Viernes, 06 Diciembre 2013 08:09

Marshall Berman y el urbicidio capitalista

Marshall Berman y el urbicidio capitalista

La ciudad y la modernidad fueron sus dos grandes temas. Marshall Berman (1940-2013), teórico político e intelectual público, luchaba por el derecho a la ciudad para todos y ayudaba a entender las consecuencias de la modernización. A contrapelo de teorías posmodernas, la veía como una condición de desasosiego y desintegración. En su clásico Todo lo sólido se desvanece en el aire (1982), a base de experiencia de vivir en un cambiante espacio de su natal Nueva York (las carreteras y obras públicas de Robert Moses, etcétera), y con amplias referencias a literatura y filosofía –sobre todo a Marx: el principal motivo fue tomado del Manifiesto comunista–, pintó un ambiguo retrato de modernidad capitalista y su destrucción creativa (Sombart/Schumpeter), un tormentoso proceso de acumulación y aniquilación de riqueza. Bien apuntó Corey Robin que este es uno de los pocos textos, frutos de la íntima revelación del autor, como, por ejemplo, Orientalismo, de Said. Su marxismo era un poco light y su enfoque hacia la modernidad a veces poco riguroso, pero él mismo se decía marxista-humanista, e, igual que Marx, aunque admiraba la modernidad se preocupaba más por sus víctimas, buscando su mejor variedad, más allá del capital. Junto con otros teóricos hablaba de urbicidio –asesinato de una ciudad–, señalando que la destrucción de edificios también es una forma de violencia. Aunque el término se popularizó en contextos bélicos (Martin Coward, Urbicide, 2009), él lo usaba en un sentido amplio para criticar las malas políticas de planeación, que destruían los espacios públicos y el tejido social urbano.


Cuando el año pasado estuvo en Polonia, en una entrevista (Krytyka Polityczna, 13/4/12), habitualmente buscando en literatura las imágenes de la destrucción capitalista, recordaba la novela Los hermanos Ashkenazi (1935), escrita en yidish, de Israel Joshua Singer (1883-1944), el hermano mayor del premio Nobel de Literatura Isaac Bashevis, sobre el nacimiento y decadencia de Lodz, centro textil –el Manchester polaco–, una de las más grandes ciudades industriales europeas. El libro –comparado con otra novela sobre Lodz: La tierra prometida (1899), del otro premio Nobel, Wladyslaw Reymont (1867-1925), filmada por Andrzej Wajda– retrata el capitalismo salvaje del siglo XIX, que moldeó una ciudad enferma y polarizada entre extrema pobreza y gran opulencia, que degeneraba los lazos humanos, incluso entre los hermanos, de los cuales uno fue modelado en Izrael Poznanski (1833-1900), un industrial que edificó su imperio en precarias condiciones laborales. Habla de cómo el joven comunismo ganaba terreno entre los obreros y de agudos conflictos entre judíos, polacos, rusos y alemanes. La fábrica de Poznanski, que a principios del siglo XX perdió su esplendor, fue nacionalizada en la época del socialismo real y cerrada después de la transición post 1989. Lodz se sumergió en la desindustrialización neoliberal y el desempleo. Cuando Berman preguntó a un periodista por las razones de esta implosión, éste contestó con un perfecto cuento laissez-faire: Los obreros se volvieron perezosos. Querían ir a surfear (¡sic!). La única razón por la que el negocio fracasa son los trabajadores (¡sic!), ( Dissent, 17/6/12).


Desde el principio, quizás como ninguna otra ciudad polaca, Lodz fue expuesta a los vientos del progreso y la destrucción (otra noveladedicada a ella de Zygmunt Bartkiewicz se titula Mala ciudad, 1911). Mientras Varsovia siempre ha sido más víctima de los vientos de la historia, la anatomía urbana de Lodz es fruto del cambio de patrones de acumulación a escala global y modalidades del capitalismo. El más reciente cambio que quedó grabado en ella es el paso de la producción al consumo (un proceso en marcha desde los años 60, que en Polonia tuvo su pique en 1989): la vieja y monumental fábrica de Poznanski fue convertida en el más grande centro comercial y parque de diversión en Europa del este (Manufaktura). Ya no alberga máquinas, sino tiendas, restaurantes, cines, museos y un hotel, mientras sus viejos obreros, pauperizados y relegados al desempleo estructural, no pueden permitirse ni siquiera un capuchino y gozar de la nueva cultura capitalista (documental Mi calle, 2012). Otras fábricas son centros culturales (Lodz trata de venderse como ciudad de cuatro culturas, invocando la supuesta convivencia pacífica entre diferentes nacionalidades durante el boom), o lujosos departamentos ( lofts). Avanza la gentrificación, elitización de barrios pobres que provoca el aumento de rentas y desposesión –para Neil Smith no es un proceso cultural, sino netamente económico, impulsado por especulación y ganancia– y que no combate la pobreza, sino la desplaza ( The Guardian, 10/10/13). Según Berman, la gentrificación es un cáncer de la ciudad, que hace que los que más la aman, menos se la pueden permitir.


Aunque para él el urbicidio era un fenómeno presente en todas las épocas, con el capitalismo cobró rasgos particulares. Se hizo inseparable de la modernización urbana, que a su vez es un proceso contradictorio (sus fuerzas se alimentan de la destrucción y son muy frágiles), devastador (los escombros sepultan también las historias humanas) y paradójico (aniquila la misma vida urbana que promete liberar). La falta de regulación en el mercado inmobiliario y de transparencia en la asociación público-privada empeora aún más las cosas en las ciudades producidas según las necesidades del capital. La alternativa sería la democratización del espacio urbano y la incorporación de habitantes en planeación. Si bien esta crítica podría sonar a pura nostalgia, más bien era una voz por otra modernidad y por otra ciudad que no sean capitalistas. Curiosamente, la ciudad socialista con que soñaba Berman significaría no menos, sino más de todo: más edificios, más neones y más producción, pero orientados a satisfacer las verdaderas necesidades (The Guardian, 17/9/13). Un espacio común para todos, no para unos pocos.
*Periodista polaco

Publicado enInternacional
"Pero el centro de la ciudad va a quedar divino"

Cuando los comerciantes del sector de Santa Bárbara centro recibieron una carta de invitación para conocer el proyecto conocido como Plan Centro, nunca imaginaron que asistirían a un ultimátum de la Empresa de Renovación Urbana para abandonar sus establecimientos comerciales y la obligación de venderlos a precios que van desde $380.000 metro cuadrado hasta $680.000 dependiendo si son habitantes o comerciantes.

 

La propiedad privada deja de existir, un decreto así lo impone. "Estamos hablando de un proyecto de seguridad nacional y no hay nada que decir", les explicó el funcionario de turno. Efectivamente, el presidente Juan Manuel Santos un día decidió que sería bueno tener a todos sus ministros muy cerca de la Casa de Nariño y, por intermedio de la resolución 11 de 2013 de la Empresa Nacional de Renovación y Desarrollo Urbano –Emru– Virgilio Barco S. A. S., anunció el proyecto "Ministerios".

 

¿Quedará linda la ciudad? Es probable, pero ¿a qué precio? La respuesta también es fácil: a un precio muy, muy, bajo, ya que se pagará un promedio inferior al medio millón por el metro cuadrado, como ya se informó, el mismo que será revendido por la Empresa de Renovación desde un millón seiscientos mil pesos de ($1.600.000).

