Domingo, 04 Octubre 2020 05:03

Proyectos en disputa

Proyectos en disputa

 Existen sólidos fundamentos para caracterizar que en China no impera un régimen capitalista, ni tampoco socialista. Al cabo de varias décadas prevalece una formación intermedia con signo indefinido y desenlaces pendientes. La nueva clase capitalista no ha logrado el control del Estado, que permanece en manos de una capa política autónoma de la burguesía.

Ese status singular de una formación burocrática puede desembocar en varios resultados. Un curso futuro estaría signado por la consolidación definitiva del capitalismo y otro contrapuesto por una recreación de la transición socialista. Ambos caminos dependerán de circunstancias externas, luchas políticas y acciones del movimiento popular. Esta mirada es compartida por varios enfoques, inspirados en evaluaciones convergentes.

Una tesis afín a nuestra visión destaca que la economía china no está sujeta al regulador pleno de la ganancia, mantiene sectores estratégicos en manos del Estado, garantiza el control de los capitales y procesa una irresuelta disputa entre sectores pro-capitalistas y críticos de ese devenir. Remarca el continuado predominio del Partido Comunista sobre los centros neurálgicos de la economía y explica las altas tasas de crecimiento por la preeminencia de activos del sector público (Roberts, 2017, 2016a: 209-212, 2018, 2016b). Este retrato resalta los distintos rasgos de un régimen no capitalista, sin proveer una denominación específica para ese sistema.

Las categorías actuales no ofrecen un término satisfactorio para dar cuenta del modelo chino. Algunos estudiosos utilizan el término de “managerialismo” para destacar la primacía del funcionariado en la gestión de la economía. Ilustran cómo los administradores comandan ese desenvolvimiento, mediante supervisiones y asociaciones con el segmento capitalista (Duménil; Lévy, 2014, 2012).

Otros pensadores proponen combinar los componentes capitalistas y socialistas del esquema chino en la sintética noción de “social-capitalismo” (O’Hara, 2006). La dificultad para encontrar un nombre adecuado deriva del carácter inédito del contexto actual. Las categorías utilizadas por los marxistas entre 1917 y 1989 -socialismo, comunismo, Estado obrero burocratizado, colectivismo burocrático- se contrastaban con el capitalismo liberal o keynesiano de la época, con la mira puesta en el objetivo pos-capitalista. Ese contrapunto ya no presenta la nitidez del pasado.

Pero lo importante no es la denominación, sino la caracterización del régimen chino. Allí prevalece una sociedad con clases capitalistas ya constituidas que no ejercen el poder del Estado. Como destacan otros analistas esa combinación retrata una restauración no concluida (Heller, 2020). Ese escenario sitúa al país en un área de tránsito variable entre el capitalismo y el socialismo. Prescindiendo de estos dos conceptos básicos, la localización histórica de China carece de guías para evaluar su devenir.

Los enfoques que adoptan estas brújulas ubican el debate en coordenadas reconocibles. Habitualmente se discute si la reintroducción del capitalismo en China altera, cancela o facilita el avance hacia el socialismo. Las miradas intermedias no avalan, ni justifican esa regresión y destacan tanto los límites como la potencial reversión de ese proceso.

¿Socialismo de mercado? 

Muchas caracterizaciones de China coinciden en la descripción de una formación intermedia pero evitan esa denominación. Discrepan con ubicarla en el universo pleno del socialismo o del capitalismo, pero optan por situarla en alguna sub-variante de esas dos grandes opciones. Los principales exponentes de la primera corriente identifican al país con el socialismo de mercado.

Esa mirada resalta la naturaleza socialista de China, en una enfática reacción contra la vertiente opuesta. Cuestiona los argumentos “simplistas” e “ingenuos” que localizan al país en el universo del capitalismo (Guigue, 2018).

Pero esa contraposición limita el análisis y no ofrece respuestas al complejo perfil de una formación económico-social, que nunca se adoptó formas acabadas de los dos sistemas en debate. Atravesó períodos de transición al socialismo y ahora de restauración al capitalismo, sin madurar ninguna de esas opciones.

Es cierto que China difiere cualitativamente de las grandes economías occidentales y que no afronta todas las contradicciones de capitalismo (Lo Dic, 2016). Pero ha incorporado muchas tensiones de este sistema y comienza a exportarlas al resto del mundo. No es una economía financiarizada, ni neoliberal, pero debe lidiar con la sobre-inversión, la superproducción y la búsqueda de mercados, para los excedentes generados en su actividad industrial. Esos desequilibrios no presentan ninguna familiaridad con las tensiones de una economía socialista.

Es un error situar a China en un ámbito de socialismo de mercado por los deslumbrantes resultados que logró en materia de crecimiento. Con ese argumento desarrollista se podría exaltar también el enorme desenvolvimiento logrado por Corea del Sur u otros regímenes brutales del capitalismo asiático.

La identificación actual de China con el socialismo de mercado observa continuidades donde hubo rupturas. Se concibe a la expansión mercantil de los 80 y a las privatizaciones de los 90 como dos momentos de un mismo curso pos-capitalista. En esa presentación se omite la diferencia cualitativa que separa la ampliación del mercado dentro de la planificación con la preeminencia del beneficio, la competencia y la explotación.

La denominación “socialismo de mercado” podría quizás aplicarse al primer momento de esa secuencia, pero no al segundo. En este último período se forjó una clase propietaria de grandes empresas, que choca abiertamente con las metas igualitarias del socialismo.

La presencia de ese sector capitalista no expresa la simple extensión de la gestión mercantil. Indica un punto de ruptura o eventual gestación de una “economía mixta”. No es lo mismo la existencia de múltiples formas de propiedad (pública, provincial, comunal, cooperativa, privada) que la vigencia de normas de privatización. Los millonarios chinos ubicados en el ranking de Fortune no son partícipes de ningún conglomerado socialista.

El desconocimiento de esos datos impide evaluar el sentido de las luchas políticas que se libran en el país. Esas tensiones no expresan sólo las habituales disputas entre fracciones por el manejo poder que describe la prensa occidental. Tampoco responden a meras oleadas de limpieza de corruptos. En esos conflictos subyace la confrontación por acelerar o contener la restauración capitalista. Con la óptica del “socialismo de mercado” resulta difícil comprender el sentido de esos choques.

El énfasis analítico puesto en contraponer el próspero modelo asiático con su decadente contraparte occidental suele obstruir la evaluación de esas tensiones internas de China. Es totalmente cierto, que sin pilares socialistas China no hubiera podido erradicar la pobreza, en un conglomerado tan gigantesco y en un plazo tan breve (Jabbour, 2020). El capitalismo no permite consumar mejoras de esa envergadura. Pero esa extraordinaria conquista no se obtuvo con una simple y uniforme gestión socialista, que fue mutando de facetas a lo largo de 70 años. El impulso revolucionario inicial sentó las bases para una expansión posterior, que no tuvo signos unívocos, ni benefició exclusivamente a las mayorías populares.

La tesis de la continuidad socialista acepta todas las variantes seguidas por China, como un curso necesario para el desarrollo de las fuerzas productivas. Esa expansión es acertadamente destacada como una condición imprescindible para forjar alternativas al capitalismo (Andreani; Herrera, 2013).

Pero la mirada indiferenciada y acrítica de todos los periodos atravesados por el país, omite que no existe un sólo camino para ese desenvolvimiento. Tasas elevadas de crecimiento pueden lograrse expandiendo el mercado interno o la Ruta de la Seda, apuntalando o restringiendo la tasa de ganancia, favoreciendo o contrarrestando la desigualdad social.

Ese desarrollo puede exigir una enorme incidencia del mercado en la fijación de precios y en la escala de negocios privados. Pero traspasada cierta frontera, ese curso deja de constituir un desvío hacia el socialismo para transformarse en un sendero opuesto de retorno al capitalismo. Si esta disyuntiva no es explicitada, la restauración puede simplemente consolidarse a través de la auto-propulsión que genera el imperio del lucro.

Algunos pensadores suponen con cierta crudeza o ingenuidad que cierto desarrollo capitalista permitirá retomar luego la vía al socialismo, como si esos giros pudieran implementarse con la sencillez de una disposición ministerial. La historia brinda abrumadoras pruebas de la feroz defensa que despliegan los capitalistas para defender sus privilegios. Si afianzan estructuralmente sus beneficios de clase, no renunciarán a esas conveniencias cuando el timbre del socialismo suene en sus portones.

¿Capitalismo consumado?

En el polo opuesto de los teóricos del socialismo de mercado se ubican los pensadores que diagnostican la restauración total del capitalismo. Consideran que China se ha transformado en una pieza más del tablero global y que el status social de la nueva potencia no se distingue de sus pares de Occidente.

Esa visión es frecuentemente presentada en polémica con los analistas, que ponen reparos a la caracterización de un capitalismo completado e irreversible. Los intérpretes de ese cierre remarcan que “ya no hay vuelta atrás”, en la definitiva preeminencia del mismo sistema que impera en el resto del mundo (Sáenz, 2018).

El principal argumento económico para evaluar esa consolidación es la vigencia de todos los mecanismos del capitalismo. Estiman que en China prevalecen las normas de la explotación, la ganancia y la concurrencia (Carccione, 2020).Consideran que allí impera el mercado de trabajo, la propiedad privada de los medios de producción y la competencia entre las empresas (Au Loong, 2018).

¿Pero la ausencia de financiarización y neoliberalismo no obstruye el funcionamiento pleno de esas normas? ¿La alta regulación estatal, las restricciones al movimiento de capitales, la propiedad pública de la tierra, el control oficial de los bancos y las empresas estratégicas no influyen sobre el curso de la acumulación?

Los teóricos del capitalismo consumado relativizan la presencia de esas limitaciones y no explican por qué razón persisten en ese país, los controles que el neoliberalismo erradicó en el grueso del planeta. La privatización, la desregulación financiera, la apertura comercial y la flexibilización laboral fueron introducidas, para oxigenar al capitalismo de los obstáculos al beneficio que interponía el modelo keynesiano previo. En China no se concretó ese giro.

Quienes estiman que esa nación sepultó por completo su trayectoria previa, tampoco aclaran cuándo se produjo el entierro. La caracterización de ese viraje es clave para definir qué significado se asigna al concepto de capitalismo o socialismo.

Algunos pensadores estiman que la restauración ha sido un proceso ascendente desde fines de los años 70, que contó con el beneplácito de toda la dirigencia. Por eso resaltan el consiguiente aburguesamiento de las capas dirigentes (Laufer, 2020). Consideran que la era Deng, la fase de las privatizaciones y el equilibrio de Xi Jinping constituyen distintos momentos de un mismo proceso.

Pero con esta mirada se ignora la diferencia cualitativa que separa a un modelo de gestión mercantil en el marco de la planificación, de otro con expansión de la propiedad capitalista y de un tercero que limita esa extensión. La importancia de esas distinciones desborda la evaluación de China e involucra el proyecto general del socialismo. El ejemplo asiático justamente interesa para considerar ese futuro.

