Miércoles, 17 Octubre 2018 06:07

Ecuador impone estrictas reglas a Assange

Ecuador impone estrictas reglas a Assange

Ecuador estableció nuevas reglas para el fundador de WikiLeaks, Julian Assange, que incluyen prohibirle hacer declaraciones políticas y ordenarle que cuide mejor a su gato. Un memorando interno dijo que Assange, que vive en la embajada de Ecuador en el Reino Unido desde 2012, debe limpiar el baño.

 

Para mantener el acceso a internet, se le dijo que se abstenga de realizar actividades “que podrían perjudicar las buenas relaciones de Ecuador con otros estados”. La embajada cortó el servicio de internet del periodista en marzo, luego de que Assange desafiara la afirmación de Gran Bretaña de que Rusia había llevado a cabo un ataque con un agente nervioso en Salisbury. También cortó sus comunicaciones y restringió sus visitantes a los miembros de su equipo legal . Ahora, el personal diplomático debe aprobar a todos los visitantes de Assange con tres días de anticipación.


La embajada restauró parcialmente el acceso a Internet del fundador de WikiLeaks durante el fin de semana, pero solo podrá usar el wifi para su computadora personal y su teléfono.La embajada se reserva “el derecho de autorizar al personal de seguridad a incautar equipos” o pedir a las autoridades británicas que hagan lo mismo, dijo. Ecuador dijo que Assange era responsable del “bienestar, alimentación, higiene y cuidado adecuado” de su gato mascota y que retiraría al animal si el activista no lo cuidaba. El memorándum también instó al joven de 47 años a mantener limpio su baño. Ecuador no ayudará a financiar su estadía a partir de diciembre de 2018, según el memorándum, dejando que él se pague su comida, lavandería y controles médicos privados. El incumplimiento de las nuevas reglas “podría llevar a la terminación del asilo diplomático otorgado por el estado ecuatoriano”, señala el documento.


* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Páginal12.


Traducción: Celita Doyhambéhère.

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Lunes, 15 Octubre 2018 06:51

San Romero de América

San Romero de América

El reconocimiento formal que la Iglesia Católica hace hoy de la santidad del obispo mártir salvadoreño Oscar Arnulfo Romero resulta sumamente trascendente para América Latina en el momento en que avanzan procesos políticos de restauración conservadora y neoliberal, con fuertes componentes autoritarios contra los que en su momento luchó y a los que combatió el obispo centroamericano. Comenzando por el hecho de que en El Salvador gobierna actualmente el derechista partido ARENA (Alianza Republicana Nacionalista), fundado en 1981 por el mayor Roberto d’Aubuisson Arrieta el militar que al frente de su grupo (a quien no casualmente se denominaba “la conexión argentina”), fue directo responsable del asesinato de Romero, acribillado mientras celebraba misa y después de haber increpado a las fuerzas armadas desde el púlpito exigiéndoles “en nombre de Dios, les ruego, les ordeno, cese la represión”. 

Romero sabía que estaba en peligro. Sobre todo después del asesinato del sacerdote Rutilio Grande (1977), uno de sus inmediatos colaboradores. Pocos días antes del asesinato –cometido por un francontirador nunca identificado– en respuesta a una pregunta de la televisión suiza acerca de si sentía miedo, el obispo respondió: “Miedo propiamente no, cierto temor prudencial sí, pero no un miedo que me inhiba, que me impida trabajar. Al contrario, creo que muchos me dicen que debo cuidarme un poco, que no debo andar exponiéndome, pero yo siento que mientras camine en el cumplimiento de mi deber, que me desplace libremente a ser un pastor de comunidades, Dios va conmigo y si algo me sucede estoy dispuesto a todo”.


Gran mérito sobre la canonización de Romero le corresponde al papa Francisco, convencido del testimonio de vida del obispo salvadoreño. Pero sin duda uno de quienes más hizo por la causa es el hoy cardenal salvadoreño (el primero de su país) Gregorio Rosa Chávez. Discípulo de Romero, también periodista de profesión, Rosa Chávez luchó contra todas las resistencias y obstáculos montados en la misma Iglesia para impedir la canonización, proceso apenas destrabado en 2007 y acelerado después que Bergoglio llegó al papado.


La canonización de Romero, como la próxima beatificación del obispo argentino Enrique Angelelli y sus compañeros mártires, son mensajes que el papa Francisco lanza al mundo, sobre todo si tomamos en cuenta que el hecho del reconocimiento eclesiástico de la santidad supone la propuesta institucional de un modelo de vida. Entiéndase bien. A nadie se le pide el martirio. Sí el compromiso de vida que lo precede y que, en el caso de Romero, de Angelelli y sus compañeros, los condujo a la muerte martirial.


El reconocimiento institucional que hoy se hace de estos testigos de la Iglesia es también un primer paso –al que deberían seguir muchos otros– para asumir una larga lista de cristianos asesinados en épocas recientes en América Latina como consecuencia de las dictaduras y los regímenes de seguridad nacional. Porque de la misma manera que se señala la responsabilidad institucional de la Iglesia Católica con aquellas dictaduras, es preciso poner en evidencia a laicos, laicas, sacerdotes, religiosas y obispos que fueron asesinados y desaparecidos por su compromiso con la justicia. Murieron luchando desde sus convicciones de fe cristiana por una sociedad igualitaria para todos y todas.


No hay que pensar, sin embargo, que estos testimonios ejemplares serán rápidamente incorporadas ni a la vida de la Iglesia Católica ni, mucho menos, al conjunto de la sociedad. En primer lugar porque la propia institución eclesiástica está plagada de contradicciones y signos discordantes. Pero aún más allá de ello porque el ejemplo de vida de estos mártires contemporáneos contradice la mirada dominante en el mundo político y económico actual.


Pero además porque para muchos (algunos católicos y otros que sin serlo lo ven desde el costado político) resulta paradójico –o directamente inaceptable– que las muertes de estos obispos haya ocurrido como consecuencia de su lucha por la justicia, por los derechos sociales y populares, en abierta rebelión política contra regímenes totalitarios. Unos y otros conciben que ese no es el lugar que le cabe a los dirigentes religiosos. Un estigma que hoy también castiga a sacerdotes y laicos comprometidos que luchan por la justicia social y la integralidad de derechos motivados por su fe religiosa.


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Jueves, 04 Octubre 2018 10:58

El poder en manos de todos

El arte de Tigua surge en la década de 1970, es un arte de una especial fuerza expresiva y de gran riqueza cromática que se plasma, además de los cuadros, en la pintura de las máscaras y de los tambores. Los temas principales son las actividades cotidianas tradicionales; escenas agrícolas, ganaderas, artesanales y comerciales; el ciclo vital, las cosechas, las fiestas donde se activan los lazos de amistad o solidaridad, pero es un arte que también habla de los levantamientos indígenas, y de las fiestas religiosas. El presente suplemento está ilustrado con la exposición “Tigua: Arte desde el centro del mundo”, Madrid, 30/09/2015.

Los tiempos que corren, marcados por el sello indeleble de dos revoluciones industriales interrelacionadas*, han liberado intensas energías que propician un capitalismo cada vez más excluyente y autoritario.

Son unas energías que, encauzadas por la computación y la internet, han reducido el mundo a una aldea con un inmenso circuito financiero interconectado que cruza a todos los países, bien por satélites o por cables submarinos, registrando todo tipo de operaciones bancarias, depositando minuto a minuto decenas de millones en las cuentas de escasos 8 megaricos, los que según el reporte de Oxfam poseen lo mismo que 3 mil seiscientos millones de personas. Y junto a ellos, otra reducida pléyade de millonarios que acumulan a su haber lo producido por el esfuerzo de millones de trabajadores, hombres y mujeres.

Esos personajes, en realidad cabezas de multinacionales como Amazon, Microsoft, Facebook, Inditex-Zara, Berkshire Hathaway, Oracle, Bloomberg LP, Claro, y los tradicionales bancos y petroleras que acumularon el fruto de trabajo de millones durante todo el siglo XX, grupos empresariales cruzados de diversa manera con el capital financiero internacional, todos los cuales influyen o determinan, con las tecnologías y capitales que controlan, el rumbo de diversos Estados y/o gobiernos integrantes del sistema mundo capitalista.
La influencia económica, política, cultural y militar de estos inmensos grupos empresariales es inocultable. Por un lado imponen sus desarrollos tecnológicos a los Estados a través de licencias privativas, dejándolos a merced de su espionaje, sometiendo su soberanía educativa y tecnológica, sentando su influencia sobre estos estados, además, a través de asesorar sus ejércitos y sus servicios de inteligencia. El control social hoy vigente por doquier, así como los altos niveles de autoritarismo impuestos a lo largo y ancho de todos los continentes, está soportado sobre tecnologías desarrolladas o encargadas a estas corporaciones.

Por otro lado, asientan referentes culturales por doquier, trazando matrices de presente y futuro, cerrando las ventanas del sueño utópico de otra sociedad posible y abriendo las puertas de la conformidad; a la par de asegurarse por diversos canales –como la normatividad supranacional– el control/protección de sus ingentes capitales,

Todo ello, miles de millones resumidos en pocas cuentas, contratación de cientos de miles de trabajadores en sus empresas, inocultable influencia política sobre numerosos Estados, control tecnológico, monopolización de las comunicaciones, capacidad especulativa, arrasamiento de la privacidad por doquier, etcétera, ha llevado a la democracia formal a su agonía. Una democracia directa, radical, donde la consulta al conjunto social de todas aquellas decisiones estratégicas que le afectan sean obligatorias, decididas a voto limpio, surge como una alternativa inaplazable. Aquí, en Colombia, la “democracia más vieja del continente”, como en todo el mundo, esta opción también está a la orden del día.

Una oferta incumplida

La burguesía decapitó políticamente a la monarquía con el filo de la guillotina, en lo económico con la apertura de una producción y un comercio con menos barreras, y culturalmente con la oferta de libertad, igualdad y fraternidad. Esa rancia monarquía quedó como simple porcelana que decora las salas de recibimiento en las sociedades europeas, allí están los Borbones y otros más.

Su triunfo fue facilitado y potenciado por la multiplicación de la capacidad productiva desatada como resultado inmediato de la primera revolución industrial, por la acumulación de capital devenida de un comercio que derrumbaba murallas sin contemplación alguna y la misma influencia cultural que fueron ganando sus ideales. Sin embargo, su promesa fue solo eso, una promesa. En los dos siglos y algunos años más de su gesta, en pocas, tal vez muy pocas sociedades regidas por los principios que abanderaron, tal triada la han vivido a plenitud sus pobladores.

Para constatación, basta revisar los derechos de primera generación, los conocidos como Derechos civiles y políticos, entre estos:

• “Toda persona tiene los derechos y libertades fundamentales sin distinción de raza, sexo, color, idioma, posición social o económica”
• “Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles inhumanos o degradantes, ni se le podrá ocasionar daño físico, psíquico o moral”
• “Nadie puede ser molestado arbitrariamente en su vida privada, familiar domicilio o correspondencia, ni sufrir ataques a su horna o reputación”
• “Toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia”
• “Toda persona tiene derecho a la libertad de reunión y de asociación pacífica”.

Ante la lectura cuidadosa de estos preceptos, redactados hace más de dos siglos, y su más cuidadosa constatación con la realidad pasada y presente, es evidente que los mismos no han tenido plena concreción en el tiempo trascurrido. ¿Qué dirán ante cada uno de estos derechos los miles de miles que desde África tratan por estos días de migrar hacia Europa? ¿Qué opinarán quienes son encarcelados en múltiples países del actual sistema mundo al pretender motivar a sus congéneres a luchar por un gobierno otro? ¿Qué gritaran quienes llenan distintos presidios por doquier? ¿O qué nos confirmarán los que por tener otro color de piel son excluidos en la tierra que los vio nacer o aquella a la cual llegaron años después en procura de ingresos dignos para vivir o buscando protección para sus vidas?

¿De qué libertad, igualdad y fraternidad pueden ufanarse quienes con la guillotina dieron paso a estos derechos si la riqueza de otrora potencias globales como Francia fueron amasadas sobre el filo de las bayonetas, tanto en África, como en Asia y nuestra América, incluida su región Caribe?

Promesas, simples promesas. Pero también control social, hegemonía política, así como manipulación y dominio político. Todo esto, una ironía de quienes como clase dieron origen a estos derechos, pues lo que en gran medida resumía esta Primera Carta de Derechos (derechos de primera generación –civiles y políticos–) eran las necesidades que como clase tenían estos mercaderes, pero no mucho más.
Una oferta de nueva sociedad erigida en medio de incumplimientos. A la par que imponían sus demandas el mundo permanecía y continuaba plagado de sociedades esclavizadas, oprimidas, excluidas. Y contra tal realidad se levantaron obreros y campesinos, además de otros sectores populares. En cada país hay historias por retomar, en cada país hay memoria viva que pretenden borrar quienes figuran allí como genocidas y masacradores.

Han sido luchas de los de abajo contra los de arriba, con las cuales dieron cuerpo a lo que décadas después fue conocido como los Derechos de segunda generación –económicos, sociales y culturales–, muchos de ellos conquistados sobre inocultables charcos de sangre, lo que recuerda que hasta el siglo XIX y bien entrado el XX ningún derecho fue reconocido sin resistencia ni violencia por parte de quienes detentaban el poder. Es la ley del poder. Luego esos mismos sectores que lo concentraban a su favor transforman los derechos en un galimatías al cual acceden en igual condición personas o individuos, grupos sociales y empresas, entre ellas las multinacionales. ¡Y todos, individuos, grupos sociales y multinacionales son reconocidas en igual condición y con igual posibilidad!

De los Derechos de segunda generación, valga recordar, hacen parte entre otros:

• “Toda persona tiene derecho a la seguridad social y a obtener la satisfacción de los derechos económicos sociales y culturales”
• “Toda persona tiene derecho al trabajo en condiciones equitativas y satisfactorias”
• “Toda persona tiene derecho a formar sindicatos para la defensa de sus intereses”
• “Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure a ella y a su familia la salud, alimentación, vestido, vivienda, asistencia médica y los servicios sociales necesarios”.

