Nuevo récord de CO2 en la atmósfera: ya estamos a medio camino de duplicar los niveles preindustriales

El observatorio de la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos en Mauna Loa registra 421,21 partes por millón de CO2 en la atmósfera, lo que supone traspasar por primera vez la barrera de las 420 ppm.

 

Cuando apenas quedan unas horas para que comience el debate sobre las enmiendas a la Ley de Cambio Climático en el Congreso, una noticia extremadamente importante para el futuro del planeta ha pasado prácticamente desapercibida en los mass media globales. La concentración de dióxido de carbono en la atmósfera ha marcado un nuevo récord histórico: 421,21 partes por millón (ppm).

El dato, que fue captado el 3 de abril por el observatorio de la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica (NOAA) de Estados Unidos de Mauna Loa, en Hawai, supone traspasar una serie de barreras simbólicas.

No solo es la primera vez en la historia que se sobrepasa el umbral de las 420 ppm, sino que supone —junto con niveles medios mensuales registrados tanto en febrero como en marzo superiores a los 417 ppm— asegurar que este año la concentración media anual llegará a las 416 ppm, o lo que es lo mismo, haber recorrido la mitad del camino para duplicar los niveles de CO2 anteriores a la era industrial, cuando eran de en torno a 278 ppm. Hasta finales del siglo XX, en los últimos 800.000 años nunca se habían sobrepasado las 300 ppm.

El observatorio hawaiano lleva monitorizando los niveles de este gas de efecto invernadero en la atmósfera desde 1958, cuando Charles David Keeling comenzó a registrarlos. En estos 63 años, la concentración de CO2 media anual ha pasado de 315 a 416 ppm.

El consenso científico, plasmado en un documento de 2007 del físico y climatólogo estadounidense James Edward Hansen, exdirector del Instituto Goddard para Estudios Espaciales de la NASA, señala que por encima de 350 ppm el planeta habría superado el “límite de seguridad” para que no tenga lugar un punto de inflexión, tal como se conoce en climatología al momento en el que se rompe la estabilidad y que daría como resultado un equilibrio climático diferente.

El aumento de la llamada Curva de Keeling, que registra las concentraciones del gas de efecto invernadero, se está acelerando. Como ya advirtieron tanto el NOAA como el Instituto Scripps de Oceanografía de la Universidad de California en mayo e 2019, la tasa de aumento de la concentración de CO2 en la atmósfera, un gas que necesita años para ser reabsorbido por la naturaleza, ha pasado de aumentos de 0,7 ppm anuales en los 60 a los 2,87 ppm de 2018. Como señala Pieter Tans, científico de la División de Monitoreo Global de la NOAA, “hay pruebas abundantes y concluyentes de que la aceleración es causada por el aumento de las emisiones”.

El nuevo récord ha implicado reacciones de la comunidad científica y del Movimiento por el Clima. Desde la Oficina Meteorológica del Reino Unido señalan que “aunque estar a mitad e camino para doblar la concentración de CO2 no tiene ningún significado físico, puede considerarse un hito que pone de relieve cuánto ya los humanos han alterado la composición de la atmósfera global y aumentado la cantidad de un gas que calienta el clima global”.

La joven activista sueca Greta Thunberg, pionera en las huelgas juveniles por el clima de los Fridays for Future, ha denunciado que el récord es algo “verdaderamente revolucionario, cuanto menos, y no lo sigo en el buen sentido”.

Por su parte, la científica climática de la NASA, Kate Marvel, señaló en el Washington Post tras hacerse público el nuevo récord que, “el mundo ya es más de 1,1ºC más caliente de lo que era antes de la revolución industrial”. De llegar a duplicar los niveles industriales, lo que al ritmo actual pasaría en torno al año 2060, el planeta podría sufrir un calentamiento de 4ºC, con nefastas e impredecibles consecuencias para la vida sobre el mismo.

Por Pablo Rivas

@PabloRCebo

7 abr 2021 16:46

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No hay vacuna para la catástrofe climática

La incapacidad de la humanidad para responder de forma colectiva a la pandemia es una representación a cámara rápida de nuestra ineptitud para combatir la crisis climática.

 

La destrucción causada por la COVID-19 representa una crisis sin precedentes en la historia reciente, aunque de una manera escalofriante nos resulte ya familiar. La pandemia ha reproducido muchas de las dinámicas de la crisis climática, pero en un periodo de tiempo mucho más comprimido. Nos hemos visto confrontados con una amenaza global inminente –cuyo alcance se desconocía en gran medida– que requería de una acción rápida, coordinada y colectiva. En su lugar, la reacción ha consistido en respuestas divergentes en función de las naciones, acusaciones cruzadas, llamamientos a la responsabilidad individual y una resistencia excesiva ante cualquier cambio fundamental en el statu quo.

Muchos pensadores de izquierdas, como Vijay Kolinjivadi, Andreas Malm, Rob Wallace y otros, han hecho importantes aportaciones sobre las formas en que la COVID-19 y la crisis climática están entrelazadas. Más concretamente, han señalado el hecho de que la pandemia es una manifestación más de la emergencia ecológica, y que ambas crisis están basadas en (y son resultado de) el capitalismo mundial.

En este ensayo, desarrollo estos argumentos y explico por qué hay también valor analítico en concebir esta doble crisis como un reflejo de cada una de ellas en la otra. En este sentido, la pandemia provocada por la COVID-19 es un microcosmos a cámara rápida de lo que está sucediendo con el calentamiento global. Por eso, un análisis de la pandemia y las respuestas a ella pueden ayudarnos a entender cómo estamos errando al lidiar con el cambio climático.

