El debate es tan viejo como el lenguaje humano. Para algunos la objetividad existe y es algo así como la coincidencia entre “la realidad” y su representación a través de la palabra. Para otros no existe, porque el que habla o escribe es un sujeto histórico, y lo que expresa es apenas su visión desde su particular lugar en el mundo. En medio de esta antigua discusión, ahora se plantea que la búsqueda de la presunta objetividad es, además, uno de los factores que está matando al periodismo. La pasión y la postura personal del periodista quizás sea lo único que le quede a la prensa para salvarse de la debacle.

El filósofo Friedrich Nietzsche (1844-1900) aseguró que “no hay hechos sino interpretaciones” y vinculó el concepto de verdad con el poder: es verdad aquello que el que tiene más poder dice que es verdad, afirmó el pensador alemán. La aristocracia griega, menciona Nietzsche, decía “nosotros los veraces” para definirse a sí misma y dejar claro que de ellos emanaba la verdad.

El psicoanalista Jacques Lacan (1901-1981) indicó que la realidad “tiene la estructura de un relato de ficción”, y consideró que aquéllo que experimentamos como realidad no es nunca la cosa en sí, sino que ya está simbolizada, constituida, estructurada por mecanismos simbólicos. Y esa simbolización, además, nunca logra cubrir por completo lo real. Siempre queda algo por cubrir, por simbolizar, señaló el psicoanalista francés.

El lingüista Oswald Ducrot osó poner en duda lo que nos enseñaron en la escuela. En la clase de Lengua se hace una diferencia tajante entre el discurso argumentativo, donde sí estaría puesta la subjetividad del emisor para convencer de su postura al receptor, y el discurso descriptivo, que, en cambio, sería un “reflejo objetivo” de la realidad. Para Ducrot no se puede trazar tan claramente esa línea divisoria. Y va más allá en su ataque a la objetividad: las descripciones son argumentaciones ya naturalizadas, asegura Ducrot.

La discusión es eterna, farragosa e implica una multiplicidad de factores y variables que atañen a disciplinas como la lingüística, la filosofía, la comunicación social, la semiótica y la hermenéutica, entre otras.

En medio de estas reflexiones, que son tan viejas como las propias palabras, el lugar del sujeto y del objeto se ha puesto más de una vez en el centro de la cuestión. Y la gran pregunta es si la lengua resulta apta para dar cuenta de la realidad, para representarla, para simbolizarla, siendo que siempre va a estar la mediación de un sujeto, quien además actúa determinado por otras tantas mediaciones.

En los últimos años esta antigua cuestión, que aparece una y otra vez y jamás desaparecerá, porque está en el corazón mismo de la cultura lógica y logocéntrica de Occidente, mostró una nueva cara y se incorporó a otro tema de análisis más específico: la objetividad en la prensa. Los ejes del debate pasan por dilucidar si la presunta objetividad existe, si es deseable, si es una excusa vil de los más deshonestos o acaso un anhelo bienintencionado pero condenado al fracaso, entre otras muchas cuestiones. El último avatar de esta polémica tiene que ver, asimismo, con la reflexión, más nueva, acerca del incierto futuro de la prensa escrita. Los diagnósticos en este sentido varían. Algunos ya le dan la extremaunción, y otros plantean que son necesarios profundos cambios para que sobreviva. En una nota publicada en el sitio estadounidense Truth Dig y reproducida en Alternet se afirma que la búsqueda de objetividad está matando al periodismo, porque lo condena a la falta de pasión, a una mirada fría, sosa y hueca, que no transmite sentimientos ni ideologías, ni las posturas personales del testigo de los hechos. Según la nota firmada por Chris Hedges y titulada “La objetividad está matando a los diarios y vamos a estar peor cuando cierren” no hay que echar la culpa de la debacle de los diarios a Internet sino al periodismo “sin sangre y sin alma” cuya existencia puede verificarse incluso entre los medios progresistas, según se afirma.

Hedges plantea una situación cotidiana en una sala de redacción de un diario. El periodista vuelve de cubrir una nota, regresa de ser testigo, por ejemplo, “de lo peor del sufrimiento humano”. El cronista se siente indignado, furioso y conmovido por lo que le tocó ver, pero una vez en el diario se enfrenta con sus jefes, sus editores. Y muchas veces, señala el autor de la nota, es silenciado por quienes están en puestos jerárquicos y se interponen entre la pasión del periodista y el lector. “El credo de la objetividad y el equilibrio, formulado a principios del siglo XIX por los propietarios de los periódicos para generar mayores beneficios de los anunciantes, desarma y deja lisiada a la prensa”, señala la nota de Hedges. “Y el credo de la objetividad se convierte en un vehículo conveniente y rentable para evitar enfrentarse a las verdades desagradables y para no enojar a una estructura de poder. Este credo transforma a los periodistas en observadores neutrales o voyeurs. Se destierran la empatía, la pasión y la búsqueda de la justicia. Los periodistas están autorizados a ver, pero no para sentir o para hablar con su propia voz. Funcionan como profesionales y se ven a sí mismos como científicos sociales desapasionados y desinteresados. Este alarde de falta de parcialidad, impuesto por las jerarquías de los burócratas, es la enfermedad del periodismo estadounidense”, señala el autor de la nota, que se refiere específicamente a la prensa de su país, aunque acaso su análisis bien podría funcionar como disparador para visualizar qué sucede en otras latitudes.

Hedges demuele el mito de las dos caras de la realidad, el cuentito de contar las dos campanas y ese tipo de simplificaciones, siendo que la realidad posee infinitas y cambiantes aristas, afirma el autor. Estas falacias finalmente conducen, se indica en la nota, a publicar la “versión oficial” de los hechos. Es decir la del poder.

Volvemos a la época de la aristocracia griega, entonces. Los más poderosos son los que indican qué es verdadero y qué es falso. Lo pueden hacer directamente o a través de escribas a su servicio. Porque lo que el texto muchas veces oculta bajo el ropaje de la objetividad (y a esto le han llamado “ideología”), es desde dónde, desde qué lugar social e histórico, desde qué intereses particulares se dice lo que se dice. O sea, al servicio de quién, de los intereses de qué actor social, está el texto. O sea que muchas veces sigue ocurriendo lo mismo que durante la aristocracia griega, pero ahora bajo el ropaje de una presunta “objetividad” que es apenas una engañifa.

La opacidad del discurso, su capacidad o incapacidad para reflejar la realidad, sin embargo, no borran en absoluto el límite ético en el ejercicio de la labor del trabajador de prensa. Ese límite es claro, concreto, y preciso. El límite es mentir a sabiendas, tergiversar una información. La mirada subjetiva pero honesta describe lo que ve, desde su particular punto de vista, desde su específico lugar social y económico, pero describe lo que sinceramente ve. El mito de la “objetividad”, en cambio, oculta muchas veces los intereses más inconfesables e inconfesados.

