"La única salida para que los colonizados no repitan, una y otra vez, la terrible historia que los coloca en el lugar del colono, es la creación de algo nuevo, del mundo nuevo. Es el camino en el que los dominados pueden dejar de referenciarse en el dominante, desear su riqueza y su poder, perseguir su lugar en el mundo. En ese camino pueden superar la inferiorización en la que los instaló el colonialismo.

No podrán superar ese lugar peleando por repartirse lo que existe, que es el lugar del dominador, sino creando algo nuevo: clínicas, escuelas, caracoles, músicas y danzas; hacer ese mundo otro con sus propias manos, poniendo en juego su imaginación y sus sueños; con modos diferentes de hacer, que no son calco y copia de la sociedad dominante, sino creaciones auténticas, adecuadas al nosotros en movimiento. Creaciones que no tienen nada que envidiarle al mundo del colono. En ese movimiento colectivo de caminar, también tendremos las condiciones para descolonizar el pensamiento crítico".

 

Índice

 

Introducción

Colonialismo y movimientos antisistémicos

Sección I
Las sociedades en movimiento
La construcción de otro mundo en América Latina
La revolución descolonizadora del zapatismo

Sección II
Los movimientos en la era progresista

Argentina - Villa 31 (Retiro)
La autonomía es tan necesaria como posible

Brasil
Debajo y detrás de las grandes movilizaciones

Bolivia - Santa Cruz de la Sierra
Resistencia y cambio social en el corazón del racismo

Chile
Otra educación es posible 161

México
La comunidad autónoma urbana.
El mundo nuevo en el corazón del viejo

Paraguay
Las mujeres en el centro de las resistencias

Perú
Resistencia a la colonización de la minería

Venezuela. Cecosesola
El mundo nuevo desde lo comunitario

 

Sección III
Los progresismos como nuevas formas de denominación

El pensamiento crítico en el laberinto del progresismo
Formación de un nuevo bloque de poder en Uruguay
La construcción de un nuevo modelo de dominación

Sección IV
Abajo y a la izquierda


El Buen Vivir como el "otro mundo posible"
Descolonizar el pensamiento crítico y las prácticas emancipatorias

 

Mapas de la codicia II: la Exacerbada aversión a perder

En la gráfica se esboza un típico plano cartesiano, mediante el cual se representa la interacción entre dos actores económicos (x e y), y cuatro zonas que corresponden a distintos tipos de preferencias, así: I) PR o preferencias recíprocas cuando ambos actores ganan en una transacción; II) PA o preferencias altruistas, cuando un actor activo (X) da un regalo o donación a (Y), y, por tanto, se sacrifica para que su contraparte gane; III) PMD o preferencias mutuamente destructivas, cuando ambos actores pierden en una transacción (por ejemplo una guerra); y, IV) PE o preferencias egoístas cuando un actor activo (X) busca maximizar su propia utilidad, y lo hace a costa de perjudicar (explotar, dañar) al agente pasivo (Y) que, por lo mismo, sufre los costes y las pérdidas de la transacción.

La reciprocidad se encuentra, por ejemplo, en la amistad: los amigos se hacen favores y se benefician mutuamente.


El altruismo ha sido ejemplificado en el Sermón de la Montaña—, en pasajes como los siguientes: "... Mas yo os digo, que vosotros no resistáis al mal a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Y si quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale tu capote también. Ya cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él..." (Mateo 5:39-41).


El juego mutuamente destructivo de la guerra, y de los círculos viciosos de la venganza, ha resultado descrito (y aconsejado) en el viejo testamento así:"Si algunos riñeren, é hiriesen a mujer preñada, y ésta abortare, pero sin haber muerte, será penado conforme a lo que le impusiere el marido de la mujer y juzgaren los árbitros. Más si hubiere muerte, entonces pagarás vida por vida. Ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie. Quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe..." (Éxodo 21.24).


El egoísmo corresponde a la conducta racional en la competencia mercantil: comprar barato y vender caro; encajar la moneda falsa al rival y quedarse con la genuina riqueza; hacer un negocio sólo si este reporta rentabilidad.


En cada una de las cuatro zonas se pueden detectar dos sub-zonas: una de perfecta simetría (se pierde una suma equivalente a la que se gana, y viceversa); y de diversas asimetrías (se suele ganar más de lo que se pierde, y viceversa). Por ejemplo un magnánimo Gandhi dio mucho más de lo que recibió, en tanto que un negociante de la caridad publicita una tacaña limosna para ganar clientes y también para evadir impuestos.

Una lectura crítica de la aversión a perder —planteada por Kahneman y Tversky — me permite sugerir que: a) en realidad individuos y sociedades aversos a perder son sofisticadamente racionales y egoístas (al buscar ganar mucho más de lo que se pierde); b) en las venganzas personales y en las confrontaciones bélicas, al igual que en las negociaciones, se busca hacer mucho más daño del que le ha sido administrado a uno por su enemigo.


A partir de trabajos como el de Olson (1965) y Hardin (1968) existe un consenso entre los teóricos de la acción colectiva en relación con lo que, en este artículo, podríamos calificar de sofisticada aversión a perder, y que se sintetiza así: i) un ser racional busca maximizar su utilidad (al introducir una cabeza de ganado más en un potrero que es un bien libre como en la tragedia de los comunes; o al evadir una carga tributaria y así recargarse en el resto de contribuyentes como en los problemas de acción colectiva expuestos por Olson); ii) tal ser valora positivamente su utilidad en un porcentaje cercano a la unidad (100%); y, iii) valora la pérdida colectiva en un porcentaje de ínfimas fracciones cercanas a cero.


En el extremo del capitalismo salvaje y de la desmesurada búsqueda de éxito se ubica la personalidad del sádico para quien una ínfima gota de placer se logra sacrificando decenas, cientos o aún miles de vidas ajenas.


En el ámbito de la guerra (con preferencias mutuamente destructivas), lo que explica la reciente defensiva israelí contra Palestina (que en realidad era marcadamente ofensiva), es una exacerbada y ultra-racional aversión a perder: por cada israelí asesinado casi dos docenas de palestinos fueron masacrados. Una exagerada aversión a perder hace del negocio una guerra, como ocurre cuando el judío Shylock —en el mercader de Venecia de Shakespeare— pretende cortar una libra de carne del cuerpo de su deudor moroso para cobrarse la deuda.

 

Artículo vinculado

Mapa de la codicia (I)

Publicado enEconomía
Fernando Vallejo critica a Santos y pide votar en blanco

Sin tapujos, descarnado, propio de su estilo. Así fue el monólogo de 40 minutos del escritor colombiano Fernando Vallejo (Medellín, 1942) en un acto de la Feria del Libro de Bogotá. Sin introducciones, sin presentaciones y también sin despedidas, su discurso fue una crítica ácida a la gestión del presidente Juan Manuel Santos. También hizo blanco en el proceso de paz con la guerrilla de las FARC, en el expresidente Álvaro Uribe, la clase política, el desempleo, las miles de víctimas de la violencia y el caos, que para él, vive Colombia.

 


"Esa cosa que tenemos montada allá arriba (Santos), parrandeándose el destino de 47 millones de colombianos", fue el duro arranque. Leía aceleradamente con el indiscutible acento de los que han nacido en Antioquia, solo hizo pausas cuando el auditorio lo aplaudía o se reía de su lenguaje desabrochado. Parte del monólogo tuvo como hilo conductor la entrevista que EL PAÍS le hizo al mandatario en enero de este año, donde aseguró que se imaginaba a jefes de la guerrilla sentados en el congreso colombiano donde defenderían sus ideales. "¿Cuales ideales?", se preguntó el escritor. "¿Matar, violar, secuestrar, extorsionar, volar torres eléctricas y oleoductos, reclutar niños, sembrar minas quiebrapatas, a eso lo llama ideales? ¿Y sentados en el Congreso? ¿En la Cueva de Alí Babá junto con los hampones que allá tenemos?", fue su respuesta que despertó vivas en el auditorio.

