Diez píldoras para después de la pandemia

Si creemos que después de la pandemia se volverá al supuesto estado del bienestar, en forma de Green New Deal o similares, somos el colmo de la ingenuidad.

Se recomienda no tragarlas todas de golpe. Pueden provocar una reacción excesiva. Écheles un vistazo a todas, pero luego, si le apetece, vaya tomando una cada tres días, dejando que se disuelva lentamente en el aparato de sentir, pensar y decidir. O como mejor le venga, claro.

  1. El sistema no ha provocado directamente la pandemia, pero es muy probable que la haya producido indirectamente. Tal vez no ha causado la crisis puntual, la del corona­virus -parece que no les gusta que mezclemos el virus con la corona, pero así son las cosas-, pero sí que ha generado las precondiciones: vuelco climático, reducción de es­pacios naturales, movimientos desmesurados de personas y mercancías (suponiendo que para el capital sean cosas distintas) por la globalización, la deslocalización y el tu­rismo, alimentación basura, contaminación “urbi et orbi”...
  2. Lo que sí es seguro es que ha creado las condiciones para la extensión de la pande­mia y el colapso sanitario. La contrarreforma neoliberal se ha cebado en los servicios públicos y sociales (y en las condiciones laborales) para abrir nuevos nichos de lucro con las necesidades básicas. Al tiempo, “su” estado destinó a las empresas centena­res de millones de euros para cubrir sus espaldas. El pueblo paga cada vez más por cada vez menos, los amos pagan cada vez menos por cada vez más.
  3. El sistema no ha provocado la pandemia, pero está dispuesto a sacarle el jugo: en lo social, en lo político y en lo económico. El capitalismo no es superinteligente ni omni­potente, pero es sumamente listo para sacar provecho de cualquier circunstancia. Hasta la última gota. Caiga quien caiga. Y más ahora que está senil y desesperado por la imposible recuperación de la perdida lozanía. Es su ocasión para expulsar a más gente del sistema, para más autoritarismo (incluso neofascismo) y para más negocio (o lo que es lo mismo, en las actuales circunstancias, más especulación, es decir, más casino financiero).
  4. La pandemia no es la causa (la precondición) de la crisis, sino su precipitante. Esta­mos acostumbrados a analizar las crisis como fases cortas. Esas son las pequeñas. Tal vez nos deberíamos habituar a considerarlas como fases largas. Esas son las pro­fundas. Esta empezó, sin necesidad de fechas precisas, en el último tercio del siglo veinte (o en el último cuarto, qué más da) y puede durar siglos. Para pasar del escla­vismo al capitalismo (su versión mejorada y modernizada) se necesitó toda una Edad Media.
  5. ¿Y para qué aprovechan la crisis? Para recuperar, fortalecer e incrementar precisa­mente el sistema que la ha producido y que la ha convertido en caótica. Las grandes empresas por delante de la gente. Muy por delante, suponiendo incluso que la gente del pueblo esté en la fila. Solo hay que saber comparar cifras. Sí, para salir de la crisis (y de la pandemia) pretenden apoyar en primer y casi exclusivo lugar a quienes la han producido y/o expandido, aunque no hayan mostrado el más mínimo signo real de arre­pentimiento. Todo muy razonable y justificado.
  6. Pero esta pretendida salida de la crisis no afecta solo a lo económico. Si quieren tener más beneficios y más dinero es para tener más poder. Si quieren tener más poder es para tener más beneficios y más dinero. Como los tiempos que se avecinan van a os­cilar entre lo muy duro y lo terriblemente duro prevén que van a necesitar más estado. Y más subordinado. Y más subordinante. Así que el autoritarismo, la vigilancia, la mili­tarización, el ultranacionalismo, la xenofobia, el neofascismo (incluso el ecofascismo), la aporofobia (el odio a los pobres), etc., se van a mezclar con nuevos chivos expiato­rios a los que culpar (el sectarismo, por principio, no tiene límites) y el fomento de las “guerras entre los de abajo” -no vayan a señalar a los verdaderos culpables-, ataques a los servidores y no a sus amos, etc.
  7. Esta gran crisis (la importante, la de fondo) puede contener muchas crisis puntuales. Y la siguiente puede ser peor que esta. Y la siguiente… Si creemos que después de la pandemia se volverá al supuesto estado del bienestar, en forma de Green New Deal o similares, somos el colmo de la ingenuidad. Tendrían que verse con el agua al cuello por la resistencia o la movilización popular… o por la imposibilidad de recuperar sus ganancias. Tendríamos que no haber aprendido nada para caer de nuevo en la misma argucia: el capital pacta cuando está débil para poder lanzar la ofensiva cuando recu­pera la fuerza. Elemental.
  8. Nunca hemos estado mejor preparados para afrontar una crisis de fondo. El pensa­miento y la ética antagónicos, ecofeministas, solidarios, autogestionarios… ya no son marginales, aunque tal vez sigan siendo minoritarios. Nunca este pensamiento y esta ética han estado mejor y más unitaria y, al mismo tiempo, diversamente expuestos. No digo nombres (muchos femeninos), porque no cabrían.
  9. Y no es solo el pensamiento y la ética, sino, lo que es más importante, la multitud de pequeños colectivos movilizados y de pequeñas experiencias refe­renciales de otro modo de con-vivir: comunitarias, agroecológicas, educativas, comuni­cacionales… Gente que ha situado en la práctica una vida digna y feliz al margen de la acumulación de beneficios, del sacrificio del tiempo y de las relaciones humanas insatis­factorias y del consumismo idiota. Al mismo tiempo, nunca nues­tras posibilidades de organización en red han sido tan potentes.
  10. Ahora solo queda la última píldora: siempre nos jugamos mucho. En el día a día. Pero hay momentos específicos en la historia -acontecimientos- que van a suponer un cam­bio de sentido. Para peor, para mucho peor, o para mejor, para mucho mejor. Ojalá acumulemos suficiente asco y rabia y la transmutemos en acción resistente y creativa, en apoyo mutuo y dignidad. No sé si seremos capaces pero, en principio, esperanza. Mucha esperanza.

Por Ricardo Sosa

31 mar 2020 11:44

Publicado enSociedad
Coronavirus: vaticinan la peor crisis económica de los últimos 75 años

El economista italiano Gustavo Piga analiza el impacto global de la pandemia 

"Estamos hablando de la crisis más grave desde la Segunda Guerra Mundial, mucho peor que la del 2008", afirma el experto de la Universidad Tor Vergata. Y sugiere que las reglas europeas cambien en función de la coyuntura. 

 

Algunos piensan que la crisis económica que puede desencadenar la pandemia del coronavirus en el mundo, será la peor de las últimas décadas, es decir desde que terminó la Segunda Guerra Mundial. Entre ellos el economista italiano Gustavo Piga, profesor de Economía Política de la Universidad Tor Vergata de Roma, que en una entrevista con PáginaI12 caracterizó la actual situación como un “momento histórico que nos permite darnos cuenta que no todo anduvo bien en la gestión del mundo en el siglo XXI”. “Creo que la crisis nos encontró faltos de preparación. Es necesario razonar, con una visión a larga distancia, sobre las necesidades verdaderas de los ciudadanos que deben combinar la dinamicidad de los mercados con la certeza del apoyo a los menos pudientes”.

-¿Cuáles son los efectos de la pandemia del coronavirus sobre la economía de Italia, segun usted?

-Todavía no se sabe dónde irá a parar este virus, cómo se difunde, cómo puede ser controlado eficazmente, no solo en Italia sino en todo el mundo. Esto se percibe cuando los gobiernos del mundo actualizan repetidamente sus previsiones y aumentan el número de restricciones administrativas para reducir la interacción social. Lo que ha significado una serie de medidas preventivas a nivel de salud pública pero también sobre la economía para compensar el efecto negativo de las medidas de restricción aplicadas. En Italia este proceso empezó con una maniobra económica para afrontar los efectos del coronavirus que en un principio era de de 5 mil millones de euros. Luego se amplió a 25 mil millones de euros y ahora se está hablando de 50 mil millones.

-Y la Unión Europea (UE) ¿qué percepción tiene de la situación?

-La Unión Europea habló en un primer momento de un plan de 25 mil millones de euros para ayudar a todos los países europeos. Ahora el Banco Central Europeo habla de 750 mil millones. Con esto quiero decir: no se tiene una idea clara todavía de las dimensiones de esta crisis. Ayer leía que hace dos semanas se hablaba de que la crisis podría llevar a un decrecimiento del PBI (Producto Bruto Interno) italiano del 2 por ciento. Ahora se habla de un descenso del 10 por ciento del PBI. De lo que es seguro es de que estamos hablando de la más grave crisis desde la Segunda Guerra Mundial, mucho peor que la del 2008.

-¿Qué medidas deberían tomarse para afrontar la crisis en su opinión?

- Ya algunas medidas se han tomado en Italia y en Europa para afrontar esta crisis, pero es obvio que si la crisis continúa, deberemos cambiar las reglas europeas. Hasta ahora hemos aprovechado al máximo las leyes europeas y no se ha hecho nada que haya violado los tratados europeos a nivel económico. Pero si las cosas continúan y los países tienen necesidad de un mayor apoyo, habrá que cambiar esas reglas. La Banca Central Europea por ejemplo, se podría ver en la necesidad de prestar dinero a los distintos gobiernos sin ninguna condición, sin pedirles que mantengan una política de austeridad como hasta ahora.

