Sábado, 28 Julio 2018 15:45

Para ampliar el canon de la producción*

Para ampliar el canon de la producción*

Como lo muestra la consolidación reciente de numerosos movimientos y organizaciones alrededor del mundo que luchan por una globalización contra-hegemónica, los varios siglos de predominio del capitalismo no han logrado disminuir la indignación y la resistencia efectiva contra los valores y prácticas que constituyen el corazón del capitalismo como sistema económico y forma civilizatoria. De hecho, la historia del capitalismo desde su surgimiento en lo que Wallerstein (1979) ha llamado el “largo siglo XVI” es también la historia de las luchas de resistencia y la crítica contra dichos valores y prácticas. Desde la lucha de los campesinos ingleses contra su incorporación forzada a las fábricas proto-capitalistas, después de la apropiación privada de las tierras comunales en el siglo XVIII, hasta las luchas contemporáneas de comunidades indígenas en la semiperiferia y la periferia contra la explotación de sus territorios ancestrales, pasando por los movimientos obreros de todo tipo, el capitalismo ha sido constantemente confrontado y desafiado.

Desafíos que han ido acompañados de una rica tradición de pensamiento crítico, desde el pensamiento asociativo de Saint-Simon, Fourier y Owen en Europa en el siglo XIX, hasta la reivindicación de un desarrollo alternativo o el rechazo mismo de la idea de desarrollo económico en la periferia y la semiperiferia en el siglo XX, pasando por la crítica marxista del capitalismo industrial que ha impulsado el debate sobre formas de sociedad más justas que sean alternativas viables frente a las sociedades capitalistas (Macfarlane, 1998). Al imaginar y luchar por sociedades donde la explotación sea eliminada, o por lo menos reducida drásticamente, las prácticas y teorías críticas del capitalismo, sumadas a otras cuyo blanco son otras formas de dominación, como el patriarcado y el racismo, han mantenido con vida la promesa moderna de emancipación social.

A comienzos del siglo XXI, la tarea de pensar y luchar por alternativas económicas y sociales es especialmente urgente por dos razones relacionadas entre sí. En primer lugar, vivimos en una época en la que la idea de que no hay alternativas frente al capitalismo ha ganado un nivel de aceptación que posiblemente no tiene precedentes en la historia del capitalismo mundial. En efecto, a lo largo de las dos últimas décadas del siglo pasado las élites políticas, económicas e intelectuales conservadoras impulsaron con tal agresividad y éxito las políticas y el pensamiento neoliberales que la idea tatcheriana según la cual “no hay alternativa” alguna al capitalismo neoliberal ganó credibilidad, incluso entre círculos políticos e intelectuales progresistas. En este sentido, las décadas precedentes reavivaron la “utopía del mercado auto-regulado” (Polanyi, 1957) que había sido dominante en el siglo XIX. A diferencia de lo sucedido en el siglo XIX, sin embargo, el resurgimiento de dicha utopía bajo la forma del neoliberalismo contemporáneo no fue acompañado por la reactivación simultánea de las luchas y el pensamiento críticos, que pasaron a la defensiva y debieron reinventarse y reorganizarse.

Pero esta situación ha empezado a cambiar en los últimos años con el resurgimiento del activismo por una globalización contra-hegemónica, que ha comenzado incluso a desarrollar formas de coordinación tales como la realización anual del Foro Social Mundial en Porto Alegre. Dado que, como el mismo Polanyi lo observó con claridad, las instituciones que encarnan la utopía del mercado auto-regulado “no podían existir por mucho tiempo sin aniquilar el material humano y natural de la sociedad [porque] habrían destruído físicamente al hombre y devastado su entorno” (1957: 3), la idea que no existen alternativas no podía predominar por mucho tiempo.

 

 

En vista de que la globalización neoliberal ha sido eficazmente puesta en tela de juicio por múltiples movimientos y organizaciones, una de las tareas urgentes consiste en formular alternativas económicas concretas que sean al mismo tiempo emancipatorias y viables y que, por tanto, le den contenido específico a las propuestas por una globalización contra-hegemónica.

En segundo lugar, la reinvención de formas económicas alternativas es urgente porque, en contraste con los siglos XIX y XX, a comienzos del nuevo mileno la alternativa sistémica al capitalismo representada por las economías socialistas centralizadas no es viable ni deseable. El autoritarismo político y la inviabilidad económica de los sistemas económicos centralizados fueron dramáticamente expuestos por el colapso de estos a finales de la década de los ochenta y principios de los noventa (Hodgson, 1999). Incluso quienes, contra la evidencia del autoritarismo y la inviabilidad de dicho sistema, mantenían la posibilidad de la alternativa al capitalismo (esto es, la alternativa socialista centralizada), han sido forzados a pensar en otros términos. Para quienes, como nosotros, los sistemas socialistas centralizados no ofrecían una alternativa emancipatoria frente al capitalismo, la crisis de dichos sistemas ha creado la oportunidad para recuperar o inventar alternativas (en plural) que apunten hacia prácticas y formas de sociabilidad no capitalistas. Estas alternativas son mucho menos grandiosas que la del socialismo centralizado, y las teorías que les sirven de base son menos ambiciosas que la creencia en la inevitabilidad histórica del socialismo que dominó el debate del marxismo clásico. De hecho, la viabilidad de dichas alternativas, por lo menos en el corto y mediano plazos, depende en buena medida en su capacidad de sobrevivir dentro del contexto del domino del capitalismo. Lo que se requiere, entonces, es centrar la atención simultáneamente en la viabilidad y en el potencial emancipatorio de las múltiples alternativas que se vienen formulando y practicando alrededor del mundo, que representan formas de organización económica basadas en la igualdad, la solidaridad y la protección del medio ambiente.

La insistencia en la viabilidad de las alternativas, sin embargo, no implica una aceptación de lo existente. La afirmación fundamental del pensamiento crítico consiste en que la realidad no se reduce a lo que existe. La realidad es un campo de posibilidades en el que caben alternativas que han sido marginadas o que ni siquiera han sido intentadas (Santos, 2000: 23). En este sentido, la tarea de las prácticas y el pensamiento emancipadores consiste en ampliar el espectro de lo posible a través de la experimentación y la reflexión acerca de alternativas que representen formas de sociedad más justas. Al mirar más allá de lo existente, dichas formas de pensamiento y práctica ponen en tela de juicio la separación entre realidad y utopía, y formulan alternativas que son suficientemente utópicas como para implicar un desafío al status quo, y son suficientemente reales como para no ser fácilmente descartables por ser inviables (Wright, 1998). El espectro de posibilidades resultante es mucho más amplio del que incluso muchos partidos y pensadores de izquierda han tendido a defender en los últimos años.

En América Latina, por ejemplo, una corriente influyente de la izquierda, cuyas ideas han sido condensadas en los trabajos de Unger y Castañeda1, tiende a ofrecer como alternativas sólo variaciones conocidas al sistema capitalista. En palabras de Castañeda, las opciones de la izquierda se limitan a promover el modelo capitalista con “las variaciones, regulaciones, excepciones y adaptaciones que las economías de mercado de Europa y Japón han incorporado a lo largo de los años” (1993: 514). Como lo mostraremos en el balance de los experimentos y las teorías económicas alternativas que ofreceremos más adelante, el predominio del capitalismo no reduce el rango de posibilidades a dichas variaciones.

Por el contrario, dicho rango incluye formas de concebir y organizar la vida económica que implican reformas radicales dentro del capitalismo basadas en principios no capitalistas, o que incluso apuntan a una transformación gradual de la economía hacia formas de producción, intercambio y consumo no capitalistas.

Cualquier análisis que, como el nuestro, intente subrayar y evaluar el potencial emancipatorio de las propuestas y experimentos económicos no capitalistas que se vienen haciendo alrededor del mundo debe tener en cuenta que, dado su carácter anti-sistémico, dichos experimentos y propuestas son frágiles e incipientes. Por esta razón, analizamos las alternativas desde una perspectiva que puede ser llamada “hermenéutica del surgimiento” (Santos, 2001), esto es, un punto de vista que interpreta en forma expansiva la forma como organizaciones, movimientos y comunidades se resisten a la hegemonía del capitalismo y se embarcan en alternativas económicas fundadas en principios no capitalistas. Esta perspectiva amplifica y desarrolla los rasgos emancipatorios de dichas alternativas para hacerlas más visibles y creíbles. Esto no implica que la hermenéutica del surgimiento renuncie al análisis riguroso y a la crítica de las alternativas analizadas. El análisis y la crítica, sin embargo, buscan fortalecer las alternativas, no minar su potencial.

Antes de adentrarnos en el análisis de las iniciativas y propuestas concretas, es necesario precisar los términos utilizados generalmente en las discusiones sobre estos temas. A falta de un mejor término, las prácticas y teorías que desafían el capitalismo son calificadas con frecuencia como “alternativas”. En este sentido, se habla de una globalización alternativa, de economías alternativas, de desarrollo alternativo, etcétera. Existen razones para cuestionar la conveniencia política y teórica de este adjetivo en cuanto calificar algo de alternativo es ceder de entrada el terreno a lo que se quiere oponer, que reafirma así su carácter hegemónico. Sin embargo, creemos que, antes que un cambio de lenguaje, lo que se requiere al comienzo de una indagación que busca teorizar y hacer visible el espectro de alternativas es formular la pregunta obvia: ¿alternativo frente a qué? En otras palabras, ¿cuáles son los valores y prácticas capitalistas que dichas alternativas critican y buscan superar? A pesar de la amplitud de esta pregunta que, de hecho, apunta a uno de los temas centrales de las ciencias sociales, esto es, la caracterización del capitalismo como fenómeno económico y social, una respuesta por lo menos somera es necesaria para clarificar el sentido del resto de nuestra exposición.

Las líneas de pensamiento crítico aludimos subraya tradicionalmente tres rasgos negativos de las economías capitalistas. 1) El capitalismo produce sistemáticamente desigualdades de recursos y poder. En la tradición marxista, el efecto que figura en el centro de las críticas es la desigualdad económica y de poder entre clases sociales. La separación entre capital y trabajo, y la apropiación privada de las utilidades actúan como motores de producción de ingresos desiguales y de relaciones sociales marcadas por la subordinación del trabajo al capital. Las mismas condiciones que hacen posibles la acumulación generan desigualdades dramáticas entre clases sociales al interior de cada país y entre países alrededor del sistema mundial. La tradición feminista, entre tanto, concentra sus críticas en la forma como las diferencias de clase refuerzan las diferencias de género y, por tanto, en la forma como el capitalismo contribuye a la reproducción de la sociedad patriarcal. Así mismo, las teorías críticas de la raza subrayan la forma como la opresión entre razas y la explotación económica se alimentan mutuamente.

2) Las relaciones de competencia requeridas por el mercado capitalista producen formas de sociabilidad empobrecidas, basadas en el provecho personal antes que en la solidaridad. En el mercado, el motivo inmediato para producir y para interactuar con otras personas es “una mezcla de codicia y miedo... Codicia, en tanto las otras personas son vistas como fuentes posibles de enriquecimiento, y miedo en tanto ellas son vistas como amenazas. Estas son formas horribles de ver a los demás, independientemente de que ya estemos acostumbrados a ellas como resultado de siglos de capitalismo” (Cohen, 1994: 9). Esta reducción de la sociabilidad al intercambio y al provecho personal está en el centro del concepto de alienación en Marx y ha inspirado críticas y propuestas contemporáneas que buscan expandir las esferas en las que el intercambio esté basado en la reciprocidad antes que en el provecho monetario, como las economías populares estudiadas por Quijano (1998) en América Latina, o disminuir la dependencia de las personas en relación con el trabajo asalariado, de tal forma que no sea necesario “perder la vida para ganarse la vida” (Gorz, 1997).

3) La explotación creciente de los recursos naturales alrededor del globo pone en peligro las condiciones físicas de vida sobre la tierra. Como lo han puesto de presente las teorías y movimientos ecologistas, el nivel y el tipo de producción y consumo requeridos por el capitalismo son insostenibles (Daly, 1996; Douthwaite, 1999). El capitalismo, así, tiende a minar los recursos naturales que permiten su propia reproducción (O’Connor, 1988). Contra el prospecto de la destrucción de la naturaleza, los movimientos ecologistas han propuesto una amplia variedad de alternativas, que van desde la imposición de límites al desarrollo capitalista hasta el rechazo de la idea misma de desarrollo económico y la adopción de estrategias anti-desarrollistas, basadas en la subsistencia y el respeto a la naturaleza y a la producción tradicional (Dietrich, 1996).