 


Vallejo, que le dedicó la mayor parte de su monólogo a Santos, le dijo, como si fuera su interlocutor, que "las ideas no son mercancías, no son frascos de mermelada: son sagradas". La mermelada a la que se refería es como llaman en Colombia a la repartición del poder en época electoral. Santos en la entrevista de EL PAÍS aseguró que había decidido mantener en secreto los detalles de las negociaciones con las FARC hasta que no se tuviera el acuerdo final, y que solo en ese momento le "vendería a los colombianos" lo que se había acordado. Para el novelista, lo único que tiene claro Santos es que quiere reelegirse. "Seguir montado en el caballito trotón otros cuatro años, que llegado el caso convertirás en ocho, y ocho más ocho dieciséis", dijo.

 


En su intervención, Vallejo hizo un repaso de las diferentes tragedias y problemas que vive Colombia. Con relación a los desempleados, de los que Santos ha dicho que quedan dos millones, lo convidó a que visitara la Plaza de Bolívar de Medellín en donde cientos de personas se ganan la vida trabajando, pero vendiendo minutos de móviles, un ocupación informal de la que se sustentan miles de colombianos. "¡Claro, Colombia es un país rico en minutos!", dijo de manera sarcástica. De nuevo risas y aplausos de la concurrencia.


En su discurso no podía faltar críticas al expresidente y hoy senador electo, Álvaro Uribe Vélez, a quien le dedicó varios minutos en especial a su perorata de que Santos lo usó para hacerse elegir y después lo traicionó. "Anda por ahí trinando como un pájaro todo desequilibrado, de psiquiatra", dijo de Uribe, refiriéndose a los 24 mil tuits que ha publicado el exmandatario en su cuenta de la red social después de terminar sus ochos años en la presidencia.

 


Y con relación a la guerrilla y al conflicto armado, dijo que esta no era más que una excusa para seguir perpetuándose en el poder. "Para los políticos colombianos las FARC se volvieron la gallinita de los huevos de oro. Les pone huevos para la elección y huevos para la reelección. Y a los comandantes y generales de las Fuerzas Armadas también se les apareció la Virgen con la gallinita. Y así, con lo que les toca del Presupuesto Nacional (que de año en año y de subida en subida hoy va en el 18%), les han venido lloviendo del cielo los miles de millones de dólares del Plan Colombia. Felices de la vida, ¿no?".

 


Después de enumerar con detalle partes médicos de víctimas del conflicto y de las humildes veredas donde viven los campesinos colombianos, el escritor terminó diciendo que al final son ellos los atropellados por el ejército, las guerrillas y los paramilitares. "Engañados por los políticos, por los curas, por los santos: por vos (Santos). Abandonados a su suerte por esta mala patria".


Pero la reflexión que al final quería llevar Vallejo a este auditorio, que como siempre esperaba sus polémicas intervenciones, fue proponer que los colombianos voten en blanco en las próximas elecciones presidenciales, para que Colombia no siga en ese desastre que pintó a lo largo de 40 minutos sin respiro. "Copartidarios: somos los únicos limpios aquí. Somos el Partido Colombiano del Voto en Blanco, el Pe Ce Ve Be. Somos tan decentes que ni registro tenemos ni candidatos. El domingo 25 de este mes, día de la ira nacional, ¡voto en blanco!".


Al final pronosticó como sería el día después de esas elecciones, en donde ese voto de protesta se imponga. "¿Y el lunes 26, cuando amanezca Colombia radiante, toda pintada de blanco, qué? ¿El vacío de poder? ¡Cuál vacío de poder! Vacía la vida mía".

Publicado enColombia
Martes, 01 Octubre 2013 18:29

Anarquía, y caos

Anarquía, y caos

Cuenta Hesíodo que en el comienzo fue el khaos (caos), y que "caos" significa "el de la boca abierta". (Sólo en la época moderna "caos" proviene de "gas" y tiene la acepción conocida de "desorden"). El de la boca abierta es la admiración misma, el asombro. Que después la Grecia clásica nombrará como thaumaxein. La boca abierta es el arrobamiento propio de los niños, la fascinación por lo que acontece. Y sí: el momento anterior a nombrar las cosas. Y nombrar las cosas es un acto poético, un acto religioso incluso, en el más prístino de los sentidos; religioso o, mejor aún, místico.

 

También en el comienzo de esta civilización fue, en el plano de la fundamentación de las cosas, la ausencia de principio(s). Que se denomina, en propiedad como an-arché. Por ello mismo la búsqueda de un/el/algún fundamento. Como resultado de lo cual, en el período arcaico, los griegos arriban entonces a esa forma de vida que consiste en tener el fundamento en sí mismo, en tener pivote, diríamos hoy en día, en la ausencia de ataduras y la autodeterminación: el autos-arché; la autarquía. Aquello que en latín se expresa como eo ipso, en su acepción más genérica. La autarquía, que la humanidad posterior jamás volverá a conocer o a tematizar, porque lo que se heredará será algo más fofo y tonto, la autonomía, que consiste en darse el nomos a sí mismo. La ley o la determinación normativa "el deber ser" por y para sí mismo. Con lo cual el problema entero se hace bobo. Es toda la historia de la autonomía, la libertad y esas discusiones sonsas sobre libertad y heteronomía, en fin, derechos y deberes. Pensamiento débil, pensamiento para dummies.


No en vano ese helenista eximio —como pocos— que era Nietzsche se enamorará y nos enseñará a enamorarnos de la autarquía. (¡Sí, a enamorarse también se aprende!)


La condición para el autos-arché es la an-arché. Ésta es la indeterminación de la cual emerge la determinación no-determinada. La total libertad, la liberación, la iluminación misma, si se quiere. Porque ése es también efectivamente el caso; incluso. En otros términos, la an-arché es la condición para el pensamiento y forma de vida libertarios.


Hasta que Occidente, esa civilización temerosa aprende a temerle a la libertad. Occidente, si, aunque lo diga con delimitación metodológica, hemos de creerle a Jean Delumeau. Los occidentales, que le temen a todo: a la soledad, al sufrimiento, a la enfermedad, al dolor, a la muerte; incluso le temen al temor mismo. En contraste con numerosísimas otras culturas y civilizaciones, libres todas ellas de miedo. La teta asustada, para decirlo con aquella película (2009) peruana de Claudia Llosa: el miedo que se aprende desde la teta de la madre.


Y el pánico —irracional, desde luego— al anarquismo. O a la anarquía. Los pueblos y las sociedades han aprendido a querer malas leyes, malos gobernantes, malos políticos por temor mayor a la anarquía. Anomia lo llamaba ese sociólogo perfeccionador del positivismo que es Durkheim.


Exactamente en este punto, vale recordar ese corto texto fundamental que es Discurso de la servidumbre voluntaria (1576), de Étienne de la Boétie. Servidumbre voluntaria, para los muchos, para lo cual la re-lectura de De la Boétie indica el buen remedio. O más sucintamente: miedos para unos, servidumbre voluntaria para otros. Dos caras de una sola y misma moneda.


El anarquismo no existe. Creer que existe el anarquismo es malcomprenderlo. Un flaco favor se le hace al entendimiento. Y al espíritu. La riqueza y la provocación del anarquismo están en su pluralidad.


