Viernes, 17 Marzo 2017 06:34

Tres despachos sobre György Lukács

Tres despachos sobre György Lukács

El acontecimiento. A sus treinta y tantos años, György Lukács (1885-1971) –ya un establecido historiador de literatura– llega al marxismo y comunismo no vía la Segunda Internacional ["la encarnación del positivismo determinista y oportunismo político"], sino mediante el idealismo y sindicalismo, y no tanto mediante la lectura de sus teóricos (apenas conoce El capital), sino por la revolución misma ["una ventana hacia el futuro"] (My road to Marx, 1933). Esto hace toda la diferencia del mundo. Su heterodoxia temprana y la mezcla del entusiasmo por la revolución rusa (1917) y del sabor de la derrota a raíz de la caída de la efímera República Soviética Húngara (marzo-agosto/1919) –en la que es comisario político en el frente y luego comisario popular de la educación– dan a luz una obra singular: Historia y conciencia de clase [HyCC] (1923). Su aparición es “uno de los pocos auténticos ‘acontecimientos’ en la historia del marxismo” (S. Zizek dixit). Igual que Karl Korsch, pero con más erudición, el "joven Lukács" se propone salvar a Marx de la bastardización socialdemócrata que permea hasta las filas bolcheviques: recupera su dialéctica y [re]introduce el concepto de la reificación. Pero su timing es fatal. La revolución está en retirada y en vías de osificación. Atacada desde el Comintern (Zinoviev, Kun, Deborin, Rudas) por su "revisionismo teórico", HyCC acaba en el índex estalinista (y con fama del "texto fundacional" del marxismo occidental, que separa la organización política del análisis social). Si bien se cree que pronto y sin una palabra Lukács se distancia de lo que es su opus magnum y acaba rechazándolo hasta sus últimos días (¡sic!) –véase el prólogo a la ed. francesa (1960) y el epílogo a la ed. de 1967–, "perdiendo más de lo que gana en cambio", a finales de los 90 en Moscú aparece un largo y nunca mencionado por él ensayo Seguidismo y dialéctica [SyD] (¿1925-6?), en el que defiende apasionadamente sus ideas. Este "eslabón perdido" (M. Löwy dixit, goo.gl/MWudFb) precisa algunos puntos en HyCC (J. Rees, en: Tailism and the dialectic, 2000, p. 27-30) salva al texto de las malas lecturas) –estalinismo/marxismo occidental– y resalta su singularidad.

 

De Lenin a Stalin. Uno de los objetivos de HyCC es desarrollar la base filosófica para el partido leninista. Lukács logra incluso lo que no logra Lenin: salir del atolladero teórico y vincular la estrategia revolucionaria y organizativa del partido con el corazón del pensamiento de Marx (la alienación). Este vínculo –por años desapercibido, pero innegable a la luz de SyD– con la lucha política y su perspectiva leninista es la “histórica incomprensión de HyCC desde el marxismo” (F. Jameson dixit). Lukács prolonga este análisis en Lenin: la coherencia de un pensamiento (1924), enfatizando las principales lecciones del revolucionario ruso: su insistencia en "abrazar el momento" (Augenblick) y rechazo a la noción de "fases objetivas" (el tema de subjetividad/objetividad y la inclinación por el primero le resultan cruciales para explicar el fracaso de la revolución húngara, que cae por los golpes de la Entente y la contrarrevolución del almirante Horthy (1920-1944), pero sobre todo por sus propios errores (goo.gl/zZgVSl). Tal vez de haberlo leído Lenin habría rechazado a HyCC por su "ultra-izquierdismo/infantilismo" (aunque según Löwy los ensayos que la componen fueron rescritos justo para borrar sus vestigios, G. L.: from romanticism to bolchevism, 1979, p. 11-25). Esa es la suerte del único texto lukacsiano que sí alcanza a leer, uno sobre el parlamentarismo (Lukács, Tactics and ethics: 1919-1929, 2013, p. 53-63), lo que no quita el hecho que "el joven Lukács" sea el "máximo filosofo del leninismo" (S. Zizek, Tailism..., p. 179). Pero con Lenin muerto (1924) y la ventana de la revolución cerrándose, Lukács entra en su "fase termidoriana". Se abraza con los que pisotean a HyCC e incluso defiende la tesis del "socialismo en un solo país": "igual que la ola alta lo lleva a la revolución de Lenin, el reflujo lo arrastra a la contrarrevolución de Stalin" (J. Rees..., p. 32).

 

La extinción. Después de la caída de la revolución, Lukács se queda en Budapest para reorganizar el partido comunista. Es una tarea fútil (R. L. Tökés, Béla Kun and the Hungarian Soviet Republic, 1967, p. 45). En Hungría reina el "terror blanco": unas 5 mil personas quedan ejecutadas (comunistas y judíos sin importar sus preferencias políticas). Decenas de miles acaban en el exilio. Lukács por poco huye a Viena (allí luego escribe HyCC). Hoy las fuerzas de la reacción están otra vez detrás de él: ordenan el cierre del Archivo Lukács localizado en su vieja casa en las orillas del Danubio, que se ocupa de sus escritos (RS 21, 14/3/16) y la remoción de una sobria estatua de él (1985) de uno de los parques (Look Left, 7/2/17). Fidesz, el derechista partido gobernante, está obsesionado con "Lukács-el comunista". Jobbik, su aliado, el partido neonazi, está obsesionado con "Lukács-el judío", la encarnación de la fantasía del "judeobolchevismo". En principio, los que ya poblaron el país con los monumentos de Horthy, el posterior aliado de Hitler, quieren sustituir la estatua de Lukács por la de B. Hóman (1885-1951), historiador e "intelectual orgánico" del fascismo húngaro [las Flechas Cruzadas] uno de los arquitectos de las leyes antijudías de los años 30/40. Al final se conforman con la de Esteban I (975-1038), el rey y el santo.

 

Coda. Desde luego que en el centenario de la revolución (1917-2017) hay que estar "atentos a sus lecciones", sólo que mirando desde la ventana de Mitteleuropa –donde ésta fue parada y condenada a su degeneración– todo se parece no a 1917, sino a 1919 (o a los 20), con:

 

i) la omnipresente glorificación de las más oscuras fuerzas del periodo de entreguerras (su ultranacionalismo y racismo abierto).

ii) un largo –de casi 100 años– y triunfal abrazo entre el protofascismo (los "Blancos") y el posfascismo (Jobbik, et al.), mientras la izquierda aún no se recupera después de lo de 1989.

iii) Y la hegemonía intelectual del anticomunismo (véase a Kolakowski, que lee HyCC sólo para buscar las "semillas de totalitarismo", Las principales corrientes del marxismo, 1974, t. III, p. 249-299).

Y no es por ser un aguafiestas. Es por captar bien el Zeitgeist.

 

Por Maciek Wisniewski *Periodista polaco

Twitter: @MaciekWizz

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Foto: Francisco Kovacik

 

Se define de izquierda sin renegar de su pasado en el Partido Comunista pro chino, valora la obra de Evo Morales y Lula, critica al kirchnerismo y considera pobre al macrismo. En diálogo con Brecha, la ensayista argentina Beatriz Sarlo analiza el fenómeno de los empresarios políticos y rescata a la nueva izquierda intelectual europea.

 

 

—¿Qué debiéramos entender por progresismo hoy?

—Es un concepto que está en crisis, y creo que los llamados “progresismos latinoamericanos” pusieron en crisis el concepto de progresismo. Porque tendríamos que discutir largamente si la suma de un conjunto de políticas contradictorias produce progresismo como si fuera una suma algebraica. Uno podría decir que Hugo Chávez es inocente de Nicolás Maduro, pero yo no acepto eso. Si bien Chávez era una figura continental con grandes cualidades interesantes, no se puede olvidar que él construyó esa sucesión por su personalismo, y porque fue insensible al aspecto democrático de un gobierno progresista. Chávez fue el castrista de los castristas en América Latina.

—Entonces habría que introducir el concepto de caudillismo para entender esa forma del progresismo.

—No todo lo cubre el populismo. Chávez encontró en Cuba lo que él pensó que solucionaba o que enfrentaba de una manera decisiva el poder del imperialismo yanqui en América Latina. Eso en primer lugar es una equivocación. Porque Cuba si bien supo defender heroicamente su territorio en la década de 1960, no es un modelo de independencia política frente al imperialismo. Sobre todo por todo lo que se entrega por el camino. Más allá de esto hubo casos muy interesantes en América Latina de nuevas formas de progresismo o cultural-progresismo.

—¿Por ejemplo?

