El plan para matar a Khashoggi se gestó en Ryad

El periodista fue dirigido a Turquía porque para los conspiradores hubiera sido demasiado arriesgado intentar matarlo en EE.UU.

 Funcionarios de Arabia Saudita le dijeron a Jamal Khashoggi que no podría obtener sus documentos de divorcio en los Estados Unidos para casarse y que debía ir a Turquía, como parte de una estratagema para ponerlo al alcance de un secuestro o eliminación. Según las fuentes diplomáticas y un amigo de Khashoggi, el periodista fue dirigido a las legaciones del Reino en Turquía porque aquellos que estaban conspirando en su contra creían que sería demasiado arriesgado intentar llevar a cabo un ataque en los Estados Unidos, con repercusiones potencialmente muy perjudiciales. Al enterarse inicialmente de que no podría recoger los documentos legales en la embajada de Arabia Saudita en Washington, se le informó a Khashoggi que tenía que obtenerlos en Turquía para su próxima boda con su novia Hatice Cengiz, ya que ella es ciudadana turca y la ceremonia tendría lugar en Turquía.

La inteligencia de los Estados Unidos, según denunciaron varias organizaciones noticiosas, había interceptado que los funcionarios saudíes habían planeado hacer regresar al periodista al Reino y luego arrestarlo. No está claro cuándo se recopiló la información de inteligencia, pero parece que no hubo movimientos para advertir a Khashoggi que estaba en peligro y que se le podría haber tendido una trampa. Se sabe que varios funcionarios cercanos al príncipe heredero Mohammed bin Salman, conocido como MBS, le pidieron repetidamente al periodista que regresara al Reino, con ofertas de trabajos lucrativos, que Khashoggi había rechazado. Sus visitas al consulado de Arabia Saudita en Estambul para obtener los documentos, según investigadores turcos, brindaron a los saudíes la oportunidad que buscaban de capturarlo y matarlo.


Un amigo de Khashoggi dijo: “Jamal había estado en la embajada en Washington DC varias veces y se habían ocupado de sus problemas consulares allí. Pensó que podía obtener los documentos que necesitaba de la gente de Washington demostrando que estaba divorciado, un requisito legal para volver a casarse. Creo que le dijeron que era un asunto simple. Pero luego dijeron que necesitaba ir a Turquía para conseguir los papeles.” “En ese momento parecía ser una cuestión de burocracia. Pero ahora, después de lo que sucedió, obviamente hay motivos para sospechar. Seamos realistas, no se hubieran atrevido a hacer en Estados Unidos lo que hicieron en Estambul”.


Uno de los que más insistió en tratar de persuadir al periodista para que regresara a Arabia Saudita fue Saud al-Qahtani, un cercano confidente del príncipe heredero, quien le hizo a Khashoggi una serie de ofertas lucrativas en un intento por devolverlo al Reino, incluyendo una posición de alto nivel del gobierno y un alto cargo en la administración pública. En repetidas ocasiones tranquilizó a Khashoggi, según múltiples fuentes, diciéndole que no tenía nada que temer al volver a casa. Posteriormente, se afirmó que al-Qahtani dirigió el secuestro, la tortura y el asesinato del periodista en el consulado saudí en Estambul a través de Skype, supuestamente diciéndole al equipo enviado que matara a Khashoggi y “me trajera la cabeza del perro”.


Al-Qahtani había lanzado ataques vitriólicos y sostenidos a través de las redes sociales contra los supuestos enemigos del Reino, y había declarado que “pagarían el precio” por la traición. El gobierno saudí afirmó que al-Qahtani fue despedido después del asesinato de Khashoggi, junto con otro alto funcionario. Otros 18 fueron arrestados. Se informó que al-Qahtani había dirigido el interrogatorio del primer ministro libanés, Saad Hariri, cuando fue detenido en Arabia Saudita el año pasado después de haber sido atraído al país para reunirse con el príncipe heredero. El interrogatorio, según se afirmó, fue acompañado de abuso verbal y físico. Hariri fue liberado y regresó a Beirut solo después de la intervención del presidente francés Emmanuel Macron. Al-Qahtani afirmó que tenía todo el apoyo de la familia real saudí. “¿Crees que tomo decisiones sin orientación? Soy un empleado y un fiel ejecutor de las órdenes de mi señor el rey y mi señor el príncipe heredero”, tuiteó el verano pasado.


Kim Sengupta: De The Independent de Gran Bretaña. Especial para PáginaI12.
Traducción: Celita Doyhambéhère.

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Viernes, 26 Octubre 2018 05:38

Jamal Khashoggi entendía el poder

Jamal Khashoggi entendía el poder

Supe justamente lo que en realidad significó el asesinato de Jamal Khashoggi en el contexto de Medio Oriente cuando me di cuenta de a quién tendría que llamar para que me explicara. A quién iba a llamar por teléfono para enterarme de qué estaba pasando. Pues desde luego, hubiera tenido que llamar a Jamal Khashoggi y por eso es que su muerte es tan importante; porque era, como él mismo sabía, un solitario e importante periodista árabe que no escuchaba –ya no más– la voz de su amo. Ese fue su problema.

Este repugnante, peligroso, aterrador y sucio asesinato –porque no me van a decir que un hombre de 60 años que muere en una "pelea a puños" con otros 15 hombres no es un asesinato– no sólo muestra al gobierno saudita tal y como es, sino que nos muestra a nosotros tal como somos. ¿Por qué nos seguimos enamorando de los estados árabes –como también lo hace Israel– y después gritamos aterrados cuando resultan ser extremadamente desagradables y muy violentos?

Para responder a esta pregunta ya hay varias pistas. La reacción inicial de Trump al decir que la versión saudita era "creíble" –cuando claramente no lo era– fue el comienzo. Después, el asesinato se convirtió en "el peor en la historia de los encubrimientos". Fue la calidad del asesinato lo que le pareció perturbador, como pueden ver. Estos fulanos no sabían cómo borrar sus rastros. Ya había admitido que no quería renunciar a la venta de armas estadunidenses a Arabia Saudita. Nuestra querida primera ministra (británica) Therea May, además, se refirió a la horrenda muerte de Jamal diciendo que lo habían "matado" y no que fue "asesinado".

Posteriormente –y esto es un indicador puesto que nadie lo contradijo– tuvimos al ministro del Exterior saudita, Adel al Jubeir, quien describió el asesinato como un "enorme y grave error". "Error". Déjenme repetirlo: ¡ERROR¡

Al Jubier, ex embajador saudita en Washington que alguna vez se dijo víctima de un intento de asesinato en Estados Unidos, estaba hace un año dando lecciones a la prensa sobre la guerra contra Yemen y afirmó que Arabia Saudita "respeta las leyes humanitarias internacionales". Pues por lo visto lo que ignoran son las leyes diplomáticas internacionales. Pero esperen un minuto; Al Jubier –a quien conocí muy bien hace muchos años– es un hombre muy elocuente y bien educado. Su inglés es impecable. No se equivocó al usar la palabra "error". Lo que quiso decir –más bien creo que quiso decir– es que Jamal Khashoggi no debió haber muerto.

Jamal no debió haberse enfrascado en la famosa "pelea a puñetazos". Algo salió mal. Quizá los asesinos no entendieron qué debían hacer. Debió haber una rendición, no un asesinato. Quizá una plática amigable se salió de control. No estaban conscientes de sus propias fuerzas, Antes de darse cuenta, Jamal se estrelló contra sus puños, o el puño de uno de ellos. Ellos cometieron "un error" y por esta razón nos podemos olvidar del equipo de 15 golpeadores; eso sin mencionar al doble de Jamal que fue captado saliendo del consulado –aparentemente vestido con la ropa de Jamal, por amor de Dios– quien después tiró esa misma camisa, pantalones y saco en un basurero. Olvídense del científico forense y de la misteriosa camioneta negra. Y las dos semanas de negación de los hechos que cubrieron una descarada y total mentira desde el primer día. ¿Y esto fue un Error?

No debía extrañarnos, claro. Esta semana el "error" fue minimizado y se convirtió en un lamentable "incidente", según el ministro saudita, en una conferencia internacional de empresarios en Riad para la que numerosas compañías occidentales disminuyeron el rango de su representación al enviar a directivos secundarios en vez de principales al encuentro.

Mohamed bin Salmán –¿lo vieron sonriente con sus invitados y bromeando con el rey Abdullah de Jordania?– está totalmente limpio; eso debemos creer. Intocable e inocente. Puro como la nieve recién caída del cielo. Pero después de su guerra vil en Yemen, su arresto de los más importantes príncipes y nabobs (hombres muy adinerados de Oriente. N. de la T.) de Riad, su secuestro del primer ministro libanés y su asalto contra Qatar –con la exigencia de cerrar la cadena Al Jazeera (que ahora debe estar disfrutando mucho el torpe proceder saudita), ¿sería de extrañar que Mohammed bin Salmán se hubiera mezclado en algo que se salió de control aun cuando eso hubiera ocurrido y ahora nos digan que nada pasó? Un error, por ejemplo.

Si la guerra en Yemen puede salirse de control –incluso resultar un error–bueno, ¿qué puede esperarse cuando un grupo de golpeadores son llevados a Estambul a bordo de jets sauditas? Por cierto, me encantó el detalle de que volaron hacia distintos aeropuertos de Estambul, eso realmente confundió a los turcos ¿verdad? Quizá no fue el peor encumbrimiento de la historia.

Ciertamente fue un error.

Y todos debimos de haber notado, ¿no es cierto? la repulsiva e hipócrita cascada de indignación de parte de nuestros valientes y morales líderes occidentales ante el asesinato de Jamal. Han estado titubeando durante dos años sobre la guerra en Yemen, inventándole excusas y evitando la responsabilidad por ella, es muy obvio que les importa mucho, mucho más la muerte de Jamal que los 5 mil civiles que han perecido en el conflicto en Yemen. ¿Cuánto vale la muerte de un niño o de todos los asistentes a una boda comparados con el asesinato de Jamal? Supongo que siempre podremos encontrar excusas para las bajas en Yemen – "daños colaterales", "escudos humanos", "investigación a fondo", pero el asesinato de Jamal fue demasiado obvio, demasiado envuelto en mentiras, demasiado lleno de matones. Nosotros, al igual que el príncipe heredero –alabado sea su nombre– nos quedamos sin excusas. Dios nos libre pero ¿qué haríamos si se descubriese que el famoso cuchillo –siempre suponiendo que hubo un cuchillo y que Jamal fue desmembrado– y que éste fue fabricado en Scheffield?