Kropotkin, quien deja en claro que el anarquismo es una posición de nobleza: ¡de espíritu!, jamás de clase. Bakunin, ese radical inveterado, lleno de los mejores sentimientos solidarios. Los menos conocidos Bookchin, Liguri, Stowasser, y el reconocimiento de las experiencias autogestionarias. Y siempre el llamado a la utopía. Anarquía. Pensamiento libertario. Sin olvidar a esos románticos ingenuos que fueron los luditas. Sir Herbert Read y sus contribuciones, como ninguno, sobre arte y anarquía, estética y anarquía. (Siempre habrá que recordar su Educación por el arte). Rosa Luxemburgo y su fe en el valor de la espontaneidad revolucionaria, tan mal comprendida por las izquierdas institucionales e institucionalizadas. Y el filósofo de la anarquía, Max Stirner, quien sienta las bases para la distinción entre individuo y egoísmo en ese libro nunca leído que es El único y su propiedad. Tantos y tan desconocidos. O esa voz singular en nuestra América: Manuel González Prada. Sin pasar por alto, claro, esas experiencias en Argentina y México, principalmente. Y el movimiento makhnovista, que, mutatis mutandi coincide por otros caminos con los postulados del Ejército Zapatista y el subcomandante Marcos; que representan el respeto a las bases populares y a las culturas locales. El anarquismo con sentido de humor que es el de Paul Lafargue (sí, el yerno de Marx). En fin, tantos y tantas, triunfantes o fallidos. Pero cuyo baluarte común es ese: la fe en las capacidades de cada quien. La confianza en cada quien, como la confianza en el pueblo y en la sociedad. Y en sus organizaciones: en plural.


Existen, por el contrario, múltiples anarquismos. Contrariamente, justamente, al marxismo, al liberalismo, o al conservadurismo, y otras faunas semejantes. Que no solamente son doctrina y/o la asumen, sino que además tienen un cuerpo, una ritualidad, un lenguaje uniforme y unificado, justamente eso: una institucionalidad. Basta, en verdad, con echar una mirada al pensamiento anarquista. Género y número, como se habla en gramática, por ejemplo.


Los griegos, con Hesíodo, enseñaron que en el comienzo fue el khaos, es decir, "el de la boca abierta". A partir de lo cual, supuesto el asombro, llegó posteriormente el orden. Hasta descender a ese abismo insondable —en toda la expresión de la palabra—, que fueron Platón y Aristóteles. Con lo cual el orden —único, por definición— adquirió estatus; justamente statu quo.

 

Es ínsito al anarquismo la diversidad, la pluralidad. Y contrario a la unicidad y uniformidad, la normalización y la estandarización de cualquier tipo. O su complemento: a las posturas binarias o dualistas, y que son, por derivación, maniqueas.


La marca de familia del anarquismo es la pluralidad, la diversidad, exactamente, por lo demás, en la línea de los trabajos sobre los sistemas, fenómenos y comportamientos complejos. Que cuando son propiamente tales, se conocen como fenómenos, sistemas y comportamientos de complejidad creciente. O por vía de contraste: irreductibles; esto es, no simplificables; en ningún sentido.


No hay un único anarquismo, y esta es su inmensa riqueza. Cuando pensamos, por ejemplo, en anarquismo y arte, entonces la más inmediata es la relación entre anarquismo y surrealismo, y el movimiento dada, y ese gran obispo que es André Breton. Pero más allá de cualquier referencia a las artes y la cultura el sólido hilo común a las anarquías es la defensa, la promoción y la propuesta por la utopía, o utopías. O más acá de Breton, ese representante excelso de independencia autárquica que es, sin lugar a dudas, Fernando Vallejo, y su estética: la del anarquismo. Llamar a las cosas por su nombre. Y por eso mismo molesto para la moral de gregarios y los poderes constituidos.


Anarquía es simple y llanamente la capacidad de soñar. Y hay que tener una vida interior verdaderamente rica para soñar. (Y soñar es cualquier cosa menos tener pesadillas, que son el resultado de que la realidad ataca por la retaguardia).


Frente a esa riqueza que es imaginar utopías, se erige la necesidad de afiliación, de compromisos, de lazos. La sospecha sobre la libertad y la autonomía, la capacidad de tener criterios propios. El afán de todos los bandos por identificar (¡erróneamente!) individualismo con egoísmo. El pánico que produce ver a alguien libre. Y peor aún, a varios, a muchos, libres.


Una cosa es evidente: el sistema, el establecimiento, las instituciones, los mecanismos sociales (subrayando el primer término: "mecanismos"), le temen a la persona libre. Independiente. Y sí, el anarquismo individualista. Que es, a todas luces, una posición ética. Moral e intelectualmente comprometida con lo mejor del mundo.


Frente al miedo que produce alguien independiente, vale siempre recordar a Étienne de la Boétie. La gente se ata, peor que Ulises con las sirenas, voluntariamente. Spinoza, que de determinismo bastante sabía, recuerda cómo en el movimiento hacia la libertad (quinto libro de su Ética), partiendo de la esclavitud (cuarto libro), siempre existe natural, espontáneamente, la tendencia a volver atrás. A preferir la esclavitud. "Todo tiempo pasado siempre fue mejor", pues "algo se tenía" entonces.


Eso es lo que hace de la chusma justamente eso: chusma: su afán por atarse. Para no mencionar esa forma excelsa de racionalidad que en el contexto de la teoría de juegos se traduce como "racionalidad limitada" (cuya expresión original en inglés es: "bounded rationality": racionalidad atada) y que es preferible para el estado normal de la economía y para las posturas medio-de-avanzada en la materia. Lo de la chusma no es cuestión de clase: es una condición mental y espiritual.


La sospecha de quien es independiente: en materia de religión, de política, de credos públicos-confesionales. Lo habitual es que la gente tenga esta o aquella afiliación política, éste o aquel credo, etc. Pues eso permite etiquetar, prever, anticipar, clasificar y por tanto, controlar. Es lo que hace la NSA con las redes y los sistemas de información: desarrollar patrones de comportamiento para anticipar acciones y controlar estilos, formas, estándares de vida.


La inteligencia consiste en hacerse imprevisible ante esos esfuerzos —¡todos los esfuerzos!— de etiquetaje y clasificación. Pues la forma primera más eficaz de normalizar a la vida y al pensamiento es con los sistemas de clasificación. Que los hay de todos tipos.


¿Imprevisibilidad? Emerge la importancia de la espontaneidad revolucionaria, aquella que amaba Luxemburgo. Y que en el lenguaje de las ciencias de la complejidad se llama "emergencia"; "emergencia" y "autoorganización". Mecanismos de autogestión. Y aprovechamiento de la oportunidad. Rosa Luxemburgo, la adalid de la espontaneidad revolucionaria.


Y ese grito incómodo para el capitalismo y casi más para los marxistas ortodoxos, que es el llamado al derecho a la pereza de Lafargue. El socialismo, que es teylorismo y fordismo invertidos. El capitalismo es la esclavitud del hombre por el hombre; y el socialismo; lo contrario.
Lo que el sistema no perdona desde ningún punto de vista es la libertad, la autonomía. Las castiga implacablemente. Se llena la boca hablando de ellas, y despliega toda clase de ingenierías sociales en torno a ellas. Pero les tiene pánico. Ingenierías sociales como la educación y la religión, la política y el derecho, la comunicación social y los sistemas de creencia. Pero tiembla cuando ve a alguien verdadera, auténticamente independiente. Que los hay. Y son muchos. Más de los que la apariencia deja ver.


Contra el derecho, las normas y las instituciones hay que recordar siempre la importancia de los nexos débiles (como se dice en complejidad): la amistad y el amor, la solidaridad y la lealtad, la fidelidad y la gratuidad del vecindazgo. Pues el anarquismo es ante todo una posición ética; a eso exactamente apuntaba un texto clásico de Kropotkin. Peor aún: el anarquismo es una actitud de nobleza, pero no en el sentido económico o de clase: ¡noblesse d' esprit!; y cuya mejor traducción al español actual es bonhomía. ¡Sin que nos crean pendejos o idiotas, claro!


