El "nuevo nacionalismo", según Foreign Affairs

Hace 13 años el Pentágono previó la resurrección del "nacionalismo petrolero" (https://bit.ly/2QendOw)”.

Hace 7 años se vislumbró el desplome del globalismo que provocó el ascenso del "nacionalismo soberanista" en sus diferentes modalidades (https://bit.ly/2w89JL8).

No es lo mismo el "nacionalismo" en Estados Unidos y en Gran Bretaña –la dupla anglosajona que impulsó el globalismo thatcheriano/regeanomics– que ahora adoptó el proteccionismo nacionalista economicista del Brexit y el trumpismo, ya no se diga en México, socio del T-MEC con EU y Canadá con modelos polí-ticos diferentes, donde el nacionalismo sobera-nista de la Cuarta Transformación(4T) se define contra el neoliberalismo que desahució al país.

Aun el nacionalismo en Latinoamérica, fracturada en varios niveles del ranking de su PIB, no tiene la misma acepción en Brasil –donde Jair Bolsonaro practica un fascismo/neoliberal/neopinochetista con su “evangelismo sionista (https://bit.ly/2HrlHWx)”– que en el México de la 4T.

La nueva guerra es lingüística: con diferentes acepciones en la fase del "Declive de la Verdad", según la RAND, o de la "Post-Verdad" de Munich (https://bit.ly/2YAWjnd).

El nacionalismo soberanista no tiene la misma acepción en los diferentes niveles de la Unión Europea, ya no se diga en el resto del planeta: desde India hasta los mil 700 millones de islámicos.

A fortiori los nacionalismos soberanistas de Rusia y China son inherentes a su cosmogonía geoestratégica que colisiona con las definiciones caleidoscópicas del "nacionalismo" propaladas por los multimedia hollywoodensesque controlan la bancocracia globalista atlantista y cuyas permanentes diatribas vituperan el retorno del nacionalismo soberanista.

Los declinantes globalistas vilipendian al nacionalismo soberanista, carente de matices semióticos, como gemelo simbiótico del populismo, muchas veces sin conocer el camino histórico distinto de ambas corrientes, dependiendo de su origen y su aplicabilidad.

No faltan quienes sigan fincados en el siglo XVIII con la dicotomía caduca de izquierda y derecha, que fue necesaria, pero hoy es insuficiente y hasta confusa cuando se trata de aplicar la dicotomía imperante entre globalistas,en franco declive, y los neonacionalismos soberanistas, en ascenso sorprendente como herramienta de supervivencia.

Mas allá de lo sesgado de su autocrática definición unipolar con nostálgica proclividad globalista, lo asombroso radica en que Foreign Affairs (FA), lo haya expuesto con artículos contradictorios sobre el "Nuevo (sic) nacionalismo" con notoria repugnancia: “el nacionalismo ha conducido algunos de los grandes crímenes de la historia. Ahora regresa con venganza (https://fam.ag/2Gw5PD8)”.

¿Cómo califica(rá) FA los crímenes "invisibles" del globalismo que ha despojado al 99% de la humanidad en beneficio del 1% de los parásitos de la plutocracia financierista?

¿Cómo categoriza FA los crímenes de Truman, quien ha sido el único en lanzar dos bombas nucleares sobre las poblaciones civiles de Hiroshima y Nagasaki?

FA expone una colección de ensayos de varios escritores de toda índole y acaba en una "ensalada al estilo de Macedonia" salpicada con desvaríos de folclóricos "nacionalismos étnicos" que propala Lars-Erik Cederman.

Anthony Appiah se extravía en la guerra lingüística de "nacionalismo y cosmopolitanis-mo (sic)", mientras Andreas Wimmer recurre al maniqueísmo entre "buenos y malos nacionalistas" que, a mi juicio, dependen de los intereses geoestratégicos de tribunales orwellianos del Torquemada cibernético del siglo XXI.

Jan-Werner Müller arremete contra la "particular variante populista", mientras Yael Tamir considera que el principal problema radica en el "choque entre el nacionalismo y el globalismo neoliberal".

El verdadero "nacionalismo soberanista" del siglo XXI aspira a la universalidad, que no globalismo, de todos los seres vivientes de la creación y al reparto de los frutos de la Cuarta Revolución Industrial (https://bit.ly/2oqFJp9).

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Jueves, 07 Marzo 2019 06:24

Crisis de la política occidental

Crisis de la política occidental

Entre todos los elementos sensibles que podríamos mencionar, el proyecto de golpe de Estado en Venezuela revela muy claramente lo que llamaré crisis de la política Occidental. Esta sobrevolaba casi siempre sobre el pivote de la humanidad como un fin en sí mismo, como un ámbito de realizaciones individuales y colectivas. Se entiende por realización, una adquisición progresiva de un saber en la relación diferencial y comprensiva hacia los otros, y un balance subjetivo sobre varios conceptos que llaman al equilibrio: uno, el contrato social, donde cada uno se pone en el interior de la voluntad general y reconoce a ésta como parte indivisible del todo. Otro, la humanidad kantiana, “obra de tal modo que uses a la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre al mismo tiempo como fin y nunca simplemente como medio”. 

Otra insignia del pensar Occidental podría ser la reflexión sobre el problema que proviene de la razón que se alberga en el mundo de vida, y su choque con la razón instrumental. Entre ambas se desequilibran, y ese desequilibrio alumbra una necesidad de contenerla en un horizonte político y filosófico. Estas nociones ya casi nos han abandonado. También parece haberse ido para siempre la idea de que hay una revelación o una natalidad cada vez que se comprende como inaugural un discurso o una acción. Todo eso ha estallado. La distinción entre la ética de la responsabilidad y la ética de convicción, ya no tiene ningún empleo real para definir la acción política. El neoliberalismo ha malgastado a la primera; y a la segunda la aniquiló con el desprecio a las ideas trascendentales. Lo que a la vez hizo trizas la idea de Habermas de que en un espacio público ideal triunfa siempre “el mejor argumento”.


Ideas que parecen profundas y acertadas, como la inversión que hace Foucault de las máximas Clausewitz, “la guerra es la continuación de la política”, no sirven más para advertirnos que siempre ha existido un sustrato bélico en la primera instancia de significación de una sociedad, lo que hace que todo tenga matriz de conquista y despilfarro de vidas. Y sin necesidad de ningún arabesco teórico. Asimismo, la crítica a la industria cultural, que data de mediados del siglo XX, no solo está abolida de hecho por el total triunfo de ésta en todo el mundo, sino porque organiza las creencias colectivas. Hasta la elevación de una traza ferroviaria urbana puede no verse como un hecho técnico necesario o una especulación inmobiliaria, sino como parte de la mencionada industria cultural, un bien de consumo colectivo, una estética o ilusión de la libertad urbana.


Precisamente este ideal libertario que es aglutinador profundo de los sentidos que la palabra Occidente podría contener, está cercado por circunstancias que lo falsifican a diario, tanto el miedo orgánico que destruye toda idea comunitaria, como la esperanza sin pasión, es decir, el viejo recurso de la promesa ennoblecedora con un tipo de voto de felicidad futura, convertido en una oferta tentadora de supermercado o en una publicidad sobre el mejor método de elegir una cama de hotel en cualquier lugar del mundo.


Yendo al grano: la escena de los embajadores, una media docena larga de diplomáticos europeos, de Francia, Canadá, Alemania, España y Holanda recibiendo a Guaidó en Maiquetía, hacen pensar. Países que son una buena parte de Occidente ¿no es cierto? Seguramente ese espectáculo lo produjeron personas que se sintieron tocadas en su núbil corazón humanitario. Entre los mecanismos resueltos por el golpe de Estado, se encuentra la crítica a la falta de medicamentos en Venezuela, típico reclamo humanitario, es decir, referido a la humanidad que pudieron definir grandes juristas de todos los tiempos, lo que cerraría toda discusión. Hay que sacar entonces al Maligno, al Katechon, al Anticristo. Los golpistas no quieren justificaciones de ocasión, si los apuran pueden ir a Carta a los Tesalonienses.


En ciertas épocas, Occidente significó no un hegelianismo de derecha sino un militarismo de la llamada guerra fría, metáfora ingenua, pues las guerras tienen temperaturas comunicacionales de varios tipos y gradaciones. Las discusiones de Grocio sobre la guerra en el siglo XVII, que influyen sobre Alberdi en “El crimen de la guerra”, ya han sido superadas por el ascenso de una nueva política sin filosofía. Sin nociones de lo que es la humanidad, sin prevenciones sobre la índole paradójica de las estructuras ético-prácticas de lo humano. Protestan cínicamente por una ayuda humanitaria que no logró pasar la frontera. De este modo toman el enunciado como parte del derecho de gentes de la antigua Europa, y encontraron una justificación de la guerra, del dominio global, de lo que denominan guerra comercial y de las técnicas del golpe de estado que dejan hecho un poroto a las que describió el neofascista Curzio Malaparte.


Recurren para sus acciones al revestimiento humanitario de los misiles y los aviones militares, como el que tiró la bomba atómica en Hiroshima, hecho que lleva hasta hoy a reflexiones sobre la culpa y el arrepentimiento. Se sabe de la jactancia de uno de lo pilotos, mientras otro exclamaba “Dios mío, qué hemos hecho”. Son las grandes discusiones de Occidente en relación a la razón técnica y la conciencia crítica, siempre en torno a que hace lo humano sobre lo humano. Hay suficiente documentación sobre este debate, olvidado por los que ahora postulan en Venezuela el “drama humanitario” que ellos mismos han creado. El bombardeo en nombre de la humanidad es un modelo de acción de lo que llamaríamos el modo norteamericano de encarnar la decadencia de Occidente, con el cortejo de los humanistas embajadores europeos, que no son Vico ni Goethe, sino funcionarios de pequeños poderes “sub delegados de la guerra comercial”.


El avión que lanzó aquella bomba se llamaba Enola Gay, nombre tierno de la mamá del piloto Tibbets. Es cierto que Norteamérica es Emerson, Withman, Raymond Chandler o Faulkner. Pero también es Tibbets y el Comando Sur. Hoy gobiernan. Y es cierto que hay en Europa discursos como el de Melenchón, que casi en absoluta soledad, señalan estos postreros capítulos del “jus publicum europaeum”. Las ruinas del humanismo sosteniendo la operación golpista. Mantienen Guantánamo y hablan de derechos humanos. Cierran sus naciones con un despunte inadmisible de neoracismos y endorracismos que reviven de sus cenizas, y acusan de dictadores a los gobernantes legítimos de Venezuela. Entretanto, sostienen gobiernos de los que se conoce mundialmente la estructura despótica con la que administran territorios petrolíferos lejanos.


