Jueves, 20 Marzo 2014 05:52

Por un mundo multipolar

Por un mundo multipolar

ALAI AMLATINA, 19/03/2014.- Entre las enormes trasformaciones que el mundo ha sufrido en las últimas décadas, una que tuvo la mayor consecuencia ha sido el paso del mundo bipolar al mundo unipolar, bajo la hegemonía imperial norteamericana. El fin de la guerra fría trajo no solo la derrota, sino también la desaparición del campo socialista, abriendo paso a la hegemonía de la única superpotencia: los Estados Unidos de América (EUA).


El que fue anunciado como el tiempo de la Pax Americana se ha mostrado como un tiempo de guerras, en el que EUA se vale de la inexistencia de otro campo que le impusiera límites, para buscar resolver todos los conflictos con su militarización, con el uso de su superioridad en el plano de la violencia. Fue así en Afganistán, en Irak, en Libia.


La lucha por un mundo de paz, de resolución pacífica de los conflictos es, así, una lucha por la quiebra de la hegemonía imperial norteamericana. Es la lucha por un mundo multipolar.


Cuando América del Sur crea un Consejo Suramericano de Defensa está contribuyendo a la resolución pacífica de los conflictos, como lo ha hecho en el caso de la relación de Colombia con Ecuador y Venezuela, así como en el intento separatista en Bolivia.


El rol de las fuerzas políticas en el mundo actual se define por la posición que tienen respeto a la hegemonía imperial norteamericana. Los gobiernos de Europa, por ejemplo, son parte integrante del bloque de fuerzas comandado por EUA, se comportan como sus aliados fieles, rol similar al de Japón, Israel, entre otros.


En este marco, toda fuerza que, por alineamiento político e ideológico o simplemente en la defensa de sus intereses nacionales, se enfrente a la hegemonía estadunidense, desempeña un rol positivo, favorable al surgimiento de un mundo multipolar.


Son los casos de gobiernos como los de Rusia, China, Irán, Siria, entre otros. Amenazados por la política agresiva de EUA, que busca imponerles sus intereses por medio de formas violentas, resisten, constituyen alianzas para ello, buscan debilitar la capacidad de acción de EUA. Independientemente de las razones que los mueven e incluso de la naturaleza de sus regímenes políticos, en el ámbito internacional son aliados de aquellos que luchan en contra de la dominación imperial norteamericana y por la construcción de un mundo multipolar.


Hasta hace poco los EUA habían logrado las condiciones políticas, internas e internacionales, para trasferir los conflictos al plano militar y resolverlos a su favor. A partir del conflicto con Siria, la situación ha empezado a cambiar. El gobierno Obama no logró siquiera el apoyo de Gran Bretaña, tampoco el apoyo de los militares norteamericanos y de la opinión pública interna. Tuvo que aceptar los términos de la negociación política del conflicto, al que se agregaron las negociaciones con el nuevo gobierno de Irán. Han tenido que abandonar las amenazas de bombardear de Siria, al tiempo que han aflojado las medidas de bloqueo a Irán.


Actitudes que, de forma automática, han aislado a Israel y Arabia Saudita, antes estrechos e incondicionales aliados de EUA.


Se ha abierto una nueva coyuntura internacional, donde Rusia surge como un actor importante. La crisis de Ucrania y la anexión de Crimea a Rusia, ya son parte de ese nuevo escenario, en el que se debilita la capacidad norteamericana de imposición militar de sus intereses. EUA sigue siendo la única superpotencia a escala mundial, pero ya no encuentra las facilidades que tenía, desde que surgió como potencia vencedora de la guerra fría, para imponerse en el mundo.

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Crisis civilizatoria y sus expresiones en Latinoamérica

Es común hacer referencia a que el término civilización comparte con el de ciudad la raíz latina de civitas. Esto se relaciona con una visión de superioridad de las ciudades y quienes vivían en ella frente a los "bárbaros" que no habían sido capaces de edificarlas y de vivie bajo nuevas reglas de comportamiento que más tarde se conocerían como de "urbanidad". Esto implicó identificar como superiores a formas culturales y educativas, por encima de aquellas que se mantendrían llamadas como toscas o incultas, pertenecientes a la vida rural y a los sectores populares.

 

Sin embargo, es en el siglo XVIII cuando el término civilización adquiere real contenido y pasa a formar parte del pensamiento ilustrado. Esto significa, que la "civilización" estuvo íntimamente ligada al establecimiento del capitalismo y superación del feudalismo, y a la ideología del progreso, que es a su vez, la que justificaría los afanes de amplia explotación del trabajo humano y de la naturaleza. La relación entre civilización y progreso, en el inicio del sistema capitalista, estuvo acompañada por el mejoramiento parcial y momentáneo de niveles materiales de vida y por la imposición de una perspectiva global y ideológica, que abarca todos los campos de la vida, incluyendo a las ciencias inundadas de positivismo.


De esta manera, hemos llegado al momento en el cual civilización se entiende en el marco de una forma cultural, frecuentemente llamada occidental, cuyas características son las propias del desarrollo del capitalismo. Esto hay que tenerlo claro, porque nos permite definir con precisión de qué estamos hablando cuando decimos "crisis de civilización", comprendiendo que la crisis del sistema es siempre multilateral, diversa y que contiene una crisis en los sistemas hegemónicos de pensamiento y en las prácticas sociales.


Esto es más visible en nuestros días, cuando la crisis ambiental, resultante del modo de producción y de los modos de vida que se incluye, adquiere una importancia al hacer visibles los límites naturales al crecimiento económico y, por tanto, poner en cuestión fuertemente a la idea de progreso ilimitado y siempre hacia lo mejor, creencia propia de la modernidad.


Por supuesto, siempre hubo visiones alternativas. Vale por ello recordar aquella frase adjudicada a Víctor Hugo: "Primero, fue necesario civilizar al hombre en su relación con el hombre. Ahora, es necesario civilizar al hombre en su relación con el medio ambiente".


Al hablar de crisis de civilización muchos la han relacionado con un problema de irracionalidad y de creciente crisis ética. Estas no son más que expresiones de lo que sucede debido al carácter general de la crisis, pero su importancia radica en que plantear un ángulo importantísimo de la necesidad de una nueva ética para una nueva sociedad. La ética en crisis, es la ética de la explotación del trabajo ajeno, la nivelación de la dignidad humana y la lógica de la acumulación de la riqueza en pocas manos, que se constituye en la columna vertebral del sistema y frente a la cual poco importan los derechos humanos y menos aún los de la naturaleza. Esto es muy fácil verlo en todas aquellas ocasiones en las cuales a partir de cálculos económicos se toman decisiones que afectan gravemente a los pueblos y además al equilibrio ecológico.


