Domingo, 09 Mayo 2021 05:10

Las capas del golpe en Myanmar

Las capas del golpe en Myanmar

El golpe de Estado perpetrado en Myanmar el 1 de febrero tiene que ver con el nacionalismo budista y el odio a los rohingya, dos elementos que paradójicamente comparten las partes implicadas. El mismo golpe tiene implicaciones regionales por cuanto afecta a la ASEAN y a China.

 

El 1 de febrero, una instructora de fitness emitía en streaming uno de sus entrenamientos con una gigantesca autopista de 20 carriles tras ella. En la ancha vía, sin que la mujer se percatara, aparecía un enorme convoy de vehículos militares que se dirigían al Parlamento de Myanmar: quedaba así testimonio gráfico del inicio del golpe de Estado en el país. El vídeo, viralizado, dio la vuelta al mundo.

Habitualmente, la ya famosa carretera está prácticamente desierta, reflejando las lagunas de la decisión que tomó la junta militar en 2005 de trasladar la capital de Myanmar a Naypyidaw. Esta ciudad viene experimentando un aumento vertiginoso de infraestructura desde aquel año que en absoluto se corresponde con el ritmo y el tamaño demográfico real de la ciudad, de unos 700.000 habitantes.

Esta excentricidad no desentona en absoluto con la política nacional de las últimas décadas. El golpe de febrero, de hecho, se enmarca en un contexto de múltiples clivajes, disputas de poder y polarización, donde la religión budista está imbricada a varios niveles. Tanto es así que el gran experimento marxista local, la vía birmana al socialismo de Maung Shu Mang Ne Win, combinó el budismo con un marxismo-leninismo que pretendía revisar las tesis de los clásicos y adaptarlas a su particular forma de entender lo birmano. Plantearon que el budismo era parte constitutiva de su identidad nacional y, sobre esa base, se justificó la exclusión de las minorías étnico-religiosas, con un especial ensañamiento contra la comunidad rohingya.

En la actualidad existen alrededor de 140 etnias reconocidas en la periferia de Myanmar, teniendo un papel protagónico los ya mencionados rohingya, que vienen sufriendo, según la ONU, una limpieza étnica desde 2017. Cuatro meses después de la insurgencia de este pueblo que marcó el inicio de su persecución ya se registraban cerca de 650.000 personas desplazadas hacia campamentos en Bangladesh. Para sorpresa de la comunidad internacional, una de las responsables de esto fue la Premio Nobel de la Paz (1991) Aung San Suu Kyi, quien llegó al poder de facto en 2015 en unas elecciones en las que se retiró a los rohingya su derecho al voto. Resaltar el carácter fáctico del poder de Suu Kyi no es baladí: al ser sus dos hijos ciudadanos británicos, no puede acceder a la presidencia formal de la nación. Es por eso que ha tenido que construir su autoridad en términos de influencia y accediendo a “cargos menores” como la Consejería de Estado.

El liderazgo de Aung San Suu Kyi se ha sostenido sobre un frágil equilibrio entre ella y su partido —la Liga Nacional por la Democracia (LND)— y el Tatmadaw —las Fuerzas Armadas—. La figura de Suu Kyi se forjó durante la dictadura militar que siguió al golpe de Estado de 1988 contra el gobierno del Partido del Programa Socialista de Birmania. Durante el periodo de la Junta militar se agravaron los conflictos entre etnias que venían desde antes del gobierno socialista-budista y se fijó definitivamente a los rohingya como el enemigo interno.

En 2010 se cerró el tibio proceso aperturista que se había iniciado unos años antes, aunque el verdadero hito fue la victoria de la LND en las elecciones generales de 2015. Ahora bien, es primordial apuntar que la Constitución garantiza al Tatmadaw un 25% de los escaños y varios puestos ministeriales, por lo que tan pronto accedió la LND al gobierno comenzó una difícil relación política entre el partido, Aung San Suu Kyi y la Junta que tantas veces la había perseguido y arrestado y cuyo aparato se mantiene gracias al expolio de recursos tales como los rubíes o el oro.

El budismo es uno de los lazos entre los liberales de la NLD y las Fuerzas Armadas: ambos sostienen la construcción del Estado en torno a la predominancia de los bamar (budistas), autopercibidos como la única etnia auténticamente birmana. En realidad, este nacionalismo étnico-religioso ha pasado de mero garante de una cierta cohesión social de carácter exclusivista a ser un verdadero clivaje político. De forma similar a lo acontecido en la India de Narendra Modi con el nacionalismo hindú —también enfrentado con los indios musulmanes—, esta cuestión es ya un aspecto central de la política nacional. Los últimos años han visto una cooptación de las bases nacionalistas, históricamente ligadas al Tatmadaw, por parte de Aung San Suu Kyi, que ha conseguido capitalizar el odio contra la minoría rohingya, llegando a blanquear ante a la Corte Penal Internacional la limpieza étnica perpetrada por los militares.

¿Qué pasó el 1 de febrero?

En las elecciones generales de 2020, Aung San Suu Kyi revalidó su mayoría absoluta en la Cámara de Representantes. El líder de Unión, Solidaridad y Desarrollo (USDP) —vinculado al Tatmadaw— declaró que impugnaría el resultado electoral alegando fraude y solicitó a las Fuerzas Armadas que velaran por unas “elecciones justas”. Progresivamente, el propio ejército fue ensuciando el debate, llegando a hablar de “fraude electoral masivo”. “No decimos que el Tatmadaw tomará el poder, pero tampoco que no lo hará”, llegó a declarar un portavoz. Apelando a la Constitución, su discurso fue incorporando elementos golpistas y fueron desplegando unidades militares en algunos puntos del país.

Horas antes de que la asamblea legislativa tomara posesión comenzó una persecución militar sobre líderes políticos. Ese mismo día, el 1 de febrero, fue arrestada Aung Saan Suu Kyi, concretándose un golpe de Estado que podía palparse días antes. Bajo tal clima, U Myint Swe —hasta entonces vicepresidente— asumió la presidencia y traspasó el poder a Min Aung Hlaing, comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas.

La polarización política sacudió definitivamente al país y masas de trabajadores urbanos salieron a repudiar el golpe, encontrándose de frente con la represión de la Junta. La escalada de violencia estatal dejó episodios como el del 14 de marzo, en el que los trabajadores textiles de Hlaing Tharyar fueron atacados por francotiradores. La clase obrera industrial ha sido la triste protagonista de algunos de los más cruentos capítulos que ha dado de sí el golpe en Myanmar. En la fecha de redacción de este artículo, la cantidad de asesinados por el gobierno de facto del Tatmadaw asciende a más de 760. Pueden consultarse diariamente los datos a través de AAPP Burma.

Concretamente, la Asociación de Asistencia de Prisioneros Políticos birmana cifró en su informe diario del 5 de mayo en 769 los asesinados y en 4766 los detenidos.La virulencia en el accionar de la Junta ha sido condenada por organizaciones como la Unión Nacional de Karen, la cual narró a través de un comunicado oficial cómo se habían perpetrado ataques aéreos sobre población civil en los distritos de Mutraw y Kler Lwee Htoo, arrebatando la vida de niños, estudiantes y destruyendo la infraestructura y las viviendas de múltiples poblaciones, provocando además la huída de más de 12.000 personas. La crueldad de los golpistas ha tratado de ser visibilizada por varias figuras públicas. Tal es el caso de Han Lay —Miss Myanmar 2020— quien, entre lágrimas, dedicó su discurso en la ceremonia celebrada a finales de marzo a condenar la represión militar. Paradójicamente, la misma Han Lay llegó a declarar que Aung Saan Suu Kyi era una inspiración para ella. Sirva esto como ejemplo de la polarización política en Myanmar.

La delicada situación de la ASEAN

Para entender el Sudeste Asiático se torna imprescindible conocer la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), que incorpora a día de hoy a Vietnam, Camboya, Filipinas, Malasia, Brunéi, Singapur, Tailandia, Indonesia, Laos y el propio Myanmar. Fundada en 1967 tras conflictos como la konfrontasi entre Malasia e Indonesia, fue en gran parte la dialéctica socialismo-capitalismo la que precipitó su creación. La región concentró gobiernos de múltiple índole que percibieron como necesario un instrumento de cooperación y control del conflicto. Finalizada la Guerra Fría, se aplicó dentro de la organización un tratado de libre comercio que facilitó el crecimiento de las distintas economías de la región.

