Martes, 16 Febrero 2016 05:47

Estar afectados

Estar afectados

Se ha logrado que las cosas no nos afecten. Con todo lo cual la gente se hunde en la ignorancia, y el conocimiento ya no es más posible, pues aparece como un tejido de datos, noticias e información, que cada quien logra que no lo afecte, por lo menos demasiado.


Hay numerosas cosas —y gente— que nos son indiferentes. Por una razón u otra. Por el contrario, hay cosas, personas, lugares y experiencias que nos afectan. En ocasiones, nos afectan enormemente. Vale la pena pensar por un instante en el tema.


El afecto tiene una doble connotación. De un lado, hace referencia a unas causas, por definición, distintas de los efectos. La causa afecta. En numerosas ocasiones no somos causas de nosotros mismos. Y para la mayoría de la gente, su propia vida es agenciada por numerosas otras causas, y ellos, simplemente van, se dejan llevar. No son, en sentido propio, agentes.


De otra parte, el afecto se refiere a una efectuación sobre nuestra propia subjetividad, nuestra interioridad, ese lugar recóndito y enigmático del que surge nuestra existencia. Cuando algo nos afecta, nos afecta en el cuerpo, en la mente, y también en el espíritu. En ocasiones dejamos de dormir o de comer, o suspendemos los ritmos habituales, y disminuimos los niveles de concentración y actividad.


Es lo que sucede, por ejemplo, en el caso del amor, e incluso de esa experiencia de borrador que es el enfatuamiento; enamoramiento digamos en español castizo. Hay palabras o gestos, silencios o acciones, pero también temores y fantasías que nos afectan. En ocasiones.


Hay quienes viven la vida todo el tiempo afectados. Y hay quienes no. Si en ocasiones en el lenguaje popular alguien afectado puede ser alguien con amaneramientos, asimismo alguien afectado es siempre una persona de extrema sensibilidad.


Nos afectan paisajes y música, personas y recuerdos, ilusiones y expectativas, y cuando somos afectados sucede esa paradójica experiencia en la que nos sentimos vulnerables, pero al mismo tiempo experienciamos nuestra entera subjetividad.


Las afectaciones les suceden a algunos en el estómago, a otros en la garganta, y otros más en el control de sus palabras o en el movimiento de manos y dedos. Hay afectaciones que se salen a la cara y casi todas se reflejan en la mirada, la cual deja de ser “normal”. Hay incluso a quienes las cosas les afectan en el colon, y entonces aparecen problemas digestivos y otros. Sin la menor duda, cada época somatiza las afectaciones de formas diferentes.


Y, sin embargo, vivimos una época que enseña a los individuos, a veces ya desde la niñez, a disimular las emociones y a cobijar las sensibilidades. Los hombres, verosímilmente, deben ser fuertes, y las mujeres disimuladas. El romanticismo no tiene demasiada cabida en un mundo de beneficios y competitividad, y los soñadores están siempre susceptibles de ser arrastrados por las tormentas, que es uno de los nombres de la realidad; la realidad–real, esa que es crasa y fría.


Para los griegos el conocimiento comenzaba por el asombro (thaumaxein), esa capacidad de dejarnos llevar por cosas, experiencias, ideas o fenómenos. Cuando la verdad es que, hoy por hoy y cada vez más, hay cada vez menos gente que se asombra. Se niegan a, o cierran sus emociones y sensibilidad. Entonces las noticias del mundo se asimilan a otros datos más y más información, y nada nos asombra ni nos afecta ya. Se ha logrado que las cosas no nos afecten. Con todo lo cual la gente se hunde en la ignorancia, y el conocimiento ya no es más posible, pues aparece como un tejido de datos, noticias e información, que cada quien logra que no lo afecte, por lo menos demasiado.


Quienes evitan dejarse afectar por las cosas reconocen, implícitamente, que son impotentes ante la fuerza de las cosas. Y es ese sentimiento de impotencia lo que conduce a reducir las emociones, a negar la sensibilidad, a ese llamado horripilante a “ser realistas” y que le abre las puertas de par en par al pragmatismo y al utilitarismo. Un sujeto que no sueña ha dejado de vivir, hace ya un tiempo. Eso es lo que Hollywood pinta como el país de los zombies, los cuales se alimentan de los cerebros de los vivos. Un mito urbano más producto del realismo craso (principium realitatis).


En contraste, hay quienes no dejan de asombrarse, y se niegan a aceptar los hechos crudos y las noticias planas. Se trata de personas que se ven afectadas, y en ocasiones por una cosa y otra. Sin la menor duda, se trata de seres sensibles, y siempre críticos y reflexivos. Pero esa es gente molesta para el statu quo, que con diferentes tonos desarrolla estrategias y terapias de in–sensibilización. Para que las cosas no nos afecten “demasiado”.


Justamente en ese sentido, una de las principales armas es justamente la industria del entretenimiento. Que por definición es distinta a la industria de la cultura. (Si de industrias se trata). El principal sector económico en Estados Unidos, hoy por hoy, no es el automovilístico o el petrolero, sino la industria del entretenimiento. Hollywood, Disney, Broadway y demás. Pasar el tiempo, gastar el tiempo y hacer que la vida sea placentera sin preocuparse demasiado. “Que ya demasiados problemas hay en el mundo” (= para tener uno más). Es el colchón y la cuna del conformismo.


Ponerle cabeza a las cosas y que el corazón no nos afecte tanto, se dice. Hacer la vida lo más llevadera posible y disfrutar cada instante. Porque el pasado genera nostalgia y el futuro no es seguro que llegue. Se dice. Una postura que ni siquiera se acerca al estoicismo, sino que es pura política de aguante. Ojalá, por lo menos, hubiera resistencia; que es una de las expresiones de cuando las cosas nos afectan.


Ser actor, ser agente, ser sujeto es algo que cada vez más se le quiere dejar a entes y no ya a los individuos. Son actores y agentes, en esta lectura, las empresas y las iglesias, las instituciones y el Estado, y otros nombres y figuras semejantes. Son estos los que actúan en el mundo, “pues una golondrina no hace verano”. Sucede así el desplazamiento total de los afectos y las afectaciones.