Rebajan la política a actos de chantaje y pistolerismo, como los anuncios de Trump desde sus corbatas tornasoladas, rojo sangre. Personifica mejor Roger Waters el humanismo universal que el declarado discípulo de Paul Ricoeur, que gobierna Francia. Ricoeur era un hermeneuta interesante, pero él mismo no era interesante. El sostenimiento del gobierno legítimo de Venezuela, encarnado en el presidente Maduro, no es un hecho que pueda juzgarse con el vocabulario restringido de Trump o Macri, que hablan de un dictador y apelan -teólogos ellos-, a la idea del Mal. Bailotean sobre un humanismo ficticio, escondiendo proporciones de guerra y agresividad política, tras camiones con medicamentos. No sé cómo Ricoeur analizaría esta “metáfora viva”, entre las ojivas medievales del gótico europeo y las ojivas nucleares de la “ciudad gótica” estadounidense.


Batman y Robin podrían haber llamado medicamentos a sus cirugías de extirpación de gobiernos que no están desposeídos de la voluntad general popular, sino que la tienen de una forma que los dueños de los misiles “Patriot” no consideran adecuada. Han dado vuelta todos los nombres, los miran por su revés, pero los siguen usando. Dicen humanismo y lanzan llamas. Con el largo intento golpista, la tradición del humanismo occidental tiene en Venezuela su resquebrajamiento moral más concluyente, la eclosión trágica de sus arcaicos resplandores y deseos.

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Sábado, 17 Noviembre 2018 09:56

Dignidad y humanismo socialista

Dignidad y humanismo socialista

El periódico desdeabajo publica una reseña ampliada publicada en marzo de 2015, de Luis Emiro Valencia (1922-13/11/2018), durante un evento de reconocimiento a su obra.

El pasado mes de marzo, Luis Emiro Valencia cumplió 93 años. . Para asombro de propios y extraños, su actividad mental y física en pro de una sociedad socialista, fundada sobre las bases de la democracia radical y el humanismo, continúa plena, como en aquellos años 40 del siglo XX, cuando en la casa de Jorge Eliécer Gaitán le abrieron la puerta y lo invitaron a seguir para tomar las memorias de las reuniones que dieron base al Plan Gaitán. Llegaba invitado por Antonio García Nossa, de quien aprendió y a quien continúa difundiendo aún, dado que Colombia no conoce la bastedad y profundidad de su obra.

¿Quién es Luis Emiro Valencia? -"Yo soy yo y mis circunstancias".

Es la identificación de Luis Emiro con el pensamiento de José Ortega y Gasset (1883-1955): "Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo". Es una frase síntesis de su perspectiva existencial, esto es, el ser humano está condicionado por lo que piensa y por lo que vive. La perspectiva es, entonces, de la razón vital (raciovitalismo) e histórica. En relación dialéctica se imbrican la razón, la vida como valor absoluto, la impermanencia y el fluir del tiempo y los acontecimientos socio-históricos concretos.

 

Madre-hijo

 

Detrás de un hijo que aprende hay una madre que enseña, dice el adagio popular. Existe una relación estrecha entre la producción intelectual y la experiencia vital del ser humano, pero ésta es primordial en sus comienzos y en la situación de dependencia esencial. Al comienzo de la vida, es cuando empiezan a formarse las actitudes estructurales de la personalidad (temperamento y carácter). La pareja básica madre e hijo constituye la imbricación fundamental. En los primeros años de un niño, la ayuda y el amor son de gran importancia en el establecimiento de su naturaleza o, dicho en términos simples, su capacidad para la estabilidad y la felicidad. El párvulo es el padre del intelectual.

Luis Emiro Valencia Sánchez nace en Bogotá el 25 de marzo de 1922. Valencia es un apellido toponímico español, arriba a Colombia con los inmigrantes hispánicos hace poco menos de tres siglos, sobresaliendo una inclinación hacia la intelectualidad y la política. En Luis Emiro estas dos fuerzas confluyen en una sola pasión: el humanismo socialista. Su árbol genealógico es pródigo en liberales guerrilleros y radicales, amigos de Manuel Murillo Toro (1816-1880), dos veces presidente de la República y precursor del socialismo liberal en Colombia, de estirpe reformista agrario y gran luchador contra los latifundistas. La obra de Murillo Toro será la primera influencia intelectual de Luis Emiro.

Eran otros tiempos, con una Colombia muy distinta a la actual. Su población apenas llegaba a los 6,8 millones de habitantes, con el 72 por ciento de ella habitando en zonas rurales. Era un país agrario bastante atrasado y desarticulado en sus regiones naturales, aunque constituía un nítido germen de modernización capitalista que generaba nuevas problemáticas y exclusiones económicas, sociales y políticas; nuevas clases populares y asalariadas buscaban su propia expresión en el socialismo y recibían la influencia y animación de las revoluciones mexicana y rusa. El antagonismo entre el país agrario y semicolonial, y la nación moderna y capitalista empezaba a aflorar con fuerza incontinente.

A la tierna edad de cuatro años queda Luis Emiro sin padre, consecuencia de la temprana separación de sus progenitores. Como hijo único, es educado por su dedicada y amorosa madre: Carlina Sánchez Lozano. Ella, liberal radical, poliglota (inglés, francés, castellano) y diestra pianista, heredó a su hijo la pasión por la política y la justicia social, al igual que el amor por la vida, el trabajo decente, la literatura y la música.

Luis Emiro no fue un niño corriente. Un niño dotado es más intensamente niño, sus placeres y dolores surgen rápidamente y, agudamente, su curiosidad y necesidad del conocimiento. El sentido y significado de la vida está unido a su gusto por la lectura, consejo que no deja de recomendar siempre que puede a las nuevas generaciones: lean, siempre lean y lean. De niño a adulto lo acompaña una memoria prodigiosa; a los 93 años recita un poema del poeta venezolano Elías Calixto Pompa (1834-1887) con igual frescura y claridad que lo hacía cuando solo contaba con tres años de edad:

Estudia
Es puerta de luz un libro abierto:
Entra por ella, niño, y de seguro
Que para ti serán en lo futuro
Dios más visible, su poder más cierto.

El ignorante vive en el desierto
Donde es el agua poca, el aire impuro;
Un grano le detiene el pie inseguro;
Camina tropezando; ¡vive muerto!

En ese de tu edad abril florido,
Recibe el corazón las impresiones
Como la cera el toque de las manos:
Estudia, y no serás, cuando crecido,
Ni el juguete vulgar de las pasiones,
Ni el esclavo servil de los tiranos.

La madre, activista, siempre iba acompañada de su pequeño. De la mano de ella, Luis Emiro participó de las marchas y eventos políticos que por entonces conmovían a la capital, como la "del hambre", pero también de sucesos de especial significado, como la posesión del presidente liberal Enrique Olaya Herrera en 1930.

Como podrá recordase, fecha especial para la nación, pues con tal gobierno tomaba forma en el país un período de gobiernos liberales, extendidos hasta 1946. Durante los 44 años previos los conservadores gobernaron de mano de la Iglesia con mano dura y represiva, pretendiendo acallar el surgimiento del movimiento obrero-campesino-indígena y estudiantil y la aparición de las nuevas corrientes políticas socialistas.

Ahora, bajo la influencia de las revoluciones acaecidas en Nuestra América, así como en Euro-Asia, durante las dos primeras décadas del siglo XX y la tendencia internacional de apertura, el ambiente era propicio a los proyectos de reforma social y a la ampliación de la democracia. Liberales y socialistas hacían suyos, a su manera, los ideales de reforma agraria, nacionalización de los recursos naturales y energéticos, separación de la Iglesia y el Estado, impulso a la educación obligatoria, laica y gratuita, independencia nacional, formación de sindicatos, organización y participación popular y un régimen bajo la dirección de un gobierno obrero.

Memoria y lucha. A sus escasos ocho años de edad, la impresión de la figura imponente de Enrique Olaya Herrera, "gigante, altivo y su pecho lo atraviesa la banda tricolor de la bandera nacional", quedará para siempre en la retina de Luis Emiro.

 

Salto generacional

 

Hacia el año 1925 se conforma un grupo anti élite, rebelde e iconoclasta: "Los Nuevos". De edades entre los 20 y 25 años, universitarios y provenientes de clases alta y media, eran jóvenes que empezaban a entender el sentido, significado y tendencia de los nuevos tiempos. De este grupo emergerían las ideas y los personajes que tendrían influencia en los acontecimientos de la nación durante el siglo XX.

Algunos de ellos suscriben un documento en el que dicen: "Pertenecemos al partido socialista que busca la justicia económica, la realización política de los fines humanos y cuando los partidos de la libertad se disuelven en la inacción y buscan consejo de un capitalismo intransigente, las nuevas generaciones no pueden seguir otros caminos que éste que adoptamos nosotros". Entre algunos de sus firmantes estaban Diego Montaña Cuellar, Francisco Socarrás, Roberto García Peña, Gerardo Molina.

Al grupo de "Los Nuevos" ingresan Alberto Lleras Camargo, Germán Arciniegas, Luis Tejada, Gabriel Turbay, Guillermo Hernández, Juan y Carlos Lozano y Jorge Eliecer Gaitán. Más tarde es fortalecido con la adhesión de Luis Cano, Antonio José Restrepo, Antonio García Nossa, Luis Carlos Pérez y Luis Rafael Robles, todos profesaban su simpatía con las ideas socialistas.

Entre tanto, Luis Emiro Valencia era un joven estudiante formado en los colegios de los hermanos cristianos lasallistas. Egresado de la secundaria, efectuó estudios técnicos en la Escuela Industrial anexa a la Facultad de Matemáticas e Ingeniería de la Universidad Nacional durante la década del treinta; en ese entonces su proyecto era convertirse en técnico fundidor. Pero la vida no es lo que uno quiere. Aprendió taquigrafía y mecanografía en la Academia Remington, donde por entonces estudiaban las elegantes señoritas bogotanas, para matricularse luego en los cursos de Extensión Universitaria abiertos en el marco de la reorganización de la Universidad Nacional adelantada bajo el gobierno de Alfonso López Pumarejo (1934-1938/1942-45). Después ingresaría al Instituto de Ciencias Económicas, fundado en 1945, donde se graduó en 1950 presentando la tesis "Política del Cambio Exterior", dirigida por su maestro y amigo A. García Nossa.

Tiempos de especiales recuerdos. Para Luis Emiro una de las situaciones más gratas de su vida fue haber vivido y verse beneficiado del proceso de inclusión y democratización de la educación en Colombia, impulsado por los gobiernos liberales. En la Universidad Nacional conoció a profesores como Abdón Espinosa, Indalecio Liévano Aguirre, Alfredo Vásquez Carrizosa y Antonio García Nossa. Este último se convertiría en su "padre intelectual" y pronto tejerían una profunda amistad.

