Foto: Francisco Kovacik

 

Se define de izquierda sin renegar de su pasado en el Partido Comunista pro chino, valora la obra de Evo Morales y Lula, critica al kirchnerismo y considera pobre al macrismo. En diálogo con Brecha, la ensayista argentina Beatriz Sarlo analiza el fenómeno de los empresarios políticos y rescata a la nueva izquierda intelectual europea.

 

 

—¿Qué debiéramos entender por progresismo hoy?

—Es un concepto que está en crisis, y creo que los llamados “progresismos latinoamericanos” pusieron en crisis el concepto de progresismo. Porque tendríamos que discutir largamente si la suma de un conjunto de políticas contradictorias produce progresismo como si fuera una suma algebraica. Uno podría decir que Hugo Chávez es inocente de Nicolás Maduro, pero yo no acepto eso. Si bien Chávez era una figura continental con grandes cualidades interesantes, no se puede olvidar que él construyó esa sucesión por su personalismo, y porque fue insensible al aspecto democrático de un gobierno progresista. Chávez fue el castrista de los castristas en América Latina.

—Entonces habría que introducir el concepto de caudillismo para entender esa forma del progresismo.

—No todo lo cubre el populismo. Chávez encontró en Cuba lo que él pensó que solucionaba o que enfrentaba de una manera decisiva el poder del imperialismo yanqui en América Latina. Eso en primer lugar es una equivocación. Porque Cuba si bien supo defender heroicamente su territorio en la década de 1960, no es un modelo de independencia política frente al imperialismo. Sobre todo por todo lo que se entrega por el camino. Más allá de esto hubo casos muy interesantes en América Latina de nuevas formas de progresismo o cultural-progresismo.

—¿Por ejemplo?

—Evo Morales. Es un caso muy interesante. Por más que se hayan detectado fisuras en los últimos años, Evo fue el primero que le dio al plurietnicismo, a la pluralidad étnica de Bolivia, una representación política e institucional. Y en algunos momentos de su presidencia supo aceptar derrotas que venían de esa pluralidad. Cuando quiso hacer la carretera que atravesaba la Amazonia boliviana le exigieron un plebiscito, perdió el plebiscito y no hizo la carretera. Eso tuvo que ver con su propia construcción política en la reforma de la Constitución, al incorporar el referéndum y plebiscitos a la propia Constitución. Y respetar el resultado. No hacerlos cuando simplemente se tiene la certeza de que se va a ganar, sino cuando el resultado no está asegurado según la voluntad de los gobernantes. Creo que Evo es un gobernante interesante. Dejo de lado a Uruguay y a Chile, que son países muy institucionales desde la perspectiva latinoamericana y que tuvieron sus gobiernos progresistas con presidentes de rasgos altamente populistas, como Pepe Mujica, y rasgos altamente liberales, como Tabaré Vázquez, pero que supieron manejar sus transiciones democráticas de una manera muy organizada, algo que tiene que ver con tradiciones políticas chilenas y uruguayas que no se dan en otros países de América Latina. No digo que ambos se parezcan, pero tienen una cierta estabilidad institucional, y su respeto por los pactos el resto de América Latina lo considera como una particularidad.

—¿Sólo Evo Morales es un ejemplo de estos últimos años?

—Y el primer gobierno de Lula en Brasil. El camino que hizo Lula es ejemplar. Fundó un partido hace 30 años, cuando era dirigente gremial en San Pablo, y se rodeó de los mejores intelectuales de Brasil. Más tarde ese partido va a tener todos los problemas y vicios de la política brasileña, pero lo fundó. Lula en ese momento quería institucionalizar un partido progresista que superara al conjunto de los partidos estaduales que hacían los pactos en el mundo político brasileño, y lo logró. Y además es inédito en América Latina que un dirigente sindical consiga rodearse de los mejores intelectuales para hacer eso. No se puede comparar con ningún caso latinoamericano. Después en su presidencia pudo haber tomado los rasgos de la época, que era una especie de triunfalismo sudamericanista que hoy se demuestra que no tenía base. Por eso digo que no son comparables.

—Estas experiencias progresistas también son criticadas desde la izquierda tradicional. ¿Qué rol le cabe a esa izquierda crítica?

—Es importante que existan estos grupos, en general de origen trotskista, fuertemente anticapitalistas, porque dan testimonio de la desigualdad radical en las sociedades capitalistas. Hay algo que no parecen aceptar, y es que no hay socialismo en el mundo. No digo que no lo habrá. En 1989 se cayó el muro de Berlín, pero ya antes sabíamos que la Unión Soviética no era socialista. Los trotskistas lo sabían perfectamente. La República Popular China era una república autoritaria. Todos los que estuvimos cerca de la República Popular China como militantes podemos recordar las hambrunas y las muertes. Está muy bien que existan grupos inevitablemente minoritarios que recuerden que el capitalismo es un régimen de enormes desigualdades. Pero hoy no parece haber posibilidad de una alternativa. Estamos en una situación donde lo que se ha impuesto en el mundo son distintas formas de explotación capitalista. Esto, a quienes somos de izquierda, no nos causa alegría, pero tenemos que reconocerlo para hacer política. Esas formas de explotación son siempre desiguales y muchas veces corruptas.

—¿Y sobre esa realidad, cómo trabaja una intelectual de izquierda, como se acaba de definir usted?

—No hay posibilidad hoy de revertir esa situación. No hay masas insubordinadas que puedan avanzar sobre las ciudadelas y las fortalezas del poder capitalista. Esta fue una discusión larga dentro del marxismo. Fue la discusión que dio origen a la socialdemocracia en la Segunda Internacional, en el siglo XIX. Ahí hubo dirigentes marxistas que pensaron que no estaban dadas las condiciones sino para una democracia representativa que se trataría de llevar lo más adelante posible. No es la primera vez que esto sucede. Contra las previsiones del marxismo, la revolución se produjo entonces en una zona marginal y atrasada del capitalismo, como era Rusia. El marxismo veía la revolución antes en Alemania o en algún lugar similar. O sea que uno tampoco puede decir que las previsiones del marxismo se han cumplido al pie de la letra.

—Frente a ese retroceso de la izquierda también aparece en retroceso globalmente la idea de militancia tradicional, y surge lo mediático primero y la “cibermilitancia” hoy. ¿Cuál es su mirada sobre este fenómeno, teniendo en cuenta su libro clásico Escenas de la vida posmoderna?

—En los años en que aparece en Argentina el Frepaso, a comienzo de los noventa, no había cibermilitancia. Ese fenómeno lo conozco bien. El Frepaso de Chacho Álvarez y Graciela Fernández Meijide aprovechaba, con esos dos grandes dirigentes muy bien entrenados para los medios de comunicación audiovisuales, esas posibilidades de difusión. Era un partido con elementos populistas y progresistas muy fuertes, y con un gran peso de los intelectuales y las ideas. No es tanto si las redes sociales remplazan a la televisión o la televisión remplaza a las redes sociales. Sino, y esto lo conozco por experiencia propia, el peso que las ideas tenían sobre los dirigentes. Eso desapareció. Y sobre eso es importante reflexionar.

—¿Podríamos ponerle fecha a ese vaciamiento de ideas en la política?

—No hay un momento, porque cada partido tiene su propia historia. En Argentina uno podría decir que en el radicalismo, que hizo un gobierno desastroso y cayó junto con el Frepaso, las ideas fueron importantes. Ricardo Alfonsín le daba una importancia enorme a las ideas, pero Carlos Menem no. El Frepaso no es el primer partido en el cual hay una fuerte inclinación a pensar la política en términos de horizonte de transformación utópica, digamos.

—¿Pero sí pudo haber sido el último?

—Puede haber sido el último junto con la Unión Cívica Radical. De hecho lo es. Hoy la Ucr ya no es un partido. Ha entregado todo lo que le quedaba, que era su fuerte capacidad territorial. El radicalismo entregó todo eso al Pro de Mauricio Macri y hoy ya es un partido despedazado, desguazado.

Del Frepaso, después de la renuncia de Chacho Álvarez a la vicepresidencia de la república, quedó muy poco. No era un partido de grandes estructuras sino con dirigentes muy movilizados. No es que lo cooptó el kirchnerismo. Los que venían de una matriz peronista volvieron. Y volvieron a un kirchnerismo que era un peronismo que renovaba promesas de 1973. Todo falsamente adornado en una especie de Carnaval ideológico.

—¿Se podía creer en otra cosa cuando asumió Néstor Kirchner?

—¿Por qué no se podía creer en otra cosa? O por lo menos, ¿por qué había que creer en eso? Sobre todo estoy pensando en los intelectuales, dado que muchos de los que se pasaron al kirchnerismo tienen rasgos intelectuales. ¿Por qué no? Cuando yo fui a cubrir para Página 12 la entrada de Kirchner en la Esma, en 2004, y él dijo: “Vengo acá porque el Estado nacional no hizo nunca nada por los desaparecidos”, yo me dije, pero este hombre miente y se miente al mismo tiempo, dado que tenía una enorme convicción en lo que estaba diciendo. Después, a la tarde, tuvo que llamar a Alfonsín para disculparse. La modalidad del kirchnerismo de rearmar la historia pasada, presente y futura ya estaba en ese discurso. Por otra parte hay que ver que en el kirchnerismo confluyó no solamente una juventud militante, que podría ser La Cámpora, sino también gente de entre 50 y 65 años, que dijo: “Yo perdí en 1973, me mataron a mis amigos, fui derrotado, agarro esto”.

¿Cómo explica que el kirchnerismo enamorara a gente de la izquierda de los años sesenta, si fue una gran mentira?

—Es que no fue sólo una gran mentira. Esa historia tiene que escribirse de nuevo. Los planes sociales con los cuales se salió de la crisis de 2001 estaban todos en marcha cuando subió Kirchner, y los había puesto en marcha Eduardo Duhalde, que para mí es la gran biografía política argentina de comienzos del siglo. La base fueron esos planes, la gestión del ministro Roberto Lavagna, las “manzaneras” (tomadas del ejemplo cubano de trabajo de mujeres en los barrios) y el Fondo de Recuperación que le exigió Duhalde a Menem para llegar primero a la gobernación de Buenos Aires. Sin eso nada hubiera sido posible para contener la pobreza del Gran Buenos Aires.

—Eso es lo que los grandes medios llaman “el relato”. ¿Pero cada gobierno no tiene su relato, el macrismo no tiene su propio relato?

—En el macrismo el relato es pobre porque no cree en esas trasmisiones. Es pobre el relato porque el macrismo es pobre ideológicamente. El Pro es el primer partido de gobierno que le habla a la gente sin tradición política. Los partidos hasta la era Pro se formaban en lo que los latinos llamaban el cursus honorum: uno entraba al partido, militaba en el barrio o en la universidad, según cada dirigente. Esta es gente que viene de otro lado. Su cursus honorum lo hizo en las empresas. Es de una novedad enorme.

—¿Hay ejemplos en otros lugares del mundo? Pienso en Donald Trump en Estados Unidos, el empresario Pedro Kuczynski en Perú o en Guillermo Lasso en Ecuador...

—Sin duda que hay ejemplos en otros países del mundo. Trump es un caso más glamuroso porque entró directamente a la presidencia del país más importante del mundo. La que creo que es la política líder del mundo europeo, Angela Merkel, si uno lee su biografía ve que cumplió todos los pasos que dan los políticos. A los 16 años se afilió al derechista partido Social Cristiano y dio todos los pasos en ese partido. En España, Francia y Gran Bretaña los partidos todavía funcionan. Quizá el primer adelantado de todo esto sea Silvio Berlusconi, que viene de la televisión y del fútbol.

—¿Cómo se para un intelectual de izquierda en este mundo?

—Un intelectual de izquierda, si quiere seguir considerándose un intelectual progresista que haga honor a una tradición que comenzó en el siglo XIX y que es la única que yo conservo verdaderamente del marxismo, debe ser autocrítico. El principio es la autocrítica. Si no, no hay posibilidad de repensar nuestra tradición.

—¿Hay alguna izquierda en el mundo que haya hecho esa autocrítica?

—Hubo una izquierda británica, donde estaban Raymond Williams y Terry Eagleton, que no cometió la misma cantidad de errores que tuvieron la izquierda continental europea y la latinoamericana. Mantuvo algunos lazos con el Partido Laborista y pudo repensar algunas tradiciones. También hay gente que piensa la política de una manera renovada, más allá de que venga de la izquierda o no. Pero en el camino que abre Claude Lefort uno tiene gente como Pierre Rosanvallon, que piensa la política de una manera diferente. Los que venimos de antes, aunque hoy pensemos como Rosanvallon o como Lefort, no tenemos que olvidar nuestros errores.

 

 

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Sábado, 04 Marzo 2017 07:03

El progresismo caníbal

El progresismo caníbal

 

Algunas lecciones de las elecciones en Ecuador

 

 

Las recientes elecciones generales en Ecuador ofrecen varias lecciones que deben ser atendidas en todo el continente. Esa disputa electoral despertó mucho interés, como por ejemplo entre los que entendían que podía corroborar o rechazar la hipótesis del “fin” de los progresismos. A su vez, muestra las reacciones electorales frente a las estrategias desarrollistas del gobierno de Rafael Correa, fuertemente basadas en los extractivismos.

Ese tipo de cuestiones hace que sea muy importante analizar lo sucedido en Ecuador, aunque sin caer en los simplismos. Sea aquel de la superficialidad de una defensa publicitaria del gobierno como si fuese perfecto, ni tampoco el que lo concibe como un demonio rojo que está destruyendo todo a su paso. Hay demasiados ejemplos de esos dos dogmatismos en muchos medios de prensa y todos sabemos que poco sirven. De la misma manera, vale como advertencia que esta es una mirada desde “afuera” con todo lo que tiene de limitaciones como de bueno, enfocada en solo algunas lecciones, varias de ellas relacionadas con las estrategias de desarrollo, y que son relevantes para los demás países sudamericanos.

 
Los candidatos y los agrupamientos políticos

 

Lo primero que debe señalarse es que el agrupamiento de gobierno, Alianza Pais (Patria Altiva i Soberana), consiguió un muy importante respaldo ciudadano (39.3% de los votos). Es un apoyo sustantivo ya que ocurre a pesar del esperado desgaste de casi diez años de gobiernos ininterrumpido de Correa, de la crisis económica que vive el país, y que la candidatura estaba en manos de otra persona, Lenin Moreno.