Eso es anarquía: conciencia vigilante, actitud crítica, y criterio: mucho criterio propio. Sabiendo incluso que el error es fuente de aprendizaje, y adaptación.


Pues el anarquismo es ante todo el compromiso con la vida. (Lo cual no es cierto al revés: que todo compromiso por la vida es de tipo anarquista). No existen las instituciones, las organizaciones, las iglesias, los partidos, las corporaciones o los movimientos. Hay y existen siempre, en cada caso, individuos. Y cada individuo es la organización de que se trate. Y si en alguna organización hay alguien sucio eso se corresponde fractalmente —sí: fractalmente— con la organización misma. Los individuos cochinos y miserables son la organización misma. Y al revés: aquellos verdaderamente humanos en el más excelso de los sentidos (y sobre lo cual no hay que hacer discursos) son la organización misma.


Goya ha pintado una representación de lo que son las instituciones. Saturno devorando a un hijo (c. 1819). Originariamente la historia remite a Chronos (El tiempo) que devora a sus hijos (para así él poder vivir), en la mitología griega, y que los romanos leen como Saturno devorando a un hijo. Goya, ese espíritu libre y crítico de cualquier Realpolitik. Goya, quien, podemos verlo así, crítica a las instituciones de todo tipo que devoran a sus hijos, a sus componentes, a sus creadores mismos. Nada hay tan inhumano como las estructuras, cualesquiera que sean sus nombres y apariencias.


A algo semejante se refería Kropotkin: ningún sistema que restrinja a los seres humanos a los poderes, límites y condiciones impuestas por las instituciones puede encontrar una explicación a las leyes morales de la humanidad. Cabe re-leer su La moral anarquista desde el punto de vista de su realización práctica (1890), y de 1891: La moral anarquista. Para señalar, simple y directamente, que, así las cosas, la verdadera moral es la del anarquismo. O el infaltable: El apoyo mutuo (1902).


Digámoslo de manera franca: la ética en sí misma no es un fin, sino un medio.


El anarquismo no solamente quiere cambiar al estado y las estructuras, la economía y el poder, los ejércitos y las instituciones. Pues como se vio en esa experiencia de 1789 a la fecha; o en otro plano, de 1917 a la fecha, nada de ello es suficiente. ¡Se trata de cambiar a la vida misma! Por encima de cualquier institución de la índole que se trate, es la vida la que importa. Y en primer lugar la vida de cada quien, la vida de a cada uno. Pues en la vastedad y la economía del universo es el individuo el que marca la diferencia. El amor hacia alguien determinado. La muerte de alguien específico. El nacimiento de alguien en particular. Y así sucesivamente. Por ello mismo existe el arte —el gran arte— en la naturaleza. La cultura es el valor del individuo en comunidad. No el individuo como comunidad.


Pensar el anarquismo, y vivirlo, consiste en creer en la importancia de las emergencias. Creer en la autoorganización. Incluso, sí: en la gratuidad de las acciones hacia los demás. La confianza. Sin hacer de la confianza una estrategia; pues la mata. Y construir el mundo de abajo hacia arriba. Y nuevamente de arriba hacia abajo contando con que la unidad básica son unos pocos elementos y sus relaciones. Que es lo que está en el ABC del estudio de los sistemas complejos.


La obligación moral de cualquier organización consiste en tener gente ética y humanamente valiosa. El resto: son peones. En el peor de los casos, peones de las estructuras mismas. El estructuralismo, que es la fase superior de la administración científica y cuyo producto final son las instituciones de toda índole. El institucionalismo y el neo-institucionalismo, en toda la línea de la palabra. Engendros del maligno.


Administradores: parásitos sociales: no trabajan ni hacen nada: sólo mandan y controlan. Y toda la ralea de sus similares: la burocracia en general. Militar y civil, educativa y política. Y los abogados también. Los cargos intermedios en toda la gama de la palabra: todos ellos, los verdaderos enemigos.


An-arché: ausencia de fundamentos para poder tener el fundamento en sí mismo o ser su propio fundamento: autos-arché. Que es lo que alguien como Jesús de Nazaret quería y que no fue cristiano ni católico. Por lo que aboga Siddharta Gautama, que no era budista. Y tantos otros ejemplos en la misma línea. "No me sigas a mí: aprende de mí, y sigue tu propia línea". Con lo cual el mundo podrá ser salvado; ulteriormente.


El individuo no esel egoísta. Antes bien, es, a la luz de Max Stirner, el único. Y el mundo se teje, verdaderamente de multiplicidad de unicidades. Cuando lo son propiamente. Pues en la inmensa mayoría de los casos, la gente son pertenencias; afiliaciones; sentidos de pertenencia, y demás. Todo lo cual es la total ausencia de libertad, autonomía e independencia.

 

La gente se afilia como estrategias de supervivencia. Para sostenerse y aguantar. Eso: aguantar. Punto. Pues la historia de la humanidad es, a gran escala, la historia de la supervivencia. No hemos arribado aún al estadio de la vida o la existencia. En términos de la teoría de la evolución: es físico darwinismo; incluso darwinismo social. Sin haber siquiera llegado al neo-darwinismo. Y más allá, o más acá, mejor.
Y al final: recordar siempre ese cuento de "niños": nadie se atreve a decir lo evidente: que el rey va desnudo. Sólo ese niño —candor e inocencia, juego y futuro— se atreve a decirlo, y lo dice. Y entonces todos comienzan a ver desnudo al rey. El niño, el primer anarquista, desde el punto de vista del desarrollo. Sólo los niños son libres, se lee desde la adultez. Volver a ser niños. Como Nietzsche mismo, en la tercera de sus transformaciones: del león en niño (y antes del camello en león; en su Así hablaba Zaratustra): y afirmar más: ¡más vida! ¡Más voluntad de vivir! Contra los nihilismos.


¿Y el caos? El caos es todo lo contrario a desorden (anomia), (a pesar de un muy desafortunado libro de Balandier). Orden a través de fluctuaciones. Las fluctuaciones como generadoras de orden: orden de complejidad creciente. El caos —el filo del caos, en rigor—, es la fuente misma de la creatividad; creatividad e iniciativa; riesgo y apuesta; desafío y cambio.


El caos como generador de nuevas realidades a partir no del pasado, sino del presente —sensibilidad a las condiciones iniciales—, de suerte que se crean futuros no previsibles: bifurcaciones.


En fin, el filo del caos, esa experiencia —espacio de fase— a partir del cual suceden todas las cosas maravillosas del mundo y de la vida: justamente, lejos del equilibrio.

 

29 septiembre 2013

Publicado enColombia
Marc Bloch: El historiador y su laberinto

 

Edición 2012. Formato: 17 x 24 cm, 186 páginas
P.V.P:$28.000 ISBN 978-958-8454-52-8

 

Reseña:

En Marc Bloch tenemos, sin duda alguna, al más importante historiador del mundo durante la primera mitad del Siglo XX. Sitial de honor que logró al llevar a cabo una verdadera ‘revolución intelectual’ de los estudios históricos entonces vigentes en Francia,  he incluso en gran parte de Europa y de otros continentes.

Marc Bloch aportó para las Ciencias Sociales una obra que, al mismo tiempo que abre una gran variedad de campos nuevos de investigación para el historiador, también proporciona un posible modelo general para el análisis de una estructura social determinada. Y también, a tono con esta radical aportación Marc Bloch teorizó e hizo explícitas las nuevas formas que reviste hoy el ejercicio de la práctica histórica, develando tanto los nuevos paradigmas metodológicos como también los nuevos conceptos, teorías y modelos de análisis que la historiografía más de vanguardia elaboró como núcleo de esa misma ‘revolución intelectual’ antes referida.

