Oliver Stone arremete contra Obama durante la presentación de Snowden en San Sebastían

El director de cine estadounidense, Oliver Stone, reprochó este jueves la actitud de su país por el espionaje mundial, durante la presentación en el Festival de San Sebastián de su película, Snowden, sobre el exanalista de inteligencia que filtró miles de documentos de secretos.


Esperado por los fotógrafos en la alfombra roja y por los periodistas que abarrotaron la sala de prensa para escucharlo, Stone no titubeó en cargar contra el gobierno de Barack Obama, al acusarlo de haber “duplicado la apuesta” en cuanto a los programas de espionaje de su antecesor, George W. Bush.


“Ahora, en 2016, (Obama) ha creado el Estado de vigilancia mundial más masivo que se haya visto jamás, peor que la Stasi de la Alemania del Este, mucho peor”, aseveró en referencia al órgano de inteligencia que espió a la población en la extinta RDA con fines políticos.


Stone aclaró que “Snowden”, estrenada en salas comerciales el fin de semana pasado en Estados Unidos, no busca ensalzar al exagente de inteligencia como un héroe, sino mostrar las razones que lo llevaron a revelar el vasto programa de espionaje estadounidense.


Asimismo, Stone descartó que busque incidir en las elecciones presidenciales de noviembre en su país, durante la rueda de prensa centrada en temas actuales y no cinematográficos, junto a los actores que interpretan a Snowden y su novia Lindsay, Joseph Gordon-Levitt y Shailene Woodley.
El Snowden del filme, presentado en San Sebastián fuera de competencia, es un personaje asaltado por las dudas sobre la ética de su trabajo, que al final decide entregar a periodistas miles de documentos clasificados, aún a sabiendas de que las consecuencias para él serán tremendas. Ha sido imputado de espionaje y vive refugiado en Rusia.
“La mejor esperanza” es que Obama “con su infinito sentido de clemencia” otorgue un perdón a Snowden, agregó el realizador de películas que no dejan indiferente al público sobre episodios de la historia de su país, como la guerra de Vietnam (“Platoon”), un oscuro magnicidio (“JFK”) o los atentados terroristas del 11 de septiembre (“World Trade Center”).
(Con información de AFP)

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Snowden es “alguien que pasará a la historia”

El cineasta Oliver Stone presenta en el festival de San Sebastián su cinta sobre el hacker más famoso de

EE UU


El director Oliver Stone (Nueva York, 1946) ha llegado a sus 70 años arremetiendo contra todo. Hombre de polémicas, ya sea por su visión de la guerra del Vietnam (Platoon), de la política (Nixon, JFK), de la historia (La historia no contada de EE UU), o de la economía (Wall Street). Stone nunca se muerde la lengua y suele buscar en la realidad el germen de su próximo filme. Solo la política española parece acallarle la boca en vísperas a su viaje a San Sebastián para presentar el jueves 22 en la sección Oficial, aunque fuera de concurso, su último largometraje, Snowden. “En Mallorca conocí a representantes de Podemos y he hablado con la alcaldesa de Barcelona. Pero en unos días voy al festival y no, ahora realmente no puedo responderte más”, se evade por una vez en su vida.


En cambio, en pantalla sigue guerrero. Su nuevo trabajo, que se estrena comercialmente en España el 14 de octubre, se centra en la controvertida figura de Edward Snowden, el analista del servicio secreto estadounidense que en 2013 propició la mayor filtración pública de documentos clasificados, entre ellos destapó los informes de los programas de vigilancia masiva del Gobierno estadounidense. A los ojos del cineasta, Snowden es “alguien que pasará a la historia” por tomar cartas en el asunto en un momento en el que en su opinión en la sociedad domina la apatía. “Llevo tantos años siendo un personaje público que no he cambiado mis costumbres”, asegura sobre la sociedad orwelliana en la que Snowden dejó claro que vivimos. “Seguro que pueden sacarme trapos sucios pero yo solo ya me meto en líos vergonzosos. Los que me preocupan son todos esos jóvenes ignorantes que pasan de todo porque dicen que no tienen nada que ocultar. Es ese tipo de gente que no se preocupa por el mundo en el que vive, porque se violen los derechos, las libertades que muchos antes defendieron en la Constitución. Me preocupa la pasividad que veo a mi alrededor”.


A pesar de su vehemencia, Stone es honesto y reconoce que de entrada él tampoco se había interesado en la figura de este hombre con gafas y aspecto de ratón de biblioteca en el centro de estas filtraciones. Él hubiera preferido hacer un filme sobre la figura de Martin Luther King. Y con una carcajada reafirma: “Efectivamente, ya tengo suficientes películas polémicas en mi currículo”. Pero el precio que le toca pagar por una filmografía crítica contra los Estados Unidos es no poder hacer siempre lo que quiere. Un momento de frustración artística que le llevó, a principios de 2014, a conocer a Snowden personalmente. Ese fue el primero de tres encuentros que marcaron su nuevo proyecto. “Me encontré con alguien nervioso y desgastado que no sabía si quería hacer una película de ficción o un documental. Lo único que sabía es que no quería una biografía de estas de televisión. O todavía peor, una película diseñada por Obama”.


Los ataques de este liberal criado en el seno de una familia republicana contra el actual presidente estadounidense son continuos. Lo mismo que contra la candidata demócrata, Hilary Clinton. “Obama es muy bueno en los cambios cosméticos que no sirven para nada. Su fama es buena, en cambio hasta él ningún presidente había hecho tanto uso del Acta de Espionaje para acallar a los informantes”, asegura vitriólico. Con Clinton tampoco ve una mejora, convencido de que Snowden tendrá que pasar unos cuantos años más, si no toda la vida, en Rusia a falta de otro refugio o de un improbable perdón en su país. “Snowden se fue a Rusia porque nadie más le ofrecía protección. La Europa de los sesenta y los setenta le habría apoyado. Era mucho más independiente de los Estados Unidos. Suecia le habría dado asilo. O la Francia de De Gaulle, eso dalo por seguro. En Alemania, la población está con Snowden. Pero los gobiernos...”, deja la frase sin acabar mordiéndose la lengua. “Estamos viviendo tiempos verdaderamente terribles y eso sí que me da miedo”.


Stone está especialmente preocupado por quienes intentaron el cambio en EE UU apostando sin éxito por el senador Bernie Sanders como aspirante a la Casa Blanca. “Tendrán que pagar el precio y serán espiados y desacreditados como grupo”, les augura. “Lo digo en serio: a veces hasta los paranoicos tenemos razón”. Estos tiempos actuales asustan a Stone. Aunque espera celebrar tranquilo: “Lo que me gustaría es poder contar con otras dos décadas llenas de energía porque, ¿para qué negarlo?, a veces es duro levantarse por las mañanas”

 

Los Ángeles 15 SEP 2016 - 18:58 COT

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Rúner Rúnarsson: “Hacen falta muchos más hombres feministas en el mundo”

Representante del nuevo cine islandés, ganó con ‘Sparrows’ la Concha de Oro de San Sebastián a la Mejor Película. Historia de un adolescente que vuelve a su pueblo y retrato de la ‘masculinidad’, con ella obliga al público a abrir los ojos, ver la realidad y enfrentarla.


Han pasado más de cuarenta años (24 de octubre de 1975) desde el que se conoce como ‘El día libre de las mujeres’. El 90% de las mujeres islandesas se pusieron en huelga, no fueron a sus trabajos, no cocinaron en sus casas... y salieron a la calle en Reikiavik en una manifestación histórica. El país se paralizó por completo. Bancos, escuelas, tiendas... tuvieron que cerrar.

Cinco años después, Vigdis Finnbogadottir, una madre soltera divorciada, ganó las elecciones presidenciales y se convirtió en la primera mujer presidenta en Europa y la primera en el mundo elegida democráticamente jefa de Estado. Hoy Islandia está considerado el país más feminista del mundo. Seguramente, lo es, pero todavía tiene agujeros negros. El cineasta Rúner Rúnarsson los desvela en ‘Sparrows’, Concha de Oro a la Mejor Película en San Sebastián 2015.


A través de la historia de Ari, un chico de dieciséis años que tiene que volver al pueblo de su infancia, una remota región de los fiordos occidentales, a vivir con su padre después de que su madre decida marcharse con su nueva pareja a vivir a África, Rúnarsson coloca un espejo ante los espectadores, islandeses, españoles y de cualquier lugar del mundo.
Con su historia, impide al público mirar hacia otro lado y, de alguna forma, le impone la obligación de reflexionar sobre la realidad. Lo que pasa con muchos chicos y hombres en su relación con las mujeres en este pueblo abrumado por una naturaleza imponente es brutal, aunque el espectador vaya descubriéndolo al mismo tiempo y con idéntico asombro que el adolescente protagonista.


