Jueves, 30 Agosto 2018 07:38

Invitación a silenciar el silencio

Viviana Gutiérrez, Mujeres de los paraísos pérdidos III,  lápiz, carboncillo, pastel y acuarela sobre papel (Cortesía de la autora)

Con ocasión de la publicación en este medio el pasado mes de junio del "Monólogo del Cauca en Dolor sostenido mayor", un lector de Le Monde diplomatique expresó a su autor sus inquietudes en torno a divulgar en sus círculos de influencia este tipo de escritos.

 

¡Lázaro, levántate y anda!
Juan 11:43.

Apreciado amigo: muchas gracias por su misiva del pasado 9 de julio, la he leído con atención y confieso que me ha dado pie para reflexionar, en especial en lo relativo a las tribulaciones que tan generosamente comparte conmigo. Cuando remití a su buzón la nota que apareció en este periódico sobre el espinoso tema que nos tiene tan impresionados a muchos, no pensé que fuera a provocar un malestar tan profundo como el que se ha atrevido a manifestar.


Sí, la verdad es que nuestro país vive momentos de zozobra, de incertidumbre; no sabemos qué deparará los siguientes años que pintan, desde ya, tan parecidos a los nefastos años de fines del siglo pasado y comienzos del actual. La forma como, mientras escribimos y leemos estas líneas, se amenaza, diezma, silencia y elimina, impunemente, a líderes sociales, periodistas, artistas, intelectuales, pensadores, es decir a gentes del saber y a gentes del actuar, es escalofriante.


Hay razones para callar; hay motivos para silenciar y mirar a un lado. Es más seguro, es menos riesgoso. También es más cobarde y no por eso lo acuso de cobardía, ni mucho menos. Lo que sí quiero es invitarlo a que reflexionemos juntos sobre estos difíciles asuntos de tener que vivir en nuestra sociedad; una sociedad que parece no querer liberarse del odio, de la guerra perpetua, de la revancha sin fin y que se resiste (al menos en la mayoría que se expresa en las urnas) a abrazar un proceso de paz, así sea imperfecto, pero finalmente un proceso que quiere y pretende alcanzar una paz estable y duradera.


Usted dice, en su misiva: no tengo el suficiente valor para enviárselo (mi artículo) a los miembros de … (omito aquí el nombre del círculo de jóvenes que usted dirige hace años), pues, de hacerlo, correría el riesgo de perder mi trabajo” ¡Ay! Qué cierto y qué doloroso lo que usted dice. Qué desgracia también leer esto en una época en la que la información supuestamente fluye de manera rápida y sin barreras; una época donde los mensajes que se comparten en redes sociales se convierten en “virales” y llegan a miles, millones de personas, en cuestión de minutos y horas. Y si usted pierde su trabajo, entonces, ¿de qué va a vivir?


Esa pregunta ronda a todo pensador crítico, usted no es el único a quien acosa esa incertidumbre. Baste recordar que Cervantes, a la par de su oficio por el que lo recordamos hoy día, desempeñó múltiples trabajos: paje de obispo, trabuquero en la batalla de Lepanto, prisionero-esclavo de los turcos, organizador profesional de huidas frustradas, estafador profesional, jugador empedernido, administrador (con dudosos resultados) de fortunas ajenas, alto comisario para el abastecimiento y reclutamiento de la «Armada invencible». ¿Será que hoy existe escasez de ocupaciones?
Claro, vuelvo a lo anterior, lo que circula en las redes es generalmente anónimo y lo que hace cada cual no es más que replicar lo que le llegó sin saber quién originó la cadena, de esa forma se salva la responsabilidad y se repliega a la función de servir de elemental eslabón de una cadena infinita. Cosa diferente es compartir un artículo firmado, como el mío, y replicarlo, en su círculo íntimo, con las consecuencias que usted anticipa y reconoce.


Usted, amigo, quiéralo o no, hace parte de un grupo mayor de personas agrupadas bajo una palabra que a fuerza de usarla se ha tornado, lastimosamente, en peyorativa. Llamarse o reconocerse como intelectual (quizá mejor usar hoy “pensador crítico”) suena demodé, un anacronismo, como si se hubiera jubilado el acto de pensar, de pensar críticamente y de expresar y propagar el propio pensamiento. Los términos intelectual, inteligencias, intelectualismo tienen un gustillo, en ciertos círculos de poder, a subversivo, a propiciador de motines, a agitador profesional. Y, con todo, estoy dispuesto a defender esa acepción, y me acojo a lo dicho por el reconocido escritor palestino-británico Edward W. Said, que defiende en Representaciones del intelectual, la tesis de que este es “un francotirador […] y perturbador del statu quo” (1).


Nada más cierto. Ser intelectual es renunciar a ser turiferario incensario, a negarse a ser altavoz de un sistema político, social o cultural enquistado en el poder; ser intelectual es oponerse a dejarse cooptar por el poder corruptor del capital aceptando cargos, nombramientos y lisonjas que lo que consiguen es silenciar la opinión independiente; ser intelectual es tener, al decir, vuelvo a citar aquí a Said, el coraje para que “las verdades básicas acerca de la miseria y la opresión humana [deban] defenderse independientemente del partido en que milite un intelectual, de su procedencia nacional y de sus lealtades primigenias” (2).


Usted, que es un agudo observador de la sociedad de la que hace parte, confiesa que las actividades llevadas a cabo por la [institución a la que pertenece] se enmarcan dentro de la estrategia neoliberal de sustituir al Estado en su función de garante de los derechos sociales y que, por lo tanto, los servicios que ofrece –entre ellos el [círculo que usted orienta]– poco o nada aportan al bienestar de la comunidad, mucho menos a su emancipación. Sí, estoy de acuerdo. Es la forma como el capital acude a dispositivos de biopolítica –como diría Foucault–, para doblegar al ciudadano, alienándolo, haciéndole creer que está jugando un rol activo en la sociedad, que hace parte de una democracia participativa, que tiene voz y voto en el derrotero de una comunidad, o en el barrio, o en las juntas (de acción comunal o administradoras locales), o en una biblioteca pública, en un círculo de lectura, o lo que sea.


Muchos de estos programas de política cultural que ostentosamente pregonan a los cuatro vientos los municipios más grandes del país (usted vive en una de las cuatro ciudades más grandes de Colombia) son, en verdad, mecanismos para “encausar” a los ciudadanos en una vocación de rebaño bajo la falsa premisa de que se está apoyando la libre manifestación de la personalidad bajo las banderas de la inclusión, la diversidad cultural y los derechos culturales; todo por supuesto en el marco de un programa político ideológico, que salvo contadas excepciones en los últimos veinte años (por ejemplo, durante las alcaldías progresistas en Bogotá) ha correspondido a alcaldías detentadas por representantes de las clases tradicionales del poder. Por consiguiente, toda política cultural emanada de un gobierno de estos está encaminada a apuntalar, sutil o expresamente, el statu quo de un sistema que clama a gritos ser renovado por sistemas más democráticos y de clara orientación social.


Por eso no es sorprendente, que sobre su hombro sienta la presencia intrusa, permanente, de ojos supervisores que vigilan la actividad que usted orienta, y lo que allí manifiesta y comparte, de tal forma que el circulo intelectual que usted dirige, nunca se desvíe de lo ¨correcto”, de lo esperado para una persona profesional como usted –que vive dignamente de los dineros oficiales y de las empresas privadas o semiprivadas que subvencionan las actividades culturales en las que está inmerso.


Usted, querido amigo, tiene las cosas claras. No otra cosa puedo pensar cuando manifiesta: Sé también que el modelo de desarrollo que promueve [la entidad matriz] es un modelo insostenible y, como [usted] lo muestra […], criminal, y que la [institución a la que pertenezco], al depender financieramente de esta empresa, no es más que un [organismo] de bolsillo cuyo objetivo, en el fondo, no es más que construir a ultranza una imagen favorable de dicho modelo.


No puede ser mas elocuente. El problema, en definitiva, no radica en desenmascarar el modelo que se repite una y otra vez a largo de toda la geografía nacional, en las grandes y medianas ciudades, en las pequeñas poblaciones, en los barrios y en los centros culturales del país. El quid del asunto es ¿qué hacer frente a esa realidad, qué postura hay que asumir ante lo evidente? Y de nuevo, usted lo reconoce: Sé muy bien todo esto, pero ignoro qué podría hacer al respecto y, en todo caso, he perdido el valor para intentar algo.


Cuánto duele leer esta confesión, tan íntima como desgarradora, tan sencilla como brutal. Creo que allí se resume la problemática que lo tiene atrapado en esta aparente sin salida. Cuando dice que ha perdido el valor de intentar algo siento un profundo dolor en mi condición de colega suyo. No puedo evitar evocaciones de mi propia vida en las que yo también fui presa de ese mismo temor, de esa misma congoja, de ese sentir los brazos caídos y no tener siquiera la fuerza de levantarlos para decir aquí estoy y quiero decir algo. ¿Quién acaso puede decir que, teniendo las ganas de actuar, no ha perdido el ímpetu para hacerlo?


No se trata de abrazarnos y llorar juntos por la encrucijada en la que está. Todo lo contrario, si algo puedo hacer y está a mi alcance es pararme a su lado y acompañarlo a dar el primer paso cuando usted esté listo. No se trata de empujarlo, ni de jalarlo para que salga de esa especie de somnolencia en la que ha caído. Tampoco de hacerlo escuchar discursos estentóreos sobre la función el intelectual, y recitarla parrafadas completas de Gramsci o de Fidel o de otros pensadores que se han dirigido específicamente a los intelectuales de la sociedad. Cada cual es dueño de sus propios miedos, de sus propios fantasmas, de los esqueletos que guarda en su armario.


