Viernes, 10 Noviembre 2017 06:37

Insurrecciones silenciosas

 

Los grandes cambios comienzan siempre por pequeños movimientos invisibles para los analistas de arriba y para los grandes medios, como señala uno de los comunicados del zapatismo. Antes de que miles de personas ocupen las grandes alamedas suceden procesos subterráneos, donde los oprimidos ensayan los levantamientos que luego hacen visibles en los eventos masivos que la academia denomina movimientos sociales.

Esos cambios suceden en la vida cotidiana, son producidos por grupos de personas que tienen relaciones directas entre ellas, no son fáciles de detectar y nunca sabemos si se convertirán en acciones masivas. Sin embargo, pese a las dificultades, es posible intuir que algo está cambiando si aguzamos los sentidos.

Algo de esto parece estar sucediendo en países de América Latina. Un compañero brasileño consideró, durante un encuentro de geógrafos con movimientos sociales (Simposio Internacional de Geografía Agraria- SINGA), que en este país estamos ante una insurrección silenciosa. La intuición se basa en hechos reales. En el seno de movimientos sociales y en los espacios más pobres de la sociedad, las mujeres y los jóvenes, están protagonizando cambios, se están desplazando del lugar asignado por el Estado y el mercado.

Los verdaderos movimientos son aquellos que modifican el lugar de las personas en el mundo, cuando se mueven en colectivos y rasgan los tejidos de la dominación. En este punto, debe consignarse que no hay una relación directa o mecánica de causa-efecto, ya que en las relaciones humanas las predicciones no son posibles por la complejidad que contienen y por la interacción de una multiplicidad de sujetos.

En los últimos años pude observar esta tendencia de cambios silenciosos en el interior de varios movimientos. Entre los indígenas del sur de Colombia, grupos de jóvenes nasa y misak re-emprenden la lucha por la tierra que había sido paralizada por las direcciones, focalizadas en la ampliación de las relaciones con el Estado que les proporciona abundantes recursos. Algo similar parece estar sucediendo en el sur de Chile, donde una nueva generación mapuche enfrenta la represión estatal con renovadas fuerzas.

Entre los movimientos campesinos consolidados, donde existen potentes estructuras de dirección, mujeres y jóvenes están emprendiendo debates y propuestas de nuevo tipo, que incluyen la movilización y organización de las personas que se definen LGTB (lesbianas, gays, transexuales y bisexuales).

Observamos también un creciente activismo en el seno de los movimientos tradicionales de militantes negros que construyen quilombos y palenques, incluso en las universidades, como puede apreciarse en las academias brasileñas y colombianas donde abren espacios propios.

Durante la escuelita nos explicaron que la mitad de los zapatistas tienen menos de 20 años, algo que pudimos apreciar. La participación de las mujeres jóvenes es notable. Quienes participaron en los encuentros de arte y ciencia convocados por el EZLN enfatizan esta realidad. En otros movimientos aparece la organización de niños y niñas con asambleas que excluyen a sus mayores.

Qué reflexiones podemos realizar sobre esta insurrección silenciosa, que abarca a toda la sociedad y de modo particular a los movimientos antisistémicos. Sin pretender agotar un debate incipiente, propongo tres consideraciones.

La primera es que las insurgencias en curso de las mujeres, de los pueblos negros e indígenas y de los jóvenes de todos los sectores populares, están impactando en el interior de los movimientos. Por un lado, están produciendo un necesario recambio generacional sin desplazar a los fundadores. Por otro, ese recambio va acompañado de modos de hacer y de expresarse que tienden a modificar la acción política hacia direcciones que, por lo menos quien escribe estas líneas, no es capaz de definir con claridad.

La segunda es de carácter cualitativo, estrechamente relacionada con la anterior. La irrupción juvenil/femenina es portadora de preguntas y culturas elaboradas en el interior de los movimientos, con sus propias características. Las mujeres de abajo, por ejemplo, no enarbolan el discurso feminista clásico, ni el de la igualdad ni el de la diferencia, sino algo nuevo que no me atrevo a conceptualizar, aunque hay quienes mencionan feminismos comunitarios, negros, indígenas y populares.

El deseo de los jóvenes zapatistas por mostrar sus músicas y danzas, es algo más que una cuestión artística, del mismo modo que sus preguntas sobre la ciencia. En algunos casos, como el mapuche o el nasa, se pueden observar cambios que, desde fuera, podemos valorar como una radicalización que no se focaliza sólo en las formas de acción política, sino también en la recuperación de tradiciones de lucha que habían sido casi abandonadas por sus mayores.

La tercera, y quizá la más importante, es que la irrupción de los abajos jóvenes y mujeres va perfilando otra concepción de revolución, que se aparta de la tradicional teoría de la revolución de cuño leninista. Aquí aparece otra cuestión: ¿cómo se hace política en clave quilombo/palenque? ¿Cómo es la política en clave mujer? No me refiero a la participación de las mujeres y los jóvenes de abajo en las estructuras ya existentes.

Las respuestas las darán los propios pueblos, que están abriendo caminos nuevos, aunque el analista de arriba siempre tiende a verlos con ojos y conceptos del pasado. Se trata de construir, más que de ocupar las instituciones existentes. Se van creando mundos nuevos o sociedades nuevas, si se quieren nombrar con los conceptos de antes: poderes propios, justicia propia en base, muchas veces, a tradiciones y en otras al sentido común de los pueblos; salud, educación y maneras de ocupar el espacio en base a lógicas no capitalistas.

El mundo, nuestro mundo, está cambiando de manera acelerada. Rechazar esos cambios, sería tanto como anular la capacidad transformadora que está enterrando el capitalismo y levantando un mundo nuevo sobre sus escombros.

 

 

Publicado en Internacional
Martes, 07 Noviembre 2017 08:11

Capitalismo vs. Privacidad

 

El capitalismo informacional ha convertido Internet en un medio de control social

 

En el discurso popular, el autoritarismo suele ser considerado la dramática antítesis del capitalismo liberal, y las pretendidas diferencias entre ambos no están en ningún lugar más marcadas que en sus actitudes con respecto a la privacidad. Mientras en el mundo liberal capitalista se considera que la casa de cada persona es su castillo, en los regímenes autoritarios no es más que otra jaula monitorizada por el Estado.

Hoy en día, sin embargo, la privacidad está desapareciendo entre los muros de las democracias capitalistas avanzadas y las corporaciones multinacionales, alzando la bandera de la transparencia total, son las que lideran el ataque.

En 1999, Scott McNealy, entonces director ejecutivo de Sun Microsystems, afirmó en unas conocidas declaraciones: “De todos modos, ahora usted tiene cero privacidad. Asúmalo.” El director ejecutivo de Google Enric Schmidt advertía: “si tienes algo que no quieres que nadie conozca, quizás en primer lugar no deberías estar haciéndolo.” Mark Zuckerberg, el sexto hombre más rico del mundo, decidió que la privacidad ya no era una norma social, “así que solo fuimos a por ella”, mientras que Alexander Nix, de la empresa de datos Cambridge Analytica -conocida por haber sido contratada para las campañas del Brexit y de Trump- presume de que su compañía “retrató la personalidad de todos y cada uno de los adultos en los Estados Unidos de América.”

En nuestros días, la retórica de los capitalistas privados resulta indistinguible de la retórica de los tiranos de Estado. Sus guiones son cada vez más similares. Sus diferencias se han exagerado siempre, si no imaginado, pero una vez pudimos confiar en que al menos se expresasen de formas diferentes. ¿Qué ha cambiado?

 

La ruptura del vínculo

 

En tanto que sistema económico fundado en la idea de una esfera privada -compuesta por individuos privados que poseen propiedad privada y generan beneficio privado en mercados privados- se supone que el capitalismo protege la privacidad individual. La santidad del reino de lo privado presuntamente asegura la máxima libertad para el individuo, ya que productores y consumidores se encuentran allí libres de interferencias indeseadas del Estado y de vecinos entrometidos.

Los detractores del capitalismo han condenado siempre su tendencia a vaciar lo común y aislar a cada persona en su burbuja privada, pero sus simpatizantes celebran esta atomización. “La civilización,” escribió Any Rand en 1943, “es el progreso hacia una sociedad de la privacidad. Toda la existencia del salvaje es pública, gobernada por las leyes de su tribu. La civilización es el proceso de liberar al hombre de los hombres.” Desde esta perspectiva, el énfasis del capitalismo en la protección de la esfera privada y de la resultante privacidad lo convirtió en el gran civilizador del mundo.

Ya en los años setenta, sin embargo, el vínculo entre el capitalismo y la privacidad individual comenzaba a romperse. En 1977, el jurista de derechas Richard Posner postulaba su “teoría económica de la privacidad,” publicándola finalmente como artículo en 1984. En ella, argumentaba que la privacidad individual es un estorbo para el capitalismo, al interrumpir el libre flujo de información que los mercados necesitan para ser eficientes. La conclusión de Posner fue que “las personas no deberían y mucho menos por motivos económicos- tener un derecho a ocultar hechos materiales sobre sí mismas.”

Posner estaba escribiendo para el Chicago Unbound, la revista jurídica de la Universidad de Chicago, el epicentro de la tormenta neoliberal que se estaba extendiendo alrededor del mundo. Milton Friedman fue uno de los colegas más cercanos a Posner y a menudo se incluye al mismo Posner en el paraguas de la Escuela de Chicago. Las raíces capitalistas de Posner -con su infinita exaltación del individuo privado- hizo todavía más sorprendentes sus argumentos contra la privacidad individual. El romance entre privacidad y capitalismo, dado por sentado durante mucho tiempo por liberales de pocas miras, se reveló como la más frívola de las relaciones: un matrimonio de conveniencia que ya no era conveniente.

