A 150 años del nacimiento del líder de la Revolución de Octubre

Cuando el historiador británico Robert Service, el primero que tuvo acceso en 1991 a los archivos desclasificados de la URSS, publicó su "Lenin: una biografía", Manuel Vázquez Montalbán escribió el siguiente prólogo para la edición española. Una buena manera de acercarse a Lenin, la Revolución de Octubre y la prosa e ideas de Vázquez Montalbán

 He citado ya en dos ocasiones unos versos de Tijonov que en 1990 me parecieron muy clarificadores como remate de mi libro El Moscú de la Revolución: “Nuestro siglo pasará. Se abrirán los archivos / y todo lo que estuvo oculto hasta entonces / todas las secretas sinuosidades de la historia / mostrarán al mundo la gloria y el deshonor. / Otros dioses su faz oscurecerán / y se descubrirá toda desgracia, / pero todo lo que fue verdaderamente grande / será grande para siempre”.

La derrota de la URSS en la considerada III Guerra Mundial, mal llamada Guerra Fría, entre otros efectos, ha provocado la apertura y a veces venta o expolio de los archivos de la KGB y así constatar sospechas y obviedades sobre la cultura soviética de la intolerancia y de la represión.


Es evidente que esos archivos se han abierto intencionadamente por los nietos políticos de Lenin o Stalin para traspasar a sus abuelos la responsabilidad de una malformación revolucionaria y así poder abrazar ellos la causa del capitalismo desde la posición de ventaja de pertenecer a una nueva clase dominante, fraguada desde la infancia en la obediencia ciega e interesada al leninismo y al estalinismo.


Hace años prologué El verdadero Lenin, del general Volkogonov, que mientras fue director del Instituto de Historia Militar de la todavía URSS buscaba documentos útiles para sus dos obras más demitificadoras, una biografía de Stalin y El verdadero Lenin. Volkogonov formó parte de la nomenklatura militar soviética, a pesar de que sus padres fueran exterminados en las purgas estalinistas: el padre, fusilado en 1937, y la madre, muerta en el destierro en Siberia, en 1949. Tal vez el general Volkogonov padeció el síndrome del represaliado agradecido, consciente, entonces, de que la Revolución exterminaba a sus padres en nombre de una verdad superior, tan superior que era una verdad total, como fórmula redentora y aportadora de la felicidad para todos menos para los padres de Volkogonov. O quizá simplemente fuera un sobreviviente que esperó mejores tiempos para matar mediante palabras a los asesinos de sus padres.

La doble verdad

Una cosa es la doble verdad y el doble lenguaje en el que sobrevivieron muchos soviéticos, incluso miembros de la nomenklatura, y otra el trato historicista que ha merecido la Revolución soviética, leninismo incluido, antes y después de la caída del sistema. Las revelaciones sobre los métodos leninistas o estalinistas, que fueron asumidos disciplinadamente por casi todos los que hicieron posible que existiera el leninismo y el estalinismo, han puesto en cuestión el discurso metafísico que ligaba esencialmente la necesidad revolucionaria, es decir, emancipatoria, con la metodología de la violencia estructural monopolizada por el Estado en nombre del proletariado como sujeto histórico de cambio.


Ese discurso metafísico no sólo ha sido imprescindible para los comunistas, que han necesitado creer que la única revolución posible, y por tanto necesaria, y por tanto lógica, era la soviética tal como se dio. Quizá haya sido más útil en el pasado, lo es ahora, a las conciencias contrarrevolucionarias que han descalificado la necesidad de la revolución desde la denuncia de la perversión de su esencialidad. Revolución -intolerancia y arbitrariedad, revolución–, monstruos de la razón.
Las revelaciones aportadas sobre los grandes diseñadores de la Revolución, Lenin, Stalin, Trotsky, y sobre la conducta represiva de sus herederos se inscriben en la necesidad de catarsis de los soviéticos, pero también en la estrategia propagandística de los intelectuales orgánicos del capitalismo, recelosamente conscientes de que ni se ha muerto del todo el perro ni se ha acabado la rabia. Que estas revelaciones seaninstrumentalizables por el ejército cultural vencedor en la guerra fría no quiere decir que dejen de ser necesarias para quienes consideren que la historia no se merece el castigo de terminar en manos de telespeculadores monetarios capaces de decretar exterminios inteligentes por fax.
Precisamente, deberían ser las gentes empeñadas en la necesidad de retomar la lógica del cambio histórico, en la que se inscribe la Revolución soviética, como un proyecto desgraciado, quienes mayores enseñanzas debieran extraer de aportaciones de todos los Volkogonov que conducen a la evidencia de que los cambios históricos tal vez se incuben en los laboratorios de las vanguardias, pero sólo serán justos cuando sean asumidos por el consenso de masas en libertad. Hay que grabar en la mejor piedra de nuestra memoria que la Revolución de Octubre empezó prometiendo el rescate de todas las libertades y acabó desconfiando del uso social de ellas, con el pretexto de que debían limitarse debido a las condiciones especiales de un tiempo de guerras civiles, condiciones especiales que luego fueron institucionalizadas para siempre debido a que la URSS estaba en permanente lucha de clases mundial contra el enemigo exterior, el capitalismo, y contra el enemigo interior, los restos de ideología pequeñoburguesa o los excesos del maximalismo revolucionario, la una y el otro enemigos coligados de la verdad única revolucionaria.


Hay que desconfiar de las vanguardias totalitarias, pero no hay que caer en la ingenuidad de suponer que esas vanguardias van siempre uniformadas y que son menos vanguardias totalitarias las que mesiánicamente deciden un modelo de sociedad basado en la hegemonía de los más fuertes, y para conseguirlo han utilizado todo el utillaje disuasor y represor que el capitalismo ha ensayado desde hace más de dos siglos, desde el comienzo de su irresistible ascensión universal.

Sobre la historia

¿Qué papel ejercen objetividad y subjetividad en el historiador, como científico social que explica los hechos que forman parte de la vida de la humanidad a través de su desarrollo y explica las causas que los han motivado? Eric Hobsbawm, en Sobre la historia, se planteaba precisamente en 1996: “¿Podemos escribir la historia de la Revolución rusa?”. Dentro de una pregunta más ambiciosa y más dramática: ¿podemos escribir alguna vez la historia definitiva de algo? Y se contestaba que el historiador de la Revolución rusa era semejante al biógrafo de una persona viva que pasa a serlo de una persona muerta.


Hobsbawm se plantea todas las ucronías posibles ante el cadáver de la URSS, desde ¿era inevitable la Revolución soviética? hasta ¿qué podría haber pasado si Lenin hubiera seguido en plenas facultades?, y para el historiador inglés y marxista, la Revolución de Octubre de 1917 fue el resultado de una ola de radicalización popular, y no fue necesario siquiera tomar el poder..., “sino que bastó con recogerlo de donde lo habían dejado caer...”. Ahora, escribe Hobsbawm, hay que aprovechar las fuentes informativas que se abren en la antigua URSS, los archivos a los que se refería Tijonov, pero no hay que esperar demasiado de la historiografía soviética, todavía condicionada por la metabolización de la nueva situación.


¿De qué historiografía hay que esperar una historia de la URSS o una biografía de Lenin que no padezca el síndrome de pasar de lo vivo a lo muerto? Se plantea Hobsbawm que la Revolución soviética conlleva la doble verdad de los éxitos en la construcción de la URSS como potencia mundial disuasoria del capitalismo y su fracaso en el mantenimiento de un consenso social que fue posible en buena parte por razones nacionales, como la guerra patria contra el nazismo alemán. Frecuentemente observamos cómo otros historiadores de juicio menos implicado en la razón revolucionaria aprovechan la desaparición de la URSS para una radical demostración de lamaldad, cuando no de la perversidad esencial del diseño, y más allá de la generalizada condena del estalinismo se aborda ya sin disimulos una condena de Lenin como padre de todas las batallas.


Dentro de la más delirante posmodernidad, los historiadores y sociólogos no violentos recriminan el uso de la violencia que hizo el leninismo y posteriormente el marxismo-leninismo oficialmente entronizado en la URSS, como si las revoluciones y expansiones capitalistas no hubieran utilizado toda clase de violencias para ganar y consolidar su hegemonía. Cualquier nivel progresivo de justicia e igualdad se ha conseguido mediante luchas sociales e individuales terribles, en las que los propietarios del caballo, la casa y la pistola sólo han cedido parte de sus privilegios por la fuerza o por el poder disuasorio de la amenaza. El poder reaccionario ha cambiado violencia represiva por diálogo cuando no ha tenido más remedio que dialogar porque no estaba seguro de la victoria mediante la violencia. No es una propuesta de conducta. Es una constatación. Otra más a sumar a la hora de encontrar la correcta metodología para que en el siglo XXI desaparezcan las causas que pudieron hacer necesarias las revoluciones del siglo XX, y en este sentido me permito recomendar la lectura de La caída del imperio del mal, de Alexandr Zinoviev, con prólogo de Francisco Fernández Buey, como un magnífico balance crítico de lo que pudo haber sido y casi no fue la Revolución soviética, en la parte que le tocó vivir como ciudadano, soldado y profesor de filosofía y lógica matemática, primero, en Moscú; luego, en Finlandia.
Sobre la polémica interpretativa de la URSS y Lenin hay un censo muy ilustrativo en el artículo de Anna Sallés publicado en el número 5 de la revista Historiar, donde se dice que tras el hundimiento del sistema soviético se produjo un auténtico revival de la historiografía liberal conservadora que despojó de su hegemonía a la historia social y para los neoliberales... “La caída de la URSS y de todo el sistema soviético confirmaba las predicciones liberales sobre la inviabilidad de un modelo social que había nacido de un acto ilegítimo”.

Todas las etapas

Por todos estos motivos he leído con especial cuidado esta biografía de Lenin, de Robert Service, historiador y profesor británico de la Universidad de Londres, del que ya se había editado en España Historia de Rusia en el siglo XX, publicado en el Reino Unido en 1997 y, por tanto, fruto al menos ultimado una vez ya convertida la URSS en cadáver histórico. Service recorre todas las etapas revolucionarias, desde el crispado entusiasmo del 17 hasta el desencanto generalizado que presenció la perestroika: “La gente”, dice Price, “ estaba harta de las colas, la escasez de comida y el caos administrativo”, y constata que la estructura social de la nueva Rusia... “se está revelando como una versión modificada de la vieja URSS. Pocos eran los propietarios de negocios privados que no provinieran del ámbito de la administración soviética. Incluso el partido de Ziuganov (el candidato poscomunista), pese a sus críticas a Yeltsin, contaba con dirigentes que se habían beneficiado materialmente de las reformas del Gobierno: uno de ellos era propietario de un casino en Moscú”.


Cabe interpretar esta nueva obra biográfica de Lenin como a la vez complementaria y derivada de sus investigaciones sobre la historia de la Unión Soviética, biografía complicada por cuanto sanciona la vida y la obra del diseñador original de una revolución que no supo conservar su Estado, su territorio de partida.