Nos afectan casi siempre las cosas que entendemos, y las cosas que vemos con nuestros propios ojos, sin imágenes ni reflejos. Nos afectan las cosas que siempre, aunque sucedan en los otros, nos son propias. En fin, nos afecta todo aquello que también afecta al entendimiento y a la razón sensible. Pues en verdad no existen dos cosas, sino una sola: la sensibilidad y el pensamiento. Los grandes del arte y la filosofía, de la ciencia y la cultura siempre lo han reconocido así, y muchos otros lo han vivido como una experiencia propia.


En la afectación somos los otros, y somos la naturaleza misma. Y comprendemos que no hay dos cosas, sino una comunidad de esencia. Estar afectados, dejarse afectar, vivir afectados, tiene ciertamente mucho de una existencia trágica, pero es también la primera forma de la alegría. Para no mencionar esa experiencia única que es la compasión. Sentir con los otros, padecer con los otros, ser los otros mismos. Eso que un poeta maldito llamara como el yo que es otro. (Rimbaud: Je est un Autre).


La imaginación y la gran literatura, la buena ciencia y la mejor filosofía, las experiencias verdaderas y las más auténticas ponen todos de manifiesto que la mejor comprensión y entendimiento sucede como una experiencia desde adentro, jamás como alteridad y diferencia, nunca como trascendencia y especificidad singular. Vivir, vivir de veras es estar afectados, permanentemente y en grados diversos por los acontecimientos. Al fin y al cabo, el mundo entero es lo que sucede en nuestro interior, en las emociones y sentimientos y en el cerebro. Pero cada quien es tan sólo una interface entre su propia intimidad y el universo entero.

Publicado enCultura
Lunes, 19 Octubre 2015 17:52

La iniciativa BRAIN

La iniciativa BRAIN

La iniciativa BRAIN busca revolucionar la comprensión de la mente humana y tratar, prevenir y curar desordenes y enfermedades de orden cerebral. No en última instancia, cabe subrayar que el principal problema de salud pública alrededor del mundo es la salud mental.

 

De manera significativa, el tercer programa de investigación que cabe destacar aquí es la iniciativa BRAIN (BRAIN initiative, en inglés) que consiste en el estudio del cerebro humano y cuyo nombre significa (Brain Research through Advancing Innovative Neurotechnologies – Investigación del Cerebro mediante Avanzadas Neurotecnologías Innovativas). El proyecto se encuentra en el portal de la página de la Casa Blanca: www.whitehouse.gov...
La iniciativa fue lanzada el 2 de abril del 2013 en una empresa entre el sector público y el privado con un capital que hace que los gastos e inversiones en torno al Proyecto Genoma Humano (PGH) sean, comparativamente, muy económicos.


En efecto, el proyecto, que tendrá una duración de 10 años, y que deberá presentar resultados y conclusiones en el 2025, cuenta con un presupuesto de 300 millones de dólares anuales, distribuidos así: los muy prestigiosos Institutos Nacionales de Salud (NHI) aportan 46 millones anuales, la DARPA —la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados de Defensa— se interesa particularmente por la rehabilitación y alivio de combatientes de guerra y civiles en los efectos postraumáticos de la guerra y las enfermedades neuro–psiquiátricas de un conflicto armado.


Por su parte, la FDA (Food and Drugs Administration –Agencia encargada de la administración de medicamentos y alimentos de los Estados Unidos)– se enfoca en la transparencia del panorama regulatorio de los aparatos médicos neurológicos. La muy importante NSF (National Science Foundation – Fundación para la Ciencia de los Estados Unidos) se encarga del desarrollo de nuevas tecnologías en neurociencias y neuroingenierías. Finalmente, la IARPA —la Intelligence Advanced Research Project Activity – Actividad de proyectos de investigación avanzados en inteligencia— concentra su atención en la forma como en un enfoque multidisciplinar puede comprenderse al conocimiento y los procesos computacionales en el cerebro.


Entre los participantes del sector privado se destacan la industria de fotónica de los Estados Unidos, con un capital de aporte de 30 millones; la transnacional farmacéutica Glaxosmithkline, con una contribución de 5 millones; las Universidad de Pittsburgh, 65 millones; las universidades de California, de Berkeley y la empresa de microscopía Carl Zeiss, con 12 millones; la Universidad Carnegie Mellon, aporta 40 millones; la Fundación Simons, contribuye con 62 millones; el Instituto Allenpara la ciencia del cerebro, financia 60 millones; el Instituto Médico Howard Hughes, 70 millones, y la Fundación Kavli aporta 40 millones.

Como se aprecia sin dificultad, no cabe duda, en absoluto, acerca de la importancia científica, política, social, económica y militar del estudio del cerebro. La administración de Obama responde así a una de las puntas de avance más importantes hacia el futuro en investigación básica que arrojará nuevas luces acerca de las implicaciones que acarreará el conocimiento del cerebro; el sistema nervioso central, el responsable de los contenidos mentales, las decisiones y las acciones de los seres humanos, supuestos elementos culturales en el más amplio y fuerte de los sentidos.


Todos los aspectos científicos y técnicos pueden verse en BRAIN 2025 A SCIENTIFIC VISION Entre las nuevas neurotecnologías de avanzada, en las neurociencias y neuroingenierias, cabe mencionar la metabolómica, la proteómica y la genómica, de un lado; y de otra parte, hibridación in situ e imágenes en vivo. Se trata de aspectos particularmente técnicos y especializados.


La idea de base es justamente la de que la iniciativa BRAIN busca revolucionar la comprensión de la mente humana y tratar, prevenir y curar desordenes y enfermedades de orden cerebral. No en última instancia cabe subrayar aquí que el principal problema de salud pública alrededor del mundo es la salud mental, pues la población, en general, sufre crecientemente de desórdenes de tipo bipolar, depresión, esquizofrenia y muchos otros, todos directamente relacionados de forma creciente con las crisis sociales, económicas y medioambientales en curso en el mundo. Así, los problemas de salud mental representan, sin ambages, un auténtico desafío para la propia salud y funcionamiento de la economía de libre mercado y el funcionamiento de la sociedad como un todo.