Bajo la protección y orientación de Antonio García pudo ingresar y hacer parte de una generación mayor a la suya, la de aquellos intelectuales socialistas influyentes en la academia y la vida cultural y política del país. García lo hizo su secretario y amanuense gracias a la inteligencia y los conocimientos que sobre taquigrafía y mecanografía ya le otorgaban ciertas destrezas a Valencia.

De su maestro y amigo, dirá después Luis Emiro que aun Colombia no ha conocido la grandeza del pensador y la importancia del mismo para la historia nacional: "Antonio es como el mar, profundo y ancho; hasta ahora sólo conocemos su oleaje y lo poco que queda en la playa".

 

Luces de vida

 

Corren los años 40, las nuevas lecturas e influencias intelectuales marcan su huella en el joven estudiante. Una tarde, bajando las escaleras de la facultad de Derecho (el Instituto de Ciencias Económicas estaba anexo a la Facultad de Derecho), Luis Emiro tuvo una experiencia de conversión. Mirando en lontananza, asombrado, sintió en lo más profundo de su ser que había ocurrido un salto de conciencia, su cosmovisión de la vida había cambiado, la pasión por el socialismo humanista había nacido como una razón vital que nunca más abandonaría.

El año de 1947 Luis Emiro conoce a Jorge Eliecer Gaitán (1898-1948), quien con persistencia lideraba desde los años 30 una gesta por el cambio de modelo político y económico en el país. En este mismo año Gaitán, candidato a la presidencia de la República por el partido Liberal, ya figuraba como seguro triunfador de los comicios por realizarse un año después.

Ante tal posibilidad, la oligarquía colombiana juega la última carta que le quedaba: la represión violenta. Al salir de clases de la Universidad Nacional, Luis Emiro sube por la calle trece en su modesto automóvil del cual era propietario y a la altura de la Estación de la Sabana, sobresaltado, ve la turba enfurecida que baja con palos y machetes destrozando e incendiando la ciudad; guarda donde puede el vehículo y se entera que Gaitán acaba de ser asesinado. Es el 9 de abril de 1948.

En una amarga mirada retrospectiva, Luis Emiro Valencia reflexiona sobre la cruel historia que nos ha tocado vivir: "Cuando el hombre como el pueblo coinciden y se hallan listos para iniciar los procesos de cambio revolucionario, las clases o los grupos hegemónicos y dominantes dueños del poder y los privilegios generan el clima propicio para el genocidio y el magnicidio, eliminando a los jefes, líderes y seguidores dotados de la visión, y el propósito de impedir cambios reales, estructurales, socioeconómicos, institucionales y éticos. Los casos: Galán el Comunero en 1871, Rafael Uribe Uribe en 1914, Jorge Eliecer Gaitán en 1948, Jaime Pardo Leal en 1987, Luis Carlos Galán en 1989, Bernardo Jaramillo Ossa y Carlos Pizarro en 1990.

[...] El de Gaitán significaba el ascenso del pueblo al poder. Por eso, a Gaitán no podía dejársele pasar. La oligarquía deja pasar, aun a los de extracción humilde, en la medida que adopten y adapten sus ideales y su lucha a los intereses de la casta dominante. El revolucionario siempre está expuesto a sufrir la trayectoria de Gaitán. Es el mito de Sísifo, refrendado con la muerte de Gaitán y el genocidio practicado sobre nuestro pueblo durante todo el tiempo a lo largo y ancho de nuestra historia"1.

 

El socialismo como pasión y compromiso

 

No es fácil ser fiel a los principios socialistas en un país de tradición derechista y con una lumpen-oligarquía tan asesina e infame como la colombiana. Luis Emiro Valencia, con la sabiduría que dan los años y conocedor ilustrado de la historia del país, nos enseña que la denominada Violencia no inició el 9 de abril de 1948, como equivocadamente algunos analistas lo señalan, sino que inició una nueva fase en el siglo XX a partir de 1946, impulsada por el Estado, bajo el gobierno hegemónico conservador, represión sectaria contra el pueblo como guerra preventiva que impidió el acceso de Gaitán al poder. Su despliegue significó el triunfo de la violencia reaccionaria sobre las aspiaciones de justicia y democracia plena sentidas por el país nacional.

En este proceso, enseña Valencia, la reacción contra la reacción fue el golpe cívico-militar encabezado por el General Gustavo Rojas Pinilla, el 13 de junio de 1953, con la consigna de paz, justicia y libertad, y la entrega de las armas por la guerrilla del Llano, refrendada con el posterior asesinato en Bogotá de su máximo líder, Guadalupe Salcedo. Esta fase culmina con la heredada Asamblea Nacional Constituyente y Legislativa, en cuya ampliación estuvo el Maestro Antonio García, quien presentó proyectos de reforma estructural y planteó, en memorable discurso, la disolución de la Asamblea con el lema de que la estrategia reaccionaria de volver atrás debe dar paso a la revolución socialista. En este discurso recogió el pensamiento de Gramsci: La crisis consiste en que muere lo viejo y no nace lo nuevo.

Ante el fracaso de la dictadura de Rojas, que continuó la violencia sin propósito de cambio, la oligarquía latifundista-industrial se une convocando a Plebiscito y entronizando el Frente Nacional oligárquico con el reparto del poder hasta 1974. De aquí en adelante, hasta nuestros días, el proceso continúa con diferentes actores pero con el mismo escenario y con las mismas víctimas, a pesar de la Constitución de 1991, concluye Luis Emiro en su repaso por la historia reciente de Colombia2.

Pero ninguna tristeza, derrota o dolor ha podido apagar el fuego, la pasión y compromiso de Luis Emiro Valencia por el socialismo humanista y la democracia radical. En los más importantes programas del socialismo colombiano del siglo XX, su espíritu y mano creadora están presentes. Con su visión siempre mirando hacia delante, sin olvidar el pasado, nos advierte que es fundamental rescatar desde la propia historia de Colombia la lectura de los programas básicos, formulados para proyectos políticos de la democracia radical, socialista, desde el pueblo y para el pueblo, con el común denominador del humanismo social, sin pretender repetirlos mecánicamente sino para estudiarlos y continuarlos en sus líneas de vigencia y actualidad. Es el camino de la memoria el que conducirá a la construcción de la nueva sociedad, afirma con convencimiento.

Los programas básicos, en su desarrollo cronológico, según Luis Emiro, son:

- 1936-38 Unión Nacional Izquierdista Revolucionaria –Unirismo.
- 1942-44 Liga de Acción Política –LAP.
- 1946-47 Plataforma del Colón y El Plan Económico, Movimiento Gaitanista.
- 1950-1958 Movimiento Socialista Colombiano –Partido Popular Socialista.
- 1985-1989 Unión Patriótica –UP.

Según Valencia, las tesis contenidas en estos programas están vigentes en su esencia –interna, regional e internacional–, en la medida que durante todo el siglo XX y en lo que va del XXI, no sólo los problemas subsisten sino que se han agravado y potenciado, cuantitativa y cualitativamente3.

La izquierda actual está fragmentada y confusa, según Luis Emiro. Le duele ver como la educación quedó reducida a un vulgar negocio sin igualdad de oportunidades ni inclusión de las clases populares, así como la orfandad en que se encuentran las universidades que deberían ser el faro en estos tiempos de oscuridad. La última vez que lo invitaron a ser parte de un movimiento político fue en la persona de Fals Borda, de quien dice Valencia "era un gran humanista pero muy ingenuo". El Polo, respondió a la amable invitación de Fals Borda, es un archipiélago, ¿de cuál isla quieres que haga parte".

No obstante, Valencia sigue creyendo en la necesidad de un futuro socialista para Colombia. Su concepción de la democracia radical, elaborada en conjunto con su maestro-amigo Antonio García, sigue vigente. Es un todo indivisible, no sólo democracia política sino también económica, social, ambiental y cultural, con un nuevo estado nacional y popular que emerja desde abajo y desde las regiones como estructura política fundamentada en la organización y participación directa de los trabajadores, campesinos, pueblos originarios, estudiantado, clases medias y de los sectores progresistas del país. "La democracia, afirma Luis Emiro, es como el amor: todo o nada". Y es que Valencia sí sabe de eso, toda su existencia ha sido un enamorado de la vida, con siete hijos, demócrata radical y socialista convencido.

Pero sobre todo, Luis Emiro es un gran humanista, siempre opuesto a toda teoría y práctica que conduzca a una imagen determinista, dogmática y reductiva de la existencia humana. El socialismo en que cree tiene como objetivo central crear la igualdad de oportunidades, la satisfacción de las necesidades esenciales y las condiciones para el florecimiento de las potencialidades y la autorrealización del ser humano. Un socialismo que aspire a una concepción integradora y holística del ser humano, pluralista e incluyente, en la que tengan cabida temas tales como: democracia radical, libertad, responsabilidad, autenticidad, realización, autodeterminación, conciencia, dimensión espiritual y sentido y significado de la vida.

A sus 93 años, Luis Emiro afirma que es longevo pero no viejo. En su cálido, pulcro, sencillo y ordenado apartamento, en el centro de Bogotá, de cara a los cerros tutelares, donde vive con su hijo menor, están todos los amores y recuerdos más apreciados de la vida: músicos, pintores, pensadores, fotografías de amigos y compañeros de batallas, todo en medio de miles de cuidados, heterogéneos y queridos libros, de todos los tiempos y campos del saber humano. Hasta hace unos pocos años se desempeñó como consultor externo de la Unidad Administrativa Especial de Organizaciones Solidarias. Actualmente asesora alcaldías locales con aspiración y vocación socialista, como la de San Cristóbal, en la localidad 4 de Bogotá.

Elegante, en el mejor estilo clásico bogotano, digno y autónomo, Luis Emiro camina las calles de la capital, sonriente y enamorado de la vida, con la esperanza incorregible y la fe en la perfeccionabilidad del ser humano y la capacidad de evolucionar y revolucionar de la sociedad.

 

1 Valencia, Luis Emiro. "Gaitán, antología de su pensamiento social y económico, Ediciones desde abajo, Bogotá, 2012, pp. 15-16).
2 Valencia, Luis Emiro, 9 de abril de 1948-10 de mayo de 1957, capítulo oscuro de la historia colombiana, en: Revista Cepa, Bogotá, abril 2007, No 3, p. 78).
3 Valencia, Luis Emiro, Los programas perdidos de la democracia radical, en: Revista Cepa, Bogotá, septiembre 2007, No 4, p. 68.

