Domingo, 07 Marzo 2021 05:15

De Rojava a Chiapas

De Rojava a Chiapas

El Kurdistán es un pueblo con lengua y cultura propias que habita entre los ríos Tigris y Éufrates. Desde hace años y de distintas formas, este pueblo lucha por su autodeterminación. En el pasado, los territorios kurdos estuvieron divididos por los imperios otomano y persa. Después del reparto imperial que vino con la Primera Guerra Mundial, el pueblo kurdo quedó dividido entre Irak, Irán, Siria y Turquía.

La lucha del pueblo kurdo por su liberación se ha vuelto también una lucha por la sobrevivencia, en la que enfrentan a ejércitos de gobiernos nacionales, del Estado islámico y de potencias imperiales. Las organizaciones kurdas son varias y diversas entre ellas, incluso estas diferencias suelen ser usadas por los actores interesados en el petróleo de la región para disminuir la resistencia.

Entre las organizaciones del pueblo kurdo destaca el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), fundado en 1978, marxista-leninista, y que formó parte de las luchas anticoloniales que estallaron por aquellos años. Con el paso del tiempo, el PKK fue transformándose intelectualmente para encontrar un "camino propio", el Confederalismo Democrático, un proyecto que, según Abdullah Öcalan –figura ideológica y prisionero político– se caracteriza por ser "flexible, multicultural, antimonopólico, orientado hacia el consenso" y en donde la "ecología y el feminismo son pilares centrales".

El confederalismo democrático puede enunciarse como un proyecto anticapitalista, antipatriarcal, popular, construido por el pueblo kurdo, el cual experimentó entre 2012 y 2014 un momento paradigmático: la declaración de la autonomía de facto de Rojava, una región en el Kurdistán sirio, proceso que encontró eco internacional. En este proceso jugaría un papel determinante la resistencia armada encabezada por las mujeres kurdas y su congreso Kongra Star.

Para la socióloga Azize Aslan, "Rojava no es sólo el territorio donde está teniendo lugar una revolución, es también un territorio donde la idea de una revolución está redefiniéndose". Su argumento es potente: ahí se construye una red de asambleas en donde los pueblos toman las decisiones respecto de su futuro. Son esas asambleas las que posibilitan la democracia directa y el autogobierno: "El propósito del sistema de asambleas populares en Rojava es organizar un modelo anticapitalista y autónomo para una sociedad sin Estado, antipatriarcal y ecológica" (https://bit.ly/2MJ0NYG).

La profundidad teórica y práctica de la crítica y alternativa que se construye en Rojava destaca por varios elementos: es un cuestionamiento a la modernidad capitalista, al Estado-nación, a la ciencia hegemónica, al patriarcado y al ecocidio. La crítica viene acompañada de una praxis encaminada a la construcción –no sin contradicciones– de una "modernidad democrática" con su confederalismo, su autonomía, su economía alternativa, con el protagonismo de las mujeres y también con su ciencia crítica, una ciencia que dio lugar a la Jineolojî o "ciencia de las mujeres", basada en la ética, la estética, con poder práctico y relacionada con la economía.

Alessia Dro, del Movimiento de Mujeres del Kurdistán, ha señalado que una de las contradicciones más grandes de nuestro tiempo es la existente entre la resistencia de las mujeres y el patriarcado. Esa contradicción, recuperada como vertebral por la revolución kurda, es lo que propicia que miles de mujeres de todo el mundo se identifiquen con esa lucha: "Para hacer una transformación, tenemos que lograr cambiar a la sociedad con una perspectiva de liberación de las mujeres. La liberación de las mujeres significa liberar la sociedad entera. Eso es algo que los movimientos revolucionarios en el mundo aún no han elaborado como eje prioritario, y creo que por eso hay mujeres de muchos lugares que nos unimos al movimiento" (https://bit.ly/2PucW4H).

La solidez teórica y política que ha alcanzado la revolución kurda se refleja en el reconocimiento de sus pares en otros lugares del mundo. Es con el EZLN y con las mujeres zapatistas con quienes ha establecido un diálogo fraterno. En diciembre de 2019 la palabra de las mujeres de Rojava llegó hasta territorio zapatista, al semillero Huellas del Caminar de la comandanta Ramona, en donde se realizaba el II Encuentro Internacional de las Mujeres que Luchan: "Hoy, querríamos haber estado junto a las mujeres zapatistas en el encuentro de mujeres que se ha celebrado allá, pero está claro que en nuestra situación y con los ataques a nuestro pueblo, esto no ha sido posible. Pero podemos decir que nuestros corazones están allá y con todas las mujeres en lucha por su libertad y la de sus pueblos. Porque estamos luchando contra todo tipo de ocupación impuesta a los pueblos, todo tipo de esclavitud impuesta a las mujeres. Y estamos juntas en la lucha".

En Rojava y en la Chiapas zapatista se construyen alternativas emancipatorias de nuevo tipo. No son las únicas, hay otras con sus propias formas y tiempos. Una nueva historia se está construyendo y hay que aprender a escucharla.

Por Raúl Romero, sociólogo

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Sábado, 26 Diciembre 2020 09:14

Calentamiento global: las cifras esquivas

Calentamiento global: las cifras esquivas

Desde su estudio detallado, en 1974, la evolución del agujero de la capa de ozono ha sido objeto de múltiples teorías. La más afianzada a partir de la década de los 80 fue la que atribuye su extensión y profundidad a la contaminación del medio ambiente con aerosoles, combustión de energéticos fósiles, depredación de bosques, sequías provocadas por desviación de ríos y el comercio del agua, etcétera. El agujero es responsable de permitir el paso a la superficie de la Tierra de rayos UV y gama que la sobrecalientan. El calentamiento global se tradujo paulatinamente en un cambio climático, cuya progresión gradual y sistemática coloca en peligro la posibilidad de la vida misma (de seres humanos, animales y plantas).

En 2019 todo parecía indicar que esta teoría era prácticamente infalible, hasta que llegó la pandemia. Tal y como lo reporta Noticias ONU, la contaminación ambiental creció como nunca antes y fue el segundo año más cálido registrado desde 2016. Pero las sorpresas comenzaron en abril de 2020. El agujero en la capa de ozono comenzó a cerrarse y en agosto volvió a ensancharse como nunca lo había hecho, tanto en su extensión como en su profundidad. La temperatura terrestre subió varios grados centígrados, superando incluso las cifras de 2019. En principio, todo esto resulta en cierta manera inexplicable.

La pandemia del nuevo coronavirus trajo consigo una súbita y masiva reducción de la actividad industrial en todo el planeta y, con ello, del consumo de aerosoles y combustibles fósiles. Disminuyó, como nunca había sucedido, por motivos completamente ajenos a cualquier política ecológica, la cantidad de sustancias contaminantes que se arrojan sobre la atmósfera. Alcanzando incluso niveles de descenso menores que los que se preveían en el Acuerdo de París para estabilizar nuestra condición ecológica. Pero si la cantidad de contaminantes se redujo a lo largo de tantos meses, ¿por qué entonces continuó en aumento la temperatura en la superficie terrestre?

Los científicos se han visto obligados a recurrir a otras teorías, ya no las que ligan directamente la depredación industrial de la naturaleza con el crecimiento del agujero en la capa de ozono. De por sí ya existían otras teorías; mismas que fueron opacadas por el gran relato que homologaba el calentamiento global con una suerte de juicio final a la vuelta de la esquina (hace dos meses se publicó un reloj que contaba las horas que nos separaban de la destrucción final, siete años en total). Esas interpretaciones alternativas partían de otras premisas: el cambio de orientación de los ejes magnéticos de la Tierra, perturbaciones de la órbita terrestre alrededor del Sol, el sobrecalentamiento del núcleo terrestre, etcétera.

Durante décadas, la teoría que ligaba a la contaminación ambiental con el calentamiento terminal fue uno de los grandes centros narrativos de la izquierda en su crítica al capitalismo contemporáneo. Después apareció el ecologismo light, la idea de que el capitalismo contenía las opciones y los ingredientes necesarios para hacer frente al colapso ecológico que se avecinaba. Quien negaba esta visión era fustigado como "negacionista" y conservador. ¿Pero qué pasaría si se revela que el calentamiento global se debe a alguna de las propiedades cambiantes de la physis actual del globo terrestre más que a nuestra fruición depredadora? Simplemente entonces habría que enfriar a la Tierra, como se enfría una casa con aire acondicionado o los alimentos que se resguardan en el refrigerador. Hoy existen opciones biotecnológicas para lograrlo.

