Domingo, 05 Abril 2020 06:46

La belleza de la herida  

La belleza de la herida  

“Mi padre criaba caballos y yo era un chico asmático. El ambiente me enfermaba. A los quince me revolcaba con los peones de la cuadra, adoraba la compañía de los palafreneros. Hasta que me descubrió probándome la ropa interior de mi madre” recuerda Francis Bacon. “Se quedó tan asqueado que me puso de patitas en la calle. Y confió mi educación a un amigo suyo, que me llevó a recorrer Europa como formación. Y se enamoró de mí. Imagínense, fuimos a Berlín, en esa época desenfrenada que pintaba Grosz”.

“Pero con los años el desenfreno se vuelve una catástrofe”, recapacita más tarde.

Uno de sus amantes lo tira por la ventana, su médico se horroriza: tiene el ojo derecho lesionado, un amasijo. Inminente, una cirugía plástica. A otro de sus amantes lo conoce cuando entra en su taller para robar. Y él le dice que le da dinero con la condición de que se acostaran. Están juntos ocho años. Hasta que el amante se suicida. Todas sus relaciones se vuelven cada día más complicadas. A veces sale por las noches a levantar con un rollito de billetes en el bolsillo.

“Es difícil envejecer para un homosexual porque la homosexualidad depende de la belleza”, dice.

Su estudio siempre fue un desorden mugriento en el que se mezclan los materiales, telas, cantidad de diarios viejos, fotos cortadas, objetos estrafalarios que alguna vez tendrán su uso. El polvo se va sedimentando. Lo suele usar cuando necesita, por ejemplo, reproducir una gabardina en un retrato. “Vivo en una inmundicia dorada”, se ríe siempre con una copa en la mano. Cuando se queda sin amigos, a veces alguien que arrastra del pub, muchachos que vienen a ver si pueden sacarle un centavo. “Últimamente hice autorretratos porque muchos se murieron a mi alrededor y me quedé solo. Nadie más ha quedado para pintar excepto yo mismo”.

El taller es un basurero que contrasta con su elegancia dandística. “Toda mi vida fue un caos”, dice. Y reconoce: “Siempre estuve a la deriva”. No le avergüenza tampoco hablar del alcohol, especialmente del champagne, su imprescindible champagne. Su inmersión en lo prohibido, dice, le da fuerzas para crear. Y también: “No hay belleza sin herida”, dice. Aunque nació en la católica Dublín en 1909 pinta obsesionado recreaciones truculentas del Papa Inocencio X de Velázquez. Quiere reproducir el grito más que el horror. El fantasma de Munch está cerca. Bacon es un hereje que se consagra a su arte con actitud religiosa.

Sus noches son disipación y abismo, un juego peligroso, como el azar que lo magnetiza en las mesas de ruleta donde pierde fortunas, pero qué puede alarmarlo si es uno de los artistas más cotizados del mundo. A la mañana temprano, a las seis, ya está en el taller recuperándose con una taza de té tras otra. “Una obra de arte debe contener una gota de veneno, el grano de arena que mande a la mierda la existencia”, dice.

Ahí están esos seres deformes. Por ejemplo, “Mujer vaciando el cántaro y niño paralítico gateando según Muybridge”. Edward Muybridge, un fotógrafo aventurero, descubrió a fines del siglo XIX cómo reflejar el movimiento de animales, hombres y mujeres desnudos que serían antecedente esencial del cinematógrafo, especialmente del porno. De aquí provienen los seres que pinta Bacon. Seres torsionados, luchando al montarse. Esa energía violenta eriza a quienes se acercan a su obra y no siempre la toleran porque allí se ven literalmente desnudos. Sus personajes son criaturas del espanto. Físicos y máscaras deformes, muecas atroces, pavor y repugnancia bajo la luz de una lamparita pelada que cuelga del techo, la única luz del taller, una luz de interrogatorio. “Si es posible hablar de algo, ¿para qué pintarlo?”, opina. Entonces pinta lo inapresable, la vulnerabilidad humana, su fragilidad. La memoria visual evoca las guerras. La segunda fue no hace tanto. Y esto influyó decisivamente en su consagración.

Tal vez convenga tener en cuenta el origen de su pintura. Cuando se ganaba la vida como decorador, después de salir de una muestra de Picasso en París, el joven Bacon compró acuarelas, largó la decoración y se entregó sin retorno a la pintura. Pronto pasó al óleo. Que conste, sin haber estudiado en una academia, sin maestros, excepto Rembrandt, Poussin, Goya, Van Gogh, Giacometti. Todo lo que pintó entre 1929 y 1944 no le conformaba y lo destruyó. Si Picasso pudo reflejar en Guernica el asesinato masivo, Bacon va por otro lado: no le interesa pintar la guerra de modo explícito. Más bien, intuitivo, reproduce sus consecuencias en una intimidad atormentada. Por qué no, deformidades postnucleares. Sin embargo, a pesar de sus visiones, o justamente por ellas, definiéndose de modo nietzcheano como un “desesperado jubiloso”, dice: “Tengo voracidad y voracidad como artista”.

El crítico David Sylvester, admirador incondicional de su obra, con quien conversa en varias entrevistas escribe: “Sus seres son tan repelentes que es difícil fijarse en otra cosa. Nada es complaciente”. Como ejemplo está su predilección por la carnicería, los seres humanos no se diferencian demasiado de las reses. En su mirada hay una ilustración de lector atento de Bataille, el de “Historia del ojo”, esa nouvelle feroz que concluye con el crimen orgiástico de un clérigo. Un tríptico suyo conmueve: recrea el suicidio de su amante George Dyer, sus tres momentos finales, el suicidio, el vómito, su muerte abrazado al inodoro. En el panel central surge un contorno sombrío que tiene un aire de pájaro de rapiña acechando al agonizante.

Su objetivo es una pintura clínica, “una especie de realismo que no implica ser frío. A priori no hay sentimientos pero, paradójicamente, puede producir un sentimiento mayor. Clínico es estar lo más cerca posible del realismo, en lo más profundo de uno. Algo exacto y tajante”. El crítico Frank Maubert, autor de un reportaje titulado “El olor a sangre humana no se me quita de los ojos”, le pregunta sobre la relación directa entre su vida y su obra. Bacon le responde: “Lo primero es trabajar sobre uno mismo. Yo querría lograr una pintura clínica, en el sentido en que “Macbeth” es clínica. Los grandes poetas son unos formidables activadores de imágenes. Sus palabras me resultan indispensables, me estimulan, me abren las puertas de lo imaginario”. No es casual que en su taller, entre tanta cosa, se vea una máscara mortuoria de William Blake”.

Sobre Bacon escriben Herbert Read, George Bataille, Michel Leiris, John Berger y Roland Barthes entre otros. Bertolucci lo utiliza en “El último tango en París”. Pasolini, según cuenta Terence Stamp, el efebo de “Teorema”, lo admira. Se codea con la más selecta intelectualidad francesa.

Pero, admirado por el mundito intelectual, muere solo en Madrid en 1992 a los ochenta y tres años en un hospital. Su amante español, un efebo, ni siquiera se acercó a verlo. El artista más revulsivo del siglo pasado y aún del presente muere abandonado.  

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La pandemia amenaza con dejar entre 14 y 22 millones de personas más en pobreza extrema en Latinoamérica

El coronavirus aleja aún más el objetivo de erradicar la carestía extrema, según la Cepal. En el horizonte más optimista, el 5,7% de su población estará en esa situación en 2030; en el más pesimista, el 11,9%

 Del bajo crecimiento a la recesión, sin solución de continuidad. El coronavirus ha transformado el sombrío horizonte económico en América Latina en el peor en más medio siglo, como recuerda a EL PAÍS el jefe del Fondo Monetario Internacional (FMI) para la región, Alejandro Werner. El brazo económico de Naciones Unidas para el desarrollo del subcontinente, la Cepal, se ha sumado este viernes al pesimismo sobre el frenazo de la actividad a escala global y sobre el golpe que va a hacer en una región siempre expuesta a los vaivenes de las materias primas, la manufactura, el turismo y las remesas. El choque será especialmente fuerte en una métrica clave del desarrollo social: la pobreza extrema. Según las cifras del organismo, si el avance de la pandemia provocase una caída del 5% en el ingreso medio de la población activa, el número de latinoamericanos en pobreza extrema pasaría de los 67,5 millones actuales a 82 millones. Si la merma de ingresos para la población económicamente activa fuese del 10%, esa cifra se dispararía hasta los 90 millones de personas.