Naturalmente, todos esperamos que Jamal no haya sido desmembrado. Si Adel al Jubier no lo sabe, y el cónsul saudita no lo sabe –y dado que ahora está a salvo, de vuelta en Riad, nunca lo sabremos– y si Mohammed bin Salmán tampoco lo sabe (porque él no puede saber nada de esta atrocidad) entonces todos esperamos que se le haya dado a Jamal un solemne y digno funeral musulmán; que se hayan dicho todas la plegarias de rigor para su alma y que su cuerpo haya sido sepultado –en secreto, desde luego– amortajado, sobre su lado derecho y con la cabeza en dirección a la Meca; la ciudad santa de la cual es protector el rey, padre de Mohamed bin Salmán.

Esto no habría sido fácil de hacer si, en efecto, Jamal fue partido en pedazos por nuestro científico forense favorito y llevado a la residencia consular o al bosque –como indica la versión oficial turca– para enterrarlo clandestinamente. Los perpetradores pensaron, debido a lo piadoso de su país y a su fe, que debían darle un funeral musulmán. Sin embargo, para entonces, deben haberse dado cuenta de que cometieron "un grave y terrible error". Según la ley islámica, un cuerpo mutilado debe ser cosido con sus partes en su lugar antes de ser amortajado. ¿Habrán cosido a Jamal? ¿Le habrán puesto una mortaja?

Por supuesto, se nos atora en el pescuezo el hecho de que el hombre que ha filtrado cada detalle de la impactante muerte de Jamal sea el mismo sultán Erdogan, quien ha encarcelado a 245 periodistas y tiene entre 50 mil y 60 mil presos políticos. Erdogan debe estar sacando provecho de esta macabra y terrible historia. Bueno, al menos él no los mutila a todos; asegura que fueron excarcelados tan pronto entraron a prisión, para luego admitir que no sabe dónde están sus cuerpos.

Y sí, este asesinato va a afectar a Turquía y a Arabia Saudita, a Egipto y Siria –y a Israel, que suspira con cariño por Mohamed bin Salmán– y desde luego afectará a Trump. Pero volvamos a la pregunta inicial de cómo es que los "buenos" acaban siendo malos. ¿Cómo es que agradables y moderados líderes que garantizan la "estabilidad" de Medio Oriente –y naturalmente incluyo aquí a los sauditas– acaban siendo tan horrendos? No me refiero a sus pueblos sino a sus autócratas y dictadores, reyes, príncipes y tiranos a quienes les sonreímos, a quienes halagamos, admiramos y ante quienes nos arrodillamos.

Ahora todos amamos al "moderado" y "estabilizador" régimen del presidente y mariscal de campo Sisi de Egipto. Pero, ¿quién recuerda ahora al estudiante italiano de la Universidad de Cambridge, Giulio Regeni, torturado con cuchillos y asesinado en El Cairo, quien fue hallado tirado a un lado del camino hace apenas dos años? Los italianos sospechan que los policías de Sisi cometieron el asesinato, incluso hubo en el caso una cámara de vigilancia que no funcionó. Estas cosas siempre pasan en el peor (mejor) momento. Los egipcios saben el nombre del principal policía sospechoso, pero el régimen ordenó olvidar el caso. Por lo tanto Roma y El Cairo han hecho las paces y los turistas italianos siguen llegando a Egipto sin preocuparse por los 40 mil o 50 mil o hasta 60 mil presos políticos que se pudren en las cárceles del país. El cuerpo de Regeni tenía heridas de arma blanca. Qué chistoso es que los instrumentos con filo parecen ser los favoritos de los regímenes árabes.

Quién recuerda lo mucho que queríamos a Muamar Khadafi cuando derrocó al rey Idris, en Libia, y cómo lo odiamos después, cuando ayudó al ERI, y luego volvimos a quererlo cuando renunció a sus instalaciones nucleares y Tony Blair le dio un beso. Después, ayudamos a que los opositores a Khadafi se rindieran para que el dictador libio pudiera torturarlos en sus prisiones de muerte.

Y qué decir de Saddam Hussein, a quien apoyamos en su guerra contra Irán –aunque usara armas químicas– hasta que invadió Kuwait, y después, cuando supuestamente tenía armas de destrucción masiva, fue derrocado por nosotros y ejecutado.

Después está Bashar al Assad, quien recibió honores en París el Día de la Bastilla como el rostro de la Siria moderna, y cuyo padre asesinó a 20 mil personas en 1982, durante la rebelión de Hama, y después fue acusado de la muerte de medio millón de personas durante la guerra civil siria en la que miles fueron ultimados, tanto por el régimen como por islamitas pagados –sí– por Arabia Saudita.

El régimen de Assad fue sinónimo de horcas, el Isis se caracterizó por sus postes de crucifixión y bloques de decapitación. Nuevamente las armas blancas. Por supuesto, los sauditas niegan todo esto. Porque es impensable que los sauditas apoyen a un culto asesino de la misma manera que es impensable que ese mismo gobierno mande a un escuadrón de la muerte a Estambul.

Nunca cometerían semejante acto terrorista –o error– de la misma forma en que no ejecutarían masivamente a sus enemigos en el territorio saudita. Después de todo, la decapitación del líder religioso jeque Nimr al Nimr (y otras 46 personas) ocurrió antes de que Mohamed bin Salmán fuera príncipe heredero.

Lo mismo ocurrió en el caso del escándalo por millones en sobornos que tenían que ver con el contrato por armamento de Al Yamamah, que la policía británica investigó hasta que los interrogatorios policiales terminaron cuando Tony Blair se arrodilló ante la presión saudita y puso fin a tan inconveniente investigación.

Sí. Todo se trata de dinero y riqueza y poder: y porque esta gente se ha mantenido en el poder gracias a las locuras, mentiras, corrupción e hipocresía de nuestros líderes políticos. Permitimos que nuestros sátrapas lleven a cabo actos de corrupción y asesinatos masivos dignos del rey Creso de Lidia ¿pues qué esperábamos? Los creamos, sostuvimos, apoyamos, besamos y amamos. ¿Qué es una invasión o dos entre amigos? ¿Acaso no es Arabia Saudita vital para la seguridad de Gran Bretaña? Se supone que esa es una de las razones por las que abandonamos la investigación del caso Al Yamamah, y volveremos a escuchar este mismo argumento de los lacayos de Arabia Saudita en Gran Bretaña en los próximos días o semanas. ¿Qué pasaría si los británicos dejáramos de recibir toda esta información sobre el terror islamita de los sauditas? Bueno, esperemos que no nos envíen a 15 tipos a Heathrow, incluido un científico forense.

Jamal Khashoggi sabía todo sobre el poder y el peligro. Hace un cuarto de siglo se apareció en mi hotel en Jartum y condujo el vehículo que me llevó por el desierto sudanés para reunirme con Osama bin Laden, a quien él conoció durante la guerra entre Afganistán y la Unión Soviética. "Nunca se ha reunido con un periodista occidental", me dijo mientras pasábamos velozmente por las ruinas de unas pirámides sudanesas. "Esto va a ser muy interesante". Khashoggi se estaba divirtiendo con sicología aplicada, ¿cómo respondería Bin Laden a un infiel?

Pobre de quien interpretara que los anteojos redondos y el sarcástico sentido del humor de Khashoggi eran indicio de laxitud espiritual. Llamaba a Bin Laden "jeque Osama".

Conocí a Khashoggi en 1990 y hablé con él por última vez por teléfono desde Beirut a Washington hace un par de meses. Aun cuando fungió como asesor de la familia real, y trabajó como editor y periodista en Arabia Saudita, hablaba de lo que llamaba "los hechos de la vida". En privado, descartaba cualquier rumor de una revolución dentro del palacio en el reino, pero siempre hablaba del cinismo y la facilidad para el soborno de las potencias occidentales que apuntalaban a los regímenes árabes para después destruirlos si no obedecían; y de cómo los pueblos árabes, en general, no son libres.

Esto es verdad, y quizá me lo hubiera repetido si hubiera yo podido hablar con él antes del "error" ocurrido en Estambul. Pero los muertos no hablan y los sauditas deben estar muy complacidos por ello.

The Independent

Traducción: Gabriela Fonseca

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La mirada de Gabo y todas las formas del periodismo

El cierre fue con los vallenatos de Leandro Díaz, una forma relajada y fiestera de ponerle un broche de oro al Festival Gabo, que a la altura de su sexta edición se ha convertido en un referente ineludible para la profesión en el continente.

Cualquier resabio de formalidad que podría existir queda definitivamente archivado. Retumba el vozarrón de Ivo Díaz en el Orquideorama, y canta la triste historia del corazón destrozado de su padre Leandro, que aun siendo figura del vallenato colombiano no pudo conquistar el amor de Matilde Lina. Pero el sonido del vallenato no es lamento, provoca el baile, y así es como en el espacio del Jardín Botánico donde se escucharon tantas palabras y tantos análisis y tantas cuestiones relacionadas con el periodismo, ya no importa nada y se desata la fiesta. “Cuando Matilde camina / hasta sonríe la sabana”, repite Díaz el estribillo y el público ya abandona sus sillas y el mismo Jaime Abello Banfi, director general de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, lidera el bailongo y arenga a Ivo con que toque una más, otra más. Cuesta aceptar que el Festival Gabo 2018 (que convocó a 15 mil personas), empieza a ser pasado.


La tertulia de cierre sirvió para que Díaz, el escritor y académico Ariel Castillo y la música Marina Quintero dialogaran con el escritor y periodista Alonso Sánchez Baute para contar la historia de Leandro y su amistad con Gabriel García Márquez, cruzando el relato con las canciones, ejemplificando cosas como el epígrafe de El amor en los tiempos del cólera (“En adelanto van estos lugares: ya tienen su diosa coronada”) tocando “La diosa coronada”; en el mismo relato del amor no correspondido de Leandro por Matilde resuenan ecos de la historia de Florentino Ariza y Fermina Daza. Y el clip de dos minutos en el que se vio a Díaz cantando “Matilde Lina” sentado junto a Gabo en una peña fue un emotivo resumen de la noche, de la amistad del Nobel de Literatura y el músico –quienes murieron con apenas un año de diferencia– y de esas “Obsesiones de Gabo” que fueron uno de los ejes temáticos del encuentro.


La tercera y última jornada en tierra paisa mantuvo la intensidad y diversidad que caracterizó a todo el Festival. Los colombianos Javier Darío Restrepo y Jorge Cardina, la chilena Mónica González y los españoles Alex Grijelmo y Gumersindo Lafuente abrieron la mañana con el interesante debate que proponía El zumbido y el moscardón: desafíos éticos en el periodismo actual, y fue el comienzo de una programación en la que más de uno sumó metros y metros de caminata cruzando y volviendo del Botánico al Parque Explora, otra de las sedes. Allí, de hecho, hubo dos paneles que tuvieron su dosis extra de picante, que agregaron otras dimensiones a un panorama de por sí amplio.


