Domingo, 08 Marzo 2009 07:01

¿La letra con sangre entra?

Escrito por Página12
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Los mecanismos opresores de la vida de las mujeres comenzaron a denunciarse en décadas anteriores. Los movimientos de mujeres y el feminismo cerraron filas y avanzaron en la construcción de sus denuncias y en la promoción de políticas públicas. Así fueron cayendo paulatinamente –si bien no para todas las mujeres– las legislaciones discriminatorias y limitantes.
 
La opresión –palabra del siglo quince que viene del latín exprimir, estrujar y apretar– es de aparición tardía en su significación actual, políticamente relevante para indicar el sojuzgamiento al cual se somete a personas y poblaciones que carecen de defensa. Hoy, un paradigma de la opresión del género mujer reside en matarlas, golpearlas, esclavizarlas mediante la trata sexual, abusarlas y violarlas desde que son niñas.
 
Esas prácticas no constituyen novedad. Lo paradojal reside en que, a la par de los derechos que se conquistan, se evidencia como dato internacional la persistencia de violencias delictivas contra las mujeres.
 
¿Existirá un aumento de violencias o ahora se habla más de ello? Es la duda que nos plantean cada vez que se asesina a una mujer o que se viola a una niña. Me pregunto cuánto importa saber cuál es la respuesta, acerca de la proporcionalidad histórica de los delitos, porque esta índole de preguntas desenfoca la gravedad del tema buscando referencias en épocas anteriores. Conocer estos datos sin duda interesa y resulta sumamente valioso para quienes construyen estadísticas comparativas, pero de dudosa eficacia cuando se trata de analizar ideologías referidas al género mujer. Sabemos que las acciones concretas en el aquí y ahora, como proponen y sostienen las convenciones internacionales referidas a las distintas formas de violencias contra las mujeres y la necesidad de erradicarlas y prevenirlas, han contribuido a alentar las denuncias de las víctimas y a incentivar la prevención, o sea, instalaron una manera de pensar y de impulsar legalidades.
 
Asistimos al contraste vital entre el reconocimiento jurídico y vital de los peligros y riesgos que las distintas formas de violencia abarcan. Y las violencias concretas masculinamente desatadas contra las mujeres.
 
No estamos frente a nuevas formas de opresión –las históricas se mantienen impertérritas para millones de mujeres–, sino ante la práctica de atacar sus cuerpos al costo de sus propias vidas. Siempre sucedió de ese modo y aún peor: las quemaban en hogueras públicas acusándolas como brujas.
 
Pero no existía un pensamiento legal acerca de sus derechos a la libertad y a la dignidad, principios que probablemente constituyen fuente de inspiración actual para violadores, golpeadores y femicidas. Cada vez les resulta más difícil tolerarlo.
 
Los ataques a las mujeres localizados en sus cuerpos no inauguran un estilo, lo consagran como oposición triunfante frente al reconocimiento legal de nuestros derechos. Configuran delitos contra la libertad, la dignidad y la integridad de la persona.
 
Podremos continuar ganado espacios legales y políticos mientras un universo masculino enarbola su violencia como cliente de las mujeres esclavizadas en la trata, viola diariamente a niñas y adolescentes y mata a sus compañeras “en raptos pasionales” o porque la joven secuestrada para divertirse no soportó la sobredosis de droga que le habían suministrado para “utilizarla” entre varios (In memoriam Catamarca). O el atacante se sumerge en la negación –tolerada por quienes debieron juzgarlo– de su violencia fecundante (en el Nombre de Romina).
 
¿Acaso mi tesis sostiene que se incrementan estas violencias sobre los cuerpos de las mujeres porque un sector de la masculinidad no tolera los avances en el logro de derechos y el aumento de denuncias, debido a que se han achicado o perdido varios miedos que silenciaban a las víctimas? Y cada vez con mayor frecuencia se enfrenta jurídica y policialmente al violador y al golpeador?
 
La idea no alcanza para diseñar una tesis, sólo autoriza una doméstica correlación, por una parte los todavía insuficientes avances de los derechos del género y por otra nos informamos de los delitos que se ensañan en los cuerpos de las mujeres atacados con distintas estrategias.
 
La perspectiva es objetable porque también podría oponer la ganancia de los derechos frente a las expresiones que diariamente escuchamos en radio y tevé ejerciendo violencia verbal a raudales, con frecuencia contra las mujeres cuyo trabajo técnico las posiciona inevitablemente en esos ámbitos. A las que se viola simbólicamente en el crudo abuso de poder. No se ataca sus cuerpos sino su inteligencia y capacidad profesional, es otra manera de intervenir activamente en la estructura de las violencias.
 
Violencias que además del propio placer buscan activar –para nosotras– la identidad de la víctima: enseñarnos, de una buena vez (y si fuera posible para siempre), quiénes son los que pueden y mandan; aprendizaje que conviene llevar a cabo según la conocida admonición: “la letra con sangre entra”.
 
Cuando el delito se llama femicidio, se espera que la lección sirva para otras, que no aprenden lo necesario, puesto que las muertes de mujeres en manos de varones ilustra las noticias con insoportable frecuencia.
 
Esta tradicional forma de violencia hoy puede recortarse políticamente en la categoría de las opresiones; esta posición nos permite evaluar de manera más refinada los enjuiciamientos a los responsables y las estrategias preventivas. Así como interpretar la sugestiva aplicación de sanciones redentoras –o la indiferencia ante falta de legislaciones actualizadas–, así como la naturalización de algunos de sus delitos (violaciones y abusos) que promueven el lugar de víctima mujer, políticamente necesario para muchos para quienes homicidas, violadores y clientes son los mediadores activos de las políticas de opresión. Está en juego nuestra libertad, nuestra integridad personal y nuestra dignidad en cada una de las defensas que ensayamos cuando de nuestros derechos se trata. Y siempre pendiente escuchamos las voces definitivamente apagadas de quienes ya no están o, en silencio obligado, cada día, gritan.

 Por Eva Giberti
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