Quienes rechazan en forma indiscriminada todas las políticas económicas de últimas décadas, implícitamente objetan la reintroducción del mercado. No registran que esa gestión fue compatible con la Nueva Política Económica (NEP) de Lenin en los años 20 y resulta insoslayable para cualquier proyecto pos-capitalista en los países subdesarrollados. ¿O acaso era mejor el esquema opuesto de planificación compulsiva y centralizada de la URSS en 1950-60?

El debate sobre China entre los marxistas no es meramente descriptivo. Exige opiniones sobre esas alternativas, para explicitar cuál es el proyecto económico socialista concebido por cada analista.

Burguesía y funcionarios sin fusión 

Los teóricos del capitalismo completado consideran que esa concreción se consumó con gran protagonismo del Estado. Estiman que los conductores del sistema anterior encabezaron la restauración, transformando a la antigua crema de Partido Comunista en la nueva élite del capitalismo (Carccione, 2020).

Pero esa mirada registra identidades donde prevalecen separaciones. La nueva clase burguesa y la burocracia que controla el Estado permanecen como dos sectores diferenciados. El primero no capturó el poder y el segundo no se transformó en un mero grupo de propietarios enriquecidos.

La continuidad de esta distinción no invalida que varios millonarios ocupen altos cargos oficiales o que las familias de muchos jerarcas exhiban un nivel de vida ultra-acomodado. Lo que interesa conceptualmente no ese cómputo de riquezas, sino el papel objetivo que cumple cada sector en una formación económico-social.

Lo que distingue a China de Rusia o Europa de Este es la continuada diferencia entre la estructura de la sociedad y el Estado, que mantiene a la clase capitalista alejada del control del poder político. Esa brecha podría disiparse con el tiempo, pero aún no se ha disuelto. Quienes estiman que la fusión ya se ha consumado aceptan el contraste entre la trayectoria seguida por China y el fenecido “bloque socialista”, pero sin extraer conclusiones de ese contrapunto.

También subrayan la gravedad de la crisis capitalista contemporánea y enfatizan los límites históricos de este sistema. Pero eluden indagar cómo ha podido un régimen social en declive expandirse con tanta facilidad e intensidad, en el país más poblado del planeta. No es muy lógico remarcar la asfixia objetiva que afronta el capitalismo occidental y describir sin ningún asombro, cómo ese mismo sistema florece en la principal nación asiática.

La presentación del crecimiento chino como un resultado del empalme funcional con el capitalismo global ilustra tan sólo una cara de la moneda. El país logró su extraordinario desarrollo como un efecto combinado de pilares socialistas, regulaciones estatales y restricciones a la financiarización. La creciente afluencia del capitalismo no frenó esa expansión, pero introdujo grandes desequilibrios de sobreinversión, sobreproducción y desigualdad.

Es muy controvertido suponer que el capitalismo penetra sin ningún escollo bajo el comando consciente del Partido Comunista. Se extrema un razonamiento inspirado en ironías de la historia, al imaginar que la restauración avanza naturalmente por ese insólito carril. No parece muy sensato considerar que los textos de Marx, Lenin o Mao sean utilizados para implantar el sistema que esos escritos repudian. Más lógico es lo ocurrido en Rusia y Europa del Este, donde se alaba al capitalismo incinerando esos libros. La permanencia del marxismo como literatura oficial en China ilustra lo obvio: la restauración no ha concluido y afronta resistencias.

Lucha, represión y legado

La tesis del capitalismo completado atribuye ese resultado a una derrota histórica de la clase obrera. Considera que esa regresión se afianzó a fines de los 80 con Tiananmén, se consolidó con los grandes despidos en empresas estatales durante los 90 y se reforzó definitivamente con un sistema político dictatorial (Au Loong, 2016). Esa visión es coherente con el presupuesto que el capitalismo avanza con tasas crecientes de explotación y pérdidas de conquistas sociales.

Pero ese diagnóstico choca con incontables evidencias de mejora del salario, reducción de la pobreza y expansión del consumo. El enorme crecimiento económico ha sido acompañado de un incremento mayúsculo de la desigualdad, pero sin la tragedia social imperante en los países bajo gestión neoliberal. Las condiciones generales de vida en el país han seguido un rumbo muy contrapuesto, por ejemplo, al observado en América Latina.

Estos avances no retratan los méritos del retorno capitalista. Ilustran la fuerza social de los trabajadores y el impacto de sus demandas efectivas o potenciales. En las últimas dos décadas emergió un nuevo proletariado, con expresiones de resistencia y alta capacidad para hacer valer sus exigencias.

Los propios teóricos de la restauración culminada describen esas protestas como la “peor pesadilla” de la burocracia (Yunes, 2018). Recogen registros de la significativa capacidad exhibida por los operarios para imponer sus derechos (Hernández, 2016)

Esos informes indican que los gerentes de las empresas y los altos funcionarios actúan con cautela, frente al revulsivo potencial de la clase obrera. Esa conducta añade otro argumento a favor de la tesis de un modelo capitalista no concluido.

La misma evaluación se extiende a la caracterización del régimen político. Es evidente que en China no rige una democracia socialista. Esa meta se encuentra muy lejos de su implantación y son numerosas las evidencias de inadmisibles restricciones a los derechos democráticos. Pero los teóricos de la restauración plena no se limitan a constatar o criticar este hecho. Postulan la vigencia de una descarnada dictadura que funciona con normas cuartelarías y consecuencias sanguinarias. Estiman que ese sistema es análogo a la tiranía derrotada por la revolución socialista (el Koumintang) o a la terrorífica junta militar coreana de 1961-1987 (Au Loong, 2016).

China no sólo padecería un retorno del capitalismo, sino también una regresión a la tragedia política de la primera mitad del siglo XX. El país estaría bajo el control de una clase dominante despiadada, que sojuzgaría a los desposeídos mediante un sistema político análogo a las formas pre-modernas que utilizaban los emperadores y mandarines.

Pero resulta muy difícil congeniar estas descripciones con la modernización que ha protagonizado el país y la consiguiente complejidad de su estructura político-social. Si la imagen de un capitalismo meramente destructor contrasta con los avances en el nivel de vida, la presentación de un tirano al comando de 1500 millones de personas, no condice con la variedad de tendencias políticas actuantes en China. Ese contexto es imperceptible con mirada atadas a un razonamiento convencional de contraposición de totalitarismos con democracias (Mobo, 2019).

La presentación de China como una simple dictadura capitalista también presupone que el legado socialista ha sido completamente demolido. Se estima que esa tradición ha quedado profundamente desacreditada, en un marco de viraje nacionalista de la intelectualidad y apatía política de la juventud (Au Loong, 2016).

Pero ese retrato no coincide con la aparición de nuevas vertientes de izquierda, ni con la continuada gravitación del marxismo. Esa corriente de pensamiento mantiene actualmente mayor vivacidad en China que en sus tradicionales centros de Europa. Ese dato no es irrelevante e indica un escenario mucho más promisorio, que el expuesto por los diagnósticos pesimistas.

¿Un transitorio capitalismo de Estado? 

La restauración no está concluida, pero es una tendencia en curso que podría efectivizarse a través de ciertos episodios decisivos. La sustitución china de Occidente en el comando de la globalización constituiría uno de esos desencadenantes. No se sensato suponer que una formación burocrática asumirá el timón de capitalismo mundial, sin ejercitar a pleno las reglas de la ganancias, la competencia y la explotación. Su captura del liderazgo mundial bajo las normas imperantes en la actualidad, no sería otro jalón del renacimiento histórico de China. Constituiría un punto de viraje hacia la consolidación definitiva del capitalismo.

Otra variedad de ese curso se verificó en los momentos de mayor euforia de “chinamerica”. En el cenit de esa asociación algunos analistas concibieron, que las monumentales acreencias asiáticas de Estados Unidos se convertirían en propiedades del gigante oriental. Supusieron que grandes empresas norteamericanas quedarían bajo el control de socios o gerentes chinos. Estimaron que esa conversión podría constituir el primer paso hacia la conformación de la tan debatida, pero inexistente clase dominante transnacional.

En los hechos la concreción de ese proceso fue abortada por el acoso imperialista que inició Obama y reforzó Trump. Esa escala de agresiones dio lugar a la reacción defensiva de Xi Jinping y a un cambio de escenario. El contexto de amigable globalización ha quedado sustituido por un perdurable marco de tensiones.

El resultado de esa confrontación es incierto. Puede abrir caminos de internacionalización capitalista de China, con sus empresas rivalizando más intensamente por lucros, mercados y cuotas de plusvalía. Pero también puede desembocar en choques geopolíticos, depresiones económicas y protestas populares, que algunos pensadores identifican con el debut de un escenario pos-capitalista (Dierckxsens; Formento; Piqueras, 2018). La actual formación intermedia china con sus clases adineradas, su regulación estatal y su retórica oficial marxista redefinirá su perfil en el escenario que se avecina.

El status transitorio de esa formación económico-social es destacado por muchos pensadores. A falta de una denominación más adecuada, algunos utilizan el término de “capitalismo de Estado” para tipificar ese régimen. Recurren a ese concepto para resaltar el papel del Estado como un gran timonel de la economía, en la fijación de todos los parámetros y las restricciones de la acumulación (Brenner, 2019).

Pero justamente por ese motivo el término es inadecuado. El capitalismo de Estado obviamente presupone que el capitalismo ya impera con plenitud en la sociedad y en el aparato estatal. Opera a través de ese organismo para forzar el cumplimiento de las metas de inversión, acumulación o desarrollo que ambiciona la clase dominante. Fue la dinámica que imperó por ejemplo en Japón.

Lo que distingue a China de ese antecedente ha sido la preexistencia de una revolución socialista, que cortó una trayectoria inicial del capitalismo. Ese componente socialista estuvo ausente en todas las versiones que adoptó el capitalismo de estado a lo largo del siglo XX.

Esa singularidad es registrada por otro enfoque, que utiliza el mismo concepto para destacar que China retomará un desemboque en el socialismo (Amin, 2013). Sugiere que el capitalismo de Estado constituye un eslabón hacia ese objetivo. Pero también da a entender que formas de capitalismo regulado son indispensables para la paulatina gestación de una sociedad igualitaria. Lo que resulta muy difícil de imaginar es cómo el socialismo emergería de una secuencia de capitalismos de distinto molde. La tesis de un status intermedio evita esos inconvenientes.

Confrontación de intereses y programas

China no es una sociedad uniforme, acallada y sometida. En el propio Partido Comunista coexisten millones de personas, que confrontan propuestas y posturas a través de distintos canales.

Las discrepancias que salieron a la superficie durante la pandemia constituyen un indicador de esos contrapuntos. En esa emergencia actuaron junto al oficialismo distintas asociaciones que no pertenecen al partido hegemónico. Es importante conocer esas actividades para superar los estereotipos que difunden los medios de comunicación, en su presentación de una sociedad simplemente esclavizada a los mandatos de una autocracia (Prashad, 2020).

