Domingo, 28 Febrero 2021 05:15

Lenin aplasta a los marineros de Kronstadt

Marineros de Kronstadt

La de esta legendaria base naval fue la primera y la última rebelión en el seno de la URSS. Sus marineros se alzaron contra los bolcheviques en busca de una república más democrática

 

La pequeña isla de Kotlin, a unos treinta kilómetros de la desembocadura del río Neva, era el escudo marítimo que protegía San Petersburgo desde los tiempos de Pedro el Grande. En Kronstadt, la capital de la isla, se levantó una fortaleza colosal que se iría ampliando hasta configurar una formidable línea defensiva.

En el siglo XIX, Kronstadt pasó a servir de base a la flota rusa del Báltico. Soldados de la guarnición, tripulaciones y obreros con sus familias sumaban cerca de 80.000 almas en vísperas de la Revolución de 1917. Tras la caída del zar, la ciudad hizo suya, como en ningún otro lugar de Rusia, la consigna de Lenin de dar todo el poder a los sóviets.

En Kronstadt, marineros, soldados y trabajadores practicaron una democracia directa a través de pequeñas asambleas (sóviets), sobre las que se construyó la democracia representativa del sóviet de la ciudad.

Todo ello hizo arraigar en el imaginario de sus habitantes la creencia de que la nueva sociedad que surgiera de la revolución adoptaría un modelo similar de autogobierno, plural y radicalmente democrático. Pero no fue exactamente así. Con los bolcheviques en el poder, su régimen se fue alejando del ideal de Kronstadt.

Comunismo de guerra

Después de tres años de contienda mundial y una revolución, Rusia está exangüe y devastada. Lenin y los bolcheviques habían prometido pan, paz y libertad, pero un cruento conflicto civil entre ‘rojos’ y ‘blancos’ han sumido al país en el caos y la misera. El hambre de las ciudades obliga a requisas forzosas en el campo. Y en la poca industria que sobrevive, la disciplina recuerda la brutalidad de otros tiempos. El malestar se traduce en huelgas y revueltas.

A mediados de 1920, cercana la victoria en la guerra civil, se espera que los bolcheviques mejoren las condiciones de vida. La realidad es otra y la agitación se redobla. A inicios de 1921, en Petrogrado, la antigua San Petersburgo y cuna de la revolución, la situación es explosiva.

El detonante es un anuncio funesto. En un país falto de grano por la sequía, la parálisis del transporte, a causa de la escasez de petróleo y las nevadas extremas, obliga al gobierno a reducir la ración de pan. En Petrogrado, en pleno invierno y sin combustible, la perspectiva del hambre echa la población a las calles. El temor a que todo se desborde conduce a las autoridades de Petrogrado a tímidas concesiones, pero para entonces los ecos de lo sucedido han llegado a la vecina Kronstadt.

Kronstadt la Roja

Los marineros de Kronstadt han sido desde el principio el baluarte más firme y leal a la revolución. Pero, acabada la guerra civil, a las deplorables condiciones de vida en la base se añade un hondo malestar político. La marinería rechaza el monopolio del poder de los bolcheviques, la obediencia sumisa a la que han reducido a los sóviets y sus formas autoritarias de gestión.

Las noticias sobre las huelgas de Petrogrado inflaman todavía más los ánimos en la base naval, y el falso rumor de un baño de sangre durante la represión de las protestas empuja a los marineros a reclamar al gobierno reformas de calado. El 28 de febrero, en una asamblea febril, redactan una resolución con quince exigencias. Incluyen elecciones libres a los sóviets, la restitución de libertades civiles, libertad de comercio y la liberación de los presos socialistas y anarquistas.

La sublevación

Moscú no va a atender ninguna de las exigencias. El 1 de marzo, más de 15.000 marineros, soldados y trabajadores abarrotan la plaza del Ancla en Kronstadt. Aguardan expectantes la intervención de Mijaíl Kalinin. Como presidente del Comité Ejecutivo Central Panruso, es el jefe del Estado.

La multitud espera palabras conciliadoras que inviten a negociar con el gobierno. Pero Kalinin la enfurece con acusaciones de chantaje y traición y amenazas que suenan a ultimátum. Un griterío ahoga su arenga hasta que se da por vencido y abandona la tribuna. La asamblea, en cólera, ratifica por abrumadora mayoría las quince exigencias formuladas el día anterior.

Al día siguiente, otro falso rumor, el de un inminente ataque sobre Kronstadt, precipita la creación de un comité revolucionario, que ordena tomar los puntos estratégicos de la ciudad. A medianoche, la base naval está en poder de los marineros. Todos los buques, fuertes y baterías también reconocen su autoridad. Kronstadt se acaba de sublevar.

Los insurrectos envían emisarios al continente para propagar la noticia. Confían en levantar a la población. Contra el parecer de los asesores militares, partidarios de tomar la iniciativa y alentar la sublevación en Petrogrado con una ofensiva sobre la ciudad, los marineros deciden aguardar parapetados en la fortaleza. Desoyen también el consejo de romper el hielo que circunda la isla y la conecta al continente para crear un foso acuático que la proteja de asaltos. Dos errores estratégicos que van a decidir el desenlace.

Que la principal base de la armada soviética esté en manos rebeldes es una baza que cualquier enemigo querría aprovechar. Y si algo le sobran a la Rusia comunista son enemigos. La Polonia del mariscal Pilsudszki, con quien Moscú aún no ha firmado la paz, o la Guardia Blanca, con fuerzas dispersas todavía por el país, podrían reanudar su lucha. Lenin teme un escenario peor: que ambas amenazas confluyan en una intervención extranjera que haga de Kronstadt su ariete y arrastre el país a otra guerra.

La tragedia

Moscú ha decidido liquidar la rebelión por la fuerza, pero antes debe aislar a los sublevados. La propaganda elabora el relato que justifique un ataque contra los hombres que hasta entonces eran el máximo símbolo de la revolución. Aunque no exista relación alguna entre ellos y el exilio antibolchevique que celebra su alzamiento, la campaña los acusa de servir a la Guardia Blanca.

En esos días, todos los ojos están puestos en la inmensa alfombra de hielo que se extiende desde las riberas de Petrogrado hasta Kotlin. A finales de marzo comenzará el deshielo en el golfo de Finlandia. Cuando se produzca, los sublevados dejarán de estar aislados. Podrán recibir por mar todo tipo de refuerzos y emplear los navíos de la flota. Es escaso el margen de tiempo para atacar la fortaleza antes de que sea inexpugnable. Trotski, comisario de Guerra, encarga el plan de ataque a Mijaíl Tujachevski, un joven y prominente general del Ejército Rojo.

Al atardecer del 7 de marzo el plan se pone en marcha. Un intenso bombardeo sobre las defensas de la fortaleza precede al ataque de la infantería, que avanza a campo abierto y sin protección alguna en medio de una tormenta de nieve. Es una empresa suicida. En Kronstadt, 15.000 hombres en armas aguardan el embate tras los gigantescos muros de la ciudad, artillados por más de un centenar de cañones y defendidos por fuertes y baterías. Cuentan, además, con la potencia de fuego de dos modernos acorazados y otros buques de guerra.

Los asaltantes, a pesar de sus uniformes de camuflaje, son un blanco fácil. Al despuntar el día, la artillería de Kronstadt los recibe con un fuego devastador, que siembra con cientos de cadáveres el mar congelado. Otros muchos mueren engullidos por los cráteres que las explosiones abren en el hielo.

La escasez de alimentos y munición comienza a dejarse sentir en el ánimo de los marineros

Precipitación, falta de efectivos y baja moral de combate. El asalto es un completo fracaso, y el estupor por la noticia corre entre el millar de delegados que asisten en el Kremlin a la inauguración del X Congreso del Partido Comunista. La crisis de Kronstadt va a marcar el cambio de rumbo en el país que apruebe el congreso.

A pesar del fracaso, en los días siguientes, la aviación y las baterías de costa castigan la ciudadela. Allí, el bloqueo de la isla está surtiendo efecto. La escasez de alimentos y munición comienza a dejarse sentir en el ánimo de los marineros. Sin embargo, el hielo se funde y el tiempo se agota. Tujachevski tiene nuevo plan. Ha reunido una fuerza de asalto que dobla el contingente anterior. Son tropas de élite y de probada fidelidad revolucionaria.

En la tarde del 16 de marzo comienza un intenso cañoneo sobre Kronstadt que se prolonga hasta entrada la noche. Al amparo de la oscuridad y la niebla, más de 50.000 hombres inician su avance desde diversos flancos. Les guía la luz de los reflectores de Kronstadt que barren el hielo rastreando señales de su ataque.

Cuando lo detectan, la artillería se emplea sin descanso. Diezma las columnas de infantería, pero esta vez no logra detenerlas. Los invasores abren brechas y, después de vencer una resistencia feroz, toman los primeros fuertes. En el interior de la ciudadela la lucha es despiadada. Se combate calle por calle, casa por casa, hasta la mañana del 18 de marzo, cuando se da por sofocada la rebelión.

La sublevación ha acabado en un baño de sangre, con más de 10.000 muertos, en su mayoría soldados del Ejército Rojo. Cerca de la mitad de los rebeldes ha conseguido huir a Finlandia. De los 2.000 prisioneros, trece han sido elegidos como cabecillas y ejecutados. Mientras se combatía en Kronstadt, el X Congreso del Partido Comunista ha inaugurado una nueva etapa en la vida del país. Ha decidido reactivar la economía sustituyendo el comunismo de guerra por medidas en favor de la iniciativa privada y el libre comercio. Comienza la NEP, la Nueva Política Económica.

Memoria selectiva

En marzo de 1936 se estrenaba en Moscú Los marinos de Kronstadt. Fue un éxito rotundo, con más de 23 millones de espectadores solo aquel año. La película narra cómo los marineros de la base naval libraron a Petrogrado de la amenaza de la Guardia Blanca en los peores momentos de la guerra civil. Quince años después de la tragedia de Kronstadt, en pleno estalinismo, el régimen soviético había borrado de su memoria aquel episodio fratricida, pero reivindicaba a los héroes que en su día se ganaron ser “gloria y orgullo de la Revolución”.

Por Alfonso González Quesadaprofesor del Área de Documentación de la UAB.

28/02/2021 07:00

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Lunes, 22 Febrero 2021 06:16

Las GAFAM y el poder del pueblo

Las GAFAM y el poder del pueblo

Aliadas con grandes firmas de Wall Street y el influyente lobby empresarial agrupado en la Cámara de Comercio de Estados Unidos, la poderosa organización sindical AFL-CIO, funcionarios republicanos y demócratas integrantes del establishment institucional en los aparatos ejecutivo, legislativo y judicial tanto a escala federal como en los estados de la unión y organizaciones de la sociedad civil, las corporaciones tecnodigitales del Silicon Valley habrían jugado un papel importante en la derrota de Donald Trump en los comicios del 3 de noviembre pasado.

