Un servicio público en peligro de extinción

La gratuidad de la información en Internet generó recortes en las redacciones, un empeoramiento de la calidad de la prensa y una concentración de los medios en manos de conglomerados. ¿Cómo han enfrentado esta tendencia la prensa y los estados en diferentes lugares del mundo?

 

No hay cómo negarlo: los medios de comunicación tradicionales en general están en crisis. Aquí y acullá, en países con poca o mucha tradición de lectura de periódicos, cierran diarios, revistas, semanarios todos los días. La cosa no es de ahora, precisamente, pero desde la aparición y sobre todo la consolidación de Internet y su galaxia se ha acentuado exponencialmente. Los medios audiovisuales, verdugos tradicionales de la prensa escrita, no salen tampoco indemnes y aparecen ellos también en el pelotón de víctimas del avance de ese monstruo cibernético imperial sobre el que se vuelcan todas las miradas acusadoras. Desde la crisis de 2008, es decir hace diez años, el ritmo de desaparición de publicaciones no paró de acelerarse. Un informe publicado por el periodista francoespañol Ignacio Ramonet (Le Monde Diplomatique, 4-X-09) da cuenta de que en menos de un año –entre 2008 y 2009– y sólo en Estados Unidos desaparecieron 120 medios, algunos de alcance nacional, y se perdieron 21 mil empleos en el sector. En Europa el terremoto fue similar: diarios tradicionales debieron o bien cerrar por completo, o pasar a editarse sólo en Internet, o restringir su oferta hasta el punto de perder parte de su identidad (el Washington Post dejando de editar su suplemento literario Bookworld, por ejemplo), además de destruir un tendal de puestos de trabajo. En España, de acuerdo a datos publicados a comienzos del año pasado por la Asociación de Editores de Diarios (Aede), entre 2008 y 2015 los cotidianos redujeron un 43 por ciento de sus plantillas (prnoticias.com, 3-I-17). En América Latina, la Federación Latinoamericana de Periodistas dio cuenta en 2016 de la pérdida de decenas de miles de puestos de trabajo en la región desde mediados de la década de los noventa. La sangría no ha cesado.


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La crisis de la prensa no es producto de una caída de su audiencia.


La penetración de los medios, por el contrario, se ha multiplicado. Sólo que los lectores están migrando desde las versiones impresas hacia las digitales. Al Guardian británico, por ejemplo, lo leen actualmente alrededor de 36 millones de personas por mes en todo el mundo a través de Internet, pero el venerable diario liberal vende menos de 300 mil copias por día; la versión digital del New York Times tiene 22 veces más lectores que la tradicional en papel; la del Times de Londres casi otro tanto; y algo similar sucede con el madrileño El País de Madrid, el francés Le Monde, el italiano La Repubblica. Sólo por hablar de los grandes medios “internacionales”. El fenómeno se repite, por supuesto, por estos lares: a menor difusión de las ediciones pagas, mucho más audiencia de las ediciones inmateriales.


Todos han ido apostando a “estar en Internet” para disminuir las pérdidas o simplemente no desaparecer. El País español, por ejemplo, cerró a fines del año pasado su imprenta en Madrid, pero destina fondos cada vez mayores a sus ediciones digitales, una de ellas para la América hispánica y otra en portugués, para el mercado brasileño. El Times o el Guardian británicos están realizando apuestas similares en el mundo anglófono. Entre abrir la canilla por completo y cerrarla a cal y canto, las fórmulas varían. A veces algunos medios prueban todas las opciones, a golpes de ensayo y error: van de ofrecer versiones digitales totalmente “abiertas”, idénticas o casi idénticas a las impresas, a partir de la premisa de que a mayor penetración y mayor audiencia mayor volumen de publicidad, hasta –una vez constatado el fracaso económico de esa variante– cobrar por todo lo que llega en unos y ceros. Otros –o los mismos– combinan, cobrando a partir de cierto número de artículos “bajados” y dejando “abiertos” otros. La preocupación principal de los medios impresos con versiones digitales es que éstas no terminen fagocitando a las primeras. Todavía no se ha encontrado la fórmula.


Uno de los problemas es que los ingresos de las versiones digitales de los medios escritos no han crecido en la misma proporción que su “lectorado”: sus consumidores las ojean por lo general gratuitamente o a través de “agregadores” de contenidos como Google, o de proveedores de servicios, que se han convertido en los grandes captadores de la publicidad y son denunciados como vampiros cibernéticos o parásitos que lucran con la producción de terceros. Datos sobre el mercado publicitario elaborados por la empresa Price Waterhouse Coopers (Pwc) indican que en 2017 el 27 por ciento de lo invertido en publicidad en todo el planeta fue a Internet, el 24 por ciento a la televisión abierta y apenas el 10 por ciento a publicaciones en papel. En 2010, es decir, sólo siete años antes, la tajada mayor de la torta publicitaria (26 por ciento) se la llevaban los canales abiertos, el 19 por ciento los diarios y otras publicaciones y sólo el 16 por ciento la red de redes informática (revistawacho.com, “Todos contra Facebook”, 2-V-18). Lo peor para los medios que tienen versiones digitales es que las fabulosas masas de dinero que se vuelcan cada vez más en Internet no van a ellos sino a Google o Facebook. El año pasado, en Estados Unidos, el mayor mercado publicitario del planeta, el 73 por ciento de lo invertido en publicidad en Internet fue a parar a esos dos gigantes, señala el documento de Pwc. Peor, peor aún: los anunciantes pagan por publicitar en Internet mucho, pero mucho menos que lo que pagan en medios en papel.


Google y Facebook se han ido convirtiendo cada vez más en “decidores” en el mercado informativo. “Como los grandes derivadores de tráfico a los portales de los medios son Google y Facebook cada decisión que ellos toman nos termina afectando”, dice la nota de Wacho. Su autor, Tomas Vio, destaca las dificultades que tienen los medios para hacerse valer frente a estos “parásitos”. “En 2014 el gobierno español incorporó un artículo a la ley de propiedad intelectual que establecía que Google y el resto de los buscadores estaban obligados a pagarle un monto fijo a cada medio por cada link que apareciera en ellos. Esto, que se pensó como una solución a la falta de ingresos por publicidad que tenían los medios, terminó hundiéndolos todavía más. En respuesta Google eliminó en España Google News y sacó cualquier link de un medio español en sus búsquedas en otros países. Esto afectó a todos los medios españoles, principalmente a los más chicos que vieron como las visitas a sus sitios cayeron un 16 por ciento. En poco tiempo los mismos medios que habían presionado para que se modificara la ley, reclamaron para que el gobierno diera marcha atrás. Casos parecidos pasaron en otras partes de Europa y siempre tuvieron a Google como el ganador.”


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Es como el perro que se muerde la cola, sugiere Ignacio Ramonet. Desesperados por su desplome y por encontrar una vía de salida, los medios de prensa tradicionales, hijos de la era industrial y de un modelo de circulación de la información ya obsoleto, al tiempo que invierten más y más dinero en tecnología, estiran como chicle y precarizan a sus cada vez más escasos periodistas para que escriban, filmen, fotografíen y se repartan entre los distintos soportes, y rebajan contenidos para adaptarse a los nuevos modos de consumo. La calidad de la oferta está entre lo primero que decae. “Hoy la información tiene como objetivo mercantil llegar al más amplio número de personas. Se llega bajando el nivel y bajando el costo, es decir, regalando una información que puedan leer hasta aquellas personas que apenas saben deletrear. El comercio de la información no consiste en vender información a la gente; consiste en vender gente a los anunciantes”, apunta el periodista hispanofrancés.


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El diagnóstico de la Aede para España podría extenderse a cualquier otro país de cualquier continente: la acción conjugada de la reducción de la publicidad y de la difusión de ejemplares pagos y una fallida migración a Internet han llevado a la prensa escrita a un estado de cuestionamiento existencial del que aún no sale. Los vaticinios sobre “la muerte inminente de la prensa diaria” no son de ahora, pero es relativamente reciente que se hayan convertido en lugar común, en certeza incuestionable. Los han formulado analistas externos al sector o gente del riñón mismo de la prensa. Ramonet citó en su nota de 2009 a Michael Wolf, de la consultora especializada Newser, que previó en enero de aquel año en el Washington Post que en Estados Unidos sólo subsistirían a corto plazo 20 por ciento de las publicaciones en papel, y al magnate australiano británico Rupert Murdoch, mandamás del grupo multimedia News Corporation, para quien la década que está ahora acabando quedaría marcada también como la de la extinción de la prensa diaria.

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La creciente concentración es otro de los fenómenos mayores en el sector. En los años ochenta y noventa era sobre todo endógena: se manifestaba en la creación de grandes grupos multimedia, que abarcaban publicaciones de todo tipo y pelaje, radios, canales abiertos y de cable, medios digitales. Pero también estas grandes corporaciones (Hearst Corporation, News Corp y otras) zozobran: pierden dinero, recortan los medios de los que son propietarios a tijeretazos. Ahora es común que los periódicos formen parte de grandes corporaciones industriales que los usan como pañuelos desechables en estrategias globales de poder.


En Francia, “todos los grandes medios pertenecen a cuatro o cinco empresas que nada tienen que ver con la información; se dedican a la fabricación y venta de armas, a la telefonía o a negocios por Internet”, dijo Ramonet en una entrevista publicada en el dominical argentino Perfil hace siete años (11-IX-11) que nada ha perdido de actualidad. “Un grupo que vende armas posee la radio más importante y el periódico del fin de semana más importante (Le Journal du Dimanche), mientras un constructor de autopistas tiene el canal de televisión más importante con el informativo de mayor audiencia.”


Un estudio sobre “Pluralidad informativa y libertad de prensa” realizado por el European Centre for Press and Media Freedom y la Plataforma en Defensa de la Libertad de Información, difundido en enero pasado, consignó el fenomenal nivel de concentración en este sector en Europa: en 15 países de la región, cuatro grupos son propietarios del 80 por ciento de los medios (público.es, 29-I-18).