—Evo Morales. Es un caso muy interesante. Por más que se hayan detectado fisuras en los últimos años, Evo fue el primero que le dio al plurietnicismo, a la pluralidad étnica de Bolivia, una representación política e institucional. Y en algunos momentos de su presidencia supo aceptar derrotas que venían de esa pluralidad. Cuando quiso hacer la carretera que atravesaba la Amazonia boliviana le exigieron un plebiscito, perdió el plebiscito y no hizo la carretera. Eso tuvo que ver con su propia construcción política en la reforma de la Constitución, al incorporar el referéndum y plebiscitos a la propia Constitución. Y respetar el resultado. No hacerlos cuando simplemente se tiene la certeza de que se va a ganar, sino cuando el resultado no está asegurado según la voluntad de los gobernantes. Creo que Evo es un gobernante interesante. Dejo de lado a Uruguay y a Chile, que son países muy institucionales desde la perspectiva latinoamericana y que tuvieron sus gobiernos progresistas con presidentes de rasgos altamente populistas, como Pepe Mujica, y rasgos altamente liberales, como Tabaré Vázquez, pero que supieron manejar sus transiciones democráticas de una manera muy organizada, algo que tiene que ver con tradiciones políticas chilenas y uruguayas que no se dan en otros países de América Latina. No digo que ambos se parezcan, pero tienen una cierta estabilidad institucional, y su respeto por los pactos el resto de América Latina lo considera como una particularidad.

—¿Sólo Evo Morales es un ejemplo de estos últimos años?

—Y el primer gobierno de Lula en Brasil. El camino que hizo Lula es ejemplar. Fundó un partido hace 30 años, cuando era dirigente gremial en San Pablo, y se rodeó de los mejores intelectuales de Brasil. Más tarde ese partido va a tener todos los problemas y vicios de la política brasileña, pero lo fundó. Lula en ese momento quería institucionalizar un partido progresista que superara al conjunto de los partidos estaduales que hacían los pactos en el mundo político brasileño, y lo logró. Y además es inédito en América Latina que un dirigente sindical consiga rodearse de los mejores intelectuales para hacer eso. No se puede comparar con ningún caso latinoamericano. Después en su presidencia pudo haber tomado los rasgos de la época, que era una especie de triunfalismo sudamericanista que hoy se demuestra que no tenía base. Por eso digo que no son comparables.

—Estas experiencias progresistas también son criticadas desde la izquierda tradicional. ¿Qué rol le cabe a esa izquierda crítica?

—Es importante que existan estos grupos, en general de origen trotskista, fuertemente anticapitalistas, porque dan testimonio de la desigualdad radical en las sociedades capitalistas. Hay algo que no parecen aceptar, y es que no hay socialismo en el mundo. No digo que no lo habrá. En 1989 se cayó el muro de Berlín, pero ya antes sabíamos que la Unión Soviética no era socialista. Los trotskistas lo sabían perfectamente. La República Popular China era una república autoritaria. Todos los que estuvimos cerca de la República Popular China como militantes podemos recordar las hambrunas y las muertes. Está muy bien que existan grupos inevitablemente minoritarios que recuerden que el capitalismo es un régimen de enormes desigualdades. Pero hoy no parece haber posibilidad de una alternativa. Estamos en una situación donde lo que se ha impuesto en el mundo son distintas formas de explotación capitalista. Esto, a quienes somos de izquierda, no nos causa alegría, pero tenemos que reconocerlo para hacer política. Esas formas de explotación son siempre desiguales y muchas veces corruptas.

—¿Y sobre esa realidad, cómo trabaja una intelectual de izquierda, como se acaba de definir usted?

—No hay posibilidad hoy de revertir esa situación. No hay masas insubordinadas que puedan avanzar sobre las ciudadelas y las fortalezas del poder capitalista. Esta fue una discusión larga dentro del marxismo. Fue la discusión que dio origen a la socialdemocracia en la Segunda Internacional, en el siglo XIX. Ahí hubo dirigentes marxistas que pensaron que no estaban dadas las condiciones sino para una democracia representativa que se trataría de llevar lo más adelante posible. No es la primera vez que esto sucede. Contra las previsiones del marxismo, la revolución se produjo entonces en una zona marginal y atrasada del capitalismo, como era Rusia. El marxismo veía la revolución antes en Alemania o en algún lugar similar. O sea que uno tampoco puede decir que las previsiones del marxismo se han cumplido al pie de la letra.

—Frente a ese retroceso de la izquierda también aparece en retroceso globalmente la idea de militancia tradicional, y surge lo mediático primero y la “cibermilitancia” hoy. ¿Cuál es su mirada sobre este fenómeno, teniendo en cuenta su libro clásico Escenas de la vida posmoderna?

—En los años en que aparece en Argentina el Frepaso, a comienzo de los noventa, no había cibermilitancia. Ese fenómeno lo conozco bien. El Frepaso de Chacho Álvarez y Graciela Fernández Meijide aprovechaba, con esos dos grandes dirigentes muy bien entrenados para los medios de comunicación audiovisuales, esas posibilidades de difusión. Era un partido con elementos populistas y progresistas muy fuertes, y con un gran peso de los intelectuales y las ideas. No es tanto si las redes sociales remplazan a la televisión o la televisión remplaza a las redes sociales. Sino, y esto lo conozco por experiencia propia, el peso que las ideas tenían sobre los dirigentes. Eso desapareció. Y sobre eso es importante reflexionar.

—¿Podríamos ponerle fecha a ese vaciamiento de ideas en la política?

—No hay un momento, porque cada partido tiene su propia historia. En Argentina uno podría decir que en el radicalismo, que hizo un gobierno desastroso y cayó junto con el Frepaso, las ideas fueron importantes. Ricardo Alfonsín le daba una importancia enorme a las ideas, pero Carlos Menem no. El Frepaso no es el primer partido en el cual hay una fuerte inclinación a pensar la política en términos de horizonte de transformación utópica, digamos.

—¿Pero sí pudo haber sido el último?

—Puede haber sido el último junto con la Unión Cívica Radical. De hecho lo es. Hoy la Ucr ya no es un partido. Ha entregado todo lo que le quedaba, que era su fuerte capacidad territorial. El radicalismo entregó todo eso al Pro de Mauricio Macri y hoy ya es un partido despedazado, desguazado.

Del Frepaso, después de la renuncia de Chacho Álvarez a la vicepresidencia de la república, quedó muy poco. No era un partido de grandes estructuras sino con dirigentes muy movilizados. No es que lo cooptó el kirchnerismo. Los que venían de una matriz peronista volvieron. Y volvieron a un kirchnerismo que era un peronismo que renovaba promesas de 1973. Todo falsamente adornado en una especie de Carnaval ideológico.

—¿Se podía creer en otra cosa cuando asumió Néstor Kirchner?

—¿Por qué no se podía creer en otra cosa? O por lo menos, ¿por qué había que creer en eso? Sobre todo estoy pensando en los intelectuales, dado que muchos de los que se pasaron al kirchnerismo tienen rasgos intelectuales. ¿Por qué no? Cuando yo fui a cubrir para Página 12 la entrada de Kirchner en la Esma, en 2004, y él dijo: “Vengo acá porque el Estado nacional no hizo nunca nada por los desaparecidos”, yo me dije, pero este hombre miente y se miente al mismo tiempo, dado que tenía una enorme convicción en lo que estaba diciendo. Después, a la tarde, tuvo que llamar a Alfonsín para disculparse. La modalidad del kirchnerismo de rearmar la historia pasada, presente y futura ya estaba en ese discurso. Por otra parte hay que ver que en el kirchnerismo confluyó no solamente una juventud militante, que podría ser La Cámpora, sino también gente de entre 50 y 65 años, que dijo: “Yo perdí en 1973, me mataron a mis amigos, fui derrotado, agarro esto”.

¿Cómo explica que el kirchnerismo enamorara a gente de la izquierda de los años sesenta, si fue una gran mentira?

—Es que no fue sólo una gran mentira. Esa historia tiene que escribirse de nuevo. Los planes sociales con los cuales se salió de la crisis de 2001 estaban todos en marcha cuando subió Kirchner, y los había puesto en marcha Eduardo Duhalde, que para mí es la gran biografía política argentina de comienzos del siglo. La base fueron esos planes, la gestión del ministro Roberto Lavagna, las “manzaneras” (tomadas del ejemplo cubano de trabajo de mujeres en los barrios) y el Fondo de Recuperación que le exigió Duhalde a Menem para llegar primero a la gobernación de Buenos Aires. Sin eso nada hubiera sido posible para contener la pobreza del Gran Buenos Aires.

—Eso es lo que los grandes medios llaman “el relato”. ¿Pero cada gobierno no tiene su relato, el macrismo no tiene su propio relato?

—En el macrismo el relato es pobre porque no cree en esas trasmisiones. Es pobre el relato porque el macrismo es pobre ideológicamente. El Pro es el primer partido de gobierno que le habla a la gente sin tradición política. Los partidos hasta la era Pro se formaban en lo que los latinos llamaban el cursus honorum: uno entraba al partido, militaba en el barrio o en la universidad, según cada dirigente. Esta es gente que viene de otro lado. Su cursus honorum lo hizo en las empresas. Es de una novedad enorme.

