Germán Ardila, Los consejeros, 60 x 100 cm (Cortesía del autor)

El tiempo pasa y nos marca de diversas maneras con sus acontecimientos, unos más fuertes, otros no tanto. De unos y otros escritos en desdeabajo en su debido momento. Hoy, en época de balances, los retomamos y les invitamos a su relectura.


La crisis económica-financiera, acelerada por el covid-19, golpea más allá de lo proyectado por el establecimiento: a mayo de 2020 el número real de desempleados totaliza 7.512.518 (sumando desempleados que siguen buscando alguna oportunidad y los que perdieron las esperanzas, se sienten impotentes y se retiran del mercado laboral); en consecuencia, la tasa de desempleo real se eleva a 34,2 por ciento; el país pierde dos décadas de desarrollo. Además, el ingreso per cápita en 2020 será menor en 8,7 por ciento. La polarización social es cada vez más conflictiva. Solo una amplia alianza social y democrática creará esperanzas y bloqueará el giro de facciones de clase hacia la derecha.

La actual crisis social y económica será recordada como una de las más abrumadoras en la historia de Colombia. En este acontecimiento confluyen tres fenómenos adversos: una depresión económica-financiera que venía incubándose desde años atrás, la pandemia causada por coronavirus a partir de 2019 y las políticas arbitrarias favorables a los grupos de poder impuestas por el gobierno nacional y los mandatarios regionales y locales.

Los indicadores económicos así lo confirman. En 2020 el PIB per cápita cae en picado 8,7 por ciento (Gráfico 1), el número de patrones o empleadores disminuyó un 32,4 por ciento (principalmente por la masiva quiebra de micro, pequeños y medianos empresarios), se destruyeron 5 millones de puestos de trabajo, el desempleo afecta al 34,2 por ciento de la fuerza laboral, hay incertidumbre por el futuro y el riesgo de seguir en la miseria o caer en la pobreza en 6 de cada 10 colombianos (Gráfico 2), solo 14,6 por ciento de las empresas han podido seguir funcionando normalmente, el resto, el 85,4 por ciento, se declararon en quiebra (10,8%), tuvieron que cerrar temporalmente (52%) u operan parcialmente con teletrabajo (22,6 %). Todo enmarcado en una mayor concentración y centralización del capital, un protagonismo desmesurado del Estado para satisfacer las demandas de las oligarquías local e internacional. Sobresale en esta situación el fin de la clase media más vulnerable debido a la quiebra de sus negocios, caída en el desempleo, las barreras para acceder a subsidios o la pérdida de poder adquisitivo, el cual difícilmente volverán a recuperar en el corto plazo.

 

 

El desplome económico y social quedó plasmado en los resultados recientes del Indicador de seguimiento a la economía (ISE) publicado por el Dane**. En él y de acuerdo con el gráfico 3, para el mes de abril de 2020 el ISE en su serie original se ubicó en 82,62, lo que representó un decrecimiento de 20,1 por ciento respecto a su comportamiento un año antes (103,35).

Los sectores de producción agrupan las diferentes ramas de actividad económica. Los sectores establecen una clasificación de la economía en función del tipo de proceso productivo que lo caracteriza. Cada país apuesta más firmemente por uno u otro sector en función, entre otros factores clave, de los recursos propios con los que cuenta, de sus posibilidades de competitividad, crecimiento y expansión, y de sus preferencias a la hora de adoptar una estrategia de desarrollo concreta. Los sectores productivos de la economía colombiana se caracterizan por un peso muy alto en la explotación de los recursos minero-energéticos y las actividades del sector terciario.

De acuerdo con los resultados del ISE, en abril de 2020 el sector primario cayó en 13,7 por ciento; el sector secundario registró un desplome de -47,1; y, el sector terciario se derrumbó en 13,3 (ver matriz de sectores).


Para el año 2020, el Fondo Monetario Internacional (FMI) proyecta el hundimiento de la economía colombiana en -8 por ciento. La tasa de crecimiento de la población es del 1,1 por ciento; en consecuencia, el ingreso per cápita caerá en 8,7 por ciento (Gráfico1).
La pandemia de enfermedad por coronavirus de 2019-2020 aceleró, profundizó y amplió los impactos de la crisis económica-financiera que se venía manifestando desde el año 2019. En relación con el mercado laboral, el número de personas ocupadas se redujo en -22,1 por ciento al comparar las cifras de mayo de 2020 respecto a mayo de 2019 (cerca de 5 millones de puestos de trabajo se destruyeron). En consecuencia, la tasa de desempleo se multiplico 2,1 durante el último año al aumentar de 10,5 a 21,4 por ciento.

Además, en cuanto a las horas trabajadas, en mayo, 46 por ciento de las personas ocupadas señaló que había trabajado menos horas.

Esta tasa de desempleo enmascara una situación más trágica aun: cerca de 3 millones de personas abandonaron el mercado de trabajo (salieron de la población económicamente activa ante la imposibilidad y desesperanza de encontrar algún trabajo); por consiguiente, al agregar el número de desempleados registrados en mayo de 2020 (4.693.929) con aquellos miembros de la fuerza de trabajo que cayeron en la trampa de la impotencia aprendida (2.818.589), el número real de desempleados suma 7.512.518 y la tasa de desempleo objetiva se eleva a 34,2 por ciento (Cuadro 1). A nivel nacional se reportaron 17,8 millones de personas inactivas, es decir que estando en edad de trabajar, no están trabajando ni buscando emplearse.


Un nuevo enfoque del mercado laboral del Dane, que resulta relevante en medio de la coyuntura actual, es el de cómo se distribuye la población ocupada según tamaño de empresa y rama de actividad. Las estadísticas del Dane muestran que de las 17.262.386 personas ocupadas que hubo en mayo de 2020, 11,3 millones hacen parte de pequeñas empresas, compañías con empleados de máximo 10 personas, y el resto, es decir, cerca de 6 millones de ocupados son de firmas con más de 10 trabajadores; en este sentido, en las pequeñas empresas hubo una reducción de 3,4 millones de ocupados, frente a mayo de 2019; así mismo, en las empresas de más de 10 empleados se redujo la población ocupada en 1,5 millones de personas. El 43,5 por ciento de la población desocupada perdió el empleo durante el tiempo que ha venido evolucionando la pandemia.

La división de clases constituye el marco referencial de todo el escalonamiento de las estratificaciones sociales. De acuerdo con los resultados de la Gran Encuesta Integrada de Hogares (Geih) que publica el Dane, en el total nacional, las nueve posiciones ocupacionales registran variaciones negativas entre los meses de mayo 2019 a mayo 2020. En particular, las más afectadas por la crisis son: la categoría “Patrón o empleador” cae un -32,4 por ciento, producto de la riada de quiebras; “Empleado doméstico” cae en 36,9 por ciento; “Obrero, empleado particular” se reduce en 21,7 por ciento; “Trabajador familiar sin remuneración” baja 21,6 por ciento; “Trabajador sin remuneración en empresas de otros hogares” cae 18,6 por ciento y “Trabajador por cuenta propia” descendió 14 por ciento. Las categorías ocupacionales que menos registran estragos en sus puestos de trabajo son: “Obrero, empleado del gobierno” que se reduce apenas en 1,1 por ciento y “Jornalero o Peón” en -0,7 por ciento. El aparato estatal no ha sufrido mayor afectación por causa de la crisis económica y de salubridad pública, menos aún por las políticas implementadas por el Gobierno; obvio es decirlo, al Estado lo componen los grupos políticos, tecnocráticos, militares y policiales al servicio de la reproducción del poder (Cuadro 2).

 

 

El Dane clasifica las actividades económicas en 14 ramas, de ellas, las que concentraron las caídas más catastróficas del número de ocupados entre mayo de 2019 y mayo de 2020 son diez: “Explotación de minas y canteras” (-15,6%); “Industrias manufactureras” (-27,2%); “Construcción” (-27,1%); “Comercio y reparación de vehículos” (-17,4%); “Alojamiento y servicios de comida” (-18,2%); “Transporte y almacenamiento” (-11,3%); “Información y comunicaciones” (-21.2%); “Actividades inmobiliarias” (-32,4%); “Administración pública y defensa, educación y atención de la salud humana” (-18,8%); y, “Actividades artísticas, entretenimiento, recreación y otras actividades de servicios” (-30,1%). Por su posición dominante en el mercado y poder de manipulación de las tarifas, la rama de actividad “Suministro de electricidad gas, agua y gestión de desechos” es la única que registra un crecimiento en el número de empleados: 28,2 por ciento. Otras ramas menos afectada por la crisis son: “Agricultura, ganadería, caza, silvicultura y pesca” (-7,3%); “Actividades financieras y de seguros” (-10,3%) y “Actividades profesionales, científicas, técnicas y servicios administrativos” (-9,3%) (Cuadro3).


Es un desplome generalizado de la economía colombiana pese al ejercicio de gobierno despótico y arbitrario desplegado por la clase dominante a lo largo de los últimos tres meses, donde ha ostentado de su poder, dándole cuerpo a una dictadura civil con respaldo constitucional y, que bajo el pretexto de cuidar, vigilan, oprimen y controlan a la ciudadanía a la sombra de un asfixiante Estado policial. El ejercicio sin control del poder les ha permitido, de una parte, deshilachar la ya de por sí maltrecha democracia y, de otra, hipotecar el futuro de las próximas generaciones debido al escalamiento de la deuda pública y el déficit fiscal que alcanzan 66 y 10 por ciento del PIB, respectivamente. Las consecuencias de sus imposiciones las padecen hoy, y las sufrirán en extenso en los años que vienen, las clases populares trabajadoras y un amplio sector de la media.


Entretanto, el Gobierno ha concentrado su atención de manera especial en los temas de salubridad y social. Si bien ha ofrecido apoyos económicos al sector productivo y financiero, el Ministerio del Trabajo no ha asumido el papel que le corresponde en una situación de crisis laboral como la actual.

** Este es un índice sintético cuyo fin es proporcionar una medida de la evolución de la actividad real de la economía en el corto plazo, el cual se ajusta a la metodología utilizada en las cuentas nacionales trimestrales; compuesto por un conjunto heterogéneo de indicadores mensuales representativos de los sectores y las actividades económicas que los integran.

* Economista y filósofo. Integrante del comité editorial de los periódicos Le Monde diplomatique edición Colombia, y desdeabajo.

 


 

Impactos del desplome en la estructura y posición político-ideológica de las clases sociales

 

Germán Ardila, El serviente ariadno (Lluvia de oro me pone verde de envidia, 30 x 30 cm (Cortesía del autor)

 

Las clases sociales significan y reflejan, en un único y mismo movimiento, sus contradicciones y luchas. Su estructura y disputas constituyen uno de los principales puntos de referencia para el análisis económico de las sociedades modernas y su proceso de desarrollo socio-político. La articulación entre clase y lucha de clases permite definir las clases sociales en términos de relaciones sociales dinámicas-conflictivas y procesos activos.


Las estadísticas oficiales sobre la distribución de los ingresos confunden o equivocan la estratificación socio-económica con las clases sociales. No obstante, la distinción real, en la magnitud de los ingresos, no es más que la consecuencia de las relaciones de producción. Además, de acuerdo con el psicoanálisis freudiano y la teoría crítica marxista, el ser humano es primariamente lo que son sus relaciones sociales.

En América Latina las políticas públicas que pretenden reducir la pobreza y la desigualdad de ingresos tienen como fundamento ideológico constituirse en sociedades de clase media. Los distintos gobiernos de la región asumen como un axioma la ecuación: “ampliación de la clase media=desarrollo económico + democracia”. En particular, consideran que una clase media fuerte y próspera es crucial para cualquier economía exitosa y sociedad cohesionada. Frente al antagonismo entre la burguesía y la clase obrera, la clase media se percibe como el pilar mediador y el factor fundamental del “equilibrio” de cualquier sociedad capitalista. Sin embargo, lo que predomina en esta visión es una definición de clase media “mínima”, resultado automático de la superación de los umbrales de pobreza monetaria definidos en cada país.

Clase “mínima” que, pese a superar el umbral de la pobreza monetaria, se encuentra en una situación de alta vulnerabilidad y riesgo de volver a esa situación ante circunstancias tales como el desempleo o la precarización del empleo, bruscos aumentos de la inflación, incrementos de la carga tributaria, quiebras de sus negocios y desastres o eventos sociales, personales y familiares catastróficos. Así resalta no solo en Colombia sino en toda la región, y los indicadores de la recesión económica en curso dará cuenta de lo anotado. Es necesaria agregar que la discusión sobre la estratificación social y en particular sobre las clases sociales debería involucrar otras dimensiones (como ocupación, educación,subsidios e impuestos, ingresos y gastos, consumo material y simbólico, prácticas culturales, capital social, percepción sobre su entorno político y praxis ideológica, entre otras).

Los resultados del estudio realizado por la Cepal sobre las clases sociales, presentado en la edición del Panorama Social de América Latina 2019, indican que la participación de los estratos (rangos definidos por líneas de pobreza per cápita) de ingreso medio (suma de las categorías bajo, intermedio y alto) en el total de la población de Colombia pasó de 27,3 por ciento en 2002 a 46,2 en 2017. A su vez, la población de estratos de ingreso bajo (que corresponden a la suma de la población en situación de pobreza extrema, pobreza no extrema y bajos no pobres) se redujo de 70,1 por ciento a 49,5. También se aprecia durante los quince años analizados un incremento del estrato de ingresos altos (personas cuyos ingresos per cápita superan las 10 líneas de pobreza): del 2,6 al 4,3 por ciento de la población colombiana (Cuadro 4).

 

 

Crisis económica y cambios en las relaciones económicas

La dimensión económica está determinada por el proceso de producción, y el lugar de los agentes, su distribución en clases sociales, esto es, por las relaciones de producción.

La complejidad de la crisis económica, el déficit en las finanzas del Estado, los efectos de las políticas arbitrarias y clasistas del Gobierno y la pandemia de enfermedad por coronavirus de 2019-2020 ha suscitado el debilitamiento del núcleo o principio organizativo de la sociedad, es decir, la erosión o destrucción de las relaciones sociales. En paralelo, esta situación resalta la correlación existente entre las relaciones de producción y las conductas sociales, culturales y políticas. En resumen, la crisis y la pandemia significan una enorme conmoción en la sociedad colombiana, y la conjunción de procesos adversos genera una alteración violenta y brusca en la cotidianidad de los colombianos y su sistema político-económico. Las fuerzas sociales tienden a fragmentar, atomizar y polarizar y, por tanto, privatizar las experiencias de las personas y a bloquear la dinámica plural de la lucha de clases y los movimientos sociales en medio de la pandemia, la crisis socioeconómica y la represión estatal.

Una situación compleja y de destino incierto lo personaliza el exterminio de la clase media vulnerable. Por estar la clase media precisamente polarizada, en la lucha de clases, es en relación con esta polarización como hay que comprender su fraccionamiento. Como lo advirtió el estudio realizado por el sociólogo político marxista greco-francés Nicos Poulantzas (1936-1979) sobre las clases sociales en el capitalismo actual, la pequeña burguesía no tiene posición de clase autónoma a largo plazo ni puede en general, como lo ha demostrado la historia, contar con organizaciones políticas propias; partidos políticos que representan efectivamente, a largo plazo y de manera dominante, los intereses específicos de la clase media rara vez han existido. En cambio, lo que se suele encontrar más son partidos burgueses con clientela pequeño-burguesa (pero también obrera), a saber, partidos que representan, de manera predominante, intereses e ideologías burgueses, pero que saben procurarse el apoyo de las fracciones de la clase media y de los “agentes desclasados” (lumpenproletariado).

Demografía, sociedad y dinámica política

El capitalismo crea inevitablemente y mantiene un conjunto de trabajadores desempleados o parcialmente ocupados (el ejército industrial de reserva) que, junto con las limitaciones dadas por consideraciones sobre la rentabilidad, la competencia y la movilidad de los capitales, impide necesariamente a la clase trabajadora que aumente sus salarios reales más rápidamente que la productividad. El empobrecimiento relativo de los trabajadores es un rasgo inherente del sistema capitalista considerado en su conjunto.

Un grave problema de las sociedades modernas es la transformación de grupos cada vez mayores de trabajadores en lumpenproletariado, esto es, “el desecho de todas las clases” que sobrevive en medio de la delincuencia y el crimen, la prostitución, el tráfico de drogas, la mendicidad y toda clase de actividades ilegales; masas crecientes de población que en condiciones extremas de crisis y desintegración social se separan de su clases y llegan a conformar grupos flotantes y desocupados, particularmente evidentes en las principales ciudades. Históricamente, las oligarquías y partidos de extrema derecha se apoyan en el lumpen en su lucha por mantener el poder; estos grupos desclasados o amenazados en sus tradicionales estatus sociales son la base de apoyo para el surgimiento del fascismo y el nazismo, en el caso colombiano para el mantenimiento y crecimiento del paramilitarismo-narcotraficantes-lumpen oligarquía y, de acuerdo al desplome económico que presenciamos, a una posible ampliación de la base social para un mayor giro a la derecha de nuestra sociedad.

Si bien el rasgo distintivo de la época burguesa es la división de toda la sociedad en dos grandes clases que se enfrentan directamente: la burguesía y el proletariado, un fenómeno general del desarrollo del capitalismo es el crecimiento de la clase media. Esta emergencia de una tercera fuerza política y social está integrada por la pequeña burguesía tradicional (pequeña producción y propiedad urbana y rural, trabajadores por cuenta propia) y la nueva pequeña burguesía que abarca a asalariados dependientes de la circulación comercial, de la realización bancaria, de los servicios o de los aparatos del Estado, esto es, la población ocupada en el sector terciario (trabajadores asalariados no productores directos de plusvalía). La evidente quiebra de pequeños y medianos negocios por todo el país deja en claro que precisamente recae sobre esta clase uno de los mayores efectos de la crisis.

El siglo XX es significativo por la consolidación de la clase media en Colombia: Durante el período 1905-2019, el número de personas aumentó de 4,4 millones a 50,4 millones; la participación relativa de la población urbana creció durante este período de 15,7 por ciento a 77; y, la Incidencia de la pobreza monetaria cayó de 92 por ciento a 27,4 (Gráfico 2). El índice de escolaridad de la fuerza de trabajo también registra un crecimiento acelerado y continuo a partir de la segunda mitad del siglo XX, pero aun con altas fragmentaciones, exclusión y desigualdades en el nivel y acceso a la educación de calidad entre clases sociales en el año 2020 (Cuadro 5).


El choque generado por la crisis económico-financiera, la pandemia y las políticas públicas antidemocráticas, clasistas y arbitrarias, ha generado un retroceso equivalente a la pérdida de las dos últimas décadas del desarrollo en Colombia, un salto hacia atrás en la pobreza del país, destrucción de puestos de trabajo, quiebras masivas de micro, pequeñas y medianas empresas, pobreza e incertidumbre por el futuro económico en 60 por ciento de los connacionales*** y destrucción de fracciones de la clase media.
La conmoción que afecta actualmente a las clases obrera y media genera graves problemas sociales, políticos y económicos para el desarrollo sostenible del país, la cohesión social y la democracia. En particular, la clase media sostiene parte considerable del consumo y de la inversión en educación, salud y vivienda, y desempeña un papel clave en el apoyo a los sistemas de protección social a través de sus contribuciones fiscales. La pequeña burguesía junto con la aristocracia obrera se constituye como elemento conservador en la sociedad; estos promueven el reformismo gradual y las alianzas con la clase dominante en el seno de los movimientos políticos.


Sin embargo, la clase media es bipolar. De una parte constituye un elemento conservador en la sociedad; de otra, también es conocido el fenómeno de su “radicalismo” (el artesanado fue cuna del sindicalismo revolucionario y el estudiantado universitario episódicamente ha sido promotor de cambios radicales). Debido a su fraccionamiento y polarización es difícil llegar a una clasificación satisfactoria y predicción de sus posiciones políticas, incluso cuando estos numerosos grupos sectoriales han sido diferenciados en baja, intermedia y alta clase media, lo cual explica las diferentes fidelidades políticas; las mismas que están, como es evidente, fuertemente influidas por factores culturales, herencias parentales, por condiciones y demandas políticas, económicas, culturales, ambientales y sociales específicas y oportunistas.