En este libro, compuesto por distintos ensayos escritos por Étienne Bloch, lo que se nos revela es, en primer lugar, las condiciones internas y la composición particular del laboratorio personal del historiador Marc Bloch, abarcando desde sus lecturas habituales, sus gustos artísticos o sus concepciones políticas, hasta su manera de emplear el tiempo libre y de organizar el tiempo de trabajo, de relacionarse con sus colegas y con el mundo de la academia, o de enfrentarse al brutal cambio de circunstancias producido por la derrota de Francia en la Segunda Guerra Mundial. Pero también, y en segundo lugar, algunos elementos esenciales de los contextos y de las condiciones en que fueron escritas, publicadas y difundidas varias de las principales obras de este excepcional historiador crítico.


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Jueves, 10 Mayo 2012 07:17

Elogio del pensamiento crítico

Elogio del pensamiento crítico
Texto leído en el evento "En defensa del pensamiento crítico", realizado el miércoles 9 de mayo de 2012 en la sede de la Universidad Pedagógica Nacional.


“Quien quiera hoy día combatir la mentira y la ignorancia y escribir la verdad, tiene que vencer, por lo menos, cinco obstáculos. Deberá tener el valor de escribir la verdad, aun cuando sea reprimida por doquier; la perspicacia de reconocerla, aun cuando sea solapada por doquier; el arte de hacerla manejable como un arma; criterio para escoger a aquellos en cuyas manos se haga eficaz; astucia para propagarla entre éstos. Estos obstáculos son grandes para aquellos que escriben bajo la férula del fascismo, pero existen también para aquellos que fueron expulsados o han huido, e incluso para aquellos que escriben en los países de la libertad burguesa”.

Bertolt Brecht , “Cinco obstáculos para escribir la verdad”, en El arte y la política, Editorial Nueva Nicaragua, Managua, 1985, pp. 222-223. (Énfasis en el original).


“ ¿No tienes enemigos? ¿Cómo que no? ¿Es que jamás dijiste la verdad, ni jamás amaste la justicia?”.

Santiago Ramón y Cajal, citado en Eduardo Galeano, Los hijos de los días, Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 2012, p. 386.

 

El término Pensamiento Crítico puede resultar siendo una abstracción y hasta tener un carácter tautológico, si no se precisa qué se entiende por tal denominación. Una abstracción que puede convertirse en un mero enunciado, que se repite sin mucho cuidado. Una tautología porque en rigor todo pensamiento que amerite tal nombre debería ser crítico con todo lo existente y consigo mismo. Pero como hoy se han entronizado en el mundo entero un conjunto de banalidades propias de un pensamiento único, un pensamiento sumiso y un pensamiento abyecto, adquiere sentido hablar de pensamiento crítico, no sólo para diferenciarse de estas formas sino para rescatar la esencia de una reflexión que no se quede en la mera contemplación, aceptación o apología de todo lo existente. En ese orden   de ideas, y de manera algo esquemática, intentaremos precisar cuáles serían en nuestro sentir y entender las características del pensamiento crítico, que se encarna, por supuesto, en hombres y mujeres de carne y hueso, quienes son los pensadores y las pensadoras críticos.


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Es un pensamiento histórico: El sistema capitalista se presenta a sí mismo como el fin de la historia, el mejor de los mundos, una realidad insustituible sin pasado ni futuro y la realización plena del presente perpetuo, que siempre gravita sobre lo mismo: sobre la producción mercantil y el consumo exacerbado. Ni antes ni después del capitalismo se concibe la existencia de otras formas de organización social, porque todo se sujeta al endemoniado ritmo de la pretendida “destrucción creadora”, que promete un reino eterno, aquí en la tierra, de opulencia y derroche. Para que todas estas falacias se impongan se hace necesario cortar los vínculos de los seres humanos con la historia, o mejor dicho, negar que nosotros somos seres históricos, que estamos anclados al mismo tiempo en el pasado, el presente y el futuro, y que en el pasado relucen los destellos de proyectos y alternativas de los vencidos que iluminan el futuro, para que el presente no aparezca como una fatalidad que tenemos que aceptar y contra la cual nada podemos hacer. Por eso, se ha impuesto la amnesia y el olvido, para que aceptemos que siempre ha existido y existirá el capitalismo, sin que podamos concebir otras formas de organización social y otras maneras de relacionarnos entre nosotros y con la naturaleza.


Para enfrentar esos prejuicios sobre la eternidad del presente capitalista, la historia debe ser un instrumento indispensable de análisis y reflexión que nos ayude a recuperar otras perspectivas, que nos recuerdan que el capitalismo es sola una relación social históricamente constituida, que no representa ni mucho menos el fin de la historia. El conocimiento histórico nos ayuda a comprender que el presente actualmente existente es el resultado de procesos complejos en donde, entre muchas alternativas, se impuso, a menudo con la violencia y la irracionalidad, solo una de ellas. En breve, el pensamiento crítico se sustenta en aquella célebre propuesta de Pierre Vilar de pensar históricamente, para ubicar, localizar, relativizar, fechar, explicar, comprender y contextualizar todos los procesos existentes, incluyendo al capitalismo.


2


Es un pensamiento radical:   Para develar la injusticia y la desigualdad se hace necesario ir a la raíz misma de los fenómenos, con la finalidad de explicar sus causas fundamentales. Esto es lo que quiere decir el término radical, hurgar en el transfondo de los procesos, y no quedarse prisionero en el mundo de las apariencias. Un pensamiento radical supone escudriñar sin concesiones en los mecanismos que mantienen la dominación, la explotación y la opresión, llamando a las cosas por su nombre, y desmontando las falacias ideológicas que se emplean para encubrir con eufemismos la dura realidad. Por supuesto, la radicalidad del pensamiento no es una cuestión puramente lingüística o retórica, puesto que la misma utilización de ciertos conceptos (como capitalismo, imperialismo, clases sociales, desigualdad) implica la adopción de un punto de vista, que tiene consecuencias prácticas, en la vida de las personas que asumimos ese tipo de crítica radical.


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Es un pensamiento anticapitalista:   En sentido estricto, en la actualidad un pensamiento radical tiene que ser anticapitalista, porque durante dos décadas se nos anunció que el mercado perfecto se había hecho realidad tras la desaparición de la Unión Soviética y su imposición garantizaba el crecimiento ilimitado y la satisfacción, vía consumo, de las necesidades de todos los habitantes del planeta. Estas mentiras han quedado hechas añicos por la crisis capitalista que se ha extendido por el mundo desde el 2008, en la que se ha evidenciado que el costo de la crisis la pagan los trabajadores, y los pobres, como lo estamos viendo en la Unión Europea, modelo por excelencia del triunfalismo capitalista, pero que hoy hace agua por todos los costados y que sitúa al mundo en la peligrosa disyuntiva fascista de la década de 1930. Si las cosas son así y se ha hecho palpable que el capitalismo en lugar de contribuir a solucionar los problemas de la humanidad los tiende a agravar con su lógica mercantil, basada en el lucro y el crecimiento ilimitado, es necesario volverse a plantear una propuesta que vaya más allá del capital.