Publicado enColombia
El filósofo francés Éric Sadin alerta de que la inteligencia artificial amenaza la civilización

Para el filósofo francés Éric Sadin (1972), una de las mentes más influyentes y críticas frente a la era la digitalización y los datos, no estamos hablando lo suficiente de las consecuencias para el ser humano de la colonización del modelo de Silicon Valley: una suerte de liberalismo digital camuflado, que nadie se cuestiona e incluso es impulsado por los propios gobiernos. Vivimos rodeados de objetos conectados y sensores que recogen y convierten en datos hasta el detalle más íntimo. Y con esos datos, unas pocas compañías gigantestas alimentan una inteligencia artificial cada vez más potente, capaz de interpretar, sugerir e incluso tomar decisiones. Nos fiamos ciegamente de las máquinas, pero ni siquiera sabemos cómo funcionan. ¿Queremos realmente que las máquinas tomen decisiones?


Sadin vino a presentar la traducción de su penúltimo libro, La silicolonización del mundo (2016; Caja Negra, 2018), y se centró sobre todo en los temas que aborda en lo último de su prolífica obra, La inteligencia artificial o el reto del siglo. Anatomía del antihumanismo radical (2018).


El filósofo desgranó durante casi dos horas, durante un coloquio con la periodista especializada en tecnología Marta Peirano en el Institut Français de Madrid (en el marco del III Foro de la Cultura de Burgos), su visión crítica y sin concesiones sobre las consecuencias de una tecnologización de la sociedad. "Hemos pasado de la edad del acceso, en la que nuestra relación era a través de las pantallas, a la edad de la cuantificación en apenas 20 años", comentó. Y describe esta situación, en la que los sistemas nos hablan para decirnos "la verdad", como "agobiante".


Criticó con dureza el apoyo social e institucional a la la economía de los datos y platafomas, "que suponen una inteligibilidad de nuestros comportamientos cada vez más extendida" y cuya finalidad es "interpretar nuestros comportamientos, para notificaros y sugerimos de forma aparentemente adecuada a cada persona". "Hablamos de una mercantilización general de la vida, de la conquista de los comportamiento: hay una batalla para controlar nuestras cabezas", expuso.


El pensador confesó que ha llegado a la conclusión de que los desarrollos tecnológicos se determinan exclusivamente el punto de vista económico, ya no existe como campo autónomo: "El mundo de la ciencia, de la técnica, ha desaparecido por completo, sólo existe un mundo tecnoeconómico en el que los investigadores sólo responden a una lógica económica". Y en este contexto, absolutamente utilitarista, “la tecnología nos habla para decirnos la verdad”, afirmó con ironía.


"Habla para orientar nuestros gestos, para orientar nuestra vida, nuestros comportamientos, hasta tal punto que puede afectar a nuestra autonomía de juicio", comentó. E insistió en que esos sistemas —que son opacos, no sabemos nada de ellos pero tienen la capacidad de decidir— "imponen una verdad que tiene consecuencias jurídicas y políticas".
Inteligencia artificial, sensores, robotización humana


Durante su larga intervención, Sadin alertó de la invasión de los sensores tanto en la vida privada ("hasta los biberones tienen sensores", exclamó) como en los espacios profesionales. "La arquitectura inducida por la invasión masiva de sensores implica un trazabilidad de la vida, y esta realidad captada y reducida a datos, alimenta la inteligencia artificial".


Y, para él, la inteligencia artificial es motivo serio de preocupación. "Por primera vez en la historia, los sistemas pueden entender situaciones, tienen capacidad de retroacción y, lo que es muy inquietante y perturbador, puede tomar decisiones por sí mismos, como el trading de alta velocidad con proyección anticipativa".


"Las personas son cuantificadas, hay una visibilidad en tiempo real de la producción de bienes y servicios, y eso significa una enunciación de órdenes" por parte de sistemas capaces de interpretar esa abundancia de datos. "Los empleados se transforman en robots de carne y hueso, existe una negación de la subjetividad, de la improvisación o del ingenio", denunció. Y alertó de que esta realidad se está extendiendo a otros muchos ámbitos, como las decisiones médicas.


Según él, la idea que plantea este liberalismo digital, esta tecnoeconomía, es ir reemplazando a las personas y cuando no se pueda, 'robotizar' al ser humano. "Esto es lo que me interesa porque no se ve", aseguró, y añadió: "Se habla de la complementariedad entre humanos y sistemas, pero eso no es más que un tecnodiscurso: son los humanos los que se tienen que adaptar a esos sistemas y eso es cada vez más imposible".


"Los regímenes liberales apoyan jurídicamente estos desarrollos para impulsar la tecnología de los datos y de las plataformas, hay una sumisión", denunció. "No parece existir un debate sobre la desaparición de la autonomía del juicio humano en favor de la velocidad de la tecnología".


Mientras, en la otra punta de Madrid, se celebra esta semana la South Summit, en donde emprendedores y políticos alaban las virtudes de la economía de los datos; España cuenta incluso con una Secretaría de Estado dedicada al tema. Y en Ifema tiene lugar IROS 2028, el congreso mundial de robótica inaugurado por Felipe IV.
"Desconfío de los políticos y legisladores que apoyan este entorno: hay que animar el contraexamen porque hay demasiados 'expertos'; hay que escuchar a quienes sufren esos sistemas", propuso. "Oigamos la realidad sobre el terreno y no tanto el dogma de la transformación digital".


Hacia un "anti humanismo radical"


Sadin apuntó a que el aparentemente imparable desarrollo de la inteligencia artificial nos está conduciendo a un "anti humanismo radical" basado en un utilitarismo extremo, guiados por la lógica de las máquinas, que no humana. "Estos sistemas que nos indican la verdad borran características intrínsecas del ser humano: crítica, juicio, etc., todo en una sola generación y sin evaluación de los impactos en la civilización, sin crítica". "Estamos en una ceguera general", lamentó.


Más allá de las preocupaciones que invaden el debate público —los fallos en redes sociales, los escándalos de Facebook, la vigilancia del 'gran hermano digital', la protección de los datos personales...— , Sadin mostró su preocupación por el hecho de que nadie habla de las implicaciones éticas que están por encima de todo ello.


"Lamento que en nuestra época, lo único que nos preocupa es la libertad individual, pero la libertad común, la simetría de poderes, la libertad de juicio, son cuestiones colectivas que a nadie parece preocupar; hay una reducción sistemática al individuo", afirmó, y añadió: "Me molesta tanto individualismo, parece que sólo nos importa nuestra pequeña parcela de libertad; la protección de datos me parece una obsesión que tiene que ver con la libertad individual, mezquina, egoísta, y cuanto más defendamos esa libertad, mejor le irá a la tecnoeconomía".


Eso sí, no negó que los avances tecnológicos tienen su cara positiva. Pero zanjó, con cierta sorna, que "ya hay mucha gente que defiende las ventajas, tantas que saturan el debate público". "No me necesitan para eso", concluyó.

Madrid
05/10/2018 07:54 Actualizado: 05/10/2018 07:54
Pablo Romero
@pabloromero

Publicado enCultura
Eduardo Umaña Luna y el humanismo social

“Humanismo social y cambio de estructuras pueden superar la contradicción entre los Derechos del Ciudadano (utopía liberal) y los Derechos Humanos (proyecto social), en busca de la síntesis Declaración Universal de los Derechos de los Pueblos). La reflexión profunda obliga a la toma de posición en las actuales circunstancias, internas y externas de Colombia. Luego: toma concreta de posición para el cambio de estructuras (¡como lo quiso Camilo Torres Restrepo!)”.
Umaña Luna (1).

 

La faceta más conocida de Umaña Luna fue la de maestro, no en vano es uno de los cofundadores de la primera facultad de sociología en Latinoamérica en la Universidad Nacional de Colombia, pero como buen dialéctico, comprendió que la teoría y la práctica deben estar dinamizadas entre sí, por eso su vida estuvo dedicada a la lucha permanente por el respeto y reconocimiento de los derechos humanos; desde su experiencia particular había comprendido la exclusión sistemática a que someten las élites a los menos favorecidos, empleando para ello el poder como sustento de sus ambiciones. Fue así como defendió a los activistas políticos que fueron juzgados por cortes militares en épocas de represión.


Quizá el mayor aporte académico de Eduardo Umaña Luna esté concentrado en sus trabajos sobre el humanismo social, una propuesta utópica que busca el reconocimiento práctico de los derechos humanos para los pueblos tradicionalmente excluidos por los gendarmes del capital, por eso confió profundamente en la apuesta de la Declaración de los Derechos de los Pueblos, firmada en Argel en 1976 (2). De ahí que su humanismo social parta del reconocimiento de los pueblos en su existencia, en sus particularidades y diferencias; esto se entiende en el entramado del desarrollo del humanismo del siglo XX, cuando el mundo se dividía entre capitalistas y socialistas, y cuando cada uno de estos intentaba por todos los medios de atraer para sí a comunidades enteras. Desde luego que el maestro partía de los postulados marxistas referentes a la lucha de clases y a la propiedad de los modos de producción, sólo así se entiende la importancia de la colectividad para auto determinarse, de los pueblos para seguir sustentando su histórico desarrollo.


El humanismo social confirma la importancia del reconocimiento de los derechos humanos, fruto de las ideologías liberales europeas, pero también del reconocimiento de que el ser humano está inmerso en un pueblo, en cuyo contexto se forja la cultura que se transmite mediante el lenguaje, es ahí donde el ser humano manifiesta colectivamente su sentimiento religioso y en donde aprende a transformar el mundo para lograr su sustento físico y espiritual. Es por ello que Umaña propende por el reconocimiento del humanismo que se construye socialmente, por eso el primer postulado es que esos pueblos tienen el derecho a existir y a auto determinarse, para sustentar lo cual recurre –como soporte– al sueño utópico emprendido por Bolívar para liberar a las colonias españolas, sueño manifiesto en la Carta de Jamaica, pero también en el Memorial de agravios de Camilo Torres Tenorio, para afianzar su pensamiento con la búsqueda de la reforma sobre lo fundamental presente en el pensamiento de Gaitán y de Camilo Torres Restrepo.


Umaña Luna pone sus ojos sobre la sociedad colombiana, y para ello acude a la familia, entendió que es en ese primer conglomerado humano donde se afianzan muchas estructuras éticas y culturales, las mismas que repercuten en su desenvolvimiento social; ahí se transmiten odios de clase y se afianzan lazos de élite, por ello anota “Está probado que la materia prima de la atroz violencia que toda la vida ha existido en Colombia se origina en la violencia intrafamiliar; ahora, si un juez de menores busca rehabilitar, ayudar al menor a que vuelva al medio de donde salió, comete un error, porque si su medio es de crueldades y de picardías, para qué lo reintegran, ¿para que siga recibiendo todos los dolores de madres ineptas y padres a veces criminales?”(3). Aparece aquí, de esta manera, la niñez en Colombia, uno de los temas que trató durante los últimos años de su vida; entendió que el niño padece el medio que lo rodea, se es violento cuando los medios para subsistir escasean, cuando la cotidianidad le muestra permanentemente las diferencias sociales y las inequidades, por eso el niño, para Umaña Luna, debía recibir un trato especial desde la judicialización y la inimputabilidad. El humanismo social vuelca así su mirada a la familia, al niño y a la educación; la violencia, así entendida, es estructural, por ello su propuesta apunta al cambio de las estructuras colombianas, las mismas que él padeció, y que lo llevaron a ser, de hijo de uno de los políticos más importantes en Colombia a gamín en las calles de Armenia; de ahí que él mismo se reconociera como un milagro que tuvo conciencia para salir de su condición, para estudiar y lograr aportar a su propia comunidad.