Por supuesto, en la práctica las críticas y las alternativas formuladas en vista de estos rasgos del capitalismo tienden a combinar más de una de las líneas mencionadas. Por ejemplo, el eco-feminismo promovido por los movimientos de mujeres en India articula la crítica y la lucha contra el patriarcado con la preservación del medio ambiente (Shiva y Mies, 1993). De forma similar, el cooperativismo busca no sólo la remuneración igualitaria de los trabajadores-dueños de las empresas cooperativas, sino también la generación de formas de sociabilidad solidarias basadas en el trabajo colaborativo y la participación democrática en la toma de decisiones de las empresas. Igualmente, propuestas tales como la creación de un ingreso mínimo universal acompañado de la disminución de la jornada laboral buscan no sólo establecer un nivel de bienestar material básico sino también liberar tiempo para el desarrollo de sociabilidades y habilidades diferentes a las requeridas por el mercado (Van Parijs, 1992).

El mapa de iniciativas y visiones económicas alternativas es muy variado. Ellos incluyen desde organizaciones económicas populares constituidas por los sectores más marginados en la periferia hasta cooperativas prósperas en el centro del sistema mundial. Sin embargo, al criticar e intentar superar en mayor o menor medida los rasgos del capitalismo señalados anteriormente, todos estos tipos de experiencias tienen en común el hecho que, si bien no buscan reemplazar el capitalismo de un solo tajo, sí intentan (con éxito dispar) hacer más incómoda su reproducción y hegemonía. Para esto, los múltiples tipos de iniciativas que incluimos en nuestro mapa crean espacios económicos en los que predominan los principios de igualdad, solidaridad o respeto a la naturaleza.

En virtud del primero, los frutos del trabajo son apropiados de manera equitativa por sus productores y el proceso de producción implica participación en la toma de decisiones entre iguales, como en las cooperativas de trabajadores. En virtud del principio de solidaridad, lo que una persona recibe depende de sus necesidades, y lo que aporta depende de sus capacidades. Así funcionan, por ejemplo, los sistemas progresivos de tributación y transferencias, cuyo establecimiento o defensa en el contexto de la globalización neoliberal constituye una propuesta alternativa al consenso económico hegemónico. En este principio están inspirados igualmente el movimiento de fair trade (comercio justo), mediante el cual el precio pagado por los consumidores de un producto en el Norte contribuye efectivamente a la remuneración justa de quienes lo producen en el Sur. En virtud de la protección al medio ambiente, la escala y el proceso de producción se ajustan a imperativos ecológicos, incluso cuando estos van en detrimento del crecimiento económico.

La escala de las iniciativas es igualmente variada. Las alternativas comprenden desde pequeñas unidades de producción locales como las cooperativas de trabajadores en barrios marginales en la periferia del sistema mundial hasta propuestas de coordinación macro-económica y jurídica globales que garanticen el respeto de derechos laborales y ambientales mínimos alrededor del mundo, pasando por intentos de construcción de economías regionales basadas en principios de cooperación y solidaridad.

En vista de semejante diversidad, las alternativas existentes varían mucho en su relación con el sistema capitalista. Mientras que unas (v.gr. las cooperativas) son compatibles con un sistema de mercado e incluso con el predominio de las empresas capitalistas, otras (v.gr., las propuestas ecológicas anti-desarrollistas) implican una transformación radical o incluso el abandono de la producción capitalista. Sin embargo, al estudiar estas iniciativas creemos que es importante resistir la tentación de aceptarlas o rechazarlas con un criterio simplista que mira exclusivamente si ellas ofrecen alternativas radicales frente al capitalismo, por dos razones distintas.

Por una parte, este criterio simple de (des)calificación encarna una forma de fundamentalismo de lo alternativo que puede cerrar las puertas a propuestas que, si bien surgen en medio del capitalismo, abren las puertas a transformaciones graduales en direcciones no capitalistas y crean enclaves de solidaridad en el seno del capitalismo.

Más allá de la vieja dicotomía entre reforma y revolución, de lo que se trata, como lo afirma Gorz (1997) es de implementar reformas revolucionarias, esto es, de emprender reformas e iniciativas que surjan dentro del sistema capitalista en que vivimos pero faciliten y le den credibilidad a formas de organización económica y de sociabilidad no capitalistas. Por otra parte, semejante criterio estricto de evaluación de las alternativas implica en últimas una hermenéutica del escepticismo, no del surgimiento, que termina por rechazar todo tipo de experimentación social, por estar contaminado por el sistema dominante. Dado que ninguna de las propuestas viables representa una alternativa sistémica al capitalismo (esto es, una alternativa de organización micro y macro-económica comprehensiva basada exclusivamente en valores de solidaridad, igualdad y protección del medio ambiente), las alternativas con las que contamos tienen relaciones directas o indirectas con los mercados locales, nacionales e incluso internacionales. En otras palabras, dado que sabemos cómo hacer funcionar una economía basada en el interés individual (esto es, basada en el mercado) pero no hemos aprendido cómo hacer funcionar una economía fundada en la generosidad (Cohen,1994), las iniciativas no representan nuevos modos de producción que reemplacen al capitalista.

Esto no les resta, sin embargo, relevancia ni potencial emancipador. Al encarnar valores y formas organizativas opuestas a los del capitalismo, las alternativas económicas generan dos efectos con alto contenido emancipador. En primer lugar, en el nivel individual implican con frecuencia cambios fundamentales en las condiciones de vida de sus actores. En segundo lugar, en el nivel societal la difusión de experiencias exitosas implica la ampliación de los campos sociales en los que operan valores y formas de organización no capitalistas. Vistas desde la perspectiva de una hermenéutica del surgimiento, estas experiencias guardan de hecho la promesa de transformaciones de escala mayor en la dirección de formas de sociabilidad y organización económica no capitalistas.

 

Bibliografía

Castaneda, J. (1993), La utopía desarmada. México, Editorial Joaquin Mortiz. Cohen, G. (1994), “Back to Socialist Basics”, New Left Review, 207(9/10): 3-16.
Daly, G. (1996), “Sustainable Growth? No Thank You.” en J. Mander y E. Goldsmith (eds.), The Case Against the Global Economy. San Francisco, Sierra Club Books: 192-196.
Dietrich, G. (1996), “Alternative Knowledge Systems and Women’s Empowerment”, N. Rao, L. Rurup e R. Sudarshan (orgs.), Sites of Change. The Structural Context for Empowering Women in India. New Delhi: Friedich Ebert Stiftung & United Nations Development Program, 335-363. Douthwaite, R. (1999), “Is it possible to Build a Sustainable World?” en R. Munck y D. O’Hearn (eds.), Critical Development Theory: Contributions to a New Paradigm. New York, Zed Books: 157-177.
Gorz, A. (1997), Miseres du présent. Richesse du possible. París, Editions Galilée. Hodgson, G. (1999), Economics & Utopia. New York, Routledge.
Macfarlane, L. (1998), Socialism, Social Ownership and Social Justice. New York, St. Martin’s Press. O’Connor, J. (1988), “Capitalism, Nature and Socialism: A Theoretical Introduction” en Capitalism, Nature, Socialism 1(1): 3-14.
Polanyi, K. (1957), The Great Transformation. Boston, Beacon Press.
Quijano, A. (1998), La economía popular y sus caminos en América Latina. Lima, Mosca Azul Editores.
Santos, B. (2000), A critica da razão indolente. Contra o desperdício da experiencia. Porto, Edicoes Afrontamento. (2001), “Can Law be Emancipatory?”. Artículo presentado en la Conferencia de Law & Society Association. Budapest, julio 2001.
Shiva, V. y M. Mies (1993), Ecofeminism. London, Zed Books.
Van Parijs, P. (ed.) (1992), Arguing for Basic Income. London, Verso.
Wallerstein, I. (1979), The Capitalist World-Economy. Cambridge, Cambridge University Press. Wright, E. (1998), “Introduction” en Erik Wright (ed), Recasting Egalitarianism. Londres, Verso: xi- xiii

 

 

* Extraído del capítulo introductorio de Boaventura de Sousa Santos (Org.), Produzir para viver. Os caminhos de produção não capitalista, Civilização Brasileira, Rio de Janeiro, 2002, con permiso de los autores (traducción facilitada por Boaventura de Sousa Santos). www.socioego.org
** Boaventura de S. Santos: Doctor en Sociología del Derecho. César Rodríguez: Abogado de la Universidad de los Andes.

1 Véase, el documento titulado “Una alternativa latinoamericana”, producido por un grupo de políticos latinoamericanos convocado por Unger y Castañeda (entre los que se encuentran los presidentes de Chile, Ricardo Lagos, y México, Vicente Fox) en Buenos Aires en noviembre de 1997 ( http://www.robertounger.com/alternative.htm ).

Autogestión. Errekaleor, una isla iluminada por el movimiento popular*

Fábricas a un lado y hectáreas de hierba al otro, tránsito de bicicletas y pocas personas a pie. Más adelante, unas rotondas que marcan la salida de Gasteiz. Tomando una de éstas a la derecha, una carretera sin apenas movimiento; 200 metros más adelante la primera de muchas fachadas con murales y el lema “You are now entering free Errekaleor”, emulando al barrio Bogside de la irlandesa Derry. Es Errekaleor, uno de los barrios ocupados más grandes de Europa.

Para entender la historia de esta singularidad alavesa y vasca merece echar la vista atrás. En la década de 1950, la población gasteiztarra prácticamente se duplicó debido a la expansión industrial de la ciudad y fue en ese contexto cuando se levantó una urbanización destinada a parte de esas personas trabajadoras. Un barrio que inicialmente se llamó “Un mundo mejor” y que años después tomó el nombre de “Errekaleor” (Río Seco) por el río que pasa por debajo de las casas.

De ese barrio era, entre otros, Romualdo Barroso, uno de los cinco obreros asesinados el 3 de marzo de 1976 en Gasteiz tras una asamblea obrera en el barrio de Zaramaga. Tenía 19 años. Las vecinas, año tras año y al igual que todo Gasteiz, le recuerdan con un emotivo acto en el cine del barrio, que ahora tiene su nombre.

Fue a comienzos del siglo XXI y coincidiendo con el desarrollo urbanístico del sur de la ciudad cuando se decretó el realojamiento de sus habitantes para la posterior demolición y reconstrucción de Errekaleor. Un realojamiento que las antiguas vecinas calificaron como “estafa”. “Me echaron de mi hogar porque necesitaban derribar el barrio y no lo han hecho”, denuncia Gabriel García, que residió con su hijo durante doce años en el barrio.

En septiembre de 2013, un grupo de estudiantes del campus de Gasteiz decidió ocupar el portal número 26. De esta manera, denunciaban los altos precios del alquiler en la capital alavesa y nacía un nuevo colectivo: Errekaleor Bizirik (Errekaleor Vivo). Año a año, el barrio comenzó a tener cada vez más habitantes mientras que el proyecto parecía consolidarse. El actual primer edil de Gasteiz, Gorka Urtaran (PNV), mantenía una postura ambigua afirmando que en el barrio no se podía vivir y más adelante tendiendo la mano a las que allí residían. Sería en el segundo año de vida de Errekaleor Bizirik cuando el barrio sufriría uno de los primeros golpes. 

 

La isla energética

 

En marzo de 2015, la Policía local cargaba en el barrio para que Iberdrola pudiese cortar la luz. Sería el anticipo del ataque más grande vivido por Errekaleor desde su ocupación, un hecho que llegaría dos años más tarde.

Durante la lluviosa mañana del 18 de mayo de 2017, la unidad de antidisturbios de la Ertzaintza tomaba el barrio para “facilitar” el trabajo de los técnicos de Iberdrola. Técnicos que habían sido llamados por el Departamento de Industria del Gobierno Vasco y que compartían una misma función: dejar a oscuras un barrio entero de Gasteiz. Pero este ataque, paradójicamente, tendría un efecto boomerang a pesar de efectuar el corte de luz.