Para el “ecosistema informativo” de la región, se comentó en un seminario madrileño en que el informe fue presentado, “ello supone una gigantesca pérdida de diversidad, y para la democracia un peligro mayúsculo, al estar la información en manos de unos pocos actores privados en tiempos, además, en que, producto de su propia crisis, los medios están perdiendo calidad”.
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Profesor en la Escuela de Ciencias Sociales de Manchester, en Inglaterra, Peter Humphreys realizó unos años atrás una investigación comparada sobre las ayudas a la prensa en Europa.1 El trabajo, publicado en 2008, cuando la debacle no había llegado a las dimensiones actuales, demuestra cómo desde hace décadas la mayoría de los países del continente han desarrollado políticas “para promover la diversidad de la prensa, por lo general mediante normas contra la concentración de medios y/o mediante subvenciones”. En Estados Unidos, “la patria del liberalismo económico”, las ayudas a la prensa remontan a los inicios de la república y eran concebidas como “un subsidio público para la democracia”, señala Humphreys. Este “fundamento democrático sigue siendo el argumento más sólido para el apoyo económico público a los medios de comunicación de masas hasta la actualidad”.


Las subvenciones o las ayudas han variado según los tiempos y las orientaciones políticas. “Se ha facilitado ‘ayuda de emergencia’ temporal a publicaciones en dificultades financieras. Se han destinado subvenciones a periódicos ‘minoritarios’ (…). Se han concedido subvenciones para la modernización (introducción de nuevas tecnologías, recapacitación, etcétera) y en ciertos casos se han dirigido hacia funciones periodísticas concretas, como el periodismo de investigación”, escribe el investigador. Desde los primeros años de la década de 1970, cuando despuntó la crisis de la prensa escrita, no ha habido país de Europa occidental que no haya establecido alguna modalidad de asistencia al sector. Todos implementaron tipos de Iva preferentes, la mayoría adoptó tarifas postales, de comunicaciones y de transporte diferenciadas (en algunos casos incluso para los desplazamientos de los periodistas), y han sido habituales las desgravaciones fiscales por inversiones. En esa clase de ayudas indirectas los países han sido unánimes.

Los de tradición liberal como los anglosajones se quedaron en la facilitación de un “ambiente favorable para todos los medios”, para “no distorsionar el mercado” ni generar mecanismos de dependencia de los medios respecto a los gobiernos, según resumió en 1977 un informe de la británica Comisión McGregor, que excluyó cualquier tipo de subvención directa a los medios. Países de tradición estatista como Francia (“el primero en introducir un complejo sistema de subvenciones, directas e indirectas”) o de “corporativismo democrático” como los nórdicos establecieron en cambio ayudas “orientadas” de diverso calibre, y sistemas de regulaciones que incluían cierto nivel de discriminación “positiva”. El sistema francés se instauró poco después de la Segunda Guerra Mundial, “con el objetivo declarado de fomentar el pluralismo entre las cabeceras de periódicos y estimular el acceso de los lectores a diferentes fuentes de periódicos”, apunta Humphreys citando The Media in France, un estudio del profesor de ciencia política británico Raymond Kuhn publicado en 1995. Desde entonces se ha ido adaptando y, por momentos, amplificando. Hacia fines de 2014, escribió en diciembre de ese año en Le Monde Diplomatique el periodista Pierre Rimbert, los subsidios a la prensa representaban un 19 por ciento del volumen anual de negocios de los periódicos de información política y general de Francia. En promedio, el Estado francés destinaba entonces 1.600 millones de euros por año al conjunto del sector. “La persistencia de estas ayudas públicas masivas pero pasivas expresa el reconocimiento implícito de que (…) al igual que la educación o la salud, una información de calidad no podría florecer bajo las reglas de la oferta y la demanda”, apuntaba Rimbert. El periodista criticaba de todas maneras la forma en que esas ayudas eran implementadas. “Desviado del interés general hacia los conglomerados comerciales, el modelo” francés ha demostrado no sólo su ineficacia, al ser incapaz de resolver la crisis de los medios, sino también su injusticia, señalaba. Titulada “Proyecto para una prensa libre”, la nota de Rimbert proponía un modelo radicalmente diferente de financiación de la prensa destinado a “producir una información de calidad por fuera de la ley del mercado y de las presiones del poder político”.


Humphreys destaca por su lado las bondades de los mecanismos de ayuda a la prensa implementados en Noruega, Dinamarca, Suecia, Finlandia, Austria, Holanda (véase recuadro). Se trata, precisamente, de los países que más subvenciones han destinado al sector, con el fin de “preservar un importante grado de pluralismo político frente a una creciente concentración de los medios de comunicación”. El británico cita un trabajo de los investigadores Daniel Hallin y Paolo Mancini (Comparing Media Systems: Three Models of Media and Politics) para la Universidad de Cambridge según el cual en los países nórdicos “los medios eran más respetuosos con las elites políticas antes de la aplicación de estos sistemas de subvenciones que después. (…) El aumento del profesionalismo crítico en el periodismo de la Europa septentrional se produjo en el período en que las subvenciones eran más elevadas”.


En Holanda y Bélgica se han instaurado mecanismos estatales de apoyo al periodismo de investigación. El caso del Fondo Pascal Decroos de la región flamenca belga, creado en 1998, es particularmente llamativo. Humphreys cita el texto, subido a su página web, con el que los promotores de esta iniciativa la fundamentaron: “los medios están bajo presión. La economía de mercado determina cada vez más qué se considera noticia y qué no. El resultado de esta tendencia es que apenas queda espacio para un periodismo en profundidad y con amplitud de miras. A pesar de disponer del talento periodístico y de existir un genuino interés público, el periodismo especializado y de investigación rara vez se practica en Flandes. El principal obstáculo parece ser siempre la financiación de tales proyectos”. El gobierno flamenco aporta dinero a este fondo, que cuenta con unos 250 miembros, en su mayor parte surgidos de los medios, y un Consejo Asesor de “notables”.


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“Aunque se han esgrimido diversos argumentos para cuestionar la eficacia o la conveniencia de las subvenciones a la prensa”, escribía Humphreys en los párrafos finales de su trabajo, “el hecho es que un importante número de países europeos occidentales parece estar comprometido con el mantenimiento de sus sistemas de apoyo y ha sido evidente un cierto grado de innovación en sus sistemas de subvenciones. A los fundamentos iniciales de carácter democrático pluralista y económico a favor de la intervención se ha añadido el fundamento de la racionalización industrial (…) y un fundamento de proyectos de investigación periodística. (…) La convergencia digital ha producido una apremiante necesidad de replanteamiento de las políticas intervencionistas de manera que en el futuro la financiación pública de la comunicación de ‘servicio público’ dependerá cada vez más de la función, en lugar de ser específica de una determinada tecnología. Para la prensa, ya sea impresa o digital, esto podría implicar un mayor apoyo –nunca menos– para funciones periodísticas concretas de ‘servicio público’ amenazadas por la creciente comercialización y competencia entre los distintos medios”.


1. “Subvenciones a la prensa en Europa. Una visión histórica”, Revista Telos, abril-junio de 2008.



Para asegurar una pluralidad


La opción de los pequeños países


Noruega, Dinamarca, Suecia, Finlandia, Austria y Holanda tienen en común que son pequeños, tienen poco peso económico y diplomático a nivel internacional y, por lo tanto, sus mercados mediáticos son limitados al propio país. La prensa en estos países no puede pretender emular un modelo como los de The Guardian o El País que tienen un millonario lectorado en la web fuera de sus fronteras nacionales, que les permite vender grandes cantidades de avisos en Internet; para leer un diario holandés hay que saber hablar ese idioma, y la actualidad de un pequeño país como Dinamarca, sólo interesa a los propios daneses. La pluralidad de la prensa no se puede asegurar en mercados tan pequeños. Por eso, en Suecia, un país de sólo 9 millones de habitantes, es gracias a una subvención pública que circulan casi 100 revistas de corte cultural y político de las más variadas orientaciones ideológicas.


Florencia Rovira Torres

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El método salvaje. El encuentro con El Otro en el periodismo narrativo

Todo periodista dedicado a narrar hace lo mismo: a lo largo de su vida va encontrando su propio método para investigar y para narrar, va creando su propia Arte Poética. Y frente a cada historia nueva tiene que inventar un nuevo método. Mi método es el de abandonarme a la sabiduría del corazón.

 

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Miércoles, 31 Enero 2018 05:39

La agonía del periodismo

La agonía del periodismo

 

En Los archivos del Pentágono, la última película de Spielberg, hay una escena que me emocionó en lo más hondo y que para mí resume la esencia del periodismo tal y como se entendía el oficio hasta hace unas décadas. Cuando los redactores han terminado de escribir la noticia que va a abrir la portada de mañana, cuando los jefazos han discutido hasta la saciedad si se lanzan o no la piscina, cuando los abogados han rastreado de arriba abajo la letra pequeña de la orden judicial en busca de subterfugios, mientras el linotipista calienta los dedos y los operarios esperan que se enciendan las rotativas, de repente el folio mecanografiado llega hasta la mesa del corrector de estilo. Entonces, el tipo se sienta, se cala el sombrero, saca el lápiz, tacha la primera palabra, añade un matiz a la primera frase, un giro a la segunda y poco a poco –la calma en mitad de la tormenta– va añadiendo en los márgenes supresiones, mejoras, alternativas.

Es casi medianoche pero no importan el tiempo, la urgencia de la primicia, la firma del reportero estrella: es el momento de la literatura. Y la literatura dicta la última palabra, el modo en que el periódico aparecerá ante los lectores, revestido de tinta, titulares y fotografías, traído hasta los kioscos en camionetas, atado en paquetes, prensado y pensado hasta la última palabra. En aquel entonces un periódico era un milagro diario, un ejercicio de escritura colectiva, un instrumento que podía zarandear un gobierno y derribar a un presidente. Katharine Graham, la editora jefe de The Washington Post, cita a su marido Phil Graham: “Las noticias son el primer borrador de la Historia”. Siguiendo la estela de The New York Times, y con ella al frente, los reporteros de The Washington Post demostraron que, en lo que concernía a la guerra de Vietnam, cuatro presidentes (Truman, Eisenhower, Kennedy, Johnson) no habían hecho más que mentir al pueblo. Tras vencer en la primera gran batalla contra la libertad de prensa, no temieron escarbar hasta el fondo del escándalo Watergate hasta lograr la dimisión de Nixon.