¿Es esta una crisis terminal? En realidad no necesariamente aquello es así. Por profunda que sea la crisis, la transformación de un sistema de producción no es un hecho mecánico que se produce como consecuencia de la existencia de esas condiciones. De hecho se trata de una transformación que sólo puede surgir de amplias capas sociales concientizadas en los orígenes y efectos de la crisis y, sobre todo en la necesidad de superar el capitalismo. Desde aquellos ambientes en los cuales ha planteado la superación del neoliberalismo, pero no del capitalismo, se podrá tener algunas reformas de carácter positivo para la vida de la gente, pero que serán siempre limitadas y de corto plazo. Y la superación del sistema requiere de esfuerzos auténticamente revolucionarios, que se caracterizan más por rupturas y saltos, que por largos procesos de continuidades y reformas.


Esto último es importante comprenderlo cuando, en América Latina, algunos gobiernos se han planteado la recuperación del Estado en el marco de una reconstrucción institucional (que que en determinados casos entra en las propuestas de neo-institucionalismo que habrían realizado incluso instancias como el Banco Mundial), junto a medidas de carácter social y reforzamiento del nacionalismo, pero que en lo fundamental modernizan el capitalismo con la exacerbación de actividades extractivistas que mantienen el encadenamiento de nuestros países al mercado internacional y al modelo de acumulación.


Si no hay el sujeto social, que de ninguna manera es un individuo por importante que éste sea, sino una colectividad actuante en dirección a transformaciones profundas, la crisis dará paso a un proceso de recomposición del capital internacional, tal y como ha sucedido en momentos anteriores de la historia del sistema capitalista. De hecho, para que esto se produzca, hay que recordar que una necesidad es la destrucción de factores de producción y que para ello, las guerras han sido empleadas por los capitalistas.


Si hay una crisis, hay ganadores y perdedores. Lo evidenciado hasta hoy en los países desarrollados que determinan la economía mundial, confirma que los perdedores han sido los trabajadores y los pueblos, en una expresión de lucha de clases desde arriba. Pero el despojo de la riqueza social que se ha expresado en todas las medidas de ajuste estrictamente neoliberales planteadas en los países capitalistas desarrollados, se complementa con formas de despojo de los bienes comunes realizadas en los países dependientes principalmente por medio de una estrategia denominada extractivismo, la cual no presenta diferencias en las distintas formas de políticas latinoamericanas.


Bertold Brech nos preguntaría "¿Quién es un criminal mayor? ¿El que roba un banco el que lo fundó? ("La ópera de los 3 centavos", 1928). Eduardo Galeano nos entrega " Las venas abiertas de América Latina". En estos y miles de textos más, se confirma la existencia de una verdadera lucha de clases que ha permitido que aquellas que son dominantes en la sociedad mantengan su poder y acrecienten su acumulación. No hay que olvidar que luego de analizar la base de datos Orbis, que registra 37 millones de compañías, y estudiar las relaciones entre unas y otras, los investigadores del Swiss Federal Institute of Technology, (Suiza) concluyeron que el poder económico confluye en 147 grandes corporaciones, en las que recae el 40% de las ganancias globales. Apenas 660 personas son las principales propietarias de esa riqueza, demostrando que la principal causa de la pobreza es la acumulación en pocas manos.[2]


A escala global y también a escala nacional, esos niveles de acumulación y los dramáticos índices de diferenciación entre los pocos ricos y muchos pobres evidencian el lado más dramático de la crisis.

Manifestaciones de las distintas dimensiones de la crisis y su relación con América Latina


1. La crisis económica

 

La crisis económica tuvo su punta de iceberg en 2008 con el estallido de diversas burbujas financieras que, en realidad, surgieron como una manifestación de la sobreproducción de mercancías frente al mercado potencial que éstas hubiesen tenido. Por ejemplo, la llamada burbuja inmobiliaria, al no encontrar compradores en Estados Unidos, requirió que se entreguen préstamos de alto riesgos a familias de clase media o pobres que no tenían ingresos suficientes para cancelarlos. Esto condujo a la quiebra de bancos que, a su vez, no lograban pagar a instituciones financieras superiores que garantizaban esos "créditos basura" mediante la creación de un negocio de seguros que garantizaban otros seguros por sobre los intereses y que finalmente llevaban también a la quiebra. Los Estados corrieron al salvataje bancario y, sólo en Europa, en los primeros años les entregaron una cantidad superior a la necesaria para garantizar 270 años sin hambre en el mundo.[3]
Pero la sobreproducción y consecuente crisis se ha expresado también a nivel de sectores industriales, conllevando fenómenos como el de la quiebra de la ciudad de Detroit o las manifestaciones de una recesión mundial. Como parte de ello, más de mil 300 millones de personas viven bajo la línea de pobreza, con menos de un dólar al día, según datos de Naciones Unidas.


El escenario de recesión se plantea como una amenaza cercana por la desaceleración de la economía china, principal compradora de materias primas y socio creciente de las economías latinoamericanas.


Precisamente, al mantenerse la mayoría de países de América Latina dentro del rol de proveedores de materias primas, realidad que en algunos casos supera discursos de cambio de matriz productiva, éstos paulatinamente vivirán el efecto de una continua reducción en el consumo en los países desarrollados; en algunos casos, puede implicar, serias pérdidas de empleo y de salario. Cierto es que América Latina ha podido enfrentar esta crisis de mejor manera que otras, pero ello no implica que se ha desconectado o desacoplado de la dependencia frente a los mercados internacionales y al modelo de acumulación mundial. No deben engañarnos las cifras de crecimiento económico de América Latina, porque éstas precisamente están vinculadas a los procesos de la economía mundial y, en gran medida, a su condición de ofertante materias primas cuyos altos precios en parte se deben al manejo especulativo en el mercado. Si la crisis avanza, esos precios pueden rápidamente caer, tal y como sucedió tras la llamada crisis financiera de 2008, cuando cayeron en un 55% en apenas seis meses, o como sucedió en agosto de 2011 mientras se negociaba el límite de la deuda pública Estados Unidos, cuando los precios cayeron cerca de un 15% en apenas dos meses.[4]


La caída de los porcentajes de inversión extranjera directa, que antes de la crisis representó el 76% del crecimiento de flujos de capital, para llegar al 43% en 2010[5], es también otro peso para gobiernos que pretenden que ese tipo de inversiones son las que sacarán de la pobreza a nuestros países.


2. Crisis ecológica

 


Otra expresión de la crisis ecológica, que se expresa, por un lado, en la crisis ambiental generada por actividades humanas que provocan un cambio climático que a estas alturas tiene ya efectos irreversibles y que está ligada íntimamente con el modelo de producción y de consumo hegemónico a escala global. Cambio climático que obliga entonces a pensar en una civilización distinta en la que se entienda que "somos parte de la trama de la vida" y no sus dueños, tal y como nos dice la carta adjudicada al jefe indio Seattle, y que, es necesario restituir la "simbiosis" entre la sociedad y la naturaleza de la cual nos hablará Carlos Marx.


Pero el modelo productivo tiene consecuencias más inmediatas en la contaminación ambiental que sufren nuestros pueblos y que afecta su salud y su futuro, mientras otros buscarán hacer negocio de esa contaminación, originada principalmente por el afán de reducir costos de producción en las grandes empresas.