Lo anterior, según un reportaje publicado por la revista Time titulado "La historia secreta de la campaña en la sombra que salvó las elecciones de 2020", que utiliza expresiones tales como "una conspiración detrás de la escena" y "pacto" o "alianza informal" entre sectores tradicionalmente antagónicos como son las grandes corporaciones y los sindicatos, que entre otras actividades habría influido en las percepciones del electorado y presionó a quienes dirigen la cobertura de los grandes medios de difusión masiva y controlan el flujo de información, incluidos ejecutivos de las plataformas de redes sociales, para que cumplieran sus políticas contra ciertos tipos de comportamientos tóxicos, eliminando contenidos y cuentas que difunden noticias falsas ( fake news). Según la publicación, en noviembre de 2019 (un año antes de los comicios) Mark Zuckerberg, fundador de Facebook, invitó a nueve líderes de derechos civiles a cenar en su casa y allí determinaron aplicar reglas y un cumplimiento más riguroso de los contenidos, situación que se habría repetido con el CEO de Twitter, Jack Dorsey, y otros.

Ello explicaría que las cadenas de televisión más poderosas de EU (ABC, CBS, NBC y MSNBC, enlazadas en sus plataformas de YouTube, Facebook, Twitter y otras redes de Internet) le hayan apagado el micrófono de manera brusca a Trump el 5 de noviembre pasado, aduciendo que estaba acusando fraude sin pruebas. Desde entonces, también, comenzó a discutirse si fue correcta la decisión de los medios hegemónicos de censurar de manera orquestada el mensaje en vivo de Trump cuando la contienda electoral estaba cerrada y todavía lejos de concluir, y si correspondía a medios privados establecer la censura previa y determinar de manera paternalista si un mensaje específico debe llegar a la audiencia.

Según aduce TIME ahora, la "conspiración" tuvo como objetivo reafirmar la democracia estadunidense. Y en sus propias palabras, la democracia fue salvada por "the power of people" (el poder del pueblo). Sin embargo, tras la incursión al Capitolio el pasado 6 de enero, la expulsión de Trump del "paraíso de las plataformas de redes sociales" (Rosa Miriam Elizalde dixit) tiene más que ver con la "práctica discrecional" de los monopolios privados en Internet, que con la democracia y los mensajes de odio racista del antiguo inquilino de la Casa Blanca contra los negros, musulmanes, mexicanos y centroamericanos. En mayo de 2011, a pedido de Israel, Zuckerberg borró las cuentas de medio millón de usuarios que en Facebook defendían la causa palestina.

El veto a las cuentas del magnate neoyorquino por el gobierno paralelo y empresarial del Silicon Valley en alianza con las grandes corporaciones de Wall Street y el Estado profundo (la CIA, la FBI, etcétera), devela una articulada estructura de poder suave ( softpower) dirigida a poner en la Oficina Oval a un funcionario del establishment como Joe Biden.

La tecnología no es neutral; forma parte de las estructuras de poder, riqueza y dominación. Junto con Twitter, las GAFAM (Google, Amazon, Facebook, Apple, Microsoft) son una suerte de cártel del complejo digital-financiero vinculado a la comunidad de inteligencia. Las corporaciones digitales y el poder infocomunicacional concentrado cuentan con un tremendo arsenal de tecnologías en informática y comunicaciones (TIC) y el Big Data a escala global.

Durante años los algoritmos de Facebook y Google (YouTube) han actuado como árbitros de la política estadunidense. Pero las plataformas de las redes sociodigitales no son sólo herramientas comunicativas, sino también un arma del "capitalismo de la vigilancia" (Shoshana Zuboff). En función de sus propios intereses plutocráticos, las redes operan como una prolongación de las industrias culturales tradicionales, uno de cuyos objetivos principales es la producción de una cultura de masas. Es decir, no sólo contribuyen a la construcción de la hegemonía capitalista, sino que cumplen una función de simplificación espiritual y de manufacturación de la ignorancia. Y según plantea José Ernesto Nováez Guerrero, como herramientas del capitalismo, las redes hegemónicas son instrumentos de la derecha ideológica: el carácter de empresa privada capitalista determina el funcionamiento ideológico de los algoritmos, tendiente a neutralizar de diversas formas el pensamiento crítico disidente del actual sistema de dominación.

Las redes digitales forman parte del dispositivo para disciplinar sociedades enteras. Sin olvidar que en sus orígenes en plena guerra fría, la red de redes surgió como un sistema de intercomunicación militar del Departamento de Defensa de EU: Arpanet (1967), antecedente de Internet (1983), y que el encriptado para los teléfonos celulares fue acordado con el conjunto de sus fabricantes en el Pentágono por la Agencia Nacional de Seguridad. Años después Julian Assange diría que Facebook era la máquina de espionaje más terrible del mundo, jamás inventada. Entre otros temas, es lo que no le perdonan sus obsecuentes carceleros.

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El Salvador: odio, asesinatos y... elecciones

En medio de un escenario de tensión política e intolerancia social, el país centroamericano está a pocos días de las elecciones legislativas y municipales. Dos simpatizantes del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional han sido asesinados tras participar en un acto de la formación de izquierda. Mientras las investigaciones siguen su curso, se apunta a un crimen político, nutrido por mensajes de odio que promueven altos funcionarios del país, incluido el presidente Bukele que llegó a afirmar que se había tratado de un autoatentado. ¿Qué está pasando en El Salvador?

El pasado 31 de enero, simpatizantes del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) fueron atacados por tres hombres que dispararon directo al camión en el que se encontraban. Todo ocurrió en el centro de la capital salvadoreña en el marco de la campaña para las elecciones legislativas y municipales del 28 de febrero, en las que el oficialismo aparece liderando las encuestas y podría alcanzar la mayoría absoluta en el Parlamento. Dos personas fallecieron y otras tres fueron lesionadas en el tiroteo. Los veinte militantes del FMLN que se encontraban en el camión regresaban de un evento proselitista del candidato a la alcaldía de San Salvador, cuando el auto con los tres hombres a bordo los interceptó. Uno de ellos abrió fuego. Eran las 6:25 de la tarde de ese domingo.

El ataque contra simpatizantes de izquierda se ha convertido es parte de una escalada de radicalización política que se vive en el país. En las redes sociales se destila tensión, en especial en Twitter, atizada por los mensajes de odio e intolerancia que son generados, principalmente, desde el gobierno. Desde la firma de los Acuerdos de Paz en 1992, El Salvador se vio marcado por la polarización entre el FMLN, partido de izquierda que gobernó el país entre 2009 y 2019, y la derecha dura representada por la Alianza Republicana Nacionalista (Arena). Y es sobre ese escenario dividido y sobre el desencanto generado por ambos partidos tradicionales que cobró relevancia la figura del actual presidente Nayib Bukele. El mandatario de 39 años, que se autodefine como un outsider de la política, consiguió 54 % de los votos en las últimas elecciones, lo que le permitió romper con 30 años de bipartidismo, aunque no con la polarización.

Lo que ocurrió el 31 de enero pasado en El Salvador es la expresión mayúscula de una situación de violencia política que ya había sido advertida por la sociedad civil. Los mensajes de odio calan fuertemente ante una población enajenada por la violencia y se encienden con una mínima chispa. Bukele, sin embargo, tuvo declaraciones altamente desafortunadas solo media hora después del asesinato de los miembros del FMLN. En lugar de condenarlos, insinuó que se había tratado de un autoatentado. «Parece que los partidos moribundos han puesto en marcha su último plan. Qué desesperación por no perder sus privilegios y su corrupción. Pensé que no podían caer más bajo, pero cayeron», decía el presidente desde su cuenta de Twitter. El FMLN no tardó en rechazar la afirmación de Bukele.

La muerte de Gloria Rogel de López y Juan de Dios Tejada, los dos militantes del FMLN, recibió la condena de actores políticos y sociales y de la comunidad internacional. Y el lenguaje de Bukele quedó en el centro de la escena. «Condeno profundamente el ataque de ayer dirigido al meeting de campaña del @FMLNoficial en El Salvador y hago un llamado a una investigación total del crimen. El Estado necesita garantizar a todos los partidos políticos democráticos a que puedan hacer una campaña y baje la intensidad no que añada gasolina al fuego @nayibbukele», escribió Tilly Metz, que forma parte de la bancada de Los Verdes en el Parlamento Europeo. El 10 de febrero, Metz envió una carta a Bukele pidiendo que reduzca la escalada de violencia política que se vive en el país centroamericano. «Sinceramente espero que las próximas elecciones sean justas, pacíficas y transparentes».

La campaña de odio del presidente se ha transformado se ha transformado ya en una política gubernamental. Armando Álvarez, catedrático del departamento de Economía de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA), le recordó a Bukele que «procurar la armonía social, y conservar la paz y tranquilidad interiores» del país es parte de sus atribuciones constitucionales como presidente. Pero eso no ocurrió esa noche. La presidencia de El Salvador no condenó el hecho, sino que continuó fomentando la división entre los salvadoreños.

Radicalización presidencial

El presidente Bukele ha encontrado en Twitter un nicho que seguirá explotando hasta donde la red social se lo permita. Aunque las políticas de esa red social son claras en cuanto a no fomentar el odio, tal parece que eso no aplica para el presidente de El Salvador. Twitter es enfático en cuanto a qué considera como «conductas de incitación al odio». Por ejemplo, «no se permite fomentar la violencia contra otras personas ni atacarlas o amenazarlas directamente por motivo de su raza, origen étnico, origen nacional, pertenencia a una casta, orientación sexual, género, identidad de género, afiliación religiosa, edad, discapacidad o enfermedad grave. Tampoco permitimos la existencia de cuentas cuyo objetivo principal sea incitar la violencia contra otras personas en función de las categorías antes mencionadas», se afirma en las políticas de la red social. Sin embargo, el 1 de febrero de 2020, justo un año antes de este ataque, Bukele tuiteó: «Arena y FMLN no son basura, son peor que eso. Negociaron con la sangre de nuestro pueblo. Mil veces malditos». El mensaje lo compartió cuando se conoció que la Fiscalía General de la República (FGR) había presentado un requerimiento para procesar a algunos funcionarios por negociar con pandillas. Lo que omitió el presidente en ese momento es que algunos funcionarios de su administración cuando fue alcalde de San Salvador (2015-2018) también han sido investigados por reunirse con líderes de la Mara Salvatrucha (MS-13).

Bukele ha tenido buenas relaciones con políticos de otras naciones que también han apelado a los discursos de odio. Entre ellos, por supuesto, se destaca el ex presidente estadounidense Donald Trump. En la historia reciente de El Salvador nadie ha sido tan «florido» para atacar a sus adversarios políticos como Bukele. Omar Serrano, vicerrector de la UCA, afirma que Bukele y Trump se asemejan porque «han hecho del odio su emblema». Y asegura que «tampoco hubo otro mandatario que haya pretendido explícitamente dividir al país como lo ha hecho él».

La disputa por la versión de los hechos

Cada vez que Bukele habla, sus funcionarios —y un ejército de trolls— se convierten en la caja de resonancia de su mensaje. Hasta cuando ocurre un temblor, el presidente se expide. A pesar de que existe un Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales, Bukele considera que es él quien debe informar la escala del sismo. Así sucede con una diversidad de temas. Y sus acólitos no dejan de replicar sus mensajes. Cuando Bukele habló de «autoatentado» algunos funcionarios de su círculo cercano, como el presidente de la Comisión Ejecutiva Portuaria Autónoma (Cepa), Federico Anliker, continuaron alimentando esa versión. La misma noche del atentado escribió en su cuenta de Twitter: «Los mismos de siempre, hoy resulta que después de acabarse al país y llevarnos a la violencia social que ellos mismos la propiciaron y otros incluso son parte de esas mafias, hoy se quieren pintar como blancas palomas. ¡NO JODAN!».

