por un término de seis meses, es decir, no son medidas definitivas y estas personas deberán continuar cumpliendo su detención preventiva o pena como había sido establecido antes de la pandemia; razón por la cual se hace necesario hacer un llamado a los jueces a realizar un control difuso de constitucionalidad e inaplicar algunas de las exclusiones allí consagradas, por considerarse excesivas y contrarias a la Constitución, entendiendo que son violatorias de derechos humanos y fundamentales por cuanto las personas en prisión no cuentan con acceso a agua potable, insumos para protegerse del virus, ni la infraestructura para evitar su propagación, poniendo en riesgo tanto a los reclusos, como a los guardias y aquellos que necesariamente ingresan a estos centros.

Hemos conocido de la interposición de siete tutelas (los formatos para presentarlas se pueden obtener en este link:https://www.desdeabajo.info/colombia/item/39416-tutela-para-solicitar-casa-por-carcel-para-personas-condenadas-por-cualquier-delito-que-se-encuentren-privadas-de-la-libertad-con-medida-intramural-por-cualquier-delito-que-no-entre-en-los-requisitos-del-decreto-expedido-por-el-gobierno.html) que piden esto, en todas ellas se solicitaba como medida provisional la prisión la prisión domiciliaria y en todas fue negada, desconociendo el peligro real que corre la vida de estas personas, y no dejando muchas esperanzas acerca de que vaya a ser concedido el amparo constitucional.

Este control constitucional sólo tendrá efecto en el caso concreto y permitirá que más personas, cumpliendo con otras condiciones, puedan acceder a este beneficio y desde la casa cumplan con las medidas necesarias para su cuidado y el de la sociedad. Además el confinamiento, el control del Inpec, la posibilidad de usar vigilancia electrónica y el control policial a las medidas de aislamiento social en el país, podrán asegurar el orden público, por lo que esto no puede ser un argumento para apelar a la aplicación literal del decreto.

Consideremos esta hipótesis: usted es Guillermo, sufre de hipertensión y diabetes y se encuentra detenido en una estación de policía por tráfico de estupefacientes (dicen que vendía drogas porque lo detuvieron con 10 papeletas de bazuco). Se ha enterado de la llegada del coronavirus y sabe que hace parte de la población de alto riesgo, teniendo altas probabilidades de morir, lo que ha hecho que esté más estresado y preocupado que antes. En su diario vivir, debido al hacinamiento en la estación, ya lidia con estar las 24 horas encerrado en una celda de donde cada persona cuenta con 40 cm² de baldosa para tratar de estar de pie, y en donde solo hay 2 baños que no funcionan bien, ni tienen agua corriente, soportando altas temperaturas por falta de ventilación. Pasa 18 horas sin comer hasta que por fin llega la comida podrida con agua que no es potable. No cuenta con jabón y mucho menos con gel antibacterial para estar lavándose las manos todo el día como lo recomienda la Organización Mundial de la Salud. No hay cómo lavar la ropa.. Sumado a todo esto, le es imposible dormir, no hay espacio suficiente y le toca esperar un turno para que otro se levante y pueda descansar en el piso, por tan solo 2 horas o menos. Hace muchos domingos (la primera y casi única medida tomada por el gobierno ante el COVID en las prisiones fue suspender todas las visitas) no ve a su familia, no sabe si se encuentran bien y ellos tampoco saben de él. Tiene miedo, ansiedad, ha pensado en quitarse la vida, su presión no ha estado bien un solo día y tampoco hay medicamentos para su tratamiento y mucho menos atención médica.

Muchos y muchas, al igual que Guillermo, han entrado en pánico. Si bien tienen enfermedades graves o son personas mayores de 60 años, no podrán ser beneficiarios de la prisión domiciliaria porque su delito está en la extensa lista de exclusiones del decreto y saben que en las condiciones en que se encuentran solo les espera morir. Día a día se levantan pensando en cuándo llegará el virus al centro de reclusión, en dónde los meterán cuando se contagien, y en cómo pasarán los pocos días de vida que probablemente les quedan.

En el centro de reclusión el distanciamiento obligatorio es imposible. Hay tantas personas que no podrían estar ni siquiera a 10 cm de distancia. El uso del tapabocas (que tampoco se ha suministrado en cantidades adecuadas) sumado a las “recomendaciones” que les dan, sólo dan la impresión de que se hace algo. Es imposible no contagiarse, y no solo del coronavirus, pues otras enfermedades amenazan con matarlos, sin que tengan lo mínimo ni básico para sobrevivir.

Como Guillermo, un sinnúmero de personas presas luego de ser contagiadas empeorarán en cuestión de días, entrando en estado crítico, contagiando al resto de personas recluidas, al personal de guardia, y a quienes entran y salen: Policías, INPEC, proveedores, etc. Finalmente los enfermos serán todos, y las personas muertas muchas.

Lo único que podrán tener las familias, es recibir una llamada o un correo electrónico con la noticia de la muerte de sus familiares, pero no podrán despedirse ya que no es posible entregar los cuerpos contagiados por el virus. Para estas familias no murió un recluso, murió un padre o una madre, abuelo/a, hijo/a o hermano/a y pensarán que si el Estado y las autoridades hubieran cumplido su deber la historia sería completamente diferente.

A las juezas y a los jueces colombianos, todos ellos y ellas con poder de efectuar control de constitucionalidad difuso sobre la ley, les queremos recordar que también la legalidad formal dice que la vida es el derecho más importante, y que acudir al argumento del principio de legalidad para negar su protección, como en otras épocas de la historia, puede traer resultados horrendos.

Así, Hanna Arendt, en su libro El juicio contra Eichmann en Jerusalén, narra cómo este teniente coronel del Servicio Secreto Alemán (SS) y sujeto activo de la orden implícita en la “solución final” durante la Segunda Guerra Mundial, expuso como defensa que estos crímenes estaban amparados en el cumplimiento de la Ley:

“Eichmann, mucho menos inteligente y prácticamente carente de educación, vislumbraba, por lo menos, de un modo vago, que no fue una orden sino una ley lo que los estaba convirtiendo a todos en criminales. […] Esta es también la razón en cuya virtud la orden dada por el Führer de que se llevara a cabo la “solución final” fue seguida por un diluvio de reglamentos y ordenanzas, documentos todos redactados por expertos juristas y no por funcionarios administrativos, la orden de Hitler, a diferencia de las órdenes corrientes, recibió el tratamiento propio de una ley. No es necesario añadir que los consecuentes formalismos jurídicos, lejos de ser una simple manifestación de pedantería o perfeccionismo alemán, cumplieron muy eficazmente la función externa de dar apariencia de legalidad a la situación existente. (Arendt, 2013, p. 219).

Por Semillero de Estudios Dogmáticos y Sistema Penal de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad de Antioquia / .

Colectivo abolicionista contra el castigo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Publicado enColombia
La Universidad de Oxford aspira a tener lista su vacuna en septiembre tras los ensayos en humanos 

El instituto Jenner de Reino Unido ha sido el primer centro europeo en comenzar a probar en personas su candidata a vacuna y planean que sea testada en más de 6.000 personas para finales de mayo. 

 

La carrera científica por detener la covid-19 sigue acelerándose. El instituto Jenner de la Universidad de Oxford, en Reino Unido, ha sido el primer centro europeo en comenzar a probar en humanos su candidata a vacuna. 

Ahora, los científicos dicen que con una aprobación de emergencia de los reguladores, los primeros millones de dosis de su vacuna podrían estar disponibles para septiembre, si resulta ser efectiva. 

El plan, según reporta el diario estadounidense The New York Times, aspira a probar la vacuna en más de 6.000 personas para finales de mayo, pero para que los datos sobre del ensayo sean efectivos, los participantes deberán mostrar que no contrajeron el coronavirus de su entorno. 

No son los únicos en vislumbrar los avances de esta cura, expertos del Laboratorio Rocky Mountain de los Institutos Nacionales de la Salud en Montana inocularon el mes pasado a seis monos con dosis únicas de la vacuna Oxford.

Los animales fueron expuestos a grandes cantidades del coronavirus con las que enfermaron y 28 días después, los seis estaban sanos, según narran los investigadores. 

Aunque los resultados en estos macacos, usados como conejillos de indias, no garanticen que la vacuna proporcione el mismo grado de protección para los humanos, son los avances más exitosos en las investigaciones hacia una vacuna. 

Primeros pacientes en probar la vacuna

El experimento ya ha comenzado a probarse en humanos. Elisa Granato, de 32 años, ha sido una de las dos primeras personas, de las 800 que en las que testará, en someterse a esta vacuna experimental. 

Granato, una de las dos primeras personas de las 800 que en las que testará la vacuna, declaró a la BBC  el pasado 23 de abril que, como científica, que "quería tratar de apoyar el proceso científico siempre que pueda" y que tenía un alto grado de confianza en la vacuna. 

Este proyecto, dirigido por la doctora y profesora de vacunología en el Instituto Jenner, Sarah Gilbert, se ha desarrollado en menos de tres meses. Aunque en anteriores ocasiones Gilbert afirmó que la vacuna funcionaría  "en un 80%", ahora prefiere no poner números a la esperanza.

29/04/2020 11:31

 

Laboratorio en la Universidad Complutense. Álvaro Minguito

La emergencia sanitaria está aflorando la incertidumbre a niveles que hacen tambalear los cimientos de la civilización moderna. Se buscan respuestas rápidas a cuestiones complejas o hasta ahora inexploradas. La sociedad se abraza a la ciencia como en otro tiempo lo hacía a la fe. Pero, ¿realmente está la ciencia preparada para soportar tal desafío?

 

Tras una respuesta dubitativa y la generación de una alarma de consecuencias impredecibles, asistimos a una carrera científica frenética. Las crónicas hacen cábalas acerca de qué laboratorio lleva la delantera sobre la vacuna o qué tratamiento será más efectivo en una enfermedad de certezas exiguas. Ante la amalgama de pronósticos, no se contempla un único plan de choque. Las advertencias de los epidemiólogos, atenuadas antes por la arrogancia, señalan la posibilidad de nuevos rebrotes y confinamientos. Sin embargo, estas consideraciones no tienen cabida en las predicciones económicas e incluso algunos expertos se decantan por atizar a los científicos. Ante tal cantidad de información, el ciudadano no sabe a qué atenerse mientras los defensores de las teorías de la conspiración se frotan las manos.

¿Hay que desconfiar de la ciencia en estos momentos críticos? Más que desconfiar, cabría agarrarse a ella para comprender posibles paradojas en su interpretación y convertirlas en certezas. A pesar de que la emergencia apremia, el espíritu crítico, la prudencia y el rigor fortalecen el análisis. Por el momento la realidad apunta a una tesis: los valores de la sociedad moderna han corrompido una parte del sistema encargado de hacer ciencia. Por suerte, así como el covid-19 está desnudando sus carencias, también está generando multitud de motivos para atisbar un futuro de esperanza.

