Un impeachment deslactosado y un Trump renergizado

El voto para avanzar en el proceso del impeachment con Nancy Pelosi, vestida de luto circunstancial, tuvo tintes dramáticos unipartidistas en la Cámara de Representantes. Pelosi sufrió tres deserciones demócratas, mientras los republicanos exhibieron su compactación monolítica.

La muy hábil amazona Pelosi se ha guardado hasta nuevo aviso los dos artículos sentenciados –abuso de autoridad y obstrucción de la justicia, sin el menor estigma sobre criminalidad alguna– que valieron el impeachment monocromático para intentar impedir que la mayoría republicana del Senado deseche fulminantemente su impeachment deslactosado –cuya lista de felonías pudo haber sido infinita al disponer de un mayoriteo automático en la Cámara de Representantes–.

En términos jurídicos estrictos, el impeachment deslactosado se podrá quedar en el cajón de sastre y desastre de Pelosi, si no conviene a sus intereses partidistas. Se puede asegurar que hasta el 5 de febrero de 2020 Trump no será defenestrado, ya que la misma Pelosi invitó al todavía presidente a dar su discurso sobre el estado de la unión el 4 de febrero (https://politi.co/2Q6HCpn).

Los Republicanos tienen escondido un as jurídico bajo la manga, según la Constitución, para absolver a Trump (https://bit.ly/2M9AgQQ).

Pareciera que no existió la fase primera del impeachment deslactosado, ya que los dos partidos, hoy fratricidas, han aprobado en forma expedita el T-MEC –que resultó perjudicial para Canadá y México (https://bit.ly/2SgpCLZ)–, el gasto militar por 738 mil millones de dólares con la creación de una nueva fuerza en el espacio y un presupuesto de egresos de 1.4 billones de dólares (trillones en anglosajón), mientras Wall Street escalaba niveles antigravitatorios.

Steve Bannon, ideólogo del trumpismo, en una entrevista a The Guardian, comentó que los donativos por 110 millones de dólares del multimillonario Mike Bloomberg, anterior alcalde de Nueva York y hoy candidato a la nominación del demócrata a la presidencia, que literalmente puede comprar –octava fortuna del ranking de Forbes (https://bit.ly/2MfYc4L)–, consiguió el triunfo de 21 de 24 candidatos en la Cámara de Representantes, donde brilla la camarera Alexandria Ocasio Cortez, lo cual fue el picaporte para el impeachment de Trump, quien no hubiera sido juzgado si no fuera por Bloomberg (https://bit.ly/2sRcSAC).

Desde el inicio de la investigación para defenestrar a Trump hasta el veredicto unicamaral/unipartidista/monocromático, Trump obtuvo el incremento de 6 por ciento que no desea su impeachment, fuese deslactosado o no, lo cual se refleja en la perplejidad de un amplio segmento de los votantes independientes que pueden definir la relección de Trump y pueden sepultar muchas carreras de los congresistas.

Cuando faltan 11 meses de campaña feroz en el frente del evangelismo sionista (https://bit.ly/38WfmhT), considerado inexpugnable para los trumpófilos, a mi juicio existe un escollo de alto riesgo para Trump, quien fue sorprendido por una muy influyente revista evangelista Christianity Today, fundada por el pastor Billy Graham, cuyo virulento editorial, firmado por Mark Galli, conminó a que Trump debería ser defenestrado (https://bit.ly/34LqVVJ), lo cual ha causado trémulos y convulsiones en la Casa Blanca, mucho peores que las del mismo impeachment.

Galli mancilló a Trump como infractor consuetudinario de los 10 mandamientos bíblicos. El mismo Trump pasó al control de daños infligido por la revista evangelista y le propinó dos sendos tuits al arremeter contra la revista de extrema izquierda, mientras se autoalabó de que nadie había hecho más para la comunidad evangélica que él (https://bit.ly/35Met9x).

El también pastor Franklin Graham, hijo de Billy Graham (considerado el Papa de los evangelistas), difundió que su padre había votado por Trump y fustigó la conducta de los demócratas en la cámara (https://bit.ly/2SiBRY7).

El Cinturón Bíblico (Bible belt) aseguró el triunfo de Trump en 2016. Si no lo preserva, perderá su relección en 2020: mucho más grave que el impeachment deslactosado de Pelosi. As simple as that!

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“Este ‘impeachment’ es una broma, una pérdida de tiempo”

El cierre de filas de los republicanos en torno al presidente se reproduce entre las bases trumpistas. Algunos demócratas moderados temen un efecto 'boomerang' en las urnas

Decorada con antigüedades de la Segunda Guerra Mundial y reconocible desde lejos por el cilindro de franjas blancas, rojas y azules, la barbería de Jason Romage llama la atención en esta calle comercial de Martinsburg, una ciudad de 17.000 habitantes en Virginia Occidental. “Tío Joe. Establecida en 1915”, reza el cartel de la entrada. Dentro, Romage elabora un moderno corte de pelo a un joven profesor de secundaria y rompe la norma tácita de un lugar así, que solo el cliente puede permitirse enredar con temas como la política, la religión o el deporte. Esta semana, al fin y al cabo, ha ocurrido algo demasiado excepcional en el país: la Cámara de Representantes, gracias a la mayoría demócrata, ha aprobado juzgar al presidente de Estados Unidos y, si lo determinase el Senado, destituirlo.

Estimpeachment es muy partidista”, protesta Romage, de 50 años. Donald Trump está acusado de abuso de poder por haber presionado a Ucrania —congelando ayudas militares incluso— para lograr que anunciase investigaciones sobre su rival político, Joe Biden, y el hijo de este, Hunter, a sueldo de una empresa gasista del país, mientras el padre era vicepresidente. También afronta el cargo de obstrucción al Congreso por haber boicoteado la investigación sobre el caso. “Pidió que se mirase lo de Joe Biden, y es legítimo, un millón de personas, incluido yo, lo ven necesario. ¿Cuál es la verdad? No lo sé”, afirma.

Pero el barbero entrará en todo eso más tarde. La conversación, mantenida este viernes, arranca con elogios al local: un comercio con más de un siglo de historia, un lujo… Romage, muy afable, corta enseguida y aclara que, en realidad, el negocio abrió en 2015, pero, por cuestión de marketing, pone 1915.

“La verdad no es verdad”. Ya lo dijo el abogado personal de Trump, Rudy Giuliani, el pasado verano, fabricando ipso facto una cita legendaria que sirve para hablar de casi todo en Washington, pero que se refería a la negativa del presidente a testificar por la trama rusa. También serviría para el caso ucranio. Este ha provocado tal cierre de filas entre los republicanos, sin una sola grieta, que el pleito no parece objeto de debate jurídico, político o criminal, sino de pura lealtad al partido, la misma que se respira en un feudo trumpista como el de Virginia Occidental. “Trump es ofensivo y grosero, pero también refrescantemente sincero y sus políticas se están demostrando muy productivas”, afirma el barbero.

Pasadas las dos de la tarde, entra pidiendo un corte de pelo el fiscal municipal de Martinsburg, Kin Sayre, declarado demócrata. A su juicio, el impeachment “es una pérdida de tiempo, con las elecciones que vienen en 2020, la gente que no está contenta tiene ocasión de echarlo”. Para Sayre, las maniobras del presidente para forzar la investigación sobre los Biden son “una decisión muy mala, pero no está tan claro que suponga un delito grave o falta”, que es lo que requiere la Constitución estadounidense para la destitución. “El cargo de obstrucción al Congreso, en cambio, me preocupa más, porque parece que el presidente se cree por encima de él, pero, de nuevo, ¿llega al nivel de un impeachment? No estoy seguro”, añade.

Esto es Virginia Occidental, el Estado que en 2016 concedió a Trump la mayor ventaja electoral de todo el país, el lugar del que procede Joe Manchin, el único senador demócrata que el año pasado votó a favor del juez conservador Brett Kavanaugh, acusado de abusos sexuales, y que ahora se confiesa “dividido” sobre este asunto. Desde las presidenciales, este trozo de América se ha convertido en uno de los símbolos trumpistas por excelencia, el lugar desde el que contar por qué un multimillonario de Manhattan logró conectar así con el trabajador venido a menos: la crisis de las minas, el cierre de las fábricas, la epidemia de opioides, el descontento general.

A la poetisa afroamericana Crystal Good, de 45 años, nacida y criada en el Estado, le saca de quicio el estereotipo: “Existe ese relato de que si uno apoya a Trump es porque es un estúpido, se suele pintar a los votantes de Virginia Occidental como idiotas, como hillbillys [forma despectiva de referirse a la población blanca y obrera de zonas rurales]. Eso acaba activando aún más a las bases de Trump y creo que todo el tema del impeachment también movilizará voto para 2020”, explica Good. “Yo no encajo demográficamente en lo que se piensa de Virginia Occidental, pero soy de aquí y muy orgullosa de serlo”, añade.

El miedo al efecto boomerang del impeachment está presente entre los demócratas de distritos centristas o conservadores que temen un castigo en las urnas o que rechazan de veras el proceso abierto contra el mandatario. Aun así, también la lealtad se impone: solo tres de los 233 congresistas del partido (de Nueva Jersey, Minnesota y Maine) votaron en contra y uno de ellos, Jeff Van Drew, se acaba de pasar al Partido Republicano.

Hay motivos para el cálculo electoral: comparado con el pasado octubre, cuando la investigación acababa de arrancar en el Congreso, la popularidad de Trump ha mejorado y el apoyo al proceso ha menguado. La encuesta de Gallup hecha pública el miércoles, justo el día de la votación, señalaba que la tasa de aprobación del presidente entre los estadounidenses había subido del 45% al 51%, mientras que el apoyo al juicio político y posterior destitución había descendido del 52% al 46%. Si la pregunta se dirige exclusivamente a los republicanos, el respaldo al impeachment no pasa del 5%.

