Jueves, 15 Noviembre 2018 08:02

Por la Universidad que queremos

Domingó, de la serie “Fugitivos del miedo” (Cortesía del autor)

La crisis de la Universidad en Colombia es más que financiera, es, a todas luces, la manifestación de la ausencia de un proyecto nacional que le brinde sentido al qué y para qué formar profesionales en las distintas disciplinas y áreas del saber. Al así ser, y ante la ausencia de una verdadera universidad pública, cada uno trata de formarse, a costa de endeudarse y endeudar a su familia por décadas, como simple recurso para un mejor trabajo y una mejor remuneración.

 

Desde hace 25 años la universidad pública en Colombia sufre una crisis financiera creciente, estructural. Esto en el marco en el que la inmensa mayoría de ellas, tanto buenas como de garaje, son privadas. Sin embargo, en verdad, la desfinanciación de la universidad pública no es una crisis: es tan sólo el síntoma de una enfermedad.


Sostener que tal crisis responde a desfinanciación es cierto, pero apunta en la solución equivocada. Si la solución fuera simplemente financiera, basta un administrador o un economista o un financista para resolver el problema; y claro, un montón de dinero suficiente, o necesario. El problema es bastante más serio. Se trata del problema del futuro en el país.


El hecho de que el Estado (o los gobiernos nacionales) no financien la Universidad pública se traduce en un apoyo a la universidad privada, en una cooptación de la capacidad crítica de profesores y estudiantes, en fin, en el hecho de que para tener futuro, los jóvenes y sus familias deben pagar por él.


Breve marco histórico de 25 años de desfinanciación de la Universidad pública


Si es cierto el dato que la desfinanciación lleva 25 años esto nos remonta al año 1997. Muchas cosas sucedían alrededor de esa época en el país. Políticamente, quizás la más profunda era la consolidación de los grupos paramilitares, la eliminación de toda forma de protesta, la cooptación de la disidencia y el imperio del miedo y de la muerte. Lo cual, claro, se traduce en muertes, amedrantamiento y silencio. De allá a hoy se trata de los gobiernos Pastrana, Uribe I y II, Santos I y II y lo que va corrido de Duque. Gobiernos de derecha y de extrema derecha, dígase lo que se diga.


En ese lapso, asistimos al asesinato de profesores críticos e independientes en los mismos campus universitarios; muchos defensores de Derechos Humanos sufrieron igual suerte, la crítica es suprimida. Al mismo tiempo, los consejos estudiantiles son suprimidos a sangre y fuego, esos que fueron alguna vez los pulmones de la democracia en Colombia. Al mismo tiempo, la Universidad privada no sabe y nunca ha sabido de consejos estudiantiles.


De manera paulatina, acaso subrepticiamente, se impone la administración sobre la academia. Métodos y procesos administrativos presuntamente corresponden a la complejización de la vida universitaria, de tal suerte que, grosso modo, en las universidades públicas se llega a la idea de que una tercera parte del tiempo es para docencia, una tercera parte para investigación y una tercera parte para trabajo administrativo (reuniones, etc.). Mientras tanto, en las universidades privadas se llena a los profesores de docencia, reduciéndoles el tiempo para la investigación, peor, pidiéndoles al mismo tiempo producción intelectual.


Por los resquicios, con el tiempo, se introduce la idea –perversa por gratuita– de los escalafones y las acreditaciones. La casi totalidad de las universidades trabajan para lograr acreditaciones y para entrar en los escalafones del caso. Jamás ha habido una voz pública que cuestione la necesidad o la lógica de los escalafones. En América Latina, la Unam de México constituye un ejemplo de dignidad y soberanía: no se definen por ningún escalafón y no trabajan para los escalafones. Ella misma se acredita por su calidad a sí misma. Un signo evidente de autonomía.


En ese período de 25 años el paramilitarismo opera abierta y subrepticiamente. Por ejemplo, nunca se ha hecho una reflexión pública sobre el hecho de que las tres universidades privadas más prestigiosas de Bogotá lograran un acuerdo de silencio acerca de la existencia de fuerzas paramilitares al interior de ellas. El país ha olvidado, o el miedo ha permeado a las instancias de la sociedad.


(Hay que recordar que S. Mancuso afirmó en una ocasión que todos los gremios habían apoyado al paramilitarismo; ni uno solo se había abstenido de apoyarlos de una forma o de otra. ¿Esto debería incluir a la industria de la educación, notablemente, a la educación privada? El silencio reina y ni una sola voz se escucha públicamente, por ejemplo, al interior de estas tres universidades privadas).


Al cabo, se creó el programa “ser pilo paga” , con la apariencia de favorecer a las poblaciones más desfavorecidas, pero con la finalidad real de beneficiar a la universidad privada, muy ampliamente, por encima de la universidad pública.


En resumen, se ha disociado la vida académica de la vida nacional y la vida política. Así, por ejemplo, la economía perdió en la Universidad el estudio de las relaciones entre economía y sociedad o economía y poder y entró a dominar, muy ampliamente la microeconomía. La sociología desapareció durante mucho tiempo de las universidades, y tan sólo hace poco ha comenzado a ser reivindicada, como carrera y como proyecto de investigación. La política se transformó en ciencia política (policy, policies) potenciando la creencia que la política era sólo un asunto de políticas públicas y de gobernabilidad. La carga emancipatoria de la política fue eliminada. La comunicación social se transformó en el trabajo entorno a los medios masivos de comunicación olvidando formas de periodismo independiente, y la importancia de la comunicación para los procesos sociales. En fin, Derecho perdió su capacidad crítica y terminó concentrándose en mecanismos constitucionales y en la predominancia del derecho privado.


Asimismo, en campos como la administración el paradigma ha llegado a ser el emprendimiento, en la ingeniería la transferencia de tecnología. En medicina predomina el modelo epidemiológico que es eminentemente foráneo y desatiende la cultura, el medioambiente, la economía y la sociología. La arquitectura, por regla general nada sabe o dice acerca de la arquitectura vernácula; sus modelos son los otros, los importados, los eficientistas.


Muchos otros ejemplos y casos podrían mencionarse. El punto es que la crítica, la independencia, la acción colectiva y la autonomía que ponen en el foco de la mirada a las gentes, se diluyó en favor de cuestiones puramente técnicas y políticamente neutras o inocuas.


En las universidades privadas se impuso la administración total, los académicos e investigadores pasaron a convertirse en sucedáneos de cara a los rankings y los escalafones, y la carga política de la ciencia pasó a un segundo plano, primando la docencia, la curricularización de los programas, los métodos administrativos de control y evaluación.


Dicho sin más, los intelectuales en general en el país desaparecieron, y se convirtieron en profesores y asalariados, con lo cual su impronta de independencia y autonomía fue cooptada y silenciada. Los intelectuales de hoy son profesores, pero sobre ellos cuelga la espada de Damocles de la persecución, el silencio y la eliminación.


Jamás habrá que olvidar que el principal asesor teórico de Uribe I escribió: “Los enemigos del Estado son en primer lugar la guerrilla y los auxiliadores de la guerrilla; en segundo lugar las ONGs, en particular las defensoras de derechos humanos; y en tercer lugar los profesores e intelectuales”. Desde aquella época a la fecha, nada ha cambiado oficialmente en el guión oficial.


Globalmente dicho, los profesores no deben pensar: deben producir artículos, libros y ponencias, por ejemplo; y los estudiantes tampoco deben pensar; simplemente deben estudiar para graduarse. El pensamiento ha sido desviado a lugares secundarios porque lo que ha llegado a primar es la productividad y el conocimiento.


La socióloga S. Sassen ha demostrado que el capitalismo corporativo –es decir, ese mismo que les hace creer a las universidades que son “instituciones”– ya no mata físicamente a la gente. Simplemente la deja morir. Y a eso lo denomina Sassen necropolítica. Pues bien, análogamente, el Estado no elimina la educación pública, simplemente la deja pervivir, agónicamente, apenas en el límite. En el marco de estos 25 años la educación pública ha sido desfinanciada: ¿Es casualidad?


Mirando hacia el futuro


El hecho de que buena parte de los estudiantes colombianos, y sus familias, opten por la educación privada a costa de la pública significa por lo menos dos cosas: la gente prefiere pagar por su futuro y comprarlo, al precio que sea, con tal de tener un futuro (posible). Asimismo, el Estado (o los gobiernos) desfinancian la educación pública afectando así seriamente su calidad, porque no cree en el futuro y porque no le ofrecen ningún a los jóvenes. Vivimos un Estado que descree del futuro porque de darse puede ir en contra de sus intereses.


Un futuro que implica que la Universidad pública sea gratuita; efectivamente gratuita. No puede dejarse pasar que los pregrados cuestan hoy y cuestan bastante más que hace 25 años, y los costos de los postgrados, incluidos los doctorados son enormes, para ser universidades públicas. Todo ello como resultado obvio de la sutil pero efectiva infiltración sufrida por la universidad pública de de la privatización –por la puerta de atrás–, realidad sobre la que los propios estudiantes, en las protestas recientes, no parecen decir una sola palabra. Como si pagar por la educación pública estuviera justificado. Un contrasentido a todas luces.


El principal problema de la educación, en E.U., Inglaterra, Chile o Colombia, por ejemplo, es el muy alto endeudamiento que las familias adquieren para que algunos o todos sus miembros puedan estudiar; en los niveles de pregrado o de postgrado. La educación como un derecho fundamental está reducida a letra muerta, pues ese derecho pasa por el endeudamiento a largo plazo, con todo lo que ello implica.


De este modo, el primer punto de la universidad pública que queremos es que debe ser efectivamente gratuita. Y en el peor de los casos, los pagos deben ser correspondientes a un cierto porcentaje en función de la declaración de renta.


Educación que debe garantizar, en primera instancia, calidad, es decir un profesorado con formación de primer nivel la cual es la piedra angular de las universidades (Hay universidades privadas que sostienen lo contrario, que la calidad es la de los estudiantes. Lo que esconde un discurso semejante es que el futuro de las universidades es el número de matrículas, y que los profesores deben subsumirse a la administración). De este modo, el principal esfuerzo consiste en tener un profesorado de la máxima calidad, con las mayores y mejores garantías de docencia y de investigación. Sin ambages: la administración debe estar al servicio de la academia, y no al revés. Un administrativo, cualquiera que sea no debe decirle a un académico lo que debe hacer y lo que no.


Es un proceso formativo que debe estar integrado a una vida universitaria intensa, que desboque el debate, la curiosidad por el conocimiento, la vida y la creación cultural, para vivir la universidad. Contrario a ello, la inmensa mayoría de los estudiantes, si les va bien, entran a una carrera, y salen, al cabo de una carrera. Pero por ello pasaron por la Universidad. Las facultades, carreras, programas y departamentos operan como nichos aislados, al margen de lo que acontece en la vida académica en otras instancias. La Universidad debe poder ofrecerles la Universidad a los estudiantes, y no su carrera.


La interdisciplinariedad debe ser un ambiente y una práctica corriente al interior de la misma. Hoy por hoy está muy lejos de serlo. Particularmente en las dominantes, que son las universidades privadas, la interdisciplinariedad es vista como un asunto subversivo… ¡porque sí lo es! El diálogo de saberes, el diálogo de civilizaciones, la apertura de las ciencias y disciplinas debe ser el motor del conocimiento. Este es aún sueño.