Sabrá usted, en su sabiduría interior, el camino para superar todo lo que lo inmoviliza en este momento. Sabrá el momento apropiado, el discurso correcto; el cómo salir airoso de tan difícil trance sin quedar chamuscado en el proceso. Reconozco que no es poco el tiempo que ha tenido las barbas en remojo. Dice:


Desde que ingresé [aquí], hace diez años, y en la medida en que me fui haciendo consciente de la situación en la que me encontraba, empecé a sentir la responsabilidad de promover algún cambio, expresando mis opiniones ante las directivas siempre que tenía la oportunidad e introduciendo, en las actividades que han estado a mi cargo, una perspectiva crítica.


¿Dónde ha quedado ese ímpetu, usted, que apenas debe rozar, si mucho, los treinta años (pero no muchos más) que lo iluminó durante esa primera parte de su jornada? ¿Dónde ese espíritu travieso, dónde ese aliento rebelde, dónde ese ideario anárquico? No soy quien tenga que recordar que el intelectual es aquel portador de un pensamiento indócil, “más bien a menudo subversivo, que contribuye a poner en crisis los valores fundamentales de los dogmas, creencias y culturas de pertenencia” (3). Es la heterodoxia, al decir de Maldonado, lo que caracteriza, entre otros aspectos, al intelectual: aquella capacidad o voluntad de actuar “en contraposición a los dogmas, a los cuerpos doctrinales, a los modelos de comportamientos, a los ordenamientos simbólicos, y también a los asertos de poder existentes” (4). Sin embargo, a mi inquietud, usted aclara:


Con el tiempo, y debido a los choques y fracasos que llegué a experimentar en ese proceso, aquel sentimiento de responsabilidad por promover algún cambio terminó convirtiéndose en un sentimiento de vergüenza y de culpa por no ser capaz de hacer nada realmente eficaz, ni siquiera lo más elemental: renunciar y buscar otro trabajo. ¿Me equivoco si aventuro que usted tocó fondo y es imposible seguirse hundiendo en su inacción? ¿Qué tiene que suceder en su vida para que llegue un sacudón mayor y lo arroje de manera brutal contra el pavimento de la existencia? ¿Qué más debe presenciar que sucede a su alrededor, en su ciudad, tan hermosa, tan ejemplar, tan pujante, y a la vez tan llena de desigualdades e injusticias, para que usted encuentre mil y una formas de expresar todo lo que bulle en usted y necesita hacer para generar ese cambio que reconoce tan necesario?


No se trata de actos heroicos; de poner el pecho a los fusiles que silencian todos los días, y cada vez más, a tantos y tantos colombianos ante la imperturbabilidad de las autoridades, de los gobernantes, de las fuerzas del orden. No. Se trata de preguntarse ¿qué está en mis manos hacer para poner en acción el pensamiento crítico que bulle en mí?


Cada cual hace lo que está a su alcance, y así lo reconoce: Espero, pues, que entienda lo importante y admirable que es para mí su denuncia: tanto más en cuanto que yo no soy capaz de hacer algo semejante. La sociedad necesita, como dice Said, de “un ser aparte, alguien capaz de decirle la verdad al poder, un individuo duro, elocuente, inmensamente valiente y aguerrido para quien ningún poder mundano es demasiado grande e imponente como para no criticarlo y censurarlo con toda intención” (5). Entonces, ¿cuál es el ejemplo que quiere dar a ese círculo de jóvenes que lo siguen semana a semana, con una fidelidad asombrosa, que viajan kilómetros y kilómetros para escucharlo y dejarse guiar en sus lecturas, pensamientos, y actividades por su voz de orientador, de acompañante de caminos?


No es necesario que se siga envileciendo con el autocastigo: Soy un muy buen ejemplo del modo como el sistema-mundo capitalista envilece a las personas, y no lo digo con ironía ni cinismo, lo digo, repito, con vergüenza y con culpa. Basta ya de tanto autoflagelo; tome las decisiones que tiene que tomar y pase de la reflexión a la acción; de la autoconmiseración, de jugar al rol de víctima a asumir la potestad por su vida.


Por supuesto, hay riesgos, algunos extremos, especialmente en este país, en esta época. El pensador crítico puede morir en la hoguera, verse obligado al exilio, al ostracismo, a ser más que silenciado, ignorado, separado del mainstream, como se dice hoy. Foucault acuñó el concepto de “microfísica del poder” para aludir a una nueva forma de doblegamiento, más refinada que la antigua que tenía el soberano del privilegio de apoderarse de la vida de los súbditos para suprimirla. La microfísica del poder es aquella, sofisticada y moderna, del poder disciplinario mediante “funciones de incitación, de reforzamiento, de control, de vigilancia, de aumento y organización de las fuerzas que somete” (6). El objetivo es “producir fuerzas, a hacerlas crecer y ordenarlas más que a obstaculizarlas, doblegarlas o destruirlas” (7) . Es evidente que en la Colombia del siglo veintiuno nos hemos quedado con lo peor de lo peor, es decir, con ambas formas de poder: la microfísica del poder no ha reemplazado el poder original del soberano –léase aquí las fuerzas oscuras detrás del poder que eliminan cada día, uno a uno, a los líderes sociales de tantas regiones en el país– de suprimir la vida y se reserva la otra, la sutil forma de alienar a sus ciudadanos con los dispositivos disciplinarios mencionados.


Cabe a cada cual tomar decisiones. Usted cierra su nota con un esperanzador: Espero, también, poder contarle algún día que finalmente sí fui capaz de hacer algo, aunque sólo sea lo más elemental: renunciar y buscar otro trabajo. Creo, con todo respeto, que su aspiración se queda corta, y no lo culpo, atrapado en esa maraña en la que se encuentra. Quizá el horizonte es otro. Quizá a dónde apuntar el foco es más alto. En lo profundo de su conciencia reposa exactamente lo que debe hacer, el viaje que debe emprender. Buen viento y mares intranquilos, colega.

 

1. Said, Edward W., Representaciones del intelectual, Paidós Studio, Barcelona, 1996, p. 12
2. Ibíd., p. 14.
3. Maldonado, Tomas, ¿Qué es un intelectual? Aventuras y desventuras de un rol, Paidós Studio, Barcelona, 1998, p.27
4. Ibid., p. 28
5. Said, p. 27
6. Foucault, M., Historia de la sexualidad. 1 La voluntad de poder. Madrid, Siglo XXI, 2005, p. 165
7. Ibíd., p. 169.
* Escritor. Su más reciente novela Y adentro, la caldera, Ediciones Desde Abajo, junio 2018. Integrante del Consejo de Redacción de Le Monde diplomatique, edición Colombia.

 

Publicado enColombia
Lunes, 02 Julio 2018 08:01

Crítica del pensamiento financiero

Crítica del pensamiento financiero

Un lugar común de la filosofía del siglo XX dictaminó que era posible hacer cosas con palabras. Desde luego, las más antiguas filosofías siempre supieron que era posible hacer política con palabras, y más aún, casi exclusivamente con palabras, y en caso extremo, con una única palabra. Por eso vale la pena detenerse en una cuestión principal. Es decir, bajo qué condiciones una palabra está indisociablemente unida a una cadena de hechos, por lo cual lo que entendemos habitualmente por palabra se convierte en una pieza al rojo vivo, acero laminado de una realidad política inmediata. Es el caso de la palabra incautación, que aparece en uno de los folios del entendimiento con el FMI, con la cual se interpretan los acontecimientos que bajo el gobierno de Cristina Kirchner llevaron a la restitución al Estado de los fondos jubilatorios, que habían sido apropiados por el sistema financiero. Si hubiera sido una incautación, tal como lo interpreta en su maquinaria de significados el mundo capitalista en general, queda limpio el conducto ávido y oscuro que los vuelva a ser presa de las especulaciones sostenidas en la teoría neoliberal. Esta convierte el aporte de la solidaridad intergeneracional entre trabajadores en otro excedente de la circulación privada de capitales.

El acontecimiento libre que en que debería convertirse la ciudadanía, en las grandes tesis heredadas de las revoluciones clásicas burguesas, se torna ahora en una coacción que impone la bancarización obligada de los ex sujetos sociales. En el período arcaico de las burguesías, la bancarización del sujeto público no era coactiva, por eso se podía seguir hablando de sujetos. No lo somos ya, aunque los gigantes financieros, comunicacionales e informáticos fusionados, nos hablen de vos y de ir juntos y de acompañarnos siempre. Este acompañamiento sí que preocupa.

Al señalar la presencia de esta palabra en el memorándum de entendimiento con el FMI, se revela uno de los gravísimos basamentos que lo constituyen. Y esa reveladora palabra, sobre la que descansa una red de decisiones que serían adversas y ruinosas para la población, es motivo de un proyecto de ley para que se la retire. Al presentar ese proyecto en el Senado, la senadora Cristina Kirchner produce una singular novedad que se une a la invitación siempre necesaria a refinar las luchas políticas. Se trata de aguzarlas por medios no convencionales, esto es, medir el alcance, significado y sedimentación de las palabras, en las acepciones en conflicto que siempre caracterizan lo político. ¡Una Ley para cuestionar una Palabra! Es evidente que las formas heredadas de las políticas de resistencia tienen siempre una aureola épica, masiva, perentoria. En ellas siempre late el justo deseo de continuidad y de agregados constantes de nuevos resistentes en virtud de los nuevos capítulos que va escribiendo una pedagogía de luchas sociales, intelectuales y morales. Sabemos, en tanto, que ellas no serían igualmente efectivas si no fueran punteadas con una rigurosa observación de las palabras, unidades de sentido a través de las cuales se lucha, pero que son asimismo los sentidos por los cuales se lucha.