¿Qué dirán ante estas referencias de vida quienes buscan sin resultado positivo trabajo? ¿Qué opinarán quienes presencian sumidos en angustia los padecimientos de su familia por no tener mesa abundante, por no contar con un techo bajo el cual guarecerse o médico al cual acudir y del cual obtener fórmula presta que no le implique la compra de medicinas especializadas para las cuales no tiene dinero con que adquirirlas? ¿Qué podrán contar quienes intentaron conformar un sindicato y por ello fueron expulsados de su puesto de trabajo, amenazados y obligados a dejar su ciudad, o asesinados?

Del dicho al hecho hay mucho trecho, dice el refranero popular, y no se equivoca. Es así como la democracia –el gobierno del pueblo y para el pueblo, o el gobierno de las mayorías al servicio de todos– queda como un referente para guiar los pasos de la humanidad, algo por lograr. Una democracia más allá de la liberal –electoral–. Es por ello que enrutar las energías sociales tras tal meta deberá ser uno de los objetivos de los movimientos sociales en los tiempos que corren.

Es precisamente este reto el que nos recuerda que la democracia, la realmente existente, está en disputa. Por lo cual, asumirla como referente de las luchas en curso o por venir, es seleccionar la más trascendental de las dianas que podemos ver y determinar en el entorno y momento que vivimos.

En esta pugna, los sectores populares cuentan a su favor que, más allá de sus deseos, los poderosos del mundo no pueden controlar ni parar las energías desatadas por las revoluciones industriales en marcha, de tal manera que la concentración de riqueza proseguirá sin control ni límite alguno, y con ella la inconformidad global con esta realidad; el poder, como quintaesencia para asegurar los privilegios de unos pocos, potenciará aún más la violencia “legalmente constituida” y todo tipo de espionaje y violaciones a la privacidad y libertad de las mayorías, ahondando así el autoritarismo, negando de manera efectiva la libertad; y, con todo ello como marca esencial del sistema social-económico y político vigente, ¿es posible solidaridad alguna? Sálvese quien pueda, es la norma de normas que hoy impera en el mundo.

Es una realidad a la cual hay que torcerle el brazo. En el afán de numerosos sectores sociales por actuar ante la catástrofe en que está entrando el conjunto social global, y con ésta hasta la mismísima Tierra como casa de la humanidad, van tomando cuerpo otras formas de hacer y de vivir, experiencias de otra economía posible, basadas estas en procesos solidarios, cooperativos, comunitarios, procesos donde la misma propiedad de los medios de producción, además de la planeación de qué y cómo producir, la forma de hacerlo, así como la apropiación de lo generado por el trabajo de muchas personas, deja a un lado el interés estrictamente privado para adentrarse en el colectivo.

Sobre este particular destacan en nuestra región experiencias como las de Cecocesola con asiento en Barquisimeto –capital del estado Lara, Venezuela– la cual, aún en la crisis que hoy vive este país, ha logrado conservar su dinámica autónoma, la red de productores agrarios y de comercialización de sus productos, así como el centro de salud.

En Colombia, el referente es Confiar cooperativa financiera que tras sus más de cuatro décadas de experiencia, trascendió de un fondo de empleados creado por los trabajadores de Sofasa a una propuesta solidaria abierta que hoy cuenta con más de 166 mil asociados, así como algo más de 277 mil ahorradores, cuyos aportes permiten el apoyo constante a diversidad de experiencias sociales, culturales, comunitarias, educativas, artísticas, informativas y de otros órdenes, evidenciando con su práctica que en lo económico sí es posible tejer un camino diferente al impuesto por la institucionalidad. El estímulo al consumo consciente, es una apuesta fuerte con la cual se crean las bases de otra forma de ser y estar en este planeta. A su vez, el reconocimiento y valoración del liderazgo femenino y juvenil, potencia los nuevos actores sociales, de cuya mano también está el tema ambiental.

En Brasil, el Movimiento de los Sin Tierra, con más de 9 mil asentamientos agrarios, producto de la recuperación de la tierra por parte de los campesinos sin tierra, reconfirma que “una mano más otra mano no son dos manos… sino muchas más”, son comunidad, son pueblo.

Actuando de manera directa, más de un millón de familias han obtenido sus tierras y más de 130 mil están acampadas, es decir, en proceso de reconocimiento de su propiedad.

Estos campesinos, no solo han liberado su tierra, sino que además han construido sus viviendas, escuelas, incluso universidad, poniendo en marcha una producción asociada, limpia, sin tóxicos, además de mercadear alimentos procesados, vinos, artesanías, etcétera.

En Argentina, fábricas como Zanón y Brukman, el hotel Bauen, y otras experiencias exitosas de empresas asumidas de manera directa por sus trabajadores, asociados en cooperativas, demuestran sin duda alguna que sí es posible liderar y mantener en funcionamiento, por parte de los trabajadores, cualquier tipo de empresa. Además, y este es el caso de lo conocido de manera genérica como “Fábricas sin patrón”, que la solidaridad comunitaria es sustancial para que este tipo de experiencias no sean ocupadas policial o militarmente por los protectores del capital (el Estado y sus Fuerzas Armadas), así como para lograr una mejor difusión de todo aquello que producen, comercian u ofrecen como servicios.

En pocas palabras, economía, colectivo, común, solidario, redistribución, autonomía, son sinónimos que entretejidos abren puertas distintas a las capitalistas, procesos y experiencias que a pesar de estar sometidos en muchos de sus cotidianidades a los canales imperantes van creando otra cultura, sin la cual no es posible darle un portazo al mismo sistema económico-social hoy dominante.
Son ejercicios de vida y de esperanza, dinámicas todas estas que van en contravía de lo impuesto por la producción capitalista, y en ella por la misma dinámica ganada por las multinacionales donde la producción de hecho es cada vez más colectiva pero su apropiación no deja de ser particular. Así realza en casos como Amazon, Microsoft, Facebook, la primera de las cuales contaba en el 2017 con 566.000 trabajadores, Microsoft 133.000, Facebook más de 25 mil, sin dejar a un lado emporios como Samsung con 275.000 trabajadores y Walmart con 2.300.000. Otros muchos ejemplos podrían relacionarse y en todos ellos lo típico es que quien apropia para si lo producido por muchos es alguien que ha “desarrollado” un sistema inteligente que le permite interrelacionar a muchos, centralizando por vías de sistemas inteligentes sus saberes y producidos.

Hasta aquí podríamos decir que de acuerdo a la lógica imperante desde hace dos siglos largos todo está bien, pero sucede que esos sistemas inteligentes han visto la luz producto de investigaciones financiadas con dineros públicos. No es una exageración. Es conocido que la internet es el producto de prolongadas investigaciones de carácter militar financiadas por el Pentágono, el cual, como es obvio, funciona con base en los dineros públicos. Pese a ello, su apropiación económica ha terminado en manos de Microsoft. Todo un contrasentido. Así mismo ocurrió con la tecnología satelital, hoy resumida en los GPS producto de prolongadas investigaciones encabezadas por la Nasa, tecnología experimentada en la aviación, en cohetería y otros tanto usos militares. Millones de seres humanos cotizan mes a mes al erario público, que a su vez destina la caja de ahorros para asegurar el avance de la ciencia y la tecnología con supuesto sentido colectivo, pero al final unos pocos son los que ven los réditos de todo ello, sobretodo en sus depósitos bancarios.

Son empresas las beneficiadas de esta sin razón, las que además prestan un servicio de carácter estratégico con efectos, para bien o para mal, sobre el conjunto social, tanto en su país de origen como más allá del mismo. De ahí que reclamar el carácter social, público y común de este tipo de empresas, sea una reivindicación con plena vigencia. Es así como una ventana se abre para un futuro donde la igualdad tenga un asidero real, la libertad sea algo más que una consigna y con ello la fraternidad –la solidaridad, como referente más plausible– ganen el espacio necesario entre todos los seres humanos. Estamos así ante luces poscapitalistas; un futuro más cercano de lo que muchas veces vaticinamos.

Sin duda, otra democracia, además de necesaria, sí es posible.

 

*Estamos en presencia de dos revoluciones industriales: la tercera, que va llegando a su final, basada en la electrónica y las tecnologías de la información. Tenemos, como algunos de sus desarrollos: computadoras personales, clusters, redes de información; y la cuarta que está en pleno desenvolvimiento y que está basada en la simbiosis entre las dimensiones física, digital y biológica. Entre algunos de sus desarrollos más notables: robótica de todos los tipos, aprendizaje de máquinas, interface chip-célula.


 

Democracia, ¿solo electoral? 

Es una realidad de perogrullo que los sectores dominantes se obstinan en afirmar que allí donde se celebran elecciones son países democráticos. Nada más irreal. Lo electoral, es solamente una de sus expresiones, las otras son la economía, el medio ambiente, la cultura. Así lo recuerda Antonio García Nossa: “La democracia es total en el sentido de que no puede existir a medias, ni como una suma de partes desordenadas y sueltas, ni como un sistema contrahecho que declara a los hombres libres pero les niega los medios –económicos, culturales y políticos– de ejercicio de la libertad”.

Precisamente Colombia es el prototipo de esta deformación de la democracia, o la expresión masiva en América Latina de la democracia que no va más allá de la norma, de la apariencia, ocultando una dictadura civil, soporte de una profunda desigualdad social, de la pervivencia de amplias capas de nuestra sociedad arrojadas al abismo del empobrecimiento y la miseria, así como al temor generalizado a opinar pues quien lo haga corre el riesgo de ser amenazado, expulsado de su terruño –desplazado– o simplemente asesinado. Años atrás la tortura y la cárcel era el camino preestablecido, hoy no lo es tanto, aunque no es extraño el descuartizamiento de cuerpos inermes y otras barbaridades que la humanidad creía haber superado tras la “humanización” de la guerra, mucho más en la disputa entre civiles.

 

La democracia es una palabra hueca entre nosotros, así lo resume su historia reciente:

 

1.Durante el siglo anterior, por lo menos desde 1946 fue desatada por una parte del establecimiento una guerra contra el pueblo indefenso, la cual tuvo dos años después, el 9 de abril de 1948, un punto de caldera que desató odios incontenibles. La guerra civil tomó forma, por lo menos hasta 1953, años durante los cuales la masacre de miles de campesinos, el desplazamiento de no menos de 250 mil, su despojo, la injusticia en los tribunales, el llamado a la barbarie desde los púlpitos, la utilización de la Policía y del Ejército como cuerpos privados para la defensa de terratenientes. En esas condiciones, el Partido Conservador celebró elecciones, sin contrincante alguno, y retuvo el manchado poder que retenía desde 1946 en cabeza de Mariano Ospina Pérez, quien lo entregó a Laureano Gómez; al caer éste enfermo en 1951 vio continuada su función por Roberto Urdaneta Arbeláez. 

2.En 1953 dejan las apariencias e instalan una dictadura militar abierta en cabeza del general Gustavo Rojas Pinilla.

3.Una junta militar destituye a su Jefe y asume entre 1957-1958 el gobierno.

4.Tras un pacto oligárquico entre liberales y conservadores se reparten el poder por espacio de dos décadas, durante las cuales las elecciones eran una farsa pues ya se sabía cual de los dos partidos gobernaría, es decir, la elección era solamente entre quienes aspiraban a la Presidencia por un mismo partido. Otras formaciones políticas estaban prohibidas, no solamente para la disputa electoral sino para ejercer su opinión y acción político de manera cotidiana. 

5.Superada esta etapa de la vida republicana, para contener las fuerzas democratizadoras que intentaban abrirse espacio por doquier, criminalizan en 1978 con el Estatuto de Seguridad toda protesta social.

6.A partir de los años 80, desatan una guerra soterrada contra el pueblo a través de un proyecto paramilitar de extensión nacional. Los miles de muertos, desaparecidos, desplazados, los despojados, el control de por lo menos el 30 por ciento del Congreso de la República por esas mismas huestes, a pesar de realizarse elecciones, dibujan el real carácter del régimen.

7. Las elecciones no dejan de sucederse, a pesar del asesinato de candidatos presidenciales, y de aspirantes al Congreso y otros cuerpos de elección popular. 

8. Potenciando el carácter criminal de los narcotraficantes, la guerra arrecia sobre todo aquello que se considera oposición. La división y atomización de la sociedad, producto del miedo generalizado, es su propósito, el cual es cumplido a cabalidad.

9. Una guerra sin miramientos éticos ni de ningún tipo ensancha sus ecos desde el 2002, dejando entre sus saldos trágicos lo que es conocido por la memoria nacional como los “falsos positivos”.

 

Pese a ello, las elecciones prosiguen su curso. También la concentración de la riqueza en pocas manos:

 

Riqueza en pocas manos

Al detallar en Colombia los ingresos de los más ricos contra el ingreso de la clase media, los resultados son escandalosos: el ingreso del 1 por ciento más rico es 11 veces el de la clase media, el del 0.1 por ciento es 52 veces y el del 0.01 por ciento es 149 veces.

Si comparamos estas cifras con los más empobrecidos del país, los resultados son peores. El ingreso del 1 por ciento más rico es 39 veces el del 10 por ciento más pobre, el del 0.1 por ciento es 275 veces y el del 0.01 por ciento es 789 veces. 

Que 4.770 connacionales (0.01 más rico) ganen 150 y 789 veces el ingreso de una persona de la clase media y pobre respectivamente, explica por qué registramos como uno de los países de mayor desigualdad a nivel mundial. 

 

La tierra

Según el análisis de Oxfam (2017), sobre la propiedad y uso de la tierra en Colombia, publicado en el informe “Radiografía de la desigualdad”, nuestro país sigue siendo el más desigual del continente en materia de distribución de la tierra. Solamente el 1 por ciento de las explotaciones de mayor tamaño (Unidades de Producción Agrícola, UPA, de más de 500 hectáreas) maneja más del 80 por ciento de la superficie productiva de tierra, mientras que el 99 restante –campesinos, propietarios de minifundios– se reparte menos del 20 por ciento de la tierra productiva para vivir.

La concentración de la tenencia de la tierra sufrió un agravamiento en las ultimas décadas, a tal punto que las explotaciones de más de 500 hectáreas pasaron de 5 millones en 1970 (el 29% del área total censada) a 47 millones en 2014 (el 68%), su tamaño promedio también aumentó pasando de menos de 1.000 hectáreas en 1960 a 5.000 hectáreas en 2014.  