De esta manera, la principal función de la Universidad debe ser la de pensar el país –en el marco del continente, y del mundo, naturalmente. Por tanto, también, necesariamente, en el contexto de la historia. Hay universidades privadas que en sus postgrados sólo incluyen bibliografía en ingles de autores foráneos. Y piensan la antropología, o la ciencia política o la economía con base en autores extranjeros. Ni tanto que queme al santo ni tan poco que no lo alumbre, decían las viejitas.


Pensar el país significa estudiar e investigar todas las maneras de exaltar y hacer posible la vida, tanto como sea posible. Y absoluta y necesariamente, las universidades deberían tener excelentes bibliotecas, bases de datos, hemerotecas, videotecas, y demás. Acogiendo a lo mejor del conocimiento de la humanidad, sin preferencias ni jerarquías. Pero ante todo, por encima de cualquier otra consideración, los gobiernos nacionales, departamentales y municipales, según el caso, deberían respetar la autonomía universitaria, en toda la línea de la palabra. Queremos y necesitamos universidades autónomas. Con calidad, socialmente responsables, políticamente comprometidas con la sociedad, pero autónomas.


El conocimiento es un problema a largo plazo, como la vida misma. En consecuencia, sin desatender a los avatares de cada día, las universidades deberían poder establecer planes educativos y de investigación a largo plazo; a muy largo plazo. Exactamente en este sentido, los entes gestores del conocimiento deben apoyar absolutamente la investigación básica, sin menospreciar en modo alguno la investigación aplicada y la experimental. En el país, la investigación básica es aún una promesa por cumplir, en todas las escalas y lugares.


La financiación de la educación pública en general debe ser una sola cosa con las políticas sociales; de salud y de vivienda, por ejemplo. Y el presupuesto militar y de defensa debe ser inferior al de educación, y al de ciencia y tecnología. Con un elemento adicional: en Colombia el presupuesto público, desagregado, debe ser público; esto es, conocido, discutido, socializado. Algo que jamás ha sucedido en la historia del país. Esta es una tarea inmediata e inminente de áreas como la economía, la administración, las finanzas, los estudios políticos, notablemente. Debe promoverse la creación de grupos de investigación que hagan de este tema el centro de sus agendas. Al fin y al cabo los presupuestos de la nación son públicos y el Estado y el Gobierno son simplemente gestores del mismo; ese dinero le pertenece a la nación, y la sociedad debe tener total conocimiento del mismo.

 

Experiencias de otras universidades en el mundo

 

Son muchas las experiencias de otras universidades en el mundo, de las cuales las universidades en Colombia y en América Latina deben poder aprender.


Hay universidades de élite mundial que tienen una oficina de retención de profesores. La idea es consentirlos tanto como se pueda porque son objeto de robo por parte de otras universidades. Esto genera políticas de bienestar reales. Es una de las facetas del capitalismo académico.


Un profesor titular en algunos países es un profesor, literalmente, con todos los derechos y sin ninguna obligación. Porque ya se han ganado los derechos correspondientes. Ellos son el motor de la vida académica e investigativa.


Se trata de lecciones desprendidas de algunas de ellas nos indican que aquellas que tienen un hospital universitario deben ofrecerlo totalmente a sus integrantes: administrativos, profesores y estudiantes. Además, naturalmente de ser un hospital para la sociedad y el país. La disociación de políticas administrativas y académicas de un lado, y de salud, por otro, es indeseable y trae consecuencias nefastas.


Otras universidades nos legan la lección que todas deberían poder ofrecer distinto tipos de becas: por rendimiento académico, por historial del estudiante o el profesor, por méritos artísticos o bien también por méritos deportivos. Un sistema semejante sólo puede favorecer a quienes reciben esas becas, a sus núcleos familiares y al conjunto de la sociedad. En el país sigue habiendo una separación fuerte entre conocimiento intelectual y capacidades artísticas y deportivas.


En condiciones de restricciones económicas hay universidades, en una misma ciudad, que logran acuerdos para comprar libros de forma mancomunada, para ofrecerlos a los estudiantes y profesores del conjunto de universidades involucradas. Esto permite combinar eficiencia económica con la adquisición de lo mejor del conocimiento de punta en todas las áreas del conocimiento. Lo contrario es la canibalización recíproca de las universidades y la incapacidad de vivir y de trabajar en términos de redes.

 


 

Recapitulando


La Universidad que queremos es un sueño inacabado e incompleto. Nunca será posible hacer una lista de las necesidades y deseos. Por ello mismo, el tema mismo de la Universidad que queremos debe ser el objeto de discusiones argumentadas.


En cualquier caso, es cierto que el joven piensa con el deseo, mientras que el adulto y el anciano proceden con base en la experiencia y en los datos. La Universidad es el ámbito donde se dirimen distintas generaciones, profesores consagrados con mucho prestigio nacional e internacional, y jóvenes ávidos de nuevos conocimientos y posibilidades. Ninguna parte tiene por sí misma toda la razón. La Universidad es el espacio donde las tensiones generacionales se dirimen en la dirección que apunta a la exaltación y al posibilitamiento de la vida, que son exactamente el posibilitamiento y el respeto al conocimiento.


En Colombia parece predominar una mentalidad de narcotraficante: el camino fácil, el camino corto, la eficiencia y la eficacia, la lealtad ante todo, la incapacidad para decidir por sí mismos. Estos factores se encuentran entre las razones, históricas de la violencia. Y todo ello se caracteriza por una ausencia de respeto al conocimiento. Irrespeto que es, sin dudas, la principal característica de las élites gobernantes en la historia del país, lo que se traduce en la subvaloración de la educación en general, el desfinanciamiento de la universidad pública, en fin, la crisis de la Universidad. Lo demás, son consecuencias de este fenómeno: la corrupción galopante, la inseguridad jurídica, las asimetrías profundas de información en el país, la violación sistemática de los Derechos Humanos, el extractivismo y la violencia contra la naturaleza, por ejemplo.

Estudiantes. A parar para avanzar. ¡Viva el paro nacional!

Continúa el paro nacional universitario en pos del cumplimiento del pliego nacional de exigencias de los estudiantes de educación superior.


En medio de movilizaciones que recorren las principales ciudades del país, el pasado 8 de noviembre estudiantes y profesores marcharon exigiéndole al Presidente de la República sentarse a la mesa de negociación y realizar las acciones necesarias para solucionar la grave crisis que afecta al sistema de educación superior. Oídos sordos. La falta de voluntad política de la administración lleva a la prolongación de la protesta y del paro.


Estas movilizaciones se presentan luego de que el martes 6 de noviembre el frente amplio por la defensa de la educación superior, integrado por estudiantes y profesores universitarios se levantara de la mesa de negociación instalada con el Ministerio de Educación y delegados del Gobierno central.


En un comunicado de la Unión Nacional de Estudiantes de Educación Superior –Unes– declaran que “el gobierno y el ministerio no tienen voluntad política” de negociar y encontrarle soluciones a las demandas del sector educativo.


Mesa de negociación


La mesa de diálogo para la construcción de acuerdos y soluciones que permitan resolver la situación actual de la educación superior, es un espacio de negociación entre estudiantes, docentes universitarios, gobierno y el Ministerio de Educación, acordada el pasado 1 de noviembre luego de las movilizaciones que desde septiembre adelantan los estudiantes, transformadas en el paro nacional estudiantil decretado el 11 de octubre por las 32 universidades públicas, con la demanda de que el gobierno atienda al pliego nacional de exigencias de los estudiantes, así como las exigencias de los profesores universitarios.


Estudiantes y profesores se levantaron de la mesa al considerar que no hay condiciones para la negociación. Paulina Andrea Farfan, estudiante de la universidad pública y quien participa de la Unees nos dijo que: “se le pregunta al viceministro si hay voluntad política de revisar otras fuentes de financiación de donde sacar el presupuesto que exigimos, y el viceministro responde que no hay voluntad política, nosotros ya tenemos un acuerdo con los rectores; y entonces, todos los estudiantes y profesores deciden levantarse de la mesa, pues lo que se decida allí no tiene carácter vinculante”.


El viceministro se refiere al acuerdo firmado el 26 de octubre entre los rectores de universidades públicas y el Presidente (1), donde se anunciaron recursos adicionales para los próximos 4 años, que suman entre 1.8 y 2.2 billones, de los cuales 1.2 billones ingresarían para inversión e infraestructura y entre 0.55 y 1 billones para funcionamiento. Dinero que está muy distante de los 21 billones que necesita el sistema para saldar su déficit histórico en infraestructura y funcionamiento. Particular sobre el que la Asociación nacional de profesores universitarios –Aspu– considera que “es un muy mal acuerdo, porque no permite superar los principales factores de crisis en orden a garantizar el cumplimiento de las funciones de docencia, investigación y proyección social” de las instituciones de educación superior, así lo hicieron saber en un comunicado del 27 de octubre (2).


Por su parte Beatriz Martínez, representante de los profesores ante el Consejo superior universitario de la UN dice, con respecto al acuerdo entre rectores y gobierno: “Al final de este cuatrienio se va a recibir apenas la tercera parte de lo que debía ingresar y ya aprobado por la reforma tributaria del orden de 6.5 billones de pesos”. Lo que implica que lo generado con esta negociación es una pérdida de recursos logrados en anteriores negociaciones, a saber, las negociaciones y logros en recursos adicionales alcanzados con el anterior gobierno e integrados en la ley 1819 de 2016, o reforma tributaria.


Hay que recordar que con la reforma tributaria de 2016 se agregan tres artículos que destinan nuevos recursos a las 61 instituciones de educación superior pública con que cuenta el país (3). Se estima que son cerca de 2.8 billones de pesos lo recaudado hasta el momento: 1.4 billones en 2017 y otro tanto en 2018; de los cuales solo llegaron 170 mil millones en 2017 y 100 mil millones en 2018, según lo indica Pedro Hernández Castillo presidente nacional de Aspu. El resto de recursos a ¿dónde fueron a parar?, ¿Con la reforma tributaria que ahora pretenden, se mantienen los acuerdos logrados o se eliminan estos recursos adicionales para la educación superior?


Para aclarar estos interrogantes, así como para conocer su opinión respecto a la suspensión de la mesa de negociación, nos tratamos de comunicar con el Ministerio de Educación y la respuesta de la oficina de comunicaciones es tajante: “[…] la única información disponible se encuentra en el comunicado del 7 de noviembre, donde se hace un recuento de lo pactado con los rectores”; con respecto al pliego de petición de los estudiantes no hubo respuesta.


Un movimiento en renovación


Fruto de dos encuentros nacionales de estudiantes de educación superior –Enees–, realizados en marzo y septiembre del presente año, nace la Unión Nacional de Estudiantes de Educación Superior –Unees– (4) que construye el pliego nacional de exigencias que incluye 10 demandas para la financiación, acceso a la educación, democracia y autonomía de las instituciones de educación superior (5).


Pliego que propende por la construcción de una educación superior al servicio de las nuevas generaciones, con pertinencia social, que brinde garantías de acceso, permanencia, y proyección. En esta ocasión este movimiento está integrado por estudiantes de universidades públicas junto a los adscritos a las universidades privadas, y centros técnicos y tecnológicos públicos.


El movimiento estudiantil en Colombia se remonta a inicios del siglo XX, las movilizaciones más recordadas son las del 1970 y 2011. Ya son 100 años de movilizaciones y paros, las enseñanzas son bastantes y se renuevan con cada nueva generación de estudiantes; uno de los retos que siempre los acompañan es el de conectarse y saber llevar su mensaje al cojunto social, aclarando que protestan por derechos no cumplidos y no por simple rebeldía. La necesidad de una educación púbica universitaria y superior de verdad pública, es decir, gratuita y universal, es algo que está en deuda de que el conjunto de la sociedad colombiana acepte y acompañe en esa lucha a quienes llenan las aulas.