De lo ocurrido el 31 de enero, se sabe que en el camión viajaban mujeres, unos cuantos hombres y ex-combatientes de la guerrilla ya ancianos. Además, se sabe que el automovil les interceptó porque hubo hostigamientos previos, que llevaron a que unas mujeres, simpatizantes del partido de izquierda, respondieran tirando bolsas con agua a los atacantes. También se sabe la identidad de los tres hombres que bajaron del auto azul que interceptó al camión. Se trata de tres empleados del Ministerio de Salud, dos de los cuales se desempeñan en el área de seguridad. El otro trabaja como conductor. Es decir, los tres son empleados del gobierno de Bukele. Testigos manifestaron al periódico El Faro que uno de ellos fue quien disparó.

Cuando se conoció que los atacantes eran empleados públicos, Bukele cambió su discurso: pasó de sostener que se trataba de un autoatentado a afirmar que se había producido un enfrentamiento. Esta tesis fue sostenida también por la Fiscalía General de la República, al conocer que uno de los atacantes también estaba lesionado por una bala. Las víctimas del ataque que resultaron lesionadas afirman, sin embargo, que no portaban armas.

El ataque contra militantes del FMLN ha acentuado una disputa entre la Presidencia y la Policía Nacional Civil (PNC) con el Ministerio Público por quién presenta pruebas irrefutables de lo sucedido. Aun cuando la PNC es un brazo de investigación de la Fiscalía, su posición ha sido la de demostrar que los atacantes reaccionaron a un enfrentamiento con los militantes. Lo que ocurre entre las dos instituciones es grave. Marcela Galeas, abogada penalista, ha sostenido que «lo peligroso en este caso es que la forma en que desde el gobierno, específicamente el presidente y la PNC, se quiso deslegitimar las calidades de las víctimas y justificar las acciones de los hechores por tratarse de empleados del Ministerio de Salud». «Que la Policía cuestione de manera pública la dirección funcional de la Fiscalía, priorizando la protección de los acusados y no de las víctimas, es inaudito». No hay justificación alguna, ni jurídica ni lógica, que lleve a pensar, al evaluar los videos que se han presentado como prueba, que hubo enfrentamiento. Bukele, sin embargo, acusó al Ministerio Público de ocultar videos y él mostró los propios, los que la PNC había obtenido «por su cuenta».

El ambiente se ha convertido en un campo de batalla en el que todos acusan y todos se responden. Ante lo enunciado por Bukele, el fiscal general de la República, Raúl Melara, no tardó en responder. «Al querer desvirtuar las conclusiones de la investigación, lo que hace la Policía Nacional Civil es desacreditarse más y menospreciar el trabajo que sus investigadores han hecho con los fiscales. No entiendo a quién defienden. No tienen el más mínimo respeto por los fallecidos ni por sus familias», escribió Melara en su cuenta de Twitter.

Mientras las investigaciones continúan, el fiscal intentó juntar a todos los representantes de los partidos políticos inscritos en la contienda. Quería un pacto de no violencia, pero no lo logró: el partido del presidente Bukele, Nuevas Ideas, no se presentó. Tampoco lo hizo Cambio Democrático, un partido aliado del presidente. Pero cuando la Embajada de Estados Unidos llamó a una reunión citando a todos los partidos políticos para garantizar la no violencia política, los partidos oficialistas asistieron. El llamado del gobierno estadounidense parece ser, para Bukele, más importante que el llamado de un fiscal de su país.

Las señales de autoritarismo

El oficialismo de Bukele ha intentado sostener una única línea de lo sucedido y todos se han cerrado sobre ella. Para hacerlo ha intentado que los medios difundan su posición. Para un gobierno deseoso de concentrar el poder, la estrategia mediática ha sido clara. Los constantes bloqueos gubernamentales a la información pública, el debilitamiento de la prensa independiente a través de ataques y de campañas de desacreditación, a la vez que el fortalecimiento de los medios estatales que sostienen la posición del gobierno, operan como herramientas claves para Bukele. Defensores de los derechos humanos han sostenido que estas constituyen evidentes señales de autoritarismo por parte del gobierno.

El 9 de febrero de 2020 una imagen recorrió el mundo: la de Bukele rodeado de militares en la Asamblea Legislativa, practicando un intento de autogolpe con amenazas a la oposición. El peso del Ejército y las actitudes autoritarias del presidente son evidentes. Alcanza con revisar el presupuesto general de la nación e identificar dónde está destinada la mayor cantidad de dinero. La respuesta no es difícil: en los militares. Tal como sostiene la defensora de los derechos humanos Celia Medrano en una entrevista concedida al periódico El Faro, Bukele apuesta por la militarización de la política y muestra rasgos «autocráticos y claramente autoritarios».

La oposición es débil y muy poco inteligente. En medio de un clima tenso, Bukele encuentra las palabras para controlar el voto popular. Mientras sus ojos están puestos en las próximas elecciones legislativas y municipales del 28 de febrero, pareciera que no habrá un cambio en el discurso que ha traído desde que inició su mandato en junio de 2019. El vicerrector de la UCA, Omar Serrano, sostiene que la violencia se ha vuelto una constante a partir de la siembra de odio gubernamental. Los resultados están a la vista: ya no se trata solo de polarización política, sino de asesinatos, como se verificó con lo sucedido en la caravana del FMLN. «Lo peor es que los más afectados siempre es la clase pobre, la gente del pueblo, que están en las comunidades, mientras en las cúpulas seguramente van a llegar a arreglos políticos», insiste Serrano. Con la presidencia de Bukele, lo único que quedó atrás fue la hegemonía de los dos partidos tradicionales. Ahora, sin embargo, ha emergido otra cosa: el odio en el discurso político, la responsabilización a terceros por los errores propios. Los hechos lamentables están lejos de haber terminado.

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Lunes, 08 Febrero 2021 06:06

Slavoj Zizek y el coronacapitalismo

Slavoj Zizek. Imagen: Gentileza David Levene Eyevine

Experto en tirar frases contundentes, Zizek sostiene que "el capitalismo global no puede contener esta crisis" y que "en la pandemia las divisiones de clase han explotado". El pensador que construyó su obra mixturando y aggiornando conceptos de marxismo y psicoanálisis lacaniano dice que "exigir hoy una vuelta a la normalidad implica una exclusión psicótica de lo real del virus: seguimos actuando como si las infecciones no se estuvieran produciendo realmente”.

 

Algo huele a podrido en Occidente. El filósofo esloveno Slavoj Zizek practica la audacia intelectual con ese estilo que patentó desde su Liubliana natal: la combinación de marxismo y psicoanálisis lacaniano. “La pandemia ha afectado a la economía. Por un lado ha forzado a las autoridades a acciones que casi apuntan al comunismo: una forma de renta básica universal, sanidad para todos. Pero es solo una cara de la moneda. Paralelamente hay grandes corporaciones amasando riqueza y siendo rescatadas por los Estados. Los contornos del coronacapitalismo emergen y con ellos nuevas formas de lucha de clases (...) Lo que más necesitamos es un nuevo orden económico que nos permita evitar la debilitante elección entre resurgimiento económico y salvar vidas”, advierte Zizek en Pandemia 2. Crónicas de un tiempo perdido, publicado en inglés por OR Books, aún sin fecha de edición en España y América Latina.

Descarada concentración

A los 71 años, el filósofo esloveno --que en 2020 publicó el primer volumen Pandemia. La covid-19 estremece al mundo por Anagrama, en traducción de Damià Alou-- acaba de publicar Como un ladrón en pleno día (Anagrama), donde alerta sobre los cantos de sirena de la agonía del capitalismo. La covid ha hecho más visible al ladrón. “La descarada concentración de la riqueza ya no es secreta. Es repugnantemente visible. En el ultracapitalismo, Gates, Soros y el resto son presentados como el consejo de sabios, una nueva aristocracia”, afirma Zizek en una entrevista reciente con el diario El País de España. “Amazon o Microsoft no ejercen la explotación clásica —yo trabajo y tú te llevas el beneficio extra—, sino que privatizan lo que Marx llamaba el bien común, el espacio compartido donde nos comunicamos, y se benefician de las rentas. El capitalismo cambia hacia uno más feudal y digital, donde un par de megacompañías controlarán todo en complicidad con los aparatos de seguridad de los Estados. Ya no es que te tengan geolocalizado (…), eso no da miedo. Es que saben por dónde vas del libro que estás leyendo, la tele reconoce tu expresión facial para ver si te gusta un programa; en Estados Unidos, China o Israel las conversaciones privadas se graban; en Europa ya es difícil encontrar billetes de 100 euros, al final pagaremos mirando a cámara y sonriendo. Y el Estado lo sabrá todo”.

El polémico filósofo arroja preguntas que van al grano de algunas cuestiones: ¿Qué economía no puede sostener las necesarias medidas sanitarias? “El capitalismo global que pide permanente autoexpansión, obsesionado con tasas de crecimiento y beneficio”, responde Zizek. “Como explica Marinov, ‘el instinto de no herir la economía nos ha traído una economía arruinada y un virus que se ha expandido por todas partes y será muy difícil de erradicar’”. Como en el primer volumen vuelve a la carga con una idea: la crisis que generó la pandemia es una oportunidad para instalar un nuevo sistema social. “Creo que algo como una nueva forma de comunismo deberá emerger si queremos sobrevivir (...) El capitalismo global no puede contener esta crisis porque en su centro el capitalismo es sacrificial, en vez de consumir el beneficio inmediatamente debes reinvertirlo, la satisfacción completa debe ser pospuesta (...) Con la pandemia se nos solicita sacrificar nuestras vidas para que la economía continúe, como la petición de algunos trumpistas de que los mayores de 60 años deberían aceptar la muerte para salvar el modo de vida capitalista (...) ¿Puede el capitalismo sobrevivir a este giro en la vida diaria en la que estamos mucho más expuestos a la muerte? No creo. Mina la lógica de posponer el disfrute que le permite funcionar”, escribe Zizek en Pandemia 2.

La nueva clase trabajadora

Zizek (Liubliana, 21 de marzo de 1949) coincide con lo que anunció el director general de la Organización Mundial de la Salud, Tedros Adhanom Ghebreyesus: “La mayor amenaza a la que nos enfrentamos ahora no es el virus en sí. Más bien, es la falta de liderazgo y solidaridad a nivel mundial y nacional. No podemos derrotar esta pandemia como un mundo dividido (…) El virus prospera con la división, pero se frustra cuando nos unimos”. Para el filósofo esloveno hay que tener en cuenta también las divisiones de clase. “Como escribió Philip Alston en The Guardian: ‘El coronavirus simplemente ha levantado la tapa de la pandemia preexistente de pobreza. La Covid-19 llegó a un mundo donde prosperan la pobreza, la desigualdad extrema y el desprecio por la vida humana, y en el que las políticas legales y económicas están diseñadas para crear y mantener la riqueza para los poderosos, pero no para acabar con la pobreza’. Conclusión: no podemos contener la pandemia viral sin atacar también la pandemia de pobreza”, plantea el autor de Todo lo que usted siempre quiso saber sobre Lacan y nunca se atrevió a preguntarle a Hitchcock, A propósito de Lenin, El títere y el enano, Mis chistes, mi filosofía, La nueva lucha de clases y La vigencia de El manifiesto comunista, entre otros títulos.