Sin la más mínima duda, la iniciativa BRAIN corresponde el paso siguiente necesario a dos episodios anteriores: la secuenciación del DNA y la elaboración del mapa de conectividad neurológica. Las más importantes empresas estadounidenses están altamente comprometidas con esta iniciativa, entre ellas, el motor de toda la sociedad de la información y de la sociedad del conocimiento: Google, cuyo principal mérito consiste en la apropiación y manejo de impresionantes bases de datos en las búsquedas que los usuarios de Google hacen diariamente y que permiten elaborar patrones de pensamiento, de acción, de vida y de consumo. Recientemente, ello ha dado lugar a una nueva ciencia: la física social (Cfr. A. Pentland, Social Physics. How Social Networks Can Make Us Smarter, Penguin Books, 2015. Pentland es un investigador del MIT).


El aspecto verdaderamente relevante aquí es, sin lugar a dudas, el hecho de que la combinación de neurociencia y neuroingeniería permite identificar formas de pensar, de decidir y de actuar de numerosos grupos sociales. Existe, además de un claro interés científico y de políticas de salud (obesidad, depresión mental, identificación de grupos de alto, mediano y bajo riesgo en sus comportamientos antisociales), un evidente interés al mismo tiempo político, militar y económico. Un autor destacado, N. Rose, ha hablado con claridad acerca del modo como estos intereses son claramente intervencionistas. No en última instancia, valga recordar algunas de las aristas del tema, muy activas actualmente: la neuroeconomía, el neuromarketing, la neuropolítica, la neuroeducación y la neuroética. En una palabra, se trata, en toda la línea de la palabra, de un gobierno de la subjetividad.

Jueves, 16 Julio 2015 08:20

El "me gusta" y su interpretación

El "me gusta" y su interpretación

Los cambios en la subjetividad de la época van muchas veces de la mano con cambios en la ciencia y la tecnología. Si el movimiento nacido con la píldora anticonceptiva separó para siempre reproducción y sexualidad, el VIH conjugó, durante dos décadas, muerte y sexualidad. Se puede fechar el inicio de esa era con la muerte de Freddie Mercury. Hoy el avance de la ciencia convirtió esa enfermedad mortal en enfermedad crónica. Y en el consultorio emergen las consecuencias: nadie quiere morir, pero algunos están dispuestos a, en cierta medida, arruinarse la vida, y el descuido en los encuentros sexuales es moneda corriente.

La red global dio carta de ciudadanía al placer masturbatorio. Y no como síntoma, sino como una modalidad asumida por los sujetos. Ya se escucha abiertamente a varones que sostienen: "Prefiero hacerme la paja a coger". En Japón, la palabra hikikomoris da nombre a un estilo de vida que prescinde del encuentro entre los cuerpos.

Me resisto a sumarme al coro que descalifica la época y añora los tiempos ordenados por la función paterna. Entiendo que tales juicios de valor hablan más bien de los fantasmas propios. Ponen en palabras un típico supuesto del neurótico: el otro goza sin límites, mientras que a mí el goce me estuvo vedado... por el padre: Les Luthiers hace de tal suposición la base de su canción "Los jóvenes de hoy en día".

Ante lo que se llama de modo recurrente la "declinación de la función paterna", emergen otras modalidades de anudamiento: ciertamente los tóxicos, que muchas veces permiten sostener el encuentro con el otro sexo, pero también las llamadas "tribus urbanas". Las formas de regulación del lazo social no desaparecen. Por el contrario, proliferan.

Las redes sociales se entraman con la posición de cada sujeto. En tal sentido, la neurosis encuentra allí su soporte: la injuria obsesiva que procura arrasar con el deseo del partenaire, el amplio campo que encuentra la histeria para causar el deseo sustrayendo el cuerpo. Quien tiene una posición evitativa respecto del otro sexo encuentra la encantadora posibilidad de "sentirse acompañado" sin tener que comprometer el cuerpo, manteniendo todo el juego en el plano virtual y postergando indefinidamente el encuentro. La vida virtual se suma a la lista de adicciones.

Al margen de tales presentaciones y más allá de cuestiones puntuales (el acortamiento de las distancias entre familiares y amigos que viajan, etcétera), en la clínica la presencia de las redes se evidencia sobre todo como un viraje en la lógica de los encuentros amorosos. Quiero subrayar aquí un aspecto que me parece central: el valor de las redes como mediador del deseo.

Tinder le dio carta de ciudadanía a algo que en Facebook ya sucedía de modo clandestino. Facebook invita a explicitar el estado civil, así como la orientación sexual. Mientras Facebook persigue a sus usuarios para que no contacten virtualmente a quien no conocen –lo cual, sin embargo, sucede todo el tiempo–, Tinder, en base al mismo perfil de Facebook, incita a ello. Tinder es Facebook saliendo del placard. Por otro lado, la aplicación promueve encuentros con ciertas carencias a nivel de la ficción del amor: son encuentros muchas veces sin historia: dos personas, que hace dos horas no se conocían, se acuestan, y dentro de dos horas no se verán nunca más. Esta secuencia, otrora muy osada (es el argumento de más de una película), hoy es algo cotidiano y no presenta vericuetos dignos de llevar al cine. La apuesta se extrema con la propuesta de Happen; se trata de una aplicación con GPS que posibilita encuentros aquí y ahora, con la cercanía física del partenaire como criterio central.
Redes del deseo

Es sugestivo que, a la hora de hablar del deseo humano, tanto Freud como Lacan hayan elegido dibujar una red: el esquema de Freud en Psicología de las masas y análisis del yo se presenta de ese modo y Lacan llamó a su grafo "mi pequeña red". El deseo humano sigue siendo deseo de tener un lugar en el deseo de los otros o de algún Otro en particular. No hay nada más desolador que no causar el deseo de nadie: es como un muro sin ningún "me gusta".

El "me gusta" y su interpretación ocupa un tiempo no menor en los consultorios. Puede ser leído en la más vasta ambigüedad: como un "me gustás", por ejemplo. También está el "me gusta" irónico (como respuesta a alguna agresión), el "soy tu amigo y te banco", el ideológico, el auto "me gusta", el "me gusta" territorial (con el que el varón marca a la que fue su amante en todos sus posts). Este último hace uso de una propiedad interesante de Facebook: los "me gusta" sólo pueden ser borrados por su autor, no por el dueño del muro.