Todo el mundo habla de su película como de una historia iniciática, pero ¿no es más un retrato de cierta parte de la sociedad y de sus taras?


Sí. Es muy fácil decir que es una película iniciática, pero en verdad es un espejo que intenta mostrar elementos como la masculinidad a través de la relación padre e hijo o del comportamiento de los chicos en las pandillas, la integración en la sociedad... y todo ello reflejado en el protagonista. Espero que el público se vea reflejado en él. La película es, en realidad, una especie de espejo para el resto de la sociedad.


La impresionante naturaleza que acoge a los personajes ¿no podría distanciar a algunos espectadores?

El lugar donde todo ocurre seguramente es muy exótico no solo para los españoles, pero lo cierto es que no pasa nada en la película que no encuentre su reflejo en la sociedad española y en todas las demás.


Así que, ¿‘Sparrows’ es su manera de decir a la gente que mire alrededor, que no hay excusas?


Con cada periodo de tiempo que vivimos somos más conscientes de que cómo es la sociedad, pero a este ritmo de la vida moderna muchos cerramos los ojos. Sin embargo, muchas veces, un buen libro o una buena película, bien narrados, nos hace ver la obligación de confrontar la realidad y de reflexionar sobre ella.La abuela del joven protagonista, tras un episodio bochornoso del padre y sus amigos cargados de alcohol, le dice: “Son tonterías de macho, esa es su discapacidad”...

Es fabuloso que estemos hablando de esto, porque es, justamente, una de las cosas de las que quería hablar y no todo el mundo lo ve. Quería hacer el retrato de la masculinidad. La película ha sido criticada por no tener demasiados papeles femeninos y por no ser políticamente correcta. Pero es una película muy feminista, porque en ella retratamos esa masculinidad y sus consecuencias. Además, yo he intentado hacerlo de un modo inteligente y con honestidad. Me crie entre mujeres, tengo tres hermanas, en los créditos de la película la mayor parte son mujeres, desde la directora de foto Sophia Olsson a todas las demás... Sé de lo que hablo.


Y ¿por qué quería hacer ese retrato de la ‘masculinidad’?


Para abrir algunos ojos y que se vea que las mujeres son mucho más sensatas. Non son mujeres las que han llevado a la bancarrota a los bancos en el mundo. Aunque yo soy hombre, se me puede permitir ser feminista. Hacen falta muchos más hombres feministas en el mundo. Pero Islandia es un país feminista...

En el que, como en la película, pasan cosas terribles, aunque eso no es general, ocurre solo en un segmento de la sociedad.


El chico en Reikiavik canta en un coro, tiene una voz maravillosa. En el pueblo no tiene esa opción. ¿La escasa presencia cultural es responsable de alguna forma de esas deficiencias?


La idea con la música y el canto era la de subrayar la inocencia, entonces no pensé en marcar las diferencias culturales, era más que se notase que el chico había llegado a un lugar muy distinto. Pero, por supuesto, la cultura es una forma muy buena de pasar el tiempo libre y, como alguien dijo en cierta ocasión: “A través de las artes es como podemos llegar a Dios”.


Entonces, ¿en su historia lo importante es el lugar y también la época en que vive todo esto el chico?


Sí. Por cierto, que hay gente que me pregunta por qué la madre despacha así a su hijo. Esas personas dicen que mi película no es feminista. Pero lo cierto es que nunca hubieran hecho la misma pregunta si hubiera sido el padre el que hubiera despedido al hijo. El caso es que ese sitio es justo al que el chaval no quiere ir, volver al pueblo donde se ha criado. El periodo de entre diez y dieciséis años es importante en la vida de cualquier persona, en ese tiempo uno cambia mucho y mientras que puede parecer que todo sigue igual, lo cierto es que no es así.‘


'Sparrows’, como otras películas del nuevo cine islandés, es estéticamente muy limpia, casi quirúrgicamente, concentrada en narrar con las imágenes...


Creo que somos una generación que nos preparamos muy bien antes de rodar. Y tenemos en común que estamos tratando temas que conocemos muy bien. En cuanto a la estética de la narrativa visual, creo que sí, que es cierto, y eso que hoy la narrativa visual en el cine está en declive. Las películas se registran en imágenes, pero hoy no se están narrando en imágenes.

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Una escena de El séptimo sello, del maestro Ingmar Bergman.

 

Una reseña histórica desde los inicios hasta la actualidad sobre las películas que han tomado el universo de los trebejos como objeto de análisis, accesorio o simplemente como musa inspiradora desde los más diversos ángulos: el humor, el drama, la política, la ciencia ficción.

 

 

A lo largo de los años, se ha definido al ajedrez ya meramente como un juego, ya como juego y arte, ya como juego, arte y ciencia, conceptualizándolo conforme apreciaciones subjetivas de su significado. Todas esas apreciaciones, por supuesto, son valederas. Tal vez por sus atractivas formas externas, o acaso por la complejidad de la combinación de sus movimientos, o por la sensación de magia que crean en el tablero los grandes ajedrecistas, se ha utilizado reiteradamente al ajedrez como un modelo para establecer analogías o utilizarlo como metáfora de distintas disciplinas del quehacer humano.

 

En este contexto, es interesante observar de qué manera el Cine ha permitido observar a nuestro juego desde ópticas distintas y se ha valido del mismo como motivo, ya sea principal o accesorio, de muchas de las historias de la pantalla grande. Un breve repaso, que ni de cerca agota el tema ni en extensión ni en profundidad, es el siguiente:


Ya en los tempranos inicios del cine, el ajedrez visto desde el humorismo fue el eje central de un cortometraje de algo más de un minuto: “A chess dispute” (“Una disputa de ajedrez”), es una película muda inglesa, rodada en 1903, donde dos señores sentados ante un tablero en un café, terminan a las trompadas luego de unas pocas jugadas. Pocos años más tarde, en 1925 y con motivo de la celebración del famoso Torneo de Moscú de ese año, el ruso Pudovkin filmó “La fiebre del ajedrez” que retrata la pasión que el torneo y la concurrencia al mismo de los mejores jugadores del mundo, despertó en la población soviética. El film, de 19 minutos, es francamente muy divertido y como condimento, tiene una breve actuación del mismísimo Capablanca, así como las apariciones de Reti, Grunfeld y Marshall y otros grandes jugadores de la época.


Mucho más adelante, en el año 1957 el genial cineasta sueco Ingmar Bergman se valió del ajedrez como hilo conductor de su largometraje El séptimo sello, que ha sido considerado un gran clásico del cine universal. En el mismo, un caballero cruzado juega una partida con la “muerte”, a fin de prolongar su vida. Metáfora sobre sentido de la vida, el enigma de la muerte y la misión del arte, la película lleva al ajedrez a un plano filosófico.


Con el correr de los años fueron apareciendo, cierto es que con cuentagotas, nuevas películas con el juego-ciencia ya sea como tema principal o accesorio. La literatura de ficción aportó lo suyo en distintas épocas, y literatura, cine y ajedrez se unieron para conformar películas de mérito: “Una novela de ajedrez” (Alemania, 1960), adaptación de la novela homónima de Stephan Zweig (acaso la mejor que se haya escrito sobre el tema ajedrez), “Uncovered” (Inglaterra, 1994), sobre “La Tabla de Flandes” de Arturo Pérez Reverte y “The Luzhin Defence” (traducido al castellano como “Alexander y Natalia”, Inglaterra, 2001) de la novela de Nabokov del mismo nombre, son tres films emblemáticos de esta simbiosis de las tres artes.


La crítica social no ha estado ausente en esta relación ajedrez y cinematografía: en 1977, el director indio Shatranj Ke Khiladi, filmó “Los jugadores de ajedrez”, en la que dos nobles ociosos se enfrascan en interminables partidas, ausentes de las necesidades y avatares del pueblo. Más adelante, en 2013, se estrenó la norteamericana “La vida de un Rey” y en 2014 la neozelandesa “El caballo negro”, ambas relativas a ajedrecistas dedicados a utilizar el juego para alejar de los peligros de la calle a adolescentes en situación de riesgo.

 

Cuando hoy en día hablamos de la informática aplicada a nuestro juego, lo hacemos de una disciplina que, sobre todo los más jóvenes, consideran ligada al ajedrez de forma poco menos que indispensable. Pero hace no tanto, pensar en inteligencia artificial y en computadoras que jugaran con éxito contra el hombre, era solamente un proyecto en la cabeza de algunos intrépidos investigadores y científicos (y aquí, sin dudarlo, hay que nombrar a Botvinnik como un esclarecido precursor). En el cine, también este tema ha resultado motivo de menciones, como la de la obra máxima de Stanley Kubrick “2001, una Odisea del espacio” que, si bien no es una película de tema ajedrecístico, prefigura en una escena memorable, ya en 1968: el triunfo de la máquina sobre el hombre, en la partida que el computador HAL9000 le gana al astronauta Poole. Y en 2013, la estadounidense “Computer Chess” ambientada en 1980, relata en tono de comedia un match entre humanos y computadoras programadas por expertos informáticos.