¿Se evaporaría entonces el gran relato sobre la crisis ecológica final? No, en absoluto. Quienes hoy esgrimen este argumento son los grandes centros de la reproducción industrial y financiera del sistema. Con la 5G, pronto asistiremos a la aprobación de leyes que prohíbirán circular a vehículos de combustión interna (para que la gente se vea obligada a adquirir un automóvil eléctrico), a la condena del uso de estufas (para promover la venta de las llamadas cocinas inteligentes). La revolución tecnodigital que se encuentra en marcha cambiará todos los dispositivos que nos relacionan con el mundo, desde el cepillo de dientes hasta el televisor y el coche. Incluso tu computadora actual. La lógica del consumo y del capital desatadas en un nuevo y patético esplendor. Esa revolución requiere, como argumento de legitimación, la imagen del apocalipsis ecológico.

La verdadera crisis ecológica no se encuentra en algún futuro escatológico. Sucede a cada día frente nuestras narices. En nuestras urbes desérticas y delirantes, en las viviendas casi carcelarias de la actualidad, en los sitios de encierro en que han devenido las heterotopías de nuestro mundo. Si algo demostró la pandemia es que el lugar más amenazante para la vida (de humanos, animales y plantas) es la gran urbe, fruto en parte del comercio de las formas de vida. El dilema, como algún día lo intuyeron Ivan Ilich y Jean Robert, es la configuración de un hábitat que se encuentre a la medida de los seres (humanos y animales) que habitan el planeta. Por ahí debería acaso comenzar la nueva crítica al capitalismo.

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Miércoles, 23 Diciembre 2020 05:28

Por un Pacto Ecosocial con la desobediencia

Por un Pacto Ecosocial con la desobediencia

Por definición un pacto plantea un acuerdo entre dos o más partes, muchas veces solemne, donde se establece una obediencia a cumplir los puntos establecidos en lo que puede ser o no un contrato formal, en ocasiones conseguido incluso debajo de la mesa.

Tan agobiante definición puede generar confusiones, más cuando erradamente se mete en un mismo saco a todos los pactos nacidos en estos convulsos tiempos. Pese a ello, el Pacto Ecosocial del Sur no plantea un acuerdo formal para cumplir una hoja de ruta cerrada ni propone un listado de demandas dirigidas a los gobernantes. No es un pacto con el poder, ni para acceder al poder; este pacto enuncia ideas de cambio de las fuerzas sociales que lo impulsan.

Vivimos la peor crisis moderna de la humanidad; una crisis que rebasa al azote sanitario del coronavirus pues se descubren las fracturas multifacéticas y sistémicas de la civilización dominante. En medio de esa crisis, y pese al aislamiento físico, un grupo de personas sintonizadas desde hace tiempo elaboró un documento corto proponiendo -lo que a mi juicio es- un pacto con la desobediencia, buscando alternativas sistémicas y concertadas con diversos procesos sociales.

En clave de transiciones (en plural), sin olvidar el horizonte utópico, se plantean nueve puntos de acción:

  • una transformación tributaria solidaria donde “quién tiene más, paga más”; anular las deudas externas estatales y construir una nueva arquitectura financiera global, como primer paso de reparación histórica de la deuda ecológica y social contraída por los países centrales desde la colonia;
  • crear sistemas nacionales y locales de cuidado donde la sostenibilidad de la vida sea el centro de nuestras sociedades, entendiendo al cuidado como un derecho que exige un papel más activo del Estado en consulta y corresponsabilidad permanente con pueblos y comunidades;
  • salir de la trampa de la pobreza extrema con una renta básica universal que sustituya las transferencias condicionadas focalizadas de herencia neoliberal;
  • impulsar la soberanía alimentaria combinada con políticas que redistribuyan la tierra, el acceso al agua y una profunda reforma agraria, alejándose de la agricultura industrial de exportación y sus nefastos efectos socioambientales;
  • construir economías y sociedades postextractivistas para proteger la diversidad cultural y natural desde una transición socioecológica radical, impulsando salidas ordenadas y progresivas de la dependencia del petróleo, carbón y gas, de la minería, y de los grandes monocultivos, frenando la deforestación masiva;
  • recuperar y fortalecer espacios de información y comunicación desde la sociedad, actualmente dominados por los medios de comunicación corporativos y las redes sociales que forman parte de las corporaciones más poderosas de nuestros tiempos, para disputar los sentidos históricos de convivencia;
  • fortalecer la autonomía y sostenibilidad de las comunidades locales frente a la fragilidad de las cadenas globales de producción, para potenciar la riqueza de los esfuerzos locales y nacionales;
  • y, concluyendo este listado siempre preliminar, propiciar una integración regional y mundial soberana favoreciendo los sistemas de intercambio local, nacional y regional, con autonomía del mercado mundial globalizado y enfrentando al monopolio global corporativo.

Muchas de estas ideas aparecen en otros documentos elaborados en estos años, no solo durante la pandemia. La diferencia radica en que este Pacto Ecosocial propone acciones concretas a corto plazo sin olvidar las utopías y la imperiosa necesidad de construir imaginarios colectivos, para acordar un rumbo compartido de transformaciones radicales y una base para caminar con plataformas de lucha en los más diversos ámbitos de nuestras sociedades.

La crisis desnudada por la pandemia ha potenciado las desigualdades y muestra, quizás con más brutalidad que antes la incertidumbre y fragilidad de nuestro futuro, siempre en juego. Nos toca enfrentar un mundo desigual e inequitativo en extremo, plagado de todo tipo de violencias (patriarcales, racistas, extractivistas…) que aumentan aceleradamente con la pandemia. Pero también es una enorme oportunidad para (re)construir nuestro futuro desde principios básicos para una vida digna: el cuidado, la redistribución oel reparto, la suficiencia y la reciprocidad, desde bases comunitarias y autonómicas antes que estatales. En concreto, el campo principal de acción aparece en donde podemos actuar propiciando vidas mancomunadas, en espacios comunes: plurales y diversos, con igualdad y justicia, con horizontes construidos colectivamente, para resistir el creciente autoritarismo y construir simultáneamente todas las alternativas posibles.

En realidad este Pacto viene desde abajo, desde los movimientos sociales y la Madre Tierra (origen y base de todos los derechos); eso sin ocultar la responsabilidad de quienes lo redactaron. Este Pacto surge, en definitiva, desde múltiples luchas de resistencia y de re-existencia en nuestra región, incluso se sintoniza con la larga memoria de los pueblos originarios, algunas de cuyas más importantes organizaciones lo respaldan.

Así, desde esas luchas, reflexiones y realidades se propone este Pacto Social, Ecológico, Económico e Intercultural desde el Sur, desde América Latina, desde Abya Yala y Afro-Latinoamérica, proyectándolo a los sures del mundo, convocando a desobedecer y confrontar al poder para enterrar al mundo del capital y crear un mundo nuevo. Y para conseguirlo, caminando desde el aquí y el ahora, quienes escribimos este Pacto buscamos horizontes de transformación civilizatoria, en esencia postcapitalistas, tanto para superar el antropocentrismo, como la colonialidad, los racismos y el patriarcado. El fin es construir un mundo donde quepan muchos mundos -un pluriverso- pensados desde las perspectivas, deseos y luchas de los pueblos y sus derechos.-

NOTA: este artículo fue publicado en el Boletín 74: “Activistas por la vida” de EntrePueblos / EntrePobles, diciembre 2020. https://www.entrepueblos.org/publicaciones/boletin-74/

Por Alberto Acosta. Economista ecuatoriano. Profesor universitario. Compañero de lucha de los movimientos sociales. Juez del Tribunal Internacional de los Derechos de la Naturaleza. Ministro de Energía y Minas del Ecuador (2007). Presidente de la Asamblea Constituyente del Ecuador (2007-2008).

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Clima, salud vegetal y bienestar humano, más conectados que nunca

Más que nunca es imprescindible que entendamos que nuestra salud depende, en gran medida, de la salud de los ecosistemas.

 

Cuando pensamos en el impacto del cambio climático sobre la sociedad humana, es habitual imaginar ciudades inundadas por la subida del nivel del mar o glaciaciones que ocurren de la noche a la mañana. Es indudable que el cine ha marcado nuestro imaginario colectivo, especialmente ante situaciones que no hemos experimentado, con hipotéticas catástrofes naturales a escala global.

La realidad nos muestra que los cambios no son tan bruscos como en la ficción. Esto nos puede llevar a una sensación de falsa seguridad. Sin embargo, la actual velocidad de los cambios ambientales provocados por la actividad humana tiene pocos precedentes en la historia de nuestro planeta. Sin duda, nos tocará vivir sus consecuencias más negativas si no actuamos con celeridad.

Es difícil comprender la magnitud de la catástrofe a la que nos enfrentamos. Requiere de un profundo esfuerzo por considerar las enrevesadas interrelaciones existentes entre los distintos componentes de nuestro ecosistema global. Todos hemos escuchado alguna vez que “el batir de las alas de una mariposa puede provocar un huracán en otra parte del mundo”.

