Jessica Bruder, autora de 'País Nómada'. Foto: Todd Gray

Decenas de miles de trabajadores estaounidenses se han lanzado a la vida en la carretera. Utilizan vehículos para alternar trabajos estacionales y han formado sus propios códigos. La periodista Jessica Bruder los siguió durante tres años para presentar un ensayo periodístico.

 

“No he dormido”, justifica Jessica Bruder para no conectar la cámara durante la entrevista. No es para menos, es 4 de noviembre y Estados Unidos sigue sin tener claro quién será el próximo presidente. De hecho, hoy es 15 de noviembre y aunque la victoria de Joe Biden ha sido clara, la transición presidencial no está tan clara como parece. “Nuestros nervios están disparados”, continúa Bruder “esperábamos que Biden ganase de manera aplastante. Sigo creyendo, sigo siendo optimista, en que va a ganar, pero el solo hecho de que Trump esté tan cerca es aterrador, es terrible para el futuro del país”.

Pero la llamada no es para discutir sobre las elecciones estadounidenses, sino para hablar de País Nómada (Capitán Swing, 2019) un ensayo periodístico sobre las vidas de un puñado de trabajadores que viven en la carretera, en furgonetas, autocaravanas y otros vehículos adaptados. El ensayo ha dado lugar a una película Nomadland, sin estrenar en España, que ganó el León de Oro del último festival de Venecia.

Esa vida nómada ha dado lugar a una subcultura pero, antes que eso, a un ejército laboral de temporeros formado mayoritariamente por personas mayores —muchas de ellas sobrepasan los 70 años— que migra en busca de currillos estacionales y aspira a no pasar demasiado frío en invierno y mantener unos ahorros para sus gastos imprevistos. Son, en gran medida, víctimas del colapso de la clase media en Estados Unidos que decidieron salirse por la tangente y eliminar el principal gasto que marcaba sus vidas: los derivados de un mercado de la vivienda averiado para las mayorías. 

“Me pregunto si a la gente le habría llamado la atención en un libro como País Nómada si no hubiera sido por Trump y no se hubieran sentidos concernidos por los marginados, los desfavorecidos que hay en América”, valora Bruder. Pero el libro en su totalidad fue escrito durante la administración de Barack Obama, porque, como reconoce, los problemas que estaba siguiendo son muy profundos y sistémicos: “Cuando observas la desigualdad arraigada, los salarios planos y el creciente ritmo de crecimiento de los alquileres, te das cuenta que son problemas que estaban ahí hace mucho tiempo, que ya forman parte de la historia de Estados Unidos. No es que hayan comenzado con Trump, creo que antes de él ya teníamos mucho trabajo que hacer como sociedad. En primer lugar, para construir una economía que sirva a la sociedad antes que un mercado que tiene a la sociedad como un apéndice”.

¿De verdad había mucha diferencia, para gente como la que has seguido en País Nómada, entre que ganase Trump o que ganase Biden las elecciones del 3 de noviembre? 


Bueno, sí me preocupa que Trump encuentre formas de atacar la Seguridad Social y el Medicare, así como muchos de los programas depauperados de la Seguridad Social que todavía tenemos. En la carretera, mucha de la gente que encontré no tenía ni siquiera la oportunidad de votar. Además, este año todo es distinto con el covid. El hecho es que, como son nómadas, tienen que tener direcciones postales falsas. Es muy probable también que, cuando se abrieron las urnas, ellos no estaban en el Estado en el que estaban registrados para votar. Así que muchos, pase lo que pase, están marginados de ese proceso.

Da la sensación de que son personas que viven al margen también de la dicotomía entre dos países que ha marcado estas elecciones.


Desde un punto de vista más general, cuando yo estaba en el camino, el país ya estaba dividido. Pero no de la manera en lo que está ahora. Entre la gente a la que seguí en ese viaje, conocí a algunos que no votaban, otras que iban a votar por Hillary Clinton y algunos otros más “libertarios”. Ha habido quien ha querido hacer un mapa que explicase que la subcultura nómada que he seguido la forman los blancos enfadados que están con Trump... No es algo que encaje completamente. En la carretera encontré a gente con todo tipo de experiencias. Pero, independientemente de eso, sí que pienso que lo que ha hecho la Administración Trump no ha sido positivo para ellos. Por ejemplo, ha aumentado la diferencia entre lo que cobra un CEO respecto a la paga de un trabajador. Si ves la desigualdad salarial en América, cuando yo estaba escribiendo el libro, era de 270 a uno. El año pasado, los CEO ganaron 320 veces más que el trabajador medio. Antes, en 1965, la diferencia era 21 a uno. Este es uno de los grandes problemas de Estados Unidos, es una nación muy rica pero la forma en que esa riqueza se distribuye es problemática. Hace que la movilidad social sea imposible. Es una amenaza real a nuestra democracia. 

Las personas que aparecen en País Nómada no cumplen el estereotipo de lo que de forma despectiva se llaman los “red necks”, son, de hecho náufragos del colapso de las clases medias a las que haces referencia.


Sí, son gente que lidia con toneladas de inestabilidad. Creo que es psicológicamente tranquilizador para la gente agrupar a estos nómadas en categorías: “son todos derechistas” o “son hijos del rust belt” o “son gente que se arruinó”. Y de nuevo, tengo que insistir en que no conocí a todas las personas que se lanzan a la carretera. Estuve trabajando en ello, viajando con este grupo de gente durante tres años. Mi experiencia no es la de una socióloga o una estadística, aunque sí pude ver que había múltiples procedencias y circunstancias. Creo que, en una cultura como la nuestra, especialmente en una época de miedos, es fácil para nosotros mirar a grupos de gente que no comprendemos y convertirlos en otros, en una especie de “sombra” u opuesto a lo que somos nosotros mismos. Una lección para mí es que esta gente puede ser cualquiera. Racialmente, étnicamente, no hay tanta diversidad, pero en términos de estatus socieconómico y nivel formativo hay mucha diversidad. 

Son historias de crisis personales y de un sistema en crisis, pero también hay un canto a la alegría de vivir y la resiliencia.

Creo que es gente que está muy acostumbrada a sentirse machacada por el sistema. De nuevo, por los sueldos bajos, los alquileres altos, la ansiedad constante acerca de si serán capaces de seguir viviendo “una vida normal”. De forma que, cuando encuentran una manera de dar un paso al costado de ese día a día, encuentran un sentimiento de liberación. Pero las cosas van bien hasta que dejan de ir bien, porque si tú estás viviendo en una furgoneta, y ese es tu hogar, y no tienes ahorros, estás a una rotura de motor de llegar a la “ciudad del sinhogarismo”. Así que sí, puedes tomártelo como la libertad de la que hablaba Janis Joplin en esa vieja canción “Libertad es solo otra forma de decir nada que perder”. Pienso en George Orwell escribiendo en París y Londres y me doy cuenta de que cuando has abandonado o has sido expulsado de la sociedad de masas, la vida sigue sucediendo. Quizá se esperaba que la gente con la que me he encontrado iba a pasarse la vida quejándose o presentándose como víctimas, pero todos necesitamos despertarnos cada mañana y seguir haciendo lo que hacemos. Son los protagonistas de su historia. Así que fue bastante sorprendente ver cómo estaban tratando de sacar el máximo provecho de lo que tienen, aunque para muchos de nosotros lo que tienen no sea suficiente. También fue importante encontrar una especie de “comunidad” que empuja contra el tipo de alienación que domina nuestra cultura. Porque pienso que, de una manera extraña, dejar de lado la cultura de la productividad, de las “metas”, del individualismo, aporta cierto alivio. Por supuesto, viene con un montón de inconvenientes, pero esos vínculos, el sentimiento de compartir, de compañerismo… es algo de lo que la cultura mainstream debería aprender.

País Nómada me recordó a una obra de Barbara Ehrenreich.
Por cuatro duros. Es increíble. Ella es increíble. Hay otra autora, Rebbeca Solnit, que me gusta mucho, que escribió Un paraíso construido en el infierno, que podría haber mencionado en mi libro. Solnit sostiene que hay una serie de micro-utopías que crecen rápidamente en torno a los desastres. Sucede cuando se producen terremotos que la gente se une, se encuentra. Lo vi en Nueva York como alguien que vivía en el centro de la ciudad durante el 11 de septiembre de 2001. En las semanas y los meses después de aquello, la gente se trataba mejor entre sí, y con el mayor espíritu de comunidad que nunca he visto en Nueva York. Es una paradoja horrible que esta respuesta conjunta se dé en circunstancias así. La pregunta sería cómo podemos aprender a hacerlo sin ese dolor.

País Nómada también me remitió a una obra de los años 30 del siglo XX, Boxcar Bertha, de Ben Reitman. ¿Crees que hay similitudes entre la historia de esa subcultura, la larga tradición de viajes en tren, con sus códigos, sus consejos y sus narrativas?


Sí, definitivamente hay paralelismos. El libro está dedicado a un amigo mío, Dale Maharidge. Su primer ensayo se llama Journey to nowhere (“Viaje a ninguna parte”). En los 80, se subió a trenes de carga con gente desposeída, que buscaba trabajos. Fue muy interesante hablar con él mientras llevaba a cabo este proyecto. Porque, en aquella época, a quien se encontró mayoritariamente fueron hombres, y en la actualidad ves a multitud de hombres y mujeres. Es un fenómeno interesante. Hay cosas que permanecen aunque hayan cambiado, como el hecho de que estas personas se dejaban mensajes unas a otras en forma de jeroglíficos para saber dónde pueden ir, qué sitios son seguros, etc. En la actualidad, utilizan la web para dejarse esos mensajes y consejos: qué Walmart es seguro para llevar la furgoneta, cuál no lo es. Hay un sentimiento de camaradería compartido en afrontar la adversidad juntos. El hecho de que la economía los excluye, y el hecho de que la sociedad de masas los mira por encima del hombro y los contempla como inadaptados, los hace cohesionarse como una subcultura.

¿Sigue aumentando el número de personas en esta situación?


Una de las cosas que más me preocupan en este momento es la situación con el covid. Y el hecho de que mucha gente ha perdido su trabajo. Cuando comience el año, vamos a ver una oleada de gente expulsada de sus casas, es cuando expira la moratoria de la mayoría de desahucios. Y vamos a ver esta situación terrible: hay tantísimas casas vacías y tantísima gente que ha sido desplazada que muchos de los nómadas que aparecen en el libro —incluidos los del Rubber Tramp Rendezvous— están posteando vídeos explicando cómo la gente puede vivir en un vehículo si es desahuciada. La cuestión es, cuando tienes cierta cantidad de personas viviendo en la carretera, pueden hacerlo de manera encubierta, pero cuando tienes masas y masas de gente viviendo así, en un país en el que muchas ciudades legislan para hacer ilegal dormir en un vehículo, tienes un problema importante. Y creo que es terrorífico. También está el simple hecho de saber que muy pronto va a haber mucha, mucha gente, ahí fuera, y cómo eso va a influir en la gente que ya está viviendo así.