Tras participar en otra mesa en el Orquideorama sobre el poder de la sátira periodística, Ingrid Beck –directora de Barcelona y activa militante de pañuelo verde– debió lidiar en la charla Más allá de lo virtual: el poder transformador de las redes sociales con una moderadora nada convencida de la necesidad de una ley de interrupción voluntaria del embarazo, que insistió un par de veces con la inconveniencia de mezclar ese reclamo con el de un freno a los femicidios. Beck hizo caso omiso y emocionó a la sala con el relato del surgimiento y crecimiento de Ni Una Menos, desde los primeros tuits hasta las marchas multitudinarias en el Congreso, de la militancia virtual a la acción real; las imágenes en pantalla ilustraron de manera indiscutible ese crescendo. A su lado, la chilena Francisca Skoknic dio detalles de su chatbot periodístico La Bot, y Alberto Herrera dio algunos ejemplos de cómo las peticiones de Change.org pasaron de la recolección de firmas a lo efectivo en México, donde 5 mil personas se manifestaron en la puerta de una radio para pedir la reincorporación de una periodista despedida por incomodar al poder de Peña Nieto. Ante el por momentos excesivo optimismo de Herrera, este diario aprovechó las preguntas finales para recordar que esa “transformación de las redes sociales” incluye a jugadores del otro lado, trolls y hostigadores de toda clase. “Por supuesto que eso también existe, pero no podemos dejar de hacer cosas: habrá que endurecer el cuero”, cerró Beck.


El panel siguiente en el mismo Teatro Explora, aun con la seriedad que suponía el título [email protected] de hoy: jueces, ciudadanos y algoritmos, tuvo un espíritu lúdico desde la elección de sus moderadores: fieles a su decisión de mantenerse anónimos, dos de los responsables del imperdible sitio satírico Actualidad Panamericana aparecieron y moderaron el diálogo con sus máscaras de gallina. Nada de eso le quitó dimensión al análisis sobre libertad de expresión en internet del experto colombiano Carlos Cortés y las miradas de Patricia Llombart –embajadora de Unión Europea en Colombia–, Viviana Bohorquez (abogada y creadora del canal de YouTube Las Igualadas, que discute temas de género) y el barcelonés Pere Rusiñol. El cofundador de Mongolia mostró al auditorio la portada de un número recopilatorio que fue hitazo en España –“Compre este número de Mongolia y vaya preso”– pero cuyos chistes, dijo, le desagradarían a él mismo si aparecieran en Twitter: “El contexto siempre importa”, dijo... y justo sucedió algo en el contexto de esa misma charla, cuando un grupo de estudiantes universitarios irrumpió y se ubicó en fila delante del escenario, con cinta adhesiva en los labios y carteles que aludían al déficit universitario y la falta de interlocutores para resolverlo. Cualquier semejanza con la realidad argentina no es casualidad.


Gabo en la categoría Innovación por Los desterrados del Chaco– y los retos del periodismo en la era #MeToo, con la presencia de Rebecca Corbett del New York Times; las maneras de enfocar y retratar la creciente xenofobia, en un momento en que proliferan las migraciones y el Presidente de la nación más poderosa del mundo alienta el discurso racista; el regreso de la rusa Masha Gessen tras su charla del primer día, esta vez para hablar de la diversidad sexual y la ética de las disidencias con el mexicano Guillermo Osorno y la colombiana Matilda González Gil; una charla de Claudi Carreras, curador de la impactante muestra Africamericanos, con la artista plástica Liliana Angulo, el fotógrafo Bruno Morais y el editor Angel Unfried; otro encuentro inolvidable protagonizado por un argentino, Marcos López, que –no podía ser de otra manera– fue mucho más allá del título original Las preocupaciones de un artista pop latinoamericano en el Museo de Arte Moderno; talleres intensivos, a toda hora y de todo tenor... y eso sin contar Los papeles de Gabo: originales inéditos, fuentes tipográficas y otras revelaciones, el recorrido por un auténtico tesoro conducido por el mismo Jaime Abello junto a representantes de la biblioteca Luis Angel Arango... en algún momento el Festival Gabo se sintió inabarcable, en el mejor de los sentidos.


“Este es el festival del periodismo que no está en crisis, del periodismo que tiene vitalidad, que tiene ganas de comerse el mundo, que no le tiene miedo a la tecnología sino que se apropia de ella, de una juventud que llega con ideas renovadoras”, dijo Abello Banfi a PáginaI12, poco antes de la tertulia final y a modo de balance. “Nacho Escolar, de Eldiario.es, lo resumió muy bien cuando habló de una ‘época promisoria’ en la que hay que empezar a enterrar los modelos que dejaron de funcionar, hacer adaptaciones pero pensar el periodismo de manera optimista. La prueba de esto es la vitalidad que tuvieron los trabajos finalistas del Premio Gabo, que abordan temas muy difíciles pero con mucha garra.”


–En cada categoría podría haber ganado cualquiera de los tres y hubiera sido igualmente justo.


–Es que para nsotros ganan los tres finalistas. Hay que elegir a uno que tenga el premio mayor, pero el tratamiento que les damos hasta el último minuto es que son lo mejor de la cosecha del periodismo iberoamericano del año.


–Es curioso porque se vieron muchos trabajos colaborativos, en contraposición a la clásica figura del periodista de investigación como lobo solitario.


–Hay un periodismo que muchas veces implica una colaboración no solo entre personas sino entre países, entre regiones, entre medios y entre proyectos y es magnífico, porque está dando resultados excelentes: hay pruebas no solo en América Latina sino en otros países de que es un buen camino para el futuro del periodismo, y para que tenga efecto e impacto, sobre todo cuando aborda temas con una complejidad que trasciende fronteras o que representan fenómenos estructurales complicados. Pero también está el periodismo de autor, como el de Joseph Zárate, ganador de la categoría Texto. Hay una gran diversidad que refleja vitalidad. No solo está la clave tradicional, una sala de redacción, una empresa periodistica, una marca: eso es parte del ecosistema pero no es lo único.


–Y no hay un absoluto reemplazo de la viejas formas, hay una convivencia.


–Tiene que ser así, y ojalá encontremos nuevas manera de consolidar la empresa periodística como matriz organizacional del buen periodismo, porque una buena empresa crea las condiciones para que el periodista se dedique más tranquilamente a su trabajo, proporciona medios y recursos para hacerlo posible. Pero tampoco podemos dejar de hacer periodismo por los problemas de la economía de las empresas. Se necesita el respaldo económico, la tecnología y los demás factores, pero también ese humanismo, esa vocación, las ganas, el ideal de servico público, de ambiciones creativas. El motor está en los periodistas.


Abello señala que “me encantó la presencia argentina en esta edición, fue muy bueno todo lo que sucedió” y afirma que no hay manera de parar, que ya diseña en su cabeza ideas para 2019. Pero eso puede esperar, al menos un par de horas: ahora es momento de vallenato. En el mismo Gabo convivía el defensor del buen periodismo y el fan de canciones con mujeres que hacían sonreír a la sabana. Porque las palabras y las teorías importan, pero nunca hay que olvidar la fiesta. Y Medellín lo fue. Otra vez.

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“Es necesario que la gente reconozca el seudoperiodismo”

Jaime Abello Banfi, director de la FNPI, admite que es un momento atractivo para el encuentro de profesionales de países diferentes pero con debates similares, y un contexto en el que el periodismo adopta nuevas formas... incluyendo algunas que son pura manipulación.

El término “Festival” suele asociarse a lo artístico, a la música, el cine, el teatro, la danza. Pero desde 2013, la capital de Antioquia es la sede de un festival del periodismo, una celebración de la palabra y la imagen que se corresponde con las “obsesiones” que caracterizaron a la figura legendaria que inspira todo. Mañana a las 9, en el Jardín Botánico de esta bella ciudad colombiana, será el puntapié inicial del Festival Gabo, el encuentro que propicia la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano creada en 1994 por Gabriel García Márquez: una cita a la que acuden profesionales de todo el continente y España para celebrar el oficio en tiempos turbulentos, en lo que todo se está reformulando y -en más de un sentido- el periodismo parece a veces un deporte extremo.


El Festival Gabo es un auténtico desafío para la organización de agenda: durante tres días habrá 75 actividades de entrada libre y transmitidas en directo a través del sitio oficial festivalgabo.com y su página de Facebook. El menú incluye charlas, talleres, proyecciones de documentales, exposiciones fotográficas y muestras culturales en varias sedes; además, el jueves se anunciarán los ganadores del Premio Gabo (ver aparte), que cada año va sumando más y más postulantes en sus cuatro categorías. Las actividades están agrupadas en ejes temáticos que dan cuenta de sus intenciones: “La cocina del periodismo” explora temas que preocupan al periodismo actual y expone nuevos formatos, tendencias, narrativas y enfoques para contar historias; “Periodismo de tú a tú” presenta a gestores de proyectos innovadores que hablarán del “detrás de cámara” de sus trabajos; “Mentes curiosas” propone un espacio íntimo para conversaciones informales pero profundas con dos o tres invitados; “Obsesiones de Gabo” explora los temas favoritos de García Márquez, la música, la literatura, el idioma, el cine, la paz y la ética periodística, con dos temáticas nuevas propuestas para esta edición, la sátira y lo culinario. En el apartado “Muestras”, en tanto, se incluye la exposición fotográfica Africamericanos, tres largometrajes del documentalista brasileño Caio Cavechini (Cartas para un ladrón de libros, Carne y hueso y Entre los hombres de bien), y una tertulia pensada como homenaje a Gabo, su pasión por el vallenato y su amistad con el músico Leandro Díaz: junto a su hijo Ivo Díaz, tres estudiosos de las obras de ambos maestros recorrerán fragmentos, recuerdos, fotografías, videos y poemas.


Es un momento especialmente adecuado para esta nueva edición de un encuentro de profesionales que en poco tiempo adquirió la estatura de clásico. Dado el modo en que las formas periodísticas se reformulan en el nuevo siglo y aparecen temáticas antes no tan destacadas, este año el Festival pone el foco en cuestiones presentes en la agenda diaria del periodismo: la necesidad de explorar nuevos formatos de expresión y autogestión, la influencia de las redes sociales, la hiperinformación y las “fake news”, el rol de las mujeres en la era del #MeToo y Ni Una Menos, la diversidad sexual y la siempre compleja relación entre la prensa y los mecanismos de poder. Es uno de los puntos que destaca Jaime Abello Banfi, director general y cofundador de la FNPI, que aun en la previa de tres días de altísima intensidad se las arregla para lucir relajado. “El Festival ha crecido en número de eventos y participantes, hay nuevas sedes, pero son detalles accesorios ante la idea de lo que realmente significa: un espacio de proposición de nuevos referentes, de aprendizajes de las tendencias y de encuentro entre periodistas, estudiantes, ciudadanos, gente que sabe que necesitamos de un buen periodismo para una sociedad mejor informada, más democrática y activa”, dice el periodista y gestor cultural.


