Viernes, 01 Junio 2018 05:22

El videojuego como procomún

El videojuego como procomún

Con los datos se puede jugar y se pueden generar historias con las que capturar la atención del público mientras se comparte una información de utilidad pública. Es un ejercicio de empoderamiento. No olvidemos que quien controla los datos controla una porción importante de nuestras vidas.

Recientemente vio la luz el "Atlas de utopías", un proyecto promovido por el Transnational Institute donde se mapean 32 proyectos en 19 países que, según recoge su web, «están creando soluciones radicales a las crisis sistémicas de carácter económico social y ecológico de nuestro planeta». Las experiencias mostradas en este atlas, englobadas en el proyecto Ciudades Transformadoras, se clasifican en los ámbitos del agua, energía y vivienda.


Entre las propuestas del atlas relacionadas con vivienda se encuentra 'Juegos del Común', proyecto de ArsGames que utiliza dinámicas de juego para impulsar el empoderamiento ciudadano y los datos abiertos. Esta iniciativa consta de cuatro prototipos de juegos y un servicio en línea que brinda acceso a datos abierto sobre los efectos que tiene el turismo en la vivienda (tema de máxima actualidad que copa informativos a día de hoy y que quizás hubiésemos debido “jugar” antes), prototipos que buscan fomentar la reflexión basada en datos reales del Ayuntamiento de Barcelona y el procesamiento de estos datos.


En palabras de Lorena Zárate, evaluadora de Ciudades Transformadoras, «el hecho de que esta iniciativa [Juegos del Común] vincule explícitamente a especialistas en diseño de videojuegos y a activistas de los derechos humanos en pos de un objetivo común es estimulante y se debería emular en otros lugares. Al mismo tiempo, el uso de datos oficiales con fines sociopolíticos arroja una luz muy oportuna sobre los debates actuales en torno al mantra de la "ciudad inteligente" que están intentando imponer las asociaciones público-privadas en todo el mundo».


Así pues, esta propuesta de ArsGames pone el foco en la importancia de los datos, los cuales hemos visto, durante los últimos 15 años, cómo se han convertido en uno de los bienes comerciales más apetecibles y a la vez en el bien que más se está produciendo. Facebook, Twitter, Instagram, WhatsApp y todas las grandes corporaciones que nos “regalan” a diario sus cómodas herramientas basan su modelo económico en los datos. Nuestros datos. Teraflops viajan a diario en nuestras redes sumándose a ese conjunto enorme que llamamos “big data”. Quien controla los datos controla una porción importante de nuestras vidas, de la economía y de la capacidad de tomar decisiones de acuerdo al análisis algorítmico de estos flujos.


Se demuestra así la necesidad de una política de datos que apueste por cimentar un modelo de gobierno abierto a través de la construcción y gestión de los recursos comunes por medio de la institución pública, entendiendo ésta no sólo como el Estado, sino abriendo espacios de interlocución con el tercer sector, las cooperativas y la colaboración ciudadana. Los datos tienen que circular libremente en las redes y para hacerlo posible es necesario respetar los principios propios del “conocimiento abierto”, práctica de creación cultural surgida desde y en las redes digitales y que establece diferentes principios, entre los cuales se encuentran los de acceso, redistribución, reúso, integridad y atribución, principios que garanticen de forma equitativa tanto quien produce los datos como quien los recibe. Su circulación, además, genera nuevas posibilidades creativas, de producción y de reúso por parte de la sociedad al tiempo que contribuye a un nuevo ecosistema informativo que pone la propiedad ciudadana de los datos en la centralidad del proceso.
Juegos del Común' contribuye, así pues, a imaginar formas creativas que sepan apoyar el desarrollo de juegos con licencias abiertas, fomentando la creación de juegos que tengan un mercado más allá del comercio basado en la escasez. Al investigar sobre las razones que llevan a la mayoría de creadores de juegos a usar licencias cerradas, podemos encontrarnos con que la falta de viabilidad económica de otros modelos es la razón principal para que se siga reproduciendo ese modelo. Desde ahí, y observando el estado de la industria, queda patente la falta de opciones cooperativistas, sumado además a que la dimensión asociativa se cuenta con los dedos de la mano. Otros sectores creativos sí han dado vida a nuevas formas de creación y producción a partir de modelos más abiertos y asequibles que contemplan o bien un retorno social o bien una redistribución más justa de las ganancias.


Desde este paradigma, desde este horizonte, 'Juegos del Común' nace y se desarrolla incidiendo en el concepto de procomún. Parte del videojuego como un recurso colectivo que lejos de ser sólo un producto industrial es un lenguaje para la reflexión y el crecimiento. Estamos viviendo un proceso de cambio importante para este medio que poco a poco se dirige hacia una madurez de formato y de contenido incluyendo cada vez más la diversidad. Para preservar y fomentar esta diversidad será necesario enfrentarse con el problema de las licencias y de la distribución. Muy pocos son los juegos que se liberan bajo licencias abiertas y que permiten estudiar el código, reutilizar su música o las imágenes y, en general, aprender de un proceso de creación previo. Con respecto a otros sectores industriales que también están centrados en el desarrollo de software, el del videojuego es algo peculiar. La industria del desarrollo web, por ejemplo, vierte la propia capacidad de reacción a las necesidades del mercado en la misma posibilidad de copiar, pegar, modificar código informático escrito por otros... La normalidad en este sector industrial es mirar el código fuente y no reinventar la rueda, es decir, no volver a escribir algo si ya alguna otra persona, en algún momento, lo implementó con el mismo lenguaje que se está usando.


En cambio, la industria del videojuego funciona de forma igual y contraria. Se reinventa la rueda constantemente, se escriben una y otra vez las mismas funciones para el cálculo de las físicas, para la cuenta de los niveles o para cualquier otro apartado que hemos visto ya en muchos de los juegos que jugamos. Es una industria creativa que se basa en la repetición de mecánicas consolidadas y de personajes reconocibles. Es necesario romper este mecanismo, un mecanismo que comporta una dificultad de acceso a esos actores que podrían aportar cambio y contenido innovador al medio y que, debido a la escasez artificial del medio, no se atreven a emprender ninguna aventura. El uso de licencias abiertas en el ámbito de los videojuegos es cada vez más necesario a la hora de hacer frente a un cambio de paradigma en el lenguaje videolúdico y a la vez para experimentar con nuevas prácticas creativas.


Con los datos, como demuestran estos 'Juegos del Común', se puede jugar y se pueden generar historias con las que capturar la atención del público mientras que se está compartiendo una información de utilidad pública. Pueden ser una forma novedosa de visualizar los datos para generar dinámicas de juego sencillas e interesantes, contemplando la dimensión lúdica (tan importante en los procesos educativos y formativos del ser humano). Con los datos se puede jugar y se pueden generar historias que pueden capturar la atención del público mientras que se está compartiendo una información de utilidad pública. Crear un juego basado en datos abiertos puede aumentar el nivel de acceso y de atención sobre los mismos destacando alguna información importante mientras que se usan esos datos para generar dinámicas de juego sencillas e interesantes. Ya existen algunos ejemplos de juegos que utilizan datos, como Marvellous Ultimate Appliances u Open Data Monopoly . Ambos casos demuestran que es posible usar el videojuego para conocer conjuntos de datos de interés público que, por sí solos, no llamarían la atención de muchas personas.


Recoge el “Atlas de utopías” esta inspiradora cita del cineasta Fernando Birri:


La utopía yace en el horizonte. Cuando me acerco dos pasos, retrocede otros dos. Si procedo diez pasos hacia adelante, rápidamente se desliza diez pasos adelante. No importa lo lejos que vaya, nunca puedo alcanzarla. ¿Cuál es, entonces, el propósito de la utopía? Es hacernos avanzar


Así pues, invitamos al juego como una forma novedosa de visualizar los datos, contemplándolos (desde la dimensión lúdica, esa que, insistimos, es tan importante en los procesos educativos y formativos de los seres humanos) con el mero y único propósito de "hacernos avanzar".

 

publicado
2018-05-31 19:44:00

Publicado enCultura
Por qué la gente joven se está uniendo de nuevo a los sindicatos en EE UU

La gente joven está en un punto de inflexión. Está frustrada por un sistema cuyas grietas fueron abiertas por generaciones anteriores, pero que solo se han propagado completamente para la suya.

En la Marcha por Nuestras Vidas en Washington DC, los rayos de sol atravesaban un marzo extemporáneamente frío, a través de los ordenados edificios brutalistas que bordean Pennsylvania Avenue. Cientos de miles personas inundan la avenida, igual que han estado inundando las líneas telefónicas y los correos electrónicos de los legisladores en las semanas recientes. En un escenario estratégicamente posicionado respecto al edificio del Capitolio, el joven de 17 años Cameron Kasky, un superviviente del tiroteo de Parkland [masacre en febrero de este año], ofrece esta declaración:


“A los líderes, escépticos y cínicos que nos dijeron que nos sentáramos y nos quedáramos callados, esperad vuestro turno: bienvenidos a la revolución. Es una poderosa y pacífica porque es de, por y para la gente joven de este país. Desde que este movimiento empezó algunas personas me han preguntado: ‘¿Crees que va a venir algún cambio de esto?’. Echad un vistazo, nosotros somos el cambio. Nuestras voces son poderosas, y nuestros votos importan. Así, prometemos arreglar el sistema roto en el que se nos ha obligado a estar y crear un mundo mejor para las generaciones que vienen. No os preocupéis, nosotros nos ocupamos”.