Cabe destacar el aspecto mostrativo de las redes sociales, que da lugar a nuevas modalidades de acting out. El acting out consiste en una mostración que apunta hacerse un lugar en el deseo del Otro; lo que en él se muestra, se muestra como distinto a lo que es: "Posteo para todos, con el fin de que vos lo veas", o bien "Posteo sólo para vos, para que todos lo vean". Se trata de una mostración velada, que siempre tiene el carácter de un anzuelo tendido para enganchar el deseo del Otro. El acting está íntimamente asociado al campo del deseo, y el deseo siempre tiene un sesgo ilusorio, de engaño y de ficción.

Facebook, ya desde su nombre, es el campo de la mostración. Las mujeres hacen ostentación de su belleza o bien, con frecuencia, una exaltación –siempre sospechosa– de su pareja y de lo felices que son. Los varones tienen una palestra donde desplegar sus insignias: el "aguante" al equipo de fútbol, los logros personales, el culto a la barra de amigos. Por medio del muro, el varón da a la mujer muestras de que es varón y viceversa. Lacan (Seminario 18, "De un discurso que no fuera del semblante") señala que "lo que define al hombre es su relación con la mujer, e inversamente. Para el muchacho, se trata en la adultez de hacer de hombre. Esto es lo que constituye la relación con la otra parte. Uno de los correlatos esenciales de este hacer de hombre es dar signos a la muchacha de que se lo es. Para decirlo todo, estamos ubicados de entrada en la dimensión del semblante". El juego de los semblantes encuentra su escenario en Facebook, campo privilegiado de lo que se da a ver.

Lo que se muestra no se debe confundir con una pérdida de la privacidad: se trata de lo que alguien decide mostrar a los otros, a algún otro particular al que la mostración está dirigida. Y, en tal sentido, Facebook ofrece la posibilidad de estar virtualmente en el área del deseo de todos. Produce efectos cuando la mostración llega a destino: son comunes las fotos públicas que, más que anunciar, dan a ver: tatuajes recientes, nuevas parejas, casamientos, natalicios. "¿Puedo ser más feliz?" escribe en su muro un padre primerizo, con la secreta intención de seducir a su secretaria. La novia despechada no perderá la oportunidad de enrostrarle al ex su nueva conquista, con una oportuna foto de perfil.

La alusión indirecta toma en los muros un lugar privilegiado. Se sugiere, se da a ver, y rara vez se declara. Así como el acting out llama a la interpretación, lo que se muestra llama a que se diga (o a que se "comente"). El stalker es atrapado por esos anzuelos tendidos para atrapar el deseo: las ex parejas que se espían entre sí, las amigas que envidian la felicidad de la que declama su amor al príncipe azul, las caras felices de las últimas vacaciones.

El inbox funciona allí como la cara B de lo que se muestra en el muro. En bambalinas se trama y se habla "a escondidas" de lo que se da a ver. La impunidad para mandar mensajes supone también una impunidad de los receptores para no contestarlos. Lo que llamamos "clavar el visto" tiene su contracara: el otro puede acercarse sin los riesgos que implica, por ejemplo, una llamada telefónica. La red de los deseos ofrece cierta economía: un mensaje no respondido para rechazar a alguien, un toque para verificar el mutuo interés en Tinder.

Por último, cabe destacar que Facebook ha dado lugar a toda una serie de "actos virtuales": te elimino como amigo, te bloqueo, te vuelvo a aceptar. Con la ambigüedad que supone como acto para sí (los analizantes se justifican: "la saqué de mis amigos para no quedarme mirando lo que postea") y como mostración hacia el otro, donde el acento está en que el otro se entere de que fue "eliminado".

El deseo es en esencia engañoso. Requiere ficciones, escenas, montajes, historias. Y la mediatización de las redes –en cuanto pone los cuerpos a distancia y permite un espacio para la edición– se abre entonces como un campo fértil. Confesiones íntimas, dichos que sugieren, fotos de perfil y de portada. Los sujetos preceden a una verdadera creación de un yo virtual. Un obsesivo, decepcionado por un encuentro poco feliz, daba cuenta de su rebelión contra este campo engañoso: "A la foto de perfil tenés que descontarle el impuesto a las Ganancias, los aportes jubilatorios...". El sujeto sólo es sujeto en cuanto historizado, en una escena que siempre es de ficción. La "biografía" virtual proporciona la posibilidad de escribir la propia historia para los otros y espiar la vida de los otros a través de la ventana indiscreta de Facebook.

Mucho se ha dicho sobre la soledad del sujeto en la web, pero es un hecho que, poco a poco, los encuentros amorosos tienden a iniciarse en una red social. A veces con alguien desconocido, a veces con alguien apenas conocido en la vida cotidiana. La crítica que desde el psicoanálisis se hace con frecuencia al mundo virtual toma el sesgo predominante del prejuicio ante aquello que se desconoce. En mi práctica, no apunto a descalificar los intercambios virtuales. Muchas veces, permiten hacer lazo donde de otro modo no habría nada.

El valor de mediación de las redes sociales, incluso mediación de un deseo decidido, no es desechable. No olvidemos que ya Lacan (Seminario 10, "La angustia") propuso pensar el deseo como un campo abierto a una mediación, poniendo allí el acento en el registro imaginario. En ese sentido, Facebook y otros medios virtuales abren un amplio campo para el encuentro entre los deseos.

* Extractado de un artículo que se publicará en el próximo número de la revista Imago Agenda.

Publicado enCultura
–Usted ha desarrollado la noción de que el capitalismo es “productor de subjetividad”: ¿qué diferencia habría entre la subjetividad producida por el capitalismo en sus primeras etapas y la que produce en la actualidad?

–Actualmente rige un capitalismo social y del deseo. En la primera fase del capitalismo, se trataba ante todo de producir, y después venía el consumo. Hoy es al revés: un auto se produce después de haber sido vendido, quiero decir: después de haberse constituido como objeto de deseo. Aquí se ubican la publicidad, el marketing.