Circunstancias atenuantes

¿Qué parecidos hay entonces entre la COVID-19 y la emergencia climática? En primer lugar, nuestra capacidad para entender y discutir sobre ambas crisis se ve limitada por la desinformación generalizada, las teorías de la conspiración negacionistas, la presión ejercida por los lobbies corporativos a favor de la inacción, así como una genuina falta de acuerdo en torno a la idoneidad de las estrategias a adoptar. En este contexto han surgido dos facciones agrupadas en torno a dos propuestas de reacción política: quienes defienden una estrategia de mitigación para convivir con el calentamiento global y la pandemia moderando sus efectos perjudiciales, y quienes defienden la necesidad de una supresión total de las crisis mediante acciones rápidas y decisivas.

A excepción de un par de países que han aplicado bien estrategias de supresión a la pandemia –como Taiwán, Vietnam y Nueva Zelanda–, los gobiernos nacionales han optado por las variantes de la estrategia de mitigación para afrontar la COVID-19 y el cambio climático. Por lo general, estas medidas han sido reactivas y se han tomado por pura necesidad, ya que las lentas respuestas iniciales han hecho que las crisis se descontrolen, pero también son un reflejo del rechazo a involucrarse en la reestructuración de las relaciones capitalistas que requiere cualquier estrategia de supresión.

En el caso de la pandemia, la mitigación ha oscilado entre los intentos explícitos por conseguir la inmunidad de rebaño y los esfuerzos para “aplanar la curva” y evitar así la sobrecarga de los servicios de asistencia sanitaria. Resulta tentador observar las estrictas medidas adoptadas bajo presión durante la pandemia como prueba de la voluntad política de adoptar la estrategia de supresión, aunque de hecho no suceda así, como señala Andreas Malm: “La apariencia de acción enérgica contra la pandemia no es más que una fachada. El contraste entre la vigilancia del coronavirus y la complacencia climática es ilusorio”.

En paralelo, los gobiernos han cometido grandes errores a la hora de coordinar sus esfuerzos de forma efectiva, y han optado por depositar todas sus esperanzas en soluciones técnicas al estilo deus ex machina, tanto para la pandemia como para la emergencia climática. También hay una cierta obsesión sobre qué países “lo están haciendo mejor”, aunque ello tenga un valor limitado para problemas globales, interconectados y que trascienden fronteras artificiales.

¡Seamos realistas! Inmunidad de rebaño y adaptación climática

Puestos a observar los paralelismos entre el cambio climático y la lógica de la mitigación en el caso de la COVID-19, podemos considerar los escritos del escéptico ante la acción climática Bjørn Lomborg, que, por motivos económicos, se opone a los intentos de contener la crisis climática, y que también se opone abiertamente a las medidas estrictas dirigidas a suprimir los estragos de la pandemia. Por ejemplo, citando un estudio publicado en World Development, Lomborg sostiene: “Reducir las emisiones hasta las del acuerdo de París desembocará en un incremento de la pobreza de en torno al 4 por ciento”.

Este argumento contra las acciones climáticas coordinadas reproduce las objeciones de quienes se oponen a los confinamientos para frenar la pandemia por el daño que causan en la economía, y sobre todo en el sustento de los más pobres y vulnerables. De hecho, la Declaración de Great Barrington – un comunicado publicado a comienzos de octubre y difundido a gran escala en el que se defiende la búsqueda de la inmunidad de rebaño– sostiene que las medidas de supresión dañan de forma desproporcionada a “la clase trabajadora y a los miembros más jóvenes de la sociedad”. Cabe añadir que la declaración se firmó en las instalaciones del American Institute for Economic Research, un think tank libertario neoliberal que también ha restado importancia a los daños del colapso medioambiental.

“La humanidad –incluida la gente más pobre– estará mucho mejor en un escenario de ‘desarrollo impulsado por combustibles fósiles’ que en uno ‘sostenible’, con menos CO₂”, continúa Lomborg, en esencia utilizando el argumento de que solo tenemos que aprender a convivir con las adversidades del cambio climático. Este pensamiento se asemeja al de los defensores de la mitigación del coronavirus, como el antiguo epidemiólogo de estado sueco Johan Giesecke, que escribió: “La tarea más importante que se nos plantea no es el fútil intento de detener el contagio, sino concentrarnos en ofrecer una atención óptima a las desafortunadas víctimas”. También el profesor de Stanford John Ioannidis sostiene que los confinamientos en toda la sociedad dirigidos a reducir la propagación viral están “matando a la gente”.

En ambas crisis, los defensores de la mitigación no se equivocan cuando afirman que las respuestas gubernamentales reactivas y mal planteadas han tenido un impacto negativo en los sectores de la población más pobre y vulnerable, sobre todo debido a los reiterados fallos a la hora de acompañar las medidas del apoyo social necesario. Y tampoco se equivocan en que los planes de acción climática o los confinamientos por la COVID-19 a menudo ignoran este hecho y se convierten en formas de exhibicionismo para las poblaciones pudientes y de clase media, que no se ven afectadas en particular por las regulaciones a las industrias contaminantes o las órdenes de hacer teletrabajo.

Lo que no reconocen es que los pobres globales también sufren de forma desproporcionada por la inacción, y que, sin un cambio fundamental y estructural, su sufrimiento continuará y se agravará en situaciones de crisis perpetuas.