El de ahora es un movimiento que gana en conocimiento de causa, soportando sus demandas en estudios sesudos, que en cada reunión sus voceros saben explicar. Tal vez el Gobierno ha reconocdo este conocimiento de causa de parte de su contraparte y por ello no ve con malos ojos que la mesa de negociación no funcione.


Con sus estudios han demostrado que sus demandas pueden cumplirse, siempre y cuando haya compromiso de parte de la actual administración; los recursos necesarios se encuentra en la reducción de la corrupción, acabar con las exenciones fiscales que benefician a grandes grupos económicos, la recuperación de dineros en paraísos fiscales, la reducción del presupuesto para la guerra, detener los programas de financiamiento con dineros públicos al sector privado de la educación, pago de impuestos con visión progresiva, y cumplimiento de los acuerdos ya firmados destinados a financiar la base presupuestal de los centros de educación, entre otras alternativas.


El accionar del movimiento estudiantil demuestra a la sociedad colombiana que han madurado en la comprensión de la realidad de la educación superior, entendido el momento, por lo que, enfatizan, hay que parar ya el modelo mercantil impuesto por grandes grupos económicos al sistema educativo, que la educación se preste en las mejores condiciones posibles y que permita al estudiante educarse para construir un mejor país.


Reconocen que el nuevo gobierno, hasta el momento se está posesionando pero, como lo refiere Juan Esteban Hernández estudiante de ciencias económicas de la UN sede Bogotá “al asumir el cargo debe estar en las condiciones para abrir una mesa de negociación para hablar con los estudiantes y para llegar a un acuerdo, no es simplemente hacerse a un lado y dejarnos a nosotros en las mismas”; por lo que instan a que en la mesa de negociación se discutan con seriedad y compromiso propuestas del pliego nacional.


Ahora reconocen y asumen que es necesario unir fuerzas entre los diferentes sectores públicos y privados, técnicos y tecnológicos, estudiantes y docentes en busca de un escenario de diálogo y negociación donde se puedan concertar las demandas de cada uno, que los estudiantes de universidades privadas estén sentados con los de educación pública es un gran avance para la comprensión de que la lucha se da en diferentes sectores respetando las diferencias, que el trabajo en pro de la educación debe ir acumulando fuerzas, la movilización, el paro, y el diálogo deben ir aunados en un esfuerzo de trabajo conjunto.


Visita Maluma la casa de Nariño y los estudiantes no


El Gobierno, desconociendo el papel de esta juventud en las movilizaciones y las reivindicaciones por la educación superior, hábilmente convoca a los rectores, negocia a puerta cerrada y presenta ante la opinión pública como zanjado el paro estudiantil, como lo refiere Alejandra Cifuentes una ciudadana que ante las movilizaciones del 8 de noviembre en la ciudad de Bogotá, pregunta: “acaso el gobierno no había solucionado ya esto”, confusión comprensible si, además, se revisa la forma cómo los medios de comunicación oficiosos han reportado las manifestaciones y la negociación estudiantes- gobierno.


El Presidente no se reúne con los estudiantes pero sí con el cantante Maluma, en un esfuerzo mediático por sintonizar con la juventud del país. Un esfuerzo sin resultados pues no logra romper la protesta en curso. Por su parte el Ministerio sí se reune pero sin brindar alternativas ni propuestas adicionales a lo pactado con los rectores.


El paro, por las semanas que ya acumula, pone en riesgo la continuidad del semestre académico, y con ello presionan los rectores: buscan romper la undiad estudiantil. Como también busca el Gobierno y los medios de comunicación romper las amplias simpaatías logradas por esta lucha entre el grueso de la sociedad. Es un momento de intensa tensión.


Los más activos de cada uno de los centros educativos sabe esto, como también reconocen que el tiempo –final de año– corre en contra de ellos. Hay que maniobrar, y así obran. Las discusiones en cada centro de estudio están abiertas. El próximo 15 del mes en curso volverán a las calles, esta vez para acompañar a los trabajadores en la lucha contra la reforma tributaria.


Luego de estos meses de intensa movilización estudiantil, hay que denunciar el silencio cómplice de los rectores, así como su forma de proceder con la cual le hacen el juego al gobierno, al tiempo que quiebran cualquier posibilidad de parir una democracia de nuevo tipo en nuestro país, que pasando por los campus del saber aborde otras formas de discutir y decidir, donde unos pocos dejan de decidir por todos, donde la rectoría, como una instancia de dirección, se pliega a lo que decidan sus “dirigidos”, dejando a un lado los pergaminos que supuestamente los han llevado al trabajo que hoy tienen. El mejor saber, sin duda, es reconocer que la mejor forma de mandar es obedeciendo.

 

1- Siete rectores de universidades públicas se negaron a participar en la reunión, y el rector de la Universidad Pedagógica se negó a firmar el acuerdo final
2- ASPU, Posición de Aspu sobre acuerdo Gobierno-Rectores https://aspucol.org/posicion-de-aspu-sobre-acuerdo-gobierno-rectores/
3- Ley 1819 de 2016, artículos 102: tarifas de impuesto sobre la renta se destina 1.4% para el Sena y el 0.6 para instituciones de educación superior e Icetex; art 142: el 5% de los excedentes de cooperativas del fondo de educación y solidaridad deberá ser destinado a financiar cupos y programas de educación superior pública; art 184: impuesto IVA se destinará 0.5% a la educación superior y 40% del mismo a instituciones de educación públicas. http://es.presidencia.gov.co/normativa/normativa/LEY%201819%20DEL%2029%20DE%20DICIEMBRE%20DE%202016.pdf
4 – Declaración Política Enees 2.0 https://www.facebook.com/UNEES.COL/photos/a.145142972824967/237140343625229/?type=3&theater
5 – Pliego nacional de exigencias https://www.facebook.com/UNEES.COL/photos/a.145142972824967/237778233561440/?type=3&theater


Cronología


17-19 de marzo, primer encuentro nacional de estudiantes de la educación superior
25 de abril: marcha de antorchas
14-17 de septiembre: segundo encuentro nacional de estudiantes de la educación superior –Unees 2.0
17 de septiembre: nacimiento de la Unees
27 de septiembre: pliego nacional de exigencias
8-12 de octubre: semana de la indignación
6–7 de octubre: encuentro nacional de delegados
11 de octubre: inicio paro nacional
10, 17, 27 de octubre: marchas de carácter nacional
15 de octubre: encuentro nacional de estudiantes –Enees, emergencia A
30 de octubre: frente amplio por la educación superior: Unees, Acress, Fenares, Aspu, Asoprudea, Departamento nacional de planeación, Ministerio de Educación Nacional
31 de octubre: marcha movilización nacional
1 noviembre: creación de la Mesa de diálogo para la construcción de acuerdos y soluciones que permitan resolver la situación actual de la educación superior
6 de noviembre: suspención de la Mesa de diálogo para la construcción de acuerdos y soluciones que permitan resolver la situación actual de la educación superior
8 de noviembre: movilización nacional

 

Publicado enColombia
Acuerdo entre Gobierno y rectores es arbitrario

El pasado 25 de octubre el gobierno nacional, en cabeza del presidente Iván Duque y la ministra de educación María Victoria Angulo acordaron, con 25 de los 32 rectores del Sistema Universitario Estatal (SUE) y de la Red de Instituciones técnicas, tecnológicas y universitarias, un aumento de los recursos destinados a las IES públicas. Sin embargo, el acuerdo no contempla la solución a los problemas estructurales de las universidades públicas; mucho menos mitiga la crisis de la educación superior en Colombia.

 Desconociendo el arduo trabajo del movimiento estudiantil para informar y convocar a la ciudadanía para que se sume a la demanda del financiamiento adecuado para el conjunto de las Instituciones de Educación Superior (IES), así como la organización de docentes, trabajadores y trabajadoras de las IES estatales, 25 rectores/as del SUE firmaron un acuerdo que no cumple ni la mitad de los 10 puntos planteados en el pliego de exigencias elaborado de manera conjunta por estudiantes, trabajadores/as y docentes de la educación superior. Dicho acuerdo tampoco responde a los estudios elaborados por el SUE que cuantifican la magnitud del déficit financiero de las IES oficiales; particularmente el de las universidades estatales

Un acuerdo, además, que dilata en el tiempo una improbable solución para la problemática que ha motivado la protesta estudiantil y de otros estamentos de los centros de estudio. En el mismo, el Gobierno se comprometió a que “durante este período de gobierno, las transferencias de la Nación para funcionamiento de las instituciones de educación superior públicas crecerán en un IPC más tres puntos porcentuales en el año 2019 y en IPC más cuatro puntos porcentuales en los años 2020, 2021 y 2022”.

No obstante, Adolfo Atehortúa, exrector y ahora profesor titular de la Universidad Pedagógica Nacional, junto con Juan Carlos Yepes, Luis Fernando Marín y Luis Orlando Aguirre, profesores titulares de la universidades de Caldas, Quindío e Industrial de Santander, respectivamente, en carta dirigida al gobierno nacional señalaron como urgente, una “adición presupuestal, inmediata y a la base, para todas las universidades estatales superior a 5 puntos del IPC 2017[…]” esto para apenas “[…] cumplir con sus obligaciones establecidas a 2018, suplir en parte la crítica situación que atraviesan, y culminar con normalidad sus actividades académicas en el presente año”.

Además, el compromiso sólo contempla el periodo de 4 años de gobierno, cuando el requerimiento del movimiento estudiantil está orientado a la reforma de los artículos 86 y 87 de la Ley 30 de 1992, pues “el presupuesto anual de las universidades debe incrementarse, como mínimo, en 6 puntos por encima del IPC. Así mismo, debe determinarse un porcentaje progresivo dedicado a la inversión que, tal como lo propuso el Ministerio anterior, debe iniciarse con un mínimo de 10 puntos. Simultáneamente se debe crear, por una sola vez, un rubro destinado a la recuperación y ampliación de la planta física de las universidades estatales, el cual podrá́ entregarse programada y secuencialmente”.

Contrario a esto, el Gobierno sólo ofreció: “Los recursos para inversión con cargo al presupuesto Nacional llegarán a $300 mil millones anuales para las instituciones de educación superior públicas, sumando $1,2 billones adicionales para los 4 años de gobierno”. Es decir, no hay una medida progresista que asegure el sostenimientos de las IES estatales en el futuro.

En el acuerdo también quedó suscrito que “a partir del año 2019, el Gobierno Nacional incorporará los recursos de los excedentes de cooperativas establecidos en el artículo 142 de la reforma tributaria del año 2016 para el fortalecimiento de la educación superior pública” e “impulsar, con el concurso de los gobernadores, alcaldes y el Congreso, en el marco del Presupuesto Bienal de Regalías la destinación de $1 billón de pesos que permitirá en los años 2019 y 2020 contar con recursos que fomenten la inversión en infraestructura orientada al mejoramiento de la calidad de las instituciones de educación superior públicas”. Sin embargo, estos compromisos son abstractos y de resultados inciertos si de asegurar recursos para la base presupuestal de las universidades y demás IES estatales se trata.