- Lo importante sería entonces cambiar ciertas reglas…El Premio Nobel de Economia Joseph Stiglitz, hablando en el Vaticano meses atrás dijo que la economía capitalista debería cambiar sus reglas porque la gente ha perdido confianza en ella.

-Creo que la UE debería responderse a sí misma dos preguntas. Primero: ¿Estamos de acuerdo en hacer una suspensión provisoria de los tratados o no? Segundo y más importante: Cuando el virus será derrotado ¿con qué políticas queremos volver a la normalidad? Para dar respuesta a estas preguntas el problema clave es saber cuánto será prolongado el retorno a la normalidad. Y se debo tomar un ejemplo de la historia, cito la crisis del 1929 , tal vez menos grave que la actual pero cuyas consecuencias duraron mucho tiempo. Y este es exactamente el panorama que tiene frente a si todo el Occidente ¿Cómo se reconstruye? Cierto, se pueden cambiar las reglas de la economía. Pero también es cierto que puede haber una resistencia, una batalla, entre los conservadores y los que quieren el cambio. Yo espero que los partidos conservadores tengan la clarividencia de entender que serán expulsados de la historia si no van al encuentro del dolor, del terror, del miedo de la gente.

-Si no hay acuerdo sobre las reglas por cambiar entre todos los países miembros ¿la UE podría correr un serio riesgo?

-Si se intenta hacerlo con una política económica que logra conseguir la confianza de la gente, se logrará mucho. Tenemos que estar preparados porque el virus volverá, tal vez el próximo invierno. Si no vuelve, mejor, pero tenemos que estar preparados, tenemos que construir una economía que sepa gestionar mejor los medios para hacer frente al virus, ya que los conoceremos mejor. Si esto será hecho, muy bien. Las cosas mejorarán. Si no se hacen estas cosas, creo que será el fin de la Unión Europea. Le daríamos el gobierno a los partidos anti europeos. Porque una crisis como la actual es la situación ideal para que Europa demuestre su solidaridad. De lo contrario, muchos podrán pensar, ¿qué sentido tiene que me quede dentro de la UE si ella no ha sabido ayudarnos? Esta crisis nos ha tomado de sorpresa. Pero no podemos permitir que otra vez nos tome de sorpresa. Y en esto, el riesgo para el sueño europeo es inmenso. Esta es probablemente la última llamada. Si Europa falla sobre esto, preveo consecuencias muy graves a nivel político.

-Si la economía de Estados Unidos – ahora el país con más contagiados por el coronavirus- sufre el crack que muchos suponen, ¿será un precio que pagará todo el mundo?

-Esta es una crisis global. Yo estoy bastante admirado de cómo el estado chino ha permitido que naciera un virus de este tipo pero también de cómo ha sabido controlarlo tan rápido. Nuestras sociedades occidentales son menos capaces de hacer esto. Las medidas del gobierno chino fueron muy drásticas. Paradójicamente tal vez, esta crisis se transformará en una crisis más occidental que china. Estamos aprendiendo día a día. Es difícil hacer grandes previsiones.

-¿Y la economía de América Latina qué precio pagaría?

-Para América Latina el golpe importante será a sus exportaciones. Sobre la demanda interna el efecto será importante pero dependerá de cómo los gobiernos logren contener todo. No es que hay una relación entre la riqueza del país y su capacidad de contención. La capacidad de los gobiernos cuenta en este sentido. Dependerá entonces de la bravura de los líderes para prevenir lo que pueda ocurrir. El virus es global pero sus efectos no serán exactamente iguales para todo el mundo. 

Publicado enEconomía
Qué medidas han venido aplicando frente a la crisis del coronavirus

¿Cómo responden los países al colapso económico?

El parate económico derivado de las restricciones sanitarias representan un gran desafío para los gobiernos, que lanzaron masivamente planes estímulo.

 

Los países industrializados, con Europa y Estados Unidos a la cabeza, anunciaron en las últimas semanas enormes paquetes de estímulo para evitar el colapso de sus economías. Según un proyecto de la OCDE que actualiza en tiempo real las medidas sanitarias y económicas, los 46 países más importantes en términos de riqueza (que forman parte de la OCDE y/o del G-20) adoptaron medidas de “distanciamiento social” y todos ellos comenzaron a implementar fuertes medidas económicas paliativas.

Una de las particularidades de la crisis económica que se está desatando a partir de la pandemia del coronavirus es que se trata de una situación autoinflingida, ya que es resultado de las medidas de restricción sanitaria adoptadas por los propios gobiernos. Es decir, no se trata de un shock exógeno, como puede ser un terremoto, ni del estallido de los desequilibrios internos del sistema, al estilo crisis de las hipotecas subprime, sino que es el producto de la decisión soberana de los países, de proteger antes que nada la vida de su población y evitar el colapso de los sistemas de salud.

El gobierno argentino anunció el aumento de la asignación universal por hijo y jubilaciones, transferencias directas a monotributistas, congelamiento de cuotas, alquileres y precios, reducción de cargas patronales en sectores especialmente afectados, créditos para recomponer capital de trabajo y Repro para que el Estado afronte el pago de salarios en empresas en crisis, entre otras medidas. Las políticas adoptadas por otros países tienen varios puntos en común: apoyo monetario directo a no asalariados, diferimiento en el pago de impuestos, apoyo crediticio a pymes y en el pago de sueldos para las empresas más afectadas. A continuación, algunos ejemplos:

España

El gobierno español anunció un paquete económico de 200 mil millones de euros, el mayor en la historia democrática del país, equivalente a un 20 por ciento del PIB. “El Estado va a asumir el choque económico”, dijo el presidente, Pedro Sánchez. La mayor parte de ese dinero estará disponible para que las empresas no se queden sin liquidez y puedan continuar pagando los sueldos. Se suspende por seis meses el pago de impuestos para las pymes y para empleados autónomos así como la devolución de los créditos otorgados por el gobierno. También hay prórroga automática de los seguros de desempleo y se prohibieron los despidos.

Italia

Enfrenta la situación sanitaria más dramática. Redujo en 100 euros impuestos para trabajadores que reorganizaran su actividad desde el hogar y para aquellos que no pueden trabajar, el Estado se hace cargo del salario. Se aplicó una suma de 600 euros para la mayoría de los empleados autónomos, artistas y 100 euros para trabajadores asalariados de bajos ingresos. Se suspendieron las condicionalidades para acceder a un ingreso básico estatal y se aplicaron 700 millones de euros para apoyar a las aerolíneas y flexibilidad en el cobro de impuestos para las pymes. Los despidos se suspendieron por dos meses, así como también el pago de hipotecas.

Alemania

El gobierno de la mayor economía europea aprobó un paquete de 122 mil millones de euros. El ministro de Economía alemán, Olaf Scholz, describió el plan como una “gran bazooka” para evitar el colapso de la economía. Los trabajadores autónomos y las pymes de hasta 10 empleados tendrán a disposición un fondo de 50 mil millones de euros para solventar la actividad. La ayuda será de 9 mil a 15 mil euros por tres meses. También hay flexibilización en el pago de impuestos y alquileres. Pero complementariamente hay un fondo de 600 mil millones de euros para asegurar que las grandes empresas exportadoras alemanas no debiliten su posición patrimonial. Alemania está enfrentada con España e Italia porque no quiere que el Banco Central Europeo emita “eurobonos” de salvataje para las economías de región.

Estados Unidos

Republicanos y demócratas acordaron lanzar un paquete económico de 2 billones de dólares, “el más grande en la historia de los Estados Unidos”, según el New York Times. 367 mil millones de dólares se destinarán a que las pymes puedan seguir pagando salarios, mientras que 500 mil millones de dólares serán préstamos garantizados y subvencionados para fondear a empresas grandes. Además, hay fuertes transferencias directas de dinero a los hogares. Las personas recibirán 1200 dólares junto a otros 500 dólares por hijo o hija. El beneficio opera para salarios anuales que están por debajo de los 75 mil dólares. Aumenta el seguro de desempleo en 600 dólares por semana por hasta cuatro meses. Las aerolíneas van a recibir 25 mil millones de dólares en garantías y los hospitales, 117 mil millones, entre otras medidas.

Brasil

A pesar del juego mediático del presidente, Jair Bolsonaro, para encender la chispa de su electorado, al minimizar la magnitud de la pandemia, el gobierno de Brasil anunció medidas para reducir la crisis económica. Se definió la entrega de un bono por el equivalente a 120 dólares a los trabajadores informales y desempleados que no reciban recursos de otros programas. Las empresas pueden pagar la mitad de los sueldos, aunque sin compensación para los trabajadores formales afectados. Flexibilización en el pago de impuestos para las pymes. Se abrió también una línea de crédito de emergencia de unos 8 mil millones de dólares para que las pequeñas y medianas empresas puedan pagar sueldos durante los próximos dos meses.

Colombia

Se estableció el pago de un beneficio extra para los programas sociales existentes Familias en Acción, Jóvenes en Acción y Adulto Mayor, la entrega de una canasta de comida para los hogares más vulnerables y libre acceso al servicio de agua a pesar de deudas impagas. Se refinancian deudas e hipotecas y se pospone el pago del IVA y otros impuestos para el sector turístico y aviación.

