Jueves, 07 Diciembre 2017 08:30

Honduras: una resistencia que revela los límites de la represión Destacado

Escrito por Francesca Gargallo Celentani
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La mañana del 30 de noviembre de 2017, la poeta hondureña Melissa Cardoza, feminista radical y acompañante del movimiento indígena, negro y campesino de su país, se comunicó conmigo: “Hoy por la mañana han prendido fuego a la Casa-Museo del Hombre, lugar emblemático del quehacer cultural en Tegucigalpa. Ayer lxs artistxs e intelectuales de Honduras enviaron un manifiesto fuerte a la población para que saliera a defender el estado de derecho. Hoy a las 6 a.m. inició el incendio en el Museo, se ha quemado todo. El poeta Fabricio Estrada escribió: Han tenido que incendiar un museo para alumbrar su era de barbarie”. Hacía cuatro días que las elecciones presidenciales no arrojaban resultados sobre el ganador, ya que las tendencias favorecían al candidato de la oposición, Salvador Nasralla. La amenaza de un fraude, después de que con el 57% de los votos contados Nasralla ganaba con un 5% de ventaja, iba caldeando los ánimos. La población hondureña cuestionó un sistema electoral que, después del golpe de Estado de 2009, sólo ha servido para sostener el estado de las cosas. El sistema de cómputo del Tribunal Supremo Electoral colapsó antes de dar a conocer los resultados y, al reinstalarse, el presidente Juan Orlando Hernández, iba ganando por un 1%. Nadie le creyó. La noche del 30 de noviembre, en el puerto de La Ceiba, los militares tiraron de un puente y mataron a José Abilio Soto, quien se manifestaba con una banderita que decía “Fuera JOH”.


A la mañana siguiente otro muerto por los militares, en el mismo puente, un muchacho de 16 años, José Fernando Melgar al que le dispararon desde lejos. Y golpes brutales, violencias verbales, lanzamientos de gases asfixiantes en todo el país. A las 23 horas del 1 de diciembre de 2017, quienes estábamos pendientes de la realidad hondureña anochecimos con la noticia de que, para no tener que comprobar los resultados de la contienda electoral del 26 de noviembre, José Orlando Hernández había decretado diez días de toque de queda. El ejército, a los 15 minutos, mató de un disparo en la cabeza a una jovencita que intentó avisar a su hermano, Kymberly Dayana Fonseca Santamaría.


Sobre Honduras recae desde siempre un silencio mediático que ha convertido al segundo país más grande y más poblado de Centroamérica es un enigma. Desgraciadamente, también ha construido el desinterés para desentrañarlo. Así que cuando un Golpe de Estado (y Honduras después de Bolivia es el segundo país que más golpes de estado ha sufrido en América) saca momentáneamente del anonimato a Honduras, muchos (y hablo en masculino porque son casi siempre hombres) analistas políticos recurren a lugares comunes que no han construido sólo las burguesías locales y la política imperialista de Estados Unidos, sino que fueron reciclados y repetidos por las izquierdas poco críticas.


Según estos analistas, Honduras no es más que el país de donde salió la coalición militar encabezada por los estadounidenses con el apoyo de tropas centroamericanas para derrocar el gobierno legítimo de Jacobo Árbenz en 1954; el país que alberga la base aérea estadounidense de Soto Cano, la más grande de América latina, en Palmerola; el territorio donde se refugiaba la contra nicaragüense durante la guerra sucia que se llevó a cabo contra la Revolución Sandinista; el país cuyo ejército fue reformado por un embajador USA, John Dimitri Negroponte, en la década de 1980 para garantizarse el apoyo irrestricto a las tropas de su país cuando actúan en el Istmo centroamericano o desplazan los militares de su Comando Sur hacia la América meridional.


Todo ello es cierto, por supuesto. Así como es cierto que ha sido un país donde las derechas mundiales han ensayado sus políticas. Como en el Chile de Pinochet se experimentó la imposición del neoliberalismo, en el Honduras de 2009 se editó el modelo de los golpes blandos o golpes parlamentarios que se sucedieron sin éxito en Ecuador, y exitosamente en Paraguay y Brasil, la segunda economía americana.


Después de las retóricas afirmaciones posteriores a la caída del muro de Berlín, era muy difícil que el mundo unipolar volviera a la mano fuerte sin contravenir sus propios postulados de que, donde no había intentos comunistas, eran inútiles los gobiernos fuertes y los golpes militares. En 2009, exactamente veinte años después de la declaración del fin de la historia por parte de los dirigentes neoliberales, en Honduras los golpes de estado se reciclaron. Contra un presidente que se había atrevido a subir el salario mínimo más reducido de América y que intentó una consulta popular para reformar la constitución a través de una Asamblea

Constituyente, se levantó un sector de la derecha parlamentaria, apoyada por las cúpulas religiosas católicas y neoevangélicas, que instó al ejército a sacar de su cama en palacio presidencial a Manuel Zelaya y su familia y mandarlos al exilio en pijama.