La declaración de Kasky trataba, por supuesto, sobre las armas. 17 de sus compañeros de clase y profesores le habían sido arrebatados, y a sus familias, amigos y a sus propios futuros, cinco semanas antes por un tirador que usó un arma automática para matar 17 personas en seis minutos y 20 segundos. También habían sido arrebatados por un sistema. Un sistema político en el que una amplia mayoría de estadounidenses, y especialmente los jóvenes, defienden políticas para frenar las muertes por armas de fuego, pero los políticos, sobornados por la Asociación Nacional del Rifle (NRA, por sus siglas en inglés), no escuchan.

La gente joven está en un punto de inflexión. Está frustrada por un sistema cuyas grietas fueron abiertas por generaciones anteriores, pero que solo se han propagado completamente para la suya. Experimentan niveles sofocantes de deuda estudiantil junto a salarios e igualdad de ingresos en declive mientras ven empresas que monopolizan industrias enteras, y a veces incluso elecciones nacionales. La representación —la representación real— parece más teoría que realidad.

La gente, finalmente, está empezando a advertir el activismo de la gente joven para arreglar ese sistema. Sin embargo, muchos están confundiendo la nueva ola de cobertura mediática dedicada al activismo político juvenil con un activismo político recién adquirido por la gente joven. No es que la gente joven haya sido siempre políticamente inactiva, es que su activismo ha existido en lugares donde las generaciones mayores no están acostumbradas a mirar: en los campus universitarios, como el movimiento Know Your IX [en referencia al Título IX de las Enmiendas de Educación de 1972, relativas a la discriminación por razón de sexo] y las campañas por la igualdad de matrícula para los estudiantes indocumentados, y en movimientos activistas como #BlackLivesMatter [Las Vidas Negras Importan, contra la brutalidad policial], #ByeAnita [una exitosa campaña para conseguir que Anita Álvarez, fiscal del estado en el condado de Cook (Illinois), no fuera reelegida debido a su escaso empeño en perseguir a policías involucrados en casos de asesinato] y #Occupy.


Y ahora, cada vez más, en los sindicatos.


Por primera vez en décadas, la afiliación sindical aumenta entre la gente joven. Históricamente, la gente más joven no ha estado sindicalizada, y sus tasas de afiliación sindical estaban muy por detrás de los adultos más mayores. Pero, al igual que las leyes sobre armas que ya están siendo enmendadas, eso también está empezando a cambiar.


Según el Instituto de Política Económica (EPI, por sus siglas en inglés), en 2017 había 262.000 nuevos afiliados a sindicatos en Estados Unidos. El 75% de este aumento vino de gente joven (que el EPI considera aquellos con 34 o menos años, pero para los propósitos de este artículo, en general se refiere al subconjunto de más edad de la Generación Z y de la mayoría de los millennials, entre 16 y 35 años). La gente joven también tiene las actitudes más positivas hacia el trabajo organizado de entre todas las generaciones, y su apoyo en cuanto a partidos políticos se inclina profundamente hacia aquellos que defienden políticas a favor de los trabajadores (como posicionarse contra las leyes antisindicales), incluyendo los Demócratas y, cada vez más, los Socialistas Democráticos (DSA, por sus siglas en inglés).


Pero, por algún motivo, a diferencia de las generaciones previas, la organización laboral de la juventud no se ve como una parte integral de su organización, en general. Mientras mucha gente está documentando el aumento de la afiliación sindical juvenil y mucha más está describiendo el liderazgo juvenil en los espacios activistas, lo que falta es la idea de que estos dos fenómenos son en realidad uno: la gente joven está volviéndose hacia válvulas de escape exteriores que le permiten ejercer su política como resultado de un sistema político que, en general, no lo hace.

En un artículo para Jacobin Magazine, Micah Uetricht esboza la menguante relación entre la democracia dentro y fuera del centro de trabajo y, de igual forma, la relación entre la democracia económica y política. Para Uetricht —un estudiante de Sociología que se centra en el trabajo, miembro de DSA, y editor asociado de Jacobin— el activismo es el activismo, tenga lugar en el centro de trabajo o fuera de él. “Es un desarrollo relativamente reciente el que consideremos lo que ocurre en el trabajo como algún tipo de esfera separada de nuestras vidas en general”, dice. Añade: “La gente joven entiende eso y no le gusta vivir en una dictadura en el lugar donde pasan 8 o 10 horas cada día”.


Uetricht vivió algo parecido en su primer trabajo fuera de la universidad, cuando trabajó como cajero en un aeropuerto ganando el salario mínimo. Dice que él y sus compañeros de trabajo eran tratados como menos que humanos día a día, y que eventualmente decidieron sindicarse, otorgándole el descubrimiento de un sentido de voluntad de acción: “Nunca me había sentido tan indefenso como cuando era un cajero ganando el salario mínimo. En cambio, nunca me había sentido tan poderoso como cuando me uní a mis compañeros de trabajo, me enfrenté a mi jefe, y gané”.


Ese hecho —que las campañas de sindicalización frecuentemente no se centran sólo alrededor de mejores salarios o prestaciones, sino de un sentido de que se escuchará tu voz— es a menudo malinterpretado por aquellos que no están conectados con el movimiento obrero. Pero para Uetricht, que siguió hasta convertirse en un organizador sindical, la idea de la voz del trabajador, incluso si es para manifestar quejas sobre paga congelada o prestaciones sanitarias mediocres, no es simplemente un beneficio de los sindicatos; es ‘el’ beneficio. “Lo que aprendes inmediatamente como organizador —me cuenta— es que incluso en centros de trabajo con bajos salarios, el problema número uno que la gente tiene no son sus bajos salarios sino una falta de respeto”.


Una falta de respeto también está impulsando principalmente la frustración de la juventud con el sistema político. Cuando Kasky, el superviviente de Parkland de 17 años, habló en la Marcha por Nuestras Vidas, dijo que “nuestras voces son poderosas, y nuestros votos importan”. Lo dijo en contraste con el statu quo, en el cual las voces de la gente joven no se ven como poderosas, ni sus votos. Y, mirando la historia reciente, no es difícil entender por qué ésa puede ser la percepción de Kasky del statu quo.


Los votos de la juventud fueron desdeñados por un sistema electoral que favorece las áreas rurales y dispersas, rebajando desproporcionadamente las grandes cantidades de jóvenes que vivían en ciudades en 2016. Sus ideas de restricciones más fuertes sobre las armas de fuego, controlar a los grandes bancos, y apoyo a los derechos de las personas LGBTQ, los inmigrantes, la gente de color y las personas de diferentes creencias religiosas han sido continuamente superadas por las generaciones más mayores y los intereses particulares.


Viéndolo a través de esa lente, no sorprende que la gente joven haya considerado trabajar dentro del sistema político estadounidense como algo ineficaz y, honestamente, no digno de su tiempo. En vez de eso, la juventud ha redirigido su activismo hacia diferentes tipos de válvulas de escape, donde su esfuerzo sí puede dar lugar a resultados tangibles. Válvulas de escape como los sindicatos.


¿Qué significa esto para el movimiento obrero? Un centro de trabajo es, en el nivel más fundamental, un microcosmos del sistema político. Están aquellos que tienen el poder, los jefes, y los que no, los trabajadores. Con el paso del tiempo, el equilibrio de poder oscila; cuando los sindicatos son fuertes, el equilibrio gira más profundamente hacia los trabajadores, y cuando los sindicatos son débiles, el equilibrio favorece a los jefes. Cuando los sindicatos son poderosos, los trabajadores tienen algo parecido a una voz en la dirección de su país, un contrapeso para grupos de intereses particulares como el Consejo de Intercambio Legislativo Americano (ALEC, por sus siglas en inglés) o la Cámara de Comercio de EEUU.

Julia Ackerly está trabajando para desarrollar a los sindicatos hasta ese nivel. Con 27 años, ha trabajado en campañas del Partido Demócrata durante la mayor parte de su vida adulta: trabajó como organizadora y directora regional para la campaña de Bernie Sanders en las primarias de 2016, y después para el intento de Larry Krasner de ser fiscal de distrito de Philadelphia, que atrajo atención nacional por cómo Krasner buscó usar esa posición para promulgar una visión progresista del sistema de justicia criminal. Ackerly siempre ha trabajado en campañas que trabajaban de cerca con el trabajo organizado. Pero nunca había estado en un sindicato.


Eso cambió cuando se formó la Asociación de Trabajadores de Campañas (CWG, por sus siglas en inglés). La idea tras el CWG es bastante sencilla: espera sindicalizar a los miembros del personal de las campañas, que sufren duras condiciones laborales en las que proliferan la mala remuneración y prestaciones y los largos horarios, justificados por los directivos como sacrificios por una importante causa. CWG está organizando actualmente campañas una por una: su primera campaña de organización exitosa fue la de Randy Bryce, el candidato que esperaba ganar el escaño en el Congreso del presidente de la cámara, Paul Ryan, y ha organizado desde entonces diez campañas más, hasta un total de 11 en marzo de 2018. Pero espera organizar en última instancia a plantillas enteras de las campañas de los partidos en el futuro.