La ruptura del metabolismo con la naturaleza se expresa también en la llamada crisis de alimentos, en momentos en los cuales la humanidad produce una cantidad de alimentos superiores a las necesidades de la población mundial, sin embargo de lo cual cerca de 1.000 millones no cubren sus necesidades diarias de calorías y proteínas debido a que el impulso del afán de ganancia conduce a preferir alimentar automóviles mediante agrocombustibles antes que alimentar a las personas.


De allí que la conexión entre agrocombustibles, agricultura intensiva a gran escala que destruye a la producción familiar y campesina, utiliza de transgénicos con el agravante del alto consumo de agrotóxicos y la crisis alimentaria son evidencias de la forma capitalista de generar acumulación en pocas manos, esquilmando al trabajador y a la tierra, las dos fuentes de toda riqueza.[6]


De nada de eso se encuentran libres los pueblos latinoamericanos, sino que cotidianamente nuestras sociedades reciben los impactos de esa forma de producir destruyendo la naturaleza. La forma más acentuada es la del extractivismo, que significa la extracción de grandes volúmenes de recursos naturales, destinados al mercado internacional con poca o ninguna transformación previa, facilitando la acumulación por medio de todos los mecanismos al alcance para mercantilizar la naturaleza y considerar sólo su valor de cambio, desechando el valor de uso y el valor de no uso de cada uno de los bienes naturales. Extractivismo que responde a formas de despojo y de la necesaria violencia para garantizar ese despojo, en una manifestación más del sistema capitalista, que precisamente requirió en su surgimiento de una acumulación originaria de capital para la cual fue un elemento sustancial la colonización de América Latina y el despojo territorial de sus habitantes originarios.


Desde el poder, es frecuente escuchar que los pueblos originarios de nuestra América también fueron extractivistas porque usaron metales. Afirmación que solo busca confundir respecto a dos momentos históricos distintos y a la diferencia entre el extractivismo y el extraer lo estrictamente necesario. Precisamente, los pueblos originarios y lo podrían hacer de manera similar gobiernos de nuevo tipo, extraían solo o necesario y para emplearlo sin relación con el consumismo y menos con mecanismos de acumulación de capitales propios de este sistema. Lo que obtenían tenía casi siempre solo valor de uso de tipo ceremonial, pero no era una mercancía expuesta al mercado y mucho menos a uno de carácter internacional.


3. Crisis en la esfera de las ideas

 


Esta faceta de la crisis que tiene dos caras. La primera, la crisis del neoliberalismo y la necesidad de los capitalistas de ajustar las tesis neoliberales al momento actual, para lograr una recomposición del capital y para superar la crisis del capitalismo dándole mayor tiempo de vida, incluso llegando a formas de barbarie que fuera necesarias o impulsando algún tipo de neokeynesianismo.


La otra cara, está en la necesidad de que los sectores que resisten y se enfrentan al capitalismo, sea neoliberal o postneoliberal, ganen la hegemonía en el mundo de las ideas, planteando utopías y alternativas que posibiliten superar el capitalismo y construir una nueva sociedad.
Cuando hablamos de la emancipación, nuevamente hay que recordar también la problemática ideológica, ya que no habrá emancipación si no se logra terminar con la enajenación a la cual está sometida la mayoría como resultado de la separación artificial entre el trabajador y su producción y entre el ser humano y la naturaleza.


No se trata sólo de una lucha teórica y ética. Siendo éstas fundamentales, son insuficientes si no están integradas a una lucha económica y, principalmente a una lucha por el poder. Cualquier visión "civilizatoria" que pretenda desconocer la importancia de las culturas indígenas, de los saberes populares y de las prácticas de resistencia diversas y múltiples que se dan en el campo y la ciudad, no harán sino repetir un pensamiento colonizador hacia el interno de cada uno de los países y, con ello, impedir la construcción de una alternativa que convoque a la unidad de todos los sectores en resistencia.


Es en este terreno que en América Latina se está dando un debate particularmente importante con eco en distintas partes del mundo. Pero ninguna propuesta de los gobiernos que se autodefinen como progresistas al mismo tiempo que impulsan el extractivismo, rompe con los esquemas globales de acumulación y dominación geopolítica que nos somete a la posición de productores de materia prima.
El optimismo que mantienen algunos intelectuales de la región frente a estos gobiernos, no puede hacernos perder de vista este hecho fundamental. Tampoco debe conducirnos a posturas que expresan un dogmatismo primario al pretender que esos gobiernos no pueden ser criticados porque ello es favorecer a la derecha. Por el contrario, si esos gobiernos asumen políticas extractivistas, si permiten el ingreso de trasnacionales por encima de los intereses de las comunidades, si favorecen el uso de transgénicos y la fumigación que envenena a miles y miles de pobladores, serán esos gobiernos los que estarán favoreciendo a la derecha y al poder económico y los pueblos tienen la necesidad vital y la obligación de confrontar esas políticas.


La crisis es, por supuesto un momento de confrontación. O socialismo o barbarie planteaba Rosa Luxemburgo como las únicas opciones. Y el socialismo, como el Ché y demás marxistas aclararían, no puede separarse de su carácter de fase de transición hacia el comunismo. Maríategui, será muy recordado por decirnos que en América Latina el socialismo será construcción heroica y que no puede ser calco ni copia. Esa es la magnitud del reto que espera a quienes luchan por la transformación y la emancipación.

 

NOTAS

[1] Ponencia presentada en la I ASAMBLEA del MOVIMIENTO PARA LA SALUD DE LOS PUEBLOS LATINO AMERICA, realizada en Cuenca, Ecuador del 7 al 11 de octubre de 2013.
[2] Isch, Edgar, 2012. El 1% que es menos que eso: la acumulación de la riqueza en muy pocas manos. Quincenario Opción 245, de 1 a 15 de octubre de 2012.
[3] Max-Neef, Manfred, 2011. El mundo en ruta de colisión. En: http://lalineadefuego.info/2011/12/17/el-mundo-en-ruta-de-colision-manfred-max-neef/
[4] Munevar, 2011. Indice USB Bloomberg CMCI.
[5] Cepal, 2010. La inversión extranjera en América Latina 2010. Santiago de Chile
[6] Marx, Carlos. El Capital, tomo 1.

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Un desafío a la civilización que debemos rechazar. Toni Negri

La intervención francesa en Malí refleja una crisis política que tiende a generalizarse en el África sahariana y subsahariana luego de la "Primavera Árabe" del Magreb. "Se ha puesto de manifiesto el lado peligroso de la Primavera Árabe", titula el New York Times, y agrega: "tenía razón el coronel Gadafi cuando preveía que si él caía la gente de Bin Laden llegaría por tierra y por mar a ocupar las orillas del Mediterráneo.