Trump es el único presidente que se enfrenta a la reelección después —o durante— un juicio político de estas características, a diferencia del precedente de Andrew Johnson (1868) y Bill Clinton (1998). Dice Rick Tayler, estratega republicano pero crítico con Trump, que el desenlace del caso de Ucrania no erosionará las bases trumpistas, pero recuerda "que Trump no puede ganar solo con su base, para ganar, necesita más" y por eso es importante esta crisis.

Bill Clinton, el caso más reciente, vio su popularidad mejorada tras superar el proceso en el Senado por el escándalo Lewinsky, en un contexto de bonanza económica. También ocurre ahora. La economía ha crecido de forma sólida a lo largo de estos tres años de era Trump, la tasa de desempleo se halla en mínimos desde la Guerra de Vietnam y los temores a una próxima recesión que dominaban los análisis económicos se han disipado. En Virginia Occidental, pese a los problemas crónicos de algunos de los condados más pobres, también se respira optimismo. El gigante de los productos de consumo Procter & Gamble está construyendo una nueva planta cerca de Martinsburg que dará empleo a 1.800 personas y Amazon tiene un centro de distribución en el condado vecino de Frederick (Maryland).

Bajo la Administración del republicano, Virgina Occidental ha visto anunciarse incluso la apertura de unas pocas minas de carbón, industria en puro declive, y sus seguidores lo atribuyen a las políticas de Trump, que ha dado marcha atrás a buena parte de los planes medioambientales de Obama. “Los mineros han vuelto a trabajar”, sentencia Chris Hamilton, vicepresidente de la Asociación del Carbón de Estado y firme defensor del presidente. Todo el escándalo de Ucrania y el juicio parlamentario le parece “un mazazo desproporcionado, motivado políticamente por la extrema izquierda”.

La cocinera Lindy Rice, de 59 años, cambió de trabajo hace un mes, explica en su día libre, mientras toma el desayuno en la barra del Palace Lounge, un local lleno de trabajadores con chalecos amarillos. Llevaba seis años trabajando en el restaurante de abajo de la calle cuando pidió un aumento del sueldo y, como se lo racanearon, acabó por marcharse al Momma’s Country Chicken. Para Rice, la economía no es precisamente la clave del éxito de Trump, no atribuye al Gobierno que las cosas vayan bien, pero es republicana de toda la vida y, además, le gusta la idea de que un multimillonario deje sus negocios y opte por entrar en política. El impeachment es, en su opinión, “una broma, una pérdida de tiempo, la prensa está siendo ridícula”, “¿qué pruebas tienen?”, pregunta. Cuando se le cuestiona si ha seguido los detalles del caso responde rauda: “Sí, lo veo todo el día en la televisión, en la CNN”, una cadena muy crítica con Trump.

“No sé si usted lo siente también como periodista, pero siempre ha habido desconfianza en los medios de comunicación”, afirma el barbero Jason Romage. Trump “es un neoyorquino, que tiene un estilo propio de hombre de negocios de Nueva York, pero, de nuevo, es refrescante tener a alguien franco”. Nacido en una familia católica y conservadora, hoy se siente libertario más que republicano y creyente del trabajo. “El tío Joe empezó trabajando en una mina a los seis años, ¿sabe?”, comenta.

—¿Pero el tío Joe existió de veras?

Por AMANDA MARS

Martinsburg 21 DIC 2019 - 19:33 COT

—Claro, no todo es marketing, siempre hay algo real.

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Sábado, 21 Diciembre 2019 06:40

2019: cambio de época

2019: cambio de época

“Te husmean la boca/no sea que hayas dicho: te amo. Te husmean el corazón”, escribió el gran poeta persa del siglo XX, Ahmad Shamlú, en su poema En este callejón sin salida de 1977.

Shamlú evidenció en estos versos la atmósfera del régimen del Shá de Irán, anticipó la naciente República islámica, y, especialmente, criticó el totalitarismo en cualquier época y forma.

Una década después, comenzó la imposición del proyecto neoliberal como sistema global hegemónico. Conservadores y progresistas, incluso aquellos que, como en Irán, tienen retórica antiestadunidense, fueron permitidos en el concierto civilizatorio, siempre y cuando sean capitalistas. Hoy no hay gobierno que no sea arrastrado por alguna atadura al extractivismo y el dependentismo.

Pero la promesa de la paz y el orden neoliberal nunca fue cumplida. Ni el fin de la historia ni el choque de civilizaciones ocurrieron, y más bien conformaron el disfraz retórico que ocultaba el afán expansivo neoliberal. Las cíclicas crisis (desde los 80 hasta 2008) fueron la rueda con la que caminó el nuevo sistema global. Las afectaciones más palpables golpearon a las clases populares de todo el mundo.

Desde la contracumbre y protesta de Seattle, acaecida en noviembre-diciembre, justo hace 20 años, hasta las protestas de este 2019 en diversas latitudes, desde Ecuador y Chile en América Latina hasta Irán, Irak, Líbano en Medio Oriente, y más allá: Argelia, Sudán, Hong Kong, India, muestran que desde el principio el neoliberalismo fue cuestionado.

La globalización no fue el triunfo de la libertad. Fue y es la etapa actual de la tiranía y la esclavitud escribieron los zapatistas ante el triunfo electoral de Donald Trump en Estados Unidos en 2017. Los rebeldes mayas del sureste caracterizaban así el agotamiento del modelo neoliberal para la transformación en algo peor: una rancia fórmula chovinista como nuevo garante del sistema.

Este agotamiento del modelo, y las insurrecciones que lo evidencian, alcanza a países muy disimiles. Irán por ejemplo, vive manifestaciones extendidas a 200 ciudades. Es la mayor rebelión desde el inicio de la República Islámica. El aumento de 200 por ciento del precio de los combustibles por el moderado detonó la salida a las calles de las mayorías del país golpeadas por las sanciones económicas estadunidenses en 2015. En la pasada década, después del llamado Movimiento Verde, el gobierno de Irán combinó su fundamentalismo religioso con el fundamentalismo de mercado, y siguió los dictados de políticas de shock contra las clases populares.

El poeta iraní murió después del fracaso del movimiento estudiantil de su país en 1999. Hasta entonces no dejó de escribir críticamente y preguntar: ¿cuánto falta para un nuevo nacimiento de la esperanza? Hoy parece llegar ese momento.

En el otro extremo, pero con iguales consecuencias, se encuentra su vecino Irak. A 17 años de la invasión encabezada por Estados Unidos, y tras una guerra civil que ha causado más de 200 mil muertos, la nueva democracia exportada por los estadunidenses sólo ha traído miseria. Así, la población joven tuvo que levantarse en este octubre en protestas por razones parecidas: las terribles condiciones de los servicios públicos (incluida la insalubridad del agua) y la rampante corrupción.

Todos estos países vivieron a lo largo de la época neoliberal un proceso gradual de precarización de la vida mediante políticas de shock y recortes de políticas que beneficiaban a los más desfavorecidos.

Así, en este cambio epocal, los Estados responden con violencia: 800 muertos en Irán, 400 en Irak, y las cifras de asesinados que ya conocemos en Chile y Bolivia, además de desapariciones, uso de milicias contra manifestantes, cancelación del servicio de Internet para evitar la difusión de la protesta y la denuncia.

Diez años después de las llamadas primaveras árabes –y de otros movimientos en Grecia y hasta México, y la imposición de regímenes terribles– las poblaciones insurrectas de este 2019 tienen un reto mayor: pensar su horizonte en otra clave, a la vez dentro y a la vez fuera de las grandes fechas y las demandas frente a los gobiernos. El cambio de enfoque está en su existencia misma. En ellas como fundación de comunidad y formas de vida diversas; formas que comienzan con un gesto, un freno, un levantamiento contra el viejo régimen hace pocas décadas presentado como nuevo.

En Irán, por ejemplo, la quema de bancos y de símbolos de la república fundamentalista, y que continúan con espacios liberados y reconstituidos desde abajo, como la Plaza Tahrir de Irak. El periodista del Washington Post Mustafa Salim lo define así: La plaza Tahrir se ha convertido en un templete del tipo de sociedad en el que los manifestantes dicen que quieren vivir. En Tahrir cientos de personas proveen de comida gratis, decenas de voluntarios médicos dan atención. Se barre por las mañanas, prenden velas por sus muertos y anotan sus nombres con caligrafía en las paredes. La población tomó edificios vacíos alrededor de la plaza, generaron su electricidad y formaron bibliotecas en él.

El reto frente al chovinismo global, la nueva actualización del capital, no es menor. Y aunque pareciera que las insurgencias no tienen un plan: ellas son el plan, dice el politólogo Benjamin Arditi. Así, la renuncia de los primeros ministros de Líbano e Irak son poca cosa comparado con la bella paradoja del mundo distinto que es el quehacer del otro mundo posible, generado diariamente, presente en todo el mundo: los cabildos chilenos, los cantones del Kurdistán sirio, y la semilla de la primera rebelión contra el neoliberalismo que son los pueblos zapatistas, los cuales multiplicaron sus caracoles autónomos a mediados de este año, con la certeza que canta la poeta palestina Fadwa Tuqan, saben que: más allá de las fronteras de la noche/el sol nos sigue esperando, y la luna.

