Lunes, 03 Agosto 2020 06:29

Oro

Oro

El carácter tan particular de la crisis económica derivada de la pandemia de coronavirus exhibe que “cuando la economía se queda sin consumidores se pone de manifiesto que nada se sostiene sin la gente”. La aseveración (de David Trueba, El País, 28/7/20) parece obvia y, sin embargo, enunciarla así de modo directo le confiere una contundencia argumentativa que no debe perderse de vista.

Ahora, no se trata de una caída del gasto total por las razones usuales asociadas con el comportamiento cíclico de la acumulación del capital; las distorsiones que suelen provocar los déficits públicos; los efectos de la inflación que puede desbocarse, o bien los recurrentes excesos financieros que generan crisis.

Lo que ocurre hoy es el desplome de plano del consumo por efecto del confinamiento para enfrentar la pandemia. ¡No hay quién gaste! Las ventas y la producción en sectores enteros de la economía se han derrumbado de tajo. Eso tuvo que compensarse con gasto público, con recursos asignados directamente a las personas y empresas que perdieron sus fuentes de ingreso.

La pandemia y la gestión de los gobiernos ha provocado que ese gasto, enorme en muchos casos: más de 2 billones ( trillions) de dólares en Estados Unidos hayan sido insuficientes y ahora se debata un nuevo presupuesto de ayudas. Lo mismo ocurre en la Unión Europea.

Por eso hay premura por reabrir la actividad económica y retomar el proceso de ingreso-gasto, pero la cosa no sale bien, pues se provocan rebrotes de contagio y se tiene que dar marcha atrás. Ese dilema está ocurriendo ahora por todas partes, en unas mucho más que en otras, como sucede en México, donde el reconocimiento oficial explícito de la magnitud de la crisis económica está ausente.

Esta situación debería provocar un vuelco en el pensamiento acerca del proceso económico y las políticas públicas, o sea, cómo generar ingresos para la población, ganancias para las empresas, crédito para consumir y producir e impuestos para que recaude el gobierno. El arreglo no se va a dar de modo automático y, de cualquier modo, va a tardar mucho tiempo.

Mientras tanto, la caída del nivel de la actividad económica ha sido brutal en el segundo trimestre del año en todas partes. Muchas actividades económicas cambiarán de modo significativo su estructura y muchos participantes desaparecerán.

Una de las expresiones de la crisis que provoca profundas distorsiones ocurre en las actividades financieras. Desde hace largo tiempo se extiende como reguero una creciente especulación y, a la par, la mayor concentración de la propiedad y la riqueza.

La pandemia refuerza su efecto adverso en el mercado, que se hace cada vez más monopólico y también modifica buena parte de las formas de consumo, de comunicación e interacción social. Esto se advierte, por ejemplo, en el caso de las grandes empresas, en el campo de la tecnología (Amazon, Google, Facebook, Apple) y otras en las que se ha inflado su valor hasta el exceso.

La actividad financiera se distancia de la inversión que crea empleos e ingresos; se aleja de la producción y de la generación de riqueza asociada con mecanismos socialmente eficaces de tipo distributivo.

Los gobiernos en Estados Unidos y Europa están creando dinero a borbotones para incitar la recuperación económica. El precio del crédito es prácticamente cero, cuando no negativo. El dinero no tiene valor ni poder intrínseco, sólo vale lo que representa: capacidad de compra.

Cada dólar, euro o peso mexicano debería apuntar a que sea usado, en algún lado, para producir una unidad de riqueza mediante la producción. El crédito creado por los bancos debería significar que en algún lugar y de alguna manera un dólar, euro o peso mexicano está en proceso de crear producción; para repetir, riqueza.

Pero las finanzas están perdidas en su propio mundo, distanciadas del proceso de generación de riqueza productiva, del proceso que crea recursos que pueden ser distribuidos. En este sentido es una forma de desperdicio social.

La especulación es la reina y cuando ésta misma se convierte en fuente insuficiente de recursos o en un mecanismo con riesgos que se consideran excesivos resurge el atesoramiento. El dinero se puede usar para consumir o ahorrar. El ahorro se entiende como la parte no gastada del ingreso, pero queda disponible para que otros lo gasten o inviertan productivamente.

Cuando el riesgo percibido de las transacciones dinerarias crece en demasía se recurre al atesoramiento, sacarlo del circuito productivo. Una forma primordial es tener oro; una indicación de la esencia atávica del valor del metal y lo primitivo de la esencia humana.

Se admite que puede fluctuar mucho su valor, no es fácil deshacerse de él; preferiblemente debería tenerse de modo físico y no mediante un título que ampare la propiedad y esté guardado en alguna bóveda suiza al cuidado de alguien cuya reputación es finalmente desconocida. Eso está ocurriendo ahora de nuevo con el oro, signo de la desconfianza radical en las condiciones económicas y políticas en el mundo.

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Lunes, 03 Agosto 2020 06:09

El monstruo ya está aquí

El monstruo ya está aquí

Entrevista a Mike Davis

 

El reconocido historiador Mike Davis acaba de publicar El Monstruo ya está aquí, un libro sobre la pandemia, los sistemas sanitarios y las desigualdades provocadas por el capitalismo. El trabajo retoma los pronósticos realizados por el mismo autor en su libro El monstruo llama a nuestra puerta, publicado hace poco más de una década. En esta entrevista, Davis afirma que viviremos una época de pandemias múltiples y plantea que el sistema actual difícilmente pueda atajarlas de modo correcto.

Se ha hablado mucho sobre el origen de los coronavirus. ¿Cómo se relaciona con la agricultura industrial y el papel de las multinacionales? ¿Son estas las nuevas plagas del capitalismo?

Sabemos que el virus pandémico, el SARS-CoV-2, se originó en los murciélagos, al igual que los SARS iniciales de 1992-1993. Una cuarta parte de todos los mamíferos son murciélagos –unas 1.500 especies– y albergan una increíble variedad de virus, incluyendo cientos de coronavirus, que tienen el potencial de dar el salto a los seres humanos, ya sea directamente o a través de un animal salvaje que actúa como intermediario. La cadena de transmisión del virus actual no se conoce y, de hecho, puede que nunca se conozca, pero la constante expansión de cultivos y granjas en zonas silvestres de China es probablemente un factor clave, junto con la tradición cultural de consumir murciélagos y animales exóticos.

En el caso de nuevas gripes –que siguen representando un riesgo inminente–, el crecimiento exponencial de la producción industrial de cerdos y pollos en el suroeste de Asia y en otros lugares ha amplificado enormemente esta amenaza pandémica. Los cerdos, que pueden ser huéspedes de una doble infección de cepas de gripe aviar y humana, son reactores biológicos claves, ya que los segmentos del genoma de dos virus pueden a veces recombinarse para crear híbridos monstruosos. Las industrias avícolas, por su parte, actúan como aceleradores virales para la propagación de estas nuevas cepas.

A escala mundial, la deforestación es el mazazo que rompe los muros entre la naturaleza salvaje y sus enormes reservas de virus, por un lado, y las ciudades humanas superpobladas por el otro. Un ejemplo citado en mi libro es el caso de la región costera del África occidental, la zona de más rápida urbanización del planeta. Tradicionalmente, las aldeas y ciudades dependían del pescado como la principal fuente de proteínas. Pero a partir de la década de 1980 las flotillas industriales de Europa y Japón extrajeron aproximadamente la mitad del pescado del Golfo de Guinea. Los pescadores locales perdieron sus medios de vida y los precios del pescado se dispararon en los mercados urbanos.

Simultáneamente, las multinacionales madereras estaban abriéndose paso con motosierras a través de los bosques tropicales del Congo, Gabón y Camerún. Con el objeto de mantener bajos los costos de la mano de obra, contrataron a cazadores para matar animales salvajes, incluyendo primates, para alimentar a las cuadrillas. Esta «carne silvestre» pronto encontró una enorme demanda en las ciudades ávidas de proteínas, especialmente entre las poblaciones de los barrios pobres que vivían en condiciones sanitarias terribles. Esta cadena causal –la expoliación de los recursos pesqueros sostenibles, la tala de bosques que rompió las barreras naturales entre las poblaciones humanas y los virus salvajes, el aumento de la caza de animales silvestres a gran escala para abastecer de carne los mercados urbanos y el crecimiento exponencial de los barrios pobres– fue la fórmula maestra para la aparición tanto del virus de inmunodeficiencia humanaVIH como del ébola.

Hace quince años escribió El monstruo llama a nuestra puerta: la amenaza global de la gripe aviar. Desde aquel momento, numerosos estudios advirtieron de la posibilidad de una pandemia. ¿Por qué hemos llegado a este punto casi sin ninguna prevención y sin el desarrollo de la investigación científica adecuada para combatir este tipo de virus?

