Lunes, 06 Octubre 2008 14:45

La crisis estructural del Capitalismo

Escrito por Immanuel Wallerstein
Valora este artículo
(6 votos)

 

Autor


Immanuel Wallerstein

Prefacio

Immanuel Wallerstein y la perspectiva crítica del “análisis de los sistemas-mundo”

Introducción

“¿Cómo es posible seguir teniendo una posición de resistencia, cuando uno se está convirtiendo en una teoría establecida?”.
Immanuel Wallerstein, “The Itinerary of world-systems analysis or how to resist becoming a theory”, 2002.


Immanuel Wallerstein es hoy, sin duda alguna, uno de los científicos sociales más conocidos en todo el mundo. Pues lo mismo en tanto que agudo analista de los sucesos más contemporáneos, que como autor de una obra ya clásica y fundamental sobre la historia del capitalismo, e igualmente como activo promotor de una reestructuración total de las actuales ciencias sociales, que como crítico implacable de las explicaciones más comunes de los principales fenómenos y procesos del “largo siglo XX”, su figura y su obra se han difundido y proyectado a lo largo y ancho de los cinco continentes de nuestro cada vez más pequeño e interconectado planeta tierra.
Así, a través de múltiples traducciones de sus textos a las más diversas lenguas, o mediante la impartición de conferencias en muchísimas Universidades, Coloquios, Simposios y Foros del más diferente tipo, y lo mismo entre historiadores, sociólogos, economistas o politólogos, que entre filósofos, epistemólogos, antropólogos o especialistas de las relaciones internacionales, el trabajo y las contribuciones de Immanuel Wallerstein se han ido convirtiendo en una de las referencias teóricas imprescindibles dentro del trabajo cotidiano de prácticamente todos los científicos sociales actuales.
Al mismo tiempo, y dado que Wallerstein se ocupa también del análisis y diagnóstico crítico de los sucesos y procesos de nuestro más actual presente, su obra se ha difundido también entre los activistas políticos y los militantes de los más diversos movimientos sociales en el mundo, explicando por ejemplo el hecho de que haya sido invitado, en varias ocasiones, como conferencista importante de varios de los Foros Sociales Mundiales, celebrados en la ciudad de Porto Alegre en Brasil.
Y entonces, junto a esos ecos planetarios de sus ensayos y libros más importantes, se ha dado también la difusión igualmente mundial de su persona, conocida a veces en tanto que conferencista importante de esa cumbre mundial de los movimientos altermundialistas, y otras en tanto que director del prestigiado y también muy reputado Centro Fernand Braudel de la Universidad Estatal de Nueva York, pero igual en tanto que Presidente de la Asociación Internacional de Sociología, o como inteligente voz crítica en contra del actual maccartismo impulsado por Estados Unidos desde las propias entrañas de esa misma nación norteamericana.
Con lo cual, no es de extrañar que los comentarios quincenales que escribe sobre los sucesos más actuales, hayan sido traducidos ya a 27 lenguas, o que un Centro de Estudios, Información y Documentación, ubicado en la ciudad de San Cristóbal de las Casas, en Chiapas, en México, haya sido recientemente bautizado como “Centro Immanuel Wallerstein” (1). Pero tampoco, el hecho de que sus libros formen parte de la bibliografía básica de innumerables cursos de historia, de economía, de sociología, de filosofía, de antropología o de ciencias políticas, en las universidades de cualquier país del mundo, o que haya recibido Doctorados Honoris Causa de Universidades de Francia o de Perú, igual que de México o de Portugal.
De este modo, y junto a esta difusión planetaria de la obra de Immanuel Wallerstein, se ha dado también la proyección mundial de su más importante resultado, es decir de la perspectiva crítica y analítica que el mismo Wallerstein bautizó como la del “World-Systems Analysis”, del “Análisis de los Sistemas-Mundo”. Porque a partir de una rica biografía personal y de un complejo itinerario intelectual, que lo llevó desde el análisis de las realidades africanas y desde el campo disciplinario de la sociología, hasta el estudio de la historia y del presente del capitalismo global planetario, y hasta el horizonte unidisciplinario de unas nuevas ciencias sociales históricas (2), Immanuel Wallerstein fue edificando, precisamente, las distintas piezas y los diferentes campos específicos que hoy constituyen a esa perspectiva crítica del análisis de los sistemas-mundo, perspectiva que al ser el eje articulador de todo el conjunto de la obra wallerstiniana de las últimas tres décadas, se ha convertido igualmente en un referente indispensable, y en un elemento siempre presente, de los más importantes debates actuales de las ciencias sociales contemporáneas.
Y así, criticada por algunos, y deformada y caricaturizada por otros, pero también recuperada y defendida por muchos de los científicos sociales críticos contemporáneos, esta perspectiva del “world-systems analysis” se ha popularizado y difundido también enormemente, coadyuvando igualmente a la proyección del mismo Immanuel Wallerstein, que ha sido sin duda alguna su principal constructor, teórico y promotor.
Lo que entonces nos lleva a cuestionarnos, acerca de las razones que explican esta muy amplia difusión de dicha perspectiva del análisis de los sistemas-mundo, y con ella del conjunto de la obra de Immanuel Wallerstein. ¿En qué reside su originalidad más específica? ¿Y cuáles son los temas centrales que ella aborda? ¿Y cómo es ella útil en tanto que herramienta crítica para comprender el mundo actual? ¿Y por qué ha tenido los profundos y vastos impactos que a lo largo de los últimos seis lustros ha conseguido? Para tratar de responder a estas preguntas, vale la pena tratar de reconstruir el mapa entero de los principales ejes temáticos que comprende esta perspectiva del análisis de los sistemas-mundo, así como las hipótesis y propuestas esenciales postuladas dentro de cada uno de estos ejes, las que, en su conjunto, nos darán las claves no sólo de la obra y de la contribución específica de Immanuel Wallerstein, sino también y sobre todo de esa enorme proyección y difusión mundiales antes evocadas.


El mapa general de la perspectiva del análisis de los sistemas-mundo

“Sigo creyendo que el análisis de los sistemas-mundo, es en primer lugar una protesta en contra de las formas en las cuales la ciencia social se presenta actualmente,
e incluyendo aquí el ámbito de su modo de teorizar”.
Immanuel Wallerstein, “The itinerary of world-systems analysis or how to resist becoming a theory”, 2002.