 

Otras justificaciones

 

"Las casa están viejas y a punto de caerse, así que les vamos a hacer un favor". Esta fue una de las excusas que abanicaron los señores de la Empresa", explicaron los comerciantes. "Pero es que cuando queríamos arreglarlas nos prohibían hasta pintar los frentes. Nosotros caímos en la trampa y nunca imaginamos que lo que pretendían era buscar justificaciones. Un vecino fue multado con 40 millones por haber cambiado el techo de su vivienda que estaba a punto de caerse", recuerdan los vecinos del sector.

 

Y prosiguen. "Como en todos los casos, inundaron la zona de prostitución callejera, delincuencia, indigencias, centros de venta de reciclaje y de drogas. Pero nosotros nos dimos a la tarea de limpiar calle por calle y no con violencia sino con solidaridad".

 

"La otra justificación para sacarnos de nuestro barrio es la remodelación de la ciudad y el POT del 2004. Según la norma, con la puesta en marcha de la renovación se atraerá inversión privada que será la que saque el gran beneficio económico de los proyectos".


El proyecto ministerios

 

Hace varios años, en el gobierno de Peñaloza, a algún genio de la renovación urbana se le ocurrió que la avenida 26 era la vía más importante de la ciudad y que estaba casi abandonada. A partir de ese momento se inició un proceso que pretendía "recuperar" los sectores deprimidos o de uso equivocado de ese sector, se inició entonces un plan de embellecimiento de la avenida, se construyó la troncal de Trasmilenio y se planeó demoler el Centro Administrativo Nacional –CAN–, la recién modernizada clínica de la Policía, y otras edificaciones como la antigua Inravisión, la Hemeroteca Nacional, Compensar y el conjunto residencial El Greco, monumento a la corrupción de la Iglesia Católica cuando la Caja Vocacional quebró, arrastrando en penurias a miles de cristianos ahorradores.

 

Paralelo a esto también se involucraron terrenos que están a punto de ser adjudicados a la Emru y que pertenecen al parque Simón Bolívar y a la Universidad Nacional. Los ministerios que se encuentran en el CAN, pasarán a las edificaciones por construir en el área que ocupan los vecinos de San Bárbara Centro (sujetos del desplazamiento urbano forzoso).

 

Una empresaria del sector denunció a este periódico que hace pocos años pidió un préstamo para comprar el local donde tiene un almacén de prendas militares, "La plata que nos ofrece la empresa de renovación se la daría al banco y aún quedaría debiendo por el local por el que me prestaron", explicó.

 

La organización popular

 

Frente a la aplanadora de la renovación tomó forma un proceso de organización popular que inició con los comerciantes de Santa Bárbara Centro. Leidy Garzón es la presidenta del Comité de Comerciantes Vecinos de la Casa de Nariño, según cuenta le ha tocado dejar de lado sus actividades para enfrentar a un verdadero ejército de abogados, tramitadores, funcionarios y hasta banqueros, para poder seguir haciendo lo que sabe hacer: trabajar.

 

Y expresa, no sin preocupación: "Esto es lo más injusto que he tenido que vivir. Mi mamá trabaja conmigo y si esto se acaba ¿qué haremos? Todos estos negocios de prendas militares son en su mayoría economías familiares, si nos logran ganar no será una persona por familia la que quede desempleada, será toda la familia". Su rostro de preocupación no es casualidad.

 

Así que se ha dedicado a motivar la organizar de las comunidades y a reunirse con frecuencia en los salones comunales. También se han sumado los tipógrafos del sector y desde hace pocos días se unieron los comerciantes del madrugón de San Victorino, a quienes les confirmaron que los sacarán. Definitivamente ellos no quieren ver pobres por sus ventanas, explica Leidy Garzón.

 

Orlando de la Hoz es el presidente de la Junta Administradora Local de La Candelaria, su responsabilidad con los votantes la ha tomado muy en serio. Hoy promueve, en compañía de esos líderes populares, procesos de cabildo abierto y han pedido que la alcaldía Mayor de Bogotá decrete la emergencia social y humanitaria en todo el sector que se piensa intervenir.

 

También se han realizado campañas de pega de afiches donde se lee "El centro no está en venta", pero en la segunda semana de septiembre el alcalde de la localidad de Santafé los mando quitar, solo quedan los que se pegaron dentro de los almacenes y las camisetas que exhiben a diario.

 

Contra este proyecto también se han formado otras organizaciones que pretenden motivar resistencia, como la de Teusaquillo, comerciantes de otras mercancías, el comité del barrio Policarpa donde están Adela Dimas y Víctor Silva, este último Edil de la Localidad Antonio Nariño. Todos con el firme propósito de concientizar a las comunidades para no dejarse sacar de lo que siempre les ha pertenecido.

 

En una reunión con delegados de la Emru, una mujer de edad mayor le dice al que parecía ser el jefe de los delegados: "Oiga doctor, le compro sus gafas...", el funcionario extrañado le dijo que no. Entonces la mujer insistió, "Le pago un poco más de lo que le costaron, con eso usted me las vende y se gana unos pesos". El funcionario la miró con desdén y respondió: "Señora, es que mis gafas no están en venta", entonces la señora lo interrumpió y le dijo: "[...] creo que ya me está entendiendo [...], mi negocio tampoco está en venta [... ], sí me entiende doctor?

 

De esta manera, a septiembre de 2013, las organizaciones se han multiplicado y crecido interiormente; frente al silencio complaciente de los medios masivos de comunicación, ellos sacaron el periódico llamado Dignidad, el cual respalda cuanta manifestación se realice contra este desplazamiento forzado. Todos ellos tienen una meta: demostrar que se puede contrariar al artículo 6 de la Resolución 11 de la Emru Virgilio Barco Vargas que dice que contra la norma no procede ningún recurso en su contra.

 

¿Y Petro qué?

 

Cuando Gustavo Petro se posesionó el 1 de enero de 2012, en su discurso se refiere al Plan Centro así: "No queremos ver más procesos de renovación urbana como el que existe a dos cuadras de aquí, o el que ocurrió una cuadra abajo de aquí, o allá en San Victorino, tres cuadras abajo, en donde a los pobres se les sacaba del centro de la ciudad a precios de estafa por parte del Estado, para poder hacer grandes proyectos inmobiliarios, excluyendo a la población tradicional. Jairo Aníbal Niño murió por uno de esos procesos que llaman los teóricos gentrificación, pero que consiste simplemente en que a un pobre le pagan 350 mil pesos el metro cuadrado a dos cuadras de esta Plaza de Bolívar y después venden a 27 millones de pesos el metro cuadrado cuando se trata de centros comerciales, o a cinco o seis millones de pesos el metro cuadrado cuando se trata de soluciones inmobiliarias.