Para Abello, el Premio Gabo es el “radar” que indica las tendencias en el periodismo de América Latina, y su alcance va más allá de lo económico o el reconocimiento profesional. “Más que un cambio profundo de esquemas, en esta edición ha habido una consolidación y ampliación de temas, y la decisión de que sea un festival que, gracias al radar que representa el premio, responda a la capacidad de encontrarse con los temas fundamentales para el periodismo de estos momentos”, explica. “Hay temas que se insinúan como transversales: las maneras de relacionarse con las audiencias, que es cada vez más fundamental para el periodismo y su futuro, es uno. El futuro de la sostenibilidad de los medios va a depender mucho de eso, sobre todo en el contexto de audiencias muy volátiles. También será importante la presencia de temas de ética periodística, el periodismo de investigación contra la corrupción, el papel de las mujeres y el periodismo desde la diversidad sexual. Y cosas que quizá deberían haber llegado antes como la cocina, la alimentación, un tema que ocupa cada vez más espacio, está en el día a día de los intereses de la gente.”


–Es un momento interesante para que se encuentren periodistas de países con idiosincracias muy distintas, pero cruzados por debates similares: encontrar audiencias, los debates éticos, las noticias falsas, la reformulación de los medios, la lenta desaparición del papel...


–Y además hay un componente de motivación muy importante que tiene que ver conque el periodismo responde a un ideal de servicio público, y muchas veces se hace en condiciones de adversidad. Aunque haya contextos culturales diversos parece que la historia se repite en todas partes: hay un cambio que se está dando y tiene que ver con una serie de factores, pero entre ellos es muy importante la manera en que los medios digitales se instalaron en la economía y en la sociedad. Se están transformando muchas cosas, empezando por la manera en que el periodismo se hace y le llega a la gente. Entonces, ver ejemplos inspiradores, a quienes pudieron superar condiciones adversas, sentir que hay colegas con motivaciones similares, con una idea de contar historias y servirle a la sociedad, de desmitificar las mentiras, es muy inspirador. Una de las funciones del premio no es tanto la recompensa individual sino también la inspiración colectiva y la proposición de modelos útiles para toda la comunidad periodística. Pero no le sirve solo al mundo del periodismo sino a la ciudadanía, porque estamos en una fase en la que también hay un cuestionamiento y una crítica muy fuerte del papel de los medios. Como decía Gabo, “no basta ser bueno sino también que se sepa”. Y es necesario que se sepa para que la gente, la ciudadanía, pueda distinguir el buen periodismo del seudoperiodismo.


–Pero también la gente hoy tiene un poco más claro que detrás de lo que recibe hay empresas e intereses, antes lo tenía un poco más difuso, ¿o no?


–No, así es, porque el periodismo es más plural en la forma en que se practica y manifiesta ante las audiencias. Pero antes quizá se identificaba con una marca, en el contexto de una organización, de una empresa periodística. Hoy en día encontramos muchas maneras: ese periodismo visual que circula con tanta velocidad por las redes sociales, o el periodismo colaborativo de grandes proyectos de investigación o lo que llamamos periodismo de autor, que se plantea proyectos individuales que se convierten en libros. O la manera en que las redes han servido para diferenciar y darle identidad de marca a periodistas con sus nombres porpios... podríamos dar una lista muy larga de esa variedad que caracteriza este momento y que es un espacio para la creatividad. El problema es que las herramientas de la creatividad y de la proyección personal del periodista son las mismas que explican que se hayan desbaratado las bases del negocio que sostenían las empresas e introducido una gran incertidumbre en el sector. Al mismo tiempo dieron lugar a maneras de buscar la sostenibilidad, nuevos emprendimientos. Lo vamos a ver en el caso de Eldiario.es, un periódico totalmente digital sostenido por los lectores. Hay una gran variedad, y es cierto que la gente distingue más pero también que muchas veces se confunden porque hay fake news, mucha información y contenido circulando que parece periodismo y no lo es o responde a campañas de manipulación informativa. Hay que seguir haciendo el esfuerzo pedagógico de separar y mostrar los valores del buen periodismo. Es en parte lo que buscamos con el festival.


–¿En esas nuevas posibilidades se abre un cierto camino de libertad, que el periodista pueda serlo no solo en función de un medio y una empresa? Se están dando muchos experimentos de autogestión...


–Hay una libertad pero también es más complejo el ecosistema informativo, hay más voces y algunas de esas son voces interesadas, poderes comunicacionales como los que tienen los gobiernos o distintos sectores. Lo que estamos viendo es que hay una guerra de narrativas, y muchas veces el periodismo independiente termina aplastado por campañas mediáticas opuestas que se hacen a través de redes sociales, y eso se complica más cuando encima hay censura y hay utilizaciones judiciales o físicas. No necesariamente estamos en un ambiente más relajado: es un ambiente con más posibilidades, más creatividad y libertad... y nuevos peligros que están surgiendo.

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Lunes, 03 Septiembre 2018 07:41

Eduardo Galeano: hacer y nacer en la palabra

Eduardo Galeano: hacer y nacer en la palabra

A Helena Villagra


Desde muy joven, Dudú –como cálida y amorosamente lo llama Helena Villagra– se hablaba de tú con la muerte. Por mano propia, a los diecinueve años, quiso conocerla, pero ella le negó el pasaporte. La insatisfacción con las letras, un llanto que le brotaba desde lo más hondo del alma sin saber por qué y otros dolores de la vida lo arrojaron a esa dura experiencia. Para Eduardo Germán María Hughes Galeano el episodio, que lo llevó a un comatoso umbral por varios días, significó un nuevo nacer. Cuando despertó, los textos antes negados empezaron a fluir con tono, forma y sueños propios. A partir de entonces, decidió llamarse solamente Eduardo Galeano porque así recordaba que, en los días finales de 1959, nació otra vez y que la vida, a pesar de los golpes como del odio de Dios, bien vale ser vivida.


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Tataranieto de ingleses, alemanes, italianos y españoles, Galeano se supo siempre tan Latinoamericano como “el más humilde guijarro” del Uruguay. A los silencios y los misterios marginados de Latinoamérica y el mundo brindó su hacer que, desde el origen, estuvo ligado al periodismo. Tenía catorce años cuando sus primeras publicaciones vieron la luz en el semanario socialista de Montevideo. No eran textos, sino caricaturas. Marcha, el legendario semanario uruguayo, representó para él un aprendizaje a partir del reto constante. Como bien anota Roberto López Belloso, Juan Carlos Onetti y Carlos Quijano fueron sus maestros, el primero en el hacer literario, el segundo en la tarea periodística. En 1961, su destino y el de Marcha se encontraron. Hasta 1964 fue redactor en jefe de aquella revista cuyo papel impugnador a través de la crítica lúcida, el profesionalismo y la radicalidad de sus planteos la convirtieron, a decir de Claudia Gilman, en un “espacio político y cultural fuera del cual era difícil circular con legitimidad”. El nombre de Galeano se inscribió pronto dentro de una generación marcada por una clara tendencia a la problematización, a la duda como arma y a la crítica como ejercicio periodístico, literario e intelectual. Con Alfredo Zitarrosa, Carlos María Gutiérrez, Ángel Rama, María Ester Gilio y Mario Benedetti, entre otros, se inauguró y consolidó una manera de hacer y entender el periodismo en Uruguay y en toda América Latina; era el periodismo que ponía en primer plano al mundo marginal, aquel del arrabal, los prostíbulos y la gente que, a fin de cuentas, dentro del gran relato del poder, era negada. Gracias a esa generación, Dudú aprendió el oficio de mirar, escuchar, criticar y escribir sin apartarse ni medio milímetro de sus convicciones políticas y, sobre todo, sin darle oportunidad a la mediocridad, al dogmatismo o a la peligrosa zalamería ante los mandamases que hoy, en más de un lugar del mundo, se practica como sinónimo de trabajo periodístico.


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Galeano sintió un cariño sincero y un respeto sin fronteras por el Che. No por nada lo definió como el “más nacedor de todos”. Según el uruguayo, aquel argentino asmático, trotamundos, futbolero y tozudo, hizo posible la comunión entre las palabras y los hechos porque fue capaz de decir lo que pensaba y de hacer lo que decía. En esa frase, él mismo se reconoció; era una suerte de manifiesto que acompañó con otra formulación del nicaragüense Carlos Fonseca Amador: “amigo es el que critica de frente y elogia por la espalda”. Cuando la Revolución encabezada por el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) cayó a manos de sus errores, del cansancio y el incesante ataque de los Estados Unidos llegó “la piñata”. Era la hora de criticar de frente. Desde su querer y su entender, la traición al pueblo de Sandino resultaba tan grave que no valía la pena continuar en esa senda, por eso rompió, de manera definitiva, todo vínculo con la dirección del FSLN. En 2003, luego de que tres personas fueron fusiladas tras cometer actos de sabotaje en Cuba, Dudú criticó y fue criticado. Para él, la decisión de los fusilamientos era un síntoma de la pérdida de entusiasmo, “espontaneidad y frescura” que habían hecho de la Isla la patria del socialismo alegre, rumbero y solidario. “Cuba duele”, escribió sabiéndose y queriéndose amigo de aquel país chiquito e indoblegable. El distanciamiento terminó luego de nueve años. En 2012, regresó a Casa de las Américas, la Casa, su Casa. Aunque estuvo lejos, no se fue del todo. Como no se fue, seguía escribiendo sin miedo a la crítica de propios y extraños. En Espejos. Una historia casi universal, publicado en 2008, hay un texto que lleva por título “Fidel”. Para Galeano, los enemigos de la Revolución cubana nunca dijeron que ella era apenas “lo que pudo ser y no lo que quiso ser”, gracias al imperio y su bloqueo. Y callaban, además, que “esta isla sufrida pero porfiadamente alegre ha generado la sociedad latinoamericana menos injusta. Y no dicen que esa hazaña fue obra del sacrificio de su pueblo, pero también fue obra de la tozuda voluntad y el anticuado sentido del honor de este caballero que siempre se batió por los perdedores, como aquel famoso colega suyo de los campos de Castilla”. Dudú escribía lo que pensaba y lo hacía como el más crítico de los amigos, como el más queredor de todos.


