Domingo, 16 Julio 2017 05:44

La telaraña rusa envuelve a Trump

Escrito por Jordi Barbeta
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Moscú atrajo y negoció con los hombres clave del equipo del presidente



Sin armas, sin desplegar tropas, incluso sin ni siquiera dar la cara, sólo con un pelotón de piratas informáticos, Rusia ha puesto en evidencia la vulnerabilidad de Estados Unidos y la fragilidad de su democracia.


Pero no sólo por la audacia en la organización de los cibercomandos. También por su capacidad para reclutar personajes clave de la política estadounidense que por unos dólares o por el ansia de derribar al adversario político se han mostrado dispuestos a favorecer en Washington los intereses del Kremlin. La telaraña rusa infiltrada en la cúpula del equipo de Donald Trump ha penetrado hasta la Casa Blanca.


Una estúpida errata tipográfica permitió a los rusos entrometerse en las elecciones estadounidenses. Penetraron en los ordenadores del Partido Demócrata y obtuvieron información comprometida que perjudicó claramente a Hillary Clinton.


Que los rusos espíen, pirateen y conspiren en Estados Unidos no es ninguna novedad, como tampoco lo es que la CIA haga lo propio en Rusia y en el dormitorio de Angela Merkel cuando hace falta.


Lo que ha convertido la injerencia rusa en un escándalo sin precedentes es esa telaraña de intereses, negocios y contactos que los rusos han establecido con los principales miembros del equipo de Donald Trump, incluidos su hijo, Donald júnior y su yerno, Jared Kushner.


Los contactos han existido y por alguna razón los hombres de Trump se han empeñado en ocultarlos sistemáticamente hasta que han quedado en evidencia. Eso es lo que les ha convertido en sospechosos de haber colaborado en lo que la líder demócrata Nancy Pelosi ha descrito como “una profanación de la democracia estadounidenses no vista desde el Watergate”.


Todo empezó en el 2015 cuando el agente especial Adrian Hawkins, del FBI, descubrió que los hackers rusos estaban penetrando en los sistemas informáticos del Partido Demócrata. Avisó por teléfono pero no se lo tomaron en serio.


Al año siguiente, el 19 de marzo del 2016, los rusos lanzaron su ciberataque más certero. John Podesta, jefe de campaña de Hillary Clinton, recibió un correo electrónico, aparentemente inofensivo, firmado por el equipo de Gmail. Apareció una alerta de Google y una asistente de Podesta consultó a los servicios informáticos del partido. Le respondieron que cambiara urgentemente su contraseña, pero en vez de decirle que era un mensaje sospechoso, le dijeron lo contrario al comerse una simple i.


“El correo es legítimo”, escribieron, cuando querían decir “ilegítimo”. Podesta cambió su contraseña pero abrió el correo y por ahí los rusos entraron al abordaje de todo el sistema informático relacionado con el Partido Demócrata y la campaña de Hillary Clinton.


Por un clavo se perdió una herradura, un caballo, una batalla y un reino, y por una i los rusos pudieron llevar a cabo lo que según el informe de la CIA fue “una campaña de influencia”, ordenada por Vladímir Putin, “para socavar la fe pública en el proceso democrático de Estados Unidos” y “favorecer la elección de Donald Trump”.


La ofensiva fue tremenda. Wikileaks se hartó de publicar informaciones comprometidas y documentos confidenciales que llegaron a provocar la dimisión de la presidenta del partido, Debbie Wasserman Schultz, cuando se comprobó que efectivamente había jugado sucio a favor de Clinton y en contra de Bernie Sanders.


Trascendieron escritos de Clinton que la delataban como una candidata comprometida con Wall Street y se publicaron varios escándalos que afectaban a diversos candidatos del partido. En plena campaña, los demócratas se vieron sumidos en el caos y en la desesperación.


Simultáneamente, Donald Trump se declaraba admirador de Putin, partidario de mejorar las relaciones con Moscú y jaleaba las filtraciones atribuidas a los hackers rusos durante un mitin en Florida: “Rusia: Si escuchan, espero que puedan encontrar los 30.000 correos electrónicos que faltan de Hillary Clinton”.


Ya como presidente electo, Trump se burló de los servicios de inteligencia de su propio país, asegurando que “no tienen ni idea” del origen de los ciberataques, pero han sido esas mismas agencias las que han descubierto las conexiones rusas que sus hombres intentaban mantener ocultas.


No se salva ni uno de los importantes, empezando por el jefe de campaña, Paul Manafort, que tuvo que dimitir ya antes de las elecciones cuando se descubrió que trabajaba para Trump pero también para el político ucraniano pro ruso Viktor Yanukovych, que ahora vive exiliado en Moscú.


Manafort recibió 10 millones de dólares de un magnate ruso por defender los intereses del Kremlin y cometió la infracción de no registrarse como lobbista de un país extranjero. Dimitió sin dar demasiadas explicaciones pero es uno de los principales sospechosos de defender los intereses rusos en Estados Unidos a cambio de información negativa sobre Hillary Clinton supuestamente suministrada por el Kremlin.


El general Michael Flynn fue nombrado por Trump consejero nacional de seguridad y fue destituido a las tres semanas cuando trascendió que había ocultado sus contactos con el embajador ruso, Sergey Kislyak y sus negocios con Moscú.