UNA CIENCIA DESHUMANIZADA

Durante los últimos tiempos, hemos asumido un sistema científico que replica valores nocivos. Aunque la ciencia sea un ente perfecto en su concepción abstracta, los científicos no dejan de ser seres humanos con sus consabidas imperfecciones. Algunos invierten en casas para especular, otros tienen familias a las que apenas conocen o compran objetos que no se han parado a pensar si necesitan. No es de extrañar que el individualismo, la falta de solidaridad, la acumulación de bienes y capital, la inmediatez y la superficialidad a la hora de dar respuestas a problemas complejos tengan su análogo en la ciencia.

Aunque ha sido cuestionado y criticado, hemos asumido que si uno pretende prosperar en el mundo de la academia ha de pasar por el filtro de la publicología. Los artículos son instrumentos que permiten constatar y compartir un avance científico. Sin embargo, el sistema ha invertido el proceso y el descubrimiento científico se ha convertido en un intermediario para otro fin: mejorar el estatus. Entre otras, las consecuencias son la publicación de cantidades ingentes de artículos, el descenso de la calidad y relevancia y la proliferación de prácticas deshonestas.

En una entrevista reciente, Ha-Joon Chang, rostro visible de la economía del desarrollo, bromeaba diciendo que “la forma más segura de destruir el conocimiento es publicarlo en revistas científicas”. Para hacernos una idea, de los dos millones y medio de artículos publicados cada año, se estima que cerca de la mitad no ha sido citado tras cinco años. Entre un 10-20% de los citados, lo han sido únicamente por los mismos autores en otros artículos. Además de publicaciones, la acumulación se extiende a citas, congresos, estancias o proyectos reflejados en currículum vitaes de varias decenas de páginas. En algún momento los investigadores dejamos de ser personas para convertirnos en números que comparar.

Otro de los males de la ciencia moderna es la competición sin límites. Aunque la competición pueda ser un estímulo para la consecución de descubrimientos relevantes —y así pueda ser entendida mediante algunas rivalidades clásicas o frente a emergencias—, la ansiedad por dejar huella puede resultar contraproducente. Tal y como sostiene un estudio de los microbiólogos Fang y Casadevall, la competición científica —entre otras consecuencias— tiene efectos negativos en la creatividad, la salud mental, duplica esfuerzos, reduce la tendencia de los investigadores a compartir información. Además, la hipercompetitividad agranda la brecha existente entre hombres y mujeres. En contraposición, logros como la detección de ondas gravitatorias o la vacuna del ébola apuntan a un modelo cooperativo.

La competición y el afán por publicar están íntimamente ligadas con la precarización de las condiciones laborales, sujetas a las deficiencias en materia de inversión. Sin grandes atisbos de estabilización para los jóvenes, se ha interiorizado la supervivencia mediante sueldos escasos, contratos que más allá de realizar una tesis doctoral no pasan de los dos o tres años. Entendiendo que objetivos y esfuerzos han de ser maleables, se ha normalizado la omnipresencia como método de trabajo, propiciando un estilo de vida diseñado para producir. Sería discutible si esta es una estrategia óptima para atraer talento, teniendo en cuenta que la precariedad se ha estandarizado más allá de las fronteras de la investigación.

Otra de las características que azotan a la ciencia es el cortoplacismo, avivado por la breve duración de los proyectos. La consecución de resultados rápidos ha mermado su rigor, profundidad y originalidad, abonando el terreno para la superficialidad, el inmovilismo y la falta de perspectiva. Precisamente, el aumento de la carga de conocimiento se relaciona con la proliferación de la especialización. Del pensamiento del filósofo Karl Popper subyace la idea de que la especialización implica una desconexión de la realidad, provocando una pérdida de contacto con la gente y su gradual irrelevancia cultural. En estos momentos, donde los conocimientos parecen conectarse con un fin común, las tesis de Popper cobran especial relevancia.

Ante una sociedad que clamaba transparencia, una de las respuestas fue la implementación de una burocratización asfixiante. A pesar de los tímidos avances, nos hemos acostumbrado a que todo el peso burocrático recaiga sobre los investigadores; entregar centenares de documentos para evaluaciones y solicitudes de trabajo o financiación. Mientras tanto, en otros países la tarea se descarga agilizando trámites o mediante secretarías.

La presencia y la valoración de la ciencia en una sociedad hiperestimulada siguen siendo minoritarias. Por fortuna, parte de la comunidad ha entendido la necesidad de manifestarse y comunicarse de forma clara. A pesar de loables esfuerzos en materia de divulgación y la entrada de científicos en las redacciones de medios de comunicación, sigue existiendo una fisura a la hora de explicar el papel de la ciencia. Titulares como “Las matemáticas ayudan a operar el cáncer con éxito” ilustran la desconexión. Ante la falta de liderazgo e influencia social, dicha disociación se acentúa en el ámbito político. Una pequeña intuición: en la Comisión de Ciencia, Innovación y Universidades del Congreso de los Diputados, los científicos son minoría en detrimento de los formados en derecho.

Todos estos factores, junto a la arrogancia y la falta de honestidad para asumir errores, han establecido un caldo de cultivo peligroso para afrontar con garantías los efectos de la epidemia. A modo de estéril consuelo, desde otros países también entonan  discursos de autocrítica, sugiriendo que las miserias del sistema científico puedan ser globales. Varios de los factores mencionados anteriormente tienen su análogo en el sistema económico, tal y como señalaba Noelia Sánchez en un brillante artículo. La transversalidad de los diferentes análisis apuntan a la misma raíz del problema: un sistema que ha devorado al ser humano.

EL COVID19 DESNUDA LA REALIDAD DE LA CIENCIA

La aparición del virus ha removido los cimientos de la ciencia, así como su impacto. Mientras algunos investigadores han preferido instalarse en la posición del “yo ya dije” o seguir con sus rutinas de trabajo con la única novedad de hacerlo desde casa, otros han orientado o intensificado sus esfuerzos hacia los diferentes retos que supone la crisis. En esta última tesitura los compañeros de La Paradoja de Jevons señalaban recientemente el aumento de la presión hacia los investigadores, además de la proliferación de la necesidad de dejar huella en forma de publicología o fotografías.

Esa necesidad se acentuó durante los primeros días de cuarentena. Los medios y los expertos se lanzaban a arrojar luz, induciendo mayor confusión en algunos casos. Entre las informaciones que se hicieron viral, sorprendió una: “Un estudio de matemáticos valencianos sitúa el pico de la pandemia a finales de mayo con 800.000 infectados”, contradiciendo la lógica de haber endurecido el aislamiento. La estimación, basada en un modelo teórico, contaba con una dificultad insuperable: predecir el comportamiento humano. Los titulares y su difusión fueron objeto de amplio consumo, comprometiendo la posterior confianza en el trabajo científico. También quedarán para el recuerdo las directrices del Colegio Oficial de Biólogos de Canarias del 9 de marzo, que apuntaban a que la emergencia eran frutos de la “alarma desmedida y el miedo injustificado”.

La competición tampoco ha faltado a su cita con el covid-19. Distintas administraciones públicas y fundaciones privadas destinaron varios fondos para investigación. Dicha oportunidad no pasó desapercibida, suscitando la atención de propios y extraños. Solo en la Región de Murcia, solicitaron proyecto más de 40 grupos; mientras que el programa CaixaImpulse ha recibido 349 solicitudes para un total de quince proyectos disponibles, diez veces más que en otras convocatorias. La decisión de escoger las mejores propuestas no se antoja sencilla, levantando recelos entre los expertos.

Mientras tanto, la población se muestra expectante ante la llegada de un milagro que convierta a la emergencia en una pesadilla pasada. Hace poco, el escritor Juanjo Millás y el periodista Javier Del Pino se lamentaban por el pesimismo de las novedades científicas, en referencia a la influencia de las condiciones climatológicas sobre el virus. Esta insignificante anécdota ilustra el salto entre esperanza y realidad, acrecentado por un fenómeno tan complejo. Los ciudadanos están en su derecho de desesperar por desconocer los tiempos o frustrarse al constatar que el conocimiento humano puede ser insuficiente para ofrecer respuestas. De nuevo, emerge la necesidad de colaboración entre medios y ciencia con el objeto de llegar a todos los rincones de la sociedad. 

Otra de las carencias desnudadas es la falta de sintonía entre científicos y políticos, debido en parte a los insuficientes mecanismos de asesoramiento. En este sentido, la viróloga Margarita del Val se quejaba de la actitud de los asesores designados por el Gobierno: “Se ha formado un comité de expertos, pero en España hay especialistas de todo tipo y la ciencia puede aportar mucho más de lo que puedan decir un grupo concreto de personas”. Si tenemos en cuenta que según el sector científico las prioridades varían y las respuestas divergen, parece complicado que los gobernantes puedan tomar decisiones consensuadas y, mucho menos, que estas cuenten con el suficiente respaldo.

MOTIVOS PARA LA ESPERANZA

A pesar de la incertidumbre y de la complejidad de la crisis, cada día hay más razones para albergar esperanza. No en vano, Albert Einstein sostenía que “la crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países, porque la crisis trae progresos”.

En pocos días hemos constatado como los resultados de los laboratorios se aplican en centros sanitarios o en las medidas de prevención. De entre los cientos de avances, se han establecido protocolos que optimizan tiempo y recursos en la detección; un árbol genealógico de la propagación del virus a través de la plataforma colaborativa Nextstrain; o los proyectos internacionales Covid Human Genetic Effort (COVIDHGE) y The Covid-19 Host Genetics Initiative, que tratan de identificar variantes genéticas influyentes en el desarrollo de la enfermedad.

Desde el CSIC se ha lanzado una apuesta por la colaboración y la trasmisión de conocimiento bajo la plataforma Salud Global, que engloba a más de 150 grupos. Por su parte, la OMS ha encabezado el ensayo clínico Solidaridad, el cual aglutina equipos de setenta países con el fin de lograr un tratamiento. Ana María Henao, responsable de Solidaridad, destacaba en una entrevista que “la colaboración está siendo clave. Se están intercambiando información de los progresos, de los errores y de las estrategias más efectivas”. También el covid-19 ha intensificado la cooperación entre el sector público y el privado, aunque falta saber en qué se traducirá. “Desde la vacuna de la viruela nunca ha habido tanta colaboración”, declaraba Luis Jodar, director del área de vacunas de Pfizer.

Además de Margarita del Val o Ana María Henao, cada vez son más familiares los nombres de científicos como Luis Enjuanes, Salvador Macip, Oriol Mitjà, Antoni Trilla, en detrimento de la popularidad de futbolistas, famosos de realities o instagramers. La ciencia se ha convertido en la fuente principal de noticias y se encuentra en un momento histórico para recuperar su prestigio y trascendencia social.