Los que descartan la vida política testimonial –abundan–, tanto como los que ahora se arrepienten de no haber integrado un número de parlamentarios resistentes, aunque no alcance el quórum –pues no hay nada efectivo en política que no sea acompañado por su símbolo testimonial respectivo–, deben aleccionarse de cómo la realidad efectiva tan cantada y la actividad testimonial se complementan absolutamente. Y hasta se pueden fusionar, como el hierro con el carbono, en un sutil testimonio como lo es un Proyecto de Ley, que también quiere hacer de la palabra una fuerza operativa y social. Entonces, un hecho que parece una intervención ocasional, que no iría al pleno de las cosas, se convierte en una pieza esencial de la crítica a los tientos de acero revestidos de túnicas benévolas, con los que el FMI avasalla a una nación.

Publicado enEconomía
Lunes, 28 Mayo 2018 09:29

Se las traen

Se las traen

En el reconocido ensayo, “Apocalípticos e Integrados”, Umberto Eco nos advierte que Superman se las trae. Dice: “de un ser dotado con tal capacidad y dedicado al bien de la humanidad […] se podría esperar la más asombrosa alteración en el orden político, económico y tecnológico del mundo. Desde la solución del problema del hambre, hasta la roturación de todas las zonas actualmente inhabitables del planeta o la eliminación de procedimientos inhumanos […]. En vez de eso, Superman desarrolla su actividad en la pequeña comunidad en la que vive y el mal, el único mal a combatir, se configura en la especie de individuos pertenecientes al underworld: los que desvalijan bancos y coches-correo. En otras palabras, la única forma visible que asume el mal es el atentado a la propiedad privada”, y el bien: a la caridad.

 

Desde este punto de vista, las historias de superhéroes son instrumentos ideológicos que están en función de los intereses de la clase dominante. Digámoslo en la vieja terminología marxista: dichas historias son instrumentos de dominación de clase. Hay razones para creerlo: en efecto, como dice Eco, más que protectores de la humanidad, los superhéroes son los principales protectores de la propiedad privada, de los valores y de las condiciones ideológicas que la justifican. Pero estas historias heróicas son más que un instrumento de dominación y no se reducen sólo a la clase. Son principalmente herramientas de deshumanización y abarcan el género y las razas. Es bien sabido que durante años la figura del superhéroe ha sido la del hombre blanco y la del villano la mujer o el hombre no blanco.

 

Sin embargo, razón de su gran capacidad de atracción, esta deshumanizaciòn no es evidente, no es visible a simple vista. Estas historias ocultan sus mensajes sexistas, racistas, elitistas y contrainsurgentes, con un ropaje de crítica social, una crítica que, sin embargo, es tolerable, comestible, que no perturba a los grupos de poder o, por mucho, son una diminuta piedra en el zapato. Por eso nada pasa cuando en Iron man 3 se parodia la imagen del terrorista que surgió tras los atentados del 9/11 en las Torres Gemelas: la del barbudo con rasgos del Medio Oriente (remedo de Bin Ladem), que al final resulta ser un mediocre actor estadounidense. Esto mismo sucede con la aclamada serie The punisher.



Alianza macabra

 

Entre los mensajes críticos en The punisher: la corrupción de la CIA, los efectos negativos en los soldados retirados, el terrorista interno y el control sobre las armas, hay uno oculto –o inconsciente– que merece especial atención: la necesaria y justificable alianza entre la justicia como institución (encarnada principalmente en la agente Madani) y la ilegalidad (representada en Frank Castle y Micro), para que aquella funcione y sea realmente efectiva. Un mensaje peligroso e incontrolable. Pero vamos por partes; para entender cómo se expresa esto primero hay que definir quién es Frank Castle.

 

Frank Castle es un tipo de antihéroe cuyas virtudes, dice Eco, “se humanizan, y sus poderes, más que sobrenaturales, constituyen la más alta realización de un poder natural, como lo es la astucia, la rapidez y la habilidad bélica”. En ese sentido, Frank es un exmarine que ha desarrollado al máximo sus dotes como combatiente. El soldado perfecto. Adicto a la sangre. Entre más lo golpean más fuerte se hace y, mientras un soldado cualquiera cae fulminado ante una explosión, Castle agudiza sus sentidos, deja de respirar y en cuestión de segundos aniquila a toda una escuadra, sin balas, sin armas, sólo con sus manos. Pero ¿por qué Castle es un antihéroe y no un superhéroe? Por eso mismo, precisamente. Los antihéroes son personajes que están en la frontera entre el reino de los villanos y el reino de los héroes. Ser antihéroe significa que el fin justifica los medios. A diferencia de Superman, de Batman y de Black Panther, Frank aniquila a sus enemigos insertándoles balas en la cabeza o triturándolos a mazazos. Esto nunca lo haría un héroe. Sin embargo, tampoco cruza la línea de la maldad porque nunca asesina a nadie “inocente”, todos los que están en su mira hicieron algo malo que justifica su muerte; como matar a un familiar, amenazar a un amigo. De Frank podría decirse que mata en defensa propia o con justa razón. Si un soldado se topa enfrente suyo con la orden de detenerlo, Frank le advierte que no le quiere hacer daño y suplica a Dios que lo deje seguir. Eso causa que el público empatice con sus objetivos, como la justicia, pero rechace sus métodos, la violencia.

 

Otra característica que reafirma la postura de antihéroe de Castle es que sus motivos son absolutamente personales. Miremos: Frank sólo ataca a los criminales que hicieron o quieren hacer daño a su familia o amigos. Contrario, los verdaderos héroes luchan por la humanidad. Si bien Bruce Wayne se convierte en Batman por un motivo personal, pronto, tras cumplir su objetivo, se dedica a luchar contra el crimen en Ciudad Gótica. Frank no. A penas cumple con su cometido se pierde, se convierte en un obrero de construcción asocial, aislado del mundo, como se muestra en los primeros capítulos en The punisher. Lo preocupante de este tipo de personaje, del antihéroe, es que son los que más fuerza de atracción, más admiración e imitación ejercen sobre el público, ejemplo de ello es Deadpool. Si ya son peligrosos los modelos de héroes convencionales que luchan contra el crimen del bajo mundo por el supuesto “bien común”, peor aún aquellos que se reducen hacia lo simplemente personal, como la venganza. Así, si de Superman no esperamos una revolución, de estos antihéroes ni pensemos siquiera que salgan a votar.

 

Definido Frank Castle, pasemos página. En The punisher los enemigos de Frank son Billy Russo y William Rawlins, conocido como Orange. Russo también es un exmarine retirado (el mejor amigo de Castle en Afganistán) y dueño de Anvi, una compañía de seguridad privada cuyo personal lo componen veteranos de guerra, aquellos que no encuentran darle otro sentido a su vida más que seguir bañándose en sangre. Russo se esconde tras una fachada de empresario filántropo que dona parte de sus ganancias a la fundación de Curtis Hoyle, dedicada al apoyo psicológico de soldados retirados que sufren estrés postraumático. Sin saberlo Frank, Russo trabaja para Orange desde que estaban en Afganistán y fue a él a quien la policía buscaba en Central Park cuando ocurrió la fatalidad que le destruyó la vida y lo convirtió en zombi. Si Billy Russo es el estereotipo del empresario que se enriquece con la guerra, William Rawlins es el típico agente de la CIA corrupto que, gracias a su posición, se enriquece en suelo extranjero trasportando droga en los cuerpos de soldados fallecidos y asesinando a supuestos terroristas que resultan ser agentes de gobiernos locales que investigan sus acciones, como el que Frank, por orden de Orange, asesina. Es ahí cuando entra en la historia otro personaje típico, la agente Madani, quien desde entonces carga con la mayor parte del argumento de la historia porque es quien investiga a los implicados del asesinato de su compañero a manos de soldados norteamericanos. Investigación que va a tener obstáculos impuestos tanto por Orange como por la justicia misma. Aquí es donde está el meollo del asunto porque, para saltar los obstáculos, Madani debe incurrir en acciones poco legítimas, como engañar a sus subordinados llevándolos a una operación suicida. Pero Madani sabe que sólo así obtendrán resultados.

 

Esa misma idea la tiene otro personaje fundamental, David Lieberman, conocido en el mundo oculto de los hackers como Micro, un genio no tan típico de la navegación. Él, al igual que Castle, desconfían de la justicia y por ello se mantienen al margen. Más que desconfiar, han sufrido en carne propia la corrupción. Cuando Liberman trabajaba para la Agencia Nacional de Seguridad como analista informático recibió el video en el que se ve a un soldado encapuchado asesinar al colega de Madani. Dubitativo, se lo hizo llegar a esta, pero por razones desconocidas la mujer lo pierde. Agentes de la CIA, que trabajan para Orange, descubren que Lieberman filtró el video e intentan asesinarlo. Así, Lieberman, quien debe aparentar estar muerto, pasa a ser Micro. Micro busca a Castle para que le ayude a vengarse y, luego de varias peripecias, Castle accede. Sabe que necesita las herramientas tecnológicas que Micro le ofrece.