Más de una docena de conciertos, una manifestación de más de 10.000 personas precedida por 14 columnas sectoriales. La respuesta dada durante las dos semanas posteriores al corte de luz marcó la agenda política y social de la ciudad. Y todavía quedaba el reto más importante: recaudar 100.000 euros para ser la isla energética soberana más grande de Euskal Herria. Tardaron 50 días en llegar a la cifra, pero consiguieron el objetivo con creces: el coopfunding consiguió reunir más de 108.000 euros.

Jon Crespo, militante del barrio, recuerda con emoción aquellos días posteriores: “Conseguimos ganar una batalla, ya que el objetivo de Urtaran era el derribo. La solidaridad y el compromiso lo frenó”. 

A día de hoy, Errekaleor es autosuficiente en lo que a energía se refiere. Un total de 270 placas suministran electricidad al barrio con una máxima producción de 70Kw. ¿Hubiese sido esto posible sin la intervención de la Policía Autonómica Vasca? Pese a pasar meses sin luz, con frío y una amenaza de derribo constante, el proyecto sigue creciendo: 120 personas residen a día de hoy en el barrio, dos de ellas han nacido en él y hay un total de siete niños y niñas. 

 

Gota a gota

 

A día de hoy es difícil conocer todos los proyectos en profundidad con una simple visita guiada. Llama la atención una inmensa huerta situada en la zona sur del barrio. Preguntando a nuestro anfitrión de qué modo consiguen mantenerla día a día, éste le da máxima importancia al hecho de que sea gestionada por personas que vienen desde fuera del barrio. Es decir, una huerta de uso comunitario que supera las fronteras de Errekaleor en el ámbito humano.

Otra herramienta que también atrae “forasteras” es la imprenta popular instalada en los bajos del centro social del barrio. A pesar de haber estado en stand by debido al corte de luz, media docena de máquinas hacen posible que los colectivos, a precios populares, puedan sacar sus carteles, octavillas o dossieres.

La panadería también ha funcionado a trompicones debido a la falta de suministro eléctrico. A pesar de ello, han conseguido repartir pan artesano por todo Gasteiz y ahora pretenden hacer un horno de leña.

Pero por encima de todo es la cultura la que florece en cualquier zona del barrio. Un bloque, un mural; entre ellos los de artistas conocidos como el italiano Blu o el valenciano Escif en la cara sur. En la zona norte, otro mural resume el espíritu de Errekaleor: “Auzo Boterea” (poder de barrio). 

Diferentes artistas han conseguido poner en marcha un local de ensayo para grupos locales tras meses de trabajo. Y uno de los sitios en los que podrán actuar es el propio gaztetxe de Errekaleor, la antigua iglesia convertida en el lugar de ocio y de debates políticos. 


Una utopía hacia dentro y fuera

 

En septiembre se cumplirá un lustro desde esa primera entrada al bloque 26. Un lustro que ha servido para crear y desarrollar alternativas. Pero “queremos más”, nos dicen nuestros anfitriones. Es por ello que ya tienen diversos objetivos en sus cabezas.

El hecho de que Errekaleor se encuentre en la periferia de la ciudad hace que uno de los principales retos sea el de la “permeabilidad con el resto de colectivos de Gasteiz”, explica Crespo. Una opción para ello está siendo la dinámica OkupaTU Gasteiz en la que cuatro colectivos de la ciudad comparten aniversarios: la radio libre Hala Bedi –35 años–, Gaztetxe de Gasteiz –30 años–, el frontón ocupado Auzolana –diez años– y los cinco años del propio Errekaleor.

El hecho de la “permanencia y perspectiva de vida en el propio barrio” es otro de los grandes objetivos. Diferentes edades, diferentes perspectivas… “No queremos que Errekaleor se ancle en algo juvenil”.

A pesar de la dificultad del reto, querrían crear condiciones para emanciparse del mercado actual: desde la alimentación y la energía, pasando por el ocio y los cuidados. “Deberíamos conseguir que la producción autogestionada no se mercantilice dentro del barrio, imperando así las relaciones no capitalistas entre las vecinas”, nos dice Crespo.

Con el objetivo de superar la “clásica relación de compraventa”, buscan fórmulas no mercantiles de puesta en común de lo producido, para así poco a poco no depender del trabajo asalariado fuera del barrio. Pretenden, de esta manera, construir relaciones entre vecinas en las que “impere el cuidado mutuo y el bienestar común”.

La legislatura actual terminará, probablemente, sin la irrupción de las excavadoras en Errekaleor. Las vecinas, por lo menos, están convencidas de que no habrá derribo alguno este año. En cuanto a las relaciones con el Gobierno local que salga de las próximas elecciones de 2019, no cambian su postura: “Seguiremos con la mano tendida a dialogar, pero de Errekaleor no nos moveremos”.

Seguro que es difícil explicar las 24 horas del día de un barrio en un solo artículo. De lo que no hay duda es de que, al igual que su vecino Romualdo, las errekaleortarras son ya parte de la historia. 42 años después, siguen peleando por “Un Mundo Mejor”.

 

* https://www.elsaltodiario.com/autogestion/errekaleor-una-isla-iluminada-por-el-movimiento-popular , 14/07/2018.

 

El socialismo como significante vacío en Estados Unidos

Pocas ideas tan connotadas, y más en EE UU, como socialismo. Sin embargo, su uso por parte de dirigentes como Bernie Sanders o Alexandria Ocasio Cortez ha logrado apelar a generaciones más jóvenes. ¿Qué otros significados puede guardar dentro esta palabra?

En la radio se oyen declaraciones de apoyo al socialismo democrático por parte de candidatos conversos, activistas, y mucha gente joven. Algunos dicen que el socialismo está conquistando el Partido Demócrata. Otros claman que en absoluto. ¿Qué significa este surgimiento del socialismo?

Mientras escucho, es obvio que al menos mucha gente defiende o está dispuesta a defender la justicia, una integridad sincera y empática, la sensatez ecológica, la capacidad de todo el mundo de vivir una vida plena, más educación y asistencia médica gratuitas para todos, entre otras políticas progresistas.


Esto es positivo pero no es nuevo. En cualquier momento de estos últimos cincuenta años, gran cantidad de personas hubiera dicho que estaban a favor de estos objetivos. Lo que sí es nuevo, gracias a Bernie Sanders [histórico senador socialista demócrata por el Estado de Vermont y candidato alternativo a Hillary Clinton en las primarias demócratas de 2016, N. del E.] y a los últimos cinco años de activismo, es que dichas personas ya no evitan la etiqueta socialista. Si se hubieran calificado de socialistas estos mismos valores hace diez años, y durante mucho menos tiempo, esta postura habría obtenido poco apoyo y provocado un estallido de indignación despectiva, mientras que, si se le hubiera llamado preocupación por la humanidad, progresismo, o lo que fuera, habría recibido tanto apoyo como hoy.


Otro de los cambios de sentido, menos semántico y mas sustancial, es que pocas personas con los mencionados valores sociales, progresistas y humanos toman como un evangelio indiscutible que todo el cambio que necesitamos es arreglar nuestras instituciones retirando a unas cuantas malas personas que las ocupan. Mucha gente rechaza no sólo el sexismo, el racismo y el autoritarismo sino también el capitalismo. Mucha gente rechaza las manzanas podridas pero también las instituciones podridas.


¿Hasta qué punto es importante esta creciente crítica sin tapujos y este rechazo abierto de las instituciones? ¿Desembocará en compromisos compartidos y generalizados a largo plazo lo suficientemente amplios como para sostener organizaciones participativas, de base, multi-estratégicas y multi-temáticas?


La izquierda sufre desde hace mucho de los búnkeres de los enfoques por separado. Los activistas opinan, de manera prácticamente universal, que las preocupaciones principales se cruzan e incluso se enlazan, y sin embargo pocos de los que se centran en cuestiones como la inmigración, la violencia contra las mujeres, la guerra, el feminismo, el racismo, el militarismo, las catástrofes climáticas, la contaminación, la distribución de la riqueza, la locura de los mercados, la violencia policial, las reformas electorales, u otras preocupaciones que valen la pena, defienden activamente no sólo su propia agenda, sino todas los demás ¿Por qué no ayudamos todos los objetivos de toda prioridad válida, no sólo de boquilla, sino con visión estratégica y compromiso constante?


Una de las razones es que no contamos con respuestas compartidas globales para contestar a la pregunta obvia: ¿qué queremos, no solamente hoy, sino a largo plazo? Un “ismo” podría ofrecer eso, así que ¿está el “socialismo democrático” a la altura? ¿Podría pasar de ser una simple invitación a un compromiso de unidad serio y tangible? ¿Nos ayudaría a aunar nuestras prioridades aisladas y a plantear con confianza objetivos que enriquezcan nuestra comprensión, generen esperanza y, como dice la expresión, planten las semillas del futuro en el presente?


Para conseguir todo esto, nuestra lealtad compartida necesita amplia sustancia institucional. Si rechazamos el sexismo, vale, pero ¿qué implica esto para el tipo de familias y sexualidad a las que aspiramos más allá de la igualdad material aportada y sostenida por otros cambios? Si rechazamos el racismo, vale, pero ¿qué implica esto para el tipo de interrelaciones culturales entre razas, nacionalidades e identidades étnicas a las que aspiramos más allá del progreso social aportado y sostenido por otros cambios? Si queremos acabar con el servilismo y la subordinación en el ámbito político, vale, pero ¿qué implica esto en la manera de plasmarlo en leyes, dirimir controversias e implementar programas compartidos más allá de la solidaridad aportada y sostenida por otros cambios? Y si rechazamos la explotación y la división entre clases sociales, vale, pero ¿qué implica esto a la hora de estructurar el trabajo y los centros de trabajo y de establecer la distribución de los productos, las recompensas, las responsabilidades y los costes más allá de la justicia aportada y sostenida por otros cambios?


Si el socialismo continúa siendo únicamente sinónimo de buenos valores y de políticas progresistas en el presente, conseguir que se apoye de manera más generalizada será un gran paso adelante, desde luego, y quizás esa sea la mejor manera de utilizar el término en estos momentos, pero, si es así, todos aquellos que anhelamos nuevas instituciones necesitamos un término más abarcador para un nuevo tipo de sociedad que no sólo mejore ciertos problemas, sino que acabe con sus causas estructurales y libere todo el potencial popular. Tendríamos que defender y celebrar la emergente tendencia socialista progresista, sin descartarla o denigrarla, al mismo tiempo que proponemos una perspectiva mas amplia y profunda para que, ojalá, siga avanzando. O, si el término socialismo debe ser la etiqueta de nuestro amplio conjunto de anhelos, entonces lo que expresa debe llenarse mucho.


Personas diferentes tienen ideas diferentes sobre la sustancia extra necesaria. Yo estoy a favor de algo llamado sociedad participativa o, si resultara más convincente que excluyente, socialismo participativo. En muy resumidas cuentas, sea cual sea el término elegido, a mi parecer debería contener: afinidad feminista y relaciones de género que enfaticen que hombres y mujeres no sólo tengan iguales derechos y oportunidades, sino también roles tanto de autoridad como de cuidado en la vida social; intercomunalismo racial, étnico y de cualquier otro tipo que haga prevalecer el acceso de todos a los medios necesarios para crear y alimentar lazos y compromisos culturales de su propia elección; políticas participativas que incluyan autogestión colectiva a través de asambleas desde el barrio a todos los niveles de la sociedad , así como renovados vínculos ejecutivos y legales; además de sistemas económicos participativos que incluyan consejos de empresas e industria federados, remuneración equitativa, una nueva división del trabajo que acabe con las jerarquías duras y planificación participativa en vez de planificación de los mercados o planificación centralizada.


Pero a lo que me estoy refiriendo ahora no es a cuál debería ser la sustancia de un necesario “ismo”, ya sea la recién expuesta u algo más, sino a que la sustancia debería ser mucho más sustancial que cualquier cosa que ahora sea ampliamente apoyada, lo cual significa que incluso cuando los activistas se oponen al vil trumpismo o defiendan el loable sanderismo, se le llame socialismo o no, deberíamos proponer, explorar y debatir de manera conjunta, activa e inclusiva para llegar a una visión compartida y comunicable de lo que apoyamos mucho más sustancial.


Fuente: Znet
Traducción: Tomás Pereira Ginet

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Domingo, 22 Julio 2018 08:15

Silencios que matan

Silencios que matan

Sin ética la izquierda no es nada. Ni el programa, ni los discursos, ni siquiera las intenciones tienen el menor valor si no se erigen sobre el compromiso con la verdad, con el respeto irrestricto a las decisiones explícitas o implícitas de los sectores populares a los que dice representar.

