Jueves, 25 Febrero 2021 06:02

Lo antisistema

Lo antisistema

Acosada por la ideología global de la extrema derecha, la democracia morirá fácilmente en el espacio público si no se traduce en el bienestar material de las familias y de las comunidades.

El crecimiento global de la extrema derecha ha dado una nueva importancia al concepto de antisistema en política. Para entender lo que está pasando, es necesario retroceder algunas décadas. En un texto como este no es posible dar cuenta de toda la riqueza política de este periodo. Ciertamente, las generalizaciones serán arriesgadas y no faltarán las omisiones. Aun así, el ejercicio se impone por la urgencia de dar algún sentido a lo que, por momentos, parece no tener ningún sentido.

Los sistemas

El binarismo sistema/antisistema está presente en las disciplinas más diversas, desde las ciencias naturales hasta las ciencias humanas y sociales, desde la biología hasta la física, desde la epistemología hasta la psicología. El cuerpo, el mundo, la ciudad o el clima se pueden concebir como sistemas. Incluso hay una disciplina dedicada al estudio de sistemas: la teoría de sistemas. El sistema se define, en general, como una entidad compuesta por diferentes partes que interactúan para componer un todo unificado o coherente. El sistema, de este modo, es algo limitado, y lo que está fuera de él tanto puede rodearlo e influenciarlo (su entorno) como serle hostil y pretender destruirlo (antisistema). En las ciencias sociales, si bien ciertas corrientes rechazan la idea de sistema, existen muchas formulaciones del binarismo sistema/antisistema. Distingo dos formulaciones particularmente influyentes. La teoría del sistema-mundo, propuesta por Immanuel Wallerstein, sostiene que, históricamente, existieron dos tipos de sistema-mundo: el imperio-mundo y la economía-mundo. El primero se caracteriza por un centro político con amplias estructuras burocráticas y múltiples culturas jerarquizadas; el segundo se caracteriza por una única división del trabajo, múltiples centros políticos y múltiples culturas igualmente jerarquizadas. Desde el siglo XVI, existe el sistema-mundo moderno basado en la economía-mundo del capitalismo. Se trata de un sistema dinámico y conflictivo que marcha a distintos ritmos temporales y que dividió los diferentes países/regiones en tres categorías: el centro, la periferia y la semiperiferia, definidas en función del modo en que se apropian (o son expropiadas) de las plusvalías de la producción capitalista y colonialista global. El sistema permite transferencias de valor de los países periféricos a los países centrales, mientras que los países semiperiféricos actúan como correas de transmisión del valor creado de la periferia al centro (como fue el caso de Portugal durante siglos).

La otra concepción de sistema (y de antisistema) se ha desarrollado principalmente en la ciencia política y las relaciones internacionales. El sistema se concibe aquí como un conjunto coherente de principios, normas, instituciones, conceptos, creencias y valores que definen los límites de lo convencional y legitiman las acciones de los agentes dentro de esos límites. La unidad del sistema puede ser local, regional, nacional o internacional. Podemos decir que, tras la Segunda Guerra Mundial, hubo dos sistemas nacionales dominantes: el sistema político de partido único al servicio del socialismo (el mundo chino-soviético) y un sistema democrático liberal al servicio del capitalismo (el mundo liberal). Las relaciones internacionales entre ambos sistemas configuraron un tercer sistema, la Guerra Fría, un sistema regulado de conflicto y contención. La Guerra Fría condicionó la forma en que se evaluaron los dos sistemas nacionales/regionales: para el mundo liberal, el mundo chino-soviético era una dictadura al servicio de una casta burocrática; para el mundo chino-soviético, el mundo liberal era una democracia burguesa al servicio de la acumulación y la explotación capitalista. Con la caída del Muro de Berlín en 1989, este sistema formado por tres sistemas entró en crisis. A escala nacional, pasó a reconocerse solo un sistema legítimo: el sistema liberal. La crisis del sistema internacional de la Guerra Fría alcanzó el paroxismo con la presidencia de Donald Trump. Vistas desde la larga duración del sistema-mundo moderno, estas transformaciones políticas, a pesar de su dramatismo, son variaciones de época dentro del mismo sistema. En la peor de las hipótesis, podrían estar señalando una crisis más profunda del sistema-mundo mismo.

Los antisistemas

Los movimientos que se oponen radicalmente al sistema dominante son antisistema. A lo largo del siglo XX, fueron antisistema los movimientos que se oponían al capitalismo y al colonialismo (antisistema-mundo) y aquellos que se oponían a la democracia liberal (mundo antiliberal). Algunos movimientos estaban en contra del capitalismo/colonialismo, pero no en contra de la democracia liberal, como fue el caso de los partidos socialistas y de la mayoría de los sindicatos durante las primeras décadas del siglo XX (socialismo democrático). Otros estaban en contra del capitalismo/colonialismo y de la democracia liberal, como los movimientos revolucionarios (comunistas, anarquistas) y muchos de los movimientos de liberación anticolonial, con o sin la adopción de la lucha armada. Por último, otros estaban en contra de la democracia liberal, pero no en contra del capitalismo/colonialismo. Fueron los movimientos reaccionarios, nazis, fascistas y populistas de derecha los que, o ni si quiera aceptaban los tres principios de la Revolución francesa (libertad, igualdad y fraternidad), o veían en la evolución de la democracia liberal (ampliación del sufragio, multiplicación de derechos sociales y económicos) y en el crecimiento del movimiento comunista tras la Revolución rusa una deriva peligrosa que acabaría poniendo en peligro el capitalismo. Estos movimientos propusieron un capitalismo tutelado por el Estado autoritario (fascismo y nazismo).

Siempre fue importante distinguir entre izquierda y derecha, entre movimientos revolucionarios y contrarrevolucionarios. Los primeros, cuando lucharon contra el capitalismo/colonialismo, lo hicieron en nombre de un sistema social más justo, más diverso y más igualitario; cuando lucharon contra la democracia liberal, fue en nombre de una democracia más radical, a pesar de que el resultado fuera la dictadura, como ocurrió con Stalin. Por el contrario, los movimientos contrarrevolucionarios siempre lucharon contra las fuerzas anticapitalistas y anticolonialistas, muchas veces con el prejuicio de estar lideradas por clases inferiores o peligrosas y, por las mismas razones, estaban dispuestos a optar por la dictadura siempre que la democracia liberal significase una amenaza para el capitalismo.

1945-1989

Entre 1945 y 1989 la dialéctica sistema/antisistema fue muy dinámica. En los países centrales del sistema-mundo, lo que hoy llamamos Norte global, el fascismo y el nazismo fueron derrotados y solo sobrevivieron en dos países semiperiféricos de Europa: Portugal y España. En Rusia (y países satélites), la otra semiperiferia europea, y en China, se consolidó el sistema chino-soviético. En los países europeos centrales la democracia liberal se convirtió en el único régimen político legítimo. Los partidos socialistas abandonaron la lucha anticapitalista (en 1959, el Partido Socialdemócrata de Alemania –SPD– se desvinculó del marxismo) y comenzaron a hacerse cargo de la tensión entre la democracia liberal (fundada en la idea de la soberanía popular) y el capitalismo (fundado en la idea de acumulación infinita de riqueza), con arreglo a la nueva fórmula dada a un antiguo concepto: la socialdemocracia. A su vez, los partidos comunistas y otros partidos a la izquierda de los partidos socialistas se integraron en el sistema democrático. De hecho, durante la noche fascista y nazi, los militantes de estos partidos (especialmente los comunistas) fueron los que lucharon con más dedicación por la democracia, habiendo pagado un alto precio por ello. Es bueno recordar, a título de ejemplo, que Álvaro Cunhal, secretario general del Partido Comunista Portugués (PCP), estuvo preso durante quince años, de los cuales ocho fueron en régimen de aislamiento.

En la periferia y la semiperiferia del sistema-mundo, los movimientos anticapitalistas y contrarios a la democracia liberal tomaron el poder en China, Cuba, Corea del Norte y Vietnam, y en otros países alimentaron la lucha antisistema durante muchos años, a veces recurriendo a la lucha armada, como en los casos de Colombia, Filipinas, Turquía, Sri Lanka, la India, Uruguay, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. El caso más significativo de un movimiento anticapitalista pero no contrario a la democracia liberal fue el liderado por Salvador Allende en Chile (1970-1973), neutralizado por un brutal golpe de Estado planeado por la CIA.

En África y Asia, los movimientos de liberación anticoloniales confirieron una nueva complejidad a los movimientos antisistema. Inspirados por la Conferencia de Bandung de 1955, que reunió a veintinueve países asiáticos y africanos y otorgó fuerza política al concepto de Tercer Mundo (el Movimiento de Países No Alineados), se proponían llevar a cabo una doble ruptura en la lógica sistémica. Por un lado, rechazaban tanto el capitalismo liberal como el socialismo soviético y estaban dispuestos a luchar por alternativas que combinaban el pensamiento político europeo y diversas corrientes de pensamiento africano. Por otro lado, buscaban construir un régimen político democrático de nuevo tipo basado en el protagonismo de los movimientos de liberación. Gran parte de esta experimentación política colapsó durante la década de 1980 debido a errores internos y al asedio del capitalismo global.

De 1989 hasta hoy

En el periodo más reciente, las características más significativas de la política antisistema son las siguientes. Con el colapso de la URSS, parecía que el mundo de la democracia liberal había ganado la histórica competición entre sistemas de manera irreversible («el fin de la historia»). ¿Pero quién venció? Como hemos visto, a lo largo de los últimos 150 años los dos pilares de la lucha antisistema fueron el capitalismo/colonialismo y la democracia liberal. ¿En 1989 vencieron el capitalismo y la democracia de manera conjunta? ¿O la democracia a expensas del capitalismo? ¿O, acaso, el capitalismo a costa de la democracia? Para responder a estas preguntas es necesario examinar lo que pasó en el periodo anterior con los dos pilares y los cambios convergentes que se produjeron en ellos.

Tengamos en cuenta que antes de 1945 el fascismo y el nazismo eran, en gran medida, una respuesta al crecimiento de la militancia de las clases trabajadoras («la amenaza comunista») combinado con altos niveles de desempleo e inflación y el empobrecimiento de las grandes mayorías. A su vez, los límites de la democracia liberal (límites al sufragio, control total de las élites, ausencia de políticas públicas universales) no permitían gestionar el conflicto social ni dar a los movimientos socialistas la oportunidad de consolidar alternativas. El enfrentamiento entre dos tipos de alternativas fue feroz: el reformismo y la revolución. Después de 1945, y en respuesta a la consolidación del mundo chino-soviético, el mundo liberal de los países centrales buscó bajar la tensión entre democracia y capitalismo. Para eso, las clases capitalistas que la dominaban tuvieron que hacer concesiones inimaginables en el periodo anterior: impuestos muy altos, sectores estratégicos nacionalizados, cogestión entre trabajo y capital en grandes empresas (como en la entonces Alemania Occidental), derechos laborales robustos, políticas sociales universales (salud, educación, sistema de pensiones, transporte). Con esto surgieron amplias clases medias y fue a partir de ellas que se consolidó el reformismo. En Europa occidental, la compatibilidad entre la democracia liberal y el capitalismo se produjo mediante la combinación de altos niveles de protección social con altos niveles de productividad. En Estados Unidos, el reformismo adoptó formas mucho más tenues. También implicó una respuesta a la amenaza comunista imaginada (macartismo), que surgió en Alemania Occidental en forma de Berufsverbot (descalificación para el ejercicio de ciertos cargos por parte de comunistas y «extremistas radicales»). Pero la nueva posición hegemónica de Estados Unidos, el activismo sindical y la fuerza de los “treinta años gloriosos” (1945-1975) garantizaron el surgimiento de clases medias fuertes.