Si observamos en su conjunto toda la obra hasta ahora escrita por Immanuel Wallerstein, y también el conjunto global de las líneas en las que él ha desarrollado esta perspectiva del world-systems analysis3, podremos darnos cuenta de que dicha obra y dicha perspectiva se despliegan fundamentalmente en torno de cuatro ejes temáticos principales, ejes que articulándose entre sí de distintas maneras, nos entregan la arquitectura completa del edificio conceptual y teórico de esta misma perspectiva del análisis de los sistemas-mundo.
Cuatro ejes que, superponiéndose a veces, y otras intersectándose de manera transversal, contienen también las claves principales de la originalidad de este análisis de los sistemas-mundo, lo mismo que de su excepcional irradiación dentro de los más diversos ámbitos académicos e intelectuales de todo el mundo.
Porque al recorrer con cuidado esa obra de Immanuel Wallerstein, resulta evidente que un primer eje de la misma, es el eje histórico-crítico, que intenta explicar, de manera novedosa, la entera historia del capitalismo y de la modernidad dentro de los cuales todavía vivimos, y que habiendo comenzado su existencia histórica en el crucial y decisivo “largo siglo XVI” postulado alguna vez por Fernand Braudel, se ha desplegado luego de manera ininterrumpida hasta estos comienzos mismos del siglo XXI cronológico que ahora atravesamos.
Eje histórico-crítico de una historia global del capitalismo moderno, desde el siglo XVI hasta hoy, que no sólo fue la matriz originaria de toda la perspectiva del análisis de los sistemas-mundo, sino que también se ha concretado ya, parcialmente, en la obra de Immanuel Wallerstein que es sin duda su obra más traducida y más conocida en todo el mundo, la obra de El moderno sistema-mundo. Una obra de la que ya se han publicado tres volúmenes, que cubren la historia crítica del largo siglo XVI, del largo siglo XVII, y del largo siglo XVIII (4) , y cuyo cuarto volumen se encuentra ahora mismo en el proceso de su redacción definitiva, abarcando en su argumento el análisis y la caracterización global del largo siglo XIX.
Un segundo eje reconocido de esta perspectiva, que al mismo tiempo prolonga y concretiza el argumento del primer eje, es el del análisis crítico de los principales acontecimientos y procesos del “largo siglo XX”, es decir de aquellas realidades y tendencias que nos son más familiares y cercanas, en la medida en que corresponden a los contextos específicos de los personajes, los sucesos y los procesos evolutivos que hemos vivido, observado y protagonizado, sea nosotros mismos, sea las generaciones con las que hemos convivido directamente de nuestros padres o nuestros abuelos.
Diagnóstico crítico del largo siglo XX histórico, que a la vez que refrenda la ruptura con el arraigado aunque absurdo mito de que la historia es la “ciencia del pasado”, nos entrega las claves para entender los procesos esenciales de nuestro propio siglo histórico, es decir de ese siglo que habiendo comenzado hacia 1870 aproximadamente, no habrá de concluir su ciclo histórico más que dentro de algunos varios lustros o hasta décadas.
En esta misma línea, y en lo que parecería una especie de sucesivos movimientos de “close-up” analítico, el tercer eje aborda una doble problemática, cubriendo tanto el estudio de la historia más inmediata, como también el audaz ejercicio de la definición de los posibles escenarios prospectivos de la futura evolución del sistema-mundo capitalista. Ya que a partir de 1968 y de la fundación misma de esta perspectiva del análisis de los sistemas-mundo en 1974, Immanuel Wallerstein ha ido acompañando los sucesos que iba viviendo con explicaciones críticas de los mismos, explicaciones que a la vez que introducían una fuerte “densidad histórica” en la interpretación de esos hechos inmediatos –densidad derivada, naturalmente, del trabajo de Wallerstein en torno a los dos ejes críticos antes mencionados—, los resituaban todo el tiempo desde una clara perspectiva global y comparatista, es decir desde una perspectiva geográficamente planetaria que está atenta todo el tiempo a las similitudes, diferencias, y causalidades y recurrencias comunes de esos mismos hechos analizados.
Al mismo tiempo, y de manera también permanente Wallerstein ha realizado el ejercicio de proyectar hacia el futuro las tendencias históricas de la evolución global del sistema-mundo capitalista que ha estudiado, en el ánimo de prefigurar –y por lo demás, vale la pena enfatizarlo, con un grado notable de acierto (5) —, los posibles escenarios prospectivos de esta misma evolución del capitalismo mundial.
Finalmente, un cuarto eje articulador de la obra de Immanuel Wallerstein y también de la perspectiva del análisis de los sistemas-mundo, es el eje de la reflexión epistemológica crítica respecto de nuestros modos habituales de aprender las realidades sociales que investigamos, y más en general, el de la configuración misma de la actual estructura de los saberes constituidos por la propia modernidad capitalista todavía vigente.
Crítica de las ciencias sociales actuales y de la estructura de los saberes hoy dominantes que, a diferencia de los tres ejes anteriores, no se ubica en este claro movimiento de aproximaciones sucesivas desde la historia más lejana del capitalismo hacia su más vivo presente, sino que atraviesa de modo transversal a estos tres ejes, para hacer explícitos y para criticar radicalmente los supuestos no asumidos de su propia construcción, en el ánimo de mostrar sus límites epistemológicos y de impulsar la edificación de unas nuevas “ciencias sociales-históricas”, radicalmente nuevas y profundamente unidisciplinarias (6).
Cuatro ejes articuladores del conjunto de la perspectiva del análisis de los sistemas-mundo que, para su construcción y edificación sucesivas, se han apoyado, principalmente, en dos de las matrices del pensamiento crítico contemporáneo que constituyen, a su vez, en primer lugar el legado intelectual más importante dentro de las ciencias sociales contemporáneas –es decir, de las ciencias sociales de los últimos ciento cincuenta años aproximadamente—, y en segundo lugar en la obra más relevante a nivel mundial dentro de los estudios históricos de todo el siglo XX cronológico. Es decir, de un lado en la matriz del pensamiento crítico de Carlos Marx, y por esta vía, de algunos de sus discípulos y epígonos posteriores, y del otro lado en la matriz de la herencia constituida por los trabajos de Fernand Braudel, y en consecuencia, de algunas de las principales contribuciones de la perspectiva de la corriente francesa de los Annales (7).
Porque más allá del complejo “árbol genealógico” de filiaciones intelectuales que han alimentado el periplo intelectual de Immanuel Wallerstein, y con ello también a la perspectiva del World-Systems Analysis, y que incluyen autores tan relevantes como Frantz Fanon, Ilya Prigogine, Marc Bloch, Raúl Prebisch, o Paul Sweezy, entre muchos otros, parece ser claro que las dos matrices de pensamiento en las que se apoya esencialmente esta perspectiva wallerstiniana, son, como hemos dicho, esta matriz marxista y esa matriz braudeliana recién mencionadas8. Pues el aparato categorial de Marx se encuentra presente y activo a todo lo largo del análisis y de la obra de Immanuel Wallerstein, quien habla de un capitalismo histórico, basado en la lógica de la acumulación de capital, y marcado permanentemente por la dinámica de la lucha de clases, a la vez que acompañado de claros procesos de enajenación ideológica, y del funcionamiento de Estados capitalistas que obedecen a los intereses de las clases en cada momento dominantes.
Y si bien Wallerstein interpreta de manera original y muy poco ortodoxa muchos de los tradicionales y añejos debates y tesis marxistas, lo hace siempre desde el horizonte de asumir como marco general de su análisis ese aparato general de los conceptos y de las teorías fundamentales elaboradas por el propio Marx hace un siglo y medio. Y al mismo tiempo, y tal y como él mismo lo ha declarado en varias ocasiones, su obra se ha nutrido de modo muy importante a partir de varios de los más importantes trabajos y debates marxistas de la historia económica y de la sociología crítica de los años sesentas y en adelante, debates y trabajos respecto de los cuales Wallerstein va tomando posición, y en consecuencia recuperando ciertos autores y elementos, y rechazando otras obras y tesis, justamente desde el criterio discriminador de su perspectiva del análisis de los sistemas-mundo.
De otra parte, es también clara la enorme deuda de Wallerstein con la obra de Fernand Braudel, de la que toma en primer lugar la teoría de los diferentes tiempos históricos y en especial el enfoque de la larga duración histórica, pero también algunos conceptos centrales como el de economía-mundo, o algunas tesis específicas como la de la relación particular entre monopolios y libre competencia dentro de las dinámicas globales del capitalismo.
Al mismo tiempo, y recuperando también profundamente la idea braudeliana de la historia global –lo que se empata, por lo demás, con la exigencia marxiana de analizar todos los problemas “desde el punto de vista de la totalidad”—, y su reclamo de una historia siempre crítica –otro espacio obvio de coincidencia con Marx—, Wallerstein va a nutrirse igualmente de las investigaciones que en el campo de la historia económica han sido desarrolladas por algunos de los autores de la corriente de los Annales, en un abanico que incluye desde los brillantes trabajos de Marc Bloch, hasta las contribuciones del mismo Braudel y de algunos pocos de sus discípulos directos.
Doble matriz subyacente a los trabajos de Immanuel Wallerstein, sin la cual no es posible entender la riqueza y la originalidad misma de la perspectiva del análisis de los sistemas-mundo. Hasta el punto de que podemos afirmar que, para una adecuada y cabal comprensión de esta misma perspectiva, es obligatorio también un conocimiento mínimo del complejo aporte de Marx, y de algunas posiciones marxistas posteriores, lo mismo que una relectura sólida de la obra de Fernand Braudel, junto de algunas contribuciones importantes de ciertos autores annalistas antes referidos.
A partir entonces de este mapa general que presenta este enfoque del análisis de los sistemas-mundo, y de estas dos matrices fundamentales en que se apoya su elaboración principal, vale la pena revisar ahora, con más detalle, en qué consisten las específicas contribuciones originales del mismo, las que no sólo le han dado su peculiar fortaleza heurística, sino también su vasta capacidad de difusión e irradiación planetarias en general.


El eje histórico – crítico sobre la historia global del capitalismo

“Mi preocupación por el método me llevó a considerar como cuestión clave la de la ‘unidad de análisis’, razón por la cual hablamos de un ‘análisis de los sistemas – mundo’”.
Immanuel Wallerstein, “Mantener con firmeza el timón: sobre el método y la unidad de análisis”, 1994.