En este período en el que todos los dirigentes de la izquierda se llenan la boca mentando valores, resulta muy significativo que se queden apenas en el discurso. La ética se pone a prueba sólo cuando tenemos algo que perder. Lo demás es retórica. Hablar de ética o de valores cuando no hay riesgos, materiales o simbólicos, es un ejercicio hueco.


Todos recordamos la gesta del Che en Bolivia, cuando en vez de ponerse a salvo de las balas enemigas retornó al lugar del combate para ocuparse de un compañero herido, sabiendo que era más que probable que perdiera la vida en esa acción, sin ningún sentido militar pero rebosante de ética.


Ante nosotros tenemos la segunda oportunidad de que la izquierda latinoamericana se redima de todos sus “errores” (entre comillas porque se abusa del término para encubrir faltas más serias), condenando la masacre que están perpetrando Daniel Ortega y Rosario Murillo contra su propio pueblo. La segunda, porque la primera sucedió dos décadas atrás, cuando la denuncia de Zoilamérica Narváez, la hijastra de Ortega, al denunciar abusos sexuales de su padrastro.


El silencio actual de las principales figuras de la izquierda política de la región y de la izquierda intelectual lo dice todo. Un extravío ético que anuncia los peores resultados políticos.


Culpar al imperialismo de los crímenes propios es absurdo. Stalin justificó el asesinato de sus principales camaradas porque, dijo, le hacían el juego a la derecha y al imperialismo. Trotsky fue asesinado vilmente en 1940, cuando su prédica no podía en modo alguno poner en peligro el poder de Stalin, que en esos años contaba con el visto bueno de las elites mundiales para contener al nazismo. ¿Cómo puede ilusionar a los jóvenes una política que se para sobre una alfombra interminable de cadáveres y de mentiras?


¿Cómo pudo José Mujica guardar silencio durante tantos meses –mientras en Nicaragua morían cientos de jóvenes, y ante la carta abierta de Ernesto Cardenal– hasta pronunciar al fin algún tipo de crítica a Ortega? ¿Cómo pueden algunos connotados intelectuales latinoamericanos justificar la matanza con argumentos insostenibles o con un silencio que los convierte en culpables? ¿Qué los lleva a pedir la libertad de Lula sin revolverse contra el gobierno de Nicaragua?


En este período tan negro para la izquierda –como aquel de los juicios de Moscú, que liquidó todo vestigio de libertad en la Unión Soviética– es necesario rascar hasta el fondo para encontrar explicaciones. A mi modo de ver, la izquierda pasó de ser la fuerza social, y política que pugnaba por cambiar la sociedad a resecarse apenas como un proyecto de poder. No “el poder para”, sino el poder a secas, el tipo de relaciones que aseguran la buena vida para la camarilla que lo detenta.


Fue a través de la lucha por el poder y la defensa de éste que la izquierda se mimetizó con la derecha. Hoy se argumenta con la lucha contra el neoliberalismo como excusa para no abrir fisuras en el campo de la izquierda, con la misma liviandad que antes se argumentaba la defensa de la Urss o de cualquier proyecto revolucionario.


Pocos pueden creer que entre 1937 y 1938 hubiera un millón y medio de rusos aliados a las potencias occidentales (todos miembros del partido), que fue la cifra de condenados por la gran purga de Stalin, de los cuales casi 700 mil fueron ejecutados y el resto condenados a campos de trabajos forzados. Si ese es el precio a pagar por el socialismo, habrá que pensárselo dos veces.


Estamos ante un período similar. Los progresismos y las izquierdas miran para otro lado cuando Evo Morales decide no respetar el resultado de un referendo, convocado por él, porque la mayoría absoluta decidió que no puede postularse a una nueva reelección. No quieren aceptar que Rafael Correa es culpable de secuestro en el “caso Balda”, ejecutado por los servicios de seguridad creados por su gobierno y supervisados por el presidente. La lista es muy larga, incluye al gobierno de Nicolás Maduro y al de Ortega, entre otros.


Lo más triste es que la historia parece haber transcurrido en vano, ya que no se extraen lecciones de los horrores del pasado. Sin embargo, algún día esa historia caerá sobre nuestras cabezas, y los hijos de las víctimas, así como nuestros propios hijos, nos pedirán cuentas, del mismo modo que lo hacen los jóvenes alemanes increpando a sus abuelos sobre lo que hicieron o dejaron de hacer bajo el nazismo, escudados en un imposible desconocimiento de los hechos.


Será tarde. Son los momentos calientes de la vida los que moldean actitudes y definen quiénes somos. Este es uno de esos momentos, que marcará el porvenir, o la tumba, de una actitud de vida que desde hace dos siglos definimos como izquierda.

 

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Redes solidarias en Grecia ante la xenofobia europea

En la isla de Quíos,1800 refugiados sobreviven gracias al trabajo voluntario mientras Europa construye nuevos centros de detención.

 Desde Isla de Quíos

En Grecia es la ciudadanía quien sigue buscando soluciones para una situación que la desborda y ante la cual las autoridades dan sistemáticamente la espalda. A solo 7 kilómetros de la costa turca, la isla de Quíos es un popular destino para turistas pero también para las precarias embarcaciones despachadas por las mafias con centenares de personas desesperadas por cruzar a Europa. En el verano de 2015, cuando la gran ola migratoria llegó a las costas del Mar Egeo, una media de 30 botes al día atracaban en Quíos. Luego la afluencia disminuyó con el acuerdo entre la Unión Europea (UE) y Turquía –en marzo del 2016– para la deportación a este país de quienes entraran de forma irregular a las islas griegas a cambio de 6.000 millones de euros para el gobierno de Recep Tayyip Erdogan. Pero, pese a que el “acuerdo de la vergüenza” redujo –según datos de la Agencia de fronteras de la UE (Frontex)– en un 80% la llegada de migrantes con respecto al 2017, cientos de personas siguen desembarcando en las islas del Egeo, donde más de 13 mil refugiados malviven atrapados en campos de “recepción” con capacidad para 6300.


Quíos es uno de los llamados “hotspots”, es decir que dispone de instalaciones oficiales para el alojamiento y registro de quienes llegan en busca de asilo. El campo de Vial, en el interior de la isla, acoge a 1850 personas- aunque está preparado para 900- y es ahora, junto con los pisos de Acnur que alojan a alrededor de 500 personas, el único espacio reservado para los refugiados luego del cierre de otro campo –Souda– que se ubicaba en las afueras de la ciudad de Quíos. Gestionado por el Ejército y el gobierno heleno, el centro de detención Vial es una inmensa superficie blindada por alambre de púa que esconde del mundo cientos de contenedores y miles de carpas superpobladas por gente sometida a la miseria y la desesperanza.


El laberinto burocrático en el que entran los solicitantes de asilo al pisar suelo europeo los atrapa por tiempo indeterminado, con causas indeterminadas. Por eso el punto de información del campo colapsa cada mañana, con cientos de personas abalanzándose sobre sus ventanillas en busca de respuestas. “Why am I here?” es el grafiti más repetido en las paredes de Vial. “Para algunas nacionalidades, como la siria, el proceso es incluso más lento que para el resto: hasta 18 meses están tardando en dar la entrevista con la Oficina Europea de Asilo, lo cual es solo el primer paso”, alertan Zoe y Sonya, abogadas de la organización Choose Humanity que brinda asesoramiento jurídico gratuito para los refugiados en Quíos. “Después de la primera entrevista, a algunos los deportan a Turquía y a otros nos mandan a una segunda cita con el Servicio Griego de Asilo para empezar los trámites, que duran un promedio de dos años”, explica por su parte Ali, un joven de Irán que llegó a Quíos en 2016 después de pagar 6 mil euros a un traficante y ahora, tras su paso por los campos de Souda y de Vial –que describe como “el infierno”– viaja a Atenas con el ansiado papel azul que lo autoriza a salir de la isla.


Las personas en busca de asilo no solo siguen llegando –y lo seguirán haciendo mientras las guerras no se detengan– sino que, forzados en la mayoría de los casos, se quedan. Migrantes y locales coinciden en que la situación no solo no se alivió a lo largo de estos tres años –como insisten en afirmar desde la UE– sino que está visiblemente peor a causa del bloqueo en las islas provocado por el pacto con Turquía y la inacción gubernamental. “Yo entiendo que cuando esto empezó nadie estuviera preparado para afrontarlo correctamente pero ahora, tres años después,
¿cómo es posible que todavía tengamos gente durmiendo en carpas?”, se pregunta, indignada, Toula, fundadora de CERST, uno de los mayores grupos de ayuda de la isla.


“Todo esto cayó en medio de nuestra peor crisis económica, el gobierno griego no se pudo hacer cargo. No espero nada de ellos”, admite esta mujer de Quíos que decidió, ante la inacción de las instituciones, tomar las riendas del asunto. “No solo ellos no nos ayudan sino que somos nosotros quienes los ayudamos a ellos. La Administración no tiene nada y espera todo de los voluntarios”, explica. Chios Eastern Shore Response Team (Cerst) es el nombre que Toula y sus entonces pocos compañeros de misión eligieron para dar entidad formal a algo que, en su origen, no lo tenía en absoluto. Lo que ahora es una organización con tres espacios diferentes de trabajo y un promedio de veinte voluntarios por semana, al empezar era ayuda espontánea de isleños que, como dice Toula, actuaban “de corazón”. Esta mujer de 43 años dormía cuando escuchó gente gritando y niños llorando, salió a ver qué pasaba y se encontró con la nueva realidad de la isla. Abrió tres habitaciones del hotel que regenta en un pequeño pueblo del sur de Quíos y allí los alojó. “Les di lo que tenía, al igual que todos los locales, yo no hice nada extraordinario”, matiza Toula. Era octubre de 2015, tres meses más tarde de las primeras llegadas masivas de migrantes, cuando el frenesí de la temporada turística se calmaba y en Quíos la gente empezaba a entender que algo grave sucedía en la isla, en el mundo.


Facebook fue el gran empujón para los locales que corrían de punta a punta de la costa atendiendo con ropa, comida y agua a los tripulantes de los endebles botes. Gracias a la red social, los isleños pasaron de estar solos frente a la emergencia, a estar apoyados por cientos de personas de todo el mundo; y de la ayuda espontánea, pasaron a la organización. En enero de 2016 Toula finalmente fundó Cerst y otras ONG se instalaron en Quíos, creando una red de cooperación que a día de hoy persiste. El trabajo en ese momento consistía en la distribución de ropa y comida proveniente de donaciones, pero luego el equipo amplió su tarea a la enseñanza de lenguas, el cuidado de niños, la higiene y la asistencia en los desembarcos.


En el interior de la isla, a una media hora a pie del campo de Vial, una hermosa casona de piedra alberga el Centro de idiomas, donde un promedio de sesenta personas asiste cada día a clases de griego, francés, inglés y alemán. Los profesores son voluntarios que se comprometen a una estancia mínima de dos meses para garantizar el seguimiento de los alumnos y el espacio también cuenta con una cocina, una biblioteca con servicio de préstamo y una acogedora sala de lectura. Muy cerca de allí, rodeado de campos de papas y olivos, Cerst estableció Hope, un espacio para dotar a los habitantes del campo oficial de duchas, ropa limpia y peluquería, a la vez que un área de juegos y merienda para los chicos. El predio de Vial dispone de 25 duchas para las 1700 personas allí alojadas y 1,5 litro de agua para beber por día, a temperaturas que rozan los 35 grados. “Las condiciones en el campo son espantosas, la comida que nos dan nos cae mal, todo está lleno de basura y hace muchísimo calor”, denuncia Mohammed, mientras espera que su mujer y su hija acaben de arreglarse en Hope. “También es insuficiente la asistencia sanitaria, los médicos pagados por el Estado no dan abasto y a mí, por ejemplo, me hicieron esperar cuatro horas con una quemadura de primer grado en el brazo”, relata este hombre sirio que lleva seis meses en el campo de Quíos. Otra área fundamental en la labor de este equipo es la asistencia en los desembarcos que, cuando el viento es leve, pueden ser diarios. Cuando un bote llega a la costa, la policía le avisa a Salvamento Marítimo Humanitario –organización vasca que socorre voluntariamente desde 2015 en los rescates– y ellos a Cerst, que cuenta con una caseta en el puerto preparada para atender a las personas que llegan generalmente en medio de la noche, con hambre y frío. “Lo primero es que un traductor les explique lo que está pasando y quiénes somos nosotros. Luego les preparamos un pack de ropa, comida y agua a cada uno o los atendemos en caso de hipotermia”, explica Ruben, coordinador del equipo, durante el entrenamiento a los nuevos voluntarios.