Hoy ese heroísmo ya no existe y no existe por muchas razones. Hoy las noticias se leen casi en el mismo instante que se producen y todo lo que hemos ganado en rapidez lo hemos perdido en reflexión, en eficacia, en repercusión y en profundidad de análisis. La sintaxis es una facultad del alma, dijo Valéry. Por eso, la sintaxis apresurada y descuidada, las novedades que se suceden a velocidad de vértigo, los reporteros mal pagados, los becarios sin sueldo, la ausencia de ese hombrecillo con sombrero y aliento a tabaco salpimentando el texto de acentos y comas, reflejan un estado de ánimo, una rendición, una literatura pobre y escuálida donde cualquier cosa se disfraza de noticia y las verdaderas noticias pasan desapercibidas. Hoy hay periódicos como The Huffington Post, que ni siquiera pagan a sus colaboradores. El volcado en crudo de docenas de miles de páginas procedentes de WikiLeaks, sin la paciente labor de orden y filtrado previos, significa el final de una era. La compra de The Washington Post en 2013 por parte del millonario Jeff Bezos, el dueño de Amazon, marca el momento en que la prensa escrita deja de albergar anuncios para transformarse ella misma en anuncio, en marca, en tendencia, en moda.

Thomas Jefferson dijo que si le obligaban a elegir entre un Gobierno sin Prensa y una Prensa sin Gobierno, escogería la segunda opción, sin duda alguna. Hoy tenemos algo mucho peor, algo que el padre del liberalismo, Adam Smith, anunciara como la peor plaga que podía caerle encima a la Humanidad: un gobierno de tenderos. No hay mucho que un corrector de estilo pueda hacer ahí.

 

Fuente:http://blogs.publico.es/davidtorres/2018/01/29/la-agonia-del-periodismo-2/

 

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Lunes, 29 Enero 2018 06:34

Reportando desde el manicomio

Reportando desde el manicomio

Si no cae antes –la eterna esperanza de mayorías en este país y seguramente del mundo– estamos ante otro año más de reportar sobre el manicomio estadunidense, cuyo rey insiste en que toda verdad que se le oponga o lo cuestione es fake news. Pero no sólo se trata de la locura arriba, sino una especie de locura abajo, una insistencia de que a pesar de calificar el gobierno de Trump como un peligro para la "democracia", para el país, para el planeta, hasta ahora le han permitido operar con todas sus consecuencias brutales para millones de personas aquí –primero que todos, los inmigrantes– y en el mundo cada día.

Periodistas –incluso de los medios más institucionales– han hecho tal vez su mejor esfuerzo en tiempos recientes para documentar y revelar la locura oficial, pero hasta ahora, todo sigue funcionando más o menos normal, incluyendo reportar desde este manicomio. Tal vez los mejores periodistas ahora, porque se atreven a desnudar el emperador, siguen siendo los comediantes.

Todo mundo sabe la regla de que un bully sólo puede obrar si los demás se lo permiten, y eso está ocurriendo mientras observadores, entre ellos nosotros los periodistas, reportamos y comentamos sobre el más reciente atropello, humillación, engaño o escándalo. Todos los días se advierte y se denuncia cómo todo esto amenaza a la democracia, y no sólo por los de abajo, sino en lugares como Davos, donde George Soros reiteró su alarma sobre los efectos nocivos del ocupante de la Casa Blanca, sumándose a un coro de premios Nobel, y hasta gente dentro del propio gobierno, incluso entre el gabinete del loco (su secretario de Estado supuestamente habló de él en términos de "fucking idiot").

Esta locura ya contagió a toda la cúpula política. Nada más esta última semana, los republicanos intensificaron su campaña de hace tiempo de minar la investigación del fiscal especial Robert Mueller sobre la injerencia rusa en las elecciones y los posibles intentos de Trump para frenar la indagatoria, al acusar que hay un complot dentro de la propia FBI y otras partes de la burocracia permanente (a lo que llaman el "estado profundo") para derrocar al presidente. Denuncian que desde el inicio –tal como también ha sugerido Trump– todo ha sido políticamente motivado por los demócratas.

Pero el hecho es que los principales actores en estas investigaciones –el presidente, el liderazgo de ambas cámaras del Congreso, el procurador general, el subprocurador general, el jefe de la FBI y el propio Mueller– son todos republicanos. El presidente está dispuesto a atacar a cualquiera de sus colegas, subordinados y amigos que se atrevan a criticarlo (ha despedido u obligado la salida de unos 15 colaboradores en los primeros 12 meses de su gobierno, y continúan los rumores de que está considerando despedir o está encabronado con su procurador general, su secretario de Estado, el jefe de la FBI, y ahora hasta con su propio jefe de gabinete, entre otros). En el Congreso, todos saben que tienen enfrente a un presidente absurdo y obsceno, pero siguen en el juego, tratando de usarlo para lograr obtener todo lo que puedan de sus agendas.

"Tenemos una Presidencia del caos y un Congreso del caos, y para oponerlo, necesitamos otro tipo de política que restaure la fe del pueblo en cuestiones públicas, incluyendo el propio Congreso", comentó recientemente el representante federal demócrata Jamie Raskin.

Todas las encuestas registran que la mayoría de este pueblo no confía en su gobierno, sea el presidente o la legislatura. Durante todo su primer año, Trump ha tenido el índice más bajo de aprobación de cualquier presidente en la era moderna. Este próximo martes dará su primer informe presidencial ante el Congreso, donde el mensaje central, según fuentes oficiales, será que él está "construyendo un Estados Unidos seguro, fuerte y orgulloso". Sin embargo, según la encuesta más reciente de NBC News/Wall Street Journal, la palabra más usada por el público para calificar esta presidencia es "indignado". O sea, la mayoría no está engañada. ¿Entonces?

Según el cuento oficial de la democracia, el pueblo –y no el presidente ni los multimillonarios– es el rey. Supuestamente, los periodistas son los que tienen la responsabilidad de informar y revelar la verdad al público, y con ello obligar a que los "representantes" rindan cuentas al poder soberano.

Aquí, desde que llegó, el periodismo fue tachado por este rey del manicomio como "enemigo del pueblo estadunidense", porque su régimen depende de descalificar y hasta de anular la verdad. Se entiende: algunos de los mejores momentos del periodismo en este país fueron cuando se enfrentó y derrotó al poder corrupto o abusivo con la verdad (sin olvidar que también en sus peores momentos ha hecho justo lo opuesto, ser cómplice en difundir la mentira oficial). No es accidente que la película The Post, de Steven Spielberg, saliera ahora, contando la historia de uno de esos momentos gloriosos donde un periódico se atrevió a publicar, en 1971, la verdad secreta sobre la guerra en Vietnam en el caso célebre de Los papeles del Pentágono filtrados por Daniel Ellsberg, (ejemplo y héroe para otros filtradores que deseaban dar a conocer la verdad al público en tiempos recientes, incluidos Edward Snowden y Chelsea Manning). Fueron periodistas y editores los que se atrevieron a confrontar a otro presidente que los calificó de "enemigos del pueblo", Richard Nixon, en el llamado escándalo de Watergate, cuyos fantasmas de nuevo rondan en la Casa Blanca de Trump.

Vale recordar que fue un periodista (junto con un oficial militar) quien finalmente frenó al senador Joe McCarthy, que periodistas de todo tipo –desde Frederick Douglas, Mark Twain, John Reed, John Steinbeck, I.F. Stone, Bill Moyers, Molly Ivins y Pete Hamill, hasta un amplio número de periodistas actuales– han sido fundamentales para generar resistencia contra fuerzas antidemocráticas a lo largo de la historia de este país. El periodismo sólo puede ser enemigo del pueblo si no cumple con su función esencial de cuestionar al poder y la historia oficial.

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Imagen tomada de: http://bit.ly/2DE1v0f

 

 

Se suele hablar mucho de la autocensura en los periodistas pero, en estos tiempos, en los que gran parte del periodismo se concreta a través de las redes sociales, también es importante analizar cuánta se produce en las redes. Una investigación elaborada conjuntamente por Facebook y la Universidad Carnegie Mellon afirma que “de los 3,9 millones de usuarios de nuestro estudio, el 71% se autocensuró en al menos un post o un comentario a lo largo de los 17 días que duró nuestro análisis, confirmando que este comportamiento es algo habitual. Los posts se censuraron más que los comentarios (33% versus 13%). También encontramos que los usuarios que tienen como objetivo una audiencia específica se autocensuran más que los que no buscan un público concreto”. Si bien pensar las cosas antes de lanzarlas al ciberespacio es algo muy acertado, los analistas señalan que acudimos a las redes sociales a socializar, informarnos, conocer gente, reafirmarnos... Si no se generan historias e interacciones suficientes, la red pierde valor según el estudio. En Facebook se juntan nuestros compañeros del colegio, de la universidad, del trabajo, la familia... Nuestra diversificada red de amigos nos puede conducir a lo que se conoce como un colapso del contexto. Para gestionar este riesgo la gente recurre a estrategias mentales como limitar sus revelaciones a un contenido que les parece apropiado para todos los miembros de su red. A esto se le conoce como enfoque del menor denominador común. Los investigadores señalan que “muchas cuestiones relacionadas con la autocensura se deben a preocupaciones relacionadas con la audiencia”.

Uno de los temas importantes relacionados con el comportamiento humano y la opinión pública que se estudia en comunicación y sociología es la tendencia de la gente a no hablar sobre cuestiones de política en público, o entre sus familiares, amigos y compañeros de trabajo, cuando creen que su propio punto de vista no es ampliamente compartido. De modo que terminan callando sus opiniones si piensan que no son populares o no van a lograr la aprobación de sus interlocutores. Esta tendencia se llama la “espiral del silencio” y fue desarrollada en 1974 por la alemana Elisabeth Noelle-Neumann.

Según la tesis de esta autora las corrientes de opinión dominantes o percibidas como vencedoras generan un efecto de atracción que incrementa su fuerza final. Los movimientos de adhesión a las grandes corrientes de opinión son un acto reflejo del sentimiento de protección que confiere la mayoría y el rechazo al aislamiento, al silencio y la exclusión. Es más, quienes se identifican con corrientes que no tienen el reconocimiento mayoritario, tratan de ocultar sus opiniones. Téngase en cuenta que Noelle-Neumann estuvo afiliada al partido nazi por lo que, sin duda, sus reflexiones son significativas en el apoyo popular que este movimiento logró entre los alemanes.

