Viernes, 31 Agosto 2018 07:51

Plebiscitos y movimientos antisistémicos

Plebiscitos y movimientos antisistémicos

Las consultas populares tienen una extensa historia en América Latina. Se han multiplicado en los años recientes, buena parte de ellas organizadas por los movimientos sociales. En algunos casos, para apoyar o rechazar una legislación determinada avanzada por el gobierno o el parlamento. En otros, para fortalecer la posición de los movimientos ante el modelo extractivista. Siempre tienen ventajas y problemas serios.

Uruguay es uno de esos países donde han sucedido una decena de plebiscitos, con resultados muy diversos y hasta desastrosos. Voy a abordar sólo aquellos casos que están directamente vinculados a los movimientos, o sea que no han sido iniciativa de los gobiernos, o que éstos han aceptado por presión de aquellos para zanjar luchas sociales importantes.


En 1989 un amplísimo movimiento popular contra la impunidad llevó a plebiscito la Ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado, o ley de impunidad, con la que el primer gobierno pos dictadura pretendía no juzgar a los militares violadores de los derechos humanos.


La ley había sido aprobada en diciembre de 1989 bajo fuertes presiones del entonces presidente Julio María Sanguinetti, con la excusa de que los uniformados no iban a aceptar ser juzgados y que podían amenazar nuevamente la democracia. Sólo la izquierda se opuso en el parlamento, cuando tenía apenas 20 por ciento de los votos.


Apenas aprobada la ley, un tsunami social recorrió el país. En pocas semanas se formaron más de 300 comités en Montevideo para recoger firmas y derogar la ley. El proceso fue largo y complejo, hubo trampas burocráticas que obligaron a una impresionante movilización social: 30 mil brigadistas recorrieron todas las viviendas del país pidiendo firmas, dialogando con los vecinos y retornando hasta seis y siete veces para hacer efectiva la rúbrica.


Ese movimiento cambió el país y estuvo en la base del crecimiento imparable del Frente Amplio hasta que superó 50 por ciento de los votos. Pero el plebiscito se perdió (60 por ciento votó amarillo, en favor de la impunidad) y la derrota del “voto verde” supuso un batacazo para el movimiento popular del cual nunca se repuso.


Moraleja: las cuestiones éticas no deben someterse a plebiscito, hay que luchar por ellas toda la vida, como nos dijeron en su momento Madres de Plaza de Mayo.


A partir de aquel momento hubo varios plebiscitos, varios de ellos victoriosos, como aquel de diciembre de 1992 que frenó las privatizaciones. Sesenta y cinco por ciento de los uruguayos votamos por anular los artículos más importantes de la ley, caminando a contracorriente del continente donde se expandía una fiebre privatizadora, en particular en Argentina de Carlos Menem. Fue un triunfo importante del movimiento popular, pero a diferencia del plebiscito de 1989, la movilización no generó entramados y redes organizativas duraderas.


En Argentina hubo un plebiscito que cambió la lucha contra la minería a cielo abierto. Sucedió en Esquel en 1993 y fue, según Página 12, “la primera gran derrota de la megaminería en Argentina”(goo.gl/3NWpYi). El movimiento lo inició una comunidad mapuche que advirtió la presencia de la minera en sus territorios. Los vecinos hicieron múltiples reuniones hasta crear la Asamblea de Vecinos Autoconvocados por el No a la Mina.


Las numerosas marchas y asambleas forzaron a la autoridad local a convocar un plebiscito: 81 por ciento de los vecinos votaron No a la mina de oro y plata de Meridian Gold, pese a la campaña de los principales partidos de la provincia, en una ciudad de 30 mil habitantes en la sureña provincia de Chubut. Fue el comienzo de un amplio movimiento nacional contra la minería y el extractivismo que se agrupa en la Unión de Asambleas Ciudadanas, donde participan personas de más de 100 pueblos y ciudades de todo el país.


Un año antes había sucedido algo similar en Tambogrande (Perú) y en los años siguientes hubo decenas de plebiscitos en varios países de la región, entre los que cabe destacar los más recientes realizados en Colombia contra mineras. En Guatemala decenas de municipios han accedido a las peticiones de la población rechazando la minería y otros emprendimientos extractivos.