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Es un pensamiento abierto: Para ser radicalmente anticapitalista es indispensable apoyarse tanto en las más diversas tradiciones revolucionarias como en el conjunto de las ciencias y las artes. El pensamiento crítico precisa del dialogo permanente con diversos legados emancipatorios que se han ido construyendo durante varios siglos en distintos lugares del planeta, entre los que sobresale el pensamiento de Marx y sus seguidores más lúcidos, el anarquismo, el ecologismo, el feminismo, el indigenismo y todo lo que ayude en el propósito de reconstruir una agenda de lucha contra el capitalismo y el imperialismo. Así mismo, como nos lo han enseñado los grandes pensadores de nuestra América y de otros continentes (como José Carlos Mariategui, Antonio Gramsci, George Lukacs), la reflexión crítica se enriquece en un dialogo fecundo con las ciencias y la técnica, un intercambio necesario para afrontar la crisis civilizatoria a la que nos ha conducido el capitalismo y en la cual todos estamos inmersos. Porque esa crisis no se comprende al margen de los impactos nefastos y contradictorios de las tecnociencias, lo que obliga a tener unos mínimos rudimentos sobre las mismas, que permitan esbozar una distancia crítica y mucha mesura y circunspección.


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Es un pensamiento que cuestiona la idea optimista de progreso: Tras constatar los costos contradictorios de la filosofía de progreso, con todo su cortejo de muerte y destrucción, es pertinente cuestionar al progresismo, en todas sus variantes, y en especial el culto a la tecnociencia, por todas las implicaciones prácticas que tiene. Hoy, cuando se ha impuesto la razón instrumental y se ha generalizado el fetichismo de la mercancía que alienta la lógica irracional de producir para consumir en un círculo vicioso cada vez más destructivo, se torna urgente problematizar los proyectos progresistas que se sustentan en el tener sobre el ser, en la cuantificación abstracta propia de la mercancía despreciando el valor de uso, en la idea de consumir hasta el hartazgo como sustituto del buen vivir en condiciones dignas. La crítica a la filosofía del progreso es indispensable para abandonar las ilusiones sobre las soluciones técnicas como forma de resolver los problemas que ha generado el capitalismo (como los trastornos climáticos o la destrucción de los ecosistemas), y volver a priorizar las soluciones sociales y políticas. Por todos los avatares de los fallidos proyectos anticapitalistas del siglo XX y de la tragedia ambiental y humana que se vive en China, ya no es posible seguir rindiendo culto al Progreso. Esto, desde luego, resulta una idea poco popular por la imposición generalizada del consumo de artefactos tecnológicos en la vida cotidiana, pero que necesita plantearse para estudiar a fondo las consecuencias nefastas de la ampliación a algunos reducidos sectores de la población del modo estadounidense de producción y de consumo, frecuentemente aplaudida como la máxima expresión de progreso, y que destruye a la naturaleza y a los pobres.

Hay que decirlo, esto no supone el abandono ni de la ciencia ni de la técnica, como frecuentemente lo sostienen quienes creen que criticar al progreso es rechazar por completo la modernidad y retroceder a la época de las cavernas. Más bien de lo que se trata es de rescatar lo mejor de la modernidad para pensar en construir otro tipo de civilización ecosocialista.


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Es un pensamiento ecologista y antipatriarcal: La destrucción ambiental se ha generalizado en el planeta, y Colombia no es la excepción, y más ahora con las locomotoras de la minería y el libre comercio.   El ecocidio avanza de manera incontenible al ritmo de la expansión capitalista por los cinco continentes, como lo demuestran las cada vez más frecuentes catástrofes sociales, que resultan de la destrucción de la naturaleza y de la mercantilización de los bienes comunes. Esto obliga a atender, mediante la reflexión analítica, el estudio de los límites ambientales del capitalismo y los peligros que eso entraña para grandes porciones de la población, en primer lugar los más pobres. Se necesita de una nueva sensibilidad que incorpore a la crítica anticapitalista, que ha estudiado a fondo la contradicción capital-trabajo, una crítica de similar importancia que dilucide la contradicción capital-naturaleza, y que involucre a todos los sujetos sociales afectados por esta segunda contradicción. En consecuencia, el pensamiento crítico requiere ser profundamente ecologista, en una perspectiva que sea un complemento indispensable del anticapitalismo.


Al mismo tiempo, dados las notables contribuciones teóricas de diversas corrientes del feminismo, en consonancia con el sometimiento de la mayor parte de las mujeres, es prioritario que el pensamiento crítico asuma el cuestionamiento del patriarcado y de todos sus componentes de opresión y de marginación de la mitad del género humano.


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Es un pensamiento nacionalista e internacionalista a la vez:   El capitalismo realimente existente y sus ideólogos, entre los que sobresalen los neoliberales, se han encargado de construir un falso dilema: ellos presentándose como los globalizadores por excelencia, abjuran de todo lo relacionado con lo nacional, como propio del atraso y de la barbarie. Esto lo han hecho con la finalidad de justificar la entrega de la soberanía de los países y el regalo de los bienes comunes que se encuentran en sus territorios, todo a nombre de una pretendida modernización global. Al mismo tiempo, como respuesta a ese universalismo abstracto, otros portavoces del capitalismo han suscitado feroces guerras xenófobas en varios continentes, que han suscitado la xenofobia y la limpieza étnica.


Contra ese falso dilema –entre el universalismo abstracto y el chovinismo nacionalista-, el pensamiento crítico debe y tiene que reivindicar otro tipo de nacionalismo, junto con el internacionalismo. No se puede abjurar de lo mejor de la configuración nacional en nuestra América, máxime en estos tiempos de la vergonzosa desnacionalización que han impulsado las clases dominantes en estos países, como se patentiza en Colombia. Esto no supone reivindicar ni mucho menos un trasnochado patriotismo barato, propio de la mentalidad retrograda de los terratenientes y ganaderos de Antioquia y otras regiones de este país. Quiere decir, por el contrario, postular un nacionalismo cosmopolita, basado en la máxima de José Martí: “Patria es humanidad”. Como quien dice, que estemos asentados en nuestro territorio, pero para comprender mejor el mundo relacionarnos en forma más adecuada con los otros países, y no creernos ni mejores ni peores que los demás. Ese internacionalismo, además, es urgente tanto para recuperar las mejores tradiciones de lucha de los dos últimos siglos en nuestra América, como para solidarizarnos y compartir las utopías de los oprimidos del mundo entero.


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Es un pensamiento anticolonialista y antiimperialista:   Por reivindicar lo mejor de lo nacional y lo mejor del mundo, el pensamiento crítico es, tiene que serlo, anticolonialista y antiimperialista, porque hoy se ha reforzado el colonialismo, que había sido seriamente debilitado en la década de 1960 con la extraordinaria lucha de liberación nacional que adelantaron los pueblos africanos y asiáticos, cuya gesta hizo gravitar la historia universal entrono a lo que por entonces se llamaba el Tercer Mundo. Esta epopeya anticolonialista generó imperecederos aportes intelectuales al pensamiento universal, representados en la obra de Franz Fanón, Walter Rodney, Amílcar Cabral o Aimé Césaire. Como ha quedado en evidencia hoy, el colonialismo en realidad nunca desapareció, sino que más bien se encubrió bajo otros mantos y emergió con toda su fuerza en las últimas décadas, asumiendo el viejo discurso eurocéntrico con la retórica de la globalización. Esta nueva conquista, la colonización externa, en el caso de nuestra América, viene acompañada de ese otro fenómeno que existe en este continente desde hace cinco siglos, pero del que poco se habla, del colonialismo interno, agenciado por las clases dominantes para mantener sus privilegios a costa de la exclusión, discriminación y explotación de indígenas, afrodescendientes y mestizos pobres.


La nueva colonización es también, como siempre lo fue, cultural, y ahora académica, porque de los centros hegemónicos de la cultura universitaria se imponen nuevas modas intelectuales, que desdicen y niegan de lo propio de la realidad de nuestro continente, de sus procesos de lucha y de sus propios proyectos culturales, para implantar un lenguaje artificial e impostado, elaborado para congraciarse con los nuevos imperialistas y sus mandarines intelectuales. En consecuencia, el pensamiento crítico debe estar atento a beber de lo más diversas fuentes, pero sin caer en las tentaciones de la novedad y de las modas efímeras, impuestas desde Nueva York o desde Paris.