Después del golpe militar del 28 de junio de 2009, las mujeres hondureñas salieron a la calle y congregaron alrededor de sus figuras de madres, trabajadoras de los mercados, campesinas, afanadoras, maestras, abogadas, escritoras, feministas y no, todas indignadas, no sólo a decenas de organizaciones populares y juveniles, sino que a los mismos sindicatos que las habían marginado históricamente. Hasta la realización de elecciones, el 29 de noviembre de 2009, elecciones que en el enrarecido clima político de la Honduras que resistía el golpe representaban de hecho un abuso de autoridad, las mujeres y sindicatos hondureños organizaron una protesta visible, caminada, gritada, de cuerpo presente, cada mañana por las calles de Tegucigalpa y San Pedro Sula. El 15 de septiembre, día en que se conmemora la Independencia de Centroamérica, casi el 8% de la población salió a manifestarse: 600 000 personas desafiaron al Congreso que había decretado un estado de sitio y suspendido las garantías de la ciudadanía. Motociclistas, peatones, señoras que interponían sus autos entre las tanquetas policiales y las y los manifestantes. Honduras respondió que no al golpe. Logró el apoyo de la Organización de Estados Americanos, que suspendió a Honduras como miembro hasta que el país restaurase “el Gobierno democrático” (que sólo podía ser el de Manuel Zelaya). Asimismo, El Salvador, Nicaragua, Guatemala, Venezuela y Suecia anunciaron sanciones económicas para Honduras; el Banco Internacional de Desarrollo y el Banco Mundial suspendieron la ayuda financiera que le otorgaban. Todas las delegaciones diplomáticas de la Unión Europea se retiraron, mientras muchas feministas llegaban a las sentadas de la poeta Amanda Castro en la Plaza Morazán y a las marchas de apoyo al pueblo hondureño. Contra el Golpe, Poesía llamaron a su acción, que contemplaba lecturas en voz alta, escrituras colectivas, abrazos a la población, huelgas de compras, distribución de donaciones recibidas de manos de otros poetas y de editores de libros y revistas.


El reconocimiento de la legitimidad de las elecciones de noviembre de 2009 por parte de los organismos internacionales golpeó duramente la resistencia hondureña, que poco a poco fue replegándose de las calles. El país se hundió en ocho años de represión, acompañada de un crítico incremento de la delincuencia más letal. Honduras cuenta con más de 90 muertos asesinados por cada 100 000 habitantes, 11 al día, lo cual le valió, en 2013, ser el país con la tasa más alta de homicidios del mundo. La represión contra sindicalistas, activistas de la diferencia sexual y, sobre todo, dirigentes campesinas e indígenas, se ha generalizado. Los feminicidios alcanzan cifras brutales, habiéndose incrementado en un 65% después del golpe. Aproximadamente 53 mujeres son asesinadas al mes, en muchos casos después de ser golpeadas, secuestradas y torturadas. El 3 de marzo de 2016, la dirigente lenca Berta Cáceres, feminista indígena y ecologista, fue asesinada en su casa frente al ambientalista mexicano Gustavo Castro, quien sobrevivió al ataque porque lo consideraron muerto. Funcionarios hondureños y ejecutivos de la empresa energética DESA estuvieron involucrados en su asesinato. "La evidencia existente es concluyente sobre la participación de numerosos trabajadores del Estado (policías, militares y funcionarios), así como de directores y empleados de DESA en la planeación, ejecución y encubrimiento", señala el informe de 92 páginas titulado Represa de violencia: el plan que asesinó a Berta Cáceres, que elaboraron juristas de Colombia, Estados Unidos, Guatemala y Holanda. El plan para matar a la activista, que buscaba paralizar la construcción de la presa Agua Zarca en el río Gualcarque del que dependen varias comunidades del pueblo lenca, se maquinó en noviembre de 2015. Berta Cáceres había sufrido dos intentos de asesinato en los meses inmediatamente anteriores a su muerte, a pesar de haber sido galardonada con el premio internacional Goldman en 2015.
Honduras es un país de represión brutal, a la vez que es un país tenazmente vital, aspecto este último completamente invisible a ojos de la prensa mundial. Seis pueblos indígenas y afromestizos, así como una densa población urbana, suman poco más de 9 millones de habitantes, que han resistido las más despiadadas políticas de aniquilación de la protesta y de la organización comunal y colectiva. Si en las décadas de 1970 y 1980 no sostuvo una guerra de liberación nacional es porque sus grupos políticos armados fueron diezmados al nacer, con una letalidad militar sólo equivalente a la mexicana actual. Sin embargo, sus grupos feministas –tardíos, diversos, más autónomos que institucionales- han sido también de los más irreverentes hacia la cultura patriarcal, el control de las familias nucleares, la dominancia de los mandatos católicos y neoevangélicos, la separación entre las demandas de las mujeres urbanas y letradas de las exigencias de mujeres indígenas, campesinas y defensoras garífunas del territorio contra la industria turística y la explotación hídrica y agroindustrial. Interclasista e intercultural, el conjunto de los feminismos hondureños cuenta con voces autónomas fundamentales, capaces de análisis y descripciones propias de los sentimientos políticos y sociales de las mujeres. Por ejemplo, Melissa Cardoza escribió que la segunda noche de queda, cuando una masa de gente se armó de antorchas y desafió a los militares, fue también la noche de las cacerolas que gritan su descontento. “Pero he ahí que del más humilde rincón de una cocina cualquiera, entre los trastos lavados y ordenados que una mujer dejara en su lugar, una tapadera, una olla de frijoles, un sartén para panqueques, un comal tortillero vinieron a salvarnos del naufragio al que nos avienta con intención una dictadura que aprieta la emoción antigua de la derrota hasta intentar devastarnos. Trastes diarios acudieron con sus ruidos a soplar el rescoldo que tenemos en estos territorios llamados Honduras, donde la brasita de la esperanza no se apaga, aunque la machaque la bota militar”.


