El experimento de qué pasa si un país y un gigante tecnológico chocan: la confrontación entre Facebook y Australia

La red social reacciona con un apagón informativo a la intención del gobierno australiano de hacerle pagar por las noticias que comparten sus usuarios. Los algoritmos han censurado también decenas de páginas del gobierno y la sociedad civil

 

En los últimos tiempos los gobiernos han subido el tono con las multinacionales digitales. La cosa empezó con la manipulación informativa de Cambridge Analytica y los rusos pero siguió con la precarización que impone su economía a escala, con los gastos extra que suponen para los estados, con su ingeniería financiera para pagar menos impuestos, con sus prácticas monopolísticas, con sus algoritmos sesgados o con sus estrategias para mantenernos enganchados.

En ese tira y afloja con las GAFAM (Google, Apple, Amazon, Facebook y Microsoft), Australia ha sido la primera en probar hasta dónde puede estirarse la cuerda antes de romperse. Los resultados preliminares de ese experimento son: 1) a los países no va a serles fácil torcer la voluntad de estas multinacionales; y 2) hay varias y todas son monopolios en sus sectores, por lo que un conflicto con solo una de ellas puede llevar a problemas.

Una exigencia made in Australia

El problema que ha elegido Australia para lanzar el órdago es, curiosamente, una disputa aletargada desde los primeros pasos de Internet: ¿cómo deben remunerar las multinacionales tecnológicas a los medios de comunicación por el uso de sus contenidos en sus plataformas?

Tras años de tregua, parlamentos de todo el mundo han retomado el debate sobre esto. También en España. El dominio de la publicidad digital de Google y Facebook está tan consolidado que ya no hay dudas sobre la necesidad de regulaciones a medida. Las compañías por su parte han aceptado que ha llegado el momento de pagar, después de muchos años usando las noticias como vía para extraer datos sobre los intereses de sus usuarios con los que rellenar sus perfiles publicitarios.

El punto medio donde gigantes digitales y empresas editoras se están encontrando son los acuerdos individuales con cada medio para llevar a cabo esa remuneración, que ya se han firmado en varios lugares del mundo.

El Gobierno y el Parlamento australiano quieren ir un paso más allá: pretenden establecer tasas reguladas por ley a negociar entre las plataformas y los medios. Si no se ponen de acuerdo, entra en acción un organismo de mediación. El problema es que las plataformas no quieren ni oír hablar de estos entes intermediarios, ni en Australia ni en ningún otro lugar. España, por ejemplo, es el único país europeo sin Google News y el motivo es que Google se negó a negociar con un intermediario, una SGAE de la prensa, llamada Cedro. Ante el ultimátum del canon AEDE, la multinacional desactivó el servicio de agregación de noticias. Y así lleva desde 2014.

Australia también quiere que tanto Google como Facebook informen a los editores sobre los cambios que vayan a introducir en los algoritmos, con el fin de que puedan estar preparados de antemano. Estas modificaciones en la forma en la que las tecnológicas muestran la información pueden resultar dramáticas para los medios, que sufren una gran dependencia de la visibilidad que obtienen de Google y Facebook.

Si los entes intermediarios son una línea roja para las plataformas, lo de abrir sus algoritmos a los medios locales australianos y darles en exclusiva una información por la que negocios de todo el mundo –mucho más allá de la industria mediática– estarían dispuestos a pagar millones, a las multinacionales les suena ya a exigencia de otro planeta.

Apagón informativo

Google amenazó con bajar la persiana y abandonar totalmente Australia si esta insistía en sus demandas, aunque finalmente ha llegado a un acuerdo con News Corp., la multinacional editora de un buen número de cabeceras en el país, y con otros medios locales. El trato es similar al alcanzado con editores de Francia, Reino Unido o Brasil y no incluye ninguna cláusula sobre algoritmos.

Facebook, en cambio, ha decidido cortar por lo sano y vetar todos los enlaces de noticias y las páginas de Facebook que publican información para los 16 millones de australianos que usan sus servicios. Antes incluso de que Australia apruebe la ley.

La decisión ha producido un caos informativo este jueves. Un apagón informativo que recuerda a esos que los que protagonizan las dictaduras o cuando se llevan a cabo golpes de Estado como el de Birmania, donde lo primero que se hace es cortar el acceso a las redes sociales. La diferencia es que en esta ocasión ha sido una multinacional la que ha dejado a oscuras a los ciudadanos.

El debate ha trascendido rápidamente de disputa comercial a las libertades fundamentales. "Es extremadamente preocupante que una empresa privada esté dispuesta a controlar el acceso a la información de la que dependen las personas. La acción de Facebook demuestra claramente por qué permitir que una empresa ejerza un poder tan dominante sobre nuestro ecosistema de información amenaza los derechos humanos", ha denunciado Amnistía Internacional, que pide a la empresa de Zuckerberg que "revoque inmediatamente la decisión".

Uno de los aspectos más graves es que la acción de Facebook ha arrasado un gran número de páginas que no son medios de comunicación. El periodista Kevin Ngouyen ha ido recopilando en Twitter los casos en los que los algoritmos han censurado páginas meramente informativas, que se cuentan por decenas. Entre ellos hay páginas oficiales del Gobierno australiano, de sindicatos, de ONG, de asociaciones deportivas, benéficas, de víctimas de violencia de género, metereológicas, de aviso de incendios...

por Carlos del Castillo

18 de febrero de 2021 23:03h

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Imagen ilustrativaFoto: Surasak Suwanmake / Gettyimages.ru

Se prevé que el nuevo tipo de red, que puede lanzarse aproximadamente en el 2030, sería hasta 100 veces más rápido que el 5G.

Mientras en el mundo se despliegan las redes 5G, ya empieza la batalla por otras tecnologías. Varios países han entrado en la lucha por el próximo gran avance en el ámbito de las telecomunicaciones, el 6G, que algunos expertos ya calificaron de la nueva revolución industrial.

¿Qué es y para qué se necesita?

Aunque el 5G aún no fue lanzado a nivel global, especialistas empezaron a pronosticar qué representará su sucesor, la sexta generación de la tecnología inalámbrica (6G). Mientras que el 5G debe aumentar la velocidad de transmisión de datos hasta 1.100 Mb/s, se espera que el 6G pueda ser hasta 100 veces más rápido, informa Bloomberg.

Se prevé que el nuevo tipo de red, que puede lanzarse aproximadamente en el 2030, tendría la capacidad de conectarse con dispositivos mucho más complejos, entre ellos coches automatizados. Además, podría hacer realidad varias ideas de la ciencia ficción, como hologramas en tiempo real o vehículos voladores.

