La sana distancia no será por única vez; se requerirá repetirla en 2022, según estudio

Washington. Un confinamiento único no detendrá al nuevo coronavirus, el Covid-19, y se requerirán periodos repetidos de distanciamiento social en 2022, con el fin de evitar que los hospitales se vean abrumados, señalaron el martes científicos de la Universidad Harvard en Estados Unidos, quienes simularon la trayectoria de la pandemia.

El estudio se produce cuando Estados Unidos entra en el pico de su número de casos de Covid-19 y los estados de esa nación observan una eventual relajación de las medidas restrictivas duras.

La simulación por computadora del equipo de Harvard, que se publicó en un artículo en la revista Science, asumió que el Covid-19 se volverá estacional, como los coronavirus estrechamente relacionados que causan el resfriado común, con tasas de transmisión más altas en los meses más fríos.

Pero aún se desconoce mucho sobre el mal, incluido el nivel de inmunidad adquirido por una infección previa y cuánto tiempo dura, explicaron los autores.

"Descubrimos que es probable que las medidas de distanciamiento social por única vez sean insuficientes para mantener la incidencia del SARS-CoV-2 (causante del Covid-19) dentro de los límites de la capacidad de atención crítica en Estados Unidos", sostuvo el autor principal, Stephen Kissler, en una conferencia con periodistas.

"Lo que parece ser necesario en ausencia de otros tratamientos son los periodos intermitentes de distanciamiento social", agregó.

De todas maneras, se requerirían pruebas virales generalizadas para determinar cuándo se han cruzado los umbrales para reactivar el distanciamiento, indicaron los autores.

Sin embargo, una cosa es casi segura: el virus llegó para quedarse. El equipo aseguró que era muy poco probable que la inmunidad fuera lo suficientemente fuerte y duradera como para que el Covid-19 se extinga después de la ola inicial, como fue el caso del brote de SARS de 2002-2003.

Mark Woolhouse, un epidemiólogo de enfermedades infecciosas de la Universidad de Edimburgo, destacó que "es un estudio excelente", aunque remarcó que "es importante reconocer que es un modelo; es consistente con los datos actuales, pero, no obstante, se basa en una serie de suposiciones, por ejemplo, sobre la inmunidad adquirida, que aún no se han confirmado".

El balance más reciente de la Universidad Johns Hopkins –centro de referencia de los datos– indicó el martes que Estados Unidos registró 2 mil 228 muertes en 24 horas por coronavirus. El total de muertos en el país superó 25 mil, la mayor cifra a nivel mundial.

Descubren seis nuevos coronavirus en murciélagos

Por otro lado, investigadores del Programa de Salud Global del Instituto Smithsoniano descubrieron seis nuevos coronavirus en murciélagos en Myanmar.

Según los autores, no están estrechamente relacionados con el síndrome respiratorio agudo severo (SARS CoV-1), el síndrome respiratorio del Medio Oriente (MERS) o el SARS-CoV-2.

Los hallazgos, publicados en Plos One, ayudarán a comprender la diversidad de los coronavirus en los murciélagos y apoyarán los esfuerzos globales para detectar, prevenir y responder a enfermedades infecciosas que pueden amenazar la salud pública, particularmente a la luz de la pandemia.

"Las pandemias virales recuerdan lo estrechamente conectadas que están la salud humana, la silvestre y el medio ambiente", precisó en un comunicado Marc Valitutto, ex veterinario de vida silvestre del Programa de Salud Global del Smithsoniano y autor principal del estudio. "En el mundo, los humanos interactúan con la vida silvestre con mayor frecuencia, por lo que cuanto más comprendamos acerca de estos virus en los animales, lo que les permite mutar y cómo se propagan a otras especies, mejor podremos reducir su potencial pandémico".

Los expertos detectaron los nuevos virus mientras vigilaban animales y personas para comprender mejor las circunstancias del contagio de enfermedades, parte del proyecto Predict, financiado por la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional.

Martes, 07 Abril 2020 06:26

El último llamado de la naturaleza

El último llamado de la naturaleza

James Lovelock es el científico inglés quien junto con la bióloga Lynn Margulis, postularon y demostraron que el planeta Tierra es un organismo vivo, dotado de mecanismos de autocontrol que son tremendamente delicados y frágiles. A toda su demostración, que es científicamente impecable, se le llamó la teoría de Gaia, en honor a la diosa griega de la tierra. Hace 14 años Lovelock publicó La venganza de Gaia (Penguin Books, 2006) en el cual sintetizó las reacciones del ecosistema global ante los impactos de las actividades humanas. Desde cada una de las cosmovisiones de los 7 mil pueblos originarios o indígenas del mundo, existe una visión similar: el castigo de la madre tierra surge porque los humanos no han escuchado su voz y han rebasado los límites marcados por ella. Ya sea desde la ecología científica o desde la ecología sagrada, hoy existe un consenso cada vez más generalizado de que todo daño que se inflige a la naturaleza termina revirtiéndose y que la humanidad debe reconstituirse a partir de su reconciliación con el universo natural, es decir, con la vida misma.

La ecología política todavía va más allá. Postula que no es la especie humana la culpable de las “iras de la naturaleza”, sino un sistema social, una civilización, en la que una minoría de menos del 1% de la población explota por igual tanto el trabajo de la naturaleza como el trabajo de los seres humanos. Esa clase depredadora y parásita sólo será desterrada mediante un cambio civilizatorio radical. Una transformación que puede ser, que debería ser, gradual y pacífica no súbita y violenta. Hoy existe ya un conjunto de directrices que nos marcan los caminos de una profunda transformación civilizatoria (ver mi libro Los civilizionarios; y obras como las de Helena ­Norberg-Hodge, Local is Our Future, o de Edgardo Lander, Crisis civilizatoria).