Si nos adentramos ahora con más atención en el primer eje articulador de esta perspectiva, el eje histórico-crítico, veremos que Immanuel Wallerstein ha concretado en este campo lo que podríamos considerar como su obra más ambiciosa y de más largo aliento, obra todavía inconclusa, y que hasta este momento se ha plasmado ya en los tres volúmenes que hoy conocemos de su libro titulado The modern world-system. Tres volúmenes a los que muy pronto deberá sumarse un cuarto volumen, dedicado al examen del largo siglo XIX y ahora mismo en proceso de escritura. Y eventualmente, y en el futuro cercano, un posible quinto y hasta un sexto volumen, que tendrían como objetivo la caracterización del largo siglo XX, y tal vez el ejercicio prospectivo respecto de los escenarios futuros inmediatos del sistema-mundo capitalista.
Tres o más volúmenes de lo que pretende ser una historia global del sistema-mundo capitalista, desde sus orígenes y hasta la actualidad, que muy lejos de las tradicionales y aburridas historias descriptivas de los siglos XVI, XVII, XVIII, XIX o XX que se conocen en todo el planeta, intenta en cambio ser todo un nuevo modelo teórico para la caracterización global, y para la explicación comprehensiva y crítica, de ese itinerario completo de la historia capitalista de los últimos cinco o seis siglos transcurridos.
Es decir, una historia interpretativa y teórica del capitalismo, o una teoría e interpretación históricas de la evolución de la moderna sociedad capitalista, que, en consecuencia, inscribe el nombre de Immanuel Wallerstein dentro de esa muy reducida lista de los pensadores que, en los últimos ciento cincuenta años, se han atrevido a pensar el capitalismo como problema global, es decir en su unidad integral y en sus dimensiones más generales, lista que arrancando con Karl Marx se prolonga solo con unos pocos autores más, como Max Weber, Werner Sombart, Norbert Elías, Karl Polanyi o Fernand Braudel.
Y si este esfuerzo de aprehender al moderno capitalismo, desde su historia global y desde la reconstrucción teórica de sus estructuras más esenciales, va a emparentar a Wallerstein con este breve grupo de pensadores importantes recién referido, su originalidad específica va a afirmarse, en cambio, en torno de tres tesis principales, que conforman la singularidad del enfoque del análisis de los sistemas-mundo, en torno de este mismo tema de la explicación teórico-histórica del capitalismo moderno. Tres tesis o propuestas metodológicas, que aluden, en primer lugar a la unidad de análisis pertinente para analizar e investigar los distintos fenómenos, sucesos y procesos que se han desplegado dentro de esta historia secular del capitalismo. En segundo lugar a la estructura jerárquica interna desde la que se configura este mismo capitalismo, y finalmente y en tercer lugar, a las distintas dinámicas y curvas de transformación que ritman la vida y el decurso históricos de este mismo sistema histórico capitalista.
Así, una de las propuestas más originales, y también más discutidas de esta perspectiva del análisis de los sistemas-mundo, es aquella que se refiere a este punto respecto de cuál debe ser la específica unidad de análisis que debemos de utilizar como el necesario marco general de todos nuestros análisis. Y aquí, y en abierta polémica con prácticamente todos los científicos sociales anteriores, Immanuel Wallerstein va a afirmar que dicha unidad de análisis no puede ser y no debe ser otra que la del sistema-mundo considerado siempre en su totalidad, es decir en su más vasta dimensión geográfica, que ha sido, en los últimos cinco siglos, o semiplanetaria o luego estrictamente planetaria9 .
Lo que significa que, según este análisis de los sistemas-mundo, es un error metodológico importante, el de considerar como nuestro marco de análisis o como nuestra unidad de análisis global, la del Estado-Nación, es decir la del espacio nacional en que se ha desplegado el problema que estudiamos, espacio nacional que bajo los nombres de la “sociedad”, la “formación social” considerada, o “la estructura social” de referencia, limita siempre nuestros horizontes epistemológicos de explicación a esas exclusivas coordenadas y procesos nacionales específicos, de México, o de Argentina, o de Francia, o de Guatemala, o de Rusia o de Estados Unidos, entre muchos otros.
Con lo cual, y por citar sólo algunos ejemplos posibles, se quiere explicar el movimiento de la Independencia de México sólo a partir de los procesos específicos y particulares de la Nueva España, a la vez que se examina y explica el mayo francés de 1968 sin salir de la consideración de causas y factores puramente franceses, o se indagan a fondo las razones y elementos puramente ingleses que desencadenaron la revolución industrial de finales del siglo XVIII, acontecida justamente en Inglaterra. Pero también y en esta misma línea, se analiza la caída del Muro de Berlín desde vectores explicativos puramente alemanes, a la vez que se intenta comprender al atrasado y limitado gobierno de Vicente Fox en México, sólo desde las coyunturas y circunstancias exclusivamente mexicanas.
Pero con ello, se pierden de vista las dinámicas globales subyacentes a todos estos procesos y sucesos evocados, dinámicas supranacionales que derivan del funcionamiento del sistema-mundo capitalista global, considerado como un todo –sistema-mundo global que es, para Immanuel Wallerstein, la única y verdadera “unidad de análisis” pertinente—, y que resitúan a esa Independencia de México dentro del más vasto movimiento de descolonización general de todas las Américas, movimiento que provocado y desencadenado también por las dinámicas mundiales de la reorganización de la geopolítica europea y planetaria de finales del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX, se combinan e imbrican con los procesos protonacionales y locales de cada una de las zonas de este vasto continente americano.
Dinámicas mundiales que reinsertan también al mayo francés dentro de la revolución cultural mundial de 1968, y a esa revolución industrial inglesa dentro de la más amplia constitución del nuevo ciclo hegemónico mundial característico del largo siglo XIX, al tiempo en que replantean a ese derrumbe del Muro de Berlín dentro del contexto del colapso mundial de la ideología liberal, o reencuadran a esa vergonzosa y empobrecida política de Vicente Fox, dentro del proceso de nueva polarización social y política generado por ese colapso del liberalismo, y por la concomitante resurgencia mundial de las derechas y las ultraderechas belicosas, cínicas, militantes y desvergonzadas que hemos presenciado en los lustros más recientes10 .
Entonces, frente a todas estas explicaciones habituales de los historiadores y científicos sociales que asumen, consciente o a veces inconscientemente, esos limitados marcos nacionales como su unidad de análisis esencial, Wallerstein va a reivindicar en cambio la existencia, siempre presente y siempre fundamental para una adecuada explicación científica, de esa unidad global que es el sistema-mundo capitalista en su totalidad, y con él, de esas dinámicas globales supranacionales que siempre determinan e influencian, de manera esencial, a todos los hechos, fenómenos y procesos sociales acontecidos en cualquier parte del mundo durante el último medio milenio transcurrido.
Además, y como una segunda tesis fuerte de este eje histórico-crítico, nuestro autor ha defendido la idea de que a lo largo de toda su vida histórica, el capitalismo se ha estructurado siempre desde una estructura jerárquica, profundamente desigual y asimétrica, estructura tripartita que divide al planeta en un pequeño núcleo de países o zonas muy ricas que conforman el centro del sistema, junto a una también pequeña zona intermedia de países y zonas que detentan una moderada riqueza y que son la semiperiferia, y al lado de una muy vasta periferia pobre y explotada, que constituye la inmensa mayoría de zonas y naciones del mundo, y que como ancha base del sistema en su conjunto soporta tanto a la semiperiferia como al centro de este mismo sistema capitalista.
Tesis sobre esta división tripartita del mundo capitalista, que es ya un primer criterio discriminador de lo que es posible y lo que es imposible en cada uno de los países o naciones de este mismo planeta capitalista. Pues las zonas centrales serán casi siempre las generadoras de las nuevas tecnologías de punta, y las sedes de los grandes monopolios transnacionales, desarrollando los niveles de ingreso, de consumo y de vida más altos, y pagando los salarios más elevados en términos relativos, todo lo cual no son más que diversas expresiones y consecuencias de esa mayor riqueza que ellas concentran, al explotar por diversas vías a la semiperiferia, y sobre todo a la vasta periferia que las circunda.
En cambio estas múltiples periferias, explotadas mediante mecanismos que abarcan desde el secular intercambio desigual y el bloqueo explícito de ramas del desarrollo de ramas productivas enteras, hasta las formas más recientes de las onerosas e injustas deudas externas de los países menos desarrollados, serán siempre las zonas y países más pobres, con nulo o muy escaso desarrollo tecnológico, y con pequeñas y limitadas industrias y empresas de alcance sólo local, junto a muy bajos niveles de ingreso, de vida, de consumo y también de magnitud salarial (11).
Agudas diferencias económicas entre centro y periferia, débilmente atenuadas en las zonas de la semiperiferia, que se reflejan también a nivel social, político y hasta cultural, ubicando a los Estados fuertes e imperialistas en el centro, a los Estados medios en la semiperiferia, y a los Estados débiles, o coloniales, o dependientes, o subordinados en la periferia. Pero también desarrollando en esas mismas áreas del centro, los patrones y comportamientos sociales o culturales que intentan imponerse como dominantes en escala planetaria, promoviendo por ejemplo ahora el uso del inglés o el american way of life como supuestos signos de “progreso”, y presentando como atrasados o poco desarrollados a los restantes idiomas del mundo, o a los hábitos culturales de las regiones periféricas y semiperiféricas de todas partes (12).
Estructura desigual y jerárquica de las tres zonas geográficas del sistema mundial capitalista, que además, lejos de tender a cerrarse y a borrarse se ha ido ensanchando y profundizando durante los cinco siglos de la vida histórica capitalista. Porque si el pequeño núcleo central del sistema es cada vez más escandalosamente rico, lujoso, dilapidador y ofensivamente ostentoso, eso sólo es gracias a que la inmensa periferia es cada día más pobre, ascética, restringida y recatada en su consumo y en su uso de los escasos recursos que no le son expropiados por dicho centro. Ya que la riqueza de ese centro, hoy como desde hace quinientos años, es fruto directo de la explotación, el saqueo, el robo, la expropiación y el empobrecimiento sistemáticos de esas vastísimas periferias.
Lo que implica, no solamente y en el plano más teórico, que todas las supuestas teorías del desarrollo, de la modernización, del progreso, o los modelos sobre las posibilidades de la salida del atraso o del subdesarrollo, son totalmente inoperantes y absurdas como teorías explicativas o como propuestas de evolución de los países pobres y periféricos del capitalismo, sino también y en un plano más práctico y profundo, que los países de esa periferia no tienen ningún destino promisorio posible dentro de los marcos vigentes de este mismo sistema-mundo capitalista (13).
Una tercera tesis central de este eje histórico-crítico, alude a las distintas dinámicas que, en los también diversos tiempos históricos, van ritmando y acompasando la evolución específica del devenir histórico capitalista. Dinámicas diferenciadas, aunque también profundamente entrelazadas, que abarcan, en el plano de las coyunturas históricas o del tiempo medio braudeliano, a los bien conocidos ciclos Kondratiev, pero también y ya en el registro más vasto de la larga duración, primero, a la dinámica de los cambios importantes que imponen los distintos y superpuestos “siglos largos” de la historia capitalista, segundo, a los movimientos de expansión y consolidación sucesivas del propio sistema-mundo, y tercero, y quizá el más importante de estos tres últimos, el de la dinámica global de los sucesivos ciclos hegemónicos de este mismo periplo general de la modernidad capitalista.
Porque como bien lo ha enseñado Fernand Braudel, seguido en este punto muy de cerca por Immanuel Wallerstein, la trama de la historia se teje siempre en múltiples registros simultáneos, los que en su interrelación y juego complejo, van definiendo la configuración particular de las sociedades en cada momento y circunstancia históricos singulares (14) . Por eso, y también como elementos explicativos importantes, es que la perspectiva del análisis de los sistemas-mundo reivindica el de las preguntas respecto de si en un determinado momento estamos en una fase expansiva, o por el contrario, depresiva de ese ciclo Kondratiev, junto a la duda sobre la inserción de ese momento en tal o cual siglo histórico largo, y dentro de una ola de expansión, de consolidación, o una etapa de bifurcación del capitalismo, pero también dentro de qué momento singular del ciclo hegemónico entonces vigente.
Así, y para ejemplificar esta idea de modo más concreto, podemos afirmar que según Immanuel Wallerstein, este momento actual que ahora vivimos, el año cronológico de 2005, no puede entenderse adecuadamente si ignoramos que estamos precisamente en la sima o punto más bajo de una fase depresiva del ciclo Kondratiev, y por ende, en el preciso momento de quiebre en el que está a punto de comenzar una nueva fase expansiva de ese mismo Kondratiev. Lo que entre muchas otras cosas, nos permite pronosticar por ejemplo que viviremos, en los siguientes diez años, una fuerte ola de nuevas innovaciones tecnológicas, que desplegándose en los más diversos campos de la economía, la sociedad y la vida cotidiana, habrán de relanzar las nuevas ramas productivas, y con ellas, los nuevos grupos monopólicos que comandarán esta nueva rama expansiva de dicho ciclo Kondratiev.
Pero también estamos en un tramo intermedio del “segundo siglo XX histórico” comenzado en 1968, lo que nos permite explicarnos la situación de transición que ahora vivimos entre dos largos siglos históricos, y que como toda transición, entremezcla los elementos declinantes característicos del largo siglo XX, con los elementos ya en gestación del futuro largo siglo XXI histórico. Siglo XXI histórico que, entre muchas otras cosas, estará caracterizado por ser sin duda un siglo del auge y la expansión multiforme del multiculturalismo en todas sus variantes y expresiones, pero también un siglo en donde viviremos la irrupción protagónica y en el primer plano de la escena mundial de todo el semicontinente de América Latina, junto, por ejemplo, a la recuperación mundial de múltiples espacios sociales, políticos, culturales y civilizatorios, por parte de los pueblos indígenas de todo el planeta, entre otros varios procesos posibles que podríamos mencionar.
Igualmente, es difícil comprender la situación mundial presente, sin considerar que atravesamos ahora una etapa que sólo se ha presentado muy excepcionalmente en la vida histórica de la humanidad, y que es la situación de una bifurcación histórica, y en este caso particular que nos toca vivir a nosotros, la de la crisis terminal del sistema histórico capitalista15 . Situación de verdadero caos sistémico, que no habíamos conocido hace quinientos años, y que es la clave explicativa del verdadero colapso terminal e irreversible que hoy viven todo un conjunto vasto de estructuras de nuestra propia sociedad, tales como la del Estado moderno, o la actividad misma de la política, o la lógica económica basada en la acumulación de capital, o la actual estructura de las clases sociales, o también la moderna cultura burguesa ilustrada y racionalista, colapso que alcanza incluso estructuras como las de la configuración de las poblaciones de todo el planeta bajo el esquema nacional, o a la estructura misma de los saberes constituida hace cinco siglos por la modernidad.
Por último, es también esencial para comprender el mundo actual en este año de 2005, asumir que vivimos ahora la clara fase de decadencia del ciclo de la hegemonía mundial norteamericana, fase que habiendo comenzado hace ya más de treinta años, nos hace posible entender tanto la derrota norteamericana en Vietnam como la sobrevivencia de la Cuba independiente, autónoma y soberana, pero también el trágico suceso del 11 de septiembre de 2001, y luego la desesperada, irracional, injusta y cada vez más fallida invasión estadounidense en contra de Irak16.
Reconstruyendo entonces con cuidado, todas estas múltiples e imbricadas dinámicas del decurso temporal de la historia capitalista del último medio milenio transcurrido, Wallerstein no sólo recupera las principales lecciones del pasado para un diagnóstico más denso y acertado de nuestro más actual presente, sino que también va forjando ciertas herramientas intelectuales que, desde ese retrato preciso y denso del pasado y del presente, le permiten avizorar con bastante certidumbre los posibles escenarios futuros de este mismo presente, a partir de la cuidadosa proyección hacia adelante de las tendencias hoy vigentes, tendencias que han sido ya tan claramente identificadas y aprehendidas, desde esta múltiple disección de esas distintas dinámicas constitutivas del itinerario global de la modernidad capitalista.
Y es precisamente a partir de estas tres tesis fuertes, o de estas tres líneas de propuestas hasta aquí resumidas, que se estructura este eje histórico-crítico de la perspectiva del análisis de los sistemas-mundo, eje histórico crítico que al mismo tiempo que ha sido la matriz originaria de todo este enfoque, funciona también como el horizonte más general que enmarca a los otros tres ejes antes mencionados, los que ahora abordaremos con más detalle.


