Martes, 31 Diciembre 2019 06:34

2020, 10+1 desafíos

2020, 10+1 desafíos

El inicio de un nuevo año, y más el de una década, es siempre un buen momento para poner sobre la mesa tareas pendiente y desafíos. Me atrevo a contribuir a esa tarea señalando los mayores problemas que yo creo que tiene nuestro mundo y el horizonte al que en mi opinión debería apuntar su solución para poder evitar que sigan produciendo las fracturas tan dramáticas que hasta ahora vienen generando.

  1. Conservar la vida en el planeta.

Acabamos de vivir una cumbre mundial sobre esta cuestión y no creo que sea necesario abundar en las consecuencias terribles que puede tener la emergencia climática en la que nos encontramos. Yo no puedo añadir mucho más a lo mucho que ya se ha dicho al respecto, pero sí quisiera subrayar algo que me parece esencial. No habrá forma de dar respuesta a los problemas medioambientales que amenazan la vida en nuestro planeta si no se parte de un convencimiento común y efectivo: ni la naturaleza en su conjunto ni los recursos que nos provee son mercancías. No han sido creados como tales y eso significa que no pueden utilizarse con el único propósito de hacerlos rentables en los mercados. No hay solución sostenible ni verdadera para el planeta que no pase por asumir un principio básico: lo que por su intrínseca naturaleza es común y perteneciente no sólo a la generación presente sino también a las futuras no puede ser apropiado privadamente por nadie, ni destruirse.

  1. Garantizar el sustento de todos los seres humanos.

Según la FAO (Organización de Naciones Unidas para la Alimentación) 11 de cada 100 seres humanos pasan hambre actualmente en el mundo y cada día mueren unas 25.000 personas por esa causa. No hay otro fenómeno que provoque más muertes injustificadas y evitables porque, según esa misma organización y otras muchas, en nuestro planeta hay recursos materiales de sobra para poder alimentar suficientemente a toda la población mundial.

Y no se trata sólo evitar que tantas personas mueran de hambre, sino también de proporcionarles recursos que les garanticen una vida mínimamente decente. Algo que está perfectamente a nuestro alcance.

Según el Banco Internacional de Pagos, el volumen total de transacciones financieras que se realizan en el mundo es de unos 11.000 billones de dólares (millones de millones). Eso quiere decir que con una simple tasa de 20 céntimos por cada 100 dólares de transacción se podría financiar todo el gasto público mundial ELIMINANDO TODOS Y CADA UNO DE LOS DEMÁS IMPUESTOS QUE HAY EN EL PLANETA. Y que con otra de más o menos la misma insignificante proporción se podría conceder una renta básica decente a toda la población mundial.

Eso no sería todo lo que se necesita, pero es la demostración palpable de que estamos ante un desafío perfectamente alcanzable que no se logra porque no se asume como imperativo ético esencial el derecho a la vida que tememos todos los seres humanos.

  1. Ejercicio efectivo de los derechos humanos.

El último informe anual de Human Rights Watch dice que «estos son tiempos oscuros para los derechos humanos», que «a pesar de la creciente resistencia, las fuerzas de la autocracia han experimentado un auge» y que «varios gobiernos importantes (de Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Alemania, …) flaquearon» en la defensa de los derechos humanos.

Hace 72 años que se suscribió masivamente la Declaración Universal de los Derechos Humanos y es cierto que se han dado avances importantísimos, pero de ninguna manera suficientes o completos. Un desafío fundamental es el establecimiento definitivo de un sistema de justicia universal que combata los crímenes que lesionan o incluso acaban con esos derechos, y reconocer y perseguir específicamente los crímenes económicos contra la humanidad.

  1. Libertad real de acceso a la información.

Gracias a internet y a las redes sociales, nunca en la historia de la humanidad ha habido mejores y más asequibles formas de acceso a la información. Pero cada día es más claro que eso no es suficiente porque el uso de las nuevas tecnologías y de las organizaciones que son necesarias para elaborarla, empaquetarla y difundirla está cada más concentrado. Siete empresas controlan casi el 70% de toda la red de comunicación mundial y en españa cuatro consejos de administración hacen lo mismo con el 80% de las audiencias de televisión y radio, por no hablar del poder inmenso de las nuevas megacorporaciones como google o facebook.

Esa concentración tan extraordinaria y la falta de controles efectivos está en la base de la mentira y la manipulación, cuya expansión tampoco tiene precedentes. Sin información libre y plural no hay posibilidad real de ejercer la ciudadanía y de condicionar y presionar al poder. Garantizar la transparencia, perseguir y condenar la mentira, hacer posible el acceso libre y efectivo a la información y a los medios de comunicación y democratizar el acceso a la tecnología y a su uso, son los grandes desafíos en nuestra época del biga data y de las redes.

  1. Gobernanza global.

La mundialización de prácticamente todas nuestras relaciones sociales e incluso personales es ya un proceso que no tiene vuelta atrás, pero que se ha dado sin que al mismo tiempo se diseñen y desarrollen mecanismos e instituciones de regulación y control a la misma escala o nivel. Y sin ellos es prácticamente imposible impedir que sólo quienes disponen de más dinero, información o acceso al poder puedan decidir a su antojo lo que se puede hacer o no en el planeta. Las consecuencias del unilateralismo y de la falta de espacios y foros de debate y decisión cooperativa y plural a escala global están a la vista, y cada día resulta más urgente hacer frente a esta carencia que puede terminar destruyendo la ya de por sí escasa democracia que hay en el planeta.

  1. Reestructuración y jubileo de la deuda.

La deuda se ha convertido en la losa más grande que pesa sobre las familias, las empresas, los gobiernos y la sociedad en general.

Según el Fondo Monetario Internacional, el total de la pública y privada ha crecido un 60% desde 2007 en todo el mundo, unos 70 billones de dólares en la última década, y actualmente representa más de tres veces del producto bruto mundial.

La economía actual tiene la deuda como motor y eso significa que es imposible impedir que se produzcan colapsos periódicos y quizá uno global de magnitud incalculable si no se le pone freno. Y al respecto hay que saber que es mentira que ese incremento de la deuda sea consecuencia de una mala praxis de familias, empresa o gobiernos. No, lo que realmente sucede es que el sector económico más poderoso del planeta, el bancario, tiene el privilegio de crear dinero y, por tanto, beneficio y poder, creando deuda. Y usa su evidente influencia en todo el mundo para imponer políticas económicas que limitan los ingresos para promover su negocio, el crecimiento de la deuda. Prácticamente el 100% de la deuda acumulada en la Unión Europea desde 1995 (más del 60% en España) se debe a intereses, y una gran parte de esa carga es incluso inmoral e injusta.

Hacer frente a este volumen de deuda es materialmente imposible y todas las crisis de deuda que ha habida a lo largo de la historia, sin excepción, se han resuelto con decisiones políticas. Ya es hora de hacer frente al bárbaro endeudamiento que ha provocado el poder inmenso y la avaricia bancaria abriendo negociaciones que lleven a su reestructuración, a quitas ordenadas e incluso a un jubileo global. Sin ello, será imposible garantizar una mínima estabilidad en el mundo a medio y largo plazo.

  1. Justicia fiscal.

Gracias a la enorme influencia política y mediática que han acumulado, los grandes poderes económicos y financieros han conseguido hacer creer que la mejor política para todos es rebajar impuestos. Pero eso sólo se ha traducido en que solamente sean ellos quienes dejen de contribuir a la financiación de los gastos comunes, produciendo así los déficits y el incremento de la deuda que, como acabo de decir, les interesa porque ese es su negocio y lo que esclaviza a los que tienen abajo.

Según los economistas Emmanuel Saez y Gabriel Zucman, de la Universidad de Berkeley, las 400 familias más ricas de Estados Unidos pagaron en impuestos en 2018 el 23% de sus ingresos y las clases trabajadoras el 24%. Y los paraísos fiscales y las distintas formas de elusión y fraude fiscal contempladas en las propias leyes fiscales permiten que las multinacionales y grandes fortunas apenas contribuyan a los gastos comunes. Las grandes empresas se llevan alrededor del 40% de sus beneficios (unos 600.000 millones de dólares anuales) a esos territorios opacos. Y eso, a pesar de que son quienes en mayor medida se benefician del gasto público, porque no hay que olvidar que un euro gastado por el Estado se convierte prácticamente de forma instantánea en un ingreso del capital privado (porque va directamente a él o porque se traduce en gasto en consumo que va a las empresas, o en ahorro que rentabiliza el sistema financiero).

El desafío es doble. Por un lado, asumir en la práctica el imperativo ético de que todos hemos de contribuir a la financiación del gasto que es común en proporción a nuestra capacidad. Y, por otro, que si el proceso de mundialización es ineludible hay que hacer que la fiscalidad que responda a ese anterior principio se establezca también a escala internacional.

  1. Socialización del dinero y el crédito.

El crédito que sirve para poder realizar gastos a lo largo del tiempo y el dinero que es lo que utilizamos para saldar las deudas que genera nuestra diferente participación en los procesos productivos, son para las economías como la savia de las plantas o la sangre de los demás seres vivos. Sin ellos, es prácticamente imposible satisfacer las necesidades humanas cuando se ha alcanzado un cierto nivel de desarrollo. Pero en el capitalismo se ha permitido que el dinero se convierta en una mercancía más que, para colmo y tal y como he dicho, pueden crear de la nada unos agentes especialmente privilegiados. Eso es lo que constantemente produce los cuellos de botella que generan crisis que traen destrucción de empresas, de empleo y de riqueza.

La alternativa no es la broma de hacer creer que todo el mundo debiera tener acceso libre al dinero y al crédito sin más. No, el desafío consiste en establecer sistemas financieros que proporcionen los medios de pago y el crédito necesarios para garantizar la actividad productiva con eficiencia, responsabilidad, solvencia, suficiencia y equilibrio y no sólo buscando el beneficio de quien lo crea, como he dicho, de la nada. Y en particular, consiste en poner un freno radical al uso especulativo de los medios de pago que provoca las burbujas y las innumerables crisis financieras que se vienen dando en las últimas décadas, justamente desde que se liberalizó el sistema financiero, exacerbando la mercantilización del dinero y el crédito.

  1. Justicia y simetría en el comercio internacional.

Seguramente, no hay una organización o proceso más farisaico e injusto en nuestro mundo que el del comercio internacional. Sus reglas permiten que los poderosos se protejan y tengan plena libertad de acción mientras que obligan a los países más pobres (en realidad, empobrecidos) a desarmarse plenamente y a someterse a las normas que les imponen los ricos. Con una apariencia de igualdad y una retórica que dice defender el liberalismo, lo que en realidad se ha establecido es un régimen de doble moral y de trato discriminatorio en favor de los poderosos. No se trata de reclamar para todos el proteccionismo reaccionario que practican los ricos. El desafío es combinar la apertura con la cooperación y la libertad de actuación con el justo derecho a la protección que tienen todos los países y no sólo los ricos, para poder promover un nuevo tipo de economías que satisfaga las necesidades desde la proximidad, la eficiencia y el respeto a la naturaleza. El régimen actual del comercio internacional genera conflictos políticos, raciona artificialmente la producción que sería necesaria para acabar con el hambre y la insatisfacción, la ubica de forma muy ineficiente y ecológicamente insostenible, crea pobreza y destruye las economías y los lazos sociales. Hay que acabar con este régimen de injusticia comercial impuesto por las grandes compañías multinacionales con el apoyo de los gobiernos de las grandes potencias.