EL FUTURO PASA POR UNA CIENCIA MEJOR

Además de terapias y vacunas, a corto plazo gran parte de los esfuerzos se destinarán a temas relacionados con el covid-19: estudios genéticos, mejora de equipamientos sanitarios, desarrollo de sistemas de prevención y detección, predicción de propagaciones y consecuencias, inclusión de sistemas tecnológicos…

Sin embargo, los retos que se atisban en el horizonte van más allá. La ciencia no sólo ha de centrarse en problemas puntuales, sino que en su discusión deberá afrontar retos más globales y transversales. Uno de ellos es el equilibrio entre el humano y su entorno natural, dejar de hablar de salud humana para hacerlo de salud planetaria. En este sentido, contener el cambio climático y ofrecer vías para un desarrollo sostenible que encauce el sistema económico se antoja el mayor de los desafíos. Ninguna disciplina quedará al margen, desde las ciencias más básicas hasta las sociales, incluyendo en la ecuación a la digitalización. La concienciación y valoración de una ciencia solidaria y amplia será imprescindible, situando al conocimiento como verdadero motor de cambio.

El lector que haya llegado hasta aquí habrá advertido que este artículo apenas habla de ciencia, centrándose en los humanos que la rigen. Por supuesto, el autor no está exento de los males que aquí señala, pudiendo incurrir en generalidades, vaguedades o contradicciones. Ningún ser humano puede ofrecer toda la perspectiva, pero sí ayudar a construir perspectivas comunes. Sería recomendable ser escéptico con las conclusiones sin un riguroso y cauto debate. Es así como se han levantado las teorías más sólidas.

Se repite el mantra de que la cuarentena es idónea para parar y replantearse todo, empezando por nosotros y siguiendo por nuestro entorno. Quizá sea momento de asumir errores y renfocar carreras, ampliar las miras para reconectarnos con la realidad. Volver a la senda del debate colectivo y la solidaridad, de ser honestos con nuestros esfuerzos y resultados, de pensar en grande en lugar de aislarnos en nuestras burbujas. Sólo así volveremos a orientar la ciencia hacia su fin: comprender el mundo para dar respuestas.

Por Rafalé Guadalmedina

29 abr 2020 05:00

El asesor principal de Alemania sobre el coronavirus: "Me temo que seremos testigos de una segunda ola de contagios"

El experto de cabecera de Angela Merkel habla de "la paradoja de la prevención" en una sociedad que necesita volver a la normalidad pero puede sufrir otra crisis si lo hace demasiado rápido

 

Christian Drosten, director de Virología del Hospital Charité en Berlín, fue uno de los investigadores que identificó el virus del SARS en 2003. Al frente del instituto de salud pública de referencia en Alemania para todo lo relacionado con los coronavirus, se ha convertido en el experto de cabecera del gobierno de Angela Merkel durante la pandemia.

En una entrevista exclusiva con The Guardian, Drosten admite que teme un segundo estallido mortal. Explica los motivos por los que Angela Merkel ha jugado con ventaja respecto a otros líderes mundiales y por qué "la paradoja de la prevención" no le deja dormir por las noches.

Alemania comienza a levantar el confinamiento de manera gradual desde este lunes. ¿Qué sucede a partir de ahí?

De momento vemos que las Unidades de Cuidados Intensivos están a mitad de capacidad en Alemania. Eso sucede porque comenzamos con los diagnósticos pronto y a gran escala y detuvimos la epidemia –lo que quiere decir que llevamos la tasa de reproducción a menos de 1 [reducir el número de personas que contagia cada infectado es una medida clave para detener el avance del virus].

Ahora nos encontramos en un escenario que denomino "la paradoja de la prevención". Hay personas que argumentan que reaccionamos de manera desproporcionada y hay presión política y económica para regresar a la normalidad. El plan federal es levantar el confinamiento de manera gradual, lentamente, pero como cada Länder [estado de la república federal] puede decidir y aplicar sus propias reglas, temo que seamos testigos de una gran creatividad en la aplicación de ese plan. Me temo que la tasa de reproducción aumentará de nuevo y seremos testigos de una segunda ola de contagios.

Si el confinamiento se prolongara en el tiempo, ¿podría erradicarse la enfermedad?

En Alemania hay un grupo de especialistas en modelos [de comportamiento a futuro] sugiriendo que una prolongación de algunas, pocas, semanas, podría suprimir en gran medida la circulación del virus y llevar la tasa de reproducción por debajo de 0,2. Tiendo a apoyar sus planteamientos pero aún no me he decidido del todo. La tasa de reproducción no es más que una media, una aproximación. No te dice dónde hay grupos de prevalencia alta como las residencias de ancianos en los que puede llevar más tiempo erradicar la enfermedad y desde donde podríamos ver resurgir la infección con velocidad incluso en un escenario de confinamiento extendido.

De surgir un nuevo brote, ¿podría contenerse?

Sí, pero no puede pasar si nos limitamos a trazar solamente el contacto entre humanos. Tenemos pruebas de que casi la mitad de los contagios sucede antes de que la persona que contagia desarrolle síntomas y las personas están infectadas un mínimo de dos días antes de desarrollarlos. Eso significa que los expertos en trazar contactos y que trabajen junto a los pacientes para identificar a aquellos con quienes han estado en contacto corren una carrera contra el tiempo. Necesitan ayuda para saber quienes son todos los potenciales contagiados lo antes posible y eso requerirá métodos de seguimiento electrónico de los contactos.

¿Cómo de cerca estamos de lograr la inmunidad colectiva?

Para lograr la inmunidad colectiva necesitamos que entre el 60% y el 70% de la población tenga anticuerpos del virus. El resultado de los exámenes de anticuerpos muestra que en Europa y Estados Unidos estamos por debajo del 10% pero las pruebas no son de total confianza. Todas presentan problemas y falsos positivos. La inmunidad colectiva no lo es todo. Asume que la población se mezcla pero tenemos motivos –relacionados con las redes generadas por la gente para relacionarse- para creer que no toda la población puede infectarse al mismo tiempo. Esas redes cambian continuamente y entonces se expone a otras personas al virus. Así podrían generarse olas de infección. Otro factor que podría tener causar un impacto en la inmunidad colectiva es saber si otros coronavirus –los del resfriado común, por ejemplo- ofrecen protección para este. No lo sabemos, es una posibilidad.

¿Deberían estar todos los países haciendo pruebas a todo el mundo?

No estoy seguro. Incluso en Alemania, con nuestra gran capacidad de hacer pruebas y con la mayor parte dirigidas a quienes presentan síntomas, no tenemos un tasa de positivos superior al 8%. Creo que es mejor hacer pruebas a una población concreta, a quienes son realmente vulnerables. Personal de hospitales y residencias de ancianos, por ejemplo. Eso no se está aplicando a rajatabla en Alemania pero avanzamos en esa dirección.

Otro objetivo deberían ser los pacientes en la primera semana que presentan síntomas, sobre todo los de más edad, que suelen venir al hospital cuando es demasiado tarde, cuando ya tienen los labios azules y necesitan intubación. Necesitamos algún sistema de vigilancia, un centinela que tome muestras entre la población con regularidad y pueda estar al tanto de la tasa de reproducción del virus.

¿Qué se sabe de la estacionalidad del virus?

No mucho. El grupo de modelización que lidera Marc Lipsitch en Harvard sugiere que la transmisión del virus podría ralentizarse durante el verano, pero que este efecto será mínimo. No tengo datos mejores.

¿Podemos afirmar a ciencia cierta que la pandemia se originó en China?

Creo que sí. Por otra parte, no asumo que comenzara en el mercado de alimentos de Wuhan. Es más probable que comenzara donde se criara otro animal, el anfitrión intermedio.

¿Qué sabemos sobre ese anfitirón intermedio, es el "pobre pangolín", como empieza a conocerse?

Nada me hace creer que el virus pasara a través del pangolín en su camino hacia el ser humano. Hay información interesante al respecto en la literatura sobre el SARS. El virus apareció en civetas pero también en mapaches, algo que la prensa pasó por alto. Los mapaches están en la base de una gran industria en China. Los crían en granjas y los cazan en la naturaleza. Por su piel. Si alguien me diera unos cientos de miles de dólares y acceso libre a China para encontrar el origen del virus, iría a mirar a los criaderos de mapaches.

¿Será útil identificar al paciente cero, el primer humano infectado con este virus?

No, el paciente cero es alguien que con casi total certeza se contagió con un virus muy similar a alguno de los primeros que secuenciamos, de modo que no nos ayudaría a resolver el problema que tenemos ahora. No creo que se pueda argumentar que nos ayudaría a prevenir futuras pandemias de coronavirus porque la humanidad será inmune al próximo coronavirus vinculado a SARS una vez ha estado expuesta a este. Otros coronavirus implicarán una amenaza -uno de los primeros candidatos es el MERS (Síndrome Respiratorio de Oriente Medio)- pero para entender esa amenaza tenemos que estudiar como avanzan esos virus en los camellos de Oriente Medio.

¿Es responsable la actividad humana del paso de virus de los animales al ser humano?

Los coronavirus tratan de cambiar de organismo de acogida cuando se presenta la oportunidad. A través de nuestro uso de los animales, contrario a los principios de la naturaleza, nosotros creamos esa oportunidad. Los animales de granja están en contacto con animales salvajes. El modo en que se los almacena en grandes grupos amplifica el contagio del virus entre ellos. El ser humano entra en intenso contacto con esos animales, por ejemplo, a través del consumo de carne. Eso representa una posible trayectoria de brotes de coronavirus. En Oriente Medio los camellos cuentan como animales de granja y son los animales que alojan el MERS y el coronavirus 229E que es una de las causas del resfriado común. Nuestro ganado es el huésped original del coronavirus OC43, por ejemplo.

Siempre se ha creído que la gripe común ofrece el mayor riesgo de pandemia. ¿Sigue siendo así?

Sin duda, pero no podemos descartar otra pandemia de coronavirus. Tras el primer estallido de Ébola en 1976 muchos creyeron que no volvería a suceder. Pero en menos de 20 años había pasado de nuevo.

¿Toda la ciencia desarrollada alrededor de esta coronavirus es correcta?

¡No! Al principio, en febrero, hubo muchos borradores interesantes. [Investigaciones que no han pasado por su revisión por pares]. Ahora, para encontrar uno bien fundamentado e interesante tienes que revisar 50. Se están malgastando muchos recursos de investigación.

Angela Merkel ha sido elogiada por su liderazgo durante esta crisis. ¿Qué es lo que hace de ella una buena lideresa?

Está muy bien informada. Ayuda que sea científica de formación y sepa manejar cifras. Pero creo que al final se reduce a su forma de ser y su capacidad de tomar decisiones bien fundamentadas y para transmitir seguridad. Quizás una de la características de una lideresa es que no utiliza esta situación para sacar provecho político. Saben lo contraproducente que puede ser.

¿Hay algo que no le deje dormir?