Las poblaciones marginales obtienen la peor parte de ambos mundos, ya que soportan la mayor parte de la enfermedad y padecen a la vez los efectos secundarios más agudos del tratamiento. Esto puede comprobarse en el contexto sueco en su respuesta laissez-faire a la pandemia, que se tradujo en un índice de mortalidad tras la exposición al virus tres veces más probable entre la población pobre, que tiene que lidiar al mismo tiempo con la mayor recesión económica del país en los últimos 40 años. Nuestra comprensión de la propia crisis requiere de una aproximación interseccional, que reconozca las múltiples y solapadas formas en que las personas que están en los márgenes son desfavorecidas.

Así mismo, la resistencia generalizada a cualquier respuesta a una crisis que represente un cuestionamiento del statu quo podría considerarse una expresión de lo que el teórico cultural Mark Fisher llamó “realismo capitalista”, es decir, la situación en la que el capitalismo se presenta como el único sistema socioeconómico viable. Si bien los trabajos recientes han puesto de relieve el hecho de que el realismo capitalista comienza a “deshacerse por los bordes” –resquebrajándose en una nueva configuración que Kai Heron denomina “catastrofismo capitalista–, esto no excluye la existencia (e incluso la intensificación) de los discursos realistas capitalistas frente al absurdo argumento de que el capitalismo es, en algún modo, realista.

En los casos de la COVID-19 y el cambio climático, la lógica de la mitigación existe porque mucha gente es incapaz de conceptualizar las diversas formas de organización socioeconómica que son necesarias para afrontar la catástrofe inminente. A pesar de que a menudo se atribuya esta falta de imaginación al centro y a la derecha, la izquierda no está inmunizada, como evidencia el hecho de que la revista Jacobin considerara oportuno publicar una entrevista a Martin Kulldorff –uno de los precursores de la Declaración de Great Barrington–, en la que argumenta su posición en contra de los confinamientos.

En este contexto, la muerte y la enfermedad en masa resultan más fáciles de concebir que las alternativas radicales al sistema capitalista. Así, los defensores de la mitigación quedan atrapados en el planteamiento de burdos análisis sobre costes y beneficios, fundamentados en la idea de que nuestra economía política actual tendrá que permanecer estática e inalterada por necesidad; una falacia ya en tiempos normales –que ignora la naturaleza dinámica de las estructuras sociales– y un grave error de juicio en periodos de rápida y crucial agitación socioeconómica provocados por una crisis. 

En pocas palabras, tanto el cambio climático como el coronavirus han puesto de manifiesto una incapacidad generalizada para percibir y abordar una crisis que es continua, acumulativa y colectiva. En nuestra posición actual, parece que estamos alineados con las crisis aisladas y fijas que existen en un único espacio y tiempo. En más de un sentido, somos la consabida rana en la olla que hierve lentamente.

A cámara rápida

Un lado positivo, quizás, de la crisis provocada por la COVID-19 es que nos ha permitido evaluar los resultados de la lógica de mitigación a cámara rápida. Los críticos más destacados de los enfoques de supresión de la pandemia, como Johan Giesecke y el biofísico ganador del premio Nobel Michael Levitt, han hecho públicas muchas predicciones sobre un supuesto final natural de la pandemia con pocas muertes en términos relativos, y todas han resultado ser incorrectas. En lugar de admitir sus errores, estos defensores de la mitigación han profundizado en ellos, y han encontrado pruebas cada vez menos convincentes de que la inmunidad de rebaño y la vuelta a la normalidad están a la vuelta de la esquina.

Estos fallos a la hora de entender la dinámica mortal de la COVID-19 se deben a una falta de comprensión fundamental sobre cómo funciona la sociedad humana. En lugar de poblaciones interconectadas e interdependientes que afrontan un problema colectivo, ven individuos atomizados; un “árboles que no dejan ver el bosque” de manual. Esto les permite dar rienda suelta a fantasías engañosas, como que los grupos de riesgo están “protegidos” mientras el resto de la población obtiene la inmunidad de rebaño. Esta idea ignora que no existe ninguna forma viable de separar a las personas vulnerables de las sociedades en las que existimos.

La respuesta a la COVID-19 nos ayuda a ver, en una suerte de cámara rápida, cómo los defensores de la mitigación intentan responder a la catástrofe climática en curso, que sucede a cámara lenta. Los impulsores de la adaptación al cambio climático piensan, básicamente, que el planeta se está calentando, y proponen formas en que podemos adaptarnos a esta situación, o incluso capitalizarla. Lo que no entienden es que estos cambios espectaculares que infligimos a nuestro ecosistema desencadenarán puntos de inflexión irreversibles, y alterarán las condiciones de vida en el planeta en un grado todavía inconcebible; aunque con efectos seguramente devastadores.

En última instancia, quienes abogan por la mitigación de la COVID-19 y la adaptación al cambio climático adolecen de estrechez de pensamiento a nivel sistémico: ven el mundo como un conjunto de simples relaciones individuales, y no como ecosistemas complejos e integrados que poseen propiedades emergentes. Con la COVID-19, su incapacidad de comprender el daño irreparable que la muerte y la enfermedad repentina infligen a las sociedades y las economías ha tenido unas consecuencias terribles. Por ello, ante la aun mayor crisis inminente de cambio climático a la que nos enfrentamos, lo inteligente sería no prestarles más atención.