  1. Desmercantilización del trabajo.

Un grupo de relatores independientes elaboró el año pasado un informe para Naciones Unidas en el que señalaban que «hoy vivimos en un mundo más rico, pero también más desigual que nunca». Y que algunos informes sugieren que el 82% de toda la riqueza creada en 2017 fue al 1% de la población más privilegiada económicamente, mientras que el 50% de los estratos sociales más bajos no vio ningún aumento en absoluto.

Esta desigualdad creciente en las últimas décadas tiene diversas causas bien conocidas: la apropiación privilegiada de los beneficios del aumento de la productividad por el capital, las reformas legales que han acabado con derechos laborales básicos, la discriminación de género, la globalización asimétrica, la inequidad fiscal, la deuda… Pero una de ellas es la que está detrás de todas las demás: la utilización del trabajo humano como si fuera una simple mercancía. Eso lleva a que la inmensa mayoría de las personas sólo puedan disponer de ingresos para vivir si venden su tiempo de trabajo en los mercados. En unos mercados, en donde cada vez tienen menos derechos y poder de negociación.

Por eso, el desafío más básico y necesario de nuestra época es acabar con esa mercantilización del trabajo para hacer posible que las personas puedan disponer de recursos suficientes para tener una vida digna con independencia de lo que ocurra en los mercados laborales. Y eso implica fortalecer las políticas sociales, los servicios de bienestar y, en general, las instituciones que garantizan que todos los seres humanos tengan recursos mínimos para vivir dignamente por el simple hecho de serlo. Y también reducir notablemente la jornada de trabajo para evitar que la revolución digital que se avecina provoque desempleo de masas.

Puede parece un desafío radical, inalcanzable, propio de extremistas… pero lo cierto es que la idea de que «el trabajo no es una mercancía» es el primer principio fundamental de los cuatro establecidos en la Declaración de Filadelfia de 10 de mayo de 1944 que han firmado, entre otros muchos países, todos los socios de la Unión Europea. El desafío consiste simplemente en cumplir con el compromiso adquirido.

10+1. Una nueva forma de pensar y de contemplar el mundo y a nuestros semejantes.

Los anteriores desafíos se refieren a objetivos, a tareas que habría que emprender pero quizá ninguno de ellos pueda hacerse realmente efectivo y alcanzarse si no se cambia nuestra forma de pensar, asumiendo un conocimiento complejo, omnicomprensivo, cósmico, ecologizante, humanista y crítico. Si no cambiamos nuestra forma de medir y de fijar los objetivos que perseguimos, si no anteponemos la mejora de nuestra vida a la multiplicación del dinero, y la felicidad o la satisfacción auténtica y la responsabilidad a la consecución del lucro privado sin límites. Si nuestra acción personal y colectiva no se vincula a compromisos o incluso a imperativos éticos que condiciones nuestra toma de decisiones. Si no aceptamos someternos a la rendición de cuentas que debe ser parte ineludible de una acción individual y colectiva honesta y respetuosa con nuestros semejantes. Y si no entendemos que la paz y el diálogo no son el fin sino el camino.

Fuente: http://www.juantorreslopez.com/2020-101-desafios/

Publicado enSociedad
Lunes, 30 Diciembre 2019 06:04

La izquierda chilena frente a sí misma

La izquierda chilena frente a sí misma

El Frente Amplio se encuentra en pleno proceso de implosión solo unos meses antes de la decisiva votación sobre la asamblea constituyente que debe poner fin al experimento del neoliberalismo que perdura desde el golpe de Pinochet.

El terremoto político y social que vive Chile desde el pasado 18 de octubre ha sacudido a una clase política más desprestigiada y desacreditada que nunca. A dos meses del comienzo de las protestas, los efectos de estas se han hecho sentir a lo largo de todo el arco parlamentario, y la izquierda chilena no ha sido inmune a ello.

El Frente Amplio (FA), una coalición formada en 2017 que abarca a distintas fuerzas políticas ubicadas a la izquierda de la Nueva Mayoría (el centroizquierda), se encuentra en el momento político más tenso desde su nacimiento. Fuertemente criticado por sus bases y cuestionado por algunas de sus últimas decisiones políticas, el que parecía estar llamado a capitalizar el descontento social, se halla al borde de la implosión.

Las fricciones generadas a raíz de la firma del Acuerdo por la Nueva Constitución por algunos sectores del FA, han provocado la salida de la coalición de partidos y dirigentes de la talla de Jorge Sharp, alcalde de Valparaíso. El edil, que puso fin a su militancia en Convergencia Social el pasado 15 de noviembre, señalaba en la carta de renuncia que firmó junto a otros 72 militantes de la formación, que Convergencia “ya no constituía el espacio que permite impulsar de forma adecuada la política de transformaciones democráticas que requiere el momento actual” y que a partir de ahora “aportaría de manera independiente y autónoma a la construcción de un proyecto de izquierda del siglo XXI desde los distintos lugares donde correspondiera actuar”.

La de Sharp no es la única fuga que ha sufrido el FA en las últimas semanas, y a la salida del Movimiento Democrático Popular (MDP) y el Partido Ecologista Verde, se unió el pasado 12 de diciembre la del Partido Humanista, formación que cuenta con tres de los veinte escaños de la coalición en el Parlamento. Una estampida provocada, por la firma de un acuerdo, “contrario en esencia a las demandas de los manifestantes” para unos, y necesario, aunque insuficiente para otros.

El Acuerdo por la Paz y la Nueva Constitución anunciado la madrugada del 15 de noviembre abrió un cisma importante dentro de la coalición entre firmantes y no firmantes. De un lado, Revolución Democrática (RD), Comunes y el Partido Liberal se sumaron a la propuesta, sin coincidir en todos los puntos que recogía el Acuerdo, pero argumentando que suscribirlo suponía un avance y permitía seguir remando en la dirección correcta. Del otro, Convergencia Social, con la excepción de Gabriel Boric que lo suscribió a título individual, el Partido Humanista y el Partido Ecologista Verde, se bajaron de las negociaciones de un acuerdo que consideran, hecho a espaldas de la población y que deja todo bien amarrado para el oficialismo, al mantener algunos de los cerrojos de la constitución de 1980 como el quórum de dos tercios, que permitiría a la derecha bloquear cualquier mínima posibilidad de cambio.

Al margen de la cuestión de los quórum, o la ausencia en el Acuerdo presentado en noviembre de cuotas que garanticen la paridad entre hombres y mujeres y la representación de los pueblos originarios, una parte importante de este descontento provino de la puesta en escena del acuerdo. En un momento de impugnación a la clase política en su conjunto, la foto junto al oficialismo y la antigua Concertación, no gustó ni entre los manifestantes ni dentro de la coalición, ya que colocó al FA como uno más dentro del cártel político chileno.

“Algunos en el Frente Amplio quieren ser la nueva Concertación” declaraba el diputado y presidente del Partido Ecologista Verde, Félix González al explicar las causas que llevaban al partido a abandonar la coalición. Una frase que si bien puede sonar exagerada, muestra a la perfección el descontento de algunos sectores que ven en la política seguida por el Frente en el parlamento los últimos meses una traición a los intereses de los manifestantes.

De fuerza impugnadora a impugnada, lo que ha ocurrido en palabras del académico de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile Ernesto Águila, es que “la ciudadanía no diferencia de manera muy significativa en su rechazo a los partidos políticos tradicionales y al Frente Amplio”.

LA LEY “ANTISAQUEOS”

La sucesión de acontecimientos no le ha puesto fáciles las cosas al Frente Amplio, cuyas contradicciones internas se han agudizado hasta hacerse insostenibles desde que estallara la contingencia. Tras las críticas recibidas por la firma del acuerdo, la distancia entre la coalición y una parte importante de los manifestantes ha aumentado aún más tras su voto favorable en el Congreso a la Ley Antisaqueos hace unas semanas. Un proyecto de Ley impulsado por el Ejecutivo que endurece las penas para los hechos constitutivos de desórdenes públicos y tipifica seis nuevas conductas sancionables con penas de hasta cinco años de cárcel.

La paralización de servicios públicos de primera necesidad, el lanzamiento de objetos contundentes, los daños a establecimientos comerciales o industriales, dificultar la actuación del Cuerpo de Bomberos o impedir la libre circulación de personas y vehículos, son algunas de estas conductas recogidas bajo el nuevo proyecto de ley. La redacción del texto no ha estado exenta de polémicas, y algunos diputados y agentes de la sociedad civil como la Comisión Chilena de Derechos Humanos, mostraron su rechazo aduciendo que su único fin era criminalizar la protesta social.

La mesa de Unidad Social, que abarca a más de cien organizaciones de la sociedad civil, calificó la ley como parte de una “agenda represiva” impulsada por el gobierno con el objetivo de aplacar las protestas. El comunicado emitido por la plataforma señalaba que bajo el amparo de la nueva ley, algunas formas de protesta legítimas, como los paros laborales en ciertas actividades, los cortes en la vía pública o las tomas pacíficas de terrenos o edificios, podrían entenderse a partir de ahora como constitutivas de delito, acarreando sanciones de hasta cinco años de prisión. Una manera de dar soporte legal a la criminalización de la protesta en un contexto con más de mil detenidos, una veintena de muertos y doscientas personas con lesiones de globo ocular a causa de los balines disparados por las fuerzas del orden.

Algunos diputados criticaron la excesiva penalización de determinadas conductas como lanzar piedras o montar barricadas y llamaron al Senado a remediar lo aprobado por el Congreso. Por su parte, la Cámara Alta someterá a modificaciones el proyecto aprobado por el Congreso, y como declaró el diputado de la Democracia Cristiana y miembro de la Comisión de Seguridad Francisco Huenchumilla, “se partirá con una hoja en blanco para rearmarlo completamente”.

No obstante de lo que finalmente delibere el Senado, una de las sorpresas fue que entre los 127 diputados que votaron a favor del proyecto en el Congreso estuvieran los diputados del Frente Amplio con contadas excepciones como las diputadas Alarcón y Jiles del Partido Humanista, que en aquel momento aún no había materializado su salida de la coalición. En un inicio, diputados como Gabriel Boric justificaron su apoyo alegando que “aprobaron la ley en general porque rechazan los saqueos, pero que rechazaron los artículos que criminalizaban la protesta social”. Esta aparente seguridad inicial se vino abajo con el aluvión de críticas que recibió la coalición y sus máximos representantes tanto en la calle como en las redes sociales.

Las justificaciones iniciales de los diputados de Convergencia, Revolución Democrática y el Partido Liberal no fueron suficientes ni para algunos de sus compañeros como la diputada Jiles (Partido Humanista), que les recriminó duramente por redes sociales, ni para sus bases, que emitieron sendos comunicados calificando la votación de error político. Ante esta avalancha, los líderes de Revolución Democrática y Convergencia, Giorgio Jackson y Boric, acabaron retractándose y asumiendo que se habían equivocado votando a favor de la ley.

No obstante, el arrepentimiento no solo no les eximió de culpa ante la gente, sino que les hizo recibir aún más críticas por parte del resto de miembros de la cámara. Jiles tachó a Boric de mentiroso y de mala persona, mientras que otros diputados como Matías Walker (Democracia Cristiana) o el vicepresidente de la cámara Pepe Auth, acusaron a los frenteamplistas de “no tener carácter y de no estar dispuestos a recibir críticas de los suyos”.

El asunto dejó muy tocada a la coalición. Por un lado, aunque ya estuviera anunciada, selló su ruptura definitiva con los humanistas tras las virulentas críticas de Jiles, y por otro, mostró al grupo más endeble, inseguro y desubicado que nunca. La desconexión entre el Frente Amplio y los manifestantes ha aumentado conforme han ido avanzando las semanas; una situación que empeoró aún más con el apoyo a una ley, que según amplios sectores convierte a la coalición en cómplice de la represión del gobierno hacia los manifestantes.