Aunque mayoritariamente la población de Quíos respondió con solidaridad al desatarse la crisis humanitaria, hay grupos que también se muestran furiosos ante la llegada de inmigrantes, sobre todo a partir del acuerdo entre la UE y Turquía, que los bloquea en la isla por tiempo indeterminado. A pocos metros de la entrada del campo de Vial, un grupo de locales puso un puesto con las fotos de los grandes líderes europeos diciendo “no los queremos” y el objetivo de impedir al gobierno la entrada de nuevos containers para albergar a más refugiados. La idea es hacer turnos y cubrir las 24 horas, los siete días de la semana, amparándose en que no es legal la zona exterior del campo donde se encuentra la mayoría de las carpas y, por consiguiente, en que están en su pleno derecho. Pese a esto, existen todavía en Quíos mucha gente que no se doblega y, además del ejemplo de Toula otras personas persisten en su labor solidaria. Kostas es el dueño de un restaurante a primera línea de playa que también salió en su día al rescate de las barcas que llegaban de a cientos y que luego en febrero del 2016, cuando se conformó el campo de Souda en la capital de la isla, creó una cocina en la que preparaban 1500 raciones de sopa al día para repartir gratuitamente entre sus pobladores. En la actualidad, la comida en el campo oficial corre a cargo del Ejército pero Kostas sigue alimentando a los voluntarios de tres organizaciones humanitarias, un centro de menores no acompañados y a los locales sin recursos, “porque no nos olvidamos de toda la gente griega que también pasa graves necesidades”, apunta Kostas, remarcando la severa crisis económica que su país todavía padece.


“Si los voluntarios no hubieran venido a Quíos y Lesbos, las cosas serían ahora todavía mucho peores. Estoy muy contenta y orgullosa”, recalca la fundadora de Cerst. Jóvenes que en sus países de origen trabajan en ONG o participan desde hace tiempo en diferentes proyectos humanitarios, profesionales que abandonan temporalmente sus oficinas, estudiantes que- desde Singapur hasta Toronto- son conscientes del injusto trato que reciben en Europa las personas que huyen de la barbarie, jubilados que brindan su experiencia para detectar los fallos de la inexperiencia y buscar nuevas soluciones... Voluntarios de todas las edades y procedencias dan lo mejor de sí para intentar que la crueldad no sea tanta. “A mi padre le pasó lo mismo, él se tuvo que ir a Australia porque no tenía ni para comer. Se fue sin zapatos en barco. Por eso entiendo lo que está pasando, no es algo nuevo”, recuerda Toula. Lo que, en todo caso, no vivieron los millones de migrantes europeos en América u Oceanía es el cierre sistemático de fronteras y el desprecio que la Unión Europea muestra hacia quienes llegan de países devastados, ratificado esta semana en la cumbre de los 28 en Bruselas.

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La Minga: aprender  el significado de dar

“No se puede tener algo como respuesta,
si no hubiera
una pregunta antes.
Por eso tantas cosas claras permanecen
sin ser vistas,
como si no existiesen”.

Ernst Bloch

 

Antes del amanecer, desayunamos con papaya y banano de la región. Un pediatra nos enseñó un día las virtudes de la fruta como primer alimento para sanar las gastritis. Subo al espacio de labor con la palabra y reúno los libros, los apuntes, las pelis, las fotocopias de textos e imágenes recogidas desde hace años y que contienen las ideas, las intuiciones, algunas de las claves para las fugas colectivas de un sistema económico de alcances planetarios que represó hasta umbrales impensados la energía creadora de la humanidad.

Los textos revelan que este sistema económico fundado en el egoísmo miope y ciego engendró una vida cotidiana repleta de miedos, angustias, engaños, neurosis y ferocidad. La codicia condujo, por ejemplo, a promover el despilfarro de la energía del petróleo que tomó millones de años en formarse. En apenas 150 años el petróleo está a punto de agotarse debido a una movilidad demencial centrada en el uso indiscriminado del automóvil particular. El mundo fue inundado de autos con las cabezas de publicidad asociando el auto al poder, al status social y a la conquista de la mujer o a su liberación. Y las petroleras recurrieron a todas las vías: operaciones encubiertas, magnicidios, golpes de estado, sobornos, guerras, para tomar el control de las regiones petrolíferas. El despilfarro de la energía del petróleo detonó el calentamiento global.


Contrario a esto, en varios de los emprendimientos de la red de permacultura del Tequendama caminamos, usamos el transporte público, algunos usan bicicleta, o auto compartido para los viajes a Bogotá.

La ley de la ganancia individual y la acumulación sin medida por cualquier medio condujo a la conversión de los seres humanos en zombies adiestrados para producir dinero, máquinas para competir y vencer en la economía del más fuerte, y robots para consumir al ritmo de la publicidad.

En esta nueva jornada, la minga será donde David, en la parte alta de la montaña que reúne las veredas de San Cayetano y de Laguna Verde. Me alegra que sea allí pues está cerca y el sendero que conduce al terreno por él habitado es de belleza excepcional. La caminata es a través del bosque húmedo tropical, y buena parte del trecho se realiza en compañía de un arroyuelo de aguas de pureza originaria que desciende con su rumor balsámico hacia los cauces que terminan por llegar al Yuma (1).

No es difícil darse cuenta de los efectos enloquecedores de la atmósfera de las mega urbes. En Bogotá el absurdo cotidiano y el ruido destrozan los nervios; los trancones o atascos agotan la paciencia; el aspecto desolador del reino del concreto y el asfalto, y las imágenes tremendas de la miseria y la degradación humana, arrojan al piso los ánimos y aniquilan la esperanza. El aire fue convertido en una nube tóxica que envuelve la ciudad día y noche. Desde las montañas se contempla la densa nube gris.

Al subir por los senderos de estas montañas que unen a Cachipay con Zipacón, y contemplar esta vegetación exuberante se agradece la vida. El cuerpo lo sabe antes que la mente: por el aire vivificante que respira, por el sudor que saca fuera los venenos que la ciudad acumula, por la polifonía matinal alegre de los cantos de diversas aves y de los gallos que saludan el amanecer. Por la belleza de la silueta de los árboles que se perfilan mejor a cada instante con la inundación de la luz que trae el nuevo día, y por el buen ánimo y el tipo de pensamientos que llegan a tu conciencia.

El trabajo en casa de David será exigente. Hay que preparar una mezcla de tierra, paja y estiércol para levantar una de las paredes de la casa que edifica. David vive bajo un techo sin paredes en compañía de cuatro perros que ama. Pienso en él cuando arrecian los tremendos aguaceros de este prolongado invierno. La otra tarea que nos asigna es bajar muchas guaduas de varios metros de largo, pesadas, desde la carretera hasta su casa, cavar una zanja al lado oriental de la carretera para evitar que el agua se empoce y afloje la tierra, amenazando con venirse encima del refugio que, poco a poco, levanta en la parte de abajo de la falda de esta área de la montaña.

Ilustración: Manuela Yaya.

 

Hoy ha venido a la minga Guillermo, un joven de la Argentina que ha vivido una larga temporada en la Sierra Nevada de Santa Marta aprendiendo y colaborando con los Kogis, los Arhuacos, los Kankuamos y los Wiwas. Su acento es muy singular y causa gracia porque fusiona en su habla y expresiones el mundo de la pampa del sur con el acento de la costa caribe. Con su muy buen humor y su talento musical, Guillermo adereza con la risa la labor conjunta.

También ha llegado Juan Carlos, hombre mayor de ascendencia vasca. Muchos años en el mundo de la televisión con el oficio de la escenografía, hasta que decidió venirse con su compañera de ese tiempo a un bello paraje cerca de El Ocaso. Juan Carlos comparte con David la extraordinaria habilidad para construir y reparar máquinas normales e insólitas. David tiene un jeep con el que colabora sin cobrar con todos sus vecinos pues en esta zona el transporte público es escaso y costoso. No hay tuerca, alambre o arandela que desechen porque todo puede ser útil en algún momento. Además, Juan Carlos tiene el talento de la fotografía, ha reunido un extraordinario registro de la vida sutil que albergan estas montañas y ha aportado a la minga bellas imágenes, en blanco y negro, de su discurrir.


Arnulfo, el hacedor del bello jardín de El Ocaso, también ha llegado con sus lechugas sin par para la ensalada del medio día, y su buen ánimo dispuesto. Es un minguero formidable. Un tremendo trabajador. También han llegado Leo, el maestro de música, y Manuela, que elabora los dibujos y pinturas de la minga, y me alegra continuar con ella las charlas que iniciamos sobre el modelo patriarcal en la vida cotidiana.

Todos los integrantes de la red compartimos, en mayor o menor medida, la imposibilidad, hasta ahora, de la auto sostenibilidad de los territorios. Con las condiciones imperantes, lo que se produce en los diversos espacios no alcanza para los requerimientos de construcción de viviendas o el cubrimiento de los gastos de cada espacio. El tema de la economía rural sostenible es crucial por muchas razones. No es casual que fuese el primer tema de los puntos de la paz acordada hace muy poco tiempo. Desde la Colonia el campo ha sido escenario de violenta extracción de la riqueza y abandono de sus habitantes. Y en la economía rural sostenible habita la posibilidad de un rumbo de vida alterno al curso devastador imperante en la tierra.

Sin embargo, ahora prevalece el absurdo en muchas regiones: varios productores llevan productos regionales a Corabastos, lo que les significa tiempo y dinero para su desplazamiento, además de arriesgar que sus productos se estropeen. Los comerciantes de la plaza de mercado del pueblo compran lo que venden sus pares de la plaza de Corabastos en Bogotá, y cargan con ellos de nuevo para el municipio, con un sobrecosto que no tiene sentido. Como se ve, todo podría ser más sencillo, más barato, de mejor calidad, con menor impacto ambiental, de ponerse en marcha sistemas más amables de intercambio y mercadeo, sistemas construidos desde parámetros de bienestar común e individual, y no como el actual, desde la lógica excluyente del beneficio individual. Y así muchos enfrentan la angustia de lo que no se vende, la venta para que no se pudra, el poder del mayorista.

Claro, nada de esto ha surgido por azar. Con la revolución industrial se impuso en el mundo una idea de desarrollo y crecimiento destructiva. Una idea que ignora los delicados equilibrios de la biosfera y los límites físicos del crecimiento cuantitativo de la producción. El éxito fue enseñado como la capacidad de acumular la mayor cantidad de dinero posible. Entre más dinero acumulado en menor tiempo, más éxito. Con esa norma de valor, no es difícil imaginar la calidad de mundo engendrado.

Pero el modelo global tropieza cada vez más con múltiples experiencias que aportan para su desarticulación: pequeñas, medianas, o grandes. La red de permacultura del Tequendama, experiencia germinal, labora en la creación de un mercado en el que lo producido se asume de modo diferente a la valoración establecida por el sistema económico dominante. En los territorios de la red se aprecia como algo que no tiene precio la producción orgánica cada vez más demandada por quienes cuidan su salud o precisan restablecerla.También se estima como algo que no tiene precio la producción sin explotar el trabajo de los otros. El trueque y la moneda alternativa: los ibis, sirven para facilitar los intercambios en los que Carolina, Leslie, Melissa, Anna, Zarabanda, Carlos Andrés, Girasol, Adrián, Juan, Astrid, Manu, entre otros, logran que no falte el café, la quinua, las cremas de cálendula, máscaras en papel para niños, aceite del árbol de tree, aguacates, naranjas, mandarinas, plántulas, mandarinas, libros y videos, mermeladas, jabones, shampoos, y cremas dentales artesanales.

Es una experiencia de creación cotidiana que brota del anhelo de vivir mejor y abandonar poco a poco las lógicas destructivas de un modelo social, económico y político, que encuentra su fuerza en aislarnos unos de otros, y en la ceguera que nos impide ver lo mucho que puede hacerse con poco cuando de verdad queremos cooperar, cuidar y sanar la tierra. Se trata de aprender a ver que uno más uno es mucho más que dos, que con poco, aún entre pocos, también podemos hacer mucho. Y que en cada proceso y experiencia todas y cada una de las personas que llegan tienen un lugar, y aunque aún no lo sepan, traen algo, un saber, una experiencia de vida, con la cual pueden aportar a resolver las dificultades y urgencias que trae cada minga.