 

La crítica evidente –visible– que se hace a la CIA no es de menor calibre. Como dice Marion James, subdirectora y jefe inmediata de Orange, quien desconocía las andanzas de su subalterno, las acciones de éste, de ser conocidas, destruirían años de política exterior de los Estados Unidos, lo que sucede en realidad. Es verdad que la crítica se suaviza dado que la problemática se reduce a unos cuantos corruptos, las “manzanas podridas” que hay en cualquier institución y que por tanto no demuestran que el comportamiento de la agencia sea estructural, como en realidad lo es.

 

Sin embargo, el mensaje menos evidente y por tanto más peligroso que ayuda a justificar acciones ilegales de la justicia queda oculto. La serie expresa, con Castle, Micro y con la misma Madani, ese sentimiento de desconfianza que el ciudadano común siente hacia la justicia. El problema surge cuando el espectador ve que sólo cuando la justicia recurre a la ilegalidad es cuando encuentra pruebas, descubre información relevante y capturan a los resposables, o por lo menos los descubren, lo cual se logra cuando el trio (Madani, Castle y Micro) en el desenlace de la historia se unen para atrapar a Orange y Will. Hechos que en la justicia ordinaria resultan inalcanzables.

 

Pensemos en los efectos de este mensaje en un espectador cercano: el colombiano común. ¿Qué pasa cuando nuestro espectador recibe este mensaje? ¿a quién representa Castle en este contexto? Sin duda, el espectador asimila a The Punisher con un paramilitar. No puede ser un guerrillero porque, como se ve, Castle nunca busca una revolución ni tomarse el poder político. Él es un exmilitar con sed de venganza. ¿Suena familiar? ¿de cuántos paramilitares no hemos escuchado que buscaban vengar la muerte de sus familiares ya que la justicia no pudo con las Farc? Podría decirse que tal conclusión parece sacada del sombrero del mago, pero, aclaremos: no es que consideremos que los productores de la serie hayan decidido de manera deliberada hacer una historia para justificar el paramilitarismo en Colombia, claro que no, lo que sucede es que los mensajes son contextualizados y consumidos acríticamente por el espectador, el mismo que no advierte que The Punisher se las trae.

Publicado enEdición Nº246
González Casanova se convierte en el comandante Pablo Contreras

A partir de ayer, el doctor Pablo González Casanova, de 96 años, es el comandante Pablo Contreras del Comité Clandestino Revolucionario Indígena del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (CCRI-EZLN).

El nombramiento se hizo público en medio de una prolongada y emotiva ovación de los asistentes al conversatorio Miradas, escuchas y palabras: ¿prohibido pensar?, que se realiza en el Centro Indígena de Capacitación Integral Fray Bartolomé de Las Casas-Universidad de la Tierra (Cideci-Unitierra) en San Cristóbal de Las Casas, convocado por los zapatistas.

El acuerdo rebelde le fue anunciado al ex rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) por el comandante Tacho. Para ser zapatista –aseguró el tojolabal– hay que trabajar y él ha trabajado para la vida de nuestros pueblos. No se ha cansado, no se ha vendido, no ha claudicado.

Previamente –en una bella e hilvanada intervención en la que realizó un balance de la campaña de la vocera del Concejo Indígena de Gobierno, María de Jesús Patricio, para obtener el registro como candidata independiente a la Presidencia de la República– el escritor Juan Villoro narró cómo el pasado 11 de febrero, en la explanada del Palacio de las Bellas Artes en la Ciudad de México, don Pablo celebró su cumpleaños número 96, en el acto final de apoyo a la indígena nahua.

Rector de izquierda

González Casanova, recordó Villoro, es el único rector de izquierda que ha tenido la UNAM. Ese día en Bellas Artes, añadió, nos dio una lección de juventud y rebeldía y se mostró como un auténtico decano y hombre de juicio.

Preparando la sorpresa, el subcomandante Moisés narró cómo los zapatistas se forman como organizadores dando y supervisando tareas. Si las cosas salen bien, dijo el mando, el zapatista es premiado con más trabajo.

Fue entonces cuando el comandante Tacho tomó la palabra y comenzó a explicar, en tercera persona, los méritos y virtudes de don Pablo. Haciendo malabarismos con las cifras concluyó que, a pesar de la diferencia de edades, los zapatistas y González Casanova son contemporáneos. De paso recordó el nombre con el que hace casi un año, durante el seminario Los muros del capital, las grietas de la izquierda: el reloj de arena y el mundo organizado de las fincas, fue bautizado por los rebeldes "Pablo Contreras". Y ya encarrerado, anunció su nombramiento como parte del CCRI-EZLN y remató: el regalo que le vamos a dar es más trabajo...

Un año antes, durante el encuentro Los muros del capital, el subcomandante Galeano lo presentó como un hombre de pensamiento crítico e independiente, al que nunca se le indica qué decir o cómo pensar, pero que siempre está del lado de los pueblos. Por eso, explicó, en algunas comunidades zapatistas es conocido como Pablo Contreras. Y añadió que uno de los municipios rebeldes fue bautizado con su nombre.

Inmediatamente después de las palabras de Tacho para anunciar el nombramiento del nuevo comandante, los integrantes de la comandancia y el CCRI presentes en el presídium se pusieron de pie y comenzaron a saludar militarmente a don Pablo con la mano izquierda y a darle un caluroso abrazo, mientras la concurrencia aplaudía de pie durante unos 10 minutos y comenzaba a corear un inesperado "¡Goya, goya, cachún, cachún, ra, ra, ra! ¡Goooooooya! ¡Universidad!"

Don Pablo, que comenzó su intervención en el seminario saludando al auditorio en tzotzil y explicando que saludar es reconocer al otro y siguió reivindicando al zapatismo como una aportación universal a las luchas de liberación, correspondió al saludo militar y a los abrazos, visiblemente conmovido, con más saludos y abrazos.

Apenas el 1º de marzo pasado, en la presentación de una obra suya en la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, González Casanova respondió a la pregunta de cuál es su receta para vivir con tanta fuerza intelectual: "Luchar y amar". Este 21 de abril, ya como comandante del CCRI-EZLN, ratificó nuevamente su vocación de luchar y amar.

Publicado enInternacional
La credibilidad de “nuestros” medios

Las líneas que siguen tienen una intención y crítica y autocrítica, por un doble motivo. Creo que sin crítica no podemos visibilizar las opresiones que sufrimos. Pero sin autocrítica caemos en el inmovilismo y la comodidad de sabernos siempre del lado del bien, lo que nos permite ocultar los errores que, como hemos visto en un siglo de socialismo, en no pocas ocasiones conducen a situaciones intolerables.


El tema es la jornada de lucha protagonizada por amplios sectores del pueblo boliviano el pasado 21 de febrero. El objetivo era defender el resultado del referendo convocado por el presidente Evo Morales, dos años atrás, donde se preguntaba si la población aceptaba la posibilidad de una nueva reelección, lo que le permitiría a Morales presentarse a las elecciones de 2019 y completar así 18 años ininterrumpidos en el cargo.


El resultado fue ajustado. Ganó el No con el 51,3 % de los votos. El gobierno nunca aceptó el resultado y un año después Morales anunció que se postulará a la presidencia cuando el Tribunal Constitucional aceptó que vuelva a ser candidato.


No pretendo entrar en el debate sobre la reelección de Morales, porque el tema son nuestros medios, los medios de comunicación que nos definimos críticos, comunitarios, alternativos o antisistémicos. Los nombres son lo de menos.


Lo que me parece relevante es que el gobierno pase por encima de una decisión de la mayoría de los bolivianos y que nuestros medios ignoren la jornada de lucha. Lo primero es cosa de ellos. Lo segundo nos involucra.


Escribo para medios de México, Argentina, Uruguay y del Estado Español. Ninguno de esos medios, incluyendo éste, recogió la jornada de lucha del 21 de febrero pasado. El medio uruguayo donde trabajé 25 años, que se define como de izquierda independiente y antiimperialista, tampoco publicó nada. Yo mismo, no escribí sobre el tema en ninguna de las columnas que tengo en los diversos medios. Entonces me pregunto: ¿qué nos está pasando? ¿Porqué recogemos aquellas cosas que cuadran con nuestra política y ocultamos aquellas que la ponen en cuestión?


Debo decir que no todos los medios hacen esto. Ahí está aporrea.org de Venezuela, una página vinculada a un partido de izquierda, chavista pero no madurista, donde el lector puede encontrar artículos a favor y en contra del gobierno, lo que parece muy saludable, en particular cuando las cosas no están claras y domina la confusión.
Siento, lo digo en primera persona, que no hemos sido capaces de superar la dicotomía (binarismo) derecha-izquierda, gobierno-oposición, y que tenemos temor de denunciar a la izquierda en el gobierno porque nos pueden acusar de hacerle el juego a la derecha o al imperio o, también, porque algunos realmente creen que criticar a ciertos gobiernos o fuerzas políticas es ayudar al enemigo.


En este punto quisiera plantear tres cuestiones.


La primera es el elevado costo de no criticar. No conocemos otro modo de mejorar lo que hacemos, individual o colectivamente, que la reflexión, el debate, la crítica y la autocrítica. Dejar pasar, cerrar los ojos y confiar en los dirigentes, es un camino seguro al fracaso, a la pérdida de vitalidad y al estancamiento. Sabemos que lo primero que hacen los autócratas, de derecha y de izquierda, es suprimir el debate abierto y franco, silenciar las críticas.


La segunda se relaciona con los resabios de estalinismo que hay entre nosotros. Acusar al que critica de hacerle el juego al enemigo, es el peor camino. Cuando la militancia teme expresar sus opiniones, se abre un silencio sepulcral que nos está indicando que el cuerpo colectivo está colapsando, perdiendo vida.