UN FUTURO INCIERTO

Tras el meritorio e inesperado 20,2% obtenido por Beatriz Sánchez en las presidenciales 2017 y la creciente popularidad de algunos representantes de la coalición como Gabriel Boric o Giorgio Jackson, el estallido social parecía una oportunidad única para el Frente Amplio de convertirse en el canalizador del descontento y ganar terreno a sus adversarios. Sin embargo, la joven coalición se ha encontrado con un camino repleto de trabas y ha acusado el desgaste de las protestas tanto o más que sus oponentes.

Una reedición de la coalición tal y como se presentó en 2017 para futuros comicios parece improbable en estos momentos, y la principal duda reside en cómo encararán las distintas fuerzas políticas las próximas citas a las urnas. Respecto al plebiscito de finales de abril, que decidirá si el órgano constituyente se integra plenamente por independientes o si la mitad de sus miembros serán parlamentarios en ejercicio, parece que no habrá dudas y que las fuerzas progresistas en su conjunto apostarán por la Convención Constitucional (integrada únicamente por miembros electos para el efecto). Sin embargo, la posición que adoptarán cuando llegue el momento de presentar las listas de candidatos para integrar el futuro órgano constituyente, es una incógnita a día de hoy.

Parece que muy probablemente habrá ciertos cambios en la composición de los dos bloques a la izquierda de la Nueva Mayoría. La integración de las formaciones que abandonaron el FA por las discrepancias generadas por las protestas, en el bloque de Unidad para el Cambio es una de las opciones más plausibles en estos momentos. La coalición creada en junio de este año, compuesta por el Partido Comunista, el Partido Progresista y la Federación Regionalista Verde Social, podría integrar por estrategia y por principios a las formaciones salientes como el Partido Ecologista Verde o el Humanismo. De hecho, los acercamientos con los humanistas ya son una realidad, y Daniel Jadue, alcalde de Recoleta y una de las figuras más reconocidas de los comunistas ya mencionó en una entrevista en la CNN que no descartaba concurrir junto a los humanistas en una alianza política y social que debería ser lo más amplia posible.

Otro de los interrogantes es si habrá listas de candidatos independientes impulsadas por los agentes sociales. Plataformas como Unidad Social o la Coordinadora de Asambleas Territoriales han adquirido gran relevancia con las protestas, recomponiendo un tejido social que llevaba muerto desde la dictadura; pero cuentan con menos recursos y capacidad de organización que los partidos a la hora de armar una lista. A pesar de haber demostrado un extraordinario poder de convocatoria durante las movilizaciones, configurar una candidatura requiere de una estructura y unos medios con los que no cuentan, lo que, unido a la falta de experiencia en el terreno electoral, les pone en desventaja respecto a unos partidos que tampoco han estado interesados en allanarles el camino simplificando los requisitos para la presentación de candidaturas de independientes.

Aún quedan muchas semanas por delante, pero a día de hoy la opción de una única candidatura que abarque a todas las fuerzas a la izquierda de la Nueva Mayoría parece inviable. Voces de ambos bloques abogan por una alianza lo más amplia posible, pero tras las acusaciones y descalificaciones esgrimidas contra el Frente Amplio estas semanas, cuesta imaginarse a todas las fuerzas de la izquierda conviviendo en una misma candidatura.

La fragmentación del voto será por tanto, uno de los principales escollos para la izquierda en los comicios que elijan a los miembros del futuro órgano constituyente. Tanto si vence la Convención Mixta, como si lo hace la Convención Constitucional, los asambleístas serán elegidos por el mismo sistema que rige para las elecciones al Congreso, en el que los escaños se asignan a través del método D’Hondt. El nuevo sistema, más representativo que el binominal que regía hasta 2017, a pesar de abrir la posibilidad de que nuevas fuerzas ingresen en el parlamento sigue penalizando mucho a las candidaturas que no se integran en una coalición amplia. Además, el conocido “arrastre” genera asimetrías que ya fueron criticadas en la última elección al Congreso, al resultar electos candidatos con menos de un 5% de votos, que eran “arrastrados” por otro candidato de su misma lista que contaba con un porcentaje alto de votos.

Estas peculiaridades del sistema chileno deberán ser tenidas en cuenta por las fuerzas políticas a la hora de armar las candidaturas que competirán por obtener un asiento en el órgano constituyente en octubre de 2020. Partidos y agentes sociales deben ser conscientes de los riesgos que implicaría una competición entre dos o tres listas distintas de la izquierda, sin contar la de centro izquierda que presumiblemente presentarán las fuerzas que integran la Nueva Mayoría.

El fuego amigo es otra de las amenazas que las fuerzas progresistas deberán sortear si quieren jugar un papel relevante en el proceso constituyente. Guste o no el acuerdo, la izquierda chilena se encuentra ante una oportunidad histórica de enterrar una Constitución diseñada por la dictadura y empezar a construir un nuevo modelo de país. El primer paso será el plebiscito de entrada, pero ocurra lo que ocurra a finales de abril, una mayoría del oficialismo en las elecciones a la Asamblea en octubre, agotaría cualquier mínima posibilidad de cambio. No será sencillo, pero para lograr una sociedad más justa, las fuerzas del cambio deberán dar batalla en todos los ámbitos, y uno de ellos es el electoral.

Por JAIME BORDEL GIL

SANTIAGO DE CHILE

2019-12-30 06:09

Publicado enPolítica
La mala salud de hierro de la economía mundial

Los expertos auguran una aceleración del crecimiento en 2020, liderado por Europa y los emergentes, si la tensión comercial disminuye

 

La palabra resiliencia no es nueva, pero se ha puesto de moda en los últimos años. Según la Real Academia Española, este término hace referencia a la “capacidad de un material, mecanismo o sistema para recuperar su estado inicial cuando ha cesado la perturbación a la que había estado sometido”. Un significado que bien podría asociarse a la economía mundial. El crecimiento previsto para 2019 es del 3%, el nivel más bajo desde la salida de la crisis financiera. La desaceleración resulta evidente —en 2017 el avance fue del 3,8% y en 2018 del 3,6%— y hasta cierto punto comprensible: a la fase final de un largo ciclo de expansión se le han sumado lastres geopolíticos de calado. Sin embargo, casi nadie otea una recesión en el horizonte; más bien al contrario, el consenso de los analistas apunta a que en 2020, a medida que el pulso arancelario vaya atemperándose, hay opciones de asistir a una moderada aceleración. La última actualización de las previsiones del Fondo Monetario Internacional (FMI) calcula un avance del PIB global del 3,4% el próximo año.

“Si bien los indicadores industriales muestran una incipiente mejora, el crecimiento seguirá siendo modesto. La madurez del ciclo económico así como el elevado endeudamiento y los déficits fiscales limitan el potencial de recuperación”, señala Joan Bonet, director de estrategia de mercados de Banca March. Esta opinión es compartida por Nannette Hechler-Fayd’herbe, responsable de análisis global de Credit Suisse: “Prevemos un crecimiento económico moderado, una continuación de condiciones de liquidez favorables y un relajamiento de las tensiones geopolíticas. A medida que disminuya la guerra comercial entre EE UU y China debería mejorar la confianza de las empresas”.

Uno de los colchones de seguridad con los que cuenta la economía mundial son los bancos centrales. En 2019, tanto la Reserva Federal (Fed) como el Banco Central Europeo (BCE) tuvieron que dar marcha atrás en la hoja de ruta que habían diseñado y que tenía como objetivo normalizar los tipos de interés. El panorama se oscurecía por momentos y tuvieron que sacar de nuevo la manguera de la liquidez. Los efectos de estos estímulos deberían extenderse al nuevo año. “Vemos un punto de inflexión en el crecimiento económico global durante la primera mitad de 2020. El impacto de tal relajación en las condiciones financieras llega con retraso a la economía real, pero en esta ocasión ese decalaje es mayor debido a las políticas proteccionistas”, señalan los expertos de BlackRock en su informe de perspectivas.

Tipos de interés

La Fed ha recortado en tres ocasiones los tipos de interés en EE UU durante 2019, dejándolos en la horquilla de entre el 1,5% y el 1,75%, mientras que el BCE mantiene el tipo de referencia en el 0%. El mercado no espera más recortes en el precio del dinero en los dos principales organismos monetarios, pero tampoco se vislumbra ningún movimiento al alza de calado a medio plazo ya que los datos de inflación están aún lejos de ser una amenaza. “Nuestro escenario principal contempla que la Fed haga una pausa en los recortes de tipos en 2020. En el caso del BCE y el Banco de Japón, esperamos que prosigan con la expansión cuantitativa y mantengan sus políticas de tipos de interés cero. En general, si 2018 para los principales bancos centrales fue un año de endurecimiento de las medidas monetarias y 2019 de suavización de las mismas, creemos que 2020 será el año en el que se haga un alto en el camino”, señalan desde la consultora Mercer.

La clave de bóveda sobre la que sostiene la posibilidad de una aceleración del crecimiento mundial en 2020 es la mejora del clima comercial. El año que está a punto de concluir se ha caracterizado por la política del palo y la zanahoria en las relaciones entre Washington y Pekín. El caso Huawei es el mayor exponente de estas tensiones. Sin embargo, en las últimas semanas se han dado algunos pasos para reconducir la situación. Uno de ellos es la firma por parte del presidente estadounidense, Donald Trump, de la primera fase del acuerdo con China. Como consecuencia de este pacto, EE UU no aplicó el 15 de diciembre los aranceles que iban a entrar en vigor (aunque sí mantiene los existentes hasta esa fecha), mientras el gigante asiático hará lo propio.

“Un acuerdo para reducir o eliminar los aranceles existentes y un compromiso de dejar de añadir nuevas tasas podrían reducir sensiblemente la incertidumbre en la economía mundial, liberar la demanda acumulada en inversión por parte de las empresas y permitir que Trump proclame victoria en un año electoral”, reconoce Mark Haefele, responsable de la división de grandes patrimonios de UBS.

Las negociaciones comerciales continuarán en 2020 y algunos analistas aconsejan no echar las campanas al vuelo. Libby Cantrill, responsable de políticas públicas de Pimco, una de las mayores gestoras de renta fija del mundo, califica los avances de “tregua débil”. “No se puede deducir que toda la incertidumbre ha sido eliminada tras el acuerdo de la fase uno, ya que se mantendrán muchos de los aranceles. Además, habría que ser prudente a la hora de visualizar futuros avances, sobre todo teniendo en cuenta lo que ha costado llegar hasta la firma de la primera fase y que muchos de los asuntos más espinosos, como el subsidio a las empresas estatales, se han pospuesto para las próximas rondas de contactos”, recuerda Cantrill.

Otro de los culebrones de 2019, el Brexit, podría empezar a vislumbrar también una salida en el próximo curso, circunstancia que despejaría las incertidumbres actuales. La contundente victoria de Boris Johnson en las recientes elecciones británicas y la mayoría conservadora en el Parlamento han acelerado la aprobación de la ley para la salida del Reino Unido de la Unión Europea (UE), texto que incluye la prohibición de nuevas prórrogas más allá de diciembre de 2020.