“El verdadero problema de la pandemia no es el aislamiento social sino la excesiva dependencia de otros, de lazos sociales. ¿Podemos ser más dependientes que en una cuarentena? La crisis vírica nos ha hecho totalmente conscientes de lo que David Harvey llama la nueva clase trabajadora: cuidadores en todas sus formas, desde las enfermeras a los que nos entregan comidas y paquetes, vacían nuestras basuras. Para los que pudimos confinarnos, estos trabajadores se convirtieron en nuestra principal forma de contacto con otros en su forma corporal”, subraya el filósofo esloveno. “Contra el lema barato de que todos estamos en el mismo barco, en la pandemia las divisiones de clase han explotado (...) Somos bombardeados por celebraciones sentimentales de enfermeras en primera línea de la lucha contra el virus. Pero las enfermeras son solo la parte más visible de una entera clase de cuidadores explotados a los que la pandemia ha visibilizado”, agrega Zizek para dejar en claro las diferencias de clase.

No es la primera vez que Zizek expresa su apoyo a Greta Thunberg, la activista medioambiental sueca de 18 años. “El lazo entre la pandemia y nuestros problemas ecológicos es cada vez más claro. Podemos llegar a controlar la covid pero el calentamiento global exigirá medidas mucho más radicales. Greta Thunberg acertaba al señalar que ‘la crisis climática y ecológica no puede ser resuelta con los sistemas político y económico actuales’”, reconoce el filósofo esloveno. “No estamos ‘destruyendo la naturaleza’, solo cocreando una nueva en la que no habrá sitio para nosotros. ¿No es esta pandemia un ejemplo de nueva y siniestra naturaleza? No nos deberíamos preocupar mucho por la supervivencia de la naturaleza, sobrevivirá, solo que cambiada más allá de nuestro reconocimiento (...) Una nueva ética global es necesaria”.

Rastros del racismo y el sexismo

La corrección política “es una forma de autodisciplinamiento que no permite verdaderamente superar el racismo” para el filósofo esloveno. “Las protestas antirracistas fallan al estar dominadas por la pasión políticamente correcta de borrar los rastros de racismo y sexismo, pasión que se acerca mucho a su opuesta, el control del pensamiento neoconservador (...) ¿Qué quedará si descartamos todos los autores en los que hallemos trazas de racismo y antifeminismo? Todos los grandes filósofos y escritores desaparecerán (...) Descartes es visto ampliamente como el iniciador filosófico de la hegemonía occidental, que es inmanentemente racista y sexista. Pero no debemos olvidar que la posición de Descartes de duda universal es precisamente una experiencia multicultural de cómo la propia tradición no es mejor que las tradiciones que nos parecen excéntricas: para un filósofo cartesiano, las raíces étnicas y la identidad nacional simplemente no son una categoría de verdad (...) No hay feminismo moderno ni antirracismo sin el pensamiento cartesiano. Pese a sus ocasionales lapsus racistas y sexistas, merece ser celebrado”, escribe Zizek en uno de los capítulos de Pandemia 2. Crónicas de un tiempo perdido.

La pandemia se ha convertido en un conflicto de visiones globales sobre la sociedad. “Al inicio, parecía como si cierto tipo de solidaridad básica, con el acento en ayudar a los más amenazados, prevaldría; pero esa solidaridad ha dado paso, como dice John Authers, a ‘una amarga batalla fraccional y cultural en la que principios morales rivales silban como metafísicas granadas –recuerda Zizek-. ¿Somos libertarios que rechazan cualquier cosa que limite nuestras libertades individuales? ¿Utilitaristas prestos a sacrificar miles de vidas por el bienestar económico de la mayoría? ¿Autoritarios que creen que solo el control y la regulación estatal nos pueden salvar? ¿Espiritualistas New Age que creen que la pandemia es un aviso de la naturaleza, un castigo por nuestra explotación de los recursos naturales? ¿Creemos que Dios nos está probando y al final nos ayudará a encontrar una salida? Todas esas ideas se asientan en una visión específica de lo que son los seres humanos. Por eso, para enfrentar la crisis, primero todos debemos convertirnos en filósofos”.

Ese oscuro objeto del deseo

El filósofo esloveno busca materiales para reflexionar en películas o series. En su nuevo libro se refiere a varios títulos de Luis Buñuel que se construyen en torno a la “imposibilidad inexplicable de la realización de un simple deseo. “En La edad de oro, la pareja quiere consumar su amor, pero una y otra vez se lo impide un estúpido accidente; en La vida criminal de Archibaldo de la Cruz, el héroe quiere realizar un simple asesinato, pero todos sus intentos fallan; en El ángel exterminador, después de la conclusión de una fiesta, un grupo de ricos no puede cruzar el umbral para salir de la casa; en El discreto encanto de la burguesía, tres parejas quieren cenar juntas pero complicaciones inesperadas siempre impiden la realización de este simple deseo; y, finalmente, en Ese oscuro objeto del deseo, tenemos la paradoja de una mujer que, a través de una serie de trucos, pospone continuamente el momento final del reencuentro con su antiguo amante… Nuestra reacción a la pandemia de Covid-19 es bastante similar: todos sabemos de alguna manera lo que hay que hacer, pero un extraño destino nos impide hacerlo”, compara Zizek.

Meter el dedo en la llaga es algo que el filósofo esloveno suele hacer con cierta saña metódica. “Con las infecciones por Covid-19 nuevamente en aumento, se están anunciando nuevas medidas restrictivas, pero esta vez acompañadas de la condición implícita (y a veces explícita) de que no habrá retorno al cierre total: la vida pública continuará. Esta condición se hace eco de una protesta espontánea de muchas personas: ‘¡No podemos volver a hacerlo (cierre total)! ¡Queremos recuperar la vida normal! ‘¿Por qué? ¿Fue el confinamiento, para dar la vuelta a la ‘dialéctica en un punto muerto’ de Benjamin, un punto muerto sin dialéctica? Nuestra vida social no se detiene cuando tenemos que obedecer las reglas de aislamiento y cuarentena; en momentos de (lo que puede parecer) quietud, las cosas están cambiando radicalmente. Los rechazos al confinamiento no son un rechazo a la quietud sino al cambio”, analiza Zizek.

Las páginas de cualquier libro son un territorio donde se disputan interpretaciones. “Escucho en las protestas contra el confinamiento una confirmación inesperada de la afirmación de Jacques Lacan de que la normalidad es una versión de la psicosis –precisa Zizek-. Exigir hoy una vuelta a la normalidad implica una exclusión psicótica de lo real del virus: seguimos actuando como si las infecciones no se estuvieran produciendo realmente”.

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La libertad de expresión y su policía digital

¿Qué hacer con una red que prometía democratizar las comunicaciones, descentralizar del poder y mejorar el acceso universal al conocimiento, y que hoy parece capaz de alterar la convivencia social, agrietar la política y distorsionar la economía? Estas y otras preguntas se acumulan en estos tiempos y tomaron una acuciante actualidad tras la decisión de Twitter de suspender de manera permanente la cuenta de Donald Trump.

 

Si un presidente habla pero las vías para ser escuchado por la sociedad impiden su expresión, ¿realmente habla? Esta variable del famoso kōan zen bien puede aplicarse al bloqueo sufrido por el ex-presidente Donald Trump en el tramo último de su mandato por parte de las grandes plataformas digitales Facebook, Google y Twitter, que sumó la prohibición de Apple, Amazon y nuevamente Google de descarga para la app de la red social Parler, un foro de extremistas de derecha, supremacistas y otras tribus que encontraron en Trump un genuino vocero.

Cómo y bajo qué reglas circulan los discursos, quién puede escucharlos y cuáles son los límites de lo decible son cuestiones que remiten a la esencia de una democracia. Si a la circulación de ideas y opiniones se le imponen peajes arbitrarios, sea a través de controles gubernamentales, de corporaciones privadas (tema que no suelen contemplar los indicadores de «calidad democrática») o de sistemas mixtos de vigilancia, la capacidad de acceder y participar de los debates y decisiones públicas se resiente.

Después de capitalizar el frenesí autoritario de Trump y su incontinencia comunicacional, las plataformas digitales bloquearon sus posteos, en un giro respecto de la apacible tolerancia que tuvieron con él cuando llamó a fusilar a quienes protestaban por el asesinato de George Floyd en manos de la policía para recordar que «las vidas negras importan». Entretanto, Trump perdió las elecciones generales, y los republicanos, el control de las dos cámaras del Congreso. El giro de la política de las plataformas es copernicano: si bien hubo casos de intervención de estas en otros procesos políticos –en varios países latinoamericanos como Brasil, Venezuela, Cuba o México–, es la primera vez que la coordinación de los gigantes de internet aísla a un jefe de Estado y a sus millones de seguidores. A menos de un año del juramento de defensa radical de la libertad de expresarse del entonces presidente Trump hecho por Mark Zuckerberg (Facebook) y Jack Dorsey (Twitter), las plataformas profanan una de las utopías del credo liberal.

Las fisuras del ecosistema de información y comunicaciones quedaron al desnudo. Un puñado de empresarios y ejecutivos de Silicon Valley decidieron, de manera unilateral, cancelar la expresión del presidente de Estados Unidos. Con ello abrieron la puerta a una discusión que, si bien animaba a especialistas, hasta ahora no había concitado la atención pública ni tenía lugar en la agenda de líderes mundiales. Este enero las cosas cambiaron. Las palabras de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, sugieren una nueva tendencia: «las interferencias en el derecho de expresión no pueden ser basadas solamente en reglas internas de una empresa» sino que «es necesario un conjunto de reglas y leyes para decisiones de tal efecto», dijo la política democristiana, anteriormente ministra de varias carteras en Alemania.

La interferencia discrecional, opaca e inapelable de contenidos públicos –tal es el caso del discurso de un presidente– y la censura privada de expresiones protegidas por los estándares de libertad de expresión son dos de las múltiples cabezas de una creación que es al mismo tiempo producto de los sueños de la razón y de la evolución científica anabolizada con inversiones estatales y privadas. Del anhelo de arribar a una nueva esfera de democracia directa comparable al Ágora ateniense que profetizó Al Gore en la Asamblea de la Unión Internacional de las Telecomunicaciones en Buenos Aires en 1993, cuando internet se abría al uso civil y comercial tras un cuarto de siglo de funcionalidades militares y científicas, a la plataformización protagonizada por conglomerados globales que mercantilizan los datos de miles de millones de usuarios y generan anomalías según cualquier perspectiva que se adopte sobre defensa de la competencia, media otro cuarto de siglo, y un poco más.

¿Qué hacer con esta red cincuentona que prometía democratizar las comunicaciones, descentralizar los nodos de poderes y controles coercitivos o mejorar el acceso universal al conocimiento, y que hoy es vista por connotados líderes políticos como la Hidra de Lerna, cuyo aliento venenoso es capaz de alterar la convivencia social, agrietar la política y distorsionar la economía?