* Cronista

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Jueves, 19 Diciembre 2019 06:27

(Neo)capitalismo y sufrimiento psíquico

(Neo)capitalismo y sufrimiento psíquico

Como anunciaba Joaquín Estefanía en Estos años bárbaros (2015) la salida de la Gran Recesión ha convertido en estructural lo que durante la gestión de la crisis financiera se vendía como secuelas transitorias: el incremento de la desigualdad, la precariedad laboral, la desregulación de los mercados, la privatización de los bienes públicos, arrasando con los antaño derechos constitucionales en educación, sanidad, pensiones, prestaciones sociales. El neoliberalismo completa la revolución conservadora iniciada con Reagan y Thatcher en los años ochenta del pasado siglo con la conquista del Estado en beneficio de unos pocos. Para el fundamentalismo neoliberal, una vez dueños del mundo tras la caída del muro de Berlín, las leyes sociales surgidas tras la crisis de 1929 y la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial, son un obstáculo, un residuo a suprimir, como lo son las políticas sociales de algunos Estados latinoamericanos (Brasil, Ecuador, Bolivia, Venezuela…) iniciadas a contracorriente.

Se juega con el mito de la mejor eficacia de los mercados y el necesario adelgazamiento de las cuentas públicas, cuando la toma de los gobiernos nacionales por el capital financiero, por ese 1% de la población mundial, no supone el adelgazamiento del gasto público, supone la venta de hospitales, pensiones y universidades del erario a los fondos buitres internacionales. Supone la acumulación ilimitada del capital, como previó Marx, más la también ilimitada invasión de la vida toda. La lógica del mercado configura subjetividades, cosifica las relaciones humanas, convirtiendo todo en consumo, competencia y, en definitiva, mercancía. Estrategia totalizadora, que pretende ir más allá del control de la economía, buscando imponer una cultura y un pensamiento único a nivel mundial. Un pensamiento que borre en el imaginario colectivo los grandes relatos que configuraron el sujeto de ayer, la ilustración, el freudismo, el marxismo. Se trata de forjar un sujeto neoliberal cuya ideología esté procurada por la publicidad y su el deseo copado por el consumo.

Los dueños de los medios seducen a la población con el ideal privatizador, convirtiendo la precarización del trabajo en un aliciente emprendedor, individualismo competitivo del que depende la persona y la sitúa siempre en continuo riesgo. Empresario de uno mismo, se pierde el vínculo social. El nosotros se convierte en un pronombre peligroso, cuando no se reduce a unas pocas personas o a la comunión de los estadios de fútbol. La vida se vuelve una competición en la que ya están definidos los ganadores, los detentadores del poder patrimonial y meritocrático y también los perdedores, los nadie, los desechos poco meritorios, los excluidos, el sobrante social del sistema productivo. Los determinantes sociales lo atestiguan. Por poner unos ejemplos: la renta media de los estudiantes de la Universidad de Harvard corresponde a la renta media del 2% de los estadounidenses más ricos. En Francia las instituciones educativas más elitistas reclutan a sus miembros en grupos sociales apenas más amplios (Piketty, 2015). O las desigualdades en la esperanza de vida, entre una clase social y otra; en un barrio u otro de la misma ciudad en cualquier parte del mundo. En Barcelona, la esperanza de vida en barrios como Torre Baró, en NouBarris, es 11 años menor que en Pedralbes. En el barrio de Calton, un barrio pobre de la ciudad de Glasgow, la población tiene una esperanza de vida de 54 años, una de las más bajas del mundo; a pocos kilómetros, en la rica zona de Lenzie, la esperanza de vida es de 82 años, una de las más altas de Europa (Maestro, 2017). Según un estudio reciente (The Lancet Planetary Health, Usama Bilal y Ana Diez Roux), dependiendo de la zona de Santiago de Chile la diferencia de esperanza de vida es de 18 años. El Chile que ahora explota en las calles y que ha sido vendido como modelo de desarrollo por el neocapitalismo durante las últimas décadas.

Las consecuencias en el sufrimiento psíquico son el incremento de los problemas mentales y sobre todo un estrés generalizado que se traduce en malestar, en infantil desesperanza, frustrado un deseo que nunca fue construido, que nunca tuvo el forjado necesario para perdurar. Enfermedades del vacío o quiebra de la identidad en la ausencia de un útero social.

En este presente, ante estas circunstancias, los interrogantes se vuelven hacia la asistencia social y el sistema sanitario, recolectores de la miseria social, donde la pregunta de entrada, parafraseando al sociólogo Jesús Ibáñez, estaría en si es posible en un sistema capitalista hacer una política de gobierno no capitalista (Ibáñez, 199p. 223). Llevada a la asistencia sanitaria y social, la pregunta es ¿si es posible una sanidad universal y equitativa, una salud colectiva en el contexto neoliberal? Su viabilidades la apuesta (retórica) de la socialdemocracia una vez que aceptó como el menos malo de los sistemas el capitalista. En su discurso: la vuelta a un Estado de Bienestar actualizado por la gestión privada. Pero la cuestión es ¿cuál es el precio de esta actualización, que por lo que sabemos hoy desvirtúa completamente los principios comunitarios y salubristas en los procesos llevados a cabo en Europa? (Desviat, 2016).

En cualquier caso, en esta contradicción se encuentra la ambigüedad y la insuficiencia de los Servicios Nacionales de Salud, de las propias leyes que los crearon en tiempos del Estado del Bienestar, dejando siempre la puerta abierta a la privatización de los servicios. En realidad, aún en los años de mayor protección social, la sanidad pública estuvo siempre condicionada a una financiación que privilegiaba a las grandes empresas farmacéuticas, tecnológicas y constructoras. Los gobiernos conservadores, pero también los socialdemócratas, mantuvieron la sanidad pública en sus programas, lo que además les permitía disminuir costes y acercar los recursos a la población atendida con un claro beneficio político electoral, mas al tiempo protegieron las infraestructuras de poder de la medicina conservadora y empresarial. La reforma sanitaria, y de la salud mental comunitaria, en sus logros de mayor cobertura y universalidad, se desarrolló siempre a contracorriente del poder económico, fueran ministros conservadores o socialistas.

De hecho, las ayudas económicas del Banco Mundial se acompañaron de la exigencia a los países de la reducción de la participación del sector público en la gestión de actividades comerciales y la disminución de los servicios sociales, convirtiendo en objetivo prioritario la privatización de la sanidad y las pensiones, al estilo de EEUU. Algo que queda claro en el informe de 1989 del Banco Mundial sobre financiación de los servicios sanitarios, donde se plantea introducir las fuerzas del mercado y trasladar a los usuarios los gastos en el uso de las prestaciones (Akin, 1987). Y en la pronta asunción de esta política por los Estados, empezando por el Reino Unido, que fue durante tiempo referencia por su aseguramiento público universal, como puede verse en documentos recientemente desclasificados del Gabinete de Margaret Thatcher, donde en un informe del Banco Mundial se dice textualmente que se deberá poner fin a la provisión de atención sanitaria por el Estado para la mayoría de la población, haciendo que los servicios sanitarios sean de titularidad y gestión privada, y que las personas que necesiten atención sanitaria deberán pagar por ello. Aquellos que no tengan medios para pagar podrán recibir una ayuda del Estado a través de algún sistema de reembolso (Lamata, Oñorbe, 2014).

La filosofía es trasparente: la salud es responsabilidad de la persona, del cuidado o no cuidado que haga con su vida, por tanto deben pagar por los servicios que consume. La sanidad deja de ser un bien público al que todas las personas tienen, por tanto, derecho. La ideología salubrista basada en el estilo de vida –cuide su comida, su hábitat, haga ejercicio, no corra riesgos—ignora los determinantes sociales, las condiciones de vida y de trabajo, que la salubridad que propone exige un cierto estatus social al que buena parte de la población no tiene acceso.

El hecho es que la quiebra de la universalidad deja fuera del sistema sanitario a colectivos vulnerables (desempleados de larga duración, inmigrantes sin papeles, discapacitados, ancianos…), al tiempo que los recortes presupuestarios deterioran los servicios asistenciales públicos, reducen la cesta básica, introducen el copago en medicamentos y suprimen prestaciones de apoyo (transporte, aparatos ortopédicos…). El Estado desplaza a los mercados la decisión de quien tendrá acceso a vivir y a cómo malvivir o morir. El paciente pasa a ser un cliente que puede ser rentable o no.

Pero hay otro fenómeno que hay que considerar al referirnos al sufrimiento singular y colectivo. Otro fenómeno al que enfrentar aparte de la falta de soporte social de los Estados y de la hegemonía del discurso conservador, la sustancial medicalización de la sociedad. La existencia de un Estado privatizador, la ausencia de una doctrina de salud y servicios sociales orientada al bien común, va a posibilitar el proceso de la mercantilización de la medicina, convertida en una importante fuente de riqueza, y consecuente medicalización y psiquiatrización de la población. Un proceso que tiene tres aspectos básicos, tal como enuncian Isabel del Cura y López García: uno, referir como enfermedad cualquier situación de la vida que comporte limitación, dolor, pena, insatisfacción o frustración (lo que podríamos definir como enfermedades inventadas); otra, la equiparación de factor de riesgo con enfermedad; y, por último, la ampliación de los márgenes de enfermedades (que sí lo son) aumentando así su prevalencia. Todo ello origina intervenciones diagnósticas y/o terapéuticas de dudosa eficacia y eficiencia(del Cura, Isabel; López García Franco, 2008). Hacer medicamentos para personas sanas era un viejo deseo de los laboratorios farmacéuticos, ahora el complejo médico-técnico-farmacéutico, aliado con los medios y con el poder político va más allá, con la fabricación de enfermedades. Ahora la estrategia funciona vendiendo no sólo las excelencias del fármaco sino, sobre todo, vendiendo la enfermedad. La depresión es un buen ejemplo, convertida en una pandemia mundial gracias a los antidepresivos. La cosa es simple, buscamos o creamos un malestar (el síntoma), le otorgamos un diagnóstico (precoz) y comercializamos un medicamento o una nueva indicación para un medicamento ya en uso (un antidepresivo para la timidez o un ansiolítico para circunstancias adversas) o costosas pruebas de alta tecnología completamente innecesarias. Robert Whitaker, un estudioso del fenómeno del aumento de consumo delos de los psicofármacos en EE UU, describe rigurosamente en su libro Anatomía de una epidemia la implicación de las instituciones sanitarias, profesionales y de usuarios en la elaboración del relato que les ha convertido en el tratamiento psiquiátrico dominante tanto de trastornos mentales graves como de síntomas comunes de malestar psíquico, cuando no han servido para la creación de falsas enfermedades. Preguntándose, y ese es el origen de la investigación que da lugar al libro, ¿cómo es posible que los problemas mentales se hayan incrementado desde los años 90 del pasado siglo, cuando precisamente por esas fechas aparecen lo que se propaga por asociaciones científicas y autoridades sanitarias como el mejor, sino único, remedio para atenderlos: los nuevos, supuestamente más eficientes y mucho más caros, antidepresivos, antipsicóticos, estabilizadores del ánimo, estimulantes y ansiolíticos? (Whitaker, 2015)(Desviat, 2017).