 

Esa renovación urbana no es la que queremos. Liberar el espacio del agua significa que sin desplazar a la población, revitalizando urbanamente para que más personas puedan vivir en el centro, puede más gente vivir al lado del agua, al lado del centro ampliado, vamos a densificar la ciudad a través de un proceso de revitalización urbana que no excluya al pobre, lo que significa otro gran reto, que la vivienda de interés prioritario que no es la de interés social, que es para más pobres, gente más excluida de la que hoy accede a la vivienda de interés social, no se construya allá al lado del río Bogotá para que las aguas negras de la ciudad lo inunden, o no se construya como está sucediendo sino que pueda construirse en la ciudad ya construida, un enorme reto de construir 72 mil viviendas, 18 mil por año, dentro de la ciudad construida, que acerque al pobre a la condición de salir definitivamente de la pobreza, viviendo más cerca de los círculos de las transacciones, de los mercados, de la actividad productiva, que por ser productiva es la única que realmente genera la riqueza y puede sacar de la pobreza[...]".

 

Hoy son muchos los habitantes que piden que Petro salga en su defensa y que, si el nuevo POT no es derogado por las cortes, se convierta en la tabla de salvación de los pobres del centro de la ciudad. ¿Se cumplirá esta esperanza?

El Plan Centro, lo ilegal dentro de lo legal

“Pero el centro de la ciudad va a quedar divino”

lGuillermo Rico Reyes

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uando los comerciantes del sector de Santa Bárbara centro recibieron una carta de invitación para conocer el proyecto conocido como Plan Centro, nunca imaginaron que asistirían a un ultimátum de la Empresa de Renovación Urbana para abandonar sus establecimientos comerciales y la obligación de venderlos a precios que van desde $380.000 metro cuadrado hasta $680.000 dependiendo si son habitantes o comerciantes.

 

La propiedad privada deja de existir, un decreto así lo impone. “Estamos hablando de un proyecto de seguridad nacional y no hay nada que decir”, les explicó el funcionario de turno. Efectivamente, el presidente Juan Manuel Santos un día decidió que sería bueno tener a todos sus ministros muy cerca de la Casa de Nariño y, por intermedio de la resolución 11 de 2013 de la Empresa Nacional de Renovación y Desarrollo Urbano –Emru– Virgilio Barco S. A. S., anunció el proyecto “Ministerios”.

 

¿Quedará linda la ciudad? Es probable, pero ¿a qué precio? La respuesta también es fácil: a un precio muy, muy, bajo, ya que se pagará un promedio inferior al medio millón por el metro cuadrado, como ya se informó, el mismo que será revendido por la Empresa de Renovación desde un millón seiscientos mil pesos de ($1.600.000).

 

Otras justificaciones

 

“Las casa están viejas y a punto de caerse, así que les vamos a hacer un favor”. Esta fue una de las excusas que abanicaron los señores de la Empresa”, explicaron los comerciantes. “Pero es que cuando queríamos arreglarlas nos prohibían hasta pintar los frentes. Nosotros caímos en la trampa y nunca imaginamos que lo que pretendían era buscar justificaciones. Un vecino fue multado con 40 millones por haber cambiado el techo de su vivienda que estaba a punto de caerse”, recuerdan los vecinos del sector.

 

Y prosiguen. “Como en todos los casos, inundaron la zona de prostitución callejera, delincuencia, indigencias, centros de venta de reciclaje y de drogas. Pero nosotros nos dimos a la tarea de limpiar calle por calle y no con violencia sino con solidaridad”.

 

“La otra justificación para sacarnos de nuestro barrio es la remodelación de la ciudad y el POT del 2004. Según la norma, con la puesta en marcha de la renovación se atraerá inversión privada que será la que saque el gran beneficio económico de los proyectos”.

El proyecto ministerios

 

Hace varios años, en el gobierno de Peñaloza, a algún genio de la renovación urbana se le ocurrió que la avenida 26 era la vía más importante de la ciudad y que estaba casi abandonada. A partir de ese momento se inició un proceso que pretendía “recuperar” los sectores deprimidos o de uso equivocado de ese sector, se inició entonces un plan de embellecimiento de la avenida, se construyó la troncal de Trasmilenio y se planeó demoler el Centro Administrativo Nacional –CAN–, la recién modernizada clínica de la Policía, y otras edificaciones como la antigua Inravisión, la Hemeroteca Nacional, Compensar y el conjunto residencial El Greco, monumento a la corrupción de la Iglesia Católica cuando la Caja Vocacional quebró, arrastrando en penurias a miles de cristianos ahorradores.

 

Paralelo a esto también se involucraron terrenos que están a punto de ser adjudicados a la Emru y que pertenecen al parque Simón Bolívar y a la Universidad Nacional. Los ministerios que se encuentran en el CAN, pasarán a las edificaciones por construir en el área que ocupan los vecinos de San Bárbara Centro (sujetos del desplazamiento urbano forzoso).

 

Una empresaria del sector denunció a este periódico que hace pocos años pidió un préstamo para comprar el local donde tiene un almacén de prendas militares, “La plata que nos ofrece la empresa de renovación se la daría al banco y aún quedaría debiendo por el local por el que me prestaron”, explicó.

 

La organización popular

 

Frente a la aplanadora de la renovación tomó forma un proceso de organización popular que inició con los comerciantes de Santa Bárbara Centro. Leidy Garzón es la presidenta del Comité de Comerciantes Vecinos de la Casa de Nariño, según cuenta le ha tocado dejar de lado sus actividades para enfrentar a un verdadero ejército de abogados, tramitadores, funcionarios y hasta banqueros, para poder seguir haciendo lo que sabe hacer: trabajar.

 

Y expresa, no sin preocupación: “Esto es lo más injusto que he tenido que vivir. Mi mamá trabaja conmigo y si esto se acaba ¿qué haremos? Todos estos negocios de prendas militares son en su mayoría economías familiares, si nos logran ganar no será una persona por familia la que quede desempleada, será toda la familia”. Su rostro de preocupación no es casualidad.

 

Así que se ha dedicado a motivar la organizar de las comunidades y a reunirse con frecuencia en los salones comunales. También se han sumado los tipógrafos del sector y desde hace pocos días se unieron los comerciantes del madrugón de San Victorino, a quienes les confirmaron que los sacarán. Definitivamente ellos no quieren ver pobres por sus ventanas, explica Leidy Garzón.

 

Orlando de la Hoz es el presidente de la Junta Administradora Local de La Candelaria, su responsabilidad con los votantes la ha tomado muy en serio. Hoy promueve, en compañía de esos líderes populares, procesos de cabildo abierto y han pedido que la alcaldía Mayor de Bogotá decrete la emergencia social y humanitaria en todo el sector que se piensa intervenir.

 

También se han realizado campañas de pega de afiches donde se lee “El centro no está en venta”, pero en la segunda semana de septiembre el alcalde de la localidad de Santafé los mando quitar, solo quedan los que se pegaron dentro de los almacenes y las camisetas que exhiben a diario.

 

Contra este proyecto también se han formado otras organizaciones que pretenden motivar resistencia, como la de Teusaquillo, comerciantes de otras mercancías, el comité del barrio Policarpa donde están Adela Dimas y Víctor Silva, este último Edil de la Localidad Antonio Nariño. Todos con el firme propósito de concientizar a las comunidades para no dejarse sacar de lo que siempre les ha pertenecido.