Llegados a este punto, es necesario sacar algunas conclusiones. La primera es que los plebiscitos pueden fortalecer a los movimientos cuando son convocados bajo su influencia y en las condiciones dictadas por ellos, siempre que no afecten cuestiones éticas, que nunca deben ser sometidas a votación.


La segunda es que siempre que se ha convocado a los habitantes de sitios donde hay emprendimientos mineros o grandes obras de infraestructura (hidroeléctricas, aeropuertos y puertos), la respuesta ha sido invariablemente negativa y esto ha fortalecido la resistencia.


La tercera es quiénes debe pronunciarse. No tiene sentido que todo un país decida lo que se va a hacer en un territorio; le corresponde sólo a la población afectada. En no pocas ocasiones los gobiernos han tomado la iniciativa pero sólo para desactivar resistencias.

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Jueves, 28 Diciembre 2017 05:59

El MST hoy, ayer, mañana, siempre

El MST hoy, ayer, mañana, siempre

El Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) no nació de la nada. ¡Nació de la lucha histórica del pueblo brasileño!

Nació de antecedentes importantes y muchas veces olvidados en ese país sin memoria. Pero ciertamente fue y es, no sólo el más longevo, es decir, el que lleva más tiempo actuando, sino el que más conquistas ha alcanzado en términos concretos y continúa alcanzándolas.

Vamos a hablar sólo de los pasados 60 años de ese país en que la cuestión agraria de la tenencia de la tierra viene de siglos.

Para empezar, conviene recordar que no se puede hablar de lucha por la reforma agraria en Brasil sin citar a Leonel Brizola.

En 1961, cuando era gobernador de Río Grande del Sur (en portugués Rio Grande do Sul), Brizola dio inicio al master, Movimiento de los Agricultores Sin Tierra, que fue el primer paso concreto que se dio, en Brasil, para implantar una siempre esperada reforma agraria.

Brizola venía del campo, de la violencia del campo, de la miseria y de las aberrantes desigualdades del medio rural brasileño. Y eso en un estado rico.

Se había casado con una heredera poderosa, doña Neuza Goulart, hermana de Jango Goulart, una familia de estancieros, es decir, de grandes propietarios rurales.

Para que su apoyo a la reforma agraria fuera comprobable en su estado, Río Grande del Sur, donó 45 por ciento de las tierras que había heredado su mujer.

Fue, claro, un gesto destinado a causar un impacto en la opinión pública. Pero también fue el primer paso de la primera tentativa de reforma agraria implantada en Brasil.

Durante su gobierno en Río Grande del Sur se entregaron 13 mil nuevos títulos a los sin tierra. Poco, tal vez. Pero fue la primera y ejemplar tentativa de implantar una reforma agraria en nuestro país.

Hubo otro antecedente del que no podemos dejar de hablar: las Ligas Camponesas, una especie de asociación de campesinos creada primero en Paraíba y que después se extendió por Pernanbuco –donde tuvo su principal foco–, y también por Goiás y a Río de Janeiro.

Desde 1955 hasta 1964, las Ligas Camponesas tuvieron una intensa actuación en Brasil. En el master gaucho apoyado por Brizola hubo dos líderes, João sin tierra y Jair Calixto, cuya repercusión fue local. Ya en las Ligas Camponesas hubo dos grandes dirigentes que tuvieron repercusión nacional: Gregório Bezerra y, después, Francisco Julião.

Conocí a Julião –que para mi generación era un nombre mítico– en Lisboa, en 1979. Conversamos mucho, aquella primera vez. Y muchas más veces cuando me mudé de España a México, donde vivía en condición de exiliado.

Y después, en Brasil, cuando volvió, amnistiado, de décadas de exilio. Siempre oí de él lo mismo: mientras no haya una verdadera, profunda, reforma agraria, Brasil no existirá.

Decía aquello con la suavidad de quien es cordial y la convicción de los que tienen una fe insuperable e inquebrantable.

Pues bien, el MST supo apoderarse de esa herencia esencial y avanzar, avanzar mucho. Hoy, es uno de los movimientos sociales más activos y significativos no sólo de Brasil o de América Latina, sino del mundo.