Una de las cuestiones que explican el fenómeno que describes es el enorme beneficio que una compañía como Amazon obtiene de estos trabajadores itinerantes. ¿Hay alguna manera de hacerlos responsables de esta situación de precariedad?


La gente me pregunta, ¿por qué no se sindican, porque no funcionan en equipo? Básicamente porque están en tránsito y se quedan poco tiempo en los sitios. No tienes el tipo de solidaridad y de organización a largo plazo que te permitiría obtener derechos de un empleador como Amazon. Creo, sin embargo, que hay cosas importantes pasando en este momento en torno a Amazon. El pasado año saqué una historia, que fue portada de Wired, sobre la comunidad somalí y del África occidental en Minneapolis. Fueron de los primeros en organizarse y sentar a Amazon a una mesa para negociar con los trabajadores. Ahora, hay un grupo llamado Athena que es una organización enorme tratando de poner a esa compañía bajo control. En el caso de los nómadas es complicado estar a la cabeza de estos movimientos. Muchos de ellos son tan precarios que, tristemente, están agradecidos por el trabajo, incluso aunque se les explote. Pero esta gente que vive a tiempo completo en comunidades más tradicionales, han llegado a un punto de decir “basta ya”. No creo que vayamos a ver ese movimiento social partir de los nómadas. Es muy interesante que esté viniendo de esas comunidades procedentes de África occidental, en cuanto conservan lazos culturales muy fuertes. Si alguien viene a Estados Unidos desde Somalia hay muchas oportunidades de que hayan pasado por la guerra civil o situaciones extremas. Son comunidades fuertes, que están preparadas para unirse contra la adversidad, precisamente por esas experiencias anteriores.

Por Pablo Elorduy

@pelorduy

15 nov 2020 06:53

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La pandemia no ha hecho sino profundizar las desigualdades en el espacio urbano

Con motivo de la celebración de Octubre Urbano, Ecologistas en Acción denuncia las políticas urbanísticas que se han desarrollado durante la pandemia, y que han agudizado los problemas de un modelo de desarrollo que ya existía.

  • Según la organización ecologista, la especulación urbanística y la construcción ilimitada en las ciudades ofrece la falsa idea de desarrollo económico y supone un peligro para el medioambiente y la calidad de vida de sus habitantes.
  • El control de los precios de los alquileres, la renaturalización urbana o la descarbonización de la movilidad, son algunas propuestas para exigir un urbanismo sostenible e inclusivo. 

Naciones Unidas ha declarado la celebración de un Octubre Urbano, un mes marcado por el Día Mundial del Hábitat (5 de octubre) y Día Mundial de las Ciudades (31 de octubre). Ecologistas en Acción aprovecha esta fecha para denunciar problemas como la especulación urbanística y para reivindicar un desarrollo sostenible e inclusivo de las ciudades.

Este mes de octubre la humanidad se enfrenta a nuevos retos en materia de habitabilidad a causa de la pandemia de la COVID-19. Retos que, para Ecologistas en Acción, se suman a problemas que desde hace décadas sufren las ciudades, como la especulación urbanística que expulsa a la población de menor ingreso de sus residencias; o el crecimiento de asentamientos de infravivienda, que coloca a su población en una situación de vulnerabilidad ambiental, inseguridad e insalubridad.

Ecologistas en Acción ha recordado que la pandemia no ha hecho sino profundizar las desigualdades en el espacio urbano. Los impactos sanitarios, sociales y económicos se han hecho más latentes en la población más vulnerable, precisamente por sus condiciones de habitabilidad relacionados con el empobrecimiento: hacinamiento, insalubridad, falta de espacios libres, carencia o dificultad de acceso servicios sanitarios y sociales.

Según la organización ecologista, la crisis sí ha abierto algunas ventanas de oportunidad. En las ciudades ha supuesto un cierto alivio en algunas de las presiones más fuertes que estas padecen, como el turismo y sus fenómenos asociados. Uno de ellos son los pisos turísticos, con fuertes efectos sobre el derecho a la vivienda, la calidad de vida en los tejidos urbanos tradicionales y la inclusión.

Asimismo, también se ha producido la caída de la demanda y de los precios de algunos productos como el terciario hotelero y oficinas, lo que podría favorecer la mezcla de usos y actividades, frente al “monocultivo” en esos mismos productos de muchos centros o áreas urbanas.

Por ello, Ecologistas en Acción señala que los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) 2015-2030 de Naciones Unidas son la guía necesaria para las políticas públicas y las prácticas privadas ante los grandes desafíos del planeta para ‘Conseguir que las ciudades y los asentamientos humanos sean inclusivos, seguros, resilientes y sostenibles’.

En el Estado español, la organización ecologista apunta a la necesidad de revisar el impacto de un desarrollo urbano basado en la especulación, que en algún caso todavía puede frenarse. En concreto señala “las grandes operaciones inmobiliario-financieras, que son desarrolladas con la complicidad pública, ignorando el interés común y amenazando con infringir nuevos impactos al tejido urbano y social”, según ha declarado Luis Suárez, portavoz de Ecologistas en Acción.

Además, Ecologistas en Acción denuncia las iniciativas de algunos parlamentos y gobiernos regionales –como Andalucía, Región de Murcia y Comunidad de Madrid- que en plena pandemia han desarrollado planes que van en contra de los retos y compromisos citados. Estas comunidades autónomas han impulsado la urbanización del territorio  -incluso aquellos protegidos- poniendo en peligro a los ecosistemas.

La relación de desarrollo económico y urbanización ilimitada que proponen estas políticas no es nueva. Se trata de la misma fórmula desarrollista de los años 60 y 70 y que culminó con la burbuja inmobiliaria de principios del siglo XXI. Estos procesos, recuerda Ecologistas en Acción, han provocado la degradación generalizada de los ecosistemas y un modelo económico frágil ante los ciclos internacionales, insostenibles y de muy baja competitividad.

Suárez ha explicado: “La misma demagogia irresponsable que ha llevado a la relajación prematura de medidas de contención del virus, oponiendo economía y salud, utiliza el señuelo de la desregulación urbanística como mecanismo anticrisis. Más ladrillo para hacer renacer el mercado inmobiliario y turístico con la promesa ilusoria del empleo. Esto es pan para hoy, hambre para mañana”.

Por todo ello, Ecologistas en Acción anima que Octubre Urbano sea un mes de reivindicación ciudadana para exigir coherencia de las políticas públicas urbanas y territoriales. Y para demandar una salida a la crisis que camine hacia un urbanismo sostenible e inclusivo, donde la ciudad sea un derecho y se priorice lo público, la transición ecológica y la economía circular. 

Algunas medidas para conseguir estos objetivos son: el control de los precios de los alquileres, la creación de parques públicos de vivienda social, la renaturalización urbana, la descarbonización de la movilidad y la implantación de modelos de ciudad de proximidad y de los cuidados.

Por | 14/10/2020

Fuentes: Ecologistas en acción

Fuente: https://www.ecologistasenaccion.org/151821/la-pandemia-no-ha-hecho-sino-profundizar-las-desigualdades-en-el-espacio-urbano/

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Manifestantes que intentaban llegar al Parlamento libanés responden a los disparos de gases lacrimógenos de la policía, en el segundo día de protestas antigubernamentales tras las devastadoras explosiones que causaron 158 muertes y más de 6 mil heridos, así como 300 mil personas que perdieron sus viviendas. Los ministros de Información y de Medio Ambiente renunciaron ante las repercusiones políticas de la tragedia. Francia ha encabezado un puente aéreo y marítimo de ayuda internacional. Foto Ap. Agencias

 

Protestas y represión en las calles de Beirut por segundo día consecutivo

 

Beirut. La policía libanesa disparó ayer gas lacrimógeno para dispersar a manifestantes que arrojaban piedras y bloqueaban un camino cerca del Parlamento, en el segundo día de protestas antigubernamentales tras las devastadoras explosiones de la semana pasada.

Un incendio se desató en un acceso a la Plaza del Parlamento cuando los manifestantes intentaron irrumpir en un área acordonada. También entraron por la fuerza en las oficinas de los ministerios de Vivienda y Transporte.

Los ministros de Información, Manal Abdel Samad, y de Medio Ambiente y Desarrollo Administrativo, Damianos Kattar, renunciaron ante las repercusiones políticas de la tragedia, tras meses de crisis económica, al señalar que el gobierno fracasó en sus planes de reforma.

El estallido de más de 2 mil toneladas de nitrato de amonio el martes pasado mató a 158 personas, dejó más de 6 mil heridos y a unos 300 mil sin casa.

Policías antidisturbios se enfrentaron a manifestantes cuando miles convergieron en la Plaza del Parlamento, cerca de la Plaza de los Mártires, donde se instalaron carpas para distribuir pan, agua y comida caliente.

Los manifestantes respondieron a los disparos de gas lacrimógeno con el grito: "¡Revolución, revolución!" Algunos trataron de escalar las imponentes barricadas de la policía para proteger la calle que lleva al Parlamento.

El principal clérigo maronita cristiano del país, Bechara Boutros al Rai, dijo que el gabinete debería renunciar, ya que "no puede cambiar la forma en que gobierna".

La ayuda internacional sigue llegando. Francia creó un "puente aéreo y marítimo" para llevar más de 18 toneladas de ayuda médica y cerca de 700 toneladas de alimentos.

La ayuda de urgencia recolectada ayer por medio de una videoconferencia organizada por Francia y la Organización de Naciones Unidas para Líbano se eleva a poco más de 250 millones de euros.

El monto total de la ayuda de urgencia comprometida o movilizable a corto plazo es de 252 millones 700 mil euros, de los cuales 30 millones son de Francia, precisó el Palacio del Elíseo.

El presidente libanés, Michel Aoun, descartó el viernes una investigación internacional, en oposición a una solicitud planteada por su homólogo francés, Emmanuel Macron, quien el jueves visitó Beirut.

Hay que "actuar rápido", exhortó Macron en la videoconferencia de países donantes antes de pasar la palabra a su homólogo estadunidense, Donald Trump, quien se pronunció por una investigación internacional, y a los jefes de gobierno Giuseppe Conte, de Italia, y Pedro Sánchez, de España, así como responsables de las grandes organizaciones internacionales (FMI, Banco Mundial, Cruz Roja, etcétera).

La Organización de Naciones Unidas estimó que sólo el costo de las necesidades sanitarias asciende a 85 millones de dólares.

El Fondo de Naciones Unidas para la Infancia calculó además que unos 100 mil niños pueden haberse visto afectados por la situación en que se encuentran sus viviendas, derruidas o semiderruidas, tras las explosiones, y muchos de ellos están entre las víctimas mortales y heridos a causa de este suceso.