Este compromiso entre democracia y capitalismo, combinado con la desintegración de la URSS, fue lo que garantizó la caída, en los países centrales, de los movimientos antisistema, tanto de izquierda como de derecha. Este compromiso entró en crisis desde mediados de la década de 1970 con la primera crisis del petróleo y la crítica de los conservadores al “exceso de derechos” de la democracia (derechos laborales, económicos y sociales) y la crisis se profundizó dramáticamente después de 1989. En retrospectiva, se puede decir que en 1989 los derrotados fueron tanto el comunismo soviético como la socialdemocracia. Quien ganó fue el capitalismo a expensas de la democracia. Esta victoria resultó en el surgimiento de una nueva versión del capitalismo: el neoliberalismo basado en la desregulación de la economía, la demonización del Estado y de los derechos laborales, económicos y sociales, la privatización total de la actividad económica y la conversión de los mercados en un regulador privilegiado tanto de la vida económica como de la vida social. El neoliberalismo comenzó a ensayarse violentamente en Chile y otros países del Sur Global, y presidió las transiciones democráticas en el sur de Europa en la década de 1970 y en América Latina en la década de 1980.

Hasta entonces, el Estado democrático o social de derecho era la expresión de la posible compatibilidad entre democracia y capitalismo. A partir de 1989, la democracia quedó subordinada al capitalismo y solo se defendió en la medida en que defendiera los intereses del capitalismo, la llamada “market friendly democracy”. A ella se contrapuso la socialdemocracia que von Hayek caracterizara como «democracia totalitaria». Como el objetivo principal es la defensa del capitalismo, siempre que la burguesía nacional/internacional lo considera en peligro, la democracia debe ser sacrificada, un sacrificio que, dadas las circunstancias, puede ser total (dictaduras militares o civiles) o parcial (Italia de posguerra, golpes jurídico-parlamentarios en la actualidad). La diplomacia y la contrainsurgencia estadounidenses han sido los principales promotores globales de esta ideología.

Los movimientos antisistema

¿Y los movimientos antisistema en este último periodo? Nuevamente es necesario distinguir entre movimientos de izquierda y de derecha. En cuanto a los movimientos de izquierda, los viejos movimientos revolucionarios se convirtieron en partidos democráticos y reformistas. La lucha anticapitalista se convirtió en la lucha por amplios derechos económicos, sociales y culturales, y la lucha antidemocracia liberal se convirtió en la lucha por la radicalización de la democracia: la lucha contra la degradación de la democracia liberal, la articulación entre democracia representativa y democracia participativa, la defensa de la diversidad cultural, la lucha contra el racismo, el sexismo y el nuevo/viejo colonialismo. Estos partidos, por tanto, dejaron de ser antisistema y pasaron a luchar por las transformaciones progresistas del sistema democrático liberal.

Los movimientos antisistema de izquierda continuaron existiendo, pero, por definición, fuera del sistema de partidos. Incluso puede decirse que se expandieron, dado el creciente malestar social provocado por la subordinación incondicional de la democracia al capitalismo, traducida en repugnante desigualdad social, discriminación racial y sexual, catástrofe ecológica inminente, corrupción endémica, guerras irregulares, y hasta por la incapacidad de los partidos de izquierda para frenar este estado de cosas. A los viejos movimientos revolucionarios y sindicales les siguieron los nuevos movimientos sociales a nivel local, nacional e incluso global (Vía Campesina, Marcha Mundial de las Mujeres, y varias articulaciones globales que surgieron dentro y fuera del Foro Social Mundial que se reunió por primera vez en 2001 en Brasil). Surgieron nuevos actores sociales, a saber, los movimientos feministas, indígenas, ecológicos, LGBTIQ, de economía popular, afrodescendientes. Muchos de estos movimientos tienen objetivos anticapitalistas y apuntan a formas de democracia radical. Algunos de ellos han logrado alcanzar estos objetivos a nivel local, transformándose así en utopías realistas. Hasta el momento no han logrado tener una influencia política más consistente, ni a nivel nacional ni global, debido a dificultades en las articulaciones translocales y al hecho de que el sistema político democrático liberal está monopolizado por los partidos. Son movimientos pacíficos, guiados por la idea de democracia de base intercultural, y por la valorización de las economías populares y de los saberes ancestrales de las comunidades campesinas, indígenas y, en el contexto americano, afrodescendientes.

A su vez, los movimientos antisistema de derecha (la extrema derecha) también cobraron un nuevo impulso en el último periodo. La derrota del nazismo y del fascismo (en Portugal, 1974-76 y España, 1975-78) fue abrumadora. Cuando sobrevivieron fue de forma muy atenuada, como en el caso del peronismo en Argentina y del varguismo en Brasil, sin dictadura ni glorificación de la violencia política ni odio racial. Fue este sistema híbrido el que originalmente se llamó populismo. Después de 1989, asistimos al surgimiento o creciente visibilidad de grupos de extrema derecha, casi siempre involucrados en retóricas y acciones de odio y violencia racial. Este crecimiento es particularmente significativo en Estados Unidos.[1] Muchos de estos movimientos se mantuvieron en la ilegalidad o exploraron áreas grises o híbridas que he designado como alegalidad. En los últimos veinte años, estos grupos asumieron una nueva agresividad, buscando la legalidad y la propia conversión sistémica al convertirse en partidos, que consiguieron legalizar con artificios del lenguaje y con la complicidad de los tribunales. Cuando esto sucedió, mantuvieron estructuras clandestinas formalmente separadas de la estructura partidaria, pero articuladas orgánicamente como fuentes de movilización política que los propios partidos no tienen capacidad de garantizar.

Con la llegada de Donald Trump al poder, los movimientos de extrema derecha ganaron nuevo aliento y se diversificaron internamente. Entretanto, los grupos de extrema derecha y las milicias estadounidenses habían aumentado, especialmente después de que Barak Obama llegó al poder. El respetado Southern Poverty Law Center identificó, en 2020, 838 «grupos de odio».[2] Algunos son nazis, están fuertemente armados y reivindican el legado de los movimientos de linchamiento racial del siglo XIX (el Ku Klux Klan). Fuera de Estados Unidos, grupos paramilitares y milicias en Colombia, Brasil, Indonesia e India se acercan al poder institucional. Por otro lado, asumieron una dimensión global que antes no existía o no era visible. El agente más notorio de esta promoción, en Europa y América, es Steve Bannon, una figura siniestra y criminal que ha sido halagada por los medios de comunicación ingenuos o cómplices.

Estos movimientos conquistan espacio social, no gracias a la exaltación de los símbolos nazis (a los que también recurren), sino mediante la explotación del malestar social que provoca la creciente subordinación de la democracia al capitalismo. En otras palabras, explotan las mismas condiciones sociales que movilizan a los movimientos antisistema de izquierda. Pero, mientras para estos el malestar social proviene precisamente del sometimiento de la democracia a las exigencias del capitalismo, exigencias cada vez más incompatibles con el juego democrático, para los movimientos de extrema derecha el malestar proviene de la democracia y no del capitalismo. Por eso, como en los años treinta, la extrema derecha es mimada, protegida y financiada por sectores del capital, especialmente el financiero, el más antisocial de todos los sectores del capital.

En este contexto surgen dos preguntas. Primera: ¿por qué resurge ahora la extrema derecha si, a diferencia de las décadas de 1920-1930, no existe amenaza comunista ni gran activismo sindical? Esta amenaza fue una de las respuestas a la grave crisis social y económica que se vivía entonces. Hoy esa respuesta no existe, pero la crisis de los próximos años amenaza con ser tan grave como la de esos años. Los think tanks capitalistas globales (incluidos los chinos) han estado señalando el peligro de desestabilización política debido a la inminente crisis social y económica, ahora agravada por la pandemia. Saben que la ausencia de alternativas anticapitalistas o poscapitalistas no es definitiva. Pueden surgir a largo plazo y es mejor prevenir que curar. La respuesta tiene varios niveles. El más profundo es el perfeccionamiento del capitalismo de vigilancia, que, con la cuarta revolución industrial (inteligencia artificial), permite desarrollar controles efectivos y más precisos que nunca de la población. A un nivel más superficial, se promueve la ideología intimidatoria, antidemocrática, racista y sexista. El lenguaje del pasado es, en este caso, más eficaz que el del presente y, por tanto, la retórica de la extrema derecha habla del nuevo peligro comunista, que ve tanto en los gobiernos democráticos como en el Vaticano del Papa Francisco. En Estados Unidos, el partido democrático, de centroderecha, es atacado como izquierda radical, confusamente vinculada al gran capital y a las tecnologías de información y comunicación. En Brasil, la extrema derecha instalada en el poder federal habla del peligro del “marxismo cultural”, un lema nazi para demonizar a los intelectuales judíos. Lo que se pretende es maximizar la coincidencia de la democracia con el capitalismo mediante el vaciamiento del contenido social de la democracia, débil en protección y fuerte en represión. Los think tanks saben que todos estos planes son contingentes y que los movimientos antisistema de izquierda pueden tirarlos a la basura de la historia. De ahí que sea mejor prevenir que curar.

Segunda pregunta: ¿la extrema derecha tiene una vocación fascista o simplemente autoritaria? La extrema derecha no es monolítica ni puede ser evaluada exclusivamente por su cara jurídica. De ahí la complejidad del juicio. La historia nos enseña que la democracia liberal no sabe defenderse de los antidemócratas y, dicho sea de paso, desde 1945, nunca como hoy se vio con tanta frecuencia que los antidemócratas sean elegidos para altos cargos. Son antidemócratas porque, en lugar de servir a la democracia, la utilizan para llegar al poder (como Hitler) y, una vez en el poder, no lo ejercen democráticamente ni lo abandonan pacíficamente si pierden las elecciones. Inicialmente cuentan con el apoyo de los medios convencionales y, a partir de cierto momento, con seguidores en las redes sociales, intoxicados por la lógica de la posverdad y los “hechos alternativos”.