Esto lo comprobamos, una vez más, en nuestra última minga, a la cual también llegaron Dario y Laura, quienes leyeron en desdeabajo el artículo sobre esta experiencia (2) y quisieron conocerla. Darío está cercano a los cuarenta años, nació en Bogotá en una familia de altos ingresos económicos, y Laura nació en Cajicá y acaba de cumplir treinta años; una mujer de excepcional belleza con sus rasgos mestizos y ancestros muiscas.

Mientras iniciamos la labor de acarrear las guaduas, Guillermo baja por el sendero con varias de ellas atadas a un lazo. Desciende con la agilidad temeraria de una cabra entre los montes. En medio de la atmósfera fraterna y la confianza que germina, Darío se anima a compartirnos una parte bestial de la historia de su vida. Siendo un niño de diez años conoció, por un compañerito de barrio las substancias que llamamos “drogas duras”. Se hundió por una larga temporada en los infiernos de la adicción. Otro tanto le ocurrió a Laura, por su hermana mayor que escondía el polvo blanco y Laura lo tomaba creyendo que eran kipitos –una golosina–. Después de vivir varios años en los laberintos de la adicción temprana, el amor de Laura se convirtió en el sortilegio para sacar a Darío de la espiral destructiva. Fueron pareja, pero ya no lo son. El sigue amándola en lo más profundo de su ser, pero respeta aún más en lo profundo la libertad de ella. Antes de conocerse con Dario, Laura había encontrado su propia ruta de escape del infierno adictivo en su pasión invencible por el teatro. En un portal de su vida encontró un maestro que le echó una mano en abrir la conciencia hacia su talento actoral y de allí se agarró como se agarra alguien a una liana en medio del abismo. El goce creador es un deleite más potente que cualquier droga. Y si se da en un entorno natural y colectivo armónico, o al menos respetuoso, se reconstituye la conexión interior con la vida y su cuidado.

Su relato permite que intervenga otro participante de la minga que recién ha llegado y al que algunos llaman “profe”. Guillermo intenta que no intervenga temiendo la extensión de su palabra, pero no tiene suerte y el “profe” nos invita a todos a pensar en el descomunal daño que hemos experimentado como nación con la imposición de la falsa “guerra contra las drogas” que nos convirtió en una narco-economía.

Una economía al servicio de la banca internacional por los volúmenes colosales de lavado de activos, y funcional a los aparatos de seguridad del poder planetario, que con la falsa “guerra contra las drogas” tienen una excusa perfecta para intervenir en países como el nuestro, con el pretexto de defender a sus jóvenes de los monstruos del narco, pero en realidad para asegurar el dominio de las zonas petroleras, financiando los escuadrones paramilitares encargados de contener los procesos de democratización con el narcotráfico que dejan funcionar. Y de paso, lucrando a sus corporaciones militares privadas y fabricando mercenarios con costos bajos para sus otros teatros de guerra.

Fuimos transmutados así –dice el profe– en una parcela de espanto en el mercado mundial. Todavía, a pesar del horror sufrido, las formaciones políticas ligadas a los beneficios de la falsa “guerra contra las drogas” aterrorizan a la población con la farsa de que con la no penalización de la dosis mínima sus hijos serán víctimas de las “drogas”. Proponen entonces lo que ha fracasado de modo absoluto: penalizar la dosis mínima y tratar a los usuarios o a los adictos como delincuentes.

Como no les interesa que la gente comprenda lo que sucede en el universo de lo que llaman “drogas”, toda la comunicación masiva la reducen a la dimensión espectacular de la captura de un cargamento, o a la adicción de una estrella famosa a la cocaína, pero no aclaran la conciencia de las personas con las diferencias entre las substancias, con los orígenes de la embriaguez que los seres humanos han procurado de diversas maneras durante miles de años, con la diferencia entre el uso y el abuso, y entre el uso y la adicción. No esclarecen la forma cómo la persecución selectiva de algunos tráficos sirve para ocultar lo que ocurre: que hay tráficos autorizados porque pagan coimas de valor creciente –según el nivel de mando de la autoridad cómplice–.

El “profe” continua: Con la falsa “guerra contra las drogas” terminamos siendo conducidos a proveer cocaína al mundo, y bazuco a amplias franjas de nuestra población. Las condiciones de ilegalidad engendran la necesidad de organizaciones criminales, de la puesta en marcha de procesos de corrupción para comprar autoridades y para elegir gente que represente los intereses de los beneficiarios de la narco-economía: no sólo los traficantes, sino los lavadores de activos con productos importados, los banqueros complacientes, los constructores, financieros y comerciantes que tienen, por tanto, clientela con capacidad de comprar sus bienes y servicios.

Y de paso, con esta narco-economía también fuimos convertidos en proveedores de jóvenes de ambos sexos y niñez para los mercados del sexo y de las patologías del deseo, y en proveedores de mercenarios: jóvenes entrenados para matar y hacerse matar en la economía vandálica instaurada en Colombia o en las distantes guerras –que como en Irak– precisan de sus servicios. Como su costo de producción, como entes letales y dispuestos a entregar la vida por una buena paga, es muchísimo más bajo que el de los jóvenes de otros lugares del mundo, han tenido buena aceptación en el mercado de la guerra aliado con los bancos y las petroleras. También las fábricas de prótesis se han lucrado con los miles de mutilados arrojados por la despiadada confrontación entre los hijos de la misma tierra.

Una vez ha tomado un poco de aire, el profe enfatiza en su idea, ahora apoyado en Felix Guattari, en uno de sus últimos y más esclarecedores escritos3, donde dice que “El progreso social y moral es inseparable de las prácticas colectivas e individuales que aseguran su promoción”. Las condiciones sociales instauradas con el dominio corporativo del mundo, engendran todo lo contrario al progreso social y moral. Generan la angustia, la desesperación, las heridas brutales, físicas y emocionales tempranas, y con ellas la ferocidad, el engaño, la dureza despiadada, el salir adelante a los otros, sin reparar en medios. El malestar con la vida y la pulsión por escapar de ella.

En ese momento Guillermo, el joven argentino, interviene y dice: las mingas son espacios en los que es posible fraternizar, escucharse, comprender, emprender de manera conjunta. Pero si nos descuidamos usted no nos deja hablar. Así que profe, por favor, siéntese usted bien juicioso en ese rincón y vamos a almorzar. Y la próxima minga que será donde Arnulfo, Leo y yo les hablaremos un poco de las plantas de conocimiento.

 

1 Nombre dado por los pueblos nativos a este sector del río Magdalena.

2 Ver periódico desdeabajo Nº 246, Caleidoscopio Nº21, https://www.desdeabajo.info/sumplementos/itemlist/category/329-caleidoscopio-n-21.html

3 ¿Qué es la ecosofía?, Felix Guattari, Buenos Aires, Cactus, 2015. p. 381.

Jueves, 21 Junio 2018 06:22

Carta urgente desde Nicaragua

Carta urgente desde Nicaragua

El mundo debe saber y pronunciarse respecto a lo que está ocurriendo en Nicaragua: una verdadera crisis de derechos humanos y terrorismo de Estado.


Reconociendo que sos un defensor de los derechos humanos, de la lucha por la dignidad y fuente de inspiración para toda América Latina, la juventud y el pueblo que lucha en las calles de Nicaragua, necesitamos que sumes tu voz a nuestra causa que es digna y justa.


Desde abril de 2018, los jóvenes nicaragüenses han vuelto a las calles para reclamar democracia y libertad. Han cumplido la profecía de uno de los principales artífices de la cruzada nacional de alfabetización en Nicaragua, el padre Fernando Cardenal, quien nunca se cansó de asegurar que así ocurriría.

Lamentablemente, el ímpetu y determinación de la juventud fueron respondidos con la más violenta represión gubernamental que este país ha visto en su historia.


El 19 de abril, hace dos meses, el gobierno de Daniel Ortega y Rosario Murillo cobró la vida del primero de más de 180 nicaragüenses, en su mayoría jóvenes e incluso niños. Hay más de 1.500 heridos, muchos desaparecidos y presos políticos. Estos números aumentan cada día que transcurre Ortega en el poder.


El sábado 16 de junio, una familia completa fue calcinada en un incendio provocado por los escuadrones de la muerte del régimen, en represalia por no permitir que francotiradores entraran a su casa para desde ahí matar a quienes protestaban en la calle.


A pesar de la represión, la movilización ciudadana se ha mantenido firme, obligando a Daniel Ortega y Rosario Murillo a sentarse en un diálogo nacional con interlocutores más allá del gran capital. Por primera vez, en once años, tuvieron que sentarse con estudiantes universitarios, movimiento campesino y sociedad civil.


La estrategia del régimen orteguista ha sido estancar el diálogo para desatar su estrategia de terror en las calles. Aún es incierto si el diálogo nacional podrá dar respuesta al clamor popular que demanda que se vayan inmediatamente del poder y que haya justicia.


La presión popular también permitió que se concretara una visita de trabajo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), cuyo informe preliminar coincide con el informe de Amnistía Internacional respecto a las graves violaciones a los derechos humanos ocurridas en Nicaragua a manos del régimen orteguista. Ambos organismos lograron documentar el uso excesivo de la fuerza y la violencia por parte de los cuerpos de seguridad del Estado y fuerzas de choque parapoliciales armadas, incluyendo francotiradores que han lanzado disparos mortales a muchísimas víctimas, incluyendo al periodista Ángel Gahona y varios niños.


Ortega y Murillo no pueden seguir encontrando legitimidad en los movimientos de izquierda a los que con sus actos sin escrúpulos han traicionado. Los héroes y mártires de la revolución sandinista no merecen que su memoria sea manchada por los actos genocidas de un dictador que los traicionó. Las víctimas de Ortega y Murillo merecen justicia.


Ernesto Cardenal: Sacerdote y poeta. Texto enviado junto a la Coordinadora Universitaria por la Democracia y la Justicia.

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Viernes, 01 Junio 2018 05:22

El videojuego como procomún

El videojuego como procomún

Con los datos se puede jugar y se pueden generar historias con las que capturar la atención del público mientras se comparte una información de utilidad pública. Es un ejercicio de empoderamiento. No olvidemos que quien controla los datos controla una porción importante de nuestras vidas.

Recientemente vio la luz el "Atlas de utopías", un proyecto promovido por el Transnational Institute donde se mapean 32 proyectos en 19 países que, según recoge su web, «están creando soluciones radicales a las crisis sistémicas de carácter económico social y ecológico de nuestro planeta». Las experiencias mostradas en este atlas, englobadas en el proyecto Ciudades Transformadoras, se clasifican en los ámbitos del agua, energía y vivienda.


Entre las propuestas del atlas relacionadas con vivienda se encuentra 'Juegos del Común', proyecto de ArsGames que utiliza dinámicas de juego para impulsar el empoderamiento ciudadano y los datos abiertos. Esta iniciativa consta de cuatro prototipos de juegos y un servicio en línea que brinda acceso a datos abierto sobre los efectos que tiene el turismo en la vivienda (tema de máxima actualidad que copa informativos a día de hoy y que quizás hubiésemos debido “jugar” antes), prototipos que buscan fomentar la reflexión basada en datos reales del Ayuntamiento de Barcelona y el procesamiento de estos datos.


En palabras de Lorena Zárate, evaluadora de Ciudades Transformadoras, «el hecho de que esta iniciativa [Juegos del Común] vincule explícitamente a especialistas en diseño de videojuegos y a activistas de los derechos humanos en pos de un objetivo común es estimulante y se debería emular en otros lugares. Al mismo tiempo, el uso de datos oficiales con fines sociopolíticos arroja una luz muy oportuna sobre los debates actuales en torno al mantra de la "ciudad inteligente" que están intentando imponer las asociaciones público-privadas en todo el mundo».