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La utopía, dicen que Galeano decía, sirve para caminar. La frase es del cineasta Fernando Birri, un amigo suyo. Dudú se encargó de aclararlo, pero por más que lo intentó no hubo caso. Lectores y escuchas saben que esas palabras, las haya dicho quien las haya dicho, son del uruguayo. El concepto de “sentipensar”, tan ligado a él, tampoco fue solamente suyo. Lo escuchó a lado de Orlando Fals Borda, conviviendo a la luz de una fogata en la costa colombiana. Un pescador fue el autor de aquel verbo que, para Dudú, resumía lo que el ser humano representa: un mundo de ideas y de emociones, de corazones y razones. Nunca se atribuyó los derechos de autor de nada que él no sintiera, pensara y escribiera. Para poder ver, escuchar iba primero, decía.


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En 1971, Las venas abiertas de América Latina, libro extenso, corajudo y de una prosa poética vibrante, obtuvo una mención honorífica. Hasta el día de hoy, pocos saben quién ganó el premio de ensayo otorgado por Casa de las Américas. Según Galeano, aquel texto lo escribió cuando entre los intelectuales de izquierda había una certeza: todo lo que no resultara aburrido no podía ser serio. Por eso, perdió. Porque, como escribe Pedro de la Hoz, “pesó más la tradición que la transgresión”. El libro, insistía Dudú, tuvo éxito porque las dictaduras de Chile, Brasil, Uruguay y Argentina lo prohibieron, y lo prohibido incita a ser descubierto. En ese texto volcó no sólo sus amores más reales y sus furias más profundas, sino también la historia no dicha de Nuestra América expoliada y condenada a empobrecerse por la desgracia de sus riquezas; la historia de una América desangrada por los modernos piratas sin parche en el ojo ni loro en el hombro; la historia silenciada a través de la explotación, las balas, la cárcel y la muerte. “Perdimos; otros ganaron. Pero ocurre que quienes ganaron, ganaron gracias a que nosotros perdimos: la historia del subdesarrollo de América Latina integra, como se ha dicho, la historia del desarrollo del capitalismo mundial”, escribió. Con razón, Eric Nepomuceno señala que Galeano enseñó a “releer nuestra historia desde otro ángulo: desde el punto de vista de los humillados, de los derrotados”. En abril del 2009, Hugo Chávez le regaló el libro a Barack Obama. Se trató de un reclamo anticipado: en la historia de los poderosos, Obama –que tanto promovió la guerra– fue nombrado Premio Nobel de la Paz en diciembre de ese mismo año.


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Eduardo Galeano sabía que la inflación monetaria era terrible y terrible también la inflación palabraria. “Las únicas palabras que merecen existir son las palabras mejores que el silencio”, dijo que dijo Juan Carlos Onetti. Para el alumno del novelista de las sombras, fue ley de vida. Fascinado por la capacidad de decir mucho con poco, la brevedad se convirtió en la manera de relatar los dolores y los amores, las fantasías y las rebeldías. Creía que era posible hacerlo mirando el universo “por el ojo de la cerradura” y que narrar a pedacitos bien valía la pena si así se recuperaba la unidad entre el hacer y el decir, entre el soñar y el crear. Para que no hubiera “piedras en las lentejas”, Galeano tachaba y rehacía sus textos una y otra vez, como ejercicio de honestidad consigo mismo. Más que escribir, borraba. Cuando le preguntaron quiénes eran sus mayores influencias literarias, respondió “Juan Rulfo, Juan Rulfo y Juan Rulfo”.


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La obra del “señor de los fueguitos” –único título nobiliario que Dudú recibió de algunos pequeñines del paisito– es vasta y no sabe de casillas. Sin embargo, desde el campo del análisis literario se le estudia más bien poco. La negativa se cimienta menos en términos estéticos que en aspectos ideológicos. Eduardo Galeano nunca negó el origen de sus palabras: nacían desde la izquierda, desde lo ignorado y humillado por todos los poderes. Por eso se preocupó por conversar con las voces y los haceres de las mujeres, condenadas a aparecer, cuando aparecían, en el segundo plano de la historia. Por eso puso oído atento a la vida nacida y resistida en los arrabales. Por eso fue preso y luego obligado a vivir lejos de la tierra de José Artigas. Por eso su andar solidario con el pueblo venezolano y su simpatía multiplicada con los indignados de España, los zapatistas en México y la resistencia indómita en Palestina que mucho pelea por la libertad de existir. Entrevistado por Eric Nepomuceno señaló que sentía una identificación con los que luchan, “estoy seguro –dijo– de que las palabras vienen de ellos y a ellos son devueltas. Palabras que tienen una capacidad de vida, de multiplicación”. Galeano militaba desde la palabra, era su hacer, su nacer.


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El 2 de abril del 2009, en la Sala Nezahualcóyotl de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Dudú se encontró con miles de personas deseosas de escucharlo. Allí recibió uno de los símbolos de dignidad más emblemáticos en el México contemporáneo: un paliacate rojo. Trinidad Ramírez, mujer peleona hecha de pura ternura y tesón, se lo puso al cuello. Así le mostraba que en Atenco lo querían de veras. En una sala repleta, que gritaba por la libertad de los campesinos atenquenses encarcelados desde mayo del 2006, Eduardo Galeano dijo que si la tierra era sagrada, sagrados eran también quienes la defendían; no sabía que ya antes sus palabras habían contribuido a esa lucha. Ignacio del Valle, el más pequeño de los grandes hombres nacidos en suelo mexicano, resistía en el penal de máxima seguridad del Altiplano. El frío le quebraba los huesos, lo dejaba sin piel. Nacho –como compañeramente se le conoce en la vida brava de los de abajo– no podía leer más que los libros de la triste biblioteca carcelaria. Las normas de seguridad del penal impedían que recibiera cualquier texto impreso o con imágenes; toda carta dirigida a él debía ser escrita a mano, sin dibujos. Galeano se coló. En 2008, por iniciativa de estudiantes y profesores de diferentes facultades de la UNAM, El libro de los abrazos rompió los barrotes de las distancias y los silencios. A mano, por muchas manos, el libro se copió completo para que Nacho leyera y resistiera y venciera el encierro. El libro de los abrazos fue el abrazo que Eduardo Galeano le dio a Ignacio del Valle a través de aquellas manos anónimas que, letra a letra, se hicieron manto para combatir el frío del penal. Así se abrazaba a los atenquenses para que ellos, guardianes sagrados de la tierra, no flaquearan por soledad o por tristeza.


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Dudú, el mayor hincha del Nacional, el club de futbol de sus amores, fue una voz cálida y solidaria de las causas justas. En diciembre de 2014, escribió que los familiares de los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa no estaban solos en “la porfiada búsqueda de sus queridos perdidos”. Contribuía así a combatir la sordera del poder que, a casi cuatro años de aquel suceso, se niega a escuchar. En diciembre de 2015, Helena Villagra, cuyos sueños despertaban la envidia constante de su Dudú, dedicó el doctorado honoris causa, concedido a él por la Universidad de Guadalajara, a “la lucha de esos ‘nadies’ doctorados en Ayotzinapa”. Helena bien sabía que Galeano así lo deseaba.


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El “señor de los fueguitos” cumple 78 años este 3 de septiembre. Sus palabras vibran en las resistencias de nuestro país. En el suelo sagrado de Atenco y los guerreros que lo protegen. En Ayotzinapa y la memoria necia que exige justicia. Desde la palabra, sigue haciendo. Desde la palabra, sigue naciendo.

 

Por José Arreola
28/08/2018

José Arreola
Doctor en Estudios Latinoamericanos por la UNAM. Sus líneas de análisis están basadas principalmente en la literatura cubana y el debate del campo intelectual de Latinoamérica Ha obtenido premios en narrativa y ensayo convocados por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

 

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Un servicio público en peligro de extinción

La gratuidad de la información en Internet generó recortes en las redacciones, un empeoramiento de la calidad de la prensa y una concentración de los medios en manos de conglomerados. ¿Cómo han enfrentado esta tendencia la prensa y los estados en diferentes lugares del mundo?

 

No hay cómo negarlo: los medios de comunicación tradicionales en general están en crisis. Aquí y acullá, en países con poca o mucha tradición de lectura de periódicos, cierran diarios, revistas, semanarios todos los días. La cosa no es de ahora, precisamente, pero desde la aparición y sobre todo la consolidación de Internet y su galaxia se ha acentuado exponencialmente. Los medios audiovisuales, verdugos tradicionales de la prensa escrita, no salen tampoco indemnes y aparecen ellos también en el pelotón de víctimas del avance de ese monstruo cibernético imperial sobre el que se vuelcan todas las miradas acusadoras. Desde la crisis de 2008, es decir hace diez años, el ritmo de desaparición de publicaciones no paró de acelerarse. Un informe publicado por el periodista francoespañol Ignacio Ramonet (Le Monde Diplomatique, 4-X-09) da cuenta de que en menos de un año –entre 2008 y 2009– y sólo en Estados Unidos desaparecieron 120 medios, algunos de alcance nacional, y se perdieron 21 mil empleos en el sector. En Europa el terremoto fue similar: diarios tradicionales debieron o bien cerrar por completo, o pasar a editarse sólo en Internet, o restringir su oferta hasta el punto de perder parte de su identidad (el Washington Post dejando de editar su suplemento literario Bookworld, por ejemplo), además de destruir un tendal de puestos de trabajo. En España, de acuerdo a datos publicados a comienzos del año pasado por la Asociación de Editores de Diarios (Aede), entre 2008 y 2015 los cotidianos redujeron un 43 por ciento de sus plantillas (prnoticias.com, 3-I-17). En América Latina, la Federación Latinoamericana de Periodistas dio cuenta en 2016 de la pérdida de decenas de miles de puestos de trabajo en la región desde mediados de la década de los noventa. La sangría no ha cesado.


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La crisis de la prensa no es producto de una caída de su audiencia.


La penetración de los medios, por el contrario, se ha multiplicado. Sólo que los lectores están migrando desde las versiones impresas hacia las digitales. Al Guardian británico, por ejemplo, lo leen actualmente alrededor de 36 millones de personas por mes en todo el mundo a través de Internet, pero el venerable diario liberal vende menos de 300 mil copias por día; la versión digital del New York Times tiene 22 veces más lectores que la tradicional en papel; la del Times de Londres casi otro tanto; y algo similar sucede con el madrileño El País de Madrid, el francés Le Monde, el italiano La Repubblica. Sólo por hablar de los grandes medios “internacionales”. El fenómeno se repite, por supuesto, por estos lares: a menor difusión de las ediciones pagas, mucho más audiencia de las ediciones inmateriales.