Es en este contexto donde debe ubicarse la enorme crisis sanitaria provocada por el coronavirus. Las últimas pandemias han surgido en relación con los sistemas industriales de producción de carne (cerdo, pollo, huevos) como las gripes porcina y aviar, y a la destrucción de los hábitats de especies silvestres de animales portadores de virus y en íntima relación con un sistema alimentario que ofrece productos de baja calidad o perjudiciales por el uso masivo de agroquímicos. La expansión despiadada del coronavirus es el último llamado de la naturaleza. Antes ha habido otros más. En los últimos 25 años la madre naturaleza ha enviado numerosas señales. En 1997-98 los incendios forestales que arrasaron más de 9 millones de hectáreas de selvas y bosques de la Amazonia, Indonesia, Centroamérica, México y Canadá, resultado de uno de los climas más cálidos y secos. Luego en 2003 la canícula europea con temperaturas extremas en Francia, España, Portugal, Alemania, Inglaterra, etcétera, que dejó entre 20 mil y 30 mil muertes, un fenómeno que fue ocultado por los medios masivos de comunicación. Por esos mismos años una secuencia de poderosos huracanes, alcanzó su máximo con Katrina que en 2005 causó los mayores daños a las costas de Estados Unidos, calculados en 108 mil millones de dólares. En la década siguiente tuvo lugar la peor sequía registrada (2011-13) en la historia climática de Estados Unidos (15 estados) y el norte de México, que dejó millones de reses muertas y severos impactos sobre la agricultura. Finalmente, el año pasado de nuevo se concatenaron gigantescos incendios forestales en la Amazonia, Siberia, California y, especialmente, en Australia.

Los daños infligidos a los sistemas vivos, en todas sus escalas y dimensiones, son hoy la mayor amenaza a la especie humana, los cuales están íntimamente ligados a la desigualdad social y a la marginación. Según Oxfam, unos 70 millones de seres humanos poseen una riqueza superior a la de 7 mil millones. El punto clave es entonces cómo cambiar el actual estado de cosas. Algunas transformaciones obligadas son: el paso de una economía de mercado a una economía social y solidaria, de grandes empresas y corporaciones a empresas familiares y cooperativas (fin de los monopolios), de gigantescos bancos a cajas colectivas de ahorro, de energía fósil a energías renovables, de sistemas agroalimentarios industriales a sistemas agroecológicos, de organizaciones centralistas y verticales a organizaciones descentralizadas y horizontales (redes), de una democracia representativa a una democracia participativa. Pero sobre todo construir desde lo local (comunidades, municipios, microrregiones) un poder ciudadano o social capaz de enfrentar y controlar las acciones suicidas del Estado y del capital. En suma, una (eco)política desde, con y para la vida.

Por Víctor M. Toledo, secretario del Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat)

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Crisis climática: más duradera y letal que el coronavirus

El coronavirus es una enfermedad que esperamos que sea temporal, con impactos temporales, pero el cambio climático ha estado allí por muchos años y se mantendrá por muchas décadas, y requiere de acción continua», afirmó António Guterres, secretario general de Naciones Unidas (ONU), al presentar el informe mundial sobre el clima, que alertó sobre el continuo aumento de la temperatura, la fusión de los hielos (tanto en el Ártico como en la Antártida), el aumento de emisiones de dióxido de carbono (CO2) y el incremento del nivel del mar. De continuar el cambio climático, la ONU advirtió graves impactos socioeconómicos, en la salud, desplazamientos forzados y crisis alimentarias.

La Organización Metereológica Mundial (OMM –organismo de Naciones Unidas–) presentó la “Declaración sobre el estado del clima mundial 2019”, que sistematizó estudios de una veintena de instituciones científicas e informes de organismos climáticos nacionales. El documento alerta que el quinquenio 2015-2019 comprende los cinco años más cálidos de la historia, confirma que 2019 fue el segundo año más cálido de la historia (con una temperatura media mundial de 1,1 grado centígrado por encima de los niveles preindustriales) y señala que hubo un pico en las concentraciones de CO2 (gas clave en el calentamiento global).

La OMM asegura que los récords de temperatura en la Antártida estuvieron acompañados de “episodios de fusión de hielo a gran escala, hechos que incidirán en el ascenso del nivel del mar a un ritmo cada vez mayor”. Y destaca que es “constante y prolongada” la pérdida de hielo en el Ártico. Al mismo tiempo, y con directa relación, en 2019 “el nivel medio del mar a escala mundial alcanzó el valor más elevado del que se tienen datos”.

Los glaciares son fundamentales reservorios de agua dulce, amenazados en muchas regiones por actividades extractivas (como la megaminería en la Cordillera de los Andes). En 2019, el “balance de masa” de glaciares a nivel global resultó negativo. El organismo de Naciones Unidas alerta que el retroceso de los glaciares se dio por 32 año consecutivo y detalló que, desde 2010, se registraron ocho de los diez años “con peores resultados” en cuanto a la desaparición de glaciares.