En la era digital, esta relación se ha vuelto aún más problemática. En Internet ha emergido una nueva forma de capitalismo, que ha dado en llamarse capitalismo informacional, capitalismo digital, o capitalismo de la vigilancia. La información personal es la savia de la nueva economía: las compañías acumulan los datos de sus usuarios para vendérselos a los publicistas y generar ingresos. Cuanto más saben las compañías de los individuos, mejor pueden adecuar sus anuncios, aumentar sus “tasas de conversión” y acumular beneficios.

Hay, sin lugar a dudas, mucho dinero en juego. En el tercer trimestre de 2016, se invirtió un total de 17.600 millones de dólares en publicidad digital, un 20 por ciento más que el año anterior.

Facebook y Google se han convertido en un duopolio en este nuevo contexto, reportando alrededor de la mitad del total; de los 2.900 millones de crecimiento del último año, la pareja fue responsable de un notable 99 por ciento. En el proceso, han llegado a ser las dos empresas de más rápido crecimiento de la historia del capitalismo, con una habilidad para recoger, monitorizar y vender datos de los usuarios de formas que las demás compañías solo pueden imaginar. Su patrimonio colectivo neto es de 800 billones de dólares, más que el PIB total de los Países Bajos.

Ambos modelos de negocio muestran que, en el capitalismo informacional, la privacidad ya no pone obstáculos a la obtención de beneficios: la privacidad impide los beneficios. La creencia de que se debe permitir a los individuos controlar su información personal ahora contradice al mismo proceso capitalista de generación de beneficios. Lejos de proteger a los individuos privados de la interferencia externa, como imaginó Ayn Rand, las empresas ahora quieren conocer a los individuos tan bien como se conocen ellos mismos. Las empresas se esmeran en alcanzar la transparencia perfecta, de modo que, en palabras del economista jefe de Google, Hal Varian, el motor de búsqueda “sabrá lo que quieres y te lo dirá antes de que plantees la pregunta”.

Podríamos encontrar consuelo en el hecho de que el poder de estas compañías es distinto a la fuerza del Estado -pensar que, si su intención es orientar sus anuncios de forma más eficaz y vender los datos de manera más rentable, esto también podría redundar en beneficio del usuario.

Mucha gente disfruta utilizando un servicio que le conoce bien y reconoce sus hábitos personales, sus preferencias e intereses. La calidad de su experiencia aumenta con la cantidad de información personal que entregan -¿y quién no quiere servicios mejores?

Pero los peligros existen. Pese a que muchos de los datos que recogen las empresas tecnológicas son frívolos, debemos ser precavidos con el efecto de la agregación: tomada individualmente, cada pieza parece inocua; tomada en conjunto, revela una imagen íntima de nosotros.

Sin embargo, esto todavía no llega al corazón del problema. La mayor amenaza no está tanto en qué saben las empresas, sino en cómo utilizan dicho conocimiento. Los servicios que ofrecen son sugestivos, repletos de comodidades y nuevas posibilidades, adaptados a todas nuestras necesidades. Pero cuando cedemos mucha información personal a las empresas, les otorgamos increíbles poderes y responsabilidades. El conocimiento puede significar poder, pero la información a menudo significa dominación.

Y desde los primeros esfuerzos por recopilar datos a gran escala en el siglo XIX, las empresas han estado utilizando la tecnología para ejercer un control social masivo.

 
La máquina tabuladora de Hollerith

 

En 1880, con una población en aumento, un territorio en expansión y un deseo cada vez más profundo de estadísticas -unido a una completa falta de estrategia tecnológica- los datos recopilados por el Censo de los Estados Unidos tardaron casi una década en ser procesados. Para cuando se presentó el siguiente censo, en 1890, el tiempo de procesamiento se había reducido a tres meses.

Un joven ingeniero estadounidense, Herman Hollerith, inventó el sistema que permitió esta increíble aceleración. Inspirado por los revisores de tren, usó tarjetas perforadas para tabular automáticamente información sobre el conjunto de la población, en base a un conjunto de características estandarizadas, desde la raza y el género hasta niveles de alfabetización y religión. La máquina tabuladora de Hollerith, como se la conoció, es ahora reconocida como el primer sistema de información que reemplazó con éxito a la pluma y el papel. Países de todo el mundo lo utilizaron para recopilar datos sobre sus ciudadanos.

En 1911, Hollerith vendió su empresa y los derechos de su máquina en una fusión empresarial, formando la que ahora se conoce como la International Business Machines Corporation (IBM). Bajo el liderazgo de Thomas J. Watson, un hombre admirado como el “mejor vendedor del mundo”, IBM llegaría a ser propietaria del 90 por ciento de todas las máquinas de tabulación en los Estados Unidos. Las enviaron allí donde llamara el dinero.

Durante la década de 1930, llamó desde el Tercer Reich de Adolf Hitler. Bajo la dirección de la filial alemana de IBM, la máquina de Hollerith localizó a los judíos y facilitó su “procesamiento”. Los infames números tatuados en los brazos de los prisioneros eran números de identificación de IBM, coincidentes con su lugar individual en el sistema de tarjetas perforadas de la compañía. Los nazis recompensaron a Watson por sus servicios en 1937 con la prestigiosa Orden del Águila Alemana. Aunque devolvió el premio en 1940, su compañía continuó ayudando a Alemania durante la guerra.

No es que IBM apoyara explícitamente a los nazis; simplemente se despreocupó de los fines a los que pudiera servir su tecnología. En el mismo período, completó un proyecto similar para los Estados Unidos: enviar a los estadounidenses de origen japonés -más de cien mil de ellos- a los campos de internamiento de la costa este.

Las perversas colaboraciones de IBM durante la Segunda Guerra Mundial pueden representar un caso extremo, pero sería ingenuo dejar de tenerlas en cuenta por ello. De hecho, las acciones de la compañía encarnan una verdad muy manida: las empresas y los Estados han compartido regularmente intereses y han trabajado juntos para obtener ganancias mutuas.

Esto sucede al margen de principios morales. Después de todo, el capitalismo coexiste tan felizmente con dictaduras (Chile bajo Pinochet o la China de hoy) como lo hace con las democracias. El capitalista, guiado por su gran espíritu emprendedor, ve cada nuevo escenario como un nuevo conjunto de oportunidades. La única pregunta que queda es quién está listo para explotarlas.

 
El traje nuevo del Gran Hermano

 

La filtración masiva de documentos de la NSA en 2013 por parte de Edward Snowden reveló el rol activo que juegan las empresas en la vigilancia de Estado. Hizo patente la completa “difuminación de los límites públicos y privados en las actividades de vigilancia" con “colaboraciones e interdependencias constructivas entre las autoridades de seguridad del Estado y las empresas de alta tecnología”.

Facebook, Google y otros sitios web se habían convertido en las nuevas cámaras de videovigilancia del gobierno, pero con una gran diferencia: no solo habíamos normalizado estas nuevas tecnologías de vigilancia, sino que disfrutábamos activamente de su compañía.

Tras una fachada de lealtad al usuario, las compañías de tecnología ganan miles de millones prometiendo al público una cosa y al gobierno la contraria. Como reveló Snowden, Microsoft proclama que “es importante que tengas control sobre quién puede y no puede acceder a tus datos personales en la nube”, mientras trabaja con el gobierno americano para proporcionar un acceso más fácil a esos mismos datos.

Esta nueva encarnación de la vigilancia combina la distopía de Orwell con Un mundo feliz de Aldous Huxley. En la creación de Orwell, un Estado autoritario de la vigilancia mantiene el orden; en la de Huxley, la automedicación de soma, una droga antidepresiva que mantiene a todos sonrientes, hace el mismo trabajo. Hoy, la vigilancia se lleva a cabo menos por un Gran Hermano que por un conjunto de Mejores Amigos: estos servicios recuerdan nuestros cumpleaños, responden a nuestras preguntas sin emitir juicios y sugieren películas y libros que nos pueden gustar. Lejos de basarse en el miedo, el nuevo sistema de vigilancia es divertido, atento y útil. Cuando Facebook quebró en algunas ciudades de EEUU durante el verano de 2014, muchos estadounidenses llamaron al 911.

Las empresas tecnológicas nos aseguran que sus productos se centran en nosotros, los clientes. Pero esto no solo oculta sus propios propósitos de obtener ganancias sino también su perfecta armonía de intereses con el Estado. Los gobiernos permiten a las empresas recopilar sistemáticamente información individual -sin importar los riesgos o consecuencias que esto pueda presentar para los consumidores- porque los gobiernos reciben acceso a esos datos a cambio. Las empresas, por su parte, entregan los datos a los gobiernos porque reciben a cambio una legislación favorable.

Esta armonía se vuelve aún más evidente cuando uno examina las puertas giratorias entre el Estado y las compañías tecnológicas. El Center for Responsive Politics descubrió recientemente que las cinco mayores firmas tecnológicas -Apple, Amazon, Google, Facebook y Microsoft- gastaron 49 millones de dólares en lobbying solo en 2015, más del doble de los 20 millones que gastaron los cinco bancos más grandes y aproximadamente 3 millones más que las cinco compañías petroleras más grandes.

Durante los mandatos Obama, la industria tecnológica se afincó en Washington. Casi doscientas personas que trabajaban para la administración de Barack Obama en 2015 estaban trabajando para Google a finales de 2016, mientras que cincuenta y ocho se movieron en la dirección opuesta. Con Obama, los ejecutivos de Google se reunían en la Casa Blanca más de una vez a la semana de promedio.

A pesar de que Silicon Valley se inclina por los demócratas, también ha encontrado una situación favorable en la Casa Blanca de Trump. El multimillonario de Silicon Valley Peter Thiel es ahora uno de los principales asesores de Trump, y una de las primeras medidas del presidente después de las elecciones fue celebrar una cumbre tecnológica en la Trump Tower, invitando a diversos líderes a una recepción que ninguna otra industria recibió. “Estoy aquí para ayudarles, amigos”, prometió.