Competición internacional

Varios países ya están luchando por ser pioneros en desarrollar la tecnología y obtener una ventaja frente a otros jugadores en el ámbito tecnológico.

El proyecto "es tan importante que esto se convirtió en cierta medida en una carrera de armamentos", declaró Peter Vetter, jefe del departamento de acceso y dispositivos en la compañía Bell Labs perteneciente a Nokia, agregando que "un ejército de investigadores" será necesario para preservar la competitividad de los participantes en la batalla.

Los principales competidores hoy son EE.UU., China y la Unión Europea.

  • China

Bloomberg señala que el gigante asiático lanzó un satélite en noviembre del año pasado para probar una posible transmisión de 6G. Por el momento, dos grandes compañías participan en la competición por parte de este país: Huawei y ZTE. 

Unos reportes indican que Huawei estableció un centro de investigación de 6G en Canadá. ZTE, a su vez, empezó el trabajo conjunto con la empresa de telecomunicaciones China Unicom Hong Kong Ltd para desarrollar el 6G.

  • EE.UU.

Por su parte, EE.UU. creó en octubre del año pasado una alianza de empresas —con participación de Apple, Google, Samsung, entre otros— para "avanzar en el liderazgo norteamericano del 6G".

  • La UE

En diciembre del año pasado, se dio a conocer que la Unión Europea también inició un proyecto para desarrollar el 6G. Nokia, Ericsson AB, Telefónica SA y varias universidades participan en la iniciativa.

Esta semana, el instituto de investigaciones CEA-Leti, con sede en Francia, anunció también un proyecto de desarrollo de la sexta generación de la red.

Por su parte, el abogado especialista en derecho digital, Erick Iriarte, señaló que existe una brecha tecnológica entre los países en cuanto al acceso a las nuevas tecnologías, lo que puede provocar discriminación.

Publicado: 14 feb 2021 01:53 GMT

Domingo, 07 Febrero 2021 05:42

La batalla por el relato

La batalla por el relato

 

No es que primero haya que hacer las cosas bien y luego comunicarlas, sino que hay que hacer cosas que se puedan comunicar bien. En realidad, aunque lo llamamos comunicación no es otra cosa que publicidad y propaganda. El imperialismo del marketing lo ahoga y lo contamina todo.

 

Entre las características del mundo en que vivimos se encuentra la de ser, en buena medida, un mundo mediáticamente construido. El aspecto mediático no se refiere sólo a lo que antes abarcaban los medios de comunicación (que podían ser mejores o poeores, estar más o menos escorados políticamente, pero que siempre incluían un componente de profesionalidad); hoy, la configuración de la realidad que llevan a cabo estos medios está condicionada y definida por la agenda que marcan las llamadas redes sociales. Y las redes sociales, más que un reflejo o un espejo de lo que ocurre, son mecanismos de precisión teledirigidos a crear realidad.

Las gentes y los movimientos sociales que tenemos por objetivo transformar la realidad social nos vemos ante el dilema de seguir alimentando al monstruo con nuestra presencia y actividad, o retirarnos definitivamente de esos espacios que, además de distraernos, difuminan, banalizan, hooliganizan y corrompen nuestro mensaje.

Cada vez parece más evidente que hemos entrado a un trapo que nos han puesto delante nuestros adversarios, que hemos tragado el anzuelo, y ahí estamos, dando vueltas a la noria, en nuestra caja de resonancia, en la burbuja, escuchando nuestros propios ecos, respondiendo a boots y trolls (en este terreno todo hay que decirlo con anglicismos), encantadas de habernos conocido, alimentando egos incapaces de ver más allá de sí mismos.

Ni se nos ocurre ya hacer algo y no comunicarlo en las redes. Pero, imperceptiblemente, cada vez más nuestra acción se va limitando a comunicar en las redes. El caso de los partidos políticos es claro; en ellos, el departamento de comunicación ha aumentado su centralidad y relevancia de forma exponencial. Resulata desalentador constatar que comunicar no es otra cosa que vender (muchas veces vender la moto). La comunicación se preocupa más por el hecho vender y de hacer marca que por el producto vendido. Se extiende así una sensación desasosegante y agotadora de estar permanentemente en campaña electoral. Los argumentarios ocupan el lugar de los argumentos y el debate de cuestiones controvertidas se convierte en espectáculo lamentable, a la búsqueda de likes y de circo mediático con opciones de convertirse en tendencia.

Igual que los equipos de fútbol o las grandes empresas, prácticamente todos los medios y organizaciones sociales (feministas, ecologistas, antirracistas, anticapitalistas) dedican parte de su trabajo a hacer marca, a estar presentes en el mercado de siglas y logos (¿tal vez es inevitable?). Una parte mayor o menor de su actividad incluye hacer merchandasing (camisetas, sudaderas, tazas, bolis, bolsos, cuadernos... da igual, cosas, muchas cosas que lleven la marca, el logo). Hablamos frivolamente de merchan y nos olvidamos de que es una técnica de márketing. Las oenegés saben mucho de esto (aunque no son propiamente organizaciones sociales activistas, por lo general, la gente no milita sino que trabaja en ellas de forma remunerada o, a lo sumo, hace de voluntaria, que es algo muy diferente de la militancia). Están en la vanguardia de la hípermercantilización y llevan años con sus agentes comerciales por las calles abordando a los transehuntes con técnicas de persuasión enfocadas a la captación de clientes.

Es cierto que antes también poníamos mesas con nuestras chapas, mecheros y pegatinas para sacar dinero (que siempre ha sido algo necesario), las camisetas con logos y eslóganes no son cosa de ahora. Ahí estaba la cara del Ché Guevara compitiendo con la de Marilyn Monroe (hasta que el activismo queer las unificó en un solo nuevo icono). Pero la diferencia con lo que ahora ocurre ha dejado de ser de grado (ahora más que antes), es una diferencia cualitativa (ahora distinto que antes). Ahora el marketing nos ha arrebatado el alma, desplazando a todo lo demás; el mercado nos han poseido por completo. La publicidad dicta nuestros actos, marca el sendero que siguen nuestros pasos sonámbulos.