Su capacidad de ejercer como bloque hacia fuera es una de las grandes fortalezas de una organización que es asumida como ejemplo por muchos internacionalistas. Los tratados de libre comercio con Corea del Sur, India o China, su papel en el Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico o su voluntad de ejercer como mediador entre Estados Unidos y Corea del Norte han legitimado su existencia interna y externamente.

El factor de la diversidad no estuvo ausente en el largo proceso de consolidación de la ASEAN. Repúblicas socialistas, repúblicas democrático-liberales y monarquías constitucionalistas y absolutistas comparten este espacio regional. También países cristianos, musulmanes, budistas, no religiosos e incluso un crisol como Singapur. Es esta diversidad la que, en cierta medida, explica las limitaciones que la organización ha tenido a lo largo de su historia para diseñar posturas unitarias sobre asuntos internos. El pragmatismo de la ASEAN, aceptando como integrante a Myanmar en 1997 cuando todavía estaba regida monolíticamente por la Junta, ayudó a la apertura del país. Ahora, afronta un dilema similar al de aquellos años: poner o no en riesgo la reputación de la propia organización por apoyar a un miembro desacreditado internacionalmente.

Varios elementos están sobre la mesa para la ASEAN: en primer lugar, la relación con Estados Unidos, que mantenía un estrecho vínculo con Aung Saan Suu Kyi; en segundo lugar, las imágenes de la violencia del Estado contra la clase trabajadora del país ponen en evidencia al bloque frente a la comunidad internacional por su tibieza, especialmente llamativa en una organización que llevó la defensa de los Derechos Humanos por bandera desde el momento de su fundación; y, en tercer lugar, el potencial riesgo de una crisis de refugiados que afectaría a países de la asociación y a otros como India, China o Bangladesh.

El resultado de esta combinación de factores es la dificultad de diseñar y aplicar una posición conjunta al respecto del golpe, lo que complica cualquier tipo de intervención. Como ejemplo, Tailandia, Camboya, Filipinas y Vietnam han mantenido una postura cauta hablando de ello como un asunto interno, Malasia e Indonesia condenaron explícitamente el golpe y Singapur pidió no imponer sanciones económicas sobre el país. En términos generales, el único consenso hacia dentro de la ASEAN pareciera ser la no injerencia directa y el pedido de un “diálogo constructivo” entre las partes implicadas.

¿Y China?

Siempre se mira con lupa lo que hace China en materia internacional. El economista Giovanni Arrighi plantea que Estados Unidos se convirtió, mediante tratados de defensa bilateral dirigistas, en el Estado central de un sistema vertical que incluía a estados como Japón, Corea del Sur, Taiwán y Filipinas en el que estos hubieron de especializarse en el comercio y la búsqueda de beneficios, y aquel lo hizo en el suministro de protección. Desde que tomara forma ese sistema constitutivo de la Guerra Fría hasta hoy han cambiado muchas cosas en la región. Quizá la más importante sea la ya indiscutible centralidad de China.

El gigante asiático ha mantenido una relación compleja con Myanmar desde hace varias décadas. Habiendo sostenido vínculos simultáneos con la Junta y con algunas etnias del país, el Estado chino ha sido capaz de consolidar su papel de mediador entre ambas aprovechando las lagunas que deja un Estado como el birmano, desbordado en materia de seguridad. A esto cabe sumar el enorme peso político y económico que Beijing tiene sobre Naypyidaw a través de, por ejemplo, sus inversiones en zonas especiales como Shan, que inclina la balanza de las decisiones de los gobiernos de Myanmar.

La reacción china al golpe no ha cambiado sustancialmente desde el propio 1 de febrero, cuando Wang Wenbin —portavoz del ministerio de Asuntos Exteriores— señaló simplemente su deseo de que todas las partes “manejen adecuadamente sus diferencias a la luz de la Constitución y del marco jurídico”. Eso sí, a medida que avanzaron las semanas se ofreció como mediadora y reconoció su voluntad de coordinar para “promover conversaciones pacíficas”. Sin que deba pasarse por alto, además, el 2 de mayo arribó al aeropuerto internacional de Yangon un avión de Air China cargado con vacunas frente al COVID-19 donadas por el gobierno de Xi.

Ahora bien, aunque China haya sido especialmente cauta a la hora de calificar el golpe como tal, lo cierto es que no se encuentra estrictamente cómoda con los militares. Durante los años de liderazgo de Suu Kyi, las relaciones diplomáticas mejoraron profundamente, Myanmar experimentó un gran crecimiento económico en el que las inversiones chinas jugaron un papel protagónico y China encontró un mercado en el que vender sus productos. Un gran número de proyectos vinculados a la Nueva Ruta de la Seda salieron adelante después de que la NLD ganase las elecciones en 2015, pero el golpe los rodea de dudas, pudiendo retrasarlos o incluso deslegitimarlos si China no define una posición política específica con respecto de la violencia de la Junta.

Por Eduardo García Granado

@eduggara

9 may 2021 06:00

Publicado enInternacional
Reunión de cancilleres del G-7 concluye en Londres con críticas a Rusia y China

Londres. El grupo de las siete principales economías mundiales G-7 concluyó ayer su primera reunión presencial en más de dos años con críticas a Rusia por su "actitud irresponsable" en Ucrania y llamados a China a "respetar los derechos humanos".

Además de China, Rusia e Irán, los cancilleres amenazaron a la junta golpista de Myanmar con nuevas sanciones y se comprometieron a apoyar económicamente el programa de reparto de vacunas Covax.

Sin embargo, los cancilleres de Reino Unido, Estados Unidos, Francia, Alemania, Italia, Canadá y Japón no hicieron ningún anuncio inmediato sobre nuevos fondos para mejorar el acceso a las vacunas contra el Covid-19, pese a los reiterados llamados para que el G-7 haga más para ayudar a los países más pobres.

La reunión de esta semana marcó el tono de la cumbre de líderes de estas potencias que se llevará a cabo del 11 al 13 de junio y que supondrá el debut internacional del presidente estadunidense, Joe Biden.

"Reconocemos que nos reunimos en un contexto excepcional y de cambios rápidos", indicó el comunicado final, que apuesta por el sistema multilateral para dar forma a un futuro más limpio, más libre, más justo y más seguro para el planeta.

Los cancilleres del G-7 reservaron sus críticas más duras para China, a la cual llamaron a cumplir con sus obligaciones en virtud de la legislación nacional e internacional.

También externaron su preocupación por las violaciones de los derechos humanos y los abusos contra la minoría musulmana uigur en la provincia de Xinjiang y en el Tíbet, e instaron a poner fin a la represión de los manifestantes en Hong Kong.

Las siete potencias dejaron, no obstante, la puerta abierta a una futura cooperación con Pekín y subrayaron la necesidad de una postura común para enfrentar los retos globales, en contraste con el creciente unilateralismo de los últimos años durante el mandato de Donald Trump en Estados Unidos.

Los jefes de la diplomacia también acusaron a Rusia por su "actitud desestabilizadora" al desplegar tropas en la frontera con Ucrania, la "ciberactividad maliciosa", la desinformación y sus acciones de inteligencia.

"Seguiremos reforzando nuestras capacidades colectivas y las de nuestros socios para hacer frente y disuadir el comportamiento ruso que está amenazando el orden internacional basado en normas", advirtieron.

La reunión se realizó en un contexto de creciente presión para mostrar más solidaridad, máxime cuando a los países pobres les siguen faltando vacunas para luchar contra la pandemia y las campañas masivas de inmunización en los ricos permiten el desconfinamiento.

Más de mil 200 millones de dosis contra el Covid-19 se han administrado a nivel global, pero menos de uno por ciento ha sido en los países menos desarrollados. En su comunicado, el G-7 promete apoyar económicamente el programa Covax "para permitir un despliegue rápido y justo" de vacunas, aunque no anunciaron ayuda adicional.

Publicado enInternacional
Kissinger: extinción tecnonuclear de la humanidad por una guerra fría de EU y China

La revista globalista The Economist colocó a Taiwán como "el lugar más peligroso del planeta" por lo que “Estados Unidos y China deben trabajar (sic) más duro para evitar una guerra sobre el futuro de Taiwán (https://econ.st/3vLSDQ9)”.

Al menos que Biden use la "carta de Taiwán" como moneda de regateo con China, la portada de The Economist rememora la máxima crisis de la guerra fría entre Estados Unidos y la ex URSS por la crisis de los misiles en Cuba hace 59 años.