Está por ver si en el año que queda hasta ese límite Londres y Bruselas serán capaces de negociar una nueva forma de relación política y comercial. “Es un plazo demasiado abreviado para cerrar un acuerdo multisectorial entre los 28 países, que debería ser aprobado además por los respectivos parlamentos nacionales”, señalan los economistas de S&P. La principal agencia de calificación de riesgos del mundo cree que la mayoría obtenida por Johnson le da más margen para negociar con Bruselas, aunque advierte que no se puede descartar del todo un Brexit sin acuerdo. “Pensamos que el Reino Unido podría pedir una extensión del plazo a la UE. Sin esta prórroga el acceso de las compañías británicas a los consumidores europeos pasaría a regularse según los términos de la OMC el 1 de enero de 2021, lo que supondría el pago de tarifas significativas en sectores clave como automoción, agricultura y comercio minorista. Ese escenario dañaría al Reino Unido más que a la UE ya que su relación comercial es asimétrica”, explican en S&P.

EE UU ha sido el principal motor de la economía mundial tras la salida de la Gran Recesión. Su economía acumula desde 2009 la mayor fase expansiva de la historia con 125 meses de crecimiento ininterrumpido. El gigante estadounidense cuenta con el apoyo de la Fed y un mercado laboral robusto que aviva el consumo interno. Sin embargo, las previsiones de los expertos apuntan a que en el rebote de la economía mundial EE UU debería ceder protagonismo a otras áreas como la UE o los países emergentes. El FMI calcula que en 2020 EE UU crecerá un 2,1% frente al 2,4% estimado para este año.

“El impulso de los recortes fiscales se está desvaneciendo, la incertidumbre relacionada con la política comercial parece estar afectando a la inversión de las empresas, y los indicadores del mercado laboral se están moderando. Sin embargo, la relajación de las políticas monetarias y la solidez de las finanzas de los consumidores deberían evitar que el crecimiento de EE UU caiga demasiado”, pronostica Joseph Little, responsable de inversión de HSBC Asset Managemet

Enigma electoral

En la ecuación que manejan analistas y gestores para vislumbrar cómo será la economía mundial el próximo año, una variable impredecible son los comicios en EE UU. El 3 de noviembre de 2020, el electorado de este país decidirá quién ocupará la Casa Blanca hasta 2024, así como la conformación del Congreso. “Con las elecciones presidenciales cerniéndose en el horizonte, habrá que prever turbulencias tanto en política nacional como en política exterior, independientemente de que Donald Trump siga en el poder o deje paso a los demócratas. Aunque se mantenga la tregua en la guerra comercial con China, es muy probable que surjan otras cuestiones, como la reforma tributaria y de la competencia, que traiga volatilidad”, recuerda Michaël Lok, director de inversiones de Union Bancaire Privée (UBP).

Por su parte, China prosigue con su aterrizaje que, aunque es suave, no encuentra todavía suelo. Si en 2018 el gigante asiático crecía el 6,6%, este año cerrará con un avance de su PIB del 6,1% y en 2020 la aceleración se frenará hasta el 5,8%, según el FMI. “Es un año importante para China. En 2010, el Gobierno se comprometió a duplicar el tamaño de la economía y los ingresos medios para 2020. Para alcanzar estos objetivos, las autoridades tendrán que garantizar al menos que el crecimiento se mantenga en el nivel simbólico del 6%. Es posible una mayor flexibilización de la política económica”, indica Keith Wade, economista jefe de Schroders.

Escenario más benigno

Junto con Europa, los otros candidatos a liderar la aceleración en el crecimiento mundial son los países emergentes, con especial protagonismo para Latinoamérica —la previsión apunta a una mejora del PIB del 1,8% frente al 0,2% de 2019—. “Los recortes de los tipos de interés por parte de la Reserva Federal durante 2019 han reducido la presión sobre los mercados emergentes, principalmente de aquellos que dependen de la financiación en dólares estadounidenses. Gracias a que la inflación está disminuyendo, los bancos centrales de varios de estos países tendrían margen para reducir el precio del dinero”, argumentan en Credit Suisse.

En este tablero de juego aún plagado de minas, pero en principio más favorable que hace unos meses, ¿qué puede pasar con la economía española? Las proyecciones apuntan a que continuará la desaceleración del crecimiento del PIB (1,8% en 2020 frente al 2,1% de 2019), pero a pesar de ello España debería seguir siendo uno de los alumnos aventajados entre los países desarrollados.

El principal riesgo que ven los expertos viene del lado político. La negociación para formar Gobierno aún no había llegado a buen puerto al cierre de esta edición y, en el caso de contar con el apoyo de ERC, los socialistas tienen la intención de liderar un proyecto que incluye a Podemos en el Ejecutivo, algo que no es muy del agrado de los mercados. “La nueva alianza de izquierdas no podrá contar con una mayoría estable, mientras que los límites de maniobra fiscal del país serán puestos a prueba. Después de años por encima de su potencial, el crecimiento de España se está reajustando”, advierten en AXA.

Más pesimistas en relación con la inestabilidad política son en Julius Baer. “La perspectiva de un Gobierno débil y poco favorable a la libertad de empresa nos ha llevado a reducir nuestro optimismo respecto de la economía española. Recientemente hemos rebajado la proyección de crecimiento para España en 2020 al 1,7%”, indican en el banco suizo. “La expectativa de una subida de impuestos podría agravar esta tendencia, pero seguimos confiando en que el incremento de los salarios, la bajada del ratio de endeudamiento de las familias y la facilidad de acceso al crédito mantengan la demanda interna e inclusive rebote. El sentimiento empresarial también se ha deteriorado porque se espera una presión fiscal sobre las compañías y mayores costes regulatorios”.

Como ocurre muchas veces, lo urgente relega a lo importante. Si bien las previsiones económicas son menos dramáticas que hace 12 meses, sobre la mesa queda aún por resolver un cuestión clave que marcará el devenir del mundo en las próximas décadas: cómo cambiar el modelo económico para que sea menos contaminante, reduzca las tasas de desigualdad y sea más justo con las mujeres.

En el caso de Europa, si bien el crecimiento en 2020 no será para tirar cohetes (1,4%, según el FMI), sí constituirá una mejora con respecto al del año que está a punto de concluir (1,2%). La aceleración vendrá de la mano de Alemania, que tras un año muy difícil para una economía tan exportadora debido a las tensiones comerciales, debería beneficiarse de las menores tensiones arancelarias. Además, el resto de socios comunitarios mirará con atención a Berlín por si el Gobierno alemán cede a las presiones y usa su buena situación presupuestaria para estimular todavía más su crecimiento. “En Europa, la política monetaria ha alcanzado sus límites e incluso los miembros más centristas del consejo de gobierno del BCE reconocen los efectos colaterales no deseados de sus políticas no convencionales. Solo hay un margen fiscal relevante en Alemania, creemos que en 2020 se aplicarán los estabilizadores automáticos, pero que el impulso fiscal adecuado no llegará hasta 2021, cuando las debilidades del mercado laboral empiecen a acumularse”, reconocen en AXA Investment Managers.

Por DAVID FERNÁNDEZ

Madrid 29 DIC 2019 - 03:30 COT

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Chile decidirá el futuro de su Constitución el 26 de abril en un referéndum 

El presidente del país, Sebastián Piñera, ha convocado el plebiscito tras las protestas sociales que reclamaban una solución a la desigualdad desde el pasado octubre. La votación planteará dos opciones: deshacerse definitivamente del texto normativo vigente desde la dictadura de Pinochet y redactar uno nuevo o una nueva reforma del mismo. 

 

La incansable lucha social de los chilenos por un cambio en su Constitución finalmente ha dado sus frutos. Después de llenar las calles de protestas desde el pasado 18 de octubre, el presidente del país, Sebastián Piñera, ha escuchado sus reclamas y ha convocado un referéndum en el que los ciudadanos podrán decidir sobre el futuro de su principal texto normativo. 

El plebiscito presentará dos opciones: o bien redactar una nueva Constitución o bien reformar la actual, vigente desde el año 1980 y creada durante la dictadura de Augusto Pinochet. La votación ha sido finalmente confirmada por Piñera este viernes con la firma de un decreto en el Palacio de la Moneda, sede del Ejecutivo.

"No es una elección cualquiera, porque con esta acción democrática y republicana vamos a tener que optar entre dos alternativas, las dos igualmente legítimas y democráticas", ha explicado Piñera.

La redacción de una nueva Carta Magna es uno de los principales clamores del estallido social, que deja al menos 24 fallecidos, ya que es considerada por la ciudadanía como el principal origen de las desigualdades en el país. En la Constitución actual, que ha sido reformada decenas de veces, se le concedió al Estado un papel "subsidiario" (secundario) en la provisión y administración de los recursos básicos, lo que favoreció su privatización.

En el caso de que los chilenos elijan redactar una nueva Constitución, también tendrán que votar qué procedimiento se elige para ello: una convención mixta de parlamentarios y ciudadanos o una asamblea de personas escogidas únicamente para ese fin.

"Nos va a permitir que los chilenos podamos decidir los caminos del futuro. Los chilenos vamos a tener la primera palabra en escoger qué camino queremos seguir y qué mecanismos queremos adoptar", señaló el mandatario.

Los plazos para una nueva Constitución

Si el plebiscito es aprobado, la elección de los constituyentes se realizará en octubre, coincidiendo con las elecciones regionales y municipales, y la nueva Constitución –que debe redactarse en un máximo de un año– se ratificará en otro plebiscito, este con voto obligatorio.

Este proceso constitucional se acordó en noviembre entre casi todas las fuerzas políticas del Parlamento chileno –a excepción del Partido Comunista– después de que la ciudadanía pidiera en las calles de todo el país una nueva Carta Magna desde el pasado 18 de octubre.

27/12/2019 17:36 Actualizado: 27/12/2019 17:36

PÚBLICO / EFE

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Jueves, 26 Diciembre 2019 05:34

Adiós al oasis chileno

Adiós al oasis chileno

Cuando se escriba la historia de la inédita revuelta del año 2019 que cambió el destino de Chile, destacará, sin duda, una frase pronunciada por el presidente Sebastián Piñera el 8 de octubre en un programa de televisión en Santiago: “En medio de una América convulsionada, Chile… es un verdadero oasis.”

Aquellas palabras trasuntaban una ceguera ilimitada y una soberbia impenetrable, no solo del Primer Mandatario, sino de toda una clase dirigente que no entendía lo que pasaba en el país real que  incubaba en esos mismos momentos el estallido social que ningún miembro de la encapsulada elite había anticipado.

En efecto, mientras Piñera peroraba televisamente, miles de estudiantes chilenos se saltaban con júbilo los torniquetes del Metro de Santiago, rehusándose a pagar un alza de treinta pesos que el gobierno había decretado recientemente, tan solo dos días antes de que Piñera se ufanara de que Chile fuera tan diferente del díscolo continente latinoamericano.

En vez de entender la desesperación que se agitaba detrás de esta forma de protesta pacífica, los ministros de Piñera (entre los que había una caterva de enriquecidos vilmente durante la dictadura de Pinochet) hicieron oídos sordos y respondieron con una violencia cada vez más salvaje, lo que, en vez de amenguar los desórdenes atizaron el descontento del que se valieron elementos anarquistas y lumpen, amén de grupos aliados a narcotraficantes para desatar saqueos y vandalismo. El presidente declaró que se trataba de una guerra a muerte contra el pueblo, impuso un estado de emergencia y toque de queda, y ordenó a los militares a la calle. Desde el tiempo de Pinochet que no se veían tanquetas y soldados patrullando las ciudades.

El pueblo chileno no se dejó amedrentar. En forma mayoritariamente pacífica, millones de hombres y mujeres y niños salieron a desafiar la represión, embarcándose en un octubre liberador que recordaba la gesta de otro octubre, el de 1988, cuando el pueblo chileno derrotó a la dictadura en un plebiscito que dio comienzo al lento retorno a la democracia. Aquella epopeya de 1988 había sido liderada por los políticos de centro-izquierda que supieron crear las condiciones para que el país pudiera respirar en paz después de tantos años de tiranía.