Publicado enEconomía
Lunes, 30 Marzo 2020 06:42

El coronavirus en América Latina

El coronavirus en América Latina

A los problemas sanitarios de los países, se le suman dificultades económicas estructurales, como las limitaciones productivas de su industria nacional y la escasez

de divisas.

Crisis profunda

Por Matías Vernengo *

Los números de casos en América Latina todavía son bajos en términos relativos pero comienzan a crecer rápidamente. Hay un creciente consenso de que la crisis del coronavirus será profunda, y que las medidas drásticas de distanciamiento social son esenciales para evitar la saturación del sistema de salud. De la misma manera, la mayoría de los gobiernos, en los países afectados, han determinado que paquetes fiscales y monetarios de salvataje de la economía son esenciales.

Estados Unidos, con el mayor número de casos reconocidos, pasó un paquete fiscal de alrededor de 2,2 billones de dólares, que corresponde a diez por ciento del producto, tres veces más que el salvataje después de la crisis del 2008. Eso sin contar el anuncio de compras de bonos del Tesoro, y otros activos, por la Reserva Federal. Si bien es verdad que Estados Unidos tiene muchos problemas, impensados para una economía desarrollada, por ejemplo, tiene casi el 10 por ciento de la población sin cobertura médica, costos médicos muy por encima de otros países con ingresos similares, y una legislación laboral que no requiere licencias por enfermedad, todos elementos que sin duda tendrán consecuencias durante la pandemia, también es verdad que la posición privilegiada del dólar le permite gastar sin límites durante la crisis, algo que no es posible en la mayoría de los países de América Latina.

En el caso de América Latina hay varios agravantes que pueden dificultar la respuesta a la pandemia. Por ejemplo, los bajos gastos con la salud pública, que según datos del Banco Mundial sería del orden de cuatro por ciento del producto, por debajo de los diez por ciento de la media de los países de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE), con la excepción de Cuba, que tiene niveles equivalentes. A eso se podría agregar los números relativamente bajos de camas por mil habitantes, y las deficiencias en el acceso a sanidad básica, en particular para poblaciones en contextos de elevada pobreza. La alta incidencia de enfermedades contagiosas, como la epidemia de dengue que asola a la región, y que puede complicar el tratamiento del COVID-19. La única ventaja de la región parecería ser la población relativamente joven.

Sin embargo, a estos problemas que los epidemiólogos y especialistas en salud pública han notado, habría que superponer los problemas económicos estructurales de la región. Para algunos países los problemas externos, y las dificultades asociadas para la importación de bienes esenciales, como respiradores automáticos, máscaras y material de protección, pueden tener efectos catastróficos. Además, en el caso de Cuba y Venezuela las sanciones estadounidenses crean problemas adicionales. Por presión del gobierno estadounidense, el Fondo Monetario Internacional (FMI) le negó recientemente al gobierno de Maduro un préstamo para hacer frente a la pandemia.

Además, la capacidad productiva de las industrias nacionales, allí donde esta se desarrollo, fue golpeada duramente por décadas de ajuste neoliberales, y costaría más en la región reconvertir la producción nacional de acuerdo con las necesidades de la pandemia, como ha hecho Trump al forzar a General Motors a fabricar respiradores automáticos utilizando una ley de los años 50 sobre las necesidades productivas por razones de defensa nacional. La capacidad de los estados en la región para enfrentar la crisis es bastante limitada, más en donde las ideas neoliberales son muy arraigadas.

Mientras en algunos países, como en la Argentina, medidas enérgicas han sido tomadas desde temprano, en algunos casos, como en Brasil y en México, los presidentes de turno la han minimizado, y han insistido en políticas de austeridad fiscal, qué si ya eran inadecuadas antes de la pandemia, ahora parecen simplemente disparatadas.

*Profesor de Economía, Bucknell University.

Aceleración de los tiempos

Por Eduardo Crespo **

La pandemia del coronavirus funciona como un experimento social a gran escala. En pocas semanas asistimos a medidas de gobierno, dilemas y conflictos difíciles de imaginar en otras circunstancias. A muchos de quienes analizamos la sociedad nos sorprenden los diferentes grados de efectividad estatal ante la crisis. El caso chino es paradigmático. Pese a que inicialmente las autoridades de la región de Wuhan, donde se inició la pandemia, censuraron al primer médico que alertó sobre el virus y optaron por ocultar información, cuando se decidieron a actuar lo hicieron con una contundencia y operatividad formidables: construyeron hospitales en tiempo récord, colocaron en cuarentena a toda la ciudad y controlaron con inteligencia artificial a todos los sospechosos de infección. Hoy casi no tienen nuevos infectados y en el macabro ranking de los muertos China pierde posiciones a manos de países occidentales. Resultados similares se observaron en otras sociedades de Asia Oriental, como Japón, Corea del Sur y Taiwán. Algunas sociedades de Occidente, en cambio, están sumergidas en la catástrofe. Son los casos de Italia, España, Estados Unidos y próximamente varios países de América Latina.

Algunos se apresuran a explicar estas diferencias aludiendo al ‘autoritarismo’ inherente a las culturas de Asia Oriental o a las tradiciones verticalistas del ‘confucianismo’. Entendemos que esta lectura es inconducente. Basta observar el modo como la policía reprime protestas políticas en Estados Unidos, Brasil, Chile o Bolivia, para comprobar que en Occidente no existe nada semejante a un déficit de represión. Lo que diferencia a Asia Oriental es aquello que Michael Mann denomina ‘poder infraestructural’, es decir, la capacidad logística de los Estados para intervenir en un territorio través de su población, con el objetivo de imponer la ley, comunicar y educar, prevenir y curar. La mayoría de los estudios señalan que durante las últimas décadas los Estados de Asia Oriental fueron más eficaces que la mayoría de los países de Occidente para intervenir en casi todas las áreas de incumbencia, sea para alcanzar elevados niveles de educación o el catch up tecnológico con los países más desarrollados. El Coronavirus no fue la excepción.

Otro factor relevante son los diferentes niveles de desigualdad social y los modos como se institucionaliza la disputa por la apropiación del excedente. En sociedades donde se impusieron con más fuerza los principios neoliberales, el sistema de salud está debilitado y el fracaso para proteger a la población está naturalizado. Se refleja en el falso dilema “Economía versus Salud” que buscan imponer algunas usinas ideológicas. Cuanto más desigual una sociedad, menor el valor otorgado a la vida humana: “¿Unos pocos miles de ancianos valen lo mismo que la economía del país?” repiten los simpatizantes de Bolsonaro en Brasil. Desde un punto de vista macroeconómico este argumento es ridículo, ¿alguien seriamente imagina que habilitar actividades informales en Buenos Aires o Rio de Janeiro podrán aislarnos de una recesión en Estados Unidos, China y Europa? Detrás de estos planteos se esconden intereses y temores de clase. Durante décadas las elites dominantes promovieron la precarización, la flexibilidad de leyes laborales y el sálvese quien pueda a través del mercado. Ahora se encuentran forzadas a admitir subsidios en tiempo récord a millones de informales para evitar la explosión social. No debe creerse que se trate del temor a las consecuencias de medidas temporarias. Desconfían, en cambio, de los efectos duraderos del coronavirus. ¿Y si a los excluidos reclaman que los derechos transitorios a la subsistencia sean preservados terminada la crisis? ¿Y si las intervenciones estatales se vuelven permanentes? Aunque lo tengan que aceptar como inevitable, no debería sorprender que en las próximas semanas abunden discursos para dividir a la sociedad argentina con descripciones apocalípticas del keynesianismo de guerra.

** Profesor de la UFRJ (Universidad Federal de Rio de Janeiro) y de la UNM (Universidad Nacional de Moreno).

 

Por Matías Vernengo y Eduardo Crespo

Producción: Javier Lewkowicz

Publicado enInternacional
Lunes, 30 Marzo 2020 06:28

La crudeza de las opciones

La crudeza de las opciones

Hoy es ya claramente manifiesta la disyuntiva que representa la infección por el virus en la conducción política de muchas sociedades. El equilibrio es muy precario entre las exigencias sanitarias para contener el muy rápido avance del contagio y las necesidades de una extensa población con poca o ninguna capacidad de guardarse en casa.

La pandemia muestra la naturaleza misma de poder, así como la expresión particular del modo de hacer política (remito al artículo de D. Runciman, en The Guardian, 27/03/20).

Una de las cuestiones más relevantes en una democracia es cómo se ejerce el poder conferido a un gobierno por medio de las elecciones. La contraparte de esto, claro está, es cómo respondemos los ciudadanos.

En materia política siempre existe el hecho de que ciertas personas indican u ordenan a los demás qué es lo que tienen que hacer. Esta es la alternativa que existe entre la libertad personal y las opciones colectivas.

En el caso que nos ocupa ha habido llamados para cumplir primero con las indicaciones de distanciamiento social, hasta llegar ya al llamado enfático a la reclusión. Cuando esto no es suficiente se imponen medidas compulsivas aplicadas por las autoridades mediante la fuerza pública. Es este rasgo el que finalmente expone dónde se sitúa el límite que, al rebasarse, significa el quiebre del orden político.

Le damos a otros el poder extremo de decidir acerca de la vida o muerte de la gente, y eso se sustenta en que el costo se incurre con miras en la seguridad colectiva.

