Martes, 04 Julio 2017 06:36

El medio es el mensaje

El medio es el mensaje

Lo que acontece en el plano de los medios de comunicación masivos ocurre análogamente en el plano de la ciencia y la filosofía. El medio termina siendo más determinante que lo pensado o dicho.



Marshall McLuhan (1911–1980) es un autor desconocido para la mayoría, excepto para los estudiosos de la teoría de la comunicación y un par de intelectuales y académicos adicionales.


Padre del concepto de la “aldea global”, el vórtice de todo su pensamiento es justamente ese: la idea de que, hoy por hoy (lo dice en 1967), lo importante ya no es el mensaje por sí mismo, sino el canal a través del cual se difunde el mensaje. La credibilidad, la atención y el impacto de una noticia o un texto cualquiera se mide no tanto por lo dicho, cuanto que por el medio a través del cual se difunde. Eso: el medio es el mensaje.


Esto vale desde el mundo de las noticias (CNN en Estados Unidos o Globo en Brasil, El Universal en México, El Mercurio en Chile y así sucesivamente) hasta el mundo de la academia y la ciencia. Más vale decir algo en un medio prestigioso, popular y de alto impacto que en uno secundario, marginal y alternativo, por ejemplo.


Es lo que a su manera Thomas Kuhn designa justamente como la ciencia normal. La ciencia normal —que lo que hace es normalizar a los seres humanos— se caracteriza porque tiene sus propios canales de expresión y difusión, hasta el punto de que lo que el Gran Medio dice que es, eso es la Realidad. O la Verdad.


Así, al decir de McLuhan en otro de sus trabajos, los medios constituyen la extensión misma de los seres humanos (Understanding Media: The extensions of Man, de 1964). En general, la obra de McLuhan bien merece una segunda mirada. Pero no es ese nuestro interés principal aquí.


Lo cierto es que, mucho antes de la era de las “posverdades”, los “hechos alternativos” y las guerras de quinta generación (igual a las guerras en curso alrededor del mundo: Venezuela, Irán, Yemen, etc.), McLuhan anticipa con lucidez y clarividencia el núcleo del mundo que se proyecta hasta nuestro días: algo merece mejor credibilidad en función del canal o el medio que publica lo que se dice y se quiere decir. Vivimos la era que el autor canadiense designa como “del cliché al arquetipo” (1970).


Los académicos son los primeros prisioneros de este proceso de normalización de la inteligencia. Para los gestores del conocimiento (knowledge management) lo importante es que los académicos publiquen en medios de “alto impacto” y no lo que los académicos mismo dicen, piensan o publican. Como si “verdad” prefiriera un canal de expresión mejor que otro.


Contra esta política generalizada y condicionada por la cienciometría, existe un movimiento creciente entre investigadores, científicos y pensadores que sostiene exactamente lo contrario. Lo importante no es el medio de la publicación, sino lo publicado mismo.


Esto le abre las puertas de par en par a la vitalidad del conocimiento antes que a su anquilosamiento y formalización. Juan es interesante por lo que dice e incluso por la forma cómo lo dice, no por el medio o el canal que emplea para decirlo. Radicalizando su idea originaria, McLuhan lo sostiene: el medio es el masaje (1967), un estudio concienzudo acerca de la importancia de los efectos. Y tratándose de efectos, lo normal es el medio, no el contenido mismo.


De manera significativa, cabe recordar que la inmensa mayoría de artículos científicos (papers) que han implicado inflexiones importantes en la historia de la ciencia nunca se publicaron en revistas 1A. Por el contrario, en revista, dicho hoy, tipo B o C. Un dato importante de historia de la ciencia con claras consecuencias de tipo, al mismo tiempo sociológico y político.


Lo que se encuentra en entredicho es toda la historia de la cultura en sentido amplio y, con ella, todo el capitalismo académico y el capitalismo intelectual. Paradójicamente, a raíz de un pensador —M. McLuhan— que no fue precisamente un liberal y mucho menos un izquierdista en cualquier acepción de la vida. Todo lo contrario.


¡Vale recordar que las más importantes casas de revistas científicas y académicas son empresas privadas que ganan ingentes sumas con esas revistas! Elsevier, Science Direct, Hindawi. Medios que termina siendo el mensaje mismo. Como se observa, hay un problema serio.


Los gestores del conocimiento nunca han sido científicos o académicos, por definición. Justamente por eso hacen gestión. Ministros, rectores, decanos, por ejemplo. Que son quienes promueven altamente la idea de publicar en medios de “alto impacto”. Como si, para decirlo en términos de Perú o de Colombia, El Comercio o El Tiempo no estuvieran interesados, no construyeran noticias y no sirvieran a intereses claramente preestablecidos, por ejemplo.


Sistémicamente cabe decir que lo que acontece en el plano de los medios de comunicación masivos ocurre análogamente en el plano de la ciencia y la filosofía. El medio termina siendo más determinante que lo pensado o dicho. Sin olvidar que en las guerras de quinta generación, la guerra psicológica y la guerra informacional constituyen ejes centrales además de la guerra económica, la política y la propiamente militar.


De aquí la importancia: (a) en un plano, de los medios de comunicación alternativos, y (b) en otro plano, de revistas y medios no convencionales para la publicación de reportes, informes, discusiones y artículos; pongamos por caso.


Para una sana inteligencia, lo que dice Pedro es bastante más significativo que el canal que elige Pedro, siempre que Pedro diga cosas inteligentes y críticas, novedosas y sensibles. ¿El medio es el mensaje? Sí, para todos aquellos que son normales. Sin olvidar la obra cumbre de ese filósofo argentino, José Ingenieros: El hombre mediocre. Pero para ello necesitamos de otro espacio más amplio.

 

Silvia Rivera Cusicanqui: Contra el colonialismo interno

Silvia Rivera Cusicanqui tiene un arte: escapar de las clasificaciones y los lugares exotizantes donde se la quiere ubicar. A veces se refiere a sí misma como sochóloga, un mix de chola y socióloga que alguna vez le dijeron para desacreditarla y ella lo convirtió en bandera. Hace pocos días visitó Buenos Aires para brindar un seminario organizado por la UNSAM, la UBA y la UNTREF, y presentar su libro “Sociología de la imagen”. Verónica Gago la siguió de cerca, debatió y pensó con ella y escribió este perfil de una de las pensadoras indispensables de la historia oral andina.

 

Leer a Lenin como se lee el I Ching, abriendo al puro azar, y quedarse con una frase: “Hay que soñar, pero a condición de creer firmemente en nuestros sueños, de cotejar día a día la realidad con las ideas que tenemos de ella; de realizar meticulosamente nuestra fantasía”. Silvia Rivera Cusicanqui cuenta que esta cita fue la clave de su salvataje ante un tribunal de tesis que le reclamaba pruebas de pureza que su trabajo teórico no tenía. Nadie iba a objetar una frase de Lenin y encontrar a Lenin hablando de fantasía era un hallazgo para atesorar. Eran los años 70 en Bolivia, y Silvia se recibía de socióloga. Más tarde, su tesis de maestría se perdió por un allanamiento del gobierno militar.

Estuvo exiliada en Buenos Aires, a principios de aquella década, cuando estaba embarazada de su primer hija y tras haber estado presa. Pero duró poco: hacía encuestas en el conurbano y apenas le respondían. “Parecía invisible”, recuerda. Se fue al norte y ahí ya se sintió más a gusto y adquirió para siempre los saberes del contrabando y la costumbre de no comprar muebles sino fabricarlos como desmontables, con ladrillos y tablas.


Silvia Rivera Cusicanqui deriva una serie de principios metodológicos que se vuelven un banquete para lxs más de cien alumnxs que concurren durante tres días a un seminario co-organizado entre tres universidades públicas: el Instituto de Altos Estudios Sociales (IDAES) de la UNSAM, la carrera de Sociología de la UBA y el programa Pensar en movimiento de UNTREF. Ser “iconoclastas e irreverentes” con la teoría son dos palabras que se le escuchan una y otra vez y repercuten como un mantra: primero se las repite, luego se las saborea y cuando adquieren un ritmo y se entonan con la respiración, abren otras vías de transmisión.


En Bolivia, la academia fue siempre un bien “elusivo y lejano”, comenta Silvia. Esa “desventaja”, sin embargo, se convirtió en ventaja a la hora de relacionarse con los libros y la teoría en general. “Descubrimos el provincianismo europeo. Por ejemplo, que los ingleses no leen a los franceses. Claro que desde acá eso no se ve porque les atribuimos universalidad. Pero en este continente somos menos provincianos: leemos todo lo que nos llega y bajo el principio de selectividad de que todo sirve según las emergencias sociales. Así tenemos la suerte de saltearnos varias modas, porque llegaron tarde o porque nos parecen de otro planeta, y de entrenarnos en una libertad combinatoria”.


Tener pocos libros, en contraste con la “híper accesibilidad actual”, exigía “sacarles el jugo desde lo propio pero también fragilizar la seguridad de nuestro pensamiento a partir de la realidad, así como lo propone Marx, para quien prima lo real frente al pensamiento”.


Curiosear, averiguar, comunicar [1].


Con estos tres verbos, Rivera Cusicanqui enhebró su propuesta metodológica como una serie de gestos. Primero, la curiosidad, que proviene de ejercitar una mirada periférica: la del vagabundeo, la poética figura del flanneur que evocaba Benjamin, como una capacidad de conectar elementos heteróclitos gracias al modo mismo de discurrir, transitar, vagar. La mirada periférica incorpora una percepción corporal. Metaforiza la investigación exploratoria. Envuelve un estado de alerta. Se hace en movimiento y guarda cierta familiaridad con lo que se ha llamado la atención creativa. Averiguar, como segundo paso, es seguir una pista. Es la mirada focalizada. Y para eso, como insiste Silvia: “lo primero es aclararse el por qué motivacional entre uno mismo y aquello que se investiga”. Lo dice porque subraya una tarea irreemplazable: descubrir “la conexión metafórica entre temas de investigación y experiencia vivida”, porque sólo escudriñando ese compromiso vital con los “temas” es posible aventurar verdaderas hipótesis, enraizar la teoría, al punto de volverla guiños internos de la propia escritura y no citas rígidas de autorización.


Por último, ¿cómo comunicar? Hablar a otrxs, hablar con otrxs. Hay un nivel expresivo-dialógico que incluye “el pudor de meter la voz” y, al mismo tiempo, “el reconocimiento del efecto autoral de la escucha” y, finalmente, el arte de escribir, o de filmar, o de encontrar formatos al modo casi del collage. Hablar después de escuchar, porque escuchar es también un modo de mirar, y un dispositivo para crear la comprensión como empatía, capaz de volverse elemento de intersubjetividad. La epistemología deviene así una ética. Las entrevistas un modo del happening. Y la clave es el manejo sobre la energía emotiva de la memoria: su polivalencia más allá del lamento y la épica, y su capacidad de respeto por las versiones más allá del memorialismo de museo.


En un pequeño cuaderno verde, Silvia tiene unas breves notas que cuando pasan a su oralidad crecen, proliferan y edifican una arquitectura de imágenes, conceptos y narraciones que le permite afirmar –“suelta de cuerpo”, como a ella le gusta– que la sociología es una rama de la literatura.


Leer a Fanon a través de Fausto Reinaga


Cierta alquimia en el proceso de conexiones revela una singularidad. Así, por ejemplo, la lectura de Frantz Fanon en Bolivia se hizo a través de Fausto Reinaga, referente del katarismo, la guerrilla indigenista de los años 70 y autor del clásico La revolución india.