 

En una reunión con delegados de la Emru, una mujer de edad mayor le dice al que parecía ser el jefe de los delegados: “Oiga doctor, le compro sus gafas…”, el funcionario extrañado le dijo que no. Entonces la mujer insistió, “Le pago un poco más de lo que le costaron, con eso usted me las vende y se gana unos pesos”. El funcionario la miró con desdén y respondió: “Señora, es que mis gafas no están en venta”, entonces la señora lo interrumpió y le dijo: “[…] creo que ya me está entendiendo […], mi negocio tampoco está en venta [… ], sí me entiende doctor?

 

De esta manera, a septiembre de 2013, las organizaciones se han multiplicado y crecido interiormente; frente al silencio complaciente de los medios masivos de comunicación, ellos sacaron el periódico llamado Dignidad, el cual respalda cuanta manifestación se realice contra este desplazamiento forzado. Todos ellos tienen una meta: demostrar que se puede contrariar al artículo 6 de la Resolución 11 de la Emru Virgilio Barco Vargas que dice que contra la norma no procede ningún recurso en su contra.

 

¿Y Petro qué?

 

Cuando Gustavo Petro se posesionó el 1 de enero de 2012, en su discurso se refiere al Plan Centro así: “No queremos ver más procesos de renovación urbana como el que existe a dos cuadras de aquí, o el que ocurrió una cuadra abajo de aquí, o allá en San Victorino, tres cuadras abajo, en donde a los pobres se les sacaba del centro de la ciudad a precios de estafa por parte del Estado, para poder hacer grandes proyectos inmobiliarios, excluyendo a la población tradicional. Jairo Aníbal Niño murió por uno de esos procesos que llaman los teóricos gentrificación, pero que consiste simplemente en que a un pobre le pagan 350 mil pesos el metro cuadrado a dos cuadras de esta Plaza de Bolívar y después venden a 27 millones de pesos el metro cuadrado cuando se trata de centros comerciales, o a cinco o seis millones de pesos el metro cuadrado cuando se trata de soluciones inmobiliarias.

 

Esa renovación urbana no es la que queremos. Liberar el espacio del agua significa que sin desplazar a la población, revitalizando urbanamente para que más personas puedan vivir en el centro, puede más gente vivir al lado del agua, al lado del centro ampliado, vamos a densificar la ciudad a través de un proceso de revitalización urbana que no excluya al pobre, lo que significa otro gran reto, que la vivienda de interés prioritario que no es la de interés social, que es para más pobres, gente más excluida de la que hoy accede a la vivienda de interés social, no se construya allá al lado del río Bogotá para que las aguas negras de la ciudad lo inunden, o no se construya como está sucediendo sino que pueda construirse en la ciudad ya construida, un enorme reto de construir 72 mil viviendas, 18 mil por año, dentro de la ciudad construida, que acerque al pobre a la condición de salir definitivamente de la pobreza, viviendo más cerca de los círculos de las transacciones, de los mercados, de la actividad productiva, que por ser productiva es la única que realmente genera la riqueza y puede sacar de la pobreza[…]”.

 

Hoy son muchos los habitantes que piden que Petro salga en su defensa y que, si el nuevo POT no es derogado por las cortes, se convierta en la tabla de salvación de los pobres del centro de la ciudad. ¿Se cumplirá esta esperanza?

Publicado enEdición Nº 195
Sábado, 22 Junio 2013 17:19

Colmenas humanas para un futuro inhumano

Colmenas humanas para un futuro inhumano

El rechazo de los grandes constructores a las exigencias que la administración Petro les está presentando, tratando con ello de regular el crecimiento de la ciudad y favorecer la construcción de edificios para Vivienda de Interés Social (VIS), invita a una mirada histórica y global sobre estas temáticas. Lo colectivo y el derecho a vida digna de nuevo destacan como prioridades para infinidad de familias que sobrellevan su cotidianidad bajo la dictadura del mercado.

 

Los hechos específicos que desatan las grandes conflagraciones sociales se convierten, a menudo, en simples anécdotas que no en pocos casos se marginalizan rápidamente por los analistas y los mismos protagonistas. Tras esos sucesos, sin embargo, además de la fuerte carga simbólica que normalmente contienen, terminan rebelándose las verdaderas razones del estallido.

 

En el caso reciente de Turquía, la resistencia de un grupo de ambientalistas al derribo de los árboles del parque Taksim Gezi, con el que se daba inicio a la destrucción de ese espacio público para la construcción de un centro comercial, fue de inmediato convertida por el primer ministro, Recep Tayyip Erdoğan, en una simple disculpa de la oposición para lograr mediante la fuerza lo perdido en el campo electoral. Y los analistas más sesudos descubrieron rápidamente que la verdadera motivación no era otra que la reacción contra la islamización de la nación y, por tanto, la defensa de un modelo laico para el país.

 

Sin el ánimo de discutir que las razones del descontento pueden ser múltiples y que detrás de la respuesta tan rápida y masiva seguramente se encuentran motivos de ese calibre, lo que no parece conveniente olvidar es que las protestas contra los megaproyectos constructivos ya se habían presentado, y que obras como un tercer puente sobre el Bósforo (que quiere demostrar una integración total con Europa) o un aeropuerto adicional han suscitado fuerte resistencia, pues se consideran lesivos del patrimonio natural.

 

La urbanización acelerada de los países periféricos, que se ha caracterizado por consolidar ciudades duales, en las que coexisten pequeñas áreas con todo tipo de comodidades al lado de tugurios donde se carece prácticamente de todo, y la lenta pero segura polarización de las urbes del llamado primer mundo que han visto un no tan lento crecimiento de las desigualdades (en los 34 países de la OCDE el índice de Gini pasó de 0,29 en la década de los ochenta del siglo pasado a 0,316 en 2010), amenazan con crear verdaderos estallidos de violencia. La muerte por la policía de un inmigrante en Estocolmo, en mayo de éste año, dio lugar a una serie de disturbios por cuatro noches consecutivas. Hecho que ya tenía antecedentes en marzo del 2007 cuando un grupo de jóvenes se enfrentó a la policía por el cierre y desalojo de un centro juvenil no convencional.

 

Pero no sólo es en Suecia, país que siempre ha ocupado lugares de privilegio entre las sociedades con más garantías, pues en París y en otras ciudades francesas, jóvenes migrantes, en octubre de 2005, respondieron las agresiones policiales, con un saldo de más de 10 mil vehículos y algunos edificios públicos incendiados. Ese mismo año también Londres vio los embates de la furia callejera, en una muestra que los problemas latentes de las ciudades modernas no son asuntos coyunturales.

 

¿Jaulas de concreto?

 

El predominio demográfico de lo urbano es un fenómeno reciente. En la primera década del siglo XX, en los países del centro capitalista el 20% de la población era urbana y en los países de la periferia tan sólo el 5% residía en las ciudades. En 1950, el promedio mundial de la tasa de urbanización alcanzaba el 29,1%; en 1980 subía diez puntos y llegaba a 39,2%, y en 2008 la población urbana supera por primera vez a la población rural. Se prevé que para 2050 el 70% de los habitantes del planeta se concentrarán en las ciudades. El caso de China es paradigmático de como los procesos de urbanización alcanzan ritmos cada vez mayores, pues la tasa de urbanización de ese país entre 1963 y 2003 pasó de 17 a 39%, es decir que en cuarenta años, según Naciones Unidas, tuvo un cambio que demoró en Inglaterra 120 años y en USA 80.