En realidad, en los últimos 25 años ha habido una enorme cantidad de investigaciones y modos de preparación para una pandemia. En cierto sentido todo fue vaticinado, pero algunos países se negaron a prestar atención a las advertencias o, como Estados Unidos bajo Donald Trump, desmantelaron deliberadamente estructuras cruciales para la alerta temprana y el control. Además, Reino Unido, Estados Unidos y algunos países europeos habían recortado drásticamente el gasto en salud pública, ya sea por razones ideológicas o por las medidas de austeridad posteriores a 2008. En Estados Unidos, por ejemplo, nos enfrentamos al brote a finales de enero con 60.000 trabajadores sanitarios menos que los que habían estado en las nóminas de los gobiernos locales y del Estado en 2007.

Mientras tanto, la gran industria farmacéutica ha continuado obstaculizando el desarrollo de antivirales que se necesitan con urgencia, antibióticos de nueva generación y vacunas genéricas. El otoño pasado, el propio Consejo de Asesores Económicos de Trump le advirtió que no se podía contar con las grandes empresas farmacéuticas en una crisis pandémica, ya que en general habían abandonado el desarrollo de medicamentos para enfermedades infecciosas, a menos que el gobierno federal interviniera con miles de millones de dólares de subsidios.

Por otra parte, las empresas de biotecnología más pequeñas que estaban siendo precursoras de nuevos medicamentos y vacunas se vieron privadas del capital necesario para llevar sus descubrimientos a las etapas finales de prueba y producción. Después de la aparición del SARS en 2003, por ejemplo, un consorcio de laboratorios de Texas había desarrollado una posible vacuna contra el coronavirus que nadie estuvo dispuesto a financiar. Si se hubiera desarrollado, dada la coincidencia de 80% entre los genomas del SARS-1 y el SARS-2, podría haber sido una base excelente para la producción acelerada de una vacuna contra el covid-19.

Lo más importante es que la mayoría de los países de Asia oriental, tanto los autocráticos como los democráticos, han logrado contener la pandemia hasta ahora gracias a planes de respuesta bien preparados (un legado de las anteriores crisis del SARS y de la gripe aviar), una amplia aceptación del liderazgo científico, la inmediata aceleración de la producción de mascarillas y respiradores y, un factor clave que en su mayor parte ha sido ignorado, la capacidad de movilizar a grandes ejércitos de trabajadores y voluntarios para responder a nivel de base. A pesar de su condición de nación en vías de desarrollo y de la escasez de médicos, el éxito de Vietnam ha sido notable y probablemente sea el resultado de la combinación de laboratorios de categoría mundial (los Institutos Pasteur en Hanoi y Ciudad Ho Chi Minh) con una red nacional de trabajadores sanitarios públicos a escala de aldea y de barrio.

El talón de Aquiles de la planificación previa en muchos países ricos ha sido apoyarse exclusivamente en los profesionales de la salud, cuando una educación pública universal acerca de las amenazas de enfermedades y la organización de una reserva de voluntarios capacitados son casi igualmente importantes para combatir las tormentas virales. Como la tragedia nos está obligando a comprender, no vivimos en una pandemia sino en una era de pandemias.

El discurso de los gobiernos es que de esta pandemia «salimos todos juntos», pero la realidad es que el virus sí entiende de racismo y capitalismo. ¿Cómo afecta esta crisis a los trabajadores precarios, latinos y afroamericanos?

Los distintos países, por supuesto, difieren ampliamente en cuanto al acceso a una atención médica asequible, los indicadores de la desigualdad de ingresos y los legados estructurales de la discriminación racial y étnica. Entre las naciones de altos ingresos, Estados Unidos es la que tiene la peor puntuación en las tres categorías. Pero incluso en países con atención médica universal y niveles de desigualdad mucho más bajos hay poblaciones vulnerables que han quedado desprotegidas y a menudo invisibles en la crisis actual.

Las residencias de ancianos se han convertido en morgues a ambos lados del Atlántico, y son el origen de 40% a 50% de las muertes de covid-19 en muchos países. En Estados Unidos, donde el número de víctimas de este tipo supera ya las 50.000, se estima que la mitad son afroestadounidenses. Aquí es donde las vidas de los negros parecen importar menos.

Si los expertos en salud pública sabían que estas instalaciones se convertirían rápidamente en focos de infección, ¿por qué los gobiernos nacionales y locales no crearon inmediatamente grupos de trabajo especiales para intervenir? ¿Y por qué las ONG y los partidos políticos progresistas no hicieron de esto una demanda contundente? Las mismas preguntas, por supuesto, deberíamos hacernos sobre las cárceles, las prisiones y los campos de refugiados. La actitud pasiva de las autoridades solo puede ser caracterizada como una negligencia criminal.

La crisis también permitió visibilizar la importancia de los «trabajadores esenciales» para el funcionamiento de la sociedad. Y son los más expuestos al contagio.

Los que ahora reconocemos como «trabajadores y trabajadoras esenciales» ante la pandemia incluyen desde investigadores científicos hasta conserjes y personal de cuidado a domicilio. Además de todas las categorías de personal médico, millones de personas que trabajan en la agricultura y en la industria frigorífica, en la venta y distribución de alimentos, en servicios públicos como el transporte, la vigilancia y la sanidad, y en la industria logística (almacenamiento y reparto). Estos son precisamente los sectores que tienen los mayores porcentajes de trabajadores pertenecientes a minorías con salarios bajos, inmigrantes recientes y empleados eventuales.

En Estados Unidos, casi la mitad de estos trabajadores son negros, latinos o asiáticos y, salvo que pertenezcan a un sindicato, es poco probable que tengan un seguro médico adecuado (o que tengan alguno). Muchos han pasado largos periodos sin recibir tratamiento por enfermedades que se habrían atendido de forma rutinaria de haber tenido seguro médico y, por lo tanto, sufren de dolencias crónicas como el asma y la diabetes. Sus trabajos están entre los más peligrosos, tienden a trabajar jornadas más largas y, en el caso de quienes tienen bajos ingresos, viven en las peores condiciones de vivienda. Durante seis meses se han enfrentado al mayor grado de exposición ante la amenaza del coronavirus, generalmente sin equipos de protección o sin el derecho a reclamar contra las precarias condiciones laborales.

Estos trabajadores han sido completamente traicionados por la Administración de Seguridad y Salud Ocupacional (OSHA) –un organismo del Departamento de Trabajo de Estados Unidos–, que se ha negado a poner en marcha normas obligatorias para proteger a los trabajadores o atender las miles de quejas que se han presentado de forma oficial. Por eso, la industria frigorífica en el Medio Oeste, donde la mayoría de los trabajadores pertenecen a minorías o son inmigrantes recientes, ha sido tan devastada por el covid-19. Y por eso los trabajadores estadounidenses han hecho huelga o han organizado protestas furiosas en más de 500 ocasiones desde abril.

En este contexto, ¿qué papel están jugando empresas como Amazon?

El blanco frecuente de protestas ha sido Amazon, el máximo especulador con la pandemia, y que ha violado notoriamente los derechos de los trabajadores. El patrimonio personal de Jeff Bezos aumentó en unos astronómicos 33.000 millones de dólares entre marzo y abril, en tanto que la empresa se convirtió en una vía fundamental para la entrega de alimentos y suministros básicos para las familias confinadas en sus hogares. Al mismo tiempo, se ha apresurado a ocupar de forma permanente los espacios vacíos dejados por el cierre de tantos miles de pequeños negocios minoristas (una estimación común en la prensa internacional especializada es que una cuarta parte de las pequeñas tiendas afectadas en Europa y Estados Unidos nunca volverán a abrir).

Los demócratas, con excepción de Elizabeth Warren, no han abordado los problemas que plantea el creciente poder monopólico de Amazon. Durante las dos guerras mundiales del siglo pasado, se impusieron con éxito impuestos a los «beneficios extraordinarios» de las principales empresas en la industria armamentística, pero los dirigentes demócratas se han negado a considerar una regulación similar para Amazon o para las grandes empresas farmacéuticas. Hacia fin de año, la economía estadounidense se parecerá aún más a la sociedad capitalista pura y dura descrita por Fritz Lang en su famosa película Metrópolis.

En su libro Planeta de las ciudades miseria, analiza ese fenómeno de las gigantescas metrópolis donde la superpoblación y el hacinamiento son la normalidad. ¿Puede haber derecho a la salud en estas condiciones de la geografía urbana capitalista?

Desde principios del siglo XX ha habido un debate esencial y recurrente sobre cómo controlar las epidemias a escala mundial. La posición estadounidense, respaldada por los enormes recursos de la Fundación Rockefeller, se centró en librar guerras contra enfermedades específicas con recursos masivos enfocados en el desarrollo y la distribución de vacunas. Estas cruzadas por las vacunas han dado lugar a grandes éxitos (viruela y poliomielitis) e igualmente a grandes fracasos (paludismo y sida). El enfoque basado en intervenciones técnicas específicas para cada enfermedad ha salvado vidas, pero deja en su sitio las condiciones sociales que promueven las enfermedades.