 
Una herramienta de control

 

En 1990, Internet parecía prometer una era de nueva libertad y de mayor conectividad global. Cuando el profesor de derecho de Harvard Lawrence Lessig expresó su inquietud en 2000, no fue escuchado. “Fuera de nuestro control”, advirtió, “el ciberespacio se convertirá en una herramienta de control perfecta”. Pocos estuvieron de acuerdo: “Lessig no ofrece muchas pruebas de que una pérdida de privacidad y libertad al estilo soviético esté en camino”, se burló un revisor escéptico.

Han pasado diecisiete años y ahora tenemos un aparato de vigilancia que excede al de cualquier Estado autoritario del pasado.

Pero no debemos reducir los riesgos del capitalismo informacional a la vigilancia gubernamental. La filosofía subyacente de estas compañías tecnológicas representa una amenaza a la libertad en sí misma. La ideología de Silicon Valley ha saturado el ciberespacio y está reconstruyendo el mundo a su imagen, probablemente superando todo lo que Lessig anticipó.

Los directores ejecutivos de las empresas tecnológicas celebran el presente como “la era más mensurable de la historia”, equiparando la recopilación de información con el ideal ilustrado de descubrimiento de conocimiento. Las corporaciones nos prometen que, siempre que tengan acceso a la información de todos, pueden corregir todos los errores de la sociedad. Esta idea sintetiza la mentalidad Big Data: resolver los problemas humanos requiere únicamente recopilar la información suficiente. Con plena fe en esta ideología, la mayoría de los capitalistas de la información están de acuerdo con Varian, el economista jefe de Google: cualquier resistencia a la pérdida de privacidad se disipará porque “las ventajas en términos de conveniencia, seguridad y servicios serán enormes”.

Pero esta comprensión del progreso basado en los datos constriñe al individuo. La privacidad debe ser un espacio de experimentación creativa, un lugar en el que el individuo puede tomar distancia de los juicios y controles externos. Un mundo sin privacidad, por el contrario, corre el riesgo de la uniformización y el conformismo. Al menos idealmente, las experimentaciones privadas de los individuos desafían las normas e ideologías dominantes; esta fricción, continúa el argumento, empuja a la sociedad hacia adelante. Sin embargo, bajo el capitalismo informacional, el progreso, que una vez exigió respeto por la privacidad, ahora exige su rechazo.

Bajo el capitalismo del Big Data, la privacidad del individuo queda subsumida en una ideología de progreso vinculada a la obtención de beneficios. Si el liberalismo sostenía que restringir la libertad de expresión es particularmente malo, pues “supone un robo a la especie humana”, el capitalismo informativo defiende que la negativa a compartir información personal es el verdadero robo a la especie humana. Mantener algunos aspectos de uno mismo en privado ahora se interpone en el camino del progreso.

Es sorprendente como el concepto de progreso de Silicon Valley se alinea tan perfectamente con sus propios intereses económicos. Esta ideología no solo promueve la tecnología como la solución a todos los problemas -¿y quién será el encargado de suministrar la tecnología?-, sino que además hace depender tanto los beneficios como el progreso de la existencia de un mismo recurso: cada vez más información personal. Sin embargo, la armonía entre el progreso y el beneficio no es perfecta y esta contradicción es lo que mejor revela el rostro autoritario del Silicon Valley.

Mientras que en términos de “progreso” estas compañías tecnológicas se presentan a sí mismas como pioneras radicales -se mueven rápido y cambian las cosas, como dice el mantra-, cuando se trata de obtener ganancias esta “radicalidad” enmascara un deseo de perfecto conformismo. Como señala la especialista en privacidad Julie Cohen, el capitalismo informacional desea en última instancia “producir ciudadanos consumidores manejables y predecibles, cuyos modos preferidos de autodeterminación se desarrollen a lo largo de trayectorias predecibles y generadoras de beneficios”.

Para hacerlo, estas firmas tecnológicas establecen una densa red de opciones -como en las sofisticadas recomendaciones de Spotify y Netflix- adaptadas a una versión particular de la identidad de un individuo, “diseñadas para promover opciones consumistas y generadoras de beneficios que sistemáticamente desfavorecerán las innovaciones diseñadas para promover otros valores”. Como expone el ex especialista en ética de diseño de Google, Tristan Harris, “si controlas el menú, controlas las elecciones” -y si controlas las elecciones, estás controlando las acciones-.

El capitalismo siempre ha tratado de alinear las ambiciones de la sociedad con las suyas propias. Con Internet, este objetivo está más cerca de cumplirse. Existen pocas fuerzas opositoras, si aún las hay. De los quince sitios web más visitados del mundo, solo uno, Wikipedia, no opera bajo la lógica de Silicon Valley. Teniendo en cuenta la creciente importancia de Internet como un espacio para el desarrollo humano, la penetrante influencia de esta ideología no puede ser saludable para una sociedad diversa y democrática. Esta dinámica no hace más que intensificarse cuando dos compañías, Google y Facebook, prácticamente controlan el mercado.

Como lugar de auto-creación, discusión pública y organización social, Internet influye en la forma de estructurar nuestro pensamiento, nuestro conocimiento y nuestro comportamiento. Hoy, es un espacio construido casi exclusivamente con el objetivo de maximizar los beneficios.

En una burla de su promesa utópica inicial, Internet se ha convertido no solo en una herramienta de vigilancia masiva, sino también en una tecnología de publicidad avanzada y un medio de control social.

Si queremos desafiar este estado de las cosas, debemos comenzar por tener conversaciones más significativas sobre la Internet que queremos. Es algo demasiado importante como para que siga siendo un dominio exclusivo de las empresas.

Los datos, si se deben recopilar, deben democratizarse, no filtrarse a través de algoritmos secretos para obtener beneficios privados. Hasta que se rompa el control tiránico de Internet, en el capitalismo informacional los peligros solo se profundizarán. Como con todas las tiranías, las vidas de los ciudadanos serán cada vez más transparentes, mientras que las actividades de los poderosos serán cada vez más opacas.

 

Samuel Earle: Periodista independiente que escribe en distintos medios.


Fuente: https://www.jacobinmag.com/2017/04/google-facebook-informational-capitalism


Traducción: Sara Suárez Gonzalo

 

Publicado en Sociedad
Martes, 07 Noviembre 2017 07:01

Las rendijas por donde se cuela la historia

 

El capitalismo en su actual tiempo de concentración se propone subsumir todo en la lógica de sus operaciones megaconectadas. Las distintas narraciones políticas que no acompañen esta marcha incesante e ilimitada cada vez encontrarán más obstáculos para resolver su existencia. Por ello, es habitual ver que a políticos que –en otros tiempos– se los hubiera reconocido de entrada en su nulidad evidente, ahora se les concede a los mismos, una inteligencia especial en sus distintos modos de acumular poder. Hay ciertos intelectuales que tienen un gusto especial por dotar de una agudeza singular a distintos presidentes claramente mediocres, se llamen Mauricio Macri, Mariano Rajoy, etc. En realidad, es atribuir a los políticos y al sentido que ponen en juego la “astucia” especifica de los dispositivos neoliberales, los cuales sí disponen de un gran capacidad para construir narraciones perfectamente preparadas para la reproducción del poder.

El propósito del neoliberalismo es que los proyectos transformadores y emancipatorios queden relegados a parques temáticos testimoniales o que encarnen una realidad amenazante y caótica. Pero esto varía según las coyunturas.

Si los proyectos emancipatorios quieren llegar a las mayorías, como las mismas están ya intervenidas mediáticamente, xes muy difícil que puedan transmitir su discurso. A su vez, si sólo se entregan al cálculo electoral y prescinden de su legado ético y político pierden su filo cortante, su verdad y su razón de ser. En estos casos no que hay más remedio que asumir la apuesta sin garantías, una elección forzada, que revela que la izquierda se define por ser una fuerza, que a diferencia de otras, siempre habita el límite de su propia dispersión, la derecha en este punto siempre se preserva , con su inercia constitutiva, de estas encrucijadas.

En una situación semejante y dado que la partida se juega en el terreno del Otro neoliberal es muy determinante poder pensar en el acto instituyente, en su lógica discursiva y en el sujeto que fuera capaz de sostenerlo. Ya no habrá insurrección ni corte revolucionario ni ruptura con la realidad constituida. Pero sí rendijas por donde se cuele la historia, la memoria, y aquellos recursos donde un nuevo sujeto se articule a una sensibilidad colectiva distinta al circuito del desprecio por lo humano propio del neoliberalismo. La articulación de estas sensibilidades que, en determinadas encrucijadas, encuentran un deseo que las relanza a un proyecto, es la tarea mayor de una izquierda que no se deje seducir ni por el parque temático, ni por la tribu testimonial.

 

Publicado en Política
Lunes, 06 Noviembre 2017 07:22

Qué pasa con China

 

Con mucha frecuencia, cuando escribo acerca de la crisis estructural del moderno sistema-mundo, y por tanto del capitalismo como un sistema histórico, recibo objeciones que dicen que he descuidado la fuerza del crecimiento económico de China y su capacidad para servir como reemplazo económico para la claramente menguante fuerza de Estados Unidos más Europa occidental, el llamado Norte.

Éste es un argumento perfectamente razonable, al que se le escapan, sin embargo, las dificultades fundamentales del sistema histórico existente. Además, pinta un retrato de las realidades chinas bastante más rosa de lo justificado si se mira más de cerca.

Déjenme responder esta pregunta, entonces, en dos partes: uno, el desarrollo del sistema-mundo como un todo, y dos, la situación empírica de China en el momento actual.