—¿Hay ejemplos en otros lugares del mundo? Pienso en Donald Trump en Estados Unidos, el empresario Pedro Kuczynski en Perú o en Guillermo Lasso en Ecuador...

—Sin duda que hay ejemplos en otros países del mundo. Trump es un caso más glamuroso porque entró directamente a la presidencia del país más importante del mundo. La que creo que es la política líder del mundo europeo, Angela Merkel, si uno lee su biografía ve que cumplió todos los pasos que dan los políticos. A los 16 años se afilió al derechista partido Social Cristiano y dio todos los pasos en ese partido. En España, Francia y Gran Bretaña los partidos todavía funcionan. Quizá el primer adelantado de todo esto sea Silvio Berlusconi, que viene de la televisión y del fútbol.

—¿Cómo se para un intelectual de izquierda en este mundo?

—Un intelectual de izquierda, si quiere seguir considerándose un intelectual progresista que haga honor a una tradición que comenzó en el siglo XIX y que es la única que yo conservo verdaderamente del marxismo, debe ser autocrítico. El principio es la autocrítica. Si no, no hay posibilidad de repensar nuestra tradición.

—¿Hay alguna izquierda en el mundo que haya hecho esa autocrítica?

—Hubo una izquierda británica, donde estaban Raymond Williams y Terry Eagleton, que no cometió la misma cantidad de errores que tuvieron la izquierda continental europea y la latinoamericana. Mantuvo algunos lazos con el Partido Laborista y pudo repensar algunas tradiciones. También hay gente que piensa la política de una manera renovada, más allá de que venga de la izquierda o no. Pero en el camino que abre Claude Lefort uno tiene gente como Pierre Rosanvallon, que piensa la política de una manera diferente. Los que venimos de antes, aunque hoy pensemos como Rosanvallon o como Lefort, no tenemos que olvidar nuestros errores.

 

 

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Lunes, 13 Febrero 2017 06:17

Jaja

Jaja

La barbarie y obscenidad del nuevo gobierno estadunidense han generado resistencia extraordinaria manifiesta en las calles, en expresiones culturales y hasta en los tribunales, pero tal vez la más efectiva por ahora es la risa colectiva provocada por los grandes bufones.

Casi todos los días es común encontrar en los principales medios de noticias una reseña de un programa o de un comediante que confrontó a Trump y su gobierno; son noticia política, no de espectáculos. Los sketches y comentarios satíricos se vuelven virales. Y vitales.

De hecho, las conversaciones en los encuentros entre la gente suelen empezar con que si vieron lo último que hizo Saturday Night Live, o uno de los monólogos de los conductores cómicos de los programas nocturnos de charla y variedades, sobre todo los herederos de la tradición que se inició con Jon Stewart y su Daily Show: su sucesor Noah Trevor (https://www.youtube.com/channel/ UCwWhs_6x42TyRM4Wstoq8HA), como Stephen Colbert, ahora conductor de The Late Show en CBS (https://www.youtube.com/channel/ UCMtFAi84ehTSYSE9XoHefig), el cada vez más poderoso John Oliver con su programa semanal Last Week Tonight, en HBO (http://iamjohnoliver.com), y Samantha Ben con su programa Full Frontal (www.tbs.com/shows/full-frontal-with-samantha-bee.html), entre otros.

El poder de estos comediantes no sólo se ha intensificado con Trump y su gente, sino que el sujeto de la burla los ve y reacciona (durante la campaña solicitó que Saturday Night Live fuera cancelado por un sketch). Que un presidente repetidamente se queje, y hasta amenace, a un comediante o un programa no sólo da mayor satisfacción a estos artistas del humor, sino que multiplican su público. No hay nada que más desee un humorista ahora que un tuit insultante del ocupante de la Casa Blanca.

Trump no aguanta la burla. Los mejores comediantes han comprobado, una vez más, que el humor puede ser una de las mejores armas contra una figura autoritaria, y a la vez, la educación política más efectiva en estos últimos tiempos. Vale recordar que hace unos años el Daily Show de Jon Stewart –un noticiero ficticio cuyos "corresponsales" empleaban la sátira política y social más filosa y contemporánea– se convirtió en la principal fuente de información política para los jóvenes en Estados Unidos, y Stewart fue nombrado el "periodista" más confiable del país. Stewart, quien se retiró en 2015 después de 16 años de vida de su programa, señaló que esa distinción era un comentario más bien sobre el estado de salud de los medios noticiosos en este país.

Saturday Night Live (SNL) arrancó en los 70 y se volvió institución cultural de la televisión en este país, pero durante sus últimos años perdió su frescura y la vanguardia. Pero la campaña presidencial y ahora presidencia de Trump han resucitado el añejo programa de sketches y lo han vuelto de nuevo punto de referencia.

El actor Alec Baldwin ha logrado imponer su papel como Trump de tal manera, que el presidente nunca más se podrá liberar de la impresión de él por Baldwin (https://www.youtube.com/watch?v=pZOF9q5fzfs).

Tan así es que este fin de semana un periódico dominicano tuvo que disculparse públicamente por publicar una imagen de Baldwin en el papel de Trump en lugar del propio presidente en una nota sobre el ocupante de la Casa Blanca. Baldwin de nuevo hizo el papel en el más reciente programa, donde aparece como participante en uno de esos programas de tribunales de televisión (https://www.youtube.com/watch?v=dLYfwprjtog). La juez le pregunta “Sr. Trump, usted entiende que esto es un tribunal de televisión, ¿verdad?” y Trump responde: "sí, está bien, yo soy un presidente de televisión".

Pero tal vez la peor devastación de un integrante de la Casa Blanca fue a manos de la gran actriz cómica de cine Melissa McCarthy, quien apareció por sorpresa la semana pasada en el papel de Sean Spicer, el vocero de la Casa Blanca. Analistas y observadores políticos de ambos partidos coincidieron que de aquí en adelante nadie podrá ver a Spicer sin pensar en McCarthy. Algunas fuentes citadas por medios revelaron que no sólo se molestaron Trump y Spicer, sino que el presidente estaba particularmente enojado de que una mujer hubiera hecho el papel. (https://www.youtube.com/watch?v=UWuc18xISwI). Más aún, fue tan potente, que Trump esta vez guardó silencio.

Este pasado fin de semana, McCarthy hizo la apertura de SNL de nuevo como Spicer, y algunos la consideraron aún mejor que la primera (https://www.youtube.com/watch?v=fbhz3XcNzGU). Y fueron mas allá, ahora burlándose del recién ratificado procurador general Jeff Sessions, criticado por su historial racista y antimigrante. Aparece momentáneamente con "Spicer" en el briefing diario de la Casa Blanca, donde explica: "todos sabemos que hay dos tipos de crimen: los normales y los de los negros", antes de ser sacado por Spicer.

John Oliver, el comediante inglés, quien también se ha vuelto punto de referencia en las noticias, regresó al escenario el domingo después de un receso de un par de meses (cerró su último programa del año pasado rogándole a su público “no permitir que todo esto –la presidencia de Trump– se vuelva algo normal: no lo es” y entre sus recomendaciones estaba suscribirse a un periódico). La publicidad de su primer programa incluye una imagen de él escondido detrás de su escritorio y el mensaje: "tiempos de susto requieren de un hombre asustado" (aquí con Colbert platicando de esto: https://www.youtube.com/watch?v=sJR9QjezRGg).

Para verdaderamente entender, y sobrevivir, esta coyuntura aquí, uno tiene que consultar con todos estos grandes expertos. La risa es un antídoto al gran engaño que está en la cúpula.

Y tal vez más: "Los bufones frecuentemente resultan ser profetas". Shakespeare.

"Caballeros, aquí Chicolini puede que hable como un idiota y puede que parezca un idiota, pero no dejen que eso los engañe. Realmente es un idiota". Groucho Marx.

"Mi manera de bromear es decir la verdad. Es la broma más chistosa del mundo". George Bernard Shaw.

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Dario Fo, irreverente maestro del teatro subversivo, murió cantando

"Fue su gran final, resistió y siguió trabajando hasta que fue hospitalizado; hay que ponerlo en los manuales de medicina: el arte, la pasión y el compromiso político sirven", dice su hijo Jacopo

 

Milán.

El dramaturgo italiano Dario Fo, reconocido con el Nobel de Literatura 1997, artífice de una extensa obra irreverente y creativa, murió cantando.

Ayer en la mañana, en el hospital Sacco de Milán, falleció debido a problemas respiratorios y a complicaciones por una vértebra fracturada, el que fue un intelectual comprometido y referente moral para la izquierda de Italia. Él se definía como clown, pero era un maestro del teatro subversivo.