La inseguridad es una característica que afecta a amplias facciones de las clases media y obrera en sus condiciones de existencia. La crisis por la que atraviesa el país, unido a los efectos del cambio tecnológico en marcha producto de la 4ª revolución industrial que acaba con puestos de trabajo y precariza los derechos laborales conducen a la proletarización de la clase media, el empobrecimiento de los trabajadores y a la pérdida de sus relaciones sociales tradicionales. Los traslados de fracciones de la clase media hacia la burguesía son más limitados que los que tienen como término los demás conjuntos pequeños burgueses con polarización objetiva proletaria. Los obreros que abandonan la producción van principalmente hacia el sector de rebuscadores “independientes” o “cuenta propia”.


La polarización hacia la clase trabajadora es un hecho debido a la heterogeneidad de las condiciones de vida y de trabajo de los agentes pequeñoburgueses, a menudo por reivindicaciones específicas, por aspectos particulares y la defensa común de la dignidad humana y la democracia radical. La alianza en un frente popular, que articule a la clase obrera, los pueblos originarios, la pequeña burguesía tradicional (campesinos y pequeños empresarios) y la nueva clase media (trabajadores del sector terciario) cambia radicalmente la relación de fuerza entre la oligarquía colombiana y la clase trabajadora. En efecto, la relación de fuerza entre los partidos y movimientos de extrema derecha y la clase trabajadora no puede ser estructuralmente modificada sino a medida que se establezcan las alianzas de la clase obrera y campesina con las demás clases y fracciones de clase populares y media, por lo tanto, a medida de la cimentación del “pueblo” contra la oligarquía y sus aliados protofascistas y lumpen.


El ejercicio democrático formal en Colombia tiene una historia no mayor a un siglo. Durante los procesos electorales la abstención registra un promedio del 52 por ciento y el voto por los candidatos de izquierda promedia 13,2 por ciento. En las elecciones presidenciales de 2018 la abstención descendió a 47 y el voto por la izquierda aumentó a 42 por ciento (Gráfico 4). Los resultados de procesos sociales cada vez más activos y demandantes de mejores condiciones de vida y democracia real, así como los resultados electorales de los últimos comicios presidenciales, como evidencia empírica, muestran un mayor grado de conciencia política y de confluencia de los movimientos sociales inspirados en la creación de nuevas formas de existencia humana y de desarrollo sostenible. En esta dinámica, las elecciones presidenciales de 2022 se ubican en medio de una coordenada espacio-temporal favorable a los programas de la izquierda democrática, con opción de ser gobierno por primera vez desde que existe el sufragio universal en el país.


No obstante, según la experiencia internacional –desde el mismo surgimiento del fascismo en los años 20 y 30 del siglo XX, y con lo que está en curso en Estados Unidos, Brasil y varios países europeos, podemos decir que la sociedad entra en un periodo de polarización hacia los extremos en el campo de la lucha política e ideológica de las clases sociales. También es muy posible un mayor giro a la derecha de las facciones que se ven amenazadas en sus ideologías y estatus sociales, propiedad y seguridad. La actual crisis económica-financiera, acelerada y profundizada por el covid-19 estimulará el fortalecimiento o resurgimiento de los grupos insurgentes, así como del paramilitarismo, organizaciones criminales y de la lumpen oligarquía, a la par de la delincuencia de todo tipo, lo que abre una ventana para una propuesta de mano dura que garantice tranquilidad –seguridad, a la par de recuperación económica y la fantasía de un retorno a la “normalidad” perdida. El uribismo, expresión de la extrema derecha fascista y lumpen, sabe moverse en esas aguas.

 

*** De acuerdo con los resultados de la encuesta ‘Coronavirus, perspectivas del consumidor de Colombia’, elaborada por McKinsey & Company, entre el 29 de abril y el 4 de mayo del presente año.

 

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Germán Ardila, Los consejeros, 60 x 100 cm (Cortesía del autor)

La crisis económica-financiera, acelerada por el covid-19, golpea más allá de lo proyectado por el establecimiento: a mayo de 2020 el número real de desempleados totaliza 7.512.518 (sumando desempleados que siguen buscando alguna oportunidad y los que perdieron las esperanzas, se sienten impotentes y se retiran del mercado laboral); en consecuencia, la tasa de desempleo real se eleva a 34,2 por ciento; el país pierde dos décadas de desarrollo. Además, el ingreso per cápita en 2020 será menor en 8,7 por ciento. La polarización social es cada vez más conflictiva. Solo una amplia alianza social y democrática creará esperanzas y bloqueará el giro de facciones de clase hacia la derecha.

La actual crisis social y económica será recordada como una de las más abrumadoras en la historia de Colombia. En este acontecimiento confluyen tres fenómenos adversos: una depresión económica-financiera que venía incubándose desde años atrás, la pandemia causada por coronavirus a partir de 2019 y las políticas arbitrarias favorables a los grupos de poder impuestas por el gobierno nacional y los mandatarios regionales y locales.

Los indicadores económicos así lo confirman. En 2020 el PIB per cápita cae en picado 8,7 por ciento (Gráfico 1), el número de patrones o empleadores disminuyó un 32,4 por ciento (principalmente por la masiva quiebra de micro, pequeños y medianos empresarios), se destruyeron 5 millones de puestos de trabajo, el desempleo afecta al 34,2 por ciento de la fuerza laboral, hay incertidumbre por el futuro y el riesgo de seguir en la miseria o caer en la pobreza en 6 de cada 10 colombianos (Gráfico 2), solo 14,6 por ciento de las empresas han podido seguir funcionando normalmente, el resto, el 85,4 por ciento, se declararon en quiebra (10,8%), tuvieron que cerrar temporalmente (52%) u operan parcialmente con teletrabajo (22,6 %). Todo enmarcado en una mayor concentración y centralización del capital, un protagonismo desmesurado del Estado para satisfacer las demandas de las oligarquías local e internacional. Sobresale en esta situación el fin de la clase media más vulnerable debido a la quiebra de sus negocios, caída en el desempleo, las barreras para acceder a subsidios o la pérdida de poder adquisitivo, el cual difícilmente volverán a recuperar en el corto plazo.

 

 

El desplome económico y social quedó plasmado en los resultados recientes del Indicador de seguimiento a la economía (ISE) publicado por el Dane**. En él y de acuerdo con el gráfico 3, para el mes de abril de 2020 el ISE en su serie original se ubicó en 82,62, lo que representó un decrecimiento de 20,1 por ciento respecto a su comportamiento un año antes (103,35).

Los sectores de producción agrupan las diferentes ramas de actividad económica. Los sectores establecen una clasificación de la economía en función del tipo de proceso productivo que lo caracteriza. Cada país apuesta más firmemente por uno u otro sector en función, entre otros factores clave, de los recursos propios con los que cuenta, de sus posibilidades de competitividad, crecimiento y expansión, y de sus preferencias a la hora de adoptar una estrategia de desarrollo concreta. Los sectores productivos de la economía colombiana se caracterizan por un peso muy alto en la explotación de los recursos minero-energéticos y las actividades del sector terciario.

De acuerdo con los resultados del ISE, en abril de 2020 el sector primario cayó en 13,7 por ciento; el sector secundario registró un desplome de -47,1; y, el sector terciario se derrumbó en 13,3 (ver matriz de sectores).


Para el año 2020, el Fondo Monetario Internacional (FMI) proyecta el hundimiento de la economía colombiana en -8 por ciento. La tasa de crecimiento de la población es del 1,1 por ciento; en consecuencia, el ingreso per cápita caerá en 8,7 por ciento (Gráfico1).
La pandemia de enfermedad por coronavirus de 2019-2020 aceleró, profundizó y amplió los impactos de la crisis económica-financiera que se venía manifestando desde el año 2019. En relación con el mercado laboral, el número de personas ocupadas se redujo en -22,1 por ciento al comparar las cifras de mayo de 2020 respecto a mayo de 2019 (cerca de 5 millones de puestos de trabajo se destruyeron). En consecuencia, la tasa de desempleo se multiplico 2,1 durante el último año al aumentar de 10,5 a 21,4 por ciento.

Además, en cuanto a las horas trabajadas, en mayo, 46 por ciento de las personas ocupadas señaló que había trabajado menos horas.

Esta tasa de desempleo enmascara una situación más trágica aun: cerca de 3 millones de personas abandonaron el mercado de trabajo (salieron de la población económicamente activa ante la imposibilidad y desesperanza de encontrar algún trabajo); por consiguiente, al agregar el número de desempleados registrados en mayo de 2020 (4.693.929) con aquellos miembros de la fuerza de trabajo que cayeron en la trampa de la impotencia aprendida (2.818.589), el número real de desempleados suma 7.512.518 y la tasa de desempleo objetiva se eleva a 34,2 por ciento (Cuadro 1). A nivel nacional se reportaron 17,8 millones de personas inactivas, es decir que estando en edad de trabajar, no están trabajando ni buscando emplearse.


Un nuevo enfoque del mercado laboral del Dane, que resulta relevante en medio de la coyuntura actual, es el de cómo se distribuye la población ocupada según tamaño de empresa y rama de actividad. Las estadísticas del Dane muestran que de las 17.262.386 personas ocupadas que hubo en mayo de 2020, 11,3 millones hacen parte de pequeñas empresas, compañías con empleados de máximo 10 personas, y el resto, es decir, cerca de 6 millones de ocupados son de firmas con más de 10 trabajadores; en este sentido, en las pequeñas empresas hubo una reducción de 3,4 millones de ocupados, frente a mayo de 2019; así mismo, en las empresas de más de 10 empleados se redujo la población ocupada en 1,5 millones de personas. El 43,5 por ciento de la población desocupada perdió el empleo durante el tiempo que ha venido evolucionando la pandemia.

La división de clases constituye el marco referencial de todo el escalonamiento de las estratificaciones sociales. De acuerdo con los resultados de la Gran Encuesta Integrada de Hogares (Geih) que publica el Dane, en el total nacional, las nueve posiciones ocupacionales registran variaciones negativas entre los meses de mayo 2019 a mayo 2020. En particular, las más afectadas por la crisis son: la categoría “Patrón o empleador” cae un -32,4 por ciento, producto de la riada de quiebras; “Empleado doméstico” cae en 36,9 por ciento; “Obrero, empleado particular” se reduce en 21,7 por ciento; “Trabajador familiar sin remuneración” baja 21,6 por ciento; “Trabajador sin remuneración en empresas de otros hogares” cae 18,6 por ciento y “Trabajador por cuenta propia” descendió 14 por ciento. Las categorías ocupacionales que menos registran estragos en sus puestos de trabajo son: “Obrero, empleado del gobierno” que se reduce apenas en 1,1 por ciento y “Jornalero o Peón” en -0,7 por ciento. El aparato estatal no ha sufrido mayor afectación por causa de la crisis económica y de salubridad pública, menos aún por las políticas implementadas por el Gobierno; obvio es decirlo, al Estado lo componen los grupos políticos, tecnocráticos, militares y policiales al servicio de la reproducción del poder (Cuadro 2).

 

 

El Dane clasifica las actividades económicas en 14 ramas, de ellas, las que concentraron las caídas más catastróficas del número de ocupados entre mayo de 2019 y mayo de 2020 son diez: “Explotación de minas y canteras” (-15,6%); “Industrias manufactureras” (-27,2%); “Construcción” (-27,1%); “Comercio y reparación de vehículos” (-17,4%); “Alojamiento y servicios de comida” (-18,2%); “Transporte y almacenamiento” (-11,3%); “Información y comunicaciones” (-21.2%); “Actividades inmobiliarias” (-32,4%); “Administración pública y defensa, educación y atención de la salud humana” (-18,8%); y, “Actividades artísticas, entretenimiento, recreación y otras actividades de servicios” (-30,1%). Por su posición dominante en el mercado y poder de manipulación de las tarifas, la rama de actividad “Suministro de electricidad gas, agua y gestión de desechos” es la única que registra un crecimiento en el número de empleados: 28,2 por ciento. Otras ramas menos afectada por la crisis son: “Agricultura, ganadería, caza, silvicultura y pesca” (-7,3%); “Actividades financieras y de seguros” (-10,3%) y “Actividades profesionales, científicas, técnicas y servicios administrativos” (-9,3%) (Cuadro3).


Es un desplome generalizado de la economía colombiana pese al ejercicio de gobierno despótico y arbitrario desplegado por la clase dominante a lo largo de los últimos tres meses, donde ha ostentado de su poder, dándole cuerpo a una dictadura civil con respaldo constitucional y, que bajo el pretexto de cuidar, vigilan, oprimen y controlan a la ciudadanía a la sombra de un asfixiante Estado policial. El ejercicio sin control del poder les ha permitido, de una parte, deshilachar la ya de por sí maltrecha democracia y, de otra, hipotecar el futuro de las próximas generaciones debido al escalamiento de la deuda pública y el déficit fiscal que alcanzan 66 y 10 por ciento del PIB, respectivamente. Las consecuencias de sus imposiciones las padecen hoy, y las sufrirán en extenso en los años que vienen, las clases populares trabajadoras y un amplio sector de la media.


Entretanto, el Gobierno ha concentrado su atención de manera especial en los temas de salubridad y social. Si bien ha ofrecido apoyos económicos al sector productivo y financiero, el Ministerio del Trabajo no ha asumido el papel que le corresponde en una situación de crisis laboral como la actual.

** Este es un índice sintético cuyo fin es proporcionar una medida de la evolución de la actividad real de la economía en el corto plazo, el cual se ajusta a la metodología utilizada en las cuentas nacionales trimestrales; compuesto por un conjunto heterogéneo de indicadores mensuales representativos de los sectores y las actividades económicas que los integran.

* Economista y filósofo. Integrante del comité editorial de los periódicos Le Monde diplomatique edición Colombia, y desdeabajo.

 


 

Impactos del desplome en la estructura y posición político-ideológica de las clases sociales

 

Germán Ardila, El serviente ariadno (Lluvia de oro me pone verde de envidia, 30 x 30 cm (Cortesía del autor)

 

Las clases sociales significan y reflejan, en un único y mismo movimiento, sus contradicciones y luchas. Su estructura y disputas constituyen uno de los principales puntos de referencia para el análisis económico de las sociedades modernas y su proceso de desarrollo socio-político. La articulación entre clase y lucha de clases permite definir las clases sociales en términos de relaciones sociales dinámicas-conflictivas y procesos activos.


Las estadísticas oficiales sobre la distribución de los ingresos confunden o equivocan la estratificación socio-económica con las clases sociales. No obstante, la distinción real, en la magnitud de los ingresos, no es más que la consecuencia de las relaciones de producción. Además, de acuerdo con el psicoanálisis freudiano y la teoría crítica marxista, el ser humano es primariamente lo que son sus relaciones sociales.

En América Latina las políticas públicas que pretenden reducir la pobreza y la desigualdad de ingresos tienen como fundamento ideológico constituirse en sociedades de clase media. Los distintos gobiernos de la región asumen como un axioma la ecuación: “ampliación de la clase media=desarrollo económico + democracia”. En particular, consideran que una clase media fuerte y próspera es crucial para cualquier economía exitosa y sociedad cohesionada. Frente al antagonismo entre la burguesía y la clase obrera, la clase media se percibe como el pilar mediador y el factor fundamental del “equilibrio” de cualquier sociedad capitalista. Sin embargo, lo que predomina en esta visión es una definición de clase media “mínima”, resultado automático de la superación de los umbrales de pobreza monetaria definidos en cada país.

Clase “mínima” que, pese a superar el umbral de la pobreza monetaria, se encuentra en una situación de alta vulnerabilidad y riesgo de volver a esa situación ante circunstancias tales como el desempleo o la precarización del empleo, bruscos aumentos de la inflación, incrementos de la carga tributaria, quiebras de sus negocios y desastres o eventos sociales, personales y familiares catastróficos. Así resalta no solo en Colombia sino en toda la región, y los indicadores de la recesión económica en curso dará cuenta de lo anotado. Es necesaria agregar que la discusión sobre la estratificación social y en particular sobre las clases sociales debería involucrar otras dimensiones (como ocupación, educación,subsidios e impuestos, ingresos y gastos, consumo material y simbólico, prácticas culturales, capital social, percepción sobre su entorno político y praxis ideológica, entre otras).

Los resultados del estudio realizado por la Cepal sobre las clases sociales, presentado en la edición del Panorama Social de América Latina 2019, indican que la participación de los estratos (rangos definidos por líneas de pobreza per cápita) de ingreso medio (suma de las categorías bajo, intermedio y alto) en el total de la población de Colombia pasó de 27,3 por ciento en 2002 a 46,2 en 2017. A su vez, la población de estratos de ingreso bajo (que corresponden a la suma de la población en situación de pobreza extrema, pobreza no extrema y bajos no pobres) se redujo de 70,1 por ciento a 49,5. También se aprecia durante los quince años analizados un incremento del estrato de ingresos altos (personas cuyos ingresos per cápita superan las 10 líneas de pobreza): del 2,6 al 4,3 por ciento de la población colombiana (Cuadro 4).

 

 

Crisis económica y cambios en las relaciones económicas

La dimensión económica está determinada por el proceso de producción, y el lugar de los agentes, su distribución en clases sociales, esto es, por las relaciones de producción.

La complejidad de la crisis económica, el déficit en las finanzas del Estado, los efectos de las políticas arbitrarias y clasistas del Gobierno y la pandemia de enfermedad por coronavirus de 2019-2020 ha suscitado el debilitamiento del núcleo o principio organizativo de la sociedad, es decir, la erosión o destrucción de las relaciones sociales. En paralelo, esta situación resalta la correlación existente entre las relaciones de producción y las conductas sociales, culturales y políticas. En resumen, la crisis y la pandemia significan una enorme conmoción en la sociedad colombiana, y la conjunción de procesos adversos genera una alteración violenta y brusca en la cotidianidad de los colombianos y su sistema político-económico. Las fuerzas sociales tienden a fragmentar, atomizar y polarizar y, por tanto, privatizar las experiencias de las personas y a bloquear la dinámica plural de la lucha de clases y los movimientos sociales en medio de la pandemia, la crisis socioeconómica y la represión estatal.

Una situación compleja y de destino incierto lo personaliza el exterminio de la clase media vulnerable. Por estar la clase media precisamente polarizada, en la lucha de clases, es en relación con esta polarización como hay que comprender su fraccionamiento. Como lo advirtió el estudio realizado por el sociólogo político marxista greco-francés Nicos Poulantzas (1936-1979) sobre las clases sociales en el capitalismo actual, la pequeña burguesía no tiene posición de clase autónoma a largo plazo ni puede en general, como lo ha demostrado la historia, contar con organizaciones políticas propias; partidos políticos que representan efectivamente, a largo plazo y de manera dominante, los intereses específicos de la clase media rara vez han existido. En cambio, lo que se suele encontrar más son partidos burgueses con clientela pequeño-burguesa (pero también obrera), a saber, partidos que representan, de manera predominante, intereses e ideologías burgueses, pero que saben procurarse el apoyo de las fracciones de la clase media y de los “agentes desclasados” (lumpenproletariado).

Demografía, sociedad y dinámica política

El capitalismo crea inevitablemente y mantiene un conjunto de trabajadores desempleados o parcialmente ocupados (el ejército industrial de reserva) que, junto con las limitaciones dadas por consideraciones sobre la rentabilidad, la competencia y la movilidad de los capitales, impide necesariamente a la clase trabajadora que aumente sus salarios reales más rápidamente que la productividad. El empobrecimiento relativo de los trabajadores es un rasgo inherente del sistema capitalista considerado en su conjunto.