Esa imagen no evalúa a Estados Unidos con la misma vara. Omite que en ese país impera en los hechos una dictadura bipartidista de la misma elite, que intercambia periódicamente el timón presidencial entre exponentes Demócratas y Republicanos. Esa manipulación no impide la existencia de un escenario multifacético de tendencias políticas de variado tipo. La misma (o mayor) diversidad impera en China.

La tesis del monolitismo asiático choca con el simple registro de las corrientes políticas del país. Una analista distingue seis vertientes significativas. Los neoliberales proponen expandir las privatizaciones, reducir el estado de bienestar y anular las leyes de salario mínimo. Los socialistas democráticos propician una economía mixta gestionada con formas políticas multipartidarias. La Nueva Izquierda defiende las empresas públicas, cuestiona la inserción en la globalización y rechaza desigualdad. Los milenaristas retoman los ideales de Confucio, para postular una reorganización del país con parámetros éticos. Las marxistas singulares exigen combinar normas de eficiencia con ideales altruistas y sus colegas tradicionalistas retoman ideas de Mao, para priorizar la defensa del país y la continuidad de las empresas estatales (Enfu, 2012).

Ese retrato sugiere una diversidad que no es perceptible con las anteojeras del institucionalismo burgués. Refuta la imagen de homogeneidad en una nación que alberga a un sexto de la población mundial. No es la brecha cultural o la barrera idiomática lo que impide tomar contacto con esa realidad. La obstrucción deriva de un prejuicio que contrapone el autoritarismo asiático con la floreciente diversidad occidental.

Los pensadores que tuvieron más familiaridad con la vida política china, resaltaron en los últimos años la intensa confrontación entre la corriente neoliberal y antiliberal. Describieron la pugna entre los partidarios del librecomercio globalista y los promotores de la regulación estatal (Amin, 2013).

Pero un proceso más interesante se desarrolla en torno a la denominada Nueva Izquierda. Esta corriente surgió a mitad de los años 90 cuestionando los proyectos de privatización y postulando la redistribución del ingreso, mediante un curso de modernización alejado del patrón capitalista (Ban Wang; Jie Lu, 2012).

La Nueva Izquierda denuncia el fetichismo del crecimiento, defiende el sistema de seguridad social y condena la amnesia de la herencia revolucionaria. Auspicia la acción colectiva y estima que Tian An Men fue una rebelión contra la corrupción y la injusticia (Keucheyan, 2010: 177-185).

Los partidarios de esta corriente también objetan la mirada angelical de los cultores de Confucio (Rofel, 2012). Critican la despolitización y reivindican las protestas populares (Wang Hui, 2015). Promueven, además, una revisión de la Revolución Cultural alejada de la demonización prevaleciente, cuestionando el énfasis unilateral en las facetas negativas de ese episodio (Mobo, 2019).

La evaluación del maoísmo es uno de los principales temas en debate en la Nueva Izquierda. Algunos analistas destacan la existencia de varias corrientes herederas de Mao. Una vertiente de peso en las estructuras oficiales prioriza la defensa nacional frente a la agresión de Estados Unidos. Otra se desenvuelve fuera de ese ámbito y propicia la organización autónoma de los sindicatos (Quian Benli, 2019).

La Nueva Izquierda convoca a renovar el proyecto socialista, en confrontación con el presupuesto de conveniencia (o inexorabilidad) de una etapa capitalista. Estima que la instauración de ese sistema entraña consecuencias nefastas y despliega una intensa batalla contra la cultura de la mercantilización (Lin Chun 2013:197-215).

Los exponentes de esta mirada denuncian los desequilibrios que ha introducido el capitalismo, reconociendo las mejoras registradas en el nivel de vida y la complejidad creada con la gestación de una nueva clase media urbana (Lin Chun 2009).

Objetan la primacía asignada a la expansión externa, destacando que China no necesita transformarse en una potencia mundial, ni actuar como faro del libre-comercio. Debe priorizar el cúmulo de mejoras pendientes en la esfera doméstica (Lin Chun 2019). Señalan que en lugar de comprometer a la economía con riesgosas inversiones foráneas convendría canalizar el ahorro excedente hacia los circuitos locales, para revitalizar las empresas estatales e incrementar los gastos sociales.

Esta orientación privilegia la actividad económica interna buscando una reconciliación entre el socialismo y el mercado (Lin Chun 2009). En el plano externo promueve retomar las ideas antiimperialistas que el país alentaba antes de amoldarse a la euforia de globalismo (Lin Chun 2019).

Este programa de la Nueva Izquierda es coherente con un diagnóstico de limitada reconversión capitalista de China. La implantación definitiva de ese sistema puede ser contenida mediante un curso opuesto de renovación socialista basado en el protagonismo popular.

Lo que está en juego es una confrontación de intereses. La discusión sobre la naturaleza capitalista, socialista o intermedia de China no es una controversia académica sobre la clasificación de la nueva potencia. Sintetiza distintas miradas y propósitos para el país que definirá el curso del escenario global.

 

18-9-2020

Por Claudio Katz, es economista, investigador del CONICET, profesor de la UBA, miembro del EDI. Su página web es: www.lahaine.org/katz

Referencias

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Viernes, 12 Junio 2020 06:13

Marx y Piketty: adendum

Marx y Piketty: adendum

Hablando hace poco de la pandemia del Covid-19 y debatiendo si la crisis actual "nos llevará a una sociedad más justa" (sic), Thomas Piketty confirmaba de manera sintomática cómo el discurso de las "desigualdades" ya funge el papel ideológico en el capitalismo (véase: Marx, Piketty y los ladrones de conceptos, bit.ly/3gL1ACo) ocultando mecanismos sistémicos, relaciones de poder reales y agencia detrás de diferentes procesos a fin de asegurar su reproducción. Se situaba allí donde verdaderamente pertenece: en los antípodas del marxismo, a pesar de seguir –con obstinación digna de una causa mejor− fingiendo "ser un marxista" (bit.ly/2LurMTr). Subrayando que se requiere una movilización social y política "para empujar las sociedades en dirección de más igualdad" −¡ chin!, ¿por qué nadie había pensado en esto antes?− recordó a la pandemia de la "gripe española" de 1918, remarcando que “lo que falta en pensar en las pandemias es la desigualdad (sic), o sea que no todos los grupos sociales quedan afectados de la misma manera –¡ chin!,¿por qué nadie había pensado en esto antes tampoco?−: mientras en 1918 en EU y en Europa pereció de 0.5 a 1 por ciento de la población, en India murió casi 6 por ciento”. Según él, la pandemia de hoy "está revelando niveles de desigualdad igualmente chocantes" (bit.ly/3cs5D45).

Si la premisa "que no todos quedan afectados igual" es más que correcta (regresaremos a ella), para saber qué ocurrió en India en 1918 hay que buscar en otro lado. Mike Davis –¡ suprise, suprise!: un verdadero marxista (bit.ly/3gv9xLN)−, escribiendo sobre Covid-19 apunta que durante el brote de la "gripe española", que mató más gente que la Primera Guerra Mundial, más de 60 por ciento de sus víctimas globales, hasta 20 millones de personas, provenían de la parte occidental de India y ya estaban debilitadas por la hambruna inducida por el colonialismo británico. El virus vino justo cuando brutales requisiciones y exportaciones forzosas de granos coincidieron con una sequía: "millones de pobres cayeron víctimas de una sinergia mortal entre el colonialismo, la malnutrición que suprimió sus sistemas inmunes y una rampante neumonía viral" (bit.ly/36PxIAp). Pensar en esta pandemia en India y otros países, víctimas del imperialismo europeo de principios del siglo XX como Irán, en términos de la "desigualdad" (sic) ofrece explicaciones estériles que dejan off the hook no sólo a los corresponsables de esta atrocidad (colonizadores británicos), sino al sistema y su ideología −...que Piketty supuestamente "desnuda" en El capital y la ideología (2019)− abrazada por ellos: ya en Late victorian Holocausts. El Niño famines and the making of the Third World” (2001), Davis demostró cómo aferrarse a los mitos del "libre mercado" y el laissez-faire provocó otras horrorosas hambrunas en India.

Lo irónico –y, otra vez, sintomático− es que este oscurecimiento ocurre cuando Piketty se propuso en su nuevo libro "aumentar el alcance de su mirada" y analizar –como él no deja de subrayar, arrojando de paso más generalidades sobre el Covid-19 (bit.ly/2T482do)− la historia del colonialismo, la esclavitud y "desigualdades a escala global", ofreciendo unos pasajes bien incómodos para el liberalismo, pero que carecen de fuerza de la denuncia, p.ej. de D. Losurdo (véase Liberalism. A counter-history, 2011), ni son “fruto de ‘turbo- Annales’”, como había laudado su método un comentarista, sólo para admitir luego que aquellas partes son... "poco convincentes" (bit.ly/3gINEZM). Al final, tratando de aumentar el espectro del análisis Piketty más bien "amplió el campo de lugares comunes", algo que... ya le había pasado (bit.ly/35XowJQ) en El capital en el siglo XXI (2013) (la alusión a La ampliación del campo de la lucha, uno de los títulos de Houellebecq, epítome de la degringolade intelectual de Francia, es desde luego muy intencional).

En fin. Si hay algo que ayuda a pensar en esta pandemia es este puñado de premisas (marxistas): 1. nuestras sociedades son sociedades clasistas – vide: "no todos quedan afectados..." (los ricos en sus casas de retiro, la clase media en sus depas, los trabajadores en las maquiladoras o en las calles...)−, pero claro de "clase" no hay nada en Piketty: “es un concepto passé”; 2. el trabajo importa: el Covid-19 reconfirmó su centralidad ("trabajadores esenciales", etc.) animó una ola de activismo laboral y huelgas demostrando ser la brecha central en el sistema a la luz de llamados a "reabrir la economía" (bit.ly/2UgjN1l), pero claro, en Piketty, en más de 2 mil páginas de sus dos opus magnums no hay nada sobre el trabajo: en el mundo según Piketty "el dinero hace el dinero" (M-M’); 3. los flujos financieros y la producción capitalista "moldean" nuestros ecosistemas: fue el capital neoyorquino que tras el crack de 2008 forzado a "expandirse o morir" se movió a China produciendo nuevas condiciones en la agricultura que propiciaron el surgimiento de Covid-19... (bit.ly/2BofoCO).

Pensar en términos de las "desigualdades" –un discurso adoptado ya por la OCDE o The Economist, el portavoz de la ideología capitalista (sic)− es ocultar los mecanismos sistémicos y tapar el conflicto central entre los trabajadores asalariados y los capitalistas (¡Marx!), la verdadera fuente de la dominación/subordinación en el capitalismo, no la "desigualdad monetaria" ( bit.ly/30tOqUI). Igual lo es pensar así en las pandemias.