Incluso antes de cualquier desenlace dictatorial, la extrema derecha de hoy tiene dos componentes fundamentales del nazi-fascismo: la glorificación de la violencia política y el discurso del odio racial contra las minorías. Solo falta la dictadura, pero algunos elogian la tortura (Jair Bolsonaro en Brasil) y promueven ejecuciones extrajudiciales (Rodrigo Duterte en Filipinas). El peligro de estos dos componentes puede ser maximizado por tres factores. Primero, la complicidad de los tribunales con una comprensión equivocada (o peor) de la libertad de expresión. Segundo, el deslumbramiento de los medios con la retórica “poco convencional” de los protofascistas y el protagonismo de los ideólogos de derecha que separan artificialmente el mensaje político, que aprueban, de lo que consideran excesos descartables (prisión perpetua, esterilización de pedófilos, deportación de inmigrantes, segregación de las minorías), silenciando que son precisamente estos “excesos” los que atraen a parte de los seguidores. Tercero, la legitimación que les otorgan políticos de derecha moderada, convirtiéndolos en socios de gobierno con la esperanza de poder moderar tales excesos. En la Alemania prenazi, Franz von Pappen se hizo tristemente famoso, quien en 1933 jugó un papel crucial en vencer la resistencia del presidente Paul von Hindenburg para nombrar a Hitler como jefe de gobierno y, habiéndose integrado él mismo a ese gobierno, demostró ser totalmente incapaz para controlar el “dinamismo” golpista nazi.

La defensa de la democracia

La defensa de la democracia frente a la extrema derecha pasa por muchas estrategias, algunas a corto plazo, otras a mediano plazo. En el corto plazo, ilegalización, siempre que se viole la Constitución, aislamiento político y atención a la infiltración en las fuerzas policiales, el ejército y los medios de comunicación. En el mediano plazo, reformas políticas que revitalicen la democracia; políticas sociales robustas que hagan efectiva la retórica de “no dejar atrás” a nadie ni a ninguna región del país; en un país como Portugal, hacer el juzgamiento político de los crímenes del fascismo y el colonialismo para, con eso, descolonizar la historia y la educación; promover nuevas formas de ciudadanía cultural y respetar la diversidad que se deriva de ella. Acosada por la ideología global de la extrema derecha, la democracia morirá fácilmente en el espacio público si no se traduce en el bienestar material de las familias y de las comunidades. Solo así la democracia evitará que el respeto ceda al odio y la violencia, y que la dignidad ceda a la indignidad y la indiferencia.

Por Boaventura de Sousa Santos | 25/02/2021 

Notas:

[1] Véase el Informe de 2020 del Center for Strategic and International Studies, “The Escalating Terrorism Problem in the United States”, de autoría de Seth Jones, Catrina Doxsee y Nicholas Harrington .Disponible en https://csis-website-prod.s3.amazonaws.com/s3fs-public/publication/200612_Jones_DomesticTerrorism_v6.pdf, consultado el 19 de febrero de 2021.

[2] Disponible en https://www.splcenter.org/hate-map, consultado el 19 de febrero de 2021.

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Lunes, 22 Febrero 2021 06:16

Las GAFAM y el poder del pueblo

Las GAFAM y el poder del pueblo

Aliadas con grandes firmas de Wall Street y el influyente lobby empresarial agrupado en la Cámara de Comercio de Estados Unidos, la poderosa organización sindical AFL-CIO, funcionarios republicanos y demócratas integrantes del establishment institucional en los aparatos ejecutivo, legislativo y judicial tanto a escala federal como en los estados de la unión y organizaciones de la sociedad civil, las corporaciones tecnodigitales del Silicon Valley habrían jugado un papel importante en la derrota de Donald Trump en los comicios del 3 de noviembre pasado.

Lo anterior, según un reportaje publicado por la revista Time titulado "La historia secreta de la campaña en la sombra que salvó las elecciones de 2020", que utiliza expresiones tales como "una conspiración detrás de la escena" y "pacto" o "alianza informal" entre sectores tradicionalmente antagónicos como son las grandes corporaciones y los sindicatos, que entre otras actividades habría influido en las percepciones del electorado y presionó a quienes dirigen la cobertura de los grandes medios de difusión masiva y controlan el flujo de información, incluidos ejecutivos de las plataformas de redes sociales, para que cumplieran sus políticas contra ciertos tipos de comportamientos tóxicos, eliminando contenidos y cuentas que difunden noticias falsas ( fake news). Según la publicación, en noviembre de 2019 (un año antes de los comicios) Mark Zuckerberg, fundador de Facebook, invitó a nueve líderes de derechos civiles a cenar en su casa y allí determinaron aplicar reglas y un cumplimiento más riguroso de los contenidos, situación que se habría repetido con el CEO de Twitter, Jack Dorsey, y otros.

Ello explicaría que las cadenas de televisión más poderosas de EU (ABC, CBS, NBC y MSNBC, enlazadas en sus plataformas de YouTube, Facebook, Twitter y otras redes de Internet) le hayan apagado el micrófono de manera brusca a Trump el 5 de noviembre pasado, aduciendo que estaba acusando fraude sin pruebas. Desde entonces, también, comenzó a discutirse si fue correcta la decisión de los medios hegemónicos de censurar de manera orquestada el mensaje en vivo de Trump cuando la contienda electoral estaba cerrada y todavía lejos de concluir, y si correspondía a medios privados establecer la censura previa y determinar de manera paternalista si un mensaje específico debe llegar a la audiencia.

Según aduce TIME ahora, la "conspiración" tuvo como objetivo reafirmar la democracia estadunidense. Y en sus propias palabras, la democracia fue salvada por "the power of people" (el poder del pueblo). Sin embargo, tras la incursión al Capitolio el pasado 6 de enero, la expulsión de Trump del "paraíso de las plataformas de redes sociales" (Rosa Miriam Elizalde dixit) tiene más que ver con la "práctica discrecional" de los monopolios privados en Internet, que con la democracia y los mensajes de odio racista del antiguo inquilino de la Casa Blanca contra los negros, musulmanes, mexicanos y centroamericanos. En mayo de 2011, a pedido de Israel, Zuckerberg borró las cuentas de medio millón de usuarios que en Facebook defendían la causa palestina.

El veto a las cuentas del magnate neoyorquino por el gobierno paralelo y empresarial del Silicon Valley en alianza con las grandes corporaciones de Wall Street y el Estado profundo (la CIA, la FBI, etcétera), devela una articulada estructura de poder suave ( softpower) dirigida a poner en la Oficina Oval a un funcionario del establishment como Joe Biden.

La tecnología no es neutral; forma parte de las estructuras de poder, riqueza y dominación. Junto con Twitter, las GAFAM (Google, Amazon, Facebook, Apple, Microsoft) son una suerte de cártel del complejo digital-financiero vinculado a la comunidad de inteligencia. Las corporaciones digitales y el poder infocomunicacional concentrado cuentan con un tremendo arsenal de tecnologías en informática y comunicaciones (TIC) y el Big Data a escala global.

Durante años los algoritmos de Facebook y Google (YouTube) han actuado como árbitros de la política estadunidense. Pero las plataformas de las redes sociodigitales no son sólo herramientas comunicativas, sino también un arma del "capitalismo de la vigilancia" (Shoshana Zuboff). En función de sus propios intereses plutocráticos, las redes operan como una prolongación de las industrias culturales tradicionales, uno de cuyos objetivos principales es la producción de una cultura de masas. Es decir, no sólo contribuyen a la construcción de la hegemonía capitalista, sino que cumplen una función de simplificación espiritual y de manufacturación de la ignorancia. Y según plantea José Ernesto Nováez Guerrero, como herramientas del capitalismo, las redes hegemónicas son instrumentos de la derecha ideológica: el carácter de empresa privada capitalista determina el funcionamiento ideológico de los algoritmos, tendiente a neutralizar de diversas formas el pensamiento crítico disidente del actual sistema de dominación.

Las redes digitales forman parte del dispositivo para disciplinar sociedades enteras. Sin olvidar que en sus orígenes en plena guerra fría, la red de redes surgió como un sistema de intercomunicación militar del Departamento de Defensa de EU: Arpanet (1967), antecedente de Internet (1983), y que el encriptado para los teléfonos celulares fue acordado con el conjunto de sus fabricantes en el Pentágono por la Agencia Nacional de Seguridad. Años después Julian Assange diría que Facebook era la máquina de espionaje más terrible del mundo, jamás inventada. Entre otros temas, es lo que no le perdonan sus obsecuentes carceleros.

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Lunes, 22 Febrero 2021 05:51

¿Posneoliberalismo?

¿Posneoliberalismo?

Las tres notas principales en la primera plana del New York Times de ayer resumen casi a la perfección la coyuntura estadunidense: 500 mil muertes por Covid-19, la crisis invernal de Texas que revela una nación vulnerable a la catástrofe ante el cambio climático y el mayor desafío del sistema de justicia, así como que la mayor amenaza a la seguridad nacional es el extremismo de derecha.

Las crisis discriminan: son los pobres, las minorías y, sobre todo, los migrantes, los más afectados por el coronavirus, los que se congelaron y se quedaron sin electricidad y agua en Texas (mientras su senador huyó al calor de Cancún), las víctimas de crímenes de odio racial o que se suman a filas neofascistas por desesperación.

Lo que no cuentan las notas es que todo lo referido son saldos directos de cuatro décadas de políticas neoliberales dentro de la primera potencia del mundo. Nada de esto es sorpresa: todo fue pronosticado, no sólo por opositores del orden neoliberal, sino incluso por algunos líderes e intelectuales de las cúpulas política y económica que advertían que se necesitaba reformar tantito al sistema para proteger su juego a largo plazo.

Pero el sistema neoliberal de avaricia es perverso y obsceno. Ejemplo de ello son las expresiones felices de un empresario texano de gas, al hablar con sus accionistas (el dueño de los Cowboys es el mayor accionista) sobre las maravillosas ganancias que acaban de lograr con la alza astronómica del precio por la crisis en Texas: Es como ganar la lotería, gritó, mientras millones sufrían las consecuencias de la emergencia humanitaria.

Y durante la peor crisis de salud pública en un siglo, con su ahora medio millón de fallecidos (más que el total de estadunidenses muertos en combate en la Primera y Segunda Guerra Mundial y Vietnam combinados, y durante algunos periodos con más del saldo del 11-S cada día) en gran medida a consecuencia del manejo irresponsable y la falta de un sistema de salud pública efectivo (según The Lancet, 40 por ciento de las muertes eran evitables) y mientras sus consecuencias económicas incluían millones de desempleados y un incremento dramático del hambre, los 660 multimillonarios más ricos del país incrementaron su riqueza por más de un billón de dólares, un alza de 40 por ciento desde el inicio de la crisis de la pandemia (https://inequality.org). Para este sistema, los desastres humanos y naturales también son negocio.

Movimientos progresistas dentro de Estados Unidos que han luchado contra la agenda neoliberal durante décadas, junto con los que continúan la lucha histórica de siglos contra el racismo sistémico, fueron claves en la derrota electoral del neofascismo.

Son parte de la razón por la cual el nuevo gobierno de Joe Biden –al cual no le tienen gran confianza y saben que debe ser obligado a cumplir a través de la continuación de la movilización social y política– ha tenido que adoptar una agenda progresista, que incluye rehacer parte del estado de bienestar social, reconocer que se tiene que responder ahora a la crisis del cambio climático y atender las raíces históricas del racismo sistémico.

La reacción contra ese movimiento progresista, incluyendo las expresiones ultraderechistas, son los últimos gritos de un país que ya está dejando de existir, pero también son fruto del deterioro poltico, económico y social. El nominado como procurador general, el juez Merrick Garland, comentará este lunes en su audiencia de ratificación ante el Senado que su prioridad será combatir a los supremacistas blancos violentos y otros terroristas domésticos, incluyendo el caso contra cientos de los participantes en el asalto al Capitolio el mes pasado. Resulta que la mayor amenaza a la seguridad de esta democracia ya no es externa, sino proviene desde muy adentro de este país y habla inglés americano.