 

Pero, ¿es realmente esto lo que impulsa a rebelarse a los nuevos guerrilleros en los desiertos del Norte de África o es más bien una pobreza cada vez más feroz y la siempre destructiva lógica de los gobiernos de la ex Francáfrica? Las zonas rurales de los países del Sahel han permanecido a su pesar en los últimos años en una profunda situación de miseria, lo que nutre el éxodo poblacional y la desestabilización de las grandes ciudades. Frente a esto las estadísticas macroeconómicas, muestran la existencia de un "falso" desarrollo vinculado a la actual carrera por el extractivismo minero hacia aquellos territorios ricos en tales recursos: Malí, por ejemplo, es el tercer productor mundial de oro, rico en uranio y se prevé que muy rico en hidrocarburos. El yihadismo entra en esos territorios no en razón de su fanatismo y nos los somete sobre la base de la "barbarie terrorista" (como cuentan a la opinión pública occidental) sino porque en esos países continúan disolviéndose las instituciones, debido a su fragilidad económica y civil. Por tal motivo el éxito de los "invasores" que no son tales está casi asegurado.

 

Malí no es más que otro país del Sahel –los demás también se hallan en parecidas situaciones críticas-, la duda sobre la profundización de la crisis en cada uno de ellos solo depende de algunos elementos casuales que aún contiene el "dominó" recientemente iniciado. En Malí, en una época "escaparate de la democracia", el gobierno se hallaba desde hacía tiempo en crisis, asfixiado por la corrupción, los repetidos golpes de Estado y la rebelión popular tuareg en el norte. Los tuaregs quieren la independencia de Azawad (vasta región desértica del norte de Malí). Esta revuelta ha encontrado la oportunidad de triunfar porque con la caída del régimen del coronel Gadafi, muchos mercenarios tuaregs han regresado a su país con armas (en grande y sofisticada cantidad) y equipajes (logísticas regionales y alianzas con parte del ejército maliense) tomados. Hay que tener presente que la intervención francesa (y de la OTAN) en Libia produjo en aquel país la implosión de un millar de fracciones locales, ideológicas, étnicas y que después de Gadafi no ha habido ninguna autoridad capaz de ostentar legítima fuerza.

 

La rebelión armada tuareg ha encontrado además un fuerte y probablemente decisivo apoyo en grupos salafistas y yihadistas que ya en 2002, al terminar la guerra civil argelina, habían instalado las bases de Al Qaida en el Magreb. Desde hace alrededor de diez años estos grupos han venido construyendo (aprovechando la "industria de los secuestros" y del apoyo a los "traficantes" ilegales de ese amplio territorio) bases y redes de apoyo a la guerrilla. El peligro era evidente. Desde hace unos tres o cuatro años está en marcha una cooperación bilateral Francia-EE.UU. para combatir lo que algunos llamaban el "eje Kandahar-Dakar". Recientemente el New York Times ha revelado que el Departamento de Estado había invertido cerca de 500 millones de dólares en esa región en esa estrategia antiterrorista. Ya a comienzos de 2012, el comando estadounidense AFRICOM debió comprobar que una buena parte de las adiestradas tropas malienses se habían unido a la revolución en el norte del país.

 

Ahora hemos asistido a la intervención francesa en respuesta al urgente pedido del gobierno de Bamako (mejor dicho de lo que queda) formalmente apoyado por una extensa coalición de países africanos y de gobiernos europeos. Pero la guerra francesa parece que ya puede extenderse como una mancha de aceite a una gran cantidad de países vecinos. Los sucesos argelinos de la última semana, en los que la delicadeza de las intervenciones de aquel gobierno y de su ejército han producido centenares de asesinatos, solo constituye el principio de este amargo desarrollo.

 

Por ahora, se consuelan la prensa y la opinión pública francesa, no se trata aún de una guerra de usura (como la iraquí o la afgana) cuyos protagonistas se mueven "en medio de las poblaciones" sino más bien de una guerra clásica en el puro desierto, de posiciones y de movimientos. No tardarán mucho en cambiar las cosas. Podrá resultar fácil a los franceses, junto a las tropas de otros países africanos (que permanecerán bajo el comando francés mientras se mantenga la reticencia estadounidense a tomar parte en el cambio), lograr la victoria en el terreno. Pero luego, ¿cómo gobernar en el desierto una paz que no será tal, frente a una "guerra nómada" que está comenzando, a una histeria frente a eventuales ataques terroristas en la Francia continental y sobre todo frente a la memoria de la vergüenza colonial y del despotismo postcolonial mantenido por la potencia francesa? Pero sobre todo, ¿cómo tener en cuenta –en la situación actual y en la postbélica– aquellos aspectos que nos permitimos llamar "aspectos buenos" de la Primavera Árabe, o mejor dicho de aquella "Primavera Africana" que parecía que comenzaba a apuntar también en el Sahel? Es inútil –y lo decimos por segunda vez– culpar al extremismo de un islamismo salafista radical cuando se está sofocando la única alternativa verdadera que actualmente podría concretarse: la maduración –ya iniciada en esos territorios– de élites jóvenes, democráticas, anticapitalistas. Es necesario atacar las causas socioeconómicas de esta crisis.

 

Si se escucha a los expertos, estos dicen que para desarrollar un programa de reconstrucción y de desarrollo sería necesario intervenir en estos territorios en los sectores agrícolas, de reforestación, de cría de animales, en el mejoramiento de las rutas y del transporte, el acceso al agua, la promoción de la energía solar y eólica, etc. Y luego habría que relanzar los programas de producción de algodón y de cereales en esas regiones... En síntesis todo, en verdad todo. Finalmente y especialmente "las poblaciones deberían beneficiarse de los ingresos de los réditos procedentes de la minería como son los del oro, primer producto de exportación".

 

¿No les parece cómica esta conclusión? Y en la risa no es evidente el cinismo, mínimamente hipócrita, que se desprende de la insistencia en la misma execrable sed de dinero que conduce a nuestros gobiernos liberales a combatir a los terroristas en las despiadadas tierras desérticas del Sahara y del Sahel como bienes a distribuir entre los enemigos (porque resulta bien difícil diferenciarlos de los pobres campesinos o de los proletarios metropolitanos ahora sublevados). Y todavía más, ¿no les parecen lágrimas de cocodrilo -y en Italia todos las confunden- las que lloran nuestros demócratas? ¡Es el pesado fardo de nuestra civilización el que nos empuja a intervenir! ¡Es sacra obligación de la soberanía, ejercida ahora en nombre de Europa! ¡Manténgase atentos a estas estupideces, hasta los EE.UU. han dejado de repetirlas luego de las terribles derrotas en Medio Oriente! Reconozcamos más bien que solo modificando radicalmente nuestra conciencia política, rompiendo radicalmente con formas de gobierno funcionales al capital, podremos volver a orientarnos correctamente. En el marco de la globalización no se puede razonar como lo hacen los Parlamentos de los países de Europa y el Parlamento Europeo, votando hombres y medios a favor de la intervención francesa (y particularmente odiosa ha sido en Estrasburgo la actitud belicosa de los Verdes europeos).