La otra vertiente en el debate ha dado prioridad a la inversión en infraestructuras de atención primaria de salud en las regiones y países más pobres. Se inspira en las ideas de la «medicina social» propuestas por el gran patólogo alemán Rudolf Virchow en la década de 1880 y ampliamente adoptadas en el siglo XX por partidos de la izquierda, así como por un amplio espectro de reformadores que deseaban reorientar la medicina hacia la prevención de enfermedades junto con reformas sociales radicales.

Durante gran parte de la posguerra, la Organización Mundial de la Salud (OMS) estuvo dominada por Estados Unidos y el paradigma Rockefeller, pero los defensores de la medicina social obtuvieron una importante victoria en 1978 cuando la OMS emitió la «Declaración de Alma-Ata», en la que se afirmaba que el acceso a servicios sanitarios de calidad era un derecho humano universal. Se adoptó un plan de campaña que subrayaba la importancia de la participación de la comunidad y de un enfoque desde abajo para lograr «salud para todos en el año 2000». Pero la contrarrevolución neoliberal que siguió a la elección de Margaret Thatcher y Ronald Reagan convirtió esta declaración en letra muerta.

El covid-19 está revelando hasta qué punto hay dos humanidades inmunológicamente diferenciadas. En las naciones ricas, alrededor de un cuarto de la población cae en la categoría de alto riesgo debido a la edad y a los problemas de salud crónicos, a menudo relacionados con la raza y la pobreza. En cambio, en los países con ingresos bajos y en muchos países con ingresos medios, entre la mitad y tres cuartas partes de la población se encuentra en situación de riesgo. El cofactor más importante es la disminución de la inmunidad debido a la malnutrición, las infecciones gastrointestinales generalizadas y las enfermedades descontroladas y no tratadas como la malaria y la tuberculosis.

1.500 millones de personas viven actualmente en asentamientos precarios en África, el sur de Asia y América Latina, que son las perfectas incubadoras de la enfermedad. Sabemos que allí la pandemia está fuera de control, pero en gran medida permanece invisible en las actuales estadísticas fragmentarias. Y si Europa muestra cierta disposición a compartir eventuales stocks de vacunas con los países pobres, el gobierno de Trump demostró recientemente, con la compra de todas las existencias mundiales del medicamento Remdesivir, que no tiene intención de compartir nada. America First significa África en último lugar.

En las últimas campañas, la corriente progresista del Partido Demócrata ha ignorado en gran medida estas cuestiones de la salud y la pobreza a escala mundial. También ha defraudado las expectativas de sus simpatizantes. Hace pocas semanas se anunció que las negociaciones entre los sectores de Joe Biden y Bernie Sanders han dado lugar a una plataforma demócrata que está muy por debajo de «seguro médico universal», la demanda central de la campaña de Sanders, a pesar de que la pandemia y el colapso económico han demostrado un millón de veces su urgente necesidad.

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Violenta movilización en Chile contra gestión del presidente Piñera

Cuestionan su plan de reactivación económica

 

Santiago. Quemas de autobuses, barricadas y desórdenes se registraron en diversos puntos de Santiago la noche del viernes, así como cacerolazos en todo Chile, tras el discurso del presidente Sebastián Piñera para rendir cuentas de su gestión.

Las autoridades policiales confirmaron ayer disturbios en al menos cuatro puntos de la capital, con barricadas, el incendio de un autobús y de un auto particular, ataques a comisarías, fuerzas policiales, lanzamientos de bombas molotov y otros.

Un total de 148 personas fueron detenidas en la noche, 70 en la Región Metropolitana y 78 a nivel nacional por desórdenes, informó el general de Carabineros, Enrique Monras, a los medios.

En su discurso, el presidente explicó las prioridades de su gobierno para los próximos 20 meses, entre ellas la gestión de la pandemia, el plan de desconfinamiento, la reactivación de la economía, el plebiscito en octubre y la reforma de las pensiones.

Piñera afirmó que los efectos de la crisis del coronavirus han golpeado de forma devastadora al país y reconoció que las ayudas del Estado para la nación podrían haber sido insuficientes.

"Algunos dicen que la ayuda del gobierno a las familias afectadas no ha sido suficiente y no ha llegado a tiempo, y en cierta forma tienen razón, porque frente a la magnitud, gravedad y extensión de la crisis que estamos enfrentando, ningún país, ni siquiera los más desarrollados, ha podido otorgar las ayudas suficientes", afirmó el mandatario al ofrecer una disculpa a medias que ha sido cuestionada por la opinión pública.

El mandatario se enfocó también en los planes para reactivar la economía chilena, tras la pérdida de 1.8 millones de empleos y la suspensión de otros 700 mil según sus cifras.

Entre sus planes, anunció subsidios para la creación de empleos en beneficio hasta de un millón de personas, inversiones públicas de aquí a 2022 por 34 mil millones de dólares para generar 250 mil empleos y apoyo a proyectos privados para crear otros 120 mil.

El presidente también habló de la responsabilidad de su gobierno de realizar el plebiscito el 25 de octubre –cuando los chilenos deberán decidir si mantienen o no la Constitución de 1980, heredada de la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990)–, ante los cuestionamientos de si la pandemia permitirá su realización.

En su discurso, el presidente habló de forma general sobre "actuar en toda ocasión con un total compromiso y respeto irrestricto de los derechos humanos de todas las personas", pero no condenó explícitamente las graves violaciones de derechos humanos ejecutadas por la policía chilena durante la represión de las manifestaciones iniciadas en octubre de 2019, que dejaron más de 450 personas con pérdidas de visión, miles de heridos y cientos de denuncias de torturas, uso excesivo de la fuerza y violaciones sexuales.

Piñera también mencionó temas relacionados contra la violencia que sufren las mujeres y medidas en marcha, así como una reforma al sistema de pensiones, que acaba de sufrir un fuerte golpe con la ley que permite a los ciudadanos retirar 10 por ciento de sus ahorros para aliviar los efectos de la pandemia.

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Sábado, 01 Agosto 2020 05:57

Crisis y desigualdad en la pospandemia

Crisis y desigualdad en la pospandemia

El mes de julio nos deja dos informes que proporcionan insumos interesantes, aunque preocupantes, para pensar la crisis económica que ya tenemos encima, y el mundo pospandemia.

Uno es de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) que titula Enfrentar los efectos cada vez mayores del Covid-19 para una reactivación con igualdad: nuevas proyecciones. El otro es de la confederación de organizaciones no gubernamentales Oxfam, fundada en Reino Unido y con oficinas centrales en Nairobi, Kenia, que tiene un título significativo: ¿Quién paga la cuenta? Gravar la riqueza para enfrentar la crisis de la Covid-19 en América Latina y el Caribe.

El informe de la Cepal define el mundo al que estamos entrando como una crisis sincrónica de alcance mundial. Su cálculo de caída del PIB global es de 5.2 por ciento, llegando a 7 en las economías desarrolladas (las previsiones para Estados Unidos son de un decrecimiento de 6.5 por ciento del PIB y para la Unión Europea es de 8.7). Como contraste, China “sólo” crecerá 1 por ciento.

Asimismo, el volumen del comercio mundial de bienes disminuirá en 2020 entre 13 y 32 por ciento, y hay dos indicadores a los que tenemos que poner especial atención: el turismo se verá reducido entre 60 y 80 por ciento, la peor serie desde 1950 –cuando comenzaron los registros–, y para el sector energético el pronóstico es una caída de 39.3 por ciento.

La contracción económica producida por la pandemia tendrá como consecuencia un descenso del PIB per cápita regional de 9.9 por ciento, que se va a traducir en pasar de 26 a 44 millones de personas desempleadas. Por comparar, durante la crisis económica de 2008 el desempleo se incrementó de 6.7 a 7.3 por ciento en 2009, mientras la previsión actual es pasar de 8.1 a 13.5 por ciento.

El resultado de lo anterior va a ser que 45 millones de latinoamericanos van a incrementar las estadísticas de pobreza, pasando de 185 millones a 231 millones, es decir, 37.3 por ciento de la población de la región. Al mismo tiempo, la pobreza extrema se incrementará en 28 millones de personas, equivalente a 15.5 por ciento de la población en Latinoamérica.

Como posible solución paliativa a esta crisis económica, pero sobre todo social, la Cepal propone una fuerte respuesta en materia de política fiscal alineada con la necesidad de fortalecer los sistemas sanitarios, apoyar los ingresos de los hogares y proteger la capacidad productiva, y una política monetaria expansiva favorecida por la baja inflación. Todo ello con tres líneas de acción: 1. Un ingreso básico de emergencia como instrumento de protección social enfocado a las personas en situación de pobreza, con el objetivo de sostener el consumo; 2. Un bono contra el hambre para personas en situación de extrema pobreza que complemente el anterior, y 3. Apoyo a las empresas para que no se pierdan empleos.

Por su parte, el informe de Oxfam hace especial énfasis en que América Latina va a ser la región del planeta con la contracción económica más grande, y la recuperación más lenta. En 12 meses, vamos a retroceder 15 años en todo lo avanzado en la lucha contra la pobreza y la desigualdad.