Su raíz está donde debería estar: en los sin tierra, en los que reivindican tierras para plantar, para producir. Para vivir. Para ser lo que deberían ser desde siempre, desde sus raíces más ancestrales, si Brasil no fuese un país de desigualdades e injusticias aberrantes.

A lo largo de su historia, el MST ha establecido parámetros nuevos para la lucha por la tierra, por la reforma agraria, todos ellos olímpicamente ignorados por los grandes medios oligopólicos de comunicación y, muchas veces, por los gobiernos siempre conchabados con uno u otro lado de la moneda, los latifundios.

El MST tiene cooperativas innovadoras en el sistema de plantación agroecológica y la única cooperativa de América Latina que produce semillas de hortalizas agroecológicas. Es el mayor productor latinoamericano de arroz orgánico. Existe una fenomenal escuela –me refiero a la Florestan Fernandes, creada a raíz de las donaciones de Sebastião Salgado, José Saramago y Chico Buarque–, que era una escuela nacional y ahora es latinoamericana e internacional, por la que pasan estudiantes de todo el mundo. La misma que la policía de los golpistas quiso invadir en noviembre de 2016. Uno de los motivos de orgullo, por lo que sé, del MST es que está usando el método Yo, sí puedo de alfabetización de adultos, y ahora está ayudando al gobierno de Maranhão a combatir el analfabetismo por allá. Existen un sinfín de ejemplos ejemplares, valga la redundancia, y de iniciativas que señalan y prueban la viabilidad de las acciones positivas.

Todo eso se le oculta a la opinión pública por parte de un conglomerado de medios de comunicación que intentan defender, a cualquier precio, un escenario injusto, aglutinador, inmoral e indefendible. Así están las cosas.

Sin embargo, el MST va más allá, mucho más allá, de ocupar y de reivindicar tierras y exigir, con justicia absoluta, una reforma agraria que por lo menos intente disminuir las aberraciones de la propiedad rural en Brasil.

He estado en ocupaciones, he estado en tierras conquistadas al amparo de la ley, he estado en el sueño alcanzado por los abandonados de siempre.

No, el MST no es sólo un grupúsculo de alucinados que invade tierras ajenas. Eso es lo que dicen los grandes medios de comunicación, los periódicos, las revistas, las redes nacionales de televisión y radio.

El MST, además de devolver la dignidad a los pobres de la tierra, desarrolla, de verdad, una especie de proyecto de vida, de nación. Muchas de sus cooperativas, vale la pena reiterarlo, podrían servir de modelo de transformación de la estructura actual de producción rural. Y, claro, de la convivencia en sociedad.

A estas alturas de la vida me considero un señor mínimamente respetable: nací en 1968. Vengo de una generación que se lanzó por todos sus sueños, que en determinados momentos sintió que podía tocar el cielo con las manos, que en otros pensó que había conseguido, al menos, rozar ese cielo.

Entiendo que ese país que me ha tocado en la lotería de la vida, Brasil, país inmenso y dolorido, jamás llegará siquiera a comenzar a ser lo que puede y debería ser, mientras la cuestión de la tierra siga como está.

Continúa siendo inadmisible, para mí, que tan pocos mantengan intocables en sus manos semejante cantidad de tierra. Incomprensible.

Esta es la primera injusticia, la más injusta de todas, la cuna de nacimiento de todas las demás.

No sé, de verdad, si en la cuestión de la tierra está la raíz de todos nuestros males. Pero sé, de verdad, que en esa cuestión está una de las raíces. Tal vez la más profunda de todas. Tal vez.

Y es en ese punto, en ese aspecto, en el que veo la acción principal, la más profunda, del MST.

No en las ocupaciones (en la inmensa mayoría de las veces justificada), no en los gestos más espectaculares, sino en su acción cotidiana, en la formación, en la concientización, en fin, en la siembra de un país posible, aquel mundo que, en palabras de Eduardo Galeano, pueda ser la casa de todos, y no la casa de unos pocos, esos pocos que son los beneficiados de siempre, en detrimento de la inmensa mayoría de los abandonados, los olvidados de siempre.