En otro lugar planteé que en las políticas públicas no se trata ya de dar a conocer lo que hace una institución (anunciarlo, comunicarlo), sino que lo prioritario es hacer lo que convenga según los criterios del departamento de comunicación, confundiendo y trastocando el qué (hacer) y el cómo (comunicarlo). No es que primero haya que hacer las cosas bien y luego comunicarlas, sino que hay que hacer cosas que se puedan comunicar bien. En realidad, aunque lo llamamos comunicación no es otra cosa que publicidad y propaganda. El imperialismo del marketing lo ahoga y lo contamina todo.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Cómo han conseguido las técnicas de venta calarnos hasta los huesos? ¿Cómo ha colonizado tan profundamente el capitalismo nuestra cabeza, nuestra alma? ¿Cómo ha conseguido que trabajemos gratis para conseguir objetivos a los que nos oponemos? ¿Cómo ha sido posible que, tan inteligentes y avispadas (eso nos gusta creer) hayamos puesto nuestro tiempo y nuestro trabajo a disposición de quienes mueven los hilos, para acercarnos inconscientemente a fines totalmente opuestos a los que conscientemente perseguimos? Creo que hay mucho que pensar y corregir en este terreno. Pero esta vez quería ir a otro tema relacionado.

Sabemos que siempre, pero especialmente en este mundo híper-comunicado, es mucho más importante el relato creado que la propia realidad relatada. La extrema derecha, más espabilada de lo que nos gusta pensar, consciente de ello, se ha puesto a la tarea de construir relato. Como decía Thomas Szaz, si en el reino animal la regla es comer o ser comido, en el humano la cuestión es definir o ser definido, tomar la palabra primero, establecer los términos de la narración, o que lo hagan otros.

La cuestión es que hay en Madrid un gobierno de izquierda del que, a lo sumo, se puede decir que está poniendo en marcha políticas socialdemócratas muy tibias. En el abanico de posiciones entre derecha e izquierda estaría en un centro-izquierda moderado, sin grandes aspavientos. Pero la ultraderecha repite machaconamente que se trata de un gobierno socialcomunista. Si esta insistente matraca llega a tener éxito, si el público “compra” esa versión de las cosas (ya lo decimos directamente así, comprar) puede ocurrir que unas políticas tan tímidas lleguen a ser consideradas de forma mayoritaria nada menos que como extremistas.

Tanto se está moviendo a la derecha el foco que gran parte del ala izquierda del arco político está quedando fuera del campo visual. Si lo que hace este Gobierno es socialcomunista, ¿cómo proponer o pedir la nacionalización de la energía, por ejemplo, o la creación de un banco público? ¿Cómo prohibir la fabricación de plástico u obligar a reciclar el 100% de los residuos? ¿Cómo defender la necesidad de un sistema público de cuidados, que garantice el derecho de todas las personas a recibir cuidados y, al mismo tiempo, las condiciones laborales dignas de las personas cuidadoras, como venimos reivindicando desde el Movimiento Feminista? No, no son barbaridades, no son locuras, no responden a posiciones extremistas ni desubicadas, hay muchas y muy buenas razones para trabajar aquí y ahora por hacer realidad cada una de esas propuestas.

La misma distorsión hace que las políticas a favor del capital y de las grandes empresas que el Gobierno autonómico de PNV y PSE lleva a cabo en Euskadi (políticas, como mucho, democristianas y socialdemócratas y, en muchos casos, netamente neoliberales) se vendan como si fueran de una sensibilidad social extrema (la maquinaria publicitaria del Gobierno Vasco no es moco de pavo). El mensaje subliminal es que deberíamos estar contentas, porque aquí la extrema derecha no tiene mucho éxito (no prestamos atención al hecho de que ya han enseñado la patita, que la realidad no nos chafe el cuento); por lo que se ve, aquí nos dedicamos al bien común, auzolana. Total, que la política de derecha se vende como si fuera de centro; la de centro, como si fuera de izquierda y la de izquierda... desaparecida, no está en la agenda. Ni en Euskal Herria, ni en España, ni en Europa. Precisamente en un momento en el que urge revertir la lógica de acumulación del capital y de la obtención del máximo beneficio. En medio de una crisis civilizatoria en la que el capitalismo está a punto de acabar con la vida en el planeta.

Quizá deberíamos proclamar con orgullo que además de ecofeministas y antirracistas somos “socialcomunistas”, para empezar a borrar las connotaciones negativas de este último adjetivo. No lo sé. Pero parece que la batalla por el relato la están ganado quienes más manipulan y mienten. Están teniendo mucho éxito en colocar su mensaje publicitario y vender su producto. Esto sucede, en parte, debido al peso desmesurado de las redes sociales y sus dinámicas infernales. Es hora de que dejemos de mirarnos al ombligo.

Por Tere Maldonado

Forma parte de feministAlde! y es profesora de filosofía

7 feb 2021 08:00

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Vasant Dhar, de la Universidad de NY, recomienda nacionalizar Facebook y Twitter como bienes comunes

La peor censura de la historia fue propinada el 6/1, mediante un golpe cibernético de los nuevos hijos de Torquemada, en imitación al 11/9 (https://bit.ly/3bJoeuP).

Provocó conmoción la censura selectivamente politizada por las redes sociales de la cibercracia (https://bit.ly/3sw8cud).

Desde su comodidad paradisiaca en la Polinesia francesa, Jack Dorsey (JD), vilipendiado mandamás de Twitter, después de haber censurado de por vida a un presidente todavía en funciones en EU, se percató del grave daño infligido al principal valor de la democracia libertaria que tendrá profundas consecuencias en el largo plazo sobre el Big Tech de Silicon Valley (https://bit.ly/3bYDnsD): el GAFAM (Google/Apple/Facebook/Amazon/Microsoft) y Twitter –Microsoft tiene su sede en Redmond (estado de Washington).

La censura de las redes sociales es mucho más grave que la tosca toma del Capitolio que, según el ex diplomático y asesor de los republicanos del Senado James Jatras representó el pretexto idóneo, debido al grave error de cálculo de Trump para aplicar el “equivalente funcional al Reichstag Fire (incendio del parlamento alemán) de 1933, usado por los nazis para establecer su ley de emergencia (https://bit.ly/3qy3lqV)”.

En el mismo EU la censura de la cibercracia ha causado estupor en los círculos académicos, como es el caso de Vasant Dhar (VD) –profesor del Centro de Data Science de la Universidad de Nueva York– quien recomienda nacionalizar Facebook y Twitter como bienes públicos.

A juicio de VD, es preocupante el poder que las plataformas de las redes sociales ejercen en la sociedad y en particular su impacto en el futuro del discurso público y la democracia, ya que, si pueden censurar a la persona más poderosa del planeta y ponerlo de rodillas sin previo aviso, lo pueden hacer con cualquiera en cualquier momento.

Lo interesante es que el portal The Hill, pro-Demócrata y anti-Trump, dé cabida a una opinión crítica del GAFAM/Twitter.