Así pues, esta propuesta de ArsGames pone el foco en la importancia de los datos, los cuales hemos visto, durante los últimos 15 años, cómo se han convertido en uno de los bienes comerciales más apetecibles y a la vez en el bien que más se está produciendo. Facebook, Twitter, Instagram, WhatsApp y todas las grandes corporaciones que nos “regalan” a diario sus cómodas herramientas basan su modelo económico en los datos. Nuestros datos. Teraflops viajan a diario en nuestras redes sumándose a ese conjunto enorme que llamamos “big data”. Quien controla los datos controla una porción importante de nuestras vidas, de la economía y de la capacidad de tomar decisiones de acuerdo al análisis algorítmico de estos flujos.


Se demuestra así la necesidad de una política de datos que apueste por cimentar un modelo de gobierno abierto a través de la construcción y gestión de los recursos comunes por medio de la institución pública, entendiendo ésta no sólo como el Estado, sino abriendo espacios de interlocución con el tercer sector, las cooperativas y la colaboración ciudadana. Los datos tienen que circular libremente en las redes y para hacerlo posible es necesario respetar los principios propios del “conocimiento abierto”, práctica de creación cultural surgida desde y en las redes digitales y que establece diferentes principios, entre los cuales se encuentran los de acceso, redistribución, reúso, integridad y atribución, principios que garanticen de forma equitativa tanto quien produce los datos como quien los recibe. Su circulación, además, genera nuevas posibilidades creativas, de producción y de reúso por parte de la sociedad al tiempo que contribuye a un nuevo ecosistema informativo que pone la propiedad ciudadana de los datos en la centralidad del proceso.
Juegos del Común' contribuye, así pues, a imaginar formas creativas que sepan apoyar el desarrollo de juegos con licencias abiertas, fomentando la creación de juegos que tengan un mercado más allá del comercio basado en la escasez. Al investigar sobre las razones que llevan a la mayoría de creadores de juegos a usar licencias cerradas, podemos encontrarnos con que la falta de viabilidad económica de otros modelos es la razón principal para que se siga reproduciendo ese modelo. Desde ahí, y observando el estado de la industria, queda patente la falta de opciones cooperativistas, sumado además a que la dimensión asociativa se cuenta con los dedos de la mano. Otros sectores creativos sí han dado vida a nuevas formas de creación y producción a partir de modelos más abiertos y asequibles que contemplan o bien un retorno social o bien una redistribución más justa de las ganancias.


Desde este paradigma, desde este horizonte, 'Juegos del Común' nace y se desarrolla incidiendo en el concepto de procomún. Parte del videojuego como un recurso colectivo que lejos de ser sólo un producto industrial es un lenguaje para la reflexión y el crecimiento. Estamos viviendo un proceso de cambio importante para este medio que poco a poco se dirige hacia una madurez de formato y de contenido incluyendo cada vez más la diversidad. Para preservar y fomentar esta diversidad será necesario enfrentarse con el problema de las licencias y de la distribución. Muy pocos son los juegos que se liberan bajo licencias abiertas y que permiten estudiar el código, reutilizar su música o las imágenes y, en general, aprender de un proceso de creación previo. Con respecto a otros sectores industriales que también están centrados en el desarrollo de software, el del videojuego es algo peculiar. La industria del desarrollo web, por ejemplo, vierte la propia capacidad de reacción a las necesidades del mercado en la misma posibilidad de copiar, pegar, modificar código informático escrito por otros... La normalidad en este sector industrial es mirar el código fuente y no reinventar la rueda, es decir, no volver a escribir algo si ya alguna otra persona, en algún momento, lo implementó con el mismo lenguaje que se está usando.


En cambio, la industria del videojuego funciona de forma igual y contraria. Se reinventa la rueda constantemente, se escriben una y otra vez las mismas funciones para el cálculo de las físicas, para la cuenta de los niveles o para cualquier otro apartado que hemos visto ya en muchos de los juegos que jugamos. Es una industria creativa que se basa en la repetición de mecánicas consolidadas y de personajes reconocibles. Es necesario romper este mecanismo, un mecanismo que comporta una dificultad de acceso a esos actores que podrían aportar cambio y contenido innovador al medio y que, debido a la escasez artificial del medio, no se atreven a emprender ninguna aventura. El uso de licencias abiertas en el ámbito de los videojuegos es cada vez más necesario a la hora de hacer frente a un cambio de paradigma en el lenguaje videolúdico y a la vez para experimentar con nuevas prácticas creativas.


Con los datos, como demuestran estos 'Juegos del Común', se puede jugar y se pueden generar historias con las que capturar la atención del público mientras que se está compartiendo una información de utilidad pública. Pueden ser una forma novedosa de visualizar los datos para generar dinámicas de juego sencillas e interesantes, contemplando la dimensión lúdica (tan importante en los procesos educativos y formativos del ser humano). Con los datos se puede jugar y se pueden generar historias que pueden capturar la atención del público mientras que se está compartiendo una información de utilidad pública. Crear un juego basado en datos abiertos puede aumentar el nivel de acceso y de atención sobre los mismos destacando alguna información importante mientras que se usan esos datos para generar dinámicas de juego sencillas e interesantes. Ya existen algunos ejemplos de juegos que utilizan datos, como Marvellous Ultimate Appliances u Open Data Monopoly . Ambos casos demuestran que es posible usar el videojuego para conocer conjuntos de datos de interés público que, por sí solos, no llamarían la atención de muchas personas.


Recoge el “Atlas de utopías” esta inspiradora cita del cineasta Fernando Birri:


La utopía yace en el horizonte. Cuando me acerco dos pasos, retrocede otros dos. Si procedo diez pasos hacia adelante, rápidamente se desliza diez pasos adelante. No importa lo lejos que vaya, nunca puedo alcanzarla. ¿Cuál es, entonces, el propósito de la utopía? Es hacernos avanzar


Así pues, invitamos al juego como una forma novedosa de visualizar los datos, contemplándolos (desde la dimensión lúdica, esa que, insistimos, es tan importante en los procesos educativos y formativos de los seres humanos) con el mero y único propósito de "hacernos avanzar".

 

publicado
2018-05-31 19:44:00

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Por qué la gente joven se está uniendo de nuevo a los sindicatos en EE UU

La gente joven está en un punto de inflexión. Está frustrada por un sistema cuyas grietas fueron abiertas por generaciones anteriores, pero que solo se han propagado completamente para la suya.

En la Marcha por Nuestras Vidas en Washington DC, los rayos de sol atravesaban un marzo extemporáneamente frío, a través de los ordenados edificios brutalistas que bordean Pennsylvania Avenue. Cientos de miles personas inundan la avenida, igual que han estado inundando las líneas telefónicas y los correos electrónicos de los legisladores en las semanas recientes. En un escenario estratégicamente posicionado respecto al edificio del Capitolio, el joven de 17 años Cameron Kasky, un superviviente del tiroteo de Parkland [masacre en febrero de este año], ofrece esta declaración:


“A los líderes, escépticos y cínicos que nos dijeron que nos sentáramos y nos quedáramos callados, esperad vuestro turno: bienvenidos a la revolución. Es una poderosa y pacífica porque es de, por y para la gente joven de este país. Desde que este movimiento empezó algunas personas me han preguntado: ‘¿Crees que va a venir algún cambio de esto?’. Echad un vistazo, nosotros somos el cambio. Nuestras voces son poderosas, y nuestros votos importan. Así, prometemos arreglar el sistema roto en el que se nos ha obligado a estar y crear un mundo mejor para las generaciones que vienen. No os preocupéis, nosotros nos ocupamos”.

La declaración de Kasky trataba, por supuesto, sobre las armas. 17 de sus compañeros de clase y profesores le habían sido arrebatados, y a sus familias, amigos y a sus propios futuros, cinco semanas antes por un tirador que usó un arma automática para matar 17 personas en seis minutos y 20 segundos. También habían sido arrebatados por un sistema. Un sistema político en el que una amplia mayoría de estadounidenses, y especialmente los jóvenes, defienden políticas para frenar las muertes por armas de fuego, pero los políticos, sobornados por la Asociación Nacional del Rifle (NRA, por sus siglas en inglés), no escuchan.

La gente joven está en un punto de inflexión. Está frustrada por un sistema cuyas grietas fueron abiertas por generaciones anteriores, pero que solo se han propagado completamente para la suya. Experimentan niveles sofocantes de deuda estudiantil junto a salarios e igualdad de ingresos en declive mientras ven empresas que monopolizan industrias enteras, y a veces incluso elecciones nacionales. La representación —la representación real— parece más teoría que realidad.

La gente, finalmente, está empezando a advertir el activismo de la gente joven para arreglar ese sistema. Sin embargo, muchos están confundiendo la nueva ola de cobertura mediática dedicada al activismo político juvenil con un activismo político recién adquirido por la gente joven. No es que la gente joven haya sido siempre políticamente inactiva, es que su activismo ha existido en lugares donde las generaciones mayores no están acostumbradas a mirar: en los campus universitarios, como el movimiento Know Your IX [en referencia al Título IX de las Enmiendas de Educación de 1972, relativas a la discriminación por razón de sexo] y las campañas por la igualdad de matrícula para los estudiantes indocumentados, y en movimientos activistas como #BlackLivesMatter [Las Vidas Negras Importan, contra la brutalidad policial], #ByeAnita [una exitosa campaña para conseguir que Anita Álvarez, fiscal del estado en el condado de Cook (Illinois), no fuera reelegida debido a su escaso empeño en perseguir a policías involucrados en casos de asesinato] y #Occupy.


Y ahora, cada vez más, en los sindicatos.


Por primera vez en décadas, la afiliación sindical aumenta entre la gente joven. Históricamente, la gente más joven no ha estado sindicalizada, y sus tasas de afiliación sindical estaban muy por detrás de los adultos más mayores. Pero, al igual que las leyes sobre armas que ya están siendo enmendadas, eso también está empezando a cambiar.


Según el Instituto de Política Económica (EPI, por sus siglas en inglés), en 2017 había 262.000 nuevos afiliados a sindicatos en Estados Unidos. El 75% de este aumento vino de gente joven (que el EPI considera aquellos con 34 o menos años, pero para los propósitos de este artículo, en general se refiere al subconjunto de más edad de la Generación Z y de la mayoría de los millennials, entre 16 y 35 años). La gente joven también tiene las actitudes más positivas hacia el trabajo organizado de entre todas las generaciones, y su apoyo en cuanto a partidos políticos se inclina profundamente hacia aquellos que defienden políticas a favor de los trabajadores (como posicionarse contra las leyes antisindicales), incluyendo los Demócratas y, cada vez más, los Socialistas Democráticos (DSA, por sus siglas en inglés).


Pero, por algún motivo, a diferencia de las generaciones previas, la organización laboral de la juventud no se ve como una parte integral de su organización, en general. Mientras mucha gente está documentando el aumento de la afiliación sindical juvenil y mucha más está describiendo el liderazgo juvenil en los espacios activistas, lo que falta es la idea de que estos dos fenómenos son en realidad uno: la gente joven está volviéndose hacia válvulas de escape exteriores que le permiten ejercer su política como resultado de un sistema político que, en general, no lo hace.

En un artículo para Jacobin Magazine, Micah Uetricht esboza la menguante relación entre la democracia dentro y fuera del centro de trabajo y, de igual forma, la relación entre la democracia económica y política. Para Uetricht —un estudiante de Sociología que se centra en el trabajo, miembro de DSA, y editor asociado de Jacobin— el activismo es el activismo, tenga lugar en el centro de trabajo o fuera de él. “Es un desarrollo relativamente reciente el que consideremos lo que ocurre en el trabajo como algún tipo de esfera separada de nuestras vidas en general”, dice. Añade: “La gente joven entiende eso y no le gusta vivir en una dictadura en el lugar donde pasan 8 o 10 horas cada día”.


Uetricht vivió algo parecido en su primer trabajo fuera de la universidad, cuando trabajó como cajero en un aeropuerto ganando el salario mínimo. Dice que él y sus compañeros de trabajo eran tratados como menos que humanos día a día, y que eventualmente decidieron sindicarse, otorgándole el descubrimiento de un sentido de voluntad de acción: “Nunca me había sentido tan indefenso como cuando era un cajero ganando el salario mínimo. En cambio, nunca me había sentido tan poderoso como cuando me uní a mis compañeros de trabajo, me enfrenté a mi jefe, y gané”.