 

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Martes, 18 Abril 2017 19:18

La experiencia de la solidaridad

La experiencia de la solidaridad

La solidaridad no es sólo la respuesta a un problema individual, sino al problema social de convivir con muchas otras personas, en un mismo territorio. Es, pues, la condición necesaria para que nuestro mundo sea vivible, porque ella es el vínculo que une a las personas entre sí y con todo lo que las rodea. Descubrir ese vínculo supone revisar maneras inadecuadas de pensar, y el autor propone una manera de hacerlo. Mediante la formación de la propia conciencia, con el apoyo de la ciencia, de la ética y del deseo inteligente de progreso personal, es posible crear un ambiente favorable a la cooperación entre los habitantes del mismo espacio y disminuir los conflictos que afligen a diario la convivencia humana.

 

Edición 2016. Formato: 11,5 x 17,5 cm, 122 páginas.
P.V.P.: $ 17.000, ISBN: 978-958-8926-33-9

 

Adquirir libro:

La experiencia de la solidaridad

Mantener la unidad de la izquierda de manera progresista y eficaz. Lecciones desde Grecia y España

 

La experiencia de Syriza pesa en la conciencia colectiva de la izquierda europea. Es importante que aprendamos de esta experiencia y resurjamos más unidos, progresistas y eficaces en la tan apremiante como necesaria consecución de una agenda paneuropea humanista.

 

En enero de 2015 fuimos elegidos para enfrentarnos al catastrófico «programa» griego de la troika y, al hacerlo, reiniciar Europa. Pocos meses después, nuestro Gobierno fue derrotado y peor aún, Syriza fue dividida en tres grupos: aquellos que permanecieron en el Gobierno, junto a Alexis Tsipras; aquellos de nosotros que permanecimos políticamente activos, pero que dejamos Syriza; y un grupo más grande, gravemente herido, que se fue a casa demasiado decaído para seguir luchando.

 

No es la primera vez que la derrota de la izquierda causa escisiones, divisiones y tristeza, incluso conflictos fratricidas. Hay dos maneras de evitar esto. Una es ganar, y, por consiguiente, evitar las repercusiones de la derrota. Sin embargo, aunque tengamos que hacer lo necesario para ganar, es imperativo que sepamos cómo evitar una guerra civil en la secuela de las batallas perdidas.

 

Más adelante volveré sobre lo que necesitamos hacer para ganar, pero en primer lugar siento la necesidad de compartir algunas de las lecciones, arrepentimientos y orígenes de la derrota de Syriza del último verano.

 

En la noche del referéndum del 5 de julio de 2015, Alexis Tsipras y yo discrepamos sobre lo que debíamos hacer. ¿Debíamos interpretar el 62% de votos a favor del OXI (no) como el coraje para llevar nuestro enfrentamiento con la troika aún más lejos? ¿O debía el primer ministro, en cambio, forjar una alianza con la oposición protroika para rendirnos a las demandas de los acreedores?

 

Existían poderosos argumentos en ambas partes, pero este no es el lugar para relatarlos. Claramente discrepamos y, como resultado, decidí abandonar el Gobierno, incapaz de apoyar la decisión del primer ministro. Sin embargo, en ese momento, mi mayor preocupación fue evitar que dicho desacuerdo fragmentara a nuestro partido y dividiera a nuestra gente.

 

Para prevenir que el desacuerdo se tradujera en una división, presenté la siguiente propuesta: que ambas partes del debate reconocieran que la otra parte contaba con razones de peso a su favor. Que reconociéramos que se trataba de una decisión verdaderamente difícil (tanto para Alexis como para mí), lo que, por definición, significaba que nuestras decisiones opuestas eran igualmente bien intencionadas, igualmente defendibles e igualmente de izquierdas. De esta manera, pronuncié un discurso en el Parlamento implorando a todos nuestros diputados en la Cámara y a sus simpatizantes fuera de ella para respetarnos los unos a los otros (aceptando que cada bando tenía sus razones) y que éramos compañeros que simplemente discrepaban.

 

Mi exposición, inicialmente, pareció encontrar suelo firme. Mi sucesor en el Ministerio de Finanzas, Euclid Tsakalotos, usó la misma línea de argumentación tanto en el Parlamento como dentro del partido. Cuando menos, nuestro discurso pretendía mantener al partido unido a pesar del fuerte desacuerdo en nuestra actitud hacia la troika y la oposición estaba frustrada por: (A), la decisión de la dirección de expulsar de Syriza a cualquiera que votara a favor del nuevo memorando y (B) la decisión de muchos compañeros de formar el partido Unidad Popular en oposición a Syriza.