VD comenta que Mark Zuckerberg y JD le acaban de demostrar a los legisladores quiénes son los que ejercen el poder final. Hasta cierto punto, ya que, como excelente analista cibernético de las finanzas, VD debería saber que son los cuatro giga-bancos de EU –Vanguard, State Street, Fidelity y BlackRock; este último ostenta un manejo de capitales de 7.8 trillones (en anglosajón) de dólares estadunidenses, equivalente a 7.8 veces el PIB de México– quienes controlan al GAFAM/Twitter. A su vez, los giga-bancos y las redes sociales son controlados en última instancia por el Pentágono mediante el Consejo de Innovación de Defensa (https://bit.ly/3bG8Lfc).

Lo mÁs increíble radica en que las plataformas de las redes sociales carecen de guías regulatorias y son protegidas en forma anómala con patente de corso por la sección 230 y nunca han sido elegidas por la ciudadanía cuando se arrogan el derecho desde su ciber-plutocracia de imponer su discrecionalidad supra-constitucional a ciudadanos discriminados y hasta a un presidente todavía en funciones.

¿Cuál sería, entonces, el objetivo de celebrar elecciones cuyos resultados serían estériles ante la cibercracia y los hijos de Torquemada del siglo XXI?

VD recomienda nacionalizar las plataformas de las redes sociales como bienes públicos que proveen un “servicio público ( utility)” para la comunicación y el discurso público.Juzga que las plataformas de las redes sociales se quitaron los guantes, envueltos en terciopelo para los legisladores y específicamente la nueva administración de Biden.

Aduce que no existe alternativa, pues implica la aplicación de la Primera Enmienda a las plataformas que son efectivamente bienes públicos, por lo que el público debe decidir sobre las reglas del discurso, que solamente pueden ser a través del gobierno, ya que negar a alguien el acceso a tales plataformas en forma arbitraria sería similar a impedirles su acceso al transporte público y ésa no es una decisión que los ejecutivos de una empresa privada puedan hacer. ¡Nada menos que el mismo discurso que los mandatarios de Alemania y México!

www.alfredojalife.com

Facebook: AlfredoJalife

Vk: alfredojalifeoficial

https://www.youtube.com/channel/UClfxfOThZDPL_c0Ld7psDsw?view_as=subscriber

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'Netflixicación' de la (comunicación) política

The events depicted in this film took place in Minnesota in 1987. At the request of the survivors, the names have been changed. Out of respect for the dead, the rest has been told exactly as it occurred.


(Los hechos descritos en esta película tuvieron lugar en Minnesota en 1987. A petición de los supervivientes, los nombres han sido cambiados. Por respeto a los muertos, el resto se ha contado exactamente como ocurrió).
Fargo (Joel Coen y Ethan Coen, 1996).

 

¿Quién recuerda a Mozart? Nos referimos al de verdad, no al Amadeus frívolo y bobalicón de Miloš Forman. O ¿quién recuerda al nobel John Nash? El de verdad, no al (casi) siempre carismático Russell Crowe. O ¿quién recuerda lo qué pasó realmente en el «juicio de los 7 de Chicago»? El que tuvo lugar en 1968 y no en la épica imaginación de un siempre grandilocuente Aaron Sorkin. ¿Era negra la Reina Carlota (consorte de Jorge III)? ¿Quién conoce realmente a Phyllis Schlafly? ¿Ragnar Lothbrok? ¿Catalina la Grande? ¿O alguien recuerda que «Bella ciao» es una canción originaria de la región italiana de Emilia Romana y no de La casa de papel? O ¿quién conoce con aséptica precisión los negocios privados, y algunos públicos, de Juan Carlos I? Los de verdad, claro, no todos los sugeridos en el vídeo que ha publicado Podemos con imágenes montadas con el ex Jefe del Estado al ritmo de Narcos.

Son tantas las recomendaciones de series que hace el vicepresidente segundo del Gobierno de España como el número de críticas que recibe. No tanto por su criterio artístico o seriéfilo como por el tiempo dedicado a evaluar el extenso catálogo de sus proveedores habituales de streaming. A pesar de ello, la cuidada selección de títulos y recomendaciones muestra una secuencia que sigue una sencilla premisa (puede que no de manera consciente, o sí): hacer comprensible la realidad.

El tiempo es, con diferencia, el recurso más importante para la política. Un escaso recurso al que, si sumamos la complejidad de la política, se obtiene como resultado un aparente desinterés. Al margen de los factores que tradicionalmente explican la participación política, son varios los estudios que la relacionan con la capacidad de la ciudadanía de entender la política. Por ejemplo, los hallazgos de Shulman y Sweitzer muestran que, cuando el lenguaje político resulta sencillo, los ciudadanos experimentan una mayor accesibilidad. Esto, a su vez, permite aceptar la información y se favorece el interés político. Un interés que, lógicamente, influye positivamente en la participación.

Estos experimentos que relacionan la complejidad o sencillez del lenguaje con el interés y la participación política han demostrado, a su vez, la capacidad de manipulación cognitiva. Con un sencillo cambio gramatical y el uso de referentes concretos, el lenguaje político se hace más sencillo y, por ende, más comprensible. Una comprensión que despierta el interés y la participación política. Una efectiva aplicación del feelings-as-information theory.

NarcosLa VenenoEl colapsoBaron NoirPress… son algunos de los referentes que se han empleado para explicar asuntos complejos (y posicionarnos ante la realidad). No se trata de un ejercicio similar al decidido y conducido análisis que realizan amigos como Beers&Politics o Cámara Cívica. El propósito no es identificar teorías, conceptos o fenómenos políticos en series u otros productos de la cultura pop. El objetivo, en esta ocasión, sigue una estrategia más directa y efectista. Se emplean series del catálogo de Netflix, Filmin, HBO, o cualquier otro proveedor, para crear referencias. Unas sencillas coordenadas que ayuden a los ciudadanos, al menos a los followers, a orientarse en la hoja de ruta. Bien para fijar el punto de partida, o bien para fijar el destino.

El uso de estas referencias simplifica la realidad, la hace más comprensible, pero también persigue otro propósito. La capacidad de construcción cognitiva de estos productos permite crear potentes y duraderas imágenes en los espectadores. No solo perdura el bobalicón Amadeus o los imposibles saltos históricos del Ministerio del tiempo. También por los atributos, valores, principios… y, sobre todo, por los significados asociados a la recreación de una realidad que, progresivamente, pierde, en buena medida, su condición de ficción debido a la creciente familiaridad que despierta. Poco importa si esa familiaridad es causa o consecuencia, punto de partida o destino. Lo importante es que da paso a un nuevo marco de referencia.