La mañana del 5 de diciembre, Honduras fue sorprendida por un hecho tan sorprendente como trascendente. Cientos de policías de la unidad antidisturbios, conocida como Cobras, y los efectivos de la policía metropolitana se autodefinieron como pueblo que no puede reprimir al pueblo. Desde el lunes 4 de diciembre, los Cobras, una élite policial desplazada por la creación de la Policía Militar de Juan Orlando Hernández, habían salido a las calles de Tegucigalpa para mostrar su rechazo a la orden de reprimir a la población. Muchos civiles los recibieron con aplausos, algunas señoras les pasaron botellas de agua, comida y hasta flores.

Cubriéndose la cara para no ser reconocidos por las autoridades y la policía militar (que sigue reprimiendo a los y las manifestantes y ha entrado a disparar en los barrios donde en tiempos de paz no se apersona, propiciando la duda acerca de las finalidades de limpieza social de la represión), gritaron que no quieren reprimir a su gente, “ya no queremos combatir al pueblo". Acto seguido, marcharon con las y los manifestantes reclamando el recuento de votos y el fin del toque de queda. Uno de ellos le dijo a la escritora feminista Jessica Isla que sobre de ellos se dispara sin que nadie los proteja, porque el presidente Juan Orlando Hernández actuó contra la constitución al buscar la reelección. Hasta 2015, la presidencia hondureña tenía proscrito aspirar a un segundo mandato, pero un fallo de la Corte Suprema levantó la prohibición constitucional, provocando el enojo de la oposición. La rebelión de la policía antimotines, así como el hecho que el toque de queda es violado por masas de jóvenes todas las noches, revelan que la autoridad de Juan Orlando Hernández es muy frágil y que la mayoría de la población busca poner fin a 9 años de vejámenes.


En estos días de rebelión contra un fraude electoral que sólo garantizaría la continuidad de gobiernos de dudosa representación política, todos electos en las condiciones de inestabilidad propiciadas por el golpe de 2009, la prensa internacional ha hecho hincapié en el peligro del desborde de la rabia popular. La prensa local, por el contrario, ha resaltado la participación juvenil en las manifestaciones. En las páginas de “memes” y caricaturas contra el fraude circulan imágenes de jóvenes encapuchadas, muchachos indignados y, en general, se hace referencia a una revuelta de “millenials”. Se trataría de una revuelta de personas que nunca conocieron la democracia en su vida adulta.


Jessica Isla no niega la enorme participación juvenil, pero sostiene que más que a un sector etario habría que referirse a las mujeres para dibujar el panorama social de las y los inconformes: “Se ha hablado mucho en los medios y otros espacios de la participación de la juventud. Y eso está bien, no es mi intención negarlo. Sin embargo bajo ese velo de juventud se hacen invisibles otra vez a las mujeres, que no olvidemos, fueron junto a la población joven la mayoría de votantes y buena parte de las que están resistiendo en las casas y en las calles, como el Golpe de Estado de 2009. Son las mujeres las que están entregando flores a los policías, son ellas las que se movilizan, son las que abrazan a las fuerzas represoras para que no disparen, son las que cocinan para la masa de gente que se mueve, son las que limpian y finalmente, somos las que atendemos víctimas, cosemos heridas y enterramos a nuestros muertos”.

Información adicional

  • Autor: Francesca Gargallo Celentani
  • País: Honduras
  • Región: Centroamérica
  • Fuente: desdeabajo
Visto 241 veces Modificado por última vez en Miércoles, 06 Diciembre 2017 18:50

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