 

Gilles Keeper -tal vez el mayor experto en temas árabes conocido en Occidente- destaca que "lo que está en juego en Malí es un desafío a la civilización en la época de la globalización. El Sahel es al mismo tiempo la víctima por excelencia y el lugar de la incandescencia". Añadimos: la resistencia y la guerrilla antiimperialista en aquel desesperado lugar desposeído y devastado constituyen luchas anticapitalistas y no quisiéramos vernos obligados a reconocer que los islámicos tienen razón.

 

Fuente: http://www.uninomade.org/mali-una-sfida-di-civilta-da-rifiutare/

rCR

Uninomade.org

Traducido para Rebelión por Susana Merino

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Miércoles, 13 Julio 2011 06:33

La cultura, los cereales y la civilización

Todas o casi todas las culturas humanas se basaron en el cultivo de algún cereal: trigo, maíz, arroz, mijo. Parecería que sin los cereales no existe la civilización. Pero los cultivos plantean problemas para alimentar a poblaciones siempre crecientes.

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“Una parte esencial de mi compromiso intelectual es intentar asumir el desafío de revisar y repensar la tradición filosófica desde el trauma de los campos de concentración.” Así se presenta el filósofo español Alberto Sucasas –docente de la Universidad de La Coruña, donde investiga sobre pensamiento judío, exilio y Holocausto–, que fue invitado a disertar en la conferencia internacional “Políticas de exilio”, organizada la semana pasada por el Centro de Estudios sobre Genocidio de la Universidad de Tres de Febrero. Antes de regresar a su país, el especialista dialogó con Página/12 sobre las políticas inmigratorias en los países centrales, la transición hacia la democracia en España, la memoria y el trabajo pendiente de la filosofía.

–¿Cómo define el exilio en un contexto donde el comercio mundial se profundiza, pero la inmigración, desde ciertos países, es cada vez más perseguida?

–El exilio presupone una referencia territorial porque es el exiliado quien abandona su tierra. Sin anular las fronteras, pareciera ser que la globalización tiende a difuminar las fronteras. Sin embargo, más allá de la planetarización económica, el equivalente político y social no existe. El flujo y la distribución de la riqueza siguen sujetos a múltiples fronteras, que no son sólo nacionales sino también internas a los países, fronteras de clase. El exilio tiene una centralidad política radical en nuestro presente.        

–¿Sobre qué pilares se apoya esa centralidad política?

–La llamada globalización crea un nuevo sujeto, que es la humanidad. Esa es la imagen que se nos vende como resultado del proceso de globalización. Eso ocurre a nivel comercial. Sin embargo, lo político, social y cultural sufre una especie de atraso. Para hacer de la globalización un proceso humanizador, la asignatura pendiente sería una globalización a nivel social, político y cultural. En ese marco, el tema de las grandes migraciones sigue estando en el centro. Uno de los grandes problemas es que ya no podemos pensar en los grandes desafíos a los que tiene que responder la política en marcos estrictamente nacionales (los problemas ecológicos, la carrera armamentística y la amenaza de las armas nucleares o la distribución de la riqueza, entre otros). El reloj de la política internacional lleva un notable retraso con respecto al reloj del comercio, los flujos financieros y las multinacionales.

–Los países centrales observan la inmigración como un mal. El Congreso de Estados Unidos aprobó una ley para reforzar la frontera con México, y en Europa se percibe un sentimiento de rechazo acentuado por la crisis económica.  

–Vengo de España, donde hubo momentos en los que, aunque de una manera tímida, el gobierno de (José Luis Rodríguez) Zapatero estableció medidas que favorecían la situación de los inmigrantes ilegales. Sin embargo, hubo un vuelco radical de los países europeos, no sólo con el cierre de puertas para quien está a la espera de alcanzar el Primer Mundo, sino también de políticas menos tolerantes para los inmigrantes que viven en esos países, con preocupantes brotes de xenofobia. La crisis económica de los últimos meses aceleró peligrosamente el repliegue del rico, que cierra las puertas y pretende gestionar su propia riqueza manteniendo alejado a quien está llamando a la puerta. Incluso con políticas abiertamente represivas, no hay manera de impedir el flujo migratorio.

–¿Cómo se trató el pasado, en relación con la Guerra Civil y la dictadura de Franco, a partir de la transición democrática?           

–Habría que ser prudente e intentar situarse nuevamente en 1976, donde se reactiva el fantasma de la Guerra Civil. Desde el concepto de “las dos Españas” de Antonio Machado, pienso que en la sociedad española había una vocación de construir un futuro en paz, y que no se reactivase el fantasma de una guerra civil. En aquel momento, las fuerzas políticas pagaron el peaje que se imponía desde el franquismo para la transición hacia una democracia formal. La condición fue que no se podían reactivar las cuentas pendientes del pasado. Ahí hubo un acuerdo unánime de todas las fuerzas. La izquierda tenía una infinidad de cuentas pendientes con el régimen y asumió un cierto silencio, en todo caso, la no apertura de procesos judiciales de enjuiciamiento a los responsables de la dictadura franquista. Aunque como español me duela que la transición democrática se hiciera a expensas de una amnesia colectiva, al mismo tiempo no puedo dejar de tener presente que, como valor cívico, la preservación de la paz era una prioridad. Revisar ese proceso y dar al menos una compensación simbólica a las víctimas de la Guerra Civil y del franquismo es una asignatura pendiente ineludible de la sociedad española.

–Su área de investigación ha sido el pensamiento judío y el impacto filosófico de la Shoá.

–Hay un interés intrínseco en la experiencia judía del exilio, pero también en indagar en qué medida se podrían extraer lecciones de esa experiencia para entender otras formas de exilio, fenómenos migratorios, prácticas de deportación, destierros. Pensemos en lo que fue la Shoá, pero también en el Gulag, la experiencia camboyana o el efecto de la brutal colonización y el imperialismo sobre los pueblos del Tercer Mundo. Hay una masa de barbarie al lado de logros que debemos tener siempre presentes: el estado de bienestar, la emancipación de las mujeres, la escolarización obligatoria. Tomando como paradigma de esa barbarie los campos de concentración y exterminio nazi, hay una exigencia por dar una respuesta discursiva a ese desafío, que es ciertamente difícil de tratar. No olvidemos que esos hechos se produjeron en el supuesto corazón de la civilización europea: la sociedad alemana de los ’30. Ese nexo civilización-barbarie ya no se puede plantear en los términos de Sarmiento. Ya no es una disyuntiva, sino que tenemos la barbarie en el seno de la civilización. Por lo tanto, tenemos la necesidad de revisar a fondo los supuestos implícitos de una civilización que llevaba dentro de su propio seno el huevo de la serpiente. La filosofía debe repensar la barbarie e intentar hacer los aportes necesarios para que eso no suceda nunca más.  

–¿Cómo puede repensarse el Holocausto desde esa dimensión filosófica?

