Lunes, 04 Junio 2012 06:25

La fiebre del gas de pizarra

Escrito por La Jornada
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La fiebre del gas de pizarra
Juzgando por la manera en que los políticos y la industria nos hablan del gas de pizarra (o de esquistos –shale gas), éste se vislumbra como una solución a todos los males: falta de crecimiento, desempleo, hasta el cambio climático.


Pero la “fiebre del gas” que contagia al mundo en realidad apunta a distraernos de los problemas reales como la crisis estructural del capitalismo y el calentamiento global que ya (¿casi?) se nos fue de las manos, pretende seguir con el business as usual y más que solucionar, genera una serie de problemas nuevos.


Las experiencias de su extracción mediante la destructiva fractura hidráulica (fracking) en Estados Unidos y la postura de Europa hacia sus reservas (tratadas ya en columnas pasadas: La Jornada, 18/12/11 y 29/12/11) son también de mayor relevancia para México.


Según las estimaciones de la Administración de Información Energética de Estados Unidos (AIE) de abril de 2011, México puede poseer unos 681 billones de pies cúbicos de este gas, cuartas reservas mundiales, detrás de China, Estados Unidos y Argentina. Sus depósitos están localizados en la región de Sabinas y Burgos, entre Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas.


Aunque los pronósticos de Pemex son inferiores (entre 250 y 450 bpc), y aunque por ahora hay sólo dos pozos en operación (Reporte de Actividad Exploratoria de la Comisión Nacional de Hidrocarburos, marzo de 2012) y para la extracción del gas pizarra en una región se necesitan cientos –o sea aún no hay pruebas físicas para respaldar las cifras estratosféricas, ni hablar de la rentabilidad, son estimaciones y cada uno puede hacer los suyos, me dice Antonio Gershenson– los funcionarios gubernamentales ya se contagiaron con la “fiebre”: su explotación que tal vez arrancará en unos dos o tres años, “atraerá inversiones de hasta 10 mil millones de dólares anuales”, “generará durante los próximos 15 años 1.5 millones de empleos”, “garantizará el suministro de gas durante 94 años” e “impulsará el crecimiento hasta en un punto porcentual del PIB” (La Jornada, 25/10/11, 18/11/11 y 16/05/12).


Conozco este discurso. Según los mismos cálculos de la AIE hechas, como en México, a base del análisis geológico, no de perforaciones, Polonia iba a tener unos 187 bpc del gas de pizarra, supuestamente las mayores reservas en Europa. Los políticos animados por Estados Unidos empezaron el cuento: “seremos segunda Noruega”, “reduciremos las emisiones de CO2” (cambiando el carbono por el gas natural), “tendremos combustible para el crecimiento”, “millones de empleos”, “gas por 300 años” y todas las maravillas del mundo, junto con la independencia energética de Rusia.


Pero a finales de marzo el Instituto Polaco de Geología publicó un estudio más detallado, diciendo que las reservas podrían ser entre 12 y 27 bpc, o sea 10 veces menores (sic) y los sueños de ser una potencia se esfumaron junto con los “empleos”. De la nube del gas estuvimos de vuelta otra vez en la tierra (en fin no es poco, pero es sólo otra estimación a verificar).


Mientras tanto Francia y Alemania dijeron que por ahora no tocarán sus reservas. Bulgaria, donde los campesinos y ecologistas temían que el fracking contaminara el suelo y el agua e invocaban la soberanía alimentaria por encima de la energética, anunció un moratorio al gas de pizarra. También Rumania.


Cada país lo hizo según sus intereses energéticos (la UE no tiene una política común hacia el gas de pizarra). Pero también mirando a Estados Unidos, el único país que lo explota a escala industrial. Si bien los precios del gas natural cayeron bastante allá, el costo ambiental es alto, una realidad a menudo negada por las autoridades y el lobby pro-gas (fracking consume y contamina millones litros de agua, envenena los mantos acuíferos y el suelo y puede causar temblores).


¡Pero hay buenas noticias! Gracias al mayor uso del gas natural en generación de energía Estados Unidos lograron reducir sus emisiones de CO2 en este rubro (Financial Times, 23/05/12). Sólo quisiera ver los estudios de cuánto metano –más dañino que CO2– se liberó a la atmósfera de casi medio millón de pozos del gas de pizarra en todo el país. Ni hablar de que es justamente el gas barato que permite la extracción de petróleo de las arenas bituminosas, el hidrocarburo más sucio que hay.


Mike Davis haciendo una revista global en el contexto de la crisis, recordaba que Marx culpaba a la “fiebre del oro” de California por apaciguar el ciclo revolucionario de los 40 del siglo XIX, al ofrecer un extra estímulo monetario al comercio mundial. Según Davis hoy los BRICS, son una nueva California (New Left Review, noviembre-diciembre 2011).


El gas de pizarra se inscribe en esta ecuación. Sólo falta que China con sus reservas más grandes (1.275 bpc) y el resto de los países del grupo, cada uno con cantidades significantes, hagan sus apuestas (aunque con esto de las estimaciones sobre las reservas del gas nunca se sabe y que tan fuerte es China tampoco).


Pero la “fiebre del gas de pizarra” ya cumple un papel “contra-revolucionario”, creando una ilusión de una solución (falsa) a la crisis. (All we need is growth!) Además aprovecha su contexto para convencer a la ciudadanía a aceptar una tecnología sucia y riesgosa, lo que en otro momento resultaría mucho más difícil.


Por Maciek Wisniewski, periodista polaco

Información adicional

  • Autor:Maciek Wisniewski
  • Fuente:La Jornada
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