Un grave problema de las sociedades modernas es la transformación de grupos cada vez mayores de trabajadores en lumpenproletariado, esto es, “el desecho de todas las clases” que sobrevive en medio de la delincuencia y el crimen, la prostitución, el tráfico de drogas, la mendicidad y toda clase de actividades ilegales; masas crecientes de población que en condiciones extremas de crisis y desintegración social se separan de su clases y llegan a conformar grupos flotantes y desocupados, particularmente evidentes en las principales ciudades. Históricamente, las oligarquías y partidos de extrema derecha se apoyan en el lumpen en su lucha por mantener el poder; estos grupos desclasados o amenazados en sus tradicionales estatus sociales son la base de apoyo para el surgimiento del fascismo y el nazismo, en el caso colombiano para el mantenimiento y crecimiento del paramilitarismo-narcotraficantes-lumpen oligarquía y, de acuerdo al desplome económico que presenciamos, a una posible ampliación de la base social para un mayor giro a la derecha de nuestra sociedad.

Si bien el rasgo distintivo de la época burguesa es la división de toda la sociedad en dos grandes clases que se enfrentan directamente: la burguesía y el proletariado, un fenómeno general del desarrollo del capitalismo es el crecimiento de la clase media. Esta emergencia de una tercera fuerza política y social está integrada por la pequeña burguesía tradicional (pequeña producción y propiedad urbana y rural, trabajadores por cuenta propia) y la nueva pequeña burguesía que abarca a asalariados dependientes de la circulación comercial, de la realización bancaria, de los servicios o de los aparatos del Estado, esto es, la población ocupada en el sector terciario (trabajadores asalariados no productores directos de plusvalía). La evidente quiebra de pequeños y medianos negocios por todo el país deja en claro que precisamente recae sobre esta clase uno de los mayores efectos de la crisis.

El siglo XX es significativo por la consolidación de la clase media en Colombia: Durante el período 1905-2019, el número de personas aumentó de 4,4 millones a 50,4 millones; la participación relativa de la población urbana creció durante este período de 15,7 por ciento a 77; y, la Incidencia de la pobreza monetaria cayó de 92 por ciento a 27,4 (Gráfico 2). El índice de escolaridad de la fuerza de trabajo también registra un crecimiento acelerado y continuo a partir de la segunda mitad del siglo XX, pero aun con altas fragmentaciones, exclusión y desigualdades en el nivel y acceso a la educación de calidad entre clases sociales en el año 2020 (Cuadro 5).


El choque generado por la crisis económico-financiera, la pandemia y las políticas públicas antidemocráticas, clasistas y arbitrarias, ha generado un retroceso equivalente a la pérdida de las dos últimas décadas del desarrollo en Colombia, un salto hacia atrás en la pobreza del país, destrucción de puestos de trabajo, quiebras masivas de micro, pequeñas y medianas empresas, pobreza e incertidumbre por el futuro económico en 60 por ciento de los connacionales*** y destrucción de fracciones de la clase media.
La conmoción que afecta actualmente a las clases obrera y media genera graves problemas sociales, políticos y económicos para el desarrollo sostenible del país, la cohesión social y la democracia. En particular, la clase media sostiene parte considerable del consumo y de la inversión en educación, salud y vivienda, y desempeña un papel clave en el apoyo a los sistemas de protección social a través de sus contribuciones fiscales. La pequeña burguesía junto con la aristocracia obrera se constituye como elemento conservador en la sociedad; estos promueven el reformismo gradual y las alianzas con la clase dominante en el seno de los movimientos políticos.


Sin embargo, la clase media es bipolar. De una parte constituye un elemento conservador en la sociedad; de otra, también es conocido el fenómeno de su “radicalismo” (el artesanado fue cuna del sindicalismo revolucionario y el estudiantado universitario episódicamente ha sido promotor de cambios radicales). Debido a su fraccionamiento y polarización es difícil llegar a una clasificación satisfactoria y predicción de sus posiciones políticas, incluso cuando estos numerosos grupos sectoriales han sido diferenciados en baja, intermedia y alta clase media, lo cual explica las diferentes fidelidades políticas; las mismas que están, como es evidente, fuertemente influidas por factores culturales, herencias parentales, por condiciones y demandas políticas, económicas, culturales, ambientales y sociales específicas y oportunistas.


La inseguridad es una característica que afecta a amplias facciones de las clases media y obrera en sus condiciones de existencia. La crisis por la que atraviesa el país, unido a los efectos del cambio tecnológico en marcha producto de la 4ª revolución industrial que acaba con puestos de trabajo y precariza los derechos laborales conducen a la proletarización de la clase media, el empobrecimiento de los trabajadores y a la pérdida de sus relaciones sociales tradicionales. Los traslados de fracciones de la clase media hacia la burguesía son más limitados que los que tienen como término los demás conjuntos pequeños burgueses con polarización objetiva proletaria. Los obreros que abandonan la producción van principalmente hacia el sector de rebuscadores “independientes” o “cuenta propia”.


La polarización hacia la clase trabajadora es un hecho debido a la heterogeneidad de las condiciones de vida y de trabajo de los agentes pequeñoburgueses, a menudo por reivindicaciones específicas, por aspectos particulares y la defensa común de la dignidad humana y la democracia radical. La alianza en un frente popular, que articule a la clase obrera, los pueblos originarios, la pequeña burguesía tradicional (campesinos y pequeños empresarios) y la nueva clase media (trabajadores del sector terciario) cambia radicalmente la relación de fuerza entre la oligarquía colombiana y la clase trabajadora. En efecto, la relación de fuerza entre los partidos y movimientos de extrema derecha y la clase trabajadora no puede ser estructuralmente modificada sino a medida que se establezcan las alianzas de la clase obrera y campesina con las demás clases y fracciones de clase populares y media, por lo tanto, a medida de la cimentación del “pueblo” contra la oligarquía y sus aliados protofascistas y lumpen.


El ejercicio democrático formal en Colombia tiene una historia no mayor a un siglo. Durante los procesos electorales la abstención registra un promedio del 52 por ciento y el voto por los candidatos de izquierda promedia 13,2 por ciento. En las elecciones presidenciales de 2018 la abstención descendió a 47 y el voto por la izquierda aumentó a 42 por ciento (Gráfico 4). Los resultados de procesos sociales cada vez más activos y demandantes de mejores condiciones de vida y democracia real, así como los resultados electorales de los últimos comicios presidenciales, como evidencia empírica, muestran un mayor grado de conciencia política y de confluencia de los movimientos sociales inspirados en la creación de nuevas formas de existencia humana y de desarrollo sostenible. En esta dinámica, las elecciones presidenciales de 2022 se ubican en medio de una coordenada espacio-temporal favorable a los programas de la izquierda democrática, con opción de ser gobierno por primera vez desde que existe el sufragio universal en el país.


No obstante, según la experiencia internacional –desde el mismo surgimiento del fascismo en los años 20 y 30 del siglo XX, y con lo que está en curso en Estados Unidos, Brasil y varios países europeos, podemos decir que la sociedad entra en un periodo de polarización hacia los extremos en el campo de la lucha política e ideológica de las clases sociales. También es muy posible un mayor giro a la derecha de las facciones que se ven amenazadas en sus ideologías y estatus sociales, propiedad y seguridad. La actual crisis económica-financiera, acelerada y profundizada por el covid-19 estimulará el fortalecimiento o resurgimiento de los grupos insurgentes, así como del paramilitarismo, organizaciones criminales y de la lumpen oligarquía, a la par de la delincuencia de todo tipo, lo que abre una ventana para una propuesta de mano dura que garantice tranquilidad –seguridad, a la par de recuperación económica y la fantasía de un retorno a la “normalidad” perdida. El uribismo, expresión de la extrema derecha fascista y lumpen, sabe moverse en esas aguas.

 

*** De acuerdo con los resultados de la encuesta ‘Coronavirus, perspectivas del consumidor de Colombia’, elaborada por McKinsey & Company, entre el 29 de abril y el 4 de mayo del presente año.

Germán Ardila, Los consejeros, 60 x 100 cm (Cortesía del autor)

La crisis económica-financiera, acelerada por el covid-19, golpea más allá de lo proyectado por el establecimiento: a mayo de 2020 el número real de desempleados totaliza 7.512.518 (sumando desempleados que siguen buscando alguna oportunidad y los que perdieron las esperanzas, se sienten impotentes y se retiran del mercado laboral); en consecuencia, la tasa de desempleo real se eleva a 34,2 por ciento; el país pierde dos décadas de desarrollo. Además, el ingreso per cápita en 2020 será menor en 8,7 por ciento. La polarización social es cada vez más conflictiva. Solo una amplia alianza social y democrática creará esperanzas y bloqueará el giro de facciones de clase hacia la derecha.

La actual crisis social y económica será recordada como una de las más abrumadoras en la historia de Colombia. En este acontecimiento confluyen tres fenómenos adversos: una depresión económica-financiera que venía incubándose desde años atrás, la pandemia causada por coronavirus a partir de 2019 y las políticas arbitrarias favorables a los grupos de poder impuestas por el gobierno nacional y los mandatarios regionales y locales.

Los indicadores económicos así lo confirman. En 2020 el PIB per cápita cae en picado 8,7 por ciento (Gráfico 1), el número de patrones o empleadores disminuyó un 32,4 por ciento (principalmente por la masiva quiebra de micro, pequeños y medianos empresarios), se destruyeron 5 millones de puestos de trabajo, el desempleo afecta al 34,2 por ciento de la fuerza laboral, hay incertidumbre por el futuro y el riesgo de seguir en la miseria o caer en la pobreza en 6 de cada 10 colombianos (Gráfico 2), solo 14,6 por ciento de las empresas han podido seguir funcionando normalmente, el resto, el 85,4 por ciento, se declararon en quiebra (10,8%), tuvieron que cerrar temporalmente (52%) u operan parcialmente con teletrabajo (22,6 %). Todo enmarcado en una mayor concentración y centralización del capital, un protagonismo desmesurado del Estado para satisfacer las demandas de las oligarquías local e internacional. Sobresale en esta situación el fin de la clase media más vulnerable debido a la quiebra de sus negocios, caída en el desempleo, las barreras para acceder a subsidios o la pérdida de poder adquisitivo, el cual difícilmente volverán a recuperar en el corto plazo.

 

 

El desplome económico y social quedó plasmado en los resultados recientes del Indicador de seguimiento a la economía (ISE) publicado por el Dane**. En él y de acuerdo con el gráfico 3, para el mes de abril de 2020 el ISE en su serie original se ubicó en 82,62, lo que representó un decrecimiento de 20,1 por ciento respecto a su comportamiento un año antes (103,35).

Los sectores de producción agrupan las diferentes ramas de actividad económica. Los sectores establecen una clasificación de la economía en función del tipo de proceso productivo que lo caracteriza. Cada país apuesta más firmemente por uno u otro sector en función, entre otros factores clave, de los recursos propios con los que cuenta, de sus posibilidades de competitividad, crecimiento y expansión, y de sus preferencias a la hora de adoptar una estrategia de desarrollo concreta. Los sectores productivos de la economía colombiana se caracterizan por un peso muy alto en la explotación de los recursos minero-energéticos y las actividades del sector terciario.

De acuerdo con los resultados del ISE, en abril de 2020 el sector primario cayó en 13,7 por ciento; el sector secundario registró un desplome de -47,1; y, el sector terciario se derrumbó en 13,3 (ver matriz de sectores).


Para el año 2020, el Fondo Monetario Internacional (FMI) proyecta el hundimiento de la economía colombiana en -8 por ciento. La tasa de crecimiento de la población es del 1,1 por ciento; en consecuencia, el ingreso per cápita caerá en 8,7 por ciento (Gráfico1).
La pandemia de enfermedad por coronavirus de 2019-2020 aceleró, profundizó y amplió los impactos de la crisis económica-financiera que se venía manifestando desde el año 2019. En relación con el mercado laboral, el número de personas ocupadas se redujo en -22,1 por ciento al comparar las cifras de mayo de 2020 respecto a mayo de 2019 (cerca de 5 millones de puestos de trabajo se destruyeron). En consecuencia, la tasa de desempleo se multiplico 2,1 durante el último año al aumentar de 10,5 a 21,4 por ciento.

Además, en cuanto a las horas trabajadas, en mayo, 46 por ciento de las personas ocupadas señaló que había trabajado menos horas.

Esta tasa de desempleo enmascara una situación más trágica aun: cerca de 3 millones de personas abandonaron el mercado de trabajo (salieron de la población económicamente activa ante la imposibilidad y desesperanza de encontrar algún trabajo); por consiguiente, al agregar el número de desempleados registrados en mayo de 2020 (4.693.929) con aquellos miembros de la fuerza de trabajo que cayeron en la trampa de la impotencia aprendida (2.818.589), el número real de desempleados suma 7.512.518 y la tasa de desempleo objetiva se eleva a 34,2 por ciento (Cuadro 1). A nivel nacional se reportaron 17,8 millones de personas inactivas, es decir que estando en edad de trabajar, no están trabajando ni buscando emplearse.


Un nuevo enfoque del mercado laboral del Dane, que resulta relevante en medio de la coyuntura actual, es el de cómo se distribuye la población ocupada según tamaño de empresa y rama de actividad. Las estadísticas del Dane muestran que de las 17.262.386 personas ocupadas que hubo en mayo de 2020, 11,3 millones hacen parte de pequeñas empresas, compañías con empleados de máximo 10 personas, y el resto, es decir, cerca de 6 millones de ocupados son de firmas con más de 10 trabajadores; en este sentido, en las pequeñas empresas hubo una reducción de 3,4 millones de ocupados, frente a mayo de 2019; así mismo, en las empresas de más de 10 empleados se redujo la población ocupada en 1,5 millones de personas. El 43,5 por ciento de la población desocupada perdió el empleo durante el tiempo que ha venido evolucionando la pandemia.

La división de clases constituye el marco referencial de todo el escalonamiento de las estratificaciones sociales. De acuerdo con los resultados de la Gran Encuesta Integrada de Hogares (Geih) que publica el Dane, en el total nacional, las nueve posiciones ocupacionales registran variaciones negativas entre los meses de mayo 2019 a mayo 2020. En particular, las más afectadas por la crisis son: la categoría “Patrón o empleador” cae un -32,4 por ciento, producto de la riada de quiebras; “Empleado doméstico” cae en 36,9 por ciento; “Obrero, empleado particular” se reduce en 21,7 por ciento; “Trabajador familiar sin remuneración” baja 21,6 por ciento; “Trabajador sin remuneración en empresas de otros hogares” cae 18,6 por ciento y “Trabajador por cuenta propia” descendió 14 por ciento. Las categorías ocupacionales que menos registran estragos en sus puestos de trabajo son: “Obrero, empleado del gobierno” que se reduce apenas en 1,1 por ciento y “Jornalero o Peón” en -0,7 por ciento. El aparato estatal no ha sufrido mayor afectación por causa de la crisis económica y de salubridad pública, menos aún por las políticas implementadas por el Gobierno; obvio es decirlo, al Estado lo componen los grupos políticos, tecnocráticos, militares y policiales al servicio de la reproducción del poder (Cuadro 2).

 

 

El Dane clasifica las actividades económicas en 14 ramas, de ellas, las que concentraron las caídas más catastróficas del número de ocupados entre mayo de 2019 y mayo de 2020 son diez: “Explotación de minas y canteras” (-15,6%); “Industrias manufactureras” (-27,2%); “Construcción” (-27,1%); “Comercio y reparación de vehículos” (-17,4%); “Alojamiento y servicios de comida” (-18,2%); “Transporte y almacenamiento” (-11,3%); “Información y comunicaciones” (-21.2%); “Actividades inmobiliarias” (-32,4%); “Administración pública y defensa, educación y atención de la salud humana” (-18,8%); y, “Actividades artísticas, entretenimiento, recreación y otras actividades de servicios” (-30,1%). Por su posición dominante en el mercado y poder de manipulación de las tarifas, la rama de actividad “Suministro de electricidad gas, agua y gestión de desechos” es la única que registra un crecimiento en el número de empleados: 28,2 por ciento. Otras ramas menos afectada por la crisis son: “Agricultura, ganadería, caza, silvicultura y pesca” (-7,3%); “Actividades financieras y de seguros” (-10,3%) y “Actividades profesionales, científicas, técnicas y servicios administrativos” (-9,3%) (Cuadro3).


Es un desplome generalizado de la economía colombiana pese al ejercicio de gobierno despótico y arbitrario desplegado por la clase dominante a lo largo de los últimos tres meses, donde ha ostentado de su poder, dándole cuerpo a una dictadura civil con respaldo constitucional y, que bajo el pretexto de cuidar, vigilan, oprimen y controlan a la ciudadanía a la sombra de un asfixiante Estado policial. El ejercicio sin control del poder les ha permitido, de una parte, deshilachar la ya de por sí maltrecha democracia y, de otra, hipotecar el futuro de las próximas generaciones debido al escalamiento de la deuda pública y el déficit fiscal que alcanzan 66 y 10 por ciento del PIB, respectivamente. Las consecuencias de sus imposiciones las padecen hoy, y las sufrirán en extenso en los años que vienen, las clases populares trabajadoras y un amplio sector de la media.


Entretanto, el Gobierno ha concentrado su atención de manera especial en los temas de salubridad y social. Si bien ha ofrecido apoyos económicos al sector productivo y financiero, el Ministerio del Trabajo no ha asumido el papel que le corresponde en una situación de crisis laboral como la actual.

** Este es un índice sintético cuyo fin es proporcionar una medida de la evolución de la actividad real de la economía en el corto plazo, el cual se ajusta a la metodología utilizada en las cuentas nacionales trimestrales; compuesto por un conjunto heterogéneo de indicadores mensuales representativos de los sectores y las actividades económicas que los integran.

* Economista y filósofo. Integrante del comité editorial de los periódicos Le Monde diplomatique edición Colombia, y desdeabajo.

 


 

Impactos del desplome en la estructura y posición político-ideológica de las clases sociales

 

Germán Ardila, El serviente ariadno (Lluvia de oro me pone verde de envidia, 30 x 30 cm (Cortesía del autor)

 

Las clases sociales significan y reflejan, en un único y mismo movimiento, sus contradicciones y luchas. Su estructura y disputas constituyen uno de los principales puntos de referencia para el análisis económico de las sociedades modernas y su proceso de desarrollo socio-político. La articulación entre clase y lucha de clases permite definir las clases sociales en términos de relaciones sociales dinámicas-conflictivas y procesos activos.


Las estadísticas oficiales sobre la distribución de los ingresos confunden o equivocan la estratificación socio-económica con las clases sociales. No obstante, la distinción real, en la magnitud de los ingresos, no es más que la consecuencia de las relaciones de producción. Además, de acuerdo con el psicoanálisis freudiano y la teoría crítica marxista, el ser humano es primariamente lo que son sus relaciones sociales.

En América Latina las políticas públicas que pretenden reducir la pobreza y la desigualdad de ingresos tienen como fundamento ideológico constituirse en sociedades de clase media. Los distintos gobiernos de la región asumen como un axioma la ecuación: “ampliación de la clase media=desarrollo económico + democracia”. En particular, consideran que una clase media fuerte y próspera es crucial para cualquier economía exitosa y sociedad cohesionada. Frente al antagonismo entre la burguesía y la clase obrera, la clase media se percibe como el pilar mediador y el factor fundamental del “equilibrio” de cualquier sociedad capitalista. Sin embargo, lo que predomina en esta visión es una definición de clase media “mínima”, resultado automático de la superación de los umbrales de pobreza monetaria definidos en cada país.