Este año hemos vivido en primera persona un ejemplo del llamado efecto mariposa: la pandemia de la covid-19 está relacionada con la pérdida de biodiversidad y la alteración de la naturaleza causada por la actividad humana.

Pérdida acelerada de los mejores cultivos

Las plantas no solo generan el 98 % del oxígeno que respiramos, sino que son el pilar fundamental de nuestra nutrición. Suponen el 80 % de los alimentos que consumimos.

La Organización de las Naciones Unidas ha declarado 2020 como el Año Internacional de la Sanidad Vegetal para concienciar de la importancia que tiene proteger la salud de las plantas para la conservación de la naturaleza y la erradicación del hambre y la pobreza. Más aún en un contexto de cambio climático.

Algunos estudios han cifrado en un 10 % la pérdida de rendimiento en las cosechas de cereal por cada grado de calentamiento. El cinturón mundial de cultivo natural de trigo se ha ido desplazando hacia los polos a razón de 260 km por década.

Podemos pensar que estas pérdidas de productividad se compensarán con la ganancia de nuevos terrenos de cultivo. Sin embargo, nos olvidamos de que los cultivos actuales se encuentran en los terrenos más fértiles. La velocidad a la que se desarrolla un suelo óptimo para cultivo dista en varias unidades de magnitud de la velocidad a la que se desplaza el óptimo climático debido al calentamiento.

El cambio climático es solo una arista de lo que conocemos como cambio global, cuyo resultado es una pérdida generalizada de biodiversidad y una homogenización cada vez mayor de los ecosistemas.

Pesticidas y plagas: mal remedio para la enfermedad

Todos estos procesos desembocan en las condiciones óptimas para la proliferación de plagas y enfermedades en las plantas. Es un claro paralelismo con las enfermedades infecciosas emergentes que afectan al ser humano.

La FAO estima que un 40 % de los cultivos a nivel mundial se pierden a causa de plagas y enfermedades. Esto provoca pérdidas de aproximadamente 180 000 millones de euros anuales. En muchos casos se producen en comunidades rurales de países en vías de desarrollo donde la agricultura es la principal, sino única, fuente de sustento.

La conservación de la biodiversidad y la protección de las plantas ante plagas y enfermedades es mucho más efectiva y rentable que utilizar productos fitosanitarios y pesticidas, que además de requerir más tiempo y dinero para mostrar su eficacia tienen un efecto perjudicial sobre la naturaleza. Sin embargo, no solo la producción agrícola está amenazada.

¿Repoblar con miles de árboles es la solución?

Si hiciéramos una encuesta a la ciudadanía sobre prioridades en materia de conservación de la naturaleza y mostráramos fotos de un pastizal, un matorral y un bosque, sin duda un alto porcentaje elegiría el bosque como área prioritaria a conservar.

Esto es, en parte, debido a la falsa idea generalizada de que pastizales y matorrales constituyen etapas degradadas de la sucesión ecológica. Pero también por razones justificadas. Los bosques son ecosistemas claves para el funcionamiento de nuestro planeta, albergan alrededor de 2/3 de la diversidad terrestre, proporcionan múltiples servicios ecosistémicos (madera, alimentos, regulación climática, etc…) y son esenciales para nuestra salud. Además, se estima que absorben un tercio de las emisiones antrópicas de CO₂ anuales.

Con esta carta de presentación no es de extrañar la puesta en marcha de numerosas iniciativas internacionales que promueven la plantación de billones de árboles para mitigar los efectos del cambio climático. La plantación, bien diseñada y ejecutada, de árboles y otras especies es de gran utilidad para la restauración de ecosistemas y para garantizar la regeneración de muchos de nuestros bosques.

Sin embargo, pensar que estos árboles jóvenes –suponiendo que todos ellos sobrevivan a la plantación– van a alcanzar la funcionalidad de un bosque y, sobre todo, compensar las emisiones de haber quemado el carbono que durante millones de años se ha almacenado en los organismos que habitaron nuestro planeta es, cuanto menos, utópico.

Alerta: efectos rebote

Por otro lado, muchos de estos árboles se plantarán en valiosos ecosistemas alterando su funcionamiento y los servicios ecosistémicos que nos proporcionan.

Además, ignoramos que el clima al que estarán sometidos estos árboles cuando alcancen la madurez será muy diferente al actual. Los escenarios climáticos prevén no solo un aumento de la temperatura, sino también de la aridez y de los eventos climáticos extremos como olas de calor y grandes sequías.

La vegetación estará pues sometida a un mayor estrés hídrico disminuyendo su tasa fotosintética mientras aumenta su respiración. Esto nos podría llevar a la paradoja de que los árboles que plantamos como medida de mitigación pasarán de ser sumideros a fuentes de CO₂.

De hecho, cada vez son más los estudios que muestran decaimiento y eventos de mortalidad masiva en masas forestales de todo el mundo.

A todo esto hay que añadir que las plantaciones dan lugar a masas forestales con una alta carga de combustible si no son gestionadas posteriormente. Esto las hace muy vulnerables a sufrir incendios que devolverían a la atmósfera el CO₂ que hayan podido capturar.

Plantamos aquí, pero abusamos del exterior

Existe otra paradoja en todo esto: la globalización y el abandono rural en países como el nuestro nos ha hecho dependientes de materias primas y alimentos del exterior.

Mientras la deforestación en la Amazonia es cada vez más preocupante, el área forestal de nuestro país ha aumentado, aunque el aprovechamiento forestal de los bosques ha desaparecido prácticamente. Esta falta de gestión ha hecho que los bosques sean más vulnerables a sequías, grandes incendios, plagas y enfermedades.

Al igual que el uso de la mascarilla y el distanciamiento social son claves para combatir la covid-19 a la espera de una vacuna, debemos tomar medidas para proteger los ecosistemas mientras esperamos una cura milagrosa para el cambio climático.

Centremos nuestro esfuerzo en conservar y restaurar los ecosistemas, pero no olvidemos la importancia de la gestión humana para garantizar su salud y persistencia, a la vez que podemos utilizar localmente los productos que nos ofrecen. Así contribuiremos a la conservación de ecosistemas remotos, como los bosques tropicales, mientras disminuimos las emisiones. La salud de nuestros ecosistemas, y por tanto la nuestra, están en juego.

Por Enrique Andivia Muñoz* | 01/12/2020

*Investigador en el Departamento de Biodiversidad, Ecología y Evolución, Universidad Complutense de Madrid

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Las poblaciones de fauna salvaje han caído un 68% desde 1970

Pérdida de biodiversidad

Un informe del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) alerta de que la población de vertebrados ha descendido hasta un 94% en América Latina

 

La pérdida de biodiversidad es cada vez más alarmante. Tanto es así, que las poblaciones de fauna salvaje han caído una media del 68% desde 1970, según el Indice del Planeta Vivo publicado este jueves por el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF). El ritmo en el que los vertebrados van desapareciendo ha crecido un 8% respecto a los datos del último estudio, que fue publicado hace dos años.

La situación en la región de Latinoamérica y el Caribe se presenta especialmente dramática, ya que allí el descenso de población animal ha caído una media del 94% entre 1970 y 2016. Lo mismo ocurre con la caída de especies de agua dulce, que han disminuido un 84% en todos estos años.

Las causas de esta degradación tienen que ver, según los expertos del grupo conservacionista, con la actividad humana, que ha dañado "gravemente" los hábitats y los recursos naturales de los que depende la vida silvestre. De esta forma, la publicación señala directamente a la deforestación, la agricultura intensiva y el tráfico de especies como principales causantes de la pérdida de biodiversidad.

El ser humano se ha expandido por todos los rincones del planeta, extrayendo sus recursos sin límites. Esta realidad ha propiciado que el 75% de la superficie terrestre no helada haya sido modificada por el hombre. Apenas quedan lugares vírgenes en este mundo, lamenta el informe, que señala pequeños resquicios territoriales donde la biodiversidad permanece intacta (en Rusia, Canadá, Brasil o Australia).

"La conclusión es clara: la naturaleza está siendo transformada y destruida a una velocidad sin precedentes en la historia, con un coste muy alto para el bienestar del planeta y de la humanidad. La pérdida de biodiversidad es un auténtico reto para la economía, el desarrollo y la seguridad global", ha señalado Enrique Segovia, Director de Conservación de WWF España.

La publicación recalca también que la pérdida de biodiversidad tiene unas consecuencias directas en las formas de vida de los seres humanos, sobre todo en términos de seguridad alimentaria, ya que la caída de poblaciones animales y vegetales rompe el equilibrio de los ecosistemas y disminuye los recursos alimentarios de los que dispone el ser humano. Es por ello que desde WWF reclaman un cambio de rumbo global que ponga fin a los sistemas agrícolas y ganaderos de tipo intensivo, principales causantes de esta crisis ecológica. 