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"El derecho a la vivienda debería ser un derecho mundial"

Lidera el Movimiento sin Techo del Centro 

Habla de la actualidad de Brasil, el gobierno de Jair Bolsonaro, la discriminación racial, el movimiento al que pertenece y los efectos de la pandemia en la población indígena.

 

A Janice Ferreira se la conoce mucho más por su apodo, Preta. Acusada de extorsión en la toma de viviendas, pasó 108 días detenida en la prisión de Santana, en San Pablo. “No vino contra mí el Estado y su poder judicial, fue el Estado en tanto especulador inmobiliario”, comenta. Orgullosa de su condición de mujer negra con formación universitaria y luchadora social, lidera el Movimiento sin Techo del Centro (MSTC). A los 35 años ya tiene unas cuantas cicatrices por la vida que lleva en constante pelea contra las injusticias. Su perfil viene de familia. Carmen, su madre, también es referente de las personas sin vivienda que viven en las calles o alternan entre un alquiler imposible de pagar y el riesgo latente de ser desalojadas. Las dos fueron encarceladas aunque con una diferencia. El proceso contra la mamá de Preta terminó con su absolución y su hija  en libertad. Desde la capital paulista dialogó con Página/12 sobre la actualidad de Brasil, el gobierno de Jair Bolsonaro, la discriminación racial, el movimiento al que pertenece y los efectos de la pandemia sobre la población de las comunidades quilombolas e indígenas. La clase más sumergida de su país.

-¿Nos puede explicar cómo ha sido su militancia en el Movimiento sin Techo?

- Soy militante de la lucha por la moradia (en portugués hogar, vivienda, una palabra que repetirá a lo largo de toda la entrevista) y del MSTC. Me formé en Publicidad y trabajo en la cultura con música, cine, arte… soy cantora, actriz y ahora escritora. Acabo de terminar un libro que saldrá antes de fin de año y se llama Mi carne, diario de una prisión. Todas son cosas que veo con naturalidad. Yo fui criada en hacer lo que me gusta.

-¿Desde qué edad comenzó a involucrarse en las luchas sociales?

-Milito desde los 14 años, tengo 35 y me comprometí con el Movimiento sin Techo. Soy una persona excluida de la sociedad y entonces milité por eso. Y lo hice para que otras personas no pasaran lo que yo pasé, cuando se me negó el derecho a la moradía y ahora soy una negra que lucho por los derechos constitucionales. Porque acá en Brasil estamos en las mismas condiciones que en la década del ’60, en 1964, cuando se produjo el golpe de la dictadura militar.

-¿Cómo se compone su familia?

-Nosotros somos ocho hermanos, cuatro hombres y cuatro mujeres. Yo vivo en el centro y todos viven acá en San Pablo y todos están unidos a esta causa donde ocupamos viviendas por necesidades. Solo mi padre y la parte de su familia siguen en San Salvador de Bahía.

-¿El Movimiento que usted integra es social y políticamente amplio o está identificado con algún sector en especial?

-Es un movimiento amplio que cuida de las personas que necesitan su casa independientemente de su condición social y de su credo. Es un movimiento muy diverso que lucha por las garantías constitucionales. No nos ocupamos solamente de conseguir una casa; también de la salud, la educación y de temas judiciales de quienes están dentro del MSTC.

-¿Cuántas personas estiman ustedes que no tienen techo en San hablo o en todo Brasil?

- (NdelaR: en 2018 un estudio señalaba que había 6,9 millones de familias sin techo y 6 millones de inmuebles vacíos en todo Brasil). Acá en San Pablo no sé cuántas son las personas sin techo porque aumentan gradualmente como los predios deshabitados. No tengo ninguna referencia. Pero así como hay 86 mil predios vacios, la cantidad de gente en las calles es bien mayor. Falta voluntad política para resolver el problema de la vivienda, para hacer un programa sobre el tema. Más esto pasa también por la especulación inmobiliaria. Porque si tú no tienes el dinerinho para pagar el alquiler vas a la calle y el problema de la especulación inmobiliaria es un problema del mundo todo, no es solo de San Pablo. El derecho a la vivienda debería ser un derecho mundial. Las personas se quedan sin casa porque la especulación inmobiliaria se está comprando todo.

-¿Se identifican ustedes con el movimiento Okupa que surgió a mediados de la década del ‘80?

-Sabía sobre ese movimiento pero la verdad es que nosotros tomamos predios desocupados, cien por ciento vacíos hace más de veinte años, ociosos, donde no se cumple la función social de la propiedad y donde unos derechos dejan de estar garantidos. Los movimientos sociales quieren pagar por un hogar pero no existen políticas públicas que, es importante recordar, deben hacerse efectivas para que la población pueda tener esas viviendas a un precio justo. Queremos que se den años de gracia para pagar pero parece que no es interesante liberar esos predios para los trabajadores populares o de baja renta porque existen grandes empresas que quieren comprarlos para transformarlos en apartamentos lujosos o minúculos para vender por un precio que un trabajador pobre o de baja renta no consiga comprar. Por eso el movimiento tiene la obligación de denunciar esta especulación inmobiliaria y por eso se nos criminaliza. Prueba de eso es que yo fui presa 108 días sin haber cometido crimen alguno.

-¿Cómo es afectada la población negra de Brasil en esta problemática? ¿Tiene más dificultades por cuestiones raciales que la población blanca o mestiza?

-Ahí ve la gente el problema racial, cuando se afecta el derecho a la moradia. Desde la época de la esclavitud que se está arrastrando y al Estado no le interesa que una mujer negra tenga estudios superiores, un diploma, porque ese acceso es negado y lo señalan las estadísticas. A mí me pasó esa discriminación cuando un empresario me pagó mi pasaje de avión y GOL no me dejó viajar porque la tarjeta de crédito no era la mía. Porque era de un hombre blanco, de Bélgica, hicieron especulaciones sobre dónde había comprado ese pasaje y no conseguí viajar y tuve que comprar otro con mi dinero, porque una mujer negra no puede viajar en Brasil si adquirió el pasaje con una tarjeta que no es de ella. Eso es el racismo en este país. Es un cáncer.

-¿Le hizo juicio por eso a la compañía?

-No, no quise gastar energía en eso, tengo muchas cosas a qué dedicarme.

-¿Las condiciones de movimientos como el MSTC empeoraron con el gobierno de Bolsonaro?

-Es un gobierno dictatorial, totalitario, fascista, racista, machista, que excluye y gobierna para una torcida organizada. Usted ve ahí la ayuda a la población índígena siendo negada por el presidente con un veto. Las personas de esas poblaciones indígenas y de las quilombolas no son gente para él. No es el presidente de la república, el presidente debe gobernar para todos, para toda la población del país. Bolsonaro gobierna para los ricos, ellos están muy bien. El hijo de él se vio envuelto en el asesinato de Marielle Franco. Bolsonaro nos mandó la Policía Federal para aprehendernos a nosotros, Bolsonaro junto al gobernador de San Pablo Joao Doria. Bolsonaro, Doria y Witzel el gobernador de Río de Janeiro, son tres asesinos, tres genocidas y hoy que estamos viviendo la pandemia el presidente le niega derechos a una parte de la población.

-¿Adhiere a la denuncia internacional contra Bolsonaro por genocidio?

-Sí. Absolutamente. Un presidente que no obliga a las personas a usar tapabocas es justamente para matar a esas personas, a la población carcelaria. Un presidente que firma un veto para que la población indígena y quilombola no tenga atención médica durante una pandemia mundial es un asesino. Un presidente de la República que sabe que está infectado con Covid-19 y está en la calles conversando con las personas, es un asesino. No son opiniones, son hechos.

-¿Cómo siguió lo que pasó en EEUU con el asesinato de George Floyd y la respuesta que generó en la población?

-Yo creo que en Brasil debemos valorizar nuestras luchas porque acá, cada 23 minutos, muere un George Floyd. Cada 23 minutos un joven negro es asesinado.

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Dónde dirigir la mirada en tiempos de confinamiento 

AGustavo Mejía, uno de los  héroes de esta pandemia y que gusta de la vista de mi ventana

El protagonista de la película “La Ventana Indiscreta” (1954) de Alfred Hitchcockobserva lo que pasa en su vecindario desde una ventana. Jeff es un fotógrafo -James Stewart-sometido al confinamiento debido a un yeso en su pierna, mientras contempla el discurrir del día desde su habitación. Se distrae viendo un gato que se desplaza como un acróbata por las cornisas, las palomas que abrevan en los techos, una mujer que toma el sol en el balcón, un padre de familia que organiza su corbata. La convalecencia le permite no perder de vista los desplazamientos de los otros: un vecino que se afeita y enciende la radio, la joven rubia que realiza contorsiones mientras prepara el desayuno. La vida de los apartamentos vecinos se convierte para Jeff en un micro-mundo desplegadoante sus ojos.

Como el personaje de la cinta, hemos tenido en esta cuarentena planetariala posibilidad de detenernos en la vida de los otros:un hombre corpulento,que,ante la imposibilidad de asistir al gimnasio, ha convertido un pequeño trozo de andén en lugar de ejercicios. La mujer que aprovecha la luz de la mañana para salir con una silla a tomar el sol en el parqueadero de otraresidencia próxima. La pensionada que seca su cabello y observa el mundo a la hora que paso a mi balcón. Hace ya muchos días ha desaparecido el fenomenal embotellamiento de automóviles a las cinco de la tarde en las dos estrechas calles del barrio, los vecinos que puntualmente a las 20 horas,emergen a las ventanas y aplauden al personal médico de la ciudad. Todo parece haber regresado cuatro décadas atrás: el aire más limpio, se captan nuevamente los sonidos de pájaros y hasta ranas. La diferencia estaría que los adolescentes que ocupaban en 1980 esas callesya no están afuera escuchando la música de Urubamba o Led Zeppelin, sino adentro aislados, contemplando esas mismas dos calles con sus familias, a la espera finalmente de la quietud.