Clase “mínima” que, pese a superar el umbral de la pobreza monetaria, se encuentra en una situación de alta vulnerabilidad y riesgo de volver a esa situación ante circunstancias tales como el desempleo o la precarización del empleo, bruscos aumentos de la inflación, incrementos de la carga tributaria, quiebras de sus negocios y desastres o eventos sociales, personales y familiares catastróficos. Así resalta no solo en Colombia sino en toda la región, y los indicadores de la recesión económica en curso dará cuenta de lo anotado. Es necesaria agregar que la discusión sobre la estratificación social y en particular sobre las clases sociales debería involucrar otras dimensiones (como ocupación, educación,subsidios e impuestos, ingresos y gastos, consumo material y simbólico, prácticas culturales, capital social, percepción sobre su entorno político y praxis ideológica, entre otras).

Los resultados del estudio realizado por la Cepal sobre las clases sociales, presentado en la edición del Panorama Social de América Latina 2019, indican que la participación de los estratos (rangos definidos por líneas de pobreza per cápita) de ingreso medio (suma de las categorías bajo, intermedio y alto) en el total de la población de Colombia pasó de 27,3 por ciento en 2002 a 46,2 en 2017. A su vez, la población de estratos de ingreso bajo (que corresponden a la suma de la población en situación de pobreza extrema, pobreza no extrema y bajos no pobres) se redujo de 70,1 por ciento a 49,5. También se aprecia durante los quince años analizados un incremento del estrato de ingresos altos (personas cuyos ingresos per cápita superan las 10 líneas de pobreza): del 2,6 al 4,3 por ciento de la población colombiana (Cuadro 4).

 

 

Crisis económica y cambios en las relaciones económicas

La dimensión económica está determinada por el proceso de producción, y el lugar de los agentes, su distribución en clases sociales, esto es, por las relaciones de producción.

La complejidad de la crisis económica, el déficit en las finanzas del Estado, los efectos de las políticas arbitrarias y clasistas del Gobierno y la pandemia de enfermedad por coronavirus de 2019-2020 ha suscitado el debilitamiento del núcleo o principio organizativo de la sociedad, es decir, la erosión o destrucción de las relaciones sociales. En paralelo, esta situación resalta la correlación existente entre las relaciones de producción y las conductas sociales, culturales y políticas. En resumen, la crisis y la pandemia significan una enorme conmoción en la sociedad colombiana, y la conjunción de procesos adversos genera una alteración violenta y brusca en la cotidianidad de los colombianos y su sistema político-económico. Las fuerzas sociales tienden a fragmentar, atomizar y polarizar y, por tanto, privatizar las experiencias de las personas y a bloquear la dinámica plural de la lucha de clases y los movimientos sociales en medio de la pandemia, la crisis socioeconómica y la represión estatal.

Una situación compleja y de destino incierto lo personaliza el exterminio de la clase media vulnerable. Por estar la clase media precisamente polarizada, en la lucha de clases, es en relación con esta polarización como hay que comprender su fraccionamiento. Como lo advirtió el estudio realizado por el sociólogo político marxista greco-francés Nicos Poulantzas (1936-1979) sobre las clases sociales en el capitalismo actual, la pequeña burguesía no tiene posición de clase autónoma a largo plazo ni puede en general, como lo ha demostrado la historia, contar con organizaciones políticas propias; partidos políticos que representan efectivamente, a largo plazo y de manera dominante, los intereses específicos de la clase media rara vez han existido. En cambio, lo que se suele encontrar más son partidos burgueses con clientela pequeño-burguesa (pero también obrera), a saber, partidos que representan, de manera predominante, intereses e ideologías burgueses, pero que saben procurarse el apoyo de las fracciones de la clase media y de los “agentes desclasados” (lumpenproletariado).

Demografía, sociedad y dinámica política

El capitalismo crea inevitablemente y mantiene un conjunto de trabajadores desempleados o parcialmente ocupados (el ejército industrial de reserva) que, junto con las limitaciones dadas por consideraciones sobre la rentabilidad, la competencia y la movilidad de los capitales, impide necesariamente a la clase trabajadora que aumente sus salarios reales más rápidamente que la productividad. El empobrecimiento relativo de los trabajadores es un rasgo inherente del sistema capitalista considerado en su conjunto.

Un grave problema de las sociedades modernas es la transformación de grupos cada vez mayores de trabajadores en lumpenproletariado, esto es, “el desecho de todas las clases” que sobrevive en medio de la delincuencia y el crimen, la prostitución, el tráfico de drogas, la mendicidad y toda clase de actividades ilegales; masas crecientes de población que en condiciones extremas de crisis y desintegración social se separan de su clases y llegan a conformar grupos flotantes y desocupados, particularmente evidentes en las principales ciudades. Históricamente, las oligarquías y partidos de extrema derecha se apoyan en el lumpen en su lucha por mantener el poder; estos grupos desclasados o amenazados en sus tradicionales estatus sociales son la base de apoyo para el surgimiento del fascismo y el nazismo, en el caso colombiano para el mantenimiento y crecimiento del paramilitarismo-narcotraficantes-lumpen oligarquía y, de acuerdo al desplome económico que presenciamos, a una posible ampliación de la base social para un mayor giro a la derecha de nuestra sociedad.

Si bien el rasgo distintivo de la época burguesa es la división de toda la sociedad en dos grandes clases que se enfrentan directamente: la burguesía y el proletariado, un fenómeno general del desarrollo del capitalismo es el crecimiento de la clase media. Esta emergencia de una tercera fuerza política y social está integrada por la pequeña burguesía tradicional (pequeña producción y propiedad urbana y rural, trabajadores por cuenta propia) y la nueva pequeña burguesía que abarca a asalariados dependientes de la circulación comercial, de la realización bancaria, de los servicios o de los aparatos del Estado, esto es, la población ocupada en el sector terciario (trabajadores asalariados no productores directos de plusvalía). La evidente quiebra de pequeños y medianos negocios por todo el país deja en claro que precisamente recae sobre esta clase uno de los mayores efectos de la crisis.

El siglo XX es significativo por la consolidación de la clase media en Colombia: Durante el período 1905-2019, el número de personas aumentó de 4,4 millones a 50,4 millones; la participación relativa de la población urbana creció durante este período de 15,7 por ciento a 77; y, la Incidencia de la pobreza monetaria cayó de 92 por ciento a 27,4 (Gráfico 2). El índice de escolaridad de la fuerza de trabajo también registra un crecimiento acelerado y continuo a partir de la segunda mitad del siglo XX, pero aun con altas fragmentaciones, exclusión y desigualdades en el nivel y acceso a la educación de calidad entre clases sociales en el año 2020 (Cuadro 5).


El choque generado por la crisis económico-financiera, la pandemia y las políticas públicas antidemocráticas, clasistas y arbitrarias, ha generado un retroceso equivalente a la pérdida de las dos últimas décadas del desarrollo en Colombia, un salto hacia atrás en la pobreza del país, destrucción de puestos de trabajo, quiebras masivas de micro, pequeñas y medianas empresas, pobreza e incertidumbre por el futuro económico en 60 por ciento de los connacionales*** y destrucción de fracciones de la clase media.
La conmoción que afecta actualmente a las clases obrera y media genera graves problemas sociales, políticos y económicos para el desarrollo sostenible del país, la cohesión social y la democracia. En particular, la clase media sostiene parte considerable del consumo y de la inversión en educación, salud y vivienda, y desempeña un papel clave en el apoyo a los sistemas de protección social a través de sus contribuciones fiscales. La pequeña burguesía junto con la aristocracia obrera se constituye como elemento conservador en la sociedad; estos promueven el reformismo gradual y las alianzas con la clase dominante en el seno de los movimientos políticos.


Sin embargo, la clase media es bipolar. De una parte constituye un elemento conservador en la sociedad; de otra, también es conocido el fenómeno de su “radicalismo” (el artesanado fue cuna del sindicalismo revolucionario y el estudiantado universitario episódicamente ha sido promotor de cambios radicales). Debido a su fraccionamiento y polarización es difícil llegar a una clasificación satisfactoria y predicción de sus posiciones políticas, incluso cuando estos numerosos grupos sectoriales han sido diferenciados en baja, intermedia y alta clase media, lo cual explica las diferentes fidelidades políticas; las mismas que están, como es evidente, fuertemente influidas por factores culturales, herencias parentales, por condiciones y demandas políticas, económicas, culturales, ambientales y sociales específicas y oportunistas.


La inseguridad es una característica que afecta a amplias facciones de las clases media y obrera en sus condiciones de existencia. La crisis por la que atraviesa el país, unido a los efectos del cambio tecnológico en marcha producto de la 4ª revolución industrial que acaba con puestos de trabajo y precariza los derechos laborales conducen a la proletarización de la clase media, el empobrecimiento de los trabajadores y a la pérdida de sus relaciones sociales tradicionales. Los traslados de fracciones de la clase media hacia la burguesía son más limitados que los que tienen como término los demás conjuntos pequeños burgueses con polarización objetiva proletaria. Los obreros que abandonan la producción van principalmente hacia el sector de rebuscadores “independientes” o “cuenta propia”.


La polarización hacia la clase trabajadora es un hecho debido a la heterogeneidad de las condiciones de vida y de trabajo de los agentes pequeñoburgueses, a menudo por reivindicaciones específicas, por aspectos particulares y la defensa común de la dignidad humana y la democracia radical. La alianza en un frente popular, que articule a la clase obrera, los pueblos originarios, la pequeña burguesía tradicional (campesinos y pequeños empresarios) y la nueva clase media (trabajadores del sector terciario) cambia radicalmente la relación de fuerza entre la oligarquía colombiana y la clase trabajadora. En efecto, la relación de fuerza entre los partidos y movimientos de extrema derecha y la clase trabajadora no puede ser estructuralmente modificada sino a medida que se establezcan las alianzas de la clase obrera y campesina con las demás clases y fracciones de clase populares y media, por lo tanto, a medida de la cimentación del “pueblo” contra la oligarquía y sus aliados protofascistas y lumpen.


El ejercicio democrático formal en Colombia tiene una historia no mayor a un siglo. Durante los procesos electorales la abstención registra un promedio del 52 por ciento y el voto por los candidatos de izquierda promedia 13,2 por ciento. En las elecciones presidenciales de 2018 la abstención descendió a 47 y el voto por la izquierda aumentó a 42 por ciento (Gráfico 4). Los resultados de procesos sociales cada vez más activos y demandantes de mejores condiciones de vida y democracia real, así como los resultados electorales de los últimos comicios presidenciales, como evidencia empírica, muestran un mayor grado de conciencia política y de confluencia de los movimientos sociales inspirados en la creación de nuevas formas de existencia humana y de desarrollo sostenible. En esta dinámica, las elecciones presidenciales de 2022 se ubican en medio de una coordenada espacio-temporal favorable a los programas de la izquierda democrática, con opción de ser gobierno por primera vez desde que existe el sufragio universal en el país.


No obstante, según la experiencia internacional –desde el mismo surgimiento del fascismo en los años 20 y 30 del siglo XX, y con lo que está en curso en Estados Unidos, Brasil y varios países europeos, podemos decir que la sociedad entra en un periodo de polarización hacia los extremos en el campo de la lucha política e ideológica de las clases sociales. También es muy posible un mayor giro a la derecha de las facciones que se ven amenazadas en sus ideologías y estatus sociales, propiedad y seguridad. La actual crisis económica-financiera, acelerada y profundizada por el covid-19 estimulará el fortalecimiento o resurgimiento de los grupos insurgentes, así como del paramilitarismo, organizaciones criminales y de la lumpen oligarquía, a la par de la delincuencia de todo tipo, lo que abre una ventana para una propuesta de mano dura que garantice tranquilidad –seguridad, a la par de recuperación económica y la fantasía de un retorno a la “normalidad” perdida. El uribismo, expresión de la extrema derecha fascista y lumpen, sabe moverse en esas aguas.

 

*** De acuerdo con los resultados de la encuesta ‘Coronavirus, perspectivas del consumidor de Colombia’, elaborada por McKinsey & Company, entre el 29 de abril y el 4 de mayo del presente año.

Publicado enColombia
Martes, 30 Abril 2019 15:56

El camino de la movilización social

http://laguacharaca.net/politica/en-aumento-cifra-de-asesinato-a-lideres-sociales-en-colombia/

Más allá de lo deseado y soñado con los acuerdos de paz firmados entre Gobierno y Farc, Colombia no logra salir del ciclo de violación a los derechos humanos. Signada por la violencia, la muerte y la exclusión conservan sus dominios; la economía al servicio de los más ricos tampoco deja de ser. Motivos más que suficientes para que la escalada social en defensa de la vida gane nuevos picos en los años que se avecinan.

 

La respuesta del presidente Iván Duque para la Minga indígena realizada en el Cauca a lo largo de cuatro semanas, desnuda la tónica que tendrá el actual Gobierno, a lo largo de su periodo, para asumir las problemáticas sociales: por un lado la solución militarista, por el otro la estigmatización, criminalización, desprestigio y calumnias para quienes osen alzar su voz.

Esto ante lo social. Pero va más allá. Obstaculizar la Agenda acordada con las Farc, y boicotear diálogos posibles de paz, amparado en la “legalidad” –exigencia de sometimiento– es la otra cara de la misma moneda. Más guerra y polarización nacional están en la agenda, la cual ganará nuevos picos en la medida que el país ingrese en el periodo electoral territorial. Polarizar es parte de su estrategia para prolongar su dominio político, económico, militar y control social.

Movilización social, mecanismos para exigir garantías para la vida

La movilización social en Colombia ha sido un mecanismo permanente para la disputa de mejores cocdiciones de vida, así ha sido desde siempre y para todos los sectores sociales negados y/o excluidos. En la última etapa de la vida nacional este recurso también debe emplearse para exigir cumplimiento de lo firmado en protestas varias.

Ante estas constantes, y con la realidad que agobia a la sociedad en general, y a los movimientos sociales en particular, lo que veremos, por tanto, de acá hasta el 2022, será un sinnúmero de protestas sociales contra el gobierno de Iván Duque. Lograr su coordinación, bajo la sombra de una agenda común, sería el reto colecrivo para dejar atrás la dispersión, las agendas corporativas, y pasar a una ofensiva que arrincone al establecimiento.

Cómo no reclamar, cómo no movilizarse, cuando pareciera que son más importantes los problemas externos que los propios. La Oficina de la ONU para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (Ocha), en sus últimos tres informes referencia la situación de alta complejidad no atendida por la institucionalidad. Por ejemplo, el 28 de febrero en Tumaco (Nariño), se presentó el desplazamiento de por lo menos 190 personas como resultado de enfrentamientos entre grupos armados.

En el Carmen del Darién (Chocó) persiste una grave situación de confinamiento por combates entre la guerrilla del Eln y el Ejército, por lo cual alrededor de 356 indígenas se encuentran prácticamente confinados, con problemas de restricción para su movilidad. Aparte de ello, hay amenazas para quienes denuncian esta situación. Así mismo “[…] se destacan intimidaciones y amenazas por parte del Grupo Armado Organizados Autodefensas Gaitanistas de Colombia (AGC) y del ELN contra líderes sociales que habitan estos territorios, causando temor en las comunidades […] La presencia de cultivos ilícitos y exposición directa a las hostilidades en la zona dado los intereses de los grupos armados, es un factor que agudiza la situación actual”1.

La situación de confinamiento, según medios de información nacionales, deja cuatro niños muertos. En San Calixto, Norte de Santander, se presenta la misma situación, 2.098 personas (600 familias) se encuentran confinadas, “[…] con restricciones a la movilidad, acceso a medios de vida, seguridad alimentaria, agua y cerca de 250 niños, niñas y adolescentes están afectados en su derecho a la educación […]”2. El día 8 de marzo, dos días antes de empezar la Minga por la vida, en Norte del Cauca fue asesinado el líder indígena Nasa Alexander Cunda en zona rural de Miranda. Entonces, frente a este panorama surgen preguntas como ¿Dónde está la institucionalidad? ¿Dónde está el gobierno? ¿Cuáles son las medidas preventivas más allá de la solución militarista? ¿Cuál es el plan para proteger a los líderes sociales? Si la Defensoría del Pueblo emite alertas tempranas para poder prevenir los asesinatos ¿por qué no las atiende el gobierno nacional?

Los ríos de sangre siguen creciendo en Colombia

En materia política, según el informe, ¿cuáles son las líneas comunes? Asesinatos de líderes sociales en el post Acuerdo (2018), es una de ellas. Desde la firma del Acuerdo de paz en 2016, hasta el 31 de julio de 2018, fueron asesinados 343 líderes y defensores de derechos humanos. Los picos más altos de asesinatos se presentaron en los periodos pre y post electorales, especialmente en el proceso del plebiscito por la paz en octubre del 2016, el inicio de la campaña electoral en 2017 y la primera y segunda vuelta presidencial –mayo y junio del 2018.

La violencia política en el post acuerdo se manifiesta en 27 de los 32 departamento del país. Como plantea la Defensoría del Pueblo (2019), los departamentos más críticos son: Cauca, Antioquia, Norte de Santander, Valle del Cauca, Caquetá, Putumayo, Meta, Nariño, Chocó, Arauca y Córdoba. Esta situación, de alta complejidad, pareciera no tener prioridad dentro de la agenda presidencial, legislativa y judicial del país. Lo más preocupante, como lo plantea el informe, tiene que ver con la impunidad que prevalece, la falta de medidas de protección y la omisión frente a los atentados contra el derecho a la vida de los líderes sociales. Los municipios con más ocurrencia de asesinatos contra líderes sociales y defensores de derechos humanos son Corinto y Caloto (norte del Cauca), Tumaco (Nariño) y Riosucio (Chocó)3.

El problema estructural del uso de la tierra

Otro factor que alienta las movilizaciones sociales tiene que ver con el programa nacional de sustitución de cultivos ilícitos. Los campesinos cultivadores de coca, agrupados en la Coordinadora Nacional de Cultivadores de Coca, Amapola y Marihuana (Coccam) anuncian protestas por el incumplimiento en este tema y por el planteamiento de retornar a las fumigaciones con glifosato4 como único mecanismo para combatir el narcotráfico.

El problema de la economía del narcotráfico y las rentas que esta produce tiene varias lecturas. Los cultivadores están en la base más primaria de la producción y son personas predominantemente campesinas, que acuden a esta economía por falta de garantías para desarrollar otro tipo de actividad agrícola. El aislamiento geográfico, la falta de infraestructura, el acceso restringido a mercados, la falta de asistencia técnica y la violencia en las áreas rurales, crean las condiciones para que se mantengan los cultivos de uso ilícito.

En el punto 4 de los Acuerdos de paz –referente a los cultivos de uso ilícito– está la solución básica a la problemática: la promoción de la sustitución voluntaria de los cultivos de uso ilícito, mediante la “transformación de las condiciones territoriales de las zonas afectadas y la generación de condiciones de bienestar para las comunidades […]”5. Esto se lograría con acuerdos de sustitución y no resiembra, planes de asistencia inmediata (planes de seguridad alimentaria), con la reforma rural del campo colombiano, más presencia del Estado desde una visión social y no militarista, y con una planeación participativa.

Según el reporte del Sistema Integrado de Monitoreo de Cultivos Ilícitos (Simci), la siembra de cultivos tuvo un incremento del 17 por ciento para diciembre del 2017, alcanzando 171.000 hectáreas. Los departamentos más afectados son Nariño, Putumayo, Norte de Santander y Cauca; territorios donde también, por demás, se presentan los picos más altos de violencia política, confrontaciones entre grupos armados y disputas sociales.

Avanzar en la defensa de la vida

En Colombia no existe la posibilidad de la participación social desprevenida y el ejercicio de la protesta sin ser amenazado o asesinado, lo que desprende un reto por encarar por parte de los movimientos sociales: la defensa de la vida y demas derechos humanos. Aunque vivimos en pleno siglo XXI, esta agenda nos regresa a realidades de los siglos XIX y XX, de tal tamaño es nuestra problemática. Precariedad social y política agudizada por gobiernos autoritarios, como el actual, convencidos que “la letra con sangre entra”. Todo un exabrupto que legitima la protesta social, cada día más necesaria para que la violencia no avance y para que la democracia tome realmente forma entre nosotros.