Por eso, los que hablan de “objetividad” y “periodismo independiente” dejan al desnudo, al usar estas expresiones que saben falaces, que cuentan con el alto grado de impunidad de los más poderosos, en principio. Y develan, asimismo, el núcleo duro, el trasfondo más oscuro y oculto de su ideología: desprecian al público, no lo respetan en absoluto, intentan manipularlo en beneficio de sus patrones. Y hablan desde la orgullosa posición de quienes lo hacen en nombre de una élite que ha hecho de la verdad su propiedad privada.

Pablo Bilsky
TMO
Fuente: Nota tomada de argenpress.info
 
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Los diarios La Tercera y La Cuarta fueron multados por las autoridades del Ministerio del Trabajo por 12,6 millones de pesos (24 mil dólares) por mantener a 23 periodistas laborando sin contrato de trabajo, prestaciones sociales, ni seguro alguno, durante una inspección realizada un domingo reciente, según trabajadores de ambos diarios que pidieron reservar sus nombres por temor a represalias de la patronal.

La sanción se aplicó después que una inspección dominical encuestó a numerosos periodistas que trabajan en esos matutinos solamente los sábados, domingos y festivos por salarios ínfimos de hasta 100.000 pesos mensuales (menos de 200 dólares), informaron trabajadores de los matutinos de Álvaro Saieh.

La fiscalización dominical comprobó que ese día en La Cuarta se encontraban 9 periodistas "de sábado, domingo y festivos" sin ningún clase de contrato, en tanto en La Tercera se hallaban 14. La violación de las leyes del trabajo afecta a periodistas que tienen hasta 10 años de antigüedad en la empresa, ingresados en 1999. Los periodistas de fin de semana y días feriados deben permanecer toda la jornada en las oficinas de los diarios, con horario de ingreso definido pero no de salida. Como la fiscalización se realizó a una hora en que muchos profesionales se encontraban reporteando fuera (por lo demás sin ninguna clase de seguro), se presume que en ambos rotativos laboran hasta 50 periodistas en iguales condiciones ilegales.

Las multas ascienden a 15 unidades tributarias mensuales (UTM) por cada uno de los 23 trabajadores encuestados por los fiscalizadores, es decir, unos 7,7 millones de pesos (14.430 dólares) para La Tercera y más de 4,9 millones (9.000 dólares) para La Cuarta. Las sanciones fueron notificadas el 30 de octubre y ahora los representantes legales de cada empresa, Raúl Cruzat de La Cuarta y Francisco Sánchez de La Tercera, tienen un mes para apelar.

La mayoría de los periodistas que ganan 100.000 pesos comenzaron como estudiantes en práctica y se quedaron definitivamente en los diarios, pero sin atreverse a reclamar su situación por temor a ser despedidos. La mayoría de los periodistas que trabajan en sábado, domingo y festivos ni siquiera son conocidos por el resto del sus compañeros de ambos diarios.

Entre los casos más dramáticos relatados por periodistas de esa empresa se encuentra un profesional que fue despedido después de prestar servicios durante 10 años sin contrato de trabajo, imposiciones ni seguro de ninguna clase. El afectado recurrió a los tribunales, pero perdió la demanda por falta de "pruebas convincentes" para los jueces. Para un periodista joven resulta prácticamente imposible llenar un vacío de 10 años de prestaciones sociales, prácticamente un tercio de su vida laborable, y se expone a terminar sus días con una jubilación tan exigua como la de un indigente.

La Tercera y La Cuarta son dos diarios de circulación nacional de la cadena Copesa, de Saieh, quien también posee el banco Corpbanca y la cadena de supermercados Almac, entre otros negocios financieros, mediáticos y de "retail". Al acercarse el bicentenario de la profesión de periodista en Chile, que nació en 1812 con "La Aurora de Chile", un periodista que estudió la carrera en la universidad y terminó sirviendo a estos grandes diarios está más desprotegido que una trabajadora del hogar ("Nana", en chileno, "Cachifa", en otros países de la región).

Ramón Reyes Aravena, presidente del Sindicato 3 de Periodistas de Copesa, y las seis organizaciones sindicales de Fetracose, la Federación de Trabajadores del holding, denunciaron que el gerente general Max Sichel solicitó a la Corte de Apelaciones de Santiago la caducación del fuero sindical del dirigente Luis Isla Vidal, periodista del diario La Cuarta. Reyes Aravena indicó que este atropello a los derechos sindicales "es un caso inédito en el periodismo chileno".

Ernesto Carmona
Por Ernesto Carmona (Especial para Argenpress)
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La muerte de Ryszard Kapuscinski fue seguida por una ola de elogios y homenajes. Pero en lugar de acompañarla intentos serios de leer y estudiar su obra, siguió más bien una “Kapu-trofia”, que antepuso sus títulos menores o más recientes, y despojó su obra del incómodo mensaje crítico y libertario. Abundaban ediciones póstumas y compilaciones de diferente tipo y faltaban intentos serios de releer sus libros. Tras la caída del campo socialista y en sus últimos años, el escritor polaco se dejó llevar, en parte, por la ola intelectual dominante, desarrolló conceptos como “multiculturalismo”, o se desgastó en debatir a Samuel Huntington o Francis Fukuyama. Sin embargo, a la luz de la crisis capitalista cobra enorme actualidad un tema en su obra: el colonialismo.

Kapuscinski fue reportero y corresponsal de la Agencia de Prensa Polaca (PAP) en el periodo de la descolonización, en los años 50 y 60, en particular en África. Allí, entre los complejos procesos independentistas, encontró el tema de su vida: el poder. Apoyó las luchas por la emancipación y las describió con un profundo sentimiento de participación. Conoció a algunos de su principales actores como Léopold Senghor, presidente de Senegal, poeta y representante de la négritude, o a Kwame Nkrumah, arquitecto de la liberación de Ghana, marxista, ideólogo de panafricanismo, a quien el autor polaco dedicó su segundo libro, profundamente anticolonial: Las estrellas negras (1963).

El hecho de que Polonia no tuvo nunca tuvo colonias (aunque existieron proyectos de conseguir algunas en Madagascar o Liberia) y padeció las ambiciones coloniales de sus vecinos, hizo que Kapuscinski no fuera indiferente. Siguiendo los pasos de Joseph Conrad (Józef Teodor Konrad Korzeniowski), quien describió las aberraciones del colonialismo belga en el Congo en el siglo XIX, ‘Kapu’ se sumó a la denuncia del poder colonial. Bien le pudiera acompañar en este camino Malinowski a quien Aimé Césaire (poeta y político martiniqués) le concedió méritos por explicar el carácter del capitalismo colonizador, pese a las conocidas críticas a su quehacer antropológico. Malinowski se volvería el principal maestro de Kapuscinski mucho más tarde.

Después, trasladó su mirada a otras regiones y otros fenómenos sin abandonar su enfoque del “colonialismo”. A inicios del siglo XXI, habló de la “tercera ola de descolonización cultural” (según él las fases anteriores fueron la decolonización política y la económica), un proceso en curso ya desde hacía un tiempo, basado en la destronización del poder cultural europeo.