Ese hecho —que las campañas de sindicalización frecuentemente no se centran sólo alrededor de mejores salarios o prestaciones, sino de un sentido de que se escuchará tu voz— es a menudo malinterpretado por aquellos que no están conectados con el movimiento obrero. Pero para Uetricht, que siguió hasta convertirse en un organizador sindical, la idea de la voz del trabajador, incluso si es para manifestar quejas sobre paga congelada o prestaciones sanitarias mediocres, no es simplemente un beneficio de los sindicatos; es ‘el’ beneficio. “Lo que aprendes inmediatamente como organizador —me cuenta— es que incluso en centros de trabajo con bajos salarios, el problema número uno que la gente tiene no son sus bajos salarios sino una falta de respeto”.


Una falta de respeto también está impulsando principalmente la frustración de la juventud con el sistema político. Cuando Kasky, el superviviente de Parkland de 17 años, habló en la Marcha por Nuestras Vidas, dijo que “nuestras voces son poderosas, y nuestros votos importan”. Lo dijo en contraste con el statu quo, en el cual las voces de la gente joven no se ven como poderosas, ni sus votos. Y, mirando la historia reciente, no es difícil entender por qué ésa puede ser la percepción de Kasky del statu quo.


Los votos de la juventud fueron desdeñados por un sistema electoral que favorece las áreas rurales y dispersas, rebajando desproporcionadamente las grandes cantidades de jóvenes que vivían en ciudades en 2016. Sus ideas de restricciones más fuertes sobre las armas de fuego, controlar a los grandes bancos, y apoyo a los derechos de las personas LGBTQ, los inmigrantes, la gente de color y las personas de diferentes creencias religiosas han sido continuamente superadas por las generaciones más mayores y los intereses particulares.


Viéndolo a través de esa lente, no sorprende que la gente joven haya considerado trabajar dentro del sistema político estadounidense como algo ineficaz y, honestamente, no digno de su tiempo. En vez de eso, la juventud ha redirigido su activismo hacia diferentes tipos de válvulas de escape, donde su esfuerzo sí puede dar lugar a resultados tangibles. Válvulas de escape como los sindicatos.


¿Qué significa esto para el movimiento obrero? Un centro de trabajo es, en el nivel más fundamental, un microcosmos del sistema político. Están aquellos que tienen el poder, los jefes, y los que no, los trabajadores. Con el paso del tiempo, el equilibrio de poder oscila; cuando los sindicatos son fuertes, el equilibrio gira más profundamente hacia los trabajadores, y cuando los sindicatos son débiles, el equilibrio favorece a los jefes. Cuando los sindicatos son poderosos, los trabajadores tienen algo parecido a una voz en la dirección de su país, un contrapeso para grupos de intereses particulares como el Consejo de Intercambio Legislativo Americano (ALEC, por sus siglas en inglés) o la Cámara de Comercio de EEUU.

Julia Ackerly está trabajando para desarrollar a los sindicatos hasta ese nivel. Con 27 años, ha trabajado en campañas del Partido Demócrata durante la mayor parte de su vida adulta: trabajó como organizadora y directora regional para la campaña de Bernie Sanders en las primarias de 2016, y después para el intento de Larry Krasner de ser fiscal de distrito de Philadelphia, que atrajo atención nacional por cómo Krasner buscó usar esa posición para promulgar una visión progresista del sistema de justicia criminal. Ackerly siempre ha trabajado en campañas que trabajaban de cerca con el trabajo organizado. Pero nunca había estado en un sindicato.


Eso cambió cuando se formó la Asociación de Trabajadores de Campañas (CWG, por sus siglas en inglés). La idea tras el CWG es bastante sencilla: espera sindicalizar a los miembros del personal de las campañas, que sufren duras condiciones laborales en las que proliferan la mala remuneración y prestaciones y los largos horarios, justificados por los directivos como sacrificios por una importante causa. CWG está organizando actualmente campañas una por una: su primera campaña de organización exitosa fue la de Randy Bryce, el candidato que esperaba ganar el escaño en el Congreso del presidente de la cámara, Paul Ryan, y ha organizado desde entonces diez campañas más, hasta un total de 11 en marzo de 2018. Pero espera organizar en última instancia a plantillas enteras de las campañas de los partidos en el futuro.


Ackerly, que ayuda a organizar personal de campañas y ella misma es ahora afiliada de CWG, dice que tener una capacidad colectiva de ser escuchados y respetados en el trabajo es un “factor muy motivador para las campañas de sindicalización”. Destaca la creación de protocolos para denunciar acoso sexual y discriminación como una de las mayores motivaciones que los miembros de las plantillas tienen para organizarse. Lo cual, de forma reveladora, es también uno de los mayores movimientos activistas, que domina en las conversaciones en las salas de estar de los hogares y en las salas de descanso de las empresas, mientras continúe el movimiento #MeToo [`Yo También’, que denuncia el acoso sexual].


La gente joven domina el personal subalterno de las campañas y también han constituido una parte importante de la fuerza motriz detrás de plantillas de campañas recientemente organizadas, según Ackerly. Jake Johnston, el vicepresidente de Organización del Sindicato de Empleados Profesionales del Sector sin ánimo de lucro (NPEU, por sus siglas en inglés), que incluye a algunos miembros de la plantilla de TalkPoverty [medio autor de este artículo], ha visto de igual manera a la gente joven llevar la batuta en las organizaciones que se han constituido recientemente bajo NPEU, y en el mismo NPEU.


Para Johnston, la acción colectiva tiene lazos implícitos con el activismo, en general. “La realidad es que nuestro sistema político realmente ha suprimido una parte significativa de este país. Creo que claramente hay un rechazo del statu quo, y sin embargo hay tan pocas vías para intentar cambiar eso”, dice. “Ya sea uniéndose a DSA, a un sindicato, una campaña de sensibilización o una campaña electoral, la gente está intentando cambiar eso. Todo el mundo necesita una válvula de escape para el activismo”.


Eso es cierto para la juventud en concreto. Durante demasiado tiempo, han sido las víctimas de un sistema económico y político que no funciona para ellos, mientras se les ha negado la oportunidad de cambiar ese sistema.


Ya sean estudiantes como Cameron Kasky gritando sobre la NRA en un micrófono que reverbera desde el Capitolio a la Casa Blanca, gente joven como Julia Ackerly organizándose en una industria que nunca antes ha sido sindicalizada, o activistas como Micah Uetricht organizándose en su propio centro de trabajo, la juventud se está negando a formar parte de un sistema político que ha ahogado consistente y metódicamente su voz. En vez de eso, ellos han llevado sus voces a otro sitio, a válvulas de escape como sindicatos o movimientos activistas donde —finalmente— se están escuchando sus voces.


Traducción: Eduardo Pérez

2018-05-08 06:58:00

 

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Sábado, 17 Marzo 2018 07:09

Las mujeres y el bosque

Las mujeres y el bosque

Del 8 al 10 de marzo de 2018 se realizó el primer encuentro internacional, político, artístico, deportivo y cultural de mujeres que luchan en el caracol zapatista de la zona Tzotz Choj en Chiapas, México. A la convocatoria acudieron más de 5 mil mujeres de 38 países del mundo, que fueron recibidas por otras 2 mil provenientes de los cinco caracoles de todas las zonas zapatistas de Chiapas.


Fue un encuentro significativo, fuerte, emocionante, lleno de contenidos y horizontes. Con raíces profundas que llevan creciendo muchos años, con brotes y ramas que se extienden y entrelazan con muchas otras. En esos días el mundo se coloreaba de tonos violetas y arcoiris, con movilizaciones y acciones de mujeres en muchas partes del mundo, algunas masivas, otras emergentes, todas marcando a su manera que el patriarcado está en cuestión y no estamos dispuestas a soportar más violencia, discriminación, sexismo, machismo y abusos.


Siendo fundamental, el tema no es sencillo ni tampoco sus manifestaciones. Las compañeras zapatistas que abrieron el encuentro, en la palabra de la capitana insurgente Erika, nos nombraron a todas como un bosque o un monte. En ese bosque hay muchos árboles que son diferentes. Hay ocote o pino, caoba, cedro, bayalté y muchos tipos de árboles. Y sabemos que cada pino o cada ocote no es igual, sino que cada uno es diferente. Pero cuando los vemos le decimos monte o bosque. Aquí estamos todas como un bosque. Todas somos mujeres. Pero hay de diferentes colores, tamaños, lenguas, culturas, profesiones, pensamientos y formas de lucha. Decimos que además somos mujeres que luchan. Entonces somos diferentes, pero iguales. Y aunque hay mujeres que luchan y no están aquí, las pensamos aunque no las veamos. Y también sabemos que hay mujeres que no luchan, que se conforman, que se desmayan. En todo el mundo hay mujeres, un bosque de mujeres, que lo que las hace iguales es que son mujeres. Como mujeres zapatistas vemos que algo más está pasando. Y también nos hace iguales la violencia y la muerte. Así vemos lo moderno de este pinche sistema capitalista. Vemos que hizo bosque a las mujeres de todo el mundo con su violencia y su muerte que tiene la cara, el cuerpo, la cabeza pendeja del patriarcado. (https://tinyurl.com/y7l5gtzn)


Desde el monte nos invitaron para hablarnos, escucharnos, mirarnos, festejarnos. Podemos escoger dijeron. Podemos competir entre nosotras para ver quien es mejor, habla mejor, es más liberada, juega mejor al fútbol, o piensa o escribe mejor y al final veremos que nadie ganó. O podemos acordar luchar juntas, como diferentes que somos, en contra del sistema capitalista patriarcal que es quien nos está violentando y asesinando.


Resonó fuerte, clara y al mismo tiempo dulce la voz de la insurgenta Erika. Una voz, nos dijo, revuelta con muchas edades, lenguas e historias, porque habló a nombre de todas las mujeres zapatistas, que desde cada comunidad y caracol se reunieron por muchos meses para pensar, organizar y trasmitir este mensaje.


Por su voz sentimos el sufrimiento de la campesina e indígena que fue sirvienta en la ciudad, sin sueldo, sufriendo mil humillaciones no sólo de hombres, también de mujeres, pero que encontró otras con las que se fue formando para rebelarse como zapatistas; sentimos el dolor por las hijas que murieron de enfermedades curables, sentimos el miedo por ser explotadas y más por ser mujeres, ante los atropellos de militares, capataces y patrones. Sentimos también a las niñas, jóvenes y adultas, que crecieron con la resistencia, la guerra y la construcción de autonomía zapatista. Mujeres que antes solo podíamos morir por ser indígenas, pobres y mujeres, ahora construimos en colectivo otro camino de vida: la libertad, nuestra libertad.


Mucha diversidad hubo en el bosque de este encuentro, con denuncias, intercambios intelectuales, artísticos, musicales, de teatro, poesía, talleres para aprender desde a cuidarnos en Internet hasta nuestros cuerpos y lugares, para construir, pensar y luchar en colectivo desde la diversidad. La gran mayoría de las participantes fueron jóvenes, tanto zapatistas como del resto del mundo.


Llegaron también las madres y hermanas de víctimas de feminicidio, desaparecidas, presas, violentadas, las madres de los 43 estudiantes de Ayotzinapa a quienes las zapatistas y todas dijimos que no están solas, que seguiremos reclamándolos con vida y por justicia. Moira Millán, mapuche de Argentina, nos hizo conocer las luchas contra la guerra de exterminio contra su pueblo, que como el caso de los estudiantes de Ayotzinapa parece ser un ejercicio desde el poder para ver hasta donde pueden atropellar a las y los que resisten y de allí seguir con todas.


Conocimos luchas de las mujeres de Vía Campesina contra las transnacionales, en defensa del territorio y por feminismo campesino y popular. Pueblos indígenas de América Latina, Estados Unidos y Canadá, compañeras de movimientos de Black Lives Matter, de Palestina, Marruecos y del Movimiento Sin Tierra de Brasil cerraron con sus reflexiones y saludos este encuentro, que se abrió a continuar el próximo año.


Las zapatistas nos despidieron dándonos una luz para llevar y prender cuando nos sintamos solas, cuando pensemos que la lucha es muy dura, cuando tengamos miedo, pero también para llevarle a las desaparecidas, las presas, las asesinadas, las migrantes, las violadas, las golpeadas, las explotadas. Para decirles que no nos rendiremos, que no están solas, que luchamos con ellas y para que el dolor que cargan no se vuelva a repetir. Para juntarla a otras luces y prender fuego al sistema capitalista patriarcal.

 

Por Silvia Ribeiro, investigadora del Grupo ETC

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