El eje del análisis crítico del ‘largo siglo XX’ histórico

“…El siglo XX será recordado por tres cosas: la hegemonía de Estados Unidos, el resurgimiento político del mundo no occidental y la revolución de 1968.”
Immanuel Wallerstein, “Siglo pasado, milenio pasado”, 2000.

El segundo eje articulador de la perspectiva del análisis de los sistemas-mundo, es el eje del análisis crítico del largo siglo XX histórico, eje que proyectando las lecciones del eje histórico-crítico hacia nuestro propio siglo histórico, le permite a Immanuel Wallerstein diagnosticar y analizar de manera también novedosa a varios de los principales procesos y sucesos acontecidos dentro de los últimos ciento treinta años transcurridos.
Porque en abierta contraposición frente a los autores que defienden y postulan la existencia de un “breve siglo XX”, que correría desde la primera guerra mundial y la revolución rusa de 1917, hasta la caída del Muro de Berlín y la reconversión de la URSS en nueva Rusia otra vez abiertamente capitalista, Wallerstein va a defender en cambio la tesis de la existencia de un “largo siglo XX”, que habiendo comenzado hacia 1870, se desplegaría hasta el propio momento actual e incluso más allá, para concluir su existencia en una fecha todavía incierta, pero que muy posiblemente no rebasará el futuro año de 2050 (17).
Contraposición importante entre la tesis de un corto siglo XX y un largo siglo XX, que no se reduce a una simple disputa en torno a disminuir o agregar años a este siglo, sino que alude más bien al problema esencial de determinar, en cada una de estas posiciones, cuáles han sido los procesos fundamentales y determinantes de toda esa centuria cronológica del siglo XX, procesos que desde su propia temporalidad particular, fijarían entonces también los propios límites cronológicos de ese posible siglo XX histórico, determinando que se tratase, o de un largo siglo XX, o de un breve siglo XX.
Así, contra la idea de considerar a los procesos del llamado “socialismo realmente existente”, desplegados en el siglo XX, como los procesos centrales y definitorios de nuestro pasado reciente, idea que fundamenta y da sentido precisamente a la tesis del siglo XX corto, Immanuel Wallerstein va más bien a defender la idea de que este largo siglo XX ha sido el siglo de la larga curva de la construcción, definición, afirmación, y luego decadencia, de la hegemonía norteamericana, siglo comenzado por lo tanto hacia 1870, y que ahora mismo estaría viviendo su etapa final y conclusiva. Porque es hacia 1870, después del fin de la guerra civil norteamericana, y también en el momento mismo de la derrota francesa en la guerra francoprusiana, que vemos perfilarse claramente la disputa, que alcanzará más adelante dimensiones realmente mundiales, entre de un lado Estados Unidos y del otro lado Alemania. Disputa germano-norteamericana que durante setenta años, y sobre todo en la moderna ‘guerra de treinta años’ que abarca desde 1914 hasta 1945, habrá de decidir a la nueva potencia hegemónica mundial, la que sustituyendo a Inglaterra en la función de centro de todo el sistema-mundo capitalista, terminará por favorecer a Estados Unidos, sobre la debacle misma de Alemania. Con lo cual, será este proceso de lenta edificación, y luego de afirmación y decadencia de dicha hegemonía planetaria norteamericana, el proceso que, para el enfoque del análisis de los sistemas-mundo, definirá el sentido general y la significación histórica global de este largo siglo XX histórico.
Pues en esta lógica, a la victoria norteamericana en 1945, seguirá el periodo de la hegemonía fuerte de la potencia vencedora, hegemonía que habrá de instaurar, entre 1945 y 1968/72-73, esa Pax Americana que conocimos bajo el término de la Guerra Fría, y en la que el diseño de la geopolítica mundial global fue definido en solitario, y prácticamente sin grandes obstáculos, por esos mismos Estados Unidos de Norteamérica.
Pero con la revolución cultural mundial de 1968 y con la crisis económica planetaria de 1972-73, se cerró esa hegemonía fuerte de Estados Unidos, y comenzó el proceso, lento pero indetenible, de la decadencia total de la hegemonía norteamericana, la que se prolonga claramente hasta nuestros días, adquiriendo trazos dramáticos durante los dos periodos recientes del gobierno de George Bush Jr.
De este modo, y reexplicando todo el siglo XX desde esta hegemonía de Estados Unidos, Wallerstein no sólo va a relativizar profundamente el papel del socialismo realmente existente –hasta el punto de afirmar que todas esas sociedades llamadas “socialistas” no lo han sido, y no podían serlo, pues al ser partes del sistema-mundo como un todo, les era imposible escapar a su lógica esencial, a la que estaban fatalmente condenadas a volver, más tarde o más temprano y por una vía o por otra—, sino que también va a caracterizar a la primera y a la segunda guerra mundiales como una sola larga guerra moderna de treinta años, estructurada en torno de la rivalidad Alemania-Estados Unidos, y que como su resultado principal dará paso, precisamente, al dominio norteamericano incontestado de los años cuarentas, cincuentas y sesentas.
Pero también y en este mismo sentido, Wallerstein va a proponer como uno de los ejes principales de la comprensión de todos los sucesos y fenómenos de los últimos treinta y cinco años, el de este telón de fondo del proceso de derrumbe progresivo e irreversible del poder hegemónico de los Estados Unidos de Norteamérica, derrumbe que al ir creando el vacío de esa posición hegemónica de liderazgo dentro del sistema-mundo capitalista, impulsa al primer plano de la escena a la rivalidad entre, de un lado el Japón desarrollado enormemente en términos capitalistas, y del otro la Europa Occidental ahora reunificada bajo la égida de la potencia alemana.
Porque repitiendo un patrón cíclico que ya hemos vivido anteriormente en dos ocasiones históricas, la decadencia del poder dominante en escala mundial, en este caso Estados Unidos, se acompaña otra vez con el surgimiento de una nueva disputa entre los dos posibles contendientes que quieren ahora ocupar el lugar de esa potencia declinante, en este caso, Japón de una parte, y Europa Occidental de la otra. Lo que, por lo demás, nos muestra claramente la conexión orgánica explícita entre el primer eje histórico-crítico y este segundo eje del análisis del largo siglo XX. Ya que es a partir de haber estudiado los ciclos hegemónicos anteriores de la historia capitalista, el ciclo holandés del siglo XVII, y el ciclo inglés del siglo XIX, que Immanuel Wallerstein puede, con toda seguridad y firmeza, analizar la actual fase de la decadencia hegemónica norteamericana, e incluso pronosticar desde ahora que el casi seguro vencedor en esta disputa habría debido ser Japón, si el capitalismo no estuviese ya en su situación de crisis terminal y definitiva18.
Reexplicando entonces el largo siglo XX, desde esa densa visión histórica que le otorga el estudio de la entera historia del capitalismo, Immanuel Wallerstein puede proponer interpretaciones originales y novedosas de los distintos fenómenos, acontecimientos y procesos que la humanidad ha vivido en los últimos ciento treinta años transcurridos.
De este modo, y junto a esa línea central del siglo XX que es la curva de vida de la hegemonía estadounidense, se despliega también una segunda línea fundamental, que es la de la progresiva descolonización total del planeta, la de la conquista progresiva de la independencia política por parte de los múltiples países coloniales que aún subsistían en este siglo XX. Proceso entonces de desintegración de todos los imperios coloniales, desde el inglés hasta el francés, y pasando por varios otros, que en un movimiento de oleadas sucesivas que se repiten a lo largo de todo el “primer siglo XX” –ese que corre desde aproximadamente 1870 hasta más o menos 1968—, fue conquistando la independencia formal y política para prácticamente todas las naciones del mundo, borrando así del mapa mundial la existencia de la añeja y duradera relación colonial.
Y si bien es importante enfatizar que esta disolución formal y oficial del vínculo colonial, y la concomitante conquista de la independencia política no disolvió para nada las relaciones de dependencia y explotación económicas, ni eliminó totalmente tampoco diversas formas de la dependencia social y de la dominación cultural, también debemos reconocer que, a pesar de todo, y como un proceso subterráneo, que alimentó a todos los movimientos de liberación nacional o de independencia nacional que fueron conquistando esa descolonización e independencia política de los respectivos países del mundo, se desarrolló un vasto y potente proceso de concientización política y de democratización generalizada de la vida pública para las masas populares de todo el planeta.
Porque al hacer que las poblaciones de todos los países coloniales cuestionaran esa relación de dependencia frente a sus respectivas metrópolis, y al movilizarlas políticamente para luchar por la independencia y por la soberanía nacionales, esos movimientos antisistémicos de liberación nacional que proliferaron en el largo siglo XX a todo lo largo y ancho del planeta, lo que estaban generando y promoviendo de una manera profunda, era el claro proceso de obligar a los países del centro y de la semiperiferia del sistema-mundo capitalista a reconocer y asumir el hecho de que todos los pueblos del mundo, y con ello todas las naciones del globo terráqueo, son protagonistas activos y fundamentales de la actual historia universal. Y por lo tanto, actores que deben ser tomados en cuenta a la hora de decidir los destinos generales de nuestro planeta.