Estas múltiples crisis, se dice, son existenciales para este sistema y están marcando el fin de la era neoliberal en Estados Unidos. Lo que sigue en ese país es justo lo que está en disputa, con implicaciones y tal vez esperanzas para todos en el planeta.

Ani DiFranco Which Side Are You On. https://open.spotify.com/track/15pEgms CoyHwwO1Hlgaqb9?si=p3w2WE7 dQiCaVqWrh-gMjQ

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Covid-19: ¿Nos matarán las dudas sobre las vacunas y el fracaso del mercado?

Para combatir el coronavirus las vacunas son la mejor salida, pero no son una solución milagrosa. La campaña de vacunación se desarrolla con mucha torpeza y hay infinidad de dudas sobre las vacunas. Mientras tanto, las cepas nuevas avanzan. ¿Ganarán las vacunas la carrera contra las nuevas cepas?

«Si las pandemias son guerras microbianas,
entonces las vacunas son nuestras armas preferidas de rescate masivo».
Tedros, director general de la OMS

El coronavirus ha causado la mayor crisis sanitaria de los últimos cien años. Ya han muerto 2,4 millones de personas y todavía sigue muriendo una persona cada seis segundos a causa del COVID-19. Las vacunas son la mejor y única salvación. Sin ellas la pandemia amenaza con cobrarse hasta 30 millones de vidas.i

Afortunadamente, las vacunas son prometedoras. Después de que la mayoría de las personas mayores de 60 años fueran vacunadas en Israel, el número de personas hospitalizadas en este grupo de edad vulnerable se redujo en un 40% en tres semanas. Y esa cifra sigue bajando.

Sin embargo, aún es demasiado pronto para declarar la victoria. No es en absoluto seguro que las vacunas puedan derrotar al COVID-19. Cada vez hay más conciencia de que no podremos erradicar el virus rápidamente, si es que lo logramos al 100%. Hay al menos tres razones para ello: el fracaso del enfoque de mercado, las limitaciones de las propias vacunas y la resistencia a la vacunación.

Fracaso del mercado

En Occidente la producción de vacunas está dominada por un puñado de gigantes farmacéuticos. Monopolizan tanto la producción como la distribución y, por tanto, determinan en gran medida el ritmo y el alcance de la vacunación en todo el mundo. Por su afán de lucro se niegan a aumentar drásticamente su producción y venden a quien más paga. También les interesa mantener esta producción totalmente en sus manos y no compartir sus conocimientos con otros posibles productores. En resumen, la escasez artificial les beneficia.

Por ello, el suministro en los países ricos es demasiado lento. Pero, aún peor, hay muy pocas vacunas para los países del Sur. Los países ricos, que representan el 16% de la población mundial, han comprado hasta el 60% de todas las vacunas. Actualmente el 85% de los países aún no han administrado la primera vacuna. No es fácil predecirlo, pero es probable que muchas personas de los países pobres tengan que esperar hasta 2023 o 2024.ii

Esto último no es sólo un problema para los países del Sur. Dado que el virus no conoce fronteras y que vivimos en un mundo altamente conectado, la pandemia no será derrotada en ningún lugar hasta que lo esté en todas partes. O en palabras de Tedros, el Director General de la Organización Mundial de la Salud (OMS): «Para el virus, todos somos un solo rebaño. Para vencerlo, debemos actuar como una sola comunidad».

El jefe de la OMS tiene claro que este enfoque de mercado ha fracasado por completo y que estamos perdiendo la carrera contra el tiempo: «Los mecanismos de mercado son insuficientes por sí solos para detener la pandemia mediante la inmunidad de grupos vacunados. La oferta limitada y la demanda abrumadora crean ganadores y perdedores. Ninguna de las dos cosas es moral o médicamente aceptable durante una pandemia».

Para superar la escasez artificial, aumentar la producción de vacunas y ampliar su distribución Tedros propone intercambiar la tecnología de producción de vacunas, la propiedad intelectual y los conocimientos técnicos a través del Fondo Común de acceso a la Tecnología COVID-19, levantar temporalmente las patentes y permitir y ampliar la colaboración entre los fabricantes.

Según Tedros, hay que acabar con la omnipotencia de los gigantes farmacéuticos: «La comunidad internacional no puede permitir que un puñado de actores dicte los términos o el calendario para acabar con la pandemia». La Comisión Europea sin embargo, sigue insistiendo en seguir el mismo rumbo y dejar que manden las grandes farmacéuticas. Los partidos conservadores, socialdemócratas y liberales están todos de acuerdo. En los momentos de crisis suelen caer las máscaras y este caso no es diferente.

Las vacunas no son la panacea

Las vacunas funcionan muy bien para prevenir los síntomas graves del COVID-19 que llevan a la hospitalización o la muerte. Pero aún no se sabe si también detienen la capacidad infecciosa del virus propiamente dicha ni en qué medida. Es de suponer que reducirán la capacidad infecciosa, pero no la detendrán del todo. Por ejemplo, la vacuna de AstraZeneca podría reducir la transmisión en casi dos tercios. Sin embargo, pasarán meses antes de que se dé una respuesta definitiva a esta importante cuestión.

Esta cuestión ha cobrado aún más importancia con las nuevas cepas. Porque esas parecen ser hasta un 50% más contagiosas. Además, podrían ser incluso más mortales. Por ejemplo, la cepa británica podría causar un 30% más de muertes. En cualquier caso, un pequeño aumento de la letalidad podría tener un efecto catastrófico.

También es cuestionable si las vacunas actuales protegen contra las nuevas cepas y en qué medida. Investigaciones recientes demuestran que las nuevas mutaciones pueden provocar resistencia a las vacunas. Se ha descubierto que al menos cuatro vacunasiii ofrecen menos protección contra la cepa sudafricana, que ya ha aparecido en 30 países. En el caso de Novavax y Janssen se habla de una reducción del 60%. También en el caso de la cepa brasileña hay cada vez más pruebas de que algunas vacunas detienen menos el virus.

Igual de preocupante es que las nuevas variantes también pueden exponer a las personas al riesgo de una segunda infección.iv

Todo esto podría significar que no llegaremos a ninguna parte con una ronda única de vacunas y que, como con la vacuna de la gripe, en el futuro tendremos que administrar una nueva vacuna a intervalos regulares a medida que surjan nuevas variantes peligrosas. A la luz de la torpeza y la lentitud de la campaña actual, no es una idea alentador. Para los gigantes farmacéuticos, en cambio, algo así suena a música celestial: cada ronda de vacunas tiene un valor de varias decenas de miles de millones de dólares. ¡Dinero, dinero!.

El peligro del escepticismo respecto a las vacunas

Una tercera razón por la que corremos el riesgo de no poder erradicar nunca el virus por completo es si una parte importante de la población decide no vacunarse. El grado de disponibilidad a la vacuna varía mucho de un país a otro y también varía con el tiempo. Entre agosto del año pasado y enero de este año el porcentaje de personas dispuestas a vacunarse cayó entre 10 y 20 puntos porcentuales en muchos países, a pesar de los prometedores resultados de las vacunas.

Las dudas sobre las vacunas tiene muchas causas. Una vacuna introduce en el cuerpo una sustancia cuyos mecanismos de acción no siempre se comprenden del todo. Eso asusta a la gente. Gran parte de las dudas sobre las vacunas también provienen de la falta de confianza en el establishment. La forma de lidiar contra el COVID-19 fue y es en la mayoría de los países occidentales desastrosa: a pesar de los meses de (semi)cofinamientos, la cantidad de muertos por habitante es decenas de veces mayor que en la mayoría de los países asiáticos, que además pudieron volver a la vida normal muy rápidamente. Esta forma lamentable de actuar no ha hecho más que aumentar la falta de confianza, que ya es muy alta, en los gobiernos. A ello se suma la actitud descarada de los gigantes farmacéuticos.

Las dudas sobre las vacunas y las teorías conspirativas se extienden más fácilmente cuando la gente pierde la fe en el sistema. Las dudas también se avivan desde sectores de la derecha y la extrema derecha, y se difunden profusamente a través de las redes sociales. En la difusión de la desinformación suele haber también motivos económicos,v así que habrá que estar atentos.

Sea como fuere, con las nuevas cepas se necesita una inmunidad de grupo de alrededor del 80% para ganar al virus. Sólo un puñado de países llega actualmente a un 80% de la voluntad de vacunarse.vi La mayoría de los países están muy por debajo de esa cifra, que podría descender aún más en los próximos meses porque los jóvenes se sienten menos amenazados y, por lo tanto, pueden estar menos dispuestos a vacunarse cuando les toque.

Si nos quedamos por debajo del umbral del 80%, eso podría costar muchas vidas, tanto entre las personas dudosas como entre las demás. El reto de superar las dudas sobre las vacunas será al menos tan grande como el de distribuirlas a tiempo a todo el mundo. Y erradicar esa duda no es fácil. The Economistlo formula así: «El miedo y la incertidumbre son más fáciles de alimentar que la confianza y la pasividad es más fácil de fomentar que de actuar». Y restaurar la confianza en los gobiernos, por no hablar de los gigantes farmacéuticos, requerirá un serio cambio de rumbo.

Una prueba de estrés dura como una roca

La combinación de las deficiencias del mercado, las limitaciones de las vacunas actuales, la aparición de nuevas variantes, las dudas sobre las vacunas y el hecho de que los jóvenes menores de 18 años aún no estén vacunados significa que quizá nunca alcancemos la inmunidad de grupo. No obstante, esta inmunidad de grupo es necesaria para erradicar el virus de forma permanente.

Si seguimos así, parece que el COVID-19 seguirá circulando durante años y reaparecerá regularmente, con o sin variantes peligrosas. A diferencia de muchos países asiáticos, no hemos conseguido eliminar el virus. Esa incapacidad causará cientos de miles o incluso millones de víctimas innecesarias.

La crisis del COVID-19 es una prueba de estrés inexorable para nuestro modelo de sociedad. La forma de lidiar contra el COVID-19 nos enseña mucho sobre cómo está organizada nuestra sociedad, cuáles son las prioridades, la eficacia de la política, etc. Funciona como una lupa para los problemas a los que nos enfrentamos. Esta prueba de estrés nos invita a repensar a fondo nuestro modelo de sociedad. ¿A qué esperamos? ¿Acaso preferimos seguir así?