–Hay dos tareas fundamentales. La primera, intentar dar cuenta, desde la filosofía, de la experiencia extrema de las víctimas. Podríamos resumirlo en la pregunta: ¿Qué significa ser un concentracionario? Eso nos obliga a repensar la humanidad del hombre porque el mundo de los Lager, de los campos, es un inmenso dispositivo que produce la radical deshumanización. Es necesario acercarse a la voz de los deportados que lograron sobrevivir al horror y que optaron por dejar testimonio de lo que fue su experiencia. El tiempo, el amor, la muerte, el recuerdo, la imaginación, el hambre, la sed, el deseo, la justicia son todos grandes núcleos de la experiencia humana que adquieren una fisonomía nueva en el mundo de los campos de concentración. La segunda gran tarea pendiente sería, a la luz de lo acontecido en la experiencia concentracionaria, revisar las grandes categorías, los modelos discursivos de la tradición filosófica. La filosofía, después de Auschwitz, no puede seguir siendo la misma filosofía. Una de las paradojas de su horror es que, salvo contadísimas excepciones, como (Theodor) Adorno o Hannah Arendt, la producción masiva de reflexión sobre el mundo concentracionario remite a las dos o tres últimas décadas. Revisar y repensar la tradición filosófica desde el trauma de los campos de concentración es una de las tareas mayores de la filosofía contemporánea.

–En una entrevista concedida al diario El País, Juan Gelman mencionó en 2001 que el exilio produce “una profunda sensación de desamparo, de vivir a la intemperie”.

–Admiro sin límites la personalidad moral e intelectual de Gelman. Esas son unas palabras extraordinarias. Aunque las circunstancias sean políticas, económicas o ambas, el individuo se ve violentamente arrancado de ese espacio físico, pero también de un espacio simbólico y afectivo. Lo dejan desnudo, a la intemperie, a merced de los elementos. Es la figura del sin techo. Por lo que sigo de la política argentina y por las propias discusiones en el congreso sobre exilio, he comprobado que últimamente se están dando medidas valientes para corregir esas situaciones sociales inadmisibles. En el marco intelectual nos llenamos la boca con palabras como humanidad o humanismo. Tenemos que ser capaces, y eso es una tarea política transnacional, de construir no mañana pero sí pasado mañana un mundo a escala humana. Un mundo en el que los derechos humanos no sean simplemente un desideratum presente en solemnes declaraciones sino una realidad social efectiva. Para la filosofía, pero ante todo para la política, ése es el imperativo máximo que tenemos pendiente para las próximas décadas.

Por Adrián Pérez
Publicado enInternacional
La crisis mundial contemporánea no sólo se manifiesta en su dimensión económica y principalmente financiera, sino que representa también una profunda crisis civilizatoria del capitalismo mundial como modo de organización de la sociedad y como forma de producir conocimiento, al mismo tiempo que cuestiona fuertemente el sistema de poder en el planeta. Asistimos a la decadencia de un sistema hegemónico unipolar que necesita cada vez más de la intervención militar brutal para validar su condición de dominación, convirtiendo la civilización occidental en una fábrica de barbarie y de políticas de irrespeto a los principios fundamentales de convivencia de la humanidad. 
 

La visión eurocéntrica

 

En la base de este sistema de dominación se ubica la perspectiva eurocéntrica como fundamento ideológico y como forma de producción y control de la subjetividad de las sociedades. La producción y reproducción de la vida material de los pueblos y la elaboración de sus imaginarios están dominados por la idea de que la civilización occidental es el único modelo civilizatorio del planeta, y que todas las demás civilizaciones, sin importar su nivel de elaboración y complejidad, su grado de desarrollo o sus aportes a la humanidad, son consideradas apenas culturas atrasadas respecto al modelo impuesto. La arrogancia de esta visión eurocéntrica no sólo justificó violentas formas de colonización y colonialismo sino que se convirtió en una barrera cognitiva que impidió a Occidente conocer y comprender la complejidad del mundo y las más antiguas e importantes civilizaciones del planeta. De esta manera, se despreciaron conocimientos milenarios, formas de organización de la vida y la sociedad no-occidentales, formas más humanas de relación con la naturaleza y la vida, sensibilidades estéticas altamente elaboradas, producción artística y cultural de gran importancia, aportes filosóficos e inclusive el denso pensamiento social producido fuera de los países centrales de occidente. 
 
El eurocentrismo impuso una forma de hacer ciencia y un camino único de producción de conocimiento, que redujo a la condición de a-científico, para-científico o folklórico todo aquel conocimiento producido fuera de estos cánones. En esta perspectiva, el tiempo no existe, pues el conocimiento es universal y válido para cualquier tiempo histórico y para cualquier realidad social del planeta. Esta incapacidad de comprender que la teoría, la ciencia y el conocimiento son productos históricos, ha significado una de las principales limitaciones de la ciencia positivista. Esta ciencia, cada vez más preocupada con su coherencia interna que con la realidad social, se ha encerrado en sí misma para producir sus propias premisas y otorgar a sus deseos, la condición de conclusiones científicas. De esta manera, ha perdido la capacidad de comprender la complejidad del mundo contemporáneo y de cualquier intento de prever escenarios futuros. La humanidad está en camino a romper profundamente con estos paradigmas de ciencia y con esta visión del mundo y de la humanidad. 
 

¿Modernidad vs atraso?

 

En América Latina la idea de modernidad, como modo de existencia social y como patrón de desarrollo, surge en el centro mismo del sistema colonial y como parte integrante de esta estructura de dominación y de poder. Como sostiene el sociólogo peruano Aníbal Quijano, al analizar el surgimiento de la noción de modernidad, se trata de un momento en la historia en el cual los varios tiempos e historias se configuran en complejas, contradictorias y discontinuas asociaciones entre estructuras fragmentarias y mutantes de relaciones de sentidos y de significados partes de un mismo y único mundo nuevo en plena constitución.[1] La idea de modernidad, entonces, surge en la base de la estructura de poder colonial, y se convierte en un mecanismo legitimador que impone la civilización occidental como la única vía de alcanzar el llamado “progreso”. Todo aquello que estuviera fuera de esta visión y de esta forma de organización social era considerado pre-moderno o atrasado. 
 
Esta noción de modernidad, insertada orgánicamente a la estructura de poder colonial tuvo una enorme capacidad destructora y desarticuladota de las sociedades originarias latinoamericanas. En nombre de la modernidad se destruyeron estructuras enteras de conocimiento y sabiduría milenaria, así como avanzados modos de producción agrícola y formas de organización social comunitarias. Se puso en práctica una acción sistemática de destrucción de la memoria colectiva de los pueblos y civilizaciones americanas, de su imaginario histórico y de su propia percepción de pasado y futuro. Esta enorme capacidad destructiva significó también el propio exterminio de las poblaciones originarias, que a la llegada de los colonizadores europeos se estimaba en más de cien millones de habitantes y que en pocas décadas se vio reducida a casi la mitad.
 