La introducción de nuevos medicamentos, no necesariamente mejores, pero si mucho más caros en los años ochenta del pasado siglo, colonizan el discurso psiquiátrico. El fármaco, respaldado por las Clasificaciones y Protocolos Internacionales de las Asociaciones científicas (infectadas por la financiación de las empresas farmacéuticas), se convierte en la bala de plata, en la panacea de los tratamientos del malestar, un atajo acorde con la cultura de la época, pragmática, intrascendente y apresurada. La psiquiatría se introduce en la gestión biopolítica de la vida por el resquicio de la insatisfacción, del vacío, la vida liquida que describe Bauman, ofertando soluciones a los problemas de la existencia: del amor, el odio, el miedo, la tristeza, la timidez, la culpa.

Se medicaliza el sufrimiento social —desahucios, desempleo, pobreza— y se psiquiatriza el mal; así cuando leemos en la prensa un caso criminal, vandálico, y se atribuyen sus actos a un trastorno mental, experimentamos cierta tranquilidad al imputar como una cuestión médica lo que es un mal social. Convertido en una cuestión genética o de anómala personalidad, no existe la responsabilidad de la sociedad en la que convivimos de una manera u otra, sostenemos. Al fin al cabo, no hace tanto que se vinculaba científicamente la criminalidad a la degeneración orgánica, hereditaria e inscrita en el cuerpo y en la mente.

El escándalo del trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) es ilustrativo de la fabricación de una enfermedad que ha multiplicado por cientos de miles la venta de estimulantes en pocos años para tratar, en la inmensa mayoría de lo casos, comportamientos habituales en la infancia y adolescencia: distraerse fácilmente y olvidarse cosas con frecuencia; cambiar frecuentemente de actividad; soñar despiertos/fantasear demasiado, corretear mucho; tocar y jugar con todo lo que ven; decir co­mentarios inadecuados, pueden ser diagnosticados de TDH con el aval técnico Instituto Nacional de Salud de los Estados Unidos (NIMH). Estimaciones recogi­das por Sami Timimi (Timimi, 2015)sugieren que a aproximadamente el 10 % de los niños en las escuelas de Estados Unidos se les ha pautado o tienen pautado un estimulante. En el Reino Unido la prescripción ha aumentado de 6000 recetas al año en 1994 hasta más de 450.000 en 2004; un asombroso aumento del 7000 % en solo una década (Department of Health, 2005).

La medicina se ha convertido en una gran generadora de riqueza, en cuanto la salud y el cuerpo se convierten en un objeto de consumo. En manos de la publicidad, es decir de los mercados, la medicina es una herramienta de normalización. Entendiendo por normal aquello que dictan los intereses del capital. Qué comer, qué vestir, qué tomar, como o con quien juntarnos. Las normas estandarizadas se multiplican al tiempo que avanza el proceso que Foucault denominó de “medicalización indefinida”. La medicina se impone al individuo, enfermo o no, como acto de autoridad, y ya no hay aspecto de la vida que quede fuera de su campo de actuación. El cuerpo se convierte en un espacio de intervención política. Este tiempo donde los poderes económico-políticos se inmiscuyen y regulan cada ámbito de nuestra vida, donde la vida es cualquier cosa menos algo espontáneo.

La atención de la Salud Mental al sufrimiento psíquico

Los cambios las formas de gestión y en el pensar de la época van a repercutir en las respuestas técnicas de la comunidad psi profesional. Hay una vuelta a la enfermedad como contingencia, que reduce a lo biológico el malestar. El sujeto, su biografía, queda fuera. Protocolos y vademécums sustituyen a una clínica de la escucha, qué se pregunte por el por qué subjetivo, afectivo, social del sufrimiento psíquico; una clínica que busque en las propias defensas de la persona formas de superar el padecer. Al tiempo, la medicalización produce cambios profundos en la demanda de prestaciones, que no tienen porque corresponder con las necesidades de la población, sino a los intereses de la clase hegemónica.

En el esfuerzo por reducir la psiquiatría al hecho físico, a la medicina del signo, se establecen criterios diagnósticos con unos signos-hechos-datos escogidos por consenso o por votación de un pocos que reducen la complejidad de la persona. Uno ya no delira con lo relacionado con su propia biografía. El contenido del delirio es ruido producido por la falla neuronal. No hay lenguaje, sujeto ni deseo. Solo cuerpo, enjambre químico neuronal. Mas, y he aquí la insustancialidad de la propuesta, es que los datos por si solos, como bien saben los propios publicistas de los mercados, poco valen, hay que interpretarlos.

La estrategia es obvia, se trata de homogeneizar, en torno a unos cuantos criterios, una propedéutica y un vademécum común para diagnosticar y tratar a las personas aquejadas de problemas de salud mental, en beneficio de las empresas farmacológicas y tecnológicas. Un único sentido para el mundo. El trastorno mental sería el mismo en China que en Costa Rica, en Noruega que en Mali, lo que facilitaría el mismo tratamiento. Algo tan disparatado, premeditadamente ignorante de la antropología, de la idiosincrasia de los pueblos, que seria irrelevante sino fuera porque la credibilidad de un hecho o de una visión determinada de los hechos está condicionada al aval de universidades, centros de investigación y a publicaciones de gran impacto que suelen depender directa o indirectamente de la financiación de los mercados.

Muy alejadas, por otra parte, de la realidad de la práctica asistencial. Lo que hace decir a autores como Richard Smith y Ian Roberts: que “la forma en que las revistas médicas publican los ensayos clínicos se ha convertido en una seria amenaza para la salud pública (Smith and Roberts, 2006).

Entre la aceptación y la resistencia

La acumulación irrefrenable descrita por Marx se aceleró con el fin del capitalismo industrial y no se sabe cual va a ser el acontecimiento que precipitará el choque final pronosticado por el autor de El capital, el momento en el que las fuerzas productivas entrarían en contradicción con las relaciones de producción, ni si ese acontecimiento tendrá lugar. El derrumbe disruptivo del fracasado socialismo de Estado en 1989 parecería haber agotado, como dice Enzo Traverso(2019), la trayectoria histórica del propio socialismo, de los movimientos que lucharon por cambiar el mundo con el principio de la igualdad como programa al reducir la historia toda del comunismo al hundimiento del totalitario régimen soviético. Una caída a la que se unía además los cambios profundos en las formas de producción que estaban acabando con el capitalismo industrial, en el que la izquierda forjo su identidad. Las grandes fábricas que concentraban a la clase obrera donde surgieron los sindicatos y los partidos políticos de izquierdas estaban siendo sustituidas por los nuevos modos de producción del neoliberalismo, la deslocalización, la precarización, la fragmentación y robotización de la producción. El sistema de partidos políticos surgidos con la industrialización en la confrontación obreros empresarios perdió su esencia política, convirtiéndose en aparatos electorales. En el caso de la derecha, los empresarios, sobre todo la empresa familiar y localizada territorialmente, fueron sustituidos por los lobbies financieros, sin perder la esencia de su identidad: la defensa de sus intereses de clase. En el caso de la izquierda revolucionaria, el resultado fue la perdida de un escenario que constituía su campo de batalla y su conexión con la izquierda civil. Por otra parte, el fracaso del socialismo autoritario no supuso la construcción de un socialismo democrático, como en un principio algunos imaginaron, sino que la caída de la URSS supuso la rápida transición a regímenes de un capitalismo salvaje, con el nacionalismo como identidad y en muchas ocasiones, infiltrado por criminales mafias. Algunos de los logros sociales del socialismo de Estado, como la sanidad universal y el pleno empleo, se derrumbaron, lo que llevó en pocos años a la reducción de la esperanza de vida y la precariedad o la indigencia para buena parte de la población. En la otra orilla, un capitalismo sin trabas, desalojadas las narraciones y utopías del siglo que acababa, afianzaba un presente que se quería sin pasado y sin futuro. No es el fin de la historia como preconizaba Fukuyama, sino el fin de la política. El mercado va a sustituirla, en un presentismo, donde no cabe la utopía, y por tanto, el futuro; ni cabe el pasado, perdida la memoria, en una historia huera, vacía de sentido.