Y si bien es claro que esas luchas de liberación nacional fueron sólo muy parcialmente exitosas en sus objetivos generales, al conquistar el poder en escala nacional, pero a la vez ser bastante incapaces de eliminar la dependencia económica, social y cultural, también es cierto que, en términos más profundos, desarrollaron localmente esos procesos de importante democratización de la vida pública de muchos países de la periferia, a la vez que crearon un potencial de experiencias y de conciencia que se sigue manifestando hoy en las diversas luchas en curso, y que habrá de continuar expresándose todavía en los diferentes combates sociales del muy próximo futuro.
Y de la misma manera en que la curva de la hegemonía norteamericana, sufre un quiebre fundamental en el momento de 1968/72-73, pasando de la fase de la hegemonía fuerte a la etapa del declive hegemónico, así también esta curva de la descolonización total del mundo va a culminar hacia esa misma fecha de 1968-73, para dar luego paso, en los últimos siete lustros, a la sistemática y reiterada crítica planetaria del eurocentrismo en todas sus formas19, crítica que habiendo llegado a veces a extremos absurdos, y otras veces manteniéndose como una legítima impugnación de las consecuencias negativas del dominio europeo sobre el mundo, entre los siglos XVI y XIX, expresa en general esos cambios profundos que acarrea, más allá de sus diversos límites, este proceso de disolución completa de las relaciones coloniales en escala mundial.
Pues no es por azar que al desintegrarse realmente esos vínculos coloniales, se despliegue y legitime en gran escala, y en cualquier parte del mundo, esa crítica del dominio europeo y de sus consecuencias negativas, que subyace tanto a la impugnación del eurocentrismo que se proyectó en las visiones de la historia universal, en los patrones de la valoración cultural, en los esquemas de discriminación de lo que era “progreso” y de lo que era “atraso”, etc., etc., lo mismo que en los cada vez más generalizados reclamos del reconocimiento del multiculturalismo en sus más distintas variantes.
En tercer lugar, resulta interesante observar que, desde esta óptica global y de larga duración desde la cual Wallerstein intenta examinar y diagnosticar este largo siglo XX histórico, dicho siglo aparece dividido por un acontecimiento-ruptura fundamental, que es el de la revolución cultural mundial de 1968. Hasta el punto de que podríamos afirmar que ese largo siglo XX se divide, como el largo siglo XVI, en dos siglos XX, un “primer siglo XX” que iría desde 1870 hasta 1968 aproximadamente, y un “segundo siglo XX” comenzado hace treinta y cinco años más o menos y que estaría todavía en curso.
Porque a diferencia de muchos otros analistas, que minimizan o hasta ignoran esta fecha simbólica fundamental de 1968, y con ella a los movimientos estudiantiles y estudiantil-populares que a ella se vinculan, Immanuel Wallerstein va en cambio a subrayar el impacto profundo y planetario que tuvo esta revolución de 1968, la que desplegándose como una radical revolución de la entera geocultura dominante del sistema-mundo, se expresó lo mismo en el colapso de las viejas izquierdas y en el nacimiento de múltiples nuevas izquierdas, que en el inicio del derrumbe definitivo de la ideología liberal, pero también, en el cuestionamiento definitivo de las estructuras del saber entonces vigentes, junto a la crisis y el recambio de muchos de los patrones, códigos y mecanismos principales de las estructuras culturales que eran dominantes en ese momento (20).
Siguiendo entonces en este punto la evaluación de Fernand Braudel, Wallerstein va a caracterizar a la revolución de 1968 –es decir, a todo ese vasto conjunto de movimientos que, entre 1966 y 1969, sacudieron a prácticamente todos los países del mundo—, como una profunda revolución cultural de dimensiones planetarias. Y también, de implicaciones realmente civilizatorias, cuyos efectos siguen todavía haciéndose sentir hasta el mismo día de hoy en los más diversos ámbitos de la cultura, la sociedad, la vida cotidiana y la política más contemporáneas.
Porque la caracterización principal que esta perspectiva del análisis de los sistemas-mundo hace de esta revolución de 1968, es la de que se trata de una verdadera revolución de larga duración de las estructuras culturales de la sociedad contemporánea, es decir de la modificación de ciertas estructuras, en este caso las culturales, que han tenido vigencia y despliegue durante varios siglos y a veces hasta milenios, estructuras que luego de haber persistido tenazmente durante estos largos periodos de vida, han comenzado a trastocarse de manera radical y definitiva, precisamente a partir de esta revolución cultural mundial simbolizada en el emblemático año de 1968.
Y puesto que se trata de una verdadera mutación cataclísmica de esas estructuras culturales de larga duración, que han tenido una vida secular o milenaria, entonces la significación profunda de esas revoluciones de 1968 sólo se percibe desde estos mismos parámetros de también largo aliento. Pues es claro que la profundidad extraordinaria y el hondo alcance de estos movimientos de 1968 hacen evidente su inmensa envergadura, cuando nos percatamos de que fue gracias a ellos que, por ejemplo, se cuestionó a fondo la estructura patriarcal y machista de la familia monógama entonces vigente, desencadenando así la progresiva liberación femenina y el muy variado y vasto movimiento feminista de nuestros días.
Entonces, y al poner en cuestión este patriarcalismo y este machismo, vigente durante por lo menos los últimos dos milenios, la revolución cultural de 1968 inicia un lento pero indetenible proceso de revolución total de la célula familiar, revolución que como es lógico, tardará todavía varias décadas en afirmar y desarrollar todas sus múltiples y complejas implicaciones y potencialidades diversas.
Y algo similar ha sucedido con las instituciones escolares contemporáneas, las que también fueron impugnadas y sacudidas en sus estructuras y cimientos más profundos. Ya que es claro que al cuestionar desde la tradicional relación jerárquica entre el maestro y el alumno, como también y sobre todo las bases, los mecanismos, los modos y las relaciones involucradas en los procesos de la generación, la transmisión y la apropiación de los distintos saberes por parte del colectivo de estudiantes, se desencadenó igualmente una revolución total del aparato escolar, el que hoy, y en todos sus niveles, desde el jardín de niños y hasta los niveles de los posgrados, se encuentra en una profunda crisis global de reestructuración completa de todos sus elementos y funciones fundamentales.
Crisis de la escuela moderna, que es cada vez menos capaz de motivar el interés de los alumnos, y que acumula cada vez más la enseñanza de conocimientos abstractos e inútiles, sin conexión con la vida real, y en donde la autoridad intelectual y hasta personal del profesor se vacía cada vez más de un contenido fundado y real. Crisis que habrá también de persistir todavía por varios lustros, y que seguramente sólo culminará cuando haya sido llevada a cabo toda una verdadera revolución y renovación completa de esta misma estructura escolar.
E igual sucede con los medios de comunicación modernos, cuya desmesurada relevancia, positiva y negativa, data justamente de esta revolución cultural mundial de finales de los años sesentas. Hasta el punto, digno de reflexión, de que esos medios de comunicación pueden ahora influir de manera decisiva en la opinión pública nacional o mundial, determinando por ejemplo la elección o la derrota de un presidente, o justificando absurdamente una irracional y prepotente invasión de la primera potencia militar del globo, como lo son los Estados Unidos de Norteamérica, en contra de una indefensa nación del Medio Oriente como lo es Irak.
Así, enfatizando esta relevancia profunda de 1968, Immanuel Wallerstein redondea su singular explicación del largo siglo XX histórico, y con ella del segundo eje principal de la perspectiva del análisis de los sistemas-mundo.
Segundo eje que al dividir el largo siglo XX en un primer siglo XX que concluye hacia esta fecha fundamental de 1968-73, y un segundo siglo XX que abarcaría los seis o siete lustros más recientes, nos entrega también la conexión que vincula a este segundo eje con el tercer eje del análisis de los sistemas-mundo, el que corresponde al estudio de la propia historia inmediata que ha sido vivida y a veces hasta protagonizada por el propio Immanuel Wallerstein, y que él ha ido examinando y caracterizando críticamente conforme iba sucediendo y aconteciendo, junto además al ejercicio crítico de avizorar los posibles escenarios prospectivos de los futuros inmediatos y mediatos de la evolución de este mismo sistema-mundo capitalista. Tercer eje que debemos analizar ahora con más atención.