El portugués Guterres hizo hincapié en que las inundaciones, incendios y tormentas extremas “cobran su precio mortal en vidas humanas” e hizo una llamado a la acción: “Se nos acaba el tiempo para conjurar los peores impactos de la alteración climática y proteger a nuestras sociedades de los efectos inevitables que se avecinan”. Afirmó que se está muy lejos de cumplir los objetivos del Acuerdo de París (limitar el aumento de la temperatura a 1,5 grados centígrados).

Petteri Taalas, titular del OMM, adelantó que –como los gases de efecto invernadero siguen en aumento– “es probable que en los próximos cinco años se produzca un nuevo récord de temperatura mundial anual”.

La crisis climática impactará de llena en la salud de la población. Naciones Unidas no tiene dudas: “La salud de las personas y los sistemas sanitarios pagan un precio cada vez más alto a causa de las condiciones de calor extremo”. Un ejemplo fueron las altas temperaturas de 2019 en Europa, Australia, India y Japón. Precisa que los efectos en la salud incluyen enfermedades y muertes relacionadas con el calor; lesiones y pérdidas de vidas humanas asociadas a tormentas violentas e inundaciones; incidencia de enfermedades transmitidas por vectores y por el agua contaminada; empeoramiento de las enfermedades cardiovasculares y respiratorias por la contaminación del aire.

El informe de la Organización Metereológica Mundial recuerda que la variabilidad del clima es uno de los factores que más inciden en el aumento del hambre en el mundo. Precisa que, luego de una década en baja, en 2018 comenzó a ascender el número de personas que padecen hambre: ya son 820 millones. Y destaca que, entre 2006 y 2016, la agricultura en los países en desarrollo concentró el 26 por ciento de las pérdidas ocasionados por desastres climáticos.

Un aspecto muchas veces ignorado es la migración forzada que provoca la crisis climática. La ONU contabilizó 17,2 millones de personas en 2018 y aumentó a 22 millones en 2019. Desde ciclones y huracanes hasta tormentas extendidas e inundaciones. Irán, Filipinas y Etiopía fueron algunos de los países afectados.

Entre los fenómenos extremos menciona grandes inundaciones en Estados Unidos, norte de Argentina y Uruguay, con pérdidas estimadas de 22.500 millones de dólares.

El titular de la OMM, Petteri Taalas, lamentó lo que sucede con la pandemia del conoravirus y las miles de muertes, pero alertó que la crisis climática “es mucho peor”.

“El virus tendrá un impacto económico a corto plazo, pero las pérdidas serán masivas si pensamos en el calentamiento global. Estamos hablando de un problema de mayor magnitud, con consecuencias en la salud de las personas y en nuestras sociedades mucho más graves», alertó.

El informe tiene un apartado específico sobre los océanos, responsables de absorber el 90 por ciento del calor que queda atrapado en la Tierra por el aumento de las concentraciones de gases de efecto invernadero. “El contenido calorífico de los océanos, que es un indicador de esa acumulación de calor, alcanzó niveles sin precedentes en 2019”, alertó el organismo de Naciones Unidas y resumió: “Los océanos se están calentando a un ritmo vertiginoso”.

Por Darío Aranda | 07/04/2020 | Ecología social

Fuente: https://www.pagina12.com.ar/257699-crisis-climatica-mas-duradera-y-letal-que-el-coronavirus

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Los hipopótamos del narco Escobar, ¿especie invasora o restauradores del ecosistema?

Decenas de especies introducidas por los humanos cubren el vacío de las extinguidas hace miles de años

Una de las excentricidades del narcotraficante Pablo Escobar fue montar un zoológico privado en la selva colombiana. Cuando fue abatido por la policía, en 1993, las autoridades recuperaron a casi todos los animales, pero no supieron qué hacer con los cuatro hipopótamos que se había traído de África. Eran demasiado grandes y violentos para moverlos de allí y únicos para sacrificarlos. Casi 30 años después, ya son unos 80 ejemplares. Para la mayoría de los científicos son una especie invasora. Sin embargo, un nuevo estudio sostiene que estos animales y varias decenas de especies forasteras más están ocupando el hueco dejado por los grandes hervíboros extinguidos por los humanos del pasado.

Salvo en África y Asia, apenas quedan grandes herbívoros sobre el planeta. Los mamuts, los zygomaturus, unos marsupiales de 500 kilogramos, o la Hemiauchenia paradoxa, una llama enorme de una tonelada, desaparecieron en paralelo a la gran expansión humana tras la última edad de hielo, en el final del Pleistoceno. Estos animales, ya pastaran o ramonearan, eran parte esencial de todo ecosistema. Además de ser el sustento de los carnívoros, controlaban la vegetación, diseminaban semillas y protagonizaban el ciclo de los nutrientes.

En fechas más recientes, los humanos han introducido muchas especies en nuevos hábitats. Los caballos llevados a América por los españoles, los burros ahora salvajes de Australia o los hipopótamos que Escobar llevó a su Hacienda Nápoles (Doradal, Colombia) son algunos de los 33 ejemplos que han usado un grupo de científicos para comprobar si estas especies cambiadas de sitio ejercen las funciones que desempeñaban las desaparecidas.

“Sin una máquina del tiempo, tenemos que inferirlo apoyándonos en las características del organismo en cuestión, los rasgos que influyen en su impacto sobre el medio”, dice el investigador de la Universidad de Tecnología de Sidney (Australia) y principal autor del estudio Erick Lundgren. “Había muchas especies en América del Sur antes de las extinciones provocadas por los humanos que se parecían, hasta cierto punto, a los hipopótamos. Son más parecidos en todos los rasgos [estudiados] a las llamas gigantes extintas, aunque diferían en el uso del hábitat”, detalla Lundgren. “Existe una gran probabilidad de que si estudiamos los hipopótamos en el contexto de las extinciones del Pleistoceno tardío y según los roles de ingeniería de ecosistemas que desempeñan en África, encontraríamos una historia compleja: que los hipopótamos puede que desplacen a algunas especies nativas, pero que también facilitan otras. Como pasa con todas las especies”, concluye.