Pero al mismo tiempo, y así como se calcula que la región va a terminar 2020 con más de 40 millones de nuevos desempleados y más de 50 millones de nuevos pobres, desde que comenzó la pandemia tenemos 8 mil nuevos millonarios en América Latina. Oxfam calcula que la riqueza de estas nuevas élites económicas ha crecido 17 por ciento desde mediados de marzo, equivalente a 48 mil 200 millones de dólares, lo que a su vez representa 38 por ciento del total de medidas de estímulo aprobadas por los gobiernos latinoamericanos.

Es por ello que la condición de América Latina como región más desigual del planeta se va a agudizar en la pospandemia, con el agravante de que una buena parte de la inversión extranjera directa en la región (hasta 20 por ciento, uno de cada cinco dólares) entra o sale vía paraísos fiscales.

Oxfam hace también un análisis muy interesante en torno al debate sobre la deuda, y sentencia: El recurso de mayor endeudamiento público puede dar un alivio temporal, que arrastrará, sin embargo, consecuencias y lastrará el desarrollo de las generaciones futuras.

Aunque en el próximo artículo seguiremos analizando la cuestión de la deuda y reforma fiscal como posibles soluciones a la crisis y a la pandemia, es necesario resaltar que en el ámbito financiero la deuda mundial supera ya los 255 billones de dólares, 322 por ciento del PIB mundial, por lo que las posibles alternativas para enfrentar esa crisis deben pasar por más Estado, pero no necesariamente por más deuda.

Pero más allá de soluciones, el horizonte debe ser el mismo que hemos planteado en artículos anteriores, y que Oxfam sintetiza así: Es momento de que quienes concentran la riqueza, quienes han tenido grand”es beneficios durante estas últimas décadas y las grandes empresas que están generando importantes ganancias en medio de la crisis, contribuyan mucho más al esfuerzo de todos y todas”. Es decir, que la crisis la paguen los ricos.

* Politólogo vasco-boliviano, especialista en América Latina.

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Según futurólogos es probable que China gane aproximadamente 1 por ciento del poder global en relación con EU en 2030 debido a los impactos económicos y la mortalidad del C-19.Foto Ap

Cuando se utilizan amplias medidas de "capacidades materiales (sic)", el panorama es "claro", según los futurólogos del Centro Pardee, de la Universidad de Denver, cuya especialidad versa en "el poder relativo entre los países" a futuro (https://bit.ly/2EtJBBV): el C-19 cierra la brecha en las capacidades relativas de EU y China y acelera la transición (sic) entre ambos. China "es probable que gane aproximadamente 1 por ciento del poder global en relación con EU en 2030 debido a los impactos económicos y de la mortalidad del C-19".

Moon of Alabama desmenuza los hallazgos del Centro Pardee bajo la pluma de Passer by: "existe un declive real (sic) y no solamente relativo (sic) de EU" (https://bit.ly/3hNMpIz) cuando "su esperanza de vida se ha caído", pésimo signo para un país desarrollado, "lo cual es extensivo a Gran Bretaña".

Passer by soslaya la fractura profunda de la sociedad de EU y la dinámica de la crisis del C-19 "que no ha podido ser controlada en EU", al contrario de China.

El triunfo de China durante la crisis del C-19 se (con) centra en el “poder bruto ( raw power)”, así como las ganancias de su PIB en relación con EU. Pero "también en niveles de deuda" cuando las de EU "explotaron debido a la crisis".

Rusia, a la que no toman en cuenta, sería el principal triunfador ya que ostenta una de las menores deudas del planeta.

Resalta la recuperación de China en "V", frente a la "W" de “recuperación de doble hundimiento ( double dip)” de EU.

Passer by no desdeña las relaciones publicas y el “poder blando ( soft power)” cuando, pese a las inculpaciones de EU contra China por una supuesta exportación de la pandemia, su manejo ha sido catastrófico para "contener la pandemia en comparación a otros países".

EU "perdió puntos al exorcizar a la OMS". El C-19 debilitó también al ejército de EU.

Passer by agrega una advertencia sonora del prominente economista Stephen Roach, quien vislumbra una fuerte devaluación del dólar –el último poder omnímodo de EU a mi juicio (https://bit.ly/32YhWmS).

Según Roach, el "dólar se desplomará en forma abrupta" (https://on.mktw.net/2P0KeVH): calcula un declive mínimo de 35 por ciento.

Sea lo que fuere, China e Irán han acordado un pacto "secreto (sic)" por 25 años con bendición militar de Rusia: inversiones de China en infraestructura iraní por 500 mil millones de dólares a cambio de hidrocarburos persas en sus respectivas divisas dándole la vuelta al dólar (https://bit.ly/309Bkvs).

Passer by cita a David P. Goldman de Asia Times quien en el tema de los chips/semiconductores es muy escéptico de que EU sea capaz de detener a China” (https://bit.ly/2DaS0ts).

Passer by juzga que "el problema para EU es que China es el mayor mercado de semiconductores del mundo y el mayor importador de chips del mundo": China "esconde (sic) grandes cantidades de chips y en 2025 debería ser capaz de sustituir la producción foránea por sus productos domésticos".

En su cronograma dinámico, los previsores estrategas de Pekín tenían contemplada la máxima autarquía posible con su proyecto "China 2025" (https://bit.ly/39EuuBg).

Para Passer by la "guerra de chips/semiconductores" es una situación "perder-perder" para EU y China.

El feroz boicot de EU contra el 5G de Huawei está a punto de orillar a que China expulse a la estadunidense Boeing para beneficiar a la europea Airbus, lo cual significaría un doloroso golpe a la aeronáutica de EU.

Es probable que la mitad de Europa use Huawei, en especial Alemania: su máxima superpotencia geoeconómica.

Passer by concluye que el feroz ataque multidimensional de Mike Pompeo contra China se deba más al "coraje (sic) de la élite de EU debido al debilitamiento de EU y a las ganancias de China durante la crisis del C-19".

Entre los numerosos y lúcidos comentarios al artículo de Passer by, viene uno sobre los vencedores y los perdedores del C-19: "vencedor Alemania", debido a su "íntima relación con China"; los "perdedores" son los "países mas cercanos a EU: GB, Francia, Italia, Brasil y México (sic)".

A mi juicio, ya es tiempo que México empiece a pensar cuáles son sus alcances autárquicos.

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Domingo, 26 Julio 2020 06:09

La trampa del capitalismo verde

La trampa del capitalismo verde

Los apologistas del sistema aseguran que el libre mercado puede solucionar todos los problemas, incluida la crisis ecológica. Pero conocían la magnitud de la tragedia y no hicieron nada. Desde Kyoto, en 1997, se han generado más del 50% de las emisiones

 

Marco Licinio Craso era el hombre más rico de la antigua Roma. Tal era su fortuna que, tras morir combatiendo en Asia Menor, entre los ciudadanos de la República se corrió el rumor de que sus enemigos lo habían matado haciéndole tragar oro fundido para saciar su sed de riqueza. En vida, Craso había utilizado su poder e influencia para acrecentar obscenamente su patrimonio. Una de las maneras fue crear el primer cuerpo de bomberos de la historia, aprovechando que los incendios eran frecuentes entre los edificios de la capital. Pero este cuerpo de bomberos distaba mucho del concepto que tenemos hoy. Cuando se declaraba un incendio, los efectivos se desplazaban al lugar del siniestro y exigían al propietario del inmueble que se lo vendiera a Craso por un precio ridículo si quería que apagaran las llamas. Cuanto más avanzaba el fuego, más bajaba el precio.

Han pasado más de 2.000 años y lo que está ardiendo esta vez es el planeta entero. Las primeras décadas del siglo XXI han sido testigos de la práctica desaparición del casquete polar Ártico y de cómo, año tras año, se baten todos los récords de temperaturas extremas. Como los bomberos de Craso, un grupo de compañías promete ahora arreglar el desastre, eso sí, previo pago. Pero a diferencia de los hombres de Craso, quienes ahora alargan la mano a cambio de apagar las llamas son los mismos que han provocado el incendio

Durante décadas, las grandes corporaciones energéticas negaron que el cambio climático antropogénico fuese una realidad. Para ello no dudaron en gastar miles de millones en sobornar, perdón, hacer lobbying, a políticos para impedir regulaciones medioambientales, sabotear cualquier avance que amenazara su hegemonía en el sector y utilizar los medios de comunicación de su propiedad para sembrar la duda y la desconfianza. Pero hoy, metidos hasta la barbilla en una crisis climática sin precedentes, la realidad del calentamiento global es innegable para todos salvo para los más fanáticos. Y con la opinión pública finalmente concienciada de la magnitud del problema, buena parte de esas mismas compañías que durante décadas lo negaron o minimizaron ahora se revisten de una pátina de ecologismo y adoptan el discurso de la “responsabilidad compartida”, en la que todos tenemos que aportar nuestro granito de arena. Y cuando dicen “todos” se refieren, claro, a los ciudadanos en forma de subvenciones públicas para que sus empresas rebajen los niveles de emisiones.