El doble eje del análisis de la historia inmediata y de los escenarios prospectivos del capitalismo actual


“(Vivimos) ahora un momento histórico que es importante: es el momento de la época de transición del sistema-mundo actual hacia otro nuevo sistema histórico. En un periodo como este, todos nosotros tenemos el deber de ayudar a esclarecer cuáles son las alternativas posibles y deseables…”
Immanuel Wallerstein, mensaje enviado con motivo de la Inauguración del Centro Immanuel Wallerstein en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, México, septiembre de 2004.

El tercer eje articulador de la perspectiva del análisis de los sistemas-mundo es el del examen de la historia inmediata y de los futuros escenarios prospectivos del sistema-mundo capitalista. Es decir, un eje que se desglosa en dos líneas de investigación, íntimamente conectadas, aunque igualmente diferentes entre sí.
En la primera línea, referida a este diagnóstico crítico de la historia del presente, es decir de la historia de los últimos seis o siete lustros transcurridos, Immanuel Wallerstein va, una vez más, a distanciarse radicalmente de las explicaciones más difundidas y hoy en boga, que intentarían caracterizar al capitalismo contemporáneo desde la vacía y mediática pseudoteoría de la globalización, o también de su hermana gemela, igualmente superficial y vacía de fundamentos teóricos sólidos, que es la teoría de la mundialización.
Crítica radical de las teorías de la globalización y la mundialización, que no sólo subraya el hecho de que todos los procesos supuestamente argumentados como característicos de dicha mundialización-globalización no tienen nada de nuevos, y remontan casi siempre su existencia a varios siglos de distancia, sino que también enfatiza la función abiertamente encubridora de estas teorías, las que al insistir únicamente en los “progresos”, “avances”, “logros”, y “conquistas” maravillosas y enormes que dicha globalización-mundialización acarrearían, terminan por ocultar y hasta eliminar a todo ese vasto conjunto de expresiones de la crisis civilizatoria sistémica que, precisamente en las tres últimas décadas, hemos estado sufriendo y padeciendo en todo el planeta21.
Porque es fácil demostrar que todos los hechos y procesos que pretenden “fundar” y “apuntalar” la débil justificación de esa teoría de la globalización y mundialización son procesos ya antiguos, que bajo formas diversas, pero con una esencia en lo fundamental idéntica, acompañan a la historia entera del capitalismo. Pues lo mismo el papel desmesurado de las organizaciones transnacionales, que la difusión planetaria de ciertos patrones culturales, o del movimiento global de las mercancías, junto al flujo casi instantáneo de las noticias y de la información, son todos procesos que ya hemos conocido hace varios siglos, por ejemplo en el papel dominante que tuvo la Compañía de las Indias Holandesas, o en la imposición de culturas y de lenguas llevada a cabo, por ejemplo, por los españoles y los portugueses en América o por los ingleses en la India, mientras que la red del mercado mundial data ya de hace varios siglos, y la invención del telégrafo o del teléfono funcionaron, en su momento, como mucho más revolucionarios y fundamentales que, por ejemplo, la reciente invención del Internet.
Pero más allá de desmitificar esos supuestos trazos característicos de esa mundialización y globalización, el centro de la crítica de Immanuel Wallerstein se dirige al hecho de que dichas teorías presuponen que, hace treinta años aproximadamente, hemos entrado a una nueva etapa del ciclo de vida del capitalismo, nueva etapa plena de innovaciones tecnológicas y de cambios sociales, que habría de desplegarse durante los próximos quizá cien o ciento cincuenta años por venir, prolongando todavía por un siglo o más la vida histórica de este sistema-mundo capitalista.
En cambio, y en sentido diametralmente opuesto a estas teorías, lo que la perspectiva del análisis de los sistemas-mundo afirma es que, precisamente a partir del doble quiebre de la revolución cultural y de la crisis económica mundial de los años de 1968-73, el sistema-mundo capitalista ha entrado más bien en la etapa final de su ciclo histórico de vida, es decir en una situación de bifurcación histórica que combina, junto a la crisis terminal del capitalismo y de todas sus estructuras constitutivas, también la urgente tarea de comenzar a construir, inmediatamente y desde ahora, las posibles alternativas para la definición del nuevo sistema-histórico que hoy se encuentra ya en estado de gestación.
Así, distanciándose de esas teorías de la globalización-mundialización, que omiten totalmente, o que sólo mencionan débil y marginalmente esta crisis múltiple de absolutamente todas las estructuras hoy vigentes del capitalismo, la perspectiva del análisis de los sistemas-mundo se opone también a las igualmente erróneas y superficiales tesis sobre una pretendida nueva etapa del “Imperio”, las que exagerando por ejemplo desmesuradamente la idea del poder de los organismos transnacionales –en el momento mismo en que, por ejemplo, la ONU se deslegitima totalmente y caduca frente a nuestra propia mirada como estructura histórica mundial, lo que es ya una refutación evidente de estas mismas tesis del “Imperio”—, terminan por conducir a conclusiones y a valoraciones políticas totalmente cuestionables, como la de menospreciar o hasta ignorar totalmente el nivel específicamente nacional de las luchas de los oprimidos de todo el mundo, que si bien no debe ser el único, e incluso quizá tampoco el fundamental, debe no obstante ser también considerado de manera central dentro de los diversos niveles esenciales de la lucha de clases, y del combate cotidiano de las clases subalternas en pro de su propia liberación.
Por el contrario, y lejos de estas teorías del Imperio y de la globalización, Immanuel Wallerstein va a poner más bien el acento en esta caracterización de la situación actual del capitalismo como la situación de su crisis terminal, crisis múltiple y de orden profundo y civilizatorio, que abarca desde el nivel ecológico y la lógica hoy dominante en torno a la relación entre el hombre y la naturaleza, hasta el nivel cultural y de las estructuras del saber hoy vigentes, y pasando por el plano tecnológico, económico, social y político en general (22). Porque a contrapelo de todos esos discursos dominantes sobre la globalización y la mundialización, y sobre sus supuestas inmensas virtudes, el análisis de los sistemas-mundo va a subrayar en cambio la cada vez más preocupante crisis ecológica que vive el mundo actual, crisis que expresándose en la múltiple contaminación del aire en las grandes ciudades, y en la reducción de la capa de ozono de la atmósfera, pero también en la suciedad creciente de los ríos de todo el planeta, en los cambios climáticos globales, en los cada vez mayores cementerios de residuos atómicos, en la desertificación de vastas zonas del mundo, y en la destrucción irreversible de selvas, bosques y especies enteras, nos está conduciendo directamente hacia una verdadera catástrofe ecológica de dimensiones planetarias.
Pero esto, no porque no existan ya los medios tecnológicos para revertir y resolver todos estos problemas, sino más bien porque dichos mecanismos tecnológicos no son rentables dentro de la limitada lógica de la acumulación de capital. Y también, por que esas soluciones tecnológicas ya existentes, chocan directamente con esa perversa lógica capitalista de relación del hombre con la naturaleza, que saquea, destruye y agrede a esta última como si fuese un reservorio inagotable y pasivo de recursos, lógica que ahora ha llegado a sus últimos límites, expresándose en la actual situación, y mientras se mantiene aún esta lógica depredadora capitalista, como un verdadero “boomerang” ecológico, que ahora cobra la factura de esos cinco siglos de destrucción, saqueo indiscriminado y destrucción que el capitalismo ha hecho de este mismo mundo de la naturaleza del globo terráqueo (23).
Igualmente, el enfoque del análisis de los sistemas-mundo va insistir en las distintas manifestaciones de la cada vez más aguda crisis económica mundial, la que se hace evidente lo mismo en el explosivo crecimiento de la deuda externa de la mayoría de los países de la periferia –nuevo mecanismo de explotación de esta periferia por parte del centro—, como en el espectacular crecimiento, en todos los países, de la economía llamada “informal”, o “subterránea”, o “paralela”. Pero también en la galopante pérdida del poder adquisitivo real de los salarios de las clases trabajadoras de todas partes, lo mismo que en el desempleo creciente que caracteriza cada vez más a todas las economías del mundo. Desempleo que explica, entre otras razones, a las cada vez mayores e indetenibles migraciones masivas de trabajadores desde la periferia hacia las naciones del centro, lo mismo que desde las áreas rurales de cada nación en particular hacia sus respectivas grandes ciudades (24).
Crisis económica mundial de muchas y muy distintas aristas, que también se manifiesta en la cada vez más escandalosa y oprobiosa desigualdad económica y en consecuencia social, que engrosa rápidamente las filas de sectores enteros que viven en la pobreza y en la pobreza extrema, a la vez que hace crecer sin medida la fortuna de un pequeñísimo grupo de magnates que se enriquecen velozmente a costa de esa pobreza y extrema pobreza de las amplias mayorías. Polarización social creciente que, como es lógico, se manifiesta entonces en un incremento importante del crimen y de otras formas de la violencia social, a la vez que como deterioro de las condiciones de vida de la inmensa mayoría de la población, lo que es un caldo de cultivo muy propicio para la destrucción y decadencia de todas las formas del tejido social, desde la más elemental unidad familiar, hasta el paisaje completo de toda la entidad urbana o rural, y pasando por todo tipo de instituciones como las escuelas, las fábricas, las prisiones, las empresas, las oficinas estatales y hasta los lugares del simple encuentro o recreación social.
Y junto a todo esto, una crisis también global y estructural de todo el nivel de las realidades y actividades políticas en su conjunto, que incluye lo mismo a la crisis de los Estados –cada vez más incapaces de cumplir sus funciones básicas de proveer a sus respectivas poblaciones de mínimos y aceptables servicios de seguridad, salud y educación públicas, pero también cada vez más incapaces de alcanzar y/o mantener una mínima legitimidad y credibilidad entre esas mismas poblaciones—, que la crisis de los partidos, las organizaciones, los actores, y hasta los distintos eventos políticos, los que cada vez más son identificados por la inmensa mayoría de la gente como organizaciones, personajes y actos que giran como un carrusel sobre su mismo eje, pero que no representan en realidad a ninguna fuerza o movimiento social específico, por no hablar de representar a sectores vastos o importantes de la propia ciudadanía en general.