Si América Latina fue el lugar desde donde se generó la acumulación de capital y las bases materiales para la construcción de la Europa Occidental como centro hegemónico mundial a partir del siglo XVI, es ahora la región donde se están desarrollando los nuevos elementos para la construcción de una civilización planetaria, más equilibrada e inclusiva, capaz de romper radicalmente con la herencia colonial y la visión eurocéntrica. Están surgiendo, en el continente latinoamericano, experiencias ricas y diversas de transformación social que están cambiando el escenario político, económico y cultural en la región. 
 
Este proceso de transformación nos plantea grandes desafíos. Se hace necesario re-elaborar nuestra historia fuera de la visión colonial y crear matrices teóricas y metodológicas de producción de conocimiento capaces de dar cuenta de la complejidad y densidad de la realidad social. Pero sobre todo, se hace necesario apelar a nuestro legado civilizatorio, al conocimiento milenario y ancestral, a los saberes y formas de ver y sentir el mundo para re-construir nuestra memoria colectiva, deformada o destruida por la colonialidad, y construir nuestras identidades y nuestros proyectos de futuro y de sociedad.
 

El movimiento indígena latinoamericano

 

El movimiento indígena es quizás uno de los elementos más transformadores de esta densa realidad latinoamericana contemporánea. Éste se construye como un movimiento social de dimensión regional con un profundo contenido universal y una visión global de los procesos sociales y políticos mundiales. Al mismo tiempo, ha dejado de ser un movimiento de resistencia para desarrollar una estrategia ofensiva de lucha por el gobierno y el poder, especialmente en la región andina de América del Sur. A partir de una profunda crítica y ruptura respecto a la visión eurocéntrica, a su racionalidad, a su modelo de modernidad y desarrollo inserto en la estructura de poder colonial, el movimiento indígena latinoamericano se plantea como un movimiento civilizatorio, capaz de recuperar el legado histórico de las civilizaciones originarias para re-elaborar, no una, sino varias identidades latinoamericanas; no una forma de producir conocimiento, sino todas las formas de conocimiento y producción de conocimiento que han convivido y resistido a más de quinientos años de dominación. El elemento indígena se va convirtiendo en el centro del discurso y de la construcción de una visión del mundo, de un sujeto político y de un proyecto colectivo y emancipatorio. En las líneas que siguen, analizaremos este proceso.
 

El movimiento indígena como unidad geográfica e histórica

 

El movimiento indígena latinoamericano ha dejado de ser un conjunto de movimientos locales para convertirse en un movimiento articulado y articulador que se construye en los espacios geográficos de donde se desarrollaron las civilizaciones originarias. En el caso América del Sur, el movimiento indígena se construye en el espacio geográfico donde se desarrolló la civilización inca y las varias civilizaciones que la precedieron, ocupando los territorios de Ecuador, Colombia, Perú, Bolivia, Chile y Argentina. Quinientos años de colonización no fueron suficientes para desarticular una unidad histórica y civilizatoria, como fue el “Tawantinsuyo” de los incas, y su profundo arraigo en un espacio geográfico específico: Los Andes. Los Estados nacionales conformados a partir del siglo XIX con las guerras independentistas no sustituyeron las profundas raíces históricas de los pueblos indígenas, que se reconocen quechuas, aymaras o mapuches, antes que bolivianos, peruanos o ecuatorianos. 
 
La reconstrucción de los Andes como unidad geográfica y las civilizaciones pre-Incas e Inca, como unidad histórica, ha profundizado el proceso de integración del movimiento indígena sudamericano, que en julio de 2006, en la ciudad de Cuzco, funda la Coordinadora Andina de Organizaciones Indígenas – CAOI - con la participación de los pueblos Quechuas, ichwas, Aymars, Mapuches, Cymbis, Saraguros, Gumbinos, Koris, Lafquenches, Urus, entre otros tantos pueblos indígenas originarios de la región Andina[2]. En el acta fundacional, firmada por más de once organizaciones representativas, se establece una amplia plataforma de lucha para el movimiento indígena de todo el continente que incluye entre sus principales banderas la construcción de los Estados Plurinacionales; la defensa de los recursos naturales y energéticos, el agua y la tierra; los derechos colectivos de las comunidades indígenas y la autodeterminación de los pueblos como principio fundamental. Se trata de un plan de acción que incluye principios fundamentales de convivencia humana y de profundo respeto a las diferentes culturas, pueblos y nacionalidades.
 
Se han creado, en los últimos años, múltiples y diversos espacios de coordinación y articulación del movimiento indígena en la región, diversos foros de intercambio y movilización, al mismo tiempo que se han diversificado las organizaciones y redes indígenas y de los pueblos originarios. Esto ha generado una intensa dinámica y una creciente capacidad de movilización en los niveles locales, regionales y continental, con una clara vocación de articulación planetaria. Durante el último Foro Social Mundial de Belén, en enero de 2009[3], las organizaciones y redes indígenas ahí reunidas emitieron una declaración llamando a la más amplia unida para articular alternativas a la “crisis de civilización occidental capitalista”. Entre los principales ejes movilizadotes de este llamado están:
 
  • La tierra como fuente de vida y el agua como derecho humano fundamental;
  • Descolonialidad del poder y el autogobierno comunitario;
  • Los Estados Plurinacionales;
  • La autodeterminación de los pueblos;
  • La unidad, equidad y complementariedad de género;
  • El respeto a las diversas espiritualidades desde lo cotidiano y diverso;
  • Liberación de toda dominación o discriminación racista, etnicista o sexista;
  • Las decisiones colectivas sobre la producción, mercados y la economía;
  • La descolonialidad de las ciencias y tecnologías;
  • Por una nueva ética social alternativa a la del mercado.

La Coordinadora Andina de Organizaciones Indígenas se ha convertido en un espacio dinámico de articulación política y social, que se proyecta hacia las organizaciones indígenas de la Cuenca Amazónica y de Centro y Norte América, ampliando el espectro de unificación, articulación e integración del movimiento indígena en todo el continente.
 

El Estado plurinacional como proyecto político

 

La plurinacionalidad, planteada como bandera política por el movimiento indígena de los años 90, ha sido asumida por las fuerzas progresistas de países como Bolivia y Ecuador, lo que ha permitido un amplio movimiento político y social capaz de aprobar en plebiscitos nacionales, o a través de asambleas constituyentes, esta nueva forma política e institucional de Estado. El Estado Plurinacional se plantea como proyecto político que cuestiona profundamente la visión homogenizadora del Estado-nación y con ello, la tradición política occidental en América Latina. Este nuevo modelo de Estado es profundamente incluyente. Basado en el principio de “unidad en la diversidad”, reconoce la existencia de múltiples nacionalidades, culturas, lenguas, religiones, y formas de espiritualidad. Incorpora las formas comunales de organización y autoridad en la propia institucionalidad del Estado, constituyendo una experiencia política absolutamente nueva en la región. 
 