En su lugar, deberíamos considerar soluciones aparentemente “radicales”, como el decrecimiento, el Green New Deal o muchos otros imaginarios poscapitalistas que están surgiendo en la era actual de intensificación de la crisis. Todas ellas entienden la gravedad de la situación y la consecuente necesidad de una acción coordinada, colectiva y solidaria ante la catástrofe inminente. Como señala Malm: “Al fin y al cabo, ser ‘radical’ significa dirigirse a la raíz de los problemas; ser radical en la emergencia crónica equivale a dirigirse a las raíces ecológicas de los desastres perpetuos.”

Vacunas para el futuro

¿Qué posibilidades hay de que la humanidad dé este necesario giro radical? Si consideramos la respuesta global a la COVID-19 como un microcosmos a cámara rápida y como un síntoma de la crisis climática, entonces el pronóstico es bastante desalentador.

El hecho de que algunos países hayan conseguido eliminar el virus demuestra que una acción conjunta, coordinada y colectiva es posible, pero que esta es la excepción a la regla. La gestión de crisis escalonadas y acumulativas como la pandemia, o bien de amenazas más grandes como la emergencia climática, requiere de solidaridad global y de una movilización masiva, y ambas escasean por el momento. De hecho, la pandemia ha generado desconfianza y ha alimentado la competición entre naciones, lo que ha conllevado un incremento de las tensiones geopolíticas y de la violencia racista contra personas asiáticas en todo el mundo.

El potencial para la acción colectiva se ha visto obstaculizado por el ubicuo discurso que defiende que las restricciones en la libertad individual en aras del bien común implican una deriva autoritaria. Desde luego que regímenes como Hungría o China han utilizado la pandemia para consolidar el control social y para desarrollar nuevas tecnologías de vigilancia, pero es evidente que la movilización colectiva para eliminar las crisis puede ser solidaria por naturaleza, en lugar de autoritaria. Por desgracia, los debates sobre derechos humanos durante la pandemia han girado en su mayor parte en torno a derechos individuales limitados, ignorando el derecho de las poblaciones vulnerables de existir sin la constante amenaza del contagio y la muerte.

La emergencia de un potencial deus ex machina para la COVID-19 en forma de vacuna también conlleva implicaciones sobre la percepción de la crisis en el futuro. Por supuesto que el pronto desarrollo de varias vacunas es una genial noticia, pero también puede reforzar la idea de que nuestra era de intensificación de las crisis se puede “curar” mediante la tecnología.

Este es el relato que los defensores de la mitigación quieren que creamos, y la narrativa en la que basan su tesis de que el cambio hacia un modo de organización socioeconómica más colectivo y basado en la solidaridad es impracticable e incluso nocivo para la humanidad. En su lugar, nos instan a intensificar nuestro compromiso con el capitalismo destructivo para así facilitar el siguiente avance tecnológico. Y, por supuesto, este enfoque de “matar moscas a cañonazos” no comprende la compleja naturaleza de la destrucción del medio ambiente.

La cruda realidad es que curar los síntomas no contribuirá en nada a tratar nuestra condición subyacente, ni tampoco cambiará la partida cuyas cartas estaban ya echadas: no hay vacuna para el colapso ecológico que se avecina. La única esperanza es liberar nuestras imaginaciones colectivas y articular un movimiento de masas capaz de organizar una acción coordinada y solidaria en favor del bien común.

Por Nicholas Loubere, profesor asociado de Estudios sobre China en la Universidad de Lund. Sus investigaciones analizan el desarrollo rural y el microcrédito en la China contemporánea, y la migración china en el extranjero para la extracción de recursos. Es coeditor jefe de Made in China Journal

16 mar 2021 04:00

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En vídeo el momento de la explosión del cohete de SpaceX, este miércoles en Texas.

El SN10 de Starship alcanzó los 10 kilómetros de altitud y había tocado el suelo en una sola pieza

Un prototipo de SpaceX, compañía del millonario Elon Musk, explotó minutos después de que realizara una prueba de altitud y aterrizara sin ningún problema. El SN10 de Starship, que pretende llegar a la Luna y Marte, alcanzó los 10 kilómetros de altura tras despegar desde Boca Chica, Texas (Estados Unidos). “¡La nave espacial SN10 aterrizó en una sola pieza!”, tuiteó Musk aproximadamente una hora después de la explosión. “¡El equipo de SpaceX está haciendo un gran trabajo! Un día, la verdadera medida del éxito será que los vuelos de Starship sean algo común”, agregó en un segundo mensaje.

“¡Un magnífico aterrizaje!”, dijo un comentarista de SpaceX en el vídeo de la transmisión. Y tan solo unos minutos después, mientras el cohete permanecía estático, una espectacular llamarada acaparó la toma: el SN10 había estallado de forma espectacular. Los narradores, ante la escena, lanzaron: “¡Eso fue increíble!”. Las llamas de la nave fueron extinguidas por los equipos de seguridad.

La empresa aún no ha informado cuál fue el motivo por el que explotó minutos después de haber regresado a la superficie. SpaceX ya lo había intentado en diciembre pasado con el prototipo SN8 que explotó en cuanto tocó el suelo. A inicios de febrero, el SN9 tuvo el mismo destino: estallar justo en el aterrizaje. Esta es la tercera vez que el Starship, una versión mucho más compleja y con tres motores de sus cohetes comerciales, intenta completar un aterrizaje en pruebas, pero es la primera vez que el proceso se completa hasta el punto de descansar en vertical.

SpaceX espera realizar un vuelo con tripulación alrededor de la Luna en 2023 y progresivamente avanzar hasta poder llevar humanos al satélite natural. Las fases que se están probando son una parte crucial para poder aterrizar en órbita terrestre en la Luna o en Marte, así como en su regreso a la Tierra. Musk estima que el desarrollo de este proyecto será de unos 5.000 millones de dólares, mientras que algunos expertos dudan de que colonizar Marte sea una empresa viable.