Ackerly, que ayuda a organizar personal de campañas y ella misma es ahora afiliada de CWG, dice que tener una capacidad colectiva de ser escuchados y respetados en el trabajo es un “factor muy motivador para las campañas de sindicalización”. Destaca la creación de protocolos para denunciar acoso sexual y discriminación como una de las mayores motivaciones que los miembros de las plantillas tienen para organizarse. Lo cual, de forma reveladora, es también uno de los mayores movimientos activistas, que domina en las conversaciones en las salas de estar de los hogares y en las salas de descanso de las empresas, mientras continúe el movimiento #MeToo [`Yo También’, que denuncia el acoso sexual].


La gente joven domina el personal subalterno de las campañas y también han constituido una parte importante de la fuerza motriz detrás de plantillas de campañas recientemente organizadas, según Ackerly. Jake Johnston, el vicepresidente de Organización del Sindicato de Empleados Profesionales del Sector sin ánimo de lucro (NPEU, por sus siglas en inglés), que incluye a algunos miembros de la plantilla de TalkPoverty [medio autor de este artículo], ha visto de igual manera a la gente joven llevar la batuta en las organizaciones que se han constituido recientemente bajo NPEU, y en el mismo NPEU.


Para Johnston, la acción colectiva tiene lazos implícitos con el activismo, en general. “La realidad es que nuestro sistema político realmente ha suprimido una parte significativa de este país. Creo que claramente hay un rechazo del statu quo, y sin embargo hay tan pocas vías para intentar cambiar eso”, dice. “Ya sea uniéndose a DSA, a un sindicato, una campaña de sensibilización o una campaña electoral, la gente está intentando cambiar eso. Todo el mundo necesita una válvula de escape para el activismo”.


Eso es cierto para la juventud en concreto. Durante demasiado tiempo, han sido las víctimas de un sistema económico y político que no funciona para ellos, mientras se les ha negado la oportunidad de cambiar ese sistema.


Ya sean estudiantes como Cameron Kasky gritando sobre la NRA en un micrófono que reverbera desde el Capitolio a la Casa Blanca, gente joven como Julia Ackerly organizándose en una industria que nunca antes ha sido sindicalizada, o activistas como Micah Uetricht organizándose en su propio centro de trabajo, la juventud se está negando a formar parte de un sistema político que ha ahogado consistente y metódicamente su voz. En vez de eso, ellos han llevado sus voces a otro sitio, a válvulas de escape como sindicatos o movimientos activistas donde —finalmente— se están escuchando sus voces.


Traducción: Eduardo Pérez

2018-05-08 06:58:00

 

Publicado enInternacional
Sábado, 17 Marzo 2018 07:09

Las mujeres y el bosque

Las mujeres y el bosque

Del 8 al 10 de marzo de 2018 se realizó el primer encuentro internacional, político, artístico, deportivo y cultural de mujeres que luchan en el caracol zapatista de la zona Tzotz Choj en Chiapas, México. A la convocatoria acudieron más de 5 mil mujeres de 38 países del mundo, que fueron recibidas por otras 2 mil provenientes de los cinco caracoles de todas las zonas zapatistas de Chiapas.


Fue un encuentro significativo, fuerte, emocionante, lleno de contenidos y horizontes. Con raíces profundas que llevan creciendo muchos años, con brotes y ramas que se extienden y entrelazan con muchas otras. En esos días el mundo se coloreaba de tonos violetas y arcoiris, con movilizaciones y acciones de mujeres en muchas partes del mundo, algunas masivas, otras emergentes, todas marcando a su manera que el patriarcado está en cuestión y no estamos dispuestas a soportar más violencia, discriminación, sexismo, machismo y abusos.


Siendo fundamental, el tema no es sencillo ni tampoco sus manifestaciones. Las compañeras zapatistas que abrieron el encuentro, en la palabra de la capitana insurgente Erika, nos nombraron a todas como un bosque o un monte. En ese bosque hay muchos árboles que son diferentes. Hay ocote o pino, caoba, cedro, bayalté y muchos tipos de árboles. Y sabemos que cada pino o cada ocote no es igual, sino que cada uno es diferente. Pero cuando los vemos le decimos monte o bosque. Aquí estamos todas como un bosque. Todas somos mujeres. Pero hay de diferentes colores, tamaños, lenguas, culturas, profesiones, pensamientos y formas de lucha. Decimos que además somos mujeres que luchan. Entonces somos diferentes, pero iguales. Y aunque hay mujeres que luchan y no están aquí, las pensamos aunque no las veamos. Y también sabemos que hay mujeres que no luchan, que se conforman, que se desmayan. En todo el mundo hay mujeres, un bosque de mujeres, que lo que las hace iguales es que son mujeres. Como mujeres zapatistas vemos que algo más está pasando. Y también nos hace iguales la violencia y la muerte. Así vemos lo moderno de este pinche sistema capitalista. Vemos que hizo bosque a las mujeres de todo el mundo con su violencia y su muerte que tiene la cara, el cuerpo, la cabeza pendeja del patriarcado. (https://tinyurl.com/y7l5gtzn)


Desde el monte nos invitaron para hablarnos, escucharnos, mirarnos, festejarnos. Podemos escoger dijeron. Podemos competir entre nosotras para ver quien es mejor, habla mejor, es más liberada, juega mejor al fútbol, o piensa o escribe mejor y al final veremos que nadie ganó. O podemos acordar luchar juntas, como diferentes que somos, en contra del sistema capitalista patriarcal que es quien nos está violentando y asesinando.


Resonó fuerte, clara y al mismo tiempo dulce la voz de la insurgenta Erika. Una voz, nos dijo, revuelta con muchas edades, lenguas e historias, porque habló a nombre de todas las mujeres zapatistas, que desde cada comunidad y caracol se reunieron por muchos meses para pensar, organizar y trasmitir este mensaje.


Por su voz sentimos el sufrimiento de la campesina e indígena que fue sirvienta en la ciudad, sin sueldo, sufriendo mil humillaciones no sólo de hombres, también de mujeres, pero que encontró otras con las que se fue formando para rebelarse como zapatistas; sentimos el dolor por las hijas que murieron de enfermedades curables, sentimos el miedo por ser explotadas y más por ser mujeres, ante los atropellos de militares, capataces y patrones. Sentimos también a las niñas, jóvenes y adultas, que crecieron con la resistencia, la guerra y la construcción de autonomía zapatista. Mujeres que antes solo podíamos morir por ser indígenas, pobres y mujeres, ahora construimos en colectivo otro camino de vida: la libertad, nuestra libertad.


Mucha diversidad hubo en el bosque de este encuentro, con denuncias, intercambios intelectuales, artísticos, musicales, de teatro, poesía, talleres para aprender desde a cuidarnos en Internet hasta nuestros cuerpos y lugares, para construir, pensar y luchar en colectivo desde la diversidad. La gran mayoría de las participantes fueron jóvenes, tanto zapatistas como del resto del mundo.


Llegaron también las madres y hermanas de víctimas de feminicidio, desaparecidas, presas, violentadas, las madres de los 43 estudiantes de Ayotzinapa a quienes las zapatistas y todas dijimos que no están solas, que seguiremos reclamándolos con vida y por justicia. Moira Millán, mapuche de Argentina, nos hizo conocer las luchas contra la guerra de exterminio contra su pueblo, que como el caso de los estudiantes de Ayotzinapa parece ser un ejercicio desde el poder para ver hasta donde pueden atropellar a las y los que resisten y de allí seguir con todas.


Conocimos luchas de las mujeres de Vía Campesina contra las transnacionales, en defensa del territorio y por feminismo campesino y popular. Pueblos indígenas de América Latina, Estados Unidos y Canadá, compañeras de movimientos de Black Lives Matter, de Palestina, Marruecos y del Movimiento Sin Tierra de Brasil cerraron con sus reflexiones y saludos este encuentro, que se abrió a continuar el próximo año.


Las zapatistas nos despidieron dándonos una luz para llevar y prender cuando nos sintamos solas, cuando pensemos que la lucha es muy dura, cuando tengamos miedo, pero también para llevarle a las desaparecidas, las presas, las asesinadas, las migrantes, las violadas, las golpeadas, las explotadas. Para decirles que no nos rendiremos, que no están solas, que luchamos con ellas y para que el dolor que cargan no se vuelva a repetir. Para juntarla a otras luces y prender fuego al sistema capitalista patriarcal.

 

Por Silvia Ribeiro, investigadora del Grupo ETC

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La liberación del norte de Siria, una historia de mujeres que lideran la revolución

La española Sara Ainhoa de Ceano-Vivas Núñez se encuentra junto con otros brigadistas internacionales en Afrin para apoyar al pueblo kurdo, que en Siria se enfrenta a un doble enemigo: el Daesh y los ataques de Turquía.



El foco de interés de los medios internacionales que cubren la guerra de Siria se ha centrado estas semanas en dos puntos concretos: Guta Oriental —donde se han registrado ataques incluso en plena tregua patrocinada por la ONU y que ya ha registrado más de 500 muertos— y Afrin. Este último enclave, al norte del país, saltó hace un tiempo a los medios de comunicación por los ataques por parte de tropas apoyadas por Turquía al bastión kurdo, pero en España ha tenido más repercusión desde el pasado día 10, cuando se reportó que el ourensano Samuel Prada había fallecido en un bombardeo.