 

1 Ocha. (2019). Desplazamiento masivo en Tumaco (Nariño)-Transfronterizo. Recuperado de https://www.humanitarianresponse.info/en/operations/colombia/document/flash-update-no-1-%E2%80%93-colombia-desplazamiento-masivo-en-tumaco-nari%C3%B1o-0
2 Ocha. (2019). Confinamiento en Jiguamiandó- Carmen del Darién (Chocó). Recuperado de https://www.humanitarianresponse.info/en/operations/colombia/document/confinamiento-en-jiguamiand%C3%B3-carmen-del-dari%C3%A9n-choc%C3%B3
3 Defensoría del Pueblo. (10 de enero de 2019). “El riesgo de los defensores de derechos humanos merece mayor atención del Estado” Defensor. Recuperado de http://www.defensoria.gov.co/es/nube/noticias/7716/%E2%80%9CEl-riesgo-de-los-defensores-de-derechos-humanos-merece-mayor-atenci%C3%B3n-del-Estado%E2%80%9D-Defensor-Defensor-del-Pueblo-Carlos-Negret-Defensor%C3%ADa-derechos-humanos.htm
4 Prohibido a nivel mundial por sus afectaciones a la salud y el medio ambiente.
5 Oficina del Alto Comisionado para la Paz. (2016). El Acuerdo Final de Paz. La oportunidad para construir paz. Recuperado de http://www.altocomisionadoparalapaz.gov.co/herramientas/Documents/Nuevo_enterese_version_6_Sep_final_web.pdf
* Sociólogo e Investigador Social de la Violencia Política y el Conflicto Armado Colombiano. Estudiante de Maestría en Sociología Universidad Nacional de Colombia. Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Referencias

Cinep, CCJ, IEPRI y otros. (2018) Informe ¿Cuáles son los patrones? Asesinatos de Líderes Sociales en el Post Acuerdo. Recuperado de https://www.cinep.org.co/Home2/component/k2/655-informe-cuales-son-los-patrones-asesinato-de-lideres-sociales-en-el-post-acuerdo.html
OCHA. (2019). Restricciones al acceso en San Calixto-Catatumbo (Norte de Santander). Recuperado de https://www.humanitarianresponse.info/en/operations/colombia/document/colombia-flash-update-n%C2%B0-1-restricciones-al-acceso-en-san-calixto
UNODC. (2018). Colombia. Monitoreo de territorios afectados por cultivos ilícitos 2017 resumen ejecutivo. Recuperado de https://www.unodc.org/mwg-internal/de5fs23hu73ds/progress?id=yzhySxvtKYjUTFRsbyQkH0eDCzNasoTxV8ZTl_7ecP0,
El Espectador. (12 de marzo de 2019). Mueren cuatro niños en Chocó a cauca del confinamiento. Recuperado de https://www.elespectador.com/noticias/nacional/mueren-cuatro-ninos-en-choco-causa-del-confinamiento-video-844524

Publicado enEdición Nº256
Martes, 30 Abril 2019 10:41

Cúcuta: la frontera fracturada

Nolberto Roa Pulido, “Frontera cerrada”, https://www.flickr.com/photos/nolbertoroa/24719292456/

La crisis desatada en las relaciones colombo-venezolanas, más la crisis económica, social, política, militar, desatada en el país vecino, trae sus coletazos, quienes habitan Cúcuta los viven con toda crudeza.

 

Como no había sucedido en toda la historia de la relación limítrofe colombo-venezolana, la frontera entre los dos países está hoy fracturada, es pura dinamita que explota por momentos, pero que puede llegar a disolverse en un caos infinito o en una integración fructífera hacia el futuro.

Cúcuta la capital de Norte de Santander, ubicada sobre la Cordillera Oriental, es epicentro de un desastre económico-social y sicosocial. Esta frontera, con sus 2.219 kilometros, es la más prologanda entre paises surameericanos. Es un desastre de todo tipo, una verdadera fractura social, que tiene como punto de arranque el gobierno de Uribe y la prioridad que lo ideológico tomó sobre el mercado; el cierre de la frontera, luego de la evidente conspiración golpista propiciada desde Colombia, desnudó ante los ojos de todos la dependencia que tiene esta parte del país de sus vecinos.

 

El territorio

 

El área metropolitana de Cúcuta –que comprende Villa del Rosario, Los Patios, Zulia, San Cayetano y Puerto Santander– suma 1.200.000 habitantes, más San Antonio y Ureña, localidades venezolanas que hacen parte de este entramado. La capital del departamento propiamente dicha reúne 700.000 pobladores, registrando un crecimiento enorme en los últimos años, del cual se desprenden variedad de problemáticas, entre ellas económicas y sociales. Como toda ciudad fronteriza, su economía y vida cotidiana depende y/o se complementa del vecino.

Registra esta ciudad, por tanto, un crecimiento inmenso, más aun para lo limitado de su territorio –10 km2 de extensión de norte a sur y 11 km2 de oriente a occidente–, el cual está distribuido en 10 comunas, de las caules las conocidas como 1, 4, 5, 6 y 9 concentran la mayor conflictividad social. Destaca entre estas, a su vez, la comuna seis, la más pobre, descuidada y “caliente” de la ciudad, toda vez que es la que conecta con las trochas de paso de migrantes, donde operan las bandas criminales y hacen presencia grupos armados ilegales.


Dicen en Cúcuta que la realidad que hoy viven allí no siempre fue así, que todo se complicó a partir del cierre de la frontera ordenada en 2015 por el presidente Nicolás Maduro, generando el conflicto entre los dos países una grave crisis diplomática, económica y humanitaria, decretando estado de excepción en varios municipios del estado Tachira, y luego del estado Zulia.

Según la Asociación de Supermercados de Norte de Santander, en el último año, como reflejo de la crisis, 700 establecimientos están en crisis, de los cuales la mayoría estaban ubicados cerca a la frontera.

Crisis también reflejada en el negocio de cambio de divisas, el cual cayó en un 40 por ciento, y las remesas en un 90. Decaída que refleja muy bien el cambio sufrido con el cierre fronterizo, pues hasta antes de tal decisión ingresaban por día a la ciudad 40.000 venezolanos, lo que movía al mercado en todas sus variables. Ahora en la ciudad no quedan sino informales, lo que disparó en el 70 por ciento el rebusque callejero y el surgimiento de locales pequeños, los que no garantizan estabilidad económica alguna, según diagnóstico de la Federación de Comerciantes de N. de S.

La pobreza que traía desde siempre la ciudad ahora está multiplicada, también la desigualdad social y la inequidad, lo que ha propiciado el ahondamiento de la inseguridad, producto de la presencia de bandas criminales, grupos armados, policía corrupta, grupos que controlan la frontera y todo tipo de negocios ilegales. El Eln, el Epl, disidencias de las Farc y bandas criminales organizadas se disputan el territorio, los cultivos de coca, y el control de población en las comunas, entre ellos los miles de pobres de ambos países que luchan por la supervivencia y que fácilmente son cooptados por las mafias, como mulas para llevar droga a otras ciudades.

Población que habita la ciudad desde hace añós, pero también quienes quedaron atrapados después del último cierre de frontera, en total 17.000 venezolanos que no pueden regresar, entre estos 3.000 personas (entre civiles y personal de las Fuerzas Armadas Bolivarianas que desertaron). Población que es una carga fiscal para la ciudad, la que según cálculos debe invertir 60.000 millones por año en mantener esa población.

 

Corredores y algo más

 

Nada puede ser peor que lo vivido hoy por miles en esta parte del país, padecimiento que, valga decirlo, se llegó al mismo por las políticas ideologizadas en relaciones internacionales impuestas por el doble gobierno de Uribe, las que llevaron a que el país perdiera un mercado de 7.000 millons de dólares, los mismos que hoy llevan al desvelo a la oligarquía que necesita recuperarlos, para lo cual conspira contra el gobierno del país vecino por y con todos los medios posibles.

Dicen, sin embargo, que “cada día trae su afán”, lo que está plenamente comprobado en los 144 kilómetros de frontera de Norte de Santander, en los cuales existen cuatro pasos formales y 39 trochas ilegales –otros dicen que hay más de cien–, las mismas que ahora el gobierno colombiano ha decidido considerar como lugares de paso legal. Son estas trochas los lugares por donde transita el contrabando de gasolina, alimentos, ganado, medicamentos, carros, personas con afán de residencia más allá de su territorio tradicional de vida, pero también de aquellas sometidas a la trata –esclavitud de diverso tipo–; así como el comercio ilegal de divisas, y el narcotráfico de un país al otro, todos los días y a toda hora. Eso sucede en Puerto Santander, la Ye de astilleros, San Faustino y la Parada. La policía fronteriza de los dos lados mira para otro lado y engorda los bolsillos.

El cruce puede ser legal, ilegal, formal e informal o también clandestino, y en él se encuentra de todo tipo de “profesiones”, unas manejadas por pequeños propietarios y otros por las bandas ubicadas a ambos lados de la frontera.

Algunas de esas bandas tienen estre sus prácticas cobrar peaje, aunque este también es un rebusque que ponen en práctica particulares en procura de unos pesos. Por ejemplo, para pasar hacia Cúcuta los migrantes deben cancelar 2.000 a ambos lados del rio, del lado venezolano a los Colectivos y del lado colombiano a grupos criminales o rebuscadores particulares, como ya fue anotado.

Este es un rebusque abierto a otras muchas “profesiones” puestas en práctica, por la aguda crisis en curso, por pobres de ambos lados de la frontera, que así buscan sus pesos diarios: lavado y secado de pies para la gente que pasa las trochas y no quiere ingresar a Cúcuta sucia, cuesta 500 pesos. Algunos prestan servicio de baño por 200 pesos y si es con ducha 1.000; el “lomotaxi” –jóvenes que cargan personas a la espalda para pasar el Táchira–: 2.000 pesos. También existe el “lomocarga”, que cobra según el peso –en algunos casos hasta $ 15.000 por ir de un punto a otro–, carga que también debe cancelar peaje: si son bultos de papa, plátano o frutas a 5.000 pesos, si son otros productos $ 3.000.

El rebusque es total. Usted puede pasar la trocha del rio por “puente de tablas” a 2.000 pesos, pero si es “puente de piedra” a 1.000. O la otra “profesión “los arrastradores” de mercancías y objetos que llevan los migrantes o quienes simplemente van de paso, cobran entre 1.000 a 2.000 pesos por servicio.

 

De todo como en bótica

 

Pero en las trochas y en las entradas a Cúcuta hay de todo: minutos a celular, cigarrillos sueltos, alquiler de botas pantaneras para el paso del río, venta de ungüentos para los callos, empanadas, desayunos, almuerzo, jugos, cambio de pañales, jeringas, cambio de moneda, y algo muy preciado por el que va a cruzar la frontera: los medicamentos, por los cuales primero se pregunta en los puestos ambulantes, por ejemplo por ibuprofeno, acetaminofén, amoxicilina, y si no los encuentran entonces ingresa a Cúcuta.

Una crisis que rompe la cohesión social y la credibildiad en el gobierno nacional, como en el local y departamental. Por ello, y con la pretensión de quebrar el 12,8 en desempleo que según el Dane registraba la ciudad en enero pasado, el gobierno colombiano plantea proyectos de emprendimiento para la clase media –que ve como su precaria estabilidad se hace añicos– lo cual queda en el vacío o las simples buenas intenciones. Entre proyectos y declaraciones de político hay que aclarar que en esta crisis las clases dominantes regionales también hacen parte del entramado de corrupción, otra forma de rebusque, una que brinda más dividendos.

Como si fuera poco, en este hervidero de pobreza, sobrevivientes de la exclusión social, transeúntes hacia el interior del país u otros destinos, rebuscadores, etcétera, Cúcuta es hoy el epicentro de trabajos de inteligencia por parte de los EEUU, Rusia, Venezuela, Cuba, Colombia; de “trabajo humanitario” destinado a poner fin al gobierno de Nicolás Maduro. Una crisis sin precedentes en la ciudad fronteriza, una crisis que por momentos se siente sin control alguno, y que puede llevar a un estallido social que la limpie de tanta miseria.

 

Publicado enEdición Nº256
Política social, conflicto de clases y Plan Nacional de Desarrollo 2019-2022

Durante el taller Construyendo País, realizado el 6 de abril de 2019 en Aracataca-Magdalena, el presidente Iván Duque se refirió al acuerdo con las comunidades indígenas del Cauca, en minga desde el 12 de marzo. El mandatario afirmó: “Soy consciente de que en Colombia hay muchas deudas sociales por saldar, muchas brechas con los municipios más alejados y con las minorías étnicas de Colombia” […] pero “aquí se trabaja con el Plan de Desarrollo y no con más acuerdos impagables, no más acuerdos de ilusiones. Es en el Plan Nacional de Desarrollo (PND) donde se deben materializar los diálogos”.

Palabras, que disfrazan intereses. Cuando se ingresa al campo de la política social y el plan de desarrollo, donde están en juego tantos intereses antagónicos y diversos, los problemas cambian de matiz, lo que nos recuerda que la historia es el resultado de la lucha de clases, un perpetuo tejer y destejer de equilibrios, alianzas y enfrentamientos colectivos. Además, como lo enseña la ciencia política que todo partido digno de tal nombre se propone tomar el poder para poner el Estado al servicio de la clase cuyos intereses expresa ese partido. No es la excepción el gobierno de Duque, oligárquico y en favor de las clases dominantes.

Al analizar atentamente el proceso presupuestal, la estructura, la fuente y asignación de recursos financieros en el PND fácilmente se deduce que se trata de una lucha de clases cuidadosamente perfilada y estratégicamente planeada para reproducir las estructuras de poder y consolidar la hegemonía y dominio de clase. Este artículo analiza el conflicto de clases y la política social en el PND 2019-2022.

 

Política social y PND 2019-2022

 

Las políticas sociales (ver recuadro) de Colombia son una mezcla confusa y compleja de enfoques, fundamentaciones, instituciones, burocracias, intereses e intencionalidades. Prima, en todo caso, la esencia asistencialista de la política pública y el interés de control social de los “beneficiarios” mediante el corporativismo y el clientelismo que siempre promueven las “Leyes de pobres”. Sin importar el texto constitucional, pródigo en derechos humanos universales, la lucha contra la pobreza y la focalización de grupos humanos específicos o “rotulados” en espacios delimitados y discriminados es el común denominador de los programas sociales. A los bienes y servicios públicos en Colombia los caracteriza la insuficiencia, la estratificación y la mala calidad.

Es una política social en ejercicio, además, en un ámbito social colonizado por el gran capital y la clase política corrupta que, mediante la concepción neoliberal, todo lo privatizó y lo convirtió en mercancía. Muchos de los programas sociales son diseñados e impuestos homogéneamente por el Banco Mundial en todos los países periféricos o tercemundistas, como por ejemplo “Familias en acción” que transfiere subsidios condicionados en efectivo a las madres por cada hijo menor de edad que hayan procreado; una manera de promover la alta natalidad en los hogares pobres, y de esta manera encadenarlos y someterlos de por vida a la explotación del capital y a los grandes intereses clientelistas, ideológicos, burocráticos y fiscales del Estado. Para nuestro caso, cerca de tres millones de hogares son beneficiarios del programa “Familias en Acción”. El diagrama 1 resume la complejidad de enfoques, programas e instituciones que dan materialidad a la política social en Colombia.

 

 

En Colombia, el gasto social como porcentaje del PIB es de 12,7 por ciento. La inversión real apenas sobrepasa el 10 por ciento; los 2,7 puntos porcentuales restantes se pierden en los oscuros meandros de la corrupción. De acuerdo con la estructura porcentual por funciones, la salud, la educación y la protección social concentran el 94,3 por ciento del gasto social (Gráfico 1).

 

 

Según el artículo 4º, el Plan Nacional de Inversiones Públicas 2019-2022 se estima en un valor de mil noventa y seis, coma uno billones ($1.096,1), a pesos constantes de 2018, el cual incluye el componente Plan Plurianual de Inversiones para la Paz de forma transversal y que se estima en un valor de treinta y siete coma uno ($37,1) billones, a pesos constantes de 2018.

En esta senda y según el artículo 1º, los objetivos del PND 2019-2022 “Pacto por Colombia, pacto por la equidad”, pretenden sentar las bases de legalidad, emprendimiento y equidad. Los objetivos se instrumentalizan mediante pactos en pos de lograr la igualdad de oportunidades para todos los colombianos, en concordancia con un proyecto de largo plazo con el que Colombia alcance los Objetivos de Desarrollo Sostenible al 2030.
Los pactos estructurales, según el artículo 3° del PND 2019-2022, son:

 

i) Legalidad. El Plan establece las bases para la protección de las libertades individuales y de los bienes públicos, para el imperio de la Ley y la garantía de los derechos humanos, para una lucha certera contra la corrupción y para el fortalecimiento de la Rama Judicial.
ii) Emprendimiento. Sobre el sustento de la legalidad, el Plan plantea expandir las oportunidades de los colombianos a través del estímulo al emprendimiento, la formalización del trabajo y las actividades económicas, y el fortalecimiento del tejido empresarial en las ciudades y en el campo.
iii) Equidad. Como resultado final, el Plan busca la igualdad de oportunidades para todos, por medio de una política social moderna orientada a lograr la inclusión social y productiva de los colombianos, y que se centra en las familias como los principales vehículos para la construcción de lazos de solidaridad y de tejido social.

 

El gráfico 2 y el cuadro 1 ilustran las fuentes que financian el PND 2019-2022 y la distribución de los recursos por pactos. La mitad del financiamiento del Plan tiene como fuentes el Presupuesto General de la Nación y los sistemas generales de participaciones y regalías. La tercera parte de los recursos del Plan depende del aporte incierto del sector privado.


El “Pacto por la equidad”, que se sustenta, según el PND 2019-2022, en una “política social moderna centrada en la familia, eficiente, de calidad y conectada a mercados”, concentra el 46,5 por ciento del total de los recursos. Once líneas programáticas integran este “Pacto por la equidad”: i) Primero las niñas y los niños: desarrollo integral desde la primera infancia hasta la adolescencia; ii) Salud para todos con calidad y eficiencia, sostenible por todos; iii) Educación de calidad para un futuro con oportunidades para todos; iv) Alianza por la seguridad alimentaria y la nutrición: ciudadanos con mentes y cuerpos sanos; v) Vivienda y entornos dignos e incluyentes; vi) Trabajo decente, acceso a mercados e ingresos dignos: acelerando la inclusión productiva; vii) Juventud naranja: todos los talentos cuentan para construir país; viii) Dignidad y felicidad para todos los adultos mayores; ix) Deporte y recreación para el desarrollo integral de los individuos, para la convivencia y cohesión social; x) Que nadie se quede atrás: acciones coordinadas para la reducción de la pobreza; xi) Herramientas para una política social moderna y conectada a mercados.

En una sociedad clasista todos los gobiernos se basan en la fuerza y el asistencialismo social. La política social lejos de ser incondicional es francamente calculadora; el análisis de costo/beneficio en términos políticos y económicos la condiciona. En todo caso, el PND en cuestión y estos pactos son en sí mismo una contradicción, pues no se proponen quebrar la triada que caracteriza el ser social excluyente dominante en la sociedad colombiana, a saber: clasista, explotador y autoritario, con los cuales se potencia formas de control como el corporativismo, a través del cual un grupo social extiende su tendencia histórica y hereditaria de estatus y privilegios. El abismo social entre la oligarquía y las clases trabajadoras, y los antagonismos a que da lugar, tiende a tramitarse mediante prácticas y negociaciones de intereses corporativistas, segmentados y particulares. En general, las clases medias y populares se sometieron a una relación de clientelismo con los partidos políticos del establecimiento y los gobiernos de turno y aceptaron las operaciones del depredador poder oligárquico.