El estudio, publicado en PNAS, parte de las especies de herbívoros de más de 10 kilos que había en la parte final del Pleistoceno, unas 430. De ellas, el 35% ya han desaparecido, con porcentajes mucho más altos en América y Australia, donde se han perdido el 65% de las que había y en Europa, donde se han extinguido más de la mitad. Para comparar entre estas especies extinguidas y las 33 introducidas, Lundgren y sus colegas tuvieron en cuenta aspectos como su masa corporal, la forma de alimentarse (pastos o brotes y hojas), las características de su hábitat original y el de destino, su forma de desplazarse o cómo digieren la comida. Todos estos rasgos perfilan las funciones ecológicas que cumple cada animal.

Los resultados de esta investigación sostienen que el 64% de las especies introducidas por los humanos en continentes distintos al del rango original son más parecidas a las extinguidas que a las nativas existentes. Eso habría llevado a que, al menos en su aportación al ecosistema, los herbívoros forasteros han recuperado hasta la mitad de la riqueza biológica perdida en Europa, Australia o en América del Norte. En Sudamérica la recuperación ha sido menor, mientras que en Asia y África apenas había terreno perdido que recuperar.

Para el investigador de la Universidad de Alcalá de Henares y también coautor del estudio Óscar Sansidro, “muchas de estas especies introducidas solapan con parte de la megafauna fósil en continentes como Norteamérica o Europa”. Sin embargo, añade, “que en Sudamérica o Australia ocurre algo distinto: aunque parecen recuperar parte de los roles ecológicos perdidos, ocupan otros nuevos, convirtiéndolos en potenciales problemas”. E incluye aquí a los hipopótamos de Escobar. “Esta población sigue creciendo sin control y su actividad incrementa la productividad de los ríos y lagos donde pasan la mayor parte del tiempo. Esto puede producir crecimiento algal y eutrofización, lo que puede significar dañar gravemente los ecosistemas”.

Tras dos años siguiendo a la descendencia de los hipopótamos del narco, un grupo de investigadores liderados por el ecólogo de la Universidad de California en San Diego Jonathan Shurin publicó en enero pasado sus resultados. Aunque se desconoce la cifra exacta, sus estimaciones apuntan a que ya son unos 80 los hipopótamos que hay en Colombia. La mayoría siguen en alguno de los 70 lagos y embalses que había en las 3.000 hectáreas de la Hacienda Nápoles, hoy reconvertida en parque temático. Pero algunos han sido vistos a 150 kilómetros de allí río Magdalena abajo. De seguir el ritmo de crecimiento de estos años, todo apunta a que habrá unos 780 ejemplares en 2040, que se habrán multiplicado por 10 20 años más tarde.

“El ecosistema ya no se parece en nada al que era, un bosque húmedo tropical convertido en su mayoría en ranchos y plantaciones de palma aceitera”, recuerda Shurin, que no ha participado en el estudio actual. “Esto no tiene nada que ver con la pérdida de los megaherbívoros y todo con el uso de la tierra y recuperar a los grandes animales no revertirá este cambio”, añade. Para el ecólogo estadounidense, los hipopótamos de Escobar “deben ser retirados o contenidos”.

23 mar 2020 - 14:04 COT

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Más virus y enfermedades por el cambio climático

 Durante este siglo, prestigiosos científicos, centros de investigación y la Organización de las Naciones Unidas han alertado sobre los efectos que ocasiona el cambio climático en la salud pública. Todos ofrecen pruebas suficientes de que las actividades humanas contribuyen a elevar la temperatura en el planeta, lo que incide de diversas formas en los suministros de agua y alimentos, la distribución de los brotes de enfermedades infecciosas y la aparición de otras relacionadas con la alteración del ambiente.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) alerta desde hace cuatro lustros sobre las repercusiones sanitarias del cambio climático y sus estragos en el planeta: aumento del número de fallecidos por olas de calor, más desastres naturales, entre los que destacan las inundaciones por lluvias torrenciales y cambios de la distribución de enfermedades potencialmente mortales transmitidas por vectores. El paludismo como caso más sobresaliente por las 600 mil víctimas que deja cada año.

Los expertos de la OMS insisten en que la elevación de las temperaturas tiene consecuencias muy negativas en factores sociales y ambientales directamente vinculados con la salud, como los alimentos, el aire y el agua. Advierten que las regiones ubicadas en países que no cuentan con una infraestructura sanitaria sólida, como sucede en la mayoría, serán las menos aptas para prepararse y responder a los problemas derivados de las enfermedades conocidas y nuevas. No dudan en recalcar la necesidad de hacer reales los compromisos aprobados por la comunidad internacional para luchar contra el calentamiento global y así aumentar la seguridad sanitaria de la población mundial.

La OMS advierte que el cambio climático ya causa decenas de miles de defunciones cada año por las modificaciones en las características de las enfermedades, especialmente por las olas de calor intenso, la sequía y su contraparte: las inundaciones nunca registradas; la mala calidad del aire en las ciudades y en regiones con actividades que deterioran mucho el medio, como la minería a cielo abierto y la industria cementera; además de deficientes sistemas de abasto de agua potable y saneamiento.