 

La política y más concretamente las Guerra Fría, ha estado también presente en la relación cine-ajedrez: en 1984, se presentó la película suiza “La diagonale du fou” (“La diagonal del loco”), una bien lograda realización en donde un Campeón Mundial soviético, leal al régimen imperante en su país, se enfrenta con su retador, un ruso exiliado. El relato tiene tintes relativos a la lucha de Viktor Kortchnoi, el disidente soviético, contra el campeón Anatoly Karpov y es una de los largometrajes más logrados desde el punto de vista ajedrecístico.


También algunos hechos biográficos han sido adaptados y llevados al cine: “Capablanca” (Cuba, 1987) dramatiza el episodio del viaje a Moscú, en 1925, del entonces Campeón Mundial, del que mas allá de sus triunfos sobre el tablero, nacerá una relación amorosa. En 1993 se estrenó “Searching for Bobby Fischer” (“Jaque a la inocencia” según su retitulado en castellano), que narra la precoz relación del niño Josh Waitzkin con el ajedrez y de la pertinaz insistencia de su padre para el logro de sus objetivos deportivos. Y por fin, la reciente “Pawn sacrifice” (retitulada “La jugada maestra), que historia en clave de drama, el período en el que el mítico Bobby Fischer alcanzó la cumbre de su carrera y su legendario encuentro con Boris Spassky.


El cine incluso ha logrado, con su ingenio ilimitado, pergeñar un relato de crimen y suspenso donde un asesino serial construye un andamiaje de problemas ajedrecísticos para marcar patrones que solamente ajedrecistas destacados podrán desentrañar, con el Campeón Mundial de ajedrez a la cabeza. La película se llama “Knight moves” y, otra vez, la magia de los retitulados la convirtió en “Enigma mortal”; es norteamericana y se estrenó en 1992. En la misma sintonía de intriga, en Canadá se produce desde 2011 una serie para TV, en capítulos, donde un ex campeón de ajedrez padece de agorafobia y, recluido en su habitación de hotel, se dedica a la investigación de crímenes casi imposibles de resolver, aprovechando su gran capacidad de análisis.


Hay, también, películas no referidas al ajedrez en concreto, pero que contienen escenas que, al menos para los ajedrecistas, resultan memorables. Hemos mencionado más arriba a la computadora derrotando al humano en “2001 Odisea del espacio” y no podemos dejar de hacerlo con esa inolvidable escena de la mítica “Casablanca” con Humprey Bogart (en el fascinante personaje de Rick) sentado frente a un tablero de ajedrez, conversando con el personaje interpretado por Peter Lorre. Bogart era un avezado jugador y según cuentan, influyó sobre el director para incluir esa escena en la película.


En el largometraje de la saga de James Bond “De Rusia con Amor”, una de las primeras escenas muestra a dos maestros jugando una partida de torneo; no sería nada remarcable si no fuera porque la posición que se deja ver brevemente en el tablero corresponde a una partida verdadera, hecho demostrativo del cuidado que el director (o alguien!) puso en los detalles. Se trata nada menos que de la partida Spassky-Bronstein, Leningrado 1960, ganada en estilo brillante por el primero, luego de un original sacrificio de torre.


Entre otras, hay escenas de ajedrez también en las muy conocidas “El affaire de Thomas Crown”, “Spectre” (también de la saga Bond) y “Atraco perfecto”.


Así entonces, esta breve reseña, que reiteramos no agota el tema, es un pequeño aporte a una visión de la forma en que la industria cinematográfica y el juego de ajedrez han unido su arte para el desarrollo de relatos en campos tan diversos como el humorismo, la historia, la filosofía, la investigación policial, la informática y la política.


En definitiva, ambas actividades comparten en alguna forma, su componente lúdico, artístico y científico.

 

 

 

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Los Platino se rinden ante la belleza indígena de ‘El abrazo de la serpiente’
El filme colombiano consigue siete premios, entre ellos mejor película y dirección. La ciudad de Madrid acogerá la edición del próximo año



La belleza del mundo indígena amazónico, su poesía y mitología, han conquistado el corazón del cine iberoamericano. Los Premios Platino se han rendido ante la seductora historia que narra El abrazo de la serpiente, de Ciro Guerra, que logró siete galardones, entre ellos el de mejor película y dirección. La gala de esta tercera edición de los Premios Platino, celebrada en Punta del Este (Uruguay), se convirtió en un generoso y tierno abrazo ante este filme, rodado en blanco y negro y en diferentes dialectos indígenas, que ofrece una reflexión épica sobre la vigencia y la fortaleza de la filosofía de estos pueblos de la Amazonía colombiana. La figura chamánica del nativo Karamake, último superviviente de una tribu amazónica exterminada, sirve de nexo de unión entre los dos viajes que narra la película: el que hizo Theodor Koch-Grümberg en 1909 y el realizado por el botánico estadounidense Richard Evans en 1940 en busca de la yakruna, una planta sagrada de propiedades alucinógenas. En la ceremonia, con la que se inauguró el Centro de Convenciones de Punta del Este, se anunció que la ciudad de Madrid acogerá la edición de 2017.

 

El abrazo de la serpiente es el tercer largometraje de Ciro Guerra, nacido en 1981 en el departamento de César (noroeste de Colombia) y un hombre que busca en el cine la sorpresa de lo inesperado. La aventura de Guerra con este filme no ha sido fácil. Tardó cinco años en poder estrenar la cinta, y muchas veces pensó en tirar la toalla, pero el esfuerzo de su equipo y, sobre todo, el apoyo de la comunidad indígena dieron el espaldarazo definitivo al proyecto.

 

Desde entonces esa aventura se ha convertido en un viaje idílico. Con gran éxito tanto dentro como fuera de Colombia, El abrazo de la serpiente consiguió el premio en la Quincena de Realizadores del Festival de Cannes en 2015 y estuvo entre las cinco películas nominadas al Oscar al mejor filme de habla no inglesa. “Comparto este premio con Colombia y la paz que parece al fin que está llegando y aquí estaremos los cineastas para contarlo”, declaró Ciro Guerra.

 

Otra historia en torno al mundo indígena, la guatemalteca Ixcanul, primer largometraje de Jayro Bustamante se alzó con el premio a la mejor ópera prima. Ixcanul ha sido una de las grandes sorpresas del cine iberoamericano de este año surgida de una pobre industria cinematográfica, como es la de Guatemala. Oso de Plata Alfred Bauer en el último Festival de Cine de Berlín y participante en la sección Horizontes Latinos del certamen de San Sebastián, la cinta es una denuncia en toda regla de la situación de la mujer en ese país. El filme, protagonizado por dos mujeres indígenas María Mercedes Caray y María Telón, esta trabajadora en un mercado de frutas en la vida real, narra la dura realidad de las jóvenes que se ven obligadas a casarse con hombres mucho mayores que ellas.

 

Los premios de interpretación se han detenido en Argentina. El Platino a mejor actriz fue para Dolores Fonzi por la película Paulina, dirigida por Santiago Mitre, -“dedico este galardón a las mujeres víctimas de discriminación y violencia”- mientras que el de mejor actor fue para Guillermo Francela por su trabajo en El clan, de Pablo Trapero. “Ha sido un viaje extraordinario, inolvidable todo lo vivido en la película y un desafío muy importante”, clamó Francella. El club, la valiente narración sobre la pederastia de curas católicos en Chile, dirigida por Pablo Larraín consiguió el galardón a mejor guion. Dos fueron las cintas, que se encontraban entre las favoritas, que se fueron de vacio: El clan de Pablo Trapero y Truman, de Cesc Gay.

 

La única cinta española con premio ha sido para la película de animación Atrapa la bandera, del director Enrique Gato, ausente en Punta del Este. El botón de nácar, último trabajo del chileno Patricio Guzmán, consiguió el Platino a mejor documental, apartado en el que también competía el español Chicas nuevas 24 horas, de Mabel Lozano.

 

La fiesta, con la que se inauguró el Centro de Convenciones de Punta del Este, al que todavía faltan algunos remates importantes en el exterior, ha sido un alarde de números musicales , luces, bailes y tangos en un escenario muy colorido. Con un guion ameno y divertido, la presentación corrió a cargo del siempre valor seguro Santiago Segura, la uruguaya Natalia Oreiro y el mexicano Adal Ramones. El evento fue transmitido ante una audiencia potencial de 700 millones de espectadores en TNT y lo hará en diferido La 1 de TVE en la media noche del lunes (hora de España), ante una audiencia potencial de 700 millones de espectadores.