Flynn cobró 45.000 dólares por asistir a un evento de Russia Today junto a Putin y más de medio millón por defender los intereses de Turquía cuando ya era miembro del equipo de campaña de Trump. Por supuesto ocultó estos negocios cuando se sometió a la verificación de seguridad para acceder a la Casa Blanca, y no le quedó más remedio que dimitir cuando se supo. La ley prohíbe a lo miembros de un equipo de campaña recibir ningún objeto de valor procedente del extranjero.


Tampoco puede negociar por su cuenta con un gobierno extranjero en conflicto con EE.UU., y Flynn no recordaba si en sus conversaciones con el embajador ruso hablaron de las sanciones de EE.UU. a Rusia. La situación de Flynn es tan comprometida que propuso declarar como testimonio ante el Congreso a cambio de inmunidad. La oferta fue rechazada por la cámara y si Flynn se niega a declarar podría ser procesado por desacato.


Como Flynn, Jeff Sessions fue un colaborador de primera hora de Trump, que lo eligió para el importante cargo de fiscal general pese a su controvertida trayectoria denunciada como racista por todas las organizaciones de defensa de los derechos civiles. Sessions también se reunió al menos dos veces con el embajador ruso, que estuvo muy activo durante la campaña, pero Sessions lo ocultó al Senado durante la audiencia previa a su ratificación. Cuando se descubrió, no tuvo más remedio que recusarse a sí mismo e inhibirse de las investigaciones, una decisión que enfureció a Trump hasta el punto que el fiscal llegó a poner su cargo a disposición.


Otros miembros del equipo de Trump prodigaron sus contactos secretos con personal ruso. El senador demócrata Harry Reid denunció que Carter Page, consejero de política exterior de Trump, se reunió en julio en Moscú con dos hombres de Putin, Igor Sechin e Igor Divyekin. Andrey Artemenko, un diputado ucraniano declaró haberse reunido en febrero pasado con Michael Cohen, abogado personal de Trump, para negociar un plan que pusiera fin a la guerra en Ucrania con un acuerdo claramente favorable a Rusia.
Roger Stone, otro asesor político, presumió de sus contactos con Guccifer 2.0, el hacker que penetró en el servidor de Clinton y anunció con antelación las filtraciones de wikileaks. Jeffrey JD Gordon también tuvo que admitir haber participado junto a Page en una reunión con el embajador Kislyak. Trump y sus portavoces habían negado una veintena de veces los contactos del equipo con los rusos, pero los servicios de inteligencia lo tenían controlado y las filtraciones a la prensa dieron al asunto la dimensión de escándalo.


El jefe del FBI, James Comey, declaró en el Congreso, que confirmada la intromisión de Moscú y comprobados los contactos rusos con los miembros del equipo de campaña de Trump, la investigación se centraba en averiguar si hubo una confabulación. Negada también sistemáticamente por la Casa Blanca y por el propio Trump, dos nuevas revelaciones han elevado el grado de sospecha.


Jared Kushner, yerno de Trump, que ya tuvo que admitir una reunión aparentemente infractora con Sergey Gorkov, jefe del banco ruso Vnesheconombank, afectado por las sanciones de EE.UU., también se reunió con el embajador Kislyak para pedirle un canal de comunicación directo con el Kremlín, es decir, que no pudiera ser detectado por la inteligencia estadounidense.


Kushner, que como asesor principal del presidente debe someterse a verificaciones de seguridad, también ocultó primero y tuvo que admitir después haber participado en la reunión del 9 de junio en la torre Trump de Nueva York con la abogada rusa Natalia Veselnitskaya, junto a Donald Trump júnior y Paul Manafort.


Esa confesión obligó a continuación al hijo de Trump a admitir que se reunió con la abogada porque le habían anunciado que le suministraría información negativa sobre Hillary Clinton procedente del Gobierno ruso para poder utilizarla en campaña.


La confesión del primogénito del presidente ha confirmado, pese a todos los desmentidos, el interés del equipo de Trump por confabularse con los rusos si eso les ayudaba a ganar las elecciones. La última revelación que añade suspense fue que junto a la abogada Veselnitskaya también intervino como interlocutor Rinat Akhmetshin, un ex oficial de inteligencia soviético, que emigró a Estados Unidos, adoptó la doble nacionalidad y ejerce de lobbista para empresas de ambos países.


Robert Mueller, ex director del FBI, es el fiscal especial que dirige la investigación del Rusiagate, después de que Donald Trump destituyó a James Comey cuando este se negó a dar carpetazo al asunto.


También dos comités, del Senado y de la Cámara de Representantes, llevan a cabo su propia investigación. No han trascendido de momento contactos del ahora presidente con funcionarios rusos durante la campaña. El presidente Donald Trump no está siendo objeto de investigación por ello, pero Mueller está interrogando a funcionarios para averiguar si Trump cometió “obstrucción a la justicia” cuando después de exigir lealtad a Comey y que zanjara la investigación, le destituyó.


La mayoría de juristas no ven todavía indicios suficientes para ver viable un impeachment, el juicio político al presidente, que en todo caso haría necesaria una rebelión de los congresistas republicanos contra el presidente, una posibilidad que por ahora no se ve ni remota. El problema para Trump es que el Rusiagate le está impidiendo llevar a cabo su agenda política, prácticamente inédita todavía. La telaraña rusa ha paralizado el Gobierno de EE.UU.

 

Jordi Barbeta, Washington. Corresponsal

Información adicional

  • Antetítulo: El Rusiagate sacude la Casa Blanca
  • Autor: Jordi Barbeta
  • País: Estados Unidos
  • Región: Norteamérica
  • Fuente: La Vanguardia
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