Todos han ido apostando a “estar en Internet” para disminuir las pérdidas o simplemente no desaparecer. El País español, por ejemplo, cerró a fines del año pasado su imprenta en Madrid, pero destina fondos cada vez mayores a sus ediciones digitales, una de ellas para la América hispánica y otra en portugués, para el mercado brasileño. El Times o el Guardian británicos están realizando apuestas similares en el mundo anglófono. Entre abrir la canilla por completo y cerrarla a cal y canto, las fórmulas varían. A veces algunos medios prueban todas las opciones, a golpes de ensayo y error: van de ofrecer versiones digitales totalmente “abiertas”, idénticas o casi idénticas a las impresas, a partir de la premisa de que a mayor penetración y mayor audiencia mayor volumen de publicidad, hasta –una vez constatado el fracaso económico de esa variante– cobrar por todo lo que llega en unos y ceros. Otros –o los mismos– combinan, cobrando a partir de cierto número de artículos “bajados” y dejando “abiertos” otros. La preocupación principal de los medios impresos con versiones digitales es que éstas no terminen fagocitando a las primeras. Todavía no se ha encontrado la fórmula.


Uno de los problemas es que los ingresos de las versiones digitales de los medios escritos no han crecido en la misma proporción que su “lectorado”: sus consumidores las ojean por lo general gratuitamente o a través de “agregadores” de contenidos como Google, o de proveedores de servicios, que se han convertido en los grandes captadores de la publicidad y son denunciados como vampiros cibernéticos o parásitos que lucran con la producción de terceros. Datos sobre el mercado publicitario elaborados por la empresa Price Waterhouse Coopers (Pwc) indican que en 2017 el 27 por ciento de lo invertido en publicidad en todo el planeta fue a Internet, el 24 por ciento a la televisión abierta y apenas el 10 por ciento a publicaciones en papel. En 2010, es decir, sólo siete años antes, la tajada mayor de la torta publicitaria (26 por ciento) se la llevaban los canales abiertos, el 19 por ciento los diarios y otras publicaciones y sólo el 16 por ciento la red de redes informática (revistawacho.com, “Todos contra Facebook”, 2-V-18). Lo peor para los medios que tienen versiones digitales es que las fabulosas masas de dinero que se vuelcan cada vez más en Internet no van a ellos sino a Google o Facebook. El año pasado, en Estados Unidos, el mayor mercado publicitario del planeta, el 73 por ciento de lo invertido en publicidad en Internet fue a parar a esos dos gigantes, señala el documento de Pwc. Peor, peor aún: los anunciantes pagan por publicitar en Internet mucho, pero mucho menos que lo que pagan en medios en papel.


Google y Facebook se han ido convirtiendo cada vez más en “decidores” en el mercado informativo. “Como los grandes derivadores de tráfico a los portales de los medios son Google y Facebook cada decisión que ellos toman nos termina afectando”, dice la nota de Wacho. Su autor, Tomas Vio, destaca las dificultades que tienen los medios para hacerse valer frente a estos “parásitos”. “En 2014 el gobierno español incorporó un artículo a la ley de propiedad intelectual que establecía que Google y el resto de los buscadores estaban obligados a pagarle un monto fijo a cada medio por cada link que apareciera en ellos. Esto, que se pensó como una solución a la falta de ingresos por publicidad que tenían los medios, terminó hundiéndolos todavía más. En respuesta Google eliminó en España Google News y sacó cualquier link de un medio español en sus búsquedas en otros países. Esto afectó a todos los medios españoles, principalmente a los más chicos que vieron como las visitas a sus sitios cayeron un 16 por ciento. En poco tiempo los mismos medios que habían presionado para que se modificara la ley, reclamaron para que el gobierno diera marcha atrás. Casos parecidos pasaron en otras partes de Europa y siempre tuvieron a Google como el ganador.”


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Es como el perro que se muerde la cola, sugiere Ignacio Ramonet. Desesperados por su desplome y por encontrar una vía de salida, los medios de prensa tradicionales, hijos de la era industrial y de un modelo de circulación de la información ya obsoleto, al tiempo que invierten más y más dinero en tecnología, estiran como chicle y precarizan a sus cada vez más escasos periodistas para que escriban, filmen, fotografíen y se repartan entre los distintos soportes, y rebajan contenidos para adaptarse a los nuevos modos de consumo. La calidad de la oferta está entre lo primero que decae. “Hoy la información tiene como objetivo mercantil llegar al más amplio número de personas. Se llega bajando el nivel y bajando el costo, es decir, regalando una información que puedan leer hasta aquellas personas que apenas saben deletrear. El comercio de la información no consiste en vender información a la gente; consiste en vender gente a los anunciantes”, apunta el periodista hispanofrancés.


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El diagnóstico de la Aede para España podría extenderse a cualquier otro país de cualquier continente: la acción conjugada de la reducción de la publicidad y de la difusión de ejemplares pagos y una fallida migración a Internet han llevado a la prensa escrita a un estado de cuestionamiento existencial del que aún no sale. Los vaticinios sobre “la muerte inminente de la prensa diaria” no son de ahora, pero es relativamente reciente que se hayan convertido en lugar común, en certeza incuestionable. Los han formulado analistas externos al sector o gente del riñón mismo de la prensa. Ramonet citó en su nota de 2009 a Michael Wolf, de la consultora especializada Newser, que previó en enero de aquel año en el Washington Post que en Estados Unidos sólo subsistirían a corto plazo 20 por ciento de las publicaciones en papel, y al magnate australiano británico Rupert Murdoch, mandamás del grupo multimedia News Corporation, para quien la década que está ahora acabando quedaría marcada también como la de la extinción de la prensa diaria.

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La creciente concentración es otro de los fenómenos mayores en el sector. En los años ochenta y noventa era sobre todo endógena: se manifestaba en la creación de grandes grupos multimedia, que abarcaban publicaciones de todo tipo y pelaje, radios, canales abiertos y de cable, medios digitales. Pero también estas grandes corporaciones (Hearst Corporation, News Corp y otras) zozobran: pierden dinero, recortan los medios de los que son propietarios a tijeretazos. Ahora es común que los periódicos formen parte de grandes corporaciones industriales que los usan como pañuelos desechables en estrategias globales de poder.


En Francia, “todos los grandes medios pertenecen a cuatro o cinco empresas que nada tienen que ver con la información; se dedican a la fabricación y venta de armas, a la telefonía o a negocios por Internet”, dijo Ramonet en una entrevista publicada en el dominical argentino Perfil hace siete años (11-IX-11) que nada ha perdido de actualidad. “Un grupo que vende armas posee la radio más importante y el periódico del fin de semana más importante (Le Journal du Dimanche), mientras un constructor de autopistas tiene el canal de televisión más importante con el informativo de mayor audiencia.”


Un estudio sobre “Pluralidad informativa y libertad de prensa” realizado por el European Centre for Press and Media Freedom y la Plataforma en Defensa de la Libertad de Información, difundido en enero pasado, consignó el fenomenal nivel de concentración en este sector en Europa: en 15 países de la región, cuatro grupos son propietarios del 80 por ciento de los medios (público.es, 29-I-18).


Para el “ecosistema informativo” de la región, se comentó en un seminario madrileño en que el informe fue presentado, “ello supone una gigantesca pérdida de diversidad, y para la democracia un peligro mayúsculo, al estar la información en manos de unos pocos actores privados en tiempos, además, en que, producto de su propia crisis, los medios están perdiendo calidad”.
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Profesor en la Escuela de Ciencias Sociales de Manchester, en Inglaterra, Peter Humphreys realizó unos años atrás una investigación comparada sobre las ayudas a la prensa en Europa.1 El trabajo, publicado en 2008, cuando la debacle no había llegado a las dimensiones actuales, demuestra cómo desde hace décadas la mayoría de los países del continente han desarrollado políticas “para promover la diversidad de la prensa, por lo general mediante normas contra la concentración de medios y/o mediante subvenciones”. En Estados Unidos, “la patria del liberalismo económico”, las ayudas a la prensa remontan a los inicios de la república y eran concebidas como “un subsidio público para la democracia”, señala Humphreys. Este “fundamento democrático sigue siendo el argumento más sólido para el apoyo económico público a los medios de comunicación de masas hasta la actualidad”.


Las subvenciones o las ayudas han variado según los tiempos y las orientaciones políticas. “Se ha facilitado ‘ayuda de emergencia’ temporal a publicaciones en dificultades financieras. Se han destinado subvenciones a periódicos ‘minoritarios’ (…). Se han concedido subvenciones para la modernización (introducción de nuevas tecnologías, recapacitación, etcétera) y en ciertos casos se han dirigido hacia funciones periodísticas concretas, como el periodismo de investigación”, escribe el investigador. Desde los primeros años de la década de 1970, cuando despuntó la crisis de la prensa escrita, no ha habido país de Europa occidental que no haya establecido alguna modalidad de asistencia al sector. Todos implementaron tipos de Iva preferentes, la mayoría adoptó tarifas postales, de comunicaciones y de transporte diferenciadas (en algunos casos incluso para los desplazamientos de los periodistas), y han sido habituales las desgravaciones fiscales por inversiones. En esa clase de ayudas indirectas los países han sido unánimes.

Los de tradición liberal como los anglosajones se quedaron en la facilitación de un “ambiente favorable para todos los medios”, para “no distorsionar el mercado” ni generar mecanismos de dependencia de los medios respecto a los gobiernos, según resumió en 1977 un informe de la británica Comisión McGregor, que excluyó cualquier tipo de subvención directa a los medios. Países de tradición estatista como Francia (“el primero en introducir un complejo sistema de subvenciones, directas e indirectas”) o de “corporativismo democrático” como los nórdicos establecieron en cambio ayudas “orientadas” de diverso calibre, y sistemas de regulaciones que incluían cierto nivel de discriminación “positiva”. El sistema francés se instauró poco después de la Segunda Guerra Mundial, “con el objetivo declarado de fomentar el pluralismo entre las cabeceras de periódicos y estimular el acceso de los lectores a diferentes fuentes de periódicos”, apunta Humphreys citando The Media in France, un estudio del profesor de ciencia política británico Raymond Kuhn publicado en 1995. Desde entonces se ha ido adaptando y, por momentos, amplificando. Hacia fines de 2014, escribió en diciembre de ese año en Le Monde Diplomatique el periodista Pierre Rimbert, los subsidios a la prensa representaban un 19 por ciento del volumen anual de negocios de los periódicos de información política y general de Francia. En promedio, el Estado francés destinaba entonces 1.600 millones de euros por año al conjunto del sector. “La persistencia de estas ayudas públicas masivas pero pasivas expresa el reconocimiento implícito de que (…) al igual que la educación o la salud, una información de calidad no podría florecer bajo las reglas de la oferta y la demanda”, apuntaba Rimbert. El periodista criticaba de todas maneras la forma en que esas ayudas eran implementadas. “Desviado del interés general hacia los conglomerados comerciales, el modelo” francés ha demostrado no sólo su ineficacia, al ser incapaz de resolver la crisis de los medios, sino también su injusticia, señalaba. Titulada “Proyecto para una prensa libre”, la nota de Rimbert proponía un modelo radicalmente diferente de financiación de la prensa destinado a “producir una información de calidad por fuera de la ley del mercado y de las presiones del poder político”.


