Sábado, 26 Diciembre 2009 10:56

"¿Qué culpa tenemos nosotros?"

Escrito por El País
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Estaba emocionada con la idea de encontrarse con su hermana, a la que no ve hace siete años. Pero Sandra, la hija, también está atrapada en el aeropuerto debido a la cancelación de vuelos de Air Comet. Se encuentra mal, se marea, se queda pálida. Su novio le acaricia la tripa abultada mientras esperan a un médico. "Ayer nos fuimos de aquí a las cuatro de la madrugada", lamenta su madre. "Está muy cansada".

A su alrededor se congregan decenas de viajeros, la mayoría ecuatorianos, que no han podido tomar sus aviones en los últimos días. Sus familiares les esperan al otro lado del Atlántico con la cena navideña preparada, pero ninguno de ellos llegará a tiempo. Finalmente, todos los ecuatorianos afectados por la quiebra de Air Comet que quedaban en Barajas embarcaron a las 13.00 de ayer en avión bebés rumbo a Quito.

"Recuerden que deben renunciar al billete de vuelta que tuviesen comprado", insistían los representantes del Gobierno de Ecuador que acudieron a Barajas. "No van a poder reclamar a nadie. Nadie les va a pagar el billete", repiten. Era uno de los requisitos previos para hacer uso de los vuelos que ha facilitado el ministerio a los afectados por la quiebra. En la solicitud que firmó Sandra Romero se deja clice que nadie "asume responsabilidad alguna por razón del viaje que se le facilita", lo que significa que, cuando quiera regresar, tendrá que pagarse un nuevo billete por sus propios medios. "Dice mi familia que ya venderemos algo", responde enseguida.

A pocas horas de la Nochebuena, los pasajeros son un manojo de nervios. Pese a las promesas de Fomento, cumplidas luego aunque fuera con cierto retraso, no se fían. Lo que tienen claro es que no saldrán del aeropuerto ese día. Se oye un grito: "¡Para la cena de esta noche quiero gambas!". La multitud empieza a alborotarse. Hacen sonar silbatos, dan palmas y un grupo sale a las puertas de la T-1 y bloquea por unos minutos el paso de los taxis. "Queremos volar a nuestro país", corean.

Muchos afectados decidieron pasar la noche en el aeropuerto. "Ya se nos acabó la guita", explica Griselda Álvarez, de 50 años. Está con un grupo de diez argentinos que deberían haber embarcado en el vuelo de Fomento que salió el día 23 rumbo a Buenos Aires. Pero se retrasó el avión de Barcelona y perdieron la conexión. Están sentados sobre sus maletas, con la mirada perdida. La noche del miércoles fueron a un hotel pero la Nochebuena tenían previsto pasarla en Barajas por falta de dinero.

Algo más allá un bebé juguetea sobre una cinta de facturación. Su madre, Elisabeth Núñez, intenta distraerle. Llevan yendo y viniendo al aeropuerto desde el martes 22. "Ese día salía nuestro vuelo a Ecuador", explica la mujer. Pero no salió. En su país le esperan sus otros dos hijos, de tres y 11 años. "El mayor dice: yo sé que mi mami nos está engañando para darnos una sorpresa".

Marjorie Wheatley, de 36 años, también viaja con un bebé. El suyo tiene dos meses y descansa en un carrito del que cuelga un cartel que dice que él quiere pasar la Navidad en su tierra. "Hasta que no despegue el avión no nos movemos de aquí", asegura la mujer. Han comprado comida para el niño y se las apañan como pueden desde el martes, cuando se canceló su vuelo. "Aquí lo único que nos han dado han sido unas mandarinas, agua y unos sandwiches", añade.

Mientras los ecuatorianos rellenan las hojas de solicitud para acceder al vuelo del día 25, Olga Patricia Pérez, colombiana, maldice su suerte. "En el ministerio me dijeron que salía un vuelo a Bogotá el día 24 a las 12.30 de la mañana", explica. "Cuando he llegado, me he enterado de que el avión había despegado de madrugada". Así que ella se quedó ahí, en Barajas, a la espera de una solución que no llegará. Fomento decidió ayer no fletar más vuelos a Colombia ni Argentina, lo que provocó las protestas de una treintena depasajeros.

Amparo de la Cruz, peruana de 51 años, volvía a casa el 3 de enero. Pero al oír que el Gobierno fletará un último vuelo a Lima hoy, se plantó a Barajas a la espera de un asiento. Ha viajado con su hijo de 14 años en autobús desde Sevilla. "¿Qué hacemos si no?", se pregunta. "Aquí no conocemos a nadie". Se queda sentada en una silla. Esperando. Y se despide diciendo: "¿Qué culpa tenemos nosotros?".

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