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A 150 años del nacimiento del líder de la Revolución de Octubre

Cuando el historiador británico Robert Service, el primero que tuvo acceso en 1991 a los archivos desclasificados de la URSS, publicó su "Lenin: una biografía", Manuel Vázquez Montalbán escribió el siguiente prólogo para la edición española. Una buena manera de acercarse a Lenin, la Revolución de Octubre y la prosa e ideas de Vázquez Montalbán

 He citado ya en dos ocasiones unos versos de Tijonov que en 1990 me parecieron muy clarificadores como remate de mi libro El Moscú de la Revolución: “Nuestro siglo pasará. Se abrirán los archivos / y todo lo que estuvo oculto hasta entonces / todas las secretas sinuosidades de la historia / mostrarán al mundo la gloria y el deshonor. / Otros dioses su faz oscurecerán / y se descubrirá toda desgracia, / pero todo lo que fue verdaderamente grande / será grande para siempre”.

La derrota de la URSS en la considerada III Guerra Mundial, mal llamada Guerra Fría, entre otros efectos, ha provocado la apertura y a veces venta o expolio de los archivos de la KGB y así constatar sospechas y obviedades sobre la cultura soviética de la intolerancia y de la represión.


Es evidente que esos archivos se han abierto intencionadamente por los nietos políticos de Lenin o Stalin para traspasar a sus abuelos la responsabilidad de una malformación revolucionaria y así poder abrazar ellos la causa del capitalismo desde la posición de ventaja de pertenecer a una nueva clase dominante, fraguada desde la infancia en la obediencia ciega e interesada al leninismo y al estalinismo.


Hace años prologué El verdadero Lenin, del general Volkogonov, que mientras fue director del Instituto de Historia Militar de la todavía URSS buscaba documentos útiles para sus dos obras más demitificadoras, una biografía de Stalin y El verdadero Lenin. Volkogonov formó parte de la nomenklatura militar soviética, a pesar de que sus padres fueran exterminados en las purgas estalinistas: el padre, fusilado en 1937, y la madre, muerta en el destierro en Siberia, en 1949. Tal vez el general Volkogonov padeció el síndrome del represaliado agradecido, consciente, entonces, de que la Revolución exterminaba a sus padres en nombre de una verdad superior, tan superior que era una verdad total, como fórmula redentora y aportadora de la felicidad para todos menos para los padres de Volkogonov. O quizá simplemente fuera un sobreviviente que esperó mejores tiempos para matar mediante palabras a los asesinos de sus padres.

La doble verdad

Una cosa es la doble verdad y el doble lenguaje en el que sobrevivieron muchos soviéticos, incluso miembros de la nomenklatura, y otra el trato historicista que ha merecido la Revolución soviética, leninismo incluido, antes y después de la caída del sistema. Las revelaciones sobre los métodos leninistas o estalinistas, que fueron asumidos disciplinadamente por casi todos los que hicieron posible que existiera el leninismo y el estalinismo, han puesto en cuestión el discurso metafísico que ligaba esencialmente la necesidad revolucionaria, es decir, emancipatoria, con la metodología de la violencia estructural monopolizada por el Estado en nombre del proletariado como sujeto histórico de cambio.


Ese discurso metafísico no sólo ha sido imprescindible para los comunistas, que han necesitado creer que la única revolución posible, y por tanto necesaria, y por tanto lógica, era la soviética tal como se dio. Quizá haya sido más útil en el pasado, lo es ahora, a las conciencias contrarrevolucionarias que han descalificado la necesidad de la revolución desde la denuncia de la perversión de su esencialidad. Revolución -intolerancia y arbitrariedad, revolución–, monstruos de la razón.
Las revelaciones aportadas sobre los grandes diseñadores de la Revolución, Lenin, Stalin, Trotsky, y sobre la conducta represiva de sus herederos se inscriben en la necesidad de catarsis de los soviéticos, pero también en la estrategia propagandística de los intelectuales orgánicos del capitalismo, recelosamente conscientes de que ni se ha muerto del todo el perro ni se ha acabado la rabia. Que estas revelaciones seaninstrumentalizables por el ejército cultural vencedor en la guerra fría no quiere decir que dejen de ser necesarias para quienes consideren que la historia no se merece el castigo de terminar en manos de telespeculadores monetarios capaces de decretar exterminios inteligentes por fax.
Precisamente, deberían ser las gentes empeñadas en la necesidad de retomar la lógica del cambio histórico, en la que se inscribe la Revolución soviética, como un proyecto desgraciado, quienes mayores enseñanzas debieran extraer de aportaciones de todos los Volkogonov que conducen a la evidencia de que los cambios históricos tal vez se incuben en los laboratorios de las vanguardias, pero sólo serán justos cuando sean asumidos por el consenso de masas en libertad. Hay que grabar en la mejor piedra de nuestra memoria que la Revolución de Octubre empezó prometiendo el rescate de todas las libertades y acabó desconfiando del uso social de ellas, con el pretexto de que debían limitarse debido a las condiciones especiales de un tiempo de guerras civiles, condiciones especiales que luego fueron institucionalizadas para siempre debido a que la URSS estaba en permanente lucha de clases mundial contra el enemigo exterior, el capitalismo, y contra el enemigo interior, los restos de ideología pequeñoburguesa o los excesos del maximalismo revolucionario, la una y el otro enemigos coligados de la verdad única revolucionaria.


Hay que desconfiar de las vanguardias totalitarias, pero no hay que caer en la ingenuidad de suponer que esas vanguardias van siempre uniformadas y que son menos vanguardias totalitarias las que mesiánicamente deciden un modelo de sociedad basado en la hegemonía de los más fuertes, y para conseguirlo han utilizado todo el utillaje disuasor y represor que el capitalismo ha ensayado desde hace más de dos siglos, desde el comienzo de su irresistible ascensión universal.

Sobre la historia

¿Qué papel ejercen objetividad y subjetividad en el historiador, como científico social que explica los hechos que forman parte de la vida de la humanidad a través de su desarrollo y explica las causas que los han motivado? Eric Hobsbawm, en Sobre la historia, se planteaba precisamente en 1996: “¿Podemos escribir la historia de la Revolución rusa?”. Dentro de una pregunta más ambiciosa y más dramática: ¿podemos escribir alguna vez la historia definitiva de algo? Y se contestaba que el historiador de la Revolución rusa era semejante al biógrafo de una persona viva que pasa a serlo de una persona muerta.


Hobsbawm se plantea todas las ucronías posibles ante el cadáver de la URSS, desde ¿era inevitable la Revolución soviética? hasta ¿qué podría haber pasado si Lenin hubiera seguido en plenas facultades?, y para el historiador inglés y marxista, la Revolución de Octubre de 1917 fue el resultado de una ola de radicalización popular, y no fue necesario siquiera tomar el poder..., “sino que bastó con recogerlo de donde lo habían dejado caer...”. Ahora, escribe Hobsbawm, hay que aprovechar las fuentes informativas que se abren en la antigua URSS, los archivos a los que se refería Tijonov, pero no hay que esperar demasiado de la historiografía soviética, todavía condicionada por la metabolización de la nueva situación.


¿De qué historiografía hay que esperar una historia de la URSS o una biografía de Lenin que no padezca el síndrome de pasar de lo vivo a lo muerto? Se plantea Hobsbawm que la Revolución soviética conlleva la doble verdad de los éxitos en la construcción de la URSS como potencia mundial disuasoria del capitalismo y su fracaso en el mantenimiento de un consenso social que fue posible en buena parte por razones nacionales, como la guerra patria contra el nazismo alemán. Frecuentemente observamos cómo otros historiadores de juicio menos implicado en la razón revolucionaria aprovechan la desaparición de la URSS para una radical demostración de lamaldad, cuando no de la perversidad esencial del diseño, y más allá de la generalizada condena del estalinismo se aborda ya sin disimulos una condena de Lenin como padre de todas las batallas.


Dentro de la más delirante posmodernidad, los historiadores y sociólogos no violentos recriminan el uso de la violencia que hizo el leninismo y posteriormente el marxismo-leninismo oficialmente entronizado en la URSS, como si las revoluciones y expansiones capitalistas no hubieran utilizado toda clase de violencias para ganar y consolidar su hegemonía. Cualquier nivel progresivo de justicia e igualdad se ha conseguido mediante luchas sociales e individuales terribles, en las que los propietarios del caballo, la casa y la pistola sólo han cedido parte de sus privilegios por la fuerza o por el poder disuasorio de la amenaza. El poder reaccionario ha cambiado violencia represiva por diálogo cuando no ha tenido más remedio que dialogar porque no estaba seguro de la victoria mediante la violencia. No es una propuesta de conducta. Es una constatación. Otra más a sumar a la hora de encontrar la correcta metodología para que en el siglo XXI desaparezcan las causas que pudieron hacer necesarias las revoluciones del siglo XX, y en este sentido me permito recomendar la lectura de La caída del imperio del mal, de Alexandr Zinoviev, con prólogo de Francisco Fernández Buey, como un magnífico balance crítico de lo que pudo haber sido y casi no fue la Revolución soviética, en la parte que le tocó vivir como ciudadano, soldado y profesor de filosofía y lógica matemática, primero, en Moscú; luego, en Finlandia.
Sobre la polémica interpretativa de la URSS y Lenin hay un censo muy ilustrativo en el artículo de Anna Sallés publicado en el número 5 de la revista Historiar, donde se dice que tras el hundimiento del sistema soviético se produjo un auténtico revival de la historiografía liberal conservadora que despojó de su hegemonía a la historia social y para los neoliberales... “La caída de la URSS y de todo el sistema soviético confirmaba las predicciones liberales sobre la inviabilidad de un modelo social que había nacido de un acto ilegítimo”.

Todas las etapas

Por todos estos motivos he leído con especial cuidado esta biografía de Lenin, de Robert Service, historiador y profesor británico de la Universidad de Londres, del que ya se había editado en España Historia de Rusia en el siglo XX, publicado en el Reino Unido en 1997 y, por tanto, fruto al menos ultimado una vez ya convertida la URSS en cadáver histórico. Service recorre todas las etapas revolucionarias, desde el crispado entusiasmo del 17 hasta el desencanto generalizado que presenció la perestroika: “La gente”, dice Price, “ estaba harta de las colas, la escasez de comida y el caos administrativo”, y constata que la estructura social de la nueva Rusia... “se está revelando como una versión modificada de la vieja URSS. Pocos eran los propietarios de negocios privados que no provinieran del ámbito de la administración soviética. Incluso el partido de Ziuganov (el candidato poscomunista), pese a sus críticas a Yeltsin, contaba con dirigentes que se habían beneficiado materialmente de las reformas del Gobierno: uno de ellos era propietario de un casino en Moscú”.