Aquellos líderes lograron, durante las décadas que siguieron, algunos notables progresos: una disminución importante de la pobreza, una serie de juicios a los más escalofriantes violadores de los derechos humanos de la época de Pinochet, algunas mejorías en la salud y la educación, proyectos de infraestructura y transporte, modernizaciones del aparato estatal. Pero no pudieron terminar del todo con los enclaves autoritarios que habían heredado de la dictadura ni supieron cuestionar la extraordinaria desigualdad de un Chile donde un pequeño y ávido grupo se había apropiado de una inmensa y obscena tajada de la riqueza nacional. El desparpajo con que estos aristócratas y nuevos ricos ostentaban sus franquicias y la impunidad de que gozaban alimentaba la rabia de los chilenos ordinarios para quienes el alza de los treinta centavos era una carga significativa y, por cierto, una provocación en un país donde la corrupción de los privilegiados rara vez se sancionaba.

Y sobrevino, entonces, una insurrección generalizada que sobrepasó las estructuras partidarias y los políticos desprestigiados que no habían sabido dar una solución a los problemas profundos de Chile, un movimiento que ha sacudido los cimientos del desigual modelo político y económico que ha regido al país durante las últimas décadas.

Menos de tres meses después de que los jóvenes se rebelaron contra una cúpula que no los incluía ni escuchaba, Chile ha cambiado en forma trascendental. Todas las fuerzas políticas han acordado un itinerario para dotar al país de una nueva Constitución que reemplace la que impuso fraudulentamente Pinochet en 1980, si bien la derecha se ha opuesto exitosamente a la paridad de género y la presencia necesaria de sectores independientes y de pueblos originarios en la constituyente. Y se están implementando medidas que comienzan a enfrentar - aunque en forma exigua – las graves deficiencias en pensiones y salud, en parques y viviendas y educación, que aquejan a la población en forma mayoritaria.

Queda por ver si estas reformas se efectuarán o si, de nuevo, se han de frustrar las ansias de un país más bello y equitativo. Queda por ver si los policías que respondieron a las demandas ineludibles de los jóvenes con balines y torturas van a ser juzgados y castigados. Queda por ver si la derecha chilena, acostumbrada a menoscabar la democracia con impunidad, aceptará una contracción de su poder y sus granjerías o si pondrán cada vez más trabas al proceso que llevará a una nueva Constitución. Queda por ver si las exigencias de políticas sustentables para enfrentar la crisis climática, derechos de sindicalización de los trabajadores, control de las aguas urbanas y rurales (Chile es el único país en el mundo donde el agua se encuentra en manos privadas), serán postergadas otra vez más. Queda por ver si los políticos de centro-izquierda se darán cuenta de que no hay que temer la movilización del pueblo. Queda por ver si los sectores fascistas, nostálgicos de la mano dura de Pinochet, no aprovecharán el desorden y los saqueos, para revivir la quimera de una nueva tiranía. Queda por ver si los militares, contemplando un país dividido y cada vez más destrozado por el vandalismo criminal de unos pocos que aprovechan las protestas pacíficas de la mayoría, no decidirán que es hora de salir de los cuarteles. Queda por ver si a los jóvenes chilenos que no tuvieron miedo a los golpes y las balas y las violaciones y los gases lacrimógenos tendrán espacio protagónico para respirar tranquilos, que se les permita sacar todo el potencial creador que tienen adentro. Queda por ver si las eternamente pospuestas demandas de mujeres maltratadas y de pueblos originarios tendrán el reconocimiento que se merecen.

Queda por ver, queda por ver.

Pero hay algunos que no verán más, casi trescientos jóvenes que quedaron ciegos debido a los disparos de la policía, aquellos que quedaron sin ojos para que los aislados dueños de Chile pudieran abrir los ojos a la realidad de un país al que han tratado con ignorancia y menosprecio, al que han querido olvidar. Otro sacrificio en la larga lista de sacrificios que han padecido tantos, las penas y pérdidas que nunca faltan para que nazca una patria nueva.

Lo que es seguro es que, en este sumamente convulsionado 2019, Chile despertó. Se ha cuestionado a fondo el modelo neoliberal consumista vigente, reivindicando un nuevo modelo humano donde prima lo humano y no el lucro desmedido.

No somos, mal que le pese a Piñera y los suyos, un oasis en América Latina, sino parte de la historia perpetua de nuestro vasto y rebelde continente que lucha desde siglos por un mundo más justo y participativo.

Dependerá del pueblo chileno cómo se escribirá la próxima página de esa historia.

* Este comentario se basa, en parte, en el folleto, Chile: Juventud Rebelde, que acaba de sacar Fondo de Cultura Económica que también ha publicado Allegro, la última novela de Ariel Dorfman.

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Jueves, 26 Diciembre 2019 05:30

Ardió Hong Kong en la madrugada navideña

Ardió Hong Kong en la madrugada navideña

Manifestaciones, vandalismo y represión policial

 

La Nochebuena ha estado marcada por nuevos enfrentamientos entre Policía y manifestantes en las calles de Hong Kong, que volvieron a presenciar un intercambio de cócteles molotov y latas de gas lacrimógeno. Durante las primeras horas de la noche, cientos de manifestantes se congregaron en varios centros comerciales a ambos lados del estrecho, adonde también acudieron numerosos agentes antidisturbios.

Se registraron arrestos de manifestantes e incidentes como el de un joven que saltó desde el primer piso en el centro comercial Yoho huyendo de los policías. Fue trasladado consciente al hospital y, según fuentes médicas citadas por el diario local South China Morning Post, se encuentra estable. Pasadas las 23.00 hora local, las fuerzas de seguridad anunciaban que iban a llevar a cabo una operación para dispersar y detener a los manifestantes que cortaban la calle Nathan, la principal avenida de Kowloon, con barricadas improvisadas.

Y apenas una hora después, la Policía denunciaba que algunos de los manifestantes se habían negado a abandonar la zona y que habían lanzado cócteles molotov contra la comisaría de Tsim Sha Tsui y prendido fuego a una entrada de la estación de metro de Mong Kok. El operador del metro local, MTR, había anunciado el cierre de esa parada y de la de Tsim Sha Tsui para el resto de la noche, a pesar de que es habitual que durante la Nochebuena en Hong Kong los metros operen toda la noche.

Algunos manifestantes radicales también habían reventado los cristales de una sucursal del banco HSBC y provocado un incendio a la entrada; ese banco se ha convertido en el blanco de la ira del movimiento de protesta después de que varias cuentas de una plataforma que recaudaba fondos para manifestantes detenidos y heridos fuesen congeladas por supuesto lavado de dinero. 

El Gobierno emitió un comunicado ya entrada la madrugada en el que lamenta que los actos de los manifestantes "perturbasen gravemente el orden social, afectasen el ambiente festivo e impidiesen a otras personas disfrutar de las fiestas", algo que calificó de "intolerable". Asimismo, el Ejecutivo criticó la presencia de banderas independentistas hongkonesas en las protestas, y recordó que promover la secesión de la excolonia británica -que pertenece a China pero mantiene ciertas autonomías hasta 2047- es anticonstitucional y "no propicio para el interés general y a largo plazo de la sociedad de Hong Kong".

Las protestas llegaron de manera masiva a las calles hongkonesas el pasado 9 de junio a raíz de un controvertido proyecto de ley de extradición, ya retirado por el Gobierno, pero han mutado hasta convertirse en un movimiento que busca una mejora de los mecanismos democráticos de Hong Kong y una oposición al autoritarismo de Pekín. Sin embargo, algunos manifestantes han optado por tácticas más radicales que la protesta pacífica y los enfrentamientos violentos con la Policía han sido habituales.

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Miércoles, 25 Diciembre 2019 07:46

La soledad de los movimientos anti-sistémicos

La soledad de los movimientos anti-sistémicos
 Publicamos una selección de los artículos más leídos durante el 2019. Fueron seleccionados de los periódicos desdeabajo ediciones 253-264 y Le Monde diplomatique, edición Colombia ediciones 185-196.

 

Los últimos cinco años han sido de permanente crecimiento de las derechas, de crisis y retrocesos de los progresismos y las izquierdas, y de estancamiento y fragilidad crecientes de los movimientos sociales. Sin embargo, las organizaciones de base están mostrando que son las únicas con capacidad para sostenerse en medio de la ofensiva derechista y si logran sobrevivir, podrán crear las condiciones para una contraofensiva popular desde abajo. Cambios que no sucederán en el corto plazo.

 

“Estamos solos”, dijo y repitió el subcomandante insurgente Moisés en el caracol de La Realidad, durante la celebración de 25 aniversario del alzamiento zapatista, el pasado 1 de enero. “Estamos solos como hace veinticinco años”, enfatizó. “Salimos a despertar al pueblo de México y al mundo, solos, y hoy veinticinco años después vemos que estamos solos…”.

 

Como puede observarse, la dirección zapatista no se engaña ante la nueva coyuntura signada por el triunfo del progresista Andrés Manuel López Obrador. “Si hemos logrado algo, es por nuestro trabajo, y si tenemos error, también es nuestra falla. Pero es nuestro trabajo, nadie nos lo dijo, nadie nos lo enseñó, es nuestro trabajo”, siguió Moisés ante un amplio despliegue de milicianos y milicianas. Estaba mentando los trabajos autónomos que han permitido que cientos de miles de indígenas (agrupados en más de mil comunidades, 34 municipios y cinco regiones) vivan de otro modo, donde es el pueblo quien manda y el gobierno autónomo el que obedece.

 

La importancia de las palabras de Moisés son dobles: hace una lectura de la realidad sin concesiones, para concluir que hoy las fuerzas anti-capitalistas son minoritarias y están aisladas. Estamos aislados en todo el mundo y en toda la región latinoamericana. Sería desastroso que se volcaran a alguna suerte de triunfalismo, como esos partidos que siempre repiten que están avanzando, que no experimentan retrocesos, que las cosas van bien, cuando la realidad es la contraria y rompe los ojos.

 

La segunda cuestión, es el empeño en resistir. La determinación zapatista está exenta de cálculos de costes y beneficios, se afirma en las propias capacidades sin buscar atajos electorales y, quizá lo más importante, le apuesta al largo plazo, a que maduren las condiciones para retomar la iniciativa. ¿Acaso no fueron estos, desde siempre, los parámetros en los que se movió la izquierda, hasta que las tentaciones del poder retorcieron los principios éticos para convertirlos en puro posibilismo?

 

Una nueva derecha militante y militarista

 

La crisis de 2008 fue un parteaguas para la humanidad de abajo. Los de arriba decidieron dar un golpe de timón, de similar profundidad al de 1973, en las postrimerías de la revolución de 1968, cuando decidieron poner fin al Estado del Bienestar y se lanzaron al desmonte de las conquistas de la clase trabajadora. Ahora están desmontando el sistema democrático, decidieron que ya no gobiernan para toda la población sino apenas para un 30-40 por ciento.

 

Debemos comprender de qué se trata esta nueva gobernabilidad al estilo Trump, Duque y Bolsonaro, que gana adeptos en las elites. Se gobierna para el 1 por ciento, sin lugar a dudas, pero se integran los intereses de las clases medias altas y un sector de las clases medias, lo que representa alrededor de un tercio de la población. Para llegar a la mitad del electorado, se utilizan los medios masivos y el miedo a la delincuencia y, ahora también, el temor a que tus hijos sean gais o lesbianas o no se limiten a una sexualidad binaria.