En tiempos de pandemia la norma nos confina en la casa, pero ¿de qué casas hablamos?  Algunas tienen grandes ventanales, la fortuna de un balcón, o una terraza con la posibilidad de cuidar algunas flores, hasta de subir a sus techos. Otras cuentan con pequeñas ventanas que filtran la luz del sol, la redirigen y enfocan muros donde no hay nada más allá de una pintura diluida, en una pared que se quiebra por la humedad, en ese caso, incluso, la alternativa de ver una imagen decadente resulta consoladora. Pero también existen viviendas sin ventanas. En toda la ciudad hay familias que habitan lugares adaptados como residencia: “bajos”, “palomeras”,divididas en sub-apartamentosubterráneos, inquilinatos, habitaciones, lugares reducidos, en los que se dificulta permanecer largo tiempo, muchos ni siquiera cuentan con una ventana. Una claraboya es su única iluminación.¿Qué clase de aislamiento tiene un humano cuya vivienda no cuenta con una ventana al exterior? Se dice que la primera preocupación de cuando se está confinado es el alimento; pero, ¿quien le puede solucionar a millares de seres humanos la falta de una ventana?  Allí viven tres, cuatro, cinco, diezvidas, compartiendo sonidos, olores, texturas, humedades, goteras, alergias, temperaturas.Se trata de viviendas urbanas, muchos de estos lugares fueroncasas patrimoniales convertidas con el paso del tiempo en turbios lugares de encierro, estrechos,cuyos olores son fuertes, aunque al pasar de los minutos gracias al sentido de la adaptación,el olfato los convierte en costumbre.Son espacios ocupados por familias que vivierontragedias naturales, desplazamientos, guerras, emigraciones. En zonas como estas la “distancia social” es casi imposible, un privilegio ¿Cómo aislarsebajo esas condiciones?  Si la epidemia nos ha obligado a vivir en medio de la “distancia social”, el mundo del futuro deberá luchar por destruir las desigualdades que niegan a muchos, la posibilidad de una ventana, un balcón donde volver a sentir el aire y no el desespero de sentirse enclaustrado.

Pero estos lugares también pueden ser resignificados. Como si fuera un presagio de lo vivido, la última película a la que asistí antes del confinamiento “JoJo rabit” (2020) muestra la utilidad del encierro para una niña judía, en el clandestino hueco de una casa. Si desea salvar su vida no debería salir de ahí, asemejándose a las condiciones de muchos: oscuridad, calor, estrechez, ausencia de paisaje. Derrotado finalmente el nazismo en Berlín, las calles se fueron de nuevo poblandopor quienes permanecieron ocultos durante años en esas grietas, añorando un poco de sol, caminar, el contacto con los otros. La ausencia de ventanas ayudó a salvar sus vidas.

En este momento, con ventanas o sin ellas, la certidumbre de sobrevivir se encuentra en la capacidad de ocultamiento de estos ejércitos de micro-partículas, aprendiendo de quienes han resistido bajo condiciones límite. Siendo así, nuevamente la lecciónnos llega gracias al recuerdo de quienespasaron por situaciones extremas, que no muchos hubiésemos podido soportar

                             

 

Alberto Antonio Beron Ospina

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Jueves, 16 Abril 2020 06:30

¿De qué nos separa el aislamiento?

¿De qué nos separa el aislamiento?

Los significantes del "quedate en casa"

El encierro modifica las posibilidades de respuesta de cada quien frente a la angustia, plantea el autor, pero la situación de amenaza y la libertad individual cercenada fundan un "nosotros" y un cálculo de acción colectiva.

I

El silencio en la calle se asemeja al de la hora de la siesta en la década del 80. En aquella época eran tan pocos los que tenían un auto en el pueblo que se solo se oía el viento y el sonido de unos pájaros, difícil de transcribir, pero que se parecía a los de una queja. Nosotros pasábamos esas horas entre el patio y la calle, a la espera de que los grandes se despertaran y comenzara la actividad. Pero también era la hora en que ejercitábamos cierta libertad al abrigo de la mirada de ellos. Había que respetar la siesta, por lo que todo lo que hacíamos debía ser en silencio. Cada tanto se oía un grito desde una habitación, para poner orden.

Esta mañana salí a la farmacia a comprar un antibiótico para uno de mis hijos al que le han salido unas casaras en la cabeza, con pus dice su mamá. El pediatra indicó medicación y me permito andar por la calle en el marco de las excepciones a la cuarentena. En el camino me detuvo la policía, ante quien debí dar explicaciones.

Se ha denominado a la cuarentena aislamiento social, preventivo y obligatorio. Soy el miembro de una especie que debo estar aislado para no contagiarme, ni contagiar el virus que se propaga a nivel mundial. El gobierno ha decidido aislarnos unos de otros y restringir la libertad de circulación de los cuerpos. Se ha decidido salvar vidas por sobre la libertad individual.

II

En 1890, Freud enfatizaba el influjo que tenía lo anímico sobre la evolución de una enfermedad y su desenlace, denominando expectativa angustiada a ese estado de angustia flotante que se presenta como un fenómeno de franja frente a cierta amenaza. Lo inminencia cobra la consistencia, no de un desenlace cierto, sino de un destino incierto. En la espera la angustia se presenta como señal de que algo va a pasar, de que algo está por pasar y no se sabe qué es.

Es lo que Lacan traducirá nombrando a la angustia como señal de lo real, o como afecto tipo de todo acontecimiento de real. Entendiendo este acontecimiento como encuentro contingente con un elemento fuera de discurso, imposible de soportar, por fuera de la estructura de ficción que sostiene la escena del sujeto en el mundo.

Esta presencia de la inminencia, de la amenaza opaca y presente, contrasta con el paradigma de la previsibilidad, de la anticipación y el cálculo al que ilusoriamente el discurso de la ciencia intenta sostener, y revela el “impasse” en el que se encuentra este discurso, al no poder aliviar las angustias del sujeto contemporáneo. (1)

La situación de amenaza, presente frente a ese agujero en las garantías, suscita en muchos seres hablantes esta expectativa angustiada. La característica de un virus que se propaga rápidamente, que no se conoce claramente su modo de contagio, que puede enfermar a cualquiera y que mata a personas de un modo inesperado, nos confronta a ese real, inicialmente sin ningún paraguas. Ilustra lo que Laurent y Miller han denominado la época del Otro que no existe, para transmitir algo de esta fragilidad en la que vivimos, la inconsistencia de un mundo en el que las garantías se han desvanecido.

Lacan en su seminario sobre la angustia enfatiza cómo el sujeto se siente amenazado, acorralado y está implicado, afectado en lo más íntimo de sí. La fenomenología de la angustia, tan descripta hoy en relación al ataque de pánico, acentúa frecuentemente las manifestaciones corporales, excluyendo la dimensión de concernimiento e implicación que subyace como certeza subjetiva. En la angustia el sujeto afectado advierte que eso extraño le es parte. Esta posición clínica sobre la angustia en la que se trastroca la estructura del adentro y del afuera, indica también que lo traumático aun cuando es para muchos, lo es también para cada uno. Y que el encuentro con ese real, con su afecto típico, no deja de funcionar como algo propio.

Cernimos en nuestra clínica que la actual situación de amenaza de enfermar en la que vivimos y su medida biopolítica de aislamiento, a fin de prevenir una propagación masiva, produce la irrupción de afectos entre los que se encuentra la expectativa angustiada y la angustia propiamente dicha (como afecto tipo), pero también es un tiempo, una pausa que habilita frente a esto, un abanico plural de respuestas en singular.

III

La amenaza, como una situación de perjuicio probable, eso que nos puede pasar, pero no se sabe cuándo, la podemos percibir irrumpiendo como un elemento desvinculado y no calculado. La intromisión de una presencia desconocida, frente a la cual comienzan a elucubrarse discursos de explicación y control.

Decimos que la pandemia se presenta como un real sin ley, ni sentido. Erosiona, quema, deshace el mundo ficcional, el tejido de sentidos, deshace lazos y mortifica. La amenaza de lo real produce a su vez las respuestas que intentan restituir una escena del mundo. Recordemos que Lacan acentuaba que actuar es arrancarle a la angustia su certeza y que actuar es operar una transferencia de angustia. De repente globalmente vivimos el confinamiento como una escena posible frente a esto.

La opacidad de la amenaza no excluye que a su vez proliferen teorías explicativas, que intentan ubicar una causa o una intencionalidad en la situación de pandemia. Estos intentos de restituir Otro consistente funcionan tal como funciona el armado delirante en la psicosis. A partir de un elemento sin sentido y desamarrado del discurso, extraño, amenazante e intrusivo, se tejen las teorías explicativas que toman formas paranoides, como las teorías de complot.

Las teorías del complot tal como Ricardo Piglia describe, funcionan como ficciones posibles frente a ese real sin ley, intentan anudar eso que se propaga.

Al respecto dice Piglia: “podemos ver el complot como una ficción potencial, una intriga que se trama y circula y cuya realidad está siempre en duda. (…) El exceso de información produce un efecto paradojal, lo que no se sabe pasa a ser la clave de la noticia. Lo que no se sabe en un mundo donde todo se sabe obliga a buscar la clave escondida que permita descifrar la realidad. (…) La paranoia, antes de volverse clínica, es una salida a la crisis del sentido.” (2)

A su vez irrumpen teorías que intentan ubicar un saber en lo real, restituir al sujeto supuesto saber, invocando un orden de la naturaleza, un saber por el cual lo que ocurre sería del orden de lo necesario.

Estas respuestas por el sentido se vuelven impotentes frente a eso que escapa a toda trama y arremete en forma sostenida.

IV

El aislamiento de los cuerpos, la no libre circulación en el espacio, modifica las posibilidades de respuesta de cada quien frente a la angustia. Recordemos que el encierro, la falta de libertad, son en sí mismas figuras en las que los sujetos se reconocen angustiados, cuando por ello la función del deseo se suspende.

Es también la experimentación de un límite impuesto, de una condición no elegida que fuerza en el mejor de los casos una acción basada en lo que hay. Hacer con lo que hay, hacer lo que se puede, en el marco de lo que se tiene. Esta experiencia de límite y sus posibilidades de acción permiten, en ocasiones, un tratamiento novedoso de la angustia.

Las redes sociales configuran un espacio posible en el que la circulación hace su lugar. Enseñando que en el límite de las restricciones impuestas, los sujetos multiplican espacios e inventan modos de vivir el deseo y el goce.

V

Algunos autores discuten hoy día la medida de aislamiento, entendiendo que acrecienta el control sobre los cuerpos de los Estados y reduce la libertad individual. Asimismo, como en la elección “la bolsa o la vida”, algunos lo traducen como una elección forzada “la salud o la vida”, si elijo la salud pierdo la vida y si elijo la vida pierdo la salud y con ello también la vida. Lacan acentuaba siempre la presencia de un factor letal interviniendo en este tipo de elecciones.

Cabe preguntarse si el aislamiento de los cuerpos como medida de excepción llevada adelante por estados democráticos va en desmedro de la libertad de circulación, si entendemos por ella estas posibilidades favorecidas, por este estado de excepción. El estado de excepción, como pausa, como intrusión en los discursos establecidos, permite a su vez un reordenamiento, circunstancial de los modos de circulación habituales (discurso corriente) por lo que se vuelve propicio para invenciones, cuestionamientos y reestructuraciones de nuevos lazos. La libertad de circulación habitual, podemos pensar, se encuentra atestada de modos en los que los circuitos se encuentran cristalizados, y por ende, los sujetos privados de otros modos de circulación.

Miller en el curso Piezas Sueltas acentúa como “el parlêtre es un ser que no depende de un cuerpo, que no recibe su ser del cuerpo que él sería, sino que lo recibe de la palabra, es decir, de lo simbólico. El parlêtre tiene un cuerpo, no lo es y por eso puede dejarlo caer (…)” (3) .