Y dentro de ese humanismo social cobra vital importancia la educación, propendiendo, por su importancia, por la interdisciplinariedad para estudiar los grupos sociales, pues sólo así es posible comprender las causas que desencadenan los problemas sociales, sin limitarse, como lo hacen los grandes medios de comunicación, a juzgar y desacreditar, que es lo más fácil, de ahí que nunca creyera en tales medios, y de ahí que valorara como sustancial que la educación corresponda a las necesidades de las comunidades.


No fue casual, por tanto, que sustentara que este humanismo requiriera de científicos sociales dedicados al estudio de los grupos humanos, capaces de encontrar tanto las causas como las posibles respuestas a los males que se han transmitido por años; profesionales capaces de planear y de hacer presupuestos, que entiendan los modos de producción, y que integren saberes, donde los abogados, los filósofos, los sociólogos, los médicos, tengan los conocimientos necesarios para comprender al ser humano en su integridad, “El conocimiento científico, máxima aspiración para todas las naciones, es especial para las que buscan salir del subdesarrollo, exige condiciones y calidades mínimas” (4). Ciencia y humanismo, es la díada que se propone desde el humanismo social para poder dar respuesta al por qué del entramado social que ha vivido la sociedad colombiana durante siglos.


Umaña Luna consideró que la Universidad tenía un papel fundamental para lograr hacer realidad el humanismo social, su aporte desde las ciencias, como está visto, pero también el compromiso de las academias por dar respuestas concretas a las necesidades de los pueblos. Su formación como jurista, pero por sobre todo su visión del país desde la sociología, le permitieron comprender que el principal acercamiento a esa realidad debe estar enfocado desde las prácticas estudiantiles que acerquen la academia a la sociedad, no asumida ésta como objeto de conocimiento sino como concreción de las posibles soluciones que emanan desde la investigación social. Pero aún más, entendió que el papel de la universidad, especialmente la pública, era devolver a la comunidad profesionales comprometidos, capaces de volver a ella no ya con extrañamiento, sino capaces de llevar a cabo el humanismo social, no en vano anotaba: “La Universidad en su afán de sincerarse ante el país no debe crear expectativas que no pueda en verdad cumplir. No se debe confundir la universidad democrática, en el sentido que a ella accedan los estudiantes más capaces procedentes de las clases populares con el engendro de la denominada universidad de masas, especie de cabildo abierto y permanente de frustraciones, meramente emotivo y ajeno al rigor científico” (5), una concienzuda critica a la protesta sin motivo y a la rebeldía sin causa que le tocó vivir en sus épocas como decano de la facultad de Derecho en la Universidad Nacional de Colombia o como Rector de la Universidad Libre.


El maestro fue testigo presencial de las luchas sociales gestadas en gran parte del siglo XX, pasando por la revolución de los Llanos, a la aparición de las Farc, Epl, Eln, entre otras insurgencias; tuvo la cercanía intelectual y familiar de Camilo Torres, quien desde Lovaina le compartía el ideario socialista que se movía entre los obreros belgas y franceses; fue defensor de presos políticos y combatientes guerrilleros en los famosos procesos penales militares; hizo parte del acuerdo de Maguncia firmado entre el Estado y el Eln con el fin de humanizar la guerra; veía en su vejez, como un verdadero peligro, la mezcla de política, mafia y armas; sabía a profundidad que la universidad pública había cedido a las pretensiones de multinacionales que, como pretexto, idearon una nueva globalización amparada en el neoliberalismo; veía con suma tristeza como los estudiantes cedían al facilismo de los medios y a los odios sembrados por las élites. Cuando las bombas cóctel molotov prendían fuego en medio de la tranquilidad académica, desde su digna residencia, cerca al campus de la Universidad Nacional, decía sin ambages: “ahí están los estudiantes estrato uno, enfrentados con los policías y militares también del estrato uno”.


El humanismo social, como legado intelectual e histórico del maestro Umaña Luna, puede ampliar las salidas a la problemática que enfrenta el pueblo colombiano hoy día, con seguridad le hubiese apostado al acuerdo con las Farc, sería su crítico más ferviente, pero entendería que la salida a las barbaries del país, en desigualdades, inequidades e injusticias, necesitan del sustento de realidad –fundamento científico– para dar paso a la solución, comprendiendo que el cumplimiento a los derechos humanos se garantiza respetando las diferencias, aceptando las pluriculturalidades y propiciando los recursos necesarios para generar el bienestar, y con él la vida digna y el respeto a la dignidad humana –fundamento social–. Anotaría que hasta que no se superen las causas que generaron la violencia, las mismas que han mutado, sería imposible lograr la paz con justicia social, por la que tanto se desveló y a la que dedicó gran parte de su vida.


1. E. Umaña, Camilo y el nuevo humanismo. Paz con justicia social, Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, 2003, p. 107.
2. E. Umaña, El humanismo social, Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, 1997.
3. J. M. Chaves, “Entrevista al maestro Eduardo Umaña Luna”, disponible en: http://eduardoumanaluna.blogspot.com.co/
4. E. Umaña, El significado histórico de la Universidad, Bogotá, Universidad Santo Tomás, Cátedra Francisco de Vitoria, 2005, p. 22.
5. A. Vargas, Eduardo Umaña Luna, maestro universitario, disponible en: https://www.alainet.org/es/active/25091

Publicado enColombia
Lunes, 25 Junio 2018 08:42

Polemizar: una lucha ideológica

Polemizar: una lucha ideológica

El francés Jean-Paul Sartre decidió confrontar sus propias consideraciones con la sociedad francesa, cuando en 1949 defendió, en una conferencia pública, sus planteamientos filosóficos y vitales. Sartre no tuvo temor, sabía bien que si se dejaba llevar por la seguridad que supone no exponerse –pues quien no se ofrece a los demás jamás será cuestionado ni contestado– pondría fecha de vencimiento a su propia subjetividad. Aquella conferencia se dio en un ambiente más que intimidante; sillas rotas, golpes, desmayos y grandes tumultos para hacerse a un lugar en el auditorio, allí no estaba en juego una simple discusión de conceptos filosóficos, allí estaban en juego diferentes concepciones de la vida y la sociedad; los católicos, los comunistas ortodoxos y todos aquellos que se disputaban con Sartre la manifestación de la verdad acerca de las bases del mundo social y político que configuraba la vida humana.

 

La conferencia de Sartre, publicitada en periódicos días antes y publicada luego como libro, se tituló El existencialismo es un humanismo. Su intervención no fue de las más ordenadas, con vacíos teóricos, ambigüedades conceptuales y gigantes presupuestos que le imposibilitaron ofrecer una posición sólida sobre sus consideraciones de la existencia humana, sin embargo, supuso la apertura de una discusión ideológica al interior de la sociedad francesa que, inquieta, cuestionó sus propias creencias y la manera de construir la vida en común de los individuos. Así pues, el valor de la polémica está en que sacude la vida y hace que las sociedades progresen en virtud de la discusión y se cuestionen a sí mismas mediante lo que cada individuo pregunta y responde a otro.

 

Esta misma posición de la actitud polémica y de la confrontación de las creencias y prácticas sociales, hace de Sartre uno de los valores más extraordinarios del pensamiento de izquierda. Hace 50 años este francés decidió salir a las calles a respaldar las manifestaciones de la juventud y la clase obrera francesa en aquellas famosas jornadas de mayo y junio de 1968. Sabía que no podía ser la figura central de aquel momento subversivo, pues ponerse como figura principal de aquellas reclamaciones opacaría la decidida respuesta política de los jóvenes y los trabajadores.

 

Como bien señala Eric Hobsbawm, Sartre comprendió el momento histórico y “lo reconoció colocándose en un segundo plano frente a Daniel Cohn-Bendit, ante quien actuó como mero entrevistador”1. Parece pues extraño que esta haya sido la tarea del intelectual en medio de Mayo de 1968, no obstante, si nos fijamos con detenimiento, podemos captar que la labor intelectual de Sartre estuvo determinada por sus propias posibilidades como revolucionario, es decir, desde la palabra, desde el respaldo que suponía el apellido Sartre.


Lo valioso de este momento de la vida de este pensador francés, como de tantos otros que han sido consecuentes con sus ideales, reside en la capacidad para extender su palabra y su praxis intelectual al espacio público, al debate y confrontación de las ideas, a posicionarse sin titubeos frente a la situación, pues la neutralidad no es cosa de revolucionarios, mucho más cuando el momento histórico exige decidir, elegir, actuar. Es así, pues, como el valor de la polémica no está dado en sí mismo, sino que hunde sus raíces en la situación en la cual se encuentra, por ello no es lo mismo una polémica dentro de los márgenes de un aula universitaria, por ejemplo, que el ejercicio de polemista dentro del seno mismo de la sociedad, en las calles con megáfonos –como lo supo hacer también Sartre– o desde la producción revolucionaria de medios como periódicos y apuestas orales y editoriales, todas ellas enfocadas en el carácter público de la praxis intelectual.

 

Cuando la situación en la que se vive exige una respuesta, los individuos no pueden ahorrase la fatiga de contestar. En medio de una sociedad como la colombiana que actualmente se enfrenta a las posibilidades de continuar con la lógica de la opresión en manos de las tendencias políticas de derecha, la labor del polemista cobra gran relevancia. No se trata de cuestionar por cuestionar –cosa que por lo demás no sería asunto anclado a la polémica–, sino de criticar y elaborar posibilidades de transformación de lo dado. La mera contemplación de la situación siempre juega en favor del opresor, la imparcialidad, cosa que en los días que corren se ha vuelto un valor moral, no es ningún rechazo a la continuación de la barbarie en el país, es, por el contrario, el refuerzo ideológico más velado de todos, pues se decide no participar conscientes del peligro que encarna la posición del que no quiere mancharse con lo que juzga inmoral. Para el momento que vive el país la posición más repudiable de todas es la de aquellos que se hacen a un lado y no entran en la confrontación pública. Los últimos bastiones de la ideología son la resignación, la apatía y la neutralidad. Como vemos la tarea es doble: de una parte, enfrentar todas las tendencias que opacan cada vez más el futuro del país y denunciar como ideología las decisiones “morales” de todos aquellos que no entran en la arena de la discusión y la intervención política y social. Para ello, nuestra herramienta es la crítica.