Hay que decir además, que en el acuerdo no entran en consideración otras exigencias fundamentales establecidas por el movimiento estudiantil y las organizaciones de docentes universitarios, como:

• La reliquidación de las deudas de los estudiantes con el ICETEX con tasa real de interés en 0%, condonación para los estudiantes de programa Ser Pilo Paga, incluyendo a quienes hayan desertado del programa y garantías de permanencia y graduación a los estudiantes que accedieron a dichos créditos.

• Congelamiento inmediato de las matrículas en las IES de carácter privado.

• El aumento del presupuesto para Colciencias en un 100% con base al presupuesto asignado a Colciencias para el año 2018. Exigimos el cambio en los criterios de medición y asignación de recursos de Colciencias, que fortalezca todas las agendas investigativas incluyendo las Humanidades, el Arte y las Ciencias.

• Mantenimiento de los recursos del Servicio Nacional de Aprendizaje SENA, el respeto por su visión y misión y la conformación de una mesa que agrupe varios sectores para la construcción de un modelo de integración del sistema nacional de Educación Superior.

• Derogación de la Ley 1911 de Financiación Contingente al Ingreso.

• Retornar a su destino original y prioritario el 40% del medio punto de IVA Social, el porcentaje destinado a ese mismo rubro en el Impuesto a la Renta y Complementarios (Antiguo Cree), y una suma equivalente al excedente cooperativo.

• Reversar, a través de la ley, los efectos regresivos de la Reforma Tributaria que afectaron seriamente los ingresos y la calidad de vida de los profesores universitarios y ponen en peligro la estructura institucional universitaria, en tanto lesionan la eficacia de las primas técnicas como estímulo para los cargos directivos y el ajuste de los puntos salariales que incentivan la producción académica. Por consiguiente, resulta indispensable modificar los artículos 336 y 388 de la ley 1819 de 2016 para que, en la práctica, los gastos de representación como renta exenta se preserven en el marco de los mandatos legales y constitucionales.

• Revertir las iniciativas tendientes a modificar estructuralmente y de manera unilateral el Decreto 1279 de 2002 y contemplar, de forma precisa, la modificación específica de dicha norma en aspectos puntuales que mejoren las condiciones laborales y prestacionales de todos los docentes, incluidos planta, ocasionales y catedráticos, en aplicación del principio de progresividad y no regresividad en materia laboral, y con entera disposición presupuestal a la base de las universidades estatales.

• Reformar el contenido del Decreto 1280 de 2018 sobre aseguramiento de la calidad, para subsanar los graves efectos e inequidades que acarrea en procesos de acreditación institucional y oferta de programas pertinentes y de calidad.

Enseñanzas y futuro inmediato

Como puede deducirse, estamos ante el efecto del poder y su ejercicio maquiavélico: el gobierno Duque concreta la reunión con los rectores, estos acuden acuciosos y se pliegan al jefe de gobierno, sin reparar en las otras instancias con que cuenta toda institución, es decir, embebidos en su supuesto poder pasan por encima de docentes, trabajadores y estudiantes. De esta manera, es evidente que el primero de los resultados que pudiera esperar Duque de su reunión con las directivas ya está concretado: la división de los estamentos de cada una de las universidades en paro, anormalidad académica o similar.

Una vez conocido lo decidido de manera prepotente por los rectores, los estudiantes se reafirman en la protesta ante lo cual las directivas de universidades como la Pedagógica y Tecnológica (Tunja) declaran la culminación del semestre, es decir, entran en vacaciones. El efecto de tal medida sobre la mayoría de los docentes, sin contrato fijo, es que dejarán de percibir salario en noviembre, además de diciembre y parte de enero –como es ya recurrente. Segundo efecto del autoritarismo de los rectores: agravan la situación salarial de los docentes, desnudando la precariedad en que hoy sobreviven –en plena época de la llamada Economía Naranja, máxima del duquismo– quienes viven del conocimiento.

En otras universidades, como la Nacional, su rectora se queja de que el paro siga en pie y llama a los estudiantes –bajo la amenaza de perdida del semestre– a que se reintegren a clase. Tercer manifestación del autoritarismo reinante en Colombia, y con manifestaciones hasta en los centros que se supone son la máxima expresión del ejercicio de la democracia participativa: agudización de la tensión entre directivas y estudiantes, pudiendo perderse el foco de la protesta (la lucha por la financiación de las IES) al enrutarse en una pugna local y focalizada por centro de estudio.

En el curso del 1 de noviembre los estudiantes están citados al ministerio de Educación, seguramente la socialización de lo allí discutido implique asambleas a lo largo de la semana del 6-11 de noviembre. Información y debates que definirán si la protesta se mantiene y en qué condiciones.

Por ahora, el gobierno logra desunir y quitarle peso a la protesta; recuperar fuerza y darle vitalidad al movimiento implica ganar apoyo social y cohesión interna. Un ejercicio de información a toda la sociedad sobre lo decidido por lo estudiantes en sus asambleas, y de democracia plena en sus debates –compartiendo información de todo tipo de manera abierta y pedagógica– y toma de decisiones, sería el conducto para ello.

El futuro de esta lucha no es totalmente claro, pero la estrategia que seguirá Duque en todos los conflictos sociales sí.

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Siete reflexiones (libertarias) para apoyar la movilización estudiantil del 10 de octubre

1) El Estado constituye una forma fetichizada, falsa, de comunidad; conlleva la creación de un pueblo o nación que no se corresponde nunca con la multiplicidad, complejidad y extensión de las relaciones sociales. Es importante, por ende, no confundir lo público en general, ni lo común, con lo “público” estatal. Un aumento en el presupuesto para las universidades, obtenido a partir de la organización de estudiantes, trabajadores/as y docentes, es una manera de recuperar lo que el Estado nos roba (para nutrir y reproducir ciertos segmentos parasitarios de clase) a través de los impuestos, que, como su nombre lo indica, son impuestos mediante un ejercicio violento (donde el famoso tema weberiano del monopolio de la fuerza se ve necesariamente involucrado).


2) En la medida en que el aumento de presupuesto es una forma de devolverle ciertos “recursos” a la comunidad, la cual no debe ser confundida con el Estado, es importante que la gestión de ese dinero venga acompañada de un control efectivo mediante una combinación de formas de democracia participativa, directa, deliberativa y, en determinados asuntos, representativa.


3) En virtud de los puntos anteriores, la discusión de la financiación no puede ser desligada de la discusión sobre la democracia universitaria y la democracia en general.


4) No confundir la comunidad con el Estado implica también que los diversos grupos que intentamos reapropiarnos de lo que el Estado usurpa constantemente debemos articularnos con otros grupos que tratan de hacer algo análogo en terrenos diferentes: comunidades indígenas, campesinas, afro, de educación experimental y no institucional, etc.

5) La movilización, en consecuencia, no puede tener como objetivo la construcción de “un proyecto de país”, sino de diversos proyectos de comunidad articulados que sean capaces de rebasar las fronteras estatales. ¡La educación no pude seguir estando al servicio del Estado ni del Capital!


6) Si de reapropiarnos de la educación se trata, es de suma importancia que pensemos colectivamente cómo queremos formarnos (y/o deformarnos/transformarnos) y qué tipo de espacios físicos, técnicas, formas de organización, etc., implica eso.


7) Finalmente, no podemos dejar de lado la reapropiación de las instituciones privadas, que, como su nombre lo indica, nos privan constantemente de definir nuestra propia educación y sus objetivos. La articulación con dichas iniciativas es, asimismo, de vital relevancia.


¡Por dentro o por fuera de lo que hoy es “público” estatal, a moverse por lo que es de todas y todos!

 

Video relacionado

Crisis financiera universidad pública

https://youtu.be/C8ZHDehlU2k

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El capitalismo universitario, el papa Francisco y el ciclo reaccionario

Vivimos un tiempo en el que las mayores anomalías ocurren bajo el manto de la más rutinaria normalidad y en el cumplimiento escrupuloso de todos los reglamentos vigentes. Son afloramientos de una cultura política y burocrática que se caracteriza por la manipulación de las reglas en la convicción de que quien es víctima de ella no tiene condiciones para identificarla o reaccionar contra ella. Constituyen la falacia de la democracia: cuando se desconoce la ética democrática, lo excepcional deja de serlo por la simple frecuencia con la que ocurre. Los verdaderos designios que lo promueven son ocultados por el barniz burocrático. Entre los ejemplos más recientes podríamos mencionar el proceso de impeachment contra la presidenta Dilma Rousseff y la manera injusta en la que se condenó y encarceló al expresidente Lula da Silva.

El pasado 29 de agosto, la comunidad de la Pontificia Universidad Católica de São Paulo (PUC-SP) fue sorprendida por un documento del Consejo Superior de la Fundación São Paulo (Fundasp), órgano mantenedor de la universidad, dirigido por el cardenal Odilo Pedro Scherer. En apariencia, una normalidad impecable: la Fundación tiene legitimidad para enviar el documento, estaba prevista la revisión de los estatutos actualmente vigentes, la comunidad tiene sesenta días para responder y proponer cambios, puesto que la Fundación decidirá. Sucede que las medidas propuestas implican la destrucción de la PUC-SP tal como la conocemos y el periodo de discusión coincide (y no por casualidad) con el actual periodo electoral, en el que muchos de los miembros de la comunidad PUC-SP están comprensiblemente preocupados por el futuro de la democracia en el país y ciertamente más concentrados en esa lucha que en cualquier otra. Entre las medidas "propuestas": acabar con la elección del rector y de los coordinadores departamentales, el poder académico pasa a la Fundación, de quien el nuevo rector pasará a ser un... vicerrector, y el propio control del conocimiento producido y publicado por la editorial también pasa a la Fundación. El eufemismo de un "documento de trabajo" para lanzar una bomba atómica emerge aquí como una cruel manifestación más de la falacia de la democracia.


No abordo los detalles de algunas de las propuestas y admito que se necesitan algunas revisiones, siempre que se lleven a cabo con la participación plena y de buena fe de la comunidad de la PUC-SP y con el objetivo de preservar y profundizar la identidad de una institución cuyo trabajo académico e intervención social nos acostumbramos a respetar y admirar. Pienso sobre todo que la investigación tiene que ganar un nuevo impulso y que la situación de los docentes y funcionarios que dedicaron toda su vida a la institución debe protegerse plenamente. Me gustaría resaltar aquí (y, si es posible, denunciar) los designios más profundos a los que obedece esta iniciativa de la Fundación San Pablo decidida en este momento, un momento que es cualquier cosa menos inocente. El primer designio puede llamarse capitalismo universitario. Se trata de un movimiento global de política universitaria que ha sido promovido por el Banco Mundial, la OCDE y otras instituciones multilaterales para transformar las universidades en empresas que producen mercancías con alto potencial mercantil: conocimiento con valor de mercado (especialmente el que genera patentes) y diplomas que dan acceso a salarios de nivel medio o superior. Para ello, la gestión debe seguir la lógica empresarial: los profesores y empleados son colaboradores proletarizados y los estudiantes, clientes solventes; la responsabilidad social de la universidad reside en su consonancia con las exigencias del mercado; las áreas no rentables de la universidad deben deshabilitarse progresivamente; la precariedad de las relaciones laborales es la más adecuada para responder a las exigencias siempre cambiantes de los mercados; los productos universitarios deben someterse a unidades universales de medida que en el futuro permitan la libre comercialización global de los cursos universitarios (de ahí, los rankings y las publicaciones evaluadas según factores de impacto). En este contexto, el tradicional gobierno universitario democrático, además de ineficiente, constituye un obstáculo a la imposición de las exigencias del mercado.