 

En palabras del periodista brasileño Antonio Martins, estamos ante un nuevo escenario. “Lo que permite el ascenso de la ultraderecha no es un fenómeno superficial. La producción y las relaciones sociales están, hace décadas, en transformación veloz. Este proceso se acelerará, con el avance de la inteligencia artificial, la robótica, la genética y la nanotecnología (Outras Palavras, 09-01-2019).

 

Cambios que están generando muchos temores en muchas personas, que se vuelcan a la ultraderecha como forma de encontrar seguridades. Como dijo la ministra de la Familia en Brasil, ahora los niños volverán a vestir de azul y las niñas de rosa. Pero hay otro cambio adicional, relativo al conflicto social: “los viejos programas de enfrentamiento al capital se han vuelto ineficaces”, explica Martins.

 

“Es precisamente el impulso del capital para expandirse, para quebrar las viejas regulaciones que le impone límites, lo que da origen a fenómenos como Bolsonaro. El aumento continuo y brutal de las desigualdades, que en poco tiempo llegarán a la esfera biológica. La reducción de internet a una máquina de vigilancia, comercio y control. Las ejecuciones de millares de adversarios sin ser juzgados, por medio de drones, y la destrucción de Estados nacionales como Libia, perpetrada por “centristas” o “centro izquierdistas como Barack Obama, Hillary Clinton e François Hollande”, sentencia el periodista.

 

Los partidos hegemónicos de la izquierda están por fuera de estos debates. Las reacciones mayoritarias al genocidio que está perpetrando el gobierno de Daniel Ortega, lo demuestra de forma palmaria. En Brasil, durante la campaña electoral, Lula y la dirección del PT prefirieron facilitar el triunfo de Bolsonaro antes que abrirse a una confluencia con el centro-izquierda de Ciro Gomes que era el único candidato capaz de vencerlo. Perdieron, pero mantuvieron el control de la izquierda. Cristina Fernández se mueve en función de evitar la cárcel, para lo que necesita ser la cabeza de la oposición a Macri, aún corriendo el enorme riesgo de que éste gane las elecciones de octubre.

 

La política de la pequeñez y el aferrarse al poder, real o ilusorio, es el peor camino porque facilita el ascenso de las derechas.

 

El peor período de los movimientos

 

Reconozcamos la realidad: estamos mal, somos débiles y los poderes tienen la iniciativa en todos los terrenos, menos en la ética. Para completar el cuadro, no hay fuerzas políticas ni sociales capaces de revertir esta situación en el corto plazo. En suma, no podemos jugar nuestras escasas fuerzas en lances electorales, por ejemplo, o en batallas inmediatas.

 

“Tal vez”, destaca el propio Martins, “valga más la pena apostar en los embriones de alternativa real al sistema, de que en una improbable regeneración de los partidos institucionales, para enfrentar a Bolsonaro. Como en el pos-64, la resistencia fue tramada en las bases de la sociedad, mientras la oposición institucional se rendía”. Hace referencia al golpe de Estado militar de 1964, que arrasó con las instituciones y con la izquierda. Pero en ese tiempo oscuro, se crearon las condiciones para el nacimiento –apenas una década después– del Movimiento Sin Tierra, del Partido de los Trabajadores y la central sindical CUT.

 

Esa es la historia de toda América Latina. Nos hacemos fuertes en los tiempos oscuros de represión y militarismo, crecemos y acumulamos fuerzas que luego las derrochamos en el juego institucional. Las comunidades eclesiales de base y la educación popular estuvieron en la base de muchos movimientos, aunque no constituyeron grandes aparatos sino prácticas contra-hegemónicas.

 

Desde la década de 1980, esa es nuestra realidad: apostamos todo a las elecciones, a reformas constitucionales, a una legislación que es letra muerta y, en tanto, desarmamos nuestros poderes que son la única garantía frente a los opresores.

 

En este recodo de la historia, debemos analizar varios aspectos relacionados con los movimientos anti-sistémicos.

 

El primero es que los grandes movimientos están muy débiles, en particular los movimientos urbanos y los campesinos. Las políticas sociales de los gobiernos progresistas y conservadores han formado camadas enteras de dirigentes y militantes que aspiran a incrustarse en el aparato estatal, a negociar para conseguir beneficios que hagan la vida menos penosa y terminan subordinando a los colectivos a las agendas de arriba.

 

Lo segundo es que la sangría de los movimientos hacia el terreno institucional y electoral ha sido enormemente dañina. Buena parte de lo construido en la década de 1990, y aún antes, fue despilfarrado en la dinámica electoral. Sin olvidar que algunos movimientos fueron destruidos o debilitados desde los gobiernos progresistas, como es el caso de Ecuador y Bolivia, pero también de Argentina y Brasil. De ese modo los progresismos cavaron su propia tumba, ya que anularon a los actores colectivos que habían estado en la base de su crecimiento político y electoral.

 

Lo tercero es que podemos detectar tres movimientos en ascenso: mujeres, pueblos originarios y afros. Allí donde estos movimientos son relativamente fuertes (zapatistas y mapuche, favelas y palenques de Brasil y Colombia, Ni Una menos, etc.) han crecido por fuera de los marcos institucionales, haciendo carne en los problemas cotidianos de los pueblos y sectores sociales.

 

Sobrevivir y crecer a la intemperie

 

Pese a todas las dificultades, el futuro depende de lo que nosotros y nosotras hagamos, de los caminos que tomemos, de la decisión y entereza con que afrontemos este período oscuro de la historia. “Y estamos demostrando una vez más y lo vamos a tener que cumplir, estamos demostrando que sí es posible lo que se ve y lo que se siente que es imposible”, aseguró Moisés.

 

Observo dos grandes desafíos, uno teórico o estratégico y otro ético-político.

 

El primero se relaciona con los objetivos y los medios para alcanzarlos, algo que pasa previamente por una determinada lectura de la realidad. La tarea actual no puede consistir en prepararse para tomar el poder. Sería repetir un camino que nos lleva al fracaso. Tenemos tres grandes desafíos teóricos: el Estado como eje de nuestros objetivos, el economicismo que nos lleva a pensar que el capitalismo es economía y la creencia en el progreso y el crecimiento, graves errores que provienen del positivismo.

 

Respecto al Estado, el tema que merece acalorados debates en la actualidad, las reflexiones del dirigentes kurdo Abdullah Öcalan pueden ayudarnos a hacer balance. La toma del Estado –asegura en el segundo tomo del Manifiesto por una Civilización Democrática– termina por “pervertir al revolucionario más fiel”. Remata el razonamiento con una balance histórico: “Ciento cincuenta años de heroica lucha se asfixiaron y volatilizaron en el torbellino del poder”. Lo cual no depende de la calidad de los dirigentes, sino de una cuestión de cultura política.

 

La segunda cuestión es la ética. Invito a los lectores y a los militantes a releer las Tesis sobre la historia de Walter Benjamin, en particular la octava. De ella hemos retenido las dos primeras frases y olvidado la tercera, que a mi modo de ver es la fundamental. “La tradición de los oprimidos nos enseña que el “estado de excepción” en que ahora vivimos es en verdad la regla. El concepto de historia al que lleguemos debe resultar coherente con ello”. Hasta allí conceptos que se han convertido en sentido común para buera parte de los activistas.

 

Luego señala: “Promover el verdadero estado de excepción se nos presentará entonces como tarea nuestra, lo que mejorará nuestra posición en la lucha contra el fascismo”. ¿Qué quiere decir Benjamin con esta enigmática frase? Lo primero, es que no conozco reflexiones sobre esta frase, aunque las hay y muchas sobre las dos primeras.

 

A mi modo ver, Benjamin nos dice que sólo si aprendemos a vivir bajo el estado de excepción, a la intemperie, por fuera de las protecciones estatales, obtendremos los recursos éticos, organizativos y políticos para enfrentar al enemigo. Es una invitación a revolucionar nuestra cultura política, a salirnos de los paraguas institucionales. Sólo así estaremos en condiciones de luchar, recuperando, como señala en la tesis XII, tanto el odio como la capacidad de sacrificio que hemos perdido en el conformismo de la vida a la sombra del Estado.

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Lunes, 23 Diciembre 2019 05:34

Aguafuertes maracuchas

Aguafuertes maracuchas

Maracaibo, la capital petrolera de Venezuela, escenifica la decadencia de un modelo. A la vieja contaminación de las aguas de su lago por la industria extractiva se suman hoy las brutales consecuencias del colapso económico. Entre los apagones y el racionamiento de combustible, sus habitantes viven del recuerdo de un pasado desaparecido.

Giovanny Jaramillo Rojas

20 diciembre, 2019

Háblame de Maracaibo

tierra bendita, tierra del viejo golpe pasmero

mi patria chica, tierra del sol cuna de gaiteros

por ella canto, por ella vivo, por ella muero.

Junior Veladiago

I.

28 de septiembre. Es mediodía en Maracaibo, la ciudad caída.

Doña Dioselina Ospina me trata como a un hijo. Me abrió las puertas de su casa para alimentarme. Vive en el sector La Lago, un barrio acomodado de Maracaibo, con su esposo y su ex nuera. Sus manos blancas son un embeleso, un extraordinario embrujo de comida venezolana: arroz con pollo, mandioca frita, pabellón criollo, muchacho guisado, bollos pelones, pasteles, quesos madurados, arepas rellenas y empanadas de carne y papa hacen parte de su exquisito y casero repertorio gastronómico.

Para ella, cada plato, indefectiblemente, contiene una historia. Por ejemplo, el arroz con pollo supuso la reconstrucción de la vida de su madre colombiana, que había migrado a Barinas a principios del siglo XX. El pabellón criollo la llevó a hablar de sus épocas juveniles en Barquisimeto, Caracas y Valencia, mientras que los quesos madurados la sumergieron en la memoria de la tierra que le secuestró su identidad, según ella, para siempre: Maracaibo.

Los sabores y los olores son la razón de su vida. Doña Dioselina lo remarca una y otra vez. Su corpulencia expone una gran debilidad por la comida. Sus maneras, aunque muy propias de los 67 años que arrastra con inusitada dignidad, denotan un desgarbo muy propio de una aristocracia que, aunque disminuida, se niega a la evaporación rotunda.

Rubor para todo el rostro, cejas perfectamente delineadas, aroma a Jean Paul Gaultier y cabello intacto, prolijo, mantas de seda largas multicolores y collares y pendientes de diseño. Su postura, invariablemente recta, parece proporcionada por la precisión de una ecuación matemática. En todos nuestros encuentros nunca se le escurrió una sola gota de sudor, ni siquiera cuando la temperatura amenazaba con calcinarlo todo.

Lo primero que dijo cuando la conocí fue que, si bien podría parecer increíble o incluso mentira, Maracaibo había sido, alguna vez, la Miami de Suramérica y que por eso ella y su esposo habían decidido instalar su matrimonio, a finales de la década del 70, en la futurista capital del estado Zulia, el estado más rico y próspero de la Venezuela de entonces. Doña Dioselina relata, con macilenta voz, que hasta los primeros años de este acelerado siglo la ciudad de Maracaibo contaba con vuelos directos a muchas ciudades de Estados Unidos y Europa. Que el desfile de turistas e inversores era incesante y que toda la ciudad permanecía coloreada por un cosmopolitismo indefinible. Sus anchas avenidas ostentaban los mejores y más costosos autos, hoteles y restaurantes prestigiosos, el comercio era una fiesta que no tenía nada que envidiar al primer mundo y su arquitectura exhibía el eclecticismo de una migración que aparentemente había llegado para quedarse.

Ahora, todo esto parece un cuento triste, un relato melancólico cuya inverosimilitud lo situaría en el género de la ciencia ficción. Hoy Maracaibo es todo lo opuesto a esa urbe que recuerda Doña Dioselina: una ciudad que respira herida a la vera de una ruta infecunda, una ciudad que se extravió en su patrimonio hasta la resequedad y la ofuscación.