Planteaba en Cohabitar la diferencia (Desviat, 2016) que la Reforma Psiquiátrica, cuyo primer objetivo fue sacar a los pacientes mentales de los hospitales psiquiátricos, de los manicomios, y situar servicios de atención en la comunidad, creó en su devenir nuevas situaciones, nuevos sujetos, nuevos sujetos de derechos. La locura se hizo visible y con ella la intolerancia, el estigma, la exclusión de la diferencia. Hizo ver que el proceso desinstitucionalizador atravesaba toda la formación social, desvelando prejuicios y representaciones sociales que iban mucho más allá del trastorno psíquico, una reordenación asistencial, y que situaban a los alienados juntos con otros de la exclusión social. Destapó la parte oculta en nuestra sociedad por la dictadura de la Razón, de la podredumbre de la razón en palabras de Antonin Artaud, en la que los locos son las víctimas por excelencia (Artaud, 1959), un imaginario colectivo poblado de los mitos, las leyendas y los sueños que nos constituyen. Nos acerca a lo que en verdad teje el síntoma singular y social, pues el síntoma se forja en la historia colectiva, en los deseos y miedos ubicados en la trastienda de nuestra cultura. Un proceso desinstitucionalizador que enfrenta a la Reforma de la Salud Mental con la miseria social y subjetiva, en un escenario en el que no se puede ser un simple observador, un impotente teórico de la marginación, la alienación y el sufrimiento. Donde el hacer comunitario hace del profesional un militante de la resistencia al orden social que instituye la enajenación en la miseria, donde la acción terapéutica, necesariamente experta en los entresijos técnicos de la terapia y el cuidado, se colorea políticamente.

Este estar en lo común por el que se define la salud mental comunitaria supone considerar a la población no solo como potenciales usuarias de los servicios, implica adentrarse en los deseos y frustraciones de sus barrios, hacerles cómplices de la gestión de su malestar. El fracaso de la medicina social es semejante al de la política gobernante que padecemos, y la razón de este fracaso está en la ausencia de comunidad, de los intereses, anhelos, frustraciones y ensueños, de las poblaciones que se atiende o se representa. Es frecuente la existencia de políticos que no han estado nunca en las circunscripciones que representan más allá de los días de la campaña electoral y es igualmente frecuente planificaciones, programas y actividad profesional de salud mental hechos sin haber pisado el barro o las aceras de los barrios que comunitariamente se atiende.

En salud y más concretamente en salud mental hablamos de participación, de la necesidad de contar con los ciudadanos, con las comunidades y los propios usuarios a la hora de la planificación y programación, mas, sin embargo, la participación se reduce, si existe, a encuentro a nivel directivo con sindicatos para temas laborales y el trabajo comunitario a situar centros de consulta fuera de los hospitales. Luego puede extrañarnos que la población no defienda los modelos que más podrían beneficiarles, de confundir las necesidades reales en sus demandas, de dejarse llevar por engañifas electorales que propician la privatización como modelo sanitario, en contra de una salud colectiva que puedan hacer suya.

Concluyendo. El hecho es que hoy, como nunca hasta ahora en la historia parece que no hay un afuera del sistema neoliberal, donde el fascismo hace presente el planteamiento de George Kennan, en un informe secreto, hoy accesible, cuando aconsejaba que había “que dejar de hablar de objetivos vagos e irreales, como los derechos humanos, el aumento de los niveles de vida y la democratización, y operar con genuinos conceptos fuerza que no estuviesen entorpecidos por eslóganes idealistas sobre altruismo y beneficencia universal, aunque estos eslóganes queden bien, y de hecho sean obligatorios, en el discurso político” (Chomsky, 2000). Una situación que puede conducirnos al “esto es lo que hay” y al “todo vale”. Un esto es lo que hay y en esta situación todo vale al que se suma la desgana por falta de perspectivas profesionales y ciudadanos, el queme o la renuncia o la aceptación de la derrota. Un es lo que hay y todo vale que nos lleva a una permanente insensibilidad, nos lleva a eludir nuestra parte de responsabilidad, nuestra ciega complicidad en el trascurrir de los hechos, nuestra parte de culpa. Algo que según Cornelius Castoriadis, nos ha convertido en cínicos profesional, social y políticamente, pues encerrados en un nosotros, en un mundo personal privatizado, hemos perdido la capacidad de actuar críticamente (Castoriadis C, 2011). Quizás lo más frecuente, como escribía en el libro antes citado (Desviat: p. 17) es el considerar que lo que sucede es lo natural de la sociedad humana, que ha sido siempre, la iniquidad, la desigualdad, la competitividad canalla y la desatención de los más frágiles, asumiendo las funciones cosméticas y de control social que impone el orden social; en el mejor de los casos cobijando la conciencia profesional y cívica en preservar ciertas cotas de dignidad, calidad y eficacia. Pero queda otra postura, una opción partisana, militante que trata de mantener una “clínica” de la resistencia, buscando aliados en los usuarios, familiares y ciudadanos para conseguir cambios en la asistencia a contracorriente y profundizar las grietas del sistema, en pos de un horizonte donde sea posible el cuidado de la salud mental, una sociedad de bienestar.

El peso de la alienación cambia cuando se es consciente de ella. En ese descubrimiento, cuando la mirada del amo ya no fulmina al colonizado, se introduce una sacudida esencial en el mundo, toda la nueva y revolucionaria seguridad del colonizado se desprende de esto, escribe Fanon en Los condenados de la Tierra (p40).

Una sanidad diferente, una atención a la salud mental que se entienda desde lo singular a lo colectivo, no será plenamente posible sino en una sociedad diferente. No podemos saber qué nos deparará el futuro. El socialismo es tan posible como la caída en la barbarie. Pero sí estamos obligados, si queremos una salud pública universal y equitativa, a desear y trajinar por una sociedad que parta de la igualdad como eje central de su discurso y tarea; una igualdad que trascienda la explotación, sin jerarquías de clase ni de género, y donde se reconozcan y convivan todas las diferencias; donde todas las fronteras sean reconocidas, respetadas y franqueables. Sin falsas identidades societarias.

Inmersos en la distopía del neocapitalismo y el auge en su seno de un nuevo capitalfascismo, puede parecer una descomunal utopía, pero podemos consolarnos con el hecho de que las revoluciones llegan cuando nadie las espera. 

 

Por Manuel Desviat

Viento sur

  Confundimos libertad con “libre mercado”. Así desconocíamos nuestra implacable condena como mercancías. (Francisco Pereña, 2014) 

Referencias

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Artaud, A. (1959). Carta a los poderes . Buenos Aires: Mundo Nuevo.

Chomsky, N. (2000). El beneficio es lo que cuenta.Barcelona: Crítica.

del Cura, Isabel; López García Franco, A. (2008). La medicalización de la vida: una mirada desde la aención priamria. Átopos, Salud Mental, Comunidad y Cultura7, 4–12.

Desviat, M. (2016). Cohabitar la diferencia. Madrid: Grupo 5.

Desviat, M. (2017). Anatomia de uma epidemia (solapas). In Anatomia de uma epidemia.Pílulas Mágicas, Drogas Psiquiátricas eo Aumento Asobroso da Doença Mental. Rio de Janeiro: Fiocruz.

Ibáñez, J. (1997). A contracorriente.Madrid: Fundamentos.

Lamata, Fernando; Oñorbe, M. (2014). Crisis (esta crisis) y Salud (nuestra salud). Retrieved from http://www.bubok.es/libros/235021/Crisis-esta-crisis-y-Salud-nuestra-salud

Maestro, A. (2017). El grito: capitalismo y enfermedad mental. In I. Maestro, A; González Duro, E; Fernández Liria, A; De la Mata (Ed.), Salud mental y capitalismo. Madrid: CismaEnsayo.

Pereña, F. (2014). La religión capitalista y el infirno. Átopos.Salud Mental, Comunidad y Cultura, 15, 64–84.

Piketty, T. (2015). El capital en el siglo XXI. Barcelona: RBA.

Timimi, s. (2015). La McDonaldización de la infancia: La Salud Mental Infantil en las culturas neoliberalese. Atopos16, 15–34.

Traverso, E. (2019). Melancolía de izquierda. Barcelona: Galaxia Gutenberg.

Whitaker, R. (2015). Anatomia de una epidemia. MadridCapitan Swing.

Fuente: https://vientosur.info/spip.php?article15415

Publicado enSociedad
¿Y ahora qué? La agenda del cambio climático tras la COP25

En una COP donde ni las evidencias científicas ni el clamor de la sociedad civil han bastado para acercar posiciones, donde lo urgente ha dejado paso a los intereses de los grandes grupos y países contaminantes, la pregunta es ¿y ahora qué?

Ni el lema de la conferencia “Tiempo de actuar” ni las apelaciones a la emergencia climática han ayudado a evitar un acuerdo “decepcionante” o “débil” como lo han calificado miembros de algunas delegaciones. La Agenda de partida de la COP25 no era fácil, pero ante una emergencia climática un acuerdo débil, no es un acuerdo.

El texto final «alienta» a los países a «aprovechar la oportunidad en 2020» para mostrar la más alta ambición ante «la urgencia de abordar el cambio climático». Sin embargo, en las declaraciones finales no se hace un llamamiento explícito a los países a presentar planes nacionales más duros en 2020 por la resistencia de los grandes países emisores. En todo caso, según el Ministerio para la Transición Ecológica el texto, «sienta las bases» para que el próximo año en la Cumbre del Clima de Glasgow, «los países presenten compromisos de reducción de emisiones» más ambiciosos.

El texto final también fracasa en el desarrollo del artículo 6 del Acuerdo de París que regula los mercados de derechos de emisiones de CO2 . El desarrollo de estos mecanismos de intercambio de derechos de emisiones que permiten a países y empresas compensar los gases de efecto invernadero que expulsan ya se atascó hace un año en la Cumbre del Clima que se celebró en Katowice (Polonia).

Y es que la expansión prevista de combustibles fósiles para 2030 es al menos un 50% más allá de un objetivo de 2ºC y un 120% más de lo que puede ser compatible con el compromiso global de limitar el calentamiento a 1.5ºC. El hecho de que hace unos días, la petrolera saudí Aramco protagonizara una subida del 10% en su salida a la bolsa y que la mayor empresa del mundo por beneficios se convierta también ahora en la mayor compañía del mundo por capitalización bursátil es un signo de que la transición energética parece estar lejos de los mercados financieros y por tanto, de la arena política internacional.