En Alemania, la gente ve que los hospitales no están desbordados y no entienden por qué las tiendas tienen que estar cerradas. Sólo ven lo que sucede así y no se fijan, por ejemplo, en lo que pasa en Nueva York o en España. Esa es la "paradoja de la prevención". Para muchos alemanes, soy el diablo que está hundiendo la economía. Recibo amenazas de muerte que paso a la Policía. Aunque me inquietan más otros emails, los de que gente que me dice que tiene tres hijos y les preocupa el futuro. No es culpa mía. Pero esos son los que no me dejan dormir de noche.

28/04/2020 - 22:20h

Traducido por Alberto Arce

Martes, 28 Abril 2020 06:19

De la seguridad al coronavirus

De la seguridad al coronavirus

Desnudos ante el poder: Si aceptamos el confinamiento y la decisión unilateral del ejecutivo de restringir libertades y de imponer formas de conducta como el distanciamiento social; si las mayorías las aplauden mientras condenan a quienes las transgreden, es porque la sociedad ha sido ablandada y modelada por décadas de políticas de seguridad.

Los institutos de opinión pública uruguayos detectaron un cambio abrupto en la percepción de la población respecto a los problemas principales que enfrenta. Así, el diario La República titula en su edición del 23 abril “La salud desplazó a la inseguridad y ahora es la primera preocupación de los uruguayos” 

La directora de Equipos Consultores, Mariana Pomiés, asegura. “Nos llevamos una sorpresa porque hace años la principal preocupación era la inseguridad y ahora se desplomó”. En su evaluación, la preocupación por la seguridad cayó del 58 al 5%, siendo desplazada por la salud y la economía, por ese orden.

La serie histórica que Equipos presentó el 14 de abril de la mano de Ignacio Zuasnábar, en canal 12, no deja lugar a dudas. Desde 2008 la seguridad y la delincuencia desplazaron a la desocupación como tema excluyente de los uruguayos. El año pasado, el 72% lo consideraron el problema principal en sus vidas.

Son datos relevantes ya que la serie histórica recorre más de una década, desde 2007, atravesando casi todo el período de los gobiernos progresistas. La seguridad es el dato central que permite explicar los resultados electorales de octubre y noviembre, o sea la derrota del Frente Amplio y el triunfo de una coalición multicolor que llevó a Luis Lacalle a la presidencia, pese a no existir nada que se parezca a una crisis económica en Uruguay, a diferencia de otros países de la región.

Aunque los datos son reales e indiscutibles, el enfoque me parece desacertado. La pandemia de coronavirus no desplaza a la seguridad como tema principal, porque se trata del mismo fenómeno social. El coronavirus es la expresión, en este período, de la preocupación ciudadana por la inseguridad, excusa para la aplicación de las políticas de seguridad desplegadas en los últimos 20 años, no sólo en Uruguay sino en toda América Latina.

Estamos ante una construcción política que está íntimamente ligada a lo que el filósofo Giorgio Agamben denomina como “estado de excepción”, devenido en el “paradigma de gobierno” en el período actual*. En su estudio sobre el origen el estado de excepción se remonta al “estado de sitio” durante la revolución francesa, ligado a la guerra contra enemigos externos que enfrentaba la Asamblea Constituyente en 1791. Posteriormente, a lo largo de los siglos XIX y XX, el estado de sitio se emancipa de la situación bélica que lo generó, “para ser usado como medida extraordinaria de policía frente a desórdenes y sediciones internas, deviniendo así de efectivo o militar en ficticio o político” (p. 29).

Insiste, mal que nos pese, en que fue la tradición democrático-revolucionaria y no la absolutista, la creadora del estado de excepción. Los “plenos poderes” que asume el poder ejecutivo supone en los hechos un vacío de derecho. Lo sucedido durante las dos guerras del siglo XX, con el ascenso del nazismo en el seno de regímenes democráticos, llevó a Walter Benjamin a decir que “el estado de excepción…ha devenido la regla”.

Agamben registra que la ampliación de los poderes del ejecutivo va mucho más allá de las conflagraciones bélicas, cuando todos los países en guerra aplicaron el estado de excepción. Bajo esa tendencia inexorable, “es la totalidad de la vida político-constitucional de las sociedades occidentales lo que comienza progresivamente a asumir una nueva forma, que quizá sólo hoy ha alcanzado su pleno desarrollo” (p. 43).

¿Cuáles son los mecanismos que llevaron a que el estado de excepción se haya convertido en el paradigma de las democracias? La mutación principal, consiste en que “la declaración del estado de excepción está siendo progresivamente sustituida por una generalización sin precedentes del paradigma de la seguridad como técnica normal de gobierno” (p. 44).

El filósofo sostiene, en una reciente entrevista, que el control a través de videocámaras y teléfonos celulares, “excede, por mucho, cualquier forma de control utilizada bajo regímenes totalitarios como el fascismo o el nazismo” y que las medidas que limitan nuestra libertad “nunca se habían aplicado en la historia de nuestro país”.

Si aceptamos el confinamiento y la decisión unilateral del ejecutivo de restringir libertades y de imponer formas de conducta como el distanciamiento social; si las mayorías las aplauden mientras condenan a quienes las transgreden, es porque la sociedad ha sido ablandada y modelada por décadas de políticas de seguridad.

Porque nos hemos acostumbrado a que el poder decida, con la sola aprobación de “técnicos” y “especialistas”, una gama cada vez más amplia de decisiones: quiénes son pobres y quiénes indigentes, quiénes pueden recibir ayudas y subvenciones, qué empresas están exentas del pago de impuestos y cuáles pueden vulnerar la soberanía nacional, y un largo etcétera. Hasta llegar a decidir en qué lugares debo usar tapabocas, cuántos pueden estar en un almacén y a qué distancia de otras personas debo sentarme.

¿Quién decidió que la pandemia es una guerra que debe ser enfrentada con métodos y modos militares? Los gobiernos, sin el menor debate público, argumentando la urgencia, la salvación de la población, el bien público, y otros similares. Todo ello sin que mediara el menor debate en la sociedad. Porque la fruta de la militarización de la sociedad fue madurando durante décadas de gestión de la seguridad con políticas de control policial.

El Estado/policía toma las decisiones y aplica las penas luego de marcar la falta, aunque en muchos casos el policía sea sustituido por un asistente social. La sociedad queda, de ese modo, desnuda ante el poder. Una desnudez, como dice Agamben, que es “una producción específica del poder y no un dato natural”.

* Giorgio Agamben, Estado de excepción, Adriana Hidalgo, 2004.

27 abril, 2020

Publicado enInternacional
https://blogs.worldbank.org/es/voices/reflexionando-sobre-la-discapacidad

La inclusión social de las personas con discapacidad fue el objetivo trazado desde 2013 a través de la Ley 1618 –Ley estatutaria de discapacidad–, pretendido presente incluso desde 2009 cuando Colombia ratificó en la Convención Internacional por los Derechos de las Personas con Discapacidad –Ley 1346 de 2009. Sin embargo hoy, once años después, la garantía de derechos, inclusión social y participación de las personas con discapacidad no es cercana a la de un país que debe trabajar por la equiparación de oportunidades.

Hoy el lugar social que ocupan las personas con discapacidad o con capacidades especiales, es indudablemente distinto al de hace 30 o 20 años, la discapacidad ya no es un tema tabú en el que la agrupación1, el fetichismo o castigo divino2 sean la forma de entender o encasillar a esta parte de la población.

Su visibilidad es notoria: los colegios cuentan con estudiantes con discapacidad, los noticieros de televisión nacional cuentan con intérpretes de lenguaje de señas, así también desempeñan cargos públicos como concejales, alcaldes y en otros escenarios. En apariencia parecería que la población con discapacidad ha sido incluida plenamente, pero, lastimosamente, no es así, de ahí que sea necesario visibilizar no sólo las dificultades persistentes para esta población sino también encontrar voluntades comunitarias, sociales y políticas, que permitan verdaderos procesos y dinámicas inclusivas para que esta parte de la población, sus cuidadores/as y cada ciudadano/a, puedan disfrutar de los derechos a que tienen derecho por ser parte de una sociedad dada, así como gozar y ver florecer la diversidad.

Entendiendo la discapacidad

Debemos comprender dos cosas importantes: primero, la discapacidad no es una enfermedad ni una condición de salud que impida que la persona interactue3, de ahí que si bien el derecho a la salud es fundamental no es el único derecho a que debe tener acceso o el más relevante; las personas con discapacidad deben vivir y les deben garantizar todos los derechos. Y segundo, la discapacidad no es una carga que contiene una persona y que se convierte en su problemática; por el contrario, la discapacidad son unas características físicas, biológicas, sensoriales o intelectuales4, que tiene una persona y que les brinda unas particularidades para interactuar con el medio, y es exactamente la forma en que se posibilita o no esta interacción la que produce o no la discapacidad.

Es decir, la discapacidad se produce en el momento en que las personas viven barreras para su participación, dadas por una sociedad que no le permite interactuar de forma equiparada con las otras personas. En este sentido, todos y cada uno de los sujetos que integran una sociedad hacen parte de la transformación, para que la inclusión y la participación sean posibles.

Pero, ¿cuáles son esas barreras y cuáles son los retos de los gobiernos locales para superarlas?

Barreras sociales y actitudinales vs. inclusión y reconocimiento

Las nociones y conceptos históricos a cerca de la discapacidad lamentablemente la vivieron muchas personas con esta condición, en la que el encierro, el rechazo, el señalamiento y la burla fueron vistos como normalidad. Aún en muchas comunidades, la cultura está permeada de ideas equivocadas. Sin embargo, la discapacidad no es todo eso negativo que se creía, por el contrario, todos y todas somos partícipes de transformar las realidades que se viven socialmente respecto a ella.

En este sentido, uno de los retos más importantes para los gobiernos locales es cambiar de ‘chip’, conocer la normatividad, asumir a las personas con discapacidad como pares sociales que deben gozar de equiparación de oportunidades, logrando así, en primer lugar, sumarse a desarrollar acciones realmente transformadoras de la realidad de esta población, asumir la garantía de derechos y la inclusión social como bandera, abandonar ideas, acciones y políticas asistencialistas y sobre todo es necesario incluirla en la agenda pública y en su comunidad. Logrando esto también se conseguirá permear y desarrollar acciones que visibilicen la persona con discapacidad, fortaleciendo los lazos sociales desde el reconocimiento de la diversidad, y llegar así a la inclusión social.

Barreras arquitectónicas vs. accesibilidad y diseño universal

Los entornos sociales fueron construidos sin tener en cuenta las condiciones de movilidad de todas las personas y el derecho al acceso que deben tener todos y todas. Encontramos andenes altos, escaleras, oficinas o consultorios médicos en segundo o tercer piso, baños con puertas pequeñas, buses y transporte público de difícil acceso, entre otras muchas condiciones.