El caso es que en el campo en que se lucha contra el virus, los niveles de la responsabilidad se van delineando de diversas maneras. Desde las medidas aplicadas por el gobierno al más alto nivel, siguiendo las de índole subordinada y otras a escala local. No es fácil, en ese escenario, mantener la coherencia en la gestión de una crisis como ésta.

Así se llega incluso hasta las decisiones que ya están tomando los trabajadores sanitarios en algunos países respecto a quienes atender en los hospitales en la medida en que éstos se saturan.

Los ciudadanos no tenemos ningún control sobre todos estos ámbitos que se expresan en decisiones que afectan la salud y las condiciones económicas de la población. Es un caso extremo de opciones sociales y la situación se dificulta aún más en una sociedad en la que la legalidad está desgastada y existe una desigualdad social tan grande.

Al asunto eminentemente relacionado con la salud personal y colectiva se suma por necesidad la repercusión económica de la instrucción de quedarse en casa. Si se interrumpen el trabajo y el funcionamiento de las empresas, la parálisis se generaliza. La cuestión tiene un severo impacto en el corto plazo y se asocia con una recesión de la actividad productiva.

La recesión es ya un hecho en todas partes. Si se extienden las condiciones de paro en el tiempo, los escenarios podrán llevar a un periodo de depresión económica como no se ha visto desde hace más ocho décadas.

En Europa se habla de la hibernación de la economía, con lo que se da a entender que el periodo de práctica inactividad que ya prevalece debe, de alguna manera, salvaguardar la capacidad productiva existente para poder remprender el trabajo cuando la pandemia ceda, lo que es, por ahora, impredecible.

Tal hibernación es un proceso sumamente complicado, no sólo en términos físicos asociados con los trabajadores y las plantas productivas, sino con las posibilidades de remprender el financiamiento de la producción, del consumo y la inversión en un entorno de riesgo exacerbado del sistema financiero.

La cuestión es que, primordialmente, las personas tienen que sobrevivir, pero también las empresas, la estructura productiva; ahí se produce, se generan empleos e ingresos.

La política pública ha de enfocarse, pues, a apoyar a las familias que más lo necesitan, aplicar medidas que evitan los despidos masivos y las quiebras; luego habrá que recrear el crédito y reponer la liquidez en el mercado.

Decir todo esto podría ser obvio, pero será endiabladamente difícil conseguirlo sin un amplio pacto social que requiere de una enorme legitimidad de los gobiernos y de la política como instrumento para conseguir una renovada forma de la cohesión social. El complejo proceso de la reproducción social tendrá que ser forzosamente replanteado.

Publicado enEconomía
Toma de muestras a conductores en un punto de prueba de detección del Covid-19 en el Hospital Universitario de Burgos, España.Foto Afp

Más que las vacunas para el Covid-19, lo importante son las llamadas geoestratégicas, como la del mandarín Xi a su homólogo el zar Vlady Putin.

El 27 de marzo –"menos de 20 horas después de la cumbre virtual del G-20"–, Trump y el mandarín Xi entablaron una llamada, poco publicitada por los encubridores multimedia de EU, pero puesta en relieve por el portavoz oficioso chino Global Times que destaca su "cambio de actitud" (https://bit.ly/2QPAmiz), y que el mismo Trump colocó en su Twitter:"Acabo de concluir una muy buena conversación con el presidente Xi de China. Discutimos en gran detalle (sic) que destroza extensas partes de nuestro planeta. China ha pasado por esta etapa y ha desarrollado una poderosa (sic) comprensión del virus. Estamos trabajando juntos en forma estrecha. ¡Mi más profundo respeto (sic)!" (https://bit.ly/2QUpFLN).

Para Global Times la llamada de Trump y Xi es la mejor prueba de que el sistema de salud de EU necesita(ba) la ayuda urgente de China: "La gravedad de la situación en EU obligó a Trump a expresar su deseo de pedir ayuda de China".

Según Xinhua, el mandarín Xi instó a Trump a fortalecer la política de coordinación macroeconómica, para estabilizar los mercados, mantener el crecimiento, salvaguardar el bienestar de las poblaciones, y asegurar la apertura, estabilidad y seguridad de las cadenas globales de suministro (https://bit.ly/3aueUHK). ¡Ahora China marca el diapasón de la "Ruta Sanitaria Global de la Seda"!(https://bit.ly/2UpNZYd).

A diferencia de las misántropas sanciones sanitarias de Trump contra Irán, China abastece con material médico y ventiladores a EU para su batalla contra la pandemia.

En medio de la balcanización sanitaria, aTrump lo alcanzó el "cisne negro": evento inesperado de gran impacto (https://bit.ly/2wyqCCJ). Más bien se trata de la metáfora asiática de los "rinocerontes grises" (https://amzn.to/39wCGBW): allí están, pero nadie los quiere ver hasta que embisten.

Siguiendo el clásico guion de la "zanahoria y el garrote", el plutócrata Trump solicita ayuda médica al Partido Comunista de China, mientras le asesta un golpe geopolítico el mismo día al firmar la "Enmienda Taipéi" (https://bit.ly/3bzT6e8) que promete apoyo a las "alianzas diplomáticas (nota: un total de 15 frente a 180 que reconocen a China)" de la isla renegada de Taiwán y que socava la política de "una sola China" que fue el sustrato de las relaciones de China en la fase de la dupla Mao Zedong/Zhou Enlai con el dúo Nixon-Kissinger a inicios de los 70.

Global Times es muy severo al respecto y fustiga que mientras EU se encuentra plagado con el coronavirus, se dedica a jugar con la política cuando "usa plenamente la carta de Taiwán para librarse a juegos estratégicos con China" (https://bit.ly/33Uxp5C).

Laura Zhou, del portal SCMP, con sede en Hong Kong, comenta que la "diplomacia de los tapabocas" de China "preocupa a Occidente" (https://bit.ly/2y8e0lZ). Hasta cierto punto, porque Italia y Francia han entablado profundas relaciones sanitarias con Pekín para mitigar al Covid-19.

China ha lanzado una ofensiva sanitaria centrada en Europa, Medio Oriente, África y Asia –y ahora en el mismo EU– para enviar a sus expertos médicos y proporcionar el material médico requerido.

Ahora China se ha quitado los guantes y contesta las injurias del presidente brasileño Bolsonaro como las provenientes de EU. Al día siguiente de la "Enmienda Taiwán", Global Times arremetió contra Trump por "haber fracasado en tratar en forma inapropiada (sic) el brote" (https://bit.ly/2WPxEO0)” que calificó como "el nuevo Chernobyl de EU y Europa" (https://bit.ly/3dzS7wc).

China consiguió domesticar al Covid-19 (https://bit.ly/2R8vPs3) y ahora ha lanzado su "Ruta Sanitaria Global de la Seda", último clavo del Covid-19 en el féretro de la globalizaciónque expuso lastimosamente hasta a sus promotores de la monarquía neoliberal financierista británica: el príncipe Carlos y el primer conservador Boris Johnson que presentaron prueba positiva al coronavirus.

http://alfredojalife.com

Facebook: AlfredoJalife

Vk: id254048037

Publicado enInternacional
Foto difundida por la Casa Blanca de los Trump junto al Conejo de Pascua

Preocupado por la incidencia electoral de la epidemia, el presidente estadounidense ha decidido no parar la economía pese a los graves riesgos que implica. Al mismo tiempo pone precio a la cabeza de Nicolás Maduro y agudiza el estrangulamiento de Irán, el país más afectado de la región por el covid19.

 

La presión de las grandes corporaciones y el temor a que China comience rápidamente su recuperación económica y pueda alcanzar más rápido de lo previsto el papel de primera potencia económica mundial han llevado a Donald Trump a hacer caso omiso de las recomendaciones de científicos y asesores sanitarios y rechazar la paralización de la producción.

Después de negarlo durante semanas y frivolizar sobre él, la sombra del coronavirus aterrizó en Estados Unidos y comenzó a golpear duramente. La Organización Mundial de Salud (OMS) dice  que EEUU, con más de 100.000 infectados, ya se ha convertido en el epicentro de la epidemia. 

La gran potencia mundial muestra sus pies de barro. La falta de una sanidad pública universal y gratuita puede pasarle ahora una factura gigantesca.

A pesar de que EE UU ya fue golpeado en 2009 —cuando Barack Obama acababa de llegar a la Casa Blanca— con la epidemia de la gripe porcina (H1N1), que provocó la muerte de casi 13.000 personas y la infección de más de 60 millones, el país no escarmentó.

Trump desmontó ni bien llegar al poder en 2017 el organismo que Obama había puesto en marcha para supervisar desde la propia Casa Blanca las grandes directrices en materia de salud pública. 

A Donald Trump le horroriza la idea de que el coronavirus le arruine sus planes políticos, cuando ya daba por segura su reelección en noviembre próximo. 

La Cámara de Representantes —de mayoría demócrata— y el Senado —de mayoría republicana— aprobaron el plan de la Casa Blanca para inyectar 2,2 billones de dólares en la economía, con los que se pretende rescatar empresas, aerolíneas y bancos y ayudar con dinero en efectivo a todas las ciudadanas y ciudadanos que ganen menos de 75.000 dólares anuales.