Algunos datos: más de 7 millones de personas mueren cada año por enfermedades ligadas a la contaminación del aire. Con normas más exigentes sobre las emisiones y mayor eficiencia técnica de los vehículos, se salvarían de fallecer unos 2.4 millones de personas cada año. Se estima que entre 2030 y 2050 el cambio climático aumentará en otras 250 mil defunciones anuales por paludismo, diarrea, calor extremo y desnutrición. Ya que mencionamos el paludismo, depende mucho del clima. Transmitido por mosquitos del género Anopheles, mata sobre todo a niños africanos menores de cinco años. Los mosquitos Aedes, vector del dengue, son también muy sensibles al clima. Los estudios más puntuales confirman cómo el calentamiento de la Tierra aumentará su riesgo de transmisión en México.

Como siempre, son los niños, las mujeres y los pobres del mundo subdesarrollado los más afectados, pues cargan con las desigualdades en los servicios básicos de salud. Por lo que se refiere a los menores de cinco años, las enfermedades diarreicas debido a la falta de agua de buena calidad matan cada año a casi 760 mil. Además, la escasez del líquido por las sequías causa estragos en el medio rural. Y hambruna, como suele ocurrir en África.

Desde diciembre, un nuevo virus recorre el mundo y su origen todavía se desconoce, sólo dónde surgió y que ningún país está blindado contra él. Llega cuando menos se piensa y deja su estela de muerte, como ahora en Italia, España, Irán, Francia... Nada valen rezos ni estampitas de presuntos dioses o santos. Ni limpias de chamanes o brujos. Se desconoce su relación con el cambio climático. Pero el coronavirus es una advertencia de lo que vendrá si los ciudadanos de todo el mundo no exigimos, y logramos, cambiar el actual modelo económico por uno que vaya en armonía con la naturaleza. Y que eleve la calidad de vida de la mayoría de la población, hoy sumida en la pobreza y la desigualdad.

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Descubren origen de las estructuras de proteínas, base de la vida en la Tierra

Investigadores de la Universidad de Rutgers descubrieron los orígenes de las estructuras de proteínas que controlan el metabolismo: moléculas simples que impulsaron la vida temprana en la Tierra y sirven de señales químicas que se podrían usar para buscar vida en otros planetas.

Su estudio, que predice cómo eran las primeras proteínas hace entre 3 mil 500 y 2 mil 500 millones de años, se publica en la revista Proceedings, de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos.

Los científicos analizaron, como un rompecabezas de miles de piezas, sobre la evolución de las enzimas (proteínas) desde el presente hasta el pasado remoto. La solución requería dos piezas faltantes, y la vida en la Tierra no podría existir sin ellas. Al construir una red conectada por sus roles en el metabolismo, el equipo las descubrió.

"Sabemos muy poco acerca de cómo comenzó la vida en nuestro planeta. Este trabajo nos permitió vislumbrar en el tiempo y proponer las primeras proteínas metabólicas", explicó Vikas Nanda, coautor del trabajo y profesor de bioquímica y biología molecular en la Escuela de Medicina Robert Wood Johnson de Rutgers y miembro residente de la facultad del Centro de Biotecnología y Medicina Avanzada.

“Nuestras predicciones serán probadas en el laboratorio para comprender mejor los orígenes de la vida en la Tierra e informar cómo puede originarse en otros lugares –añade–. Construimos modelos de proteínas en el laboratorio y probamos si pueden desencadenar reacciones críticas para el metabolismo temprano”.

Un equipo de científicos dirigido por Rutgers llamado Enigma (Evolution of Nanomachines in Geospheres and Microbial Ancestors) realiza investigación con una subvención del Programa de Astrobiología de la NASA. El proyecto busca revelar el papel de las proteínas más simples que catalizaron las primeras etapas de la vida.

"Creemos que la vida surgió a partir de bloques de construcción muy pequeños, como un conjunto de Lego para hacer células y organismos más complejos como nosotros", señaló Paul G. Falkowski, autor principal del estudio, investigador de Enigma y profesor distinguido en la Universidad de Rutgers-New Brunswick, quien lidera el Laboratorio de Biofísica Ambiental y Ecología Molecular.

"Creemos que hemos encontrado los componentes básicos de la vida: el conjunto de Lego que condujo, en última instancia, a la evolución de las células, los animales y las plantas", agregó.

El equipo de Rutgers se centró en dos "pliegues" de proteínas que probablemente sean las primeras estructuras en el metabolismo temprano. Son uno de ferredoxina que une compuestos de hierro y azufre, y otro Rossmann, que une nucleótidos (los bloques de construcción de ADN y ARN). Estas son dos piezas del rompecabezas que deben encajar en la evolución de la vida.

Las proteínas son cadenas de aminoácidos y la ruta 3D de una cadena en el espacio se llama pliegue.