Para superar esto, la accesibilidad debe asegurar escenarios sociales públicos y privados en que todos y todas podamos participar. Implica la construcción de rampas (con medidas pertinentes); ascensores de acceso a niveles o pisos altos (incluido el segundo piso o sótanos); andenes adecuados, sin obstáculos (bolardos, postes de energía, canecas de la basura) y la inclusión de tableta señalética; baños con medidas que posibiliten el ingreso de sillas de ruedas y barandas que permitan traslados.

El reto de la accesibilidad es proyectar una ciudad o un escenario social en donde todos y todas podamos participar, desde la autonomía, y ser parte activa de la sociedad.

No se trata solo de pensar únicamente en la población con discapacidad sino en toda la comunidad, por lo cual el uso del diseño universal crea escenarios para personas de todas las edades, para que en el ejercicio de diferentes actividades puedan disfrutar de todos los lugares. Es decir, una ciudad en donde las sillas de ruedas, los coches de bebé y los carritos de mercado puedan movilizarse brindando igual oportunidad y disfrute.

Barreras informativas y de comunicación vs. sociedad informada y participativa

La comunicación es una habilidad primaria, fundamental para la socialización, el aprendizaje y la participación; comprender que existen diferentes sistemas de comunicación es prioritario, pues sin el acceso directo a la información se aisla y desconoce a los sujetos que no utilizan la oralidad y lectoescritura (del castellano en nuestro caso), vulnerando así todos sus derechos.

Por ello, el reconocimiento, aceptación e implementación de la comunicación aumentativa y alternativa en todos los escenarios sociales, se convierte en la posibilidad de hacer partícipe a la persona con discapacidad de todos los escenarios sociales, de reconocerse desde la autonomía y autodeterminación y brindarle así total participación e incidencia. Desde la inclusión del lenguaje de señas y sus intérpretes, son fundamentales para la participación de las personas con discapacidad auditiva; el desarrollo de material escrito en braille para quienes tienen discapacidad visual; el uso de audiodescripciones, la inclusión de pictogramas, entre otros, posibilitan que la interacción social y participación sean posibles.

Oportunidades, garantía de derechos y participación

La superación de las barreras mencionadas son la base para lograr una sociedad que realmente reconozca e incluya a las personas con discapacidad, generando así la equiparación de oportunidades requeridas para el desarrollo integral de esta población.

El gran reto de las administraciones locales en Bogotá, y de las comunidades en general, es que las personas con discapacidad puedan gozar de sus derechos, todos: desde una educación sin barreras, realmente incluyente; recreación y cultura desde la inclusión y el deporte adaptado; con movilidad y habitabilidad desde la accesibilidad y el diseño universal; justicia con ajustes razonables y totalmente informada, información y comunicación asertiva y pertinente; ayudas técnicas y tecnológicas; derecho real y pertinente a la salud, con tiempos y procesos que posibiliten rehabilitación y salud5; con verdaderas posibilidades de autonomía económica a través de procesos de inclusión laboral, formación para el trabajo y acceso a la educación superior; con bienestar para sus cuidadores/as y en una sociedad que le reconoce y favorece su desarrollo.

Por último, es imperativo habilitar espacios participativos para la población con discapacidad, que posibiliten su incidencia en todos los planos; urge que los comités territoriales de discapacidad sean puestos en marcha, activando verdaderos ejercicios de participación, elección democrática de representantes y la incidencia de estos comités en la toma de decisiones sobre el conjunto de aspectos del buen gobierno local, así como sobre las políticas que tienen que ver en particular con sus condiciones de vida.

La inclusión de las personas con discapacidad es un reto que tenemos hace más de diez años, las administraciones locales tienen cuatro años por delante para transformar realidades para que todos y todas vivamos en diversidad el ejercicio de nuestros derechos.

 

1 Modelo en el cual la persona con discapacidad solo comparte escenarios con otras personas con discapacidad.
2 Modelo histórico en donde la discapacidad era vista desde la religión o las comunidades étnicas como un castigo o deshonra para su comunidad.
3 Aunque hay personas que viven una condición de salud además de su discapacidad.
4 Los tipos de discapacidad son: visual (ceguera y baja visión), auditiva (hipoacusia y sordera), sordoceguera, intelectual, física, trastornos de espectro autista, psicosocial (diagnósticos asociados a la salud mental y que causa alteraciones en la socialización) y múltiple (cuando hay más de una).
5 Sin la necesidad de procesos legales y tutelas para que se garantice su derecho.
* Especialista en políticas públicas para la promoción de la Igualdad en América Latina. Licenciada en educación con énfasis en educación especial. Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

 

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Publicado enEdición Nº267
Lunes, 27 Abril 2020 06:31

Auxilio

El distrito comercial de Soho, en Manhattan, donde por lo regular las calles estaban atiborradas, se ve vacío en estos días por la pandemia del Covid-19.Foto Afp

Donald Trump nos quiere matar.No hay otra conclusión posible. Pronto será el primer mandatario en presidir sobre más muertes estadunidenses que el total que pereció en la guerra de Vietnam (58 mil), con más de 54 mil hasta ahora, la gran mayoría de las cuales eran prevenibles. De hecho, él declaró que su respuesta al "enemigo invisible" es "una guerra".

No es un huracán, o un tsunami, o un sismo; las dimensiones de esta catástrofe no se pueden atribuir a "fuerzas mayores" o"divinas", sino al manejo inepto, irresponsable y francamente criminal de los encargados de gobernar este país. Aunque el terreno para la crisis fue cultivado por políticas neoliberales bipartidistas durante décadas, el presidente es el responsable de que las dimensiones de los efectos de esta crisis sean las que estamos atestiguando.

Pero aparentemente no satisfecho con el saldo creciente del Covid-19, y el hecho de que algunos de los que vivimos en Estados Unidos seguimos vivitos y coleando, Trump nos invitó a envenenarnos. Sugirió emplear desinfectantes industriales, inyectarnos cloro, para curarnos del virus, durante su conferencia de prensa del jueves. Como comentó un médico en respuesta: "Trump tiene toda la razón: el cloro sí mata al virus. El problema es que también mata al paciente". El Centro de Control de Enfermedades, departamentos de salud estatales y municipales, junto con los fabricantes de desinfectantes como Lysol y Clorox, se vieron obligados a trasmitir alertas declarando que ingerir tales productos era peligroso. Su contrincante demócrata, Joe Biden, publicó en un tuit: "no puedo creer que sea necesario decir esto, pero por favor no beban cloro". El columnista del Washington Post David Von Drehle resumió el mensaje presidencial: "María Antonieta: que coman pastel. Donald Trump: que se inyecten Lysol". Poco después, varios centros y agencias de salud pública estatales y municipales reportaron un incremento en casos de envenenamiento o quemaduras por gente que le hizo caso al presidente, reportaron vamos medios en Maryland, Nueva York y Chicago.

Fue tan intensa la reacción que Trump se vio obligado a huir de sus declaraciones y el viernes argumentó que había sido un comentario "sarcástico" sólo para provocar a los medios. ¿En medio de una pandemia con más de 50 mil muertos el presidente decidió bromear? Poco después tuiteó que tal vez ya no haría conferencias de prensa diarias porque "no valen la pena", ya que los medios distorsionan todo lo que dice. Pero al parecer, sus estrategas temen que sus expresiones de "genio estable" no ayuden a su relección en esta coyuntura.

Por otro lado, si uno no se muere de virus, pues también está la lenta muerte por desempleo y hambre. Algunos economistas calculan que la tasa de desempleo real está entre 20 y 45 por ciento, o sea, es posible que casi la mitad de la fuerza laboral está sin trabajo, muy por arriba del peor momento de la Gran Depresión. Esto es acompañado de un incremento de millones de personas –sobre todo niños– que no tienen acceso a suficiente alimento.

No todos están en la línea de fuego de esta crisis, algunos están sufriendo la cuarentena en lugares de lujo como Los Hampton o en sus yates. De hecho, entre el 18 de marzo y el 10 de abril, mientras 22 millones de estadunidenses perdieron sus empleos, la riqueza de los multimillonarios en Estados Unidos se incrementó en 282 mil millones de dólares, una ganancia de 10 por ciento, reporta un nuevo informe del Institute of Policy Studies (https://inequality.org/ great-divide/billionaire-bonanza-2020/).

En tanto, los inmigrantes están entre los más afectados aquí por la pandemia, en gran parte por las medidas antimigrantes de este gobierno. Y para los que pensaban que estaban más seguros porque vivían fuera de este país, el más contagiado del mundo, Trump ha estado exportando el virus a varios puntos del planeta al deportar a inmigrantes que habían estado encarcelados en centros de detención contagiados sin primero administrar pruebas para diagnosticarlos. https://twitter.com/CASAforall/ status/1253442753511464960?s=20).

La gran pregunta ante todo esto es: ¿nos vamos a dejar?

https://youtu.be/LNNPNweSbp8

Publicado enInternacional
Víctor Hugo Ruíz, sin título (Cortesía del autor)

La pandemia generada por el Coronavirus –Covid-19– es la primera pandemia en el marco de un mundo globalizado, diferente de suma cero. Todas las demás pandemias conocidas en la historia de la humanidad sucedieron en un mundo de suma cero. Este es el primer reto grande de un modelo globalizante. Precisamente por ello la crisis desatada. Estudiamos el significado de esta crisis. Mientras tanto, nueva información mucha información, sólida y espuria se produce en el mundo. La crisis demanda un momento de reflexión, aunque son posibles numerosas líneas de análisis.

 

Un virus de la familia Coronavirus, en este caso Covid-19, conmueve y somete a la humanidad a una crisis en ascenso. El mismo fue identificado por primera vez en la provincia de Wuhan, en China, en noviembre de 2019. Fuentes oficiales del Departamento de Estado de los E.U. rápidamente lo llamaron “virus de China”. Lo que debía ser un fenómeno local, regional o a lo sumo nacional, se convirtió muy pronto en un problema global. El primer hecho que hay que señalar es que el ritmo de contagio del virus es exponencial, y que todas las estructuras –mentales, políticas, sanitarias y militares– para enfrentarlo son lineales. Este es el verdadero problema.


Nadie vio venir el virus y la pandemia, y por tanto nadie supo cómo enfrentarlo. La consecuencia fue una reacción: de la ciudadanía, del sector salud, de los políticos y gobiernos. Lo que los llamados “tomadores de decisiones” (sic) no entiende es que en política, en debates científicos, en deportes o en contextos militares y de policía, cuando se reacciona se llevan todas las de perder, pues la iniciativa la lleva la otra parte; en este caso, el virus. No hay nunca que reaccionar: esto no se entiende, y constituye un segundo hecho dramático, de enormes costos en todos los sentidos. Los ritmos de contagio se miden ya en escalas logarítmicas, lo que indica un problema serio, muy grave.


Simple y llanamente, la prevención es inmensamente menos costosa que la reacción. Ningún político, gobierno, Estado, corporación o miembro del sector salud ha entendido esto, hasta la fecha. Debido a estas circunstancias el crecimiento de los contagios es exponencial.