Con Taiwán, EU –desde los Clinton/Obama, pasando por Trump, hasta Biden– ha pisoteado las "líneas rojas" aceptadas por Nixon/Kissinger a inicios de los años 70 del siglo pasado.

En su ponencia virtual conjunta “El desorden mundial: confrontando el desafío de China (https://bit.ly/2QKmA4h)”, con el senador israelí-estadunidense Joe Lieberman del Partido Demócrata, el también israelí-alemán-estadunidense Kissinger, a sus 97 años, advirtió en forma dramática la "capacidad de la humanidad para extinguirse en un periodo finito (sic) de tiempo", debido a las tensiones crecientes entre Estados Unidos y China, en el foro Sedona anual del McCain Institute, con sede en Washington, dependiente de la Universidad del estado de Arizona.

Kissinger dramatizó que hoy el “máximo problema del mundo es la confrontación de Estados Unidos y China: es el principal problema para Washington; es el principal problema del mundo, ya que si no podemos resolverlo, entonces el riesgo es que se desarrollará en todo (sic) el mundo un género de guerra fría entre China y Estados Unidos (https://bit.ly/3ulIg50)”.

El ex asesor de Seguridad Nacional de Nixon y Ford afirmó que los avances en tecnología nuclear e inteligencia artificial (IA) –cuyas máquinas y algoritmos pueden ser autónomos sin intervención humana– donde China y Estados Unidos son líderes y han multiplicado la amenaza de un Armagedón.

Kissinger reconoce que las ya de por sí pletóricas armas nucleares eran más que suficientes durante la guerra fría para dañar al planeta entero, ahora los prodigiosos avances en la tecnología, en particular en el ámbito de la IA militar, tienen un colosal efecto multiplicador: "hemos desarrollado la tecnología de un poder que va más allá de lo que cualquiera hubiera imaginado hace 70 años", ya que “un conflicto militar entre poderes high tech es de significado colosal (sic)” cuando al tema nuclear se ha sumado el tema high tech, que en el campo de la IA, en su esencia, se basa en que el hombre (sic) se vuelve socio de las máquinas y que las máquinas pueden desarrollar su propio juicio (¡mega-sic!)”.

Rememoró que la guerra fría después de la Segunda Guerra Mundial entre Estados Unidos y la ex URSS por décadas fue de carácter "unidimensional", centrada en la competencia de armas nucleares: "la URSS no tenía capacidad económica (sic). Tenían una tecnológica militar" y "no habían desarrollado una tecnológica como China". Hoy "China es un inmenso (sic) poder económico, además de constituir un poder militar significativo".

¿No estará hoy exagerando el poder militar de China y depreciando el poder geoeconómico de Rusia? A mi juicio, tales errores de juicio y de cálculo desembocan seguido en catástrofes.

En su apocalíptico epílogo, el casi centenario Kissinger abogó por una política de Estados Unidos hacia China con un abordaje de dos vertientes: mantener firmes los principios de Estados Unidos y exigir respeto (sic) de China y mantener un diálogo constante en búsqueda de áreas de cooperación con métodos "diplomáticos" que "no siempre llevarán a resultados benéficos".

Mientras Washington inicia su nada graciosa fuga de su guerra más duradera en Afganistán, en paralelo, el primer secretario de Defensa afroestadunidense, general Lloyd Austin, ha advertido en forma ominosa que “la forma en que combatamos la siguiente (sic) gran guerra será muy diferente a la forma en que hemos combatido las otras (https://bit.ly/3b1GChy)”.

Kissinger, que sueña todavía con un G-2 de Rusia con Estados Unidos contra China, no citó las categóricas "líneas rojas" de Putin del 21 de abril (https://bit.ly/3xKDrEA) ni citó las armas hipersónicas del Kremlin. A su cuenta y riesgo…

http://alfredojalife.com

Facebook: AlfredoJalife

Vk: alfredojalifeoficial

https://www.youtube.com/channel/ UClfxfOThZDPL_c0Ld7psDsw?view_as=subscriber

Publicado enInternacional
El secretario de Estado de EE.UU., Antony Blinken, el 27 de abril de 2021.Leah Millis / Reuters

El secretario de Estado de EE.UU. afirmó que el gigante asiático "es el único país con la capacidad militar, económica y diplomática" para desafiar, lo que llamó, un "orden basado en reglas".

 

Tanto EE.UU. como China no están interesados en buscar una confrontación militar porque va en contra de sus intereses, afirmó este fin de semana el secretario de Estado del país norteamericano, Antony Blinken, durante una entrevista con CBS News.

Al ser cuestionado sobre las capacidades militares del gigante asiático en zonas donde la Armada de EE.UU. también tiene una presencia importante, Blinken sostuvo que llegar o dirigirse hacia un enfrentamiento entre las dos potencias es "completamente contrario" a sus intereses.

"China cree que puede ser y debe ser y será el país dominante en el mundo", afirmó el alto funcionario tras sugerir que "es el único país con la capacidad militar, económica y diplomática para socavar o desafiar el orden basado en reglas".

En este contexto, aseguró que el propósito de Washington no es contener o frenar a Pekín, sino mantener "ese orden basado en normas que China está desafiando". "Si alguien desafía ese orden, nos pondremos de pie y lo defenderemos", subrayó.

Por otra parte, Blinken declaró que EE.UU. también tiene preocupaciones en otros ámbitos con China, como el área comercial, recordando que la Administración del presidente Joe Biden ha mantenido los aranceles contra el gigante asiático, impuestos durante la presidencia de Donald Trump. "China puede ser el único gran problema del momento en Washington en el que demócratas y republicanos encuentran una causa común", agregó.

Publicado: 3 may 2021 01:57 GMT

Publicado enInternacional
Sahara Occidental: derecho a la independencia

En su agónico final como presidente, Trump decidió "reconocer" la "soberanía" de Marruecos sobre "todo" el Sahara Occidental, actualmente dividido en una zona ocupada por Marruecos, otra controlada por la República Saharaui (20 por ciento del total) y otra pequeña, pero estratégica, controlada por Mauritania. Esta decisión contraria al derecho internacional daña la paz en el norte de África. Para enjuiciarla evitando presentaciones manipuladas procede recordar la historia y el derecho internacional aplicable de la Organización de Naciones Unidas (ONU).

España firmó en 1884 un acuerdo de "protectorado" con las tribus independientes del Sahara Occidental, casi 30 años antes de que, junto con Francia, en 1912 sometieran a protectorado a Marruecos. Al independizarse este último, en 1956, su política exterior agresiva para construir el "Gran Marruecos" buscó anexionarse el Sahara Occidental, Mauritania, el noroeste de Mali, el oeste de Argelia y los territorios españoles del norte de África.

Marruecos protestó cuando, en 1960, Mauritania ingresó a la ONU, aduciendo que este país era parte de su "integridad territorial" (S/4568). Fracasado este intento, encaminó su expansionismo contra Argelia, intentando arrebatarle sus territorios occidentales en 1963 (Guerra de las Arenas). Tras fracasar, concentró todas sus energías en apoderarse del Sahara Occidental alegando, también, que era parte de su "integridad territorial" y que la descolonización del territorio entonces administrado por España no debía hacerse mediante un referéndum de autodeterminación, sino "devolviéndolo" a Marruecos para que lo "recuperara".

Para disipar dudas, la ONU solicitó a la Corte Internacional de Justicia una opinión consultiva, que fue emitida el 16 de octubre de 1975 y en la que se afirmó que Marruecos nunca tuvo soberanía sobre el Sahara Occidental, y que a lo sumo el sultán marroquí sólo tuvo vínculos personales con ciertas tribus minoritarias del norte del territorio (los tekna), mientras las tribus saharauis mayoritarias (como erguibat) siempre fueron independientes y no tuvieron ni siquiera vínculos personales con el sultán. La Corte concluyó que la descolonización del Sahara Occidental debía hacerse "mediante la aplicación del principio de autodeterminación gracias a la expresión libre y auténtica de la voluntad de las poblaciones del territorio" (párrafos 102 y 162).

Para llevar a cabo el referéndum, España elaboró en 1974 un censo de la población originaria. Pero la enfermedad terminal del general Franco (entonces en el poder), justo después del pronunciamiento de la Corte, fue aprovechada por el rey marroquí y sus aliados internacionales (Kissinger, fundamentalmente) que organizaron una invasión del Sahara Occidental mediante la llamada "marcha verde" (deplorada por el Consejo de Seguridad de la ONU en su Resolución S/RES/380 del 6 de noviembre de 1975). Luego se presionó a España y a Mauritania para firmar el llamado Acuerdo Tripartito de Madrid del 14 de noviembre de 1975, a fin de, supuestamente, "descolonizar" el territorio sin un referéndum de autodeterminación.