El marco de referencia es un libro de códigos, de significados, que se emplea para construir la realidad. Y, como todo libro de códigos, nos dice cómo descifrar aquello que percibidos. Cómo debemos posicionarnos ante lo que nos rodea. Un producto en permanente construcción. Del mismo modo, por ejemplo, que Wayne y O’Hara, en la inspirada obra de Ford El hombre tranquilo, nos enseñaron lo convulso de las relaciones apasionadas. Hoy, esta obra maestra del cine clásico, podría convertirse fácilmente en un ejemplo de masculinidad tóxica y maltrato machista. Señoros por doquier, incluso en la oferta de Netflix, cuya presencia impulsa un revisionista esfuerzo cuya exigencia solo se ve amortiguada por los títulos más modernos, más inclusivos, con valores renovados, etc. Una realidad-ficción que, si bien no encaja del todo con la realidad-no ficción (la de verdad, si es que eso existe ya), encaja mejor con lo que conoce, incluso espera, gran parte de la audiencia. La culpable, nuevamente, no es otra que esa familiaridad, ya casi aspiracional.

Nueva realidad

La constante hiperactividad del Premier Johnson no le ha hecho perder la oportunidad (en realidad ha sido Oliver Dowden), puede que empujado por Buckingham, de pedir a Netflix una advertencia a la audiencia de su serie The Crown. «Fiction», una sencilla etiqueta que no trata de clasificar a los espectadores como unos torpes autómatas incapaces de distinguir la realidad de la ficción. Es solo la escenificación de un nuevo capítulo, esta vez amplificado por el sensacionalismo que rodea a los Windsor, de una guerra cultural que extiende su campo de batalla a todos los ámbitos. La capacidad de construir imágenes, la realidad, de una serie como The Crown, no se circunscribe solo a la creación y categorización de personajes, también al juicio que emite sobre una época, una sociedad y, por qué no, de un gobierno. Y es que, estaba claro, el de Gorbachov no iba a ser el único condenado por su Chernóbil.

La netflixicación de la comunicación política no solo simplifica el lenguaje político con sencillas referencias culturales. También se apropia de los significados y códigos que series y productos culturales emplean para construir la nueva realidad. Aquellos que ya son familiares para una creciente audiencia. Un uso del lenguaje que favorece el interés y, al menos, el debate político.

Esto concede a los productores de la ficción streaming, en realidad a todo el woke capital, un destacado rol. Los convierte en los propietarios de un nuevo discurso, todavía no hegemónico, que, además, presenta un importante gap generacional. Algo de lo que Podemos es consciente y por el que, con toda probabilidad, doblará su apuesta. Puede que, en realidad, sean los únicos nativos de esta nueva realidad. Que sean los únicos propietarios de este nuevo marco de referencia, de esta nueva cotidianidad.

Por Rubén Sánchez Medero

Profesor de Ciencia Política, Universidad Carlos III

15/01/2021

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La privacidad de los datos ante la corporación Facebook

Con más de 1.000 millones de usuarios/ciudadanos en 180 países, WhatsApp (WSP) es la aplicación de mensajería preferida de todo el mundo. ¿Por qué? Bueno porque las funcionalidades de la aplicación aportan sencillez a las personas que organizan sus redes sociales, laborales, personales, etc. ¿Además es gratuito? Bueno en principio parece, pero ya las compañías de telecomunicaciones europeas están cobrando a WSP las comunicaciones IP (Internet Protocolo). Otra novedad es que el celular se utiliza poco como teléfono, ahora llamada o video llamadas por WSP / IP, si le sumamos el boca a boca de “pásame tú WSP” los propios usuarios/ciudadanos fuimos promoviendo su uso para alcanzar la cifra citada.

Pero nosotros no pagamos por su uso, eso sí entregamos nuestros datos de perfil y nuestros datos (textos, audios, imágenes y videos) del chat. Este es el punto para reflexionar como ciudadanos consumidores sobre el territorio digital nuestros derechos y privacidades ante las nuevas disposiciones de WSP que serán aplicadas a partir del próximo 8 de febrero.

Es una oportunidad para que busquemos independencia, cuidemos nuestros datos y comencemos lentamente a emanciparnos.

La adquisición de WhatsApp por parte de Facebook en 2014 suscitó preocupación entre los expertos en privacidad y aquellos usuarios/ciudadanos preocupados por la seguridad de sus datos; después de todo, Facebook y sus aplicaciones de terceros se han visto envueltos en múltiples situaciones de seguridad, en las que se filtró gran cantidad de información privada de los usuarios/cuidadnos como los casos del Brexit y elección de Trump y Cambiemos en Argentina. La compra de WSP terminó con su eslogan de ser una aplicación independiente, dedicada a crear y mantener un servicio de mensajería seguro.

Recientemente, Facebook anunció que a partir del 8 de febrero los usuarios de la aplicación deberán aceptar las nuevas condiciones para el uso de WSP. Es que el Big data se ha convertido en una producción de información que genera mucho dinero. Por lo cual Facebook va a combinar tres plataformas distintas de mensajería: Facebook Messenger, WhatsApp e Instagram, haciendo convergente los contenidos que circulan en cada una de modo de integrar los datos en una única plataforma para aplicar los métodos y modelos del Big data.

Los términos y condiciones establecen que a partir de ahora WSP compartirá información personal del usuario/ciudadano con Facebook y otros servicios que maneja el grupo de Mark Zuckerberg. Las actualizaciones y su aceptación, permite que el servicio de software recolecte contactos, datos comerciales cuando se usa Facebook e, inclusive, la IP, dirección geográfica del usuario/ciudadano, información sobre cómo el usuario /ciudadano interactúa con los demás, incluyendo empresas. “Aunque no uses nuestras opciones relacionadas con la ubicación, usamos la dirección IP y otra información, como los códigos de área de números de teléfono, para estimar cuál es tu ubicación general (por ejemplo, ciudad y país). Además, señala el texto de privacidad, que no solo recopilará información del usuario/ciudadano principal, sino también de sus contactos o terceras personas. Apunta que serán reunidos cuando los otros cibernautas tengan interacción con el usuario principal, como conversaciones en grupos, reportes o por los proveedores de servicios de otras empresas distintas a Facebook.

La privacidad de los datos nos pone a los ciudadanos/usuarios de las aplicaciones mencionadas, en pensar si aceptamos y continuamos siendo usuarios o rechazamos y nos mudamos a destinos de software como Signal o Telegram. Arthur Messaud, abogado de La Quadrature du net, asociación francesa que defiende a los usuarios de internet, dijo que «si la única forma de rechazar (la modificación) es dejar de usar WhatsApp, entonces el consentimiento es forzado ya que el uso de datos personales es ilegal».