Incluso antes de la llegada del Covid-19, la región no iba en buena dirección para acabar con la lacra de la pobreza extrema una década vista, tal como marcaba la hoja de ruta de la ONU. Tras una década larga de mejora, la tasa de población en situación de carestía extrema en América Latina —de por sí la región más desigual del mundo— lleva algo más de un lustro encadenando aumentos sobre unas bases ya muy altas: del mínimo de 2012 (8,2%) se ha pasado hasta superar con creces el doble dígito. El bajo crecimiento y la menor pujanza redistributiva de muchos Gobiernos de la región ya se habían dejado sentir en los últimos tiempos en un indicador clave del avance social, pero la pandemia es la puntilla: sin el efecto Covid-19, este indicador habría alcanzado el 10,7% a finales de este año; con el coronavirus ya en el mapa de riesgos, se disparará hasta el 13,3%.

En el nuevo escenario, los cálculos más optimistas (que contemplan una reducción de la desigualdad del 1,5% y un aumento del PIB por habitante del 5%) apuntan a una pobreza extrema en el entorno del 2,9% en 2030; y en el más pesimista (sin cambio en el patrón distributivo y con un crecimiento per cápita del 1%), ligeramente inferior al 9%. Pero la sacudida del virus sobre los cimientos mismos de la economía es la puntilla: hoy el cálculo más optimista apunta a una pobreza extrema del 5,7% de la población en 2030 y en el más pesimista, el 11,9%.

“El mundo se enfrenta a una crisis sanitaria y humanitaria sin precedentes en el último siglo”, ha subrayado este viernes la secretaria ejecutiva de la Cepal, Alicia Bárcena, en la presentación de un monográfico sobre las secuelas económicas y sociales del virus en el subcontinente. “El mundo no va a ser el mismo después de esta pandemia y la reactivación económica va a tomar su tiempo. No es una crisis financiera, sino de salud y bienestar. Y va a ser imprescindible el rol del Estado y no el del mercado: es el Estado, lo público, lo que nos va a sacar de esta crisis. No podemos volver a transitar por los mismos caminos que no han traído a estas grandes brechas”, ha dicho desde Santiago de Chile. “Estamos ante un cambio de época, de paradigma. Y tenemos que cambiar nuestro modelo de desarrollo”.

En el plano macroeconómico, la Cepal prevé un golpe múltiple para América Latina, fundamentalmente a través de seis canales: la disminución de la actividad económica en sus principales socios (Estados Unidos, Europa y China), abaratamiento de las materias primas, interrupción de las cadenas mundiales de valor, menor actividad turística, reducción de las remesas e intensificación de la aversión al riesgo en los mercados mundiales. “Estamos ante una profunda recesión”, ha alertado. Todavía es pronto para poner cifras, pero la Cepal cree que la previsión inicial de impacto, del 1,8% del PIB, ya se ha quedado obsoleta. “Si le sumamos el impacto que está teniendo en EE UU y Europa, más allá de China, ya hablamos del 3% o el 4%”. Aunque la dentellada económica de las medidas de distanciamiento social va a ser fuerte, Bárcena ha hecho un llamamiento a mantener o aumentar las medidas aplicadas hasta ahora: “Si no cumplimos las cuarentenas en América Latina y el Caribe el impacto económico será mucho mayor”, ha sentenciado.

Como respuesta a este nuevo panorama económico, ha dicho la jefa de la Cepal, “la integración regional es crucial para enfrentar la crisis, más allá de las diferencias políticas. Lo más urgente es reconstituir las cadenas regionales de valor para disminuir la volatilidad externa. Es, quizá, una oportunidad para mirarnos hacia dentro”. Esta vez “el salvavidas no van a ser las materias primas: el impulso va a venir de los paquetes fiscales”. Y América Latina “carece del espacio suficiente" para responder a la coyuntura con el mismo brío que las economías avanzadas. Ante esa tesitura, ha agregado, la opción más conveniente sería que la comunidad internacional apoyase a los países de renta media mediante un “recorte o reperfilamiento” de su deuda. “Necesitamos medidas que están fuera de la caja, innovadoras: necesitamos que el FMI y el Banco Mundial nos ayuden”.

En el plano puramente sanitario, Bárcena ha recordado que el nivel de camas de hospital disponibles en la región está muy lejos del de Europa, donde el coronavirus está haciendo estragos y está exhibiendo que ningún sistema de salud es lo suficientemente fuerte como para resistir un choque de esta magnitud. En la región, los únicos países que tienen un nivel de disponibilidad de camas similar al de la Unión Europea son, según los datos de la Cepal, Cuba y dos pequeñas naciones caribeñas: Barbados y San Cristóbal y Nieves. Y el gasto público sanitario medio del área supera por poco el 2,2%, la tercera parte de lo que recomienda la Organización Panamericana de la Salud (OPS).

Madrid - 03 ABR 2020 - 15:50 COT

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Sábado, 04 Abril 2020 05:59

Pregunta incómoda

Pregunta incómoda

El presidente Vladimir Putin logró en tiempo récord la aprobación de una controvertida reforma constitucional, y cuando se hizo evidente que era indispensable posponer la votación popular del 22 de abril, con la que se pretende legitimar su intención de perpetuarse en el poder, optó por ceder a otros el riesgo de encabezar la batalla cotidiana para vencer la pandemia del nuevo coronavirus.

Dirigió, desde luego, dos mensajes a la nación para ofrecer a todos los rusos una buena noticia –hasta ahora, y mientras aguanten las reservas, 37 días de asueto con goce de sueldo– y ha celebrado algunas videoconferencias para escuchar lo que hacen o sugieren los subordinados, confinado como está en su residencia de Novo-Ogoriovo.

Al mismo tiempo, Putin no quiere que su nombre se asocie con las decisiones inevitables que hay que tomar para frenar la propagación del Covid-19 y que tendrán un alto costo económico, el cual –agravada la situación por el dramático desplome de los precios del petróleo, provocado por un error de cálculo de su primer círculo– va a golpear a amplios sectores de la población.

Los responsables, desde la óptica de los operadores políticos del Kremlin, deben ser el primer ministro de Rusia y los gobernadores de las entidades de la Federación, sobre todo el alcalde de Moscú, la megápolis más grande del país, en quienes Putin delegó parte de sus facultades como mandatario.

Se entiende que la élite gobernante debe cuidar al pilar que sostiene sus privilegios, pues cuando éste falte, el régimen que se creó en torno a su persona, cual castillo de naipes, se va a desmoronar tan rápido como cayó el Muro de Berlín en 1989.

Entretanto, el bajo perfil que se recetó Putin en esta crisis epidemiológica para no dañar su imagen plantea una pregunta incómoda que puede incidir negativamente en su futuro como mandatario que se cree incontestable: ¿acaso no es una paradoja dotarse de facultades casi ilimitadas para, al surgir el primer momento adverso, cederlas a diestra y siniestra?

La respuesta que circula aquí por teléfono y por las redes sociales –donde todavía es posible el intercambio de opiniones a distancia– no resulta favorable a quien espera que su popularidad, por no tener que dar las malas noticias, se mantenga pese a los estragos que causa el Covid-19.

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Se duplicó la ventas de armas en Estados Unidos

Largas colas en armerías de todo el país

Los estadounidenses compraron en marzo pasado 1,9 millones de armas, el doble que el mes anterior y el segundo mayor pico de la historia. Los medios atribuyeron estos números al temor de que se produzcan grandes desórdenes por el brote de coronavirus. A medida que estallaba la pandemia las filas en las armerías del país se duplicaban o incluso triplicaban en estados como Michigan, según reportaron medios estadounidenses. El diario The New York Times comparó la compra de armas con la acumulación de papel higiénico o latas de conservas.

Las cifras son una estimación en base a los controles de antecedentes que el FBI realiza a los compradores. Aunque hay estados y ferias en los que no es necesario ese trámite, por lo que el número puede ser sensiblemente mayor. El pico anterior en la venta de armas ocurrió en 2013, tras la matanza en la escuela primaria Sandy Cook de Conectticut, que dejó 26 muertos. Ese momento coincidió con los esfuerzos del ex presidente Barack Obama por imponer restricciones a la compra de armas. "La gente está nerviosa de que haya un cierto desorden civil que podría surgir si un gran número de personas enferman y un gran número de instituciones dejan de funcionar con normalidad", evaluó el profesor de Derecho de la Universidad Estatal de Georgia, Timothy Lytton, en declaraciones a The New York Times. Agregó que la gente puede tener ansiedad por protegerse si los organismos del Estado comienzan a erosionarse.

En los locales de venta minorista aseguraron que la mayoría de las ventas son a personas que por primera vez tienen un arma. Desde los organismos encargados de controlar el manejo de armas expresaron su preocupación"Si no creías que necesitabas un arma antes de marzo de este año, ciertamente no necesitas salir corriendo y obtener una ahora", manifestó David Chipman, asesor del Giffords Gun Control Group.

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Al borde del desastre. Venezuela entre el conflicto político y la crisis del sistema de salud.