Hay un punto ya no cínico, sino plenamente obsceno en el discurso de la “responsabilidad compartida”. Nadie puede negar que nuestros hábitos de vida provocan emisiones de gases de efecto invernadero y que podemos y debemos hacer todo lo posible por nuestra parte para reducir nuestro impacto ecológico. Pero es igualmente innegable que las grandes corporaciones energéticas y los individuos más acaudalados han sido y son los principales culpables de la crisis. Sólo 100 compañías son responsables del 70% de las emisiones, y el 10% de los hogares con mayores ingresos generan varias veces más emisiones per cápita que el 50% de los hogares con menores ingresos. Pero el discurso ha empezado a calar entre la población, y vemos cómo, por ejemplo, los países europeos aumentan los impuestos a los conductores de vehículos diesel, al tiempo que subvencionan con miles de millones de euros de dinero público a las empresas que los fabrican. Vemos cómo, mientras que los hogares europeos son responsables del 25% de todas las emisiones (y aquí está incluída la energía que utilizan), pagan el 49% del total de impuestos medioambientales. Esto no es responsabilidad compartida, es entrar en un restaurante y que uno pida bogavante para comer y otro un café con leche y pretender que se pague la factura a medias. Una cosa es tomar conciencia y responsabilizarse del impacto que tienen nuestras acciones y nuestro estilo de vida sobre el ecosistema, y otra muy diferente pagar por los excesos de quien, pudiendo haber evitado el desastre, no quiso hacerlo.

Los apologistas del capitalismo, como zelotes fundamentalistas, aseguran que sólo el libre mercado puede dar solución a todos los problemas, incluido este. Pero lo cierto es que las corporaciones energéticas conocían la magnitud de la tragedia que se avecinaba desde los años 80, y no hicieron nada. Ninguna mano invisible bajó del cielo para hacer que las compañías empezaran a recortar sus emisiones y a realizar la transición hacia fuentes de energía renovables y no contaminantes. Muy al contrario, pisaron el pedal de la polución a fondo. Desde que se creó el Protocolo de Kyoto, allá por 1997, se han generado más del 50% de todas las emisiones antropogénicas de CO2 de la historia. Si en 1987 el 81% de toda la energía del mundo provenía de los combustibles fósiles, treinta años después ese porcentaje es… el 81%. En ese lapso de tiempo, las cuatro mayores compañías energéticas amasaron unos beneficios de más de 2 billones de dólares. Y ahora se aprestan a exigir subvenciones a cambio de transformar su modelo energético. No sólo eso, algunas presumen de ello mientras afean al ciudadano de a pie sus hábitos de consumo.

El coste que supondría acabar con la mayoría de emisiones de gases de efecto invernadero es alto. Se estima que pasar a un modelo energético en el que las energías renovables proveyeran el 80% de la energía costaría unos 15 billones de dólares. En total, la factura resultante de reducir las emisiones netas a cero podría ascender hasta los 50 billones de dólares, según un estudio de Morgan Stanley. Puede parecer una suma extraordinaria, pero palidece ante la cifra de lo que supondría no hacerlo. De acuerdo con un estudio publicado en la revista Nature, reducir las emisiones hasta alcanzar el objetivo de los Acuerdos de París de mantener la temperatura a 1,5-2º C por encima de niveles preindustriales tendría un coste económico de aquí hasta 2100 de más de 600 billones de dólares, pero no hacer nada (bussiness as usual) supondrá un montante que ascendería hasta los 2.197 billones. Para que se hagan una idea, el PIB mundial es de algo más de 87 billones.

La pregunta que toca hacerse ahora no es si hay que pagar esa cifra por arreglar el entuerto, sino quién debe hacerlo. Las grandes corporaciones no dudarán en usar su influencia para presentarse ante el mundo como la única tabla de salvación ante la catástrofe, hablándonos de cómo sólo el sector privado está capacitado para emprender la ardua tarea de la transición energética. Eso sí, utilizando el discurso de la “responsabilidad compartida” para que los estados les rieguen con dinero en forma de subvenciones públicas, y encima les tendremos que dar las gracias por salvar el planeta. Es insultante.

Quienes se hicieron de oro destruyendo el planeta son quienes deben pagar la factura por arreglar lo que todavía se pueda arreglar. Y sí, tienen el dinero para hacerlo. Según el informe de Riqueza Global de Credit Suisse, el 0,6% más rico del planeta acumula casi el 45% de toda la riqueza. Casi 160 billones de dólares. Más que de sobra para lograr los objetivos propuestos sin dejar de ser los más ricos. Y si no quieren quizá sea hora de que los estados tomen de una vez por todas las riendas y nacionalicen las empresas contaminantes, obliguen a quienes más tienen a pagar sus impuestos y creen una alternativa a ese capitalismo salvaje que amenaza ya no nuestro estilo de vida, sino nuestra mismísima existencia. Es cuestión de vida o muerte, literalmente.

Me gustaría ser optimista. Quiero creer que tal alternativa es posible. Pero mucho me temo que volveremos a caer en la enésima trampa de un capitalismo vestido de verde pero con el corazón negro como el carbón.

Por Ernesto H. Vidal 24/07/2020

Publicado enSociedad
Manifestantes encaramados a la estatua de la Plaza de los martirios, Beirut Inés Gil

En medio de la profunda crisis económica que sufre el país los libaneses están más preocupados por la necesidad de encontrar comida y pagar sus rentas que por la construcción de un nuevo proyecto político.

 

Cucharas golpeando contra cazuelas de metal, el ruido de los platos apilándose. En el barrio de Achrafiye, en Beirut, unas quince personas se afanaban con la comida, equipados de gorros y delantales de cocina. La escena no se desarrolla entre bastidores de un restaurante. Los aspirantes a cocineros son voluntarios de la asociación Al-Achrafiye. Cada día, distribuyen comida a los más pobres del vecindario. En una esquina, Bassam, jubilado, llena bandejas con pastas: “Es una asociación pequeña, pero aún así distribuimos 200 comidas al día”. Cuando se creó en marzo, la estructura distribuía solo 50 comidas. Sin embargo, arrastrados por los torbellinos de la crisis, son cada vez más los libaneses que no pueden alimentarse.

 

Hacia la hambruna

 

A las 12 y media, cada día es el mismo escenario para Mario y Tony, voluntarios en la asociación: el coche lleno de comida, van por todo el barrio para visitar a los que necesitan ayuda alimentaria. Las bandejas de pasta se balancean al ritmo de las curvas. El automóvil circula en los pequeños callejones que toman la forma de serpentinas empinadas. Ubicado en el este de Beirut, este distrito predominantemente cristiano, llamado Achrafiye (الاشرفية), fue construido en las alturas de la capital libanesa y forma hoy un barrio de casas coloridas.

Detrás de las paredes del encantador barrio, unas familias, cuyos estómagos sufren hambre, esperan la llegada de los voluntarios. Entre ellos, muchos mayores, aislados, con una pensión irrisoria y que ya no pueden beneficiarse de la solidaridad familiar en este período de crisis. Y cada vez más, familias de dos o tres hijos cuyo padre perdió su trabajo al comienzo de la crisis o durante el confinamiento. Según el Programa Mundial de Alimentos, el 50% de los libaneses ahora vive por debajo del umbral de pobreza. Sin ninguna red de seguridad estatal, muchas familias sin recursos financieros ya no pueden alimentarse.

Ante la emergencia, las distribuciones de alimentos van aumentando. La organización “Al-Achrafiye” se limita a escala de vecindario, pero ciertas estructuras se han extendido por todo el Líbano, lo que demuestra la crisis generalizada en el país. Eso es el caso del Rotary Club de Beirut. Su director, Hagop Dantziguian, afirma que la organización “ayuda a mil familias en todo el país y esta cifra aumenta exponencialmente cada mes.” Según él, ”la situación empeorará en los próximos meses. La sombra de la hambruna amenaza la población.“ En las últimas semanas, aumentó el número de suicidios relacionados con la incapacidad de sobrevivir económicamente. A principios de julio, un hombre se disparana en la cabeza, en Beirut, tras dejar junto a él una nota : “No soy un blasfemo, pero el hambre es blasfemia”.

El riesgo de colapso

¿Cómo ha llegado el país a esta situación? A principios de marzo, por primera vez en su historia, el Líbano entró en suspensión de pagos a causa de una deuda insostenible. El gobierno dirigido por Hassan Diab solicitó ayuda al Fondo Monetario Internacional (FMI). Desde entonces, el país está cayéndo cada día más en el pozo de la crisis.

De acuerdo con el economista libanés Hassan Moukalled, “hay que volver 30 años antes, a raíz de la guerra civil (1975-1990), para entender la crisis actual”. En ese momento, para reconstruir el país, “el Líbano establece un sistema monetario y desarrolla una economía no productiva”, señala el economista en conversación con El Salto. La pequeña Suiza de Medio Oriente [apodo del Líbano] se convierte en un campeón en asuntos financieros y en servicios. Pero el país de los cedros apenas produce. Debe importar casi el 80% de lo que consume, ampliando su déficit comercial a 15 mil millones de dólares en 2019. Con los años, la deuda pública crece hasta alcanzar el 170% y la inflación galopante hace aumentar los precios de más del 50%.