En uno de esos aparatos que prepara SpaceX volará a la Luna el multimillonario Yusaku Maezawa en 2023. El precio del vuelo se ha mantenido en la confidencialidad. Desde su cuenta de Twitter, Maezawa invitó este miércoles a ocho personas “del mundo entero” a acompañarlo. Los interesados deberán anotarse antes del 14 de marzo y una semana después se hará una primera selección. El futuro cohete, que incluirá una cápsula tripulada, tendrá una altura de 120 metros y podrá cargar 100 toneladas.

El País

04 mar 2021 - 08:13 UTC

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Imagen ilustrativaFoto: Surasak Suwanmake / Gettyimages.ru

Se prevé que el nuevo tipo de red, que puede lanzarse aproximadamente en el 2030, sería hasta 100 veces más rápido que el 5G.

Mientras en el mundo se despliegan las redes 5G, ya empieza la batalla por otras tecnologías. Varios países han entrado en la lucha por el próximo gran avance en el ámbito de las telecomunicaciones, el 6G, que algunos expertos ya calificaron de la nueva revolución industrial.

¿Qué es y para qué se necesita?

Aunque el 5G aún no fue lanzado a nivel global, especialistas empezaron a pronosticar qué representará su sucesor, la sexta generación de la tecnología inalámbrica (6G). Mientras que el 5G debe aumentar la velocidad de transmisión de datos hasta 1.100 Mb/s, se espera que el 6G pueda ser hasta 100 veces más rápido, informa Bloomberg.

Se prevé que el nuevo tipo de red, que puede lanzarse aproximadamente en el 2030, tendría la capacidad de conectarse con dispositivos mucho más complejos, entre ellos coches automatizados. Además, podría hacer realidad varias ideas de la ciencia ficción, como hologramas en tiempo real o vehículos voladores.

Competición internacional

Varios países ya están luchando por ser pioneros en desarrollar la tecnología y obtener una ventaja frente a otros jugadores en el ámbito tecnológico.

El proyecto "es tan importante que esto se convirtió en cierta medida en una carrera de armamentos", declaró Peter Vetter, jefe del departamento de acceso y dispositivos en la compañía Bell Labs perteneciente a Nokia, agregando que "un ejército de investigadores" será necesario para preservar la competitividad de los participantes en la batalla.

Los principales competidores hoy son EE.UU., China y la Unión Europea.

  • China

Bloomberg señala que el gigante asiático lanzó un satélite en noviembre del año pasado para probar una posible transmisión de 6G. Por el momento, dos grandes compañías participan en la competición por parte de este país: Huawei y ZTE. 

Unos reportes indican que Huawei estableció un centro de investigación de 6G en Canadá. ZTE, a su vez, empezó el trabajo conjunto con la empresa de telecomunicaciones China Unicom Hong Kong Ltd para desarrollar el 6G.

  • EE.UU.

Por su parte, EE.UU. creó en octubre del año pasado una alianza de empresas —con participación de Apple, Google, Samsung, entre otros— para "avanzar en el liderazgo norteamericano del 6G".

  • La UE

En diciembre del año pasado, se dio a conocer que la Unión Europea también inició un proyecto para desarrollar el 6G. Nokia, Ericsson AB, Telefónica SA y varias universidades participan en la iniciativa.

Esta semana, el instituto de investigaciones CEA-Leti, con sede en Francia, anunció también un proyecto de desarrollo de la sexta generación de la red.

Por su parte, el abogado especialista en derecho digital, Erick Iriarte, señaló que existe una brecha tecnológica entre los países en cuanto al acceso a las nuevas tecnologías, lo que puede provocar discriminación.

Publicado: 14 feb 2021 01:53 GMT

Una de cada cinco muertes prematuras en todo el mundo se debe a la contaminación

Una investigación de la Universidad de Harvard y el University College London estima que cada año se producen 8,6 millones de decesos por la presencia en el aire de material particulado PM2,5, el cual se vincula a la quema de combustibles fósiles como el carbón, el diésel o la gasolina.

 

El impacto en la salud generado por la quema de combustibles fósiles es cada vez más evidente. Una nueva investigación científica publicada este martes por la revista Environmental Research revela que una de cada cinco muertes prematuras que se producen al año tienen que ver con la contaminación del aire asociada al diésel, la gasolina o el carbón. En total, la polución provoca cada año 8,6 millones de decesos en todo el planeta, según este nuevo informe realizado por expertos de la Universidad de Harvard y el University College London.

Los datos elevan notablemente las cifras que hasta ahora se habían consensuado. Tanto es así que en el último gran informe científico, realizado en 2015, se estimaba que la cifra de muertes prematuras asociada a la contaminación generada por la quema de combustibles fósiles era de 4,2 millones. Este importante repunte no se debe tanto a un incremento de la polución como a un cambio metodológico, el cual ha dado una mayor importancia al impacto en la salud generado por las partículas PM2,5, asociadas por la quema de elementos como el carbón o el diésel. De esta forma los expertos no solo hablan de mortalidad, sino que estiman que el 18% de la población del planeta vive expuesta a estas partículas asociadas al desarrollo de enfermedades respiratorias y cardiovasculares.

"Esperamos que al cuantificar las consecuencias para la salud de combustión de combustibles fósiles, podamos enviar un mensaje claro a los responsables políticos y las partes interesadas del beneficios de una transición a fuentes de energía alternativas", ha valorado Joel Schwartz, profesor de epidemiología ambiental de la Universidad de Harvard que ha participado en la elaboración del informe.