Silvia estuvo involucrada con aquella corriente como un momento colectivo de radicalización política. Años después, en los 80 fue una de las fundadoras del Taller de Historia Oral Andina (THOA), desde donde se exploró la vertiente comunitaria y anarquista de las luchas, se la difundió en folletos y radionovelas y repercutió en las movilizaciones populares de los años siguientes, especialmente en la organización de los ayllus del occidente de Bolivia, la CONAMAQ. Fruto de ese trabajo, se volvió a editar recientemente el libro Lxs artesanxs libertarixs (Tinta Limón y MadreSelva) donde se recopila la historia sindical de los años 20, previa a la Guerra del Chaco, pero también, tras la matanza (se perdieron más de 100 mil vidas de ambos bandos), el protagonismo de los gremios femeninos que agruparon a floristas, amas de casa, vendedoras de mercado y cocineras.
Antes había escrito un libro que devino imprescindible: Oprimidos pero no vencidos. Luchas del campesinado aymara y qhichwa, 1900-1980, donde muestra la “lógica de la rebeldía” que nutrió las revueltas de todo ese período, hasta el golpe de García Meza en julio de 1980. Fue realizado mientras Silvia vivió en el campo, donde entró en contacto con dirigentes kataristas e indianistas. Primero editado por una editorial paceña y la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB), luego, según palabras de la autora, el libro fue objeto de una “apropiación reformista por parte de una generación de intelectuales de lo “pluri-multi”, lo cual me ha convencido de las capacidades retóricas de las élites y de su enorme flexibilidad para convertir la culpa colectiva en retoques y maquillajes a una matriz de dominación que se renueva así en su dimensión colonial”.


Rivera Cusicanqui tiene un arte y es escapar de las clasificaciones, especialmente de los lugares exotizantes donde se la quiere ubicar. Dice que por eso creen a menudo que es antropóloga. Se ríe y se auto-bautiza como “objeto étnico no identificado”. A veces también se refiere a sí misma como sochóloga, un mix de chola y socióloga que alguna vez le dijeron para desacreditarla y ella se lo convirtió en bandera. Así también juega con el término birchola (una mezcla entre chola y birlocha que era como se decía, en contraste, a las mujeres de vestido) y que son figuras que Silvia investigó entre las migrantes de la populosa ciudad de El Alto, el cordón conurbano que rodea La Paz. No son piruetas. Son los destellos de una risa más profunda y una crítica despiadada sobre la esencialización de lo indígena.


“Indixs somos todxs en tanto personas colonizadxs. Descolonizarse es dejar de ser indix y volverse gente. Gente es una palabra interesante porque se dice de maneras muy distintas en cada idioma”, dijo en el auditorio Roberto Carri de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, donde Rivera Cusicanqui dio la conferencia magistral de cierre de las Jornadas de Sociología. Y agregó a esta idea una vuelta más: “Estoy en contra de la metáfora falocéntrica y cristiana de la torre de Babel porque en ella la diversidad lingüística es pensada como castigo. Esta pluralidad se debe a que la tierra necesita muchas lenguas para decirse y no una maldición de un Dios cristiano que se enojó con los hombres”.


En esa invectiva, lo originario es otra palabra a la que Rivera Cusicanqui le ha dedicado sustanciosas críticas. “Es una palabra que divide, que aísla a los indios y, sobre todo, les niega su condición de mayoría para que se reconozcan en una serie de derechos que los restringe a ser una minoría desde el punto de vista estatal”. Además, importantes investigaciones históricas ya demostraron la versatilidad de esa figura: como cuando Tristan Platt narra la conversión en originario del forastero, recuerda Silvia. Las filiaciones son así también efecto de montaje y, cuando no se congelan en estereotipos, procesos en devenir. “Debe tener que ver con que en Bolivia en vez de psicoanalizarnos como aquí, nos farreamos”, especula.


Hay que recordar que la primera traducción al castellano de los debates poscoloniales se hizo en Bolivia, en una compilación a cargo de la propia Silvia junto a Rossana Barragán. Rivera Cusicanqui vuelve a saltar las categorías y revolverlas: “Lo poscolonial es un deseo, lo anti-colonial una lucha y lo decolonial un neologismo de moda antipático”, sintetiza. Para radicalizar la alteridad, “hay que profundizar y radicalizar la diferencia: en, con y contra lxs subalternxs”. Esta es una fórmula que permite sortear también la relación perversa que se construye cuando la estructura es “el resentimiento indígena y la culpa del no-indígena”, base afectiva del populismo. No se trata simplemente de “invertir la jerarquía sin tocar el dualismo (Guha dixit)” y usar la muletilla del eurocentrismo para construir nuevos binarismos límpidos. Este movimiento desclasificatorio que Silvia detalla es el que permite incluso entender los “procesos de blanqueamiento como estrategias de sobrevivencia: hay que leer ahí quién se apropia de la fuerza y no quién se regodea en la lástima o quién deja de ser puro”. De ahí, también, la fuerza de los lenguajes combinatorios junto a la capacidad de enfrentar la contingencia e integrar lo ajeno.


El efecto es una condición de “palimpsesto” con el que Silvia lee las capas superpuestas en una ciudad (una “estratigrafía de lo urbano”), en las memorias colectivas, en las lenguas y en los trajines comerciales y de resistencia.


El colonialismo se expresa negando la humanidad de otros: “por eso hoy aparecen figuras desechables sobre las que se actualiza la dinámica colonial”, dice en conversación con teorizaciones como las de Achille Mbembe. Pero, aclara, la descolonización es una tarea de grupo: “Uno no se puede descolonizar solito porque, como decía Jim Morrison y también Foucault, a los señores los llevamos adentro por cobardía y pereza”.


La noción que Silvia trabaja para esta epistemología como práctica descolonizadora es lo ch´ixi: una versión de la noción de lo abigarrado que conceptualizara el sociólogo René Zavaleta Mercado, con quien ella mantuvo un intenso intercambio político e intelectual. “Creo que es una palabra-talismán, que nos permite hablar más allá de las identidades emblemáticas de la etnopolítica. Y creo también que tiene su aura en ciertos estados de disponibilidad colectiva para hacer polisémicas las palabras”.


Y también que permite leer hacia atrás y hacer de la escritura una capacidad de afiliación. Silvia Rivera Cusicanqui confesó tener “nostalgia de ancestros”. La nostalgia devino deseo y finalmente encontró a un tío mecánico mientras investigaba el archivo anarquista: Luis Cusicanqui fue el escritor de un manifiesto anarquista dirigido a indios y campesinos en 1929.


Muerte de una disciplina. Génesis de una (in)disciplina


Silvia habla del aymara como un idioma “aglutinante”, porque es capaz de que un mismo término varíe según los sufijos, los contextos de enunciación y con cada operación de significación específica, así como alrededor de las estrategias retóricas. Esa variación también es a la que se somete su propia teoría, al punto de decir: “Hace algún tiempo he adquirido la costumbre de expresar en público el repudio por mi obra anterior”. Que esa posibilidad esté ligada a una trayectoria femenina no es menor: pone en acto, de nuevo, “la ventaja de la desventaja, el lado afirmativo de nuestra desvalorización”. Y también performativiza esa “episteme propia” sobre la que insiste con desacato e irreverencia, capaz de incluir términos no lineales, opuestos, zonas de conflicto y encuentro, nuevos puntos de partida.


Cuando Gayatri Spivak visitó Bolivia a pesar de que había una lista de traductores oficiales propuestos, fue Silvia quien se animó a la simultaneidad pero, sobre todo, la que puso en escena la indisciplina del texto y de la traducción lineal. “¿Cómo traducir al castellano el término double bind propio de lo esquizo que usa Spivak? En aymara hay una palabra exacta para eso y que no existe en castellano: es pä chuyma, que significa tener el alma dividida por dos mandatos imposibles de cumplir”. Además, estos ejercicios de traducción, dice Silvia, revelan que hoy todas las palabras están en cuestión: “eso es signo de Pachakutik, de un tiempo de cambio”.


En ese tembladeral, hay procedimientos que ayudan: con el flash back y el deja vu (que usa en sus libros pero también en varios de los videos que ha guionado y filmado) Silvia vuelve sobre la memoria colectiva como una serie de montajes que se actualizan según el flujo y el reflujo de las luchas pero que se despliegan como lenguajes propiciatorios de justicia. “Hay una guía que nos hacemos y que tiene que ver con los pensamientos producidos justamente en momentos de peligro”.


Así, por ejemplo, se teje alianza con Waman Puma de Ayala, el autor de la Primer Nueva Coronica y Buen Gobierno (1612-1615 aprox.): una carta al rey de España de mil páginas y con más de trescientos dibujos hechos con tinta que Silvia analiza bajo la luz de su “sociología de la imagen”. Ese libro permite contrabandearla a ella misma en uno de esos dibujos, sobreimprimirla anacrónicamente. El montaje nos daría una poeta-astróloga: “caminar, conocer, crear” los verbos de un método en movimiento, con el horizonte de una “artesanía intelectual”, que no se deja expropiar el debate sobre la idea misma de qué es otra mirada sobre la totalidad. Así quedó expuesto en el proyecto Principio Potosí Reverso, un catálogo-libro que Silvia realizó junto al Colectivo Ch´ixi y que narra una historia que va de las minas coloniales al neoextractivismo.


La imagen, así interrogada, deviene teoría. No es ilustración. Exige una confianza en la autonomía de la percepción que consiste en mirar con todo el cuerpo, como dijo mientras se presentaba su flamante libro en la Cazona de Flores ante casi doscientas personas: Sociología de la imagen. Miradas ch´ixi desde la historia andina (Tinta Limón). Sus textos e intercambios con colectivos aquí ya habían circulado y amasado amistades a través de encuentros y de dos libros: un diálogo con los colectivos Simbiosis Cultural y Situaciones en De chuequistas y overlockas. Una discusión en torno a los talleres textiles y Chi’ixinakax utxiwa. Una reflexión sobre prácticas y discursos descolonizadores. Aquella noche Silvia estaba feliz. Antes había cocinado para editores y amigxs una deliciosa sopa de maní. Todo terminó con brindis y música ya comenzado el día siguiente.


Encontrar la voz propia: de leer a escribir


Entramos en el penal de mujeres de Ezeiza con un frío que helaba, junto a talleristas y docentes. Pero una vez adentro, el clima cambió. Estaban algunas presas que estudian la carrera de sociología y otras que participan de talleres con la organización Yo no fui. La charla se desparramó sobre los saberes de sobrevivencia, los más inteligentes, los que hacen de la debilidad, una potencia. Era un auditorio pero Silvia no se subió a la tarima. Se sentó y luego empezó a caminar mientras hablaba.


“La voz insustituible es la de una misma. Contar la propia vida a una compañera de celda en una noche de insomnio es co-investigar, ser ya parte de la artesanía de la historia oral. Por eso lo fundamental es cuidar la libertad que se siente dentro de cada una y usarla para leer por afinidad: ustedes deben sentir que gobiernan la lectura, leer sólo lo que huele mejor, de atrás para adelante, por pedazos y, luego, escribir como un gesto de cuidado y de fidelidad con ustedes mismas, como un ejercicio de libertad”.


Silvia contó que cuando daba clases de sociología en el penal de Chonchocoro (la cárcel de varones en La Paz), hizo un taller de “voladores”: unos barriletes con los que se comunicaban con los presos de la cárcel de San Pedro, desde el patio donde pasaban el día. “Era sólo un pequeño gesto, pero liberaba energía. Y la libertad es un gesto”. Para ella la cárcel era como un “mundo al revés”, “porque lo que afuera es pequeño adentro se engrandece y viceversa”. Las presas que hablaron coincidieron con esa imagen.

También contaron que nunca se habían imaginando leyendo a Nietzsche pero que a todas les impactó ese aforismo que dice que lo que no mata, fortalece, de la importancia de saber que están ahí por un tiempo pero que desde ahora deben proyectar también el afuera y de animarse a hacer cosas que nunca se imaginaron que harían. Habían terminado hace dos días con una huelga de brazos caídos contra una medida que les descuenta las horas de estudios y de talleres de la contabilidad de las horas de trabajo.


Silvia, huelguista de trayectoria, contó también estrategias de resistencia que se hicieron en 2008 cuando se intentó un golpe contra Evo por los industriales que manejan el comercio del arroz, el aceite, la carne y la harina. “Empezaron a circular todo tipo de recetas para prescindir de esos alimentos, por entonces signados por una maldad de clase. Ese tipo de sabiduría popular, que es la que puede demostrar que el consumo es político por ejemplo, es de pequeños actos pero fundamental a la hora de hacer grietas en las relaciones de fuerza”, graficó Silvia.