El análisis de lo que llamo la crisis estructural del moderno sistema-mundo es el que he realizado en muchas ocasiones en estos comentarios y en otros de mis escritos. Es, no obstante, importante repetirlo de una forma condensada. Esto es mucho más necesario puesto que aún personas que dicen concordar con el concepto de una crisis estructural parecen, sin embargo, resistirse en la práctica a aceptar la idea de la caída del capitalismo por fuerte que sea ésta.

Hay una serie de elementos del argumento que hay que reunir. Uno es la aseveración de que todos los sistemas (sea cual sea su espectro y sin excepción alguna) tienen vidas y no pueden ser eternos. La explicación de esta eventual caída de cualquier sistema es que los sistemas operan en ritmos cíclicos y en tendencias seculares.

Los ritmos cíclicos se refieren a vaivenes constantes de ida y regreso hacia un equilibro en movimiento, una realidad perfectamente normal. Sin embargo, cuando varios fenómenos se expanden de acuerdo a sus reglas sistémicas y luego se contraen, no retornan después de contraerse exactamente adonde estaban antes de su viraje cíclico en ascenso.

De aquí se deriva que su curva en el largo plazo es ascendente. Esto es a lo que nos referimos con una tendencia secular. Si uno mide esta actividad en la ordenada, o el eje Y de la gráfica, uno ve que con el tiempo se aproximan a una asíntota de 100 por ciento, que no puede cruzarse. Parece que cuando factores importantes alcanzan un punto anterior a un 80 por ciento de la ordenada, comienzan a fluctuar de una manera errática.

Cuando las curvas cíclicas arriban a este punto cesan de utilizar los llamados medios normales de resolver las constantes tensiones en el funcionamiento de un sistema y entran, por tanto, en una crisis estructural del sistema.

Una crisis estructural es caótica. Esto significa que en lugar de la serie normal de combinaciones o alianzas que previamente se usaron para mantener la estabilidad del sistema, se varían constantemente estas alianzas en busca de ganancias de corto plazo. Esto únicamente hace que la situación empeore. Notamos aquí una paradoja –la certeza del final del sistema existente, y la incertidumbre intrínseca de lo que eventualmente lo reemplazará creando por tanto un nuevo sistema (o nuevos sistemas) que estabilice las realidades.

Durante el periodo un tanto más largo de crisis estructural, observamos una bifurcación entre dos modos alternativos de resolver la crisis –uno reemplazándolo con un sistema diferente que de algún modo conserva los elementos esenciales del sistema moribundo y uno que lo transforma radicalmente.

En concreto, en nuestro actual sistema capitalista hay quienes buscan encontrar un sistema no capitalista que, sin embargo, mantenga los peores rasgos del capitalismo: jerarquía, explotación y polarización. Y hay quienes desean establecer un sistema que sea relativamente democrático e igualitario, un tipo de sistema histórico que nunca ha existido antes. Estamos en medio de esta batalla política.

Ahora, miremos el papel que juega China en lo que está ocurriendo. En términos del presente sistema, China parece ir ganando mucha ventaja. Argumentar que esto significa la continuación del funcionamiento del capitalismo como sistema es básicamente (re)afirmar el punto inválido de que los sistemas son eternos y de que China está reemplazando a Estados Unidos del mismo modo en que Estados Unidos reemplazó a Gran Bretaña como la potencia hegemónica. Si esto fuera cierto, en otros 20-30 años China (o tal vez el noreste asiático) sería capaz de fijar sus reglas al sistema-mundo capitalista.

Pero ¿realmente está ocurriendo esto? Primero que nada, el margen económico de China, aunque es todavía mayor que aquel del Norte, ha ido declinando significativamente. Y esta decadencia bien podría amplificarse pronto, conforme crece la resistencia política ante los intentos de China por controlar a los países aledaños y encantar (es

decir, comprar) el respaldo de los países más alejados, algo que parece estar ocurriendo.

¿Puede China entonces depender de acrecentar la demanda interna para mantener su demanda global? Hay dos razones por lo que esto no es posible.

La primera razón es que las actuales autoridades se preocupan de que un creciente estrato medio pueda comprometer su control político y busque limitarlo.

La segunda razón, más importante, es que mucha de la demanda interna es resultado de préstamos irresponsables por parte de los bancos regionales, que enfrentan una incapacidad para sustentar sus inversiones. Si colapsan, aun parcialmente, esto podría ponerle fin a todo el margen económico de China.

Además, ya ha habido, y continuará habiendo, vaivenes alocados en las alianzas geopolíticas. En un sentido, las zonas clave no están en el Norte, sino en áreas tales como Rusia, India, Irán, Turquía y el sureste de Europa, todas ellas buscando sus propios roles en un juego de cambio de bandos rápidos y repetidos. El fondo del asunto es que, aunque China tenga un gran papel que jugar en el corto plazo, no es un papel tan grande como el que China desearía y que algunos del sistema-mundo restante temen. No es posible para China detener la desintegración del sistema capitalista. Únicamente puede intentar asegurar su lugar en un futuro sistema-mundo.

 

Traducción:

Ramón Vera-Herrera

 

© Immanuel Wallerstein

 

 

Publicado en Política

 

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se elogió a sí mismo en sus comentarios sobre la respuesta federal al desastre que ha abrumado a Puerto Rico tras el paso del huracán María. Cuando un periodista le preguntó en una conferencia de prensa en la Oficina Oval, el 19 de octubre, “Señor presidente, del uno al 10, ¿cómo calificaría la respuesta de la Casa Blanca hasta ahora?”, Turmp opinó: “Me pondría un 10. Creo que hemos hecho un gran trabajo”. Trump hizo estos comentarios mientras el gobernador de Puerto Rico, Ricardo Rosselló, estaba sentado a su lado, en silencio. Esto sucedió solo dos semanas después de la visita de Trump a la isla, donde arrojó rollos de papel higiénico a los sobrevivientes del huracán. Ante estos hechos, la alcaldesa de San Juan, Carmen Yulín Cruz, en una entrevista para Democracy Now!, respondió: “Si es un 10 de un total de 100, estoy de acuerdo, porque sigue siendo una baja calificación”.

La alcaldesa no es la única que considera que Trump no ha mostrado una respuesta eficaz. En un informe condenatorio emitido el lunes por la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Leilani Farha, relatora especial de las Naciones Unidas sobre el derecho a una vivienda adecuada, compara las medidas de ayuda posteriores a los huracanes que devastaron Texas y Florida con las tomadas en Puerto Rico: “No podemos dejar de notar las diferencias en la urgencia y prioridad otorgadas a la respuesta de emergencia en Puerto Rico en comparación con los estados del país afectados por los huracanes en los últimos meses”, afirmó.

Democracy Now! viajó a Puerto Rico el fin de semana pasado para observar de cerca la devastación. A casi dos meses del paso del huracán María, la isla sigue a oscuras. Según estimaciones oficiales, casi dos tercios de la isla carecen de electricidad. Mientras tanto, los tres millones y medio de ciudadanos estadounidenses de Puerto Rico se ven en dificultades para obtener los elementos básicos para vivir, a medida que miles de personas abandonan la isla y se dirigen al territorio continental de Estados Unidos, tal vez para nunca regresar.

Sin embargo, hay personas que están desembarcando en la isla: los capitalistas del desastre. Como lo expresó elocuentemente la periodista Naomi Klein en su libro “La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre”, los desastres, tanto naturales como provocados por la humanidad, son explotados cada vez más por corporaciones con fines de lucro y supuestos ideólogos del libre mercado para impulsar reformas en importantes áreas de las sociedades impactadas. Ejemplos de ello son el debilitamiento de los sistemas de bienestar social, la privatización de los servicios públicos, el acorralamiento de los sindicatos y las ganancias obscenas obtenidas con las obras de reconstrucción. Después del huracán, Puerto Rico se perfila como un caso testigo de la doctrina del shock.

La alcaldesa Carmen Yulín Cruz nos dijo en el Coliseo Roberto Clemente, el estadio deportivo ubicado en San Juan, donde ella y su equipo han estado viviendo desde el huracán: “Desearía no haberme enterado nunca de ese término. Usar el caos para despojar a los trabajadores de sus derechos de negociación, derechos que los sindicatos tardaron 40, 50 años en conquistar... solo constituye tomar ventaja de las personas cuando se encuentran en una situación de vida o muerte. Es un abuso absoluto de los derechos humanos. Significa que los más fuertes realmente se alimentan de los más débiles, hasta que lo único lo que queda son los restos”.

Un buen ejemplo de esto es el contrato de 300 millones de dólares otorgado sin licitación a la empresa Whitefish Energy para reconstruir la red eléctrica de la isla. La Autoridad de Energía Eléctrica de Puerto Rico (AEE) es la mayor compañía eléctrica pública en Estados Unidos y suministra electricidad a toda la isla de Puerto Rico. El huracán María destruyó por completo la red eléctrica. Antes de la llegada del huracán, Whitefish, que lleva el nombre de la ciudad de Montana donde tiene sus oficinas centrales, solo tenía dos empleados y nunca había manejado un contrato por más de 1,4 millones de dólares. Casualmente, de esta ciudad es originario el secretario de Interior de Trump, Ryan Zinke. El hijo de Zinke ha trabajado para Whitefish Energy en el pasado. Estábamos en el Coliseo hablando con la alcaldesa cuando el vicealcalde de San Juan, Rafael Jaume, entró con una copia del contrato de Whitefish en la mano y se puso a leer un fragmento:

“‘En ningún caso la AEE, el Estado Libre Asociado de Puerto Rico, el administrador de la [Agencia Federal para el Manejo de Emergencias o] FEMA, el Contralor General de Estados Unidos ni cualquier otro representante autorizado tienen derecho a auditar o revisar los elementos de costo y beneficio de las tarifas laborales aquí especificadas’”. Jaume nos extendió el documento y, con indignación, nos dijo: “Pueden leer ustedes mismos. Es blanco o negro”. Tanto la alcaldesa Cruz como el vicealcalde Jaume consideraron que el contrato era ilegal y exigieron su cancelación inmediata.