 

Las entidades multilaterales estiman que entre 2010 y 2015 cerca de 200 mil personas se adicionaran a la población urbana cada día (alrededor de 73 millones al año) de las cuales el 91% lo hará en países de la periferia. Las preguntas que surgen, entonces, tienen que ver con las condiciones que deben afrontar los nuevos urbanistas, pues las condiciones de la contratación laboral que se imponen, impiden a las nuevas generaciones de trabajadores flexibles devengar un salario que les permita acceder como propietarios a una vivienda. En España, en 2012, cuarenta mil familias entregaron sus viviendas por incapacidad para pagarlas, inaugurando una era de desalojos que apenas comienza. El economista de ese país, Santiago Niño Becerra, pronostica que en 2050 lo predominante serán los mini-apartamentos arrendados, y que la propiedad inmobiliaria será exclusividad de las élites.

 

La reducción del espacio físico de habitación ya se vislumbra como una consecuencia de la reducción de ingresos que se impone como norma sobre las sociedades "posmodernas". El alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, y el de San Francisco, Ed Lee, han propuesto construir 'minipisos' entre 26 y 30 metros cuadrados, destinados inicialmente a personas que vivan solas (estudiantes y solteros jóvenes, principalmente) para reducir los costos de alquiler. Pero, como van las cosas, es difícil creer que los mínimos se detengan ahí, pues en Pekín el ingeniero Huang Rixin, inspirado en los "hoteles cápsulas" de Japón, construye apartamentos-cápsulas de dos metros cuadrados en los que tan sólo hay espacio para una cama pequeña y cuyo servicio de baño (localizado fuera del edificio) es colectivo para el conjunto de mini-apartamentos. ¿Cabe duda que el capital también marcha hacía la expropiación absoluta del espacio, y hacia la reclusión física de los trabajadores, literalmente hablando, en jaulas de concreto? Los 35 metros cuadrados de las llamadas Viviendas de Interés Prioritario (VIP), que en Colombia se ofrecen como soluciones al problema de la habitación no son más que un resultado de la agudización del proceso de expropiación de las condiciones de vida de los trabajadores a las que nos ha llevado el capital.

 

 

La ganancia contra la vida

 

El predominio de la lógica capitalista en la creación de lo urbano tiene fuertes implicaciones sobre la suerte de los cada vez más numerosos millones de personas que llegan a habitar en las ciudades. Al llamado problema de la "escasez del suelo", que tiene que ver, en buena medida, con el hecho que los terrenos, para ser urbanos, tienen que contar con toda una serie de equipamientos colectivos (redes de alcantarillado, de agua potable, de energía eléctrica, viales, entre otros), que normalmente provee el Estado, y hacen de éste un bien altamente costoso en el mercado, se suma el relativamente elevado volumen de las inversiones en la industria inmobiliaria, que la convierte en un sector altamente concentrado, y con todas las prerrogativas de los oligopolios en la imposición de los precios.

 

El caso de los insumos no es diferente. En la industria cementera, por ejemplo, las cinco empresas más grandes controlan más de la mitad de la capacidad de producción mundial. Lafarge (Francia), Holcim (Suiza), Cemex (México), y FL Smith son las más importantes. Estas empresas han entrado en una etapa de automatización, que ha llevado a que el empleo en esa industria caiga dramáticamente mientras aumenta considerablemente la producción. La última de las nombradas instaló en Tongling, China, un horno con capacidad de producir 12.000 toneladas de cemento por día. China es, de lejos, el primer productor mundial generando el 54% del total. De más está señalar que se trata de una de las industrias más contaminantes, y que sus efectos colaterales no son contabilizados.

 

Que se piense en mini-apartamentos no implica que los constructores vayan a obtener mini-ganancias, todo lo contrario, pues la industria de la construcción se proyecta como una de las más prometedoras en las décadas siguientes. Según el estudio de las firmas de investigación Global Construction Perspectives y Oxford Economics, cuyos datos más importantes ha reproducido la prensa del sector inmobiliario, se prevé que éste se expandirá 5,2 por ciento en promedio cada año, superando el crecimiento del PIB global. Del 11% que el sector de la construcción representa en el PIB mundial, se pronostica que en 2020 pasará al 13,2%. En sólo siete países –China, India, Estados Unidos, Indonesia, Canadá, Rusia y Australia– se concentrará el 65 por ciento del crecimiento de la construcción mundial en el 2020. Se considera que en ese año la industria de la construcción china abarcará el 20% del total.

 

Fue el geógrafo francés Henri Lefebvre, el primero en llamar la atención sobre las implicaciones de permitir que los espacios urbanos fueran organizados única y exclusivamente por los intereses del mercado. El sólo hecho que la ciudad sea una entidad en la que lo público es estructural debe obligar a la reflexión acerca de la importancia que la regulación y lo político deberían tener en las decisiones que atañen al ordenamiento territorial urbano.

 

Sin embargo, la mercantilización creciente de los espacios de socialización, ha dado un peso aún mayor al valor de cambio sobre el valor de uso, y en consecuencia se han sacrificado en grado sumo las satisfacciones colectivas en las ciudades para favorecer las ganancias. Siendo –como es la ciudad– un constructo netamente humano, es aberrante que en su estructuración sean las personas lo último que se tiene en cuenta cuando el espacio o las condiciones de su ocupación se alteran. Por eso, la eliminación de parques públicos se ha constituido, en más de una ocasión, en causa de conflicto social. El geógrafo escocés Neil Smith cita en su trabajo sobre la gentrificación el caso icónico del Tompkins Square Park de Nueva York en 1988, como un ejemplo de desplazamiento social resistido por los grupos subordinados. De ahí que no se debe minimizar la causa original de las protestas en Turquía. En Colombia, no se podría aceptar, tal como se propone, que la redensificación tenga lugar a costa, por ejemplo, de algunos terrenos de la Universidad Nacional.

 

La ciudad se parcela en porciones cada vez más pequeñas, y las llamadas fronteras invisibles se multiplican aceleradamente, haciendo del encierro el sello de la ciudad futura. Los guetos no son el caso exclusivo de las minorías raciales, sino que la discriminación social, de género y de creencias asume su parte. El espacio cada vez más estrecho al interior de las viviendas se replica en el exterior en forma de accesos reales a espacios cada vez más reducidos de la totalidad urbana.

 

Colombia, siguiendo la ruta

 

A partir de 1965, se inicia en Colombia el período de predominancia de la población urbana sobre la rural. Pero, es a partir de los años setenta cuando las ciudades comienzan su proceso de modernización. La industria inmobiliaria, propiamente dicha, aparece a mediados de los cincuenta, años en los que se da inicio, aunque aún de forma incipiente, a la construcción de vivienda en altura. En la actualidad se considera que el 74% de la población del país es urbana, muy dentro de la línea de los países latinoamericanos, cuya tasa de urbanización en promedio es la más alta del mundo, en obediencia a un sector servicios dominante, sostenido por rentas extractivas.

 

El PIB de la construcción ha aumentado su participación en el PIB total y pasó de representar 4,3% en el 2000 al 7,5% en la actualidad. Sin embargo, el déficit de vivienda supera los dos millones de unidades, y la brecha se sigue abriendo si se tiene en cuenta que los hogares nuevos en Colombia superan los 280 mil, mientras que al año se construyen a lo sumo 200 mil viviendas licenciadas. Lo que significa que anualmente, al menos 80 mil hogares refuerzan la vivienda informal o el hacinamiento.