–¿Por qué antes eso no era necesario?

–Hace un siglo, no funcionaba así. Esto empezó en Estados Unidos, y uno de los que introdujeron esta concepción del marketing fue Edward Bernays, sobrino de Freud. Es sintomático que haya sido el sobrino de Freud, fundador de la noción de deseo inconsciente, quien introdujo este pasaje en el capitalismo: construir el objeto como valor de deseo. Deseo masivo: es necesario que se lo muestre en la tele, que sea testeado por consumidores. Hace un siglo esto no se planteaba, porque los obreros no eran consumidores de lo que producían. Henry Ford fue quien, a partir del abaratamiento generado por la producción en serie, planteó: mis productos son comprados por mis obreros. Hoy en día el capitalismo, para funcionar, debe producir subjetividad, tanto en el trabajo como en el consumo. En ambos planos la subjetividad ha cambiado.

–¿En qué cambió la subjetividad, desde la perspectiva del trabajo?

–En Occidente se piensa al trabajador como un pequeño empresario: cada individuo asume como tal el riesgo de su actividad, es responsable de lo que hace: desde el ama de casa hasta el ingeniero especializado. Cada uno debe ser autónomo, como un empresario: esto es el “capital humano”. En la antigua organización del trabajo, se trataba de una subordinación directa. Hoy la subordinación se constituye alrededor de la autonomía, el individuo lleva en sí mismo la condición de su subordinación. Esto florece bajo el último neoliberalismo. A la vez que la economía financiera pasa a preponderar, todo el mundo pasa a estar bajo esta lógica empresarial. Aun el desempleado debe rendir cuentas: cómo organiza su jornada, qué hace; se le otorga un subsidio pero, a cambio, es necesario que sea activo, que se haga responsable.

–Alguien podría plantear: ¿cuál es el problema? Está bien que la gente se haga responsable...

–Es que esta responsabilidad se plantea como si el individuo fuese culpable de su situación. En verdad la desocupación no es por falta del individuo: el sistema produce el paro. Pero se hace como si fuera su falta, se dice que no tiene ganas de trabajar, que es perezoso, que se aprovecha de la asistencia del Estado. Se lo culpabiliza.

–¿Cómo se plantea la cuestión de la subjetividad del lado del consumidor?

–El consumidor es objeto de diferentes dispositivos de poder: la publicidad, el marketing, la televisión impulsan a las personas a construir sus objetos de deseo. El neoliberalismo, a la vez que acrecienta la desigualdad de ingresos entre las clases sociales, cada vez más empuja a las personas a consumir, como si el acceso al consumo fuese posible para todo el mundo. Los objetos de deseo, las mercancías, están siempre disponibles... en imágenes. Primero llegan las imágenes; después, las mercancías. Otra importante transformación de la subjetividad se produjo en relación con las finanzas, que son otro dispositivo de poder. El funcionamiento mundial de las finanzas, como dispositivo central del capitalismo, requiere la generalización del crédito. Hace un siglo, el crédito era para las empresas, la gente vivía de los ingresos de su trabajo. Hoy todos son impulsados hacia el crédito. En Estados Unidos hay créditos para el consumo, la educación; si uno quiere estudiar debe endeudarse, obtener un crédito. Y esto organiza la subjetividad. Un crédito es una promesa: yo voy a pagar. Durante diez, veinte años voy a pagar este crédito. ¿Cómo se puede asegurar que el crédito será respetado todo ese tiempo? A nivel legal pero también a nivel subjetivo se construyen mecanismos para garantizar que la promesa se cumpla.

–¿Cómo sería el dispositivo a nivel individual?

–El sujeto queda tomado por la deuda. Toda su vida va a estar condicionada por la deuda. Si usted tiene una deuda a 30 años, las condiciones y los límites de su vida van a estar organizados por ese crédito. Es lo que pasa a nivel de los países: cuando la Argentina estuvo tan endeudada, los individuos y la nación estaban obligados a vivir bajo las condiciones definidas por la deuda.

–Pero, en la Argentina, la deuda pesó en forma diferente sobre los distintos sectores sociales: a muchos los perjudicó pero a algunos los benefició: hubo empresarios cuyas deudas fueron estatizadas.

–Sin duda. Es lo que pasa ahora en Europa con la crisis financiera: la deuda de bancos privados está reasegurada por la deuda pública, y los que van a pagarla serán sobre todo los menos ricos. Y hay quienes aprovechan la deuda: por definición, la aprovecha el sector financiero. En Estados Unidos, este año las empresas hicieron los mayores beneficios.

–Entonces habría dos tipos de subjetividad: esa subjetividad del deudor concerniría a un sector de la población, quizá mayoritario, pero hay otro sector que tendría otra subjetividad...

–Ciertamente. Así como en la industria están los empresarios y los obreros, en las finanzas están los acreedores y los deudores. Y los que comandan son los acreedores: los que otorgan los créditos definen las condiciones. Pero hay diferencias entre la oposición patrón-obrero y la oposición acreedor-deudor.

–¿Qué diferencias?

–Desde cierto punto de vista es lo mismo: hay desigualdad entre patrón y obrero, como entre acreedor y deudor. El problema es que hoy los acreedores no se definen desde una clase social específica. La condición de acreedor concierne también a clase media, a obreros: los fondos de pensión se han privatizado; para su vejez, el sujeto adquiere un seguro privado. En cuanto a la subjetividad del deudor, Nietzsche trabajó la cuestión de la promesa. Dice que lo que formó al hombre civilizado no es el trabajo, ni el intercambio, sino la deuda. Porque la deuda construye un hombre que puede prometer, y puede prometer en tanto construye una memoria: yo voy a pagar porque recuerdo mi deuda. La deuda, la promesa, se han marcado en el cuerpo del individuo, como la libra de carne de El mercader de Venecia. Lo que me interesa destacar es que un individuo es al mismo tiempo trabajador, consumidor y deudor. La misma persona está presa en distintas relaciones de poder.

–A partir de conceptos de Gilles Deleuze, usted ha señalado dos formas distintas de sujeción: el sujetamiento social y la servidumbre maquínica. ¿Cómo se plantean en la fase actual del capitalismo?