"Sabemos que esta gran transformación requerirá un esfuerzo colectivo global sin precedentes; que el aumento de los esfuerzos de conservación es imprescindible, pero que debe sumarse a los cambios en la forma de producir y consumir nuestros alimentos y energía. Los ciudadanos, los gobiernos y los líderes empresariales de todo el mundo deberán formar parte de un movimiento por el cambio con una escala, urgencia y ambición nunca antes vistas", concluye Segovia.

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Los sitios con mayor biodiversidad poseen larga estabilidad ecológica

Estudio en región florística de Sudáfrica mostró que su riqueza se explicaba por no haber experimentado cambios importantes en el clima en 140 mil años

 

Una nueva investigación descubrió por qué los trópicos y otras áreas del mundo se han vuelto los lugares con mayor biodiversidad del planeta, según publicó la revista Proceedings, de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos.

Los investigadores sugieren que los puntos críticos de biodiversidad, como la selva tropical Daintree, en Australia, y los bosques nubosos de Ecuador, están repletos de especies porque han sido ecológicamente estables durante largos periodos, lo que permite que la evolución avance sin ser molestada.

Los hallazgos resaltan la amenaza que representa el cambio climático para algunos de los lugares más extraordinarios de la Tierra y la importancia de brindar a la naturaleza la protección que necesita para prosperar, señalan los autores del estudio.

Los ecologistas siempre han tratado de entender por qué algunas áreas del planeta son extraordinariamente ricas en especies. La investigación se propuso encontrar una respuesta al enfocarse en la Región Florística del Cabo, en Sudáfrica, corazón no tropical de biodiversidad con alrededor de 10 veces más especies de plantas nativas que el Reino Unido, todo constreñido en un área un poco más pequeña que Bélgica.

Desde proteas reales hasta orquídeas

El equipo internacional de investigadores, que incluye especialistas de la Universidad de York, Reino Unido, y de las sudafricanas Universidad Nelson Mandela y Universidad de Ciudad del Cabo, realizaron mapas de las distribuciones de casi todas las 9 mil 400 especies de plantas de la región, desde la protea real hasta las orquídeas.

Descubrieron que la riqueza de la región podría explicarse en gran medida por el hecho de que no había experimentado cambios importantes en su clima en los pasados 140 mil años.

Las teorías anteriores han sugerido que la productividad, donde grandes cantidades de energía fluyen a través de un ecosistema, podría explicar los puntos críticos de biodiversidad, pero los investigadores descubrieron que esto sólo desempeñaba un papel menor en la abrumadora variedad de vida de la Región Florística del Cabo.

Colin Beale, coautor del estudio e integrante del Departamento de Biología de la Universidad de York, explicó que la investigación se “centró en la increíble diversidad de esa región, porque las teorías competitivas de estabilidad versus productividad no se pueden desenredar en los trópicos, donde ambos son ciertos”.

Richard Cowling, autor principal del estudio y miembro de la Universidad Nelson Mandela, sostuvo: “Nuestro estudio muestra que la estabilidad ambiental del sudoeste de Sudáfrica, junto con la topografía accidentada de la región, explica los gradientes de diversidad en la región.

“La riqueza vegetal, la rotación y la diversidad evolutiva rastrean los gradientes de estabilidad y oportunidad ecológica en un centro de megadiversidad”, concluyeron los autores.

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Colombia celebra su biodiversidad mientras la deforestación se desboca en medio de la pandemia

El Gobierno de Iván Duque fue el anfitrión del Día Mundial del Medio Ambiente

 

Con sus bosques bajo asedio, y en medio de una crisis sanitaria sin precedentes, el Gobierno de Colombia puso su mejor cara para celebrar la reconocida biodiversidad de su territorio. En un 2020 marcado a fuego por la pandemia del coronavirus, el país fue elegido este año como “anfitrión” este viernes del Día Mundial del Medio Ambiente, promovido por la ONU. El presidente, Iván Duque, aprovechó esa vitrina –originalmente programada como un evento presencial en Bogotá– para hacer una pausa en la gestión de la emergencia y debatir de manera virtual con líderes y expertos mundiales sobre desafíos como la lucha contra la deforestación.

“No podemos pretender estar sanos en un mundo que está enfermo. Las heridas provocadas a nuestra madre Tierra son heridas que sangran también en nosotros”, reflexionó el papa Francisco en una comentada carta que envió al mandatario para la ocasión. El mensaje del pontífice se hace eco cinco años después de su encíclica Laudato Si. “No podemos permanecer mudos ante el clamor cuando comprobamos los altísimos costos de la destrucción y explotación del ecosistema. No es tiempo de seguir mirando hacia otro lado, indiferentes ante los signos de un planeta que se ve saqueado y violentado, por la avidez de ganancia y en el nombre –muchas veces– del progreso”, señaló en la misiva.

Los colombianos recitan de memoria algunas de sus muchas riquezas ambientales. Es un país con costas en dos oceános, que alberga cerca de la mitad de los páramos del planeta, con la mitad de su territorio revestido por selvas tropicales y bosques y un 30 por ciento de territorio amazónico, como recordó Duque. “Nuestras especies son un patrimonio incalculable”, dijo en una ceremonia virtual que contó con la participación del secretario general de la ONU, António Guterres. Cerca del meridiano de sus cuatro años de mandato, el presidente de Colombia señaló que se propone pasar de 50 a 2.500 megas de capacidad instalada de energías renovables, postuló al país para liderar la transición de la movilidad limpia en América Latina y recordó la meta de sembrar 180 millones de árboles para agosto de 2022, cuando entregue el poder –en 2019 se sembraron 34 millones, según las cifras del Gobierno–.

Uno de los anuncios del día fue el aporte de 288.000 millones de pesos por parte del Reino Unido para apoyar la conservación de los bosques tropicales de Colombia por medio del programa ‘Territorios Forestales Sostenibles’. De acuerdo con el ministro de ambiente, Ricardo Lozano, es la mayor donación bilateral en materia ambiental que ha recibido la administración Duque.

Pero otras señales no son tan prometedoras. La gran paradoja radica en que Colombia escenificó esa celebración de sus riquezas naturales justamente en momentos en que varios ambientalistas advierten que, a pesar de las medidas obligatorias de confinamiento decretadas por el Gobierno durante una cuarentena nacional que duró más de dos meses, la deforestación está desbocada. Esa es la principal causa de cambio climático en el país sudamericano, donde los bosques naturales cubren casi 60 millones de hectáreas.

El anterior Gobierno de Juan Manuel Santos (2010-2018) esperaba que el acuerdo de paz con la extinta guerrilla de las FARC, sellado a finales de 2016 tras casi cuatro años de arduas negociaciones, se tradujera muy pronto en dividendos ambientales. Sin embargo, luego de la firma de los acuerdos la deforestación aumentó en varias regiones, hasta alcanzar un máximo de unas 220.000 hectáreas en 2017. En un primer momento, el Gobierno Duque utilizó esa cifra récord como referencia en una movida criticada por los ambientalistas. Pero con el apoyo de Alemania, Reino Unido y Noruega, estableció metas algo más ambiciosas para reducir el fenómeno en la cumbre del clima de Madrid de finales del año pasado. Se comprometió a mantenerla en límites de hasta 100.000 hectáreas o menos para el 2025, y 155.000 hectáreas o menos para el 2022.

Colombia ya ha reducido la destrucción de bosques con respecto a ese pico de 2017, pero todas las alarmas están encendidas por lo que ha ocurrido en este año. “La deforestación en la Amazonia no se detiene”, concluía un reciente monitoreo de la Fundación para la Conservación y el Desarrollo Sostenible (FCDS) que registró más de 75.000 hectáreas arrasadas solo hasta el 15 de abril. “Las carreteras que están abriendo frontera agropecuaria son una alerta temprana de lo que se puede venir para los próximos años”, advertía en una reciente entrevista con este periódico Rodrigo Botero, director de la FCDS.

A la espera de los reportes oficiales sobre deforestación, diversas fuentes señalan que el fenómeno está desvocado y sigue afectando importantes enclaves de biodiversidad, incluyendo los territorios amazónicos, señalaba el mes pasado la Fundación Ideas para la Paz (FIP). “Las autoridades ambientales y organismos de control han manifestado su preocupación porque quienes están talando y tumbando los bosques —actores armados, colonos y acaparadores de tierras, entre otros— están sacando provecho de la emergencia sanitaria. Mientras tanto, las autoridades ambientales se encuentran con las manos atadas debido a las restricciones en la movilidad”, señalaba en su informe sobre las dinámicas de la confrontación armada y su impacto ambiental en los primeros cuatro meses de 2019.