El interés individual y el de grupos particulares domina el ambiente del Presupuesto General y del Plan Nacional de Desarrollo, ejerciendo enorme presión para tratar de apropiarse de los limitados recursos públicos que se manifiesta en una creciente demanda por servicios y subsidios del Estado y la absoluta falta de conciencia de la sociedad respecto de las prioridades y los limitados recursos disponibles para satisfacer las necesidades colectivas. Los gastos obligatorios o inflexibles concentran tres cuartas partes del presupuesto nacional; el único gasto verdaderamente discrecional es la inversión pública asociada con el PND; sobre ella recaen conflictivamente los intereses antagónicos, las mezquindades grupales y las luchas de clases.

Los pobres, los grupos de presión y los diversos poderes de facto han impuesto históricamente a las clases dominantes, a los ricos, ciertos deberes y funciones paternalistas y asistencialistas tanto como se les impone a ellos la deferencia, el sometimiento y la legitimación simbólica y electoral del régimen político. Ambas partes de la ecuación están restringidos a un mismo campo de fuerza. Esta hegemonía, corporativismo y conexión clientelar ofrece el armazón desnudo de una estructura de relaciones de dominio y subordinación. La relación recíproca entre oligarquía y plebe se reproduce desde los tiempos coloniales; por muy desigual que resulte esta relación, las clases dominantes necesitan a pesar de todo cierto tipo de apoyo de los pobres y de las clases trabajadoras, y éstos, a la vez, sienten que son necesitados para legitimar a la oligarquía*.

 

Colombia en la Ocde

 

Colombia es el pariente pobre en el club de países ricos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos​ (Ocde), organismo de cooperación internacional integrado por 36 estados, cuyo objetivo es coordinar sus políticas económicas y sociales. La Ocde fue fundada en 1961 y Colombia ingresó al mismo en 2018.

De acuerdo con el último informe de esta Organización respecto al avance de América Latina en términos económicos y sociales, es posible evaluar y comparar el desempeño de Colombia en tres dimensiones: i) Ingresos y Productividad; ii) Vulnerabilidades sociales; iii) Percepción sobre las Instituciones y el Gobierno (Cuadro 2).

 

 

Si bien Colombia ha avanzado en diferentes indicadores económicos, registra graves y preocupantes vulnerabilidades sociales y políticas, entre ellas un índice alto de desconfianza en el gobierno nacional y las instituciones públicas. La corrupción y la precaria democracia vulneran los derechos humanos. La economía puede ir bien (dependiendo significativamente de las actividades extractivas: petróleo y minería), favoreciendo a unos pocos, pero la insatisfacción con la calidad de vida en el país afecta tanto a los ricos como a los pobres. El desempeño del país es mediocre respecto a la media latinoamericana y la distancia con la situación en estas tres dimensiones que registran los países desarrollados es inconmesurable. Pese a todo, la Ocde determinará junto con el Banco Mundial y el FMI las reformas que se avecinan en la institucionalidad social: pensiones, gasto público social, mercado laboral, subsidios, salud y educación.

El PND 2019-2022 pretende superar estos obstáculos estructurales, pero su concepción clasista y el anclaje de la política social en la premodernidad (“Ley de pobres”, clientelismo, asistencialismo y corporativismo), no permiten ser optimistas de alcanzar el grado de civilización deseado e idealizado en la situación actual que ostentan los países de la Ocde. La política social moderna debe fundamentarse en la Declaración Universal de Derechos Humanos; pero para que florezca la dignidad humana se requiere de una sociedad pletórica de paz, democracia plena, justicia, trabajo digno, autonomía, libertad y solidaridad. Todo depende, principalmente, de la madurez de las clases trabajadoras, es decir, el desarrollo de su instinto moral y el grado de conciencia política, que impulsan la unidad, la organización y la lucha por la dignidad humana.

* Sobre los estudios históricos de las relaciones dominio y subordinación, ver: Thompson, E. P., (1979), Tradición, revuelta y conciencia de clase. Editorial Crítica, Barcelona.
** Economista político y filósofo humanista. Escritor e investigador independiente. Integrante del comité editorial de los periódicos Le Monde diplomatique, edición Colombia, y desdeabajo.

 


 

Política social y lucha de clases

 

El concepto de política societal comprende la esfera de la política social (la organización institucional de los bienes y servicios sociales, la garantía de los derechos y la distribución del ingreso) e incluye también la intervención social sistemática en todos los puntos del ciclo de producción y reproducción de la vida, con el objetivo de mantener y reproducir las estructuras de poder o de cambiar el sistema societal.
Las políticas sociales son producto de la modernidad, es decir del capitalismo, con el cual tomaron cuerpo dos clases fundamentales de la sociedad capitalista, la burguesía y el proletariado, con intereses, necesidades y cosmovisiones antagónicas.


El proletariado luchó desde su origen por el reconocimiento de su dignidad humana, expresada en reivindicaciones por la reducción de la jornada de trabajo, el alza salarial, el derecho a la organización sindical y a participar en el ejercicio del poder político. Las organizaciones socialistas libertarias, en paralelo buscaron conquistar la democracia radical, la justicia y la igualdad, en un contexto societal de planificación y organización colectiva consciente y autogestionaria de la vida social y económica.


La respuesta a estas iniciativas y luchas por parte de los estados burgueses y el gran capital fue represiva, intolerante y de enfrentamiento. Siempre ha habido una relación de simbiosis entre el gran capital privado y el poder del Estado. Además, los gobiernos conservadores intentaron atraer y cooptar a los trabajadores mediante la implementación de políticas sociales y de seguridad social. El capitalismo demostró una alta capacidad de resistencia, adaptabilidad y el grado de lealtad que inspiraba en las clases trabajadoras.


El estadista y político alemán Otto von Bismarck, artífice de la unificación alemana, fue el primero en promover un Estado Social de Derecho. El canciller alemán centró sus esfuerzos en frenar el movimiento obrero, al que ilegalizó aprobando las Leyes Antisocialistas, al tiempo que intentaba atraerse a los trabajadores con la legislación social más avanzada del momento. Alemania se convirtió en el primer país en introducir la seguridad social. La promoción del bienestar de los trabajadores –a fin de que la economía alemana siguiera funcionando con la máxima eficiencia– y eludir la demanda de opciones socialistas más radicales, fue copiada e implementada en la mayoría de países europeos y en Estados Unidos a principios del siglo XX y unas décadas después en América del Sur. No obstante, la insurrección obrera logró triunfar en Rusia en el año 1917. El mundo quedó dividido en un campo de fuerza que enfrentaba al capitalismo y al socialismo.


En consecuencia, las políticas sociales quedaron en medio de una reñida e inflexible batalla ideológica y programática entre antagonismos irreconciliables, en un «campo de fuerza» societal. Para la burguesía, las políticas sociales (desde arriba) constituían “un acto de concesión”; para las clases trabajadoras (desde abajo) “un acto a lograr, una conquista”.


En todas las sociedades tradicionales, las “donaciones” han jugado una función central en el mantenimiento de la posición social. Prestigio, subordinación, obligación y control social entrañan una coincidencia entre las relaciones que supone el «acto de dar» y el contexto de las estructuras sociopolíticas concretas que mantienen todavía rasgos universales*. Pese a la confrontación dialéctica de las políticas sociales, éstas lograrían su síntesis en la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948, adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas. Si bien, esta declaración está inspirada en la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, el texto de 1948 representa “un estándar común a ser alcanzado por todos los pueblos y naciones”. Los derechos humanos son “el reconocimiento de la dignidad inalienable de los seres humanos”. Libre de discriminación, desigualdad o distinciones de cualquier índole, la dignidad humana es universal, igual e inalienable. En resumen, las políticas sociales transitaron desde el asistencialismo y particularismo que caracteriza a las “Leyes de pobres”, pasando por los derechos ciudadanos en cada Estado-Nación, hasta alcanzar su universalidad (Diagrama 2).

 

 


Pese a este mandato, desigualdad, exclusión, violencia, pobreza, informalidad laboral, desempleo, fanatismos y corrupción son características históricas y estructurales de las sociedades latinoamericanas y caribeñas que se han mantenido y reproducido incluso en períodos de crecimiento y prosperidad económica.


Más allá de una pretendida política social, lo que debe sustentar un Estado y los gobiernos que pretendan justicia, igualdad, democracia plena y dignidad humana, es una política societal fundamentada en la universalidad de los derechos humanos. Estas características y constantes históricas de América Latina y el Caribe no logran romperse con el gasto social asistencial limitado a la lucha contra la pobreza, a pesar de registrar importantes avances. Pero la tendencia es irregular, dependiendo del lugar y momento del ciclo económico.


Con todo, persisten grandes desafíos de financiamiento de las políticas públicas y los niveles de gasto siguen siendo muy inferiores a los existentes en países desarrollados. La heterogeneidad entre los países es muy marcada: mientras que las erogaciones en políticas sociales de los países de mayor riqueza relativa alcanzan un promedio superior a 2.000 dólares de 2010 por persona al año, en los países que tienen niveles de pobreza más elevados y, por consiguiente, enfrentan mayores desafíos financieros para mejorar el bienestar social, dichas erogaciones son, en promedio, inferiores a 220 dólares por persona al año. Colombia ocupa un lugar intermedio en el concierto de países latinoamericanos y del Caribe, con un gasto social de 945 dólares de 2010 por persona y un equivalente al 12,7 por ciento del PIB (Cuadro 3).

 

 


Son realidades y contradicciones que trae toda sociedad dominada por la estructura y lógica capitalista. Por ello, mientras la política social no avance a ser societal y se fundamente en el proceso histórico y universal de conquistas y actualizaciones de los Derechos Humanos, la dinámica estructural de nuestro país –y en los otros que integran la región– continuará siendo la misma.

 

* Thompson, E.P., (2000), Agenda para una historia radical, Editorial Crítica, Barcelona, pp. 30-31.

Publicado enEdición Nº256
Política social, conflicto de clases y Plan Nacional de Desarrollo 2019-2022

Durante el taller Construyendo País, realizado el 6 de abril de 2019 en Aracataca-Magdalena, el presidente Iván Duque se refirió al acuerdo con las comunidades indígenas del Cauca, en minga desde el 12 de marzo. El mandatario afirmó: “Soy consciente de que en Colombia hay muchas deudas sociales por saldar, muchas brechas con los municipios más alejados y con las minorías étnicas de Colombia” […] pero “aquí se trabaja con el Plan de Desarrollo y no con más acuerdos impagables, no más acuerdos de ilusiones. Es en el Plan Nacional de Desarrollo (PND) donde se deben materializar los diálogos”.

Palabras, que disfrazan intereses. Cuando se ingresa al campo de la política social y el plan de desarrollo, donde están en juego tantos intereses antagónicos y diversos, los problemas cambian de matiz, lo que nos recuerda que la historia es el resultado de la lucha de clases, un perpetuo tejer y destejer de equilibrios, alianzas y enfrentamientos colectivos. Además, como lo enseña la ciencia política que todo partido digno de tal nombre se propone tomar el poder para poner el Estado al servicio de la clase cuyos intereses expresa ese partido. No es la excepción el gobierno de Duque, oligárquico y en favor de las clases dominantes.

Al analizar atentamente el proceso presupuestal, la estructura, la fuente y asignación de recursos financieros en el PND fácilmente se deduce que se trata de una lucha de clases cuidadosamente perfilada y estratégicamente planeada para reproducir las estructuras de poder y consolidar la hegemonía y dominio de clase. Este artículo analiza el conflicto de clases y la política social en el PND 2019-2022.

 

Política social y PND 2019-2022

 

Las políticas sociales (ver recuadro) de Colombia son una mezcla confusa y compleja de enfoques, fundamentaciones, instituciones, burocracias, intereses e intencionalidades. Prima, en todo caso, la esencia asistencialista de la política pública y el interés de control social de los “beneficiarios” mediante el corporativismo y el clientelismo que siempre promueven las “Leyes de pobres”. Sin importar el texto constitucional, pródigo en derechos humanos universales, la lucha contra la pobreza y la focalización de grupos humanos específicos o “rotulados” en espacios delimitados y discriminados es el común denominador de los programas sociales. A los bienes y servicios públicos en Colombia los caracteriza la insuficiencia, la estratificación y la mala calidad.

Es una política social en ejercicio, además, en un ámbito social colonizado por el gran capital y la clase política corrupta que, mediante la concepción neoliberal, todo lo privatizó y lo convirtió en mercancía. Muchos de los programas sociales son diseñados e impuestos homogéneamente por el Banco Mundial en todos los países periféricos o tercemundistas, como por ejemplo “Familias en acción” que transfiere subsidios condicionados en efectivo a las madres por cada hijo menor de edad que hayan procreado; una manera de promover la alta natalidad en los hogares pobres, y de esta manera encadenarlos y someterlos de por vida a la explotación del capital y a los grandes intereses clientelistas, ideológicos, burocráticos y fiscales del Estado. Para nuestro caso, cerca de tres millones de hogares son beneficiarios del programa “Familias en Acción”. El diagrama 1 resume la complejidad de enfoques, programas e instituciones que dan materialidad a la política social en Colombia.

 

 

En Colombia, el gasto social como porcentaje del PIB es de 12,7 por ciento. La inversión real apenas sobrepasa el 10 por ciento; los 2,7 puntos porcentuales restantes se pierden en los oscuros meandros de la corrupción. De acuerdo con la estructura porcentual por funciones, la salud, la educación y la protección social concentran el 94,3 por ciento del gasto social (Gráfico 1).

 

 

Según el artículo 4º, el Plan Nacional de Inversiones Públicas 2019-2022 se estima en un valor de mil noventa y seis, coma uno billones ($1.096,1), a pesos constantes de 2018, el cual incluye el componente Plan Plurianual de Inversiones para la Paz de forma transversal y que se estima en un valor de treinta y siete coma uno ($37,1) billones, a pesos constantes de 2018.

En esta senda y según el artículo 1º, los objetivos del PND 2019-2022 “Pacto por Colombia, pacto por la equidad”, pretenden sentar las bases de legalidad, emprendimiento y equidad. Los objetivos se instrumentalizan mediante pactos en pos de lograr la igualdad de oportunidades para todos los colombianos, en concordancia con un proyecto de largo plazo con el que Colombia alcance los Objetivos de Desarrollo Sostenible al 2030.
Los pactos estructurales, según el artículo 3° del PND 2019-2022, son:

 

i) Legalidad. El Plan establece las bases para la protección de las libertades individuales y de los bienes públicos, para el imperio de la Ley y la garantía de los derechos humanos, para una lucha certera contra la corrupción y para el fortalecimiento de la Rama Judicial.
ii) Emprendimiento. Sobre el sustento de la legalidad, el Plan plantea expandir las oportunidades de los colombianos a través del estímulo al emprendimiento, la formalización del trabajo y las actividades económicas, y el fortalecimiento del tejido empresarial en las ciudades y en el campo.
iii) Equidad. Como resultado final, el Plan busca la igualdad de oportunidades para todos, por medio de una política social moderna orientada a lograr la inclusión social y productiva de los colombianos, y que se centra en las familias como los principales vehículos para la construcción de lazos de solidaridad y de tejido social.

 

El gráfico 2 y el cuadro 1 ilustran las fuentes que financian el PND 2019-2022 y la distribución de los recursos por pactos. La mitad del financiamiento del Plan tiene como fuentes el Presupuesto General de la Nación y los sistemas generales de participaciones y regalías. La tercera parte de los recursos del Plan depende del aporte incierto del sector privado.


El “Pacto por la equidad”, que se sustenta, según el PND 2019-2022, en una “política social moderna centrada en la familia, eficiente, de calidad y conectada a mercados”, concentra el 46,5 por ciento del total de los recursos. Once líneas programáticas integran este “Pacto por la equidad”: i) Primero las niñas y los niños: desarrollo integral desde la primera infancia hasta la adolescencia; ii) Salud para todos con calidad y eficiencia, sostenible por todos; iii) Educación de calidad para un futuro con oportunidades para todos; iv) Alianza por la seguridad alimentaria y la nutrición: ciudadanos con mentes y cuerpos sanos; v) Vivienda y entornos dignos e incluyentes; vi) Trabajo decente, acceso a mercados e ingresos dignos: acelerando la inclusión productiva; vii) Juventud naranja: todos los talentos cuentan para construir país; viii) Dignidad y felicidad para todos los adultos mayores; ix) Deporte y recreación para el desarrollo integral de los individuos, para la convivencia y cohesión social; x) Que nadie se quede atrás: acciones coordinadas para la reducción de la pobreza; xi) Herramientas para una política social moderna y conectada a mercados.

En una sociedad clasista todos los gobiernos se basan en la fuerza y el asistencialismo social. La política social lejos de ser incondicional es francamente calculadora; el análisis de costo/beneficio en términos políticos y económicos la condiciona. En todo caso, el PND en cuestión y estos pactos son en sí mismo una contradicción, pues no se proponen quebrar la triada que caracteriza el ser social excluyente dominante en la sociedad colombiana, a saber: clasista, explotador y autoritario, con los cuales se potencia formas de control como el corporativismo, a través del cual un grupo social extiende su tendencia histórica y hereditaria de estatus y privilegios. El abismo social entre la oligarquía y las clases trabajadoras, y los antagonismos a que da lugar, tiende a tramitarse mediante prácticas y negociaciones de intereses corporativistas, segmentados y particulares. En general, las clases medias y populares se sometieron a una relación de clientelismo con los partidos políticos del establecimiento y los gobiernos de turno y aceptaron las operaciones del depredador poder oligárquico.

El interés individual y el de grupos particulares domina el ambiente del Presupuesto General y del Plan Nacional de Desarrollo, ejerciendo enorme presión para tratar de apropiarse de los limitados recursos públicos que se manifiesta en una creciente demanda por servicios y subsidios del Estado y la absoluta falta de conciencia de la sociedad respecto de las prioridades y los limitados recursos disponibles para satisfacer las necesidades colectivas. Los gastos obligatorios o inflexibles concentran tres cuartas partes del presupuesto nacional; el único gasto verdaderamente discrecional es la inversión pública asociada con el PND; sobre ella recaen conflictivamente los intereses antagónicos, las mezquindades grupales y las luchas de clases.

Los pobres, los grupos de presión y los diversos poderes de facto han impuesto históricamente a las clases dominantes, a los ricos, ciertos deberes y funciones paternalistas y asistencialistas tanto como se les impone a ellos la deferencia, el sometimiento y la legitimación simbólica y electoral del régimen político. Ambas partes de la ecuación están restringidos a un mismo campo de fuerza. Esta hegemonía, corporativismo y conexión clientelar ofrece el armazón desnudo de una estructura de relaciones de dominio y subordinación. La relación recíproca entre oligarquía y plebe se reproduce desde los tiempos coloniales; por muy desigual que resulte esta relación, las clases dominantes necesitan a pesar de todo cierto tipo de apoyo de los pobres y de las clases trabajadoras, y éstos, a la vez, sienten que son necesitados para legitimar a la oligarquía*.

 

Colombia en la Ocde

 

Colombia es el pariente pobre en el club de países ricos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos​ (Ocde), organismo de cooperación internacional integrado por 36 estados, cuyo objetivo es coordinar sus políticas económicas y sociales. La Ocde fue fundada en 1961 y Colombia ingresó al mismo en 2018.

De acuerdo con el último informe de esta Organización respecto al avance de América Latina en términos económicos y sociales, es posible evaluar y comparar el desempeño de Colombia en tres dimensiones: i) Ingresos y Productividad; ii) Vulnerabilidades sociales; iii) Percepción sobre las Instituciones y el Gobierno (Cuadro 2).

 

 

Si bien Colombia ha avanzado en diferentes indicadores económicos, registra graves y preocupantes vulnerabilidades sociales y políticas, entre ellas un índice alto de desconfianza en el gobierno nacional y las instituciones públicas. La corrupción y la precaria democracia vulneran los derechos humanos. La economía puede ir bien (dependiendo significativamente de las actividades extractivas: petróleo y minería), favoreciendo a unos pocos, pero la insatisfacción con la calidad de vida en el país afecta tanto a los ricos como a los pobres. El desempeño del país es mediocre respecto a la media latinoamericana y la distancia con la situación en estas tres dimensiones que registran los países desarrollados es inconmesurable. Pese a todo, la Ocde determinará junto con el Banco Mundial y el FMI las reformas que se avecinan en la institucionalidad social: pensiones, gasto público social, mercado laboral, subsidios, salud y educación.