Junto a ello, los mercados de carbono eran y son una solución de transición, de “compensación” de emisiones, y no de reducción, y que a falta de métricas sólidas y mecanismos robustos, trasladan las cargas a través del comercio de carbono hacia el Sur, aumentando la brecha de la desigualdad de los pueblos indígenas y las comunidades más vulnerables.

Es por ello que en la COP25 se presentaron los Principios de San José para la Alta Integridad de los Mercados Internacionales de Carbono con el objetivo de crear un mecanismo «justo y sólido en los mercados de carbono», principios que van desde asegurar la integridad ambiental hasta evitar la doble contabilidad, evitar el traspaso de créditos anteriores a 2020 al nuevo sistema, bloquear tecnologías incompatibles con la reducción de emisiones o garantizar financiación para los países en desarrollo*.

Pero ¿qué es necesario que cambie para lograr un mínimo de éxito en la próxima Cumbre del Clima?

«Finaliza una cumbre del clima complicada, que reafirma el valor de la cooperación internacional, de la ciencia y la exigencia de más acción climática y su incidencia social«, ha afirmado a través de su cuenta de Twitter, el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez.

En efecto, en primer lugar, la Cumbre refleja el fracaso del multilateralismo, de la capacidad del ser humano para consensuar decisiones aún vitales para la humanidad.

Pero en esta cumbre solo se ha conseguido que 84 países se comprometan a presentar planes más duros en 2020. Dentro de ese compromiso están Alemania, Francia, España y el Reino Unido, pero están ausentes EEUU, China, la India y Rusia (que suman alrededor del 55% de las emisiones mundiales de efecto invernadero).

La ONU ha advertido de que se deben multiplicar por cinco los esfuerzos globales previstos si se quiere que el incremento de la temperatura se quede por debajo de 1,5 grados respecto a los niveles preindustriales. Y por tres si se aspira a que ese incremento esté por debajo de los 2 grados (la otra meta que se establece en el Acuerdo de París). En el mejor de los escenarios, si se cumplen los planes actuales, habrá al menos un incremento de 3,2 grados.

Desde los grupos activistas se ha denunciado el secuestro de los intereses globales por parte de países contaminantes como EEUU, Brasil, Australia, Arabia Saudí y de las principales compañías de petróleo, gas y carbón por socavar la ambición climática.

Los resultados de esta COP reflejan así mismo una importante brecha entre la voz de la calle y de la ciencia pero a la sociedad civil nos queda seguir luchando. Joaquín Araújo, nuestro gran naturalista, me comentaba estos días en la COP que nunca había visto una sociedad civil tan concienciada y con la fuerza que tenía ahora.  

A las empresas, habrá que exigirles que una vez pasada la exposición a los focos de la COP25, mantengan su compromiso con el clima y traducirlo en acciones efectivas para la transición energética. La Agenda de la emergencia climática ha venido para quedarse en los compromisos de responsabilidad social empresarial.  

Es difícil imaginar medidas audaces, innovadoras e inmediatas para una transición justa. Las soluciones tecnológicas todavía no son viables y las tecnologías basadas en la naturaleza como la quema de biomasa a gran escala o el almacenamiento de carbono, pueden tener consecuencias en la seguridad alimentaria y la integridad de los ecosistemas aumentando aún más la brecha de la desigualdad.

A los Estados que se han unido en la Alianza por la Ambición climática, rechazar la agenda de los contaminadores pero sumar aliados a su causa, asegurar que los países desarrollados proporcionen fondos y tecnología para evitar y minimizar los impactos del cambio climático, respetar los derechos humanos, los derechos de los pueblos indígenas y aplicar los compromisos medioambientales y sanciones comerciales en los tratados de comercio.

El secretario general de la ONU, António Guterres, se mostraba frustrado con los resultados de esta Cumbre pero nos quedamos con el inciso final de sus declaraciones: «Estoy decepcionado con los resultados de la COP25. La comunidad internacional perdió una oportunidad importante para mostrar una mayor ambición en mitigación, adaptación y financiamiento para enfrentar la crisis climática. Pero no debemos rendirnos, y no me rendiré».

Por Helena Ancos

Ágora

* Paises que han presentado los principios de San José: Costa Rica, de Suiza, Belice, Colombia, Paraguay, Perú, Islas Marshall, Vanuatu, Luxemburgo e Islas Cook

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La COP 25 consigue un acuerdo mínimo para una mayor reducción de emisiones

MADRID

15/12/2019 10:44 Actualizado: 15/12/2019 11:10

ALEJANDRO TENA

Las delegaciones mundiales que participan en la Cumbre del Clima de Madrid han alcanzado un acuerdo mínimo para salvar los compromisos de París. Tras unas negociaciones alargadas y duras, las partes han conseguido llegar a un consenso medio para aumentar la ambición climática y reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. Aunque los diálogos se han desatascado está madrugada, la realidad es que el quorum final se distancia mucho de las peticiones planteadas por la sociedad civil y la comunidad científica, ya que se pospone a 2020 la presentación de los nuevos compromisos para la descarbonización y el descenso de la emisiones de CO2.

El documento aprobado –con el nombre "Chile-Madrid, tiempo de actuar"– salva a la COP25 del abismo en el que se adentraba, en parte, gracias a la labor de la ministra española para la Transición Ecológica, Teresa Ribera, que ha tenido que asumir responsabilidades en las negociaciones debido a la escasa capacidad de liderazgo mostrada por Chile. 

El texto recalca "la necesidad urgente de mantener el aumento de la temperatura media global a muy por debajo de 2°C por encima de los niveles preindustriales" y habla de "realizar esfuerzos para limitar el aumento de temperatura a 1,5ºC". No obstante, el acuerdo sigue sin esclarecer cómo lo harán los países, ya que se "anima" a los países a presentar sus compromisos renovados a la alza en 2020.

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Sábado, 14 Diciembre 2019 06:06

La España paradójica

La España paradójica

Las negociaciones para formar gobierno en España están estancadas. Llevamos así tantos meses que hemos perdido la cuenta. El PSOE de Pedro Sánchez –que un día es de izquierda, el siguiente de centro liberal, los días entre semana es nacionalista español y los feriados cree en la plurinacionalidad del Estado– ha alcanzado un acuerdo con Podemos –que es es de izquierda y cree en la plurinacionalidad del Estado, pero no tiene fuerza para ponerse exigente ni en lo uno, ni en lo otro–. Es, probablemente la última oportunidad para sus líderes, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, quienes tras las recientes elecciones se necesitan mutuamente casi tanto como se detestan. Tanto no, pero se necesitan mucho. La última oportunidad de gobernar, porque si se convoca a nuevas elecciones es probable que la coalición de gobierno sea entre la derecha, la derecha extrema y la extrema derecha. El problema –el enigma de la izquierda española– es que no tiene mayoría suficiente para investir a un presidente, por lo que también necesitan a otros partidos con quienes se detestan aún más, si esto cabe.

Es el caso de ERC (Esquerra Republicana de Cataluña), partido independentista catalán que tiene los mejores resultados electorales –tanto en Cataluña como en España– desde hace ocho décadas pero, paradójicamente, está peor que nunca porque cualquier paso que dé ahora será interpretado como una grave traición a los suyos. Como veremos, no es la única paradoja, ni la más grave, de esos dos países paradójicos que son, hoy, España y Cataluña. El líder de ERC, Oriol Junqueras, es un preso político condenado a 12 años de prisión por convocar un referéndum de autodeterminación. Aquí la primera paradoja: aunque la reforma del Código Penal de España despenalizó la convocatoria de referenda, los políticos independentistas catalanes han sido condenados a excesivas penas de prisión por someter a consulta la independencia de Cataluña.

ERC tiene que decidir si se abstiene para facilitar el gobierno PSOE-Podemos o si vota en contra. Ambas opciones son muy peligrosas para sus intereses. Objetivamente, al independentismo catalán le conviene que el próximo gobierno español sea moderado. Ya tiene demasiados líderes en la cárcel o en el exilio. Pero, precisamente porque tiene demasiados jefes en esas condiciones, gran parte del independentismo interpretará como una traición colaborar con la formación del gobierno de España. Eso le puede jugar en contra de cara a las próximas elecciones catalanas, que probablemente se convoquen durante el primer trimestre de 2020. La otra opción que tiene ERC es propiciar nuevos comicios o un pacto diferente. Por ejemplo, la gran coalición PSOE-PP. Un gobierno más explícitamente nacionalista español que la hipotética coalición PSOE-Podemos, en términos prácticos, significaría reducir la autonomía catalana, endurecer la persecución de sus líderes y los movimientos independentistas.

El empuje del nacionalismo español y la extrema derecha hacen improbable que el PSOE ceda lo suficiente para que ERC pueda vender un pacto como una victoria ante los suyos. Más concretamente, el PSOE no va a indultar a los independentistas condenados, no va a convocar un referéndum de autodeterminación legal y no va a garantizar que las leyes del parlamento catalán no sean derribadas una y otra vez por el Tribunal Constitucional. Ni quiere, ni puede.

Esto nos conduce a la explicación de la principal de las paradojas en la relación entre España y Cataluña. Aunque administrativamente Cataluña y España forman parte del mismo Estado, sus vidas políticas se han distanciado tanto que son dos realidades completamente diferentes. El nacionalismo español no tiene capacidad para entender lo que sucede en Catalu-ña. Y lo que es peor, no tiene volun-tad. España y Cataluña piensan diferente respecto a la autodeterminación, la sentencia del procés y las medidas políticas necesarias para solucionar el conflicto.

Las máximas cesiones que el nacionalismo español podría aceptar frente al independentismo catalán no satisfacen ni de lejos los mínimos que éste podría asumir para cejar en su empeño de actuar unilateralmente. Y viceversa, las máximas renuncias del independentismo catalán no se ajustan al mínimo que el nacionalismo español le exige, escudándose en los formalismos legales. Incluso, la mitad no independentista de Cataluña contempla como posibles escenarios de solución que el status quo español ni siquiera se plantea.