Esta actualización no afectará a los usuarios/ciudadanos europeos, según un comunicado que Facebook difundió el pasado 8 de enero, en el que dice que no habría cambios en la «región europea», que cubre la UE, el Espacio Económico Europeo y Reino Unido. «Para evitar cualquier duda, sigue siendo cierto que WhatsApp no comparte los datos de sus usuarios de la región europea con Facebook con el propósito de que Facebook use estos datos para mejorar sus productos o anuncios», señala Facebook y agrega que no usa la información de WSP para ese tipo de propósitos en Europa, debido a que, en los últimos años, los organismos europeos de protección de datos han decretado estrictas regulaciones de privacidad en Europa.

13 enero 2021 | Sin categoría, Tecnología

Publicado enSociedad
La compañía explica que las actualizaciones de su política incluyen más información sobre el servicio de WhatsApp y sobre cómo procesa los datos. Foto: Archivo.

Millones de usuarios de WhatsApp han comenzado a recibir esta semana un aviso de la popular plataforma de mensajería pidiéndoles que acepten sus nuevos términos y condiciones antes del 8 de febrero si quieren seguir utilizando la aplicación.

“Al seleccionar ACEPTAR, aceptas las Condiciones y la Privacy Policy actualizadas, que entrarán en vigor el 8 de febrero de 2021. Después de esta fecha, deberás aceptar las actualizaciones para seguir usando WhatsApp”, se lee en el mensaje que envió la plataforma a sus usuarios, tanto en Android como iOS.

La compañía explica que las actualizaciones de su política incluyen más información sobre el servicio de WhatsApp y sobre cómo procesa los datos; cómo las empresas pueden usar los servicios alojados en Facebook para almacenar y administrar sus chats de WhatsApp y cómo la plataforma se asocia con su empresa matriz “para ofrecer integraciones en los productos de las empresas de Facebook”.

La política actualizada deja claro que los datos recopilados por WhatsApp se compartirán ahora con Facebook, lo quiera o no el usuario. Estos datos incluyen los números de teléfono, “datos de transacciones, información relacionada con el servicio, información sobre cómo interactúa con otros (incluidas las empresas)” cuando utiliza sus servicios, así como información del dispositivo móvil y la dirección IP, entre otros.

“Como parte de las empresas de Facebook, WhatsApp recibe información de las otras empresas de Facebook, y también comparte información con ellas”, explica la política de privacidad. “Ambas partes podemos usar la información que recibimos para operar, proporcionar, mejorar, entender, personalizar, respaldar y promocionar nuestros Servicios y sus ofertas, incluidos los productos de las empresas de Facebook”, añade.

Compartir datos con Facebook será obligatorio para todos los usuarios, excepto para los de la UE, donde se aplica desde 2018 el Reglamento General de Protección de Datos de la Unión Europea (GDPR por sus siglas en inglés).

En declaraciones a MailOnline, un portavoz de WhatsApp confirmó que “no hay cambios en las prácticas de intercambio de datos de WhatsApp en la región europea (incluido el Reino Unido) que surjan de los Términos de servicio y la Política de privacidad actualizados”.

“Para evitar cualquier duda, sigue siendo cierto que WhatsApp no ​​comparte datos de usuario de WhatsApp de la región europea con Facebook con el fin de que Facebook utilice estos datos para mejorar sus productos o anuncios”, detalló.

8 enero 2021

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La manipulación mediática sobre la pandemia: uno de los capítulos más vergonzosos de la historia del periodismo

Publican datos falsos. Manipulan información. Distorsionan estrategias en aras de sus filias y fobias políticas. Comparan países incomparables. Especulan. Mienten. Hacen campaña contra los gobiernos o los políticos con los que no concuerdan. Publican balances amañados. Las lecturas políticas, basadas en intereses partidarios, desplazan a las científicas. Estimulan la indignacionitis a partir de un doble estándar. Militan contra las cuarentenas, los controles y las restricciones. Y, ahora, contra las vacunas.

El año en el que vivimos en peligro por una emergencia de salud ameritaba que los medios de comunicación asumiéramos la responsabilidad del servicio social que debemos brindar a una sociedad. Prudencia, serenidad, profesionalismo y seriedad tenían que haber sido las premisas de diarios, portales, cadenas de radio y televisión durante estos meses en los que el Covid ha representado la pérdida de millones de vidas en todo el mundo.

Pero la prensa tradicional, mayoritaria y más influyente de Argentina, no cumplió.

El compromiso inicial de: "al virus lo frenamos entre todos" se evaporó. La polarización volvió rápidamente a Argentina luego de unos primeros meses en los que, de manera inédita, el presidente Alberto Fernández logró instalar mensajes (e imágenes) de unidad nacional con el apoyo de la oposición.


Lo más importante para un grupo de medios y periodistas es desacreditar al gobierno, así sea a costa de incrementar los riesgos de una pandemia. Generan climas de escepticismo, de rebeldía, de alarmismo, de obsesión con su villana favorita, con discursos que, muchas veces, abrazan el ridículo.


Bastó que las encuestas demostraran que los altos niveles de popularidad que el presidente tuvo en un breve lapso después de la llegada del coronavirus comenzaban a descender para que gran parte de la prensa retomara su papel opositor con una línea editorial que no se basa en la investigación, la información, los datos, ni la ciencia, sino en antiperonismo puro y duro.

Lo más importante para un grupo de medios y periodistas –por suerte, nunca son todos, hay múltiples excepciones– es desacreditar al gobierno, así sea a costa de incrementar los riesgos de una pandemia. Generan climas de escepticismo (¿la cuarentena sirve o es un fracaso? ¿no es mejor abrir todo para que la economía se recupere?), de rebeldía (instigando las movilizaciones anticuarentena/antigobierno), de alarmismo (todo es un desastre, es el peor país del mundo, hay que huir de aquí), de obsesión con su villana favorita (la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner es la culpable de todos los males), con discursos que, muchas veces, abrazan el ridículo.

 

Campañas


La irresponsabilidad está a pleno ahora con su campaña para hacer dudar a la población sobre la efectividad de las vacunas, en especial la Sputnik V, a la que han rodeado de un aura demoníaca.

Si no fuera tan grave, sería gracioso que hablen de la vacuna "soviética", de la URSS, del comunismo, de todo aquello que dejó de existir hace tres décadas en ese país. Por increíble que parezca, muchos periodistas se quedaron anclados en la Guerra Fría y abonan a la esquemática narrativa occidental en la que los rusos siempre son los malos.