–Deleuze y Guattari plantearon estos conceptos en Mil mesetas, en 1980. En los años más recientes se destaca el hecho de que, a la vez que se nos demanda ser sujetos responsables, individuos soberanos, estamos presos en dispositivos maquínicos. En la empresa, se le demanda al empleado ser sujeto soberano a la vez que una parte del mecanismo. En la comunicación de masas, la persona debe ser sujeto a la vez que input-output de una red televisiva; el desocupado debe ser responsable de su situación, y a la vez no es más que una variable de ajuste en la economía. Uno está preso en dispositivos heterogéneos, contradictorios. Por una parte, se es un componente de un sistema que nos sobrepasa; por otra, se hace como si fuéramos centros de decisiones con soberanía.

–“Como si fuéramos...”, dice usted: ¿quiere decir que la verdadera situación es la otra, la maquínica?

–Sí, pero ambas funcionan juntas. Los dos dispositivos son reales. En el sistema maquínico uno está preso en tanto individuo. En la empresa, por ejemplo, están todos los componentes de mi subjetividad: mi inteligencia, mi atención, mi capacidad física, intelectual; yo quedo descompuesto en esos componentes. Es un proceso de desubjetivación, pero, al mismo tiempo, siempre va a haber una resubjetivación. Hay una imposibilidad de salir de la lógica para la cual yo soy un sujeto con objetos a mi alrededor. Cierto que, en la servidumbre maquínica, ni el hombre es sujeto ni la cosa es objeto, sino que ambos son partes de un agenciamiento. Pero el sujeto va a retornar, o bien en forma individual o bien en formas colectivas como el racismo, el fascismo.

–Esa servidumbre maquínica revertiría en formas de subjetivación.

–Sí. El capitalismo funciona a través de aquella ideología del individuo soberano, pero el individualismo ya no funciona y el nacionalismo, el machismo, el integrismo religioso, son formas de subjetivación. La hipermodernidad derrota al sujeto porque lo capta en el sistema maquínico colectivo pero, a la vez, todo el tiempo se reconstruyen neoarcaísmos. Georges W. Bush marcó el ascenso del integrismo religioso en Occidente; no sólo Al Qaeda es integrista. El racismo crece en Europa, particularmente en Alemania. El individualismo no basta, hace falta un sujeto colectivo y es cierto, en ese lugar podría construirse otro sujeto colectivo, pero se reconstruye el nacionalismo, el racismo.

–¿En qué respuestas, aunque sean embrionarias o parciales, pueden vislumbrarse procesos o intentos emancipatorios?

–Ante todo, hay que decir que la crisis continuará y se profundizará. Hoy la crisis gira alrededor de las finanzas. La deuda privada se ha transferido al Estado, es decir que ya no hay otro a quien transferirla. La dificultad es que no hay modelos políticos y de emancipación que correspondan a la subjetividad actual. Hace un siglo y medio el comunismo, el socialismo, correspondían a una subjetividad real: la de la industria bajo el primer capitalismo, con los obreros, los sindicatos. Había instrumentos reales que no están más. Es necesario construirlos, y no creo que esto se haga muy pronto. Hay que pasar a otra cartografía teórica, otro instrumento distinto al que el movimiento obrero construyó entre fines del siglo XIX y principios del XX. Por otra parte, se desarrollan luchas reales. Una importante, en Francia, es la referida a la jubilación.

–La resistencia a la elevación de la edad jubilatoria...

–Sí. Se perdió, pero la forma como se dio la lucha ofrece perspectivas. Si bien la jubilación concierne a los asalariados, el proceso no se centró sólo en ellos. Tocó también a otras categorías sociales. Movilizó a estudiantes, a distintos órdenes de ciudadanos. No era una lucha sólo corporativa. Y se desplegó en la sociedad. La lucha es eficaz cuando bloquea el funcionamiento de la sociedad. Antes, para bloquear la sociedad era necesario bloquear la producción.

–Se refiere a la huelga.

–Sí. Hoy, en cambio, es necesario bloquear la sociedad para bloquear la producción: bloquear la circulación, las rutas. En este caso se bloquearon las refinerías, no había combustible para circular. Pero por el momento la acción es más inteligente que los enunciados. Todavía no hay enunciados que, en esta dirección, conciernan al conjunto de la sociedad. Y el tema de la jubilación concierne a todo el mundo. Desde hace más de 30 años, la mayoría de las personas no viven bajo la situación clásica de empleo, pero se hace como si estuviéramos en la misma situación de hace décadas. Los sindicatos todavía actúan como si se tratara de asalariados estables, pero, para las personas que se incorporaron al mercado de trabajo desde la década de los ‘70, es más difícil reunir los años de trabajo que se requieren para la jubilación. Entonces, no tienen jubilación o tienen jubilaciones muy débiles, porque durante años no trabajaron, cambiaron de trabajo, estuvieron en paro, en precariedad.

–Entonces, el reclamo no es sólo que se mantenga la edad jubilatoria.

–Como decía, los enunciados están en retraso respecto de la acción. Los enunciados se refieren a la jubilación a los 60 años. A nivel teórico se piensa todavía en un asalariado clásico. Así funcionan los sindicatos y los partidos de izquierda. Mientras tanto hay pequeñas luchas, más bien de experimentación. Un ejemplo, también en Francia, fue la lucha de los trabajadores de espectáculos: no dependen de una sola empresa, sino que trabajan una vez para una, otra vez para otra; una vez hacen una película, otra una obra de teatro, otra una publicidad. Son móviles, precarios. ¿Cómo desarrollar una lucha si no se trabaja para una empresa en particular?

–¿Cuál era la causa del conflicto?

–La modificación de su seguro de desempleo. Ellos tenían un subsidio específico para las personas que no tienen un puesto fijo pero, de acuerdo con la lógica neoliberal, los subsidios de desempleo iban a ser reemplazados por un seguro privado; una vez más, reemplazar la mutualización por la privatización.

–¿Qué instrumentos utilizó esa lucha?