 

De esta manera, nuestra sociedad merece el ejercicio de la crítica; su forma de construir la personalidad, de tejer las relaciones entre los individuos y de fomentar peligrosas “escuelas de pensamiento” debe ser cuestionada. La tendencia subjetivista con pretensiones universales que encarnan aquellas posturas que alaban el sentido común y la formación caprichosa de hombres y mujeres, apunta a la configuración de una sociedad mediocre que cristaliza en el falso respeto por la posición del otro y la validez de cualquier opinión carente de trabajo.

 

En nombre de la defensa de la libre expresión de la opinión estas tendencias ideológicas asumen legados que no coinciden con sus manifestaciones vitales. La creencia en que una de las vías para la defensa de la subjetividad es el repliegue a la esfera privada, desdeñando la intervención pública y la confrontación de argumentos contrarios, es sepultar cualquier posibilidad de la afirmación del individuo y una talanquera para el desarrollo de la personalidad que se dice defender. Así, la verdadera defensa de ésta no puede desligarse de la complejidad de la condición humana que no puede ser dividida entre lo privado y lo público, pues hacerlo es entrar ingenuamente a la cueva donde la bestia del capitalismo estará dispuesta para devorarnos o para poner a su servicio nuestra existencia.

 

Lo personal es político, ningún individuo es tal en virtud de la ausencia de otros. Nadie se construye solo, los demás nos dan forma, en diálogo y confrontación con ellos es que configuramos nuestra vida; como diría Marx, lo contrario sería una robinsonada2, pues la creencia en que es posible vivir sin los demás, ser autosuficiente y girar en torno a sí mismo, es el caldo de cultivo para la emergencia de las formas más miserables de la existencia humana.

 

Si la construcción de la individualidad se da en el diálogo y la confrontación con los demás, quien decida rechazar estos aspectos, tendrá que admitir, a la vez, que su proyecto de vida ya está terminado y que no le queda nada más por hacer, en otras palabras, que es un individuo estancado. En este punto surge la necesidad de la polémica, la confrontación con los demás que permite reafirmar mis consideraciones o cambiarlas de acuerdo a lo que surge del diálogo con el otro. Este diálogo no es un mero intercambio banal de opiniones donde todo vale, por el contrario, es el encuentro de posiciones con argumentos que buscan convencer en aras de que triunfe la verdad y la razón. Quien no entra en discusión difícilmente se forma, pues su mundo se reduce a una conciencia estrecha, siempre cómoda y sin posibilidad de un despliegue que apunte al desarrollo de sus capacidades.

 

En la Fenomenología del espíritu, libro de Georg Wilhelm Friedrich Hegel, se denuncia este modo de estrecha conciencia como una conciencia cobarde. Para Hegel, la desconfianza y el temor de aquella conciencia que no se atreve a cuestionar sus creencias mediante la experiencia y la confrontación, y que por ello se cree segura, comporta una renuncia a la formación y el trabajo. Esta conciencia no se da cuenta que el “temor a errar [es] ya el error mismo”3. Todo esto nos deja en claro que la polémica es una situación, un arma y un valor de las organizaciones progresistas que buscan rechazar con su labor la configuración de un mundo desigual, injusto y rasgado profundamente en lo humano como el capitalismo contemporáneo. Esta actitud del polemista es un intento por responder críticamente a esta condición miserable.

 

* Centro de Estudios Estanislao Zuleta.
1 Hobsbawm, Eric. Revolucionarios. Barcelona: Editorial Crítica, 2000, p. 333.
2 La expresión “robinsonada”, es utilizada por Karl Marx en algunos de sus textos para referirse a la falaz consideración según la cual existen individuos que pueden vivir aislados y construir su vida al margen de los demás, individuos que sólo a partir de sí mismos construyen el mundo. Esta consideración encuentra su sustento en la ficción literaria del escritor inglés Daniel Defoe titulada “Las aventuras de Robinson Crusoe”. En aquella obra, el protagonista llamado Robinson se queda varado en una isla y construye a partir de sí mismo todo lo que después será un sistema de producción individualista. Recomiendo ver las siguientes obras: Defoe, Daniel. Las aventuras de Robinson Crusoe. Barcelona: RBA Editores, 1994, Marx, Karl. Introducción general a la crítica de la economía política. México: Siglo XXI Editores, 1976, p. 39 y Marx, Karl. El Capital. Crítica de la economía política. México: Siglo XXI Editores, 2010, p. 93.
3 Hegel, G. W. F. Fenomenología del espíritu. México: Fondo de Cultura Económica, 2009, p. 52.

Publicado enEdición Nº247
Davos: los ricos y poderosos en la montaña mágica

 

Esta semana se reúne la crema y nata de la élite mundial en Davos para asistir al Foro Económico Mundial. El lema principal del cónclave este año es revelador: Crear un futuro común en un mundo fracturado. Se ofrece así una perspectiva optimista sobre la construcción de un porvenir incluyente, al tiempo que se reconoce la existencia de las profundas fisuras que hoy desgarran la sociedad humana a escala planetaria.

Sesenta jefes de Estado, cientos de poderosos empresarios y miles de guardias armados se darán cita en Davos. Más de mil 700 jets privados transportarán a estas personalidades a sus hoteles de lujo, en el pequeño poblado inmortalizado por Thomas Mann en La montaña mágica (publicada en 1924).

En esa magistral novela Hans Castorp visita a su primo en el Berghof, sanatorio especializado en el tratamiento de enfermos con tuberculosis. Pero lo que habría de ser una corta visita se transforma en una estancia de siete años, cuando el joven Castorp se ve expuesto a los secretos de la enfermedad y la muerte. Lo que más atrae su atención es que, en su padecimiento, algunos de los pacientes se convierten en personas más sensibles y con mayor profundidad emocional, lo que contrasta con la superficialidad de muchos que gozan de plena salud.

El cónclave, que se inició ayer en Davos, coincide con la publicación del informe de Oxfam sobre desigualdad a escala mundial (oxfam.org). El estudio revela que el año anterior 82 por ciento de la riqueza generada en la economía mundial fue a parar a manos de uno por ciento de la población. En cambio, para la mitad más pobre del planeta (3 mil 700 millones de personas) los ingresos permanecieron sin cambio. Para Oxfam esta concentración de riqueza no es el signo de una economía saludable, sino el síntoma de un modelo que le ha fallado a miles de millones de personas que no pueden salir de la pobreza por medio de su trabajo.

El informe de Oxfam se apoya en datos duros de varias fuentes, incluyendo el Laboratorio sobre desigualdad mundial, de la Escuela de economía en París, creado por Thomas Piketty y Emanuel Sáez (wid.world). Entre sus recomendaciones principales para revertir este proceso de desigualdad creciente se encuentra el control y eliminación de la evasión fiscal y el incremento de los salarios.

Para Oxfam el problema medular es que la economía mundial se comporta como un modelo de crony capitalism, que puede traducirse como capitalismo de compadres o de connivencia. Esto permite a las grandes empresas beneficiarse de la evasión fiscal y los salarios de hambre que pagan. Sin embargo, aunque la crítica es certera, está basada en un diagnóstico muy superficial. Por ejemplo, el capitalismo no es un modelo, como dice Oxfam. Es un modo de producción (y consumo) históricamente determinado. Las grandes corporaciones, que tanto aparecen en el informe de Oxfam, son centros privados de acumulación de capital que se enfrentan en una encarnizada competencia por la rentabilidad. De ahí también la búsqueda sistemática de mecanismos para deprimir salarios.

Las recomendaciones de Oxfam están condenadas a languidecer como débil eco en los participantes de la reunión en Davos, cuando regresen a sus países en sus jets privados. Por ejemplo, Oxfam sugiere que los gobiernos deben funcionar en beneficio de toda la población en lugar de hacerlo para beneficio de las grandes corporaciones. Buena idea, pero eso ignora todo sobre la dinámica del capitalismo contemporáneo y, en especial, sobre la política macroeconómica neoliberal.

Para dar un ejemplo del ámbito de la política monetaria: uno de los temas clave ignorado por Oxfam se relaciona con el funcionamiento del sistema bancario. En ninguna parte de su estudio aparece un apartado que diga algo sobre los bancos comerciales privados y su función en la creación de dinero. Hoy sabemos que 95 por ciento de la oferta monetaria en cualquier país del mundo se compone de títulos de deuda creados por los bancos privados. Típicamente, los bancos centrales tienen funciones de regulación monetaria muy restringida y en última instancia son responsables de crear reservas cuando se las piden los bancos comerciales privados. El resultado final es un feudalismo monetario que tiene sojuzgada a la población mundial. Aquí las recomendaciones tendrían que ir más allá de la fallida regulación bancaria, que ni siquiera ha podido mitigar la rapiña del sistema de bancos sombra. Se necesita nacionalizar la actividad bancaria para recuperar así el control sobre la creación monetaria.

Davos es un buen sitio para una reunión de ricos y poderosos. Son las criaturas consentidas del sistema, como diría Settembrini, uno de los personajes de La montaña mágica que representa el legado intelectual humanista. Esas criaturas están enfermas de arrogancia y soberbia, pero a diferencia de los pacientes del Berghof, en su caso la enfermedad está hermanada con el delirio y la decadencia, no con esa mayor sabiduría que se requiere para resolver los graves problemas que hoy aquejan la sociedad humana.

 

Twitter: @anadaloficial

 

Publicado enSociedad
Un director que fue también un gran pensador del cine

Con la muerte del realizador iraní, autor de obras maestras como Primer plano y El sabor de la cereza, el cine del mundo perdió a uno de sus grandes maestros, un director que exploró las infinitas posibilidades de su medio de expresión sin resignar jamás su profundo humanismo.


En La imagen-movimiento y La imagen-tiempo (Ed. Paidós), el filósofo francés Gilles Deleuze parte del supuesto de que “los grandes autores de cine pueden ser comparados no sólo con pintores, arquitectos, músicos, sino también con pensadores. Ellos piensan con imágenes en lugar de conceptos”.

Ningún cineasta contemporáneo parece haberse ajustado mejor a esta descripción que el iraní Abbas Kiarostami, fallecido ayer en París, a los 76 años, como consecuencia de un cáncer que lo tuvo en coma desde marzo pasado. “El cine empieza con David Wark Griffith y termina con Abbas Kiarostami”, señaló alguna vez Jean-Luc Godard, en uno de sus célebres aforismos. Por su parte, cuando el gran director El sabor de la cereza y Copia certificada estaba en plena actividad, Martin Scorsese apuntó que “Kiarostami representa el más alto nivel artístico al que pueda aspirar el cine”. Y cuando a Kiarostami, famoso también por su modestia, lo consultaban sobre estas declaraciones, que incluían también elogios de Akira Kurosawa, solía decir que prefería dejarlas para más adelante, para cuando estuviera muerto. Ese momento, lamentablemente, ha llegado. El cine del mundo ha perdido a uno de sus grandes maestros, un director capaz de explorar una y otra vez las infinitas posibilidades de su medio de expresión, pero sin resignar por ello su capacidad de asombro y su profundo humanismo. Kiarostami también fue reconocido como poeta (su volumen Compañero del viento tuvo edición castellana en 2006) y en los más importantes museos y galerías de arte, por sus notables exposiciones de fotografías e instalaciones.