Parecería que el esfuerzo por separar los cuerpos nos ilustra mejor que nunca cómo las categorías de adentro y afuera no responden a la sustancia extensa del cuerpo, a la topología de la esfera sino a otra estructura, tan bien llevada a la literatura por Julio Cortázar en el cuento “Continuidad de los parques” en donde el afuera penetra en el adentro y el adentro se descubre afuera.

VI

En Argentina, la medida de excepción que se toma en un contexto de economía recesiva, abre el debate sobre otra disyuntiva del modo “la bolsa o la vida” que es la elección “la economía o la cuarentena”. Sin embargo el factor letal no se pone en juego del mismo modo, aquí se trata de elegir una de las opciones para salvar las dos, no sin pérdidas. La enunciación que subyace a este discurso vehiculiza la idea de un cuidado, en donde lo que se va a cuidar es la vida, asumiendo por ello decididamente las pérdidas económicas y entendiendo que estas serían aún peores si se abandonara el cuidado de la salud. Esta idea contrasta claramente con presidentes de otros países que han decidido sacrificar vidas de modo deliberado, a fin de que la economía no se detenga. Un presidente que cuida la vida como valor transmite un sentido a la cuarentena obligatoria que no es el de la restricción y la pérdida de libertad, sino el de la libertad de poder decir que no a ciertas presiones macroeconómicas, tal como ya lo había mencionado al referirse a la deuda con acreedores externos.

La vida después de la pandemia es uno de los tópicos que se discute en estos días. Cómo será nuestra vida íntima, cómo será la vida política y económica. Este interludio, al que llamamos estado de excepción, suspensión de nuestra vida cotidiana en los términos de la circulación en la que vivíamos, instauró un tiempo de espera, la dimensión de un tiempo no compulsivo, no asertivo, un tiempo que nos encuentra en otro espacio, el hogar. Vivir dentro del hogar, algo a lo que no estábamos habituados en nuestras largas jornadas laborales, reducir el consumo de bienes y servicios, predicar una austeridad necesaria frente a la incertidumbre y a la vez pensar cómo administrar lo que tenemos. El sentido de la economía (oiko nomos) como administración de la casa, se vuelve pleno. La economía parece volver a la casa, ya sea ésta el hogar o el país en que vivimos. Queda expuesto el funcionamiento del discurso capitalista en el que estamos inmersos, capaz llegado el caso, de dejarnos en el peor estado de vulnerabilidad. La aparición de un virus puede frenar todo un movimiento gigantesco de recursos y encontrarnos con la escasez de los recursos públicos para atender la enfermedad.

El decir que se desprende de los dichos del presidente argentino focaliza en este punto. El funcionamiento económico debe estar al servicio de las vidas de las personas, la salud, la educación y la dignidad. Su anticipación en las acciones con las que el estado enfrenta la propagación del virus y las medias de ayuda económicas contrasta con la ausencia de medidas y demoras de otros gobernantes. Esta convicción instaura un significante que abriga a muchos. El “quedate en casa” funda un nosotros y un cálculo de acción colectivo (4). Presta una identificación basada en el cuidado y conecta a la ciudadanía con un Estado que protege, que suspende la libre circulación, cuando esta se convierte en una atadura a condiciones de vulnerabilidad.

Siguiendo a Eric Laurent diremos que para los psicoanalistas “(…) será necesario también, uno por uno, contribuir a elucidar cómo deben ser elaboradas, las prácticas de restricción colectiva a las que consentimos, para que sean vivibles. No solo top-bottom, sino también bottom-up, testimoniando las buenas maneras de responder a ello” (5).

Por Ramiro Tejo, licenciado en Psicología (UNLP). Hospital Municipal de Chascomús, docente del Servicio de Atención a la Comunidad del Colegio de Psicólogos de la Provincia de Buenos Aires.

Notas:

  1. El Otro que no existe y sus comités de ética. J-A Miller y E. Laurent. Buenos Aires Paidós (2010).
  2. Las teorías del complot. Ricardo Piglia en Antología Personal. Buenos Aires. FCE. (2014).
  3. Piezas Sueltas. J-A. Miller. Buenos Aires. Paidós (2013).
  4. La ley de la naturaleza y lo real sin ley. Miquel Bassols en Zadig España (2020).
  5. El Otro que no existe y sus comités científicos. Eric Laurent (2020).
Publicado enCultura
'Parlamento de las plantas', de la paisajista francesa Céline Baumann.

Niños que se organizan contra la explotación infantil o aplicaciones que convierten viviendas en espacio público comercializando el uso temporal del baño. Creadores y arquitectos re-imaginan la metrópolis en la exposición 'Doce fábulas urbanas'

Los artistas son los primeros en ver el futuro. En la exposición Doce fábulas urbanas –Matadero de Madrid hasta el 19 de julio–12 arquitectos, paisajistas y artistas exponen cómo el mundo digital moldea los espacios urbanos o cómo la alimentación modifica a un tiempo nuestros cuerpos y nuestras ciudades.

La comisaria de este rosario de proyectos – que son observaciones más que propuestas concretas– es la salvadoreña afincada en Barcelona Ethel Baraona, que toma prestada una iniciativa que el grupo de arquitectos Superstudio publicó en 1971. Entonces, los italianos idearon 12 cuentos para reparar los desastres urbanos con tanta utopía como pragmatismo. Y hoy, en un momento que tan estrechamente reproduce reivindicaciones de aquellos años como la defensa del medioambiente o el anticonsumismo, Baraona demuestra que la antigua contracultura se ha convertido en la cultura institucionalizada: la que se muestra en los museos.

La protesta es ahora contra el adormecimiento de la población. Por eso esta muestra intenta conectar disciplinas dejando claro que la ciudad contemporánea escapa a la arquitectura y al urbanismo y, por lo tanto, no la pueden pensar solo arquitectos o especuladores. El mundo de la libertad digital –que también es control–, o la urgencia de romper la oposición entre naturaleza y urbe son claves para rescatar a la vez ciudades y ciudadanos.

Democracia verde

Desde esa amplitud mental, la comisaria solicitó recetas urgentes para la ciudad del futuro. Por eso la búsqueda puede antojarse formalmente utópica pero es radicalmente posibilista. Los que observan y proponen son colectivos con una mirada poco frecuente. Y el resultado es un viaje imaginativo pero no imaginario. Tiene que ver con la realidad pero se antoja como ciencia ficción. Y contiene tanto estudios sociológicos como estudios de mercado. El recorrido constata cuestiones que pueden resultar increíbles –como que el territorio doméstico es cada vez menos privado– y que proponen vías de solución inesperadas –como aprender de la capacidad de adaptación de las plantas–.

Son las aplicaciones móviles –que alquilan baños para un solo uso en el interior de los pisos– las que amenazan la privacidad del hogar o amplían su economía de subsistencia. Así, la Casa difusa de MAIO Architects -pensada para la Royal Academy de Londres- investiga cómo las tecnologías digitales –los servicios de intercambio de bienes o la economía colaborativa–transforman nuestro entorno cotidiano. Y la paisajista Céline Baumann habla del principio de cuidado y asistencia mutua que regula las relaciones en el mundo vegetal, donde entre las plantas abundan especies capaces de cambiar de género para subsistir. La francesa denuncia el uso de la vegetación para lavar la cara de errores urbanísticos e injusticias económicas y propone un Parlamento de las plantas capaz de encontrar consensos. Sería, bromea, "la primera democracia verde del mundo".

Así, ¿es esto una muestra de arte o de arquitectura? Lo primero que uno debe plantearse es si esa distinción importa. Si es necesario delimitar las disciplinas cuando las ciudades propuestas no se traducen aquí en una forma concreta sino en soluciones plurales para problemas reales provenientes del mundo biológico, económico, social o tecnológico. Marcuse escribió que era imposible que el hombre transformase la naturaleza sin que esa transformación lo afectase.

Los arquitectos, historiadores y diseñadores del colectivo Assamble ayudaron a los vecinos del barrio de Granvy, en Liverpool, a recuperar sus jardines traseros o a reparar sus tuberías. Para ellos la arquitectura tiene más que ver con lidiar con los problemas feos que con construir lo bonito. El premio Turner de 2015, un galardón concedido a las obras más inesperadas del arte contemporáneo, les dio la razón. En Madrid, La voz de los niños –una colección de vídeos de chavales jugando solos– protesta contra la sobre-regulación de los espacios para juego infantil –vallados y diseñados a partir del miedo a las denuncias–. También investiga la apropiación que hacen los jóvenes del espacio público partiendo de los juegos y culminando en acciones de protesta como las movilizaciones estudiantiles contra la posesión de armas en Estados Unidos Fridays for Future o el Movimiento nacional de niños, niñas y adolescentes trabajadores de Perú, en el que los menores reivindican sus derechos como niños y como trabajadores.

La muestra concluye con la intervención del Canadian Centre for Architecture Nuestra vida feliz en la que su director, Francesco Garutti, advierte de que nuestros sentimientos y deseos se han convertido en datos estadísticos y de cómo la venta de esos datos a los gobiernos genera los índices que terminan por diseñar las ciudades. Ese mercado de afectos y deseos alimenta un aparato político que vela más por nuestro conformismo y pasividad que por nuestro bienestar. Desde la periferia y lo invisible se están definiendo nuestras metróplois. Doce artistas nos ayudan a verlo.

Por Anatxu Zabalbeascoa

Madrid 24 FEB 2020 - 15:36 COT

Publicado enSociedad
Domingo, 16 Febrero 2020 06:15

Contra el ajuste.

Mary Lou McDonald (en el centro) y militantes del partido Sinn Féin celebran el resultado de las elecciones en Irlanda / Foto: Afp, Ben Stansall

El triunfo de la izquierda en las elecciones irlandesas.

Hartos de las políticas de austeridad, el último fin de semana la mayoría de los irlandeses volcaron en las urnas su apoyo al Sinn Féin y a sus planes de fortalecimiento del sector público y mayores impuestos a los más ricos. Entre las más insistentes de sus promesas hay un ambicioso programa estatal de vivienda, que incluye el congelamiento de los alquileres.

La idea de que Occidente vive una marea conservadora, que obliga a las fuerzas de izquierda a mantenerse a la defensiva, volvió a ser cuestionada por la realidad. En Irlanda se quebró una vieja hegemonía. Los dos partidos de centroderecha que gobernaban el país desde hacía un siglo –Fianna Fáil y Fine Gael– fueron derrotados. En las elecciones parlamentarias del sábado 8 de febrero, sobresalió el Sinn Féin, históricamente ligado al Ejército Republicano Irlandés (Ira, por sus siglas en inglés) y estigmatizado por ello durante décadas.