La pesada herencia de la guerra agrava el panorama. Las disidencias de las FARC que se apartaron del proceso de paz han distribuido panfletos amenazantes en los que rechazan los proyectos de cooperación ambiental en varias regiones y han expulsado de áreas protegidas en la Amazonia al personal de Parques Nacionales Naturales (PNN). “No podemos cantar victoria”, suele repetir el presidente Duque en sus intervenciones diarias sobre los esfuerzos por contener el coronavirus. Un mensaje que bien podría replicar también en alusión a los desafíos ambientales.

Por SANTIAGO TORRADO

Bogotá - 06 JUN 2020 - 11:07 COT

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"La humanidad vive tiempos de descuento"  

La socióloga Maristella Svampa postula la idea de un "pacto ecosocial" como salida a esta "tragedia anunciada"

 El coronavirus puso de relieve las enormes desigualdades que se han consolidado en este sistema, así como la importancia de las causas socioambientales,

advierte Svampa.

 

El encierro no la encuentra aletargada ni confundida. Maristella Svampa no hace otra cosa que pensar en la pandemia y escribir. “La crisis abre procesos de liberación cognitiva”, dice. Y ella la tiene en la cabeza “desde la mañana hasta que se acuesta”. La conversación va a la velocidad de su pensamiento, porque sabe que este estado de excepción va a ser breve. La crisis del coronavirus es una oportunidad, un portal que se abre pero no por mucho tiempo, en el que eventualmente va a haber que elegir entre más “capitalismo del caos” o un New Green Deal, del que se está hablando acá y en el mundo, y que a su paso va sumando las firmas de intelectuales y políticos, como Bernie Sanders, Alexandría Ocasio Cortez, Noam Chomsky.

Es que esta crisis no es producto del azar, sino una tragedia que viene siendo anunciada desde la Organización Mundial de la Salud, entre otras agencias oficiales de Naciones Unidas. Y a las causas de la enfermedad que recorre el mundo hay que buscarla, dice Svampa, entre la relación depredatoria con la naturaleza, el modelo agroindustrial y las ansias de ganancia a cualquier precio.

-¿Por qué es éste un momento especialmente oportuno para pensar lo social en clave ambiental?

-La humanidad vive tiempos de descuento. Se ha convertido en una fuerza que impacta en términos destructivos en el tejido de la vida. Es una alarma que ha saltado hace bastante tiempo. La gravedad de la crisis climática y el colapso ecosistémico son evidentes. El coronavirus viene a poner de relieve las enormes desigualdades que se han consolidado en este sistema y, por otro lado, la importancia de las causas socioambientales. No estamos viviendo un Leviatán climático, pero sí un Leviatán sanitario. Las causas de este fenómeno sin precedentes tienen que ver con la devastación de los ecosistemas, las enfermedades zoonóticas, como lo han explicado tantos especialistas, y también se desprenden del modelo agroalimentario. Las megagranjas industriales que son un caldo de cultivo y de transmisión de estos virus. Es una crisis que abre interrogantes acerca de hacia dónde queremos ir como sociedad, cómo vamos a pensar los vínculos sociales desde ahora en adelante y nuestro vínculo con la naturaleza. Las grandes crisis son portadoras de demandas ambivalentes. Por un lado, hay demandas de transformaciones radicales. Las crisis tornan viable aquello que hasta hace poco era considerado inviable. Por otro lado, hay voces conservadoras que claman por un retorno a la normalidad. Cuando en realidad, el retorno a la normalidad significaría una falsa solución.

-No se habla de causas socioambientales en el prime time. ¿A qué se debe para usted esa invisibilización?

-En principio no aparecen en el discurso público de ningún político. Desde Angela Merkel a Alberto Fernández. Aparece sólo lo sanitario y ligado a un discurso bélico que tiende a obturar esta discusión. Es una crisis que ha abierto dos ejes. Primero, ha develado la profundidad de las desigualdades. No sólo entre el Norte y el Sur sino al interior de nuestras sociedades. Thomas Picketty subraya que la concentración de la riqueza hoy es comparable a la que había a fines del siglo XIX. Y están las causas socioambientales que anuncian, como dicen tantos investigadores, que habrá nuevas pandemias. Y que además debemos afrontar el cambio climático, que combinará muchos de estos elementos, además de las enfermedades ligadas a la contaminación y un proceso masivo de refugiados ambientales.

-¿De qué se trata el pacto ecosocial del que viene escribiendo, junto al abogado especialista en Derecho Ambiental Enrique Viale?

-Es algo de lo que se viene hablando en todo el mundo. También es conocido como Green New Deal. En Estados Unidos y en Europa hay un imaginario instalado relacionado con la necesidad de un gran pacto como salida de las crisis, como el New Deal y el Plan Marshall. En Argentina lo que tenemos es una tradición ligada a la concertación como, por ejemplo, la que promovía el Peronismo con los Planes Quinquenales. Pero no hay un imaginario ligado a un pacto social, entendido como una recuperación integral. Hoy, sí se está hablando más del tema. Es importante promover una visión integral, porque hay una tendencia a encapsular a los pactos en su dimensión social y económica, desliándolo de los temas ecológicos, que son el gran desafío que enfrenta la humanidad en los días por venir. Preferimos no llamarlo “Nuevo Pacto Verde” porque cada vez que aparece esa palabra se tiende a acotar, a pensar que sólo hablamos de la reducción de los gases del efecto invernadero. Cuando en verdad estamos hablando de abordar la desigualdad, la cuestión sanitaria, la educación y la dimensión socioambiental.

-¿Por qué cree que el tema de la transición energética es una discusión que sólo se plantea marginalmente en Argentina?

-Entra y sale de las agendas de muchos países y se ve cercado por tensiones e intereses. Acá Vaca Muerta ha obturado la posibilidad de pensar una transición hacia energías limpias. Es un punto ciego que atraviesa diferentes gobiernos, con sus modalidades. Se instaló la idea de que, explotándola, Argentina se va a convertir en una potencia energética exportadora. Esa imagen se ha venido desmoronando y hoy está en su mínima expresión. Pero no sólo porque en todo el mundo hay fuertes controversias ambientales, sino porque en términos económicos y financieros Vaca Muerta es inviable. No sólo por la caída del precio del barril de petróleo. Es necesario salir de esa encerrona y pensar en una línea diferente en sintonía con las energías limpias y cómo transicionamos hacia ellas.

-Hay toda una discusión sobre el litio que todavía no se ha dado en Argentina, por lo menos, no cabalmente…

-Se está dando en muchos países. Se piensa cómo crear una Agencia Nacional del Litio que promueva un entramado tecnológico y productivo diferente, con métodos de extracción no contaminantes y acuerdos con las comunidades indígenas del norte argentino. Si no pensamos cómo implementarlo acá, lo que haremos, que ya está pasando, es destruir nuestros territorios, atropellar a las comunidades que viven allí y facilitarles la transición energética a los países más poderosos como China, Japón y Alemania.

-¿Se abre con este nuevo gobierno las posibilidades de dar esos debates?

-Sí, son temas que bien podrían ser abordados. Sobre todo, teniendo en cuenta la coyuntura. También soy consciente de que estos son procesos cortos. Son oportunidades, portales que, así como se abren, también se pueden cerrar en muy poco tiempo. Pero podría suceder que la respuesta sea reactivar la economía con más extractivismo, por ejemplo. Durante el confinamiento ha habido más desmonte en el Norte y también en provincias como Chubut, donde se le ha dicho que no a la mega minería, se está aprovechando la crisis para promover la minería como una solución. Insisto con que la transición es un proceso complejo y no tenemos un manual. La vieja imagen de YPF sirvió, a mi entender, hasta los años 70. Hoy los combustibles fósiles no forman parte del futuro. En el caso del litio es diferente, pertenece a los dos mundos. Por un lado, es minería de agua y es altamente insustentable. Para su extracción se utiliza millones de litros de agua en ecosistemas frágiles como son las salinas. Pero, por otro lado, es una de las claves para acceder a energías limpias, libres de combustibles fósiles. Ahí hay un dilema. Tendríamos que tratar de pensar en un escenario con energías post fósiles, limpias, renovables, para construir una sociedad solidaria y resiliente. Si queremos pensar en términos de justicia distributiva y de transición energética, lo que el Gobierno arregló, cediendo a la presión de las compañías petroleras, como un precio especial al crudo o un "barril criollo", es un total desatino. Un grave retroceso. Los costos que va a traer al país son enormes. Estoy incluyendo en esto a los gobernadores. Hay que pensar cómo desarticular esa alianza perversa entre grandes compañías, gobernadores y sindicatos petroleros, para volver a pensar en el país, en los trabajadores del sector, en los consumidores y en la transición.

-Al calor del confinamiento, mucha gente cuenta que se está replanteando su relación con el consumo…

-Es que si vamos a reemplazar los combustibles fósiles por el litio pero vamos a conservar el mismo modelo de consumo, centrado, por ejemplo, en automóviles individuales, no cambiamos nada. No sólo el planeta es limitado. El litio también es limitado y en algún momento se va a agotar. Es lógico que todos nos estemos replanteando la diferencia entre aquello que es accesorio y aquello que es necesario. Por eso digo que la pandemia es una oportunidad de rever la insustentabilidad y todas las injusticias que implica este modelo de consumo tan ligado a la globalización neoliberal.