Para Hassan Moukalled, “el Líbano enfrenta un problema estructural. No saldrá de la crisis solo con la ayuda del FMI. Se necesitan reformas de gran envergadura”. Pero hasta hoy, el gobierno de Diab no ha anunciado ningún cambio ambicioso para salir del marasmo. Según Hassan Moukalled, los líderes libaneses desean sobre todo proteger sus privilegios: “los conflictos de intereses entre la clase política y el sector económico y bancario impiden cualquier esfuerzo de reforma”.

Ante la negligencia del estado, los servicios esenciales se están desmoronando día a día. En los hogares libaneses, los cortes de energía pueden durar hasta 12 horas al día. Incluso los generadores, sustitutos privados de la falta de electricidad pública, ya no funcionan correctamente. El Líbano ha caído literalmente en la oscuridad. En las calles, muchos semáforos están apagados. Además, en un país que depende de bienes extranjeros, la escasez de alimentos y combustible es recurrente.

La otra gran víctima de la crisis, algo que no es un buen augurio para el futuro del país, es la educación. Al comienzo del año escolar 2020-2021, muchos libaneses no podrán inscribir a sus hijos en las escuelas. El gobierno libanés advirtió que con el cierre de las escuelas privadas en quiebra, muchos niños van a recurrir al sistema público. Pero afirma que el estado es incapaz garantizar la educación pública para todos.

Frente a la depresión económica y social, el profesor de ciencias políticas Zyad Majed es directo: “El país presenta riesgo de hundimiento”. En su opinión, “el Líbano se está acercando a un escenario similar al caso venezolano” con el empobrecimiento general de la población, la falta de recursos básicos y el uso de la violencia generalizada.

Desaparición de la clase media

En el Líbano, solo unos pocos privilegiados se libran de la crisis. Si los más pobres se ven presionados, la clase media libanesa también se ve muy afectada. Una tendencia encarnada por el éxito del proyecto LibanTroc. Creada en diciembre de 2019, esta iniciativa conecta a los libaneses que ya no tienen el lujo de comprar ciertos bienes para intercambiar cualquiera cosa a la forma del trueque. Con más de 57,000 miembros (sobre una población de siete millones), el éxito es innegable. Según su fundador, Hala Dahrouge, LibanTroc está dirigido principalmente hacia la clase media que se empobrece : “Todos están afectados, y no solo las personas que eran ya muy pobres. Los que tienen dinero en el banco ni siquiera pueden retirarlo. LibanTroc está dirigido directamente a la clase media porque los más pobres ni siquiera tienen bienes para intercambiar."

Las esperanzas frustradas de la revolución

Este viernes, día tradicional de movilizaciones, centenares de libaneses se han reunido en la Plaza de los mártires, en el centro de Beirut. Representantes de la sociedad civil, políticos en busca de renovación, discursos que piden la caída del gobierno, se suceden frente a los manifestantes poco numerosos, pero determinados. Las banderas nacionales, rojas y blancas, adornadas con un pequeño cedro (el símbolo del país) se mecen en el aire.

En el fondo, se ve una estructura instalada hace varios meses por manifestantes : un puño de combate elevado, con las palabras “للوطن“ (por la patria) y ”ثورة“ (revolución) escritas. Entre los manifestantes, Noor, de 45 años, vestida con los colores del Líbano, sigue motivada a pesar de la situación económica: “Incluso si tenemos pocas esperanzas, sigo manifestando cada semana. No debemos dejar de lado la movilización”.

Pero con solo un millar de manifestantes, la protesta de este viernes queda muy escasa frente a las movilizaciones que estallaron en octubre pasado en el Líbano, dando esperanzas de una segunda Primavera Árabe. En aquel momento, decenas de miles de libaneses salieron a las calles para exigir el fin del sistema confesional, el fin de la corrupción y más políticas públicas sociales en un país ultraliberal. Lograron la caída del gobierno de Saad Hariri. Pero desde entonces, el cansancio de los manifestantes ha extinguido la llama revolucionaria.

Además de la pérdida de esperanza debido a la falta de reformas y la crisis del coronavirus, el miedo se ha extendido a las calles: “la policía ha realizado arrestos arbitrarios y se han registrado casos de tortura”, según el Director del Centro Libanés para los derechos humanos, Fadel Fakih. A esto se añade la espiral infernal de la crisis económica en las últimas semanas. Los libaneses ahora están más preocupados por la necesidad de encontrar comida y pagar sus rentas que por la construcción de un nuevo proyecto político.

El Líbano en el estancamiento

Desde esta primavera, el primer ministro libanés Hassan Diab ha intensificado los llamamientos de asistencia a la comunidad internacional y en particular al FMI. Pero en el gobierno, la solicitud divide. En particular debido a la reticencia del poderoso Hezbolá, que percibe el FMI como una emanación de los Estados Unidos. Sin mencionar que los donantes internacionales están reacios a apoyar a un país que no ha emprendido ninguna reforma básica y que no está listo para luchar contra la corrupción endémica.

De vuelta en la parte cristiana de Beirut, con los voluntarios de Al-Achrafiye. Mario se para en la Plaza Sassine, el corazón palpitante del barrio, de donde surge con orgullo una majestuosa bandera del Líbano. Entre las incesantes idas y venidas de coches, un hombrecito está sentado en el suelo. Una imagen muy rara en las sociedades árabes, él ya no tiene casa: “Hay dos personas sin domicilio fijo en la plaza” explica Tony, agarrando la bandeja de pasta para llevársela al anciano. “Marwan es uno de ellos.” En el coche, Mario observa la escena: “Cuando una familia lo necesita, puede venir a vernos. Es el lado positivo de organizar la distribución en un solo barrio.“ Baja la cabeza, desilusionado: ”Pero quién sabe... tal vez también tendremos que extender nuestras acciones a otros barrios, porque la crisis empeora cada día”.

 

Por Inés Gil

26 jul 2020 08:00

Publicado enInternacional
Sábado, 25 Julio 2020 06:24

Asquerosamente ricos

Asquerosamente ricos

La mayoría de las discusiones sobre la desigualdad, ya sea entre países o dentro de cada país, giran en torno a los ingresos. Son profusos los datos y documentos sobre la desigualdad de ingresos, particularmente los referidos a su aumento en la mayoría de las principales economías desde la década del 80.

Relacionado al debate sobre la desigualdad de ingresos está también el tema de la pobreza: cómo definirla y cómo medirla, y si la pobreza a nivel mundial y dentro de cada economía ha aumentado o ha disminuido. Un informe reciente del Foro Económico Mundial1 (WEF, por sus siglas en inglés) reveló que la desigualdad de ingresos aumentó o permaneció estancada en 20 de las 29 economías avanzadas, mientras que la pobreza aumentó en 17 de ellas.

Donde más rápidamente aumentó la desigualdad de ingresos fue en América del Norte, China, India y Rusia, según señala el Informe sobre la desigualdad global 2018,2 producido por el Laboratorio de la Desigualdad Global, un centro de investigación con sede en la Escuela de Economía de París. La diferencia entre Europa Occidental y Estados Unidos es particularmente sorprendente: «Si bien en 1980 en ambas regiones el 1 por ciento más rico tenía cerca del 10 por ciento de los ingresos, para 2016 en Europa Occidental su participación en el total de los ingresos había aumentado al 12 por ciento, mientras que en Estados Unidos se disparó al 20 por ciento en el mismo período. Al mismo tiempo, en Estados Unidos el 50 por ciento más pobre tenía el 20 por ciento de los ingresos en 1980, pero apenas el 13 por ciento en 2016».

La discusión y el análisis de la desigualdad de la riqueza (la riqueza individual) no recibe tanta atención. Se diría que cualquier persona con grandes cantidades de riqueza (definida como la posesión de propiedades, medios de producción y activos financieros) obtiene, en consecuencia, niveles altos de ingresos y, según parece, niveles de impuestos relativamente más bajos.

NO HAY COMO SER DUEÑO

Por supuesto, hay excelentes trabajos que han medido los niveles de riqueza individual y los cambios en la distribución de esa riqueza a lo largo del tiempo. Cada año, la empresa de servicios financieros Credit Suisse publica un informe sobre la riqueza global,3 en el que muestra la cantidad de riqueza acumulada a nivel individual a lo largo del mundo. Allí se puede ver que el 1 por ciento más rico tiene casi el 50 por ciento de la riqueza mundial. Oxfam publica regularmente estudios que revelan cómo sólo unas pocas familias poseen grandes porciones de riqueza individual en diferentes países y a nivel global. Economistas como Thomas Piketty, Emmanuel Saez y Gabriel Zucman han producido en los últimos años excelentes trabajos que muestran la enorme inequidad en la propiedad de medios de producción, tierra, propiedades inmobiliarias, activos financieros e incluso patentes y otros activos de la «economía del conocimiento».