Y volvió a una receta, según ella imbatible: “cuando escriban, respiren profundo. Es una artesanía, es un gesto de trabajadora. Y cuando lean lo que escribieron, vuelvan a respirar hasta sentir que hay un ritmo. Los textos tienen que aprender a bailar”.


Pensar en movimiento


De nuevo, se trata de una cuestión de ritmo: “Se trata de conocer con el chuyma, que incluye pulmón, corazón e hígado. Conocer es respirar y latir. Y supone un metabolismo y un ritmo con el cosmos”. Así conocer es una práctica política: “La práctica de la huelga de hambre y la caminata durante días en una marcha multitudinaria tiene el valor del silencio y la generación de un ritmo y una respiración colectiva que actúan como verdadera performance”, dice para recordar las largas manifestaciones en defensa del territorio Indígena Parque Nacional Isiboro Sécure (TIPNIS), en 2011. “Hay entonces, en estos espacios de lo no dicho, un conjunto de sonidos, gestos, movimientos que portan las huellas vivas del colonialismo y que se resisten a la racionalización, porque su racionalización incomoda, te hace bajar del sueño cómodo de la sociedad liberal”.


El desplazamiento de los centros es un hecho, dice Silvia (que además, insiste con que si nombramos desde donde estamos situadxs, ¡el oriente refiere a Europa!). Pero en las periferias también hay un impulso a construir nuevos centros. Es lo que pasa, dice, con el proceso boliviano: “Evo eclipsa la incertidumbre, el principio de pluralidad propio de las luchas. Todo el aparato de estado ahora se dirige a eso”.


Silvia actualmente es parte de un emprendimiento que se llama El Tambo Colectivo, donde se hacen cursos y actividades, fiestas y presentaciones. Tuvo un muy breve paso por el gobierno del MAS en sus inicios, en una campaña por la legalización de la hoja de coca. Hoy su postura es de crítica radical y puede leerse en un artículo que escribió y cuyo título anticipa el argumento: “Mito y desarrollo en Bolivia. El giro colonial del gobierno del MAS”.


Hay que discutir lo que se obtura. Por ejemplo, qué sería “una versión propia del desarrollo, casi como una economía del deseo. Una suerte de empate entre lo que se tiene y lo que se desea”. Silvia cuenta cómo la noción de Buen Vivir es parte de un aforismo más amplio, que le pone exigencias concretas y que impide reducirlo a una fórmula sencilla o gubernamental. Además, el deseo de cambio y “en general el deseo colectivo está fuera de todo realismo tal como se presenta desde el poder. Esa es la brasa que hay que cuidar”.


[1] Gunnar Mendoza Loza, director del Archivo Nacional de Bolivia, acuñó esta idea para definir el “núcleo primordial del oficio” de investigar. Su trabajo será publicado a fines de este año en el volumen Desde los márgenes. Pensadorxs bolivianxs de la diáspora, CLACSO (colección Antologías del Pensamiento Crítico Latinoamericano), antologado por Silvia Rivera Cusicanqui y Virginia Aillón.

 

Verónica Gago
18 junio 2017 0

 

Publicado enCultura
Lunes, 05 Junio 2017 06:36

Mi posición sobre Venezuela

Mi posición sobre Venezuela

Sigo solidario con la Revolución Bolivariana, pero ser solidario no significa no poder ser solidariamente crítico. La posición opuesta nos ha llevado a cometer muchos errores en el pasado. Como es público, he sido solidariamente crítico con la Revolución Ciudadana de Ecuador, pero no tuve ninguna duda en manifestar mi apoyo a Lenín Moreno.
Los intelectuales tienen un pecado original: traicionan las causas con mucha facilidad. Hay dos maneras de traicionar: criticar demasiado temprano cuando los procesos transformadores están en su primera fase ascendente; no criticar cuando las señales son evidentes de que los procesos transformadores no van bien.


Las cosas no van bien en Venezuela debido a una intervención grosera del imperialismo norteamericano y a muchos errores cometidos por los líderes políticos en tiempos recientes. Al firmar el documento pidiendo el fin de la violencia en las calles, busco manifestar mi apoyo al proceso bolivariano. Quiero que en la Revolución Bolivariana quepan ideas y personas como de Edgardo Lander, un intelectual y un activista que ha estado en todas las luchas de izquierda en los últimos 20 años (desde que lo conozco). No acepto que lo consideren reaccionario por presidir la mesa de la rueda de prensa en contra la violencia en la calle, una mesa donde estaba un exministro del presidente Chávez.


Quiero una Revolución Bolivariana donde quepan las aspiraciones de los pueblos indígenas y el grito en su favor del grande intelectual-activista indígena José Ángel Quintero Weir.


En el conjunto de organizaciones que se unirán por el fin de la violencia en las calles, hay mucha gente que no considero nuestra aliada. Al contrario, son nuestros adversarios. Tampoco estoy de acuerdo con algunas críticas a los actos recientes del gobierno del presidente Maduro porque es de sobra conocido el bloqueo que la Asamblea Legislativa ha decidido en relación a los actos del gobierno legítimo. Pero lo importante del documento es la búsqueda de una convergencia mínima: parar la violencia en la calle de modo a impedir la intervención militar estadounidense que está en preparación. Tal intervención tendrá consecuencias profundas para toda América Latina, comenzando por Cuba.


Esto es lo que me mueve. Puedo estar equivocado, pero considero que esta es la mejor manera de defender la Revolución Bolivariana.

Publicado enPolítica
Sábado, 20 Mayo 2017 06:22

La biblioteca de mis errores

La biblioteca de mis errores

Nosotros los comunistas teníamos una imagen idealizada de los estados socialistas, porque buscábamos la justicia y la igualdad de oportunidades para nuestras sociedades, la alemana tanto como las latinoamericanas. En el camino a su realización nos conformamos con la falta de libertades; no quedaba otro camino. Fue un error fatal.

Si hubieran sido sólo mis errores, no tendría sentido recordarlos. Compartirían la tumba conmigo y mis verdades. Sin embargo, los compartí con millones de personas; este hecho no reduce su importancia, y si se dividieran entre todos esos millones, tampoco disminuiría su peso.


No todo lo relacionado con los errores que se cometen por falta de comprensión, pero de buena fe, es necesariamente negativo. [...] La verdad puede quedar muy cerca del error.


Nosotros los comunistas teníamos una imagen idealizada de los estados socialistas, porque buscábamos la justicia y la igualdad de oportunidades para nuestras sociedades, la alemana tanto como las latinoamericanas. En el camino a su realización nos conformamos con la falta de libertades; no quedaba otro camino. Fue un error fatal, y sin embargo, se trataba de un objetivo honorable. Lo mismo valía para nuestras actividades: el trabajo por los derechos laborales y sociales, por los derechos humanos en nuestros países, por los postergados y privados de sus derechos por la economía y sociedad capitalistas.


Nos inspiraba un ejemplo [...] que, más adelante, se reveló como cualquier cosa menos ejemplar. Sin embargo, fue un error fecundo que nos impulsó a trabajar por el bien, a menudo más que quienes reconocieron la verdad y, frustrados por la constatación de lo inalcanzable de los ideales, dejaron de comprometerse.

El espejismo, por más espejismo que sea, es capaz de fortalecer la voluntad de sobrevivir del sediento hasta llegar al oasis. O puede ser“una parte de esa fuerza que siempre quiere el mal y siempre hace el bien”de la que habla Mefistófeles. Pero no debe ser una justificación. Cuando se reconozca lo erróneo del espejismo, ya no se debe insistir; hay que corregir. Este es mi punto de partida.

 

TOMO I.

Perspectiva equivocada. No me enorgullezco de ella, pero no estoy seguro de que no volvería a cometer el mismo error [...].


No voy a renegar de lo siguiente: determinados momentos de la historia, hitos que marcan un antes y después, justifican los máximos esfuerzos y la entrega plena. Y para quienes decidan unir su vida a la idea de la revolución, pueden significar la entrega hasta la muerte. En los sesenta del siglo pasado pensamos que había llegado la hora. Fueron años de efervescencia en todo el mundo. Estados Unidos, la potencia de mayor poder económico y militar del mundo, sufría derrotas a manos de pequeños pueblos anteriormente colonizados, como Vietnam y Corea, y sus legionarios quedaron cubiertos por la arena cubana. En Europa, 1968 marcó el punto culminante de la rebelión en los países capitalistas y socialistas: el mayo francés, y la primavera de Praga. Paralelamente en América Latina la confrontación entre las oligarquías apoyadas por Estados Unidos y las clases bajas escaló en luchas sindicales, estados de excepción y la militarización de la vida pública.


Quien compartía la posición de los suyos y las suyas como trabajador/a, como estudiante o como ciudadano o ciudadana progresista, no podía quedar al margen. Y sin embargo, nos equivocamos y yo me equivoqué. No había llegado la hora de la emancipación, y menos aún de la revolución. Nos encontramos en una larga, desesperada batalla de retirada. A la sombra de la Guerra Fría la alternativa estaba mal formulada, y los frentes en los que nos veíamos luchar no eran reales. No se trataba de capitalismo o socialismo, porque el capitalismo, si bien atravesaba una grave crisis, todavía conservaba reservas y potenciales enormes, mientras la vitalidad y perspectiva de futuro del ejemplo del socialismo representado por la Unión Soviética existía tan sólo en nuestra ficción.


***


Si en aquel momento hubiéramos sido más humildes, si en lugar de querer avanzar hacia la revolución hubiéramos trabajado por evitar el desmantelamiento de la democracia, para revitalizarla y profundizarla a través de elementos sociales y participativos, a lo mejor hubiéramos logrado evitar lo peor: los años de plomo de las dictaduras militares de América Latina. Un proyecto de esas características hubiera contado con el respaldo de un frente amplio, incluido una parte de las capas medias.


Pero no todo ha sido en vano. Aquellas derrotas sentaron las bases sobre las cuales se construyeron los avances hacia nuevas conquistas. Sin embargo, me pregunto: ¿de haber sabido que aún los tiempos no estaban maduros para el socialismo, nos hubiéramos comprometido con la misma entrega absoluta y la misma disposición al sacrificio?


Con esto no quiero menospreciar la lucha en defensa de la democracia. Porque todos los desafíos a los que la historia nos expone en el transcurso de la liberación humana tienen la misma importancia en el momento de su decisión. Por cierto, la apreciación errónea de aquella situación fue, con seguridad, también el resultado de una concepción de la libertad y la democracia esencialmente enfocada a lo social y lo económico. Formaba parte de esa mentalidad la connotación peyorativa de la “democracia burguesa”. Aprendimos a apreciarla recién cuando la habíamos perdido.


Este error –que compartía– se complementó con otro. Siendo joven, antes de haberme casado, estaba en condiciones de asumir lo desmesurado de mi compromiso y de hacerme cargo yo solo de sus consecuencias, como lo había hecho en la Alemania nazi a la edad de 17 años, sin involucrar a nadie más. Sin embargo en Uruguay tenía familia. Mi segundo error –cometido por irresponsable o egocéntrico– fue ignorar cómo esto impactaba en la vida de mis familiares directos.


TOMO II.

Cuando falta la libertad. Mis errores no comenzaron en Uruguay. Por el contrario, de alguna manera fueron la continuación de aquellos que había cometido en la Alemania de la República de Weimar. Y como hablamos de política, se sobreentiende que estuvieron relacionados con las masas, con el aspecto colectivo. Esto no significa que se exima a nadie de su cuotaparte de la responsabilidad que le cabe: ¡nadie me obligaba a seguir a los demás! Ahí pesaba, sin duda, la confianza depositada en quienes estaban al frente, en quienes sin duda tenían una mejor visión de conjunto, ya que no se puede captar el panorama completo desde abajo. [...]