Los médicos del servicio de neumología dijeron que el paciente estuvo lúcido y cooperativo prácticamente los 10 días que permaneció en el nosocomio. Incluso se mostraron sorprendidos, pues hasta el miércoles, antes de que se agravara y tuvieran que sedarlo, Dario Fo cantó "horas", además de preguntar al personal sobre las noticias del país y el mundo, pues no podía ya leer los diarios.

Como rúbrica a una vida siempre a contracorriente, il arlecchino de Italia se fue un par de horas antes del esperado anuncio del ganador de Premio Nobel de Literatura 2016, como un último e involuntario acto antisolemne.

Él mismo fue reconocido en 1997 por la Academia Sueca por "la fuerza de sus textos, que simultáneamente divierten, atraen y brindan perspectivas".

El también actor festejó hace siete meses sus 90 años, rodeado de amigos y familiares en el Piccolo Teatro de esa ciudad, donde además presentó su libro Dario e Dio, escrito a cuatro manos con Giuseppina Manin, como reseñó La Jornada el pasado 24 de marzo, día del cumpleaños del dramaturgo.

Entonces se mostró vital y sorprendido de llegar a las nueve décadas "y no estar chocho. Se me olvidan ciertas cosas, pero nunca he producido tanto ni me ha apasionado y divertido como en estos tiempos", dijo a la prensa.

También participó en la apertura del Museo Franca Rame-Dario Fo, ubicado en el archivo de estado de la ciudad de Verona, que resguardará el acervo de Fo y de su esposa, fallecida en 2013, reunido a lo largo de 50 años, que contiene textos teatrales, manuscritos inéditos, manifiestos, libros y fotografías, además de vestuario, escenografía, marionetas y, en suma, toda su vida en 70 años de carrera.

Además, luego de 40 años de ausencia, Fo regresó a la televisión el pasado diciembre con un espectáculo dedicado a Maria Callas, protagonizado por Paola Cortellesi, última obra coescrita con Franca Rame, en la que quiso borrar la historia frívola de la vida de la cantante.

Autor de 70 libros, Dario Fo (1926-2016) dio voz y dignidad a personajes o hechos ignorados o manipulados por la historia, incluso corrigiéndola en sus textos teatrales de sátira política y social. Incomodó a más de uno por su empeño político de izquierda y por su constante desafío al poder y la hegemonía cultural.

Conocido en el mundo, y en particular en América Latina, donde participó en varios Festivales de teatro como el de Bogotá y Caracas a comienzos de los años 90 del siglo pasado, el teatro de Fo se caracteriza por un lenguaje absurdo en el que mezcla dialectos, latín, italiano y citas literarias.

Anticonformista, simpatizante comunista, admirador de la experiencia chilena con Salvador Allende, la comunidad teatral en el mundo lo llamaba "el maestro", y era uno de los autores teatrales más representados después de Goldoni.

Tan sólo en los recientes 12 meses publicó cuatro libros, además de Dario e Dio: Razza di zingaro, dedicada a Johann Trollmann (1907-1943), el mejor boxeador de Alemania, discriminado en el nazismo por ser gitano, que terminó en un campo de concentración, donde fue asesinado; Storia proibita dell’America, que muestra a algunos de los personajes estadunidenses que desafiaron el poder, empezando por el pueblo de los semínolas, única tribu india que jamás se rindió ante los colonizadores; Hay un rey loco en Dinamarca, novela histórica, en la que Fo recupera documentos inéditos que le permitieron reconstruir la manera en que Dinamarca alcanzó, durante el iluminismo, las bases para la construcción de un Estado moderno, en una historia de pasión amorosa, amargura y lucha por el poder.

Émulo de bufones medievales

Cuando Dario Fo recibió el Nobel de Literatura, la Academia Sueca dijo que Fo merecía el epíteto de bufón "en el verdadero sentido de la palabra. Con una exquisita mezcla de risa y seriedad abre nuestros ojos a los abusos e injusticias de la sociedad y también a la más amplia perspectiva histórica en que pueden ser ubicadas. Emula a los bufones del Medievo cuando critica a la autoridad y sostiene en alto la dignidad de los oprimidos".

El juglar y agitador político nació en Laggiuno-Sangiano, Varese, en el norte de Italia, hijo de un jefe de estación de tren y madre campesina. Desde temprana edad fue reconocido como "joven cascarrabias"; fue militante del Partido Comunista Italiano y mimo. Estudió pintura y arquitectura en la Academia de Bellas Artes de Brera, en Milán; sin embargo, la irrupción de la Segunda Guerra Mundial cambió sus planes de dedicarse al arte, pues dejó todo para unirse a la resistencia contra Mussolini.

Dario Fo comenzó su carrera colaborando en revistas satíricas en pequeños teatros y cabarets. Escribió su primera pieza dramatúrgica en 1944. En 1954 se casó con la actriz y escritora francesa Franca Rame, con quien fundó su propia compañía teatral en 1959.

Rame, su compañera de vida, con la que se casó por la iglesia, murió hace tres años de un derrame cerebral, a los 83 años. Fo no se repuso del todo del golpe: "soy ateo, pero Franca se me aparece todas las noches", comentó hace poco a sus allegados.

Procesado 40 veces por "delitos de opinión", es autor de la célebre obra de teatro Muerte accidental de un anarquista (1970), traducida y representada en muchos idiomas; uno de sus muchos textos por los que fue censurado por la cultura oficial y perseguido por la ultraderecha hasta el punto de que Franca Rame fue víctima, en 1973, de secuestro con violación por una banda fascista.

En 1980 las autoridades migratorias de Estados Unidos negaron a Fo permiso para entrar a ese país a causa de sus ideas políticas.

"Soy uno de los últimos marxistas que quedan, los otros se pasaron al Polo (coalición derechista encabezada por el ex fascista Gianfranco Fini)", ironizó alguna vez durante la presentación de sus puestas en escena.

Severo crítico de Berlusconi

Por supuesto, Dario Fo fue uno de los críticos más duros del ex premier Silvio Berlusconi, al que interpretó y ridiculizó en la comedia El anómalo bicéfalo (2003).

Sus obras siguen siendo "incómodas" en países como Turquía, donde hace apenas un par de meses fueron prohibidas por el presidente Erdogan. Cuentan que Fo, al enterarse, estalló en risas al comentar el hecho en una entrevista con el diario La Stampa: "Es como si me hubieran dado otro premio Nobel", dijo.

Misterio bufo, escrita en 1969, es considerada la obra más importante de Dario Fo, donde interpretaba él solo múltiples personajes y mostraba grandes dotes de mímica. En total escribió alrededor de 47 comedias, tres películas y más de 60 canciones.

Otras de sus obras son Los arcángeles no juegan al flipper (1959) y La mariguana de mamá es la más bonita (1976), farsa sobre el problema de la droga, inscrita en el llamado teatro de agitación.

El diario Corriere della Sera menciona que Jacopo, hijo de Fo, dio la noticia del fallecimiento del dramaturgo a la televisora RAI: "Ocurrió esta mañana a las ocho; fue su gran final, se ha ido. La única cosa sensata que puedo decir es que resistió y siguió trabajando entre ocho y 10 horas al día hasta que fue hospitalizado. Hay que ponerlo en los manuales de medicina: el arte, la pasión y el compromiso político sirven".

El concejal de Cultura del ayuntamiento de Milán, Filippo del Corno, informó que el funeral de Fo será en el Piccolo Teatro, donde el Nobel celebró en marzo con sus amigos, familiares, artistas y músicos sus 90 años. Ahora el foro será abierto al público para que se despida al escritor.

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Martes, 02 Agosto 2016 08:19

Ética y dignidad zapatistas

Ética y dignidad zapatistas

 

Una de las primeras técnicas que aprendimos en la militancia fue a “dirigir” asambleas. En realidad, a manipularlas. En plena adolescencia, los estudiantes ya estábamos en condiciones de imponer lo que considerábamos adecuado para “la causa” sin importar demasiado si los demás lo compartían. Éramos la vanguardia, y punto.

 

Una de las principales corrientes políticas de aquel período, tenía un modo de actuar en las asambleas que consistía en que sus cuadros hablaban horas y horas, hasta que los asistentes se cansaban y empezaban a retirarse. Colocaban a sus militantes en las puertas de los salones para convencer a los suyos que todavía no se retiraran, y cuando estaban seguros de que ya eran mayoría, pedían votación. Y ganaban casi siempre. Los que intentaban cortar tan largos discursos, eran acusados de violar la libertad de expresión.


Cuando aquello no funcionaba, apelaban a los grupos de choque, algo que nuestra corriente también practicaba. Cuando algunos jóvenes militantes nos preguntan si hace casi cinco décadas los enfrentamientos con la policía eran muy duros, debemos sincerarnos y reconocer que una parte sustancial de las energías las dedicábamos al enfrentamiento físico y dialéctico con las juventudes de los partidos de izquierda. Y viceversa. Los acusábamos de estalinistas, pero caíamos en la misma actitud desde una estrategia “revolucionaria”.