El PND 2019-2022 pretende superar estos obstáculos estructurales, pero su concepción clasista y el anclaje de la política social en la premodernidad (“Ley de pobres”, clientelismo, asistencialismo y corporativismo), no permiten ser optimistas de alcanzar el grado de civilización deseado e idealizado en la situación actual que ostentan los países de la Ocde. La política social moderna debe fundamentarse en la Declaración Universal de Derechos Humanos; pero para que florezca la dignidad humana se requiere de una sociedad pletórica de paz, democracia plena, justicia, trabajo digno, autonomía, libertad y solidaridad. Todo depende, principalmente, de la madurez de las clases trabajadoras, es decir, el desarrollo de su instinto moral y el grado de conciencia política, que impulsan la unidad, la organización y la lucha por la dignidad humana.

* Sobre los estudios históricos de las relaciones dominio y subordinación, ver: Thompson, E. P., (1979), Tradición, revuelta y conciencia de clase. Editorial Crítica, Barcelona.
** Economista político y filósofo humanista. Escritor e investigador independiente. Integrante del comité editorial de los periódicos Le Monde diplomatique, edición Colombia, y desdeabajo.

 


 

Política social y lucha de clases

 

El concepto de política societal comprende la esfera de la política social (la organización institucional de los bienes y servicios sociales, la garantía de los derechos y la distribución del ingreso) e incluye también la intervención social sistemática en todos los puntos del ciclo de producción y reproducción de la vida, con el objetivo de mantener y reproducir las estructuras de poder o de cambiar el sistema societal.
Las políticas sociales son producto de la modernidad, es decir del capitalismo, con el cual tomaron cuerpo dos clases fundamentales de la sociedad capitalista, la burguesía y el proletariado, con intereses, necesidades y cosmovisiones antagónicas.


El proletariado luchó desde su origen por el reconocimiento de su dignidad humana, expresada en reivindicaciones por la reducción de la jornada de trabajo, el alza salarial, el derecho a la organización sindical y a participar en el ejercicio del poder político. Las organizaciones socialistas libertarias, en paralelo buscaron conquistar la democracia radical, la justicia y la igualdad, en un contexto societal de planificación y organización colectiva consciente y autogestionaria de la vida social y económica.


La respuesta a estas iniciativas y luchas por parte de los estados burgueses y el gran capital fue represiva, intolerante y de enfrentamiento. Siempre ha habido una relación de simbiosis entre el gran capital privado y el poder del Estado. Además, los gobiernos conservadores intentaron atraer y cooptar a los trabajadores mediante la implementación de políticas sociales y de seguridad social. El capitalismo demostró una alta capacidad de resistencia, adaptabilidad y el grado de lealtad que inspiraba en las clases trabajadoras.


El estadista y político alemán Otto von Bismarck, artífice de la unificación alemana, fue el primero en promover un Estado Social de Derecho. El canciller alemán centró sus esfuerzos en frenar el movimiento obrero, al que ilegalizó aprobando las Leyes Antisocialistas, al tiempo que intentaba atraerse a los trabajadores con la legislación social más avanzada del momento. Alemania se convirtió en el primer país en introducir la seguridad social. La promoción del bienestar de los trabajadores –a fin de que la economía alemana siguiera funcionando con la máxima eficiencia– y eludir la demanda de opciones socialistas más radicales, fue copiada e implementada en la mayoría de países europeos y en Estados Unidos a principios del siglo XX y unas décadas después en América del Sur. No obstante, la insurrección obrera logró triunfar en Rusia en el año 1917. El mundo quedó dividido en un campo de fuerza que enfrentaba al capitalismo y al socialismo.


En consecuencia, las políticas sociales quedaron en medio de una reñida e inflexible batalla ideológica y programática entre antagonismos irreconciliables, en un «campo de fuerza» societal. Para la burguesía, las políticas sociales (desde arriba) constituían “un acto de concesión”; para las clases trabajadoras (desde abajo) “un acto a lograr, una conquista”.


En todas las sociedades tradicionales, las “donaciones” han jugado una función central en el mantenimiento de la posición social. Prestigio, subordinación, obligación y control social entrañan una coincidencia entre las relaciones que supone el «acto de dar» y el contexto de las estructuras sociopolíticas concretas que mantienen todavía rasgos universales*. Pese a la confrontación dialéctica de las políticas sociales, éstas lograrían su síntesis en la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948, adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas. Si bien, esta declaración está inspirada en la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, el texto de 1948 representa “un estándar común a ser alcanzado por todos los pueblos y naciones”. Los derechos humanos son “el reconocimiento de la dignidad inalienable de los seres humanos”. Libre de discriminación, desigualdad o distinciones de cualquier índole, la dignidad humana es universal, igual e inalienable. En resumen, las políticas sociales transitaron desde el asistencialismo y particularismo que caracteriza a las “Leyes de pobres”, pasando por los derechos ciudadanos en cada Estado-Nación, hasta alcanzar su universalidad (Diagrama 2).

 

 


Pese a este mandato, desigualdad, exclusión, violencia, pobreza, informalidad laboral, desempleo, fanatismos y corrupción son características históricas y estructurales de las sociedades latinoamericanas y caribeñas que se han mantenido y reproducido incluso en períodos de crecimiento y prosperidad económica.


Más allá de una pretendida política social, lo que debe sustentar un Estado y los gobiernos que pretendan justicia, igualdad, democracia plena y dignidad humana, es una política societal fundamentada en la universalidad de los derechos humanos. Estas características y constantes históricas de América Latina y el Caribe no logran romperse con el gasto social asistencial limitado a la lucha contra la pobreza, a pesar de registrar importantes avances. Pero la tendencia es irregular, dependiendo del lugar y momento del ciclo económico.


Con todo, persisten grandes desafíos de financiamiento de las políticas públicas y los niveles de gasto siguen siendo muy inferiores a los existentes en países desarrollados. La heterogeneidad entre los países es muy marcada: mientras que las erogaciones en políticas sociales de los países de mayor riqueza relativa alcanzan un promedio superior a 2.000 dólares de 2010 por persona al año, en los países que tienen niveles de pobreza más elevados y, por consiguiente, enfrentan mayores desafíos financieros para mejorar el bienestar social, dichas erogaciones son, en promedio, inferiores a 220 dólares por persona al año. Colombia ocupa un lugar intermedio en el concierto de países latinoamericanos y del Caribe, con un gasto social de 945 dólares de 2010 por persona y un equivalente al 12,7 por ciento del PIB (Cuadro 3).

 

 


Son realidades y contradicciones que trae toda sociedad dominada por la estructura y lógica capitalista. Por ello, mientras la política social no avance a ser societal y se fundamente en el proceso histórico y universal de conquistas y actualizaciones de los Derechos Humanos, la dinámica estructural de nuestro país –y en los otros que integran la región– continuará siendo la misma.

 

* Thompson, E.P., (2000), Agenda para una historia radical, Editorial Crítica, Barcelona, pp. 30-31.

Publicado enColombia
Jueves, 25 Abril 2019 08:12

Cúcuta: la frontera fracturada

Nolberto Roa Pulido, “Frontera cerrada”, https://www.flickr.com/photos/nolbertoroa/24719292456/

La crisis desatada en las relaciones colombo-venezolanas, más la crisis económica, social, política, militar, desatada en el país vecino, trae sus coletazos, quienes habitan Cúcuta los viven con toda crudeza.

 

Como no había sucedido en toda la historia de la relación limítrofe colombo-venezolana, la frontera entre los dos países está hoy fracturada, es pura dinamita que explota por momentos, pero que puede llegar a disolverse en un caos infinito o en una integración fructífera hacia el futuro.

Cúcuta la capital de Norte de Santander, ubicada sobre la Cordillera Oriental, es epicentro de un desastre económico-social y sicosocial. Esta frontera, con sus 2.219 kilometros, es la más prologanda entre paises surameericanos. Es un desastre de todo tipo, una verdadera fractura social, que tiene como punto de arranque el gobierno de Uribe y la prioridad que lo ideológico tomó sobre el mercado; el cierre de la frontera, luego de la evidente conspiración golpista propiciada desde Colombia, desnudó ante los ojos de todos la dependencia que tiene esta parte del país de sus vecinos.

 

El territorio

 

El área metropolitana de Cúcuta –que comprende Villa del Rosario, Los Patios, Zulia, San Cayetano y Puerto Santander– suma 1.200.000 habitantes, más San Antonio y Ureña, localidades venezolanas que hacen parte de este entramado. La capital del departamento propiamente dicha reúne 700.000 pobladores, registrando un crecimiento enorme en los últimos años, del cual se desprenden variedad de problemáticas, entre ellas económicas y sociales. Como toda ciudad fronteriza, su economía y vida cotidiana depende y/o se complementa del vecino.

Registra esta ciudad, por tanto, un crecimiento inmenso, más aun para lo limitado de su territorio –10 km2 de extensión de norte a sur y 11 km2 de oriente a occidente–, el cual está distribuido en 10 comunas, de las caules las conocidas como 1, 4, 5, 6 y 9 concentran la mayor conflictividad social. Destaca entre estas, a su vez, la comuna seis, la más pobre, descuidada y “caliente” de la ciudad, toda vez que es la que conecta con las trochas de paso de migrantes, donde operan las bandas criminales y hacen presencia grupos armados ilegales.


Dicen en Cúcuta que la realidad que hoy viven allí no siempre fue así, que todo se complicó a partir del cierre de la frontera ordenada en 2015 por el presidente Nicolás Maduro, generando el conflicto entre los dos países una grave crisis diplomática, económica y humanitaria, decretando estado de excepción en varios municipios del estado Tachira, y luego del estado Zulia.

Según la Asociación de Supermercados de Norte de Santander, en el último año, como reflejo de la crisis, 700 establecimientos están en crisis, de los cuales la mayoría estaban ubicados cerca a la frontera.

Crisis también reflejada en el negocio de cambio de divisas, el cual cayó en un 40 por ciento, y las remesas en un 90. Decaída que refleja muy bien el cambio sufrido con el cierre fronterizo, pues hasta antes de tal decisión ingresaban por día a la ciudad 40.000 venezolanos, lo que movía al mercado en todas sus variables. Ahora en la ciudad no quedan sino informales, lo que disparó en el 70 por ciento el rebusque callejero y el surgimiento de locales pequeños, los que no garantizan estabilidad económica alguna, según diagnóstico de la Federación de Comerciantes de N. de S.

La pobreza que traía desde siempre la ciudad ahora está multiplicada, también la desigualdad social y la inequidad, lo que ha propiciado el ahondamiento de la inseguridad, producto de la presencia de bandas criminales, grupos armados, policía corrupta, grupos que controlan la frontera y todo tipo de negocios ilegales. El Eln, el Epl, disidencias de las Farc y bandas criminales organizadas se disputan el territorio, los cultivos de coca, y el control de población en las comunas, entre ellos los miles de pobres de ambos países que luchan por la supervivencia y que fácilmente son cooptados por las mafias, como mulas para llevar droga a otras ciudades.

Población que habita la ciudad desde hace añós, pero también quienes quedaron atrapados después del último cierre de frontera, en total 17.000 venezolanos que no pueden regresar, entre estos 3.000 personas (entre civiles y personal de las Fuerzas Armadas Bolivarianas que desertaron). Población que es una carga fiscal para la ciudad, la que según cálculos debe invertir 60.000 millones por año en mantener esa población.

 

Corredores y algo más

 

Nada puede ser peor que lo vivido hoy por miles en esta parte del país, padecimiento que, valga decirlo, se llegó al mismo por las políticas ideologizadas en relaciones internacionales impuestas por el doble gobierno de Uribe, las que llevaron a que el país perdiera un mercado de 7.000 millons de dólares, los mismos que hoy llevan al desvelo a la oligarquía que necesita recuperarlos, para lo cual conspira contra el gobierno del país vecino por y con todos los medios posibles.

Dicen, sin embargo, que “cada día trae su afán”, lo que está plenamente comprobado en los 144 kilómetros de frontera de Norte de Santander, en los cuales existen cuatro pasos formales y 39 trochas ilegales –otros dicen que hay más de cien–, las mismas que ahora el gobierno colombiano ha decidido considerar como lugares de paso legal. Son estas trochas los lugares por donde transita el contrabando de gasolina, alimentos, ganado, medicamentos, carros, personas con afán de residencia más allá de su territorio tradicional de vida, pero también de aquellas sometidas a la trata –esclavitud de diverso tipo–; así como el comercio ilegal de divisas, y el narcotráfico de un país al otro, todos los días y a toda hora. Eso sucede en Puerto Santander, la Ye de astilleros, San Faustino y la Parada. La policía fronteriza de los dos lados mira para otro lado y engorda los bolsillos.

El cruce puede ser legal, ilegal, formal e informal o también clandestino, y en él se encuentra de todo tipo de “profesiones”, unas manejadas por pequeños propietarios y otros por las bandas ubicadas a ambos lados de la frontera.

Algunas de esas bandas tienen estre sus prácticas cobrar peaje, aunque este también es un rebusque que ponen en práctica particulares en procura de unos pesos. Por ejemplo, para pasar hacia Cúcuta los migrantes deben cancelar 2.000 a ambos lados del rio, del lado venezolano a los Colectivos y del lado colombiano a grupos criminales o rebuscadores particulares, como ya fue anotado.

Este es un rebusque abierto a otras muchas “profesiones” puestas en práctica, por la aguda crisis en curso, por pobres de ambos lados de la frontera, que así buscan sus pesos diarios: lavado y secado de pies para la gente que pasa las trochas y no quiere ingresar a Cúcuta sucia, cuesta 500 pesos. Algunos prestan servicio de baño por 200 pesos y si es con ducha 1.000; el “lomotaxi” –jóvenes que cargan personas a la espalda para pasar el Táchira–: 2.000 pesos. También existe el “lomocarga”, que cobra según el peso –en algunos casos hasta $ 15.000 por ir de un punto a otro–, carga que también debe cancelar peaje: si son bultos de papa, plátano o frutas a 5.000 pesos, si son otros productos $ 3.000.

El rebusque es total. Usted puede pasar la trocha del rio por “puente de tablas” a 2.000 pesos, pero si es “puente de piedra” a 1.000. O la otra “profesión “los arrastradores” de mercancías y objetos que llevan los migrantes o quienes simplemente van de paso, cobran entre 1.000 a 2.000 pesos por servicio.

 

De todo como en bótica

 

Pero en las trochas y en las entradas a Cúcuta hay de todo: minutos a celular, cigarrillos sueltos, alquiler de botas pantaneras para el paso del río, venta de ungüentos para los callos, empanadas, desayunos, almuerzo, jugos, cambio de pañales, jeringas, cambio de moneda, y algo muy preciado por el que va a cruzar la frontera: los medicamentos, por los cuales primero se pregunta en los puestos ambulantes, por ejemplo por ibuprofeno, acetaminofén, amoxicilina, y si no los encuentran entonces ingresa a Cúcuta.

Una crisis que rompe la cohesión social y la credibildiad en el gobierno nacional, como en el local y departamental. Por ello, y con la pretensión de quebrar el 12,8 en desempleo que según el Dane registraba la ciudad en enero pasado, el gobierno colombiano plantea proyectos de emprendimiento para la clase media –que ve como su precaria estabilidad se hace añicos– lo cual queda en el vacío o las simples buenas intenciones. Entre proyectos y declaraciones de político hay que aclarar que en esta crisis las clases dominantes regionales también hacen parte del entramado de corrupción, otra forma de rebusque, una que brinda más dividendos.

Como si fuera poco, en este hervidero de pobreza, sobrevivientes de la exclusión social, transeúntes hacia el interior del país u otros destinos, rebuscadores, etcétera, Cúcuta es hoy el epicentro de trabajos de inteligencia por parte de los EEUU, Rusia, Venezuela, Cuba, Colombia; de “trabajo humanitario” destinado a poner fin al gobierno de Nicolás Maduro. Una crisis sin precedentes en la ciudad fronteriza, una crisis que por momentos se siente sin control alguno, y que puede llevar a un estallido social que la limpie de tanta miseria.

 

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El socialismo y la segunda
 guerra fría

En 1901 se constituyó el Partido Socialista de América (SPA) liderado por el sindicalista Eugene Debs (1855-1926). Sus alas más izquierdistas, motivadas por el triunfo de la Revolución Rusa (1917), el acercamiento a la III Internacional (1919) y las pugnas partidistas internas, propiciaron el nacimiento del Partido Comunista de América y luego el Partido Comunista de los Trabajadores (ambos en 1919), aunque posteriormente se unificaron en el Partido Comunista de los Estados Unidos (CPUSA, 1921).



Debs fue el primer candidato del SPA a la presidencia de los EEUU en 1904; en la década de 1920, William Z. Foster fue candidato del PCUSA, por varias ocasiones; en la década siguiente el candidato del mismo partido fue Earl Browder; en los setentas e inicios de los ochenta Gus Hall, quien lo dirigió desde 1959 hasta el año 2000, cuando murió; lo sucedió Sam Webb hasta 2014 y, desde entonces, John Bachtell. Desde fines de los ochenta, el PCUSA apoyó a los candidatos del Partido Demócrata.



Cuando en 1906, el economista y sociólogo alemán Werner Sombart (1863-1941) escribió su obra titulada ¿Por qué no hay socialismo en Estados Unidos?, lo atribuyó únicamente al individualismo capitalista de ese país y a las posibilidades de mejoras salariales y trabajo de las clases trabajadoras. Pero el análisis se quedó corto. Aunque Sombart no dio cuenta de ello, el SPA fue perseguido desde sus inicios; pero mucho más el PCUSA, obligado varias veces a la clandestinidad y frecuentemente infiltrado por agentes del FBI. Además, sus lideres, militantes e incluso simpatizantes fueron perseguidos en todos los tiempos y muchos de ellos, encarcelados.



Desatada tras la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), la guerra fría alimentó una conciencia nacional anticomunista generalizada en los EEUU, de modo que cualquier izquierda de tipo marxista nunca adquirió un peso preocupante ni real, pese a que el fantasma de la subversión y del “comunismo” fue esgrimido continuamente para perseguir todo lo que semejara una influencia soviética o marxismo.



En América Latina la situación fue distinta. El marxismo y los partidos socialistas y comunistas crecieron en el siglo XX porque las condiciones sociales y laborales en la región, desastrosas para las amplias mayorías nacionales, unidas a la dominación de elites económicas oligárquicas y burguesas y la incursión imperialista en distintos momentos de la historia latinoamericana, tornaron favorables las ideas socialistas, pese a las represiones, persecuciones y marginaciones que también sufrieron en el tiempo los militantes y partidarios.



La tendencia social y antimperialista, pese a las adversidades, ha sido una constante en América Latina. Los gobiernos populistas clásicos en las décadas de 1930 y 1940 fueron atacados como “comunistas” en su tiempo y de igual modo los gobiernos identificados con el reformismo y el nacionalismo, igualmente. Ni qué decir de la Revolución Cubana (1959), del gobierno de Salvador Allende (1970-1973) o el triunfo del sandinismo en Nicaragua (1979). La guerra fría en América Latina significó intervenciones, desestabilizaciones, derrocamientos de gobiernos y dictaduras militares fascistas y violadoras de derechos humanos, como las que se impusieron en la región a raíz del golpe de Estado de Augusto Pinochet en Chile (1973).