Según la investigación, las regiones de Asia del este son las que mayores índices de mortalidad prematura registran, con un total de 1,6 millones de muertes anuales por la mala calidad del aire. Le sigue el continente europeo, donde se contabilizan 1,4 millones de defunciones; EEUU, que tiene 355.000 muertes al año; África, con 194.000 muertes; y Sudamérica, con otras 187.000. Las zonas del oeste asiático y Oriente Próximo sufren 95.000 óbitos; Centroamérica y las islas caribeñas contabilizan 94.000 decesos; y Canadá y Australia suman 40.000 muertes anuales.

La investigación también revela cómo las restricciones a la quema de combustibles fósiles tienen una incidencia positiva en la salud pública. El caso de China es, quizá, el más llamativo, en tanto que en 2012 se contabilizaban, con este mismo método de análisis, 3,9 millones de muertes y seis años después, cuando el Gobierno puso freno al uso del carbón y apostó por las renovables y la movilidad eléctrica, la cifra de decesos se situó en los 2,4 millones. De esta forma, las políticas dirigidas al impulso de energías limpias consiguieron que el país asiático redujera un 38% la mortalidad asociada a la mala calidad del aire.

El 7% de la mortalidad infantil

Los menores de cinco años son, según los expertos, "biológicamente y neurológicamente más susceptibles a los efectos adversos generados por la contaminación". Sus sistemas respiratorios e inmunológicos, todavía inmaduros, les sitúan en una situación de riesgo frente a los gases y partículas fósiles. De hecho, la principal causa de mortalidad infantil en el mundo está relacionada con enfermedades respiratorias, con 18.997 defunciones anuales, de las que el 7,2% se relacionan estrechamente con la exposición a material particulado PM2,5.

Europa es el continente que mayor porcentaje de óbitos infantiles registra por causa de estas partículas liberadas a la atmósfera tras la quema de combustibles: el 13,6% del total. Le siguen Norteamérica (6,6%) y Sudamérica (5,7%). La cifra de menores que viven expuestos a la mala calidad del aire es aún más alarmante si se atiende a los datos manejados por la Organización Mundial de la Salud (OMS), quien advierte de que el 93% de los niños del mundo respira diariamente niveles de contaminación elevados.

Ella Kissi-Debrah –una menor británica que falleció por afecciones respiratorias– se ha convertido en la cara visible de problema global, después de que un tribunal de Reino Unido sentenciase el pasado mes de diciembre que los altos niveles de polución que había en la zona donde vivía habían sido una causa determinante para su muerte. Se trata del primer caso en todo el mundo en el que la Justicia vincula un deceso con la mala calidad del aire.

madrid

09/02/2021 08:55

Por Alejandro Tena@AlxTena

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Este concepto representa a los astronautas y los hábitats humanos en el planeta rojo. El robot Mars 2020, de la NASA, llevará una serie de tecnologías que podrían hacer que ese cuerpo celeste sea más seguro y fácil de explorar. Foto NASA

El método utilizará zinc, un gran catalizador, señala experto // El proceso convierte el dióxido de carbono en metano

 

En la Universidad de California en Irvine descubrieron una forma más eficiente de crear combustible para cohetes con base en metano en la superficie de Marte, facilitando el viaje de regreso a la Tierra.

El sistema se presenta en forma de un catalizador de zinc de un solo átomo que sintetizará el proceso actual de dos pasos en una reacción de uno solo, utilizando un dispositivo más compacto y portátil.

"El zinc es fundamentalmente un gran catalizador", afirmó en un comunicado Houlin Xin, profesor asistente de física y astronomía. "Tiene tiempo, selectividad y portabilidad, gran ventaja para los viajes espaciales".

El proceso de creación de combustible con base en metano ha sido teorizado antes; primero por Elon Musk y Space X. Utilizaba una infraestructura solar para generar electricidad, lo que resultaba en la electrólisis del dióxido de carbono, que cuando se mezcla con agua del hielo que se encuentra en Marte produce metano.

Conocido como proceso Sabatier, se utiliza en la Estación Espacial Internacional para producir oxígeno respirable a partir del agua. Uno de los principales problemas es que es un procedimiento de dos etapas que requiere grandes facultades para operar de manera eficiente.

El método, desarrollado por Xin y su equipo, utilizaría zinc anatómicamente disperso para actuar como una enzima sintética, catalizando el dióxido de carbono e inicializando el proceso. Esto requerirá mucho menos espacio y puede producir metano de manera eficiente con materiales y en condiciones similares a las de la superficie de Marte.

"El proceso que desarrollamos evita el de conversión de agua en hidrógeno y, en cambio, convierte de manera eficiente el dióxido de carbono en metano con alta selectividad", señaló Xin.

Inconvenientes del hidrógeno líquido

Actualmente, los cohetes creados por Lockheed y Boeing utilizan hidrógeno líquido como combustible. Si bien es económico y eficaz, esa fuente tiene sus inconvenientes, pues deja residuos de carbono en el motor del cohete, que requiere limpieza después de cada lanzamiento; algo que sería imposible en Marte.

Space X y Elon Musk desarrollaron y prueban un motor a partir de combustible de metano, conocido como Raptor, que impulsará la próxima generación de naves espaciales de esa compañía llamadas Starship y Super Heavy. En este momento, ninguno ha entrado en órbita, y sólo uno ha tomado vuelo de manera constante.