En Buenos Aires todavía se recuerda el sorpresivo impacto que produjo el estreno de El sabor de la cereza, en 1998, apenas un año después de haber obtenido la Palma de Oro del Festival de Cannes. Los más de 150.000 espectadores que cosechó desde su estreno, inicialmente con una sola copia, demostraron entonces que había una franja importante de público que la distribución local había descuidado. Un público dispuesto a internarse en un film arduo, exigente, pero que a cambio le devolvía la confianza en el cine como medio de conocimiento y experiencia estética. Fue gracias a la repercusión de El sabor de la cereza que, ese mismo año, se precipitó un torrente de estrenos de calidad, no sólo iraníes sino de todos los orígenes off-Hollywood, que de otra manera seguramente nunca se hubieran conocido localmente. Y no parece del todo una casualidad que, al ritmo de esa ola, hoy casi extinguida, al año siguiente el Bafici tuviera su primera edición.


El sabor de la cereza, sin embargo, estaba lejos de ser su primer film. Nacido en Teherán el 22 de junio de 1940, Kiarostami estudió dibujo y pintura en la Academia de Bellas Artes de su ciudad, trabajó como ilustrador de posters y libros infantiles y en 1969, cuando ingresó como docente al Centro para el Desarrollo Intelectual de Niños y Jóvenes Adultos, creó allí el Departamento de Cine, que se convertiría en la cantera del llamado Nuevo Cine Iraní. Allí produjo y dirigió el primero de sus muchos cortometrajes, El pan y el callejón (1970), sobre un niño que debe enfrentarse a los pequeños peligros del regreso a casa desde la escuela. La Revolución de los Ayatolas, en 1979, lo enfrentó a una difícil decisión, en la medida en que muchos de sus colegas decidieron exiliarse en Occidente. No fue el caso de Kiarostami, que justificó así su permanencia en el país, a pesar de las muchas restricciones que sufriría: “Cuando uno saca un árbol de su tierra y lo trasplanta aquí y allá, nunca dará frutos”, le dijo al periódico británico The Guardian en 2005. “Y en caso de que pueda dar alguno, el fruto no será tan bueno como los que daba originalmente. Es una regla de la naturaleza. Pienso que si hubiera dejado mi país, me hubiera pasado lo mismo que a un árbol.”.


Siempre refugiado en su Centro para Niños y Jóvenes, el reconocimiento internacional llegaría para Kiarostami recién en 1987, con su segundo largometraje, ¿Dónde está la casa de mi amigo?, premiado en el Festival de Locarno. Considerado la primera entrega de la llamada Trilogía de Koker, por la desértica región donde fue rodada, ¿Dónde está la casa de mi amigo? es un Kiarostami clásico, en la medida en que la simplicidad de la historia que el director tiene para contar –y la increíble economía de sus medios expresivos– esconden una riquísima complejidad formal y conceptual, que el film irá revelando muy paulatinamente, en el transcurso de su desarrollo.


Al regresar de la escuela, un niño llamado Ahmad descubre que se ha llevado por error el cuaderno de su compañero de banco y se empeña en devolvérselo esa misma tarde, para que su amigo pueda completar la tarea y no sea amonestado por el maestro. La empresa, sin embargo, no será fácil: ese chico vive lejos, en un pueblo vecino, y en el camino Ahmad irá sufriendo una serie de pequeños percances. Ese recorrido de Ahmad tiene mucho de parábola, en la medida en que a partir de un relato breve de la vida cotidiana se plantea la posibilidad de acceder a una dimensión espiritual. Este vínculo entre la ficción narrada y la realidad a la que remite, este procedimiento “parabólico”, será una constante en toda la obra posterior de Kiarostami, pero aquí aparece quizás en su forma más pura, particularmente en los bellísimos tramos finales, cuando la noche se cierne sobre Ahmad, que parece a punto de ser arrastrado por la oscuridad y el viento.


Mucho menos lírico, pero sin duda aún más complejo es Primer plano (1990), el film que el propio Kiarostami consideraba como uno de sus favoritos, una obra que en su cuestionamiento radical de las fronteras entre documental y ficción se convirtió en una influencia determinante para todo el cine iraní y muy particularmente para la obra de Jafar Panahi, que siempre se consideró su discípulo y contó con guiones de Kiarostami para El globo blanco (1995) y Crimson Gold (2003). A partir de un hecho real, extraído de la crónica diaria –un hombre se hizo pasar por un famoso cineasta iraní (Mohsen Majmalbaf) para ganarse el respeto y la confianza de una familia–, Kiarostami convoca a todos los involucrados en el caso y, con ellos como intérpretes de sí mismos, vuelve a poner en escena la situación. El resultado es tan insólito como inquietante, en la medida en que la realidad parece multiplicarse a sí misma, como si se tratara de una serie de espejos superpuestos que terminan reflejando infinitos puntos de vista.


Primer plano es también un film crucial en la medida en que introduce en la obra de Kiarostami aquello que, desde una perspectiva occidental, podría considerarse un procedimiento socrático: la organización de preguntas y respuestas convenientemente orientadas para ir descubriendo las distintas capas de una verdad. Este método interrogativo, esta “conversación” entre sus personajes se extiende en toda su exigencia al espectador, que pasa así a ser parte activa del film, como sucedía en los distintos encuentros que luego pautarían a El sabor de la cereza.


Aunque quizá más enmascarado, ese procedimiento también está en el corazón de Y la vida continúa (1992), el segundo capítulo de la Trilogía de Koker. Un director de cine –el que habría filmado ¿Dónde está la casa de mi amigo?– vuelve a Koker, el pueblo donde se rodó aquella película, para tener noticias de su pequeño protagonista, después de un terrible terremoto. El cineasta viaja a bordo de un viejo Renault 5, acompañando por su pequeño hijo, que no cesa de hacerle preguntas. Y el cineasta mismo interroga una y otra vez a sus interlocutores, para saber si podrá llegar a Koker, qué camino debe seguir (a cuál más sinuoso) y quién le puede informar acerca de Ahmad o su familia.


El sonido directo, la noción de tiempo real, la manera de encuadrar el paisaje, hacen de Y la vida continúa una road movie de una inmediatez absolutamente infrecuente. Nada más real, parecería, que un plano de Kiarostami, en el que la materialidad de sus imágenes es tal que da la impresión de que es uno mismo quien recorre un camino serpenteante a bordo del auto. Y, sin embargo, anclada en esa realidad, vuelve a aparecer la parábola, en este caso la idea que evidencia la voluntad demiúrgica del cine de Kiarostami: la noción de que el cine –no importa qué terremotos se interpongan en su recorrido– no es otra cosa que reconstruir el mundo a partir de sus fragmentos, de sus escombros.


La Trilogía de Koker concluiría con Detrás de los olivos (1994), vinculada a su vez con el film anterior. Un joven campesino que participa como actor no profesional de Y la vida continúa (Kiarostami siempre borroneó las fronteras entre ficción y documental al convocar a gente común, sin experiencia cinematográfica) está enamorado de una chica local que también es parte del rodaje, pero que lo rechaza. La testarudez habitual de los personajes del director hará que el joven enamorado no ceje en su intento de seducción, pero el prolongado gran plano general con que concluye el film (una obra maestra en sí misma) deja librado al espectador conjeturar cuál es la respuesta de la chica. “Un actitud justa, de respeto hacia el espectador, sería aquella que le permitiera elegir a él mismo aquello qué lo emociona. En un plano-secuencia, es el espectador quien elige en función de lo que él siente”, declaró Kiarostami sobre ese famoso final abierto.


De hecho, todo el principio de construcción de El viento nos llevará (1999) se basa en la ausencia de imágenes e informaciones en apariencia esenciales, en el fuera de campo, en la exclusión como regla a partir de la cual cada espectador es invitado a participar muy activamente en la elaboración del sentido final del film. Hay un misterio, es cierto, en el centro de El viento nos llevará, pero ese misterio tiene cierto carácter lúdico, como si con esta película Kiarostami hubiera querido llevar hasta las últimas consecuencias aquello que ya venía practicando en sus films anteriores, y que él mismo resumió en un breve artículo teórico denominado “Por un cine inconcluso”, escrito en ocasión del centenario del cine. Allí Kiarostami abogaba por un tipo de cine que le diera más tiempo y más posibilidades de reflexión a su público, “por un cine a medias, un cine inconcluso que pueda ser completado por el espíritu creativo de los espectadores”. En este sentido, El viento nos llevará pone radicalmente en práctica ese principio, confronta a la sala oscura y le pide que le ayude a echar luz sobre la pantalla.


Su película siguiente, Ten (2002), significó un cambio radical en su obra. Aunque ya había experimentado antes con algunos cortos, fue su primer largo rodado con una pequeña cámara digital, que dejó fija en el interior de uno de sus escenarios predilectos, un automóvil en movimiento (procedimiento que también utilizó Panahi en su film más reciente, Taxi). El número del título remite a los diez diálogos socráticos que se dan en el interior de un auto que recorre las calles de Teherán y por el cual van pasando, coloquialmente, todos los temas: la vida, la muerte, el amor, la educación, la maternidad... La otra novedad absoluta de Ten fue que se trató de la primera obra de Kiarostami en la que las mujeres están en el centro absoluto de la escena. “De alguna manera, mi película refleja los problemas que enfrenta hoy nuestra sociedad”, declaró por entonces el director. “Yo no soy de aquellos que hacen diferencias de género, pero sí creo que los problemas hay que exponerlos tal como son y las mujeres hoy en Irán tienen mucho para decir al respecto.”
A Ten le siguió, el año siguiente, Five (2003), un objeto audiovisual concebido a partir de cinco secuencias independientes entre sí y realizadas en una sola, única toma, generalmente estática, con el mar como único elemento en común. En este camino extremo hacia la abstracción (un camino que Kiarostami venía explorando desde hacía tiempo en sus exposiciones fotográficas), Five parece, en una primera instancia, una suerte de experiencia zen, pero se revela finalmente como una nueva interrogación del director por las posibilidades y los límites del cine, en el terreno de la imagen y también del sonido. Esos cinco planos fijos, capaces de hacer tangible el tiempo que queda aprisionado en ese recorte de la realidad, consiguen expresar tensión, humor o una infinita melancolía sin apelar a ninguna forma narrativa. En todo caso, tienen el poder descriptivo y la sensibilidad de un haiku. No por nada, Five fue dedicada por Kiarostami a la memoria del maestro japonés Yasujiro Ozu.