El sistema de salud venezolano llega a la coyuntura actual en una situación dramática. Mientras, el régimen y la oposición dejan escapar otra oportunidad para lograr una tregua y Estados Unidos recrudece sus ataques.

Desde Caracas.El coronavirus estuvo a punto de lograr lo impensable: un acuerdo entre la oposición y el gobierno venezolanos. En pleno escándalo mundial por la pandemia, Henrique Capriles, excandidato presidencial, abrió, el 25 de marzo, la posibilidad de que se llegue a un acuerdo entre oposición y gobierno para enfrentar la situación. Esa misma noche hubo dos reacciones casi paralelas. Nicolás Maduro aceptó: “Estoy de acuerdo con el planteamiento de Capriles”. Y entonces pidió al nuncio apostólico que sirviera de mediador y prestara la sede del Vaticano en Venezuela para entablar una reunión, lo más pronto posible, con los diferentes actores de la oposición. Pocos minutos más tarde, Juan Guaidó dijo estar dispuesto a hacer todo lo necesario, en un reconocimiento implícito de la necesidad de llegar a un acuerdo, aunque mantuvo reservas y planteó condiciones en torno a la distribución de la ayuda humanitaria, que, según él, debe ser realizada por organismos multilaterales y no por el gobierno de Maduro.

Previamente había habido gestos de distensión. Henry Ramos Allup, presidente de Acción Democrática, el principal partido de oposición, anunció el 10 de marzo que abandonaría la línea radical y abstencionista seguida hasta el momento y acudiría a las elecciones parlamentarias de este año. También en el ámbito internacional se vislumbra un nuevo panorama: el 23 de marzo la Unión Europea hizo público su pedido de que el Fondo Monetario Internacional financie a Venezuela e Irán en esta coyuntura y cesen las sanciones estadounidenses contra Caracas y Teherán. Sanciones que, en palabras de Josep Borrell, jefe de la diplomacia europea, “les impiden obtener ingresos por la venta de petróleo”. El secretario general de la Onu, António Guterres, también pidió que se ceda en las medidas coercitivas. Hasta allí parecía sobrevenir un apaciguamiento en la escalada de ataques y un posible escenario de diálogo, aunque fuera mientras durara esta coyuntura mundial.

Trump, otra vez 

A pocas horas de abierto ese escenario, el día 26 de mañana, el Departamento de Justicia de Estados Unidos anunció, en una conferencia de prensa del fiscal general William Barr, la presentación en tribunales de cargos contra el presidente Maduro y algunos de sus colaboradores por delitos de “narcoterrorismo, conspiración para la importación de cocaína y tenencia de armas y otros artefactos destructivos”. Acto seguido, puso precio a la cabeza del mandatario venezolano y a las de otros funcionarios y exfuncionarios. Como era de esperarse, la declaración del fiscal, luego corroborada por Trump en pleno vendaval viral, canceló cualquier intento de negociación y disparó discursos radicales de las partes enfrentadas en Caracas.

El gobierno de Trump pasó así de activar su radar financiero para bloquear a Venezuela en recursos, compras y ventas de petróleo, a dar luz verde a todo tipo de acción violenta que busque asesinar o capturar a Maduro y los suyos. Más que una salida militar, se trata de revivir las opciones parapoliciales a las que nos acostumbran las películas de la industria cultural más comercial. Esto sucede al lado de Colombia, un país sembrado de fuerzas irregulares, y a pocos días de que el mayor general retirado Clíver Alcalá Cordones confesara a las autoridades colombianas (luego del decomiso de un arsenal en el noreste de ese país) que planeaba invadir Venezuela junto con asesores estadounidenses para derrocar a Maduro. Paradójicamente, el general aparecía en la lista de personeros buscados por el Departamento de Justicia y a los pocos días viajó bajo arresto de Colombia a Estados Unidos.

A riesgo de que la situación resulte aún más esquizoide, a los pocos días, el 31 de marzo, con un planteo más civilista pero igual de prepotente, el secretario de Estado de Estados Unidos, Mike Pompeo, propuso la conformación en Venezuela de un consejo de Estado conformado por el chavismo y la oposición, sin Guaidó ni Maduro, que se encargue de fijar nuevas elecciones. La figura no está contemplada en la Constitución venezolana y ya ha sido rechazada por el canciller Jorge Arreaza.

La respuesta de Miraflores no se ha hecho esperar. La fiscalía venezolana citó a Guaidó para que declare el jueves 2 de abril. Es posible que el líder opositor quede preso bajo sospecha por el caso de las armas incautadas en Colombia. Con Guaidó detenido sólo cabría esperar una escalada mayor entre Caracas y Washington.

No debe perderse de vista que, aunque la actitud belicosa de la administración Trump luce desproporcionada en la actual coyuntura sanitaria mundial, la campaña presidencial en Estados Unidos sigue en marcha. El tema Venezuela es clave en el voto latino del estado de Florida, un territorio relevante en cuanto a lo electoral.

En ese contexto deben leerse las palabras de Carrie Filipetti, subsecretaria de Estado para Cuba y Venezuela, quien ha dicho en los últimos días que Venezuela es un riesgo para la región y puede convertirse en un foco de la pandemia y un peligro para los países vecinos. Es un discurso llamativo en boca de una representante del gobierno estadounidense si se tienen en cuenta los datos oficiales sobre el covid-19: al cierre de esta edición, Venezuela tenía 150 casos y tres muertes por coronavirus, mientras que Estados Unidos tiene 240 mil casos y 5.600 muertes.

Colapso del sistema de salud

De todos modos, estos enfrentamientos se producen no sólo en el marco de las elecciones estadounidenses, sino también con un telón de fondo marcado por la objetiva debilidad de Venezuela en materia de salud pública. La salud venezolana ya estaba en una profunda crisis y podría verse desbordada rápidamente con la propagación del coronavirus.

Algunas relatorías de la Onu, como la publicada en noviembre de 2019 por el secretario general adjunto para Asuntos Humanitarios, Mark Lowcock, plantean que “el sistema de salud venezolano está al borde del colapso y muchos hospitales carecen de la infraestructura básica de agua y electricidad”. “Los pacientes hospitalizados, muchos de los cuales ya están gravemente enfermos, corren un alto riesgo de perder la vida a causa de las nuevas infecciones que adquieren mientras están en el hospital, ya que no es posible realizar una limpieza y de-sinfección básicas. Esto se agrava por la falta de medicamentos y la escasez de médicos y enfermeras para administrarlos. Enfermedades prevenibles, como el paludismo y la difteria, han vuelto con mucha fuerza. Las personas con enfermedades crónicas están entre las más vulnerables.”

En ese escenario, la Federación Médica Venezolana y otras organizaciones sociales alineadas con la oposición han señalado que los 46 hospitales públicos designados por el gobierno para encargarse de los casos de coronavirus no cuentan con las condiciones necesarias para atender a los pacientes. Lo cierto es que, por más que el gobierno se vanaglorie de una supuesta fortaleza en la esfera de la salud debido al apoyo de sus aliados (Cuba y China, entre ellos), el sistema sanitario sufre un gran deterioro. Si extrapolamos a Venezuela el nivel de demanda médica generada por el coronavirus en España e Italia, ya no estaremos hablando de un colapso, sino de un desastre en todos los planos de la vida nacional.

2 abril, 2020

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Suecos disfrutan de los cerezos en flor en un espacio público de Estocolmo durante la epidemia / Foto: Afp, Jonathan Nackstrand

Para desconcierto de sus vecinos, Suecia permanece reacia a las medidas de cuarentena. No ha suspendido las clases ni los torneos deportivos. Tampoco ha cerrado los bares y todavía son comunes las reuniones de amigos. Por detrás de esa decisión, asoma una guerra de epidemiólogos y modelos predictivos.

Mientras las cuarentenas draconianas, los regímenes punitivos y la vigilancia masiva se vuelven la norma mundial frente al coronavirus, Suecia ha tomado un camino mucho más relajado. Lo hace en contraste, sin dudas, con sus primos escandinavos, Dinamarca y Noruega. A nivel general, permanecen intocados los rudimentos de una vida ininterrumpida. La mayoría de los cafés, restaurantes y tiendas permanecen abiertos y abastecidos. También los gimnasios y cines. Se celebran aún vibrantes fiestas, para gran desconcierto y horror en los países vecinos.

El primer ministro, el socialdemócrata Stefan Löfven, ha abrazado el principio de la voluntariedad por sobre la coerción y ha emitido advertencias a los ciudadanos para que mantengan los viajes al mínimo y eviten todo lo que no sea esencial. A los mayores de 70 años se les ha dicho que cuiden sus movimientos y se queden en casa. En palabras del primer ministro durante un reciente discurso televisado, “nosotros los adultos debemos ser exactamente eso: adultos. No propagar el pánico ni los rumores. Nadie está solo en esta crisis, pero cada uno tiene una gran responsabilidad”.