Por esta larga y penosa experiencia, el comunicado del EZLN del 21 de julio, “Carta abierta sobre la agresión al movimiento popular en San Cristóbal de las Casas, Chiapas”, es un ejemplo de ética y dignidad en la relación de los zapatistas con los movimientos populares, sindicatos, partidos y cualquier organización social.


Luego de una primera parte donde estampan su posición ante el ataque al campamento de resistencia popular por grupos armados, y de advertir “no jueguen con lumbre en San Juan Chamula”, un lúcido presagio que lo que vendría, dedican la parte final al tema de las relaciones con los que luchan, bajo el subtítulo “A quien corresponda”.


Primero destaca que “se deben respetar las decisiones, estratégicas y tácticas, del movimiento” y agrega: “No es legítimo querer montarse en un movimiento para tratar de llevarlo a un lado fuera de su lógica interna. Ni para frenarlo, ni para acelerarlo”.


En este punto toman distancia de quienes proponen estrategias electorales pero también de los que defienden posiciones revolucionarias, y aclaran que cualquier movimiento que hagan respecto al movimiento actual lo harán saber públicamente y con antelación, y lo ponen en letras grandes, mayúsculas, para que nadie se llame a engaño.


Como tengo la convicción, por experiencia propia, de que esta es una posición muy poco frecuente entre los movimientos que luchan contra el capitalismo, me parece necesario destacarla, valorarla y defenderla porque nos enseña otro modo de hacer, apegado estrictamente a la ética y a la dignidad, que son indivisibles. Quien defiende la propia dignidad, valora la de los demás, y por lo tanto los respeta, aunque no acuerde, en sus tiempos y modos como dice el comunicado.


A partir del comunicado podemos abrir un debate con una pregunta: ¿cómo influir, entonces, en el devenir de las luchas si no nos montamos en los movimientos? Que es casi lo mismo que preguntarse por la relación que queremos tener con los pueblos, barrios, sindicatos, etcétera.


Creo que el propio zapatismo a lo largo de su historia nos da algunas pistas. La primera, y fundamental, es algo así como predicar con el ejemplo. Organizarnos y hacer. Luego, que los demás vean que sí se puede; que si los zapatistas pueden, los demás también pueden. Este efecto demostración, digamos, es fundamental porque apuesta a poner en juego la autoestima de las comunidades.


En esta forma de hacer política, nueva cultura política le llaman, hay una renuncia a jugar como vanguardia, a ser un grupo que va delante y lleva detrás a los pueblos; a proclamarse los guías que indican el camino a las mayorías que no saben. Están en otro lugar. No son vanguardia; quizá sean algo así como organizadores de pueblos. En esta lógica no hay dirección ni base, que es lo que los movimientos anticapitalistas vienen practicando desde hace más de un siglo. En este modo de hacer no hay lugar para manipular, porque no se trata de ganar asambleas ni de llevarse “masas” de las narices, o de donde sea que las arrastremos. Es mandar obedeciendo.


El comunicado es una doble lección. De ética, porque los pueblos y las personas no deben ser manipuladas, manejadas o sus acciones desviadas para fines que no han definido ellas mismas, ni siquiera por buenas razones revolucionarias.


De dignidad, porque el EZLN cree en la autonomía de los pueblos y de los seres humanos, y rechaza la concepción implícita en ciertas corrientes políticas que actúan como si unos (la vanguardia), fueran los tesoreros de la dignidad y de la autonomía, mientras los pueblos y las personas sólo les queda seguir sus consejos.

 

 

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Diez recomendaciones ético-sintácticas

 

Rebelión/Universidad de la Filosofía

 

Ya sabemos que no hay “periodismo” asexuado, neutro o des-interesado; ya sabemos que entre tendencias, sueldos e ideologías se teje una red de presiones y tensiones que determinan la interpretación “periodística” de los “hechos” y su orientación al servicio de los hilos que la mueven. Ya sabemos que nadie redacta o publica noticias ingenuamente y que en el ejercicio de contar acontecimientos -objetivos y subjetivos- pesa decisivamente la posición y el compromiso de clase del que informa y del que es informado. Es indispensable tener conciencia de esas tensiones, reconocer los límites que nos imponen y saber moverse entre ellas para poner a salvo la “pasión por la verdad”, es decir, por su construcción colectiva, sus fortalezas metodológicas y sus fundamentos científicos. Es indispensable romper con el empirismo y el criticismo -irresponsables y mercantilistas- que sirven de plataforma para las tropelías informativas más impúdicas e impunes. Por todo eso y más viene bien ejercitar vacunas o antídotos éticos de combate capaces de parir y hacer parir un periodismo nuevo o un modo de producción informativa emancipados y emancipadores. Verbigracia:


1. No uses la palabra “enfrentamiento” cuando grupos militares o policiales repriman a líderes o movimientos desarmados.
2. Lee mucho y privilegia siempre las fuentes de información de quienes luchan por las bases y desconfía siempre de las agencias internacionales comercializadoras de noticias.
3. Explica, con toda claridad, los “hechos”, sus móviles, sus protagonistas y las condiciones concretas y de clase en que ocurren (cronológicas, históricas, de clase, geográficas...)
4. Explica siempre (de la manera más clara y creativa) el marco teórico de tu trabajo de información y comunicación.
5. Se generoso en la consulta y el contraste de fuentes informantes y elabora un dispositivo crítico riguroso frente a ellas.
6. Pondera con cuidado extremo tu subjetividad ante los hechos y mantén bajo vigilancia tu propia contaminación ideológica y tu ignorancia frente a lo que debes informar. La primera sospecha sobre la información debe recaer en el informante.
7. Advierte a tu interlocutor (de manera rigurosa y creativa) cuales y cuántas son tus limitaciones para informar en lo general y en lo particular.
8. Si en el proceso de acopiar información detectas que alguien miente, denúncialo de todas las maneras posibles o serás su cómplice.
9. Mantén equidad de perspectivas (no neutralidad) de género, de edades... Tomando posición al lado de los más débiles, los más frágiles, los más humillados. Ética significa, también, hacer lo que se debe por el bien de los que menos tienen.
10. Analiza, invariablemente, si lo que informas pertenece o no, si ayuda o no, a una situación revolucionaria y asegúrate con toda honestidad de que tu vocabulario, tu sintaxis, tu formación profesional... tus valores estén a la altura de las circunstancias y de los pueblos en lucha. No te engañes ni engañes a otros.


La Ética no es ese arte del relativismo fanático -que algunos ridiculizan con palabrería de eruditos- para esquivar la fuerza de su poder social y su capacidad de poner en evidencia toda trapacería, marrullería y crimen. No es un ingrediente decorativo para muchachos que, serviles al patrón, recitan ideología de auto-ayuda como si fuese evangelio ético de supermercado. Mercenarios pues.


Aunque parezca ocioso repetirlo no está de más siempre anclar la producción de información sobre bases afianzadas con buenas dosis de auto-crítica científica. Alertas con los peligros y las contaminaciones. Es fácil encontrar trampas y manías -de todo orden- entre quienes se auto-convencieron de ser más revolucionarios que toda revolución. No son pocos. Abundan los “docentes” que, ya sabiéndolo todo, barnizan con saliva de doctos cuanta situación y cuanto liderazgo les cuestiona su lugar en las filas. Algunos son discretos y hábiles para disimular su inutilidad o su obra inofensiva y para ello usan muchas citas de revolucionarios y teóricos clásicos. Hay piezas magistrales pergeñadas por sabios incapaces de organizar ni una piñata. Y venden muchos libros y conferencias.


No pocos se hacen profesores y se hacen preceptores. Siembran la abundante cosecha de su ego en las cabezas de muchas generaciones y aguardan pacientemente la hora de los aplausos. Se creen en edad de enseñar a otros el arte de alabarse a sí mismos y prohíjan becas, prebendas y canonjías a los cuatro vientos de su histrionismo mesiánico. Y dan vueltas al mundo con su sólo truco de naderías auto-referenciales. Ya hemos tenido suficiente de eso. Nadie está por encima de quienes luchan, nadie puede auto-erigirse en interprete o representante de lo que no construye y por lo que no se arriesga. Nadie pues está por encima de la revolución social.


En todo caso entiéndese aquí por Ética la ciencia que describió Sánchez Vázquez en una de sus obras más orientadoras y útiles para la Batalla de las Ideas y para esculpir la conducta científica de aquel que asuma responsabilidades sociales ante el trabajo de documentar acontecimientos y divulgar las consecuencias, objetivas y subjetivas. Nada menos. Y eso hace que ningún “decálogo”, incluido éste, sea letra muerta ni palabra última. Todo debe ponerse bajo el examen inequívoco de su utilidad a la emancipación humana, finalmente sin clases sociales... sin capitalismo.