 

El actor Ricardo Darín y la premio Nobel de la Paz, Rigoberta Menchú, fueron sin duda dos de las grandes estrellas de la noche, recibidas por las 1.500 personas del auditorio puestas en pie. Darín recogió el Platino de Honor de manos de Enrique Cerezo, presidente de EGEDA (Entidad de Gestión de Derechos de los Productores Audiovisuales) y animó a todos sus colegas iberoamericanos a no bajar los brazos ante el apabullamiento de las grandes producciones norteamericanas y sentirse orgullosos. “Tenemos que responder con talento, picardía, atrevimiento y ganas”, terminó el actor de El hijo de la novia, Relatos salvajes o Truman.

 

Menchú entregó el premio al Cine y Educación en Valores, de nueva creación en esta edición, a la película brasileña Una segunda madre, de Anna Muylaert. “El cine es un poderoso arte que debe inculcar el respeto, la concordia y la paz. Es por eso que hago honor a esta extraordinaria iniciativa que hace posible que se unen las aspiraciones de paz con la educación y el cine. Gracias por enaltecer la igualdad, el reconocimiento y el respeto, sobre todo cuestionar las convenciones sociales y enaltecer lo más importante y bello que es el amor de una madre”, aseguró emocionada la premio Nobel.

 

La fiesta terminó después de dar el testigo de la próxima sede de estos premios a la ciudad de Madrid, donde se celebrará la IV edición en 2017. La lucha por la promoción internacional de la cinematografía iberoamericana continuará pues en Madrid.

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Oliver Stone, durante la presentación de 'Snowden' en la Comic-Con.

 

El director presenta en la Comic-Con de San Diego su película 'Snowden'
El filme repasa la historia del exanalista de la NSA y su filtración masiva

En la Comic-Con los superhéroes conviven con los trolls, legiones de tropas de asalto de La guerra de las galaxias comen pizza con lo que queda de los ejércitos elfos de El Señor de los Anillos y una gigantesca estatua del Capitán América celebra el 75º aniversario de este héroe de papel ahora trasladado al cine. Este es el paisaje que se respira en el foro de la cultura popular que tiene lugar estos días en San Diego y donde el polémico cineasta Oliver Stone presentó su último trabajo, Snowden. Fue un pase sorpresa que llenó hasta la bandera y donde asistió (vía satélite) hasta el mismísimo exanalista de la Agencia de Seguridad Nacional estadounidense (NSA), Edward Snowden, que dio pie a la filtración masiva de información secreta en la que se basa este thriller. “Es la historia de la mayor conspiración”, subrayó el director ante una audiencia aficionada a las teorías conspiroparanóicas, aunque en el campo de la ficción. En Snowden, como aclaró Stone, la historia es real. “Es algo gigantesco que está sucediendo ahora, bajo nuestras narices y que nos afecta a la mayoría; a vosotros también”, recalcó intentando llegar a un público joven que muchos consideran políticamente desconectado.


Stone dio muestras en su discurso del mismo fervor que posee toda su filmografía, ya fueran los ataques contra la guerra en Platoon (1986) o contra el capitalismo en su versión más salvaje en Wall Street (1987). Solo cambió el tipo de público, dirigiendo sus palabras a una nueva generación, un océano de todo lo que es friki como es la Comic-Con. Un foro nuevo para él, ya que esta es la primera vez que asiste en el casi medio siglo de historia de esta convención. Pero la producción de Snowden también fue diferente. El filme es un proyecto rechazado por todos los grandes estudios de Hollywood con los que Stone había trabajado con anterioridad y que se hizo posible gracias a financiación francesa y alemana y con la distribución de Open Road, ganadores el pasado año del Oscar a la mejor película con Spotlight.


Para ser un cineasta capaz de entrevistarse con algunos de los personajes más controvertidos de la historia reciente, incluido el propio Snowden, Stone se mostró confundido ante los miles de aficionados congregados en la Comic-Con, una muestra muy diferente a los festivales de cine que está acostumbrado a frecuentar (repetirá, fuera de concurso, en la próxima edición del certamen de San Sebastián). Ante ellos describió a Snowden como “un hombre que se mueve bajo el radar, muy reservado y que vive en su ordenador”. Alguien con gran fortaleza que no se amilana ante la oposición. “Solo le han hecho más fuerte”, añadió.


Pero las palabras de Stone también atacaron al consumismo que se respira en un foro contracultural como la Comic-Con donde todo está a la venta. Ante la que parecía una inocente pregunta de un miembro del público que quiso saber su opinión sobre el juego de realidad aumentada Pokémon Go que ha causado el frenesí entre los aficionados estadounidenses el director definió esta aplicación como el último arma del “capitalismo de la vigilancia”. “Es un nuevo nivel de invasión” contra la intimidad del individuo, subrayó.


El propio Edward Snowden participó en el acto, por videoconferencia, y habló de su presencia en la película: "Nos comunicamos a través de la narrativa. Yo no soy un actor y no creo que haya ningún político bastante carismático como para conectar con la gente hablando de estos asuntos tan abstractos. Pero tenemos a gente, que son estos avatares, de los que me gusta pensar que son campeones del bien público —como Joseph Gordon-Levitt y Shailene [Woodley, la protagonista del filme]— que pueden alcanzar nuevos públicos de maneras nuevas y conseguir que la gente hable de cosas que no tiene tiempo de leer o investigar a nivel académico".

 

 

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Un director que fue también un gran pensador del cine

Con la muerte del realizador iraní, autor de obras maestras como Primer plano y El sabor de la cereza, el cine del mundo perdió a uno de sus grandes maestros, un director que exploró las infinitas posibilidades de su medio de expresión sin resignar jamás su profundo humanismo.


En La imagen-movimiento y La imagen-tiempo (Ed. Paidós), el filósofo francés Gilles Deleuze parte del supuesto de que “los grandes autores de cine pueden ser comparados no sólo con pintores, arquitectos, músicos, sino también con pensadores. Ellos piensan con imágenes en lugar de conceptos”.

Ningún cineasta contemporáneo parece haberse ajustado mejor a esta descripción que el iraní Abbas Kiarostami, fallecido ayer en París, a los 76 años, como consecuencia de un cáncer que lo tuvo en coma desde marzo pasado. “El cine empieza con David Wark Griffith y termina con Abbas Kiarostami”, señaló alguna vez Jean-Luc Godard, en uno de sus célebres aforismos. Por su parte, cuando el gran director El sabor de la cereza y Copia certificada estaba en plena actividad, Martin Scorsese apuntó que “Kiarostami representa el más alto nivel artístico al que pueda aspirar el cine”. Y cuando a Kiarostami, famoso también por su modestia, lo consultaban sobre estas declaraciones, que incluían también elogios de Akira Kurosawa, solía decir que prefería dejarlas para más adelante, para cuando estuviera muerto. Ese momento, lamentablemente, ha llegado. El cine del mundo ha perdido a uno de sus grandes maestros, un director capaz de explorar una y otra vez las infinitas posibilidades de su medio de expresión, pero sin resignar por ello su capacidad de asombro y su profundo humanismo. Kiarostami también fue reconocido como poeta (su volumen Compañero del viento tuvo edición castellana en 2006) y en los más importantes museos y galerías de arte, por sus notables exposiciones de fotografías e instalaciones.


En Buenos Aires todavía se recuerda el sorpresivo impacto que produjo el estreno de El sabor de la cereza, en 1998, apenas un año después de haber obtenido la Palma de Oro del Festival de Cannes. Los más de 150.000 espectadores que cosechó desde su estreno, inicialmente con una sola copia, demostraron entonces que había una franja importante de público que la distribución local había descuidado. Un público dispuesto a internarse en un film arduo, exigente, pero que a cambio le devolvía la confianza en el cine como medio de conocimiento y experiencia estética. Fue gracias a la repercusión de El sabor de la cereza que, ese mismo año, se precipitó un torrente de estrenos de calidad, no sólo iraníes sino de todos los orígenes off-Hollywood, que de otra manera seguramente nunca se hubieran conocido localmente. Y no parece del todo una casualidad que, al ritmo de esa ola, hoy casi extinguida, al año siguiente el Bafici tuviera su primera edición.