En la actualidad –según el censo nacional agropecuario del 2016, que comprendió 111,5 millones de hectáreas–, el uso del suelo en millones de hectáreas se divide de esta manera: Bosques 63,2; ganadería 34,4; agricultura 8,5; otros usos 5,4. De manera adicional, a finales de 2012 fueron suscritos 9.400 títulos mineros que responden a 5,6 millones de hectáreas.

Vale la pena decir que en las zonas que se denominan de agricultura el 75 por ciento cultivado responde a monocultivos de caña de azúcar, palma africana y café, mientras que en el 15 por ciento restante se cultiva variedad de cultivos transitorios.  

La vivienda

La tasa de personas con vivienda propia en las zonas urbanas es de 5,1 millones, quienes viven en arriendo suman 4,9 millones de hogares y quienes no tienen una vivienda o viven en hacinamiento son alrededor de 1,3 millones, juntándose con los 2 millones más que tienen un déficit cualitativo de vivienda, es decir, que carecen de acceso a servicios públicos, vías publicas y los entornos no son aptos para vivir.

 

Empobrecidos y enriquecidos por el sistema

Tomando como referencia el año 2017, “la pobreza por ingresos en Colombia se mantiene en el 29,5 por ciento; 26 por ciento en los centros urbanos y 41,1 por ciento en las zonas rurales. Por su parte, en el campo, más que pobreza lo que el país tiene es indigencia: mientras en las ciudades los indigentes son el 7 por ciento, en el campo alcanzan el 33 por ciento”.

“Contrario a esto, y como problemática que denota a todas luces la antidemocracia vigente entre nosotros, estructuralmente la clase rica representa el 10 por ciento de la población y se queda con el 45 por ciento del ingreso producido anualmente por la sociedad; peor aún, el 1 por ciento de los estratos altos concentra el 20 por ciento del ingreso nacional, adicional al monopolio del poder político, estatal y mediático. A la clase media pertenece el 40 por ciento de la población y tiene una participación simétrica en los ingresos del país. Los sectores populares constituyen el 50 por ciento de los habitantes y reciben solo un 16 por ciento del total de los ingresos”*.

 

El juego del voto

Democracia de apariencia. Mientras la desigualdad social ahondaba su brecha en el país, mientras las armas oficiales y no tanto garantizaban tal dinámica, las urnas permanecían abiertas, ofreciendo cada cuatro años una posible transformación del país si cambiaba la cabeza de su gobierno. ¿Será posible tanto con tan poco?  Las experiencias de diferentes países están a la vista. Pero, sea cual sea la realidad y la efectividad del voto, lo cierto es que lo vivido entre nosotros es una democracia aparente, formal, soportada sobre el uso despiadado de las armas, democracia difundida y consolidada a través de los medios de comunicación y de la escuela como si se tratara de una democracia real, plena.

 

El sueño de la esperanza

 

Pese a ello, mientras esto sucedía, mientras la democracia liberal mantenía sus formas, en diversidad de territorios de nuestro país una variedad de actores sociales no cejaban en su esfuerzo por darle cuerpo a otro país posible, reuniendo para ello esfuerzos variados en lo económico, político y social. 

Encontramos allí experiencias cooperativas y solidarias de múltiple origen y logros; experiencias agrícolas rurales colectivas, bien a través de manos indígenas o de campesinos de distinto origen, que logran que la tierra produzca más y mejor de lo que lograría un solo campesino pobre en su reducido minifundio; experiencias de distinto logro en la comercialización de variedad de productos; experiencias educativas que forman a su alumnado con un sueño de una Colombia posible donde todos vivamos en felicidad; en fin, encontramos otros caminos abiertos o en proceso de serlo –contrarios a los oficiales y normatizados, contrarios a los que favorecen a los grandes y medianos empresarios–, unos caminos que llevan al puerto de lo colectivo, de la justicia, la igualdad, la libertad, la fraternidad, para ir concretando un sueño que tomó cuerpo hace ya dos siglos y algunos años más, caminos sin los cuales no será posible que en nuestro terruño haya espacio para todos, un espacio para vivir sin ser arrinconados sino con espacio suficiente, tanto en el campo como en la ciudad, es decir, para vivir en dignidad. 

 

*Sarmiento Anzola, Libardo, “2002-2018, la herencia Uribe-Santos”, Le Monde diplomatiqueedición Colombia, agosto 2018, pp. 4-8.

 

 

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Miércoles, 26 Septiembre 2018 17:58

El poder en manos de todos

El poder en manos de todos

Los tiempos que corren, marcados por el sello indeleble de dos revoluciones industriales interrelacionadas*, han liberado intensas energías que propician un capitalismo cada vez más excluyente y autoritario.

Son unas energías que, encauzadas por la computación y la internet, han reducido el mundo a una aldea con un inmenso circuito financiero interconectado que cruza a todos los países, bien por satélites o por cables submarinos, registrando todo tipo de operaciones bancarias, depositando minuto a minuto decenas de millones en las cuentas de escasos 8 megaricos, los que según el reporte de Oxfam poseen lo mismo que 3 mil seiscientos millones de personas. Y junto a ellos, otra reducida pléyade de millonarios que acumulan a su haber lo producido por el esfuerzo de millones de trabajadores, hombres y mujeres.

Esos personajes, en realidad cabezas de multinacionales como Amazon, Microsoft, Facebook, Inditex-Zara, Berkshire Hathaway, Oracle, Bloomberg LP, Claro, y los tradicionales bancos y petroleras que acumularon el fruto de trabajo de millones durante todo el siglo XX, grupos empresariales cruzados de diversa manera con el capital financiero internacional, todos los cuales influyen o determinan, con las tecnologías y capitales que controlan, el rumbo de diversos Estados y/o gobiernos integrantes del sistema mundo capitalista.
La influencia económica, política, cultural y militar de estos inmensos grupos empresariales es inocultable. Por un lado imponen sus desarrollos tecnológicos a los Estados a través de licencias privativas, dejándolos a merced de su espionaje, sometiendo su soberanía educativa y tecnológica, sentando su influencia sobre estos estados, además, a través de asesorar sus ejércitos y sus servicios de inteligencia. El control social hoy vigente por doquier, así como los altos niveles de autoritarismo impuestos a lo largo y ancho de todos los continentes, está soportado sobre tecnologías desarrolladas o encargadas a estas corporaciones.

Por otro lado, asientan referentes culturales por doquier, trazando matrices de presente y futuro, cerrando las ventanas del sueño utópico de otra sociedad posible y abriendo las puertas de la conformidad; a la par de asegurarse por diversos canales –como la normatividad supranacional– el control/protección de sus ingentes capitales,

Todo ello, miles de millones resumidos en pocas cuentas, contratación de cientos de miles de trabajadores en sus empresas, inocultable influencia política sobre numerosos Estados, control tecnológico, monopolización de las comunicaciones, capacidad especulativa, arrasamiento de la privacidad por doquier, etcétera, ha llevado a la democracia formal a su agonía. Una democracia directa, radical, donde la consulta al conjunto social de todas aquellas decisiones estratégicas que le afectan sean obligatorias, decididas a voto limpio, surge como una alternativa inaplazable. Aquí, en Colombia, la “democracia más vieja del continente”, como en todo el mundo, esta opción también está a la orden del día.

Una oferta incumplida

La burguesía decapitó políticamente a la monarquía con el filo de la guillotina, en lo económico con la apertura de una producción y un comercio con menos barreras, y culturalmente con la oferta de libertad, igualdad y fraternidad. Esa rancia monarquía quedó como simple porcelana que decora las salas de recibimiento en las sociedades europeas, allí están los Borbones y otros más.

Su triunfo fue facilitado y potenciado por la multiplicación de la capacidad productiva desatada como resultado inmediato de la primera revolución industrial, por la acumulación de capital devenida de un comercio que derrumbaba murallas sin contemplación alguna y la misma influencia cultural que fueron ganando sus ideales. Sin embargo, su promesa fue solo eso, una promesa. En los dos siglos y algunos años más de su gesta, en pocas, tal vez muy pocas sociedades regidas por los principios que abanderaron, tal triada la han vivido a plenitud sus pobladores.

Para constatación, basta revisar los derechos de primera generación, los conocidos como Derechos civiles y políticos, entre estos:

• “Toda persona tiene los derechos y libertades fundamentales sin distinción de raza, sexo, color, idioma, posición social o económica”
• “Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles inhumanos o degradantes, ni se le podrá ocasionar daño físico, psíquico o moral”
• “Nadie puede ser molestado arbitrariamente en su vida privada, familiar domicilio o correspondencia, ni sufrir ataques a su horna o reputación”
• “Toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia”
• “Toda persona tiene derecho a la libertad de reunión y de asociación pacífica”.

Ante la lectura cuidadosa de estos preceptos, redactados hace más de dos siglos, y su más cuidadosa constatación con la realidad pasada y presente, es evidente que los mismos no han tenido plena concreción en el tiempo trascurrido. ¿Qué dirán ante cada uno de estos derechos los miles de miles que desde África tratan por estos días de migrar hacia Europa? ¿Qué opinarán quienes son encarcelados en múltiples países del actual sistema mundo al pretender motivar a sus congéneres a luchar por un gobierno otro? ¿Qué gritaran quienes llenan distintos presidios por doquier? ¿O qué nos confirmarán los que por tener otro color de piel son excluidos en la tierra que los vio nacer o aquella a la cual llegaron años después en procura de ingresos dignos para vivir o buscando protección para sus vidas?

¿De qué libertad, igualdad y fraternidad pueden ufanarse quienes con la guillotina dieron paso a estos derechos si la riqueza de otrora potencias globales como Francia fueron amasadas sobre el filo de las bayonetas, tanto en África, como en Asia y nuestra América, incluida su región Caribe?

Promesas, simples promesas. Pero también control social, hegemonía política, así como manipulación y dominio político. Todo esto, una ironía de quienes como clase dieron origen a estos derechos, pues lo que en gran medida resumía esta Primera Carta de Derechos (derechos de primera generación –civiles y políticos–) eran las necesidades que como clase tenían estos mercaderes, pero no mucho más.
Una oferta de nueva sociedad erigida en medio de incumplimientos. A la par que imponían sus demandas el mundo permanecía y continuaba plagado de sociedades esclavizadas, oprimidas, excluidas. Y contra tal realidad se levantaron obreros y campesinos, además de otros sectores populares. En cada país hay historias por retomar, en cada país hay memoria viva que pretenden borrar quienes figuran allí como genocidas y masacradores.

Han sido luchas de los de abajo contra los de arriba, con las cuales dieron cuerpo a lo que décadas después fue conocido como los Derechos de segunda generación –económicos, sociales y culturales–, muchos de ellos conquistados sobre inocultables charcos de sangre, lo que recuerda que hasta el siglo XIX y bien entrado el XX ningún derecho fue reconocido sin resistencia ni violencia por parte de quienes detentaban el poder. Es la ley del poder. Luego esos mismos sectores que lo concentraban a su favor transforman los derechos en un galimatías al cual acceden en igual condición personas o individuos, grupos sociales y empresas, entre ellas las multinacionales. ¡Y todos, individuos, grupos sociales y multinacionales son reconocidas en igual condición y con igual posibilidad!

De los Derechos de segunda generación, valga recordar, hacen parte entre otros:

• “Toda persona tiene derecho a la seguridad social y a obtener la satisfacción de los derechos económicos sociales y culturales”
• “Toda persona tiene derecho al trabajo en condiciones equitativas y satisfactorias”
• “Toda persona tiene derecho a formar sindicatos para la defensa de sus intereses”
• “Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure a ella y a su familia la salud, alimentación, vestido, vivienda, asistencia médica y los servicios sociales necesarios”.

¿Qué dirán ante estas referencias de vida quienes buscan sin resultado positivo trabajo? ¿Qué opinarán quienes presencian sumidos en angustia los padecimientos de su familia por no tener mesa abundante, por no contar con un techo bajo el cual guarecerse o médico al cual acudir y del cual obtener fórmula presta que no le implique la compra de medicinas especializadas para las cuales no tiene dinero con que adquirirlas? ¿Qué podrán contar quienes intentaron conformar un sindicato y por ello fueron expulsados de su puesto de trabajo, amenazados y obligados a dejar su ciudad, o asesinados?

Del dicho al hecho hay mucho trecho, dice el refranero popular, y no se equivoca. Es así como la democracia –el gobierno del pueblo y para el pueblo, o el gobierno de las mayorías al servicio de todos– queda como un referente para guiar los pasos de la humanidad, algo por lograr. Una democracia más allá de la liberal –electoral–. Es por ello que enrutar las energías sociales tras tal meta deberá ser uno de los objetivos de los movimientos sociales en los tiempos que corren.

Es precisamente este reto el que nos recuerda que la democracia, la realmente existente, está en disputa. Por lo cual, asumirla como referente de las luchas en curso o por venir, es seleccionar la más trascendental de las dianas que podemos ver y determinar en el entorno y momento que vivimos.

En esta pugna, los sectores populares cuentan a su favor que, más allá de sus deseos, los poderosos del mundo no pueden controlar ni parar las energías desatadas por las revoluciones industriales en marcha, de tal manera que la concentración de riqueza proseguirá sin control ni límite alguno, y con ella la inconformidad global con esta realidad; el poder, como quintaesencia para asegurar los privilegios de unos pocos, potenciará aún más la violencia “legalmente constituida” y todo tipo de espionaje y violaciones a la privacidad y libertad de las mayorías, ahondando así el autoritarismo, negando de manera efectiva la libertad; y, con todo ello como marca esencial del sistema social-económico y político vigente, ¿es posible solidaridad alguna? Sálvese quien pueda, es la norma de normas que hoy impera en el mundo.

Es una realidad a la cual hay que torcerle el brazo. En el afán de numerosos sectores sociales por actuar ante la catástrofe en que está entrando el conjunto social global, y con ésta hasta la mismísima Tierra como casa de la humanidad, van tomando cuerpo otras formas de hacer y de vivir, experiencias de otra economía posible, basadas estas en procesos solidarios, cooperativos, comunitarios, procesos donde la misma propiedad de los medios de producción, además de la planeación de qué y cómo producir, la forma de hacerlo, así como la apropiación de lo generado por el trabajo de muchas personas, deja a un lado el interés estrictamente privado para adentrarse en el colectivo.