Y aquí está el mayor problema. Tanto en las economías avanzadas como en las emergentes, la riqueza está distribuida mucho más desigualmente que el ingreso. El WEF informa, además, que «este problema ha mejorado poco en los últimos años y la desigualdad de la riqueza ha aumentado en 49 economías».

El sociólogo y estadístico italiano Corrado Gini desarrolló en 1912 una herramienta para medir la distribución de la riqueza dentro de las sociedades conocida como el índice de Gini o el coeficiente de Gini. Su valor va de 0 (o 0 por ciento) a 1 (o 100 por ciento): el primero representa la igualdad perfecta (riqueza distribuida de manera uniforme) y el último representa la desigualdad perfecta (riqueza concentrada en muy pocas manos).

Cuando se usa el índice de Gini tanto para los ingresos como para la riqueza en cada país, la diferencia es asombrosa. Veamos algunos pocos ejemplos. El índice de Gini para Estados Unidos es de 0,378 para la distribución del ingreso (bastante alta), ¡pero para la distribución de la riqueza es de 0,859! Observemos la supuestamente igualitaria Escandinavia: el índice de Gini de ingresos en Noruega es de solo 0,249, ¡pero el de riqueza es de 0,805! Es la misma historia en los otros países nórdicos. Puede que tengan una desigualdad de ingresos inferior a la media (0,347), pero su desigualdad de riqueza es superior a la media (0,700).

¿Qué países tienen los peores niveles de desigualdad de riqueza individual? En la gráfica podemos ver las diez sociedades más desiguales del mundo. No nos sorprende encontrar a algunos de esos países en este topten: sociedades muy pobres o gobernadas por dictadores o militares. Pero allí también aparecen Estados Unidos y Suecia. Tanto una economía avanzada de tipo neoliberal como una socialdemócrata: el capitalismo no discrimina cuando se trata de riqueza.

LA RIQUEZA ENGENDRA RIQUEZA

De hecho, ¿es posible discernir si la alta desigualdad en la riqueza está relacionada con la desigualdad en los ingresos? Usando los datos del WEF podemos concluir que existe entre ambos factores una correlación positiva (de aproximadamente 0,38 puntos): a mayor desigualdad de riqueza individual en una economía, será altamente probable que exista una mayor desigualdad del ingreso.

La pregunta en todo caso es: ¿cuál es la que alimenta a la otra? Esto es fácil de responder; la riqueza engendra riqueza. Y una mayor riqueza genera mayores ingresos. Una elite muy pequeña posee los medios de producción y las finanzas, y así es como se queda con la mayor parte de la riqueza y de los ingresos.

En 2016, un estudio4 hecho por dos economistas del Banco de Italia descubrió que las familias que hoy son las más ricas en la ciudad de Florencia descienden… de las familias que eran las más ricas en la ciudad de Florencia hace casi 600 años. Las mismas familias han permanecido en la cima desde el surgimiento del capitalismo comercial en las ciudades-estados italianas, pasando por la era de la expansión del capitalismo industrial y el mundo actual del capital financiero.

Otra investigación,5 realizada esta vez en la «igualitaria» Suecia, revela que no son los buenos genes los que te hacen exitoso, sino tu riqueza familiar o un matrimonio conveniente. Las personas no son ricas porque sean más inteligentes o estén mejor educadas. Lo son porque son «afortunados», tuvieron suerte o heredaron su riqueza de sus padres u otros parientes (a lo Donald Trump). Los investigadores encontraron que «hay una alta correlación entre los niveles de riqueza de padres e hijos» y que «comparando la riqueza neta de padres adoptivos y biológicos y la de sus hijos, encontramos que, incluso antes de que haya cualquier herencia, el entorno tiene una importancia sustancial frente a la incidencia mucho menor de los factores prenatales». Los investigadores concluyeron que «la transmisión existente de riqueza no se debe principalmente a que los niños de familias más ricas sean inherentemente más talentosos o más capaces, sino a que, incluso en la relativamente igualitaria Suecia, la riqueza engendra riqueza».

EL PODER CONCENTRADO DEL CAPITAL

Contrariamente al optimismo y la apología de los economistas mainstream, la pobreza (tanto en términos de riqueza como de ingresos) de miles de millones de personas en todo el mundo sigue siendo la norma, con pocos signos de mejora (véase la nota de Daniel Gatti). Mientras tanto, la desigualdad de riqueza e ingresos dentro de las principales economías capitalistas aumenta a medida que el capital se acumula y se concentra en grupos cada vez más pequeños. El trabajo de Emmanuel Saez y Gabriel Zucman también ha demostrado que en Estados Unidos la riqueza se ha concentrado cada vez más en manos de los llamados superricos.6

Debe notarse que la desigualdad de la riqueza ha aumentado principalmente como resultado de una mayor concentración y centralización de los activos productivos en el sector capitalista. La concentración de riqueza real se expresa en el hecho de que el gran capital controla la inversión, el empleo y las decisiones financieras a nivel mundial. Según el Instituto Suizo de Tecnología, un núcleo dominante de 147 empresas controla, a través de participaciones entrelazadas en otras compañías, el 40 por ciento de la riqueza de la red global. Un total de 737 empresas controla el 80 por ciento. Esta es la desigualdad que importa para el funcionamiento del capitalismo: el poder concentrado del capital.

Las políticas destinadas a reducir la desigualdad de los ingresos mediante impuestos y regulaciones, o mediante el aumento del salario de los trabajadores, no tendrán mucho impacto mientras haya un nivel tan alto de desigualdad de la riqueza. Y esa desigualdad de la riqueza proviene de la concentración de los medios de producción y las finanzas en manos de unos pocos. Si la estructura de propiedad permanece intacta, puede predecirse que incluso los impuestos a la riqueza se quedarán cortos.

*Economista marxista británico. Trabajó 30 años en la City londinense como analista económico.

(Tomado del blog del autor The Next Recession. Traducción al español y titulación de Brecha.)

  1. Inclusive Development Index 2018 (World Economic Forum, Cologny, 2018).
  2. World Inequality Report (World Inequality Lab, París, 2018).
  3. Global Wealth Report (Credit Suisse, 2019).

4.«Intergenerational mobility in the very long run: Florence 1427-2011» (Guglielmo Barone y Sauro Mocetti, Bank of Italy working papers, 2016).

  1. «Poor little rich kids? The role of nature versus nurture in wealth and other economic outcomes and behaviors» Sandra E. Black, Paul J. Devereux, Petter Lundborg y Kaveh Majlesi, Cambridge, 2016-2019).
  2. Véase, por ejemplo, «Wealth inequality in the United States since 1913: Evidence from capitalized income data», (Cambridge, 2014).
Publicado enEconomía
Viernes, 24 Julio 2020 08:53

Raquitismo estatal

Raquitismo estatal

Frente al avance del covid-19, el Ministerio de Hacienda propone un Estado raquítico. El pensamiento del gobierno sobre el futuro se refleja bastante bien en el Marco Fiscal de Mediano Plazo. Más allá de los discursos, las proyecciones de Hacienda son suficientemente claras y contundentes.

El cuadro y la figura evidencian el imaginario que tiene el gobierno sobre el tipo de Estado que sería deseable. La propuesta, tal y como se desprende de las proyecciones del Ministerio de Hacienda, tiene las siguientes características.

El escenario futuro es de equilibrio.

De acuerdo con la lógica de Hacienda, el choque al que está sometida la economía colombiana apenas es transitorio. En el 2022 se volverá a la senda de equilibrio.

Los acontecimientos actuales no estarían causando ningún daño sustantivo al aparato productivo. Esta perspectiva no reconoce las dificultades estructurales por las que está pasando la economía. No hay ninguna preocupación por entender las razones del fracaso de la política económica que ha puesto en evidencia el covid. Para el gobierno, veníamos bien. Y, por tanto, después de la pandemia se debe recuperar el camino por el que se venía transitando.

 

 

 

 

Desconocen los ciclos

En la literatura económica se ha discutido mucho la diferencia entre la tendencia y el ciclo. Algunos autores, a los que se aproxima el Ministerio de Hacienda, le dan toda la relevancia a la tendencia y desprecian la importancia del ciclo. Por tanto, los análisis privilegian la estabilidad. Tal y como se observa en el cuadro y en la figura, los ciclos desaparecen y únicamente queda en evidencia la tendencia.

Los análisis de tendencia dicen, por ejemplo, que la población crece al 1,4 por ciento anual. Y el ciclo, en cambio, destaca la vida y la muerte, como elementos fundamentales de la decisión humana. Para la persona es relevante la muerte de la mamá o el nacimiento del hijo. A partir de allí se reconfigura su visión del mundo. De la misma manera, en la actividad económica es fundamental el proceso que lleva a la “destrucción creativa”: todos los días nacen y mueren empresas.

En el Marco Fiscal de Mediano Plazo no hay ciclos, sino tendencias lineales hacia el equilibrio. Se supone, de manera ingenua, que el empresario que se quebró hoy, una vez que pase la pandemia retomará su negocio como si no hubiera pasado nada significativo.