El sabor de la cereza, sin embargo, estaba lejos de ser su primer film. Nacido en Teherán el 22 de junio de 1940, Kiarostami estudió dibujo y pintura en la Academia de Bellas Artes de su ciudad, trabajó como ilustrador de posters y libros infantiles y en 1969, cuando ingresó como docente al Centro para el Desarrollo Intelectual de Niños y Jóvenes Adultos, creó allí el Departamento de Cine, que se convertiría en la cantera del llamado Nuevo Cine Iraní. Allí produjo y dirigió el primero de sus muchos cortometrajes, El pan y el callejón (1970), sobre un niño que debe enfrentarse a los pequeños peligros del regreso a casa desde la escuela. La Revolución de los Ayatolas, en 1979, lo enfrentó a una difícil decisión, en la medida en que muchos de sus colegas decidieron exiliarse en Occidente. No fue el caso de Kiarostami, que justificó así su permanencia en el país, a pesar de las muchas restricciones que sufriría: “Cuando uno saca un árbol de su tierra y lo trasplanta aquí y allá, nunca dará frutos”, le dijo al periódico británico The Guardian en 2005. “Y en caso de que pueda dar alguno, el fruto no será tan bueno como los que daba originalmente. Es una regla de la naturaleza. Pienso que si hubiera dejado mi país, me hubiera pasado lo mismo que a un árbol.”.


Siempre refugiado en su Centro para Niños y Jóvenes, el reconocimiento internacional llegaría para Kiarostami recién en 1987, con su segundo largometraje, ¿Dónde está la casa de mi amigo?, premiado en el Festival de Locarno. Considerado la primera entrega de la llamada Trilogía de Koker, por la desértica región donde fue rodada, ¿Dónde está la casa de mi amigo? es un Kiarostami clásico, en la medida en que la simplicidad de la historia que el director tiene para contar –y la increíble economía de sus medios expresivos– esconden una riquísima complejidad formal y conceptual, que el film irá revelando muy paulatinamente, en el transcurso de su desarrollo.


Al regresar de la escuela, un niño llamado Ahmad descubre que se ha llevado por error el cuaderno de su compañero de banco y se empeña en devolvérselo esa misma tarde, para que su amigo pueda completar la tarea y no sea amonestado por el maestro. La empresa, sin embargo, no será fácil: ese chico vive lejos, en un pueblo vecino, y en el camino Ahmad irá sufriendo una serie de pequeños percances. Ese recorrido de Ahmad tiene mucho de parábola, en la medida en que a partir de un relato breve de la vida cotidiana se plantea la posibilidad de acceder a una dimensión espiritual. Este vínculo entre la ficción narrada y la realidad a la que remite, este procedimiento “parabólico”, será una constante en toda la obra posterior de Kiarostami, pero aquí aparece quizás en su forma más pura, particularmente en los bellísimos tramos finales, cuando la noche se cierne sobre Ahmad, que parece a punto de ser arrastrado por la oscuridad y el viento.


Mucho menos lírico, pero sin duda aún más complejo es Primer plano (1990), el film que el propio Kiarostami consideraba como uno de sus favoritos, una obra que en su cuestionamiento radical de las fronteras entre documental y ficción se convirtió en una influencia determinante para todo el cine iraní y muy particularmente para la obra de Jafar Panahi, que siempre se consideró su discípulo y contó con guiones de Kiarostami para El globo blanco (1995) y Crimson Gold (2003). A partir de un hecho real, extraído de la crónica diaria –un hombre se hizo pasar por un famoso cineasta iraní (Mohsen Majmalbaf) para ganarse el respeto y la confianza de una familia–, Kiarostami convoca a todos los involucrados en el caso y, con ellos como intérpretes de sí mismos, vuelve a poner en escena la situación. El resultado es tan insólito como inquietante, en la medida en que la realidad parece multiplicarse a sí misma, como si se tratara de una serie de espejos superpuestos que terminan reflejando infinitos puntos de vista.


Primer plano es también un film crucial en la medida en que introduce en la obra de Kiarostami aquello que, desde una perspectiva occidental, podría considerarse un procedimiento socrático: la organización de preguntas y respuestas convenientemente orientadas para ir descubriendo las distintas capas de una verdad. Este método interrogativo, esta “conversación” entre sus personajes se extiende en toda su exigencia al espectador, que pasa así a ser parte activa del film, como sucedía en los distintos encuentros que luego pautarían a El sabor de la cereza.


Aunque quizá más enmascarado, ese procedimiento también está en el corazón de Y la vida continúa (1992), el segundo capítulo de la Trilogía de Koker. Un director de cine –el que habría filmado ¿Dónde está la casa de mi amigo?– vuelve a Koker, el pueblo donde se rodó aquella película, para tener noticias de su pequeño protagonista, después de un terrible terremoto. El cineasta viaja a bordo de un viejo Renault 5, acompañando por su pequeño hijo, que no cesa de hacerle preguntas. Y el cineasta mismo interroga una y otra vez a sus interlocutores, para saber si podrá llegar a Koker, qué camino debe seguir (a cuál más sinuoso) y quién le puede informar acerca de Ahmad o su familia.


El sonido directo, la noción de tiempo real, la manera de encuadrar el paisaje, hacen de Y la vida continúa una road movie de una inmediatez absolutamente infrecuente. Nada más real, parecería, que un plano de Kiarostami, en el que la materialidad de sus imágenes es tal que da la impresión de que es uno mismo quien recorre un camino serpenteante a bordo del auto. Y, sin embargo, anclada en esa realidad, vuelve a aparecer la parábola, en este caso la idea que evidencia la voluntad demiúrgica del cine de Kiarostami: la noción de que el cine –no importa qué terremotos se interpongan en su recorrido– no es otra cosa que reconstruir el mundo a partir de sus fragmentos, de sus escombros.


La Trilogía de Koker concluiría con Detrás de los olivos (1994), vinculada a su vez con el film anterior. Un joven campesino que participa como actor no profesional de Y la vida continúa (Kiarostami siempre borroneó las fronteras entre ficción y documental al convocar a gente común, sin experiencia cinematográfica) está enamorado de una chica local que también es parte del rodaje, pero que lo rechaza. La testarudez habitual de los personajes del director hará que el joven enamorado no ceje en su intento de seducción, pero el prolongado gran plano general con que concluye el film (una obra maestra en sí misma) deja librado al espectador conjeturar cuál es la respuesta de la chica. “Un actitud justa, de respeto hacia el espectador, sería aquella que le permitiera elegir a él mismo aquello qué lo emociona. En un plano-secuencia, es el espectador quien elige en función de lo que él siente”, declaró Kiarostami sobre ese famoso final abierto.


De hecho, todo el principio de construcción de El viento nos llevará (1999) se basa en la ausencia de imágenes e informaciones en apariencia esenciales, en el fuera de campo, en la exclusión como regla a partir de la cual cada espectador es invitado a participar muy activamente en la elaboración del sentido final del film. Hay un misterio, es cierto, en el centro de El viento nos llevará, pero ese misterio tiene cierto carácter lúdico, como si con esta película Kiarostami hubiera querido llevar hasta las últimas consecuencias aquello que ya venía practicando en sus films anteriores, y que él mismo resumió en un breve artículo teórico denominado “Por un cine inconcluso”, escrito en ocasión del centenario del cine. Allí Kiarostami abogaba por un tipo de cine que le diera más tiempo y más posibilidades de reflexión a su público, “por un cine a medias, un cine inconcluso que pueda ser completado por el espíritu creativo de los espectadores”. En este sentido, El viento nos llevará pone radicalmente en práctica ese principio, confronta a la sala oscura y le pide que le ayude a echar luz sobre la pantalla.


Su película siguiente, Ten (2002), significó un cambio radical en su obra. Aunque ya había experimentado antes con algunos cortos, fue su primer largo rodado con una pequeña cámara digital, que dejó fija en el interior de uno de sus escenarios predilectos, un automóvil en movimiento (procedimiento que también utilizó Panahi en su film más reciente, Taxi). El número del título remite a los diez diálogos socráticos que se dan en el interior de un auto que recorre las calles de Teherán y por el cual van pasando, coloquialmente, todos los temas: la vida, la muerte, el amor, la educación, la maternidad... La otra novedad absoluta de Ten fue que se trató de la primera obra de Kiarostami en la que las mujeres están en el centro absoluto de la escena. “De alguna manera, mi película refleja los problemas que enfrenta hoy nuestra sociedad”, declaró por entonces el director. “Yo no soy de aquellos que hacen diferencias de género, pero sí creo que los problemas hay que exponerlos tal como son y las mujeres hoy en Irán tienen mucho para decir al respecto.”
A Ten le siguió, el año siguiente, Five (2003), un objeto audiovisual concebido a partir de cinco secuencias independientes entre sí y realizadas en una sola, única toma, generalmente estática, con el mar como único elemento en común. En este camino extremo hacia la abstracción (un camino que Kiarostami venía explorando desde hacía tiempo en sus exposiciones fotográficas), Five parece, en una primera instancia, una suerte de experiencia zen, pero se revela finalmente como una nueva interrogación del director por las posibilidades y los límites del cine, en el terreno de la imagen y también del sonido. Esos cinco planos fijos, capaces de hacer tangible el tiempo que queda aprisionado en ese recorte de la realidad, consiguen expresar tensión, humor o una infinita melancolía sin apelar a ninguna forma narrativa. En todo caso, tienen el poder descriptivo y la sensibilidad de un haiku. No por nada, Five fue dedicada por Kiarostami a la memoria del maestro japonés Yasujiro Ozu.