 

El déficit habitacional en Bogotá se estima entre 250 mil y 300 mil viviendas, con una oferta cada vez menor de vivienda para los sectores de menores ingresos, pues mientras que al inicio de 2008 la oferta de vivienda de interés prioritario (VIP) representaba en promedio el 10% de la oferta total de vivienda, en diciembre de 2011 descendió a su nivel más bajo con una participación de apenas el 2% del stock disponible. En el 2012 representaron apenas el 5% del mercado, según la Cámara Colombiana de la Construcción (Camacol).

 

Está claro que el mercado no es solución para una necesidad vital como la de la habitación, por lo que es hora de denunciar aún de forma más fuerte que la primacía de la ganancia en la construcción es negación de la vida para los de más bajos ingresos. El sólo hecho que se haya legislado sobre la obligatoriedad de destinar el 20% de las áreas que se van a construir a la oferta de vivienda de interés social ha llevado a los constructores a una casi-huelga de hecho, y a hundir las modificaciones al Plan de Ordenamiento Territorial (POT). Modificaciones que si bien no plantean soluciones de fondo, pues la redensificación en el llamado Centro Ampliado ha sido una idea fallida desde los setenta del siglo pasado con el programa de "ciudades dentro de la ciudad", de Lauchlin Currie (que pretendía renovar, entre otras, zonas como San Façon, Las Aguas y San Bernardo), o el Plan Revivir la ciudad, propuesta del Banco Central Hipotecario en 1986 (centrado en la redensificación de Chapinero), por lo menos insiste en una regulación mayor del crecimiento de la ciudad.

 

Pero, lo importante es entender que la gestión de la vida a través del mercado nos ha conducido a los mini-empleos (conocidos en Europa como mini-jobs, porque se trata de trabajos a tiempo parcial), los mini-salarios (que se quieren seguir acortando), y ahora las mini-viviendas, en un esfuerzo de expropiación y reducción extremo que pretende adelgazar la vida del trabajador hasta el punto de hacerla invisible para sí mismo y sus congéneres.

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Miedo en Brasil a una “limpieza” de los sin techo por la celebración del Mundial

El Centro Nacional de Defensa de los Derechos Humanos, un organismo patrocinado por la Conferencia Episcopal de Brasil, se ha mostrado preocupado por una posible “limpieza social” de las personas sin techo, con motivo de la celebración del Mundial de Fútbol del próximo año.
 


Junto a esta asociación ha expuesto también sus temores al Gobierno, el Consejo Nacional de Procuradores Generales (CNPG). Representantes de ambos organismos se han encontrado ya con el ministro de la Secretaría General de la Presidencia, Gilberto Carvalho, para alertarle sobre sus temores. Se están observando especialmente las ciudades que acogerán los partidos de la Copa.
 


Las organizaciones temen que la llamada, “higienización” de los que viven en la calle por motivos diferentes, sea un eufemismo para dar mano suelta a los verdugos de las personas indefensas, invisibles para la sociedad, pero que podrían ser vistas por los millones de turistas que lleguen a Brasil el año que viene. Sin contar que el papa Francisco llega a Río dentro de tres meses y que estarán presentes en la capital carioca más de dos millones de personas con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud.
 


En los últimos 15 meses han sido asesinados 195 vagabundos, la mayoría quemados por anónimos. El último de ellos es Jorge Affonso, de 49 años, asesinado este domingo en Jacupiranga, a 280 kilómetros de São Paulo.


 
A Goiânia, capital del estado de Goiás, a 200 kilómetros de Brasilia, ha sido enviada una comisión del Ministerio de Derechos Humanos para analizar los últimos 29 asesinatos de personas sin hogar.


 
Según datos oficiales del IBGE (Instituto Brasileño de Geografía y Estadística) existen en Brasil no menos de 1,8 millones de personas viviendo en calles y plazas de las ciudades, y menos del 25% de las ciudades tienen políticas para ellas.
 


Sólo en São Paulo se calcula que unas 15.000 personas no tienen casa, 5.000 más que hace diez años. A pesar de que en 2009, el Gobierno del entonces presidente Lula da Silva lanzó el programa de Política Nacional a favor de los vagabundos, las autoridades suelen cerrar los ojos ante esa cruda realidad.
 


Y sin embargo, para el sociólogo Mauricio Botrel, del Centro Nacional de Derechos Humanos, son imprescindibles las políticas locales a favor de estas personas para evitar una “limpieza social” llevada a cabo generalmente en la oscuridad de la noche y aplaudida en silencio por las personas de bien.


 
El fiscal general del Estado de Río Grande do Sul, Eduardo Veiga, presidente del Grupo Nacional de Derechos Humanos, ha afirmado que los Ministerios Públicos de los Estados están siendo orientados a fiscalizar la implantación de comités municipales a favor de los sin techo en todo el país.


 
Que los temores de obispos y fiscales no son infundados lo revela además el precedente de Rio, cuando reporteros del diario Folha de São Paulo descubrieron en 2009 a la alcaldía de Rio recogiendo a vagabundos deprisa y corriendo en el trayecto de la comitiva de la Comisión del Comité Olímpico (COI) responsable de elaborar un informe sobre la presencia del Mundial en la capital carioca.


 
María Cristina Bore, presidenta nacional de las Políticas de la Calle, ha afirmado que una operación de limpieza social de los sin techo “está en la pauta del día”, con motivo del Mundial.


Por Juan Arias Río de Janeiro 29 ABR 2013 - 17:38 CET

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Ciudades, megaeventos y acumulación por despojo

Las grandes ciudades del tercer mundo se han convertido en espacios tan atractivos para la acumulación del capital, como las vastas áreas rurales en que se expanden los monocultivos y la minería a cielo abierto. Los megaeventos, como los Juegos Olímpicos y los mundiales de futbol, pero también los grandes conciertos musicales, son la mejor excusa para acelerar la acumulación, que va de la mano de la expulsión de los pobres o su encierro permanente en espacios controlados.


Las ciudades brasileñas, muy en particular Río de Janeiro, muestran en este momento la cara menos amable de la acumulación por despojo: intervención militar de favelas, derribo de viviendas y expulsión de comunidades que estaban asentadas desde décadas atrás en zonas ahora apetecibles para el capital. Un acto organizado esta semana por el Laboratorio de Estudio de Movimientos Sociales y Territorialidades (Lemto) permitió conocer por dentro la realidad de quienes están siendo agredidos por las obras de cara al Mundial de 2014 y las olimpiadas de 2016.
“Llegan y marcan las casas que van a derribar, igual que hacían los nazis con las casas de los judíos”, dice, con impasible serenidad, Inalva Brito, luchadora social de 66 años que integra la asociación de los habitantes de Vila Autódromo, un barrio de 450 familias en el sur de Río, lindero con la futura villa olímpica. Allí hay pobladores que integran la tercera generación de expulsados por el desarrollo, que cada vez son trasladados a lugares más alejados del centro urbano, donde no hay servicios y el transporte es muy caro.