El tamaño del Estado se mantiene

A raíz de la pandemia varias crisis han adquirido relevancia.

Han quedado en evidencia las profundas brechas existentes en el país, y las limitaciones estructurales de los sistemas de salud, seguridad social, educación, etcétera. En Bogotá, por ejemplo, más de 300 mil niños y jóvenes, de una matrícula total de 800 mil, no tienen computador o acceso a internet. Y en el campo de la salud es notoria la falta de capacidad institucional para responder a la pandemia, sobre todo por fuera de las grandes ciudades.

No obstante la contundencia de los hechos, tal y como se observa en la figura, el gasto público, como porcentaje del PIB, volverá a los niveles que tenía en el 2018, entre un 18-19 por ciento. Este gasto es bajo, si se compara con el contexto latinoamericano (24%) y, sobre todo, con el de los países desarrollados del norte de Europa (55%-60%). La diferencia de Colombia con las naciones de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (Ocde), es significativa. El país tiene un atraso notorio.

Con un gasto público tan bajo, no es posible construir una sociedad moderna. Este llamado de atención sobre el raquitismo del Estado ha sido reiterado. Ni siquiera en medio del covid el Ministerio de Hacienda acepta que el Estado tiene que crecer más, y que el gasto público tiene que aumentar. Todo lo contrario, de acuerdo con las proyecciones del Marco Fiscal, en el 2031, el gasto público apenas será el 18,5 por ciento del PIB.

 

 

Un gobierno indolente

A pesar de la gravedad de la crisis, el gobierno es indolente. En la penúltima columna del cuadro, “otros”, destaca el gasto adicional por realizar durante el 2020 para responder a la pandemia. El porcentaje apenas llega al 2,9 por ciento del PIB, unos 29 billones de pesos. Otros países, como Alemania, han destinado el 12 por ciento del PIB. Y vecinos latinoamericanos, Perú y Chile, bordean el 7 por cieneto. Frente a las necesidades y a las urgencias, el gobierno continúa aplicando políticas de austeridad, incomprensibles en la actual coyuntura.

El saldo de la deuda pública sigue creciendo

Las últimas reformas tributarias no han aumentado el recaudo de manera significativa. Entre otras razones, porque no han aumentado los impuestos a los más ricos y, además, porque han ampliado las exenciones de manera significativa. El resultado de una baja tributación es el crecimiento del saldo de la deuda. De acuerdo con las estimaciones del Marco Fiscal, al terminar el 2020, el saldo de la deuda del Gobierno Nacional Central sería de 65,6 por ciento del PIB. Esta cifra es altísima. En el 2012 era de 36,7.

Gran parte del gasto público, que ya es bajo, se destina al pago de la deuda. El costo de los intereses es cercano a los 32 billones de pesos (3,2% del PIB). Y en amortizaciones el gasto oscila alrededor de 28 billones de pesos (2,8%). Así que la deuda vale 60 billones de pesos (6% del PIB). Una cifra considerablemente más alta que el gasto destinado a la pandemia, y muy superior a la inversión pública, que en el 2020 apenas llegaría a 1,9 por ciento del PIB.

En síntesis, en la perspectiva del gobierno, la pandemia no llevaría a una mayor intervención del Estado. El mensaje es claro: la política económica venía bien, y no es necesario hacer cambios significativos.

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16 de julio de 2020

 

 

 

 

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Publicado enEdición Nº270
Viernes, 24 Julio 2020 08:24

Raquitismo estatal

Raquitismo estatal

Frente al avance del covid-19, el Ministerio de Hacienda propone un Estado raquítico. El pensamiento del gobierno sobre el futuro se refleja bastante bien en el Marco Fiscal de Mediano Plazo. Más allá de los discursos, las proyecciones de Hacienda son suficientemente claras y contundentes.

El cuadro y la figura evidencian el imaginario que tiene el gobierno sobre el tipo de Estado que sería deseable. La propuesta, tal y como se desprende de las proyecciones del Ministerio de Hacienda, tiene las siguientes características.

El escenario futuro es de equilibrio.

De acuerdo con la lógica de Hacienda, el choque al que está sometida la economía colombiana apenas es transitorio. En el 2022 se volverá a la senda de equilibrio.

Los acontecimientos actuales no estarían causando ningún daño sustantivo al aparato productivo. Esta perspectiva no reconoce las dificultades estructurales por las que está pasando la economía. No hay ninguna preocupación por entender las razones del fracaso de la política económica que ha puesto en evidencia el covid. Para el gobierno, veníamos bien. Y, por tanto, después de la pandemia se debe recuperar el camino por el que se venía transitando.

 

 

 

 

Desconocen los ciclos

En la literatura económica se ha discutido mucho la diferencia entre la tendencia y el ciclo. Algunos autores, a los que se aproxima el Ministerio de Hacienda, le dan toda la relevancia a la tendencia y desprecian la importancia del ciclo. Por tanto, los análisis privilegian la estabilidad. Tal y como se observa en el cuadro y en la figura, los ciclos desaparecen y únicamente queda en evidencia la tendencia.

Los análisis de tendencia dicen, por ejemplo, que la población crece al 1,4 por ciento anual. Y el ciclo, en cambio, destaca la vida y la muerte, como elementos fundamentales de la decisión humana. Para la persona es relevante la muerte de la mamá o el nacimiento del hijo. A partir de allí se reconfigura su visión del mundo. De la misma manera, en la actividad económica es fundamental el proceso que lleva a la “destrucción creativa”: todos los días nacen y mueren empresas.

En el Marco Fiscal de Mediano Plazo no hay ciclos, sino tendencias lineales hacia el equilibrio. Se supone, de manera ingenua, que el empresario que se quebró hoy, una vez que pase la pandemia retomará su negocio como si no hubiera pasado nada significativo.

El tamaño del Estado se mantiene

A raíz de la pandemia varias crisis han adquirido relevancia.

Han quedado en evidencia las profundas brechas existentes en el país, y las limitaciones estructurales de los sistemas de salud, seguridad social, educación, etcétera. En Bogotá, por ejemplo, más de 300 mil niños y jóvenes, de una matrícula total de 800 mil, no tienen computador o acceso a internet. Y en el campo de la salud es notoria la falta de capacidad institucional para responder a la pandemia, sobre todo por fuera de las grandes ciudades.

No obstante la contundencia de los hechos, tal y como se observa en la figura, el gasto público, como porcentaje del PIB, volverá a los niveles que tenía en el 2018, entre un 18-19 por ciento. Este gasto es bajo, si se compara con el contexto latinoamericano (24%) y, sobre todo, con el de los países desarrollados del norte de Europa (55%-60%). La diferencia de Colombia con las naciones de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (Ocde), es significativa. El país tiene un atraso notorio.

Con un gasto público tan bajo, no es posible construir una sociedad moderna. Este llamado de atención sobre el raquitismo del Estado ha sido reiterado. Ni siquiera en medio del covid el Ministerio de Hacienda acepta que el Estado tiene que crecer más, y que el gasto público tiene que aumentar. Todo lo contrario, de acuerdo con las proyecciones del Marco Fiscal, en el 2031, el gasto público apenas será el 18,5 por ciento del PIB.

 

 

Un gobierno indolente

A pesar de la gravedad de la crisis, el gobierno es indolente. En la penúltima columna del cuadro, “otros”, destaca el gasto adicional por realizar durante el 2020 para responder a la pandemia. El porcentaje apenas llega al 2,9 por ciento del PIB, unos 29 billones de pesos. Otros países, como Alemania, han destinado el 12 por ciento del PIB. Y vecinos latinoamericanos, Perú y Chile, bordean el 7 por cieneto. Frente a las necesidades y a las urgencias, el gobierno continúa aplicando políticas de austeridad, incomprensibles en la actual coyuntura.

El saldo de la deuda pública sigue creciendo

Las últimas reformas tributarias no han aumentado el recaudo de manera significativa. Entre otras razones, porque no han aumentado los impuestos a los más ricos y, además, porque han ampliado las exenciones de manera significativa. El resultado de una baja tributación es el crecimiento del saldo de la deuda. De acuerdo con las estimaciones del Marco Fiscal, al terminar el 2020, el saldo de la deuda del Gobierno Nacional Central sería de 65,6 por ciento del PIB. Esta cifra es altísima. En el 2012 era de 36,7.

Gran parte del gasto público, que ya es bajo, se destina al pago de la deuda. El costo de los intereses es cercano a los 32 billones de pesos (3,2% del PIB). Y en amortizaciones el gasto oscila alrededor de 28 billones de pesos (2,8%). Así que la deuda vale 60 billones de pesos (6% del PIB). Una cifra considerablemente más alta que el gasto destinado a la pandemia, y muy superior a la inversión pública, que en el 2020 apenas llegaría a 1,9 por ciento del PIB.

En síntesis, en la perspectiva del gobierno, la pandemia no llevaría a una mayor intervención del Estado. El mensaje es claro: la política económica venía bien, y no es necesario hacer cambios significativos.

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16 de julio de 2020

 

 

 

 

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Publicado enColombia
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