Traducido del neerlandés por Sven Magnus

Notas:

i Calculado a partir de un estudio del equipo de respuesta del Imperial College COVID-19 sobre la probabilidad de mortalidad en caso de infección. Entre los países de renta alta la tasa de mortalidad es de un promedio del 1,15%. Entre los países de renta baja con poblaciones más jóvenes la media es del 0,23%.

ii Además, los jóvenes menores de 18 años no podrán vacunarse hasta 2022. Las pruebas para ese grupo de edad están ahora en pleno desarrollo. Estamos hablando de una parte importante de la población.

iii Se trata de Novavax, Janssen, Pfizer/BioNTech y Moderna.

iv Al parecer, la cepa mutada puede evadir los anticuerpos desarrollados en respuesta a la vacunación o a la infección con la versión original del coronavirus.

v El Centro para Contrarrestar el Odio Digital (CCDH) investigó 425 cuentas antivacunas en Facebook, Instagram, Twitter y YouTube que difunden desinformación. Juntos tienen 59 millones de seguidores y esa cifra crece rápidamente. La investigación muestra que solo una minoría de estos antivacunas tiene creencias muy arraigadas. Para aproximadamente el 80%, los motivos financieros también juegan un papel o incluso el único. La mitad son empresarios con negocios que promueven remedios alternativos o excéntricos, como la inmunización homeopática o un pulverizador de lejía. La otra mitad son teóricos de la conspiración que aprovechan los ingresos por publicidad online que traen sus páginas web y de los productos que venden. Veáse también The Economist.

vi La investigación citada por The Economistincluye a China, Gran Bretaña e Indonesia.

Por Marc Vandepitte | 20/02/2021 

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Las insurrecciones populares no caben en las urnas

Aunque los movimientos anti-patriarcales y anti-coloniales han desplegado sus alas en las últimas décadas, los resultados en la cultura política hegemónica aún son muy débiles. Los medios de comunicación no hegemónicos y las izquierdas siguen reflejando, en sus coberturas y discursos, la enorme dificultad para trascender las formas más tradicionales de dominación.

Las recientes elecciones en Ecuador son una prueba de ello. La atención desplegada ante la posibilidad de que Yaku Pérez alcance la presidencia por Pachakutik no se compara con la que obtuvo el levantamiento indígena y popular de octubre de 2019.

Por más que este levantamiento sea un parteaguas en la historia reciente del país andino, las miradas vuelven una y otra vez hacia las urnas, aunque éstas nunca modifican la relación de fuerzas. La votación de Yaku roza el 20%, siendo la más alta en la historia del movimiento indígena, claro reflejo de la potencia del levantamiento de octubre.

La candidatura de Yaku arrasó en la selva, obteniendo el 50% de los votos en Morona Santiago. En la sierra superó el 40% en Chimborazo, Cotopaxi, Cañar, Bolívar y Azuay, algo que no pudo repetir en Pichincha, Imbabura y Carchi, en la región andina al norte del país. En la costa se impuso Andrés Arauz, el candidato del progresismo, corriente que se volvió hegemónica durante la década de gobierno de Rafael Correa, desplazando la tradicional hegemonía de la vieja derecha.

Una división geográfico-política del país que merece explicación

Yaku Pérez encarna la resistencia de las comunidades rurales, y cada vez más de las ciudades medianas, al extractivismo minero que se viene desplegando en la sierra andina y en la selva, pero también a la expansión de la frontera petrolera. También es alternativa al progresismo que se empeñó en un “desarrollismo” anclado en la minería, que judicializó y criminalizó la protesta indígena y popular atacando a la CONAIE (Confederación de Nacionalidades Indígenas de Ecuador), a los sindicatos y agrupaciones estudiantiles.

Yaku fue uno de los cientos de dirigentes acosados y encarcelados por el gobierno de Correa. Proviene de la resistencia anti minera en la provincia de Azuay, donde las comunidades se vienen movilizando contra la minería aurífera que contamina las nacientes de los ríos y los páramos productores de agua. En 2019 fue elegido prefecto de Azuay y en las recientes elecciones el 81% de los habitantes de Cuenca, capital de la provincia y tercera ciudad del país, se pronunció a favor de detener la actividad minera.

El apoyo de los ecuatorianos a Yaku Pérez no es un cheque en blanco a su persona, sino la forma de canalizar el levantamiento de octubre. Ese mes, durante diez días decenas de miles coparon el centro de Quito para revertir el paquete de medidas neoliberales del gobierno de Lenín Moreno. Ganaron y esa victoria es lo que permite decir que hubo un quiebre en Ecuador.

Como ya había sucedido en los levantamientos anteriores, desde el primero en 1990, la región costeña se mantuvo al margen y la movilización se concentró en las regiones de mayorías indígenas. Mientras en éstas predomina la economía agrícola, sostenida por miles de comunidades rurales, en la costa predomina la producción agroexportadora en la cual el banano juega un papel destacado.

Las ciudades son un tema aparte: en Quito, con 3,5 millones y amplia población indígena y mestiza (sólo un 6% se definen blancos), el peso del sector terciario y financiero, con su corolario de masiva economía informal, se está convirtiendo en un bastión de la derecha vinculada al capital financiero.

Por mucho que nos pese, un gobierno de Yaku Pérez, que estuvo al borde de pasar a la segunda vuelta, no habría conseguido sus principales objetivos como frenar la mega minería y dejar atrás el neoliberalismo. Con apenas el 20% de los escaños, está obligado a pactar con las demás fuerzas que apoyan fervientemente el extractivismo.

El levantamiento de octubre alcanzó para revertir el paquete neoliberal, pero fue insuficiente para deslegitimar el neoliberalismo. La continuidad de aquel movimiento no puede buscarse en las elecciones, ni en las pasadas, ni en las futuras. El propio levantamiento marcó el rumbo: su principal creación fue el Parlamento Indígena y de los Movimientos Sociales, donde convergieron más de 180 organizaciones.

“Una Minga por la Vida” fue el programa elaborado por el Parlamento, que en la campaña electoral fue retomado por Yaku Pérez como su plataforma de gobierno.

Aquel Parlamento de abajo no se extinguió. Recorrió parte del país promoviendo el programa alternativo que elaboraron sus integrantes, agrupando movimientos locales y generando debates. Comenzó a recorrer un camino, lento y trabajoso, necesario para organizar a las y los de abajo hasta que la campaña mediático-electoral desplazó los problemas centrales del Ecuador.

El futuro no va a emerger de las urnas sino de la capacidad de los movimientos y de los pueblos de seguir transitando por las brechas abiertas por el levantamiento, profundizarlas hasta neutralizar un modelo de muerte, de expropiación del agua y la tierra.

15 febrero 2021

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Antioxidante en el té verde aumenta niveles de una proteína natural contra el cáncer

Llamada "guardiana del genoma", es capaz de reparar el daño en el ADN o destruir las células enfermas

 

 Un antioxidante que se encuentra en el té verde puede aumentar los niveles de p53, proteína natural contra el cáncer, conocida como la "guardiana del genoma" por su capacidad para reparar el daño del ADN o destruir las células cancerosas, según una nueva investigación publicada en la revista Nature Communications.

El estudio de la interacción directa entre p53 y el compuesto del té verde, galato de epigalocatequina (EGCG), apunta a un nuevo objetivo para el descubrimiento de fármacos contra el cáncer.

"Las moléculas p53 y EGCG son extremadamente interesantes. Las mutaciones en p53 se encuentran en más de 50 por ciento de los cánceres humanos, mientras EGCG es el principal antioxidante en el té verde, una bebida popular en todo el mundo", explicó Chunyu Wang, autor correspondiente y profesor de ciencias biológicas en el Instituto Politécnico Rensselaer.

De acuerdo con la revista Nature Communications, la interacción directa entre la p53 y el compuesto del té verde, galato de epigalocatequina apunta al descubrimiento de fármacos contra el cáncer.

"La P53 tiene varias funciones anticancerígenas bien conocidas, que incluyen detener el crecimiento celular para permitir la reparación del ADN, activar este proceso e iniciar la muerte celular programada, llamada apoptosis, si el daño de ese material genético no se puede reparar", precisa el estudio.

"Un extremo de la proteína, conocido como dominio N-terminal, tiene una forma flexible y, por tanto, puede potencialmente cumplir varias funciones dependiendo de su interacción con múltiples moléculas", agrega la investigación.

El galato de epigalocatequina es un antioxidante natural, lo que significa que ayuda a deshacer el daño casi constante causado por el metabolismo del oxígeno.

Los expertos descubrieron que la interacción entre el galato de epigalocatequina y la p53 preserva la proteína de la degradación.

“Normalmente, después de producirse dentro del cuerpo, la p53 se degrada rápidamente cuando el dominio N-terminal interactúa con una proteína llamada MDM2.

Este ciclo regular de producción y degradación mantiene los niveles de la p53 en una constante baja, argumentan los investigadores.

Mieloma múltiple

Por otro lado, investigadores de la Universidad de Uppsala, en Suecia, muestran en un nuevo estudio que la inhibición de la proteína EZH2 puede reducir el crecimiento de células cancerosas en el mieloma múltiple, según publican en la revista Cell Death & Disease.

La reducción se debe a cambios en el metabolismo de las células cancerosas. Estos cambios pueden usarse como marcadores para discriminar si un paciente respondería al tratamiento por inhibición de EZH2.

El mieloma múltiple es un tipo de cáncer de la sangre en el que las células inmunitarias crecen de forma descontrolada en la médula ósea.

Es muy difícil de tratar y todavía se considera incurable, por lo que es urgente identificar nuevas dianas terapéuticas en las células cancerosas.

Carlos Taibo, experto defensor del decrecimiento ante el colapso medioambiental

Si el planeta se va al garete, y todo apunta que así sucederá si no cambiamos algunos parámetros y dinámicas estructurales, algo habrá que hacer. La teoría del decrecimiento, a la que Carlos Taibo (Madrid, 1956) prefiere tildar de "perspectiva", aporta algunas respuestas al qué, cómo, cuándo y por qué que deberían guiar a la sociedad para intentar paliar lo máximo posible los efectos de una crisis climática más presente que nunca. El escritor y teorizador del decrecimiento aterriza la idea y la conjuga con otra de las realidades más acuciantes a las que se enfrenta la Península Ibérica en su libro de reciente publicación Iberia vaciada. Despoblación, decrecimiento, colapso (Catarata, 2021). Al mismo tiempo, el autor ha condensado una docena de años de trabajo en Decrecimiento. Una propuesta razonada (Alianza Editorial, 2021), una edición de remodelada y actualizada de un antiguo libro publicado hace años. Público conversa con él sobre aspectos como el ecofascismo, la cultura de la prisa o la necesidad de que la respuesta al cambio climático sea autogestionaria y antipatriarcal.

Ha escrito que "la perspectiva del decrecimiento nos dice que si vivimos en un planeta con recursos limitados —y vivimos—, no parece que tenga mucho sentido que aspiremos a seguir creciendo ilimitadamente". Esto, por lógico que parezca, parece no estar demasiado interiorizado. ¿Por qué?

La lógica del crecimiento acompaña sin fisuras a la del capital. Es uno más de los elementos que en los países ricos nos han colocado dentro de la cabeza a través de la publicidad, los medios y el sistema educativo. Que salir de ella no es sencillo lo demuestra el hecho de que porfiamos en defenderla aun cuando sepamos que acarrea agresiones sin cuento contra la igualdad y contra el medio natural, y que estimula al tiempo un individualismo abrasivo.

No desdeño, aun así, que la proximidad del colapso acabe por producir cambios radicales en nuestra conducta. En ese sentido, lo ocurrido al calor de la pandemia tal vez nos abra los ojos ante un futuro marcado por ese colapso.