La Asamblea General no reconoció la validez del acuerdo y exigió el referéndum de autodeterminación (resolución A/RES/3458, del 10 de diciembre de 1975). Invocando el ilegal Acuerdo de Madrid, Marruecos y Mauritania invadieron el Sahara Occidental, a los que se opuso el Frente Polisario. Tras el abandono de España el 26 de febrero de 1976, esta organización proclamó la República Árabe Saharaui Democrática, reconocida por un gran número de estados.

Mauritania renunció a anexionarse territorio, pero no Marruecos, que continuó hasta 1991 la guerra contra el Frente Polisario (representante del pueblo saharaui, según la resolución de la Asamblea General A/RES/34/37, de 1979). Las dos partes del conflicto, Marruecos y el Frente Polisario, firmaron en 1988 unas Propuestas de arreglo que, complementadas con el Plan de Aplicación del secretario general de la ONU conforman el Plan de Arreglo (S/21360), aprobado por el Consejo de Seguridad en 1990 (S/RES/658). Acordaron celebrar un referéndum de autodeterminación dirigido por la ONU, con la cooperación de la Organización para la Unidad Africana, en el que votarían los incluidos en el censo español de 1974 (párrafos 23 y 24 del Plan de Arreglo) para que los saharauis eligieran entre la integración a Marruecos o la independencia (párrafo 31 del Plan de Arreglo). Posteriormente, el secretario general decidió que deberían añadirse al censo quienes se acreditaran como saharauis mediante una serie de criterios (documento de la ONU S/23299, de 1991). Tras múltiples obstáculos, la Misión de Naciones Unidas para el Referéndum del Sahara Occidental (Minurso), concluyó en diciembre de 1999 la confección del censo (S/2000/131).

El padrón estaba hecho. ¿Por qué no se ha celebrado el referéndum? Porque en 2004 Marruecos (anexo del documento de la ONU S/2004/325) deshonró su compromiso contenido en el Plan de Arreglo. El 13 de noviembre de 2020, también incumplió sus compromisos relativos al cese el fuego, provocando el retorno a la guerra tras casi 30 años de tensión.

El "reconocimiento" de una "soberanía" que la Corte Internacional de Justicia declaró que nunca existió sólo significa apoyar una política expansionista y de violación del derecho internacional y del derecho de autodeterminación reconocido al Sahara Occidental por el Tribunal Internacional de Justicia, la Asamblea General y el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Sólo el respeto al derecho ajeno traerá la paz al territorio saharahui.

Por Carlos Ruiz Miguel*

* Director del Centro de Estudios sobre el Sahara Occidental de la Universidad de Santiago de Compostela, España

Publicado enInternacional
El presidente de Ucrania, Volodymyr Zelensky (centro), habla con militares ayer en los puestos de avanzada del ejército de ese país en Kherson, en la frontera con Crimea.Foto Afp

Quizá para que lo leyeran atentamente los multimillonarios de la revista Forbes, Nikolai Patrushev (NP) –secretario del Consejo de Seguridad de Rusia, íntimo del zar Vlady Putin y miembro prominente del clan de San Petersburgo– concedió una impactante entrevista el 8 de abril al rotativo neoliberal de negocios Kommersant (https://bit.ly/3tMcH4d).

El papel de Patrushev ha sido determinante para que no empeoren las relaciones de EU y Rusia como fue notorio su diálogo con su homólogo Jake Sullivan, asesor de Seguridad Nacional de Biden, dos días antes del anunciado "cambio de época" de Putin (https://bit.ly/3gCY8MB). Explaya que jerárquicamente el primer tema para un diálogo con EU se centra en "la esfera de la estabilidad estratégica y el control de armas". Ya he abordado la trascendencia de la "estabilidad estratégica" hoy tripolar entre EU/Rusia/China (https://bit.ly/3rx6xnf).

Se congratula de que Biden y Putin hayan extendido por cinco años el New START: Tratado de Reducción de Armas Nucleares Estratégicas (https://bbc.in/2QYKety). Revela que los contactos continúan por teléfono con Sullivan a "iniciativa estadunidense (sic)" en "forma tranquila y en una atmósfera ejecutiva". Sobre Ucrania comentó que es "consecuencia de serios problemas internos, cuya atención intentan desviar sus autoridades" y exhibe en forma irónica que, amén de la cuantiosa fuga de capitales, Kiev desmantela su industria que vende a los extranjeros a "precios democráticos (sic)": su "famosa tierra negra (sic) y sus bosques son transportados afuera por trenes".

Sobre el dicterio desproporcionado de Biden contra su homólogo Putin, a quien insultó antidiplomáticamente de "asesino", juzgó que no se puede descartar que el "presidente de EU fue deliberadamente provocado" por los "círculos interesados en la tensión creciente en las relaciones bilaterales". Esa siempre fue mi hipótesis (https://bit.ly/3tQIwZP), ya que el ex empleado de Bill Clinton George Stephanopoulos, hoy conductor en ABC News, en su entrevista indujo en forma perversa a tal invectiva (https://abcn.ws/3noj77o).

Juzga que "ya es tiempo de que el establishment de EU admita que las relaciones" con Rusia "no son decisivas (sic)" cuando "ven exclusivamente a Rusia a través del prisma de su lucha política interna". Dada hoy la "difícil naturaleza sin precedente en EU los vaticinios para un mayor desarrollo de las relaciones no son nada alentadores".

No espera ninguna disculpa por el dicterio de Biden y refiere que Daddy Bush "anunció públicamente que EU nunca se disculparía con nadie", ya que para la "élite de EU es más fácil para cualquier error aportar una teoría sofisticada que explique por qué fue necesario hacerlo" que Patrushev cataloga como "síndrome Hiroshima" cuando "era completamente innecesario que EU arrojase bombas atómicas sobre Japón" y que luego Obama dio a entender que era un castigo divino –"La muerte Cayó del cielo"–, omitiendo que fueron lanzadas por un "avión estadunidense por órdenes de un presidente estadunidense".

Hoy la propaganda negra ha llegado a tales grados que no faltan que "algunos piensen que fue la URSS", cuando los "niños japoneses tienen una muy pobre idea de qué país destruyó Hiroshima y Nagasaki".

Lamenta el engaño de los incidentes químicos en Siria por los falsificadores cascos blancos, controlados por EU, y que eran tan eficientes que “muchas veces publicaban sus reportes aun antes de que ocurrieran los incidentes (https://bit.ly/3vjVX4F)”.

Deplora que EU no desee discutir los temas de ciberseguridad y, al contrario, se ha consagrado a acusar a Rusia sin ninguna evidencia del hackeo de Solar Winds (https://bit.ly/2Qp9nOa).

Fustiga que la "estrategia geopolítica" de EU y sus aliados "arruinan al mundo entero y defienden su propia hegemonía como la única versión aceptable del orden mundial".

Sobre los múltiples bio-labs, laboratorios de armas biológicas, que ha instalado EU en las fronteras de Rusia y China –en 25 países: ¡solamente 16 en Ucrania (https://bit.ly/3aDR3Yd)!–, prefiero escribir en otra ocasión más propicia.

http://alfredojalife.com

Facebook: AlfredoJalife

Vk: alfredojalifeoficial

https://www.youtube.com/channel/ UClfxfOThZDPL_c0Ld7psDsw?view_as=subscriber

Publicado enInternacional
El gasto militar mundial aumenta pese a la pandemia

Casi dos tercios del gasto total corresponden a cinco países: Estados Unidos, China, India, Rusia y Reino Unido.

A pesar de las crisis económicas y la pandemia de covid-19, el gasto militar total aumentó en 2020, según un estudio realizado por el Instituto Internacional de Estocolmo de Investigación para la Paz (SIPRI, por sus siglas en inglés).

En total, el gasto militar global aumentó en 2020 a 1,9 billones de dólares el año pasado, lo que supone un aumento del 2,6 % respecto al 2019.

Los cinco países que más gastaron en 2020 —y juntos representan el 62 % del gasto militar mundial— fueron Estados Unidos, China, India, Rusia y Reino Unido. El gasto militar de China creció por vigésimo sexto año consecutivo al marcar 252.000 millones de dólares en 2020.

Sin embargo, algunos países, como Chile y Corea del Sur, reasignaron parte de su gasto militar ya planificado a la respuesta a la pandemia, indica SIPRI.