Veamos un ejemplo. En los años 1936 a 1938, cuando en Moscú se llevaban a cabo los juicios contra Zinoviev, Kamenev y, más adelante, Radek y otros, varios escritores progresistas justificaron las asombrosas acusaciones del fiscal. Décadas más tarde se les reprochó que debían saberlo mejor; que no se les debía haber escapado a Heinrich Mann y Lion Feuchtwanger –ambos asistieron a los juicios de brujas de Moscú contra los líderes de la revolución de octubre– que se trataba de una puesta en escena cuidadosamente orquestada, porque autoinculpaciones tan histéricas que culminarían en la muerte eran contra natura. Sólo se explicaban a partir de condiciones inhumanas y fuera de lo normal [...].


De forma similar, aunque esta vez en el Uruguay de los noventa, muchos de los nuestros acusaron a los líderes del Partido Comunista, que se habían exilado en Moscú, Praga o Berlín Oriental durante la dictadura militar, de haber silenciado la verdad sobre los países del socialismo real y de habernos mentido a conciencia.


Sin embargo, se necesitan dos para que el ocultamiento y la mentira política funcionen. [...] Fue el derrumbe del supuestamente “único socialismo posible, por haber sido realizado” lo que nos abrió los ojos.


***


Yo también me movía sobre terreno resbaladizo. Si bien no idolatraba a Stalin ni dejé de darme cuenta –con una sensación de malestar– de los disparates de unos gobernantes y burócratas mezquinos, no dejé de pensar que ahí estaban las semillas de la nueva sociedad, que éstas en parte ya habían empezado a germinar, por lo que se necesitaban apenas algunas reformas democráticas para que estallaran en flor. Sigo pensando que algunas condiciones estaban dadas, y que quizás continúen existiendo en Cuba. Pero pienso también [...] que los componentes sin duda positivos de los sistemas de salud y educación por sí solos no hacen justicia a los derechos de niños y mujeres, ni al equilibrio social, que no ofrecen ninguna visión de futuro sin la participación y la co decisión de la ciudadanía. A esto sirven las libertades tradicionales [...] mientras no se usen en detrimento de los demás, como en los casos de la libertad empresarial en la “economía libre de mercado” y el “libre comercio” en tiempos de una globalización plenamente desarrollada [...].


Mientras la sociedad civil y los gobiernos se abstengan de regular esas “libertades”, el abismo entre la riqueza y la pobreza se agrandará. Y bajo el impulso de la caza de la mayor ganancia las guerras y las debacles ambientales alcanzan dimensiones apocalípticas.


Sin embargo, el hecho de tomar conciencia de las libertades del capital no nos debe llevar a no reconocer lo indispensable de las libertades de la persona. Justamente estas libertades estaban ausentes en los países socialistas, que fueron también mi punto de referencia. El hecho de que en los años veinte la Unión Soviética se convirtiera en mi punto de referencia, al igual que para millones de personas de todo el mundo, no debía sorprender en un país que había pasado por una guerra devastadora y por la hiperinflación, y poco después se hundía en su crisis económica más grave. [...]


En cambio, quienes buscamos una salida al fatídico círcu­lo capitalista nos orientamos a la victoriosa revolución rusa. Nos marcó y nos inspiró a intentar una nueva revolución en Alemania. Esto estaba bien. Pero el hecho de que copiamos el camino soviético y su modelo, no lo estaba.


Desde mi conciencia compartía lo expuesto sólo en parte, porque en aquel momento militaba en la Juventud Comunista de Oposición (Kommunistische Jugend, Opposition –Kjo–), una escisión del Partido Comunista (Kpd, por su sigla en alemán).1 Nosotros favorecimos una estrategia diferente para Alemania, porque a nuestro juicio –a diferencia del del Kpd– no estábamos en los umbrales de una revolución socialista, sino, por el contrario, ante la amenaza de una contrarrevolución fascista. Por lo tanto contamos a los socialdemócratas entre nuestros posibles aliados, no entre los adversarios o enemigos. Aun así, la Unión Soviética fue un faro de esperanza para nosotros, y también para mí. También pensamos que en la controversia entre Rosa Luxemburgo y Lenin, cuyo eje había sido justamente la cuestión de la democracia, la razón estaba con Lenin.


Efectivamente, en la Unión Soviética existía el socialismo –de la forma que fuera–, pero en Alemania, nada. Sin embargo, el sistema soviético terminó colapsando, Rosa tenía razón.


Sin ánimo de rendir culto al ahistórico lugar común “Bien está, lo que bien acaba” y su contraparte “Mal está, lo que mal acaba”, decidí –tarde, pero al fin– revisar críticamente las decisiones de Lenin desde la revolución de febrero de 19172 hasta su temprana muerte en 1924. Fue un genio de la historia mundial que supo orientarse a un objetivo ciertamente lejano e ideal, pero con una sólida base científica-social en el contexto de un entorno duro que se oponía. En este camino reaccionó con asombrosa velocidad a los cambios en el mundo y en su país, pero también a sus propios errores


Los fines no justifican los medios, y los motivos echan sus luces y sombras sobre el objetivo trazado. Pero también es cierto que este objetivo no se alcanza sin la gesta valiente que remueve los obstáculos; de lo contrario, todo queda a nivel de un deseo bien intencionado, sin que nada cambie. “Nosotros que quisimos preparar el camino para la bondad, no pudimos ser bondadosos”, escribía Brecht y pidió “indulgencia”. Por esto hay que ponderar qué acción nos hará avanzar, sin convertirse en obstáculo al paso siguiente. Dicho de otra forma: ¿qué acto, por más que signifique un retraso, dejará el camino despejado hacia los pasos que nos permiten avanzar? Un ejemplo sería la nueva política económica (Nep, por su sigla en ruso) entre 1921 y el primer plan quinquenal de 1928.3 A lo mejor no existen recetas universales con respecto a la relación más apropiada entre la respuesta inmediata a la realidad y el impacto de esa respuesta a largo plazo sobre el desarrollo social; lo cierto es que la libertad y la democracia cumplen un papel importante como puente entre el hoy y el mañana. [...]


A pesar de la violencia que suele formar parte de una revolución, hasta el atentado contra Lenin4 fue poca la sangre derramada durante la revolución rusa de 1917, y las libertades civiles sufrían pocas restricciones. Pero los disparos contra el líder de la revolución fueron más que un episodio. Detrás de ellos se escondía la contrarrevolución latente de las clases feudales y burguesas que habían sido expulsadas del poder. Sin embargo, fue desmesurado el “terror rojo” que se desencadenó seguidamente, no tanto por su intento de contener la amenaza potencial a través del terror, sino por su impacto sobre amplios grupos de la población y, más específicamente, sobre los intelectuales.


La revolución desalentó a grupos que fueron indispensables para la construcción material y cultural del país. En los hechos, la represión genera un efecto doble: si bien bloquea la oposición al régimen, también paraliza las fuerzas creativas para la construcción del sistema. El lema posterior, “el socialismo es el poder soviético más electricidad”, es un fiel reflejo del menosprecio del ser humano en una ecuación, donde el progreso dependía exclusivamente del poder del Estado y la técnica [...]


Esta contradicción entre los objetivos humanistas de los comienzos y los medios represivos se profundizó con el tiempo. Lo que en los tiempos de Lenin habían sido medidas de emergencia bajo circunstancias extraordinarias, se convirtió bajo Stalin en una virtud universal en todos los niveles y en todo momento. En la concepción de Lenin el camino elegido abría las puertas hacia el objetivo del socialismo a largo plazo [...]. Stalin en cambio, al promulgar la “Constitución socialista” definitiva (en 1936), mientras hizo fusilar a la vieja guardia de la revolución, congeló cualquier evolución posterior y liquidó la conciencia revolucionaria por completo. Desde entonces no quedaba más que la rutina diaria [...]. El socialismo quedaba reducido a cantidades que se medían en las estadísticas de la producción de bienes. Por esta vía la Unión Soviética alcanzó altos niveles de desarrollo industrial y tecnológico que se plasmaban en enormes avances durante la primera mitad del siglo XX, aunque luego dieron paso al estancamiento en la segunda mitad del siglo, en la era de la tercera revolución industrial.


Sin embargo, debemos preguntarnos cómo fue posible que nosotros –en el mundo occidental– consideráramos ejemplar ese modelo de desarrollo, que tomáramos ese socialismo de Estado como universal y como camino hacia la emancipación de la humanidad, como si fuera la única alternativa imaginable a la sociedad explotadora y represora capitalista.


Es cierto, no había alternativa real existente. Los estados eran “socialistas” o “capitalistas”. ¿Se nos escaparon los déficits sociales y humanos? Se podía pensar en otros modelos sociales, a pesar de su “inexistencia”. ¿Pensamos que su realización sería imposible?


En realidad, fue así. Porque el capitalismo no sólo detentaba el poder económico, sino que dominaba también la opinión pública. Más allá de la influencia política que sus medios ejercían sobre la mayoría de la población, ayudó a internalizar al régimen social como el único posible y natural. Fijó además la educación predominante en las familias y las escuelas de cada persona: que el mundo, tal como estaba, no debía ser transformado. Para romper ese muro de la normalidad predominante se necesitaba una potencia del mismo peso. Esa potencia debía ser tan radical como el poder del sistema existente que permeaba todos los niveles de la vida. La historia de las revoluciones parecía darle la razón a este razonamiento. Jamás una clase dominante se había retirado sin haber empleado con toda brutalidad la totalidad de los medios a su alcance. Desde siempre, la historia de los pueblos había sido una historia de luchas más o menos brutales. Y donde hay violencia no cabe la libertad. Sin embargo, ante lo inevitable de la revolución, cabe preguntarse lo siguiente: ¿se puede poner un punto final a una época revolucionaria? ¿Y, a partir de qué momento las personas internalizan las nuevas relaciones, al mismo punto en que lo habían hecho con las anteriores? Así la violencia podría amainar, y el potencial creativo del nuevo sistema tendría la libertad para desplegarse plenamente.


A la revolución estadounidense le alcanzaron pocas décadas para consolidarse como la nueva normalidad, la revolución francesa necesitó algo más de tiempo. Sin embargo, la rusa pareció haber necesitado cada vez más represión. ¿Habrá sido así por la radicalidad más profunda de los cambios y el contraste mayor con el resto del mundo? Nosotros lo interpretamos en ese sentido, y esta justificación desacreditaría a esta revolución y a todas las que vendrían. Si nuestra interpretación se ajustaba a la realidad, por mucho tiempo no habría lugar para la libertad.


Lo aceptamos, y lo llamamos “dialéctica”. No había otra manera de transformar los sistemas milenarios de clase con sus guerras y conflictos inevitables en una sociedad sin amos ni siervos.


Sin embargo, no tuvimos en cuenta que no sólo era necesario que el antiguo régimen se tornara insoportable para la mayoría de la población [...]; para construir y respetar el nuevo régimen también se necesita una mayoría. No es lo mismo: el “hombre nuevo” no nace con la revolución; con suerte podrá evolucionar a partir de ella. Pero la coacción, del tipo que sea, no crea seres humanos mejores, sino seres sumisos.


Ese dilema entre el objetivo de la justicia social y la represión del ancien régime condujo al establecimiento de un aparato estatal jerárquico, que se establecía al poco tiempo como nuevo gobernante y clase privilegiada. Que no lo viéramos, se debía a nuestro –mi– error de no reconocer a la democracia como condición indispensable del progreso social.

 

TOMO III.

Como la luz del sol en el prisma... lleno de colores. Me resultó más fácil corregir otros errores, no se necesitaba el derrumbe de una potencia mundial para hacerlo.


Desde mi infancia he sido un aficionado a los libros. A esto se agregó más adelante que el ruido de la fábrica me causó problemas auditivos, por lo que recurría cada vez más a la palabra escrita que a la hablada para informarme sobre el mundo. Probablemente sea por esta razón que tomaba buena parte de lo leído literalmente. Fue así en lo relacionado con la sexualidad –como joven había leído las obras de Van der Velde, pero también de Wilhelm Reich–5 lo que no funcionaba del todo, cuando lo tomé demasiado literal, pero también con lo que había leído en Marx, negro sobre blanco, como suele presentarse todo lo impreso, cuando la realidad está llena de muchas tonalidades de gris y también de mucho color.