 

 

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Sábado, 07 Mayo 2016 08:06

La criminalización del pensamiento

La criminalización del pensamiento

Pensar trae consecuencias. Su ejercicio no ha sido una facultad bien vista. Hoy está en peligro de extinción. Resulta significativo que entre los crímenes de lesa humanidad figure la persecución ideológica y política. Desde el castigo bíblico hasta nuestros días, la acción de pensar se castiga. Dos esferas de la realidad política son las más afectadas. La educación y el periodismo. En ambas, sus representantes son objeto de las iras del poder institucional y la violencia. Las universidades, en tiempos de dictaduras militares o cívico-militares, sufren las consecuencias de la criminalización del pensamiento. Maestros y profesores han sido perseguidos y asesinados. Durante la segunda República en España se expulsó a miles de las aulas del magisterio y qué decir del México actual. En cuanto al periodismo, se mata directamente al mensajero. El más reciente informe de la Federación Latinoamericana de Periodistas destaca que sólo en México, durante 2015, fueron ultimados 14 informadores. La lista es larga. Honduras presentó 10 casos, Brasil ocho, Colombia cinco y Guatemala tres. Al mismo tiempo, la Federación Internacional de Periodistas apunta que de 1990 a 2015 se contabilizaron 2 mil 297 asesinatos de comunicadores. En esa lista vuelve a destacar México con 120 casos, Rusia reporta 109 y Brasil 62.

 

Todos los días nos enteramos, por los medios de información, de las arbitrariedades del poder político a la hora de criminalizar cualquier opinión discrepante. Sobre todo si en ella se vierten críticas al orden social, a la violación de los derechos humanos y a las fuerzas armadas y cuerpos de seguridad del Estado. Basta con que la policía emita informes imputando a organizaciones, personas o movimientos sociales de propagar ideologías disolventes para que sus dirigentes sean detenidos, investigados y encarcelados. Asimismo, cualquiera puede levantar falso testimonio y lograr credibilidad cuando la acusación deriva en el ámbito del pensamiento y las ideas.

 

Si en los siglos XIX y XX el apelativo de terrorista recayó en los movimientos anarquistas y anarcosindicalistas, extendiéndose a socialistas y comunistas, en pleno siglo XXI se han roto dichas fronteras ideológicas. Ya no asistiremos a un montaje judicial para justificar la persecución ideológica. No hace falta encubrir el motivo. Abiertamente se imputa al políticamente incorrecto la condición de antisistema. Basta recordar el reciente caso del cómico alemán Jan Böhmermann, acusado de injurias por el presidente de Turquía, Recep Erdogan, al haber escrito un poema satírico. Lo peor no es la acusación, sino el consentimiento de Angela Merkel, canciller de Alemania, de facilitar la apertura de un proceso judicial por injurias. En la persecución del pensamiento no hay fronteras. En una sociedad de ciegos, el tuerto no es el rey, está preso.

 

En la sociedad occidental, democrática y civilizada se criminaliza la crítica y el pensamiento se tilda de subversivo y antisistémico. Adjetivos que predisponen al uso de la violencia y la razón de Estado para su represión. En Colombia, la Escuela Nacional Sindical entregó un estudio detallado a congresistas estadunidenses subrayando que entre el 7 de abril de 2011 y el 31 de marzo de 2015 habían perdido la vida en atentados 105 militantes pertenecientes a diferentes sindicatos. Asimismo, la Confederación Sindical Internacional, en su informe anual sobre los derechos sindicales en el mundo, denuncia que fueron asesinados 101 trabajadores por ejercer actividades del gremio. De esos 101 asesinatos casi la mitad, 48, se registraron en Colombia, 16 en Guatemala, 12 en Honduras, seis en México, seis en Bangladesh, cuatro en Brasil, tres en República Dominicana, tres en Filipinas, uno en India, otro en Irak y uno más en Nigeria. Dicho texto no considera las amenazas e intentos fallidos de ejecuciones.

 

El miedo y la violencia, al igual que la autocensura, se apoderan de quienes emiten opiniones contrarias al poder dominante. Desde los atentados a las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001, el fantasma del terrorismo se convirtió en excusa para controlar la crítica política y el ejercicio de la libertad de expresión. En el saco del terrorismo se incorporan todo tipo de acciones y pensamientos. La vara de medir está bajo mínimos. Cuando más democracia y libertades se dicen reconocer, más se reprime la facultad de pensar. Ya no se diferencia entre pensamiento crítico y terrorismo. El poder no distingue y, lo que es peor, no quiere ejercer dicha distinción.

 

La crítica teórica y la reflexión han sido materialmente despreciadas, su praxis se condena, constituyen una amenaza. El poder político se siente propietario de las formas de pensar y actuar. Quienes practican la noble actividad de pensar a contracorriente, militantes políticos, sindicales, deportistas, científicos, periodistas, escritores, actores, artistas plásticos, grupos musicales, etcétera, son objeto de escarnio y presiones. Existe una guerra declarada al pensamiento en todas las dimensiones de la vida social.

 

El ejercicio crítico de pensar subvierte el orden y cuestiona el statu quo. Personas y medios que lo impulsan son atacados por el poder. Las medidas aplicadas van de la censura a la clausura de medios de prensa, programas de radio y televisión. Todo es bienvenido si con ello se acallan las voces discordantes. Hoy, los servicios de inteligencia y los aparatos de seguridad del Estado realizan la búsqueda de irredentos. Intervienen correos electrónicos, teléfonos móviles, graban en aulas de clase, restaurantes y centros comerciales. Ningún espacio público está exento de vigilancia. El pensamiento crítico debe ser controlado en corto. Quienes lo denuncian son objetivo militar y político. Es el caso de Julián Assange, fundador de Wikileaks, quien pidió asilo a la República de Ecuador por temor a ser extraditado a Estados Unidos, bajo acusaciones falsas de violación. Lleva recluido desde el 19 de junio de 2012 en la embajada de Ecuador en Londres. Otro ejemplo es el de Edward Snowden, ex empleado de la Agencia Nacional de Seguridad de Estados Unidos, quien hizo públicos los programas de vigilancia masiva a escala mundial desarrollados por la SNA y la CIA. Perseguido y acusado de criminal, se exilió en Rusia, donde reside actualmente. Su vida está en peligro.

 

Las guerras del siglo XXI amplían el espectro de los genocidios civilizatorios. Tecnologías de muerte. Drones y armamento de última generación se utilizan para acallar voces e imponer valores imperiales. Pensar se ha convertido en delito, su ejercicio se ha criminalizado y sus defensores han sido condenados.

 

 

 

 

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Domingo, 17 Abril 2016 07:33

Llegó el día, y ese día es hoy

Llegó el día, y ese día es hoy

EL DETRAS DE ESCENA CAMINO A LA VOTACION

 

Desde Río de Janeiro


A las ocho y diecisiete de la noche de ayer el oscuro diputado Paulo Feijó, del oscuro Partido Renovador, ocupó la tribuna de la Cámara en Brasilia para disfrutar de sus tres minutos de fama, ni un segundo más. Ese el tiempo establecido para que los 252 inscriptos pudiesen dirigirse a sus pares explicando las razones de su voto en la tarde de hoy. Paulo Feijó, que es de la provincia de Río de Janeiro, dijo que votará por la destitución de “ese desgobierno”, criticó duramente a la presidenta Dilma Rousseff y listó, con rapidez de narrador de hipódromo, las ciudades que componen su base electoral. “Todos mis electores me exigen el fin de ese pésimo gobierno”, vociferó. Y, para terminar, prestó homenaje a su querida madre, doña Anesia, de 87 años, y al querido tío Jorge, de 85. En ningún momento mencionó lo que la Constitución prevé como motivo legal para destituir a un presidente electo.


De todas formas, Feijó tuvo suerte: había casi un centenar de colegas en el Pleno de la Cámara cuando lanzó sus palabras al viento del olvido y del ridículo. Menos afortunada ha sido la diputada Renata Abreu, del igualmente obscuro PTN. A ella le tocó hablar a las cuatro y ocho minutos de la madrugada de ayer, e igualmente por exactos 180 segundos. A aquellas deshoras, como es comprensible, lucía un aire cansado, pero el vestido azul ajustado demostraba cuidado para semejante ocasión: es que cumplía 34 años, y no dejó de destacar la responsabilidad de festejar la fecha en medio a un “momento histórico”. Fue aplaudida por unos nueve compañeros de velada, que escucharon cada una de las palabras que alguien escribió para que la joven diputada leyera con énfasis de telenovela.


Teóricamente, la maratón olímpica de discursos –ha sido una sesión ininterrumpida, que al final habrá durado más de 50 horas– serviría para que los nobles diputados revelasen sus nobles intenciones, tratando de convencer a sus pares para que siguiesen el ejemplo.