Por Europa Press

Domingo, 08 Marzo 2020 05:51

De mujeres y hombres

De mujeres y hombres

Nadie se atrevería a negar que la mujer tiene, en la historia de la humanidad, un papel doblemente alimentador: como procreadora en su seno de toda nueva vida y como transformadora de lo comestible en alimento, en el sentido de haber elegido y sometido a ensayos de comestibilidad la infinidad de ingredientes que fue colectando, y más tarde reproduciendo, mediante cría o cultivos, haciéndolos atractivos para los sentidos y provechosos para el cuerpo. Por otra parte, nadie ignora el papel del hombre en la proveeduría de elementos comestibles y útiles para el hábitat, así como en la defensa y resguardo de las comunidades y en su expansión territorial a medida del crecimiento demográfico. Aunque se suele omitir el papel común de ambos sexos en el desarrollo de la tecnología y la organización económica y social donde, originalmente, se cumplía el principio de la supervivencia comunitaria; es decir, donde cada quien aporta-ba según sus posibilidades y cada quien recibía según sus necesidades, de tal modo que fue posible el relevo de generaciones y la pervivencia de la sabiduría acumulada.

Sin embargo, la historia de la humanidad, estudiada e interpretada, por historiadores, claro, pero sobre todo por arqueólogos y antropólogos, como el excepcional francés Maurice Godelier, nos aporta datos sobre el hiato donde se construye socialmente el mito de la oposición y no complementariedad de los sexos. Baste en este espacio evocar los 40 años de estudios que culminan en Los fundamentos de la sociedad humana, donde Godelier muestra cómo la sexualidad es fundamentalmente a-social, generadora de desconfianza y temores masculinos, que finalmente las mujeres adoptan como suyos.

Nosotras, culpables y resistentes a la culpabilidad de padecer la sangre menstrual, de embarazarnos a pesar nuestro, de ser sólo un receptáculo desechable, de producir temor en los hombres que defienden el misterio de la concepción, la gestación y el nacimiento, para no sentirse vacíos de sentido (recordemos que la madre de Dios debe ser virgen, como la madre Tierra antes de que el hombre la pise). Los hombres de todas las épocas crearon una infinidad de explicaciones para igualarse a las mujeres, desde la idea de que el cuerpo femenino sólo es receptáculo del feto, pero éste necesita inyecciones constantes de semen para ser construido su esqueleto y hasta su alma, hasta el ritual del bautismo indispensable para volverse humano No hay espacio aquí para más ejemplos. Bástenos recordar que ancestralmente los hombres han temido a las mujeres, tan capaces de dar la vida como de quitarla, y que nosotras hemos abrazado sus creencias atávicas sintiendo nuestros cuerpos enemigos de doble filo: porque atraen o bien nos degradan e invisibilizan. Pero nadie es totalmente culpable. La culpa nuestra estaría en no estudiar, no pensar, no difundir los malentendidos fabricados a ciencia y paciencia masculinos, de las iglesias y los Estados. Nosotras seremos culpables de no ir construyendo en nuestros hijos una nueva sociedad, informada, culta, humanista, paritaria no sólo en los signos exteriores, sino en las convicciones profundas. Seremos culpables de no hacer una revolución social contra el machismo. Que no es enemiga, al contrario de la revolución que requiere el capitalismo. Ni más ni menos.

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Mina de tierras raras en California (EE UU).JOE BUGLEWICZ / BLOOMBERG

El control de estos metales, esenciales en el mundo tecnológico, se ha convertido en objeto de disputa entre las dos grandes potencias del mundo

Hay que bucear un poco en la tabla periódica para encontrarlas. Gadonio, lantano, samario, europio, terbio… Son 17, se las conoce como tierras raras y son famosas por ser buenas conductoras de electricidad. La vida moderna no sería lo mismo sin ellas. Están en los móviles, tabletas y ordenadores. Pero también en las cámaras fotográficas, aerogeneradores, bombillas de bajo consumo y en algunas aplicaciones militares como en las gafas de visión nocturna o en las armas de precisión (guiadas por láser o satélite). Por esa razón se han convertido en la joya de la corona de las dos grandes potencias del planeta. China —el líder en producción desde hace más de tres décadas y con las mayores reservas del mundo— lucha por mantener su posición en el mercado, mientras que Estados Unidos —que acaba de volver a la palestra— busca la autosuficiencia, pues el 80% del consumo de estos elementos procede del gigante asiático.

EE UU ha pisado el acelerador. Impulsa a marchas forzadas el desarrollo de una industria, al mismo tiempo que diversifica sus fuentes. Su hambre por estos metales lo ha llevado a desplegar en su territorio drones y otras tecnologías que ayuden a localizar posibles reservas, según reveló la agencia Bloomberg. De igual forma, Washington ha acordado con Canadá y Australia el despliegue de proyectos en conjunto que están enfocados en el refinado de estos materiales. Además, busca fondos federales para reforzar el sector. “Ha retomado la actividad…, pero le tomará tiempo competir con China”, afirma David Merriman, experto en metales en la consultora Roskill. El primer paso ya lo dio el año pasado: la producción de tierras raras en EE UU aumentó un 44% y el país pasó de la cuarta a la segunda posición en la tabla mundial con un 12% del mercado, una cuota muy lejana a la china, que llega al 63%, de acuerdo con las cifras del Servicio Geológico de EE UU. El salto no es casual. Su principal y única mina de tierras raras, ubicada en California, ha resurgido de sus cenizas.

Tras años de cierres y aperturas intermitentes, la Mountain Pass —que hasta finales de los ochenta era el mayor suministrador mundial de metales raros— retomó operaciones en 2017 gracias a un acuerdo de inversores en el que ha participado la china Shenghe Resources, una de las principales compañías del sector. “EE UU no se siente cómodo con el dominio que tiene China”, dice Chris Berry, fundador de House Mountain Partners, una consultora de materias primas con sede en Nueva York. Su malestar se ha evidenciado cuando el gigante asiático, en medio de una guerra comercial, amenazó con paralizar las exportaciones de tierras raras. “Estos elementos se han convertido en una herramienta geopolítica”, dice un análisis de Roskill. Para EE UU son de suma importancia a tal grado que han sido catalogadas como “imprescindibles para la seguridad nacional y económica”.