A pesar de esto, las autoridades de Suecia han mostrado que tienen un pie en el freno, aunque uno que aprietan con cautela y lentamente. Las reuniones venían limitándose a no más de 500 personas –ese número se redujo el viernes 27 a no más de 50, una medida cuyo cumplimiento será controlado por el Estado–. Los bares sólo pueden proporcionar servicio de mesa. Los colegios y universidades han adoptado un formato virtual, en línea con las recomendaciones emitidas por el gobierno el 18 de marzo.

De todos modos, la Agencia de Salud Pública ejerce una poderosa influencia e insiste en que una cuarentena general no tendría justificación alguna. No se ha pedido la cancelación de torneos deportivos locales: el ejercicio y los deportes son iniciativas saludables. Los organizadores de eventos y seminarios son responsables de realizar una evaluación de riesgos y proporcionar información “sobre una buena higiene y acceso a instalaciones de lavado de manos para todos los participantes”.

El foco, más bien, está en la iniciativa individual, en minimizar los casos de transmisión mientras se logra la “inmunidad de rebaño” o se encuentra una vacuna. Si usted tiene más de 70 años, evite el transporte público, las idas al supermercado y las aglomeraciones. “En lugar de eso, pídales a sus amigos, familiares o vecinos que hagan las compras por usted, etcétera.” Trabaje desde casa si puede. “Es para disminuir la velocidad de transmisión y la cantidad de personas que necesitan atención hospitalaria.”

La clave de tales recomendaciones está en un juego de modelos predictivos. Y, como en todos los juegos de este tipo, abundan los riesgos. El relajado modelo sueco ha causado poca alarma en la población; en todo caso, le ha dado un gran impulso a la popularidad de los socialdemócratas. En Suecia, la sabiduría de las autoridades se da generalmente por descontado. Se trata de un poder tradicional y hasta asombroso del servicio civil sueco: “Los que saben se están haciendo cargo”.

El problema de los modelos predictivos 

El ejemplo sueco muestra un acercamiento diferente a las mediciones y proyecciones sobre la pandemia, algo que invariablemente implica mirar a través de una especie de bola de cristal. Paul Franks y Peter Nilsson, ambos epidemiólogos de la Universidad de Lund, sugieren que el gobierno hace sus apuestas con base en simulaciones realizadas por las autoridades de salud pública acerca de aumentos repentinos de la demanda hospitalaria. “A partir de estas simulaciones, está claro que el gobierno sueco prevé muchas menos hospitalizaciones por cada 100 mil habitantes que las predichas en otros países, incluidos Noruega, Dinamarca y Reino Unido.”

Las observaciones de Franks y Nilsson están llenas de la característica cautela científica. ¿Qué modelo predictivo prefiere usted? Las variantes de expertos británicos sugieren un mayor número de muertes para Suecia que el estimado por el gobierno de ese país, aunque las autoridades parecen agarrarse de la idea de que la mayoría de las personas infectadas no tendrán síntomas y sólo uno de cada cinco casos irá al hospital. Y, además, Reino Unido no es Suecia.

Nos enfrentamos a la naturaleza traicionera de los modelos predictivos de salud pública. Los de covid-19, por ejemplo, tienden a basarse en los ejemplos de China e Italia, además de datos recopilados durante brotes de ébola, Sars y Mers. Esto pone sobre la mesa la vieja cuestión de la demografía y la necesidad de reunir evidencia sobre la transmisión comunitaria local (hasta ahora, el material disponible en Suecia es bastante incompleto). Un hecho ineludible es que Suecia tiene una sola área metropolitana importante, por lo que cualquier modelo predictivo preciso requeriría material específico para casos de ese tipo. También deberían ser consideradas las formas de interacción entre distintas generaciones. En Suecia, menos comportamiento intergeneracional disminuiría el riesgo para los ancianos. Más de la mitad de los hogares suecos consisten en una sola persona, otro factor relevante.

Los pocos datos disponibles de Suecia tienden a centrarse en ingresos hospitalarios y fallecimientos, un punto subrayado por Franks y Nilsson. “Esto puede usarse para lograr una estimación de segunda mano de la transmisión comunitaria, proporcionando el dato aproximado de cuántas muertes ocurren entre los infectados.” Pero su precisión se ve algo comprometida por la distancia de dos semanas entre los diagnósticos y las muertes, lo que los hace un “instrumento muy grueso” para guiar la política de salud.

Con todo, el número de casos de covid-19 en Suecia no ha sido insignificante. El total, desde el primer caso registrado, el 4 de febrero, hasta el 30 de marzo, asciende a 4.028. Las muertes llegan a 146, aunque un número desproporcionado proviene de una comunidad somalí ubicada en barrios pobres y con familias extensas.

Batalla de epidemiólogos  

A pesar del mayor número de muertes en comparación con los otros países nórdicos, el epidemiólogo estatal Anders Tegnell confía en que la “estrategia” de Suecia funciona bien, pues ha mostrado una curva de infección relativamente plana en relación con Italia y España. “Queremos enlentecer la epidemia hasta que Suecia experimente una especie de pico, y si el pico no es demasiado dramático, podremos continuar así.”

Un gran número de ciudadanos, asumiendo su gran responsabilidad, ha optado por evitar el transporte público: Storstockholms Lokaltrafik (la compañía de transporte público en Estocolmo) anunció una caída del 50 por ciento en el número de pasajeros. Las escuelas están abiertas, pero muchos padres mantienen a sus hijos en casa. Las opciones remotas y de trabajo en casa han sido adoptadas por muchas empresas.

Las advertencias, aunque no estridentes, están a la orden del día. Está tomando forma una batalla epidemiológica. El principal asesor científico de Reino Unido, sir Patrick Vallance, ha elogiado el caso sueco, luego de haber sugerido al primer ministro de Reino Unido, Boris Johnson, seguir un camino similar durante el período en que ese país siguió el modelo de “inmunidad colectiva”. Por el contrario, una petición de más de 2 mil médicos, científicos y académicos que cuenta entre sus firmantes con el presidente de la Fundación Nobel, el profesor Carl-Henrik Heldin, ha pedido medidas más agresivas. “Es arriesgado dejar que las personas decidan qué hacer sin restricciones”, opina un paternalista Joacim Rocklöv, epidemiólogo de la Universidad de Umeå. “Como puede verse en otros países, esta es una enfermedad grave, y Suecia no es diferente de otros países.”

La viróloga Cecilia Söderberg-Nauclér, del Instituto Karolinska, no se ha guardado sus puntos de vista y alega con cierta contundencia que el gobierno ha cometido todos los errores posibles en la respuesta a una pandemia. “No estamos testeando lo suficiente, no estamos rastreando, no estamos aislando lo suficiente; hemos dejado suelto al virus.” Al hacerlo, Suecia se habría puesto en el camino a la catástrofe. Para evitar la cuarentena general, sostiene Söderberg-Nauclér, debería adoptarse un sistema de testeo en masa como el de Corea del Sur. El tiempo dirá.

3 abril, 2020

(Publicado originalmente en CounterPunch con el título “The Swedish Alternative: Coronavirus as a Grand Gamble”. Traducción y titulación en español de Brecha.)

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Jueves, 02 Abril 2020 06:51

Qué mundo queremos

Qué mundo queremos

Antes de la llegada del inesperado virus, filósofos y sociólogos nos avisaban de que nos encontrábamos ante los estertores de la segunda modernidad. De repente lo normal se ha vuelto extraño, nos empezamos a plantear qué es lo verdaderamente útil, funcional, importante.

En los últimos meses venía siguiendo con curiosidad artículos que hablaban de algunos movimientos dentro del propio sistema capitalista que ponían en cuestión desde dentro, al menos tímidamente, el paradigma teórico neoliberal hegemónico en las tres últimas décadas.

Este paradigma, recordemos, considera que la lógica del mercado debe regular todos los aspectos de la vida y que la intervención estatal ─con el objetivo de ajustar la oferta y la demanda o corregir las graves desigualdades sociales derivadas de la lógica del beneficio privado─ es nociva para el correcto funcionamiento del mismo y es, en último término, la causa de los problemas. El Estado debe únicamente garantizar el marco legal y de seguridad ─o represión─ que permita el libre funcionamiento de las reglas del mercado capitalista.

En las facultades de economía se enseñan preceptos propios de la economía clásica liberal como si se tratase de la única “ciencia económica” posible, después de haberse abandonado el modelo Keynesiano y proclamarse el “fin de la historia”, por parte de autores como Fukuyama y señalarse la imposibilidad del socialismo como haría Hayek, tras la caída del bloque soviético.