La tercera consiste en que por este camino dejamos de ser creíbles. Los medios de comunicación anti-sistema se mueren si pierden legitimidad, si quienes nos siguen sienten que estamos faltando a la verdad. Sencillamente, porque dejamos de ser anti sistema. Es absurdo ser críticos con el enemigo y ser acríticos con los nuestros. Es una forma de sabotear los proyectos colectivos por comodidad o, mucho peor, porque al rehuir la crítica estamos lubricando el camino de la nueva clase en formación que se prepara para sustituir a la vieja y decadente burguesía. La historia del socialismo avala esta hipótesis.

Publicado enPolítica
Noam Chomsky: “La gente ya no cree en los hechos”

A punto de cumplir 90 años, acaba de abandonar el MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts). Allí revolucionó la lingüística moderna y se convirtió en la conciencia crítica de Estados Unidos. 'Babelia' visita al gran intelectual en su nuevo destino, Arizona


Noam Chomsky (Filadelfia, 1928) hace tiempo que superó las barreras de la vanidad. No habla de su vida privada, no usa móvil y en un tiempo donde abunda lo líquido y hasta lo gaseoso, él representa lo sólido. Fue detenido por oponerse a la guerra de Vietnam, figuró en la lista negra de Richard Nixon, apoyó la publicación de los papeles del Pentágono y denunció la guerra sucia de Ronald Reagan. A lo largo de 60 años no hay lucha que se le haya escapado. Igual defiende la causa kurda que el combate contra el cambio climático. Tan pronto aparece en una manifestación de Occupy Movement como respalda a los inmigrantes sin papeles. Inmerso en la agitación permanente, el joven que en los años cincuenta deslumbró al mundo con la gramática generativa y sus universales, lejos de dormirse en las glorias del filósofo, optó por el movimiento continuo. No importó que le acusasen de antiamericano o extremista. Él siempre ha seguido adelante, con las botas puestas, enfrentándose a los demonios del capitalismo. Ya sean los grandes bancos, los conglomerados militares o Donald Trump. Incombustible, su última obra lo vuelve a confirmar. En Réquiem por el sueño americano (editorial Sexto Piso) vuelca a la letra impresa las tesis expuestas en el documental del mismo título y denuncia la obscena concentración de riqueza y poder que exhiben las democracias occidentales. El resultado son 168 páginas de Chomsky en estado puro. Vibrante y claro. Listo para el ataque.


—¿Se considera un radical?
—Todos nos consideramos a nosotros mismos moderados y razonables.


—Pues defínase ideológicamente.
—Creo que toda autoridad tiene que justificarse. Que toda jerarquía es ilegítima hasta que no demuestre lo contrario. A veces, puede justificarse, pero la mayoría de las veces no. Y eso…, eso es anarquismo.
Una luz seca envuelve a Chomsky. Después de 60 años dando lecciones en el Massachusetts Institute of Technology (MIT), el profesor se ha venido a vivir a los confines del desierto de Sonora. En Tucson, a más de 4.200 kilómetros de Boston, ha abierto casa y estrenado despacho en el Departamento de Lingüística de la Universidad de Arizona. El centro es uno de los pocos puntos verdes de la abrasada ciudad. Fresnos, sauces, palmeras y nogales crecen en torno a un edificio de ladrillo rojo de 1904 donde todo queda pequeño, pero todo resulta acogedor. Por las paredes hay fotos de alumnos sonrientes, mapas de las poblaciones indígenas, estudios de fonética, carteles de actos culturales y, al fondo del pasillo, a mano derecha, el despacho del mayor lingüista vivo.
El lugar nada tiene que ver con el rompedor espacio de Frank Gehry que le daba cobijo en Boston. Aquí, apenas cabe una mesa de trabajo y otra para sentarse con dos o tres alumnos. Recién estrenada, la oficina de uno de los académicos más citados del siglo XX aún no tiene libros propios, y su principal punto de atención recae en dos ventanas que inundan de ámbar la estancia. A Chomsky, pantalones vaqueros, pelo largo y blanco, le gusta esa atmósfera cálida. La luz del desierto fue uno de los motivos que le hizo mudarse a Tucson. “Es seca y clara”, comenta. Su voz es grave y él deja que se pierda en los meandros de cada respuesta. Le gusta hablar con largueza. La prisa no va con él.


PREGUNTA. ¿Vivimos una época de desencanto?
RESPUESTA. Hace ya 40 años que el neoliberalismo, de la mano de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, asaltó el mundo. Y eso ha tenido un efecto. La concentración aguda de riqueza en manos privadas ha venido acompañada de una pérdida del poder de la población general. La gente se percibe menos representada y lleva una vida precaria con trabajos cada vez peores. El resultado es una mezcla de enfado, miedo y escapismo. Ya no se confía ni en los mismos hechos. Hay quien le llama populismo, pero en realidad es descrédito de las instituciones.


P. ¿Y así surgen las fake news (bulos)?
R. La desilusión con las estructuras institucionales ha conducido a un punto donde la gente ya no cree en los hechos. Si no confías en nadie, por qué tienes que confiar en los hechos. Si nadie hace nada por mí, por qué he de creer en nadie.

P. ¿Ni siquiera en los medios de comunicación?
R. La mayoría está sirviendo a los intereses de Trump.

P. Pero los hay muy críticos, como The New York Times, The Washington Post, CNN…
R. Mire la televisión y las portadas de los diarios. No hay más que Trump, Trump, Trump. Los medios han caído en la estrategia que ha diseñado Trump. Cada día les da un aliciente o una mentira para situarse él bajo los focos y ocupar el centro de atención. Entretanto, el flanco salvaje de los republicanos va desarrollando su política de extrema derecha, recortando derechos de los trabajadores y abandonando la lucha contra el cambio climático, que precisamente es aquello que puede terminar con todos nosotros.

P. ¿Ve en Trump un riesgo para la democracia?
R. Representa un peligro grave. Ha liberado consciente y deliberadamente olas de racismo, xenofobia y sexismo que estaban latentes pero que nadie había legitimado.

P. ¿Volverá a ganar?
R. Es posible, si consigue retardar el efecto letal de sus políticas. Es un consumado demagogo y showman que sabe cómo mantener activa su base de adoradores. A su favor juega también que los demócratas están sumidos en la confusión y puede que no sean capaces de presentar un programa convincente.

P. ¿Sigue apoyando al senador demócrata Bernie Sanders?
R. Es un hombre decente. Usa el término socialista, pero en él significa más bien new deal demócrata. Sus propuestas, de hecho, no le serían extrañas a Eisenhower [presidente por el Partido Republicano de 1953 a 1961]. Su éxito, más que el de Trump, fue la verdadera sorpresa de las elecciones de 2016. Por primera vez en un siglo hubo alguien que estuvo a punto de ser candidato sin apoyo de las corporaciones ni de los medios, solo con el respaldo popular.

P. ¿No advierte un deslizamiento hacia la derecha del espectro político?
R. En la élite del espectro político sí que se ha registrado ese corrimiento; pero no en la población general. Desde los años ochenta se vive una ruptura entre lo que la gente desea y las políticas públicas. Es fácil verlo en el caso de los impuestos. Las encuestas muestran que la mayoría quiere impuestos más altos para los ricos. Pero esto nunca se lleva a cabo. Frente a esto se ha promovido la idea de que reducir impuestos trae ventajas para todos y que el Estado es el enemigo. ¿Pero quién se beneficia de que recorten en carreteras, hospitales, agua limpia y aire respirable?

P. ¿Ha triunfado entonces el neoliberalismo?
R. El neoliberalismo existe, pero solo para los pobres. El mercado libre es para ellos, no para nosotros. Esa es la historia del capitalismo. Las grandes corporaciones han emprendido la lucha de clases, son auténticos marxistas, pero con los valores invertidos. Los principios del libre mercado son estupendos para aplicárselos a los pobres, pero a los muy ricos se los protege. Las grandes industrias energéticas reciben subvenciones de cientos de millones de dólares, la economía high-tech se beneficia de las investigaciones públicas de décadas anteriores, las entidades financieras logran ayudas masivas tras hundirse… Todos ellos viven con un seguro: se les considera demasiado grandes para caer y se los rescata si tienen problemas. Al final, los impuestos sirven para subvencionar a estas entidades y con ellas a los ricos y poderosos. Pero además se le dice a la población que el Estado es el problema y se reduce su campo de acción. ¿Y qué ocurre? Su espacio es ocupado por el poder privado y la tiranía de las grandes entidades resulta cada vez mayor.

P. Suena a Orwell lo que describe.
R. Hasta Orwell estaría asombrado. Vivimos la ficción de que el mercado es maravilloso porque nos dicen que está compuesto por consumidores informados que adoptan decisiones racionales. Pero basta con poner la televisión y ver los anuncios: ¿buscan informar al consumidor y que tome decisiones racionales? ¿O buscan engañar? Pensemos, por ejemplo, en los anuncios de coches. ¿Ofrecen datos sobre sus características? ¿Presentan informes realizados por entidades independientes? Porque eso sí que generaría consumidores informados capaces de tomar decisiones racionales. En cambio, lo que vemos es un coche volando, pilotado por un actor famoso. Tratan de socavar al mercado. Los negocios no quieren mercados libres, quieren mercados cautivos. De otro modo, colapsarían.

P. Y ante esta situación, ¿no es demasiado débil la contestación social?
R. Hay muchos movimientos populares muy activos, pero no se les presta atención porque las élites no quieren que se acepte el hecho de que la democracia puede funcionar. Eso les resulta peligroso. Puede amenazar su poder. Lo mejor es imponer una visión que te dice que el Estado es tu enemigo y que tienes que hacer lo que puedas tú solo.