–Por ejemplo, bloquearon festivales como el de Avignon. Hoy la cultura tiene un rol económico muy importante, por ejemplo en relación con el turismo. Bloquear un festival es bloquear la economía de una ciudad. Cuando ellos bloquearon el Festival de Arte Lírico en Aix-en Provence, los hoteleros fueron muy afectados y protestaron. Ellos también hicieron bloqueos móviles, que se desplazaban de un lugar a otro: la movilidad, que habían desarrollado por las características de su trabajo, la transformaron en herramienta de lucha. A diferencia del método clásico de los obreros, que ocupan una empresa y se encierran en ella, la cuestión era bloquear aquí y allá, en rutas, instituciones, museos, centros culturales, ministerios: van y se quedan un día, mañana van a otro lugar.

–¿Contra quién era la lucha: el gobierno, los empresarios?

–Contra los dos. Hace diez años, la federación patronal francesa tuvo un cambio de dirección: antes la dirigían los empresarios metalúrgicos, pero la conducción pasó a manos de empresas de servicios, como las aseguradoras. Entonces emprendieron un programa “para la refundación social”, cuyo claro objetivo era transformar el Estado de bienestar: reprivatizarlo. Y se aplicó con la ayuda del Estado.

–En su libro Políticas del acontecimiento, donde usted plantea un debate con el marxismo, no encontré referencias al concepto de plusvalía: ¿cómo considera esta noción?

–La plusvalía, el plusvalor, remite al concepto de valor. Para el marxismo, el valor sería una cantidad objetivable, tendría una consistencia en sí: pero las cosas no tienen valor sino porque colectivamente les ha sido investido; en él están en juego subjetividades. Además, la plusvalía supone una concepción antropomórfica del valor: en El capital, el valor lo produce sólo el trabajo humano, la máquina no crea valor. Para Deleuze y Guattari, en cambio, hay una plusvalía maquínica: la máquina también produce plusvalía; el concepto de plusvalía pasa a ser: plusvalía humana más plusvalía de la máquina. El marxismo considera que la producción de valor depende sólo del humano, particularmente del obrero. Pero hoy, si tomamos las finanzas, el valor de un activo está ligado con criterios, opiniones, deseos de los actores; no sólo con el trabajo y su organización, sino con la creencia.

–Pero la noción marxista de plusvalía plantea dramáticamente la diferencia de clases, al postular que el patrón expropia parte del trabajo del asalariado. Plantear que la plusvalía se obtiene igualmente de la máquina, ¿no conlleva el riesgo de borronear esa dimensión?

–El concepto de plusvalía es políticamente muy fuerte porque está ligado con el concepto de explotación, en términos de clases sociales. El problema es que la forma de explotación ha cambiado y no tenemos conceptos que correspondan a esto. Si uno utiliza el viejo concepto de plusvalía, hace como los partidos trotskistas, que todavía están con la industria de hace 50 años. Hoy existe la explotación de personas que trabajan como asalariados, pero no sólo ésa. El gran centro de acumulación de riqueza son las finanzas, y en las empresas financieras la plusvalía no viene de la explotación de quienes trabajan en ellas, sino de otra parte. Habría que examinar estas nuevas formas de organización de la plusvalía y la explotación, y no pensar que nada ha cambiado y que, como hace un siglo, los explotados son sólo los obreros: también los consumidores son explotados, de otras maneras.

–¿De qué maneras?

–Para que algo se venda, debe construirse como objeto de deseo: cuando usted lo compra, además de poner dinero, se empobrece subjetivamente. Porque hay una estandarización de la subjetividad. Todo el mundo debe desear eso mismo para comprarlo. Para hacer apariencia de individualización, se le agrega algún detalle “personalizado”. Junto con el empobrecimiento económico hay un empobrecimiento subjetivo.

Por Pedro Lipcovich
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–Usted se dedica a temas que tienen que ver con los derechos humanos, la salud y la sexualidad.
 
–Sí, exactamente. Trabajo en diversos proyectos alrededor de estos temas. El proyecto que abarca a los demás, que tiene sede en el instituto Gino Germani, se llama “Apropiación subjetiva de los derechos en materia de salud, sexualidad y reproducción”.
 
–Todo un nombre.
 
–Allí tratamos de indagar cómo las distintas personas se hacen cargo de aquello a lo que creen tener derecho en cuestiones ligadas al cuerpo. Hay casos muy variados: anticoncepción, aborto, tratamiento por alguna cuestión de salud, decisiones acerca de la propia sexualidad. Cuando hablo de derecho, aquí, me refiero a lo puramente legal, al plano formal, a los derechos efectivos. También analizamos las condiciones materiales y simbólicas para ejercer esos derechos. Le doy un ejemplo: una persona travesti tiene que ingeniárselas para ejercer sus derechos civiles y políticos. Tiene otros condicionamientos para acceder al trabajo, a la salud, a la educación. Lo mismo ocurre con una persona que vive con VIH: formalmente no está privada de ningún derecho, pero las investigaciones muestran que se les limita el acceso al trabajo.
 
–Travestis, portadores... ¿Qué otros casos estudian?
 
–Otro proyecto es sobre aborto: mujeres que interrumpieron el embarazo o varones cuya mujer lo hizo. Allí el eje no es necesariamente el ejercicio de los derechos, pero sí cómo en Argentina, un país donde el aborto es ilegal, las personas hacen para poner en práctica esta decisión que está determinada por la clandestinidad. En este sentido hablamos de apropiación subjetiva. También trabajamos con los cuidados paliativos: no el tema que ahora está tan en la picota sobre la eutanasia, pero sí sobre las maneras en que los individuos deciden vivir sus últimos momentos de vida. Ahí pensamos en una nueva figura: el derecho a evitar el dolor evitable. Hay mucho dolor que es inevitable, pero otra parte se puede evitar y no debería dejar de evitarse.
 
–¿Y qué es lo que encuentran?
 