 

A pesar del fracaso de nuestro discurso unificador, que llevó a Syriza a una división en tres partes, todavía creo que el mismo tiene mucho valor para la izquierda, tanto dentro como fuera de Grecia. Sigo convencido de que la izquierda debe aprender a preservar la unidad a pesar de un fuerte desacuerdo interno en cuanto a lo que su Gobierno debe o no debe de hacer. Ningún sector del partido debe nunca imponer su punto de vista al otro con la amenaza de una expulsión. Y ningún sector debe poner como condición a su participación en la coalición, que sus opiniones prevalezcan sobre aquellos que discrepan.

 

Volviendo ahora la cuestión de cómo evitar la derrota, la experiencia de Syriza muestra lo crucial que es que la dirección y el partido acuerden de antemano dónde están las líneas rojas colectivas. Cuando me uní a Alexis Tsipras y a Syriza pensé que teníamos un entendimiento sobre tres de esas líneas rojas, los tres requisitos mínimos para permanecer en el gobierno:

 

.Lograr una importante reestructuración de la deuda.

.Contener la austeridad (es decir, reducción en el objetivo principal de superávit al 1,5% del PIB)

.Recuperar la soberanía nacional sobre las privatizaciones.

 

También teníamos un acuerdo para imponer una quita a los bonos del Gobierno griego en manos del Banco Central Europeo si éste cerraba nuestros bancos para forzarnos a ir más allá de nuestras tres líneas rojas. Y que, si ocurría lo peor de lo peor, dimitiríamos antes que cruzarlas. Claramente me equivocaba, mientras la troika estaba en lo cierto: aquellas tres líneas rojas no eran «reales».

 

Pese a lo que publicaron algunos medios, estos desacuerdos en ningún caso me llevaron a alimentar divisiones. No apoyé a la escisión de Syriza en las elecciones en Grecia porque si bien sabía que eso les llevaría al parlamento, también era consciente de que pondría en peligro la mayoría de Tsipras. Siempre he pensado que las divisiones no son el camino y en las elecciones es donde más se evidencia ese error.

 

Mirando hacia el futuro, hacia las elecciones generales españolas del próximo 26 de junio, es crucial que Unidos Podemos no cometa el mismo error respecto de la troika. Que su dirección trabaje plenamente sobre cuáles son sus líneas rojas. Y que le diga al electorado español cuáles son, atándose a ellas como Ulises se ató al mástil del navío para prevenir que fuera encandilado por el canto de las sirenas. Por encima de todo, Unidos Podemos debe señalar a los posibles socios de coalición, y al Eurogrupo, que estas líneas rojas no son negociables. Todo lo demás lo es, pero no las líneas rojas aceptadas en común (sean las que Unidos Podemos decida que sean).

 

El pasado año en Grecia estuvimos en lo cierto al proclamar que «la esperanza se acercaba». Este año en España, la izquierda acertará si puede pasar de «Podemos» a «Hagámoslo» unidos. Lo que ahora deben hacer es explicar claramente qué es ese «lo», comprometerse a respetar las líneas rojas comunes de la coalición hasta el final y, pase lo que pase, procurar que sus filas permanezcan unidas, incluso cuando los desacuerdos internos sean fuertes.

 

*Economista y exministro de Finanzas de Grecia

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Una celda de aislamiento en la prisión de Riker's Island, en Nueva York.

 

Five Omar Mualimm-ak 
 

Five Omar Mualimm-ak estuvo incomunicado durante cinco años y ocho meses. Previamente, le habían diagnosticado trastorno bipolar pero durante todo el tiempo que pasó en la celda de aislamiento no pudo tomar todos los medicamentos y su salud mental se deterioró; alucinaba y oía voces.

 

"Recuerdo que cuando entré en la celda me sentí como si cruzara un puente y llegase a un mundo completamente distinto. Lo primero que pensé es que si me pasaba algo, nadie se enteraría. Si cuando te traen comida no te la comes toda, lo mejor que puedes hacer es tirarla por el inodoro, porque si ven que dejas comida te castigan con una "hogaza"; un trozo de pan con col podrida y que te provoca diarrea. No quieres que te den el pan porque si no te lo comes, te dan más pan como castigo por no haber comido el pan.