A este pedido se sumó Ángel Figueroa Jaramillo, presidente de UTIER, el sindicato de la industria eléctrica de Puerto Rico. Lo visitamos en sus oficinas de San Juan, que sigue sin electricidad. Mientras hablábamos, llegó la noticia de que el gobernador Rosselló había solicitado la cancelación del contrato. Jaramillo no solo exigía esto sino también el despido del jefe de la AEE, que firmó y avaló el contrato, y una investigación penal completa de todos los responsables involucrados. Al igual que la alcaldesa Cruz, Jaramillo está trabajando para incorporar la energía solar a la red eléctrica reconstruida, sin privatizarla en el proceso.

En el ínterin, la empresa Fluor Corp., que integra la lista de las 500 mayores empresas estadounidenses según la Revista Fortune, también recibió un contrato de 200 millones de dólares para trabajar en la reconstrucción de la red eléctrica. Con la retirada de Whitefish a Montana, hay dos cosas de las que podemos estar seguros: que más capitalistas del desastre harán fila para tomar su lugar, y que el orgulloso y resistente pueblo de Puerto Rico, cada vez más intolerante a los retrasos y la corrupción, estará cada vez más atento, mientras gana impulso el movimiento para desarrollar alternativas renovables para la red eléctrica alimentada por combustibles fósiles que les ha fallado.

 

© 2017 Amy Goodman

Traducción al español del texto en inglés: Inés Coira. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español, Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

 

Amy Goodman es la conductora de Democracy Now!, un noticiero internacional que se emite diariamente en más de 800 emisoras de radio y televisión en inglés y en más de 450 en español. Es co-autora del libro “Los que luchan contra el sistema: Héroes ordinarios en tiempos extraordinarios en Estados Unidos”, editado por Le Monde Diplomatique Cono Sur.

 

 

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Los ciclos políticos no son caprichosos. Vivimos un periodo de crecimiento de las derechas, en particular en Sudamérica. El ciclo progresista terminó aunque sigan existiendo gobiernos de ese color, pero ya no podrán desarrollar las políticas que caracterizaron sus primeros años porque se impone una inflexión conservadora, aunque los discursos puedan decir algo diferente.

Un buen ejemplo de esa ironía puede ser Ecuador: un gobierno de Alianza País que realiza un ajuste conservador. Salvo que se opte por la peregrina tesis de la traición, Lenin Moreno muestra que aún los progresistas deben dar un giro a la derecha para poder seguir gobernando.

Digamos que los ciclos son estructurales y los gobiernos coyunturales. El ciclo progresista se caracterizó por elevados precios de las exportaciones de commodities en un clima general de crecimiento económico, un fuerte protagonismo popular y presiones por mayor justicia social. Los tres aspectos se debilitaron desde la crisis de 2008. Ahora sufrimos una fuerte ofensiva derechista en todos los terrenos.

A pesar de los malos resultados económicos y de una elevada conflictividad social, en la que destaca la desaparición forzada de Santiago Maldonado, el gobierno de Mauricio Macri consiguió una contundente victoria en las recientes elecciones argentinas. El macrismo no es un paréntesis, consiguió una cierta hegemonía que se asienta en los cambios económicos de la última década, en el desgaste del progresismo y la debilidad creciente de los movimientos.

La primera cuestión a tener en cuenta es que el modelo extractivo (sojero-minero) ha transformado las sociedades. La edición argentina de Le Monde Diplomatique de septiembre contiene dos interesantes análisis de José Natanson y Claudio Scaletta, que desbrozan los cambios productivos del complejo de la soya y sus repercusiones sociales.

El primero sostiene que el mapa de la soya coincide casi matemáticamente con los territorios en que gana Macri. Destaca que el campo se articula cada vez más con las finanzas, la industria y los grandes medios, y que los terratenientes y los peones, que fueron los protagonistas del periodo oligárquico, conviven ahora con técnicos, arrendatarios, agrónomos, veterinarios, mecánicos de maquinaria agrícola y pilotos fumigadores, entre otros.

La tecnología es incluso más importante que la propiedad de la tierra que los “ pools de siembra” alquilan, mientras los cultivadores conectados al mundo globalizado están pendientes de los precios de la bolsa de Chicago, donde se cotizan los cereales.

El segundo sostiene que estamos ante una complejización de las clases medias rurales y la emergencia de nuevas clases medias ruro-urbanas. En consecuencia, el conflicto con el campo que sostuvo el gobierno kirchnerista en 2008 no fue la clásica contradicción oligarquía-pueblo.

A partir de ese momento, se hizo visible un conglomerado de actores más complejo y con una base social mucho más extensa, que rechaza las políticas sociales porque sienten la pobreza urbana como una realidad muy lejana. Ese bloque social es el que llevó a Macri al gobierno y el que lo sostiene.

La sociedad extractiva genera valores y relaciones sociales conservadoras, así como la sociedad industrial generaba una potente clase obrera y valores de comunidad y solidaridad. En las grandes fábricas, miles de obreros se convirtieron en clase al organizarse para resistir a los patrones.

Por el contrario, el extractivismo no genera sujetos internos, o sea dentro del entramado productivo, porque es un modelo financiero especulativo. Las resistencias son siempre externas, en general las protagonizan los afectados.

La segunda cuestión es el desgaste del progresismo luego de una década larga de gobierno. Aquí aparecen dos elementos. Uno, el desgaste interno natural o por la corrupción y la mala gestión, y combinaciones de ambos. Dos, porque el propio modelo despolitiza y desorganiza a la sociedad que sólo se articula por medio del consumo. Ahí es donde muerden las derechas.

El consumismo es la otra cara de la sociedad extractiva. Una sociedad que no genera sujetos, ni identidades fuertes, con valores vinculados al trabajo digno, o sea productivo, sino apenas valores mercantiles e individualistas, no está en condiciones de potenciar proyectos de largo aliento para la transformación social.

La tercera cuestión que explica el auge de las derechas es la debilidad del campo popular, que afecta desde los movimientos hasta la cultura del trabajo y de las izquierdas. La sociedad extractiva crean las condiciones materiales y espirituales de esta anemia de organización y luchas. Pero hay más.

Las políticas sociales del progresismo, sobre todo la inclusión mediante el consumo, multiplicaron los efectos depredadores del modelo en cuanto a desorganización y despolitización. En el shopping desaparecen las contradicciones de clase, incluso las étnicas y de género, porque en esos no lugares (Marc Augé) el entorno desaparece a la humanidad de las personas.

Pero los movimientos también son responsables por las opciones que tomaron. En vez de construir mirando el largo plazo, preparándose para el inevitable colapso sistémico, tomaron el atajo electoral que los llevó a construir alianzas imposibles con resultados patéticos. Algunos movimientos argentinos, que optaron por aliarse con la derecha justicialista, podrían hacer balance sobre los resultados desastrosos que obtuvieron, y no me refiero a la magra cosecha de votos.

Por último, debemos pensar las enseñanzas que nos deja el ascenso de las derechas y la crisis de los movimientos. La sociedad extractiva de cuarta guerra mundial, no puede ser resistida con la misma lógica de la lucha obrera en la sociedad industrial. No existe una clase para ser dirigida. Los sujetos colectivos deben ser construidos y sostenidos todos los días. Las organizaciones deben ser sólidas, cinceladas para el largo plazo y resistentes a los atajos institucionales.

 

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Martes, 24 Octubre 2017 08:12

El mensaje de Alain Badiou a la juventud

 

La alternativa no está en la defensa a ultranza del capitalismo neoliberal, ni en el regreso a la seguridad de la tribu conservadora, sino en la construcción de un hasta ahora desconocido marco de simbolización en el que no reine la falsa vida

 

“Tengo 79 años. ¿Por qué debería preocuparme hablar sobre la juventud? ¿Y por qué debería, además, preocuparme por hablar sobre la juventud a los jóvenes mismos?”. Así empieza The True Life, el interesante mensaje y alegato que el conocido filósofo francés, Alain Badiou, dirige a las nuevas generaciones desde la altura de su consciente ancianidad.

Vivimos un mundo de riesgos, incertidumbre e inestabilidad, un mundo repleto de problemas globales que sólo logran encontrar débiles respuestas locales en medio de sociedades anestesiadas en la monotonía ordinaria. La pasión por lo político, por la defensa del interés general y de la comunidad, parece haberse diluido en un mar de consumismo, nihilismo y, sobre todo, indiferencia.

Si a la inexistencia de ritos sociales de iniciación a la madurez le unimos el culto generalizado a la frescura de la juventud y a lo saludable que acompaña todo consumismo frenético, la desorientación está asegurada.

Placer, dinero y poder: la tríada que ha presidido las acciones humanas sigue en su trono milenios después de la muerte de Sócrates. Con el maestro de Platón comienza Badiou, precisamente, su mensaje, pues el de Atenas se suicidó tras la condena por “corromper a la juventud”. Pero no la “corrompió” sobre las pretensiones de sexo, de poder o de riquezas....sino por intentar enseñarles que hay algo mejor más allá de esa tríada, que vale la pena vivir esta vida y disfrutarla.

Badiou aquí, reinterpretando a Sócrates, considera que existen dos caminos antagónicos a la verdadera vida y que nos llevarían, cualquiera que fuera el elegido, a una falsa y condenable por nadar en la vacuidad. Sendos caminos que, además, son los que se presentan a los jóvenes cuando, desde la cortedad aún de sus (nuestras) existencias, intentan proyectar hacia el futuro lo que será de ellas.

El primero de estos senderos o conjuntos de opciones viene constituido por lo que el francés llama el “nihilismo inmediato”, la pasión por quemar la vida en un cúmulo intermitente de “momentos”. Fotos en Instagram, una aventura de una noche, la suave complacencia de miles de likes, la arrogancia del que se cree algo y no es sino trivialidad condensada...El materialismo de la nada.