Recordemos también que el modelo keynesiano fue aquel que tras el crack del 29 y sobre todo tras la Segunda Guerra Mundial consiguió generar un período de prosperidad social a través de la intervención de los estados del bienestar en el mercado, prestando servicios y generando demanda, contribuyendo al surgimiento de una gran clase media sobre la base de una economía del consumo de masas. En la década de los setenta ─con las políticas económicas avaladas por Friedman y lideradas por Reagan y Thatcher─ y de manera más acuciante en los noventa comenzó una nueva era de capitalismo neoliberal en la que se vació al Estado de su papel regulador, destruyendo y mercantilizando además los pocos sectores que se mantenían fuera de las lógicas del beneficio, como los servicios sanitarios o de salud, el sector energético o las telecomunicaciones. 

Las tremendas desigualdades sociales provocadas en esta última oleada de capitalismo neoliberal han generado más bien una numerosa legión de precarios sin identidad colectiva que no son capaces de reconocerse los unos en los otros. Pero la frustración y el descontento social generalizado y las cada vez más visibles e incontenibles consecuencias del deterioro ecológico y climático han permitido el levantamiento de algunas voces críticas dentro del propio sistema que, para salvarlo, hablan de la necesidad de “reiniciar” y de “reinventar” el capitalismo. 

Aparecía un artículo en esta línea en septiembre de 2019 nada menos que en el Financial Times, titulado “Capitalism. Time for reset”, donde se expresaba que era la hora de que las empresas se movieran por algo más que por la lógica del simple beneficio para sus accionistas, preocupándose por los trabajadores, el medioambiente, los clientes y la comunidad en general. Se manifestó en la misma línea la plataforma de empresas Bussiness Roundtable, poco antes.

Recientemente se hacían declaraciones similares desde el Foro de Davos de 2020. Por otra parte, cada vez son más los teóricos y las propuestas que hablan de la necesidad de un Green New Deal, donde pueden enmarcarse desde el más descarado marketing de lavado verde hasta otros intentos más bienintencionados por generar una suerte de Keynesianismo verde reformista. Tímidos pero, al fin y al cabo, movimientos dentro del propio capitalismo, que insinúan que los que quieren seguir manteniendo el barco a flote se plantean la necesidad de modificar ciertos mecanismos y que, por tanto, dan cuenta de que la máquina no marcha bien.

Me parece interesante recordar que el capitalismo no es ni la más antigua ni la más duradera forma de organizar la economía y la sociedad desde que existe la especie humana, que es posible que sume ya unos 200.000 años, 10.000 desde el surgimiento de las civilizaciones más antiguas. Al contrario, aunque sienta sus bases en el período colonialista de los siglos anteriores, quizá no lleguemos a contarle ni 300 años. Entre los logros del capitalismo y la industrialización se encuentran haber conseguido alterar la temperatura del planeta en sólo un siglo y medio. En los últimos 40 ha sido capaz de llenar el mar de plástico, generando una capacidad de destrucción sin precedentes.

Tomando como referencia el análisis de Polanyi, si bien el sistema capitalista se va fraguando durante dos siglos, es a finales del siglo XVIII cuando se produce la “gran transformación” que supone la reducción de la condición humana a la de un individuo egoísta, la definición del bien común como algo que solo puede resultar de la suma de egoísmos particulares, la ascensión del mercado libre como la forma dominante de organización social y la conversión o consideración como pura mercancía de la tierra (naturaleza), el trabajo (las personas) y el dinero.

Tanto Polanyi o Marx, como Federici nos advierten de que este proceso histórico fue de todo menos amable o libre de oposiciones y contramovimientos. Muy lejos de esto, “el capitalismo viene al mundo chorreando sangre” que diría el propio Marx. Por su parte Silvia Federici nos recuerda que por el camino fue también necesario “domesticar” a las mujeres, para que engendraran y proveyeran de los cuidados necesarios a la mano de obra, sana, limpia y alimentada requerida por los centros de producción capitalista.

Marx analizó magistralmente algunos de los principales problemas del capitalismo en plena consolidación del mismo. Si bien su diagnóstico prospectivo sobre el futuro cambio revolucionario y la llegada de un ulterior sistema comunista sin clases no parece haberse cumplido tal como él lo promovió e imaginó, Marx realizó una radiografía minuciosa de las lógicas del funcionamiento del sistema así como de sus fallos.

Por una parte, Marx pone de manifiesto que el capitalismo subvierte la lógica precedente “mercancía-dinero-mercancía”, donde el dinero es un medio para intercambiar cosas, por la de “dinero-mercancía-dinero”, donde la mercancía es un medio para conseguir más dinero, que a su vez permite conseguir más medios y mercancías que pueden ser vendidas para seguir ganando más dinero. Se impone así la lógica de la acumulación, del crecimiento por el crecimiento, frente a la verdadera satisfacción de necesidades.

Otra de las deformaciones del capitalismo que Marx destapó fue el “fetichismo de la mercancía”, proceso por el cual las cosas se convierten en un fetiche; se esconde el proceso de explotación laboral que hay detrás de la fabricación de las mercancías a las que rendimos culto y olvidamos que es el trabajo el que otorga el valor a las cosas producidas. El objeto se separa de aquel que lo fabrica, como si cobrara vida por sí mismo. Pero además, una de las distorsiones más importantes señaladas por Marx que el capitalismo provoca en la naturaleza humana es el de la “alienación”, consecuencia de la separación de los trabajadores de los medios de producción. Los trabajadores en el capitalismo están alienados del proceso de trabajo (no trabajan para sí mismos, para sus propias necesidades), del producto final (que no les pertenece), de sus compañeros de trabajo (con los que no cooperan) y de sí mismos (de su propio potencial humano).

Asimismo Marx identificó algunos de sus problemas intrínsecos fundamentales, sus propios cánceres. Los economistas clásicos, en su compilación de las bondades de “la mano invisible del mercado” olvidaron señalar la tendencia a la acumulación de poder propia del mismo, la tremenda desigualdad en la distribución de la riqueza que producía “el más justo de los sistemas”, su propensión cíclica a las crisis y su tendencia al monopolio y la concentración, todos estos mecanismos que vemos repetirse una y otra vez en los nichos de mercado que surgen de la falsa economía colaborativa.

Antes de la llegada del inesperado virus, filósofos y sociólogos nos avisaban de que nos encontrábamos ante los estertores de la segunda modernidad. Vividas ya la modernidad líquida y la sociedad postindustrial nos situamos en la última fase del capitalismo, el capitalismo del desastre, ese que se lucra sacando tajada de “resolver” las catástrofes y calamidades asociadas al cambio climático que él mismo provoca. Capitalismo y barbarie, que diría Rosa Luxemburgo, pero sin parar de generar beneficios para unos pocos hasta el último día de la apocalipsis final.

Existen, por supuesto, otras corrientes teóricas y económicas ─la economía ecológica, la economía del bien común, economía feminista, decrecimiento… ─ con una presencia irrisoria en las facultades de Economía y ADE, que plantean críticas más completas a la vez que alternativas constructivas a semejante panorama, desde una óptica más transformadora. Desde la economía ecológica autores como Naredo ponen sobre la mesa todas aquellas cuestiones que las empresas no contabilizan en su balance de costes y beneficios, sino que se consideran “externalidades”.

Son así consideradas la contaminación, la gestión de residuos, la huella de carbono, el deterioro de los ecosistemas marinos y terrestres, entre otros. Mientras se privatizan las ganancias, lo público y la sociedad en general ha de padecer y hacerse cargo de estas supuestas externalidades que no asumen como coste ni responsabilidad propia las empresas que las generan.

Desde la economía feminista Amaia Pérez Orozco nos recuerda además que existen muchos otros servicios y costes sociales que, sin remuneración alguna, caen sobre las espaldas de las mujeres, indispensables para sostener a la mal llamada esfera productiva. Estos “servicios” son básicamente todos aquellos trabajos verdaderamente imprescindibles para el sostenimiento de vida, los que tienen que ver con el cuidado de la misma, de la infancia o las personas mayores, sanas, enfermas, dependientes…. Desde la Economía del Bien Común se recalca la necesidad de poner un límite razonable a la diferencia de ingresos y de patrimonio de todos los miembros de la sociedad, reflexión absolutamente necesaria en este capitalismo donde el 1% de la población acapara el 82% de la riqueza.

Se nos recuerda también que mientras que en el resto de esferas de la vida (familia, amigos, vecindario…) los valores que sirven y guían nuestro comportamiento son pro─sociales (cooperación, empatía, altruismo, generosidad, solidaridad, amor…), consideramos normal que la economía y las empresas puedan comportarse, por el contrario, como perfectos psicópatas (practicando el egoísmo, el lucro individual, la insensibilidad, la competencia, la avaricia). Se nos ha hecho creer, en definitiva, que es a través de los “contravalores” que puede conseguirse la prosperidad de todas y todos. Lo contraintuitivo se convierte así en la lógica dominante. Desde la corriente del Decrecimiento se nos enseñan vías para la desaceleración paulatina y controlada de la producción económica, se nos muestran caminos para abandonar el dogma religioso del crecimiento como un fin en sí mismo, relocalizando, desindustrializando, autoproduciendo.