Algo de esa abstracción Kiarostami la llevó a Shirin (2008), pero en este caso concentrada en los rostros de un centenar de mujeres que asisten en una sala de cine a la proyección de un melodrama basado en un clásico de la literatura persa. El hecho que de ese film sólo se pueda inferir aquello que se refleja en los rostros de sus espectadoras supone una puesta en abismo donde la emoción es producto del más puro, auténtico contracampo.


Para sus dos films finales, Kiarostami –que siempre tuvo problemas con la censura de su país– debió resignar sus principios y trasladarse al exterior, lo que no le impidió sin embargo dar dos estupendos frutos. Filmado en escenarios naturales de la Toscana, Copia certificada juega con Viaggio in Italia, el legendario film de Roberto Rossellini de 1954, donde Ingrid Bergman y George Sanders paseaban las ruinas de su amor por los restos de Pompeya. Es que el tema de la “copia auténtica” es la idea central de la película de Kiarostami, que en su primera incursión fuera del cine de su país se animó a dialogar con las convenciones y los modos de relato del cine occidental. Como la pareja de Rossellini, la de Kiarostami (Juliette Binoche, William Shimell) también va errando por los museos de la región y, en uno de ellos, encuentra una “copia certificada”, un retrato del siglo XVIII que durante más de doscientos años fue dado por un original del período romano, pero cuya calidad es tal que es considerado, también, una obra de arte. Como el mismísimo film de Kiarostami, claro está.


Like Someone In Love (2012) fue filmada íntegramente en Japón, con actores japoneses. Pero no por ello deja de ser una típica película de Kiarostami, por la delicada complejidad que se esconde detrás de una historia engañosamente simple y por su virtuosa puesta en escena. Hay un eco de las historias de Yasunari Kawabata en ese profesor ya viudo y anciano, que después de una cita con una call girl casi adolescente –con quien quizá ni siquiera ha llegado a tener sexo– parece volver a sentir eso que alguna vez llamó amor. El film narra apenas veinticuatro horas en la vida de estos personajes, pero Kiarostami se las ingenia para que el espectador sienta que los conoce de casi toda una vida. Y que casi podría mudarse con ellos: al taxi en el que la chica acude a la cita; al auto en el que el profesor intenta devolverla a la ciudad; o al pequeño, pero cálido departamento en el que el anciano vive sus últimos años de soledad y que, de pronto, se ve sacudido por un hecho inesperado. “En ese momento, lo único que se me ocurrió fue The End”, reconoció Kiarostami sobre el abierto, polémico final de su película. “Entonces me dije, tal vez no es el final. Y ahí me di cuenta entonces de que no tenía principio tampoco. Mi película no empieza y no termina. La vida es así. Nunca llegamos al comienzo, las cosas siempre comienzan antes.” El cine de Kiarostami también. Siempre será actual, moderno, siempre será un clásico; no tiene comienzo ni final: estaba antes de que lo conociéramos y seguirá estando después, para las generaciones venideras.

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“Colombia es un país que se desconoce a sí mismo”

El cineasta colombiano Ciro Guerra tenía ganas de filmar una película en el Amazonas y supo que iba a ser posible cuando se topó con los diarios de los primeros exploradores que recorrieron la Amazonia colombiana. Ellos eran Theodor Koch-Grünberg, etnólogo alemán que brindó su aporte indispensable para reconocer las tribus de la región, y el estadounidense Richard Evan Schultes, un botánico que documentó las propiedades alucinógenas de ciertas plantas de la selva. Inspirado en esos relatos de viaje, Guerra construyó el largometraje de ficción El abrazo de la serpiente, con la historia de Karamakate, un chamán convertido en “chullachaqui”, es decir, un ser privado de emociones y de recuerdos, hasta que al conocer a unos de los exploradores su vida podría llegar a tener otro sentido. Y el film –con una exquisita fotografía blanco y negro, y hablado en lengua originaria– focaliza en el encuentro entre ese chamán amazónico y su viaje con los dos científicos mediante la narración de una relación que se da a lo largo de cuatro décadas. El film se estrenará el próximo jueves en la Argentina.


El abrazo de la serpiente es una coproducción entre Colombia y la Argentina. Las empresas argentinas son MC Producciones, de Marcelo Céspedes, y Buffalo Films, de Hori y Esteban Mentasti. El film tuvo un recorrido internacional importante y ganó numerosos premios, entre ellos el Art Cinema Award de la Quincena de los Realizadores del Festival de Cannes 2015. El abrazo... es también una de las cinco nominadas a Mejor Película Extranjera de las 88º entrega de los Oscar, que se celebrará el 28 de febrero. Después de sus dos primeros largometrajes, La sombra del caminante (2004) y Los viajes del viento (2009), Guerra tenía la intención de hacer una película menos personal que las anteriores. “Quería hacer una que fuera lo contrario, que se fuera a lo desconocido, e invitar al espectador a que viaje hacia lo desconocido. Entonces, empecé a investigar y leí los libros de los exploradores. Me encontré con una historia que no se había contado, y que es gira alrededor del conocimiento, de su búsqueda y de sus límites”, dice en la entrevista con Página/12.


–¿Qué expectativas le genera la posibilidad de un Oscar?


–Honestamente, en lo personal no espero nada. Estamos más que satisfechos con todo lo que ha pasado con la película. Sólo han sido buenas noticias. No esperábamos llegar hasta acá. Fue un camino muy grato y estamos muy agradecidos. Lo que pueda pasar sería maravilloso, pero me siento muy tranquilo. Pensé que iba a estar más nervioso con este tema, pero realmente estoy muy tranquilo.


–¿Y cómo vive la sociedad colombiana la primera nominación para una película de su país votada por la Academia de Hollywood? ¿Lo vive tan tranquila como usted?


(Risas) –No, realmente ha sido una noticia que ha puesto a la gente muy contenta y hubo mucha alegría. Fue una noticia durante varias semanas y recibí la felicitación del presidente. Y la volvieron a poner en los cines y está resultando un éxito muy grande de taquilla.


–¿Vio las películas que compiten con El abrazo de la serpiente?


–He visto dos: la jordana Theeb y la francesa Mustang. En general, son películas de mucho nivel y es un gran honor para nosotros.


–¿Cómo influyó en el gusto de los espectadores colombianos una historia alejada de los tópicos del narcotráfico y la prostitución?


–No creo que esos temas estén tan presentes en el cine colombiano. Es más una impresión que existe, pero si entras a mirar más profundamente no se han hecho tantas películas sobre esos temas. Igual, la gente vio mi película como algo muy sorprendente, muy novedoso y diferente a lo que estaba acostumbrada.


–¿Esta historia plantea, de algún modo, una mirada sobre los orígenes de las violencia en su país?


–Sí, ésa es una lectura que muy poca gente hace, pero sí: la película va hacia el corazón de los orígenes de nuestro conflicto, que es el tema de la tierra y la posesión. Colombia es un país que se desconoce a sí mismo muy profundamente. Lo que ha pasado siempre fue una gran duda para todos nosotros. Entonces, el cine es una herramienta para que conozcamos parte de nuestra historia y de dónde venimos como sociedad.


–En ese sentido, ¿la película es una manera de reivindicar a los antepasados?


–Sí, para las comunidades indígenas ha sido muy significativo que la película se hable en las lenguas indígenas, a punto de desaparecer algunas de ellas. Y debía acercarme a ellos como dueños de un conocimiento milenario que todavía sigue siendo importante para el ser humano.


–Pese a que el Amazonas ocupa el cuarenta por ciento del territorio colombiano, sigue siendo un misterio para sus habitantes. ¿Por qué sucede esto?


–La sociedad ha crecido de espaldas a esa región. Es muy poco el conocimiento que tenemos de las diferentes culturas que hay ahí. Los vemos simplemente como indígenas pero no tenemos conciencia de la diversidad de culturas, de idiomas y de conocimiento que hay allí. No es una historia que conozcamos. Al ver la película, mucha gente se sorprende por lo que ha pasado. Y no hemos tenido un diálogo cultural. No hemos dialogado con una literatura amazónica o con un cine amazónico. Entonces, el conocimiento del Amazonas se ha mantenido limitado al círculo académico, a los círculos de los etnógrafos y antropólogos, pero el ciudadano colombiano no tiene conciencia de lo que allí existe o de que existe.