-Otro de los ejes que entreteje la propuesta del Pacto Ecosocial y Económico es el Ingreso Universal Ciudadano.

-También lo pensamos como un proceso. Implicaría una salida de la trampa de la pobreza y el clientelismo, tan ligados a los planes sociales focalizados. Debe ser pensado junto a una reforma fiscal progresiva. No somos los únicos que hablamos del tema. Intelectuales como José Nun lo han trabajado históricamente, Rubén Lo Vulo, inclusive Beatriz Sarlo. La idea sería que no se castigue a los sectores más vulnerables, a través de impuestos indirectos como el IVA. Sino impuestos a las grandes fortunas, a los daños al medio ambiente, al capital financiero, a la herencia. No tenemos impuesto a la herencia porque Martínez de Hoz lo voló de un plumazo. Cuando decimos que América latina tuvo una oportunidad de crecimiento económico durante el ciclo progresista y usó renta extraordinaria proveniente del extractivismo en mejorar las condiciones de vida de los trabajadores y los sectores populares, hay que decir también que no se promovió mayor justicia social a través de la reforma del sistema fiscal. El tercer eje del pacto es la deuda externa. Argentina está en virtual default, gracias a lo que nos dejó el Gobierno anterior. Muchos organismos internacionales están llamando a contemplar la situación de fragilidad que atraviesan los países del Tercer Mundo. Algunos hablan de un jubileo de deudas como la nuestra, que es insustentable y que ni siquiera mejoró la situación de los sectores menos favorecidos.

-La idea de reforma fiscal que grave a la renta financiera suena muy bien, pero estamos viendo la resistencia quye provoca un impuesto a las grandes fortunas. ¿Le parece practicable? 

-Estamos ante una crisis civilizatoria. Ni hablar de la recesión económica que ya se está instalando en el país. A eso hay que sumar que el virus está llegando a las poblaciones más vulnerables. Estamos a una situación de tal gravedad que queda claro que los sectores que tiene que aportar son los que más tienen. El impuesto a las grandes fortunas no es una locura peronista, como se quiere instalar, sino una cuestión lógica de justicia distributiva. Es necesario salir a apoyar esa medida desde todos los sectores. Las cartas no están marcadas.

-También han hecho foco en el tema de los cuidados, desde la perspectiva de la economía feminista.

-Creemos que se debe implementar un sistema nacional público de cuidados. Es central para pensar la nueva sociedad en la que se pongan en juego el respeto y la reciprocidad como elementos fundamentales para la reproducción social. Se trata de plantear otra mirada de las relaciones entre los seres humanos y de los seres humanos con la naturaleza, una visión que no piensa al ser humano como alguien autónomo, sino como alguien que necesita del otro para poder sobrevivir. Las feministas populares lo han dejado en claro cuando colocan la ética del cuidado en un lugar central. Hoy el cuidado aparece en el discurso oficial y de hecho este Gobierno ha incorporado a numerosas mujeres profesionales, economistas, intelectuales. Ojalá sus presencias en esos puestos colaboraren a profundizar esta visión.

-Mientras tanto se organiza una “marcha contra el comunismo”, se cacerolea contra la prisión domiciliaria para presos en situaciones vulnerables, y podríamos seguir…

-Todas esas personas siempre estuvieron ahí. Vivimos un momento de regresión política en el cual hay corrientes sociales ligadas a un pensamiento reaccionario de derecha y derecha extrema, que buscan una expresión política partidaria. Y que, en algunos países, como Brasil, la ha encontrado. La crisis de 2008 en Europa y Estados Unidos abrió la puerta a una reconfiguración económica y social negativa: se hizo en beneficio de los sectores financieros y perjudicó a sectores medios y populares. Esos sectores buscaron otras soluciones por la vía de una narrativa xenófoba y nacionalista. En América Latina lo vimos en Bolivia: a partir del derrocamiento a Evo Morales se hizo presente una derecha radical, anti-indígena, que creíamos derrotada. El modelo de la globalización neoliberal se agotó. Corremos el peligro de avanzar a un colapso ecosistémico de la mano de una derecha radical y nacionalista que propone un cierre cognitivo a través del miedo. En 2011, cuando surgieron movimientos como Ocupy Wall Street o los indignados en España, una de las consignas era “Somos el 99 % de la población contra el 1 % de los súper ricos”. Luis González Reyes, un ecologista español, dice que hay que complejizar esa consigna: hay un 20% de la población que es permeable al mensaje fascista. Entonces, en verdad, somos el 79% versus el 21%. No se puede negociar con los fascismos, al fascismo se lo combate a través de frentes políticos.

¿Por qué Maristella Svampa?

Maristella Svampa se define como intelectual anfibia, todo terreno, pero oriunda de la Patagonia. Es Licenciada en Filosofía por la Universidad Nacional de Córdoba, magister en Filosofía en la Universidad de París I y doctora en Sociología por la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, de París. Es investigadora principal del Conicet y tiene una veintena de libros publicados, entre ensayos, investigaciones y novelas. Svampa es una pensadora, se diría, especializada en crisis: en la crisis del mundo popular y el desarrollo de las organizaciones piqueteras en la convulsionada Argentina post 2001 (pero también, su contracara: la vida en los countries y barrios privados), la crisis del peronismo (La plaza vacía. Las transformaciones del peronismo) y, desde hace años, su gran tema ha sido el de la devastación medioambiental. Sus últimos libros lo demuestran: Chacra 51. Regreso a la Patagonia en los tiempos del fracking y Las fronteras del neoextractivismo en América Latina

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La ética del cuidado, el pacto ecosocial y el pacto ecoeconómico como futuro posibles post covid-19

En esta etapa de la Pandemia del covid-19, la constante observación de noticias ha despertado mi interés no solo en el seguimiento y evolución de cómo los Gobiernos del mundo abordan y enfrentan el desafío de contener la propagación del virus, los diferentes mecanismos de prevención, las estrategias para evitar el colapso de los sistemas de salud, y de otro lado, los escenarios futuros y posibles postpandemia.

Partamos del postulado que en este periodo de crisis es necesario abandonar sí o si, el discurso bélico, el cual una vez aplanada la curva de contagios, al menos en los Estados Unidos, se generará como un sofisma distractor. Donald Trump empezará a materializar y fundamentar sus acusaciones contra el gobierno de China y China a su vez tratará de demostrar que el virus fue producido en una base militar americana, distrayendo a la sociedad de lo realmente relevante postpandemia.

Los Gobiernos una vez superada en una primera fase la crisis, deberían de inmediato asumir las causas ambientales de la pandemia, junto con las sanitarias, y colocarlas también en la agenda política, esto nos ayudaría a prepararnos positivamente para responder al gran desafío de la humanidad, la crisis climática, y a pensar en un gran pacto ecosocial y ecoeconómico.

El 2020 ha patentizado la encrucijada civilizatoria en curso. Frente a nuevos dilemas políticos y éticos, nos permite repensar la crisis económica y climática desde una nueva óptica, tanto en términos multiescalares (global/nacional/local) como en ámbitos geopolíticos (relación norte/sur bajo un nuevo multilateralismo). Creo que todo se reduce a formular dos posibles escenarios: O bien vamos hacia una globalización neoliberal más autoritaria, o bien, sin caer en una visión ingenua, la crisis puede abrir paso a la posibilidad de la construcción de una globalización más democrática, ligada al paradigma de la ética del cuidado, por la vía de la implementación y el reconocimiento de la solidaridad y la interdependencia como lazos sociales e internacionales; de políticas públicas orientadas a un «nuevo pacto ecosocial y ecoeconómico», que aborde conjuntamente la justicia social y ambiental.

Las crisis y las revoluciones, no hay que olvidarlo, también generan procesos de «liberación cognitiva», toda revolución y toda crisis siempre han generado ganancias incalculables para la sociedad. En la mayoría de los casos las ganancias esperadas son distantes de los objetivos y sentidos que motivaron dichos movimientos. Esto hace en gran medida posible la transformación de la conciencia de los potenciales afectados; esto hace posible, también, superar el fatalismo o la inacción y tornar viable y posible aquello que hasta hace poco era inimaginable.

Esto supone entender que la suerte no está echada, que existen oportunidades para una acción transformadora en medio del desastre. Lo peor que podría ocurrir es que nos quedemos en casa convencidos de que las cartas están marcadas y que ello nos lleve a la inacción o a la paralización, como el trinomio (cuarentena-miedo-parálisis), pensando que de nada sirve tratar de influir en los procesos sociales y políticos que se abren, así como en las agendas públicas que se están instalando. Lo peor que podría suceder es que, como salida a la crisis sistémica producida por esta emergencia sanitaria, se profundice «el desastre dentro del desastre». Debemos partir de la representación de que estamos en una situación extraordinaria, de trance sistémico, y que el horizonte civilizatorio no está cerrado y todavía está en disputa.