Una de las corrientes autocríticas y críticas que desbordaron los planteamientos inicialmente reformistas y regeneracionistas de la perestroika fue pasar de los ataques a Stalin como gran corruptor del ideal comunista a los dirigidos contra Lenin, es decir, bajo la línea deflotación del sistema. Bien por la izquierda, donde se le acusaba de no haber propiciado una auténtica participación de las bases en la construcción revolucionaria y haber favorecido el papel del partido único y verticalista, o bien por derecha, donde se le veía como un monstruo de la razón causante original de la perversión soviética.


Lenin, en general, se había beneficiado de la apología casi hagiográfica o de la duda condicionada porque, debido a su enfermedad, no pudo dirigir la Revolución en sus años de consolidación decisiva. No hay que confundir el leninismo hagiográfico de los sacralizadores textos oficiales o la reinterpretación interesada de Stalin en Los problemas del leninismo, con la hagiografía interpretativa de Trotski o los estudios ya clásicos sobre la ascensión del leninismo en la URSS (E. H. Carr, La revolución bolchevique o 1917; Edward Wilson, Hacia la estación de Finlandia; Isaac Deutcher, La revolución incompleta; John Reed, Diez días que estremecieron al mundo, o Pierre Broué, El partido bolchevique; Christopher Hill, Lenin y la Revolución rusa; Georg Lukács, Lenin, la coherencia de su pensamiento), para llegar a las aproximaciones más modernas y selectivas a lo que fue la Revolución calificada como marxista-leninista: los estudios de Geofferey Hosting o las obras concretas de Heather Hogan, Forging Revolution; Claudio Sergio Ingerflom, Le citoyen impossible: les racines russes du léninism; Roger Garaudy, Lenin; Rudi Dutschke, Tentativas de poner a Lenin sobre los pies; el excelente breviario de juventud de F. Fernández Buey, Conocer a Lenin y su obra; de Jane Durbank, Inteligentsia and Revolution, o la ya citada obra de Zonoviev. ¿Qué iba a hacer un historiador como Robert Service con una figura histórica, teniendo en cuenta todas las polisemias que puede alcanzar el adjetivo o la sustancia de lo histórico?


Estamos ahora ante una copiosa biografía en la que el individuo Lenin toma forma sobre un paisaje coral prerrevolucionario y se sitúa intelectual y políticamente en situación de ser uno de los principales agentes del asalto al poder. Entre el Lenin bolchevique, que tiene en su cabeza todos los socialismos posibles, y el que se decanta en las tesis de abril de 1917 por el paso revolucionario no media sólo la evolución de una voluntad política individualizada, sino la descomposición del zarismo activada por la derrota en la I Guerra Mundial y la desesperación social instalada en todas las Rusias.

Sacralización

Como en toda biografía, aunque sea de un político, los datos de carácter dentro del territorio de lo subjetivo tienen su importancia, sobre todo en la medida en que condicionan total o parcialmente decisiones políticas. En cualquier caso, aunque el biógrafo Service subraya las disintonías con el personaje, no las implica en una sanción histórica y espera a disentir radicalmente a cuando, ya muerto Lenin, sus herederos, Stalin, Zinoviev, Kamenev, Bujarin, lo sacralizan para autosacralizarse como instrumentos de la revolución leninista, mientras afilan los cuchillos para disputarse el reparto de la túnica sagrada. Por encima de las negativas de la esposa de Lenin a que Lenin se convierta en una momia objeto de culto en un mausoleo, los herederos lo convirtieron en un dios muerto. “Los escritos de Lenin”, añade Service, “adquirieron al mismo tiempo la condición de sagrada escritura; se otorgó a sus obras completas, cuya publicación estaba en marcha desde 1920, un significado político y cultural mayor que a cualquier otra publicación. Se creó en su honor un instituto del cerebro: se recogieron 30.000 muestras de su tejido cerebral para que se pudiera iniciar la investigación de los secretos de su gran talento”.

Stalin, el nuevo Lenin

Diez años después de la muerte de Lenin, Stalin propiciaba la inculcación social de que él era el nuevo Lenin y estaba en condiciones de reinterpretar su pensamiento político en Los problemas del leninismo. Los textos de Lenin fueron reconducidos, a veces incluso mutilados, de la misma manera que se mutilaba la imagen de Trotski de las primeras fotografías de la Revolución triunfante.


Héroe y víctima de la revolución que había iniciado, Service sostiene que Lenin influyó decisivamente en el despertar de Rusia y en la historia del siglo, aunque presupone la interpretación leninista de la política que dio prioridad a la dictadura del proletariado, la lucha de clases, la jefatura y la amoralidad revolucionaria, desde una vocación vanguardista que ha marcado todas las tensiones de la modernidad y que no inventó Lenin: nació con el optimismo del crecimiento continuo material y espiritual que capitalistas y marxistas incubaron en la segunda mitad del siglo XIX. Para Service, resulta paradójico que el hombre que más hizo para derrumbar el edificio construido sobre cimientos leninistas fuera un sincero leninista, Gorbachov, que... “llegó al cargo de secretario general del Partido con la intención de restaurar la URSS, acercándola más a las doctrinas y prácticas de su ídolo”. Aporto mi recuerdo personal del viaje a la todavía URSS en el año del estallido de la perestroika y la contemplación de un poster en el que se veía a Gorbachov dirigiendo un concierto. Sobre el atril, la partitura: en blanco.
Me encanta que este libro pueda ser acusado de algo frívolo al privilegiar los datos sobre la conducta personal, incluso sexual, de Lenin, dado que desde hace años sospecho que estamos hablando de un tipo tan cargante en lo personal como genial en lo político e intelectual.


Excelente que Service se atreva a proponer que Lenin era un niño mimado, como paso inicial para ser un adulto mimado por las mujeres, que llegaron a disculparle su misoginia, incluso una feminista, como Inessa Armand. No me queda otra cosa que recomendar la lectura de este libro, preferentemente a los leninistas y antileninistas acríticos. Desde la propuesta higiénica de que contrapongan lo que aquí se dice con su sabiduría convencional y con la sin duda abundante bibliografía sobre Lenin que todo leninista debe haber interiorizado. En cuanto a los antileninistas posmodernos, seguro que se asirán al claroscuro de un personaje para condenar a todos los que desde Espartaco se negaron a esperar pacientemente Internet y la revolución conservadora para conseguir que la ética penetrara en la historia.

Publicado enCultura
La política anticapitalista en la época del COVID-19

Cuando trato de interpretar, entender y analizar el flujo diario de las noticias, tiendo a ubicar lo que está sucediendo en el contexto de dos maneras un tanto distintas (y cruzados) que aspiran a explicar como funciona el capitalismo.

El primer nivel es un mapeo de las contradicciones internas de la circulación y acumulación del capital como flujos de valor monetario en busca de ganancias a través de los diferentes «momentos» (como los llama Marx) de producción, realización (consumo), distribución y reinversión. Este modelo de la economía capitalista como una espiral de expansión y crecimiento sin fin, se complica bastante a medida que se elabora a través de, por ejemplo, los lentes de las rivalidades geopolíticas, desarrollos geográficos desiguales, instituciones financieras, políticas estatales, reconfiguraciones tecnológicas y un red siempre cambiante de las divisiones del trabajo y de las relaciones sociales.

Sin embargo, también creo que este modelo debe inscribirse en un contexto más amplio de reproducción social (en los hogares y las comunidades), en una relación metabólica permanente y en constante evolución con la naturaleza (incluida la «segunda naturaleza» de la urbanización y el entorno construido) y todo tipo de formaciones culturales, científicas (basadas en el conocimiento), religiosas y sociales contingentes, que las poblaciones humanas suelen crear a través del espacio y el tiempo.

Estos últimos «momentos» incorporan la expresión activa de los deseos, necesidades y anhelos humanos, el ansia de conocimiento y significado y la búsqueda evolutiva de la satisfacción en un contexto de arreglos institucionales cambiantes, disputas políticas, enfrentamientos ideológicos, pérdidas, derrotas, frustraciones y alienaciones, todo ello en un mundo de marcada diversidad geográfica, cultural, social y política.

Este segunda manera constituye, por así decirlo, mi comprensión de trabajo del capitalismo global como una formación social distintiva, mientras que el primero trata de las contradicciones dentro del motor económico que impulsa esta formación social a lo largo de ciertos caminos de su evolución histórica y geográfica.

En espiral

Cuando el 26 de enero de 2020 leí por primera vez acerca de un coronavirus – que ganaba terreno en China– pensé inmediatamente en las repercusiones para la dinámica mundial de la acumulación de capital. Sabía por mis estudios del modelo económico que los bloqueos (encierros) y las interrupciones en la continuidad del flujo de capital provocarían devaluaciones y que si las devaluaciones se generalizaban y se hacían profundas, eso indicaría el inicio de una crisis.

También sabía muy bien que China es la segunda economía más grande del mundo y que fue la potencia que rescató al capitalismo mundial tras el período 2007-2008. Por tanto cualquier golpe a la economía de China estaba destinado a tener graves consecuencias para una economía global que, en cualquier caso, ya se encontraba en una situación lamentable.

El modo existente de acumulación de capital está en muchos problemas. Se estaban produciendo movimientos de protesta en casi todas partes (desde Santiago hasta Beirut), muchos de los cuales se centraban en que un modelo económico dominante que no funciona para la mayoría de la población.

Este modelo neoliberal se basa cada vez más en el capital ficticio y en una gran expansión de la oferta monetaria y en la creación masiva de deuda. Este modelo ya estaba enfrentando una insuficiente “demanda efectiva” para “realizar” los valores que el capital es capaz de producir.

Entonces, ¿cómo podría el sistema económico dominante, con su legitimidad decadente y su delicada salud, absorber y sobrevivir al inevitable impacto de una pandemia de la magnitud que enfrentamos ?

La respuesta depende en gran medida del tiempo que dure la perturbación, ya que, como señaló Marx, la devaluación no se produce porque los productos básicos no se puedan vender, sino porque no se pueden vender a tiempo.

Durante mucho tiempo había rechazado la idea de que la «naturaleza» estuviera fuera y separada de la cultura, la economía y la vida cotidiana. He adoptado un punto de vista más dialéctico de la relación metabólica con la naturaleza. El capital modifica las condiciones ambientales de su propia reproducción pero lo hace en un contexto de consecuencias no deseadas (como el cambio climático) y en el contexto de fuerzas evolutivas autónomas e independientes que están reconfigurando perpetuamente las condiciones ambientales.

Desde este punto de vista, no existe un verdadero desastre “natural”. Los virus mutan todo el tiempo para estar seguros. Pero las circunstancias en las que una mutación se convierte en una amenaza para la vida dependen de las acciones humanas.

Hay dos aspectos relevantes en esto. Primero, las condiciones ambientales favorables aumentan la probabilidad de mutaciones poderosas. Por ejemplo, es plausible esperar que el suministro de alimentos intensivos (o caprichosos) en los sub-trópicos húmedos puedan contribuir a ello. Tales sistemas existen en muchos lugares, incluyendo la China al sur del Yangtsé y todo el Sudeste Asiático.

En segundo lugar, las condiciones que favorecen la rápida transmisión varían considerablemente. Las poblaciones humanas de alta densidad parecen ser un blanco fácil para los huéspedes. Es bien sabido que las epidemias de sarampión, por ejemplo, sólo florecen en los grandes centros de población urbana pero mueren rápidamente en las regiones poco pobladas. La forma en que los seres humanos interactúan entre sí, se mueven, se disciplinan u olvidan lavarse las manos afecta a la forma en que se transmiten las enfermedades.