Por lo tanto, antes de llegar a Uruguay, donde no me quedaba otra opción que valerme por mí mismo, tenía una visión muy esquemática de las cosas y confiaba mucho en la lógica que se presenta muy lineal e inequívoca en la teoría y, en general, en todo lo escrito. Pero la vida fue más compleja. Comprendí rápidamente que siempre se juntan varios factores y que se debe tener en cuenta las situaciones concretas, incluso cuando se avanza hacia un objetivo. [...]


Otro aspecto que corregí más adelante fue mi fascinación por el determinismo. Todo debía ser determinado, y al principio en la forma más primitiva. Me impresionaba sobre todo un cuento de Mark Twain, “El extraño misterioso”, que trata de un juicio de brujas en la profunda Edad Media. Lo que me fascinaba más que los hechos en sí, era la inexorable coherencia lógica de la sucesión de los acontecimientos, la cadena de causas y efectos que no podía desembocar en un final distinto al descrito. Un solo aspecto de la larga secuencia habría cambiado el resultado. De la misma manera entendí la realización de una sociedad socialista como el fin último de un proceso histórico predeterminado de antemano.


Las derrotas, tanto personales como políticas, me dejaron pensando, pero como la fe en el progreso se había convertido en un credo [...] seguía sin dudar de la causalidad de todos los hechos.


***


Empecé a cambiar mi modo de pensar recién después de leer la Dialéctica sin dogma, de Robert Havemann, y cuando conocí el principio de incertidumbre, de Heisenberg; la indeterminación de la simultaneidad, de Einstein; y la noción hegeliana de la coincidencia como categoría objetiva. Efectivamente, si en la naturaleza inanimada o en su análisis científico por la física y la química no todo era posible, pero cada causa podía conllevar dos o tres consecuencias, y si en situaciones límite prevalecía la probabilidad por sobre la determinación, cuánto más debía aplicar todo esto a la naturaleza animada y, más aun, a la sociedad humana. De ahí concluye Havemann: “No existe el futuro, nosotros lo construimos”.


Y Rosa Luxemburgo planteó la alternativa: “socialismo o barbarie”. Ya conocemos la barbarie. Hoy en día muchos se esfuerzan por lograr una convivencia más humana, pero los poderosos –y no solamente ellos– se oponen. Lo que hoy está en juego ante las amenazas bélicas y ambientales es la supervivencia. En esta contienda aún no se ha dicho la última palabra, el resultado dependerá de nosotros. 

 

  1. La Kjo fue la organización juvenil del Partido Comunista Alemán – Oposición (Kommunistische Partei Deutschlands – Opposition –Kpo–), que defendía la formación de un frente unido de todos los partidos trabajadores contra la amenaza fascista.
  2. A fines de febrero de 1917 se puso fin a la monarquía rusa y se formó un gobierno provisorio bajo la conducción de los mencheviques socialdemócratas que fue derrocado por los bolcheviques bajo la conducción de Lenin en la revolución de octubre.
  3. Posteriormente al comunismo de guerra de los años 1917 a 1921, la Nep ofrecía más espacio a las iniciativas económicas del sector privado para mejorar el abastecimiento, hasta que se implementó la nacionalización de todas las áreas de la economía a partir de 1928.
  4. En agosto de 1918 dos balas hirieron a Lenin gravemente. La anarquista y revolucionaria social Fanny Kaplán fue acusada de haber cometido el atentado y fusilada sin proceso judicial.
  5. La Trilogía sobre la felicidad matrimonial, del reformador sexual holandés Theodor Hendrik van der Velde, y La revolución sexual, del psicoanalista austríaco Wilhelm Reich, fueron trabajos revolucionarios de la pedagogía sexual de los años veinte, al igual que los trabajos de Max Hodann y Magnus Hirsch­feld. Las notas al pie son de Gert Eisenbürger.         

(Traducción del alemán: Dieter Schonebohw)

Publicado enPolítica
El desafío de la izquierda, no callar

Cuando cayeron los gobiernos de muerte y opresión que se impusieron en Latinoamérica hasta fines del siglo XX, nos quedamos todos –finalmente, sobrevivientes– con al menos dos certezas: una, en torno a los valores irrenunciables de la democracia; otra, la defensa de los derechos humanos. Democracia como respuesta a la tragedia del poder concentrado y la discrecionalidad bruta, la decisión en manos de algunos iluminados que dicen actuar en nuestro nombre. Derechos humanos, como respuesta a la tragedia de que algunos, con la excusa de estar velando por nuestros intereses, persigan al que piensa diferente, o se muestren capaces de herir de muerte a quienes se le opongan.


El compromiso con la democracia que nos enseñó a sangre y muerte la dictadura no requiere de nosotros el resignarnos al sometimiento con elecciones: no hablamos de democracia en el sentido leve, superficial o “formal” de “otro que decide por nosotros, no importa lo que queramos o hayamos votado”. Hablamos de democracia, en fin, en el sentido elemental de elecciones periódicas, con gente en las calles, acuerdos y disensos que se forjan a través de disputas continuas, en donde tenemos la posibilidad de escucharnos mutuamente, para luego dirimir nuestras peleas en las urnas. Por su parte, el compromiso con los derechos humanos es el que pone el piso, la base mínima e innegociable del respeto mutuo, que impide la tortura, la muerte del oponente, la resolución de nuestros conflictos a los tiros.


En la Venezuela de hoy existen tres elementos negativos que, aun estando presentes en la gestión de Hugo Chávez, se han profundizado de manera dramática bajo la gestión de Maduro, y nos advierten sobre los peligros que afrontan la democracia y los derechos humanos. El primero tiene que ver con la concentración del poder en el ejecutivo, en un contexto de quiebre de la hegemonía electoral del chavismo. Más allá del carácter siempre controversial de la oposición antichavista, de lo que digan ciertas derechas unidimensionales u oportunistas, el caso es que objetivamente hablando el proceso de pérdida de la mayoría electoral del chavismo generó una respuesta de no-reconocimiento y de deriva autoritaria cada vez mayor por parte del gobierno de Maduro.


Esta dinámica que arrancó a partir del desconocimiento por parte del ejecutivo de otras ramas del poder (la Asamblea Legislativa) donde la oposición hoy cuenta con la mayoría, luego del triunfo en las elecciones de diciembre de 2015, se fue agravando y potenciando exponencialmente con el posterior bloqueo y postergación del referéndum revocatorio –una herramienta democratizadora introducida por la propia constitución chavista–, la postergación de las elecciones a gobernador el pasado año, hasta llegar el reciente y fallido autogolpe del ejecutivo. Todo ello generó un nuevo escenario político, marcado por la violencia y la ingobernabilidad, cuyas consecuencias dramáticas aparecen ilustradas en el incremento diario de víctimas que arrojan los enfrentamientos entre la oposición y las fuerzas gubernamentales, en un marco de represión institucional cada vez mayor.


A esto hay que añadir un elemento regresivo más, vinculado a la crisis económica producida por la caída del precio del petróleo. Uno de ellos es la consolidación de un Estado rentista, que hoy se manifiesta de diferentes maneras: desde la incapacidad para producir bienes básicos para la población y la destrucción del tejido productivo en un contexto de desabastecimiento; hasta el incremento sideral de la corrupción que atraviesa importantes sectores de las clases gobernantes (lo cual incluye militares, hoy en altos puestos y gobernaciones). Otro es la radicalización del extractivismo, pues en su desesperada búsqueda de divisas, el gobierno de Maduro abrió a la explotación megaminera casi 112 mil kilómetros cuadrados, 12% del territorio nacional, creando una Nueva Zona de Desarrollo Estratégico Nacional “Arco Minero del Orinoco, por lo cual suscribió alianzas y acuerdos con diferentes empresas transnacionales (chinas, rusas, entre otras), cuyo contenido se desconoce, pues el decreto de estado de excepción y emergencia económica permite que las contrataciones puedan tener discrecionalidad y no requieran la autorización de la Asamblea Nacional.


En suma, más allá de la lectura que hagamos del gobierno de Hugo Chávez, el proceso de mutación política sufrida en los últimos años es un hecho. Como subraya Edgardo Lander, reconocido intelectual de izquierda venezolano, al que pocos podrían calificar de antichavista, se han acentuado los peores rasgos que estaban presentes en Chávez, mientras han desaparecido aquellos otros elementos positivos de aquel gobierno, que apuntaban a un empoderamiento de las organizaciones sociales y de la democracia participativa. En consecuencia, es necesario reconocer que la Venezuela de 2017 nos enfrenta a un régimen crecientemente deslegitimado y autoritario, con una crisis generalizada que atraviesa todos los estratos sociales y afecta el conjunto de la vida política, social y económica.


En esta línea crítica, el propio Lander lanzó hace poco más de un mes una suerte de llamado a sus colegas reprochando el apoyo incondicional de las izquierdas de la región al chavismo, lo cual habría reforzado desde su punto de vista las tendencias negativas del proceso. Desde nuestra perspectiva, como intelectuales latinoamericanos y de izquierda, debemos asumir ese desafío. Hablar de Venezuela significa decir, no callar. Hablar alto y claro, al menos hasta que se asegure otra vez que nadie muere por pensar distinto. Hablar alto y claro hasta que no haya dudas de que las disputas deben resolverse, finalmente, a través de las urnas, entendiendo que enfrente no están los enemigos sino los que no piensan como nosotros, pero que en lo que importa son iguales a nosotros: seres humanos dignos, que piensan y sienten y sufren y se emocionan, y que merecen, como nosotros, igual consideración y respeto.

Publicado enCultura
Viernes, 17 Marzo 2017 06:34

Tres despachos sobre György Lukács

Tres despachos sobre György Lukács

El acontecimiento. A sus treinta y tantos años, György Lukács (1885-1971) –ya un establecido historiador de literatura– llega al marxismo y comunismo no vía la Segunda Internacional ["la encarnación del positivismo determinista y oportunismo político"], sino mediante el idealismo y sindicalismo, y no tanto mediante la lectura de sus teóricos (apenas conoce El capital), sino por la revolución misma ["una ventana hacia el futuro"] (My road to Marx, 1933). Esto hace toda la diferencia del mundo. Su heterodoxia temprana y la mezcla del entusiasmo por la revolución rusa (1917) y del sabor de la derrota a raíz de la caída de la efímera República Soviética Húngara (marzo-agosto/1919) –en la que es comisario político en el frente y luego comisario popular de la educación– dan a luz una obra singular: Historia y conciencia de clase [HyCC] (1923). Su aparición es “uno de los pocos auténticos ‘acontecimientos’ en la historia del marxismo” (S. Zizek dixit). Igual que Karl Korsch, pero con más erudición, el "joven Lukács" se propone salvar a Marx de la bastardización socialdemócrata que permea hasta las filas bolcheviques: recupera su dialéctica y [re]introduce el concepto de la reificación. Pero su timing es fatal. La revolución está en retirada y en vías de osificación. Atacada desde el Comintern (Zinoviev, Kun, Deborin, Rudas) por su "revisionismo teórico", HyCC acaba en el índex estalinista (y con fama del "texto fundacional" del marxismo occidental, que separa la organización política del análisis social). Si bien se cree que pronto y sin una palabra Lukács se distancia de lo que es su opus magnum y acaba rechazándolo hasta sus últimos días (¡sic!) –véase el prólogo a la ed. francesa (1960) y el epílogo a la ed. de 1967–, "perdiendo más de lo que gana en cambio", a finales de los 90 en Moscú aparece un largo y nunca mencionado por él ensayo Seguidismo y dialéctica [SyD] (¿1925-6?), en el que defiende apasionadamente sus ideas. Este "eslabón perdido" (M. Löwy dixit, goo.gl/MWudFb) precisa algunos puntos en HyCC (J. Rees, en: Tailism and the dialectic, 2000, p. 27-30) salva al texto de las malas lecturas) –estalinismo/marxismo occidental– y resalta su singularidad.