La sensación de sentirte de pensamiento minoritario es lo que en el lenguaje coloquial se suele llamar “síndrome de perro verde”. Esa percepción que se tiene cuando, escuchando conversaciones en el autobús, en el mercado o la cafetería, uno llega a la conclusión de que los asuntos y los temas que nos preocupan no tienen nada que ver con lo que le interesa a la gente de alrededor.

Pero todo esto era antes de la llegada de internet y las redes sociales. Muchos pudimos pensar que plataformas como Facebook o Twitter permitirían encontrarnos con nuestros afines y terminar, primero con el “síndrome de perro verde”, y segundo con cualquier inhibición social que pudiésemos adoptar como consecuencia del miedo al rechazo y el cambio de actitud en la búsqueda de la aprobación de la mayoría. Sin duda, eso pudo suceder al principio en la medida en que internet y las redes no eran masivas y servían para encontrarse y crearse comunidades. Pero ahora la presencia ciudadana en las redes es mayoritaria y, más que buscar encontrarnos con nuestros cercanos en afinidades, son muchos los que persiguen acumular seguidores, apoyos y aplausos. A diferencia de la vida real, donde no nos obsesiona acumular amigos ni aplausos -entre otros motivos, porque ni el tiempo ni el espacio del mundo real nos permite esa acumulación-, en el mundo virtual la persecución de cifras altas de seguidores y “me gusta” resulta obsesiva para muchos internautas, incluso como forma de sentirse valorado.

El centro de investigación Pew Research, en Estados Unidos, realizó una investigación para detectar en qué medida los ciudadanos se encontraban más cómodos y predispuestos a expresar su posición ante un tema controvertido en las redes sociales que en las situaciones tradicionales cara a cara. Es decir, si la presencia social dejaba de ser eficaz y la espiral de silencio dejaba de funcionar en las redes sociales. Entrevistaron a 1.801 personas y eligieron el tema de Edward Snowden y sus revelaciones de la vigilancia gubernamental generalizada al teléfono y al correo electrónico de los estadounidenses. Las encuestas mostraban que era un tema que tenía divididos a los ciudadanos de su país sobre si estaban justificadas las filtraciones de Snowden y si la política de vigilancia del gobierno era buena o mala idea.

El resultado fue que la gente estaba menos dispuesto a discutir la historia Snowden-NSA en los medios sociales que en persona. Estos últimos eran un 86%, pero sólo el 42% de los usuarios de Facebook y Twitter estaban dispuestos a escribir sobre esto en esas plataformas. Los encuestados estaban más dispuestos a compartir sus puntos de vista si creyeran que su audiencia estaba de acuerdo con ellos. Los usuarios de Facebook dijeron que compartirían sus puntos de vista si pensaban que sus seguidores estaban de acuerdo con ellos. En conclusión, las nuevas redes sociales, no solo no han terminado con la espiral de silencio, sino que son todavía más vulnerables que las relaciones sociales interpersonales. Los ciudadanos buscan ser reconocidos socialmente a través del número de seguidores, los “me gusta” o los comentarios positivos en las redes. Y para ello, aparcan los temas espinosos o sobre los que consideran que sus opiniones son minoritarias. Eso lo saben bien los community manager que trabajan para pequeñas empresas. Aparte de los contenidos publicitarios han comprobado que, para conseguir seguidores en sus plataformas, deben evitar temas controvertidos y centrarse en asuntos planos que generan consensos: fotos de amanecer, imágenes de niños cándidos, odas al terruño a la amistad o al amor. Los posicionamientos, si los hay, son al equipo de fútbol local o al deportista de la zona. Que nada chirríe. Si hace unos días comprobamos que el puritanismo de las redes sociales había llegado al punto de censurar en Facebook las portadas de Interviú de hace 40 años (no se hagan ilusiones, no lo hacían por ser machistas), ahora vemos que nuestra propia autocensura en esas redes supera la que muchos regímenes coercitivos hubieran deseado. Como bien predijo Aldous Huxley, parece que la revolución tecnológica nos aboca a la ausencia de libertad bajo el formato de un mundo feliz.

 

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Miércoles, 10 Enero 2018 06:17

La república pendiente

La república pendiente

Hace 40 años, la mañana del 10 de enero de 1968, el periodista Pedro Joaquín Chamorro fue asesinado por sicarios de la dictadura de la familia Somoza. Iba solo, ajeno como era a guardaespaldas, al volante de su propio vehículo, cuando los asesinos a sueldo lo emboscaron en un paraje desolado de las ruinas de Managua, devastada por el terremoto de 1972 y le dispararon con una escopeta y llenaron su cuerpo de perdigones.

Una frase suya lo define como pocas: "Cada quien es dueño de su propio miedo". Recibía constantemente amenazas de muerte porque en sus editoriales del diario La Prensa, que dirigía, se mostraba inflexible con el sistema somocista que a lo largo de casi medio siglo había desmantelado las instituciones y sometido al país a la violencia represiva, la abyección, el fraude electoral y la corrupción que, ejercida desde arriba, carcomía el andamiaje social.

Pero no eran denuncias huecas, sino que llevaban los nombres y apellidos de quienes a la sombra del Estado lucraban de negocios inmorales, la familia reinante a la cabeza, pues no había letra del alfabeto donde los Somoza no tuvieran empresas privilegiadas: desde el arroz de la A, a la Z de zapatos, pasando por la X que correspondía a negocios desconocidos.

En la letra S se hallaba el más infame de todos, el de la sangre, que Pedro Joaquín no cesaba de denunciar. La compañía Plasmaféresis, de la que Anastasio Somoza Debayle era socio mayoritario, compraba la sangre a los menesterosos para exportar el plasma a los mercados extranjeros. Lo manejaba un personaje de origen cubano llamado Pedro Ramos, quien huyó de Nicaragua hacia Miami al consumarse el asesinato.

Dueño de su miedo, con el que supo vivir hasta su muerte, nunca se detuvo y se convirtió así en la conciencia del país en tiempos de desidia, temor y silencio, de conformismo y desánimo. Y su muerte atroz fue capaz de acabar con el silencio y el temor. Cada quien supo a partir de entonces que también era dueño de su propio miedo, y que era necesario tomar conciencia del miedo para acabar con el miedo.

Fue el principio del fin de la dictadura. Miles acompañaron su ataúd desde la morgue hasta su casa, miles más lo siguieron hasta el cementerio, y la indignación popular se desbordó en las calles cuando era velado en las instalaciones de La Prensa en la carretera norte. Y llena de ese furor que acabaría destronando a la dictadura, la gente incendió Plasmaféresis y otros negocios de la familia en las vecindades. Una ola de fuego que ya nadie detendría.

Esto de haber sido en vida la conciencia del país, y el detonante de la insurrección popular con su muerte, es algo que la historia oficial le escatima con absurda mezquindad. Es cierto que en 2012 la Asamblea Nacional lo declaró por unanimidad héroe nacional; pero en el cerrado santoral de la lucha revolucionaria, Pedro Joaquín no figura. La mano del poder lo ha excluido.

Para el relato oficial sigue siendo una figura complementaria aceptada con reticencia, porque no proviene de las filas partidarias; y colocarlo en el lugar central que de verdad tiene en el desencadenamiento de la insurrección nacional que empezó con su asesinato, significaría alterar el discurso publicitario que asigna papeles de acuerdo con los intereses de quienes hoy tienen el poder político. De ese mismo santoral han sido excluidos, o colocados también en papeles complementarios, dirigentes guerrilleros de las mismas filas sandinistas porque han caído en desgracia una vez convertidos en adversarios, no pocos de ellos calificados de traidores.

Esta exclusión de una figura tan cimera como la de Pedro Joaquín demuestra también que campea una filosofía de fondo en la historia oficial, elaborada desde arriba, a la hora de explicar la revolución. La verdad es que se trató de una gesta nacional en que concurrieron nicaragüenses de muy diferentes tendencias, empezando por las tres en las que estuvo dividido el propio sandinismo hasta pocos meses antes de la caída de los Somoza, marxistas de diferentes signos y acentos, con concepciones diferentes de la lucha, lo cual fue, en resumidas cuentas, un asunto de cúpulas intelectuales.

Pero ya a campo abierto, en la calle y en las áreas rurales, en las universidades, en los centros de trabajo, quienes juntaron esfuerzos, con las armas o sin ellas, para poner fin a la dictadura, formaban un amplio y complejo mosaico ideológico en el que había marxistas, cristianos de la teología de la liberación, y también cristianos tradicionales; socialistas, socialdemócratas, liberales, conservadores, socialcristianos, y otros muchos que sólo ansiaban vivir en un país libre y diferente. Conforme a esa base se integró el primer gobierno de la revolución.

Claro que se necesitaban cambios profundos, y que la revolución no era sólo un trámite para seguir en lo mismo de antes. La consigna que guió la lucha armada hasta el final, de rechazar el somocismo sin Somoza, siempre fue justa e imprescindible.

Y no hay duda de que el primero que habría respaldado esta determinación es el propio Pedro Joaquín, quien toda su vida se supo colocar en una posición frontal y abierta contra el somocismo, tanto que llegó a tomar las armas 20 años atrás, cuando vio todos los caminos democráticos cerrados; sufrió cárcel y exilio, y nunca dejó, a riesgo constante de su vida, de ser el opositor por excelencia a la dictadura, desnudando sus vicios y atrocidades.

Quienes piensan que habría querido un cambio a medias, se equivocan. Pero quienes piensan que ese cambio pasaba por negar la democracia, y por establecer una sola ideología desde el poder, también se equivocan. Siempre habría sido un fiscal implacable del ejercicio de las libertades públicas y de la institucionalidad democrática.

Si tantas veces le escuchamos decir que cada quien era dueño de su propio miedo, también nunca se cansó de repetir que Nicaragua volvería a ser república. Y esa es una tarea aún pendiente.

Masatepe, enero 2018

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El fotoperiodista Manu Brabo, en su casa de Madrid.

El fotoperiodista, ganador del Premio Pulitzer en 2013, inaugura su primera exposición en solitario de la mano de National Geographic. Una retrospectiva de su trabajo en diferentes conflictos como Siria, Libia o Egipto que se exhibe en La Neomudéjar de Madrid y que describe en esta entrevista.