En los últimos tiempos el SRAS, la gripe aviar y la gripe porcina parecen haber salido del sudeste asiático. China también ha sufrido mucho con la peste porcina en el último año, obligando a una matanza masiva de cerdos y al consiguiente aumento de los precios de la carne de cerdo. No digo todo esto para acusar a China.

Hay muchos otros lugares donde los riesgos ambientales de mutación y difusión viral son altos. La Gripe Española de 1918 puede haber salido de Kansas. El VIH puede haber incubado en Africa, el Ébola se inició en el Nilo Occidental y el Dengue parece haber florecido en América Latina. Pero los impactos económicos y demográficos de la propagación de los virus dependen de las grietas y vulnerabilidades preexistentes en el sistema económico hegemónico.

No me sorprendió demasiado que COVID-19 se encontrara inicialmente en Wuhan (aunque todavía se desconoce si se originó allí). Claramente los efectos locales pueden llegar a ser importantes . Pero dado que este es un gran centro de producción, su impacto puede tener repercusiones económicas globales.

La gran pregunta es cómo ocurre el contagio y su difusión y cuánto tiempo durará (hasta que se pudiera encontrar una vacuna). La experiencia anterior ha demostrado que uno de los inconvenientes de la creciente globalización es lo imposible que es detener una rápida difusión internacional de nuevas enfermedades. Vivimos en un mundo altamente conectado donde casi todo el mundo viaja. Las redes humanas de difusión potencial son vastas y abiertas. El peligro (económico y demográfico) es que la interrupción dure un año o más.

Si bien hubo un descenso inmediato en los mercados de valores mundiales cuando se dio la noticia, fue sorprendentemente seguido por alza de los mercados. Las noticias parecían indicar que los negocios eran normales en todas partes, excepto en China.

La creencia parecía ser que íbamos a experimentar una repetición del SRAS, que fue rápidamente contenido y tuvo un bajo impacto mundial, a pesar de su alta tasa de mortalidad.

Después nos dimos cuenta que el SRAS creó un pánico innecesario en los mercados financieros. Entonces, cuando apareció COVID-19, la reacción fue presentarlo como una repetición del SRAS, y por lo tanto ahora la preocupación era injustificada.

El hecho de que la epidemia hiciera estragos en China, movió rápida y despiadadamente al resto del mundo a tratar erróneamente el problema como algo que ocurría «allá» y, por lo tanto, fuera de la vista y de la mente de nosotros los occidentales (acompañado de signos de xenofobia contra los chinos).

El virus que teóricamente habría detenido  del crecimiento histórico de China fue incluso recibido con alegría en ciertos círculos de la administración Trump.

Sin embargo, en pocos días, se produjo una interrupción de las cadenas de suministros mundiales , muchas de las cuales pasan por Wuhan. Estas noticias fueron ignoradas o tratadas como problemas para determinadas líneas de productos o de algunas corporaciones (como Apple). Las devaluaciones eran locales y particulares y no sistémicas.

También se minimizó, la caída de la demanda de los consumidores – aunque algunas corporaciones, como McDonald’s y Starbucks, que tenían operaciones dentro del mercado interno chino tuvieron que cerrar sus puertas -. La coincidencia del Año Nuevo Chino con el brote del virus enmascaró los impactos a lo largo de todo el mes de enero. Y la autocomplacencia de occidente se ha demostrado escandalosamente fuera de lugar.

Las primeras noticias de la propagación internacional del virus fueron ocasionales y episódicas, con un grave brote en Corea del Sur y en algunos otros puntos calientes como Irán. Fue el brote italiano el que provocó la primera reacción violenta. La caída del mercado de valores a mediados de febrero osciló un poco, pero a mediados de marzo había llevado a una devaluación neta de casi el 30% en los mercados de valores de todo el mundo.

La escalada exponencial de las infecciones provocó una serie de respuestas a menudo incoherentes y a veces de pánico. El Presidente Trump realizó una imitación del Rey Canuto frente a una potencial marea de enfermedades y muertes.

Algunas de las respuestas han sido extrañas. El hecho de que la Reserva Federal bajara los tipos de interés ante un virus parecía insólito, incluso cuando se reconocía que la medida tenía por objeto aliviar el impacto en los mercado en lugar de frenar el progreso del virus.

Las autoridades públicas y los sistemas de atención de la salud fueron sorprendidos en casi en todas partes por la escasez de mano de obra. Cuarenta años de neoliberalismo en toda América del Norte y del Sur y en Europa han dejado a la población totalmente expuesta y mal preparada para hacer frente a una crisis de salud pública de este tipo, esto a pesar que anteriores epidemias -provocadas por el SRAS y el Ébola – proporcionaron abundantes advertencias y lecciones sobre lo que se deberíamos hacer.

En muchas partes del mundo supuestamente «civilizado», los gobiernos locales y las autoridades estatales – que invariablemente constituyen la primera línea de defensa en las emergencias de salud pública-  se habían visto privados de fondos gracias a una política de austeridad destinada a financiar recortes de impuestos y subsidios a las empresas y a los ricos.

Las grandes farmacéuticas tiene poco o ningún interés en la investigación no remunerada de enfermedades infecciosas (como los coronavirus que se conocen desde los años 60). La “Gran Farma” rara vez invierte en prevención. Tiene poco interés en invertir ante una crisis de salud pública. Solo se dedica a diseñar curas. Cuanto más enfermos estamos, más ganan. La prevención no es una fuente de ingresos para sus accionistas.

El modelo de negocio aplicado a la salud pública eliminó la capacidad que se requeriría para enfrentar una emergencia. La prevención no era ni siquiera un campo de trabajo lo suficientemente atractivo como para justificar las asociaciones público-privadas.

El Presidente Trump había recortado el presupuesto del Centro de Control de Enfermedades y disuelto el grupo de trabajo sobre pandemia del Consejo de Seguridad Nacional, con el mismo espíritu con el que había recortado toda la financiación de la investigación, incluida la relativa al cambio climático.

Si quisiera ser antropomórfico y metafórico, concluiría que el COVID-19 es la venganza de la naturaleza por más de cuarenta años de maltrato burdo y abusivo del medio ambiente, a manos de un extractivismo neoliberal violento y no regulado.

Tal vez sea sintomático que los países menos neoliberales, China y Corea del Sur, Taiwán y Singapur, hayan superado hasta ahora la pandemia en mejor forma que Italia.

Hay  muchas pruebas de que China manejó inicialmente mal la pasada epidemia del SARS. Pero esta vez con el CONVI-19 el Presidente Xi se apresuró en ordenar total transparencia; tanto en la presentación de informes como en las pruebas.

Aun así, China perdió un tiempo valioso ( fueron sólo unos pocos días, pero importantes). Sin embargo , lo que ha sido notable en que China, logro  confinar la epidemia a la provincia de Hubei con Wuhan en su centro. La epidemia no se trasladó a Beijing ni al Oeste, ni más al Sur.

Las medidas tomadas para confinar el virus geográficamente fueron draconianas. Sería difícil replicarlas en otro lugar por razones políticas, económicas y culturales. China y Singapur desplegaron sus poderes de vigilancia personal. Al parecer han sido extremadamente eficaces, aunque si estas medidas se hubieran puesto en marcha sólo unos días antes, se podrían haber evitado muchas muertes.

Esta es una información importante: en cualquier proceso de crecimiento exponencial hay un punto de inflexión más allá del cual la masa ascendente se descontrola totalmente (obsérvese aquí, la importancia de la masa en relación con la tasa). El hecho de que Trump haya perdido el tiempo durante tantas semanas puede resultar costoso en muchas vidas humanas.

Los efectos económicos están ahora fuera de control sobre todo fuera de China. Las perturbaciones que se produjeron en las cadenas de valor de las empresas y en ciertos sectores resultaron más sistémicas y sustanciales de lo que se pensaba originalmente.

El efecto a largo plazo puede consistir en acortar o diversificar las cadenas de suministros y, al mismo tiempo, avanzar hacia formas de producción que requieran menos mano de obra (con enormes repercusiones en el empleo) y a una mayor dependencia de los sistemas de producción con inteligencia artificial.

La interrupción de las cadenas de producción conllevan el despido o la cesantía de muchos trabajadores, lo que disminuirá la demanda final, mientras que la demanda de materias primas está disminuyendo el consumo productivo. Estos impactos por el lado de la demanda producirán por sí mismos una recesión.

Pero la mayor vulnerabilidad del sistema esta enquistada en otro lugar. Los modos de consumismo que explotaron después de 2007-8 se han estrellado con consecuencias devastadoras. Estos modos se basaban en reducir el tiempo de rotación del consumo lo más cerca del cero.

La avalancha de inversiones en estas formas de consumismo tuvo todo que ver con la máxima absorción de volúmenes de capital mediante el aumento exponencial  de las  formas de consumismo, que tienen , a su vez , el menor tiempo de rotación posible.

En este sentido turismo internacional es emblemático. Las visitas internacionales aumentaron de 800 millones a 1.400 millones entre 2010 y 2018. Esta forma de consumismo instantáneo requería inversiones masivas de infraestructura en aeropuertos y aerolíneas, hoteles y restaurantes, parques temáticos y eventos culturales, etc.

Esta plaza de acumulación de capital ahora está muerto: las aerolíneas están cerca de la quiebra, los hoteles están vacíos y el desempleo masivo en las industrias de la hospitalidad es inminente. Comer fuera no es una buena idea. Los restaurantes y bares han sido cerrados en muchos lugares. Incluso la comida para llevar parece arriesgada.

El vasto ejército de trabajadores de la economía del trabajo autónomo y del trabajo precario está siendo destruido sin ningún medio visible de apoyo gubernamental. Eventos como festivales culturales, torneos de fútbol y baloncesto, conciertos, convenciones empresariales y profesionales, e incluso reuniones políticas y elecciones son canceladas. Estas formas de consumismo vivencial «basadas en eventos» están prácticamente suprimidas . Los ingresos de los gobiernos locales se han reducido. Las universidades y escuelas están cerrando.

Gran parte del modelo de vanguardia del consumismo capitalista contemporáneo es inoperante en las condiciones actuales. El impulso hacia lo que André Gorz describe como «consumismo compensatorio» ha sido aplastado. ( un recurso que suponía que los trabajadores alienados podrían recuperar su espíritu a través de un paquete de vacaciones en una playa tropical)

Pero las economías capitalistas contemporáneas están impulsadas en un 70 o incluso 80 por ciento por el consumismo. En los últimos cuarenta años, los sentidos básicos  del consumidor se han convertido en la clave para la movilización de la demanda efectiva y el capital se ha vuelto cada vez más dependiente de estas demandas, artificiales en muchos casos.

Esta fuente de energía económica no había estado sujeta a fluctuaciones repentinas – como la erupción volcánica de Islandia que bloqueó los vuelos transatlánticos durante un par de semanas. Pero el COVID-19 no es una fluctuación repentina. Es un shock verdaderamente poderoso en el corazón del consumismo que domina en los países más prósperos.