El Morro da Providencia, el más antiguo de la ciudad erigido por ex combatientes de la guerra de Canudos a finales del siglo XIX, es un monumento a la desigualdad social. ¿Quién estaría interesado en este cerro de escaleras empinadas y callejuelas irregulares, construido a golpe de sudor por los 20 o 30 mil vecinos que lo habitan desde hace 100 años? Marcia, veterana luchadora social de la favela, nos conduce por lugares imposibles, mostrando las casas marcadas con tres letras fatídicas, SMH, iniciales de la secretaría municipal de vivienda (siglas en portugués). Cada pocos pasos aparecen lotes tapizados de escombros que denuncian la acción de las topadoras. Se detiene en un lugar, señalando que en ese sitio fue derribada una vivienda con la familia dentro. Desigualdad y violencia estatal. ¿O habría que hablar de “terrorismo democrático de Estado”? Lo más asombroso de la favela de Providencia es la construcción de un enorme teleférico que comienza en la estación de autobuses, hace su parada única en lo que fue la plaza principal del lugar (espacio de socialización y de fiestas de la comunidad, ahora destruido), para terminar del otro lado del cerro, pegado a la Ciudad de la Samba, donde las escolas do samba construyen sus carromatos y diseñan sus disfraces. La favela, que ni siquiera aparece en los mapas turísticos, será una foto-trofeo en la mochila de los turistas, mientras sus pobladores no tendrán acceso al teleférico.


El gran pecado de la población de esta favela no es el narcotráfico, casi inexistente por cierto, sino vivir junto al puerto, una zona que ahora es apetecida por la especulación inmobiliaria que pretende remodelar un área a la que ya bautizó Puerto Maravilha, en relación directa con la Cidade Maravilhosa. Los galpones abandonados serán reconvertidos en restaurantes y tiendas de lujo para turistas; los puentes y extensos viaductos serán derribados para darle un aspecto “verde”, adecuado a los gustos de los turistas del norte y del turismo interno de clase media alta. Antes de eso, como precondición de la acumulación por despojo, se instaló una enorme UPP (Unidad de Policía Pacificadora) en la zona baja de la favela, la más accesible para los carros blindados, los tenebrosos caveirãos (en referencia a la calavera, emblema de la policía militar). En sentido riguroso, por pacificación se entiende el combate a la comunidad, aunque para mantener las apariencias democráticas se usan términos como “narcotráfico” o “bandidos”, para criminalizar a toda una población que cumple siempre los mismos requisitos: pobre, marginalizada, negra.


Esta misma semana, la presidenta Dilma Rousseff anunció en París la construcción de al menos 800 aeropuertos regionales en ciudades hasta de 100 mil habitantes. En este momento funcionan apenas 66. Todos estarán ligados por autopistas con las ciudades próximas. No dio cifras, pero supone un jugoso negocio para un puñado de constructoras y la ruina de miles de familias que inevitablemente serán desplazadas. No es casualidad: las constructoras realizan los mayores aportes a las campañas electorales de los partidos. En las recientes elecciones municipales y de gobernadoras, cuatro grandes constructoras (An- drade Gutierrez, Queiroz Galvão, OAS y Camargo Corrêa) donaron 100 millones de dólares a los candidatos. Sólo Andrade Gutierrez entregó 38 millones de dólares. El PT fue el partido más beneficiado: recaudó 32 millones sólo de las cinco mayores donadoras (Folha de São Paulo, 9 de diciembre de 2012). ¿Quién puede competir con semejante poder? No los favelados, por cierto.


Un reciente estudio del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE) señala que las cinco mayores ciudades del país concentran 25 por ciento del PIB nacional, y sólo tres –São Paulo, Río de Janeiro y Brasilia– 21 por ciento (Agencia Brasil, 12 de diciembre de 2012). En toda la región del sureste, la más rica de Brasil, uno por ciento de los municipios concentran la mitad de la renta. Allí, en las megaciudades, se está jugando una parte sustancial del futuro de la humanidad. Allí concentra sus baterías el capital global, impulsando aquellos actos gigantes que mayores beneficios le rinden, a corto y largo plazos. Los que resisten son sistemáticamente acusados de delincuentes.

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Oscar Niemeyer, el perseguidor de la gracia y la levedad

La verdad es que, luego de un mes en el hospital, Oscar Niemeyer estaba cansado. La voz casi no se dejaba oír. Dijo a la mujer, Vera, que estaba aburrido de quedarse tanto tiempo en la habitación toda blanca. Pidió volver aquella misma tarde al estudio. Había mucho trabajo por delante. Dijo también que todo lo que quería era un café y una empanada. Y entonces quedó quieto, quietito, y al otro día se murió. Se fue el miércoles, 5 de diciembre. Faltaban 10 días para que cumpliese 105 años.

 

Ha sido un ícono de la arquitectura contemporánea. Creó más de mil proyectos. Unos 600 han sido realizados y cambiaron el paisaje en Argelia e Italia, en Francia y Brasil, en Estados Unidos y España. Son obras en 15 países. Fue el arquitecto de los desafíos. Diseñó líneas imposibles, formas libres y sueltas en el espacio, buscó equilibrios inexistentes. Para él, la arquitectura era sorpresa e invención, o no era nada. Desconoció la dureza de la materia. Quiso doblarla, impregnar la materia de una audacia desconocida. Y lo hizo, persiguiendo la gracia y la levedad.

 

De todas sus obras, quizá la más conocida sea el conjunto de palacios de Brasilia. Allí está la síntesis de lo que había diseñado antes y el punto de partida para todo lo que diseñó después. Niemeyer dijo siempre que era una arquitectura diferente de lo que se había visto antes. “Los palacios pueden gustar o no, pero nadie podrá decir que antes había visto algo igual. Puede que haya visto mejores, pero iguales no”. Y contaba también que “construir una ciudad ha sido fantástico. Pero luego el sueño se acabó, precisamente en el día de la inauguración. No subí al palco de las autoridades: me quedé abajo, con los peones que habían trabajado para construir una ciudad donde no podrían vivir. El mundo soñado era imposible. Dejábamos de ser iguales”.

 

En las obras que creó y esparció por medio mundo aparece, nítida, la obstinación con que persiguió lo nuevo, y la asombrosa capacidad de inventar espacios cada vez más amplios para los osados vuelos de su imaginación, para su persistencia en desafiar las imposibilidades.

 

Los arquitectos de varias y seguidas generaciones, y los estudiosos y teóricos de la arquitectura dedicaran océanos de tinta para analizar su obra e intentar desvelar sus misterios. En el pequeño e íntimo despacho que mantenía en los fondos de su estudio de Copacabana, la cueva donde recibía a los amigos más allegados, había alrededor de 80 libros sobre su obra, en media docena de idiomas. Nunca los leyó. Más de una vez me dijo, con una sonrisa que oscilaba entre la picardía y la melancolía, que a él le gustaría ser recordado en las enciclopedias con una frase corta: “Niemeyer, Oscar: brasileño, arquitecto; vivió entre amigos, creyó en el futuro”.

 


Decía uno de los arquitectos más admirados del siglo XX que la arquitectura, en última instancia, no tenía ninguna importancia. “Importante –decía– es la vida, los amigos, la mujer amada y la necesidad urgente de cambiar este mundo injusto.”