Puro cuento chino: allí se cumplió mecánica y patéticamente el ritual impuesto por el reglamento interno de la Cámara. Lejos se daba la verdadera batalla por la conquista de adeptos para una y otra posición, y son esos los votos que definirán, hoy, el destino de Dilma Rousseff y el destino del país más poblado, económicamente más poderoso y geopolíticamente más importante de América latina. Así, en pura y burda negociación.


La semana ha sido prodigiosa en demostraciones de la estrategia aplicada por los golpistas, que tienen como cabeza visible al vicepresidente Michel Temer y como detentores del verdadero poder a viejos zorros de la baja política brasileña, y de los que tratan de impedir la deposición de una presidenta que supo agotar el inmenso capital político que heredó de su antecesor, Lula da Silva, el más popular presidente brasileño de los últimos 50 años. A propósito, ha sido el mismo Lula quien, en las últimas dos o tres semanas, al constatar el naufragio inevitable, se encargó de intentar la casi imposible tarea de revertir una tendencia que se arrastró como fuego en pasto seco y con viento de cola.


Desde el mediodía del viernes las negociaciones –con sus consecuentes artimañas– se intensificaron a un ritmo de vértigo en Brasilia. Cada voto es un voto a ser conquistado o asegurado. El gobierno sale en franca minoría. La esperanza última es lograr revertir un número suficiente para impedir que las dos terceras partes de la Cámara (342 diputados) aprueben la instauración del juicio destituyente de Dilma Rousseff.


En las últimas dos semanas se multiplicaron, por todo el país, los actos no exactamente en defensa de un gobierno muy criticado y una presidenta muy desgastada, pero en defensa del mandato alcanzado por 54 millones 500 mil votos en las urnas de octubre de 2014. Actos contrarios al golpe institucional se alastraron con fuerza a partir del lunes pasado, cuando Lula se reunió en Río con un grupo de artistas e intelectuales, encabezados por la mítica figura del compositor y escritor Chico Buarque de Hollanda, y en seguida habló para unas 60 mil personas.


Son eventos de efecto simbólico, por cierto, ya que ninguno de los golpistas se dejará seducir por sus repercusiones. Pero que tuvieron como resultado animar a manifestaciones callejeras que se reprodujeron por todo el país. Claro está que ninguna de ellas –inclusive las que reunieron a miles de personas– obtuvo de los medios hegemónicos de comunicación, especialmente los pertenecientes a las Organizaciones Globo, una mísera migaja de espacio. Pero igual se multiplicaron, y hoy estarán por todas las ciudades brasileñas, reconquistando un espacio que la izquierda había perdido para la derecha, esa sí, impulsada por Globo y congéneres.


Nadie sabe lo que pasará hoy. Una cosa, sin embargo, no se discute: el intento de defenestrar a una mandataria que obtuvo 54 millones de votos ha sido comandado por un diputado, el presidente de la Cámara, Eduardo Cunha, de quien se comprobó haber recibido, en un solo negocio, 52 millones de reales (unos 14 millones de dólares) de coima.


Es decir: casi se equiparan en números absolutos. Pero los de ella son votos, y los de él, dinero inmundo. Un corrupto, acompañado por legiones de corruptos, juzga a una presidenta que siquiera es investigada. Así están las cosas.

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“Las categorías dominantes son invitaciones a no pensar”

ENTREVISTA A LA SOCIOLOGA HOLANDESA SASKIA SASSEN

Sassen advierte que el mundo académico carece de conceptos para abordar fenómenos contemporáneos, critica a “esos profesores que empujan a los estudiantes a ser prudentes” y aboga por una universidad capaz de “abrir nuevas fronteras de investigación”.

“Prefiero ser una salvaje.” La socióloga holandesa Saskia Sassen bromea para explicar por qué elige correrse de las “categorías maestras” y anclar sus estudios en los márgenes sinuosos y las zonas oscuras de los fenómenos que se postulan como autoevidentes. Lejos de aquellos académicos que sostienen un solo proyecto como “tarjeta de presentación para toda su vida”, Sassen, que actualmente se desempeña como profesora de la Universidad de Columbia, ha ido variando sus objetos de estudio, al tiempo que ha multiplicado la relevancia mundial de sus publicaciones. Entre sus libros se destacan La ciudad global (Eudeba), Territorio, autoridad y derechos y el reciente Expulsiones (ambos editados por Katz), en los que indaga en las tramas de la economía global y sus nuevos ordenamientos. En su última visita a la Argentina –donde vivió algunos años de su juventud–, Sassen dialogó con Página/12 sobre el rol de las universidades en el mundo contemporáneo e instó a estudiantes y profesores a no ser prudentes: a hacer nuevas preguntas y tomar el riesgo de “empujar y abrir nuevas fronteras de investigación”.


–Usted señala que “la máquina de vapor” de la modernidad global no son las tecnologías digitales sino las finanzas. ¿Cómo es que esta “máquina”, en apariencia tan abstracta e inasible, moldea el pulso del mundo contemporáneo?


–Es la lógica misma de lo financiero. Lo financiero es radicalmente distinto de la banca tradicional. La banca tradicional vende algo que tiene: dinero. La finanza vende algo que no tiene y, por ende, debe invadir otros sectores, y para eso desarrolla instrumentos realmente admirables en su complejidad. Puede invadir desde los sectores más lujosos a las cosas más simples, como los préstamos para autos usados. No depende estrictamente de esos otros sectores; todo lo que necesita es desarrollar un instrumento que le permita extraer algo en base a lo cual pueda construir un instrumento que tenga la capacidad de multiplicar el valor. Entonces, es invasivo y destructivo y el hecho de que destruye lo que necesita también implica que no le importa. Extrae y listo; deja detrás espacios completamente destruidos y así va empobreciendo los Estados nacionales.


–Según señala en sus estudios, la economía global impone sus propias lógicas territoriales y de valorización de los productos del trabajo. ¿Cómo impacta esto en el mundo del trabajo y en la profesionalización?


–Lo que vemos es una transformación bastante importante de la distribución del trabajo. Hay un privilegio de los trabajos altamente profesionales y emerge una clase profesional muy grande, el 20 por ciento de cualquier economía desarrollada. Pero eso viene con un precio y es que destruye a esa clase media más modesta, que son los supervisores, las secretarias... eso se transforma en un elemento técnico. Todo lo que se puede estandarizar, se estandariza. Además –y esto ya como un fenómeno más parcial–, esa nueva lógica tecnológica también tiene sus preferencias y sus privilegiados, orienta cuáles son los buenos puestos de trabajo. En este momento las finanzas han perdido mucho terreno. Hubo un momento en que era la super choice para muchos estudiantes, pero ha habido tanta criminalidad en el sistema financiero que ya los hijos de las elites eligen otras cosas.


–¿Las ofertas académicas se ajustan a estos nuevos movimientos?


–Si me permito una observación crítica basada en Estados Unidos, creo que hay una especie de fabricación de diplomas que son totalmente inútiles. Los estudiantes estudian, son serios, pero las instituciones no son serias. Estados Unidos tiene una elite de universidades que son extraordinarias, pero también tiene más de 3500 instituciones de posgrado que en su gran mayoría son privadas y para obtener ganancias. Si miramos lo que ha pasado con la deuda de los estudiantes, los estudiantes argentinos van a sentir que les está yendo mucho mejor que a los norteamericanos. La deuda de los estudiantes en Estados Unidos hoy en día es superior a un trillón de dólares y es una deuda que está a una tasa de interés del 16 por ciento. Los ciudadanos pasamos el dinero a la banca al 2 por ciento de interés y esas bancas se lo venden a los estudiantes al 16 por ciento: un robo. Una vez que tienen un trillón pueden hacer mucho más que simplemente quedarse con el interés: financiarizan, invierten especulativamente. Mientras tanto, los estudiantes no se van a liberar nunca de esa deuda si no la pueden pagar, porque por ley el sistema financiero logró incluso que no se pueda declarar banca rota sobre esa deuda.


–Usted señala que no tenemos categorías conceptuales para explicar algunos fenómenos acuciantes. Por ejemplo, se siguen explicando en términos de “inmigración” desplazamientos que tienen características muy distintas a las migraciones de los siglos pasados. ¿Por qué cree que los conceptos nos van quedando desfasados?


–Lo que estamos viendo en la así llamada crisis migratoria en el Mediterráneo se capta sólo parcialmente con las categorías de migrante, refugiado. Creo que estamos viviendo el inicio de toda una nueva era que viene marcada por una masiva pérdida de hábitat, que tiene muchos factores. En este momento la guerra domina: tenemos 40 países que tienen guerra, pero también están la desertificación, el cambio climático, tierras que van a estar inundadas; la expansión enorme de plantaciones que expulsan a los pequeños agricultores; la expansión extraordinaria de la minería que quita también terreno para vida; la compra de tierra simplemente para extraer agua; el uso en cantidades enormes de agua para el fracking, que va eliminando agua para poblaciones... La guerra es sólo uno de todos estos elementos. Es el más inmediato, el que ahora domina nuestros imaginarios y nuestras explicaciones, pero es una cosa mucho más amplia, relacionada con la pérdida masiva de hábitat. Usar estas palabras “son inmigrantes, son refugiados” también es una invitación a no pensar. Nos tenemos que plantar ahí y preguntarnos qué estamos viendo. Hay una historia más profunda que requiere otros lenguajes.