Parecía que el derrumbe del socialismo en el mundo también superaba la época de la guerra fría. Hasta que llegaron los gobiernos progresistas, democráticos y de nueva izquierda, que abrieron un nuevo ciclo histórico en América Latina; pero a estos le siguió el actual ciclo de gobiernos de derecha y empresariales, de modo que, con su venia o acción directa, ha emergido en la región una segunda guerra fría, en la cual es visible el ataque directo a los gobiernos de Evo Morales (Bolivia), Daniel Ortega (Nicaragua) y, sobre todo, Nicolás Maduro (Venezuela) y, desde luego, Cuba.



Lo paradójico del momento histórico es que ya no solo inquieta la subsistencia de gobiernos “izquierdistas” en la región, sino el avance de las ideas socialistas en los propios EE.UU.



No puede ser más sintomático el documento The Opportunity Costs of Socialism (https://pazymino.us7.list-manage.com/track/click?u=c3e3bed0077c1d7adb5463ee7&id=2bd72d56a5&e=dc8a44e01e octubre, 2008), preparado por el Consejo de Asesores Económicos (CEA) del Presidente de los EEUU, destinado a demostrar que el capitalismo norteamericano es superior al “socialismo”, al que se lo compara con el viejo modelo de la URSS, pero también con la economía social de los países europeos nórdicos, todo confundido como “estatismo”.



La preocupación tiene ahora su lugar, porque en los EEUU han progresado aceleradamente las propuestas del senador Bernie Sanders sobre la universalidad y gratuidad de la salud, seguridad social y educación, protección a los trabajadores, al medio ambiente, y el incremento de impuestos para los ricos. Son propuestas comparables con el New Deal (tildadas de “comunistas” en su época) inaugurado por Franklin D. Roosevelt (1933-1945).



Inquieta el avance de la candidatura presidencial de Sanders para el 2020; pero, además, el renacer de ideas socialistas y hasta marxistas, particularmente entre los jóvenes de las nuevas generaciones, que es un fenómeno advertido por el CEA en ocasión del bicentenario del nacimiento de K. Marx (1818-1883).



Los argumentos presentados en el informe del CEA, que sirven para que el presidente Donald Trump tome decisiones de política interna e internacional, refuerzan la tradicional visión antisocialista y anticomunista del oficialismo norteamericano; y han sido la base para las expresiones del propio Trump, quien en varias oportunidades se ha pronunciado contra el socialismo, hasta afirmar que los EEUU nunca serán socialistas.



Pero la visión oficial del socialismo -o de lo que se cree que es- tiene, en las actuales condiciones históricas de América Latina una repercusión absolutamente peligrosa: el asesor de Seguridad Nacional, John Bolton, afirma que los EEUU se proponen crear una coalición internacional para lograr un cambio en la administración de Venezuela (en definitiva, derrocar al presidente Nicolás Maduro), pero agregó que “seguimos con atención a Cuba y Nicaragua” y, además, revalorizó a la Doctrina Monroe (“América es para los americanos”), lo cual provocó que el ministro de Relaciones Exteriores de Rusia, Serguéi Lavrov, alertara a los países latinoamericanos sobre los alcances de semejante concepción.



En definitiva, América Latina queda advertida que los EEUU no aceptan ningún gobierno de tipo “socialista”, de modo que no solo es Venezuela el país en el que se concentra la atención. Pero esta segunda guerra fría tiene su contraparte en los mismos países latinoamericanos: en casi todos gobiernan fuerzas de derecha y algunos, como en Brasil, han declarado explícitamente su deseo de frenar a toda “izquierda”; en tanto el Grupo de Lima es una coalición al servicio de la nueva cruzada antisocialista y antiprogresista.



En Ecuador ni siquiera ha hecho falta acercarse al citado grupo, porque el gobierno de Lenín Moreno, con su giro enfocado a “descorreizar” a la sociedad e imponer el modelo empresarial de desarrollo, liquidó cualquier espacio para un proyecto de izquierda en el país.



Paradójicamente lo hizo contando con el respaldo de las izquierdas tradicionales, los marxistas pro-bancarios y una amplia gama de dirigentes de los movimientos sociales. Hoy todos procuran alejarse sin hacer mucho ruido. Sin esperar indicaciones, Moreno no demoró en reconocer como presidente interino de Venezuela a Juan Guaidó y lo recibió con honores en el país.



El peligro sobre América Latina está definido: no solo que revive el viejo americanismo para reforzar las acciones imperialistas, sino que los gobiernos derechistas de la región han encontrado la mejor oportunidad para respaldar sus políticas contra todo izquierdismo socializante. Es una situación histórica que obliga a repensar todas las estrategias y líneas de acción de las izquierdas latinoamericanas, si quieren sobrevivir como fuerzas alternativas al brutal desarrollo capitalista que ha sido puesto en marcha en la región.



 

Artículo original en Firmas Selectas de Prensa Latina 
[https://bit.ly/2NOkw5h]

Quito, 5/marzo/2019

Publicado enInternacional
"La era de las redes sociales es también la era de la fragilización social"

César Rendueles (Gerona, 1975) es profesor de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid. Es también autor de un interesante ensayo llamado 'Sociofobia: El cambio político en la era de la utopía digital', en el que analiza el efecto de las tecnologías digitales de la comunicación en la realidad política y social.

Su discurso en este sentido ejerce una especie de contrapeso frente al optimismo generalizado que hay en torno al mundo digital y a las esperanzas, tal vez excesivas, que las sociedades modernas han depositado en las nuevas y flamantes tecnologías de la comunicación.

Rendueles, en su obra y también en esta entrevista, apunta a la fragilidad de los vínculos humanos que hay detrás de las frenéticas redes sociales y las multitudes de 'followers', y lamenta al mismo tiempo la gran cantidad de vidas que se ven dañadas y empobrecidas en el entorno consumista y profundamente individualista que caracteriza al capitalismo neoliberal.

RT: ¿A qué llama usted Utopia Digital? ¿Acaso confiamos demasiado en que la tecnología digital va a resolver nuestros problemas?

C.R.: Hoy atribuimos a la tecnología unas capacidades enormes para solucionar todo tipo de problemas sociales, políticos e incluso ecológicos. Es increíble: por ejemplo, en casi cualquier debate sobre la crisis medioambiental siempre aparece alguien que te dice que la geo-ingeniería o la nanotecnología van a solucionar la crisis energética, y así con todo: se empieza a creer que la crisis de legitimidad política se puede resolver con la participación digital; la crisis educativa con más cacharritos tecnológicos en las clases… Es alucinante, porque además está muy asumido, tanto entre la izquierda como entre la derecha.

A mí me parece que esa confianza en lo digital tiene que ver con que parece que esa tecnología nos exime de los procesos deliberativos, nos libra de la necesidad de ponernos de acuerdo desde posiciones muy distintas y en conflicto, a través de una especie de coordinación espontánea y consensual que no pasa por la deliberación. Y en ese sentido me parece que esa concepción de la tecnología es muy heredera de la forma en que se concebía el mercado desde la tradición liberal: se le atribuía la capacidad de generar coordinación social sin recurrir a mecanismos deliberativos, eludiendo el conflicto político.

Y claro, hoy, después de 2008, ya nadie cree demasiado en el mercado. Nadie cree ya que tenga esa capacidad para resolver los conflictos políticos: más bien los acelera, como siempre han planteado los marxistas. Entonces hemos trasladado del mercado a la tecnología esa confianza en que surja alguna clase de orden emergente y espontáneo, que no pase por los procesos deliberativos democráticos.

 

RT: En alguna ocasión usted ha planteado que las redes sociales también tratan de cumplir una función parecida a la de los antidepresivos…

C.R.: La era de las redes sociales es también la era de la fragilización social. Es un hecho empírico. Vivimos en sociedades muy individualizadas, con vínculos sociales muy débiles, con vínculos organizativos también muy débiles, y es en ese contexto social en el que han cobrado mucho protagonismo las redes sociales.

Es un tipo de relación que puede ser muy abundante, con miles de 'followers' y amigos, pero también bastante superficial y muy frágil, sobre todo porque es un tipo de relación reversible a voluntad, que no está basada en el compromiso, sino en la preferencia: si me canso de seguir a alguien o deja de gustarme que me siga, pues lo dejo de seguir o lo bloqueo. Y los vínculos sociales no funcionan así exactamente: no prescindimos de nuestros amigos porque se pongan pesados en una determinada ocasión; no prescindimos de las organizaciones políticas o sindicales a las que pertenecemos porque no nos apetezca asistir a una asamblea o a una manifestación…

Al mismo tiempo, las relaciones digitales, a pesar de que son superficiales y frágiles, nos proporcionan una cierta sensación de conexión, y por eso las he comparado alguna vez con el Prozac. Nadie confundiría la sensación que produce un antidepresivo con una vida plena o con la autorrealización personal, nadie sería tan idiota … y sin embargo, lo que ha conseguido la ideología digital es hacernos confundir la vida digital con una vida no sólo plena sino incluso superior a la que llevábamos en el mundo analógico.

RT: ¿Cómo afecta esto a la política? ¿Han cambiado las redes sociales la manera de hacer política?

C.R.: Por un lado, yo no creo que las tecnologías digitales sean realmente tan importantes, y por otro, creo que hay mucha más continuidad entre el mundo analógico y el digital de la que a veces se asume. A mí me parece muy cuestionable todo ese imaginario de ruptura sistemática que siempre rodea al mundo de la tecnología digital.

Y en ese sentido me parece que lo que han hecho las redes sociales y la tecnología digital es acelerar procesos que ya estaban en marcha: la democracia de audiencias, por ejemplo, es un fenómeno anterior al surgimiento de las redes sociales, y que tiene que ver, por una parte, con los procesos de despolitización asociados al marco neoliberal y, por otra, con el uso que se le dio a medios de comunicación tradicionales como la televisión en ese contexto en el que había un progresivo desinterés de la ciudadanía hacia la política. Ahí nace la democracia de audiencias. Y las redes sociales, al aterrizar en ese modelo, lo que hacen es intensificarlo, por supuesto.

Se entiende mejor lo que hacen las redes sociales si las pensamos como televisores pequeñitos dentro de nuestro teléfono móvil, y no como un paradigma completamente novedoso. Se habla mucho de cómo Donald Trump utiliza las redes sociales, pero se olvida con frecuencia que se hizo famoso en un 'reality show' de televisión. El uso que Trump hace de las redes sociales se parece mucho más a estrategias de propaganda masiva tradicional que a alguna clase de nueva estrategia reticular digital supersofisticada… es propaganda de la de toda la vida, masiva y basada directamente en la manipulación. Por eso digo que hay mucha más continuidad de la que parece entre el pasado analógico y el presente digital.

 

RT: Hay quien señala que el propio funcionamiento de Internet y los buscadores de información hacen que el usuario acabe en una especie de burbuja individual, accediendo a contenidos seleccionados según sus propios gustos, a través de una especie de filtro personalizado por los propios motores de búsqueda. ¿Eso no provoca que estemos realmente más aislados que conectados? ¿Y no afecta a la política, en el sentido más clásico y amplio del término?

C.R.: Internet es muy curioso porque se dan dos dinámicas contrapuestas: es verdad que la cantidad de información y de opiniones diversas es infinitamente mayor que en el mundo analógico, pero nosotros somos seres limitados y con una capacidad de procesamiento limitada, que es algo que se nos olvida. La oferta es la que es, pero nosotros somos seres neolíticos con una capacidad limitada.

Lo que sucede finalmente es que nos relacionamos con paquetes limitados de información, pero ahora creemos que proceden de una esfera pública infinita donde todas las opciones están disponibles y que hemos elegido con total neutralidad.

El efecto de esto es muy perverso, porque no sólo opera ese filtro-burbuja (que seguramente ya existía antes cuando uno elegía su periódico o los medios más afines para informarse) sino que ahora tiene un añadido: la idea de que la información procede de la libre elección más absoluta y de una criba crítica sistemática. Eso es lo característico de este momento: no tanto que existan sesgos muy pronunciados en nuestros medios de comunicación –yo creo que en eso hay una gran continuidad– sino que ahora nos creemos agentes críticos super-sofisticados. Y eso si tiene un efecto pernicioso.

RT: Usted comentó en una ocasión que cuando trabajaba en su libro 'Sociofobia: El cambio político en la era de la utopía digital', quería escribir realmente sobre la idea de fraternidad, y no tanto sobre las tecnologías digitales de comunicación. ¿Es demasiado ingenuo pensar que las redes sociales pueden contribuir a una mayor fraternidad en la sociedad?

C.R.: A mí en el fondo nunca me ha interesado demasiado la tecnología digital. Lo que ocurre es que me he visto arrastrado a estudiar sobre esto porque, en muchos de los problemas que sí me interesaban, detectaba que se recurría a la tecnología digital como una solución que a mí me parece ficticia, tanto en cuestiones de educación como en lo referente a la política y en especial a los procesos de política emancipatoria.

Uno de los problemas que hemos detectado en las últimas décadas desde la filosofía política o la sociología crítica es que de alguna forma los procesos emancipatorios exigen condiciones no sólo materiales y políticas, sino también sociales, es decir, que hace falta una cierta urdimbre social para que esos procesos se pongan en marcha. Profundizar en la democratización es muy complejo en una sociedad muy atomizada y muy individualista.

Yo creo que los que ven con más optimismo el auge del paradigma digital tienden a pensar que ahí se ofrece una solución a los dilemas de la sociabilidad contemporáneos y que tiene unas fuertes potencialidades críticas. Yo lo veo al revés: yo creo que en la medida en que sepamos solucionar o superar esa fragilización de las relaciones sociales, encontraremos usos de las tecnologías de la comunicación que hoy ni siquiera imaginamos.

Mientras tanto, se está viendo que las redes sociales, en este estado de fragilidad social y atomización, son muy destructivas: por eso nos estamos insultando todo el rato y se generan esas dinámicas de linchamiento tan perniciosas. De momento hay muy poca fraternidad.

 

RT: ¿Cree que las redes sociales podrían ser en esencia una especie de trampa para controlar más a las personas o para obtener información que pueda usarse con objetivos mercantiles? ¿Están en realidad más al servicio del llamado 'big data' que de las relaciones interpersonales?

C.R.: Aquí también veo una gran continuidad entre los procesos de control social que estamos viviendo ahora y los que se vivieron en el pasado. Es verdad que ahora la Audiencia Nacional se dedica a vigilar Twitter y las redes sociales para meter en la cárcel a la gente, pero no es menos cierto que lleva encarcelando a gente y cerrando medios de comunicación por sus opiniones desde hace mucho tiempo. Hoy todos conocen a Pablo Hasel o a Snowden, y se les relaciona con el medio ambiente digital… pero menos gente se acuerda del director del diario vasco Egunkaria, Martxelo Otamendi al que torturó hace poquísimo la Guardia Civil, bajo la supervisión de un juez de la Audiencia Nacional.

Hay una gran continuidad entre esos dos ámbitos: se habla del control biométrico que pueden introducir las redes sociales, pero en España el control biométrico existe desde hace décadas y se llama carnet de identidad. A los catorce años tienes que poner la huella ahí, algo que le parece una pesadilla 'orwelliana' a la gente de fuera de España, y aquí siempre nos ha parecido de lo más normal. Así que también conviene reflexionar acerca de la tolerancia que hemos tenido en el pasado a esa represión y preguntarse por qué solo en la medida en que median las redes digitales nos empieza a preocupar.

Y el asunto del 'big data', lo único que ha hecho, una vez más, ha sido acelerar tendencias en curso. Es verdad que el diseño de las últimas décadas del medio ambiente digital llevado a cabo desde una perspectiva muy mercantilista ha facilitado todo eso. Si ese medio ambiente digital hubiese estado más intervenido por instituciones públicas sería más fácil poner coto a todos esos procesos de explotación mercantilizadora, pero como ese desarrollo ha sido muy privado, pues ahora nos cuesta más… es cierto que hay una semilla de mercantilización muy potente.
Un hombre espera el ascensor en la sede de Facebook en Londres (Reino Unido). 4 de Diciembre de 2017. / Toby Melville / Reuters

También es cierto que en la explotación del 'big data' para desarrollar herramientas represivas se superpone a una tradición de políticas punitivas en el contexto neoliberal… pensar estas cosas en términos de una especie de 'Gran Hermano' digital es no entender nada.

Y lo mismo pasa con las dinámicas extractivas digitales, todo ese conjunto de acciones orientado a convertir nuestras relaciones sociales en fuentes de beneficios para las grandes empresas. Es decir, nuestro capital social y relacional, que sirve por ejemplo para alquilar una habitación en 'AirBnB' o ser conductor en un servicio de transportes, es explotado por una empresa que no hace nada salvo poner una mínima estructura digital. Me parece que esto tiene un parentesco muy cercano con los procesos de financiarización previos, que existen desde principios de los años 80, donde las mayores fortunas se generan a base de no producir nada, básicamente. Esas dinámicas extractivas exploran nuevos territorios, y una vez que se agota el mundo real, el mundo digital es el nuevo terreno a colonizar.

RT: En resumen, podría decirse entonces que la eclosión de las tecnologías digitales ha servido principalmente para acelerar o intensificar procesos sociales que ya estaban en curso, pero no ha revolucionado nada en esencia…

C.R.: Así es… yo soy un marxista y un materialista muy clásico, y los marxistas para lo que servimos es para ser pesados, para decir siempre lo mismo. Y eso, a veces es útil. Algunas veces simplemente somos pesados y no valemos para nada, pero otras veces, cuando todo el mundo está insistiendo en lo nuevo, en que estamos en un marco nuevo y en que esto es una nueva frontera, yo creo que los pesados somos útiles, porque recordamos que en nuestras sociedades muchas veces pesan más las continuidades que las rupturas.

 

RT: En una ocasión usted afirmó que el consumismo hace que las personas lleven "vidas dañadas". ¿De qué manera daña o perjudica este sistema a la vida de las personas?

C.R.: El consumismo no consiste sólo en comprar mucho. El consumismo es más bien un ideal de vida buena y de autorrealización en el mercado, a través de la compra y de la venta, y es un modelo de vida muy extendido en el que, por desgracia, todos participamos en alguna medida.

Y es un modelo que genera vidas dañadas, porque te impide tener un proyecto de vida buena mínimamente coherente; te quedas abandonado a los azares del mercado, persiguiendo como un hámster la última novedad, la tendencia que esté de moda.

Aspirar a llevar una vida buena exige tener un cierto proyecto moral de vida, exige pensar qué tipo de persona quieres llegar a ser y trabajar en esa construcción y asumir a veces que hay fracasos. Y yo creo que el consumismo dinamita eso, porque atomiza completamente tu vida y te convierte sencillamente en un elector racional cuya única perspectiva de la vida es el ahora. No tienes ni pasado ni futuro, tus únicas perspectivas son tus preferencias presentes, que mañana cambiarán y ya son distintas de las de ayer… y yo creo que eso durante cortos periodos de vida puede ser excitante o interesante, pero en el medio plazo son vidas terribles, son vidas completamente vacías, seguramente porque son inconsistentes con nuestra naturaleza humana. No somos así. Somos seres que necesitamos articular un pasado y tener proyectos de futuro, compartidos, normalmente.

RT: Si tuviera que señalar cuál es la carencia o el problema más importante de nuestro estilo de vida, ¿cuál señalaría?

C.R.: La desigualdad. Cada vez estoy más convencido de que la falta de igualdad es el motivo más profundo de las vidas dañadas que llevamos. Sé que es un valor muy controvertido, y es el más feo en el binomio libertad-igualdad, y además vivimos en un momento de mucha exuberancia de la libertad: hoy en día la libertad es un valor que cotiza al alza, y en cambio la igualdad es mirada con sospecha. Se admite la igualdad de oportunidades, pero eso es una degeneración absoluta del ideal igualitario. La igualdad de oportunidades es pura meritocracia, y eso no tiene nada que ver con la igualdad. La igualdad tiene que ver con la llegada, no con el punto de salida. Yo estoy absolutamente convencido de que sin una recuperación de un modelo de igualdad fuerte, es completamente imposible recuperar los ideales emancipatorios ilustrados.

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