Gracias a estas dinámicas, los virus usan a los seres humanos para viajar y expandirse por el mundo. Al fin y al cabo, son sistemas vivos, o casi, algo sobre lo cual volveremos.


Presumiblemente, el origen del virus estuvo en el consumo de carne de murciélago en Wuhan, una costumbre inveterada en la China. El hecho es que el 99 por ciento de los virus tienen un origen zoonótico; es decir, el vector de transmisión es de animales a humanos. Las reacciones anteriores a otras epidemias y pandemias, notablemente Sars, la influenza, Mers, el Ébola y el Zika fueron tardías y lentas y de escala local. La interface seres humanos-animales es algo que no puede evitarse ni detenerse, mucho más allá de las preferencias o gustos alimenticios en algunas culturas o pueblos.


La diversidad de ecosistemas combinada con la diversidad biológica, específicamente de especies de mamíferos y de migraciones de aves es directamente proporcional a la diversidad viral.


En esa misma dinámica, las rápidas transformaciones demográficas, el cambio climático y los viajes globalizados constituyen tres factores, fuertemente entrelazados para el crecimiento de la pandemia. Estos tres factores comportan aspectos económicos, financieros, de estilos de vida, y de sistemas de producción y consumo, conjuntamente con factores ecológicos y biológicos. He aquí la complejidad.


Frente a un cuadro tan complicado y complejo como el anterior, abundan las noticias, vehiculadas prima facie, por mucha opinión. Nada es más peligroso para la ciencia y la vida que la opinión, pues ésta es esencialmente acrítica. Mucho ruido, mucha basura (= fake news), muchos lugares comunes y mucha desinformación corre, lo cual genera miedos y pánicos a numerosas escalas. El miedo es un inmunodepresor ya muy confirmado. De esta suerte, la inmunodepresión constituye un factor propicio para el contagio, la enfermedad y ocasionalmente la muerte. Vivir con miedos no es vida.


Virus: ¿qué son?


El problema que plantean los virus tiene que ver con el meollo del más apasionante de todos los problemas: qué es la vida. El problema es muy reciente, y nace apenas en 1944 gracias a un programa de investigación formulado por E. Schrödinger, uno de los padres de la física cuántica. Se trata del libro: ¿Qué es la vida? Primero, erróneamente, debido a Aristóteles, se creyó que la vida estaba constituida en reinos. Desde 1977 en adelante, gracias a C. Woese se supo que no existen reinos en la naturaleza, y que los dominios de la vida son tres: eukaria (plantas, animales, hongos y protistas, básicamente), archea (esencialmente extremófilos) y bacteria (todas las bacterias, incluidos los seres humanos). Siempre quedó el problema de los virus.


En su expresión más básica, los virus son paquetes de RNA y DNA, las cadenas básicas de ácidos que hacen posible la vida; sin embargo, no se replican. Constituyen un complicado conjunto de moléculas que incluyen proteínas, ácidos nucleicos, lípidos y carbohidratos.


La historia de los virus es dramática: primero fueron entendidos como veneno, luego como “alguna forma de vida”, posteriormente como químicos biológicos, hoy constituyen un área gris entre la vida y la no-vida. Este es el primer aspecto importante que debe ser considerado.


En efecto, no existen ni en el universo ni en la naturaleza fronteras rígidas y bien establecidas. Por el contrario, encontramos barreras porosas, móviles, difusas, en fin, zonas grises, umbrales e intersticios. No hay, por tanto nada como: hombre-y-mujer, vida-y-muerte, naturaleza-ser humano, realidad-ficción, normalidad-locura, ángeles-y-demonios, y otras dicotomías semejantes y próximas.


Manifiestamente, los virus no pueden replicarse por sí mismos, pero si pueden hacerlo al interior de las células vivas y afectar así profundamente el comportamiento de los organismos huéspedes. Lo cierto es que haber considerado durante mucho tiempo a los virus como no-vivos condujo a una consecuencia nefasta, a saber: ignorar su papel en la evolución. Hoy, por el contrario, y muy recientemente, se sabe que son fundamentales en la historia de la vida. La secuenciación genómica de los virus comienza apenas en 1992, pero con las nuevas tecnologías y gracias a la bioinformática, se ha acelerado enormemente hasta el día de hoy. En el caso del Covid-19, su secuenciación se llevó a cabo en alrededor de dos semanas.


Antes que ver a los virus como enemigos a los que hay que combatir por todos los medios, hay que comprender que la vida es imposible sin ellos. La propia comprensión de lo que es “vida” debe complejizarse más aún (algo que ya se ha logrado, gradualmente, gracias, en este contexto, particularmente al Proyecto Bacterioma Global, también conocido como Proyecto Microbioma Global (GBP) (1).


Una doble consecuencia emerge inmediatamente: o bien avanzamos decididamente en una comprensión de lo que es la vida, y entonces lo mejor que podría decirse es que los virus desafían las comprensiones o definiciones existentes de la vida. Los virus no son vida como la conocemos; o lo que es equivalente, son otra forma de vida a la que conocemos. La otra consecuencia, aún más paradójica, es que, como muchas cosas en la existencia, todo depende del grado o el modo. Para vivir, hay que estar algo infectados. Es, sin ambages, como decir que hay que estar algo cuerdos, algo enamorados, algo sanos, y algo ricos. El problema es qué tanto. Un reto que nos arroja a una reflexión sobre la sabiduría de la vida y del vivir.


No es posible la asepsia total, la racionalidad pura, la normalidad plena, y cosas semejantes. La complejidad es inescapable. Mientras tanto, los virus son infecciones.


Como se aprecia en el gráfico: las infecciones por virus comprenden, entre otras, la encefalitis o meningitis, la faringitis, la rinitis, el herpes, todas las infecciones de la piel, las enfermedades de transmisión sexual, la pancreatitis y la hepatitis, la gastroenteritis, la mielitis (polio), la neumonía, las infecciones en los oídos, las infecciones en los ojos.

 

 


Los retos que plantean los virus, incluido el Covid-19


La mortandad que está produciendo el Covid-19 escapa a cualquier previsión anterior a su irrupción; incluso a los más pesimistas. Se ha calculado que la mortandad humana oscilará entre el 3 y el 14 por ciento, es decir, algo así entre 3 millones y 150 millones de personas. Un verdadero cataclismo mundial en términos estadísticos, pero sobre todo un costo humano, en familias, amigos, conocidos, que supera cualquier evaluación.


Una realidad que cuestiona y presiona a los poderes realmente existentes, pues si sociedades, las más diversas, no sienten que sus gobernantes actúan de manea efectiva para controlar el fenómeno que está en marcha, simplemente les puede significar su estabilidad, cuando no el cambio total del régimen político que encabezan.


Por este, como por otros motivos, ha empezado una carrera desenfrenada para producir la primera vacuna contra el Covid-19; verosímilmente, ésta podría estar disponible en cosa de una o dos semanas, e incluso antes. Pero, muy significativamente, dadas las necesidades y urgencias, se están saltando todos los estadios de las pruebas clínicas. Se hacen pruebas directamente con humanos, saltándose las requeridas con animales y en muchos casos las pruebas in vitro. Buscando vía más cortas; también se experimenta con antiguos fármacos para qué funcionen. China y Estados Unidos, principalmente, han prometido tener pronto la vacuna.


Las vacunas ayudan, naturalmente, pero si no hay una metabolización a toda escala de esta crisis, la pandemia volverá a sorprendernos. Los juicios más sensatos han llegado a concluir que deberemos aprender a convivir con el Covid-19, y que recurrentemente podrá aparecer, de tiempo en tiempo, en un lugar u otro.


Los seres humanos, dicho en general deben poder cambiar sus estilos de vida. Este es el problema de base. Nadie se cura de nada si en el proceso de la sanación no se transforma verdaderamente. Si no, esta o aquella enfermedad los volverá a atacar, de una forma u otra. La verdadera solución de problemas estriba en cambios metabólicos. En esto debemos poder aprender de las plantas.


En el año 2018 se lanzó el Proyecto Viroma Global, destinado a entender los virus y a emprender acciones no-reactivas ante los mismos (2). Se trata de un programa de investigación formulado a diez años, por tanto, que deberá cerrarse en el 2028, destinado a identificar el 99 por ciento de los virus que suceden por zoonosis. Son sólo 260 virus conocidos los que son de origen humano. Prácticamente todas las enfermedades zoonóticas se originan en mamíferos o en aves. Se estima que hay más de 1.6 millón de virus mamíferos o de aves acuáticas, reunidas en 25 familias de infecciones humanas conocidas. Sólo se ha identificado el 1 por ciento de estos virus como amenazas y se han desarrollado vacunas y medidas preventivas y de intervención para menos de ese 1 por ciento. Entre 2018 y 2020 las familias de virus identificadas alcanza a las 144.


Nuevas herramientas de todo tipo, y particularmente, nuevas estructuras mentales se imponen, tornándose necesarias ante esta crisis. En el plano técnico, las mejores herramientas proceden de la importancia de bioinformática, el trabajo con modelos matemáticos no-lineales, y la significancia del modelamiento y la simulación. Todo ello, aunado al trabajo con grandes bases de datos (big-data science). Nuevas crisis llaman a nuevos enfoques y nuevas ciencias.


Como resultado del confinamiento de las personas en sus hogares en China, como en Italia, se comprueba que el mundo se ha limpiado: el consumo se detiene, como la producción y el gasto. Las aguas de Venecia están más limpias y de nuevo aparecen delfines en ellas; los cielos de la China están bastante menos contaminados, y hay elefantes que se han vuelto a ver en los lugares donde antes no había. Algo perfectamente similar a lo sucedido en Chernóbil, donde la fauna y la flora han aparecido, en entornos, hasta hoy, inhóspitos para los seres humanos.


La naturaleza habla: sólo que en lenguajes que Occidente no entiende. La crisis del Covid-19 es una voz mediante la cual la naturaleza le está hablando a los modelos productivistas y consumistas de Occidente y el mundo en general. Un llamado a cambiar las formas, los estilos y los estándares de vida (Nussbaum y Sen, 1993).


En un mundo globalizado la solución ha sido la de confinar a cada quien en su casa, con los suyos. Las medidas de toque de queda no fueron nunca medidas jurídicas o políticas, y mucho menos sanitarias; fueron siempre acciones militares. La cuarentena es una solución que llama a lo más básico de la experiencia humana, en el contexto de una crisis global: se trata de aprender a vivir consigo mismo y con los suyos. La primera de todas las experiencias de la familia humana. Algo que, a gran escala, parece haberse perdido. Pero la cuarentena es también un llamado a las más estrechas de las redes de apoyo humano: los amigos, los vecinos, los próximos y los de nuestros afectos. Una verdadera sorpresa en la historia de la modernidad, hasta hoy.