Esto arroja varias lecciones. Aunque es necesario un ballotage para decidir la presidencia, es evidente que no hay un “final” del progresismo. Alianza Pais tiene una mayoría simple en el parlamento (se estiman por lo menos 73 legisladores). Está claro que hay amplios sectores sociales valoran ciertas mejoras (las que son muy visibles en algunos sectores sociales y en infraestructura). Moreno tuvo un fuerte respaldo en provincias de la sierra y la costa, y en las grandes ciudades; ganó en 15 capitales provinciales, incluyendo las principales ciudades (Quito, Guayaquil y Cuenca).

Asimismo, no se forzó una reforma constitucional para una nueva reelección de Correa, lo que debe ser observado con atención, especialmente desde Bolivia, donde el MAS sigue insistiendo con esa idea. Son debatibles las razones por las cuales eso no ocurrió en Ecuador, pero finalmente optaron por un candidato distinto (Lenin Moreno), lo que puede revigorizar al conglomerado político de gobierno. El contrapeso en ello es la omnipresencia de Correa, tanto sobre el candidato como sobre el movimiento político, frenando así las renovaciones.

Un segundo aspecto es que los sectores conservadores votaron divididos en por lo menos dos grandes corrientes (la alianza Movimiento Creo de Guillermo Lasso, 28%, y el Partido Social Cristiano con Cynthia Viteri, 16%). No es descabellado pensar que si hubieran unido posiblemente triunfaban en la primera vuelta; el total de las dos corrientes suma 44%. Por lo tanto, la victoria de Alianza Pais también refleja que perdieron los sectores conservadores tradicionales al no poder coordinar una misma candidatura. Lo que tradicionalmente se rotula como “la derecha” no es un sector unitario, y esa particularidad está presente en los países vecinos y debe ser examinada con atención (es muy clara también en Bolivia, Colombia, Perú y Chile, por ejemplo).

Esas dinámicas resultaron en que el candidato oficialista ganara en varios bastiones conservadores, como la ciudad de Guayaquil y en provincias de la costa.

En tercer lugar, la votación de la izquierda independiente, agrupada con el candidato Paco Moncayo, fue reducida (6,7%), aunque es casi el doble de las elecciones anteriores (y con ello ampliará su bancada legislativa). En este caso la izquierda participó en una coalición (Acuerdo Nacional por el Cambio) que incluyó a la Izquierda Democrática, Unidad Popular, el partido indígena Pachakutik y distintos movimientos sociales. De todos modos, una vez más la coordinación dentro de esa coalición se resquebrajó, ya que hubieron candidatos sectoriales que sacaron más votos que el candidato a la presidencia.

La existencia de esta izquierda independiente sirve para insistir en que los progresismos son una manifestación política distinta. La divergencia entre progresismo e izquierda ocurrió en Ecuador hace ya varios años, y no ha dejado de acentuarse.

 

Territorios, extractivismos y votos

 

Uno de los aspectos más llamativos en el caso ecuatoriano, es que en las zonas más golpeadas por los extractivismos minero y petrolero, ubicados en la Amazonia, se votó abrumadoramente contra el gobierno. Son regiones donde predominan colonos y comunidades indígenas, y muchos han sufrido impactos sociales y ambientales, o una creciente violencia. Recordemos que en plena campaña, el gobierno Correa militarizó territorios del pueblo indígena shuar, quienes resistían a una empresa minera china, y además judicializó a varios de sus líderes.

Desde las comunidades que enfrentan los extractivismos la evaluación del gobierno Correa es muy negativa. Las promesas gubernamentales de beneficios económicos y sociales a cambio de aceptar a mineras o petroleras no tuvieron mayor efecto en conseguir adhesión electoral. O bien, esos comunarios ya saben por su propia experiencia que por más dinero que les prometan o reciban, terminan perdiéndose la calidad ambiental de sus territorios.

Sin embargo, como cuarto aspecto, hay que señalar que en esas regiones amazónicas los votos de esos descontentos fueron al candidato conservador (Lasso), y no necesariamente a la izquierda independiente opositora a Correa. Por ejemplo, hay provincias amazónicas donde Lasso casi duplica al gubernamental Moreno; en Napo, la oposición recibió el 55% de los votos contra 25% para Moreno (otras máximas votaciones de ese candidato fueron en Morona Santiago con 52% y en Pastaza 48%). Es como si muchos, desde la resistencia social local, sólo encontraran una salida caminando hacia la derecha.

Aquí asoman varias lecciones que deben ser analizadas detenidamente. Parece claro que desde las comunidades locales se rechazan los extractivismos por sus impactos y a la vez se considera que el gobierno no ofrece garantías en cuanto a calidad de vida y ambiente en esos sitios, sino que activamente impone a las mineras o petroleras. Es más, el propio gobierno es una fuente de violencia en sus apoyos extractivistas. Por lo tanto, en esos sitios predomina el rechazo a los candidatos oficialistas. Es un fenómeno similar al que se observa en Perú o Bolivia.

En el caso ecuatoriano, ese rechazo no resulta en un mayor apoyo a la izquierda independiente sino que una proporción significativa parece haber optado por un “voto útil” a la derecha política buscando impedir que Alianza Pais se mantenga en el gobierno.

Eso debería ser mirado con especial atención por ejemplo desde Perú, ya que en su coalición Frente Amplio hay una tensión entre un ala más progresista (y proclive a los extractivismos) y unos sectores que enfatizan la protección territorial y ambiental. No olvidemos que la candidata Veronika Mendoza participó del último encuentro progresista latinoamericano organizado por el gobierno Correa. Entonces es importante observar que en el caso ecuatoriano, el amparo a proyectos extractivistas brindó muchos votos urbanos que le permitieron llegar al gobierno, pero a la vez, eso le alejó de las comunidades locales y de cualquier proyecto de izquierda.

Esas comunidades locales están tan golpeadas, que parecería que no votan ni siquiera a la izquierda independiente como si tuvieran miedo que ella también se conviertan en un nuevo progresismo. Los progresistas de esa manera impiden una renovación hacia la izquierda pero además anula a la izquierda independiente.

La paradoja de esta situación es que un candidato conservador como Lasso sin duda avanzará con los extractivismos, aunque de modos distintos, tal como se observa ahora en Argentina bajo el gobierno Macri o en Brasil con Temer. No existirá un alivio en las presiones extractivistas apoyando a la oposición conservadora.

La situación amazónica contrasta con lo observado en varias zonas rurales de los Andes y la costa, donde el candidato del gobierno tuvo muy buena votación. En efecto, Moreno logró las proporciones más altas de voto en las provincias de Manabí 54% y Santa Elena 48%. Sin duda hay muchos problemas rurales en la sierra y la costa, como la desigualdad en el acceso a las tierras, limitada rentabilidad, avance del agronegocio, deterioro de suelos y aguas, etc. Son problemas que el gobierno Correa no ha logrado solucionar y que por momentos no están en el centro de su atención. Pero esa situación no alimentó un rechazo electoral masivo a Alianza País, y muchos votantes rurales terminaron apoyando a Moreno. De todos modos, el opositor Lasso obtuvo buen apoyo en zonas rurales, por ejemplo en Cotopaxi, Chimborazo, Tungurahua y Bolívar.

Habría que analizar en más detalle si el deterioro rural, en tanto se expresa crónicamente, no produce la misma conflictividad social que los extractivismos, lo que estalla en problemas más agudos y visibles. Como ejemplo podría recordarse, para la sierra, los procesos de erosión que han sido señalados desde hace mucho tiempo, mientras que en la Amazonia la llegada de las mineras y sus excavaciones generan amputaciones ecológicas en lapsos muy breves.

De todos modos queda en claro que los extractivismos desencadenan reacciones ciudadanas que afectan directamente las votaciones, lo que debería ser observado detenidamente en los países vecinos. Debe subrayarse esto ante la cantidad de artículos superficiales que son ciegos ante esta problemática, y en especial por los textos que abusan de las metáforas de enormes batalles parecen no entender que la verdadera guerra es contra las comunidades locales, los indígenas y la naturaleza.

 
Publicidad, medios y corrupción

 

La campaña electoral ecuatoriana también fe una disputa publicitaria, y una confrontación sobre el poder que realmente tendrían los medios. En ese contexto, la publicidad de todos los candidatos fue simplista, repetitiva, agobiante, casi asfixiante, y para muchos aburrida.

Tampoco puede ignorarse que la publicidad por el candidato oficialista se duplicaba, ya que por un lado estaban los avisos del propio movimiento político y por otro lado la que sin inhibiciones desplegaba el gobierno. En unos casos alcanzó ribetes de posverdad algo cómicos, como por ejemplo el anuncio de una mega inversión de 3 mil millones de dólares para fabricar autos eléctricos, que el secretario de educación presentó rodeado de banderas y logos de grandes corporaciones, y que terminó con desmentidos desde esas transnacionales.

Aunque Correa se burló de una supuesta revolución de los smartphones, las redes sociales y webs alternativas jugaron un papel importante, en paralelo a los medios convencionales. Desde allí se ventilan todo tipo de informaciones, denuncias, reportes, etc., y su penetración es cada vez mayor.

Justamente las denuncias de corrupción contra el gobierno Correa centraron mucha atención tanto desde medios convencionales como desde las redes sociales. Esas denuncias, especialmente las que involucraban a la petrolera estatal Petroecuador, fueron intensas, y con ribetes rocambolescos aprovechados por sectores opositores (por ejemplo, distribuyendo mini videos con declaraciones de un ex ejecutivo de esa empresa que huyó de Ecuador).

Sin embargo es difícil afirmar que todo eso jugó un papel decisivo en alentar un voto contra el gobierno. No puede negarse que existe un problema con la corrupción, y que muchos casos están asociadas con los extractivismos –otro de los asuntos negados por los analistas superficiales. No es un problema exclusivo de Ecuador sino que se repite en todos los países. Pero de todos modos, no parecería que la lucha contra la corrupción fuese determinante en decidir premios y castigos electorales. Es como si muchos aceptaran a la corrupción como una característica inmodificable de la vida política.

 

Institucionalidad política y electoral

 

El caso ecuatoriano también es una alerta sobre la enorme importancia de la institucionalidad electoral. El proceso de conteo de los votos estuvo bajo fuerte controversia, se sumaron denuncias en las redes sociales, duras declaraciones de los partidos de oposición, movilización ciudadana en las calles en varias ciudades, y para completar todas las posibilidades, hasta Alianza Pais criticó a las autoridades electorales. O sea, todos están descontentos con la autoridad electoral.

Los movimientos ciudadanos ya habían alertado sobre eso; recordemos que ese consejo electoral fue el que trabó de distintos modos una consulta ciudadana sobre la explotación petrolera en la Amazonia.

La lección es que cuando un gobierno juega a incidir sobre la autoridad electoral la democracia pierde, pero también se afecta su propia legitimidad. Hay un efecto boomerang, ya que aún si Lenin Moreno gana esa segunda vuelta, su legitimidad presidencial estaría afectada si persisten todos estos problemas.

Los países vecinos, en especial Perú y Bolivia, deben asegurar la independencia y rigurosidad en las autoridades electorales, para no caer en problemas similares a los ecuatorianos (y a los de Venezuela).

 
Un progresismo caníbal

 

Como un balance preliminar, la situación ecuatoriana muestra a un progresismo que mantiene un núcleo duro de adhesión ciudadana, y con ello podrá controlar la agenda del poder legislativo. Desde ese punto de vista es una expresión política que sigue viva, pero a la vez no logra generar nuevas innovaciones políticas y se vuelve cada vez más dependiente de estrategias de desarrollo convencionales. Por esa razón es que se describe un progresismo agotado.

Los progresismos han tenido éxitos electorales iniciales, especialmente por tomar algunas medidas propias de la izquierda y por una retórica que también aprovecha imágenes de la izquierda. Pero los componentes centrales en sus estrategias de desarrollo son convencionales, y ello impone políticas públicas que, por ejemplo, toleran todo tipo de impactos sociales y ambientales, y a la vez, rediseñan los entendidos de la democracia, volcándose a prácticas cada vez más verticalistas y menos participativas, y son ese tipo de factores los que resultan en su agotamiento. El proceso ecuatoriano da muchos ejemplos de esta problemática.

Paradójicamente, ese agotamiento genera condiciones políticas que hace que muchas bases de apoyo, en lugar de buscar las alternativas hacia la izquierda, se vuelquen a los sectores conservadores. Es como si el progresismo tuviera una veta caníbal.

En efecto, el progresismo devora aquellos componentes de izquierda en sus propias estrategias de desarrollo bajo la obsesión con el crecimiento económico y las exportaciones. Devora sus bases políticas, y cuando éstas lo abandonan, muchas de ellas se corren hacia la derecha. El progresismo se presenta a sí mismo como la única y verdadera izquierda, y golpea a la izquierda independiente; la ataca, calificándola como infantil por ejemplo, y con ello impide alianzas con ella para renovarse genuinamente hacia la izquierda. Esta problemática también es visible en las elecciones ecuatorianas, y procesos análogos se han observado en Brasil y Argentina.

Es por todo este tipo de razones que las elecciones en Ecuador ofrecen muchas enseñanzas que deberían ser analizadas con detenimiento por quienes, en los demás países, siguen comprometidos con la justicia social y ambiental.

 

Eduardo Gudynas es analista en el Centro Latino Americano de Ecología Social (CLAES). Una versión inicial de estas ideas se publicó como nota de opinión en Los Tiempos (Cochabamba), 23 febrero 2017; y en una entrevista con Página Siete (La Paz), 28 febrero 2017. La versión final se publicó en www.DemocraciaSur.com (con imágenes y tablas), el 3 de marzo 2017.

 

 

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Foto: Miguel Imbaquingo y Mónica Ambamba / Latinta

 

Los testimonios compartidos a continuación no son los testimonios de mujeres sirias huyendo de la guerra provocada por el Estado Islámico; tampoco son los de una familia palestina desplazada por israelíes que siguen ocupando sus tierras. Los testimonios son de cuatro mujeres ecuatorianas, con una característica que hace que muy pocas voces se pronuncien a su favor: son mujeres, son indígenas, son shuar y están contra todo el poder del Estado, de las Fuerzas represivas y de los capitales de uno de los países más poderosos del mundo: China.

La razón para que estos testimonios no se dieron a conocer antes, es que el gobierno de Ecuador prohibió todo el ingreso a la zona, la militarizó y la información fue limitada con el Estado de Excepción. La zona de influencia del proyecto minero fue controlada y militarizada, así como también el territorio Shuar que está fuera del área de influencia de la minera.