El segundo, por su parte, vendría motivado por pretensiones justamente contrarias. El deseo de planificar la vida haciendo tabula rasa, precipitada, del futuro; la búsqueda incesante de la estabilidad y el prestigio social, del éxito y la tranquilidad de un matrimonio, una casa, un coche y un perrito. El materialismo aquí giraría en torno al solipsismo del reconocimiento en sociedad y de la asunción de la pasividad y complacencia necesarias para escalar en la pirámide del prestigio y el sosiego.

Entre estos dos conjuntos alternativos, pues, dice Badiou que se mueven los deseos de la juventud occidental hoy. Pero tales caminos no se dan sin un contexto, sin una base previa de la que puedan partir, y es aquí donde cree el filósofo que reside la verdadera causa de la falsedad de nuestras (posibles) vidas como jóvenes. Tras la eliminación del servicio militar, la difuminación del valor del matrimonio y de la disciplina, no existen ya ritos sociales de iniciación a la madurez. Si a ello le unimos el culto generalizado a la frescura de la juventud y a lo saludable que acompaña todo consumismo frenético, la desorientación está asegurada. El paro, la falta de referencias, la inestabilidad y la ausencia de valores nutren el punto de partida del que tienen que servirse las nuevas generaciones para tomar uno de los caminos que se le abren, y cualquiera de sus decisiones estará condicionada por ese sustrato de inseguro infantilismo. La caída del mundo de la tradición, de los procedimientos que aseguraban el tránsito de la pubertad a la madurez, junto al intrépido individualismo y atomización capitalista, hacen de los jóvenes experimentos de eterna puerilidad, sujetos incapaces de tomar decisiones ni de sufrir por sus consecuencias. Una miríada de psicopedagogos y orientadores sociales les sirven para atenuar sus inquietudes, pero éstas siempre se alternarán en medio de la inestabilidad de un mundo sórdido que parece ofrecer, únicamente, dos caminos antagónicos que son contrarios, al mismo tiempo, a la verdadera vida.

O el nihilismo y la ordinariez de la rutina, o la creación de un nuevo mundo y de unos nuevos horizontes. Recuperar la ilusión por el compromiso público y por la renovación de los valores sociales, crear (¡crear, sí!) una nueva tradición en la que converjan las virtudes que nos han legado los siglos. La alternativa no está en la defensa a ultranza del capitalismo neoliberal actual a lo Fukuyama, ni en el regreso al grupo y a la seguridad de la tribu conservadora (Trump, FN, Orbán...), sino en la construcción de un hasta ahora desconocido marco de simbolización en el que no reine la falsa vida. “La revelación – dice Badiou- de que sois capaces de mucho más de lo que pensáis que sois puede ocurrir cuando tomáis parte en un movimiento por una nueva idea de vida colectiva; cuando sentís las primeras agitaciones de una vocación artística porque habéis sido conmovidos profundamente por un libro, una obra de música o una pintura...”. Alternar en un mismo proyecto la inmediatez y la planificación, la construcción y la destrucción, la extraña lucidez de la locura (¡Ya no hay locos!) y su elogio. La vía intermedia entre los dos caminos descritos, la vía de la virtud del justo medio. Pero no tienen los jóvenes, dice Badiou, que elegir simplemente la equidistancia entre los dos senderos que se bifurcan sobre el futuro, sino que deben agarrar las riendas de un futuro que los supere y los transforme. Un nuevo auriga de Delfos, no el mismo de siempre tamizado de la moderación de lo apolíneo frente a lo dionisíaco.

En esto puede consistir la vida verdadera preconocida por Sócrates, en un permanente “abandonar” y “construir” que pilote una juventud renovada en su ilusión por un mundo mejor, más justo e igualitario, donde lo colectivo y lo político no sean objeto de apropiación por unos pocos, sino el resultado de un proyecto común fundado en la fuerza creativa de la cultura; de nuestra conciencia social, en definitiva, de ser y estar en un mundo que puede ser, a pesar de todo, el mejor de los mundos posibles.


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Gabriel Moreno González. Investigador en Derecho Constitucional. Universitat de València.

 

Publicado en Sociedad

 

Según la teoría económica neoclásica, la relación entre los salarios y los empleos es una relación simple. Cuando no hay mucha demanda de trabajo, los salarios sufren. Los obreros compiten unos contra otros por conseguir el empleo. Pero cuando existe gran demanda de trabajo, los salarios suben. Los empleadores compiten entre ellos para conseguir la ahora escasa fuerza laboral. Este ciclo cambiante se dice que mantiene el fluido funcionamiento del sistema de libre mercado, garantizando un vaivén constante en el equilibrio en movimiento.

Ocurre ahora que este proceso cíclico ya no está funcionando de ese modo, y para los expertos y los académicos esto resulta un rompecabezas muy grande y es difícil explicarlo. Las explicaciones son variadas y múltiples. Lo que parece estar en el corazón es que existe una nueva condición normal. Pero cómo, y cómo funciona. En la edición del 8 de octubre del New York Times, el artículo principal de la sección dominical de Negocios tenía el siguiente encabezado: "Hay muchos empleos: no hay paga suficiente: a pesar de que se tensen los mercados laborales de las economías principales, el bajo desempleo no es suficiente para disparar ganancias robustas en los salarios".

Se nos ofrece la explicación de que hay un incremento en los empleos temporales o de tiempo parcial, más los robots. El argumento es que esto hace que el empleador sea menos dependiente de los trabajadores de tiempo completo. Los sindicatos son más débiles, y a los obreros les resulta más difícil enfrentar a los empleadores. Todo esto, por supuesto, es cierto. Pero, ¿por qué ahora y nunca antes?

Un argumento relativamente nuevo es aquel del trabajador evanescente. Pero, ¿cómo puede desaparecer un trabajador? ¿Qué puede significar esto? Parece que más y más obreros están abandonando por completo la búsqueda de empleos. Tal vez ya se salieron de su red de seguridad o se les agotó, al igual que se agotaron sus ahorros acumulados. Tal vez se quedaron desahuciados o se hicieron drogadictos, o ambos. Pero no sólo se marginaron, como si ésta hubiera sido su opción. Fueron empujados, lo cual tiene una doble ventaja para los productores. Ya no necesitan invertir (vía impuestos u otros modos) en protección social. Y siguen instigando miedo en aquellos trabajadores que siguen buscando empleo, porque también ellos pueden ser empujados a marginarse.

Y de nuevo, ¿por qué ahora y no antes? Antes, sea cual fuere la época, fue durante el funcionamiento normal del sistema-mundo. Los capitalistas requerían de estos ciclos para trabajar con máximos incrementos de largo plazo en la plusvalía. Pero supongamos que los empleadores saben, por conocimiento o intuición, que el capitalismo está en una crisis estructural y, por tanto, está moribundo. ¿Qué harían entonces?

Si no necesitan preocuparse por una demanda efectiva que mantenga el sistema, entonces bien podrían obtener lo que puedan mientras se pueda. Pueden, entonces, enfocarse por completo al corto plazo. Pueden buscar incrementar las ganancias en la bolsa de valores sin siquiera un pensamiento por el mañana. ¿No es acaso esto lo que está ocurriendo en las naciones más ricas tanto como en las más débiles?

Por supuesto la situación no puede durar. Es por eso que las fluctuaciones son tan grandes, el caos tan profundo. Y unos cuantos de ellos, los más fieros capitalistas, sin duda, se concentran en ganar la batalla de mediano plazo para determinar la naturaleza del futuro sistema-mundo (o sistemas) que se vayan a construir. No estamos presenciando aún una condición normal nueva. Testimoniamos una realidad transitoria.

Así que, ¿cuál es la lección para aquellos de nosotros que nos preocupamos por los trabajadores "evanescentes"? Es muy claro que debemos luchar por defender cualquier protección que tengan aún. Debemos, como me gusta decir, trabajar por minimizar sus penurias. Pero al mismo tiempo debemos luchar por ganar la batalla intelectual, moral y política en el mediano plazo. Sólo una estrategia que combine la lucha en el corto plazo con la lucha en el mediano plazo tiene la ocasión de conservar la posibilidad de ese mundo mejor que realmente es posible, pero no del todo inevitable.

 

Traducción: Ramón Vera Herrera

 

 

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Como anticipo de las conferencias que dictará a partir de mañana en Buenos Aires, la primera de ellas en la ex ESMA, Página/12 dialogó con la prestigiosa psicoanalista francesa. Los recuerdos sobre su maestro, la memoria histórica, la comunicación digital, el amor y el deseo en esta etapa de la sociedad capitalista.

 

El psicoanálisis es, en esencia, una teoría y una práctica alejada profundamente de los totalitarismos. Por eso, cuando mañana a las 13.30, la prestigiosa psicoanalista francesa Colette Soler visite el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti (predio de la Ex ESMA) para dictar una de las tres conferencias por las que viene a Buenos Aires (ver recuadro), será una imagen simbólica en un lugar que fue uno de los mayores centros clandestinos de detención de la Argentina durante la dictadura, reconvertido en democracia en un espacio de la memoria y de reivindicación de los derechos humanos. Soler es una eminencia en el campo del psicoanálisis: es doctora en Filosofía y doctora en Psicología por la Universidad de París. Es autora de numerosos libros fundamentales del psicoanálisis como Los afectos lacanianos y El fin y las finalidades del análisis (Ed. Letra Viva) y Lo que Lacan dijo de las mujeres (Ed. Paidós). Su encuentro con la enseñanza y la persona de Jacques Lacan hizo que se decidiera por el psicoanálisis. Fue miembro de la Escuela Freudiana de París fundada por Lacan y posteriormente de la Escuela de la Causa Freudiana. Es también miembro fundadora de la Internacional de los Foros y de la Escuela de Psicoanálisis de los Foros del Campo Lacaniano.

