Jueves, 09 Febrero 2012 18:37

Un grito de alerta

Escrito por Carlos Gutiérrez M.
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K-jaK-jaIván Ortegón
El conocimiento
es un bien de la humanidad.
Todos los seres humanos
deben acceder al saber.
Cultivarla es responsabilidad de todos.

Ediciones Desde Abajo

La respuesta fue genérica y cubrió todos los continentes. El 18 de enero, como un solo cuerpo y por primera vez en su corta existencia pública, internet fue sacudida por el rechazo a un intento de Estados Unidos por controlar y censurar el libre acceso a la red, así como el libre intercambio de información. Cuando los impulsores de SOPA (1) y de PIPA (2) actúan para controlar y dominar, otro sector de la humanidad lo hace en vía contraria: para garantizar la libertad y el acceso al saber de la mayoría de los hombres y las mujeres que habitan el planeta.

Con el pretexto de confrontar la denominada ‘piratería’ de material con copyright en internet y de proteger la propiedad intelectual, las multinacionales del entretenimiento gringo lograron que su insaciable deseo de monopolizar más la información y el conocimiento –traduciéndolo en derecho privado y dinero– avanzara en el legislativo de aquel país hasta casi hacerse norma. Sólo la alarma despertada por doquier, traducida en no menos de 60 mil webs que se sumaron a la protesta, entre ellas algunas como Wikipedia, construidas con el aporte voluntario y desinteresado de miles de personas, lograron hacer desistir –por el momento– a los legisladores norteamericanos ahora enfrascados en año electoral.

La pretensión multinacional, presentada al público como un asunto de derechos y propiedad en internet, en verdad esconde la ansiedad por no dejar salir de las arcas de los grandes conglomerados los miles de millones de dólares que produce cada año la industria del entretenimiento, del sotfware y de la biotecnología, traducidos desde hace años en sectores de punta de la primera economía del mundo, y, por su conducto, en mecanismos de control y dominio del conjunto de la humanidad, bien a través de la cultura y la ideología, bien por la ciencia o el dominio de la agricultura y la alimentación (3). Es un afán de negocios aún más imperioso, toda vez que estos sectores de la economía son de los pocos que muestran tendencias constantes de crecimiento, a más de que, por primera vez en la historia de la humanidad, los bienes de más impacto, su coste de adquisición, reproducción, transmisión y modificación, tienden a cero (4).

Para ver más allá. Las llamadas tecnologías de la información y el conocimiento (TICs) se han constituido en la esperanza del capital, pese a que ya fueron víctimas de la orgía especulativa que dio lugar a la burbuja de las “punto com” entre 2000 y 2001. Esa crisis dejó en pie a las compañías que hoy se han constituido en hegemónicas, en disputa de diferentes intereses. Las compañías más antiguas, como Microsoft y Apple, atadas aún a viejas formas de concebir la empresa y la lógica capitalistas, disputan con aquellas más recientes y cuyo insumo más importante es la circulación de la información (tal el caso de Google y Megaupload, recientemente intervenida). Porque la apropiación de la información, en sentido estricto, tiene la particularidad de no ser excluyente para su disfrute. Es decir, que, a diferencia de los bienes tangibles, el consumo de información por alguien no excluye, por principio, a otros del disfrute de esa misma información.

Controlar lo difícilmente controlable es una tarea inmediata del capital en la que una primera dificultad reside en conciliar intereses entre gigantes como Google y Microsoft, que hasta el momento tienen posiciones antagónicas en cuanto a los grados de libertad de la circulación de la información en la red. De otro lado, quizá nunca los sectores sociales de base contaron con una capacidad de resistencia inicial tan grande como la que han mostrado los grupos defensores de la libre circulación en la red para evitar la negación de sus derechos (ver Anonymous…, pág. 12).

No es extraño que necesiten encajonarlos. Ya el bloqueo de internet fue una pretensión de George W. Bush con la llamada kill switch. El mandatario quería recibir atribuciones para poder declarar la llamada situación de emergencia cibernética, y así obstruir las conexiones con el mundo exterior. Como otra manifestación de dominio, en 1998, a través del Digital Millenium Copyright Act, en aquel país se estableció la base legal para restringir la lectura y el préstamo de libros informatizados –así como de otra clase de datos (5). Quienes compran las llamadas tabletas” saben de qué se trata, toda vez que no pueden compartir los libros que leen en sus pantallas ni hacer llegar de manera directa a otros los comentarios y desarrollos que hacen a los mismos. Con igual espirítu fue recubierta la aprobación de una normatividad en Europa en 2001. Se trata de una pretensión de monopolización que no cesa.

En 2003, una amplia inconformidad social que tomó forma en el país del norte impidió que fuera realidad la iniciativa en pro de la concentración de la propiedad de los medios, que lideró el entonces presidente de la Comisión Federal de Comunicaciones, Michael Powell. Sin embargo, no desisten. En octubre pasado, Estados Unidos, Australia, Canadá, Japón, Marruecos, Nueva Zelanda, Singapur y Corea del Sur firmaron el Acuerdo Comercial Antifalsificación (ACTA). Paso a paso, son decisiones que se hacen norma para el resto de países del mundo (6) a través de los llamados tratados de libre comercio. Es ésta una normativa con vulneración de libertades y que implica, para hacerse realidad, un control efectivo de los servidores, espiando y censurando su servicio.