Como en toda guerra las víctimas debían ser ocultadas y silenciadas. La militarización y el desplazamiento forzado de comunidades Shuar enteras; la violación de los derechos de los grupos de atención prioritaria como mujeres embarazadas y niños, no existieron para el gobierno.

El Estado de Excepción lleva vigente dos meses con el argumento que era para precautelar la “seguridad ciudadana” pero los testimonios de cuatro mujeres Shuar demuestran que ha sido el Estado el que ha generado el desplazamiento y el terror en las comunidades Shuar.

 

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Los testimonios

 

“El 18 de diciembre, el gobierno dio la orden a los militares. Primero llegaron a Nankints, luego entraron a la comunidad de Tsunstuim. Nos tocó irnos sin retirar ninguna cosa. Yo jalé a mis 3 hijos, dejé todas mis cosas y nos fuimos a otra comunidad. En el camino nos pasó un accidente, se cayeron mis hijos en un lugar por donde veníamos caminando, son caminos del campo, tan feos; gracias a Dios nos acompañaba un maestro que trabajaba con los alumnos. Él me dio llevando a mis hijos porque ellos se cayeron en el lodo; a mi me dolió bastante la conciencia me puse a llorar amargamente. Es un accidente para mí que soy una mujer sola”.

Así relata María Alluy su escape por la selva. Ella y sus 3 hijos huyeron de la comunidad de Tsunstuim tras la incursión de militares y policías como parte del Estado de Excepción en Morona Santiago ordenado desde el 14 de diciembre del 2016 por el gobierno de Ecuador para proteger un campamento de la empresa minera china Explorcobres, SA, EXSA.

María no fue la única, junto a ella se desplazó toda la comunidad. 40 familias que vivían en Tsunstuim, entre niñas, niños y mujeres embarazadas, huyeron de la presencia de 500 militares que según Claudia Chumpi de 18 años, llegaron disparando a la comunidad: “Era un día sábado que fui a la comunidad Tsunsuim, con mis dos hermanas y mi familia. Venían 500 militares disparando. Corrimos así como estábamos, los niños, las mamás embarazadas se asustaban. Nosotros nos corrimos arriba en la montaña, los militares se ubicaron en cada casa, rompieron las puertas, botaban las cosas afuera ollas, los cilindros se llevaron”.

Las familias tuvieron que atravesar la montaña e ir por caminos llenos de lodo para poder llegar a Tink, comunidad que hoy los acoge. Caminaron con sus hijos sin tener que comer, o dónde resguardarse del sol y la lluvia. En medio del camino 2 mujeres embarazadas dieron a luz, sin cuidados, sin atención adecuada, esto puso en riesgo su vida y a la de los pequeños nacidos; de hecho una de ellas está aún grave de salud.

Así lo relata Claudia: “Mis tías dieron a luz ahí mismo, casi se murió el bebé. Le atendimos nosotros mismo, no teníamos nada. Afilamos un palito para cortarle el cordón”. Otras mujeres, como la hija de María que se quedó a la mitad del camino porque ya no aguantaba el peso de su barriga y venía con sus otros 4 hijos huyendo de los militares.

Después de varios días llegaron a Tink. Esta comunidad antes del Estado de Excepción tenía 20 personas, ahora suman alrededor de 300. A las personas desplazadas les prestaron pequeños cuartos, alguna ropa y ollas, sin embargo, no cuentan con todo lo necesario para vivir, sus hijos dejaron de ir a la escuela.

En Tink están las familias de Nankints desalojadas en agosto del 2016 por la empresa minera Explorcobres y la Policía, además de las personas desplazadas de otras comunidades como Marbella y Tsuntsuim por el Estado de Excepción decretado en diciembre del 2016 . Ahora sobre Nankints se asienta el campamento minero La Esperanza, el territorio esta cercado y es imposible entrar; mientras que Tsuntsuim esta deshabitado y las casas destruidas. Al salir abruptamente de sus casas, las mujeres perdieron sus cultivos, sus animales y su territorio, lo que les trajo problemas para la salud y la alimentación de sus familias.

Ahora no tienen suficiente comida, tampoco ollas y platos. Toda sus cosas se perdieron junto con sus casas, salieron con lo que llevaban puesto. No tienen ropa, zapatos y tampoco útiles escolares.

A esto se suma el constante miedo que sufren por la presencia de helicópteros y drones que los persiguen permanentemente. Están atemorizadas además por la situación de sus esposos; ellos huyeron por miedo a que los militares los apresen culpándoles de la muerte del Policía el pasado diciembre.

Claudia con apenas 18 años tiene que sobrellevar la pérdida de su casa, la ausencia de su esposo, el hambre y tristeza de sus hijos quienes desde que llegaron a Tink viven en permanente miedo por la constante persecución policial: “Los niños tienen miedo, se asustan. Ellos no están estudiando. Cuando pasa avión, ellos se asustan, corren. Cuando viene la cámara igual se asustan, los militares mandan una cámara en la comunidad para ver si nosotros estamos allí”.

Mónica Ambáma, mujer de 32 años y madre de 7 hijos, no acaba de entender qué pasa. No comprende el porqué de estas acciones en contra del Pueblo Shuar.

Nosotros no hemos querido la minería porque hay contaminación. No queremos que nos contaminen nuestra naturaleza, el agua. Nosotros también somos humanos; ellos dicen los shuar no tienen derecho ¿por qué no tenemos derecho? ¿acaso no somos humanos? Nosotros también tenemos pleno derecho de reclamar.

Ella fue desalojada primero de Nankints y luego de Tsunsuim. Cuenta que en el desalojo del 11 de agosto, su casa y sus cosas fueron enterradas por las retroexcavadoras, lo que no le dio tiempo para rescatar nada. Le pide al gobierno que cesen las actividades mineras en su territorio porque asegura que el cultivo del campo también es desarrollo y quieren ser consultados: “No nos han consultado, nos vienen a destruir nomás. Ellos dicen que nos han pagado, pero de eso nada, nosotros tenemos cogido de EXSA china. Yo le puedo decir al Señor Presidente ¿por qué nos hace sufrir tanto a nosotros? ¿Qué le hemos hecho a Correa? ¿Sólo porque hay minería habrá desarrollo? Todas las veces hay desarrollo con cultivos. Dice que a campesinos, a los shuar ayudamos que estamos servidos. Nosotros no estamos bien servidos, más estamos sufridos. Yo si quisiera Presidente Correa que llegue al centro para que vea y diga la verdad, que no nos haga daños y nos deje en paz”.

Claudia también rechaza la minería y al igual que Mónica, se pregunta dónde están sus derechos y los de su comunidad: “Nosotros no queremos la minería. Los militares dicen que el gobierno manda la minería, pero nosotros no queremos que nos haga tanto daño. ¿Dónde está el buen vivir? ¿dónde están los derechos de los niños, de las mujeres?”.

Según el artículo 57 de la Constitución se reconoce la Consulta Libre e informada a los pueblos indígenas, el no desplazamiento y a la limitación de las actividades extractivas en sus territorios. Todos estos derechos a las mujeres shuar de las comunidades de Nankints, Tsunsuim, Tundayme, les han sido negados. Estas comunidades fueron desalojadas y desplazadas, se les negó sus derechos, se violentó la Constitución para implementar los dos grandes proyectos de megaminería a cielo abierto: San Carlos Panantza y Mirador, los dos de empresas chinas.

Estos proyectos inauguran la era minera en Ecuador y prometen convertirlo en un gran exportador de cobre; sin embargo cómo se preguntan Mónica y Claudia ¿dónde quedan los derechos de las mujeres y los niños? ¿dónde quedan los derechos del Pueblo Shuar?

En una guerra, las mujeres y los niños son los principales afectados, esta guerra no es la excepción. Las consecuencias de la guerra generada por el extractivismo en contra de las comunidades amazónicas quedarán marcadas en sus cuerpos y en sus entornos.

Texto publicado en Latinta.com.ar, por Verónica Calvopiña para Wambra Radio / Fotos: Miguel Imbaquingo y Mónica Ambamba

 

 

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Lenín Moreno saluda a simpatizantes en Guayaquil durante la campaña presidencial. Habrá segunda vuelta.

 

PAIS asegura que cuenta con encuestas que dicen que Moreno obtendrá entre el 58 y el 62 por ciento, pero la campaña de Lasso está convencida de que el 60 por ciento que no respaldó al gobierno en la primera vuelta tampoco lo hará en la segunda.

 

Desde Quito

 

Lenín Moreno, el candidato de Alianza PAIS, no llegó al 40% necesario para vencer en primera vuelta y se enfrentará con Guillermo Lasso de la alianza CREO-SUMA en el ballottage del 2 de abril. El oficialismo llegaba al 39,35%, mientras que el aspirante opositor obtenía el 28,13%, más de 11 puntos menos, con el 99,2% de las mesas escrutadas.

El presidente, Rafael Correa, confirmó ayer que habrá segunda vuelta y afirmó que volverán a ganar. El mandatario expresó: “Sería una catástrofe para el país la victoria de Lasso. Sus propuestas son imposibles, no va a poder lograr lo que propone y lo poco que pueda hacer implicaría que Ecuador quiebre en pocos meses entonces en un año se estarían pidiendo elecciones anticipadas y tendré que volver a presentarme y vencerlos nuevamente”. Sin embargo, ratificó que están confiados en obtener una “victoria contundente”.

El escenario de cara a la segunda vuelta se le presenta difícil a PAIS: La derechista Cynthia Viteri, quien salió tercera con el 16%, ya declaró que apoyará a Lasso y el socialdemócrata Paco Moncayo, cuarto con el 6,7%, afirmó que no respaldará a ninguno de los dos candidatos, aunque en la campaña había asegurado que votaría al candidato de la oposición. Por ahora, el único de los siete candidatos opositores que mostró mayor cercanía con Moreno antes que con Lasso fue Iván Espinel, sexto con el 3%. Ayer se reunieron en Guayaquil y Espinel dejo a entrever que apoyaría al oficialismo, pero aclaró que el buró político de su partido lo definirá.

“Moreno requerirá el apoyo de sectores de la población desencantados con el proceso político de la Revolución Ciudadana para vencer en la segunda vuelta. Lasso, por su parte, tiene un límite en la capacidad de conectar con los sectores populares, ya que lo recuerdan por la crisis financiera de 1999. Su fuerte sería aglutinar el voto de rechazo al actual gobierno”, explicó el economista y magíster en políticas públicas Andrés Mideros Mora.

Lasso fue uno de los banqueros que más se enriqueció en la crisis de 1999 que terminó con la dolarización de la economía. Él mismo, ese año, fue superministro de Economía y Energía en el gobierno de Jamil Mahuad y embajador itinerante en la presidencia de Lucio Gutiérrez, quien asumió con un discurso progresista y aliado con las organizaciones sociales en 2003, pero no tardó en virar y alinearse totalmente con Estados Unidos. Gutiérrez huyó en helicóptero en 2005 en medio de una rebelión popular.

Manuela Celi, magíster en Estudios Latinoamericanos, aseguró que “Lasso se beneficia del voto castigo a Correa y de sectores medios que asumen como propias las luchas por la baja de impuestos y ‘la libertad de expresión’, por ejemplo, y que además vieron su capacidad de consumo disminuida en estos últimos años”. Además, agregó: “hay una tendencia de debilitamiento de Alianza PAIS en los últimos años; en las elecciones locales de 2014 perdieron la capital, Quito, y la tercera ciudad más poblada, Cuenca”. El oficialismo no gobierna ninguna de las tres ciudades con más habitantes del país, ya que la de mayor población, Guayaquil, es dirigida por Jaime Nebot, del Partido Social Cristiano, desde el 2000. Los alcaldes de estas tres ciudades ya llamaron a votar por Lasso en el 2 de abril.

“Moreno puede conseguir una ventaja si da señales contundentes para concretar la voluntad que ha expresado de enfrentar las denuncias de corrupción y si logra acercarse a los sectores que anteriormente se alejaron del actual gobierno y demandan cambios”, destacó Mideros Mora. El oficialismo perdió más de 18 puntos porcentuales entre la rotunda victoria de Correa en 2013 con el 57% y la elección del domingo de Moreno.

“Sabemos que la derecha va a poner toda la carne al asador y que el escenario se presenta complejo. Tenemos que tener más firmeza en visibilizar que Lasso es el pasado, representa los que una década atrás caotizaban al país. El gobierno de la Revolución Ciudadana trajo estabilidad a un Ecuador que era ingobernable”, dijo José Egas, coordinador general de Alianza PAIS, quien además confió en que Moreno vencerá.

PAIS asegura que cuenta con encuestas que dicen que Moreno obtendrá Entre el 58 y el 62 por ciento pero la campaña de Lasso está convencida de que el 60 por ciento que no respaldó al gobierno en la primera vuelta tampoco lo hará en la segunda. Celi destaca que los votos nulos (7 por ciento), blancos (2,7 por ciento) y el ausentismo del 18 por ciento pesarán en el balotaje: “Van a haber dos ofertas que representan tendencias ideológicas muy marcadas, pero en la polarización sería continuismo u oposición. Eso va a empujar a quienes se ausentaron, votaron nulo o blanco a posicionarse de una manera estratégica”.

El partido del gobierno ecuatoriano fue elegido como primera fuerza política en los 11 comicios que se realizaron desde que Correa asumió en 2007. El 2 de abril enfrentará su más ardua prueba y una primera derrota implicará la pérdida del cargo más importante: El Poder Ejecutivo.

 

 

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Al cierre de esta edición faltaba definir si Lenín Moreno conseguía los votos suficientes para evitar el ballottage con Guillermo Lasso.

 

Con el 72 por ciento de los votos escrutados, Moreno se imponía con el 38,6 por ciento frente al 28,9 por ciento de Guillermo Lasso.

 

 

Desde Quito

 

Con el 70 por ciento de los votos escrutados Lenín Moreno, el candidato de la oficialista Alianza PAIS, obtenía ayer al cierre de esta edición el 38,6% seguido por Guillermo Lasso de la alianza CREO-SUMA, quien llegaba al 28,9%. De continuar esta tendencia, se realizaría una segunda vuelta el 2 de abril, ya que Moreno necesita un 40% y una diferencia de al menos diez puntos con su inmediato perseguidor. Mas atrás quedaban Cynthia Viteri del Partido Social Cristiano con el 16% y Paco Moncayo del socialdemócrata Acuerdo Nacional por el Cambio con el 7%. La Corporación Participación Ciudadana realizó un conteo rápido que pronosticó un resultado final en el que Moreno obtendría el 38,8% y Lasso el 28,2%.