A pesar del gran avance, el proceso desarrollado por Xin está lejos de ser aplicado. En la actualidad sólo tienen una "prueba de concepto", lo que significa que se ha probado en un laboratorio, pero no en las condiciones del mundo real (o del planeta). "Se necesita mucha ingeniería e investigación antes de que esto se pueda implementar por completo, pero los resultados son muy prometedores", señaló.

Durante el despegue de Larga Marcha 8 en el Centro de Lanzamiento Espacial de Wenchang, cuya misión inaugural fue enviar cinco satélites a su órbita.Foto Xinhua

El nuevo cohete portador de carga media de China, Larga Marcha 8, realizó su vuelo inaugural este 22 de diciembre, enviando cinco satélites a la órbita planificada desde la base de Wenchang.

Según la Administración Nacional del Espacio de China, el cohete tiene una longitud total de 50.3 metros, con una masa de despegue de 356 toneladas. Puede transportar una carga útil de al menos 4.5 toneladas a una órbita sincrónica con el Sol a una altitud de 700 kilómetros.

El cohete llena el vacío en la capacidad de lanzamiento de China a la órbita síncrona con el Sol de 3 a 4.5 toneladas, y es de gran importancia para acelerar la mejora de los vehículos de lanzamiento, según la agencia espacial, citada por Xinhua.

El cohete fue desarrollado por la Academia China de Tecnología de Vehículos de Lanzamiento, subsidiaria de la Corporación de Ciencia y Tecnología Aeroespacial de China.

Tiene una primera etapa de 3.35 metros de diámetro, una segunda de 3 metros, una de 4.2 metros de diámetro y dos impulsores adheridos de 2.25 metros de diámetro.

Adopta tecnologías utilizadas en los cohetes Larga Marcha 5 y Larga Marcha 7. Utiliza propelentes no tóxicos y no contaminantes.

Song Zhengyu, diseñador en jefe del cohete, explicó que el diseño sentará una base tecnológica para el desarrollo de cohetes grandes y pesados, en menor tiempo y reduciendo los costos.

El cohete puede enviar uno o varios satélites en un solo viaje, y puede realizar misiones de red de lanzamiento para satélites en órbita terrestre baja, según Wu Yitian, diseñador jefe adjunto del cohete.

Larga Marcha 8 es el primero de los cohetes portadores de China en adoptar la tecnología de control de empuje, que mejorará su adaptabilidad a diferentes misiones.

El lanzamiento del martes fue la misión número 356 de la serie de cohetes Larga Marcha

El presidente chino, Xi Jinping, pronuncia un discurso por video en la ceremonia de apertura de la 17 Exposición China-Asean.Foto Afp

Más allá del prosaico enfoque entreguista de "costo-beneficio", al que son adictos los colonizados neoliberales, ya había destacado la virtud "geoestratégica de las refinerías" cuando "las cinco más grandes refinerías en el mundo, de un total de 700 (sic), se encuentran en la región Asia-Pacífico: EU/China/Rusia/India/Japón" (https://bit.ly/2mnKUt3).

Entonces recalqué que "las refinerías no son un vulgar asunto de mercaderes y/o de costo-beneficio: pertenecen a la zona delicada de la seguridad nacional" (https://bit.ly/37dqtCR).

Si "no sirven" las refinerías, ¿por qué EU tiene 135?

Las 135 refinerías de EU están distribuidas en 30 estados, primordialmente en tres: Texas (47), Luisiana (19) y California (18). Cabe señalar que California constituye el primer PIB de EU y Texas el segundo lugar.

En búsqueda de su anhelada autarquía (https://bit.ly/3mg8oKD), China no desea depender más de la importación de gasolina/diésel y otros combustibles de Estados Unidos y está a punto de "eclipsar a EU como el mayor (sic) refinador de petróleo del mundo", según el neoliberal rotativo israelí-estadunidense Bloomberg (https://bit.ly/3l9W9Ol).

Pekín acaba de lanzar cuatro (sic) proyectos de refinerías debido a la espectacular demanda de plástico (sic) y combustibles tanto en China como en el resto de Asia, donde las "economías rebotan aceleradamente de la pandemia" del Covid-19, en contraste a las refinerías de EU y Europa que luchan por salir de su grave crisis económica.

Del producto de las nuevas magnificentes refinerías de China/India/Medio-Oriente, de 70 a 80 por ciento será enfocado al plástico (sic) y, por lo visto, pocos países desean depender del gas licuado y la nafta que exporta EU a Asia, donde impera la "popularidad de refinerías integradas" y no segregadas en etileno, propileno, nafta, etcétera.

Según la Agencia Internacional de Energía, EU había sido la principal refinadora "desde el inicio de la era petrolera a mitad del siglo XIX". ¡China "destronará a EU el año entrante"! –que, por cierto, inicia en 32 días.

Más allá de la inevitable transición a las energías alternativas –que el mismo Biden, hoy a sus 78 años, ha propuesto acontezca en los próximos 30 (sic) años–, el portal neoliberal Bloomberg comenta que "el ascenso de la industria refinadora de China, combinada con varias plantas nuevas y grandes en India (sic) y el Medio Oriente, reverberará en todo el sistema energético global".

Las dos terceras partes de las refinadoras europeas "no cubren sus costos", mientras la "capacidad de refinación china se ha casi triplicado (¡súper-sic!) desde el inicio del nuevo milenio conforme guarda el ritmo con el rápido crecimiento de su consumo en diésel y gasolina", por lo que se calcula que en 2025 procesará 20 millones de barriles al día (mbd).

