Martes, 02 Febrero 2016 06:51

Trump tropieza; tablas entre Hillary y Sanders

Escrito por David Brooks
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Trump tropieza; tablas entre Hillary y Sanders

La sombra ominosa de Donald Trump fue frenada por el ultraconservador Ted Cruz, quien se impuso entre los republicanos, y del lado demócrata Hillary Clinton y Bernie Sanders acabaron en un empate técnico, en la primera e intensamente reñida contienda realizada en el estado de Iowa, en el largo proceso para elegir al próximo presidente de Estados Unidos


Cientos de miles participaron esta noche en los llamados caucus, asambleas electorales realizadas por separado por el Partido Demócrata y el Partido Republicano, en unos 2 mil sitios en el estado, con lo cual finalmente arrancó el proceso electoral presidencial de 2016.


El triunfo tan cerrado del lado demócrata –el cual no pudo declarar triunfador al cierre de esta edición, con 95 por ciento del voto contado– fue en efecto un triunfo de Sanders (aun si al final Clinton gana la votación) al constatar el inesperado surgimiento de Sanders, que logró empatar a la favorita, algo que hace sólo un par de meses era impensable. En los hechos, ambos candidatos se dividirán aproximadamente 44 delegados demócratas en juego en Iowa.


Martin O'Malley, el tercer contendiente demócrata, anunció que se retira de la contienda nacional como precandidato después de que nunca pudo hacer notar su presencia ante el electorado.


Por otro lado, el triunfo de Cruz ofrece un respiro para la cúpula como el menos malo de los llamados insurgentes radicales de derecha que están tomando por asalto al Partido Republicano. El cubanoestadunidense Cruz, quien dio gracias a Dios por su triunfo, por lo menos es senador y producto del establishment que recientemente se alzó sobre la ola del Tea Party, y por lo tanto forma parte de la cúpula.


Para Trump el segundo lugar es una derrota para su imagen de invencible, pero mantiene su ventaja en las encuestas a escala nacional. Marco Rubio, el otro cubanoestadunidense, festejó su sorpresiva fuerza al llegar a un tercer lugar, a sólo un punto de Trump; de hecho, podría considerarse como el que más avanzó en términos políticos. Los otros ocho contendientes republicanos lograron menos de 10 por ciento cada uno (Jeb Bush logró menos de 3 por ciento, y uno, Mike Huckabee, se retiró de la contienda).


Después de casi un año de campañas, millones en publicidad, infinitos sondeos y aún más infinitos comentarios –todo manejado por profesionales muy bien pagados–, llegó el momento donde el supuesto protagonista del espectáculo democrático por fin entra al escenario: el votante.


Aunque Iowa captó la atención nacional, millones de dólares en inversiones en propaganda y enormes recursos humanos y tiempo por los precandidatos, no es en sí un estado importante en el mapa político-electoral estadunidense. Tampoco, como recuerda el veterano analista político Charlie Cook, determinará el eventual ganador de la candidatura de uno u otro partido. Tomen un respiro, todos, aconseja; falta mucho, sólo es el primer concurso de más de 50 que faltan.


De hecho, esta noche en Iowa sólo se seleccionaron a menos de 2 por ciento –o sea, unas cuantas decenas– de los delegados que están en juego en el tablero nacional (un total de 2 mil 472 delegados del lado republicano, 4 mil 763 del lado demócrata).


Pero Iowa y Nueva Hampshire –la siguiente cita del calendario electoral, en ocho días– sí tienen una presencia nacional exagerada cada cuatro años sólo porque son las primeras dos contiendas en el proceso electoral presidencial y por lo tanto pueden desencadenar dinámicas que afectan los siguientes concursos, así como confirmar o minar la viabilidad de candidatos establecidos o insurgentes. Es la primera vez que se escucha la voz de los votantes.


La próxima cita son las elecciones primarias en Nueva Hampshire, el 9 de febrero, y de ahí a Nevada y Carolina del Sur, a mediados de mes. El primero de marzo continúa el proceso con el denominado supermartes, cuando una docena de estados realizan primarias.


El proceso de elecciones internas de cada partido nacional sigue hasta el 14 de junio y culmina con las convenciones nacionales de cada partido, en julio. Los que ganan las mayorías de los delegados (incluidos superdelegados otorgados por las cúpulas partidarias) se coronan como candidatos presidenciales de su partido.