Baran Galicia, como se conocía al español brigadista, ha hecho que todas las miradas se giren sobre el conflicto en esa parte de Siria y sobre los extranjeros que actualmente acompañan los batallones del Ejército Democrático Sirio, las milicias kurdas y documentan la situación por la que están pasando los civiles en las ciudades atacadas o afectadas por embargos. Sara Ainhoa de Ceano-Vivas Núñez es una de ellos. Esta periodista madrileña viajó por primera vez al territorio kurdo en 2015 y desde entonces ha vuelto dos veces más: la última de ellas hace nueve meses y sin fecha de retorno. "Llegué con la idea de documentar la lucha contra el Daesh, pero luego me integré en la Comuna Internacionalista de Rojava. Allí hacen proyectos para reforestar el norte de siria, formación para los internacionales y otras formas de colaboración como la difusión". Ese es exactamente su cometido ahora mismo, en Rojava y en Afrin, a donde ha viajado con la segunda caravana de apoyo a la resistencia del cantón kurdo.


"Turquía nos bombardeó sabiéndolo"


Ella, junto con otros internacionales —como el catalán Rok Brossa, el italiano Jacopo Bindi y otros que prefieren no hacer pública su identidad— visitan las ciudades, a los refugiados, comprueban cómo afecta las restricciones de alimento y medicamentos y cómo soportan los bombardeos cada vez más cerca de la ciudad. De hecho, ellos mismos sufrieron el terror de los ataques en su llegada a Afrin. "Íbamos en un autobús lleno de madres, incluso una de ellas iba a visitar a su hija al cementerio porque había muerto durante los ataques. Seríamos como unos 50 vehículos entre autocares y coches. Cuando llegamos a los límites de la ciudad, empezamos a escuchar explosiones cada vez más cerca. La gente se puso muy nerviosa, nos hicieron bajar de los vehículos, apagamos las luces. Los bombardeos estaban tan cerca que empezó a caer metralla sobre nosotros. Un chico cayó desplomado a dos metros de mi con metralla en la cabeza. La gente empezó a dispersarse buscando refugio. La llegada de la caravana era totalmente pública, Turquía nos bombardeó sabiéndolo”.


La miliciana bonita, una imagen morbosa


'Defender Afrin significa defender la revolución de las mujeres'. Bajo este lema se han desarrollado manifestaciones y caravanas de apoyo, no solo a las mujeres que lideran la liberación de las mujeres, sino a todo el pueblo kurdo y demás sirios que viven en Afrin. Aunque hace unos días el Gobierno sirio anunciaba el apoyo militar a los kurdos, esta presencia, con armas ligeras y pocos medios, no ha sido muy efectiva. De nuevo, las unidades militares de los grupos kurdos, como la unidad femenina del PYJ son los que dan la cara ante los combatientes y financiados por Turquía. "La imagen de la combatiente kurda ha sido morbosa, creada por los medios de Occidente, para el principal comprador: hombre, blanco, de edad y renta media. Lo único que quieren ver son mujeres bonitas con kalashnikov y no han mostrado nada más de la revolución de la mujer", concluye la brigadista madrileña.


Si la imagen de las mujeres kurdas combatiendo al Daesh fue aplaudido por el mundo entero, ahora poco apoyo reciben cuando son ellas las atacadas. Para ejemplo, la poca repercusión que tuvo el asesinato y la mutilación del cadáver de la miliciana Barin Kobane. "La profanación de su cuerpo ha sido totalmente descabellado, pero no es la primera vez que ocurre —explica Sara de Ceano desde Afrin— Pasaba con el Daesh y pasa con todos esos grupos supuestamente moderados, del Ejército Libre Sirio o de que trabajan como mercenarios de Turquía. Es su manera de aplicar el islam y la falta de ética en el combate". Precisamente las autoridades kurdas denuncian que estos grupos, respaldados por Turquía y en otros lados de Siria por Estados Unidos, son herederos de Al-Nusra, una facción de Al Qaeda, islamista y muy violenta.


Desde Cizire, la Federación Democrática del Norte de Siria destacan que la liberación de la mujer no es algo exclusivo de este pueblo, pero que sí que es cierto que se ven más lo avances al llevar más de 40 años con una "revolución dentro de una revolución". Meral Çiçek, periodista kurda, opina que "en ningún momento de la historia humana las mujeres han experimentado una violencia tan severa, intensa y sistemática como hoy en día", lo que justifica su esfuerzo por superarlo en todos los ámbitos de la sociedad. Esto unido al concepto de autodefensa que existe en el pueblo kurdo -y que da nacimiento a los grupos como el YPG (Unidades de Protección Popular), el YBS (Unidades de Protección Sinjar) o las Fuerza de Autodefensa Siria, entre otros muchos- hace que muchas mujeres no solo tomen un arma, si no que se conviertan en líderes y gestoras de sus comunidades.


Un maltrato que ha vivido en una cultura —como en el resto de la región y en el mundo— machista, pero que ha vivido sus años de más terror bajo el reinado del Daesh. La propia Sara de Ceano-Vivas lo ha presenciado cerca. "He visto a chavalas con 18 o 19 años que abandonan sus casas, sus tradiciones o familias, por perseguir la liberación de la mujer. Una joven que nunca ha podido nunca ponerse pantalones o salir fuera de su casa sola por el Daesh corre a unirse a las unidades de protección y se empodera viviendo de forma colaborativa. Otra cosa no, pero la revolución de Rojava es la revolución de las mujeres". Una revolución que cada vez se abre más a otras mujeres, como las árabes, las yazidíes, armenias y que pasa por tener espacios mixtos -con mujeres y hombres- pero también no mixtos -solo mujeres- para que poco a poco las mujeres asuman más responsabilidades en la esfera pública.


Refugiados de Alepo, también en peligro


Se trata de un equilibrio, que se mantiene en la guerra y también en la vida cotidiana. Preguntados a los brigadistas por el estado de los civiles en Afrin y los demás cantones del norte de Siria bajo los ataques, destacan las dificultades del bloqueo, de la falta de material para tantos refugiados y la destrucción de sus medios productivos. De hecho, muchas de las personas que ahora se encuentran en Afrin han huído previamente de Alepo o de otras zonas, incluso teniendo que establecerse en varios lugares diferentes por el avance de la guerra. "La situación de los civiles aquí es extraña. De día se hace vida más o menos normal, pero por la noche comienzan los bombardeos. No se ataca la ciudad directamente, pero lo hacen cerca para que los civiles se asusten y se vayan. Así será más fácil la invasión", explica en referencia a las tropas de milicianos con armamento pesado apoyados por Turquía. Pese a todo, no abandonará su tierra, nos aseguran desde el Centro de Información Afrin Resistence. Son los encargados de hacer reportes de los ataques de forma diaria e informan semanalmente con boletines que traducen a inglés, francés y castellano.


De hecho, una de las funciones más importantes de los internacionales que se encuentran en la retaguardia es traducir y lograr que la situación llegue a otros países. Preguntados por la similitud que hay con los brigadistas que vinieron a España en la Guerra Civil —y otros tantos casos en la historia cuya función era resaltar en sus países de origen y evitar los ataques contra la población civil—, aseguran que esa es una de las razones para estar allí aunque no tienen esperanzas de que funcione. "Se supone que con internacionales en el territorio se llama la atención sobre el tema, pero a Turquía le da igual: bombardea y mata de la misma manera. Y luego está la comunidad internacional, con sus intereses y el mirar para otro lado en esta invasión. Ha habido muchas palabras pero nada concreto para detenerlo", explican, en clara referencia a la tregua que no ha servido ni de respiro a los civiles.

"Básicamente no hemos podido salir de la ciudad de Afrin porque bombardean mucho y es muy difícil moverse", comenta la periodista madrileña. "Las autoridades milicianas no nos permiten salir. Hay compañeros internacionalistas de la YPG, pero no hemos tenido contacto con ellos, lo tenemos totalmente prohibido porque están en el frente. Después de la muerte de Baran Galicia (Samuel Prada) y Kendal Breiz (el otro internacional fallecido, el bretón Olivier François Jean Le Clainchede), estamos con mucha tensión por los demás combatientes".

De hecho, la Comuna Internacionalista ya les ha comunicado que temprado saldrán de la ciudad e irán a otro cantón. Afrin no quedará sola, porque ya se planea la llegada de una nueva caravana de apoyo y solidaridad, esta vez lleno de mujeres del norte de Siria pertenecientes a organizaciones feministas como Mujeres Zerdeshtî, Instituto de Trabajadoras, Movimiento Nueva Generación, entre otros. Aunque la esperanza de que la comunidad internacional frene los ataques, el pueblo kurdo no arroja la toalla. Y los brigadistas internacionales tampoco. "Yo no vuelvo a Europa. Creo que hay mucho que hacer, informar y colaborar", afirma con convicción Ceano-Vivas Núñez.