Por ese motivo, estos metales fueron una baza en la primera fase del acuerdo comercial, en la que China se ha comprometido a comprar a EE UU dos tipos de tierras raras: escandio e itrio, usadas en aplicaciones de defensa, en la aeronáutica y en la fabricación de televisores. El movimiento es estratégico y dará frutos a la incipiente industria estadounidense, pero no de forma inmediata. “EE UU piensa en el futuro, porque ahora la producción de estos dos metales es minúscula”, afirma Juan Diego Rodríguez-Blanco, profesor de nanomineralogía en el Trinity College de Dublín. Para algunos analistas, la autosuficiencia podría estar a la vuelta de la esquina. “[Quizás] en siete o diez años pueda conseguirlo”, estima Eugene Gholz, profesor de ciencias políticas y experto en seguridad nacional en la Universidad de Notre Dame (Indiana).

Gigante asiático

China comenzó a extraer cantidades importantes de tierras raras en los años ochenta del siglo pasado. Durante la década siguiente ya controlaba el 28% de la producción, por detrás de EE UU, que copaba el 38%. Después, el gigante asiático fortaleció su posición al vender los metales por debajo del precio de otras empresas. La Mountain Pass y muchas otras minas en todo el mundo no pudieron competir y echaron el cierre. Entre 2008 y 2010, Pekín llegó a controlar alrededor del 95% del mercado, según las cifras del Servicio Geológico de EE UU. Sin embargo, su hegemonía extractiva se ha visto menguada en los últimos años a pesar de que su producción ha crecido de manera constante desde 2012. Ello se debe a la aparición de diversos jugadores (EE UU, Australia, Myanmar, entre otros) que quieren un trozo del pastel.

El poderío de la potencia emergente es difícil de abatir, pues controla el proceso de refinación. “Una gran cantidad de la propiedad intelectual en torno al procesamiento de tierras raras está en manos chinas. Este tipo de conocimiento es inevaluable”, explica Berry. China ha mantenido su posición porque, además de ser el mayor productor mundial de tierras raras (con solo seis compañías), también es el primer consumidor, por delante de Japón y EE UU.

Ese estatus se ha mantenido a pesar de que la extracción se ha visto afectada por la introducción de una legislación medioambiental que ha puesto freno a la actividad en las provincias del sur. “China creció tanto en sofisticación que se convirtió en una superpotencia”, asegura Ei Sun Oh, experto del Instituto de Asuntos Internacionales de Singapur. Hoy, el mayor riesgo es el brote de coronavirus que ha paralizado la actividad industrial. El Global Times — el periódico insignia del Partido Comunista Chino— afirma que las empresas del sector ubicadas en la localidad de Ganzhou (donde se procesan cerca del 70% de los metales raros que se usan en el mundo) estaban trabajando a principios de febrero a un 20% de su capacidad a causa del brote, lo cual afectaría las exportaciones hacia EE UU, Japón y Europa


.Groenlandia

The Wall Street Journal publicó el pasado agosto lo que pudo haber sido una tomadura de pelo: “El presidente Trump contempla una nueva compra de bienes raíces: Groenlandia”. Pero no fue así. Su intención resultó real y, a pesar de las críticas, no es cualquier ocurrencia. La isla (región autónoma de Dinamarca) es una rica fuente de materias primas, sobre todo de tierras raras. Allí se desarrolla el proyecto Kvanefjeld —liderado por la australiana Greenland Minerals, donde la china Shenghe Resources tiene participación—, que en el futuro pretende suministrar entre un 20% y 30% de la demanda global de esos metales. El sueño de Trump tiene un raro trasfondo.

Por Óscar Granados

Madrid - 07 Mar 2020 - 18:30COT

Publicado enEconomía
El fantasma del colapso recorre el mundo

Las noticias que se acumulan estos días, traspasando la sobreexposición del coronavirus, son estremecedoras y nos llevan a imaginar que el colapso del sistema está comenzando.

El presidente de Turquía Reccep Tayyip Erdogan, abrió la frontera luego que un bombardeo sirio se cobró la vida de 50 soldados que están atacando la provincia de Idlib, que ese país quiere apropiarse. De ese modo, utiliza la desesperación de los civiles que huyen de la guerra como “arma geopolítica” (https://bit.ly/2TdPJTW).

En tanto, la policía griega dispara gases a los niños en la frontera para disuadir a toda la familia de ingresar a la Unión Europea (https://bit.ly/2TusNyr). Unos 15 mil refugiados, hasta el 2 de marzo porque las cifras crecen en horas, tiritan de frío en una zona de nadie entre Turquía y Grecia, mientras otros intentan ganar la orilla griega en pequeños botes, arriesgando la vida. En se marco, Grecia decidió suspender temporalmente el derecho de asilo (https://bit.ly/2TrVZpQ).

Esta vez no voy a hablar de los feminicidios en México, que según autoridades internacionales conforman una “crisis humanitaria” de la que culpan al Estado, porque “no hace prácticamente nada por paliar la situación”, como señaló la integrante del Sistema Nacional de Investigadores, Rita Canto.