Afán de dominio


Medio milenio atrás, con la invención de la imprenta, se expidieron las primeras normas para regular la reproducción impresa y controlar a la opinión pública. Entonces la Iglesia, portadora de la ‘verdad’ y protectora de reyes y príncipes, cuidaba que la mayoría no accediera a los libros. El veneno impregnado en los libros resguardados en los monasterios era un obsequio para quienes pretendían leerlos a hurtadillas, como en El nombre de la rosa lo recuerda Umberto Eco.
Varios siglos después, en pleno auge de la revolución industrial, concluyó la primera convención internacional de copyright: el Convenio de Berna, con los imperios como promotores, y su espíritu colonialista en el cuidado y una ejecución celosa. No en vano ha pasado el tiempo. Al día de hoy existe todo un complejo industrial y cultural expresado en variedad de acuerdos y convenios, amparados en una legislación supranacional que rompe la soberanía jurídica de las naciones y toma la forma de un régimen de propiedad intelectual (7). Estos acuerdos y su legislación tienen aplicación para los más débiles, pues quienes no lo son se niegan a reconocerlos. Así sucedió con los Estados Unidos, que en medio de un proceso ascendente desde su condición de colonia inglesa a potencia guardó la negativa por más de un siglo a reconocer el copyright de propiedad extranjera. El ascenso de China recorre un camino similar.

Un proceso que se perfecciona. En un principio fue el control sobre la lectura de los libros, pero luego, a través del copyright se extendió la vigilancia a la propiedad intelectual, así como a las máquinas y similares. En el siglo XX cubrió a todo tipo de productos, objetos, ideas, hasta expropiar saberes y conocimientos colectivos acumulados por la humanidad en miles de años. En cuanto a uno de éstos –el software–, de reciente logro por la comunidad científica mundial, que desde su primer momento impulsó el código libre para que cualquiera pudiera apropiárselo, utilizarlo y complementarlo, ahora la minoría del uno por ciento pretende expropiárselo al 99 por ciento. Y se esfuerza por lograrlo.

Como se sabe, el avance de la informática surgió bajo los afanes de la Guerra Fría, en la cual los centros de investigación de comunicaciones de las potencias crecieron financiados con dineros públicos. Una vez que llegó a su fin la bipolaridad, viene el empuje de grandes conglomerados como Microsoft, que concentran para unos pocos el desarrollo, fruto del esfuerzo de miles y del patrocinio con los recursos provenientes del trabajo de millones de personas, por intermedio de una perfeccionada legislación de copyrigth y su enunciado para impedir el libre acceso al conocimiento de inmensos conglomerados sociales.

Por fortuna para la humanidad, mientras esto sucedía, un buen número de científicos, convencidos del valor público del conocimiento, siguió entregándole su trabajo a la humanidad, e impulsó la necesidad de contar con software de código abierto e implementar el modelo del copyleft –que impide el control y el dominio; además, que expropien a la humanidad de su saber (8). Pero también, en alimento del ideal de que todos los recursos indispensables para la reproducción humana en libertad y para una vida en dignidad, como el agua, el aire, la tierra, deben conservar su carácter irrenunciable de propiedad de todos. Este propósito no es nuevo. Durante siglos, diversos grupos humanos luchan por el acceso al saber, un ideal que ahora toma dimensiones mundiales.

Los escépticos quizás argumenten que la lucha librada es por la libertad de circulación de información poco significativa, y que los juegos en línea, el contenido pornográfico o la música light son seguramente una de las partes más importantes de la disputa. En ello puede haber algo o mucho de razón, pero paradójicamente el asunto está conduciendo a que grandes conglomerados sociales en todo el mundo coincidan en la defensa de unos derechos que afectan a todos. Pero lo que está en juego es la relación inclusión-exclusión y la legitimidad de su mediación a traves de derechos pecuniarios.

No debemos olvidar tampoco que la mayoría de las redes resistentes está conformada por grupos de jóvenes a los que se les ‘vendió’ la idea de que la capacitación era la puerta de la inclusión a un mundo de disfrutes cuyo acceso permanece cerrado. Y que es esa “clase media”, capacitada pero excluida, el grupo humano que más entiende el sentido del despojo que se pretende. Son esos grupos de personas (los nuevos excluidos) los primeros en darse cuenta de que la propiedad capitalista ha entrado en choque con las nuevas condiciones materiales y que no hay opción diferente de un cambio radical en las normas de la distribución y el consumo, es decir, del acceso y el disfrute de la riqueza social.

Sobre la mesa mundial hay, pues, una confrontación latente, desde el momento mismo de aprobación del sistema internacional de copyrigth: la de aquellos que procuran, y con poder, adueñarse de los bienes más preciados por la humanidad, bienes que son producto de la labor generosa de incontables generaciones, y quienes buscan su preservación como bienes de todas y todos, de libre acceso, goce y multiplicación.