La forma en espiral de acumulación de capital sin fin se está colapsando hacia adentro desde una parte del mundo a la otra. Lo único que puede salvarla es un consumismo masivo financiado por el gobierno, conjurado de la nada. Esto requerirá socializar toda la economía de los Estados Unidos, por ejemplo, sin llamarlo socialismo por supuesto.

Las líneas del frente

Existe un conveniente mitología de que “las enfermedades infecciosas no reconocen barreras y límites de clase”. Como muchos de esos dichos, hay una cierta verdad en esto. En las epidemias de cólera del siglo XIX, la horizontalidad de la enfermedad entre clase sociales fue lo suficientemente dramática como para dar lugar al nacimiento de un movimiento por una sanidad pública (que más tarde se profesionalizó) y, que ha perdurado hasta hoy en día.

No ha quedado claro si este movimiento estuvo destinado a proteger a todos o sólo a las clases altas. Pero hoy las diferencias de clase y los efectos sociales son una historia muy diferente.

Ahora, el impacto económico y social se cuelan a través de las discriminaciones «consuetudinarias» , que están instaladas en todas partes. Para empezar, la fuerza de trabajo que trata a un creciente número de enfermos es típicamente sexista, y racializada en la mayor parte del mundo occidental .  Estos trabajadoras y trabajadores se aprecian fácilmente, por ejemplo, en los servicios más despreciados, en los aeropuertos y otros sectores logísticos.

Esta «nueva clase trabajadora» está en la vanguardia y soporta el peso de ser la fuerza de trabajo que más riesgo corre de contraer el virus por el carácter de sus empleos.  Si tienen la suerte de no contraer la enfermedad a probablemente serán despedidos más tarde debido a la crisis económica que traerá la pandemia.

Está, también, la cuestión de quién puede trabajar en casa y quién no. Esto agudiza la división social. No todos pueden permitirse el lujo de aislarse o ponerse en cuarentena (con o sin remuneración) en caso de contacto o infección.

En los terremotos de Nicaragua (1973) y México D.F. (1995), aprendí en terreno que los sismos fueron en realidad «un terremoto para los  trabajadores y los pobres” .

Por tanto, la pandemia del COVID-19 exhibe todas las características de una pandemia de clase, género y raza. Si bien los esfuerzos de mitigación están convenientemente encubiertos en la retórica de que «todos estamos juntos en esta guerra», las prácticas, en particular por parte de los gobiernos nacionales, sugieren motivaciones más aciagas.

La clase obrera contemporánea de los Estados Unidos (compuesta predominantemente por afroamericanos, latinos y mujeres asalariadas) se enfrenta a una horrible elección : la contaminación por el cuidado de los enfermos  y el mantenimiento de la subsistencia (repartidores de tiendas de comestibles, por ejemplo ) o el desempleo sin beneficios atención sanitaria adecuada.

El personal asalariado (como yo) trabaja desde su casa y cobra su salario como antes, mientras los directores generales se trasladan en jets privados y helicópteros.

Las fuerzas de trabajo en la mayor parte del mundo han sido socializadas durante mucho tiempo para comportarse como buenos sujetos neoliberales (lo que significa culparse a sí mismos o a Dios si algo sale mal pero nunca atreverse a sugerir que el capitalismo podría ser el problema).

Pero incluso los buenos sujetos neoliberales pueden apreciar hoy que hay algo muy malo en la forma en que se está respondiendo a la pandemia.

La gran pregunta es: ¿cuánto tiempo durará esto? Podría ser más de un año y cuanto más tiempo pase, más devaluación habrá , incluso para la fuerza de trabajo. Es casi seguro que los niveles de desempleo se elevarán a niveles comparables a los de la década de 1930, en ausencia de intervenciones estatales masivas que tendrían que ir en contra de la lógica neoliberal.

Las ramificaciones inmediatas para la economía así como para la vida social diaria son múltiples y complejas. Pero no todas son malas. El consumismo contemporáneo sin lugar a dudas es excesivo, Marx lo describió como » consumo excesivo e insano, monstruoso y bizarro”.

La imprudencia del consumo excesivo ha desempeñado un papel importante en la degradación del medio ambiente. La cancelación de los vuelos de las aerolíneas y la reducción radical del transporte – y del movimiento- han tenido consecuencias positivas con respecto a las emisiones de gases de efecto invernadero.

La calidad del aire en Wuhan ha mejorado mucho, al igual que en muchas ciudades de los Estados Unidos. Los sitios eco-turísticos tendrán un tiempo para recuperarse del pisoteo de los viajeros. Los cisnes han vuelto a los canales de Venecia. En la medida en que se frene el gusto por el sobreconsumo imprudente y sin sentido, podría haber algunos beneficios a largo plazo. (Menos muertes en el Monte Everest podría ser algo bueno).

Y aunque nadie lo dice en voz alta, el sesgo demográfico del virus podría terminar afectando las pirámides de edad con efectos a largo plazo para la Seguridad Social y para el futuro de la «industria del cuidado”.

La vida diaria se ralentizará y, para algunas personas, eso será una bendición. Las reglas sugeridas de distanciamiento social podrían, si la emergencia se prolonga lo suficiente, conducir a cambios culturales. La única forma de consumismo que casi con seguridad se beneficiará es lo que yo llamo la economía «Netflix», que atiende a los » consumidores compulsivos».

En el frente económico, las respuestas han estado condicionadas por la forma en que se ha producido la salida de la crisis de 2007-8. Esto ha supuesto una política monetaria ultra laxa , el rescate de los bancos y un aumento espectacular del consumo productivo mediante una expansión masiva de la inversión en infraestructuras ( incluso en China).

Esto no puede repetirse en la escala requerida. Los planes de rescate establecidos en 2008 se centraron en los bancos, pero también entrañaron la nacionalización de facto de General Motors. Tal vez sea significativo que, ante el descontento de los trabajadores y el colapso de la demanda, las tres grandes empresas automovilísticas de Detroit estén cerrando, al menos temporalmente.

Si China no puede repetir el papel que jugó en 2007-8, entonces la carga de la salida de la actual crisis económica se trasladará a los Estados Unidos y he aquí la gran ironía: las únicas políticas que funcionarán, tanto económica como políticamente, son mucho más socialistas que cualquier cosa que pueda propone Bernie Sanders. Los programas de rescate tendrán que iniciarse bajo la égida de Donald Trump, presumiblemente bajo la máscara de «Making América Great Again».

Todos los republicanos que se opusieron visceralmente al rescate de 2008 tendrán que comerse el cuervo o desafiar a Donald Trump. Este personaje podría llegar a cancelar las elecciones “por la emergencia” e imponer una presidencia autoritaria del Imperio para salvar al capital y al mundo de «los disturbios y de la revolución».

Fuente: https://observatoriocrisis.com/2020/03/22/la-politica-anticapitalista-en-la-epoca-del-covid-19/

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Comunismo a los 70, colapso ruso y ascenso chino

La República Popular China celebra el 1º de Octubre su septuagésimo aniversario con la mosca detrás de la oreja. En el imaginario cultural oriental tal efeméride no tiene una significación sustancial, de la importancia del sexagésimo, por ejemplo, que si cierra un círculo; no obstante, su relevancia puntual deviene de hallarse a menos de un lustro de superar la longevidad de la Unión Soviética, en tiempos su más directo rival en el liderazgo comunista. ¿Al igual que la URSS, China ha alcanzado su fecha de vencimiento de 70 años?

Es sabido que los dirigentes chinos comparten cierta inquietud por llegar a enfrentar un destino similar al de la extinta URSS aun siendo tantas las diferencias que, a priori, distancian a una y otra realidad.

Los setenta años de la URSS y de la China Popular presentan similitudes y contradicciones evidentes. En 1987, Mijaíl Gorbachov, al mando de la perestroika y la glasnost, reconocía las enormes dificultades encontradas para implementar su proyecto regenerador tanto en el plano interno como externo. Fue aquel un año marcado por la evaluación histórica, de Stalin a Brezhnev, pero también de los primeros resultados efectivos en materia de derechos humanos, de libertad de expresión, de toma de conciencia del deterioro ambiental y, sobre todo, de las primeras muestras de tensiones políticas profundas que, a la postre, resultarían determinantes para el final precipitado de la URSS: el irredentismo nacionalista y la fractura en el PCUS de la mano del enfrentamiento entre Gorbachov y el primer secretario de Moscú, Boris Eltsin.

El estado general que presenta China a la misma edad política tiene poco que ver con aquel estado de cosas. Para empezar, la experiencia oriental de la reforma no es un hecho extraordinario sino que representa un estado permanente desde hace décadas. Además, aun reconociendo las dificultades, Beijing ofrece un balance de los cambios que globalmente pueden considerarse mucho más exitosos. El colapso que amenazaba el proyecto gorbachoviano y la propia URSS no es equiparable al estado general de la China actual. Por último, mientras Moscú se abonaba al adjetivo radical para impulsar los cambios, en Beijing se sigue apostando por una transformación progresiva y sin aspavientos.

Una economía desigual

La decrepitud y el caos de la economía soviética tampoco guardan parangón con la economía china, la segunda a nivel mundial. La reforma en Moscú se centraba entonces en el fomento de las empresas mixtas, una etapa largamente superada ya en China. El gran acierto de las autoridades orientales fue incorporar el mercado de manera progresiva y aceptar la diversificación controlada de las formas de propiedad. Y apuestan por la innovación. Este año, China avanzó tres plazas en el ranking de países más innovadores del mundo, situándose en la posición 14 de un total de 129 economías estudiadas. Nada que ver, pues, con el panorama decepcionante que nos ofrecía la economía soviética entonces. Aun así, en ambos casos, los cambios en el modelo de desarrollo excluyen los cambios sistémicos. A Gorbachov se le fue de las manos el proceso. Xi Jinping tiene esto muy presente cuando promueve campañas ideológicas como la de “permanecer fiel a la misión fundacional”.

El talón de Aquiles territorial

Los nacionalismos periféricos desempeñaron un papel muy relevante en la crisis soviética. Desde algunas minorías (como los tártaros de Crimea) a los pueblos bálticos o la guerra armenio-azerí por el control de Nagorni-Karabaj daban cuenta de las complejas entrañas del “pueblo soviético”. En China, las tensiones que detectamos en Tíbet, en Xinjiang o, en otro marco, en Hong Kong o, más allá, en relación a Taiwán, nos indican una similar intensidad del problema nacional-territorial que como en la URSS es periférico y a la vez central. Una diferencia sustancial, no obstante, es que la crisis nacionalista soviética pilló a la URSS con un nacionalismo ruso decaído, que debió ser en buena medida reconstruido tras la disolución soviética. Por el contrario, el nacionalismo Han, apoyándose en una demografía abrumadora, desempeña una función catalizadora esencial. Pero sin duda la trayectoria de la URSS representa una advertencia que en China se toman muy en serio, especialmente a la vista de que su modelo autonómico fue importado de dicho país.

El mundo exterior

Es igualmente asimétrica la realidad china y soviética. La apertura exterior de China se encuentra a años luz del limitado marco de interdependencia establecido con el exterior e incluso con los demás países socialistas. Es más, Beijing se apunta a liderar la globalización cuando su rival estratégico principal, Estados Unidos, se adhiere al proteccionismo. A la inversa, en lo político, los compromisos internacionales de China y su papel en la gobernanza global le confieren una dimensión notablemente inferior a la desempeñada por la URSS, aun entonces referente inexcusable de la bipolaridad mundial.