 

En una ocasión, una mosca se coló en la celda y empecé a hablar con ella: ¡Hola! ¿Cómo te va? Me pasé todo el día intentando matarla, –era una actividad–, y al final terminamos jugando a pilla pilla. Al final, me cansé de jugar y me tumbé. La mosca se puso en mi hombro y le pregunté: ¿Ya no juegas? Y la atrapé. Luego, ya no quise que se fuera de la celda así que tapé el agujero de la puerta para que no pudiera salir. El resultado fue que los guardas desconfiaron de mí y me hicieron salir de la celda para inspeccionarla, y la mosca se escapó. Me emociono cuando pienso en la mosca de mi celda".

 

 

Dolores Canales

 

Dolores Canales entró en la cárcel a los 18 años y pasó los primeros nueve meses en régimen de aislamiento. Desde su celda solía dirigir a los demás prisioneros; los animaba a vestirse "para la cena" con las sábanas de sus camas y cantaban al unísono. El hijo de Dolores ha pasado los últimos 14 años de su vida en régimen de aislamiento.

 

"Cuando te sacan de tu celda para aislarte lo hacen sin avisarte. Es decir, intentan pillarte por sorpresa. Tienes la sensación de que el mundo se resquebraja bajo tus pies.

 

Tan pronto como entré en la celda de aislamiento me sentí lejos de todos. Es como llegar a un país extraño y no hablar el idioma. Cada vez que sales de la celda para ducharte, te desnudan por completo y también te esposan, y solo entonces te acompañan hasta la ducha; el guarda que te acompaña puede ser un hombre o una mujer.

 

La puerta de la celda tiene una ventanilla de vidrio transparente. Se supone que no debes taparla, pero como no tenía intimidad y los guardas caminan por el corredor, siempre tapé mi ventana. En verano hace tanto calor que tienes la sensación de que tu cabeza va a estallar. Probablemente, pases mucho tiempo tumbado en el suelo, intentando aprovechar el poco aire que se cuela por debajo de la puerta. En invierno, hace un frío glacial.

 

Los prisioneros en régimen de aislamiento participábamos en sesiones de canto. Nos poníamos cerca de la puerta y cantábamos al unísono. Solíamos cantar Respeto ( Respect, de Aretha Franklin) bastante a menudo. Conservo la costumbre de cantar en voz alta. En muchas ocasiones, me arreglaba para la cena a pesar de que sabía que no podría salir de la celda. Decía: 'Vamos chicos, nos vestiremos con nuestras sábanas', y así salíamos de la rutina.

 

Mi hijo ha pasado los últimos 14 años en la cárcel, en régimen de aislamiento. Es lo más duro que me podía pasar porque sé lo que siente".

 

 

 

Steven Czifra

 

Steven Czifra estuvo aislado en una celda cuando era menor. Fue condenado a diez años de cárcel por un crimen que cometió a los 13. A los 30 le dieron la libertad condicional; de los 17 años que pasó en la cárcel, 8 estuvo completamente aislado del resto de reclusos.

 

"De los ocho años que estuve en régimen de aislamiento, solo puedo recordar unos pocos días, porque todos eran igual. El aburrimiento que sientes cuando estás incomunicado es completamente distinto al aburrimiento que puedas sentir en cualquier otra situación. Si te aburres cuando estás en una celda de aislamiento significa que ya has agotado todos tus recursos: ya no sabes cómo combatirlo así que ya no te aburres sino que te desesperas; te desesperas porque sabes que no hay solución.

 

Puedes oír el ruido de las luces y ver el color de las luces; si son amarillas. Pero cuando ya hace cinco años que las ves quieres arrancarte los ojos. Te arrancarías los ojos o las orejas por el ruido de las luces o del ventilador, que nunca se para, nunca.

 

No me percaté del profundo impacto que me había causado esta experiencia hasta que tuve una relación y empecé a convivir con esa persona. No dejaba que mi pareja tocara muchas partes de mi cuerpo, durante cinco años ni siquiera me podía tocar...e incluso ahora no me gusta que me toque, a menudo me encojo cuando me toca. Me encojo, literalmente, cuando me toca. Eso es lo que hay".