11/03/2018 17:11 Actualizado: 11/03/2018 17:11

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Viernes, 16 Febrero 2018 05:42

Pensar los bienes comunes

Pensar los bienes comunes


Los comunes son los bienes que son de todos y que a todos nos interesa conservar

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Para pensar los bienes comunes “fuera de la caja”, pensad en algo que a todos nos conviene cuidar y mantener en buen estado, pero para lo que no existen incentivos particulares para hacerlo. En este sentido, normalmente, se identifican tres tipos de bienes comunes:


1) Los bienes comunes tradicionales se refieren a recursos de los que toda una comunidad o un pueblo depende: el agua del río que pasa por allí, los pastos, la tierras de cultivo, las zonas de pesca, etc. Se trata de recursos que no pueden dividir fácilmente y que ninguno del pueblo se puede apropiar por sí mismo. Si no lo cuidan, todos mueren de hambre, pero no hay nadie en concreto que tenga un incentivo personal para cuidarlo. De ahí que se tengan que poner de acuerdo para cuidarlo entre todos, estableciendo normas y regulaciones de uso común. Eso es el gobierno de los bienes comunes, o lo que es lo mismo, el gobierno común de los bienes. Elinor Ostrom lo describe brillantemente en el libro que lleva ese título.


2) Los bienes planetarios se refieren a la atmósfera, los océanos, la biodiversidad que son patrimonio de toda la humanidad (y del resto seres vivos). Nadie en concreto parecer tener responsabilidad de cuidarlos, no se obtiene un beneficio particular por cuidarlos con respecto a quienes no los cuidan. Más bien es al contrario,

contaminando estos recursos es como obtenemos beneficios particulares. De ahí que hagan falta acordar normas y regulaciones para reducir la contaminación, y por eso todos los países del planeta se reúnen en cumbres sobre el clima, para no llegar a ningún acuerdo porque sus gobiernos están más interesados en ventajas particulares que en el bien común. (nótese la polisemia de “bien común” como recurso común y como algo que es bueno para todos).


3) Los comunes digitales, se refieren al conocimiento compartido que es gratis y está accesible para todos, pero para el que hace falta un sistema de gestión de ese conocimiento para asegurar que tiene cierta fiabilidad y validez. Ahí está la Wikipedia con sus reglas y distribución de tareas para permitir que el resultado tenga una fiabilidad bastante aceptable; o las comunidades de software libre que trabajan coordinadamente de acuerdo a normas y protocolos propios para crear algunos de los mejores programas informáticos que existen.


La clave de todos estos sistemas de gobierno común está en que los acuerdos entre las partes son la forma más eficiente de gestionar estos recursos. Lo que lo diferencia de las otras dos formas de gestión conocidas: la centralizada y la de mercado.


En todos estos casos, una autoridad central tendría muy difícil legitimarse como propietaria o administradora del bien; y si lo hiciera, le sería muy difícil gestionarlo eficientemente, por falta de información, conocimiento y capacidad de acción.


También son recursos difíciles de gestionar por un sistema de mercado, puesto que para que los agentes económicos colaboraran en el cuidado del bien, habría que crear incentivos económicos particulares para orientar su acción, lo que en la práctica requiere (de nuevo) una regulación centralizada. Un ejemplo de este intento sería el mercado de venta de derechos de emisión de CO2, sin embargo, su eficacia para reducir la contaminación es muy limitada, porque sigue apelando a incentivos particulares.


En definitiva, los comunes muestran la necesidad de un sistema de acuerdos colectivos para regular en base al interés común (=conservar el recurso en buen estado) y no al interés particular (=hacer el mayor uso del mismo). Esa es la clave del concepto de procomún que se puede aplicar a muchos ámbitos.
Ahora, pensad “fuera de la caja”:


Podemos aplicar esta idea, por ejemplo, al concepto de privacidad y al modo en que es explotada en los reality shows. Todos tenemos una intimidad y a todos nos conviene que exista un respeto por la intimidad de los demás, en base a eso valoramos una serie de normas (de forma explícita o implícita) para el respeto a la intimidad de los demás. En las relaciones sociales (digitales o no) esto implica un código de conducta de respeto hacia los demás. Renunciamos al beneficio que podríamos obtener faltando al respeto o apelando a los trapos sucios de los demás para facilitar una cultura del respeto de la que nos beneficiamos.


También podemos aplicar esta idea a la comunicación pública en general, y en particular al modo en que apela a las emociones de la gente. Desde un respeto al bienestar común, renunciaremos a estimular determinadas emociones negativas (racismo, sexismo, odio, etc.) porque no queremos vivir en una sociedad en la que esas emociones sean predominantes, aunque en el corto plazo podamos obtener un beneficio apelando a alguna de ellas.


En estos dos casos no hay normas explícitas de gestión comunitaria, ni hay un bien o recurso material concreto que gobernar, pero en la práctica funciona el mismo principio de actuar en base a un sentido colectivo de respeto a un un interés común. En este sentido, los modos de gobierno de los bienes comunes (los tradicionales de Ostrom o los digitales como la Wikipedia) nos pueden ser útiles para pensar cómo se podría mejorar la gestión de otras cuestiones que nos afectan a todos y que a todos nos interesa cuidar y mantener.


Los comunes son los bienes que son de todos y que a todos nos interesa conservar

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Jueves, 15 Febrero 2018 06:03

Decadencia

Decadencia

¿Están las sociedades “occidentales” socialmente enfermas? El mundo ha entrado en una espiral decadente en la que va dejando lo poco que le quedaba de aquello llamado humanidad. El panorama no invita al optimismo, matamos el planeta y nos matamos entre todos. Pagando el pato quienes menos culpa tienen, como siempre.


Algunas personas sufren, con todo el derecho, por cosas nimias. Sus cosas. Mientras, hay verdaderas debacles ambientales y sociales. Las migraciones, el cambio climático, los recortes en derechos, los abusos generalizados contra menores y mujeres, las exclusiones por múltiples motivos, las salvajadas contra los animales,


Muestras de una decadencia que no creo que haya que aceptar como parte determinada de una etapa de la vida, de la persona o de una sociedad concreta. A principios del siglo XX, Spengler ya escribió que la cultura occidental estaba en su etapa final. Una etapa que se alarga hasta nuestros días, que sigue empeorando y que se extiende por todo el globo como si fuera una epidemia.


Cuando se supone que mejor podríamos vivir gracias los avances científicos y tecnológicos, a una mayor y mejor formación ciudadana y académica, a unas sociedades en las que van arraigando, poco a poco eso sí, las democracias, nos encontramos en una situación de empobrecimiento social más que preocupante.


En Florencia (Colombia) un descerebrado, por llamarlo de alguna manera, viola una bebé. En Jaén (España) estudiantes menores de edad abusan sexualmente de un compañero de colegio. En EE.UU. un estudiante acaba con la vida de varios de sus excompañeros de colegio dejando decenas de heridos. En Haití, aprovechándose de la desgracia ajena y de su condición de cooperantes, un grupo de empleados británicos de una ONG de fama mundial tuvieron “una conducta sexual inapropiada”.


¿A dónde puede llegar la bajeza del ser humano? ¿Qué les pasará a esos delincuentes? A los españolitos puede que no se les puede acuse por ser menores. Pequeños para sufrir la pena pero grandes para cometer el delito. Al violador colombiano, al asesino estadounidense (que esta vez no han vinculado, de momento, con el Estado Islámico) y a los sinvergüenzas disfrazados de “solidarios” veremos qué les pasa. Hay gente que parece no estar en sus cabales, y cualquiera diría que existe riesgo de contagio.


Mientras, la vida sigue y acá como si nada hubiera pasado. Y ahora, más deporte. Gente que sufre por los colores de su equipo. Un grupo de personajes que cobran más de lo que se merecen por hacer lo que les gusta, con una masa detrás que les vitorea o insulta en función de unos resultados que para nada afectan a sus ganancias.


O más política, con minúscula. Los políticos, que venden humo y casi nos obligan a comprarlo, siguen ajenos a las realidades que les rodean. Como si sus vidas no fueran de este mundo. Nadie se rasga las vestiduras, casi nadie dimite, y se empecinan en pelear por unos votos que luego olvidan. Siguen siendo las y los privilegiados en sociedades con una gran parte de la población luchando a diario por sobrevivir. Endurecen las condiciones de vida de las gentes a las que piden el voto mientras se dedican a enriquecerse y mantener sus privilegios y no cumplir con la res pública, esa por la que se postulan a gobernarnos y que se supone que prometen defender.
¿Dónde está la ética?, ¿y la solidaridad y la comprensión del prójimo?, ¿dónde la responsabilidad?


Sin caer en la pacatería ni en el puritanismo que pueden poner en riesgo la libertad y los derechos sociales que tantas luchas y sudores, y hasta vidas, han costado conseguir, debemos demandar recuperar cierto humanismo y comportamiento ético que nos resitúe como seres pensantes.


No podemos apartar la vista de la barbarie del mundo. “El hombre no nace, se hace”, que diría Erasmo, y en esa formación tendremos que incidir para evitar seguir cayendo en ese declive humano y social en el que hemos metido a este mundo ya de por sí jodido y chambón.

15FEB2018

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Martes, 13 Febrero 2018 06:21

El supremo dilema: ¿pirámides o redes?

El supremo dilema: ¿pirámides o redes?