La defensa y la seguridad

Gorbachov vivía como una pesadilla la situación de confrontación con los países occidentales. La firma del Tratado INF (fuerzas nucleares de alcance intermedio) en 1987 supuso para Moscú un respiro de alivio como el propio líder soviético llegó a confesar en sus memorias. La importancia del complejo militar-industrial en la URSS y China tampoco admiten comparación a pesar de que hoy día, China ya supera a Rusia en gasto militar. Aunque la defensa constituye un ámbito de atención preferente, Beijing descarta interés alguno en involucrarse en una carrera de armamentos que, a la postre, dilapidó ingentes recursos de la economía soviética hasta determinar en parte su ruina.

Y el Partido

¿Puede entrar China en una espiral de deterioro similar a la vivida en la URSS a partir de 1987? Hay factores de crisis en China nada desdeñables, desde los problemas económicos a los territoriales, pero por el momento no revisten la gravedad sistémica que presentaban en la URSS de 1987, a sus 70 años.

La clave final del desenlace reside en la salud política del Partido. Se comprende por ello la insistencia china en preservar la unidad de ese “país interno” que constituyen sus más de 90 millones de militantes, revistiéndose obsesivamente de lealtad y disciplina.

Gorbachov quería salvar el socialismo y la URSS y fracasó en ambos empeños. Xi Jinping quiere perennizar el mandato del PCCh y proyectar a China como la potencia central del sistema internacional en el siglo XXI sin abdicar de su peculiar socialismo. La vía asiática tiene, no obstante, más envergadura como proyecto nacional, a diferencia de la ambición global que proyectaba la URSS.

En este aniversario en ámbar persiste, no obstante, el reto que el líder chino Zhao Ziyang y Gorbachov debatieron en un encuentro en el Jardín de la Alegría General de Zhonanghai: ¿es posible desarrollar la democracia en un sistema unipartidista? Una cuestión central que entonces unía las preocupaciones de los dirigentes soviéticos y chinos y que hoy, desaparecida ya la URSS, también se esfumó de la agenda china.

Xulio Ríos es director del Observatorio de la Política China

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Jueves, 12 Septiembre 2019 06:40

China prepara a sus mandos para “la lucha”

China prepara a sus mandos para “la lucha”

Hong Kong y la guerra comercial amenazan con empañar el 70º aniversario de la República Popular

Douzheng (“lucha”). Esa va a ser la palabra clave en el vocabulario político de China en el futuro próximo, según ha dejado claro el presidente chino, Xi Jinping. Un futuro marcado en las próximas semanas por una fecha clave: El 1 de octubre se celebrará el 70 aniversario de la fundación de la República Popular de China, una efeméride que Pekín lleva planificando al milímetro desde hace años. No quiere que nada empañe un homenaje por todo lo alto a los logros desde 1949. Pero la conmemoración llega en momentos complicados: las protestas en Hong Kong y la guerra comercial en Estados Unidos son dos grandes nubarrones en el horizonte.

El panorama para lo que queda de año y el próximo, al menos, es de dificultades, a los ojos de Pekín. El Gobierno acaba de aprobar una veintena de medidas para estimular el consumo. La guerra comercial con EE UU pesa en el crecimiento económico, que el FMI calcula que será del 6,2% —una décima de punto menos que su pronóstico inicial—, el más débil en tres décadas. Aumentan las tensiones geopolíticas. Varios Gobiernos occidentales siguen la estela de Washington y se muestran cada vez más escépticos hacia China. El propio Xi ha estrenado el curso político con un sombrío discurso.

En una alocución la semana pasada desde la Academia Nacional de Gobierno, donde se forman los mandos del Partido Comunista de China, el presidente chino ha advertido: “El desarrollo de nuestro país ha entrado en una etapa en la que todo tipo de riesgos y desafíos se acumulan y concentran”, en áreas desde la economía al medioambiente, pasando por la Defensa. Xi ha mencionado también específicamente “Hong Kong, Macao y Taiwán”.

Hasta 60 veces llegó el presidente a mencionar la palabra douzheng en su discurso. Un término con muchas connotaciones en China: habitual durante la Revolución Cultural y los tiempos de Mao Zedong, había caído en desuso durante la época de reformas de Deng Xiaoping. Xi la empleó muy conscientemente: para motivar a los cuadros más jóvenes y para cerrar las filas del partido en torno a él. “Intenta utilizar esos desafíos en beneficio propio, tanto para aumentar su poder como para impulsar su programa político”, opina la consultora Trivium.

"Una orden de movilización"

“Este discurso es como una orden de movilización, una especie de pequeña ‘Revolución Cultural’ que en vez de movilizar a la gente corriente se centra en movilizar a los mandos, pidiéndoles que estén listos para la lucha y sean valientes en ella. Así, está marcando el camino por el que irá el Partido en el futuro: una ‘filosofía de lucha’, en vez de la ‘sociedad armoniosa’ (el lema del previo presidente, Hu Jintao) que aliviaba los conflictos sociales y buscaba el compromiso”, opina en una entrevista telefónica el comentarista político independiente Wu Qiang en Pekín.

Las palabras de Xi también preparan, opina Wu, la respuesta a los dos grandes desafíos inmediatos que afronta China: la guerra comercial y Hong Kong. El presidente ha usado ambos para fortalecer su liderazgo, según el analista, pero lograr avances requerirá —considera— algún tipo de compromiso. Xi “tiene que compaginar el papel de líder duro y de negociador. Este llamamiento a la lucha es para curarse en salud ante un futuro compromiso. En cierto modo, es una preparación estratégica para compromisos que puedan llegar en la disputa con Estados Unidos y en las protestas en Hong Kong”, subraya el experto.

Desde la semana pasada, el Gobierno chino ha dado sendos pasos para intentar suavizar ambos problemas, o al menos ponerles sordina hasta después de los festejos del aniversario. En una llamada telefónica, el equipo negociador chino ha acordado una reunión a primeros de octubre con su contraparte estadounidense en Washington, pese a la entrada en vigor de nuevos aranceles estadounidenses el 1 de septiembre. Pekín también ha eximido de aranceles suplementarios a varios productos de EE.UU, en un gesto de buena voluntad este miércoles.

Y en una comparecencia junto a la canciller alemana, Angela Merkel, el primer ministro chino, Li Keqiang, dejó claro el viernes pasado que —al menos de momento, y ante el público— la jefa del gobierno hongkonés, Carrie Lam, cuenta el apoyo de Pekín en su anuncio de retirar oficialmente el proyecto de ley de extradición que originó las protestas. Una rama de olivo a los manifestantes, aunque para ellos no es suficiente y las movilizaciones continúan. Preguntado sobre esa medida, Li puso de manifiesto que su Gobierno respalda los esfuerzos de Lam para “poner fin a la violencia y el caos de acuerdo con la ley, para restablecer el orden”.

Con todo, la opción de esperar y ver puede resultar solo un parche temporal en ambas crisis. Hong Kong se prepara para un nuevo fin de semana de protestas, el décimo quinto, tras los destrozos del anterior. El gobierno autónomo no descarta declarar la ley de emergencia para acabar con las movilizaciones, según confirmaba la secretaria de Justicia hongkonesa, Teresa Cheng, a los medios de la excolonia británica este martes.

En el frente comercial, pocos analistas esperan que las negociaciones en Washington vayan a arrojar resultados concretos; es probable que el tira y afloja continúe hasta el año próximo, cuando Estados Unidos celebrará elecciones. El periódico China Daily subrayaba la semana pasada que “bajo ninguna circunstancia China sacrificará sus intereses nacionales para satisfacer las exigencias de EE UU”.

Tras los festejos del 1 de octubre, asoma un calendario delicado. En octubre también se celebrará la primera reunión del pleno del Comité Central del Partido en más de un año; en noviembre, elecciones de distrito en Hong Kong; un mes más tarde se conmemora el 20 aniversario del regreso de Macao a la soberanía china, un evento al que está previsto que acuda Xi y que puede movilizar a los manifestantes hongkoneses. En enero llegará otro momento al que China no quita ojo: las elecciones en Taiwán, la isla independiente de facto que Pekín considera parte de su territorio, y en la que se siguen muy de cerca los acontecimientos en Hong Kong. La douzheng, la “lucha”, acaba de empezar.

Por Macarena Vidal Liy

Hong Kong 11 SEP 2019 - 14:29 COT

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40 años de la revolución sandinista: debatir es necesario

Quienes crean que la crítica y la autocrítica son inútiles, o peligrosas, pueden leer los discursos e intervenciones de Lenin después de 1917, ante sus compañeros, en los congresos y plenos del partido y de los soviets. Observarán la rigurosidad de sus análisis, implacables con los errores y desviaciones, intransigentes con sus más cercanos camaradas.

 

Siempre fue así, pero desde la toma del poder ganó en densidad y precisión, indagando siempre temas nuevos. Le exasperaban la burocracia y las trampas que sus compañeros se hacían para rehuir los problemas que creaban o no eran capaces de resolver. Todos los revolucionarios, en todo tiempo, fueron implacables con el campo en el que militaban, porque se jugaban la vida y despreciaban los cargos.

 

Cuando se cumplen 40 años del triunfo de la revolución sandinista, no se han escuchado análisis profundos de las izquierdas hegemónicas, pese a que el proceso encabezado por Daniel Ortega naufraga en la corrupción y la represión, dejando tras de sí una estela de asesinados, torturados, presos y exiliados. Un connotado académico dijo, días atrás, que la masacre de abril fue de una "sobriedad ejemplar (...) muestra de un temple y una capacidad de respuesta constructiva, generosa, patriótica".

 

Los análisis más serios provienen estos días de ex comandantes que han abandonado el FSLN en diversos momentos. Mónica Baltodano, Dora María Téllez, Luis Carrión, Henry Ruiz y Óscar René Vargas, entre los más conocidos. Por razones de espacio me centraré sólo en dos de ellos.

 

Baltodano considera al régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo como una dictadura, en artículo publicado en Brecha (https://bit.ly/2LOHStj). Asegura que la inmensa mayoría de “comandantes de la revolución, guerrilleros, combatientes populares y gente del pueblo que se incorporó masivamente a la insurrección final, repudia el orteguismo, sus atrocidades y la represión desatada, que incluye –según las conclusiones de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos– crímenes de lesa humanidad”.

 

Denuncia la represión policial-militar y paramilitar desatada por Ortega contra estudiantes y campesinos, que no duda en calificar como "masacre", perpetrada a partir de las movilizaciones populares de abril de 2018 contra los recortes en el sistema de pensiones.

 

Aliado con banqueros, grandes empresarios y con Estados Unidos, a partir de 2007 Ortega se convirtió, según la ex comandante, "en paladín del capitalismo y del libre mercado, de las facilidades a las trasnacionales, del brutal extractivismo, de la explotación de los recursos naturales y de la privatización de toda la riqueza pública". Le indigna que algunos partidos de izquierda e intelectuales apoyen al régimen, "aun después de la matanza que dejó cientos de muertos, miles de heridos y mutilados, así como más de 70 mil refugiados políticos".