Para aproximar una respuesta a la pregunta del momento, es necesario reconocer las mutaciones de la libertad de expresión en la etapa actual de expansión global de las plataformas. En primer lugar, es claro que no hay expresión libre si no hay, a la vez, recursos para expresarse. El derecho a la expresión es una abstracción si no contiene el acceso a los recursos imprescindibles para confirmar la expresión en acto. Uno de los mayores expertos en el tema, Owen Fiss, dedicó parte de su obra a enfatizar que la desigualdad en el acceso a recursos materiales que estructura a las sociedades en ricos y pobres tiene su correlato en las condiciones en que unos y otros pueden ejercer su derecho a la expresión.

El derecho a la expresión comprende no solo la posibilidad de emitir ideas y noticias «por cualquier medio de expresión», como dice la Declaración Universal de Derechos Humanos, sino también el acceso a las ideas y noticias de terceros y la facultad de investigar. Si no median políticas que corrijan o compensen las desigualdades estructurales, las probabilidades reales de concretar el derecho a la expresión por parte de los sectores con menores recursos se diluyen.

En segundo lugar, es preciso ponderar el lugar social que hoy ocupan las plataformas digitales, en particular las llamadas «redes sociales». Si durante siglos las industrias culturales fueron las instituciones que producían y distribuían masivamente las ideas y opiniones, y si durante el siglo XX los medios electrónicos, junto a la prensa masiva, operaron como auténticos guardianes de la palabra y del entretenimiento a gran escala, hoy esas funciones migraron hacia las plataformas digitales. Es decir que el lugar social donde ocurre el encuentro entre la noticia opinada y su público, donde las personas conversan acerca de los temas de interés y donde los vendedores y consumidores transan sus productos y servicios, son centralmente –y crecientemente– las plataformas digitales.

Tan constituyente de las conversaciones públicas es el espacio de las plataformas digitales que los líderes políticos, las principales empresas y los referentes sociales son intensivos usuarios de ellas. La interpelación a la ciudadanía por parte de unos, a los consumidores, usuarios y audiencias por parte de otros, quedaría muy resentida si no aprovecharan, con estrategias variopintas, el potencial de las redes que, a diferencia de la lógica de los medios tradicionales, es simultáneamente masivo y personalizado. El alcance global, la ubicuidad y el volumen de las plataformas, junto con su extremo nivel de concentración en unas pocas corporaciones, las ubican como epicentro de las comunicaciones contemporáneas.

Retomando entonces a Fiss, hoy las plataformas son recursos imperiosos para ejercer el derecho a la expresión, para lo cual es preciso acceder a una buena conexión de internet, además de tener las capacidades, los dispositivos y el tiempo indispensables para ejercitar ese derecho como si fuera un músculo. Si las reglas de las plataformas, espacio privilegiado donde ocurren las interacciones comunicativas, informativas y comerciales, son opacas, discrecionales o herméticas; si no respetan el debido proceso que define un procedimiento respetuoso de los principios de derechos humanos, entonces el problema del ejercicio de la expresión se agrava. Por el contrario, si los criterios –es decir, la regulación– de las redes digitales fuesen democráticos, accesibles y justos, si contemplaran mecanismos de apelación y auditoría, disminuiría la desigualdad en la aspiración a que el derecho a la expresión se garantice.

«Si no te gusta Facebook, abre un blog» es una cándida respuesta a quienes observan el poderío de las grandes compañías de internet. Pero ¿hay alternativa a las plataformas dominantes en los intercambios digitales? En las circunstancias actuales, la respuesta es negativa. En efecto, las principales redes operan como barreras de entrada casi imposibles de sortear, siendo además, según la Autoridad de la Competencia y Mercados del Reino Unido, un obstáculo para la innovación y un peso para usuarios y consumidores.

Las plataformas concentran mercados masivos de usuarios (Facebook, que cumplió 17 años, supera los 2.400 millones) que ceden gratuitamente sus datos (contactos, rutinas, localización y preferencias). Pero gracias a los efectos de red de la economía digital y a su escala alcanzada, las plataformas son simultáneamente un peaje obligado para que productores de contenidos (sean industriales, como los medios de comunicación o el cine; o artesanales, como los creadores de música, literatura y obras audiovisuales) y anunciantes se encuentren entre sí y con sus audiencias. 

Esa posición es fruto del talento, sí, y también de la oportunidad de haber llegado a tiempo, de las fusiones y compras de compañías innovadoras emergentes que podrían representar una competencia, y de una regulación sumamente permisiva con la monopolización lubricada por el mayor lobby registrado en los últimos años. Los abusos de posición dominante en este cuello de botella están documentados por autoridades de la competencia en Europa y América del Norte y son el meollo de denuncias presentadas por fiscales de casi 50 estados en Estados Unidos contra Google y Facebook. Por eso, a menos que cambien las circunstancias (por ejemplo, que empiecen a aplicarse las normas antimonopolio), cualquier competencia emergente que amenace el poder de las plataformas tiene muy pocas posibilidades de prosperar sin ser fagocitada por las big tech, ya sea a través de compras (WhatsApp) o del desarrollo de funcionalidades que imiten las del competidor emergente (Snapchat).

Puesto que canalizan la comunicación pública y las interacciones privadas, y que no tienen competencia en la «economía de la atención», las reglas discrecionales que imponen las plataformas respecto de lo que puede o no decirse en ellas afectan el derecho a la libertad de expresión. La edición de sus algoritmos –cambiantes, opacos, desproporcionados e inauditables– define la suerte o la desgracia de empresas, organizaciones y personas que dependen del contacto con usuarios o consumidores y de un día para el otro, sin aviso previo, ven que el vínculo que habían creado se les va de las manos como arena seca con un simple cambio de programación decidido en Silicon Valley.

Las plataformas no son solo la vitrina de exhibición de comentarios generados por sus usuarios, sino también editoras que promueven una mayor exposición de estos jerarquizando su ubicación, destacando su acceso o, como contracara, limitándolo hasta removerlo. También han alentado la difusión de contenidos radicales para promover la permanencia de los usuarios en burbujas que funcionan como un feedlot de polarización, como mostró <span class="s2">.

Lo que han hecho con los mensajes de Trump y, en el extremo, con el bloqueo de sus cuentas, o la censura a la fotografía de valor histórico de «la niña del napalm», se repite a diario con posteos censurados sin que sus autores sepan el motivo ni puedan apelar la decisión unilateral de las big tech. En algunos casos, los contenidos removidos son reclamos sobre violaciones a derechos humanos, en otros, campañas de bien público (como la vacunación) u opiniones perfectamente legales.

Las plataformas ya no son intermediarias asépticas, sino editoras del debate social con un alcance que supera al de los medios de comunicación tradicionales. Básicamente, porque estos no conocen a su público con el nivel de precisión que sí tienen las plataformas que, además, monopolizan la explotación comercial de sus datos y condicionan desde los precios de la economía hasta la agenda de discusión política. Incluso desde el punto de vista legal (que no es el que ensaya este artículo) los medios cargan con un peso mayor que el de las plataformas digitales en cuanto a la responsabilidad ulterior por sus decisiones editoriales.

El poder que han concentrado las big tech llama la atención del estamento político en todos los países de Europa, con prescindencia de si se trata de una líder de centroderecha como Angela Merkel, un socialdemócrata como Pedro Sánchez o un conservador como Boris Johnson. La retórica libremercadista que fomentó la plataformización corporativa de internet no solo engendró monopolios que contradicen cualquier noción de competencia económica, sino que además afecta derechos (como la libertad de expresión) inalienables de la vida democrática. La guía propuesta por la Comisión Europea en diciembre pasado para que las plataformas aclaren públicamente los criterios de priorización de sus algoritmos pretende alinear ambas cuestiones (democracia y no distorsión de mercados) en una misma dirección.

La autoatribución de la facultad de cancelar de facto y sin derecho a defensa a un presidente legítimo, sin que medie una orden judicial o un pronunciamiento de otros poderes democráticos como el Congreso o agencias regulatorias creadas por este, es una representación cabal del rol de policía que esta vez descargaron contra un Trump derrotado en las elecciones, pero en esta acción anida una discrecionalidad, una opacidad, una ausencia de mecanismos elementales de apelación, de rendición de cuentas y de representación social que socava las formas elementales del Estado de derecho.

Varias razones habilitan a cuestionar el bloqueo dispuesto por las plataformas contra Trump: primero, porque cercenaron la palabra del representante de una corriente de opinión; segundo, porque obstruyeron el acceso de la sociedad a la expresión de un presidente legítimo; tercero, porque las plataformas se autoasignaron el rol de controladoras del discurso público y, con este antecedente, les resultará complejo desentenderse de las consecuencias políticas y legales correspondientes, incluida la evidente función editorial de la que tanto han renegado hasta ahora; cuarto, porque se arrogaron de facto facultades que corresponden a poderes públicos en una democracia, es decir que si Trump efectivamente era una amenaza a la convivencia y su incitación a la violencia fue dañina, entonces correspondía que los poderes instituidos y legitimados (poderes Judicial y Legislativo) adoptasen las medidas pertinentes, incluyendo el recorte de los espacios de difusión del primer mandatario; quinto, porque al presentarse como una suerte de atajo ejecutivo y veloz para decisiones que deberían tramitarse por las vías institucionales de una democracia, las plataformas se ofrecen como un sustituto posible para cuestiones que son muy ajenas a su competencia, al tiempo que sustraen de la esfera pública otras que no solo le son propias, sino que le son constitutivas.

Como reflexionan Andrés Piazza y Javier Pallero en Cenital, la cuestión central hoy es quién modera a los moderadores de contenidos, quién regula a los reguladores del discurso y quién los controla. Las restricciones al derecho a la libertad de expresión no pueden ser fruto de la evaluación impulsiva de corporaciones dueñas de las plataformas que alteran su algoritmo al calor de intereses particulares o de presiones externas para disminuir las operaciones de desinformación, la difusión de mensajes de odio o el alcance de las llamadas fake news.

Si un árbol cae en un bosque y nadie está cerca para oírlo, el sonido queda anulado. Si la conversación pública es escamoteada por las plataformas como policía privada de los discursos públicos, la libertad de expresión resulta ultrajada.

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Ola de violencia callejera en Holanda contra el toque de queda

El primer ministro en funciones, Mark Rutte, tildó ayer de “violencia criminal” los disturbios que convirtieron Holanda en escenario de una batalla campal entre policías y jóvenes amotinados contra el toque de queda entre las 21 h y las 4.30 h, la primera restricción a la movilidad que se aplica contra la pandemia desde marzo y que llega a unas semanas de las elecciones legislativas.

La Policía neerlandesa detuvo al menos a 151 personas durante choques entre los agentes y grupos de jóvenes, en la que es ya la tercera noche consecutiva de disturbios en Países Bajos.

Aunque el toque de queda en la práctica no afecta a la rutina social de un país donde se cena temprano y en el que toda la actividad no esencial está cerrada, Rutte no se había atrevido hasta ahora a restringir la movilidad y apostó siempre por apelar al “característico” sentido de la responsabilidad y la “madurez social” de los ciudadanos.