De su larga trayectoria, un observador extraterrestre, de mirada limpia por ajena, podría distinguir dos periodos bien distintos en la historia de la humanidad, que son incluso antitéticos o contradictorios. Uno va de sus orígenes como especie hace unos 200 mil años hasta hace unos 4 mil años. El otro va justo de esa época a la actualidad. El punto nodal que marca la diferencia es el paso de sociedades igualitarias a sociedades jerarquizadas. Durante largo tiempo el ser humano formó parte de comunidades autocomandadas regidas por la cooperación, la ayuda mutua, las reglas de parentesco y el disfrute colectivo de los bienes obtenidos de su entorno natural. Esas fueron lo que Marshal Sahlins denominó las primeras sociedades de la abundancia ( affluent societies) en su celebre artículo en Les Temps Modernes (octubre de 1968): bandas de cazadores, recolectores y pescadores y comunas aldeanas con agricultura y ganadería. Visualicemos. Hace 4 mil años el planeta era habitado por varias decenas de miles que representaban unas 12 mil culturas distinguidas por la lengua, y que una suerte de sustentabilidad primigenia para ponerlo en términos actuales, les permitió mantenerse y reproducirse en equilibrio con su entorno natural. Las primeras sociedades jerárquicas que aparecieron fueron los señoríos o jefaturas, y de ahí se pasó a los estados, con jerarcas apoyados por militares e iglesias. Del Estado despótico y esclavista se pasó al Estado feudal y luego al Estado controlado por el capital.


En su obra clásica La sociedad contra el Estado, Pierre Clastres echó abajo el mito, producido y reproducido por los mayores intelectuales de Occidente, de que la dimensión política sólo existe en función del poder y que éste supone ineludiblemente una relación de orden y obediencia, bajo un sistema de coerción basado en la violencia. Ello supuso borrar de un plumazo toda la historia de las sociedades humanas anteriores a la era civilizada, que por supuesto coloca a Europa en la cúspide de un presunto proceso evolutivo unilineal, donde el orden basado en la coerción queda justificado. Ese mito sigue vigente hasta nuestros días, oculto por la idea de modernidad, aunque cada vez más erosionado por el cúmulo de evidencias científicas.


Hoy somos nosotros, usted lector incluido, habitantes de una civilización moderna e industrial, tecnocrática y capitalista que es el pináculo, el punto máximo de esa tendencia histórica que se inició hace 4 mil años. Vivimos los tiempos de la máxima jerarquía, coerción y violencia apuntalados por innumerables mecanismos, visibles u ocultos, sutiles o descarnados. Este modelo vertical, fincado en la coerción y en la violencia, está representado por la pirámide. En la punta de la pirámide habitan los seres divinos o humanos que explotan o dominan al resto. La pirámide moderna que se busca imponer por todos los rincones del orbe tiene, sin embargo, fisuras, islas, grietas, contracorrientes. A la fascinación por la pirámide hoy se opone otra figura geométrica, la red, que es, para decirlo pronto, una estructura horizontal, diversa, descentralizada, heterogénea y basada en la equidad.


Ejemplos piramidales notables son los estados, las iglesias, las corporaciones o empresas privadas, los ejércitos y los partidos políticos, que son las instituciones que mantienen la coerción y el orden. Y en la civilización moderna todo aquello que no se estructure en torno a la pirámide, a los sistemas de dominación y jerarquía, tenderá a ser denunciado, asediado, soslayado, reducido y eliminado.


Debemos a G. Deleuze y F. Guattari el haber desarrollado una teoría filosófica de las redes, basada en el modelo vegetal del rizoma. Los rizomas son brotes que se extienden subterráneamente y de manera horizontal, que pueden ramificarse en cualquier punto, así como engrosarse transformándose en un bulbo o tubérculo que puede funcionar como raíz, tallo o rama sin importar su posición en la estructura de la planta. El rizoma es un modelo en el que la organización de los elementos no sigue líneas de subordinación jerárquica, sino que cualquier elemento puede afectar o incidir en cualquier otro. El rizoma carece, por tanto, de centro.


Hoy los avances tecnocientíficos y los sistemas de conocimiento, comunicación e información facilitan como nunca antes la construcción de redes. Ahí están ya la web, las cooperativas de todo tipo y en todas las ramas y dimensiones de la vida humana (de producción financieras, de consumo, de comunicación, de servicios, etcétera), las comunidades, aldeas, municipios y regiones que se autogobiernan, las pequeñas ciudades que se animan a vivir sin petróleo, las asociaciones ciudadanas para producir, circular y consumir energía, agua o alimentos, las nuevas modalidades de trueque pos-moderno, monedas comunitarias y electrónicas (el bitcoin y otras) y las empresas descentralizadas de mercadeo en red basadas en los multiniveles ( multilevel marketing).


El surgimiento, mantenimiento y la multiplicación de las redes hará que la actual civilización se desmorone irremediablemente. Caerán los monopolios políticos y económicos de la modernidad, como antes cayeron reinos e imperios, con sus faraones, reyes, señores, monarcas. Los poderosísimos corporativos, los bancos gigantescos y los estados irán perdiendo su capacidad de coerción y se vendrán abajo, de una manera que será tan espectacular como pacífica. Se caerán por su propio peso, de la misma manera en que los gigantescos dinosaurios desaparecieron porque su diseño ya no funcionaba. Ello depende de que la sociedad se organice y cree mil mecanismos para la multiplicación de las redes. Mientras los ciudadano no se organicen desde abajo, es decir subterráneamente, el poder político (el Estado) y el poder económico (el capital) seguirán manteniendo esta situación dramática de explotación, injusticia e inseguridad. Los grandes pensadores de la emancipación, como P. Kropotkin, Ivan Illich, E.F. Schumacher, M. Gandhi tienen razón: la humanidad sólo logrará salir de esta pesada noche cuando recupere su capacidad de transformar las pirámides en redes. Las redes se tejen y el tejido es una arma muy poderosa, quizás como nadie antes lo había imaginado. El futuro está en manos de los tejedores y será rizomático o no será.

 

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Agroecología, capitalismo y cambio climático

Las concentraciones de gases de invernadero han alcanzado niveles nunca antes detectados. Como resultado, las temperaturas en los océanos y la tierra son ~ 1°C más altas que en la era preindustrial, y las precipitaciones se hacen más variables y más extremas. Estos cambios ya ejercen impactos tangibles sobre varios procesos biofísicos planetarios (acidificación de los océanos, extinción de miles de especies, escasez de agua fresca, etcétera) y también pone en jaque la producción agrícola, en especial los grandes monocultivos industriales, que son parte del problema pero que siguen expandiéndose a pesar de estarse autodestruyendo al minar las condiciones ecológicas de la producción: producen 30 por ciento de los gases de invernadero y dada su homegeneidad genética son extremadamente vulnerables al cambio climático.


Aunque existe conciencia sobre la emergencia que representa el cambio climático, las emisiones de carbono siguen incrementándose y no se vislumbran acciones para frenar el calentamiento global. El problema es que la causa-raíz del desafío ecológico, es el sistema capitalista incapaz de asegurar respeto por el medio ambiente y al capitalismo no le conviene implementar cortes urgentes en las emisiones de carbono, pues estas medidas amenazan su propia existencia. Detener las emisiones antes de alcanzar el umbral de 2°C (que conduciría a un estado de irreversibilidad climática) requiere un cambio revolucionario que va en contra del crecimiento económico y la hegemonía de las multinacionales. Para mantenerse bajo el umbral, los países ricos tendrían que cortar sus emisiones en 10 por ciento por año, amenazando los niveles de consumo y bienestar que gozan. Los cambios agrícolas necesarios requerirían no sólo romper el monocultivo con estrategias agroecológicas, sino también desmantelar el control de las multinacionales sobre el sistema alimentario, el sistema de producción basado en petróleo, y las políticas agrarias neoliberales que lo ampara.


La respuesta de los grandes intereses es que la tecnología unida a la magia del mercado podrán solucionar los problemas climáticos, promoviendo la ilusión de un crecimiento económico ilimitado que no impacta la naturaleza. El agronoegocio aprovecha estas crisis para restructurarse con las mismas estrategias pero disfrazadas bajo el nombre de la agricultura climáticamente inteligente. Las prácticas que proponen priorizan la mitigación basadas en mercados de carbono por sobre la resiliencia socioecológica y la soberanía alimentaria. Los créditos de carbono favorecen a los agricultores más contaminantes y los agricultores que siguen prácticas que secuestran carbono, venden sus créditos a multinacionales contaminadoras.


La agroecología plantea la conversión agroecológica de los sistemas de producción, y la creación de redes alternativas de alimentos saludables y accesibles para todas las personas. La agroecología capitaliza en la experiencia de miles de campesino(a)s que utilizan policultivos y sistemas agroforestales que minimizan los riesgos frente al cambio climático. Evidencias demuestran que estos sistemas agroecológicos son más resistentes a los impactos de sequías y huracanes que los monocultivos, por tanto constituyen modelos que ofrecen una gama de diseños de manejo para reforzar la resiliencia de los agroecosistemas modernos.


La agroecología plantea una visión radicalmente diferente a los sistemas alimentarios globalizados basados en la homogenización, especialización, industrialización y medidas económicas cortoplacistas. Los nuevos sistemas agroecológicos se basan en sistemas familiares de pequeña escala, locales, biodiversos, autónomos, incrustados en territorios controlados por las comunidades y apoyados por consumidores solidarios que entienden que comer es a la vez un acto político y ecológico.