Sobre este particular destacan en nuestra región experiencias como las de Cecocesola con asiento en Barquisimeto –capital del estado Lara, Venezuela– la cual, aún en la crisis que hoy vive este país, ha logrado conservar su dinámica autónoma, la red de productores agrarios y de comercialización de sus productos, así como el centro de salud.

En Colombia, el referente es Confiar cooperativa financiera que tras sus más de cuatro décadas de experiencia, trascendió de un fondo de empleados creado por los trabajadores de Sofasa a una propuesta solidaria abierta que hoy cuenta con más de 166 mil asociados, así como algo más de 277 mil ahorradores, cuyos aportes permiten el apoyo constante a diversidad de experiencias sociales, culturales, comunitarias, educativas, artísticas, informativas y de otros órdenes, evidenciando con su práctica que en lo económico sí es posible tejer un camino diferente al impuesto por la institucionalidad. El estímulo al consumo consciente, es una apuesta fuerte con la cual se crean las bases de otra forma de ser y estar en este planeta. A su vez, el reconocimiento y valoración del liderazgo femenino y juvenil, potencia los nuevos actores sociales, de cuya mano también está el tema ambiental.

En Brasil, el Movimiento de los Sin Tierra, con más de 9 mil asentamientos agrarios, producto de la recuperación de la tierra por parte de los campesinos sin tierra, reconfirma que “una mano más otra mano no son dos manos… sino muchas más”, son comunidad, son pueblo.

Actuando de manera directa, más de un millón de familias han obtenido sus tierras y más de 130 mil están acampadas, es decir, en proceso de reconocimiento de su propiedad.

Estos campesinos, no solo han liberado su tierra, sino que además han construido sus viviendas, escuelas, incluso universidad, poniendo en marcha una producción asociada, limpia, sin tóxicos, además de mercadear alimentos procesados, vinos, artesanías, etcétera.

En Argentina, fábricas como Zanón y Brukman, el hotel Bauen, y otras experiencias exitosas de empresas asumidas de manera directa por sus trabajadores, asociados en cooperativas, demuestran sin duda alguna que sí es posible liderar y mantener en funcionamiento, por parte de los trabajadores, cualquier tipo de empresa. Además, y este es el caso de lo conocido de manera genérica como “Fábricas sin patrón”, que la solidaridad comunitaria es sustancial para que este tipo de experiencias no sean ocupadas policial o militarmente por los protectores del capital (el Estado y sus Fuerzas Armadas), así como para lograr una mejor difusión de todo aquello que producen, comercian u ofrecen como servicios.

En pocas palabras, economía, colectivo, común, solidario, redistribución, autonomía, son sinónimos que entretejidos abren puertas distintas a las capitalistas, procesos y experiencias que a pesar de estar sometidos en muchos de sus cotidianidades a los canales imperantes van creando otra cultura, sin la cual no es posible darle un portazo al mismo sistema económico-social hoy dominante.
Son ejercicios de vida y de esperanza, dinámicas todas estas que van en contravía de lo impuesto por la producción capitalista, y en ella por la misma dinámica ganada por las multinacionales donde la producción de hecho es cada vez más colectiva pero su apropiación no deja de ser particular. Así realza en casos como Amazon, Microsoft, Facebook, la primera de las cuales contaba en el 2017 con 566.000 trabajadores, Microsoft 133.000, Facebook más de 25 mil, sin dejar a un lado emporios como Samsung con 275.000 trabajadores y Walmart con 2.300.000. Otros muchos ejemplos podrían relacionarse y en todos ellos lo típico es que quien apropia para si lo producido por muchos es alguien que ha “desarrollado” un sistema inteligente que le permite interrelacionar a muchos, centralizando por vías de sistemas inteligentes sus saberes y producidos.

Hasta aquí podríamos decir que de acuerdo a la lógica imperante desde hace dos siglos largos todo está bien, pero sucede que esos sistemas inteligentes han visto la luz producto de investigaciones financiadas con dineros públicos. No es una exageración. Es conocido que la internet es el producto de prolongadas investigaciones de carácter militar financiadas por el Pentágono, el cual, como es obvio, funciona con base en los dineros públicos. Pese a ello, su apropiación económica ha terminado en manos de Microsoft. Todo un contrasentido. Así mismo ocurrió con la tecnología satelital, hoy resumida en los GPS producto de prolongadas investigaciones encabezadas por la Nasa, tecnología experimentada en la aviación, en cohetería y otros tanto usos militares. Millones de seres humanos cotizan mes a mes al erario público, que a su vez destina la caja de ahorros para asegurar el avance de la ciencia y la tecnología con supuesto sentido colectivo, pero al final unos pocos son los que ven los réditos de todo ello, sobretodo en sus depósitos bancarios.

Son empresas las beneficiadas de esta sin razón, las que además prestan un servicio de carácter estratégico con efectos, para bien o para mal, sobre el conjunto social, tanto en su país de origen como más allá del mismo. De ahí que reclamar el carácter social, público y común de este tipo de empresas, sea una reivindicación con plena vigencia. Es así como una ventana se abre para un futuro donde la igualdad tenga un asidero real, la libertad sea algo más que una consigna y con ello la fraternidad –la solidaridad, como referente más plausible– ganen el espacio necesario entre todos los seres humanos. Estamos así ante luces poscapitalistas; un futuro más cercano de lo que muchas veces vaticinamos.

Sin duda, otra democracia, además de necesaria, sí es posible.

 

*Estamos en presencia de dos revoluciones industriales: la tercera, que va llegando a su final, basada en la electrónica y las tecnologías de la información. Tenemos, como algunos de sus desarrollos: computadoras personales, clusters, redes de información; y la cuarta que está en pleno desenvolvimiento y que está basada en la simbiosis entre las dimensiones física, digital y biológica. Entre algunos de sus desarrollos más notables: robótica de todos los tipos, aprendizaje de máquinas, interface chip-célula.


 

Democracia, ¿solo electoral? 

Es una realidad de perogrullo que los sectores dominantes se obstinan en afirmar que allí donde se celebran elecciones son países democráticos. Nada más irreal. Lo electoral, es solamente una de sus expresiones, las otras son la economía, el medio ambiente, la cultura. Así lo recuerda Antonio García Nossa: “La democracia es total en el sentido de que no puede existir a medias, ni como una suma de partes desordenadas y sueltas, ni como un sistema contrahecho que declara a los hombres libres pero les niega los medios –económicos, culturales y políticos– de ejercicio de la libertad”.

Precisamente Colombia es el prototipo de esta deformación de la democracia, o la expresión masiva en América Latina de la democracia que no va más allá de la norma, de la apariencia, ocultando una dictadura civil, soporte de una profunda desigualdad social, de la pervivencia de amplias capas de nuestra sociedad arrojadas al abismo del empobrecimiento y la miseria, así como al temor generalizado a opinar pues quien lo haga corre el riesgo de ser amenazado, expulsado de su terruño –desplazado– o simplemente asesinado. Años atrás la tortura y la cárcel era el camino preestablecido, hoy no lo es tanto, aunque no es extraño el descuartizamiento de cuerpos inermes y otras barbaridades que la humanidad creía haber superado tras la “humanización” de la guerra, mucho más en la disputa entre civiles.

 

La democracia es una palabra hueca entre nosotros, así lo resume su historia reciente:

 

1.Durante el siglo anterior, por lo menos desde 1946 fue desatada por una parte del establecimiento una guerra contra el pueblo indefenso, la cual tuvo dos años después, el 9 de abril de 1948, un punto de caldera que desató odios incontenibles. La guerra civil tomó forma, por lo menos hasta 1953, años durante los cuales la masacre de miles de campesinos, el desplazamiento de no menos de 250 mil, su despojo, la injusticia en los tribunales, el llamado a la barbarie desde los púlpitos, la utilización de la Policía y del Ejército como cuerpos privados para la defensa de terratenientes. En esas condiciones, el Partido Conservador celebró elecciones, sin contrincante alguno, y retuvo el manchado poder que retenía desde 1946 en cabeza de Mariano Ospina Pérez, quien lo entregó a Laureano Gómez; al caer éste enfermo en 1951 vio continuada su función por Roberto Urdaneta Arbeláez. 

2.En 1953 dejan las apariencias e instalan una dictadura militar abierta en cabeza del general Gustavo Rojas Pinilla.

3.Una junta militar destituye a su Jefe y asume entre 1957-1958 el gobierno.

4.Tras un pacto oligárquico entre liberales y conservadores se reparten el poder por espacio de dos décadas, durante las cuales las elecciones eran una farsa pues ya se sabía cual de los dos partidos gobernaría, es decir, la elección era solamente entre quienes aspiraban a la Presidencia por un mismo partido. Otras formaciones políticas estaban prohibidas, no solamente para la disputa electoral sino para ejercer su opinión y acción político de manera cotidiana. 

5.Superada esta etapa de la vida republicana, para contener las fuerzas democratizadoras que intentaban abrirse espacio por doquier, criminalizan en 1978 con el Estatuto de Seguridad toda protesta social.

6.A partir de los años 80, desatan una guerra soterrada contra el pueblo a través de un proyecto paramilitar de extensión nacional. Los miles de muertos, desaparecidos, desplazados, los despojados, el control de por lo menos el 30 por ciento del Congreso de la República por esas mismas huestes, a pesar de realizarse elecciones, dibujan el real carácter del régimen.

7. Las elecciones no dejan de sucederse, a pesar del asesinato de candidatos presidenciales, y de aspirantes al Congreso y otros cuerpos de elección popular. 

8. Potenciando el carácter criminal de los narcotraficantes, la guerra arrecia sobre todo aquello que se considera oposición. La división y atomización de la sociedad, producto del miedo generalizado, es su propósito, el cual es cumplido a cabalidad.

9. Una guerra sin miramientos éticos ni de ningún tipo ensancha sus ecos desde el 2002, dejando entre sus saldos trágicos lo que es conocido por la memoria nacional como los “falsos positivos”.

 

Pese a ello, las elecciones prosiguen su curso. También la concentración de la riqueza en pocas manos:

 

Riqueza en pocas manos

Al detallar en Colombia los ingresos de los más ricos contra el ingreso de la clase media, los resultados son escandalosos: el ingreso del 1 por ciento más rico es 11 veces el de la clase media, el del 0.1 por ciento es 52 veces y el del 0.01 por ciento es 149 veces.

Si comparamos estas cifras con los más empobrecidos del país, los resultados son peores. El ingreso del 1 por ciento más rico es 39 veces el del 10 por ciento más pobre, el del 0.1 por ciento es 275 veces y el del 0.01 por ciento es 789 veces. 

Que 4.770 connacionales (0.01 más rico) ganen 150 y 789 veces el ingreso de una persona de la clase media y pobre respectivamente, explica por qué registramos como uno de los países de mayor desigualdad a nivel mundial. 

 

La tierra

Según el análisis de Oxfam (2017), sobre la propiedad y uso de la tierra en Colombia, publicado en el informe “Radiografía de la desigualdad”, nuestro país sigue siendo el más desigual del continente en materia de distribución de la tierra. Solamente el 1 por ciento de las explotaciones de mayor tamaño (Unidades de Producción Agrícola, UPA, de más de 500 hectáreas) maneja más del 80 por ciento de la superficie productiva de tierra, mientras que el 99 restante –campesinos, propietarios de minifundios– se reparte menos del 20 por ciento de la tierra productiva para vivir.

La concentración de la tenencia de la tierra sufrió un agravamiento en las ultimas décadas, a tal punto que las explotaciones de más de 500 hectáreas pasaron de 5 millones en 1970 (el 29% del área total censada) a 47 millones en 2014 (el 68%), su tamaño promedio también aumentó pasando de menos de 1.000 hectáreas en 1960 a 5.000 hectáreas en 2014.  

En la actualidad –según el censo nacional agropecuario del 2016, que comprendió 111,5 millones de hectáreas–, el uso del suelo en millones de hectáreas se divide de esta manera: Bosques 63,2; ganadería 34,4; agricultura 8,5; otros usos 5,4. De manera adicional, a finales de 2012 fueron suscritos 9.400 títulos mineros que responden a 5,6 millones de hectáreas.

Vale la pena decir que en las zonas que se denominan de agricultura el 75 por ciento cultivado responde a monocultivos de caña de azúcar, palma africana y café, mientras que en el 15 por ciento restante se cultiva variedad de cultivos transitorios.  

La vivienda

La tasa de personas con vivienda propia en las zonas urbanas es de 5,1 millones, quienes viven en arriendo suman 4,9 millones de hogares y quienes no tienen una vivienda o viven en hacinamiento son alrededor de 1,3 millones, juntándose con los 2 millones más que tienen un déficit cualitativo de vivienda, es decir, que carecen de acceso a servicios públicos, vías publicas y los entornos no son aptos para vivir.

 

Empobrecidos y enriquecidos por el sistema

Tomando como referencia el año 2017, “la pobreza por ingresos en Colombia se mantiene en el 29,5 por ciento; 26 por ciento en los centros urbanos y 41,1 por ciento en las zonas rurales. Por su parte, en el campo, más que pobreza lo que el país tiene es indigencia: mientras en las ciudades los indigentes son el 7 por ciento, en el campo alcanzan el 33 por ciento”.

“Contrario a esto, y como problemática que denota a todas luces la antidemocracia vigente entre nosotros, estructuralmente la clase rica representa el 10 por ciento de la población y se queda con el 45 por ciento del ingreso producido anualmente por la sociedad; peor aún, el 1 por ciento de los estratos altos concentra el 20 por ciento del ingreso nacional, adicional al monopolio del poder político, estatal y mediático. A la clase media pertenece el 40 por ciento de la población y tiene una participación simétrica en los ingresos del país. Los sectores populares constituyen el 50 por ciento de los habitantes y reciben solo un 16 por ciento del total de los ingresos”*.