“Es importante para mí hablar en un lugar así porque es un lugar de memoria y que intenta conservar la memoria de las víctimas. Entonces, siempre es algo importante en la historia, en general, y también en el psicoanálisis luchar contra el olvido. Efectivamente lo intentamos y luchamos, pero hay que decir que no es fácil”, dice Colette Soler en la entrevista exclusiva con PáginaI12, poco antes de viajar a Buenos Aires. “Hace unos días escuché a un historiador que dijo algo muy fuerte: ‘Enseñamos la historia, pero la historia no enseña nada puesto que las sociedades son siempre al tiempo presente’. Creo que es un deber no olvidar de generación en generación. El psicoanálisis, que apareció a principios del siglo pasado en Europa, más precisamente en Viena, es el heredero de los derechos humanos”, agrega Soler.

 

–Claro, porque el psicoanálisis siempre estuvo en contra de cualquier totalitarismo...

–Absolutamente. El totalitarismo hace imposible al psicoanálisis porque en el psicoanálisis recibimos la palabra de cada sujeto, sea cualquiera su sexo, edad, estructura. Entonces, es algo que pertenece a la valoración del individuo en los derechos humanos.

 

–¿Cómo puede colaborar el psicoanálisis con la memoria histórica?

–El psicoanálisis opera a nivel individual y trabaja con la memoria de cada uno. Hay que decir que entre la memoria de cada uno y la memoria de la historia colectiva, hay lazos, no hay un corte. Es cierto que en los sujetos la memoria de lo que pasó en la generación anterior está siempre presente. Y, especialmente, los individuos heredan una memoria de las desgracias de las generaciones anteriores.

 

–Vamos a sus inicios. ¿Cómo lo recuerda a Jacques Lacan?

–En realidad, hay dos aspectos diferentes de mis recuerdos. Tengo el recuerdo de él, como mi analista, ligado a mi análisis. Tengo recuerdos de momentos en que Lacan estaba muy presente, pero con el tiempo la memoria de Lacan como mi analista se fue diluyendo y me queda la memoria de mi análisis. Cuando terminé mi análisis hubiera dicho lo contrario, pero con el tiempo fue así.

 

–¿Y como formador?

–Formador es una palabra que no usaría con Lacan. Quizás es un problema de idioma, pero para mí “formador” evoca al “educador”. Lacan no era del todo un educador. Era alguien que producía una enseñanza, que hacía presentación de enfermos. Y al enseñar, Lacan era para mí toda una fuente continua de nuevas preguntas porque era una enseñanza difícil en la que uno necesitaba tiempo para apropiarse de lo que él decía. Era una fuente de preguntas, pero al mismo tiempo siempre estaba la percepción de que se decía algo. También Lacan fue un ejemplo de alguien que no cedía. Por ejemplo, lo vemos en el momento en el cual fue excluido de la Asociación Internacional de Psicoanálisis (IPA), cuando empezó su seminario Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. No se detuvo nunca con todos los episodios sucesivos de dificultades institucionales. A este nivel, es un ejemplo para mí.

 

–Después de más de 35 años de la muerte de Lacan, ¿cree que hay una relectura de su obra en el campo psi?

–Creo que con el correr del tiempo y el trabajo de diversas personas después de Lacan, hay una asimilación de su enseñanza, pero parcial, no completa. Los últimos años de su enseñanza, después de los 70, no son todavía bien captados ni sus fundamentos son bien entendidos.

 

–¿A qué atribuye que aun hoy el psicoanálisis genere odios tan fuertes?

–Hay que decir dos cosas: el odio al psicoanálisis empezó con el psicoanálisis. Se puede recordar que fue calificado de “ciencia judía” por los antisemitas, también de “ciencia burguesa” desde la izquierda, y ahora de “no científico” por la ciencia del cognitivismo. La crítica y el odio fueron desde siempre, pero quizás ahora se escucha más porque el psicoanálisis es más popular: se conoce en todas partes, se ve en los medios y, entonces, las voces que odian el psicoanálisis se escuchan más todavía. Pero es el signo de que el psicoanálisis no está muerto porque no se odia lo que ya desapareció.

 

–¿Y qué tiene para ofrecer el psicoanálisis en este mundo globalizado?

–Puede ofrecer la cosa más preciosa porque los sujetos adaptados a la globalización somos todos, en cierta medida. Estamos adaptados al capitalismo y compartimos el deseo que funda el capitalismo, un deseo de ganancia de dinero y de gozar de los objetos producidos. A ese nivel, somos todos parecidos. El psicoanálisis ofrece al sujeto la posibilidad de descubrir y asumir lo que es como sujeto singular, no parecido a los demás.

 

–¿Encuentra un incremento de angustia en el siglo XXI? ¿La depresión sería el factor más notorio en esta época?

–Hay todo un discurso sobre la depresión actual. La depresión implica no tener ganas, no tener la chispa, no tener el deseo de continuar y de actuar. La depresión le importa más al mundo capitalista porque les impide trabajar a los sujetos. Se tiran en la cama y no quieren trabajar más. El discurso común enfatiza más la depresión. Se enfatiza menos la angustia que la depresión, pero me parece que la angustia está más presente porque no impide trabajar ni desempeñarse en las actividades. A veces, acompaña en el trabajo.

 

–¿Qué es lo que deshace los lazos sociales en la era de la comunicación digital?

–Cuando hablamos de lazo social, hablamos de lazo de cuerpos, de convivencia de los cuerpos. Y la comunicación digital no es una comunicación de cuerpos sino de palabras o de escritos a distancia. Sucede que cuanto más los lazos reales se deshacen, más la comunicación digital se desarrolla. Es una pequeña compensación. Los sujetos que se encuentran solos, aislados, sin deseo, ¿qué hacen? Van a la comunicación: mandan mensajes, van a ver la pantalla. Es una compensación, no una causa.

 

–¿Hay un incremento del pensamiento de que nada vale la pena, que los sujetos no saben cómo darle rumbo a sus vidas y, en consecuencia viven en el sinsentido? ¿El psicoanálisis, a su vez, les ayuda a entrar en una búsqueda del sentido?

–Sí, hay muchos sujetos que ahora tienen el sentimiento del sinsentido. Pero, ¿qué es lo que produce el sentimiento de sinsentido? Sobre este punto hay una frase maravillosa de Freud: cuando un sujeto empieza a interrogarse sobre el sentido de la vida es que se trata de un enfermo del deseo. Lo que da sentido a la vida del hablante es el deseo. Cuando se desea algo con firmeza no se percibe el sinsentido de la vida, al contrario: el deseo es la vida del sujeto. Entonces, podemos decir que el sinsentido tiene algo que ver con el capitalismo, en cierta manera. Pero para entenderlo hay que mirarlo desde el lado del deseo.

 

–¿El psicoanálisis puede producir un cambio en el deseo del sujeto?

–Es cierto. No cambia todo el psicoanálisis, pero al menos puede tocar el deseo de dos maneras: primero, permitir a un sujeto reapropiarse su propio deseo y actuarlo. El segundo cambio, si seguimos a Lacan respecto de lo que dice sobre la producción del analista en un análisis, a veces se puede producir el deseo nuevo del psicoanalista. Ese es un cambio importante.

 

–Ya habló del deseo ¿Y en cuanto al amor? ¿Cómo nota, a grandes rasgos, la actual configuración de las relaciones afectivas?

–Las configuraciones actuales están menos determinadas por el discurso. En la época clásica, las formas del amor eran bien modeladas. Cada discurso daba una definición de lo que era el amor. Ahora, el capitalismo no se ocupa del amor de ninguna manera porque se ocupa sólo de lo que se compra y de lo que se vende. Las formas son múltiples y más contingentes. Dependen más del encuentro, de la coyuntura. Es difícil decir si es un logro o una pérdida.

 

–¿Por qué cree que hay parejas que llevan años de convivencia y no saben bien por qué?

–No se sabe nunca por qué uno ama al otro. La elección del amor surge del inconsciente y nunca uno puede decir: “Lo amo” o “La amo” por “tal y tal razón”. Pero eso es un poco diferente de la duración de las parejas porque en las que duran varios años, cuando se festejan los cincuenta años de un matrimonio, no son solamente cincuenta años de amor. Hay otros factores sociales que inciden. Me parece que hay una evolución en dirección de un carácter más efímero de las parejas. Atendí a una jovencita en análisis que me decía: “Oh, seguro voy a intentar al menos tener una familia, un hombre, un niño, al menos para algunos años. No sé cuántos: siete, ocho o diez”. Lo pensaba así. Hubo una época en la cual una jovencita soñaba con el amor de por vida. Ahora, se sueña con el amor por un tiempo.

 

–¿El amor del siglo XXI carece, entonces, de modelos?

–Es lo que quería decir. Carece de modelo instituido. Lo que Lacan llama “el verdadero amor” es algo que se desarrolla fuera de los discursos establecidos, en el margen de los discursos establecidos. Entonces, habría que distinguir los amores que encuentran un modelo socializante y los amores míticos.

 

–El domingo pasado se celebró en la Argentina el Día de la Madre. ¿Cree que el capitalismo hace un comercio del amor?

–Sí. Si bien decía que el capitalismo no se ocupa del amor, se ocupa de lo que vende. Entonces, están el Día del Padre, del Niño, de los Abuelos. Efectivamente, hay una explotación del gusto que los humanos tienen por el amor. El capitalismo lo explota, pero no se ocupa de sostener el amor. Explota lo que se encuentra.

 

–¿Por qué definió como “narcinistas” a los sujetos que se dedican a sus satisfacciones propias en cualquier campo que sea: profesional, amoroso, sexual?