En su Propuesta razonada recoge que las economías capitalistas desarrolladas han crecido de forma notable a la par que se han destruido puestos de trabajo. De la misma forma, el decrecimiento acarreará una gran pérdida de empleos. ¿Qué solución encuentra la perspectiva que defiende ante este problema?

La solución es doble. Por un lado propiciar el desarrollo de aquellos segmentos de la economía que guardan relación con la atención de las necesidades sociales insatisfechas y con el medio natural. Por el otro, y en los sectores de la economía convencional que seguirán existiendo, repartir el trabajo. La combinación de estos dos factores permitirá que trabajemos menos horas, disfrutemos de más tiempo libre, acrecentemos nuestra a menudo alicaída vida social y reduzcamos, cuando sea posible, nuestros desbocados niveles de consumo. Creo que todo ello es manifiestamente preferible al modo de vida esclavo que se nos impone hoy.

En Iberia vaciada afirma que "cualquier contestación del capitalismo en el siglo XXI tiene que ser, por definición, decrecentista, autogestionaria, antipatriarcal e internacionalista". ¿Qué ocurriría si esto no fuera así?

Ocurrirá que, al calor de un colapso probablemente insorteable, seguirán en pie muchas de las taras que arrastra la izquierda que hoy vive en las instituciones. Y entre ellas el acatamiento de la miseria capitalista, la idolatría de la productividad y la competitividad, el sindicalismo claudicante, los flujos autoritarios y personalistas, las huellas de la sociedad patriarcal, el etnocentrismo y el cortoplacismo. Cuánto tiempo dedicamos a hablar de la corrupción y qué poco le asignamos, por cierto, a la plusvalía.

¿Realmente podemos vivir mejor con menos? ¿Por qué?

No nos va a quedar otra opción. Más allá de ello, se imponen tres consideraciones. La primera subraya que, dejados atrás los estadios iniciales del desarrollo, el hiperconsumo al que con frecuencia se entregan los habitantes del mundo rico poco o nada tiene que ver con el bienestar. La segunda llama la atención sobre el hecho de que, una vez satisfechas las necesidades básicas, y admito que este último concepto es más polémico de lo que pudiera parecer, ese bienestar más se vincula con los bienes relacionales, los que surgen de nuestra relación con otras personas, que con los bienes materiales que nos ofrecen en los supermercados. En tercer y último lugar, lo de "vivir mejor con menos" solo tiene sentido si antes hemos redistribuido radicalmente la riqueza.

En Iberia vaciada continúa con una obra anterior, que en 2020 alcanzó su quinta edición: Colapso. Agrega que ante dicho colapso medioambiental se dan dos reacciones, los movimientos por la transición ecosocial o el ecofascismo. ¿De qué forma se han expresado estas dos reacciones en los últimos años?

Aclararé, antes que nada, que no sostengo que sean las únicas respuestas esperables ante el colapso. Me interesaba analizar, sin más, esas dos porque creo que contribuían a enriquecer el debate correspondiente. En lo que respecta a la de los movimientos, es fácil apreciar una ebullición de espacios autónomos que reivindican la autogestión, la desmercantilización y, ojalá, la despatriarcalización de todas las relaciones. Entre nosotros, y en los últimos años, el fenómeno ha adquirido una fuerza mayor, aunque no suficiente, al calor del 15-M. Tampoco está de más que recuerde el alcance de los numerosos grupos de apoyo mutuo que germinaron, la primavera pasada, con ocasión de los confinamientos.

Por lo que respecta al ecofascismo, y por no abandonar el terreno de la pandemia, creo que los estamentos de poder que empiezan a coquetear con soluciones autoritarias ante lo que entienden que es un exceso de población han observado con alegría el formidable ejercicio de servidumbre voluntaria al que nos hemos entregado. Más allá de ello, no deja de ser llamativo que circuitos que son formalmente negacionistas en lo que hace al cambio climático y al agotamiento de las materias primas energéticas asuman en los hechos posiciones que remiten a criterios muy distintos. Ahí estaba Trump, sin ir más lejos, intentando comprarle Groenlandia a Dinamarca.

Dice que el universo del automóvil y el de la alta velocidad ferroviaria, sectores nada desconocidos para la amplia parte de la población, resumen bien muchas de las aberraciones que el decrecimiento desea contestar. ¿Por qué?

Resumen bien muchas de las sinrazones de nuestras sociedades. Dan rienda suelta a la cultura de la prisa y del movimiento desaforado, se asientan en proyectos que beben de un individualismo feroz, ningún respeto muestran por el medio y, de manera cada vez más clara, se hallan al alcance, pienso ante todo en la alta velocidad, de unos pocos. Qué penoso es que el progreso de una economía se siga midiendo en términos del número de automóviles vendidos o de la apertura de un nuevo, e insostenible, tramo de alta velocidad ferroviaria.

Los problemas que nos acosan, como dice, son los límites medioambientales y de recursos, el cambio climático, el agotamiento de las materias primas energéticas, los ataques que padece la soberanía alimentaria y las pérdidas en materia de biodiversidad. ¿Considera que hay alguno de ellos más acuciante que los demás?

El cambio climático y el agotamiento de esas materias primas, a buen seguro. Cierto es que en el escenario de la pandemia hemos tenido la oportunidad de comprobar cómo un puñado de factores que parecían llamados a desempeñar un papel menor han acabado por configurar una bola que ha ido engordando y que acaso nos sitúa en la antesala del colapso. Estoy pensando, sin ir más lejos, en las pandemias sanitaria, social, de cuidados, financiera y represiva. Debemos estar atentos, con todo, a las secuelas de una paradoja: son los territorios más deprimidos los que, al menos en primera instancia, mejor saldrán adelante en el escenario del colapso. Y eso importa saberlo en relación con la Iberia vaciada.

Según la perspectiva del decrecimiento, el norte del planeta debe disminuir sus niveles de producción y consumo. ¿Qué principios y valores tendríamos que cambiar para que dicha reducción fuera posible?

Los principales remiten al designio de salir cuanto antes del capitalismo y de sus reglas. Pero, en lo que atañe a los principios y valores que reclama, de manera más específica la perspectiva del crecimiento, ahí están sin duda la recuperación de la vida social que nos han robado, el despliegue de formas de ocio creativo, el reparto del trabajo, la reducción del tamaño de muchas de las infraestructuras que hoy empleamos, la restauración de la vida local y, en fin, en el terreno individual, la sobriedad y la sencillez voluntarias. Por detrás se hallan, inequívocamente, la autogestión y el apoyo mutuo.

Mujeres, cuidados, decrecimiento es el título de uno de los capítulos de la publicación de Alianza Editorial. Son aspectos que también trata en Iberia vaciada. ¿De qué forma están entrelazados estos tres ámbitos que menciona?

Ningún proyecto emancipador, y el decrecimiento quiere serlo, puede rehuir la necesidad de articular una radical despatriarcalización que acabe con la marginación, material y simbólica, de las mujeres. No está de más que recuerde que un 70% de los pobres y un 78% de los analfabetos existentes en el planeta son mujeres, y que, según una estimación, estas realizan el 67% del trabajo para recibir a cambio un escueto 10% de la renta.

Siempre he pensado que, en virtud de su vínculo con el trabajo de cuidados, y pese a las grandezas y las miserias que rodean a este, las mujeres tienen una comprensión más rápida y fluida de lo que significa la perspectiva del decrecimiento. Tal vez es así porque, tal y como lo subraya el ecofeminismo, son decisivas en el sustento de una vida que escapa con fortuna a la lógica mercantil del capitalismo. Si la Iberia vaciada ha resistido, en buena medida ha sido gracias a sus mujeres.

Vivimos en una sociedad capitalista que desde hace años se configura en torno al neoliberalismo. ¿Por qué no se puede defender el decrecimiento y ser capitalista al mismo tiempo?

No afirmo taxativamente que no pueda hacerse. En Francia y en Italia hay empresarios que coquetean con la perspectiva del decrecimiento, toda vez que entienden que el planeta, en efecto, se nos va. Pero no veo que nuestra actuación tenga sentido y eficacia si no cuestionamos, como lo hace la versión del decrecimiento que defiendo, todos los artefactos que rodean al capitalismo: la jerarquía, la mitología del progreso, la explotación, la productividad, la competitividad, el consumo y, naturalmente, el propio crecimiento.

Al respecto tenemos que aprender mucho, por cierto, de las sociedades precapitalistas. Y debemos colocar en primer plano a las generaciones venideras, a las mujeres, a los habitantes de los países del sur y a los miembros de las demás especies con las que, sobre el papel, compartimos el planeta.

MADRID

13/02/2021 09:02

Por Guillermo Martínez@guille8martinez

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Domingo, 14 Febrero 2021 05:31

Brasil: razones y dilemas de Lula

Brasil: razones y dilemas de Lula

Desde Río de Janeiro.Lula da Silva (foto) vive una situación similar a la que vivió en 2018. Condenado, espera el desenlace de su situación jurídica, para tomar una decisión definitiva. Pero Brasil está atravesando una situación diferente y esto puede marcar la diferencia en las razones y dilemas de Lula. Pude conversar con él para entender mejor su posición.

Sabe que las situaciones son similares, pero con varias diferencias significativas. En 2018, a pesar de que fue arrestado y condenado, era el favorito para ganar en la primera ronda, como lo demuestran las encuestas. Extendió el plazo al máximo, esperando que su situación cambiara y fuera candidato. Cuando consideró que se habían agotado los plazos, lanzó a Fernando Haddad como candidato.

Ahora la expectativa es formalmente la misma, pero en un escenario político muy diferente. Con la desmoralización de Lava Jato y el ex ministro de Justicia Sergio Moro, la erosión de la imagen del presidente Jair  Bolsonaro, el clima político y legal es muy distinto. Incluso en sectores  insospechados de ser lulistas hay consenso para reconocer no solo su inocencia, sino también que hubo un operativo expreso para evitar su elección. Que es una forma de reconocer que hubo un golpe de Estado contra el Partido de los Trabajadores (PT) y que la elección de Bolsonaro fue producto de una manipulación gigantesca

Y que, por lo tanto, Brasil no vive en democracia, hay que restaurarla. (Contrariamente a la afirmación del juez del Supremo Tribunal Federal, Luis Roberto Barroso, que reiteradamente difunden en los medios de comunicación, en la que dice “vivimos en una democracia muy consolidada”.)  Por supuesto, esta gente todavía necesita atar los cables, para que el razonamiento sea completado, pero el consenso es favorable a Lula, independientemente de las decisiones del Poder Judicial.

Pero la posición de Lula es, en esencia, la misma que terminó adoptando en 2018:  preferiría ser candidato, solo no lo sería si la Justicia se lo impidiera. Sabe que la disputa es dura y decisiva en 2022 y está dispuesto a afrontarla si ha recuperado sus derechos políticos.

Lula también saca conclusiones de la experiencia de 2018. No cree que tenga derecho a dejar el PT a la espera de una situación similar. Por eso le dijo a Haddad que ocupara sus espacios, que no se quedara esperando, pendiente de la situación de Lula, que se estiró mucho. Aunque tiene mucho más tiempo, se hace más largo.