–¿Cree, entonces, que la película puede colaborar para que valoren más la región?


–Lo máximo que podemos esperar es que la película sea una semilla en ese conocimiento y en ese respeto por las comunidades amazónicas. Y ese desconocimiento ha sido la razón por la que no le ha importado a mucha gente destruir y arrasar no sólo la tierra sino también las comunidades.


–Al pensar el rodaje, ¿se inspiró en alguna película que se haya filmado en el Amazonas?


–No, tratamos de alejarnos de los referentes cinematográficos. Nos inspiramos más en la vida misma, en la historia, en lo que ha ocurrido. La idea era ofrecer una mirada nueva yendo directamente a la raíz.


–¿Se puede decir que esta película está en las antípodas ideológicas de Fiztcarraldo, por ejemplo?


–Diría que es como un contraplano. En la película de Herzog, los indígenas no tienen una mayor figuración, no son personajes. La mía es la historia del otro lado, con la esperanza de que se vea la diferencia.


–Por otro lado, en las películas de Herzog está el tema del colonialismo...


–Sí, cuando entras a investigar la historia del Amazonas, el asunto es que un personaje como Fiztgerald (el que compuso Klaus Kinski) es un genocida, pero la película lo presenta como un soñador bucólico. Ahí es donde te das cuenta de que la historia ha sido contada desde un solo lado. No puedo decir que El abrazo... tenga la mirada de los indígenas, pero toma su punto de vista y, de alguna manera, trata de construir un puente entre esa forma de entender el mundo y la nuestra. Si la película presentara el punto de vista indígena de manera documental se volvería casi incomprensible para el espectador. Es una forma tan diferente de entender el mundo que la sensación que podría producir sería la de una desorientación total.

–Es una historia que entretiene porque tiene aventuras, pero también reflexiona sobre la destrucción de una cultura.

¿Cómo combinó ambos aspectos al momento de pensarla?


–Sigue la tradición de la narración de aventuras y está en un movimiento constante. Es una película en la que el espectador está metido dentro de una aventura. Es un viaje hacia lo desconocido. Y durante ese viaje se encuentra con el rostro del horror y la amenaza, pero al mismo tiempo es un viaje revelador. No se trata de acusar o de juzgar. Siento que el cine debe ser una experiencia, tanto hacerlo como verlo. En la medida en que sea una experiencia hacerlo, se convierte en una experiencia para el espectador. Eso es lo que creo que el espectador busca: que el cine lo transporte.


–¿Cómo fue el trabajo con los indígenas? ¿Cómo les explicó, por ejemplo, qué es el cine y qué es actuar?


–Estaba preocupado porque pensé que iba a ser muy difícil para ellos, porque son personas que no tienen contacto con la actuación, el cine ni el teatro. Pero para ellos es muy importante la narración de historias. Y tienen una fortaleza muy grande que es la tradición oral. Esa tradición oral que han mantenido durante siglos les da una capacidad muy aguda de escuchar. Ellos saben escuchar. No es fácil encontrar actores que sepan escuchar, inclusive actores formados y profesionales. Entonces, cuando tienes un actor que sabe escuchar, tienes la mitad del camino recorrido. Y ellos lo hicieron con muchísimo entusiasmo y alegría. Fue una experiencia maravillosa para todos.


–¿Cómo fue el rodaje en la selva?


–Fue un gran reto. Podría haber salido muy mal y estábamos preparados para que pasara lo peor, pero afortunadamente contamos con el apoyo y la guía de las comunidades indígenas. Ellos nos enseñaron a trabajar en la selva de una manera respetuosa, que no afectara el entorno. Y trabajamos con la protección espiritual de ellos. No pasó nada malo de todo lo que podría haber sucedido. El clima colaboró, no tuvimos ningún tipo de accidente ni de enfermedad. Vimos todo tipo de animales pero nadie resultó afectado. Entonces, fue una experiencia muy exigente a nivel físico, sin duda, pero al mismo tiempo fue muy gratificante y de mucha humildad ante el mundo.


–¿Cómo era un día de rutina en la selva?


–Nos levantábamos muy temprano en medio de un campamento que quedaba a dos horas y media del pueblo más cercano, donde aterrizan los aviones. Teníamos un desayuno normal, gracias a un servicio de comida. Luego, los actores se maquillaban y, posteriormente, nos montábamos en balsas y viajábamos, a veces media hora y otras una hora, hasta la locación. Pasábamos todo el día en la selva, muchas veces en botes o en las orillas. Fue un plan de rodaje bastante exigente que nos obligaba a estar muy concentrados y muy atentos. No hacíamos muchas tomas de cada plano. Hacíamos dos o tres. No había necesidad de hacer más, porque todo estaba muy claro, pero estábamos muy abiertos a lo que pudiera pasar. Si aparecía un animal, lo filmábamos. Pero hubo un trabajo de preproducción muy bueno.


–¿Y cómo fue el trabajo de traducción del lenguaje originario al español?


–Fue al revés. El guión fue escrito en español y los indígenas lo reescribieron y lo tradujeron. En ese proceso, el guión se transformó un poco. Y luego, ellos nos explicaron lo que ocurría en cada escena. Nosotros teníamos claro lo que decía cada escena, pero hay ciertas cosas que no se pueden traducir. Entonces, se hizo lo más aproximadamente posible.
–¿Por qué decidió filmar la película en blanco y negro?


–La película está inspirada en las imágenes de los exploradores que ellos tomaron con máquinas fotográficas antiguas. Y lo que se ve es un Amazonas que es completamente diferente a la imagen uno tiene. Son imágenes que están totalmente liberadas del exotismo, de la exuberancia. Lo que se siente es como otro mundo y otro tiempo que habla a través de las imágenes. La película habla de una percepción limitada que eventualmente se expande. Y eso era esencial. Cuando filmas de esta manera, no existen las diferencias, como que la naturaleza es verde y el ser humano es otra cosa. Cada pez, cada gota de agua, cada animal, cada hombre están hechos de la misma materia. Eso es muy cercano a la forma en que los indígenas ven el mundo. Hacerla en blanco y negro afecta todas las decisiones de la película, pero para nosotros era imposible hacerla de otra forma.


–¿Cómo fue la proyección del film terminado en la comunidad indígena que participó?


–Fue muy emocionante. Se llevó una pantalla, un proyector y sonido, y convertimos una maloca, que es una casa tradicional amazónica, en una sala de cine por una noche. Entonces, llegó mucha gente de los pueblos cercanos. Hubo gente que caminó todo el día para ir a ver la película. Remaron desde ríos lejanos. Fue muy impresionante, porque era una maloca muy grande y se llenó. Estaba repleta. La gente la veía de pie. Cuando terminó, hubo gente que pidió que la volviéramos a poner y la vio de nuevo. Fue muy emocionante.


–¿Cuáles fueron sus sensaciones al volver de la selva? ¿Cambió en algo su manera de ver la vida?


–Es difícil resumir en palabras la experiencia porque es aprender a ver la vida de otro modo. Y cuando uno vuelve todo se ve distinto. Si tuviera que resumirlo en palabras, diría que lo que obtuve fue mucha liviandad. Me siento mucho más liviano ahora. Perdí mucho peso emocional, intelectual y espiritual. Y me siento mucho más transparente. Siento que veo las cosas desde una perspectiva más transparente, pero es difícil poner en palabras algo que no es posible expresar.


–Usted dijo hace poco: “Cuando estás allí te das cuenta de que no existe una sola forma de ser humano”. ¿Ese fue el mayor impacto para usted?


–Sí. Siento que tenemos una sociedad donde hay mucho agotamiento de las formas de existir. Frente a este conflicto entre capitalismo y socialismo, es muy importante que tengamos presente que esas no son las únicas maneras de existir, que hay muchas más.

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“La trama nos conduce por el inquietante e incierto camino de la transgresión, como un ejemplo a seguir”

“La trama nos conduce por el inquietante e incierto camino de la transgresión, como un ejemplo a seguir”

 

Un drama íntimo, cotidiano, que viven unas hermanas en su niñez y adolescencia, al ser obligadas a seguir una milenaria tradición musulmana, que como bien destaca la película, es hoy en día contraria a las libertades y derechos de las mujeres.

La historia se teje en un apartado y conservador pueblo de Turquía, cuando las cinco hermanas regresan a su hogar tras terminar un periodo en la escuela provincial. No demoran en levantarse rumores que las acusan de inmoralidad, por supuestas malas conductas con los compañeros de escuela. La familia, por su parte, decide tomar cartas en el asunto, para proteger “la virtud de la mujer”, “precipitándolas a un destino como futuras esposas”.