El designio del capitalismo universitario está siendo promovido hoy a nivel global en las universidades privadas y en las mismas universidades públicas. Estas últimas están sujetas a la asfixia financiera con el objetivo de forzarlas a producir recetas propias que, a su vez, las obligan a actuar como si fuesen empresas privadas. Es un movimiento poderoso, pero ha encontrado resistencias fuertes, tanto en las universidades públicas como en las universidades privadas más antiguas, creadas sin la lógica de la universidad-negocio, como es el caso de las universidades pontificias. La PUC-SP es, en este momento, el laboratorio para la aplicación plena del capitalismo universitario en las universidades que todavía no son universidades-negocio. Para el efecto está contribuyendo también el hecho de que la PUC-SP es hoy (como lo fue en tiempos de la dictadura) un bastión de lucha contra el vértigo autoritario y antidemocrático que asola el país en la actualidad con la bendición del Cardenal ultraconservador que preside la Fundación São Paulo. De ahí que para esta Fundación ya no basta ser mantenedora de la PUC-SP. Es necesario ser dueña.


Pero la acción de la Fundación obedece a otro designio. Consiste en la conspiración del ala conservadora de la Curia Romana contra el papa Francisco a fin de forzarlo a su renuncia. La conspiración está en curso y los católicos brasileños deben saber que el cardenal Odilio Scherer forma parte de la misma. La Iglesia Católica osciló siempre entre la burocracia o el evangelio, entre estar del lado de los opresores o del lado de los oprimidos, entre escandalizar por la ostentación o por la penuria. En general, reservó el papado y el obispado para la burocracia, la bendición de los opresores y el escándalo de la ostentación, dejando para el bajo clero y los laicos el evangelio, la defensa de los oprimidos y el escándalo de la penuria. Siempre que se intentó transgredir esta “división del trabajo” hubo turbulencia y los Concilios no siempre fueron eficaces para neutralizarla. Con todas sus ambigüedades y fragilidades humanas, el papa Francisco ha estado dando la mano al evangelio. Las ambigüedades y fragilidades tienen que ver sobre todo con el modo en que ha tratado el tema del abuso sexual de niños y jóvenes por parte de curas y obispos. El papa Francisco ha sido vacilante en este campo, incluso cuando hizo más para denunciar tales situaciones que todos sus antecesores más recientes, en especial aquel a quienes los conservadores perdonaron todo en vista de los inestimables servicios que les prestó con su descontrolado proselitismo anticomunista: el papa Juan Pablo II. Pero no es por tal fragilidad que el papa Francisco se convirtió en un blanco a derribar. En el actual contexto, dar la mano al evangelio no es solo un acto con valor eclesial progresista. En una sociedad extremadamente desigual e injusta, dar la mano al evangelio significa no únicamente destacar la elasticidad y la prudencia aquiniana de la teología moral ante situaciones de divorcio y homosexualidad, sino también enfrentar a los poderes políticos conservadores que fomentan la desigualdad y la injusticia y se alimentan de ellas, rebelarse contra la política migratoria de Europa y de Estados Unidos, denunciar la avaricia y la miopía que agravan de manera irresponsable los cambios climáticos, declarar como anticristiana la decisión de construir muros para impedir la entrada de los condenados de la tierra, denunciar la inmoralidad general del capitalismo global que salva bancos pero no familias.


Por eso, el poder ultraconservador laico y el poder ultraconservador religioso están hoy más unidos que nunca contra el papa Francisco. Así se explica, por ejemplo, que el exconsejero de Donald Trump, Steve Bannon, al mismo tiempo que funda en Bruselas la organización “Movement” para promover la extrema derecha en Europa, esté preparando el plan de estudios del colegio religioso Instituto Dignitatis Humanae, en los alrededores de Roma, para “entrenar líderes y activistas políticos católicos conservadores”. No me queda ninguna duda de que el cardenal Odilio Scherer quiere transformar la PUC-SP en un campo de adiestramiento. No lo hará solamente si los ciudadanos y las ciudadanas progresistas, católicos o no católicos, de la Pontificia Universidad Católica de São Paulo y de Brasil, se le oponen democráticamente. Sabiendo que, con eso, estarán también defendiendo el magisterio evangélico del sitiado papa Francisco.

Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

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Rebeldes a la fuerza, la vida de tres estudiantes en Nicaragua

La agitación en Nicaragua se ha cobrado cientos de vidas. A Valeska Valle, Lesther Alemán y Douglas Costa la suya por completo les ha cambiado por completo

Hace tres meses, Valeska Valle era una fanática del baile que iba a misa y consideraba a su perro su mejor amigo. Douglas Costa planeaba matricularse en un máster de la Universidad de Oxford. Y Lesther Alemán, estudiante de Comunicación, albergaba sueños no tan secretos de ponerse un día la banda presidencial azul y blanca de Nicaragua. Hasta que el 18 de abril se produjo el estallido que algunos llaman la primavera nicaragüense y todo cambió.

"Ya no soy la misma Valeska que era el 17 de abril", afirma Valle durante una entrevista en el refugio de Managua donde se esconde junto a otros líderes estudiantiles de la protesta desde que hace casi 12 semanas comenzó el levantamiento contra el presidente Daniel Ortega.


Hasta ahora, los disturbios se han cobrado la vida de más de 300 personas. También han convertido a Valle, Costa y Alemán en rebeldes a la fuerza, dando la vuelta a sus vidas.


Valle, de 22 años, cuenta que sus familiares la evitan desde el 18 de abril, cuando anunció que salía a comprar Coca-Cola y se escabulló para unirse a la vanguardia de la lucha contra el hombre al que llama "el tirano". "La mayoría de mis hermanos me ha dado la espalda", dice. En el último curso de los estudios de Contabilidad, Valle nació y se crió en Masaya, un antiguo bastión sandinista transformado en uno de los principales focos de la resistencia. "De mis siete hermanos y hermanas, cinco me dijeron que sería mejor que dijera que era hija única. Aquí la mayoría hemos sido rechazados por nuestra familia".


Costa, profesor de Economía de 30 años, dice que antes de la insurrección había recibido una oferta para estudiar en el Centro Latinoamericano del St Antony's College, en Oxford. Desechó esos planes para concentrarse en el derrocamiento de Ortega. "Oxford tendrá que esperar", dice con una sonrisa. "Aquí estoy aprendiendo más".


Pero tal vez el mundo que más ha cambiado sea el de Alemán, estudiante de 20 años de cuarto de Comunicación Social en la Universidad Centroamericana de Managua. La retransmisión de su fascinante ataque contra Ortega en el diálogo nacional del 16 de mayo le convirtió en una notoriedad de la noche a la mañana. "¡Ríndase!", ordenó Alemán al sandinista de 72 años en unas escenas que fueron televisadas por todo el país y dieron la vuelta al mundo. "¡No podemos dialogar con un asesino, porque lo que ha sucedido aquí es un genocidio!".


Alemán, que desde entonces ha sido homenajeado con canciones y miles de fans de Facebook, recordó haber sentido tanto nerviosismo como rabia en su arenga contra el antiguo héroe revolucionario. "Si hubieran sabido lo que iba a decir, nos habrían parado el coche (antes)", afirma medio en broma.


Alemán admite que una vez soñó con ser presidente de Nicaragua, pero la fama que le trajo su ataque verbal le resulta incómoda. "Siempre quise estar al otro lado de la cámara, nunca quise ser el protagonista", insiste mientras posa para las fotos fuera del refugio en el que vive desde que comenzó la revuelta. "Las cámaras me intimidan más que Daniel Ortega".


Además de hacerse cargo de su fama reciente, los estudiantes rebeldes de Nicaragua han tenido que luchar contra la acusación de que son títeres de "golpistas" respaldados por Estados Unidos. Su actuación se vio perjudicada en junio cuando varios de ellos volaron a Washington supuestamente para sumar a Donald Trump en su cruzada contra Ortega, y aparecieron fotografiados junto a republicanos de alto rango. Entre ellos, el senador Marco Rubio.

 

Se dice que aquel viaje fue financiado por Freedom House, un think tankconservador respaldado por Estados Unidos. "Nos hemos dado una imagen terrible. Tendremos que corregir nuestros errores", admitió después el líder estudiantil Harley Morales. "¡No estamos a la venta!", añadió.


Según los observadores, las fuerzas de seguridad y las bandas paramilitares vinculadas al Gobierno son responsables de la mayor parte del derramamiento de sangre. Pero los estudiantes también se han visto obligados a defenderse de las acusaciones de Ortega y sus aliados, que les responsabilizan de impulsar la actual ola de violencia. "Es una lucha totalmente pacífica", dice Valle. "La no violencia es nuestra arma más poderosa".


Según Costa, la decisión de evitar la violencia no es sólo de "buena gente". "Es un cálculo político, añade. Sabemos que si respondemos con violencia a la violencia del Gobierno, todo lo que estamos diciendo se desvanecerá. Racionalmente, nos damos cuenta de que la violencia nos perjudicaría más de lo que nos ayudaría".


Más allá del peligro físico, Valle admite que la vida como estudiante revolucionaria desgasta mucho: "No tenemos dinero.... al principio ni siquiera teníamos comida. Pasamos una semana sólo con galletas y agua". "Y usando Ray-Bans naturales", bromea Costa, señalando las bolsas oscuras bajo sus ojos privados de sueño.


La madre de Valle está comenzando a aceptar la nueva vida de su hija como insurgente universitaria, aunque todavía sigue nerviosa por el riesgo. "Es natural", dice Valle. "Tiene miedo de que me maten".


Información adicional de Juan Diego Briceño

• theguardian
Traducido por Francisco de Zárate

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Viernes, 15 Junio 2018 06:46

Bajo el asedio neoliberal

Bajo el asedio neoliberal

“La idea de que el único valor del conocimiento es el valor de mercado es lo que va a matar a la universidad. Una universidad que es ‘sustentable’ porque se financia a sí misma es una universidad insustentable como bien común, porque se ha transformado en una empresa”, advirtió el sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos, en una de las exposiciones centrales de la Conferencia Regional de Educación Superior de América Latina y el Caribe (CRES 2018), que concluye hoy en Córdoba. Doctor en Sociología del Derecho, profesor de las universidades de Coimbra y de Wisconsin-Madison, De Sousa Santos es –como él mismo se define– “un activista de la universidad” y le ha dedicado al tema ya varios textos, el primero a mediados de los 90, el último publicado este año.


“Si los estudiantes de 1918 estuvieran hoy acá –comenzó–, si nosotros fuéramos esos estudiantes, ¿cuáles serían las reformas necesarias?” En un cautivante castellano de cadencia portuguesa, De Sousa Santos trazó inicialmente un paralelo con el Mayo Francés, precisó los logros reformistas (ver aparte) y caracterizó al presente como una época plena de peligros para la universidad pública: “Estamos pasando un ciclo global conservador y reaccionario, controlado por el neoliberalismo, que no es sino el dominio total del capital financiero”. Se trata de un escenario más complejo que el que enfrentaron las rebeliones de 1918 y 1968, por una razón: “Entonces, el contexto global permitía pensar que había alternativas al capitalismo. Hoy parece que el capitalismo les ganó a sus adversarios, es un capitalismo sin miedo”.