 


Johnny Pérez

 

En total, Johnny Pérez pasó tres años en una celda de aislamiento; llegó a pasar 13 meses seguidos en una celda de estas características.

 

"Cuando tenía 21 años me detuvieron tras un atraco. Me condenaron a 15 años de cárcel. Al cabo de pocos meses, empecé a consumir drogas. Me castigaron y pasé 90 días completamente aislado.

 

Cuando estás en régimen de aislamiento, cada informe de mal comportamiento supone que pasarás más días en esas condiciones. Es bastante frecuente el caso de alguien que tenía que pasar un año en una celda de aislamiento y terminó pasando cinco, seis, siete años en esa caja porque fue enlazando castigos por mal comportamiento.

 

La primera vez que entras en la celda, te parece que está demasiado vacía. Probablemente tendrás una ventana pero no te permitirá ver el exterior. Las paredes suelen estar pintadas de un color gris deprimente. Probablemente no te darán material de lectura. Lo único que podrás hacer es pasar muchas horas sentado en silencio, en completo silencio; un silencio tan absoluto que puedes oír los latidos de tu corazón. Es una sensación de estrés continuo que te desborda. Cada segundo que pasas en esa celda, es un ataque a tu alma.

 

A veces, solo quería oír una voz humana, y gritaba, cantaba o "rapeaba", incluso me inventé un amigo imaginario y hablaba con él para distraerme. En alguna ocasión llegué a preguntarme si había perdido la cordura. Perdí la noción del tiempo y ya no sabía qué día de la semana era. Uno de mis peores temores era que si perdía la noción del tiempo también perdía la cuenta de los días que me faltaban por salir de allí.

 

También me aterraba la idea de que decidieran no darme más comida. Estaba paranoico. Si la comida se demoraba diez minutos, automáticamente pensaba lo peor, algo así como: Confirmado, ahora nos van a matar de hambre".

 

Traducción de Emma Reverter

 


 

 

Hay unas 100.000 personas en celdas de aislamiento solo en Estados Unidos

 

El régimen de aislamiento consiste en apartar a personas en celdas cerradas entre 22 y 24 horas al día, prácticamente sin ningún contacto humano, durante periodos de tiempo que van de días a décadas. Pocos sistemas penitenciarios usan ese término; hablan en su lugar de "segregación" carcelaria o ubicación en "alojamiento restrictivo". Como se puede hacer por razones punitivas, disciplinarias o supuestamente protectoras, los nombres varían. Sea cual sea la terminología, la práctica implica una intención deliberada de limitar el contacto social durante un periodo de tiempo determinado o indeterminado.

 

 

¿Cuántas personas están bajo este régimen?

 

El número de personas en aislamiento en Estados Unidos es muy difícil de determinar. La falta de información fiable se debe a las diferencias entre unos Estados y otros y a las limitaciones en la recopilación de datos y en la idea de qué constituye un régimen de aislamiento. Dicho esto, las estimaciones disponibles en este momento apuntan a que entre 80.000 y 100.000 personas encarceladas están retenidas bajo algún tipo de aislamiento.

 

En 2015, el Programa de Interés Público Arthur Liman, de la Facultad de Derecho de Yale, y la Asociación de Administradores Penales Estatales publicaron un informe que indicaba que entre 80.000 y 100.000 personas estaban en alojamiento restrictivo en las cárceles estatales en 2014. Esa estimación es una extrapolación de datos obtenidos de 34 Estados, que acogen al 73% de todos los reclusos. El estudio encontró a más de 66.000 personas en régimen de aislamiento. Esta cifra no incluye las cárceles locales de corta estancia ni los centros de menores, los militares o los de inmigrantes. La duración de los periodos de aislamiento va de algunos días a varias décadas, pero hay pocos datos precisos.

 


¿A quién se recluye en régimen de aislamiento?