Más allá de Iowa, lo que continúa definiendo esta contienda es la insurgencia de precandidatos que están desafiando las cúpulas de ambos partidos: Trump, por el lado de los republicanos, y Sanders por el demócrata. En parte, la contienda es una expresión de hartazgo de las bases de ambos partidos y sus aliados contra el establishment.


Pero también hay otra vertiente en todo esto: por la presencia de Sanders, la pugna es entre millonarios (tanto varios de los precandidatos o sus principales patrones) y una expresión ciudadana en lo que se pronostica que será la elección presidencial más cara de la historia. El socialista democrático Sanders recaudó 20 millones sólo en el mes de enero, pero lo más importante es que todos los fondos (durante 2015 recaudó más de 73 millones de dólares) que han financiado su campaña provienen de más de un millón de ciudadanos que han donado más de 3.5 millones en contribuciones individuales de, en promedio, 27 dólares cada una; un nuevo récord.


Clinton sigue recibiendo directa e indirectamente la mayoría (81 por ciento según algunos cálculos) de sus fondos de donantes ricos. Todos los precandidatos republicanos son patrocinados por multimillonarios o en el caso del magnate Trump, por su propia fortuna.


Así, la pugna es, en cierto sentido, entre el poder ciudadano y el poder empresarial/corporativo/multimillonario.


Aunque a nivel nacional Clinton sigue gozando de amplia ventaja en las encuestas nacionales, el mensaje de Sanders por una revolución política para rescatar a esta democracia de las manos de una oligarquía multimillonaria y de Wall Street aún resuena muy fuerte entre las filas democráticas, sobre todo entre los jóvenes (cuyo voto estaba ganando de manera abrumadora esta noche, según encuestas de salida). Eso quedó comprobado en Iowa esta noche, cuando el proclamado socialista democrático empató a la poderosa maquinaria política no sólo de Clinton, sino de la cúpula del partido.


Sanders goza de amplia ventaja sobre Clinton en las próximas primarias de Nueva Hamp-shire, y con el empate esta noche ha provocado una contienda interna casi impensable hace un par de meses.


Mientras, los ahora tres cabalgantes principales de la derecha seguirán su sagrada cruzada.


Esto apenas empieza.


Análisis | La carrera electoral en Estados Unidos


Bernie Sanders: caminar sobre los hombros del gigante dormido


Es difícil que Sanders pueda convertirse en el candidato demócrata. Pero el fenómeno 'Bernie' debe entenderse dentro de una secuencia abierta hace ahora cuatro años por Occupy Wall Street y el "cambio en la conversación" que ese movimiento produjo.


Susana Draper, Vicente Rubio-Pueyo

Una imagen recurrente en la política estadounidense es la del "gigante dormido": un grupo social, una masa demográfica de electores que repentinamente despierta para convertirse en factor crucial en una elección. A lo largo de décadas de trayectoria política independiente, no adscrito ni a demócratas ni a republicanos (como alcalde de Burlington, capital de Vermont y más tarde como senador por ese estado en el Congreso), Bernie Sanders ha ocupado siempre el lugar de un outsider, una suerte de profeta solitario en el desierto de la hegemonía neoliberal.


Cuando Sanders lanzó su candidatura a las primarias demócratas el pasado mayo, su propuesta fue recibida con paternalismo (cuando no directa indiferencia) por parte de la prensa mainstream. Meses después, Sanders podría ganar en Iowa y New Hampshire, primeros estados en celebrar sus primarias. ¿Cómo ha logrado Sanders abrir este reto inédito, hasta ahora impensable, a Hillary Clinton y la maquinaria del Partido Demócrata? Más allá de los indudables méritos de su campaña y de una trayectoria honesta y coherente, su figura debe entenderse como la posibilidad de una articulación de fragmentos y trayectorias históricas, que han hecho visible una serie de instancias cruciales en la última década, desde Occupy Wall Street.