El proyecto neoliberal, explicó, aspira a la construcción de un “capitalismo universitario”: “Empezó con la idea de que la universidad debía ser relevante para crear las competencias que exige el mercado”, siguió con las propuestas de arancelamiento y privatización. “La fase final es la idea de que la universidad debe ser ella misma un mercado, la universidad como empresa.” Si la universidad es una mercancía más, tiene que poder ser medida: de ahí, los ránkings globales.


La ideología neoliberal choca así con la idea de “la universidad como un bien común”, hija de las conquistas obtenidas desde la Reforma. “Es un momento difícil por varias razones, y una de ellas es que no hay un ataque político, sino un ataque despolitizado. Es un ataque que tiene dos dimensiones: recortes presupuestarios y la lucha contra la supuesta ineficiencia o corrupción, una lucha muy selectiva, porque se sabe que las universidades públicas son en general muy bien gerenciadas en comparación con otras instituciones.”


Boaventura de Sousa Santos identificó tres razones por las que la universidad es un blanco dilecto para el régimen neoliberal.


• Su producción de conocimiento independiente y crítico cuestiona “la ausencia de alternativas que el neoliberalismo intenta producir en nuestras cabezas todos los días. Si no hay alternativas, no hay política, porque la política es sólo alternativas. Es por eso que muchas de las medidas en contra de la universidad no parecen políticas, sino económicas, los recortes financieros, o jurídicas, la lucha contra la corrupción. Lo que está por detrás es la idea de que la universidad puede ser un fermento de alternativas y resistencia”.


• “El pensamiento neoliberal busca un presente eterno, quiere evitar toda tensión entre pasado, presente y futuro. Y la universidad ha sido siempre, con todas sus limitaciones, la posibilidad de criticar el presente en relación con el pasado y con vistas a un futuro diferente”.


• “La universidad ha ayudado a crear proyectos nacionales (obviamente, excluyentes de los pueblos originarios) y el neoliberalismo no quiere proyectos nacionales. A la vez, la universidad siempre ha sido internacionalmente solidaria, con base en la idea de un bien común. Pero el capitalismo universitario quiere otro tipo de internacionalismo: la franquicia, que las universidades puedan comprar productos académicos en todo el mundo”.


Pluriversidad


La segunda parte de la conferencia resumió una serie de propuestas para refundar la universidad, sobre la base de la Reforma del 18, pero rompiendo con sus limitaciones y radicalizando su espíritu democratizador.


“La dominación hoy tiene tres cabezas: capitalismo, colonialismo y hétero-patriarcado”, postuló De Sousa Santos. “Nuestro dilema es que esta dominación es integrada. El capitalismo actúa junto con el colonialismo y el patriarcado. Pero la resistencia está fragmentada. La universidad puede ser un campo donde pensar cómo articular la resistencia. También por eso la universidad es un blanco del neoliberalismo.” ¿Cómo hacerlo? El primer paso, dijo, es una ruptura epistemológica. “Hay una pluralidad enorme de conocimientos fuera de la universidad: conocimientos rurales, urbanos, populares, de las mujeres. ¿Por qué la universidad nunca los tuvo en cuenta? Porque la universidad no se descolonizó. Sus contenidos, sus ciencias sociales, su historia, son colonialistas. Para defenderse como bien público, la universidad debe hacer una autocrítica profunda, contra sí misma. Debe dejar la idea arrogante de que es la única fuente de conocimiento, abrirse a dialogar con otros saberes. Necesitamos crear Epistemologías del Sur”.


En ese sentido, la segunda ruptura respecto de la Reforma radica en la alianza social que debe buscar la universidad, ya no sólo las clases urbanas burguesas, sino “las clases populares y empobrecidas, las víctimas del colonialismo y del patriarcado, los cuerpos racializados y sexualizados”. Por eso, explicó, “la extensión nunca ha sido tan importante como hoy. Por influencia del neoliberalismo, la extensión ha sido desviada para obtener fondos. Esto es perverso, eso no es extensión, es prostitución. La verdadera extensión es la que se dirige a poblaciones que no son solventes”. La propuesta del portugués consiste en invertir la extensión, “no es llevar la universidad para afuera, es traer el conocimiento no universitario para adentro”. Y, a la vez, “articular los diferentes saberes populares, porque también suele haber prejuicios entre los diferentes movimientos” (obreros, feministas, campesinos, LGTB).


La universidad, concluyó entre aplausos, debe reinstituirse, hacer un uso contrahegemónico de su autonomía y “transformarse en una pluriversidad.
Pero el ataque del neoliberalismo es tan grande que quizá también deba convertirse en una subversidad”.


 A cien años de la Reforma Universitaria, investigadores, docentes y estudiantes debaten sobre la vigencia de sus principios

“El enfrentamiento actual es con el mercado”

Consultados por PáginaI12, académicos y dirigentes estudiantiles analizan el lugar que ocupan hoy los discursos reformistas y las amenazas que sufren las principales conquistas de 1918, en un contexto de ajustes a la universidad pública.

Por Inés Fornassero.


Hoy hace un siglo la universidad pública comenzó a cambiar para siempre en Latinoamérica y gran parte del mundo, gracias a un movimiento iniciado en Córdoba por estudiantes y jóvenes profesores para transformar lo que hasta entonces era una universidad elitista, cerrada sobre sí misma y dogmática. El estallido, conocido como Reforma Universitaria, se extendió a las otras dos universidades que había en el país y luego a toda la región, conquistó un legado que aún define los rasgos centrales del sistema universitario: el cogobierno, la autonomía y la libertad de cátedra. En el primer centenario de aquella rebelión, investigadores del mundo académico y dirigentes del movimiento estudiantil –consultados por PáginaI12– reflexionan sobre su vigencia y alertan sobre las amenazas a sus conquistas.


En el actual contexto de ajuste del presupuesto universitario, paralización de obras de infraestructura y recorte del salario docente y las becas estudiantiles, el movimiento reformista continúa siendo una referencia para la lucha de estudiantes y docentes en defensa de la universidad pública. Pero esa referencia es disputada por todos los actores del sistema universitario, aún cuando sus posturas los ubican en sectores políticos opuestos.


Los funcionarios del Ministerio de Educación se definen como reformistas y evocan con frecuencia sus conquistas, también lo hacen las agrupaciones estudiantiles que en nombre del mismo proceso histórico se oponen a las políticas del Gobierno. “El significante ‘reforma’ y su legado tiene un uso conservador que busca legitimar las políticas actuales y un uso transformador que se lo apropian para poner en cuestión la situación presente. Pero es un legado esencialmente cuestionador, que invita al posicionamiento crítico y no conservador”, aseguró Sandra Carli, doctora en Educación, investigadora del Conicet y docente de la UBA.
Antes de la Reforma, la universidad era una institución estática, en la que no se permitía el ingreso de nuevos profesores, ya que los cargos docentes no se concursaban, los estudiantes no participaban del gobierno de las casas de estudio, que eran aranceladas y con nulo compromiso con las problemáticas del resto de la sociedad. Los reformistas cambiaron gran parte de estos rasgos y abrieron las puertas para la posterior gratuidad de la educación superior pública, alcanzada bajo el peronismo, en 1949.


Conquistas en peligro


Si bien las banderas de la reforma hoy son parte del sentido común universitario, los especialistas invitan a no darlas por sentado y alertan sobre su estabilidad. La doctora en Pedagogía y ex diputada Adriana Puiggrós apuntó que el legado reformista tiene total actualidad pero, al mismo tiempo, está pendiente. “Todas las proclamas, la libertad de cátedra, el cogobierno, la autonomía, la gratuidad, tienen que ser defendidas. Sobre todo cuando desde los intereses de las grandes corporaciones informáticas, editoriales y financieras se toma a la universidad como un espacio del mercado y se deforman esas banderas. Hoy se ve una puja entre la autonomía, en el sentido reformista, y la autonomía de mercado”, dijo.


Para Puiggrós, el rol que la dominación monárquica y clerical jugaba sobre la universidad en el siglo pasado, y contra el que se alzaron los estudiantes, hoy fue ocupado por las grandes corporaciones. Una influencia externa que se plasma, por ejemplo, en el caso de las empresas que hacen convenios con universidades para hacer investigación y que se apropian de las patentes que produce ese trabajo.


“El gran enfrentamiento actual en materia universitaria es con el mercado. El avance de las corporaciones busca y requiere destruir las instituciones educativas modernas, porque ponen freno a los negocios y le dan voz a una comunidad que defiende sus propios intereses, sobre todo cuando hay participación de docentes y estudiantes”, afirmó la ex diputada, que, durante su mandato en el Congreso, fue la mentora de la modificación de la Ley de Educación Superior que incorporó la gratuidad de los estudios de grado.


Crítica pedagógica


El Manifiesto Reformista del 18 también fue una declaración de amor. Una dimensión no tan conocida de sus consignas contiene una profunda crítica a la forma de concebir la docencia. “Toda la educación es una larga obra de amor a los que aprenden (...) Las almas de los jóvenes deben ser movidas por fuerzas espirituales”, proclama el Manifiesto.


Para el doctor en Ciencias Sociales Martín Unzué, director del Instituto de Investigaciones Gino Germani (UBA), esta demanda de los reformistas pone en el centro una reivindicación de la educación como factor de cambio. “La relación docente-estudiante es pensada como relación de transformación del estudiante. El Manifiesto está requiriendo un compromiso y una entrega con la universidad de esa comunidad estudiante-profesor, que a veces se pierde de vista, especialmente cuando la universidad toma un sesgo de ‘tiempo parcial’, donde los estudiantes y docentes sólo van a pasar un rato”.


“Las almas de los jóvenes deben ser movidas por fuerzas espirituales. Los gastados resortes de la autoridad que emana de la fuerza no se avienen con lo que reclama el sentimiento y el concepto moderno de las universidades”, continúa el Manifiesto, y abre la discusión sobre lo que Unzué rescata como parte del legado de la reforma: sentar la idea de la universidad como comunidad. “Los reformistas demandaron una universidad que produzca conocimiento y no que sea un mero enseñadero. La universidad tiene que producir cultura, educación, conocimiento con independencia de la cantidad de graduados. No es malo producir egresos, pero no es lo único que hace la universidad, ni es por lo que debe medirse su pretendida eficiencia”, agregó el investigador.


Para Carli, la idea de comunidad universitaria, que también reconoce al legado reformista, hoy está en riesgo. “Es una comunidad que invariablemente está atravesada por el conflicto y el debate, pero que caracteriza a nuestras universidades como institución. Cuando avanzan tendencias mercantiles y pragmáticas esa experiencia de comunidad está amenazada y es una cuestión a revisar”, explicó la especialista.


A cien años, las banderas principales de la Reforma siguen vigentes, pero también se suman nuevos reclamos, no atendidos por el movimiento iniciado en 1918. Para Carli, los más importantes son la gratuidad y el acceso irrestricto, que se conquistaron con posterioridad, y también la perspectiva de género, que no formaba parte de la cosmovisión reformista. “La cuestión de género hoy es parte central de las proclamas de las organizaciones estudiantiles. La identidad de la universidad pública hoy es replanteada como universidad pública, popular y feminista y está instalada en el discurso político sobre la universidad de manera muy clara.”

 

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Malestar en la Universidad y necesidad de una revolución educativa

La Universidad ha sido una institución con un destino paradójico. Los historiadores sin excepción reconocen el carácter plebeyo de su génesis. En los siglos XII y XIII el debate y la confrontación con la iglesia sobre el poder del conocimiento y la libertad de pensar fue la fragua en donde los jóvenes y los sabios locos (recordar a Erasmo) le dieron forma. Ese proceso plebeyo la legitimó como comunidad de sabios.