 

Carrión se centra en la autocrítica, pero luego de reconocer que fue parte de lo que denuncia en un extenso artículo en la revista Envío (https://bit.ly/2Otr6lC). Se detiene en la descripción de las realizaciones de la revolución en la salud y la educación, el empoderamiento de los sectores populares y la reforma agraria. La crítica comienza con el hecho de que los sandinistas asumieron un poder absoluto, que los llevó incluso a colocar a la sociedad y a los movimientos bajo su control, siguiendo la lógica del "partido único".

 

La conversión de las organizaciones sociales en "correas de trasmisión" de la dirección del FSLN, en la peor tradición estalinista, fue de la mano de la acusación de contras (contrarrevolucionarios) a quienes no se alinearan con las decisiones de arriba. En ningún terreno se aceptó pluralidad, ni siquiera en las organizaciones de mujeres, de campesinos o de pobladores urbanos. Todo debía pintarse de rojinegro, reconoce Carrión.

 

Con el paso de los años, podemos entender la política hacia los miskitos de la Costa Caribe, a quienes se les intentó imponer la lógica sandinista, que sentían como una nueva colonización. Se trató de los tradicionales errores de una política centrada en el Estado, pese a lo cual los propios sandinistas intentaron corregirlos con la declaración de autonomía, en lo que considera "un mérito del gobierno revolucionario".

 

Diferente es el trato que recibió el campesinado, que Carrión estima clave para el descarrilamiento de la revolución. Sostiene que la guerra entre los sandinistas y la contra apoyada por Estados Unidos, no se habría generalizado "si no se hubiera producido un alzamiento masivo contra la revolución de los campesinos del centro del país, desde el norte hasta el sur".

 

En este aspecto, considera que hubo un abuso con las confiscaciones de tierras que, inicialmente, afectaban sólo a los somocistas pero luego se aplicaron a las personas que no apoyaban la revolución. Un problema adicional es que las confiscaciones "las ejecutaron funcionarios y dirigentes políticos que venían de las ciudades con una visión ideológica del campo, sin conocer la identidad de la sociedad campesina".

 

El sandinismo reprodujo la actitud colonial/patriarcal de los partidos de izquierda hacia los campesinos y los pueblos originarios. Según Carrión, "una incapacidad de relacionarse con el campesinado, que hablaba otro idioma, distinto al de quienes llegaron al campo representando a la revolución".

 

Por último, los comandantes abordan el problema de un poder revolucionario que reproduce las culturas políticas ya existentes en las sociedades pre-revolucionarias. Así como Stalin (y el conjunto del partido bolchevique) reprodujo la herencia del poder zarista, Ortega se inserta en la tradición autoritaria de Nicaragua, donde la dictadura de Somoza duró medio siglo y fue precedida por otras similares.

 

¿Cómo hacer para no reproducir y para transformar las culturas políticas hegemónicas? Este es el núcleo del debate que nos debemos y que, por ahora, sólo los movimientos de mujeres y de pueblos originarios comienzan a responder.

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Viernes, 12 Julio 2019 06:03

El sueño de la razón

El sueño de la razón

El triunfo de la revolución nicaragüense en 1979, hace 40 años, fue fruto del heroísmo de miles de jóvenes combatientes que lograron derrotar al ejército pretoriano de Somoza, pero también lo fue, y en una medida trascendental, de una hábil y brillante operación política que movilizó a la población, despojó de temores a la clase media, pospuso las aprehensiones de los empresarios, logró un sólido respaldo internacional y una interlocución con el gobierno de Estados Unidos.

 

Una "transición ordenada" fue negociada con la administración Carter, lo que implicaba la salida de Anastasio Somoza al extranjero con su familia y allegados y la formación de un mando militar conjunto entre oficiales de la Guardia Nacional y comandantes guerrilleros. No resultó así al final, porque el vicepresidente Francisco Urcuyo, que sólo debía entregar el mando a la Junta de Gobierno organizada en el exilio, desconoció el acuerdo, y eso precipitó el avance de las fuerzas insurgentes del FSLN y el desmoronamiento del ejército.

 

Los jóvenes en armas, y la gente que los apoyaba, jugándose también la vida, entendían poco de artificios ideológicos, y su urgencia era derrocar a una dictadura opresora y corrupta. Y allá abajo empezaron a juntar fuerzas antes de que se llegara a firmar un acuerdo de unidad entre las tres tendencias en que el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) se hallaba dividido.

 

Pero hay pecados capitales que definen la historia de un proceso revolucionario, y definen, a final de cuentas la historia misma. Un pecado capital de los líderes de la revolución nicaragüense consistió en poner la ideología por encima de las posibilidades de la realidad. El socialismo, como idea redentora, despreció la realidad, y ésta terminó imponiéndose.

 

Las concepciones leninistas sobre el poder no dejaban de flotar arriba, en el estrato de la vanguardia, encarnada en los nueve comandantes, dueños del papel de conducir una revolución que, contraria a cualquier molde, se había hecho con novedad e imaginación.

 

Desde el primer momento, en el proceso revolucionario convivieron dos planos: las intenciones de crear a largo plazo un Estado socialista bajo la guía de un partido único o al menos hegemónico, y la proclama de pluralismo político, economía mixta y el no alineamiento internacional.

 

Antes de un año, la unidad de fuerzas políticas diversas que había hecho posible el derrocamiento de la dictadura saltó en añicos. Muy temprano el FSLN decidió que la responsabilidad de gobernar era en exclusiva suya, y este fue otro pecado capital. No sólo alejó a sus aliados, sino que les estorbó o impidió, que formaran o consolidaran partidos de oposición. Cuando fueron llamadas las elecciones de 1984, ya en auge la guerra de los contras, quiso atraerlos de nuevo, pero la administración Reagan les impidió participar como parte de la estrategia de cerco y debilitamiento que ya estaba en marcha.

 

En términos estratégicos, la revolución se amparó en el campo soviético, y en Cuba, para el apoyo militar, y para los suministros básicos que incluían el petróleo; mientras del otro lado prevalecía el embargo comercial de Estados Unidos junto con una decidida política de aislamiento que, a los ojos del mundo, situaba a David frente a Goliat.

 

La única posibilidad de redimir a los pobres era creando riqueza, pero la estatización de sectores claves de la propiedad, empezando por la agraria, y los controles del comercio exterior e interior, resultaron en fracaso, y la guerra vino a desbarajustar las iniciativas de transformación social que eran la razón de ser de la revolución.

 

La empresa privada sobrevivía maniatada, sin iniciativas ni confianza, sujeta a las expropiaciones arbitrarias, y después se fue también por el embudo de la debacle que representó la falta de divisas para los suministros básicos, la inflación y el desabastecimiento.

 

Nadie en la dirigencia sandinista imaginó a Mijaíl Gorbachov sustituyendo a los viejos carcamales del Kremlin, ni que años después aterrizaría el canciller Eduard Shevardnadze en Managua con la notificación de que era necesario entenderse con Estados Unidos para que la guerra de los contras terminara; es lo que se había acordado entre Washington y Moscú. Tampoco fue previsible la desaparición de la Unión Soviética ni la caída del Muro de Berlín.

 

Cuando se impuso la necesidad de los acuerdos de paz con la contra, que también se había quedado sin respaldo del Congreso de Estados Unidos, vinieron, como consecuencia, las elecciones de 1990, que el sandinismo perdió. El proyecto hegemónico colapsó y las concepciones ideológicas cogieron rápidamente herrumbre.

 

La revolución terminó entonces mediante una gran paradoja: por la vía de unas elecciones que eran el símbolo de la democracia representativa, que la teoría marxista rechazaba por opuestas a la democracia popular.

 

Quizás el más aleccionador de los pecados capitales de la revolución, vista ahora como un fenómeno ya lejano, es la concepción del poder político para siempre en manos de un partido, que viene a terminar indefectiblemente en el poder de una persona o de una familia.

 

Siempre resulta que el sueño de la razón produce monstruos.

 

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Miércoles, 29 Mayo 2019 06:34

La canción corregida

La canción corregida

El festival Centroamérica Cuenta se clausuró en San José, la capital de Costa Rica, con un concierto en el que subieron al escenario Luis Enrique Mejía Godoy, el tío, y Luis Enrique Mejía López, el sobrino, conocido como Luis Enrique "el salsero". La gente coreaba con entusiasmo las canciones del repertorio, y en un momento culminante ambos interpretaron a dúo El Cristo de Palacagüina, una canción emblemática de los tiempos de la revolución sandinista, compuesta por el hermano y tío de los dos artistas, Carlos Mejía Godoy.

En una de sus estrofas, que es su clímax, la canción dice que María sueña a su hijo convertido en carpintero, como José su padre, pero el niño más bien piensa "mañana quiero ser guerrillero".

Desde atrás, un joven nicaragüense exiliado alza su voz para corregir la letra: "¡mañana quiere ser ingeniero!" Y su reclamo recibe sonoros aplausos que se alzan entre los que premian a los cantantes.

Hay un mar de fondo en esa enmienda gritada a voz en cuello. Para la generación de los abuelos de este muchacho, la lucha guerrillera fue vista como una incuestionable necesidad, basada en la convicción de que para derrocar a la tiranía de los Somoza era imprescindible irse a la montaña, entrar en la clandestinidad, pasar a una vida de penurias y peligros constantes, el primero de ellos la muerte.

En tiempos de soledad, cuando el apostolado de la guerrilla no correspondía a muchos, sino a los escogidos, se daba el ejemplo ético con la propia vida en una lucha que nunca se concebía a corto plazo; la hora del triunfo sonaría mucho después, y la verían otros, cuya conducta estaría determinada por el ejemplo recibido de quienes se habían sacrificado para que llegara aquel momento luminoso, situado en un futuro lejano e impreciso.

Desde las catacumbas de la clandestinidad, igual que los primeros cristianos, el advenimiento del reino no estaba en duda, pero se trataba de una utopía sin tiempo. Tratar de acelerarla era desviarse de la ruta trazada por la historia, caer en el cortoplacismo, uno de los pecados capitales contra el fervor ideológico.

La ambición pura de convertirse en guerrillero como destino moral, renunciando a las pompas mundanas, emparentaba al cristianismo primitivo con la militancia clandestina, pues aquel también demandaba sacrificio sin esperanza en esta vida, sino en una futura, que se hallaba fuera de los límites de la realidad, colocada más allá de la propia muerte. La patria celestial aquí era la patria libre del imperialismo, del dominio oligárquico, de la explotación y el vasallaje. La patria socialista.

Ahora la consigna "¡Patria libre o morir!", una escogencia sin colores intermedios, que se pronunciaba desde la convicción solitaria, se ha transformado en "¡Patria libre y vivir!" Aquella copiaba a la de "¡Patria o muerte, venceremos!" con la que Fidel Castro, desde el poder, cerraba sus discursos en la tribuna, y, en los peores momentos, alzaba como escudo el ejemplo de Numancia: frente al cerco enemigo, mejor muertos que esclavos.