 

De Lenin a Stalin. Uno de los objetivos de HyCC es desarrollar la base filosófica para el partido leninista. Lukács logra incluso lo que no logra Lenin: salir del atolladero teórico y vincular la estrategia revolucionaria y organizativa del partido con el corazón del pensamiento de Marx (la alienación). Este vínculo –por años desapercibido, pero innegable a la luz de SyD– con la lucha política y su perspectiva leninista es la “histórica incomprensión de HyCC desde el marxismo” (F. Jameson dixit). Lukács prolonga este análisis en Lenin: la coherencia de un pensamiento (1924), enfatizando las principales lecciones del revolucionario ruso: su insistencia en "abrazar el momento" (Augenblick) y rechazo a la noción de "fases objetivas" (el tema de subjetividad/objetividad y la inclinación por el primero le resultan cruciales para explicar el fracaso de la revolución húngara, que cae por los golpes de la Entente y la contrarrevolución del almirante Horthy (1920-1944), pero sobre todo por sus propios errores (goo.gl/zZgVSl). Tal vez de haberlo leído Lenin habría rechazado a HyCC por su "ultra-izquierdismo/infantilismo" (aunque según Löwy los ensayos que la componen fueron rescritos justo para borrar sus vestigios, G. L.: from romanticism to bolchevism, 1979, p. 11-25). Esa es la suerte del único texto lukacsiano que sí alcanza a leer, uno sobre el parlamentarismo (Lukács, Tactics and ethics: 1919-1929, 2013, p. 53-63), lo que no quita el hecho que "el joven Lukács" sea el "máximo filosofo del leninismo" (S. Zizek, Tailism..., p. 179). Pero con Lenin muerto (1924) y la ventana de la revolución cerrándose, Lukács entra en su "fase termidoriana". Se abraza con los que pisotean a HyCC e incluso defiende la tesis del "socialismo en un solo país": "igual que la ola alta lo lleva a la revolución de Lenin, el reflujo lo arrastra a la contrarrevolución de Stalin" (J. Rees..., p. 32).

 

La extinción. Después de la caída de la revolución, Lukács se queda en Budapest para reorganizar el partido comunista. Es una tarea fútil (R. L. Tökés, Béla Kun and the Hungarian Soviet Republic, 1967, p. 45). En Hungría reina el "terror blanco": unas 5 mil personas quedan ejecutadas (comunistas y judíos sin importar sus preferencias políticas). Decenas de miles acaban en el exilio. Lukács por poco huye a Viena (allí luego escribe HyCC). Hoy las fuerzas de la reacción están otra vez detrás de él: ordenan el cierre del Archivo Lukács localizado en su vieja casa en las orillas del Danubio, que se ocupa de sus escritos (RS 21, 14/3/16) y la remoción de una sobria estatua de él (1985) de uno de los parques (Look Left, 7/2/17). Fidesz, el derechista partido gobernante, está obsesionado con "Lukács-el comunista". Jobbik, su aliado, el partido neonazi, está obsesionado con "Lukács-el judío", la encarnación de la fantasía del "judeobolchevismo". En principio, los que ya poblaron el país con los monumentos de Horthy, el posterior aliado de Hitler, quieren sustituir la estatua de Lukács por la de B. Hóman (1885-1951), historiador e "intelectual orgánico" del fascismo húngaro [las Flechas Cruzadas] uno de los arquitectos de las leyes antijudías de los años 30/40. Al final se conforman con la de Esteban I (975-1038), el rey y el santo.

 

Coda. Desde luego que en el centenario de la revolución (1917-2017) hay que estar "atentos a sus lecciones", sólo que mirando desde la ventana de Mitteleuropa –donde ésta fue parada y condenada a su degeneración– todo se parece no a 1917, sino a 1919 (o a los 20), con:

 

i) la omnipresente glorificación de las más oscuras fuerzas del periodo de entreguerras (su ultranacionalismo y racismo abierto).

ii) un largo –de casi 100 años– y triunfal abrazo entre el protofascismo (los "Blancos") y el posfascismo (Jobbik, et al.), mientras la izquierda aún no se recupera después de lo de 1989.

iii) Y la hegemonía intelectual del anticomunismo (véase a Kolakowski, que lee HyCC sólo para buscar las "semillas de totalitarismo", Las principales corrientes del marxismo, 1974, t. III, p. 249-299).

Y no es por ser un aguafiestas. Es por captar bien el Zeitgeist.

 

Por Maciek Wisniewski *Periodista polaco

Twitter: @MaciekWizz

Publicado enPolítica
Foto: Francisco Kovacik

 

Se define de izquierda sin renegar de su pasado en el Partido Comunista pro chino, valora la obra de Evo Morales y Lula, critica al kirchnerismo y considera pobre al macrismo. En diálogo con Brecha, la ensayista argentina Beatriz Sarlo analiza el fenómeno de los empresarios políticos y rescata a la nueva izquierda intelectual europea.

 

 

—¿Qué debiéramos entender por progresismo hoy?

—Es un concepto que está en crisis, y creo que los llamados “progresismos latinoamericanos” pusieron en crisis el concepto de progresismo. Porque tendríamos que discutir largamente si la suma de un conjunto de políticas contradictorias produce progresismo como si fuera una suma algebraica. Uno podría decir que Hugo Chávez es inocente de Nicolás Maduro, pero yo no acepto eso. Si bien Chávez era una figura continental con grandes cualidades interesantes, no se puede olvidar que él construyó esa sucesión por su personalismo, y porque fue insensible al aspecto democrático de un gobierno progresista. Chávez fue el castrista de los castristas en América Latina.

—Entonces habría que introducir el concepto de caudillismo para entender esa forma del progresismo.

—No todo lo cubre el populismo. Chávez encontró en Cuba lo que él pensó que solucionaba o que enfrentaba de una manera decisiva el poder del imperialismo yanqui en América Latina. Eso en primer lugar es una equivocación. Porque Cuba si bien supo defender heroicamente su territorio en la década de 1960, no es un modelo de independencia política frente al imperialismo. Sobre todo por todo lo que se entrega por el camino. Más allá de esto hubo casos muy interesantes en América Latina de nuevas formas de progresismo o cultural-progresismo.

—¿Por ejemplo?

—Evo Morales. Es un caso muy interesante. Por más que se hayan detectado fisuras en los últimos años, Evo fue el primero que le dio al plurietnicismo, a la pluralidad étnica de Bolivia, una representación política e institucional. Y en algunos momentos de su presidencia supo aceptar derrotas que venían de esa pluralidad. Cuando quiso hacer la carretera que atravesaba la Amazonia boliviana le exigieron un plebiscito, perdió el plebiscito y no hizo la carretera. Eso tuvo que ver con su propia construcción política en la reforma de la Constitución, al incorporar el referéndum y plebiscitos a la propia Constitución. Y respetar el resultado. No hacerlos cuando simplemente se tiene la certeza de que se va a ganar, sino cuando el resultado no está asegurado según la voluntad de los gobernantes. Creo que Evo es un gobernante interesante. Dejo de lado a Uruguay y a Chile, que son países muy institucionales desde la perspectiva latinoamericana y que tuvieron sus gobiernos progresistas con presidentes de rasgos altamente populistas, como Pepe Mujica, y rasgos altamente liberales, como Tabaré Vázquez, pero que supieron manejar sus transiciones democráticas de una manera muy organizada, algo que tiene que ver con tradiciones políticas chilenas y uruguayas que no se dan en otros países de América Latina. No digo que ambos se parezcan, pero tienen una cierta estabilidad institucional, y su respeto por los pactos el resto de América Latina lo considera como una particularidad.

—¿Sólo Evo Morales es un ejemplo de estos últimos años?

—Y el primer gobierno de Lula en Brasil. El camino que hizo Lula es ejemplar. Fundó un partido hace 30 años, cuando era dirigente gremial en San Pablo, y se rodeó de los mejores intelectuales de Brasil. Más tarde ese partido va a tener todos los problemas y vicios de la política brasileña, pero lo fundó. Lula en ese momento quería institucionalizar un partido progresista que superara al conjunto de los partidos estaduales que hacían los pactos en el mundo político brasileño, y lo logró. Y además es inédito en América Latina que un dirigente sindical consiga rodearse de los mejores intelectuales para hacer eso. No se puede comparar con ningún caso latinoamericano. Después en su presidencia pudo haber tomado los rasgos de la época, que era una especie de triunfalismo sudamericanista que hoy se demuestra que no tenía base. Por eso digo que no son comparables.

—Estas experiencias progresistas también son criticadas desde la izquierda tradicional. ¿Qué rol le cabe a esa izquierda crítica?

—Es importante que existan estos grupos, en general de origen trotskista, fuertemente anticapitalistas, porque dan testimonio de la desigualdad radical en las sociedades capitalistas. Hay algo que no parecen aceptar, y es que no hay socialismo en el mundo. No digo que no lo habrá. En 1989 se cayó el muro de Berlín, pero ya antes sabíamos que la Unión Soviética no era socialista. Los trotskistas lo sabían perfectamente. La República Popular China era una república autoritaria. Todos los que estuvimos cerca de la República Popular China como militantes podemos recordar las hambrunas y las muertes. Está muy bien que existan grupos inevitablemente minoritarios que recuerden que el capitalismo es un régimen de enormes desigualdades. Pero hoy no parece haber posibilidad de una alternativa. Estamos en una situación donde lo que se ha impuesto en el mundo son distintas formas de explotación capitalista. Esto, a quienes somos de izquierda, no nos causa alegría, pero tenemos que reconocerlo para hacer política. Esas formas de explotación son siempre desiguales y muchas veces corruptas.

—¿Y sobre esa realidad, cómo trabaja una intelectual de izquierda, como se acaba de definir usted?

—No hay posibilidad hoy de revertir esa situación. No hay masas insubordinadas que puedan avanzar sobre las ciudadelas y las fortalezas del poder capitalista. Esta fue una discusión larga dentro del marxismo. Fue la discusión que dio origen a la socialdemocracia en la Segunda Internacional, en el siglo XIX. Ahí hubo dirigentes marxistas que pensaron que no estaban dadas las condiciones sino para una democracia representativa que se trataría de llevar lo más adelante posible. No es la primera vez que esto sucede. Contra las previsiones del marxismo, la revolución se produjo entonces en una zona marginal y atrasada del capitalismo, como era Rusia. El marxismo veía la revolución antes en Alemania o en algún lugar similar. O sea que uno tampoco puede decir que las previsiones del marxismo se han cumplido al pie de la letra.

—Frente a ese retroceso de la izquierda también aparece en retroceso globalmente la idea de militancia tradicional, y surge lo mediático primero y la “cibermilitancia” hoy. ¿Cuál es su mirada sobre este fenómeno, teniendo en cuenta su libro clásico Escenas de la vida posmoderna?

—En los años en que aparece en Argentina el Frepaso, a comienzo de los noventa, no había cibermilitancia. Ese fenómeno lo conozco bien. El Frepaso de Chacho Álvarez y Graciela Fernández Meijide aprovechaba, con esos dos grandes dirigentes muy bien entrenados para los medios de comunicación audiovisuales, esas posibilidades de difusión. Era un partido con elementos populistas y progresistas muy fuertes, y con un gran peso de los intelectuales y las ideas. No es tanto si las redes sociales remplazan a la televisión o la televisión remplaza a las redes sociales. Sino, y esto lo conozco por experiencia propia, el peso que las ideas tenían sobre los dirigentes. Eso desapareció. Y sobre eso es importante reflexionar.

—¿Podríamos ponerle fecha a ese vaciamiento de ideas en la política?

—No hay un momento, porque cada partido tiene su propia historia. En Argentina uno podría decir que en el radicalismo, que hizo un gobierno desastroso y cayó junto con el Frepaso, las ideas fueron importantes. Ricardo Alfonsín le daba una importancia enorme a las ideas, pero Carlos Menem no. El Frepaso no es el primer partido en el cual hay una fuerte inclinación a pensar la política en términos de horizonte de transformación utópica, digamos.

—¿Pero sí pudo haber sido el último?

—Puede haber sido el último junto con la Unión Cívica Radical. De hecho lo es. Hoy la Ucr ya no es un partido. Ha entregado todo lo que le quedaba, que era su fuerte capacidad territorial. El radicalismo entregó todo eso al Pro de Mauricio Macri y hoy ya es un partido despedazado, desguazado.