 

El juego del voto

Democracia de apariencia. Mientras la desigualdad social ahondaba su brecha en el país, mientras las armas oficiales y no tanto garantizaban tal dinámica, las urnas permanecían abiertas, ofreciendo cada cuatro años una posible transformación del país si cambiaba la cabeza de su gobierno. ¿Será posible tanto con tan poco?  Las experiencias de diferentes países están a la vista. Pero, sea cual sea la realidad y la efectividad del voto, lo cierto es que lo vivido entre nosotros es una democracia aparente, formal, soportada sobre el uso despiadado de las armas, democracia difundida y consolidada a través de los medios de comunicación y de la escuela como si se tratara de una democracia real, plena.

 

El sueño de la esperanza

 

Pese a ello, mientras esto sucedía, mientras la democracia liberal mantenía sus formas, en diversidad de territorios de nuestro país una variedad de actores sociales no cejaban en su esfuerzo por darle cuerpo a otro país posible, reuniendo para ello esfuerzos variados en lo económico, político y social. 

Encontramos allí experiencias cooperativas y solidarias de múltiple origen y logros; experiencias agrícolas rurales colectivas, bien a través de manos indígenas o de campesinos de distinto origen, que logran que la tierra produzca más y mejor de lo que lograría un solo campesino pobre en su reducido minifundio; experiencias de distinto logro en la comercialización de variedad de productos; experiencias educativas que forman a su alumnado con un sueño de una Colombia posible donde todos vivamos en felicidad; en fin, encontramos otros caminos abiertos o en proceso de serlo –contrarios a los oficiales y normatizados, contrarios a los que favorecen a los grandes y medianos empresarios–, unos caminos que llevan al puerto de lo colectivo, de la justicia, la igualdad, la libertad, la fraternidad, para ir concretando un sueño que tomó cuerpo hace ya dos siglos y algunos años más, caminos sin los cuales no será posible que en nuestro terruño haya espacio para todos, un espacio para vivir sin ser arrinconados sino con espacio suficiente, tanto en el campo como en la ciudad, es decir, para vivir en dignidad. 

 

*Sarmiento Anzola, Libardo, “2002-2018, la herencia Uribe-Santos”, Le Monde diplomatiqueedición Colombia, agosto 2018, pp. 4-8.

 

 

Miércoles, 26 Septiembre 2018 17:35

Bienes comunes*

Bienes comunes*

Un bien común es aquel de acceso universal, de gestión democrática, cuyo uso se sostiene en el tiempo y que es de titularidad colectiva. Por lo tanto, un bien común no es un bien privado ni un bien público. Esta diferenciación es importante puesto que la propiedad privada se basa en la capacidad de unos individuos frente a otros de excluir del uso, o del beneficio, a unos determinados recursos, mientras la propiedad pública sitúa en el ámbito de los gobiernos la gestión y la decisión de quien tiene acceso a los bienes.

Un bien común comprende una serie de recursos –físicos como el agua o virtuales como el conocimiento– que son gestionados por una comunidad –que también puede ser física o bien virtual– de acuerdo a una serie de normas acordadas democráticamente. Un bien común implica que todos los individuos de la comunidad tengan derecho a hacer uso u obtener beneficios de un determinado recurso. Es decir, que un bien común, para que lo sea, debe estar disponible para toda la comunidad y su uso por una persona no debe impedir que lo utilice el resto. O, dicho en una terminología más técnica, que no sea excluyente y no conlleve rival.

De esta manera, un bosque gestionado comunitariamente podría ser un bien común, ya que está a disposición de toda la comunidad y su uso adecuado no impediría su disfrute por las generaciones futuras. Otros bienes comunes de carácter más universal podrían ser el viento, la arena de la playa y los rayos del Sol; el entorno, en definitiva. Pero también podrían ser bienes comunes el conocimiento y el sistema sanitario.
La clave está en la gestión

Que algo sea un bien común no es debido a una característica intrínseca que posea, sino que tiene que ver sobre todo con la gestión que se haga de ese recurso. El bosque no podría ser considerado un bien común sin añadir la coletilla de «bajo un uso sostenible y comunitario». Realmente, bienes como los bosques pueden llegar a degradarse, a reducir su cantidad disponible o a ver mermada su calidad, si mucha gente pasea por ellos de forma indiscriminada o si se permite la tala masiva. Otro ejemplo podría ser el de la educación, ya que la masificación de las aulas (uso no excluyente) supondría una disminución de la calidad de la educación impartida (conllevaría rival). En el caso del conocimiento, las patentes son un ejemplo claro de enajenación privada de este bien común.

De este modo, es necesaria una adecuada gestión de los recursos y de los servicios para que puedan ser considerados bienes comunes. Esta gestión implica la existencia de algunas claves como las siguientes.

La primera, garantizar el acceso a los bienes, al menos, por parte de toda la comunidad que los gestiona. La no exclusividad quiere decir que no es posible discriminar, mediante los precios, quiénes lo disfrutarán y quiénes no, puesto que los bienes comunes o no tienen precio o este es asumible por todas las personas. Además, el derecho de uso se produce con independencia de si se contribuye o no a su mantenimiento o a su protección.

En segundo lugar, hay que conseguir la sostenibilidad del recurso en el tiempo. Para ello debe existir una limitación en la utilización de determinados recursos hasta los niveles en los que la naturaleza pueda reponerlos. De este modo, si no conservamos nuestro entorno, estamos excluyendo a parte de la población presente y futura del disfrute de dichos bienes. Por ello se debe legislar en este sentido y garantizar el respeto a las normas en pro de la consecución de este fin. Esto no es limitar nuestra libertad, es incrementarla. La sostenibilidad del bien común implica una responsabilidad colectiva e individual por el mantenimiento de dichos bienes.

Asimismo, los bienes comunes han de gestionarse desde la colectividad de forma democrática: es una falacia que la gestión privada sea la más adecuada para el conjunto. Es una mentira basada en observar solo un pedazo pequeño de la realidad –el que tiene que ver con la tasa de beneficios individuales– o, en el mejor de los casos, de un reducido porcentaje de la población. Es verdad que una gestión privada de un negocio, si se hace bien, genera pingües beneficios para quienes lo poseen, pero si abrimos la mirada descubrimos que la búsqueda del beneficio individual ha provocado un incremento continuado de las diferencias a nivel planetario y de la degradación ambiental.

Uno de los aspectos más repetidos en la literatura neoliberal es el de la “tragedia de los comunes”, que argumenta que en una gestión colectiva todo el mundo busca su beneficio individual lo que conlleva, inevitablemente, el agotamiento del recurso. Sin embargo, esta teoría no se sostiene con los hechos: los recursos gestionados colectivamente –como es el caso de territorios indígenas– se han conservado en general mucho más que los privatizados, sujetos a la ley de maximizar el beneficio. De este modo, la gestión común es intrínsecamente más adecuada que la privada, porque es la que permite una mirada compleja sobre distintas facetas. Es la que posibilita planificar a largo plazo. Es la única que puede tener en cuenta más factores y no solamente los de crecimiento (en el marco económico en el que estamos). Y solo con ella es posible una gestión social y democrática. Obviamente, la gestión democrática es difícil, pues implica la búsqueda de consensos y la inclusión en las discusiones no solo de quienes tienen más conocimientos técnicos, sino también de quienes son meramente usuarios e, incluso, de la proyección de las opiniones de las generaciones futuras.

Finalmente, se trata de convertirlos en inalienables. Por su propia naturaleza, un bien común no se puede vender en el mercado, no es privatizable. No tiene valor de cambio, sino valor de uso.

 

La lucha por los bienes comunes

 

En sus inicios, el capitalismo se basó, entre otros factores, en la apropiación privada de toda una serie de bienes que eran comunes. Fueron los cercamientos de tierras comunales para convertirlas en privadas o la enajenación de los recursos naturales durante la colonización de América. También el control de la información y del conocimiento por las élites gobernantes, del mismo modo que el trabajo de cuidados realizado por las mujeres. Sin embargo, esta apropiación de los bienes comunes ha sido un continuo en la historia del capitalismo, pues ha supuesto una de las maneras de sostener las tasas de crecimiento.

Con el capitalismo, una de las funciones que adquirió el Estado fue ayudar a la reproducción de la fuerza de trabajo. De ahí, y después de muchas luchas sociales, surgieron los servicios públicos que, en el caso del Estado del bienestar, tuvieron algunas de las características de los bienes comunes, acercándose a la universalidad, a una cierta inalienabilidad y, a veces, a una gestión sostenible.
Sin duda, uno de los elementos clave en la historia del capitalismo ha sido la gestión de los bienes. Por una parte, se daba la resistencia a su privatización y, por otra, el intento de volver a hacer comunal lo que había sido enajenado. Este proceso continúa hoy en día: la mercantilización, previa privatización, de bienes comunes y públicos está siendo una de las principales herramientas que está usando el capital para intentar mantener su tasa de beneficios en tiempos de crisis.

Un ámbito que se ha recuperado, en parte, para lo común ha sido el del conocimiento. Además, es una arena en la que se están ensayando numerosas experiencias de gestión y construcción de lo común, como Wikipedia. Del mismo modo, este terreno está siendo también objeto de dura disputa e intento de enajenación y control.

Un segundo ámbito de enfrentamiento está siendo el proceso de privatización de los servicios públicos, con la educación y la sanidad a la cabeza. Pero el proceso no es solo de privatización, sino también de limitación de su acceso a porcentajes crecientes de la población.

Y un tercer elemento central hoy en día es la privatización de los recursos naturales, cada vez más escasos en un marco de crisis ambiental. Son sonados los casos del agua, de la tierra (con todo el proceso de acaparamiento) y de la biodiversidad. Para que esto sea posible primero es necesaria su valoración monetaria y, posteriormente, la creación de nuevos mercados con los que sacar beneficio económico a la privatización. Ahí está, sin ir más lejos, el de derechos de emisiones de CO2.

De este modo, lo que es escaso, lo que es frágil, lo que es fundamental para nuestra supervivencia, lo que está en el centro de políticas de justicia social, lo que puede ser una herramienta de poder, lo que implica una responsabilidad con el resto de seres vivos, lo que es clave para la evolución social... no puede ser privado, sino que debe ser de titularidad colectiva. Ante esto surge la necesidad de (re)construir una economía basada en los bienes comunes. 

 

Bibliografía:

Federici, S. (2010): Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria, Traficantes de Sueños, Madrid.
Harvey, D. (2004): El nuevo imperialismo, Akal, Madrid.
Madrilonia (2012): Carta de los Comunes, Traficantes de Sueños, Madrid.
Ostrom, E. (1990): Governing the Commons: The Evolution of Institutions for Collective Action, Cambridge University Press.
Sabín, F. (2012): “Los comunes como hipótesis política y práctica comunitaria”, Éxodo, nº 114.
Subirats, J. (2011): Otra sociedad, ¿otra política?, Icaria, Barcelona.

"Quien tiene un porque para vivir, encontrará casi siempre el como"

Recientemente, este 10 de septiembre del 2018, al menos un vagón del metro que proximamente empezará a rodar en Quito fueron adornados con pinturas grafiteras. Un natural alboroto de las instituciones y sociedad se generó en relación al hecho, casi un acto de dimensiones terroristas supuso para algunos funcionarios públicos esta trasgresión.

Entre declaraciones y discusiones que no reparan en la cultura juvenil, en el sentido del arte callejero y en valores como la solidaridad, un elemento muy notorio fue desdeñado, incluso por los medios de comunicación: los nombres de Shuk, Skil y Suber estampados en el vagón que sirvió de lienzo, sin duda alguna, un eivdente homenaje por parte de los grafiteros quiteños para con sus compañeros de arte y sueños muertos en Medellín el pasado 19 de julio.

Estamos por tanto, ante un grafiti que semeja una bandera adornada con un mensaje sobre el cambio climático en lo alto de una colina puesta allí por un esforzado alpinista, un bello gesto, sin duda. Así, con esta pintura, sus artistas envían un mensaje al mundo, el mismo que hace décadas estampó un recordado escritor latinoamericano: “La solidaridad es la ternura de los pueblos”.

 

Valorando la vida

 

Estas acciones hablan bien de la humanidad profunda de estos colectivos, pues además de dejar sus nombres estampados en lugares prohibidos, en lugares de difícil acceso, y de ponerse del lado contrario de lo establecido, enarbolan la bandera de sus amigos grafiteros para hacerlos presentes. De lo sucedido puede reflexionarse:

1. Resalta el respeto ganado por los compañeros muertos en Medellín, lo cual hizo eco en ellos a pesar de moverse en otro lugar, cultura y contexto social. La fraternidad forma parte de sus motivaciones, la que les inyecta toda la enrgía para que, aun en la situación de riesgo que les implicaba toda la maniobra de esta acción, decidan plasmar los nombres de los grafiteros colombianos.

2. Por supuesto, las normas y la institución criminalizan, y para esta lo importante es la estética, el “desarrollo”, como enfatizó constantemente el alcalde quiteño, para quien el ideal es una sociedad conforme y “bien adaptada”.

3. No es extraño ser joven y rebelde, estar en la búsqueda de ideas y acciones que den sentido y motivo a la vida para vivirla. Para muchos adultos, en cambio, esa necesidad se ha disipado, ya se adaptó, ya aceptó, ya no quiere cambiar ni su mundo ni el de los otros. Por eso ve con recelo, con enojo y desaprobación la energía transformadora de los jóvenes.

4. Una de las manifestaciones de jóvenes inconformes, con la sociedad, con su funcionamiento, es la resumida por los grafiteros. Gran cantidad de ellos expresan, entre arte y pinturas y en espacios prohibidos, su disconformidad con la actual sociedad. Justamente para quitarles ese carácter de protesta y rebeldía buscan institucionalizarlos, implicarlos constantemente en dinámicas oficiales, al tiempo que les “otorgan” espacios para su arte, indicándoles asimismo qué y cómo pintar.

5. El reconocido respeto que se expresan entre los grupos de grafiteros, aun a nivel internacional, presume coincidencia en sus visiones de vida, unos encuentros de fuerza y motivaciones que los lleva a correr riesgps de toda índole. Parafraseando a Víctor Frankl, son cosas que hace un ser humano cuando, de pronto, se da cuenta que no tiene nada que perder excepto su ridícula vida desnuda.