Pero la generación del muchacho exiliado que corrige desde atrás del auditorio la canción, ya lo vio todo. Vio la utopía deformarse en un proyecto de poder que terminó pareciéndose en nada a la que, desde su pureza cerrada, en la inocencia de la historia, soñaban aquellos otros jóvenes, como el poeta Leonel Rugama, quien, rodeado en una casa de seguridad en Managua por los soldados de Somoza, armados hasta los dientes, ante la exigencia de rendirse había gritado "¡Qué se rinda tu madre!" antes de ser acribillado a tiros.

Ese grito de victoria en la muerte fue convertido en consigna de lucha por el sandinismo, y los jóvenes que se alzaron en rebelión en abril de 2018 lo adaptaron, sin reformarlo. Desarmados, pero nunca rendirse. Ahora no se trata de un reino lejano en la bruma de la historia, sino de cosas palpables e inmediatas, donde el corto plazo se vuelve imprescindible: libertad, justicia, democracia. Si vamos más atrás, era la consigna del propio Sandino: "Patria y libertad".

Un futuro que se puede contemplar de cerca. Por eso ingeniero, no guerrillero. Un sistema abierto que se pueda construir con base en elementos concretos y que resuelva con eficacia el viejo asunto del atraso mediante la multiplicación de las oportunidades, empezando por la educación.

Los jóvenes que resisten en Nicaragua, o que se han visto forzados al exilio, tienen un proyecto de futuro que no pasa por los horrores de una confrontación violenta. En las luchas armadas hay siempre un líder triunfante, que al llegar al poder por medio de los fusiles, querrá quedarse en el poder por la fuerza de los fusiles.

Una transición democrática, en cambio, permitirá construir instituciones para asentar los nuevos liderazgos. Gobernantes electos sin posibilidad de relegirse, que no devengan en caudillos para siempre, ni puedan imponer regímenes familiares. Romper con la vieja tradición que nos ha sumido en la abyección y la arbitrariedad.

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Petrolera Exxon, primera gran corporación en demandar a Cuba bajo el amparo de la Helms-Burton

La petrolera estadounidense reclama más de 70 millones de dólares a Cimex y Cupet por el uso de propiedades nacionalizadas en 1960.

 

La petrolera Exxon Mobil presentó una demanda en un tribunal federal de Estados Unidos contra Cuba-Petróleo, propiedad del Estado cubano, y la empresa CIMEX S.A., por una refinería, gasolineras y otros activos incautados en 1960, meses después de la revolución encabezada por Fidel Castro.


El gigante petrolero estadounidense es la primera gran corporación en demandar a Cuba desde que el gobierno del presidente Donald Trump puso en vigor una sección inactiva de la Ley Helms-Burton de 1996, incrementando la presión sobre los gobiernos de La Habana y Caracas.


Bajo el Título III de la Ley, suspendido por los presidentes anteriores, los ciudadanos, la mayoría cubano-estadounidenses, pueden presentar demandas en cortes de
Estados Unidos contra compañías que se beneficien o hagan negocios con La Habana en propiedades nacionalizadas por el gobierno tras la revolución de 1959.


“El demandante presentó documentación contra la Corporación CIMEX S.A. y la Unión Cuba-Petróleo (…) por tráfico ilegal de propiedad confiscada en violación del Título III de la Ley de Libertad y Solidaridad Democrática de Cuba (LIBERTAD) de 1996”, dice la demanda archivada en el tribunal del Distrito de Columbia.


La refinería Standard Oil en la bahía de La Habana, ahora operada por CUPET con el nombre “Ñico López”, fue la primera propiedad de Estados Unidos nacionalizada, luego de que la empresa se negara a procesar petróleo de la Unión Soviética debido a tensiones con Washington.
CIMEX S.A. opera estaciones de servicio en la isla con CUPET.


En la década de 1960, Estados Unidos certificó 5 mil 913 reclamos contra Cuba por valor de mil 900 millones de dólares, de las cuales Standard Oil y Mobil tenían una reclamación cada una por un total de 245 millones, según el Consejo de Comercio y Economía Cuba-EE.UU., una organización con sede en Nueva York experta en reclamaciones.
Un portavoz de Exxon Mobil dijo que, como práctica, la compañía no hace referencia a litigios pendientes.


Una norma cubana aprobada en 1996 sostiene que la ley Helms-Burton estadounidense es “ilícita, inaplicable” y considera “nula” toda reclamación de persona natural o jurídica en tribunales de Estados Unidos.

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Atrapada entre una Turquía agresiva, una dictadura siria surgida de las cenizas y facciones criminales yihadistas, la región autónoma de Rojava, recientemente bautizada como “Federación Democrática del Norte de Siria”, encabeza la revolución feminista. En medio del caos sirio, cuatro millones de kurdos, árabes, sirios y otros pueblos viven en armonía.

“Estamos al servicio de la gente. Nos transmiten todos los problemas que tienen y los intentamos solucionar. Hemos creado un mundo autoritario que va en contra de la naturaleza, y de la naturaleza humana propiamente, y tenemos que solucionarlo. Esta solución solo puede venir de una actuación colectiva. Es la labor de los jóvenes, sobre todo, crear alternativas para que este sistema de autoridad se quede vacío y sin sentido”.

(Leila, copresidenta del Ayuntamiento de Makhmur)

Kurdistán, es un territorio de Mesopotamia que nunca ha tenido Estado. Después de la Segunda Guerra Mundial se dio el desmembramiento del antiguo Imperio Otomano, que separó Kurdistan entre Irak, Irán, Turquia y Siria. Históricamente, el pueblo kurdo es uno de las varios que en Medio Oriente han padecido numerosas invasiones, ataques y genocidios.

Allí, desde el 2011, un proceso revolucionario democrático, permite a distintos pueblos, que profesan diversas religiones, construir una sociedad sin Estado, basado en la ecología, la liberación de las mujeres y la autonomía comunitaria. Este proceso está rodeado por un complejo juego de ajedrez de la geopolítica mundial. De un lado tienen a Turquía, quien mantiene una política represiva de aniquilación al pueblo Kurdo, y del otro lado a Siria (teatro de una guerra interna en curso desde hace ya 8 años, con claras manifestaciones de las primeras escaramuzas bélicas de la confrontación que hoy viven las principales potencias del orbe). La zona del norte de Siria, Rojava, fue abandonada ante el avance del Estado Islámico y retomada por las fuerzas militares Kurdas con apoyo militar de Estados Unidos (EU). La presencia militar estadounidense en Rojava ha servido como protección, un hecho coyuntural que le permitió al pueblo kurdo a tener mayor injerencia en la guerra en Siria, al tiempo que frenar los ataques turcos sobre Rojava.

El contexto actual no es muy favorable para este proceso de liberación, autonomía y renovación de estructuras sociales, política y militares: el 12 de diciembre del 2018 el Estado turco anunció una inminente operación militar que sería concretada el 13 de diciembre con el bombardeó de dos campos de refugiados. Trump pidió a Erdogan, en una llamada telefónica, que retrasará el ataque mientras retiraba las tropas estadounidenses del territorio kurdo para dejar campo libre a lo que, seguramente, será un genocidio. En efecto, el 19 de diciembre en medio de un escándalo diplomático que llevó en menos de 24 horas a la renuncia del secretario de Defensa gringo, Trump anunció el retiro de las tropas de su país.

Una revolución sin Estado

Los pueblos del Kurdistán viven bajo la ocupación de cuatro Estados nacionales, lo que les ha dejado profundas enseñanzas. Por ello, si bien hace 50 años reivindicaban un Estado kurdo independiente, en los últimos 15 años han replanteado su postura, considerando que los Estados nacionales son base fundamental de las estructuras que oprimen a los pueblos.

Ese cambio profundo de perspectiva se basa en un análisis influenciado por ejemplos de luchas populares que lograron conquistar el poder estatal y aun así mantuvieron ejercicios de represión que no cuestionaron la homogeneización de los idiomas, las culturas y las creencias, como por ejemplo la caída del bloque socialista, el Estado chino, el gobierno del Kurdistán Iraquí. Esta historia reciente es insumo para preguntarse, "¿Por qué la toma del poder, o el control de un Estado no libera a los pueblos?". La respuesta llevó a considerar que el Estado-Nación es una parte fundamental del problema de la liberación de los pueblos y por eso mismo un Estado no podrá sacarlos del modelo económico y cultural imperante.

Desde la mirada del movimiento kurdo, el Estado moderno tiene dos componentes: administración y poder. Consideran que la sociedad estuvo despojada por el Estado-nación de sus capacidades de auto-administración, es decir la administración de la vida comunitaria. Prueba de ello es que en países donde el Estado es débil, el común de los habitantes consideran que la sociedad y el Estado son dos cosas distintas, mientras en países de Estado omnipotente sus ciudadanos consideran que son el Estado. El poder en esta definición solo es considerado como poder para el control, la imposición y la hegemonía. En este marco, el Estado necesita de la sociedad y de su administración para existir y asegurar su poder, sin embargo la sociedad no necesita del Estado para existir y resolver su quehacer diario, por lo tanto para la experiencia Kurda se deben reafirmar los auto-gobiernos como mecanismo para disputarle el poder al Estado-Nación.

Estas conclusiones las teoriza Abdullah Ocalan, líder kurdo encarcelado en aislamiento desde febrero de 1999, en abierta violación del derecho internacional. Ocalan está recluido en una Isla vigilada por la Otan, donde en labor reflexiva permanente ha ido consolidando los 5 tomos de sus escritos que constituyen un Manifiesto por una civilización democrática. Allí plantea la necesidad de establecer un sistema político basado en la democracia directa desde las comunidades para la auto-administración de sus vidas. Propone un sistema llamado Confederalismo democrático, basado en tres principios: la ausencia de Estado-Nación, la liberación de las mujeres y la ecología. Lejos de una innovación teórica, Ocalan considera que se trata de dar a la sociedad herramientas para organizarse de la manera más natural posible.

De la teoría a la práctica

Después de largos debates en un movimiento que luchaba por el establecimiento de un Estado autónomo kurdo, esta propuesta está en proceso de implementación desde 2005 en Bakur, Kurdistán ocupado por Turquía. Comunidades organizadas asumen el Confederalismo democrático, articulando sus estructuras comunales de manera paralela al Estado, en un proceso confederal. Juntaron experiencias, cooperativas y construyeron lo que les faltaba para vivir sin Estado: escuelas, centros de salud, sistema de justicia, economía propia y guardia, las cuales fueron conformando el Congreso de la Sociedad Democrática –KCD–.

Ese sistema fue creciendo dentro del territorio y dentro de los mismos Estados donde la población kurda habita. El partido político creado por el KCD ganó hasta 103 municipios en la zona. Al ser elegidos establecieron consejos populares que agregan comunas de unas 50 familias, una suerte de parlamento municipal. Desde la misma campaña electoral, los candidatos dejaban claro que al ser elegidos establecerían ese modelo. El alcalde y la alcaldesa, bajo el principio de copresidencias mixtas (debe haber un representante hombre y una representante mujer), responden a las decisiones del Consejo, no del Estado, aunque formalmente hayan sido elegidos en el sistema electoral turco.