No bien se cerraron los comicios se publicaron las bocas de urna, que en su mayoría dieron como ganador a Moreno en primera vuelta. Desde el Hotel Quito el oficialismo estaba convencido de la victoria sin ballottage. Así lo expresó Moreno en un ambiente triunfal: “Hemos ganado la elección. Se debe ganar con humildad y también perder con dignidad. Esperamos esa reacción del candidato perdedor.

Sin embargo, la alegría tres horas después cambió de bando. Lasso desde el Centro de Convenciones de Guayaquil, con el 60% de los votos escrutados, afirmó que “hay segunda vuelta y el cambio va a ganar la elección”. Además, llamó a “todos los líderes políticos de la oposición para construir la gobernabilidad que necesita el país”.

Más tarde en esta noche de esperanzas contrapuestas volvió a hablar Moreno ante sus simpatizantes y manifestó que creía que alcanzarían los 40 puntos con los votos en el exterior y la gran diferencia en provincia de Manabí.

Desde el retorno de la democracia, en 1979, se realizaron 11 elecciones presidenciales. Solo en dos hubo un triunfo en primera vuelta. El protagonista fue el actual presidente, Rafael Correa, quien en 2009 y 2013 obtuvo el 52 y 57 por ciento, respectivamente. Además, nunca una misma fuerza política pudo ser reelecta, ni de manera inmediata, ni alterna.

“Ha habido un cambio social en Ecuador y a la vista están las cifras. Se han mejorado los salarios, se ha reducido la pobreza y la desigualdad, ha aumentado el acceso a la educación y se mejoró la calidad, al igual que en el área de salud”, sostuvo Jacobo García, sociólogo, politólogo y magíster en Estudios Latinoamericanos por el Instituto de Iberoamérica.

Del mismo modo se expresó el jubilado José Bencazar, quien votó a unas cuadras del centro histórico, afirmó que su voto fue para Moreno. “Durante 30 años trabajé en una empresa y nunca me registraron. Si no fuese por este gobierno no tendría seguro y estaría en la calle”, explicó.

En el centro histórico de la ciudad la gran presencia de turistas, vendedores y comercios abiertos contrastaba con el vacío que revelaban las grandes avenidas, como Río Amazonas o parques, como La Carolina y El Ejido, usualmente repletos los domingos.

Un punto de vista diferente al de Bencazar manifestó Luis Fernando, exportador de bananas de la acomodada zona de Cumbayá, al este de Quito: “Correa fue muy hostil para con la empresa privada. Hay muchos muchas trabas y nuevos impuestos, como el anticipo del impuesto a la renta que perjudican al sector empresarial. Es necesario un cambio de modelo y Lasso representa ese cambio”.

Gloria Rivas sufragó en uno de los bastiones de Alianza PAIS, el sector Michelena al sur de quito. Opinó que “Lasso propone un país donde no se incluya a la población. Administrar una empresa no es lo mismo que una nación”. Además, manifestó que ella y su esposo votaron por el oficialismo, pero reconocieron que notaron un clima electoral distinto a las dos elecciones presidenciales anteriores en las que Correa triunfó en primera vuelta.

Lisandro Sabanés, encargado de prensa del Observatorio Electoral de la Universidad Nacional de La Plata, aseguró: “En el sur de Quito notamos un respaldo para Alianza PAIS, pero muy diferente se presentó la situación en el norte donde percibimos un voto castigo para el oficialismo”. Sabanés, presente en todas las elecciones presidenciales recientes de América del Sur, agregó: “los comicios se desarrollaron con normalidad, no vimos ninguna irregularidad”.

Este voto contrario a PAIS se dio a pesar de cierta incertidumbre que genera el “cambio”. Una parte de los sectores opositores al gobierno no se sienten del todo representados por los candidatos de la oposición, pero sí anhelan el famoso, tal vez vacío, pero aglutinador “cambio”.

Las elecciones de ayer volvieron a presentar un voto fragmentado por regiones: por un lado la Costa, oeste del país; por otro la Sierra, en el centro; y, por último, el este, la zona de la Amazonía. El oficialismo en el último comicio de 2013 había logrado romper con ese histórico esquema e imponerse en las tres regiones. Sin embargo, en esta ocasión no logró seducir a las provincias del este y mostró dificultades en secciones de la Costa, aunque en la zona serrana volvió a mostrar superioridad.

 

 

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 La elección volvió a presentar un voto fragmentado por regiones. (Imagen: EFE)

 

 

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Lenin Moreno, el candidato de Alianza País

 

Antes de cumplir una década en funciones, el presidente Rafael Correa completó el ciclo. Dio la vuelta completa. Empezó poniendo su brújula en dirección contraria a la entonces dominante. Sus primeros pasos, en consonancia con su discurso, fueron posneoliberales. Pero en el camino cambió de orientación.

Antes de cumplir una década en funciones, el presidente Rafael Correa completó el ciclo. Dio la vuelta completa. Empezó poniendo su brújula en dirección contraria a la entonces dominante. Sus primeros pasos, en consonancia con su discurso, fueron posneoliberales. Pero en el camino cambió de orientación. Poco a poco borró sus orígenes “progresistas” –no confundir simplonamente con socialistas–. Paulatinamente sus acciones se sintonizaron con propuestas al más puro estilo fondomonetarista. Y ahora se identifica con visiones y prácticas neoliberales, como consecuencia de la suscripción de un acuerdo multipartes con la Unión Europea: ni más ni menos que un tratado de libre comercio.

Recordemos brevemente los inicios de la gestión del gobierno de Correa. En línea con el plan de gobierno de Alianza País 2007-2011, elaborado en 2006, Correa se empeñó en terminar con la “sumisión” de Ecuador a organismos como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Se cerró la puerta a las privatizaciones. Aceptando una idea surgida desde la sociedad civil se auditó la deuda pública, con resultados que ayudaron a reducir sustancialmente su servicio y trasparentar su manejo en los 30 años precedentes. Con la Iniciativa Yasuní-Itt, surgida mucho tiempo atrás también desde la sociedad civil, se propuso transitar hacia una economía no petrolera; es decir empezar a transformar la matriz productiva y alejarse de la lógica de una economía primario-exportadora. Inclusive se construyó una posición interesante para participar en las negociaciones comerciales con la Unión Europea, sin aceptar la lógica de un tratado de libre comercio.

En la Asamblea Constituyente de Montecristi, donde se tramitó gran parte del proceso propuesto en 2006, también se consiguieron logros importantes, como impedir la neoliberal flexibilización laboral; desmontar el baratillo de concesiones mineras; fortalecer la función del Estado en la economía. Algo se avanzó en este último tema.

Sin embargo, los diez años de gestión acabaron con el esquema de gobierno planteado inicialmente. Correa simplemente devino en el conductor de un proceso que empezó alejándose del neoliberalismo para, luego de un largo y confuso recorrido, retornar al punto de partida, usando para ello la fortaleza del propio Estado construida en esta década. Por eso quizás hoy podríamos decir que vivimos una suerte de “neoliberalismo transgénico”: un neoliberalismo híbrido que, sin desmantelar el Estado (e incluso con su ayuda), busca reanimar la acumulación capitalista con políticas neoliberales duras, readecuadas a las actuales circunstancias.

Es más, Correa, ya transformado desde hace años en el caudillo del siglo XXI, lidera una “restauración conservadora” que golpea a los propios grupos sociales que en un inicio lo ayudaron a llegar al poder. Todo esto sin desactivar su discurso “progresista”...

 


EXTRACTIVISTA.


Este presidente cumplió uno de los sueños neoliberales no alcanzados por gobiernos anteriores: imponer la minería a gran escala. Y lo ha hecho, como cualquier gobierno neoliberal, desplegando diversas violencias que se traducen en persecución, criminalización e incluso asesinato de los dirigentes antimineros.

Correa pudo hacer historia liderando la Iniciativa Yasuní-Itt. Pero no. Tal iniciativa le quedó tan grande que terminó cediendo a las presiones de las petroleras y autorizó la explotación de crudo en el Itt. También consintió ampliar la frontera petrolera en el centro sur de la Amazonia, en contra del compromiso adquirido por Alianza País en 2006, destinado a impulsar una moratoria petrolera.

Este gobernante apoya los monocultivos y los agrocombustibles, algo completamente opuesto a una estrategia sustentada en la soberanía alimentaria. Incluso rechazó las demandas campesinas e indígenas de reforma agraria, irrespetando el mandato constitucional. Además permite que en Ecuador ingresen semillas y se realicen cultivos transgénicos –prohibidos en la Constitución–. Así, cediendo a las presiones del Tlc con la Unión Europea, impulsa la aprobación de una ley de semillas que beneficiaría los intereses de quienes controlan los transgénicos, la ya conocida “ley Monsanto”.

 


FONDOMONETARISTA.


Antes de que cayeran los precios del petróleo, en 2014, Correa regresó al Fondo Monetario Internacional y al Banco Mundial. Requería el beneplácito del Fondo para colocar bonos en el mercado financiero internacional. Y desde entonces se endeuda aceleradamente bajo condiciones cada vez más onerosas: elevadas tasas de interés y plazos cortos, incluyendo la entrega del oro de la reserva a Goldman Sachs. En vez de ser un líder “antisistema”, Correa deberá pasar a la historia como el gobernante que más deuda pública ha contratado, y sin transparencia. También se le recordará como uno de los facilitadores para que sobre todo el imperialismo chino se imponga con fuerza.

 


PRIVATIZADOR.

 

En su haber registra la entrega de campos petroleros maduros a empresas extranjeras (campo Auca a Schlumberger, campo Sacha a Halliburton), algo que Correa, en 2005, llamaba “traición a la Patria”. También podríamos anotar la concesión por medio siglo –sin licitación– del puerto de Posorja a una empresa de Dubai, y Puerto Bolívar a una turca, en ambos casos con participación de grandes grupos empresariales nacionales, como el grupo Nobis. Otros de los grupos ganadores (directa o indirectamente) con el correísmo son Eljuri, Pronaca, La Favorita, y hasta las grandes telefónicas Claro y Movistar y los bancos (recordemos al propio Correa mencionando que en su gobierno los bancos han obtenido las mayores utilidades de su historia).

Promociona las alianzas público-privadas que, en el fondo, sólo son un eufemismo de las privatizaciones. Aquí se incluye, por ejemplo, la privatización de hidroeléctricas construidas por el Estado, la puesta a la venta de gasolineras públicas, la enajenación del Banco del Pacífico e incluso la privatización de los programas de alimentación escolar.

Hay otros procesos de privatización –menos notorios–, pero no por ello menos peligrosos para el interés del país. Por ejemplo, la privatización de la salud vía convenios con clínicas y hospitales privados que también han generado sobreprecios exagerados que ahora salen a la luz. Algunas tendencias privatizadoras también se registran en el ámbito de la educación.

 


AJUSTADOR Y REPRESOR.


Si bien con Correa no se han adoptado algunos de los paquetes de ajustes típicos de los anteriores regímenes neoliberales, sí podemos incluir una lista de acciones que han golpeado y debilitado a los sectores populares.

Acabada la bonanza petrolera, se volvió a la vieja práctica de aprobar incrementos ínfimos del salario básico unificado de 14 dólares entre 2014-2015 y de 12 dólares entre 2015-2016. Además, a pretexto del terremoto de Manabí, Correa incrementó el Iva, un impuesto regresivo y hasta recesivo pero de fácil recaudación, con el fin último de paliar los efectos de la crisis en el sector público.

Cabe recordar aquellas reformas que han reintroducido la flexibilización laboral, en gran medida eliminada por la Asamblea Constituyente de Montecristi.

Esta lista incluye la aprobación de los decretos 016 y 732 para controlar las organizaciones sociales y de la sociedad civil; y del decreto 813 para disciplinar a los trabajadores públicos usando la compra de renuncias obligatorias, además de otras disposiciones que limitan la organización sindical.

En síntesis, Correa estableció un ambiente de permanente propaganda y amedrentamiento para sostener y combatir las crecientes protestas populares. Creó organizaciones sociales paralelas (estudiantiles, sindicales, indígenas, etcétera), propias y afines al gobierno, buscando debilitar a las organizaciones que se le opongan. Ha restringido la libertad de expresión, inclusive procesando a periodistas críticos que han descubierto actos de corrupción del gobierno.

 

CEREZA.


De todas formas, la cereza del pastel es la firma del Acuerdo Multipartes con la Unión Europea.

Recordemos que el gobierno de Correa, recogiendo la lucha y el mandato de varios grupos sociales, se comprometió, en sus inicios, a no dar paso a un Tlc. Así, en el plan de gobierno 2007-2011 de Alianza País, escrito en 2006, se resolvió “luchar en contra de los procesos impulsados por los intereses mezquinos de las mafias corporativas en detrimento de la mayoría de ecuatorianos, como el mal llamado tratado de libre comercio, que es una propuesta depredadora de la vida misma en tanto anuncia la profundización del modelo neoliberal y una creciente sumisión antiética del ser humano al poder monopólico del capital y a las empresas trasnacionales, amenazando, además, las posibilidades de una integración regional en el sur”.

Incluso se planteaba en aquella época que “a través de la democracia activa –con tantas consultas populares como sean necesarias– se abordarán cuestiones cruciales como el Tlc”. Soplaban vientos de cambios. La democracia se perfilaba en el horizonte.

El “pragmatismo” se impuso. Ganaron las mafias corporativas.

Con el Tlc acordado con la Unión Europea, sin entrar en más detalles, entendemos que se reforzaría la condena de Ecuador como productor y exportador de materias primas. Esto debilitaría cualquier estrategia de transformación productiva del país y, por cierto, mucho más las perspectivas de construir el “buen vivir” o sumak kawsay (que el correísmo transformó en un mero fetiche al servicio de su proceso de reconstrucción hegemónica).

En esto termina la ahora mal llamada “revolución ciudadana”, que hace rato perdió lo ciudadano y dejó de ser revolucionaria realmente desde el mismo momento en que el proceso pasó a depender de un caudillo, es decir, poco después de iniciada. Las agujas del reloj, que empezaron a la izquierda, marchan irremediablemente hacia la derecha.