 

En su casa prestada del centro de Madrid, Manu Brabo (Zaragoza 1981) intenta descansar lo justo antes de la inauguración. El fotoperiodista, que en realidad es asturiano, lleva todo el día concediendo entrevistas. Estrena su primera exposición en solitario, en La Neomudéjar de Madrid, de la mano de National Geographic. Un trabajo retrospectivo de los diferentes conflictos bélicos en los que ha trabajado y que ha tenido a bien titular “Un día cualquiera”.

En el salón, lejos de las balas, Brabo recuerda para Público ese día cualquiera en el que estuvo a punto de morir. Uno de ellos, en realidad: “Fui a cubrir una ofensiva a un pueblo llamado Ganus, en Irak, que estaba rodeado por el Ejército iraquí. Dentro estaba el Estado Islámico. Se estaban preparando para atacar, cargaban ametralladoras, merendaban y charlaban... De repente cayó un mortero del 80 ─entiéndase: grande─. En la foto falta alguno pero creo que son diez soldados muertos y 19 heridos”. Esa es una de las 90 imágenes que pueden verse en las paredes desconchadas de la sala, un antiguo taller de Renfe reconvertido en espacio vanguardista.

 

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Foto cedida

 

“Donde me ves es donde me tiro al suelo y empiezo a hacer fotos.” Es diciembre del año pasado, pero a Manu no se le ve porque está detrás de la cámara. Con el polvo aún levantado por la explosión y los oídos zumbando, el fotoperiodista agarra la cámara y dispara. Sin pensar mucho en lo que, por azar, acaba de esquivar. “Si no hubiera habido tanta gente delante para comerse la metralla, algo me hubiera comido yo. Sí, pude palmar”, resume

 

¿Cómo se puede coger la cámara y trabajar segundos después de que te pase una cosa así?

Por instinto. Es muy difícil que caigan dos morteros en el mismo sitio. Los que lo lanzan van corrigiendo el tiro para pillar a los que se escapan. Es mejor quedarse que retroceder. Hay dos opciones: echas a correr como pollo sin cabeza o te tiras al suelo y trabajas.

¿Eres capaz de medir y encuadrar en esas circunstancias?

Claro. Si empiezas a pensar en lo que te puede pasar es mejor que te vayas. Yo sé que si voy a Irak me pueden matar, me pueden secuestrar, me pueden cortar la cabeza. Esas cosas las dejas en tu casa. No hay más. Es más sencillo de lo que parece.

Brabo no usa teleobjetivo. “Me dejaron uno para Libia y lo rompí. Se lo debo aún a Guillem Valle”, ríe. Según dice, para hacerlo bien hay que estar cerca, aunque pueda pasarte de todo. Cercanía y rapidez, “exponerse pero lo justo”. Cazar la imagen, resume.

 

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Foto cedida

 

Esta foto le valió el Premio Pulitzer en 2013 y se puede ver en La Neomudéjar a un tamaño que impresiona. Un padre sostiene el cadáver de su hijo, herido durante un ataque del Ejército de Al Asad en la ciudad de Alepo. “Estábamos refugiados en un hospital y yo hablaba con los médicos. Vi pasar a un señor con el cuerpo de ese chaval herido. Le pasaron a la sala de urgencias, es decir, una sala improvisada en lo que quedaba de hospital. Después vi pasar corriendo al señor y supe que era el padre. Me quedé esperando en la puerta a que el padre saliera con el chaval ya cadáver. Poco a poco vas viendo la urgencia y la gravedad de las heridas. Lo notas en el color de la piel, en las pupilas... Al rato salió con el niño en brazos y un disgusto de la hostia. Corrí un poco desde atrás para hacer las fotos lo más rápido posible”, recuerda.

¿No te sientes mal aprovechando un momento tan doloroso para otra persona?

Mi trabajo es invasivo. Va de meterse en lugares donde no estás invitado. Nunca es agradable tener a un fotógrafo delante. Intentas componer y hacer el trabajo técnico rápido para molestar lo menos posible. Al fin y al cabo, es un señor buscando un momento de intimidad en la vía pública. Es complicado, pero la única manera que tengo de ser menos invasivo es ser invasivo durante menos tiempo.

 

Ganar y perder en Siria


El conflicto en Siria le granjeó el premio más prestigioso y le consolidó como uno de los mejores fotoperiodistas del momento, aunque también le robó a un gran amigo y compañero de penurias en el frente. James Foley, Jimmy o sólo Jim para Babo, fue secuestrado por el Estado Islámico en 2012, cuando cubría la guerra civil. 635 días después, el vídeo de su ejecución dio la vuelta al mundo. A Brabo no le gusta hablar de eso, al menos en público, aunque el nombre de Jim no deja de salir de la boca del fotógrafo durante toda la entrevista.

“Siria me ha quitado muchas cosas, pero más allá de que me haya quitado a personas, destaco la frustración de haber trabajado un montón, de haberme implicado tanto, de gozar de la confianza de mucha gente para que luego tu trabajo no responda a las expectativas. Ni a las tuyas ni a las de esa gente. Eso es lo frustrante y te hace plantearte que tu trabajo es una mierda que no que no sirve para cambiar nada”.

 

¿Pensabas eso cuando empezaste a hacer fotos?

Al principio te haces fotógrafo de guerra para sensibilizar, para que la gente vea lo que pasa y remover conciencias. Con el tiempo ves que eso no pasa y empiezas a buscar la medalla de bronce, el premio de consolación. Mi premio es saber que mi foto no va a parar una guerra, pero si nosotros dejamos de hacer esto, todo será peor. Lo veo como una balanza desequilibrada: los hijos de puta siempre pesan más. Pero, si quitamos el pequeño contrapeso de los periodistas, se acabó, todo irá mucho peor. Ya van 500.000 muertos en siria y todos sabemos lo que pasa allí. Si no lo supiéramos, echa cuentas.

¿Qué influencias has tenido para dedicarte a esto?

Soy víctima de los fotógrafos que cubrieron Bosnia y Ruanda. Me llegaron en los 90, cuando empiezas a tomar conciencia de ti mismo, en la adolescencia. Me marcó. Me hizo preguntarme hasta dónde puede llegar el ser humano y qué podía hacer yo en todo eso. Ahora yo intento que a los demás le marquen las cosas igual que a mí me marcaron las fotos de Bosnia. Al principio eres joven y crees que en las guerras hay buenos y malos. Ves al fotógrafo como el superhéroe que cambia las cosas. Luego la vida va pasado y ves que eres un supermierda que, unido a otros supermierdas, hacemos que la balanza no caiga del todo hacia el lado de los hijos de puta.

Por ejemplo, es bonito que un amigo me llame para decirme que está trayendo a su hijo de cuatro años a ver mis fotos. Porque le hará saber cuál es la diferencia entre cerca y lejos, es decir, valorar lo que tienes y valorar las tragedias de los otros.

[A la entrevista se ha sumado Paulo Nunes Dos Santos, amigo de Brabo y fotoperiodista freelance portugués afincado en Irlanda. “Somos hermanos, hemos estado juntos en muchos frentes”, apunta el luso, que ha venido a visitarle para la inauguración y no puede aguantar callado viendo como Brabo cuenta historias en las que él también estaba].

Nunes: Cuando empiezas en esto tienes la idea de cambiar cosas. Es el estado natural de la juventud. Pero con el tiempo te vuelves algo cínico. Quizás no sea la palabra correcta. El trabajo de Manu tiene un valor histórico. Puede que ahora no sirva para cambiar las cosas, pero quizás dentro de 15 años mis hijos vean esas fotos en la escuela y entenderán las cosas horribles que la humanidad ha hecho. No vale sólo con que te lo cuenten, las imágenes se quedan en tu cabeza para siempre. Ése es su valor histórico.

¿Cuántas veces volviste a Siria tras el Pulitzer?

Tres más. Pero en abril de 2013 ya vi la cosa tan fea que no quise volver. Tenía muchos colegas secuestrados, había pasado por mucha mierda, los centros de prensa se habían convertido en mafias... Ya no era agradable, no dormía en el mismo sitio ninguna noche y trataba de variar las ubicaciones para despistar.

¿Qué crees que va a pasar con esa guerra?

Jim y yo decíamos que seríamos editores con 50 años y seguiría habiendo chavales trayéndonos fotos de la guerra de Siria. No parece que nos equivoquemos. Yo le daba 17 años, como la del Líbano, y ya van seis.

 

Libia, el despeque


El nombre Manu Brabo empezó a sonar por primera vez en 2011, cuando fue encarcelado por las fuerzas de Muamar Gadafi mientras cubría la guerra en Libia. Pero el camino hasta allí no fue fácil y dio algún que otro tumbo. Uno de esos tumbos le llevó a una cárcel Libia, donde pasó 43 días detenido por el régimen de Gadafi.

 

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Combatientes rebeldes disparan contra las posiciones del Ejército libio en Sirte, Libia, 2011.- MANU BRABO

 

¿Cómo empezaste en el mundo de la foto?

Empecé a estudiar arte a los 16 años y a especializarme en foto a los 18. Terminé el proyecto con 21. Después fue un hippy durante una temporada en Holanda. También viví en Castellón, monté ascensores, cogí tulipanes, fui repartidor de Seur, monté pistas de tenis con césped artificial... No sabía muy bien cómo ganarme la vida de fotógrafo, así que empecé a estudiar periodismo y a currar en una agencia pequeña de Madrid. Hacíamos foto deportiva, sobre todo motociclismo. Con ese dinero, en vez de irme a Ibiza con los colegas, me iba a Kosovo y hacía mis historias. Y así pasó que llegué a Libia. Ahí ya había empezado a currar con Gara y publicado algunos reportajes en Zazpika. Llegué a Túnez para cubrir la Primavera Árabe escribiendo para Gara, La Nueva España y para Telam (agencia de noticias argentina). Vendía el mismo texto a los tres. Una vez protestó alguno y le dije que el día que me pagara por la exclusiva tendría un texto en exclusiva. Ahí ya empecé a hacer fotos para Efe.

¿Llegaste a Libia contratado por Efe?