Cabe interpretar esta nueva obra biográfica de Lenin como a la vez complementaria y derivada de sus investigaciones sobre la historia de la Unión Soviética, biografía complicada por cuanto sanciona la vida y la obra del diseñador original de una revolución que no supo conservar su Estado, su territorio de partida.


Una de las corrientes autocríticas y críticas que desbordaron los planteamientos inicialmente reformistas y regeneracionistas de la perestroika fue pasar de los ataques a Stalin como gran corruptor del ideal comunista a los dirigidos contra Lenin, es decir, bajo la línea deflotación del sistema. Bien por la izquierda, donde se le acusaba de no haber propiciado una auténtica participación de las bases en la construcción revolucionaria y haber favorecido el papel del partido único y verticalista, o bien por derecha, donde se le veía como un monstruo de la razón causante original de la perversión soviética.


Lenin, en general, se había beneficiado de la apología casi hagiográfica o de la duda condicionada porque, debido a su enfermedad, no pudo dirigir la Revolución en sus años de consolidación decisiva. No hay que confundir el leninismo hagiográfico de los sacralizadores textos oficiales o la reinterpretación interesada de Stalin en Los problemas del leninismo, con la hagiografía interpretativa de Trotski o los estudios ya clásicos sobre la ascensión del leninismo en la URSS (E. H. Carr, La revolución bolchevique o 1917; Edward Wilson, Hacia la estación de Finlandia; Isaac Deutcher, La revolución incompleta; John Reed, Diez días que estremecieron al mundo, o Pierre Broué, El partido bolchevique; Christopher Hill, Lenin y la Revolución rusa; Georg Lukács, Lenin, la coherencia de su pensamiento), para llegar a las aproximaciones más modernas y selectivas a lo que fue la Revolución calificada como marxista-leninista: los estudios de Geofferey Hosting o las obras concretas de Heather Hogan, Forging Revolution; Claudio Sergio Ingerflom, Le citoyen impossible: les racines russes du léninism; Roger Garaudy, Lenin; Rudi Dutschke, Tentativas de poner a Lenin sobre los pies; el excelente breviario de juventud de F. Fernández Buey, Conocer a Lenin y su obra; de Jane Durbank, Inteligentsia and Revolution, o la ya citada obra de Zonoviev. ¿Qué iba a hacer un historiador como Robert Service con una figura histórica, teniendo en cuenta todas las polisemias que puede alcanzar el adjetivo o la sustancia de lo histórico?


Estamos ahora ante una copiosa biografía en la que el individuo Lenin toma forma sobre un paisaje coral prerrevolucionario y se sitúa intelectual y políticamente en situación de ser uno de los principales agentes del asalto al poder. Entre el Lenin bolchevique, que tiene en su cabeza todos los socialismos posibles, y el que se decanta en las tesis de abril de 1917 por el paso revolucionario no media sólo la evolución de una voluntad política individualizada, sino la descomposición del zarismo activada por la derrota en la I Guerra Mundial y la desesperación social instalada en todas las Rusias.

Sacralización

Como en toda biografía, aunque sea de un político, los datos de carácter dentro del territorio de lo subjetivo tienen su importancia, sobre todo en la medida en que condicionan total o parcialmente decisiones políticas. En cualquier caso, aunque el biógrafo Service subraya las disintonías con el personaje, no las implica en una sanción histórica y espera a disentir radicalmente a cuando, ya muerto Lenin, sus herederos, Stalin, Zinoviev, Kamenev, Bujarin, lo sacralizan para autosacralizarse como instrumentos de la revolución leninista, mientras afilan los cuchillos para disputarse el reparto de la túnica sagrada. Por encima de las negativas de la esposa de Lenin a que Lenin se convierta en una momia objeto de culto en un mausoleo, los herederos lo convirtieron en un dios muerto. “Los escritos de Lenin”, añade Service, “adquirieron al mismo tiempo la condición de sagrada escritura; se otorgó a sus obras completas, cuya publicación estaba en marcha desde 1920, un significado político y cultural mayor que a cualquier otra publicación. Se creó en su honor un instituto del cerebro: se recogieron 30.000 muestras de su tejido cerebral para que se pudiera iniciar la investigación de los secretos de su gran talento”.

Stalin, el nuevo Lenin

Diez años después de la muerte de Lenin, Stalin propiciaba la inculcación social de que él era el nuevo Lenin y estaba en condiciones de reinterpretar su pensamiento político en Los problemas del leninismo. Los textos de Lenin fueron reconducidos, a veces incluso mutilados, de la misma manera que se mutilaba la imagen de Trotski de las primeras fotografías de la Revolución triunfante.


Héroe y víctima de la revolución que había iniciado, Service sostiene que Lenin influyó decisivamente en el despertar de Rusia y en la historia del siglo, aunque presupone la interpretación leninista de la política que dio prioridad a la dictadura del proletariado, la lucha de clases, la jefatura y la amoralidad revolucionaria, desde una vocación vanguardista que ha marcado todas las tensiones de la modernidad y que no inventó Lenin: nació con el optimismo del crecimiento continuo material y espiritual que capitalistas y marxistas incubaron en la segunda mitad del siglo XIX. Para Service, resulta paradójico que el hombre que más hizo para derrumbar el edificio construido sobre cimientos leninistas fuera un sincero leninista, Gorbachov, que... “llegó al cargo de secretario general del Partido con la intención de restaurar la URSS, acercándola más a las doctrinas y prácticas de su ídolo”. Aporto mi recuerdo personal del viaje a la todavía URSS en el año del estallido de la perestroika y la contemplación de un poster en el que se veía a Gorbachov dirigiendo un concierto. Sobre el atril, la partitura: en blanco.
Me encanta que este libro pueda ser acusado de algo frívolo al privilegiar los datos sobre la conducta personal, incluso sexual, de Lenin, dado que desde hace años sospecho que estamos hablando de un tipo tan cargante en lo personal como genial en lo político e intelectual.


Excelente que Service se atreva a proponer que Lenin era un niño mimado, como paso inicial para ser un adulto mimado por las mujeres, que llegaron a disculparle su misoginia, incluso una feminista, como Inessa Armand. No me queda otra cosa que recomendar la lectura de este libro, preferentemente a los leninistas y antileninistas acríticos. Desde la propuesta higiénica de que contrapongan lo que aquí se dice con su sabiduría convencional y con la sin duda abundante bibliografía sobre Lenin que todo leninista debe haber interiorizado. En cuanto a los antileninistas posmodernos, seguro que se asirán al claroscuro de un personaje para condenar a todos los que desde Espartaco se negaron a esperar pacientemente Internet y la revolución conservadora para conseguir que la ética penetrara en la historia.

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El socialismo en el marco de la crisis civilizatoria

Al final del siglo XX el socialismo quedó totalmente cuestionado; en lo que va del siglo XXI la democracia también está contra el paredón. Entonces, ¿es posible otra democracia, una más allá de la realmente existente? ¿cuáles serían sus principios guía? Y del socialismo, ¿podemos y debemos rescatar valores y principios, ¿cuáles?

“Se puede hablar de dos tipos de crisis: la funcional y la orgánica. La primera es como una gripa para el cuerpo y las gripas son necesarias al sistema, el cuerpo necesita de vez en cuando desintoxicarse, reanimarse, fortalecerse y en un sistema su dinámica y su equilibrio permanente está ligado a crisis funcionales. Pero una crisis orgánica si es una crisis diferente, son excepcionales, duran siglos; lo que llamaríamos transiciones. Y yo me atrevo a decir que desde los años 70 asistimos a la tercera crisis orgánica de la civilización” comentó el docente universitarios e investigador social Luis H. Hernández.

Con ánimo de dar respuesta a estos interrogantes compartimos un vídeo con apartes del evento preparatorio  en Bogotá el 14 de Noviembre de 2019 –El socialismo en el marco de la crisis civilizatoria- a cargo de Luis H. Hernández que nos habla de cómo desde los años setenta  la humanidad asiste a la tercera crisis civilizatoria con la aparición de dos factores que así lo testimonian: el cambio en la matriz energética –hacia las energías limpias– y el giro comunicacional.

Este fue un evento preparatorio para el "Foro Internacional 19-20-21 de marzo de 2020. Repensar las bases teóricas para la reconstrucción de un ideario social con perspectiva postcapitalista. Más información haciendo click aquí:


https://www.desdeabajo.info/component/k2/item/38185-insumos-para-una-discusion-urgente.html

 

Para inscripción: https://libreria.desdeabajo.info/index.php?route=product/product&product_id=189&search=inscrip

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La izquierda latinoamericana frente a Venezuela

Venezuela acabó por ser un peso político para las izquierdas, cada vez más y mejor aprovechado por las derechas para construir fantasmas de «venezuelización». Frente a un escenario en el que el proceso venezolano resulta cada vez más alejado de visiones emancipatorias, gran parte de las izquierdas carecieron de herramientas teórico-políticas para dar cuenta de lo que estaba ocurriendo.

El 30 de enero de 2005, en el estadio Gigantinho de Porto Alegre, el presidente Hugo Chávez declaraba la necesidad del socialismo. Con su característica camisa roja, el líder venezolano dijo:

«Negar los derechos a los pueblos es el camino al salvajismo, el capitalismo es salvajismo. Yo cada día me convenzo más, [entre] capitalismo y socialismo… no tengo la menor duda. Es necesario, decimos y dicen muchos intelectuales del mundo, trascender el capitalismo, pero agrego yo […] al capitalismo hay que transcenderlo por la vía del socialismo […].»

En estas declaraciones resonaba, lejanamente, aquella declaración del «carácter socialista» de la Revolución Cubana pronunciada por Fidel Castro en abril de 1961, en medio de fusiles y llamados a resistir la agresión imperialista. Venezuela no fue invadida, pero el chavismo extrajo una potente dosis de mística política de su victoria contra el golpe de Estado de 2002, apoyado por la oligarquía local y Estados Unidos, el paro patronal y la huelga en Petróleos de Venezuela (PDVSA) de 2002-2003, que provocó un fuerte golpe a la economía.

Frente a Chávez no había milicianos sino militantes sociales agrupados en el Foro Social Mundial, una articulación de partidos de izquierda y movimientos sociales movilizada contra la «mundialización del capital» y en favor de un cambio en las relaciones de fuerza a escala global. En este nuevo escenario post-socialismo real, el presidente bolivariano anunció, y enfatizó, que la nueva transición al socialismo debía ocurrir «¡En democracia!». Pero acto seguido aclaró: «Ojo pelao y oído al tambor: ¿en qué tipo de democracia? No es la democracia que míster Superman [por G. W. Bush] quiere imponernos desde Washington, no, esa no es la democracia». Y ahí subyace uno de los problemas neurálgicos del chavismo en sus dos décadas de hegemonía sobre la política venezolana. Si esa «no es» la democracia, ¿con qué tipo de democracia «superar» la democracia liberal? Y, en segundo lugar: además de la democracia, ¿qué diferenciaría a este «socialismo del siglo XXI» de las experiencias del socialismo real y las «democracias populares» del siglo XX en la Unión Soviética, el este de Europa, Asia y Cuba?