Pero al predominar los temas “culturales” se creó la impresión de que se vivía un post-conflicto y que junto con “el fin de la historia”, había llegado el fin del imperialismo y el colonialismo, y que la experiencia de la descolonización era “inútil”. Los llamados colonial studies acabaron en el campo de la crítica cultural. Se decía que en la globalización no había ya colonizadores ni colonizados, porque iba a beneficiar a todos. Quizás la única amenaza radicaba en “el choque de las civilizaciones”, que en parte fue un metódo para ocultar los conflictos e intereses coloniales presentes. En el caso de África, significó encerrar el continente  en el estereotipo de “guerras étnicas” que lo sacudían “desde adentro”.

Pero el tema, tirado por la puerta, regresó por la ventana.

Ante la crisis política en Inglaterra, George Monbiot sugirió en The Guardian que no era la falta de liderazgo, ni el escándalo de excesivos salarios gubernamentales: que la política en Gran Bretaña entró en crisis debido a la crisis de su colonialismo. Su economía ya no podía alimentarse de otras naciones.

A lo largo de tres siglos, las periferias (como India) no sólo le servían como una fuente de acumulación, o el destino de sus exportaciones, sino también como una válvula de escape para externalizar tensiones sociales y hambrunas. Las rebeliones en las colonias permiteron mantener la calma en la metropolí y aunque allí también había pobreza, las catástrofes nunca han alcanzado los niveles que azotaron India. La supremacia financiera británica y la City de Londres como centro financiero fueron construidos gracias a la ventaja comercial con India, sobre los escombros de su industria y agricultura y los cadáveres de los campesinos muertos de hambre. Esta aseveración la podemos ampliar a todo el mundo.

¿En qué consiste la actualidad de Kapuscinski, si según el mismo autor mucha parte de la descolonización se había consumado? Por lo menos tres razones.

Primero. El colonialismo sigue de pie (aunque en crisis). Boaventura de Sousa Santos apunta que el fin del colonialismo formal no significó el fin del colonialismo social, cultural y por lo tanto político: éste continúa hoy en vigor bajo nuevas formas y su articulación con el capitalismo global nunca fue tan intensa como ahora. La  descripción de los “viejos” mecanismos coloniales de Francia, Bélgica, Portugal o Gran Bretaña, hechas por el cronista polaco, así como algunos logros y limitaciones de los procesos descoloniales, sigue siendo de utilidad para distinguir sus diferentes modalidades: colonialismo interno (prácticas de los Estados latinoamericanos hacia sus poblaciones indígenas), o cambiantes prácticas del capital y la privatización del colonialismo emprendida por las transnacionales.

Segundo. El principal tema de sus escritos cómo El Sha, o El Emperador, la centralidad del poder, no pierde relevancia en el momento de emprender el camino hacia la descolonización, aunque aquí también sería pertinente una actualización, con la ayuda del concepto de “colonialidad del poder”, propuesto por Aníbal Quijano (una forma de poder que continuó en las sociedades post-coloniales). Para el caso de África, ayuda a explicar la gran crisis, que dura hasta hoy, en que se hundieron los nuevos Estados donde una élite negra sustituyó a los colonialistas blancos.

En cambio los procesos políticos llevados a cabo por los gobiernos de Correa o Morales, apoyados por los movimientos sociales y lejos de pertenecer o formar una élite, se perfilan como verdaderas descolonizaciones. El nuevo gobierno de Ecuador decidió no pagar su injusta deuda externa y optó por una descolonización económica/financiera. En Bolivia, el gabinete encabezado por un indígena revirtió las relaciones de poderes, para combatir el colonialismo interno.

Tercero. Las historias del ‘Kapu’, al ser caracterizadas por su incansable afán de explicar la diversidad de los continentes colonizados y acompañadas por una nueva propuesta ética, constituyen una vía de salida del eurocentrismo. No son retratos, sino denuncias: Ébano no es una lectura exótica sino crítica; no una serie de cuadros, sino una lista de acusaciones.

Kapuscinski ya no presenció los últimos efectos del colonialismo alimentario (aunque lo sospechaba; en uno de sus Lapidarios anotó: “Ya sabemos como morirá la humanidad: de hambre”). Veía elementos del colonialismo dentro del proyecto neoliberal y en la hegemonía del libre mercado, pero no actualizó (salvo al hablar de la descolonización cultural) su mirada a la luz de las cambiantes prácticas de las potencias y el capital. No teorizaba sobre el colonialismo, lo registraba.

Por Maciek Wisniewski

 

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Martes, 08 Septiembre 2009 06:36

Periodismo ¿No más noticias gratis?

Si los dueños de periódicos cumplen sus promesas, en los próximos meses veremos una retirada decisiva de las noticias gratuitas en la red. Este verano, figuras importantes de los grandes medios, como News Corporation, Axel Springer Verlag y MediaNews, han amenazado con empezar a cobrar. Compañías que representan más de 700 periódicos han expresado interés en las plataformas de pago en línea que desarrolla Journalism Online, nueva empresa estadunidense.

No será fácil. Durante 10 años los lectores han disfrutado de noticias gratis en la red, y estaciones de radio pública como la BBC, así como consorcios de noticias como CNN, seguirán suministrándolas. Un diario que intente cobrar pondrá en riesgo la publicidad en línea, que con frecuencia representa 10-15% de los ingresos. Pero, si bien hay muchos obstáculos, también hay muchas soluciones potenciales.

El enfoque más simple, favorecido por un número creciente de periódicos regionales en EU, es construir un muro de pago alrededor de prácticamente todas sus noticias. Con frecuencia, pero no siempre, se permite a los suscriptores de la edición impresa leerlas sin cargo. Todos los demás deben pagar, a menudo mucho. El Daily News de Newport, pequeño periódico de Rhode Island, comenzó a cobrar recientemente 345 dólares al año por el acceso en línea.

Simulacro digital

Pocos pagan semejantes sumas. Cada día, 170 mil personas compran la Arkansas Democrat Gazette, en comparación con apenas 3 mil 500 suscriptores en línea. “No se justifica como fuente de ingresos”, reconoce Walter Hussman, editor del diario. De hecho, el muro de pago de la Democrat Gazette es más bien un dique para contener la fuga de lectores (y por tanto de anunciantes) de la edición impresa. De 2002 en adelante, cuando el periódico comenzó a cobrar en línea, su circulación diaria promedio se ha reducido menos de 1%, menos que la mayoría de periódicos.

Algunas publicaciones han tratado de cobrar por un simulacro digital de sus ediciones impresas, con un diseño más familiar que el de sus sitios web, que a menudo se pueden descargar como una sola página. El Süddeutsche Zeitung vende un “e-diario”, al igual que el New York Times, bajo la forma del elegante Times Reader. Este último es también uno de los muchos periódicos que han creado aplicaciones para el iPhone de Apple, el Kindle de Amazon y otros dispositivos móviles. Muchos editores esperan que las personas acepten la idea de pagar por las noticias en el celular, así como pagan por los mensajes de texto. Pero la frontera entre las computadoras y los móviles se va borrando conforme aparecen nuevos artilugios de distintos tamaños (ver recuadro).