Desde Grecia, las compañeras nos informan que el Estado decidió prohibir los carnavales con la excusa del coronavirus. En respuesta, la población salió a la calle en masa para celebrar la festividad, ante el inevitable acoso policial, como puede observarse en estas imágenes (https://bit.ly/32Jrq3l). En el decreto se prevé dos años de cárcel para quienes no obedezcan.

La militarización del agua en Brasil merece un párrafo aparte. Un informe del diario Estado de Sao Paulo, destaca que los canales que desvían el agua del río San Francisco hacia las grandes haciendas de la fruticultura en el Nordeste, están siendo vigilados por guardias armados y drones, mientras se levantan muros para proteger el agua, convertida en negocio para exportar frutas al mundo.

“En Petrolina, Pernambuco, guardias armados al estilo Robocop, apoyados por drones se mueven en motocicletas vigilando el canal para que la población no tenga acceso al agua. Los habitantes de la zona necesitan arriesgarse, furtivos, para paliar la sed. Agricultores que están a menos de cien metros del canal, no tienen acceso” (https://bit.ly/38cnb1j).

Brasil posee el 12% de toda el agua dulce del mundo. El acceso al agua, abundante y limpia, fue libre durante siglos. Hasta los años 90 del siglo pasado casi no había conflictos por el agua. Pero en los últimos cinco años, fueron registrado 63.000 confrontaciones con intervención de la policía, mientras surgieron 223 “zonas de tensión” por el agua.

Aunque los casos son muy diversos, hay un patrón común: “El poder económico, el agronegocio, la administración de las hidroeléctricas, industrias y taladores ilegales, que quieren apropiarse de tierras fiscales, intentan de muchas maneras restringir el acceso a ríos y represas”. El mismo informe establece que el Estado los apoya y siempre salen perjudicados los pueblos originarios y negros, agricultores familiares y comunidades tradicionales.

A lo anterior habría que sumar los millones de personas aisladas en cuarentena en el mundo, particularmente en China, pero cada vez más en Europa. ¿De qué normalidad podemos hablar cuando los migrantes centroamericanos son golpeados, encarcelados o expulsados cuando cruzan la frontera hacia México?

No tengo claro si las personas que leen estas líneas tienen clara la gravedad de la situación. No es cualquier momento el que estamos viviendo, sino el más grave desde, pongamos, el año 1347. Sí, desde hace casi siete siglos. Ese año comenzó la Peste Negra, que en apenas cinco años se llevó a dos tercios de la población europea y creó las condiciones para el ascenso del capitalismo, ante la neutralización de las trabas sociales que le impedían independizarse y alzar vuelo.

Al final de su exhaustivo libro, Ole Benedictow escribe: “La peste negra aceleró la evolución y transformación de la sociedad y la civilización europeas medievales hacia su forma histórica moderna”. Y concluye: “También aceleró el hundimiento de las estructuras y mentalidades económicas feudales y la aparición de una dinámica economía de mercado predominantemente capitalista y de las actitudes y mentalidades innovadoras que la acompañaron” (La Peste Negra, p. 521).

En esas estamos. “Ellos” conocen la historia y saben que estamos en un momento de viraje que cambiará el mundo. Mientras, nos toca a “nosotras” decidir qué haremos.

2 marzo 2020

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Malnutrición y cambio climático amenazan la salud infantil: ONU

La infancia está desprotegida en todo el mundo frente a la amenaza inmediata que suponen para su salud el cambio climático y la mala alimentación, de acuerdo con un informe de la Organización de Naciones Unidas (ONU) publicado ayer en la revista médica británica The Lancet.

Los avances de los últimos 20 años en el ámbito de la salud infantil se encuentran "en punto muerto" e incluso "amenazados", afirman los autores del informe encargado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef).

El grupo de 40 expertos independientes en salud infantil sostuvo que ningún país está protegiendo a estas generaciones de los nocivos impactos de las emisiones de dióxido de carbono, la destrucción de la naturaleza y de los alimentos procesados y altamente calóricos.

El calentamiento global, provocado esencialmente por los países ricos, "amenaza el futuro de todos los menores", al suponer una nueva amenaza para su salud que va desde las olas de calor hasta la propagación de enfermedades tropicales.

El informe también denuncia la publicidad de los alimentos grasos, azucarados, del alcohol y del tabaco y su efecto pernicioso entre el público infantil.

"El mensaje principal es que ningún país está protegiendo la salud de los niños ni hoy ni en el futuro", según Anthony Costello, director del Instituto de Salud Global del University College de Londres.

El informe incluye una clasificación de 180 países en función de los índices de mortalidad infantil, educación y alimentación. República Centroafricana y Chad se sitúan al final de la lista, mientras Noruega y Holanda la encabezan.

Sin embargo, este escalafón se invierte cuando se analiza el impacto de la contaminación del aire respecto de las emisiones de dióxido de carbono per cápita.

"Los líderes mundiales están fallando a los niños y a la juventud: no protegen su salud, sus derechos ni su planeta", denunció el director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus.

Unos 250 millones de niños menores de cinco años en países con ingresos bajos y medios corren el riesgo de sufrir retraso debido a malnutrición, sostienen los autores del informe.

Al mismo tiempo, el número de niños obesos en el mundo se multiplicó por 11 desde 1975 y alcanzó 124 millones.

En algunos países, los niños ven hasta 30 mil anuncios en televisión cada año y pese a las regulaciones, un estudio mostró que, por ejemplo, los niños en Australia están expuestos a 51 millones de anuncios de bebidas alcohólicas.

"Y la realidad podría ser peor con la enorme expansión de la publicidad en las redes sociales."

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