Mediante sus referencias explícitas al New Deal de Roosevelt el "socialismo democrático" de Sanders consiste básicamente en la reintroducción abierta de términos como "justicia económica" y "redistribución de la riqueza" ausentes por décadas en el discurso público estadounidense. En otras palabras, la recuperación de un estado de bienestar, fundamentalmente en la sanidad, en la educación y en el derecho laboral. Lo interesante aquí no consiste únicamente en las propuestas concretas de Sanders, sino en cómo estas se articulan con el paisaje social y político de los últimos años. Así, la reconstrucción del sistema público de salud recoge el descontento con el –finalmente muy aguado por las aseguradoras privadas– Obamacare. La propuesta de una matrícula gratuita en las universidades públicas confronta el problema de la astronómica burbuja de deuda estudiantil que Occupy puso encima de la mesa. La subida del salario mínimo a 15 dólares/hora se relaciona con la campaña "Fight for 15" y la ola de nuevas sindicaciones en sectores poco organizados tradicionalmente como los trabajadores de cadenas "fast food" o en corporaciones como Walmart.


A diferencia de Obama, la campaña de Sanders no se centra tanto en un candidato carismático, sino en este programa, así como en la invocación a una "revolución democrática" consistente, por un lado, en el rechazo frontal a los "SuperPACs" (los vehículos corporativos de financiación política) mediante una campaña financiada por más de tres millones de donaciones individuales (unos $30 de aportación media). Al ubicarse al margen del proceso en el que Wall Street, sus billonarios y corporaciones invierten billones en los candidatos para controlar el sistema de decisiones políticas, Sanders expone de un modo directo la forma en que la política es dirigida desde el aparato financiero y los intereses económicos del 1%.


Con gran sorpresa para el establishment, su campaña logró financiarse en un 100% por los votantes que apoyan sus ideas y programa, mostrando que es posible hacer una campaña sin financiación de "super Pac" o millonarios. "Estamos haciendo historia" –afirmó Jeff Weaver, director de su campaña–. Este gesto tan básico como inusual habla del corazón de su plataforma: separar la vida política del aparato financiero que la mantiene cooptada, tomando como eje la distinción trazada por Occupy Wall Street entre el 99% y la acumulación de la riqueza en el 1%. Con esto ha emergido una suerte de redefinición de lo político en lo que va de campaña ya que al contrario del discurso de la mera gestión y administración, Sanders insiste en una "revolución democrática" capaz de imaginar otro futuro.


Es el único candidato que puso en el habla política el tema de la redistribución de la riqueza y la justicia económica, que en Estados Unidos es inseparable de una justicia racial y un serio desmantelamiento del racismo sistémico. De esta forma, la invocación a una "revolución democrática" implica a un nivel más profundo un horizonte de articulación transversal frente a algunos aspectos centrales de la cultura política estadounidense, como la tecnocracia de la gestión y la demografía mercadotécnica, componiendo una suerte de reeducación política frente a la lógica que revelan las críticas desde la campaña de Hillary y toda la maquinaria mediática. Este tipo de críticas muestran por tanto el carácter profundamente impolítico de la tecnocracia, atacando a Sanders por no poder cumplir con sus "promesas". En tanto Sanders convoca a una movilización popular como condición para el cumplimiento de esas metas, éstas no consisten tanto en promesas como en propuestas que amplían el debate político, al que la propia Clinton se ha visto obligada a adaptarse, mostrando su versión más progresista en muchos años.


Es extraordinariamente difícil que Sanders pueda convertirse finalmente en el candidato demócrata. Sin embargo, y más allá de sus resultados, el fenómeno Bernie debe entenderse dentro de una secuencia abierta hace ahora cuatro años por Occupy y el "cambio en la conversación" que el movimiento produjo, introduciendo cuestiones como la desigualdad económica y una distancia manifiesta con la política del establishment. Según indican numerosos estudios, debido a la falta de expectativas laborales, la deuda y la precariedad, el panorama cultural e ideologico de los llamados "millenials" apunta a un abandono claro de los miedos heredados del macartismo, que han dejado su lugar a miradas políticas mucho más abiertas. Más allá de Iowa y New Hampshire, y más allá de las elecciones de noviembre, podemos encontrarnos ante un cambio tectónico mucho más profundo en la sociedad estadounidense, y que continuará teniendo efectos en los próximos años. Tal vez, quién sabe, el despertar de un gigante dormido.

Información adicional

  • Autor:David Brooks
  • País:Estados Unidos
  • Región:Norteamérica
  • Fuente:La Jornada
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