Otra opción es cobrar sólo por algunos contenidos. En Gran Bretaña, donde la feroz competencia entre los diarios nacionales hace impensables los muros de pago totales, los periódicos cobran por tips para resolver crucigramas y por la participación en ligas deportivas de fantasía. Los diarios alemanes cobran comúnmente por escritos de sus archivos, aunque no sean tan antiguos. La teoría es que una persona que rastrea una noticia vieja o una pista para un crucigrama tiene suficiente interés para pagar por el servicio.

El mayor exponente del enfoque de nicho, con más de un millón de suscriptores en línea, es el Wall Street Journal. Más o menos la mitad de sus textos –por lo regular notas financieras y reportes de negocios– están protegidos por un muro de pago, aunque son gratuitos si se accede a ellos vía Google News.

Este enfoque es mucho más difícil de emular de lo que parece. Entre 2005 y 2007 el New York Times cobró suscripción para leer a los columnistas más populares en línea. Puso fin al experimento porque parecía reducir el tráfico hacia el sitio y ponía en riesgo los ingresos por publicidad. Los Ángeles Times abandonó el intento de cargar por sus notas de arte por la misma razón. Un periódico que quiera seguir el ejemplo del Journal debe producir contenidos que tengan un público específico y sean útiles.

El Financial Times (propietario de parte de The Economist) pone un contador a sus lectores y cobra a los que consultan más de 10 escritos por mes en línea. Este modelo tiene una gran ventaja: es más fácil de ajustar que un muro de pago. Por ejemplo, un periódico puede responder a un mercado boyante de publicidad permitiendo a las personas leer más información gratis cada mes.

En el trasfondo asoman métodos que han sido más discutidos que intentados. El primero es cobrar a los lectores por textos individuales, lo cual funciona en música. Los experimentos con “micropagos” se han visto contenidos por el hecho de que las noticias son más perecederas que las canciones, y por los costos de transacción. Pero los pagos de bajo monto se están volviendo más baratos y fáciles de procesar. Tanto el Journal como el FT han insinuado que podrían probar este método.

Un enfoque final es acosar a los buscadores en línea, como Google News, que ofrece un índice de noticias, para que concedan una porción de sus ingresos por publicidad. Eso produciría al menos alguna satisfacción emocional.

Fuente: EIU

Traducción de texto: Jorge Anaya
 

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Miércoles, 08 Julio 2009 06:36

Escribir a dieta

Hace años, en todos los periódicos trabajaba un gordo dedicado al arte de corregir la puntuación. Mientras otros sudaban en el lugar de los hechos, él leía con ojos de cazador. De tanto en tanto, chupaba un lápiz como quien prueba una golosina y tachaba un gerundio. No necesitaba consultar diccionarios porque había engordado a fuerza de adquirir palabras.

El corrector obeso era la versión extrema del periodismo sedentario. Su cuerpo expresaba autoridad. Aunque odiáramos sus enmiendas, lo veíamos como a un Buda cuyo paradójico don consistía en suprimir el adjetivo que tanto nos gustaba.

En un diario español conocí a uno de esos gordos, que además tenía el tino de apellidarse Grasa. Nadie se burlaba de él. Su nombre parecía heráldico, digno de su especialidad.

Los correctores perdieron importancia desde que la computadora prometió hacer esa tarea. El gran gordo desapareció mientras las redacciones se llenaban de gorditos.

Los reporteros se ejercitan menos; ya no persiguen las noticias a pie, sino que las buscan en las pantallas. Un oficio de flacos (recordemos al periodista famélico dibujado por Abel Quezada) se ha convertido en una tarea donde la barriga ya no es exclusividad del corrector en jefe.

Internet ha traído numerosos cambios culturales. No vamos a demonizar aquí algo bueno e inevitable, como la lluvia o el teléfono, pero es un hecho que los inventos ponen nerviosa a la gente. La fotografía anunció el fin de la pintura, el cine el fin de la fotografía, la televisión el fin del cine y la computadora el fin de la televisión. El resultado suele ser el opuesto. Cada nueva tecnología prestigia a la anterior: el plástico ennoblece al vidrio, el vidrio al bronce y el bronce a la piedra.

Las fotos polaroid, que parecieron el non plus ultra de lo moderno, acaban de desaparecer para siempre, convirtiendo a sus cultores -de Andy Warhol a David Hockney- en artistas de una edad pretérita.

Dentro de 50 años será imposible encontrar un sistema operativo para leer un CD con la información que hoy podemos grabar. En cambio, se leerán libros caligrafiados hace 2 mil años.

Internet refrendó la fuerza de la cultura de la letra. No podemos vivir sin escritura. La constelación que una vez se trazó con tinta de calamar, ahora brilla en nuestras pantallas.

Sin embargo, ante la galaxia Google, el periodismo impreso ha tenido un ataque de ansiedad. En vez de realzar sus recursos, imita los ajenos. Como la información en línea es muy solicitada, los periódicos tratan de parecer páginas web (menos letras, más imágenes, tips que simulan ser links...).

La reacción debería ser la contraria. Si en la pintura el abstraccionismo mostró lo que no puede hacer la fotografía, el periodismo impreso debería ofrecer lo que no funciona en la red: textos larguísimos para gente que conoce la calma. El periódico italiano La Reppublica es un buen ejemplo al respecto. Se lee al ritmo que impone el papel. Hace poco, uno de sus temas de portada fue la descripción de un beso. Es cierto que el autor era Orhan Pamuk, pero pocos diarios lo hubieran considerado digno de primera plana.

Lo curioso es que mientras se reduce el periodismo de investigación y se eliminan suplementos, las revistas ganan adeptos, demostrando que hay gente dispuesta a leer textos más extensos que los de las cajas de cereales.

La red se ha convertido en su propio tema: es el horizonte de los acontecimientos. En vez de acudir al lugar de los sucesos, el reportero vigila la realidad virtual. Como todos pueden llegar ahí, la competencia se basa en la homologación. El triunfo de conseguir algo único es menos decisivo que la derrota de perder lo que los demás consiguieron. La novedad tiene un criterio estándar.

Otro efecto secundario de internet es la disminución de corresponsales extranjeros. La red es una plaza sin patrias donde se intercambian datos de todas partes. Los enviados especiales se han vuelto caros y en cierta forma desconfiables: ven de manera peculiar un mundo que aspira a la norma.

Para colmo, en muchas ocasiones el reportero debe escribir un texto aplicable a varios formatos (el periódico impreso, la información en línea, el boletín de radio o televisión). Por lo tanto, ofrece una materia neutra donde los giros personales se evitan como grumos en el arroz con leche.

El periodismo sin señas de identidad permite que alguien comente: "ese texto es demasiado literario". La frase debería ser tan rara como la de un chef que dijera: "ese guiso es demasiado gastronómico". Casi siempre, la objeción se refiere a que el texto es complicado. La claridad es un requisito de la prensa (el desembarco en Normandía no se puede comunicar como un poema dadaísta), pero el miedo a la diferencia ha llevado a renunciar a los adverbios y los adjetivos.