 

Establecido ese carácter, los sabios convertidos en cuerdos y sensatos la transformaron en un referente para formar a las elites. Los exigentes ritos universitarios para el acceso y la consagración consolidaron su carácter cerrado y elitista. Sólo un puñado de personas formaban parte de tal institución y a esa pequeña elite se podía pertenecer por la vía de la genialidad. El concepto de genio elaborado por Kant en su crítica del juicio, a fines del siglo XVIII, le proporcionó un tinte filosófico a esa posición. La Universidad asumida como el hogar de los genios ha sido una constante, la misma que entró en crisis después de la Segunda Guerra Mundial, cuya expresión culminante fue Mayo de 1968. El detonante de esta crisis fue la ampliación de la matrícula, es decir, el acceso masivo de la juventud a sus aulas, hecho mismo que socavó los fundamentos conceptuales y organizativos del trabajo universitario como estaba establecido. Quien le dio a esa debacle una elaboración sistemática fue Jean Francois Lyotard.

 

En el informe financiado por el Consejo de la Universidad del gobierno de Quebec sobre el saber en las sociedades más desarrolladas, Lyotard burlonamente se definió como alguien que no sabe lo que sabe. Es decir, un filósofo postmoderno que escribe un informe sobre el saber. El informe se lo dedica al Instituto Politécnico de filosofía de la Universidad de Paris VIII (Vincennes) con este comentario: “[…] en el momento en que esta universidad se expone a desaparecer y ese instituto a nacer1”.

 

En su informe Lyotard presenta una perspectiva planetaria de transformación radical del modo como los capitalistas están poniendo la ciencia al servicio de la ganancia. Este modo, dice, cristaliza en la siguiente serie: riqueza, eficiencia y verdad. La génesis de esa serie de tres términos la produce la revolución industrial, que para Lyotard funciona con la siguiente regla: no hay técnica sin riqueza pero tampoco riqueza sin técnica. A ese respecto plantea lo siguiente: “Un dispositivo técnico exige una inversión, pero, dado que optimiza la actuación a la que se aplica, puede optimizar también la plusvalía que resulta de esta mejor actuación”. Y agrega: “[…] Es más el deseo de enriquecimiento que el de saber, el que impone en principio a las técnicas el imperativo de mejora de las actuaciones y de la realización de productos. La conjugación “orgánica” de la técnica con la ganancia precede a su unión con la ciencia2”.

 

A partir de esas nuevas premisas de funcionamiento del capitalismo planetario Lyotard plantea su idea de una ciencia postmoderna. La Universidad resultaba siendo poco funcional para el desarrollo de esa nueva fuente de plusvalía capitalista. El informe es un excelente diagnóstico de la situación de crisis de la Universidad en las nuevas condiciones a las que genéricamente llamó postmoderna. En esas nuevas condiciones, el oficio de profesor era un arcaísmo que debía desaparecer. A ese respecto sostenía: “[…] lo que parece seguro, es que en los dos casos, la deslegitimación y el dominio de la performatividad son el toque de agonía de la era del profesor: éste no es más competente que las redes de memoria para transmitir el saber establecido, y no es más competente que los equipos interdisciplinarios para imaginar nuevas jugadas o nuevos juegos3”.

 

El profesor se desvanece en el aire, como también se desvanece la idea de la autonomía del investigador. Lyotard concluye, con lógica implacable, que quien define las condiciones de la investigación en la ciencia postmoderna es el administrador: “El criterio de performatividad es invocado explícitamente por los administradores para justificar la negativa a habilitar cualquier centro de investigación4”.

 

Los jóvenes estudiantes que ingresan a la Universidad no se pueden desvanecer, quedan como desempleados que ni siquiera figuran en las estadísticas: “[…] los jóvenes presentes en la Universidad son, en su mayor parte, parados no contabilizados en las estadísticas de demanda de empleo. Son, en efecto, excedentes con respecto a las salidas correspondientes a las disciplinas en las que se los encuentra5”.

 

En estas nuevas condiciones, las políticas universitarias son realmente acuerdos entre administradores y empresarios. La retórica de la eficiencia, la productividad, la evaluación, los estándares, los créditos, es un indicador pleno de ese hecho. Esa retórica es planetaria aunque asume formas locales.

 

El malestar que hoy se vive en las universidades es la expresión del hastío creado por ese modo de existencia. En 1998 Jacques Derrida se ocupó de ese malestar en la universidad de Stanford en California. En una serie de conferencias que tituló, “La Universidad sin condición”, la pensó principalmente desde la idea del fin del trabajo. Esta idea desarrollada por Marx en su investigación de la gran industria y de las premisas creadas por ella para hacer el tránsito del reino de la necesidad al reino de la libertad, la aborda Derrida a partir de los trabajos del economista norteamericano Jeremy Rifkin, quien publicó en 1995 un libro con el título “El fin del trabajo. Nuevas tecnologías contra puestos de trabajo: el nacimiento de una nueva era”.

 

Derrida polemiza con Rifkin acerca de las implicaciones que tienen las revoluciones científico-tecnológicas iniciadas con el surgimiento de la gran industria en el futuro del capitalismo planetario y en la posibilidad y necesidad de una sociedad postcapitalista. A ese respecto reconoce el aporte de Marx y Lenin en la visualización de ese horizonte: “Esta problemática del susodicho “fin del trabajo” no estaba ausente de algunos textos de Marx y Lenin. Este último asociaba la reducción progresiva de la jornada de trabajo con el proceso que llevaría a la completa extinción del Estado6”.

 

Respecto a la Universidad, retoma el planteamiento de Lyotard sobre el fin de la era del profesor y lo complementa con la idea de la necesidad del profesorado: “Estamos asistiendo al fin de una determinada figura del profesor y de su supuesta autoridad pero –como he dicho suficientes veces– creo en una determinada necesidad del profesorado7”. Pero la existencia de un profesorado y un alumnado implica la presencia de la Universidad, lo que no resulta funcional para el capitalismo planetario como ya lo vimos. Esa es, en términos aquí sintéticamente delineado, la situación dada hoy en la Universidad.

 

El malestar que los estamentos básicos de la ya casi milenaria realidad de la universidad ponen de manifiesto, responde al modo como el capital y los capitalistas abordan las ciencias y las tecnologías como fuente de plusvalía. La sociedad construida alrededor de la apropiación de la plusvalía en las condiciones de las revoluciones científico-tecnológicas que Lyotard caracterizó como postmoderna, no necesita la universidad. En sentido contrario, la construcción de una sociedad postcapitalista no puede prescindir de la tradición plebeya que está en la génesis de tal institución. Esta tradición considera la experiencia del conocimiento un hecho intrínseco a la humanidad toda, y no un privilegio de las élites. Borges, el humanista, lo formula en los siguientes términos en su ensayo “Pierre Menard autor del Quijote”: “Todo hombre debe ser capaz de todas las ideas y entiendo que en el porvenir lo será8”.

 

El porvenir de la experiencia universitaria en una sociedad postcapitalista está en juego aquí y ahora. Esa problemática tiene su modo local de manifestarse pero actualmente recorre todo el planeta, no precisamente al modo de un fantasma sino como actos reales de lucha en Chile, Grecia, España, Francia, Colombia. El malestar en la Universidad es un asunto local y global.

 

Lo global compromete una perspectiva sintética de la experiencia humana. La humanidad está enfrentada a retos planetarios cuya solución sólo son posible por la acción conjunta de ciudadanos y trabajadores ilustrados. La formación de esas personas es una tarea que tiene en la Universidad la clausura de un proceso de apropiación del patrimonio común de la humanidad, y que habilita a quien lo concluye para las tareas del mantenimiento de ese patrimonio y de su enriquecimiento. Asuntos como el cambio climático, la preservación de la biosfera, el cuidado de la biodiversidad y proyectos complejos como el de la exploración espacial, el proyecto genoma humano y otros, requieren el esfuerzo convergente de profesionales y científicos de las ciencias de la mente, de las ciencias de la vida y de las ciencias de la administración racional de la abundancia.

 

La Universidad que es necesario construir para superar el actual malestar, no es posible sin una revolución educativa permanente. Esta tarea tiene sus modos locales de ser asumida, y en el caso colombiano esa empresa es urgente; ella es una premisa básica para enfrentar los problemas de la pobreza, la violencia, el narcotráfico, la ausencia de democracia política y democracia económica. La solución de esos problemas permitirá abordar de modo creativo el cuidado de la riqueza de la Amazonía, la Orinoquía, el Pacífico, el macizo Andino, para mencionar ámbitos geográficos y biológicos específicos. La revolución educativa permanente, como horizonte de la actuación cultural y política, es el reto que nos plantea el actual malestar en la Universidad.

 

1 Lyotard J. F. La Condición Postmoderna. Ed. Catedra. Madrid, 1989, p. 11.
2 Ibídem, p. 84.
3 Ibídem, p. 98.
4 Ibídem, p. 88.
5 Ibídem, pp 91-92.
6 J. Derrida. Universidad sin condición. Ed. Trotta. Madrid, 2.002.
7 Ibídem, p. 69.
8 J.L. Borges. Narraciones. Ed. Oveja Negra. Bogotá, 1983. p. 64.

Publicado enColombia
Jueves, 31 Mayo 2018 05:54

Escuela de gladiadores

Escuela de gladiadores

En la visión histórica de la izquierda dos eran los fulcros de constitución de un sujeto político transformador: la fábrica y la universidad, cuya alianza buscaba el marxismo como detonante de la revolución. La fábrica porque era el lugar común de la explotación económica y, por lo tanto, de la toma de conciencia y de la concertación sindical. La universidad porque era el lugar común donde se daban cita la juventud y el saber, fusión modernísima que constituye desde el principio un explosivo oxímoron.


Hasta 1789 la juventud era guerrera, pero no sabia, y su participación en la guerra aseguraba más bien el recambio de un modelo estable y sin variaciones. Desde 1789, cuando un grupito de imberbes letrados derriba la monarquía absoluta, la juventud pasa a formar parte de la regla del cambio, el cual forma parte intrínseca, a su vez, del imaginario social occidental. Desde Sócrates, por otra parte, el saber es una amenaza para los que se resisten a él (al cambio) y su relación con el poder una peripecia pugnaz de asimilación y subversión.


En las sociedades antiguas o de ancien régime, en efecto, la juventud y el saber se habían mantenido cuidadosamente separadas, como una combinación potencialmente amenazadora para la estabilidad social. La Universidad es su unión. Lo es ya en la Edad Media, cuando surgen las primeras comunidades docentes (baste pensar en los goliardos y en su rebelión letrada contra la religión y los gobiernos) y lo es sobre todo en el siglo XX, cuando por primera vez todas las clases sociales, así como las mujeres, acceden a la Universidad. Para que nos hagamos una idea: en 1920 Francia cuenta con 50.000 estudiantes  universitarios; en 1987 esa cifra se eleva a un millón. Incluso España, siempre con retraso, pasa en ese período de 23.000 a 650.000 matrículas universitarias.

La Universidad pone al alcance de la juventud todo el saber acumulado de la humanidad, conservado y renovado al margen de los intereses de clase, las guerras y los vaivenes del poder. Si esta combinación ha sido fuente de cambio durante el último siglo es precisamente porque ha sido la Universidad la que ha intervenido en la sociedad y no al revés; porque la Universidad no ha sido un reflejo sumiso de la sociedad y sus servidumbres económicas sino porque, al contrario, la sociedad misma se ha transformado desde la Universidad; y no por casualidad –añadamos– desde las disciplinas más humanísticas. Los jóvenes, receptores subversivos de una tradición de conocimiento, hacían progresar las ciencias en el interior del campus al tiempo que desde él asaltaban en el exterior –y moldeaban de nuevo– las relaciones políticas y sociales. Esta “regla de cambio” alcanzó su colofón en la primavera –no sólo francesa– de 1968.