Otros, como Brasil y Rusia (pese a un aumento del 2,5 %, en el caso del país euroasiático), gastaron considerablemente menos de lo que sus presupuestos militares marcaban inicialmente para 2020. 

Casi todos los miembros de la OTAN aumentaron sus gastos militares en 2020. Así, 12 miembros de la OTAN gastaron el 2 % o más de su PIB en sus fuerzas armadas, el objetivo de gasto de la alianza, en comparación con los 9 miembros que llegaron a ese porcentaje en 2019.

"Podemos decir con cierta certeza que la pandemia no tuvo un impacto significativo en el gasto militar mundial en 2020", resumió Diego Lopes da Silva, investigador del Programa de Armas y Gasto Militar del SIPRI.

Publicado: 27 abr 2021 09:26 GMT

Publicado enInternacional
Putin pospuso su opción nuclear de cambio de época y negocia con Biden by the time being

El 21 de abril pasado no se escenificó en apariencia el mensaje sobre el cambio de época del zar Vlady Putin que había anunciado en forma dramática Russia Today (https://bit.ly/3gD8n3w).

Tampoco se trató de un parto de los montes –“Parturient montes, nascetur ridiculus mus” (parirán los montes; nacerá un ridículo ratón) poeta satírico Horacio dixit”–. Un día después al 21, Putin participó en la cumbre virtual sobre el cambio climático que convocó Joe Biden y a la que asistió finalmente el mandarín Xi Jinping.

Putin pospuso su opción nuclear sobre la salida de Rusia del sistema internacional de pagos Swift y la desdolarización que habían insinuado el canciller Sergei Lavrov y el portavoz del Kremlin, Dmitry Peskov.

Tampoco hay que tomar a la ligera la sumaria advertencia del zar Vlady Putin para que Occidente (Whatever that means) no se atreva a cruzar las líneas rojas (¡mega-sic!) trazadas por Rusia y que la hermenéutica china juzgó como una advertencia a Occidente de una severa respuesta a sus actos hostiles (https://bit.ly/3njgKT1).

Pese a la loable desescalada en Donbass por el presidente comediante (literal) ucranio, Volodímir Zelensky, marioneta del MI6 en su suicida confrontación teledirigida contra Rusia (https://bit.ly/3sXuPHj), dos días después a la participación de Putin en la Cumbre sobre el cambio climático, el ex presidente Dmitry Medvedev –el más occidental del poderoso clan de San Petersburgo– comentó que las relaciones de Moscú con Estados Unidos se encuentran a su más bajo nivel, similar a la crisis de los misiles en Cuba en 1962, que han girado de la rivalidad a una franca confrontación (https://bit.ly/3erK8m5), que ha llevado a una inestabilidad permanente.

Medvedev expuso la organizada campaña de acoso contra Rusia, que se condensa en la oposición de Estados Unidos al oleoducto NordStream 2 y a su continua desestabilización en Ucrania. Medvedev juzga que la “inestable política exterior de Washington se debe tanto a razones domésticas (sic)” como al declive de la autoridad estadunidense como líder del mundo occidental.

El discurso de Putin fue duro, pero no llegó a la ruptura prevista. Expuso la interferencia directa en Bielorrusia en un intento de orquestar un golpe de Estado y asesinar a su presidente, muy similar a lo que sufrió el ex mandatario de Ucrania Viktor Yanukovych –quien estuvo a punto de ser asesinado y fue defenestrado del poder con un golpe de Estado–, mediante un masivo ciberataque para paralizar la infraestructura de Minsk, sus comunicaciones y su sistema eléctrico (https://bit.ly/3aC7cxD).

Putin se mofó del “nuevo deporte (sic) de ver quién vocifera más fuerte contra Rusia”, a la que endosan todos los pecados sin razón alguna y advirtió que la respuesta de Moscú sería asimétrica, rápida y severa: quienes amenacen los intereses básicos de la seguridad rusa lo lamentarán de una manera que no lo han sentido en un largo periodo. Putin expresó que Rusia está “en estado de combate (¡mega- sic!)” con sus avanzadas armas hipersónicas y no ocultó que esa nación ya es líder en la creación de sistemas de combate de nueva generación y en el desarrollo de las fuerzas nucleares modernas.

Si se escudriñan las líneas rojas de Putin, sumada de la disquisición de Medvedev, a mi juicio, resultaron mucho peores que un cambio de época sobre la salida del sistema de pagos Swift y su desdolarización, que pudo haber sido en forma pacífica y gradual.

Por fortuna, dos días antes del fatídico 21 de abril, Jake Sullivan, asesor de Seguridad Nacional de Biden, se comunicó con su homólogo Nikolai Patrushev, secretario del Consejo de Seguridad de Rusia y muy cercano a Putin, con el fin de “discutir un número de temas de la situación bilateral como asuntos regionales y globales de preocupación (sic)”, y el prospecto de una cumbre presidencial entre Washington y Moscú (https://bit.ly/3gxXaRP).

Las líneas rojas de Putin denotan la hipersensibilidad de la confrontación de Estados Unidos contra Rusia y pueden desencadenar en cualquier momento una tercera guerra mundial nuclear.

www.alfredojalife.com

Facebook: AlfredoJalife

Vk: alfredojalifeoficial

https://www.youtube.com/channel/UClfxfOThZDPL_c0Ld7psDsw?view_as=subscriber

Publicado enInternacional
¿Que hay detrás de la «nueva guerra fría»?

Crisis capitalista y control social

 

La decisión del presidente norteamericano Joe Biden el pasado 15 de abril de expulsar a 10 diplomáticos del Kremlin y de imponer nuevas sanciones contra Rusia por su alegada injerencia en las elecciones presidenciales estadounidenses de 2020 – al cual ya reciprocó Rusia – se produjo pocos días después de que el Pentágono realizara ejercicios navales frente a la costa de China. Las dos acciones representan una escalada de las agresiones con el afán de Washington de intensificar la «nueva guerra fría» en contra de Rusia y China, llevando al mundo cada vez mas hacia la conflagración político-militar internacional. La mayoría de los observadores atribuyen esta guerra instigada por Estados Unidos a la rivalidad y la competencia sobre la hegemonía y el control económico internacional. No obstante, estos factores solo explican en parte esta guerra. Hay un cuadro mas amplio – que ha sido pasado por alto – que impulsa este proceso; la crisis del capitalismo global.

Esta crisis es económica, o estructural, de estancamiento crónico en la economía global. Pero también es política, una crisis de la legitimidad del Estado y de la hegemonía capitalista. Mientras el sistema se hunde en una crisis general del dominio de capital, miles de millones de personas alrededor del mundo enfrentan luchas por una supervivencia incierta y cuestionan un sistema que ya no consideran legítimo. En Estados Unidos, los grupos dominantes se esfuerzan por desviar la inseguridad generalizada producida de la crisis hacia chivos expiatorios, tales como los inmigrantes o los asiáticos culpados por la pandemia, y hacia enemigos externos como China y Rusia. A la vez, las crecientes tensiones internacionales legitiman el aumento de los presupuestos miliares y de seguridad y abren nuevas oportunidades lucrativas mediante las guerras, los conflictos, y la extensión de los sistemas transnacionales de control social y represión de cara al estancamiento en la economía civil.

Económicamente el capitalismo global enfrenta lo que se llama en términos técnicos la sobreacumulación. El capitalismo, por su misma naturaleza, produce una abundancia de riqueza, pero polariza esa riqueza y genera niveles cada vez mayores de desigualdad social en ausencia de políticas redistributivas. La sobreacumulación se refiere a una situación en la cual la economía ha producido – o que tiene la capacidad de producir – grandes cantidades de riqueza, pero el mercado no puede absorber la producción como resultado de las desigualdades. Los niveles de polarización social global y la desigualdad registrados en la actualidad están sin precedente. En 2018, el uno porciento mas rico de la humanidad controló mas que la mitad de la riqueza del mundo mientras el 80 porciento mas pobre tuvo que conformarse con apenas el cinco porciento, de acuerdo con las cifras de la agencia de desarrollo internacional Oxfam.