Pero de repente, el más simple y menos sofisticado de los organismos, un virus, destruye la normalidad, poniendo en evidencia la fragilidad del castillo de naipes de un capitalismo financiero fuertemente basado en las expectativas psicológicas de los accionistas. De repente lo normal se ha vuelto extraño, nos empezamos a plantear qué es lo verdaderamente útil, funcional, importante.

Una periodista y antropóloga llamada Gillian Tett escribió con gran acierto que “para entender cómo funciona una comunidad no hay que fijarse solamente en las zonas que podríamos llamar de ruido social, sobre las cuales todo el mundo desea hablar […], hay que fijarse también en los silencios sociales”. Y son esos silencios sociales los que ahora recuperan su sonido. De repente cae la luz sobre las zonas de sombra, como sobre esas externalidades que veíamos que no contabilizan las empresas o sobre todos esos servicios públicos que han sido desinflados y mercantilizados por el camino y que ahora nos resultan indispensables.

De repente se cae el velo y se vuelve lógico lo formulado por algunos pensadores anarquistas que nos hacían reflexionar sobre si todas las profesiones, labores y ocupaciones tienen un sentido real. ¿Necesitamos a un accionista o a un corredor de bolsa para vivir? ¿A un publicista, a un gerente, a un vendedor de seguros? ¿Es quizá la agricultora, el reponedor, el enfermero, la barrendera, la limpiadora, la maestra, el bombero, la repartidora, el cuidador, el músico, el cuentacuentos, la poeta, la profesora de baile, los que realizan las cosas realmente necesarias? ¿Tiene sentido que sean entonces los más precarios de la sociedad?

Se destapan mecanismos ocultos y nos hacemos preguntas: ¿de dónde vienen los alimentos que consumimos? ¿Es normal desplazarnos miles de kilómetros para descansar, como pretende la industria turística? ¿Si alteramos o deterioramos los ecosistemas, puede tener consecuencias sobre nuestras vidas? ¿Son inmutables las medidas de austeridad o son el dinero y los incentivos económicos, al fin y al cabo, decisiones creadas y tomadas por humanos? Mi vida cotidiana ¿tenía sentido? Nuestro modo de vivir y nuestras viviendas ¿valen la pena? ¿Vale la pena lo que somos y a lo que nos dedicamos? ¿Valen la pena el empleo y los cuidados, tal como están planteados?

Como nos ejemplifica China, el capitalismo no es necesariamente un sistema que va de la mano de la democracia, ni mucho menos son sinónimos o hermanas siamesas. De hecho como venimos comprobando, se lleva igual de bien o mejor con los regímenes de corte autoritario. ¿Será la crisis del coronavirus un golpe de muerte al capitalismo como augura Zizek o una nueva era donde China, inicialmente la nación más afectada por el virus, imponga su preeminencia económica y política, apoyada principalmente en el control tecnológico de la población, como vaticina Byung-hul Han? 

Mi naturaleza pesimista me lleva a inclinarme hacia un escenario donde, dadas las diferencias de medios y recursos, la ultraderecha buscará la manera en que terminemos concluyendo que necesitamos más mano dura, más control, más grandes empresarios superhéroes y también más mercado. Sacrificar la propia vida para que no pare la economía y nunca poner la economía al servicio de la vida. Pero la historia de la humanidad es el pulso constante entre movimientos que se confrontan y la cuestión es qué vamos a hacer nosotras y nosotros, desde los movimientos sociales transformadores.

La cuestión es si vamos a ser capaces de utilizar la luz que pasa por la grieta para romper el cuadro y el marco y pintar uno nuevo. Lo que toca plantearnos ahora es qué marcos de interpretación de la situación ponemos a disposición de la opinión pública, qué sentido le damos a esta nueva realidad y qué utopía hacia la que caminar vamos a dibujar y a poner sobre la mesa, desde la izquierda antiautoritaria, en este contexto de ruptura con la normalidad anterior.

Nos toca rescatar del sentido común de la gente aquellos elementos que les indican que es necesario procurarnos una organización social que nos proteja y dé cobijo a todas y todos como seres eco e inter-dependientes y como cuerpos vulnerables, que apunta el ecofeminismo. Pero nos toca hacerlo con altura de miras, con utopías de referencia que sirvan para todas las personas: urbanas, rurales, mujeres, hombres, niñas, adultas, ancianas… Nos toca demostrar que el capitalismo no es el único ni el mejor de los sistemas posibles pero, sobre todo, que tiene alternativa como forma de organización económica y social.

Considero que una de las primeras lógicas erradas que hay que destapar es la del beneficio y la acumulación como la motivación elemental a la hora de satisfacer las necesidades sociales. Porque, como diría César Rendueles, el capitalismo y el libre mercado son una rareza antropológica. Muchas personas empiezan a plantearse que quizá no es normal que la solución a la creciente necesidad y demanda de “geles alcohólicos” en un momento de crisis humanitaria sea subirles el importe, que resulta un poco extraño que tenga que ser el propio gobierno el que controle precios, porque lo que no se sostiene es que alguien intente lucrarse todavía más en una situación como esta. ¿Quizá no deberían simplemente valer lo que costó producirlos? Resulta algo kafkiano incluso que a alguien se le haya ocurrido, en un momento así, cambiar el color, el estampado y el diseño de las mascarillas y así venderlas más caras, para que no muera nunca el estilo y se pueda seguir yendo a la moda.

Pero además tenemos que inventar soluciones, y soluciones a gran escala y para eso será necesario hacernos muchas preguntas, algunas casi ontológicas. ¿Cómo creamos un sistema donde podamos asegurar que se cubren las necesidades básicas de toda la gente sin comprometer al planeta y por ende a nuestra propia especie? ¿Cuáles son esas necesidades? ¿Cómo creamos un modelo de sociedad que garantice la salud y proteja a las personas sin conculcar sus libertades? Y sobre todo, ¿cómo transitar a ese nuevo sistema sin generar sufrimiento humano?

¿Cómo cambiar las cosas siendo conscientes de que vivimos en un mundo donde el desarrollo tecnológico permite formas de control social que no tienen precedentes? ¿Cómo contrarrestamos la penetración de los fake news de la derecha, que nos está ganando la batalla cultural? ¿Cómo conseguir que no nos tome la delantera una solución neofascista? ¿Son las únicas opciones posibles el capitalismo democrático o el autoritario? ¿Qué hacer, aprendiendo las lecciones de los errores y terrores de la economía planificada? ¿Es viable una suerte de Green New Deal o el sistema está ya tocado de muerte? ¿Queremos mantenerlo vivo de forma artificial, darle la estocada final o ir sedándolo y procurarle una suerte de eutanasia? ¿Qué papel ha de jugar el Estado como entidad que permita garantizar el procomún y asegurar la redistribución? ¿Cómo garantizamos la democracia y qué democracia? ¿Cómo han de tomarse las decisiones para que no se produzcan derivas oligárquicas, de concentración y abuso de poder?

¿Cómo construimos ese nuevo mundo sin dejar atrás las luchas de los distintos movimientos sociales, recordando que todas las opresiones están entrelazadas, como plantea el enfoque de la interseccionalidad? Pero a la vez, ¿cómo lo hacemos para reconocernos todas y todos en un mínimo múltiplo común que nos sirva de pegamento? ¿Cuáles son aquellos logros de la modernidad de los que queremos seguir disfrutando (la posibilidad del espíritu crítico, la libertad, igualdad y fraternidad, el derecho a la duda y a la disensión, el desarrollo científico, los adelantos médicos, la esperanza de vida…)?

El enemigo es muy poderoso. Aquellos que, pese a estar también amenazados, quieren seguir enriqueciéndose, van a intentar volver a seducirnos con nuevas máquinas de persuasión y luego, si es necesario, con mecanismos propios del Estado del terror. Esta crisis puede conllevar el empobrecimiento masivo de una parte importante de la población, ¿pero la única manera de arreglar esto es alimentar una máquina que nos acaba destruyendo a nosotros mismos? ¿Sólo podemos salvarnos cavando nuestra propia tumba? ¿Tendremos que elegir entre la salud (ya sea por un virus o por restricciones debido a la contaminación o los desastres naturales) y la libertad? Pero, ¿de qué hablamos cuando hablamos de libertad y de justicia?

Quizá la única respuesta esperanzadora a todos los problemas que estén por venir ─ya vengan de la mano de una emergencia climática, un virus, un terremoto o un colapso financiero─ sea siempre la misma. Quizá no tenemos todavía la receta exacta, pero sí muchos de los ingredientes. El amor como pegamento común, la solidaridad, la justicia social. El pacifismo y el antiautoritarismo. Poner en el centro el buen vivir, la práctica de una vida que merezca ser vivida y que no sea un privilegio de unas contra otras sino una posibilidad para todos y todas a la vez.

