Lunes, 03 Agosto 2015 06:04

Pesadilla del hombre blanco

Escrito por Hermann Bellinghausen
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Pesadilla del hombre blanco

A Europa le está pasando lo que al futuro: ya no es como antes. Eso espanta a los supremacistas del continente donde nació el fascismo. El 27 de julio, en Dresde, Alemania, una explosión impactó el vehículo de un político de izquierda que defiende los derechos de los refugiados; un día antes, pobladores habían apedreado las ventanas de un hotel que será convertido en residencia para refugiados; se prevé que este año se dupliquen las solicitudes de asilo en Alemania, dado que cientos de miles de refugiados huyen de Siria, Irak y los Balcanes. El día 28, en Finlandia, 15 mil personas se manifestaron en repudio a un legislador que declaró que el multiculturalismo es una pesadilla; Olli Immonen, del partido Finns, el segundo en el Parlamento, ha apoyado estrictas leyes de inmigración. El día 30, el premier británico David Cameron llamó plaga (swarm, como se dice de las langostas) a los ilegales. Cada día algo. Donde no turcos, somalíes, eritreos, tunecinos, nigerianos, paquistaníes, afganos, bosnios o sudasiáticos recuerdan al hombre blanco que no está solo en casa y que fracasaron sus sueños de pureza. Ya rasguñan la boca del túnel de Calais, que une a Gran Bretaña con el continente. Nada detiene la marea; no, ciertamente, las condiciones de vida de millones de personas cuya única alternativa es huir para buscar trabajo y vida en el díscolo norte. Un tren una noche de verano a través de Italia y Francia arroja luz sobre el asunto.


El día 23 se dieron cita las Asias y las Áfricas herederas de la pesadilla colonial. ¿Será así cada noche en la Estación Central de Milán? El andén estaba lleno. Lo primero en subir al tren fue una avanzada magrebí: jóvenes quizá libios, bien trabados y en evidente acuerdo, que ocuparon rápidamente sus posiciones y esperaron a que la oleada humana inundara los vagones. Siguió un tumulto de familias y grupos en elástica composición. Dos chiquillas senegalesas de pelo ensortijado, la cara misma de la inocencia, metiéndose entre las piernas de la gente abrían paso a sus madres y tías, una parvada de negras palomas decididas.


El tren dormitorio recordaba las películas de Hitchcock. A la derecha los compartimentos para seis, con sus puertas corredizas; a la izquierda el barandal y las ventanillas. De pronto los pasillos se colmaron de personas y equipajes en movimiento. El acomodo territorial, así fuera tan pasajero como los pasajeros mismos, desató una febril incursión de todos contra todos. Chitón callando, grupos de chinos ocuparon un vagón en particular. Algunos tipo tendero o empresario medio, familias, damas mayores; no parecían turistas, y los agentes aduanales los molestarían poco. También había ahí musulmanas de velo, discretas como nadie, casi fantasmales.


Nuestro vagón era escenario de una Babel incontrolable. Con agilidad y gesto desconfiado, dos rubias nórdicas dieron rápido con su compartimento y comprendieron, en medio del gentío, que necesitaban ponerse más ropa de la muy escasa que traían encima. Un mohín arrogante no ocultaba su temor. Enseguida volvieron al pasillo y luchando por alcanzar los lavabos, diminutos gabinetes, se metieron en uno, cerraron. Salieron en piyama. Les debió resultar difícil cambiarse dentro de esa latita de sardinas. Toparon en primera instancia con un alto chaval tan negro que parecía quemado a carbón, elástico como un chita, gatuno y suave que las rodeó sin tocarlas y con un imperceptible arco les abrió paso y las protegió unos pasos. El ir y venir de un galimatías deliberado revelaba una forma de solidaridad disimulada donde la confusión ayuda; los legales no tienen de qué preocuparse y los ilegales aprovechan el lío para evadir vigilantes. Un rodar o arrastrar de equipajes del tamaño de un hombre sentado, bolsas étnicas y maletas jumbo, ya en los compartimentos se volvieron barricada. Una delgada madre vietnamita, falda hasta el piso, bebé en brazos, clamaba en mal italiano que perdió una maleta; un par de agentes sudorosos y apretujados tomaron nota y boletinaron por sus radios. La mujer no se movería, estorbando el trasiego de gente ansiosa y más corpulenta que ella, matronas árabes, atléticos viajantes color marrón o bien negro profundo. En esas, una bocanada de ajo y tocino rancio acompañó el paso de un padre ruso y su prole acalorada y colorada, seguidos por un obrero francés en traje de carácter. Pensé que también existen colonialismo y racismo a nivel de olor. Con coloquial frecuencia el hombre blanco desprecia el olor de los migrantes y los pobres, pero si a esas vamos, pocos seres vivos pueden oler peor que un ruso o un francés una noche de verano.


La revoltura de pieles y la dispersión de lenguas no incluían al castellano, salvo nosotros. Más nos hubiera valido hablar wolof o tigranya. Para eso están las lenguas francas coloniales. Qué lejos los tiempos en que se subían a un tren un mexicano, un francés y un gallego para hacer un chiste. Hoy ni lugar encontrarían.

Información adicional

  • Autor:Hermann Bellinghausen
  • Región:Europa
  • Fuente:La Jornada
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