Basta con dar un paseo para evidenciar que es el escenario perfecto donde se compendia la declinación social y económica de Venezuela. Al caminar por el centro se puede verificar aquel imaginario que han venido construyendo por todo el planeta los varios millones de personas que decidieron abandonar el país. Una ciudad insociable, descuidada, sin sistema formal de transporte, con edificios abandonados y enormes complejos industriales al punto del colapso, ya no económico, sino directamente material. Una ciudad fantasma que se recluye temprano, en total silencio, a ejercer el derecho de soñar imposibles.

En cada almuerzo, en cada cena, hasta consejos de vida y clases informales e inconscientes de sociología se animó a darme Doña Dioselina: los hijos son lo más importante, sólo el estudio libera al ser humano de la pobreza, lo único que mantiene en pie a las sociedades actuales es el consumo, los militares son buenos si están del lado de los valores morales y no de ideologías políticas y, como para chuparse los dedos: los indios son un problema porque ni dejan de tener hijos, ni se mueren rápido. “Son vagos y no son confiables”, terminó diciendo, para después, en silencio, como dándose cuenta de su racismo, pasar a servirme un delicioso jugo de guayaba.

Doña Dioselina tiene tres hijos y todos, con sus siete nietos, viven fuera de Venezuela. Dos en Estados Unidos y uno en las Islas Caimán. Cada vez que la invitan sale del país a visitar a su descendencia y vuelve a Maracaibo con la valija llena de comida, ropa y tecnología. No se va definitivamente porque duda mucho que pueda conseguir un mejor lugar para vivir. Para ella Venezuela es el mejor país del planeta, el más bello, y por eso dice, continuamente, que la esperanza es lo último que se pierde y que el día del cambio, aquel en el que pueda volver a caminar tranquila por la calle, ir de compras sin ser molestada por la miseria circundante y ver a su familia reunida, empapada por la felicidad patria, llegará más temprano que tarde.

II.

29 de septiembre. Amanece en Maracaibo, la ciudad sin fuerzas.

De tanto ir y venir vaciamos el tanque del auto y decidimos ir a llenarlo. En Venezuela no debería representar ningún problema, ya que la gasolina es prácticamente gratis, gracias al fuerte subsidio estatal. De hecho, el procedimiento se parece a una broma. La transacción es simbólica y, aunque hay precios definidos en los tableros de las estaciones de servicio (0,0025 dólares por litro), el asunto se puede zanjar con la cantidad de bolívares que el comprador disponga. Un monto que difícilmente puede llegar a superar los 20 centavos de dólar y que el funcionario de la estación de servicio ni siquiera se toma el tiempo de contar. Hacerlo significaría perder varias horas diarias: un dólar pueden ser, depende de la denominación, hasta 400 billetes.

Pues bien, al llegar nos encontramos con una fila compuesta por cientos de autos. Unas 15 cuadras mal contadas. A simple ojo se podría improvisar una cifra: en Maracaibo, tres de cada cinco estaciones de servicio de Petróleos de Venezuela (Pdvsa) se encuentran cerradas. La buena noticia es que casi todos los despojos gasolineros sirven de habitación a la infinidad de indigentes que circulan, como sombras desterradas, por la ciudad. La mala noticia es que cuando se consigue entrar en alguna de las estaciones que tiene combustible disponible, la Guardia Nacional Bolivariana decide a qué cantidad de gasolina puedes acceder.

El tiempo no nos daba como para pasar algunas horas a la espera de un turno. Pero la sorpresa fue total cuando nuestra conductora nos dijo que en marzo pasado estuvo dos días haciendo fila, durmiendo y comiendo dentro del auto con pequeños intervalos de ausencia para ir al baño y que, incluso, conocía gente que había completado cinco días en ese trámite.

Para la mirada foránea este fenómeno no deja de ser un escándalo, pero para los maracuchos, que así se llaman los habitantes de Maracaibo, no es más que otra de las manifestaciones de la insondable hondura de la crisis. Una palabra, “crisis”, que no logra encerrar el verdadero sentido en el que avanza la realidad: en una tierra rica en petróleo escasea el combustible. Aunque Venezuela no es precisamente un país refinador (el 80 por ciento de la gasolina que consume proviene de Rusia y China), esa paradoja es una sombra del derrumbe total.

Después de esperar tres horas y no avanzar un solo metro en la delirante fila, decidimos recurrir a la otra opción: la oferta del mercado negro. Para poder llegar a la zona de la ciudad donde se podía suplir la necesidad instantáneamente, tuvimos que negociar (cinco dólares) y absorber (por medio de una manguera) el combustible del tanque de un auto amigo. Después atravesamos Maracaibo hacia una localidad marginal llamada Ciudad Lossada.

Tras dar algunas vueltas, en medio de un barrio desértico, de calles destapadas a las malas, atiborradas de basura y viviendas construidas con materiales más que precarios, conseguimos el contacto que nos suministraría el preciado líquido. Por 40 litros pagamos diez dólares. Más o menos cinco veces el salario mínimo mensual venezolano a esta fecha. El joven que nos atiende, de clara ascendencia wayú, además de cobrar, sólo dijo: “Vivir aquí es un martirio; nos están dejando morir, no se sabe si es más difícil conseguir agua o gasolina”.

La parálisis humana es evidente. En un contexto en el que no hay posibilidad de movilidad social, la espera es el hambre de cada día y el rebusque, la incontenible sed. Se estima que, desde 2017, unas 200 mil personas dejaron su vida en Maracaibo para irse a buscarla en cualquier otro lugar, lejos de esta zona cero que escenifica el verdadero desmayo venezolano, aquel que en Caracas aún no pasa de ser una migraña.

III.

30 de septiembre de 2019. Llueve en Maracaibo, la ciudad ahogada.

Maracaibo es una ciudad memoriosa y oscura. El alumbrado público y el suministro de agua son, desde hace algunos años, un par de milagros en una urbe que permanece suspendida en la evocación de lo que fue. Maracaibo también es ermitaña, sobrecogedora. El célebre y floreciente trasfondo industrial de las últimas tres décadas del siglo XX es, ahora, una hilera de ruinas, ad portas de cambiar al estatus de mito.

El fastuoso lago está contaminado. Echado a perder. Los constantes derrames de crudo, propiciados por la dejadez gubernamental y el deterioro de los pozos petroleros (que hoy en día no son más que imponentes tumbas marítimas), flotan viscosos como una manta negra por encima de las aguas. Comer frutos del lago, reiteradamente, es una carrera en contra de la intoxicación inmediata y alguna extraña enfermedad futura.

Los semáforos, si sirven, sirven mal. Titilan y titilan sin sentido. Las exorbitantes avenidas amenazan con quebrarse en cualquier momento. El famoso mercado de pulgas y su romería se parecen más a un asfixiante rebato de resistencia, en el que sólo subsiste no el más fuerte, sino el más rápido, el más informal: tráfico de divisas, venta ilegal de medicamentos, ropas, accesorios, licores y cigarrillos contrabandeados, alimentos vencidos y carnes descompuestas. Resignación: todo lo que sea, por un dólar, por un puñado de pesos colombianos, por algo de comer. Maracaibo no lucha contra ningún olvido ni contra la decadencia: Maracaibo pelea contra su propia deriva y, con nebulosa presunción, continúa erguida, dándole coletazos al concepto de naufragio.

IV.

1 de octubre de 2019. Anochece en Maracaibo, la ciudad que se niega a ser borrada.

La cerrazón es una boca que se abre para tragárselo todo. Hay más oscuridad que de costumbre en una ciudad radicalmente oscura: los autos bajan la velocidad, los pocos comercios que funcionan cierran y la gente se enclaustra, con el último rayo de sol, a sobrellevar la intimidad de un apagón. Desde la terraza de mi hotel apenas se ve la luna, indómita, juntando esfuerzos para avivar las calles desoladas. El viento, calmo, patea el mutismo y trae la fresca respiración del lago. Los edificios parecen mecerse como palmeras prehistóricas y tristes.

Las zonas privilegiadas padecen la oscuridad pocos minutos. Con un chasquido de dedos encienden sus plantas, y la cerveza sigue fría,y Netflix, disponible. El gran resto entra en la noche incierta, aquella que soporta el insoportable zancudero en el que se convierte el sonido de la electricidad portátil.

El apagón dura 16 horas. Entre los maracuchos no sólo es algo pasajero, sino algo normal. En los últimos meses la ciudad ha experimentado hasta siete días consecutivos sin luz. Una locura para cualquier ciudad que se ufane de ser moderna. No obstante, el conserje del hotel dice que algo estalló en algún lado y que es cuestión de esperar el arreglo, una recepcionista asegura que, a veces, la gobernación sacrifica la luz local para no quitársela a Caracas, y un huésped, con furia, señala que es una conspiración del país del norte, aquel que huele a azufre. La gente dice cualquier cosa porque lo importante es convencerse de algo, teorizar la adversidad, justificar el infortunio, todo con el objetivo de burlar la realidad: especular para darle un sentido a la orfandad.

Cada habitante, como si se tratara de una guerra civil, pero sin un enemigo claramente definido, permanece auspiciado por una suerte de individualismo ciego y voraz, un ensimismamiento que no le permite ser consciente de los demás, porque la finalidad es clara: sobrevivir a como dé lugar. Ceder un poco, en cualquier sentido, podría significar una pequeña muerte que, de tantas sucesivas, podría convertirse en la muerte final. La gente de Maracaibo vive sujeta a la espera de que la F de fracaso se convierta en F de futuro, resiste maniatada, mientras la hirviente luz le tortura los ojos, mientras la lobreguez ahuyenta la vida y mientras el tiempo, implacable, lo pudre todo.

V.

2 de octubre de 2019. Despedirse de Maracaibo, la ciudad fantaseada.

Doña Dioselina me muestra fotos de la ciudad. En los años ochenta, ella y su marido caminan por el malecón y, enseguida, sonríen en la entrada de la Basílica de Nuestra Señora de Chiquinquirá. En los años noventa, sus hijos posan frente al teatro Baralt, y después, una panorámica del imponente puente General Rafael Urdaneta. Pasados los años dos mil, sus dos primeros nietos en una pileta del parque acuático de la ciudad y un hermoso atardecer en la laguna de Sinamaica.

Doña Dioselina me brinda una última comida. Mi preferida: pabellón criollo. Me ve comer y me dice: “Extraño a mis hijos, hijo”. Me despido y lo que no le digo, no sé por qué, es que sí, que tiene razón, que Maracaibo no sólo se parecía a Miami, sino que quizás llegó a ser mucho más interesante. Más bonita

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El MAS lidera la intención de voto en Bolivia

Andrónico Rodríguez es el preferido de los encuestados, de cara a los futuros comicios

En su rol de jefe de campaña, Evo Morales se reunirá el 29 de diciembre en Buenos Aires con dirigentes del partido para empezar a definir candidaturas.

 

Andrónico Rodríguez, para muchos el heredero político del presidente depuesto Evo Morales, y el expresidente de derecha Carlos Mesa, son los precandidatos que lideran la intención de voto de cara a las próximas elecciones generales. La encuesta también revela que tanto el golpista Luis Fernando Camacho como el presidente del Comité Cívico de Potosí, Marco Antonio Pumari, descienden en intención de voto. Para la gran mayoría de los encuestados, no sería correcto que se postule la presidenta del gobierno de facto, Jeanine Añez. Los datos surgen de un sondeo realizado por la consultora Mercados y Muestras para el diario Página Siete. Con el eje puesto en las presidenciales, Morales confirmó que se reunirá el próximo 29 de diciembre en Buenos Aires con dirigentes del MAS para empezar a definir candidaturas.