6. Una visión probable, una posición ante la vida, por lo menos así lo demuestran las acciones de estos jóvenes que tal vez encontraron, como lo diria Nietzsche, un por qué para vivir, e hicieron del grafiti el cómo, aunque como demostraron Shuk, Skil y Suber, la vida se fuera en ello.

 

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Publicado enCultura
Miércoles, 12 Septiembre 2018 07:01

La juventud (no) es historia

La juventud (no) es historia

La historiadora Valeria Manzano analiza la actualidad de los jóvenes a medio siglo de las revueltas del 68

Aunque el Mayo Francés fue el emblema, durante la época se produjeron movilizaciones obrero-estudiantiles similares en más de cien ciudades. La investigadora analiza a qué se debió esa sincronía, por qué no hubo revolución y qué agenda proponen los jóvenes de hoy.

Para 1960, con un Estado de Bienestar rozagante y las matriculas escolares engordadas hasta estallar, los jóvenes dominaban una escena social que, por primera vez, los tenía como protagonistas. Los consumos culturales estaban a la orden del día (jeans, rock y twist), las sexualidades florecían y las novedades se acostumbraban a viajar más rápido a partir de la expansión de la TV. Al mismo tiempo, el triunfo de la Revolución Cubana y los procesos de descolonización en África y Asia parecían ubicar el mundo patas para arriba, en tiempos donde “nada ni nadie parecía permanecer en su lugar”.


Aunque el mayo francés será el fenómeno más recordado, en verdad, fueron más de cien las ciudades que, a lo largo y a lo ancho del globo, participaron con movilizaciones obrero-estudiantiles. La efervescencia social les indicaba a los jóvenes que estaban escribiendo la historia y que la liberación del sistema capitalista opresor estaba a la vuelta de la esquina. En 2018, a cincuenta años de ese ‘68 memorable y a cien años de la Reforma Universitaria, PáginaI12 conversó con Valeria Manzano –doctora en Historia Latinoamericana (Indiana University), docente en Unsam e investigadora del Conicet– para explorar las luces del pasado y analizar, en definitiva, lo que más importa: cuál es el rol de las juventudes en la actualidad, con la reinserción de los pibes y las pibas en la política a partir de una agenda feminista que marca el pulso.


–Se recuerda el mayo francés, pero en verdad fueron unas cien las ciudades de los distintos continentes que participaron con movilizaciones de estudiantes y trabajadores. ¿Por qué esa sincronía?


–La simultaneidad es clave para comprender las revueltas del ‘68. En verdad, se trata de un momento que despega un año antes y culmina un año después con la incorporación, por ejemplo, del mayo argentino del ‘69 (Cordobazo). Desde aquí, para analizar cómo se produjeron al mismo tiempo estos fenómenos tan similares y tan distintos a la vez, es fundamental conocer al sujeto social que los protagonizaba. Se trataba de estudiantes y trabajadores –generalmente– jóvenes.


–En este sentido, ¿lo que ocurrió en Francia se replicó en el resto de las naciones, o bien, no tienen mucho que ver?


–Pienso que las manifestaciones no son producto del efecto dominó. De hecho, las diversas ciudades que organizaban sus protestas no necesariamente emulaban lo que ocurría en Francia. En Latinoamérica, por ejemplo, no existen vasos comunicantes que relacionen las explosiones domésticas con las producidas en la otra orilla del Atlántico. En Europa, tal vez, funcione un poco distinto, ya que los liderazgos estudiantiles de países centrales –como Alemania, Inglaterra, Italia, Francia– construyeron canales efectivos de interconexión y organización.


–De modo que para comprender las causas de la sincronía hay que viajar más atrás en el tiempo. ¿En qué medida los acontecimientos y fenómenos de los ‘50 sirvieron para preparar la escena que vendría una década más tarde?


–Si bien se suele pensar que el ‘68 tiene un carácter fundacional, en la medida en que Francia parece inaugurar una nueva época y el desarrollo de nuevas subjetividades, existe una multiplicidad de transformaciones socioculturales y políticas que, en verdad, despegan en décadas anteriores. La expansión de la escolarización secundaria y universitaria funciona como caldo de cultivo y conlleva demandas antiautoritarias y de transformación curricular que atraviesa a todos los movimientos. De la misma manera, la explosión de las comunicaciones (con la expansión de la TV) habilita la diseminación de nuevos sentidos y significados (modas, estilos, pautas culturales) hacia públicos masivos juveniles. Los jóvenes comienzan a problematizar el lugar que se preveía para cada quien en la sociedad, en un marco de nuevas posibilidades de movilidad social ascendente.


–Como usted comenta en alguno de sus trabajos, eran épocas donde “nada ni nadie parecía permanecer en su lugar”...


–Exacto, era legítimo pensarlo así. Se tenía la percepción de que el cambio estaba próximo y, en efecto, era necesario prepararse de la mejor manera. Señalar que “los hijos iban a estar en mejores condiciones que los padres” era una frase típica que formaba parte del lenguaje de época y del sentido común. Eran tiempos en que se privilegiaba “la búsqueda del otro” político y cultural que se explicitaba en las vanguardias. Un ejemplo contracultural básico es la exploración por parte de Los Beatles, o bien, del propio Caetano Veloso, de la filosofía oriental así como de otros espacios a los que el público no estaba acostumbrado. En la política ocurre lo mismo, el panteón de héroes del ‘68 es de referentes tercermundistas: Ho Chí Minh, Che Guevara y Mao eran las figuras preferidas y más referenciadas.


–A pesar del carácter trasnacional de las revueltas, cada movilización tuvo sus propias características. Pienso en las diferencias entre el mayo francés y el Cordobazo: mientras la primera suele definirse como “más cultural”, la segunda sería “más política”.


–En Europa, el énfasis en la trama cultural del ‘68 es parte de una oleada interpretativa que se ha sedimentado. Desde mi perspectiva, en realidad estuvieron mucho más presentes los condimentos políticos de lo que se tiende a pensar cuando se recuperan los slogans más comunes como “La imaginación al poder”, o “debajo del asfalto está la playa”. En las propias formas de contracultura cotidianas emergían dimensiones políticas muy potentes. Además, no hay que olvidar los comités de acción obrero-estudiantil distribuidos por todo el territorio francés. Por otra parte, en las experiencias latinoamericanas de México, Uruguay y Argentina, la arista contracultural no está tan visible como sí lo está el lenguaje antiestatal y antiautoritario mediado por acciones políticas de confrontación.


–En apariencia, se trataba de un contexto en que la revolución parecía estar a la vuelta de la esquina. ¿Por qué no prosperó y se evaporó tan pronto?


–Existía una autorización social para pensar en el cambio, de manera que las transformaciones eran esperadas con entusiasmo y positividad. Más allá de la izquierda, que desde su existencia insistió en modificar el estado de cosas del capitalismo, se suman vectores fundamentales. La juventud, los pueblos descolonizados y las mujeres, a su turno, cuestionan la validez del sujeto universal. Todo el mundo empleaba el término “revolución”, incluso, el propio Onganía lo utilizó para denominar su irrupción en el gobierno. El problema fue que se cargó sobre los jóvenes todas las expectativas profundas de la modificación del statu quo y se clausuraron pronto a partir de derrotas políticas y de condiciones económicas internacionales desfavorables.


–La efervescencia pasa rápido.


–Tal cual. El plan de lucha y resistencia es más fácil de diseñar; el problema es qué hacer si la revolución triunfa. Además, por supuesto, no hay que olvidar que las aspiraciones revolucionarias culminaron con la acción estatal represiva. Mientras en Europa se desarrollaron fenómenos de cooptación estatal leves, en Latinoamérica la situación fue bastante más violenta con la feroz represión (por caso, Tlatelolco en México) y la implantación posterior de las dictaduras.


–¿Qué reflexión puede hacerse a cincuenta años? ¿Qué lugar ocupan las juventudes hoy?


–Durante los ‘90 se planteaba la declinación de la participación juvenil en la política y se advertía que los jóvenes activaban sus presencias a partir de producciones culturales en murgas, sociedades de fomento, clubes y otras formas de agregación barrial. En cambio, si observamos los últimos 15 años, se percibe un retorno masivo a organismos clásicos, como el movimiento estudiantil y los partidos políticos.


–Además, con una agenda renovada.


–Sí, claro. El activismo feminista, mediado por un lenguaje inclusivo que cuestiona las prácticas tradicionales de comunicación, desde las escuelas y en una multiplicidad de contextos marca un punto de inflexión muy importante. Al mismo tiempo, y a diferencia de lo que ocurría en los sesentas, hoy la juventud es estigmatizada y sus prácticas son cuestionadas en cada intervención pública y mediática. Por eso, en 2018, la participación juvenil se torna valiosa por partida doble, en la medida en que debe ser continuamente apoyada y robustecida.


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Lunes, 27 Agosto 2018 08:21

Frente a Goliat (V y último)

Frente a Goliat (V y último)

Al impulsar una transformación al lado de Goliat, la honda de David es la cultura. Es a través del canto, los poemas, el baile, el teatro, el cine, la fotografía, la caricatura y el dibujo por donde se conocen y reconocen los David; por donde se invitan, se cuentan y se convocan las rebeliones en defensa de la dignidad, la nobleza, la belleza, la verdad, o sea, el propósito de cualquier transformación realmente progresista. Ante la propuesta de un cambio al sur de la frontera, el paso más “pragmático” de todos al tratar con el norte es invitar a los David dentro del Goliat a cantar, bailar y escribir un nuevo cuento.


Los David dentro del Goliat se cuentan y se encuentran aquí (y con sus contrapartes en el extranjero) a través de la música que nace de los esclavos africanos e indígenas y se vuelve blues, jazz y rock & roll, o de las diásporas de múltiples migraciones que al sonido de tambores, acordeones, guitarras, violines, marimbas y trompetas cuentan de los éxodos y las llegadas; y las luchas de alemanes, franceses, italianos, irlandeses, escandinavos, chinos, judíos europeos, caribeños, mexicanos y más. O por el rap que todos escuchamos (a propósito o no), que nace del barrio más pobre de Estados Unidos en el sur del Bronx en Nueva York.


Algunos de esos sonidos –los que no son sólo ruido– cuentan las vidas de los estadunidenses “comunes” en sus múltiples dimensiones (no sólo la política), y de los rebeldes siempre entre ellos que están escondidos bajo la historia oficial del Goliat. Leonard Bernstein, cuyo centenario de natalicio se festejó este fin de semana, lo hacía a través de música clásica, ópera y musicales, mientras se solidarizaba con el movimiento antiguerra, antinuclear y el de derechos civiles. Igual lo han hecho cantautores a lo largo de la breve historia de este país al contar del gringo/a de abajo, los anónimos creadores de todo y los herederos de nada a través de las voces de Lead Belly, Paul Robeson, Nina Simone, Woody Guthrie, Pete Seeger, Bob Dylan, Bruce Springsteen, Patty Smith, Steve Earle y Kendrick Lamar, entre tantos más. La recientemente fallecida Aretha Franklin regalaba soul mientras ayudaba a financiar, junto con Harry Belafonte, el movimiento de Martin Luther King, y ofreció pagar la fianza de la comunista Angela Davis, considerada por la FBI como una de las criminales más peligrosas de su tiempo y cantó, hace 50 años, en el campamento de la Campaña de los Pobres en Washington. Todo movimiento de defensa de dignidad y/o rebelde en Estados Unidos tiene su ruta sonora.


Junto con ellos, está la larga lista de escritores y poetas dedicados a rescatar la dignidad, la identidad, la historia y la nobleza de sus compatriotas y los recién llegados: Twain, Jack London, Steinbeck, Howard Fast, Langston Hughes, Tony Morrison, entre tantos otros. Están los periodistas desde Frederick Douglass (ex esclavo que fue editor en jefe del periódico North Star, y uno de los pocos que se atrevieron a publicar un editorial oponiéndose a la guerra contra México a mediados del siglo XIX), John Reed, IF Stone, Pete Hamill y se podría incluir al recién difunto Anthony Bourdain y a David Simon, ex reportero y ahora guionista y creador de series de televisión obligatorias para entender este país hoy día, así como a los periodistas/comediantes como Jon Stewart, Samantha Bee y John Oliver.


Está la magnífica lista de dramaturgos y cineastas, fotógrafos y artistas plásticos. Algo que reúne elementos de todo esto es la película de Tim Robbins, The Cradle Will Rock, que cuenta del arte y la política en medio de la Gran Depresión, incluyendo el extraordinario Proyecto de Teatro Federal, el mural de Diego destruido por Rockefeller y la obra musical brechtiana de título que gira en torno de una huelga siderúrgica y que se puso en escena bajo la dirección de Orson Welles en Broadway, con una rebelión de actores, músicos y público.


Todos estos festejan lo más noble como las tragedias, penas y luchas de los David aquí adentro del Goliat. Son los aliados naturales –y más poderosos– de los David al otro lado de la frontera. Es más urgente que nunca invitarlos a bailar.

 

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La construcción de la economía solidaria como alternativa al capitalismo

Planificación centralizada y democracia

 

La trayectoria de las luchas populares entre la conquista de la independencia de los pueblos de las Américas (1776-1830) y la consolidación de la democracia en el mundo, tras la II Guerra Mundial, con la descolonización de Asia y África (1976), se ha visto caracterizada por revoluciones y guerras, entre las que destacan las revoluciones de 1848 en Europa, la Guerra de Secesión en Estados Unidos (1861-65), la Comuna de París (1871), la Revolución de 1905 en la Rusia zarista, la I Guerra Mundial (1914-18), la Revolución rusa de octubre de 1917, la Guerra Civil Española (1936-39) y las numerosas revoluciones y guerras internacionales y civiles que componen la llamada II Guerra Mundial (1939-1945). Esta, en realidad, no acabó con la rendición de Japón en 1945, como se habla convencionalmente. Basta recordar los conflictos de agrados por esta guerra mundial y que prosiguieron después de 1945 en China y Vietnam, en Grecia, en Filipinas y en otros países colonizados del Tercer Mundo. Todos estos eventos marcaron con violencia los avances de las luchas por no solo más democracia política sino también por profundas mudanzas sociales y económicas.