P. Trump emplea a menudo el término antiamericano, ¿cómo lo entiende?
R. Estados Unidos es el único país donde por criticar al Gobierno te llaman antiamericano. Y eso supone un control ideológico, encender hogueras patrióticas por doquier.

P. En algunos sitios de Europa también pasa.
R. Pero nada comparable a lo que ocurre aquí, no hay otro país donde se vean tantas banderas.

P. ¿Teme al nacionalismo?
R. Depende, si significa estar interesado en tu cultura local, es bueno. Pero si es un arma contra otros, sabemos a donde puede conducir, lo hemos visto y experimentado.

P. ¿Cree posible que se repita lo que ocurrió en los años treinta?
R. La situación se ha deteriorado; tras la elección de Barack Obama se desencadenó una reacción racista de enorme virulencia, con campañas que negaban su ciudadanía e identificaban al presidente negro con el anticristo. Ha habido muchas manifestaciones de odio. Sin embargo, Estados Unidos no es la República de Weimar. Hay que estar preocupados, pero las probabilidades de que se repita algo así no son altas.

P. Arranca su libro recordando la Gran Depresión, un tiempo en el que “todo estaba peor que ahora, pero había un sentimiento de que todo iría mejor”.
R. Me acuerdo perfectamente. Mi familia era de clase trabajadora, estaba en paro y no tenía educación. Objetivamente, era un tiempo mucho peor que ahora, pero había un sentimiento de que todos estábamos juntos en ello. Había un presidente comprensivo con el sufrimiento, los sindicatos estaban organizados, había movimientos populares… Se tenía la idea de que juntos se podía vencer a la crisis. Y eso se ha perdido. Ahora vivimos la sensación de que estamos solos, de que no hay nada que hacer, de que el Estado está contra nosotros…

P. ¿Tiene aún esperanzas?
R. Claro que hay esperanza. Aún hay movimientos populares, gente dispuesta a luchar… Las oportunidades están ahí, la cuestión es si somos capaces de tomarlas.
Chomsky termina con una sonrisa. Deja vibrando en el aire su voz grave y se despide con extrema cortesía. Luego sale del despacho y baja las escaleras de la facultad. Afuera, le esperan Tucson y la luz seca del desierto de Sonora.

Publicado enInternacional
Miércoles, 28 Febrero 2018 06:17

La nueva tesis once de Boaventura

La nueva tesis once de Boaventura

En un reciente artículo (PáginaI12, 19/2/2018), Por el contrario, desde los inicios de la modernidad occidental a principios del siglo XVI “las interpretaciones del mundo dominantes en una época dada son las que legitiman, posibilitan o facilitan las transformaciones sociales llevadas a cabo por las clases o grupos dominantes”. Tomando otra afirmación de Marx –la cultura dominante de una época es la cultura de las clases dominantes– ubicamos el centro del problema: la cultura dominante en el Occidente central, desde los inicios de su expansión oceánica y la llegada al continente que llamaron América. En los tres siglos siguientes, con el sometimiento de China y otros países asiáticos menores hacia 1848, más la penetración en el continente africano desde 1870, lograría someter bajo sus dominios coloniales o neocoloniales a casi el 80% de la población mundial. 

Esos pueblos serían considerados salvajes y golpeados por masacres, expoliación y genocidios: en el primer siglo de la conquista murió el 90% de la población originaria de Nuestra América y “El corazón de las tinieblas” de Joseph Conrad, da cuenta de su accionar en el Congo. Los patrimonios culturales ancestrales fueron arrasados y despreciados, como manifestación de la barbarie frente a la verdadera civilización, ignorando conocimientos y saberes en muchos casos más avanzados que los de Europa en la misma época. Los Mayas tenían una concepción del Universo en la que el centro es el Sol y la Tierra un planeta que gira a su alrededor: una “revolución copernicana” 1.600 años antes que Occidente. En el XIII, los médicos africanos de la Universidad de Timbuctu en el Imperio Mandinga de Mali, realizaban operaciones con anestesia, que recién fue “inventada” en Europa a mediados del XIX.


Para detectar las claves de ese espíritu invasor, destructivo y racista de la cultura occidental dominante, es preciso remontarse a sus raíces; a las invasiones bárbaras contra el Imperio Romano: germanos; visigodos y ostrogodos; alamanes; francos; anglos; sajones; suevos, burgundios, lombardos. Fueron las hordas invasoras más sangrientas y depredadoras de la historia y las que más tiempo tardaron en incorporar una cultura elaborada: baste compararlos con la lucidez de Gengis Khan y sus tártaros al dominar el imperio chino. Durante ocho siglos, entre el V y el XIII, sumieron a Europa en una profunda oscuridad, mientras se desplegaban civilizaciones y culturas en Asia, en África y en nuestro continente: son las raíces de lo que Boaventura llamará Epistemologías del Sur.


Cuando en el XIII la reconquista española se apodera de Sevilla y Toledo, gracias a las bibliotecas islámicas y a sus filósofos, los europeos se enteran de la existencia de Aristóteles (384- 322 a.C) y poco a poco van a considerar a la antigua Grecia como madre de su propia cultura. De ellos tomarán dos fundamentos que signan desde entonces la cultura occidental dominante. Aristóteles considera que los distintos tipos de almas corresponden a distintos tipos de seres vivos y distingue tres funciones fundamentales del alma: a) la función vegetativa: es la potencia nutritiva y reproductiva, propia de todos los seres y la única que tienen las plantas; b) a la anterior se agrega la función sensitiva que comprende, además, la sensibilidad y el movimiento y es propia de los animales y los hombres: en este nivel sitúa a los siervos por naturaleza; c) en el nivel superior, se suma la función intelectiva, la razón, propia de los seres integralmente humanos.


En su Política señala: “La naturaleza, teniendo en cuenta la necesidad de la conservación, ha creado a unos seres para mandar y a otros para obedecer. Ha querido que el ser dotado de razón y de previsión mande como dueño, así como también que el ser capaz por sus facultades corporales de ejecutar las órdenes, obedezca como esclavo, y de esta suerte el interés del señor y el del esclavo se confunden. En la ejemplar democracia griega, los hijos de hombres libres recibían la “paideia” y participarán del Ágora; pero como los cálculos indicaban que era más barato capturar a un esclavo crecido, que alimentar al hijo de un esclavo mientras crecía, simplemente los mataban al nacer: democracia y esclavitud carecían de contradicciones entre sí. Hasta mitad del siglo XIX –2200 años después– tampoco serán contradictorios entre sí en la democracia de Estados Unidos o en las democracias europeas con respecto a sus colonias.


Con esta concepción, la bula papal “Dum Diversas” emitida el 18 de junio de 1452 por el Papa Nicolás V y dirigida al rey Alfonso V de Portugal, lo autorizaba a conquistar a sus enemigos sarracenos y a los africanos negros paganos –que carecían de alma– y someterlos a una esclavitud indefinida: en el siglo XX, el Papa Juan Pablo II besó el suelo africano y pidió perdón. Cuando llegan a América, a los pueblos originarios le otorgan el privilegio de reconocerles un alma; podrían ser evangelizados pero eran “faltos de razón”, equivalentes a “los siervos por naturaleza” de Aristóteles: fueron encomendados como servidumbre, aunque en mejores condiciones que los africanos. En el XXI, también el Papa Francisco pidió perdón a los indígenas en su visita a Bolivia. Durante la Reforma, los protestantes cuestionaron todos los postulados de la Iglesia Católica, menos que lo negros no tenían alma: lo cual permitió a los occidentales someter a esclavitud a millones de africanos durante cuatro siglos sin ofender a Dios.


En el XVII, este hilo conductor es retomado por el francés Rene Descartes (1596-1650), considerado el padre de la filosofía moderna, con el dualismo naturaleza-humanidad que menciona Boaventura, remarcando la existencia de esos seres que “por estar tan cerca del mundo natural, no podían considerarse plenamente humanos”. Mirada que, con referencia a los pueblos americanos y africanos, también se encuentra en “Lo bello y lo sublime” de Immanuel Kant en el XVIII y en “Lecciones sobre la Filosofía de la Historia Universal” de Hegel a comienzos del XIX. Por su parte Friedrich Ratzel (1844-1904) hace su aporte en la segunda mitad del XIX, con la teoría del Lebensraum: el derecho de las razas superiores de apropiarse de los territorios (y riquezas) de las razas inferiores, para desarrollar en ellas la civilización. Esta teoría fue adoptada por Adolf Hitler en el XX, para perseguir a judíos o expandirse hacia el este contra los eslavos inferiores; y en el XXI la encontramos en Argentina, como fundamento implícito de las corporaciones mineras o petroleras y los agro-negocios, con el acoso a los mapuches en el sur y los desmontes de los Peña Braun en detrimento de los wichis en Salta. También puede mencionarse al inglés Joe Lewis, por la apropiación del lago Escondido para exclusivo uso personal y de sus selectos amigos.