Al alejarse de su esencia, la prensa escrita pierde lectores en todas partes. Mientras los periódicos adelgazan, los periodistas engordan.

No será por mucho tiempo. No hay vida sin historias. Nada más urgente que la crónica de un beso.

Juan Villoro
Reforma

http://lafragua.blogspot.com/2009/07/escribir-dieta.html

 

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Domingo, 28 Junio 2009 07:22

Nuevas olas

Mucho se habló esta semana de la irrupción de los nuevos medios de comunicación en la gestación de las protestas callejeras que estallaron en Irán tras las elecciones del 12 de junio. Sin embargo, no es la primera vez que miles de personas se manifiestan en contra de un régimen represivo. Antes no existía Twitter y la gente se comunicaba igual.

Lo que resulta novedoso es la cobertura mediática de la revuelta. Por primera vez desde la primera Guerra del Golfo, en 1991, ocurre un evento de interés mundial y la audiencia internacional no se vuelca en forma masiva a mirar la CNN, la BBC o algún otro canal de noticias. Tampoco sale a agotar las ediciones de los grandes diarios ni invade sus sitios web.

Mucho menos espera el horario del noticiero para enterarse de las últimas novedades. Esta vez los blogs, las aplicaciones y los sitios especializados coparon la parada. A la hora de informarse, millones de usuarios se volcaron al Twitter, el Facebook, YouTube, Flickr y los blogs, tanto de periodismo ciudadano como de periodismo especializado, para mantenerse informado minuto a minuto de lo que estaba pasando.

La pobreza de la cobertura de la CNN, en particular, fue la comidilla de los blogs. El crítico de medios del Washington Post y panelista de Reliable Sources de la CNN, Howard Kurtz, analizó el tema en un chat: “Claramente mucha gente se sintió decepcionada por los canales de noticias. No están al máximo en los fines de semana, cuando la planta es más chica y hay mucha programación pregrabada, ya que usualmente hay pocas noticias y es una oportunidad para achicar costos. Pero cuando sucede un evento extraordinario, como lo que está pasando en Irán, necesitan mejorar. La CNN hizo muy poco el sábado (el día de las elecciones) pero tuvo bastante cobertura el domingo, aunque no tanta como la gente demandaba, lo cual explica por qué se volcó a los blogs y Twitter, donde hay alguien posteando las veinticuatro horas”.

Los grandes diarios también pagaron caro la “oportunidad de achicar costos”. En tiempos de grandes pérdidas de lectores y de torta publicitaria, las corresponsalías internacionales son consideradas un lujo, primeras en la fila a la hora de cortar. En la última década se han reducido a menos de la mitad. Con la notoria excepción de El País de España, prácticamente ninguno de los grandes diarios mantiene una corresponsalía en Irán, pese a la importancia estratégica de la principal potencia islámica. El Washington Post contrató a un periodista holandés radicado en Teherán para llevar adelante la cobertura. El New York Times aprovechó la presencia en el país de su editor ejecutivo, Bill Keller, que firmó dos notas, algo casi sin precedentes en la historia del periódico. Los principales diarios europeos mandaron enviados especiales a cubrir la elección, pero apenas consiguieron visas para quedarse una semana. La represión más fuerte ocurrió siete días después del voto.

Entre los mejores lugares para mantenerse informado, lugares de consulta obligada para los periodistas de los medios tradicionales, se destacan un par de blogs que nacieron casi de manera espontánea con la protesta iraní. Uno es el blog del periodista de Current TV Robin Sloan (www.iran.ro binsloan.com). Tiene lo último del blog en vivo del New York Times, pero además el ranking de los twitters (mensajes de 140 caracteres) desde Irán más reenviados, más los twitters más recientes de “fuentes confiables” (periodistas, funcionarios, académicos, testigos cuya información ya fue confirmada), fotos, últimas noticias y un link al blog de Andrew Sullivan del The Atlantic Monthly www.andrewsullivan.theatlantic. com). Sloan, Sullivan y Robin Wright de la revista Time (www.time.com) conforman el trío de los periodistasbloggers más consultados en los Estados Unidos, porque los tres son expertos en Irán y se valen de la última tecnología, tomando información tanto de las fuentes tradicionales como de los periodistas ciudadanos iraníes que registraron y transmitieron datos e imágenes a través de sus celulares.

El otro blog que estalló durante la protesta iraní fue creado por una iraní exiliada en Estados Unidos con muy buenos contactos dentro de su país natal. Se trata de Teheran Bureau (www.teheranbuereau.com) y está repleto de información desde adentro de Irán, desde las barricadas, desde los hospitales, además de distintos artículos de análisis de expertos de las principaales universidades y think tanks de Medio Oriente y el resto del mundo. Obviamente tiene un punto de vista definido, pero se nota que procesa y maneja con seriedad muchísima información.

Muy pocos diarios y canales de noticias siquiera intentaron seguirles el ritmo a estos bloggers. Entre ellos se destacan el New York Times y el británico The Guardian, que mantienen la cobertura minuto a minuto a través de blogs que van actualizando con información de sus periodistas pero también de Internet, especialmente Twitter, que es el principal proveedor de datos, y de YouTube, que es el principal transmisor de las imágenes que salen de Irán.

Para seguir la crisis iraní por Twitter, los blogs recomiendan las etiquetas #Iranelection, #Ahmadinejad, #Mousavi y #Tehran. Las mejores fotos están en los sitios “Iran Elections” e “Iran Riots 2009” de Flickr. El Facebook de “Mir Hossein Moussavi” es otro centro de información.

Los videos más importantes de la revuelta aparecieron en YouTube.

Las mejores complicaciones están en “Irandoost2009” e “Iran Protests.” YouTube fue la fuente de las dos historias más trascendentes y conmovedoras de esta semana. Primero fue el video del asesinato de Neda Agha-Soltan (foto), 26, que rápidamente se convirtió en el icono de la protesta. El otro es el video del jueves pasado, filmado desde una terraza, que muestra a la policía dispersando una manifestación. Si bien había informes de que las protestas continuaban, no habían imágenes de manifestantes desde la brutal represión del domingo ordenada por el Líder Supremo.

Presidentes fastidiosos tomen nota: aunque Ahmadinejad se ensañe con la BBC y les eche la culpa de todo a “los grandes medios de Occidente”, resulta que el peor daño se lo hicieron dos fulanos con celular y acceso a YouTube.

Vivimos tiempos de posperiodismo, o de periodismo moribundo. De información que se atomiza mientras los medios masivos se concentran en manos de grandes grupos económicos. La comunicación corporativa, más o menos sutil, ha tomado por asalto el espacio público de debate pluralista que los mejores exponentes de género alguna vez intentaron o pretendieron ser.