Por Miguel A. Altieri, profesor emérito de Agroecología, Universidad de California, Berkeley

Publicado enMedio Ambiente
Solidaridad entre el ambiente y la humanidad

La raíz

 

Coinciden quienes estudian la etimología de las palabras, en que “Solidaridad viene del adjetivo latino solidus, solida, solidum que significa sólido, macizo, consistente, completo, entero. También real, seguro, sin vanos artificios, firme. Y del verbo latino solido, solidas, solidare, solidaui, solidatum, que significa consolidar, dar solidez, asegurar, endurecer, soldar”.

De acuerdo con el diccionario, soldar significa “Pegar y unir sólidamente dos cosas, o dos partes de una misma cosa, normalmente con alguna sustancia igual o semejante a ellas”.
En el caso de la relación entre el ambiente y los seres humanos (vistos como especie, como individuos o como comunidad), la solidaridad no consiste tanto en hacer algo nuevo, sino en reconocer lo que es un hecho y actuar de conformidad. No es pegar y unir sino reconocer que ya somos-estamos indisolublemente unidos y pegados. O como lo decía hace varias décadas el inolvidable lema del “Grupo Ecológico del Cauca”, que “Nosotros somos la otra mitad del medio ambiente”.

 

Sistemas e interdependencias

 

La solidaridad, entonces, es actuar coherentemente con la convicción de que los humanos formamos parte de ese tejido de interdependencias condicionantes que se denomina la biosfera y que, a su vez, está estrechamente interconectada con los demás sistemas (que no “capas”) de la Tierra: la atmósfera (aire), la hidrósfera (agua), la criósfera (hielo), la litósfera o geósfera (rocas)... y también la noosfera (“Conjunto de seres inteligentes del planeta” según Vernadski, primer formulador de este concepto que después desarrollló Theilhard de Chardin), y la infosfera, de la cual habló por primera vez Alvin Toffler, y que hoy se materializa en la internet.

Yo me atrevo a añadir la magnetosfera (surgida de la interacción entre el magnetismo terrestre y el viento solar), a este listado de sistemas concatenados (encadenados entre sí) que de alguna manera determina las condiciones de existencia de todos y cada uno de los demás sistemas y, en consecuencia, del planeta en su conjunto y de todos los seres que formamos parte de él.

En cada territorio y en cada ser humano confluyen todos estos sistemas concatenados: bien sabido es que somos el resultado de la interacción permanente entre dinámicas naturales y dinámicas culturales; resultado al cual se le puede aplicar ese adjetivo latino solidus, solida, solidum que, como indicamos en el primer párrafo, significa sólido, macizo, consistente, completo, entero. Entendiendo lo de sólido y macizo no en el sentido de su cohesión o estructura material, sino de la consistencia de su significado en términos de los procesos que han conducido a que la Tierra y las sociedades humanas seamos como somos hoy.

 

La solidaridad como “valor” y el valor de la solidaridad

 

Reconocemos la solidaridad como un valor, pero cuando voy a buscar en el diccionario el significado de valor, no encuentro ninguna que me satisfaga a cabalidad. Ni siquiera la primera, de acuerdo con la cual valor es “el grado de utilidad o aptitud de las cosas para satisfacer las necesidades o proporcionar bienestar o deleite”.

Digo que, en cuanto hace referencia a la solidaridad –y a otros valores como la reciprocidad, la equidad o la identidad– no me agrada esta definición (ni mucho menos todas las que abordan la palabra desde una óptica predominantemente económica).

Y no me agrada porque solamente se le reconoce valor a algún ser, en la medida en que satisface las necesidades de alguien humano, pero no porque ese ser sea valioso por el mero hecho de existir.
Esta es una expresión de la ética antropocéntrica que mira al mundo, al Cosmos entero, no solo desde la óptica humana (lo cual sería lógico), sino desde los intereses particulares y por lo general exclusivos de nuestra especie: lo que no es útil para los seres humanos carece de valor y por tanto no tiene razón ni derecho a existir.

Muchos pensadores vienen insistiendo en la necesidad de dar el salto desde esa ética antropocéntrica, hacia una ética bio-ecocéntrica que reconozca que todos los seres vivos compartimos este planeta y que, por el mero hecho de existir, poseemos una dignidad. Incluimos también a los seres que, como el agua, convencionalmente no se suelen reconocer como vivos, pero que forman parte esencial de la Vida en la Tierra.


“Lo mejor de mí me lo sacan las piedras”

 

Creo firmemente que, así como hoy nos avergonzamos de una ética etnocéntrica que hasta no hace mucho tiempo orientó –o desorientó fatalmente– a la humanidad, una ética según la cual solamente una raza tenía derechos, incluyendo el de disponer de la vida y el destino de otras etnias, así en un futuro ojalá no lejano, la vergüenza por la manera como nuestra especie viene sacrificando la dignidad y la existencia misma de otros seres vivos, formará parte del consenso general.

La semilla de la ética bio-ecocéntrica ya está sembrada y no solo ya germinó, sino que está comenzando a dar frutos en los movimientos animalistas y en el movimiento ambientalista en general. La encíclica Laudato Si’ basada en el pensamiento bio-céntrico de San Francisco de Asís, también apunta en esa dirección.

El planeta Tierra, por su parte y de manera cada vez más explícita, está tomando medidas para ajustar sus sistemas concatenados para responder a la manera puramente antropocéntrica como la especie humana se relaciona con ella. Eso se expresa en el llamado “cambio climático”. O sea que, por las buenas o por las malas, si nuestra especie quiere permanecer en este planeta, esa ética antropocéntrica predominante tendrá que evolucionar.
Es aquí donde aparece muy claramente el valor de la solidaridad: la necesidad de entendernos como expresiones de esa unidad infragmentable que es el fenómeno vital. Y como dije atrás, de actuar coherentemente con esa convicción. Con pleno y directo conocimiento de que la coherencia no es fácil... pero que al menos podemos imponernos el difícil compromiso de intentar que cada paso que demos nos conduzca hacia allá.

 

De la solidaridad hacia una nueva identidad fractal1

 

La solidaridad, al contrario, por ejemplo, de la caridad (que es vertical), es una relación horizontal entre seres interdependientes. Su ejercicio puede hacerse válidamente desde lo que podría parecer una intencionalidad egoísta: Hoy por ti, mañana por mí. O más exactamente: Todo lo que haga por tu bien, lo hago también por mi bien. Todo lo que te dañe a ti, me daña también a mí.

Evado por ahora el debate sobre el significado de los valores2, para mencionar que ese actuar de manera coherente con lo que significa la solidaridad, nos conduce a otros valores esenciales como la responsabilidad (ser plenamente conscientes de las consecuencias actuales y potenciales de nuestras decisiones u omisiones y de nuestra manera de actuar), así como también a la consolidación de una nueva identidad.
Identidad solidaria-responsable con el territorio del cual formo parte (desde mi entorno más inmediato hasta el planeta Tierra).

Identidad y solidaridad “de reino”, que me hace sentir y actuar de manera coherente con la convicción de que yo también soy un animal.

Identidad y solidaridad de género con el género humano y con el género del cual, biológicamente o por elección personal, cada cual es parte y expresión. Sin olvidar, por ejemplo, que el éxito en la relación de una pareja heterosexual, depende de que la mujer interior del hombre esté enamorada del hombre interior de la mujer... y viceversa. En cada ser humano está presente, en muchas formas, el Yin-Yang.

Solidaridad responsable y autocrítica con lo que soy, que es el resultado de la confluencia de todo eso que me otorga mi identidad fractal: terrícola, humano, americano, suramericano, colombiano, caucano, popayanejo y, desde hace casi dos décadas, parte activa de este territorio llamado Bogotá.

 

La necesidad de recuperar los sentidos olvidados

 

Lograr ese sentimiento de unidad, esa identidad fractal, exige que despertemos los sentidos que tenemos ahí, pero que se han olvidado y atrofiado porque durante muchas generaciones no los volvimos a usar.

Sentidos como la intuición, a la cual por esa estupidez máxima que es el machismo, renunciamos los hombres y se la dejamos exclusivamente a la mujer.

O como la empatía y la compasión, o sea, la capacidad de sintonizarnos para compartir la pasión con los demás seres que forman parte de esa misma unidad.

Solidaridad-identidad con los que sufren, sean humanos o no.

Y también el don de alegrarnos con los que gozan, como los árboles cuando llueve tras varios días sin llover, o las aves cuando cantan para celebrar el amanecer.

Tenemos que aprender, entonces, a desarrollar nuevas sensibilidades y más profundas y más efectivas formas de comunicación, con seres no humanos... pero también entre los seres humanos, cada vez más afectados por ese grave error de confundir la indigestión por exceso de información, con una verdadera comunicación.
Identidad-Solidaridad-Responsabilidad actual e intergeneracional, como expresión de la conciencia de que las decisiones que tomemos ahora van a generar consecuencias felices o desastrosas para las generaciones actuales y para las que nos van a heredar.

Comparto la idea de que somos protagonistas de una crisis civilizatoria sin precedentes. Y de que, para encontrarle salidas constructivas, que fortalezcan la Vida, necesitamos transformar profundamente nuestra forma de ser, de actuar y de pensar.

En otras palabras, en la teoría y en la acción, y en todo nivel fractal, debemos redefinir el significado de HUMANIDAD.