Sostienen ese relato por más que la realidad los desmienta, ya sea con el reciente diálogo entre Angela Merkel y Vladímir Putin para analizar la posibilidad de que Alemania y Rusia produzcan juntos la vacuna, o el acuerdo entre los fabricantes de Oxford y Sputnik V para hacer ensayos con la combinación de ambas vacunas. Con pleno desconocimiento de los valiosos aportes que la ciencia rusa ofreció al mundo a lo largo de su historia.

Desde que el gobierno de Alberto Fernández anunció la compra de la Sputnik V arreció la desconfianza y la descalificación a priori, basadas, por supuesto, en datos falsos: que si no había informes de los estudios, de las pruebas, de los resultados en los voluntarios, que ningún otro país quiere esta vacuna, que es solo un negocio entre "los comunistas" presidentes de Rusia y Argentina que están manipulados por Fernández de Kirchner, que la vacuna no iba a llegar en diciembre y, cuando llegó, que no servía porque era apenas un "ensayo" o que, de plano, era peligrosa.

La semana pasada, con el arribo de las primeras dosis de la vacuna, la campaña se intensificó. Los titulares se regodearon con supuestos efectos negativos que, oh sorpresa, estaban desacreditados en las propias notas. Que el encabezado no coincida con el desarrollo de la información ya es un clásico, pero ¿también en temas de salud pública? De terror.

Gracias a esa estrategia, la pregunta de moda es: "¿te pondrías la vacuna rusa?" La frase cargada de estigmatización y prejuicio y repetida a diario en muchos de los medios masivos más importantes se disemina en las calles, en los hogares, en los lugares de trabajo. El recelo se expande a costa de poner en riesgo a la población.

Maniobras


Los temas de cobertura de la prensa opositora ya pasaron por comparar el "éxito" de Finlandia, Suiza o Uruguay en el manejo de la pandemia, con el "fracaso" de Argentina; rechazar la llegada de médicos cubanos porque son "espías"; denunciar la falsa liberación en masa de asesinos y violadores con el pretexto del coronavirus; alertar sobre la amenaza estatizadora-comunista del oficialismo y magnificar cualquier crítica negativa (jamás las positivas) de la prensa extranjera al gobierno o al país.

También insisten en que hay un gobierno nazi o dictatorial; se quejan de "la cuarentena más larga del mundo" que no es tal; y advierten que "vamos a ser Venezuela", la amenaza estigmatizante y sin sustento que la derecha ha impuesto a escala internacional.

Ojalá respetáramos a la sociedad y a nuestro oficio. Ojalá volviéramos a cuestiones básicas como criticar, preguntar, contrastar, checar datos, consultar a especialistas, investigar, exigir transparencia en la información oficial y ejercer la autocrítica para desterrar el hábito de hablar sin saber.


En medio de todo ello, las y los periodistas científicos han debido nadar contra la corriente, muchas veces casi en soledad, con impotencia ante las desinformaciones diarias que se instalan a través de las redes y que son retomadas por la prensa que se autoconsidera "seria".

No se trata, por supuesto, de defender a ningún gobierno, no es esa nuestra tarea, ni la de justificar el caos en el velorio masivo del futbolista Diego Armando Maradona, las contradicciones del presidente y funcionarios que no usan barbijos ni respetan el distanciamiento social, la falta de respuesta ante los múltiples casos de violencia institucional registrados durante la pandemia o la sobreactuación épica por la llegada de las vacunas, por mencionar sólo algunos cuestionables episodios.

Pero nuestra labor tampoco es la de atacar sin fundamento y mucho menos la de promover la ira social, la polarización y la negatividad permanente, absoluta, que establece que todo lo que hacen las autoridades está mal.

Ojalá respetáramos a la sociedad y a nuestro oficio. Ojalá volviéramos a cuestiones básicas como contrastar, checar datos, consultar a especialistas, investigar, exigir transparencia en la información oficial y ejercer la autocrítica para desterrar el hábito de opinar sin saber. Como dicen los colegas del portal Faro Digital: Preguntar es tarea del periodismo; sembrar dudas, no.

O sea, lo que siempre debemos hacer. Quizás hoy sea demasiado pedirles a los medios y a los periodistas que, tristemente, priorizan sus intereses económicos y partidarios por encima de la información de calidad que merecen las sociedades.

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 Festejo por la decisión de la justicia británica de rechazar el pedido de extradición de Julian Assange a Estados Unidos.Foto Afp

Advierten que la amenaza contra Assange y la libertad de expresión sigue latente // Lo castigan por su valor de publicar crímenes de guerra


Nueva York., Noam Chomsky, Daniel Ellsberg, abogados constitucionalistas y otros defensores estadunidenses de la libertad de expresión celebraron el fallo de la jueza Vanessa Baraitser en Londres contra la solicitud de extradición de Julian Assange interpuesta por el gobierno de Donald Trump, pero advirtieron que por ahora el triunfo es parcial y no implica el fin a la amenaza contra el fundador de Wikileaks ni contra la libertad de prensa en Estados Unidos.

En una teleconferencia sobre el veredicto, Chomsky –quien entregó testimonio al tribunal en apoyo de la defensa– expresó que se puede celebrar el hecho de que Assange no será enviado al sistema de prisión barbárico de Estados Unidos y especuló que el equipo de transición del presidente electo Joe Biden también está festejando. Explicó que en el fallo, la juez aceptó la validez de todos los cargos presentados por los fiscales estadunidenses, reivindicando completamente la postura estadunidense, pero que con el fallo basado sólo en la preocupación por su salud, bajo un gobierno de Biden Estados Unidos ahora se ahorra un juicio vergonzoso contra la libertad de prensa.

Denunció que por esos cargos, Assange ha sufrido 10 años de tortura sin ninguna justificación por todo eso.

Chomsky insistió en que todo caso que es impulsado con el pretexto de la seguridad nacional, casi siempre se trata del gobierno buscando evitar que el pueblo se entere de lo que está haciendo. Recordó que Barack Obama estableció nuevos récords en el uso del Acta de Espionaje contra filtradores, “y Biden estaba ahí con él, y no hay hada que indique que no continuará con eso mismo… aunque eso depende de la presión popular”.

Daniel Ellsberg, famoso por su filtración de los llamados Papeles del Pentágono hace justo medio siglo, y desde entonces feroz activista del derecho del pueblo a enterarse de lo que el gobierno hace en su nombre, se sumó al festejo del fallo declarando que tal vez se ha salvado la vida de Assange, pero advirtió que los periodistas aún no se dan cuenta de que la persecución contra éste es un ataque en contra de ellos también.