–Es una condensación de las palabras “narcisismo” y “cinismo”. El narcisismo consiste en ocuparse de sí mismo. El cinismo consiste en dedicarse a su propio goce. Lo que subrayé fue que el cinismo actual no es el antiguo. El antiguo era un cinismo que tenía un alcance político, como sucedía en los tiempos del emperador Alejandro. El actual no tiene un alcance político. Los sujetos no tienen más causas colectivas para dedicarse. El cinismo actual es por falta de causas. Los sujetos se dedican a sus pequeñas cosas, a sus logros, a sus beneficios.

 

¿Por qué el deseo no llega a ser algo patológico si todos se quejan del mismo: el deseo insatisfecho en la histeria, el deseo imposible del obsesivo, el deseo masoquista del perverso?

–El deseo tiene una doble cara. Por un lado, el deseo es la vida del sujeto, la vida que la muerte soporta. Deseamos porque somos faltantes en tanto que seres hablantes. Entonces, es la forma de vida, no del cuerpo, pero del sujeto. Al mismo tiempo, hay una destructividad porque el deseo es algo que, al mismo tiempo, fuerza al sujeto. Uno, a veces, puede asumir su deseo, pero éste fuerza al sujeto. Entonces, hay una doble cara. Ahora, si usted habla del deseo insatisfecho, imposible y masoquista, eso designa una forma de deseo ligado a una sintomatología precisa. No designa un objeto en sí mismo pero sí un modo de goce. En cada estructura encontramos un deseo específico, pero siempre ligado a un modo de goce. El goce no es algo que necesariamente satisfaga.

 

–A diferencia de Freud, ¿Lacan respondió la pregunta “¿Qué quiere una mujer?”?

–Sí, podemos decir que respondió algo. Freud no respondió pero tuvo el mérito de plantear la pregunta, porque después de años para aplicar el Edipo en la mujer, Freud dijo: “No sabemos qué quiere una mujer”. Era una confesión de su fracaso para contestarla. Lacan retomó la pregunta de Freud e intentó decir algo nuevo sobre las mujeres y planteó la diferencia a nivel del goce.

 

 

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Turquía vuelve a invadir Siria, entrando en la ciudad asediada de Idlib, vecina del territorio kurdo-sirio de Afrín. ¿Pretende ocupar las tierras de la autonomía kurda? A pesar de recibir de EEUU la garantía de desarmar a los kurdos tras derrotar a Daesh, Ankara no se fía, sabe que ellos no van a entregar sus armas voluntariamente.

Rojava, el Kurdistán de Siria, es una pequeña sociedad de unos 2,5 millones de kurdos, árabes, turcomanos, armenios y chechenos, que desde el 2012 (cuando Bashar al Assad decidió jugar la carta kurda contra Turquía), goza de una autonomía dirigida por el izquierdista Partido de la Unión Democrática (PYD), próximo a PKK, y de la protección de EEUU. Desde entonces, cientos de voluntarios han acudido a Rojava para presenciar, construir o defender –al estilo de las Brigadas Internacionales en la Guerra Civil Española en 1937-, lo que consideran el “mayor proyecto libertario de este siglo”.

 

¿Un anarco-Estado?

 

Así de contradictoria se presenta la realidad de Rojava: un estado dirigido por un PYD libertario promueve concejos populares; declara la igualdad de los hombres y mujeres en cuanto al salario, testimonio y herencia; prohíbe la poliginia, y crea un sistema judicial propio. Pero, Rojava también cuenta con un gobierno central burocrático, un ejército y una fuerza policial -el Asayish «Seguridad» -, que consumen buena parte de las ayudas económicas que reciben; consagra la propiedad privada; aplica un sistema representativo basado en la división de la población en grupos étnicos y religiosos, desechando el concepto de ciudadanía (como lo hizo el colonialismo francés en el Líbano), y lo más desconcertante: en sus discursos, el énfasis de los líderes kurdos está en choque entre los “patriotas”, los “enemigos” -que no los “opresos”- y los “oprimidos”. Un “nosotros y ellos” confuso, tramposo y muy peligroso, y dos preguntas: ¿Permitirán las compañías petrolíferas o los señores terratenientes la existencia de concejos obreros y campesinos? y ¿cómo es posible una “revolución anticapitalista” bajo el paraguas de la potencia más capitalista del mundo?

Rojava también presume por su “liberación de la mujer”, exhibiendo las imágenes de mujeres militarizadas, como símbolos de la mujer libre . Se ve que las únicas mujeres admiradas son las que se disfrazan de hombre y juegan su rol; no están las maestras, doctoras o panaderas. Las mujeres de Oriente Próximo, antes del destructivo asalto de la extrema derecha islámica a la escena política en la década de los ochenta, han sido pilotas de avión, ministras, catedráticas, etc. y también estaban integradas hace 70 años en las fuerzas armadas. ¿Y qué? La fuerte estructura patriarcal entre los kurdos coloca a sus mujeres entre los cuatro pueblos que más asesinan a sus mujeres bajo el nombre de “crímenes de honor”, junto con los pakistaníes, jordanos y palestinos.

 

Anarquismo en Kurdistán

 

Las ideas libertarias entran en Kurdistán cuando el líder de PKK Abdolá Öcalan, aislado del mundo y encerrado en la prisión de máxima seguridad turca desde el 1998 conoce algunas propuestas del escritor y ecologista estadounidense Murray Bookchin sobre el Estado-nación burocrático y su sustitución por la auto-organización, el mutualismo simbiótico, el comunalismo, la descentralización, el ecofeminismo y la democracia directa transnacional. Para Bookchin el telón de Aquiles del capitalismo está en el choque está entre el capital y la ecología, que no entre el capital y el trabajo. Desconozco cómo su enfoque puede explicar las últimas diez guerras imperialistas que han destruido la vida de cerca de 100.000.000 de personas, promovidas por quienes han convertido la guerra, de «la continuación de la política por otros medios», a un negocio redondo en sí.

La transformación del PKK empezó cuando en los noventa dio prioridad a la identidad nacional sobre las ideas socialistas, intentando fusionar dos ideologías incompatibles: el marxismo (cuya naturaleza es internacionalista) con el nacionalismo. Obviamente fracasó. En 1999 se renegó del marxismo, y también del estado kurdo independiente, apostando por un estado federal dentro de una Turquía gobernada por un impostor de derecha islamista llamado Tayyeb Erdogan.

Los habitantes de Rojava desean vivir como los kurdos de Irak, en una sociedad capitalista de consumo donde puedan ser propietarios de terrenos y negocios que no compartir los medios de producción. No nos debe sorprender: “El Don apacible” (1928) escrito por el soviético Mijail Sholojov refleja este misma desafió para los líderes socialistas de entonces.

 

¿Una izquierda pro-imperialista?

 

Si los dirigentes de PKK / PYD (que divulgan un culto cuasi religioso a la personalidad de Öcalan), piensan que pueden crear un “comunalismo” feliz bajo el mando del Pentágono y la CIA, en medio de una brutal guerra, o son ingenuos o son farsantes.

En Siria no existía un Kurdistán, ya que los territorios que habitaban los kurdos – Afrin, Kobani y Jazira-, estaban desconectados debido a la geografía del lugar y las políticas de desplazamiento forzoso del régimen Baas. Es después de la guerra que gracias al apoyo político-militar de EEUU (¿Con qué intención?) y la conquista de las tierras habitadas por los árabes y turcomanos, los kurdos intentarán unirlas.

Cierto, mientras el Pentágono cree que los kurdos son una formidable carne de cañón para llevar a delante su agenda ahorrando vidas estadounidenses, y ha creado las Fuerzas Democráticas Sirias (SDF) con los kurdos y árabes como un gran ejercito para fragmentar la región a lo largo de líneas etno-sectarias, el Departamento de Estado prefiere mimar más a Turquía por ser socio de la OTAN en perjuicio de los kurdos “izquierdistas” sirios. El Pentágono ha entrenado a unas 15 milicias tribales con criterio sectario, preparando el caldo de cultivo de unas largas guerras étnico-religiosas en Siria como lo que ha provocado en Irak. Turquía ha filtrado las localizaciones de 10 bases militares ocultas de EEUU en la zona kurda desde donde controlan dos tercios del petróleo sirio que se encuentra en esta region, los recursos hídricos de Éufrates, al cantón Ḥasaka considerado el “granero de Siria”, y también a la ruta de conexión de Irán con Siria, desde donde podrá bloquear su movimiento dentro del “Arco chiita”, y vigilar a las Unidades de Movilización Popular iraquíes, apoyadas por Irán, instaladas en la frontera con Siria.

Quien avisa no es traidor: afirma el general Cohen que “No hemos prometido nada al YPG; los kurdos están en esta pelea porque quieren estar” .

Por primera vez en su historia, y gracias a la colaboración kurda y el pretexto de la lucha contra Daesh, EEUU ha podido contar con bases militares en Siria. El coronel Ryan Dillon afirma que “incluso después de derrotar a Daesh en Siria todavía hay mucho que pelear”. ¿Con quienes y para qué?

Claro: la Siria Oriental alberga el 70% de las reservas de petróleo del país, y lo conecta con Irak. Si EEUU, que está terminando la operación “Desmantelar Siria”, consigue unificar las tierras árabes sunitas del Este de Siria y el oeste de Irak podrá obstaculizar la expansión del poder iraní por Eurasia.

Tampoco es de “izquierda” entablar amistades con el régimen de Apartheid israelí, que en Siria está colaborando con Daesh, y fue quien capturó a Öcalan en Kenia y le entregó a Turquía.

Las guerras que se están gestando en Oriente Próximo llevarán dos banderas: la del chiismo-sunnismo y la bandera kurda. Rojava y sus conquistas sociales serán víctimas de la torpeza y traición de sus líderes, quienes en vez de convertirse en la “quinta columna” del imperialismo y expandir sus guerras de rapiña, deberían promover una gran alianza de las fuerzas progresistas por la paz y democracia.

 

 

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