 

[1] La fractalidad es esa propiedad en virtud de la cual la Naturaleza de alguna manera se repite a sí misma a medida que cambia de escala. Ver aquí

[2] También lo evado porque soy consciente de todas las infamias que se han cometido y se siguen cometiendo, supuestamente “en defensa de los valores”. Ese tema es para abordarlo en otra oportunidad.

Bogotá, octubre 12 de 2017.

El Centro de Investigaciones y Educación Highlander, ubicado en las montañas del sureste de Estados Unidos, celebró 85 años con tres días de talleres, foros y seminarios que buscaron entretejer el pasado de esta escuela de rebeldes con los desafíos a futuro en la lucha social

 

New Market, Tennessee.

 

La escuela de rebeldes en las montañas del sureste de Estados Unidos, que es un extraordinario eje de movimientos sociales de trabajadores, derechos civiles, ambientalistas, de defensa de migrantes y de cultura, festejó 85 años de vida con veteranos de mil luchas y nuevas generaciones que continúan con el mismo compromiso de que otro Estados Unidos es posible.

El Centro de Investigaciones y Educación Highlander festejó su aniversario recordando los sueños y luchas que se generaron o compartieron aquí, además, hubo diálogos sobre cómo rescatar el futuro, todo en medio de cantos, baile, poesía y solidaridad.

Con las montañas Great Smoky, parte de la cordillera de los Apalaches, como escenografía, se reveló en talleres y foros, seminarios e intercambios un mosaico de la rebeldía dentro de este país, y con ello la continuación de este centro como un punto de encuentro de luchadores sociales de todo tipo: de integrantes de Black Lives Matter a defensores de derechos de los migrantes, desde veteranos de las guerras de Irak y Afganistán contra las políticas bélicas de este país, hasta granjeros que buscan frenar la invasión de las trasnacionales y sus transgénicos en los cultivos de maíz, junto con participantes en innumerables esfuerzos de proyectos alternativos para crear una economía de solidaridad y soluciones bellas para graves problemas sociales.

Este centro fue uno de los muy pocos espacios en el sur donde se podían reunir blancos y negros, donde trabajadores de diversos sectores y activistas de todo tipo se podían encontrar con colegas, un lugar donde cualquiera que se conscientizaba en una lucha podía de repente darse cuenta que existían otros, y que sus experiencias eran parte de algo mucho más grande. Eso continúa hoy día.

Highlander se volvió bilingüe hace unos años, cuando de pronto migrantes latinoamericanos –sobre todo mexicanos y centroamericanos– empezaban a volverse protagonistas de las luchas por los derechos laborales, de vivienda, educación y salud en el sur de Estados Unidos. Aquí los recién llegados se encuentran con veteranos de luchas anteriores, y con otros sectores de trabajadores blancos y afroestadunidenses, de indígenas, de defensores de derechos civiles. No sólo ahí se comparten ideas y experiencias, sino surgen alianzas.

Por ejemplo, en un taller sobre migrantes se empezó a explorar el trabajo conjunto entre quienes se dedican a la reforma del sistema penal y la protección de comunidades afroestadunidenses, abusos policiacos y crímenes de odio racial con las redes de migrantes que ahora enfrentan persecución de las autoridades y por agresiones racistas. Mónica Hernández, coordinadora de la Red de Derechos Migrantes del Sureste, comentó que la raíz del sentimiento antimigrante aquí es la supremacia blanca, y por tanto está ligado a la la larga historia de racismo en este país. Ante ello, se deben superar las divisiones entre quienes padecen ese racismo para responder de manera conjunta a todo esto.

Aquí también se construye conciencia desde abajo sobre la agenda neoliberal, desde sus expresiones locales a las trasnacionales. Susan Williams, una de las coordinadoras del programa de educación, quien se dedica a la exploración de la relación entre la economía local y la global, impulsó un proyecto hace unos años, cuando una empresa trasladó sus operaciones de esta región a la frontera del lado mexicano, llevando a una caravana de trabajadoras estadunidenses desplazadas a visitar a las que nos robaron nuestras chambas, tal como políticos demagogos solían expresarlo. Cuando conocieron a sus colegas, se dieron cuenta de que eran igual que ellas, que éramos las mismas, y que la empresa y las políticas de libre comercio eran los verdaderos responsables de su situación, y de confrontarlas entre sí. De ahí, se empezaron a explorar formas de solidaridad mutua y a romper con las divisiones entre trabajadores de ambos lados de la frontera. Ese tipo de trabajo continúa hoy con nueva urgencia.

Pero aquí el punto no es nada más hacer un diagnóstico, sino definir cómo llegar de donde estamos a donde soñamos estar, como dijo una participante. El lema en el mural que decora parte del centro de reuniones aquí es: Sin acción no hay conocimiento.

Como granjeros, uno de nuestros principales desafíos es la erosión de las tierras. Pero creo que tal vez el problema mayor es la erosión social y económica. Y eso, creo, se tiene que enfrentar de la misma manera que se hace con la tierra: sembrar una pequeña plantita, al crecer y ampliar sus raíces puede revertir la erosión, tenemos que buscar a más gente que está sembrando esas plantas en esta sociedad.

Ante todo, tenemos que insistir en que la gente hable por sí misma, crear una cultura de que cada uno debe contar su cuento, y luego sumarlos, afirma un veterano de luchas sociales, en uno de los foros que se realizaron durante los tres días de festejo.

Participan jóvenes que trabajan en varias organizaciones sociales del sur, todos armados con las nuevas herramientas tecnológicas y su vocabulario, junto con veteranos de luchas sindicales, como Jim Sessions, reverendo y ex director de Highlander, quien en 1989 junto con 99 mineros del carbón realizaron la última ocupación de una planta industrial en Estados Unidos en la famosa huelga de Pittston, en Virginia, o con dos Freedom Singers, militantes del movimiento de derechos civiles de los años 50 y 60 que, entre otras armas de lucha, usaban el canto.

La seguridad para el festejo –este lugar ha sufrido constantes amenazas y ataques durante su historia– fue proporcionada por veteranos de guerra antes conocidos como Veteranos de Irak Contra la Guerra, y que cambiaron de nombre a About Face (media vuelta, en vocabulario militar), quienes se sumaron a los diálogos y los cantos.

Los nuevos codirectores de Highlander buscaron entretejer la historia del pasado de este centro con los desafíos a futuro, de cómo continuar construyendo una narrativa rebelde colectiva con todo eso.

Ash-Lee Woodard Henderson dijo en entrevista con La Jornada, al concluir el festejo de tres días, que la coyuntura en este país no es definida sólo por el fenómeno de Donald Trump. Aunque su llegada a la Casa Blanca es percibida como una derrota por muchos, dentro y fuera de este país, se debe recordar que la mayoría de los estadunidenses no votaron por él, y de hecho no querían a ninguno de los dos candidatos. Por tanto, cometeríamos un error considerar eso como una derrota para nosotros.

Explicó otra versión del momento: “Yo creo que lo que ocurrió es que estábamos empezando hacer algo que los asustó –a los capitalistas, a los supremacistas blancos, a los del 1 por ciento– creo que se asustaron de que negros y latinos pronto serán mayoría. Creo que los aterroriza que exista algo como Black Lives Matter, porque –cuando ellos decían que no teníamos un programa– logramos presentar 40 puntos con una visón muy clara; creo que se asustaron de que los dreamers no se quedaron conformes diciendo que el DACA es maravilloso, sino que lo calificaron de migajas y ahora exigen el respeto de los derechos de todo migrante (...) los asustó que los indígenas no se limitaron a pedir dinero y distancia gubernamental, sino que estaban exigiendo soberanía y que se cumplieron los tratados –con Standing Rock estaban aterrados cuando se sumó Black Lives y los veteranos, entre otros”.

Señaló que “el liderazgo de estos movimientos está en contacto –por medio de lugares como Highlander– y no sólo de manera circunstancial, sino para construir solidaridad a largo plazo, y eso los aterroriza. Entonces, creo que la respuesta de parte de la cúpula, sea por conducto de Trump o de Bannon, o cualquiera de esos ímbeciles, es en parte una respuesta a nuestro éxito”.

El reverendo Allyn Maxfield-Steele, el otro codirector ejecutivo de Highlander, subrayó en entrevista con La Jornada que sobre todo en tiempos postelectorales en este país, hay “la necesidad de construir bases, de hacerlo de una manera más profunda... la capacitación, desarrollo político y trabajo intergeneracional aquí –algo que se había perdido un poco– es más urgente que nunca. Lo que estamos observando desde que llegamos como directores hace nueve meses es que este lugar está repleto, porque la gente entiende que se debe reunir, y que no hacerlo marcaría el fin de nuestro futuro”.

Para Woodard Henderson es clave continuar alimentando las relaciones con colegas en el sur global, donde han tenido que enfrentar cosas muy parecidas. Lo que ellos cuentan, dice, “nos está dando la esperanza y la inspiración (...) tomar las lecciones de transformación que ellos tienen para logarlo aquí, dentro del ombligo de la bestia. Si lo podemos lograr en esta región sureña, eso salvaría a este país, y si podemos empezar a salvar este país de esa manera, finalmente podremos proceder a tener esa relación, construida sobre procesos centrados en la justicia que queremos y necesitamos con nuestros camaradas en el sur global”.

 

(Para mayor información: http://highlandercenter.org)

 

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