Liderado por primera vez por una mujer, Mary Lou McDonald, obtuvo el 24,5 por ciento de los votos –casi el doble de lo que obtuvo hace cuatro años– y superó así a sus rivales (Fianna Fáil conquistó el 22,2 por ciento y Fine Gael el 20,9 por ciento). No es seguro que consiga formar un nuevo gobierno. Pero las razones de su victoria son claras. El Sinn Féin capitalizó el desencanto de la población con la vieja política. Defendió, en especial, un paquete de políticas claramente volcadas a reducir las desigualdades y crear instituciones de defensa de lo común –principalmente en materia de salud pública y derecho a la vivienda–. Estas posiciones se volvieron especialmente populares entre los jóvenes. Según las encuestas de boca de urna, tuvo el 32 por ciento de las preferencias en los votantes de entre 18 y 34 años.

LAS MANCHAS DEL TIGRE.

Poblada por los celtas y receptora de una fuerte influencia vikinga en la Edad Media, Irlanda fue formalmente incorporada en el imperio británico en 1800 (tras dos siglos de dominación inglesa) y alcanzó su independencia apenas en 1922. Una parte menor de su territorio, Irlanda del Norte, con capital en Belfast, se separó de inmediato e integra hasta hoy Reino Unido. En los años noventa, la República de Irlanda se volvió la meca de grandes corporaciones (en especial tecnológicas), interesadas en sacar provecho de los bajos impuestos. Con una población reducida –menos de 5 millones de habitantes– y un área de 70 mil quilómetros cuadrados, se la llamó por entonces “el tigre celta”. Hoy su Pbi per cápita (83 mil dólares) es el quinto más grande en el mundo, de acuerdo con los datos del Fondo Monetario Internacional (Fmi).

Sin embargo, la crisis global de 2008 interrumpió su crecimiento y mostró que, en el capitalismo contemporáneo, incluso los países ricos tienen condiciones de vida en declive. Una crisis bancaria llevó a un rescate del Fmi y el Banco Central Europeo. Como contrapartida, los gobiernos irlandeses aceptaron imponer a la población un paquete de políticas de “austeridad”, que resultó en graves protestas, especialmente estudiantiles (en 2011 el movimiento Occupy Belfast se instaló en el edificio sede del Banco de Irlanda).

A partir de 2015, la economía volvió a crecer rápidamente, pero apenas en beneficio de una pequeña minoría de corporaciones. En 2019, un vasto artículo en The New York Times informaba sobre el aumento de los alquileres, los millares de desalojos de familias que no podían cumplir con el pago y el surgimiento de una población sin techo. Al mismo tiempo, el corte de fondos para la salud desencadenó una crisis en los hospitales públicos.

Esta combinación de factores y la sagacidad del Sinn Féin sacaron al partido de la condición marginal que ocupaba hasta ahora. En la campaña electoral, los dos grupos de centroderecha hegemónicos atacaron al partido, señalando sus lazos con el Ira y afirmando que sus propuestas “socialistas” espantarían a los inversores. Pero el Sinn Féin se mantuvo firme en el ataque a la desigualdad y en la defensa de su plataforma. Allí se incluyen impuestos más altos para los ricos y las corporaciones, la promesa de anular las medidas de “austeridad” que afectaron la salud pública y la respuesta a la crisis habitacional con el congelamiento de los alquileres y la construcción de decenas de millares de casas nuevas. En total contraste con las contrarreformas previsionales ahora en boga, el Sinn Féin quiere reducir la edad mínima para las jubilaciones.

EL DESAFÍO DE LA UNIDAD.

Para formar un nuevo gobierno, el Sinn Féin deberá buscar coaliciones con el Partido Verde (que obtuvo un 7,1 por ciento de los votos), el Partido Laborista (4,4 por ciento), el Partido Socialdemócrata (2,9 por ciento) y el Partido de la Solidaridad (2,6 por ciento), y contar con la división entre los lemas rivales de la hasta ahora hegemónica centroderecha. De cualquier forma, para Mary Lou McDonald, lo más importante es que las propuestas del partido estarán ahora en el centro del debate irlandés.

Hay un efecto colateral importante: defensor de la unión de las dos Irlandas, el Sinn Féin puede tensionar la cohesión de Reino Unido. Una manera de hacerlo, prevista en el programa del partido, es hacer, en poco tiempo y en el propio territorio de la República de Irlanda, un plebiscito sobre la reunificación. La medida, evidentemente, no dependería de la aprobación de Londres o Belfast, pero podría provocar deseos de unificación también en Irlanda del Norte.

Por Carlos Alberto Martins

14 febrero, 2020

(Publicado originalmente en portugués en Outras Palavras, bajo el título “Irlanda: o Comum volta a mostrar força”. Traducción y titulación en español de Brecha.)


 

Abuso inmobiliario

Hay una generación entera que considera la vivienda su primera preocupación, explicaba Eoin Ó Broin, una de las caras más visibles del Sinn Féin. Las medidas estrellas del partido de izquierda para estos comicios fueron la congelación de los precios del alquiler durante tres años y la construcción de 100 mil nuevas viviendas públicas. También incluyó en su programa un mayor control y regulación de las tasas hipotecarias para evitar abusos.

Según el liberal Irish Times (9‑II‑20), este punto “fue un importante factor para el éxito del Sinn Féin en las elecciones generales” y una demostración de la “pérdida de fe” de decenas de miles de jóvenes en las políticas de vivienda de los partidos tradicionales Fine Gael y Fianna Fáil.

De acuerdo con una encuesta publicada poco antes de las elecciones, el 38 por ciento de los votantes del Sinn Féin consideraba la vivienda el factor más importante para decantar su voto. La misma encuesta señala una mayor preocupación por los temas de vivienda entre la población joven, un factor que fue tenido en cuenta en la campaña del Sinn Féin.

“Nos están diciendo que el Estado ha fallado –decía el portavoz de vivienda del Sinn Féin–. En una economía robusta como esta, en la que la gente con buenos salarios no puede pagar el alquiler, ¿qué esperanzas tiene la gente con pocos ingresos?”

La crisis habitacional que sufre Irlanda desde hace años ha llevado a Dublín a convertirse en una de las diez ciudades más caras del mundo para alquilar, por delante de Tokio y Singapur. Según un informe de 2019 del Deutsche Bank, para vivir en un apartamento de dos ambientes de rango medio en la capital irlandesa había que pagar 2.018 dólares al mes, un 23 por ciento más que en 2014. Una crisis que también tiene su reflejo en las personas sin hogar, cuyo número se ha multiplicado por cuatro en el último lustro.

Esta particular crisis que vive Dublín se ha sentido en las recientes elecciones. En el centro de la capital irlandesa, el Sinn Féin obtuvo un 35,7 por ciento más que el Fine Gael del hasta ahora ministro de Finanzas, Paschal Donohoe.

“Las ganancias de los arrendadores y de los fondos de inversión nunca habían sido tan grandes. Y casi no pagan impuestos gracias a los privilegios fiscales que el gobierno les ha dado”, explicaba Eoin Ó Broin, quien suena como ministro de Vivienda en caso de que el Sinn Féin logre formar gobierno. “Así que congelar el precio del alquiler durante tres años no tendría ningún impacto negativo en la oferta. Pero, aunque tuviese un pequeño impacto, nuestra inversión en vivienda asequible para la gente trabajadora resolvería ese problema inmediatamente.”

Martín Cúneo

Publicado enInternacional
Martes, 21 Enero 2020 06:24

Una historia de tres ciudades

Una historia de tres ciudades

Una casa es una cosa bastante simple. Pero también es una mercancía, lo que significa que abunda "en sutilezas metafísicas y sutilezas teológicas", como dijo Marx en una ocasión. Crecí en una casa en un barrio obrero seguro y respetable de Gran Bretaña después de 1945. La casa era un valor de uso - firme en su ordinariez-. Constituía un espacio seguro, aunque bastante represivo, en el que comer, dormir, socializar, leer cuentos, hacer los deberes o escuchar la radio; un lugar en el que la familia, con todas sus complejidades y tensiones internas, podía vivir y relacionarse sin demasiadas interferencias externas. Las relaciones con los vecinos eran cordiales y de apoyo, pero no íntimas. Esta era la ciudad del valor de uso.

Sin embargo, recuerdo el día en que se pagó la hipoteca. Hubo una leve celebración. La casa, me di cuenta entonces, tenía un valor de cambio que podía ser transmitido a las generaciones futuras (como yo). Pero eso nunca fue un tema de conversación. No muy lejos había urbanizaciones de viviendas sociales. A mí me parecían buenas, pero cuando salí con una chica de allí mi madre lo desaprobó rotundamente: eran personas irresponsables en las que no se podía confiar, dijo. Pero también ellos parecían tener una vivienda segura en un entorno no demasiado malo -aunque algo soso-. Escuchábamos los mismos programas de radio y los niños jugaban a los mismos juegos en la calle. Pero en época de elecciones apoyaron a los laboristas. En mi barrio había algunos carteles, algunos laboristas pero también algunos conservadores. La propiedad de viviendas de la clase trabajadora, promovida desde la década de 1890 en adelante en Gran Bretaña, siempre había sido un instrumento de control social y de defensa contra el bolchevismo. En Estados Unidos dicen: "los propietarios de viviendas con deudas no van a la huelga".

En los años 80 el énfasis cambió. Margaret Thatcher vendió las viviendas sociales y la gente se preocupó más apasionadamente por el valor de cambio de sus casas. Las empresas de construcción que promovían la propiedad de la vivienda dejaron de ser instituciones de la clase trabajadora local y se convirtieron en algo más parecido a los bancos. En 1981, casi un tercio de todas las casas de Gran Bretaña pertenecían al sector público, pero en 2016 esta cifra había caído a menos del 7%. En un mundo neoliberal ideal no debería haber viviendas sociales. Como sostiene Colin Crouch, “los inquilinos de viviendas sociales son el residuo no deseado de un pasado pre-neoliberal”. Se nos dio la oportunidad de ser una democracia propietaria. Se intercambiaban casas para alquilar o arreglar. Entonces tal vez la gente podría mudarse a un barrio de mayor estatus. El énfasis estaba en mejorar la casa como valor de intercambio, como una forma de ahorro y como un lugar para aumentar la riqueza personal. La riqueza individual en la propiedad de la vivienda era un tema común de conversación. La "gentuza" (como la gente de color o los inmigrantes) se mantendría al margen para proteger el valor de las propiedades del vecindario. La segregación se hizo más estricta y florecieron las comunidades cerradas. Se cerraron los espacios y se agotaron los bienes comunes urbanos.