Este escenario de bloqueo político-político, explicado así, podría sugerir que nos encontramos ante un empate. Pero nada más lejos de la realidad. Se trata de dos posiciones políticas aparentemente bloqueadas, pero sólo una de ellas tiene fuerza para imponer a la otra su voluntad. El nacionalismo español no necesita ceder en nada porque tiene de su lado al ejército, las policías, los jueces, la Comisión Europea y los mercados. Es así de simple. Porque la política no consiste en quién tiene razón, sino quién tiene más fuerza.

Por Hibai Arbide Aza, abogado y periodista. Muzungu Producciones

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Las autoridades chinas implicadas en la negociación con EE UU, en rueda de prensa en Pekín. En vídeo, declaraciones del portavoz del Ministerio de Comercio de China, Gao Feng. JASON LEE (REUTERS) | REUTERS

El acuerdo paraliza la subida de aranceles prevista para este domingo pero está pendiente de la firma oficial del texto

 

China y Estados Unidos han cerrado la primera fase de un acuerdo para resolver la guerra comercial que arrastran desde hace más de año y medio. Casi 24 horas después de que en Washington se diera a conocer que el presidente de EE UU, Donald Trump, había dado el visto bueno al acuerdo, el Ministerio de Comercio de China ha confirmado finalmente este viernes la fumata blanca en una rueda de prensa convocada de urgencia, a última hora de la noche en Pekín.

Según lo trascendido hasta el momento, Pekín aumentará sus importaciones de energía, productos agrícolas y farmacéuticos y dará entrada a más servicios financieros de Estados Unidos. El documento, según ha indicado el viceministro de Comercio Exterior Wang Shouwen en la rueda de prensa, tiene nueve capítulos, que incluyen también un mecanismo de resolución de disputas y medidas sobre la propiedad intelectual, entre otros asuntos.

Con este anuncio queda paralizado el aumento de aranceles mutuo que los dos países tenían previsto a partir del domingo. Estados Unidos iba a elevar un 15% las tasas sobre cerca de 165.000 millones de dólares en productos chinos, mientras que Pekín tenía previsto hacer lo propio sobre cerca de 75.000 millones de dólares en productos estadounidenses. Los nuevos aranceles de EE UU iban a aplicarse sobre productos electrónicos de consumo procedentes de China como televisores y teléfonos móviles, entre otros. Todo en plena campaña navideña de compras y en puertas de un año electoral.

Con el nuevo pacto, los dos países retirarán gradualmente algunos de los aranceles que han ido aplicando en los últimos 18 meses, indicó el viceministro Wang. Ese punto, subrayó, es una parte “fundamental” de las exigencias chinas. No obstante, no precisó un calendario ni cifras de esa eliminación por fases. El alto funcionario subrayó que el pacto es “mutuamente beneficioso”, una condición sine qua non en la que China había insistido una y otra vez en sus declaraciones públicas durante las negociaciones.

Antes de proceder a la firma oficial, no obstante, será necesaria una revisión del documento por parte de los respectivos equipos legales y una comprobación minuciosa de las traducciones. También la negociación del protocolo específico para la firma del pacto, incluido dónde y cuándo firmarlo. Washington espera que se pueda hacer durante la primera semana de enero.

Entre los compromisos adquiridos, China aumentará de modo significativo su compra de productos agrícolas, confirmó el viceministro de Agricultura, Han Jun, aunque no aportó cifras al respecto. Sí precisó que la compra incluirá trigo, y aseguró que esas adquisiciones no perjudicarán a los agricultores nacionales. Para el presidente estadounidense, Donald Trump, esa era una de sus principales exigencias.

Desde Washington, el representante de Comercio Internacional de Estados Unidos, Robert Lighthizer, ha calificado el acuerdo con China de “histórico”. El negociador estadounidense ha señalado que como parte del pacto, Pekín deberá acometer reformas estructurales en su modelo económico y cambios en el régimen comercial en áreas como la propiedad intelectual, las transferencias de tecnología, la agricultura, los servicios financieros y en divisas.

También se establece un mecanismo de solución de disputas y China se compromete a realizar “compras sustanciales adicionales” de productos y servicios de EE UU por valor de 200.000 millones durante los próximos dos años. En el caso de los productos agrícolas, Lighthizer explicó se acordó que adquirirá 16.000 millones adicionales anuales sobre los 24.000 millones de referencia en 2017. 

Esa cifra podría incluso acercarse a los 50.000 millones en un plazo de dos año si Pekín accediera a elevar más las compras, como busca Trump. Lo que no se detalla es el desglose por producto y la parte china evitó comprometerse en público con una cifra. El acuerdo, insiste Lighthizer, permitirá reequilibrar la relación comercial entre los dos países. El pacto se ha cerrado la misma semana que el texto definitivo del tratado comercial del país norteamericano con México y Canadá.

El presidente de EE UU aclaró, a través de Twitter, que el arancel que entró en vigor el pasado mes de septiembre sobre importaciones valoradas en 120.000 millones de dólares se rebaja del 15% al 7,5%. Para el resto de productos, por unos 250.000 millones, se mantiene en el 25%. Trump dice que utilizará los aranceles del 25% como palanca en la segunda fase de la negociación. La intención que es la discusión arranque en cuando se firme el pacto.

Fue el propio Trump el que este jueves disparó el optimismo de los inversores al asegurar que un “gran acuerdo” con China estaba “muy cerca”. El presidente se reunió horas después en el Despacho Oval con sus asesores en comercio y representantes de las empresas y dio el visto bueno al principio de acuerdo. Pero no hubo un anuncio oficial ni por parte de la Casa Blanca ni de la Oficina de Comercio Exterior, a la espera de la rueda de prensa en Pekín.

Por MACARENA VIDAL LIY / SANDRO POZZI

Pekín / Nueva York 13 DIC 2019 - 14:08 COT

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Los países más emisores rechazan endurecer sus recortes de gases de efecto invernadero

Hasta 84 Estados, entre los que no figuran EE UU, China, India ni Rusia, se comprometen a revisar sus objetivos de reducción de dióxido de carbono en 2020

 “Hay una brecha enorme entre lo que sucede fuera de aquí y lo que sucede dentro”, ha reprochado este miércoles Jennifer Morgan, directora ejecutiva de Greenpeace internacional, a los representantes de los casi 200 países que se reúnen en Madrid hasta el viernes en la Cumbre del Clima, conocida por las siglas COP25. Morgan les ha contado que lleva 25 años asistiendo a estas reuniones internacionales y que nunca había visto una distancia tan grande entre lo que ocurre en la calle —con las protestas multitudinarias por medio planeta lideradas por los jóvenes activistas climáticos— y lo que pasa en una COP —con unas negociaciones que se estancan y sin liderazgos claros contra la crisis climática entre los países—. La falta de ambición de los principales emisores se refleja en la lentitud con la que avanzan las conversaciones para cerrar el desarrollo de los mercados de carbono o la declaración final de esta cumbre. Pero, fundamentalmente, en la ausencia de ambición de las grandes potencias emisoras de gases de efecto invernadero, que no dan señal alguna de estar dispuestas a endurecer sus planes de recortes de CO2como se pide desde la ciencia y desde las principales agencias de la ONU.

El secretario general de la ONU, Antònio Guterres, organizó en septiembre otra cumbre climática en Nueva York para intentar relanzar la ambición. Y se formó una coalición de 68 países que se comprometían a incrementar sus metas de reducción de emisiones para la próxima década. Tres meses después, esa coalición ha sumado 16 Estados más, según la actualización presentada este miércoles en la COP25.

Entre los nuevos países figuran Reino Unido, Suecia o Pakistán. Pero, de nuevo, faltan cuatro de los cinco grandes emisores, que acumulan más del 60% de todos los gases de efecto invernadero del planeta: EE UU —que ha iniciado ya los trámites para dejar el Acuerdo de París—, China, India y Rusia. El quinto actor de ese bloque de los grandes emisores es la Unión Europea, que tampoco figura como tal en esa coalición al estar todavía negociando Bruselas y los Veintiocho cómo y cuánto se debe endurecer el plan de recorte de emisiones que van a presentar ante la ONU en el marco del Acuerdo de París en 2020. Sí están dentro del compromiso lanzado en septiembre en Nueva York Alemania, Francia y España.

Que los esfuerzos que tienen previsto hacer los países contra el cambio climático no son suficientes lo admiten todos los que participan en la Cumbre del Clima. “No llevamos la velocidad adecuada”, ha reiterado la ministra chilena de Medio Ambiente, Carolina Schmidt, que ejerce la presidencia de esta COP25. “El mundo se está calentando y volviendo más peligroso más rápido de lo que creíamos”, ha insistido Guterres, que ha vuelto a esgrimir los informes científicos para urgir a los países, entre otras cosas, a endurecer sus objetivos de reducción de gases de efecto invernadero.

Todos los firmantes del Acuerdo de París deben presentar planes de recorte de emisiones que, juntos, deben conseguir que el calentamiento global se quede dentro de unos límites manejables, Pero la suma de esos planes no es suficiente. La ONU advirtió hace un par de semanas de que se deben multiplicar por cinco los esfuerzos globales previstos si se quiere que el incremento de la temperatura se quede por debajo de 1,5 grados respecto a los niveles preindustriales. Y por tres si se aspira a que ese incremento esté por debajo de los dos grados (la otra meta que se establece en el Acuerdo de París). Los planes (que se conocen por las siglas en inglés NDC) que tienen ahora los países llevarán al menos a 3,2 grados de incremento, calcula la ONU.