Pero ayer el país amaneció con calles llenas de cristales rotos, comercios saqueados y un hospital apedreado por los manifestantes, que incendiaron un centro de pruebas PCR, quemaron coches y contenedores, lanzaron piedras y fuegos artificiales a los agentes, destrozaron bicicletas, e interrumpieron el tráfico. La policía reaccionó con todos sus medios para dispersar las protestas y utilizó cañones de agua, caballos, perros, gases lacrimógenos y porras.

Los disturbios fueron obra de grupos integrados por algunos cientos de jóvenes que se repartieron a lo largo y ancho del
país, convocando protestas a través de las redes sociales contra el toque de queda, vigente desde el sábado.

Al menos una decena de municipios se vieron afectados por la ola de violencia, en particular Eindhoven, Ámsterdam y La Haya. Se espera que la cifra de detenciones sea aún mayor porque los choques en Bolduque (Den Bosch) y Róterdam fueron especialmente violentos. También hubo movimiento en otros puntos del país, como en Haarlem, Geleen, Helmond, Zwolle, Almelo, Breda y Tilburgo, pero la policía logró controlar la situación de forma más rápida.

El director del sindicato de la policía, Koen Simmers, teme que lo ocurrido solo sea un presagio de lo que vendrá si continúan en vigor las restricciones vigentes desde mediados de diciembre y cree que el malestar social podrá durar “días o semanas”. No se había visto una violencia similar en Holanda desde los enfrentamientos entre la policía y los okupas en los años ochenta. “En Eindhoven, la situación se fue tanto de las manos que los alborotadores han atacado con cuchillos”, añadió Simmers.

Los alcaldes y los diputados han subrayado su preocupación por la nueva noche de disturbios, la tercera desde que entró en vigor el toque de queda el sábado. El alcalde de la ciudad de Eindhoven, John Jorritsma, llamó “la peor escoria del mundo” a los alborotadores, y alertó de que, si la sociedad no está “unida contra esto (la pandemia), estaremos de camino a una guerra civil”. Al menos 55 personas fueron detenidas al final de la noche.

El alcalde de Tilburgo, Theo Weterings, condenó por “reprobable” e “inaudito” el comportamiento de los jóvenes que se dieron cita en el municipio, y subrayó que las tiendas afectadas “pertenecen a empresarios que ya lo están pasando mal” por el confinamiento. La policía detuvo a 19 personas en esta ciudad.

“Ladrones sin vergüenza, no puedo decir otra cosa. Tuvimos que amenazar con el uso de gas lacrimógeno, una medida de gran alcance, me parece triste porque nunca he tenido que hacer algo así en toda mi carrera”, respondió el alcalde de Róterdam, Ahmed Aboutaleb. 

El edil de Bolduque, Jack Mikkers lamentó también lo ocurrido. “Es inaudito lo que ha sucedido esta noche. Esta gente no se da cuenta para nada del miedo, la preocupación, el daño y la vergüenza que producen a los vecinos de la ciudad. Un montón de malhechores lo arruinan todo para muchas otras personas. Somos muchos los que no entendemos nada de este comportamiento”, dijo.

El líder de la izquierda verde, Jesse Klaver, señaló a la ultraderecha por haber “incitado a la violencia” con una declaración de una facción del Partido de la Libertad contra el toque de queda, algo que el populista Geert Wilders señaló como “¡inaceptable, antidemocrático y francamente peligroso!”

Agencias

La Haya

26/01/2021 01:27Actualizado a 26/01/2021 09:01

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Domingo, 24 Enero 2021 05:53

"Somos más débiles que los algoritmos"

&quot;Somos más débiles que los algoritmos&quot;

Entrevista a Cédric Durand, autor de "Tecno-Feudalismo, crítica de la economía digital"

Vivimos en un feudalismo propio a los tiempos modernos, muy alejado de la libertad y la equidad prometida por las nuevas tecnologías, postula este economista, profesor de La Sorbona.

 

Todos las esperaban y las anticipaban como un Mesías restaurador y al final apareció un monstruo. En realidad, vivimos en un feudalismo propio a los tiempos modernos, muy alejado de la libertad y la equidad prometida por las nuevas tecnologías. Bajo el manto de una retórica de progreso e innovación se esconde el más puro y antiguo látigo de la dominación. Las nuevas tecnologías son todo lo contrario de lo que prometen. Esa es la tesis de un brillante ensayo publicado por el investigador Cédric Durand: "Tecno-Feudalismo, crítica de la economía digital" (Technoféodalisme: Critique de l'économie numérique). Durand demuestra cómo, en contra de lo que circula en los medios, con las nuevas tecnologías, en vez de civilizarse, el capitalismo se renovó hacia atrás. Se instaló en el medioevo con los útiles de la modernidad. No dio ni nos hizo dar un salto hacia el futuro, sino que se replegó hacia atrás y, con ello, resucitó las formas más crueles de la dominación y el sometimiento. El mito de la Silicon Valey se derrite ante nosotros: acumulación escandalosa de ganancias, tecno dictadores, desigualdades sociales indecorosas, desempleo crónico, millones de pobres suplementarios y un puñado de tecno oligarcas que han acumulado fortunas jamás igualadas. La tan cantada “nueva economía” dio lugar una economía de la dominación y la desigualdad. La tesis del libro de Cédric Duran es un viaje al revés, una desconstrucción de los mitos tecnológicos: la digitalización del mundo no ha conducido al progreso humano sino a una gigantesca regresión en todos los ámbitos: restauración de los monopolios, dependencia, manipulación política, privilegios y una tarea de depredación global son la identidad verdadera de la nueva economía.

Economista, profesor en La Sorbona,  Durand es un especialista de la organización de la economía mundial y de la dinámica del capitalismo: empresas multinacionales, deslocalizaciones, globalización, cadenas mundiales de producción. Con este ensayo su análisis irrumpe en el terreno de un mito tecnológico que nos consume y adiestra cada día . Como lo demuestra en esta entrevista realizada en París, al mito de la nueva economía le quedan pocas alas para seguir volando. Su verdadero rostro está aquí.

---Envuelta en mitos, manipulaciones, egoísmos y sueños de progreso humano ¿cuáles son los verdaderos resortes de la economía digital ?

---Tiene varias dimensiones. Primero hubo lo que se llamó “la nueva economía digital” cuya idea general consistía en que se aplicarían nuevas reglas al funcionamiento de la economía gracias al empuje de las tecnologías de la información y la comunicación. A partir de 1990 esta idea acompañó la renovación del neoliberalismo: innovación, emprendimiento, protección de la propiedad intelectual fueron las ideas portadoras. Se decía que gracias a las tecnologías de la información y de la comunicación como a toda la esfera digital habría un montón de costos que se anularían y que de allí surgiría una nueva era de prosperidad. Fue todo lo contrario.

---En realidad, ha sido un cuento que congeló la prosperidad colectiva.

---Reconozco, desde luego, que con la aparición de los soportes digitales hubo algo nuevo que brotó, pero, sobre todo, lo que intento demostrar es que, contrariamente a lo que se anunció, no vimos un horizonte radiante del capitalismo sino todo lo contrario, es decir, una degradación del capitalismo. La economía política digital consiste en admitir al mismo tiempo el salto tecnológico como los cambios institucionales que lo acompañaron, que se resume principalmente en uno: el endurecimiento del neoliberalismo. El resultado de todo esto es que no hemos asistido a una nueva prosperidad del capitalismo ardiente, sino a todo lo contrario, o sea, a un capitalismo en vías de regresión. 

---Otra de las perversiones escondidas de esa nueva economía es el acrecentamiento de las injusticias en las relaciones sociales y, por consiguiente, un cambio de perspectiva de esas relaciones. Usted ha definido ambas tendencias como la instauración de un “tecnofeudalismo”, de una economía digital feudal.

---Si, efectivamente. En mi libro demuestro que lo que está en juego dentro de la economía digital es una reconfiguración de las relaciones sociales. Esta reconfiguración se manifiesta a través del resurgimiento de la figura de la dependencia, que era una figura central en el mundo feudal. La idea de la dependencia remite al principio según la cual existe una forma de adhesión de los seres humanos a un recurso. En el seno del mercado hubo una monopolización, por parte del capitalismo, de los medios de producción, pero estos medios han sido plurales. Los trabajadores debían encontrar trabajo y, en cierta forma, podían elegir el puesto de trabajo. Existía una forma de circulación que daba lugar a la competencia. En esta economía digital, en este tecno-feudalismo, los individuos y también las empresas adhieren a las plataformas digitales que centralizan una serie de elementos que les son indispensables para existir económicamente en la sociedad contemporánea. Se trata del Big Data, de las bases de datos, de los algoritmos que permiten tratarlas. Aquí nos encontramos ante un proceso que se autorefuerza: cuando más participamos en la vida de esas plataformas, cuando más servicios indispensables ofrecen, más se acentúa la dependencia. Esta situación es muy importante porque mata la idea de competición. Esta dominación ata a los individuos a este trasplante digital. Este tipo de relación de dependencia tiene una consecuencia: la estrategia de las plataformas que controlan esos territorios digitales es una estrategia de desarrollo económico por medio de la depredación, por medio de la conquista. Se trata de conquistar más datos y espacios digitales. Y adquirir más y más espacios digitales significa acceder a nuevas fuentes de datos. Entramos aquí en una suerte de competición donde, a diferencia de antes, no se busca producir con más eficacia, sino que se trata de conquistar mas espacios. Este tipo de conquista es similar al feudalismo, es decir, la competición entre Lores, la cual no se manifestaba por la mejoría de las condiciones sino en una lucha por la conquista. Ambos elementos, o sea, la dependencia y la conquista de territorios, nos acercan a la lógica del feudalismo.

---Es una lógica reactualizada a través de soportes ultra modernos: algoritmos y depredación feudal.

---Efectivamente. El punto decisivo de la economía digital radica en que esta evoluciona a ritmo lento. Al revés de la lógica productiva propia al capitalismo, donde los capitalistas estaban obligados a invertir para hacerle frente a la competencia, aquí, en la economía digital, paradójicamente, al apoyarse en la lógica de la depredación, se lleva a cabo una suerte de innovación muy orientada hacia la conquista de datos y no hacia la producción efectiva. El estancamiento que caracteriza al capitalismo contemporáneo, o sea, desempleo endémico, retroceso del crecimiento, malos salarios, en suma, todas estas fallas económicas están asociadas a un comportamiento dentro del cual la depredación se superpone a la producción.

---Usted se burla de esa idea promovida en los medios según la cual la economía digital es la expresión más acabada de una economía civilizada. Muy por ele contrario, es un brutal paso atrás.

---Asistimos a una regresión, a un retroceso socioeconómico. En vez de pasar a una forma más civilizada, más elaborada, más apropiada a la felicidad humana, los soportes digitales nos conducen a volver a formas arcaicas que creíamos superadas con la modernidad.

---Usted, en su obra, señala el reemplazo que se produjo para que este arcaísmo lo domine todo: esta economía digital reemplazó al consenso de Washington por lo que usted llama el consenso de la Silicon Valey. Sin embardo, ese reemplazo no cambio nada porque funciona según las mismas exigencias: reformas, precarización del trabajo, el mercado, la financiarización de la economía. ¡Como antes !