No, cuando entré en Libia, Efe me quería pagar lo mismo que le pagan aquí a alguien por cubrir un partido de fútbol. Entonces les dije que dejaba de trabajar. Pero Efe forma parte de EPA (European Pressphoto Agency) y yo debía de ser el único tipo en un sitio que le interesaba a EPA. Entre unas cuantas agencias europeas llegaron la conclusión de que sería bueno pagarme 300 euros y que trabajara para todas. Como me pagaban más pude dejar de escribir. Y de repente aquel hippy que llegó a Libia con una mano delante y la otra detrás empezó a hacer portadas para el New York Times.

[Nunes vuelve a irrumpir en la entrevista] Como él no lo hace, voy a resumirte el trabajo de Manu en Libia. Le conocí allí. Después de unas semanas trabajando juntos me fui a casa. Cuando volví 15 días después, Manu seguía allí y había perdido casi 10 kg. Curraba como un loco y no comía. Casi no le reconocía.

Brabo: De hecho, en la cárcel, gané peso.

 

¿Fuiste a Libia sin experiencia en conflictos?

Conflictos como ese no. Lo más fuerte que había hecho eran cuatro tiros en palestina. Había estado en lugares militarizados y te vas haciendo un poco a la idea de cómo es. Siempre he querido hacer esto, pero no quería llegar al frente y volver con una foto sobreexpuesta. Jugarte la vida por una foto sobrexpuesta es muy estúpido. Así que uno tiene que aprender a controlar sus nervios, a que te paren en un checkpoint, a que te interroguen, a que te molesten, ver a gente armada alrededor... a vivir en el problema.

¿Cómo fue ir a una guerra de verdad por primera vez?

Fue como cuando vas a una zapatería y te pruebas las botas de tu talla, que te van genial. Pero fueron pasando las semanas y no descansaba nada, no comía. Poco antes de que me detuvieran hablaba con Marcelo Cantelmi y me decía que tenía que irme a casa. Y yo le decía que, si me iba, se acababa mi sueño, que no sabía si podría volver. Pero sabía que tenía razón. El problema es que, cada vez que abría Internet, veía una foto mía en una portada ¿Cómo me iba a ir?

¿Pecaste de avaricia por el éxito?

¿Qué éxito? Si no tenía dinero ni para comer, le pedía pasta a todos los periodistas, pero estaba haciendo lo que me gustaba, se me daba bien y mi trabajo estaba teniendo repercusión. Cuesta mucho pensar con claridad cuando tienes un cerebro mal alimentado y viciado, porque lo único que te mantiene en pie es la puta adrenalina... Encima me topé con un colega como Jim y se construye esa esa especie de macho thing, “a ver quién tiene más huevos, yo doy un paso más adelante ”... Él y yo entramos en sitios donde no había llegado ningún periodista.

¿Cómo fue la detención?

El día anterior, Jim [Foley], Clare [Morgana Gillis, fotógrafa de EEUU], Anton [Harmmel, fotógrafo de Sudáfrica] y yo habíamos estado en un sitio a las afueras de la ciudad de Brega. Era una buena posición, porque las tropas de Gadafi estaban abajo y los rebeldes, arriba. Cuando volvíamos les dije que había que levantarse muy temprano porque ese día caería Brega. Lo planeamos todo con el mismo conductor y ya estaba la OTAN bombardeando a las tropas de Gadafi; quieras que no, te hace sentir más seguro. Tras un bombardeo a un convoy de Gadafi, llegamos los primeros e hicimos unas fotos de la hostia. Arriesgamos un poco más y cuando estábamos llegando a esa colina, recuerdo que les dije que yo no subía allí. Nos bajamos del coche y a los dos minutos lo volaron con un RPG. Entonces llegaron unos coches y vi que los tipos llevaban una cinta verde en la cabeza [eran tropas de Gadafi]. Le dije a Clare: “Estamos jodidos”. Empezamos a correr hacia el desierto. Jimmy corría entre nosotros mientras Anton intentaba coger un coche de los rebeldes que pasaban a 200 km/h. Nos tuvimos que echar al suelo porque ya pasaban las balas muy cerca. Jimmy preguntó si estábamos bien y Anton respondió que no. Los coches nos alcanzaron y nos dispararon. Jim gritaba “sahafa” (periodista) y dejaron de disparar pero le metieron una hostia que le saltaron hasta el casco. Solté las cámaras me puse al lado de Clare y empezamos a comer hostias. Yo me agarraba a ella y gritaba que era mi mujer para que nos llevaran juntos. Entonces nos metieron en el coche y vimos a Anton con las tripas fuera, en la cuneta. Después llegaron las humillaciones, los insultos, las patadas en la boca... una colección de vejaciones muy interesante.

¿Pasaste 40 días así?

Cuarenta y pico. Pero no fue así siempre.

¿Cómo era la cárcel de Gadafi?

Podría haber sido peor. Los primeros días fueron muy jodidos. Estuve en aislamiento como tres semanas, y tres semanas contigo mismo sin saber lo que te va a pasar juega malas pasadas. Empiezas a desarrollar paranoias, intentas aprender a saber lo que está pasado: ruidos de coches, cuando te traen la comida, la furgoneta de los presos entrando y saliendo. Intentas asomarte por las ventanas para ver el exterior pero sin que te vean. Empiezas a establecer una rutina paranoica que consisten tratar de saber qué pasa fuera y tratar de intuir qué te va a pasar en el futuro inmediato a través de los sonidos de la cárcel.

Pero también hubo momentos divertidos. Me comunicaba con el tipo que estaba en la celda de al lado por el hueco del enchufe. Se me presentó como un constructor que estaba arreglando el aeropuerto de Trípoli y que le pillaron huyendo. Luego resultó que era un ex boina verde con muchos años de experiencia y que iba de Trípoli a Bengasi para entrenar a los rebeldes. Cuando entraron los rebeldes en Trípoli tiró la puerta de acero de la cárcel de 30 patadas. Se escapó y se pasó la noche escondido hasta que le encontraron los rebeldes.

¿Te arrepentiste en algún momento? ¿Pensaste que todo ese calvario no merecía la pena?

Pensaba que lo que no merecían la pena eran mis últimos cinco años en Madrid haciendo un curro que no me gustaba, sin tener huevos a arriesgar por una profesión por la que estaba dispuesto a dar la vida (ahora ya no tanto). Estaba muy enfadado por los años de presidio que me había autoimpuesto de no ser feliz. Pensaba que si éste era el precio que tenía que pagar por haber apostado, pues estaba bien pagado. Mi reflexión no era “la he cagado”.

 

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El fotoperiodista Manu Brabo, en el salón de su casa, en Madrid.- JAIRO VARGAS

 

¿Cómo es momento de después, cuando llegas a casa?

Es complicado. En la cárcel me volví hasta religioso, yo que siempre he sido ateo. La persona en la que te transformas no tiene mucha cabida en este mundo. Cuesta equilibrar. Mi mayor miedo era no ser capaz de volver a hacer mi trabajo como lo estaba haciendo antes. Volví a Libia porque quería probarme. No quería dejar el trabajo.

Meses después hiciste fotos al cadáver de Gadafi. ¿Qué sentiste al tener delante al culpable de tu encarcelamiento?

Llegué 13 minutos tarde a la muerte de Gadafi. Cuando veo que lo han matado lo primero que pienso es que me tenía que haber creído a la gente 13 minutos antes. Hubiera tenido la foto del siglo. Cuando lo vi muerto ahí me dio la sensación de que el tipo al que odiaba tanto y al que tenía tanta manía era un ser humano que las ha pasado muy putas durante un rato. Rencoroso no soy, pero el que me la hace me la paga. No se puede dejar de pensar en el “y ahora qué, cabrón. Ríete ahora”. Me pasa lo mismo cuando veo a detenidos milicianos del Estado Islámico o soldados prisioneros del régimen de Al Asad. Los ves sufrir y ves al ser humano. No puedes dejar de sentir empatía. Cuando no los ves y te disparan son como monstruos, fantasmas, pesadillas. No les pones cara, están deshumanizados, pero cuando los ves fritos o muriéndose o llevándose una paliza ves lo humano de todos ellos. Cuando cogieron a Gadafi, había supervivientes que estaban huyendo con él y la gente les estaba pegando, escupiendo, uno había perdido el brazo y pedía agua. Tuve que ir yo a por agua para llevársela. La gente me paraba y yo les gritaba: “Dadle agua a este tipo, que sois igual que Gadafi".

 

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Cadáver de Muamar al Gadafi, en la exposición de La Neomudéjar.

 

También estuviste en el Egipto tras la caída de Mubarak ¿Qué ha quedado de la Primavera Árabe?

En Egipto, militares en el gobierno. Controlan el 80% de la economía egipcia. Hacen tanto misiles como espaguetis. Y en el resto de países, guerras. Las Primaveras Árabes prometían mucho y se han quedado en nada. Son sociedades muy complejas que no han tenido tiempo de reconciliarse. No hay una fusión ni un sistema de identidad que los una. Los unió la mano dura y luego no han sabido gestionar que hay diferentes partes de la población con intereses distintos. El único punto en común que han encontrado durante mucho tiempo es el enemigo común. Cuando éste se va, se quedan los problemas, y no han sabido salir de ahí. Tampoco sé cómo se les puede enseñar. Hay tribus, diferentes credos, intereses... Seguramente pase en Siria cuando acabe la guerra. También hay muchos intereses externos que hacen para que la situación no sea estable. No sé exactamente qué beneficio pueden tener la UE y EEUU en todo esto, pero la realidad es que ellos no se ponen de acuerdo y tienden más a solucionar las cosas a hostias que hablando.

Has visto de cerca el mundo de Estado Islámico en Irak, ¿cómo se ha llegado a eso?

Lo vi en la frontera entre los yihadistas y el territorio controlado por los kurdos. Por la noche la gente se escapa de los pueblos controlado por el Estado Islámico y trata de cruzar las líneas. Lo que tienes que pensar es que el Estado Islámico no conquista solamente. Hay muchas partes que libera. Es decir, el triángulo sunita es sunita. El Gobierno de Irak y el Ejército es chiita y se han comportado como unos auténticos hijos de puta en determinadas zonas. Con lo cal, cuando el EI llega a Mosul (Irak) y los habitantes pensaban que eran buena gente. Luego empezaron a ver lo que había, pero ya era muy jodido escapar.