Crisis total del mundo de la política y de lo político en general, vaciados hoy de toda conexión con lo social, con lo ético, o con lo cultural, que si en el próximo futuro, el de una ya cercana sociedad no capitalista, habrá de expresarse como la muerte total de la política, es decir como la desaparición completa de esa actividad humana nacida en la antigua Grecia, y que hoy está viviendo la fase de su radical agonía terminal25, hoy en cambio se manifiesta como esa agudizada y cada vez más difícil pérdida completa de las ilusiones en esa misma política, por parte de los habitantes de todo el mundo, a la vez que en la proliferación y multiplicación de esos claros procesos de su vaciamiento y degeneración recién mencionados.
Finalmente, esta crisis terminal y estructural del capitalismo va a manifestarse también en el ámbito de la cultura, abarcando desde la modificación de las estructuras más básicas que producen y reproducen a dicha cultura –la familia, la escuela y ahora los medios de comunicación—, hasta el conjunto de todas las estructuras del saber ahora dominantes, tal y como lo hemos ya explicado algunas páginas atrás.
Y a tono con esta muy diversa caracterización global del capitalismo más actual, que enfatiza la crisis civilizatoria múltiple que desde hace tres décadas vivimos, y que rechaza esas ideologías superficiales del “Imperio” y de la “globalización-mundialización”, Immanuel Wallerstein va también a caracterizar muchos de los sucesos, situaciones y procesos que hemos vivido recientemente, de una manera totalmente original y novedosa, y una vez más alejada de los lugares comunes repetidos por muchos analistas políticos y por muchos científicos sociales diversos. Por ejemplo, cuando insiste en que la caída del Muro de Berlín, lejos de significar la muerte del marxismo, o del proyecto socialista de transformación social, lo que simboliza es más bien el colapso final y definitivo de la ideología liberal.
Algo que a quince años de distancia aparece mucho más claro que hace tres lustros, es decir, que en el momento en que Wallerstein enunció esta misma interpretación26. Porque hoy es evidente que dicha situación de crisis terminal del capitalismo, lo que ha generado en el plano ideológico es una nueva y aguda polarización ideológica extrema –expresión, entre otras cosas, de la polarización también económica, social y política engendrada por esta misma situación de crisis—, polarización que al mismo tiempo que invalida y deslegitima las posiciones y las interpretaciones centristas y liberales que prevalecieron y fueron dominantes en la geocultura de los últimos doscientos años –desde la Revolución Francesa hasta esta caída del Muro de Berlín—, relanza claramente a las dos posiciones extremas y más radicales, tanto de una derecha ahora cínica, desvergonzada y cada vez más agresiva, como también de un interesante abanico de nuevas izquierdas, más creativas, tolerantes, plurales y eficaces que las viejas izquierdas dominantes características de la etapa anterior a 1968.
Nuevas izquierdas que, vinculándose a los también nuevos movimientos sociales, y a los nuevos actores protagonistas de la protesta y de la lucha social en general, –desde los indígenas y las mujeres, hasta los ecologistas y los estudiantes, y pasando por los nuevos grupos urbanos, los pacifistas, los homosexuales, los jubilados, los desempleados, los campesinos, etc., etc.—, han no sólo recuperado y recreado al marxismo, sino también a un cada vez más rico y articulado proyecto de verdadera y radical transformación social global.
O también, y en esta misma lógica, la heterodoxa explicación que Wallerstein ha dado de las principales consecuencias y secuelas de la tragedia del 11 de septiembre de 2001, afirmando que las mismas demuestran, no el inmenso poder y la fuerza y vigor de Estados Unidos, sino por el contrario, la antes mencionada decadencia hegemónica irreversible que esta nación vive desde hace ya tres décadas. Con lo cual, Estados Unidos no invade Afganistán e Irak porque sea muy poderoso, sino al contrario porque es cada vez más débil, en lo tecnológico, en lo productivo, en lo financiero, en lo comercial, en lo económico, en lo político y en lo geopolítico, y ello y sobre todo frente a sus rivales, de un lado japonés y del otro europeo occidental.
Debilidad creciente e indetenible, económica, política y geopolítica de Estados Unidos, que el grupo neoconservador encabezado por George Bush Jr., trata de revertir, de modo fallido e inútil, con ese uso y ostentación prepotentes del todavía vigente liderazgo militar norteamericano, y que sin duda ha logrado derrocar a los gobiernos de los talibanes y de Saddam Hussein, pero sólo al precio de engendrar una resistencia y un odio populares afganos e iraquíes, que muy posiblemente terminarán por anular absolutamente todos los posibles efectos y consecuencias de esas invasiones en un plazo más inmediato o quizá un poco más lejano. Derrocamientos de gobiernos que, además de aislar cada vez más a Estados Unidos frente a todo el mundo, aceleran en vez de frenar, ese mismo declive hegemónico global de esta decadente potencia norteamericana (27).
De este modo, y en esta primera línea de este tercer eje analítico, Wallerstein va a caracterizar entonces a la historia inmediata que él mismo ha vivido, desde este prisma general de concebirla como la historia específica de esta crisis terminal y estructural del capitalismo en tanto que sistema histórico específico. Pero también y desde este mismo horizonte global, es que va a desarrollar sus distintos ejercicios prospectivos, es decir la segunda línea de este tercer eje, encaminada a ilustrarnos acerca de los más factibles futuros que es posible esperar con la evolución inmediata y mediata de este mismo sistema-mundo capitalista.
Ejercicios prospectivos que, como ya hemos señalado, han resultado acertados en una gran medida, en virtud de que se apoyan, doblemente, de una parte en la proyección al futuro de las lecciones detectadas desde la historia capitalista de los cinco siglos anteriores, y de otra parte en esa mirada crítica, siempre desconfiada de los lugares comunes dominantes, y más bien atenta a las estructuras y realidades profundas de la historia y del presente.
Doble apoyatura intelectual que entonces, le ha permitido a Wallerstein pronosticar por ejemplo que, más allá de las ilusiones que propagan las tesis de la emergencia de una Cuenca del Pacífico cada vez más poderosa, y que se convertiría en un formidable rival de los Estados Unidos, lo que habrá de suceder será más bien la construcción de una alianza estratégica entre Japón y Estados Unidos, pero no bajo el liderazgo norteamericano, sino más bien bajo la dirección japonesa. Porque en la actual nueva disputa hegemónica entre Europa Occidental y el Japón, el vencedor hubiese debido ser este último país japonés, al ser él la potencia marítima-aérea que confronta al poder terrestre-aéreo europeo. Y dado que en los tres ciclos hegemónicos anteriores, siempre ha vencido la potencia marítima (Holanda, Inglaterra, Estados Unidos), en contra de la potencia terrestre (Inglaterra, Francia y Alemania), entonces es altamente probable que este patrón se repita, mientras aún sobrevive el capitalismo, dándole tendencialmente el nuevo liderazgo del sistema-mundo a esta nación japonesa.
Y dado que el vencedor de cada contienda hegemónica, se asocia siempre con la antigua potencia en declive (Inglaterra con Holanda, y Estados Unidos con Inglaterra), entonces es muy posible que veremos en los próximos años afirmarse esa alianza nipo-norteamericana cuyas primeras manifestaciones son ya claramente evidentes (28).
Bajo esta óptica, y a pesar de su progresiva unificación monetaria, económica, social y cultural, Europa Occidental será la potencia perdedora de este combate por la hegemonía, continuando como semiperiferia rica del sistema y desplegando, todavía durante los pocos lustros y décadas que le quedan de vida al sistema mundial capitalista, el lento pero ya añejo proceso de su eclipse social, cultural, económico, político y geopolítico mundiales. Lo que no impedirá que se alíe estratégicamente con Rusia, pero sin lograr, a pesar de esto, revertir esa tendencia de claro eclipsamiento global ya referida29.
En este escenario, y a pesar de los pronósticos hoy tan en boga, que vaticinan el futuro dominio chino sobre el planeta, la tendencia real, mientras el capitalismo sobreviva, será la de transformar a este inmenso coloso chino en simple satélite económico de la potencia japonesa, y de la alianza entre Japón y Estados Unidos, satélite que a pesar de sus inmensas proporciones geográficas y sobre todo demográficas, no cuenta todavía con el desarrollo y el poderío económicos como para impedir esta subordinación económica a la hoy pujante economía del Japón.
Y mientras el Norte rico y no tan pobre del planeta se reorganiza en estas direcciones, el Sur pobre y muy pobre no hace y no hará otra cosa, en tanto perviva aún el capitalismo, que renovar y reordenar sus relaciones de dependencia económica respecto de los centros del Norte, rearticulando una vez más los vastos flujos de mercancías, dinero, riqueza, bienes, y ahora hasta trabajadores migrantes y explotados, que circulan sin cesar desde este Sur pobre hacia ese Norte rico y explotador.
Y entonces, América Latina seguirá siendo sujetada y explotada por los decadentes Estados Unidos, mientras que África, la civilización islámica y la India siguen siendo dominadas y explotadas económicamente por los distintos países europeos, y mientras Japón continúa invirtiendo y extrayendo plusvalía, no solamente de China, sino de toda la zona de la Cuenca del Pacífico y del sureste asiático en su conjunto.
Escenarios prospectivos de la evolución del sistema-mundo capitalista que habrán de continuar desplegándose y afirmándose durante los próximos años y lustros, aunque previsiblemente, no más allá de alguna fecha situada aproximadamente entre los años de 2025 y 2050, fechas que corresponden, también aproximativamente, a los puntos de inflexión fundamentales del ciclo económico de Kondratiev.
Aunque, y como bien lo ha señalado Immanuel Wallerstein, todas estas tendencias prospectivas de la reorganización del mundo recién enunciadas muy brevemente, habrán de afirmarse en una clara situación de combinación y coexistencia con el también continuo despliegue de todos los rasgos y manifestaciones de la crisis terminal del capitalismo que antes hemos referido, configurando en su conjunto esa situación de caos sistémico o de bifurcación histórica que acompaña siempre a la etapa conclusiva o final de la curva de vida de cualquier sistema histórico específico.