Por eso se necesitan compromisos como los de los 84 países que endurecerán sus planes durante 2020, como fija el Acuerdo de París. Pero, sobre todo, se necesita que se involucren los grandes emisores, algo que no está ocurriendo. Mientras EE UU se despide de París, China —a través de su viceministro de Ecología y Medio Ambiente, Yingmin Zhao— no ha dado ninguna señal este miércoles de que su intención sea endurecer su programa nacional de reducción de emisiones para la próxima década. Lo mismo ocurre con Rusia, que aún no ha presentado su plan, o India, que tampoco se ha sumado a ese listado de 84 países más ambiciosos.

La alianza de estos 84 Estados busca elevar los recortes a medio plazo, es decir, para la próxima década. Paralelamente, desde la presidencia chilena de la COP25 se ha impulsado también que los Estados se comprometan a buscar la neutralidad de carbono —que el CO2 expulsado sea igual al que se capture, por ejemplo, a través de bosques— en 2050. A este segundo objetivo se han comprometido ya 73 países, con las mismas grandes ausencias. También 14 regiones, 398 ciudades, 786 empresas y 16 grupos inversores. “Ya no basta con los países, necesitamos a otros actores”, ha resumido Schmidt.

Por MANUEL PLANELLES

Madrid 11 DIC 2019 - 14:27 COT

Publicado enMedio Ambiente
¿El fenómeno de la dolarización llegó para quedarse en Venezuela?

De acuerdo a los más recientes estudios, actualmente un 53,8 % de las transacciones en el país se realizan en la divisa estadounidense.

Según algunos expertos económicos, de las más variadas ideologías políticas, Venezuela habría vivido, en las últimas semanas, cierta reactivación de la economía, una afirmación que se sustenta en el repunte de las transacciones económicas.

"Lo que estamos viviendo es una pequeña recuperación económica después de toda esa caída monstruosa que hemos tenido y, dependiendo de lo que ocurra en el ínterin de los primeros trimestres del año, esa recuperación se puede pronunciar un poquito, no estoy hablando de algo definitivo o de que se acabó la crisis, pero creo que el año que viene será un poquito mejor", aseguró el economista Daniel Lahoud.

De igual forma, el analista económico Tomás Socías López considera que en los últimos días se han dado "unos inicios de movimientos y activación de la economía".

"Se calcula que las ventas han aumentado cerca de 20%. Se nota una afluencia mayor a los establecimientos y un incremento de las ventas, sobre todo de electrodomésticos, que ha tenido más crecimiento en los últimos días", detalló Socias López.

De hecho, los comerciantes del país decidieron, por primera vez en la historia de la nación, replicar la experiencia estadounidense denominada 'Black Friday' para así incrementar las ventas. Pero no todos los economistas consideran que ese sea un síntoma de recuperación.

"Para mí, esto hace referencia al fenómeno estacional de las compras navideñas, que siempre marcan un contraste con el resto de año. El año pasado también se vivió, aunque a escala más pequeña, animado por las remesas que se enviaron justo con ese propósito navideño. Pero este año, además de las remesas, tenemos pagos de bonificaciones y algunos en dólares. A lo que hay que agregarle el hecho de que en la economía los dólares están circulando más, ya no se usan solo para atesoramiento o pagos especiales, sino que tienen cada vez más aceptación", explica a RT el sociólogo y economista político Luis Salas, quien cree que "la prueba para hablar de una recuperación no es diciembre sino el primer trimestre del año 2020".

Por su parte, el economista Luis Enrique Gavazut agrega otra arista. "Que haya un leve incremento en las ventas no refleja una recuperación económica. El proceso de dolarización de facto ha hecho que exista una presencia y utilización mayor de divisas, lo cual ha incrementado levemente las importaciones de productos de consumo final y la adquisición de los mismos. Pero no se trata de un incremento de la oferta por inversión y producción nacional, que es lo que realmente se necesita", explica en diálogo con este medio.

De la mano del dólar

Lo cierto es que un porcentaje importante de estas transacciones se realiza en dólares, pese a que en Venezuela la única moneda de curso legal es el Bolívar.

De acuerdo con la firma privada Ecoanalítica, actualmente un  53,8 % de las transacciones en Venezuela se realizan en dólares: casi todos los electrodomésticos se compran en esa divisa, así como más de la mitad de la ropa, repuestos para automóviles y alimentos, entre otros rubros. Este dato se sustenta en el estudio de 12.600 operaciones registradas, entre el 10 al 15 de octubre, en 136 locales de Venezuela.

Según ese informe, 50 % de la población venezolana está atrapada en la hiperinflación, especialmente los pensionados y empleados públicos; 35 % de los habitantes se mantiene con algunos ingresos en divisas; y otro 15 % vive de la denominada 'burbuja de los dólares', que les permite mantener altos niveles de consumo.

Desde el sector oficial no existen cifras al respecto. Sin embargo, el pasado 17 de noviembre, el presidente Nicolás Maduro, evidenció por primera vez que el gobierno se encuentra al tanto de la situación.

"Yo, quizás lo que diré será un pecado para los dueños de los dogmas, no lo veo mal. Me declaro pecador: no lo veo mal. Evaluar cómo ese proceso, que llaman de dolarización, puede servir para la recuperación y despliegue de las fuerzas productivas y el funcionamiento de la economía. Es una válvula de escape, gracias a Dios existe", indicó Maduro, en unas declaraciones que repetiría el pasado martes.

El mandatario venezolano sostiene que la dolarización surgió por la "autoregulación necesaria" de la economía venezolana para procurar la "desaceleración de la inflación criminal inducida".

"Ese proceso que llaman dolarización"

Sin embargo, ¿se encuentra Venezuela realmente en un proceso de dolarización? Analistas como el opositor Luis Vicente León, economista y presidente de Datanálisis, aseguran que en el país no existe tal proceso, de manera "formal, integral, racional y eficiente".

"Lo que hay es una masificación de facto y desordenada del uso de divisas para responder a  la pérdida de valor del bolívar", dice.

La moneda local de Venezuela es el bolívar, pero el Estado permite que se hagan operaciones en dólares. Incluso en los puestos callejeros de venta de perros calientes, célebres en el país suramericano, los vendedores se sirven de la divisa estadounidense.

"Hay restricción severa de la liquidez monetaria en bolívares. Entonces, las personas que poseen divisas, bien sea porque las han acumulado por años, las reciben por remesas o tienen alguna operación comercial de bienes o servicios, al no tener cómo cambiarlas a bolívares, pues las usan directamente, y esto ha aumentado la circulación del dólar libremente", explica Gavazut.

Pero a pesar de esta situación y de que el dólar ya es la unidad de referencia para calcular los precios, los contratos laborales y las cuentas bancarias siguen en bolívares, dos puntos claves que no permiten hablar de una dolarización sistemática. Pero, además, ¿puede realmente Venezuela avanzar hacia una dolarización formal en medio de las fuertes sanciones unilaterales del gobierno de Estados Unidos?

¿Dolarización con sanciones?

"Hay un crecimiento de las transacciones en dólares, lo que no necesariamente implica que haya muchos más dólares que antes. Hay más, sí, pero lo que más ha crecido es la liquidez o circulación de los mismos, pues no solo se usan como reserva de valor o unidad contable, sino como moneda de pago para operaciones cotidianas. Es decir, pasan más de mano en mano y producen la ilusión de que 'todo el mundo tiene dólares'. Pero, ¿que esto llegue a ser una dolarización? Eso está aún por verse", agrega Salas.

Para este experto, más que una "dolarización", hoy Venezuela vive una "desbolivarización", "una huida desordenada desde el bolívar hacia cualquier otro medio de pago".

Salas explica que la 'huida' es mayoritaria hacia los dólares "pero también, por ejemplo, el oro en Guayana o el peso colombiano en la frontera occidental. Y, en el caso del gobierno, hacia la criptomoneda el Petro, y de muchos particulares, en ciudades como Caracas, hacia las cripto en general".

Salas alerta que este proceso puede derivar en tres vertientes: un régimen multimonetario, como el de Zimbabue, donde llegaron a circular hasta nueve monedas distintas más las cripto; uno 'bimonetario', como en Cuba; o, efectivamente, a una dolarización formal tipo Ecuador. Pero, para que esto último ocurra debe reformarse la Constitución y hacerse toda la adecuación respectiva.

Por paradójico que suene, pareciera que el principal escollo operativo para una dolarización en Venezuela son las sanciones del gobierno norteamericano contra la golpeada economía del país suramericano.

Por Jessica Dos Santos

Publicado:11 dic 2019 21:00 GMT


Sociólogo Trino Márquez: La dolarización anárquica y salvaje "agudiza la brecha entre pobres y ricos"

Por: Aporrea-UR | Miércoles, 11/12/2019 04:04 PM 

 

10-12-19.-El sociólogo, Trino Márquez, doctor en Ciencias Sociales, durante una entrevista en Unión Radio consideró que la dolarización es un fenómeno con rasgos sociológicos al influir en la sociedad, por «estar agudizando la brecha entre pobres y ricos, entre el sector que tiene acceso a los dólares de manera permanente y masiva, y el resto de la población que no tiene acceso ni siquiera ocasionalmente a la divisa norteamericana».

Márquez detalló que existen diversos sectores que tienen acceso a las divisas, como los que ofrecen algún servicio, quienes reciben remesas, los que ahorraron en divisas y quienes tienen negocios lícitos e ilícitos».

No obstante, precisa que el área que tiene ese altísimo nivel de consumo debido a su acceso al dólar apenas alcanza entre 10 y 15 %, es decir un millón de personas.

«Estadísticamente no tiene ningún significado frente a 90% de la población que no tiene acceso a casi nada».

Enfatizó que estamos ante «una dolarización caótica, anárquica, a los trancazos y a lo salvaje y los más afectados son los grupos más vulnerables y está produciendo un fenómeno: tenemos más pobres que cada vez son más pobres»

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