¿Dejas de ser una persona normal cuando ves los horrores de la guerra tan de cerca?

Supongo que sí, pero yo creo que nunca he sido una persona normal. Mis colegas lo dicen siempre que soy el único que de su locura ha hecho una profesión. Me imagino que ya había algo que no andaba demasiado bien en mi cabeza. En general, estar en la guerra hace que te cueste mucho entender los problemas normales que le preocupan a la gente de nuestro mundo. Consideras que toda la gente es tonta y se preocupa por gilipolleces. Te entra ese síndrome Pérez Reverte. Lo estoy notando mucho ahora con el tema catalán.

Te he leído comparar Catalunya con el conflicto de Ucrania ¿No te parece exagerado?

Llámame exagerado o dramático, pero cuando yo hablaba con la gente en Ucrania nadie se esperaba que iban a acabar en guerra por esta razón nacionalista. Y lo están. Lo que digo es que al final las pasiones, cuando los políticos deciden que tenemos que ahondar en nuestras diferencias en vez de en nuestras similitudes y cuando la gente sigue ese juego y se lo cree pasan cosas como las de Catalunya. Ya ha habido hostias, la gente empieza a ser violenta... No sé, parece que necesitamos a cuatro gilipollas y un muerto para que la cosa se ponga seria. Luego muchos nos volveremos más gilipollas y habrá más muertos. Eso es lo que me asusta. No comparo nada, solo digo que si nos dejamos arrastrar por esto acabamos mal.

¿Tan asustado estás por Catalunya?

Claro. Hay familias y colegas que no se hablan. Yo estoy discutiendo con gente con la que nunca he tenido problemas. Y si tienes un punto de vista medio o equidistante, los de aquí te llaman rojo y los de allí te llaman facha. Al final me preocupa que haya gente con unas fronteras mentales tan fuertes que sea capaz de matar por quedarse en esas fronteras o por defenderlas con la violencia. Y me jode aún más que haya gente de izquierdas pensando esto. Para mí la izquierda es internacionalista por definición.

 

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El fotoperiodista Manu Brabo posa ante varias de sus obras que forman parte de "Un día cualquiera", una muestra que junto a National Geographic, ha inaugurado hoy en el centro cultural La Neomudéjar, en Madrid. EFE/Emilio Naranjo

 

En España hay muchos y buenos fotoperiodistas que, como tú, han tenido que publicar fuera porque aquí era muy difícil. ¿Qué le pasa al fotoperiodismo en la prensa española?

No creo que le ocurra nada. A quien sí le ocurre es al público en general. No quiero que vengan a mi exposición a decirme lo guapas que están mis fotos. Yo ya lo sé, aunque suene mal. El problema es que hemos pasado a una ciudadanía pasiva que se traga cualquier mierda en Twitter, que no tiene ni exige herramientas de análisis, que hace juicios sobre una guerra que pasa a miles de kilómetros sin siquiera haber leído la historia de ese país.

Te hablo de los medios no de los lectores.

No, el problema es el público. La gente que está en un periódico también es público. Pero esa gente debería ser gente con background, con inquietudes, con ganas de conocer y que no se fía a la primera. Tenemos ciudadanos y periodistas pasivos que hacen lo que les dice el jefe, que van con la línea que se marca.

No es ya que no se apueste por el fotoperiodismo y los reportajes de profundidad en España. Es que se está apostando por fabricar gente imbécil a la que puedas manejar y mandarlas a votar un día para que les den de hostias y que, cuando se escapan sus políticos, todavía les honren. O gente que sale con la banderita de España. Educación para borregos, televisión para borregos, periodismo para borregos y no se quiere invertir en nada que haga a la gente pensar por sí misma porque es mejor tener ganado que tener personas.

La crisis no es de los medios, es de pensamiento. A la gente se la he enseñado que con el mínimo esfuerzo mental tienen garantizadas unas comodidades. La incomodidad es esto [muestra en el ordenador una foto de un cadáver en Egipto con el cráneo reventado]. Y si no puedo incidir en la gente española pues lo haré en la alemana o en la francesa.

Nunes: Yo creo que también hay otro problema con el fotoperiodismo. Muchos fotógrafos hacen fotos no para impresionar al lector, si no a los editores.

Brabo: Sí. Fotos para fotógrafos.

Nunes: Sí, fotos para fans. Yo empecé a escribir y a hacer fotos para que mi madre supiera dónde está Sudán del Sur y por qué sufre la gente allí.

Brabo: Exacto. Yo hago fotos para que mi madre entienda el mundo. Vivimos en un escenario de estrellas del rock, y la gente quiere ser Mick Jaggerr. No quieren ser Eugene Smith ni McCullin. Seguro que muchos que quieren ser fotógrafos no saben quiénes son. Cuando imparto clases en un workshop hay gente que quiere ser fotógrafo y no tiene nada de cultura visual, no tiene ningún interés en ello, no sabe que la mayor escuela de fotografía está en los cuadros del Museo del Prado. Sólo saben que este curro tiene repercusión social. Pero tampoco es así. Yo voy por la calle y no soy Cristiano Ronaldo. Pero el mundo de las redes hace que te relaciones solo con gente de tu cuerda y, a veces, te hace pensar que eres importante y la gente quiere esa importancia.

Hay centenares de personas que van a Lesbos (Grecia) a hacer fotos a los refugiados sólo para colgarlas en Facebook, sin pensar que ni están ganando dinero ni en que están haciendo más ruido ni en que esa gente a la que hacen fotos son gente que sufre. Ellos llegan para colgarse su medalla de "yo estuve allí". Es una maniobra egoísta y nada solidaria y, económicamente es estúpida. No vas a ir a quitarme el puesto mí ni a James Nachtwey.

¿Por dónde se tiene que empezar?

Quizás por sitios que no están de moda. Para empezar hay que buscar historias diferentes. Cuenta el tema de Sháhara, que está muy sobado pero nadie hace nada bueno ahora. Vete a Haití, que ya no importa a nadie.

Nunes: Empieza por tu propio barrio, por tu calle.

¿No crees que parte de la culpa de este problema es tuya y de otras 'estrellas' del fotopeirosimo?

Sí y asumo mi responsabilidad. A veces publicas en Facebook fotos diciendo "mira qué bien lo pasamos haciendo chorradas en la guerra". Después lo piensas y dices: "La gente va a pensar que esto jauja". Pero no les. En nuestro afán por comunicar y por que se reciba el mensaje, dulcificamos la guerra. Hacemos de ella algo bonito estéticamente, pero en realidad es gente con los sesos fuera, sangre, vísceras y muerte.

 

 

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Lunes, 07 Agosto 2017 08:35

Matando al mensajero

Matando al mensajero

Qué raro que una amplia gama de la clase política y los analistas profesionales que se consideran guardianes y defensores de eso que llaman democracia están casi elogiando, o por lo menos dando la bienvenida, a los militares en el gobierno para imponer orden y progreso, y controlar lo que sabe la opinión pública de lo que hacen en su nombre.
Encabezados ahora por el recién instalado ex general de marines John Kelly como jefe del gabinete, quien se une al ex general HR McMaster, asesor de Seguridad Nacional, y al general John Mattis, secretario de Defensa, este triunvirato militar tiene la tarea de rescatar a la Casa Blanca del caos generado por la ineptitud y aparentes problemas mentales del comandante en jefe.


La disputa interna dentro de la Casa Blanca entre los defensores de lo que algunos llaman el estado profundo (o sea, la jerarquía burocrática permanente, sobre todo en el ámbito de seguridad nacional) y las fuerzas que llevaron a Trump al poder (populistas nacionalistas, etcétera) ha estado a la vista desde la elección (vale recordar el apoyo explícito y público de figuras destacadas del sector de inteligencia, de política exterior y de Wall Street para Hillary Clinton y sus denuncias públicas de Trump). Ahora, a seis meses de este circo, algunos señalan que los que están tomando las riendas reales del poder en Washington son los militares junto con los Goldman boys (los jefes del gabinete económico que provienen de Goldman Sachs).


Brian Beutler, del New Republic, comentó la semana pasada que sería sensacionalizar las cosas llamar esto un golpe (militar) suave, pero es imposible negar que los poderes presidenciales reales han sido diluidos o usurpados. Funcionarios electos han decidido que dejar el funcionamiento del gobierno a oficiales militares no electos es preferible a invocar remedios constitucionales que los obligara a votar.


Parte de esta tarea de imponer la disciplina militar es dejar de informar a la sociedad de los juegos del trono dentro de la Casa Blanca. Kelly ha afirmado en sus primeros días que frenar las filtraciones es la prioridad. El pasado viernes convocó a unos 200 integrantes del equipo de la Casa Blanca a quienes instruyó a que de ahí en adelante todos son parte de un solo equipo y les advirtió contra filtrar información clasificada, recordándoles que eso es un delito y una falta de lealtad, reportó Bloomberg Politics. Otros medios reportan sobre las nuevas formas de administración y control burocrático que Kelly está impulsando.


¿Y cómo sabemos de todo esto? Filtraciones. Pero éstas, uno tiene que suponer, son con permiso oficial.


Con la soga aparentemente ajustándose al cuello de la familia Trump por las investigaciones cada vez más avanzadas del fiscal especial Robert Mueller, algunos especulan que el nivel de alarma dentro de la Casa Blanca ha llegado a tal punto que ahora sí hay mayor disposición del presidente y su gente de someterse a lo que el New York Times llamó la disciplina militar que Kelly está buscando imponer en la Casa Blanca.


Pero todo lo que se sabe de posible colusión con los rusos, maniobras corruptas de negocios de la familia Trump y sus socios, las mentiras, engaños, encubrimientos y posibles abusos de autoridad, entre otras cosas, ha sido a través de los periodistas y sus fuentes dentro del gobierno; con ello cumpliendo su misión de hacer que el poder rinda cuentas a la sociedad. Ahora, la respuesta de los que están en el poder es, como siempre, atacar a los mensajeros.


Desde el inicio del fenómeno Trump, los periodistas han sido declarados el enemigo, y todo lo que cuestiona o contradice la versión oficial es declarada una y otra vez como fake news (noticias falsas). Ahora hay nuevas órdenes de persecución de los periodistas y sus fuentes.