–Varias cosas, dependiendo del caso del que se trate. Voy a decir dos cosas: una es que hay una extensión bastante amplia del ejercicio de los derechos. A pesar de todo, en cualquier ámbito (uso de drogas, cuidados paliativos, VIH) las personas se dan maña para poder ejercer sus derechos: para conseguir medicamentos, internaciones, para hacer aquello que necesitan. Eso no significa que haya demasiada racionalidad detrás de las acciones. Yo siempre uso el ejemplo del usuario de droga inyectable que de repente se entera de que está infectado del virus VIH: una persona pobre, con una vida despelotada, está siempre en el límite de ingresar en alguna actividad criminal o criminalizada. En general, con las redes previas que tienen (de conocer a otros usuarios de drogas inyectables) ya sabe lo que tiene que hacer, cómo manejarse con el sistema de salud, etc. Y quizás un adolescente heterosexual de clase media se entera de que tiene VIH y sobreviene la catástrofe: no sabe qué hacer, siente que se le acaba el mundo. Ese capital social (a dónde ir, qué hacer, cómo arreglárselas) es una falta que hace que sea mucho más difícil sobrellevar la enfermedad. Nosotros pensamos en esta red previa como un “capital de paciente”: las personas van adquiriendo en su práctica con las instituciones de salud ciertos recursos. Otro ejemplo: las mujeres de las clases populares saben lidiar mucho mejor que los hombres de cualquier clase social con los hospitales públicos.
 
–Bueno, hay quienes no pisaron jamás el hospital público.
 
–La idea es que los sujetos van desarrollando habilidades para relacionarse con las instituciones del Estado. Yo trato de pensar en el sujeto de derecho no como se lo pensó desde el siglo XVII, como una entidad abstracta, sino como algo material, relacionado con la sexualidad y con el cuerpo. No es lo mismo en este mundo ser homosexual que ser heterosexual, no es lo mismo ser travesti que tener un cuerpo que corresponde a tu sexo, no es lo mismo estar sano que enfermo. Los derechos, además, no están formalmente disminuidos para estas personas, pero en las prácticas cotidianas uno se puede dar cuenta de que, por ejemplo, no es lo mismo hacer una carrera universitaria si se es una persona completamente sana que si se está en silla de ruedas. Volviendo a la parte de investigación, nosotros abarcamos todo este abanico: condiciones estructurales políticas o económicas, prejuicios (como la heteronormatividad) y apropiación subjetiva de los derechos. Esta apropiación subjetiva de la que venimos hablando afecta a todo el mundo, no sólo a travestis y enfermos.
 
–¿Por ejemplo?
 
–Un varón heterosexual de clase media sano, cuando tiene que lidiar con el sistema de salud se ve con menos recursos que las mujeres. Otro ejemplo: el varón, cuando se queda sin trabajo, ve hasta cuestionada su propia masculinidad, su propia identidad como ser humano y puede recaer en la violencia doméstica. La mujer, mientras tanto, vuelve a ejercer su papel de ama de casa.
 
–O sea que al margen del Estado hay una sociedad civil compuesta por una multiplicidad de redes invisibles que ejercen, de alguna manera u otra, sus derechos.
 
–Es un poco así, un poco no. No-sotros tratamos de ver la integralidad de la cuestión. Yo creo que el Estado es el principal garante de los derechos humanos tal como los entendemos en general. Ahora bien, pensemos por ejemplo en derechos sexuales: uno puede reclamarle al Estado que tenga una política anticonceptiva, pero no puede reclamar que tenga una política por la vida sexual placentera de todo el pueblo. Nosotros tenemos una investigación comparando vida cotidiana de un enfermo de VIH con un paciente de hepatitis C. Son enfermedades similares: ambas son inciertas, ambas pueden llevar a la muerte, ambas implican tratamientos engorrosos. Pero una de ellas, el sida, está cargada de mucho estigma, mucha carga simbólica, está asociada a la drogadicción, a la sexualidad non sancta. La hepatitis C, por el contrario, es algo sobre lo cual la gente no tiene demasiados prejuicios. Si bien, entonces, son muy parecidas, desde lo social pareciera ser más honroso morir de hepatitis C que morir de VIH. Pero, por otro lado, el sida tiene por detrás un movimiento político importantísimo que genera ciertas ventajas para los enfermos. Cuando fue la crisis del 2001, en la cual los pacientes de hospitales públicos se quejaban porque había desaparecido la morfina, los enfermos de VIH siguieron recibiendo los medicamentos de manera gratuita y siguieron siendo prioridad. Estas cuestiones, entonces, dan lugar a movimientos colectivos. Y el ser poseedor de una enfermedad politizada tiene ciertas ventajas sobre el tener una enfermedad no politizada.
 
–¿Cómo está Argentina a nivel mundial en materia de derechos humanos, derechos reproductivos, derechos de salud?
 
–En términos comparativos, América latina está mucho mejor que otras áreas del llamado tercer mundo. Quizá la deuda pendiente más importante del país y la región sea la legalización del aborto. En materia de derechos de orientación sexual hay pasos hacia la igualdad entre personas heterosexuales y homosexuales con algún tipo de reconocimiento hacia las parejas del mismo sexo. Hay, sin embargo, ciertas limitaciones: por ejemplo, si un varón argentino se enamora de una chica española, ella puede conseguir la nacionalidad argentina y trabajar aquí. Si un hombre se enamora de otro hombre español, este último no va a poder conseguir la nacionalidad, por lo menos no por vías del casamiento sino por otros subterfugios.
 
–¿Cuál es el país más progresista?
 
–Ahora el país que ha entrado a la vanguardia de estas cuestiones es España. Por ejemplo, en materias de derechos homosexuales: las parejas gays tienen exactamente los mismos derechos que las parejas heterosexuales. Hay otros países que son más progresistas en materia de identidad de género.
 
–Si tuviera que hacer un resumen general o una conclusión del conjunto de tus investigaciones, ¿qué diría?
 
–En principio, que los cuerpos son condicionantes para ejercer los derechos que la ley reconoce. No-sotros analizamos el cómo de esta diferenciación a la hora de ejercer los derechos: cómo influye la sexualidad, cómo influye la salud. Si yo prefiero lo salado a lo dulce, eso no es relevante a la hora de ejercer ningún derecho; pero si a mí me gustan los hombres y no las mujeres, eso me va a limitar mucho. Ahora, por ejemplo, está el tema de los fumadores, que ya está incidiendo en el derecho a la vivienda. En California, por ejemplo, si sos fumador tenés muchísimas dificultades para alquilar un lugar para vivir.

Por Leonardo Moledo
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