Rodríguez, dirigente cocalero al igual que el expresidente Evo Morales, alcanza el 23 por ciento de intención de voto. Mesa, segundo en las últimas elecciones de octubre pasado, se alza con el 21 por ciento. Los próximos comicios serán los primeros desde 2002 sin la participación del expresidente Morales, que se encuentra en Argentina en condición de refugiado. 

El sondeo permitió además definir un listado de las figuras mejor perfiladas para la candidatura del MAS. Entre esos líderes aparecen, además del mencionado Andrónico Rodríguez, Luis Arce (exministro de Economía), David Choquehuanca (excanciller), Eva Copa (actual presidenta del Senado) y Adriana Salvatierra (representante del ala dura del MAS).

Rodríguez ya fue proclamado como candidato por los cocaleros del trópico de Cochabamba, bastión político del partido de izquierda. "Hay que hacer que el poder vuelva al pueblo y hay que fortalecer el espíritu revolucionario de la juventud en Bolivia, hay que batallar con mucha conciencia en las calles y las redes sociales", manifestó el dirigente de 30 años.

En Shinaota, Cochabamba, una concentración de jóvenes de la Federación de Centrales Unidas que tuvo lugar el 15 de diciembre ratificó su "apoyo incondicional" a Rodríguez como "un líder referente a seguir con la ideología de integrar al país". El dirigente participó del encuentro, y un día antes estuvo en Buenos Aires para reunirse con Morales. 

Por su parte el exministro Luis Arce dijo el pasado 12 de diciembre que estaba dispuesto a ser candidato presidencial si los seguidores del partido así lo quieren. "Me siento honrado, soy soldado del proceso y estoy dispuesto a contribuir para mantener este proceso revolucionario", manifestó en declaraciones a radio Kawsachun Coca.

El excanciller David Choquehuanca, muy cercano a Morales durante su gestión, también fue proclamado como presidenciable del MAS. Su candidatura es avalada por representantes de organizaciones campesinas de las 20 provincias del departamento de La Paz.

El siete por ciento de los encuestados perfila como candidata del MAS a la presidenta de la Cámara de Senadores, Eva Copa. Sin embargo, en el ala dura del espacio la consideran "traidora" por haber negociado con el gobierno de facto. Sólo el cuatro por ciento ve a la senadora cruceña Adriana Salvatierra, que posicionan en el ala más radical del MAS, como candidata a la presidencia del espacio.

El sábado pasado, el presidente depuesto Evo Morales confirmó en diálogo con Radio La Red una reunión en Argentina para definir al candidato presidencial del MAS. Morales se encargó de aclarar en Twitter que el 29 de diciembre se reunirá en Buenos Aires con dirigentes del MAS para "evaluar y organizar el gran encuentro donde elegiremos a nuestros candidatos y candidatas". Ese encuentro tendría lugar en Salta, en la frontera entre Argentina y Bolivia.

La encuesta también revela que tanto el expresidente del Comité Cívico de Santa Cruz, Luis Fernando Camacho (que ya confirmó que se presentará a las elecciones), como el presidente del Comité Cívico de Potosí, Marco Antonio Pumari (que aún no ha definido su candidatura), descienden en intención de voto. Alcanzan un 13 y un 10 por ciento, respectivamente.

Este descenso en las candidaturas de Camacho y Pumari se registra tras la filtración de un audio en el que se oye a ambos dirigentes cívicos negociar su candidatura conjunta en las elecciones. En el mismo, Pumari le pide a Camacho 250 mil dólares y el control de dos aduanas a cambio de ser su compañero de fórmula.

Por último, la presidenta del gobierno de facto, Jeanine Añez, alcanzaría el nueve por ciento de intención de voto, pero una abrumadora mayoría de los encuestados (67 por ciento) cree que no es correcto que se postule para los comicios de 2020. Bolivia se prepara para celebrar unas elecciones en las que ni Morales ni su vicepresidente, Álvaro García Linera, podrán participar. El Tribunal Supremo Electoral (TSE) de Bolivia aún no definió la fecha de los comicios, que se estima entre marzo y mayo del año próximo. 

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Domingo, 22 Diciembre 2019 07:24

Chile y los héroes de “la primera línea”

 En la primera fila los jóvenes se protegen con improvisados escudos, mientras otros intentan "ahogar" las bombas lacrimógenas.Foto Gerardo Magallón

Con todo en contra, protegen las manifestaciones

 La primera batalla que se ganó fue contra el individualismo

 

Santiago De Chile., La primera línea de las marchas en la capital chilena se ha convertido en el emblema de las movilizaciones. Con todo en contra, la conforman las y los héroes de la protesta. En los medios de comunicación los llaman vándalos, vagos, delincuentes. Adentro de la marcha les aplauden, los vitorean, casi los alzan en hombros. Existen.

Son cientos de hombres y mujeres, jóvenes en su mayoría, que enfrentan a los carabineros todos los días. Se colocan en los puntos estratégicos para impedir que los gases lacrimógenos, los disparos de municiones y los chorros de agua con químicos lleguen al resto de la movilización pacífica. Son las y los guardianes de las decenas de miles de personas que llevan más de dos meses protestando en las calles contra un sistema que los excluye.

La esquina de Ramón Corvalán con la calle Carabineros de Chile es uno de los campos de la desigual batalla. Piedras contra tanquetas desde las que disparan municiones que han dejado tuertas a más de 300 personas, bombas lacrimógenas o los vehículos conocidos como guanacos que disparan chorros de agua con químicos lacerantes que dejan ardiendo la piel por días. Chile es experto en este tipo de miserias.

Las noches son un hervidero. De un lado grupos de jóvenes quiebran el pavimento con mazos para dotar de piedras a la primera línea. Hileras de chicos con costales de pedazos de concreto atraviesan las calles y se las dejan a quienes repelen los ataques frontales de los carabineros. “Gracias hermanos”, se escucha desde la refriega y el humo. Y es que sí, la primera batalla que se ganó fue contra el individualismo y el ego, aquí todo es colectivo.

Decenas, cientos de personas esperan a los manifestantes que corren con los ojos llorosos. “¡Agua con bicabornato! ¡Agua con bicabornato!”, gritan. Y los gaseados se acercan para que les rocíen el rostro, les digan palabras de aliento, los socorran. Por cada persona lesionada se acercan cuatro o cinco de inmediato. Es el desborde.

Sigue la primera línea. Al oscurecer se juntan manifestantes frente a los guanacos y tanquetas y los desconciertan con la luz verde de cientos de rayos láser en los parabrisas. El espectáculo de luz y sonido inunda la calle. El guanaco retrocede. Los muchachos gritan de júbilo.

De pronto la infantería carabinera se despliega a pie. Parapetados en los vehículos reciben la orden de atacar y corren detrás de los jóvenes y golpean y patean a todo el que se les atraviese, detienen a alguno y sus compañeros tratan de rescatarlo en una batalla cuerpo a cuerpo. A veces lo consiguen. Otras el chico o chica pasa a engrosar las filas en las comisarías. Se habla ya de más de 20 mil detenidos en 60 días de protestas, aunque la mayoría son liberados.

A la primera línea llega Claudia Aranda, reportera y activista de tiempo completo. Durante nuestro encuentro recibe por WhatsApp la imagen del ultrasonido de su próximo nieto. Está feliz. Hace 50 años lo dejó todo y se fue a vivir a una casa okupa para mantenerse disponible todo el tiempo. “La tía del agua”, le dicen sus miles de nuevos sobrinos en las calles. “¡Hidrátense cabros!”, les grita con su bidón de cinco litros en la mano. En su mochila carga el láser para cuando toca desorientar a los carabineros, y su libreta y cámara, para sus crónicas.

En otra esquina del escenario grupos de jóvenes intentan tumbar un semáforo. Lo jalan con un lazo para arrancarlo del concreto y formar con el poste una barricada. Decenas de esquinas ya no tienen semáforo, por lo que otro grupo de voluntarios dirige el tránsito, recibiendo como pago el sonido del claxon de los automovilistas que lo mismo le regalan una botella de agua o algo para comer.

Decenas de médicos, enfermeros y sicólogos cubren los puntos de salud. Llegan aquí luego de largas jornadas de trabajo en hospitales públicos y privados, y durante horas atienden a los heridos de la revuelta. Al parecer, dicen, cada vez le ponen químicos más agresivos al agua que avientan los carabineros, pues en los días recientes los chicos llegan con quemaduras severas de la piel.

Una joven que trabaja como productora de fiestas es ahora la encargada de la logística en el centro de salud. Recibe y clasifica las bolsas de donaciones de la gente: tapabocas, analgésicos, vendas, sueros y un sinfín de artículos que se amontonan a un costado. La solidaridad, por ahora, es más grande que la emergencia.

En la primera fila los jóvenes se protegen con escudos hechos con láminas arrancadas de cortinas de tiendas, con tapas de tambos, con los discos de las antenas satelitales. Son unos gladiadores. Hay hombres y mujeres bombers cuya misión es “ahogar” las bombas lacrimógenas con garrafas de agua con bicarbonato y sosa cáustica. Se llevan la peor parte, pues sus pulmones se llenan de tóxicos. El aplauso de sus compañeros es el único pago por cada bomba desactivada.

En la manifestación no se pasa hambre. Y menos en la primera línea, pues se organizan ollas comunes y se reparten gratos en carritos recuperados del supermercado. Lentejas y papas nunca faltan. A veces llegan contingentes de ciclistas con ayuda, otra veces son ellos los que la necesitan

¿Qué pasaría si no existiera esta primera línea? Hace unos día intentó llegar a la Plaza de la Dignidad, antes conocida como Plaza Italia, el centro neurálgico de las movilizaciones, una marcha organizada por maestras de kínder, y contra ellas arremetió la policía con gases lacrimógenos. La primera línea sirve para que ellas y muchas como ellas puedan acceder a la plaza y manifestarse pacíficamente.

Las resorteras y ballonetas improvisadas son las armas de la primera línea. Barricadas de piedras, láminas, llantas, todo lo que sirva para obstaculizar el paso de los carabineros, cuya misión es cada tanto romper esa línea, atravesar las barricadas a como dé lugar e ir tras los manifestantes. Más de 40 días después la mecánica es clara. Rompen la línea, los jóvenes salen disparados, se dispersan y luego retoman sus lugares. Hasta el nuevo ataque. Y así.

“¡Encerrona! ¡Encerrona!”, gritan cuando vienen los guanacos de los dos lados. No hay mucho que hacer más que agacharse y protegerse con los cuerpos. Se avisan igual cuando uno de ellos con un cóctel molotov está a punto de arrojarlo. “¡Mecha, mecha!”, gritan para que sus compañeros abran cancha. La bomba artesanal vuela por los aires y cae cerca de los carabineros. El júbilo se expande, pues eso les da un tiempo para acercarse a los carabineros y continuar el combate con piedras.

En medio del ataque no falta la batucada o un saxofonista que se acerca con El derecho de vivir en paz e inunda con sus notas el ambiente. Anochece y los bloqueos se van apagando. Por semioscuras calles aparecen grupos de carabineros patrullando. Y de entre las sombras, como fantasmas, se escuchan los gritos: ¡Milicos de mierda! ¡Cabros de mierda! ¡Asesinos! Una chica con una enorme piedra en la mano pasa junto a la hilera de carabineros. Los insulta de frente con la piedra escondida. Los carabineros se siguen. Ella también. Aquí se perdió el miedo.

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