El Gobierno se compromete a enviar cheques en un pago único por valor de 1.200 dólares por persona, 2.400 por pareja casada legalmente y 500 por cada hijo; cancelar por cuatro meses los cobros de préstamos a los estudiantes y aumentar sustancialmente el subsidio de desempleo durante cuatro meses.

EE UU y España, los países en los que más aumentó la desigualdad

Ya en 2008, al estallar la crisis financiera se tomaron iniciativas similares. Los pagos se concretaron varios meses después de aprobarse las medidas. Unas medidas que permitieron mantener el nivel de consumo, pero los efectos beneficiosos para la población fueron solo temporales, mientras bancos y grandes empresas eran rescatados y volvían a conseguir beneficios pocos años después. 

Como resultado de la crisis se agudizó notablemente la desigualdad social en Estados Unidos. Según los varios informes publicados desde 2010 y años sucesivos por la OCDE, la Unesco y otros organismos, EE UU y España fueron los países donde más se profundizó la desigualdad social durante los años más duros de la crisis.

Pero a la Administración Trump y las grandes corporaciones no les quita el sueño que quede mucha gente atrás. El presidente ya le puso fecha a la reactivación del motor de la economía, para Pascua, para el 12 de abril, y no quiere que le contradigan ni los científicos ni los responsables sanitarios, ni siquiera el alarmante número diario de muertos y nuevos infectados.

Durante una intervención en la cadena conservadora de televisión Fox News Trump dijo días atrás que estaba “ansioso para que la nación recupere su normalidad”. 

“No podemos aceptar que el remedio sea peor que la enfermedad”

En su cuenta de Twitter el presidente dijo también: “No podemos aceptar que el remedio sea peor que la enfermedad” y advirtió que dejar que se hunda la economía y el país con ello “podría provocar miles de suicidios”.

Obviando las instrucciones federales dadas para que no haya reuniones de más de diez personas, Trump añadió en la Fox: “Creo que el domingo de Pascua tendremos las iglesias abarrotadas en todo nuestro país. Sería un momento hermoso. Y es el momento que creo sería adecuado”.

La Cámara de Comercio y la Federación Nacional de Negocios Independientes parecen dudar de que el optimismo de Trump sea realista y prefieren escuchar los consejos de los expertos en salud, pero también hay grandes corporaciones, fondos de inversión, banqueros y dirigentes políticos que respaldan la postura del presidente, piensan que “por algunos que no puedan trabajar no se puede parar el país”.

“Algunos enfermarán y puede algunos mueran, sí, puede ser”

Uno de los amigos multimillonarios de Trump que más crudamente planteó el tema fue el banquero expresidente de Wells Fargo: “Algunos enfermarán y puede que algunos mueran, sí puede ser”, pero acto seguido se preguntaba si era preferible sufrir las terribles consecuencias de una paralización económica “¿o correr el riesgo de tener síntomas en realidad parecido a los de una gripe?”.

Otro de los que está haciendo campaña activa a través de Twitter para que “todos los que tengan poco riesgo de infectarse vuelvan a trabajar” fue Lloyd Blankfein, expresidente de Goldman Sachs.

A pesar de esta campaña de apoyo a Trump —según las últimas encuestas se ha recuperado de su caída en popularidad y vuelve a tener un 49%— las decisiones en materia de salud pública las toman los Estados según la Constitución estadounidense, lo que ha dado lugar a medidas totalmente diferentes a lo largo y ancho del país. 

Varios estados declararon la emergencia sanitaria y el aislamiento social días antes de que lo hiciera el Gobierno de Trump, mientras otros siguieron su ritmo habitual, pero unos y otros dirigen sus ojos ahora a la Casa Blanca, a la que reclaman ayuda, necesitan urgente material para enfrentar la epidemia que ya los desborda.

Trump improvisa día tras día y confía que la inyección económica le permita salir airoso de esta crisis. La campaña de las primarias del Partido Demócrata que ocupaban desde hace meses las portadas de los medios de comunicación han sido totalmente desplazadas y apenas se escuchan declaraciones de los dos candidatos que mantenían un duro pulso, Bernie Sanders y Joe Biden.

La voz demócrata que más se escucha estos últimos días —con ruedas de prensa diaria— es la de Andrew Cuomo, el gobernador del estado de Nueva York, que es quien exige al Gobierno medidas más rápidas y drásticas.

Trump rechazó durante días los consejos que llegaron desde distintos sectores para que interviniera determinadas empresas privadas para redirigir su producción y que fabricaran elementos fundamentales como respiradores. “Esto no es Venezuela, esto es un país libre”, contestó Trump. Pero finalmente tuvo que comerse sus propias palabras.

Ante la presión de las autoridades sanitarias y dirigentes políticos y gobernadores, incluso de su propio partido, terminó cambiando su postura.

A través de su super activa cuenta de Twitter, como es su costumbre, anunció que había obligado a la empresa automovilística General Motors, la más preparada para ello, a fabricar respiradores para los pacientes de coronavirus. Para ello, el presidente estadounidense ha desempolvado una legislación que se adoptó en los años 50 durante la Guerra de Corea, la Ley de Producción de Defensa. 

Carrera por cumplir promesas en política exterior 

Trump está desesperado, va improvisando cada día, ha perdido mucho tiempo y no sabe cómo atajar las graves consecuencias de esa irresponsabilidad.

Pero el presidente no quiere descuidar ningún flanco de su gestión y sigue con su vista puesta en el 3 de noviembre próximo. 

A pesar de que el coronavirus ha trastocado inesperadamente su estrategia quiere mantener también en política exterior el agresivo perfil unilateralista que ha caracterizado a su Administración durante estos últimos tres años.

Trump —como Obama antes— prometió llevar a casa a las tropas empantanadas en guerras lejanas e intenta cumplirlo y reivindicarlo como una victoria y no como lo que es, una derrota en toda regla de Estados Unidos.

Después de casi 19 años de haber iniciado la guerra en Afganistán para perseguir a los milicianos de Al Qaeda y derrocar al régimen de los talibán, Estados Unidos está a punto de firmar un acuerdo de paz con los combatientes islámicos fundamentalistas, que controlan ya hoy las dos terceras partes del territorio afgano.

Estados Unidos está siendo también presionado para abandonar totalmente Iraq, otro país contra el que desató una devastadora guerra unilateral —con complicidad de Blair y Aznar— hace 17 años.

Tras asesinar con un ataque con drones en territorio iraquí en enero pasado al principal general iraní, Qasem Soleimani, la situación de las tropas estadounidenses asentadas en Iraq se ha hecho insostenible. Trump pretende vender la retirada como parte de una estrategia programada por el Pentágono.

Y para gran sorpresa de los otros países firmantes del Acuerdo Nuclear con Irán, y sus propios socios europeos, el Gobierno de Trump decidió endurecer drásticamente las sanciones contra el régimen iraní.

Más sanciones a Irán, el país más castigado de Oriente Medio

Irán es el país más afectado por el covid19 de todo Oriente Medio y el Golfo y las sanciones de EEUU agudizan aún más la pésima gestión de la crisis por las autoridades de ese país. Las sanciones golpean de lleno a la población civil al impedir la llegada de medicinas, mascarillas y respiradores comprados en el exterior.

Trump hace así caso omiso al reclamo hecho por el secretario general de la ONU,  António Guterres, quien pidió que se levantaran todas las sanciones a países existentes actualmente. “Es momento para la solidaridad y no para la exclusión, para los embargos y sanciones”, dijo Guterres. En el mismo sentido lo hizo Josep Borrell, titular de Política Exterior de la UE, quien sostuvo que había que hacer un esfuerzo para ayudar a la población iraní, apoyando de esta forma el inédito pedido que hizo Irán al FMI de un préstamo de más de 5.000 millones de dólares para poder hacer frente a la crisis provocada por la pandemia.

Michelle Bachelet, alta comisionada de la ONU para los Derechos Humanos se pronunció también sobre el tema: “En un contexto de pandemia global como la actual, el impedir los esfuerzos médicos de un país aumenta el riesgo para todos nosotros”.

Pero Trump sigue con sus planes. Tras retirarse del Acuerdo Nuclear, ha reanudado y ampliado las sanciones contra la república islámica en un intento por asfixiarla económicamente y con ello agudizar la tensión social y la oposición al Gobierno. 

Trump quisiera cumplir el sueño perseguido por muchos presidentes estadounidenses antes que él: acabar con el régimen de los ayatolás instaurado en 1979.

Trump pone precio a la cabeza de Maduro: 15 millones de dólares

El presidente estadounidense vive la permanencia en el poder de Nicolás Maduro como el mayor fracaso de su Administración en América Latina y el Caribe. 

La Casa Blanca apostó a inicios de 2019 por Juan Guaidó como el último de los intentos hechos en los últimos 20 años para acabar con el proceso chavista iniciado en 1999 por Hugo Chávez que tanto trastocó los intereses de EE UU con Venezuela.

Pero Guaidó fracasó, como antes fracasó Leopoldo López y antes Henrique Capriles, y antes incluso los que protagonizaron el golpe de Estado de 2002, el paro petrolero de 2003 y tantas otras acciones de boicot patronal y hostigamiento mediático.