En ese contexto, las nuevas tecnologías crean nuevos desafíos para las corporaciones mediáticas y a la vez nuevas oportunidades para los comunicadores profesionales. Los videos de YouTube pueden ser truchos. Desde que se inventó el Photoshop, las imágenes son fáciles de trucar. Ann Curren de ABC News, se valió del Twitter para contactar a familiares de Neda en Irán. Hizo falta que el novio apareciera en Al Jazeera y su profesor de música en el Los Angeles Times para que pudiera confirmarse que Neda existió y que murió tal cual lo muestra el video. En los twitters, la palabra “confirmado” aparece tan seguido que ya no quiere decir nada. ¿Confirmado por quién?

Sobrepasados por las hordas de cronistas ciudadanos, los pocos periodistas o pseudoperiodistas profesionales que quedan en pie se repliegan a sus escritorios. Es cierto, cada tanto salen a despuntar el vicio para alegría de sus cada vez más veteranos lectores. Pero esencialmente lo que se dedican a hacer, más y más a medida que pasa el tiempo, es elegir, priorizar, avalar, curar las noticias que llegan a sus PC, laptops y celulares.

Por Santiago O’Donnell

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Martes, 02 Junio 2009 06:36

¿Muere la prensa, viva Internet?

Hay varias más en camino, pero es muy probable que San Francisco se convierta en la primera gran ciudad estadunidense sin un periódico diario. El San Francisco Chronicle, fundado en 1865, está recortando su de por sí reducido personal en un intento por evitar el cierre. ¿Qué sucedería si, en efecto, desaparece? Las personas menores de 30 años apenas si se darían cuenta de ello, afirma Gavin Newsom, alcalde de la ciudad.

Muchas industrias sufren en la actualidad, pero pocas la pasan tan mal como las empresas periodísticas. Las cosas están peor en Estados Unidos, donde muchos diarios disfrutaban de monopolios locales, pero en Gran Bretaña cerca de 70 diarios locales quebraron desde principios de 2008. En los que sobreviven, la publicidad disminuye, el contenido editorial se reduce y muchos periodistas pierden su empleo. La crisis es más profunda en los países anglosajones, pero ocurre en todo el mundo rico: el impacto de Internet, intensificado por el desplome de la publicidad, está acabando con el periodismo impreso.

¿Importa esto? El cambio tecnológico ha exterminado toda clase de productos alguna vez populares, desde el telar manual hasta el walkman, y el mundo ha progresado con eso. Pero los periódicos no son sólo un producto: la prensa es el cuarto poder, un pilar de la política. Los periodistas vigilan y critican a los gobiernos, y ayudan a los electores a decidir si los mantienen o los quitan. Las autocracias pueden vivir perfectamente sin periódicos, pero las democracias no. ¿La desaparición del diario –fuente principal de información para los sectores más ilustrados, por lo menos durante el siglo pasado, azote de políticos corruptos, conciencia de la nación– dañará a la democracia?

Un paquete disgregado

Un periódico es un paquete de contenidos de política, deportes, economía, estado del tiempo, etcétera, que se mantiene de la publicidad. Lamentablemente para los periódicos, Internet es mejor que el periódico en captar la atención hacia la publicidad. Es más fácil buscar empleo y listados de propiedades en la web, así que el aviso clasificado y el ingreso asociado emigran a Internet. Ciertos contenidos, además, funcionan mejor en la red –las noticias y las cotizaciones en la bolsa pueden actualizarse con mayor frecuencia, el estado del tiempo puede estar más delimitado por zonas geográficas–, así que los lectores emigran también. El paquete se disgrega, entonces.

El declive del periódico es causa y efecto del preocupante hallazgo efectuado por el Centro Pew de que el número de estadunidenses entre 18 y 24 años de edad que leen periódicos ha caído de 34 a 25% durante los 10 años pasados. Sin embargo, esa cifra podría ser menos preocupante de lo que parece. Puesto que los periódicos compilan todo tipo de contenidos, es posible que muchos de los lectores que decían haber visto algunas noticias lo hicieran sólo unos segundos antes de ir a los resultados deportivos. Un interés tan superficial por las noticias no representará gran pérdida para la sociedad; las encuestas del Centro Pew sobre conocimientos generales sugieren que los jóvenes de hoy están tan bien (o mal) informados como antes.

Por lo demás, las tribulaciones de las empresas periodísticas no necesariamente presagian el fallecimiento del negocio de las noticias, ya que provienen en parte de la costosa y turbulenta transición del papel a la distribución electrónica. En la actualidad, las agencias de noticias encaran dos tipos de costos –los de imprimir y distribuir su producto en el viejo mundo, y los de suministrar versiones digitales para el nuevo–, y todavía no han encontrado un modelo de negocios que funcione en la web.

Hasta ahora, muchos han ofrecido gratis su contenido en Internet, pero eso es insostenible porque no existen suficientes ingresos por publicidad en línea para costearlo. Así que el volumen de noticias deberá reducirse, o los lectores tendrán que pagar más. Algunas publicaciones, como Financial Times y Wall Street Journal, que tienen más de un millón de suscriptores en línea y han prometido desarrollar un nuevo sistema de micropagos por artículos, ya cobran por su contenido. Otros los secundarán: Rupert Murdoch, dueño del Journal, ha dicho que espera que sus otros diarios comiencen a cobrar también. Desde luego, como Google y Yahoo ofrecen noticias gratuitas, es posible que los lectores no estén dispuestos a pagar ni siquiera por material más profundo o más especializado; pero, puesto que lo hacen en el mundo de papel, donde coexisten las publicaciones gratuitas y de paga, no parece existir razón alguna para que no lo hagan en línea.

Mejores dispositivos celulares podrían alentarlos en este aspecto. El iPhone, de Apple, es el primer celular amigable con el lector, y la próxima actualización de su software permitirá que los proveedores de noticias, que en la actualidad regalan su contenido a través de iPhone, puedan comenzar a cobrar por él. Amazon acaba de anunciar una versión nueva y más grande de Kindle, su lector de libros electrónicos, más adecuado para desplegar periódicos. Otras empresas han lanzado dispositivos similares, y hay muchos más en camino. La mejor tecnología y los nuevos sistemas de pago no resolverán los agudos problemas que enfrentan los periódicos, pero en cierto momento deberán proporcionar nuevos modelos que permitan que las noticias prosperen en la era digital.

Ya hay señales en ese sentido. Hay una proliferación de nuevas fuentes de noticias en línea. Muchas, cierto, son poco confiables. Varias se hallan mal financiadas. Algunas son más bien panfletos políticos. Pero otras –como Muckety, sitio estadunidense que enriquece las notas de actualidad con mapas interactivos de las redes de influencia de los protagonistas, y NightJack, el revelador y deprimente blog de un anónimo policía británico que ganó el premio Orwell el mes pasado– mejoran el entendimiento que la sociedad tiene de sí misma, y no podrían haber existido en el mundo de antes.

Sin embargo, la única certeza sobre el futuro de la prensa es que será muy diferente a la del pasado. Ya no estará dominada por una minoría cuyas primeras planas determinan la historia del día. Cientos de voces diferentes, con diversos enfoques y puntos de vista, conformarán la opinión pública. Por tanto, las personas tendrán menos en común de que hablar alrededor del dispensador de agua. Quienes no tienen interés por las noticias políticas o económicas tendrán menos probabilidades de encontrarlas; pero los que sí lo tienen estarán mejor equipados para pedir cuentas a sus gobernantes. Y eso es, después de todo, para lo que la sociedad necesita de los periódicos.