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Es un pensamiento que reivindica a los oprimidos de todos los tiempos y a sus luchas: El pensamiento crítico pretende develar los mecanismos de explotación y opresión en el presente, apoyándose en una visión histórica en la que emergen los sujetos que se han rebelado contra las diversas formas de dominación en diversas épocas. El conocimiento de los procesos históricos señala que incluso en las peores condiciones, como en la época de la esclavitud moderna, que perduró cuatro siglos (entre 1500 y 1890), hubo protestas, sublevaciones y rebeliones, propias de lo que puede llamarse la hidra de la inconformidad de los plebeyos. Cual hidra mitológica que renace aunque se le destruya la cabeza, lo mismo ha sucedido en diversos momentos de la historia del capitalismo, cuando a pesar de la tortura, persecución y asesinato de líderes y dirigentes populares, la protesta de los subalternos reaparece una y otra vez. Estudiando las luchas de los vencidos, se alimenta el fuego de la inconformidad en el presente, porque aquéllos nos acompañan desde la posteridad, con la memoria de sus acciones, de acuerdo al postulado de Walter Benjamin de no pedir “a quienes vendrán después de nosotros la gratitud por nuestras victorias sino la rememoración de nuestras derrotas. Ese es el consuelo: el único que se da a quienes no tienen esperanza de recibirlo” 1 . En resumen, el síndrome de Espartaco basado en el lema “Me rebelo, luego existo”, debería sintetizar la rememoración de los que han luchado en todos los tiempos, un componente indispensable del pensamiento crítico.


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Es un pensamiento comprometido y no meramente contemplativo:   Los enormes problemas que afronta el mundo actual, agravados todavía más en nuestro continente por la dependencia y servilismo de las clases dominantes, requieren tanto de una reflexión seria y rigurosa, como del involucramiento de esa reflexión con los problemas de la gente común y corriente. En pocas palabras, se trata de que el pensamiento se encarne en sujetos concretos para devenir en praxis transformadora, a la luz de los problemas específicos que afronta la mayor parte de la población. No estamos hablando de una instrumentalización artificial de las ideas, que abjure de la importancia de la reflexión y que desprecie el trabajo intelectual, sino de la necesidad de vincular, de alguna manera, esas reflexiones con los problemas reales de la gente. Me gusta reivindicar nuestra actividad como propia de los trabajadores del pensamiento, como lo hacia Julio Antonio Mella cuando decía: “Intelectual es el trabajador del pensamiento. ¡El trabajador!, o sea, el único hombre que a juicio de Rodó merece la vida, es aquel que empuña la pluma para combatir la iniquidades, como los otros empuñan el arado para fecundizar la tierra, o la espada para libertar a los pueblos”  2  . Si situamos la elaboración de pensamiento crítico como un trabajo, y no como una refinada actividad especulativa al margen del mundo real, tendremos más oportunidad de vincularnos con el resto de trabajadores, incluyendo a los que con sus manos laboran la tierra o fabrican las cosas. Así podríamos declarar, a nuestra actividad como una artesanía del pensamiento, una artesanía que genera productos intelectuales que, directa o indirectamente, deben tener alguna utilidad para la gente.


Por otra parte, el pensamiento crítico no abjura de sus compromisos y por eso sabe que es perseguido y reprimido, porque pretende encarnar otro proyecto de mundo y de sociedad, que resulta insoportable para los detentadores del poder y la dominación en nuestro tiempo, donde quiera que se encuentren. El pensamiento crítico hace suya la consigna del filósofo de Tréveris, su undécima tesis: “Los filósofos se han limitado a interpretar el mundo, de lo que se trata es de transformarlo”.


En ese mismo sentido, el pensamiento crítico además de estar comprometido con los pobres y desvalidos, es un pensamiento alternativo, porque con ellos busca elaborar propuestas anticapitalistas, planteando que otro mundo es posible y necesario, si no queremos que el capitalismo sea el fin de la historia en el sentido literal de la palabra, si dejamos que nos destruya a todos y a nuestro planeta.


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Es un pensamiento universitario y extrauniversitario al mismo tiempo: La universidad pública ha sido una conquista de las sociedades latinoamericanas, conquista lograda con mucho esfuerzo y con el sacrificio de estudiantes y de profesores. Durante mucho tiempo se ha buscado que esta universidad fuera un espacio democrático y popular, lo que efectivamente se logró en algunos países de la región, México es el principal ejemplo. En los demás, a pesar de los obstáculos, la universidad pública ha sido durante algún tiempo el faro intelectual que alumbraba con ideas y proyectos transformadores, que incidieron fuera de los campus universitarios. Ahora estamos asistiendo a la transformación de la Universidad Pública en un mercado educativo que vende servicios y quiere convertir a profesores y estudiantes en oferentes y clientes de combos mcdonalizados. Para hacer realidad ese propósito es indispensable erradicar de los campus a todos aquellos que cuestionen, critiquen y duden, ya que la universidad de la ignorancia requiere profesores, estudiantes y funcionarios obedientes y sumisos. En concordancia, la consigna de los mercaderes de la educación es erradicar el pensamiento crítico del mundo universitario, so pretexto de que no es ni útil ni rentable. Esa es la situación que hoy afrontamos de manera directa todos los que hemos hecho de la universidad pública nuestro proyecto de vida. Es necesario, entonces, defender ese territorio democrático de los embates del capital nacional y extranjero, para preservar la libre exposición y discusión de ideas, proyectos y propuestas para construir naciones y sociedades justas e igualitarias.


Puesto que el mundo universitario solamente representa a un ámbito reducido de la población y grandes problemas de la sociedad son asumidos por organizaciones populares, que construyen sus propios instrumentos analíticos, es necesario que el pensamiento critico se relacione con esos proyectos y esas luchas, para que aprenda de ellas y se nutra de esas experiencias, a las que luego podrá realimentar en forma dialógica. Es decir, el pensamiento crítico también se construye fuera de los espacios universitarios, en la calle, en la plaza pública.  


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Es un pensamiento digno: Para terminar, deben mencionarse las implicaciones éticas del pensamiento crítico, lo cual está relacionado con los intereses que representa, con las fuerzas sociales de las que aprende, se nutre y a la vez alimenta, y a los valores que defiende. Al respecto, la dignidad es una de sus características distintivas. Por dignidad entendemos muchas cosas, entrelazadas y complementarias: la independencia de criterio; la libertad de critica; la insubordinación; la defensa de los desvalidos; el valorar a las cosas por lo que son y no por su precio monetario; asumir los costos y las consecuencias de lo que se dice sin hacer concesiones ni traficar con los principios morales; no arrodillarse ni subordinarse a los amos y poderosos, a cambio de retribuciones, o reconocimientos formales, que buscan la claudicación; y, mantenerse al lado de los oprimidos sin importar que eso implique la marginación y la criminalización. El pensamiento digno no se vende por unas cuantas migajas, no se desmorona ante las lisonjas y halagos interesados de los mercachifles del saber y de la investigación, no se subordina a los dictados de la figuración mediática propia de la sociedad del espectáculo, no escribe ni diserta sobre aquello que proporcione dinero y fama, no negocia con el saber como si fuera una mercancía, no se cotiza en la bolsa de valores del arribismo intelectual. Quienes cultivan el pensamiento crítico caminan con rectitud con la frente bien en alto, por un sentido acendrado de dignidad, y no como le sucede a los portavoces de la mentalidad sumisa, por desgracia la vasta mayoría que, como lo afirma el dramaturgo italiano Darío Fo, “andan erguidos porque la mierda les llega hasta el cuello”. 