Estas desigualdades terminan socavando la estabilidad del sistema mientras crece la brecha entre lo que el sistema produce o podría producir, y lo que el mercado puede absorber. La extrema concentración de la riqueza en manos de muy pocos al lado del empobrecimiento acelerado de la mayoría significa que la clase capitalista transnacional, o CCT, enfrenta cada vez mayores dificultades en encontrar salidas productivas para descargar las enormes cantidades del excedente que ha acumulado. Entra mas se ensanchan las desigualdades globales, mas se vuelve constreñido, y por ende saturado, el mercado mundial, y cada vez mas el sistema enfrenta una crisis estructural de la sobreacumulación. En la ausencia de medidas compensatorias – es decir, una redistribución hacia debajo de la riqueza – la creciente polarización social resulta en crisis – en estancamiento, recesiones, depresiones, levantamientos sociales y guerras.

Contrario a narraciones prevalecientes, la pandemia de coronavirus no causó la crisis del capitalismo global, ya que esta ya estaba a las puertas. En vísperas de la pandemia, la tasa de crecimiento en los países de la Unión Europea ya había llegado a cero, en tanto la mayor parte de América Latina y de África Subsahariana ya estuvo en recesión, las tasas de crecimiento en Asia experimentaban un declive notable, y Norteamérica enfrentaba una ralentización económica constante. La situación estaba clara: el mundo tambaleaba hacia crisis. El contagio fue nada mas que la chispa que encendió el combustible de una economía global que nunca logró una plena recuperación del colapso financiero de 2008.

En los años previos a la pandemia se registró un constante aumento en la capacidad infrautilizada y una desaceleración de la actividad industrial alrededor del mundo. El excedente de capital sin salida aumentó rápidamente. Las corporaciones transnacionales registraron niveles récord de ganancias durante los años 2010-2019 al mismo tiempo que las inversiones corporativas se disminuyeron. El monto total de dinero en reservas de las 2,000 corporaciones no financieras mas grandes en el mundo pasó de $6.6 billones a $14.2 billones de dólares entre 2010 y 2020 – cantidad por encima del valor total de todas las reservas en divisas de los gobiernos centrales del mundo – al mismo tiempo que la economía global se quedó estancada. La frenética especulación financiera y el constante aumento de la deuda gubernamental, corporativa, y de los consumidores, impulsaron el crecimiento en las primeras dos décadas del siglo XXI. Pero estos dos mecanismos – la especulación y la deuda – constituyen soluciones temporales y no sostenibles frente al estancamiento de largo plazo.

La economía global de guerra

Como mostré en mi libro “El Estado Policiaco Global”, publicado en 2020, la economía global ha llegado a depender cada vez mas del desarrollo y despliegue de los sistemas de guerra, de control social transnacional, y de represión, simplemente como medio para sacar ganancia y seguir acumulando el capital de cara al crónico estancamiento y la saturación de los mercados globales. La acumulación militarizada se refiere a esta situación en la cual una economía global de guerra depende de las constantes guerras, conflictos, y campañas de control social y represión, organizadas por los Estados, y ahora impulsadas adelante por las nuevas tecnologías digitales, para sostener el cada vez mas tenue proceso de acumulación global de capitales.

Los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 marcaron el inicio de una era de guerra global permanente en el cual la logística, la guerra, la inteligencia, la represión, el monitoreo y rastreo, y hasta el personal militar son cada vez mas el dominio privado del capital transnacional. El presupuesto del Pentágono se incrementó en un 91 porciento en términos reales entre 1998 y 2011, mientras a nivel mundial, el conjunto de los presupuestos militares estatales creció en un 50 porciento entre 2006 y 2015, desde $1.4 billones de dólares, a $2.03 billones, aunque esta cifra no incluye los centenares de miles de millones de dólares gastados en la inteligencia, las operaciones de contingencia, las operaciones policiales, las “guerras” contra las drogas y el terrorismo, y la seguridad interna. Durante este periodo, las ganancias del complejo militar-industrial se cuadruplicaron.

Pero un enfoque que se limita a analizar los presupuestos militares estatales nos da una visión demasiado parcial del cuadro de la economía global de guerra. Las numerosas guerras, los múltiples conflictos, y campañas del control social y de represión alrededor del mundo entrañan la fusión de la acumulación privada con la militarización estatal. En esta relación, el Estado facilita la expansión de las oportunidades para que el capital privado acumule mediante la militarización, tales como la facilitación de la venta global de armamentos por parte de las compañías del complejo militar-industrial-seguridad. Estas ventas han alcanzado niveles que no tienen precedente. Las ventas globales de armamentos por parte de los 100 fabricantes mas grandes se incrementaron en un 38 porciento entre 2002 y 2016.

Ya para 2018, las compañías militares con fines de lucro emplearon unos 15 millones de personas alrededor del mundo, mientras otros 20 millones de personas trabajaban para las compañías privadas de seguridad. El negocio de la seguridad privada (policía privada) es uno de los sectores económicos de crecimiento mas rápido en muchos países y ha llegado a empequeñecer a las fuerzas publicas alrededor del mundo. En monto gastado en la seguridad privada en 2003 – el año de la invasión norteamericana a Iraq – fue mayor en un 73 porciento que el gastado publico de seguridad, y tres veces mas personas trabajaban por compañías privadas militares y de seguridad que por las instancias estatales. Estos soldados y policías corporativos fueron desplegados para vigilar la propiedad corporativa, proporcionar personal de seguridad para los ejecutivos de la clase capitalista transnacional y sus familias, recompilar datos, llevar a cabo la contrainsurgencia, las operaciones paramilitares y de monitoreo y rastreo, realizar acciones de control de multitudes y represión de los manifestantes, administrar los cárceles y centros de interrogación, manejar centros privados de detención de los inmigrantes, y hasta participar directamente en las guerras al lado de las fuerzas estatales.

En 2018, el entonces presidente estadounidense Donald Trump anunció con mucha fanfarria la creación de un sexto servicio de las fuerzas armadas norteamericanas, la llamada “Fuerza Espacial”. Los medios de comunicación corporativos repitieron como papagayo la versión oficial para la creación de estas fuerzas – de que era necesario para que Estados Unidos enfrentara crecientes amenazas internacionales. Ignoraron casi por completo de que un pequeño grupo de exfuncionarios gubernamentales con fuertes lazos con la industria aeroespacial hicieron constante cabildeo entre bastidores para la creación de esta Fuerza con el objetivo de ampliar el gasto militar en concepto de satélites y otros sistemas espaciales.

En febrero del año en curso la Federación de Científicos Americanos denunció que detrás de la decisión del gobierno norteamericano de invertir no menos de $100 mil millones de dólares en una renovación del arsenal nuclear, se dio un constante cabildeo por parte de las compañías del complejo militar-industrial que producen y mantienen dicho arsenal. La administración Biden anunció con mucha fanfarria a principios de abril de este año de que iba a retirar todas las tropas norteamericanas en Afganistán. Sin embargo, los 2,500 soldados estadounidenses en ese país palidecen en comparación con los mas de 18,000 contratistas de auxilio privados desplegados por Estados Unidos, entre ellos al menos 5,000 soldados bajo la planilla de las corporaciones militares privadas.

Las mal-llamadas guerras contra las drogas y el terrorismo, las guerras no declaradas contra los inmigrantes y refugiados, la construcción de los muros fronterizos, los centros de detención de inmigrantes, los complejos industriales carcelarios, los sistemas de monitoreo y rastreo de masa, la extensión de las compañías privadas de seguridad y mercenarias – todos se han convertido en importantes fuentes de ganancia y se volverán mas importantes aun en la medida que la economía global siga enfrentando el estancamiento crónico. En resumidas cuentas, el Estado policiaco global se vuele gran negocio en momentos en que otras oportunidades de lucro para las grandes corporaciones transnacionales se ven limitadas.

Pero si bien la ganancia de capital transnacional y no la amenaza externa es la explicación para la expansión de la maquinaria norteamericana de guerra estatal y corporativa, esta expansión todavía necesita ser justificada por la propaganda oficial del Estado. La nueva guerra fría cumple con esta finalidad.

Conjurando enemigos externos

Hay otra dinámica en juego que explica la nueva guerra fría: la crisis de la legitimidad del Estado y de la hegemonía capitalista. Las tensiones internacionales derivan de una contradicción aguda en el capitalismo global: la globalización económica tiene lugar en un sistema de autoridad política basada en el Estado nación. Es decir, en términos mas técnicos, hay una contradicción entre la función de acumulación y la función de legitimidad de los Estados. Los Estados enfrentan una contradicción entre la necesidad de promover la acumulación transnacional de capital en sus respectivos territorios nacionales – en competencia con otros Estados – y la necesidad de lograr la legitimidad política y estabilizar el orden social interno.