Muchas de estas guerras las iniciaron regímenes que procuraban fortalecerse gracias a las glorias bélicas de conquista a países extranjeros, pero acabaron por debilitarse en la medida en que los conflictos se extendían en el tiempo, infligiendo enormes sufrimientos a la masa popular. Revueltas populares ayudaron a derrocar regímenes autoritarios, incluso donde no llegó a haber revueltas, sino solo agitaciones políticas que abrieron camino a grandes avances en las luchas obreras, feministas, de liberación nacional y de afirmación democrática y socialista. Esta larga experiencia histórica forjó en las mentes de muchos socialistas la idea de que sin violencia revolucionaria era imposible vencer las resistencias al avance de las luchas populares.

Este había sido ciertamente el caso de Karl Marx y Friedrich Engels, cuya influencia sobre las luchas populares desde el lanzamiento del Manifiesto del Partido Comunista en 1848, difícilmente puede exagerarse. Ambos son autores del programa revolucionario socialista más inspirado, que a partir de la II Internacional, motivó y orientó un sinnúmero de movimientos y los dotó de una visión de otro sistema socioeconómico, superior en todos los aspectos al capitalismo, siempre supuestamente al borde de su crisis terminal. Marx y Engels heredaron de los socialistas utópicos la idea de que la economía socialista tendría que ser autogestionaria, teniendo como modelo las cooperativas de producción de su época. Esta idea predominó en la I Internacional, habiendo sido compartida por partidarios de Marx y Engels, y de Proudhon y Bakunin. La bandera de la libre unión de los productores como directriz básica de organización de las actividades económicas emergió en la Revolución de 1848, en Francia, y nuevamente en la Comuna de París veintitrés años después.

Marx estudió intensamente la administración capitalista de las empresas guiado por la experiencia empresarial de Engels, que dirigía una fábrica textil de su familia. Marx captó la contradicción entre la anarquía provocada por la competencia entre las empresas en el mercado y la minuciosa racionalidad aplicada en la gestión de la empresa para extraer de ella el máximo de beneficio. Marx y Engels concluyeron que en el socialismo el mercado podría y debería abolirse, y en su lugar el ajuste entre la oferta y la demanda se produciría, mediante una planificación centralizada de toda la economía en su conjunto, análogo a lo que el capitalista realiza en su empresa. Obviamente, esta planificación no perseguiría la maximización del beneficio privado sino el bienestar de los consumidores. Para que la sociedad pueda dar el salto de la economía anárquica del mercado a la economía ordenada por el Estado, es preciso que este se apropie al mismo tiempo de todos los medios de producción; lo cual, exige obviamente la conquista de todo el poder del Estado por parte de una organización revolucionaria y, por tanto, la necesidad de la caída del gobierno existente.


La historia fue cruel con los padres del socialismo científico al hacer que su propuesta acabara siendo aplicada, cerca de 40 años después de formulada, en Rusia. La planificación general de toda la economía, centralizada por el Estado, fue practicada durante cerca de 70 años. El modelo se exportó después de la II Guerra Mundial a numerosos países de Europa, Asia y África, y a Cuba en América. Uno de sus resultados innegables es que el Estado, lejos de perecer, como pensaban Marx y Engels, se hipertrofió. La aspiración democrática se dejó de lado y la vida social se vio sometida a una camisa de fuerza. En palabras de alguien forzado a vivir en un país inmerso en el socialismo real: “Aquí todo lo que no está prohibido es obligatorio”.

El aspecto que aquí nos interesa es que la planificación centralizada es incompatible no solo con la democracia “burguesa” sino también con el socialismo autogestionario, que tanto entusiasmo había despertado a Marx y Engels. Selucky, que analizó esta contradicción con mucha perspicacia, concluyó:

Me gustaría sugerir que el rechazo al mercado es, por definición, incompatible con el concepto de un sistema económico socialista autogestionario. Si el mercado es abolido, la autonomía de las unidades económicas desaparece. Si el mercado es abolido, la relación horizontal (esto es, el intercambio) entre unidades económicas también desaparece. Si el mercado es abolido, la información proveniente de los consumidores (la demanda) o es enteramente cortada o es irrelevante para los productores. De ser así, el plan central es la única fuente proveedora de informaciones relevantes para los productores en la toma de decisiones.

Aunque la autoridad para tomar decisiones esté formalmente garantizada a los órganos autogestionarios, su única fuente de información es el plan central, ya que se ha eliminado el mercado. Cualquier economía sin mercado tiene que ser, por definición, centralizada: dirigida por un plan de comando, controlada por un puñado de planificadores en vez de por los propios trabajadores, basada en la manipulación de los productores por la agencia de planificación (1).

Tras la II Guerra Mundial, cuando el régimen soviético se extendió a numerosos países de Europa Oriental y Central, no tardó mucho tiempo para que los sucesivos levantamientos obreros en Berlín, Hungría, Polonia, y finalmente en la Checoslovaquia entre 1953 y 1968, desenmascarasen el pseudosocialismo. Después de la invasión rusa de Checoslovaquia en 1968, en un intento por reprimir la instauración allí de un socialismo “con rostro humano”, el régimen vigente en la Unión Soviética y sus satélites pasó a ser denominado en el mundo entero “socialismo realmente existente” o abreviadamente “socialismo real”. Numerosos partidos comunistas situados fuera de la Unión Soviética se distanciaron públicamente del socialismo real, mientras que los pocos partidos comunistas que no lo hicieron perdieron la mayor parte de sus electores.

El único país del bloque soviético que intentó construir una economía socialista autogestionaria fue Yugoslavia, mientras la gobernó Tito, entre 1948 y 1980. Las cooperativas estaban bajo la influencia de las autoridades nacionales y también de las comunidades locales. Para que el sistema pudiera funcionar con cierta autenticidad, el partido comunista fue disuelto y sustituido por la Liga de los Comunistas y la represión a las libertades civiles fue considerablemente atenuada. A pesar del mantenimiento del régimen de partido único, los temas económicos y sociales controvertidos se discutían públicamente. Paul Singer, co-autor de este capítulo, estuvo personalmente en el país en 1978 y pudo verificar el contraste entre la total ausencia de libertades políticas en los países que integraban el mundo del “socialismo real” y el régimen yugoslavo.

Lamentablemente, después de la muerte de Tito en 1980, los diferentes países que conformaban Yugoslavia entraron en conflictos étnicos y religiosos violentísimos, que desintegraron la nación y con ella la experiencia de autogestión, que hasta aquel entonces se consideraba única en el mundo.

En realidad, la autogestión obrera no se encontraba en la agenda de la socialdemocracia. En esta predominaban, más bien, los temas reivindicativos de los sindicatos, cuyo cumplimiento produjo el famoso y en su momento consensuado Estado del Bienestar Social. En este, lo que más se acercaba a la autogestión obrera era la reivindicación de los derechos democráticos en el local de trabajo: la creación de comités de empresa, compuestos por representantes elegidos por los empleados, con poder para intervenir en situaciones en las que algún derecho contractual o legal de los empleados se estuviera vulnerando. Cabe notar que estos derechos se conquistaron en diversos países europeos, dando a los representantes elegidos por los trabajadores cierta capacidad de influencia en las decisiones de los empleadores que afectasen directamente a los intereses de sus representados.

 

Autogestión

 

La autogestión volvió a la palestra con la explosión de protestas y manifestaciones de los estudiantes de París que rápidamente se extendieron por Europa, América del Norte y del Sur, en el inolvidable año de 1968. Fue antes que nada un movimiento juvenil, de una generación que estaba siendo educada para actuar en un mundo que no solo desaprobaban sino que los indignaba por las flagrantes injusticias que los poderosos estaban cometiendo, sin que nada se estuviera haciendo para impedirlo.

El radicalismo europeo en 1968 era totalmente internacionalista, inspirado en los movimientos revolucionarios no occidentales o en la rabia contra los Estados Unidos contrarrevolucionarios.

En mayo de 1968, la agitación estudiantil estalló en la Universidad de París, la Sorbona. Los estudiantes entraron en huelga, ocuparon la universidad, y en seguida organizaron manifestaciones en las calles, con la consiguiente represión de la policía, lo que despertó la simpatía de la población hacia los jóvenes. De este modo, las protestas estudiantiles acabaron por contagiar a la clase obrera fabril. En respuesta, el Partido Comunista, que dominaba el sindicato más poderoso, repudió el movimiento estudiantil, denunciando que los estudiantes rebeldes eran enemigos pseudorrevolucionarios de la clase trabajadora. Sin embargo, a medida que los acontecimientos se sucedían, los militantes comunistas inevitablemente se adhirieron a las manifestaciones. Sabedores de que sin ellos ningún desafío real al gobierno iría a producirse, de un modo reluctante, la CGT acordó con las otras centrales sindicales una huelga general de un día para el 13 de mayo, cuando ochocientos mil trabajadores marcharon en un claro apoyo a las acciones de los estudiantes (2).

El ánimo en la protesta pasó de los estudiantes a los obreros. En un fin de semana, la onda expansiva de la huelga se expandió, concentrada en el cinturón rojo de París, Normandía y Lyon. Se vieron afectadas las industrias de automóviles, aviación, ingeniería, carbón, química y construcción naval, además del sector público, con el transporte municipal, ferrovías, gas y electricidad, los correos, servicios sanitarios y la navegación del canal, todos en huelga. También pararon los profesionales técnicos, como los controladores aéreos y el personal de la radio y de la televisión. El 18 de mayo 2 millones estaban en huelga y había 120 fábricas ocupadas. La semana siguiente, el número de huelguistas llegó a algo en torno a los 4 y 6 millones. Al día siguiente ya eran entre 8 y 10 millones (3).

La rebelión estudiantil, probablemente sin quererlo, acabó provocando un inmenso movimiento de protesta social. En las universidades ocupadas, los estudiantes trataron de eliminar jerarquías, democratizar la administración y redefinir los currículos. “Sin embargo, los trabajadores también rearmaron su compromiso. Inspirados por el ejemplo de los estudiantes, su audacia sorprendió no solo a los empresarios y al gobierno, sino también a los sindicatos. En Nantes, la acción en la Sud Aviation consiguió galvanizar la huelga general, que culminó el 27 de mayo con la toma del ayuntamiento por el comité central de los trabajadores, agricultores y estudiantes, expulsando al alcalde y al jefe de la policía (4).

Después de la prolongada resistencia en las fábricas y en las universidades, obreros y estudiantes acabaron teniendo que ceder ante el gobierno, que al final consiguió restaurar el orden. Sin embargo, el movimiento de mayo de 1968 ha dejado un rico legado que aún da frutos. “Animar a la revuelta antiautoritaria fue un ideal de autogestión, adoptado oficialmente como Autogestión por el nuevo Partido Socialista (PS) en 1973-75. Previa a la democratización de la economía, mediante la reivindicación del control de las fábricas por sus trabajadores, de cooperativas autogestionarias y de constitución de los negocios, así como mediante la toma de decisiones participativa, la apertura de los libros, la descentralización de la gerencia y la mejora general de los locales de trabajo” (5). La posición del nuevo Partido Socialista reflejaba los valores del movimiento de mayo del 68, que presentan significativas semejanzas con los del movimiento de la economía solidaria en Brasil y en otras naciones, 35 años después.

El movimiento estudiantil, que tuvo su epicentro en París, y se desparramó por toda Francia en 1968, repercutió en Italia, en Alemania y en otros países de Europa, en los guetos negros de las grandes ciudades de EU, en la masacre estudiantil en Ciudad de México, en el Cordobazo argentino, y en las huelgas y masivas manifestaciones en la calle de los estudiantes en Río y en São Paulo. En 1968, en plena dictadura militar, las universidades brasileñas estaban en huelga a favor de la reforma universitaria, en el fondo protestando contra el golpe que había fulminado la democracia.

En 1973 los trabajadores ocuparon la fábrica Lip, pero dos meses después se vieron forzados por la policía a evacuar el edificio. Aunque, antes de ello, los trabajadores habían requisado piezas de la producción para continuar con la fabricación en talleres clandestinos. El gobierno negoció un plan de reflotamiento de la empresa con los sindicatos e industriales “progresistas”, que después de prolongadas idas y vueltas acabó siendo aprobado por los trabajadores. Sin embargo, las medidas de racionalización no fueron suficientes para garantizar la recuperación deseada y con la recesión en 1975-76 la dirección de la Lip anunció en abril de 1976 la quiebra de la empresa, lo que llevó a los trabajadores a volver a ocuparla con la esperanza de poder contar con la solidaridad de la izquierda francesa y de la clase obrera organizada. Los obreros abrieron las puertas de la Lip a visitas (solo en mayo fueron sesenta mil). Los sindicatos y ellos mismos participaron en reuniones en toda Francia, con la prensa, con representantes del gobierno y con los síndicos de la quiebra, nombrados por el tribunal. Los obreros sobrevivían con el seguro de desempleo y las ganancias por la venta de diversos artículos que producían y vendían a los simpatizantes.

Finalmente, en noviembre de 1976, la asamblea de los trabajadores decidió formar una cooperativa que compraría la Lip a sus accionistas. Por razones ideológicas, este paso tardó 19 meses en darse: se consideraban asalariados en lucha contra los propietarios y la idea no era que ellos mismos se convirtieran en propietarios. Temían que su transformación en cooperados implicara un cambio en su identidad de clase y por tanto en sus relaciones con la clase obrera asalariada del país. Estaban convencidos, no obstante, de que en las elecciones de marzo de 1978 la izquierda saldría victoriosa y que con un gobierno de izquierda una empresa de propiedad de sus trabajadores podría ser un ejemplo para otros ocupantes de fábricas. Y, de hecho, en 1974-75 más de 200 ocupaciones de fábricas en Francia se inspiraron en el ejemplo de la Lip. No obstante, la izquierda fue derrotada en las elecciones, lo que no impidió que los trabajadores presentaran un nuevo plan para asumir la empresa en calidad de cooperativa (6).