En los años por venir, esta inmensa batalla tendrá consecutivos combates, estimulada en los tiempos modernos tanto por las rentas y la posibilidad de control que en las nuevas tecnologías encuentran los defensores de lo privado a ultranza, como por la veloz apropiación que de la propia tecnología, sus redes y usos, han hecho y hacen millones de usuarios de internet, sobre todo las nuevas generaciones que encontraron esta vía como el medio expedito para gozar de manera libre de bienes comunes como la música, las artes, la comunicación, avances de la ciencia, la literatura, el cine, y para contrarrestar los acomodos oficiales en información.

La puerta abierta para la sociedad mundo en formación es potente e indispensable: no permitir la desposesión que pretenden las multinacionales del entretenimiento y de la informática del conocimiento, avanzando hacia una “democracia cognitiva” (9). En palabras de Edgar Morin, “pese a los riesgos inherentes al ejercicio de la libertad, hay que salvaguardar la libertad de comunicación de internet. Internet ha creado unos bienes cognitivos comunes y ha abierto la posibilidad de gozar gratuitamente, es decir, democráticamente, de bienes culturales hasta ahora de pago, reservados a una élite, que ahora se han vuelto accesibles a todos, […]. Como contrapartida, es preciso, sin duda, encontrar el medio de retribuir a los creadores privados con los derechos de autor sobre las ventas (con un fondo común que remunere según el número de teledescargas)” (10). Esta es una opción.

Considerar a las multinacionales como bienes de la humanidad, y por tanto darles tal carácter y administración, es propuesta por otros (11). En todo caso, aquella idea de control y dominio de unos pocos sobre muchos está cuestionada y se debe impedir. Como lo está, igualmente, el copyrigth, modelo de protección de la propiedad intelectual que beneficia a una minoría de países y creadores, y empuja y ahonda la brecha entre los países del centro y los de la periferia, con preservación de la desigualdad y la injusticia en el mundo.

1 SOPA, Cese a la piratería en internet, tramitado en la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, permite sin orden judicial filtrar el DNS (servidores de nombre de dominio) a cualquier web de todo el mundo con sólo recibir una queja del propietario de los derechos de autor.
2 PIPA, Ley de protección de la propiedad intelectual, tramitada en el Senado de Estados Unidos. En todo caso, en un mundo con revoluciones recientes impulsadas desde internet parece que los políticos estadounidenses están comprendiendo el mensaje.
3 “Está entre los intereses económicos y políticos de Estados Unidos asegurar que, si el mundo se está moviendo hacia una lengua común, ésta sea el inglés; que si el mundo se está moviendo hacia unas telecomunicaciones, seguridad y estándares comunes de calidad, estos sean [norte]americanos; que si el mundo se enlaza por medio de la televisión, la radio y la música, la programación sea [norte]americana; y que si unos valores comunes están siendo desarrollados, éstos sean valores con los cuales los [norte]americanos estén cómodos” (David Rothkopf, 1997, funcionario del gobierno Clinton, al explicar los objetivos de su país), tomado de: “Diez tesis sobre el sistema internacional de copyright y el Sur”, Alan Story, 8 de julio de 2007, www.rebelión.org, consulltada 20 de enero de 2012.
4 Copyleft, manual de uso. Traficantes de sueños, 2006, p. 162.
5 Stallman Richar, Software libre para una sociedad libre, Ediciones Desde Abajo, Bogotá, 2004, p. 104.
6 “Diez tesis…”, op. cit.
7 Copyleft, manual de uso. Traficantes de sueños, 2006, p. 165.
8 Los logros de este modelo productivo y distributivo son inmensos para 2006: “Más de un millón de entradas de conocimiento libre en la enciclopedia más grande del mundo (wikipedia), más de diez mil programas de software libre empaquetados y listos para su uso en cualquier plataforma informática (el sistema operativo GNU/Linux, con más del 70 por ciento del mercado de servidores de internet funcionando bajo este sistema), más de 18 millones de páginas web con licencias Creative Commons (que permiten a la usuaria al menos el permiso de copiar y reproducir la obra libremente sin ánimo de lucro), un archivo con más de 10 millones de fotografías libres, un número creciente de revistas e iniciativas viables para un conocimiento libre y miles de canciones copyleft (por mencionar sólo alguno de los ejemplos más sobresalientes del modelo productivo copyleft”. Copyleft, manual de uso. Traficantes de sueños, 2006, p. 163.
9 Morin, Édgar, La vía para el futuro de la humanidad, Paidós, España, 2011, p. 158.
10 ibid, p. 159.
11 Amin, Samir, Audacia, más audacia, www.desdeabajo.info, miércoles 14 de diciembre de 2011, consultada enero 22 de 2012.

Información adicional

  • Antetítulo:Editorial
  • Autor:Carlos Gutiérrez
  • Edición:108
  • Fecha:Febrero de 2012
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