Se trataba entonces del momento épico de una «marea rosada» que se estaba completando. Ya estaban en el poder Néstor Kirchner y Luiz Inácio Lula da Silva, y estaban por llegar Tabaré Vázquez, Evo Morales, Rafael Correa, Fernando Lugo, el enigmático Manuel Zelaya y, dos años más tarde, el más polémico Daniel Ortega. Venezuela parecía ocupar entonces el lugar de una suerte de «núcleo radical» alrededor del cual se iban ubicando regímenes nacional-populares o de izquierda democrática, más moderados y/o más novatos, que daban forma al inédito giro a la izquierda continental.

No obstante, el «socialismo del siglo XXI», que en sus comienzos contenía la promesa de una renovación de la izquierda que permitiera dejar atrás la historia del socialismo real, terminó por mostrar sus límites infranqueables. Lo que aparecía como una locomotora (la Revolución Bolivariana) para jalar a las fuerzas transformadoras latinoamericanas se fue transformando en un sistema crecientemente ineficiente y poco pluralista, y las semillas militaristas que contenía desde el comienzo terminaron por capturar el proceso político iniciado con el triunfo electoral de fines de 1998. En ese marco, Venezuela acabó por ser un peso político para las izquierdas continentales, cada vez más y mejor aprovechado por la derecha para construir fantasmas de «venezuelización» en cada país donde las fuerzas progresistas tienen posibilidades de triunfo. Como escribió el economista Manuel Sutherland: «En este infausto panorama, Venezuela constituye el mejor ‘argumento’ para las derechas más retrógradas. En cualquier ámbito mediático, aprovechan la situación para asustar a sus compatriotas con preguntas como: ‘¿Quieren socialismo? ¡Vayan a Venezuela y miren la miseria!’. ‘¿Anhelan un cambio? ¡Miren cómo otra revolución destruye un país próspero!’. Sesudos analistas aseveran que las políticas socialistas arruinaron el país y que la solución es una reversión ultraliberal de la revolución».

Frente a esta situación, las izquierdas carecieron de herramientas teórico-políticas para dar cuenta de lo que estaba ocurriendo, especialmente la izquierda congregada en el Foro de San Pablo. En el caso del Frente Amplio de Uruguay, existen visiones cada vez más críticas; en el Partido de los Trabajadores de Brasil, la detención de Lula da Silva y la llegada de la extrema derecha al poder parecen haber provocado un repliegue hacia posiciones más defensivas, lo que incluye la cuestión venezolana. En el Movimiento al Socialismo (MAS) de Bolivia, el discurso es poco permeable a un balance crítico. Y aunque Bolivia estaba lejos de ser Venezuela, Evo Morales compartía algunas visiones no pluralistas del poder que lo llevaron a buscar la reelección una y otra vez, lo que a la postre desencadenó una crisis política y una ola de protestas que a su vez dieron lugar a un golpe de Estado policial-militar y a un giro conservador y un represivo gobierno dirigido por la senadora Jeanine Añez, quien entró en el Palacio con una enorme Biblia entre manos.

Mucho de lo que había hecho de Venezuela un modelo atractivo era profundamente contradictorio desde sus orígenes. El proceso venezolano combinó formas diversas de empoderamiento popular con el liderazgo ultracarismático de Chávez; redistribución de la renta petrolera con mecanismos de saqueo de los recursos estatales por parte de camarillas burocrático-militares que feudalizaron el Estado; democracia comunal «por abajo» con formas pretorianas y autoritarias «por arriba»; imaginación para impulsar proyectos posrentistas con absoluta incapacidad para llevarlos adelante; reforzamiento del rol del Estado con incapacidad de gestión pública. Y, desde la muerte de Chávez en 2013, un declive económico que condujo a una caída del PIB de más de 50% durante la gestión de Nicolás Maduro y una inflación de 130.000% en 2018 –según datos oficiales finalmente emitidos tras un largo silencio informativo oficial–.

Las izquierdas latinoamericanas leyeron –y aún leen– Venezuela a partir de los imaginarios del «cerco» construidos en relación con Cuba desde los años 60. De esta forma, el «socialismo petrolero» venezolano –tal como lo denominó el propio Chávez en 2007– es exculpado de manera regular por el retroceso al que está llevando a la sociedad venezolana. Predomina en estas visiones el antiliberalismo fuertemente afincado en las izquierdas regionales y que tiende a minimizar los problemas democráticos, en el marco de lo que en Francia denominan «campismo»: la sobredeterminación de las variables geopolíticas en el análisis de cualquier realidad nacional.

Así, el antiimperialismo se desacopla de su dimensión emancipatoria para asumir una dimensión justificatoria –e incluso celebratoria– de diversos regímenes supuestamente enemigos del Imperio (la popularidad de Muamar Kadafi en algunos sectores de las izquierdas continentales es un buen ejemplo de ello). La narrativa sobre el «poder popular» –a menudo abstracta– se vuelve una forma de encubrir los déficits democráticos y, más aún, las (abundantes) violaciones de los derechos humanos por parte de las fuerzas represivas del Estado. De este modo, el «silencio Cuba», al decir de Claudia Hilb, de muchas izquierdas latinoamericanas –y de más allá también– devino en un «silencio Venezuela», que no significó, como tampoco ocurrió en el caso de la isla, no hablar de Venezuela, sino evitar enfrentar los problemas, desechando los datos empíricos y apelando de manera mecánica a las «agresiones imperiales» como única variable explicativa, tras años de hacerlo del mismo modo con la hoy pasada de moda «guerra económica».

Existen diversas correas de transmisión del discurso oficial venezolano hacia el resto de la región. Además de medios como Telesur, durante años la Revolución Bolivariana, al igual que en su momento la cubana, organiza diversos eventos de solidaridad, que sirvieron para organizar a una masa intelectual disponible para diversos tipos de pronunciamientos «solidarios», más o menos automáticos. Algunos han sido más organizados, e incluso apéndices de las embajadas, y otros menos, pero en general se fue construyendo un discurso sobre Venezuela que congeló la foto del golpe de 2002 y es incapaz de ver las aporías del bolivarianismo y los desplazamientos en la coyuntura política.

Hoy es imposible, por ejemplo, pensar el clivaje que atraviesa el país como un enfrentamiento «transparente» entre la izquierda y la derecha, o el pueblo y la oligarquía. En gran parte de las izquierdas regionales, se subestima la profundidad y la multidimensionalidad de la crisis, así como la degradación –política y moral– de la elite cívico-militar bolivariana. La «gente común» puede ser sacrificada sin problemas en el altar antiimperialista y funcionan eficazmente latiguillos como «la oposición es peor», «el problema son las sanciones estadounidenses», etc. Junto con ello, se minimizan los ataques al Estado de derecho y a la propia institucionalidad nacida de la Constitución bolivariana de 1999: la Asamblea Nacional Constituyente actúa como un poder supraconstitional y sin contrapesos, un poder de facto que no se concentró en redactar una Constitución sino en legitimar cualquier medida del gobierno sin necesidad de enmarcarse en una república constitucional.

Esto no significa, sin duda, que no existan agresiones e injerencias imperiales. Ni que los neocons que rodean a Donald Trump, como Elliot Abrams o John Bolton (quien finalmente terminó distanciado del presidente), no sean peligrosos. Pero precisamente esto ilumina otra cuestión: el discurso antiimperialista latinoamericano tiene como contrapartida un débil interés por estudiar el «Imperio» realmente existente, sus dinámicas políticas, sus (in)consistencias y sus intereses geoestratégicos concretos. Tampoco se trata de negar que en la oposición haya sectores financiados por Estados Unidos, halcones anticomunistas estilo Guerra Fría, antipopulistas racistas y elitistas retrógrados. Ni tampoco apelar al ni-nismo: «ni con Maduro ni con el Imperio». Sino, por el contrario, se trata de pensar la realidad venezolana en una doble clave: antiimperialista y democrática, sin sacrificar ninguno de los términos de la ecuación. La pregunta es sencilla: incluso si Maduro sale airoso de esta última batalla contra el «presidente encargado» Juan Guaidó, ¿qué tipo de futuro se puede esperar para Venezuela? ¿Qué energías vitales tiene la Revolución Bolivariana para encarnar los «nuevos comienzos» que Maduro promete una y otra vez para enfrentar la degradación societal que vive el país? El último nuevo comienzo es la dolarización informal de la economía.

Sin una izquierda más activa y creativa respecto de Venezuela, la iniciativa regional fue quedando, sin contrapesos, en manos de las derechas del continente. En la última reunión del Foro de San Pablo en La Habana, la secretaria ejecutiva, Mónica Valente, dijo que el vigésimocuarto encuentro de este espacio que reúne a gran parte de las izquierdas de la región «puede tener la misma importancia histórica de los años 90 cuando cayó el Muro de Berlín». No se refería específicamente a Venezuela, sino al «giro a la derecha» latinoamericano. Pero si se puede hablar de un Muro de Berlín regional, este se vincula de manera directa a la implosión de la Revolución Bolivariana –precisamente en el primer país que se declaró socialista después de 1989–. Por este solo hecho, el balance de esta experiencia es indispensable para cualquier renovación política y teórica de las izquierdas latinoamericanas.

Esta es una tarea importante, aunque las victorias de Andrés Manuel López Obrador en México y Alberto Fernández en Argentina hayan matizado la idea de un giro a la derecha tout court en la región.

Por Pablo Stefanoni | 22/02/2020 

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Millennials con el socialista Bernie a quien temen más demócratas que republicanos

El 70 por ciento de los "millennials y/o generación Y", quienes nacieron después de 1980, tienden a votar por un socialista, pese a que el término socialismo es anatema en EU y del que el renergizado Trump, después del fallido impeachment, ha hecho su tiro al blanco propagandístico para enarbolar las bondades del capitalismo de Wall Street que ha llevado sus acciones a la estratósfera, en contraste con su economía que exhibe una patente mediocridad –exceptuando la aristocrática "economía digitálica" de Silicon Valley.

Los jóvenes de EU han perdido la fe en el capitalismo y ahora abrazan al socialismo, mientras que la principal propuesta de "cuidados médicos" de Bernie Sanders, confeso socialista demócrata, quien ondea la bandera de "Cuidados médicos para todos" que ha atraído a los millennials y "ha movido a la izquierda al Partido Demócrata en forma significativa" (https://bit.ly/3bllP72).

El 50 por ciento de los millennials y el 51 por ciento de la generación Z "sienten que el sistema económico de EU ha trabajado en su contra" y tienen una "mayor vista desfavorable del capitalismo".

Muchos de los jóvenes se encuentran abrumados con sus deudas colegiales, mientras que "el socialismo y comunismo" no aportan las mismas asociaciones negativas y memorias que sus generaciones previas.