La gira internacional que llevó a cabo Guaidó entre enero y febrero pasado parecían haber resucitado su figura tras el fracaso de su autoproclamación como 'presidente interino' de un año atrás. Pero el poder real lo sigue detentando Nicolás Maduro. 

A pesar del voluminoso presupuesto que EE UU ha dedicado para los planes golpistas contra Maduro y de los millones de dólares incautados ilegalmente al Estado venezolano que ha puesto a disposición de Guaidó y su equipo, la vía Guaidó no ha logrado cuajar.

Y por ello, y ya descartada hace tiempo una intervención militar convencional por lo arriesgado de la operación, Trump lanza ahora una iniciativa que pareciera inspirada en las películas estadounidenses del viejo Far West: pone precio a la cabeza de Nicolás Maduro y sus principales colaboradores.

En verdad, tampoco es nuevo, Estados Unidos ofreció en el pasado reciente también recompensas millonarias por Sadam Husein primero, y por Osama bin Laden y dirigentes del Estado Islámico después.

Para intentar que la iniciativa no parezca tan grotesca en boca del presidente de la primera potencia mundial Trump ha buscado una justificación. Les acusa de tráfico de drogas y de patrocinar el terrorismo, de ser cómplice de narcoterrorismo con fuerzas no desmovilizadas de las FARC colombianas “para inundar EE UU de cocaína”. 

El presidente estadounidense ofrece 15 millones de dólares por cualquier información que facilite la detención de su homólogo venezolano y baja la recompensa a diez millones por la cabeza del presidente de la Asamblea Nacional Constituyente (ANC), Diosdado Cabello; el vicepresidente económico, Tareck El Aissami, los generales retirados Hugo Carvajal y Cliver Alcalá Cordones.

Llama la atención que este último reside ahora en Barranquilla, en Colombia, y aseguró en su momento que en coordinación con Guaidó había comprado armas para preparar hombres en la frontera para poder combatir contra el Gobierno de Maduro.

En la lista negra elaborada por la agencia antidrogas estadounidense (DEA) se incluye también al presidente del Tribunal Superior de Justicia, Maikel Moreno, y al general Padrino López, actual ministro de Defensa y jefe del Ejército. El año pasado, la CIA aseguraba que el general Padrino López era muy crítico con Nicolás Maduro y hombre en el que apoyarse para su derrocamiento.

Los coloridos carteles con el Reward of up to $15,000,000 USD distribuidos por la DEA con las fotografías de los buscados movilizarán sin duda a no pocos mercenarios, tal como lo mostraban las películas de Hollywood.

Ni la ONU ni la OEA ni la UE ni ningún organismo internacional ha opinado al respecto. La impunidad imperial sigue campando a sus anchas.

29 mar 2020 06:00

Publicado enInternacional
La máscara neoliberal y la del coronavirus

Camille Peugny , sociólogo francés especialista de las desigualdades sociales 

 La crisis sanitaria corrió el telón de la identidad capitalista y funcionó como espejo de la desigualdad laboral. Los vencedores en casa, los otros en el trabajo.

 

Desde París.La máscara del liberalismo se cayó al mismo tiempo que, individualmente, nos pusimos una máscara para protegernos del coronavirus. Parece una suerte de reconexión globalizada con el movimiento zapatista que surgió en Chiapas, México, a finales de 1994. Los zapatistas decían:” nos cubrimos el rostro para ser visibles”. Esa visibilidad de quienes estaban ocultos en el flujo tramposo del tecno-liberalismo ha irrumpido hoy en nuestras vidas cotidianas poniendo en la pantalla de la vida a todas esas clases sociales de trabajadoras y trabajadores invisibilizados por el híper consumo y que, en estas semanas, se han vuelto el corazón de la supervivencia de nuestras existencias: obreros y obreras, choferes, camioneros, panaderos y panaderas, repartidores, cajeras y cajeros de supermercados, enfermeras, asistentes de hospitales y un montón de hombres y mujeres asumiendo tareas y oficios ingratos, mal pagos, al servicio de las clases superiores han sido llamados a mantener viva la llama de los intercambios necesarios al funcionamiento de las sociedades. Los ejecutivos están en sus casas, en el campo o en la playa, los héroes inflados de las startups detrás de sus pantallitas bien protegidos de la circulación mientras que los trabajadores y trabajadoras constituyeron el pilar del hilo de vida que queda dentro de un sistema confinado. La crisis sanitaria corrió el telón de su identidad al tiempo que funcionó como espejo de la desigualdad laboral. Los vencedores de la globalización están en casa, los otros en el trabajo. El sociólogo francés Camille Peugny es un especialista de las desigualdades sociales y de la desclasificación social. Miembro del Centro de Investigaciones sociológicas y políticas de Paris (CRESPPA-CSU) y profesor en la Universidad de París VIII, ha escrito varios libros sobre las desigualdades laborales y sociales (Le déclassement, La montée du déclassement, Le destin au berceau : Inégalités et reproduction sociale).

En esta entrevista con Página/12 realizada en París en tiempos de confinamiento, Camille Peugny analiza esa perdida de la invisibilidad de las clases populares, así como la ocasión única, el “ahora o nunca”, que tiene la izquierda para replantear un proyecto de sociedad para todos y no solo para las clases medias conectadas.

--El 31 de diciembre de 1994 surgió en México el movimiento zapatista. Sus militantes tenían el rostro cubierto con un pasamontaña. Uno de sus emblemas fue decir: estamos enmascarados para que nos vean mejor. En esta crisis sanitaria mundial, la gente se puso máscaras de protección y, con ello, se visibilizó lo que era invisible: grupos sociales marginados, trabajadores. Desde la cajera del supermercado, el panadero, el señor y la señora del almacén, el camionero, en fin, ellos son hoy quienes hacer funcionar el sistema mientras que los ejecutivos trabajan protegidos desde sus casas de fin de semana. Las máscaras sanitarias los volvieron visibles.

---Sí, fue así. La máscara nos reveló a esas clases sociales que son generalmente invisibles y que hoy están afuera, en la calle, trabajando, para garantizar nuestra supervivencia. Ahora bien, esta nueva geografía social existe desde hace mucho. En Francia, como en la mayoría de los países occidentales, hay una polarización del trabajo y de la sociedad. Por un lado, están los empleados calificados, móviles, que hablan varios idiomas, trabajan en las empresas internacionales y venden por mucho dinero su capacitación en el mercado del trabajo. Por el otro, están los empleados poco calificados, en su mayoría mujeres mal pagas que están al servicio de la otra clase social para ir a buscar a los niños a la escuela, hacer tareas de limpieza. Por consiguiente, esta forma de relación entre clases sociales estaba ya presente, pero, ahora, se hizo muy visible en este contexto de crisis. Todos aquellos y aquellas que tienen un trabajo protegido y bien pago pueden trabajar desde su casa mientras que todos aquellos y aquellas que garantizan la supervivencia de la sociedad están obligados a salir. Es como una experiencia de laboratorio masiva y a cielo abierto. La crisis sanitaria del coronavirus visibilizó las jerarquías de la utilidad social.

--El relato visible de lo real trastornó de hecho las ficciones de la economía globalizada.

--Efectivamente. Con la globalización de la economía ha habido un movimiento de polarización de la estructura del trabajo que ahora aparece con toda su fuerza. Desde hace 30 años nos vienen prometiendo la desaparición de los trabajos penosos y el advenimiento de una sociedad del conocimiento. Pues no, al final nos damos cuenta de que, en 2020, nuestras en sociedades circulan millones de empleados que tienen puestos de trabajo penosos, mal pagos, expuestos, y que, sin ellos, la sociedad no puede funcionar. Le doy un dato válido para Francia: en este país hay 15 millones de personas que trabajan como obreros o empleados. Hoy los vemos mejor.

--Es la segunda vez en el último año y medio que la raíz de la sociedad sale a la superficie: primero fue, a partir de 2028 y durante una parte de 2019, el movimiento de los chalecos amarillos, el cual sacó a la luz lo que se llamó “la Francia invisible”. Ahora el coronavirus.

--Cuando los chalecos amarillos se movilizaron descubrimos que había muchos empleados y empleadas que giraban en torno a esos trabajos invisibles, con salarios bajos. Hace 18 meses se los pudo identificar cuando ocuparon las rotondas de Francia. La historia vuelve a repetirse.

--En casi todas las izquierdas hay como un pesimismo, un derrotismo marcado, un canto del cisne negro. Predomina la idea según la cual esta crisis le servirá al liberalismo para encapsularnos aun más. Usted ve, al contrario, una oportunidad única de redención social.