Una de las posibles claves que me veo tentada a señalar es al virus como metáfora. Quizá sea lo pequeño y no las grandes estructuras lo que más capacidad tiene de adaptarse y mutar, de reinventarse, lo más duradero en el tiempo, lo que se adapta mejor a un planeta que ya no puede sostener que se le extraiga ni exprima más desde la lógica de la conquista, dominación y la explotación. El dilema es cómo articulamos lo pequeño, evitando que algún nodo crezca y se convierta en colonizador y cancerígeno.

Es hora de que nos pongamos a trabajar, juntos e intensamente, en construir ese mundo que queremos, un modelo que permita descolonizar el imaginario capitalista que estructura nuestras mentes aprovechando la situación de ruptura. Es tiempo de generar políticas y medidas prácticas que ofrecer ante esta grieta que se abre. La grieta puede ser aprovechada para dar paso a la distopía del héroe individual a la que tanto nos tienen acostumbradas las series de las diversas plataformas, pero son también las crisis y rupturas abruptas las que hacen caer los órdenes antiguos. Aquí solo trazo algunas preguntas, que permitan ir esbozando respuestas, desde las ganas de entendimiento y la generosidad.

La buena noticia es que sólo es necesaria la acción decidida y firme de una parte suficiente─ que no toda─ de la población, dispuesta a comportarse de manera colectiva, para conseguir los cambios, como ya demostraron las que lucharon por los derechos laborales, civiles, de género, muchas veces desde la desobediencia civil y pacífica. La historia de los movimientos sociales está llena de ejemplos de avances y resistencias que son los que han contribuido a consolidar los progresos que merece la pena mantener, ejemplos que el poder se encarga de minimizar y silenciar.

Quizá el mundo que queremos se parezca un poco a este, más sosegado, con tiempo para contemplar, conversar, escribir, reflexionar, con aire limpio con que llenar nuestros pulmones… Parecido a este pero sin miedo, sin diferencias sociales derivadas de la familia que te haya tocado, de las condiciones del hogar que tienes la suerte o la desgracia de habitar, sin la soledad impuesta para las personas que no tienen familia o red. Por supuesto sin represión, sin caza de brujas, sin invención de chivos expiatorios entre los más débiles, tomando de nuevo las calles para la gente.

Por Noelia Sánchez Suárez

2 abr 2020 06:40

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Familiares cargan un féretro en Guayaquil, donde las funerarias dejaron de trabajar por miedo a l Covid-19.

Colapsó el sistema de salud y hay toque de queda en todo el país

En Guayaquil, la ciudad más afectada por el Covid-19, las personas empezaron a dejar en las calles a sus muertos ante la falta de respuesta del sistema de salud.

Imágenes dantescas empiezan a verse en Ecuador por el avance del coronavirus. En Guayaquil, la ciudad más afectada por el Covid-19, las personas empezaron a dejar en las calles a sus muertos ante la falta de respuesta del sistema de salud. En Guayas, provincia a la que pertenece esta ciudad, hay 1937 infectados, es decir el 70 por ciento del total nacional que llegó a 2748. Los muertos en el país son 93. El gobierno de Lenín Moreno decretó hace tres semanas el Estado de excepción. Días después ordenó el toque de queda en todo el país que rige entre las 2 de la tarde y las 5 de la mañana. A su vez, organismos de Derechos Humanos denuncian golpizas y tratos vejatorios por parte de las fuerzas de seguridad en las barrios populares.

Guayaquil: tierra de nadie

Los videos de los cadáveres abandonados en las calles de Guayaquil son la expresión más clara de un sistema de salud desbordado en la región de Guayas. Allí buena parte de las funerarias dejaron de trabajar por miedo a contraer el Covid-19, según informó el sitio ecuatoriano Portal V. Se estima que muchas de esas muertes no corresponden a casos de coronavirus, pero no hay certezas ya que los médicos no llegan hasta los cadáveres. Como las funerarias no pasan a retirar los cuerpos y el sistema de público no da respuesta, algunos difuntos llegaron a estar más de tres días en sus casas. “Si bien la falta de recursos en los barrios populares lleva a que los velorios se hagan en las casas, nunca antes ocurrió algo como esto”, dijo en diálogo con Página/12 Billy Navarrete, Secretario Ejecutivo del Comité Permanente por la Defensa de los Derechos Humanos de Guayaquil. Las personas no pueden llevar los cuerpos a los cementerios ya que tampoco acceden a los certificados de defunción. “Además, hasta hoy el gobierno obligaba a hacer sólo cremaciones. Sin embargo en la ciudad sólo existen tres crematorios, todos privados, que cobran sumas imposibles para las clases populares. Es increíble pero en esta situación encontraron lugar para el lucro”, denunció el defensor de ddhh. Para sumar más caos a la situación, el vicepresidente de Ecuador, Otto Sonnenholzner, dijo el viernes pasado que los muertos por coronavirus serían enterrados en fosas comunes. Tras una ola de críticas el presidente dio marcha atrás y dijo que habrían “entierros dignos”. 

El estado de Excepción decretado por Moreno volvió a poner a los militares en las calles, como durante las jornadas de protestas de noviembre pasado. Guayaquil además fue declarada Zona de Seguridad Especial. Esa denominación le permite a las Fuerzas Armadas asumir el control del espacio público, entre otras atribuciones. Navarrete informó que recibieron denuncias por el accionar violento de los militares. “Durante los patrullajes en los barrios más pobres apalearon a los jóvenes y hubo cortes de cabello forzados. Se volvió a repetir el relato que estigmatiza a la gente de los barrios populares. Quieren hacerlos ver como los que perjudican la salud del resto, cuando son los que peor la están pasando”, afirmó el defensor público. Guayaquil es una ciudad donde las desigualdades sociales saltan a la vista. Los barrios lujosos tienen como telón de fondo enorme barriadas populares. “En las zonas pudientes la gente sigue haciendo reuniones sociales, se junta a hacer deportes, la vida sigue como si nada”, denunció Navarrete.

El costo de abandonar la salud

La expansión de Covid-19 en la provincia de Guaya y especialmente en Guayaquil se originó ante la llegada masiva de ecuatorianos residentes en España. La comunidad ecuatoriana en ese país es muy numerosa. El gobierno hizo una pobre vigilancia epidemiológica en el país desde que se detectó el primer caso de covid-19, sostuvo Esteban Ortíz, médico salubrista de la Universidad de las Américas de Quito. “Entre los que llegaron de España estuvo la primera gran propagadora de la enfermedad. Ella contagió contagió a 17 familiares, de las cuales dos murieron. En ese momento no hubo una buena política de prevención hacia la personas que llegaban al país”, sostuvo Ortiz. Para el médico otro elemento que permite entender la gravedad de la situación, es la desinversión en salud de los últimos gobiernos, pero especialmente durante la administración de Moreno. “El gobierno disminuyó el gasto público en salud. Se tildó de burócratas a todos los trabajadores públicos, incluidos los de la salud, y echaron a muchos de ellos. Con los cual acotaron el margen de respuesta ante una crisis de este tipo”, denunció Ortiz. Además informó que los hospitales públicos no se fueron equipados para la pandemia. “Al primer caso sospechoso de coronavirus, que fue un paciente chino, no se le pudieron hacer los análisis pertinentes por que no funcionaba el tomógrafo del hospital público Emilio Espejo, el más grande de Quito. En los últimos tres años el sistema hospitalario fue muy debilitado”, sostuvo Ortiz.

Ecuador es el cuarto país en toda América más afectado por coronavirus, con el agravante de que su población -de casi 17 millones- es muy inferior a la de Estados Unidos, Canadá y Brasil, que lo superan en la fatídica lista. Chile, por ejemplo, tiene más contagios pero muchos menos fallecidos. Al día de hoy Guayaquil es la ciudad con la mayor tasa de mortalidad cada cien mil habitantes en todo el continente sudamericano. Sin embargo, Ortiz remarcó que esos números serían mucho peores si se hubiera abordado la pandemia como en Brasil. Y resalta como algo positivo que el gobierno haya ordenado en forma temprana el confinamiento de toda la población.

Ecuador lleva 18 días de parálisis total. El sector informal y los desempleados, que sumados componen el 60 por ciento de la población económicamente activa, son los más golpeados por esta situación. A esto se suma la profunda crisis económica que se venía arrastrando. El gobierno no tomó medidas ni siquiera para defender a los trabajadores formales, informó Pablo Iturralde, economista del Centro de Derechos Económicos y Sociales. “Al contrario, se le permitió al empleador que descuente los días de vacaciones de la actual cuarentena. Y como segunda medida, les permitió suspender los pagos de salarios por tiempo indeterminado. El gobierno está viabilizando que la cuarentena la paguen los trabajadores”, sostuvo Iturralde. Además resaltó que el colapso del sistema de salud se explica en que el gobierno decidió priorizar el pago de la deuda externa. “Las reformas de austeridad recomendadas por el Fondo Monetario Internacional (FMI) nos llevaron a esta situación. Se adoptan esos programas pensando en resultados financieros, pero no en las consecuencias para la población. Y eso es lo que hoy estamos viendo”, enfatizó Iturralde.