Del Frepaso, después de la renuncia de Chacho Álvarez a la vicepresidencia de la república, quedó muy poco. No era un partido de grandes estructuras sino con dirigentes muy movilizados. No es que lo cooptó el kirchnerismo. Los que venían de una matriz peronista volvieron. Y volvieron a un kirchnerismo que era un peronismo que renovaba promesas de 1973. Todo falsamente adornado en una especie de Carnaval ideológico.

—¿Se podía creer en otra cosa cuando asumió Néstor Kirchner?

—¿Por qué no se podía creer en otra cosa? O por lo menos, ¿por qué había que creer en eso? Sobre todo estoy pensando en los intelectuales, dado que muchos de los que se pasaron al kirchnerismo tienen rasgos intelectuales. ¿Por qué no? Cuando yo fui a cubrir para Página 12 la entrada de Kirchner en la Esma, en 2004, y él dijo: “Vengo acá porque el Estado nacional no hizo nunca nada por los desaparecidos”, yo me dije, pero este hombre miente y se miente al mismo tiempo, dado que tenía una enorme convicción en lo que estaba diciendo. Después, a la tarde, tuvo que llamar a Alfonsín para disculparse. La modalidad del kirchnerismo de rearmar la historia pasada, presente y futura ya estaba en ese discurso. Por otra parte hay que ver que en el kirchnerismo confluyó no solamente una juventud militante, que podría ser La Cámpora, sino también gente de entre 50 y 65 años, que dijo: “Yo perdí en 1973, me mataron a mis amigos, fui derrotado, agarro esto”.

¿Cómo explica que el kirchnerismo enamorara a gente de la izquierda de los años sesenta, si fue una gran mentira?

—Es que no fue sólo una gran mentira. Esa historia tiene que escribirse de nuevo. Los planes sociales con los cuales se salió de la crisis de 2001 estaban todos en marcha cuando subió Kirchner, y los había puesto en marcha Eduardo Duhalde, que para mí es la gran biografía política argentina de comienzos del siglo. La base fueron esos planes, la gestión del ministro Roberto Lavagna, las “manzaneras” (tomadas del ejemplo cubano de trabajo de mujeres en los barrios) y el Fondo de Recuperación que le exigió Duhalde a Menem para llegar primero a la gobernación de Buenos Aires. Sin eso nada hubiera sido posible para contener la pobreza del Gran Buenos Aires.

—Eso es lo que los grandes medios llaman “el relato”. ¿Pero cada gobierno no tiene su relato, el macrismo no tiene su propio relato?

—En el macrismo el relato es pobre porque no cree en esas trasmisiones. Es pobre el relato porque el macrismo es pobre ideológicamente. El Pro es el primer partido de gobierno que le habla a la gente sin tradición política. Los partidos hasta la era Pro se formaban en lo que los latinos llamaban el cursus honorum: uno entraba al partido, militaba en el barrio o en la universidad, según cada dirigente. Esta es gente que viene de otro lado. Su cursus honorum lo hizo en las empresas. Es de una novedad enorme.

—¿Hay ejemplos en otros lugares del mundo? Pienso en Donald Trump en Estados Unidos, el empresario Pedro Kuczynski en Perú o en Guillermo Lasso en Ecuador...

—Sin duda que hay ejemplos en otros países del mundo. Trump es un caso más glamuroso porque entró directamente a la presidencia del país más importante del mundo. La que creo que es la política líder del mundo europeo, Angela Merkel, si uno lee su biografía ve que cumplió todos los pasos que dan los políticos. A los 16 años se afilió al derechista partido Social Cristiano y dio todos los pasos en ese partido. En España, Francia y Gran Bretaña los partidos todavía funcionan. Quizá el primer adelantado de todo esto sea Silvio Berlusconi, que viene de la televisión y del fútbol.

—¿Cómo se para un intelectual de izquierda en este mundo?

—Un intelectual de izquierda, si quiere seguir considerándose un intelectual progresista que haga honor a una tradición que comenzó en el siglo XIX y que es la única que yo conservo verdaderamente del marxismo, debe ser autocrítico. El principio es la autocrítica. Si no, no hay posibilidad de repensar nuestra tradición.

—¿Hay alguna izquierda en el mundo que haya hecho esa autocrítica?

—Hubo una izquierda británica, donde estaban Raymond Williams y Terry Eagleton, que no cometió la misma cantidad de errores que tuvieron la izquierda continental europea y la latinoamericana. Mantuvo algunos lazos con el Partido Laborista y pudo repensar algunas tradiciones. También hay gente que piensa la política de una manera renovada, más allá de que venga de la izquierda o no. Pero en el camino que abre Claude Lefort uno tiene gente como Pierre Rosanvallon, que piensa la política de una manera diferente. Los que venimos de antes, aunque hoy pensemos como Rosanvallon o como Lefort, no tenemos que olvidar nuestros errores.

 

 

Publicado enPolítica
Lunes, 13 Febrero 2017 06:17

Jaja

Jaja

La barbarie y obscenidad del nuevo gobierno estadunidense han generado resistencia extraordinaria manifiesta en las calles, en expresiones culturales y hasta en los tribunales, pero tal vez la más efectiva por ahora es la risa colectiva provocada por los grandes bufones.

Casi todos los días es común encontrar en los principales medios de noticias una reseña de un programa o de un comediante que confrontó a Trump y su gobierno; son noticia política, no de espectáculos. Los sketches y comentarios satíricos se vuelven virales. Y vitales.

De hecho, las conversaciones en los encuentros entre la gente suelen empezar con que si vieron lo último que hizo Saturday Night Live, o uno de los monólogos de los conductores cómicos de los programas nocturnos de charla y variedades, sobre todo los herederos de la tradición que se inició con Jon Stewart y su Daily Show: su sucesor Noah Trevor (https://www.youtube.com/channel/ UCwWhs_6x42TyRM4Wstoq8HA), como Stephen Colbert, ahora conductor de The Late Show en CBS (https://www.youtube.com/channel/ UCMtFAi84ehTSYSE9XoHefig), el cada vez más poderoso John Oliver con su programa semanal Last Week Tonight, en HBO (http://iamjohnoliver.com), y Samantha Ben con su programa Full Frontal (www.tbs.com/shows/full-frontal-with-samantha-bee.html), entre otros.

El poder de estos comediantes no sólo se ha intensificado con Trump y su gente, sino que el sujeto de la burla los ve y reacciona (durante la campaña solicitó que Saturday Night Live fuera cancelado por un sketch). Que un presidente repetidamente se queje, y hasta amenace, a un comediante o un programa no sólo da mayor satisfacción a estos artistas del humor, sino que multiplican su público. No hay nada que más desee un humorista ahora que un tuit insultante del ocupante de la Casa Blanca.

Trump no aguanta la burla. Los mejores comediantes han comprobado, una vez más, que el humor puede ser una de las mejores armas contra una figura autoritaria, y a la vez, la educación política más efectiva en estos últimos tiempos. Vale recordar que hace unos años el Daily Show de Jon Stewart –un noticiero ficticio cuyos "corresponsales" empleaban la sátira política y social más filosa y contemporánea– se convirtió en la principal fuente de información política para los jóvenes en Estados Unidos, y Stewart fue nombrado el "periodista" más confiable del país. Stewart, quien se retiró en 2015 después de 16 años de vida de su programa, señaló que esa distinción era un comentario más bien sobre el estado de salud de los medios noticiosos en este país.

Saturday Night Live (SNL) arrancó en los 70 y se volvió institución cultural de la televisión en este país, pero durante sus últimos años perdió su frescura y la vanguardia. Pero la campaña presidencial y ahora presidencia de Trump han resucitado el añejo programa de sketches y lo han vuelto de nuevo punto de referencia.

El actor Alec Baldwin ha logrado imponer su papel como Trump de tal manera, que el presidente nunca más se podrá liberar de la impresión de él por Baldwin (https://www.youtube.com/watch?v=pZOF9q5fzfs).

Tan así es que este fin de semana un periódico dominicano tuvo que disculparse públicamente por publicar una imagen de Baldwin en el papel de Trump en lugar del propio presidente en una nota sobre el ocupante de la Casa Blanca. Baldwin de nuevo hizo el papel en el más reciente programa, donde aparece como participante en uno de esos programas de tribunales de televisión (https://www.youtube.com/watch?v=dLYfwprjtog). La juez le pregunta “Sr. Trump, usted entiende que esto es un tribunal de televisión, ¿verdad?” y Trump responde: "sí, está bien, yo soy un presidente de televisión".

Pero tal vez la peor devastación de un integrante de la Casa Blanca fue a manos de la gran actriz cómica de cine Melissa McCarthy, quien apareció por sorpresa la semana pasada en el papel de Sean Spicer, el vocero de la Casa Blanca. Analistas y observadores políticos de ambos partidos coincidieron que de aquí en adelante nadie podrá ver a Spicer sin pensar en McCarthy. Algunas fuentes citadas por medios revelaron que no sólo se molestaron Trump y Spicer, sino que el presidente estaba particularmente enojado de que una mujer hubiera hecho el papel. (https://www.youtube.com/watch?v=UWuc18xISwI). Más aún, fue tan potente, que Trump esta vez guardó silencio.

Este pasado fin de semana, McCarthy hizo la apertura de SNL de nuevo como Spicer, y algunos la consideraron aún mejor que la primera (https://www.youtube.com/watch?v=fbhz3XcNzGU). Y fueron mas allá, ahora burlándose del recién ratificado procurador general Jeff Sessions, criticado por su historial racista y antimigrante. Aparece momentáneamente con "Spicer" en el briefing diario de la Casa Blanca, donde explica: "todos sabemos que hay dos tipos de crimen: los normales y los de los negros", antes de ser sacado por Spicer.

John Oliver, el comediante inglés, quien también se ha vuelto punto de referencia en las noticias, regresó al escenario el domingo después de un receso de un par de meses (cerró su último programa del año pasado rogándole a su público “no permitir que todo esto –la presidencia de Trump– se vuelva algo normal: no lo es” y entre sus recomendaciones estaba suscribirse a un periódico). La publicidad de su primer programa incluye una imagen de él escondido detrás de su escritorio y el mensaje: "tiempos de susto requieren de un hombre asustado" (aquí con Colbert platicando de esto: https://www.youtube.com/watch?v=sJR9QjezRGg).

Para verdaderamente entender, y sobrevivir, esta coyuntura aquí, uno tiene que consultar con todos estos grandes expertos. La risa es un antídoto al gran engaño que está en la cúpula.

Y tal vez más: "Los bufones frecuentemente resultan ser profetas". Shakespeare.

"Caballeros, aquí Chicolini puede que hable como un idiota y puede que parezca un idiota, pero no dejen que eso los engañe. Realmente es un idiota". Groucho Marx.

"Mi manera de bromear es decir la verdad. Es la broma más chistosa del mundo". George Bernard Shaw.

Publicado enInternacional
Dario Fo, irreverente maestro del teatro subversivo, murió cantando

"Fue su gran final, resistió y siguió trabajando hasta que fue hospitalizado; hay que ponerlo en los manuales de medicina: el arte, la pasión y el compromiso político sirven", dice su hijo Jacopo

 

Milán.

El dramaturgo italiano Dario Fo, reconocido con el Nobel de Literatura 1997, artífice de una extensa obra irreverente y creativa, murió cantando.

Ayer en la mañana, en el hospital Sacco de Milán, falleció debido a problemas respiratorios y a complicaciones por una vértebra fracturada, el que fue un intelectual comprometido y referente moral para la izquierda de Italia. Él se definía como clown, pero era un maestro del teatro subversivo.

Los médicos del servicio de neumología dijeron que el paciente estuvo lúcido y cooperativo prácticamente los 10 días que permaneció en el nosocomio. Incluso se mostraron sorprendidos, pues hasta el miércoles, antes de que se agravara y tuvieran que sedarlo, Dario Fo cantó "horas", además de preguntar al personal sobre las noticias del país y el mundo, pues no podía ya leer los diarios.