A finales de siglo el énfasis cambió de nuevo. La casa fue vista como un instrumento de acumulación de capital y ganancia especulativa. Se convirtió en un cajero automático del que la gente podía extraer riqueza refinanciando sus hipotecas. El crédito y la liquidez se extendieron a través de los mercados inmobiliarios, llevando los precios de la vivienda de un lado a otro. Pero detrás de este cambio surgió un poder mucho más monstruoso. La atención no se centró en la casa sino en la tierra en la que se encontraba. La brecha entre el valor actual de la tierra y el valor bajo, el mejor y más alto uso atrajo a los inversores. Para realizar esta ganancia especulativa, los usos existentes tenían que ser desplazados y los ocupantes actuales desalojados, o bien los residentes actuales tenían que pagar alquileres de tierra más altos por el privilegio de permanecer en el lugar.

Se pueden encontrar ejemplos dramáticos en todas las grandes regiones metropolitanas del mundo. Tomemos el caso de China. El precio de la tierra se quintuplicó en China entre 2004 y 2015. Antes de 2008, el valor de la tierra representaba un promedio del 37% de los precios de la vivienda en Beijing. Después de 2010, ese porcentaje ha aumentado hasta el 60%. En todas partes, las poblaciones de bajos ingresos se vieron obligadas a abandonar el país o se vieron agobiadas por el aumento vertiginoso de los alquileres. "Millones", escribió Dinny McMahon en su libro La Gran Muralla de la Deuda de China, "han sido excluidos de los mercados de la vivienda en las ciudades en las que viven, y la situación sólo va a empeorar".

Marx no se habría sorprendido. "La pobreza es una fuente más fructífera para el alquiler de casas que las minas de Potosí para sus propietarios", dijo. La propiedad de la tierra tiene un poder enorme que le permite "excluir a los trabajadores que luchan por los salarios de la tierra misma como su lugar de residencia". Es, continuó observando, “el alquiler de la tierra y no la casa lo que es objeto de especulación”.

En muchos barrios, las poblaciones de bajos ingresos han sido desalojadas para dar paso a oportunidades de inversión de alto nivel, condominios caros y conversiones a nuevos usos, como Airbnb. Ya no era el mero valor de cambio lo que impulsaba la actividad del mercado de la vivienda, sino la búsqueda de la acumulación de capital mediante la manipulación de los mercados de la vivienda. El rápido aumento de los precios de los bienes inmuebles parece beneficiar a los propietarios de las viviendas, pero los principales beneficiarios son, de hecho, los bancos, las instituciones de crédito y los grandes conglomerados y fondos de cobertura que se han unido al juego especulativo.

Esto se hizo evidente cuando llegó la crisis. Los bancos fueron rescatados y los propietarios de viviendas fueron alimento para los tiburones de la bolsa. En los Estados Unidos millones de personas perdieron sus casas por ejecución hipotecaria en 2007-10, mientras que en el sector de los alquileres el ritmo de los desalojos de poblaciones de bajos ingresos se aceleró en todas partes, con consecuencias sociales devastadoras. Los fondos de cobertura y las empresas de capital privado compraron las viviendas embargadas a precios de venta al público y ahora están haciendo una matanza financiera en sus operaciones. En lo que quedaba del sector público, la austeridad condujo al mantenimiento diferido y al deterioro del parque de viviendas hasta el punto de que, según nos dijeron, sólo la privatización mejoraría las cosas. Los privatizadores resultaron ser especialistas en desalojos, por lo que se aceleró la conversión de viviendas asequibles para poblaciones de bajos ingresos en viviendas lucrativas basadas en el mercado.

Esta es la ciudad de la ganancia especulativa: la ocupación se vuelve inestable y efímera, las solidaridades sociales y los puntos en común de los barrios se desintegran, y la gente de la inmobiliaria marca barrios de lujo, a menudo cerrados, con cualidades ficticias de vida superior. Esto se ha convertido incluso en una profesión a tiempo completo: "imaginería urbana", lo llaman. La realidad es que las relaciones sociales se deshilachan, con resultados aterradores. Glyn Robbins dice de la ola de crímenes que está arrasando Londres: "Las políticas urbanas neoliberales y orientadas al beneficio han producido ciudades en las que muchos jóvenes sienten literalmente que no tienen cabida. Les resulta casi imposible encontrar un hogar que puedan pagar en las comunidades donde nacieron, frustrando su capacidad de desarrollar una vida independiente. Sus redes sociales, su sentido de pertenencia y el respeto del mundo adulto se han visto afectados hasta el límite. Nada podría estar más perfectamente calculado para crear una situación en la que los jóvenes no se preocupen, ni por la vida de los demás, ni por la suya propia". Este es un mundo diferente al que yo crecí. Pero la casa sigue siendo una casa.

Diferentes formas de valor siempre han coexistido incómodamente dentro de la forma de la mercancía. Su coevolución dentro de la historia reciente de los mercados de la vivienda ha culminado en el actual punto muerto en el que estas reglas de valoración especulativa hacen que más de la mitad de la población del planeta Tierra no pueda encontrar un lugar decente para vivir en un entorno de vida decente debido al poder hegemónico del capital sobre los mercados de la tierra y de la propiedad. No tiene por qué ser así. Limpiando mi despacho recientemente, me encontré con un folleto publicado por el Consejo Metropolitano de la Vivienda de Nueva York en 1978. El título era Housing in the Public Domain (Vivienda en el dominio público): La única solución. En 1978 el Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano de los Estados Unidos tenía un presupuesto de 83 mil millones de dólares para ayudar a buscar esa solución. Cooperativas de capital limitado e incluso fideicomisos de tierras comunitarias estaban surgiendo en la mayoría de las grandes ciudades para ofrecer soluciones que no eran de mercado. Para 1983 el presupuesto del HUD había sido reducido a $18 billones solo para ser abolido en la década de 1990 durante los años de Clinton. Cuarenta años después, me encuentro reflexionando sobre las desastrosas consecuencias mundiales de no perseguir resueltamente la solución obvia: la vivienda en el dominio público. El valor de uso debe ser lo primero.

Por David Harvey, profesor de Antropología y Geografía en el Graduate Center de la City University of New York (CUNY), director del Center for Place, Culture and Politics, y autor de numerosos libros, el más reciente de los cuales es Seventeen Contradictions and the End of Capitalism (Profile Press, Londres, y Oxford University Press, Nueva York, 2014). Lleva enseñando 'El Capital' de Karl Marx durante más de 40 años.

18/01/2020

Publicado enSociedad
Especulación inmobiliaria, impuestos, desigualdad y pobreza
 Publicamos una selección de los artículos más leídos durante el 2019. Fueron seleccionados de los periódicos desdeabajo ediciones 253-264 y Le Monde diplomatique, edición Colombia ediciones 185-196.

 

Millones de familias en Colombia viven en arriendo, con vivienda para un solo hogar o para varios (inquilinatos), y todas sueñan con tener casa propia, “el ahorro y la seguridad de toda una vida, para sí mismos y para el futuro de sus hijos”. Según estudios del Dane, solo 42,9 por ciento de los hogares cuenta con una unidad totalmente pagada, estos propietarios y el resto padecen los efectos de la especulación, explotación y exclusión inmobiliaria, la cual tiene intereses particulares y de clase social pero llamativamente encuentra terreno abonado en medidas expoliadoras y confiscadoras de los gobiernos municipales. Acá un acercamiento a esta realidad desde la experiencia nacional y bogotana.

 

Al caminar salta a la mirada: allí y allá, por todas partes, en edificios nuevos pero también en aquellos marcados por el paso del tiempo, los avisos de “Se arrienda” y/o “Vendo” pululan. Es un tema de oferta y demanda, piensa quien no está al tanto de los temas de la especulación inmobiliaria, pero al seguir en su camino encuentra otros edificios, unos que apenas están puliendo en sus terminados las decenas de manos que en ello intervienen, y sin embargo ya tienen pegado en sus ventanales: “Se vende” y/o “Se arrienda”. Y entonces lo que antes era oscuridad gana luz: compran no para solucionar la necesidad de habitar sino para especular, esto es, “hacer riqueza de la nada”.

Esta acción, como maniobras comerciales de otro tipo, son hijas de la mentalidad del “Dorado”, la misma que subyace en la cultura colombiana, mentalidad heredada de los invasores españoles, tan dados a vivir de la renta, de la especulación, del poco esfuerzo o sin desempeñar un trabajo útil o productivo, de los favores del gobernante, de la corrupción o del fraude. Mentalidad presente en todos los sectores de la sociedad colombiana, no solo los ricos, también los populares y la llamada “clase media”, que siempre anda pensando en cómo hacer rentar mejor sus ahorros, la pensión de un familiar, la liquidación recibida por parte de la empresa donde laboró por años y que ahora lo despide, la herencia de los progenitores: ¿comprar un taxi? ¿Invertir en un apartamento para venderlo en poco tiempo por el doble?...

El objetivo final es claro: se trata de lograr riqueza monetaria, como único fin que da sentido a la vida, por cualquier medio, producto de la especulación inmobiliaria, de prestar plata a un interés más alto del legalmente establecido, de acertar con la lotería o de cualquier otro golpe de suerte, trampa o gracia divina.

 

El mito del “Dorado”

 

La especulación es la actividad de comprar ciertos bienes con la intención consciente de revenderlos a los mayores precios posibles, generando un lucro rentístico de la diferencia. La actividad especulativa da lugar a movimientos anormales de precios no asimilables a fenómenos económicos reales de la esfera de la producción o del consumo. La especulación activa se ejercita sobre la base de variaciones de precios provocadas artificialmente. Estas acciones repercuten en un aumento de la incertidumbre y del riesgo presentes en la vida económica, y, específicamente, en pérdidas de salarios reales o del poder adquisitivo, esto es, en el empobrecimiento y caída en el bienestar de las clases trabajadora, popular y media. En Colombia, alimentan estas actividades especulativas inmobiliarias los recursos provenientes de la corrupción, el lavado de activos, la expoliación violenta, las economías mafiosas y el capital rentístico.

La cleptocracia institucional promueve la especulación inmobiliaria elevando los avalúos catastrales artificial y aceleradamente, al unísono del crecimiento de las tarifas impositivas (impuesto predial), provocando una espiral de transferencias de ingresos de los trabajadores hacia la clase política y la burocracia. En resumen, la “cleptocracia de Estado”1 confisca o usurpa, mediante el alza artificial de los avalúos catastrales y el aumento sostenido de las cargas tributarias sobre las viviendas (impuesto predial), un alto porcentaje de los ingresos del segmento productivo de la sociedad, convirtiendo el impuesto sobre la propiedad inmobiliaria en un instrumento de explotación. 

 

Ingresos, inflación y burbuja inmobiliaria

 

El gráfico 1 ilustra el estímulo e inflamiento de las burbujas inmobiliarias en Colombia inducidas por las administraciones públicas y los especuladores privados, durante el período 1995-2019; la economía permite describirlas pero es difícil predecir el momento exacto de su detonación. En estos 25 años, el promedio del avaluó oficial del metro cuadrado de las viviendas creció a un ritmo anual del 11,2 por ciento; esto es, 1,5 veces superior al crecimiento del índice de precios al consumidor (IPC) que fue de 7,3 por ciento; y de 3,4 veces más que el ingreso del país que en promedio fue de 3,3 por ciento anual (medido como crecimiento anual del PIB).