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Transferencia y poder, la cara social de la angustia

De qué se trata la crisis de la subjetividad en la pandemia

 

Freud llama angustia pánica al sentimiento de muerte de un sujeto cuando siente que su universo de símbolos se desmorona. Acontece, mayormente, durante las guerras y catástrofes. La sensación de muerte pánica puede confluir con la muerte real, pero no es la misma; la muerte real y, aun, la angustia, pueden acontecer sin pánico.

Los símbolos, las lógicas de la conciencia son el universo del sujeto, que le da un sentido en el mundo; es un saber que garantiza su vida, aun así, el sujeto no requiere, para su existir, un conocimiento de esta sujeción sino que es algo más próximo a un saber que lo antecede, lo contiene y lo sostiene, para poder existir.

La dimensión psíquica, en la cual el sujeto vive esta sujeción, es la creencia. La relación del sujeto a la realidad es por convencimiento en lo que creen. No hay una relación directa del sujeto a ninguna evidencia real. El sujeto fundamentalmente “cree” en los símbolos que están promovidos por los discursos que representanal orden simbólico.

Los primeros seres sociales personificaban su universo a través de la creencia en los saberes agrupados en los mitos y en las religiones. Las preguntas y las adversidades; lo desconocido se descifraba desde ellos e imponían, según la necesidad, algún rito, enseñando y organizando a la sociedad.

Las religiones han ido cediendo su lugar a otro saber, disciplinado bajo un orden diferente, llamado “las ciencias”. Si bien se podría decir que es más verdadero lo que dice la ciencia sobre los fenómenos, que el conocimiento que aportaban los mitos sobre las causas, la relación que mantiene el sujeto con la ciencia es la misma que tenía con los mitos y las religiones. El sujeto solo accede al conocimiento científico vía la creencia. Desplazamiento y sustitución que no es sin un cambio de paradigmas en la valorización de las lógicas que constituyen las certezas.

Este movimiento articulado a la dimensión de la creencia fueron parte fundantes de la civilización y es lo que permite sostener el dominio de los discursos institucionalizados. La civilización le demanda a la ciencia que resuelva todas las incógnitas, que ocupe el lugar de ser un saber sobre la garantía de la existencia humana, sean estos procesos físicos, biológicos o sociales. Participe el sujeto o no, sea consciente o no de ello.

El discurso de la ciencia alcanza su dominio en la civilización, incorporando dentro de sus saberes el discurso del sistema capitalista en tanto es la organización social de generación de riqueza, que se pretende científica. Por ello, las crisis económicas del sistema también son generadoras de angustia pánica, hayan padecido o no, cada uno, algún perjuicio directo.

Interpretamos la angustia pandémica como la ausencia, en la ciencia, de una respuesta a una pregunta que tampoco creó. El poder que la civilización le adjudica a la ciencia es tan elevado como el ruido que hace su caída. Cuando la ciencia pierde su lugar de ser la garantía de existencia, puede desarrollarse, en un sujeto, la angustia pánica conceptualizada por Freud.

La sensación de muerte pánica alude al descontrol de la muerte en sí, al desamparo primordial ante ella. No se refiere a la cantidad de muertos reales, sino a una muerte que contagia de muerte. Hay otras muertes, acotadas, contenidas por un saber; hay otras muertes, de cantidades horrorosas, comandadas por determinantes ideológicas e ignoradas por los productores de la ignorancia y por los sujetos que no advierten su propio horizonte ideológico.

Mientras la ciencia descifra cómo mantener la garantía, ordenó combatir al covid-19 poniendo en cuarentena a la civilizacion: paralizar la circulación y descarga social de los goces propios. El efecto que tiene esta indicación, la limpieza de la naturaleza y la saturación personal, impulsa los interrogantes sobre el principal goce, que nos ofrece el capitalismo, para nuestras descargas: “la acumulación”, razón de ser del sistema, pero que está en oposición directa a lo natural. ¿Será solo un tropezón o una caída de los parámetros que garantizan el goce de la existencia? o ¿la civilización reforzara los diques que protejan el goce del sistema?

Por ahora, lo más importante es respetar las medidas preventivas, que los gobiernos, junto a nuestros chamanes, los científicos, imponen, como rito necesario, para combatir el virus y así lograr restituir la armonía y la disputa social, es decir, nuestras creencias. Como decía Freud, la vida no vale mucho, pero es lo único que tenemos.

Herrnán C. Guggiari es psicoanalista.

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Personal de la Cruz Roja de Indonesia con trajes protectores rocía desinfectante en una carretera de Yakarta, el 28 de marzo de 2020.Ajeng Dinar Ulfiana / Reuters

Ante la propagación del covid-19, necesitamos decidir si promulgamos la lógica "más brutal de la supervivencia del más apto" o algún tipo de "comunismo reinventado", sostiene el filósofo esloveno.

A medida que el pánico por el coronavirus se extiende por el mundo, tenemos que decidir si promulgamos la "ley de la jungla" —la lógica "más brutal de la supervivencia del más apto"— o algún tipo de "comunismo reinventado" que incluya coordinación y colaboración global para afrontar la pandemia, sostiene el filósofo esloveno Slavoj Zizek en un reciente artículo de opinión para RT. 

Para definir el comunismo que tiene en mente, el filósofo recuerda las declaraciones del director general de la Organización Mundial de la Salud, Tedros Adhanom Ghebreyesus, quien indicó la semana pasada que "esta epidemia se puede retrasar, pero solo con un enfoque colectivo, coordinado e integral que involucre a toda la maquinaria del Gobierno". Zizek enfatiza que este enfoque integral "debería ir mucho más allá de la maquinaria de los gobiernos individuales", abarcando "la movilización local de personas fuera del control estatal, así como una coordinación y colaboración internacional fuerte y eficiente".

Si miles de personas son hospitalizadas, se necesitará "un número enormemente mayor de máquinas respiratorias", y para obtenerlas, el estado debe "intervenir directamente" de la misma manera que lo haría en condiciones de guerra "cuando se necesitan miles de armas", así como "confiar en la cooperación de otros estados", explica el autor del artículo. "Al igual que en una campaña militar, la información debe compartirse y los planes deben coordinarse por completo", detalla el filósofo.

"Se acabó lo de 'EE.UU. (o quien sea) primero'"

La pandemia de coronavirus no solo pone de manifiesto el límite de la globalización del mercado, sino también el límite "aún más fatal del populismo nacionalista que insiste en la soberanía estatal plena", asegura Zizek, agregando que "se acabó lo de 'EE.UU. (o quien sea) primero', ya que EE.UU. solo puede salvarse a través de coordinación y colaboración global".

Lejos de apelar "a una solidaridad idealizada entre las personas", el analista argumenta que la crisis actual "demuestra claramente que la solidaridad y la cooperación global están en el interés de la supervivencia de todos y cada uno de nosotros, que es la única cosa egoísta racional que se puede hacer".

Dejar atrás el punto de vista "cínico vitalista"

Desde un punto de vista "cínico vitalista", uno "estaría tentado a ver el coronavirus como una infección beneficiosa" que permite a la humanidad "deshacerse de los viejos, débiles y enfermos, como sacando la hierba medio podrida, y así contribuir a la salud global", apunta el filósofo, para destacar que el enfoque comunista amplio que está defendiendo "es la única manera" de "dejar atrás un punto de vista vitalista tan primitivo".

Entretanto -alerta- los signos de reducción de la solidaridad incondicional "ya son perceptibles en los debates en curso". En este sentido, recuerda las recientes informaciones sobre el llamado protocolo de los 'tres sabios' en el Reino Unido, según el cual, tres consultores de alto nivel en cada hospital "se verían obligados a tomar decisiones sobre el racionamiento de la atención, como ventiladores y camas, en caso de que los hospitales estuvieran abrumados con pacientes", negando la atención vital a una parte de enfermos.

¿En qué criterios se basarán? ¿Sacrificar a los más débiles y mayores? ¿No abrirá esta situación espacio para una "inmensa corrupción"? ¿No indican tales procedimientos que nos estamos preparando "para promulgar la lógica más brutal de la supervivencia del más apto"? Estas son las cuestiones que se hace el filósofo, antes de reiterar que "la elección final es: esto o algún tipo de comunismo reinventado".

Publicado: 31 mar 2020 17:14 GMT

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