 

 

* Economista. Figuró entre los redactores del plan de gobierno inicial de Alianza País y entre los ideólogos de la “revolución ciudadana”. Fue ministro de Energía y Minas de Correa y después presidente de la Asamblea Nacional Constituyente, tras haber sido el diputado más votado a ese órgano. Renunció en 2008, y desde entonces denuncia las “traiciones” del “correísmo” a sus postulados iniciales. Nota tomada de www.rebelión.org. Brecha reproduce fragmentos.

 

 
Proyecciones

 

Por: Pablo Pozzolo


“Si el partido de Rafael Correa pierde, sería un golpe más para la ya golpeada izquierda latinoamericana”, dijo por estos días a la agencia francesa Afp el analista Michel Shifter, del instituto Diálogo Interamericano, basado en Washington. “En ese caso en Sudamérica quedaría sólo Evo Morales en Bolivia y seguiría Nicolás Maduro en Venezuela, aunque éste ya no tiene apoyo político”, agregó Shifter, omitiendo –quizás no fue un simple olvido– que también en Chile y Uruguay hay gobiernos que se autodefinen como de izquierda o progresistas. Otro analista, Paolo Mocagatta, de la Universidad San Francisco, de Quito (privada), consideró que al “desgaste” del oficialismo ecuatoriano contribuyeron problemas económicos que surgieron con fuerza en los últimos años, casos de corrupción como el de Petroecuador, y también “el debilitamiento de la izquierda a nivel regional”. Mocagatta piensa que en una segunda vuelta cualquiera de los dos eventuales candidatos de la oposición puede derrotar al oficialista Lenin Moreno, “porque es mayor la resistencia que el apoyo al gobierno”. Pero admite también que sería “un error subestimar la fuerza del correísmo” y que el Ejecutivo cuenta a su favor con la fractura de la oposición, que va desde la derecha hasta la izquierda, y a la que une sólo el espanto por el actual presidente.

 

 

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Lunes, 28 Noviembre 2016 14:53

“Los límites del progresismo”

“Los límites del progresismo”

Los progresismos se consolidaron en el gobierno luego de una década de convulsiones sociales en América Latina: el Caracazo en Venezuela (1989), Inty Raymi en Ecuador (1990), o la Guerra del gas en Bolivia (2003), para citar tres ejemplos. ¿Por qué estos movimientos poderosos creyeron que la opción liberal de la democracia representativa era la solución? Esta es la pregunta que el texto Cambiar el mundo desde arriba. Los límites del progresismo de Raúl Zibechi y Decio Machado, busca desentrañar para encontrar las razones por las cuales potentes rebeliones terminaron reconducidas hacia la gestión de lo estatal.

 

Cambiar el mundo desde arriba. Los límites del progresismo, este texto desnuda los límites políticos, ideológicos y económicos de los llamados gobiernos progresistas, caso Venezuela, Ecuador, Bolivia, Argentina y Brasil que profundizaron el extractivismo en America Latina la última década.

 

En principio, Zibechi considera que en Marx nunca, jamás, se dice que el mundo se puede cambiar desde arriba, desde el Estado. “Somos de los que pensamos que el mundo se cambia desde abajo y que desde arriba sólo se reproduce lo que hay. Y si lo que hay es extractivismo, eso es lo que sigue habiendo”, afirma.

 

El límite político e ideológico de estos gobiernos fue considerar que la clave de la transición de un Estado a otro tipo de Estado consiste en la llegada de nuevos sectores sociales (populares) a los más altos cargos de la administración, como se repitió incesantemente desde el púlpito progresista.

 

Zibechi y Machado afirman que pensar que esos altos cargos están procesando la transición hacia un nuevo Estado, sin tomar en cuenta que muy probablemente sean los núcleos de una nueva clase en el poder (o una nueva burocracia), es tirar por la borda toda la experiencia histórica de las revoluciones del siglo XX. Aquí radica el principal problema ideológico irresuelto de los progresismos: la formación (en su seno) de una nueva burguesía rentista nacida de abajo, “o sea de la capa superior de los movimientos y organizaciones sociales y, en paralelo, la congelación y profundización de la cultura rentista”, antes que el desarrollo de un nuevo tipo de sociedad “socialista”.

 

¿Por qué los movimientos sociales que dieron paso al llamado progresismo creyeron que la opción liberal de la democracia representativa era la solución? Esta es la pregunta que el texto busca desentrañar para encontrar las razones por las cuales potentes rebeliones terminaron reconducidas hacia la gestión de lo estatal, como si lo electoral fuera la salida natural para recomponer las crisis en curso, dicen Zibechi y Machado, es decir, explicar el reposicionamiento del estado y el cierre de los ciclos de luchas que caracterizan los gobiernos progresistas.

 

En el ejercicio gubernamental, los progresismos desarrollaron aspectos comunes: fortalecimiento/reposicionamiento de los Estados, aplicación de políticas sociales redistributivas, profundización del modelo extractivo de producción y exportación de commodities, como base de la economía. Por otra parte, ese modelo extractivo basado en la minería, hidrocarburos y soya, fue la base de la gestión populista, es decir de la legitimidad política y social de los progresismos.

 

Aquí ancla el análisis económico nodal del texto: el progresismo fue incapaz de transformar la estructura productiva y profundizó el modelo extractivo y su principal error fue no tocar a las elites que concentran la riqueza. Este hecho adquiere relevancia a la hora de considerar y pensar la permanencia de la desigualdad en América Latina, acrecentada este último período. El libro contiene datos precisos para demostrar que la desigualdad social, antes que disminuir, aumentó en la región.

 

Más aún, ante la actual crisis económica mundial y la subsiguiente caída abismal de los precios de las materias primas, ¿Qué respuestas nos plantea el progresismo que no deriven en incrementar el (mismo) extractivismo?, preguntan los autores. Ninguna.

 

En estos límites, nuevos movimientos sociales ya están jugando un papel en la deslegitimación de este modelo extractivo, observan Zibechi y Machado, en las distintas movilizaciones sociales que empiezan a inundar las diversas geografías de América Latina.

 

En suma, sostienen que la recomposición estatista progresista fue un paso atrás en las luchas sociales de América Latina. Aquí la entrevista al periodista e investigador uruguayo.

 

P. ¿Por qué el título del libro Cambiar el mundo desde arriba?
R.Z. Porque somos de los que pensamos que el mundo se cambia desde abajo y que desde arriba sólo se reproduce lo que hay. Y si lo que hay es extractivismo, eso es lo que sigue habiendo. Si el mundo cambia abajo, y si el arriba se convierte en obstáculo, hay que “romper el cascarón”, como dice el Manifiesto Comunista. En Marx nunca, jamás, se dice que el mundo se puede cambiar desde arriba, desde el Estado.

 

P. En los antecedentes de los gobiernos progresistas se encuentran un conjunto de movilizaciones sociales que pusieron en jaque al estado neoliberal. Están los movimientos indígenas en el Ecuador, los zapatistas en México, la Guerra del agua y del gas en Bolivia, movilizaciones populares en Argentina y Paraguay. En este marco, ¿qué importancia tiene el Caracazo y qué características tuvo este movimiento donde el pueblo/masa/nación tuvo un rol importante. El Chavismo fue su desarrollo o su neutralización?
R.Z. El Caracazo fue el primer gran movimiento del período neoliberal que nadie convocó y nadie dirigió. Pero a la vez fue el primer levantamiento popular, una verdadera insurrección, en contra del nuevo modelo, y fue exitoso porque sentó las bases para la deslegitimación del pacto de Punto Fijo sobre el que descansaba la gobernabilidad desde el fin de la dictadura de Pérez Jiménez.
El chavismo fue las dos cosas a la vez, y ahí su potencia pero también su dramatismo. Quiso empujar el proceso hacia un fin determinado (el socialismo del siglo XXI) pero al hacerlo lo empezó a encuadrar en ese proyecto, y al hacerlo lo vanguardiza y por lo tanto lo domestica. Pero el principal problema no es ese, de ahí se puede salir. El problema es la formación de una nueva burguesía rentistas nacida de abajo, o sea de la capa superior de los movimientos y organizaciones sociales y, en paralelo, la congelación y profundización de la cultura rentista.

 

P. Si uno observa el cuadro de situación político anterior a los progresismos resalta la cantidad de movimientos populares de resistencia contra el neoliberalismo. ¿Por qué estos movimientos poderosos quedaron neutralizados? ¿Esto no tiene que ver también con la vieja idea reformista que permea la memoria política de las masas en América Latina, la manera populista de encarar la negociación con el estado en AL, de convulsión/estabilización?
R.Z. Puede ser. Pero además hay una débil ruptura con la cultura política tradicional en las izquierdas, que abreva en esa idea de convulsión/estabilización a través del voto. Esto aparece adobado, además de caudillismo, estatismo, y por supuesto de la vieja cultura paternalista heredada de la hacienda y la iglesia. No es nada fácil romper con esto. Una cultura no cambia más que en tiempos largos, no lo hace gradualmente sino a través de turbulencias. La cultura capitalista, hoy lo sabemos aunque antes se podía intuir, nació como consecuencia de una turbulencia apocalíptica, como lo fue la peste negra que se llevó en un par de años la mitad de la población de Europa. Ese impacto dejó huellas muy profundas, en la economía, en la cultura, en la política, y crea las condiciones para la aparición del capitalismo [...].

 

P. Qué son y cómo caracterizar los gobiernos progresistas que dominaron la escena política la última década. Por qué “fin de ciclo”. ¿Por qué la profundización de extractivismo es uno de sus componentes esenciales para la reproducción de su legitimidad?
R.Z. Son gobiernos que se dicen a sí mismos de izquierda o progresistas, aunque algunos intelectuales les llaman posneoliberales. Dicen que llegaron para reducir la pobreza y la desigualdad y promover el crecimiento con distribución de renta. Todo es falso. La pobreza cayó porque había un ciclo de alza de las economías y la desigualdad nunca disminuyó si se toma en cuenta la acumulación del 1 por ciento y no los ingresos salariales de las diversas escalas. Eso quiere decir que la oligarquía cruceña siguió acumulando en grandes proporciones, pero también crecieron otros sectores, lo que contribuyó a crear el espejismo de que se podía mejorar la pobreza sin tocar la riqueza.

 

Si tuviera que definirlos, digo que son gobiernos que administran el modelo capitalista en su fase financiera, o sea eso que llamamos extractivismo o “Acumulación por desposesión”. La única diferencia con el período anterior es que ya no hacen falta las privatizaciones porque la acumulación se da en otros sectores. Otra consecuencia es que profundizaron el capitalismo a través de la inclusión por el consumo.

 

P. ¿El aumento de los precios de las materias primas fue perjudicial para el continente? Esta es una idea que contrasta con el sentido común generado por el progresismo durante la última década.
R.Z. Que te paguen más algo que estás vendiendo no puede ser malo. El problema es qué hacés con eso. Vos vendés papas y quinua en el mercado y ganás muchos más. Bien. Pero si te lo gastás en una tele plasma, en un coche de lujo y en viajar, cuando vuelven a pagarte una miseria estás en el mismo lugar. Otra cosa es si esa ganancia la invertís en mejorar tu casa, en la educación de tus hijos, o en colocar un negocio familiar. Ahí estás abriendo un abanico que te pude mover del lugar que tenías.

 

Eso es lo que ha hecho el progresismo: gastarse todo en el carro de lujo. Hubo cosas muy buenas, como los teleféricos de La Paz que realmente le cambian cosas a la gente, porque destinaba horas y horas al transporte. Pero el empleo sigue siendo precario y mal pago, y así con la mayor parte de las cosas.

 

P. Thompson dice que las clases son porque luchan, no luchan porque son. En esa línea, sostienen que la llegada de nuevas clases populares al poder con el progresismo no es la garantía de ningún socialismo. ¿Por qué este debate no se ha desarrollado en AL. ¿Al progresismo habría que anotarle el rasgo de la desideologización también, de la falta de debate sobre los grandes temas que caracterizaron al marxismo?
R.Z. A los que forman parte de esa nueva burguesía emergente no les interesa visibilizarse sino pasar como luchadores o gestores del proceso de cambio. No admiten el espejo. Y a los intelectuales les pasa algo muy particular, o forman parte de la derecha o han sido comprados y tienen muy buenos ingresos, de más de 5.000 dólares, que ya no les permiten ser críticos. La crítica al poder siempre implica precariedad y bajos ingresos, como le sucedía a Marx. Pero ahora nadie quiere ganar 500 dólares al mes, aspiran a ganar diez veces más, tener coches, empleada doméstica, viajar a todo el mundo, y así.

 

P. Afirman en el libro que el principal error de los gobiernos progresistas fue no tocar a las elites que concentran la riqueza, no hacer reformas estructurales y profundizar el modelo extractivo. ¿Puede explicar esto en cifras? ¿No se luchó contra la desigualdad?
R.Z. En Brasil y en Uruguay, que es donde se han hecho mediciones, el 1 por ciento gana lo mismo o más que antes, no pierde nada y todo indica que ahora con la crisis la brecha se amplió aún más. No tocaron la riqueza porque gobernaron con los ricos, con las multinacionales brasileñas en Brasil, con el agronegocio y las mineras en todo el continente. Lo más que han hecho es incrustarse en esa burguesía a partir de negocios más que turbios, como ahora se destapa en Brasil y como siempre fue en Venezuela donde los cuadros bolivarianos tienen acceso privilegiado a la renta petrolera.

 

P. ¿Por qué el extractivismo genera una sociedad sin sujeto?
R.Z. ¿Cuál era el sujeto de la vieja minería en Bolivia? Los trabajadores de las minas, que vivían en grandes campamentos de miles de mineros, en lugares apartados y en condiciones muy duras tanto en su trabajo en el socavón como en la vida cotidiana. Por eso dormían, como se decía, con el fusil por la almohada, porque ahí estaban los milicos y los patrones para reprimirlos. Eran el sujeto natural del modo de producción.

 

Ahora, ¿Cuál es el sujeto en los campos de soja o en la megaminería multinacional? Son emprendimientos que casi no necesitan trabajadores, la minería ahora funciona como las plataformas petroleras, emplean muy poca gente y de modo rotativo, en lugares distantes y casi sin contacto entre ellos. Los camiones que recogen el mineral de cobre en Chuquicamata no tienen choferes, son a control remoto. Los sujetos estaban vinculados al modo de producción pero ahora los sujetos que nacen son externos a la producción, como las mujeres víctimas de feminicidios que están muy relacionados con el extractivismo, los afectados ambientales, los precarios urbanos, y así, ninguno está en la producción.