La tarea de atraer las inversiones corporativa y financiera al territorio nacional requiere que el Estado proporcione al capital todos los incentivos asociados con el neoliberalismo, como son la presión para abajo sobre los salarios, la represión sindical, la desregulación, las políticas impositivas regresivas, las privatizaciones, los subsidios al capital, la austeridad fiscal y recortes del gasto social, etcétera. El resultado de estas medidas es el incremento de la desigualdad, el empobrecimiento, y la inseguridad para las clases trabajadoras y populares, precisamente las condiciones que arrojan a los Estados hacia la crisis de la legitimidad, que desestabilizan los sistemas políticos nacionales, y que ponen en peligro el control elitista.

Las fricciones internacionales escalan en la medida que los Estados, en sus esfuerzos por retener la legitimidad, buscan sublimar las tensiones sociales y políticas y evitar que se fracture el orden social. En Estados Unidos, esta sublimación ha entrañado el esfuerzo por canalizar el descontento social hacia las comunidades convertidas en chivos expiatorios, tales como los inmigrantes. Se trata de una de las funciones mas importantes del racismo y fue parte integral de la estrategia política del gobierno de Trump. Pero también entraña la canalización de dicho descontento hacia enemigos externos tales como China y Rusia, lo cual parece ser una de las piedras angulares de la estrategia del gobierno de Biden.

Las clases dominantes chinas y rusas también deben enfrentar las consecuencias económicas y políticas de la crisis global, pero sus economías nacionales están menos dependientes de la acumulación militarizada y sus mecanismos de legitimidad son otras, es decir, no dependen del conflicto con Estados Unidos. Es Washington que conjura la nueva guerra fría, pero esta guerra no responde a una amenaza de China o de Rusia, mucho menos a la competencia económica entre los capitalistas en los tres países, pues las corporaciones transnacionales se han inter-penetrado inextricablemente mediante las inversiones mutuas tras-fronteras. Mas bien, esta guerra impulsada por Washington responde al imperativo de manejar y sublimar la crisis.

El afán del Estado capitalista de externalizar las consecuencias políticas de la crisis aumenta el peligro de que las tensiones internacionales conduzcan a la guerra. Históricamente las guerras han sacado al sistema capitalista de las crisis estructurales, en tanto fungen para desviar la atención desde las tensiones políticas y los problemas de la legitimidad. El llamado “dividendo de paz” – que supuestamente iba a conducir a la desmilitarización con el fin de la Guerra Fría original con el colapso de la Unión Soviética en 1991 – se esfumó de la noche a la mañana con los eventos del 11 de septiembre de 2001, los cuales legitimaron la farsa de la “guerra contra el terror” como nuevo pretexto para la militarización y el nacionalismo reaccionario. Los presidentes estadounidenses históricamente registren el índice de aprobación mas alto cuando lanzan las guerras. El índice de aprobación de George W. Bush alcanzo el máximo histórico de 90 porciento en 2001, en el momento en que su administración se alistara para invadir a Afganistán, en tanto el de la administración de su papa, George H. W. Bush, alcanzó un índice de 89 porciento en 1991, a raíz de su declaración de que concluyó exitosamente la (primera) invasión a Irak y la “liberación de Kuwait”.

La dictadura digitalizada de la clase capitalista transnacional

El capitalismo global experimenta en estos momentos un proceso de reestructuración y transformación radical, impulsado por una digitalización mucho mas avanzada de toda la economía y la sociedad global. Este proceso esta basado en las tecnologías de la llamada “cuarta revolución industrial”, incluyendo la inteligencia artificial y el aprendizaje automático, los macrodatos, los vehículos terrestres, aéreos, y marítimos de conducción automática, la computación cuántica y en nube, el internet/red de las cosas (conocido como IoT por sus siglas en inglés), la bio y nanotecnología y 5G ancho de banda, entre otras.

Si la crisis es económica y política, también es existencial por la amenaza del colapso ecológico, así como por la de una guerra nuclear, a la cual tenemos que agregar también el peligro de futuras pandemias que podrían involucrar a microbios mucho mas letales que los coronavirus. Los encierros impuestos por los gobiernos por la pandemia sirvieron como pruebas para la forma en que la digitalización podría permitir a los grupos dominantes efectuar una aceleración en el tiempo y en el espacio de la reestructuración capitalista y ejercer un mayor control sobre la clase trabajadora global. El sistema ahora buscar una mayor expansión por la vía de la militarización, las guerras y los conflictos, una nueva ronda de despojos violento alrededor del mundo, y una extensión del pillaje del Estado.

Las clases dominantes están aprovechando de la emergencia sanitaria para legitimar un control mas apretado sobre las poblaciones descontentas. Este proceso se ve acelerado por el cambio de las condiciones producidas por la pandemia y sus consecuencias. Dichas condiciones han ayudado a un nuevo bloque de capital transnacional – liderado por las compañías gigantescas de alta tecnología, entrelazados como son con la finanza, la industria farmacéutica, y el complejo militar-industrial – a acumular cada vez mas poder y consolidar su control sobre los ejes dominantes de la economía global. La reestructuración en marcha acarrea consigo una mayor concentración de capital a nivel mundial, un agravamiento de la desigualdad social, y también una agudización de las tensiones internacionales y los peligros de la conflagración militar.

En 2018, solo 17 conglomerados financieros globales en su conjunto manejaron $41.1 billones (trillones en inglés), que representa mas que la mitad del producto global bruto del planeta entero. Ese mismo año, para reiterar, el uno porciento de la humanidad, encabezado por 36 millones de millonarios y 2,400 multimillonarios (billonarios en inglés), controló mas de la mitad de la riqueza del planeta, mientras el 80 porciento – casi seis mil millones de personas – tuvieron que conformarse con apenas el cinco por ciento de esa riqueza. El resultado es devastación para la mayoría pobre de la humanidad. El 50 porciento de la población mundial intenta sobrevivir con menos de $2.50 diarios y el 80 porciento sobrevive con menos de $10 diarios. Una de cada tres personas sufre de la desnutrición, casi mil millones de personas se acuestan cada noche con hambre, y otros dos mil millones sufren de la inseguridad alimentaria. El numero de personas convertidos en refugiados por la guerra, el cambio climático, la represión política y el colapso económico ya alcanza varios centenares de millones. La nueva guerra fría resultará en una agudización de la miseria de esta masa de la humanidad.

Las crisis capitalistas son momentos de intensas luchas de clase y sociales. Ha habido una rápida polarización en la sociedad global desde 2008 entre una ultra-derecha insurgente y una izquierda insurgente. La crisis en curso desata revueltas populares. Los trabajadores, campesinos y pobres han llevado a cabo una oleada de huelgas y protestas alrededor del mundo. Desde Sudan hasta Chile, desde Francia hasta Tailandia, Sudáfrica, y Estados Unidos, una “primavera popular” se estalla por doquier. Pero la crisis también anima a las fuerzas ultra-derechistas y neofascistas que han surgido en muchos países alrededor del mundo y que buscan aprovechar políticamente de la emergencia sanitaria y sus consecuencias. Los movimientos neofascistas y los regímenes autoritarios y dictatoriales se han proliferado alrededor del mundo en tanto se desintegra la democracia.

Las desigualdades salvajes explosivas desatan protestas en masa por parte de los oprimidos y llevan a los grupos dominantes a desplegar un Estado policiaco global cada vez mas omnipresente para contener la rebelión de las clases trabajadoras y populares. El capitalismo global emerge de la pandemia en una nueva y peligrosa fase. La batalla por el mundo post-pandémico ya esta siendo librada. Las contradicciones de un sistema en perpetua crisis han llegado al punto de quiebre, conduciendo al mundo hacia una situación peligrosa, hacia el borde de la guerra civil global. Los riesgos no podrían ser mayores. Parte integral de la batalla por el mundo post-pandémico es la revelación y la denuncia de la nueva guerra fría como artimaña de los grupos dominantes para desviar nuestra atención de la crisis en escalada del capitalismo global.

Por William I. Robinson | 26/04/2021

William I. Robinson es un distinguido profesor de sociología y estudios globales de la Universidad de California en Santa Bárbara. La casa editorial mexicana Siglo XXI acaba de publicar su libro El capitalismo global y la crisis de la humanidad.

Publicado enInternacional
Viernes, 23 Abril 2021 06:21

Sombras sobre Apure

Sombras sobre Apure

El conflicto en la frontera Venezuela-Colombia

Militares venezolanos y guerrilleros colombianos vienen enfrentándose con un saldo de decenas de muertos y detenidos, al que se suman denuncias de crímenes graves contra la población civil. Por detrás de los combates, distintos grupos se disputan las ganancias de una floreciente economía ilegal.