---No creo desde luego que toda la gente que sale a sus balcones o sus ventanas a aplaudir a quienes trabajan en los hospitales se conviertan de pronto en militantes anti liberales. Una buena parte de la sociedad volverá a ser como antes una vez que la crisis pase. En cambio, sí estoy convencido de que, para la izquierda, contamos con una oportunidad única. De golpe surgieron ante nosotros todas las aberraciones de las políticas implementadas en el curso de las últimas décadas. Un ejemplo dramático de esto es lo que ocurrió en Francia con las máscaras. Hace algunos años, un ministerio borró una línea presupuestaria destinada a comprar máscaras con el fin de ahorrar plata y ahora no hay máscaras a raíz de eso. Nuestro sistema no funciona más. Con esta catástrofe que vivimos vemos los resultados de estas políticas neo liberales. Podemos pensar que esto servirá de pedagogía, podemos pensar que, si la izquierda lleva a cabo un trabajo de análisis, de propuestas positivas sobre las consecuencias de estas crisis espantosas, entonces si podemos pensar que habría ciertos parámetros que cambiarían. En todo caso, si después de esta crisis nada cambia sería desesperante. Admito que la tarea es complicada. Para empezar a ir hacia una dirección distinta que la del rigor presupuestario o de la finanza hace falta un trabajo de largo aliento y, además, realizado a escala internacional. Nos hace falta una reacción coordinada de los movimientos y los partidos de izquierda en todos los países. Para los progresistas, los antiliberales, es ahora o nunca. Es la oportunidad para que, juntos, diseñemos un cambio de sistema. Todavía viviremos varios meses más con una demostración explosiva sobre el camino sin salida al que las políticas de las últimas décadas nos condujeron. Si después de esto nada cambia, entonces nunca jamás habrá cambios.

--Uno de los conceptos que usted ha promovido en su obra es el de la sociedad de la atención, del cuidado, de lo que los anglosajones llaman "care".

--Cuando se habla del care se piensa en la atención a los niños, a las personas de la tercera edad, etc. Pero yo creo que es preciso ampliar esta noción de la atención a todos los oficios que existen para estar al servicio de nuestros semejantes. La cajera del supermercado que sigue trabajando hasta las 10 de la noche en París para que el ejecutivo pueda hacer sus compras también forma parte de esas profesiones de la atención al otro. Justamente, el cuidado, la atención, el care, permite entender la dimensión vertical de la sociedad. Hay muchas personas cuyo trabajo consiste en estar al servicio de los demás. Esas personas son a menudo mujeres, inmigrados, que trabajan en condiciones dramáticas. Esta idea del care, de la atención, extendida a todas las profesiones puede servir para repensar las relaciones entre grupos sociales. Creo que, para la izquierda, es, otra vez, una forma de proponer un proyecto de sociedad positivo en el cual se le pueda ofrecer a esos millones de trabajadoras y trabajadores un lugar en la sociedad a la altura de su utilidad y de su importancia social. Insisto en decir: es una oportunidad histórica para repensar el lugar de cada uno en la sociedad y promover un cambio. Si no lo hacemos ahora, nunca más lo haremos. Hay un trabajo personal y político muy importante que debe hacerse.

--Este trastorno exponencial reactualiza igualmente lo que el liberalismo puso bajo la alfombra mientras que la izquierda miraba hacia otro lado: las clases sociales existen y la desigualdad las atraviesa.

---La temática de la desigualdad social siempre fue actual, sólo que no se la estimuló políticamente. Los términos como clase obrera, ricos, dominantes, fueron desapareciendo de a poco de las retóricas políticas, incluso de la propia izquierda. Sin embargo, no por ello las clases sociales dejaron de existir. Hay que empezar por promover los oficios, la función social, la jerarquía de la utilidad social. Hay que llevar la voz de los trabajadores, de las mujeres, de los hombres y de sus oficios. No todos los dominados tienen conciencia de pertenecer a una misma clase social con capacidad de organizarse para defender sus intereses como lo enuncia la teoría marxista. En parte la responsabilidad de esto también incumbe a la izquierda porque abandonó a esas clases sociales y la temática social. Hace 30 años que se habla de las clases medias y no se habla de las clases populares. Vivimos en una sociedad de clases sociales y de antagonismos sociales. Ambas problemáticas deben ser llevadas al centro del debate público. La izquierda no debe tener miedo de hablar de clases sociales. En este contexto, hablar sólo de clases medias equivale a no tratar el tema de las clases sociales. Así se instaura la imagen de una sociedad compuesta únicamente por una gigantesca clase media. Desde luego, no bastaría con hablar de las clases populares para ganar sus votos, empezando porque esas clases populares se identifican con la clase media y quieren parecerse. Pero hay que asumir un discurso que sea al mismo tiempo capaz de apropiarse de los antagonismos sociales y designar un porvenir colectivo.

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Publicado enSociedad
Medidas sanitarias, Estado policial y democracia.

A nivel mundial, las iniciativas para afrontar la expansión del covid-19 generan debates sobre las libertades y los derechos ciudadanos toda vez que se imponen severas restricciones y se utilizan las fuerzas armadas para supervisarlas. Algunas voces rechazan la comparación con Estados instalados como referentes de eficiencia.

 

Cuando la pandemia golpeaba con fuerza a China y había aún pocos casos en el resto del mundo, The New York Times titulaba: “China recurre a un control social al estilo de Mao para frenar el coronavirus”. El diario se empeñaba en contrastar las democracias occidentales con el régimen dictatorial de Beijing: “El gobierno chino ha llenado las ciudades y las aldeas de batallones de vecinos entrometidos, voluntarios uniformados y representantes del Partido Comunista para llevar a cabo una de las campañas de control social más grandes de la historia” (The New York Times, 15-II-20).

Un mes y siete días después, cuando la Oms anuncia que Estados Unidos “empieza a convertirse en foco de una pandemia que se acelera”, el tono de superioridad parece dar paso a una mayor cautela y al reconocimiento de que los países asiáticos han manejado la emergencia mejor que los europeos y que la propia superpotencia.

De hecho, cuando el presidente Donald Trump anunció el domingo 22 el despliegue de fuerzas armadas en Nueva York, California y Washington “para ayudar a los gobiernos regionales a enfrentar la crisis” y se definió a sí mismo como “un líder de tiempos de guerra”, los medios estadounidenses no lo condenaron con la misma energía que mostraron previamente ante el régimen chino.

Democracia y nación. 

Los medios rusos informan que para ayudar a Italia a combatir el coronavirusMoscú ha enviado a ese país un grupo de especialistasmilitares formado por unos cien médicos y biólogos del Ministerio de Defensa de Rusia.

“Tomó menos de 24 horas desde la conversación entre el presidente ruso y el primer ministro italiano hasta la salida del primer avión con carga a Roma. En sólo una noche, estos militares se reunieron en la región de Moscú, provenientes de toda la parte europea de Rusia”, destacó el historiador militar Dmitri Boltenkov (Sputnik, 23-III-20).

En un sentido similar se movilizó la ayuda de Cuba (véase “Nadie abandonado”, Brecha, 20-III-20) y de China a los países europeos. En los últimos días, Beijing ha enviado millones de tapabocas y otros suministros a varios Estados. China es “el único país capaz de suministrar mascarillas a Europa en tal cantidad”, sostuvo en un discurso la semana pasada el ministro del Interior checo, Jan Hamacek. Los chinos “son los únicos que pueden ayudarnos”, manifestó por su parte el 16 de marzo el presidente serbio, Aleksandar Vucic, al declarar el estado de emergencia. Vucic ha calificado al jefe de Estado chino, Xi Jinping, de “hermano” (El País, 21-III-20). El prestigio de China crece con los envíos masivos de material protector que escasea en el mundo.

Aunque no son los únicos países que ayudan a los afectados por la pandemia, Rusia, China y Cuba cuentan con regímenes que Occidente considera como “autoritarios” o simples dictaduras. Esta tensión está presente en numerosos análisis, con las más diversas conclusiones.

El escritor y periodista brasileño Diogo Schelp considera que las principales amenazas que revela la pandemia son la “propaganda engañosa” de gobiernos y medios, la asfixiante “vigilancia tecnológica”, la “restricción de la libertad de movimientos” y la “tentación autoritaria”, cuyos extremos estarían representados por Jair Bolsonaro y Biniamin Netaniahu (Uol, 23-III-20).

José María Lasalle, profesor de Derecho y exsecretario de Estado para la Sociedad de la Información y la Agenda Digital de España, apunta: “Que China se muestre más eficiente es una mala noticia para la libertad” (La Vanguardia, 18-III-20). En su opinión, la actual crisis “puede acostumbrarnos a vivir en un marco de excepcionalidad normalizada que nos haga admitir que para afrontar los riesgos de la globalización son razonables pautas autoritarias que no admitan discusión”.

Autor del libro Ciberleviatán, cuyo título lo dice casi todo, Lasalle sostiene que el problema de la sociedad actual nace de que “hemos asumido que la salud pública es la prioridad y que, por tanto, la seguridad debe prevalecer sobre una libertad que ha perdido su dimensión pública para confinarse en un ámbito privado”. En gran medida esto sucede porque “vivimos en una sociedad de clases medias debilitadas en sus resistencias emocionales frente a la adversidad”, dice Lasalle.

En síntesis, la decisión de sacrificar la libertad por la seguridad, combinada con la recurrencia a la asistencia social, dibujan un panorama desolador para las libertades democráticas. Un planteo interesante, además, porque no coloca la deriva autoritaria en las alturas sino en el seno de la sociedad, que practica la cultura nada difusa del individualismo. El español concluye asegurando que el “tsunami de datos” que estamos liberando durante el confinamiento enriquece a las corporaciones tecnológicas.

Por su parte, Stephen Walt, profesor de Asuntos Internacionales de Harvard, sostiene que “el covid-19 va a crear un mundo que es menos abierto, menos próspero y menos libre. No tenía que ser así, pero la combinación de un virus mortal, planificación inadecuada y liderazgo incompetente han colocado a la humanidad en un camino nuevo y preocupante” (Foreign Policy, 20-III-20).