En esa línea, varios expertos en el mundo consideran que ciertas puertas deben no abrirse (por ejemplo, no podemos aceptar una solución como la de 2008, que beneficie a los sectores más pudientes, corruptos y contaminantes), y otras que deben abrirse más y potenciarse (un Estado que valorice el paradigma de la ética cuidado y la vida), tanto para pensar la salida de la crisis como para imaginar otros mundos posibles. Se trata de proponer salidas a la actual globalización, que cuestionen la actual destrucción de la naturaleza y los ecosistemas, que cuestionen una idea de sociedad y vínculos sociales marcados por el interés individual, que cuestionen la mercantilización y la falsa idea de «autonomía». En mi opinión, las bases de ese nuevo lenguaje deben ser tanto la instalación del paradigma del cuidado como marco sociocognitivo como la implementación de un gran pacto ecosocial y económico, de ámbito nacional y global.

En primer lugar, más que nunca, se trata de valorizar el paradigma del cuidado, un paradigma relacional que implica el reconocimiento y el respeto del otro, la conciencia de que la supervivencia es un problema que nos incumbe como humanidad y nos involucra como seres sociales. Como manifiesta Maite Pérez Echarri “Solo aquel que comprende que es incompleto, indigente y vulnerable es capaz de cuidar”. La ética del cuidado puede ayudarnos a repensar los vínculos entre lo humano y lo no humano, a cuestionar la noción de «autonomía» que ha generado nuestra concepción moderna del mundo y de la ciencia; a colocar en el centro nociones como la de interdependencia, reciprocidad y complementariedad.

Esto significa reivindicar que aquellas tareas cotidianas ligadas al sostenimiento de la vida y su reproducción, que han sido históricamente despreciadas en el marco del capitalismo patriarcal, son tareas centrales y, más aún, configuran la cuestión ecológica por excelencia. Lejos de la idea de falsa autonomía a la que conduce el individualismo liberal, hay que entender que somos seres interdependientes y abandonar las visiones antropocéntricas e instrumentales para retomar la idea de que formamos parte de un todo, con los otros, con la naturaleza. En clave de crisis civilizatoria, la interdependencia es hoy cada vez más leída en términos de ecodependencia, pues extiende la idea de cuidado y de reciprocidad hacia otros seres vivos, hacia la naturaleza.

En este contexto de tragedia humanitaria a escala global, el cuidado no solo doméstico sino también sanitario como base de la sostenibilidad de la vida cobra una significación mayor. Por un lado, esto conlleva una revalorización del trabajo del personal sanitario, mujeres y hombres, médicos generales, internistas, infectólogos, epidemiólogos, enfermeros, conductores de ambulancia, camilleros, en fin, el conjunto del cuerpo humano de trabajadores de la salud, que afrontan el día a día de la pandemia, con las restricciones y déficits de cada país, al tiempo que exige un abandono de la lógica mercantilista y un redireccionamiento de las inversiones del Estado en las tareas de cuidado y asistencia. Por otro lado, las voces y la experiencia del personal de la salud serán cada vez más necesarias para colocar en la agenda pública la relación que existe entre salud y ambiente, con vistas al colapso climático. Nos aguardan no solo otras pandemias, sino la multiplicación de enfermedades ligadas a la contaminación y al agravamiento de la crisis climática. Hay que pensar que la medicina, pese a la profunda mercantilización de la salud a la que hemos asistido en las últimas décadas, no ha perdido su dimensión social y sanitarista, tal como podemos ver en la actualidad, y que de aquí en más se verá involucrada directamente en los grandes debates societales y, por ende, en los grandes cambios que nos aguardan y en las acciones para controlar el cambio climático, junto con sectores ecologistas, feministas, jóvenes y pueblos originarios.

En el contexto de esta pandemia, ha habido algunas señales. Por ejemplo, Chris Stark, jefe ejecutivo del Comité sobre Cambio Climático del Reino Unido (CCC), sostuvo que la inyección de recursos que los gobiernos deben insuflar en la economía para superar la crisis del covid-19 debe tener en cuenta los compromisos sobre el cambio climático, esto es, el diseño de políticas y estrategias que no sean solo económicas sino también un «estímulo verde». En Estados Unidos un grupo de economistas, académicos y financistas agrupados bajo la consigna del estímulo verde (greenstimulus) enviaron una carta en la que instaron al Congreso a que presione aún más para garantizar que los trabajadores estén protegidos y que las empresas puedan operar de manera sostenible para evitar las catástrofes del cambio climático, especialmente en una economía marcada por el coronavirus.

Varios académicos proponen pensar en términos de un gran pacto ecosocial y económico. Sabemos que, en nuestras latitudes, el debate sobre el Green New Deal es poco conocido, por varias razones que incluyen desde las urgencias económicas hasta la falta de una relación histórica con el concepto, ya que en América Latina nunca hemos tenido un New Deal, ni tampoco un Plan Marshall. Así que, no hay en América Latina un imaginario de la reconstrucción ligado al recuerdo del Plan Marshall (Europa) o el New Deal (Estados Unidos). Lo que existe es un imaginario de la concertación social, en el cual la demanda de reparación (justicia social) que tanto auge y renombre tuvo en el proceso de paz colombiano, continúa asociada a una idea hegemónica del crecimiento económico, que hoy puede apelar a un ideal industrializador, pero siempre de la mano del modelo extractivo exportador, el agronegocio y a la minería a cielo abierto. La presencia de este imaginario extractivista/desarrollista poco contribuye a pensar las vías de una «transición justa» o a emprender un debate nacional en clave global del gran pacto ecosocial y económico. Antes bien, lo distorsiona y lo vuelve decididamente peligroso, en el contexto de crisis climática.

De lo que se trata es de construir una verdadera agenda nacional y global, con una batería de políticas públicas, orientadas hacia la transición justa. Esto exige sin duda no solo una profundización y debate sobre estos temas, sino también la construcción de un diálogo norte-sur, con quienes están pensando en un Green New Deal, a partir de una nueva redefinición del multilateralismo en clave de solidaridad e igualdad.

Nadie dice que será fácil, pero tampoco es imposible. Necesitamos reconciliarnos con la naturaleza, reconstruir con ella y con nosotros mismos un vínculo de vida y no de destrucción. El debate y la instalación de una agenda de transición justa pueden convertirse en una bandera para combatir no solo el pensamiento liberal dominante, sino también la narrativa colapsista y distópica que prevalece en ciertas izquierdas y la persistente ceguera epistémica de tantos progresismos desarrollistas. La pandemia del coronavirus y la inminencia del colapso abren a un proceso de liberación cognitiva, a través del cual puede activarse no solo la imaginación política tras la necesidad de la supervivencia y el cuidado de la vida, sino también la interseccionalidad entre nuevas y viejas luchas (sociales, étnicas, feministas y ecologistas), todo lo cual puede conducirnos a las puertas de un pensamiento holístico, integral, transformador, hasta hoy negado.

Referencias.

  1. Henri Acselrad: «Movimiento de justicia ambiental. Estrategia argumentativa y fuerza simbólica» en Jorge Riechmann (coord.): Ética ecológica. Propuestas para la reorientación, Nordman, Montevideo, 2004.
  2. David Schlosberg: «Justicia ambiental y climática: de la equidad al funcionamiento comunitario» en Ecología Política, 18/6/2011.
  3. Ramón Fernández Durán: «Fin del Cambio Climático como vía para ‘Salvar todos juntos el Planeta’» en Ciudades para un Futuro más Sostenible, 2010.
  4. Carosio, A., «La ética feminista: más allá de la justicia», Revista Venezolana de Estudios de la Mujer, Vol. 12, nº 28, junio 2007.
  5. Koggel, C., y Orme, J. «Care Ethics: New Theories and applications», Ethics and Social Welfare,Vol. 4, nº 2, 2010, pp. 109-114, p. 109.81.

 Por: Daniel Nicolás Cabral Bonilla[1]

[1]Magister en Dirección de Personas y Recursos Humanos. Universidad de Barcelona – España, Magister en Direccionamiento Estratégico de la Organizaciones. Universidad de Barcelona y EAE (Escuela de Administración de España). Barcelona España. Colombiano, residente en la ciudad de New York.

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Política agroalimentaria para un mundo saqueado

Hay un debate relevante planteado sobre la agricultura que tiene posibilidades (o no) de alimentar a un mundo sobrepoblado. Y hay fundamentalmente dos modelos que se contraponen con modalidades intermedias: la agroindustria global, heredera de la revolución verde del siglo pasado, y la agroecología, con un enfoque sistémico integrador y diverso.