El procurador general, Jeff Sessions, anunció la semana pasada que el Departamento de Justicia lleva a cabo tres veces más investigaciones sobre filtraciones de información oficial que su antecesor y amenazó con que se modificarán las normas para facilitar a los fiscales emitir órdenes para obligar a periodistas a declarar y entregar documentos en estas investigaciones.


Después de años de filtraciones en Washington, es maravilloso ver al procurador general entrar en acción. Por la Seguridad Nacional, lo más duro, mejor, tuiteó Trump después del anuncio.


Defensores de la libertad de expresión denunciaron el anuncio y declararon que esto tendría un efecto nocivo sobre la libertad de prensa. El periodismo independiente en el interés público depende de la habilidad de reporteros de comunicarse en privado con fuentes, afirmó Alex Ellerbech del Comité de Protección para los Periodistas (CPJ).
No es la publicación de estos secretos lo que amenaza la seguridad nacional. Publicar estos secretos amenaza a los guardianes de estos secretos, pero protege al interés nacional al informarnos lo que hacen los poderosos cuando piensan que nadie los está viendo, declaró Paul Steiger, ex editor del Wall Street Journal y co fundador de ProPublica, recuerda Margaret Sullivan, columnista sobre medios del Washington Post. Sullivan recuerda cómo las filtraciones a periodistas han rescatado a este país, desde los Papeles del Pentágono, Watergate y más, hasta Snowden, y concluye que los filtradores y los periodistas que dependen de ellos merecen ser homenajeados, no encarcelados.


Aquí, como en tantos países, tal vez todos, los que se atreven a revelar lo que pasa en lo oscurito del poder son proclamados enemigos y la orden es de las más antiguas: maten al mensajero.


No por nada se anunció la semana pasada la creación de un nuevo proyecto cooperativo para documentar las violaciones contra la libertad de prensa en Estados Unidos. Participan unas 20 organizaciones, incluidas Freedom of the Press Foundation, CPJ, Reporteros sin Fronteras, PEN America, entre otros). Por ahora, el US Press Freedom Tracker reporta que en lo que va de 2017 han sido arrestados 19 periodistas, hubo 11 ataques físicos contra reporteros y cuatro han sido frenados en la frontera.(https://pressfreedomtracker.us).

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Martes, 11 Julio 2017 06:15

Periodismo sin patrón

Periodismo sin patrón

Desde la crisis de 2001 Argentina se ha convertido en uno de los países donde las experiencias autogestionarias han alcanzado mayor desarrollo. Hablamos de 400 fábricas y empresas recuperadas por sus trabajadores, la inmensa mayoría durante la década de mayor crecimiento de la economía, lo que indica que estamos ante una práctica convertida en sentido común por decenas de miles de trabajadores cuando peligran sus puestos de trabajo.


Hablamos de cien bachilleratos populares, donde varios miles de adultos finalizan sus estudios secundarios, en base a una curricula y pedagogías construidas colectivamente en asambleas por docentes y estudiantes. Se trata de modos y espacios auto-educativos nacidos hace apenas diez años en algunos barrios piqueteros y fábricas recuperadas, que se extiende de forma consistente entre los sectores populares.


Y hablamos, también, de medios de comunicación autogestivos y culturales que, según el último censo de la Asociación de Revistas Culturales Independientes de Argentina (ARECIA), llegan a cinco millones de lectores mensuales. ¡¡Un 15% de la población del país!!


Según el censo, en 2016 había casi 200 revistas donde se desempeñaban 1.044 trabajadores y trabajadoras, algo más de seis personas por publicación. Las revistas impresas censadas, no todas pertenecen a la asociación, editan un promedio de 250 mil ejemplares que son leídos por casi un millón de personas mientras las páginas web superan los cuatro millones de lectores mensuales.


Se trata de medios como MU, de la cooperativa Lavaca, nacida en plena crisis de 2001, pero también medios muy recientes como La Tinta, de Córdoba o el diario Tiempo Argentino, recuperado por sus trabajadores, y un puñado que persisten desde la década de 1970.


El periodista Daniel Badenes acaba de publicar el libro “Editar sin patrón”, sobre la experiencia político-profesional de las revistas culturales independientes. En la introducción de la recopilación de experiencias, escribe: “Lo que hacen no es una mercancía. Diversas en sus contenidos y en sus estéticas, todas implican otra forma de producir, que no busca multiplicar el lucro para considerar sostenible a un medio, sino la justa remuneración del trabajo realizado en forma autogestionada”*.
En la misma introducción aparecen varios testimonios.


“Las revistas culturales nos hemos constituido como un espacio de legitimación de la palabra, de la investigación, del debate, en donde la ética periodística sigue teniendo valor y la calidad de los productos realizados no tiene nada que envidiarle a los medios hegemónicos”, afirma la revista Mural, que la definen como “la tribuna de los que quieren otro mundo”.


“Sabemos que cada uno daría la vida por lo que hace. Somos acción, intransigencia y rebeldía”, define Claudia Acuña, referente del colectivo Lavaca.


Muchas de las publicaciones realizan además talleres de periodismo, actividades culturales y fiestas en las que suelen recaudar fondos para financiar las revistas. Otras han montado centros sociales y culturales, están vinculadas a organizaciones de base y cooperativas de trabajo. Tienden a establecer relaciones horizontales y son rigurosamente independientes en un medio hegemonizado por los grandes conglomerados como Clarín y La Nación.


Sólo el 30% de las revistas accede a publicidad oficial y la mayoría combinan papel y web. Más del 70% de las revistas impresas se venden de mano en mano y algo más de la mitad se distribuyen en centros culturales. Un enorme esfuerzo si se considera que en promedio cada revista imprime poco más de 3.000 ejemplares**. Pero también circulan en kioskos y librerías y casi todas han optado por la suscripción como forma de mantener un contacto directo con los lectores.


Es un periodismo militante y, por lo tanto, autónomo, anclado en valores de dignidad solidaridad, compromiso social y político. Es un periodismo imprescindible para informarse de luchas y resistencias que no llegan a las páginas de los grandes medios, incluso de los que se auto-denominan de “izquierda”, que suelen silenciar luchas que no consideran importantes o no entran dentro de sus paradigmas de periodismo.


Con cinco millones de lectores y lectoras, nadie puede pensar que se trata de un sector marginal. Ni que sea la prefiguración del mundo nuevo. Todo lo contrario: es ya el mundo nuevo, un mundo en movimiento, inquieto, que vive y crece sin cesar.


* La introducción completa puede leerse en http://www.lavaca.org/notas/editar-sin-patron/
** Los datos completos del censo de revistas en http://revistasculturales.org/wp-content/uploads/2016/11/Quinto-Informe-ARECIA.pdf

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Medios en EU advierten sobre dominio duopólico en Internet

La agrupación de medios de comunicación de Estados Unidos News Media Alliance advirtió ayer sobre el "duopolio" que forman Google y Facebook, por lo que pidió negociar con esas empresas que dominan la difusión de noticias y publicidad en Internet.

En un comunicado difundido ayer, la asociación consideró que el dominio de ambas compañías ha obligado a los medios de comunicación a "jugar según sus reglas respecto a cómo se despliegan, jerarquizan y monetizan las noticias y la información".

De acuerdo con la asociación, que integra a casi 2 mil grupos de medios, "esas reglas han comercializado las noticias, abriéndole paso a las noticias falsas, que no se pueden diferenciar de las verdaderas".

El documento agrega que las empresas de comunicación “están muy limitadas en poder de negociación contra el duopolio formado de facto y que absorbe el siempre descendiente segmento de ingresos publicitarios”.

En tanto, el presidente de Alliance, David Chavern, escribió en The Wall Street Journal que las plataformas de Internet "distorsionan el valor económico que se obtiene haciendo buen periodismo".

Dijo que ambas compañías se llevan más de 70 por ciento de los 73 mil millones de dólares que se gastan anualmente en publicidad en la web. "Pero esos dos gigantes digitales no emplean reporteros. No hurgan en los archivos públicos para descubrir corrupción, ni envían corresponsales a zonas de guerra ni cubren el juego de anoche", escribió.

"Ellos esperan que la económicamente exprimida industria de noticias haga por ellos ese costoso trabajo", añadió.

Sostuvo que las empresas periodísticas "deben poder negociar colectivamente con las plataformas digitales que controlan la distribución y el acceso".

El reclamo se produce en medio de la imparable caída en la demanda de noticias impresas, mientras los ingresos de publicidad también han caído por que se han trasladado a plataformas de Internet, que son mas consultadas por los lectores en la actualidad.

Facebook y Google se combinan para representar 60 por ciento del mercado de publicidad digital en línea este año, según el despacho de investigación eMarketer.

El grupo, antes llamado Newspaper Association of America, incluye periódicos de gran talla como The New York Times y The Wall Street Journal, así como cientos de grupos de medios más pequeños y organizaciones regionales de noticias.

Ayuda a los editores

La asociación busca el permiso del Congreso para obtener el derecho a negociar de manera conjunta con ambas empresas, aunque no será fácil obtener una exención antimonopolio del gobierno para negociar de manera conjunta. Sin embargo, el director ejecutivo de la alianza, David Chavern, dijo en entrevista a que es mejor intentar a no hacer nada.

Los medios de comunicación buscan una mayor protección para la propiedad intelectual, respaldo para los modelos de suscripción y una mayor porción del mercado de publicidad en línea.

Sobre este reclamo, Facebook y Google respondieron que han buscado ayudar a los grupos de medios haciéndoles algunas concesiones."Estamos comprometidos en ayudar al periodismo de calidad a desarrollarse en Facebook. Hemos avanzado en nuestro trabajo con los medios y hay mucho por hacer", dijo el director de alianzas informativas de Facebook, Campbell Brown.

Por su parte, Google dijo en un comunicado que busca "ayudar a los editores a triunfar en su transición hacia lo digital", incluso, en años recientes, ha creado varios productos especializados y tecnologías específicas para ayudar a los periódicos, añadió.

De acuerdo con el portal PuroMarkenting, en 2016 el mercado de la publicidad en línea en Estados Unidos creció en 12 mil millones de dólares y las dos empresas de Internet se llevaron el 77 por ciento de ese monto. Así, por cada dólar invertido, Google se llevó 40 centavos, Facebook 37 y el resto de los jugadores se debieron repartir 23.

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