Fuente: EIU

Traducción de texto: Jorge Anaya
 

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Miércoles, 15 Abril 2009 06:56

Las éticas de Walsh

Encontré Operación Masacre en la biblioteca de mi viejo. Corría la dictadura y yo tenía, creo, 16 años. Supongo que era herencia de la biblioteca de mi abuelo que fue director del diario católico El Pueblo, quizás uno de los últimos diarios confesionales masivos. En 1945, por una nota alusiva al 17 de Octubre y proclive al movimiento peronista en ciernes, se vio obligado a retirarse de la conducción del periódico. Como imaginarán, el abuelo era un nacionalista conservador (con todo lo que eso implica para los años cuarenta) que las circunstancias históricas pusieron ante un dilema. La leyenda familiar cuenta que, entre otros perjuicios, como consecuencia de aquella decisión, perdimos la modesta fortuna de una quinta y un caballo blanco en el que mi viejo y sus hermanos jugaban a los cowboys.

Hace algunos meses, a propósito de un seminario sobre Dilemas Eticos del Periodismo en la Maestría de Periodismo de la UBA (algunos alumnos podrán en este momento recordar la clase), había observado las diferentes éticas que Walsh había desarrollado en su vida profesional. Les recordaba a los alumnos que el primer Walsh, el que va de la serie de novelas policiales como Variaciones en Rojo hasta Operación Masacre en 1957, está ligado a la idea del periodista como detective, en el mejor estilo de la novela inglesa. Hay una ética racionalista, y el trabajo del periodista es descubrir la verdad (¿quién es el asesino?) y presentarla ante la opinión pública (una suerte de lector de la novela de la vida) para que la justicia, al fin y al cabo, cumpla con su cometido. Ahí el periodista usa las dos armas fundamentales del conocimiento: la sensibilidad y la razón, como el Guillermo de Baskerville, que plasmó Umberto Eco en El nombre de la rosa. Si buscara ahora el libro en la biblioteca de mi viejo encontraría estas palabras: “Es que uno llega a creer en las novelas policiales que ha leído o escrito, y piensa que una historia así, con un muerto que habla, se la van a pelear en las redacciones, piensa que está corriendo una carrera contra el tiempo, que en cualquier momento un diario grande va a mandar una docena de reporteros y fotógrafos como en las películas”.

La segunda ética la podría representar los trabajos que Walsh publicó en la revista Panorama, entre 1966 y 1970. Ahí pareciera que la función del periodista es como la del antropólogo, darles voz a los que no la tienen. Reflejar sus visiones del mundo, sus rasgos y lenguajes, registrar (Aníbal Ford recordaba en un artículo premonitorio sobre Walsh que fue uno de los primeros en hacer uso del grabador) sus costumbres en el norte misionero, en los carnavales, en los leprosarios. Hay ahí seis lecciones de periodismo, imposibles de pasar por alto.

Hacia fines de esa década, Walsh pareciera entender que ya no alcanza con comprender el mundo, ni con presentar las pruebas ante unos jueces ciegos, ni darles la voz a los que no la tienen, lo que se exige es transformarlo. Para eso las herramientas del periodismo y la comunicación son fundamentales (de eso hablan su trabajo en el diario de la CGT de los Argentinos, en los talleres de periodismo en las villas, su participación en la contrainteligencia), acaso para no terminar defraudado como el personaje de Nota al pie, por haber vivido reproduciendo para La Casa “el linaje esencial de los imbéciles, el cromosoma específico de la estupidez”. (¿Alguien habrá escrito ya sobre las trasmutaciones del significado de las casas en la literatura argentina, desde la casa de los hermanos en Casa tomada hasta La Casa de León de Sanctis?) Aquí el compromiso de Walsh va a ser tan claro y sencillo que nos exime de comentarios.

Finalmente, el terrorismo de Estado, los propios errores, la muerte de los seres queridos, el refugio en el Tigre, llevan a Walsh a interpretar que ya es otro tiempo, el tiempo de “sentir la satisfacción moral de un acto de libertad”, como escribió en los documentos de Ancla. Aislado, perseguido, disfrazado, escribe con su nombre y apellido, cosa que no hacía desde principios de los setenta, otra cumbre de la literatura argentina: Carta abierta de un escritor a la Junta Militar y Carta a mis amigos, referida a su hija. Aquí el periodista habla (“sin esperanza de ser escuchado”, intuye) para el porvenir como un artista.

Presiento que de pronto estas reflexiones nos llevaron a una Argentina distinta, de pasiones encontradas, de convicciones, menos oportuna quizás, en la que los dilemas éticos parecían estar más claros y a la vuelta de la esquina. Alguien dirá, quizá con razón, que es una época pasada, que ya no todo es blanco o negro, que hay grises. Yo les digo sin nostalgia: entre los grises también hay diferencias, aunque en el camino, como en la historia de mi abuelo, perdamos una quinta y del caballo blanco nos quede apenas una foto.

Por Luciano Sanguinetti, docente, investigador. FPyCS UNLP.
 

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Miércoles, 01 Abril 2009 06:33

Desenroscando la información

Periodismo es transmitir amenamente información basada en hechos ocurridos o a través de inferencia de datos, acontecimientos no acaecidos. Producida por seres humanos, la información siempre tendrá el sesgo subjetivo del informador que, a su vez, debe “encajar” dentro de una línea editorial y es incontrolable un atisbo de autocensura.
 
La aparición de la Web ha impuesto cambios en el hacer periodístico y en la actitud de los lectores ahora más activos. Los estereotipos de las fuentes de información cambiaron. Antes requerían un trabajo de campo riesgoso, a veces infructuoso. Los periodistas de ayer como los de hoy escriben contenidos y organizan información amena y legible, pero al interactuar en un medio tecnológico deben dejar en manos de diagramadores la parte visual específica. El público en la Web exige implementar aspectos de software y de comunicación visual: contraste, tipografía, colores y optimización de recursos Web como navegabilidad, accesibilidad, usabilidad.
 
También el seguimiento informativo cambió: para confirmar datos era necesario consultar con especialistas. Hoy el experto sigue siendo una fuente, pero no única. Es más sencillo entender y acceder a sitios que muestran datos estadísticos importantísimos. Lo que se definía como fuentes primarias cambió, una conversación en un chat, un foro, un blog, es una fuente de primera mano o la guía para saber dónde encontrar información fiel.
 
Ahora la duda es no sólo para los periodistas, sino para los lectores: ¿A quién creer en la jungla de la información?
 
En el clima electoral en EE.UU. de 2008, Brooks Jackson, con experiencia como enviado de Associated Press, Wall Street Journal y CNN, y Kathleen Hall Jamieson, docente de Comunicación y directora de la Annenberg Public Policy Center de la Universidad de Pennsylvania, publicaron un libro aún no traducido en español titulado Unspun. Algo así como desenroscar o destapar. El subtítulo es sugestivo: encontrando los hechos en el mundo de la desinformación.
 