 

Trabajó hasta el final. A sus largos 104 años de vida seguía llegando todos los días al estudio, y cuando le preguntaban por qué continuar trabajando a esas alturas de la vida, la respuesta era siempre la misma: “El trabajo me distrae. A mi edad, más vale estar ocupado para no pasar el tiempo pensando tonterías“.

 

Algunas tardes le gustaba quedarse solo, en su despacho, repasando la vida e imaginando lo que vendría. Contaba: “A veces, el pasado aparece y recuerdo a mis hermanos, a los amigos ya perdidos para siempre, y entonces una tristeza mansa e silenciosa me invade. Otras veces, lo que irrumpe es la miseria del mundo, esa miseria inmensa que los más ricos aceptan, indiferentes”.

 

Esa obstinación, la necesidad de cambiar el mundo, quedó registrada en la pared de su estudio, escrita con su letra firme y vigorosa: “Cuando la vida se degrada y la esperanza huye del corazón de los hombres, la revolución es el camino a seguir”.

 

En los años de dictadura militar en Brasil, lo detuvieron, y uno de sus inquisidores quiso saber cómo pretendía cambiar la arquitectura. Con serenidad, Niemeyer contestó: “No quiero cambiar la arquitectura, lo que quiero es cambiar esa sociedad de mierda”. Fue fichado como correspondía: “subversivo en más alto grado”. También así –rebelde, inconformado– lo recordaré.

 

Nos conocimos en 1984, quizá 1985. Hemos convivido por más de 20 años. Guardo de Niemeyer, para siempre, una frase: La vida es un soplido. Y decía: “Están los que aseguran que después de que me muera vendrán otras personas a ver mis obras. Pero esas personas igual morirán. Y vendrán otras y otras, que también morirán. La inmortalidad es una fantasía, una manera de olvidar la realidad”.

 

Y si la vida es un soplido, había que vivirla a fondo y a cada segundo. “Lo único que importa mientras estemos”, decía, “es abrazar a los amigos, buscar ser feliz. Y, claro, cambiar el mundo”.

 

Eso, y nada más. Y así vivió.

 


Eric Nepomuceno, periodista brasileño

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Honduras: ciudades como modelos para armar
Parece increíble. Justo cuando la crisis apunta a la bancarrota de los modelos y las recetas económicas desde arriba, cuando las supuestas bondades del "libre comercio" y del crecimiento sinfín quedan al desnudo, y mientras resulta que lo que falta es más democracia, hay donde se pretende construir realidades sociales con base en aquellos elementos ideológicos.

Es el caso de las llamadas ciudades modelo (charter cities), enclaves privados de industria, comercio y finanzas con sus propias leyes, sistema fiscal, policía, etcétera, que el gobierno hondureño quiere poner bajo la supervisión de su promotor, el economista estadunidense Paul Romer.

Al final es él quien acuñó aquel dicho que cobró vida entre los políticos y economistas neoliberales: "una crisis es algo que es terrible desperdiciar".

Teórico del "modelo endógeno del crecimiento económico" y de la "nueva teoría del crecimiento" que enfatiza la importancia de las "ideas" para el desarrollo, Romer dice a los países pobres que su problema son las "malas reglas" y la falta de "libertades para crear riqueza". Y da su receta, un modelo para armar: una ciudad al estilo de Hong Kong o Singapur, construida desde los cimientos y basada en "buenas reglas" que garantizan inversiones (o sea democracia restringida, flexibles normas laborales, sueldos mínimos, acceso ilimitado a los recursos naturales).

Casi lo logró en Madagascar, pero lo frenó el golpe de Estado a principios de 2009 (ocasionado, entre otros, por los planes gubernamentales de vender la tierra cultivable a las compañías extranjeras). Pero el otro golpe en Honduras en junio de 2009 le dio otra oportunidad: los golpistas que desde la deposición de Manuel Zelaya emprendieron una política de despojo, a fin de entregar el país al capital privado, se enamoraron de sus ideas.

En enero de 2011 el Congreso cambió sin ninguna consulta la Constitución para crear las Regiones Especiales de Desarrollo (RED), donde se construirán las ciudades. Cada una ocupará unos mil kilómetros cuadrados y albergará unos 10 millones de habitantes (toda Honduras tiene ocho...).

Habrá al menos dos. La primera en Trujillo, en el norteño departamento de Colón (nombrado tras el famoso navegante que allá tocó la tierra). El problema es que es un territorio del pueblo garífuna, que tras su expulsión de San Vicente, en 1797, pobló las costas del Caribe mesoamericano conservando el idioma y tradiciones de los arawak, caribes y de los esclavos africanos.

"Hay muy poca información, pero por lo que ya sabemos, no nos gusta nada la idea. Aquí no habrá trabajo. Las empresas traerán a su propia gente", me dice Evaristo Pérez, maestro de la secundaria, coordinador de la Organización Fraternal Negra Hondureña (Ofraneh) y director de una radio comunitaria en Trujillo.

"Tampoco se nos ha consultado, tal como lo estipula el Convenio 169 de la OIT, al respeto de los pueblos indígenas", añade, ya que las autoridades ven a los garífunas como afrodescendientes (además de la RED sus tierras están amenazadas por un megaproyecto turístico Banana Coast).

Para Ofraneh las ciudades modelo son una vuelta al colonialismo: una "resurrección de William Walker" (filibustero que establecía republiquetas privadas en la región y terminó fusilado en Trujillo en 1860) y una nueva modalidad de la "república bananera" (término acuñado por O. Henry en Cabbages and kings, 1904, de hecho luego de vivir en Trujillo), un Estado servil y dependiente.

Y por si fueran pocas las coincidencias, la aprobación de las RED ocurrió un siglo después de la invasión en la bahía de Trujillo perpetrada por el magnate bananero Sam Zemurray y el ex presidente Manuel Bonilla (fundador del Partido Nacional, actualmente gobernante), que entregó el país a las compañías estadunidenses.

Las ciudades modelo no sólo significarán la creciente desmantelación del Estado (la distopía corporativa pretenderá modelar el resto del territorio a su semejanza), sino que su creación es posible gracias a que Honduras después de 2009 se volvió un Estado disfuncional, sumergido en la violencia política y criminal.

En este sentido, ¿no será que las "malas reglas" que impiden su desarrollo, tienen que ver más que con el déficit del clima pro negocios, con la falta de las libertades democráticas y la dominación de la oligarquía que inspiró el golpe?

Como subrayan varios analistas, el capitalismo que parecía "casado" con la democracia hoy prescinde de ella para garantizar mejor la acumulación del capital. Es el caso de la crisis y sus "soluciones" y sobre todo de Singapur, que forjó el modelo del "capitalismo autoritario", admirado por Romer y por los políticos hondureños que quieren emularlo (lo hizo, por ejemplo, China).

Según Peter Sloterdijk, si a alguien en el futuro se construirán los monumentos es al ex primer ministro singapurense Lee Kuan Yew, su artífice.

No extraña que también libertarianos, fans de Ayn Rand, que creen que el capitalismo es incompatible con la democracia (y optan por el primero), están haciendo cola para echar una mano en la construcción de las ciudades modelo, un monumento tanto a las nefastas tendencias actuales del capitalismo como a su oscuro pasado colonial.

*Periodista polaco. Desde Trujillo.
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