Ya há vivido esa situación y prefiere no repetirla. Está listo para pelear. Cuando le dicen que regrese a las calles lo antes posible, reacciona con entusiasmo. Pero también él tiene mucha consideración y confianza en Haddad. Da la impresión de que, si es el candidato y vuelve a ser presidente de Brasil, Haddad tendrá un lugar esencial en su gobierno. Y, de hecho, si no puede ser candidato, apoyará a Haddad.

La diferencia está en la gigantesca presencia de la imagen de Lula, que lo llevó a ser gran favorito en 2018 y las dificultades de la candidatura de Haddad. Por supuesto, Haddad fue víctima de la monstruosa operación mediatica y de la huida de los debates por parte de Bolsonaro, con la complacencia del Poder Judicial y de los medios de comunicación.

Bolsonaro ya demostró, en su enfrentamiento con el Parlamento, que utilizó todos los recursos para derrotar a sus oponentes en el campo de la derecha - Joao Doria y Rodrigo Maia, después de haber logrado marginar a Moro-, para demostrar que la batalla de 2022 será la madre de todas las batallas.

La izquierda debe hacer todo lo posible para contar con Lula, el mejor candidato para enfrentar a Bolsonaro. Si la izquierda es consciente de que su principal objetivo es derrotar a Bolsonaro, restaurar la democracia y retomar un modelo de desarrollo con distribución de ingresos, tiene que luchar por la candidatura de Lula como objetivo central.

Todos los de la izquierda deben enfrentar los desafíos que definirán el destino de Brasil durante mucho tiempo. No es de extrañar de que el PT estará a la altura de sus responsabilidades y tendrá su propia candidatura en la primera vuelta, que debe ir a la segunda vuelta y contará con los votos de otros candidato de izquierda en la segunda vuelta. Que el PT debe estar presente en el ballotage, con Lula o Haddad. La victoria depende de la capacidad para unir todas las fortalezas, elegir las mejores alternativas y llegar unidos en la segunda vuelta.

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Caminos y bifurcaciones del movimiento indígena ecuatoriano

El resultado de la primera vuelta de las presidenciales puso de nuevo en el primer plano al movimiento indígena ecuatoriano y a Yaku Pérez, quien disputó voto a voto con el banquero Guillermo Lasso el paso a la segunda vuelta. Los clivajes en el interior de Pachakutik, una suerte de brazo político-electoral del movimiento indígena, no son sencillos y no se pueden reducir a «clasistas» vs. «etnicistas». Al mismo tiempo, los enfrentamientos con el gobierno de Rafael Correa explican parte de sus posicionamientos y sus divisiones internas.

 

Varias veces dado por muerto y milagrosamente resucitado a lo largo de treinta años, el movimiento indígena ecuatoriano y su principal organización, la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie), siguen sorprendiendo y desconcertando. En la más reciente muestra de su poderío, Yaku Pérez, candidato de Pachakutik, organización electoral auspiciada por la Conaie, estuvo a punto de pasar al balotaje, con casi el 20% de los votos, en un empate con el político y banquero conservador Guillermo Lasso, quien se proyecta para competir con Andrés Arauz el 11 de abril próximo. En cualquier caso, la votación de primera vuelta ha sido un éxito arrollador para Pachakutik, cargado de implicaciones políticas futuras, y le dará al partido un fuerte bloque parlamentario. 

Unánimemente aclamado por el pensamiento progresista y de izquierdas latinoamericanos como un movimiento democratizador, una renovación de las luchas emancipatorias y una expresión de la lucha contra el racismo y el colonialismo interno, súbitamente el conflicto de la Conaie con el gobierno de Rafael Correa (2007-2017) la transformó para una parte de esas izquierdas en una especie herramienta del Imperio, una expresión del etnicismo excluyente y un arma geopolítica del «ambientalismo liberal». Con la posibilidad del posible paso de Yaku Pérez a la segunda vuelta contra el candidato apoyado por Rafael Correa, esas acusaciones se volvieron particularmente violentas, a veces mezcladas con expresiones que lindan el racismo abierto, como cuando se denuncia que se cambió el nombre a «Yaku» (agua, en kichwa, adoptado legalmente en 2017).

Desde 1990, la Conaie y el movimiento indígena han sufrido, como todo el país, importantes cambios sociales, culturales y económicos. Entre ellos, destacan una acentuación de la urbanización de sus bases sociales, una amplia diversificación ocupacional de sus dirigentes, una mayor penetración de los servicios estatales y un importante, aunque todavía limitado, aumento de la escolarización. La presencia de ONG, de partidos que compiten por conseguir candidatos indígenas, de oficinas y entidades públicas que ofrecen becas o proyectos sociales de variado tipo, se han mantenido y probablemente crecido, aunque esta era una tendencia ya presente desde la década de 1980. El antiguo aislamiento relativo de las áreas indígenas es una reliquia del pasado, aunque subsista parcialmente, sobre todo en la Amazonía. Pero, al mismo tiempo, los pueblos indígenas siguen siendo las poblaciones más empobrecidas, abandonadas y con peores indicadores sociales del país.

Tradicionalmente, el movimiento indígena ecuatoriano fue descentralizado y heterogéneo, tanto en términos ideológicos como organizativos. Desde la década de 1970, la mezcla indisociable de discursos clasistas («somos pobres») y étnicos («somos nacionalidades indígenas») se asoció a demandas ecologistas, aprovechando las oportunidades internacionales y nacionales existentes. Más lentamente, y de modo más desigual, el feminismo penetró también en las comunidades, aunque no se han formado, como en Bolivia, organizaciones supralocales formadas exclusivamente por mujeres indígenas. Al mismo tiempo, un persistente conservadurismo moral, propio de casi todas las zonas rurales, entremezclado con la influencia de las iglesias evangélicas y católica, han limitado, por ejemplo, la incorporación de las agendas de derechos reproductivos en el seno de las organizaciones indígenas. 

El conflicto entre la Conaie y el gobierno de Rafael Correa atravesó todas las fracturas ideológicas, sociales y organizativas del movimiento indígena. No es verdad que haya predominado una sola de ellas. Quiero decir que ni los dirigentes más «clasistas» o los más «étnicos» tuvieron una posición común (a favor o contra) frente a Correa. Apenas un ejemplo. Carlos Viteri, un reconocido intelectual indígena amazónico, oriundo de Sarayacu, imbuido de un fuerte discurso étnico, se volvió un militante del correísmo. Su comunidad de origen goza de fama mundial por su radical oposición a la explotación petrolera en su territorio desde los años 80. Viteri, no obstante, fue el parlamentario encargado de hacer el informe que viabilizó la explotación petrolera en el Yasuní en 2013. El énfasis en los valores de la etnicidad puede perfectamente combinarse con las bondades del extractivismo.

No hay, pues, evidencia alguna de que los cambios sociales, generacionales o el conflicto con Correa obedezcan a una acentuación del carácter «etnicista» del movimiento. Las tendencias étnicas y clasistas siguen conviviendo y mutando en su interior. El levantamiento popular de octubre de 2019, por ejemplo, tuvo una agenda esencialmente económica y de esas movilizaciones contra el gobierno de Lenín Moreno salió fortalecido el liderazgo de Leonidas Iza, dirigente kichwa de la provincia de Cotopaxi, conocido por el énfasis «clasista» de su agenda. El bosquejo de programa económico que, bajo el liderazgo de la Conaie, se gestó en los meses posteriores a ese levantamiento, retoma todos los temas propios de una agenda redistributiva.

Yaku Pérez fue el líder más visible de las tendencias internas que se oponían más radicalmente al gobierno de Correa. La razón es bastante simple. Dirigente de la organización rural de una zona de la Sierra sur de relativamente reciente proceso de mestizaje (dos generaciones), la amenaza de una concesión minera en su territorio lo acercó a la Conaie, que tenía una larga trayectoria de oposición a las actividades extractivas, sobre todo en la Amazonía. Pérez llegó a ser presidente de la filial serrana de la Conaie, la Ecuarunari, la organización indígena más numerosa del país. Luego, como prefecto electo, pugnó por conseguir una consulta popular que prohibiera toda minería metálica a gran escala en la provincia del Azuay. Aunque la Corte Constitucional negó sus pedidos, una consulta más limitada, que prohíbe las actividades de minería metálica en las cabeceras de cinco ríos en la capital, Cuenca, acaba de obtener 80% de los votos y a ningún gobierno futuro le será fácil ignorar semejante veredicto.

Esta lucha antiminera desató un proceso interno de recuperación y reinvención de las identidades ancestrales cañari en estas comunidades. Estas identidades contribuían prácticamente a su lucha y también les otorgaban un orgullo y una sensación de que era posible ofrecer alternativas económicas y de vida enraizadas en la tradición y el pasado local. La obsesión del gobierno de Correa por impulsar la minería metálica a gran escala en un país (y unas regiones) sin tradición minera, lo llevó a una persecución sistemática a los dirigentes sociales, entre ellos Yaku Pérez, que estuvo cuatro veces en prisión. Pero no era un ataque personal: la Fiscalía General del Estado reconoció que entre 2009 y 2014 hubo 400 procesos judiciales por año por delitos contra la seguridad del Estado, entre ellos, más de un centenar por año por delitos de sabotaje y terrorismo. No hay un antecedente semejante en la historia ecuatoriana del siglo XX. Como uno de los principales damnificados de esa ola represiva, para Yaku Pérez, el fin del gobierno de Correa se imponía como una cuestión de sobrevivencia. Ese es el contexto de su famosa frase en la segunda vuelta de 2017 entre Guillermo Lasso y Lenín Moreno: «prefiero un banquero a una dictadura».

No veo cómo se puede llamar a esta movilización ecologista «ambientalismo liberal». Ningún liberal que yo conozca está en contra de la minería en Ecuador. Tampoco parece lícito suponer que la política opuesta, la de Rafael Correa, de concesionar estos yacimientos mineros a empresas chinas, pueda ser calificado en sí misma de nacional-popular. El grupo ecologista más cercano a Yaku Pérez es Acción Ecológica, ampliamente reconocido en Ecuador y el mundo como la más combativa de las organizaciones del ecologismo popular. En la campaña para las elecciones del 7 de febrero pasado, Pérez hizo una propuesta radical pero viable: optimizar la explotación petrolera en las regiones donde ya existe, pero no ampliar la frontera extractiva. Respetar, con una conducta ambiental vigilante, los contratos mineros actualmente en explotación y terminar con los que solo están en fase de exploración.

El conflicto interno reciente más conocido en el movimiento indígena ocurrió en el momento de la selección del candidato de Pachakutik para las últimas elecciones presidenciales. Jaime Vargas, dirigente shuar de la Amazonía sur y presidente de la Conaie, y Leonidas Iza se quejaron públicamente del proceso de selección, que en su opinión estuvo organizado para favorecer a Pérez. Vargas se asocia, como la mayoría de los dirigentes shuar, a las corrientes más «étnicas», mientras Iza está más cerca de las «clasistas». De nuevo, las etiquetas ideológicas fluyen con facilidad al calor de combinaciones siempre cambiantes y siempre presentes. Ningún giro reconocible, solo una constante negociación y convivencia de dos dimensiones de una identidad política en tensión. 