Desde 2011, en medio de la guerra en Siria y el retiro de las fuerzas militares sirias, el Confederalismo se extendió a Rojava, Kurdistán ocupado por Siria, en ausencia del Estado. Allí la organización de la sociedad tiene como unidad básica la Comuna, la cual está conformada por aproximadamente 50 familias o casas. Varias comunas conforman un cantón que aporta a la confederación. Un ejemplo de este proceso se encuentra en la ciudad de Afrin, en unos meses triplicó su población que llegó a 1.500.000 habitantes, con un millón de refugiados, efecto de la guerra en Siria. A pesar de un bloqueo absoluto, no se presenta escasez de alimentos ni de vivienda, gracias a la capacidad de las comunas de resolver las necesidades básicas del conjunto de la creciente población. Las comunas y los consejos populares administran los problemas cotidianos, desde la pelea vecinal hasta el sistema de acueducto.

La construcción de las comunas es la primera etapa del proceso de construcción de la administración propia. Sería un equivalente de la Juntas de acción comunales que se conocen en Colombia. Las comunas pueden ser territoriales o especializadas, estas últimas son encargadas de la agricultura, del manejo de agua, o cualquier otra necesidad. Las personas pueden ser parte de varias comunas, se articulan por veredas, conjunto de veredas o barrios y municipios en asambleas. Las decisiones se toman al nivel más local posible y por consenso, estas son las decisiones que se llevan a otras instancias para su coordinación. Es decir, nadie de otra comuna puede revertir una decisión comunal, se puede criticar, argumentar, intentar convencer, pero no revertir, a menos de haber podido convencer a sus miembros de reevaluar su decisión. Lo mismo pasa con las comunas de mujeres, cuyas decisiones no pueden ser cambiadas en instancias mixtas. Todas las delegaciones de las comunas a los espacios de coordinación son altamente rotativos, cada 2 o 3 meses, y con revocabilidad permanente. Esta estructura lleva a las comunas a organizar su autonomía económica, fortalecer la agricultura, la autonomía alimentaria para articular la relación campo-ciudad.

En la comuna es donde se generan los principales acuerdos y propuestas de funcionamiento social, uno de los cuales es el sistema de justicia y de defensa. Uno de los comités que genera la comuna es el de consenso y paz, que se conforma por personas delegadas de la comunidad. Desde esta comisión se postulan personas para conformar la defensa civil. Además de esta comisión y defensa civil mixta –de hombres y mujeres–, se conforma un comité de consenso y paz de mujeres y una defensa civil de mujeres, donde se trabajan los conflictos relacionados con género. Las personas que integrar la defensa civil deben pasar primero por un periodo de formación sobre resolución de conflictos –sin armas– y feminismo, y posteriormente entrenamiento militar. Además de la defensa civil existen fuerzas armadas de hombres (YPG) y de mujeres (YPJ).

Sin Estado y con autogobierno

Las comunas, toman decisiones cotidianas sobre el uso de la tierra, la repartición de la misma, fijan precios máximos para la venta de productos en las tiendas, se encargan del agua, de la gestión de residuos y basura. Funciona en una vereda, en una ciudad o en un campo de Refugiados.

Además de lo local, las asambleas de cantones y de todo Rojava están articuladas en una Administración Autónoma del Norte y el Este de Siria, antiguamente la Federación Democrática del Norte de Siria, la cual permite crear instituciones comunales en cuanto a educación, defensa y reconstrucción. En esta estructura, la Administración autónoma tiene dos misiones principales: la diplomacia y la reconstrucción de las áreas destruidas.

Nace un nuevo sistema educativo

Osman Khalil, miembro del Comité de Administración Escolar del cantón de Kobanê, relata los avances del nuevo modelo desarrollado en medio de la guerra y la escasez:

“Hemos elaborado un plan de estudios que tiene en cuenta las nuevas líneas del modelo de Autonomía Democrática, que es un modelo inclusivo y, por lo tanto, los alumnos pueden estudiar en su lengua materna (que puede ser kurdo, árabe o siríaco) desde el primer grado, mientras que al mismo tiempo están aprendiendo las otras dos lenguas del cantón. Una vez que han llegado al quinto grado, también aprenden inglés o francés”.

El nuevo modelo insiste en lo multicultural, pone la relación con las familias en el centro del proyecto educativo, así como la formación continua del cuerpo profesoral y el enfoque psicosocial, ya que como resultado de la guerra las niñas y los niños viven con diversos traumas.

Una amenaza, una esperanza

El Confederalismo democrático es una amenaza para los Estados-nación. Esto se refleja en una zona como la ciudad de Afrin, un oasis en el desierto de la guerra, la cual fue objeto de un ataque turco con la complicidad de EU y Rusia en enero 2018. Había que eliminar, no dejar crecer, este experimento. El Estado turco tiene pleno conocimiento de esta amenaza y pretende atacar a Rojava, razón por la cual en este momento 100.000 combatientes de YPG y YPJ están defendiendo militarmente su proyecto comunal en contra de Estados locales, coaliciones internacionales de Europa y EU y presencia militar de Rusia. En este panorama, el régimen sirio podría llegar a un acuerdo con la Administración Autónoma para contener o evitar una invasión turca en su territorio.

El encuentro de los valores de Rojava con las luchas territoriales latinoamericanas es también una luz de esperanza. En los últimos cuatro años han nacido comités de solidaridad en todo el continente donde se unen naciones indígenas, afro-descendientes, campesinado, grupos juveniles, de mujeres, de trabajadores, entre otros. Los valores radicales de la revolución Kurda pretenden acabar con el concepto de toma del poder y poner la liberación de las mujeres en el centro del proceso. Esto no deja de sorprender a quienes veían en Medio Oriente unas guerras infinitas y poco entendibles de este lado del mundo. Pero más importante aún, ha conquistado corazones y nos regala esperanza.

La revolución de Rojava, mucho más que un fenómeno aislado, ha despertado solidaridades y esperanzas en todo el mundo. Lejos de las teorías sobre el fin de la historia y de los proyectos revolucionarios, demuestra con una mezcla de perceptivas marxistas, cosmovisión de pueblos originarios e influencias libertarias que las revoluciones todavía existen en el siglo XXI.

 

Para conocer más visitar las siguientes páginas:

http://ocalan-books.com/#/espanol
kurdistanamericalatina.org
https://www.facebook.com/pg/Comit%C3%A9-de-Solidaridad-Kurdist%C3%A1n-Colombia-891778574315391/posts/

Publicado enEdición Nº256
Miércoles, 30 Enero 2019 05:52

La libertad, causa común

La libertad, causa común

Este año será el del 40 aniversario de la revolución que derrocó a la dictadura de la familia Somoza. Cuando se rompa ese ciclo que parece fatal en nuestra historia, donde las tiranías parecen repetirse sin fin, la piedra que Sísifo ciego debe empujar eternamente hasta la cima de la montaña no tendrá que rodar de nuevo al plan del abismo. Habremos cambiado dictadura por democracia.

La derrota definitiva del régimen del último Somoza se debió a tres factores fundamentales: el primero de ellos el alzamiento popular encabezado por el Frente Sandinista, y que a partir de octubre de 1977 logró prender en todo el país, vertebrado por la participación creciente de miles de jóvenes de ambos sexos y de todas las clases sociales, hasta llegar a convertirse en una verdadera insurrección nacional.


El siguiente factor fundamental fue el respaldo que los jóvenes en armas recibieron de todos los sectores ciudadanos, sin ningún distingo, muchos alentados por su compromiso cristiano. La aparición del Grupo de los Doce, formado por empresarios, sacerdotes, profesionales, intelectuales, le dio a la organización guerrillera peso político nacional e internacional.
Y el tercero de ellos, pero no el menos importante, la gran alianza latinoamericana que se logró forjar, sin que esta convergencia de voluntades tuviera una identidad ideológica. Los presidentes se guiaban más bien por el repudio a un régimen que había perdido toda legitimidad, no tenía consenso nacional, y se basaba nada más en la represión brutal. Era la última de las viejas tiranías familiares de las “repúblicas bananeras”, un término acuñado por O’Henry en su novela De coles y reyes.


En esta alianza fueron fundamentales Venezuela, Panamá, Costa Rica, México y Cuba; el solo apoyo de Cuba, con cuyo sistema los comandantes guerrilleros sandinistas se identificaban, no hubiera sido suficiente. Más bien es lo contrario. Este apoyo, con pertrechos de guerra, fue posible en términos políticos porque los otros países, con sistemas basados en la democracia representativa, estuvieron presentes; y algunos de ellos prestaron también auxilio bélico, como Venezuela y Panamá, y recursos materiales, como México, para no hablar de Costa Rica, que se convirtió en retaguardia de la lucha armada.


La llegada de Jimmy Carter a la presidencia de Estados Unidos en 1977 abrió una puerta nueva en las relaciones de Washington con América Latina, como pudo verse con la firma ese mismo año de los tratados Torrijos-Carter que devolvieron a Panamá la soberanía del canal. Y la intimidad de medio siglo con la dinastía de los Somoza llegó a su fin con la nueva doctrina de derechos humanos proclamada por Carter. Somoza no entendía aquella hostilidad imprevista que también fue clave para acabar con su reinado.


Omar Torrijos conocía bien la calaña de Somoza, cegado por su obscena voluntad de quedarse para siempre en el poder. Rodrigo Carazo era presidente de un país democrático por convicción y tradición; Costa Rica había soportado por el último medio siglo la vecindad de una dictadura de aquella calaña, y quería para Nicaragua un gobierno igualmente democrático. Y Carlos Andrés Pérez, que venía de la tradición socialdemócrata de Rómulo Betancourt, sabía cuánto se parecía la dictadura de Pérez Jiménez, bajo la que se había visto obligado a exiliarse de Venezuela, a la del viejo Somoza, fundador de la dinastía.


Y en aquel alineamiento de los astros, que fue tan propicio a la caída del último Somoza, la figura del presidente José López Portillo, de México, resultó crucial. Su respaldo fue constante, oportuno y generoso. Me recibió no pocas veces, y puso en sintonía a su gabinete para darnos apoyo, antes y después del triunfo de la revolución. Rompió relaciones diplomáticas con Somoza en mayo de 1979, y nos había pedido que le dijéramos cuál sería la mejor oportunidad para hacerlo. Cuando vino por primera vez a Managua en 1980 en visita oficial, alguno de sus secretarios le preguntó durante el vuelo qué tratamiento habría que dar a Nicaragua en cuanto a ayuda material, y él respondió que igual a cualquier estado de México.


Era el fruto de una larga y generosa tradición. Hubo nicaragüenses que combatieron del lado de las fuerzas revolucionarias en México, uno de ellos el poeta Solón Argüello, secretario privado del presidente Francisco Madero, y fusilado en 1913 tras el golpe de Estado que culminó con la usurpación del dictador Victoriano Huerta; combatientes mexicanos pelearon contra Somoza durante la revolución, y murieron en tierra nicaragüense, como la inolvidable Araceli Pérez Darias.


El presidente Plutarco Elías Calles respaldó con armas a los insurrectos liberales que se alzaron en Nicaragua en defensa de la Constitución en 1925. El presidente Emilio Portes Gil acogió a Sandino en Yucatán en 1929. Y México fue clave en las gestiones del Grupo Contadora para lograr los acuerdos de paz de 1987 que llegaron a poner fin al conflicto armado con la Resistencia Nicaragüense.


En América Latina nada es nunca hacia adentro. La libertad ha sido siempre una causa común.


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