 

P. Y se vino la crisis económica por la abrupta caída de los precios de los commodities que ha desnudado los límites de la economía de los gobiernos progresistas, al mismo tiempo se observa una recomposición de los movimientos sociales, “como síntoma de las grietas abiertas entre gobiernos y sociedades”. ¿Puede ampliar este cuadro de situación de recomposición de la sociedad en movimiento?
R.Z. Aquella sociedad en movimiento dejó de estarlo y los viejos movimientos ya no serán los mismos. Es otra etapa. Lo que estamos viendo ahora, desde junio de 2013 en Brasil, es algo nuevo, completamente nuevo. Tanto que aún no tenemos las palabras para nombrarlo.

 

¿De dónde venimos? De una fenomenal cooptación de los movimientos. Primero del período neoliberal, cuando se crearon los modos de cooptación de las mujeres, los indígenas, los sectores populares, etcétera, a través de instituciones nuevas por arriba para integrar a la elite, y de políticas focalizadas para controlar la pobreza. Pero esa bolsa se descosió por abajo, porque la crisis fue tan potente que no pudo contener a tantos pobres.

 

Después vino la cooptación progresista, mucho más sólida y abarcativa, integró no sólo dirigentes sino movimientos enteros, hizo políticas sociales mucho más amplias pero no reconoció derechos universales, y realizó muchas obras. Pero el modelo extractivo sumado a la caída de los precios, están empezando a filtrar nuevas protestas que ya no pueden contener. Aquí podemos decir que la vanguardia son las mujeres, porque el modelo actual genera feminicidios que ya no son la violencia machista tradicional sino un genocidio contra los que sobran en este modelo, y una parte de ellas son mujeres. El modelo se sostiene con la proliferación de servicios armados, desde militares y policías hasta guardias privados, lo que ha multiplicado la población en armas, donde se reclutan los violadores y asesinos.

 

Otro sector, igualmente contestatario, son los jóvenes, porque al igual que las mujeres no tienen futuro en este tipo de sociedad, más que como vendedores a 800 bolivianos por mes, de lunes a lunes, 11 horas por día. Es igual que el feminicidio: esto ya no es explotación por extracción de plusvalía, sino esclavitud- O sea, acá sólo podés ser guardia armado o esclava/esclavo, y empiezan a rebelarse a ese destino.

 

P. En este contexto: ¿Qué respuestas plantea ante la crisis económica y política que vive América Latina, que supere el extractivismo y nos plantee nuevos tipos de sociedad?
R.Z. Pero para superar el modelo extractivo hay que derrotar al 1 por ciento y a sus aliados, los medios concentrados, los políticos de derecha y de izquierda, y los milicos. Hay que desalojarlos del Estado, desarmarlos de sus medios y de sus armas, pero además hay que derrotarlos culturalmente, y eso pasa por romper con la cultura consumista que despolitiza y nos hace conservadores. No se llega al mundo nuevo en carro y hablando por iphone, se llega sólo si asumimos una forma de vida muy austera y estando dispuestos a poner el cuerpo en el intento. Así y todo, nada es seguro.

 

P. Afirman que “la recomposición estatista progresista fue un paso atrás y que el punto de referencia debe ser siempre el grado más alto alcanzado por la lucha social y nunca aquello que es posible conseguir. Lo posible es siempre el Estado, el partido, las instituciones existentes” como parte de la cultura política predominante. ¿Es posible tener otras referencias de transformación que no sea el estado y los partidos?
R.Z. Tenemos toda una historia de vida y de luchas de los sectores populares que apuntan en otra dirección que no es ni el Estado ni los partidos. Si no revivimos esa historia, la que va de Túpac Katari a los mineros y los campesinos, que desarticularon el colonialismo y el gamonalismo, hicieron la revolución del 52 y deslegitimaron el neoliberalismo, si no revivimos ese estilo de vida, que va mucho más allá de una política, entonces no estamos en condiciones de seguir en esto.

 

Entre nosotros se fue imponiendo una cultura de lo fácil, facilismo le llaman en Venezuela a la cultura del no trabajo, de la renta. En todos los marxismos hasta ahora, el socialismo era fruto del trabajo, no del reparto de la renta. Porque el reparto se puede hacer una vez, vos te reapropiás de la tierra una vez, después hay que trabajarla. Lo mismo con las fábricas, con todo. Entonces, estamos ante una cultura que no valora el trabajo, y es por lo tanto funcional al capitalismo actual. Se valora lo que se consume, la marca, la ostentación de la moda, de lo nuevo, pero no se valora el trabajo. En la política, es igual, se valora el cargo, el destaque, por eso los progresistas aparecen en los mismos lugares que los burgueses y ostentando. Eso es pan para hoy y hambre para mañana.

Publicado enEdición Nº230
Jeremy Corbyn y Bernie Sanders.

 

La política en las economías avanzadas de Occidente está en la tesitura de una reestructuración política como no se ha visto desde los años 30. La Gran Deflación que tiene acogotados a ambos lados del Atlántico está haciendo que revivan fuerzas políticas que habían estado dormidas desde el final de la II Guerra Mundial. Está volviendo la pasión a la política, pero no de la forma que muchos habíamos esperado.

 

La derecha se ha visto animada por un fervor contrario al “establishment” que era, hasta hace poco, patrimonio de la izquierda. En los Estados Unidos, Donald Trump, candidato republicano a la presidencia, mete en vereda – bastante creíblemente – a Hillary Clinton, su oponente demócrata, por sus estrechos lazos con Wall Street, sus ganas de invadir tierras foráneas, su disposición a adherirse a acuerdos de libre comercio que han socavado el nivel de vida de millones de trabajadores. En el Reino Unido, el Brexit ha asignado a ardientes thatcherianos el papel de entusiastas defensores del National Health Service [el sistema sanitario británico].


Esta transformación no carece de precedentes. La derecha populista ha adoptado tradicionalmente una retórica cuasi izquierdista en tiempos de deflación. Cualquiera que tenga estómago para revisar los discursos de los más destacados fascistas y nazis de los años 20 y 30, encontrará apelaciones – los panegíricos de Benito Mussolini a la seguridad social o las punzantes críticas del sector financiero por parte de Joseph Goebbels – que parecen, a primera vista, indistinguibles de metas progresistas.


Lo que hoy estamos experimentando es la implosión natural de la política centrista, debido a una crisis del capitalismo global en la que un derrumbe financiero condujo a una Gran Recesión y luego a la Gran Deflación de hoy. La derecha está repitiendo sencillamente su viejo truco de sacar partido de la ira justificada y las aspiraciones frustradas de las víctimas para hacer que avance su repugnante orden del día.


Todo empezó con la muerte del sistema monetario internacional establecido en Bretton Woods en 1944, que había forjado un consenso político de postguerra basado en una economía “mixta”, límites a la desigualdad y una sólida regulación financiera. Esa “era dorada” terminó con el llamado “shock” de Nixon en 1971, cuando Norteamérica perdió los superávits que, reciclados internacionalmente, mantenían estable el capitalismo global.


De manera notable, la hegemonía de los Estados Unidos creció en esta segunda fase de postguerra, en paralelo a su déficit comercial y presupuestario. Pero para seguir financiando estos déficits, los banqueros tenían que desengancharse de sus restricciones del New Deal y de Bretton Woods. Sólo ellos alentarían y gestionarían los flujos de entrada de capital necesarios para financiar los déficis parejos de Norteamérica en fiscalidad y por cuenta corriente.


La meta era la financiarización de la economía, el neoliberalismo su manto ideológico, su gatillo fue la subida de los tipos de interés de la época Paul Volcker en la Reserva Federal, y el presidente Clinton fue en última instancia el que cerró este pacto fáustico. Y el momento no podría haber sido más amigable: el desmoronamiento del imperio soviético y la apertura de China generaron una oferta de trabajo para el capitalismo global – mil millones de trabajadores adicionales – que hicieron que se disparasen los precios y ahogaron el crecimiento de los salarios en todo Occidente.


El resultado de la extrema financiarización fue una enorme desigualdad y una profunda vulnerabilidad. Pero por lo menos la clase trabajadora de Occidente tenía acceso a préstamos baratos y precios de vivienda desorbitados para compensar el impacto de salarios estancados y transferencia de rentas fiscales en declive.


Luego llegó el derrumbe de 2008, que produjo en los EE.UU. y en Europa un masivo exceso de oferta, tanto de dinero como de gente. Aunque muchos perdieron empleos, hogares y esperanzas, billones de dólares en ahorros han ido derramándose por los centros financieros del mundo desde entonces, sumándose a otros billones bombeados por desesperados bancos centrales dispuestos a substituir el dinero tóxico de los financieros. Con empresas e inversores demasiado temerosos como para invertir en la economía real, los precios de las acciones se han puesto por las nubes y el 0,1% más alto no da crédito a su suerte, y el resto mira impotente cómo las uvas de la ira van“...llenándose y haciéndose copiosas, haciéndose copiosas para la cosecha”.


Y así fue como ingentes partes de la humanidad en Norteamérica y en Europa quedaron demasiado endeudadas y se volvieron demasiado caras como para ser otra cosa que desecho, y quedaron listas para verse tentadas por Trump atizando el miedo, por la xenofobia de la dirigente del Front National, Marine Le Pen, o la refulgente visión de los adalides del Brexit de una Britania que rige de nuevo las olas. A medida que crece su número, los partidos tradicionales están cayendo en la irrelevancia, suplantados por el surgimiento de dos nuevos bloques políticos.


Un bloque representa la vieja troika de la liberalización, la globalización y la financiarización. Puede que todavía esté en el poder, pero sus acciones están cayendo rápidamente, como pueden atestiguar David Cameron, los socialdemócratas europeos, Hillary Clinton, la Comisión Europea y hasta el gobierno de Syriza posterior a la capitulación.


Trump, Le Pen, los partidarios derechistas del Brexit en Gran Bretaña, los intolerantes gobiernos de Polonia y Hungría, y el presidente ruso, Vladimir Putin, forman el segundo bloque. La suya es una internacional nacionalista – una criatura clásica de un periodo deflacionario – unida por el desprecio por la democracia liberal y la capacidad de movilizar a los que la aplastarían.

 

El choque entre estos dos bloques es a la vez real y motivo de confusion. Clinton versus Trump constituye una auténtica batalla, por ejemplo, como lo es la Unión Europea contra los partidarios del Brexit; pero los contendientes son cómplices, no enemigos, que perpetúan un bucle inacabable en el que se refuerzan mutuamente y en el que cada lado se define – y moviliza a sus apoyos sobre esa base – por aquello a lo que se opone.

 

La única manera de salir de esta trampa política es el internacionalismo progresista, basado en la solidaridad entre las grandes mayorías en todo el mundo que están preparadas para reavivar la política democrática a escala planetaria. Si esto suena utópico, vale la pena poner de relieve que ya se encuentran disponibles las materias primas.


La “revolución política” de Bernie Sanders en los EE.UU., el liderazgo de Jeremy Corbyn en el Partido Laborista del Reino Unido, el MDeE25 (Movimiento por la Democracia en Europa, DiEM25) en el continente: estos son los heraldos de un movimiento internacional progresista que puede definir el terreno intelectual sobre el que debe erigirse la política democrática. Pero nos encontramos en un estadio muy temprano y nos enfrentamos a un notable contragolpe de la troika global: véase el tratamiento dispensado a Sanders por el Comité Nacional de los demócratas norteamericanos, la competencia contra Corbyn de un antiguo cabildero farmacéutico y el intento de encausarme por osar oponerme al plan de la UE para Grecia.


La Gran Deflación plantea una gran pregunta: ¿puede la humanidad concebir y llevar a la práctica un nuevo Bretton Woods “verde” y tecnológicamente avanzado – un sistema que haga nuestro planeta ecológica y económicamente sostenible – sin el inmenso sufrimiento y destrucción que precedieron al primitivo Bretton Woods?


Si nosotros – los internacionalistas progresistas – no conseguimos responder la cuestión, ¿quién la contestará? Ninguno de los dos bloques que hoy rivalizan por el poder en Occidente quiere siquiera que se plantee.

 

Traducción: Lucas Antón

 

 

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Lunes, 16 Mayo 2016 07:25

Movimientos ¿en movimiento?

Movimientos ¿en movimiento?

¿Cómo entender lo que se denomina como movimientos? Sean regionales, vecinales, gremiales, autonómicos, campesinos, indígenas, de género; sean contra desalojos urbanos, despojo de tierras por compra obligada o decreto; por desastres inducidos o naturales, desarrollos mineros, inmobiliarios, turísticos; de rechazo a cultivos Frankenstein, leyes y reglamentos lesivos para los de abajo (y hasta los de en medio), tratados secretos con el capitalismo foráneo (como lo llamaba el Che Guevara); en favor de la libertad de expresión, tránsito, siembra de semillas propias.

 

Desde la experiencia latinoamericana, implican un estar-fuera-del-Estado, de los mecanismos de control, cooptación y castigo; no ser partidistas, o serlo de manera secundaria, autónoma de la nube electoral. ¿Cómo podrían asociarse con gobiernos, incluso los que diciéndose progresistas (y siéndolo, comparados con los reaccionarios y autoritarios) que siguen la corriente mundial del supra-gobierno financiero, ideológico y militar que ejerce el neoliberalismo; resultan presa fácil de una derecha que saca raja de sus desprestigios y cuenta con mayor margen para el cinismo.

 

Los movimientos, en particular los de matriz indígena, poseen arraigo territorial, de identidad o lengua, de interés comunitario. Su meta es defender la vida, lo bueno posible en los lugares que habitan ancestralmente o por recuperación legítima.

 

Raúl Zibechi observa y analiza de cerca la dinámica de los movimientos sociales en América Latina. Además de reportajes y artículos, publica con propositiva constancia libros sobre Brasil, Bolivia y otros países, conoce a fondo el zapatismo mexicano y se involucra en las protestas y acciones populares de su país, Uruguay, y otras naciones del área. Recientemente publicó Cambiar el mundo desde arriba: los límites del progresismo (Desdeabajo, Bogotá, 2016), en colaboración con Decio Machado. Entrevistado en el País Vasco, Zibechi reiteró su crítica al progresismo sudamericano en términos que irritan a los seguidores de los gobiernos de izquierda, aunque la evolución (involución) de estos le conceda razón.