Humphreys destaca por su lado las bondades de los mecanismos de ayuda a la prensa implementados en Noruega, Dinamarca, Suecia, Finlandia, Austria, Holanda (véase recuadro). Se trata, precisamente, de los países que más subvenciones han destinado al sector, con el fin de “preservar un importante grado de pluralismo político frente a una creciente concentración de los medios de comunicación”. El británico cita un trabajo de los investigadores Daniel Hallin y Paolo Mancini (Comparing Media Systems: Three Models of Media and Politics) para la Universidad de Cambridge según el cual en los países nórdicos “los medios eran más respetuosos con las elites políticas antes de la aplicación de estos sistemas de subvenciones que después. (…) El aumento del profesionalismo crítico en el periodismo de la Europa septentrional se produjo en el período en que las subvenciones eran más elevadas”.


En Holanda y Bélgica se han instaurado mecanismos estatales de apoyo al periodismo de investigación. El caso del Fondo Pascal Decroos de la región flamenca belga, creado en 1998, es particularmente llamativo. Humphreys cita el texto, subido a su página web, con el que los promotores de esta iniciativa la fundamentaron: “los medios están bajo presión. La economía de mercado determina cada vez más qué se considera noticia y qué no. El resultado de esta tendencia es que apenas queda espacio para un periodismo en profundidad y con amplitud de miras. A pesar de disponer del talento periodístico y de existir un genuino interés público, el periodismo especializado y de investigación rara vez se practica en Flandes. El principal obstáculo parece ser siempre la financiación de tales proyectos”. El gobierno flamenco aporta dinero a este fondo, que cuenta con unos 250 miembros, en su mayor parte surgidos de los medios, y un Consejo Asesor de “notables”.


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“Aunque se han esgrimido diversos argumentos para cuestionar la eficacia o la conveniencia de las subvenciones a la prensa”, escribía Humphreys en los párrafos finales de su trabajo, “el hecho es que un importante número de países europeos occidentales parece estar comprometido con el mantenimiento de sus sistemas de apoyo y ha sido evidente un cierto grado de innovación en sus sistemas de subvenciones. A los fundamentos iniciales de carácter democrático pluralista y económico a favor de la intervención se ha añadido el fundamento de la racionalización industrial (…) y un fundamento de proyectos de investigación periodística. (…) La convergencia digital ha producido una apremiante necesidad de replanteamiento de las políticas intervencionistas de manera que en el futuro la financiación pública de la comunicación de ‘servicio público’ dependerá cada vez más de la función, en lugar de ser específica de una determinada tecnología. Para la prensa, ya sea impresa o digital, esto podría implicar un mayor apoyo –nunca menos– para funciones periodísticas concretas de ‘servicio público’ amenazadas por la creciente comercialización y competencia entre los distintos medios”.


1. “Subvenciones a la prensa en Europa. Una visión histórica”, Revista Telos, abril-junio de 2008.



Para asegurar una pluralidad


La opción de los pequeños países


Noruega, Dinamarca, Suecia, Finlandia, Austria y Holanda tienen en común que son pequeños, tienen poco peso económico y diplomático a nivel internacional y, por lo tanto, sus mercados mediáticos son limitados al propio país. La prensa en estos países no puede pretender emular un modelo como los de The Guardian o El País que tienen un millonario lectorado en la web fuera de sus fronteras nacionales, que les permite vender grandes cantidades de avisos en Internet; para leer un diario holandés hay que saber hablar ese idioma, y la actualidad de un pequeño país como Dinamarca, sólo interesa a los propios daneses. La pluralidad de la prensa no se puede asegurar en mercados tan pequeños. Por eso, en Suecia, un país de sólo 9 millones de habitantes, es gracias a una subvención pública que circulan casi 100 revistas de corte cultural y político de las más variadas orientaciones ideológicas.


Florencia Rovira Torres

Publicado enCultura
El método salvaje. El encuentro con El Otro en el periodismo narrativo

Todo periodista dedicado a narrar hace lo mismo: a lo largo de su vida va encontrando su propio método para investigar y para narrar, va creando su propia Arte Poética. Y frente a cada historia nueva tiene que inventar un nuevo método. Mi método es el de abandonarme a la sabiduría del corazón.

 

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Miércoles, 31 Enero 2018 05:39

La agonía del periodismo

La agonía del periodismo

 

En Los archivos del Pentágono, la última película de Spielberg, hay una escena que me emocionó en lo más hondo y que para mí resume la esencia del periodismo tal y como se entendía el oficio hasta hace unas décadas. Cuando los redactores han terminado de escribir la noticia que va a abrir la portada de mañana, cuando los jefazos han discutido hasta la saciedad si se lanzan o no la piscina, cuando los abogados han rastreado de arriba abajo la letra pequeña de la orden judicial en busca de subterfugios, mientras el linotipista calienta los dedos y los operarios esperan que se enciendan las rotativas, de repente el folio mecanografiado llega hasta la mesa del corrector de estilo. Entonces, el tipo se sienta, se cala el sombrero, saca el lápiz, tacha la primera palabra, añade un matiz a la primera frase, un giro a la segunda y poco a poco –la calma en mitad de la tormenta– va añadiendo en los márgenes supresiones, mejoras, alternativas.

Es casi medianoche pero no importan el tiempo, la urgencia de la primicia, la firma del reportero estrella: es el momento de la literatura. Y la literatura dicta la última palabra, el modo en que el periódico aparecerá ante los lectores, revestido de tinta, titulares y fotografías, traído hasta los kioscos en camionetas, atado en paquetes, prensado y pensado hasta la última palabra. En aquel entonces un periódico era un milagro diario, un ejercicio de escritura colectiva, un instrumento que podía zarandear un gobierno y derribar a un presidente. Katharine Graham, la editora jefe de The Washington Post, cita a su marido Phil Graham: “Las noticias son el primer borrador de la Historia”. Siguiendo la estela de The New York Times, y con ella al frente, los reporteros de The Washington Post demostraron que, en lo que concernía a la guerra de Vietnam, cuatro presidentes (Truman, Eisenhower, Kennedy, Johnson) no habían hecho más que mentir al pueblo. Tras vencer en la primera gran batalla contra la libertad de prensa, no temieron escarbar hasta el fondo del escándalo Watergate hasta lograr la dimisión de Nixon.

Hoy ese heroísmo ya no existe y no existe por muchas razones. Hoy las noticias se leen casi en el mismo instante que se producen y todo lo que hemos ganado en rapidez lo hemos perdido en reflexión, en eficacia, en repercusión y en profundidad de análisis. La sintaxis es una facultad del alma, dijo Valéry. Por eso, la sintaxis apresurada y descuidada, las novedades que se suceden a velocidad de vértigo, los reporteros mal pagados, los becarios sin sueldo, la ausencia de ese hombrecillo con sombrero y aliento a tabaco salpimentando el texto de acentos y comas, reflejan un estado de ánimo, una rendición, una literatura pobre y escuálida donde cualquier cosa se disfraza de noticia y las verdaderas noticias pasan desapercibidas. Hoy hay periódicos como The Huffington Post, que ni siquiera pagan a sus colaboradores. El volcado en crudo de docenas de miles de páginas procedentes de WikiLeaks, sin la paciente labor de orden y filtrado previos, significa el final de una era. La compra de The Washington Post en 2013 por parte del millonario Jeff Bezos, el dueño de Amazon, marca el momento en que la prensa escrita deja de albergar anuncios para transformarse ella misma en anuncio, en marca, en tendencia, en moda.

Thomas Jefferson dijo que si le obligaban a elegir entre un Gobierno sin Prensa y una Prensa sin Gobierno, escogería la segunda opción, sin duda alguna. Hoy tenemos algo mucho peor, algo que el padre del liberalismo, Adam Smith, anunciara como la peor plaga que podía caerle encima a la Humanidad: un gobierno de tenderos. No hay mucho que un corrector de estilo pueda hacer ahí.

 

Fuente:http://blogs.publico.es/davidtorres/2018/01/29/la-agonia-del-periodismo-2/

 

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Lunes, 29 Enero 2018 06:34

Reportando desde el manicomio

Reportando desde el manicomio

Si no cae antes –la eterna esperanza de mayorías en este país y seguramente del mundo– estamos ante otro año más de reportar sobre el manicomio estadunidense, cuyo rey insiste en que toda verdad que se le oponga o lo cuestione es fake news. Pero no sólo se trata de la locura arriba, sino una especie de locura abajo, una insistencia de que a pesar de calificar el gobierno de Trump como un peligro para la "democracia", para el país, para el planeta, hasta ahora le han permitido operar con todas sus consecuencias brutales para millones de personas aquí –primero que todos, los inmigrantes– y en el mundo cada día.

Periodistas –incluso de los medios más institucionales– han hecho tal vez su mejor esfuerzo en tiempos recientes para documentar y revelar la locura oficial, pero hasta ahora, todo sigue funcionando más o menos normal, incluyendo reportar desde este manicomio. Tal vez los mejores periodistas ahora, porque se atreven a desnudar el emperador, siguen siendo los comediantes.

Todo mundo sabe la regla de que un bully sólo puede obrar si los demás se lo permiten, y eso está ocurriendo mientras observadores, entre ellos nosotros los periodistas, reportamos y comentamos sobre el más reciente atropello, humillación, engaño o escándalo. Todos los días se advierte y se denuncia cómo todo esto amenaza a la democracia, y no sólo por los de abajo, sino en lugares como Davos, donde George Soros reiteró su alarma sobre los efectos nocivos del ocupante de la Casa Blanca, sumándose a un coro de premios Nobel, y hasta gente dentro del propio gobierno, incluso entre el gabinete del loco (su secretario de Estado supuestamente habló de él en términos de "fucking idiot").

Esta locura ya contagió a toda la cúpula política. Nada más esta última semana, los republicanos intensificaron su campaña de hace tiempo de minar la investigación del fiscal especial Robert Mueller sobre la injerencia rusa en las elecciones y los posibles intentos de Trump para frenar la indagatoria, al acusar que hay un complot dentro de la propia FBI y otras partes de la burocracia permanente (a lo que llaman el "estado profundo") para derrocar al presidente. Denuncian que desde el inicio –tal como también ha sugerido Trump– todo ha sido políticamente motivado por los demócratas.