Conclusiones provisionales


Asistimos a una historia en marcha. Cualquier cosa que hoy se diga puede ser modificada mañana. Esto corresponde a los ritmos, acelerados, de la ciencia y la tecnología, tanto como de la vida misma. Los tiempos de crisis son tiempos rápidos.


Asistimos al más grande colapso sanitario en toda la historia de la humanidad, a escala global. Una crisis sanitaria no es otra cosa que una crisis de sistemas de cuidado, de sistemas de comprensión de la vida, de sistemas de sensibilidad y compasión por la gente. Y es el resultado, sin duda, de la imposición del interés privado sobre el interés común, el egoísmo y la codicia sobre la solidaridad, el compañerismo, la camaradería o la amistad, distintas formas históricas de construcción de convivencia y armonía.


La crisis del coronavirus evidencia una cosa: que los países más ricos –por ejemplo, Estados Unidos, Francia, Italia, Alemania, Inglaterra, España, Bélgica– son ricos sólo en la superficie: en consumo y apariencias. Eso es el capitalismo. Y la crisis puso de manifiesto que la verdadera riqueza está en el cuidado de la vida y del medioambiente. Los países más ricos son, todo parece indicarlo, los más pobres.


Es en este marco que los Estados Unidos decide la mayor intervención de la economía desde la Segunda Guerra Mundial. Francia ha decidido, por su parte, invertir a largo plazo en investigación básica la mayor cantidad desde igual suceso histórico. España ha nacionalizado todos los hospitales y clínicas privadas. China ya ha comenzado a enviar personal médico a países como Italia y a asesorar a otros con sus experiencias. Brasil ha vuelto a invitar a los médicos cubanos para enfrentar la crisis. Se están tomando medidas que antes fueron jamás inimaginadas. Unos, tratando de salvar lo que se tiene o lo que queda; otros, tratando de buscar salidas a la crisis. Seguramente veremos nuevas acciones, planes y propuestas.


La crisis del Covid-19 proyecta claramente sobre la mesa, a plena luz del día, un tema inocultable: debemos aprender a vivir; a vivir bien, a saber vivir. Alimentarse, asearse, saber qué consumir y por qué, saber qué dejar de consumir, y que la productividad, la competitividad y el crecimiento económico no son, en absoluto lo más importante. Sorpresivamente, la crisis del Covid-19 le aporta todos los argumentos necesarios a las tesis del decrecimiento. Las sociedades complejas deben poder decrecer: la ecología política y la economía ecológica reciben, de contrapelo, toda la razón; en toda la línea de la palabra.


Los seres humanos no son necesarios. Un escándalo para cualquier comprensión humanista. Es un hecho biológico. Ya existen serios experimentos mentales acerca de lo que podría suceder si los seres humanos desaparecieran de la faz de la Tierra (Weisman, 2007).


En fin, la crisis del Covid-19 es simple y llanamente una expresión de la crisis, más amplia, civilizatoria. Y sí: a un problema no-lineal no se puede responder con medidas, actitudes y estructuras lineales. Eso agrava el problema.


La crisis del coronavirus pone al día la importancia de una economía de lo inmaterial: salud, convivio, alegría, liberación del consumo, redimensionamiento total de la productividad, calor humano, amor. No en vano, los vecinos en cuarentena cantan desde sus ventanas y balcones. Y toda la gente aplaude al personal sanitario, al unísono, a una misma hora, alrededor del mundo. No cabe la menor duda, mientras una civilización se hunde con pesadumbre, miedo y preocupación, una nueva emerge, con alegría, con ganas de vivir y de superar los obstáculos.


En las crisis como en tiempos de transformación, las cosas no son nunca o blancas o negras. Pensar la complejidad de la vida equivale a ganar todos los cromatismos posibles en los que existe la luz y la riqueza de la vida.


No en última instancia, la crisis de este virus ha obligado a todos, a muchos, a entrar, por primera vez en el siglo XXI: es lo que significa el teletrabajo, la educación virtual, las ventas virtuales, el aprovechamiento de internet, la apropiación de las nuevas tecnologías, por ejemplo. El tránsito de la web 3.0 (la web semántica) a la 4.0 (soluciones concretas a las necesidades del navegante) se acelerará, sin la menor duda. Y en su horizonte se vislumbra ya, claramente, la web 5.0 (la web emocional). Sin ambages, pasamos de un mundo eminentemente analógico a gran escala, a un mundo en el que la dimensión digital pasa al mismo nivel que la analógica.


El coronavirus es una enfermedad, pero que llama a la salud y al cuidado de la vida. La de ayer fue una política que giró en torno al Estado y al capital. La de hoy y mañana es una política que se define de cara a la vida. Y la puerta que ahora se abre es una política de salud; de salud, y no de enfermedad. Justamente como política de vida. Otra democracia es posible.

 

1. Cfr. https://www.mymicrobiome.info/the-human-microbiome-project.html
2. Cfr. Global Virome Project, http://www.globalviromeproject.org/

* Profesor Titular, Universidad El Bosque.

Referencias
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Eliane Piaggio, científica del Instituto Marie Curie.Abajo: Equipo de científicos del Instituto Marie Curie  ________________________________________ Imagen: Instituto Marie Curie

Cuenta cómo se encuentra hoy la investigación sobre el virus, cuál es el rasgo que lo hace tan impenetrable y la trascendencia que ha tenido el confinamiento.

Duro como una roca, volátil y mutante, el coronavirus mantiene a la comunidad científica internacional sumida en una carrera contra varios relojes. Más allá del oprobio de la batalla de egos que protagonizan algunos científicos europeos, de la irresponsabilidad criminal de unos cuantos dirigentes del mundo, de las controversias desmedidas que rodean la pertinencia de las medidas adoptadas por los Estados más responsables, de las intervenciones públicas de intelectuales papanatas y políticos sin vergüenza ni cultura, la ciencia trabaja en silencio, concentrada en su misión racional de dar con la molécula que neutralizará el virus. Miles y miles de investigadores a través del mundo consagran cada minuto de sus neuronas a salvar una humanidad angustiada, enferma y al bordeo del colapso. La doctora argentina Eliane Piaggio es uno de los frentes más destacadas de esa línea de combate que tiene a la ciencia como único interlocutor verosímil. Responsable del equipo TransImm de Inmunoterapia Translacional en el Instituto Marie Curie de París, la doctora Piaggio se especializó en la lucha contra el cáncer mediante protocolos novedosos y menos violentos que la quimioterapia, es decir, la inmunoterapia. Doctora de la Facultad de Ciencias Bioquímicas y Farmacias de la Universidad Nacional de Rosario, Eliane Piaggio es una de las científicas argentinas más importantes del mundo y, hoy, una pieza esencial del inmenso mecanismo que se ha puesto en marcha para neutralizar el coronavirus.

En esta entrevista con Página/12 realizada en París, Eliane Piaggio puntualiza, paso a paso y con la narrativa racional y didáctica de un científico, en qué estado se encuentra la investigación sobre el virus, cuál es el rasgo de su identidad que lo hace tan impenetrable, al tiempo que detalla la trascendencia que ha tenido el confinamiento como una de las estrategias contra el coronavirus.

--El público cree que la ciencia y los grandes laboratorios ocultan los descubrimientos cuando, en realidad, se está ante lo que podría tal vez denominarse un enigma. Hay un río de fakes y teorías del complot que fluyen por todas partes. Para que todo sea más claro: ¿cuál es la identidad de esta pandemia, ¿qué la hace tan difícil de erradicar?

--La respuesta es muy fácil: no se sabe. Por eso hay tanto lío. Llega un momento en que tenemos que ser humildes y aceptar que desconocemos cómo va a evolucionar esta enfermedad. Todavía no la terminamos de entender. También hay que pensar que cuando empecemos a comprender el virus puede mutar, para bien o para mal. Queda mucho por saber acerca de la interacción entre el virus y el ser humano. Esto es lo que complica no poder erradicarlo. Cada vez tenemos más respuestas, pero también tenemos más preguntas. Los medicamentos funcionan, pero ninguno es súper eficaz, no sabemos si cuando los enfermos están curados siguen contagiando, si una vez curados los anticuerpos los protegen, ni tampoco sabemos por cuánto tiempo. Una vacuna, por ejemplo, ¿acaso va a generar los buenos anticuerpos? No sabemos. Lo que hace muy difícil entender la identidad de esta pandemia y la dificultad para erradicarla es que, a diferencia de otros coronavirus, el SARS-CoV-2 se transmite durante la fase de incubación, cuando las personas no tienen síntomas y no saben que están infectadas. Los otros virus se transmiten cuando los pacientes ya tienen síntomas. Por ello faltan las herramientas para poder erradicarlo.

--Viviremos entonces con su amenaza durante un buen tiempo.

--Por ahora sí estamos expuestos de forma permanente. Pero también hay que pensar que debemos ser proactivos, es decir, tener políticas que nos ayuden a encontrar la salida. Esto quiere decir contar con un tratamiento eficaz y la inmunidad de grupo. Para lo primero hay que descubrir una droga que disminuya la carga viral para que los pacientes sufran menos, contaminen menos y se los pueda curar. La inmunidad de grupo se va a lograr cuando estemos todos infectados, los que sobrevivamos, o cuando se logre desarrollar una vacuna que nos haga inmunes. Esto se apoya en todo el espectro de la ciencia: la ciencia social, epidemiológica, básica, aplicada, académica, médica, industrial, investigación clínica. La respuesta vendrá de ahí.

--En qué dirección se está llevando a cabo la búsqueda de una vacuna o un tratamiento sabiendo que aún se está en una fase de multi exploración.

--Hasta que se encuentre un tratamiento específico para la Covid-19 lo que se hace es el reposicionamiento de medicamentos que ya existen, y ello con dos objetivos. Uno es estudiar el virus, o sea, antivirales, y el otro es controlar la respuesta inflamatoria exacerbada. En más o menos el 10 o 15% de todos los pacientes infectados se constató un desarrollo de una inflamación exacerbada que es contraproducente. Esos son los tratamientos en curso: o se inhibe el virus con un antiviral o se trata la respuesta inflamatoria exacerbada. Por consiguiente, lo que se está haciendo en Francia es lo que se hace en Europa. Es de destacar el estudio clínico europeo “Discovery” que evalúa 4 tratamientos experimentales contra el Covid-19. Dentro de este programa a los pacientes se les proponen distintos tratamientos que van desde el antiviral que se suministra para el Ebola, otro que se suministra contra el VIH o la famosa hidroxicroloquina. Hay otras cositas nuevas que se manejan pero, de todas formas, no hay muchas opciones. No se le puede dar cualquier cosa a los pacientes. Estas son las drogas disponibles y las posibilidades de tratamiento.

--En qué medida su propia disciplina, la inmunología, alimenta las investigaciones en torno a los tratamientos.