Notas:

1 . Citado en Michael Lowy, Walter Benjamin, aviso de incendio. Una lectura de las tesis “sobre el concepto de historia”, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2005, pp. 135.

2 . Julio Antonio Mella, “Intelectuales y tartufos”, en Escritos revolucionarios, Siglo XXI Editores, México, 1978, p. 44.



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El espíritu de la crítica en el periodismo moderno, en opinión de Serge Halimi, director general de las ediciones de Le Monde diplomatique –cuya edición para México distribuye La Jornada a sus suscriptores–, está en vías de extinción como consecuencia del fenómeno de la concentración incontenible de las empresas mediáticas en manos de grandes fortunas que son al mismo tiempo fabricantes de medios de información.

Este tema ha sido por más de una década el foco de varios de los análisis, investigaciones y ensayos de este periodista francés, quien lamenta que en muchas latitudes –desde su propio país hasta Estados Unidos, México incluido– las izquierdas y los sectores progresistas han desertado de la lucha por el pluralismo informativo.

El papel esencial de los medios –sostiene en entrevista con La Jornada– debería ser de contrapoder. Pero quienes detentan el poder financiero y económico tienen también el poder político. Así que en lugar de crítica tenemos propaganda, un acomodo de la opinión pública a las grandes exigencias de este orden económico social.

El joven editor y escritor de origen tunesino, hijo de la pionera feminista Gisele Halimi, no se hace ilusiones sobre la posibilidad de democratizar el sistema mediático global sólo con buenos argumentos e intenciones. Para lograrlo hace falta tener el soporte de fuerzas políticas. Y hoy día los partidos no tienen esta preocupación en sus agendas; ni siquiera los partidos de izquierda, que han preferido acomodarse al poder mediático, limar asperezas con estas poderosas empresas. Entre la audacia y el empantanamiento, han optado por esto último.

Más aún, su crítica se extiende hacia el verdadero poder que tiene la información disidente y alternativa en la red cibernética. Subraya la gran asimetría que existe entre el impacto directo de la información de los medios masivos, que llega a las grandes mayorías, más bien despolitizadas y pasivas, y los contenidos divergentes que circulan por Internet y son buscados por un lector más informado y activo. “El riesgo –advierte– es que los consorcios dicen que existe la pluralidad porque todos los puntos de vista están en Internet. Pueden preguntar, ¿para qué quieren las opiniones de Noam Chomsky en las grandes cadenas ABC, CBS o NBC, si están en la red? Es una pluralidad aparente.”

Unos cuantos nombres

Habla sobre un fenómeno global: sólo unas cuantas fortunas, unos cuantos nombres –en Francia, Lagardere, Arnaud, Pinot, Bouyges; en Estados Unidos y Gran Bretaña, Rupert Murdoch; en Italia Berlusconi; en América Latina, Cisneros, Slim, Azcárraga– figuran en los directorios de las principales empresas de televisión, radio y prensa escrita.

Me parece muy esclarecedora la frase del académico estadunidense Robert McChesney: si un jefe de Estado nos hubiera dicho que a partir de ahora los medios ya no se ocuparán demasiado de la política internacional sino que se ocuparán principalmente de las celebridades y de hacer propaganda de los grandes grupos económicos, la mayor parte de los periodistas lo habríamos rechazado, por inaceptable. Cuando esta misma dinámica es impulsada por los grandes corporativos globales, esta evolución es aceptada casi como natural.

–Estas cabezas y sus voceros alegan que hay pluralidad y libertad de expresión.

–En la historia del siglo XIX francés, alguien dijo que la regla para la prensa es silencio a los pobres. Y es cierto: con mucho dinero, cualquiera es libre de expresar sus opiniones en la radio, la prensa y la televisión. No hay mayor restricción que la falta de dinero.

–¿Hacia dónde buscar la solución para democratizar el mercado mediático?

–Está el ideal y la realidad. La realidad actual es que los gobiernos en el poder no estiman que la concentración de los medios represente un problema. En Francia incluso piensan que los medios deben estar aún más concentrados para alcanzar la talla de los mastodontes angloestadunidenses.

Enfrentamos intereses tan poderosos que pueden orientar la información de modo que lo que nosotros identificamos como un problema, ellos lo hacen percibir como una solución. Es necesario presionar directamente sobre los responsables políticos, en particular a los de izquierda. Pero con frecuencia vemos que la izquierda ha desertado del combate por el pluralismo mediático. Esperan que, al ignorar la cuestión, obtendrán el favor de los grandes grupos mediáticos que de tanto en tanto los presentarán en sus pantallas.

Halimi saca de inmediato una serie de casos para ilustrar su afirmación.

Las culpas de los liberales Mitterrand, Blair, Clinton

“Ejemplo, Italia. Berlusconi llegó al poder por primera vez en 1994. El hombre más rico, el mayor industrial, el dueño de los medios privados más grandes del país, convirtiéndose en el primer ministro y jefe de una mayoría parlamentaria y jefe del Ejecutivo, todo en una sola persona. Ahí había un problema evidente para la democracia, una anomalía. Al cabo de dos años, Berlusconi perdió el poder y llegó la centroizquierda. ¿Qué hizo para resolver este problema? Nada. En consecuencia, cuando Berlusconi retomó el poder llegó más fuerte que nunca.

“El problema no es solamente que la derecha se acomoda ante la concentración del poder mediático y económico –lo que es normal– sino que la izquierda también se resigna. En Francia la concentración de la industria audiovisual y la creación de cadenas de televisión privada se concretó con François Mitterrand. Más aun, fue Miterrand quien buscó a Berlusconi –en aquellas épocas amigo de Bettino Craxi, líder socialista– para asociarse con estas empresas.

“Otro ejemplo impactante es el de la relación del laborista Tony Blair con el magnate Rupert Murdoch. Fue en 1992, durante las elecciones legislativas en el Reino Unido. El laborista Neil Kinnock era el favorito. El día de los comicios, The Sun –que es de la cadena de Murdoch– publicó en su primera plana la imagen de un foco apagado y una cabeza principal, que aludía a la posibilidad de un triunfo laborista: Si ganan los laboristas, el último que apague la luz. The Sun tenía un tiraje de 5 millones de ejemplares. Resultado: ganaron los conservadores.

“A raíz de este resultado, cuando Blair llega al poder, años más tarde, decide cortejar a Murdoch, dueño de The Sun, The Times y Sky News. Finalmente logró el apoyo de este grupo mediático a cambio de derechizar su programa de gobierno.”

Estados Unidos no puede faltar en su exposición de casos:

“Fue precisamente Bill Clinton, un demócrata, no un republicano, quien promovió la desregulación de medios de 1996, que anuló el impedimento que tenían los consorcios de apropiarse de varios medios –radio, televisisón o prensa– en una misma ciudad. Los periodistas silenciaron el debate”.

En la polémica sobre si los flujos de contenidos alternativos en Internet representan o no una democratización del periodismo, Halimi advierte que esta creencia entraña un riesgo: “Hay una asimetría de hecho entre los que reciben la propaganda directamente de la pantalla de la televisión –receptores pasivos– y los que para obtener un punto de vista divergente tienen que hacer un esfuerzo adicional. Son receptores activos. Éstos son una nueva elite”.

–Entonces, ¿es aparente la pluralidad?

–Este sector más activo tiene una idea deformada de la realidad. Son sobre todo los progresistas que utilizan permanentemente Internet para comunicarse con otros progresistas. Llegan a tener la idea de que el problema de la información está resuelto, porque está resuelto para ellos. Pero no todos van a buscar la información de Telesur, de La Jornada, de Le Monde diplomatique. Los que van a estos sitios son una minoría politizada.

Por Blanche Petrich

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