Pero el hecho es que los principales actores en estas investigaciones –el presidente, el liderazgo de ambas cámaras del Congreso, el procurador general, el subprocurador general, el jefe de la FBI y el propio Mueller– son todos republicanos. El presidente está dispuesto a atacar a cualquiera de sus colegas, subordinados y amigos que se atrevan a criticarlo (ha despedido u obligado la salida de unos 15 colaboradores en los primeros 12 meses de su gobierno, y continúan los rumores de que está considerando despedir o está encabronado con su procurador general, su secretario de Estado, el jefe de la FBI, y ahora hasta con su propio jefe de gabinete, entre otros). En el Congreso, todos saben que tienen enfrente a un presidente absurdo y obsceno, pero siguen en el juego, tratando de usarlo para lograr obtener todo lo que puedan de sus agendas.

"Tenemos una Presidencia del caos y un Congreso del caos, y para oponerlo, necesitamos otro tipo de política que restaure la fe del pueblo en cuestiones públicas, incluyendo el propio Congreso", comentó recientemente el representante federal demócrata Jamie Raskin.

Todas las encuestas registran que la mayoría de este pueblo no confía en su gobierno, sea el presidente o la legislatura. Durante todo su primer año, Trump ha tenido el índice más bajo de aprobación de cualquier presidente en la era moderna. Este próximo martes dará su primer informe presidencial ante el Congreso, donde el mensaje central, según fuentes oficiales, será que él está "construyendo un Estados Unidos seguro, fuerte y orgulloso". Sin embargo, según la encuesta más reciente de NBC News/Wall Street Journal, la palabra más usada por el público para calificar esta presidencia es "indignado". O sea, la mayoría no está engañada. ¿Entonces?

Según el cuento oficial de la democracia, el pueblo –y no el presidente ni los multimillonarios– es el rey. Supuestamente, los periodistas son los que tienen la responsabilidad de informar y revelar la verdad al público, y con ello obligar a que los "representantes" rindan cuentas al poder soberano.

Aquí, desde que llegó, el periodismo fue tachado por este rey del manicomio como "enemigo del pueblo estadunidense", porque su régimen depende de descalificar y hasta de anular la verdad. Se entiende: algunos de los mejores momentos del periodismo en este país fueron cuando se enfrentó y derrotó al poder corrupto o abusivo con la verdad (sin olvidar que también en sus peores momentos ha hecho justo lo opuesto, ser cómplice en difundir la mentira oficial). No es accidente que la película The Post, de Steven Spielberg, saliera ahora, contando la historia de uno de esos momentos gloriosos donde un periódico se atrevió a publicar, en 1971, la verdad secreta sobre la guerra en Vietnam en el caso célebre de Los papeles del Pentágono filtrados por Daniel Ellsberg, (ejemplo y héroe para otros filtradores que deseaban dar a conocer la verdad al público en tiempos recientes, incluidos Edward Snowden y Chelsea Manning). Fueron periodistas y editores los que se atrevieron a confrontar a otro presidente que los calificó de "enemigos del pueblo", Richard Nixon, en el llamado escándalo de Watergate, cuyos fantasmas de nuevo rondan en la Casa Blanca de Trump.

Vale recordar que fue un periodista (junto con un oficial militar) quien finalmente frenó al senador Joe McCarthy, que periodistas de todo tipo –desde Frederick Douglas, Mark Twain, John Reed, John Steinbeck, I.F. Stone, Bill Moyers, Molly Ivins y Pete Hamill, hasta un amplio número de periodistas actuales– han sido fundamentales para generar resistencia contra fuerzas antidemocráticas a lo largo de la historia de este país. El periodismo sólo puede ser enemigo del pueblo si no cumple con su función esencial de cuestionar al poder y la historia oficial.

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Imagen tomada de: http://bit.ly/2DE1v0f

 

 

Se suele hablar mucho de la autocensura en los periodistas pero, en estos tiempos, en los que gran parte del periodismo se concreta a través de las redes sociales, también es importante analizar cuánta se produce en las redes. Una investigación elaborada conjuntamente por Facebook y la Universidad Carnegie Mellon afirma que “de los 3,9 millones de usuarios de nuestro estudio, el 71% se autocensuró en al menos un post o un comentario a lo largo de los 17 días que duró nuestro análisis, confirmando que este comportamiento es algo habitual. Los posts se censuraron más que los comentarios (33% versus 13%). También encontramos que los usuarios que tienen como objetivo una audiencia específica se autocensuran más que los que no buscan un público concreto”. Si bien pensar las cosas antes de lanzarlas al ciberespacio es algo muy acertado, los analistas señalan que acudimos a las redes sociales a socializar, informarnos, conocer gente, reafirmarnos... Si no se generan historias e interacciones suficientes, la red pierde valor según el estudio. En Facebook se juntan nuestros compañeros del colegio, de la universidad, del trabajo, la familia... Nuestra diversificada red de amigos nos puede conducir a lo que se conoce como un colapso del contexto. Para gestionar este riesgo la gente recurre a estrategias mentales como limitar sus revelaciones a un contenido que les parece apropiado para todos los miembros de su red. A esto se le conoce como enfoque del menor denominador común. Los investigadores señalan que “muchas cuestiones relacionadas con la autocensura se deben a preocupaciones relacionadas con la audiencia”.

Uno de los temas importantes relacionados con el comportamiento humano y la opinión pública que se estudia en comunicación y sociología es la tendencia de la gente a no hablar sobre cuestiones de política en público, o entre sus familiares, amigos y compañeros de trabajo, cuando creen que su propio punto de vista no es ampliamente compartido. De modo que terminan callando sus opiniones si piensan que no son populares o no van a lograr la aprobación de sus interlocutores. Esta tendencia se llama la “espiral del silencio” y fue desarrollada en 1974 por la alemana Elisabeth Noelle-Neumann.

Según la tesis de esta autora las corrientes de opinión dominantes o percibidas como vencedoras generan un efecto de atracción que incrementa su fuerza final. Los movimientos de adhesión a las grandes corrientes de opinión son un acto reflejo del sentimiento de protección que confiere la mayoría y el rechazo al aislamiento, al silencio y la exclusión. Es más, quienes se identifican con corrientes que no tienen el reconocimiento mayoritario, tratan de ocultar sus opiniones. Téngase en cuenta que Noelle-Neumann estuvo afiliada al partido nazi por lo que, sin duda, sus reflexiones son significativas en el apoyo popular que este movimiento logró entre los alemanes.

La sensación de sentirte de pensamiento minoritario es lo que en el lenguaje coloquial se suele llamar “síndrome de perro verde”. Esa percepción que se tiene cuando, escuchando conversaciones en el autobús, en el mercado o la cafetería, uno llega a la conclusión de que los asuntos y los temas que nos preocupan no tienen nada que ver con lo que le interesa a la gente de alrededor.

Pero todo esto era antes de la llegada de internet y las redes sociales. Muchos pudimos pensar que plataformas como Facebook o Twitter permitirían encontrarnos con nuestros afines y terminar, primero con el “síndrome de perro verde”, y segundo con cualquier inhibición social que pudiésemos adoptar como consecuencia del miedo al rechazo y el cambio de actitud en la búsqueda de la aprobación de la mayoría. Sin duda, eso pudo suceder al principio en la medida en que internet y las redes no eran masivas y servían para encontrarse y crearse comunidades. Pero ahora la presencia ciudadana en las redes es mayoritaria y, más que buscar encontrarnos con nuestros cercanos en afinidades, son muchos los que persiguen acumular seguidores, apoyos y aplausos. A diferencia de la vida real, donde no nos obsesiona acumular amigos ni aplausos -entre otros motivos, porque ni el tiempo ni el espacio del mundo real nos permite esa acumulación-, en el mundo virtual la persecución de cifras altas de seguidores y “me gusta” resulta obsesiva para muchos internautas, incluso como forma de sentirse valorado.

El centro de investigación Pew Research, en Estados Unidos, realizó una investigación para detectar en qué medida los ciudadanos se encontraban más cómodos y predispuestos a expresar su posición ante un tema controvertido en las redes sociales que en las situaciones tradicionales cara a cara. Es decir, si la presencia social dejaba de ser eficaz y la espiral de silencio dejaba de funcionar en las redes sociales. Entrevistaron a 1.801 personas y eligieron el tema de Edward Snowden y sus revelaciones de la vigilancia gubernamental generalizada al teléfono y al correo electrónico de los estadounidenses. Las encuestas mostraban que era un tema que tenía divididos a los ciudadanos de su país sobre si estaban justificadas las filtraciones de Snowden y si la política de vigilancia del gobierno era buena o mala idea.

El resultado fue que la gente estaba menos dispuesto a discutir la historia Snowden-NSA en los medios sociales que en persona. Estos últimos eran un 86%, pero sólo el 42% de los usuarios de Facebook y Twitter estaban dispuestos a escribir sobre esto en esas plataformas. Los encuestados estaban más dispuestos a compartir sus puntos de vista si creyeran que su audiencia estaba de acuerdo con ellos. Los usuarios de Facebook dijeron que compartirían sus puntos de vista si pensaban que sus seguidores estaban de acuerdo con ellos. En conclusión, las nuevas redes sociales, no solo no han terminado con la espiral de silencio, sino que son todavía más vulnerables que las relaciones sociales interpersonales. Los ciudadanos buscan ser reconocidos socialmente a través del número de seguidores, los “me gusta” o los comentarios positivos en las redes. Y para ello, aparcan los temas espinosos o sobre los que consideran que sus opiniones son minoritarias. Eso lo saben bien los community manager que trabajan para pequeñas empresas. Aparte de los contenidos publicitarios han comprobado que, para conseguir seguidores en sus plataformas, deben evitar temas controvertidos y centrarse en asuntos planos que generan consensos: fotos de amanecer, imágenes de niños cándidos, odas al terruño a la amistad o al amor. Los posicionamientos, si los hay, son al equipo de fútbol local o al deportista de la zona. Que nada chirríe. Si hace unos días comprobamos que el puritanismo de las redes sociales había llegado al punto de censurar en Facebook las portadas de Interviú de hace 40 años (no se hagan ilusiones, no lo hacían por ser machistas), ahora vemos que nuestra propia autocensura en esas redes supera la que muchos regímenes coercitivos hubieran deseado. Como bien predijo Aldous Huxley, parece que la revolución tecnológica nos aboca a la ausencia de libertad bajo el formato de un mundo feliz.

 

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