 

Sopesa los errores de estas experiencias, en Brasil por ejemplo: No tocar al 10 por ciento de poderosos que concentran la mayoría de riqueza; no hacer reformas estructurales y perpetuar el modelo extractivo. Nos hemos dado cuenta tarde de qué supone el modelo. En un principio sólo fuimos capaces de ver sus negativos efectos medioambientales y para la salud humana. Además, el extractivismo es una cultura, genera una situación dramática: una parte de la población sobra porque no está en la producción. Se crea así un campo sin campesinos. El monocultivo y la megaminería apenas generan empleo. “También tenemos un extractivismo urbano: ciudades donde los pobres son llevados cada vez más lejos, y si esto funcionara a tope –lo que pasa es que hay resistencias– hoy las villas ya no existirían”.

 

El modelo extractivo genera una sociedad sin sujetos con su modelo de tierra arrasada. Los movimientos que surgen lo van a hacer en los márgenes de la producción capitalista. Es difícil organizar a la gente que está por fuera de. Eso nos coloca en una situación compleja que nos está llevando a la necesidad de organizar a la gente en las peores condiciones, sin vinculación con la producción, donde hay una degradación de la trama social, otra de las consecuencias nefastas del modelo extractivo. No cuesta mucho encontrar políticas económicas claramente reaccionarias en la agenda posneoliberal de los llamados gobiernos progresistas. Cita Brasil de nuevo: los grandes bancos están obteniendo las mayores ganancias de su historia, mientras se fomenta el consumo como forma de integración despolitiza los sectores populares. Ese era, tal vez, el objetivo del gobierno de Lula, que pretendió contentar a los de abajo y también a los de arriba, buscando evitar el conflicto social.

 

A fin de cuentas, la crisis de los gobiernos progresistas se debe a la incapacidad de salir del modelo extractivo, que es un modelo de sociedad, como lo fue la industrial: las relaciones sociales, la cultura, la vida; un modelo de muerte que margina a 30 o 40 por ciento de la población, la condena a permanecer en sus periferias, recibir políticas sociales y no poder organizarse, ya que cuando se mueve un poquito, cuando sale de sus barrios, es criminalizada. Zibechi propone repensar para denunciarlo y discutir políticamente al modelo que caducó. Con gobiernos de izquierda y de derecha, el modelo se mantiene.

 

En lo inmediato, su pronóstico es negativo: van a gobernar las derechas. A mediano plazo, para que la correlación de fuerzas cambie, habrá que ver qué hacen los movimientos sociales. Creo que en un plazo relativamente breve van a volver a la ofensiva, y una de las tareas centrales, si se quiere llegar al gobierno, será discutir con qué programa, qué realizaciones tendrán lugar, cuáles van a ser los aliados.

 

 

 

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“Cambiar el mundo desde arriba. Los límites del progresismo"

“Estamos atravesando un cambio de época mucho más profundo del que insinuaron los gobiernos progresistas que, en el fondo, apenas intentaron conducir la notable energía popular hacia las aguas estancas de la representación, o sea, de la política estatal. Los momentos candentes de las luchas sociales (parlamentos indígenas-populares de 2000 en Ecuador, cuarteles aymaras en el altiplano boliviano en 2000-2001, asambleas populares en Argentina en 2001-2002) fueron momentos antiestatales pero también antipartidos, dos modos organizativos que responden a la misma lógica. Respecto a esos momentos, la recomposición estatista-progresista fue un paso atrás, un retroceso. Para quienes apostamos a la emancipación colectiva, el punto de referencia debe ser siempre el grado más alto alcanzado por la lucha social y nunca aquello que es posible conseguir. Lo posible es siempre el Estado, el partido, las instituciones existentes. Pero la emancipación no se puede detener allí”. (Decio Machado - Raúl Zibechi. 2016. “Cambiar el mundo desde arriba. Los límites del progresismo". Ediciones desde abajo. Bogotá, Colombia).


La cita fue con Raúl Zibechi y Decio Machado, autores del libro “Cambiar el mundo desde arriba. Los límetes del progresismo”. La invitación era para realizar un taller, un diálogo-debate alrededor de un conjunto de experiencias de gobierno que se dicen “revolucionarios” pero que mucho más allá de los deseos o de la propaganda han terminado por conducir las dinámicas fuerzas sociales que heredaron hacia la atomización, la cooptación, la división, la confusión, sin marcar por lugar alguno las señas de lo que implicaría un cambio digno de llamarse revolucionario. El taller sesionó durante los días 11-12 de abril, en el auditorio de la Cooperativa Codema.

 

 


Día primero


Las personas concurrentes fueron llegando poco a poco, tal vez con temor de lo que iban a escuchar, o tal vez escépticas por lo ya leído en las páginas del libro que algunos de los inscritos ya habían reclamado o recibido. Una vez quedaron pocas sillas por usar, se dio inicio al evento. Antes de entrar en materia, se habló un poco de los ponentes a modo de una corta presentación. Raúl Zibechi es un escritor y pensador-activista uruguayo, dedicado al trabajo con movimientos sociales en América Latina; Decio Machado es un consultor internacional en Políticas públicas, análisis estratégico y comunicación. Miembro del equipo fundador del periódico Diagonal y de la revista “El Hurón”, así como colaborador habitual en diversos medios de comunicación en América Latina y Europa. Investigador asociado en Sistemas Integrados de Análisis Socioeconómico, director de la Fundación Alternativas Latinoamericanas de Desarrollo Humano y Estudios Antropológicos (Aldhea) y colaborador de Editorial Crítica & Alternativas y Ediciones Desde Abajo.


“Es deber de la izquierda hacer un análisis auto crítico, porque si en algo hemos pecado la izquierda es en, precisamente, no hacerlo, por el contrario hemos tratado de ocultar algunos procesos oscuros que no nos enorgullecen. Por lo mismo es preciso hacer algunas aclaraciones sobre ciertos conceptos que el progresismo ha usado para referirse a su gestión” (Machado)[...] “En Suramérica no ha habido revoluciones –se ha hablado de de la revolución bolivariana en Venezuela, de la revolución ciudadana en Ecuador, en Bolivia la revolución del buen vivir- y eso por una razón elemental: una revolución no puede dejar intacto el aparato estatal (fuerzas armadas, burocracias, instituciones civiles, etcétera), una revolución destituye esos aparatos. Vale la pena aclarar que la revolución no es el paradigma para llevar a cabo una transformación social, puesto que llevamos poco más de dos siglos de revoluciones que han sido poco transformadoras”, dice Zibechi.

 

 


Ciclo progresista


El taller empieza con una revisión histórica de los alzamientos populares en América Latina a cargo de Raúl Zibechi.
“El ciclo progresista arranca a comienzos de los 90, años en los que se produjeron levantamientos sociales no organizados como El Caracazo en Venezuela o el Cacerolazo en Argentina que no contaban con el auspicio de centrales sindicales ni de partidos políticos, fueron insurrecciones espontáneas realizadas por el pueblo. Dos décadas antes ya se habían formado movimientos como la Conaie en Ecuador a principios de los 80, como el Ezln protagonista del alzamiento del 94, como las organizaciones campesinas paraguayas del MCP de los años 80, las Madres de la Plaza de Mayo en plena dictadura del 76. Durante este tiempo cayeron más de 10 presidentes: 3 en Ecuador, 2 en Argentina, 2 en Bolivia, 1 en Brasil y situaciones similares en otros lugares [...].


También cabe aclarar el concepto de movimiento, hay que someterlo a crítica y a problematización. ¿Qué es un movimiento? Somos herederos de una ciencia social eurocéntrica que ha estudiado y analizado este concepto al punto de definir características que lo describen. En el periodo de los 90 y principios de los 2000, la intensidad de la acción social del movimiento popular (indígena, campesino, urbano y de periferias urbanas) modifica la relación de fuerzas en el continente, particularmente en Sudamérica y aunque no se lo propusieron –algunos más, otros menos– consiguieron, primero, deslegitimar el modelo neoliberal; segundo, al abrir grietas en la capacidad de gobernar de los neoliberales, crearon condiciones para que emergieran nuevas fuerzas políticas. Y si uno mirara país por país vería que en muchos de ellos los partidos políticos que desempeñaron un papel importante hasta los años 90, o desaparecieron o pasaron a un lugar muy marginal. Este es el primer panorama de cambio en la región, luego en 2005, cuando empiezan los primeros gobiernos progresistas, cambia el clima político en el continente. El activismo popular continúa con los gobiernos progresistas, lo único que cambian son los propósitos”.


Desarrollo progresista (extractivismo), asistencialismo y movimientos populares


Aquí Zibechi establece una relación entre el desarrollismo progresista, las políticas sociales de asistencialismo y los alzamientos civiles. “Durante estos gobiernos se impulsó el extractivismo en todas sus expresiones (mega-obras de infraestructura, monocultivos, ganadería extensiva y minería; en general cualquier forma de explotación del suelo), causando grandes impactos ambientales y de ordenamiento territorial que derivaron en problemáticas sociales y que desencadenaron la movilización de los grupos sociales directamente afectados y la posterior adhesión de los movimientos simpatizantes. Es el caso del Perú, de Bolivia, de Brasil, Argentina y Venezuela, en donde se estimuló la producción minera y agrícola de forma exhaustiva a tal punto de despojar, desplazar, contaminar y hasta asesinar a las personas que habitaron las tierras en donde se desarrollaron mega-proyectos industriales. Estas movilizaciones muestran las grietas de una de las caras del modelo progresista que son las políticas sociales, pues estas ya no son suficientes y por eso la gente empuja, a lo que los gobiernos responden ampliando las políticas públicas”.


Y continúa: “El extractivismo también tiene un componente urbano, pero que al estar tan normalizada la especulación inmobiliaria, cuesta considerarla parte del modelo extractivo. Esta exagerada especulación con el suelo y la vivienda es también parte del modelo extractivo, porque los tres tienen detrás al capital financiero. Es un modelo especulativo, no productivo; especula con la propiedad sobre la tierra y los usos del suelo. Llevamos entre 15 y 20 años de gobiernos progresistas, un periodo suficiente para evaluar qué se ha hecho y qué no y cuáles han sido las opciones políticas que han tomado cada uno de los gobiernos. Ha habido condiciones para profundizar en sus políticas y llevar a cabo los cambios sociales necesarios de haberlo querido”.


Por su parte Machado amplía la temática. “A pesar de su intento de apuesta revolucionaria, el progresismo sigue sujeto a la economía global, a los precios internacionales del petróleo, y a la oferta y demanda de mercancías (commodities) en el mundo. Aunque se plantean el fin del capitalismo, los gobiernos progresistas aprueban el crecimiento desmesurado que tiene la empresa privada durante sus administraciones, excusándose en que, de acuerdo a las ganancias del capital privado, los impuestos a la renta para el Estado serán mayores, y el dinero destinado para la asistencia social también. Por otro lado, las lógicas dependentistas que en la teoría se buscan extinguir, en la práctica tienden a aumentar, así queda reflejado en los precios de las exportaciones de materias primas que imponen las potencias y la vinculación de los países sudamericanos con países europeos mediante tratados de libre comercio, que poco o nada favorece a la empresa nacional latinoamericana. De esta manera, siendo el extractivismo la principal fuente económica en los países progresistas, los conflictos ambientales han sido cada vez más notorios, a pesar de que los programas de gobierno se pensaron en un marco ecologista y como defensores de los derechos ambientales”.


Terminada esta primera temática, se dio paso a las intervenciones del público asistente, quienes plantearon interrogantes respecto a la pertinencia del progresismo, a las élites que intervienen en la conformación de este modelo, y a la crisis de la izquierda reflejado en el fracaso de los gobiernos progresistas del siglo XXI.

 


La crisis del socialismo. Fracaso del progresismo.


Zibechi fue el primero en tomar la palabra para responder. “El pensamiento crítico frente a los procesos revolucionarios del socialismo y su lucha contra el capitalismo atraviesa una gran crisis. Décadas anteriores al surgimiento del progresismo, la construcción continua del socialismo y del pensamiento emancipatorio era constante; había una crítica que visibilizaba las carencias y las expectativas de los gobiernos que aplicaron el modelo socialista. Sin embargo esta crítica se fue desvaneciendo y con la caída del Muro de Berlín, la derrota del socialismo, representado en la Unión Soviética, se convirtió en un tema censurado. Entonces las falencias de la izquierda como propuesta política no fueron analizadas y, por ende, nunca fueron corregidas. Asimismo la izquierda omitió una pregunta fundamental, ¿es posible el socialismo desde el Estado? Al no hacernos esta pregunta nos encontramos ahora, con el progresismo, con que los errores de hace 30 años los estamos repitiendo al pretender que la revolución se realice bajo el modelo de Estado que ha permitido que el neoliberalismo alcance el poder que tiene hoy en día.


El proceso bolivariano en Venezuela define el socialismo como “modo de relaciones de producción centrado en la convivencia solidaria y la satisfacción de las necesidades materiales e intangibles de toda la sociedad, que tiene como base fundamental la recuperación del valor del trabajo como productor bienes y servicios para satisfacer las necesidades humanas y lograr la suprema felicidad social y el desarrollo integral. Para ello es necesario el desarrollo de la propiedad social sobre los factores y medios de producción básicos y estratégicos que permita que todas las familias de venezolanos y venezolanas posean, usen y disfruten de su patrimonio”. Esto es una anti definición de lo que es el socialismo en Marx; el socialismo es el poder de los trabajadores, la elevación de la clase obrera como la clase dominante, eliminando el poder de la burguesía, gradualmente se le irá arrancando el capital. No es posible entender el cambio en América Latina sin comprender el cambio de potencia hegemónica.


Pobreza y desigualdad. ¿Economía progresista?


Desde las perspectivas manejadas en el libro, Zibechi expone las falencias económicas de los gobiernos progresistas. “La economía en los gobiernos progresistas presentó un aumento considerable, por lo menos en sus primeras etapas, gracias al extractivismo y las exportaciones que este generaba. Esto permitió al Estado contar con más recursos y en consecuencia que las políticas sociales contaran con grandes cantidades de dinero y la asistencia social se llevara a cabo de forma masiva. Pero esto no representó un cambio radical en la división de las clases sociales, se redujo la pobreza apenas un poco mientras tanto la desigualdad social seguía siendo abismal y así se mantiene”.