Hoy eso ya no es posible. La fábrica ha dejado de ser la matriz de los sujetos colectivos y la fragua de un “proyecto de vida” individual (lo que incluía una casa y una familia). La Universidad ya no es, por su parte, el “lugar común” donde la energía abstracta de la juventud se comunica con la memoria concreta de la humanidad. La misma mercantilización que ha condenado a los humanos al desempleo endémico y el trabajo precario –a una adolescencia eterna– ha abolido la juventud y ha privatizado el saber. La amputación de las ramas más “universales” y más “desinteresadas” del conocimiento –y, por eso mismo, las más necesarias– es inseparable de la conversión del campus en un campo de batalla donde se baten a muerte los futuros parados: gladiadores del mercado que tratan de ajustar sus perfiles a las contadas demandas de trabajo.


Con la reforma de Bolonia el curriculum lo hacen las empresas y los bancos; y la Universidad deja de ser, como lo fue en la era moderna, umbral iniciático de la experiencia personal (sexo, drogas, militancia) y memorización conflictiva del conocimiento humano. Sin trabajo y sin saber compartidos, fuente de revolución, queda el consumo, que es la versión light de la guerra, a la que los jóvenes sin futuro, pero también sin pasado común, acabarán volviendo a poco que una Europa sin soluciones y sin izquierda se incline un grado más hacia el abismo.


Por Santiago Alba Rico. Escritor y filósofo

Publicado enSociedad
Malestar en la Universidad y necesidad de una revolución educativa

La Universidad ha sido una institución con un destino paradójico. Los historiadores sin excepción reconocen el carácter plebeyo de su génesis. En los siglos XII y XIII el debate y la confrontación con la iglesia sobre el poder del conocimiento y la libertad de pensar fue la fragua en donde los jóvenes y los sabios locos (recordar a Erasmo) le dieron forma. Ese proceso plebeyo la legitimó como comunidad de sabios.

 

Establecido ese carácter, los sabios convertidos en cuerdos y sensatos la transformaron en un referente para formar a las elites. Los exigentes ritos universitarios para el acceso y la consagración consolidaron su carácter cerrado y elitista. Sólo un puñado de personas formaban parte de tal institución y a esa pequeña elite se podía pertenecer por la vía de la genialidad. El concepto de genio elaborado por Kant en su crítica del juicio, a fines del siglo XVIII, le proporcionó un tinte filosófico a esa posición. La Universidad asumida como el hogar de los genios ha sido una constante, la misma que entró en crisis después de la Segunda Guerra Mundial, cuya expresión culminante fue Mayo de 1968. El detonante de esta crisis fue la ampliación de la matrícula, es decir, el acceso masivo de la juventud a sus aulas, hecho mismo que socavó los fundamentos conceptuales y organizativos del trabajo universitario como estaba establecido. Quien le dio a esa debacle una elaboración sistemática fue Jean Francois Lyotard.

 

En el informe financiado por el Consejo de la Universidad del gobierno de Quebec sobre el saber en las sociedades más desarrolladas, Lyotard burlonamente se definió como alguien que no sabe lo que sabe. Es decir, un filósofo postmoderno que escribe un informe sobre el saber. El informe se lo dedica al Instituto Politécnico de filosofía de la Universidad de Paris VIII (Vincennes) con este comentario: “[…] en el momento en que esta universidad se expone a desaparecer y ese instituto a nacer1”.

 

En su informe Lyotard presenta una perspectiva planetaria de transformación radical del modo como los capitalistas están poniendo la ciencia al servicio de la ganancia. Este modo, dice, cristaliza en la siguiente serie: riqueza, eficiencia y verdad. La génesis de esa serie de tres términos la produce la revolución industrial, que para Lyotard funciona con la siguiente regla: no hay técnica sin riqueza pero tampoco riqueza sin técnica. A ese respecto plantea lo siguiente: “Un dispositivo técnico exige una inversión, pero, dado que optimiza la actuación a la que se aplica, puede optimizar también la plusvalía que resulta de esta mejor actuación”. Y agrega: “[…] Es más el deseo de enriquecimiento que el de saber, el que impone en principio a las técnicas el imperativo de mejora de las actuaciones y de la realización de productos. La conjugación “orgánica” de la técnica con la ganancia precede a su unión con la ciencia2”.

 

A partir de esas nuevas premisas de funcionamiento del capitalismo planetario Lyotard plantea su idea de una ciencia postmoderna. La Universidad resultaba siendo poco funcional para el desarrollo de esa nueva fuente de plusvalía capitalista. El informe es un excelente diagnóstico de la situación de crisis de la Universidad en las nuevas condiciones a las que genéricamente llamó postmoderna. En esas nuevas condiciones, el oficio de profesor era un arcaísmo que debía desaparecer. A ese respecto sostenía: “[…] lo que parece seguro, es que en los dos casos, la deslegitimación y el dominio de la performatividad son el toque de agonía de la era del profesor: éste no es más competente que las redes de memoria para transmitir el saber establecido, y no es más competente que los equipos interdisciplinarios para imaginar nuevas jugadas o nuevos juegos3”.

 

El profesor se desvanece en el aire, como también se desvanece la idea de la autonomía del investigador. Lyotard concluye, con lógica implacable, que quien define las condiciones de la investigación en la ciencia postmoderna es el administrador: “El criterio de performatividad es invocado explícitamente por los administradores para justificar la negativa a habilitar cualquier centro de investigación4”.

 

Los jóvenes estudiantes que ingresan a la Universidad no se pueden desvanecer, quedan como desempleados que ni siquiera figuran en las estadísticas: “[…] los jóvenes presentes en la Universidad son, en su mayor parte, parados no contabilizados en las estadísticas de demanda de empleo. Son, en efecto, excedentes con respecto a las salidas correspondientes a las disciplinas en las que se los encuentra5”.

 

En estas nuevas condiciones, las políticas universitarias son realmente acuerdos entre administradores y empresarios. La retórica de la eficiencia, la productividad, la evaluación, los estándares, los créditos, es un indicador pleno de ese hecho. Esa retórica es planetaria aunque asume formas locales.

 

El malestar que hoy se vive en las universidades es la expresión del hastío creado por ese modo de existencia. En 1998 Jacques Derrida se ocupó de ese malestar en la universidad de Stanford en California. En una serie de conferencias que tituló, “La Universidad sin condición”, la pensó principalmente desde la idea del fin del trabajo. Esta idea desarrollada por Marx en su investigación de la gran industria y de las premisas creadas por ella para hacer el tránsito del reino de la necesidad al reino de la libertad, la aborda Derrida a partir de los trabajos del economista norteamericano Jeremy Rifkin, quien publicó en 1995 un libro con el título “El fin del trabajo. Nuevas tecnologías contra puestos de trabajo: el nacimiento de una nueva era”.

 

Derrida polemiza con Rifkin acerca de las implicaciones que tienen las revoluciones científico-tecnológicas iniciadas con el surgimiento de la gran industria en el futuro del capitalismo planetario y en la posibilidad y necesidad de una sociedad postcapitalista. A ese respecto reconoce el aporte de Marx y Lenin en la visualización de ese horizonte: “Esta problemática del susodicho “fin del trabajo” no estaba ausente de algunos textos de Marx y Lenin. Este último asociaba la reducción progresiva de la jornada de trabajo con el proceso que llevaría a la completa extinción del Estado6”.

 

Respecto a la Universidad, retoma el planteamiento de Lyotard sobre el fin de la era del profesor y lo complementa con la idea de la necesidad del profesorado: “Estamos asistiendo al fin de una determinada figura del profesor y de su supuesta autoridad pero –como he dicho suficientes veces– creo en una determinada necesidad del profesorado7”. Pero la existencia de un profesorado y un alumnado implica la presencia de la Universidad, lo que no resulta funcional para el capitalismo planetario como ya lo vimos. Esa es, en términos aquí sintéticamente delineado, la situación dada hoy en la Universidad.

 

El malestar que los estamentos básicos de la ya casi milenaria realidad de la universidad ponen de manifiesto, responde al modo como el capital y los capitalistas abordan las ciencias y las tecnologías como fuente de plusvalía. La sociedad construida alrededor de la apropiación de la plusvalía en las condiciones de las revoluciones científico-tecnológicas que Lyotard caracterizó como postmoderna, no necesita la universidad. En sentido contrario, la construcción de una sociedad postcapitalista no puede prescindir de la tradición plebeya que está en la génesis de tal institución. Esta tradición considera la experiencia del conocimiento un hecho intrínseco a la humanidad toda, y no un privilegio de las élites. Borges, el humanista, lo formula en los siguientes términos en su ensayo “Pierre Menard autor del Quijote”: “Todo hombre debe ser capaz de todas las ideas y entiendo que en el porvenir lo será8”.

 

El porvenir de la experiencia universitaria en una sociedad postcapitalista está en juego aquí y ahora. Esa problemática tiene su modo local de manifestarse pero actualmente recorre todo el planeta, no precisamente al modo de un fantasma sino como actos reales de lucha en Chile, Grecia, España, Francia, Colombia. El malestar en la Universidad es un asunto local y global.

 

Lo global compromete una perspectiva sintética de la experiencia humana. La humanidad está enfrentada a retos planetarios cuya solución sólo son posible por la acción conjunta de ciudadanos y trabajadores ilustrados. La formación de esas personas es una tarea que tiene en la Universidad la clausura de un proceso de apropiación del patrimonio común de la humanidad, y que habilita a quien lo concluye para las tareas del mantenimiento de ese patrimonio y de su enriquecimiento. Asuntos como el cambio climático, la preservación de la biosfera, el cuidado de la biodiversidad y proyectos complejos como el de la exploración espacial, el proyecto genoma humano y otros, requieren el esfuerzo convergente de profesionales y científicos de las ciencias de la mente, de las ciencias de la vida y de las ciencias de la administración racional de la abundancia.

 

La Universidad que es necesario construir para superar el actual malestar, no es posible sin una revolución educativa permanente. Esta tarea tiene sus modos locales de ser asumida, y en el caso colombiano esa empresa es urgente; ella es una premisa básica para enfrentar los problemas de la pobreza, la violencia, el narcotráfico, la ausencia de democracia política y democracia económica. La solución de esos problemas permitirá abordar de modo creativo el cuidado de la riqueza de la Amazonía, la Orinoquía, el Pacífico, el macizo Andino, para mencionar ámbitos geográficos y biológicos específicos. La revolución educativa permanente, como horizonte de la actuación cultural y política, es el reto que nos plantea el actual malestar en la Universidad.

 

1 Lyotard J. F. La Condición Postmoderna. Ed. Catedra. Madrid, 1989, p. 11.
2 Ibídem, p. 84.
3 Ibídem, p. 98.
4 Ibídem, p. 88.
5 Ibídem, pp 91-92.
6 J. Derrida. Universidad sin condición. Ed. Trotta. Madrid, 2.002.
7 Ibídem, p. 69.
8 J.L. Borges. Narraciones. Ed. Oveja Negra. Bogotá, 1983. p. 64.

Publicado enEdición Nº246
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