 

Los hombres y mujeres encarcelados pueden ser recluidos en aislamiento completo durante meses o años no solo por actos violentos, sino también por contrabando, por dar positivo en pruebas de drogas, por ignorar órdenes o por blasfemias. Otros han acabado bajo ese régimen por tener enfermedades mentales no tratadas, ser niños con necesidades de "protección", ser gay o transgénero, ser musulmanes, por sus ideas políticas o por haber denunciado violaciones o maltrato por parte de funcionarios de prisiones.

 

Los periodos de aislamiento se basan en acusaciones impuestas, adjudicadas y aplicadas por funcionarios de prisiones con poca o ninguna supervisión exterior. Muchos sistemas penitenciarios tienen un proceso de audiencia, pero a menudo eso es solo simbólico. Los funcionarios hacen de fiscal, juez y jurado al mismo tiempo, y pocas veces se permite que los reclusos tengan representación legal.

 


¿Cómo son las condiciones?

 

La vida en aislamiento supone estar hasta 24 horas al día en una celda. Las personas retenidas bajo ese régimen en las prisiones federales, por ejemplo, suelen pasar dos días a la semana en completo aislamiento y 23 horas diarias en su celda los cinco días restantes, con una hora en el exterior para hacer ejercicio. Esa actividad física la suelen desarrollar solos en una sala de ejercicios o en un espacio vallado. A algunos prisioneros se les escolta esposados a la ducha, mientras que otros tienen duchas en sus celdas. Pueden no permitirles salir de estas para recibir visitas o para hacer llamadas telefónicas.

 

Las celdas de aislamiento suelen medir unos 2x3 metros. Algunas tienen barras, pero es más frecuente que tengan puertas firmes de metal. Las comidas les llegan por ranuras de esas puertas, al igual que cualquier comunicación con el personal de prisión. Dentro de esas celdas, viven en inactividad forzosa, puesto que les niegan la oportunidad de trabajar o asistir a actividades de la prisión. A veces les prohiben tener televisión, radio, obras de arte o incluso leer en sus celdas.

 


¿Cuáles son los efectos psicológicos?

 

Un estudio realizado a partir de numerosas entrevistas con personas detenidas en las unidades de seguridad de la cárcel de Pelican Bay, en el norte de California, halló en 1993 que el aislamiento induce un trastorno psiquiátrico caracterizado por hipersensibilidad a los estímulos externos, alucinaciones, ataques de pánico, déficits cognitivos, pensamiento obsesivo, paranoia y muchos más problemas físicos y psicológicos. La evaluación psicológica de los hombres en situación de aislamiento en Pelican Bay indicaba altos índices de ansiedad, nerviosismo, reflexión obsesiva, ira, fantasías violentas, pesadillas, problemas de sueño, mareos, sudor de manos y palpitaciones del corazón.

 

El doctor Craig Haney, en su testimonio frente al Comité de Seguridad Pública de la Asamblea de California en agosto de 2011, habló de los efectos del régimen de aislamiento. "En resumen, los reclusos en estas unidades se quejan de sensaciones crónicas y abrumadoras de tristeza, desesperación y depresión", afirmó. "Los índices de suicidio en las unidades de aislamiento de California son con diferencia los más altos de cualquier prisión del país. Muchas personas detenidas en estas unidades de aislamiento se vuelven profundamente paranoicas, están muy ansiosas y tienen miedo de las personas, en los pocos momentos en los que les permiten contactar con ellas. Algunos empiezan a perder la cordura y se desequilibran".

 

¿Se recluye en aislamiento a personas con enfermedades mentales?

 

Sí, a muchas. En los últimos 30 años, las cárceles se han convertido en los mayores centros psiquiátricos de EEUU, y las celdas de aislamiento en concreto acogen actualmente a miles de personas con enfermedades mentales. En un informe de 2003, Human Rights Watch calculó, a partir de datos públicos estatales, que entre un tercio y la mitad de los reclusos en aislamiento tenían algún tipo de enfermedad mental.

 

 

¿Cuánto cuesta?

 

No solo es que las unidades de aislamiento son más caras de construir que las normales. También cuesta mucho más alojar a alguien en aislamiento que con el resto de reclusos. A nivel nacional, se ha estimado que el coste medio de un año en este régimen cuesta a los contribuyentes 75.000 dólares (unos 65.000 euros).

 

Este texto se ha elaborado con ayuda de la información proporcionada por Solitary Watch

 

 

 

 

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