---El consenso de la Silicon Valey le agrega al consenso de Washington una capa suplementaria. La gran racionalidad del consenso de Washington consistió en decir que la planificación no funcionaba más porque la Unión Soviética fracasó. Por consiguiente, lo que hace falta es liberar los mercados. El consenso de la Silicon Valey se empieza a elaborar en los años 90 y se cristaliza en los años 2000 cuando el neoliberalismo estaba en dificultad. La década de los 90 fue una década de crisis financiera. Se dijo entonces que afirmar que el mercado funcionaba espontáneamente no era suficiente. La capa que agrega el consenso de la Silicon Valey consiste en enunciar que hace falta alentar a los innovadores, que hace falta respaldar a los emprendedores. Y para llevar a cabo eso es preciso dejar que los mercados funcionan con más libertad y, al mismo tiempo, proteger los intereses de los innovadores y de los creadores de empresas. Inmediatamente se adoptaron medidas muy duras para proteger las ganancias del capital, siempre con esa lógica: proteger e incitar para favorecer la innovación.

---Todo esto se plasmó con una salsa de ideas oriundas de los años 70 y mezcladas luego con mucho oportunismo para desembocar en lo que usted define como un mundo del cual no podemos escapar.

---Hubo, para empezar, una reapropiación de la ideología californiana, una ideología pro técnica y pro individual. Esa ideología de California facilitó la retórica que luego respaldará los lineamientos del consenso de la Silicon Valey. Y en lo que concierne a este mundo que nos encierra, bueno, es el mundo donde impera el Big Data, el cual termina por conocernos mejor que nosotros mismos. La lógica de la vigilancia acaba por trascender a los individuos y en ella hay como un camino sin salida. No podemos escaparnos de ese mundo porque, individualmente, somos más débiles que los algoritmos. Estamos dominados y guiados por ellos. No hay una solución individual para la protección de los individuos ante los soportes digitales. Por el contrario, hay que reflexionar en la manera en la que, colectivamente, podemos emanciparnos de ellos preservando espacios de la existencia que no estén totalmente dominados por este sistema. Es una discusión política y no tecnológica.

---Todo es exactamente al revés en este universo digital. Lo moderno se viste de feudal, hasta la aparente horizontalidad se torna en un abismo vertical donde reina la desigualdad y la injusticia social y la tan promovida iniciativa personal se convierte en un monopolio espantoso.

---Lo que observamos es que estamos en un momento de re-monopolización. Finalmente, el soporte digital debía reducir los costos y, por consiguiente, facilitar la competición, pero ocurrió lo contrario. Se vino un movimiento de monopolización muy poderoso. Las plataformas lo controlan todo y cuando algo está fuera de su control compran a las empresas que compiten con ellas. Monopolizan todo. Este fenómeno de concentración conduce a que las estructuras económicas se endurezcan, sean más rígidas en vez de airearlas como lo proponía la promesa inicial. Esto acarrea consecuencias muy importantes en el campo de las desigualdades económicas. Las grandes ciudadelas digitales son capaces de concentrar volúmenes de ganancias considerables. Esas ganancias son redistribuidas primero entre los accionistas y, luego, en una capa de empleados. Lo que vemos en esta economía digital modelada por el neoliberalismo es un acrecentamiento de las desigualdades. Lejos de ser un mundo de oportunidades es un mundo donde, finalmente, las polarizaciones se acentuaron.

---El robo de datos, el espionaje, y el posterior tratamiento por los algoritmos es algo ya bien probado. Usted le agrega una idea a esa expoliación planetaria: al extraer nuestros datos están capturando nuestra potencia social.

---Se tiende a pensar que lo que hacen las empresas es tomar nuestros datos personales, individualmente. Sin embargo, nuestros datos personales, como tales, aislados, carecen de valor y de utilidad. En cambio, esos datos son útiles y se convierten en una fuerza cuando están comparados con los datos de los demás. En esa comparación, en ese cruce de datos, aparecen rasgos que hacen de nosotros seres humanos en sociedad. Como individuos estamos gobernados por reglas similares. Al final, lo que hace el Big Data es revelar esa potencia social. Esa potencia nos es inaccesible individualmente, pero se torna visible cuando se puede observar y comparar el conjunto de los comportamientos de los individuos. El Big Data revela otra cosa que va más allá de lo que cada uno de nosotros es capaz de ver, y que nos es restituida bajo la forma de perfiles mediante los cuales se modifican los comportamientos. Google o Netflix podrán así guiarnos según nuestras tendencias. Pero al hacer eso lo que están haciendo es reenviarnos algo que aprendieron del conjunto de la comunidad. Precisamente, esa capacidad para remitir, reenviarnos, las informaciones de la comunidad de los individuos es la que se encuentra en la base del principio de dependencia que evoqué hace un momento.

---Estamos en el corazón de lo que usted conceptualizó como “la renta de lo intangible”.

---La renta de lo intangible significa que si somos capaces de controlar esos elementos también podremos obtener beneficios económicos, independientemente del esfuerzo productivo que se haya realizado. Es la definición misma de la renta, o sea, obtener ganancias sin esfuerzos productivos. Los intangibles son los activos como las bases de datos, las marcas, los métodos de organización, o sea, todo lo que se puede repetir al infinito sin costos. Lo tangible, por ejemplo, son las herramientas, las máquinas, etc. Las producciones de hoy son una mezcla de tangible e intangible. Sin embargo, si separamos a los propietarios de lo tangible de los propietarios de lo intangible, vemos enseguida que, cuando más aumenta la producción, las ganancias de lo intangible estarán siempre más desconectadas de lo tangible. Los propietarios de lo intangible hacen un esfuerzo inicial, pero, luego, sus ganancias aumentan de forma independiente y sin esfuerzo adicional. Al contrario, los propietarios de lo tangible deberán seguir haciendo esfuerzos. En la economía digital, la acumulación de las ganancias favorece a los intangibles.

---Ahora bien, aún persisten campos extensos de lo tangible, por ello estamos, como usted lo escribe, en un viaje hacia un feudalismo de los tiempos modernos.

--Poco a poco vamos cada vez más hacia ese feudalismo. No es aún una forma completa, todavía hay sectores y espacios sociales que escapan a esa lógica, pero la lógica del tecno feudalismo tiene un ascendente continuo sobre nuestras vidas. Curiosamente, lo que intento decir, y esto es paradójico, es que hay como una victoria paradójica de Marx. El marxismo apostó por que el desarrollo de las fuerzas productivas, el proceso de modernización, iban a conducir a una socialización muy importante. Siempre nos íbamos a respaldar los unos a los otros. Y con la historia digital ocurre algo así. Los espacios digitales nos conectan los unos a los otros y nos vuelven dependientes de los demás a un grado jamás alcanzado. La densidad de los lazos de los individuos con la comunidad es muy fuerte. Pero esto no se plasma de la forma optimista en que Marx y el marxismo lo pensaron. Se ha impuesto la figura del aplastamiento. Finalmente, hay un número de individuos muy limitado capaces de conducir y controlar ese proceso de sociabilización para mantener su posición dominante. La figura del aplastamiento y de la centralización a través de los espacios digitales nos conduce al lado opuesto de toda perspectiva de emancipación. Hay algo muy amenazador en todo esto. No hay que subestimarlo. Es una batalla que se inicia. Les corresponde a las fuerzas emancipadoras imaginar forma de sociabilización distintas.

--¿Pero como llegar a eso si estamos, también, en la paradoja de la obediencia ?

---Lo que no cierra es la idea de que existe una solución individual frente a este movimiento. Ahora bien, la gente no es inocente. Hay una preocupación que se torna cada vez más visible. El desafío consiste en encontrar soluciones que pasen por la intervención política que sometan el funcionamiento de esas plataformas a la lógica de los servicios públicos. Hay que ir hacia eso. Las plataformas desempeñan hoy un papel político enorme. No obstante, aún persiste un principio de autonomía política.

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Sábado, 23 Enero 2021 06:45

La jaula 5.0

La jaula 5.0

Fue Max Weber en La ética del protestantismo y el espíritu del capitalismo (1905) quien señaló el dilema central que acabaría arrojando la racionalización de las sociedades industriales sobre las condiciones de vida. Tal y como sucedió, el cálculo (o la opción) racional convertiría al trabajador en un engranaje más de una maquinaria burocrática cuya única perspectiva de transformación sería pensar en un engranaje mayor y más complejo. Tiempo después, Talcott Parsons tradujo la noción que veía al ser humano siendo reducido a una pieza de los mecanismos de una maquinaria burocrática como una "jaula de hierro". Desde entonces, la metáfora quedó adscrita, no sin buenas razones, al puño de Weber.

Un siglo después, ya en el XXI, la tecnocracia habría de sustituir a la burocracia –dos formas de control y dominación radicalmente distintas– y el principio de la "jaula de hierro" se transformaría en una nueva maquinaria sin afuera ni límites predecibles. Por ahora la llamaremos la jaula 5.0.

La digitalización del mundo, si así se puede definir a la tendencia (ya irreversible) de la cibernetización de todas y cada una de las relaciones humanas –des-de la producción y el comercio hasta el aprendizaje y la sexualidad– ha traído consigo un proceso doble: ahora la antigua maquinaria de control burocrático ha devenido un auténtico organismo (casi como si fuera un ser vivo) de control tecnocrático y sus engranajes ya no son sólo los trabajadores, sino todos y cada uno de quienes se insertan en las redes. Los engranajes han sido sustituidos por los chips. Internet ha dejado de ser un medio para tener el mundo a la mano; ahora somos nosotros el medio a través del cual el organismo-red se expande.

Hace algunas semanas, un alto funcionario de América Móvil recaudó más de 50 opiniones de expertos para esbozar cómo se vería la sociedad después de la estampida a las redes provocada por el confinamiento y la reclusión inducidas por la pandemia del Covid-19. Dividió ese desolador paisaje en 20 aspectos. Enumero los más perturbadores.