Eficacia y pueblo 

 

El analista de Asia Today residente en Seúl Andrew Salmon sostiene que Corea del Sur “ofrece un historial ejemplar de control de la pandemia sin pisotear las libertades más básicas y el comercio” (Asia Times, 18-III-20). Opone las medidas de Europa y Estados Unidos, que considera “francamente autoritarias”, a las de Corea del Sur, donde la irrupción del coronavirus fue, casi, imparable.

El país consiguió lo que Salmon define como “control democrático de desastres”, haciendo muchas pruebas (unas 20 mil diarias al comienzo de la epidemia), lo que le permitió detectar infectados y apostar al autocontrol. Aunque el daño económico existe, Corea del Sur, pero también Japón están transitando la pandemia sin cerrar la economía, con negocios abiertos y sin recurrir a la Policía para devolver a los viandantes a sus casas. Esto fue posible, en gran medida, por una cultura muy particular que lleva a los ciudadanos a aceptar las recomendaciones de la autoridad sin rechistar.

Este punto lo desarrolla el filósofo coreano, residente en Berlín, Byung-Chul Han, autor de numerosos best sellers de gran circulación entre las clases medias. Han sostiene que muchos Estados del Asia-Pacífico están influenciados por el confucianismo, que sus poblaciones valoran la autoridad y el orden. “Las personas son menos renuentes y más obedientes que en Europa. También confían más en el Estado. Y no sólo en China, sino también en Corea o en Japón la vida cotidiana está organizada mucho más estrictamente que en Europa. Sobre todo, para enfrentarse al virus, los asiáticos apuestan fuertemente por la vigilancia digital” (El País, 22-III-20).

El filósofo agrega que en esos países no existe conciencia crítica ante la vigilancia digital y que no se menciona la protección de datos, incluso en democracias como Japón y Corea. En China, “no hay ningún momento de la vida cotidiana que no esté sometido a observación. Se controla cada clic, cada compra, cada contacto, cada actividad en las redes sociales. A quien cruza con el semáforo en rojo, a quien tiene trato con críticos del régimen o a quien pone comentarios críticos en las redes sociales le quitan puntos”, señala Han. La ironía es que esta vigilancia orwelliana, que el pensador coreano define como un “Estado policial digital”, “resulta más eficaz para combatir el virus que los absurdos cierres de fronteras que en estos momentos se están efectuando en Europa”.

Si la pandemia acelera la transición hacia la hegemonía global de Asia y China, como apuntan por ejemplo los intelectuales consultados por la revista estadounidense Foreign Policy, y como se deduce de la mayoría de los análisis independientes, podemos estar ante una elección ineluctable: seguridad y salud por un lado, democracia por el otro.

Sin embargo, no deberíamos reducir la disyuntiva actual a una opción entre los valores y las culturas de Occidente y de Oriente. Para quienes se ufanan de la superioridad de las democracias liberales occidentales, el sociólogo e historiador económico Immanuel Wallerstein nos recordaba que democracia y liberalismo no van a la par, sino que son opuestos: “El liberalismo se inventó para contrarrestar las aspiraciones democráticas. El problema que dio origen al liberalismo fue el de contener a las clases peligrosas”, ofreciéndoles un acceso limitado al poder político y cierto bienestar económico “en grados que no amenazaran el proceso de acumulación incesante de capital”.

Publicado enSociedad
Sábado, 28 Marzo 2020 07:03

Contagiar otro mundo

Contagiar otro mundo

Frente a los decretos de excepción expedidos por diversos gobiernos, el “ shock sicótico-viral” extendido por los pueblos del mundo, y el peligro científicamente probado del coronavirus, movimientos sociales crean formas de extender la solidaridad. Primero, para atender a las personas mayores, el sector más vulnerable en la pandemia. Después, para enfrentar los costos sociales que ya se colocan sobre los hombros de los de abajo.

Italia es un buen ejemplo. De larga tradición partisana, anarquista y autonomista, la Italia social reinventa sus formas de ayuda mutua. Christian Peverieri, integrante del colectivo Centros Sociales del Noreste, herederos del movimiento autónomo de la década de los setenta, colabora con lugares ocupados y en la lucha por los derechos de vivienda, de los migrantes y trabajadores: "después del decreto que nos obligó a quedarnos en casa, hemos empezado a pensar que podríamos hacer para no desaparecer como movimiento".

Una de las iniciativas más fuertes en Italia es la asamblea nacional por el salario de cuarentena, en la que movimientos sociales convergen en una línea: "esta crisis no la pueden pagar los pueblos". Así, un fuerte movimiento laboral podría estar en puertas, algo que abarque diversos sectores, especialmente a quienes sus condiciones materiales no les permiten parar, y cuya vida está en riesgo ante el virus y las exigencias del mercado: cambios en la producción, obligación de sostener la vida de quienes están en casa, ocupar gasto social para rescatar corporaciones y flexibilización del trabajo.

Lucia Arese de Carovane Migranti agrega: "Los más golpeados son siempre los sectores más vulnerables, con menos privilegios, menos protegidos por el Estado, los que están al margen del sistema". A las personas que viven al día y sin parar, se suman otras poblaciones excedentes. Por ejemplo, los migrantes y refugiados de los campos de Lesbos, donde ya se confirmó el primer caso de coronavirus. Los obreros cuyas industrias no querían detenerse y se fueron a paro ellos mismos. Y los presos ahí y en Colombia, quienes se amotinaron por sus condiciones de hacinamiento y fueron masacrados.

En diversas localidades de España, Francia y Alemania las redes vecinales en Internet trabajan a tope. Además de apoyar a adultos mayores, ofrecen asesoramiento legal y laboral ante despidos injustificados y cuidado de niñas y niños. Radios comunitarias y viejos movimientos por el derecho al hogar digno hoy claves para informar.

En Irán, el país olvidado de la pandemia, donde el gobierno asesinó a centenas durante las protestas de 2019 y ahora miente sistemáticamente sobre el virus, la población no tiene más que organizarse. El poeta Mohsen Emadi cuenta: "tenemos una huelga no manifestada. Se trata de tomar el control de su vida, porque el régimen no la puede cuidar".

Así, las redes organizadas dan un vuelco a las medidas de excepción, los discursos de los medios, y hasta rebasan a los filósofos críticos europeos, ahora centrados en debates sobre el Estado, el control, el estancamiento, la producción, pero han ignorado a las formas-de-vida que a diario practican la insurrección por venir.

Aunque, es cierto, vivimos el perfeccionamiento digital y policial de un Estado de excepción perpetuo. O más, una sociedad de la excepción: mercados, crimen organizado, medios de comunicación, redes sociales, son su garante. Estos poderes declararon la guerra a los manifestantes de los movimientos plebeyos y populares de 2019, y arremeten ahora contra un "enemigo" invisible no humano-el virus. Colombia e Irán, Ecuador y Francia, Chile y España, las calles de los países que se levantaron contra el neoliberalismo hace pocos meses están bajo sitio. De manera simultánea, los gobiernos mandan al Ejército a ocupar ciudades y lanzan programas de rescate, para corporaciones.

También es cierto que los pueblos han hallado la forma de retomar estas luchas. Un potente cacerolazo resonó en ciudades como Bogotá, Río de Janeiro y Barcelona el 18 de marzo. En los países sudamericanos el enojo es contra la ineptitud de sus gobiernos. En España las cacerolas truenan contra el rey Juan Carlos I, a quien se exige que ponga a disposición de los afectados el dinero que supuestamente le donó el difunto rey saudí. Toman la calle, pero de una manera distinta: con sonidos. O, incluso, como la fronteriza ciudad de Mexicali, miles se ven forzados a salir a manifestar su repudio por la imposición de una cervecera en su territorio, la cual amenazara el acceso popular al agua. Así, nos dicen: "arriesgamos la vida en el presente por la vida del futuro."

Para cambiar los términos del Estado de excepción y cuidar la vida ante el virus, la poeta de la India, Nabiya Khan, escribe: "distancia física con solidaridad social". Y los zapatistas, al anunciar el cierre de sus caracoles autónomos, llamaron: "a no perder el contacto humano, sino cambiar temporalmente las formas para sabernos", una manera quizás, de seguir contagiándonos, en su raíz etimológica: seguir en contacto. Esto nos coloca ante lo que los personajes de Albert Camus dicen en la novela La Peste: "no he tenido nada que aprender con esta epidemia, si no es que tengo que combatirla al lado de usted".

Así que, paradójicamente, el coronavirus amplía la disputa por otro mundo y revela el antagonismo: ¿cantamos el himno nacional italiano o español desde el balcón, o la canción partisana antifascista Bella Ciao? O nos adaptamos al capitalismo, su actualizado control biopolítico, o nos situamos en un “ momentum de emancipación anárquica y recreación en común del mundo humano en su simbiosis con lo no humano”, como escribió recientemente el joven filósofo chileno Gonzálo Díaz Letelier.

Esto implica una triada: actividad desde abajo, paro organizado y reflexión crítica. Quizás, como planteó el EZLN en estos días: "La palabra y el oído, con el corazón, tienen muchos caminos, muchos modos, muchos calendarios y muchas geografías para encontrarse. Y esta lucha por la vida puede ser uno de ellos".

Al-Dabi Olvera, cronista

Publicado enSociedad