--El virus interacciona con el sistema inmune, que es el que nos ayuda a sacarnos de encima el virus. La inmunología está muy ligada con la respuesta antiviral. En el campo de la inmunología debemos entender la relación entre el virus y el sistema inmune. Se hacen investigaciones fundamentales que luego se aplican. Hay gente, como el Instituto Pasteur, que trabaja con los virus de antes. El resto de los inmunólogos no empezamos de cero. Tratamos de aplicar el conocimiento y la experiencia que cada equipo desarrolla en otros temas a una pregunta asociada al coronavirus. Hay estudios observacionales, que se basan en los pacientes sin intervenir, estudios mecanísticos en los cuales desarrollamos modelos que nos permitan modular algunas variables para entender cuál es el mecanismo de acción por el cual el sistema inmune puede eliminar el virus. Luego hay otros tipos de estudios que están directamente orientados a desarrollar nuevas terapias. Por consiguiente, para encontrar nuevas terapias primero se trata de identificar cuál sería el blanco: si es una proteína del virus o si es el receptor que está en las células humanas y por donde ingresa el virus. Para ello, se trata de desarrollar anticuerpos que neutralicen esa interacción y, también, encontrar una vacuna para estimular al sistema inmune del huésped y proporcionar una protección activa contra la infección. Eso es lo que estamos haciendo en el Instituto Curie: estudiar la respuesta inmune de los pacientes y ver si podemos encontrar nuevos tratamientos, incluyendo el desarrollo de una vacuna.

--Hay tres temporalidades que se cruzan en este momento: la científica, la política y la crisis sanitaria. A ellas se le pegan las confrontaciones ideológicas, la pugna entre intereses y, como se ha visto en Francia, el ego de algunos científicos.

--Cada una tiene sus tiempos, pero todos estamos apurados. El problema radica en que, en la ciencia, las respuestas no se obtienen de un día para otro. Es como le pasó a Pasteur: uno está toda una vida trabajando para encontrar una cosita. Hay que formar, formarse, encontrar cuál es la buena hipótesis de trabajo y después es todo un proceso largo y engorroso donde hay que obtener los subsidios, generar los útiles de trabajo, tener acceso a la tecnología con la cual queremos responder a las preguntas, analizar, interpretar, reproducir y publicar los experimentos. Después tratamos de aplicarlos adaptándolos para que puedan ser utilizados en el ser humano. Y todo esto siempre y cuando los científicos sobrevivamos a una innumerable cantidad de trabas administrativas, regulatorias. Pero todo lo que se pueda hacer aporta, no importa la grandeza del estudio. A veces, los estudios chiquititos aportan la parte inventiva y la solución. Los científicos de todo el mundo, mis colegas argentinos, tenemos la posibilidad de hacer cosas.

--El confinamiento ha desatado igualmente una controversia mundial, que incluso implicó a científicos y, hace poco, hasta circuló una carta firmada por las derechas liberales y promovida por Mario Vargas Llosa en defensa de un casi no confinamiento. Entonces, ¿cortar el flujo humano de la circulación frena realmente la expansión del virus?

--El confinamiento desacelera la expansión del virus. El problema es que acá no hay mucho que discutir. La realidad es arrolladora: los países que no se confinan tienen una cantidad de infecciones que aumenta de forma exponencial y es imposible de dominar. Repito: no hay otras opciones. A falta de test diagnósticos que nos permitan aislar a los portadores y controlar así la diseminación, a falta de material de protección, no hay máscaras ni soluciones hidroalcohólicas, ni protecciones descartables para los médicos, en suma, sin eso no queda otra más que el confinamiento. Lo que hay que hacer es evitar que se saturen los hospitales para que todos los enfermos tengan acceso a los respiradores y a los cuidados intensivos. Si no hubiese habido este confinamiento habríamos pasado aún más situaciones, como las que ya pasamos, donde los médicos tenían que elegir a quién le daban el oxígeno y a quién ponían en terapia intensiva. El confinamiento no se discute, no es bueno ni malo, no hay otra opción. El confinamiento es la única arma para actuar. El confinamiento nos da un poco de tiempo para equipar los hospitales, poner a punto los test diagnósticos para aislar a las personas, sobre todo las asintomáticas que siguen diseminando la enfermedad, esperar los resultados de los estudios clínicos que nos van a decir qué tratamiento es el adecuado, encontrar un antiviral que baje la carga viral. Ahora vamos a comenzar a desconfinar y espero que con todo esto que hemos aprendido el rebote que va a venir con el desconfinamiento nos encuentre mejor parados frente a la infección. Pero para ello hay una condición: cuando nos desconfinemos hay que respetar la distancia social y los gestos barrera. De lo contrario será de nuevo el caos.

--Usted cree, como lo sugieren muchos sectores, que el tratamiento o la vacuna, si se descubre, debería ser como una suerte de patrimonio de la humanidad, es decir, quedar fuera de las especulaciones de los laboratorios.

--¡Espero que sea así! Claro, después la realidad es otra y no sé cómo vamos a hacer. Eso sería lo ideal pero no sé cómo se cambia todo un sistema neoliberal en el cual los intereses económicos están por encima de las personas. Los Estados aquí tienen que asumir un papel importante.

--El sistema multilateral sanitario ha sido un fracaso total. La Organización Mundial de la Salud (OMS) no cumplió con su propósito.

--La OMS debió cumplir ese rol de regulador y coordinador y no lo hizo. Hay que volver a pensar la gestión global de estas crisis sanitarias, no hay dudas sobre ello. Estamos frente a un gran fracaso, ante la evidencia de que la gestión de la OMS ante la Covid fue errónea. Estamos en una situación desastrosa que se sigue deteriorando. La OMS es como un dinosaurio y hay que renovarlo. Debe existir un ente regulador, pero no como este. Los Estados deben también desempeñar un papel mayor que integre la gestión sanitaria, la gestión científica, económica y social.

--En la Argentina el presidente Alberto Fernández tomó rápidamente medidas para confinar el país. Al mismo tiempo, la comunidad científica trabaja intensamente con los medios de que dispone.

--Para la ciencia argentina no es el mejor momento. Pasamos de la creación del Ministerio de Ciencia y Tecnología, donde hubo un repunte en la ciencia argentina, a lo que ocurrió después cuando se vino abajo. La ciencia está atada de pies y manos, pero los científicos argentinos son extraordinarios. Tienen un nivel único de inventividad y una capacidad extraordinaria para salir adelante. Yo colaboro mucho con los científicos argentinos. Para mí es una forma de devolver al país lo que el país me dio a mi para estar en donde estoy. Hacer ciencia ya es complicado en los países desarrollados, imagínese lo que es hacerlo en la Argentina donde la ciencia tiene que sobrevivir a un viacrucis. Pero esto no descalifica nada de lo que pueda salir de la Argentina. Todo lo que se pueda hacer tendrá un impacto enorme. 

Las banderas rojas: entre la emergencia y la protesta social

A comienzos del mes de abril la alcaldía del municipio de Soacha promovió una particular estrategia para identificar a las familias que necesitan ayuda por la emergencia social del coronavirus: la instalación de banderas rojas en las viviendas. Pronto este símbolo se ha extendido por todos los barrios periféricos de la ciudad de Bogotá. En la última semana, más exactamente a partir del día 14 de abril, los trapos rojos cambiaron su sentido. Han pasado de las fachadas, puertas y ventanas de las viviendas a las manos de desplazados, desempleados y trabajadores informales que se toman las vías de la ciudad exigiendo el apoyo del gobierno durante la cuarentena.

Los manifestantes desobedeciendo el mandato gubernamental de quedarse en casa, han protagonizado una fuerte jornada de bloqueos, cacerolazos y confrontaciones con la Policía en las localidades de Usme, Ciudad Bolívar, San Cristóbal, Suba, Bosa y Santafé. Las causas de este estallido social van más allá de la coyuntura generada por la pandemia de Covid-19, obedeciendo a elementos estructurales de la sociedad colombiana.

Una primera razón, se encuentra en la profunda desigualdad social existente en Colombia. El país ocupa el tercer puesto en el ranking mundial de desigualdad siendo su ingreso distribuido de la siguiente manera: el 1% de sus habitantes es dueño del 20% de los ingresos económicos nacionales mientras el 40% sobrevive con menos de 12.000 pesos al día. Por otra parte, en Colombia perdura una política elitista y colonial que desprecia a su pueblo, ya que en palabras de William Ospina “aquí siempre existió la tendencia a dejar a las muchedumbres en la pobreza y en el abandono, y correr a esconder a los pobres cuando el mundo venía a visitarnos”. Esto ha configurado una forma de gobierno que niega los derechos humanos de los pobres y promueve acciones de control estatal a sus espacios y actividades. Para la política tradicional las clases populares son una amenaza a la seguridad y no ciudadanos que gocen de los beneficios de la democracia.

Aunque desde los primeros días de la cuarentena fue lanzado por la alcaldía el programa Bogotá Solidaria en Casa para atender a las personas más vulnerables de la ciudad, consideramos que persisten elementos elitistas en esta estrategia. Las clases populares han señalado esta contradicción diciendo a las autoridades: “si no nos mata el coronavirus nos mata el hambre”. Este grito cuestiona la existencia de un lenguaje de clase media sintetizado en la frase “quédate en casa” que ignora, por un lado, las condiciones de hacinamiento y pésima infraestructura de las viviendas, el trabajo informal y la configuración de tejidos comunitarios de supervivencia con base en los paisanos, familiares, compadres y vecinos. Todos estos factores motivan la salida de las personas de sus casas, siendo más adecuado decir, como lo propone Raúl Zibechi, quédate en tu barrio.

Por otra parte, evidencia los errores de una estrategia de donación de dinero y alimentos sin intermediarios, ya que con la buena intención de limitar el clientelismo fue desconocido el papel que tienen las organizaciones populares en la priorización de los recursos a los más necesitados. Las demoras en la entrega de los apoyos económicos o mercados obedecen a esta concepción. Se ignora que son los líderes sociales y no los funcionarios del DANE quienes conocen el territorio.

Los gobiernos –nacional, distrital y local– y los ciudadanos en general deben escuchar la movilización de las banderas rojas, extrayendo de allí valiosos aprendizajes sobre la cuarentena y la acción política.

Uno de ellos consiste en comprender que la voluntad de vivir es una fuente vigorosa de poder político. El deseo de vida ha llevado a los habitantes de las periferias a desafiar las adversidades, el dolor y la muerte, enseñándonos que es la vida y no la acumulación de dinero y poder el valor supremo de la humanidad. También, nos recuerdan la posición central que deben tener las clases populares en los planes, programas y acciones de las instituciones estatales. Dicha política desde abajo no debería preocupar a los demás grupos sociales –en espacial a las clases medias–, ya que como señala Enrique Dussel “la mera reproducción de la vida del pobre exige tales cambios que, al mismo tiempo, produce el desarrollo civilizador de todo el sistema. Afirmación de vida de la víctima es crecimiento histórico de la vida toda de la comunidad. Es a través de la solución de las insatisfacciones de los oprimidos, los últimos, que los sistemas históricos han progresado”.

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