Sobre esto, una reflexión previa. La biología, que es la ciencia de la vida, se acerca a la naturaleza desde distintas ópticas. De modo integrador y sistémico, analizando la naturaleza como una sutil red de relaciones complejas que implican tanto componentes vivos como inertes y su interacción con la energía solar que activa el funcionamiento de la biosfera. O de modo no integrador sino reduccionista, como hace la biotecnología, que se aplica, como si fuese una ingeniería, a corregir, recombinar y reprogramar los componentes genéticos de la vida para crear organismos mas eficaces y útiles al servicio de la humanidad.

En base a estos enfoques en el análisis y estudio de la vida (biología o biotecnología), podemos decir que se llega a prácticas agronómicas bien diferentes.

En Agricultura, los biotecnólogos moleculares experimentan con formas de modificar la información génica de los cultivos insertando genes o, editando genomas. El objetivo es conseguir cultivos más nutritivos, o que resistan a herbicidas, plagas, bacterias y hongos. Se asume que todo gira alrededor del organismo cultivado. El éxito del sistema es altamente dependiente de insumos externos como energía, fertilizantes y fitosanitarios con un uso pautado y efectos muy predecibles, usando al suelo como soporte de la actividad o prescindiendo de él.  Es una agricultura basada en el control. Mientras que una agricultura basada en una aproximación ecológica desarrolla un manejo que aprovecha los recursos endógenos del sistema: agua, suelo y diversidad, reduciendo así la dependencia de insumos y energía externa. El control es menor al ser el sistema y su manejo más complejos, pero es menos dependiente de insumos y preserva los servicios ecosistémicos. Éstos servicios son recursos o procesos de los ecosistemas naturales que nos benefician, como agua potable limpia; o procesos como la descomposición de desechos.

La agroecología aplicaría este modelo, añadiéndole el elemento social imprescindible, siendo los agricultores depositarios y corresponsables de la diversidad cultivada. En contraposición, la agricultura industrial derivada de la revolución verde y su versión más biotecnológica basada en la aplicación de los Organismos Modificados Genéticamente (OMG), priman la producción y el control, considerando los alimentos como mercancías.

Añadamos que los derechos de propiedad intelectual que se aplican sobre semillas, especialmente las modificadas genéticamente por biotecnología, suponen también una limitación al uso y gestión de un recurso básico para los agricultores, que es la diversidad cultivada, necesaria para asegurar el derecho a la alimentación.

Son de suma importancia en el uso de OGMs los marcos normativos. Y estos marcos, surgen de la aplicación de distintas políticas nacionales e internacionales, no sujetas a control ciudadano. En especial, aquellas políticas relacionadas con la existencia y aplicación de Tratados de Libre Comercio. Siendo esto así, resulta evidente que el debate sobre el papel de las plantas transgénicas en agricultura trasciende ampliamente el marco de las disciplinas biológicas, de la investigación, de la I+D y de una supuesta neutralidad científica, ya que tienen consecuencias que van mas allá. Esta es una de sus perniciosas derivadas.

Al respecto, hay que decir que la ciencia es un sistema potente de generación de conocimiento. Pero no es neutral. Entre otras causas porque no lo es su financiación, ni las reglas que operan en la comercialización de sus derivados, o la aplicación de derechos de propiedad intelectual, como las patentes. Rigen por encima, las reglas de mercado.  Reglas que se aplican a la agricultura y la producción de alimentos. Y cuando entra el mercado, sale fuera la soberanía alimentaria de los pueblos.

El modelo de producción agrícola industrial regido por un mercado global donde los productos agrícolas viajan miles de kilómetros desde sus lugares de producción a los de consumo, tiene una insostenible huella de carbono, y, aunque el coste económico y ambiental no se considera, lo pagamos todos. Grandes superficies de cultivo a nivel mundial y dependientes de gran cantidad de insumos, -la mayoría monocultivos-, son las que tienen más valor de mercado para el desarrollo de semillas transgénicas. Esto implica alejarse de la sostenibilidad de los ecosistemas agrarios. Se han hecho estimaciones sobre la inversión necesaria para poner una planta transgénica en cultivo comercial y suponía una inversión de 136 millones de dólares y unos 13 años, en un cálculo hecho para el periodo entre 2008 y 2012. Estos datos son bastante elocuentes respecto a los intereses que mueve.

Son varios los cultivos transgénicos que llevan tiempo en producción por lo que se puede ver lo que ha supuesto su introducción. Sirva de ejemplo el cultivo de la soja. Los principales productores son EEUU, Brasil y Argentina y el porcentaje de plantación proveniente de semilla transgénica es del 90% o superior. El 75% de la producción mundial se dedica al forraje animal, a pesar que se sabe que las dietas basadas en ingesta de proteína animal son perniciosas por la huella hídrica y el uso de suelo requerido por caloría consumida. Este modelo favorece la destrucción de grandes superficies del Bosque Atlántico y de la Amazonía brasileña. La intensificación de su cultivo ha producido deterioro de suelos, disminución de la cantidad y calidad del agua, y efectos negativos evidentes en biodiversidad. Además, han aparecido malezas resistentes al glifosato y se han desarrollado variedades transgénicas con resistencias a más de un herbicida. Ninguno de estos efectos es aceptable, si asumimos que necesitamos una agricultura resiliente y que nos permita contrarrestar las emisiones de GEI causantes del cambio climático, además de alimentarnos.

Si metemos en la ecuación cuestiones socioeconómicas y siguiendo con la soja, se constata que las explotaciones dedicadas a su producción, en Norte y Sudamérica, son mayoritariamente de escala industrial propiciándose una concentración de la tierra en menos manos. Esto ha desplazado a los pequeños y medianos propietarios. En relación al empleo, en algunas regiones argentinas se estima que la conversión a la soja ha destruido cuatro de cada cinco trabajos agrícolas (ver informe de 2014 de WWF «El crecimiento de la soja, impacto y soluciones» y citas en él contenidas). Transcurridos 6 años de ese informe, el deterioro de ecosistemas y de empleo es mayor.

Hay quien piensa que los transgénicos no son el principal problema, lo son quienes ostentan el control de su uso y hacen negocios con los OGM. Admitir esto es un primer paso. El siguiente es constatar el poder del oligopolio que concentra la producción de material vegetal de reproducción, y el sistema de patentes que rige y controla la industria biotecnológica. Añadamos los diferentes tratados comerciales firmados al amparo del proceso de globalización desde los 90 del siglo pasado.

Si un investigador decidiera por su cuenta, poner a libre disposición del mundo, plantones de fresas transgénicas con frutos de textura mejorada, sería muy improbable que lo consiguiera. La razón es el empleo de ideas, métodos y materiales que otros han patentado internacionalmente, de manera que, aunque permitan investigar y publicar en el tema, si el desarrollo logrado pretende entrar en producción, aparecerá la reclamación de los derechos de propiedad. Tendría que negociar y pagar a obtentores de varias patentes, desde las metodológicas hasta las que tienen que ver con el empleo de los genes. Se tiene patentado el uso de todas sus aplicaciones prácticas conocidas.

También se patenta la naturaleza. Se ha permitido patentar semillas como si fueran un invento, una nueva máquina. Las semillas cultivadas, además de seres vivos, son un recurso renovable, como el agua y el suelo. Los tres son imprescindibles para la producción de alimentos. Desde el punto de vista de su gestión, las semillas cultivadas encajan en la categoría de bienes comunes, tal como se refiere a ellos la premio Nobel de Economía 2009, Elinor Oström. No son ni del estado ni del mercado, y su custodia y protección son necesarias. Tienen en común con el agua, que son un recurso que fluye en el tiempo y en el espacio. Las semillas de uso agrícola, algunas cultivadas miles de años por generaciones de campesinos, ofrecen diversidad de especies y variedades como resultado de las decisiones de los agricultores al seleccionar semillas para el siguiente cultivo, además de cruces genéticos fortuitos, de los procesos de adaptación de los cultivos a manejos y condiciones ambientales locales, intercambios, etc. Esta agro-biodiversidad está en grave peligro por un efecto colateral de la revolución verde del siglo pasado que concentró sus esfuerzos en muy pocos cultivos y variedades que desplazaron muchas de esas especies y variedades tradicionales al ser menos productivas cuando los insumos no son limitantes o por no tener mercado suficiente. Y ahí es donde operan los OGM.

Con todas estas consideraciones ¿qué modelo de agricultura promoveremos? Urge que, desde la responsabilidad política no se hurte este debate fundamental.

Por Carmen Molina Cañadas | 02/05/2020 

Fuente: https://blogs.publico.es/ecologismo-de-emergencia/2020/05/01/politica-agroalimentaria-para-un-mundo-saqueado/

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