Esta historia tuvo un corte radical entre el fin de la Segunda Guerra y comienzos de la década de 1970, con la Revolución del Tercer Mundo: ese 80% de la población mundial sometida a dominios coloniales o neocoloniales durante varios siglos, protagoniza los procesos de descolonización, los movimientos de liberación nacional y las revoluciones en Asia, África y América Latina. Fueron acompañados de un movimiento intelectual que reivindica el carácter integralmente humano de todos los seres humanos y la dignidad de sus identidades étnico-culturales, de sus valores, cosmovisiones y conocimientos ancestrales; y llegaría a conmover a Jean Paul Sartre, Simone de Bouvoir o Herbert Marcuse, al Mayo francés o al movimiento negro norteamericano; dando un fuerte impulso a la liberación femenina. La derrota de gran parte de estas experiencias, la imposición de dictaduras militares con terrorismo de Estado, el asesinato de líderes, la cooptación de conciencias y otros mecanismos de restauración conservadora, que lograron imponerse desde los setenta, al margen de algunos avances y retrocesos en estas décadas, no lograrían sin embargo, destruir esos “saberes sojuzgados”, que son las raíces y potencialidades de las Espistemologías del Sur.


En Nuestra América, que en su historia de más de 10.000 años según registros rupestres, sólo durante 500 han tenido un contacto traumático con la cultura occidental dominante, las culturas precolombinas poseen ricas concepciones como punto de partida en la búsqueda de respuestas ante la actual crisis civilizatoria mundial, cuyas tendencias son catastróficas: descomunal crisis social; crisis económica de sobreproducción por crisis de demanda; crisis político-militar entre potencias por recursos y áreas estratégicas; revolución tecnológica que habilita una reconversión salvaje en las diversas áreas de actividad; y crisis ambiental que pone en riesgo la vida en el planeta. Los pueblos precolombinos, estratificados como los mesoamericanos y andinos o igualitarios como los tupí guaraníes, arawacs, mapuches o wichis, eran “sociedades de amparo” y garantizaban el bienestar de todos sus integrantes: en sus lenguas no existía la palabra “pobre”. Con valores profundamente comunitarios, de cooperación, solidaridad y reciprocidad, no concebían la idea de individuos egoístas y competitivos que sólo se guían por su propio interés; ni hubieran avalado esa reforma previsional.


A diferencia de la ciencia occidental, que considera con Descartes a la naturaleza como exterior a los seres humanos y buscan conocerla a fin de dominarla o explotarla; para nuestros pueblos originarios los seres humanos pertenecen a la naturaleza y deben mantener con ella relaciones armónicas y no depredadoras. En estas tierras, hasta la llegada de los occidentales, no existieron las pestes y hambrunas que azotaran a Europa en el XIV, con la muerte de un 30% de la población en varias regiones. Concepciones que tomaron de sus tropas nuestros héroes de la Independencia –Alexander Petión, San Martín, Belgrano, Artigas, Hidalgo y Morelos, Bolívar, entre tantos más– y, a pesar de sus derrotas, formularon las ideas más avanzadas de la época, considerando humanos a todos los seres humanos. En 1815 Artigas elimina la esclavitud y la servidumbre indígena reconociendo, en su visión de la democracia, a estas “castas inferiores” como ciudadanos plenos. Estados Unidos deroga la esclavitud en 1865 y los negros recién fueron ciudadanos plenos en 1965. Raíces que dan cuenta de la riqueza potencial de nuestras Epistemologías del Sur, en contraste con la cultura occidental dominante, para formular alternativas ante la crisis mundial.


* Ex diputada nacional de Proyecto Sur-Unen.

Publicado enCultura
Revitalizar el pensamiento crítico en América Latina

Los debates de la izquierda han gozado históricamente de una gran riqueza intelectual y teórica.


En el mundo del socialismo real, pese a la deriva totalitaria de sus estados, hubo potentes debates tales como si era posible el “socialismo en un solo país” entre los partidarios de León Trotsky y Iósif Stalin; la hoja de ruta para superar la oposición entre el trabajo intelectual y manual entre dirigentes y dirigidos surgidos en China durante la revolución cultural; o la controversia sobre la ley de valor de Marx en las sociedades de transición que protagonizaran el Che Guevara, Ernest Mandel y Charles Bettelheim, con la participación de Paul Sweezy entre otros pensadores marxistas.


De igual manera, los debates de la izquierda en los países capitalistas tampoco fueron baladíes, revitalizándose las elaboraciones respecto a la caracterización de la naturaleza de clase del Estado y el papel de la democracia al interior del pensamiento marxista y la teoría crítica. Estos debates abarcaron desde las formulaciones de Louis Althusser en relación con la naturaleza y papel de los llamados aparatos ideológicos y represivos del Estado hasta los análisis de Michel Foucault sobre los diagramas y dispositivos de poder-saber y la matriz disciplinaria del panóptico moderno. Por su parte, la ratificación de la naturaleza de clase del Estado y las formas particulares que adopta la dominación política supondrían también la aparición de nuevos estudios tanto desde la perspectiva subjetivista como desde las visiones estructuralistas, generando grandes duelos teóricos como la polémica entre Ralph Miliband y Nikos Poulantzas. Incluso tras la caída del Muro de Berlín, las posiciones de Toni Negri y Michael Hart frente a John Holloway, con sus diferentes posiciones sobre la dialéctica y las diferentes perspectivas entre el autonomismo y el marxismo abierto son de gran riqueza intelectual en el ámbito del debate teórico de fin del pasado siglo.


Quizás por ello causa tanta congoja y vergüenza ajena el nivel teórico esbozado por algunos de los académicos latinoamericanos que se han caracterizado en los últimos años por ser los legitimadores intelectuales de los regímenes progresistas. En el campo de la izquierda nunca se había visto tan extensa combinación entre simplificación del pensamiento y actitud conformista en el campo del saber.


Diría Pierre Bourdieu que el intelectual está obligado a desarrollar una práctica de autocrítica. Que deben llevar a cabo una crítica permanente de los abusos de poder o de autoridad que se realizan en nombre de la autoridad intelectual; o si se prefiere, deben someterse a sí mismos a la crítica del uso de la autoridad intelectual como arma política dentro del campo intelectual mismo. Para este destacado representante de la sociología contemporánea, todo académico debería también someter a crítica los prejuicios escolásticos cuya forma más persuasiva es la propensión a tomar como meta una serie de revoluciones de papel. Ironizaría Bourdieu indicando que esto llevó a los intelectuales de su generación a someterse a un radicalismo de papel confundiendo las cosas de lógica por la lógica de las cosas.


Sin embargo, a lo que hoy asistimos por parte del establishment académico de propagandistas de los regímenes progresistas no es otra cosa que lo que el zapatista subcomandante Galeano llamara “histeria ilustrada de la izquierda institucional”, esa que ingenuamente llegada al poder se convierte en un clon de lo que dice combatir, corrupción incluida.


Es evidente que a la producción de pensamiento reaccionario debemos oponer la producción de redes críticas desde la intelectualidad específica. Hago referencia a la noción teórica elaborada por Foucault por la cual se define una actividad inscrita en un campo acotado en el que el intelectual practica su labor singular. Algo más parecido a la figura del experto que a la del opinador generalista que habla indistintamente sobre cualquier cosa en cualquier contexto. Pero esto debe hacerse desde la honestidad, al igual que cualquier tipo de intervención política, y ahí, volviendo al sup Galeano, “hay que reconocer que esa izquierda ilustrada es de deshonestidad valiente”, pues no le importa hacer el ridículo.


En el fondo, el rol de esta intelectualidad progresista se asemeja bastante al de los propagandistas del viejo régimen estalinista, aquellos a los que el mismo Stalin –el menos intelectual de todos los bolcheviques que protagonizaron la Revolución Rusa– bautizaría como “los ingenieros del alma”. Así Vladimir Putin es comparado con Lenin; Rafael Correa con el Che Guevara; las elecciones en Ecuador con la batalla de Stalingrado o el juicio a Lula por sus implicaciones en la trama Odebrecht con el hipotético vía crucis de Jesuscristo en su camino al Calvario.


Sin embargo, hay que hacer memoria de la represión correísta sobre el paro/movilización que tuvo lugar en Ecuador entre el 2 y el 26 de agosto de 2015, donde hubo 229 “agresiones, detenciones, intentos de detención y allanamientos en todos los territorios donde se realizaron movilizaciones y protestas” (informe del Colectivo de Investigación y Acción Psicosocial Ecuador) o la impunidad en los casos de asesinatos a destacados opositores al modelo extractivista como José Tendetza, Freddy Taish o Bosco Wisuma. Hay que recordar también cómo el gobierno del PT criminalizó y agredió la protesta de jóvenes brasileños en las calles de todo el país en junio de 2013 y posteriormente durante el Mundial de Fútbol de 2014, o cómo se ha disparado el número de asesinatos de jóvenes negros en las zonas de favela en una lógica de política de “limpieza social” sobre todo a partir de la aprobación –con el apoyo del gobierno de Dilma Rousseff– de la ley antiterrorista en el Legislativo. De igual manera, ya no podemos mirar a otro lado ante el nivel de violencia desplegado por las fuerzas de seguridad del Estado en Venezuela, las violaciones de derechos humanos y el alarmante nivel de deterioro de la democracia en ese país.


Ante esta realidad me viene a la memoria Jean Paul Sartre –exponente del existencialismo y del marxismo humanista– cuando en el año 1945 escribió en la revista Le Temps Modernes, “considero a Flaubert y a Goncourt responsables de la represión que siguió a la Comuna de París porque no escribieron una palabra para impedirla”. Para Sartre, el corazón de cuya filosofía era una preciosa noción de libertad y un sentido concomitante de la responsabilidad personal, la misión de un intelectual es proporcionar a la sociedad “una conciencia que la arranque de la inmediatez y despierte la reflexión”.


Aquí, ¿cómo no?, conviene rememorar también al palestino Edward W Said, quien sentenciaría en uno de sus más famosos textos: “Básicamente, el intelectual (…) no es ni un pacificador ni un fabricante de consenso, sino más bien alguien que ha apostado con todo su ser a favor del sentido crítico, y que por lo tanto se niega a aceptar fórmulas fáciles, o clichés estereotipados, o las confirmaciones tranquilizadoras o acomodaticias de lo que tiene que decir el poderoso o convencional”.