 

Desde el 21 de marzo, la zona de frontera entre Colombia y Venezuela atravesada por el río Arauca, un área de algo menos de 300 quilómetros, es un teatro de guerra entre las Fuerzas Armadas venezolanas y uno de los grupos guerrilleros colombianos que se han resistido a dejar las armas y la economía negra con la que se financian. En el medio, una población que vive del trabajo en el campo y el comercio a hurtadillas entre ambos países atraviesa unos días terribles, forzada a desplazarse y bajo el riesgo de ser alcanzada por el fuego cruzado, detenida como cómplice o simplemente imposibilitada de trabajar en el clima de militarización y sospecha que predomina en la zona.

Este domingo 21, de acuerdo con la versión oficial en Caracas, un grupo armado irregular atacó al batallón del Ejército venezolano en La Victoria, una población de esa frontera llanera, ubicada aproximadamente 600 quilómetros al suroeste de Carcas y 400 quilómetros al noreste de Bogotá. En la acción perecieron dos oficiales de rango medio del Ejército de Venezuela, resultó herida una decena de soldados y, al parecer, murió uno de los atacantes. Luego se supo que los oficiales y varios soldados fueron víctimas, en realidad, de una mina antipersonal sembrada por el grupo irregular para proteger uno de sus campamentos. A la acción siguió la movilización en la zona de refuerzos militares y policiales venezolanos, incluido el desplazamiento de blindados y, sobre todo, helicópteros y aviones K-8 de fabricación china, para labores de reconocimiento y ataque aéreo. Fueron bombardeadas áreas consideradas campamentos de los irregulares en varias zonas de las afueras de La Victoria.

Centenares de lugareños huyeron hacia un lugar seguro, es decir, Colombia, cruzando el río Arauca, cuya anchura allí es de unas decenas de metros. Lo hicieron como se ha hecho por décadas, en los pequeños botes utilizados para transporte y pesca por los habitantes de ambas orillas, pues el puente que enlaza las carreteras está cerrado, como toda la frontera binacional a lo largo de sus 2.219 quilómetros, desde hace cuatro años, por la ruptura de relaciones entre ambos Estados. A Arauquita, municipio del lado colombiano, llegaron 5.737 personas en menos de dos semanas, según sus autoridades: algo más de 4 mil venezolanos, unos 400 que tienen ambas nacionalidades y el resto, colombianos que residen en el lado venezolano. De acuerdo con los medios locales, la gran mayoría ya regresó a Venezuela.

COMBATES Y DENUNCIAS

La aduana de La Victoria fue atacada con explosivos y destruida el 23 de marzo. En los días siguientes, hubo combates en los que un blindado venezolano fue inutilizado por un cohete e intervinieron comandos policiales en la búsqueda de guerrilleros y cómplices. El saldo al cierre del mes pasado era de ocho militares muertos, una treintena de heridos, nueve irregulares abatidos, al menos 32 detenidos y seis campamentos desmantelados.

Desde entonces el fuego ha amainado, pero la zona está militarizada, los desplazamientos de civiles son controlados en las carreteras y tanto Venezuela como Colombia despacharon refuerzos militares a esa frontera. Han surgido denuncias de serias violaciones de los derechos humanos, pues los activistas humanitarios sostienen que los contendientes han ocupado y saqueado viviendas, sacrificado ganado, hurtado o destruido otros bienes y, más grave aún, dado muerte a hombres y mujeres que no eran combatientes.

En la región, el veterano exparlamentario y exdiplomático venezolano Walter Márquez denunció que cuatro integrantes de una misma familia, incluida una mujer y un adolescente, fueron asesinados por uniformados y sus cadáveres, calzados con botas para hacerlos parecer guerrilleros. «Me han llegado denuncias de otros casos similares», declaró a la prensa. El Ministerio Público designó a unos fiscales para que, junto con las autoridades castrenses, investiguen las denuncias.

¿A QUIÉNES SE ENFRENTA VENEZUELA?

La respuesta breve es que los residuos del conflicto armado que ha padecido Colombia ingresaron a Venezuela y han llegado a una región ya saturada de irregularidades. El acuerdo de paz de 2016 entre el Estado colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) fue desconocido por varios de los frentes insurgentes en el sur y el oriente del país. La mayor disidencia fue la de los frentes 1 y 10, cuyo principal jefe es Miguel Botache, alias Gentil Duarte. Estas fuerzas ya sumarían hasta 2 mil combatientes en 16 grupos y han reconocido que se financian con impuestos que cobran a narcotraficantes y explotadores de minas ilegales.

Hace dos años, un grupo de exguerrilleros que firmaron los acuerdos de paz, encabezados por Iván Márquez y Jesús Santrich, se desentendieron del pacto y anunciaron que regresaban a la lucha armada, bajo la denominación Segunda Marquetalia (véase «Unaguerraviejaquesiguematando», Brecha, 6-VII-19). Se estima que tendrían unos cientos de seguidores y el gobierno colombiano sostiene que ambos jefes se refugian principalmente en Venezuela, al amparo de las autoridades. No obstante, los disidentes de Duarte se rehúsan a reconocerlos como jefes o aliados, pues los acusan de haberse vendido al entregar las armas y desmovilizar la guerrilla en la paz pactada previamente con el gobierno. Más de 200 excombatientes de las FARC han sido asesinados desde 2016.

Los frentes que siguen a Duarte instalados en el departamento colombiano de Arauca y su espejo venezolano, el estado de Apure, controlaban el contrabando de combustible y otras actividades de economía sumergida. Eso los llevó a chocar con el Ejército venezolano. Los ataques contundentes de la fuerza armada de Venezuela fueron lamentados en un video que circuló este domingo por Jonnier, tercero al mando en la guerrilla de Duarte, que los calificó de «trabajo sucio», que los militares venezolanos estarían haciendo para favorecer a la rival Segunda Marquetalia.

En tanto, cuando se le preguntó al general Vladimir Padrino, ministro de Defensa de Venezuela, a qué grupo se enfrentaban sus tropas, se rehusó a señalarlo. «Sin importar cuál grupo sea, lo rechazaremos, pues nuestro deber es defender la soberanía», dijo en conferencia de prensa a fines de marzo. Acusó a los gobiernos de Bogotá y Washington de estar detrás de los grupos que hostigan a las fuerzas venezolanas. Por otra parte, Caracas pidió ayuda técnica a la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para proceder a desmantelar las minas que hay junto a las áreas empleadas como campamentos por los grupos armados.

La tormenta ha amainado a lo largo de abril, después del inicio de la ofensiva venezolana y de que portavoces del grupo Duarte –«la legítima resistencia de las FARC», como se autoproclaman– se reunieran con activistas de grupos de izquierda en la zona, algunos críticos del presidente Nicolás Maduro. Pero la tensión se mantiene. Sesenta organizaciones no gubernamentales de Colombia y Venezuela, en su mayoría de derechos humanos, pidieron al secretario general de la ONU que designe un enviado especial para la frontera, donde temen que cualquier incidente en estas calurosas llanuras desate una escalada entre los gobiernos rivales y se desencadene un conflicto mayor.

Muchas armas

La región de frontera que atraviesa el río Arauca es, desde las últimas décadas del siglo pasado, un área donde florece la economía negra. En un comienzo fue por el abigeato y el contrabando –sobre todo, de combustible–, luego por el narcotráfico y después por la guerrilla colombiana, en particular el Ejército de Liberación Nacional (ELN, calificado de «guevarista»), tras el que llegaron grupos de las «autodefensas» (paramilitares de derecha). Han prosperado allí grupos que practican la extorsión (el cobro de «vacunas», principalmente a ganaderos) y el secuestro.

Durante la presidencia del fallecido Hugo Chávez (1999-2013) apareció un grupo llamado Fuerzas Bolivarianas de Liberación, nunca reconocido oficialmente, que, de acuerdo con los medios locales, es una creación del ELN. Como guinda del pastel, y de acuerdo con organizaciones de derechos humanos y ambientales, en todo el sur venezolano prospera la minería ilegal (oro, coltán, diamantes), que se trafica en estas áreas de frontera al amparo de grupos armados, bandas que usan el nombre de «sindicatos» y, presuntamente, también del ELN, que así ayuda a financiar sus actividades.

Publicado enColombia
Página 1 de 268