Según Market Watch, los millennials representan 40 por ciento de los desempleados cuando más de 40 por ciento de los universitarios recién graduados son subempleados: sus empleos no cubren los créditos de sus costosos títulos universitarios (https://bit.ly/2SaqgtR).

El 19 por ciento de millennials y 12 por ciento de la generación Z juzgan que el Manifiesto Comunista "garantiza mejor la libertad y la igualdad para todos" que la Declaración de Independencia, en contraste a los baby boomers (nacidos después 1945 hasta 1960) y a la generación X.

El "socialista Demócrata" Bernie, de 77 años, es quien más atrae a los millennials (https://bit.ly/39dxXVM).

El desastre de los "cuidados médicos" y sus "seguros" en EU angustia a los estudiantes quienes adeudan 1.5 millones de millones de dólares, en comparación a 200 millones de dólares del año 2000 (https://bit.ly/3bl98Jr): ¡7 mil 500 veces más en 20 años: una monstruosidad!

Entre los estratosféricos pagos de los seguros médicos y el adeudo de sus préstamos colegiales, los millennials se han refugiado con Bernie, admirable judío progresista que choca con sus correligionarios de Wall Street: tanto de George Soros como de Jared Kushner.

El "socialismo democrático" de Bernie apela a la reforma de Wall Street mediante impuestos para beneficios sociales, más que en "la propiedad social de la producción".

Es notorio el choque electoral y cosmogónico entre los millennials (73 millones) y los baby boomers (76 millones).

Un problema del entusiasmo de los millennials es que en la elección de 2016 sólo votó la mitad –ahuyentados por el fraude del establishment demócrata a favor de Hillary contra Bernie–, en comparación de las 2/3 partes de sus mayores de edad.

El mafioso establishment del Partido Demócrata no sabe cómo contener a Bernie y busca impulsar al multimillonario Mike Bloomberg, ex alcalde de Nueva York con una fortuna de 61 mil millones de dólares, para literalmente comprar la convención demócrata.

Bloomberg todavía no aparece en los debates ni en las primarias de arranque de New Hampshire, pero ha gastado millones en publicidad para prepararse a contender en el famoso supermartes y así obtener un sustancial número de delegados (https://washex.am/2ODIoKi).

El desastre electoral "ciber-antidemocrático" de Iowa fue diseñado para debilitar a Bernie y favorecer a Bloomberg, mediante el ascenso artificial del racista Pete Buttigieg, de 38 años y anterior espía del Pentágono en Afganistán (https://bit.ly/2H72mJt).

La pandilla de los Clinton/Obama/Biden/Buttigieg fue expuesta en el caucus en Iowa mediante el manoseo digitálico del conglomerado empresarial de Shadow/Acronym/Pacronym y cuya primera víctima ha sido el ex vicepresidente Joe Biden. (https://bit.ly/39kVdkY).

¿Podrá detener a los millennials el arcaico Partido Demócrata?

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La desigualdad económica: ¿Qué hay de nuevo?

Los estadounidenses de entre 18 y 29 años con una opinión favorable del capitalismo han caído del 68% en 2010 al 45%

Soy capitalista y hasta yo pienso que el capitalismo está roto”, afirmó hace poco Ray Dalio, el fundador de Bridgewater, uno de los fondos privados de inversión más grandes del mundo. Según la revista Forbes, Dalio ocupa el puesto número 60 en la lista de las personas más ricas del planeta. “Si el capitalismo no evoluciona, va a desaparecer”, dijo.

Jamie Dimon es el jefe del gigantesco banco JPMorganChase y también anda preocupado por la salud del capitalismo. Dimon, cuyo sueldo el año pasado fue de 30 millones de dólares, afirma: “Gracias al capitalismo, millones de personas han sa

lido de la pobreza, pero esto no quiere decir que el capitalismo no tiene defectos, que no está dejando mucha gente atrás o que no debe ser mejorado”.
Esto es nuevo. Las denuncias contra el capitalismo y la desigualdad que este genera y perpetúa son tan viejas como Karl Marx. Lo nuevo es que los titanes de la industria, cuyos intereses están muy atados al capitalismo, lo están criticando tan ferozmente como los más agresivos militantes de la izquierda. Los empresarios lo quieren reparar, mientras que los críticos más radicales lo quieren reemplazar.


Los grandes empresarios no son los únicos que tienen críticas al capitalismo. Según la encuestadora Gallup, el porcentaje de los estadounidenses entre los 18 y los 29 años de edad que tienen una opinión favorable del capitalismo ha caído del 68% en 2010 al 45%. Hoy, el 51% de ellos tiene una opinión positiva del socialismo. Esto también es nuevo.
En el mundo académico hay las mismas preocupaciones. Paul Collier, por ejemplo, es un renombrado economista y profesor de la Universidad de Oxford quien el año pasado publicó El Futuro del Capitalismo. En este libro advierte que “el capitalismo moderno tiene el potencial de elevarnos a todos a un nivel de prosperidad sin precedentes, pero actualmente está en bancarrota moral y va encaminado hacia una tragedia”.


Las críticas al capitalismo son muchas y variadas y, la mayoría, muy antiguas. La más común es que el capitalismo condena a las grandes masas a la pobreza y concentra ingresos y riquezas en una pequeña élite. Esta crítica se había atenuado gracias al éxito que tuvieron países como China, India y otros en reducir la pobreza. Esto se debió, en gran medida, a la adopción de políticas de liberalización económica que estimularon el crecimiento, el empleo y aumentaron los ingresos. Así apareció la clase media más numerosa de la historia de la humanidad, otra novedad.


Pero el crash financiero de 2008 trajo de regreso la preocupación por la desigualdad y reanimó las denuncias contra el capitalismo. Mientras que para países como Brasil o Sudáfrica, la desigualdad económica había sido la norma, para otros significaba el regreso de una dolorosa realidad que se creía superada. Varios países europeos y Estados Unidos se unieron al grupo de naciones que vieron aumentar la desigualdad entre sus habitantes.


Con las recientes erupciones de populismo e inestabilidad política se ha generalizado la idea de que es urgente reducir la desigualdad económica. Pero el acuerdo sobre la necesidad de intervenir no ha venido acompañado de un acuerdo sobre cómo hacerlo. La falta de consenso acerca de qué hacer tiene mucho que ver con diferencias de opinión sobre las causas de la desigualdad. Para Donald Trump no hay dudas: las importaciones de China y los inmigrantes ilegales son la explicación del sufrimiento económico de los estadounidenses que han dejado de beneficiarse del sueño americano. Esto no es cierto. Todos los estudios demuestran que las nuevas tecnologías que destruyen puestos de trabajo y mantienen bajos los salarios de las ocupaciones que menos formación requieren, son la más importante fuente de desigualdad. Una variante de esta teoría es que un creciente número de sectores están dominados por un pequeño número de empresas muy exitosas, y de gran tamaño, cuyas estrategias de negocios inhiben el aumento de los salarios, la inflación y el crecimiento económico. En Estados Unidos, con frecuencia se señala el desproporcionado peso económico, y la consecuente influencia política, que han adquirido el sector financiero y el de la salud. Para economistas como Thomas Piketty, Emmanuel Sáenz y otros, “la desigualdad económica es principalmente causada por la desigual propiedad del capital, tanto el privado como el público”.


Estas generalizaciones son engañosas. Las causas del aumento de la desigualdad en la India son diferentes a las de Estados Unidos y las de Rusia distintas a las de Chile o China. En algunos países, la causa más importante de la desigualdad es la corrupción, en otros no.


Es muy probable, además, que estemos pensando en batallas del siglo pasado y que los nuevos retos requerirán nuevas ideas. El impacto de la Inteligencia Artificial en la desigualdad es aún incierto, pero todo indica que será enorme. Y esta novedad puede hacer obsoletas todas nuestras ideas acerca de las causas de la desigualdad y sus consecuencias.


Será todo nuevo.

Por Moisés Naím
1 JUN 2019 - 17:00 COT

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Lunes, 04 Marzo 2019 06:09

Entre dos palabras

Entre dos palabras

Como periodistas dedicados a reportar sobre Estados Unidos, hay dos palabras que hasta hace poco nunca imaginamos necesitar para relatar la coyuntura en este país: fascismo y socialismo.

Aunque lo hemos comentado anteriormente, vale repetirlo ahora al arrancar el largo camino a las elecciones de 2020, ya que esas dos palabras –y sigue siendo asombroso decirlo– definirán de alguna manera lo que viene.

Por un lado, con el bufón peligroso en la Casa Blanca se expresa un tipo de "neofascismo": la toma del poder por una figura populista de derecha promovida por un sector retrógrada de la cúpula económica del país, quien emplea el racismo y la xenofobia para nutrir el temor y el odio, y que invita a sectores, sobre todo blancos asustados por los cambios en su país, a un glorioso pasado que nunca existió. A la vez, busca minar la credibilidad de las instituciones, medios no leales y cualquier opositor acusándolos de ser "enemigos del pueblo" o parte del complot de un "Estado profundo".

Tal vez lo más escalofriante de la comparecencia de Michael Cohen, el ex abogado personal de Trump, quien denunció durante horas el comportamiento criminal de su ex jefe ante el Congreso la semana pasada, fue el final, donde afirmó: "dada mi experiencia trabajando para el señor Trump, temo que si pierde la elección en 2020, nunca habrá una transición pacífica del poder, y es por esto que acepté presentarme hoy ante ustedes".

John Dean, quien fue abogado de Richard Nixon y testificó en su contra ante el Congreso, advierte en un artículo en el New York Times, que Trump es el primer presidente "autoritario", después de su ex jefe, y subrayó lo dicho por Cohen.

O sea, están alertando acerca de que el actual presidente podría rehusar, por primera vez desde la Guerra Civil, la transición pacífica del poder político, pilar fundamental de la democracia estadunidense.

La otra palabra, socialismo, ha renacido –después de ser una palabra casi prohibida o como identificación de un enemigo histórico– como antídoto a estas tendencias neofascistas. De repente, ser "socialista" está de moda, sobre todo entre los jóvenes. Dos de las figuras políticas más influyentes y con mayor presencia popular en este país se identifican como "socialistas democráticos": el senador Bernie Sanders, quien acaba de estrenar su segunda campaña, a los 77 años edad, y la legisladora novata Alexandria Ocasio-Cortez, a sus 29 años, la mujer más joven en llegar al Congreso.

Es importante subrayar que el "socialismo" en este contexto se refiere más al tipo practicado por socialdemócratas en países europeos. No proponen el fin del capitalismo, sino una serie de reformas fundamentales para fortalecer el sistema de bienestar social para las mayorías, denunciar la concentración de riqueza y poder político del "uno por ciento" y establecer mayor "justicia política, económica, racial y ambiental".

Ahora, al arrancar la contienda presidencial de 2020, todo indica que gran parte de la batalla girará en torno a estas dos palabras.