  1. La situación actual, que es vista como un paréntesis de excepción pandémico, ya contiene los elementos esenciales de lo que será la "nueva normalidad". En otras palabras, la "nueva normalidad" se asemeja mucho a lo que estamos viviendo en estos momentos.
  1. El trabajo a distancia se impondrá cada vez más. Las formas híbridas de trabajo ( online y presencial) se reducirán drásticamente y, en muchos casos, desaparecerán por completo. El trabajo a distancia permite un control absoluto de los operadores (nuevo término que recibirán los trabajadores) y descarta las formas de solidaridad y resistencia entre ellos. Además aumenta exponencialmente los márgenes de utilidad y la eficacia productiva (léase: los niveles de explotación de las capacidades productivas de la gente).
  1. Los grandes edificios y corporaciones de oficinas que hoy significan a la prosperidad de una ciudad, quedarán reducidos a monumentos de la era burocrática industrial. Algunos serán preservados como atractivos turísticos. Toda esa labor será ya invisible, disipada y fragmentada en el subsuelo de las conexiones digitales.
  1. Los viajes y congresos de trabajo desaparecerán por completo. Las plataformas digitales producirán espacios virtuales y holográmicos para dar el efecto de presencias no virtuales. Y con ello, se hundirá toda la economía de la movilidad por razones de trabajo: rutas aéreas, hoteles, restaurantes, sitios de entretenimiento, etcétera.
  1. Las casas se adaptarán al trabajo diario. Se abrirá una nueva época en el diseño, construcción y adecuación de interiores. Éstas serán los engranajes centrales de la jaula 5.0. La vida en sociedad –llámese oficina, fábrica, universidad, ONG, cine, cantina, etcétera– se reducirá gradualmente. Lo que quedará es un mar de vidas moleculares. Las cenas con los amigos, la familia o eventos casuales sucederán de vez en cuando durante el mes.
  1. La productividad no dependerá de jefes ni de capataces. Sistemas digitales de autocontrol serán los encargados de vigilar y medir la eficiencia de cada actividad. Un orden jerárquico sin nombres ni rostros. No habrá protestas sociales, ya que no existirán los sujetos ni las instituciones que respondan a los sistemas de autocontrol.
  1. La fuerza laboral se reducirá dramáticamente. Se avecina una era de despidos sin precedente en la era moderna. Las jornadas de trabajo se ampliarán a las cifras donde se encontraban en el siglo XIX: 10 o 12 horas al día. Los sindicatos y los organismos de resistencia quedarán inutilizados por la molecularización de la vida.
  1. No habrá monedas ni billetes, ni dinero ni cajas y edificios bancarios. El dinero será estrictamente digital. Los bancos escaparán así a la condición que los obliga a mostrar sus activos en alguna forma dineraria o metálica. El seguimiento de los consumidores y sus vidas más íntimas será milímetrico.
  1. La educación nunca regresará a lo que era. Será sustituida por la enseñanza a distancia o, a veces, los sistemas híbridos. Desaparecerá el estudiantado como fuerza política, social e intelectual.

Desde esta perspectiva, el confinamiento actual representa tal vez el primer y más gigantesco experimento empresarial para transformar la docilidad y adaptabilidad social de la "jaula de hierro" a la nueva jaula 5.0

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Sábado, 23 Enero 2021 06:09

Los facilitadores

Los facilitadores

La banalidad del mal. Arendt ofreció un reportaje al New Yorker sobre el juicio al criminal Eichmann. Ahí se refiere al hecho de que Eichmann, culpable de crímenes que llevaron al exterminio de millones de seres humanos, no era un monstruo desequilibrado, sino un burócrata mediocre celoso del cumplimiento de las órdenes de sus superiores y, sobre todo, de quien consideraba el origen de todas las órdenes legítimas, Hitler mismo. Hannah Arendt se refiere al vacío intelectual y moral de Eichmann, al hecho de que su incapacidad para hablar de manera coherente durante el juicio estaba íntimamente conectada con su incapacidad para pensar desde la perspectiva de los demás.

El mal. Arendt sentencia que el mal proviene de una falla para pensar. Eso es a lo que se refiere cuando habla de la banalidad del mal. No que el mal sea insignificante, sino al contrario, porque aparece realizado por gente normal y mediocre y no sólo por gente desequilibrada, tiene efectos más devastadores. No se trata de exculpar a criminales, sino entender la manera como el mal puede extenderse si no hay contrapesos sociales, resistencia y denuncia explícita.

Trump. Ya se fue. Pero queda un segmento de la población que existe desde hace mucho tiempo, pero que con la globalización y la crisis de los opiodes en Estados Unidos adquirió mayor presencia y militancia. Aunque se trata de un conjunto abigarrado donde convergen una infinidad de grupúsculos, tienen varias características en común: racismo, misoginia, homofobia, religiosos fanáticos vinculadas a alguna de las múltiples iglesias evangélicas, adictos a todo tipo de narrativas conspiratorias y poseedores de armas. Blancos supremacistas que no sólo se sienten superiores a otras razas, sino son agresivamente opositores a todas las minorías étnicas, sociales y culturales. Sufren en común algunos agravios: desplazados del estatus económico de clases medias y víctimas de distintas formas de drogadicción que terminan por afectar en conjunto su esperanza de vida y sus condiciones de salud. Se sienten, además, menospreciados por la población urbana que habita en las costas este y oeste de Estados Unidos.

La política del ressentment. Ese conjunto de sentimientos y fobias ligadas al resentimiento y al rechazo a lo diferente, fue ampliamente utilizado sobre todo por políticos del Partido Republicano, que buscando ganancias a corto plazo lograron canalizarlos en el ámbito electoral. Empero, fue Trump quien logró articular a ese abigarrado conjunto a través de dos movimientos estratégicos. Por una parte, su éxito en la primarias republicanas y luego su triunfo en 2016 le permitieron conquistar la dirección política del Partido Republicano. Logró expulsar literalmente a los republicanos ortodoxos del tipo de la dinastía Bush y dominar a las fracciones republicanas en ambas cámaras legislativas. Por otro parte la narrativa MAGA –siglas en inglés del lema hacer América grande otra vez– proporcionó la argamasa ideológica para unificar a esas masas inconformes, a través de medios electrónicos favorables como la cadena Fox y otras, y redes sociales vinculadas con la extrema derecha.

Los enablers. Así como continúan presentes los síntomas de una sociedad dividida expresados en un sector muy amplio del electorado –no olvidar que más de 73 millones de electores votaron por Trump–, también están presentes aún los facilitadores del discurso excluyente y racista de la derecha estadunidense. El más notable desde el Partido Republicano fue el líder del Senado, Mitch McConnell, quien se pasó ocho años torpedeando las iniciativas presidenciales de Obama. Desde los medios fue sin duda Rupert Murdoch –el dueño de Fox News–, la nodriza del fenómeno Trump usando a sus comentaristas mas significativos como Sean Hannity. Esos facilitadores cargan una gran responsabilidad en el daño que han infligido Trump y sus seguidores en Estados Unidos y en el mundo.

http://gustavogordillo.blogspot.com/

Twitter: gusto47

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Viernes, 22 Enero 2021 05:29

Condena a Assange e indulto para Bannon

Condena a Assange e indulto para Bannon

El asalto al Congreso de EE.UU. demuestra que la mentira (pseudo, en griego) ha gobernado el país. El indulto de Donald Trump a Steven Bannon asegura impunidad a quien convierte la democracia en pseudocracia (el régimen de la mentira). Y la reciente condena a Assange, advierte del castigo a quienes la combaten garantizando nuestro derecho a conocer y contar la verdad; es decir, a construir y narrar nuestra historia.

La prensa se demuestra independiente cuando defiende el interés público; es decir, cuando representa los intereses de "su" público, haciéndolos compatibles con el interés general. Por eso antepone "nuestras" voces a las fuentes oficiales y con más poder. Hoy resulta más factible que nunca, pero la democracia deviene en pseudocracia.

Somos muchos quienes trabajamos con bancos de datos y de documentos digitalizados. Al liberarlos, ponemos dique a la mentira oficial y corporativa que nos inunda. Además, así combatimos la acumulación y la desigualdad de poder. Porque los estados y las corporaciones tecnológicas, en comandita y de forma sistemática, registran todas nuestras comunicaciones.

Aliándonos con periodistas profesionales y filtrándoles documentos controlamos a quien gobierna y mercadea con nuestra privacidad e intimidad. Juntos actuamos como un Cuarto Poder en Red. Y dejamos de ser mineros de datos y propagandistas sin salario de quienes monopolizan y explotan nuestras comunicaciones.

Wikileaks apostó por una independencia periodística basada en la cooperación ciudadana y entre medios. Un periodismo realizado entre todos y para todas. De ahí la importancia de la sentencia que recibió Julian Assange el pasado 4 de enero. No le extraditarán a EE.UU. pero le niegan la libertad provisional. Sigue preso en la cárcel conocida como la Guantánamo británica, a pesar de su deteriorada condición física y mental. Porque, según la jueza, si fuese extraditado a EE.UU. correría peligro de suicidarse. Y, si lo liberase, de fugarse.

"Las paredes de la embajada [de Ecuador en Londres, que le acogió durante siete años) me son tan familiares como el interior de mis párpados", dijo Assange a Michael Kopelman, profesor de neuropsicología en Kings College. Le había visitado veinte veces y, tras manifestar su "intensa preocupación suicida", testificó que el australiano escucha voces alucinatorias, despectivas y persecutorias en su cabeza: "La voz es como, Eres polvo, estás muerto, vamos a por ti".

Assange aún se arriesga a ser extraditado y a cumplir 175 años en el "Alcatraz de las Rocosas", en Florence, Colorado. La negativa a concederle la libertad provisional y el tratamiento que ha recibido fueron calificados por el Relator de la ONU, Niles Metzer, de "confinamiento no justificado", "guerra y tortura psicológica". Concluye que la sentencia tiene dos consecuencias terribles.

La primera, que el periodismo de investigación basado en filtraciones no oficiales podrá perseguirse como delito de espionaje. Y esto, llevado a la práctica, elimina el derecho de asilo por motivos políticos; ya que el espionaje entra en esta categoría de delitos.

En resumen y que lo entiendan bien los periodistas de investigación y filtradores: "os pudriréis en la cárcel y desearéis suicidaros". Días después y antes de abandonar el poder, Trump indultó a varios criminales de guerra. Y, entre ellos, a quien dirigió la ofensiva contra los periodistas - considerados por el ex-presidente "el enemigo número uno del pueblo norteamericano" - que le llevó a la Casa Blanca.

Steven Bannon ha sido premiado conun indulto, tras embolsarse un millón de dólares que decía recabar para construir el muro con México "sin percibir un centavo". ¿Cuánto valían en el mercado negro los cables de las guerras de Irak y Afganistán o los del Departamento de Estado que Wikileaks entregó gratis a unos medios que tanto los rentabilizaron? ¿Y qué han hecho por Assange? El periodismo corporativo vende a los ciudadanos digitales que se reclaman sujetos comunicativos de pleno derecho y se vende al mejor postor.

El asalto al Capitolio demostró que el enemigo está en casa y en las instituciones. Y que entre estas debemos añadir a las corporaciones tecnológicas: auparon a Trump y ahora le vetan en las redes y plataformas. Lo hacen sin aplicar un protocolo, ni rendir cuentas a nadie. Como hicieron desde el inicio y con tantos otros. Siempre que convenga al negocio. Esta vez, actuaron tras constatar que el reality show se hacía realidad y que los demócratas dominarían el Congreso pudiendo aprobar medidas anti-monopolio contra las tecnológicas. ¿Nuestra libertad de expresión es su negocio? 

El bussiness as usual del capitalismo cognitivo se defiende con lawfare: guerra legal y tortura carcelaria ejemplarizantes para quienes desafían la pseudocracia. Las GAFAM (Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft), que llevaron a las huestes de MAGA (Make America Great Again) al Capitolio actúan de cancerberos de la libertad de expresión. Y los pseudoperiodistas quedan impunes y serán bien remunerados para instaurar el régimen de la mentira.

Joe Biden debiera indultar a Assange y a Snowden. Y condecorar a Chealsie Manning. Si no será difícil impedir que Trump o un sucesor aventajado regrese "a su manera". No abandonarán las pantallas, para luego tomar las instituciones, mientras aceptemos que the show must go on. El periodismo independiente debe parar el degradante espectáculo de la pseudocracia, que incluye la primera toma de posesión de la presidencia de EE.UU. ante banderas en lugar de ciudadanos

22/01/2021

Publicado enInternacional
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