Y agrega: “La aparente disminución de la desigualdad está dada por la disminución de la diferencia entre los ingresos de los trabajadores porque se colocaron impuestos a los salarios más altos, impuestos que fueron distribuidos entre la población más pobre. Este dinero distribuido no representa un gasto superior al 1 por ciento del PIB de estos países, por lo mismo no es una cantidad considerable como para que una familia beneficiaria salga de la condición de pobreza ni mejore efectivamente su calidad de vida. Para disminuir la desigualdad son necesarias reformas estructurales en la distribución de la tierra en áreas rurales y urbanas, no en los impuestos, porque el capitalismo está diseñado para evadirlos. El progresismo no pudo realizar un cambio estructural en el modelo económico y político existente, no tocó la base hegemónica de la banca, el capital financiero y el extractivismo. ¿Qué paradigma de revolución se debe seguir para un verdadero cambio social? ¿Se podrá vencer a la burguesía? Sabemos que no es la lucha armada, tampoco la vía electoral, ¿cuál es?”. Con estos interrogantes finalizó la primera sesión.


Día 2


La segunda parte del taller empezó con una serie de preguntas por parte de los asistentes, interrogantes relacionados con los temas trabajados en el libro, y algunos que no se tocaron pero que también resultaron pertinentes en este debate. Se formularon preguntas que tienen que ver con las tendencias progresistas, las formas de organización y algunos movimientos representativos del socialismo. Sin embargo, Zibechi propuso concluir el tema de la bancarización que quedó pendiente en la sesión del día anterior.


El sector bancario, el más beneficiado


“¿Cómo influyeron los gobiernos progresistas en la profundización de la bancarización? La pista nos la da este dato. Bajo los 8 años, los dos gobiernos de Fernando Enrique Cardozo la banca tuvo una ganancia del 10 por ciento y bajo los 8 años de Lula la ganancia de la banca fue mayor, ¿cómo se explica esto?, ¿a qué se debe? Una de las razones es que ese cartoncito de bolsa familia, o sea, esos 150 mil pesos colombianos que le ingresa a 50 millones de personas o 12 millones de familias, les obliga a conseguir una tarjeta débito –porque ya de entrada tienen que tener una cuenta de ahorros–, entonces ya hay una vinculación a través de una cuenta bancaria. Por otro lado, las ventas de autos durante el gobierno del PT crecieron a un promedio del 9 por ciento anual, es decir, durante el gobierno de Lula creció más del 70 por ciento. Eso se debe a que el Gobierno facilitó los pagos en muchas cuotas de los vehículos. El crédito a las familias era el 22 por ciento del PIB, hace un par de años era del 58 por cieneto; este endeudamiento es con la banca, lo que provocó que las familias se hicieran más dependientes del sistema bancario”.


Además, añade: “Este proceso de financiarización rompe con la barrera de la heterogeneidad estructural que había sido un freno al crecimiento del capitalismo. Sobre esto dice Aníbal Quijano: “Mientras que en el mundo desarrollado hay una forma de ingreso del grueso de la población trabajadora que es el salario, en América Latina tenemos 5 formas de trabajo: la esclavitud, la servidumbre, la reciprocidad (sobre todo en las áreas rurales y en las periferias urbanas), la pequeña iniciativa mercantil familiar y el salario. Después de un siglo de gobierno progresista se produce lo contrario”. Entonces, diría que a esto habría que agregarle otro elemento: hay mayor vulnerabilidad de las familias y mayor vulnerabilidad de los sectores populares por debilidad, debilitamiento y complexión de los movimientos sociales [...]. Esta situación ha generado un malestar muy grande en los sectores populares. En consecuencia, el progresismo ha implicado una fuerte profundización del capitalismo, contrario a lo que dijera Marx –aunque después él mismo se corrigiera– el socialismo no es la fase final del capitalismo; mentira”.

 


Represión en el progresismo


Otro de los mitos que estuvo presente en el progresismo es que la represión bajó considerablemente. Los datos que ofrecen Machado y Zibechi indican que la represión aumentó. En el caso de Brasil, los datos oficiales del Gobierno muestran que desde el 2002 y hasta el 2015, la muerte de ciudadanos blancos cayó 24 por ciento, mientras que la muerte de ciudadanos negros subió un 38 por ciento. Esto quiere decir que hay una violencia focalizada hacia ciertos sectores de la sociedad. En Argentina, el colectivo Correpi (Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional) viene recolectando desde el año 83 los datos de las muertes violentas a manos de la policía, la mayoría con armas de fuego, otros a golpes, otros en circunstancias sin esclarecer; la inmensa mayoría jóvenes de 15 a 30 años de los sectores populares. Bajo el gobierno de Alfonsín (5 a 6 años) registraron 21 casos de muertes violentas por la policía al año (teniendo en cuenta que la Correpi aún no contaba con las herramientas ni el manejo de registros necesarios). Después vienen los 10 años del más salvaje neoliberalismo, el de Menem, en el que hubo un promedio de 68 muertos por años por la policía. Después viene un lapso de dos años que fue cuando el movimiento popular creció exponencialmente y la violencia represiva también, en esos años hubo un promedio de 241 muertos cada año. Luego vienen los 10 años de los Kirchner en los que se registran 246 por año, aún cuando habían implementado políticas para disminuir la violencia represiva por parte de la policía. ¿Por qué en estos gobiernos progresistas hay 3, casi 4 veces más muertes que en el gobierno del más crudo neoliberalismo? ¿Qué está pasando? En Argentina no hay extrema derecha, ni ninguna organización ha denunciado infiltración de la extrema derecha, sin embargo hay una organización jerárquica de la policía que está por encima de cualquier gobierno.


Decio Machado toma la palabra para exponer la manera en que en Ecuador se emplea la represión. “El mejor mecanismo de control social en los países con gobiernos progresistas en el continente lo tiene Ecuador, desde el punto de vista político. Hay un desarrollo de una violencia institucional que va desde lo dialéctico hasta lógicas de control social que son mucho más sofisticados que en la época del neoliberalismo. En el caso de Ecuador no hay un indicador de muertes como el que se está reflejando aquí; es un criterio selectivo de represión o de control social que tiene bastante de subliminal, que se ven reflejados en lógicas como pérdidas de empleo, incapacidad para conseguir nuevos empleos, escarnio público (el Presidente se encarga de sacar la foto en las sabatinas –que es una especie de rendición de cuentas–, de los periodistas opositores que dijeron algo que no le gustó, existe una violencia institucional generalizada desde el propio poder que enmarca lógicas de señalamiento y de censura aplicado por los demás funcionarios del gobierno”.


Además, Machado afirma que la represión se usa para esconder las falencias de los gobiernos. “Hay un discurso generalizado de los gobiernos latinoamericanos carente de análisis crítico desde la institucionalidad progresista, carece de autoreflexión crítica. También está el discurso de “conmigo o contra mí”: cualquier disidencia es contemplada como una traición; y esta cuestión es común en todos los gobiernos que se dicen progresistas. Esto va de la mano con el recelo que se tiene por los movimientos sociales y Ongs que defienden sectores de la sociedad, señalando cada movilización como estrategias de la derecha para ejecutar maniobras en aras de un golpe de Estado, apoyada por Estados Unidos. Estas son las dinámicas que emplean las administraciones progresistas para ocultar sus falencias”.


Crisis de la izquierda en América Latina


¿Cuál es el impacto para la izquierda el momento de crisis que viven los gobiernos latinoamericanos, la decadencia de la institucionalidad política progresista en América latina? ¿Qué va a pasar en América latina? ¿Qué va a pasar con las izquierdas institucionales, con las alternativas ancestrales (Cauca, Chiapas)? Fueron algunas de las preguntas realizadas por quienes asistieron al taller.


Machado empieza su intervención con una pregunta que cuestiona la intención revolucionaria del progresismo: “¿Por qué no se han hecho debates sobre la propiedad si estamos en un proceso de transformación social? No quiere decir que se tenga que desconocer el derecho a la propiedad privada, sino que la pregunta va orientada a cuáles son los límites de acumulación de la propiedad privada, cómo se debe distribuir la propiedad, si debe haber propiedad colectiva en los territorios. Siguen ganando dinero los mismos que ganaban antes, ahora mucho más, sigue creciendo la brecha de desigualdad, la banca gana más dinero que nunca. Hace tres años en Venezuela la banca privada registró récords en ganancias; esto quiere decir que el modelo de acumulación no ha cambiado en nada”.


Y prosigue: “Lograr que la gente participe en la toma de decisiones es un acto revolucionario y más si está acompañado de la construcción de valores. Hoy por hoy no hay una alternativa al progresismo, no la habrá en un futuro cercano, hay que construirla de manera colectiva. El progresismo que se concibió en Latinoamérica a principios de siglo hoy se cae a pedazos, ha alcanzado su máxima expresión y demuestra que no ha sido la contra-respuesta al modelo financiero global acumulativo. Hoy se debe reconstruir eso, seguramente desde la participación de los pueblos. También hay que entender que resulta bastante difícil para la izquierda el estrés de tener que soportar dos crisis como estas (la crisis del progresismo y la caída del muro de Berlín) en menos de tres décadas que no tienen antecedentes históricos, y eso tiene un precio.


Zibechi, por su parte, dice: “Creo que el único movimiento que ha sacado conclusiones de la crisis del socialismo y de la reforma del socialismo es el zapatismo. Y creo que la derrota del socialismo real con una modalidad en el campo soviético y con otra modalidad pero no menos grave que es la China, que no cayó formalmente pero se hizo ultra capitalista, es la derrota del imaginario de la cultura política de dos siglos, formada desde la revolución francesa, pasando por las revoluciones de 1848, la revolución rusa, la guerra civil y la revolución española, la revolución china, la cubana, la sandinista y otras [...]. ¿De dónde podemos aprender? En el último período hemos aprendido de las comunidades eclesiales de base, aprendimos de la educación popular, del guevarismo; de la ética guerrillera, y hemos aprendido del movimiento indígena que surgió en el 70. Y sin embargo ellos han sido reformateados por esta cultura política que no va más. ¿De dónde sacar la fuerza inspiradora para reconstruir el pensamiento y la práctica emancipatoria? Creo que sólo hay dos movimientos que nos iluminan: uno es el movimiento de mujeres; el otro es el movimiento indígena”.


Y termina diciendo: “El zapatismo plantea cambiar el mundo creando una nueva cultura política, lo demás se irá dando. Necesitamos construir relaciones sociales de nuevo tipo, ¿Qué cambios vamos a lograr si no podemos superar la contradicción entre las jerarquías de trabajo manual e intelectual? No se trata de gobernar a otros, eso es administrar lo que ya hay, lo que necesitamos es crear cosas nuevas, experiencias nuevas, relaciones sociales nuevas. Los obstáculos son las organizaciones y sus dirigentes. La democracia contemporánea implica la relación de hegemonías, obliga a la minoría a hacer lo que la mayoría disponga, y eso crea fracturas en la sociedad. Siempre habrá disidentes, personas en desacuerdo que no pueden ser excluidas, al contrario, es deber de cada uno aportar porque, en últimas, existe un bien común de fondo.


Una vez Zibechi termina su intervención, hacen una pausa para ceder la palabra a sus interlocutores. Hubo una notable antipatía con algunas de las posturas expuestas en el libro. ¿Qué fracasó en el socialismo, que se refleja ahora en el progresismo? ¿El progresismo desde quiénes y para quiénes? ¿Cómo hablar de revolución dentro de la hegemonía capitalista?


El deber de la izquierda


En esta oportunidad quien empieza la intervención por parte de los talleristas invitados es Machado, quien antes hace una reflexión acerca del poder y el propósito del progresismo.


Tenemos que replantearnos esta lógica del poder, ¿Existe un poder bueno? ¿Quien ha asumido el poder traicionó los ideales con los que llegó al poder, o es que todos estos gobiernos progresistas –durante estos episodios históricos que hemos tenido a lo largo de los siglos XIX, XX y ahora XXI–, han sido consecuencias de que el poder fue tomado por personas equivocadas o que se corrompieron? ¿Cuáles con las lógicas en las que la izquierda ha asumido la toma del poder (la toma del Estado)? En la lógica de la globalización actual considerar que la toma del Estado es la toma del poder es una lógica de abstersión, porque el poder se ramifica en las lógicas económicas, de tecnologías. Y nos referimos a los clásicos porque no hay intelectuales contemporáneos que se refieran a estos temas actuales, como lo hicieron ellos en su momento, entonces sirven de referencia.


Asociar el poder con el control del Estado, de la economía y/o de las tecnologías o entender que el poder significa el dominio de la institucionalidad de cualquier forma, es un error. El poder está dado por la aceptación del pueblo que participa en las dinámicas de gobierno, que interactúa en la construcción de lazos de identidad de la sociedad. El ejercicio del poder, contemplado desde la institución, siempre estará permeado por mecanismos de represión, siempre hará uso de la cultura del miedo para su ejercicio de dominación, y el progresismo no ha sido la excepción. El progresismo mantiene las mismas lógicas, o recurre a los mismos mecanismos de violencia, de represión, a la misma cultura del miedo, porque no logra modificar la cultura política de ordenamiento social, mucho menos transforma las dinámicas de producción y consumo que por años ha implantado la derecha neoliberal, por el contrario mantiene el contexto económico que le permite al capitalismo crecer cada día más.


Finalmente, Zibechi termina la sesión y da por finalizado el taller con estas palabras a modo de conclusión: “No se puede cambiar este mundo si no hay un colapso, en períodos de estabilidad no se puede cambiar nada. Las revoluciones fueron hijas de grandes colapsos. ¿Para qué nos preparamos: para asumir un cargo o para enfrentar ese colapso? ¿Cómo se cambia el mundo? Nietzsche tiene una famosa parábola sobre el hombre camello, el hombre león y el hombre niño; el camello es el que carga el peso de la explotación, del dolor, el león es el que se rebela contra eso, pero el león y el camello palpitan en la misma longitud de onda. El león reacciona a la opresión pero no va más allá, no modifica su realidad; es el niño el que crea, el que está en otra dimensión, tiene la imaginación y la inventiva para cambiar su realidad. Nosotros podemos cambiar al mundo si hay un colapso y si somos capaces de crear algo nuevo, no administrando lo que hay; tal vez, solo de esta manera muchos otros sigan el ejemplo. Los cambios serán realizados por pequeños grupos e irán creciendo conforme se vean los beneficios, pero hay que partir con la conciencia de que lo que hay ya no es suficiente, ya no sirve”.

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