El eje epistemológico – crítico sobre las ciencias sociales actuales


“La aparición de instituciones de investigación independientes en África y América Latina, aún cuando en número hasta ahora limitado,
han creado ya un camino alternativo para emprender investigaciones”.
Immanuel Wallerstein, Abrir las ciencias sociales, 1995.

El cuarto eje fundamental de la arquitectura global de la perspectiva del análisis de los sistemas-mundo es el eje epistemológico-crítico, y a diferencia de los tres anteriores, no se articula con ellos a partir de la lógica de sucesivos acercamientos hacia la situación presente –desde la visión de los cinco siglos de la historia capitalista (eje 1) a la visión del largo siglo XX (eje 2), y desde este largo siglo XX hacia las coyunturas específicas del segundo siglo XX, actuales y futuras (eje 3)—, sino más bien de una manera transversal, que cortando por igual a esos tres ejes referidos, se interroga triplemente sobre, en primer lugar, el proceso genético de la estructura de los saberes que corresponde a la modernidad capitalista como un todo, en segunda instancia sobre el proceso de institucionalización de las ciencias sociales desplegado en este largo siglo XX y hoy todavía vigente, y en tercer plano, por la irreversible crisis tanto de esas ciencias sociales actuales como del llamado régimen de las “tres culturas”, y más en general de toda esa estructura de los saberes, desencadenada a partir de 1968 y hoy todavía en curso.
Con lo cual Immanuel Wallerstein nos invita seriamente a cuestionarnos acerca de las premisas no explicitadas de la específica configuración que hoy presenta nuestro “episteme” global de apropiación cognoscitiva del mundo, es decir nuestro actual sistema de los conocimientos científicos, con sus particulares divisiones entre ciencias naturales, o exactas, o duras, ciencias sociales y humanidades, pero también y después, con su organización bajo el esquema de las diferentes disciplinas de la historia, la economía, la ciencia política, la antropología, la geografía, la sicología o la sociología, entre muchas otras.
Múltiple cuestionamiento a todos los fundamentos de esta organización de los saberes científicos –que, por lo demás, podría incluso prolongarse hasta el cuestionamiento de la propia división entre dichos saberes “científicos” y los saberes “populares”, a la división entre culturas hegemónicas establecidas y las culturas populares y subalternas30—, que naturalmente va a llevar a Immanuel Wallerstein a una crítica radical y a un distanciamiento total frente a las posiciones
hoy todavía muy difundidas y en boga, de defensa y promoción de la “interdisciplinariedad”, la “multidisciplinariedad”, la “pluridisciplinariedad”, o la “transdiciplinariedad”.
Porque lejos de convalidar y apoyar todas estas falsas alternativas a la crisis que hoy viven las ciencias sociales actuales, la perspectiva del análisis de los sistemas-mundo va en cambio a demostrar el carácter profundamente limitado y superficial de las mismas, que al no atacar a la verdadera raíz de esta crisis, se limita entonces a tratar de subsanar muy parcialmente algunas de sus consecuencias catastróficas más inmediatas y evidentes. Porque en la perspectiva de Wallerstein, la verdadera raíz de esta crisis hoy en curso de las ciencias sociales actuales, se encuentra en el hecho mismo de haber fragmentado y parcelado el estudio de lo social-humano en distintas disciplinas, supuestamente autónomas e independientes entre sí, y cada una con su singular objeto de estudio, con sus teorías y conceptos específicos, con sus metodologías y técnicas de investigación particulares y exclusivas, y con sus propios y característicos modelos de interpretación, descripción y reconstrucción.
Así, siguiendo en este punto el enfoque de Fernand Braudel, que hacía bromas agudas y radicales en contra de todas estas propuestas limitadas de la “inter”, “multi”, “pluri”, o “trans” disciplinariedad, Wallerstein va a cuestionar también esta indagación de lo social fragmentada y autonomizada en distintos campos y disciplinas, proponiendo en su lugar la reconstrucción de una nueva y más compleja unidisciplinariedad, y por lo tanto, la edificación de unas nuevas y unitarias “ciencias sociales-históricas” (31).
Nuevas ciencias sociales históricas, construidas desde este enfoque unidisciplinario, que naturalmente superan y trascienden a los criterios específicos desde los cuales fueron construyéndose las diferentes disciplinas que hoy estudian los distintos aspectos y territorios de lo social, criterios que hoy se encuentran absolutamente cuestionados y deslegitimados, y que incluyen lo mismo la abstracta división rígida entre el pasado y el presente, que la artificial e igualmente mecánica separación entre lo económico, lo social y lo político, pero también la decimonónica idea de la distinción entre los pueblos civilizados y los pueblos bárbaros, o salvajes, o no civilizados.
Ya que es precisamente a partir de estos criterios que se han constituido las diferencias esenciales entre los diversos campos disciplinarios y entre las propias disciplinas, derivando de aquí sus supuestas divergencias de objeto, teorías, conceptos, métodos y técnicas específicas. Porque es precisamente la diferencia entre el supuesto “pasado” y el llamado “presente”, sobre la que se erigió la autonomía y especificidad de la disciplina histórica, al afirmar que, mientras el objeto de estudio de la historia era ese nebuloso e indefinido “pasado”, el “presente” en cambio debía ser estudiado y diagnosticado por las restantes disciplinas o ciencias sociales.
Pero como lo han demostrado desde hace ciento cincuenta años todos los historiadores y científicos sociales genuinamente críticos, desde Marx y hasta el propio Wallerstein, es realmente imposible separar nítidamente el pasado del presente, ya que este último es, como afirmó Fernand Braudel, sólo una “suma de muy distintos pasados”, algunos que remontan sólo a algunas horas o días, y otros que han vivido y perdurado ya durante años, lustros, décadas, siglos o hasta milenios. Y si es entonces imposible marcar el punto en el que “termina” el pasado y “comienza” el presente, como lo explica Marc Bloch, entonces esta definición de la historia como “la ciencia que estudia los hechos del pasado” carece completamente de sentido, como carece también de verdadera significación epistemológica esa división entre la historia y las restantes ciencias sociales (32). Pues todas las ciencias sociales deberían de ser profundamente históricas, en virtud de que no hay hecho social relevante que pueda entenderse e interpretarse sin considerar su propia historia, de la misma manera en que es posible y hasta necesario hacer todo el tiempo historia de los hechos del presente, introduciendo una densa mirada histórica también en el análisis de las realidades más inmediatas, actuales y hoy mismo aún en proceso de vivo desarrollo.
Y si esta división entre pasado y presente es completamente artificial y cuestionable, y con ella la división entre la historia y las otras ciencias sociales, también lo es la supuesta autonomía y clara distinción entre los mundos de la economía, la sociedad y la política, en la que se apoya y justifica la diferencia entre economía, sociología y ciencia política. Pues es también desde la propia obra de Marx que sabemos que la política no es ni puede ser una realidad autónoma y autosuficiente, pues el poder no puede existir por el poder mismo, y la política ha sido entonces, hoy como ayer, la gestión de dicho poder en función de objetivos, intereses, fuerzas y realidades siempre extrapolíticas o no políticas, ya sea económicas, ya sea sociales, y del más diverso orden. Por ello, Lenin ha podido afirmar que la política era solo “economía concentrada”, y por eso también Marx ha reiterado tanto la tesis de que el poder político no es más que una forma protocolizada e institucionalizada del poder social en general, como la idea de que la sociedad política no es otra cosa que el “resumen oficial” de la propia sociedad civil (33).
Pero si la política está completamente impregnada de lo social y lo económico, también lo económico rebasa ampliamente su propia esfera de acción, siendo el fundamento profundo y esencial de las propias clases sociales, e impactando sobre algunas de las realidades más fundamentales, del plano de lo político, lo social, lo cultural, lo familiar, y lo civilizatorio. Y ello, no en el sentido vulgar de un reducido economicismo, o de postular que la economía es la esencia oculta de todo lo social, sino más bien de reconocer, como lo ha señalado Jean-Paul Sartre, todas las complejas implicaciones que conlleva la condición estructural de la escasez que todas las sociedades humanas han padecido, desde el momento de la transformación del mono en hombre y hasta la actualidad.
Y dado que el poder social subyace al poder político, y que el fundamento de las clases sociales y del conflicto central que es la lucha de clases, tiene sus fundamentos y raíces en las relaciones económicas, entonces vuelve a ser totalmente artificial e ilegítimo querer separar y autonomizar los hechos y fenómenos económicos de los sociales y a estos dos de las realidades y dimensiones políticas, y por ende a la economía, de la sociología, y de las ciencias políticas. Lo que una vez más, deslegitima y desarticula toda la validez y la justificación de esta división del estudio de lo social, en lo que corresponde a sus realidades “presentes” o actuales, dentro de estos mismos campos del análisis económico, o sociológico, o político (34).
Además, y en esta misma lógica, si a partir del desarrollo actual de nuestros conocimientos científicos, es ya insostenible esa división entre pasado y presente, y también esa separación rígida entre economía, sociología y ciencia política, es igualmente cuestionable e ilegítima la división entre sociedades ‘civilizadas’ y ‘no civilizadas’, que es precisamente la que sirvió de soporte, hace ciento treinta años, a la fundación de la ciencia de la antropología, y de todas sus subramas como la arqueología o la etnología, entre otras. Pues si ese criterio profundamente racista y eurocéntrico podía ser aún aceptado en el último tercio del siglo XIX cronológico, en cambio todo el siglo XX cronológico ha caminado mas bien en el sentido contrario de este postulado, relativizando la ecuación implícita entre civilización europea y ‘civilización’ sin mas, y mostrando como la historia humana y el desarrollo social histórico de las sociedades se ha desplegado precisamente como un complejo ‘árbol’ civilizatorio de múltiples ramas, que han emprendido tantos caminos civilizatorios como grupos humanos importantes han existido a lo largo del tiempo (35).
Así, al concebir a la historia como una complicada dialéctica entre múltiples civilizaciones, que presentan entre sí muy distintas combinaciones de grados de desarrollo en lo tecnológico, en lo cultural, en lo ritual, en lo lingüístico, en lo científico, en lo familiar, en lo antropológico, etc., etc., la propia antropología del siglo XX ha terminado por invalidar el supuesto central que le dio origen como disciplina, permitiéndonos ahora tener un punto de vista mas universalista y cosmopolita de la propia evolución humana en general. Pues cuando Claude Levi-Strauss reivindica el llamado ‘pensamiento salvaje’, mostrándonos la diferente racionalidad desde la que este mismo pensamiento opera, o cuando nos propone que pensemos a la razón moderna burguesa como una simple variante moderna de las viejas estructuras del mito, lo que está haciendo en el fondo es relativizar y disolver esa absurda e insostenible diferencia entre sociedades supuestamente civilizadas y no civilizadas. Lo que se hace evidente, en el momento en que los antropólogos contemporáneos comienzan a estudiar a las mismas sociedades europeas, y ello con las mismas herramientas forjadas para estudiar y examinar a las sociedades no europeas, y aún cuando al principio bauticen esos ejercicios como antropología de las ‘sociedades complejas’.
Pero al derrumbarse también esta división entre lo ‘civilizado’ y lo ‘salvaje’ o ‘bárbaro’, se disuelve igualmente la diferencia entre esa antropología y las restantes ciencias sociales, dando origen a la proliferación de las distintas subramas actuales de la antropología, que abarcan lo mismo a la antropología de la música, del vestido, de la mujer, o de las redes sociales, que a la antropología médica, o histórica, o política, o económica, o simbólica, entre muchas otras.
De este modo, y asumiendo con plena conciencia lo que significa el hecho de que ahora prolifere también la constitución de muy nuevos e inéditos campos del saber, que ya no siguen criterios definidos por las disciplinas o ciencias sociales actuales, —tales como los estudios sobre la mujer, o los estudios culturales, o las investigaciones sobre el folklore y la cultura popular, o la moderna ecología política, o los institutos dedicados al estudio de la paz y la guerra, o los centros de documentación sobre los nuevos movimientos sociales antisistémicos, etc.—, Immanuel Wallerstein va a insistir en la urgente tarea que tenemos que asumir, todos los científicos sociales actuales, en ese inmenso proceso de la verdadera reestructuración total de nuestra estructura de los saberes sobre lo social, estructura que hoy se encuentra completamente en crisis y en proceso de total redefinición.
Lo que, por lo demás, se inscribe dentro de un horizonte más amplio, definido por el hecho de que, desde hace también seis o siete lustros, han comenzado a desarrollarse distintos proyectos o teorías que, desde muy diversos emplazamientos intelectuales, han comenzado igualmente a cuestionar la tradicional división de esos saberes humanos modernos, bajo el régimen de las llamadas dos o tres culturas, es decir de la división en ciencias naturales, ciencias sociales y humanidades36. Una impugnación múltiple, que abarca lo mismo a la llamada ‘teoría del caos’, propuesta y defendida por el Premio Nóbel, Ilya Prigogine, que a los modernos estudios culturales, que ahora reclaman la relativización y la historización profundas de los llamados ‘cánones’ en los que se fundan las clasificaciones y análisis de las distintas áreas de lo que conocemos como las ‘humanidades’.
De este modo, y cuestionando lo mismo a la visión galileana y copernicana de las ciencias llamadas ‘exactas’, que a esos criterios atemporales y abstractos de la definición del sistema de las artes humanas, los nuevos defensores de las llamadas ciencias de la complejidad y de los estudios culturales, van incluso a cuestionarse y a cuestionarnos que tan legítima y fructífera resulta, en estos momentos, esa división de nuestros saberes según el criterio de las tres culturas. Lo que entonces, ha llevado a Wallerstein hacia la investigación de la historia misma de esta separación de esos saberes humanos en esas mismas tres culturas, y por ende, al examen también de los criterios específicos de justificación que han fundamentado dichos desgarramientos, de la ciencia con la filosofía, y de la filosofía con la teorización acerca de las artes, junto a la ulterior fragmentación de esa filosofía en todas las ciencias sociales actuales, tal y como lo hemos referido anteriormente37.
Lo que entonces nos lleva a una situación en la que el elemento dominante es este fin de las certidumbres epistemológicas sobre las cuales construimos todos nuestros saberes actuales. Es decir, todos nuestros conocimientos y estructuras de aprehensión y apropiación intelectual del complejo mundo natural, de todo el abanico que encierra el mundo de lo social, y de la complicada síntesis de realidades y dimensiones que comprenden todas las artes humanas. O para decirlo mas brevemente, de la entera racionalidad desde la cual aprendemos el mundo y el universo, de nuestra omniabarcante y global Weltanschauung.
Fin de las certidumbres epistemológicas, que además de ser el horizonte mas general de todo este cuarto eje de la perspectiva del análisis de los sistemas-mundo, es también el marco dentro del cual nació y se desarrolló esta misma perspectiva, la que no casualmente nos llama a despensar e impensar las ciencias sociales actuales, pero también y con ello, a despensar nuestras concepciones sobre la historia entera del capitalismo, sobre la historia del ‘largo siglo XX’ aun no concluido, y sobre la historia inmediata de la actual crisis terminal y definitiva del sistema mundial capitalista.
Proceso complejo de despensar e impensar muchas de nuestras más arraigadas concepciones sobre los problemas que, como científicos sociales, abordamos cotidianamente, que encuentra uno de sus puntos de apoyo importantes en esta perspectiva del ‘world-systems analysis’ y también en la entera obra intelectual de Immanuel Wallerstein.

Ciudad de México, abril de 2005.
 
Tamaño: 17 x 24 cm

ISBN: 978-958-8093-87-1

226 páginas


 


Prefacio

I.                    La caracterización de la crisis estructural

1.       La globalización no es algo nuevo

2.       La imagen global y las posibilidades alternativas

3.       La estructura interestatal del sistema-mundo moderno

II.                  América en la crisis terminal del capitalismo

4.       La reestructuración capitalista y el sistema-mundo

5.       Pueblos indígenas, coroneles populistas y globalización

6.       Lula: La esperanza venció al miedo

7.       Brasil y el sistema-mundo: La era de Lula

8.       Bolivia, Bush y América Latina

9.       Haití: El golpe de Estado Bicentenario

10.   Muerte a partir de un millar de pequeñas cortadas

11.   Los zapatistas: la segunda etapa

12.   “¿Profundización en las divisiones de la izquierda?”

13.   Estados Unidos versus América Latina

14.   “¿Cómo se ha movido América Latina hacia izquierda?”

15.   ¿Dos aplausos para Evo Morales?

16.   “Turbulencia mexicana: ¿Levantamiento o guerra civil?”

III.                La Decadencia de Estados Unidos y las nuevas rebeliones antisistémicas

17.   ¿Qué tan fuerte es la superpotencia?

18.   ¿Superpotencia?

19.   La fuerza creciente del Foro Social Mundial

20.   Los dilemas de un espacio abierto: El futuro del foro Social Mundial

21.   Foro Social Mundial: de la defensa a la ofensiva


Visto 21086 vecesModificado por última vez en Jueves, 04 Octubre 2012 11:12

Deja un comentario

Asegúrate de llenar la información requerida marcada con (*). No está permitido el Código HTML. Tu dirección de correo NO será publicada.