Como podemos apreciar, nada que ver con el –en palabras del sup Galeano– “pensamiento perezoso” del progresismo criollo de estos tiempos. Entender el porqué de este deterioro intelectual tiene que ver con razones que van desde las aspiraciones personales de algunos académicos respecto a su capacidad de influencia política en el poder, hasta con una simple falta de conocimientos científicos o históricos que procura esconderse tras una supuesta superioridad analítica, todo ello sin olvidar las limitaciones derivadas del pensamiento binario por el que el mundo se divide simplemente entre derecha e izquierda.


Pero hablemos claro. No existe el pensamiento crítico funcional a gobiernos progresistas o partidos de la izquierda institucional, eso es una falacia. En realidad, la modernidad no se imagina la política sin un proyecto intelectual, por superficial que este sea, motivo por el que toma sentido la intelectualidad progresista actual. Así de tristes son las actuales relaciones entre el saber y la política convencional latinoamericana.


En todo caso, no puede haber un pensamiento crítico que no tenga su anclaje en la propuesta de pensar históricamente y por lo tanto cuestionar la impuesta aceptación de que siempre ha existido y existirá el capitalismo, lo que reduce la cancha del juego a proceder solamente a “humanizarlo”. El pensamiento crítico es en realidad un pensamiento radicalmente anticapitalista. En eso no hay negociación, pues de ello depende el futuro de la humanidad.


De igual manera, el pensamiento crítico implica profundizar sin concesiones el estudio de los mecanismos que mantienen la dominación –procedan éstos de donde sea–, lo cual no admite espacios para la seducción por parte del poder. Y requiere superar lo que podríamos llamar ortodoxia marxista, incorporando lógicas libertarias, ecologistas, feministas, anticolonialistas e indigenistas entre otras tantas.


Al mismo tiempo el pensamiento crítico parte de una acción comprometedora, está embarcado en la acción política y es por ello despreciado desde el poder. No es premiado con salarios de analista para medios de comunicación “progresistas”, no hace consultorías gubernamentales y tampoco forma parte del actual y extendido business académico.


A partir de aquí, el camino es largo pero necesario si esa intelectualidad progresista quiere dejar de vivir del Sur, para pasar a ayudar a transformarlo.

 

Decio Machado
Brecha
https://brecha.com.uy/

Publicado enPolítica
Lunes, 29 Enero 2018 06:34

Reportando desde el manicomio

Reportando desde el manicomio

Si no cae antes –la eterna esperanza de mayorías en este país y seguramente del mundo– estamos ante otro año más de reportar sobre el manicomio estadunidense, cuyo rey insiste en que toda verdad que se le oponga o lo cuestione es fake news. Pero no sólo se trata de la locura arriba, sino una especie de locura abajo, una insistencia de que a pesar de calificar el gobierno de Trump como un peligro para la "democracia", para el país, para el planeta, hasta ahora le han permitido operar con todas sus consecuencias brutales para millones de personas aquí –primero que todos, los inmigrantes– y en el mundo cada día.

Periodistas –incluso de los medios más institucionales– han hecho tal vez su mejor esfuerzo en tiempos recientes para documentar y revelar la locura oficial, pero hasta ahora, todo sigue funcionando más o menos normal, incluyendo reportar desde este manicomio. Tal vez los mejores periodistas ahora, porque se atreven a desnudar el emperador, siguen siendo los comediantes.

Todo mundo sabe la regla de que un bully sólo puede obrar si los demás se lo permiten, y eso está ocurriendo mientras observadores, entre ellos nosotros los periodistas, reportamos y comentamos sobre el más reciente atropello, humillación, engaño o escándalo. Todos los días se advierte y se denuncia cómo todo esto amenaza a la democracia, y no sólo por los de abajo, sino en lugares como Davos, donde George Soros reiteró su alarma sobre los efectos nocivos del ocupante de la Casa Blanca, sumándose a un coro de premios Nobel, y hasta gente dentro del propio gobierno, incluso entre el gabinete del loco (su secretario de Estado supuestamente habló de él en términos de "fucking idiot").

Esta locura ya contagió a toda la cúpula política. Nada más esta última semana, los republicanos intensificaron su campaña de hace tiempo de minar la investigación del fiscal especial Robert Mueller sobre la injerencia rusa en las elecciones y los posibles intentos de Trump para frenar la indagatoria, al acusar que hay un complot dentro de la propia FBI y otras partes de la burocracia permanente (a lo que llaman el "estado profundo") para derrocar al presidente. Denuncian que desde el inicio –tal como también ha sugerido Trump– todo ha sido políticamente motivado por los demócratas.

Pero el hecho es que los principales actores en estas investigaciones –el presidente, el liderazgo de ambas cámaras del Congreso, el procurador general, el subprocurador general, el jefe de la FBI y el propio Mueller– son todos republicanos. El presidente está dispuesto a atacar a cualquiera de sus colegas, subordinados y amigos que se atrevan a criticarlo (ha despedido u obligado la salida de unos 15 colaboradores en los primeros 12 meses de su gobierno, y continúan los rumores de que está considerando despedir o está encabronado con su procurador general, su secretario de Estado, el jefe de la FBI, y ahora hasta con su propio jefe de gabinete, entre otros). En el Congreso, todos saben que tienen enfrente a un presidente absurdo y obsceno, pero siguen en el juego, tratando de usarlo para lograr obtener todo lo que puedan de sus agendas.

"Tenemos una Presidencia del caos y un Congreso del caos, y para oponerlo, necesitamos otro tipo de política que restaure la fe del pueblo en cuestiones públicas, incluyendo el propio Congreso", comentó recientemente el representante federal demócrata Jamie Raskin.

Todas las encuestas registran que la mayoría de este pueblo no confía en su gobierno, sea el presidente o la legislatura. Durante todo su primer año, Trump ha tenido el índice más bajo de aprobación de cualquier presidente en la era moderna. Este próximo martes dará su primer informe presidencial ante el Congreso, donde el mensaje central, según fuentes oficiales, será que él está "construyendo un Estados Unidos seguro, fuerte y orgulloso". Sin embargo, según la encuesta más reciente de NBC News/Wall Street Journal, la palabra más usada por el público para calificar esta presidencia es "indignado". O sea, la mayoría no está engañada. ¿Entonces?

Según el cuento oficial de la democracia, el pueblo –y no el presidente ni los multimillonarios– es el rey. Supuestamente, los periodistas son los que tienen la responsabilidad de informar y revelar la verdad al público, y con ello obligar a que los "representantes" rindan cuentas al poder soberano.

Aquí, desde que llegó, el periodismo fue tachado por este rey del manicomio como "enemigo del pueblo estadunidense", porque su régimen depende de descalificar y hasta de anular la verdad. Se entiende: algunos de los mejores momentos del periodismo en este país fueron cuando se enfrentó y derrotó al poder corrupto o abusivo con la verdad (sin olvidar que también en sus peores momentos ha hecho justo lo opuesto, ser cómplice en difundir la mentira oficial). No es accidente que la película The Post, de Steven Spielberg, saliera ahora, contando la historia de uno de esos momentos gloriosos donde un periódico se atrevió a publicar, en 1971, la verdad secreta sobre la guerra en Vietnam en el caso célebre de Los papeles del Pentágono filtrados por Daniel Ellsberg, (ejemplo y héroe para otros filtradores que deseaban dar a conocer la verdad al público en tiempos recientes, incluidos Edward Snowden y Chelsea Manning). Fueron periodistas y editores los que se atrevieron a confrontar a otro presidente que los calificó de "enemigos del pueblo", Richard Nixon, en el llamado escándalo de Watergate, cuyos fantasmas de nuevo rondan en la Casa Blanca de Trump.

Vale recordar que fue un periodista (junto con un oficial militar) quien finalmente frenó al senador Joe McCarthy, que periodistas de todo tipo –desde Frederick Douglas, Mark Twain, John Reed, John Steinbeck, I.F. Stone, Bill Moyers, Molly Ivins y Pete Hamill, hasta un amplio número de periodistas actuales– han sido fundamentales para generar resistencia contra fuerzas antidemocráticas a lo largo de la historia de este país. El periodismo sólo puede ser enemigo del pueblo si no cumple con su función esencial de cuestionar al poder y la historia oficial.

Publicado enInternacional
Martes, 05 Septiembre 2017 18:16

Fernand Braudel y la ciencias humanas

Fernand Braudel y la ciencias humanas

“¿Existe acaso una concepción global de la historia, específicamente braudeliana? Respondiendo afirmativamente a esta pregunta, este libro quiere ser a un mismo tiempo una suerte de ‘Introducción general’ al pensamiento y a los trabajos de Fernand Braudel, y una clara invitación a la lectura directa de sus obras, a través de la reconstrucción de las líneas centrales de su proyecto intelectual. Reconstrucción que evidencia, entonces, las articulaciones mayores de esa compleja cosmovisión histórica construida por Braudel, al tiempo que intenta mostrar las contribuciones fundamentales que, en los planos teórico, metodológico, problemático e historiográfico, fueron desarrolladas por quien se constituyó, sin duda alguna, en el más importante historiador de todo el Siglo XX a nivel mundial, Fernand Braudel”.

 

Edición 2017. Formato: 17 x 24 cm, 248 páginas

P.V.P.: $ 35.000, USD $ 12, ISBN: 978-958-8926-49-0