Como rúbrica a una vida siempre a contracorriente, il arlecchino de Italia se fue un par de horas antes del esperado anuncio del ganador de Premio Nobel de Literatura 2016, como un último e involuntario acto antisolemne.

Él mismo fue reconocido en 1997 por la Academia Sueca por "la fuerza de sus textos, que simultáneamente divierten, atraen y brindan perspectivas".

El también actor festejó hace siete meses sus 90 años, rodeado de amigos y familiares en el Piccolo Teatro de esa ciudad, donde además presentó su libro Dario e Dio, escrito a cuatro manos con Giuseppina Manin, como reseñó La Jornada el pasado 24 de marzo, día del cumpleaños del dramaturgo.

Entonces se mostró vital y sorprendido de llegar a las nueve décadas "y no estar chocho. Se me olvidan ciertas cosas, pero nunca he producido tanto ni me ha apasionado y divertido como en estos tiempos", dijo a la prensa.

También participó en la apertura del Museo Franca Rame-Dario Fo, ubicado en el archivo de estado de la ciudad de Verona, que resguardará el acervo de Fo y de su esposa, fallecida en 2013, reunido a lo largo de 50 años, que contiene textos teatrales, manuscritos inéditos, manifiestos, libros y fotografías, además de vestuario, escenografía, marionetas y, en suma, toda su vida en 70 años de carrera.

Además, luego de 40 años de ausencia, Fo regresó a la televisión el pasado diciembre con un espectáculo dedicado a Maria Callas, protagonizado por Paola Cortellesi, última obra coescrita con Franca Rame, en la que quiso borrar la historia frívola de la vida de la cantante.

Autor de 70 libros, Dario Fo (1926-2016) dio voz y dignidad a personajes o hechos ignorados o manipulados por la historia, incluso corrigiéndola en sus textos teatrales de sátira política y social. Incomodó a más de uno por su empeño político de izquierda y por su constante desafío al poder y la hegemonía cultural.

Conocido en el mundo, y en particular en América Latina, donde participó en varios Festivales de teatro como el de Bogotá y Caracas a comienzos de los años 90 del siglo pasado, el teatro de Fo se caracteriza por un lenguaje absurdo en el que mezcla dialectos, latín, italiano y citas literarias.

Anticonformista, simpatizante comunista, admirador de la experiencia chilena con Salvador Allende, la comunidad teatral en el mundo lo llamaba "el maestro", y era uno de los autores teatrales más representados después de Goldoni.

Tan sólo en los recientes 12 meses publicó cuatro libros, además de Dario e Dio: Razza di zingaro, dedicada a Johann Trollmann (1907-1943), el mejor boxeador de Alemania, discriminado en el nazismo por ser gitano, que terminó en un campo de concentración, donde fue asesinado; Storia proibita dell’America, que muestra a algunos de los personajes estadunidenses que desafiaron el poder, empezando por el pueblo de los semínolas, única tribu india que jamás se rindió ante los colonizadores; Hay un rey loco en Dinamarca, novela histórica, en la que Fo recupera documentos inéditos que le permitieron reconstruir la manera en que Dinamarca alcanzó, durante el iluminismo, las bases para la construcción de un Estado moderno, en una historia de pasión amorosa, amargura y lucha por el poder.

Émulo de bufones medievales

Cuando Dario Fo recibió el Nobel de Literatura, la Academia Sueca dijo que Fo merecía el epíteto de bufón "en el verdadero sentido de la palabra. Con una exquisita mezcla de risa y seriedad abre nuestros ojos a los abusos e injusticias de la sociedad y también a la más amplia perspectiva histórica en que pueden ser ubicadas. Emula a los bufones del Medievo cuando critica a la autoridad y sostiene en alto la dignidad de los oprimidos".

El juglar y agitador político nació en Laggiuno-Sangiano, Varese, en el norte de Italia, hijo de un jefe de estación de tren y madre campesina. Desde temprana edad fue reconocido como "joven cascarrabias"; fue militante del Partido Comunista Italiano y mimo. Estudió pintura y arquitectura en la Academia de Bellas Artes de Brera, en Milán; sin embargo, la irrupción de la Segunda Guerra Mundial cambió sus planes de dedicarse al arte, pues dejó todo para unirse a la resistencia contra Mussolini.

Dario Fo comenzó su carrera colaborando en revistas satíricas en pequeños teatros y cabarets. Escribió su primera pieza dramatúrgica en 1944. En 1954 se casó con la actriz y escritora francesa Franca Rame, con quien fundó su propia compañía teatral en 1959.

Rame, su compañera de vida, con la que se casó por la iglesia, murió hace tres años de un derrame cerebral, a los 83 años. Fo no se repuso del todo del golpe: "soy ateo, pero Franca se me aparece todas las noches", comentó hace poco a sus allegados.

Procesado 40 veces por "delitos de opinión", es autor de la célebre obra de teatro Muerte accidental de un anarquista (1970), traducida y representada en muchos idiomas; uno de sus muchos textos por los que fue censurado por la cultura oficial y perseguido por la ultraderecha hasta el punto de que Franca Rame fue víctima, en 1973, de secuestro con violación por una banda fascista.

En 1980 las autoridades migratorias de Estados Unidos negaron a Fo permiso para entrar a ese país a causa de sus ideas políticas.

"Soy uno de los últimos marxistas que quedan, los otros se pasaron al Polo (coalición derechista encabezada por el ex fascista Gianfranco Fini)", ironizó alguna vez durante la presentación de sus puestas en escena.

Severo crítico de Berlusconi

Por supuesto, Dario Fo fue uno de los críticos más duros del ex premier Silvio Berlusconi, al que interpretó y ridiculizó en la comedia El anómalo bicéfalo (2003).

Sus obras siguen siendo "incómodas" en países como Turquía, donde hace apenas un par de meses fueron prohibidas por el presidente Erdogan. Cuentan que Fo, al enterarse, estalló en risas al comentar el hecho en una entrevista con el diario La Stampa: "Es como si me hubieran dado otro premio Nobel", dijo.

Misterio bufo, escrita en 1969, es considerada la obra más importante de Dario Fo, donde interpretaba él solo múltiples personajes y mostraba grandes dotes de mímica. En total escribió alrededor de 47 comedias, tres películas y más de 60 canciones.

Otras de sus obras son Los arcángeles no juegan al flipper (1959) y La mariguana de mamá es la más bonita (1976), farsa sobre el problema de la droga, inscrita en el llamado teatro de agitación.

El diario Corriere della Sera menciona que Jacopo, hijo de Fo, dio la noticia del fallecimiento del dramaturgo a la televisora RAI: "Ocurrió esta mañana a las ocho; fue su gran final, se ha ido. La única cosa sensata que puedo decir es que resistió y siguió trabajando entre ocho y 10 horas al día hasta que fue hospitalizado. Hay que ponerlo en los manuales de medicina: el arte, la pasión y el compromiso político sirven".

El concejal de Cultura del ayuntamiento de Milán, Filippo del Corno, informó que el funeral de Fo será en el Piccolo Teatro, donde el Nobel celebró en marzo con sus amigos, familiares, artistas y músicos sus 90 años. Ahora el foro será abierto al público para que se despida al escritor.

Publicado enCultura
Martes, 02 Agosto 2016 08:19

Ética y dignidad zapatistas

Ética y dignidad zapatistas

 

Una de las primeras técnicas que aprendimos en la militancia fue a “dirigir” asambleas. En realidad, a manipularlas. En plena adolescencia, los estudiantes ya estábamos en condiciones de imponer lo que considerábamos adecuado para “la causa” sin importar demasiado si los demás lo compartían. Éramos la vanguardia, y punto.

 

Una de las principales corrientes políticas de aquel período, tenía un modo de actuar en las asambleas que consistía en que sus cuadros hablaban horas y horas, hasta que los asistentes se cansaban y empezaban a retirarse. Colocaban a sus militantes en las puertas de los salones para convencer a los suyos que todavía no se retiraran, y cuando estaban seguros de que ya eran mayoría, pedían votación. Y ganaban casi siempre. Los que intentaban cortar tan largos discursos, eran acusados de violar la libertad de expresión.


Cuando aquello no funcionaba, apelaban a los grupos de choque, algo que nuestra corriente también practicaba. Cuando algunos jóvenes militantes nos preguntan si hace casi cinco décadas los enfrentamientos con la policía eran muy duros, debemos sincerarnos y reconocer que una parte sustancial de las energías las dedicábamos al enfrentamiento físico y dialéctico con las juventudes de los partidos de izquierda. Y viceversa. Los acusábamos de estalinistas, pero caíamos en la misma actitud desde una estrategia “revolucionaria”.


Por esta larga y penosa experiencia, el comunicado del EZLN del 21 de julio, “Carta abierta sobre la agresión al movimiento popular en San Cristóbal de las Casas, Chiapas”, es un ejemplo de ética y dignidad en la relación de los zapatistas con los movimientos populares, sindicatos, partidos y cualquier organización social.


Luego de una primera parte donde estampan su posición ante el ataque al campamento de resistencia popular por grupos armados, y de advertir “no jueguen con lumbre en San Juan Chamula”, un lúcido presagio que lo que vendría, dedican la parte final al tema de las relaciones con los que luchan, bajo el subtítulo “A quien corresponda”.


Primero destaca que “se deben respetar las decisiones, estratégicas y tácticas, del movimiento” y agrega: “No es legítimo querer montarse en un movimiento para tratar de llevarlo a un lado fuera de su lógica interna. Ni para frenarlo, ni para acelerarlo”.


En este punto toman distancia de quienes proponen estrategias electorales pero también de los que defienden posiciones revolucionarias, y aclaran que cualquier movimiento que hagan respecto al movimiento actual lo harán saber públicamente y con antelación, y lo ponen en letras grandes, mayúsculas, para que nadie se llame a engaño.


Como tengo la convicción, por experiencia propia, de que esta es una posición muy poco frecuente entre los movimientos que luchan contra el capitalismo, me parece necesario destacarla, valorarla y defenderla porque nos enseña otro modo de hacer, apegado estrictamente a la ética y a la dignidad, que son indivisibles. Quien defiende la propia dignidad, valora la de los demás, y por lo tanto los respeta, aunque no acuerde, en sus tiempos y modos como dice el comunicado.


A partir del comunicado podemos abrir un debate con una pregunta: ¿cómo influir, entonces, en el devenir de las luchas si no nos montamos en los movimientos? Que es casi lo mismo que preguntarse por la relación que queremos tener con los pueblos, barrios, sindicatos, etcétera.


Creo que el propio zapatismo a lo largo de su historia nos da algunas pistas. La primera, y fundamental, es algo así como predicar con el ejemplo. Organizarnos y hacer. Luego, que los demás vean que sí se puede; que si los zapatistas pueden, los demás también pueden. Este efecto demostración, digamos, es fundamental porque apuesta a poner en juego la autoestima de las comunidades.


En esta forma de hacer política, nueva cultura política le llaman, hay una renuncia a jugar como vanguardia, a ser un grupo que va delante y lleva detrás a los pueblos; a proclamarse los guías que indican el camino a las mayorías que no saben. Están en otro lugar. No son vanguardia; quizá sean algo así como organizadores de pueblos. En esta lógica no hay dirección ni base, que es lo que los movimientos anticapitalistas vienen practicando desde hace más de un siglo. En este modo de hacer no hay lugar para manipular, porque no se trata de ganar asambleas ni de llevarse “masas” de las narices, o de donde sea que las arrastremos. Es mandar obedeciendo.


El comunicado es una doble lección. De ética, porque los pueblos y las personas no deben ser manipuladas, manejadas o sus acciones desviadas para fines que no han definido ellas mismas, ni siquiera por buenas razones revolucionarias.


De dignidad, porque el EZLN cree en la autonomía de los pueblos y de los seres humanos, y rechaza la concepción implícita en ciertas corrientes políticas que actúan como si unos (la vanguardia), fueran los tesoreros de la dignidad y de la autonomía, mientras los pueblos y las personas sólo les queda seguir sus consejos.

 

 

Publicado enPolítica