Tampoco hay que perder de vista a India que alcanzará a refinar 8 mbd en 2025, prácticamente el doble de su presente capacidad, cuando construye su nueva mega-refinería (https://reut.rs/3q94sxC).

Con su profundo horizonte geoestratégico, China no deja las piezas sueltas al azar, después de su pésima vivencia del boicot de EU a su tecnología 5G, y hoy practica lo que denomina "pluralismo energético" –muchas veces ocultado como "reservas energéticas estratégicas" –cuando se ha posicionado también como la primera potencia en "energías renovables" ( https://bit.ly/3qahefc ), sin descuidar la inminente conversión a los vehículos eléctricos.

La instalación en Yulong (China), con capacidad de refinación de 400 mil barriles diarios, costará 20 mil millones de dólares (https://bit.ly/3q6wUQP).

En Estados Unidos, las mayores ganancias provienen de la refinación, más que de la extracción con su caníbal fracking que predomina en Texas (https://bit.ly/2JfY46S).

En México, el fracasado trío neoliberal panista Fox/Calderón/Anaya, que regaló el petróleo a Hillary Clinton con la antimexicana "reforma energética", vocifera cacofónicamente contra la refinería de Dos Bocas (Tabasco): tema en el que exhiben, más que su patética ignorancia, su lastimosa esclavitud mental con los refinadores de Texas.

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"Made in la Luna": descubren cómo convertir polvo lunar en oxígeno y metal

El hallazgo podría abrir la puerta a una amplia gama de productos fabricados en el satélite

"Representa un gran salto, nos acerca un poco más a poder mantener una vida a largo plazo en la Luna", dijo el responsable del proyecto ROXY. 

 

Un equipo de científicos de Alemania, Estados Unidos y España descubrió cómo convertir oxígeno y metales a partir de polvo lunar con un proceso denominado ROXY (acrónimo de "regolito a oxígeno"). Confían en que podría revolucionar la exploración espacial humana.

Después de dos años de desarrollo, el mes pasado se pudo demostrar el hallazgo durante una serie de pruebas en el laboratorio de Fraunhofer IFAM. Es un primer paso, pero también un punto de inflexión que abre el camino hacia un sistema operacional efectivo. El suministro de oxígeno para las misiones espaciales es una tarea tan desafiante como necesaria. El comunicado de Airbus Defence and Space explica que el nuevo proceso podría revolucionar la exploración fuera de la Tierra.

"El descubrimiento representa un gran salto, nos acerca un poco más al santo grial de poder mantener una vida a largo plazo en la Luna", dijo Jean-Marc Nasr, responsable de Airbus Space Systems. "ROXY es la prueba de que la colaboración entre la industria y la ciencia en el mundo pueden generar enormes beneficios tangibles. Ellos son los que seguirán expandiendo los límites de la exploración en el futuro", agregó.

El proyecto contó con científicos del Instituto Fraunhofer de Tecnología de Fabricación y Materiales Avanzados, IFAM (Alemania), la Universidad de Boston ( EE.UU.) y la empresa española Abengoa Innovación. En colaboración diseñaron una eficiente instalación de conversión de regolito a oxígeno y a metales.

Es pequeña, simple, compacta, rentable y, por lo tanto, ideal para futuras misiones de exploración. Como no necesita de materiales de la Tierra, excepto el propio reactor ROXY, podría ser el corazón de una cadena de valor integrada para producir una una amplia gama de productos "Fabricados en la Luna" ("Made on the Moon").

Estos podrían incluir metales, aleaciones y oxígeno. Combinado con hielo lunar, incluso sería posible producir combustible para cohetes a partir de polvo metálico ROXY.

28 de octubre de 2020

El vehículo, desarrollado por la empresa japonesa SkyDrive, estuvo en el aire unos 4 minutos con una persona a bordo.

La compañía japonesa SkyDrive Inc. informó este viernes que llevó a cabo una prueba exitosa de vuelo del nuevo modelo de su automóvil volador SD-03 con una persona a bordo.

El vuelo tuvo lugar este martes en un campo de pruebas de Toyota. Tras despegar, el monoplaza dio una vuelta por el predio, de 10.000 metros cuadrados, durante unos cuatro minutos. El piloto estaba a cargo de los controles, pero un sistema de mando asistido ayudó a asegurar la estabilidad y seguridad del vuelo, mientras que el personal técnico monitoreaba las condiciones de vuelo y el rendimiento de la aeronave.

"Queremos crear una sociedad en la que los coches voladores sean un medio de transporte accesible y conveniente para el cielo y en el que las personas puedan experimentar una nueva forma de vida segura y cómoda", afirmó el director ejecutivo de la empresa, Tomohiro Fukuzawa.

El SD-03 es el vehículo volador eléctrico "más pequeño del mundo" de despegue y aterrizaje vertical: requiere tanto espacio en el suelo como dos coches aparcados, reza el comunicado.

Hasta ahora, la aeronave solo puede volar entre cinco y diez minutos, pero si pudiera hacerlo durante 30 minutos tendrá más potencial, afirmó el gerente a AP y agregó que espera que el coche volador pueda ser lanzado para el 2023.

"De los más de 100 proyectos de coches voladores del mundo, solo un puñado tuvo éxito con una persona a bordo", subrayó Fukuzawa.

El proyecto SkyDrive comenzó como una 'start-up' llamada 'Cartivator' en el 2012, con financiación de las principales empresas japonesas, incluyendo a Toyota, la empresa de electrónica Panasonic y el desarrollador de videojuegos Bandai Namco.

30 agosto 2020

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