Entre los años 1995-1999 el avaluó oficial incrementó el precio del M² de la vivienda en 18,2 por ciento promedio anual. En solo el año 2010 el alza anual alcanzó la cifra de 36,1 por ciento y en 2013 se registra un aumento desorbitado y abusivo de 42,2 por ciento.

 

 

El aumento especulativo y sin precedentes en los precios de la vivienda produce numerosos y negativos efectos, por lo menos hacen referencia al siguiente decálogo de perversiones: i) obliga a muchas familias residentes a huir de las costosas ciudades metropolitanas, provocando el crecimiento explosivo de la conurbación y suburbios en algunas regiones; ii) extremas diferencias regionales en los precios de la tierra; iii) aumenta el riesgo de las ejecuciones hipotecarias en cuanto los hogares no pueden cancelar las deudas; iv) el alto valor de la tierra contribuye a los altos costos de vida en general y al empobrecimiento de sectores que no pueden incrementar sus ingresos al mismo ritmo; v) Las personas que experimentaron ejecuciones hipotecarias o viven cerca de las ejecuciones hipotecarias tienen una mayor probabilidad de enfermarse o, al menos, lidiar con un aumento de la ansiedad; vi) se ha demostrado que el mercado de viviendas inestables aumenta los casos de violencia; vii) las ganancias extraordinarias de la especulación inmobiliaria desestimula las inversiones útiles, productivas y que elevan el bienestar social; viii) la especulación inmobiliaria genera desigualdad, injusticia, exclusión y estratificación socio-económica en las ciudades y regiones; ix) la concentración de la riqueza y el ingreso se exacerba; x) se destroza el tejido social y con él se pierden los sentidos y sentimientos ciudadanos de organicidad, pertenencia, identidad, ética, cooperación y solidaridad.

Más temprano que tarde la burbuja inmobiliaria termina explotando. Tomando en cuenta las tendencias históricas de la valoración de la vivienda es viable pronosticar correcciones de mercado que van desde unos pocos puntos porcentuales a 50 por ciento o más de los valores máximos en algunos mercados inmobiliarios. Estas correcciones son “desagradables” y “severas”; el “desplome” acelera otros factores que conducen a la recesión económica. Ejemplos de ciclos anteriores indican que las grandes reducciones en los precios reales de las viviendas, incluso las reducciones de dos dígitos en algunas ciudades de Colombia, son completamente posibles a partir en un futuro no muy lejano.

De acuerdo con el Censo nacional de población y vivienda (Cnpv 2018), el Dane informó que en Colombia había en el momento censal 48,3 millones de personas, viviendo en 14.2 millones de hogares; el número de viviendas fue de 13,5 millones de unidades. Según la Encuesta de Calidad de Vida del año 2018, publicada por el Dane (ECV 2018), la situación de los hogares de acuerdo con la tenencia de la vivienda presenta los siguientes resultados: apenas el 42,9 por ciento cuenta con una unidad totalmente pagada; otro 5 por ciento es parcialmente propietario, dado que la está pagando; el resto, esto es el 52,1 por ciento de los hogares vive en condiciones de arriendo o subarriendo (33,5%); usufructuarios, esto es, con permiso del propietario sin pago alguno (14,9%); posesión sin título (2,6%); o en propiedad colectiva (1,2%).

La especulación inmobiliaria aleja cada vez más la posibilidad de que los hogares de clase media o popular puedan ser propietarios algún día de una vivienda. Como se anotó, el avaluó oficial de la propiedad inmobiliaria crece, en promedio anual, 3,4 veces más rápido que los ingresos de los hogares. A esta gravosa situación se suma el que, de acuerdo con los resultados de la ECV 2018, apenas uno de cada diez hogares en el país cuenta con ingresos que cubren más que los gastos mínimos indispensables. En la encuesta de 2018, 35 de cada 100 hogares considera que vive bajo condiciones de pobreza. La especulación inmobiliaria, inducida al alimón por el capital rentista y la “cleptocracia institucional”, empobrece acelerada y constantemente a los hogares colombianos al encarecer arbitraria y artificialmente los precios de la vivienda y, en consecuencia, los cánones de arrendamiento.

 

La construcción y su aporte a la economía y el empleo

 

A partir de la década de 1970, en medio de la avalancha proveniente del campo a las urbes, producto de la llamada “violencia bipartidista”, pero también de las políticas económicas y sociales impulsadas por gobiernos nacionales para estimular la migración campo-ciudad y así conseguir mano de obra barata, como consumidores que potenciaran el aparato productivo, migración evidente en los cientos de barrios de invasión que cubrían las periferias de ciudades como Medellín, Cali, Bogotá, la urbanización se convirtió en el principal motor del desarrollo en Colombia. Bajo las orientaciones del economista Lauchlin Currie, el Plan de las cuatro estrategias (1970-1974) incorporó las principales líneas de acción de quien fuera dos décadas atrás el jefe de la Misión del Banco Mundial a Colombia (1949); la reorientación de la política pública afirmaba que la urbanización está ineludiblemente ligada al desarrollo: debe estar planificada, debe buscarse su financiamiento, deben crearse millones de nuevos empleos urbanos, junto con la vivienda y los servicios públicos necesarios para garantizar un mayor bienestar para todos2.

La realidad histórica que se evidenció con posterioridad fue la construcción de centros urbanos inhumanos, violentos, segregados, congestionados, excluyentes, insolidarios, de anomia generalizada e insostenibles; esto es, modernización sin ciudadanía ni modernidad. La matriz fundadora de injusticia, discriminación, especulación, desigualdad, rentismo y estratificación y jerarquización socio-económica, herencia colonial, se trasladó del campo a la ciudad.

A mediados del siglo XX, la situación de la vivienda era bastante precaria: la construcción avanzaba a un ritmo inferior al índice de crecimiento de la población; por tanto, el hacinamiento y la mala calidad de las viviendas era moneda corriente. La construcción de viviendas aportaba apenas un poco más del 2 por ciento del ingreso nacional total del país. De acuerdo con el gráfico 2, a principios del siglo XXI la contribución del sector de la construcción al valor agregado nacional es de 3,9 por ciento; en 2015 alcanzó el pico de 8,1 por ciento; en los años siguientes se registra un paulatino y lento desinfle de la “burbuja” inmobiliaria producto del desfase o desequilibrio entre la especulación de precios de las viviendas y el lento crecimiento de los ingresos de los hogares, en consecuencia el aporte de esta rama económica cae a 6,9 por ciento en 2019.

En relación con el empleo generado por la construcción, éste se caracteriza, en una alta proporción, por ser precario, cíclico y efímero. Este es, sin embargo, un sector intensivo en la generación de empleo poco calificado. En el año 2001 la rama de la construcción generaba el 4 por ciento de los puestos de trabajo; en 2019 contribuye con el 6,8 por ciento del empleo nacional.

 

Especulación inmobiliaria y tributos en el Distrito Capital

 

Durante el período 1994-2019, Bogotá ha contado con 8 alcaldes; dos de ellos repitieron en el “segundo cargo más importante del país”: Mockus (1995-1997 y 2001-2003) y Peñalosa (1998-2000 y 2016-2019). Durante estos 26 años, el precio del M² de una vivienda de clase media (estrato socio-económico 4) en el Distrito capital, de acuerdo con el avaluó de la administración, se multiplicó por 13 al pasar de 271 mil pesos que valía en 1994 a 3,5 millones de pesos en 2019. En paralelo, la tarifa del impuesto predial a la propiedad de vivienda la elevaron las distintas administraciones distritales, con el apoyo del Concejo de Bogotá, de 6 a 6,8 por mil, entre 1994-2014; en 2017, se redujo ligeramente a 6,4 por mil y en 2019 trató de corregirse un poco los desmanes arbitrarios y usurpadores en la fijación de los avalúos oficiales (Gráfico 3).

 

 

Por alcaldías, los principales incrementos oficiales, tanto en avalúos como en tarifas, se registraron en dos alcaldías de tinte populista, mal llamadas de izquierda: Moreno-López (2008-2011) y Petro (2012-2015). Las políticas redistributivas de estas administraciones distritales descansan más en el ataque a la propiedad e ingresos de la clase media que a los de la oligarquía, empobreciéndola y generando dos polos sociales sin matices: ricos y pobres.

 

Empobrecimiento de la clase media

 

Allí donde la gente tiene esperanza, la sociedad cuenta con clase media. La existencia de clase media numerosa y estable es fundamental para la estabilidad política y el ejercicio ciudadano democrático. La clase media es una manera de ver la vida, no un estrato socio-económico específico. Por eso, la mayoría de los ciudadanos se describe a sí misma como de «clase media», cuando, según las estadísticas de ingresos, la mayoría no entraría en esa categoría. Decir «clase media» es una manera de describir a quienes aún creen en un camino lícito para salir de la pobreza y acceder a un nivel de vida más alto y decente, así como un futuro mejor y digno para sus hijos. Mentalmente puedes sentirte de clase media si crees en la movilidad social y que el trabajo productivo y el respeto de las normas de tu sociedad te llevarán allá donde quieras llegar3.

Las organizaciones políticas lumpen, la cleptocracia de Estado, los corruptos, las mafias organizadas y los especuladores inmobiliarios socaban y destruyen las ilusiones y esperanzas de la clase media. Con ello, se genera una agitada inestabilidad política, un sufrimiento adicional a las clases trabajadoras y viene a menos la democracia, así sea la realmente existente entre nosotros, contraída y solamente formal.

La democracia implica el ejercicio efectivo del poder por parte de un pueblo que no está dividido ni ordenado jerárquicamente en clases sociales, que tiene garantías reales para disfrutar de los derechos humanos, cuenta con la seguridad de vivir una vida digna, y su espíritu se materializa en una cultura, conciencia y autoconciencia del respeto por todas las expresiones de vida y el trabajo creativo, productivo y útil socialmente.

 

1   Término acuñado por el filósofo alemán Peter Sloterdijk, en los debates sobre las políticas fiscales de su país. Ver del autor: (2018) ¿Qué sucedió en el siglo XX? Ediciones Siruela, España.

2   Sandilands, Roger. (1990). Vida y política económica de Lauchlin Currie. Duke, Universiy Press- Legis, Colombia, pp. 246-266.

3   Friedman, Thomas. (2017, 6ta reimpresión). La tierra es plana. Breve historia del mundo globalizado del siglo XXI. Editorial Planeta Colombiana S. A., pp. 391-392.

*             Economista político y filósofo humanista. Escritor e investigador independiente. Integrante del comité editorial de los periódicos Le Monde diplomatique, edición Colombia, y desdeabajo.

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