Algo de esa abstracción Kiarostami la llevó a Shirin (2008), pero en este caso concentrada en los rostros de un centenar de mujeres que asisten en una sala de cine a la proyección de un melodrama basado en un clásico de la literatura persa. El hecho que de ese film sólo se pueda inferir aquello que se refleja en los rostros de sus espectadoras supone una puesta en abismo donde la emoción es producto del más puro, auténtico contracampo.


Para sus dos films finales, Kiarostami –que siempre tuvo problemas con la censura de su país– debió resignar sus principios y trasladarse al exterior, lo que no le impidió sin embargo dar dos estupendos frutos. Filmado en escenarios naturales de la Toscana, Copia certificada juega con Viaggio in Italia, el legendario film de Roberto Rossellini de 1954, donde Ingrid Bergman y George Sanders paseaban las ruinas de su amor por los restos de Pompeya. Es que el tema de la “copia auténtica” es la idea central de la película de Kiarostami, que en su primera incursión fuera del cine de su país se animó a dialogar con las convenciones y los modos de relato del cine occidental. Como la pareja de Rossellini, la de Kiarostami (Juliette Binoche, William Shimell) también va errando por los museos de la región y, en uno de ellos, encuentra una “copia certificada”, un retrato del siglo XVIII que durante más de doscientos años fue dado por un original del período romano, pero cuya calidad es tal que es considerado, también, una obra de arte. Como el mismísimo film de Kiarostami, claro está.


Like Someone In Love (2012) fue filmada íntegramente en Japón, con actores japoneses. Pero no por ello deja de ser una típica película de Kiarostami, por la delicada complejidad que se esconde detrás de una historia engañosamente simple y por su virtuosa puesta en escena. Hay un eco de las historias de Yasunari Kawabata en ese profesor ya viudo y anciano, que después de una cita con una call girl casi adolescente –con quien quizá ni siquiera ha llegado a tener sexo– parece volver a sentir eso que alguna vez llamó amor. El film narra apenas veinticuatro horas en la vida de estos personajes, pero Kiarostami se las ingenia para que el espectador sienta que los conoce de casi toda una vida. Y que casi podría mudarse con ellos: al taxi en el que la chica acude a la cita; al auto en el que el profesor intenta devolverla a la ciudad; o al pequeño, pero cálido departamento en el que el anciano vive sus últimos años de soledad y que, de pronto, se ve sacudido por un hecho inesperado. “En ese momento, lo único que se me ocurrió fue The End”, reconoció Kiarostami sobre el abierto, polémico final de su película. “Entonces me dije, tal vez no es el final. Y ahí me di cuenta entonces de que no tenía principio tampoco. Mi película no empieza y no termina. La vida es así. Nunca llegamos al comienzo, las cosas siempre comienzan antes.” El cine de Kiarostami también. Siempre será actual, moderno, siempre será un clásico; no tiene comienzo ni final: estaba antes de que lo conociéramos y seguirá estando después, para las generaciones venideras.

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Mantener la unidad de la izquierda de manera progresista y eficaz. Lecciones desde Grecia y España

 

La experiencia de Syriza pesa en la conciencia colectiva de la izquierda europea. Es importante que aprendamos de esta experiencia y resurjamos más unidos, progresistas y eficaces en la tan apremiante como necesaria consecución de una agenda paneuropea humanista.

 

En enero de 2015 fuimos elegidos para enfrentarnos al catastrófico «programa» griego de la troika y, al hacerlo, reiniciar Europa. Pocos meses después, nuestro Gobierno fue derrotado y peor aún, Syriza fue dividida en tres grupos: aquellos que permanecieron en el Gobierno, junto a Alexis Tsipras; aquellos de nosotros que permanecimos políticamente activos, pero que dejamos Syriza; y un grupo más grande, gravemente herido, que se fue a casa demasiado decaído para seguir luchando.

 

No es la primera vez que la derrota de la izquierda causa escisiones, divisiones y tristeza, incluso conflictos fratricidas. Hay dos maneras de evitar esto. Una es ganar, y, por consiguiente, evitar las repercusiones de la derrota. Sin embargo, aunque tengamos que hacer lo necesario para ganar, es imperativo que sepamos cómo evitar una guerra civil en la secuela de las batallas perdidas.

 

Más adelante volveré sobre lo que necesitamos hacer para ganar, pero en primer lugar siento la necesidad de compartir algunas de las lecciones, arrepentimientos y orígenes de la derrota de Syriza del último verano.

 

En la noche del referéndum del 5 de julio de 2015, Alexis Tsipras y yo discrepamos sobre lo que debíamos hacer. ¿Debíamos interpretar el 62% de votos a favor del OXI (no) como el coraje para llevar nuestro enfrentamiento con la troika aún más lejos? ¿O debía el primer ministro, en cambio, forjar una alianza con la oposición protroika para rendirnos a las demandas de los acreedores?

 

Existían poderosos argumentos en ambas partes, pero este no es el lugar para relatarlos. Claramente discrepamos y, como resultado, decidí abandonar el Gobierno, incapaz de apoyar la decisión del primer ministro. Sin embargo, en ese momento, mi mayor preocupación fue evitar que dicho desacuerdo fragmentara a nuestro partido y dividiera a nuestra gente.

 

Para prevenir que el desacuerdo se tradujera en una división, presenté la siguiente propuesta: que ambas partes del debate reconocieran que la otra parte contaba con razones de peso a su favor. Que reconociéramos que se trataba de una decisión verdaderamente difícil (tanto para Alexis como para mí), lo que, por definición, significaba que nuestras decisiones opuestas eran igualmente bien intencionadas, igualmente defendibles e igualmente de izquierdas. De esta manera, pronuncié un discurso en el Parlamento implorando a todos nuestros diputados en la Cámara y a sus simpatizantes fuera de ella para respetarnos los unos a los otros (aceptando que cada bando tenía sus razones) y que éramos compañeros que simplemente discrepaban.

 

Mi exposición, inicialmente, pareció encontrar suelo firme. Mi sucesor en el Ministerio de Finanzas, Euclid Tsakalotos, usó la misma línea de argumentación tanto en el Parlamento como dentro del partido. Cuando menos, nuestro discurso pretendía mantener al partido unido a pesar del fuerte desacuerdo en nuestra actitud hacia la troika y la oposición estaba frustrada por: (A), la decisión de la dirección de expulsar de Syriza a cualquiera que votara a favor del nuevo memorando y (B) la decisión de muchos compañeros de formar el partido Unidad Popular en oposición a Syriza.

 

A pesar del fracaso de nuestro discurso unificador, que llevó a Syriza a una división en tres partes, todavía creo que el mismo tiene mucho valor para la izquierda, tanto dentro como fuera de Grecia. Sigo convencido de que la izquierda debe aprender a preservar la unidad a pesar de un fuerte desacuerdo interno en cuanto a lo que su Gobierno debe o no debe de hacer. Ningún sector del partido debe nunca imponer su punto de vista al otro con la amenaza de una expulsión. Y ningún sector debe poner como condición a su participación en la coalición, que sus opiniones prevalezcan sobre aquellos que discrepan.

 

Volviendo ahora la cuestión de cómo evitar la derrota, la experiencia de Syriza muestra lo crucial que es que la dirección y el partido acuerden de antemano dónde están las líneas rojas colectivas. Cuando me uní a Alexis Tsipras y a Syriza pensé que teníamos un entendimiento sobre tres de esas líneas rojas, los tres requisitos mínimos para permanecer en el gobierno:

 

.Lograr una importante reestructuración de la deuda.

.Contener la austeridad (es decir, reducción en el objetivo principal de superávit al 1,5% del PIB)

.Recuperar la soberanía nacional sobre las privatizaciones.

 

También teníamos un acuerdo para imponer una quita a los bonos del Gobierno griego en manos del Banco Central Europeo si éste cerraba nuestros bancos para forzarnos a ir más allá de nuestras tres líneas rojas. Y que, si ocurría lo peor de lo peor, dimitiríamos antes que cruzarlas. Claramente me equivocaba, mientras la troika estaba en lo cierto: aquellas tres líneas rojas no eran «reales».

 

Pese a lo que publicaron algunos medios, estos desacuerdos en ningún caso me llevaron a alimentar divisiones. No apoyé a la escisión de Syriza en las elecciones en Grecia porque si bien sabía que eso les llevaría al parlamento, también era consciente de que pondría en peligro la mayoría de Tsipras. Siempre he pensado que las divisiones no son el camino y en las elecciones es donde más se evidencia ese error.

 

Mirando hacia el futuro, hacia las elecciones generales españolas del próximo 26 de junio, es crucial que Unidos Podemos no cometa el mismo error respecto de la troika. Que su dirección trabaje plenamente sobre cuáles son sus líneas rojas. Y que le diga al electorado español cuáles son, atándose a ellas como Ulises se ató al mástil del navío para prevenir que fuera encandilado por el canto de las sirenas. Por encima de todo, Unidos Podemos debe señalar a los posibles socios de coalición, y al Eurogrupo, que estas líneas rojas no son negociables. Todo lo demás lo es, pero no las líneas rojas aceptadas en común (sean las que Unidos Podemos decida que sean).

 

El pasado año en Grecia estuvimos en lo cierto al proclamar que «la esperanza se acercaba». Este año en España, la izquierda acertará si puede pasar de «Podemos» a «Hagámoslo» unidos. Lo que ahora deben hacer es explicar claramente qué es ese «lo», comprometerse a respetar las líneas rojas comunes de la coalición hasta el final y, pase lo que pase, procurar que sus filas permanezcan unidas, incluso cuando los desacuerdos internos sean fuertes.

 

*Economista y exministro de Finanzas de Grecia

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Viernes, 22 Abril 2016 18:21

Ontología humana crítica

Ontología humana crítica

El antagonismo contemporáneo entre la esencia (ontología) y la existencia amenaza a la especie humana con su extinción. Este antagonismo tiene expresión concreta en dos hechos fácticamente comprobables: i) la negación de la “naturaleza” y, en consecuencia, la acción destructiva de las condiciones que dan sustento a la “Vida”, y ii) la alienación de fuerzas esenciales y específicas que son el contenido de la “Dignidad” humana. La consecuencia factual de este conflicto es el desmembramiento y la desintegración psíquica de la personalidad humana y su esencia natural-genérica universal, que se expresan en el odio y el rencor hacia la vida; en síntesis, el fracaso en el arte de vivir. Superar la crisis que amenaza la supervivencia de la especie exige una revolución que significa cambios radicales y duraderos de la conciencia humana y de las relaciones e instituciones sociales.

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