En adelante empieza el drama: De la libertad, alegría y color, pasa al oscuro claustro del núcleo familiar, de reprimenda, bajo el supuesto concilio tradicional-religioso. Sin embargo, el color y la alegría persisten a lo largo de la película, en su lucha por la libertad, obstinados en no dejarse opacar.

La fuerza de esta película recae en la hermana menor, Lale, que representa, como las nuevas generaciones, la esperanza de un cambio. La trama nos conduce por el inquietante e incierto camino de la transgresión, como un ejemplo a seguir.

A pesar de que el tema de la película podría considerarse cliché, hoy en día sigue teniendo gran actualidad. En países del medio oriente, África, incluso en ciertas comunidades indígenas de América Latina, muchas de estas prácticas patriarcales, que vulneran los derechos de las mujeres, se siguen ejerciendo, resguardadas bajo el ala de la “tradición y costumbre”.

Retomando el camino, podría afirmar que lo que más cautiva en "Mustag" es la naturalidad y gracia con que se desenvuelven las niñas y adolescentes en este drama. Por su parte, la película es un elogio a la hermandad, a la amistad, a la belleza de esta etapa de la vida, así como es una invitación a romper con las “malas” prácticas de la tradición.

Es un drama íntimo, apasionado, que mantiene al espectador en suspenso e intriga. Hay ilusión, complicidad, desengaño y tristezas. Con algunos planos cortos y distanciados en el tiempo, se hila la historia, como retazos que el espectador debe armar en el transcurso de la película.

Es, finalmente, una carrera contra el tiempo, un proceso de aprendizaje que, solo hacia el último momento, se desenvuelve con un final algo impredecible.

Esta película está en competencia con la producción colombiana, "El abrazo de la serpiente", de Ciro Guerra, por el premio Oscar a la Mejor película de habla no inglesa. En mi opinión, y sumándome a este abyecto afán competitivo, va ganando "El abrazo de la Serpiente". "Mustang, belleza salvaje" sigue en cartelera por estos días, invito a que forme su propio criterio.

 

Mustang: belleza salvaje.

Año: 2015.

Director: Deniz Gamze Ergüven.

País: Francia.

Duración: 97 min.

Premios:

2016: Premios Oscar: Nominada a Mejor película de habla no inglesa

2016: Globos de Oro: Nominada a Mejor película de habla no inglesa

2016: Premios Goya: Nominada a mejor película europea

2016: Independent Spirit Awards: Nominada a Mejor película extranjera

2016: Critics Choice Awards: Nominada a Mejor película de habla no inglesa

2015: Premios del Cine Europeo: Premio Discovery (mejor ópera prima)

2015: Festival de Sevilla: Premio del Público

2015: Festival de Sarajevo: Mejor película

 

Blog Desborbita

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Miércoles, 20 Enero 2016 06:46

La superproducción más cara de la historia

La superproducción más cara de la historia

Estamos en plena chapomanía. Siendo el muy mentado Chapo Guzmán un mito, ya no sabemos cuánto hay en él de verdad o mentira. Su grueso bigote, por ejemplo, ¿es real o pintado al carbón, como el de Groucho Marx? Un aspirante al glamur de Hollywood, con muertos a cuestas que sólo pueden contarse de manera estadística: 67 por ciento de los 45 mil que ha costado la guerra del narco en México, y no con balas de mentira, con las que mataba John Wayne en las batallas de tramoya de la guerra de Vietnam.


Las telenovelas nos ofrecen argumentos ya viejos: la campesina que entra en la mansión suntuosa como empleada doméstica y saldrá casada con el hijo de los patrones venciendo la maldad de la suegra, o la empleadita sufrida que resultará, al final, bendecida por la herencia que le ha dejado su abuela, quien la ha buscado afanosamente por años, sin encontrarla. Todos son caminos para llegar al dinero fácil, pero a la postre inocentes.


Ahora el guión se ha pervertido, nos dice el mismísimo Sean Penn: el héroe sumido en la miseria campesina desde su infancia ha sido empujado desde los 15 años a vender drogas para poder sobrevivir. Y se hizo a sí mismo, como en las mejores historias románticas del capitalismo, donde brillan aquellos magnates que enmarcan el primer dólar ganado, a lo Rico McPato.


Él mismo, haciendo gala de sinceridad, nos advierte que los cárteles no van a desaparecer ni con su prisión perpetua ni con su muerte, lo cual no deja de servirnos de consuelo moral: El día que yo no exista no va mermar lo que es nada el tráfico de droga. Quiere que lo veamos como una víctima de los apetitos del mercado. Sería un honrado labriego o pastor de cabras en Badiraguato si los viciosos consuetudinarios de Wall Street y Beverly Hills no consumieran tanta cocaína, heroína, anfetaminas o mariguana, productos de su abundante stock. Y de su parte no prueba drogas, una de las formas de reclamar honestidad. Comercia con ellas, pero no es un adicto como sus clientes ricos.


El guión de esta formidable superproducción ya está siendo escrito y servirá para la gran pantalla, así como para las series de Netflix y lo mismo para la telenovela hogareña. De ésta recibe los necesarios toques maestros cursis, si no, oigamos: "No duermo mucho desde que te vi. Estoy emocionada con nuestra historia. Es en lo único que pienso...", susurra Kate, la heroína, en un mensaje de texto. Y el galán del bigote poblado responde: Eres lo mejor de este mundo. Te cuidaré más que a mis ojos. Y entonces ella: Me mueve demasiado que me digas que me cuidas; jamás nadie me ha cuidado.


Son frases lacrimógenas, de esas que hacen llorar a mares, y entonces la cuenta de crímenes del galán ya no importa tanto, porque tiene un corazón sentimental. Y en demasía. Es alguien a quien en el léxico del macho se llama un preñador: siete esposas, 18 hijos, amantes a granel, sobre todo reinas de belleza, y call girls que elige en las páginas de los catálogos donde se ofertan sus servicios, como si se tratara de escoger un casting. Un semental que, para no desmerecer de su fama, antes de ir una vez más a prisión se había hecho una cirugía de los testículos para mejorar su rendimiento sexual.


Pero Sean Penn no fue en su búsqueda por conocer a un sufrido campesino que se abrió su lugar en el mundo a costa de lágrimas, las ajenas, ni para encontrarse con un garañón patriarcal. Iba en busca de la cercanía tersa y acariciante del poder, de su erotismo; conoce el poder mediático, pero quiere hallarse ante el poder verdadero, que ejerce con astucia y crueldad su anfitrión, enlistado por la revista Forbes entre los supermillonarios y por la revista Foreign Policy entre los superpoderosos del mundo. El mismo aprendiz de entrevistador lo revela con toda candidez, cuando nos dice que en México hay dos presidentes, uno de ellos su entrevistado. Dos sillas del águila.


Antes de su cena con el gran capo había visto, dice, "videos y fotografías de decapitados, reventados, desmembrados o acribillados a balazos: inocentes, activistas, periodistas valientes y enemigos por igual del cártel", pero eso no ataja su seducción, precisamente porque su entrevistado tiene poder de vida o muerte, que ejerce mediante redes secretas, de órdenes que llegan al último rincón y se cumplen puntuales. El actor puede tener ese poder en la ficción, frente a las cámaras, pero no en la realidad.


Los asesinatos en serie, los crímenes masivos, no atajan tampoco nuestra fascinación, porque vivimos frente a la gran pantalla, donde la épica nunca deja de estar teñida de sangre, y vivimos frente a la pequeña, donde se celebra el ascenso de los pobres hacia la riqueza, cualquiera que sea el camino. Y en ambos casos nos conectamos sin pudor al mercado que espera a todos con sus fauces abiertas.


La firma Barabas, de Los Ángeles, agotó al instante las existencias del modelo Fantasy de sus camisas, que el capo luce en la foto que se tomó con el arrepentido Sean Penn, vestido, en cambio, con una sobria camiseta negra que no llama la atención de nadie. En tiempos del gusto posmoderno se trata de una extravagante camisa de sicario, de esas muy apropiadas para lucirse abiertas y enseñar la gruesa cadena de oro en el pecho y para usarse por fuera, de modo que el faldón pueda esconder la pistola de grueso calibre. Si hay novelas, telenovelas, series, música grupera y altares para los narcos, ¿por qué no camisas? El glamur debe ser total.


La película sobre la vida de este gánster ejemplar podría llegar a ser la superproducción más cara de la historia del cine. Ya tenemos adelantado el guión y el casting, con los protagonistas principales. El dinero para producirla, ya sabemos, sería infinito.


Masatepe, enero de 2016
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