La constitución boliviana, recientemente aprobada por plebiscito nacional, establece en su primer artículo:
 
“Bolivia se constituye en un Estado Unitario Social de Derecho Plurinacional Comunitario, libre, independiente, soberano, democrático, intercultural, descentralizado y con autonomías. Bolivia se funda en la pluralidad y el pluralismo político, económico, jurídico, cultural y lingüístico, dentro del proceso integrador del país.” [4]
 
Se trata de un proyecto que debe construir aún su propia institucionalidad, pero que puede representa un modelo político cualitativamente superior al Estado-nación que sustenta la unidad nacional en la homogenización superficial y en la discriminación y exclusión cultural.
 

La tierra que nos acoge

 

La histórica lucha de los indígenas latinoamericanos por la tierra no sólo tiene que ver con la recuperación de un medio de producción fundamental que les fue violentamente expropiado desde los primeros momentos de la colonización europea hace más de quinientos años. La tierra tiene un sentido muy profundo en la cosmovisión y en la forma misma de existencia de los pueblo indígenas: ella es la “madre que nos acoge” o “Pachamama”[5], el espacio donde la vida se crea y se re-crea. En la visión indígena, el hombre debe “criar a la madre tierra y dejarse criar por ella”. Esta relación profunda entre el hombre y la tierra como fuente de vida se contrapuso radicalmente a la visión del colonizador que veía la tierra como objeto de posesión y espacio de saqueo y extracción de metales y piedras preciosas, objeto de depredación. Estas visiones contrapuestas produjeron enormes tensiones y sufrimientos en los pueblos indígenas de nuestro continente, pues fue justamente la mano de obra indígena la que sustentó la minería en las colonias, que permitió la acumulación de capital que sustentó la hegemonía portuguesa y española en el sistema mundial. El trabajo esclavo en las minas fue uno de los principales mecanismo de exterminio de la poblaciones indígenas en nuestro continente. 
 
Después de varios siglos de resistencia, el movimiento indígena contemporáneo recupera el sentido fecundo de su relación con la tierra, exigiendo el respeto a ésta como fuente de vida. Se trata entonces de preservar la tierra, el medio ambiente en que vivimos, el espacio donde nuestros hijos nacen y crecen, donde la flora y fauna nativa debe ser aprovechada por el hombre con un sentido de respeto y preservación. Esta postura ecológica, que corresponde a una visión milenaria del mundo, coloca al movimiento indígena latinoamericano en una posición de vanguardia planetaria, que levanta banderas universales para la sobre vivencia de la humanidad y del planeta, que exige que la extracción de recursos naturales y energéticos se realice sin depredar la tierra y favoreciendo principalmente a las poblaciones que viven en los territorios donde estos recursos se encuentran.
 
De esta manera, la vida y el ser humano se elevan a la condición de valores fundamentales para la organización de la sociedad y de un nuevo modelo de desarrollo y proyecto colectivo de futuro, sintetizado en el principio indígena del “buen vivir”.
 

Descolonialidad del poder: “mandar obedeciendo”

 

La organización comunitaria, el principio de la reciprocidad y solidaridad social, son características de algunas sociedades indígenas pre-coloniales, que han sido retomadas por el movimiento indígena latinoamericano como prácticas cotidianas que afirman un legado civilizatorio y una forma propia de ver el mundo. Al mismo tiempo se crean nuevas formas de autoridad colectiva y de autogobierno comunitario que rescata la comunidad como fuente de todo y cualquier poder y el poder del individuo sometido a la comunidad. Un ejemplo de estas nuevas formas de autoridad y ejercicio del poder han sido dadas por el Movimiento Zapatista en México, con el principio de “mandar obedeciendo”, que refleja claramente estas dos dimensiones de la autoridad. 
 
Estamos pues frente a enormes desafíos. Tal vez una de las principales tareas emancipadoras consiste en liberarnos del eurocentrismo como visión del mundo y como estructura de producción de conocimiento. Se hace necesario re-elaborar nuestra historia y recuperar nuestra memoria colectiva y legado civilizatorio para construir nuestros propios modelos de desarrollo y proyector de futuro. El movimiento indígena nos ofrece enormes potencialidades y, por la profundidad de su propuesta y de su praxis, abre un nuevo horizonte histórico en América Latina y en el mundo.
 
Por, Mónica Bruckmann. Socióloga peruana, doctoranda en ciencia política por la Universidad Federal Fluminense (Brasil) e investigadora de la Cátedra y Red UNESCO/UNU sobre Economía Global y Desarrollo Sustentable – REGGEN.
 
Referencias Bibliográficas
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BRUCKAMANN, Mónica; DOS SANTOS, Theotonio. Los movimientos sociales en América Latina: un balance histórico. Red de Bibliotecas Virtuales de Ciencias Sociales de América Latina y el Caribe de la red CLACSO. http://www.clacso.org.ar/biblioteca
 
COORDINADORA ANDINA DE ORGANIZACIONES INDÍGENAS. Declaración de Cuzco, 17 de julio de 2006. www.alainet.org
 
CAOI. Declaración de los hijos de la tierra. En: ALAI – América Latina en Movimiento, 13 de mayo de 2008.
 
DAVALOS, Pablo (compilador). Pueblos indígenas, Estado y democracia. CLACSO Libros. Buenos Aires. 2005. 356 p.
 
GARCIA LINERA, Alvaro. El evismo: Lo nacional popular en acción. En: Revista del Observatorio Social de América Latina, Año VII, N° 19, enero-abril de 2006.
 
GARCIA LINERA, Alvaro. Indianismo y marxismo. En: publicação: Encarte
CLACSO. Cadernos da América Latina No. 2. São Paulo : CLACSO, Conselho Latino-americano de Ciências Sociais. Janeiro 2008.
 
GONZALEZ CASANOVA, Pablo; ROITMAN RESENMANN, Marcos. (Org.). Democracia y Estado multiétnico en América Latina. La Jornada Ediciones y Centro de Estudios Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades-UNAM. México. 1996. 390 p.
 
LANDER, Edgardo (Compilador). La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales, perspectivas latinoamericanas. CLACSO Libros. Buenos Aires. 2005. 248 p.
 
QUIJANO, Aníbal. Dom Quixote e os moinhos de vento na América Latina. En: Revista de Estudos Avançados 19 (55), 2005, p. 9-31.
 
SOUSA SANTOS, Boaventura. Estados Plurinacionales y constituyente. En: Boletín del Foro Latinoamericano de Políticas Educativas – FLAPE, N° 24, Año 5, Diciembre de 2008.
 
[1] QUIJANO: 2005.
[2] Ver: COORDINADORA ANDINA DE ORGANIZACIONES INDÍGENAS. Declaración de Cuzco, 17 de julio de 2006.
[3] Ver “Declaración de los Pueblos Indígenas: Llamamiento desde los Pueblos Indígenas frente a la Crisis de Civilización Occidental Capitalista”, Foro Social Mundial 2009, Belem, Amazonía, Brasil.
[4] Constitución Política de la República de Bolivia, vigente.
[5] En quechua significa “madre tierra”.
 
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