Los republicanos ya decidieron que su estrategia es pintar de rojo a los demócratas. Trump declaró la semana pasada ante una organización conservadora que “el socialismo se trata sólo de una cosa: se llama poder para la clase gobernante. Todos estamos aquí hoy porque sabemos que el futuro no les pertenece a aquellos que creen en el socialismo… creemos en el sueño americano, no en la pesadilla socialista”.

El vicepresidente, Mike Pence, usó el mismo guion: “la decisión que enfrentamos hoy… es entre la libertad y el socialismo… el momento en que America se vuelva un país socialista es el día en que America deja de ser America”.

Sanders y sus aliados nunca dicen que su lucha es por el "socialismo", afirman que es para derrotar "al presidente más peligroso de la era moderna" y rescatar los principios y avances democráticos de este país el fruto de sus grandes luchas laborales, de derechos civiles y antiguerra, y ahora, por el futuro ambiental del planeta.

Tal vez es el momento, entre estas dos palabras, de traducir Bella Ciao al inglés.

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Lunes, 29 Octubre 2018 05:46

Dos palabras

Dos palabras

 A lo largo de más de 25 años reportando sobre Estados Unidos para La Jornada nunca imaginé que algún día tendríamos que usar dos palabras para informar sobre la realidad nacional de este país: "fascismo" y "socialismo".

Pero desde las campañas electorales de 2016 y su culminación en el triunfo de un bufón peligroso, esas dos palabras se han vuelto necesarias. Primero, las malas noticias:

La violencia ultraderechista vinculada con los neonazis y otras agrupaciones supremacistas blancas, nutrida por la retórica explícitamente racista, xenófoba, antimigrante y "nacionalista" proveniente de la Casa Blanca tuvo su expresión más reciente en lo que la Liga de Anti-Difamación (principal organización judía de defensa de derechos civiles) califica como el peor ataque mortal antisemita en la historia del país: 11 muertos y seis heridos en una sinagoga en Pittsburgh. El responsable acusó a los judíos de apoyar a refugiados "morenos" y musulmanes que están invadiendo al país para destruir a "mi gente". Esto, en una semana en la que otro ultraderechista envió 14 bombas a prominentes críticos de Trump –casi todos calificados como "enemigos" por el mandatario– y el asesinato al azar de dos personas afroestadunidenses en un supermercado por un hombre que antes buscaba ingresar para matar a afroestadunidenses en una iglesia.

Vale subrayar que todos estos atentados de "terror" y odio violento de los días recientes –como gran mayoría de los incidentes de tiroteos masivos en los últimos años– han sido realizados no por mexicanos o centroamericanos, ni por otros inmigrantes "criminales", ni por musulmanes, sino por hombres estadunidenses blancos.

La ultraderecha y sus seguidores aquí tienen una larga historia de violencia, pero nunca antes han contado con un presidente que habla su mismo idioma y que activamente alienta el racismo, la xenofobia, el sexismo y el antisemitismo que los caracteriza.

Hace unos días en un mitin electoral en apoyo de candidatos republicanos, Trump proclamó que es "un nacionalista", y se opone a los "globalistas". Los "nacionalistas blancos" entendieron perfecto y, como señala el profesor de historia en la Universidad de Michigan Juan Cole, Trump está imitando a Mussolini, quien se definió como un "fascista nacionalista".

Aquí, según la narrativa ultraderechista, los "nacionalistas" combaten al "complot internacional judío", o a veces "comunista", contra este país. Por eso cuando Trump se declaró "nacionalista", su público empezó a corear "encarcelen a Soros", el prominente filántropo judío liberal que tanto es usado como ejemplo de ese "complot" (poco después recibió uno de los paquetes-bomba), y quien ha sido culpado por el presidente y/o sus aliados de promover la migración, incluso de financiar la caminata de centroamericanos. Trump sonrió y se sumó al coro.

El profesor Jason Stanley, de la Universidad de Yale, alerta que Trump está empleando las tradicionales políticas fascistas para promover su agenda.

El profesor Henry Giroux, de la Universidad McMaster, considera que esta agenda política está produciendo "una formación económico-política que llamaría fascismo neoliberal". Señala que el “fascismo empieza con idioma y se vuelve una fuerza organizativa para formar una cultura y legitimar lo que se pensaba era inimaginable, como la violencia indiscriminada contra grupos enteros: negros, inmigrantes, judíos, musulmanes… Trump enmarca a sus críticos como enemigos del pueblo estadunidense. Esto es verdaderamente un resurgimiento de la ideología fascista actualizada para el siglo XXI”.

Respondiendo a la noticia del asalto contra la sinagoga, el cineasta Michael Moore expresó su solidaridad en un tuit, y preguntó si alguien en este país aún recuerda que había un acuerdo de que "ante la primera señal de fascismo, lo frenaríamos antes de que creciera y se convirtiera en algo peor. Bueno, ese momento es ahora".

Ahora hay un masivo coro de repudio y resistencia por todo el país que grita "no pasarán". Entre ellos (tema de la segunda parte de esta columna) los que afirman que en un futuro próximo, Estados Unidos será socialista.

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A medio siglo del fin de la Primavera de Praga

En la noche del 20 al 21 de agosto de 1968, hace exactamente 50 años, las tropas del Pacto de Varsovia dirigidas por la Unión Soviética, ponían fin al proceso de reformas checoslovaco. La llamada Primavera de Praga fue el intento de construir, en palabras de su líder Alexander Dubèek, un “socialismo con rostro humano”.


Durante la década del 60 todas las economías de los países del bloque soviético venían enfrentado de manera cada vez más pronunciada una serie de problemas: la prioridad otorgada a la industria pesada exigía posponer otro tipo de inversiones, cada año la producción crecía a menor ritmo a pesar del aumento de las inversiones, los bienes de consumo eran limitados en cantidad y variedad, el nivel de vida empezaba a estancarse en comparación con el de Europa occidental.


La transición de un crecimiento de tipo extensivo a uno intensivo fue un problema que afrontaron todas las economías del bloque soviético en algún momento. Sin embargo, al ser la economía de Checoslovaquia la única altamente industrializada desde antes de la Segunda Guerra Mundial, aquí el problema se presentó antes que en cualquier otro país.


La reforma checoslovaca buscaba relanzar la economía, evitando la rigidez de la planificación centralizada e incentivando la participación. La burocracia administrativa debía ceder una parte significativa de su poder y las empresas pasarían a ser controladas por los consejos obreros, órganos cuya creación se reglamentó a principios de 1968. Era un proyecto más radical que el realizado en Yugoslavia, donde el Partido conservaba el poder de nombrar y destituir a los directores, y por lo tanto, seguía manteniendo el poder de control sobre las empresas. Se buscaba construir no sólo un modelo económico que tuviera en cuenta las necesidades concretas de la población en el presente sino involucrar a los ciudadanos en una mayor toma de decisiones: el corolario necesario era limitar el poder de censura del partido y otorgar mayores libertades políticas.


Hace cincuenta años también se produjo el Mayo Francés, hecho mencionado recientemente en numerosos medios y ámbitos. Sin embargo, el intento de introducir reformas en uno de los países del “socialismo realmente existente” es prácticamente ignorado. Las razones son múltiples.


Cualquier movimiento en Europa Occidental tiene más repercusiones que en otras partes, incluso que en otra lugar de la propia Europa. Pero no menos importante en esta amnesia selectiva es que recordar estos intentos de reforma implicaría considerar la posibilidad de que el socialismo soviético era capaz de ser reformado y por lo tanto, podría haber existido un modelo viable con un predominio de la propiedad pública.


Hace cincuenta años las tropas de los países del Pacto de Varsovia (la versión comunista de la OTAN) puso punto final al “socialismo con rostro humano”. El único modelo imperante a partir de entonces en Europa Oriental sería el socialismo con rostro de burócrata. Poco más de dos décadas después ni siquiera eso quedaría en Europa Oriental.


A veces se dice que a fines de los 60 hubo una ebullición social en Europa, a ambos lados de las fronteras que separaban a los bloques. Sin embargo no se puede poner como similares el Mayo francés y la Primavera de Praga. En el primer caso, por más impactantes que fueran sus consignas, el movimiento estudiantil en Francia no pudo articular una acción común con los sindicatos: fueron vistos como un reclamo de sectores de clase media, alejados de los problemas reales de la mayoría de la población. Por eso mismo fue un vendaval que removió algunos personajes de la escena política, pero el sistema capitalista siguió poco después por sus cauces naturales.


Por el contrario, el movimiento que se dio en Checoslovaquia no solo llegó a tener amplio respaldo popular sino que se intentó desde los principales puestos del aparato estatal llevar adelante sus propuestas. Era una auténtica revolución en marcha. Por eso la represión de la Primavera de Praga trazó una división tajante entre la burocracia del partido comunista de Checoslovaquia y sus aliados soviéticos de un lado, y la amplia mayoría de la sociedad por el otro.


El temor al contagio de la reforma entre la dirigencia de los otros países socialistas llevó a frenar cualquier intento de cambios que cuestionaran los efectos negativos de la burocratización sobre la economía. Así, mientras en Occidente la crisis del 73 fue de la mano de profundas modificaciones en el aparato productivo (relocalización de empresas, ahorro de energía y mano de obra, producción sectorizada para consumidores con poder adquisitivo diverso, etc) en Europa Oriental se mantuvo la lógica heredada de la planificación centralizada: priorizar las inversiones en la industria pesada, producción estandarizada para un público uniforme, uso extensivo de mano de obra y energía en pos de lograr las cuotas de producción. El conservadurismo ancló la economía a un modelo cada vez más obsoleto.


La invasión se justificó con la Doctrina Brezhnev, la cual sostenía que cualquier país donde el socialismo estuviera amenazado y se pretendiera reinstaurar el capitalismo, sería socorrido por las fuerzas de los demás países socialistas. Fue la misma lógica que llevó a la Unión Soviética a intervenir militarmente en Afganistán. Sin embargo, en Checoslovaquia no era el socialismo lo que estaba en peligro, sino la burocracia que se había consolidado en el poder bajo las banderas del socialismo.


La invasión no sólo alejó a las masas de Europa oriental definitivamente del socialismo sino que alejo a los partidos comunistas también de Moscú y del bloque soviético: el eurocomunismo fue el intento de marcar una distancia con los aspectos cuestionables de los regímenes imperantes en Europa Oriental.


Pero el aplastamiento del experimento representado por la Primavera de Praga también terminó por quitarle respaldo a las propuestas de izquierda en general. El ascenso del neoliberalismo pocos años después está vinculado directamente a la imposibilidad de presentar un modelo más sensible a las demandas que se extendían por Occidente: menos de un cuarto de siglo después del fracaso de la Primavera de Praga, el “socialismo con rostro humano” no fue reemplazado por un socialismo burocrático, sino por un capitalismo hegemónico sin rostro.


* Investigador del Centro de Estudios sobre Genocidio (Untref) y docente en la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).

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