Este trabajo que reúne la experiencia de un periodista y el enfoque teórico de una académica fue definido como manual para orientarse en el mundo de la información, pero para otros es un panfleto. Lo “panfletístico” está en la pasión del texto, la variedad de ejemplos cotidianos y, sobre todo, en la denuncia sin piedad de las manipulaciones realizadas, ya sea por las empresas de publicidad, los políticos y hasta a los críticos del sistema como Michael Moore.
 
El trabajo tiene la organización propia de un manual: una lista de señales que nos deben alertar respecto de la fidelidad de una información, sea periodística o publicidad, indica con ejemplos un repertorio de los trucos que se usan para manipular y concluye con una lista de reglas de oro para moverse en el mundo “desinformado”.
 
Los autores aplican estas reglas en su organización Fact check, http://www.factcheck.org, donde realizan seguimientos, cruces y denuncias en forma constante.
 
Las ocho reglas para informarse correctamente son, según Jackson y Hall:
 
1. No se puede estar nunca completamente seguro de lo que se lee.
 
2. Pero se puede estar bastante seguro, si se toman los recaudos suficientes.
 
3. Busque siempre la opinión compartida por los expertos.
 
4. Controle siempre las fuentes primarias.
 
5. Aprenda qué cosa cuenta realmente y aprenda a leer los datos.
 
6. Preste atención a quien habla y por qué habla.
 
7. Ver no quiere decir siempre creer (desconfíe de las imágenes).
 
8. Realice siempre controles cruzados para valorar la credibilidad de las fuentes.
 
La regla más uno: sea escéptico, no cínico.
 
Poseer instantaneidad y diversidad de información choca con el hecho de que puede provocar el derrumbe –ya sea del trabajo del periodista o de la sincera voluntad de saber del lector– si no somos críticos y metódicos. Lo que antes era el elixir periodístico –la abundancia de fuentes de información–, ahora requiere precaución.
 
La construcción de sentido en el periodismo siempre fue discursivo. Hoy una nota podría tener congruencia simplemente enlazando “links” en Internet, con algunos párrafos o frases encadenantes, y haciendo hincapié en lo visual. Las noticias podrían interpretarse, como hicieron los antiguos astrónomos con las galaxias, a través de su forma, color y contenido y este universo es un espacio inexplorado por muchos lectores y manipulado por tantos medios.

  Por Mela Bosch y Carlos Rojas *
* Mela Bosch es lingüista y consultora en Milán. Carlos Rojas es periodista. Ambos son docentes de la Cátedra Tecnologías en Comunicación Social de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social, UNLP.
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Miércoles, 25 Marzo 2009 06:15

En tiempos de lenguaje digital

Para quienes trabajamos cotidianamente en la gestión de información, los cambios de las últimas décadas han sido constantes y, no pocas veces, abruptos. A partir de la década del ’90, las computadoras extendieron su campo de acción al sector de la gráfica avanzada, el audio y las imágenes en movimiento, ampliando los escenarios laborales al mundo del multimedio y la simulación en tiempo real. La tendencia a la masificación de la web y todos sus servicios (Internet, e-mail, chat y las innumerables aplicaciones de la web 2.0) también está abriendo las puertas a nuevos espacios.
 
En el periodismo esta situación se hace más que evidente, a tal punto que se ha acuñado el término “periodista digital”. Pero, en realidad, ¿existe un periodista que tenga ese status? ¿Se lo puede diferenciar conceptualmente del periodista tal como lo hemos conocido hasta ahora? ¿Existe algún periodista que esté por fuera del ritmo y el ambiente que imprime hoy la comunicación digital?
 
Para el investigador francés Pierre Levy, las tecnologías del conocimiento (sistemas de comunicación, de escritura, de registro y reproducción de información) modelan el medio ambiente cognitivo que habitamos. El concepto de ecología o economía cognitiva hace referencia al ambiente cognitivo modelado por las formas sociales, las instituciones y las técnicas de una época. Los tipos de representaciones que prevalecen en tal o cual ecología cognitiva favorecen modos de narrar, de comunicar y de conocer particulares. Para el periodista escribir hoy significa sentarse frente a su computadora/notebook –o demás herramientas disponibles– y usar un procesador de textos. Por otro lado, buscar información sigue siendo estar ahí, preguntar a los protagonistas, explorar el territorio, pero no sólo eso. Ahora además es necesario recurrir a las múltiples opciones de acceso a la información que ofrece Internet. Y ni hablar de lo que ocurre en el ámbito del fotoperiodismo. La fotografía digital vino a potenciar esa otra forma ancestral de contar, a través de imágenes. La pantalla se convirtió, de esta manera, en un dispositivo que también está introduciendo cambios importantísimos en las prácticas de escritura, lectura y conocimiento. La digitalización y las nuevas formas de visualización del texto sobre la pantalla aportan otros modos de leer y de comprender. La pantalla pasa a ser una “máquina para leer/hacer” con características singulares.
 
Entonces, hablar de “periodista digital” es una idea empobrecedora, demasiado obnubilada por el artefacto, por los sistemas de registro y transmisión. No permite apreciar la dimensión de los cambios que todos los periodistas están viviendo en sus rutinas productivas. Hace ya un tiempo, el escritor-periodista Tomás Eloy Martínez, en una conferencia pronunciada ante la asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa, decía: “Cada vez que las sociedades han cambiado de piel, o cada vez que el lenguaje de las sociedades se modifica de manera radical, los primeros síntomas de esas mudanzas aparecen en el periodismo”. Hoy estamos asistiendo a uno de esos cambios de piel: el lenguaje digital –no el periodista digital–, con sus enormes potencialidades y su maleabilidad, plantea nuevos desafíos al periodismo. Preguntar, indagar, conocer, dudar, investigar, confirmar, emocionar, todo lo que constituye la esencia de la práctica periodística se amplía.
 
En definitiva, ninguna tecnología determina tal o cual modo de conocimiento o de organización social, sino que los condicionan o hacen posibles, los plasman. Abren un abanico de nuevas posibilidades de las que los actores sociales sólo seleccionamos algunas.
 
Así como en los principios de esta corta historia se hablaba de diarios electrónicos, con un marcado énfasis en el soporte, luego se comenzó a agregar la palabra digital para incorporar el análisis de cómo los nuevos lenguajes iban transformando las prácticas y las rutinas periodísticas. Por eso hoy ser periodista requiere formación, experimentar con nuevos lenguajes y géneros para contar historias con la precisión de los alquimistas: el dato justo, la paciencia del investigador, la sutileza del novelista y la responsabilidad del hacedor de realidades. Por eso, como afirma García Márquez, “el periodismo merece no sólo una nueva gramática, sino también una nueva pedagogía”.
 
Por,  Silvana Comba y Edgardo Toledo, docentes investigadores de la carrera de Comunicación Social de la Universidad Nacional de Rosario.
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