–¿El mundo académico tiene responsabilidad en esta falta de comprensión de las particularidades del nuevo momento?


–Claro que tiene responsabilidad. Yo siempre tuve una relación muy problematizada con las categorías de análisis que son dominantes, porque en un cierto punto sí son muy útiles, pero por otro lado son invitaciones a no pensar: contienen la explicación. A mí lo que más me interesa de la inmigración es cuando empieza un flujo nuevo. Ya cuando es un flujo establecido me importa mucho menos. Muchos estudios de la migración son simplemente documentaciones de las características de esos migrantes o sus comunidades: tienen más de 20 años, tienen buena salud, comen tal cosa... Es muy fácil hacer eso. Yo creo que la universidad buena tiene también que empujar, abrir nuevas fronteras. Siempre va haber individuos que están dispuestos a tomar el desafío.

 

–¿Existen resistencias frente a ese tipo de enfoques?


–Un problema de la universidad es que tiene esos profesores que empujan a los estudiantes a ser prudentes. La mayoría de los académicos, una vez que tienen una idea, un proyecto, un libro, se quedan con eso como tarjeta para el resto de su vida. La gran universidad tienen que permitirse el lujo de aportar a aquellos estudiantes y profesores que van a ser la minoría que tienen el coraje de decir: “Yo acepto todo esto que me dijeron, pero aquí falta algo y yo voy a construir un puente conceptual para poder llegar a eso”. Creo que hay trabajo que hacer en las buenas universidades; hay que abrir nuevos terrenos, construir túneles en realidades que realmente pensamos que entendemos, pero no las entendemos.


–¿Esta incapacidad para procesar los nuevos fenómenos no implica también el peligro de no poder anticipar dinámicas que, en algunos casos, terminan siendo incluso tragedias humanitarias?


–Absolutamente, pero nunca vamos a poder predecir todo, porque hay combinaciones que no las vemos venir. Por ejemplo, el hecho de que de pronto se dé esta inmigración muy grande de Eritrea, al mismo tiempo que la de Siria. Son dos cuestiones totalmente separadas que producen un cambio inesperado.

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Breve nota sobre la literatura maldita en Colombia

La literatura maldita no constituye, en absoluto, una tradición, una escuela o un movimiento. Más exactamente, cada escritor o poeta maldito es singular e individual, punto.



La literatura maldita es una categoría que nace en el siglo XIX en el diálogo entre lo mejor de una parte de la literatura francesa y la inglesa. En los circuitos de ventas, posee una franja propia, aunque en las bases de la gran sociedad ocupa un lugar muy marginal, aquí y en cualquier parte, tanto como entre los guardianes de la buena moral.


La literatura maldita cumple esa función: decir lo indecible, mostrar lo oculto, llamar a las cosas por su nombre, y señalar que la gran escuela siempre es la de la vida, que es donde se nutre la verdadera gran literatura. Ello, digámoslo de pasada, sin dejar de mencionar la verdadera condición para la existencia de una gran literatura: leer, haber leído mucho y seguir leyendo siempre. Mientras se vive y se observa y se trata de comprender al mundo.


Obviamente, también en Colombia existe la literatura maldita. Pero el abanico no es muy amplio, a decir verdad. Se compone de nombres como Julio Flórez (sí, el poeta de las flores negras y los escándalos y sospechas), José Manuel Vargas Vila (el maldito de todos los malditos), Andrés Caicedo (por poco el autor de un solo libro, el inmortal ¡Qué viva la música!), y el autoexiliado y aclamado Fernando Vallejo (el único de todos los escritores colombianos que cumplió la promesa de no volver a España mientras a los colombianos nos pidieran visa).


De acuerdo con la mejor tradición ortodoxa en la materia, un escritor maldito es aquel que, ya desde joven, se aleja de la buena moral de la sociedad y las buenas costumbres. Escribe y vive como provocación y desafío, y se comporta en general de manera peligrosa, a–social e incluso autodestructiva. Generalmente mueren antes de alcanzar el reconocimiento debido, y su escritura es difícil para los consumos normales y habituales de la sociedad. Aunque a veces, a algunos, la vida les regala años extra.


El concepto aparece por primera vez en 1832 en Francia y se proyecta con solidez hasta finales de 1880. Posteriormente la categoría se extiende a otros países, culturas y naciones, siendo uno de los primeros Inglaterra. De esta suerte, lo que podemos denominar como la primera generación de escritores y poetas malditos comprende nombres como F. Villon, Rimbaud y Beaudelaire y se extiende a figuras como G. Sand y O. Wilde. Desde entonces, hasta la fecha, la literatura maldita constituye una vertiente propia, pero subterránea, clandestina o marginal de la literatura que produce una sociedad.


Ahora bien, de manera definitiva, la literatura maldita no constituye, en absoluto, una tradición, una escuela o un movimiento. Más exactamente, cada escritor o poeta maldito es singular e individual, punto. Los críticos, a los que les gusta catalogar todo, sostienen que la literatura maldita constituye una crítica a la modernidad. ¡Como si hoy en día no existieran escritores y poetas malditos!


Desde luego que en cada ciudad, grande, mediana y pequeña existen poetas y escritores malditos, que acaso por malditos no han alcanzado el reconocimiento que pudieran merecer. Son conocidos por círculos pequeños, alternativos y muchas veces ellos se autopublicitan de maneras clandestinas o marginales.


Sin la menor duda, los escritores malditos son gente libre, o bien gente que se quiere, decididamente, libre —aunque algunos aún no lo sean—. Encuentran la libertad en la escritura, y en ellos la escritura y la vida son una sola y misma cosa. Nada de artilugios académicos. (Aunque lo contrario también hay que advertirlo, a saber: que quien hace de la literatura y la vida una sola y misma cosa no necesariamente es un escritor maldito. Una línea fina y móvil de distinciones). Libres, y no simplemente rebeldes.


Flórez, Vargas Vila, Caicedo y Vallejo, por orden histórico: cuatro voces de poetas y escritores sin deudas: ni económicas, ni morales o intelectuales. Uno tomando distancia con respecto al poeta de conveniencia —José Asunción Silva—, es liberal radical; otro blasfemo y apóstata, objeto de persecusiones en el marco de la Constitución conservadora de 1886; otro más haciendo de una ciudad periférica el centro de las miradas de admiración y exultación del cuerpo, y el último, homosexual declarado y no vergonzante, autoexiliado por voluntad propia pero faro de la realidad nacional. Con una nota: no existe (hasta la fecha) una mujer en la historia de la literatura maldita en Colombia.


Vallejo posee sobre los demás autores malditos colombianos una ventaja, que es al mismo tiempo una contradicción. Se trata de un autor a todas luces maldito que es publicado por unas de las grandes editoriales y circuitos de distribución oficiales en la lengua española: Alfaguara y Taurus. (Al fin y al cabo a las grandes editoriales les importan autores que vendan; entre otros criterios). Los demás son autores anacoretas, y varios títulos suyos difícilmente se consiguen en las buenas librerías, y definitivamente no en las librerías de centros comerciales. Es notablemente el caso de Julio Flórez, poeta proscrito de las ediciones y reediciones, de los encuentros y los números especiales. Aun cuando la editorial Sopena publicó las obras completas de Vargas Vila, parcialmente.


Caicedo acaba de ser objeto de reedición de ¡Qué viva la música! gracias a una película desafortunada y pésima. Pero Vargas Vila permanece como el más recóndito de los autores en materia editorial, de estudios, monografías, biografías o hagiografías, por ejemplo. El autor más prolífico de los malditos colombianos, sus libros se encuentran, en el mejor de los casos, en los anaqueles de eruditos y libreros de segunda. Que podemos llamar, de manera hermosa, como "libros leídos".
(Digamos entre paréntesis: esa deuda histórica que tenemos todos los amantes de los libros, de un lado, con las pequeñas editoriales y las editoriales independientes, y de otra parte con los libreros de segunda, para no mencionar los anticuarios —otra categoría aparte).


De la literatura maldita no quedan moralejas; tampoco inferencias indirectas. De hecho, no existe una única literatura maldita, y como puede apreciarse de la lectura cuidadosa de los cuatro grandes en Colombia, de cada uno cada quien saca lo que puede. Que sería el comienzo para una auténtica tertulia. Que es uno de los modos para una incubadora gratuita de ideas, proyectos, y acciones.


Vargas Vila, Julio Flórez, Andrés Caicedo, Fernando Vallejo, una línea irregular subterránea de historia, cultura, sociedad y política —abyecta, iconoclasta, irreverente y desconocida.

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