En 1980 comenzó otra insurrección por los mismos motivos: aumento de precios. El astillero Lenin fue ocupado por obreros liderados por Lech Walesa. Pero esta vez los trabajadores plantearon una nueva reivindicación: sindicatos independientes. Mientras el gobierno negociaba con los trabajadores en las diferentes regiones, en septiembre se fundó el Sindicato Independiente Autogestionario o Solidaridad Solidarnosc. Al mes siguiente estalló una huelga general y el número de seguidores del Solidarnosc crecía de manera exponencial: 3 millones en septiembre, 8 millones en octubre, llegando a 9,5 millones, esto es, más de tres cuartos de una fuerza de trabajo de 12,5 millones, un año después.

A pesar de ser reprimido por la fuerza, el movimiento de Solidarnosc tuvo una enorme repercusión en otros países, particularmente en los que actuaban los jóvenes estudiantes, comprometidos con movimientos sociales herederos de los valores de 1968. En Brasil, la lucha del Solidarnosc coincidió con la fundación del Partido de los Trabajadores por un amplio frente de agrupaciones de izquierda, de diferentes orientaciones pero con una significativa representación en los nuevos movimientos sociales. Una parcela significativa de los dirigentes estaba compuesta por personas que habían estado exilados en Europa, por tanto, conocedores de las luchas por la autogestión obrera de los países al otro lado de la aún incólume Cortina de hierro.

En Brasil, uno de los que se enfrascaron en el estudio del socialismo autogestionario fue Claudio Nascimento (7). En un testimonio autobiográfico comentaba:


En 1980 había publicado encuadernaciones en tapa blanda y ensayos sobre el movimiento obrero y sindical que había surgido en Polonia, el Solidarnosc. En Francia participé en estudios y acciones de apoyo a los exilados de Solidarnosc, que estaban apoyados por la Cfdt, donde trabajaba. […] Muchas entrevistas y tertulias en bares de la periferia de París con dirigentes obreros e intelectuales polacos […], reuniones con militantes de Lublin, que venían mediante un convenio con la Universidad de Lovaina la Nueva, en Bélgica, me llevaron a escribir sobre esta experiencia de autogestión. Me documenté en Francia sobre el movimiento de autogestión en Polonia, el Solidarnosc, consultando bibliotecas y Centros de Documentación. El trabajo se publicó en Portugal, en la editorial Base-Fut, de Oporto.

De vuelta a Río de Janeiro, me reincorporé al Cedac (Centro de Acción Comunitaria). Con el compañero de la metalurgia Ferreirinha pasé a integrar el Equipo de formación sindical de la Secretaría de Formación del Estado de Río de Janeiro. Desde esta época hasta más o menos 1991 viajé por varios estados, impartiendo cursos sobre “socialismo autogestionario” para grupos de jóvenes, de obreros, estudiantes y militantes de movimientos sociales, ávidos de conocimiento sobre una nueva forma de organización de la sociedad y de autores prácticamente desconocidos por nosotros: Rosa Luxemburgo, el Austro-Marxismo, Pannekoek, Mariátegui y experiencias históricas de autogestión.

El testimonio de Nascimento muestra que el socialismo autogestionario recibió una divulgación sistemática por parte de un número considerable de intelectuales, a partir de por lo menos julio de 1983, cuando el autor vuelve a Brasil. En realidad, esta actividad comenzó antes, según relata en sus declaraciones:

En 1978-79, con el regreso de los amnistiados habíamos fundado diversas ONG para llevar este trabajo a varios estados de la federación: en Río fundamos el Cedac, donde empecé a trabajar. En esta época, ya era asesor de la Pastoral Obrera Nacional (8). Trabajábamos por establecer una oposición sindical en todo el país. Esta intensa actividad me llevó más de una vez a sufrir persecuciones: tras ser seguido durante seis meses, en 1980, entraron en mi piso de Río, con la ola de terrorismo que asoló el país en aquel período […]. Por ello, tuve que salir de Brasil, rumbo a Francia, trabajando durante tres años en un sindicato, la Cfdt. Este tipo de práctica fue en el campo de la formación sindical, pues estábamos a punto de fundar la CUT [Central Única de los Trabajadores] y necesitaríamos personas que supieran cómo organizar la formación en un sindicato (no teníamos esta experiencia en el país debido a la constante represión y prohibición de las centrales sindicales) (9).

La fuerte afinidad de los socialistas cristianos con el socialismo autogestionario o la economía solidaria se manifiesta también en el hecho de que el Complejo Cooperativo de Mondragón, la mayor red de cooperativas del mundo, ha sido fundado por la iniciativa y el liderazgo del padre Arizmendiarreta, un genuino socialista cristiano y discípulo del padre Lebret.

El neoliberalismo surge avasallador desde 1979-80, al mismo tiempo en que la Unión Soviética comienza a librarse de las amarras estalinistas que sofocaron durante casi 70 años cualquier iniciativa democrática de su población. Hay quienes atribuyen la apertura rusa a esta onda neoliberal, hipótesis que no encuentra ninguna corroboración en los hechos. Lo que sorprende en los países capitalistas es la casi total incapacidad de la izquierda de ofrecer resistencia a la ofensiva neoliberal, por la ausencia de alternativas, que no precisaría ser socialista sino apenas democrática, como la que los movimientos juveniles están hoy reivindicando en la periferia europea y en los países árabes. Las prolongadas luchas por la democracia y el socialismo, trabadas por los movimientos obreros y sus intelectuales orgánicos a lo largo de los siglos XIX y XX, prueban que la esencia del socialismo es la democracia sin más adjetivos, aplicada no solo a la política, sino a la economía, a la educación escolar, a la asistencia sanitaria, a la planificación urbana, al cuidado con el medioambiente y a las demás áreas cruciales de la interacción social.

La economía solidaria se concreta con el apoyo de movimientos sociales apoyados por los sectores organizados de la sociedad civil: comunidades eclesiásticas de base, pastorales, sindicatos, movimientos estudiantiles que actúan en “incubadoras” o entidades similares, movimientos de trabajadores rurales sin tierra, recogedores de residuos reciclables, grupos de indígenas y afrodescendientes, mujeres, ex internos de manicomios, sin mencionar la solidaridad entre vecinos que forma parte de la cultura de las clases trabajadoras de baja renta.

La creciente diversidad cultural enriquece la economía solidaria al juntar obreros de empresas recuperadas, que aportan la experiencia reciente de la lucha de clases, con pueblos que cultivan los valores de la economía solidaria en función de sus propias tradiciones, transmitidas de generación en generación desde hace muchos años. Gracias al respeto a los diferentes, la diversidad amplía los horizontes de los comprometidos en la economía solidaria y los capacita para extraer de los avances y retrocesos, de las ganancias y de las pérdidas, las enseñanzas que facilitan la convivencia y activan la inteligencia colectiva para enfrentarse a nuevos desafíos.

Bajo nombres diferentes, la economía solidaria se da en numerosos países de los cinco continentes y gracias a la revolución informática el intercambio de experiencias se ha visto facilitado, lo que posibilita no solo la interacción sino la colaboración efectiva que permite hablar de la globalización de una variedad de alternativas viables al capitalismo neoliberal, que a todos amenaza. El florecimiento de una profusión de economías solidarias o sociales o humanas, o como quiera que se denominen, es la garantía de su viabilidad, pues la vocación de la humanidad no es la uniformidad.

 

Consideraciones finales

 

Quien levanta la bandera de la economía solidaria como la futura “otra economía” alternativa al capitalismo es el propio movimiento de la economía solidaria y los diversos movimientos sociales que en ella participan.

En cuanto a la relación entre el sindicalismo y el cooperativismo, podemos decir que no es contradictoria, muy al contrario, de colaboración mutua, en la medida en que ambos tienen por base social trabajadores combativos. Hay también sindicatos amarillos (agentes patronales) y cooperativas formadas por empresas de la agroindustria. La contradicción es explícita entre los sindicatos y las cooperativas alineados con los oprimidos, y los que se alinean con los opresores.

¿Cuál es el alcance del movimiento de la economía solidaria como crítica al sistema capitalista? y ¿qué propuestas plantea para el avance sobre el sistema económico como un todo? En la actual coyuntura que vive Latinoamérica, el embate del movimiento de la economía solidaria con el sistema capitalista tiene como centro la crisis medioambiental y la lucha por la tierra de campesinos, indígenas y comunidades de descendientes de esclavos. Estos últimos luchan, en general, en defensa de los espacios que ya ocupan y consideran como suyos, y contra los avances de empresas capitalistas, cuando no de racistas frecuentemente criminales.

Hay, un significativo avance de la agroecología, de las finanzas solidarias en forma de cooperativas de crédito y bancos comunitarios y de cooperativas sociales de ex internos de manicomios y de cooperativas de recicladores de residuos sólidos. La economía solidaria tiene un papel significativo en la inclusión productiva urbana.

 

 

* Apartes de “La construcción de la economía solidaria como alternativa al capitalismo”. Economía social y solidaria en movimiento, José Luis Coraggio (organizador), Ediciones Ungs, 2016.
** Paul Singer. Profesor de la Facultad de Economía. Desde 1996 se dedica a la economía solidaria.
Valmor Schiochet. Máster en Sociología Política. Director de Estudios de Divulgación de la Secretaría Nacional de Economía Solidaria (Ministerio del Trabajo 2003-07).

1 Selucky, Radoslav (1975). “Marxism and Self Management”. En Vanek, Jaroslav. Self-Management; Economic Liberation of Man. Inglaterra: Penguin Education, Harmondsworth.

2 Ibid.: 401
3 Idem.

4 Idem.
5 Ibid.: 406.
6 Carnoy, Martin y Derek Shearer (1980). Economic Democracy. The Challenge of the 1980s. Inglaterra: Routledge. pp.163-169.

7 Intelectual autodidacta y educador popular, que a partir del 2003 integraría el equipo de la Secretaría Nacional de Economía Solidaria como coordinador general de Formación.
8 Con Frei Beto, Frei Eliseu, sindicalistas como João Pires Vasconcelos, José Ibrahim e intelectuales como Piragibe Castro Alves.

9 Claudio Nascimento, 2014.

Lunes, 20 Agosto 2018 09:36

Frente a Goliat IV

La campaña presidencial de Bernie Sanders (2016) se sigue expresando en Estados Unidos al promover como derechos básicos la salud, la educación y un salario digno para todos, lo cual es visto como parte de la resistencia contra la derecha que encabeza el presidente Donald Trump. La imagen del senador es de archivo.

Todo movimiento o gobierno progresista que busca una transformación bajo la sombra de Goliat tiene que empezar con el secreto de que sus reales y potenciales aliados en Estados Unidos no están en Washington y Wall Street, sino son los que buscan una transformación progresista aquí.

No es nada nuevo. De hecho, varios historiadores –entre ellos Paco Ignacio Taibo, Armando Bartra, Rius– han explorado aspectos de alianzas e intercambios entre figuras y fuerzas progresistas en ambos países, incluyendo durante el inicio de lo que algunos ahora llaman la tercera transformación. Flores Magón entendía y tejía esta solidaridad binacional, fue eje de lo que Claudio Lomnitz llama la primera “red revolucionaria trasnacional” con sus contrapartes estadunidenses en su libro El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, el cual, comentó en entrevista con La Jornada, aborda la “historia de colaboración y cooperación entre estadunidenses y mexicanos inmersos en un movimiento radical”.


Aún falta contar y resaltar las historias de colaboración y solidaridad entre fuerzas progresistas de ambos lados de la frontera a lo largo de la historia de la relación bilateral, pero incluyen desde apoyo mutuo entre sindicatos hasta esfuerzos binacionales con agrupaciones de pequeños productores, proyectos conjuntos de ambientalistas y diversas expresiones de solidaridad entre movimientos sociales, incluyendo las altermundistas que fueron detonadas por la rebelión zapatista. Vale incluir ahí las intensas colaboraciones e intercambios entre artistas y otros trabajadores culturales progresistas y periodistas a lo largo de las últimas décadas.


En el panorama actual, los aliados potenciales y reales estadunidenses son los que, de alguna manera, están en la resistencia contra la derecha trumpista, así como contra las políticas neoliberales y de “seguridad nacional”que se han implementado de ambos lados de la frontera durante las últimas tres décadas con los mismos resultados desastrosos para las mayorías.


Entre esta resistencia está la diáspora de la campaña presidencial de Bernie Sanders –tal vez el fenómeno aún más sorprendente por sus dimensiones que el de Trump– que se sigue expresando a escala local, estatal y nacional al promover como derecho básico la salud, la educación y un salario digno para todos y el énfasis sobre dar prioridad a los más pobres y vulnerables, es muy parecida a la del movimiento electoral que triunfó en México. Este movimiento, que se expresa a través de diversas organizaciones y redes, se autocalifica como “socialista democrático”. En un encuesta reciente de Gallup, por primera vez más demócratas favorecen el socialismo sobre el capitalismo.


Al mismo tiempo, se está impulsando una nueva y amplia coalición bajo el rubro de la Campaña para los Pobres, resucitando 50 años después la última iniciativa de Martin Luther King para abordar no sólo el racismo, sino junto con ello, la injusticia económica y las políticas militaristas/imperiales de este país.


Otras fuerzas progresistas recientes (como hemos mencionado en las columnas previas) incluyen la Marcha por Nuestras Vidas, impulsado por estudiantes de preparatoria y sus aliados a nivel nacional contra la violencia de armas de fuego; Black Lives Matter, que se opone a la violencia oficial contra los afroestadunidenses; el movimiento contra la fallida guerra contra las drogas, la rebelión del magisterio en los estados mas conservadores que sigue sacudiendo a varios gobiernos estatales y locales, movimientos ambientales sobre cambio climático, así como en defensa de derechos indígenas a la tierra, el agua y otros recursos naturales; movimientos encabezados por mujeres como la Marcha de las Mujeres que se inauguro con una de las movilización de protesta más grande de la historia al llegar Trump a la Casa Blanca; hasta expresiones masivas contra el abuso sexual que ha sacudido las cúpulas políticas y empresariales (#MeToo y #TimesUp).


Como hemos argumentado en las últimas tres columnas, una nueva transformación nacional implica un cambio en la relación bilateral con Goliat. Para lograrlo, se necesita armar nuevas alianzas, y fortalecer las existentes, entre los David del sur y el norte.

 

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