Enfatizó que este caso representa el primer uso del Acta de Espionaje contra periodistas, y no sólo contra filtradores oficiales, como fue con él. También recordó que el caso en su contra en 1971 fue desechado por las tácticas que empleó el gobierno para amenazarlo, desde chantaje hasta amenaza de asesinarlo, pero que hoy día, después de los cambios legislativos posteriores al 11 de septiembre de 2001, no se sabe si esas mismas tácticas ahora son legales.

Ellsberg dice que aún está pendiente saber si el gobierno de Biden abandonará este caso de extradición, recordando que el presidente electo, cuando era vicepresidente con Obama, calificó a Assange de terrorista de alta tecnología.

Para la abogada constitucionalista Marjorie Cohn, ex presidenta del Gremio Nacional de Abogados, esta es una victoria monumental y a la vez una condena al sistema carcelario estadunidense, ya que la jueza rechazó la solicitud exclusivamente sobre el argumento de que Assange no podría tolerar el trato en las prisiones estadunidenses. Señaló que esa jueza ha otorgado 96 por ciento de las solicitudes de extradición que le han presentado.

Pero coincidió en que el fallo no fue un rechazo al uso de leyes como el Acta de Espionaje contra los comunicadores, lo que calificó de una pistola cargada que apunta a los periodistas que se atreven a reportar sobre asuntos de política exterior y seguridad nacional.

Indicó que aunque hay múltiples temas relacionados con el caso de Assange, eso no debe distraer de lo más importante: la razón por la cual Assange fue acusado es por su temeridad al revelar crímenes de guerra. Recordó que fueron los documentos clasificados sobre las guerras en Irak y Afganistán, sobre tortura en centros de detención y el famoso video del ataque de un helicóptero militar estadunidense contra civiles –filtrado por Chelsea Manning– mostrando crímenes de guerra lo que motivó la persecución estadunidense de Assange, Manning y Wikileaks.

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Libre: el fallo a favor de Julian Assange

Primero vino el silencio. Julian Assange, preso en una cárcel de alta seguridad en Gran Bretaña, aparecía en audiencias judiciales encerrado en una jaula de vidrio a prueba de balas y a nadie parecía llamarle demasiado la atención. Había revelado los secretos más oscuros de Estados Unidos y sus aliados asociado a los medios de comunicación más poderosos y prestigiosos de mundo y ahora esos medios callaban mientras Estados Unidos y Gran Bretaña disponían de la vida, la libertad, la salud y la reputación del publicador serial de verdades incómodas, devenido en terrorista de última generación. Solo, aislado y a merced de sus enemigos, Assange enfrentaba una extradición a Estados Unidos que parecía ser un mero trámite, más o menos prolongado.

Pero pasaron cosas, empezando por la derrota electoral de Donald Trump. El principal perseguidor del fundador de WikiLeaks e ideólogo de la acusación por la que Assange recibiría hasta 175 años de cárcel será reemplazado el 20 de enero en la Casa Blanca por Joe Biden, el dos veces vicepresidente de Barack Obama. Y resulta que durante la presidencia de Obama el Fiscal General Eric Holder se negó a llevar adelante una acusación en contra de Assange porque, según su razonamiento, no podría acusarlo sin llevar a juicio también a sus socios editoriales en Estados Unidos empezando por el New York Times, y sin violar la primera enmienda constitucional estadounidense, que garantiza la libertad de expresión en ese país. Cabe aclarar que en Estados Unidos la Justicia no es un poder independiente del Ejecutivo, sino que el Fiscal General asume funciones de ministro de Justicia y forma parte del gabinete presidencial. Defensor a ultranza de la gestión de Obama, para Biden el eventual juzgamiento de Assange en Estados Unidos se convertía en un problema.


La decisión de la jueza Vanessa Baraitser de negar la extradición por motivos de salud mental se da en ese contexto. La magistrada británica fundamenta su negativa en el riesgo de suicidio que presenta Assange debido a una depresión agravada tras 10 años de encierro, siete en la embajada ecuatoriana en Londres y tres en cárceles británicas. Pero rechaza los demás argumentos de la defensa, sobre todo el de que se trata de una causa política y por lo tanto no extraditable. Assange está siendo juzgado por una supuesta “conspiración” con su fuente, Chelsea Manning, para obtener y publicar en WikiLeaks y junto a sus socios--decenas de medios de todo el mundo, incluyendo Página/ 12-- millones de documentos diplomáticos, de las guerras de Irak y Afganistán y de la cárcel de Guantánamo, extraídos de una red de seguridad estadounidense.


El fallo de Baraitser sorprende. Casi no existen antecedentes cercanos de la justicia británica negando una extradición a Estados Unidos no sólo por la cercanía política entre ambos países, sobre todo de sus cúpulas militares y de inteligencia, sino porque el tratado de extradición entre ambos países es de lo más flexible que se ha aprobado en cualquier lugar de mundo. Pero la decisión de la jueza no deja de tener su lógica.


Deja abierta la puerta para que el proceso continúe por medio de apelaciones pero también le da al gobierno de Biden una salida elegante para que pueda evitar un juicio incómodo en su país sin bajarse de su caracterización de Assange como un “terrorista de alta tecnología” y sin enfrentarse con la comunidad de inteligencia que desde hace años pide la cabeza del editor australiano. Lo que para Trump era una exigencia ineludible, para Biden se convertía en un problema que la jueza evitó.


Desde una mirada política es un fallo de compromiso pero en otro nivel no deja de ser un claro triunfo para la democracia y la libertad de expresión. Desde el punto de vista humanitario lo más importante es que la decisión judicial permite que Assange recupere su libertad después de una década de un encierro agravado por todo tipo de intrusiones, extorsiones, privaciones, malos tratos y torturas psicológicas. De mínima, estando en libertad el editor de WikiLeaks podrá hacer uso de sus recuperadas facultades mentales para colaborar con su propia defensa legal y relanzar su portal de filtraciones con nuevas revelaciones. Más aún, este fallo le permite reunirse con su familia y sus afectos y recuperar su felicidad y sus ganas de vivir. Y así podrá seguir inspirando a potenciales denunciantes o “whistleblowers” a seguir presentando evidencias de procederes opacos, inmorales y criminales de las grandes corporaciones privadas y estatales que gobiernan el mundo. Por eso no es un fallo más ni se limita a la salud del acusado. En un caso que pone en juego la libertad, no solo de expresión, de la sociedad global, nada menos, ninguna decisión es inocente.

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