Este tipo de disputas internas por candidaturas es tradicional y frecuente en Pachakutik. Sin embargo, la gran masividad de la votación en zonas indígenas a favor de Pérez en 2021 desmiente que haya habido una división significativa en las bases de la Conaie. Estas parecieron sentirse bien representadas electoralmente por Pérez. Fue, por lo tanto, un conflicto entre dirigentes, sepultado por una avalancha de votos. Esa disputa, sin embargo, especialmente con Iza, seguramente volverá a aparecer en el futuro. Pero es claro que el peso político de Yaku Pérez se ha potenciado enormemente dentro de la Conaie luego de obtener casi el 20% de los votos. Ha surgido por primera vez una figura individual que potencia electoralmente el peso social y organizativo de la Conaie a escala nacional. La situación parece comparable a la de Evo Morales en Bolivia luego de las elecciones de 2002, cuando este obtuvo más de 21% de los votos y quedó en segundo lugar de manera sorpresiva. El peso político personal de Pérez en las internas no tendrá equivalentes.

El gran desafío del movimiento indígena, como referente indiscutido de las organizaciones y el movimiento popular ecuatoriano, será administrar sabiamente esta victoria electoral y navegar sobre este inmenso capital político. Luego de varios intentos, al fin este movimiento logró interponerse exitosamente como una tercera opción política entre el correísmo y la derecha tradicional. Y lo hizo gracias a otra tradición antigua: combinar la movilización callejera (el levantamiento de octubre de 2019) y la participación electoral. 

Las conflictivas relaciones con el correísmo serán, sin duda, un componente crucial de esa difícil navegación. ¿Será Andrés Aráuz el artífice de un giro generacional hacia una política más abierta frente a los movimientos sociales por parte del correísmo? Hasta ahora no hay ningún indicio en esa dirección, pero es claro que, si quiere ganar en segunda vuelta, tendrá el imperativo de tomar distancias de su mentor, que fue su único sostén político en primera vuelta, pero que se vuelve su principal pasivo en la segunda. 

Otro de los grandes desafíos de Pachakutik de acá en más será precisar de manera más detallada las agendas programáticas que se esbozaron en la reciente campaña y en los documentos del programa económico tanto del levantamiento de octubre de 2019 como de la «Minka por la vida», nombre dado a la agenda económica y social de Pérez. Es claro que un fuerte compromiso ambiental es fundamental para guiar la tarea parlamentaria o de gobierno, pero no es suficiente. Yaku Pérez cuenta para esta tarea no solo con su experiencia personal y sus inclinaciones individuales, sino con treinta años de experiencia colectiva acumulada.

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¿Es el neoliberalismo la salvación para el petróleo venezolano?

Por sanciones y crisis han pasado muchos países como Irán y Rusia que no han visto debilitar de esta manera su industria petrolera. El Gobierno de Maduro se dispone a abrir las mayores reservas del mundo a las grandes multinacionales.

ara comprender la emblemática crisis que vive Venezuela hay que comprender primero lo que sucede en su industria petrolera, porque ella fue el sostén y único propulsor del bienestar económico que el país disfrutó, siempre de manera intermitente, durante varias décadas.

Hasta 2014, la estatal Petróleos de Venezuela SA (PDVSA) era la quinta empresa petrolera más importante de todo el mundo, pero ya lleva siete años inmersa en una gran crisis financiera.

Venezuela, al menos por ahora, ya no es tan dependiente del petróleo. Aunque tenga las mayores reservas del mundo, su producción ha mermado de tres millones de barriles diarios a 400.000 a finales de 2020. A pesar de la crisis económica y el bloqueo, nuevos ingresos como las remesas, el oro y la criptominería, entre otros, van “asentando” a la economía a una nueva realidad nacional postpetrolera que parece tocar fondo.

En la economía nacional, el Gobierno de Nicolás Maduro está desarrollando una fase aperturista —dolarización, privatizaciones, desinversión en políticas sociales— que cualquier izquierda consideraría neoliberal y que amenaza con extenderse hacia el sector petrolero.

A pesar de todo, podría decirse que esta apertura está funcionando para enfrentar la cara más agresiva del trumpismo que apuntó hacia Venezuela y que desde 2017 aplicó sanciones contra el Gobierno para que no pudiera vender petróleo. La política de La Casa Blanca en los últimos años ha causado un profundo impacto en la economía venezolana, según reconoce la Oficina de Responsabilidad Gubernamental (GAO, según sus siglas en inglés) en su informe sobre Venezuela.

Pero las sanciones no han sido el único factor del declive de la industria petrolera. De hecho, cuando se comenzaron a aplicar en 2017 ya la producción se había precipitado. También hay otros factores que llevaron a esta situación. Por sanciones y crisis han pasado muchos países como Irán y Rusia que no han visto debilitar de esta manera su industria petrolera. 

¿Cómo pudo ocurrir el declive de la industria petrolera venezolana?

Durante todo el siglo XX, Venezuela fue teniendo cada vez una mayor dependencia del petróleo y se convirtió en un país básicamente monoproductor y compulsivamente importador.

Hay varios factores que convergieron en una compleja coyuntura general que ni la petrolera estatal ni el país pudieron superar, algo que trajo una verdadera debacle petrolera que aun no culmina.

PDVSA ya estaba realmente cansada antes que Maduro asumiera el poder. La petrolera tuvo que financiar dos programas que implicaban ingentes recursos. El primero era el programa de subsidio alimentario (PDVAL), que se inició desde 2008 y distribuyó enormes cantidades de alimentos a precios irrisorios. El segundo fue la Misión Vivienda, que construyó decenas de miles de viviendas, la mayoría en zonas urbanas.

En la Venezuela chavista se fraguó una de las mayores políticas de democratización de recursos de la historia de América Latina. Pero buena parte de esa operación recayó sobre esta empresa petrolera, sin los mecanismos básicos de control y distribución del Estado. PDVSA sirvió además de gran propulsora, de caja chica, para bypassear al Estado burocrático.

Independientemente de que la empresa asumiera los costos de las políticas mencionadas, y que aumentara su deuda de manera exponencial, la capacidad de producción estaba en su tope —en torno a tres millones de barriles diarios— y el precio del petróleo seguía elevado por sobre los 100 dólares el barril. Así que nadie preveía una crisis de la magnitud que tuvo que enfrentar meses después.

El sacudón

Una vez asumida la presidencia en 2013 y con ambos programas de viviendas y alimentación activos, el nuevo presidente, Nicolás Maduro, lanzó una campaña que llamó “Sacudón” para transformar el Estado venezolano, pero que se concentró en remover a Rafael Ramírez de la presidencia de PDVSA, el hombre fuerte de la empresa durante los últimos años de Hugo Chávez.

No se conocen pruebas en su contra, pero del alto nivel de vida del ex funcionario y de su círculo cercano se desprendía una corrupción que afectaba a muchos altos cargos de la industria petrolera. La consigna de “limpiar PDVSA” era una demanda constante, especialmente desde el chavismo, y terminó generando una purga interna por su control.

Con Ramírez en el exilio, a la empresa no le fue mejor. Rápidamente fue disminuyendo su producción. En cinco años de Gobierno, Maduro nombró a tres presidentes de PDVSA. De estos, los dos primeros fueron encarcelados y el tercero fue destituido. Con todos ellos, la producción no dejaba de caer.

Mientras tenía lugar la pugna interna y sucesivos presidentes de la empresa patinaban, en EE UU se vivía la explosión del fracking, que desplomó los precios del petróleo desde mediados de 2014 hasta 2016, permitiendo a EE UU bajar a mínimos históricos su dependencia petrolera.

Así que con pobres ganancias, enorme deuda y costosas políticas sociales a cuestas, la empresa se iba debilitando y bajando sus niveles de producción y refinación. En este contexto llegaron las sanciones.

Las sanciones

Si bien la orden ejecutiva de Barack Obama en el que declara a Venezuela un país de “inusual amenaza” data de marzo de 2015, fue en agosto de 2017 cuando se declararon sanciones directas contra representantes del Gobierno. Desde finales de 2017, se impuso un cerco financiero que dificultaba la venta y el cobro de las operaciones petroleras. En 2019, las sanciones se dirigieron directamente hacia la venta de petróleo venezolano.

En ese momento, la producción de la industria petrolera se vio en caída libre. A mediados de 2018 ya llegaba a millón y medio. A comienzos de 2019, rondaba por el millón de barriles diarios y, en el peor momento de 2020, llegó a producir en torno a los 400.000 barriles.

Con el nombramiento de Elliot Abrams en 2019 como representante de la Casa Blanca para asuntos sobre Venezuela, en medio de la aventura de Juan Guaidó y el desconocimiento de 50 países al Gobierno de Maduro, se ejecutó una persecución a cualquier empresa que tuviera relaciones comerciales con PDVSA. Su oficina apuntó a varias empresas y buques petroleros,   y logró que la española Repsol y la rusa Rosneft, entre muchas otras, tuvieran que ceder y dejar de comercializar el petróleo venezolano.

La apertura petrolera

La industria petrolera ha sufrido un desmantelamiento por la falta de inversión en momentos de vacas gordas, un infarto debido al bloqueo y ahora podría sufrir un desmembramiento si la posibilidad de su salvación pasa de manera obligatoria por considerar inversiones extranjeras sin el control establecido por la Constitución, lo que es un leit motiv del chavismo.

Desde los 90 hay empresas extranjeras operando en Venezuela, pero siempre a la sombra de PDVSA. Ahora las condiciones del país son muy desfavorables y es posible que el Estado tenga que ceder mucho más en cuestiones importantes en torno a la soberanía y las leyes.

Constitucionalmente PDVSA no puede ser vendida. La estrategia pasa más bien por privatizar áreas y territorios que no puede explotar. Quizá en muchos pedazos. Un desmembramiento podría impulsar la reactivación de la industria, pero no se sabe qué impacto futuro puede tener. Además, es una medida injustificable para el chavismo, cuyo transe más complejo fue la toma de PDVSA después del paro petrolero de 2002-2003.

Sin embargo, no parece que existan otras opciones, pues el Gobierno no tiene línea de crédito con ninguna instancia de peso.

Hoy, economistas del Gobierno como Jesús Faría concuerdan con las proclamas antichavistas que, desde siempre, exigían apertura y liberalización de la economía, esto es, el fin de los controles con que gobernó Chávez durante más de un decenio. Con la nueva Ley Antibloqueo promulgada a finales de 2020, se prevé que las privatizaciones y medidas neoliberales que, paradójicamente, están permitiendo un respiro económico a todos los niveles y clases sociales, se trasladen a la industria petrolera.

A comienzos del mes de febrero, una nota de Reuters indicaba que “nuevos clientes de PDVSA” estaban impulsando la industria petrolera a comienzos de este año. La producción habría aumentado un 12% en relación a diciembre de 2020.

En febrero, Chevron y otras empresas, según Bloomberg, pidieron al nuevo Gobierno de EE UU la relajación de las sanciones contra Venezuela.

PDVSA se convierte en un laboratorio de los modelos económicos. El modelo estatista que fue tan efectivo durante décadas hoy está en franco declive y un Gobierno que se presume progresista tendrá que aplicar modelos aperturistas. Ya veremos cómo nos va.

Por Ociel Alí López

Sociólogo, analista político y profesor de la Universidad Central de Venezuela

13 feb 2021 06:00

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